Julio de la Vega-Hazas, “La milonga sentimental”, II.05

La fuerte carga sentimental resulta así una mina de oro para cadenas de televisión, que pueden cuadrar sus cuentas y sacar beneficios con programas de bajo coste y buena audiencia. Al igual que los espectadores, las cadenas también son conscientes de la escasa calidad de ese tipo de programas, pero, paralelamente a los espectadores, su respuesta es que enganchan y atraen bastante audiencia. Buena parte del mecanismo generador de lo que se denomina “telebasura” está aquí.

De todas formas, nos engañaríamos si pensáramos que se trata de una novedad. Hace medio siglo triunfaban los seriales radiofónicos, y la escritora que más papel vendía en España era la principal productora de fotonovelas, Corín Tellado. Y, en cuanto al impacto que generaban, baste recordar anécdotas como lo sucedido un día en que el autor del más famoso serial -entonces todavía no se llamaban “culebrones”, Simplemente María, fue agredido en unos grandes almacenes por una señora al grito de “¡Sinvergüenza! ¡No hay derecho a lo que hace con la pobre María!”.

Lo que sí es más novedoso es la utilización de este tipo de recursos sentimentales para promocionar inmoralidades. Podemos poner dos ejemplos, sobre dos asuntos de gran actualidad, en los cuales se utiliza una propaganda de calado sentimental.

El primero es la investigación con células madre embrionarias. Pocas cosas tienen más calado en el público que la aparición de una joven madre de un niño pequeño enfermo por una tara hereditaria, descompuesta y llorosa, diciendo con voz cortada: “Haría lo que fuera para salvar a mi hijo… ¡Ay, por favor, por favor! ¡Lo que haga falta…!”. Poco importa aquí que, en cualquier caso, aunque sirvieran para algo esas investigaciones, los resultados no llegarán a tiempo para curar al niño. El espectador entiende que, si no sirve para este caso, servirá en un futuro para convertir en madres felices a otras igual de llorosas y descompuestas, transformando las lágrimas desgarradoras en otras de alegría desbordante.

El segundo es el “matrimonio” de homosexuales. ¿Quién no desea para sí, y para los demás si no es un insensible sin entrañas, un amor estable y feliz, que dé lugar a una vida satisfecha? Pues, en consonancia, se ofrece la imagen de parejas cuyo rostro refleja ilusión en un futuro que se les abre, en el cual podrán al fin desarrollar una vida afectiva con normalidad de modo semejante a todo matrimonio de hombre y mujer; porque, claro está, se trata de parejas del mismo sexo. Extraño, ciertamente, pero, tal como se plantea, quien les niegue esa posibilidad se sentirá… un insensible sin entrañas, que niega la felicidad a esos pobres, que tienen derecho a ella como cualquier otro.

Se puede replicar a una propaganda de este tipo que lo digno del ser humano es gobernarse por la razón, y no por los sentimientos. Si son éstos en última instancia los que deciden la conducta, estamos ante una claudicación de la razón, debida a la falta de convicciones, a la falta de formación, o a una educación deficiente. Una cabeza con convicciones firmes, bien amueblada y segura, es lo que de verdad puede proporcionar la necesaria serenidad en el juicio y la igualmente necesaria estabilidad en la vida, frente a unos sentimientos que son volubles, y que convierten, a quien se rige por ellos, en un ser que da bandazos de un lado a otro, tanto en el juicio como en su trayecto por la vida. Es, qué duda cabe, una respuesta cierta, pero hay que añadir que, en cierto sentido, es también una respuesta incompleta. Para completarla, hay que colocar todas las piezas en su sitio.

Comencemos por esta propaganda de moda. A la pobre madre llorosa se le podría contestar que el legítimo deseo de salvar la vida a su hijo no puede justificar que se sacrifique la vida de otros para conseguirlo. La exigencia moral es nítida: siempre es inmoral matar al ser humano inocente, como ocurre con los embriones utilizados para la investigación en células madre. Pero si ésta es la única respuesta se cae en una trampa, prevista por quien lanza el mensaje: la contraposición entre unos sentimientos sensibles y humanitarios, y una moral rígida e inhumana, que atiende al precepto abstracto sin preocuparse del verdadero bien de la persona.

De este modo, se oculta, tal como estaba programado, la realidad de la cuestión. ¿Cuál es? Pues que, si bien se han conseguido algunos avances y unas líneas de investigación prometedoras con células madre, se trata siempre de células madre adultas. Con las embrionarias, lo único que se ha conseguido son tumores. Y cualquier investigador serio, además de reconocer esto, sabe que en todo caso es más problemático el empleo de células embrionarias que adultas. Entonces, ¿por qué se insiste en lo que no resulta? Porque lo que se pretende con toda esa propaganda es dar salida a todos los embriones sobrantes de las fecundaciones in vitro, y que se subvencione esa investigación. Un negocio inconfesable, que se debe revestir de un disfraz falseado y sentimental para que sea aceptado. Y resulta así que esa madre llorosa que aparece ante las cámaras no es una mujer que simplemente desestima la exigencia moral por sentimentalismo u ofuscación. Es fundamentalmente una mujer radicalmente engañada, salvo en los casos en que se trate de una buena actriz.

¿Se puede decir algo semejante del “matrimonio” homosexual? Sí, se puede, y se sigue pudiendo aun dejando de lado la cuestión sobre la pretendida condición de constitutiva e irreversible de la homosexualidad. Esa unión serenamente estable, en realidad, sólo existe en la imaginación de sus promotores. Por poner un ejemplo ilustrativo, en 1984 se publicó un estudio sobre el tema, que estudiaba la trayectoria de 156 parejas de homosexuales que vivían juntas con pretensión de estabilidad, de las que dos tercios comenzaron la vida en común con pretensión de tener una relación fiel. El resultado del análisis daba como resultado que, a los cinco años de convivencia, el porcentaje de fidelidad se elevaba a… cero.

No existía sospecha de animadversión, por cuanto los autores del estudio eran ellos mismos una pareja homosexual (que, a la vista de los resultados, dieron un vuelco a las conclusiones, señalando que la monogamia era en el fondo una ilegítima pretensión de apropiarse del otro).

No es sólo una inmoralidad la que se pretende vender aquí; es, antes que nada, una mentira. Esconde una realidad muy alejada de un matrimonio -por no hablar de familia, un mundo neurótico y ansioso lleno de promiscuidad y sordidez. El que quizás una parte de los protagonistas puedan engañarse pretendiendo sinceramente lo que no es más que una ilusión, no resta nada al hecho de que lo defendido es una negación de la verdad.

Se podría decir más. El hecho de que nos estén vendiendo una “milonga” (término que parece que está sustituyendo últimamente al de “cuento chino”) sentimental, y que el mercado del entretenimiento esté saturado de sentimentaladas de baja calidad y con frecuencia también de baja moralidad, no debe llevar a una postura de confrontar razón y sentimientos, para despreciar éstos considerándolos poco menos que unos sucedáneos para personas carentes de formación o de voluntad. Sería mucho más certero pensar que todo ese mercado es el sucedáneo. ¿De qué? Pues de los sentimientos humanos más auténticos.

Los sentimientos, como por otra parte sucede con la razón misma, se pueden despertar con estímulos exteriores. Cuando se buscan en sitios como el mercado televisivo, dejándose “enganchar” a sabiendas incluso de que presentan situaciones artificiosas y son productos de baja calidad, el motivo, en última instancia, no se debe buscar en un superávit sentimental, sino más bien en un déficit. Y, en efecto, la herencia racionalista nos ha dejado un mundo muy funcional que ahoga, aunque sea sin quererlo, la vida sentimental. Un mundo frío, competitivo muchas veces, que deja poco tiempo para la vida familiar, con un mundo profesional que descarta cualquier expresión que suene a sentimental por considerarla un obstáculo.

Es significativo, a este respecto, la paulatina sustitución de los antiguos “ultramarinos” por las grandes superficies, en los que la pretensión de eficacia ha marginado la relación humana. Y algo análogo podría apreciarse en tantos otros establecimientos. A todo esto hay que añadir los desarreglos familiares, que arrojan un balance de un número creciente de personas solas, con posibilidades muy reducidas de manifestar su afectividad. E, incluso en las familias unidas, se puede apreciar un alto índice de falta de expresiones de una afectividad, por motivos diversos pero en último extremo derivados del estilo de vida que impone la sociedad actual: cansancio después de un horario laboral exagerado, modelos humanos de una fría eficacia que desprecia el sentimiento, etc.

Dos frases del Catecismo de la Iglesia Católica invitan a reflexionar sobre el tema. La primera dice que “las pasiones (en el punto anterior identifica sentimientos y pasiones) son componentes naturales del psiquismo humano, constituyen el lugar de paso y aseguran el vínculo entre la vida sensible y la vida del espíritu” (n. 1764). La segunda es consecuencia de la anterior: “La perfección moral consiste en que el hombre no sea movido al bien tan sólo por su voluntad, sino también por su apetito sensible según estas palabras del salmo: «Mi corazón y mi carne se alegran por el Dios vivo»” (n. 1770). Los sentimientos no están llamados a ser un factor desestabilizador, sino más bien lo contrario. El sentimiento más auténtico está llamado a reforzar la inteligencia y la voluntad en armonía, dando así lugar a una persona íntegra. El vínculo aludido indica que unos sentimientos bien encauzados y educados manifiestan el amor verdadero, a la vez que lo facilitan. Esos sentimientos rematan la configuración de un buen carácter, de modo que sin ellos la persona tiene carencias importantes que repercuten negativamente en sí mismo y en los demás.

De ahí que la postura adecuada no es rechazar lo sentimental o verlo por sistema con desconfianza. Eso se debe hacer con el sucedáneo, no con lo auténtico. Estamos necesitados de un redescubrimiento de la afectividad en el interior de las familias, de los lugares de trabajo, de cualquier equipo humano que valga la pena reunir y, por supuesto, en los modelos humanos que tenemos como ideal. En la medida en que se consiga, perderán su atractivo los engaños con envoltorio sentimental y los productos baratos que hacen su negocio de las carencias afectivas. Si no se consigue, veremos una vez más a gente que busca en la fantasía lo que no encuentra en la realidad, alimentando la nostalgia con todos esos subproductos que abundan en el mercado: la milonga sentimental.