Angel García Prieto, “Depresión en la adolescencia”, Arvo, 15.XI.03

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Angel García Prieto, “Elogio de la debilidad”, Arvo, 1.XI.02

Cada cual es único, y por tanto anormal (Alexandre Jollien).

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Angel García Prieto, “Conflictos en la adolescencia: de Edipo a Narciso”, PUP, 14.I.03

Las dificultades que tenía que superar un adolescente, para enfrentarse a una vida de autonomía personal; todo el conjunto de experiencias, tensiones y aprendizajes que conducían a conseguir la madurez emocional, laboral y relacional de un adulto, están cambiando a fuerza de las presiones que sufre nuestra sociedad postmoderna. Aquello que dio en denominarse el “complejo de Edipo” –con demasiada frecuencia malinterpretado, al ser reducido a cuestiones represivas del instinto y comportamiento sexuales, cuando su realidad es mucho más rica – está pasando a la historia, para proyectar ahora el conflicto fundamental de la adolescencia en otro mito griego, el de Narciso, aquel joven que se enamoró de su propia figura reflejada en el agua del arroyo al que acudía para buscar sus anhelos y deseos en sí mismo.

Sí, adolescentes ensimismados, que pasan por una infancia en la que los adultos no han sabido, querido o podido ponerles límite a sus deseos, caprichos y satisfacciones. Y acaban llegando a esa época crucial de la vida, que es la adolescencia, sin hábitos ni adquisiciones internas que sirvan de base a la autodisciplina necesaria para la madurez, la autonomía que pueda proyectarse en bien hacia los demás.

En este sentido se han manifestado los psicólogos y psicoanalistas participantes, el pasado otoño en Murcia, en una reunión que llevaba el título de “La adolescencia, un reto para la salud mental”. Así, la profesota titular de Psicología Clínica de aquella universidad, Concha López Soler, manifestaba: “Creemos que dándoselo todo a los niños y evitando negativas les hacemos felices, pero ¿qué clase de adultos estamos creando?”, criticando el exceso de gratificaciones inmediatas y la necesidad de comenzar a desarrollar el autocontrol en el primer año de vida, pues si se llega a los cuatro sin arraigarlo, en la adolescencia habrá problemas. Los padres se cansan de mantener la disciplina, el ambiente social no la favorece y en las aulas escolares tampoco parece que haya vientos favorables, entre un profesorado al que se le han quitado los recursos y las motivaciones para educar con cierto control de las conductas. Los expertos reunidos en ese congreso monográfico coincidían, como tantos otros de distintos ambientes y localizaciones, en que el entorno familiar ha pasado del recurso frecuente del castigo, el autoritarismo y la imposición a la ausencia de disciplina. Ya no existen represiones – y el concepto represión no tiene porqué ser siempre algo indeseable – por lo que deseos e impulsos campan a sus anchas durante la infancia, para desembocar en la adolescencia en una situación que desencadene la impotencia de autocontrol ante requerimientos de la vida, para conducir a los chicos a la depresión y la desorientación, cuando no a otros patrones de conducta más patológicos y conflictivos.

Angel García Prieto, “36 no es su talla, es su edad”, PUP, 2.X.01

Estas últimas semanas se exhibían dos tipos de carteles callejeros en la campaña que está llevando a cabo una conocida marca comercial de ropa. Era llamativo, en primer lugar, que las modelos se presentaban vestidas con elegancia y no provocativamente semidesnudas, como nos tienen acostumbrados de una manera ya tópica gran parte de las imágenes publicitarias que tratan de orientar la moda.

Pero además, se puede considerar aún más laudable el mensaje que trasmitían. La artimaña publicitaria se basaba en un pequeño quiebro entre la percepción y el juicio de los observadores, pues sobre las figuras femeninas aludidas se podía observar una cifra y una leyenda de gran tamaño: “36”. “No es su talla, es su edad”, en uno de los carteles o “90-70-90”. “No son sus medidas. Es su teléfono”, en el otro. Y en letras más pequeñas, en la base del reclamo y como conclusión feliz: “La moda se lleva. No te lleva”.

Está bien que alguna marca comience a darse cuenta de la dramática epidemia de delgadeces que entre las adolescentes y jóvenes vienen provocando las tendencias de modistos, pasarelas y ofertas comerciales de los últimos años. Las anorexias mentales, bulimias y trastornos de la conducta alimentaria en general se han multiplicado por decenas, centenares y miles, respectivamente, por efecto del bombardeo de eslóganes, modas y planes para el fomentar un estilo de alimentación y una estética de la línea corporal por completo inhumanas y atentatorias contra la salud corporal y psíquica.

Enhorabuena a esa firma comercial por su orientación. A ver si este ejemplo cunde y comienza a enderezarse el camino de la moda femenina hacia una dirección que sea racional, saludable y realmente digna.

Angel García Prieto, “Psicopatología del acoso”, PUP, 11.XII.01

Se ha puesto de moda hablar del “síndrome de acoso institucional o mobbing”. Y no sin razón, pues desde hace no mucho tiempo se observa en las consultas de psiquiatría la frecuente presencia de pacientes que sufren este trastorno.

El acoso es tan antiguo como la vida social. Siempre ha habido casos de personas individuales o grupos que persiguen a otros de una manera psicológica. Existe un acoso psicológico en el ámbito laboral, en el que un superior o un grupo de compañeros persiguen, aíslan, hostigan o maltratan de diversas maneras a otro compañero víctima, por razones de envidias, estrategias del grupo o diversos motivos que conducen a intentar expulsar o aniquilar de esa persona; éste es el que ahora denominamos “acoso institucional”. Pero también existe un “acoso sexual”, cuando la pretensión del acosador es obtener un beneficio lascivo, o cuando los medios de que se vale para otros fines tienen un carácter sexual o cuando la víctima lo es simplemente por su sexo. Incluso se puede hablar de otro tipo de acoso que se produce en el seno de una familia o una pareja, es el denominado “Luz de gas” – por el título de la famosa y clásica película, que lo describe de una manera magistral – y consiste no! tanto en atemorizar a la víctima sino en hacerla dudar de sí misma, de sus percepciones y juicios, para anularla como persona.

Si siempre ha habido acoso y ahora sus consecuencias se ven mucho más en la consulta, obedece a diversas razones de tipo sociológico, cuya descripción excedería lo que permite este artículo. Pero en síntesis se podría decir que hoy día somos mucho más sensibles a todo lo que puede ser peligroso o simplemente arduo o difícil para el yo. La sociedad actual educa y alienta en exceso hacia la seguridad y, con palabras de un clásico de la psiquiatría, Fritz Künkel: “El riesgo al que se expone el yo es tanto más grave, cuanto mayor es la solicitud con que busca su protección”, razón, entre otras, para que con facilidad las personas se puedan sentir más frágiles y puedan acudir – porque ahora las hay, antes no tanto – a esas ayudas de profesionales de la salud psíquica.

El síndrome del acoso -que en ocasiones se puede confundir con otro parecido y también muy presente, el de “estar quemado o bourn out”- se puede presentar con síntomas de la esfera depresiva, como tristeza, insomnio, aislamiento, desánimo, cansancio, autodepreciación, desilusión, etc.; o bien en forma de estrés, con ansiedad, obsesiones en torno a la persecución de que se siente objeto, hipervigilacia, irritabilidad o agresividad, dificultades en las relaciones interpersonales, etc. En cualquier caso se trata de un trastorno adaptativo psicológico que hace sufrir mucho al que lo padece y que va a necesitar un tratamiento psicoterapéutico, farmacológico y, si es posible, una intervención en el ámbito laboral o institucional en el que se desarrolla el acoso.

Angel García Prieto, “Psicología optimista”, PUP, 10.VIII.03

Están teniendo mucho éxito popular, los Estados Unidos, los libros de autoayuda y los cursos que el psicólogo Martín Seligman difunde con el sello de su psicología positiva, escuela que se preocupa más por trabajar las raíces de la felicidad humana que las causas de la patología mental.

Ha venido a España para presentar su último libro “La felicidad Auténtica”, en las Facultades de Psicología de las Universidades Complutense y de Granada, motivo por el que ha tenido varias entrevistas periodísticas en las que ha respondido con sugerentes ideas. Una de ellas es la de explicación del enorme aumento de la depresión y la ansiedad que sufren los ciudadanos de las sociedades ricas, la basa en los “atajos” que se pretenden seguir para conseguir la felicidad, como son por ejemplo las drogas, las compras, el sexo sin amor, la televisión…; en detrimento de otros aspectos verdaderamente positivos de la vida, como el desarrollo personal y el sentido de la vida. Otra razón es que “Cada vez pesa más el individuo y menos las colectividades. La familia cada vez es más pequeña, se desvanecen las ataduras a la nación, a la comunidad, al grupo religioso. Éstas eran las instituciones tradicionales que nos apoyaban en los momentos difíciles, que alo largo de la historia han sido las medidas antidepresivas más eficaces, y están desapareciendo”- decía.

En su libro se muestra optimista respecto al futuro de la Humanidad, a pesar de que no estamos pasando por el mejor momento “ Nos esperan unos meses difíciles. Pero ni Sadam es Hitler, ni Osama (Bin Laden) es Stalin, ni esta crisis económica es la Gran Depresión (…). El siglo XX fue el siglo de Hitler y de Stalin y sus consecuencias, pero conseguimos vencerles”.

Tiene, incluso una receta para la felicidad, que – muy en resumen – la articula en tres niveles. En primer lugar se trata de llenar la vida de los placeres posibles y compartirlos con los demás, describirlos, recordarlos y utilizar la meditación para ser más consciente. “Pero éste el nivel más superficial. El segundo nivel, el de la buena vida se refiere a lo que Aristóteles llamaba eudaimonia, que ahora llamamos el estado de flujo. Para conseguir esto, la fórmula es conocer las propias virtudes y talentos y reconstruir la vida para ponerlos en práctica lo más posible(…)La buena vida no es esa vida pesada de sentir y pensar, sino de sentirse en sintonía con el ritmo de la vida. Creo que mi perro – añade con sentido del humor – lo podría definir así: corro y persigo ardillas, luego existo”. El tercer nivel se basa en poner los talentos y virtudes personales al servicio de una causa más grande que uno mismo, para dar sentido a la propia vida.

Amables sugerencias, perspectivas no nuevas ni geniales, incluso elementales y antiguas- si se quiere -, pero con la sabiduría de lo que es capaz de trascender. Y que de una manera lamentable, a pesar de su sencillez, parecen olvidarse o al menos dejarse de lado, quizás por las prisas, por las exigencias de lo material y práctico, por una vida moderna que no parece darse cuenta de que el desarrollo, el futuro, lo nuevo tiene raíces en lo de siempre, en lo antiguo, en lo que siempre hubo de bueno.

Angel García Prieto, “Anorexia, Bulimia, talla 36 y modistos flautistas”, PUP, 13.VI.02

La anorexia, la bulimia y otros trastornos de la conducta alimentaria, como bien se sabe, están creciendo entre los adolescentes – especialmente en las chicas – de una manera alarmante. De ello se hacen eco con frecuencia los medios de comunicación y, por fortuna, cada vez más estamos informados de la existencia de esta verdadera epidemia.

No obstante la información por sí misma no previene, no sirve para evitar nuevos casos, ni para solucionar los ya existentes. Hace falta una labor clínica, médica y psicológica. Y es necesaria una amplia tarea de educación familiar y escolar, para defender la tumultuosa estructura psicológica del adolescente de la obsesión enfermiza por un cuerpo artificialmente delgado.

La moda hace estragos. La delgadez patológica de la mayoría de las modelos de pasarela, el diluvio de publicidad de alimentos, ejercicios, cosméticos y demás adelgazantes abonan la ya de por sí titubeante estructura psicológica adolescente, para obsesionar a muchas chicas por la consecución de un cuerpo que cada vez tiene menos de natural.

La moda la hacen modistos y empresarios, que imponen el mercado del vestir. Algunos de ellos son como flautistas de Hamelin que se llevan hipnotizados a los más jóvenes de nuestra sociedad. Y las chicas que en ese periodo atienden demasiado a los cambios corporales – la adolescencia, decía Dante “Es acrecentamiento de vida (…) nuestra alma atiende al crecimiento y hermoseamiento del cuerpo, y de ahí los muchos y grandes cambios que operan en la persona” – Las chicas, decía, se obsesionan hasta lo patológico por conseguir esos cuerpos ideales, cultivados artificialmente por las modelos, para “sentirse bien” a toda costa. Ese “sentirse bien”, se traduce en enfermedad física y mental, fracaso en el rendimiento escolar, ruptura de las relaciones afectivas, trastornos de conducta, depresión y, en un 5 a 10 por ciento de los casos, muerte. Así de dramático. Así de real.

Para complicar más la situación, determinadas marcas y redes comerciales están falseando las medidas de las tallas, dando prendas más estrechas que las que corresponderían al número, de modo que acomplejan aún más a las clientas con la anchura de sus caderas o sus piernas. ¿ Será esto una venganza, como la del flautista de Hamelin? ¿Qué les ha hecho nuestra sociedad, para que embauquen a sus menores y los lleven engañados?. No sé. Pero el panorama parece de locos. Ahí está.

Sólo cabe más reflexión, más debate de creadores, comerciantes, consumidores, padres y chavales para racionalizar la situación. De lo contrario las consecuencias de la epidemia son muy malas: decenas de muertes, centenares de enfermas psíquicas crónicas, miles de trastornos importantes en la conducta, las relaciones y los estudios durante un periodo de varios años en la juventud de sus víctimas y en la vida de sus familiares.

Angel García Prieto, “¿Qué es la ortorexia?”, PUP, 4.VII.03

Hay en la actualidad un buen número de ciudadanos de nuestra sociedad occidental –más mujeres y sobre todo jóvenes- que padecen algún tipo de trastorno de la conducta alimentaria, en especial bulimia y en menor grado anorexia. Y con esta premisa, no es aventurado pensar que en poco tiempo esta cifra se aumente con aquellos que caigan en una nueva patología, que se denomina ortorexia.

En 1996, el médico norteamericano Steven Bratman publicó un libro titulado Yonquis de la comida sana, en el que proponía este término, Ortorexia, -del griego ortos = recto y rexia = apentencia– para designar un cuadro clínico psicopatológico caracterizado por la obsesión de búsqueda de la calidad extrema en los alimentos que se consumen. Se trata de personas que dedican gran parte de su tiempo diario, más de tres horas, en pensar qué comen; que son capaces de recorrer largas distancias, gastar demasiado dinero o hacer importantes sacrificios sólo para garantizar que aquellas cosas que van a ingerir son de indudable calidad natural. Por estos motivos llegan a perder la relación con los demás, a sentir desprecio o rechazo por las personas que no se preocupan como ellos, a no acudir a comidas fuera de su casa, a sufrir ansiedades y depresiones por la obsesión de no conseguir, o perder, esa garantía alimentaria.

Este tipo de trastornos parecen ser de la misma índole que las bulimias y las anorexias, se suelen dar en personas obsesivas, meticulosas, exigentes, rígidas, que tienen preocupaciones previas de tipo hipocondríaco (miedo patológico y exagerado a sufrir enfermedades). Así, se citan anecdóticamente como ejemplos de este tipo de conductas enfermizas a algunas estrellas de Hollywood, que sólo consumen refrescos orgánicos, leche de soja, o que analizan en un laboratorio la composición de los yogures que toman…

Se trata, pues, de otra vuelta de tuerca de las obsesiones en una sociedad del bienestar, que está continuamente bombardeada por eslóganes de seguridad, salud, ecología, belleza en la delgadez y otros tantos valores sacados de quicio y que tienen un eco especial, una sintonía de mucha intensidad, en personas con perfiles demasiado perfeccionista.

Angel García Prieto, “La influencia de la moda en la anorexia y la bulimia”, PUP, 1.III.01

La Anorexia, la Bulimia y otros trastornos de la conducta de alimentaria son, en nuestra sociedad occidental y rica, una verdadera epidemia, sobre todo entre los adolescentes y jóvenes.

En esa dinámica psicológica de cambio crítico, actúa de un modo especialmente agudo y determinante el factor moda, al que se suma el gregarismo y la imitación, así como la sugestionabilidad y la identificación con personajes de éxito social. De manera que puede ser fácil para muchos adolescentes el comportamiento extremista para conseguir una identificación con lo que se les presenta como ideal. Y la extrema delgadez femenina es , hoy por hoy , un prototipo de éxito en las pasarelas, espectáculos, deportes y otras actividades de éxito entre los jóvenes.

La prevención de estos serios trastornos- psíquicos primero y de consecuencias físicas después – tiene que pasar por la influencia de la moda, que actúa como desencadenante de la enfermedad. Sin dicho factor el trastorno se manifestaría epidemiológicamente en cantidades ínfimas, casi anecdóticas, como antaño venía ocurriendo. Los llamados grupos de riesgo para la Anorexia y la Bulimia son los formados por chicas- los varones en mucha menor medida, de 1 a 10 aproximadamente- adolescentes, de buen nivel intelectual y rendimiento escolar, voluntariosas y tendentes al perfeccionismo. Éstas son las que no se sienten a gusto con su cuerpo – ¿ y que jovencita consigue gustarse a sí misma ? – y buscan adelgazar a toda costa, hasta desarrollar una auténtica y grave obsesión que, además, les hace percibirse alteradamente – se ven “gordas”, a pesar de estar bien o incluso sumamente delgadas.

En casa, en el colegio, en las tiendas de ropa, entre los modistos, las atletas, las modelos, los artistas…debería darse el mensaje auténtico de mujer bella, no el de sílfide anémica que sonríe ante las cámaras y llora amargamente, luego en la intimidad, la depresión, el vacío y la soledad de su morboso y falso atractivo, de su autodestrucción.

Angel García Prieto, “El alcohol en los jóvenes, sociología y patología”, PUP, 19.IV.01

Las recientes estadísticas ponen de manifiesto que ha aumentado el uso y el abuso de alcohol entre la gente joven. Ahora también la mitad de las chicas lo consumen especialmente los fines de semana. Y también parece muy claro que se ha adelantado de una manera notable el inicio de esta costumbre, que ahora se cifra en los 13 años para los varones y los 14 para las chicas, aunque existan algunas diferencias según las muestras estadísticas estudiadas en nuestro país.

La capacidad adquisitiva mayor, el retraso en la emancipación de la familia y el aumento de tiempo de ocio, son algunos de los factores que se estiman como favorecedores de este fenómeno social, en el que los chicos dedican la mayor parte de su dinero – a partir de los 18 años también es el coche o la moto quien comparte este primer lugar en el capítulo de gastos – y de su tiempo relacional y de ocio.

El pico estadístico de mayor consumo está en torno a los 25 años, edad a partir de la cual la mayoría – salvo aquellos que están encaminados por una más o menos clara trayectoria de alcoholismo – comienzan a descender la cantidad de etílico consumido. La cerveza y los licores combinados son las bebidas preferidas de los más jóvenes y el vino aumenta su protagonismo a medida que crece la edad. Y es en el medio rural donde la proporción de varones es mayor que en la ciudad; al contrario de las chicas que, por razones estilo de vida y consideración social, beben más en el ambiente urbano.

El alcohol desinhibe y tomado en cantidades excesivas – para cada persona el límite cuantitativo es distinto, y a veces muy pequeño- predispone a conductas violentas personales o grupales; euforias que pueden ser peligrosas en el uso de vehículos, y no cabe olvidar que los accidentes de motos y coches son la primera causa de muerte juvenil; en la conducta agresiva frente a otros – el alcohol es “amigo” del crimen, dice algún tratado de medicina legal -; en excesos de control sexual, con aumento de embarazos no deseados en adolescentes y las consecuencias en el feto del uso habitual de alcohol de la madre… y en general en consecuencias de actos en los que el bebedor excesivo puede dejarse llevar del sentimiento de omnipotencia que el alcohol produce, como droga psicoactiva que es.

Naturalmente, no todo uso de alcohol pinta unos cuadros tan dramáticos como los enumerados; pues su utilización moderada y en circunstancias ambientales apropiadas no solo no es malo para la mayoría de las personas, sino un elemento que sirve para animar la vida personal y social. Pero cuanto más se tome y cuanto más joven sea el que lo ingiere, la cercanía a las consecuencias negativas aumenta. Es necesario tener en cuenta, en este sentido, que la adolescencia es un periodo muchas veces difícil para los chicos: problemas y tensiones interiores, frustraciones escolares, laborales o familiares; y ellos de una manera más o menos consciente buscan en el alcohol la compensación que además de falsa se convierte en un riesgo de primer orden.

Algunos medios, y en especial la televisión, favorecen unos usos sociales del alcohol que son más que criticables, al presentarlo como medio para triunfar, relacionarse, ligar, estar alegre, superar los propios complejos…En definitiva, legitima unos patrones de uso impropios, a la vez que presenta como naturales, inocuos y recomendables unas normas de uso que son nocivas y patológicas.

Nuestra sociedad tiene, en estas cuestiones, un reto que no sólo es necesario afrontar, sino que hay que intentar con todos los medios superar.

Angel García Prieto, “Un mapa de la felicidad matrimonial”, PUP, 8.I.01

La prestigiosa revista norteamericana Newsweek, en su número de 26.IV.99, publica un reportaje sobre los estudios que está llevando a cabo John Gottman, psicólogo del laboratorio de Investigación de la Familia de la Universidad de Washington. Este investigador lleva años buscando las claves del éxito conyugal y ha publicado un libro – The Seven Principles for Making Marriage Work – que explica el resultado de los estudios y es un mapa científico de la felicidad matrimonial. Golttman, para su estudio, partió de la consideración de que los trabajos psicológicos sobre los matrimonios casi siempre se establecían en torno al análisis de los fracasos y problemas. Y decidió lanzarse a la investigación de los motivos que hacen que las parejas vayan bien. El psicólogo – de 56 años de edad – reconoce que sus resultados no tienen la categoría de datos empíricos sólidos, pero sirven para entender las conductas y ayudan a otras parejas a encontrar su felicidad matrimonial. Insiste en la idea de que la construcción de “una casa con buenos cimientos matrimoniales” pasa por apreciar lo mejor del otro, compartir las obligaciones domésticas y el cuidado de los hijos. Las parejas felices son las que saben, además de ser esposos, ser padres y vivir compartiendo las obligaciones hacia ellos. Aceptar los rasgos de carácter que no van a cambiar nunca en el otro y amarse por lo que tienen en común y lo que les hace complementarios, es otra de las fórmulas magistrales que aporta. Las riñas no son las razones principales del enfriamiento conyugal. Los auténticos demonios son la indiferencia, el desprecio, la crítica, el encerramiento en sí mismo y la actitud defensiva frente al otro. Gottman señala, además, que hay dos épocas delicadas durante el matrimonio, pues existe un elevado número de divorcios después de una media de 5,2 años de matrimonio y otro pico estadístico después de pasados 16 a 20 años. Otra apreciable observación es que las parejas felices se esfuerzan en no dejarse desbordar por los conflictos que siempre surgen. El sentido del humor, la distensión momentánea ante la riña, son muy útiles para evitar entrar en una dinámica de discusión de complicada salida. Tampoco se debe caer en el tópico de aceptar que la relación entre el hombre y la mujer debe partir de mundos emocionales muy distintos. Según sus estudios, estas diferencias de género puede contribuir a que haya problemas, pero no son su causa. Prácticamente el mismo número de mujeres que de hombres entrevistados estuvieron de acuerdo en que la amistad dentro de la pareja es el factor más importante de satisfacción matrimonial.

Angel García Prieto, “Dedicación y transmisión de valores a los chicos”, PUP, 7.III.02

Una de las razones que se pueden aportar al debate que plantea el problema de la conducta de los jóvenes en las escuelas y en la calle, es que los chicos se sienten cada vez más solos. Se han hecho múltiples estudios sociológicos en países muy adelantados y una de las causas que se esgrimen es que los padres, por razones laborales o de otro tipo, tienden a dedicar menos tiempo a sus hijos y que los chicos se sienten solos. Diversos estudios norteamericanos, hechos con poblaciones de niños y jóvenes entre los años 1980 y 1990 ven aumentos de cifras de fracaso escolar, delincuencia juvenil, embarazos precoces, a pesar de que los ingresos económicos del hogar por niño aumentaron. Se alcanzaron cifras record de malestar infantil, que despertaron la preocupación social. Así, una encuesta publicada en 1991 por la revista “Time”, afirmaba que al 60% de los jóvenes estadounidenses le gustaría dedicar a sus hijos más tiempo del que ellos recibieron de sus padres, pues, como afirmaba el profesor Louv en “La niñez del futuro”, la autonomía de que disponían los niños, “más que a la educación en la libertad, se acercaba al abandono”.

Los hijos requieren una dedicación, un consejo, un apoyo, una seguridad y necesitan saber que tienen la retaguardia asegurada. Y que en un momento determinado, cuando tengan dudas o problemas de algún tipo, hay alguien querido y cercano que les ayude a sobrellevarlos. Esto es absolutamente fundamental, pues es imprescindible la función de la familia, aunque ésta sea vicaria, porque la familia no siempre puede ser el padre y la madre; y hay familias monoparentales por viudedad o por separación… Es muy importante siempre que las personas se puedan sentir valoradas en su justa medida, lo que adquiere característica de auténtica necesidad durante la adolescencia, en la que la inseguridad producida al abandonar la niñez determina una vivencia de precariedad que puede llegar a ser agobiante y muy destructiva. El peor de los chicos tiene un valor enorme como persona que es, y eso hay que dejárselo siempre muy claro.

En el ambiente enmarcado dentro de la “Década de Niño”, como fue el de los años noventa y tras la convocatoria de las Naciones Unidas de la “Cumbre Mundial de la Infancia”, una comisión de personalidades políticas, médicas, educativas y empresariales, de los Estados Unidos publicaron un “Código Azul” en el que se dicen muchas cosas sobre la situación de la juventud de aquel país. Con los datos de ese informe, Willian J. Bennett, entonces secretario de Educación, pronunció un discurso en la Universidad de Notre Dame (Indiana) en el que entre otras muchas cosas dijo que “la crisis no se limita, como algunos creen, a comunidades azotadas por la pobreza y el crimen sino que afecta a millones de adolescentes de todos los barrios a lo largo de la nación”. Para ilustrarlo apuntaba estadísticas: una de cada diez adolescentes embarazadas, con más de 400,000 abortos anuales, duplicación de suicidios y un número treinta veces mayor de muchachos detenidos en comparación con las cifras de tres décadas anteriores. “Demasiados chicos norteamericanos son víctimas del fracaso parcial de nuestra cultura, de nuestros valores y de nuestras normas morales: drásticas alteraciones en la composición de la familia, un diálogo escaso y débil entre la gente joven y los adultos, degradación de los vecindarios tradicionales y así sucesivamente.” –decía.

Su discurso no era un lamento, pues apuntó soluciones, como éstas: “En los últimos años hemos hecho un trabajo razonablemente bueno enseñando a nuestros hijos virtudes delicadas como la tolerancia, la comprensión, la propia estima y la sensibilidad. Y eso está muy bien. Pero creo que todavía nos perdemos en discusiones inútiles sobre la necesidad de enseñar virtudes fuertes como la disciplina y el dominio de sí, la responsabilidad individual y cívica, la perseverancia y la laboriosidad. Y añadía: “Así es como se configura el carácter de una sociedad: mediante la moralidad individual, que acumula un capital social de generación en generación, en beneficio de nuestros hijos. Las convicciones privadas son una condición del espíritu público. Pero hay que renovar continuamente la inversión en convicciones privadas: han de hacerlo los adultos. Esa es nuestra misión”.

Angel García Prieto, “Un 30% de las niñas de 10 años adopta medidas para perder peso”, PUP, 20.IV.01

Ni siquiera han traspasado el umbral de la adolescencia y ya están pensando en tener un cuerpo perfecto. Un estudio publicado en la última edición de la revista “Journal of Health Promotion” acaba de poner de manifiesto cómo las niñas de tan sólo 10 años interiorizan el culto al cuerpo, aún presente en los medios de comunicación, y deciden hacer dietas, incluso aunque estén en su peso normal. Como es sabido, los trastornos de la conducta alimentaria – la anorexia y la bulimia sobre todo – son una procupación social por su extensión entre los adolescentes. Estas dos enfermedades afectan mucho más a las chicas que a los varones, aunque éstos en una mínima parte también pueden ser víctimas activas del trastorno.

Son varios los factores que hacen de estas afecciones una auténtica epidemia, entre ellos cabe destacar la moda y la exageración de la estética corporal. Por eso, en la misma línea psicopatológica – aunque en el fondo pueda haber otros factores biológicos que los diferencien- comienza a aparecer entre los chicos una obsesiva actitud ante el propio cuerpo, que lleva a una actividad atlética desenfrenada y a la percepción equivocada de su corporalidad.

Se trata de lo que se comienza a denominar “vigorexia”. Un afán morboso de conseguir fuerza, vigor, formas atléticas, a costa incluso de otras cosas mucho más importantes, como la relación con los demás, el rendimiento laboral o escolar, la salud…Conformando un cuadro clínico en todo similar a la anorexia, en el que el enfermo se ve enclenque, a pesar de su normalidad o incluso de su inmejorable estado físico. Y esto le lleva al uso inmoderado de la gimnasia, los anabolizantes y, en general, unos hábitos de vida desmesurados y patológicos, en los que un afán obsesivo de perfección lo tiñe todo.

Como para la anorexia y la bulimia, enseñar a los chicos, en la familia y en la escuela, a afrontar con actitudes críticas esos inadecuados modelos actuales de delgadez en las jóvenes y de culturismo en los muchachos será siempre una de las mejores medidas de prevención.

Angel García Prieto, “Vencer el sufrimiento, no conseguir la inmortalidad”, PUP, 18.V.01

La investigación médica de los últimos tiempos está consiguiendo resultados diagnósticos y terapéuticos magníficos y todavía es mayor la esperanza que se abre para el futuro casi inmediato. Prácticamente se han erradicado la mayoría de las infecciones, se han logrado avances enormes en las enfermedades cardíacas e incluso el hasta ahora inexpugnable cáncer está experimentando un cambio sustancial, con curaciones que superan ya la mitad de los casos.

La investigación sobre el genoma humano abre unas perspectivas muy luminosas, hasta el punto de que merezca comentarios tan eufóricos como el de William Haseltine , presidente del Human Genoma Sciencies, que manifestaba: “la muerte es una serie de enfermedades evitables”. Nadie dice que la inmortalidad es el objetivo de la medicina – ya Zeus castigó con la muerte al gran médico Asclepío (o Esculapio), hijo de mujer y del dios Apolo, por pretender la eternizar la vida de sus enfermos -, pero si parece influir en los planes de la ciencia médica. La idea de un progreso indefinido se enfrenta a la valoración de los cuidados paliativos de los enfermos crónicos o terminales. No hay que olvidar que en determinadas situaciones la medicina tiene que cuidar y no pretender erradicar la muerte.

“La comunidad científica debería ver su enemigo en la muerte prematura, no en la muerte en sí. El objetivo no debe ser aumentar la longevidad indefinidamente, sino permitir una vida suficientemente larga, que abarque desde la infancia hasta la vejez. Después, la prioridad ha de ser cuidar, no curar”, dice Daniel Callahan, del Hastings Center -institución de investigación bioética – el Internacional Herald Tribune del 6 de abril pasado.

Impedir la muerte no es una meta razonable. Lo sensato es luchar contra la enfermedad crónica, las deficiencias psíquicas y físicas y la invalidez. Estos son los grandes enemigos. La muerte tiene que llegar y la medicina debe ayudar al hombre a enfrentarse a ella en unas condiciones físicas mejores, cuidando a la persona para dar ese último paso en la vida de una manera que pueda afrontarse con la madurez y dignidad más propias del hombre.

Angel García Prieto, “Agorafobia y crisis de angustia: miedo a salir de casa”, PUP, 19.V.01

Es cada día más frecuente, en la consulta psiquiátrica, el número de pacientes que acuden por presentar un molestísimo, progresivo e invalidante cuadro de síntomas físicos y psíquicos que se manifiestan sobre todo fuera de casa, o de aquellas otros lugares o situaciones en los que la persona se suela también encontrar muy segura o acompañada.

Se trata de un trastorno que denominamos “Agorafobia con crisis de angustia, pánico agorafóbico o de otras maneras semejantes”. Y que se caracteriza porque el enfermo que lo padece – casi siempre enferma, pues suele haber tres o cuatro mujeres por cada varón con dicha patología – va adquiriendo un progresivo miedo fóbico a situaciones en las que le es dificultoso encontrar salida hacia sus habituales lugares seguros. Y así, acaban por evitar la asistencia a grandes almacenes, cines, iglesias, autobuses, banquetes,… o el paso por amplios espacios abiertos, túneles, puentes, autopistas, parajes deshabitados, etc. Hasta llegar a no poder salir solo de casa, por miedo a sufrir una “crisis de angustia”.

Dicha crisis se suele presentar de modo brusco, y se manifiesta con la agobiante presencia de palpitaciones, hormigueos, sofocos, ahogos, mareo, sudoración, tensión muscular y sensación de que se puede morir o volverse loco o perder el control de sí mismo. Esta crisis de angustia, que las primeras veces se presenta sin ningún motivo aparente, es la que poco a poco va previniendo al enfermo frente a las situaciones de menor seguridad ambiental, o de las que sería dificultoso o escandaloso escapar, y va conformando la fobia hacia ese tipo de espacios y situaciones.

Este trastorno, que se da en un 2 a 5% de la población, afecta de un modo predominante a mujeres jóvenes, entre los veinte y los cuarenta años de edad. No se diagnostica fácilmente, y por eso no se trata de un modo adecuado, produciendo muchos casos de falsa urgencia en los servicios de cardiología o medicina interna, sin que inicialmente nadie suponga que son trastornos de pura ansiedad.

El tratamiento farmacológico, acompañado de unas sencillas técnicas psicoterapéuticas conductuales, es muy eficaz, llegando a poner al enfermo en condiciones de hacer una vida activa normal y libre de angustias, en un periodo menor o mayor de tiempo.

Desde hace dos años, ha comenzado a existir una “Asociación para la Ayuda y la Divulgación de la Agorafobia”, ya que éste es un problema en aumento, que aún no es conocido en la mayoría de los ambientes, y que requiere que se le preste la debida atención en los medios informativos para que se pueda atender de modo precoz y adecuado. Y , desde que tuvo lugar el estreno de la película “Copycat”- en la que la protagonista aparece como afectada por esta patología – se comenzó a desarrollar una campaña de divulgación, de la que la “Sociedad Asturiana de Psiquiatría” también se está haciendo eco, con la organización de actos públicos y presencia en los medios de comunicación.

Angel García Prieto, “Futurólogos y el prejuicio de Edipo en nuestra sociedad”, PUP, 27.VI.01

Nuestra cultura tiene muchas referencias del mito de Edipo, a través de la literatura en las obras de Esquilo Sófocles, Eurípides, Séneca, Corneille, Gide, Cocteau, o en la música de Mussorgsky, Mendelssonh, Strawinsky, etc.Pero sobre todo, son los seguidores de Freud quiénes han dado más vuelo al nombre del rey de Tebas, al popularizar el célebre y confuso complejo de Edipo, tan en boga las décadas pasadas, cuando el psicoanálisis hacía un furor que se va apagando poco a poco.

El complejo de Edipo podría sintetizarse mucho al describirlo cómo un trastorno de la afectividad y la conducta derivados de carencias por falta de autonomía e independencia emocional respecto a las figuras paternas; que con frecuencia se interpreta sobre todo en el ámbito de la madurez psicosexual. Se puede decir que Edipo no padeció el complejo de Edipo, o al menos no parece deducirse de lo que se ha descrito de este personaje. Aunque, en el drama del héroe de Tebas, haya símbolos que le sirvieran a Freud para bautizar con el nombre de Edipo dicho trastorno psíquico.

Edipo era hijo de los reyes de Tebas, Layo y Yocasta. El augurio predijo a Layo que un hijo suyo lo mataría, casándose con su madre. Por eso Layo lo llevó al monte Citerón y lo abandonó colgado de un árbol por los pies para librase de él. Sin embargo Edipo fue recogido por un pastor y cedido al rey Polibo, de Corinto, que no tenía hijos y lo adoptó. Ya adulto, Edipo comenzó a dudar de su verdadera identidad y acudió al oráculo de Delfos – ¡otra vez el oráculo! – para aclarar el misterio. La Pitia no le reveló el nombre de sus padres, tan sólo le advirtió que no volviese a su patria, pues su futuro estaba determinado a matar a su padre y casarse con su madre. Muy asustado, Edipo abandonó Corinto y se dirigía a Tebas, cuando en el camino fue atropellado por un carro muy veloz. Lleno de furor, Edipo entabló una pelea, en la que mató al conductor, un lacayo y al dueño, que no era otro que su verdadero padre, Layo – desconocido para Edipo.

Continuando Edipo su camino, encontró a la Esfinge, un monstruo con cuerpo de león y rostro de mujer, que tenía aterrorizada a la población de Tebas. La venció con su lógica, descifrando una adivinanza del malvado ser, y fue recibido triunfalmente en la ciudad, donde recibió el premio de su hazaña y se casó con Yocasta, su madre, pasando a ser rey. Los dos vivieron felices, ajenos al conocimiento de su relación natural y tuvieron cuatro hijos. Hasta que la fatalidad asoló la ciudad y Edipo recurrió de nuevo al oráculo, que acusó al asesino de Layo como culpable de la ira de los dioses contra Tebas. Un anciano servidor del palacio le reveló su verdadera identidad y Yocasta se ahorcó al conocer la verdad, a la vez que él mismo se arrancó los ojos y los tebanos le obligaron a abandonar la ciudad.

En esta leyenda tan dramática hay mucho prejuicio, facilitado por tanto oráculo. Quizá las cosas han cambiado y la perspectiva actual no es la misma que la del mundo griego, dominado por la idea determinista de la fatalidad, los tiempos cíclicos y, sobre todo, de los aconteceres ya prederterminados por los vaticinadores. Pero no hay que olvidar que las enseñanzas de la mitología tienen una validez perenne y, por lo tanto, deben interpretarse con los matices que pueda darle el tiempo en que se recrean. Así, ahora, me parece que en esta historia hay aprensiones, adquiridas por la creencia en lo que dicen los adivinos. Y son, precisamente estos temores concebidos de antemano, los que alteran la libertad, los que conducen por derroteros equivocados la conducta hasta el sarcasmo, hasta el drama…Como Edipo y Layo que, sin complejos, llevaron hasta la exasperación la fatalidad de sus prejuicios.

Angel García Prieto, “Adolescentes estresados”, PUP, 9.I.01

La adolescencia siempre ha sido considerada una época de la vida propicia a las dificultades inherentes a la propia naturaleza del desarrollo de la persona. Hace ya seis siglos, con palabras muy ricas, el poeta Dante la dibujó de esta manera: “Es acrecentamiento la vida (…) nuestra alma atiende al crecimiento y hermoseamiento del cuerpo, y de ahí los muchos y grandes cambios que operan en la persona”. A los conflictos específicos de la edad -inseguridad, dificultades de relación, ambivalencia emocional, falta de autoestima y tantos otros- se añaden nuevos factores familiares y sociales, propios del tiempo que toca vivir a nuestra sociedad, que contribuyen sin duda a agravar el estrés. Muchos adolescentes se encuentran perdidos o desencantados al carecer de puntos de referencia sólidos, ya que las propuestas de futuro que les ofrecen los adultos no son ni halagüeñas ni entusiasmantes. Los adolescentes se han acostumbrado a tener más, a disponer de más medios, pero no encuentran en esa riqueza la felicidad, ni siquiera la esperanza. También son factores frecuentes de estrés las dificultades emocionales -y materiales- derivadas de los conflictos o de la separación conyugal de los padres y de los propios problemas de pareja por relaciones sexuales prematuras, así como del paro y desempleo familiar. Igualmente son factores de desasosiego y ansiedad los que se crean en torno a la moda y actitud de adquisición de bienes de consumo para vestir, divertirse, desplazarse, cuidar la propia figura o desarrollar al máximo las posibilidades de preparación profesional. La falta de comunicación con los padres y familiares, aludida en todas las épocas al tratar de la adolescencia, se acrecienta por el trabajo y la menor permanencia de éstos en la casa, así como por los factores distorsionantes de la relación -televisión, walkmans, etc -. Los vínculos interpersonales con compañeros y amigos también están dificultados por circunstancias peculiares del momento actual, derivadas de la enorme competitividad en los estudios ante el futuro de los puestos de trabajo, que favorecen la falta de compañerismo y el aislamiento. En fin, los problemas son numerosos y sólo se han enunciado algunos de los más acuciantes. Se podrían sintetizar, a juicio del Prof. Ángel Rodríguez González, catedrático de Psicología Social de la Universidad de Murcia, en que desde niños se van aprendiendo, en la familia y en el ambiente, dos principios responsables de la insatisfacción y principales fuentes de estrés: “El primero es de tipo psicológico individual, la comparación social. Sólo nos sentimos inteligentes, ricos o guapos si nos consideramos más que los demás; aunque nademos en la abundancia, nos sentimos miserables si los demás tienen más que nosotros”. El segundo principio es de carácter social: “ Preferimos tener a ser, es decir, que la medida de nuestra valía son los bienes materiales que poseemos. Cuanto más tenemos, más necesitamos para lograr una imagen positiva de nosotros mismos”. La violencia y el suicidio crece entre los adolescentes, detrás de ello hay una realidad familiar y social subterránea de la que ellos no son culpables, sino víctimas. Y con esta perspectiva los adultos deberíamos afrontar otro de los más importantes defectos que aquejan a la sociedad que estamos construyendo.

Angel García Prieto, “Literatura, psicoterapia y confesión”, PUP, 13.I.01

Literatura, psicoterapia y confesión, caminos hacia la verdad sobre uno mismo. Continúa leyendo Angel García Prieto, “Literatura, psicoterapia y confesión”, PUP, 13.I.01

Angel García Prieto, “¿Son los jóvenes malvados delincuentes?”, PUP, 30.I.01

El capítulo de sucesos de la última temporada está llena de desagradables acontecimientos protagonizados por niños, adolescentes y jóvenes. En algunos casos estos hechos son especialmente trágicos y en ocasiones espeluznantes. Fuera de nuestra latitud este problema se proyecta sobre todo en las aulas de los colegios e institutos. Baste citar el tiroteo de Columbine en Estados Unidos, como prototipo sangriento y las medidas que han debido tomar en Francia para mantener un mínimo de seguridad en los institutos de las periferias de las grandes ciudades, con unos planes que suponen la contratación de 7,000 personas (4,000 como auxiliares de profesores, 2,000 jóvenes dedicados a la vigilancia, 800 guardias jurados, 100 enfermeras y 100 consejeros educativos) además de que la Gendarmería vigile más de 200 centros escolares y se habiliten 350 aulas para alumnos con problemas de integración.

En nuestro país parece que la violencia es más extraescolar, muchas veces protagonizada por muchachos que no van a clase y casi siempre relacionada con la movida a altas horas de la madrugada, El alcohol excesivo, el uso de drogas de síntesis en los lugares de ocio juvenil tiene bastante que ver con estas conductas conflictivas y – lo que es más lamentable – desintegradoras para el desarrollo de la personalidad de esos chicos. En ocasiones esta violencia está organizada en bandas urbanas que añaden a la mala conducta una orientación, más visceral que ideológica, de lucha, reivindicación más o menos xenófoba o sectaria. En el fondo de estos problemas hay múltiples carencias que tienen en la familia la mayor carga de la causa. Hijos que ven poco a sus padres, o que ven a padres a su vez violentos o desestructurados, Poca vida de familia, excesos de sustitutivos para las relaciones domésticas: mucha televisión, walkkmans que aislan, comecocos que como su propio nombre indica comen el coco, desorden, falta de disciplina mínima…En fin, son chicos que crecen sin conocer los límites, inmaduros caprichosos a los que no se les han enseñado los valores de la convivencia, el sacrificio, el trabajo…incluso que no se les hace capaces de valorarse y quererse a sí mismos como personas humanas y las más de las veces presentan cuadros psicopatológicos de frustración, desesperanza, y autodesprecio.

A su vez los padres se sienten, en muchas ocasiones, incapaces de educar a sus hijos en un ambiente social en el que campan a sus anchas – sobre todo a través de la televisión – la violencia, las promiscuidad sexual – la escena de propaganda televisiva gubernamental de la mamá que recomienda a su hija llevar el casco de la moto y el preservativo es una invitación a abrirse la cabeza, como se la abren por miles en las madrugadas del fin de semana, y a que se abran también otras partes del cuerpo para acabar tantas veces en embarazos prematuros y abortos adolescentes – , el mal entendido “progresismo” a base de continuas dejaciones…Y los políticos mientras tanto inauguran narcosalas y piden sexosalas, repartiendo píldoras del día después y condones en los colegios…Eso sí, luego vienen las circulares que presionan a los profesores para que mantengan el orden en aulas y pasillos, que se enfrenten al navajero, que se peleen con unos padres que defienden las conductas espantosas de su “cielo” de hijo… En fin, a ellos siempre les quedará el recurso de pedir la baja por depresión, pero esos chicos ¿a dónde van?. ¿Esto es progreso?

Angel García Prieto, “La angustia de nuestros niños opositores”, PUP, 28.VI.01

En la consulta psiquiátrica de los últimos años se viene observando un fenómeno nuevo, relativo a los problemas de ansiedad y depresión en niños y adolescentes, que se caracteriza por el progresivo aumento del número de casos y por la posible relación de su causa con el esfuerzo en conseguir el éxito escolar.

La simple observación clínica indica que los chavales sufren más tensiones psíquicas que años atrás, o al menos son traídos a las consultas especializadas con una mayor frecuencia. Se ve que algunos – tanto chicas como chicos – comienzan a manifestar síntomas de ansiedad y depresión en los cursos medios del bachillerato, con manifestaciones de obsesión, desasosiego, irritabilidad, insomnio y tristeza, sobre todo en las épocas de exámenes o en relación más o menos directa con las actividades escolares. La mayor parte de las veces se trata – además – de muchachos muy responsables, con notas buenas o excelentes, que parecen no conformarse con un rendimiento normal en sus tareas escolares.

Naturalmente, en el origen de estos trastornos- que denominamos técnicamente como reactivos o adaptativos – influyen muchas razones de tipo congénito, caracterológico, físico o familiar, pero todo parece indicar que hay un importante factor socioambiental de reciente aparición que ha multiplicado la presencia de estas afecciones psíquicas: la competitividad.

Nuestros chavales conocen, de un modo más o menos racional o explícito, que tienen que estudiar no sólo para saber, sino también para aprobar y lo que es peor para conseguir mejores calificaciones que los demás. Los niños, ya desde pequeños, opositan, luchan para encaramarse en las listas de resultados escolares, porque de la nota media va a derivarse su posterior admisión en tal universidad, facultad o centro de formación. Esta competencia se extiende a otras actividades, y se preparan también para ser mejores en el deporte, la música, el aspecto físico o las habilidades recreativas y de afición…

La perspectiva de muchos años por delante, sometidos al esfuerzo de esta competición, acaba con los nervios de un porcentaje cada vez mayor de adolescentes – a veces incluso niños aún – que son demasiado conscientes de su autoexigencia y responsabilidad y que no saben, o se olvidan, que lo primero es vivir tranquilos y tratar de ser felices.

Nadie, ninguno, podrá conseguir ser un buen estudiante si antes no es capaz de sentirse medianamente en paz consigo mismo. No se puede ser profesional antes que persona. Y es misión de los padres y educadores irles haciendo comprender que antes que estudiantes tienen que ser niños; que antes de sacar buenas notas tienen que aprender a sonreir, a jugar, a ser felices. Es misión de toda la sociedad frenar esta espiral de competitividad y velar para que nuestros niños lleguen a ser personas, no suicidas, ni monstruos.

Angel García Prieto, “Narciso o la necedad de enamorarse de sí mismo”, PUP, 10.I.01

La mitología griega se encarga de avisarnos, a través del símbolo, la poesía, el drama y tantas otras bellas maneras de expresión, de los problemas y dificultades que acechan a nuestra existencia. No ha estado nada contenida a la hora de manifestar las diversas formas de insensatez que cualquier humano es capaz de personalizar. El ejemplo de Narciso tiene en la actualidad una vigencia clamorosa: personas perdidamente enamoradas de sí mismas, que se creen el centro del universo, algo que con bastante frecuencia desemboca en una grave patología existencial y médica. Narciso es un niño gracioso, guapo. Hijo del río Cefiso y de la ninfa Liríope, está muy pagado de sí mismo y desprecia las atenciones de los demás. La preocupación materna lleva a Liríope a preguntar al ciego Tiresias si su hijo vivirá mucho tiempo. Y la respuesta del sabio no se hace esperar: “Sí, siempre que no se mire a sí mismo”. Las palabras de Tiresias no fueron comprendidas en aquel momento, y cayeron en el olvido. Pero el paso del tiempo y la insensibilidad del muchacho al amor y cariño de los demás fueron creciendo en Narciso, hasta el preciso momento en que un buen día de mucho calor el joven se acercó a una fuente para refrescarse. Allí reparó en su figura reflejada por el agua y se enamoró tan perdidamente de sí mismo, que quedó días y días en una postura de autocontemplación, hasta olvidarse de comer y llegar a la soledad y la muerte. Incluso, cuando fueron a recoger su cadáver para quemarlo en la pira funeraria, había desaparecido. Eso sí, en su lugar apareció una flor de color azafrán con una corola de pétalos blancos…