Más opiniones sobre los escándalos de sacerdotes de EEUU, 6.V.02

Facebooktwittergoogle_pluspinterestlinkedinmailFacebooktwittergoogle_pluspinterestlinkedinmail

Serenidad jurídica para evitar la histeria.

CIUDAD DEL VATICANO, 6 mayo 2002 (ZENIT).- La Iglesia católica cuenta con todos los medios jurídicos necesarios castigar a los sacerdotes que cometen abusos, sólo hace falta aplicarlos y no dejarse llevar por la nueva histeria colectiva; asegura el responsable del organismo vaticano encargado de la interpretación de los documentos legislativos.

El arzobispo Julián Herranz, quien participó en la reunión de cardenales y obispos de Estados Unidos y de la Curia Romana celebrada entre el 23 y el 24 de abril pasado para afrontar el argumento, considera que «una recta visión jurídica» de la cuestión es capaz de «restablecer serenidad en tantos espíritus turbados».

El presidente del Consejo Pontificio para la Interpretación de los Textos Legislativos hizo estas afirmaciones «a título personal y sin pronunciarse sobre el comunicado final de la reunión mencionada» al dictar una conferencia en la Universidad Católica de Milán el 29 de abril pasado sobre «El Derecho Canónico, ¿por qué?».

Expulsión del estado clerical La «conferencia magistral» del arzobispo español, de la que Zenit ha podido consultar el texto original escrito, deja ante todo claro que el Código de Derecho Canónico prevé claramente la expulsión del estado clerical de aquellos sacerdotes que se manchan con este tipo de pecados y otros referentes al sexto mandamiento.

Ahora bien, recuerda al mismo tiempo que el ordenamiento jurídico de la Iglesia, al igual que cualquier otro, exige el respeto de los derechos fundamentales de todas las personas involucradas, en especial los de las posibles víctimas, los del sacerdote denunciado.

«En los casos extremos –recordó–, ciertos delitos cometidos por los ministros sagrados –que afectan no sólo a esa forma concreta de homosexualidad que es la pederastia– pueden ser castigados con la pena perpetua de la expulsión del estado clerical» (Cf. Código de Derecho Canónico, 1395).

Los sacerdotes también tienen derechos Los castigos canónicos, como prevé el reciente «Motu proprio» de Juan Pablo II «Sacramentorum sanctitatis tutela», promulgado el 5 de noviembre de 2001 sobre delitos o sacrilegios cometidos por sacerdotes, aclaró Herranz, «exigen las garantías necesarias, con una investigación previa regular, la comprobación de los hechos y pruebas de culpabilidad, asegurando al mismo tiempo el derecho a la defensa tanto del acusado como de la víctima».

«Prescindir de estos procesos –que en los casos más graves pueden ser particularmente rápidos– y de otras medidas penales y disciplinarias que deben ser tomadas para prohibir o limitar la actividad de aquellos sacerdotes sobre los que recaen graves indicios de comportamientos de este tipo, denotaría la falta del sentido más fundamental de justicia en relación de todos los sujetos afectados, y de los que podrían serlo en el futuro», alertó.

Simplificaciones indebidas «Siguiendo la ola emotiva del clamor público, algunos proponen la “obligación” de la Autoridad eclesiástica de denunciar al juez civil todos los casos de los que tenga conocimiento, así como la obligación de comunicar al mismo juez civil toda la documentación relativa de los archivos eclesiásticos», constata el presidente del Consejo Pontificio para la Interpretación de los Textos Legislativos.

Al mismo tiempo, constató, «como sucede con la jurisprudencia prevaleciente en los Estados Unidos», algunos exigen «una casi ilimitada responsabilidad jurídica de la Iglesia por cualquier comportamiento delictivo de sus ministros».

Ahora bien, reconoció, «desde mi punto de vista, la justicia exige evitar estas simplificaciones indebidas».

«Es necesario –señaló el arzobispo– tener en cuenta, por una parte, que cuando las autoridades eclesiásticas tratan estos delicados problemas, no sólo tienen el deber de respetar con cuidado el fundamental principio de la presunción de inocencia, sino que deben adecuarse también a las exigencias de la relación de confianza, y del correspondiente “secreto profesional” que es inherente a las relaciones entre el obispos y los sacerdotes que colaboran con él, así como entre los sacerdotes y los fieles».

«La esfera de responsabilidad jurídica de los obispos y de las instituciones de la Iglesia debe ser delimitada en función de lo que con certeza y de manera efectiva se habría podido hacer para evitar un delito –explicó Herranz–, teniendo en cuenta asimismo que, incluso en el caso de clérigos, hay circunstancias y ámbitos de comportamiento que no son controlables, pues no afectan al ejercicio del ministerio, sino que forman parte de la esfera de su vida privada, y de su exclusiva responsabilidad personal».

Evitar la histeria mediática «No cabe la menor duda de que para afrontar esta compleja situación, la prudencia jurídica aconseja — añadió–, incluso a las autoridades civiles, no ceder al clima de sospecha, de acusaciones con frecuencia infundadas, de denuncias muy tardías con sabor a montaje, de aprovechamiento con objetivos económicos de la confusión y del nerviosismo, que con frecuencia acompaña estas oleadas de escándalo público».

«Es necesario evitar con energía –y este es un deber de todos– que algunos pretendan con insistencia echar fango sobre la Iglesia –aseguró–. Es necesario oponerse a las maniobras que pretenden extender las culpas, o al menos las sospechas, a esa aplastante mayoría de sacerdotes –centenares de miles en el mundo– que viven su vocación y ejercen su ministerio en ejemplar fidelidad a Cristo y con generosa abnegación y servicio a las almas».

«Es necesario oponerse a los intentos de quien querría hacer difícil o contestar el trabajo pastoral necesario de los sacerdotes con la infancia y la juventud –insistió–, o desalentar las vocaciones al sacerdocio católico y al ingreso en los seminarios genérica e injustamente difamados».

El prelado concluyó sintetizando en una fórmula su recomendación ante la situación actual: aplicar «la serenidad del Derecho». La justicia, explicó, «ayudará a no ser presa de fáciles emociones y de impresiones superficiales, a no dejarse llevar por el impacto mediático de estos casos dolorosos, así como por simples consideraciones económicas, ni por preocupaciones personales por la propia imagen pública».

«Y lo que es más –concluyó–, hay que evitar tomar estos casos verdaderamente excepcionales –que ciertamente exigen adecuadas medidas de gobierno– como ocasiones para poner en duda los fundamentos de la doctrina y de la disciplina de la Iglesia sobre el sacerdocio. Esta prudencia también es exigida por la auténtica sabiduría jurídica».

Zenit, ZS02050607 Contradicciones profundas en materia de sexo CIUDAD DEL VATICANO, 4 mayo 2002 (ZENIT).- “Abusar de los jóvenes es un grave síntoma de una crisis que afecta, no sólo a la Iglesia, sino a la sociedad en general. Es una crisis profundamente arraigada de la moral sexual, e incluso de las relaciones humanas, y sus primeras víctimas son la familia y los jóvenes”.

Este texto forma parte del mensaje de Juan Pablo II (Cf. Zenit, 23 de abril de 2002) a los cardenales norteamericanos, que fueron convocados a Roma para trabajar en las soluciones al problema de los abusos sexuales por parte de sacerdotes.

Los obispos y los comentaristas han afirmado que uno de los factores, que han contribuido a que se produzcan los abusos sexuales, es el clima general de hedonismo que reina hoy en día. Otros rechazan este argumento, considerando que es un intento de exculpar por lo ocurrido al clero y a los obispos.

El Papa hacía hincapié en ser cuidadosos para no minimizar el mal que suponen estos abusos, calificándolos de “pecado espantoso ante los ojos de Dios”. Juan Pablo II también dejó clara la necesidad de purificación en la Iglesia y que el abusar de los jóvenes resulta incompatible con el sacerdocio o con la vida religiosa.

Al mismo tiempo, el Papa tocó el tema de la crisis de la moral sexual. No se trata de una teoría de determinismo social, o de negar la responsabilidad por lo ocurrido. Ha intentado dejar claro que no es fácil vivir en un ambiente que intenta romper todas las restricciones y tabúes en el comportamiento sexual. Los sacerdotes, y todos los miembros de la Iglesia, tienen que soportar esto, y tienen que vivir con ello, en una sociedad que es muy hostil a la moral cristiana sobre temas sexuales.

Cae la prohibición de la pornografía Mientras el tema de la Iglesia copaba los titulares, hace dos semanas que la Corte Suprema de Estados Unidos tiró por tierra las pretensiones de una ley federal, que intentaba poner restricciones a la pornografía infantil que se distribuye a través de los ordenadores.

El Acta de Prevención de Pornografía Infantil de 1996 “prohíbe temas que no albergan crimen alguno ni crean ninguna víctima en su producción”, escribía el juez Anthony M. Kennedy, en la decisión de la corte, cuya votación dio como resultado 6 votos contra 3, informaba el New York Times el 17 de abril.

Al comentar la decisión, el Fiscal General, John Ashcroft, afirmó que esto hará “todavía más difícil” perseguir la pornografía infantil. La ley pretendía imponer multas a quienes hicieran o poseyeran imágenes que tuvieran algo que ver con pornografía infantil, incluyendo fotografías de adultos que pretendieran mostrarse como menores de edad e imágenes creadas por ordenador que, de hecho, son difíciles de distinguir de las imágenes reales de niños.

La Corte Suprema “ha traicionado a los niños y los hace vulnerables a los depredadores sexuales”, decía en un comunicado de prensa Jan LaRue, director del Consejo de Investigaciones Legales para la Familia Juan Miguel Petit, ponente especial de las Naciones Unidas para el tema de la venta de niños, prostitución infantil y pornografía infantil, y Abid Hussain, ponente especial para la libertad de opinión y de expresión, expresaron también su preocupación.

En un comunicado de prensa, los dos funcionarios de las Naciones Unidas indicaron: “Cualquier imagen que haga de los niños objetos sexuales es sumamente dañina para todos los niños. Estamos intentando desesperadamente transmitir el mensaje de que la explotación sexual de niños es algo erróneo, pero el legitimar el derecho a gozar con fantasías visuales de esta naturaleza compromete los esfuerzos de todos los que están luchando para proteger a los niños”.

Robert Bork, antiguo juez federal de la corte de apelación y abogado general de los Estados Unidos, escribía sobre este asunto el 23 de abril en el Wall Street Journal: “Parece de simple sentido común pensar que las imágenes gráficas de niños en actos sexuales darán como resultado que se produzcan actos por parte de los pedófilos”, indicaba Bork. “La Corte puntualiza que el problema de esta declaración es que “los precedentes establecen… que este tema, que está dentro del derecho de los adultos a escuchar, no debería silenciarse en un intento de salvar a los niños del mismo”.

Bork continuaba: “Todo lo que se protege es el derecho de cada individuo a satisfacer sus deseos, sin importar qué tenga como base dicha satisfacción, sin tener en cuenta los derechos de los demás o la salud de la sociedad”. Al asumir esta postura “la corte perjudica seriamente los esfuerzos de la comunidad para conserva un ambiente moral y estético satisfactorio”, concluía.

Defender a los niños del sexo Muchos han mostrado también su preocupación por la noticia de la próxima publicación del libro de Judith Levine: “Dañino para los Menores de Edad: los Peligros de proteger a los Niños del Sexo”. Según un reportaje de ABC, el libro defiende la idea de que proteger a los niños del sexo puede hacer más daño que bien. El texto tiene un prólogo de la Cirujano General de la Era Clinton, la Dr. Joycelyn Elders.

“Dañino para los Menores de Edad” defiende que el sexo es una parte del crecimiento de los niños y adolescentes, y que no todo encuentro sexual con adultos es necesariamente traumático para los menores. Levine cita a continuación las leyes holandesas sobre el consentimiento sexual. En 1990, el parlamento holandés legalizó el sexo entre adultos y niños desde los 12 años de edad, siempre y cuando haya un consentimiento mutuo.

El libro de Levine “es parte de un movimiento más amplio dentro para promover ‘la libre expresión sexual de los niños’”, advertía el Washington Times el 19 de abril. El periódico continuaba subrayando los numerosos estudios académicos publicados recientemente sobre los “derechos sexuales” de los niños.

Tales afirmaciones molestan a Claire Reeves. La presidenta y fundadora de Madres contra el Abuso Sexual advierte que la defensa intelectual de la pedofilia crea “una enorme preocupación” porque puede ser como “una luz verde” para quienes podrían molestar a los niños.

Levine recibió un fuerte apoyo desde el New York Times, que publicó un reportaje “amistoso” sobre su libro, afirma Robert H. Knight, director del Instituto para la Cultura y la Familia. Escribiendo en el Washington Times el 24 de abril, Knight observaba que el artículo del New York Times contrasta con la reacción de “enfado” de los críticos de Levine, que están en “contra de una posición a favor de la pedofilia fría y razonada”.

Existen más ejemplos de contradicciones culturales. Basta tomar algunos periódicos que condenan a la Iglesia por los abusos sexuales a adolescentes por parte de sacerdotes. Con anterioridad, estos mismos periódicos arremetían en sus editoriales contra los Boy Scouts por querer excluir de sus puestos directivos a homosexuales declarados. Después de que el Tribunal Supremo fallara a su favor, los Scouts tuvieron que hacer frente a una campaña de presión por parte de ciertos grupos que buscaban que se les castigase económicamente por su política contra los homosexuales.

Otro ejemplo es la industria pornográfica. Un estudio, citado por el Times de Londres el 24 de abril, estimaba que las ganancias anuales de esta industria en 1998, sólo en Estados Unidos, alcanzaban entre 10.000 y 14.000 millones de dólares. Y se considera que ésta es una estimación a la baja. Esto significaría que la gente en Estados Unidos gasta más en pornografía que en todo el resto de artes plásticas en conjunto, hacía notar el Times.

La actitud de esquizofrenia que tiene la sociedad hacia el sexo resulta evidente en los mass media. Cine, música, publicaciones, vídeos y televisión exaltan de modo unánime el sexo y presentan imágenes cada vez más explícitas. Los tribunales defienden estas prácticas bajo la tutela legal de la libertad de expresión. Se supone que, de algún modo mágico, todo esto no tiene ningún efecto negativo en la forma de actuar de la gente.

La crisis de la Iglesia en el tema de los abusos sexuales forma parte de un problema más amplio. Mientras la sociedad escudriña cómo la Iglesia intenta hacer que estos abusos no se repitan, haría bien en repasar sus propias consideraciones sobre cierto tipo de relaciones sexuales.

Zenit, ZSI02050401 Los equívocos de un escándalo. La prensa y los abusos sexuales de sacerdotes Diego Contreras, Aceprensa 58/02, 1.V.02 La prensa de Estados Unidos no ha inventado el escándalo de los sacerdotes acusados de abusos sexuales. Pero, en su mayor parte, tampoco ha presentado un cuadro certero del problema. Ha invocado (con razón) la transparencia en esta delicada cuestión, pero al mismo tiempo ha omitido o censurado datos. Es la diferencia entre quienes desean que la crisis sirva para mejorar y quienes solo ven en ella una oportunidad para humillar a la Iglesia. Entre quienes piensan que el escándalo solo se supera siendo más católicos y quienes lo usan para justificar un catolicismo vacío de contenidos.

Desde 1985 suelen aparecer periódicamente a la luz pública en Estados Unidos algunos casos de abusos cometidos por sacerdotes. La diferencia es que ahora el vendaval parece imparable. Desde finales de enero, la imagen pública de la Iglesia católica en Estados Unidos se ha identificado con la de una institución que encubre a criminales. A duras penas han encontrado espacio otras noticias de la Iglesia. Es una reacción muy distinta a la que caracterizó el 11 de septiembre, cuando los comentaristas no se cansaban de insistir –oportunamente– en lo injusto que sería identificar a todos los musulmanes con los terroristas. Ahora, casi nadie ha recordado que los crímenes y errores de unos pocos no se pueden extender a los 46.000 sacerdotes de Estados Unidos. Más bien al contrario: no han faltado quienes sostienen que la causa es el mismo clero y sus reglas, por lo que abogan por reformas como la supresión del celibato, la ordenación de mujeres, el sacerdocio de casados,… Los meses transcurridos desde el inicio de esta campaña ofrecen una perspectiva suficiente para sacar algunas conclusiones sobre cómo se está abordando la cuestión. Y un primer dato es que en la presentación de las informaciones y de los comentarios se ha producido una especie de “metonimia global”, un tomar el todo por la parte, que ha viciado en su origen la comprensión del problema.

Hasta ahora, solo algunos comentarios marginales han puesto de relieve que la crisis no es de “sacerdotes pederastas” (pedophile priests), como se ha escrito hasta la saciedad, sino de “sacerdotes homosexuales”. De las decenas de casos ventilados hasta la fecha, parece que son cuatro los que habrían tenido como víctimas a niños varones en edad pre-pubertad (que es lo que define al pederasta). La gran mayoría de los abusos se refieren a adolescentes que rondan los 16-17 años (que son un target de los homosexuales), mientras que los restantes son abusos cometidos contra mujeres.

En el fondo, es comprensible que no se haya identificado como “problema homosexual”, pues de lo contrario un buen número de los comentaristas que se han rasgado las vestiduras no hubieran podido escribir nada. La razón es que ellos mismos, o sus periódicos, apoyaron en su día propuestas, como la británica, para bajar a 16 años la edad de consentimiento para relaciones homosexuales. Y que muchos de ellos también manifestaron su desdén cuando el Tribunal Supremo de EE.UU. dio la razón a los Boy Scouts en su oposición para admitir gays en sus filas.

Que la cuestión central no es la pederastia lo confirma el único estudio científico sobre el problema, publicado en 1996 por el sociólogo protestante Philiph Jenkins, de la universidad de Pennsylvania (1). En esas páginas se recogen datos referidos a Chicago según los cuales solo uno de los 2.252 sacerdotes que trabajaron en la diócesis durante el periodo 1963-1991 resultó pederasta, mientras que el total de los que presumiblemente habían cometido abusos sexuales ascendía a cuarenta y uno (el 1,8 %). Esas cifras indican una incidencia menor que las de la sociedad en su conjunto. Desde luego, un solo caso ya es indignante, pero de lo que se trata ahora es de señalar que los abusos de niños no son precisamente un “problema católico”, como machaconamente se está diciendo.

Si el núcleo del problema es la presencia de homosexuales entre el clero, para solucionarlo de raíz habría que cuidar, ante todo, la selección de los candidatos al sacerdocio y volver a reafirmar que los homosexuales no son idóneos para el ministerio.

Hay que añadir, de todas formas, que ha tenido gran eco en la prensa el dato de que la mayoría de los casos de abuso de los que se habla tuvieron lugar entre la mitad de los años sesenta y mitad de los ochenta. No consta ningún caso del año pasado, y solo uno del año 2000. Eso quiere decir que los años más tumultuosos coinciden con la época libertaria de confusión postconciliar, y que la gravedad del fenómeno está decreciendo, también gracias a las medidas adoptadas.

Se hablará de medidas y de reformas, pero al final, como escribe el biógrafo de Juan Pablo II, George Weigel, quedará siempre claro que se trata de “una crisis de fidelidad”, que no se resolverá adoptando un catolicismo light, que ha sido precisamente la causa. “El camino para una genuina reforma es que la Iglesia se vuelva más católica, no menos” (Los Angeles Times, 26 de abril).

(1) Philiph Jenkins. Pedophiles and Priests. Anatomy of a Contemporary Crisis. Oxford University Press (1996).

¿Sirve el matrimonio para curar las perversiones o las inclinaciones desviadas? Enrique Cases, Revista ARVO, V.02 En bastantes comentarios de los medios -incluso los de teórica inspiración cristiana- sobre el lamentable asunto de los sacerdotes pederastas, es penoso ver que a estas alturas todavía se refieren al Matrimonio como remedio de los desafueros sexuales, remedio de la concupiscencia, se decía antaño. Para evitar pederastia o aumentar el número de sacerdotes: ¡curas al matrimonio! Ahora bien, el Matrimonio ¿sirve para curar algo?. El Matrimonio es una comunión de vida y amor, el lugar más adecuado para nacer rodeado de afecto verdadero y de entrega sin reservas, queridos por lo que “somos”, no por lo que “tenemos”. La reducción del matrimonio a remedio de la concupiscencia quizá se deba a un desarrollo deforme de la afectividad y de mirarla con un objetivo minúsculo, cuando no deformado. El Matrimonio es la institución que protege el amor y la vida; por eso el derecho vela para que no se den abusos, y Cristo instituyó un sacramento para fortalecerlo y elevarlo a cumbres antes impensables.

¿Sirve el Matrimonio para curar las perversiones o las inclinaciones desviadas? Sería cuestión de hacer un muestreo y un estudio sincero, cosa nada fácil, pero se puede decir con bastante aproximación que las perversiones no se curan con el matrimonio. Tendrán que seguir otros caminos, como el psiquiátrico, u otros. En el caso de la pederastia pienso que claramente la vida muestra que no se cura con el matrimonio; por otra parte más que casos de pederastia se ve que -los de los escándalos recientes- han sido casos de homosexualidad, cosa que se calla porque el lobby homosexual es fuerte y quiere que se considere normal ésta práctica. Tampoco se curan los incestos porque el familiar esté casado, y precisamente éste es el problema, que, por cierto, va in crescendo.

¿Suprimir el celibato será solución para los que padezcan tales situaciones? No creo. ¿Entonces por qué se plantea a raíz de estos escándalos en USA? Es como si para resolver una epidemia de gripe se recomendase multiplicar las operaciones de corazón, que en sí son muy eficaces. Una cosa no va con la otra. Es conveniente la sinceridad. La pregunta valerosa sería: ¿Se vive mejor la castidad según la Ley de Dios en el Matrimonio que en el celibato? La respuesta es clara visto el número de hijos por familia, las prácticas anticonceptivas, el preservativo en las escuelas, el auge exponencial de la prostitución, el aumento de las separaciones, los adulterios, la precocidad, etc.. La respuesta es tan obvia que da vergüenza plantear la cuestión.

¿No será que falta fe? ¿No dijo Jesús que no todos entienden estas palabras? Vale la pena recordar las palabras de San Pablo sobre la virginidad y el matrimonio y se obtendrán luces inequívocas para un cristiano. Es muy posible que se de un cruce de dos problemas. Primero un mal uso de la libertad que ha llevado a abusos de todo tipo en cuanto a pornografía, literatura repugnante y obsesión pervertida en todos los medios de comunicación: TV principalmente, cine, hasta radio y teléfono. Pienso que las autoridades tendrán que plantearse alguna medida para proteger a los menores, y a los normales, de los pervertidos; y no limitarse a actuar sólo cuando el abuso sea irreparable. Luego, que los pensadores y creadores de éticas para todo en cinco minutos, utilicen la mente para pensar en serio.

Después, recordar que sin la Gracia santificante no se puede salir adelante, especialmente en este tema, como se apunta muchas veces en la Biblia y en la experiencia cristiana. Sería bueno dejar en paz a los sacerdotes y a los religiosos con el celibato. Contemplen ustedes la situación de los protestantes, que no tienen ministros de la palabra suficientes, ni casados ni sin casar. Y sobre todo, si es verdad, que lo es, lo que Juan Pablo II dice: que el sacerdocio es “un don que es menester pedir de rodillas”, rezar de verdad que es lo que conducirá a una nueva leva de hombres íntegros, a la medida del Corazón de Cristo, que es lo que se pretende. ¿O no? Señor cura, tóqueme Juan A. Herrero Brasas, El Mundo, 25.III.02 Tras una violenta diatriba anticatólica, el pastor fundamentalista invita a subir a la zona del altar a una angelical niña de melena rubia y ojos azules, mientras grita atronadoramente: «¿Dejaremos que la Iglesia católica ponga sus manos sobre esta niña?». Enseguida se forma un griterío entre los asistentes al servicio dominical: «¡No! ¡no! ¡nunca! ¡de ninguna manera!». Una mujer corre hacia la niña y la abraza llorando, mientras grita «¡no lo consentiremos! ¡jamás! ¡pobrecita!». La niña, que no entiende lo que está pasando, también se echa a llorar y lo mismo otras mujeres y otros niños, mientras los demás siguen gritando como en un ataque de histeria colectiva. Este es el tipo de escenas que se produce estos días en EEUU como resultado de las acusaciones de pedofilia contra una serie de sacerdotes. La derecha protestante fundamentalista, políticamente poderosa y tradicionalmente anticatólica, está haciendo el agosto. Las acusaciones de abuso sexual de menores se han convertido ya en un auténtico acto de difamación colectiva contra el clero católico.

No hay ninguna duda de que a lo largo de los años se han producido casos de abusos sexuales graves por parte de sacerdotes con menores (generalmente tocamientos). Tampoco hay duda de que ello es totalmente inadmisible y debe ser impedido por todos los medios por las autoridades eclesiásticas, y castigado adecuadamente por la ley. Y las víctimas de esos abusos tienen derecho a la solidaridad social. Pero también es verdad que dichos abusos ocurren en todo colectivo humano y profesional, y probablemente en otros más que en el sacerdocio. ¿Qué, es pues, lo que está dando lugar al presente escándalo en Estados Unidos? La legislación norteamericana no hace distinción alguna entre el abuso sexual de niños propiamente hablando («pedofilia»), y las relaciones entre adolescentes mayores de 14 o 15 años y adultos («pederastia»). Mientras que la pedofilia es universalmente considerada criminal, las relaciones intergeneracionales de tipo pederasta han sido y aún hoy son habituales en muchas culturas. En EEUU cualquier relación con un menor de 18 años es automáticamente catalogada de violación y entra en la categoría de pedofilia. En el caso actual, la gran mayoría de las acusaciones corresponden a casos de pederastia propiamente hablando, no de pedofilia. El total de sacerdotes acusados ronda los 100 a lo largo de unos 40 años. Es decir, 100 sacerdotes de entre más de 100.000. Hasta el momento, los casos probados son pocos. Gran parte de las acusaciones hacen referencia a episodios esporádicos ocurridos hace 20 y hasta 30 años, y la palabra de quien acusa es generalmente la única prueba. Sin restar gravedad al asunto, también hay que señalar que en las últimas dos décadas, la Iglesia católica de EEUU se ha convertido para muchos en la gallina de los huevos de oro.

Basándose en dudosos recuerdos de infancia o adolescencia, los tribunales han impuesto el pago de compensaciones astronómicas a las víctimas de abuso sexual. Tales compensaciones son especialmente tentadoras cuando el individuo que cometió real o supuestamente el agravio está respaldado por una institución (responsable subsidiaria) que puede hacer efectivas dichas cantidades. En realidad, las acusaciones contra los sacerdotes son sólo un capítulo más en lo que se ha dado en denominar el «Movimiento de la memoria recuperada», un movimiento ya institucionalizado del que forman parte abogados y psicólogos «expertos» en ayudar a las «víctimas» a recordar episodios de abuso sexual en su infancia. Después todos se reparten las compensaciones.

Esto, como es lógico, da lugar a todo tipo de fraudes. Y la Iglesia católica se ha convertido en objeto predilecto de chantajistas. En 1994, el cardenal J. Bernardin de Chicago fue objeto de una acusación de este tipo. Un hombre de 34 años enfermo de SIDA acusó a Bernardin de haberse sobrepasado con él cuando era adolescente, por lo que exigía una compensación de varios millones de dólares. El acusador, ya en su lecho de muerte, reconoció que la acusación había sido inventada. Ayer leía en las noticias que un tal Luis Guzmán, joven neoyorquino de 22 años, acusa de haberle metido mano a los 17 años de edad a un cura con quien supuestamente se emborrachó una noche. Cinco años después, y al calor del presente escándalo, exige 100 millones de dólares en compensación por el terrible trauma que ello le ha causado. Es sólo uno más de los casos.

Seamos sinceros, por semejante cantidad ¿quién no estaría deseoso de que un cura le tocara el culo? Juan A. Herrero Brasas es profesor de Etica en la Universidad del Estado de California.

El celibato y los abusos sexuales de los sacerdotes Javier Abad Gómez, El País (Colombia), 27.IV.02 Es lógico que las noticias sobre los abusos sexuales de algunos sacerdotes en los Estados Unidos hayan suscitado un mar de tinta en los periódicos y de minutos en la televisión. No es para menos, máxime cuando se trata de personas que, por su posición moral, deberían mostrar una conducta ejemplar. Los sacerdotes somos hombres que debemos rendir cada día cuenta de nuestra actuación a quien la solicite, ya que nuestra vida está siempre abierta al escrutinio de los demás. Después, lógicamente, de la mirada de Dios. Por eso duele tanto la infidelidad personal de quienes están llamados a una conducta digna y ejemplar. Lo dice el Papa en su carta a los sacerdotes el Jueves Santo de este año: “En cuanto sacerdotes, nos sentimos en estos momentos personalmente conmovidos en lo más íntimo por los pecados de algunos hermanos nuestros que han traicionado la gracia recibida con la Ordenación, cediendo incluso a las peores manifestaciones del mysterium iniquitatis que actúa en el mundo. Se provocan así escándalos graves, que llegan a crear un clima denso de sospechas sobre todos los demás sacerdotes beneméritos, que ejercen su ministerio con honestidad y coherencia, y a veces con caridad heroica”. Y, más claramente aún, ante los 13 Cardenales de los Estados Unidos: “La gente debe saber que no hay cabida en el sacerdocio ni en la vida religiosa para aquellos que podrían hacer daño a los jóvenes”.

Lo que sorprende en los comentarios de prensa es la insistencia en que la Iglesia, por ello, debería suprimir la imposición del celibato sacerdotal. Es una conclusión equivocada. En primer lugar, porque la Iglesia no impone el celibato a nadie. Hacerlo sería un ultraje al derecho natural. Cada persona es libre de elegir su propio estado de vida y sólo tiene que responder ante Dios de su elección. Otra cosa es que la Iglesia contemple, en su sabiduría, entre las señales de vocación sacerdotal, la previa recepción del don del celibato.

Otro equívoco es la relación que se quiere establecer entre el celibato y los desahogos de carácter sexual, incluso aberrante. El celibato, que tantos sacerdotes amamos y que constituye una fuente de felicidad, no es una carga, sino un don de Dios, que lleva añejas las gracias para ser vivido con altura y generosidad.

Los sacerdotes que fallan no lo hacen por razón del celibato. ¿Cómo se explicaría entonces que la mayoría de violaciones de niñas y de niños tiene lugar en sus propios hogares y entre sus mismos parientes? Con la máxima frecuencia se trata de padres, padrastros, compañeros de sus propias madres. Es decir, hombres casados o unidos maritalmente, con una vida sexual activa. No hay base científica ni sociológica que permita afirmar que sea la abstinencia sexual la que incita a la pedofilia o a la aberración sexual. Muy al contrario. Es la incontinencia la que genera deseos de satisfacción que buscan desahogo en formas cada vez menos humanas. Y esto, lamentablemente puede afectar a cualquier persona que no se decide a ejercer, con generosidad, el dominio sobre su propia sexualidad.

Facebooktwittergoogle_pluspinterestlinkedinmailFacebooktwittergoogle_pluspinterestlinkedinmail