Gonzalo Herranz, “El mito del preembrión”, Diario Médico, 8.II.06

El preembrión, conviene decirlo así de claro, es una ficción, un mito, un desfiguramiento de la realidad. Y es también un anacronismo. Y, sin embargo, parece que pronto lo vamos a ver embutido por segunda vez en nuestra legislación. Nuestros diputados lo harán por decreto y credulidad, no por ciencia. En este breve artículo trataré de hacer un esbozo de la compleja historia del mito. Me gustaría que sirviera para iniciar, en las páginas de DM, un diálogo clarificador con quienes piensan de otro modo.

El lugar de nacimiento de un concepto La expresión pre-embrión fue acuñada por Penelope Leach, psicóloga y autora de deliciosos cuentos infantiles, en una sesión de la Voluntary Licensing Authority británica, en 1985. Pero, antes de creada la palabra, existía ya el concepto. Se hablaba tiempo atrás de que, en el curso del desarrollo del ser humano, los primeros catorce días son un tiempo especial, pues en ellos el embrión carece de los caracteres ontológicos o biológicos que titulan para el trato que se da y los derechos que se asignan a los otros seres humanos.

No fueron médicos, biólogos, juristas o filósofos los inventores del concepto, sino ciertos moralistas católicos desengañados por la doctrina de la Encíclica Humanae vitae, de Pablo VI (1968). En ella, el Papa no habla ni de píldora ni de embriones. Pero estaba claro ya entonces que la píldora y los dius podían impedir la anidación. Para declarar inocentes esos procedimientos de contracepción era necesario implantar la idea de que malograr embriones humanos de menos de dos semanas era acción moralmente irreprochable.

Y, así como ciertos organismos médicos (el ACOG, la FIGO y la OMS) recurrieron a redefinir la gestación para que nadie pudiera hablar de abortos contraceptivos, los moralistas echaron mano de la gemelación monocigótica como argumento irrefutable para mostrar que el embrión de menos de 14 días carece de consistencia metafísica, biológica y ética. Razonaban así: todo hombre es un ser individual, uno y único; es así que el embrión puede, hasta los 14 días, dividirse en dos o más individuos; ergo, el embrión de menos de 14 días no es todavía un ser humano individual de pleno derecho. De ese modo, y en contra de la doctrina de Humanae vitae, el uso de la píldora podría tenerse por lícito.

El salto al mundo secular En 1979 el Comité Asesor de Ética del Departamento de Salud, Educación y Bienestar de los Estados Unidos recibió el encargo de determinar si y en qué condiciones se podía subvencionar con dinero federal la investigación sobre fecundación in vitro. El año anterior, 1978, había nacido en Inglaterra la primera niña probeta. Formaba parte del Comité el padre Richard McCormick. Él ha contado cómo, apoyándose en un extenso informe encargado por el comité al teólogo moral Charles E. Curran, propuso introducir en las recomendaciones finales del comité que la investigación sobre embriones humanos de menos de 14 días fuera tenida como norma pública aceptable. De este modo, el concepto de los moralistas entró en la bioética secular, donde triunfó de modo arrollador.

Del trampolín del Comité Asesor norteamericano, la idea de los 14 días saltó al Estado de Vitoria, en Australia (Comité Waller, 1982) y al Reino Unido (Comité Warnock, 1984). Sobre la marcha, al argumento de la gemelación monocigótica se sumaron otros. Los australianos distinguen el día 14 como momento en que “se forma la línea primitiva y entonces es claramente evidente la diferenciación del embrión”. Eclécticamente, el Informe Warnock acumula razones en el día 14: es el comienzo del desarrollo individual porque ya no cabe gemelación después de él, porque la línea primitiva es el resello de esa individualidad, porque ese día marca la terminación del estadio implantatorio.

Después de Warnock, el concepto de preembrión y la divisoria de los 14 días obtuvieron un crédito muy amplio, casi universal: se han convertido en artículo de fe de normas éticas y reglamentos legales.

Un concepto que amenaza ruina Impera en los libros de texto de Embriología y Obstetricia una doctrina sobre la cronología de la gemelación en 14 días, basada en la correlación entre momento supuesto de fisión del embrión y estructura de las envolturas fetales. Se trata de una mera hipótesis, cierto que sumamente racional, pero jamás demostrada. Es uno de esos idola tribus médicos, que duran y se transmiten, pero que nadie comprueba. Por lo que dan a entender las recientes investigaciones sobre la compleja arquitectura del embrión inicial, es, muy probablemente, falsa.

La línea primitiva no marca el comienzo de la diferenciación. Ésta viene de mucho antes. La embriología reciente (ver, p. ej., Smith A. The Battlefield of Pluripotency. Cell 2005;123:757-760) está haciendo polvo muchas ideas viejas: la del cigoto como una esfera amorfa, la de la mórula como un colectivo de blastómeros idénticos entre sí, la del blastocisto como yuxtaposición de dos poblaciones. En éste están definidos ya el trofectodermo, el endodermo primitivo, el epiblasto. La línea primitiva marca simplemente el lugar de migración de esas células, pero no es, como se pretende, una especie de artilugio que induce la primera diferenciación celular en el embrión.

Y ¿qué decir del final de la implantación? Datarlo hasta el día 14 es una exageración. Con una mirada libre de prejuicios, los cortes histológicos de embriones muy jóvenes muestran que eso ocurrió unos cuantos días antes. Es poético, no científico, decir que sólo el día 14 la anidación se constituye en símbolo de la aceptación materna.

Poder legislativo y razón científica En 2006, un parlamento que diga que “a efectos de esta Ley, podrán usarse embriones humanos de menos de 14 días en proyectos de investigación aprobados por los organismos competentes” estará ejerciendo su potestad, políticamente correcta, aunque censurable éticamente. Incurriría, en cambio, en un abuso si sostuviera que la norma se basa en el concepto científico de preembrión. No vale hoy ese concepto. No son válidos los argumentos que ligan día 14 con la gemelación monocigótica como marcador de la individualidad, con la formación de la línea primitiva como marcador de la diferenciación del embrión, con el término de la anidación como símbolo de aceptación.

En una tribuna de DM el espacio disponible es siempre poco; hay que hablar esquemáticamente. Lo que he querido decir es sencillo: la noción de preembrión es una idea política con pies científicos de barro. El progreso de la embriología es la piedra que rodó monte abajo y rompió el pedestal de barro. El constructo se ha derrumbado. ¿Por qué mantener un muerto en la legislación? Gonzalo Herranz. Profesor honorario. Departamento de Humanidades Biomédicas. Universidad de Navarra.

Rafael Rubio, “El embrión”, La Razón, 25.V.05

En las últimas semanas una serie de noticias amenazan con eliminar totalmente la protección jurídica que en nuestro país se concedía al embrión. La aprobación del Proyecto de ley de reproducción asistida, y el anuncio de la futura legalización de la clonación en España son las más importantes. El Gobierno ha visto, en las expectativas generadas por estos avances, su oportunidad para reducir la discusión a un simple problema de eficacia, como si lo que antes era malo ahora, que es posible, es tremendamente beneficioso, ignorando la reciente condena de las Naciones Unidas a cualquier tipo de clonación.

Con este fin venimos asistiendo a distintas estrategias de confusión que requieren alguna aclaración. No hay dos tipos de clonación: ambas consisten en crear vida humana en el laboratorio, de manera artificial, implantando en un óvulo sin núcleo, el núcleo de la persona a clonar. Una vez creado el nuevo embrión, genéticamente idéntico a la persona que le dio origen, se puede optar por utilizar sus células para la investigación, o implantarlo en el seno materno para obtener una nueva persona.

Otra estrategia de confusión es hablar de células madre adultas y células madre embrionarias como si todas fueran lo mismo. La diferencia es esencial, mientras que las primeras se extraen de órganos de las personas como el cordón umbilical, las segundas se obtienen de la destrucción de embriones, obtenidos de la fecundación invitro o por medio de la clonación. Siempre que se logra un nuevo avance científico con la aplicación de células madre adultas, aquellas que no requieren la eliminación de embriones para su obtención, se habla del genérico células madre, para presentar el logro como fruto de la investigación con embriones que, a día de hoy, no ha producido ningún resultado médico. La tercera táctica es rebajar la dignidad del embrión, que se describe como una «minúscula pelota de unos cientos de células que carecen de cualquier rasgo identificable como humano», aunque posea la carga genética completa que tiene el ser humano y, si se implantara en el seno materno se desarrollaría hasta su nacimiento.

Así, ante la manipulación de la información, no es de extrañar el desconcierto de la sociedad, a la que se pregunta ¿quiere usted renunciar a la curación de enfermedades degenerativas? sin explicarle como será esa curación, ni su precio. ¿Inconsciencia? ¿desinformación? O simplemente engaño.

Rafael Rubio es Profesor de Derecho Constitucional

Ignacio Sánchez Cámara, “Los términos del problema (clonación)”, ABC, 14.VIII.2004

La admisión de la clonación terapéutica entraña un grave problema moral. Lo primero ha de ser atenerse a los hechos y plantear con claridad los términos del problema. El lector atento y con buen criterio extraerá la solución, que no debe confundirse con «su» solución, pues el relativismo cuela ya de tapadillo la suya errónea: todo es relativo; luego, haga cada cual lo que mejor le parezca. El análisis de todo problema moral debe partir del respeto a los hechos. ¿Qué es lo que se debate? En este caso, se trata de determinar si es lícito crear un embrión clónico para utilizarlo en investigación de terapias contra enfermedades hoy incurables, y destruirlo después. Dejemos de lado las serias dudas que existen sobre la eficacia de estas terapias y la posibilidad de la existencia de tratamientos alternativos. ¿Es o no lícito moralmente hacerlo? ¿Deben autorizarlo los Estados? ¿Es compatible con la dignidad que conferimos a la vida humana, o con la que ésta posee de suyo? El siguiente paso bien podría ser rechazar lo que no está en discusión, los falsos planteamientos y las eventuales falacias. No se trata de una cuestión religiosa que afecte al ámbito de la fe y enfrente a creyentes y no creyentes. Tampoco se puede saldar el debate apelando al oscurantismo de quienes se oponen al avance de la ciencia, entre otras razones porque quienes argumentan así sí rechazan, muchas veces sin argumentos, la clonación reproductiva. Quienes se opusieron a la eugenesia nazi no fueron oscurantistas. Ni cabe zanjar el debate esgrimiendo la insensibilidad hacia el dolor de quienes oponen reparos morales. No hay debate auténtico cuando falta la buena fe. Ni tampoco cuando ningún interlocutor está dispuesto a atender los argumentos ajenos y descarta toda posibilidad de ser convencido. LO que verdaderamente se dirime es si es lícito fabricar un embrión clónico para curar y ser destruido. Argumentarán a favor quienes antepongan la salud y la vida del adulto frente a la dignidad de la vida embrionaria o quienes nieguen que la clonación atente contra ella. Se enfrentan aquí, como en tantos otros casos, distintas concepciones sobre la realidad, la moral y el valor de la vida humana, distintos planteamientos sobre la relevancia de la autonomía de la voluntad, la dignidad del hombre, la valoración exclusiva de las consecuencias de la acción, la justificación de los medios por el fin, la idea del deber o la afirmación de la existencia de acciones intrínsecamente buenas o malas. En suma, se enfrentan diferentes concepciones filosóficas con distintos órdenes de jerarquía de valores. Aunque no sea fácil, no debemos resignarnos a la inexistencia de un debate genuino. No valen ni la descalificación previa, ni el mero recurso al consenso, tan socorrido para políticos con convicciones anémicas. Ni tampoco la superficialidad antifilosófica. LAS disquisiciones sobre cuándo el embrión llega a ser persona me parecen alambicadas y, a veces, desembocan en meras disputas sobre palabras. La diferencia entre una célula madre y un adulto de, por ejemplo, sesenta años es patente. Pero también lo es que el embrión clonado es idéntico a lo que un día fue la persona cuya vida se intenta salvar mediante su fabricación. En cualquier caso, no se trata de un debate que enfrente a ilustrados y oscurantistas, sino a quienes sustentan diferentes concepciones acerca del valor de la vida embrionaria, una más laxa y otra más estricta, o, si se prefiere, una que defiende el valor intrínseco de la vida y otra que lo niega.

Recopilación de artículos de ARVO sobre fecundación in vitro

Pinchar aquí para ir a la recopilación de artículos de ARVO Temas tratados: -Embriones humanos «congelados»… -Más luz sobre la Ley de reforma de Reproducción Asistida y de la Nota de la Conferencia Episcopal Española. -Instrucción «Donum vitae» sobre el respeto de la vida humana naciente y la dignidad de la procreación. -De Hipócrates a Kevorkian: ¿Hacia dónde va la Ética Médica? -Persona y dignidad. -Aportaciones más recientes en torno al debate sobre los embriones humanos, su estatuto en las diversas situaciones, el uso terapéutico de las células madre, la reproducción asistida, etc. -La situación biológica primordial del ser humano engendrado y del producido mediante la fecundación in vitro (FIVET).

-El respeto y las afrentas a la dignidad humana -Experimentación con embriones sobrantes. Las vidas humanas no valen menos porque nadie las llore. Gonzalo Herranz.

Respeto a la vida, ¿por qué?

La vida tiene una historia muy larga,
pero cada individuo tiene un comienzo muy preciso:
el momento de su concepción.

Jérôme Lejeune

Vidas humanas expuestas a toda suerte de manipulaciones

En el mismo ADN de un embrión humano está ya presente toda la constitución de la persona: sistema nervioso, brazos, piernas, incluso el color de sus ojos. Y en el momento en que está compuesto solo de tres células, inmediatamente después de la fecundación, el individuo es ya único, rigurosamente diferente de cualquier otro. Nunca se ha dado antes y no se dará de nuevo nunca más; es una novedad absoluta. Como ha escrito Jérôme Lejeune, el embrión es un ser vivo; y procede del hombre; por tanto, el embrión es un ser humano. De ahí se deduce que no puede considerarse propiedad de nadie. Continuar leyendo “Respeto a la vida, ¿por qué?”

Gonzalo Herranz, “El sacrificio de prisioneros de guerra y los embriones congelados”, PUP, 7.XI.02

El autor -Director del Departamento de Humanidades Biomédicas de la Universidad de Navarra- se pregunta si son reales las expectativas que ofrece a la medicina la investigación con embriones congelados excedentes de FIV. A este planteamiento añade otro de un gran calado ético, como es el de la dignidad humana. Estos embriones, aunque están abocados a su desaparición, tienen igual dignidad que el resto de seres humanos. Las clínicas de FIV deberían defender sus vidas.

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Emilio Sanz, “Pisar la raya”, La Tribuna, 15.XI.02

Confieso públicamente que, cada vez que sale una nueva novela de John Grisham, (ese abogado estadounidense que cambió la toga por la pluma, y del que los fabricantes de chistes de abogados dirían que dejó de contar historias en los tribunales para contarlas en las novelas), cada vez que sale una nueva, digo, intento conseguírmela cuanto antes y me la leo en “dos patás”.

Pues resulta que, en una de las últimas de Grisham, se hace una descripción bastante buena de un hombre sin norte, que eso son los negociantes tramposos de las novelas, y el último rasgo del retrato viene a decir que “era uno de esos tipos que borró la raya, de tanto pisarla”.

Me he acordado de esto del pisar la raya al informarme sobre la cuestión de la clonación terapéutica.

La empresa estadounidense “Advanced Cell Technology” ha sido la primera en acercar el pie a la raya anunciando la posibilidad de utilizar embriones nacidos de un proceso de clonación humana, para obtener células madre, y con estas últimas tratar a pacientes con enfermedades degenerativas.

Pues bien: lo que propone el citado laboratorio norteamericano es aprovechar esos embriones humanos que pretende crear mediante clonación, para sacarles las células de su disco embrionario (células madre) y, después de una serie de procesos y cultivos, trasplantar esas células a un enfermo. Hay que decir que para poder extraer el disco embrionario, el embrión en cuestión debe morir.

El proceso sería el siguiente: 1.- Tomar una célula del paciente y clonarla. De ahí se obtiene un embrión humano; 2.- Cultivar ese embrión en un laboratorio durante unos días, el tiempo suficiente para que se le puedan separar las células de su disco embrionario (las famosas células madre). El embrión muere, y ya tenemos células madre; 3.- Esas células son tratadas para evitar su envejecimiento, y luego se transforman en células del tipo que necesita el enfermo: nerviosas, musculares, o del tipo que sea; y 4.- Se hace el trasplante, y se tiene cuidado de que no haya rechazo y de que las células trasplantadas se integren funcionalmente en el cuerpo del enfermo.

Dicen los científicos que, de todos estos pasos, ahora mismo sólo se sabe cómo hacer el segundo de ellos, porque se ha ensayado sobre embriones “sobrantes” de fecundaciones in vitro. Pero los demás pasos, no se sabe cómo hacerlos. Estamos, pues, en condiciones de hablar, por ahora, sólo de experimentos. Resulta curioso que ya han corrido ríos de tinta sobre este tema, pero en discursos de políticos, en artículos de periodistas, y en anuncios de empresas: artículos científicos hay sólo media docena.

A mí me ha quedado bastante claro que se trata de crear un ser humano mediante la técnica de la clonación, para luego extirparle un trozo. Con esa extirpación el ser humano se muere, pero se muere “por una buena causa” como es que se cure su progenitor biológico. Como si la bondad de la intención justificase la barbaridad de crear un ser humano con la única finalidad de luego matarlo para aprovechar sus despojos. Suena muy fuerte, pero porque es muy fuerte. Digan lo que digan los diputados y los ministros de letras, un embrión humano es un ser humano. Para evitar la asociación de ideas, a veces dicen “conjunto de células”, en vez de embrión. Pero es lo mismo: un ser humano.

Pensemos un poco. Siempre que surge la controversia ética/ciencia existe la tentación de admitir que el fin justifica los medios. Con el señuelo del progreso y con el dolor de la pena que da un enfermo, nos plantean que hay que hacer lo que sea para llegar a la solución. Y ese “lo que sea” es el que suscita el debate ético. Y, si no se tienen las ideas claras, se puede ir tapando la verdad a base de echarla encima paladas de sentimentalismo que ahoguen a la verdad misma.

Cuando hay en juego vidas humanas, y no sólo vidas humanas sino la concepción que en la sociedad se tiene acerca de su naturaleza y de su valor, es mejor mantenerse muy lejos de aquella raya de la que hablábamos al principio, no vaya a ser que, de tanto pisarla, la borremos.

Y lo mejor del caso es que, paralelamente, se están haciendo experimentaciones clínicas en las que, en vez de obtener células madre de un embrión, se obtienen de un organismo adulto, extracción ésta que no mata a nadie, con lo que no parece que sea necesario cultivar embriones. La pregunta es la que todo el mundo tiene en la cabeza: Entonces, ¿por qué tanto interés en los “experimentos” con embriones humanos? La respuesta no la tienen los diputados de letras, ni los periodistas, ni siquiera los científicos. Pero podría estar en que a esa empresa le interese económicamente ir acercándose a la raya, con el riesgo para todos de que, en un descuido, la pise, y la termine borrando. La estrategia sería, así, perfecta: se busca un motivo terapéutico, se desarrolla la técnica, se comercializa, y la propia dinámica de las cosas irá extendiendo su uso a otros fines menos terapéuticos.

Lo dicho: por favor, es mejor que nadie pise la vida.

Publicado en La Tribuna de Ciudad Real, 15.XI.02 Tomado de www.sanz.biz