35. Noveno y Décimo mandamientos

Belén es una chica de temperamento tranquilo. Es, y ha sido siempre, apática y poco comunicativa. Se esfuerza poco en el estudio, y es bastante perezosa. Su comportamiento pone muy nerviosa a su madre —ya muy nerviosa de por sí—, que no aguanta verla sin hacer nada, encerrada en su habitación o medio tumbada en un sofá, todo el día con la televisión o con el móvil. Suele reaccionar mal: empieza diciendo que “no sé a quién has salido tú, porque ni tu padre ni yo somos así”, para seguir con cosas como “ya no sé qué hay que hacer para que espabiles”; “contigo no sé qué vamos a hacer “; “eres un desastre sin remedio”; “siempre sin hacer nada”; o “te doy por imposible, mira que lo he intentado todo…”. Y los comentarios casi siempre suelen acabar con una referencia comparativa a su hermana mayor: “¿No podrías aprender algo de ella?”; “qué habré hecho mal para que salierais tan distintas, con lo bien que lo hace todo Conchi”; “tu hermana lo deja todo ordenado…”; “mira tu hermana, cómo estudia…”

El primer tipo de comentarios había hecho concluir a Belén que, efectivamente, en la vida real no tenía mucho que hacer. Incluso, cuando su madre decía que “lo había intentado todo”, recordaba que incluso la había llevado a un psicólogo. Ella pensaba que era “un caso perdido”, pero que “a alguno tenía que salir”. Todo ello, sumado a que no se sentía muy querida ni muy aceptada, respaldaba el que se refugiase en su mundo interior: los mundos fantásticos eran más gratos que el real. Pero, además, iba acumulando resentimiento hacia todos, y en especial hacia su hermana: las continuas comparaciones, el que ella siempre acaparase los elogios y los premios, el que ella no le hiciera mucho caso —y menos desde que salía con un chico bien plantado—, y el que efectivamente era bastante mejor dotada en casi todos los aspectos, era en conjunto algo que exasperaba y deprimía a Belén. Por eso, uno de sus entretenimientos favoritos era imaginarse a su hermana humillada, llorando porque la despreció su novio, mientras ella tenía al “chico perfecto” rendido a sus pies, o incluso al novio de su hermana prefiriéndola a ella; su hermana hundida soportando “la gran bronca” por haber destrozado el coche de su madre a causa de la torpeza más tonta; etc.

Pero a Conchi le seguían saliendo bien las cosas, y eso Belén lo tomaba como una contrariedad. Y cuando no le iba bien, como una vez que atracaron a su hermana, Belén lo pasaba muy bien imaginando el susto de muerte que debía tener Conchi, y recordando la cara de rabia que pudo ver después.

En el mundo fantástico de Belén abundaban las “novelas rosas”, que con frecuencia pasaban de lo “rosa” a lo “verde”, imaginando escenas obscenas, muchas veces con el novio de su hermana, que, a decir verdad, también le gustaba a ella.

El tiempo no parecía arreglar nada de esta situación; si acaso, iba a peor. Una de las cualidades de Belén era que raramente se enfadaba, pero últimamente se enfadaba con frecuencia. Nadie entendía los motivos, y nadie parecía darse cuenta de que coincidían con las ocasiones en que su hermana le regalaban o se compraba algo. Cuando se compró un pequeño automóvil de segunda mano, gracias a algunos trabajos que hizo, le molestaba mucho verla irse en coche mientras que ella tenía que ir en transporte público a todos sitios.

Belén se iba dando más cuenta de que así no podía seguir, de que “se estaba amargando la vida” y que el enfado que crecía en ella tenía bastante de frustración: o sea, que se enfadaba con ella misma, aunque lo proyectase con los demás. Pero no se veía con fuerzas para superar esa situación, y, repasando quién podría ayudarla, iba descartando a todo el mundo, por razones varias según los casos. Al final, un atisbo de solución vino de donde menos lo esperaba: de su padre. Belén no tenía nada contra él, pero pensaba que “pasaba de ella”. Hablaron finalmente un día, de una forma aparentemente casual, y lo que siguió resultó sorprendente para ella. Le dijo que era cierto que su madre se ponía nerviosa con facilidad, pero que lo que no había visto eran las veces que había llorado pensando qué podía hacer para sacarla de esa pasividad. Y tampoco había oído a su hermana decir a sus padres que le preocupaba cómo estaba y preguntar si podía ayudar, ni se había dado cuenta de que había pasado por alto toda una serie de fastidios causados por ella: desde probarse todo lo que su hermana se compraba —como no sabía doblarlo bien, se notaba—, hasta quitarle alguna foto de su novio, y otros incordios. Añadió que creía de verdad que Belén no tenía nada de anormal sino sobre todo de dejadez, y que esa pasividad le hacía perder confianza en sí misma y abandonar su esfuerzo por salir adelante. Belén le contó todo lo que le pasaba y su padre se ofreció a ayudarla cada día a esforzarse por ser menos perezosa y salir así de esa pasividad enrarecida. Belén contestó que sí, que “de verdad que sí”, aunque no acababa de confiar en que fuera capaz de ello.

Preguntas que se formulan:

— ¿Qué comportamientos encuentras contra los dos últimos mandamientos?
— ¿Qué importancia tiene dominar la imaginación para facilitar estas virtudes?
— ¿Cómo juzgarías a cada uno de los personajes que aparecen?
— ¿Cómo se podría ayudar a Belén para superar esa situación? ¿Hay razones para ser optimistas a este respecto?

Vid. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 1859, 1866, 2514-2527, 2534-2550.

Comentario:

Como ya se dijo anteriormente, en este mandamiento se contemplan los pecados internos —sin acción exterior— referentes a los mandamientos 6º y 7º. En este caso se aprecian con nitidez los dos ejemplos más característicos de incumplimiento del mandamiento: los llamados “pensamientos impuros” y la envidia, respectivamente.

Las conductas humanas suelen tener explicaciones, aunque eso no quiere decir que, si son malas, sirvan de eximentes, ni siquiera muchas veces de atenuantes. Aquí uno se explica muy bien la conducta de Belén. Su temperamento apático es una primera explicación. Tampoco es muy animante tener a una “doña perfecta” de hermana. Y para acabar de hacer difícil la situación está su madre. Sus nervios le traicionan, y comete demasiados errores que no debe cometer una madre: descalificaciones globales, comparaciones siempre desfavorables con la hermana, declarar repetidamente que la daba por imposible, etc. Al final resulta que todos la querían, pero tendrían todos que haberse tomado la molestia de demostrárselo alguna vez por lo menos. Pero todo esto junto no puede justificar esa pasividad de Belén, que le lleva a desaprovechar la vida, y a albergar en su interior cosas que le hacen daño y van contra esos dos mandamientos.

Desear tener cosas que no se tienen no es en sí algo malo; el problema moral es cuando se desean desordenadamente, y peor aún cuando se desean injustamente (o sea, se desea lo que sería injusto tener: no por casualidad se define el mandamiento como “no codiciarás los bienes ajenos”). ¿Y cómo se puede medir la codicia? Quizás la manera más clara es viendo si hay envidia. Codicia y envidia no son lo mismo, y hay puede haber personas con mucha codicia y poca envidia. Pero ésta suele ir pareja a aquélla, y la envidia es más fácil de detectar, y su maldad aparece con más claridad en la conciencia. Y, a decir verdad, es bastante evidente que en Belén la envidia había llegado a unos niveles muy considerables. Merece también atender a la relación que hay entre estas conductas y la dependencia que Belén tiene de los aparatos de todo tipo: televisión, videojuegos, móvil, redes sociales, etc. No es difícil de entender que el excesivo amor a las cosas propicia el progresivo distanciamiento de las personas: o sea, al revés de lo que debería ser. Y así resulta bastante fácil caer en pecados como son la codicia y la envidia.

Solucionar los problemas humanos suele tener como condición previa reconocer el problema en sus justos límites. Aceptar las situaciones y, todavía más importante, aceptarse a uno mismo, es la condición previa para mejorar la situación y mejorarse a uno mismo. Belén se da cuenta, aunque le habría ido mejor si se hubiera dado cuenta antes. Lo mismo puede decirse de su padre. A lo que él dice habría que añadir los medios sobrenaturales, proponerse vivir en gracia habitualmente, confesarse cuando sea necesario, pero por lo demás lo que dice es plenamente acertado, y la ayuda que ofrece es la adecuada. En esos términos, y aclarando a Belén que ese remontar que necesita no va a ser cosa de un día precisamente, se puede y se debe salir adelante. Belén debería confiar en ello.

36. La oración

Exposición del caso: Jaime es un chico nervioso e inquieto, con mucha vitalidad: no en balde tiene 15 años. Es también inconstante: con frecuencia no acaba lo que empieza, y si le preguntan el motivo suele contestar que “le cansa” o “le ha conseguido aburrir”. A sus padres esa inconstancia parece preocuparles, sobre todo cuando se refleja en sus notas, y suelen decir una y otra vez a Jaime cosas como “en este mundo nadie te da nada, si quieres algo tienes que conseguirlo por ti mismo”, “de que te esfuerces o no depende todo lo que vayas a ser en la vida”, u otras parecidas. Son católicos, pero poco practicantes. Alguna que otra vez, cuando ha salido a conversación la religión con ocasión de alguna noticia, Jaime les ha oído comentar que es todo muy bonito, pero deben poderlo vivir bien los frailes, porque piden a la gente normal cosas que de hecho son imposibles; que se alejan del mundo real, y por eso la mayoría de la gente no les hace caso. Jaime ve que sus padres son voluntariosos —desde luego, más que él—, y por eso piensa que si dicen eso es porque así será. Él a la única que ve rezar es a su abuela —vive con sus padres—, una viejecita bastante mayor que reza rosarios todo el día. Jaime considera a esa “máquina de rezar rosarios” casi como un ser de otro planeta, le parece lo más aburrido del mundo, no entiende que alguien pueda repetir lo mismo una y otra vez, y no le ve utilidad ninguna. Es más, eso es un nuevo motivo que le inclina a dar la razón a sus padres. Continuar leyendo “36. La oración”