Juan Manuel de Prada, “Malos tratos”, ABC, 7.IV.01

Delirante. Sólo la conversión de la hipocresía y la retórica hueca en herramientas de uso cotidiano puede justificar todas las mentecateces que se están profiriendo a propósito de ese concursante expulsado de «Gran Hermano». Pero las mentecateces alcanzan el rango de sarcasmo cruel si consideramos que, mientras esos homínidos mantienen entretenida a la plebe con sus trifulcas pueriles y venéreas, muchas mujeres estarán siendo apaleadas, increpadas y mortificadas hasta la extenuación (y seguramente también muchos hombres, porque las relaciones de dominio admiten todas las posibilidades combinatorias). Leo con estupor que varias organizaciones de mujeres se han querellado contra el concursante «por agresión física y amenazas» y contra la productora del programita por «provocación a la perpetración del delito». Indudablemente, la ociosidad propicia los más estrafalarios alardes de grandilocuencia. ¿Por qué no emplean esas organizaciones denunciantes sus esfuerzos en causas más nobles? ¿O es que a esas organizaciones sólo les mueve el interés de retratarse ante la galería mediática? ¿No será que, como a esa recua de homínidos que se someten a un encierro voluntario de cien días y se ofrecen como cobayas a cambio de un instante de celebridad, a las organizaciones denunciantes les interesa pavonearse ante la audiencia? Todo este asunto da un poco de lástima y vergüenza ajena. Los jovencitos que concursan en «Gran Hermano» (como los miles que se presentaron a las pruebas de selección, mendigos de una fama cochambrosa) dimitieron de su dignidad y admitieron que su vida se convirtiera en pasto de las curiosidades más morbosas. Los vemos pasear su miseria espiritual las veinticuatro horas del día, los vemos copular y defecar sin rebozo, los vemos refocilarse en el cieno de su risueña abyección; sólo armados de una infinita misericordia podemos incurrir en la hipérbole de atribuirles una categoría humana a quienes merecen la consideración de despojos. Pues bien, ahora toda esa morralla mamífera, sin otro proyecto vital que la exhibición nauseabunda de sus llagas, resulta que se convierte súbitamente en beneficiaria de declaraciones campanudas y rasgamientos de vestiduras. ¿Qué importa que se increpen y se zurren entre sí? ¿Acaso el hecho de haberse encerrado voluntariamente y de someterse al escrutinio de la plebe no incluye un consentimiento implícito a cualquier vejación que mutuamente se inflijan? ¿Qué consideración merecen quienes, con notorio agrado, muestran sus inmundicias y bellaquerías privadas al espionaje de una cámara? Hemos escuchado a los dos homínidos protagonistas que sus peleítas formaban parte de un juego mutuamente consentido: a esto se le llama sadomasoquismo venial. Los hemos visto restregarse sin escándalo; los hemos visto intercambiarse arrumacos y saliva y flujos genitales sin que el rubor nos obligue a apartar la vista. ¿Por qué nos sublevamos hipócritamente cuando empiezan a repartirse cachetes o sopapitos? Estos rifirrafes de pacotilla forman parte de la pantomima que ambos se avinieron a representar gustosamente. Fueron elegidos para mostrarnos los sótanos de bajeza que escondían debajo del caparazón. ¿Por qué, cuando por fin empiezan a enseñar sus regiones más cenagosas, nos asustamos? ¿No están ahí, fiscalizados por una cámara insomne, precisamente para demostrar que la degradación es un pozo sin fondo? ¿No será que lo que verdaderamente nos asusta es vernos reflejados en ellos, en su orgullosa zafiedad, en su postrada condición de alimañas sin otro horizonte que la obtención de una propinilla de fama? Pero todo este episodio de hipocresía carecería de importancia si no fuera porque el mundo, ese suburbio a extramuros de «Gran Hermano», sigue acogiendo otras violencias menos insignificantes. Reparemos en las violencias de aquí afuera, y dejemos que las bestias del cubil se maten entre sí, muy lentamente, mientras defecan y copulan y se refocilan en su ciénaga de pasiones infrahumanas.