Carlos Chiclana, “Masturbación: menos moral y más ciencia”, ECD-Opinión 16.XI.09

Se ruega leer sin prejuicios morales ni religiosos. Me decepciona que empleemos dinero público (o privado) en promocionar la masturbación como conducta sexual sana y deseable.

Me resulta decepcionante que empleemos dinero público (o privado) en promocionar la masturbación como una conducta sexual sana y deseable. Los pediatras, educadores y psicólogos infantiles saben que en algún momento de la maduración de la persona y de su personalidad, puede ser una conducta que esté presente de forma esporádica. Pero me atrevo a afirmar sin sonrojarme que la práctica de la masturbación como un hábito no es beneficiosa para el que la sufre.

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José López Guzmán, “Píldora postcoital, una bomba hormonal”, La Razón, 28.IV.05

El Ayuntamiento de Madrid ha manifestado su intención de facilitar, de forma gratuita, la píldora del día siguiente. La iniciativa busca potenciar, todavía más, su utilización, por estimar que la píldora postcoital es un método eficaz para reducir la tasa de embarazos no deseados en las jóvenes madrileñas. De hecho, las altas cifras de embarazos no deseados se han convertido, en ese grupo de población, en un problema de salud pública que requiere una solución.

Ante esta decisión, me gustaría hacer varias observaciones. La primera, que la intercepción postcoital no es un método de rutina, sino absolutamente excepcional. Hay que tener presente que estamos ante una auténtica bomba hormonal: con la píldora del día siguiente la usuaria toma, en un solo día, de 6 a 30 veces la cantidad de levonorgestrel que se encuentra en la dosis diaria de un anticonceptivo hormonal oral. Además, no hay que olvidar sus efectos secundarios (nauseas, fatiga, dolor abdominal, vértigo,…). Estos han llevado a las autoridades sanitarias americanas a no autorizar su utilización sin prescripción. Por ello, la estrategia basada en la trivialización de la píldora del día siguiente es erróneas y peligrosa, ya que induce, principalmente en jóvenes, a un uso frecuente.

La segunda, que la píldora del día siguiente es un método de intercepción postcoital que tiene por objetivo prevenir la implantación del embrión en el útero, en el caso de que se haya producido la fecundación. De su definición se deduce, claramente, que no es un método anticonceptivo, ya que su acción principal va dirigida hacia el embrión. Por lo tanto, cuando se recurre a la píldora del día siguiente se asume, voluntaria y deliberadamente, el riesgo de provocar un aborto. No hay duda científica sobre el hecho de que el embrión es el estado inicial de un ser humano y sobre la realidad de que éste surge con la fecundación. No obstante, la nula protección que en España se otorga a la vida humana -vease, por ejemplo, la escasa protección que se otorga a los embriones en el anteproyecto de ley sobre técnicas de reproducción asistida, tan discutido en las últimas semanas, o la posibilidad de obtener, en algunas Comunidades Autónomas, la píldora del día siguiente de forma totalmente gratuita – contradice esta realidad. Parece que el Ayuntamiento de Madrid quiere sumarse a esta penosa situación que, en la práctica, supone considerar a un ser humano como un mero, desechable amasijo de células.

En último lugar, conviene no olvidar que en distintos estudios se ha demostrado que los adolescentes que utilizaban la píldora del día siguiente no reducían el número de embarazos no planeado, posiblemente como consecuencia de asumir mayores riesgos en sus relaciones sexuales. Por lo tanto, la trivialización en la distribución de la píldora del día siguiente no es un buen camino para reducir la incidencia de estos embarazos.

Las razones señaladas tienen el suficiente peso como para pensar en un cambio de estrategia, depositando menos confianza en la química y más en la educación. Da la impresión de que las políticas dirigidas a los jóvenes parten de que éstos no son capaces de asumir responsabilidades, y que las consecuencias de sus actos se pueden aliviar tomando simplemente un producto químico. Ello no es más que una nueva manifestación de un fenómeno que se extiende poderosamente en nuestra sociedad, la medicalización de la vida.

Mi propuesta es que hay que combatir esa medicalización (perjudicial para la salud, estéril para la necesaria maduración como persona) con educación. En el caso que nos ocupa, con una educación sexual seria y responsable, centrada en el respeto a la unicidad de la dignidad humana (que integra la dimensión corporal, afectiva, racional, y espiritual de la persona). Por el contrario, los modelos exclusivamente higiénico-sanitarios caen en una verdadera deshumanización, -o desintegración de la persona- al presentar el sexo como algo externo al ser humano – desgajado -, como una función biológica más.

La postura que ha adoptado el Ayuntamiento de Madrid, al decidir distribuir gratuitamente la píldora del día siguiente es, desde luego, cómoda, sencilla y, sobre todo, populista (espero que, al menos, les dé votos). Pero es una estrategia equivocada. Por una parte, no va a conseguir el objetivo de reducir la tasa de embarazos no deseados (se pueden revisar, en la bibliografía científica, los resultados de otros programas equivalentes). Por otra, implica riesgos serios para la salud, y contribuye a la mencionada medicalización de nuestra sociedad. Por último, va a apartar a nuestros jóvenes, todavía más, de la posibilidad de que integren el sexo en el desarrollo armónico de su personalidad. No cabe sino concluir que, con esta vía, el Ayuntamiento contribuye a fomentar la trivialización del sexo, convirtiéndolo en un producto más de consumo. Quizás la educación integral sea un camino más largo, menos populista, pero, sin duda, beneficia más a nuestros jóvenes. De cualquier forma, ahí está la alternativa que revela la verdadera categoría de un político: ¿medidas populistas o búsqueda honesta del bien común? José López Guzmán Departamento de Humanidades Biomédicas Universidad de Navarra

Cristina López Schlichting, “El condón de las… narices”, La Razón, 21.I.05

Cuando la ministra de Sanidad dijo que la Iglesia era un estorbo en la lucha contra el sida a muchos se nos revolvieron las entrañas. Porque si alguien está atendiendo a los enfermos de sida en el mundo, desde África hasta el Bronx, es la Iglesia. Los católicos estamos hartos de que no se nos reconozca el bien que hacemos y, además, de que se nos identifique con la caverna. Parece que cuando especificamos que el condón no garantiza al 100 por 100 la seguridad frente a las enfermedades de transmisión sexual nos inventamos algo. ¿Pero acaso no están los hospitales llenos de mujeres que piden la píldora del día de después porque se les ha roto el preservativo? Por eso Juan Antonio Martínez Camino, portavoz de la Conferencia Episcopal Española, cogió el portafolios y se fue a ver a Elena Salgado, con el informe de la revista médica «The Lancet» de noviembre de 2004. Porque en la publicación –que es considerada el altar de la investigación internacional– los científicos coinciden con la Iglesia en el juicio sobre las políticas de prevención de la transmisión por vía sexual de la enfermedad. «Lancet» explica que la única forma infalible de no coger el sida es la abstención; que una segunda manera (menos segura, y esto lo apunto yo, porque sé que mucha gente vive con parejas infieles y ni lo sospecha) es la fidelidad; y que la tercera –reservada lógicamente para quienes quieran asumir cierto riesgo de contagio– es el preservativo. Señores, no me parece tan difícil de entender. La Iglesia está harta de repetir que el condón no es totalmente seguro ¡pero es que la ciencia dice lo mismo! Las campañas del «póntelo, pónselo» no solamente enseñan a los promiscuos a reducir el riesgo –que está muy bien para evitar muertes–, sino que están incitando a los que no lo son (adolescentes, por ejemplo) a creer que el condón es «sexo seguro» y a delegar la responsabilidad sexual en una goma. Que los medios de comunicación españoles hayan caricaturizado el noble esfuerzo de la Iglesia por aunar esfuerzos con el Gobierno en la lucha contra una pandemia terrible, es triste. No sólo porque es mentira que Martínez Camino haya aprobado moralmente el uso del condón, sino porque el escándalo y la confusión han truncado un esfuerzo loable de diálogo con el mundo no católico. De no haberse producido tan lamentable espectáculo, Iglesia y Estado podrían haber emprendido un camino común contra el sida que hubiese redundado en bien de todos, sobre todo de quienes se contagiarán en los próximos días, semanas y meses cuando un preservativo se rompa, se deslice o se desplace fuera de su sitio ¿Y quién abrazará al seropositivo cuando el análisis confirme sus peores sospechas? En un alto porcentaje de casos, un católico. Es lamentable que, al menos en España, sólo la Iglesia sea capaz de decir en alto: cuidado, el condón no es la panacea.

Beverly McMillan: Confesiones de una ginecóloga

A veces ser católico y tratar de estar a la altura de las enseñanzas morales de la Iglesia puede resultar un poco opresivo. Así es como me sentí cuando, en 1990, regresé a la Iglesia Católica. Había sido una larga ausencia para mi.

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