Gonzalo Herranz, “Propaganda y realidad sobre la clonación humana”, ABC, 2.XII.01

De clonación humana hemos hablado esta semana hasta la saciedad. Parece imposible añadir razonamientos nuevos a los que, desde las diferentes posturas, se han aducido. Pienso, sin embargo, que merece la pena examinar críticamente el argumento fuerte que los partidarios de la clonación terapéutica humana, un argumento que viene a ser una adaptación del principio utilitarista de la mayor felicidad para el mayor número. Dice así: las células madre derivadas de clones humanos curarán a millones de pacientes, acabarán con las grandes plagas que azotan hoy a la humanidad.

El argumento incluye, pues, dos promesas: una, llevar alivio a millones de seres humanos; otra, de curar muchas y muy diversas enfermedades. Ninguna de ellas es creíble.

¿A cuántos beneficiará la clonación terapéutica? Recordemos que lo propio de la clonación es la identidad entre clon y clonante. Un clon producirá, si todo va bien, células madre destinadas al individuo singular del que es copia. A nadie más. Cada vez que tratemos a un enfermo con células madre, tendremos que producir primero su correspondiente embrión clónico.

Pero obtener esas células es algo tan complejo y caro que sólo estará al alcance de una clientela muy exclusiva, que tenga dinero bastante para comprar decenas de oocitos y pagar las sofisticadas técnicas de micromanipulación y cultivo, los agentes que dirigen la diferenciación hacia tipos celulares específicos, al personal supercualificado, y, puesto que los fracasos acechan, las pólizas de seguro contra tantos riesgos.

La clonación terapéutica será siempre muy cara, y no sólo durante el largo tiempo de optimización de las técnicas. Nada, pues, de millones de beneficiarios reales, de “miles de millones”, como un científico español exageró en un telediario. Los servicios nacionales de salud no podrán hacerse cargo de esa prestación. El deber de justicia plantea ahí un grave problema ético. De momento, no parece justo destinar dinero público a desarrollar técnicas que, una vez puestas a punto, van a beneficiar a unos pocos millonarios.

Nadie sabe todavía si las células troncales derivadas de embriones clonados serán beneficiosas y en qué grado. No tenemos todavía suficientes pruebas experimentales. Y, sin embargo, se habla, como si la cosa estuviera a la vuelta de la esquina, de curar enfermedades que hoy no tienen tratamiento satisfactorio: el Alzheimer, el Parkinson, la esclerosis múltiple, la apoplejía, el cáncer, la cirrosis, la diabetes, el daño miocárdico, la osteoporosis, la leucemia, la esclerosis múltiple y el SIDA: todas enfermedades terribles y de elevada prevalencia. Además, se nos asegura que, gracias a la clonación terapéutica, se desarrollará la medicina reparativa que neutralizará la erosión que, con la edad, desgasta nuestros órganos: nos hará, sino perpetuamente jóvenes, sí resistentes al paso de los años.

En resumen: que la clonación terapéutica parece casi una panacea. La historia nos enseña que soñar en panaceas es exponerse a llevarse un chasco. Desengañémonos: tanto énfasis en los poderes curativos de la clonación es un gesto de mercadotecnia: hacen falta muchos millones para ese negocio tan arriesgado y azaroso, hay que conseguir que accionistas y políticos pongan la pasta, diciéndoles que la medicina regenerativa es a la vez una mina de oro y un deber social.

Allá por los años 70, hubo un movimiento reivindicativo, Science for the people, que reclamaba para el pueblo la función de programar la investigación científica. Duró poco a causa de su radicalismo destemplado. Pero la idea de que la gente común ha de meterse en política científica es una idea sana que, así lo espero, terminará por imponerse. Hace unos años, la prestigiosa Royal Society, lanzaba a todos el mensaje de que había que interesarse por el ADN. No pretendía convertirnos en expertos en bioquímica o biotecnología. Simplemente pedía que estudiáramos y conversáramos unos con otros sobre como la ciencia va camino de afectar lo más profundo de nuestra humanidad. Hay leer entre líneas lo que cuentan los científicos. Hay que participar en la tarea de fijar los límites del dominio de la ciencia sobre el hombre.

Cuando la gente piensa por su cuenta en la clonación terapéutica, termina por rechazarla. Así lo han mostrado las encuestas serias hechas en el Reino Unido, Estados Unidos y Canadá.

Gonzalo Herranz Departamento de Humanidades Biomédicas, Universidad de Navarra

Jaime Esteban, “Moral sentimental” (sobre la manipulación de embriones), PUP, 29.X.01

Terror, eso es lo que he sentido. Se me dirá, posiblemente, que soy un agorero o un exagerado, pero creo que el asunto es peliagudo y se las promete muy fieras. Y me explico.

Hace pocos días, admirado, escuché el caso reciente de una mujer que ha conseguido ser madre estando ya bien entrada en la cincuentena. Se trata, ciertamente, de un prodigio de la medicina. Ciencia y humanismo se alían para conseguir la felicidad de una mujer; así lo han visto la mayoría de los medios de comunicación. Yo no quiero ser menos, y deseo lo mejor de esta vida para la madre y la criatura. Pero… Siempre es bueno detenerse a ver si hay peros, y en este caso los hay. Me enteré de la noticia por algún informativo televisado, creo recordar que el Telediario de la primera cadena de Televisión Española, en el que se entrevistaba a la médico de la recién estrenada madre. Parecía una mujer agradable y optimista. Hizo especial hincapié en la buena disposición de su paciente para éxito de la empresa, léase gestación y posterior alumbramiento. Hablaba, encantada, de la felicidad impagable que había conseguido su paciente gracias a la donación de óvulos… «Luego esa mujer no es! la verdadera madre de la criatura», me dije; pero rápidamente deseché pensamiento tan impertinente y continué atendiendo a la entrevistada. La médico ensalzaba el tesón de su paciente. Parece ser que el premio de sentirse madre no lo había alcanzado sino después de numerosos intentos… «¡Numerosos intentos!». Aquí, he de confesarlo, ya no pude contener mis pensamientos inoportunos. Porque, veamos: ¿qué significa numerosos intentos? No sé en este caso que nos ocupa, pero lo normal es que un intento fallido sea un embrión destruido: muerto. O congelado. O tirado a la alcantarilla por un desagüe… ¿Y de qué estamos hablando? ¿De un caramelo, una canica, una mercancía que puede escogerse, manipularse, congelarse? No sé si el embrión es persona o no lo es, pero sí tengo claro que se trata de un proyecto de vida humana, un proyecto viable, autónomo e independiente, y eso es suficiente para otorgarle la condición de ser humano y, por tanto, tratarlo como a tal. Lo contrario, el empl! eo utilitarista del ser humano, nos acerca casi siempre a situaciones poco deseables: la esclavitud, la trata de blancas, la compraventa de niños; y de ahí a Auswitz, el camino que hay que recorrer se hace inquietantemente más corto. Pero, curiosamente, nadie se ha ocupado de esto en los medios de comunicación. Es un asunto incómodo, molesto. Lo que importa es la felicidad de una mujer que por fin se ha sentido madre. Y esto es lo terrorífico. Esto es lo que verdaderamente me asusta.

Estamos constituyendo una moral que se asienta en los pilares resbaladizos del sentimentalismo. Fijémonos, si no, en los modos de argumentar. Ante al aborto siempre se escucha la cantinela de la violación, la muerte segura de la madre en el parto o la pobre chiquilla que será apaleada hasta la muerte por un padre intransigente; nadie habla de la grandeza de la vida. En el caso de las rupturas matrimoniales se apela al derecho a ser feliz de la persona; el compromiso, la dignidad del hombre acrisolada en una promesa de fidelidad, de garantizar que uno va a seguir siendo el mismo al cabo del tiempo, no aparece por ninguna parte. Ciertamente cada caso es cada caso, y no somos quienes para juzgar nadie; menos aún en situaciones de tensión vital y sufrimiento extremos. Pero a lo que no podemos renunciar es al uso de la razón. Es verdad que el corazón tiene razones que la razón no entiende. Es cierto que la hipertrofia de la razón es fría y desagradable, a más de procurarnos una i! magen falseada del hombre. ¿Pero qué ocurre si fiamos todo al sentimiento? La pasión es ciega, y los sentimientos tienen más de pasión que de razón. En una moral que siente en vez de pensar, hasta las mayores monstruosidades tienen cabida siempre que se vendan con unas pocas lagrimitas y una banda sonora de esas que hace se te ericen los pelos del colodrillo. Mal negocio es guiarse por los sentimientos, y peor aún construir una moral asentada en éstos. Si escogemos a un ciego como lazarillo vamos directos al despeñadero.

Razonar es un acto reflexivo, algo interior. Un hombre es reflexivo cuando vive hacia dentro y no hacia fuera. Cuando pondera las cosas en su fuero interno, y no cuando su obrar sigue al sentir. Pero no nos engañemos; lo que hoy interesa es el color, la música, la imagen, el sonido. Hay que alucinar y que flipar. Y mientras, según dicen, cada vez se lee menos en España.

Jeremy Rifkin, “El estudio de la célula madre: el plan comercial oculto”, El País, 7.IX.01

Jeremy Rifkin, Presidente de la Fundación sobre Tendencias Económicas de Washington. Continuar leyendo “Jeremy Rifkin, “El estudio de la célula madre: el plan comercial oculto”, El País, 7.IX.01″

Julio Coll, “La reproducción de los genomas”

  • ¿Qué es un genoma?
  • ¿Cuántas intrucciones tiene?
  • ¿Qué es un gen?
  • ¿Dónde están los genomas?
  • ¿Cómo se originan?
  • ¿Cómo se desarrollan?
  • ¿Clonaje terapética?
  • Conclusiones
  • JULIO COLL MORALES Biológicas UCM pHD Cell Biology MIT

    Gonzalo Herranz, “Ética médica y píldora del día después”, Diario Médico, 4.IV.01

    El autor se refiere al mecanismo de acción de la llamada píldora del día después y se asombra de la nube de ignorancia que rodea a su efecto antinidatorio, precisamente en el tiempo de la medicina basada en la evidencia. En otro artículo que se publicará mañana en la sección de Normativa el profesor Gonzalo Herranz analizará el consentimiento informado en la prescripción de este producto. La reciente aprobación por la Agencia Española del Medicamento de la comercialización del levonorgestrel en la forma farmacéutica de píldora del día después (pdd) es un asunto que plantea problemas ético-médicos y deontológicos nada triviales y merecedores de comentario.

    El mecanismo de acción de la pdd incluye un componente de significado ético fuerte: impide la anidación y, con ello, el desarrollo del embrión hu-mano. Sabemos que lo hace, pero ignoramos cuántas veces los hace. En consecuencia, recetar el médico o tomar la mujer la pdd son acciones con fuerte carga de responsabilidad, en las que juegan un papel muy relevante factores de dos órdenes: uno que podríamos asignar al área de la ética biológica; el otro, al de la ética profesional. El factor ético-biológico consiste en saber qué es lo que ocurre en el organismo de la mujer cuando hace uso de la pdd: sólo sabiéndolo no daremos palos de ciego y será posible actuar con conocimiento y racionalidad. El factor ético-profesional consiste en analizar, a la luz de los principios de la deontología médica, qué requisitos -de información no sesgada, de respeto por las personas y sus convicciones morales- habrían de exigirse para que un médico pueda prescribir la pdd.

    Mecanismo de acción en la penumbra ¿Qué sabemos de la pdd? Aquí, la pregunta no se refiere primariamente a su eficacia y seguridad, a sus interacciones: de eso sabemos suficiente. Se refiere a su mecanismo de acción, del que necesitamos saber y hablar más.

    Es casi rutinario decir que la pdd ejerce un efecto diverso y multifactorial, que depende de la relación temporal que se dé entre el momento de la ingestión del producto y el día del ciclo menstrual o el tiempo transcurrido desde la relación coital. En la versión oficial de los hechos, se dice que la pdd puede inhibir la ovulación o, a través de sutiles perturbaciones de la función del eje hipotálamo-hipófisis-ovario, retrasarla; que puede modificar la textura del moco cervical y volverlo impracticable para los espermios; que puede enlentecer la motilidad tubárica y con ella el transporte de los gametos; que puede debilitar la vitalidad de los espermios y del ovocito y mermar su capacidad de fecundarse; o que, en fin, puede alterar el endometrio y hacerlo refractario o menos receptivo a la implantación del huevo fecundado. Es decir, unos cambios son contraceptivos porque inhiben a la fecundación; otros, en cambio, operan después de ésta y han de ser tenidos como interceptivos o abortivos muy precoces.

    Qué parte juega cada uno de esos factores, y particularmente ese último y decisivo efecto antinidatorio de la pdd, en el resultado neto final de que nazcan menos niños, nadie se ha propuesto dilucidarlo. La cosa, importante como es, permanece envuelta en una tenaz nube de ignorancia. Sorprende que una cosa así ocurra en el tiempo de la medicina basada en pruebas, tiempo en que, en farmacología clínica, se hila muy fino y no están bien vistas ni la ignorancia ni la indeterminación. Disponemos sólo de estimaciones indirectas, aunque relativamente fiables, que permiten concluir que, aun dada a tiempo, la pdd no inhibe la ovulación siempre; que, a pesar de los cambios que induce en el moco cervical, la pdd no impide que los espermios pasen en cantidad disminuida, pero suficiente, a la trompa; y que el efecto antinidatorio endometrial juega un papel, decisivo aunque no cuantificado, en la eficacia del tratamiento.

    Claridades y ambages Una situación así obliga a actuar en la duda, con menos datos de los necesarios, lo cual crea conflictos. Con razón, quienes profesan un respeto profundo a todos los seres humanos sin excepción, estiman que jamás uno de ellos puede ser expuesto al riesgo próximo de ser destruido, aunque ese riesgo no esté cuantificado. Basta con que la pdd sea de hecho capaz de privar de la oportunidad de vivir al embrión humano para que sea condenable. Quienes no profesan aquel respeto prefieren negar el problema ético valiéndose de ciertos cambios del lenguaje. Para ellos, mudar el nombre de las acciones transmuta su moralidad. Afirma un editorial del New England Journal of Medicine: “…aun cuando la contracepción de emergencia actuara exclusivamente impidiendo la implantación del zigoto, no sería abortiva”. Pero no se nos dice qué es. Quebrar la vida de un ser humano, por minúscula que sea la víctima, es algo que merece ser llamado de alguna manera. Impedir la implantación del embrión humano es un hecho de notable importancia ética que no se puede volatilizar por el fácil expediente de dejarlo sin nombre. Su sustancia moral no desaparece aunque se recurra a la redefinición de gestación y concepción que hace años pactaron la OMS, la ACOG, la FIGO y las multinacionales del control de la natalidad. Pero la tal redefinición no es de recibo: a ella se vienen resistiendo año tras año, con una tenacidad sensata, muchos hombres y mujeres de buena voluntad, las sucesivas ediciones de los diccionarios generales y médicos, y los libros de embriología humana.

    De todas formas, aun en medio del ocultamiento y la indeterminación, no faltan quienes, superado todo escrúpulo ético ante el aborto y la contracepción dura, se manifiestan con sincera franqueza. Un par de muestras: en la versión española, pero curiosamente no en la inglesa, de la página del Population Council en internet, se lee: “Lo que hacen las píldoras anticonceptivas de emergencia y las minipíldoras de emergencia es, principalmente, modificar el endometrio (la capa de mucosa que recubre el útero), para así inhibir la implantación de un huevo fecundado”. Y Emile Etienne Baulieu acuñó el concepto de contragestivos para agrupar junto a la RU-486 (la píldora abortiva que él había diseñado) los métodos de control de la fertilidad que son abortivos muy precoces, como los dispositivos in-trauterinos, la contracepción hormonal a base de gestágenos y la contracepción postcoital. “De hecho -afirmó en su discurso al recibir la Medalla Lasker- la interrupción posterior a la fecundación, que tendría que ser considerada como abortiva, es algo que está a la orden del día […] Por esa razón, hemos propuesto el término contragestión, una contracción de contra-gestación, para incluir en él la mayoría de los métodos de control de la fertilidad”.

    Eso es hablar claro y sin tapujos. La evolución histórica de la contracepción ha seguido una trayectoria bien definida: de la anovulación a la intercepción, del ovario al endometrio, de antes de la fecundación a después de ella. El modo, lugar y tiempo de su actuación han ido cambiando en los últimos 45 años. Pero se sigue hablando de contracepción, como si nada hubiese ocurrido.

    El médico que profesa un profundo respeto a la vida y que no ignora el efecto antinidatorio de la pdd rehusará prescribirla, para lo que no necesita, a la vista de los términos que constan en la reciente autorización del levonorgestrel, recurrir a la objeción de conciencia. Pero, si un día se incluyera la pdd entre las prestaciones de las aseguradoras privadas o del Sistema Nacional de Salud, el médico podría presentar objeción de conciencia a su prescripción, al igual que lo hace ante el aborto de embriones y fetos de mayor edad.

    Etica médica y píldora del día después (II) El profesor D. Gonzalo Herranz comentaba ayer en DIARIO MEDICO la nube de ignorancia que rodea al efecto anidatorio de la llamada píldora del día después. En este segundo artículo, el autor destaca la importancia de una información completa en la prescripción de este producto y la obligación deontológica del médico de respetar las convicciones de la paciente, a quien no puede imponer su opinión.

    Aunque es altamente cuestionable que la píldora del día después (pdd) pueda considerarse como un medicamento convencional, de momento en España ha de prescribirse y dispensarse como si de un medicamento genuino se tratara. El farmacéutico sólo podrá dispensarla cuando la haya recetado un médico.

    Conviene, pues, preguntarse qué normas deontológicas son especialmente pertinentes al caso. Son dos los artículos del vigente Código de Etica y Deontología Médica que, a mi parecer, las contienen.

    El artículo 25 del Código de Etica y Deontología Médica dice que “el médico deberá dar información pertinente en materia de reproducción humana a fin de que las personas que la han solicitado puedan decidir con suficiente conocimiento y responsabilidad”. El código declara que la información sobre la reproducción humana es un área privilegiada, especial. En nuestro caso, impone al médico, en especial al ginecólogo y al médico general, el deber de informar sobre la pdd no de modo rutinario, sino cualificadamente, pues la información que dan a quienes le preguntan ha de servirles a éstos para tomar decisiones con conocimiento suficiente y con suficiente responsabilidad. Tal información ha de ser objetiva, inteligible, adecuada.

    Información éticamente significativa Con datos parciales, oscuros o sesgados no puede llegarse a decisiones responsables. Es criterio general que el consentimiento del paciente no sería genuino, esto es, ni libre ni informado, si el médico le ocultara información que el paciente tuviera por éticamente significativa. Con respecto a la pdd, quien ha de juzgar es la propia mujer. El artículo 25 reconoce la especial e intransferible responsabilidad de cada uno en materia de reproducción humana que, en el pluralismo ético de hoy, admite diferentes versiones: para unos, se trata de ejercer una maravillosa cooperación con el poder creador de Dios; para otros, se trata de expresar la centralidad que la reproducción humana ocupa en su plan de vida personal; para otros, se trata de ejercer el derecho de transmitir al hijo, a través del material genético, la imagen de la propia identidad.

    El médico ha de reconocer que quienes creen que la vida del ser humano comienza con la fecundación actúan con plena racionalidad cuando rechazan un tratamiento que pueda destruir una vida humana naciente, aun cuando la frecuencia absoluta de tal evento fuera baja. Es cierto que, en el proceso de consentimiento informado, el médico no está obligado a referir riesgos muy raros, pero esa norma decae cuando se tengan indicios razonables de que esa rara posibilidad es tenida por el paciente como importante, muy importante. Esos indicios se obtienen informando y preguntando. No hacerlo equivaldría a viciar el consentimiento, que ya no sería informado. Se sabe que se dan efectos psicológicos negativos, sentimientos de engaño, culpabilidad o tristeza, reacciones de rabia o depresión en mujeres que creen que la vida humana comienza con la fecundación y que más tarde se enteran de que la pdd pudo haber eliminado una de esas vidas, sin que se les hubiera informado y dado oportunidad de expresar su voluntad. La falta de consentimiento en un caso así puede exponer al médico a enojosas consecuencias deontológicas y judiciales.

    Manifestar opiniones, no imponerlas El artículo 8 del código dice que “en el ejercicio de su profesión, el médico respetará las convicciones de sus pacientes y se abstendrá de imponerles las propias”. Respetar a las personas es respetar sus convicciones. Como es lógico, las convicciones que el médico no puede imponer no son sólo las políticas, ideológicas o religiosas. Son también las técnicas y científicas. El médico ha de manifestar sus opiniones y recomendaciones que hagan al caso, pero ha de hacerlo sin abusar de su posición de poder. Si piensa el médico que el embrión humano es respetable sólo después de haberse implantado o incluso más tarde, esa es su opinión, pero no puede imponerla a quien tiene a la fecundación por comienzo de la existencia humana. No puede olvidar el médico que, para mucha gente, son inaceptables aquellas formas de regulación de la reproducción que permiten la fecundación y provocan luego la pérdida del embrión.

    En su relación con el paciente singular, el médico no puede aplicar los criterios asignados por las encuestas sociológicas a las mayorías. Los sondeos de opinión pueden decir que la opinión prevalente es que el embarazo indeseado o inesperado tiene su destino más apropiado en el aborto, o que la pdd es la opción que ha de ofrecerse sin más averiguación a quien solicita contracepción urgente. Pero ésa bien puede no ser la opinión de muchos otros. Incluso puede estar en contradicción con otras estadísticas.

    Así, por ejemplo, entre las adolescentes, que constituyen al respecto el grupo más vulnerable, las circunstancias (sociales, culturales, religiosas, familiares) que intervienen en la decisión de abortar o de continuar el embarazo son muy complejas e impredecibles, y obligan a prestar al asunto una atención individual y libre de prejuicios. En todo caso, el más justificado sería el prejuicio a favor de la vida. En efecto, los datos relativos al millón aproximado de adolescentes que anualmente quedan embarazadas en los Estados Unidos suelen mostar con notable constancia que deciden abortar sólo un tercio de ellas (35 por ciento), mientras que los otros dos tercios (65 por ciento) lo continúan, aunque una séptima parte del total (14 por ciento) termina en un aborto espontáneo.

    El médico no puede prejuzgar que la persona que tiene delante participa de las mismas convicciones éticas que él. Y menos todavía puede dar por supuesto que esa persona prefiere ignorar o no dar importancia a las implicaciones morales o religiosas del uso de la pdd. Y, dado que hay pruebas que sostienen que la pdd ejerce un efecto antinidatorio y siendo imposible que el médico sepa de antemano si la mujer que le consulta objetará o no a su empleo, no se puede sostener que sea buena práctica médica privar a la mujer de la información imprescindible para que ella preste su autorización. No dar esa información sería a la vez un engaño y un abuso, que expropiaría a la mujer de su autonomía.

    La situación definida como contracepción de urgencia no exime de ese diálogo singular y libre de prejuicios entre el médico y la mujer. No pertenece la prescripción de pdd al pequeño número de situaciones de urgencia extremada en las que puede prescindirse del consentimiento informado. En el caso de la presunta prescripción de la pdd no puede prescindirse de entablar con la mujer una relación inteligente, informativa, éticamente respetuosa, que tenga en cuenta sus creencias y valores. La autorización para comercializar la pdd trae a primer plano esos dos aspectos básicos de la ética profesional de la medicina: el respeto a las convicciones del paciente y la comunicación de la verdad. Queden los que no han sido tratados aquí para otra ocasión.

    Ética médica y píldora del día después (III) D. Gonzalo Herranz, miembro del Departamento de Humanidades Biomédicas de la Universidad de Navarra,se pregunta por el silencio de gran parte de la profesión médica ante un tema con fuerte repercusión en la opinión pública y explica la nueva significación del término concepción,a la que se resisten los libros de embriología y los diccionarios. Concluye que la información que se da a las mujeres es paternalista porque las considera incapaces de asumir sus responsabilidades.

    Hace poco más de un mes envié a DM un par de Tribunas sobre la píldora del día después (pdd), convencido de que iban a provocar un debate necesario y, así lo deseaba, clarificador. Pero ese debate no se ha producido: han ido pasando los días y nadie del campo profesional ha dicho en las páginas de DM esta boca es mía.

    Lo curioso es que se trata de un silencio selectivo, intraprofesional. En la calle, los medios de comunicación, con la colaboración de muchos médicos, no han parado de hablar sobre la pdd con ocasión de los diferentes pasos de su camino hacia las farmacias. Y DM mismo se ha hecho eco de una nota, breve y clara, de la Conferencia Episcopal Española.

    ¿Qué podrá significar ese silencio dentro de la profesión? Podría, en principio, ser expresión de varias actitudes: del aburrimiento de unos por un asunto mil veces tratado y del que decir algo nuevo parece imposible; del desinterés de otros por un problema moral que juzgan superado; del desdén de muchos ante la naturaleza insoluble de un conflicto ético más; de la fatiga de los que empiezan a cansarse de pugnar por unos valores que ya no son compartidos. Pero la cosa no se puede quedar ahí. Es necesario traerla de nuevo a colación: no es bueno que los médicos respondamos con el silencio o la indiferencia a una cuestión que tanto interesa a la gente y que nos implica de lleno.

    Jugando con las palabras Quiero tratar aquí de un punto que está en el fondo del problema y que dejé sólo esbozado en una Tribuna de comienzos de abril: me refiero al cambio léxico que permite a los promotores de la pdd afirmar que ésta no es abortiva. Porque no se trata sólo de un cambio léxico: viene a ser la imposición de una ideología.

    Refería, en una de las Tribunas de abril, que se había recurrido a cambiar el significado de algunas palabras para hacer más convincente la idea de que la pdd no es abortiva. Creo que es clarificador conocer la historia y la intención de esos cambios.

    La transición a una sociedad dominada por el ethos contraceptivo exigía un cambio de pensamiento y de actitudes sobre lo que haya de entenderse por concepción: sólo cambiando el sentido de la palabra podrían cambiar las costumbres sociales. La cosa resultó bastante sencilla: consistió en disociar concepción de fecundación e identificar concepción con implantación terminada.

    Veámoslo con algo de detalle. Concepción, en su acepción original, genuina, de uso general no manipulado, es y ha sido siempre equivalente de fecundación: la concepción es la unión del espermatozoide y el óvulo, es el comienzo del nuevo ser, marca el inicio del embarazo. Eso es lo que en mayoría masiva dicen los diccionarios generales de las diferentes lenguas y lo que repiten en mayoría masiva los diccionarios médicos. Pero en el nuevo orden de cosas las cosas son distintas. En el nuevo lenguaje, concepción ya no es ni fecundación ni comienzo del nuevo ser, sino, como antes, el inicio del embarazo, pero marcado por la culminación de la implantación del blastocisto en el endometrio.

    Un significado auténtico El cambio no es un mero ejercicio de precisión académica: supone una revolución ideológica. Pero el significado genuino de las palabras -como en Galicia dicen d’os amoriños primeiros- aguanta impertérrito. Los libros de embriología y los diccionarios se han resistido al cambio. Es un ejercicio a la vez absorbente y divertido examinar lo que unos y otros dicen de concepción y fecundación, de embrión y pre-embrión, de cigoto y mórula, de blastocisto y gástrula, de embarazo y aborto, de contraceptivo y abortifaciente.

    La incorporación de la nueva ideología ha sido parcial y errática: se adaptan unos conceptos, pero se dejan sin enmendar otros. Todo parece artificial y fabricado. Baste un botón de muestra: el autoritativo Dorland’s. En la entrada “concepción” sigue la redefinición moderna: “concepción, el comienzo del embarazo, marcado por la implantación del blastocisto en el endometrio”. Pero, curiosamente, los revisores se olvidaron de modificar la entrada “embarazo”, que sigue anclada en la vieja tradición: “embarazo, la condición de tener en el cuerpo un embrión o feto en desarrollo, después de la unión de un ovocito y un espermatozoide”. Unas veces el comienzo del embarazo es la implantación; otras veces, la fecundación.

    Fascinante.

    Las cosas no casan ni pueden casar cuando el lenguaje es torturado y se vuelve loco. Los genetistas que colaboran con los embriólogos clínicos han desarrollado técnicas de diagnóstico génético preconcepcional y preimplantatorio, que le dan la espalda a la nueva nomenclatura. Y se la dan en la práctica profesional también los mismos ginecólogos: en un estudio hecho en 1998, en Estados Unidos, en que se les preguntaba en relación con la información que dan a las mujeres en el proceso de obtener el consentimiento informado, el 73 por ciento respondió que concepción es sinónimo de fecundación y sólo el 24 por ciento indicó que concepción era sinónimo de implantación.

    Con la nueva definición de concepción, una cosa queda asegurada: la contracepción no es sólo impedir la concepción, no abarca sólo el conjunto clásico de procedimientos, dispositivos, o sustancias que impiden la reunión del espermatozoide y el oocito y su fertilización. Incluye ahora, y trata de cobijar bajo la calificación ética de contracepción, los procedimientos, dispositivos o sustancias que impiden el desarrollo del embrión en el tiempo que va de la fecundación al final de la implantación. Lo que hasta ahora era abortivo precoz, conforme al nuevo lenguaje ya no lo es. Sólo merecen el nombre de abortivos o abortifacientes los procedimientos o sustancias que impiden el desarrollo del embrión ya implantado. Antes de terminada la implantación no se puede hablar de aborto, es incorrecto referirse a una interrupción del embarazo, porque, por la magia de la nueva palabra, el embarazo sólo puede ser interrumpido una vez que ha empezado, y ahora no empieza el día 1, sino un par de semanas más tarde. En el nuevo lenguaje, hablar de abortos de embriones de menos de 14 días es un contrasentido. Eso es lo que nos están diciendo acerca de la pdd algunos representantes de la industria farmacéutica, ciertos agentes sociales y de la Administración, y un sector de médicos.

    Ocultar una realidad científica Pero todos sabemos que no estamos ante un juego de palabras, sino ante la cuestión, infinitamente más seria, de nuestras relaciones con los seres humanos más pequeños. Estos, en su inocencia, son destruidos por la pdd.

    La manipulación léxica nos dice que no hablemos entonces de abortos, pero no nos dice de qué hemos de hablar. De algún modo habrá que llamar al hecho de privar de la vida a los embriones a los que se impide implantarse en el útero. Los neologismos técnicos de contracepción endometrial, de intercepción postcoital, de efecto antinidatorio sólo describen una parte de la realidad. Ocultan el hecho de que, en muchas ocasiones, según sea el momento del ciclo en que la mujer haya realizado el acto sexual, se impide la supervivencia de un número considerable de embriones humanos.

    Eso es lo relevante. Llamarle o no aborto es, en cierta medida, indiferente para la realidad ética subyacente, pero con alguna palabra hay que denominar la acción de eliminar vidas humanas inocentes. Ofuscar a las mujeres diciéndoles que con la pdd nunca pasa nada, en lo biológico y lo ético, es un condenable paternalismo, es tenerlas por incapaces de asumir la responsabilidad de sus acciones, escamotearles la oportunidad de escoger. Deben saber que por efecto de la pdd una vida humana puede ser cercenada, un destino humano cancelado, la promesa de una vida personal anulada. Y esa es una tragedia que no es justo trivializar con juegos de palabras por sugerentes que sean, por inteligentes que parezcan, aunque hayan recibido las bendiciones del ACOG y la FIGO, la OMS o la SEC.

    Gonzalo Herranz Departamento de Humanidades Biomédicas Universidad de Navarra

    Ignacio Sánchez Cámara, “Clonación y dignidad”, ABC, 1.XII.2001

    Las reacciones ante la clonación de un embrión humano parecen confirmar el carácter anómalo del debate moral contemporáneo. Especialmente, quizá, en el ámbito de la bioética. Toda discusión moral es estéril si no se remonta a los fundamentos, es decir, a las diferentes concepciones filosóficas de la ética. En caso contrario, todo queda reducido a repetición de tópicos, charla de café o diálogo de sordos. Tampoco cabe encontrar la respuesta en la ciencia, que suministra más los términos del problema que la solución. Y no se trata sólo de que no lleguemos a un acuerdo, cosa tal vez imposible; es que ni siquiera discutimos sobre los mismos presupuestos. De este modo, con exigua sutileza, unos perciben en los partidarios de la clonación terapéutica a una especie de asesinos en serie, y los otros convierten a sus detractores en entusiastas fundamentalistas de la muerte que se oponen con crueldad a un simple tratamiento médico. Pero algunos defensores de la clonación, y de otras causas semejantes, esgrimen un argumento falaz, que consiste en la atribución a sus oponentes de un planteamiento religioso o confesional, identificando el suyo con la racionalidad y el buen sentido, y les exigen la tolerancia y la exclusión del dogmatismo. Naturalmente, aceptar ese planteamiento es otorgarles de antemano la razón y escamotear el debate. Si no estoy equivocado, todo depende de la concepción que se defienda sobre la vida humana, sobre su origen, fundamento y dignidad. No pueden pensar lo mismo sobre, por ejemplo, el aborto, la eutanasia o la clonación quienes consideran que la vida es un don de Dios o una realidad misteriosa o trascendente que quienes la entienden como una mera propiedad inmanente de ciertos seres autónomos que pueden disponer libremente de ella, o quienes limitan la existencia de la persona a un cierto estado de madurez, o reducen el deber moral al principio de no causar daño a un ser sensible o consciente. Tampoco pueden pensar lo mismo quienes postulan la existencia de deberes absolutos e incondicionados que quienes limitan el deber a la producción del placer y a la evitación del dolor. Sin acudir a este ámbito de los fundamentos filosóficos y de la concepción radical del mundo y de la vida, las disputas morales constituyen una pérdida de tiempo y una irresponsabilidad. Si asumimos la primera tesis, es claro que la clonación, incluida la terapéutica, atenta contra el deber moral y contra la dignidad de la vida. Si nos adherimos a la segunda, la conclusión será su licitud en la medida en que puede paliar el sufrimiento de seres conscientes y maduros, aunque sea al precio de manipular y destruir embriones, carentes de toda dignidad. Por eso, no espero nada relevante de un debate sobre la clonación, y, en general, sobre bioética. Poco más que parloteo e incomprensión. Por mi parte, como creo en el sentido trascendente de la vida, considero que la clonación, incluida la terapéutica, es ilícita moralmente. Aliviar el sufrimiento y curar una enfermedad pueden constituir un deber, pero no un deber absoluto e incondicionado. Hay deberes más elevados. Pero también entiendo la posición de los partidarios, aunque creo que parten de una concepción equivocada de vida humana. Lo que no estoy dispuesto a aceptar es que la suya sea la única posición ilustrada y racional. Si es la única moderna y progresista, me importa muy poco. En cualquier caso, no albergo dudas acerca de cuál de las dos concepciones es más favorable a la dignidad de la vida y de la persona. Si no va a haber auténtico debate, lo mejor es guardar silencio, respetar al discrepante, mas no necesariamente sus argumentos, y confiar en que la verdad moral, que no depende del sufragio universal, termine por imponerse.

    Luis Montengua y Fernando Lecanda, “Células madre: realidades, oportunidades, retos”, N.R., I.02

    El reciente anuncio de una empresa americana de haber clonado embriones humanos ha provocado expectación y comentarios. La reacción de los expertos ha sido casi unánime: se trata de un estudio mediocre que presenta datos poco elaborados. Sin embargo, el episodio ha mostrado claramente que hay científicos y empresarios decididos a clonar seres humanos. Hasta hace bien poco había un consenso prácticamente absoluto en contra de la clonación humana. De repente, han comenzado a aparecer llamadas para que se apruebe la denominada «clonación terapéutica», distinguiéndola de «la reproductiva», que sería ética y socialmente condenable. La clonación llamada terapéutica propone producir embriones humanos clónicos de individuos para después diseccionarlos, extrayendo de ellos «células madre» como materia prima para el autotrasplante. Los partidarios de este tipo de clonación invocan de modo reiterado los miles de vidas que, en teoría, se podrían salvar utilizando las células madre embrionarias. La sociedad asiste asombrada a un debate de superespecialistas con argumentos y promesas que difícilmente se puede contrastar. En el presente ensayo, Luis Montuenga y Fernando Lecanda pretenden contribuir a clarificar el estado de la cuestión en relación a esas células madre, tanto las embrionarias como las presentes en los individuos adultos. Estas últimas han sorprendido incluso a los más escépticos por su increíble potencialidad. De hecho, descubrimientos recientes han puesto en entredicho las voces de mal agüero que sugerían que, para conseguir material biológico para las nuevas técnicas de trasplantete por reemplazo celular, no habría más remedio que utilizar embriones humanos.

    Desde el momento de la fecundación, el embrión unicelular o zigoto, formado por la fusión del espermatozoide y el óvulo, posee una identidad cromosómica única. Toda la información sobre el desarrollo posterior del zigoto se encuentra codificada en el adn cromosómico en forma de «unidades de información», llamadas genes. Cada gen se podría comparar con uno de los programas o de las canciones registradas en un cd, que sólo se activan cuando reciben las instrucciones y los estímulos necesarios. A partir de la fecundación, los genes que contienen las «instrucciones de funcionamiento y ensamblaje» del organismo se van activando paulatinamente mediante un proceso exquisitamente coordinado. La activación de los genes durante el desarrollo embrionario genera —en el lugar exacto y en el momento oportuno— las estructuras necesarias para dar lugar al organismo adulto. Éste se compone de muchos tipos de células con distinta morfología y función. El camino que media entre una sola célula no especializada —el zigoto— y los 10 billones de células del adulto, requiere la actuación continuada y simultánea de los motores básicos de la biología del desarrollo: la proliferación y la diferenciación celulares.

    Tras la fecundación, la primera célula del nuevo organismo comienza a dividirse y pasa a 2, 4, 8… células idénticas que se disponen formando una masa esférica semejante a una mora (mórula). En esos primeros instantes, las células del embrión son totipotentes; es decir, si por algún motivo accidental o experimental se separan, cada una de ellas puede dar lugar a un individuo idéntico. La proliferación celular es un proceso complejísimo cuyo descontrol lleva, entre otras cosas, a la aparición del cáncer. En los últimos años los científicos hemos dedicado un enorme esfuerzo para entender mejor los mecanismos moleculares que intervienen en el control de la proliferación celular. De hecho, tres especialistas, Leland Hartwell, Tim Hunt y Paul Nurse, acaban de recibir el Premio Nobel de Medicina de 2001 por su contribución al conocimiento de la división celular.

    Desde los estadios más precoces comienza también el proceso no menos complejo de la diferenciación celular. Por la diferenciación, a partir de una masa informe, las células del embrión se organizan en tejidos y órganos. La diferenciación consiste en una serie de cambios, que llevan a la célula a adquirir características morfológicas y funcionales especializadas. Por ejemplo, una célula nerviosa diferenciada posee unas prolongaciones capaces de propagar y transmitir señales; otras células se fusionan dando lugar a fibras alargadas especializadas en generar movimiento: son las células musculares; otras forman la sangre y adquieren las herramientas biológicas para el transporte de oxígeno o la defensa frente a infecciones. Se sabe que en el organismo adulto hay más de 200 tipos celulares especializados distintos. Es importante comprender que todos ellos provienen en último término de la primera célula, el zigoto, por medio de esos procesos de diferenciación y proliferación. El embrión unicelular o zigoto tiene pues capacidad o potencia omniabarcante, es decir, puede dar lugar a cualquiera de los 200 tipos celulares del organismo. En condiciones normales, a medida que las células del embrión se dividen, se va restringiendo la capacidad de especializarse. Es decir, cuanto más avanzado se encuentra el organismo en su desarrollo embrionario, menos «versatilidad» o «plasticidad» poseen sus células, que ya están determinadas en una dirección más o menos específica. Sin embargo, desde hace tiempo se conoce que existen unas células que suponen una excepción a esta regla. Algunas células de los tejidos del individuo adulto son todavía capaces de diferenciarse en varios tipos celulares distintos. Son las llamadas células madre (stem cells). Una célula madre es, en efecto, una célula capaz de dividirse y dar lugar a diversos tipos de células; algunas de las células «hijas» se especializan mediante diferenciación, y otras mantendrán su capacidad replicativa, y serán por tanto nuevas células madre. La existencia de este tipo de células permite mantener la capacidad regenerativa de los tejidos.

    Ya se conocía desde hace tiempo que algunos tejidos, como la sangre o el hígado, son capaces de regenerarse rápidamente en situaciones en las que se han producido daños extensos. La capacidad de regeneración depende de la existencia en los órganos y tejidos de los adultos de este tipo de células madre con capacidad de proliferación y diferenciación. Las células madre se encuentran en la mayoría de los órganos del adulto, y poseen la capacidad de autorrenovarse, es decir, de proliferar y de dar lugar a células diferenciadas o maduras, así como a otras células madre que perpetúan la capacidad de regeneración de un determinado tejido. En los últimos años, se han llevado a cabo progresos muy notables en el área de las células madre hematopoyéticas, que son uno de los dos tipos de células madre que se pueden encontrar en la médula ósea.

    Estas células se han aislado y expandido en cultivo y se utilizan en la práctica clínica para el tratamiento de enfermedades hematológicas mediante los trasplantes de médula ósea. La Medicina actual utiliza las células madre de la médula ósea con diversos objetivos terapéuticos, no sólo en el ámbito de la Hematología, sino también para el tratamiento de tumores no hematológicos. La Terapia Celular es un campo bien consolidado en la práctica clínica hematooncológica. Gracias a los nuevos hallazgos en relación a las células madre adultas, es previsible que la terapia celular se desarrolle enormemente, abriendo su campo de actuación al tratamiento de muchas otras enfermedades.

    Hasta hace poco, se pensaba que, a partir de las células madre de la médula ósea, sólo se regeneraban células sanguíneas; luego se vio que en la médula ósea había otro tipo de células madre, las del mesénquima, capaces de generar otros tipos celulares relacionados. En los últimos meses, los científicos hemos asistido asombrados a la publicación de numerosos trabajos que demuestran que estas células tienen una potencialidad admirablemente mayor que la pura fabricación de sangre. Esta propiedad se conoce con el nombre de versatilidad o plasticidad celular y consiste en la capacidad de una célula madre de un tejido para convertirse en una célula especializada de un tejido distinto, no relacionado estructural o funcionalmente con el tejido de origen.

    Un ejemplo de esta versatilidad es el de las células madre del tejido nervioso, de las que se creía que sólo podían generar células diferenciadas de tipo nervioso. Sin embargo, muchos experimentos recientes han demostrado que no es así. Las células madre del sistema nervioso central en adultos no sólo son capaces de producir neuronas u otras células acompañantes llamadas «gliales», sino que también pueden diferenciarse por ejemplo hacia células sanguíneas. Asimismo, las células madre aisladas de la médula ósea pueden no sólo dar lugar a células de la sangre, sino también diferenciarse en células óseas y del cartílago, grasa, células neuronales, musculares e incluso del hígado, del intestino o del pulmón. Los experimentos que acabamos de citar son los primeros de una amplia serie de excelentes trabajos de investigación publicados en los últimos meses, que han demostrado que las células madre de los tejidos de individuos adultos poseen una plasticidad que va mucho más allá de lo que inicialmente se creía.

    Por otro lado, desde hace unos años se conoce cómo aislar las células madre de la sangre del cordón umbilical del recién nacido. Estas células son equivalentes a las células madre de la médula ósea del adulto y tienen la ventaja de que en la sangre del neonato están en una proporción mucho mayor que en la del adulto, y son más fáciles de obtener, expandir y almacenar. Las células madre de la sangre de cordón umbilical se utilizan ya en diversos protocolos hematooncológicos clínicos, sobre todo pediátricos. En diversos países occidentales se han comenzado a promover bancos de sangre de cordón umbilical como material para trasplante heterólogo para diversas enfermedades.

    Es muy probable que estas células se constituyan en una fuente excelente para la obtención de células madre que sean capaces de reponer gran cantidad de tejidos. Además de las células del cordón umbilical o de la placenta, relativamente fáciles de obtener, se busca actualmente la producción masiva en el laboratorio de células útiles para el autotrasplante a partir de las células madre de la médula ósea del propio paciente. Esta estrategia tiene la gran ventaja de que las células diferenciadas que recibirá el paciente serán derivadas de sus propias células, lo que evita uno de los grandes problemas de la terapia celular —y de cualquier trasplante— que es el rechazo de las células procedentes de un organismo extraño. Este es también uno de los argumentos técnicos —independientemente de los problemas éticos— que hace que la terapia celular basada en células madre del adulto sea preferible a la que se basa en células madre derivadas de embrión.

    Todos estos hallazgos recientes sugieren claramente que el uso de células madre procedentes de adultos es una alternativa perfectamente viable al uso de células madre pluripotenciales embrionarias. De hecho, en varios laboratorios del mundo se están generando resultados prometedores que hacen pensar que, en un futuro próximo, las células madre obtenidas de un paciente adulto podrán ser expandidas en el laboratorio para ser utilizadas para la regeneración de tejidos dañados del propio paciente. Si se consigue poner a punto esta tecnología, podríamos disponer de una herramienta eficaz para el tratamiento de una serie de enfermedades y disfunciones congénitas y degenerativas. Sin embargo, antes de que se puedan utilizar en la clínica, es necesario que los investigadores resuelvan una serie de retos tecnológicos todavía pendientes que se podrían resumir en los siguientes puntos: · Estimular la capacidad de proliferación in vitro de las células madre para producir en cultivo el número suficiente de células para abordar el trasplante con garantías, sin merma de su potencial de diferenciación.

    · Definir minuciosamente las características moleculares de las células madre para ser capaces de estandarizar los protocolos de aislamiento y purificación.

    · Finalmente, hay que demostrar que en cada una de las enfermedades que se quiera tratar a partir de estas células, se consigue una mejora funcional estable (tras el trasplante al tejido).

    Estos puntos están en buena parte resueltos para el caso de las células madre de médula ósea utilizadas para enfermedades hematooncológicas, pero siguen siendo interrogantes para otro tipo de células madre en adultos y para la aplicación de cualquiera de estas células madre en enfermedades diversas a las tratadas hoy mediante terapia celular. Los investigadores que sean capaces de resolver estos retos científicos no pasarán inadvertidos en la historia de la ciencia.

    Las células madre embrionarias derivan de un grupo de células del embrión de pocos días. En esta fase, el embrión de mamífero recibe el nombre de blastocisto. En teoría, tras su extracción del blastocisto, estas células madre son capaces de proliferar durante largo tiempo sin por eso perder su capacidad de diferenciación. Estas células forman parte del embrión pero no son capaces de dar lugar aisladamente a un organismo adulto. Su aislamiento implica necesariamente la destrucción del embrión. Como las células madre de adultos, las embrionarias, además de poseer la capacidad de replicarse en cultivo, son susceptibles de diferenciarse bajo la acción de diversos estímulos químicos y de dar lugar a una serie de tipos celulares distintos.

    En 1998 se publicaron los primeros resultados del aislamiento de estas células provenientes de embriones humanos. En las semanas sucesivas a la publicación de estos artículos científicos se produjo un impresionante despliegue de noticias en los medios de comunicación y de declaraciones públicas. Las células madre derivadas de embriones humanos (abreviadas como ES, del inglés embryonic stem) se presentaron como un recurso que podría potencialmente llevar a tratamientos de reemplazo de tejidos en muchas enfermedades: Parkinson, diabetes, infarto de miocardio, etc. Quizás movidos por el deslumbramiento que la ciencia genera en nuestra sociedad, especialmente cuando se mezcla con la compasión que inspira el sufrimiento de tantos enfermos, algunos medios de comunicación presentaron esta noticia con tintes de sensacionalismo simplista. Las informaciones escritas en algunos medios y, sobre todo, las ilustraciones que se llegaron a publicar —y todavía se publican—, llevaban a concluir erróneamente que los científicos estábamos a punto de dominar la síntesis de órganos artificiales en el laboratorio.

    Desde un punto de vista exclusivamente técnico —y, sin pensar ahora en queé para obtener células madre embrionarias hay que destruir al embrión humano—, las células madre de origen embrionario son particularmente atractivas para un científico interesado en este campo. Y esto por varios motivos: su gran plasticidad, son fáciles de conseguir y cultivar; y son muy sensibles a la acción de los agentes diferenciadores. Además, estas células embrionarias, aparentemente, no pierden su capacidad de proliferación con el tiempo y, por tanto (en teoría) se podrían mantener indefinidamente en cultivo.

    Las células madre embrionarias tienen la capacidad de diferenciarse hacía varios tipos celulares. Los primeros trabajos con estas células embrionarias demostraron que tal diferenciación ocurre de modo espontáneo y sin ninguna regulación: estas células madre forman en cultivo masas heterogéneas de células que se diferencian sin orden ni concierto. Su vitalidad, junto a su gran capacidad proliferativa, es en principio una ventaja para la terapia celular; sin embargo, esa potencialidad supone también una espada de Damocles: las celulas madre procedentes de embriones son muy difíciles de controlar. De hecho, muchos de los experimentos en los que se trasplantan estas células a animales de experimentación, terminan con la aparición frecuente de unos amasijos tumorales de células heterogéneas, denominados teratomas, compuestos de masas informes de células entre las que se intercalan caóticamente fragmentos de tejidos parcial o completamente diferenciados. A pesar de ello, los especialistas están consiguiendo orientar, con mayor o menor eficacia, parcial o totalmente la diferenciación de estas células en cultivo, sobre todo hacia la línea nerviosa, muscular y hematopoyética (formación de sangre). Además, en el caso de las células madre de ratones, hay algunos éxitos parciales en la reimplantación en modelos animales de células diferenciadas hacia cardiomiocitos, neuronas o células sanguíneas. Por ejemplo, se ha trasplantado a un ratón deficiente en mielina células madre de ratón diferenciadas en cultivo hacia células productoras de mielina. En ese ratón, las células trasplantadas producían mielina de características aparentemente normales. Aunque los experimentos en animales sean prometedores, como ocurre con las células de los adultos, los retos que deben ser solventados por los investigadores para poder usar las células madre embrionarias humanas en estrategias clínicas de terapia celular no son en absoluto triviales. Es preciso, por ejemplo: · Controlar de modo estricto la diferenciación hacía un único tipo celular bien definido, sin contaminación de ningún otro. · Evitar imperativamente la aparición de teratomas tras su inyección en el órgano receptor. · Evitar el problema del rechazo tras su implantación.

    · Demostrar la funcionalidad o beneficio terapéutico tanto en animales como en humanos.

    · Ser capaces de controlar los niveles de diferenciación y proliferación para evitar problemas derivados de la «superpotencia» diferenciadora y proliferativa propias de las células madre embrionarias.

    La publicación de muchos resultados de los descritos anteriormente ha suscitado y sigue encendiendo pasiones en los Estados Unidos que reverberan en otros países occidentales. Varios son los intereses que están en juego. Por un lado, algunos miembros de la comunidad científica, se consideran a veces ultrajados cuando desde instancias externas se recorta su capacidad de acción. Cuando se habla de limitar por motivos éticos o legales el trabajo del científico, algunos lo consideran una intromisión intolerable y un recorte de su libertad. Algunos investigadores tienden a recibir las preguntas de la sociedad sobre las implicaciones éticas o legales, como cargas impuestas desde fuera que no tienen más remedio que aceptar. En la medida en que formamos parte (y dependemos financieramente) del colectivo social, los científicos debemos plantearnos a fondo las preguntas que la comunidad nos formula sobre la investigación que llevamos a cabo. Asimismo, debemos aceptar los limites y las prioridades que entre todos los ciudadanos nos marcamos a través de la actividad política y legislativa. Si queremos asegurar que la ciencia sirve realmente a la sociedad, los científicos tenemos que convencernos a fondo de la importancia capital de la ética en la investigación, y de que es prioritario condicionar los propios objetivos intelectuales y científicos a valores humanos, éticos y sociales. Esos valores están muy por encima de los descubrimientos, e incluso de sus potenciales aplicaciones benéficas. Los investigadores necesitamos cimentar nuestro trabajo sólidamente en los pilares de la Ética, para reconocer sin miedo que ningún nuevo conocimiento, ni ningún avance terapéutico, justifica la renuncia al respeto de la igualdad y la dignidad humana a todos los niveles.

    Los embriones humanos congelados, sobrantes de las técnicas de fecundación in vitro (fivet), son percibidos por algunos científicos como una «materia prima» muy apetecible para investigar sobre las células madre. Son centenares de miles los embriones humanos que yacen abandonados en los tanques de congelación de los centros de reproducción asistida olvidados de sus progenitores. En España, casi cuarenta mil. Se pretende, pues, dar salida a esos embriones de «desecho» para producir el máximo rendimiento científico, terapéutico o industrial. En el fondo se propone obtener un rendimiento práctico en el campo de la investigación sobre las células madre, aprovechando la difícil circunstancia de la existencia de esos cientos de miles de embriones congelados. El dilema del incierto destino de los embriones congelados ya se había anunciado en los debates iniciales sobre las nuevas técnicas de reproducción asistida a finales de los setenta. Ahora, en España, ha llegado la hora de tomar decisiones sobre el tema, y nuestros políticos parecen encontrarse ante un callejón sin salida. El canto de sirena de algunos científicos, que pretenden darle una salida fácil al problema, proponiendo que esos embriones humanos sean utilizados como materia prima para experimentos diversos, es realmente una tentación fácil. No será sencillo tomar una actitud coherente con el respeto a la vida humana en todas sus fases, incluida la embrionaria. Pero no es imposible. El presidente Bush, en Estados Unidos, ha tomado recientemente una decisión que, si bien es discutible y no contenta a todos, refleja la convicción de que la vida de cada embrión humano es un valor que debe ser protegido. Ante la algarabía organizada en la opinión pública, con protestas contra lo que se considera un recorte del mito del eterno progreso, el presidente norteamericano ha salido al paso publicando una decisión que no ha contentado ni a la comunidad científica —los científicos que quieren usar los embriones humanos—, ni a los detractores de este tipo de experimentación. Su decisión consistió en autorizar financiación pública únicamente para la utilización de las 23 líneas celulares derivadas de embriones humanos que ya estaban disponibles en ese momento en varios laboratorios del mundo, pero no para producir nuevas líneas. De esta forma se evitan nuevas destrucciones de embriones para la investigación. Algunos opinan que esta decisión salomónica no es más que un intermezzo para comprobar si las expectativas anunciadas a bombo y platillo se transforman o no en realidades de beneficios terapéuticos concretos, antes de dar el paso a una total liberalización. Los investigadores norteamericanos que publicaron a finales de 1998 los primeros trabajos sobre el aislamiento de células embrionarias humanas sabían que no podrían contar con financiación pública para sus trabajos. La sociedad norteamericana, a través de sus representantes, había mostrado claramente su rechazo a la investigación destructiva con embriones humanos, y había prohibido financiar con dinero público cualquier investigación en ese sentido. Por este motivo estos científicos se dirigieron a la empresa privada para buscar fondos, con el compromiso de ceder cualquier patente derivada de su investigación. De este modo, una empresa de biotecnología, Geron Corporation, interesada en la explotación de nuevas tecnologías biológicas, se ha hecho con varias patentes que, si llegan a explotarse comercialmente, pueden convertirla en líder del negocio de producción de células embrionarias humanas para el reemplazo tisular. Geron posee, entre otras, una patente para la utilización de las células madre embrionarias humanas; y otra —que compró hace poco al Roslin Institute escocés, donde se creó a la oveja Dolly— que permitirá clonar células somáticas para crear embriones clónicos a partir de cada paciente. La secuencia de trabajo que persigue Geron es precisamente la que se conoce como «clonación terapéutica»: a) extraer células somáticas de un paciente (por ejemplo, de su piel); b) crear a partir de ellas un embrión clónico; c) extraer y cultivar las células madre embrionarias de ese embrión y d) diferenciarlas y trasplantarlas al paciente para la regeneración de alguno de sus tejidos.

    Todo un programa tecnológico con unas inversiones hasta ahora de 26.000 millones de pesetas, y unas pérdidas anuales de alrededor de 5.000 millones. Los inversores de Geron esperan recuperar esas cantidades a largo plazo. Para ello necesitan que la sociedad americana no ponga trabas jurídicas, legales o éticas a su trabajo. Pero además, tiene otros problemas. Geron está embarcado en una dura batalla legal con la universidad de Wisconsin, donde trabajaba el investigador que puso a punto la técnica, para defender sus derechos de patente. Además, Advanced Cell Technologies, la empresa de la competencia, dirigida pilotada por un antiguo directivo de Geron, ha anunciado hace unos días la clonación del primer embrión humano. Por si fuera poco, si no llega a ser por el parón legislativo a raíz del 11 de septiembre, la clonación podría estar ya prohibida en los ee uu. Para sobrevivir, Geron —y otras empresas— necesitan flexibilizar esta situación, y presionar ante instituciones nacionales e internacionales para romper las trabas legales que podrían frustrar sus objetivos. Se trata de conseguir vía libre para una tecnología que puede reportar muchos beneficios económicos, en la medida en que tenga alguno terapéutico. No es extraño que los lobbies de las compañías farmacéuticas hayan alzado sus voces en favor de la utilización de embriones humanos para esta experimentación. En el Reino Unido fueron precisamente las compañías farmacéuticas y el Ministerio de Industria los motores que propiciaron el cambio de la legislación aprobado en agosto del año pasado admitiendo la clonación terapéutica. La reiteración de un sencillo y convincente argumento consiguió por ejemplo modificar la posición del propio Gobierno, que meses atrás se había manifestado claramente en contra de la clonación terapéutica. El mensaje decía básicamente que el Reino Unido fue pionero en la fivet y en la clonación de Dolly , y no puede permitirse el lujo de perder el liderazgo en la clonación terapéutica. Muchos otros países de la ue han criticado abiertamente esta actitud utilitarista. Entre otras cosas, muchos se preguntan quiénes serán los verdaderos beneficiados de estas tecnologías de «terapia solipsista», y quiénes podrán afrontar los enormes gastos que suponga un protocolo tan sofisticado.

    Para concluir, pensamos que vale la pena aventurarse a hacer algunas sugerencias de actuación desde el punto de vista ético, legal y político. En nuestra opinión, la complejidad del asunto requiere que los científicos aportemos también nuestras ideas a estos aspectos del debate, combinando nuestra específica perspectiva profesional con los argumentos propios de la reflexión política y el sentido común. Es cierto que las consideraciones que formulamos a continuación pertenecen al ámbito sociopolítico, que no es nuestra especialidad. Sin embargo, precisamente por nuestra condición de científicos, podemos aportar algunas ideas también a este aspecto de la discusión, con una perspectiva quizás diversa a la de los no especialistas.

    Todos los estamentos implicados coinciden en que las cuestiones éticas que subyacen a estas nuevas tecnologías son trascendentales. Estamos a punto de decidir que el embrión humano puede ser utilizado como materia prima para la investigación, llevando casi al extremo el proceso de cosificación del embrión iniciado que se inició en los albores de las técnicas de reproducción humana asistida. Comienzan también a oírse voces que quieren abrir las puertas a la clonación humana. Para tomar estas decisiones hay que tener en cuenta todos los aspectos humanos, sociales, económicos y científicos implicados. Aunque hay excepciones, en general, el punto de vista de la Europa continental es más respetuoso con el hombre que el utilitarismo anglosajón, pues está más basado en la convicción de la existencia de valores irrenunciables en torno a la dignidad personal. La triste experiencia de la historia reciente europea en relación a la ética de la investigación biomédica es un argumento omnipresente en el fondo de las discusiones, y nos ayuda a caer en la cuenta de que la ambigüedad en estas cuestiones tiene consecuencias nefastas. Si verdaderamente se considera a la Historia como experimentada maestra y consejera de nuestro comportamiento futuro, el análisis ético y las medidas políticas o legales que se propongan ahora deberán basarse en un exquisito respeto al protagonista más débil e indefenso: el embrión humano, a quien hay que procurar proteger con todos los medios. Se ha subrayado también la importancia de tomar conciencia de que las decisiones éticas, políticas y legislativas que hoy adoptemos en torno a esta cuestión son de enorme relevancia para el futuro de nuestra sociedad. Hay que alejar a cualquier precio las tentaciones de tipo eugenésico basadas en las posibilidades de estas técnicas. Mediante la clonación humana, o la selección de embriones con herramientas moleculares, se podrá sin duda diseñar la descendencia desde el punto de vista de la constitución somática. De hecho, en las últimas semanas se ha empezado a plantear la conveniencia de autorizar la elección del sexo de las criaturas obtenidas por fecundación in vitro (fivet). Pero esto parece ser sólo el principio. A partir de los datos del proyecto Genoma se pueden fabricar sondas moleculares para el análisis genético que proporcionen un retrato muy ajustado de las condiciones somáticas de cualquier embrión. Con el tiempo, también se podrá predecir cuáles son las enfermedades a las que tendrá mayor propensión. Estos datos se pueden utilizar para beneficio de ese nuevo individuo, pero también como fundamento para la «eugenesia molecular», la nueva eugenesia del tercer milenio, que podrá desechar los embriones en función de su identidad genética, o utilizar la clonación para copiar la descendencia según un modelo previo. Si no tomamos decisiones claras, podemos volver a los tiempos de la «ficha eugenésica» que se vivieron en las primeras décadas del siglo pasado en muchos países occidentales, precisamente aquellos en los que la investigación científica, y en concreto la Genética, estaba más desarrollada. En la medida en que progresivamente se reduce el embrión humano a simple materia prima para el trabajo científico, se abre un poco más el camino por el que puede introducirse la nueva selección genética molecular, de consecuencias incalculables. El sentido de responsabilidad debe llevar a legisladores y autoridades políticas a poner los medios para evitar a toda costa que resurjan planteamientos parecidos a los de la mentalidad eugenésica de principios del siglo xx. Uno de esos medios es explicar claramente a la sociedad en qué consiste la clonación y cuáles son sus peligros, de modo que se genere la convicción de que es necesario controlar esta investigación. Para tomar las decisiones acertadas, hay que estudiar la cuestión con objetividad y rigor crítico. Es preciso evitar a toda costa que las decisiones estén condicionadas por los hechos consumados, por la competencia entre grupos de investigación, o por presiones mediáticas o financieras. Ante todo, hay que pensar con sentido de responsabilidad en las generaciones futuras. En un momento tan delicado como el actual, donde las razas y las religiones han de intensificar sus esfuerzos por convivir en paz, sería un contrasentido introducir nuevos elementos de división entre los hombres, con nuevos criterios como la calidad sanitaria o la pureza genética.

    Sin duda, para evitar la tendencia a la cosificación del embrión humano, además de la tarea de clarificación científica y ética, es preciso desarrollar medidas legales y políticas. Es imperativo, por ejemplo, poner los medios para evitar la creación de nuevos embriones humanos destinados a la experimentación. Asimismo, es necesario poner coto a la venta o transferencia comercial de embriones sobrantes de fivet para protocolos experimentales. En ausencia de una legislación plenamente acorde con las exigencias éticas de la dignidad humana, vemos necesario que se tomen las medidas adecuadas para que, al menos, se conozca bien el destino de todos los embriones que se producen para fivet. Si las autoridades sanitarias quieren evitar que se produzcan más embriones que los necesarios para finalidades reproductivas, debería funcionar correctamente algún tipo de registro nacional de embriones congelados. Asimismo, se debería exigir a las unidades de fivet que informen a sus pacientes del número máximo de embriones que van a intentar conseguir y obtengan su consentimiento informado por escrito respecto a ese número.

    Desde un punto de vista científico los resultados obtenidos y los retos planteados para células madre del adulto y células madre embrionarias son equiparables. Sin embargo, teniendo en cuenta todos los aspectos (científicos, éticos, legales), el uso de células madre procedentes de adultos es una alternativa de valor muy superior al uso de células madre embrionarias, puesto que permite evitar la manipulación destructiva de embriones. Solamente las células madre del adulto han mostrado su eficacia terapéutica y se utilizan ya de rutina en los trasplantes de médula ósea, mientras que los beneficios de las células madre embrionarias son hasta el momento meramente especulativos en lo que se refiere a las aplicaciones clínicas. Por tanto, es prioritario que los poderes públicos promuevan decididamente proyectos de investigación básica en relación a mecanismos de diferenciación y regeneración, y a las posibilidades de las células madre en tejidos adultos y del cordón umbilical. Aunque quizá sea necesario un cierto plazo para demostrar su eficacia, la promoción de la investigación en torno a estas células ayudará a resolver los retos propios de la terapia celular por reemplazo sin necesidad de embarcarnos en proyectos científicos y estrategias tecnológicas que comprometan al ser humano embrionario.

    Luis Montuenga y Fernando Lecanda Nueva Revista, Nº79. Enero-Febrero 2002.