Francisco J. Mendiguchía, “Guerra fría, convivencia pacífica y amor fraternal”

Desde la terminación de la última guerra mundial «caliente», han sido frecuentes en los medios de comunicación los términos de «guerra fría» para designar un estado de belicosidad cercano a la agresión, aunque sin utilizar armas de fuego y de «convivencia pacífica», que significa ya un paso adelante en las buenas relaciones interhumanas; se convive, sin guerras frías ni calientes, pero de ahí no se pasa, y convivir no es amar.

Esto viene a cuento de que, para muchos autores, la familia constituye también un campo de batalla entre los hermanos que la componen, unas veces caliente ¡cuántas bofetadas se dan, si son pequeños o cuántas broncas tienen, si son mayores, al cabo del tiempo! y otras fría (no se hablan, no quieren salir juntos). Hay también temporadas de convivencia pacífica en las que todo parece ir sobre ruedas y, cómo no, momentos de amor y fraternidad plena, que muestran que no en vano son hermanos y se aman entre ellos.

Se trata de una mezcla de amores, los más, y de odios, los menos, naturalmente a nivel infantil, que se encuentra bajo el arbitraje de esa especie de «Comité de Seguridad» que son los padres, aunque éstos sean los primeros, sobre todo la madre, que se ven involucrados en estos problemas de rivalidades infantiles.

Por ello, las relaciones entre hermanos, así como el orden de su colocación en la familia con arreglo a la fecha de su nacimiento (primogénito, benjamín, etc.), han sido objeto de una abundante literatura que ha llevado a la confección de esquemas y plantillas, que se han vuelto rígidas con el paso del tiempo: hijo mayor dominante, segundo envidioso, «niño sándwich» si son tres y él está en medio, aplastado entre los otros dos, etc.

Estos esquemas han de someterse a revisión en cada caso y, antes de colocar al niño apelativos prefabricados, ha de investigarse el conjunto de las relaciones intrafamiliares, la dinámica familiar en el transcurso del tiempo y la personalidad del niño. A veces ocurre que el niño que nos traen a que lo veamos es el más sano de todos y es otro el que necesitaría nuestra atención. Estos casos se conocen con el nombre de «niño equivocado» y no son infrecuentes en nuestra práctica profesional.

La estructura familiar Lo primero que hay que tener en cuenta es que la familia, que aparentemente es la misma, no lo es a lo largo de los años pues, por muy estática que parezca, sus miembros van teniendo distinta edad. No es lo mismo nacer cuando los padres tienen veinticinco años, que hacerlo cuando tienen cuarenta, cosa que explica en parte la diferencia entre los primogénitos y los benjamines. Asimismo pueden influir otra serie de circunstancias, como pueden ser los cambios de residencia, vaivenes económicos, cambios sociales, enfermedades, etc.

Para demostrar la influencia de estos condicionamientos sobre el niño, el americano Watson porfía un ejemplo que, aunque teórico y exagerado, puede ser muy ilustrativo: Nace el primer hijo y, como es varón, el padre le guía y tutela, le da su misma carrera y acaba siendo un triunfador.

Nace después el segundo pero, como la madre esperaba una hija, hace de él un elegante presumido, le casa con una rica heredera y también se sitúa muy bien en la vida.

Pero ¡ay! nace el tercero, también varón, cuando ya no era deseado, le maleduca una sirvienta que lo seduce a temprana edad y el chófer hace de él un homosexual y un ladrón.

Como se ve por el ejemplo, para el autor, que no en balde fue el creador del conductismo o behaviorismo, sólo cuentan las circunstancias ambientales. Sin embargo, hoy en día se va volviendo otra vez a considerar muy importantes los factores de personalidad, heredados o no, de origen constitucional, hoy llamados genéticos, que determinan que, si por ejemplo, el primogénito es un inseguro y dubitativo (los psiquiatras les llamamos anancásticos), será difícilmente un niño dominante, por muy privilegiada que sea la situación en la que se encuentra dentro del hogar.

Teniendo en cuenta estas salvedades, se pueden, sin embargo, esbozar unos cuadros en relación con las circunstancias familiares de cada hijo: Se ha dicho siempre que la primogenitura da, al hijo que la disfruta, un dominio sobre los demás, cosa que se traduce en una personalidad autoritaria y dominante. Realmente creo que se ha sobrevalorado esta situación, en recuerdo quizá de cuando el primogénito heredaba el patrimonio familiar, cosa que ya no sucede en casi ninguna parte. Por el contrario, el primer hijo tiene en su contra varios factores, como son los de que, durante algún tiempo, es también hijo único y, cuando nace el segundo sufre con más intensidad su «destronamiento». Además, como es el mayor, ha de ser ejemplo y guía para los que vienen detrás, contando por ello con menos benevolencia para sus defectos y fracasos.

Además de ello, el primogénito tiene que sufrir que sus padres hagan su aprendizaje con él, cayendo sobre sus espaldas su inexperiencia, sus dudas y titubeos educativos y su miedo a ser blandos en su manera de tratarle, ensayando en él «todo» lo que dicen los manuales de educación infantil, para estar así más seguros de lo que hacen.

Al benjamín de la familia, que suele nacer cuando los padres son ya más maduros y menos rígidos, se le suele exigir menos, se le hiperprotege y mima más y por ello puede convertirse en un pequeño tirano al que hay que darle siempre la razón, sobre todo si ha llegado un poco tardíamente y hay mucha diferencia de edad entre sus hermanos y él. Menos frecuentemente, pero posible, es que se desarrolle en él lo que pudiéramos llamar «complejo de enano» y que consiste en sentirse disminuido frente a los demás hermanos, a los que admira y envidia por ser mayores, más fuertes físicamente y con más privilegios que él.

Celos entre hermanos Con el horrendo nombre de “complejo de Caín” conoce el psicoanálisis los sentimientos de celos entre hermanos, envidias y celos que son, por otra parte, una constante en todas las relaciones humanas de cualquier edad y condición, sobre todo si existe una situación de competencia y las posibilidades de alcanzar lo disputado no son iguales para todos.

Evidentemente, en toda sociedad infantil se dan estas circunstancias y, por lo tanto, hay celos y envidias que se hacen más notorias cuanto más intimo es el contacto, tal como sucede en las pandillas, en la escuela y, sobre todo, en la familia, en la que las condiciones apuntadas son particularmente acusadas; existe desigualdad (uno es más torpe e inhábil que otro, parece que existe uno más preferido que los demás por el padre o por la madre, el regalo que uno ha recibido es peor que el de otro, etc.) y desde luego hay competencia (todos quieren, algunos más que otros, acaparar el cariño de uno de los padres, o quizá del abuelo, o quieren ser los primeros en alguna situación dada o bien uno se cree con más derechos que otros a que se les alabe por algo, etc.).

Esta situación de competencia es más evidente ante el nacimiento de un nuevo hermano que viene a destronar al hasta entonces rey de la casa, que era por supuesto el más pequeño de la familia. Se produce entonces una situación de tirantez que conocen bien los padres y en la que, el ya penúltimo, se vuelve más exigente, quiere que la madre le demuestre más cariño y le dedique más tiempo, que le den de comer cuando lo hacía ya él solo y, cuando no le ven, le quita el chupete al hermanito. En conjunto, sufre lo que se denomina una «regresión» a etapas infantiles ya pasadas, que puede llegar a la reaparición de una enuresis nocturna o la vuelta al empleo de un lenguaje que ya no utilizaba.

Esta situación de celos es pasajera si no se cristaliza por una desacertada actuación de los padres, bien por no hacer caso en absoluto de las demandas del niño, bien por doblegarse, también absolutamente, a su chantaje. Lo que hay que hacer ver al «desposeído» es que se le sigue queriendo igual, pero que tiene que compartir ese amor y esa madre con el recién venido.

El hecho que suele acabar con el problema es la llegada de otro nuevo, que viene a substituir en el trono al anterior destronador, repitiéndose el ciclo hasta que se interrumpen los nacimientos. Esta situación descrita es mínima, o no existe, cuando es grande la diferencia de edad entre el último y el recién nacido, por lo menos de cinco años, pues entonces el mayor sublima su envidia sintiéndose protector y paternal con el pequeño.

Estas reacciones celotípicas son tan naturales, que hasta se han podido observar en chimpancés que, ante un nuevo alumbramiento de la madre, los otros, sobre todo el más pequeño, se vuelven más agresivos, tercos y exigentes del contacto con la misma.

Para investigar esta problemática del niño, yo he aplicado mucho el test de «Las Fábulas» de Louisse Düss, pues una de ellas, la número tres, se dedica específicamente a detectar este problema. En este test proyectivo se le pide al niño que complete un cuento que le vamos a relatar. En nuestro caso la fábula es como sigue: «Una oveja tiene un corderito al que le da leche mañana y tarde; cuando la oveja tiene un corderito más pequeño, llama al mayor y le dice que no tiene bastante leche para los dos y que él se tiene que ir a comer hierba. ¿Qué hizo el corderito mayor?» Las respuestas, en la mayoría de los casos, son que el mayor se va a comer hierba, sin más complicaciones. Pero, cuando no se ha superado la situación de celos, éstos pueden manifestarse en respuestas que se agrupan del modo siguiente: a) Sustitución de la madre: «Se buscaría otra oveja para que le diera la leche.» b) Sustitución del hijo: «Se tomaría él la leche y que el pequeño se busque otra oveja.» c) Agresión: «Mataría al pequeño y se tomaría la leche de la madre.» Para el psicoanálisis, el complejo de Caín no es más que una proyección del complejo de Edipo, producido por el desplazamiento hacia el hermano del odio hacia el padre, por ello «los hermanos nacen ya enemigos», decía en su libro “El alma infantil y el psicoanálisis” el ya citado Dr. Baudouin, pero justamente pone el ejemplo de Víctor Hugo, quien desde los primeros años de su vida estuvo dominado por el afán de igualar y sobrepasar a sus hermanos mayores (para mayor ironía, el mayor de los tres que eran se llamaba Abel), lo que venía a dar la razón a Adler y su doctrina, para el que lo verdaderamente importante es el «instinto de poder», es decir, ser el primero en todo (en el cariño y atención de la madre, en inteligencia, en tener más juguetes).

A pesar de todo, hay que tranquilizar a los padres cuando nos consultan por estas problemas de rivalidades y celos entre los hermanos, pues hay que considerarlos normales, se superan fácilmente y hasta constituyen un excelente aprendizaje para la futura integración social del niño, que así va comprendiendo que hay que compartir con los demás y que esto se hace más fácilmente si, como entre hermanos, existe también amor.

No quiero terminar este tema, que se considera nada menos que en la Clasificación Internacional de Enfermedades bajo el título de «Trastornos de rivalidad entre hermanos», sin mencionar que fue magníficamente descrito por San Agustín, el Obispo de Hipona, quien hace ya más de mil quinientos años escribió lo siguiente: «He visto y observado un niño enfermo de celos, no hablaba todavía pero, muy pálido, dirigía miradas malévolas a su hermano de leche que mamaba.» Los hijos únicos Pero, ¿qué pasa si no existe más que Abel? Pues que lo puede haber ningún Caín, y esto es lo que sucede con los hijos únicos. El llamado «síndrome del hijo único» es descrito en todos los manuales de psicología y psicopatología infantiles, así como también es recogido por la sabiduría popular y es significativo que, tanto en el aspecto científico como en el otro, el hijo único es considerado muy peyorativamente, reconociéndosele pocos aspectos positivos y sí muchos negativos.

Se ha dicho de él: «el hijo único es demasiado egoísta, tiraniza a los que le rodean y no tolera otros dioses junto a él»; «el hijo único es un ser frágil, caprichoso, tímido, tiránico con los demás, indolente»; «tendrá dificultades de adaptación con sus compañeros y se integrará mal en un grupo», y otras lindezas por el estilo.

Sin embargo, también ha tenido algún defensor, como los profesores Tramer y Kanner que decían: «no debe entenderse que todo hijo único tenga que desarrollarse de un modo desfavorable» y «ser hijo único no es en sí una enfermedad». Si pasamos al terreno de lo patológico, vemos que la proporción de perturbaciones psicológicas necesitadas de algún tipo de tratamiento es, poco más o menos, igual en los hijos únicos que en el resto de los niños.

Sus rasgos negativos son achacados al hecho de que, al no tener hermanos, carece de la necesaria competitividad y ello aumenta su egocentrismo y le discapacita para tolerar las frustraciones. A esta situación se suma, la mayoría de las veces, otra de hiperprotección que les hace caprichosos y tiránicos y todo ello conduce a su inadaptación.

Estas características pueden darse, y de hecho se dan, en algunos hijos únicos, pero no las creo tan universales y definidas como para conformar un «síndrome de hijo Único» pues en otras muchas ocasiones no aparece en absoluto. La que sí es verdaderamente nefasta es la conjunción, hijo único-padres viejos, pues en ella sí que suele ser frecuente el desarrollo de todos estos rasgos negativos en el niño.

Algunos opinan que los hijos únicos son más inteligentes, yo no lo creo así; lo que sucede es que se produce una cierta precocidad en su desarrollo psicológico debida a que al vivir en el hogar solos entre personas mayores, acaban adoptando sus gustos, sus ideas, su lenguaje y hasta sus problemas.

En el plano afectivo puede producirse una situación de excesiva dependencia, de simbiosis padres-hijo, que hace más difícil la ruptura del «cordón umbilical psicológico» en la adolescencia, tanto por los unos como por el otro. El resultado es que o la dependencia afectiva dura más tiempo de lo debido, dificultándose así la futura integración psicosexual del hijo o la ruptura acaba produciéndose de una forma más violenta de lo normal.

Los actuales cambios de la familia De todas formas, todas estas descripciones clásicas de las relaciones entre hermanos, tienen que ser revisadas a la luz de un hecho nuevo: la familia ya no es lo que era y, salvo excepciones, en todo el mundo occidental el módulo familiar es de un padre, una madre y dos hijos, con lo que algunos problemas tienden a complicarse: así, a un primogénito le durarán más tiempo los celos respecto a su hermano que le sigue, porque éste será ya para siempre el niño pequeño y mimada, pero éste tendrá para siempre también la «losa» de su hermano mayor encima de él, sin que, a su vez, él pueda dominar a ninguno.

Si los dos hermanos se llevan poco tiempo, los problemas desaparecen pronto porque a los ocho o nueve años tendrán los mismos amigos, los mismos problemas y serán ya dos camaradas pero, si como es habitual en nuestro tiempo. los hijos vienen muy «programados» y se llevan tres o más años, todas estas situaciones pueden prolongarse hasta la adolescencia. De hecho, cuanto más numerosa es la familia, menos problemas hay y, los que existen, se superan mucho mejor.

Las estadísticas de las que dispongo no son demasiado fiables, porque los casos que consultan sólo lo suelen hacer por envidias y celos tan intensos que rozan ya lo patológico. De todas maneras, en los casos vistos por mí, la desaparición de estas situaciones celotípicas se produjo entre doce y dieciocho años en la mitad de los casos, mejoró en otra tercera parte y permanecía igual sólo en contadas ocasiones. Sólo tuve un caso de empeoramiento: la hermana menor odiaba a la mayor, cuando ambas tenían ya veinte años, más que cuando eran pequeñas. Claro que se trataba de una hermana mayor brillante y guapa y una hermana menor con un enorme complejo de «patito feo» (a los dieciocho años le habían tenido que hacer una operación de cirugía estética «a ver si mejoraba de carácter»).

Para terminar, sólo nos resta aconsejar a los padres que tengan paciencia, pues en la mayoría de los casos el problema desaparece solo, pero que, de todas maneras, actúen siempre con la máxima neutralidad en estas luchas y que repartan su cariño con la máxima equidad, aunque haya algún hijo que por su carácter apacible y bonachón se haga querer más que los demás, mientras que a otros, por todo lo contrario, sea más difícil manifestar el cariño hacia ellos. Por supuesto, ¡cuidado con las excesivas manifestaciones de cariño hacia el recién nacido delante de los otros!