32. Sexto mandamiento

En la clase de Sofía (casi todos tienen 16 años) anuncian unos días de reflexión religiosa, en régimen de convivencia, para la siguiente semana. Ella no tiene muchas ganas de ir, pero viendo que van varias amigas suyas, que se iba a aburrir quedándose, y pensando que también le puede venir bien, decide asimismo apuntarse.

Una de las actividades de esos días es una charla sobre moral y sexualidad. En ella, una profesora muy mayor pasa revista a una serie exhaustiva de comportamientos. Sofía va oyendo cosas tales como que “no se puede ir provocando”; “la mayoría de los bikinis son una indecencia”; “un cristiano decente no puede ir hoy a muchas de las playas”; “y lo mismo de muchas discotecas”; “tanto la tele como internet está lleno de indecencias”; etc.

Sofía, aunque intentaba aparentar serenidad, se iba poniendo nerviosa e in¬dignando progresivamente. Todo eso le parecía una exageración. Le disgustaba además lo que se le antojaba un tono recriminatorio y hasta un poco desafiante, como si en el fondo fueran todas unas cochinas aunque lo di¬simularan. Asimismo, pensaba que si tan contundentemente sentenciaba, ten¬dría que explicar los porqués. Y le parecía que proponía un tono de vida ago-biante, en el que una se acabaría obsesionando porque todo eran peligros.

Por la noche, Sofía se juntó en una habitación con el grupo que pensaba que iba a comentar esa charla, y más negativamente. No era difícil acertar. Se oyó de todo. Descalificaciones aparte, cada una expuso sus argumentos. Para Loreto había “machismo”. Diana pensaba que eso era “puri¬tanismo”, pues “no te dejan hacer nada, todo está mal, todo es pecado. La que más habló fue Gloria. Dijo que trataba de estas cosas a menudo con su hermana mayor, que estaba en el últi¬mo curso de Psicología. Para ella, el sexo tenía que dejar de ser una especie de tabú, porque en realidad era algo natural. Y así, tan natural era, por ejemplo, el que el sexo esté unido a la afectividad, como por tanto que fuera lógico ejercerlo con quien se estuviera unido afectivamente. Lo que pasaba era que había que dejar conceptos antiguos que agobiaban, y ver las cosas con una mentalidad nueva libre de prejuicios.

Sofía siguió pensando en esto. Si lo que había oído por la mañana le había parecido una exageración, tampoco quedaba satisfecha con todo lo oído por la noche. Algunos argumentos le parecían más fruto del enfado que otra cosa. Al final, intuía que esas cosas debían ser más serias de lo que había pensado. A su vez, se daba cuenta de que había aspectos que no comprendía bien, y se propuso aprender bien, porque se jugaba más de lo que antes pensaba.

Preguntas que se formulan:

— ¿Son verdaderamente “cosas serias” las que afectan a la sexualidad? ¿Por qué? ¿Qué relación tienen con la persona y la personalidad? ¿Es algo meramente físico o fisiológico? ¿Cómo incide esta “seriedad” en la moralidad?
— ¿Qué entiende Gloria por “algo natural”? ¿Lo es realmente? ¿Qué noción de ser humano está implícita en esa consideración? ¿Hay algún ejemplo de comportamiento antinatural entre los que señala? ¿Por qué?
— ¿Justifica la inclinación afectiva el ejercicio sexual? ¿Por qué? ¿Cómo juzgarías la afirmación de Gloria? ¿Merece el mismo juicio si la relación es formal, como en el noviazgo? ¿Por qué?
— ¿Es cierto lo que dice Loreto? ¿Hay algo de verdad en ello? ¿Hay diferencias en esto entre hombre y mujeres?
— ¿Cómo juzgarías los ejemplos que aparecen en la charla? ¿Son comportamientos propiamente sexuales? ¿Qué relación tienen con esta materia? ¿Qué es una ocasión de pecado? ¿Cómo se valoran moralmente las que tienen relación con la pureza? ¿Qué es el pudor? ¿Qué sentido tiene? ¿Hay también algún ejemplo de conducta que es indirectamente sexual? ¿Qué significa eso? ¿Qué valoración moral tiene?
— ¿Qué opinión te merecen las objeciones de Sofía? ¿Cómo habría que explicar estas cosas? ¿Vivir bien la castidad lleva consigo algún agobio? ¿Cuál es la actitud correcta?
— ¿Cómo responderías a los planteamientos finales de Sofía?

Vid. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 371-372, 2331-2359.

Comentario:

Cuando se trata de la castidad, la principal cuestión es entender bien su sentido. El resto se deduce solo, completándose con la aplicación a este terreno de lo que se ha explicado sobre la prudencia en algunos casos anteriores. Por eso el caso aborda directamente los fundamentos, sin perderse en la multiplicidad de conductas que pueden atentar contra este mandamiento; de todas formas, algunas han ido apareciendo incidentalmente en otros casos.

De las opiniones expresadas por las compañeras de Sofía, la más interesante es la de Gloria. En la historia ha habido dos grandes errores sobre este tema que, como suele ocurrir, se contraponen entre sí. El primero es despreciar lo sexual. No entraremos aquí en la explicación de las posturas filosóficas que han sustentado esta visión, sino en su resultado. Éste era ver al sexo como algo malo, o al menos vergonzoso, que se “toleraba” en determinadas condiciones —en el matrimonio— por pura necesidad: hay que perpetuar la especie. Más o menos a esto se refiere considerarlo como un “tabú”. Pero una visión serena de las cosas debe desbaratar esa visión. El sexo, como parte de la naturaleza humana, es un don de Dios, destinado a cumplir una función que no tiene nada de vergonzosa —la reproducción—, y a configurar un amor —el esponsal— que cuando es auténtico es de las cosas humanas más nobles, y así ha sido reconocido siempre.

Es demasiado frecuente en la historia de la humanidad pasar de un extremo erróneo al extremo contrario, también erróneo, como si no hubiera más posibilidades. Es lo que sucede con Gloria, y con tanta gente en nuestros días. El resultado es trivializar lo sexual. Alega para ello que es algo “natural”, y la verdad es que podemos llamar a su postura “naturalismo”. ¿Qué falla en ella? Dos cosas.

La primera, y con esto contestamos también a Diana, es el estado de esa naturaleza. Quienes no conozcan o no crean en el pecado original, al menos tendrían que tener ojos para ver sus consecuencias. La naturaleza humana está, desde entonces, herida. Tiene una tendencia al descontrol, a dejarse llevar por las pasiones las apetencias, y con ello al mal. Y el instinto sexual es fuerte, de forma que se descontrola con facilidad. De ahí que, por mucho que proteste Diana con ejemplos claramente exagerados, resulta obvio que es necesario cuidarse y tomar medidas para evitar males, a la vez que se protege la intimidad ante una situación que se presta a su desprecio o “cosificación”: tomar a una persona como cosa apetecible, y nada más. Hay que aceptar las cosas como son. Cuando el ser humano tenía una naturaleza íntegra, nos cuenta el Génesis que Adán y Eva iban desnudos sin avergonzarse por ello. Tras la caída, lo primero que hicieron fue… vestirse. Sería sin duda maravilloso que tuviéramos una naturaleza íntegra, perfectamente dominada por la razón, pero esa no es la que tenemos. Siempre ha sido un sueño de la humanidad una naturaleza perfecta, pero sería un funesto error confundir la realidad con un sueño o con un deseo.

El segundo error de la postura de Gloria es lo que ésta parece entender por naturaleza humana. Es incompleto. El ser humano es un único ser, con cuerpo y espíritu, en el que se entrelazan ambas realidades. En el sexo esto se puede ver bien. No es algo puramente fisiológico. Es también anímico, y tiene una vertiente espiritual. Es algo que abarca la persona entera. El sexo está en lo físico, en lo psíquico y en lo espiritual. Pero, y seguimos sin salirnos de lo sexual, como en todo lo que concierne a la persona, el escalón inferior debe subordinarse y orientarse al superior. Y así, resulta que el sexo, en el ser humano, está hecho para vivirse en el amor auténtico, un amor que compromete a la persona entera y apto para transmitir la vida de forma humana, creando una familia donde pueda desarrollarse la descendencia como corresponde a la dignidad humana. Ése es el amor conyugal, el de los esposos. La “unión afectiva” de la que habla Gloria parece que no llega tan alto; suena a la tan cacareada actualmente “unión sentimental”, término bastante expresivo, pues parece que no se alcanza a comprender que el amor auténtico va más allá del sentimiento.

El amor, bien entendido, es entrega. Cuando la sexualidad está por medio, la entrega es de la propia intimidad, y de una dimensión muy personal. De ahí que la educación sexual —incluida la etapa del noviazgo, la última previa al matrimonio— sea educación para el amor. Consiste en enseñar a reservar esa capacidad de amar para el único amor que verdaderamente lo merece, sin que se estropee con otras cosas que podrán ser atractivas, incluso afectivamente atractivas.

¿Y tiene razón Sofía al indignarse por lo que oye de la profesora? ¿Es exagerado? Habría que oír la sesión completa para juzgar bien, pero da la impresión de que al menos falla en las formas. Lo importante no es tanto “sentenciar” comportamientos de manera drástica, sino explicar el sentido de la sexualidad y de la virtud de la castidad. Por supuesto, también es necesario sacar conclusiones prácticas, y si es necesario detalladas. Pero si se quiere enseñar con los ejemplos, hay que saber explicarlos bien. Y hay que ser positivos: si se piden esfuerzos, es por conseguir algo que valga la pena el esfuerzo.

¿Y es tanto el esfuerzo? ¿Es agobiante? A veces puede se costoso, pero no debe ser en ningún caso agobiante; si lo es, puede deducirse que hay algo mal planteado en ese esfuerzo. Como para todo esfuerzo, el cristiano debe contar con la gracia (oración, sacramentos…). Por lo demás, no es tan difícil si se cuidan los medios que la sensatez aconseja: evitar la pereza física y mental, y cuidar, una vez más, la prudencia: evitar las ocasiones de pecado. Y con una añadidura que puede tener su importancia: que una caída no es una catástrofe irreparable, sino un tropiezo del que hay que levantarse enseguida, con una lucha renovada y reforzada por la contrición.