Joseluis García, “El cura de Huelva y la Operación Triunfo”, PUP, 4.II.02

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Las declaraciones del cura de Valverde del Camino no deben causar excesivo asombro -ni mucho menos escándalo farisaico- si se tiene en cuenta que son el resultado de una perfecta operación de marketing encaminada a poner a la Iglesia de nuevo contra la pared. La puesta en escena ha sido brillante: foto del cura con vestimenta eclesiástica y alzacuellos –algo que no se ve en otras fotos del susodicho-, declaraciones a una revista de “segunda” habiendo avisado a los medios de “primera” que acudieron a la cita puntuales, al unísono, clamorosos. Anuncio de página web del cura con contenidos eróticos, entrevistas a los feligreses y colegas pidiéndoles su parecer (esto se lo podían haber ahorrado, todo el mundo sabe decir antes las cámaras lo políticamente correcto) y amenazas a la Iglesia en el caso de que tome represalias. En fin, ya está montado el espectáculo. Espléndido, aunque tópico guión, y sagaz y apabullante puesta en escena. Si esto sucede una semana antes e! l pobre coadjutor resulta finalista de la “operación Triunfo”. Ahora, el prófugo aguarda en paradero desconocido en espera de ver hasta qué punto entra el toro –o sea la Iglesia- al trapo.

Con este modo de actuar se escatima a la ciudadanía una reflexión seria sobre la homosexualidad y sólo se consigue incrementar la desconfianza de los ciudadanos ante tanta iniciativa verbenera. Estos numeritos restan credibilidad a la causa y aumentan las graves disensiones existentes entre sus promotores. Del mismo modo, cada vez más periodistas y escritores van retirando su inicial apoyo. Ahora muchos se toman a chacota esta disparatada jarana mediática y vuelven sus plumas contra semejante orquestación que punza la epidermis de cualquier espíritu liberal y honrado.

En este sentido, así se despachaba ayer el columnista David Gistau: “La salida del armario no es transgresión, sino exhibicionismo de primera vedette que luce lentejuelas en Pasapoga. En la actualidad, con «lo gay» aceptado como tópico de lo políticamente correcto, institucionalizado incluso como bufonismo catódico, salir del armario es menos transgresor que, por ejemplo, alistarse en la Legión: «Pero hijo, ¿cómo te has hecho militar? ¿Qué van a pensar los vecinos cuando te vean besando la bandera española? Si no te van a dejar ni desfilar como a los del Orgullo Gay». Por eso, uno no acaba de comprender la dimensión heroica que los chuecos con columna y demás tentáculos del «lobby» otorgan a cada salida del armario, hábito con el que se pretende consagrar como espectáculo lo que no es sino trivialidad personal y que no da ni para que te envíen a una mazmorra a escribir «La balada de la cárcel de Reading»”.

Lo dicho: parafernalia para que el Mihura entre bravamente al trapo. Posiblemente lo mejor sea aguardar mansamente en los corrales.

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