Rafael Rubio, “El embrión”, La Razón, 25.V.05

En las últimas semanas una serie de noticias amenazan con eliminar totalmente la protección jurídica que en nuestro país se concedía al embrión. La aprobación del Proyecto de ley de reproducción asistida, y el anuncio de la futura legalización de la clonación en España son las más importantes. El Gobierno ha visto, en las expectativas generadas por estos avances, su oportunidad para reducir la discusión a un simple problema de eficacia, como si lo que antes era malo ahora, que es posible, es tremendamente beneficioso, ignorando la reciente condena de las Naciones Unidas a cualquier tipo de clonación.

Con este fin venimos asistiendo a distintas estrategias de confusión que requieren alguna aclaración. No hay dos tipos de clonación: ambas consisten en crear vida humana en el laboratorio, de manera artificial, implantando en un óvulo sin núcleo, el núcleo de la persona a clonar. Una vez creado el nuevo embrión, genéticamente idéntico a la persona que le dio origen, se puede optar por utilizar sus células para la investigación, o implantarlo en el seno materno para obtener una nueva persona.

Otra estrategia de confusión es hablar de células madre adultas y células madre embrionarias como si todas fueran lo mismo. La diferencia es esencial, mientras que las primeras se extraen de órganos de las personas como el cordón umbilical, las segundas se obtienen de la destrucción de embriones, obtenidos de la fecundación invitro o por medio de la clonación. Siempre que se logra un nuevo avance científico con la aplicación de células madre adultas, aquellas que no requieren la eliminación de embriones para su obtención, se habla del genérico células madre, para presentar el logro como fruto de la investigación con embriones que, a día de hoy, no ha producido ningún resultado médico. La tercera táctica es rebajar la dignidad del embrión, que se describe como una «minúscula pelota de unos cientos de células que carecen de cualquier rasgo identificable como humano», aunque posea la carga genética completa que tiene el ser humano y, si se implantara en el seno materno se desarrollaría hasta su nacimiento.

Así, ante la manipulación de la información, no es de extrañar el desconcierto de la sociedad, a la que se pregunta ¿quiere usted renunciar a la curación de enfermedades degenerativas? sin explicarle como será esa curación, ni su precio. ¿Inconsciencia? ¿desinformación? O simplemente engaño.

Rafael Rubio es Profesor de Derecho Constitucional

Marcello Pera, “La crisis del relativismo en Europa”, ABC, 2.V.2005

Entrevista de Juan Manuel de Prada a MARCELLO PERA, Presidente del senado de ITALIA Continuar leyendo “Marcello Pera, “La crisis del relativismo en Europa”, ABC, 2.V.2005″

Cristina López Schlichting, “El condón de las… narices”, La Razón, 21.I.05

Cuando la ministra de Sanidad dijo que la Iglesia era un estorbo en la lucha contra el sida a muchos se nos revolvieron las entrañas. Porque si alguien está atendiendo a los enfermos de sida en el mundo, desde África hasta el Bronx, es la Iglesia. Los católicos estamos hartos de que no se nos reconozca el bien que hacemos y, además, de que se nos identifique con la caverna. Parece que cuando especificamos que el condón no garantiza al 100 por 100 la seguridad frente a las enfermedades de transmisión sexual nos inventamos algo. ¿Pero acaso no están los hospitales llenos de mujeres que piden la píldora del día de después porque se les ha roto el preservativo? Por eso Juan Antonio Martínez Camino, portavoz de la Conferencia Episcopal Española, cogió el portafolios y se fue a ver a Elena Salgado, con el informe de la revista médica «The Lancet» de noviembre de 2004. Porque en la publicación –que es considerada el altar de la investigación internacional– los científicos coinciden con la Iglesia en el juicio sobre las políticas de prevención de la transmisión por vía sexual de la enfermedad. «Lancet» explica que la única forma infalible de no coger el sida es la abstención; que una segunda manera (menos segura, y esto lo apunto yo, porque sé que mucha gente vive con parejas infieles y ni lo sospecha) es la fidelidad; y que la tercera –reservada lógicamente para quienes quieran asumir cierto riesgo de contagio– es el preservativo. Señores, no me parece tan difícil de entender. La Iglesia está harta de repetir que el condón no es totalmente seguro ¡pero es que la ciencia dice lo mismo! Las campañas del «póntelo, pónselo» no solamente enseñan a los promiscuos a reducir el riesgo –que está muy bien para evitar muertes–, sino que están incitando a los que no lo son (adolescentes, por ejemplo) a creer que el condón es «sexo seguro» y a delegar la responsabilidad sexual en una goma. Que los medios de comunicación españoles hayan caricaturizado el noble esfuerzo de la Iglesia por aunar esfuerzos con el Gobierno en la lucha contra una pandemia terrible, es triste. No sólo porque es mentira que Martínez Camino haya aprobado moralmente el uso del condón, sino porque el escándalo y la confusión han truncado un esfuerzo loable de diálogo con el mundo no católico. De no haberse producido tan lamentable espectáculo, Iglesia y Estado podrían haber emprendido un camino común contra el sida que hubiese redundado en bien de todos, sobre todo de quienes se contagiarán en los próximos días, semanas y meses cuando un preservativo se rompa, se deslice o se desplace fuera de su sitio ¿Y quién abrazará al seropositivo cuando el análisis confirme sus peores sospechas? En un alto porcentaje de casos, un católico. Es lamentable que, al menos en España, sólo la Iglesia sea capaz de decir en alto: cuidado, el condón no es la panacea.

Llucià Pou Sabaté, “Eutanasia… ¿qué es la muerte dulce?”, 27.XII.2004

Tim O’Brien escribió en 1990 “Las cosas que llevaban los hombres que lucharon”, preciosa novela sobre la supervivencia de un soldado (depende de lo que lleva). En la guerra, la línea que separa la vida de la muerte es más tenue que nunca. Aparte de lo que lleva en la mochila, carga con su memoria, recuerdos, amuletos, fantasmas del pasado, objetos triviales que no le dejan olvidar que hay otra vida más allá de la guerra. En el capítulo “Amigos” habla de cómo Dave Jensen y Lee Strunk se hicieron amigos en el campo de batalla y se confiaron sus vidas, “hicieron el pacto de que si uno de los dos resultaba gravemente herido –como para tener que ir en silla de ruedas-, el otro, automáticamente, se encargaría de liquidarlo. Por lo que vi, hablaban en serio. Lo dejaron escrito en un papel, que firmaron junto con un par de compañeros a los que pidieron que hicieran de testigos. Y entonces, en octubre, Lee Strunk pisó una granada de mortero enterrada como si fuera una mina. Le arrancó la pierna derecha hasta la rodilla… Dave Jensen se acercó y se arrodilló junto a Strunk… hubo dudas acerca de si Strunk seguía vivo, pero al fin abrió los ojos y los alzó hacia Dave Jensen.

‘-¡Dios mío!’ –gimió, y trató de alejarse deslizándose y dijo-: ‘¡Por Dios, chico, no me mates!’ –‘Tranquilo’ –dijo Jensen. Lee Strunk parecía mareado y confundido. Se quedó quieto un instante y después hizo un gesto hacia la pierna: -‘En realidad, no es muy grave. No es el fin. ¡Eh, en serio… pueden volver a cosérmela… en serio!’ –‘Es cierto. Me juego algo a que pueden’. –‘¿Lo crees?’ -¿Por supuesto que sí’.

Strunk frunció el entrecejo hacia el cielo. Volvió a desmayarse, después despertó y dijo: -‘¡No me mates!’ –‘No lo haré –dijo Jensen.

–‘Hablo en serio.’ –‘Por supuesto’.

–‘Pero tienes que prometerlo. Júramelo: jura que no me matarás’.

Jensen asintió y dijo: ‘-Lo juro’.

–Y un momento después llevamos a Strunk al helicóptero. Jensen tendió la mano y le tocó la pierna buena-: ‘Vete tranquilo’ –dijo. Más tarde nos enteramos de que Strunk murió en algún sitio sobre Chu Lai, lo que pareció aliviar a Dave Jensen de un peso enorme”.

Un estudio del Instituto de Tumores de Milán (datos del 2001, publicados en el diario italiano “Avvenire”) refleja que de novecientos pacientes seguidos en ese año, sólo uno pidió que se le ayudara a morir. Y este único enfermo, cuando tuvo tratamientos paliativos que mitigaron el dolor, cambió de idea. Sigue diciendo el estudio que entre los enfermos de cáncer, el índice de suicidios es inferior a la media de la población sana (17.964 pacientes investigados en Italia en estos años por el Instituto de Tumores de Milán, cinco suicidios, es decir el 0,027% y una media similar se da en otros países europeos). Concluyen los autores de ese estudio que, mientras los medios de comunicación se hacen eco de las campañas en favor de la eutanasia para estos enfermos terminales, en los pasillos de los hospitales no suele ser un argumento frecuente: más bien el estudio constata que el cáncer desarrolla en la persona un fuerte apego a la vida. Franco De Conno, responsable de Terapias Paliativas de ese Instituto, afirma que más allá de la legitimidad o no de la eutanasia «el problema es ofrecer a todos la posibilidad de soportar la enfermedad sin sufrimientos inútiles».

La práctica de eutanasia a una persona en Holanda cuesta 3.600 dólares, y explica De Conno que es «un negocio para las clínicas que la practican, así como para las empresas de seguros y para el servicio sanitario que así se liberan del peso de la asistencia a un enfermo que, cuando no es asistido adecuadamente, la única cosa que pide es morir cuanto antes». La estancia diaria de un paciente terminal en un hospital de la red sanitaria pública italiana cuesta unos 180 dólares al día. Y la eutanasia podría ser una tentación para solucionar un problema de mantenimiento del sistema público, si no se atiende bien a alguien, éste pide morir y se complacen sus deseos: se ahorraría Hacienda devolver a determinadas personas lo que recibió de ellas como cotización de Seguridad Social.

La novela citada en el principio cuenta los recuerdos que quedan en la memoria, y de los que está hecha la vida, con una imagen de cuando patinaba, cuando de pequeño le llamaban Timmy: “Soy joven y feliz. Nunca moriré. Estoy deslizándome por la superficie de mi propia historia, moviéndome deprisa, viajando sobre el hielo derretido bajo la hoja de los patines, y cuando doy un largo salto hacia la oscuridad y aterrizo treinta años después, advierto que es como si Tim tratara de salvar la vida de Timmy con una historia”. Acaba así, con un canto a la esperanza que hemos de fomentar día a día, afrontando la vida y haciendo el bien, que nos lleva luego a ese otro mundo donde no hay ya muerte…

Hermann Tertsch”, Josef Mengele. El monstruo irredento”, El País, 26.XI.04

Para atención de los que experimentan con humanos, no ya al amparo de la mezcla de ideología y ciencia, como Mengele, sino al amparo de la mezcla de dinero y ciencia.

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José María Barrio, “La educación sexual y afectiva”, Arvo, 14.XI.04

“Se ama a alguien no sólo cuando se pasa bien con esa persona, sino cuando se está dispuesto a pasarlo mal por ella, y también a esperar”. Entrevista con el prof. Barrio Maestre, de la Universidad Complutense de Madrid.

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Míchel Esparza, “La autoestima del cristiano”, Zenit, 2.IX.04

Entrevista a Míchel Esparza, filósofo y teólogo, autor de «La autoestima del cristiano», de la Editorial Belacqva, una obra que se dirige a cristianos corrientes que se afanan por mejorar la calidad de su amor. Michel Esparza es sacerdote y ejerce su ministerio pastoral en Logroño, y es autor de «El pensamiento de Edith Stein» (Eunsa).

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