9. Un encuentro fortuito

La grandeza de un hombre
está en saber reconocer
su propia pequeñez.

Blas Pascal

Aún faltan unas horas para que amanezca. Un hombre pasea por la orilla de la playa, contemplando el mar. Se llama Justino y es famoso en muchos círculos intelectuales de aquella Roma del siglo II. No tarda en descubrir a otra persona, en este lugar ahora desierto: es un anciano. El intelectual se pregunta qué puede hacer aquí a estas horas, pero no dice nada. Solo lo mira, sorprendido.

El anciano percibe su desconcierto y se dirige a él. Le explica que espera a unos familiares que están navegando. La conversación prosigue. El intelectual opina sobre cualquier tema: cultura, política, religión. Le gusta hablar. El anciano sabe escuchar y he aquí que, cuando interviene, lo hace con mesura y sensatez. Tal vez, en otra ocasión, el intelectual hubiera ironizado o dado por terminado el diálogo. Sin embargo, la claridad de ideas del anciano le desarma. El intelectual no comparte algunas de esas ideas, pero reconoce que tienen mucho en común con las suyas. Al final, el anciano le desvela que es cristiano. Justino empieza a ver con simpatía la fe sencilla de aquel anciano. Pasan las horas. Se despiden. Nunca se volverán a ver.

El intelectual no olvidará este encuentro. Meses después, comprenderá que solo aquellas palabras del anciano parecen dar razón de sus ansias de verdad. Eran ideas que estaban transformando su vida y que provenían de la fe cristiana. Un encuentro fortuito le había acercado a la fe, abriéndole un horizonte más amplio que el que le presentaban todas sus creencias anteriores. Al poco tiempo, Justino, el gran filósofo, recibirá el bautismo y se convertirá en uno de los más grandes apologistas de la fe.

Los padres de Justino eran paganos y le habían dado una excelente educación, instruyéndole esmeradamente en filosofía, literatura e historia. Había frecuentado las escuelas estoica, aristotélica, pitagórica y platónica. Era un gran buscador de la verdad, y el encuentro con aquel anciano determinó su conversión y su dedicación al servicio de Dios. Tenía en aquel momento unos treinta años. Permaneció desde entonces laico y célibe, y en adelante, ataviado con las vestimentas características de los filósofos, recorrió numerosos países debatiendo con todos acerca de la fe cristiana, hasta su martirio en el año 165.

Dios sale al encuentro de cada persona de una manera distinta. En el caso de Justino, fue mediante el ejemplo de los mártires y con esa conversación de madrugada con aquel anciano. Otras veces, se presenta a través de unos signos externos muy claros. Por ejemplo, a algunos personajes del Antiguo Testamento les reveló su voluntad mediante una visión o una teofanía. Moisés vio la zarza ardiendo. Un ángel purificó los labios de Isaías mientras se escuchaba la voz de Dios. Y Ezequiel contempló un torbellino de viento y una gran nube, y un fuego que se revolvía dentro, con un resplandor, y en medio del fuego una figura en ámbar. Pero no todos podemos pedir algo así para conocer la voluntad de Dios.

-No estaría mal, de todas formas.

Tampoco te creas que sus efectos serían siempre fulminantes. Si no estamos bien dispuestos, aunque se nos apareciera un ángel, no estaría asegurada nuestra correspondencia. En el Evangelio se lee que a Zacarías, el padre de Juan Bautista, se le apareció un ángel, y le dijo que sus peticiones habían sido escuchadas, pero Zacarías no se conformó con eso y pidió una prueba de que aquello se cumpliría: “¿Quién me podrá certificar a mí eso?”. Y no debió agradar mucho a Dios, porque el ángel le transmitió esa certificación en forma de castigo a su falta de fe: “Desde ahora quedarás mudo y no podrás hablar hasta el día en que sucedan estas cosas, por cuanto no has creído a mis palabras, que se cumplirán a su tiempo”.

Solo muy raramente Dios manifiesta sus llamadas personales con signos externos. No podemos esperar de los cielos un acta notarial, un llamamiento en toda regla por parte de la divinidad. Eso sería una ingenua tendencia a lo fantástico, cuando lo habitual es que Dios nos hable a través del silencio interior, cuando hay un clima de suficiente recogimiento y facilitamos el encuentro con Él en la oración.

-Pero al final, la pregunta clave, y difícil de contestar, es: ¿tengo vocación o no?

Esa no es la pregunta más importante. La pregunta decisiva es: ¿cuál es la vocación que yo tengo? Dios tiene un plan para todos, para cada uno. La vocación no es algo que tienen algunos, sino todos. Todos los cristianos estamos llamados a la santidad, es decir, al encuentro con Dios, a seguir a Jesucristo. Hay vocaciones que comprometen más, que son más exigentes. Y quizá las más exigentes son las que presentan un mayor atractivo para un alma joven, aunque también den un poco de miedo. No se trata de ver qué es lo mejor, o lo más difícil, sino lo que quiere Dios de mí. Para ti, lo mejor es lo que Dios quiera de ti. Y para mí, lo que quiera de mí.

Así lo explicaba Benedicto XVI, en Basílica de Santa Ana de Altötting: “Bajo la mirada de santa Ana maduró la vocación de María, la más grande de la historia de la salvación. María recibió su vocación a través del anuncio del ángel. El ángel no entra de modo visible en nuestra habitación, pero el Señor tiene también un plan para cada uno de nosotros, nos llama por nuestro nombre. Por tanto, a nosotros nos toca escuchar, percibir su llamada, ser valientes y fieles para seguirlo, de modo que, al final, nos considere siervos fieles que han aprovechado bien los dones que se nos han concedido.”

Hay que pedir luz a Dios, hacer oración, rogarle que nos haga ver con más claridad qué quiere de nosotros. Normalmente no lo hará por medios excepcionales, como a San Pablo camino de Damasco, sino que nos deja una cierta penumbra, quizá para no forzar nuestra libertad, para dejarnos más iniciativa personal.

-¿Y cómo se puede tener certeza de una vocación?

De la vocación se puede tener la certeza propia del hombre, que no es absoluta y completa. Pero se puede llegar a tener una certeza muy grande, aunque esto normalmente no viene hasta un tiempo después de haber respondido que sí a lo que hemos pensado que es nuestro camino. Esa certeza llega cuando ha transcurrido un tiempo, y comprobamos que ese camino llena nuestra alma, y se alcanzan entonces grados muy altos de seguridad.

Por eso, en todas las instituciones de la Iglesia hay unos periodos de prueba, en los que cada candidato confirma o descarta la vocación que al solicitar la admisión ha pensado que tenía. En ese sentido, cabría decir que la plena certeza de la vocación solo se tiene cuando se ha respondido, pues lo habitual es que ese convencimiento vaya creciendo a medida que se avanza con generosidad en el proceso vocacional. Sucede algo parecido en el camino hacia el matrimonio: la certeza de haber acertado no se alcanza hasta un tiempo después de iniciar el noviazgo, cuando ha pasado un tiempo desde que hemos respondido afirmativamente y se comprueba que hay una sintonía y un convencimiento grandes, y confirmamos así que Dios quiere ese camino para nosotros.

-¿Y cómo percibir con claridad eso de que lo más grande que puede pasarle en la vida a una persona es entregarse por completo a Dios?

Para comprenderlo así hay que enmarcar nuestra vida en un contexto amplio, en el que esté bien presente Dios. Debemos pensar en el sentido de la vida humana, en que nuestra vida está limitada en el tiempo, y en que ese tiempo pasa cada vez más deprisa. La vida es estupenda, pero es tan solo un preámbulo de la vida eterna. Por eso vale la pena seguir un camino que nos lleve más directamente a la meta. Seguir a Dios vale siempre la pena.

Cuando vamos al encuentro de ese proyecto que Dios tiene preparado para cada uno de nosotros, no hacemos un favor a Dios. Al contrario, cada vocación es una muestra de la misericordia de Dios con el hombre. Nos llama a construir en nosotros la mejor vida de las posibles, la vida a la que estamos llamados, para la que mejor estamos preparados, en la que seremos más felices.

-Pero eso de entregarse por completo a Dios siempre da un poco de miedo.

Puede ser miedo, o bien inseguridad, o incertidumbre. La misma fe siempre tiene algo de salto en el vacío, y por tanto, con la vocación sucede algo parecido.

-¿Y no es perder un poco la libertad?

Cualquier acto de entrega supone perder libertad, y el amor siempre supone entrega, y lo natural es entregarse a lo que uno ama, pues de lo contrario la vida queda vacía. La mejor libertad es la que se emplea para seguir la voluntad de Dios. Cuanto más grande sea el bien que se elige (y en este caso sería elegir a Dios), mayor y más noble será el empleo que hacemos de nuestra libertad.

Dejarse guiar por Dios no es perder libertad, sino emplearla del mejor modo posible. Suele ser una decisión en la que intervienen muchos elementos, a través de los cuales Dios nos habla, y hacen que un buen día pasemos de decir que no a decir que sí. Y no siempre con un proceso predominantemente racional. O, mejor dicho, son razones que Dios pone en nuestra cabeza pero también en nuestro corazón.

-Entregarse a Dios supone siempre una renuncia, y eso hace que a muchos les cueste dar ese paso, porque todos queremos pasarlo bien y disfrutar de la vida.

Pasarlo bien de verdad depende de estar cerca de Dios. La vocación supone una elección personal de Dios a cada uno de nosotros. No elegimos nosotros, sino que elige Dios. Y ese designio suyo determina el camino que cada uno debe recorrer para alcanzar el Cielo y para ser feliz en la tierra. Hacer la voluntad de Dios es la mejor garantía para pasarlo bien en la vida, tanto en la vida de la tierra como en la del Cielo.

-¿Y a la hora de pensar si Dios nos llama en una institución o en otra, importa el hecho de que sea una institución más boyante o menos?

Pienso que no. En cuestiones de hacer la voluntad de Dios, no importa el número, sino que seamos los que Dios quiera que seamos. Da igual que sea una institución a la que lleguen numerosas vocaciones y consideremos boyante o de moda, o bien una institución en momentos difíciles y que apenas tiene vocaciones.

-¿Y el hecho de tener ilusión por casarse y formar una familia, es motivo para pensar que no estamos llamados al celibato?

Tener ilusión por casarse y formar una familia es una ilusión propia de toda persona normal. Si la vocación fuera sobre todo cuestión de gusto, todo el mundo tendría vocación al matrimonio (y no sé si quizá -perdona la broma- muchos tendrían vocación a no trabajar, o a ser unos frescos). Me parece que la clave no está en lo que a uno más le apetece, pues hay muchas cosas que hacemos cada día que no nos apetecen demasiado pero que, sin embargo, sabemos que debemos hacer, y las hacemos, nos producen una satisfacción, nos hacen felices y nos hacen cumplir la voluntad de Dios.

El hecho de que a alguien le diviertan mucho los niños, o sea especialmente sensible al calor humano de la familia, o sueñe con un amor humano dichoso, indica que es una persona normal con una buena educación afectiva. Todo corazón bien formado experimenta ese deseo natural. Basta recordar que a Jesucristo le gustaban los niños, y el calor de la vida familiar, pero vivió célibe.

El celibato no es para quienes no se sientan atraídos por la vida matrimonial, ni para quienes se sienten especialmente fuertes a la hora de vivir la castidad. No es tampoco para corazones fríos o poco capaces de querer. Tener corazón grande no solo no es una dificultad, sino que es esencial para quien sirve a Dios en celibato. Solo el que sabe enamorarse de verdad es capaz de una entrega plena.

10. Dios habla bajito

Nunca sabe un hombre
de lo que es capaz
hasta que lo intenta.

Charles Dickens

-Muchas personas piensan que deben ser más generosas con Dios o con los demás, pero no aciertan a dar el paso, quizá esperando a que se manifieste un signo externo claro que les empuje a darlo, o a que salga de ellos una fuerza con la que no cuentan. Tienen una cierta inquietud, pero no saben bien qué deben hacer. ¿Es eso la vocación?

Quizá ninguna de esas sensaciones sea la vocación, pero a lo mejor Dios está ahí detrás, queriendo decirles algo. En el primer libro de los Reyes, en el Antiguo Testamento, puede leerse cómo Dios se hace presente ante Elías: “He aquí que Yahveh pasaba. Hubo un huracán tan violento que hendía las montañas y quebrantaba las rocas ante Yahveh; pero no estaba Yahveh en el huracán. Después del huracán, un temblor de tierra; pero no estaba Yahveh en el temblor. Después del temblor, fuego, pero no estaba Yahveh en el fuego. Después del fuego, el susurro de una brisa suave. Al oírlo Elías, cubrió su rostro con el manto, salió y se puso a la entrada de la cueva. Le fue dirigida una voz que le dijo: “¿Qué haces aquí, Elías?””.

La mayoría de las veces, Dios habla bajito, como ese susurro de una brisa suave. Normalmente no podemos esperar una gran emoción, un terremoto espiritual, como el movimiento final de una gran sinfonía que nos confirme solemnemente el querer de Dios para nuestra vida. Tampoco escucharemos una voz celestial, como San Pablo.

-Pero al menos habrá que sentir un cierto entusiasmo por la vocación.

No viene mal que lo haya, aunque no es lo sustancial de la vocación. Desde luego, no podemos exigir a la vocación que nos proporcione un estado de euforia permanente, con el alma siempre henchida de ilusión y el corazón radiante. Es más, el hecho de sentir una cierta nostalgia y un sufrimiento por las cosas que se dejan, es algo totalmente humano y bastante normal.

-¿Se trata entonces de apartar lo emocional y dar mayor protagonismo a lo intelectual?

La mayoría de las realidades interiores tienen una manifestación que los hombres captamos por el sentimiento, y por eso es preciso que la cabeza y el corazón actúen de forma coordinada. Pero hay que procurar no confundir la entrega con una efusión de sentimientos, ni la llamada de Dios con la admiración entusiasta ante lo bueno, con la emoción pasajera, con el ímpetu ardoroso de un instante o con el nerviosismo de un momento concreto. Dios puede servirse de todo eso, pero eso no es la llamada de Dios.

Además, se puede percibir la vocación con bastante claridad en un momento o una época, y pasar luego por otra etapa en que la que apenas sentimos casi nada. Esto sucede con la mayoría de las decisiones importantes de la vida profesional o familiar o social. Siempre hay días malos, o meses malos, o incluso años malos. Sucede en los matrimonios, en la amistad, en el trabajo, en casi todo. Los matrimonios felices no son los que no pasan crisis ni tienen momentos malos, porque momentos malos tiene todo el mundo, sino que los matrimonios felices son los que saben superar esas crisis.

San Francisco de Sales escribió que no es necesario que Dios “nos hable sensiblemente o que nos mande un ángel a manifestarnos su voluntad, y menos aún es necesario el dictamen de diez o doce doctores de la Sorbona para conocer si la inspiración es buena o mala, o si debe o no seguirse; lo que importa es cultivar y corresponder a la primera llamada.”

-¿Qué querría decir con lo de la “primera llamada”?

No es fácil saberlo, pero pienso que en las cosas del amor hay siempre una primera llamada, y que las cosas del amor no suelen decidirse tras arduas reflexiones, ni sopesando cuidadosamente los pros y los contras.

Lo que no debemos esperar de la vocación, ni exigir de ella, es una constante e intensa contrapartida afectiva. No podemos pretender estar siempre llenos de entusiasmo, ni aspirar a recibirlo constantemente de los demás. Eso sería un planteamiento demasiado sentimental de la vocación, como una película romántica, con un estremecimiento inicial, una luz cegadora, una emoción incontenible y un final al viejo estilo del “vivieron felices y comieron perdices”.

La historia de la vida de los santos muestra que Dios acostumbra a dar a conocer su voluntad de modo sencillo, a través de cosas ordinarias, dentro de la familia, a través de un amigo, de un libro, de una enfermedad, de cosas normales. Si Dios diera a conocer su voluntad mediante estallidos de luz, apariciones, clamores de ángeles o cosas por el estilo, nuestra libertad quedaría muy disminuida bajo la fuerza de la luz divina. Dios prefiere el claroscuro de la fe, a la que se llega por la oración. Se esconde un poco cuando nos llama, quizá porque quiere dejar un poco de margen a nuestra libertad. De otro modo, no sería una historia de amor.

A veces, a la “primera llamada” sigue una etapa en la que nos encontramos más fríos. Puede ser señal de que no era realmente una llamada para nosotros, o bien consecuencia de que nos estamos enfriando precisamente para no escucharla, o incluso de que procuramos no escucharla y por eso nos enfriamos. En cualquier caso, hay que tener presente lo que dice la Sagrada Escritura: “Si escucháis hoy la voz de Dios, no endurezcáis vuestro corazón”.

-Dios tiene unos planes para cada uno de nosotros, para todos, pero luego uno mismo también tiene que querer.

Exacto. Para entregarse a Dios es fundamental que queramos aceptar y amar la voluntad de Dios, con más o menos entusiasmo. Es más, solo aquel que quiere hacer la voluntad de Dios conoce si lo que percibe es de Dios o no. Así lo dice San Juan: “Quien quisiere hacer la voluntad de Dios, conocerá si mi doctrina es de Dios” (Jn. 7, 17). El conocimiento tiene mucho que ver con la buena disposición. En realidad, tiene como premisa la buena disposición.

El amor se siente, pero el amor no es solo sentimiento. El amor también se demuestra, se prueba, se madura. La voluntad tiene un papel importante. Así lo contaba San Josemaría Escrivá: “Te decidiste, más por reflexión que por fuego y entusiasmo. Aunque deseabas tenerlo, no hubo lugar para el sentimiento: te entregaste, al convencerte de que Dios lo quería. Y, desde aquel instante, no has vuelto a “sentir” ninguna duda seria; sí, en cambio, una alegría tranquila, serena, que en ocasiones se desborda. Así paga Dios las audacias del Amor”.

Nuestra vida no está predeterminada, no está previamente escrita. Esto es algo que debiéramos repetirnos todos los días. Nuestras decisiones desencadenan unos hechos que conducen a otros nuevos. La vida está abierta a nuestras decisiones libres. Dios tiene unos planes para cada uno de nosotros, pero, al crearnos, ha querido correr el riesgo y la aventura de nuestra libertad. Ha querido que la historia de cada uno de nosotros sea una historia verdadera, que depende mucho en cada momento de nuestras decisiones personales. Nuestra historia -como ha escrito José Miguel Cejas- no es como una película con final determinado, ya grabada de antemano. Y lo mismo sucedió a los santos.

El apóstol Pedro podría haber desesperado por su traición al Señor, como le sucedió a Judas. Y quizá entonces los demás Apóstoles hubiesen contemplado, en vez de su arrepentimiento, el balanceo de su cuerpo, colgado de un árbol en Palestina.

Juan Crisóstomo veía clara la llamada de Dios, pero su madre le puso tantas dificultades, y derramó tantas lágrimas, que él se desanimó. Podrían haber quedado las cosas así, y habría sido quizá el mejor orador del foro, pero su viejo amigo Basilio le animó a seguir la llamada de Dios pese al inicial disgusto de su madre.

Agustín de Hipona podría haber acabado sus días siendo lo que fue durante largo tiempo, un hombre enredado en sus frivolidades y sus amoríos. Sus amigos hubiesen movido la cabeza sobre su tumba pensando quizá: “genio y figura… “. Al escuchar de una casa vecina aquel “Toma y lee”, podía haber dicho: “Bah, casualidades sin importancia”, y haber seguido su paseo tranquilamente.

Tomás Moro podría haber muerto confortablemente como Lord Canciller de Inglaterra, cediendo ante las inmorales razones de Enrique VIII, alegando “poderosas razones de Estado” y traicionando sus principios. Podría haberse ablandado ante los llantos y los razonamientos de su mujer, cuando marchaba hacia la Torre de Londres, camino del cadalso. Podía haber aceptado una “solución de compromiso”, diciéndose: “realmente, no están los tiempos para estos heroísmos…”.

Y Juan Ciudad podría haber acabado su existencia de cualquier modo. Era un hombre inquieto y alocado, que recorría el mundo en busca de aventuras. Se había salvado una vez de la horca de puro milagro, y lo acabaron expulsando del ejército. Y si llegó hasta Viena en la campaña contra los turcos y hasta Ceuta en sus interminables correrías, la muerte podría haberle esperado en cualquier parte de Europa. Pero murió siendo San Juan de Dios. Cuando escuchó en Granada la predicación de San Juan de Ávila, en vez de arrepentirse de su mala vida pasada, podría haber dicho: “Tengo cuarenta y dos años. Es demasiado tarde para cambiar”. O quizá podía haberlo diluido todo en un “pero qué bien habla este cura”, y ya está.

Santa Joaquina Vedruna tenía treinta y tres años y ocho hijos cuando falleció su marido en Barcelona en 1816. Podía haber pensado que Dios le había dado ya bastantes ocupaciones con lo que tenía. Se entregó a la educación de sus hijos, pero también a la vida de oración y a la obras de caridad, y acabó descubriendo que Dios quería que fundara una nueva congregación religiosa, las Carmelitas de la Caridad. Pasó por mil penalidades, pero su fundación se extendió de forma prodigiosa y hoy sus religiosas se cuentan por millares y atienden más de doscientos colegios y hospitales en todo el mundo.

Santa Luisa de Marillac también había quedado viuda muy joven, con treinta y cuatro años, en 1625. Conoció por entonces a San Vicente de Paúl, que había fundado unos grupos de personas que se dedicaban a ayudar a los pobres, atender a los enfermos e instruir a los no escolarizados. Esos grupos de caridad existían en numerosos lugares, pero muchos de ellos languidecían y se necesitaba a alguien que los coordinara y animara. Ella podía haberse desentendido, pero se entregó a esa tarea con el convencimiento de que Dios se lo pedía. Fue una aportación providencial, pues durante años recorrió toda Francia con una energía prodigiosa y una actividad desbordante. Más adelante fundó la Congregación de Hijas de la Caridad, y cuando falleció, en 1660, era ya la más grande de las comunidades religiosas femeninas de todo el mundo. Hoy cuenta con unas veintitrés mil religiosas en más de dos mil quinientas casas repartidas por los lugares de más necesidad de los cinco continentes.

Santa Vicenta María López y Vicuña, después de unos ejercicios espirituales que hizo en Madrid en 1866, cuanto tenía diecinueve años, vio que Dios le pedía que fundara una nueva institución, las Hijas de María Inmaculada. Podía haberse desanimado ante las diversas resistencias familiares y de todo tipo que se presentaron, pero supo ser fiel a lo que Dios le pedía y en 1876 tomaron el hábito las tres primeras religiosas, que se dedicarían con ella a dar educación cristiana a las chicas más pobres y abandonadas de la ciudad. La Congregación se extendió enseguida de modo sorprendente por toda España, a pesar de las muchas dificultades. Y aunque falleció bastante joven, con solo cuarenta y tres años, su obra prosiguió después con gran fuerza, de manera que hoy cuenta con ciento treinta colegios y residencias repartidas por todo el mundo.

Los santos no fueron santos inexorablemente. La santidad es una respuesta libre a la gracia, que nunca ahoga la libertad. Ni tu historia, ni la mía, ni la de ellos, está ni estaba escrita de antemano. Nadie está predeterminado para ser un santo, un mediocre o un criminal. Nerón acabó siendo un auténtico degenerado, pero pudo haber sido aquel magnífico emperador que prometía ser en su primera juventud bajo la tutela de Séneca. Los santos supieron encontrar en los acontecimientos cotidianos de la vida el querer de Dios. Supieron ver latir la voluntad de Dios entre en los consejos de un amigo, en las palabras de un niño o en la predicación de un sacerdote. Lo encontraron porque fueron humildes, como San Pedro. Y coherentes, como Santo Tomás Moro. Porque buscaban la verdad, como San Agustín. Porque nunca pensaron que era demasiado tarde, como San Juan de Dios. Porque emprendieron las fundaciones que Dios les inspiraba, pese a los numerosos motivos que tenían para no hacerlo.

11. Darse por enterado

Nada hay más poderoso
que una idea
a la que ha llegado su momento.

Víctor Hugo

 

Cuenta un viejo relato cómo, en unos días de intensa lluvia, se produjeron unas inundaciones importantes, como consecuencia del desbordamiento de un gran río. El nivel del agua fue subiendo sin parar. Los sistemas de emergencia de la región pusieron en marcha todos los operativos de salvamento disponibles.

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12. Así me hice cura

La experiencia más bella
que tenemos los hombres
es el misterio.

Albert Einstein

La noche del 27 al 28 de diciembre de 1942 fue muy importante para un chico de doce años llamado José Luis Martín Descalzo. Transcurrían las vacaciones de Navidad en casa de don Cosme, hermano de su madre y párroco de San Cebrián de Arriba, un pueblecito de León. Aquella tarde había caído una gran nevada. Continuar leyendo “12. Así me hice cura”

13. El joven rico

El amor,
para que sea auténtico,
debe costarnos.

Madre Teresa de Calcuta

¿Cómo continuaría la historia de la vida del “joven rico” del Evangelio? El Maestro le invitó a dejarlo todo y a seguirle. Pero él se negó, y se fue triste.

Supongo que, pasado el tiempo, a aquel chico le irían llegando noticias del Maestro. Unos decían que era un impostor, otros que hacía milagros, que era un profeta. Más adelante le llegaría la noticia de que le habían crucificado.

Podemos imaginarnos ahora -siguiendo una glosa de José Miguel Cejas- que el personaje ya es anciano. Está sentado, al atardecer, en el zaguán de su casa. Han terminado ya las faenas del campo, y se oyen, a lo lejos, las risas bulliciosas de las espigadoras que regresan y los gritos de los hombres que transportan las últimas gavillas. Tiene la mirada perdida, como desvanecida en el silencio. También la vida, como el día, se va consumiendo, poco a poco, entre rumores apagados de cansancio. Y su tiempo se va llevando de recuerdos, como el viento borra las últimas huellas de las caravanas que pasan junto a su puerta.

Habla poco. De vez en cuando, le visitan los viejos conocidos y evocan juntos a amigos y parientes, casi todos ya muertos. Comentan algo sobre la próxima cosecha, sobre los viñedos o los olivos. Y mientras, en la casa, todo sigue igual: ruidos de cántaros, griterío de niños, leves pisadas femeninas. Desde hace años este anciano contempla, en un silencio impregnado de tristeza, los juegos de los hijos de sus hijos. Vive de nostalgias y de recuerdos, asombrosamente cercanos a pesar del tiempo. Y hay algunos instantes de su vida que pesan en su alma como si fueran decenas de años. Y otros que no acaban de pasar nunca, como la mirada profunda de aquel Rabí.

Hace muchos años, más de cincuenta, él cruzaba Palestina con un viejo criado que murió hace tiempo. Entonces era un chico joven, tenía fuerzas, no como ahora. Era rico y un tanto arrogante. ¿Feliz? Aceptablemente feliz. Y deseoso de servir a Dios. Por eso, fue corriendo al encuentro de aquel hombre extraordinario y le preguntó: “Maestro, ¿qué he de hacer… ?”. Y aquel Rabí, mirándole a los ojos, sonriendo, le invitó a seguirle. Pero él se negó. Y se fue triste.

Pasó el tiempo. En la aldea se comentaban cosas contradictorias. Unos decían que el Rabí era un falsario y un impostor. Otros hablaban de sus milagros. Otros estaban convencidos de que era un profeta.

Pasó más tiempo. Se casó, tuvo hijos. Las noticias de Jerusalén llegaban con retraso a su aldea. Una pascua le contaron que lo habían crucificado. Respiró hondo. “Yo tenía razón: no era más que un visionario. Hice bien en no seguirle. ¡Qué locura hubiera sido echar por la borda todos mis bienes!”.

Pero, sin saber por qué, la noticia le entristeció, como aquella tarde cuando volvió la espalda a la cálida y respetuosa llamada del Maestro. En su mente seguía fija la idea de que el Señor le llamó, y que si él no quiso seguirle fue por egoísmo, pero aquella llamada, aquella vocación seguía viva en su interior. Descubrió que su antigua ilusión de entrega, sus deseos de Dios, seguían allí, en un repliegue del alma. Porque, durante años, casi sin advertirlo, aquella mirada y aquella sonrisa de Jesús le habían seguido acompañando.

Un día quizá aparecieron los discípulos del Señor por su aldea. Hubo sus tensiones, porque la doctrina de Cristo no deja a nadie indiferente. Los ancianos discutían a la entrada del pueblo y bramaban contra ellos en la sinagoga. Lo comentaban también, acaloradas, las mujeres en la fuente. Todos se sentían interpelados por las enseñanzas de aquel Maestro, y quizá el joven rico, que ya no sería tan joven, volvió a pensar en dejarlo todo y unirse a aquellos hombres, secundando ahora la llamada que el Maestro le hizo unos años antes.

Algunos se habían hecho de los suyos. Otros los insultaban y los perseguían. Quizá entonces fue generoso y recuperó el tiempo que había perdido. Pero quizá volvió a vencerle su egoísmo, y prefirió quedarse cómodamente al margen. Era rico y no quería riesgos. Se limitaba a contemplar desde lejos lo que pasaba. Pudo haber sido uno de ellos. Y seguía enriqueciéndose. Su casa se llenaba de pebeteros, de alfombras y de los pequeños lujos propios de una aldea. Tenía más y más criados, y sus campos se engrandecían.

Y unos años más tarde llegó aquella terrible guerra, la invasión romana, y la destrucción del Templo de Jerusalén. Y aquel hombre, con seguridad, lo perdió todo. Le arrebataron otros por la fuerza lo que no quiso él dar al Señor por su propia voluntad. Ahora su cuerpo se iba combando lentamente y se ajaba el rostro de su mujer. Y en su vejez se lamentaba de su pobreza, viendo sus campos y sus ganados en mano ajena, viendo el desprecio de aquellos que antes le adulaban porque era rico, pero que ahora le ignoraban porque ya no lo era. Y él seguía allí, en el portal de su casa, imaginando lo que pudo ser y no fue. A su alrededor, veía la respuesta a lo que había sido su vida: una vida encerrada en su egoísmo, que ahora los demás le pagaban con la misma moneda. Y lloraba en silencio, pensando que su vida podía haber sido menos cómoda pero llena de esa alegría que veía en la mirada limpia de los jóvenes cristianos.

Aquel hombre pudo haber sido un gran apóstol. Recibió, como Juan, la llamada en plena juventud. ¡Cuántas almas pudo haber salvado! Jesús las veía a través de sus ojos. Y veía, detrás de esas almas, tantas y tantas otras. Pero aquel hombre dijo que no. ¿Por qué? Cuenta el Evangelio que tenía muchas riquezas. Podemos imaginarnos lo que serían: unos campos, unas casas, unos caballos, unos mulos… Y por esas riquezas miserables abandonó a Dios hecho hombre, que le buscaba en lo mejor de su vida. Se entiende que Jesús hiciera aquella dolorosa reflexión, y que comentara entonces que es más fácil que pase un camello por el ojo de una aguja a que entren en el reino de Dios quienes están apegados a las riquezas.

Este joven ha permanecido anónimo. Si hubiera respondido positivamente a la invitación de Jesús, se habría convertido en su discípulo y probablemente los evangelistas habrían registrado su nombre. Pero quien pone su seguridad en las riquezas de este mundo no alcanza el sentido pleno de la vida ni la verdadera alegría. Por el contrario, quien se fía de la palabra de Dios y renuncia a sí mismo y a sus bienes para buscar el reino de los cielos, aparentemente pierde mucho, pero en realidad lo gana todo. El santo es precisamente aquel hombre, aquella mujer, que, respondiendo con alegría y generosidad a la llamada de Cristo, lo deja todo por seguirle.

Como Pedro y los demás Apóstoles, y como innumerables personas a lo largo de la historia, cada uno de nosotros debemos recorrer el camino que Dios nos marque, que es exigente pero colma el corazón y nos hará recibir el ciento por uno ya en esta vida terrena, juntamente con pruebas y persecuciones, y después la vida eterna.

-¿Piensas entonces que Dios nos pide siempre de lo que cuesta?

Lo hace Dios, y así es la naturaleza del hombre. Nadie considera auténtico un amor que no está dispuesto al sacrificio. “El amor, para que sea auténtico, debe costarnos”, escribió la Madre Teresa de Calcuta. El sacrificio es lo que prueba el amor, y lo que da alegría de verdad. “No quiero -insistía- que me deis de lo que os sobra. Quiero que me deis de lo que necesitáis hasta realmente sentirlo. El otro día recibí quince dólares de un hombre que lleva veinte años paralítico. La parálisis solo le permite usar la mano derecha. La única compañía que tolera es la del tabaco. Me decía: “Solo hace una semana que he dejado de fumar. Le envío el dinero que he ahorrado de no comprar cigarrillos”. Debió de ser un terrible sacrificio para él. Con ese dinero compré pan y se lo di a personas que tenían hambre. De este modo, tanto el donante como quienes lo recibieron experimentaron alegría.”

“Creo que una persona que está apegada a sus riquezas, que vive preocupada por sus riquezas, es en realidad muy pobre. Sin embargo, si esa persona pone su dinero al servicio de los demás, entonces se vuelve rica, muy rica. La bondad ha convertido a más personas que el celo, la ciencia o la elocuencia. La santidad aumenta más rápido cuando hay bondad. El mundo se pierde por falta de dulzura y amabilidad. No olvidemos que nos necesitamos los unos a los otros.”

14. Superar el miedo

Al que vive temiendo
nunca lo tendré por libre.

Horacio

Jonás era un hombre al que un buen día Dios le reveló de repente su vocación: “Anda y vete a Nínive, la gran ciudad, y predica en ella: porque el clamor de sus maldades ha subido hasta mi presencia”.

Dios le manifestó claramente su voluntad: quería contar con él para llegar a esas muchedumbres desorientadas que no le conocen, o que le conocen mal. El designio de Dios estaba bien claro, pero a pesar de eso, o quizá precisamente por eso, Jonás escapó. Se llenó de miedo. Se resistía al sacrificio, a la entrega de su vida a esa tarea que se le antojaba muy ardua. No captaba la grandeza y el atractivo de esa misión. Por eso se entristeció y huyó de Dios.

Lo suyo fue una escapada en toda regla. “Tomó el camino huyendo del Señor, y así que llegó a Jope, halló una nave que se hacía a la vela para Tarsis; pagó su pasaje, y entró en ella con los demás para llegar a Tarsis huyendo del Señor”. Huía de Dios y quizá aún más de sí mismo. Quería poner la mayor distancia posible, “airearse”, “probar otras cosas”, “conocer otros ambientes”… como quizá dirían ahora algunos cuando intuyen una voluntad de Dios cuya grandeza no saben apreciar. Pensaba que en medio del tráfago de otra ciudad, otro país, otras gentes, otro ambiente…, aquella voz se callaría, dejaría de oírla. Y abandonó su tierra, sus amigos, los lugares que le hablaban de Dios.

“Pero el Señor envió un viento recio sobre el mar, con lo que se movió en él una gran borrasca, de suerte que se hallaba la nave a punto de partirse”. Los marineros se asustaron. Intuían que aquella tremenda tempestad, que batía con tanta furia el barco, se debía a una poderosa razón divina. Jonás acabó por contarles su historia y aquellos hombres “comprendieron que huía, desobedeciendo a Dios”.

Jonás se arrepintió de su mala actitud y, después de diversas peripecias, finalmente obedeció y marchó a la ciudad que Dios le indicaba. Nínive era una ciudad enorme, hacían falta tres días de camino para recorrerla. Habló a los ninivitas con fuerza, los movió a hacer penitencia y consiguió que salieran de la inmoralidad en que vivían. Y Dios, “viendo las obras que hacían, y cómo se habían convertido de su mala vida, se movió a misericordia y no les envió los males que había declarado”. Nínive se convirtió y se salvó gracias a la predicación de Jonás.

-Supongo que es bastante normal sentir miedo ante este tipo de llamadas de Dios.

Es bastante normal. Además, ese temor no tiene por qué ser malo, sino que muchas veces es una muestra de que valoramos la importancia de lo que Dios nos pide, y comprobamos que nos da cierto vértigo. Por eso, tener miedo puede incluso ser señal de vocación. Si todo te diera igual, no sentirías miedo. El hecho de plantearse la entrega a Dios, y el que esa idea nos imponga un poco, ya es un dato importante, pues muy pocos llegan a pensar nunca en esa posibilidad, y si alguien les hablara de ello no les produciría ninguna inquietud.

-¿Y cómo superar el miedo? Son decisiones que entrañan riesgos importantes.

El mejor sistema es disponerse a escuchar la voz de Dios y a seguir su voluntad. Tener el coraje de decir que sí a lo que Dios nos pida. Aunque suponga derribar de un manotazo todo un mundo cómodo de seguridades en el que estamos instalados.

Así lo hizo la Virgen. Cuando el ángel le anuncia que va a ser Madre de Dios, se produce en ella una turbación natural, y el ángel la tranquiliza: “No temas”. Y le dice por qué: “Porque has hallado gracia ante los ojos de Dios”. Nosotros tampoco debemos tener miedo, porque Dios nos da la gracia necesaria para seguir el camino que nos señala.

Dios cuenta con todo eso. La percepción de la vocación, como sucedió con el anuncio del ángel a María, no es un acontecimiento aislado en la historia de la salvación, sino la continuación y culminación de una serie de intervenciones divinas anteriores. Dios va preparando todo, en la vida de cada uno, también lo que podría llamarse la psicología de la percepción de lo sobrenatural. Nos sitúa ante un anuncio que nos produce quizá maravilla, temor o admiración, ya que cuando percibimos la llamada captamos la trascendencia de lo que nos está sucediendo. Pero esa misma llamada nos ilumina interiormente y nos ayuda a superar el miedo natural que producen las intervenciones sobrenaturales.

De todas formas, la clave no está en el miedo, sino en cómo reaccionamos ante ese miedo. Porque lo que distingue a un cobarde de un héroe, no es el miedo, sino su capacidad de superar ese miedo. Y el miedo siempre aparece ante todas las decisiones importantes, que siempre suponen riesgos.

Unos te aconsejarán una cosa y otros otra. Si, por cobardía, tiendes a escuchar demasiado a los que “te apaciguan” y te dan “consejos tranquilizadores”, para así nunca asumir riesgos, no decidirás con acierto.

-Pero también puedes equivocarte por el otro extremo, si no consideras los riesgos y te dejas llevar por la precipitación o el entusiasmo de un momento.

Es cierto, y por eso hay que encontrar un punto intermedio que nos aleje tanto de la temeridad como de la indecisión. Pero sabes que no puedes pedir una seguridad matemática, ni metafísica. Tienes que aceptar el riesgo del amor, pero recuerda que es un riesgo en manos de Dios.

Dios quizá quiere contar contigo para llegar a mucha gente. No busca un simple paso adelante, un gesto, o un poco de tu tiempo. A lo mejor te pide, como a Jonás, una dedicación completa. Te pide cambiar de planes, cambiar de vida. Te muestra, quizá, un cometido concreto, una misión. Es mejor no hacer oídos sordos, como él hizo al principio, a pesar de ser tan claro el querer de Dios. Tuvo miedo, como quizá ahora tú, y puede que ese miedo no sea un simple vientecillo en tu corazón, sino a lo mejor un viento cada vez más fuerte que acabe volteando las campanas de tu alma.

Las decisiones más importantes de la vida dan un poco de miedo, pero hay que tomarlas. Como decía Benedicto XVI en una entrevista previa a su viaje a Alemania en 2006, el mundo necesita de nuestro compromiso personal por la búsqueda del bien, y necesita “el valor de tomar decisiones definitivas. En la juventud hay mucha generosidad, pero ante el riesgo de comprometerse para toda la vida, ya sea en el matrimonio o en el celibato, se experimenta miedo. El mundo está evolucionando mucho, y ahora parece que podemos disponer continuamente de nuestra vida entera con todos sus imprevisibles eventos futuros. ¿Entonces, con una decisión definitiva, no ato mi libertad y no me privo de la libertad de movimientos? Es preciso despertar el valor de atreverse a tomar decisiones definitivas, que en realidad son las únicas que hacen posible el crecimiento, caminar hacia adelante y alcanzar cualquier cosa importante en la vida, las únicas que no destruyen la libertad, sino que le ofrecen el mejor camino. Arriesgarse a dar este salto, tomar decisiones definitivas, y con eso acoger plenamente la vida, esto es algo que quisiera poder comunicar a los jóvenes.”

-Parece entonces que todo esto es en buena parte cuestión de una decisión de la voluntad.

No puede olvidarse, por ejemplo, que el matrimonio no es simplemente un acto de sinceridad, de quien afirma con cierta solemnidad que cree que ama sinceramente al otro. Es sobre todo un acto de la voluntad, de quien se compromete a amar al otro, de quien sabe que la fuerza de ese amor no se mide por la intensidad emocional del momento presente, sino por la determinación de ambos para construir juntos ese camino de amor. Por eso el matrimonio es también un contrato entre dos personas que deciden libremente unir sus vidas, para los momentos buenos y para los malos, en la prosperidad y la adversidad, en la plenitud de la vida y en la enfermedad o la vejez.

-¿Piensas que el miedo a las decisiones importantes tiene que ver con la educación que uno ha recibido?

Indudablemente, pues para adquirir compromisos importantes hay que haber sido educado -y haberse educado a uno mismo- en una actitud de compromiso habitual por la mejora del mundo que nos rodea. De lo contrario, los compromisos suelen eludirse, y eso lleva a que al final nos situemos casi inadvertidamente en unas coordenadas de egoísmo y de desimplicación.

Sentir un poco de miedo, o bastante, ante una decisión importante en la vida, no debe considerarse extraño. Una verdadera educación debe suscitar la valentía de las decisiones definitivas, que hoy muchos consideran un vínculo que limita nuestra libertad, pero que en realidad son indispensables para crecer y alcanzar algo grande en la vida, especialmente para que madure el amor en todo su esplendor y su atractivo. De esa educación surge nuestro “no” a formas endebles y desfiguradas del amor o de la libertad, que son un “sí” al amor verdadero, a la realidad del hombre tal como ha sido creado por Dios.

15. Mañana, mañana

Moneda que está en la mano,
tal vez se deba guardar.
La monedita del alma
se pierde si no se da.

Antonio Machado

Agustín de Tagaste era un joven y brillante orador, dotado de una gran inteligencia y un corazón ardiente. Su adolescencia transcurrió entre diversas escuelas de Madaura, Tagaste y Cartago, de manera un tanto turbulenta. Durante años anduvo sin apenas rumbo moral en su vida, muy influida por amistades poco recomendables: “Mientras me olvidaba de Dios -dice de sí mismo-, por todas partes oía: ¡Bien, bien!”.

“Yo ardía en deseos de hartarme de las más bajas cosas y llegué a envilecerme hasta con los más diversos y turbios amores; me ensucié y me embrutecí por satisfacer mis deseos. Me sentía inquieto y nervioso, solo ansiaba satisfacerme a mí mismo, hervía en deseos de fornicar. (…) ¡Ojalá hubiera habido alguien que me ayudara a salir de mi miseria…!”.

No era feliz: “Sabía que Dios podía curar mi alma, lo sabía. Pero ni quería, ni podía. Tanto más cuanto que la idea que yo tenía de Dios no era algo real y firme, sino un fantasma, un error. Y si me esforzaba por rezar, inmediatamente resbalaba como quien pisa en falso, y caía de nuevo sobre mí. Yo era para mí mismo como una habitación inhabitable, en donde ni podía estar ni podía salir. ¿Dónde podría huir mi corazón que huyese de mi corazón? ¿Cómo huir de mí mismo?”.

Agustín buscaba la verdad en diversas ideologías. Habló con las figuras intelectuales más destacadas para encontrar respuesta a las situaciones culturales y sociales de su época. Pasaba de maestro en maestro, y de ideología en ideología. Pero nada le llenaba el corazón. Leía incesantemente. Triunfó dando clases y conferencias, hasta convertirse en un personaje de moda, y era un pensador influyente al que llamaban de todos los sitios.

Estando en Milán, en el año 384, acudía, sin demasiada buena disposición, a escuchar las homilías de Ambrosio, obispo de la ciudad. Ambrosio era un hombre de una gran talla intelectual, y Agustín estaba interesado en su oratoria, no en su doctrina, pero “al atender para aprender de su elocuencia -explicaba-, aprendía al mismo tiempo lo que de verdadero decía”. Le parecía que aquel hombre explicaba de un modo distinto los pasajes de la Sagrada Escritura que él ridiculizaba en sus clases y que ahora le empezaban a parecer verdaderos.

El 1 de enero del año 385 se estaba preparando para hablar ante toda la Corte del Emperador Valentiniano, instalada por entonces en aquella ciudad. Agustín estaba consiguiendo sus propósitos de triunfar gracias a su elocuencia, pese a ser aún muy joven. Pero notaba que algo en su vida estaba fallando. “Al volver -escribiría más adelante-, y pasar por una de las calles de Milán, me fijé en un pobre mendigo que, despreocupado de todo, reía feliz. Yo, entonces, interiormente, lloré”.

Una cascada de sentimientos se desbordó en el corazón de Agustín. Caminaba, como siempre, rodeado de un grupo de amigos. “Les dije que era nuestra ambición la que nos hacía sufrir y nos torturaba, porque nuestros esfuerzos, como esos deseos de triunfar que me atormentaban, no hacían más que aumentar la pesada carga de nuestra infelicidad”.

“No hago más que trabajar y trabajar para lograr mis objetivos, y cuando los consigo, ¿soy más feliz? No. Tengo que seguir bregando contra todo y contra todos para mantenerme en mi puesto. Mientras tanto, ese tipo vive tan contento sin tener nada… Bueno; no sé si estará contento, no sé si será realmente feliz, pero, desde luego, el que no soy feliz soy yo… No es que me guste su vida, ¡es mi vida la que no me gusta! He conseguido un estatus, una posición económica y cultural… ¿y qué?”. “No compares -le dijeron sus amigos-. Ese tipo se ríe porque habrá bebido. Y tú tienes todos los motivos para estar feliz, porque estás triunfando…”.

Sí, estaba triunfando, pero aquellos éxitos en su cátedra y en sus conferencias, más que alegrarle, le deprimían. “Al menos -se decía- ese mendigo se ha conseguido el vino honradamente pidiendo limosna, y yo… he alcanzado mi estatus a base de traicionarme a mí mismo. Si el mendigo estaba bebido, su borrachera se le pasaría aquella misma noche, pero yo dormiría con la mía, y me despertaría con ella, y me volvería a acostar y a levantar con ella día tras día”.

La crisis se había desencadenado. Pero la lucha no había hecho más que empezar, llena de vacilaciones. “La fe católica me da explicaciones a lo que me pregunto…; sin embargo, ¿por qué no me decido a que me aclaren las demás cosas?”.

En su vida moral seguía haciendo lo que le apetecía. Deseaba salir de aquella situación, pero, a la vez, se sentía incapaz. “Si uno se deja llevar por esas pasiones, al principio se convierten en una costumbre, pero luego en una esclavitud…”.

Era un esclavo de esas pasiones, lo reconocía. Por eso, el tiempo pasaba y Agustín se resistía a cambiar. “Deseaba la vida feliz del creyente, pero a la vez me daba miedo el modo de llegar a ella”. “Pensaba que iba a ser muy desgraciado si renunciaba a las mujeres…”. “¡Qué caminos más tortuosos! Ay de esta alma mía insensata, que esperó, lejos de Dios, conseguir algo mejor. Daba vueltas, se ponía de espaldas, de lado, boca abajo…, pero todo lo encontraba duro e incómodo…”.

Agustín va poco a poco logrando dominar mejor sus pasiones y su soberbia, pero se encuentra con otro poderoso enemigo: “Me daba pereza comenzar a caminar por la estrecha senda”. “Todavía seguía repitiendo como hacía años: mañana; mañana me aparecerá clara la verdad y, entonces, me abrazaré a ella”.

El proceso de su conversión pasó -según contaría él mismo en su libro “Las Confesiones”- por multitud de pequeños detalles. El giro definitivo se produjo un día de agosto del año 386, en que recibió la visita de su amigo Ponticiano. Tuvieron una animada conversación. En un momento dado, Ponticiano le contó la historia de un monje llamado Antonio, y luego, viendo el creciente interés de Agustín, una anécdota suya personal. Le contaba esas cosas con intención de acercarle a Dios, pero probablemente no sospechaba el fuerte influjo que sus palabras producían en Agustín. “Lo que me contaba Ponticiano me ponía a Dios de nuevo frente a mí, y me colocaba a mí mismo enérgicamente ante mis ojos para que advirtiese mi propia maldad y la odiase. Yo ya la conocía, pero hasta entonces quería disimularla, y me olvidaba de su fealdad”. “Me puso cara a cara conmigo mismo para que viese lo horrible que era yo.”

Mientras su amigo hablaba, Agustín pensaba en su alma, que encontraba tan débil, oprimida por el peso de las malas costumbres que le impedían elevarse a la verdad, pese a que ya la veía claramente. “Habían pasado ya muchos años, unos doce aproximadamente, desde que cumplí los diecinueve, desde aquel año en que por leer a Cicerón me vi movido a buscar la sabiduría.”

“Había pedido a Dios la castidad, aunque de este modo: “Dame, Señor, la castidad y la continencia, pero no ahora”, porque temía que Dios me escuchara demasiado pronto y me curara inmediatamente de mi enfermedad de concupiscencia, que yo prefería satisfacer antes que apagar.” “Se redoblaba mi miedo y mi vergüenza a ceder otra vez y no terminaba de romper lo poco que ya quedaba”.

Ponticiano terminó de hablar, explicó el motivo de su visita, y se fue. El combate interior de Agustín se acercaba a su final. Cada vez faltaba menos, pero “podía más en mí lo malo, que ya se había hecho costumbre, que lo bueno, a lo que no estaba acostumbrado.”

Se decía: “¡Venga, ahora, ahora!”. Pero cuando estaba a punto… se detenía en el borde. Era como si los viejos placeres le retuviesen, diciéndole bajito: “¿Cómo? ¿Es que nos dejas? ¿Ya no estaremos contigo, nunca, nunca? ¿Desde ahora ya no podrás hacer eso… ni aquello? ¡Y qué cosas, Dios mío, me sugerían con las palabras “eso” y “aquello”!”. Los placeres seguían insistiéndole: “¿Qué? ¿Es que piensas que vas a poder vivir sin nosotros, tú? ¿Precisamente tú…?”. Miró a su alrededor. Muchos lo habían logrado. “¿Por qué no voy a poder yo -se preguntó- si éste, si aquel, si aquella, han podido?”.

Salió con su amigo Alipio al jardín de la casa. “¡Hasta cuándo -se preguntaba-, hasta cuándo, mañana, mañana! ¿Por qué no hoy? ¿Por qué no ahora mismo y pongo fin a todas mis miserias?”. Mientras decía esto, oyó que un niño gritaba desde una casa vecina: “¡Toma y lee! ¡Toma y lee!”. Pensó que Dios se servía de ese chico para decirle algo. Corrió hacia el libro, y lo abrió al azar por la primera página que encontró. Leyó en silencio: “No andéis más en comilonas y borracheras, ni haciendo cosas impúdicas. Dejad ya las contiendas y peleas. Revestíos de Nuestro Señor Jesucristo, y no busquéis cómo contentar los antojos de la carne y de sus deseos.”

Cerró el libro. Esa era la respuesta. No quiso leer más, ni era necesario. “Como si me hubiera inundado el corazón una fortísima luz, se disipó toda la oscuridad de mis dudas”. Cuando se tranquilizó un poco se lo contó a Alipio, que quiso ver lo que había leído. Se lo enseñó y su amigo se fijó en la frase siguiente del texto de la Escritura, en la que no había reparado. Seguía así: “Recibid al débil en la fe”.

“Después entramos a ver a mi madre, se lo dijimos todo y se llenó de alegría. Le contamos cómo había sucedido, y saltaba de alegría y cantaba y bendecía a Dios, que le había concedido, en lo que se refiere a mí, lo que constantemente pedía desde hacía tantos años, en sus oraciones y con sus lágrimas”.

A los pocos meses, en la Vigilia Pascual, recibieron el bautismo Agustín, su hijo y su amigo. Años después, escribiría: “Tarde te amé, Belleza, tan antigua y tan nueva, ¡tarde te amé! Estabas dentro de mí, y yo te buscaba por fuera… Me lanzaba como una bestia sobre las cosas hermosas que habías creado. Estabas a mi lado, pero yo estaba muy lejos de Ti. Esas cosas… me tenían esclavizado. Me llamabas, me gritabas, y al fin, venciste mi sordera. Brillaste ante mí y me liberaste de mi ceguera… Aspiré tu perfume y te deseé. Te gusté, te comí, te bebí. Me tocaste y me abrasé en tu paz”.

El camino de San Agustín hacia la conversión refleja muy bien la tendencia de todo hombre a retrasar las decisiones que vemos bastante claras con la cabeza pero a las que se opone la resistencia de nuestras malas costumbres o pasiones. Su relato autobiográfico es uno de los mejores testimonios que se han escrito sobre los problemas, angustias y búsquedas que supone la lucha contra esa resistencia interior. Una lucha que acabó en victoria, y que ha dejado a la humanidad la memoria de un personaje tan insigne como San Agustín, un gran pensador y un gran santo, cuyos escritos filosóficos y teológicos constituyen una referencia ineludible en la historia del pensamiento.

Muchas veces, las llamadas de Dios chocan contra ese muro en nuestro interior, que retrasa nuestras respuestas, desvía nuestra mirada y nos hace repetir, como Agustín: ¡mañana!, ¡mañana! Muchas veces ese “mañana” acaba por ahogar en su mismo nacimiento la voz del Señor. De ahí la necesidad de luchar contra el mal de la indolencia, contra esa falta de reacción ante el frío y el calor que circundan a la persona, y que llegan a dejarla en una situación de indiferencia, de letargo inútil que le impide salir de sí misma para emprender acciones arriesgadas, pese a desearlo profundamente.

-Pero las cosas importantes necesitan un tiempo de maduración.

Si nos tomamos tiempo para considerar con calma las cosas en la presencia de Dios, para reflexionar y obrar con madurez y libertad, eso es algo no solo prudente sino lógico y necesario. Pero si nos tomamos ese tiempo para ver si así se diluyen las cosas y se pierde la voz del Señor en el ruido de fondo de nuestra vida, entonces nos estamos engañando, como explicaba San Agustín. Quizá entonces, a ese “mañana, mañana…” haya que encararse pensando si no es nuestro “hoy” precisamente el que nos pide Dios.

Además, todos esos “mañanas” no podemos tenerlos tan seguros. San Luis Gonzaga murió a los veintitrés años, San Estanislao de Kostka a los dieciocho, San Juan Berchmans a los veintidós, Santa Teresa de Lisieux a los veinticuatro, y así muchos más. Dios puede llamar a cualquier edad, pero si nos llama en la juventud, hemos de agradecerlo como una predilección muy especial. Algunos piensan lo contrario, y creen que es mejor dejar pasar esos años, disfrutar de la juventud lejos de responsabilidades y compromisos, pero quienes han descubierto pronto esa llamada saben que no se cambian por nadie.

Además, si se entiende bien lo que supone descubrir la vocación, es decir, conocer el designio de Dios para nuestra vida, lo propio no es la espera, sino la esperanza. Hemos de fomentar la esperanza de ese encuentro con Dios. La espera puede aguardarse durmiendo, la esperanza, caminando. La espera es un sillón; la esperanza, una camino en progreso. La espera, un refugio cómodo; la esperanza cristiana, una virtud aguerrida.

-Pero no se puede meter prisa.

Con el frío, muchas plantas se hielan. Y así pasa con tantas vocaciones que dejan pasar el tiempo sin responder a Dios. Si lo consideramos en el silencio de la oración, quizá encontremos que los tiempos de Dios implican un sentido de urgencia. Si pensamos en tantas personas que aún no conocen a Dios, en todas las que le conocen pero no le aman, y en todas las que le odian, y en las que mueren sin haber oído siquiera hablar de Él, quizá entonces entendamos que puede haber algo de esa urgencia divina.

No es cuestión de meter prisa a nadie, sino de asegurar que con el paso de los días y los meses, y quizá los años, no estemos dejando pasar nuestra hora. Hay que pensar las cosas con calma, pero sin eternizarse en la respuesta.

-Pero nunca puede ser buena la precipitación de una respuesta inmediata.

La preparación y la buena disposición no son inmediatas, sino meditadas y maduradas. Pero la respuesta puede ser inmediata, como lo fue, por ejemplo, la respuesta de la Virgen al anuncio del ángel, en esa entrañable escena de la Anunciación. Nadie calificaría de precipitada a Santa María por contestar con su “Hágase en mí según tu palabra” en unos pocos segundos. Los requerimientos de Dios a veces piden una respuesta rápida.

En el Evangelio se lee también que Nuestro Señor encontró a Simón Pedro y a Andrés echando las redes al mar y les llamó: “Venid conmigo y os haré pescadores de hombres”. “Y ellos, enseguida, dejando las redes, lo siguieron”. Y lo mismo sucedió poco después con Santiago y Juan, “que estaban en la barca con su padre Zebedeo remendando sus redes; y los llamó. Ellos, al instante, dejaron la barca y a su padre, y le siguieron.” El Señor les pidió dejarlo todo, y ellos respondieron con prontitud, sabiendo jugarse todo a una sola carta, la carta del amor de Dios.

Es verdad que la respuesta a la vocación puede requerir tiempo. No puede ser el fruto irreflexivo del impulso de un momento. Por eso, el tiempo en el que se plantea la vocación debe ser tiempo de oración intensa, no de dilación cómoda; tiempo de búsqueda y no de olvido; tiempo para responder, no para demorar la respuesta con un mañana engañoso.

Es verdad que siempre cabe “darle otra vuelta más” a nuestras dudas. Es una dilación que puede nacer de la recta prudencia, pero también de las excusas eternas, o de lo que San Agustín llamaba “sus viejas amigas”. Pedimos tiempo y calma, ¿para decidir o para olvidar? Así lo relataba San Agustín: “Me encontraba en la situación de uno que está en la cama por la mañana. Le dicen: “¡Fuera!, levántate, Agustín”. Yo decía, al contrario: “Sí, más tarde, un poco más todavía”. Al fin, el Señor me dio un buen empujón y salí.”

Agustín fue un apasionado buscador de la verdad. Al final descubrió que solo en Dios se pueden saciar los deseos profundos del corazón humano. Su historia es una interesante referencia para todos aquellos que, sedientos de felicidad, la buscan recorriendo caminos equivocados y se pierden en callejones sin salida.