Yo tampoco

Un día le dijo un señor a Teresa de Calcuta: “El trabajo que tú haces, yo no lo haría ni por todo el oro del mundo”. La Madre Teresa de Calcuta le respondió: “Pues yo tampoco”. Después añadió: “Si lo hacemos es porque tomamos fuerza de la adoración a Jesús Sacramentado”.

Pagado con un vaso de leche

Un día, un muchacho muy pobre que era vendedor de puerta a puerta para pagar sus estudios, se encontró con sólo diez centavos en su bolsillo y tenía mucha hambre. Entonces decidió que en la próxima casa iba a pedir comida. No obstante, perdió su coraje cuando una linda y joven muchacha abrió la puerta. En lugar de pedir comida pidió un vaso con agua. Ella pensó que él se veía hambriento y le trajo un gran vaso con leche. Él se lo tomó y le preguntó: – “¿Cuánto le debo?”. – “No me debe nada. Mi mamá nos enseñó a nunca aceptar pago por bondad.” Él dijo: – “Entonces le agradezco de corazón.” Cuando Howard Kelly -así se llamaba- se fue de esa casa, no sólo se sintió más fuerte físicamente sino también en su fe en Dios y en la humanidad. Él estaba a punto de rendirse y renunciar, pero se animó a seguir luchando con sus estudios.

Años más tarde esa jóven muchacha se enfermó gravemente. Los doctores locales estaban muy preocupados. Finalmente la enviaron a la gran ciudad donde llamaron a especialistas para que estudiaran su rara enfermedad. Uno de esos especialistas era el Dr. Howard Kelly. Cuando el se dió cuenta del nombre del pueblo de donde ella venía, una extraña luz brilló en sus ojos. Immediatamente él se levantó y fué al cuarto donde ella estaba. Vestido en sus ropas de doctor fué a verla y la reconoció inmediatamente. Luego volvió a su oficina determinado a hacer lo imposible para salvar su vida. Desde ese día le dio atención especial al caso. Después de una larga lucha, la batalla fue ganada. El Dr. Kelly pidió a la oficina de cobros que le pasaran la cuenta final para darle su aprobación. La miró y luego escribió algo en la esquina y la cuenta fue enviada al cuarto de la muchacha. Ella sintió temor de abrirla porque estaba segura de que pasaría el resto de su vida tratando de pagar esa cuenta. Finalmente ella miró, y algo llamó su atención en la esquina de la factura. Ella leyó las siguientes palabras: “Pagado por completo con un vaso de leche.” Firmado, Dr. Howard Kelly.

Fallecido en vida

Gioacchino Rossini fue uno de los músicos más afamados del siglo XIX. Caminó por un sendero alfombrado de triunfos, animado por un coro de aclamaciones. En España gozó de una inmensa popularidad, y se le consideraba –siendo muy poco posterior a Mozart y contemporáneo de Beethoven– “el mejor músico de todos los tiempos”.

Así como otros talentos del pasado apenas lograron éxito entre sus contemporáneos, Rossini tuvo, por el contrario, fama, popularidad y riqueza desde el principio. Le idolatraron desde la puesta en escena de sus primeras óperas.

A la edad de 37 años, tras el estreno de Guillermo Tell en el año 1829, Rossini entró en una misteriosa y larguísima etapa de inactividad creadora. Tras veinte años de producción abundante y felicísima, se sumió en un período de sorprendente vacío, que sólo rompió en un par de ocasiones –dejando aparte algunas canciones que compuso para deleite de unas reuniones semanales que celebraba en su casa– en los 39 años de vida que transcurrieron hasta su fallecimiento en 1868.

Se produjeron múltiples interpretaciones ante un silencio tan largo en un artista total y absolutamente consagrado. Muchos pensaron que se debía a su temor de quedar a un nivel inferior al de otros talentos musicales que habían surgido como competidores. Ya anciano, reconoció: “Después de Guillermo Tell, un éxito más en mi carrera no añadiría nada a mi renombre; en cambio, un fracaso podría afectarlo. Ni tengo necesidad de más fama, ni deseo de exponerme a perderla”.

Tomado de Perfiles humanos, Juan Antonio Vallejo–Nájera, Ed. Planeta, p. 191.

Pensar en el vecino

El padre del pintor sevillano Javier de Winthuyssen, cuando tenía que pintar la fachada de su casa, que en Andalucía es costumbre pintarla para la primavera, mandaba al pintor a casa del vecino de enfrente a preguntarle de qué color quería que la pintara. Decía el viejecito encantador: “El es quien ha de verla y disfrutarla; es natural que yo la pinte a su gusto”. (Juan Ramón Jiménez, en “El trabajo gustoso”)

¡Oh, quién no hubiera reinado!

El 29 de marzo de 1621 un hombre e 43 años empapado de sudor, encendido por elevada fiebre, manos temblorosas, mirada despavorida, se revuelve con desazón en el lecho. Entre gemidos, articula unas palabras en voz quebrada por el llanto, las repite una y otra vez: Oh, quién no hubiera reinado… quién no hubiera reinado.

Tras una pausa flexiona el cuello, cierra las manos, las aproxima al rostro calenturiento, interrumpe la respiración entrecortada, la voz se aflauta por el espasmo de laringe provocado por la angustia y repite el mismo lamento en un tono más elevado: ¡Oh, quién no hubiera reinado… quién no hubiera reinado! Es el hombre más poderoso del mundo: Felipe III, dueño de los destinos de un gigantesco imperio, “en el que no se pone el sol”.

Hacía apenas un mes, a finales de febrero, se había iniciado la dolencia: “Erisipela con calentura continua y crecimientos y tan profunda tristeza que ésta sirvió de anuncio a la más temida desdicha, y Su Majestad juzgó luego que había de morir, que parece quiso Dios darle este conocimiento tan firme que dispusiese con más prevención su alma para el último trance. Continuóse el mal agravándose cada día hasta que el lunes 29 de marzo se tuvo del todo por deshauciado… “.

A las dos de la tarde, todos saben que va a morir, y él fue el primero en percatarse. Unas horas antes hizo llamar a su primogénito para que el penoso espectáculo le sirviese de lección inolvidable. Advirtió a los servidores que le alumbrasen con los candeleros e indicó al futuro Felipe IV que se aproximase al lecho: Heos llamado para que veáis en lo que fenece todo.

“Diole allí consejos de padre y de rey, y llegando los infantes los echó a todos la bendición y se retiraron. Quedó el rey luchando entre las congojas de la muerte, que en aquella hora aprietan más a los más poderosos…”.

Sin embargo, Felipe III es descrito por sus contemporáneos como persona llena de clemencia, de benignidad, de liberalidad, alejado de los placeres, aficionado a la soledad y al retiro, grave y reservado.

Los reproches que hace la Historia a Felipe III, y que tanto atormentaron a su conciencia en el lecho de muerte, se centran en la indiferencia y pereza, con abandono de sus deberes en manos del valido.

Su padre, Felipe II, estuvo ya muy preocupado con la aparente cortedad de ese hijo dócil y abúlico. Mucho se lamentó de que Dios, que le había dado tantos reinos, no le concediese un hijo capaz de gobernarlos. Se interesó en su educación, pero su temor de que las limitaciones del hijo le hicieran víctima de errores, hizo que el carácter de Felipe III fuera rígido, excesivamente minucioso, indeciso. Un tipo de carácter que recibe con inmenso alivio la ayuda de otra persona que se “responsabilice” de sus actos.

Tomado de Perfiles humanos, Juan Antonio Vallejo–Nájera, Ed. Planeta, p. 47.

Pensar en los demás

Recibí una llamada telefónica de un muy buen amigo. Me alegró mucho su llamada. Lo primero que me preguntó fue: ¿Cómo estás? Y sin saber por qué, le contesté: “Muy solo”. “-¿Quieres que hablemos?”, me dijo. Le respondí que sí y me dijo: “¿Quieres que vaya a tu casa?”. Y respondí que sí. Colgó el teléfono y en menos de quince minutos él ya estaba llamando a mi puerta. Yo hablé durante horas de todo, de mi trabajo, de mi familia, de mi novia, de mis deudas, y él, atento siempre, me escuchó. Se nos hizo de día, yo estaba totalmente cansado mentalmente, me había hecho mucho bien su compañía y sobre todo que me escuchara, que me apoyara y me hiciera ver mis errores. Me sentía muy a gusto y cuando él notó que yo ya me encontraba mejor, me dijo: “Bueno, me voy, tengo que ir a trabajar”. Yo me sorprendí y le dije: “¿Por qué no me habías dicho que tenias que ir a trabajar?. Mira la hora que es, no has dormido nada, te quité tu tiempo toda la noche”. Él sonrió y me dijo: “No hay problema, para eso estamos los amigos”. Yo me sentía cada vez más feliz y orgulloso de tener un amigo así. Le acompañé a la puerta de mi casa… y cuando él iba hacia su coche le pregunté: “Y a todo esto, ¿por qué llamaste anoche tan tarde?”. Él se volvió y me dijo en voz baja: “Es que te quería dar una noticia…”. Y le pregunté: “¿Cuál es?” Y me dijo: “Fui al médico ayer y me dijo que estoy muy enfermo. Tengo cáncer.” Yo me quedé mudo…; él me sonrió y me dijo: “Ya hablaremos de eso. Que tengas un buen día.” Se dio la vuelta y se fue. Pasó un buen rato hasta que asimilé la situación y me pregunté una y otra vez por qué cuando él me preguntó cómo estaba me olvidé de él y sólo hablé de mí. ¿Cómo tuvo fuerza para sonreírme, darme ánimos, decirme todo lo que me dijo, estando él en esa situación…? Esto es increíble. Desde entonces mi vida ha cambiado. Suelo ser menos dramático con mis problemas. Ahora aprovecho más el tiempo con la gente que quiero. Les deseo que tengan un buen día, y les digo: “El que no vive para servir…, no sirve para vivir…”. La vida es como una escalera, si miras hacia arriba siempre serás el último de la fila, pero si miras hacia abajo verás que hay mucha gente que quisiera estar en tu lugar. Detente a escuchar y a ayudar a tus amigos te necesitan.

Victimismo

Desde su llegada a Santa Elena, comenzó Napoleón una campaña sistemática para convencer a Europa de que sufría un trato cruel por parte de los ingleses.

La situación de Bonaparte no guardaba la menor similitud con la de los prisioneros nazis de Spandau, los “criminales de guerra” propios de nuestro tiempo. Napoleón disponía de una vivienda, Longwood House, con 23 habitaciones, y allí vivían 56 personas entregadas totalmente a su servicio, entre ellas cuatro jardineros chinos. Alguno de los dignatarios que acompañaron con su familia a Napoleón en el destierro disfrutaban una residencia independiente.

Cuando el ex emperador lo deseaba hacía paseos o excursiones montado o en coche; con un enganche de seis caballos con dos cocheros muy expertos, a los que Napoleón exigía ir a galope tendido por pésimos caminos llenos de curvas de la isla.

En las cuadras estaban algunos de los mejores ejemplares de Santa Elena, como lo demuestra que envió uno a competir y ganó la carrera que había organizado el gobernador de la isla.

Instaló en su casa una sala de billar. Entre otros lujos insospechados disfruto de una máquina neumática de hacer hielo, maravilla de la época.

Ornaba la mesa el servicio imperial de planta con las águilas, y la vajilla de Sèvres que tenía pintadas las victorias del emperador. En las veladas se vestía siempre de gala, y cuando había invitados de fuera de la casa, contrataba para el servicio adicional a soldados o marinos ingleses, que para la ocasión vestían la librea imperial.

Los gastos de la casa de Napoleón estaban suponiendo a los ingleses con 12.000 libras anuales. En 1815, hicieron un intento de que esos gastos no superaran las 8.000 libras, lo cual hizo menguar el lucimiento de la mesa de Bonaparte.

Al poco tiempo, uno de los criados del ex emperador apareció en el puerto de Jamestown, capital de la isla, con el carro cargado de bultos. Llamo la atención general y comenzó la venta pública de la plata de su señor, a la que habían machacado a martillazos las águilas imperiales, iniciales y otros distintivos. Vendió treinta kilos de planta al peso.

Uno de los compradores, un oficial de marina inglés, después de realizado semejante negocio, preguntó con curiosidad: –¿Qué tal está el emperador? Respondió el criado: –Bien, para ser un hombre que necesita vender su vajilla. (*) Consiguió Napoleón su propósito. La noticia de la venta del servicio de plata llegó a Europa y contribuyó a forjar una falsa idea –que aún pervive– sobre la penuria del emperador en su cautiverio. Sin embargo, no parecía tener la menor necesidad de vender su plata, y además podía haber recurrido a los fondos de su solidísima fortuna personal.

Tomado de Perfiles humanos, Juan Antonio Vallejo–Nájera, Ed. Planeta, p. 116.