Robert Spaemann, “El sentido del sufrimiento”

El sentido del sufrimiento: distintas actitudes ante el dolor humano.

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Juan Manuel de Prada, “La calumnia”, Reserva natural, 253

Nos hemos habituado a convivir con su presencia cenagosa, a respirar su aliento fétido, y ni siquiera nos damos cuenta de cómo nos va infectando por dentro, cómo nos pudre el alma y nos encharca los sentimientos. La calumnia campea sobre nuestras vidas, su mancha invasora se infiltra en nuestra sangre y se funde con nuestras células, hasta convertirse en sustancia de nosotros mismos. Hemos consagrado la presunción de inocencia como principio elemental de nuestras modernas democracias, pero cada día pisoteamos ese principio y nos limpiamos el barro de los zapatos en él, como si se tratase de un felpudo. La malicia popular, azuzada por los medios de comunicación, ha consagrado la calumnia como herramienta impune y risueña. Así se despachan honras, se allanan virtudes, se airean intimidades y se destruyen prestigios. Vivirnos instalados cn un clima de degradación moral irrespirable, y la calumnia, ese monstruo anaerobio, parásita nuestra convivencia. Se resuelve en estos días el tan cacareado "Caso Arny", pero los tribunales se pronuncian con dos años de retraso, cuando ya la calumnia ha quedado consolidada en el subconsciente colectivo. Un puñado de hombres inocentes son absueltos por el tribunal, pero no hay ley humana que los absuelva del oprobio que han tenido que sufrir y que los acompañará para siempre, como una reminiscencia de podredumbre. ¿Quién restituye a los imputados el honor abofeteado por la maledicencia? Quienes ayer fueron exonerados han tenido que sobrellevar sobre sus conciencias una presunción de culpabilidad que quizá ya los deje maltrechos, han tenido que soportar juicios dirimidos en tribunales catódicos, han tenido que combatir el cáncer de la calumnia desde su desvalimiento. Ayer fueron proclamados inocentes, pero antes ya los habíamos proclamado apestosos y culpables, en una manifestación unánime de la infamia que debería avergonzarnos. ¿Recuerda la polvareda que provocó el "Caso Arny"? Unos adolescentes chantajistas y arteros decidieron enfangar el honor de un puñado de famosos, y enseguida la calumnia se adueñó del aire, como una lumbre súbita, y nos hizo repudiar a quienes hoy aparecen corno víctimas. Por entonces creíamos que las víctimas eran los calumniadores, mozalbetes ya bastante talluditos y dueños de sus esfínteres, a quienes denominábamos, con cierta incorrección lingüística, menores, e incluso "niños". ¿Recuerdan el debate social que suscitó esta supuesta "profanación de la infancia"? Nuestros políticos prometieron legislaciones represivas contra la prostitución infantil, algo que en aquel momento los enaltecía a nuestros ojos y les rentaba votos. Pero por debajo de las declaraciones de buena voluntad iba creciendo callada la calumnia, como una tenia maligna. ¿Quién resarcirá a los inocentes por las noches de insomnio y las lágrimas retenidas y el estrépito del escándalo?

Juan Domínguez, “Los jóvenes europeos redescubren la religión”, Aceprensa, 30.VII.02

Los jóvenes europeos y la religión: Los padres dejaron la religión, sus hijos la redescubren.

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Fernando Sebastián, “La Iglesia frente al terrorismo de ETA”, 18.VIII.02

El libro «La Iglesia frente al terrorismo de ETA», que recopila los pronunciamientos de la Santa Sede, los obispos y otras instituciones eclesiales desde 1969 hasta 2001, cuenta con un epílogo de monseñor Fernando Sebastián sobre la Iglesia ante el terrorismo de ETA. Este escrito del arzobispo de Pamplona ha sido calificado por el teólogo Olegario González de Cardenal como «profundamente iluminador y liberador de muchas conciencias. No desearía yo más -dice- que todos los ciudadanos españoles y, especialmente, los cristianos, leyeran ese texto y procuraran actuar en consecuencia». A continuación recogemos un resumen del epílogo escrito por monseñor Sebastián.

«Según ellos, hay un conflicto original que consiste en el no reconocimiento de los derechos políticos del pueblo vasco, perfectamente diferenciado, que ocupa desde siempre un territorio, injustamente ocupado por el Estado español (y en parte por el Estado francés) y al que se le niega el derecho de autodeterminarse y organizarse en un Estado independiente. Si este postulado se acepta como verdadero, todas las demás consecuencias están ya implícitamente aceptadas. Así opinan los nacionalistas, pero ¿es ésta una realidad objetiva históricamente demostrable, o es más bien una pretensión opinable y discutible sólo sostenida por una parte de la población vasca? (…) Bien pudiera ocurrir que en vez de tratarse de un conflicto verdadero, fuera, más, «su conflicto», pero no el conflicto de otros muchos vascos, que viven perfectamente en España. Lo que dicen los votos es que casi la mitad de los ciudadanos vascos, y la inmensa mayoría de los navarros, ven las cosas de otra manera y no tienen dificultad para compaginar su identidad vasca o navarra con su ciudadanía española. (…) El victimismo es una forma indirecta de justificar el terrorismo y llega a ser una verdadera técnica psicológica para justificar y hacer moralmente tolerables los crímenes de ETA. (…) »No parece que se pueda afirmar que, en la España actual, los vascos padecen tales discriminaciones jurídicas que justifiquen la insurrección armada y mucho menos los asesinatos indiscriminados y alevosos que ETA comete para imponer su voluntad contra el sentir de la mayoría de los ciudadanos. (…).

»Al margen de cualquier intención política, este procedimiento es intrínsecamente perverso y gravemente inmoral. Es incompatible con la conciencia cristiana no solamente la ejecución de estos atentados, sino cualquier colaboración que apoye la existencia y las actividades de ETA, tanto en el orden cultural como en el social y político. En consecuencia, la conciencia católica afirma que no es lícito apoyar a las instituciones que acepten directa o indirectamente la dirección de ETA, ni es lícito apoyar de ninguna manera a aquellas instituciones que no condenan expresamente los atentados de ETA y no muestran de este modo su independencia institucional e ideológica respecto de esta organización.

¿Autodeterminación? »Ante la exigencia del pretendido derecho a la autodeterminación, es preciso hacer una serie de observaciones que debilitan y prácticamente anulan la legitimidad de esa reivindicación. En la actualidad no hay un pueblo homogéneamente vasco que ocupe un territorio definido. Los vascos están presentes en todo el territorio español; y en lo que se llama País Vasco o Euskal Herria. Hay, y ha habido, desde hace siglos muchas personas no vascas, viviendo en paz y armonía con los vascos. Esa unidad ahora invocada como Euskal Herria o País Vasco no ha sido nunca una unidad política independiente, ni puede considerarse un país ocupado por otro, puesto que ha participado, como cualquier otro, en la historia general de los pueblos peninsulares (…).

»Los vascos, en la actual situación democrática, tienen los mismos derechos civiles que los demás ciudadanos españoles y pueden desarrollar y garantizar libremente las notas y peculiaridades de su historia y de su cultura como cualquier otro grupo cultural, lingüístico y hasta político integrado en el Estado español. El ordenamiento político vigente en España admite la reivindicación democrática y pacífica de cualquier pretensión, opinión y proyecto político dispuesto a respetar los derechos humanos y las libertades y derechos políticos de los demás ciudadanos. (…) »Es preciso afirmar que, actualmente, los vascos no están sometidos a ninguna injusticia objetiva ni padecen una restricción de sus derechos y libertades políticas que justifique la insurrección ni la lucha armada. Por lo cual los católicos vascos y la gente de buena voluntad se encuentra en la obligación moral de desligarse de ETA y oponerse a ella, a pesar de los posibles y legítimos sentimientos nacionalistas. (…) »Las actuaciones y la misma naturaleza de ETA son absolutamente inmorales. En consecuencia, no es tampoco lícito apoyar en cualquier forma aquellas instituciones que colaboran con ETA, que aceptan su dirección, o simplemente no se desligan públicamente de ella mediante la condena explícita de sus crímenes y extorsiones.

»Junto a este nacionalismo radical, más o menos contaminado por la violencia y por sus relaciones con ETA,existe también un nacionalismo vasco que quiere mantenerse en el marco de la moral objetiva y de las instituciones y procedimientos democráticos. El PNV existe desde mucho antes de la aparición de ETA. Y es evidente que su trayectoria ha sido democrática, aunque haya estado fuertemente condicionada por sus pretensiones independentistas.

El nacionalismo democrático Está claro que una opción política nacionalista puede ser legítima y perfectamente compatible con una conciencia cristiana. Hay que tener en cuenta, en primer lugar, que ser nacionalista no es lo mismo que ser independentista. Puede haber un nacionalismo que pretenda defender y desarrollar los elementos específicos de un pueblo, con su historia, su lengua y su cultura, dentro de un Estado plurinacional. Hoy está admitido que el viejo principio romántico de un pueblo, un Estado no es aplicable y que su reivindicación cerrada y cerril es una fuente interminable de conflictos.

»Otra consideración indispensable es ésta: lo que en política es teóricamente posible, para que sea legítimo en la práctica, ha de manifestarse como un medio de conseguir un bien mayor para la mayoría de la población. El independentismo es una opinión posible. Pero ¿es tan claro que la ruptura independentista, en las actuales circunstancias, es mejor para la mayoría de la población que la continuidad democrática? ¿Qué pasaría con esa casi mitad de la población que se sienten a la vez vascos y españoles y no quieren separarse de España? (…). En estos momentos, los nacionalistas no pueden invocar el diálogo ni la libre manifestación de la voluntad popular como medio de resolver el contencioso político, sencillamente porque mientras exista ETA los ciudadanos no tienen libertad real para manifestarse. Los nacionalistas pueden decir lo que quieran y nadie les va a matar. En cambio, los no nacionalistas si dicen lo que sienten, si votan libremente se exponen a que ETA los mate, o por lo menos se ven obligados a desafiar los insultos y los asaltos de los jóvenes guerrilleros nocturnos que ETA alimenta e impulsa.

»El nacionalismo democrático se encuentra en la obligación moral de formar un frente común con las demás instituciones democráticas del Estado para luchar eficazmente contra ETA. (…) No se trata sólo de una obligación democrática, sino de una obligación moral, de una exigencia fundamental de la moral política más elemental. (…) Quiérase o no, la coincidencia con la presencia y los fines de ETA contamina las actividades de cualquier otra organización nacionalistas, a no ser que exista al mismo tiempo una clara negación de cualquier coincidencia con ETA y una decidida colaboración con todas las instituciones del Estado para procurar eficazmente la derrota y la desaparición de ETA. Si el nacionalismo vasco quiere actuar moralmente, en las circunstancias actuales, tiene que unirse con las instituciones democráticas del Estado en una lucha decidida y eficaz contra el terrorismo.

»El punto clave en la sociedad vasca es que los ciudadanos están divididos en sus preferencias políticas al 50 por ciento: un poco más de la mitad son nacionalistas (quizá no todos independentistas) y casi una mitad prefiere seguir viviendo como ciudadanos españoles y vascos a la vez. Ninguna solución unilateral que imponga las preferencias de una mitad y desconozca el sentimiento y la voluntad de la otra mitad puede ser justa ni estable. En Navarra, la mayoría no tiene dificultad en seguir siendo navarros y españoles, y no quieren alterar su amplia autonomía foral integrándose en ninguna otra institución autonómica ni federal. (…) La intervención de la Iglesia »Hoy por hoy, la Constitución española, el Estatuto vasco y el Amejoramiento del Fuero en Navarra, son los instrumentos legales que garantizan la convivencia en paz y en libertad. La única postura responsable y realista es la que se apoya en el reconocimiento de esta situación legal y política, para pretender mejorar estos ordenamientos por los procedimientos legales previstos. Es preciso reconocer serenamente la existencia de un problema político en el País Vasco. Por eso no es exacto decir que el único problema del País Vasco es ETA. Existe el problema singular de que un tanto por ciento importante en el País Vasco no quiere ser españoles, no ven compatible su identidad vasca con la ciudadanía española.

«La Iglesia tiene que denunciar y condenar la violencia. (…) Pero cabe preguntar qué es lo que hay que pedir a cada grupo, a cada participante de la vida social y pública en estos momentos. A los nacionalistas radicales la Iglesia les dice que las ideas y los análisis marxistas no son verdaderos, ni justos, ni sirven de verdad para fomentar la libertad y la prosperidad de los pueblos. Hay que decirles que no se puede absolutizar ninguna idea ni ninguna realidad social, que ningún proyecto político puede ocupar el lugar de Dios y justificar el atropello de los derechos de nadie.

»Cuando el ser de «aquí» o de «fuera» es razón suficiente para respetar o no respetar los derechos de una persona, estamos fuera de la democracia, de la moral y de la civilización cristiana; estamos cerrando el camino a cualquier proyecto civilizado y realista de convivencia justa y democrática. (…) »A los nacionalistas democráticos, sean independentistas o no, hay que decirles que no se pueden desconocer los vínculos y responsabilidades comunes con las demás instituciones democráticas, en contra de la violencia y de los radicalismos. Valorar más las coincidencias con los terroristas que las coincidencias morales y democráticas con quienes respetan los derechos humanos y son víctimas de los ataques terroristas es, de nuevo, una forma encubierta de caer en la idolatría de los de «aquí», es aceptar el juego del racismo y favorecer indirectamente el triunfo de las posiciones radicales y violentas. (…) Pretender aprovechar la existencia del terrorismo para ganar bazas políticas o alcanzar algunos grados de soberanismo, sería una forma sutil de hacerse solidarios y dependientes de los violentos. (…) A los partidos y a las instituciones constitucionalistas, la Iglesia debe decirles que es cierto que hay que garantizar eficazmente los derechos fundamentales de los ciudadanos y es cierto que esto requiere la derrota policial de ETA. Pero también es cierto que la paz y la justicia no llegarán del todo mientras no haya una voluntad política eficaz de encontrar una respuesta razonable a las pretensiones más o menos independentistas de la mitad nacionalista. Ellos no pueden imponer sus ideas a los demás. Pero tampoco sería justo no tenerlas en cuenta de ninguna manera. Esta es la dificultad real, la verdadera cuestión política (…).

Tomado de ABC, 18.VIII.02

Fernando Colina, “Necesita un psiquiatra… ¿o más bien un confesor?”, PUP, 28.IX.02

El Director del Hospital Psiquiátrico de Valladolid, en un artículo publicado en el Norte de Castilla el 21.IX.02 afirma que muchos pacientes necesitan más bien un confesor.

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Aceprensa, “Cuando falla la ética se evapora la confianza”, 17.VII.02

El descubrimiento de escándalos financieros e irregularidades contables en grandes empresas de EE.UU. ha creado un clima de desconfianza entre los inversores y ha provocado la caída de altos directivos. También ha dado lugar a un debate sobre los factores que han minado la ética empresarial.

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Susanna Tamaro, “La gente tiene necesidad de lo sagrado”, La Razón, 9.X.02

Sin duda es una mujer especial. Ama la cocina y el campo (vive con caballos, perros, gatos y cabras). Le gusta tocar la flauta, leer y, sobre todo, escribir. La autora de «Donde el corazón te lleve» y «Respóndeme», ha fundado varias asociaciones benéficas y dice odiar todo lo que sea estrecho: desde los vestidos hasta los sentimientos y las ideologías. Susanna Tamaro, de 44 años y una de las heroínas de la literatura actual (nueve millones de copias vendidas de «Donde el corazón…»), vive esquivando las tortas lo mejor que puede en un mundo en el que parecen pulular las malas lenguas. ¿Será la envidia? Ella misma, aburrida ya y algo ajena, confiesa: «Han dicho de mi que he intentado suicidarme, que soy una neurótica, budista, new age, fascista e integrista católica». En fin, una cosa es cierta, y es lo que ha dicho de sí misma en una entrevista concedida a Michele Brambilla y recogida en el libro «Gente que busca. Entrevistas sobre Dios», del periodista italiano. Susanna no se avergüenza de publicar en la revista «Familia Cristiana» y en San Paolo, una gran editorial, pero… católica. Es decir, una editorial, «perteneciente a otro mundo , ignorado por la cultura oficial», en palabras de Brambilla.

«Soy católica» Incluso en el mundo católico hay quien piensa que es adepta de la Nueva Era (New Age). «Eso es una estupidez explica Susanna al periodista. Yo creo que Dios se ha encarnado en Jesús, que ha muerto y ha resucitado. Soy una católica practicante, no una secuaz de la New Age. La cual, es una espía de la necesidad de sagrado que tiene la gente, y esto debería, más bien, hacer reflexionar a los sacerdotes: si tantas personas terminan en ciertas sectas o movimientos, quizá es porque la Iglesia no consigue responder a la demanda de lo sobrenatural». Y añade modestamente: «A veces, me parece, se insiste demasiado en la ética, con el riesgo de mostrar la fe como un paquete de preceptos y no aquel mensaje de profunda liberación que es. Sólo quien vive la fe experimenta cuánta paz viene del respeto de la ley de Dios.

En su última obra, «Ánima Mundi», una religiosa simboliza la Gracia, con la que Susanna quiere mostrar que la Salvación viene de fuera, dando así una lección a los que se creen amos de su vida y del propio destino, y no aceptan la idea de ser salvados por Otro. «Mis libros no son de consumo, sino de reflexión, si los críticos me censuran no me importa nada». Queda patente la decisión de esta mujer de no ocultar su fe con la intención de hacer guiños al mercado.

Para Susanna cada palabra es una semilla y el terreno donde se siembra es el corazón del hombre. Recientemente decía durante un discurso pronunciado en el Encuentro Internacional para la Paz organizado por la Comunidad de San Egidio: «Hay palabras instigadoras y palabras reflexivas, palabras que explotan en forma de rabia y de resentimiento y otras que, en cambio, son capaces de detener cualquier tipo de explosión. Precisamente por eso la escritura consume, porque es un peso, y ahora más que nunca, una responsabilidad».

¿Y cómo construir la paz? En su alocución apuntaba que el mal no se puede vencer con el mal, pero tampoco con la retórica del bien y de los buenos sentimientos. «Combatir el mal con el mal conduce a un círculo vicioso cada vez más estrecho. Tendremos que sembrar más palabras continúa. Palabras que golpeen, que hieran. Palabras que hagan levantar la vista. Palabras que, en la estación justa, sepan germinar y transformarse en plantas. Las plantas de la esperanza, del amor y la misericordia».

Idolatría Tamaro no tiene reparo en hablar de la existencia del pecado, y así, nos advierte de que «el pecado de este tiempo y de todo tiempo no es el mal, sino la idolatría. Ella es la que conduce al hombre a la deriva y transforma la historia en una carrera sin frenos hacia la aniquilación.

En cuanto a la paz interior Susanna explica que practica el yoga y las artes marciales porque le ayudan a la reflexión, el equilibrio interior y también a la oración, pero las considera tan sólo técnicas. Sabe que a Dios no se le alcanza a fuerza de puños y admira la sencillez evangélica, que es la que nos acerca a la entrada al Reino de los Cielos.

Altagracia Domínguez, La Razón, Madrid, 9.X.02