El milagro de Lanciano

Lanciano es un pueblo del Abruzzo, al sur de Chietti y Pescara. En el siglo VII un monje basiliano duda de la presencia del Señor en las Especies, mientras celebraba la Misa. Y, ante él, la Hostia se transforma en un trozo de carne, redondo, de la misma forma que la Hostia; y en el cáliz, el vino se transforma en Sangre que se coagula enseguida: forma 5 coágulos. Así se conserva hoy en día. La Hostia en una custodia y los coágulos en una ampolla. El 18-IX-70 se hizo una consulta a Roma para analizar lo que hay dentro. Los profesores Lindi y Bertelli, el 4-III-71, publican los resultados: carne y sangre humanas; grupo AB (el mismo de la Sábana Santa); de una persona viva; diagrama de la sangre corresponde a la sangre extraída ese mismo día del paciente; carne: fibras de miocardio.

Atender al visitante inoportuno

Era un hombre pequeño, de cara redonda y trabajaba como representante comercial del ramo de los extintores. Yo no necesitaba ninguno y estaba a punto de partir para un partido de golf. Le dije caballerosamente que no necesitaba nada, pero él insistía en entrar: “será cosa de un minuto…” —¿No le he dicho que no me interesa? No necesito nada, es inútil que perdamos el tiempo, váyase.

Se volvió, dio un portazo y vi que bajaba las escaleras.

Entonces fue cuando reparé en el remiendo en la espalda de su abrigo, en sus tacones comidos y en que necesitaba un buen corte de pelo. Me impresionó el pequeño remiendo: éste, y la gracia de Dios, puesto que soy de natural poco dado a generosos impulsos. Renuncié, por tanto, a la cita de golf (me pareció que iba a llover), lo llamé y traté de mostrarme como un caballero, dándole mis excusas. Vio lo que teníamos en casa y comprendió que estábamos bien abastecidos. Luego, mientras fumábamos, charlamos un rato. Me dijo que vivía en un estado próximo, con su mujer y cuatro hijos. Que su mujer era católica y que él estaba aprendiendo el catecismo para ser pronto bautizado. (¡Qué vergüenza sentí!). Tímidamente le puse un rosario en sus manos.

Desde entonces soporto mucho mejor a los representantes y a las llamadas inoportunas. Cada vez que mi natural impaciencia se agitaba no tengo nada más que invocar aquel remiendo.

Tomado de Leo J. Trese, “Vasija de barro”, p.60.

Momentos de crisis

Todo empezó por una llamada de la hermana directora para decirme que los Karnicks iban a sacar a su niña de la escuela porque habíamos admitido a una negrita en séptimo. Y justamente cuando la pena estaba sobre la mesa vino la señora Knowies, hecha un mar de lágrimas, con una carta anónima en sus manos en la que le decían cosas repugnantes. Traté de consolarla. ¿Pero será posible que en mi rebaño haya gente con tanto veneno? Sí, todo esto, unido al natural cansancio del día, puede ser la causa del mal humor que tengo. Es una sensación de hombres hundidos, una tentación de preguntarme si todo lo mío vale la pena y de si voy realmente a alguna parte; si no hubiese estado mejor casado, con un trabajo sencillo y sin responsabilidad, como bombero, por ejemplo. Naturalmente, la cosa no llega siempre a ser tan sombría. Suelo empezar pensando con anhelo en claustros y monasterios, descubriendo súbitamente en mí una insospechada vocación religiosa, y que otro cargara con responsabilidades mientras yo respondo a las llamadas de la campana conventual. Desde luego, en momentos más lúcidos reconozco que no son más que estúpidos sueños. De sobra sé que no hay claustro donde refugiarse ni agujero donde escurrirse sin que tenga que llevarme a mí mismo conmigo.

Tomado de Leo J. Trese, “Vasija de barro”, p.138.

Dar de lo que cuesta

Poca gente sabe que Gaudí tuvo que salir a la calle a pedir dinero para poder proseguir las obras del templo de la Sagrada Familia. En una de esas visitas, exitosa, ocurrió lo siguiente: —Muchas gracias, dijo Gaudí.

—No, no me de las gracias. En realidad no me supone sacrificio.

—Entonces, añadió el arquitecto con gracia, no sirve. Mejor dicho, no le sirve a usted. Vea de aumentarlo hasta sacrificarse… ¡Le será más agradable a Dios! Porque la caridad que no tiene el sacrificio como base no es verdadera y tal vez no sea más que vanidad.

El caballero se quedó boquiabierto. Reflexionó. Buen cristiano, comprendió y entregó un donativo mucho mayor.

—Ahora soy yo quien le da a usted las gracias, señor Gaudí.

Tomado de Álvarez Izquierdo, “Gaudí”, p. 181.

Camino del instituto

Iba camino del instituto para un ensayo, cuando pasé ante la casa de Dave, que había sido mi mejor amigo antes de rechazarme porque yo había dejado las drogas. No sé cómo se me ocurrió entrar a despedirme de él, pues estaba a punto de terminar los estudios.

Dave bajaba por la escalera con su abrigo, pero me invitó a subir. Al principio la situación resultó muy tensa, pero después empezamos a hablar y hablar y reír y a contarnos todo tipo de anécdotas. Lo que iba a durar 15 minutos duró más de dos horas. ¡Nunca llegué a mi ensayo! —Pero Dave, tú ibas a salir, le dije al fin.

De repente cambió su expresión.

—¿Por qué has venido esta noche?, me preguntó.

—Sólo para despedirme.

—Pero, ¿por qué esta noche precisamente? —Pues… no lo sé.

Me enseñó una soga de dos metros con un nudo corredizo.

—Iba a ahorcarme.

Rompió a llorar y me pidió que rezara por él. Nos abrazamos y empecé a rogar por él en aquel mismo instante. De camino a casa le dije a Dios: —Señor, yo no sabía lo que Dave iba a hacer, pero Tú sí lo sabías, ¿verdad? Si puedes servirte de alguien como yo para ayudar a un pobre chico como Dave…, aquí estoy, Señor, úsame.

Tomado de Scott y Kimberly Hahn, “Roma, dulce hogar”, p.24. (Scott, que después se convertiría al catolicismo, era entonces pastor presbiteriano).

A lo mejor no es todo tan difícil

Christine se asombra de lo fácil que le resulta de pronto la conversación. Algo se estremece bajo su piel. ¿Quién soy yo de hecho, qué me está pasando? ¿Por qué puedo hacer de pronto todo esto? ¿Con qué soltura me muevo, y eso que siempre me decían que era rígida y patosa? Y con qué soltura hablo, y supongo que no digo ninguna ingenuidad, porque este caballero tan importante me escucha con benevolencia. ¿Me habrá cambiado el vestido, el mundo, o lo llevaba todo dentro y sólo carecía de valor, sólo estaba siempre demasiado atemorizada? Mi madre me lo decía. A lo mejor no es todo tan difícil, a lo mejor la vida es infinitamente más ligera de lo que creía, sólo hay que tener arrojo, sentirse y percibirse a sí misma, y la fuerza acude entonces de cielos insospechados. (Stefan Zweig, “La embriaguez de la metamorfosis”)

Madre sólo hay una

Cuando viniste a este mundo, Ella te sostuvo en sus brazos. Tú se lo agradeciste gritando.

Cuando tenías 1 año, Ella te alimentaba y te bañaba.

Tú se lo agradeciste llorando la noche entera.

Cuando tenías 2 años, Ella te enseñó a caminar.

Tú se lo agradeciste huyendo de Ella cuando te llamaba.

Cuando tenías 3 años, Ella te hacía todas las comidas con amor. Tú se lo agradeciste tirando el plato al suelo.

Cuando tenías 4 años, Ella te dio unos lápices de colores. Tú se lo agradeciste pintando todas las paredes del comedor.

Cuando tenías 5 años, Ella te vestía para las ocasiones especiales. Tú se lo agradeciste rebozándote en los charcos.

Cuando tenías 6 años, Ella te llevaba a la escuela. Tú se lo agradeciste gritándole: ¡NO VOY A IR! Cuando tenías 7 años, Ella te regaló una pelota. Tú se lo agradeciste arrojándola contra la ventana del vecino.

Cuando tenías 8 años, Ella te trajo un helado. Tú se lo agradeciste derramándoselo sobre su falda.

Cuando tenías 9 años, Ella te pagó unas clases de piano. Tú se lo agradeciste no practicando nunca.

Cuando tenías 10 años, Ella te llevaba con el coche al partido de fútbol y fiestas de cumpleaños.

Tú se lo agradeciste saliendo del coche sin nunca mirar atrás.

Cuando tenías 11 años, Ella te llevo a ti y a tus amigos a ver una película. Tú se lo agradeciste diciéndole que se sentara en otra fila.

Cuando tenías 12 años, Ella te aconsejó que no vieras ciertos programas. Tú se lo agradeciste esperando que ella se fuera de la casa.

Cuando tenías 13 años, Ella te sugirió un corte de pelo que estaba de moda. Tú se lo agradeciste diciéndole que ella no tenía gusto.

Cuando tenías 14 años, Ella te pagó un mes de vacaciones en el campamento de verano. Tú se lo agradeciste olvidándote de escribirle una carta.

Cuando tenías 15 años, Ella venía de trabajar y quería darte un abrazo. Tú se lo agradeciste encerrándote en tu habitación.

Cuando tenías 16 años, Ella te enseñó a conducir su coche. Tú se lo agradeciste usándoselo todas las veces que podías.

Cuando tenías 17 años, Ella esperaba una llamada importante. Tú se lo agradeciste hablando por teléfono toda la noche.

Cuando tenías 18 años, Ella lloró en la fiesta de tu graduación de la escuela. Tú se lo agradeciste estando de fiesta hasta el amanecer.

Cuando tenías 19 años, Ella te pagó la matrícula de la universidad, te llevó en coche hasta el campus y cargó tus maletas. Tú se lo agradeciste diciéndole adiós desde fuera del dormitorio, así no te sentirías avergonzado ante tus amigos.

Cuando tenías 20 años, Ella te preguntó si estabas saliendo con alguien. Tú se lo agradeciste diciéndole: “A ti qué te importa”.

Cuando tenías 21 años, Ella te sugirió algunas carreras para tu futuro. Tú se lo agradeciste diciéndole: “No quiero ser como tú”.

Cuando tenías 22 años, Ella te abrazó en la fiesta de graduación de la universidad. Tú se lo agradeciste diciéndole si te podía pagar un viaje a otro país.

Cuando tenías 23 años, Ella te dio algunos muebles para tu primer piso. Tú se lo agradeciste diciéndoles a tus amigos que los muebles eran feos.

Cuando tenías 24 años, Ella conoció a tu futura esposa y le preguntó sus planes para el futuro. Tú se lo agradeciste con una mirada feroz y le gritaste “¡Cállate!”.

Cuando tenías 27 años, Ella te ayudó a pagar los gastos de tu boda y llorando te dijo que te quería muchísimo. Tú se lo agradeciste alejándote a otro país.

Cuando tenías 30 años, Ella te dio algunos consejos para cuidar al bebé.

Tú se lo agradeciste diciéndole que las cosas son diferentes ahora.

Cuando tenías 40 años, Ella te llamó para recordarte el cumpleaños de tu papá. Tú se lo agradeciste diciéndole que estabas muy ocupado.

Cuando tenías 50 años, Ella se enfermó y necesitó que la cuidaras. Tú se lo agradeciste leyendo sobre la carga que representan los padres hacia los hijos.

De repente, un día, ella silenciosamente murió.

Y todas las cosas que nunca hiciste cayeron sobre ti como un trueno.

Tomémonos un momento para rendir honor y tributo a la persona que llamamos mamá. No hay sustituto para Ella. Alegra cada momento. Aunque a veces, no parezca la mejor de las amigas, o quizá no concuerde con tu forma de pensar, pero aun así, es tu madre. Ella estará allí para ayudarte con tus dolores, tus penas, tus frustraciones.

Pregúntate a ti mismo: ¿Has buscado tiempo para estar con ella, para escuchar sus quejas sobre su trabajo y su cansancio? Sé prudente, generoso y muéstrale el debido respeto, aunque tú pienses diferente. Una vez que se vaya de este mundo, solamente los recuerdos cariñosos del quien llamamos mamá, sólo eso nos queda.

Autor desconocido Tomado de http://espanol.geocities.com/zcoronado/