José Ignacio Moreno Iturralde, “Breve explicación de los Diez Mandamientos”

Finalidad de este texto Para la comprensión de la Moral Católica destacan como instrumentos privilegiados el Catecismo de la Iglesia Católica y el Compendio del Catecismo. Son de agradecer también algunos buenos manuales, más o menos extensos. Lo que pretende este breve trabajo es hacer un modesto ejercicio de inteligencia de la moral católica. Juan Pablo II insistía en la necesidad de pensar la fe.

Es importante que los católicos sepamos dar razón de nuestra fe. En algunos países –pienso ahora en España- es paradójico observar como junto a muchos millones de cristianos convive un ambiente de laicismo que pretende excluir la influencia de la doctrina cristiana de la esfera pública. El Concilio Vaticano II explicó con profundidad el derecho a la libertad religiosa. El cristianismo es perfectamente compatible con la democracia. Es conocida la famosa frase de Jesucristo “dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. Son falsas y antidemocráticas las posiciones que pretenden encerrar la fe cristiana en el ámbito del templo y de la propia conciencia. La doctrina católica tiene pleno derecho de ciudadanía porque supone el ejercicio privado y público del citado derecho a la libertad religiosa.

Es cierto que creer que Jesucristo es Dios hecho hombre requiere el don divino de la fe y que esto es algo que no se debe imponer. Al mismo tiempo, conocer más a fondo la doctrina de Jesús de Nazaret, incluso desde una posición no creyente, puede ayudar a entender más la raíz cristiana: la filiación divina, el saberse hijo querido de Dios.

Toda la doctrina cristiana y todos los mandamientos de la Ley de Dios tienen un único modelo, Jesucristo. Esta es la manera de entender el cristianismo. Suelen surgir puntos de fricción con el Magisterio de la Iglesia cuando concreta el mensaje cristiano; pero esto sucede por no entender o no querer darse cuenta de que, pese a los defectos patentes de los cristianos –ya que somos hombres- Cristo y la Iglesia son una misma cosa puesto que la Iglesia está donde está la Eucaristía, el “Dios-con-nosotros”. La barca de Pedro no naufragará sino que llegará a puerto.

Decía Chesterton que tantas cosas se vuelven santas sólo con volverlas del revés. Creer en que Jesucristo es el Hijo de Dios es darse cuenta de que es Él quien ha creído antes en cada uno de nosotros. Quizás muchos que desprecian o se muestran indiferentes ante la doctrina cristiana se asombrarían si percibieran el amor con que Cristo les estima; pero esto es ya un don de Dios. Un don que otorgará, sin duda, a todo aquél que lo busque sinceramente.

1. Primer Mandamiento: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas”.

a) Breve introducción: Los Diez Mandamientos dados por Dios a Moisés y repetidos por Jesucristo en orden a nuestra salvación conviene entenderlos de este modo: los Mandamientos son para el hombre, no el hombre para los Mandamientos. Es decir, si Dios nos los manda es porque nos vienen bien para ser felices en la tierra, con la limitada felicidad que aquí se puede tener, y para que seamos felices plenamente durante toda una eternidad. Los Diez Mandamientos se entienden a la luz del primero.

El pensador Joseph Pieper ha escrito que amar a alguien es decirle “es bueno que existas”. Retomando esta idea podemos decir que existimos por el Amor creador de Dios. Entender el primer Mandamiento supone comprender las palabras de San Juan: ”Dios nos amó primero”. Sólo quien comprende el Amor de Dios por cada uno de nosotros en su Encarnación, muerte y Resurrección, así como su entrega incondicionada en la Eucaristía, está en condiciones de entender este primer Mandamiento que conlleva también el amor al prójimo:”amar al prójimo como a uno mismo”, como consecuencia del Amor que Dios le tiene a él. El Amor a Dios, el afán de darle gloria, es lo único -por lejano que nos pueda parecer- que puede satisfacer el corazón humano. Este primer precepto tiene relación directa con la fe, la esperanza y la caridad.

b) La fe: Es la virtud sobrenatural –infundida por Dios en el alma- por la que creemos ser verdadero todo lo que Dios ha revelado. Conviene tener en cuenta que la fe consiste en creer más en Alguien que en algo. El verdadero cristiano no sigue sólo una doctrina sino ante todo a Jesucristo, Persona divina con naturaleza divina y naturaleza humana, a quien considera vivo; ayer, hoy y siempre, como amor absoluto, fundamento de todo lo existente.

El Primer Mandamiento nos pide que alimentemos y guardemos con prudencia y vigilancia nuestra fe y que rechacemos todo lo que se opone a ella. Sólo estimando la fe como tesoro es como puede entenderse por entero esta actitud.

Hay diversas maneras de pecar contra la fe: duda voluntaria; incredulidad que supone el menosprecio de la verdad revelada o el rechazo voluntario de prestarle asentimiento.

c) La esperanza: Es la virtud sobrenatural por la que tenemos firme confianza en que Dios nos dará, por los méritos de Jesucristo, la gracia que necesitamos en esta tierra para alcanzar el Cielo. El cristiano puede luchar por ser mejor persona sabiendo que Dios no se deja ganar en generosidad y que le dará la ayuda o gracia necesaria para vencer en su tarea de cumplir acabadamente su condición de hijo de Dios. Pecados contra la esperanza son la desesperación y la presunción. La desesperación es especialmente grave porque excluye la confianza en Dios y niega al Señor su capacidad de ayudar y levantar al hombre necesitado y abatido. La presunción puede suponer dos cosas: una autosuficiencia en las solas fuerzas humanas para cumplir el fin último de la persona; o bien esperarlo todo de la misericordia divina sin una conversión personal.

d) La caridad: Es la virtud sobrenatural por la que amamos a Dios sobre todas las cosas, y al prójimo como a nosotros mismos por amor a Dios. La caridad se manifiesta en querer alegrar a Dios y en complacerse en las alegrías buenas del resto de los hombres. La caridad consiste en ser amigo de Dios, sabiendo -como dice Tomás de Aquino- que lo que consiguen nuestros amigos es en cierta medida nuestro.

Se puede pecar de diversas maneras contra el amor de Dios: – La indiferencia supone rechazar la consideración de la caridad divina, despreciar su acción y negar su fuerza. – La tibieza es una negligencia en responder al amor divino y quita fuerza espiritual. – La acedia es el rechazo del gozo que viene de Dios. – El odio a Dios tiene su raíz es el orgullo.

Segundo Mandamiento: “No tomarás en falso el nombre del Señor tu Dios” a) El nombre del Señor es Santo: Este Mandamiento , formulado en Éxodo 20, 7, prescribe respetar el nombre del Señor. Pertenece, como el primer Mandamiento, a la virtud de la religión: la respuesta moral de homenaje y gratitud del hombre ante su creador por el don de la existencia. La religión, a su vez, forma parte de la virtud de la justicia. El segundo mandamiento regula más particularmente el uso de nuestra palabra en las cosas santas. Utilizar correctamente el Nombre de Dios supone una muestra de respeto y de cariño al Señor. El segundo Mandamiento prohíbe abusar del nombre de Dios; es decir: todo uso inconveniente del nombre de Dios, de Jesucristo, de la Virgen María y de todos los santos.

La blasfemia se opone directamente al segundo Mandamiento, Consiste en decir contra el Dios –interior o exteriormente- palabras de odio, de reproche, de desafío; injuriar a Dios, faltarle al respeto en las expresiones, abusar del nombre de Dios. La blasfemia es contraria al respeto debido a Dios y a su santo nombre. Es de suyo un pecado grave. Las palabras malsonantes que emplean el nombre de Dios sin intención de blasfemar son una falta de respeto al Señor.

b) Tomar el nombre del Señor en vano: El segundo Mandamiento prohíbe el juramento en falso. Hacer juramento o jurar es tomar a Dios por testigo de lo que se afirma. Es invocar la veracidad de Dios como garantía de la propia veracidad. El juramento compromete el Nombre del Señor.

Es perjuro quien, bajo juramento, hace una promesa que no tiene intención de cumplir, o que, después de haber prometido bajo juramento, no la mantiene. El perjurio constituye una grave falta de respeto al Señor que es dueño de toda palabra.

Jesucristo dice “Sea vuestro si, si; sea vuestro no, no, que lo que pasa de aquí viene del Maligno (Mateo 5, 33-34). La santidad del nombre divino exige no recurrir a Él por motivos banales, y no prestar juramento en circunstancias que pudieran hacerlo interpretar como una aprobación de una autoridad que lo exigiese injustamente.

c) El ejemplo de Tomás Moro En determinadas ocasiones ser coherente con la propia conciencia puede ser algo heroico. Fue, por ejemplo, la actitud de Tomás Moro ante la etapa histórica que le tocó vivir en la Inglaterra del siglo XVI. Pese a las presiones del rey Enrique VIII no dio su parecer favorable al divorcio del rey respecto a su mujer Catalina de Aragón y no hizo un juramento, que el rey le exigía, para aceptar un nuevo matrimonio real con Ana Bolena. Muchos eclesiásticos ingleses cedieron ante las presiones del monarca y se hicieron cismáticos respecto a Roma. La propia familia de Tomás Moro intentó persuadirle de que diera su consentimiento para salvar la vida. Moro, quien había sido Lord Canciller de Inglaterra, intentó ocultar su opinión; no buscó polémica; pero le hostigaron y le pusieron entre la espada y la pared. Buscaban la aprobación de un hombre de conocida honradez. En la película “Un hombre para la eternidad” se relata como tan sólo la presencia de un falso testigo fue lo que hizo llevar a Moro a la pena de muerte.

Es importante pensar que Santo Tomás Moro no erigió la autonomía de su conciencia como norma absoluta. En todo momento la supeditó a lo que firmemente consideró la Voluntad de Dios y del Romano Pontífice. Si hubiera podido moralmente dar la razón al rey inglés y a sus conciudadanos lo hubiera hecho de buena gana, seguramente con el buen humor que le caracterizaba.

Tercer Mandamiento: Santificarás las fiestas 1. Introducción: Conviene comprender lo que nos dice Jesucristo : ”El sábado ha sido instituido para el hombre y no el hombre para el sábado”(Marcos 2,27). La necesidad de descansar un día a la semana es algo muy humano. Y es lógico que en ese día uno se ocupe con más solicitud de su familia, de sus amigos, de sus aficiones sanas y ordenadas; pero sobre todo de Dios. Es fácil darse cuenta de nuestra condición de criaturas y de la necesidad que tenemos de dar gracias a Dios por el don de la vida, de la fe y de tantas cosas. Podemos llevar al Señor nuestras alegrías y también nuestras penas para que nos ayude a sobrellevarlas y a superarlas.

Para entender bien la fiesta en general es preciso entender bien el día cotidiano del trabajo. Cuando toda jornada laboral se procura vivir como un trabajar de cara a Dios y a los demás, desarrollando las propias capacidades con afán de servir -presentes las ilusiones y contrariedades que nos trae la vida corriente- se entiende bien el sentido de la fiesta. La fiesta consiste en celebrar la realidad; esto es muy notorio, por ejemplo, en los cumpleaños. Cuando, por el contrario, la realidad se interpreta como algo aburrido y costoso, el anhelo de fiesta se crispa, se urge por adelantar y se pone como fin único el disfrutar al máximo. Pero esta fiesta no es verdadera porque no celebra la realidad sino que huye de ella. Se vive la magia de la noche, que indudablemente existe, pero con frecuencia se exagera. Es decir: sólo cuando se vive bien el día cotidiano es cuando se sabe vivir bien la fiesta. Es clave, como siempre, ejercitar las virtudes humanas, especialmente la generosidad y la fortaleza. Cuando una persona es virtuosa vive con intensidad y fecundidad el trabajo y restaura sus fuerzas físicas y espirituales en el descanso y en la diversión. Es la falta de virtudes humanas y el egoísmo lo que impide vivir con plenitud cada día y hace buscar una compensación en la fiesta que más bien parece una venganza frente a la tediosa realidad. Es verdad que el pecado original y los pecados personales nos pueden hacer más difícil el trabajo pero conviene no exagerar porque la naturaleza humana tiene muchas posibilidades y toda persona está hecha a imagen y semejanza de Dios.

2. El culto cristiano: La manifestación cristiana de culto a Dios por excelencia es la Santa Misa. Es importante atender a lo que realmente es la Misa y no tanto a nuestras apreciaciones afectivas o indiferentes, o incluso de rechazo ante ella. La Misa es la renovación incruenta del Sacrificio de Jesús en la Cruz. El Señor murió una sola vez en el monte Calvario el viernes de Pasión de hace 1983 años aproximadamente, para resucitar al Domingo siguiente.

Sobre las pruebas de la Resurrección podemos citar el testimonio de los apóstoles, los cuales serían más adelante mártires, salvo San Juan que moriría muy mayor por muerte natural. Sería completamente absurdo que se hubieran dejado matar por una mentira. Además los discípulos tenían miedo ante la represión de los judíos. Su comportamiento antes de las apariciones de Jesucristo resucitado era de gran incredulidad -recuérdese la conducta de Tomás, quien rectificaría al meter su mano en el costado abierto del Señor y sus dedos en las llagas de las manos-. Tras estos encuentros con Cristo resucitado se llenan de inmensa alegría y después de la Ascensión de Cristo a los cielos -la morada de Dios- y posteriormente la venida del Espíritu Santo -tercera Persona de la Santísima Trinidad de un único Dios- , en Pentecostés, proclaman el Evangelio con gran valentía y sabiduría exponiendo su seguridad personal, incluso con gozo de poder sufrir afrentas por Dios.

Cada Misa, por expresa voluntad de Jesucristo, hace actual y presente el misterio de Dios hecho hombre muerto por nuestra salvación y resucitado. Las palabras del Señor “esto es mi Cuerpo y esta es mi sangre” son literales y en la consagración de la Misa el pan y el vino eucarísticos se convierten en el Cuerpo y la Sangre del Señor que está en ellos de un modo misterioso pero real; es decir: con su cuerpo, sangre, alma y divinidad; verdadera, real y sustancialmente presente bajo los accidentes del pan y del vino.

La Iglesia nos explica como, al comulgar en gracia de Dios, es Él quien nos diviniza. El Espíritu Santo, con una actuación silenciosa, nos hace participar de la misma Vida de Dios manifestada en la caridad, que es como un anticipo de la gloria del Cielo. El cristiano que se une en carne y sangre con Cristo debe hacerlo también en espíritu, esforzándose por llevar a la práctica sus enseñanzas. Un hombre cristiano se convierte así, pese a sus limitaciones personales, no sólo en un imitador de Cristo, sino en otro Cristo -Hijo de Dios- y en el mismo Cristo, en el sentido de que participa de su misma Vida. Jesús de Nazaret nos trae el Cielo a la tierra y a Dios a nuestro espíritu. Ante esta realidad de fe de la Eucaristía, la Iglesia prescribe que el cristiano acuda por lo menos una vez a Misa en semana y que sea el domingo por ser este el día de la resurrección del Señor, como ya dijimos, y en las fiestas de precepto. Puede también acudirse por la tarde a la víspera festiva.

Por tanto la Misa es el centro y la raíz de la vida espiritual de todo cristiano coherente. El milagro objetivo que en ella se actúa es lo que llena de sentido la Iglesia. La Eucaristía es Jesucristo: Dios con nosotros. La amenidad o no de la homilía, el carácter generalmente no divertido de la Misa, o el hecho de que algún fiel se duerma, son cosas totalmente irrelevantes. Chesterton llegó a afirmar, tras su conversión al catolicismo y su asistencia a una Misa concreta, que salía más fortalecido en su fe que nunca porque “si después de un sermón tan malo la gente sigue acudiendo a Misa es porque esto es de Dios”. Entre los católicos que no suelen acudir a misa puede haber una idea de que esa práctica les supera, es algo que no va con ellos porque no se sienten capaces de vivir con provecho la misa. Se trata de una equivocación: no es esa la visión de Dios, que les espera como Padre Misericordioso. Efectivamente vivir en gracia supone un esfuerzo, un esfuerzo liberador. Pero…¿Acaso si uno está enfermo hará bien si no va al médico?… La Misa es un inmenso regalo de Dios a los hombres; a todos los hombres que quieran ser cristianos, pese a sus debilidades. Es un sacramento irrenunciable para saberse hijos muy queridos de Dios.

El Señor ha querido delegar su autoridad en la Iglesia y si ella nos manda ir una vez por semana a una misa entera debemos hacerlo porque así manifestamos nuestra confianza en Dios. La Iglesia es Madre y tiene la obligación de intentar mantener encendida la vida espiritual de los cristianos. Si cediera ante la actual apatía de muchos respecto del precepto dominical demostraría que no aprecia el tesoro de Dios mismo dándose a los hombres. Muestra una grandísima comprensión cuando nos dice que al menos una vez al año comulguemos, estando en gracia de Dios mediante el sacramento de la confesión, por Pascua de Resurrección; pero esto es un mínimo. Respecto al ayuno eucarístico está previsto en una hora antes de comulgar. El agua y las medicinas no rompen el ayuno.

3. El descanso dominical En el libro del Éxodo se lee: ”Recuerda el día de sábado para santificarlo. Seis días trabajarás y harás todos tus trabajos, pero el día séptimo es día de descanso para el Señor, tu Dios. No harás ningún trabajo” (Ex 20, 8-10). Jesucristo mantiene el precepto del Decálogo (Diez Mandamientos) pero suaviza su interpretación práctica:”El sábado ha sido instituido para el hombre y no el hombre para el sábado. De suerte que el Hijo del hombre también es Señor del sábado” (Marcos 2, 27-28).

El Catecismo de la Iglesia Católica afirma en su punto 2185 que “…las necesidades familiares o una gran utilidad social constituyen excusas legítimas respecto al precepto del descanso dominical. Los fieles deben cuidar de que legítimas excusas no introduzcan hábitos perjudiciales a la religión, a la vida de familia y a la salud”.

Es perfectamente legítimo que un estudiante estudie en domingo para preparar sus exámenes, así como que un trabajador, que no tuviera más remedio que trabajar ese día, trabaje. Lo malo es buscar con el trabajo un enriquecimiento avaro en el Día del Señor o estudiar exageradamente sin tener necesidad, lesionando el debido descanso. Por otra parte el descanso es relativo a cada persona: para un jardinero puede consistir, en parte, en coger un ordenador; y para un informático puede ser bueno descansar arreglando el jardín de su casa.

También recordamos el punto 2186 del Catecismo donde se lee: “Los cristianos que disponen de tiempo de descanso deben acordarse de sus hermanos que tienen las mismas necesidades y los mismos derechos y no pueden descansar a causa de la pobreza y la miseria. El domingo está tradicionalmente consagrado por la piedad cristiana a obras buenas y a servicios humildes para con los enfermos, débiles y ancianos”. Este tipo de actividades, compatibles con otras más atractivas a primera vista, fortalecen mucho la vida espiritual del cristiano y reviven en nosotros las palabras de Jesús : ”lo que hicisteis con mis hermanos más pequeños conmigo lo hicisteis”.

El cristiano de hoy puede cumplir con el precepto dominical porque quiere agradar a Dios y así, con su ejemplo, animará a la práctica sacramental a sus familiares y amigos para los que desea lo mejor en lo material y en lo espiritual.

4. Conclusión: Forma de cumplir el tercer mandamiento Este precepto se cumple con dos requisitos: -Participando en la Santa Misa en domingo y fiestas de precepto. Es la Iglesia quien determina cuáles de las fiestas litúrgicas son de precepto o de guardar; es decir, las que debemos santificar como si fueran domingo. -Absteniéndose de realizar en esos días actos que impiden el culto a Dios o el debido descanso.

Cuarto Mandamiento: “Honra a tu padre y a tu madre, para que se prolonguen tus días sobre la tierra que el Señor, tu Dios, te va a dar”.

1. La familia en el plan de Dios: El misterio más grande de la fe católica consiste en que Dios, siendo uno, es tres Personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Dios, en su intimidad, es Familia. Jesucristo quiso venir al mundo en el seno de una familia. Estas verdades de fe fortalecen la realidad humana de la familia. La familia supone los cimientos de la propia identidad y personalidad. De su buen estado depende, en buena parte, la felicidad de las personas y la dignificación de la sociedad.

La comunidad conyugal está establecida sobre el consentimiento de los esposos. Un consentimiento con promesa de fidelidad hecho cara a Dios. La familia es el lugar donde se quiere a la persona por sí misma. Es el mejor sitio para “caerse muerto” y, por lo mismo, para levantarse vivo todos los días. El matrimonio y la familia están ordenados al bien de los esposos y a la procreación y educación de los hijos. El amor de los esposos y la generación de los hijos establecen entre los miembros de la familia relaciones personales y responsabilidades primordiales.

El cuarto mandamiento va acompañado de una promesa: la prolongación de nuestra vida en la que hemos honrado a Dios al honrar a nuestros padres. En cualquier caso hemos de aceptar la Providencia de Dios.

2. La familia y la sociedad El Catecismo de la Iglesia Católica enseña que la familia es la “célula original de la vida social” . Es la sociedad natural en que el hombre y la mujer son llamados al don de sí en el amor y en el don de la vida. La autoridad, la estabilidad y la vida de relación en el seno de la familia constituyen los fundamentos de la libertad, de la seguridad, de la fraternidad en el seno de la sociedad. La familia es la comunidad en la que, desde la infancia, se pueden aprender los valores morales, se comienza a honrar a Dios y a usar bien de la libertad. La vida de familia es iniciación a la vida en sociedad.

Afirma el Catecismo que la comunidad política tiene el deber de honrar a la familia, asistirla y asegurarle especialmente: -La libertad de fundar un hogar y de tener hijos. -La protección de la estabilidad del vínculo conyugal y de la institución familiar. -La libertad de profesar su fe, transmitirla, y educar a los hijos de acuerdo con sus propias convicciones morales y religiosas. -El derecho a la propiedad privada, la libertad de iniciativa, de tener un trabajo, una vivienda, el derecho a emigrar. -Conforme a las instituciones del país, el derecho a la atención médica, a la asistencia a las personas de edad, a los subsidios familiares. -La protección de la seguridad y la higiene, especialmente por lo que se refiere a los peligros como la droga, la pornografía, el alcoholismo, etc. -La libertad para formar asociaciones con otras familias y de estar así representadas ante las autoridades civiles.

3. Deberes de los miembros de la familia a)Deberes de los hijos : La paternidad divina es la fuente de la paternidad humana; es el fundamento del honor debido a los padres. El respeto a los padres es exigido por el precepto divino (Éxodo, 20,12). El respeto a los padres -piedad filial- está hecho de gratitud para quienes, mediante el don de la vida, su amor y su trabajo, han traído sus hijos al mundo y los han ayudado a crecer en estatura, en sabiduría y en gracia.

…Mientras vive en el domicilio de sus padres, el hijo debe obedecer a todo lo que éstos dispongan para su bien o el de la familia. San Pablo pide en su Carta a los Colosenses: “Hijos, obedeced en todo a vuestros padres, porque esto es grato a Dios en el Señor” (Col 3, 20).

Es propio de la edad adolescente una cierta rebeldía ante los padres. Los jóvenes harán bien en pensar que junto a sus legítimos deseos de libertad han de vivir la caridad con sus padres, entre otras maneras haciéndoles caso.

Cuando se hacen mayores los hijos deben seguir respetando a sus padres. Deben prevenir sus deseos, solicitar sus consejos y aceptar sus quejas justificadas. La obediencia a los padres cesa con la emancipación de los hijos, pero no el respeto que le es debido, el cual permanece para siempre. Este, en efecto, tiene su raíz en el temor de Dios, que es uno de los dones del Espíritu Santo. Cuado pasan los años y nuestros padres, por ley de vida, ya no están con nosotros, nos dará mucha paz el haberles procurado honrar en todas las etapas de su vida. Es una actitud justa e inteligente vivir la gratitud con los padres mientras podemos convivir con ellos. Ser buen hijo es también la mejor preparación para ser buen padre.

b)Deberes de los padres : La fecundidad del amor conyugal no se reduce a la sola procreación de los hijos, sino que debe extenderse a su educación moral y a su formación espiritual. Los padres deben mirar a sus hijos como a hijos de Dios y respetarlos como personas humanas. Han de educar a sus hijos en el cumplimiento de la ley de Dios, mostrándose ellos mismos obedientes a la voluntad del Padre de los cielos: dando ejemplo. Del mismo modo que dar a los hijos el alimento adecuado no es una imposición sino un gozoso deber, algo parecido ocurre con la fe. Un cristiano que tiene fe transmitirá este tesoro a sus hijos que, en su momento, lo harán fructificar o no, según su libertad.

Padres e hijos deben otorgarse generosamente y sin cansarse el mutuo perdón por las ofensas…El afecto mutuo lo sugiere; la caridad de Cristo lo exige. Cuando llegan a la edad correspondiente, los hijos tienen el deber y el derecho de elegir su profesión y su estado de vida. Estas nuevas responsabilidades deberán asumirlas en una relación de confianza con sus padres, pidiendo y recibiendo su consejo con docilidad. Los padres deben cuidar de no presionar a sus hijos ni en la elección de profesión ni en la de su futuro cónyuge; esto no impide ayudarlos con consejos juiciosos. Quinto mandamiento: “No matarás” 1.La vida, don de Dios Además de la vida racional, el hombre puede –porque Dios lo ha querido- participar de la vida divina mediante la gracia. La manifestación de la gracia es la caridad. Juan Pablo II recuerda en su encíclica “Evangelium vitae” que “Cristo ha venido para que tengan vida y la tengan en abundancia”. De todo esto se deduce que para un cristiano coherente lo más importante es vivir en gracia de Dios. Para la fe cristiana, explica Santo Tomás, el bien soberano del alma en gracia vale más que todo el universo material.

Sólo Dios da la vida; sólo Dios puede tomarla. La vida y la salud son dones gratuitos de Dios, bienes que no nos pertenecen absolutamente: sólo Dios es su dueño absoluto y, por eso, no podemos disponer de ellos a nuestro antojo.

2. Deberes y prohibiciones del quinto mandamiento El quinto mandamiento prescribe conservar y defender la integridad de la vida humana propia y ajena. Prohíbe todo cuanto atenta a la integridad corporal personal o del prójimo.

Dividiremos el estudio en tres apartados: 2-1.Transmisión y conservación de la vida.2-2. Deberes relacionados con la propia vida. 2-3.Deberes relacionados con la vida de los demás.

2.1. Transmisión y conservación de la vida.

Establecemos unos apartados para un análisis de esta cuestión: a)El valor sagrado de la vida humana: En la transmisión de la vida, los padres, con su unión, desempeñan el papel de cooperadores libres de la Providencia, contribuyendo a la concepción del cuerpo. Pero el alma que vivifica al hombre, es creada inmediatamente de la nada por Dios en el instante de la concepción del cuerpo. Intentando pensar la fe podemos decir que un alma racional, libre y moral, no puede tener su origen en un mero compuesto bioquímico. Lo espiritual no se puede reducir a lo material. b)La mentalidad anti-vida: Con la pérdida del sentido cristiano de la vida se ha oscurecido la magnitud del hecho formidable de traer al mundo un nuevo ser humano. Muchos de nuestros contemporáneos han llegado a la negación, teórica o práctica, del valor trascendente de la vida humana. Porque en el fondo se piensa la vida como reducida a una existencia pasajera, puramente material, más allá de la cual no habría nada. El Papa Pío XI en la Encíclica Casti connubi, nn. 6 y 7 afirma: “La responsabilidad de los padres es pues gravísima y gozosa a un tiempo. Un hombre más o un hombre menos, importa mucho; vale más que mil universos, puesto que estos acaban por desvanecerse y un hombre, en cambio, no muere jamás: sólo muere su cuerpo que, al cabo, resucitará en el último día. Y principalmente, un hombre sólo, exclusivamente uno, vale toda la sangre de Cristo”.

c)El aborto voluntario: Supone un pecado gravísimo por matar a un ser humano totalmente inocente con el agravante de que la propia madre mate a su hijo, privándole de la vida natural y del bautismo. Todo el que colabora en un aborto incurre directamente en pena de excomunión, si tiene conocimiento previo de esta sanción canónica. El caso del aborto indirecto es aquel en el que una enfermedad seria de la madre es tratada con medicamentos que podrían tener como efecto secundario la muerte del feto. Este caso, que puede ser justificable moralmente en determinadas condiciones , es distinto al llamado aborto terapéutico en el que ante el peligro de la salud de la madre se actúa matando al feto.

d)La utilización de embriones humanos: La producción de embriones humanos por fecundación artificial o por clonación para fines científicos es una barbaridad. Supone tratar las vidas humanas como objetos de mercancía aunque se tratara de fines terapéuticos. Existen terapias alternativas eficaces basadas en el empleo de células madre de tejidos adultos, con probada eficacia clínica. El Compendio de la Iglesia Católica afirma en su punto 472: “La sociedad debe proteger a todo embrión, porque el derecho inalienable a la vida de todo individuo humano desde su concepción es un elemento constitutivo de la sociedad civil y de su legislación. Cuando el Estado no pone su fuerza al servicio de los derechos de todos, y en particular de los más débiles, entre los que se encuentran los concebidos y aún no nacidos, quedan amenazados los fundamentos mismo de un Estado de derecho”.

e)La eutanasia: El lícito deseo de no sufrir y de no querer el sufrimiento de los demás no puede arrogarse el poder de suprimir una vida de quien sólo Dios es dueño. Al Estado no únicamente le corresponde velar por la vida de los ciudadanos; nunca se puede arrogar el derecho de matar aunque el interesado lo pida. El Estado no da la vida ni la puede quitar. Respecto a la pena de muerte hablaremos muy pronto.

2.2 . Deberes relacionados con la propia vida (amor a uno mismo).

Una actriz de cine afirmó: “La vida es un jardín prestado; espero haberlo cuidado bien”. La propia vida es un don de Dios y, por esto, no tenemos una propiedad absoluta sobre ella. El amor a la propia vida es algo natural y cristiano que debemos cuidar. Algunos de estos deberes son: Hacer rendir las propias capacidades; cuidar la salud y el descanso; vivir la sobriedad en las comidas y bebidas; vencer la posible tentación de suicidio en algún momento crítico de nuestra vida.

2.3. Deberes relacionados con la vida de los demás: El quinto mandamiento dice “No matarás”. Nunca es lícito matar salvo en caso de legítima defensa. Respecto a la pena de muerte el Catecismo de la Iglesia Católica dice en su punto 2267: “La enseñanza tradicional de la Iglesia no excluye, supuesta la plena comprobación de la identidad y de la responsabilidad del culpable, el recurso a la pena de muerte, si esta fuera el único camino posible para defender eficazmente del agresor injusto las vidas humanas.

Pero si los medios incruentos bastan para proteger y defender del agresor la seguridad de las personas, la autoridad se limitará a esos medios, porque ellos corresponden mejor a las condiciones concretas del bien común y son más conformes con la dignidad de la persona humana.

Hoy, en efecto, como consecuencia de las posibilidades que tiene el Estado para reprimir eficazmente el crimen, haciendo inofensivo a aquél que lo ha cometido sin quitarle la posibilidad de redimirse, los casos en los que sea absolutamente necesario suprimir al reo ‘suceden muy (…) rara vez (…), si es que ya en la realidad se dan algunos’(Juan Pablo II, Carta Encíclica Evangelium Vitae, 56)”.

Sexto y Noveno Mandamientos: “No cometerás actos impuros”; “No consentirás pensamientos impuros” 1.Introducción: Todos los mandamientos, aunque quizás especialmente estos dos, se entienden mucho mejor por su referencia al primero: amarás a Dios sobre todas las cosas. Con estos dos mandamientos Dios nos declara que somos seres hechos por amor y para el amor. La virtud de la santa pureza es la que nos posibilita saber amar. “La Tradición de la Iglesia ha entendido el sexto mandamiento como referido al conjunto de la sexualidad humana” . Es un mandamiento al que hoy se opone con frecuencia una actual cultura dominante que arguye razones de una pretendida naturalidad.

La virtud de la santa pureza forma parte de la virtud de la templanza. Supone señorío sobre el propio cuerpo y respeto a las personas. “La castidad significa la integración lograda de la sexualidad en la persona, y por ello en la unidad interior del hombre en su ser corporal y espiritual. La sexualidad, …, se hace personal y verdaderamente humana cuando está integrada en la relación de persona a persona, en el don mutuo total y temporalmente ilimitado del hombre y la mujer” .

La sexualidad está ordenada al amor conyugal del hombre y la mujer, donde la intimidad corporal es expresión de la comunión espiritual. “Por la unión de los esposos se realiza el doble fin del matrimonio: el bien de los esposos y la transmisión de la vida. No se pueden separar estas dos significaciones o valores del matrimonio sin alterar la vida espiritual de los cónyuges ni comprometer los bienes del matrimonio y el porvenir de la familia. Así, el amor conyugal del hombre y de la mujer queda situado bajo la doble exigencia de la fidelidad y la fecundidad” 2. Medios para vivir este Mandamiento Con frecuencia todos experimentamos que la pureza es una virtud que cuesta vivir. Tan sólo la realidad del pecado original, junto con los pecados personales, es la que explica la relativa oposición entre el plan de Dios sobre nosotros y nuestras tendencias a satisfacer el deseo sexual desordenadamente. Por tanto, para vivir a fondo esta virtud es imprescindible pedir ayuda a Dios con humildad. La realidad de nuestra sexualidad es algo noble y positivo pero si se invierte sobre sí misma o sobre otra persona, al margen de la Voluntad de Dios, se pervierte y nos incapacita para amar. Amar no es satisfacer un deseo instintivo, sino darse a la persona amada según la ley de Dios.

La Revelación cristiana afirma que el mismo Dios habita en cada alma en gracia y que el cuerpo es templo suyo. De esta manera cuando el alma es para Dios el cuerpo es para el alma, según la expresión de San Agustín.

La virtud de la santa pureza es por tanto una virtud eminentemente positiva por la que nos realizamos en el verdadero amor. Supone la rebeldía de no comportarse como una bestia y la educación de las pasiones.

Los medios humanos para guardar esta virtud tienen que ver con la práctica del resto de las virtudes humanas, como la laboriosidad, y el poner empeño de un modo positivo por guardar la vista ante tanto reclamo a algunos instintos que emplea la publicidad, la televisión, internet, etc… ; así como evitar las ocasiones de ponerse en pecado como asistir a espectáculos o lugares inmorales, por muy extendidos que estén.

Entre los medios sobrenaturales están la oración, ya citada antes, la mortificación –el negarse a uno mismo cosas con un sentido deportivo y sobrenatural-, la frecuencia de sacramentos –especialmente la penitencia y la eucaristía- y el recurso a la Virgen María, modelo de Amor y pureza.

3. Pecados contra la pureza Es lógico que cuando una persona come sienta placer; y el placer está asociado a una función: la nutrición. El desagradable recuerdo del vomitorio romano nos hace ver crudamente la falsedad de la búsqueda del placer por sí mismo. Respecto a la sexualidad ocurre algo parecido con el agravante de que es una realidad íntimamente asociada a la generación de nuevas vidas humanas. Las personas no pueden reducir a otras o a sí mismas a objetos de satisfacción de su deseo.

A la hora de afrontar vivir esta virtud es muy importante estar bien formado y saber distinguir entre sentir y consentir. Sólo la plena advertencia y el pleno consentimiento pueden provocar un pecado mortal. La gravedad de los pecados contra la pureza se atiene al principio fundamental de que el placer directamente buscado fuera del legítimo matrimonio es siempre pecado mortal. Esto se debe a que es una virtud íntimamente relacionada con el poder creador de Dios. Sólo puede darse el pecado venial por falta de suficiente advertencia o pleno consentimiento. Conviene tener en cuenta que una excesiva presión del ambiente y unos hábitos muy arraigados pueden disminuir la culpa moral.

El poder de procrear es el poder físico más ligado con Dios que quiere que su plan para la creación de nuevas vidas humanas no se degrade a mero instrumento de placer.

4. Causas Las causas del pecado pueden ser interiores y exteriores. Entre las interiores destacan: el orgullo, la falta de templanza y de vencimientos personales, la vagancia y la falta de oración o trato con Dios. Entre las exteriores cabe citar el ponerse en ocasión próxima de pecar al asistir personalmente, o a través de los medios de comunicación, a espectáculos indignos de un cristiano e incluso de cualquier hombre de bien. También las relaciones afectivas con personas que conlleven una excitación sexual consentida suponen una falta de fuerza de voluntad por la que se excluye una autoposesión que será donada verdaderamente en la unión matrimonial. El amor verdadero es el que nos hace ser mejores personas y, por tanto, nos acerca a Dios.

5. Consecuencias Algunas de las consecuencias que se derivan de no vivir la santa pureza son: Perder la unión con Dios y, por lo tanto, ponerse en ocasión de perder la salvación del alma. Cegar y entorpecer el entendimiento para lo espiritual. Entrar en un aburrimiento profundo por la vida; así como una falta de carácter y personalidad. Provocar intranquilidad y falta de alegría. Traer consigo, en ocasiones, enfermedades vergonzosas.

Por el contrario, vivir la pureza templa el carácter, hace crecer la reciedumbre, la alegría y la paz interior.

6. Algunas cuestiones relacionadas con el Sexto Mandamiento y la transmisión de la vida Abordamos ahora algunos temas referentes a la transmisión de la vida, de los que el Catecismo de la Iglesia habla con motivo del sexto mandamiento: a)La esterilización: Es la intervención que suprime, en el hombre o en la mujer, la capacidad de procrear. La esterilización, por cegar las fuentes de la vida, supone un desorden moral grave. Existe una excepción en el que es aceptable moralmente: el caso terapéutico, que viene exigido para salvar la vida de la madre o conservar la salud. La enfermedad debe ser grave, la esterilización el único remedio y la intención la de curar, no la de esterilizar.

b)La anticoncepción: Añadiremos a todo lo ya dicho la diferencia entre los medios naturales de regulación de la natalidad y el uso de los preservativos. La sexualidad humana debe estar naturalmente abierta a la vida. Situaciones de necesidad grave y, por tanto, transitoria, pueden justificar el uso del matrimonio en periodos no fértiles de la mujer. En ese caso si -contra lo previsto- la mujer quedara embarazada, el matrimonio asume la paternidad. En el caso del uso de los preservativos la paternidad y la maternidad se excluyen de raíz. Otra idea de interés es la de respetar la finalidad de la sexualidad dentro de mi realidad, espiritual y corporal, que me ha sido donada.

c)La fecundación artificial: Niega la unidad existente entre el aspecto unitivo y procreativo –espiritual y corporal- propio de los seres humanos. Quién vio en esto una mera traba moral se encuentra ahora con la terrible realidad de los congeladores de embriones humanos sentenciados a morir. Otra cosa distinta es ayudar médicamente a parejas con alguna anomalía, en alguno de sus cónyuges, a la realización del acto conyugal.

7. Algo más sobre el Noveno mandamiento El noveno mandamiento ordena vivir la pureza en el interior del corazón y prohíbe todo pecado interno contra esta virtud: pensamientos y deseos impuros. También es oportuno recordar aquí la diferencia entre el sentir y el consentir, siendo en este último acto donde actúa la moralidad. Una Bienaventuranza directamente relacionada con este mandamiento y con el sexto es “Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios”.

Séptimo Mandamiento: No robarás 1. Dios nos ha dado las cosas para que las usemos El séptimo mandamiento ordena hacer buen uso de los bienes de la tierra y prohíbe todo lo que atente a la justicia en relación con esos bienes.

No hemos de olvidar que Dios es el dueño y señor de todo, mientras que nosotros sólo somos sus administradores. El hombre con relación a sus propios bienes debe comportarse sabiendo que las cosas de la tierra son para su servicio y utilidad, pero teniendo presente que esos bienes no son en sí mismos fines, sino sólo medios para que el hombre cumpla su destino sobrenatural eterno.

Con relación a los bienes ajenos, cuando una persona posee legítimamente unos bienes son suyos y no se le pueden quitar injustamente contra su voluntad.

No se trata sólo de no robar; sino de hacer buen uso de los bienes. Jesucristo afirma la exigencia de que los compartamos con los que tienen más necesidad.

Todos los bienes, por disposición divina, son para todos los hombres. Este derecho se denomina primario o radical. El derecho a la propiedad privada es un derecho natural, pero secundario, subordinado al destino universal de los bienes para todos los hombres.

2. Pecados contra el séptimo mandamiento: El pecado fundamental es el robo. Consiste en apoderarse de una cosa ajena contra la voluntad razonable del dueño. Un tipo de robo frecuente es el fraude, que consiste en obtener ilícitamente un bien ajeno a través de engaños.

El robo es un pecado contra la justicia que admite parvedad de materia. Para atender a la gravedad del robo hay que tener en cuenta: -El objeto en si mismo. -La necesidad que el dueño tenga de la cosa robada. -La acumulación de materia.

La principal causa excusante del robo es la extrema necesidad. Si alguien se halla en peligro de perder la vida o que le sobrevenga un gravísimo mal es lícito y hasta obligatorio tomar los bienes ajenos necesarios para librarse de esos males. Estas acciones pueden llevarse a cabo siempre que no se ponga al prójimo en la misma necesidad que uno padece. El derecho primordial a la vida está por encima del derecho de propiedad.

3. La restitución Restituir es la reparación de la injusticia causada, y puede comprender tanto la devolución de la cosa injustamente robada como la reparación o compensación del daño injustamente causado. Una causa excusante de la restitución es la imposibilidad física como la pobreza extrema. Otra es la imposibilidad moral: si el deudor al restituir le sobreviene un daño mucho mayor. Lógicamente otra ocurre si el acreedor perdona la deuda.

4. La Doctrina social de la Iglesia Se llama Doctrina social de la Iglesia al conjunto de enseñanzas del Magisterio eclesiástico que aplican las verdades reveladas y la moral cristiana al orden social. Las enseñanzas del Magisterio se recogen principalmente en algunas Encíclicas escritas por los papas. Juan Pablo II escribió tres en este sentido: Sollicitudo rei socialis, Laborem Excercens y Centessimus Annus.

Cabría preguntarse por qué la Iglesia también enseña sobre cuestiones temporales. La misión de la Iglesia es de orden sobrenatural, y no se mezcla en las legítimas opciones temporales ni defiende programas políticos determinados; pero al mismo tiempo la Iglesia tiene pleno derecho, que es un deber, de enseñar la dimensión moral del orden secular, tanto en lo social, como en lo político y económico. De igual modo le corresponde el juicio moral sobre las cuestiones temporales y formar la conciencia de los hombres en su actuación temporal a la luz de la vida y doctrina de Jesucristo, Dios y hombre.

Octavo Mandamiento: “No levantarás falso testimonio ni mentirás” 1. Introducción El octavo mandamiento prescribe los deberes relativos a la veracidad, el honor y la fama del prójimo. Cristo confesó la verdad: su identidad de Hijo Unigénito de Dios; aunque este testimonio le provocó ultrajes y barbaridades hasta la muerte.

El octavo mandamiento es muy necesario cuando las relaciones entre los hombres se ven enturbiadas por tantas mentiras. A todo esto el cristiano ha de oponer el amor a la verdad y el respeto a la buena fama de los demás.

2. Nociones Enseña Santo Tomás de Aquino que la verdad es algo divino ya que el propio Dios es la Verdad y hace que las criaturas participen de la verdad. Jesús mismo dijo “Yo soy la verdad” (Juan 14,6). También enseña Jesucristo: “Sea vuestro modo de hablar: sí, sí o no, no. Lo que excede de esto viene del Maligno” (Mateo 5, 37). Para ser hombres veraces tenemos que esforzarnos por discernir lo verdadero de lo falso y por vencer la inclinación a deformar la verdad, evitando la simulación y la hipocresía.

La virtud que trata de vencer estas tendencias es la veracidad, que nos inclina a decir siempre la verdad y a manifestarnos al exterior tal como somos interiormente. Es importante que exista una coherencia entre lo que pensamos, lo que decimos y lo que hacemos; de lo contrario se van produciendo rupturas en nuestro interior. La veracidad es importante para la vida social: si los hombres no se fían entre sí la convivencia se deteriora. Considerar lícita la mentira, aunque fuera dentro de ciertas limitaciones, es peligroso para el bien común. La mentira es intrínsecamente mala porque deforma la realidad.

3. La mentira La mentira es una palabra o un signo por el que se da a entender algo distinto a lo que se piensa, con intención de engañar. El principio moral fundamental es que nunca es lícito mentir. Toda mentira, por pequeña que sea, quebranta el orden natural de las cosas querido por Dios. La malicia de la mentira no consiste tanto en la falsedad de las palabras como en el desacuerdo entre las palabras y el pensamiento. Hay mentira aunque los que la escuchen no resulten engañados. No es lícito mentir para obtener bienes para terceros. Por otra parte la gravedad de la mentira ha de considerarse no sólo en si misma, sino por los daños que puede causar.

4. La lícita ocultación de la verdad Hemos dicho que nunca se debe mentir pero eso no quiere decir que el hombre esté obligado a decir siempre la verdad; a veces, porque quien pregunta no tiene derecho a saber todo, y en ocasiones porque es obligatorio guardar el secreto.

Todo hombre tiene derecho a mantener reservados aquellos aspectos –sobre todo de su vida privada- cuyo conocimiento no serviría para nada al bien común y, en cambio, podría dañar legítimos intereses personales y familiares.

El prójimo tiene derecho a que se le hable con la verdad, pero no tiene derecho a que le sea revelado lo que puede ser materia de legítima reserva. En esos casos uno puede callarse o contestar que no hay nada que decir.

5. El secreto Es aquello que por su misma naturaleza o por compromiso exige la obligación de mantenerlo oculto. Puede ser natural –algo que no puede ser revelado indiscriminadamente -, o confiado -cuando se hace la promesa de no revelarlo-. Bajo el primero se encuentran, en general, todos aquellos que conocen algo en razón de su ejercicio profesional. Con mayor rigidez que ninguno debe guardarse el secreto que conoce el sacerdote por confesión.

6. La fidelidad Es la virtud que inclina a la voluntad a cumplir las promesas hechas y “expresa la constancia en el mantenimiento de la palabra dada” . La fidelidad es un compromiso que se contrae con otro, que compromete la conciencia, porque el no cumplimiento de lo prometido puede acarrear un daño, incluso grave, al prójimo que se comporta confiado en la palabra recibida. Es, por tanto, una virtud indispensable en la vida social.

6. La fama y el honor Por fama se entiende la buena o mala opinión que se tiene de una persona. Todo hombre, en su dignidad natural, creado a imagen y semejanza de Dios tiene derecho a su buen nombre. Entre los pecados contra la buena fama del prójimo están: -Con el pensamiento: la sospecha temeraria y el juicio temerario. La primera consiste en dudar interiormente, sin fundamento suficiente, sobre las buenas intenciones de los demás, inclinándose por pensar mal del prójimo. El segundo es asentir de modo firme sobre las malas acciones o intenciones del prójimo, sin tener motivo suficiente. -Con la palabra: la murmuración –criticar y dar a conocer los defectos ocultos de los demás sin justo motivo-, la calumnia –imputar a los demás defectos o pecados que no han cometido-y el falso testimonio –atestiguar delante de los jueces algo falso-.

También todo hombre tiene derecho al aprecio de sus semejantes. El honor es el testimonio exterior de la estima que se tiene a los demás hombres. Entre los pecados contra el honor están la injuria -que es un insulto sin justicia hecho en presencia del ofendido- y la burla.

Décimo Mandamiento: No desearás los bienes ajenos 1. Desprendimiento de los bienes materiales El décimo mandamiento prohíbe el deseo de quitar a otros sus bienes o de adquirirlos por bienes injustos. Jesucristo muestra el motivo de fondo para vivir este mandamiento: ”donde está tu tesoro está tu corazón”(Mateo 6,21). Por esto “no se puede servir a dos señores, a Dios y al dinero” (Mateo 6,24).

Hay una lúcida frase que dice: “El cielo no cuesta ni poco ni mucho sino todo lo que uno tenga”. Para ser amigos de Dios es necesario estar desprendidos de los bienes que tenemos. Estos bienes son, en sí mismos, buenos; pero son medios y no fines.

Las personas con más recursos económicos están obligadas moralmente a ayudar a los más pobres. Parte de estos bienes han de servir para ayudar al bien común de la sociedad, incluido el sostenimiento de los servicios religiosos. Por otra parte, el cristiano debe luchar contra el aburguesamiento o búsqueda excesiva de comodidad, tan propio de nuestra época.

El pecado opuesto a este mandamiento es la avaricia que consiste en el deseo desordenado de bienes materiales. La avaricia es fuente de pecados graves cuando, con elecciones concretas, se prefiere el amor al dinero y a las cosas materiales, olvidando el amor y el servicio a Dios y a los demás. Cuando se opta por actos que no llegan a supeditar el servicio a Dios y a los demás se trata de pecados veniales.

El mayor conocimiento actual de las múltiples y graves necesidades materiales de millones de personas han de servirnos para vivir con más exigencia y amor este mandamiento.

El décimo mandamiento exige también que se destierre del corazón humano la envidia. “La envidia es un pecado capital. Manifiesta la tristeza experimentada ante el bien del prójimo y el deseo desordenado de poseerlo, aunque sea en forma indebida. Cuando desea al prójimo un mal grave es un pecado mortal” . La envidia -en la que San Agustín veía el “pecado diabólico por excelencia”- impide la caridad, el alegrarse con las alegrías de los demás y la fraternidad cristiana, que es el signo distintivo del discípulo de Jesucristo.

Bibliografía -Catecismo de la Iglesia Católica. -Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica. -Curso de Teología Moral. Ricardo Sada-Alfonso Monroy. Ed. Palabra.

Eleuterio Fernández, “El horizonte del hombre y Dios”

Se recoge a continuación una serie de tres artículos sobre la relación del hombre con Dios: primero la relación del hombre con sus semejantes (El hombre horizontal), después la relación del hombre con Dios (El hombre vertical) y, por último, un, a modo, de las dos cosas pero con el verdadero sentido de esta relación (El horizonte vertical del hombre).

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César Alonso de los Ríos, “Nostalgia de la religión”, ABC, 9.XI.04

El bautizo civil que acaba de celebrarse en Igualada es algo más que una ocurrencia o un atrevimiento. Al igual que los matrimonios de homosexuales y las primeras comuniones festivas, es una muestra de la insatisfacción en la que se encuentran instalados los laicos. Este empeño en invocar lo religioso para justificar o dar realce a ciertos hechos viene a demostrar una inmensa nostalgia religiosa por parte de aquellos que dicen no tener fe. Se reconoce, asimismo, la fuerza seductora que tienen las tradiciones. Se intenta encontrar en los aledaños de la religión los remedios a la frustración que no es capaz de proporcionar el agnosticismo. Es un modo de acercarse a la sombra de la Iglesia, lo que no quita para que, objetivamente, haya que denunciar lo que todas estas prácticas tienen de desconsideración de los sacramentos. Por no decir de agresión. La típica de los bárbaros en un templo…

La utilización de los sacramentos aunque sea tan sólo en su lado más nominalista o apariencial es una demostración del vacío en el que se encuentra la izquierda agnóstica. La misera en la que yace.

Descreída, pragmática, utilitarista, carente de valores y de modelos alternativos al tipo de sociedad que critican retóricamente… la izquierda atea, agnóstica o laica (que ni siquiera ellos mismos son capaces de diferenciar) no sólo está hueca, sino que es consciente de que suena a hueca y de que, por tanto, ya no queda en ella nada que pueda dar sentido a sus vidas y a aquellos actos que consideran especialmente relevantes o significativos. Entonces es cuando miran alrededor y comprueban que sus despreciables vecinos católicos, estos carcas que diría Zapatero, parecen tener resueltas algunas cosas. Y deciden apropiárselas. Eso sí, vaciándolas a su vez. En su mejor estilo. Dejándolas en pura carcasa. En gesto. En este caso vacían la liturgia de lo sacramental.

ASÍ que celebrarán el bautismo sin bautizo, esto es, sin dar el paso a la fe; llamarán matrimonio a lo que no carece de posibilidades de maternidad y llamarán primera comunión a un acto insular e intransitivo. Ni siquiera el niño tendrá posibilidades de saber por qué razón le someten sus padres a esta impostura. No creen en la religión pero necesitan el olor de lo sagrado, el perfume de lo religioso…, aunque sea para reafirmarse en el resentimiento contra la Iglesia.

¿Por qué razón los creyentes habrían de ser más que nosotros?, se preguntan los agnósticos. Así que insatisfechos con la ceremonia civil o con el simple banquete, tratan de aprovecharse del patrimonio secular de la Iglesia. No les parece suficiente lo profano. Necesitan la apariencia de lo sagrado, la simulación religiosa. Un poco de liturgia, la nostalgia del sacramento, un olor a incienso…

Ante estos hechos los ideólogos de la izquierda deberían reflexionar sobre la naturaleza del progresismo laico y su formidable capacidad para la frustración. Deberían al menos darse cuenta de que sin una moral laica que ellos y sus partidos han sido capaces de construir, sin una tradición cultural pagana, sin valores (término que, por otra parte, les horroriza) las gentes de izquierda presentan el aspecto patético del que busca la trascendencia en creer en ella.

Los matrimonios de gays, las primeras comuniones falsas, los bautizos civiles… constituyen la trivialización intolerable de los sacramentos, pero, al tiempo, suponen el reconocimiento del inmenso fracaso de la laicidad. Todos estos hechos nos anuncian la vuelta a un mundo de valores o, al menos, a la necesidad de ese regreso.

Cristina López Schlichting, “Santo, es decir, hombre”, Congreso Apostolado Seglar, 13.XI.04

Muy buenos días a todos y gracias por asistir, a horas tan intempestivas, a la exposición. Gracias a los organizadores del Congreso por haberme invitado y, en especial, a D. Antonio Cartagena, D. Eloy Bueno de la Fuente, D. Francisco Porcar, Doña Nuria Gispert, D. Rafael Serrano, Doña Inmaculada Franco y D. Alfonso Coronel de Palma por ayudarme y acompañarme en el proceso de elaboración de la intervención.

1. La pregunta Quien se presenta ante vosotros y ha sido elegida para enunciar esta ponencia está tan sorprendida como vosotros. Dejo a la responsabilidad de los organizadores del Congreso y de nuestros obispos los efectos, beneficiosos o no, de la elección. Pero quizá haya un par de cosas en mi trayectoria personal que expliquen las razones de gente más sabia.

Me gusta referirme a mi casa como el lugar donde se fue educando mi persona en una relación honesta y verdadera con la realidad, pero sin el dato de la fe. Mi madre (por razón de su matrimonio en época de Franco), era luterana conversa y derivó en el agnosticismo. Mi padre a su vez era católico agnóstico o confuso, de modo que mis tres hermanas y yo crecimos sin certezas sobre el sentido de la existencia. La rotunda convicción de que mis padres nos querían hasta dar la vida por nosotros o de que la vida estaba llena de cosas hermosas (los libros, el arte, la música, la naturaleza), chocaban en mí violentamente con la negación de la trascendencia. ¡Qué vida tan triste la que inserta en el corazón del hombre la pregunta por lo bello, lo bueno, lo verdadero y trunca la respuesta con la experiencia del mal o de la muerte! Sin embargo creo que esta experiencia mía, tan dolorosa durante tantos años, tiene el valor de calcar en buena medida la de nuestros contemporáneos, que ya no reciben de sus familias ni de su entorno la certeza sobre la positividad de la existencia ni su dimensión eterna.

Para mí y para mis hermanas el tiempo en que la gente quería ser santa ya no era una referencia. Si Dios no existía, o no era comprobable, la bondad ya no constituía un objetivo. Los acontecimientos históricos, sin nosotras saberlo, no sólo habían derribado el deísmo, sino también el imperativo moral de Kant. La razón humana, perdida de sus raíces, trabajaba contra sí misma. Nadábamos en un relativismo moral y un escepticismo que era el eco de lo que hoy define nuestro mundo occidental.

Yo sólo quise ser santa en arrebatos de pasión ligados a un vídeo sobre las misiones o unos ejercicios espirituales de las buenas religiosas que me educaron. Pero los embates emocionales eran tan frágiles como los picos de adrenalina que los producían. Lo cierto, lo cotidiano, era que la razón no encontraba motivos para creer. Pero lo que yo sí quería, y os aseguro que lo quería de forma vehemente, intensa, desquiciante, era ser feliz. No sólo estar contenta de vez en cuando, no sólo experimentar placeres exquisitos, sino poder dar respuesta a las preguntas del corazón, a la apremiante necesidad de ser algo más que una hoja que agita el viento y que el invierno de la muerte condena al olvido.

Me recuerdo con quince años, preguntando a mi padre por qué había que seguir viviendo. El pobre, abrumado seguramente por la pesada de su hija, me contestó que había que seguir adelante porque todo seguía adelante, que había que luchar y vivir porque sí, por la misma razón por la que la tierra da vueltas. La respuesta me dejó profundamente insatisfecha. Sin saberlo, yo quería ser santa.

2. La santidad no es coherencia.

Buscaba, pero lo tenía difícil, porque una ola intensa de pelagianismo atacaba y ataca nuestra Iglesia. Una y otra vez encontraba hombres y mujeres buenos que cifraban su cristianismo en la coherencia moral, reduciendo la palabra Cristo a un paradigma de comportamiento ético. Con ellos impartí catequesis en barrios marginales, alfabeticé gitanos, asistí ancianos, postulé por las calles, hice, en fin, cuantas cosas caracterizan la labor impresionante de esta Iglesia nuestra tan denostada injustamente. Pero la pregunta persistía. Yo podía ser buena, pero mi bondad no respondía a una inquietud ancestral, anclada profundamente en el ser humano, el mismo que hace decenas de miles de años dejó de aullar, se puso de pie y miró la luna preguntándose qué era aquello. Es más, la experiencia me mostró dos cosas fundamentales.

Primera, la imposibilidad de ser totalmente buenos. Recuerdo aquí ese pasaje del NT donde se aclara que lo que Dios pide es imposible para el hombre. Me enfadaba, me revolvía, pero nunca alcanzaba el listón del objetivo. Con el tiempo comprendería que la experiencia del límite, de no llegar, es profundamente humana, es más, forma parte misteriosa del método de Dios para mantener viva en nosotros la pregunta sobre Él. Porque si nos bastásemos, si los hombres unidos pudiésemos hacer del mundo un lugar justo, bueno y bello ¿para qué lo querríamos a Él? Y , segunda enseñanza, el límite no alcanzado y la pretensión de forzar lo imposible no sólo no hacen al hombre mejor, sino que cuando éste no vive en Cristo, generan en él sinsabor y violencia. Es el mecanismo de la ideología. La ideología, llámese nacionalismo, marxismo, capitalismo dogmático o religión (que también la religión es susceptible de ser reducida a ideología) se caracteriza por proporcionar una explicación total sobre lo que nos rodea, reduciéndola a factores y mecanismos manipulables por el hombre. La fórmula es bien conocida: se promete el paraíso terrenal (llámese Gran Serbia, Euskalerría Libre, Sociedad Comunista, Mercado o Estado Integrista) y se elimina todo aquello que configure un obstáculo en su realización. Para liberar Palestina se matan israelíes, para liberar Israel, se matan palestinos; para liberar Serbia se matan kosovares, para liberar Kosovo se matan macedonios. Para liberar a los obreros se manda al gulag a los disidentes; para liberar Alemania se matan judíos, homosexuales, católicos y lo que haga falta. Para liberar Euskadi se matan maketos; para liberar el mercado se explota en las fábricas asiáticas a jóvenes y mujeres hasta la muerte… para liberar al hombre de la injusticia ha habido cristianos que se han echado al monte con un fusil. Y no creamos que es sólo un “macrofenómeno”.

En nuestro entorno inmediato hay montones de cristianos amargados y tristes por culpa de la injusticia social, la falta de espiritualidad o lo que sea. Gente estupenda, curas y laicos que dan la vida por los otros y dicen cosas verdaderas, pero que aparecen tan manifiestamente determinados por el límite que la realidad impone a sus aspiraciones justas que a una le dan ganas de todo… menos de seguirles. Yo caigo a menudo en la misma trampa, y reconozco que, en esos casos, no suscito ni en mí misma ni en mi entorno más que un justificado cansancio, una sensación de impotencia que mis interlocutores y oyentes acaban compartiendo conmigo cuando –eso sí, “muy justamente”- concluimos que no parece haber solución para el hambre en el mundo, la expansión del sida, la corrupción social, la falta de valores o mil cosas más.

Los santos son muy distintos de todo esto, al menos los que yo he conocido, vivos o muertos. Madre Teresa chapoteaba todo el día en el fango asqueroso de Calcuta –y les doy testimonio de que es exactamente eso, asqueroso-, y sin embargo estaba inexplicablemente alegre. Lo que la gente buscaba en ella no era sólo su capacidad de curar, de construir, de amar y abrazar, sino una inexplicable paz que no era de este mundo y que define el deseo más hondo del corazón humano. Ella miraba a las personas y las trataba como nadie los había hecho antes. Del mismo modo, lo que la gente sencilla ve en el Papa, y me incluyo, no es su profunda cultura, ni el atletismo de que hizo gala durante buena parte del pontificado, ni siquiera el Parkinson o lo que vaya usted a saber qué tiene, sino la indomeñable esperanza de que hace gala en medio de los mismos problemas y limitaciones que les aquejan a ellos. Esta enfermo y sonríe, se le cae la baba y dice el nombre de Cristo, se le va la voz y abraza a los niños. A veces digo que Juan Pablo II es más Papa que nunca ahora, precisamente ahora, porque su vida prueba que ni la enfermedad, ni la vejez, ni la cercanía de la muerte, ni la derrota política (pensemos en la guerra de Irak y en el caso que se le ha hecho) pueden con la victoria de Cristo y la alegría que siembra en un hombre.

En fin, lo que quería deciros es que la pregunta sobre la santidad está a otro nivel distinto del deber ético, aunque en muchas ocasiones aparentemente coincidan. A este respecto me gustaría referiros brevemente una anécdota sobre una de mis sobrinas, hija de madre atea y padre musulmán, divorciados, que este año pidió el bautismo y la comunión a los 13 años, gracias a su contacto con las religiosas del colegio en el que estudia. Las dos fuimos al Retiro madrileño, a conversar. Anduve en silencio un buen rato, rezando y pensando, porque no sabía cómo explicarle lo que iba a ocurrir en la ceremonia, su significado profundo. Le pregunté qué deseaba en la vida. “La paz del mundo”, dijo.

-Está bien, contesté, soñemos que Dios nos la concede y se acaban todas las guerras. ¿Qué más desearías? -Que no hubiese hambre, contestó de inmediato muy bien aleccionada.

-Muy bien, seguí, imaginemos que el Señor también nos lo concede y que el mundo queda ahíto y en paz. ¿Qué desearías? Entonces vaciló un instante, sonrió por primera vez y afirmó sin dudarlo: “¡Que un chico me quisiera!”.

Sólo en ese momento respiré. Habíamos llegado al nivel de las necesidades primarias, al deseo de esta chica de ser amada. No es que lo demás no fuese justo y bueno, es que era, sencillamente, abstracto. A partir de ahí me resultó fácil anunciarle que había sido elegida, de forma ciertamente azarosa y arbitraria, para ser infinitamente amada, y que la preferencia que Cristo Jesús expresaba por su persona se traduciría en una vida más plena, con más posibilidades, parecida a la de sus tíos. Había sido elegida para ser feliz, esto es, para ser santa.

3. Causa de nuestra alegría Si los propios esfuerzos no bastan para hacernos coherentes, si a veces incluso nos convierten en tiranos, ¿cuál será la causa de nuestra alegría? San Pablo expresa magistralmente este debate interno del hombre en su carta a los Romanos: “Querer el bien lo tengo a mi alcance, mas no el realizarlo, puesto que no hago el bien que quiero, sino que obro el mal que no quiero (…) descubro, pues, esta ley: aun queriendo hacer el bien, es el mal el que se me presenta”. Y el mismo apóstol nos muestra el camino: “¡Pobre de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo que me lleva a la muerte? Gracias sean dadas a Dios por Jesucristo Nuestro Señor!”.

Dice María Zambrano, la genial filósofa: “Ser, no como resultado de un esfuerzo y de una elección (como sería en el moralismo individualista), sino por haber sido generado y elegido”. En la vida de todo cristiano hay un antes y un después del encuentro con Cristo, un antes y un después de un suceso, un acontecimiento que cambia la vida. Pensemos en la samaritana, que estaba en su fuente, la de todos los días, cuando pasa ese hombre peculiar y le pide agua. No debía ser una mojigata ni una noña, porque llevaba cinco maridos en la cuenta y vivía con un hombre con el que no estaba casada, pero Aquél le habla de tal modo, de tal manera la mira, que ella empieza a hablar con Él de su vida. “No tengo marido”, le confiesa al desconocido, “Dame de esa agua que dices, para que no tenga más sed”, le pide. ¿Cómo es posible que una adúltera hable como una niña virgen? Pues ocurrió. Por eso hubo un antes y un después en la vida de aquella mujer, que salió corriendo a contárselo a todo el mundo. Los evangelios están llenos de este tipo de encuentros. Mirad a Zaqueo, el publicano, al que todos despreciaban porque se enriquecía a costa de su pueblo, un ladrón. Zaqueo es pequeño y trepa a un sicomoro para ver a ése que pasa, ha oído hablar de él y tiene curiosidad. Y Jesús pasa por debajo y dice “Esta noche ceno en tu casa”. Así, gratuitamente, sin mérito alguno por su parte, Jesús lo elige entre otros muchos, probablemente más justos y más puros, otros que cumplían sus deberes y daban limosnas, que ayudaban a los pobres y a las viudas. Elige a Zaqueo y en ese momento la vida de Zaqueo cambia. No porque “se haga bueno”, sino porque todo lo que tenía adquiere de repente otro significado, el dinero, la relación con los demás, su vida entera queda cambiada cuando conoce a este Hombre y decide que no puede vivir un día más sin volver a escuchar su voz.

Magdalena, Pedro, Zaqueo, la samaritana, eran gente poco recomendable. Y sus defectos ni siquiera quedaron borrados del todo por el contacto con el Señor, de hecho Pedro lo niega cuando Jesús más lo necesitaba, porque seguía siendo cobarde y mentiroso. Pero habían visto y tocado algo que los demás hombres, los piadosos y justos, no habían visto y tocado, por eso pueden decir: “Señor, sin ti ¿adónde iremos? Nadie más tiene palabras de vida eterna”. Por eso son santos.

El poeta Eliot lo define divinamente. “La curiosidad de los hombres –dice – explora pasado y futuro y se aferra a esa dimensión. Pero aprehender el punto de inserción de los intemporal con el tiempo es ocupación para el santo; no, tampoco una ocupación, sino algo dado y tomado, en una muerte de toda una vida en amor, ardor y olvido de sí y entrega de sí mismo”. En su mística objetiva, Adrianne von Speyr escribe lo siguiente: “La santidad no consiste en el hecho de que el hombre da todo, sino en el hecho de que el Señor toma todo”. Lo que Zaqueo da al Señor no es su dinero, es su vida; lo que la samaritana ofrece no es su pureza, es su vida; lo que Pedro da no es su coherencia, es su vida. Porque cuando uno se enamora, da la vida. Los santos son felices no porque sean buenos, sino porque están enamorados y son correspondidos con el ciento por uno.

Cuando más pasa el tiempo, a medida que transcurre la vida y adviene la madurez, más consciente soy de mi fragilidad ética y física. Y esto no es malo. Necesito ver lo que soy, reconocer los límites de mi humanidad, precisamente para poder pedir y experimentar qué es Su gracia, cómo es Él. Para saber que no son mis fuerzas las que me sostienen, para saborear el milagro. Es la única forma de afrontar la vida con esperanza. En medio de las dificultades y los sinsabores, uno puede decir con certeza: “Todo lo puedo en Cristo Jesús”.

4. La victoria de Cristo es el pueblo cristiano.

Hace una semana regresaba del País Vasco con una persona de mi equipo en la radio, una persona buena que vive con su novio, como muchos de nuestros contemporáneos y que mira con extrañeza las cosas que hacemos los cristianos. “No sé, me dijo en un momento dado, yo quiero a mi novio, y lo quiero para siempre, pero no puedo asegurar qué pensaré dentro de cinco años. ¿Por qué tu marido y tú podéis vivir así? Me da la sensación de que tienes con Jose algo que nosotros no tenemos”. Fue una conversación hermosa porque me ayudó a darme cuenta de que su juicio era justo. Y pude explicarle que yo tampoco confío en mis fuerzas, que no sé ni siquiera qué será de mí mañana, pero que es Otro el que sostiene nuestro matrimonio. Que Jose y yo nos amamos para siempre no por fuerza del cariño, que va y viene, sino porque cada uno obtiene de esta alianza una certeza eterna. “En realidad –le expliqué- amando a Jose yo afirmo mi destino, amando a Jose amo el infinito, y el corazón no está hecho para menos. La diferencia estriba en que tú quieres a tu chico y yo, en Jose, amo a Jesús”.

No os creáis que hablo de escatología. Muchos sabéis bien que un matrimonio es cosa difícil hoy y las tentaciones muchas. En realidad, lo que me ha impedido abandonar a Jose no han sido mis pobres fuerzas, ni la falta de candidatos alternativos y muy atractivos. La razón ha sido que, cuando me he visto en el brete, y no se lo deseo a nadie, cuando me he imaginado casada con el otro y con otros hijos me he dicho.: “Y luego, qué?” porque el corazón está hecho para mucho más que el bienestar ¿entendéis? El corazón quiere que la casa, los hijos, el marido, remitan al ideal. Y una relación que no remita al ideal, por hermosa que sea, no le basta a un corazón despierto. Una relación que no fundamente una certeza para esta vida y para la otra, una certeza definitiva, no me sirve.

Por eso la cuestión de esta mañana, en esta ponencia sobre la santidad, no es cómo alcanzar la perfección moral sino dónde encontrar a Cristo. Para explicarlo me gusta decir, como me explicó un amigo mío, que el cristianismo se expande gracias a la “envidia”. O, en otras palabras, al atractivo que descubro en otra persona y que me mueve a seguirla para ser como ella, para tener la alegría y la paz que tiene. La samaritana tuvo delante a Uno que la miraba como nadie hasta entonces la había mirado, que la consideraba. A ella, una perdida, la consideraba y se interesaba por su destino. Fue eso lo que la movió a prestarle atención. Fijaos, ella era un poco socarrona: el Señor, dice San Juan, le pide de beber junto al pozo y ella contesta: “¿Cómo tú , siendo judío, me pides de beber a mí, que soy una mujer samaritana?” (si no fuese un poco blasfemo me atrevería a decir que la samaritana coquetea con Jesús). Entonces Él, en lugar de entrar en el juego, como todos los que ella ha conocido, hace gala de autoridad y contesta: “Si conocieras el don de Dios y quien es el que te dice: “Dame de beber” tú le habrías pedido agua a él y él te habría dado agua viva”. Pero ella no se achanta, es dura de roer: “Señor, no tienes con qué sacarla, y el pozo es hondo; ¿de dónde, pues, tienes esa agua viva?”, fijáos que sigue ironizando. Entonces Jesús dice la palabra definitiva: “Todo el que beba de esta agua volverá a tener sed, pero el que beba del agua que yo le dé, no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le dé se convertirá en él en fuente de agua que brota para al vida eterna”. ¡Ya está! Le ha explicado todo. Le ha explicado que sólo Él basta.

Un sólo matrimonio fundado en Él basta en medio de un mundo donde la gente se casa tres y cuatro veces –y estoy hablando de hoy en día- y no consigue saciar su inquietud. Un monje, un eremita, un sacerdote enamorados de Él pueden ser plenamente felices sin mujer. ¿Y qué le dice la samaritana a Jesús? ¿Qué responde esa que tiene más escamas que un galápago, que lo ha visto todo y a todos?: “Señor, dame de esa agua, para que no tenga más sed”. En el fondo de aquella que iba por el sexto compañero había una gran mujer, y Cristo la supo descubrir.

Nuestra vida depende de que tengamos o no el encuentro que tuvo la samaritana. O el que tuvo Pedro. ¿Cómo es posible algo así hoy? El método está acreditado en la Historia de los que siguen a Jesús vivo en su pueblo: a Agustín le pasó escuchando a San Ambrosio. A San Francisco Javier escuchando a San Ignacio de Loyola. A Edith Stein conviviendo con la viuda de un amigo suyo, que vivía con esperanza la muerte del esposo, y que la llevó a leer a Santa Teresa y convertirse al catolicismo e ingresar en un Carmelo. Los santos comienzan a serlo cuando se topan con otros hombres cambiados por la mano poderosa del que da de beber para siempre un agua que salta hasta la vida eterna.

Hay que buscar a estos santos y seguirlos, pegarse a ellos, no perderlos de vista. Para saber si son “fetén” hay un método infalible, que consiste en comprobar si lo que dicen y hacen encuentra correspondencia con la pregunta de nuestro corazón. Recordemos el pánico que invadió a los apóstoles tras la muerte de Jesús. Recordad el episodio de los que iban a Emaús. Él hizo con ellos el camino y después se quedó a cenar y partió el pan como solía hacerlo. Sólo entonces lo reconocen y, cuando les deja, se miran el uno al otro y dicen “¿Acaso no ardía nuestro corazón cuando nos explicaba las escrituras?”.

¿Acaso no ardía nuestro corazón? ¿Acaso no comprobábamos y palpábamos que surgía en nosotros una esperanza que antes no estaba, una certeza que considerábamos imposible? El pueblo cristiano es el Acontecimiento de Cristo reconocido, es este Acontecimiento reconocido por quienes lo encuentran. El conjunto de las personas alcanzadas por este Acontecimiento forma el pueblo nuevo y por este pueblo se manifiesta la victoria de Cristo en el tiempo. Nuestra existencia nueva, esta unidad única que Él ha generado, es el signo de Su victoria.

Basta con mirarnos. Entre nosotros acontecen continuamente milagros. La gente muere alegre y en paz, los que viven una enfermedad son fuente de gracia para los otros, los que tienen un hijo discapacitado son maestros de paternidad y maternidad, los que ganan dinero construyen colegios o sostienen a los que tienen menos. En definitiva, en el pueblo de Dios pasan cosas que no pasan en otros lugares. Y no por mérito de los cristianos, que seguimos siendo muchas veces, como también decía Eliot, “bestiales y carnales, como siempre”, sino por la gracia operante de Otro que revela Su Presencia y Su belleza imponente.

5. La santidad es la vocación humana.

Quien descubre esta belleza no puede olvidarla fácilmente. Es tan sencillo como el que prueba el jamón de pata negra: podrá comer jamón de York de cuarta, pero que no le engañen, que ya sabe qué es lo bueno. Y quien es fiel a su corazón y persigue lo que ha encontrado ingresa en la compañía de los santos y se hace santo por el abrazo de Cristo, igual que Magdalena, igual que Pedro, igual que Zaqueo.

Como me ha recordado Don Eloy Bueno de la Fuente, en el proceso de preparación común de esta ponencia, es en este sentido que los cristianos, desde el principio, se llamaban a sí mismos santos. Eran el pueblo de los santos de Dios. Porque la santidad debe ser entendida en clave de filiación de Dios, no como heroísmo personal. La fuerza del cristiano no es propia, le viene dada: “Es Cristo que vive en mí”, decía San Pablo.

Éste es un extremo que muchos cristianos hemos olvidado. Me hace gracia reconocer que, de chica, cuando me explicaban en el cole la parábola del hijo pródigo, invariablemente me identificaba con el padre. Era el padre el modelo a seguir: el que acoge a los demás ilimitadamente, quien los perdona sin fin, el que no reprocha y acoge. Yo “tenía” que ser así ¡Menudo engreimiento vano! Yo, Cristina, soy el hijo de esta parábola. Soy la que derrocha la fortuna paterna (la vida, la salud, la inteligencia) en estupideces, la que se marcha siguiendo cantos de sirena y bebe y se refocila con prostitutas y de repente comprueba que está sola, y se le llena el corazón de nostalgia y vuelve y ve al padre, allí, en lo alto, siempre esperando, siempre persiguiendo, y se arroja a sus pies y experimenta una cosa que llena el corazón de agradecimiento y los ojos de lágrimas y que se llama misericordia.

Necesitamos esta misericordia y este perdón. Dos cosas que el mundo desconoce y que son imprescindibles para vivir humanamente. ¿Por qué las desconoce? Porque no son de aquí, son de Dios. Muchas veces he experimentado este rebosar de otro mundo en compañía de los santos de Dios y reconozco que ha hecho saltar todos los goznes de mis prejuicios. Os cuento un ejemplo que más de uno me habrá oído contar: cuando murió Madre Teresa, el ABC me mandó a Calcuta. Poco antes había fallecido la princesa Diana de Gales y el follón que se formó en Gran Bretaña y en todo el mundo me sorprendía mucho. Además me molestaba, porque mis crónicas desde Calcuta pasaban sistemáticamente a segunda página frente a las del corresponsal de Londres, que iban a primera. Estaba escandalizada ¿cómo era posible que la gente idolatrase la memoria de Lady Di por encima de la de la santa de los pobres? Reflexionaba sobre esto mientras veía pasar la fila interminable de gente sencilla por delante del féretro de la Madre, que reposaba tranquila, con los pies encogidos como sarmientos y la cara arrugadita. Precisamente entonces tuve la ocasión de entrevistar a uno de sus más íntimos amigos, al padre que encabezaba la versión masculina de la orden por ella fundada, las Misioneras de la Caridad. “¡Qué vergüenza!”, le dije llena de razones, “¡Qué vergüenza que interese más la vida de una frívola superficial que la de una mujer ejemplar como ésta”. El padre –creo que se llamaba John- me miró con paciencia y curiosidad y me contestó lo último que hubiese sospechado (con los santos pasan estas cosas): “Usted no ha entendido nada”. Hubo un silencio embarazoso por mi parte y empezó a explicar: “Madre Teresa y Lady Diana eran grandes amigas, más que eso, Madre Teresa era una madre para Diana. La conoció cuando estuvo en Gran Bretaña y la princesa pidió entrevistarse con ella. La Madre –prosiguió- descubrió en ella una persona profundamente necesitada, deseosa de un cariño que las circunstancias le negaban. Había visto destruirse su matrimonio, su marido le había sido infiel, la familia real la ninguneaba… desde ese primer encuentro la Madre la quiso tiernamente. Hace unos días, cuando recibimos la noticia de su accidente, todavía lloró y rezó mucho por ella. ¿Sabe una cosa? Es lógico que el mundo prefiera a Diana, porque los hombres de esta época se reconocen en ella, ven en su persona la búsqueda frenética de placeres y felicidad que ellos mismos experimentan, y se apenan de su fracaso porque reconocen el de ellos mismos. A la Madre, sencillamente no pueden entenderla, porque no era de este mundo”. Me avergoncé mucho de haber hablado mal de Lady Di pero lo que prevaleció y prevalece en mí de aquella conversación es el agradecimiento por una experiencia de misericordia y de perdón hacia la humanidad doliente que, en efecto, no es de este mundo.

Me gustaría insistir en que el cristianismo es una cosa dinámica. No se produce una conversión inicial y todo cambia para siempre. No existe un momento de conversión y después un camino, para el cristiano existe sólo el tiempo de la conversión. La vida de Pedro es muy ilustrativa en este sentido. Conoce al Señor, se enamora, vive con Él, lo ama, cae de nuevo, se levanta… el encuentro con el Señor tienen que sucederse una y otra vez en el tiempo y en la carne para que la vida se renueve una y otra vez. Porque no es posible vivir de un recuerdo. Así como la madre no puede ver el rostro del hijo recién nacido y vivir el resto de su vida de esa imagen, sino que ha de volver una y otra vez al hijo y dejarse sorprender por él para amarlo de una forma renovada todos los días, nosotros necesitamos ver y tocar al Señor para que cada día sea nuevo. No se puede “congelar” al Señor como si fuese un recuerdo hermoso. Es Él quien una y otra vez nos sale al encuentro, a veces contra nuestra voluntad, doblegando nuestros planes y nuestra resistencia, domándonos con su amor.

El pueblo nuevo brota continuamente de este acontecimiento de Cristo vivo y presente, verificable por los sentidos, de estos encuentros con Madre Teresa o sus amigos, con Juan Pablo II y con miles y miles de santos anónimos. De ahí nace la Iglesia, no de que nos juntemos. Él es la fuente, no nuestros diseños o proyectos. A veces hay algo de triste en los planes pastorales, comunicados, charlas y congresos de nuestra Iglesia. Que Dios me perdone si lo digo mal o si soy injusta, pero ningún plan pastoral va a poner en marcha, no ya a una comunidad, si siquiera a un solo hombre. El hombre se mueve por un atractivo presente y reconocible.

Nuestra libertad no radica en lo que conseguimos realizar, sino en la verdad con la que buscamos a Dios, como la samaritana. El peso de nuestra atención no debe estar en nuestra virtud, nuestra solidaridad, nuestras estructuras, nuestras instituciones, nuestros ideales o sentimientos morales, sino en darnos cuenta de lo Sucedido. Algo ha entrado en el tiempo y lo ha cambiado, y lo percibimos por ciertos rasgos –perdón, misericordia- que no existían antes de Cristo. La coherencia existía antes de Cristo, la santidad, no. Darnos cuenta de ello, reconocer lo que nos ha sido dado es lo que nos cambia cada vez la actitud y el rostro.

Lo que ha ocurrido no era de este mundo, pero ahora es de este mundo, como explica Peguy. No son de este mundo ni la caridad de Teresa de Calcuta, ni la inteligencia de Tomás de Aquino, ni la capacidad política de Tomás Moro, ni la autoridad de Catalina de Siena, ni la pobreza de Francisco de Asís, ni la ternura, la justicia, la belleza que descubrimos en tantos otros. La Iglesia se muestra como un lugar maravilloso donde la verdadera humanidad, la que se ajusta al designio divino, se pone al alcance de todos. El bien es servir como piedra viva para la construcción de este edificio, para la edificación del cuerpo de Cristo.

6. La imprescindible libertad.

Ocurre que el Señor ha evitado salvarnos contra nuestra voluntad. Hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios y el sello de origen, el que certifica nuestra identidad y nos separa de los animales, es la libertad. Y así como todo se transforma en Cristo, y lo que llamábamos amor se convierte en caridad; lo que llamábamos justicia se convierte en misericordia; lo que llamábamos deber se convierte en vocación; lo que llamábamos hacer las paces se transforma en perdón; así también lo que llamamos libertad se transforma en obediencia. Todo crece y se hace más grande, más profundo, de otra naturaleza.

Hablemos del paso de la libertad a la obediencia, o mejor, de la libertad que es obediencia. El hombre experimenta un vértigo ante este paso. Es como el chico que reconoce el atractivo de la mujer y aprende a amarla, pero que comprende el riesgo que supone entregarle la vida entera. Entiende que es tentadora la oferta y, sin embargo, experimenta un punto de resistencia. ¿En dónde radica el origen de esta resistencia? En saber que, tras el paso de la libertad, la vida ya no la rige un sino que la deposita en manos de otro.

Me resulta fácil identificar este punto en mi propia experiencia. Al principio de mi intervención os expliqué que mis hermanas y yo no recibimos la fe en casa. Teníamos, sin embargo, una pregunta intensa en el corazón y las religiosas mercedarias de la caridad se encargaron de ahondarla. Yo buscaba, buscaba. A los 21 años tuve mi encuentro definitivo con la Iglesia en la carne del movimiento Comunión y Liberación, al que como sabéis pertenezco. La cosa pasó en Alemania, adonde había acudido para estudiar un curso universitario.

Conocí a un grupo de personas interesantes, con una pasión por la vida excepcional, con una alegría tranquila, la que da el haber encontrado la certeza. Entre ellas había un tipo, Martin Groos, que me fascinaba. En nuestras conversaciones demostraba una y otra vez una inteligencia distinta sobre las cosas. No era sólo que fuese listo y culto, que lo era, es que miraba la realidad desde otro punto de vista, con una lucidez que me descolocaba, exactamente como la miraba, por ejemplo, el padre John, del que os he hablado antes.

Bueno, ocurrió que esta gente se reunía los viernes por la tarde en Colonia, y que mi residencia y mi centro de estudios estaban en Bonn. Así que Martin me dijo un día: “Cristina, si quieres entender más, deberías venir los viernes a Colonia”. Parecía una propuesta fácil, pero tenía su complicación. Era un invierno endiabladamente frío y lo que he llamado “reuniones por la tarde” era una cita de 7 a 8 en lo que en realidad eran noches cerradas. Lo que Martin me proponía suponía significaba coger el tren de Bonn a Colonia, sumarme a la reunión en casa de Martin y su mujer, María, y hacia las nueve de una noche espantosa, en medio de la nieve, regresar en otro tren a Bonn. Entre pitos y flautas me daban las once, y al día siguiente yo tenía clase a las seis y media de la mañana. Me parecía de todo punto absurdo. ¿Cómo podía compensarme una cosa así? ¡Podíamos vernos de vez en cuando a comer, o charlar por teléfono! Un día hubo una conversación trascendental y, volviendo sobre lo de la reunión, Martin se limitó a decirme: “Mira Cristina, llevas toda la vida poniendo las reglas del juego y jugando a tu manera. De eso se trata, de que por una vez sigas las reglas de Otro”.

No había atendido demasiado, pero después, en mi habitación, la frase me volvió a la cabeza. Y pensé ¿y qué pierdo probando? Lo que puedo conseguir por mis propias fuerzas ya lo sé, llevo 21 años de experiencia y no acaba de satisfacerme ¿y si Otro supiese de mí más que yo misma? En ese momento ya intuía que era Cristo mismo quien me interpelaba a través de una carne. Que estos amigos no eran corrientes. Que en su presencia se mostraba el que me había creado. Me pasó como a Magdalena, Zaqueo, Agustín o Francisco de Borja. Fijáos: lo que decidió la partida no fue, al final, ni el atractivo de la compañía humana ni mis deseos de seguirla. Fue mi libertad frente a la libertad de Cristo.

Y elegí. Os puedo asegurar que ese invierno absurdo, dando vueltas en tren con dos pantalones superpuestos y forrada de arriba abajo, cambió mi vida. Desde entonces he aprendido que el método de la vida es el seguimiento. Que la iniciativa la plantea Él.

Casi 20 años después me he convertido en una especie de lechuza especializada en mirar lo que me rodea y obedecer lo que Cristo indica a través de la realidad. En este camino mi matrimonio se ha salvado y crece, mi familia y mi trabajo se profundizan; mis amistades, mi esperanza y mi certeza aumentan. Es el mismo método que movió a los apóstoles a dejar las redes y seguirle. El mismo que cambió la forma de vida de Agustín, de Francisco Javier, de Edith Stein. Sólo le pido a Dios que algún día me haga la caridad de hacerme parecida a ellos.

Muchas gracias por escucharme