¿Siempre de acuerdo con el Papa?

—Entiendo que los que no son católicos pueden estar o no de acuerdo con lo que diga el Papa. Pero, ¿y los católicos? ¿deben estar de acuerdo siempre y en todo?

El Romano Pontífice habla “ex cathedra” y goza por tanto de infalibilidad en razón de su oficio cuando, como supremo pastor y doctor de todos los fieles, proclama de una forma definitiva la doctrina de fe y costumbres. En esos casos, el Romano Pontífice no da una sentencia como persona privada, sino que, en calidad de maestro supremo de la Iglesia universal, en quien singularmente reside el carisma de la infalibilidad de la Iglesia misma, expone o defiende la doctrina de la fe católica.

En el n. 25 de la Constitución Lumen Gentium, del Concilio Vaticano II, se señala también que los que somos católicos debemos aceptar con respeto el magisterio auténtico del Romano Pontífice aun cuando no hable “ex cathedra”, de tal manera que aceptamos con reverencia su magisterio supremo y con sinceridad prestamos adhesión al parecer expresado por él, según su manifiesta mente y voluntad, lo cual se deduce o se concluye principalmente por la índole de los documentos, por la frecuente proposición de la misma doctrina, o por la forma de decirlo.

A la vez, es obvio que, como es natural, con frecuencia los documentos magisteriales de los Papas presentan además otro tipo de consideraciones: referencias a hechos históricos y a la cultura del momento, observaciones sobre cuestiones relativas a las ciencias, exhortaciones y sugerencias para la vida espiritual,  etc., que han de recibirse con respeto y afecto, pero que por su misma naturaleza no piden una adhesión en sentido estricto, salvo que en algún caso, por su relación con la fe o la moral, el tenor de la enseñanza lo requiera.

Es decir, se puede ser un buen católico y disentir de algunas apreciaciones o consideraciones hechas al hilo de lo que es propiamente la enseñanza magisterial, pero, si son efectivamente buenos católicos, deben expresarlo con prudencia y respeto, y evitando que esto les lleve a ignorar o a desaprovechar la gran riqueza espiritual que contienen las palabras de los Papas.

Alfonso Aguiló

Alfonso Aguiló, “Reflejos humanos”, Hacer Familia nº 241, 1.III.2014

El lunes 20 de enero de 2014 era festivo en EEUU porque se conmemoraba el nacimiento de Martin Luther King. Ese día, Tyler Doohan, aprovechando el puente, preguntó a su madre si podía pasar la noche en el remolque donde vivía su abuelo.

Su madre se lo permitió y aquel día fue a dormir a la caravana donde residía Louis Beach, el abuelo de Tyler, en Penfield, un suburbio de Rochester, en el estado de Nueva York. Con aquel hombre, de 57 años, vivían diversos parientes en situación de necesidad y él los acogía en su modesta vivienda. A veces llegaban a ser diez o más personas las que habitaban aquel tráiler, incluidos varios nietos y bisnietos suyos.

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Alfonso Aguiló, “Postureo”, Hacer Familia nº 240, 1.II.2014

Observo que la palabra “postureo” es un término acuñado recientemente y usado especialmente en el contexto de las redes sociales y las nuevas tecnologías, para expresar formas de comportamiento y de pose que suelen ser más por imagen o por las apariencias que por otras motivaciones.

Parece que este neologismo aún no tiene registro en los diccionarios, pero no por eso deja de tener una amplia presencia, sobre todo en la plaza pública virtual, para impresionar a quienes te ven, te leen o te escuchan, y llegar al mayor número posible de personas.

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Alfonso Aguiló, “El fantasma de Canterville”, Hacer Familia nº 239, 1.I.2014

“El fantasma de Canterville” es una simpática parodia de los relatos de terror escrita por Oscar Wilde en 1887.

Un embajador norteamericano llamado Hiram B. Otis se traslada con su familia a un castillo recién comprado en un hermoso lugar en la campiña inglesa a siete millas de Ascot, al sur de Londres. El dueño anterior, Lord Canterville, que no quería engañarle, le avisa de que en el castillo habita un fantasma desde hace más de trescientos años, y que en todo ese tiempo nadie ha logrado vivir en paz en aquel lugar.

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Alfonso Aguiló, “Saberse vulnerables”, Hacer Familia nº 238, 1.XII.2013

“El caudal de las noches vacías” es la última novela de Mercedes Salisachs, que ha escrito con gran dificultad, a sus 96 años y aquejada de una grave enfermedad. La autora ha explicado que quiso escribir esta obra postrera porque tenía necesidad de hablar sobre una situación que observa cada vez con más frecuencia en las relaciones entre hombre y mujer.

El protagonista, Guillermo, es un sacerdote comprometido con su labor pastoral, con dotes literarias y don de palabra, atractivo, culto, pero un poco imprudente, que un buen día se encuentra aceptando, sin un motivo muy claro, ser profesor particular del hijo de una adinerada mujer divorciada. Sin pensarlo mucho tampoco, acepta poco después la invitación de esa mujer para pasar las vacaciones con ellos y así continuar la educación del hijo, que ha experimentado un enorme progreso gracias a las indudables cualidades de su nuevo profesor. Cuando quiere darse cuenta, Guillermo se ha convertido en el hombre de moda de los encuentros sociales de la clase alta de la ciudad. Poco a poco, su segura religiosidad y sus claros principios morales se van resquebrajando ante la sensualidad y el glamour de la mujer y de su entorno. En paralelo, vemos la trayectoria de su mejor amigo, un sacerdote llamado Esteban, que opta por el camino contrario y busca una vida de mayor austeridad y entrega a los demás.

No es difícil adivinar quién acaba mejor. La novela describe con habilidad ese tipo de enamoramientos que son un autoengaño disfrazado de amor, una solemne trampa. Es verdad que el enamoramiento es una fase maravillosa que puede llevar a descubrir y a afianzar el verdadero amor. Pero también puede ser un estado de elipsis donde los sentidos cobran demasiada relevancia y el raciocinio se ofusca con sensaciones que nublan la mente y eclipsan la sensatez.

Guillermo se da cuenta de los riesgos que corre, se da cuenta de que se engaña, pero se engaña a su vez pensando que es algo que puede controlar, se cree más fuerte de lo que en realidad es. Se aventura en caminos y enredos que casi siempre nacían de la vanidad, del dejarse llevar por impulsos poco rectos, de reflejos que convertían simples corazonadas en realidades infalibles. Es la historia de una infidelidad a lo que más apreciaba, la historia de cómo una persona inteligente y cultivada se va engañando poco a poco, de cómo las ideas claras son extremadamente vulnerables cuando una persona se deja envolver por la efusión del sexo, el poder, el lujo o la vanidad. La historia de la importancia de proteger nuestros puntos débiles. Porque uno puede resistir largo tiempo, pero luego, por unos cuantos descuidos, caer en el abismo.

Cada persona debe construir una defensa en torno a sus puntos más vulnerables. Debe aprender de los tropiezos de otros, aprender a verse capaz de cometer los mismos errores que nos sorprenden tanto en los demás y en los que quizá a nosotros nos parece imposible caer. Saber que los halagos de cualquier vicio pueden ensombrecer nuestra razón igual que ha sucedido con otros. Detectar el fatalismo que rodea a esos engaños, que tantas veces son objetivamente absurdos o inviables pero que están avalados por la sinrazón que se ha apoderado de la persona.

Se puede tener una excelente formación y una excelente tranquilidad y seguridad pero, si no se sabe controlar el corazón, cualquiera puede verse arrebatado por la locura de unos cuantos descuidos, que parecían perfectamente controlados, pero que acaban llevando a decisiones desastrosas. Cuántos desencantos producidos tras la explosión impactante de un cuerpo perfecto, o de una mirada abrasante, que tienen un “después” frustrante: porque en la pasión humana, la rutina siempre acecha, y fácilmente acaba por desentronizar lo que la mirada logró en su día entronizar.

Reconocer la propia debilidad, saberse frágiles, alejar la altivez de esa prepotencia que nos hace exponernos a situaciones que quizá podemos superar habitualmente pero que no dejan de ser una temeridad innecesaria. Todo eso nos ayuda también a comprender los errores de los demás, incluso los que quizá nos parecen menos razonables, y guardar distancia con lo que vemos que ha perdido a otros.

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Alfonso Aguiló, “El pensamiento automático”, Hacer Familia nº 237, 1.XI.2013

Suele llamarse “pensamiento automático” a ese conjunto de ideas que surgen en nosotros de forma espontánea, son de formulación sencilla y están profundamente arraigadas, de modo que afloran en nuestra mente sin apenas deliberación y sin oponer sentido crítico. Es muy habitual que esos pensamientos no se reconozcan como tales sino se profundiza bastante en el propio conocimiento, normalmente con la ayuda del contraste con personas que nos conocen bien y nos ayudan a descubrirlos.

Por ejemplo, son muy frecuentes en cuestiones como las valoraciones negativas sobre uno mismo o sobre otras personas, o en nuestra opinión sobre determinadas situaciones o ambientes. El miedo al ridículo es otro ejemplo muy claro. La convicción de que a uno se le da mal determinado asunto, sin haberlo contrastado objetivamente, es también otro caso bastante habitual. O la idea de si caemos bien o mal alguien, o de si nos cae bien o mal a nosotros, o de si es apropiada o no determinada actuación. Son pensamientos que reflejan una valoración no objetiva que surge de modo automático sobre una cuestión que, con mucha frecuencia, es vista desde fuera de modo muy diferente.

El pensamiento automático no tiene por qué verse inicialmente como algo negativo. No podemos hacer una gran deliberación para cada pequeña decisión que tomamos. La mayoría de las cosas que hacemos se fundamentan en apreciaciones que hemos aprendido a hacer muy rápidamente y con un automatismo que resulta imprescindible, de la misma manera que subimos una escalera o nos bajamos del coche con un movimiento automático, sin pensar en cómo tenemos que adelantar la pierna o darnos impulso.

Lo malo del pensamiento automático es cuando nace de un dogmatismo interior plagado de respuestas automáticas a cada información que nos llega, con gran resistencia a analizar personalmente su contenido, quizá porque nos falta el coraje intelectual necesario para remar contra la corriente establecida.

Resistirse al pensamiento automático habitual supone plantearse de vez en cuando si debemos decir algo diferente de lo que se espera que digamos, porque quizá nos hemos encuadrado o nos han encuadrado en un conjunto de ideas a las que se supone que debemos total acatamiento. Significarse contra el pensamiento dominante de nuestro entorno, sea una entorno muy pequeño o muy grande, puede ser una muestra de personalidad, pero también puede ser muestra de falta de personalidad, depende de por qué lo hagamos, de si lo hacemos con convicción y rectitud o lo hacemos por motivos mucho menos elevados. En todo caso, el miedo a quedarnos solos sosteniendo una opinión, si esa opinión ha sido realmente madurada y purificada de intereses poco rectos, es un miedo que debemos superar, sea un miedo pequeño o grande, pues quizá hay veces en que esa soledad es condición propia del pensamiento intelectual libre de automatismos como actos reflejos de respuesta.

La idea de alinearse con “los míos” ante casi todo, suele ser una muestra de haberse rendido al pensamiento automático, ya sea en el ámbito político, deportivo, cultural, religioso, laboral, familiar o en lo que sea. Lo normal es que coincidamos en muchas cosas con los que nos resultan más próximos por un motivo o por otro, pero lo que no sería normal es que coincidiéramos siempre y en casi todo, porque eso sería muestra de haber renunciado a tener criterio propio. Superar el pensamiento automático debe ser un acto de rectitud y de valentía, no de orgullo tonto de significarse ante los demás, ni de afán de comodidad, o de llevar la contraria, o de presentarse como original. Y por supuesto debe ser empleado con sensatez y oportunidad.

Se trata de luchar contra el pensamiento polarizado, que nos impide observar las cosas desde diferentes perspectivas. De evitar la tendencia a generalizar situaciones a raíz de una situación aislada. De no pensar siempre como se espera que pensemos y, al tiempo, no creerse tontamente por encima del pensamiento de los demás, ni caer en la oposición automática. En fin, como casi siempre, una cuestión de equilibrio personal que cada uno tenemos que buscar.

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Alfonso Aguiló, “Enfadarse”, Hacer Familia nº 236, 1.X.2013

Un chico joven tenía un carácter bastante violento. Quería corregirse pero no lo lograba. Un día su padre, que tenía mucha confianza con él, le propuso una idea. Le dijo que clavara un clavo en la cerca del jardín cada vez que perdiera la paciencia y se enfadara con alguien. El primer día, llegó a clavar 37 clavos. Durante las semanas siguientes, a medida que aprendía a controlar su mal genio, tenía que clavar cada vez un número menor. Fue descubriendo que no era tan difícil controlar su carácter.

Finalmente, llegó un día en que logró no tener que clavar ningún clavo en la cerca. Se lo dijo a su padre, con satisfacción. Su padre le propuso entonces una nueva etapa: que quitara un clavo de la cerca del jardín por cada día durante el cual no hubiera perdido la paciencia, a ver si era capaz de quitarlos todos y en cuánto tiempo. Pasaron los meses y finalmente el joven pudo decirle un día a su padre que ya no quedaba ningún clavo en la cerca.

Se acercaron juntos a verlo. El hombre se quedó pensativo, pues no quería dar lecciones a su hijo, sino ayudarle a pensar. Finalmente le dijo: “Hijo mío, ha sido un gran logro, sin duda, y mereces mi enhorabuena. Pero mira cuántos agujeros hay en la cerca del jardín. Esta madera ya no está como antes, está medio deshecha. Algo parecido sucede con las personas. Cada vez que te enfadas con alguien y le dices algo desagradable, dejas una herida, como sucede en la madera cada vez que introduces un clavo. Cuando pierdes la paciencia, dejas cicatrices como las que ves ahora en esta madera. Aunque pidas disculpas, aunque te perdonen, el daño está hecho. Hay que quitar los clavos, pero sobre todo hay que procurar no clavarlos, no herir.” Para lograr no enfadarse hace falta energía para alcanzar una buena relación con cada persona; y luego, también, energía para mantenerse en ese empeño, que es lo que constituye la paciencia, una virtud un tanto desprestigiada por algunos que la ven como si fuera sumisión, victimismo o debilidad, cuando la realidad es que la debilidad está más frecuentemente en la falta de control de uno mismo, y el victimismo y la sumisión en el rendirse al propio mal carácter.

Tomás de Aquino decía que “por la paciencia se mantiene el hombre en posesión de su alma”. Y que paciente es el que “no se deja arrastrar por la presencia del mal a un desordenado estado de tristeza”. Y que la paciencia preserva al hombre del peligro de que su espíritu “sea quebrantado por el abatimiento y pierda su grandeza”.

Por la paciencia se aprende a andar por la vida sabiendo que todo lo grande es fruto de un esfuerzo continuado, que cuesta y que necesita tiempo. Hay una paciencia con uno mismo, que tiene gran importancia para la formación y la maduración de cada uno, que lleva a saber esperar sin perder la calma y a perseverar en el camino emprendido sin desanimarse. Hay otra paciencia con los demás, sobre todo con los más cercanos. Podría hablarse también de paciencia con la realidad, porque si queremos cambiar el mundo que nos rodea necesitamos mucha paciencia, y saber soportar los reveses sin amargura, sin perder la serenidad, con firmeza: por la paciencia el hombre se hace dueño de sí mismo, aprendiendo a fortalecerse en medio de las adversidades. La paciencia trae paz y serenidad interior, hace al hombre capaz de ver la realidad con visión de futuro, sin quedarse enredado en lo inmediato, y le permite mirar un poco por encima de los acontecimientos del presente, que cobran así una nueva perspectiva.

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Alfonso Aguiló, “El hombre que no tenía camisa”, Hacer Familia nº 235, 1.IX.2013

En las lejanas tierras del norte, hace mucho tiempo, vivía un zar que enfermó gravemente. Reunió a los mejores médicos de todo el imperio, que le aplicaron todos los remedios que conocían y otros nuevos que se fueron inventando, pero, lejos de mejorar, el estado del zar parecía cada vez peor. Le hicieron tomar jarabes y baños de lo más curiosos, aplicaron bálsamos y ungüentos con los ingredientes más insólitos, pero su salud no mejoraba.

Sus riquezas y su poder eran tan inmensos como su tristeza y su desazón. Tan desesperado estaba el hombre, que finalmente prometió dar la mitad de sus posesiones a quien fuera capaz de ayudarle a sanar de las angustias de sus tristes noches. El anuncio se propagó rápidamente, y llegaron médicos, magos y curanderos de todas partes para intentar devolver la salud al monarca, pero todo fue en vano, nadie sabía cómo curarle.

Una tarde, finalmente, apareció un viejo sabio que les dijo el remedio: “Si encontráis a un hombre completamente feliz, podréis curar al rey. Tiene que ser alguien que se sienta completamente satisfecho, que nada le falte y que tenga todo lo que necesita. Vestir su camisa es la cura a vuestra enfermedad.” Partieron emisarios hacia todos los confines del imperio, pero pronto vieron que encontrar a un hombre feliz no era una tarea nada sencilla. Quien tenía salud, echaba en falta riquezas; quien las poseía, carecía de salud; y quien tenía las dos cosas, se quejaba de los hijos, de la mujer o del marido. Nadie se consideraba totalmente feliz.

Finalmente, una noche, muy tarde, un mensajero llegó al palacio. Habían encontrado al hombre tan intensamente buscado. Se trataba de un hombre que vivía humildemente en la zona más árida de sus dominios. El zar se llenó de alegría e inmediatamente mandó que le trajeran la camisa de aquel hombre, a cambio de la cual deberían darle cualquier cosa que pidiera.

Los enviados se presentaron a toda prisa en la casa de aquel hombre para comprarle la camisa y, si era necesario, para quitársela por la fuerza. La impaciencia de todos esperando la vuelta de los emisarios era enorme. Pero, cuando por fin llegaron, traían las manos vacías: el hombre feliz no tenía camisa.

Este antiguo cuento de Tolstói es una de esas historias que tantas veces se han contado a lo largo de los años para hacer reflexionar sobre la poca incidencia que sobre la felicidad tiene el hecho de acumular necesidades. Es un cuento simple, sin duda, pero encierra una filosofía clara, bajo la cual se han formado muchas personas, y con ello se han sentido ayudadas a sortear una multitud de problemas de su vida cotidiana. Estar contento con lo que se puede tener honesta y dignamente, no ansiar tener más y más, como si fuera un gran objetivo vital, buscar la felicidad en cosas sencillas, alejar los sentimientos de envidia o de comparación constante, todo eso son modos de no dejarse atrapar por la desazón propia de la espiral de los deseos insatisfechos.

Cuando nos abrazamos a lo que tanto nos atrae y nos conmueve, muchas veces, abriendo las puertas de par en par a esos deseos, podemos, sin darnos cuenta, caer en la peor de las dictaduras. A veces perdemos cosas importantes por culpa de pequeñas ráfagas de felicidad envenenada, que nos seducen y nos engañan. Nos lo prometen todo, pero luego viene la decepción, y nos encontramos aprisionados por esa opresión de las avideces o de la codicia, a las que quizá en su día nos entregamos en nombre de una engañosa libertad.

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Alfonso Aguiló, “El abuelo y el nieto”, Hacer Familia nº 233-234, 1.VII.2013

El abuelo se había hecho muy viejo. Sus piernas flaqueaban, veía y oía cada vez peor, babeaba y tenía serias dificultades para tragar.

A su hijo y a su nuera, esto les desagradaba cada día más. En una ocasión —prosigue la escena de aquel cuento de los Hermanos Grimm—, cuando le servían la cena, al abuelo se le cayó el plato y se hizo añicos contra el suelo.

La mujer comenzó a quejarse de la torpeza de su suegro, diciendo que lo rompía todo, y que a partir de aquel día le darían de comer en una cubeta de plástico. El anciano suspiraba asustado, sin atreverse a decir nada.

Un rato después, vieron al hijo pequeño manipulando en el armario. Movido por la curiosidad, su padre le preguntó: “¿Qué haces, hijo?” El chico, sin levantar la cabeza, repuso: “Estoy preparando una cubeta para daros de comer a mamá y a ti cuando seáis viejos.”

El marido y su esposa se miraron y se sintieron tan avergonzados que empezaron a llorar. Pidieron perdón al abuelo, y a su hijo, y todo cambió a partir de aquel día. Su hijo pequeño les había dado una severa lección de sensibilidad y de buen corazón.

Los niños poseen unas cualidades innatas para comprender los sentimientos de los demás. También es cierto que no todos vivencian con igual intensidad la tendencia natural a sentir misericordia. No es fácil saber la razón de estas diferencias, pero muchos sostienen que los niños peor tratados en su casa suelen mostrar menor interés por el dolor de otros, y que son los padres quienes más pueden hacer en la niñez por combatir ese virus feroz de la inclemencia, esa rudeza afectiva que tiende por sí misma a repetirse y a perpetuarse.

La comprensión de las reacciones emocionales de otros resulta fundamental en la formación del sentido moral del niño y de su capacidad para asumir los valores que se transmiten con la educación. Los niños suelen valorar la bondad o maldad de una acción observando la reacción de los adultos, o de quien ha sufrido las consecuencias de esa acción. Lo aprenden de una manera sorprendentemente natural, y por eso es importante ayudarles desde pequeños a observar los sentimientos de quienes han podido ofender o perjudicar con lo que dicen, hacen, o dejan de hacer. Muchas de sus intuiciones morales están altamente vinculadas a la comprensión de los sentimientos ajenos. Un niño que se acostumbra a reconocer la aflicción de la otra persona, y que es capaz de ponerse en su lugar, está mucho mejor dispuesto para comprender la bondad o maldad de sus acciones.

Todos debemos mantener el oído atento, ser receptivos a esos guiños con los que la realidad nos sorprende y nos ayuda a no hacernos insensibles al dolor de los demás. Debemos aprender a valorar la sabiduría de las personas mayores, a percatarnos de la necesidad de compañía y afecto que sienten. Debemos aprender a no caer en la seducción de la ira, a no decir esas cosas que luego duelen durante días, que dejan a todos entristecidos y deseando que nunca hubieran sido pronunciadas aquellas palabras.

No han faltado pensadores ilustres —como Nietzsche, Engels y Marx, por ejemplo— que consideraron la misericordia como una escapatoria de los débiles. Sin embargo, se necesita mucha más fuerza para perdonar que para alimentar el rencor. Más entereza para responder con bien al mal que para contestar con la misma moneda. Más inteligencia para descubrir lo bueno que hay en otros que para empecinarse en juicios inmisericordes. Más discernimiento para estimular la bondad que hay en el hombre que para exasperar su arrogancia.

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Alfonso Aguiló, “Cenizos”, Hacer Familia nº 232, 1.VI.2013

Una vieja tradición china cuenta la historia de un viejo campesino, pobre pero sabio, que labraba trabajosamente la tierra, con su hijo y con la ayuda de un viejo caballo.
Un día, el caballo escapó a las montañas. Su hijo le dijo: “Padre, qué desgracia, se nos ha ido el caballo”. Su padre respondió: “Ten paciencia, hijo mío, saldremos adelante, veremos lo que nos trae el paso del tiempo…”. A los pocos días el caballo regresó, acompañado de otro caballo.

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Alfonso Aguiló, “Cómo nos cambia la tecnología”, Hacer Familia nº 231, 1.V.2013

Internet es un mundo bastante reciente y que evoluciona con una enorme rapidez. Todos nos maravillamos de los avances que ha supuesto, nos sorprendemos con novedades que hace bien poco nos parecían ciencia-ficción, y también quizá nos preocupamos ante algunos de los riesgos que se vislumbran.
Vemos como se introduce en nuestras vidas, que se llenan de artilugios y aplicaciones que hacen variar nuestras costumbres, nuestro modo de trabajar, de comunicarnos, de vivir la actualidad, y hasta de hacer amistad. No sabemos bien hacia dónde va a evolucionar, dónde estarán sus nuevas aportaciones o por dónde se avecinan posibles peligros.

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Alfonso Aguiló, “Construir bulos”, Hacer Familia nº 230, 1.IV.2013

Corría el año 1708 cuando el escritor irlandés Jonathan Swift empezó a usar como pseudónimo el nombre de Isaac Bickerstaff, un personaje inventado con el que planeó una venganza que tendría lugar justo antes del Día de los Inocentes (el 1 de abril en el calendario anglosajón).
El adversario era un conocido astrólogo inglés, John Partridge, que había cometido el error de mofarse de él en su Merlinus Almanac.
La réplica del ficticio Isaac Bickerstaff se publicó en otro almanaque que fue titulado Predictions for the Year 1708 by Isaac Bickerstaff.

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Alfonso Aguiló, “Religión y espiritualidad”, Hacer Familia nº 229, 1.III.2013

Un reciente estudio de la Unidad de las Ciencias de Salud Mental de la University College London Medical School publicado en el British Journal of Psychiatry y firmado por Michael King, Louise Marston, Sally McManus, Terry Brugha, Howard Meltzer y Paul Bebbington, concluye con una afirmación tan provocadora como la siguiente: las personas que se consideran espirituales pero no ligadas a la regularidad y disciplina de una religión sufren más neurosis, adicciones, desórdenes de alimentación y fobias.
El estudio se ha realizado a partir de 7.000 entrevistas en Gran Bretaña. Un 35% declaraban tener “una visión religiosa de la vida”; un 19% se autoconsideraba “espiritual pero no religioso” y un 46% se declaraba indiferente, es decir, “ni espiritual ni religioso”.

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Alfonso Aguiló, “El contexto importa”, Hacer Familia nº 228, 1.II.2013

Viernes, 12 de enero de 2007, a las 7.51 de la mañana. Hora punta en una estación de Metro en la ciudad de Washington. Un músico toca el violín vestido con unos vaqueros, una camiseta de manga larga y una gorra de béisbol. El instrumento es nada menos que un Stradivarius de 1713. El violinista toca piezas magistrales durante 43 minutos. Es Joshua Bell, uno de los mejores intérpretes del mundo, nacido en Bloomington, Indiana, en 1967. Tres días antes había llenado el Boston Symphony Hall, a 100 euros la butaca sencilla. No es que hubiera caído en desgracia en solo tres días, sino que estaba protagonizando un experimento planeado por el diario The Washington Post: comprobar si la gente está preparada para reconocer la belleza en un contexto inesperado.

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Alfonso Aguiló, “Sobrevivir para contarlo”, Hacer Familia nº 227, 1.I.2013

Ruanda es un pequeño país muy densamente poblado de la región de los Grandes Lagos de África. Es conocido por su fauna salvaje, por sus ciudades típicas y por los preciosos parajes naturales que ofrece su terreno fértil y montañoso. Pero sobre todo es conocido y recordado por la sangrienta guerra civil que se desató en 1994, tras una larga historia de diferencias raciales y de discriminación entre las dos principales etnias del país. La etnia dominante en aquel momento, los hutus, se dejó arrastrar por el odio acumulado desde muchas generaciones atrás y desencadenó uno de los genocidios más intensos y sangrientos de la historia, con más de 800.000 tutsis asesinados en un espacio de apenas tres meses.

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Alfonso Aguiló, “Ética del carácter”, Hacer Familia nº 226, 1.XII.2012

Stephen Covey ha fallecido a los 79 años de edad en Idaho (USA) y es universalmente conocido desde que en 1989 publicó “Los 7 hábitos de la gente altamente efectiva”, un libro que fue desde el primer momento un bestseller mundial y que será difícil de superar.
En el prólogo explica cómo se gestó la redacción del libro. Covey se encontraba inmerso en un estudio sobre todo lo publicado acerca del éxito en Estados Unidos a lo largo de doscientos años. Leía centenares de libros, artículos y ensayos sobre autoperfeccionamiento, psicología popular y autoayuda. Observaba la evolución que, a lo largo de la historia de su país, se había producido en que lo que se consideraban las claves de una vida exitosa.

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Alfonso Aguiló, “Un enemigo para ser mejor”, Hacer Familia nº 225, 1.XI.2012

Un adversario que siempre nos gana, con quien nos resulta imposible competir, puede resultar frustrante. Pero no tener competencia es casi peor. No puede decirse que tener adversarios y competencia sea siempre malo. Es más, muchos piensan que puede ser positivo. No es que haya que buscarlos constantemente, pero que existan puede llegar a ser una ayuda, curiosamente.
Tener contendientes cercanos puede ser de lo más estimulante para mejorar. Nos ayuda a mantener una sana tensión, a trabajar con más rigor, a diferenciarnos de lo que dicen que somos, a innovar, a añadir valor a lo que hacemos. Continuar leyendo “Alfonso Aguiló, “Un enemigo para ser mejor”, Hacer Familia nº 225, 1.XI.2012″

Alfonso Aguiló, “Detalles nimios”, Hacer Familia, nº 224, 1.X.2012

«Así se inició el paseo aquella tarde. De cuando en cuando ella se detenía para retirar de la carretera, empujándolas con su cachavita negra, algún cristal o alguna piedra de mayor tamaño. “En detalles tan nimios como este se conoce a los personas”, pensé; y luego me entretuve meditando si alguna vez en mi vida me había guiado este instinto de caridad hacia mis semejantes. Comprendí que no y me avergoncé de ello.

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Alfonso Aguiló, “Honestidad y progreso social”, Hacer Familia nº 223, 1.IX.2012

Aunque para muchos resulte extraño, en la honestidad está buena parte de las claves por las que —como ha explicado Juan Planes—  unas naciones han progresado económica, cultural y socialmente bastante más que otras.
Dos estudios realizados hace ya unos años por Stephen Knack, Philip Keffer y Paul J. Zak muestran que existe una fuerte correlación entre honestidad y desarrollo económico. La primera investigación valoró los niveles de confianza estudiando las respuestas dadas por personas de 29 países a la pregunta “¿cree usted que puede fiarse de la mayoría de la gente?”, y la segunda investigación estudió también si las personas de esos mismos países consideraban aceptables las siguientes situaciones: cobrar un beneficio social sin merecerlo, no pagar el billete del metro, defraudar a Hacienda, quedarse con una cartera perdida y ocultar un golpe que damos a un vehículo aparcado.

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Alfonso Aguiló, “Constancia y convicción”, Hacer Familia nº 221-222, 1.VII.2012

Cuando Kenneth Waters es condenado a cadena perpetua sin libertad condicional por el asesinato de una mujer en 1980 en Massachusetts, su hermana, Betty Anne Waters, empleada en una cafetería, con 28 años y dos hijos pequeños, decide luchar con todas sus fuerzas para demostrar que su hermano es inocente.

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Alfonso Aguiló, “Asumir la responsabilidad”, Hacer Familia nº 220, 1.VI.2012

“The buck stops here!”, que puede traducirse como “asumo la responsabilidad”, es una frase hecha que popularizó el Presidente Harry Truman, con un gesto muy típico suyo y que en su tiempo fue muy comentado. Sobre su mesa, en la famosa Sala Oval de la Casa Blanca, presidiendo su trabajo diario, había un letrero que estaba ante sus ojos y que se lo recordaba constantemente.

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Alfonso Aguiló, “Educación y nueva evangelización, Revista Palabra, 1.IV.2012

La importancia de la educación
Los niños y los jóvenes, en el transcurrir de la vida diaria, absorben el ejemplo y las enseñanzas de sus padres y profesores, casi sin darse cuenta, sobre todo al ver sus reacciones, los motivos y razones que determinan su comportamiento, el modo de tratar a las personas, de quererlas, de comprenderlas, de discrepar de ellas. 

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Alfonso Aguiló, “Afrontar el dolor”, Hacer Familia nº 218, 1.IV.2012

En las situaciones límite se conoce a fondo a las personas. Al doctor Nagai le llegó ese momento el 9 de agosto de 1945, cuando un B-29 norteamericano arrojó una bomba atómica sobre Nagasaki. Takashi Nagai era un joven y prestigioso radiólogo, muy enamorado de su mujer, con dos hijos pequeños y un apasionante trabajo centrado en sus alumnos y sus pacientes. Aquel día fatídico, casi todo aquello desapareció para él en un instante. Aún pudo vivir casi seis años más, luchando contra una grave leucemia, pero ya todo fue muy diferente. Durante ese tiempo atendió a muchos enfermos y escribió los primeros libros que intentaron describir científicamente las terribles consecuencias de la radiación nuclear.

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Alfonso Aguiló, “La gestión del miedo”, Hacer Familia nº 217, 1.III.2012

“Juan sin miedo” es un famoso cuento de los hermanos Grimm, que se ha transmitido después en distintas versiones hasta nuestros días. Trata sobre un matrimonio de leñadores que tenía dos hijos. Pedro, el mayor, era un chico muy miedoso. Cualquier ruido le sobresaltaba y pasaba unas noches terroríficas. Juan, el pequeño, era todo lo contrario. No tenía miedo de nada, y por eso la gente le llamaba “Juan sin miedo”. Un día, Juan decidió salir de su casa en busca de aventuras. De nada sirvió que sus padres intentaran disuadirle. Quería conocer el miedo, saber qué se sentía.

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Alfonso Aguiló, “La fiebre del oro”, Hacer Familia nº 219, 1.V.2012

El 24 de enero de 1848, el capataz James Marshall y sus hombres están construyendo un molino de harina en el rancho del general John Sutter. Aquel día encuentran fortuitamente unas pepitas de oro en las cercanías del Río Americano. Sutter intenta mantener en secreto el hallazgo, pero la noticia se extiende de inmediato, y salta primero a la prensa local de California y luego a todo el mundo.

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Alfonso Aguiló, “Los dos lobos”, Hacer Familia nº 216, 1.II.2012

En una noche estrellada, un abuelo cherokee estaba enseñando a sus nietos sobre cómo debían orientar su vida, sobre cómo cada uno de nosotros decide, poco a poco, qué tipo de persona quiere ser. Y lo hacía con esa sabia pedagogía de los cuentos y las fábulas antiguas. Les decía: “Todo hombre tiene siempre una dura pelea en su interior. Una lucha que hay también dentro de mí. Un combate terrible entre dos lobos.”
“¿Y quiénes son esos dos lobos?”, preguntaban intrigados los nietos. “Un lobo representa el miedo, y el otro el amor”, contestó el anciano.
Les explicaba que el primer lobo encarna la envidia, el rencor, la arrogancia, ese victimismo que nos hace sentir lástima de nosotros mismos y nos hace dejar de luchar. Un lobo que tiene miedo porque es inseguro, y que pretende encubrir ese miedo con agresividad, mintiendo, atacando a traición.
El otro lobo, el que representa el amor, también tiene que luchar. El amor no es pasivo y despreocupado, tiene que luchar constantemente para sobrevivir. Tiene que esforzarse en cada momento para crear espacios de paz, de libertad, de afecto, de comprensión. Tiene que sobreponerse a la mentira de los demás, a su ingratitud, a la tentación que sentimos de responder al mal siguiendo la misma senda.
“Y esos dos lobos también están peleando dentro de vosotros. ¿No lo notáis?”, concluyó el abuelo, mirándoles con atención. Los nietos se quedaron pensativos. Empezaron luego a hacer esas preguntas que los niños suelen plantear con sorprendente clarividencia. Eran pequeñas cuestiones que confirmaban esa lucha interior que se produce ya desde la más tierna infancia en cualquier persona, y que conviene ayudar a reconocer y valorar cuanto antes. Al final, surgió la pregunta clave, la que, lógicamente, más inquietaba a los pequeños: “Abuelo, es verdad que están los dos dentro de nosotros, pero, al final… ¿qué lobo ganará?”.
El anciano se detuvo un momento, para que su silencio diera más solemnidad a algo que era importante para la educación moral de aquellos chicos: “¿Queréis saber cuál de los dos lobos vencerá? Es muy fácil. Aquel que tú decidas alimentar”.
Dentro de nosotros tenemos también esos dos lobos: el mal y el bien, el miedo y la confianza, la tendencia a volcar nuestros intereses en nosotros mismos o en los demás. La pelea es diaria. Cada momento, en nuestro interior, tomamos pequeñas decisiones. Alimentamos a un lobo o al otro. Unas veces nos damos cuenta de que lo hacemos, y otras, por la costumbre, casi no lo advertimos, pero lo hacemos igualmente.
De nosotros depende que un lobo se haga más grande y más fuerte, y mantenga a raya al otro. Y puede haber épocas en que uno de ellos, que parecía estar ganando, sufra sorprendentes derrotas. Es quizá un aviso de la naturaleza, que nos previene contra el engaño de pensar que el bien puede mantener su predominio sin esfuerzo o, por el contrario, que el mal no puede vencerse. La pelea es diaria y nunca está totalmente decidida. Ahí está en buena parte el aliciente y la gracia de vivir.
Dirigiendo nuestros pensamientos, podemos alimentar el pesimismo o el optimismo. Modulando nuestros deseos, podemos alimentar el egoísmo o la generosidad. Podemos encerrarnos en el victimismo o bien transmitir un mensaje positivo. Churchill decía que “un optimista ve una oportunidad en toda calamidad, mientras que un pesimista ve una calamidad en toda oportunidad”. Ante la adversidad, que se presenta a diario en nuestra vida, podemos abandonarnos a nuestros miedos o hacerles frente. Si damos demasiado espacio al miedo al rechazo o al fracaso, si pensamos demasiado en el “qué dirán”, o nos repetimos demasiado esos mensajes que nos desaniman en vez de animar, entonces, nos predisponemos al fracaso, porque, como decía Henry Ford, “si crees que puedes, tienes razón; y si crees que no puedes, también tienes razón”.

 

Alfonso Aguiló, “Hacer el bien es siempre algo grande”, Hacer Familia nº 215, 1.I.2012

Un hombre pasea tranquilamente por la playa a primera hora de la mañana y, a lo lejos, ve caminar a un niño.

Según se acerca a él, ve que de vez en cuando el niño se agacha, recoge algo entre la arena y lo lanza con fuerza al mar. Cuando ya está más cerca, ve que lo que recoge son estrellas de mar, atrapadas en la orilla al bajar la marea y condenadas a ahogarse al sol, y el chico las devuelve al agua para que puedan seguir con vida.

Cuando el hombre llega a la altura del niño, le pregunta: “¿Pero…, para qué haces eso? ¿No ves lo inmensamente grande que es el mar, con todas las playas que tiene, y los millones de estrellas que morirán a diario al bajar la marea? ¿No te das cuenta que lo que haces no cambia nada?”.

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Alfonso Aguiló, “Qué hijos dejamos al mundo”, Hacer Familia nº 214, 1.XII.2011

Cuenta Leopoldo Abadía que, en una ocasión, al acabar una conferencia, se le acercó una señora joven con dos hijos pequeños. Como aquel día, durante el coloquio posterior a la sesión, había salido la clásica pregunta sobre el mundo que les vamos a dejar a nuestros hijos, ella le dijo que lo realmente preocupante no era el mundo que íbamos a dejar a nuestros hijos sino, mucho más, qué hijos íbamos a dejar a este mundo.

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Alfonso Aguiló, “Cuerpos a medio hacer”, Hacer Familia nº 213, 1.XI.2011

He releído “La vida sale al encuentro”, una magnífica novela de José Luis Martín Vigil publicada en 1955, que marcó a varias generaciones hasta llegar a ser un clásico de la literatura española de posguerra.

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Alfonso Aguiló, “Desarrollar el talento”, Hacer Familia nº 212, 1.X.2011

Transcurre el año 1935 en una pequeña localidad de California. Frank Capra está muy enfermo. Había logrado alcanzar un cierto éxito como director de cine con una productora por entonces modesta, la Columbia Pictures. Pero con el éxito vino la enfermedad. Parecía tuberculosis, pero tampoco estaba claro. El caso es que estuvo bastante cerca de la muerte. Y en esa situación recibió la visita de un curioso personaje. Nunca supo su nombre, solamente que era conocido de un matrimonio amigo, los Winslow, pero de lo que estuvo siempre seguro es de que aquella visita cambió su vida.

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Alfonso Aguiló, “La bella y la bestia”, Hacer Familia nº 211, 1.IX.2011

Desde tiempo inmemorial, y en los más variados rincones del planeta, se han relatado muchas historias sencillas, de esas que tienen la misteriosa capacidad de transmitir enseñanzas que por mucho que varíen los tiempos siempre son universales.

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Alfonso Aguiló, “Momentos de oro de la amistad”, Hacer Familia nº 209-210, 1.VII.2011

«En lo íntimo de su corazón, se siente poca cosa ante los demás. A veces se pregunta qué pinta él allí, entre los mejores. Tiene suerte, sin mérito alguno, de encontrarse en semejante compañía; especialmente cuando todo el grupo está reunido, y él toma lo mejor, lo más inteligente o lo más divertido que hay en todos los demás.

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Alfonso Aguiló, “Primero a mi hermano”, Hacer Familia nº 208, 1.VI.2011

El 12 de enero de 2011, la señora Donna Rice y sus dos hijos, Jordan y Blake, de diez y trece años de edad, regresaban a casa después de hacer unas compras. Llovía mucho. Eran conscientes del mal tiempo que reinaba durante esa semana en la mayor parte del país, especialmente en la zona donde vivían, en los suburbios de Brisbane, la tercera ciudad más populosa de Australia. Lo que no podían imaginar era que en poco tiempo estarían rodeados sin remedio por el agua.
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Alfonso Aguiló, “Antagonismo o confianza”, Hacer Familia nº 207, 1.V.2011

A pesar de vivir a solo ciento sesenta kilómetros de distancia, las diferencias entre las tribus arapesh y mundugumor sorprendieron notablemente a Margaret Mead en aquella famosa estancia que hizo en Papúa Nueva Guinea en los años veinte y treinta del siglo pasado. Los arapesh eran un pueblo conciliador y amistoso. Sus hombres entendían la responsabilidad, el mando o la preeminencia social como deberes que tenían que cumplir, no como un objetivo de poder ni de vanidad.

Trabajaban juntos, se ayudaban unos a otros, compartían las cosas y apenas había conflictos. Los niños eran el centro de atención y crecían en medio de un sentimiento de confianza y de seguridad. El resultado era un pueblo pacífico y trabajador, con una buena relación entre las familias de la tribu.
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Alfonso Aguiló, “Cambiar es posible”, Hacer Familia nº 206, 1.IV.2011

Ha fallecido en New York a los 84 años Bernard Nathanson, aquel famoso doctor que fue conocido como el “rey del aborto”. Lo llamaban así porque practicó más de setenta mil abortos y porque fue uno de los que más promovió los cambios legislativos a favor del aborto en Estados Unidos a comienzos de los años setenta.

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Ignacio Sánchez Cámara, “Totalitarismo débil”, ABC, 9.III.2011

«La verdad no depende del sufragio universal. Un buen Gobierno no se opone a que el conocimiento aumente, pero jamás puede legítimamente determinar lo que es verdadero o bueno. Si el poder público impone como verdad sus opiniones, destruye la libertad»
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Alfonso Aguiló, “Quemar las naves”, Hacer Familia nº 205, 1.III.2011

Fue en el año 1519 cuando Hernán Cortés tomó aquella famosa determinación de “quemar las naves”, que ha pasado a la historia como símbolo de las decisiones que ya no tienen vuelta atrás. Se habían producido entre sus subordinados diversas intrigas que estaban sembrando la división, unos a favor de seguir adelante y otros que planeaban tomar algunas de las naves y regresar a Cuba. Ante esa posible deserción, opta por eliminar cualquier duda y, sobre todo, cualquier posible medio de escape. Como persona de decisiones meridianas que era, mandó barrenar y hundir la mayor parte de los barcos. De esta manera, sus hombres recibieron un mensaje inequívoco: luchar hacia adelante o morir.
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Alfonso Aguiló, “La lección de cada fracaso”, Hacer Familia nº 204, 1.II.2011

Thomas Alva Edison nació en 1847. Era el séptimo hijo de una familia humilde recientemente establecida en Ohio y que había pasado por numerosas penalidades. A los ocho años, el pequeño Thomas acudió por primera vez a la escuela. Después de tres meses de asistencia a clase, un día regresó a su casa llorando: el maestro lo había calificado de alumno “perezoso e inútil”.

Su madre logró que el chico fuera readmitido en la escuela y aquello supuso un gran respaldo para él: “Descubrí que una madre es algo maravilloso. Fue la defensora más entusiasta que hubiera podido tener cualquier niño, y fue precisamente entonces cuando tomé la decisión de que sería digno de ella y le demostraría que no estaba equivocada.”
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Alfonso Aguiló, “Adicción al reconocimiento”, Hacer Familia nº 203, 1.I.2011

«Los elogios y el reconocimiento me acompañaron durante toda mi infancia. Y, sin darme cuenta, poco a poco se convirtieron en una adicción. “La pequeña Eva recita poesía estupendamente —me decían a los seis años—. ¡Seguro que más adelante hablará en público maravillosamente!”. Y la pequeña Eva aprendió la lección. No había alabanza que le bastara, y cada vez aprendía más poesías, cantaba canciones y se recreaba con el reconocimiento de los demás. Incluso es muy posible que confundiera los elogios con el amor. Pero, en todo caso, eso le marcó la ruta a seguir: rendir y alcanzar logros para ser amada, apropiarse de cosas que le sirvieran de confirmación.
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Alfonso Aguiló, “Lamentarse”, Hacer Familia nº 202, 1.XII.2010

A comienzo de los años veinte, Franklin Roosevelt era una figura importante en la vida pública norteamericana. Tenía 37 años, era alto y bien parecido, y sobre todo era un brillante orador con una carrera política muy prometedora. Ya durante la Primera Guerra Mundial había sido el más alto responsable de la Marina de los Estados Unidos, y en 1920 fue nombrado candidato del Partido Demócrata para ser Vicepresidente de los Estados Unidos.
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Alfonso Aguiló, “Lecciones humildes y sencillas”, Hacer Familia nº 201, 1.XI.2010

“Matar un ruiseñor” es una magnífica novela de Harper Lee publicada en 1960 y que ganó el Premio Pulitzer. Pronto alcanzó un gran éxito y se convirtió en un clásico de la literatura norteamericana.

La historia transcurre durante la época de la Gran Depresión en Maycomb, un viejo pueblo de Alabama. La narradora es Scout Finch, una niña de seis años que vive con su hermano mayor Jem y su padre Atticus, un abogado viudo de mediana edad. A Atticus le encargan la defensa de un hombre de color llamado Tom Robinson, acusado de violar a una joven mujer blanca llamada Mayella Ewell. Aunque muchos de los pobladores de Maycomb no están de acuerdo, Atticus acepta defender a Tom en el juicio.

Otros niños se burlan de Jem y Scout a causa de la posición que toma su padre Atticus, y lo llaman despectivamente “amante de los negros”.
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Alfonso Aguiló, “El síndrome de la ventana rota”, Hacer Familia nº 200, 1.X.2010

En 1969, en la Universidad de Stanford, el profesor Phillip Zimbardo realizó un interesante experimento de psicología social. Dejó dos automóviles abandonados en la calle. Eran idénticos: la misma marca, el mismo modelo y el mismo color. Uno lo dejó en el Bronx, por entonces una zona pobre y conflictiva de Nueva York, y el otro en Palo Alto, una zona tranquila y adinerada de California.

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Alfonso Aguiló, “Inteligencia maternal”, Hacer Familia nº 199, 1.IX.2010

Durante décadas se ha extendido el tópico de que la maternidad atonta y alela a las mujeres, centrando su vida en un mundo infantil y relegándolas a tareas tediosas y repetitivas. Así lo explica Katherine Ellison, una exitosa periodista de investigación galardonada con el Premio Pulitzer y que considera que todas esas ideas proceden de clichés y trivializaciones que no reflejan la realidad.

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Alfonso Aguiló, “Hacer el bien sin vanagloriarse”, Hacer Familia nº 197-198, 1.VII.2010

La historia de Irena Sendler ha estado extraviada entre los pliegues del tiempo durante más de medio siglo. Su hazaña ha permanecido desconocida y oculta de manera inexplicable, como un viejo tesoro esperando a ser descubierto. Durante la Segunda Guerra Mundial, en plena ocupación nazi de Polonia, esta mujer logró salvar a 2.500 niños judíos. Y luego, ni la Gestapo ni sus torturas lograron que desvelara dónde estaban los pequeños.
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Alfonso Aguiló, “Alardes y vanidades”, Hacer Familia nº 196, 1.VI.2010

Cicerón y Demóstenes fueron dos de los más grandes oradores de la antigüedad. Cuando Cicerón hablaba, todo el mundo quedaba pasmado ante su capacidad oratoria. Era un hombre muy instruido, que sobresalió en toda clase de estilos, pero sus discursos y sus escritos transmiten un sutil deseo de hacer alarde de erudición. Demóstenes, en cambio, aunque también tuvo un extraordinario talento y superaba a todos los que competían con él en la tribuna y en el foro, cuando hablaba, la gente no quedaba tan impresionada, pero salía encendida, dispuesta a ponerse en marcha, a hacer cosas, y las hacía. Es quizá la diferencia entre una ostentación de destrezas retóricas y una verdadera comunicación.
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Alfonso Aguiló, “Remar contra corriente”, Hacer Familia nº 195, 1.V.2010

William Wilberforce era un estudiante en la Universidad de Cambridge que procedía de una familia acomodada de Yorkshire. Desde muy joven demostró unas brillantes dotes como orador, hasta el punto de que fue nombrado miembro del parlamento británico a los 21 años. Su disoluto estilo de vida cambió completamente cuando, un tiempo después, se convirtió a la fe cristiana y comenzó a interesarse por la reforma social, en particular por la mejora de las condiciones laborales en las fábricas de Gran Bretaña.
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Alfonso Aguiló, “Esperanzas equivocadas”, Hacer Familia nº 194, 1.IV.2010

Kino —el protagonista de “La perla”, de John Steinbeck— es un humilde pescador que vive con su mujer y su hijo pequeño en una mísera cabaña de un pueblo de pescadores. Una canoa heredada de su padre constituye su única fuente de supervivencia. Pasan por múltiples penalidades ocasionadas por su pobreza y por las injusticias de una sociedad llena de desigualdades.

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Ricardo Estarriol, “El celibato no es la causa de la pedofilia”, Aceprensa, 23.III.2010

Viena.— El Prof. Hans-Ludwig Kröber, director del Instituto de Psiquiatría Forense de la Universidad Libre de Berlín, es uno de los más prestigiosos profesores de su especialidad en Alemania. Preguntado sobre los abusos de menores cometidos por clérigos o religiosos, de los que se habla en las últimas semanas, niega que el problema tenga su origen en el celibato. La probabilidad de que un célibe cometa un abuso sexual es de uno contra 40, dice.
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Rafael Navarro-Valls, “Clima artificial de pánico moral”, El Mundo, 21.III.2010

Un tribunal de la Haya decidió en julio de 2006 que el partido pedófilo Diversidad, Libertad y Amor Fraternal (PNVD, siglas holandesas) , “no puede ser prohibido, ya que tiene el mismo derecho a existir que cualquier otra formación”. Los objetivos de este partido político eran: reducir la edad de consentimiento (12 años) para mantener relaciones sexuales, legalizar la pornografía infantil, respaldar la emisión de porno duro en horario diurno de televisión y autorizar la zoofilia. El partido acaba de disolverse esta misma semana. Al parecer, ha contribuido decisivamente la “dura campaña” lanzada desde todos los frentes, internet incluido, por el sacerdote católico F.Di Noto, implacable en la lucha contra la pedofilia.

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Juan Manuel de Prada, “Celibato y pederastia”, ABC, 20.III.2010

Si mañana se declarase una plaga que asolase un continente entero y se descubriera que en una región determinada cuyos pobladores practican la dieta vegetariana tal plaga también se ha declarado, aunque con mucha menor virulencia, a nadie en su sano juicio se le ocurriría deducir que si la plaga no ha respetado a los pobladores de dicha región es precisamente porque son vegetarianos. Por el contrario, se deduciría que la dieta vegetariana, aunque no inmunice contra el contagio, lo hace mucho más improbable; y se concluiría que, si unos pocos pobladores de dicha región han caído víctimas de la plaga que devasta el continente entero, es más bien porque los hábitos alimenticios menos saludables de regiones limítrofes han corrompido la dieta tradicional que los pobladores de dicha región habían mantenido inalterada durante siglos.

Y, para combatir la plaga, no se condenaría la dieta vegetariana, sino que, por el contrario, se trataría de deslindar cuáles son los hábitos alimenticios menos saludables que fomentan su propagación.
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