Juan Manuel de Prada, “Bestias babeantes de flujos”, ABC, 18.VII.09

Una niña de trece años es concienzuda y sucesivamente violada en Baena por cinco menores (alguno de su misma edad), acaudillados por un joven de veintidós que al parecer había sido su novio; o, dicho con mayor propiedad, que había mantenido anteriormente relaciones sexuales con ella, y que, para evitar que la víctima ofreciese resistencia, la amenazó con mostrar a su madre grabaciones de sus coyundas. En el Mátrix progre, tales bestialidades sirven para que la pobre gente abducida se enzarce en debates estúpidos sobre la conveniencia de extender el castigo penal a los menores; porque es signo distintivo del Mátrix progre combatir las calamidades en sus consecuencias, después de haberlas alimentado en sus orígenes, en lugar de combatirlas en sus orígenes para evitar sus consecuencias. Todo freno legal, por severo y disuasorio que sea, se revela inútil si no lo precede un freno moral consistente: las sociedades sanas se dedican con esmero a fortalecer los frenos morales que inhiben tales conductas criminales; las sociedades enfermas rompen todos los frenos morales y, una vez que los demonios del crimen han sido liberados, se dedican infructuosamente a perseguirlos, como el gallo descabezado persigue su imposible salvación.

Veamos cuál es el clima moral en el que se perpetran crímenes tan aberrantes como este de Baena, propios de una sociedad que ha destruido los frenos morales que garantizan su supervivencia; empezando, por supuesto, por los frenos que velan por los menores. Esa niña violada mancomunadamente ha crecido -como los niños que la han violado- en un clima moral que banaliza los afectos e incita -también desde la propia escuela- a «vivir en plenitud la libertad sexual». Un clima moral que, desde instancias de poder, promueve la ruptura de los vínculos humanos y combate denodadamente la noción de autoridad familiar. Un clima moral azuzado desde la propaganda mediática, donde todo mensaje destinado al público infantil o adolescente escamotea las realidades más nobles de la condición humana y las sustituye por un batiburrillo de risueñas escabrosidades que incluyen, por supuesto, todo tipo de reclamos sexuales. Todo con un propósito evidente de envilecer y pisotear la inocencia de niños y adolescentes, de arrebatarles todo vestigio de pudor, de convertirlos en adultos precoces, en aquellas «tormentas de hormonas» a las que se refería cierto ministro cesante para describir a sus propias hijas; o, dicho más expeditivamente, en bestias babeantes de flujos. Huelga añadir que toda educación que trate de preservar la dignidad de niños y adolescentes, que trate de dignificar su sexualidad balbuciente, evitando su conversión en perros de Paulov que reaccionan al estímulo sexual, es inmediatamente tachada de retrógrada y escarnecida como reliquia de tiempos oscuros y represores; para que, si aún queda algún niño o adolescente que no ha sido desnaturalizado, sienta vergüenza de sí mismo y necesidad de corromperse.

Para formar los caracteres hay que crear primero un clima moral; y también para deformarlos. En un clima moral donde la sexualidad es tratada como cosa inocente, concediéndosele una igualdad con experiencias elementales como el comer o el dormir; donde se exhorta a una festiva promiscuidad; donde niños y adolescentes son educados en la satisfacción primaria del deseo, liberado de tabúes e inhibiciones; donde se preconiza que todo afecto y emoción admite una traducción en «conducta sexual»… es natural que surjan caracteres deformados como el de esos muchachos monstruosos de Baena. Bestias babeantes de flujos contra las que todo freno legal se revelará inútil; pero es signo distintivo del Mátrix progre combatir farisaicamente las calamidades en sus consecuencias, después de haberlas alimentado en sus orígenes.