Alfonso Aguiló, “Aprender a motivarse”, Hacer Familia nº 41-42, VII-VIII.1997

Coleccionable “Educar los sentimientos”, capítulo nº 3.

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Alfonso Aguiló, “Echar a volar”, Hacer Familia nº 160, VI.07

Un rey recibió como obsequio dos pequeños halcones y los entregó a uno de sus hombres para que los cuidara. Pasado un tiempo, el instructor comunicó al rey que uno de los halcones estaba ya perfectamente entrenado, pero al otro no sabía qué le pasaba, pues desde el primer día estaba posado en una rama y no había forma de que echara a volar, hasta el punto de que tenían que llevarle su alimento a ese lugar.

El rey mandó llamar a varios curanderos y sanadores, pero nadie lograba hacer volar a aquel pequeño animal. Pidió consejo a otros sabios de la corte, pero no hubo forma de moverlo de allí. Por la ventana de una de sus habitaciones, el monarca podía ver que el halcón permanecía inmóvil.

A la mañana siguiente, vio al halcón volando ágilmente por los jardines. «¿Cómo lo han conseguido? Traedme al autor de ese milagro», dijo el rey. Enseguida le presentaron a un sencillo campesino. «¿Tú hiciste volar al halcón? ¿Cómo lo lograste? ¿Eres mago, acaso?». Aquel hombre contestó: «Alteza, lo único que hice fue cortar la rama sobre la que reposaba. El pájaro no tuvo más remedio que empezar a emplear sus alas y echar a volar.»

Este sencillo relato trae a nuestra consideración el daño que muchas veces sufren, al comienzo de su vida, quienes tienen todo demasiado resuelto y nada les fuerza a emplear sus propios recursos. En cambio, en cuanto las necesidades reales se ponen frente a ellos, demuestran enseguida con satisfacción todo el despliegue de sus destrezas y cualidades.

Cuando se facilitan demasiado las cosas a los niños o a los jóvenes, cuando los adultos se adelantan siempre a resolverles sus problemas, o a protegerles de cualquier peligro, o a satisfacer en seguida sus demandas, o a darles la razón en cualquier conflicto con sus amigos o en la escuela, se dificulta seriamente su desarrollo y se fomenta su indiferencia y su pasividad.

Aprender a decir que no, o a decirse a uno mismo que no, es parte importante de la educación. Sobre todo cuando se vive en una sociedad en la que el progreso económico ha llevado a la gente joven a vivir demasiado expuesta ante las solicitaciones de la industria del consumo. Por eso ha llegado a decir Susanna Tamaro que «para ser padre hoy en día hay que ser un héroe y atreverse a decir que no constantemente. La clase dirigente del mañana serán los niños a los que se les haya dicho que no. Serán los únicos que habrán conservado la capacidad autónoma de pensar.»

El futuro de mucha gente depende de que en la familia y en la escuela seamos capaces de resistir frente a esas oleadas de apetencias y de falsas necesidades que despierta y explota el marketing consumista. El éxito de muchos afanes educativos depende en gran medida de que logremos imponer un estilo de vida fundamentado en la alegría y la satisfacción que provienen del esfuerzo, de la austeridad y del servicio a los demás.

Hemos de perder un poco el miedo a que, desde muy pronto, cada uno afronte por sí mismo los pequeños sufrimientos y desengaños que la vida trae consigo. De entrada, porque muchas de esas contrariedades o decepciones que al principio percibimos como negativas, al final resultan ser un estímulo positivo y traen una enseñanza. Y sobre todo, porque superar obstáculos desarrolla capacidades, potencia la tolerancia a la frustración y permite alcanzar lo que realmente se quiere. Porque si tantos chicos y chicas fracasan en la escuela, sin que les falten capacidad intelectual ni recursos personales para rendir bien en sus estudios, parece claro que el problema, el núcleo de lo que les pasa, no es que no puedan, sino que, como a aquel halcón perezoso al que llevaban la comida hasta su rama, no se les ha ayudado lo suficiente a desarrollar su capacidad de querer, es decir, su capacidad de aplazar la gratificación inmediata para alcanzar un objetivo mejor a largo plazo.

Alfonso Aguiló, “Respeto a lo sagrado”, Hacer Familia nº 124-125, VII-VIII.2004

En la sociedad actual –escribo glosando ideas de Joseph Ratzinger–, gracias a Dios, se multa a quien deshonra la fe de Israel, su imagen de Dios, sus grandes figuras. Se multa también a quien vilipendia el Corán y las convicciones de fondo del Islam. Sin embargo, cuando se trata de lo que es sagrado para los cristianos, la libertad de opinión aparece como un bien supremo cuya limitación resultaría una amenaza contra la tolerancia y la libertad.

El hecho sorprendente de que en el mundo occidental se castiguen con rigor las afrentas a cualquier religión menos a la cristiana, contrasta de modo notable con las evidentes raíces cristianas de nuestra sociedad, que han favorecido a lo largo de su historia un enorme avance, tanto moral y social como de desarrollo científico y económico. Occidente sufre una extraña falta de autoestima por su historia, por las raíces que le han dado su actual fuerza. Se advierte en esto una especie de complejo, que sólo cabe calificar de patológico, de una sociedad que intenta –y esto es digno de elogio– abrirse llena de comprensión a valores externos, pero que parece no quererse a sí misma; que tiende a fijarse siempre en lo más triste y oscuro de su pasado, pero que no logra percibir los valores de fondo sobre los que se fundamenta.

Nuestra sociedad necesita de una nueva aceptación de sí misma, una aceptación ciertamente crítica y humilde, pero sin caer en el abandono o la negación de lo que le es propio. La multiculturalidad no puede subsistir sin puntos de referencia. Y no puede subsistir, por ejemplo, sin respeto hacia lo sagrado. Se trata de un punto fundamental para cualquier cultura: el respeto hacia lo que es sagrado para otros, y el respeto a lo sagrado en general, a Dios. Y esto es perfectamente exigible también a aquel que no cree en Dios. Allá donde se quebrante ese respeto, algo esencial se hunde en una sociedad, porque la libertad de opinión no puede destruir el honor y la dignidad del otro.

Para las demás culturas del mundo, la profanidad absoluta que se ha ido formando en Occidente es algo profundamente extraño. Están convencidas que un mundo sin Dios no tiene futuro. Por eso es aún más necesario que la multiculturalidad respete y proteja también nuestros valores cristianos, al menos con la misma fuerza con que se abre a otros. Porque el respeto a los elementos sagrados del otro sólo es posible si lo sagrado, Dios, es respetado. Y los que somos cristianos, ciertamente podemos y debemos aprender de lo que es sagrado para los demás, pero también es deber nuestro mostrar en nosotros el rostro de Dios, de ese Dios que tiene compasión de los pobres y de los débiles, de las viudas y de los huérfanos, del extranjero; del Dios que hasta tal punto es humano que él mismo se ha hecho hombre, un hombre sufriente, que sufriendo junto a nosotros da dignidad y esperanza al dolor.

El destino de una sociedad depende siempre de minorías activas y con convicciones. Los cristianos consecuentes deberían verse a sí mismos como tales minorías creativas y contribuir a que nuestra sociedad recobre nuevamente lo mejor de su herencia y sepa ponerla al servicio de toda la humanidad. De lo contrario, el acervo de valores de Occidente, su cultura y su fe, aquello sobre lo que se basa su identidad, entrará en un grave declive, justo en esta hora en que tan necesario es su vigor espiritual para mejorar el mundo en que vivimos.

Alfonso Aguiló, “Saber escuchar”, Hacer Familia nº 91, IX.2001

“Con ése se puede hablar, no parece una persona mayor”. Así se explicaba, refiriéndose a un profesor suyo, un chico de catorce años en un comentario informal con un compañero de colegio.

Al oírlo, me quedé pensativo. Me preguntaba por qué pensaría ese chico que con la mayoría de las personas mayores no se puede hablar. Descalificar sin más esa desenfadada apreciación juvenil me parecía demasiado simple, demasiado cómodo. Es más, puede que fuera un buen modo de confirmarla. Era preciso abordar ese asunto con un poco más de autocrítica por parte de la gente adulta. Tengo unas ideas al respecto y voy a intentar explicarlas.

Hay personas inseguras, que no logran detener su tendencia a alimentar sus dudas, que se atormentan de continuo con perplejidades y vacilaciones. Para decidir cualquier cosa necesitan apoyo, respaldo, adhesión. Sin embargo, es bastante corriente que esas personas tengan miedo a manifestar su inseguridad, y por eso procuran esconderla, al menos ante aquellos con quienes no tienen una gran confianza. El resultado es que, al menos de modo habitual, las personas inseguras no suelen transparentar su inseguridad, sino que intentan mostrarse exteriormente como seguras y decididas. En muchos casos, además, esa actitud se convierte en una inseguridad hipercompensada, que les lleva a hablar con gran rotundidad de cosas de las que en absoluto están convencidas, o a mostrarse muy decididas cuando no está nada claro que lo estén.

Hay otras personas cuyo problema es el contrario, aunque el resultado final tenga un cierto parecido. Son aquellas que por naturaleza tienen un exceso de evidencias y seguridades. Piensan, hablan y actúan pisando fuerte. Sus ideas suelen ser claras y rotundas. Tienen poca capacidad de sorpresa y poco afán de aprender. Su mente parece como si estuviera ya casi terminada. Parecen estar ya en posesión completa de la verdad. Cuando hablan, aleccionan. Les cuesta hacerse cargo de la situación emocional de los demás, y por eso hablan con poca oportunidad. Con facilidad descalifican o estigmatizan a quienes piensan de otra manera. Sus esquemas mentales están tan cerrados que cualquier nuevo dato siempre refuerza sus anteriores ideas. Apenas piensan en replantearse si sus ideas son acertadas, o si son las mejores, sino que todo nuevo dato es siempre a su favor, todo lo que escuchan les confirma en su línea de siempre. Como suelen ser simples, tienden a hacer apreciaciones de grupo: bueno es lo mío, o lo de los nuestros; malo es lo que no es mío, o no es de los nuestros. No juzgan las ideas, sino sobre todo –o exclusivamente– de dónde parten, de quiénes son. Están como blindados ante el embate de cualquier pensamiento de autocrítica.

Se les distingue con facilidad al verles comportarse en una conversación. Los años de vivir en esa actitud les han llevado a unos modos de manejarse que les hacen difícil escuchar. Están pensado en lo que van a decir a continuación. Y si no pueden colocar, se distraen enseguida, y entonces quizá preguntan lo que se acaba de decir. Piensan que tienen la razón, y con facilidad interrumpen, no dejan terminar al otro, porque no escuchan sino que ya han juzgado y sólo piensan en colocar su idea o, como mucho, en convencer a su interlocutor.

Quizá estoy describiendo casos un tanto extremos. Podríamos dibujar un perfil más moderado, en el que todos, de una manera u otra, nos deberíamos ver interpelados, porque a todos nos sucede en mayor o menor grado. Lo malo es que, al leer esto, casi todos pensamos en lejanos personajes intratables, y no nos damos cuenta de cuándo nos pasa eso precisamente a nosotros. ¿Por qué no se reconocen –o no nos reconocemos– al ser descritos? Quizá porque nos conocemos poco, porque tenemos miedo a cambiar, a plantearnos dudas sobre modos de ser que son refugios que nos parecen cómodos y en realidad son oscuros y fríos.

¿La solución? Despertar interés por las cosas. Aprender a escuchar. Infundir amor por la reflexión serena, por explicar las razones de las cosas, por facilitar la comunicación fluida entre las personas. Hacer un esfuerzo por ponerse en la mente de los demás, por preguntar y escuchar hasta entender las razones del otro, y sólo entonces exponer las propias, si es que resulta necesario.

A esto habría que añadir quizá una cierta defensa de la perplejidad, un esfuerzo por no trivializar lo complejo, por no etiquetar las cosas de forma simple para así rechazarlas con una contundencia que resulta penosa. No se puede estar diciendo constantemente que esto es así y ya está, porque la realidad suele resistirse a esos juicios y esos diagnósticos tan simplificantes.

Es lógico que, con los años, cada uno se vaya formando opinión sobre las cosas. Esto es positivo, evidentemente. Pero si eso nos lleva a tener una actitud de cerrar la mente, de dar las cosas ya por definitivamente resueltas, eso es a la larga un error de graves consecuencias. Porque incluso nuestras convicciones más profundas precisan reflexión, exigen que procuremos mejorar su fundamentación, que nos esforcemos por avanzar en esa autoexplicación de nuestros propios principios. Hay que saber expresar nuestras ideas, saber responder a las objeciones que a ellas se planteen, en vez de descalificarlas sin razonamiento alguno. Es preciso ejercitarse en un sano y oxigenante debate intelectual de contraste con otras ideas. Es lo que pienso que nos falta a muchos adultos, y lo que hace que a veces la gente joven nos vea como nos veía aquel muchacho de catorce años.

Alfonso Aguiló, “Balance de la propia vida”, Hacer Familia nº 56, X.1998

Hay vidas llenas de aparente éxito que son profundamente infelices y están dominadas por el desencanto ante ese estilo de vida, quizá espléndido en sus resultados, pero que se percibe como suplantador del que se hubiera debido tomar.

A muchas personas les cuesta abordar esa pregunta tan sencilla y tan crucial como es ¿por qué y para qué vivo?, ¿qué sentido debe tener mi vida? Tienden a eludir esa cuestión, a aplazarla continuamente, como esperando a que la misma vida se lo acabe descubriendo.

Lo malo es que, si lo retrasan mucho, corren el riesgo de encontrarse un día con la impresión de haber vivido hasta entonces sin apenas sentido. Y cuanto más tarde sucede esto, más difícil resulta corregir el rumbo. Tanto, que a muchos entonces ese descubrimiento les llena de angustia y lo sepultan bajo la adicción al trabajo, una pose escéptica o un activismo irreflexivo.

Hay etapas en la vida que propician más esa tendencia a hacer balance de la propia vida: la adolescencia, el término de los estudios, la crisis de madurez de los cuarenta o cuarenta y cinco años, la jubilación, la pérdida de facultades propia de la entrada en la ancianidad, etc.

En muchos de esos balances existenciales es fácil pensar (en muchas ocasiones con poca objetividad) que se podría haber hecho mucho mejor uso de ese tiempo de vida ya consumido. Y por eso pueden dejar un cierto sabor amargo, de lo que pudo ser y no fue, de tantas limitaciones, de tantos errores y fracasos.

Pero también esas crisis pueden ayudar a rectificar una vida equivocada. Serán útiles en la medida en que ayuden a tomar conciencia de los errores (y descubrir, por ejemplo, que había bastante mediocridad, o que junto a un cierto éxito exterior se ha llegado a una situación de grave empobrecimiento interior, o que se estaba demasiado centrado en uno mismo, etc.). Podemos sacar provecho, y mucho, en la medida en que ese balance se aborde con ilusión y esperanza de cambiar, sin ignorar las conquistas y aciertos pasados, y sin hacer tabla rasa de todos esos empeños que valieron verdaderamente la pena y que también jalonan nuestra vida.

Es cierto que los viejos hábitos ejercen sobre nosotros una inercia muy fuerte, y que romper con modos de ser o de hacer muy arraigados puede resultarnos verdaderamente costoso. A veces, no nos bastará con sólo una firme resolución y nuestra propia fuerza de voluntad, sino que necesitaremos de la ayuda de otros. Para superar hábitos negativos, como por ejemplo los relacionados con la pereza, el egoísmo, la insinceridad, la susceptibilidad, el pesimismo, etc., puede resultar decisiva la ayuda de personas que nos aprecian. Si se logra crear un ambiente en el que resulte fácil comprender al otro y al tiempo decirle lo que debe mejorar, todos se sentirán a un tiempo comprendidos y ayudados, y eso es siempre muy eficaz.

La reflexión sobre la propia vida aleja al hombre de la visión superficial de las cosas y le hace recorrer su propio camino. La vida le presenta numerosos interrogantes, de los que normalmente sólo obtiene respuestas parciales e incompletas, pero con una reflexión frecuente puede lograr que la multitud de preocupaciones, afanes y aspiraciones de la vida diaria no desvíen su atención de lo realmente valioso.

Por eso es importante que el goteo de pequeños esfuerzos cotidianos no ocupe con tal fuerza el primer plano de nuestra atención que deje sin espacio para las cuestiones de verdadera relevancia.

Alfonso Aguiló, “La evitabilidad del desastre”, Hacer Familia nº 21, XI.1995

Jorge, como casi todos los que han pasado por ese calvario, empezó por curiosidad, para saber qué era eso de la droga, en qué consistía, qué se experimentaba. También porque le parecía necesario para afirmarse ante el grupo de amigos en el que estaba, y porque estaba de moda en el ambiente en que se movía. Procede de una familia desestructurada, se sentía frustrado por muchas cosas. Ansiaba nuevas vivencias, que le hicieran sentirse libre, olvidar tanto dolor.

El caso es que a Jorge no le faltaba información sobre el destrozo que las drogas hacían en una persona. «¿Pero cómo es posible que cayeras en la droga si sabías que iba a ser tu ruina?», le preguntan ahora sus amigos. Él había tenido mucho tiempo para pensar en ello, durante aquellos meses eternos de rehabilitación, y lo explica con mucha claridad: «Es muy sencillo. Con la droga te evades. La sociedad no te gusta y quieres salirte de ella, o fabricar otra distinta que no sea así, o simplemente escaparte de ella de un modo fantástico.

»El paso por las drogas es además todo un rito, un misterio, algo que te permite alejar el sufrimiento y el dolor, desterrar momentáneamente los sentimientos de fracaso y de frustración que te tienen hundido.

»Lo sabes, sabes que es tu ruina, pero cierras los ojos, miras para otro lado. Aunque a otro nivel, es lo mismo que les pasa a todos esos que quieren dejar de fumar y no lo consiguen, o que no son capaces de sujetarse a un régimen de comida, y fracasan una y otra vez, por mucho que sepan que con su debilidad van arruinando su salud.

»La droga es como un paraíso artificial. Cuando te drogas, piensas: no hay nada que me interese, todo me da igual, todo me deja indiferente. En estado normal veo las cosas tal y como son; una vez drogado, las veo como quisiera que fuesen. Caer en las drogas no es cuestión, normalmente, de falta de información, porque el principal problema no son las drogas en sí mismas, sino el ambiente que te introduce en la droga, la frustración que te lleva a refugiarte en ella. Y esto parece que no acaban de comprenderlo quienes tienen el poder en la sociedad, quienes imponen las modas y los estilos de vida, quienes mandan en los principales medios de comunicación.» Aunque ahora Jorge parece ya una persona serena y sin quebrantos interiores, por dentro pasa por unas luchas tremendas. Es muy duro ver cómo dentro de uno mismo la droga se ha convertido en un dueño fanático y devorador, en un dictador que uno ha creído ya mil veces muerto, pero que se resiste a perder su dominio, que se resiste a devolverte la libertad que te había robado, que no quiere renunciar a la sumisión incondicional que había logrado de ti.

El impulso a seguir consumiendo ya no es tan irresistible como era antes, pero aún mantiene bastante poder. Aparece siempre, seductor, cada vez que sobrevienen momentos difíciles, situaciones complejas o acontecimientos adversos.

Jorge es un gran conversador, y una persona a la que estos años de forja en su salida de la droga han convertido en alguien admirable. Lo malo es que la gran mayoría no logran salir. Él es un afortunado, aunque parte de su fortuna es, como siempre, hija de su esfuerzo y su tenacidad. Jorge es un ejemplo de la evitabilidad del desastre, por muy bajo que uno ya se encuentre o se considere. Si la decadencia humana fuera inevitable, no merecería la pena ni hablar de ella, pero lo que interesa es precisamente hablar de su evitabilidad, de la posibilidad de salvarse de esas amenazas inminentes pero que aún no están totalmente cumplidas. Hablar de exigirse uno mismo, de hacer lo que se puede y se debe hacer, y lo mejor posible, aunque sea con recursos modestos. Tengo una fe ilimitada en las personas modestas que hacen todo lo que pueden.

Alfonso Aguiló, “El arte del auriga”, ARVO, XII.2003

El hombre es un auriga que conduce un carro tirado por dos briosos caballos: el placer y el deber. El arte del auriga consiste en templar la fogosidad del corcel negro (placer) y acompasarlo con el blanco (deber) para correr sin perder el equilibrio.

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