Gloria Tomás, “Sobre la selección de embriones”, Hispanidad, 11.X.00

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No escribo estas líneas para especialistas; asumo lo que puedan llevar de simplificación y, para los que puedan estar interesados en una mayor argumentación, ofrezco la posibilidad de reflexión y de diálogo.

Van dirigidas a muchos lectores, no expertos en la materia y que, estos días, habrán sentido la fascinación del avance científico ante las noticias, ampliamente difundidas, sobre la posibilidad de salvar vidas humanas o de fabricarlas través de una tecnología científica aparentemente impecable.

Deseo afirmar que mi punto de vista es cristiano; que trato de iluminar el raciocinio como expresa C. S. Lewis: “Creo en el cristianismo como creo que ha salido el sol; no sólo porque lo veo, sino porque, gracias a él, veo todo lo demás”; por esta razón afirmo que así como al descubrir las leyes de la materia, el hombre es capaz de grandes progresos técnicos, del mismo modo, el reconocimiento del espíritu y de las leyes morales, elevan a la persona. Es un error pensar que la dignidad de la conciencia se basa en la independencia de esas leyes. La dignidad no viene anulada por la verdad, sino por la coerción.

Sobre estos supuestos, me voy a detener en tres grandes errores que afloran en estas noticias: 1º la realización de la selección de embriones para evitar enfermedades; 2º la utilización de la FIVET y sus avances para optar por la calidad de vida de unos embriones y desechar los que no la poseen; 3º la consideración del hijo como un bien de consumo afectivo, o un artículo a la carta, en lugar de como un don, como un regalo.

Antes de introducirme en los juicios que voy a realizar, quiero aclarar que sería injusto y claramente parcial, no sentirnos altamente esperanzados por el poder que el progreso de las nuevas ciencias biomédicas ha puesto en manos de algunos hombres, que abren muchas perspectivas gigantes y muchas ventajas cotidianas de los que cada unos nos beneficiamos; aunque; también sería injusto y parcial no reconocer que surgen posibilidades inéditas y desconcertantes, sobre todo, cuando se oferta a la biología y a la técnica la justificación racional de los hechos.

Es crucial no sólo volver a recordar el abc de los límites y el significado de la ciencia, recogido en el conocido aforismo “todo lo técnicamente posible no es éticamente realizable”, sino también volver a descubrir que experimentar con personas no es hacerlo con cualquier ser viviente. ¡Qué bien lo expresó Romano Guardini!: “A la pregunta ¿Qué es tu persona? No puedo responder: mi cuerpo, mi alma, mi razón, mi voluntad, mi libertad, mi espíritu. Todo esto no es aún la persona, sino el conjunto de las cosas que lo constituyen. La persona misma existe en la forma de pertenencia a sí misma”.

El embrión -también el dañado-, como ya ha mostrado la ciencia, es persona. Y la afirmación de este ser personal es también la afirmación de una dignidad especial que hay que reconocer, y de exigencias éticas de respeto que hay que honrar. Sólo nos podemos definir como personas en relación con otras personas, dirá Spaemann. Las personas son dadas las unas a las otras no como objetos, como algo de lo que hablar y disponer, sino como sujetos, con quienes hablar y a los que respetar en su irreductible alteridad subjetiva.

Reconocer a la persona como persona, como no manipulable, ni dominable, ni utilizable, ni despreciable, es el primer y fundamental deber; es más, es el fundamento radical de cualquier otro deber. La relación con la persona del otro es la experiencia ética original, en la que emerge el carácter absoluto del deber. Esto tiene un carácter absoluto y se impone a la conciencia de una manera incondicional y, sin embargo, no obligada; ahí está el riesgo y el valor de la libertad y de la verdad.

La ciencia, como han reconocido,muchos sabios es absurda sin unos supuestos ontológicos y antropológicos, porque ella no responde a la pregunta más importante para nosotros ¿Qué tenemos que hacer? ¿Cómo debemos vivir.? De alguna manera, ante los errores citados, ya he mostrado por qué lo son, pero expliquemos algo más: -seleccionar embriones es olvidar que cada uno es persona: no estamos ante un valor de mercado, sino ante uno esencial -la fivet y sus consecuencias y modulaciones, olvidan la dignidad del hombre para nacer fruto del amor de otros hombres, y no del capricho científico y sentimental; este aspefcto se relaciona directamente con el tercer error, con el considerar que los hijos son objetos de consumo. Recordemos que la dimensión humana de la sexualidad instituye una forma de entrega que se abre a la donación de la vida como una expansión de su dinámica propia; la donación de los amantes se hace fecunda porque en ella participa el cuerpo. Los órganos sexuales son los encargados de llevar a cabo el acto que expresa la unión personal, y de abrirla de modo natural a la fecundidad. Son portadores de una doble capacidad: la puramente reproductora y la que expresa y realiza la unión de intimidades. Son los órganos más íntimos, con ellos se realiza el ejercicio natural de los impulsos sexuales en su integración paulatina desde las instancias superiores de la personalidad La importancia de la sexualidad esta estrechamente vinculada con la conciencia del carácter único que tiene la persona.

De esa unión sexual fecunda resulta algo que de ningún modo estaba antes: otra persona. En la intimidad común de los amantes brota una novedad absoluta: una tercera intimidad, algo que desborda a los mismos padres. Lo asombroso de la sexualidad es lo que resulta de ella, porque entre la unión sexual y la aparición de una nueva persona hay un salto evidente; entramos en el terreno del misterio existente en cada persona y muestra de su transcendencia y de su singularidad.

Es responsabilidad de la comunidad científica y de los Gobiernos encauzar los esfuerzos en la investigación hacia alternativas que estén verdaderamente al servicio de estas realidades, que son de siempre porque son personales; la persona y de su dignidad son el origen y el fin de la ciencia en su sentido radical.

Pero es también un derecho de los ciudadanos de a pie estar debidamente informados. Ojalá esta líneas contribuyan a ello.

Gloria Tomás es profesora de Bioética de la Universidad Católica de Murcia.

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