28. Segundo Mandamiento

Exposición del caso: Fernando (16 años) admira a su padre, cuyo trabajo es de alto ejecutivo en un banco. Ha decidido estudiar Ciencias Empresariales, porque quiere llegar a ser como él.

Un día su madre le dice que rece por el trabajo de su padre, porque está pasando por un momento difícil. Fernando se queda muy sorprendido —es lo último que podía imaginarse—, y empieza a rezar frenéticamente. Asiste a Misa y reza el Rosario diariamente, y aprovecha otros momentos para encomendar el problema, como por ejemplo el autobús escolar, en el que se sienta solo y no habla con nadie. Continuar leyendo “28. Segundo Mandamiento”

29. Tercer Mandamiento

Exposición del caso: Al grupo de amigas de Isabel —tienen alrededor de 15 años— se incorpora Sara, que hasta ese curso estudiaba en otro colegio. Quedan un domingo para salir, e Isabel propone adelantar la hora de la cita para asistir antes a Misa. Aceptan, aunque se nota que Sara lo hace a regañadientes.

Llega la hora de la cita. Como alguna acude tarde, aparecen en la iglesia a mitad de la homilía. Se colocan al fondo, en un rincón. Casi no ven el presbiterio, y la voz les llega por los altavoces bastante distorsionada, de forma que hay que estar muy atento para seguirla. Se las ve incómodas e inquietas, y pronto empiezan a cuchichear. Al principio se preguntaban unas a otras sobre lo que estaba diciendo el sacerdote. Además de su falta de atención, captan algunas palabras cuyo significado desconocen, lo que las desanima aún más a poner atención. Al cabo de un rato, hablan en voz baja de otros temas ajenos a la ceremonia. Por dos veces son recriminadas por algún asistente, ya que estaban elevando el tono de voz; hay también alguna otra persona que no les dice nada, pero las mira de vez en cuando en tono desaprobatorio. Sólo va a comulgar Isabel. Después de la comunión, y antes de la oración y bendición final, empieza ya a salir gente del templo, y el grupo de amigas sale también. Continuar leyendo “29. Tercer Mandamiento”

30. Cuarto Mandamiento

Exposición del caso: La madre de Patricio ha estado siempre muy pendiente de su educación. Desde el primer momento ha procurado que no le faltara nada, tanto en lo material como en lo espiritual. Escogió para él el colegio que según sus referencias mejor cuidaba la formación humana y cristiana. Siempre ha estado pendiente de lo que hacían sus hijos y con quién salían. Se esforzaba más si cabe viendo que su marido, un prestigioso médico, estaba muy absorbido por su trabajo, de forma que apenas podía estar con su familia, y cuando lo estaba adoptaba una postura pasiva debido sobre todo al cansancio. De hecho, Patricio había dicho alguna vez que apenas conocía a su padre.

Un día, Patricio habla con su madre y le dice que ha decidido dedicar su vida por entero a Dios, y que lo comenta con ella antes de dar el paso por ser su madre. Ante la sorpresa de Patricio, su madre reacciona violentamente. Le dice que “ni lo piense”, y, gritando, que “quién le ha metido esas ideas en la cabeza”. Añade que tiene que obedecerla “porque es su madre”, que con 15 años es demasiado pequeño para pensar una cosa así, y que no puede tomar esa decisión “porque todavía no sabe nada de la vida”; “cuando seas mayor haces lo que te dé la gana, pero ahora ni hablar”. Patricio se queda desconcertado. Continuar leyendo “30. Cuarto Mandamiento”

31. Quinto mandamiento

Exposición del caso: Victoria es una chica de 17 años desenfadada y, en apariencia, segura de sí misma; ella misma dice que “ya tiene edad para saber lo que quiere”. Es orgullosa y discute con facilidad. Se sabe atractiva, y adopta un estilo ligero en el vestir, hablar y comportarse, aunque de hecho mantiene las distancias. Piensa que se divierte así, y juega con ello.

Un día, uno de sus amigos le dice que, como sus padres van a estar fuera el fin de semana, piensa organizar una fiesta el sábado por la noche y cuenta con ella. Acude, y van transcurriendo las horas entre música a alto volumen, baile, conversación y copas. El anfitrión saca las botellas del mueble—bar de sus padres, y se va consumiendo alegremente por unos asistentes que no están acostumbrados a tenerlo gratis. Victoria, que piensa que tiene buen “aguante” y conoce dónde está su límite —”ponerse alegre sin perder control”—, se sienta junto al anfitrión y hablan. La elegancia y la simpatía del chico hacen que no se dé realmente cuenta de lo que, poco a poco, está bebiendo. Los demás invitados se van yendo, y al final se quedan los dos solos, en un estado que delata su locuacidad, volumen de voz, mirada perdida y alternancia de momentos quietos con otros de movimientos bruscos. Cerca ya de la madrugada, él se ofrece a llevarla a su casa en coche. Victoria acepta, y salen, algo mareados. Continuar leyendo “31. Quinto mandamiento”

32. Sexto mandamiento

En la parroquia de Sofía hay un grupo de catequesis y un día les toca una charla sobre moral y sexualidad. Son casi todo chicas, la catequista es bastante mayor, y va pasando revista a una serie exhaustiva de comportamientos. Sofía va oyendo cosas tales como que “no se puede ir provocando”; “la mayoría de los bikinis son una indecencia”; “un cristiano decente no puede ir hoy a muchas de las playas”; “y lo mismo de muchas discotecas”; “tanto la tele como internet está lleno de indecencias”; etc.

Sofía, aunque intentaba aparentar serenidad, se iba poniendo nerviosa e indignando progresivamente. Todo eso le parecía una exageración. Le disgustaba además lo que se le antojaba un tono recriminatorio y hasta un poco desafiante. Además, pensaba que si tan contundentemente sentenciaba, tendría que explicar los porqués. Y le parecía que proponía un tono de vida agobiante, en el que parece todo eran peligros morales.

Por la tarde, Sofía coincidió con varias del grupo y empezaron a comentar esa charla, bastante negativamente. Se oyó de todo. Descalificaciones aparte, cada una expuso sus argumentos. Para Loreto había “machismo”. Diana pensaba que eso era “puritanismo”, pues “no te dejan hacer nada, todo está mal, todo es pecado. La que más habló fue Gloria. Dijo que trataba de estas cosas a menudo con su hermana mayor, que estaba en el último curso de Psicología. Para ella, el sexo tenía que dejar de ser una especie de tabú, porque es algo totalmente natural, y había que dejar conceptos antiguos que agobiaban, y ver las cosas con una mentalidad nueva y libre de prejuicios.

Sofía siguió pensando en esto. Si lo que había oído por la mañana le había parecido una exageración, tampoco quedaba satisfecha con todo lo oído por la noche. Algunos argumentos le parecían más fruto del enfado que otra cosa. Al final, intuía que esas cosas debían ser más serias de lo que había pensado. A su vez, se daba cuenta de que había aspectos que no comprendía bien, y se propuso aprender bien, porque se jugaba más de lo que antes pensaba.

Preguntas que se formulan:

— ¿Es verdaderamente importante lo que afecta a la sexualidad? ¿Por qué? ¿Qué relación tienen con la persona y la personalidad? ¿Es algo meramente físico o fisiológico? ¿Cómo incide todo eso en la moralidad?
— ¿Qué entiende Gloria por “algo totalmente natural”? ¿Lo es realmente? ¿Qué noción de ser humano está implícita en esa consideración?
— ¿Justifica la inclinación afectiva cualquier ejercicio sexual? ¿Por qué?
— ¿Es cierto lo que dice Loreto? ¿Hay algo de verdad en ello? ¿Hay diferencias en esto entre hombre y mujeres?
— ¿Cómo juzgarías los ejemplos que aparecen en la charla? ¿Son comportamientos propiamente sexuales? ¿Qué relación tienen con esta materia? ¿Qué es una ocasión de pecado? ¿Qué es el pudor? ¿Qué sentido tiene?
— ¿Qué opinión te merecen las objeciones de Sofía? ¿Cómo habría que explicar estas cosas? ¿Vivir bien la castidad lleva consigo algún agobio? ¿Cuál es la actitud correcta?
— ¿Cómo responderías a los planteamientos finales de Sofía?

Vid. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 371-372, 2331-2359.

Comentario:

Cuando se trata de la castidad, la principal cuestión es entender bien su sentido. El resto se deduce solo, completándose con la aplicación a este terreno de lo que se ha explicado sobre la prudencia en algunos casos anteriores. Por eso el caso aborda directamente los fundamentos, sin perderse en la multiplicidad de conductas que pueden atentar contra este mandamiento; de todas formas, algunas han ido apareciendo incidentalmente en otros casos.

De las opiniones expresadas por las compañeras de Sofía, la más interesante es la de Gloria. En la historia ha habido dos grandes errores sobre este tema que, como suele ocurrir, se contraponen entre sí. El primero es despreciar lo sexual. No entraremos aquí en la explicación de las posturas filosóficas que han sustentado esta visión, sino en su resultado, que era ver al sexo como algo malo, o al menos vergonzoso, que se “toleraba” en determinadas condiciones —en el matrimonio— por pura necesidad: hay que perpetuar la especie. Más o menos a esto se refiere considerarlo como un “tabú”. Pero una visión serena de las cosas debe desbaratar esa visión. El sexo, como parte de la naturaleza humana, es un don de Dios, destinado a cumplir una función que no tiene nada de vergonzosa —la reproducción—, y a configurar un amor —el esponsal— que cuando es auténtico es de las cosas humanas más nobles, y así ha sido reconocido siempre.

Es demasiado frecuente en la historia de la humanidad pasar de un extremo erróneo al extremo contrario, también erróneo, como si no hubiera más posibilidades. Es lo que sucede con Gloria, y con tanta gente en nuestros días. El resultado es trivializar lo sexual. Alega para ello que es algo “totalmente natural”, y la verdad es que podemos llamar a su postura “naturalismo”. ¿Qué falla en ella? Dos cosas.

La primera, y con esto contestamos también a Diana, es el estado de esa naturaleza. Quienes no conozcan o no crean en el pecado original, al menos tendrían que tener ojos para ver sus consecuencias. La naturaleza humana está, desde entonces, herida. Tiene una tendencia al descontrol, a dejarse llevar por las pasiones las apetencias, y con ello al mal. Y el instinto sexual es fuerte, de forma que se descontrola con facilidad. De ahí que, por mucho que proteste Diana con ejemplos claramente exagerados, resulta obvio que es necesario cuidarse y tomar medidas para evitar males, a la vez que se protege la intimidad ante una situación que se presta a su desprecio o “cosificación”: tomar a una persona como cosa apetecible, y nada más. Hay que aceptar las cosas como son. Cuando el ser humano tenía una naturaleza íntegra, nos cuenta el Génesis que Adán y Eva iban desnudos sin avergonzarse por ello. Tras la caída, lo primero que hicieron fue… vestirse. Sería sin duda maravilloso que tuviéramos una naturaleza íntegra, perfectamente dominada por la razón, pero esa no es la que tenemos. Siempre ha sido un sueño de la humanidad una naturaleza perfecta, pero sería un funesto error confundir la realidad con un sueño o con un deseo.

El segundo error de la postura de Gloria es lo que ésta parece entender por naturaleza humana. Es incompleto. El ser humano es un único ser, con cuerpo y espíritu, en el que se entrelazan ambas realidades. En el sexo esto se puede ver bien. No es algo puramente fisiológico. Es también anímico, y tiene una vertiente espiritual. Es algo que abarca la persona entera. El sexo está en lo físico, en lo psíquico y en lo espiritual. Pero, y seguimos sin salirnos de lo sexual, como en todo lo que concierne a la persona, el escalón inferior debe subordinarse y orientarse al superior. Y así, resulta que el sexo, en el ser humano, está hecho para vivirse en el amor auténtico, un amor que compromete a la persona entera y apto para transmitir la vida de forma humana, creando una familia donde pueda desarrollarse la descendencia como corresponde a la dignidad humana. Ése es el amor conyugal, el de los esposos.

El amor, bien entendido, es entrega. Cuando la sexualidad está por medio, la entrega es de la propia intimidad, y de una dimensión muy personal. De ahí que la educación sexual —incluida la etapa del noviazgo, la última previa al matrimonio— sea educación para el amor. Consiste en enseñar a reservar esa capacidad de amar para el único amor que verdaderamente lo merece, sin que se estropee con otras cosas que podrán ser atractivas, incluso afectivamente atractivas.

¿Y tiene razón Sofía al indignarse por lo que oye de la profesora? ¿Es exagerado? Habría que oír la sesión completa para juzgar bien, pero da la impresión de que al menos falla en las formas. Lo importante no es tanto “sentenciar” comportamientos de manera drástica, sino explicar el sentido de la sexualidad y de la virtud de la castidad. Por supuesto, también es necesario sacar conclusiones prácticas, y si es necesario detalladas. Pero si se quiere enseñar con los ejemplos, hay que saber explicarlos bien. Y hay que ser positivos: si se piden esfuerzos, es por conseguir algo que valga la pena el esfuerzo.

¿Y es tanto el esfuerzo? ¿Es agobiante? A veces puede se costoso, pero no debe ser en ningún caso agobiante; si lo es, puede deducirse que hay algo mal planteado en ese esfuerzo. Como para todo esfuerzo, el cristiano debe contar con la ayuda de la gracia de Dios (oración, sacramentos…). Por lo demás, no es tan difícil si se cuenta con la prudencia que la sensatez aconseja y se evitan las ocasiones de pecado.

33. Séptimo mandamiento

Exposición del caso: Un sábado por la tarde Claudio queda con dos amigos, sin saber muy bien qué van a hacer. Aburridos a media tarde por la calle, deciden entrar en unos grandes almacenes. Después de hacer un recorrido, a Claudio se le ocurre que “podrían mangar algo, para darle emoción a la cosa”. Los otros dos no se deciden a hacerlo, y al final acuerdan que “taparán” a Claudio para que no la vean, mientras él “actúa”. Va así sustrayendo algunas cosas, pensando que nadie la ve, pero al final, cuando va a irse, es parado por un detective del establecimiento, y llevado a una oficina. Allí llaman a su casa, y su madre debe acudir, abochornada, y abonar el importe de todo lo que se llevaba Claudio: en total, unas 25.000 pesetas.

Una vez en casa, además de la regañina, la madre de Claudio le dice que el dinero gastado va a salir de su paga, y que no va a recibir nada, salvo lo justo para pagar el autobús, hasta que cubra con ello lo gastado. Al cabo de dos días, Claudio, que ve que es inútil tratar de que cambie de postura su madre, habla con su padre, y en tono quejoso le dice que no puede vivir así “sin un duro”, y que no puede ni salir con sus amigos, y que eso es una injusticia. Su padre le responde escuetamente que “aquí la única injusticia es lo poco que estudias y las calabazas que te dan”. Continuar leyendo “33. Séptimo mandamiento”

34. Octavo mandamiento

Exposición del caso: A la salida del colegio, Mónica espera, con una amiga, a que las recoja su padre en su coche nuevo. Llega éste, y pronto advierte que las dos están alteradas. Lo que ha sucedido es que una de las profesoras había expulsado a ambas de clase.

Cuando el padre de Mónica preguntó qué pasaba, dieron su versión de los hechos. Decían que, sucediera lo que sucediera, “siempre les tenía que tocar a ellas”, pero “que ya sabían que no las podía ni ver”. Añadían que “si está frustrada nosotras no tenemos la culpa”, y que estaban seguras (ya casi no se distinguía cuál de las dos hablaba, o si hablaban ambas a la vez) de que lo que pasaba con ella es que estaba frustrada y que su marido no la quería. “La oímos hablar con él por teléfono y era más seca que un palo, y eso es porque no se quieren”. El padre de Mónica intentaba apaciguar los ánimos con un “vamos, no será para tanto”, pero daba la impresión de que eso las incitaba más todavía. “Y seguro —continuaban— que está resentida porque ella llevaba más años en el colegio, y han hecho jefa de estudios a la de Lengua. Está resentida y lo tenemos que pagar nosotras. Es una resentida y una guarra”. Un intento más de calmar los ánimos vuelve a acabar mal, con una serie de insultos: se empezó con “es una imbécil y una cara de sapo”, y se llegó pronto a calificativos malsonantes. Continuar leyendo “34. Octavo mandamiento”