Juan Manuel de Prada, “El Papa decrépito”, ABC, 27.V.2002

La decrepitud ostentosa del Papa Wojtyla vuelve a ser motivo de especulaciones bizantinas en los medios de adoctrinamiento de masas. En casi todas ellas subyace un fondo de incomprensión hacia el significado último de tan denodado sacrificio, que no es sino la aceptación -agónica, si se quiere- de una encomienda divina. «Triste está mi alma hasta la muerte, mas no se haga mi voluntad, sino la Tuya», dice Jesús, en la noche de la tribulación, mientras sus discípulos duermen. Al acatar el doloroso cáliz que se le tiende, Wojtyla antepone su misión espiritual sobre los achaques de la carne; lo que hace más hermosa su abnegación es, precisamente, la presencia atosigadora de dichos achaques, que sin embargo no logran doblegar la supremacía del espíritu, ni la pujanza de una vocación que se alza invicta sobre las tentaciones de la renuncia. Sin esta comprensión del hombre como recipiente de misiones que exceden y rectifican su mera envoltura carnal, el sufrimiento de Wojtyla resulta ininteligible; de ahí que su sacrificio provoque tanta exasperación entre quienes pretenden reducir su figura a la de un burócrata o funcionario de una entelequia llamada Dios.

Siempre me ha sorprendido que los medios de adoctrinamiento de masas, que tanto se desvelan por ofrecer una información especializada sobre las paparruchas que amueblan la actualidad (de tal modo que, por ejemplo, nunca me solicitarían a mí un comentario sobre las cotizaciones bursátiles, que me la refanfinflan), admitan sin empacho -incluso con un desdentado regocijo- que individuos que niegan la existencia del espíritu aborden la exégesis de asuntos que sólo admiten una interpretación espiritual. A la postre, por mucho aderezo de intrigas vaticanas que le añadan al asunto, estos individuos siempre acaban tropezándose con la escueta verdad; que no es otra que la epopeya doliente de un viejo viejísimo que agota sus días en el cumplimiento de una vocación que no puede acallar, porque se la inspira una fuerza más poderosa que el declinar de su naturaleza. El Papa Wojtyla, como hombre que es, desearía acabar su vida entre sábanas de holanda y mullidos colchones; pero su misión es otra. Como el joven que siente la llamada del arte, el Papa Wojtyla se calcina en una hoguera que jamás podrán entender quienes niegan la existencia de un misterio que enaltece el barro del que estamos hechos.

Y, junto a esta negación del espíritu, habría que aludir a otro síntoma muy característico de nuestra época, que es el descrédito de la vejez. A los detractores del Papa Wojtyla les subleva la visión de su decrepitud, que consideran obscena e impía; cuando lo cierto es que la obscenidad más flagrante consiste en ocultar la vejez, en recluirla en una jaula de vergüenza y desprestigio. La estulticia contemporánea ha consagrado la salud y la juventud como ideales canónicos; incluso ha extendido la creencia monstruosa de que una vida de la que han desertado la salud y la juventud no merece la pena ser vivida. Pero hete aquí que, mientras se nos inculca el repudio de esos arrabales de la vida que se consideran oprobiosos o excedentes (aunque, llegado el momento, todos luchemos patéticamente por prolongarlos, justamente al revés que el Papa Wojtyla), un viejo viejísimo no tiene reparo en mostrarnos sin ambages su hermosa decrepitud. En esta subversión de tantos valores mentecatos, en esta vindicación de la vejez como inmolación fecunda y orgullosa, frente a la vejez entendida como postración vergonzante, debemos también buscar las razones de la antipatía con que ciertos centinelas de la ortodoxia honran al Papa Wojtyla.

Una roca Alfonso Ussía, ABC, 28.V.02 Me ha impresionado la lectura del artículo de Juan Manuel de Prada titulado «El Papa decrépito». Lo asumo en su totalidad. Este Papa es aborrecido por la retroprogresía imperante y pseudocultural por una razón de principio. Con la palabra agrietó el muro de las tiranías comunistas. Escachifolló de golpe el invento, la referencia y la coartada de los impostores y los supercheros que vivían de la mentira. Que vivían de la mentira, todo hay que decirlo, pero no inmersos en su sufrimiento. Ahora la venganza se resume en la risa que les causa su ancianidad. Muy progresista y solidaria esa hilaridad ante la vejez de un ser humano. Este Papa polaco, que además cree en Dios con la fe del carretero, fue asesinado en plena juventud. Sucedió que su fortaleza resistió. Aquella resistencia destrozó muchos planes y acabó con inconfesables esperanzas. Cuando un ser humano convive durante semanas con la muerte y termina por vencerla, paga el tributo del acabamiento físico. Y desde su triunfo, el Papa ha ido envejeciendo paulatinamente de manera pavorosa. Pero mantiene intactos el espíritu y la inteligencia. Y guarda para otras vanidades la de exhibir su caduquez sin límites ni complejos. Y casi desfallecido, trabaja dieciocho horas cada día. Y sin un resquicio de fuerza, con un Parkinson galopante y un cuerpo que ya no le responde, cumple con todos sus compromisos. Se ha recorrido el mundo y siempre ha ganado. Ha puesto en orden las sombras de su casa, que es la Iglesia, y aunque tachado de conservador a ultranza, ha sido en lo social el más firme y avanzado de todos los descendientes de Pedro. La retroprogresía no quiere un Papa, sino un títere.

Me avergüenza, como persona, el afán por ridiculizar a este Papa que resiste como una roca. No le afean sus palabras, ni sus ideas, ni sus decisiones. Es la decrepitud física el motivo de sus ataques, burlas y risotadas. Y Juan Pablo II, cada día más encorvado, con la voz más agonizante, con el temblor más indominado, insiste en no dejar lugar del mundo sin su huella, superando ambientes hostiles y desaires, y ahora prepara su viaje a Moscú, y eso sí que no se lo van a perdonar los que se ríen de su física debilidad triunfante.

En los últimos actos, el Papa no ha podido terminar sus discursos. Y ha precisado de un artilugio especial para moverse. Pero no se ha rendido. Que se está muriendo a chorros lo sabemos todos, pero nadie es capaz de aventurar, cuando los chorros se sequen, si una sola gota de sangre puede mantener el ánimo de este hombre para seguir en su sitio. Un día se quedará dormido en cualquiera de los agotadores actos que protagoniza, porque a este Papa siempre les parecieron muy cerradas y domésticas las puertas de Roma.

El día, no lejano, de la muerte del Papa, quizá alguna de las groseras risotadas le dedique el respeto del silencio. Pero otras seguirán, ya riéndose de un cadáver, con el rencor acumulado que proporciona la resignación definitiva. Jamás le perdonarán a ese futuro cuerpo sin vida el desvanecimiento de su mentira.

A la espera, mientras tanto, paso a paso, sudor a sudor, a trancas y barrancas, este Papa sigue en lo suyo. La fuerza le viene de su convencimiento. Su voz apenas se oye, pero todo en ella se entiende. Su pontificado será estudiado, analizado y discutido, pero nadie le podrá negar la grandeza de su espíritu, la fortaleza de su fe y la valentía de su cuerpo, casa primera de cada persona. A mí, personalmente, me pasa que, cuanto más humillan su ancianidad, más lo respeto y admiro. Que se rían.