José Ignacio Moreno Iturralde, “Vocación”

César Corría 1985 cuando conocí a César, uno de mis primeros alumnos de un colegio del barrio de Vallecas, en Madrid. Estudiaba primero del antiguo bachillerato. Era un tipo de catorce años, vivaracho y con una prodigiosa memoria. Al terminar el curso cambié de centro educativo y tuvieron que pasar dos años hasta que un día le vi en el metro. Tenía melenas, vestía una chupa de cuero negra claveteada, la típica heavy. Reaccionó con alegría al verme. Intercambiamos unas palabras gratas en el ambiente tecnourbano del metro. Él también había dejado aquel colegio y tenía toda la pinta de haberse convertido en el genuino macarrilla de dieciséis años. Entró el veloz gusano metálico y nos separamos.

La montaña rusa de la vida me devolvió al mismo colegio de Vallecas en 1991. Era agosto, antes del comienzo de curso, cuando un personaje se acercó y me dijo: ¿Me conoces? Su cara me era familiar pero no le acababa de situar. Era él: César. Estaba estudiando Derecho. Su estética se había refinado, alguien me dijo después que había sido “Mod”, una especie de tribu urbana. Me alegró reencontrarle. Quedamos en que le llamaría para unos coloquios con universitarios. No lo hice por puro olvido; qué negligentes y estúpidos son algunos olvidos.

Unos meses más tarde, César buscó a un sacerdote que trabajaba en el colegio. Le dijo que venía a encargar su funeral. Ante la cara de desconcierto del receptor del mensaje César le aclaró su situación. Le habían encontrado un tumor en el cerebro y había que intervenir rápidamente. Su vida corría peligro en la operación. El sacerdote trató de darle ánimos. Charló con él un buen rato. Pienso que César se confesó.

Pese a que la intervención quirúrgica parecía haber salido bien, hubo una complicación posterior y César falleció. Pocos días después se celebró el funeral al que asistieron sus padres –envueltos en lágrimas- y sus compañeros de universidad y los antiguos del colegio. El sacerdote dijo que César había muerto como un valiente.

César no tuvo una vida demasiado lograda desde el punto de vista humano, pero supo acertar al final. Seguramente no se cumplieron muchos de los sueños que pretendía realizar pero logró el más importante: situar su vida desde la óptica sobrenatural. Creo que está en el cielo: no sé si allí permiten las chupas de cuero claveteadas, pero no dudo de que es feliz para siempre –palabra poco meditada- en la gloria y alegría que debe suponer estar viviendo en el Corazón de Dios.

Juventud, madurez y felicidad Mucha gente joven se lo pasa bien. Quieren ser felices, aunque probablemente sólo lo consigan en algunos ratos. A medida que pasan los años descubren que la vida es, a veces, bastante dura. La televisión no sirve precisamente para darle un sentido al mundo y la espontaneidad afectiva tampoco resulta suficiente para llenar el propio corazón. Los días se suceden: algunos se dan bien, otros peor, de vez en cuando hay uno muy entrañable y excepcionalmente puede ocurrir algo que casi no cabe en la cabeza: la barbaridad que sucedió en Madrid el pasado once de marzo de 2004. Ante ese crimen terrorista horrendo, el corazón de miles de ciudadanos supo sacar lo mejor que tenía dentro: hombres a los que explotó una segunda bomba por auxiliar a los heridos de la primera, largas colas de donantes de sangre, mantas arrojadas desde las ventanas para los heridos, ayuda incondicional de todo tipo de personas a las víctimas y a sus familiares. Se hizo evidente que el don de uno mismo es lo único que hace ser verdaderamente feliz. Sin embargo estas ocasiones no se presentan con mucha frecuencia y no es plan, me parece, esperarlas para demostrar que uno lleva dentro algo muy valioso.

Dominique Lapierre escribe en su libro “La ciudad de la alegría” que “todo lo que no se da se pierde”. Es una gran verdad que recuerda la frase evangélica “Hay más alegría en dar que en recibir”; a la que algunos añaden maliciosamente: “este es el lema de los boxeadores”. ¿Por qué quizás muchos no actuamos así? Por desconfianza, por falta de un fundamento sólido para la acción. Los demás por los demás no es un motivo suficiente. Los esposos se deciden a ser fieles no sólo por sus respectivos encantos, sino también por Dios nuestro Señor. El profesor que no estrangula a cierto tipo de alumnos obra así por idéntico motivo; además de por no perder su paciente y ejemplar empleo. Cuando la mirada a otra persona se convierte en una inesperada perspectiva de Dios la cosa cambia. Pero hoy parece que hay muchos que no entiende la palabra Dios: no lo conciben como lo que es: Verdad detonadora de la propia y genuina biografía en la que uno puede ser una persona digna, un artista en el trato con los demás, un hombre o una mujer maduros, comprometidos con su familia y con el mundo y, ante todo, personas enamoradas de la vida, en las duras y en las maduras.

Bastantes jóvenes dedican tres horas al día a la televisión, una a internet y otra a la play station. Más que suficiente para convertirse en un perfecto inútil, anestesiado del espíritu. La mayoría de la culpa no es de ellos, sino con frecuencia de sus padres que no saben bien lo que es querer porque considero que no se trata sólo de dar cosas y tiempos a sus hijos, sino darse ellos mismos: renunciar a otros proyectos personales porque la familia es el mayor proyecto al que todos los demás pueden subordinarse de un modo real y eficaz.

César encontró al final la verdad de su vida. Miles de madrileños se encontraron ennoblecidos al ayudar a las víctimas del terrorismo; pero muchos, entre los que los jóvenes destacan, no acaban de encontrar una misión que abarque y llene su existencia de un modo vital, diario, hecho de cosas menudas y cotidianas. Existen algunos factores: parece que ahora no es fácil encontrar la llamada vocacional por el mismo motivo que no es fácil quemar un prado verde o que salgan corriendo unos atletas profundamente dormidos al grito de preparados, listos, ya. ¿Qué pasa? Bombas de humo No afligiré al lector que haya tenido el mérito de llegar aquí con un análisis histórico de los factores que nos han llevado a una sociedad individualista. La causa primera y última de esta sordera para descubrir la propia vocación o sentido pleno de la propia vida es vieja y se llama egoísmo. Lo que ocurre es que ahora al egoísmo le hacen el juego, por una parte, la técnica electrodoméstica y, por otra, una cierta intelectualización para hacer lo que a uno le da la gana; se la suele llamar autonomía.

Una sociedad occidental que tiene mucha técnica requiere de mucha ética. No ocurre así. Con frecuencia tener es poder, es bulimia de poseer; pero la avaricia acaba rompiendo el saco de la propia identidad.

Por otra parte la libertad de expresión hace que las vallas publicitarias de nuestras ciudades exhiban con obsesiva frecuencia señoritas casi en cueros: a esto se le llama naturalismo, como si fuéramos bambis. Aborta toda mujer que pueda sufrir un peligro psíquico para su salud: es decir…, en la práctica, la que quiere en virtud de su inviolable autonomía. Matar al hijo de las entrañas es considerado algo parecido a una liposucción. Los matrimonios se disuelven como la espuma de las olas del mar pero los efectos de esto permanecen como la espuma de los ríos fecales urbanos. En algunos países ya se otorga igual legitimidad al matrimonio que a las parejas de homosexuales porque el fundamento del derecho pasa a ser la intensidad del sentimiento en vez de la justicia y el respeto a la naturaleza. Y en este elenco no podemos olvidar los abundantísimos programas televisivos del corazón donde, con un asombroso olvido de la propia categoría, unos personajes cuentan sin ningún pudor sus desengaños amorosos, ante una gran audiencia. La audiencia lo justifica todo. No sé como no se les ha ocurrido hacer un concurso de aerofagia entre los más rudos; no me extrañaría que igualara en audiencia a una final de la Champions.

No agotaremos los males y, además, son muchos más los bienes, pero con frecuencia más ocultos en una sociedad fuertemente informativa. Si una loca envenena la sopa de su hijo será noticia; si cien millones de madres dan de comer a sus hijos con primor no saldrán en portada. Si una mulier fortis asa a su compañero sentimental con una manzana en la boca y se consigue el reportaje, éste ganará el premio Pulitzer. Si miles de mujeres entrañables levantan la moral de sus esposos con una mirada comprensiva y coqueta no aparecerán en un semanal rosa. Si se abandona a una abuela en la carretera se hará una entrevista al cabestro del familiar que hizo tal proeza. Los familiares que atienden a enfermos de alzheimer, que retarían a la paciencia del mismísimo Job, no tendrán una exclusiva en el telediario. Todo esto hay que redescubrirlo porque muchas bombas de humo afectan a nuestra visión de la realidad. Las cosas buenas están ahí, soportándolo todo, como los cimientos, como la propia tierra, como la mirada misericordiosa de Dios sobre la tierra.

Hacer oración Básicamente hay dos posturas. Una dice que un día la nada estaba cansada y sacó un universo que evolucionó por azar. Agua, bacterias, reptiles, aves, monos: y así sucesivamente hasta volver a la nada. Otra –que no niega la evolución- dice que Dios, un ser perfecto en si mismo y bueno, decidió por Amor escribir, parafraseando a Chesterton, una novela donde los personajes puedan encontrarse con su autor. Cada uno es libre de elegir la que quiera pero la primera opción es absurda y la segunda es lógica pese a que haya cosas que no nos son del todo claras; aunque conviene no olvidar que la lógica de Dios no se identifica con la nuestra.

Es importante meditar en la propia incompetencia, pese a todas las estupendas publicaciones sobre la autoestima. Es conveniente aceptar varias cosas. Primero: que uno puede ser bastante más inútil de lo que piensa. Segundo: que efectivamente es así. Tercero: que es bueno y divertido asumirlo porque es la única posibilidad de hacer algo verdaderamente interesante en este mundo.

El grado de incompetencia es directamente proporcional a la incapacidad de ver la realidad que uno tiene a un palmo de sus narices. Los niños pequeños, en este sentido, se muestran magistralmente competentes: pueden hacer de cualquier cosa un juego. La oración –en la que se une el pasado, el presente y el futuro- hace recuperar el sentido biográfico en momentos buenos, malos y aparentemente indiferentes. Siguiendo ideas de C. S. Lewis, la mentira insiste en sacar a los hombres del presente porque el presente es el punto de encuentro entre el tiempo y la eternidad. Evadirse del presente, con frecuencia, agujerea la personalidad.

Valorar la realidad supone valorar la no realidad. Ninguno de nosotros tiene en si mismo la razón de su existencia: la vida es un gran regalo. La verdad es que, hasta que no lo pasamos mal, no solemos caer en la cuenta de esto. Valoramos algo o a alguien cuando le perdemos. Cuando realmente se sabe quién es una madre es cuando fallece.

El cristiano que se decide a transformar con la oración su vida se instala en la cruz. La cruz es el lugar donde se ve la verdad de la realidad. Luchar por vivir para Dios y para los demás, día a día, permite descargarse de muchos fardos inútiles, ver en las cosas su radical transitoriedad y encontrar el núcleo de donde emana la radiación de lo eterno: algo tan invisible como la luz que permite ver todo con su verdadero color.

Aprender a querer Los que quieren bien a los demás se quieren bien a sí mismos. Tener paciencia con el torpón, levantar al que se equivoca dándole una salida airosa, concentrar a otra persona dispersa con una mirada comprensiva supone un querer máximamente desinteresado y, sin embargo, muy gratificante. Tengo amigos que saben hacerlo así y, a su vez, poseen una gran alegría de vivir, una voluntad emprendedora y –los más dotados- una encantadora capacidad de reírse de sí mismos.

Lewis dijo que cuando a nuestros amores humanos los transformamos en dioses se convierten en demonios. ¿Habrá que querer calculando? La propia vida va poniendo los afectos en su sitio… o no. Querer a una persona es querer lo mejor para ella. El cristiano sabe o debería saber que querer a alguien por Dios es querer máximamente a ese alguien. Querer, o mejor: amar, ha escrito Pieper es afirmar “es bueno que existas”. Por eso existimos: porque somos queridos. Vivir con dignidad es saberse queridos por un amor que no traiciona. Si nos aventuramos a creer esto, cualquier instante de nuestra vida estará lleno de sentido. Amar es dotar de sentido. Un cosmos que no hubiera sido creado por Amor no tendría sentido, sería imposible.

Toda la escuela del querer es recia cosa. Es seguro que el corazón tendrá que sangrar algunas veces; así disminuirá una insana hipertensión egocéntrica y el voluntarioso director de orquesta arterial volverá a bombear sangre con renovados bríos, con más armonía y salero.

Optimismo Camino hacia Almería para dar el último adiós a un querido familiar que, anciano y enfermo grave, vive sus últimos días en este mundo, noto levemente la inmensa tristeza de su esposa. Hay situaciones objetivas que suponen sin duda un especial dramatismo. La tristeza y la alegría son, sin embargo, climas que se dan sobre todo en la orografía del espíritu. Si los acantilados cayeran sobre la nada y los cabos desembocaran en inmensas llanuras yermas y pedregosas haríamos bien en darnos a la bebida. Si las cordilleras se recortaran sobre una bóveda metálica de perpetuo color aluminio sería aceptable el irnos constantemente de marcha. Pero no es así. No hace falta tener una sensibilidad exquisita para recrearse en tantos recodos magníficos o sencillos del mundo. Distinta es la paisajística moral de algunos sucesos donde el azul del cielo y del mar hay que creerlos sin verlos; si bien pueden ser entendidos. Este mundo mutilado reclama la reparación de fracturas por sí solas incurables.

La poesía tal vez sea la captación de la serena aceptación que cada ser vivo tiene de sí mismo en armonía con el resto del universo. Las vacas, ejemplo eximio de poesía, no pueden tener el mérito de aceptarse; pero los hombres sí, y podrán hacerlo –nunca mejor dicho- gracias a Dios.

Hay, en una considerable parte de la vida, cosas muy buenas, especialmente las gratas relaciones humanas. Cumpleaños, aniversarios, el día en que aprobamos la oposición, o placeres menores como el terminar de una vez de leer estas reflexiones. No se trata de un optimismo manso y bobo. Todo lo que tiene un orden tiene un sentido. Todo lo que tiene un sentido tiene una verdad. Toda verdad supone un bien y una armonía o belleza. El mal no se sostiene por si mismo: es un desorden en el orden. El mal es una herida: siguiendo a Tomás de Aquino, la herida es en el cuerpo, no el cuerpo en la herida. El mal es una sombra: las sombras son por las luces, no las luces por las sombras. Ser optimistas es ser realistas.

Trabajo e ilusión He constatado que algunos niños quieren ser bomberos cuando sean mayores. La sirena, el color rojo del camión, los cascos encima del uniforme azul, la misión arriesgada y heroica… Lo que no sospechan esos niños, y otros no tan niños, es que en el futuro quizás serán camareros, oficinistas, empleados de una funeraria…, aunque, ¡caramba!, alguno será bombero.

Claro que es importante lo que se hace pero quizás es más importante cómo se hace. Si no somos bomberos podemos, al menos, tener espíritu de bomberos y apagar muchos fuegos, de fuera y de dentro del propio yo. Tener el espíritu de algo es ya de algún modo serlo. Es bonito hacer lo que a uno le gusta pero es bueno hacer lo que sirve a los demás dentro de las propias y flexibles aptitudes. El propio yo, a diferencia de lo que pueda parecer, no es ni mucho menos el mayor motivo de superación. Cuentan una historia trepidante de un cuidador del zoológico. Con horror vio como su niña pequeña caía dentro del foso de los cocodrilos. Sin dilaciones se tiró él también y arrancándole los ojos a uno de los animales consiguió salvar a su hija de las fauces del peligroso y, finalmente, ciego lagarto. El afán de ayuda y protección a los seres queridos hace intrépidas las decisiones, agudiza el ingenio y hace aumentar los ingresos. Con pena cabe reconocer que si es mucha la gente querida eso no nos hará necesariamente millonarios.

Tener un sano afán de superación profesional es algo tonificante. Un conformismo que descartara actualizaciones en el trabajo y cierta creatividad bajaría la conveniente tensión humana para seguir adelante una tarea laboral de interés. Hay que cuidar el propio segmento de investigación y desarrollo. Conviene que las cosas urgentes no invadan siempre el lindero de lo importante no urgente. La constancia, las múltiples rectificaciones, el no sobrevalorar éxitos o fracasos momentáneos, el intento tenaz de aportar el estilo propio, el saber rectificar una y mil veces, nos hará con toda probabilidad ser unos buenos profesionales.

Esta labor profesional no se reduce a ser una posible realización personal en la solidaridad. El cristiano está continuando personalmente la tarea profesional del propio Cristo. Fabrica con sus manos los muebles del Artesano Nazareno: las mesas, las camas, las sillas, que hicieron que este mundo -a pesar de los pesares- pueda considerarse un hogar.

El atractivo de Cristo Si logramos situarnos en las coordenadas de lo verdaderamente humano, de una vida limpia y honesta, estaremos en condiciones no sólo de intentar ser buenos cristianos -que es mucho- sino de ir profundizando en la intimidad del trato con Cristo. Hay unas palabras de San Josemaría Escrivá de Balaguer que me llaman especialmente la atención: “Cada vez estoy más convencidos de que el cielo es para los que saben ser felices en esta tierra”. Me atrevería a decir que Jesús es el mayor de los vividores porque su vida de entrega redentora y su presencia actual en la Eucaristía nos quieren decir, según escuché a un sabio teólogo, que Él quiere vivir con cada uno de nosotros nuestra propia vida. Esto significa que si queremos podemos vivir su Vida ya aquí, ahora. Tal propósito supone una profunda transformación. Hay que enamorarse de verdad, cambiar de raíz el ángulo de tiro del corazón.

La Eucaristía, la Eternidad en el tiempo, nos hace eternos; nos introduce en una elevación de la vida cotidiana donde lo precario de la condición humana nos lanza, como a una pelota de goma, hacia la belleza y la grandeza divinas que nos transforman.

Escribe Tomás de Aquino que las victorias de nuestros amigos son en cierto sentido nuestras. Ser amigo de Cristo supone participar ya en este mundo de su victoria.

Una vida nueva Ya consigamos el premio Nobel, ya nos dé una depresión que nos deje hecho migas, ya seamos dependientes de unos almacenes de medio pelo, la vida se hace nueva porque el Amor hace nuevas todas las cosas. Un amor pegadizo, celoso, libre y exigente. Un amor que se introduce en la naturaleza humana con la misma autoridad que un bombón en la boca de un niño, como el vino añejo con solera en el paladar del catador. Hay que ser buen vino y eso requiere tiempo y fermentación: un cambio progresivo y paciente. Muchas veces no llegamos a ser ese buen vino y en otras ocasiones no todos los paladares están preparados. Sin embargo no hay excusas: hay que dar a conocer el vino de la vida eterna de todos los modos posibles que convergen en sólo uno: mediante la propia vida.

La vida y la vocación es una misma cosa. Nuestro yo, escribía Chesterton, está más lejos que las estrellas. Esto es así porque la mirada cariñosa de Dios sobre cada uno de nosotros constituye nuestra más profunda intimidad: el misterio vocacional de nuestra vida donde la providencia quiere la libertad y la libertad puede querer la providencia porque el verdadero amor es providencial y libre.

No estamos dispuestos a que el Señor nos diga al final de nuestra vida “No os conozco”: no veo en vosotros el Cristo que debíais ser. Muy al contrario, con Pedro, queremos decir: “Señor, Tú lo sabes todo, Tú sabes que te quiero”.

La Virgen María Agustín de Hipona dice que Santa María es la “forma Dei”, el estilo de Dios. La Virgen es la mejor armonía humana, la inteligencia más preclara y el corazón más enamorado. Santa María supone la superación de un aparente imposible vocacional: ser madre y ser virgen; ser Hija, Madre y Esposa de Dios. Sabernos hijos de tal Madre -Cristo nos la dio por tal- nos llevará a luchar por vivir según su Corazón, a que Ella habite en nuestra mente, en nuestra voluntad y en nuestros afectos. Así podremos tener una fortaleza de roca pese a nuestra fragilidad, una humildad cordial pese a nuestra soberbia y una sabiduría que sobrepasa lo que sólo humanamente es imposible: llegar a ser santos.

Rafael González-Villalobos, “Me lo han robado” (vocación de los hijos), MC

INTRODUCCIÓN: EL PORQUÉ DE ESTAS LÍNEAS A QUIÉN VA DIRIGIDO CASO 1 CASO 2 A QUIÉN VA DIRIGIDO ¿POR QUÉ LLAMA DIOS? LA LLAMADA, SIGNO DE PREDILECCIÓN LA RESPUESTA LAS GRANDES PREGUNTAS ¿POR QUÉ A MI HIJA/O? ¿NO SON DEMASIADO JÓVENES? ¿Y SI SE EQUIVOCAN? ¿QUÉ HACER EN EL MOMENTO? ¿QUÉ HACER DESPUÉS? A MODO DE CONCLUSIÓN PASOS PARA CONSEGUIR LA VOCACIÓN DE LOS HIJOS CUATRO SUGERENCIAS PARA QUE DIOS NO COMPLIQUE LA VIDA DE UN HIJO APÉNDICE: UNA GENEROSIDAD “EGOÍSTA” EPÍLOGO: CARTA A UN/UNA REBELDE INTRODUCCION: EL PORQUÉ DE ESTAS LINEAS Las páginas que tienes entre las manos no persiguen pasar a la historia por su calidad literaria –y mejor así, porque en caso contrario la frustración del autor sí que sería histórica–. Tampoco pretenden ser recordadas por su aportación al pensamiento filosófico o teológico –en este caso el desencanto sería de grado superlativo–. Ni siquiera se busca que constituyan un medio para el sustento de la numerosa prole del autor –no tengo intención de que mis hijos pasen hambre, mientras Dios me de los medios para mantenerlos dignamente, y desde luego no parece que estas líneas sean candidatas a figurar en ningún ranking de best sellers–.

El origen de lo que tienes delante es totalmente subjetivo, y se fundamenta en aquella frase de la Sagrada Escritura: de la abundancia del corazón habla la boca. Es decir, responde a la necesidad de todo ser humano de comunicar a quien lo quiera escuchar la inmensa alegría que llevamos dentro. Probablemente, esta sea la palabra clave que ilumine todo lo que sigue: alegría.

La alegría de haber visto a lo largo de los últimos años cómo la familia iba creciendo en número de componentes, con la aportación personalísima de cada uno de ellos.

La alegría de haber contemplado el crecimiento individual de cada uno de los hijos en todos los elementos de su personalidad: como ser humano –inteligencia, virtudes, …– y como hijos de Dios.

La alegría de haber sido testigos privilegiados del florecimiento de decisiones libérrimas de entrega de sus propias vidas a Dios y a los demás.

Por eso, existe un impulso interior que lleva necesariamente a difundir esa alegría a los demás, a desear que otras muchas personas puedan participar de ese gozo. Y, en ocasiones, la boca, se queda corta para hablar de la abundancia del corazón, y se hace necesario coger la pluma o el tratamiento de textos para decir a quien lo quiera escuchar: ¡No seas majadero! ¡Deja a un lado ideas preconcebidas y miedos sin fundamento, y métete de lleno en la aventura de la felicidad! A QUIEN VA DIRIGIDO Estas ideas van dirigidas a…

Podría intentar la definición de los posibles destinatarios de estas páginas. Pero, además de que será destinatario todo aquel que lo desee, permíteme que te hable en primer lugar de dos familias que conocí hace algún tiempo.

CASO 1: MARIA Y CARLOS María y Carlos se conocían desde muy jóvenes. Los padres de ambos eran amigos y las familias tenían un trato frecuente. De hecho, Carlos era compañero de curso del hermano mayor de María. Al principio, Carlos veía a la que luego sería su mujer como “la pesada de la hermana de su amigo, que además era una pequeñaja”. Estaba entonces bastante lejos de adivinar lo que sería el futuro.

Los dos habían crecido en el ámbito de una familia profundamente cristiana, y sus respectivos padres se habían preocupado de transmitirles una formación completa y consistente. Para ello, habían elegido cuidadosamente un colegio adecuado y coherente con las enseñanzas que sus hijos recibían en casa.

Con el paso de los años, María dejó de ser “esa pequeñaja” para pasar a ser “María”, y Carlos ya no era “ese chico que no me deja en paz”, sino que era “Carlos”.

Demos un salto en el tiempo: Carlos y María se casaron con veintiséis y veinticuatro años, respectivamente. Un año después nació Santiago.

Puedes imaginarte –posiblemente no sea necesaria la imaginación, bastará con la memoria– la enorme alegría que inundó la casa: durante el noviazgo habían hablado en muchas ocasiones de sus hijos: cómo serían, qué nombre les pondrían, cómo les iban a educar… No siempre estaban de acuerdo, sobre todo en los matices. Pero compartían una visión y un proyecto común.

Recogiendo las enseñanzas y el ejemplo de sus familias, tanto María como Carlos eran personas de profunda vida cristiana, así es que, de manera natural, educaron a sus hijos en esa vida de fe. Desde muy pequeños comenzaron a enseñarles oraciones cortas y elementales; a hablarles de la Virgen, su Madre; de los Ángeles Custodios… A medida que iban creciendo, la formación ganaba en consistencia. Pronto comenzaron a asistir a la Misa de los domingos con sus padres y, aunque a los niños se les hacía larga, entendían que estaban en la Casa de Dios y su comportamiento era absolutamente adecuado.

Una de las decisión capitales en el seno del matrimonio se planteó en el momento de escolarizar a Santiago. Cerca de casa existía un centro docente. Ventajas: al estar tan cerca, el niño podría comer en casa e, incluso, dormir una pequeña siesta antes de volver a clase por la tarde; además, esa cercanía permitía a sus padres asistir con menos esfuerzo a las entrevistas con los profesores y a las reuniones de padres; por último, aunque no por ello menos importante, el coste del colegio era prácticamente nulo, porque se trataba de un centro subvencionado. Inconvenientes: no existía un ideario claro –en realidad, María y Carlos opinaban que no existía ideario– tanto en lo que se refiere a educación de la persona como en lo tocante a formación en la fe. Claro que, a lo mejor, esas carencias se podían suplir en casa…

A través de unos amigos, conocieron otro colegio que les causó muy buena impresión. Desde la primera entrevista con el director se dieron cuenta de que les ofrecían lo que estaban buscando: una formación integral para su hijo, que abarcaba la vertiente intelectual, su educación como persona y una formación cristiana que marchaba paralela a la que ellos transmitían en su casa. Este centro presentaba dos inconvenientes: por una parte, se encontraba alejado de su domicilio: eso suponía que Santiago tendría que madrugar más; en segundo lugar, era bastante más costoso porque carecía de subvención.

Después de varias conversaciones, decidieron que su hijo iría al segundo colegio. Para ello, habría que reducir gastos en la creciente familia –para entonces ya había llegado Teresa, la segunda de los hijos–.

Demos otro salto en el tiempo. Santiago tiene quince años. Desde hace dos, suele asistir los sábados a un club juvenil con varios compañeros de clase. María y Carlos están encantados, porque conocen el ambiente que allí se respira y lo ven como una continuidad de lo que se vive en casa y en el colegio. Además, Santiago va muy contento ya que practica el baloncesto, que es su auténtica pasión. Y por si fuera poco, le hablan de ser mejor en casa, de ayudar a sus padres y hermanos, de preocuparse por los demás… ¡Que más quieren unos padres para un hijo en edad adolescente! Cierto día, a la vuelta del club, Santiago da a sus padres la gran sorpresa: ellos le habían notado inquieto desde hacía algún tiempo, pero lo habían atribuido a la edad. “Estará enamorado”, pensaban. Carlos había iniciado alguna conversación con su hijo, pero este prefería no decir nada. Y Carlos respetaba su intimidad. Sin embargo, ese sábado fue Santiago el que dijo a sus padres que quería contarles algo “sin hermanos delante”. Esa fue la primera sorpresa. La segunda era lo que les quería contar: había decidido entregar su vida a Dios.

CASO 2: PEDRO Y TERESA Pedro y Teresa se conocieron en la Universidad: eran compañeros en la facultad de derecho. Desde el primer curso, Pedro se había fijado en Teresa: guapa, agradable en el trato, buena compañera… Solo tenía un “defecto”: era una “chapona”. Teresa, en cambio, no parecía reparar en exceso en Pedro. Sin embargo, a medida que iba conociéndole mejor, le empezaba a gustar aquel chico. Le llamaba la atención que, siendo simpático, era muy respetuoso con las compañeras de clase, algo poco habitual. Además, era un buen amigo: siempre disponible para ayudar en lo que fuera necesario. Su pequeño utilitario era conocido como “el taxi”, porque Pedro siempre estaba dispuesto a llevar a quien quisiera a su casa. A Teresa se le quedó muy grabado el día que, tras un largo examen que terminó a las nueve de la noche, Pedro salió quejándose de un fuerte dolor de cabeza. De hecho, no iba a asistir a la tradicional cerveza en el bar de la facultad. Al dirigirse a la salida, un compañero le pidió que le trasladara hasta su casa porque tenía prisa, a lo que Pedro se prestó sin aludir a su jaqueca.

Teresa pertenecía a una familia de tradición cristiana, si bien en su casa la prioridad era que se educara como una “buena persona”: trabajadora, generosa, sincera… Sus padres no practicaban: la Misa dominical quedaba fuera del plan si no encajaba con el horario que habían previsto, algo que sucedía con gran frecuencia.

Pedro provenía de una familia alejada de la fe. Por alguna reminiscencia del pasado, su padre no pisaba la Iglesia desde hacía varios años. Su madre, asidua devoradora de todo libro que caía en sus manos, había “decidido racionalmente” permanecer al margen de toda cuestión religiosa, tanto en su vida personal como en la educación de sus hijos. Sin embargo, años después Pedro resumía en dos ideas la educación que había recibido en su casa: la primera, le habían enseñado a ser “un hombre íntegro”, forjado en las virtudes humanas –lealtad, generosidad, reciedumbre…–; la segunda, le habían inculcado el respeto a los demás –ese respeto que a la larga le sirvió para que Teresa reparara en él–. En este sentido, Pedro recordaba que, a pesar del distanciamiento de sus padres con respecto a la Iglesia, jamás había escuchado de ellos una palabra de menosprecio hacia el Papa, los sacerdotes o las religiosas; es más, su padre no toleraba esas expresiones en su presencia.

Teresa empezó a manifestar una cierta correspondencia hacia Pedro en el segundo curso, y en tercero ya eran novios. Se casaron dos años después de terminar la carrera, cuando ambos habían encontrado trabajo.

Al año siguiente llegó Pilar. Omitiremos aquí las reacciones por ser comunes a las manifestadas por Carlos y María.

Al igual que les sucedió a los protagonistas del primer caso, Pedro y Teresa se enfrentaron con la gran decisión: ¿a qué colegio mandamos a Pilar? Tras informarse cuidadosamente de las diferentes opciones, centraron el debate en tres centros: el primero, el colegio público que les correspondía por el lugar de residencia; el segundo, un centro regido por religiosas, también relativamente cercano a su casa; finalmente, un centro privado bilingüe. Las ventajas del colegio público se resumían en la cercanía y el bajo coste. Del colegio religioso les atraía la atención personalizada y el cariño que veían hacia los alumnos. Por motivos obvios, no les parecía relevante que transmitieran a Pilar una adecuada formación en la fe. Por último, en el tercer centro apreciaban el hecho de que fuera bilingüe, una muy aceptable calidad de la enseñanza, y la prioridad que en el ideario del colegio se otorgaba a la formación humana de la persona: formación exigente en las virtudes humanas. Desde el punto de vista religioso, este centro se manifestaba “neutral”: ni entraba ni salía.

A pesar de que económicamente era el más gravoso, Teresa y Pedro se inclinaron finalmente por el colegio bilingüe.

A medida que pasaban los años, Pilar destacaba entre sus compañeros como una alumna trabajadora –obtenía unos resultados brillantes–, buena compañera apreciada por todos –pronto fue elegida delegada de curso–, y correcta en el trato con los profesores. Realmente, era una digna hija de sus padres.

A los trece años había formado una pandilla con otros compañeros de la clase. Solían reunirse de vez en cuando, habitualmente en la casa de alguno de ellos, a merendar y a ver algún vídeo. De manera especial, había entablado una amistad más profunda con Luisa, otra compañera. Este trato agradaba a Pedro y a Teresa porque Luisa era muy parecida a Pilar: trabajadora, buena amiga… Conocían a sus padres: compartían con ellos la mayor parte de las inquietudes y prioridades en materia de educación de los hijos. A diferencia de ellos, los padres de Luisa eran profundamente cristianos, y habían educado a su hija de acuerdo con esos principios. Evidentemente, en ese punto no había coincidencia, pero a Pedro y a Teresa no les parecía mal, porque apreciaban y valoraban el cariño y la lealtad que mostraban hacia Pilar tanto Luisa como sus padres.

A los quince años, la pandilla había perdido fuerza, y Pilar y Luisa hacían planes por su cuenta. Comenzaron a asistir, junto con otro grupo de chicas amigas de Luisa y con las que Pilar pronto congenió, a un hospital de niños para jugar con ellos y entretenerles, los sábados por la tarde. Al mismo tiempo, todas ellas recibían una visión cristiana del sufrimiento y del servicio a los demás. A Pedro y Teresa les parecía muy bien que su hija prestara parte de su tiempo a “otras personas que habían tenido menos suerte en la vida”. Además, veían en esa actividad un modo de fortalecer a Pilar y de que aprendiese a valorar lo que tenía.

Con dieciséis años, un sábado a la vuelta del hospital, reunió a sus padres después de cenar y les comunicó su decisión: había visto claro que quería dedicar su vida a Dios y a servir a los demás.

A QUIÉN VA DIRIGIDO Posiblemente ahora será más fácil explicar quienes son los destinatarios fundamentales de estas páginas: Van dirigidas a María y Carlos, y a aquellos padres que, como María y Carlos han ido poniendo las bases para que sus hijos estén en disposición de recibir la llamada de Dios, mediante una educación profundamente cristiana.

Van dirigidas a Teresa y Pedro, y a cuantos como ellos también han puesto a sus hijos en situación de escuchar esa misma llamada, en ocasiones sin saberlo, a través de una educación igualmente sacrificada para conseguir mujeres y hombres de una pieza.

Van dirigidas a todos aquellos padres que, sin identificarse plenamente con María, ni con Carlos, ni con Teresa, ni con Pedro, se han encontrado con la “sorpresa” de una hija o un hijo que toma la decisión de poner su vida entera al servicio de Dios y de los demás.

Van dirigidas a cualquier madre o padre que, por las edades de sus hijos, se encuentre en situación potencial de verse incluido en cualquiera de los tres grupos anteriores.

A todos ellos y a ti, amigo lector, se dirigen estas ideas, con la intención de contagiar al menos un ápice de la alegría y la paz que transmite la entrega.

¿POR QUÉ LLAMA DIOS? He aquí la primera gran cuestión que nos podemos plantear, y no sin razón: si Dios ha creado todo de la nada, sin ninguna colaboración externa; si Dios ha llevado a cabo la gran obra de la Redención enviando al mundo a su propio Hijo; si Dios, en definitiva, como Omnipotente que es, no necesita de nadie ni de nada para actuar; ¿por qué llama a su servicio a determinados hombres y mujeres? Evidentemente, la argumentación tiene todo su peso. Y la respuesta no puede ser otra que el Amor.

Por Amor hacia sus hijos, Dios permite que cada uno, en uso de su libertad, pueda elegir entre el camino de la correspondencia y el de la separación de su Padre.

Por Amor, se queda con nosotros y a nuestra disposición en el Sacramento de la Eucaristía, expuesto a la desidia, al abandono o al desprecio de los hombres.

Y por Amor quiere contar con la ayuda de algunos hombres y mujeres que, entregados a su servicio, estén dispuestos a dar su vida por la salvación de los demás.

Ese Amor se pone de manifiesto, en primer lugar, hacia los propios elegidos, haciéndoles participar de la felicidad que conlleva la intimidad con Dios. Quizás al lector, madre o padre, le resulte sencillo entender esta argumentación pensando en tantas ocasiones en las que ha pedido la “inestimable colaboración” de un hijo pequeño para llevar a cabo cualquier tarea en el hogar. Probablemente, en la mayor parte de los casos, el pequeño entorpecía más de lo que ayudaba. Pero al final, ¡qué gran satisfacción experimentaba al ver la labor realizada “entre los dos”! Y en segundo lugar, hacia el resto de la humanidad, poniendo a su alcance a otros hombres y mujeres como ellos, con sus mismas dificultades, con sus mismas debilidades, que les entienden, y que consecuentemente están en una disposición inmejorable para prestarles ayuda y consejo. Es cierto que Dios podría haber establecido “por escrito” el camino a recorrer, y que cada cual actuase en consecuencia. Pero como Padre que es, conocedor de la condición humana, prefiere poner un grupo de escogidos al servicio de sus semejantes para que esa cercanía nos facilite el camino del Cielo.

Como en otras muchas cuestiones, el recurso al análisis de la historia facilita la comprensión de los argumentos. Basta con la lectura de los Hechos de los Apóstoles para darse cuenta de cómo se producía la elección de los ministros entre los primeros cristianos, y como los designados tenían claramente asumido su papel de privilegiados y, simultáneamente, de servidores de los demás.

Esta visión de la llamada divina se ha mantenido a lo largo de los siglos. Tradicionalmente, para toda familia cristiana era un signo de predilección contar entre sus miembros con alguno o algunos que entregaran su vida a Dios. Con esta concepción, aplicando unos criterios educativos coherentes, y dado que habitualmente las familias tenían un número de hijos considerable, lo normal era que efectivamente surgieran en su seno las vocaciones.

En las últimas décadas este proceso se ha visto frenado debido a la alteración de los factores anteriores: la generalización del denominado “estado del bienestar”, con sus componentes positivos –mejora en las condiciones de vida– pero también negativos –exaltación del consumismo hasta los máximos niveles– hacen que cualquier concepción de la vida como servicio, sobre todo si va acompañado de importantes dosis de renuncia como es el caso, sea rechazada como algo abominable. Si a eso añadimos que las familias distan mucho de ser numerosas, la consecuencia lógica es que el número de personas decididas a entregar su vida a Dios descienda alarmantemente.

Puedes estar seguro, amigo lector, de que esta sociedad que hoy se encuentra emborrachada de autocomplacencia y satisfacción por los logros que se van alcanzando año tras año, se lamentará a no mucho tardar al ver las consecuencias que se siguen de su comportamiento egoísta. Por eso, hoy más que nunca, Dios necesita de un puñado de hombres y mujeres, rebeldes con causa, que no tengan reparo en dedicar todo su tiempo y todas sus energías en gritar a sus semejantes que abandonen esos caminos de egocentrismo que sólo llevan a la desgracia y busquen la verdadera felicidad: la correspondencia al Amor.

LA LLAMADA, SIGNO DE PREDILECCIÓN Como te recordé antes, la tradición cristiana ha identificado a través de los siglos la vocación como un signo de predilección divina.

Esta visión no se corresponde, por decirlo en términos coloquiales, con una costumbre que se ha ido transmitiendo de generación en generación sin un motivo claro. Por el contrario, tiene su fundamento profundo en la Sagrada Escritura. Recuerda cómo para los primeros cristianos la elección de sus ministros se llevaba a efecto entre aquellos que por diversas circunstancias podían desarrollar mejor su labor. Además, vemos reiteradamente en los Hechos de los Apóstoles que antes de tomar la decisión pedían las luces adecuadas al Espíritu Santo.

Por otra parte, tenemos la experiencia de tantos hombres y mujeres de Dios –santos y santas–, que han saboreado con un íntimo y especial deleite aquella frase de la Escritura: ego vocavi te nomine tuo, meus es tu, yo te he llamado por tu nombre, eres mío. El Señor llama a cada uno de manera individual, por su nombre, por su apelativo familiar. Cada persona, con sus peculiaridades, con sus virtudes y defectos, con su carácter, ha sido llamado por Dios para tener con El un trato de intimidad, para tener en El a su mejor Padre, a su mejor Amigo. Estas características que definen a la vocación cristiana común a todos los bautizados, cobran su mayor esplendor en el caso de la llamada a la entrega total. Aquí es como si Dios dijera al elegido: de entre todos mis hijos, he pensado que seas tú el que te encargues de mis asuntos. Te otorgo ese privilegio.

Pero posiblemente el ejemplo más claro lo encontramos en el Evangelio, cuando narra cómo Jesús elige a los Apóstoles: sin duda, podía haber buscado entre los más brillantes sabios de la época, y haber removido su corazón; también podría haber designado a un colectivo, a un grupo ya formado. Sin embargo, fue buscando a los que El quería, y llamándoles de manera individual, por su nombre, en el lugar donde cada uno desarrollaba su actividad –a unos en la barca de pescador, a otro tras la mesa de los tributos…–. Imagina como sería esa llamada para que todos ellos, dejándolo todo, le siguieran. Con esa misma fuerza –la fuerza que otorga el Amor, que es compatible con el respeto a la libertad– sigue llamando hoy el Señor a su servicio. Y el que escucha esa voz, como les sucedió entonces a los Apóstoles, no puede por menos que responder con un sí incondicional.

Ahora, amigo lector que te encuentras en tu condición de madre o padre, intenta por un momento ponerte en la piel de tu hija o de tu hijo. Imagina la inmensa felicidad de su alma cuando sienta que es su nombre el que sale de los labios de Jesús, y que con toda su libertad y con toda su decisión responde al Señor, como el joven Samuel del Antiguo Testamento: ecce ego quia vocasti me, aquí estoy, Señor, porque me has llamado.

Si has conseguido ponerte en el lugar de tu hijo, ya te habrá contagiado una pequeña parte de esa felicidad, de esa alegría y de esa paz difícilmente descriptibles. Como madre, como padre, que desde el primer momento has buscado lo mejor para tu hija o para tu hijo, estarás inundado de satisfacción.

Pero por si todavía no he conseguido transmitirte esos sentimientos, déjame que lo intente con un razonamiento mucho más humano: ¿Cuál sería tu reacción si te comunican que tu hija ha sido seleccionada para representar a tu país en los juegos olímpicos? ¿Cuál si designan a tu hijo como componente del equipo nacional en unos campeonatos del mundo? ¿Y si alguno de ellos es elegido para desempeñar un cargo público de elevada responsabilidad? No conozco ningún padre que acogiese con pesar o indiferencia cualquiera de las situaciones anteriores. Entonces, ¿cómo deberías sentirte en tu papel de padre si el que elige no es un seleccionador deportivo, o un gobernante, sino el mismo Dios? ¿Y si, además, sabes que la recompensa no es una medalla de metal o unos ingresos más o menos saneados, sino el ciento por uno, y la Vida Eterna? LA RESPUESTA Permíteme, querido lector, que a estas alturas de nuestra conversación tenga una confidencia contigo: como hombre de ciencias, siento un cierto mareo después de haber escrito varias páginas sin introducir un solo número. Como el tema no es propicio a las cifras, deja que me vacune introduciendo una fórmula matemática, un “teorema” que me he formulado: FELICIDAD = f ( RESPUESTA ); f’ > 0 Si eres colega, ya habrás descifrado el mensaje; en caso contrario, no te preocupes: lo traduciré al lenguaje habitual. La felicidad de la persona que recibe la llamada de Dios está en función de su respuesta. Cuanto más generosa sea esta, mayor será su felicidad. Este “teorema” tiene una segunda parte: es igualmente aplicable a sus padres.

Procedamos a su demostración. Cada vez resulta más evidente algo que, para cualquier mínimo conocedor del género humano, era ya irrefutable: el hombre tiene necesidad de trascendencia. Nadie como San Agustín, experimentado luchador herido en cientos de batallas, lo ha expresado con tanta claridad: Dios nos creó para El, y nuestro corazón no descansará hasta que le alcancemos. Y digo que cada vez resulta más evidente por la simple observación del mundo que nos rodea y en el que nos encontramos: ante un abandono progresivo de toda visión trascendente, ante la invasión masiva de planteamientos materialistas –lo que importa es tener– y hedonistas –la búsqueda del placer como bien supremo–, el hombre se encuentra profundamente insatisfecho, y en los últimos años proliferan de manera espectacular las organizaciones de carácter filantrópico (ONG, movimientos de solidaridad), que desarrollan una labor muy positiva de atención y ayuda a los más necesitados. Sin embargo, resulta triste verificar que cuando detrás de las personas implicadas en estas actividades no existe una visión trascendente, terminan con una sensación de impotencia y frustración ante lo que, por inevitable, les parece injusto. Ciertamente, por mucho que los conocimientos técnicos avancen de año en año, jamás lograrán vencer totalmente al dolor –físico o psíquico– y a la muerte. Si se carece de la visión cristiana –no resignación ante lo inevitable sino valoración positiva del dolor como participación en la Cruz de Cristo–, la consecuencia ineludible es la amargura y la tristeza ante la impotencia humana.

Por el contrario, cuando esos deseos de trascendencia se enfocan de acuerdo con lo que exige la naturaleza humana, el servicio a los demás como consecuencia de una entrega a Dios y de una vida de intimidad con El, todo –lo positivo y lo que consideramos negativo– cobra una dimensión diferente, adquiere un sentido que de otra manera nunca acertamos a descubrir, y se entiende en toda su hondura la expresión de San Pablo: todo es para bien. La consecuencia lógica es la paz y la felicidad de la persona.

Existe un segundo argumento para consolidar nuestra tesis: uno de los factores que más puede alterar la estabilidad de la persona es la inseguridad: como madre o como padre recordarás, posiblemente, algunos de los peores momentos de la vida de tu familia, y es muy probable que bastantes de ellos los identifiques con situaciones de enfermedad de algún hijo, sobre todo antes de conocer el diagnóstico exacto. O tal vez ante momentos de inseguridades económicas.

Muy superior es el desasosiego ante la duda a la hora de tomar decisiones trascendentales. Y la decisión de mayor enjundia podría definirse como ¿qué hago de mi vida? Cuando un adolescente se plantea esta cuestión, es lógico que le invada la intranquilidad.

Te pido de nuevo que intentes ponerte en la piel de tu hijo. Se presentan ante ti dos caminos, y sabes que tu elección va a condicionar gran parte de tu vida futura. Estás nervioso, inquieto. Imagina ahora que, en un determinado momento, ves con nitidez cuál es el camino adecuado y, a pesar de que parece más escarpado, tomas la decisión firme de seguirlo. ¿Cuál no será tu paz, después de los momentos de duda pasados, cuando des el primer paso? Tu hija, tu hijo, ha pasado por el mismo trance. Hasta que, en un momento de especial intimidad con Dios, ha conocido su Voluntad, y ha decidido cumplirla. A partir de ese instante, la paz y la serenidad han invadido su alma.

La segunda parte del teorema, la que atañe a la felicidad de los padres, presenta la paradoja de que, siendo la más difícil de detectar a simple vista, exige sin embargo menos demostración.

En efecto, la primera idea que le puede venir a la cabeza a un padre cuando su hijo le comunica una decisión de entrega de su vida, es la del alejamiento físico del hijo. En ese momento, cualquier otra consideración suele pasar a un segundo plano.

Si alguna vez experimentas, o has experimentado esta sensación, no te preocupes: se trata de la reacción lógica del corazón. Basta que dejes pasar los primeros momentos. Entonces, ese mismo corazón, y la cabeza, te dirán –lo sabes bien– que tu felicidad correrá paralela a la de tu hijo; que en la medida que le veas contento y sereno, tú también lo estarás. Y si pasados esos primeros momentos la paz sigue sin llegar a tu alma, te sugiero que busques ayuda y comprensión: habla con alguien que, como tú, haya pasado por ese trance. O con alguien que conozca bien a tu hijo, a tu hija. Desahoga tu intranquilidad; no te quedes con ella dentro: es mejor echarla fuera para que deje sitio a la alegría y a la paz.

Además, ¿no recuerdas la promesa de Jesús para los que le sigan? Aquel que deje todo para acompañarle recibirá el ciento por uno en la tierra, y la Vida Eterna. ¿Qué más quieres para tu hija, para tu hijo? Y por otra parte, ¿qué no tendrá preparado Dios, que es ante todo Padre, y que entregó a su Hijo, para aquellos que, identificándose con El, entreguen también a sus hijos a su servicio? ¿Y si, además, esa entrega se hace con alegría, que es compatible con el dolor propio del corazón de madre o de padre? Deja pasar el tiempo. Comprobarás la realidad de la promesa evangélica: no habrás “perdido” un hijo: habrás ganado centenares de hijos, que estarán a tu lado permanentemente.

Apoyado en su incuestionable autoridad, avalada por la experiencia propia y ajena, nos transmite esta idea Juan Pablo II: “A los padres les digo, confiando en su sensibilidad cristiana, nutrida de fe viva, que podrán ellos gustar la alegría del don divino, que entrará en su casa, si un hijo o una hija es llamado por el Señor a su servicio”. (Juan Pablo II. Mensaje para la XXIX jornada mundial de oración por las vocaciones. Vaticano, 1 de noviembre de 1991).

LAS GRANDES PREGUNTAS Llegados a este punto, el sentimiento materno y paterno hace que nos planteemos algunas preguntas fundamentales relativas a la vocación del hijo. Intentaré darte adecuada respuesta a cada una de ellas.

¿POR QUÉ MI HIJA/O? Esta cuestión presenta una doble vertiente. Dicho de otro modo, los padres podemos plantearnos esta pregunta en un doble sentido.

Un primer sentido sería el de aquellos que, asumiendo en su totalidad todo lo expuesto hasta el momento, ven en la llamada divina a su hijo una bendición inmerecida. A estos tan solo cabe decirles que den muchas gracias a Dios, y sigan rezando por sus hijos.

El segundo sentido, más habitual y absolutamente comprensible, es el de los padres que se plantean si no existirán otras y otros a los que “complicar la vida”: ¿por qué a mi hija, y no a la hija de mi vecino, o a la compañera de clase? Antes de contestarte, déjame que te insista en que la vocación de un hijo es un signo de predilección del Señor, en primer lugar hacia el propio hijo, y en segundo lugar y por extensión, a su familia.

¿Quieres saber porqué Dios ha complicado la vida de tu hijo, y la tuya? 1.– Porque durante los años anteriores, has trabajado muy bien esa tierra para dejarla en disposición de que el Señor siembre, la semilla agarre, y dé como resultado un buen árbol. Posiblemente –casi con toda seguridad– cada vez que metías el arado pensabas en cualquier cosa menos en que estabas preparando el terreno a Jesús. Pero como lo has hecho muy bien, como has obtenido un hijo de Dios alegre, generoso, sincero, trabajador, leal, incluso con vida de trato con su Padre, ha llegado el Sembrador y ha dicho: “esta tierra la quiero para mí, para que crezca en ella uno de mis mejores árboles”.

Piensa que, aunque para Dios todo es posible, y en cualquier momento caben las conversiones “a lo San Pablo”, lo más habitual será que Jesús no recurra a las caídas del caballo, sino que elija a sus amigos más cercanos entre aquellos que tienen una base sólida, en vida cristiana y en virtudes humanas, para escuchar su llamada y responder afirmativamente.

Además, no olvides que San Pablo, siendo todavía Saulo, era un gran perseguidor de la Iglesia; pero al mismo tiempo, era un gran hombre, lleno de virtudes humanas. Por eso, de un gran perseguidor salió un gran Apóstol.

2.– Porque Dios tiene todo el “derecho” a llamar a quien quiera. No pierdas de vista que los padres recibimos a los hijos en depósito, no como propiedad. Por más que nos empeñemos, y en ocasiones nos empeñamos más de la cuenta, nuestras hijas y nuestros hijos volarán. Antes o después saldrán de casa, como lo hemos hecho nosotros, y como lo hicieron nuestros padres. Entonces, ¿cómo podemos extrañarnos de que quiera marcharse con Jesús, y no nos llama la atención que se vaya con una mujer o con un hombre? Por último, déjame que te cuente algo que he oído en muchas ocasiones de labios de San Josemaría Escrivá: el noventa por ciento de la vocación se debe a los padres. Piénsalo despacio. Saboréalo. Llénate de orgullo. Y de responsabilidad.

¿NO SON DEMASIADO JÓVENES? Como puedes ver, amigo lector, vamos subiendo el nivel de categoría en las preguntas. Cuando nos planteamos dudas acerca de la temprana edad de nuestros hijos para tomar una decisión de este calibre, es porque de un modo más o menos explícito hemos asimilado la sorpresa inicial, hemos entendido la bendición que supone esa vocación, e incluso aceptamos que Dios tiene todo el derecho a elegir a nuestro hijo.

La aparición en los padres de ese vértigo ante la toma de decisiones trascendentes en los hijos adolescentes es algo, no solamente comprensible, sino incluso te diría que propio de la naturaleza de padre. Es una manifestación más de nuestro instinto de protección. Por eso, si notas desasosiego interior, si te asusta la sola posibilidad de que tu hija o tu hijo equivoquen el camino a una edad tan temprana, no pienses que te estás dejando llevar por tu egoísmo. Habitualmente –tú lo sabes mejor: examina tu conciencia– no es así. Para los padres, los hijos nunca dejan de ser “demasiado jóvenes”: cuando comienzan su andadura escolar, nos parece que son muy pequeños; en el momento de elegir entre las diversas opciones que ofrecen los planes de estudio, pensamos que aún no tienen capacidad de discernir, y que siempre optarán por lo que les resulte más fácil; para qué hablar de la entrada en la Universidad: en ocasiones constituye un auténtico dilema familiar la elección de la carrera adecuada.

Sin embargo, ellos nos demuestran una vez tras otra que nuestros temores suelen ser infundados: normalmente se equivocan menos de los que nosotros presumimos.

La decisión de entregar la vida es, ciertamente, de gran trascendencia. Pero hay diversos motivos que deben llevarte a una gran paz interior ante esta situación.

En primer lugar, no pierdas nunca de vista que es Dios quien elige. Y para Dios no existe el tiempo. El llama a los que quiere, y cuando quiere.

En la Sagrada Escritura encontramos ejemplos de personas que descubrieron su vocación en diversos momentos de la vida. A Samuel le llama Dios cuando era un niño; a San Juan, siendo aún un adolescente –y fue el discípulo predilecto–; también en la adolescencia sugiere Jesús una entrega total al joven rico del Evangelio –él no respondió a esa llamada, y constituye el único caso de alguien que, después de acercarse al Señor, se marchó “triste”–; el resto de los apóstoles reciben su vocación siendo ya hombres maduros. ¿Vamos a ser nosotros quienes impongamos a Dios un calendario? Por otra parte, en ocasiones los padres pensamos que antes de tomar una decisión de este calibre, nuestros hijos deberían conocer “otras opciones”.

Pienso que, aparte de que tus hijos y los míos –en la mayor parte de los casos por desgracia– “conocen más mundo” que tú y que yo cuando nos casamos, la respuesta a la vocación divina no depende del grado de conocimiento de otras alternativas, sino de la madurez en el trato con Dios.

Además, ¿no te parece una contradicción lamentable la de tantos padres que “alejan a sus hijos del peligro de que se compliquen la vida”, y sin embargo no obstaculizan o incluso fomentan que esos mismos adolescentes frecuenten ambientes y actividades que presentan riesgos inmediatos de caer en situaciones objetivamente nocivas? Pienso ahora en aquellos que impulsan a sus hijos a participar en diversiones en las que, con facilidad, tienen acceso a alcohol, tabaco, drogas, promiscuidad sexual, etc., con la finalidad de “que no se queden aislados”, “introducirles desde jóvenes en el mundo” o, incluso, “que se le vayan los pájaros de la cabeza” –así llaman a los deseos de entrega–. Posiblemente nunca se pararon a analizar su responsabilidad como padres, y las cuentas que deberán rendir como administradores de algo que no les pertenece.

Existe un último “razonamiento”, el más sibilino, para sembrar en el alma de una madre o de una padre la inquietud ante la vocación del hijo: ¿no será esta decisión fruto de un ímpetu juvenil transitorio, condicionado por el ambiente que le rodea –amigos, compañeros, incluso la propia familia–? Nosotros, los padres, que conocemos tan bien como el que más el mundo que nos rodea, que sabemos el ambiente que nuestros hijos se encuentran en la calle, somos conscientes de que en esta sociedad nada empuja a tomar decisiones de entrega. Más bien al contrario, la presión que experimentan los jóvenes –una presión brutal– les lleva sin ningún tipo de esfuerzo a una vida gobernada por el materialismo, la búsqueda del placer físico y el deseo de triunfo por encima de todo. Es posible que en otros momentos de la historia los factores externos condicionaran muchas decisiones de entrega, pero pensar que en la actualidad se reproducen esos factores supone, al menos, desconocer el suelo que pisamos, cuando no buscar una excusa que disfrace nuestra falta de generosidad. Por eso he calificado este argumento de sibilino.

Deja que sea de nuevo San Josemaría Escrivá quien te lo explique mejor, respondiendo a una pregunta que, en este mismo sentido, le hace un padre: “Si Dios les llama, dejadles tranquilos, serenos; y pedid por su perseverancia. La vocación nunca es el entusiasmo de un momento: supone siempre sacrificio grande, vencimiento propio y soltarse, además, de todas las cosas que tenemos alrededor. Eso sí que es ser rebeldes. Esta es la gran rebeldía: la del alma que no quiere ser bestia, que desea tratar a Dios con intimidad, y darle el corazón plenamente”. (San Josemaría Escrivá, tertulia en el colegio Gaztelueta, Bilbao, 12 de octubre de 1972) Te anticipo desde ahora unas líneas al final acerca de esa rebeldía.

¿Y SI SE EQUIVOCAN? A estas alturas, ya hemos asumido la decisión de nuestro hijo, la valoramos –siquiera parcialmente– en lo positivo que tiene, e incluso entendemos que la edad no es un obstáculo para entregar la vida. Sólo nos queda una última duda: ¿y si, con el paso del tiempo, se da cuenta de que se ha equivocado? ¿No quedará, entonces, en inferioridad de condiciones con respecto a los de su entorno? Esta cuestión requiere una respuesta diferenciada, en función de las circunstancias personales de cada uno. Sin duda, cuando alguien que ha tomado una decisión de compromiso decide volver atrás tras un periodo prolongado de tiempo –es difícil cuantificar, situémonos en la madurez–, los años transcurridos dejan una huella y, en ocasiones, condicionan el devenir de su vida. Pero eso no sucede únicamente con la vocación: pensemos en el caso de un matrimonio que, con el paso del tiempo, descubren una incompatibilidad; o en aquellos que al cabo de los años piensan haber equivocado su trayectoria profesional. El ser humano, por su propia naturaleza, es susceptible de acertar o de errar. Pero el miedo a equivocarse no puede suponer un freno a la hora de tomar decisiones. De ser así, nunca caminaríamos, ya que para andar es necesario poner un pie en el aire. Es cierto que la sociedad actual no ayuda a tomar decisiones, sobre todo si suponen un elevado grado de compromiso, y a mantenerlas hasta el final luchando contra los obstáculos que puedan aparecer. Por el contrario, la tendencia es a proteger al dubitativo, dejando siempre cubierta la retirada. En este siglo, Hernán Cortes hubiese sido tildado de loco por quemar sus naves. Pero no podemos olvidar que una de las características que marcan la frontera entre el adolescente y la persona madura es su capacidad para responder de las decisiones tomadas. Y no podemos consentir que nuestros hijos sean adolescentes de por vida.

No obstante, el caso anterior no es ni el más habitual ni el que más debe preocupar a un padre. Por eso, centraremos la cuestión en el temor a que el hijo o la hija que responde a la llamada de Dios no persevere en su decisión en un plazo más o menos corto. Parte de la argumentación anterior sigue siendo válida, ya que, en cualquier caso, todo avance implica un determinado grado de riesgo. Pero, además, existen otros argumentos que en ocasiones me he formulado y que no quisiera dejar pasar.

Por una parte, no debemos olvidar que la Iglesia es Madre, y que por lo tanto tiene ese mismo deseo de protección hacia sus hijos, tan propio de la condición maternal. Por eso, sea cual sea el camino elegido para la entrega a Dios, se establecen siempre unos periodos de prueba –por cierto, mucho más prolongados que la mayor parte de los noviazgos–, antes de los cuales no es posible tomar una decisión definitiva.

En segundo lugar, pienso que si en el transcurso de ese tiempo mi hija o mi hijo descubre que el camino iniciado no es su verdadera vocación, tengo presente que: 1.– No ha fracasado. Jesús nos ha dicho que nadie que dé un vaso de agua a un discípulo suyo quedará sin recompensa. Mucho más si lo que se está dispuesto a entregar es la propia vida.

2.– Ha sido generoso. En un momento de su vida, ha aparcado sus proyectos, sus objetivos humanos –lícitos–, y ha decidido poner toda su vida en manos de su Padre Dios, con total disponibilidad. Esa entrega constituye un rasgo de suprema generosidad. Y, puedes estar seguro, Dios no se deja ganar en generosidad.

3.– Ha crecido en vida interior. A lo largo de todo el tiempo transcurrido desde que tomó la decisión de seguir la llamada, ha intensificado el trato con Dios: ha tomado por costumbre hablar con su Padre; contarle sus alegrías y penas; desahogar en Él sus preocupaciones y agobios; darle gracias de manera habitual por todo lo bueno; pedirle perdón por sus errores; acudir a Él en busca de la fuerza que precisa docenas de veces a lo largo de la jornada. En definitiva, casi sin darse cuenta, se ha convertido en alma de oración. Con una adecuada ayuda, y con el ejercicio de su voluntad, ese hábito de hablar con Dios ante cualquier circunstancia le acompañará durante toda su vida. Es decir, habrá adquirido un barniz que le llevará a estar en contacto permanente con el mejor Consejero, con el mejor Amigo, ante cualquier circunstancia de su vida.

4.– Ha luchado y ha adquirido virtudes humanas. La entrega de la propia vida supone, ya desde el primer momento, el ejercicio continuado de las virtudes humanas: fortaleza y reciedumbre para vivir contra corriente; sinceridad total para dejarse moldear a la medida del Señor; generosidad para dejar de lado todo aquello que estorbe a la vocación… y tantas otras que han ido saliendo y saldrán a lo largo de estas páginas. Ese ejercicio continuado, y más en una etapa de formación de la persona como es la adolescencia, genera la asunción de las virtudes, que quedan incorporadas a la propia personalidad para siempre.

Como padres experimentados, sabemos que determinados hábitos buenos –virtudes– se adquieren con mayor facilidad en una edad que en otra. Si mi hijo no ha aprendido a ser ordenado con tres, cuatro o cinco años, será más complicado que adquiera el hábito del orden a los dieciocho. Es como andar en bicicleta: es más fácil aprender en la infancia que en la madurez. De manera similar, el fortalecimiento de esas virtudes, su consolidación y, lo que es fundamental, su asunción razonada –el hábito y el porqué– se produce en la época adolescente. Durante esos años, la persona es aún maleable, muy vulnerable a determinados peligros pero, paralelamente, susceptible de fortalecer las componentes más positivas de su personalidad. Después, será cuestión de seguir ejercitándose.

5.– Ha recibido una profunda formación cristiana. De forma paralela –y necesaria– al crecimiento de la vida interior, se va recibiendo una profunda formación que abarca diversos aspectos –ascética, doctrinal, espiritual…–, y que supone un fundamento excepcional para toda la vida, con independencia de cuales sean las circunstancias que rodeen a la persona.

6.– Además, y como padres lo que sigue no deja de tener una importancia significativa, mi hija o mi hijo habrán pasado una etapa tan crítica como la adolescencia en un ambiente inmejorable.

Ahora, querido lector, te propongo una prueba: intenta olvidar por un momento el contexto de estas líneas; prescinde de todo lo que has leído. Cuando te encuentres en esa disposición, relee únicamente los seis puntos anteriores. Imagínate a tu hija, a tu hijo, adornado con esas seis cualidades. Y respóndete, si eres capaz, que no las deseas para ellos. ¿No sientes el impulso de preguntar “donde hay que firmar”? ¿QUÉ HACER EN EL MOMENTO? A estas alturas de la historia, es muy probable que hayas asumido la entrega de tu hija o de tu hijo, e incluso que te vaya invadiendo una sensación de paz que antes no sospechabas. También es posible –así lo espero– que las dudas que te asaltaban se estén diluyendo a medida que haces tuyos los razonamientos anteriores. Si es así, te aseguro que estás cerca de dar el gran paso: ponerte a disposición de la vocación de tu hijo; empeñarte en facilitar su perseverancia en todo aquello que dependa de ti.

Por lo tanto, pregúntate –si es que no lo has hecho ya–: ¿cómo debo actuar ante este nuevo rumbo que toma la vida de mi hijo?; ¿qué debo hacer? Lo primero que debes tener presente es que, en los componentes esenciales de vuestra relación hija/o – madre y padre, nada ha cambiado. Esto tiene dos implicaciones: por una parte, tú continúas siendo el máximo responsable de la educación de tu hijo, el más interesado en que alcance su objetivo final; por lo tanto, la nueva situación no supone para los padres un “lavarse las manos”. En segundo lugar, como ya te recordé anteriormente, tus hijos te han sido entregados en depósito, y este convencimiento debe llevarte a rectificar de manera constante la intención: los hijos son de Dios, y los padres debemos buscar siempre que cada día estén un poco más cerca de su Padre.

Además, debes asumir que su entrega es un ejercicio y una consecuencia de su legítima libertad. No nos corresponde a los padres poner trabas a ese ejercicio, sino muy al contrario, facilitar que su respuesta a lo largo del tiempo sea consecuente con la elección inicial. Esto no significa, como ya veremos, que nuestra labor a partir de este momento se limite a asentir a cualquiera de sus deseos; se trata de poner al servicio de su fidelidad nuestra mayor madurez, nuestra experiencia y la visión de futuro de la que pueden carecer nuestros hijos – al fin y a la postre, adolescentes–. Para ello, no puedes perder de vista la rectitud de intención a la que antes hice referencia.

En tercer lugar, no sometas a tu hija o a tu hijo a “pruebas” que contrasten la firmeza de su vocación. La mayor prueba la tienen en el mundo que les rodea: será frecuente que los amigos, compañeros, algunos familiares, etc., ni entiendan ni compartan su decisión. Por eso, necesitan de la figura firme de sus padres, de la seguridad que les podemos transmitir, que les haga dejar de lado esas incomprensiones de los que están a su alrededor. Por otra parte, te das perfecta cuenta que el entorno social –la calle, las diversiones, televisión, publicidad…– no suponen precisamente una ayuda para la vida de renuncia y de entrega. ¿Vas a ser tú un colaborador –por tu ascendiente de madre o de padre, un valiosísimo colaborador– de los que ponen todo su empeño en que tu hijo abandone el camino iniciado? Deja que sea otra vez San Josemaría Escrivá quien, con palabras fuertes, te lo explique mucho mejor: “Se me vienen a la memoria unos versos de Cervantes: Que es de vidrio la mujer Pero no debes probar Si se puede o no quebrar Que todo podría ser.

De manera que no pruebe si puedes quebrar. ¡Que te deje tranquilo! Mamá ahí está equivocada. Debe desear que tú no hagas probatinas; que son ofensas de Dios. Si no te deja en paz, perderá ella su paz, enredará su conciencia y pondrá su vida eterna en compromiso.”(San Josemaría Escrivá, tertulia en el teatro Coliseo de Buenos Aires, 23 de junio de 1974) Permíteme, amigo lector, una confidencia: aunque desde el principio he pretendido que el tono general de estas líneas fuera muy positivo, no sería noble por mi parte silenciar el desasosiego y la tristeza que produce la actitud de ciertos padres empeñados en obstaculizar la vocación de sus hijos. Es lamentable comprobar como en ocasiones las mayores dificultades para la perseverancia en una decisión de entrega provienen del ámbito familiar, que olvida que el primer mandamiento (amar a Dios sobre todas las cosas) no se enfrenta ni anula al cuarto mandamiento (amar a los padres). Haré, por lo tanto, un paréntesis en esta tónica optimista, y te contaré una historia.

En pleno siglo XIV, una joven de diecisiete años, Catalina de nombre, decidió entregar su vida a Dios. “¡Te casarás aunque se te rompa el corazón!”, fue la respuesta que recibió de su madre. “¡No te dejaremos en paz!”.

Catalina contó con el apoyo de su padre, que entendió la elección de su hija. Sin embargo, su madre rechazó en todo momento el camino elegido por Catalina. En ocasiones la oposición era silenciosa; otras veces, explícita y virulenta.

Siendo todavía joven, Catalina consiguió poner punto final a uno de los episodios más lamentables de la historia de la Iglesia: logró el regreso del Papa a Roma, abandonando Avignón. Falleció antes que su madre, que fue testigo presencial, y supongo que también perpleja, de la solemne procesión con las reliquias de su hija. ¿Te imaginas que las presiones maternas hubieran triunfado sobre la decisión de la hija? ¿Cómo habría sido la historia de la Iglesia sin Santa Catalina de Siena? Estoy convencido de que tu modelo de comportamiento, amigo lector, no será el de la madre de Catalina. Por eso, una vez satisfecha la necesidad de poner de manifiesto todas las actitudes posibles ante la vocación de los hijos, cierro el paréntesis y recupero el hilo argumental.

Habla con Dios. Habla de ellos, y pide por ellos. Siéntate tu solo, en intimidad con tu Padre, y hablad los dos de aquella hija, de aquel hijo, que ahora compartís de una manera tan especial. Cuéntale tus agobios, tus inquietudes, tus temores. También tu alegría, tu satisfacción. Dile cómo, de un tiempo a esta parte, quieres a tu hija o a tu hijo de un modo diferente –no diré que más, pero sí diferente–. Deja que Él te conteste: escúchale. Verás que esos temores, esas inquietudes se desvanecen, igual que cuando tú acudes a ayudar a tus hijos pequeños ante una “dificultad insuperable” que desaparece en cuanto intervienen mamá o papá. Y pídele por su fidelidad. Pídele que te ilumine para que, en tu papel de padre, sepas actuar en cada momento de la forma que más ayude a su perseverancia final. Te aseguro que Él está más empeñado que tú.

¿No te parece lo más natural? Si tu hijo o tu hija se “ennoviaran”, ¿no te apresurarías a conocer al candidato/a? ¿No estarías pendiente de hablar con él, de saber cómo piensa…? Es posible que todo esto te resulte un poco sorprendente, que no te lo hayas planteado nunca. Incluso puede suceder que no tengas demasiada práctica en ese diálogo confiado y distendido. A lo mejor necesitas ayuda. Coméntalo con un buen sacerdote, que te comprenda, que te aconseje. Te haré una sugerencia: pide consejo a tu propia hija, a tu propio hijo. ¿Qué mejor ayuda que la del mismo sacerdote que le conoce a él? Además, ¿te imaginas la alegría y la satisfacción que le vas a dar? Después, no te olvides de agradecer a Jesús el “detalle” que ha tenido contigo y con tu familia: el privilegio de elegir de entre toda la humanidad a uno de los tuyos para su servicio. Y finalmente, déjate inundar por la alegría y la paz.

Si todo lo anterior te parece largo y complejo, te ofrezco otra alternativa: cuando te asalte la duda de cómo actuar, ponte en el lugar –o mejor, a su lado– de la Virgen María y de San José. Medita con tranquilidad la escena en la que Jesús, con doce años, se queda en el templo sin que sus padres lo perciban. Imagina la preocupación y la angustia que experimentarían al perder a su Hijo, que era además el Hijo de Dios, que les había sido confiado. Aprende de ellos la lección de entrega –renuncian a su Hijo por Amor de Dios–, humildad –pasan a un segundo plano a pesar de ser padres–, saber estar, asunción de su papel… Y pídeles que te enseñen.

¿QUÉ HACER DESPUÉS? Una vez pasados esos primeros momentos, tu deseo de ser el primer colaborador en la fidelidad de tu hijo te llevará a preguntarte cómo debes actuar en lo sucesivo. Realmente, todo lo que te he propuesto en el punto anterior sigue siendo válido. Añadiré algunas sugerencias más.

En cierta ocasión escuché comparar la naciente vocación de un adolescente con una planta recién salida de sus raíces. Del mismo modo, puedes asimilar esa vocación a tu hijo recién nacido –probablemente te resulte más cercano–. En cualquier caso, tanto uno como otra precisan de multitud de cuidados. Es preciso protegerles. Igual que no expondrías a un pequeño al frío de la noche sin una prenda adecuada, tampoco debes dejar a la intemperie una incipiente vocación: necesita el abrigo de tu protección. Como ya te recordé antes, la sociedad en la que vivimos no fomenta decisiones de entrega. Por lo tanto, debes cuidar el entorno que rodea a tu hijo.

¿Entonces, tengo que aislar a mi hijo del mundo? No. Es precisamente en ese mundo donde ha recibido la llamada de Dios, y ese ahí donde tiene que responder. De igual modo que, cuando tenía pocos días de vida, no le mantenías encerrado por temor a que cogiera alguna enfermedad, tampoco ahora debes rodearle de una urna de cristal. Tu labor radica en encontrar ese punto intermedio, ese abrigo necesario para que pueda estar en la calle sin temor a los catarros.

Lo más acertado es pedir consejo a las personas que mejor conocen su alma. Sin embargo, el sentido común te dictará algunos criterios que es conveniente seguir, no sólo en estos casos sino para todos tus hijos: piensa en los lugares que eliges para pasar las vacaciones; analiza si seleccionas los programas de televisión que se ven en tu casa, y bajo qué criterios; qué tipo de lecturas (libros, revistas, etc.) tienen tus hijos al alcance de manera habitual; cuáles son las inquietudes y los temas de conversación de las amistades –no sólo de las suyas, también de las tuyas–. Puedes continuar la lista.

Un segundo aspecto a cuidar especialmente es aquel que afecta a las exigencias propias del camino elegido: con independencia de las características específicas de cada vocación, es indudable que tu hijo, además de continuar con las actividades inherentes a su edad –estudios, atención a su familia, colaboración en casa, trato con sus amigos …– empieza a dedicar parte de su tiempo a otras que tareas novedosas para él. Así, será habitual que pase unas horas al cabo de la semana en contacto más directo con otros lugares y ambientes diferentes al hogar familiar, dedicará un tiempo a asistir a medios de formación específicos, adecuados a la vocación recibida, empleará parte de sus horas en intensificar su trato personal con Dios, dedicará un mayor esfuerzo en tiempo e intensidad a actividades de ayuda a los demás, se preocupará de la mejora de sus amigos, etc.

Nos corresponde a los padres facilitar también este aspecto de la llamada. En esta cuestión, nuestra labor será más pasiva que activa: no se trata tanto de organizar su tiempo –ya es mayor y sabe cómo lo debe hacer, y en cualquier caso este terreno debe incumbir fundamentalmente a las personas que le asesoran en su camino–, como de no obstaculizar esa dedicación y, en la medida de lo posible, facilitársela.

En ocasiones, resulta lamentable ver la paradoja de determinados padres que ponen el listón de la exigencia por lo que atañe al horario familiar mucho más elevado en los hijos que han seguido una vocación divina, con respecto a otros hermanos que viven lo que se suele denominar la “vida normal de un adolescente”. Así, mientras toleran que algunos de sus hijos se impliquen con todas las consecuencias en las diversiones habituales de la edad, que en la mayor parte de los casos implican vida nocturna con el consiguiente desorden para el resto de la familia, por miedo a que si adoptan una postura más intransigente sus hijos “se queden aislados y sin amigos” o “les consideren bichos raros”, ponen el grito en el cielo –con minúscula– cuando el hermano plantea pasar fuera de casa un sábado, o no digamos si es un fin de semana o parte de sus vacaciones veraniegas. ¡Ese es el tiempo de la familia! ¡Se está cargando el ambiente familiar! En la mayor parte de los casos, y suponiendo que tras esa conducta no se esconda la intención de impedir la continuidad en el camino emprendido, esta actitud se debe a la cobardía y comodidad propias de quien prefiere cargar las tintas sobre el que sabe que no le causará grandes problemas. ¡Cualquiera le dice a un adolescente que no vuelva a casa a altas horas de la madrugada! Es mucho más sencillo atar a alguien que está escuchando casi a diario que una parte importante de su vocación se encarna en la vida familiar, y en vivir intensamente el cuarto mandamiento del Decálogo.

Nuestra labor, te insisto, debe ser la de quien facilita esa disponibilidad de tiempo a su hijo, consciente entre otras cosas de que tiene todo el derecho a disponer de su intimidad, y de su tiempo como componente fundamental de ésta. Y la manera de facilitar es, no sólo no impedir, sino buscar el modo de hacer compatible la vida de familia y el cumplimiento de sus exigencias personales. Incluso, en ocasiones, estando dispuesto a hacer unos cuantos kilómetros al volante del coche.

Por último, te sugiero que mantengas un contacto más o menos frecuente con las personas que conocen de cerca la vocación de tu hijo.

En este sentido, es fundamental que cada cual tenga claro su papel en la “novela divina”: la madre, el padre, son los primeros y fundamentales educadores. A ellos corresponde moldear al hijo desde su concepción. Pero llega un momento en que el hijo, si toma una decisión de seguir a Cristo de cerca, pone con total libertad su alma en manos de quien, por conocimientos, experiencia y gracia de Dios, es la persona adecuada. Por lo tanto, existe una barrera que los padres no podemos ni debemos traspasar. Al igual que cuando era más pequeño y enfermaba le llevábamos al médico, y no se nos ocurría inmiscuirnos en su labor, en estos momentos tampoco nos corresponde invadir ese terreno tan personal, competencia de otros.

Sentado este principio, sin embargo es evidente que en multitud de aspectos la tarea de llevar a buen puerto a nuestro hijo compete tanto a los padres como a aquellas otras personas que por conocimiento y experiencia pueden aconsejarle en la decisión emprendida. El crecimiento en virtudes humanas, la relación con la familia, la planificación de periodos de tiempo, son algunos de esos aspectos. Por otra parte, la proximidad que los padres tenemos con nuestros hijos –cercanía física y profundidad de conocimiento– permite que, en ocasiones, podamos detectar estados de ánimo que, probablemente, pasan desapercibidos para otros. Cuántas veces un padre, y en especial una madre, ha descubierto un problema, una preocupación en una hija o en un hijo sin que estos digan nada, con sólo mirarles a la cara o detectando que han comido menos de lo normal.

Por eso, padres y directores espirituales, siempre, por supuesto, “tirando del carro” en el mismo sentido, deben tener un contacto más o menos frecuente y, en todo caso, confiado y disponible. Lo normal será que las conversaciones sean espaciadas a lo largo del tiempo; pero si, por cualquier motivo, detectas o tu sexto sentido de madre/padre te dice que algo no va bien, no tengas inconveniente en emplear todo el tiempo necesario en buscar juntos causas y soluciones. No pierdas de vista que tu hijo sigue siendo un adolescente: la entrega a Dios no altera la evolución de la personalidad. Y como cualquier otro joven de su edad necesita seguridad, firmeza e ir ganando en madurez personal.

Muchas de las crisis vocacionales en los primeros años de la juventud son crisis de crecimiento y, por eso mismo, no sólo son vencibles sino que, una vez superadas, suponen una contratuerca para la propia vocación.

A MODO DE CONCLUSIÓN Querido amigo lector: como te dije al principio, mi intención al ponerme delante del papel no ha sido otra más que la de contagiarte siquiera un ápice de la alegría, la paz y la ilusión que deben invadir a cualquier madre o cualquier padre “tocados” por el dedo divino de la elección de un hijo.

Si he conseguido aunque sólo sea parcialmente ese objetivo, probablemente también te haya llegado un segundo mensaje que, sin ser el primordial, es igual de ilusionante: nosotros, los padres y las madres, tu y yo, tenemos un gran protagonismo en esta novela divina. De nosotros depende, en gran medida, que nuestros hijos escuchen la llamada de Dios, que respondan a ella afirmativamente, y que perseveren en su decisión hasta el final. Por si lo entiendes así y compartes esa pasión por que alguno o algunos de los tuyos sean de los predilectos de Jesús, permíteme que te transmita mis PASOS PARA CONSEGUIR LA VOCACIÓN DE LOS HIJOS Primero: rezar por ellos Como ya te dije, la vocación es una llamada de Dios. Teniendo esto presente, sobra decir que ningún consejo garantiza la obtención del resultado, si Dios no llama.

Sin embargo, la oración de un padre, y fundamentalmente la de una madre, tiene un poder inmenso cuando se trata de los hijos. A lo largo de la historia sobran los ejemplos: Jesús “cambió sus planes” en las bodas de Caná a petición de su Madre, y convirtió el agua en vino a pesar de que “no tenía previsto” realizar ese que fue su primer milagro. El mismo Señor resucitó al hijo único de una viuda, al ver las lágrimas de su madre. Y curó a la hija de la cananea ante sus súplicas. Las oraciones de Santa Mónica valieron para arrancar de Dios la conversión de San Agustín. Y como estos, muchos más.

Por eso, pido al Señor que adorne a mi familia con el lucero de alguna vocación. O con más luceros. Pídeselo tú desde ya. Aunque tu hija o tu hijo sean muy jóvenes. Incluso si aún no han nacido. Y le pido también que, en lo que de mi dependa, el terreno esté bien preparado y abonado cuando llegue el momento de la llamada. Que me dé luces en cada momento para actuar con mis hijos conforme a su Voluntad.

Segundo: crear un clima propicio Debemos ocuparnos desde que nacen nuestros hijos en que el entorno más próximo sea favorable para que acojan adecuadamente la llamada de Dios.

Educarles desde una edad muy temprana en la adquisición y crecimiento de las virtudes humanas, porque no se tiene noticia de ningún santo que no fuera una gran mujer o un gran hombre: generosidad, para que sean capaces de dejar todo por Cristo y por los demás; lealtad, para que empeñen toda su existencia en seguir pase lo que pase y pese a quien pese el camino que vieron en un primer momento; reciedumbre, para que venzan con fortaleza las dificultades que se les presentarán a lo largo de su vida, y para que no se amilanen ante la incomprensión de los miopes “buenos” que querrán “aconsejarles” a pesar de su ceguera; magnanimidad, para que sean capaces de ilusionarse con proyectos grandes, escapando de la ramplonería materialista y hedonista; sinceridad, para que sepan en todo momento acudir a quien puede ayudarles en las dificultades; responsabilidad, para que siendo conscientes del compromiso que asumen, respondan hasta las últimas consecuencias.

Inculcarles desde la infancia una vida de piedad sincera y, en la medida de las posibilidades de cada edad, profunda. Para ello, recuerda que “fray ejemplo” es el mejor predicador. No puedo desear que recen si no me ven a mi rezar. Podemos comenzar con pequeñas oraciones, al levantarse, al acostarse, antes de las comidas; enseñarles, desde pequeños, a dar gracias a Dios por todo lo que tienen, a pedirle perdón cuando hagan algo mal, a pedir ante las necesidades propias y ajenas; llevarles con frecuencia a la Iglesia, siquiera en visitas cortas, para que sepan que allí está Jesús, y aprendan desde el principio que en la Iglesia se deben comportar de una manera especial: en silencio, sabiendo hacer una genuflexión…; enseñarles a tener un trato filial con su Madre la Virgen. A medida que van creciendo, podemos fomentar en ellos la oración confiada con su Padre; enseñarles a tener un trato más constante y frecuente, por medio de algunas oraciones, con Dios y con la Virgen María: pueden rezar parte del Santo Rosario…; que se vayan familiarizando con la vida de Jesús: que lean el Evangelio o leérselo en voz alta; y, sobre todo, que adquieran una intensa vida sacramental: es fundamental la asistencia frecuente a la Santa Misa y al Sacramento de la Penitencia.

Esmerarse en cuidar al máximo el entorno ajeno a la familia: es básico concentrar todos nuestros esfuerzos en elegir el colegio que más se adapte a los objetivos educativos que hemos establecido para nuestros hijos, pasando por encima de las dificultades y asumiendo los esfuerzos que sean precisos –económicos, de exigencia personal, de tiempo, etc.–. Igualmente, debemos conocer sus amistades, fomentando las que vemos más adecuadas e intentando soslayar las menos convenientes, todo ello “con mano izquierda”.

Buscar un tercer lugar –además de familia y colegio– donde pueda centrar su tiempo libre, en contacto con otros amigos de su edad. No olvidemos que el tiempo libre puede ser tan educativo o tan “deseducativo” como la vida de familia.

Tercero: siempre disponible Necesitamos crear un ambiente de confianza que fomente el diálogo con la hija o con el hijo. Que puedan acudir a nosotros, si lo desean, cuando comiencen a barruntar el Amor de Dios.

Este clima no se consigue de la noche a la mañana, a los catorce años. Es preciso que vean en sus padres, no solo y fundamentalmente a un amigo, sino a un padre o a una madre, que es mucho más que un amigo, con la garantía de que va a ser escuchado, comprendido, y que le van a aconsejar pensando siempre en lo mejor para él. Eso supone que, desde que son pequeños, deben encontrarnos siempre disponibles para sus asuntos: el negocio más importante, el mejor cliente, el superior más exigente, el trabajo inaplazable, es siempre cada uno de los hijos. Posiblemente, en la infancia, interrumpirán nuestra tarea o nuestro descanso con cuestiones que, desde la visión de adulto, carecerán de trascendencia. No podemos equivocarnos: su trascendencia radica en que, si dejamos pasar esas ocasiones, cuando las materias sean más enjundiosas no acudirán a nosotros. Entonces será cuando demandemos diálogo, posiblemente con pocos resultados.

Cuarto: fomentar su “rebeldía” Que sepan que son diferentes. Tienen que ser diferentes. Deben navegar contra corriente, porque lo más fácil es dejarse llevar, pero de balsas a la deriva Dios no puede sacar nada positivo. Para ello, somos los padres los primeros que tenemos que tomar en serio esa rebeldía: nosotros seremos diferentes, haremos lo que no hace la mayoría, y dejaremos de hacer lo que la mayoría hace. No caeremos en el consumismo absurdo de “tener por tener” aunque lo que se tenga no sirva para nada. Nos negaremos a valorar a las personas en función de lo que tienen en lugar de por lo que son. No consentiremos la negación y el rechazo sistemático del dolor, porque conoceremos su sentido cristiano. No buscaremos como bien supremo el placer físico, la comodidad, ni idolatraremos nuestro cuerpo. Si nos ven en esa actitud, con alegría y poniéndonos el mundo por montera, les haremos atractiva esa rebeldía.

Si en tu camino te encuentras con alguien en nuestras mismas circunstancias que, tras explicarle todo lo anterior, piensa que más vale que Dios no se meta en la vida de su hijo y, fundamentalmente, no le complique la suya, puedes transmitirle las siguientes: CUATRO SUGERENCIAS PARA QUE DIOS NO COMPLIQUE LA VIDA A UN HIJO Primero: evitar cualquier planteamiento ni referencia remotamente sobrenatural Que no se le ocurra rezar, no vaya a ser que Dios le pida algo. Porque, claro está, luego es mucho más difícil decirle no. Al fin y al cabo, probablemente sea un “buen cristiano”.

Por el mismo motivo, aconséjale que no enseñe a rezar a sus hijos. A lo más, que sepan alguna oración de corrido, para poder tranquilizar su conciencia. Pero, sobre todo, que no hablen con Dios.

Que no les hable de Dios. El mejor antídoto es la ignorancia. El que no piensa, no se complica.

Pero dile que no se confíe: esto no es suficiente. Recuérdale a San Pablo. Si quiere obtener resultados…

Segundo: procurar que no adquiera muchas virtudes Las imprescindibles para ser decente, buena persona. Y sin exagerar.

Que sus hijos no sean generosos. Es preferible que aplique aquello de que la caridad bien entendida empieza por uno mismo. Que el mundo es muy agresivo, y a la menor te ponen la zancadilla. Y, en todo caso, que sepan calcular.

Que se cuiden. El cuerpo es fundamental: hay que cuidarlo al máximo. La imagen abre todas las puertas. Además, ya se dice que lo importante es tener salud. Así es que nada de grandes esfuerzos, nada de sacrificarse. El único esfuerzo consentido es el que vaya en beneficio directo del cuerpo –gimnasio, dietas…–.

Que sean “flexibles”. Todo es cambiante. Nada es para siempre. No es preciso comprometerse. Tienen que aprender a cubrirse siempre la retirada. ¿Qué es eso de la constancia? Algunos confunden la terquedad con la constancia.

Ojo con la sinceridad. No se puede confiar en nadie, que cuando te das la vuelta te clavan el puñal. Que no dejen traslucir sus sentimientos. Por supuesto, no le aconsejes que sean grandes mentirosos –eso está muy mal visto, sobre todo si te descubren–, pero la “mentira piadosa” no es propiamente mentira; y cual más piadosa que la que cubre a uno mismo…

En consecuencia, cuidado con los “amigos”. Ya sabemos que “de los amigos líbrame, Señor, que de los enemigos ya me libro yo”. La verdadera amistad no existe. Los amigos duran mientras pueden sacar provecho. Pero cuando de verdad son necesarios, desaparecen.

Que procure educarles en el arte del “escaqueo”. No hay nada peor que responsabilizarse de algo, sobre todo si no es remunerado. Al final, al que no cumple se le piden cuentas. Y encima de estar “agobiado”, no se obtiene nada en limpio.

Tercero: rodear a los hijos de un ambiente “normal de la calle” Hay que prepararles para la vida: lo importante es que sepan adaptarse al entorno, como un camaleón. ¡Con lo competitiva que es nuestra sociedad! Lo que tienen que hacer es triunfar, ser los mejores, utilizando las mismas armas que los demás. Es fundamental fomentar su “vida social”. Sobre todo, que nunca se sientan extraños o diferentes. Que no les señalen con el dedo. Que no se distingan demasiado, ni por comportamientos ni por ideas. ¡Hay que ser “tolerantes”! Para eso, debe tener contacto con todo tipo de gente, cuanta más mejor. Ojo: sin mayor compromiso: ya te dije antes que la amistad no existe. Consecuentemente, no tiene demasiada relevancia saber quienes son sus compinches de aventuras. ¿Para qué? Además, de esta forma el padre o la madre se quita un problema de encima al no tener que “controlar”. Aunque, por supuesto, no lo hace por eso. ¡Seguro que quiere lo mejor para su hijo! Ni que decir tiene que el mejor colegio es el más cercano a casa o, en último extremo, el que ofrezca mejores posibilidades de triunfo material para su hijo. En este último caso, los criterios de selección deben ser: instalaciones deportivas, nivel social de los compañeros, viajes, cursos en el extranjero… Pero, sobre todo, cuidado con los idearios demasiado definidos. A ver si van a hacer del hijo un fanático, un “idealista”. Capacidad de adaptación; pragmatismo; que sea capaz de relativizar todo; al fin y al cabo, ¿qué es la verdad? Es importante que el padre y la madre se autoconvenzan de la gran fuerza que tiene este argumento. Porque puede venir en algún momento de “flaqueza” la tentación de pensar que están actuando guiados por otras motivaciones. Por ejemplo, que un colegio de este tipo complica mucho menos la vida, porque no exige coherencia de vida en casa ni implica demasiado en la educación de los hijos. Pueden olvidarse de entrevistas frecuentes con los tutores –las mínimas imprescindibles– reuniones habituales con otros padres, etc. Además, muy probablemente ahorrarán bastante dinero en la factura del colegio, lo que permitirá un mayor desahogo para afrontar otros gastos “muy necesarios en el mundo que vivimos”. Pero eso es secundario. Por supuesto, no es el motivo fundamental de su actuación. ¡No olvides que siempre buscan lo mejor para su hijo! Cuarto: mantener las distancias: no darles mucha confianza Esta idea debe matizarse: está bien la confianza de “colega”, de amiguete: que vean a su padre como uno más de su pandilla. Para eso, es preciso estar a su altura, sobre todo en aquellas cuestiones que son fundamentales para ellos: vocabulario –que no se le ocurra hablar como un “carroza”: es necesario utilizar sus mismas expresiones, aunque parezcan inadecuadas o soeces, que eso acerca mucho–, vestimenta, temas de conversación habitual… Otro aspecto a cuidar: jamás intentar convencerles de algo; recordemos que somos uno más. No tenemos criterios firmes e inamovibles, como ellos tampoco los tienen. Y, sobre todo, adularles. Todo lo que hace la juventud es, por definición, sano y noble. Los de nuestra generación sí que fuimos unos desgraciados: no teníamos “libertad” –qué fácil es confundir su significado– para nada.

Lo que no debemos tolerar es que la confianza sea tal que vean en nosotros un referente, una figura de prestigio, a la que plantear cuestiones más serias: hay que tener cuidado porque pueden colocarnos en la desagradable tesitura de tener que pronunciarse. Y entonces, a ver dónde queda el relativismo, la capacidad de camaleón.

El único riesgo que se corre al seguir esta pauta es que el hijo caiga en actividades que verdaderamente parecen peligrosas: droga, alcohol, sida, embarazos no deseados… Si su padre es un colega; si todo lo que hace la juventud está bien; si todo es relativo; si es el primero en negar la existencia de criterios firmes e inamovibles, ¿Cómo le va a imponer a estas alturas sus temores? Pero debes tranquilizar a tu interlocutor: “con todo lo que le ha dado, malo será que le toque a él”.

Llegados a este punto, y ya que has tenido la deferencia de asesorar a quien te plantee sus temores, puedes pedirle que al menos te permita dos peticiones.

La primera es que, si con el paso de los años su hija o su hijo no son lo que había planeado o, incluso, le presentan problemas serios, no le eche la culpa a Dios. Por favor, que omita expresiones del tipo de ¿qué he hecho yo para merecer esto?, o ¿porqué me castiga Dios así? Dios no castiga: simplemente, ha respetado su libertad y le ha permitido trabajar la tierra cómo y cuando ha querido. Ahora recoge lo que en su momento sembró.

La segunda: casi con toda seguridad habrá logrado su objetivo de que Dios no complique la vida de su hijo –y de paso la suya–. Pero, por favor, pídele que cuando haya terminado su “labor”, le busque trabajo en las antípodas, porque a esa criatura no la va a aguantar ni su padre. Es decir, no la va a aguantar ni él mismo.

APÉNDICE: UNA GENEROSIDAD “EGOÍSTA” Permíteme ahora, querido lector que, en uso de nuestra amistad, basada en tantas confidencias que llevamos ya compartidas, te hable de nuestra vida. Posiblemente te sentirás, igual que yo, “hecho un chaval”. Si eres lectora, entonces lo anterior lo afirmo con rotundidad: seguro que rebosas juventud por todas partes.

Sin embargo, tampoco será de extrañar que te encuentres enfilando la recta de la cuarentena, o de la treintena, o…

Por ese motivo, en más de una ocasión te habrás parado a pensar que la vida en esta tierra se acaba en algún momento, cuando Dios quiera –ojalá, lo deseo para ti y para mí, dentro de muchos años–.

Si es así, te invito ahora a que imaginemos juntos la escena; si no lo has pensado nunca, te sugiero que esta sea la primera vez.

Imagino mi juicio particular: Dios Padre me llama a su presencia por mi nombre. Mientras espero, he visto pasear por el Cielo a un montón de gente conocida: familiares cercanos, otros no tan cercanos, amigos, vecinos, compañeros… También he descubierto a personajes conocidos de la humanidad, de toda la historia, que me ha alegrado encontrar. Y, por supuesto, los Santos. A lo mejor, como decía un amigo mío, he pensado: “en cuanto entre en el Cielo busco a San Pablo para que me aclare si, después de dos cartas, los corintios le contestaron”. Igualmente, me he dado cuenta de que no están algunos…

Llega el momento de comparecer ante mi Padre. Antes, buscaré a alguno de los Santos a los que tuve especial devoción para que me acompañe, y siga intercediendo por mí. Por supuesto, tengo a mi lado a la Santísima Virgen, mi Madre. ¡Qué guapa es! Ninguna de las imágenes que conocí en la tierra, ni siquiera aquella que más me gustaba, se acerca a la realidad. Además, ¡me siento tan seguro al lado de una Madre a la que su Hijo no le puede negar nada! Está acompañada, como no podía ser menos, por San José. Es un gran amigo: no en vano he acudido a su ayuda muchísimas veces, para que me iluminase en mi labor de padre. También me acompaña mi Angel Custodio, el que más tiempo ha pasado a mi lado, y más me ha protegido. ¡Tiene un montón de condecoraciones! Se ve que le di bastante trabajo.

Por fin, me presento ante la Trinidad. Siento una sensación curiosa: tantas veces en la tierra me había imaginado –o me habían dibujado– el juicio como una situación dura, difícil. Y sin embargo, con toda esa Compañía, me encuentro relajado. Aunque, como es lógico, con la duda de si habré “aprobado con buena nota”.

Comienza la sesión, y se proyecta la película de mi vida. Como tengo costumbre de examinar mi conciencia frecuentemente –si no lo haces así, te recomiendo vivamente que comiences hoy mismo– sé que en esa película hay escenas agradables: detalles de renuncia, de entrega a los demás, de vencimientos por Amor a Dios, de trabajos bien hechos con rectitud de intención, de sacrificios por mi familia con una sonrisa en los labios, de aceptación amorosa de la Cruz, cuando Jesús me la quiso enviar…

Pero también soy consciente de los momentos más oscuros de la proyección: todas las ocasiones que tuve de unirme a la Cruz, con pequeñas renuncias, y las dejé pasar; cuantos amigos o conocidos a mi alrededor que esperaban una palabra de ayuda y no obtuvieron más que el silencio; cuantas veces cedí ante las solicitudes del cuerpo, dejándome vencer por la sensualidad; cuantas manifestaciones de soberbia, cuanto pensar en mí, en lo poco que me valoran, en la injusticia que se comete conmigo…

Por un instante, siento escalofríos: el plato de la balanza donde se colocan los momentos oscuros pesa mucho… Además, me viene a la cabeza la parábola de los talentos y las palabras de Jesús: al que mucho se le ha dado, mucho se le pedirá. Y soy consciente de lo mucho que he recibido.

En ese momento, posiblemente María, mi Madre, o ese Santo que hace las funciones de mi abogado, me sugieren que saque el comodín de la manga: “Señor, reconozco que he sido un miserable. Lo bueno que he hecho en mi vida se debe a que siempre te he tenido a Ti para sostenerme. Y sin embargo, fíjate cuantas meteduras de pata –algunas pequeñas, otras grandes–. Y no será porque no tuve a mi alrededor personas que me avisaran. Ni tampoco porque Tú no me dieras tiempo y ocasiones para enmendarme. Fue simplemente porque no valgo nada.

Todo eso es así, Jesús. Pero mira: aquí te traigo mis credenciales. ¿Recuerdas lo que nos dijiste en la parábola de los talentos? Pues bien, tantos hijos me diste, tantos te devuelvo como buenos hijos tuyos. Y una/o de ellos –o dos, o tres, o cuatro…– en el grupo de tus escogidos. He rentabilizado bien tus talentos. Tú contabas con ellas y con ellos para tu servicio, y no solo no puse objeciones, sino que hice todo lo que estaba en mi mano para que, libremente, respondiera a tu llamada”.

Puedes estar seguro de que ese comodín pesa mucho en el plato de las acciones buenas. Y, salvo que la balanza estuviese muy desequilibrada, recibirás un gran abrazo de tu Padre.

También puedes poner tu imaginación en juego, para adivinar como sería la escena cuando el que comparece ha elegido el camino contrario: ¡Qué pena, qué amargura sentirá ese padre o esa madre, al escuchar de Jesús: Yo había elegido a tu hija, a tu hijo, para que estuviese muy cerca de Mí; para que viviese en intimidad conmigo; para que fuese un instrumento de ayuda a los demás y de salvación para otras almas. Y no pudo ser, porque tú te empeñaste en impedirlo.

Y entonces, en aquel momento en que todo se ve con claridad, cuando ya no sirven las disculpas o las justificaciones, cuando se desvanecen los miedos absurdos y queda a la vista el verdadero fundamento de esta actitud, que no es otro que el egoísmo personal, esa madre o ese padre se darán cuenta de lo erróneo de su comportamiento.

Pero entonces ya no habrá solución. Ahora sí. Aún estamos a tiempo de recapacitar, de aparcar nuestros temores estúpidos y nuestro egoísmo disfrazado con harapos miserables. Aún podemos seguir, de la mano de nuestros hijos, aquella primera frase de Juan Pablo II mientras todavía la fumata vaticana desprendía humo blanco: “No tengáis miedo. Abrid las puertas a Cristo”.

EPÍLOGO: CARTA A UN/UNA REBELDE Aunque estas páginas están escritas para tu madre y para tu padre, no quiero ni puedo dejar pasar la ocasión de decirte algunas cosas que llevo dentro. Pídeles que te dejen leer al menos esta parte.

Querida amiga/o –querida hija/o–, muchas gracias. Gracias por haber entregado tu vida al servicio de Dios y de todos nosotros. Gracias por estar tan próxima al Cielo que nos acercas también a nosotros. Gracias por habernos dado ese ejemplo de entrega, generosidad y fortaleza a los que estamos a tu alrededor; por haber sido más valiente a pesar de tu juventud que todos los que, orgullosos de nuestra “madurez”, hemos dejado tantas veces a Jesús en la estacada. Como San Juan ante la Cruz, que siendo apenas un adolescente fue el único capaz de dar la cara por su Señor en los peores momentos.

Quiero decirte que eres el orgullo de tus padres. A lo mejor ya te has dado cuenta. O quizás no lo notes, porque ellos tienen que disimular –tienen otros hijos…–. O probablemente no lo percibas porque ellos mismos tampoco lo saben. No te preocupes: ya verás como a no mucho tardar me darás la razón.

Has tomado una decisión importante. Para ti –eres consciente– supone alguna que otra renuncia a las cosas legítimas y buenas de la tierra. No importa. Tu sabes mejor que yo hasta qué punto compensa. Te lo dice tu mejor Amigo: todo aquel que deje padre, madre,… tendrá el ciento por uno y la vida eterna. Tú si que has sabido elegir. Has sabido enamorarte, desde joven, de Aquel que nunca falla; has entendido mejor que nadie la maravilla de ser hijo de Dios. Además, sabe perfectamente que cualquiera que sea el camino que escojamos en la tierra, supone una renuncia. Sólo conoceremos la satisfacción plena en el Cielo. Y en esa “taquilla” tú has comprado las mejores entradas.

Ahora, a seguir sin parar hasta que llegues a la meta. Sin distraerte por las voces y movimientos que percibas a tu alrededor. ¿Has visto alguna vez una carrera de maratón? Los atletas van por las calles de la ciudad y por las carreteras. No se quedan en el estadio. Dicen que ese es uno de los atractivos del maratón. Pero, al mismo tiempo, son más vulnerables a las influencias externas, es más difícil su concentración. ¿Te imaginas a un maratoniano en plena carrera olímpica parándose a escuchar lo que dice el público? ¿Y frenando su marcha para ver un paisaje? Sería grotesco.

Pues en tu camino también vas a encontrar motivos de distracción. Por una parte, las mil cosas de este mundo. Algunas de ellas son buenas y queridas por Dios, pero no para ti porque te desviarían de tu meta. Son como el paisaje para el corredor. Otras son malas y deberás rechazarlas como cualquier hijo de Dios.

También escucharás voces que gritan a tu alrededor. Algunas, bien intencionadas pero ignorantes, te sugerirán que pares, que te tomes un descanso en la carrera. ¿Qué sería del atleta que parase a tomar un refresco en una terraza de su recorrido? No las escuches. Solo debes tener oídos para tu “entrenador” –la persona que dirige tu alma–.

Otras, en cambio, no tendrán ninguna intención sana. Tu y yo sabemos que existe un tipo despreciable llamado satanás –me gusta escribirlo con minúscula aún a costa de la ortografía– que anda enredando todo lo que puede a las almas. A este sujeto le molesta sobremanera cualquier acción buena de los hombres. Pero hay algunas que le incordian especialmente. Y una de ellas es la entrega de un alma joven y limpia como la tuya para que Dios disponga de ella en servicio de la humanidad y para su Gloria. Como no sabe estar quieto, remueve lo posible y lo imposible para estorbar esa decisión. Y en ocasiones se sirve de personas semejantes a ti y a mí. Cuando te las encuentres, te sugiero que en primer lugar, reces por ellas –te aseguro que resulta bastante costoso–. Pero en segundo lugar, diles las verdades. Es la mejor forma de fortalecer tu decisión, ayudar a esas pobres almas, y darle en los morros al del rabo.

Diles que son cobardes como ratas, incapaces de asumir retos ilusionantes y plantar cara a las dificultades.

Diles que son rastreras como serpientes, que no pueden elevarse un palmo del polvo.

Diles que cada vez que intentan volar son como las gallinas, que apenas pegan dos aletazos vuelven al suelo.

Diles que son como los cerdos, sin posibilidad de levantar la mirada por encima de la porquería en la que retozan.

Diles que tú te has entregado con toda tu libertad, porque te da la gana –puedes emplear otra expresión sinónima, más contundente, pero que, como comprenderás, no sería correcto que yo la pusiese por escrito–, mientras que ellos, muy “libres” según pregonan, son esclavos de unos pocos que lo único que buscan es llenar su bolsillo a costa de la salud de cuerpo y de alma de la juventud, y les imponen modas, costumbres, comportamientos, diversiones… Sobre todo, reacciona ante aquellas o aquellos que te acusen de “haberte dejado convencer y anular tu voluntad” o, como ellos dicen, “haber permitido que te coman el coco”. Contéstales que todavía no ha nacido nadie capaz de anular tu voluntad… ni lo que hay que tener para tomar una decisión como la que has tomado tú. Diles que son como cacharros de lata, que cuando salen de la fábrica, empaquetados y lustrosos, llaman la atención de algunos; pero que al cabo de poco tiempo, sucios y sobados, tan solo merecen ser utilizados como lo que son, simples instrumentos, y a la postre, arrojados a la basura sin una consideración que no sea la de indiferencia o desprecio.

No te calles: estos son los peores. Porque a todas las “lindezas” anteriores añaden que, en el fondo de su alma, son conscientes de la grandeza de tu entrega; y ellos, cobardes como nadie, no están dispuestos a “dejarse contagiar” –pobres ingenuos. ¡Qué más quisieran! ¡Como si Dios llamase a cualquiera…!–. Por eso, tu sola presencia les revuelve las entrañas.

Y diles que compadeces al pobre o a la pobre que en el futuro cargue con ellos.

Tú, en cambio, fíjate en tus compañeros en la maratón. Sobre todo, en los que te preceden, los que corren delante de ti. Van felices en busca de la meta. En ocasiones, detectarás en su rostro, como en el tuyo, gestos de cansancio y de dolor. Entonces, acelera tu zancada: están esperando un apoyo, una compañía a su lado. Quizás tengan heridas en las piernas, rozaduras en los pies. Pero aguantan. No abandonarían por nada del mundo: les reconforta el aliento del público, el apoyo permanente de su entrenador. Les estimula la presencia de otros corredores a su lado, recorriendo el mismo camino y persiguiendo la misma meta. Además, están haciendo lo que más les gusta. Y no olvides que esto es la maratón. Lo principal es llegar al estadio del Cielo, donde te espera la ovación de unas gradas repletas de santos –ellos también corrieron antes–, el abrazo final de tu Padre Dios, el cariño y los cuidados maternales de María.

Nosotros, los padres, tenemos alguna influencia en la decisión que has tomado –posiblemente has oído lo del noventa por ciento que he contado a tus padres en páginas anteriores–. No nos corresponde ninguna medalla, porque ya tenemos un lucero que ilumina la casa, y porque te aseguro que ya hemos empezado a recibir el ciento por uno prometido por Jesús. Pero sí te pido que no te olvides de rezar por nosotros todos los días de tu vida. Reza por nuestras necesidades, pero sobre todo, para que sepamos ser lo que Jesús espera de nosotros, para que cuando llegues al Cielo nos encuentres a los dos allí esperándote.

Y, ahora que no nos oye nadie, pídele a tu Padre que tus hermanos sigan tu camino. Dile que en casa tenemos sitio para un montón de luceros más.

Publicado en Folletos MC, “Me lo han robado”.

Fernando Sebastián, “¿Faltan vocaciones, o faltan respuestas?”, 21.IV.02

Este domingo celebramos en la Iglesia católica el Día de oración por las vocaciones. Hay muchas formas de entenderlo. La más fácil es dejar pasar esta fecha sin tenerla en consideración. Seguramente será la mayoritaria.

Pero hay también otros riesgos, incluso entre las personas buenas dispuestas a escuchar la llamada de la Iglesia. No cumplimos si nos limitamos a rezar unas Avemarías pidiendo por el aumento de vocaciones. Con eso no podríamos quedarnos con la conciencia tranquila.

La primera eficacia de la oración recae sobre nosotros mismos. San Agustín dice que cuando pedimos algo a Dios, la gracia principal que nos concede es crear en nosotros las disposiciones para recibir sus dones y colaborar con ellos.

Cuando me comentan que no hay vocaciones, yo suelo invitar a reflexionar por qué ocurre lo que ocurre. Decimos “no hay vocaciones”, sería más exacto decir “que vocaciones sí hay, porque Dios sigue llamando para todo aquello que la Iglesia y el mundo necesitan. Lo que no hay son respuestas.

La voz de Dios se oye sólo cuando hay un cierto grado de silencio interior, es una voz íntima, que resuena sólo a cierta profundidad de uno mismo. El que vive volcado sobre el exterior, acaparado y seducido por las cosas exteriores no puede oír la llamada de Jesucristo. Si uno no se pregunta para qué está en el mundo, qué es lo que de verdad vale la pena en la vida, qué quiere Dios de mí, nunca llegará a percibir ni formular una respuesta. Donde no hay pregunta tampoco llega la respuesta.

Por eso se puede decir que si no hay vocaciones es porque en un nivel más profundo no hay sentido vocacional de la vida. Nuestros jóvenes no tienen tiempo para cuestionarse su propia vida y preguntarse para qué están en este mundo, qué es de verdad vivir, qué es lo que puede dar verdadero valor a su vida, lo que les puede llenar el corazón y darles la felicidad a largo plazo.

Por eso es más exacto decir que no es que no haya vocaciones, lo que no hay es proyecto realmente libre y personal de la propia vida. Se vive, impersonalmente, dejándose llevar, sin tener el valor de salirse de la fila para pensar, proyectar y definir la propia vida.

Esto que ocurre mucho en lo humano, ocurre también en la dimensión cristiana de nuestra vida. La mayoría de los cristianos son cristianos de seguir la corriente. Tenemos pocos cristianos que hayan llegado al punto de decir como Pablo “Señor, qué quieres de mí”. Y esta es la actitud indispensable para poder escuchar la voz de Dios.

La respuesta a una vocación sentida en lo profundo de uno mismo y correspondida con perseverancia es la condición para ser uno mismo, para vivir personalmente la propia vida. Responder a la vocación personal es tanto como vivir con libertad la propia existencia. Y para el cristiano, aceptar la propia vocación es intentar vivir libremente según el designio de Dios sobre nosotros, integrarnos de verdad en la obra de Dios y de Cristo según nuestra forma estrictamente personal de ser, ocupar nuestro puesto en la Iglesia y en el mundo, ese puesto único para el cual Dios nos ha pensado y nos llama, por medio de Cristo y de su Iglesia.

Por eso, este Día de oración por las vocaciones, viene a recordarnos a los sacerdotes, a los padres y educadores cristianos, que entre todos tenemos que ayudar a nuestros jóvenes cristianos a llegar a este nivel ilusionado de fe y de amor a Jesucristo que les haga preguntarse “qué quiere el Señor de mí”, “dónde quiere Dios que me sitúe”, “que necesita de mí la Iglesia” “qué puedo hacer por el bien de mis hermanos”. Y si es posible, llegar, como Francisco de Javier, al “qué puedo hacer yo por Jesucristo”.

Esta es la alerta interior que permite escuchar la voz de Dios, esta es la buena tierra en la que crece la semilla de las vocaciones, de todas las vocaciones. A partir de ahí cada uno vivirá su vida como respuesta a la llamada de Dios, respuesta en el matrimonio y en la vida santa de un seglar apostólico, respuesta en el ministerio sacerdotal o en la vida consagrada. Pero respuesta, seguimiento, obediencia, amor.

En este día de oración, oremos por las vocaciones. Pero no pidamos sólo por la vocación de los demás. Pidamos a Dios que nos haga a nosotros instrumentos de esta presentación alta y exigente de la vida cristiana como ofrenda y respuesta de amor, a Jesucristo, al Dios de la salvación, a la Iglesia y a los hermanos. Que nos dé a nosotros ilusión juvenil y verdadero entusiasmo cristiano y apostólico para poder transmitirlo. Que haga de nosotros verdaderos colaboradores e instrumentos de las incesantes llamadas del Espíritu Santo.

La ayuda decisiva que nuestros jóvenes necesitan es una comunidad cristiana clara, entusiasta, una comunidad de hermanos que rezan, que se quieren, que colaboran con alegría y con confianza dentro de la acción misionera de la Iglesia, como sinceros discípulos de Jesús y continuadores de sus buenas obras. “Anunciad lo que os he dicho, lo que habéis visto y oído”. Lo que vosotros vivís.

Este es el clima que hay que difundir en nuestra Iglesia y esta es la labor que tenemos que hacer entre todos, padres, educadores, catequistas, sacerdotes, para que vuelvan a florecer en nuestra Iglesia las vocaciones y las respuestas, respuestas de todas clases y en todos los tonos, familias cristianas, apóstoles seglares, vírgenes consagradas, misioneros, sacerdotes.

Esto es lo que hemos de tener en el corazón cuando pedimos a Dios que nos bendiga con el don de las vocaciones. Con este espíritu y en estos niveles tenemos que trabajar para abrir los caminos a la gracia y los dones de Dios. Dios nos bendiga con muchas vocaciones, y para eso que nos bendiga con muchos jóvenes fervorosos y generosos, y para eso que nos dé santos apóstoles, en las familias, en los colegios, en las comunidades y en las parroquias.

+ Fernando Sebastián Aguilar Arzobispo de Pamplona

Alfonso Sanz, “Custodiar el tesoro del celibato”, Palabra, IV.01

El don divino del amor célibe requiere una respuesta cotidiana de fidelidad.

Continúa leyendo Alfonso Sanz, “Custodiar el tesoro del celibato”, Palabra, IV.01

José Miguel Cejas, “La vocación de los hijos”, MC

La edad del hombre 
Cuando Dios llama 
Dios suele llamar en la juventud 
Resistencia a la entrega 
La causa definitiva 
La Iglesia rezuma alegría de juventud 
La edad privilegiada 
Otros jóvenes 
El tono adolescente 
La rebeldía de la juventud 
La gran rebeldía 
Un sabor amargo 
“Jóvenes amaestrados” 
Un regalo de Dios 
Hijos para el cielo 
Un pobre alguacil de Riese 
Una solicitud que no se acaba nunca 
En la hora del desaliento 
La vocación y las “pruebas” 
“Es casi una niña” 
“No nos oponemos, pero…” 
Un prototipo de intransigencia 
“He perdido un hijo” 
“No nos quieres” 
Ley de vida 
Mucho se alegrará 
Aún más en el cielo

 

La edad del hombre

La edad. ¿Cuál es la edad de un hombre? Los calendarios, los relojes, las arrugas, las burbujas de champán de cada Nochevieja tejen cronologías extrañas que no coinciden con las fechas del alma.

Hay hombres eternamente niños. Otros, perpetuos adolescentes. Muchos no llegan nunca a la madurez. Hay a quienes les sorprende la vejez embriagados todavía en el vértigo de su frivolidad: tratan entonces de apurar la vida a grandes sorbos, a la búsqueda de lo que ya no volverán nunca a ser.

Unos alcanzan ese equilibrio llamado madurez en cada una de las épocas de su vida: ¡qué magnífica la madurez de un niño plenamente, verdaderamente niño! Sin embargo, otros no lo logran nunca: ¡qué tristeza entonces la del niño crecido prematuramente!; ¡qué ahogo del alma producen esos retratos velazqueños en los que aparecen los niños de la corte, envarados, rígidos y erguidos, con sus gargantillas estrechas, por las exigencias de una etiqueta severa que asfixiaba su niñez!

Por el contrario, ¡qué espléndida la niñez, o la adolescencia, si se sabe ser eso: ni niño ni adulto prematuro, sino un adolescente, es decir, un joven que sabe vivir su juventud intuida, con la mirada abierta hacia el futuro! ¡Qué plenitud la de la vejez si es quintaesencia de vida acumulada, consumación de ideal, culminación de una vida!

Si es cierto que cada uno es responsable de su rostro a los cuarenta años, ¡qué formidable testimonio dan de sí mismos –sin quererlo– los rostros de los santos! Sus ojos, sus gestos, revelan una sorprendente, una casi indestructible juventud interior. Demuestran que, sea cual sea la edad que se tenga, la edad verdadera de un hombre es la edad de su amor y de su generosidad.

Y que su calendario definitivo no es el que marca sus días hacia la muerte, sino el que señala su camino hacia Dios.

Cuando Dios llama

Por eso, cuando Dios llama, ¡qué importa la edad! Dios llama siempre en la juventud, en la hora perfecta del amor. El primer barrunto suele experimentarse en la niñez o en la adolescencia: Teresa de Lisieux lo evoca en sus memorias: era una adolescente de quince años cuando un guardia suizo la tuvo que arrancar de los pies de León XIII, al que le insistía audaz y fervientemente que la dejase entrar a esa edad en el Carmelo. Pero no siempre es así: Alfonso de Ligorio se decidió a los veintisiete, después de años de brillante ejercicio profesional en el foro; San Agustín se bautizó a los treinta y tres, después de una vida azarosa y turbia; y San Juan de Dios cambió de vida a los cuarenta y dos años, tras una existencia aventurera y llena de peligros que le había puesto en una ocasión al pie de la horca.

No existe una “edad perfecta” en la que llame Dios. Dios llama cuando quiere y como quiere. El Espíritu Santo, como señala Berglar, no parece demasiado preocupado por la partida de nacimiento.

Por eso, nunca es demasiado tarde para corresponder a su llamada, porque vivir es siempre estar a tiempo. Porque para Dios no hay tiempo.

Dios suele llamar en la juventud

Pero el amor suele llegar en la juventud, y Dios, que es Amor, suele llamar en la juventud. La Virgen era una adolescente –¿catorce, quince, dieciséis años? Y San José debía de ser joven, por mucho que lo intenten envejecer pintores y escultores con el devoto pretexto de guardar la pureza de María. ¡Como si la juventud no supiese vivir limpiamente! ¡Como si no tuviésemos ya demasiados ejemplos tristes de la lubricidad de tantos ancianos! ¿Y Juan? El único apóstol que acompañó al Señor al pie de la cruz era un adolescente.

Y luego, el resto de los apóstoles rebosaba juventud: rondaban todos la edad del Señor, que tenía treinta años. La iconografía nos los pinta solemnes, barbados, serios, y casi siempre ancianos. Pero la realidad fue muy distinta: los acompañantes de Jesús por los caminos polvorientos de Palestina estaban en la plenitud de la vida y muchos acababan de estrenar su juventud. La lectura del Evangelio deja ese sabor inconfundible, ese ardor, esa prisa alegre, esa vibración que sólo poseen los jóvenes.

Resistencia a la entrega

Por eso, no se entiende demasiado esta resistencia que se está extendiendo en algún ambiente ante la entrega de los jóvenes, a los que se considera inmaduros para la entrega. “Os escribo a vosotros, jóvenes –escribe San Juan en el atardecer de su vida–, porque sois fuertes” (1 Jn 25–27). Porque esta resistencia –resistencia de los padres a entregarse ellos mismos, resistencia ante la entrega de sus hijos, resistencia a entregar sus hijos–, como otros muchos rasgos de nuestra sociedad, resulta contradictoria y paradójica.

Uno de los grandes problemas de la sociedad contemporánea es la delincuencia juvenil. Las bandas terroristas están compuestas también en su mayoría por jóvenes, en ocasiones casi adolescentes. El negocio de la droga y del sexo cuenta con los jóvenes –y con los niños– como fuente de ingresos.

La prensa recoge con dolorosa frecuencia noticias en este sentido. En algunos países se da el triste espectáculo de madres–niñas, de jóvenes que viven solos a los quince años, frutos del divorcio y de un sentido de la independencia mal asimilado. Y sin embargo, en muchos de esos países se ha creado un fuerte flujo de opinión negativa –en el que se refugian tantos– que considera que la edad en la que los programas oficiales estimulan a la juventud a las relaciones sexuales prematrimoniales, y en la que se les juzga capaces de todas las aberraciones humanas, es, paradójicamente, una edad en la que se encuentran “psicológicamente inmaduros para la entrega”.

Quizá esa actitud encuentre su explicación, en parte, en algunos rasgos y condicionantes de nuestra sociedad contemporánea.

El menor número de hijos de tantas familias contemporáneas lleva en ocasiones a una sobreprotección de “la parejita”: una sobreprotección que conduce, de la mano del egoísmo que ha hecho limitar tantos nacimientos, al egoísmo de considerar que la vida entera de los hijos debe ser para los padres. Y cuando Dios pide esos hijos para sí, surgen unos celos monstruosos, pero reales: celos de Dios, porque les arrebata… lo que es suyo.

Otro factor puede encontrarse en el envejecimiento general de la sociedad contemporánea, que propicia una mentalidad de seguridad y de huida del riesgo. Ese “pasotismo” que caracteriza a cierta juventud no es más que la asunción cómoda y acrítica de los valores materialistas de la sociedad de consumo que han construido los adultos: se pasa de entrega, se pasa de generosidad, se pasa de sacrificio –se pasa de Dios, en definitiva–…

con tal de que queden a salvo los disfrutes materiales, los espejuelos y abalorios con que el consumismo engaña a una juventud que pierde en ellos el oro de su vida.

Otra tercera causa se encuentra, evidentemente, en la situación actual que padece la Iglesia en algunos sectores, con su triste carga de confusionismo y visión puramente horizontal de la existencia.

La causa definitiva

Pero la causa definitiva no es de orden sociológico ni coyuntural, sino que se libra en el corazón de cada persona. Hoy como ayer, Dios sigue llamando, sigue tocando fuerte y recio en el corazón del hombre, sigue convocando a la entrega, a la generosidad y al amor. Y las respuestas hoy, igual que ayer, dependen de cada hombre. Y se siguen formulando del mismo modo. Hace muchos siglos –en el año 626 antes de Cristo– Dios llamó a un adolescente diciéndole: “antes de que te formara en el vientre te reconocí y antes de que salieras del seno te consagré” (Jer 1, 5). Pero estas palabras no le parecieron razón suficiente, como hoy no le parecen razón suficiente a algunos jóvenes. Y protestó, con una excusa muy habitual en nuestros días: “¡Ah, ‘Adonay Yahveh, he aquí que no sé hablar, pues soy un muchachito”.

Pretendía escudarse en su juventud. Pero Dios no atiende a esos razonamientos puramente humanos. “Y díjome Yahveh –cuenta Jeremías–: no digas ‘soy un muchacho’; pues a todos a quienes yo te enviare has de ir y todo lo que te ordene hablarás. No los temas, porque contigo estoy Yo para librarte” (Jer, 1, 6–8).

La Iglesia rezuma alegría de juventud

La Iglesia, fiel a los requerimientos divinos, ha bendecido la entrega a Dios en la juventud: una entrega que le ha dado tantos santos. “Bienaventurados los que se entregan a Dios para siempre en la juventud”, escribió Don Bosco muy pocos días antes de su muerte. Porque es realmente entusiasmante el panorama de los santos de la Iglesia católica.

Se dan cita todos los estados, todas las profesiones, todos los temperamentos y culturas. Militares fogosos, madres de familia, artistas, campesinos, juristas, religiosos, aventureros, reyes, mendigos, estadistas, obreros, sacerdotes. Y la mayoría de ellos se entregaron jóvenes, muy jóvenes. Basta repasar el santoral para ver cómo la Iglesia Católica rezuma alegría de juventud. No sólo no teme a la juventud, sino que la venera en sus altares y aprende de ella y de su heroísmo: la mayoría de los veintidós mártires de Uganda oscilaban entre los quince y los veintidós años. Tarsicio, Luis Gonzaga, Domingo Savio, Teresa de Lisieux, Bernardette Soubirous, María Goretti… murieron en la adolescencia, o en plena juventud. Y en nuestro tiempo se sigue beatificando a jóvenes: los últimos a los que ha beatificado el Papa son jóvenes laicos, como una campesina polaca, Carolina Kózka; un joven francés, Marcel Callo, o dos campesinas italianas: Pierina Morosini y Antonia Mesina.

La edad privilegiada

Sorprende por eso que se ponga como excusa para no entregarse a Dios… ¡que se es joven! ¡Si precisamente la juventud es la época del amor! Cualquier tiempo es bueno para la entrega, como acabamos de ver, pero la juventud es la edad privilegiada. Se entiende bien aquel punto de Camino: “Me has hecho reír con tu oración impaciente. –Le decías: ‘no quiero hacerme viejo, Jesús… ¡Es mucho esperar para verte! Entonces, quizá no tenga el corazón en carne viva, como lo tengo ahora. Viejo, me parece tarde.

Ahora, mi unión sería más gallarda, porque te quiero con Amor de doncel'” (n. 111).

Se comprueba cómo, también en esto, los caminos del Señor son distintos de los nuestros y sus pensamientos no son nuestros pensamientos.

Cuando el Señor le dice a Samuel que busque al futuro rey de Israel entre los hijos de Jesé, éste actúa a lo humano: dejándose llevar por las apariencias.

Y pensó que el más adecuado de entre todos sus hijos sería Elíab, el mayor.

Pero el Señor le hizo ver a Samuel: “No mires a su buena presencia, ni a su grande estatura, pues no es ése el que he escogido”.

Con frecuencia la elección del Señor es desconcertante.

Después de Elíab, Jesé pensó en el siguiente, Abinadab. Pero “tampoco a éste ha elegido Yahveh”. Y así, cuenta la Escritura, fue haciendo pasar Jesé sus siete hijos delante de Samuel, pero Samuel le dijo: “No ha elegido Yahveh a ninguno de éstos”. “¿No tienes ya más hijos?”, le pregunta.

Sí, Jesé, tenía un hijo más, el pequeño, en el que ni siquiera había pensado: porque ¡era tan joven!: “Aún tengo otro pequeño –contesta Jesé– que está apacentando las ovejas. Lo llamaron. Era rubio y de buena presencia. “Ungele –dijo el Señor– porque ése es” (I Sam 16, 17).

Otros jóvenes

Hablábamos antes de los jóvenes que han elegido el pasotismo como norma e ideario de su existencia. Pero hay también “otros jóvenes”: los que se rebelan contra esta manipulación publicitaria en la que se les presenta idóneos para el erotismo más bajo (para la imbecilidad en todas sus formas) e incapacitados mentales para los ideales altos.

Estos jóvenes descubren que esa mentalidad vieja que les quiere imponer sus pobres concepciones materialistas es, en este aspecto como en tantos otros, contradictoria. Hace unos años un personaje norteamericano abordó a un joven al que veía todos los días tumbado tranquilamente en el césped.

Le preguntó:

–¿Y tú no trabajas ni estudias? ¿No tienes ocupación? –¿Como cuál?, preguntó el joven, que seguía tumbado. –Como estudiar. –¿Para qué? –Para obtener un título y trabajar. –¿Para qué? –Para ganar mucho dinero.

–¿Para qué? –Para comprarte una casa, un coche… ¡tantas cosas! –¿Para qué? –Para que luego, en tu vejez, disfrutes de todo eso y descanses a gusto. –Pues eso es lo que estoy haciendo.

Muchos jóvenes se resisten a quedarse tumbados en el césped. Pero ponen en tela de juicio la escala de valores, puramente materialista, que reciben en el ámbito familiar y que no les proporciona motivaciones suficientes para levantarse, vivir y luchar. Es lógico que tantos jóvenes rechacen una educación que no les ofrece, con frecuencia, más que un conformismo con la ideología dominante, y un seguimiento sumiso de la moda y los dictados del medio social –tantas veces apartado de Dios– en el que esa familia se desenvuelve. ¿Puede extrañarle a alguien que tantos jóvenes se rebelen contra esa existencia aburguesada que se les propone, materialista y abúlica, estéril y decadente?

El “tono adolescente”

Nunca como ahora se ha hablado tanto de la juventud; pero en gran medida son reflexiones de adultos (en muchas ocasiones, fruto del desengaño y la infidelidad), porque la juventud por sí misma tiende más a la acción que a la reflexión. No debe confundir tampoco el “tono adolescente” de ciertas modas actuales –ropa, películas, gustos, expresiones–, que lleva a veces a personas de edad venerable a vestir ridículamente, como si fueran jovencitos. Ese “tono adolescente” generalizado es meramente formal: el mensaje materializante de esta sociedad, envuelto en ese celofán rutilante de “divertidos tonos juveniles”, hace tiempo que está viejo y podrido.

Un anuncio publicitario reciente resume gráficamente esta mentalidad: “no están los tiempos para heroísmos”.

La rebeldía de la juventud

Frente a esta mentalidad acomodaticia se alza la verdadera rebeldía de la juventud: “¿por qué dudar –se pregunta Berglar– de que así como hay jóvenes que son ‘capaces’ de llevar una vida de pecado, de prostitución, de extorsión o de violencia, haya otros que también son ‘capaces’ de todo lo contrario, es decir, de amar a Dios, de entregarse, de vivir la pureza? No me cabe en la cabeza por qué los jóvenes, en la adolescencia, lo quieran los padres o no, han de tener derecho (por lo menos en Alemania) a dejar de asistir a las clases de Religión y no hayan de tener la posibilidad de decidirse por servir a Cristo y a su Iglesia. Esta época, la adolescencia, no es un dato arbitrario: la Iglesia sabe, por larga experiencia, que, por lo general, un cristiano adolescente es capaz de reconocer el modo y la esencia de una vocación divina y de seguirla”.

La gran rebeldía

La respuesta a la llamada de Dios es la gran rebeldía: ante el pecado, ante el aburguesamiento, ante la tibieza, ante la falta de ideal. Y suele aparecer con frecuencia no sólo en la juventud, sino mucho antes, en la niñez, aunque sólo pueda llevarse a cabo años más tarde, conforme a las prudentes prescripciones canónicas de la Iglesia. Un escritor contemporáneo, Luis Rosales, refiere en un largo texto, transido de emoción poética, una llamada de Dios a los doce años:

“Así era ella. Se llamaba María para jugar y entretenerse en algo y era la más pequeña de nosotros. Doce años bien cumplidos, pelicastaños, joviales (…).

Jugaba siempre a tener alegría, a no dejar cosas por hacer, a vivir en mañana de fiesta, y a tener providencia de nosotros para que no nos abandonáramos demasiado a ser hombres. Tenía los ojos justos para ver: ni demasiado grandes ni demasiado chicos; la estatura, mediana; la frente, comba y salediza; los movimientos, desenvueltos e imprevisibles entre el cañaveral de alegría.

Mira, Luis, hazme caso. Te digo que tengo vocación y que voy a aprender a tocar el piano para ser la organista del convento.

Tener primos, ya lo sabéis, es una maravilla. Mientras hablaba, recuerdo que jugábamos con las columnas y los primos en el patio de casa. Aunque reía para nosotros, estaba disgustada porque a mí aquello del piano me pareció decisión para nunca. No sé lo que le dije; probablemente alguna tontería cuando no la recuerdo. Y ella siguió viviendo sus doce años como jugando al escondite con ellos; pero por las mañanas, durante varias horas, se iba quedando quieta y monja, sentada ante el piano y haciendo música celestial. Al principio, naturalmente, no consiguió que nadie tomara en serio su vocación. Todos culpábamos de aquel repente a sus amigas, que eran mayores, agrandadas, intransitables, y miraban al mundo parpadeando, como si todavía tuvieran en los ojos alumbrado de gas.

Nos decíamos, para quitarle importancia al asunto, que ellas debían haberla sonsacado, pero a sabiendas de que María no era fácil de sonsacar. Y así pasaron varios años. Lo que más nos extrañaba al observarla, al conversar con ella, era advertir que no había habido ni el más ligero cambio en su carácter. Al contrario, la alegría se le fue haciendo más inmediata e irrestañable. Le nacía de más hondo: esto era todo. Sus ademanes y sus juicios seguían teniendo aquel desplante y aquella impávida terquedad de siempre. Dulce también lo era, pero al hablar nos miraba con tanto aplomo y decisión que parecía subirse en una silla para ponernos los ojos en hora. Hablaba sin malicia, sin tapujos y sin ingenuidad, diciendo siempre lo que pensaba, porque no hay nada verdadero en la vida que no sea compatible con la inocencia. Como toda persona buena, era un poco indiscreta y las hormigas se la llevaban en volandas. Se interesaba por todo, y a pesar de su dejo burlón la confidencia era con ella tan inmediata e indeclinable como caer cuando has perdido el equilibrio. A fuerza de quererla llegué a saber que la tristeza no es cristiana (…).

Pero vamos a ver, María, ¿cómo estás tan segura, a tu edad, de tener vocación religiosa? Recuerdo el patio familiar, los cenadores de azulejo, el pino magistrado, las macetas de hiedra, el toldo y el sombrío. Recuerdo la hora justa. Recuerdo que me miraba entre risueña y dolorosa, con el cuerpo algo inclinado hacia adelante, como el que está esperando la llegada del tren (…).

Mira, Luis, la edad no tiene nada que ver con estas cosas. Yo veo mi vida entera ya en un mismo camino. Ahora, hablando contigo, la estoy viendo seguida. No puedo equivocarme. Y no se equivocó.

La vocación no se equivoca. Desde entonces todos los años que ha vivido se le reunieron en la luz de una mañana. Recuerdo la hora justa. Recuerdo que, aun sabiendo que la perdíamos para siempre, no me dolieron sus palabras. Comencé a comprenderlas, a vivirlas, a habitar dentro de ellas. Desde aquel día ambos tenemos la misma edad: Hemos cumplido los mismos años de estar solos. Ahora comprendo que a ella le debo la certidumbre de mi vocación: la certidumbre de estar pisando todavía sobre el último grano de arena que se ha quedado solo frente al mar, la certidumbre de seguir siendo el mismo hombre y de volver a prometernos –¿verdad, María?– que, ocurra lo que ocurra, los dos seremos fieles a nuestra vocación”.

La cita ha sido extensa, pero es altamente reveladora de una experiencia multisecular de la Iglesia: la respuesta a la llamada manifiesta la madurez de la persona entregada, que se expresa conforme a las características psicológicas propias de la edad. Por eso, no hay que contraponer estas manifestaciones frente a la entrega o la santidad. La madre de Jacinta y Francisco, los videntes de Fátima, a los que la Iglesia ha abierto un proceso de beatificación, declaraba que sus hijos eran niños normales: “niños muy niños”. Y su biografía nos los presenta rezando a la Virgen y mortificándose por los pecadores, sí; pero también cantando casi sin parar, bailando, correteando y jugando, como todos los niños.

Y es que los santos jóvenes fueron santos porque supieron vivir plenamente cara a Dios su juventud. Sabían que un santo triste es un triste santo y amaron heroicamente a Dios sin dejar de ser lo que eran: niños, jóvenes, con toda la alegría de su edad: ¿por qué no? Los padres de una chica española del Opus Dei en proceso de beatificación, Montse Grases, evocaban en TVE la figura su hija y recordaban que había sido “de pequeña, muy revoltosa.

Era una niña muy niña”. Su madre contaba cómo luego se convirtió en una joven “clara, transparente, sencilla y sin doblez”. Su padre corroboraba: “era una chica normal, con mucha serenidad”. Y sus amigas la recuerdan siempre sonriente, tocando la guitarra, jugando al baloncesto, haciendo excursiones con sus amigas: “muy deportista, muy vitalista. Era una chica ardiente”.

La mayoría de los santos jóvenes no fueron “jóvenes raros” sino jóvenes extraordinarios en lo ordinario. “Era tan normal –comentaba una amiga de Montserrat Grases– que cuando empezaron a pedir testigos de su vida, pensaba que no tenía nada extraordinario que declarar. Luego, con el transcurso de los años, la vida, la madurez, incluso la profesión –porque soy enfermera y trabajo en un centro médico–, me han hecho comprender que su normalidad era realmente extraordinaria. Porque que reaccionara así, en aquella adolescencia, una persona que sabía que tenía un cáncer de huesos, que tenía vida para poco tiempo… sin pensar en sí misma, preocupándose igualmente de los demás, sin cambiar de humor… Ha sido luego cuando he valorado realmente lo extraordinario de su comportamiento”.

Estos ejemplos nos muestran que los jóvenes santos vivieron la plenitud del Amor de Dios en la plenitud de su propia edad; y se cumplieron en ellos las palabras de la Escritura: super senes intelexi: entendieron a Dios mejor que los ancianos.

Por esa razón alentaba Juan Pablo II a un grupo numeroso de jóvenes: “¡No tengáis miedo de vuestra juventud! ¡No tengáis miedo de correr el riesgo de la libertad! ¡No ahoguéis los generosos impulsos del amor que os pide que hagáis, de vuestra vida, un servicio a los demás!” (Juan Pablo II, Discurso a los participantes en el UNIV 86, 24.III.86).

Un sabor amargo

Sin embargo, la entrega de los jóvenes reviste rasgos problemáticos en algunos países en los que prevalece una concepción materialista y decadente de la existencia. Esa concepción choca frontalmente con el ideal cristiano y sus exigencias en la vida práctica, y se concreta frecuentemente en insidias, calumnias y murmuraciones. No es nada nuevo: ¿quién hay en la historia del cristianismo que no haya tenido que morder la fruta amarga de la contradicción, de la murmuración o de la calumnia? Sin embargo, los hombres de Dios no suelen hacer demasiado caso a esos mosquitos pegajosos. San Carlos Borromeo comentaba que “no conviene desanimarse por habladurías de gentes que siempre tienen en la cabeza imaginaciones nuevas. Basta obrar rectamente en todo y luego que cada cual diga lo que quiera”. Pero a veces, no todo se queda en palabras: uno de sus detractores le disparó a quemarropa con un arcabuz mientras rezaba, afortunadamente sin consecuencias mortales. A Don Bosco le dispararon, intentaron acuchillarle; luego recurrieron al veneno; más tarde trataron de matarle a palos…

Y estos casos no fueron los únicos.

En la vida de San Francisco de Sales, como en la vida de la mayoría de los santos, hay un largo capítulo dedicado a las difamaciones e injurias. En esos capítulos se proyecta con frecuencia la sombra triste de Judas: desgraciadamente, muchas de esas insidias provienen de personas que abandonaron la vocación, o que estuvieron muy cerca de los hombres de Dios. El Obispo de Ginebra había logrado convertir de su mala vida a una tal Mlle. Bellot, que tras pasar una temporada en el convento de la Visitación, regido por Santa Juana de Chantal, volvió a sus andanzas y se convirtió en la amante de un señor de la corte del Duque de Nemours. El escándalo alcanzó dimensiones colosales. San Francisco intentó hacerla cambiar, al principio privadamente; pero luego no tuvo más remedio que hacerlo desde el púlpito. Así logró que muchos se apartaran de ella.

La reacción no se hizo esperar: el amante de la Bellot, despechado, falsificó la letra del Obispo y puso en circulación –mediante una trama de engaños– una carta falsa, supuestamente dirigida a esa mujer, que leyó toda la ciudad haciéndose cruces. Las calumnias y las habladurías fueron en aumento y un día apareció un cartel sobre la puerta del convento que decía: “serrallo del Obispo de Ginebra”. Un amigo, indignado por todo aquello, quiso batirse en duelo con el falsario. El Obispo se lo impidió: “tenía por principio –escribe Couannier– que en las calumnias es bueno justificarse, porque se debe este homenaje a la verdad, pero que si la acusación se sostiene hay que oponer la indiferencia y el silencio”. Así que le dijo a su amigo que él no era el autor de aquella carta y se quedó tan tranquilo. Juana de Chantal, con su carácter fogoso y vehemente no comprendía aquella tranquilidad; quería denunciar a los falsificadores y llevarlos hasta los tribunales. El Obispo la calmó. Había que rezar por ellos y perdonarles. Un día se encontró con el autor del cartel y le dijo: “Vos me queréis mal y procuráis por todos los medios ennegrecer mi reputación; no hace falta que me deis excusas, porque lo sé muy bien y estoy seguro de ello. De todos modos, ya lo veis, si me hubierais arrancado un ojo, yo no dejaría de miraros amorosamente con el otro”.

Historias semejantes podrían contarse de Santo Tomás Moro, de San Pedro Claver, del Cura de Ars o de Santa Teresa. Realmente, no ha habido santo libre de murmuraciones, trapisondas y enredos. Y no han sido sólo cosa de los comienzos de la Iglesia o frutos pasajeros de un momento. La murmuración se ha ensañado con almas de reconocida santidad. Un mediodía caluroso la chusma de Roma contempló un espectáculo inesperado: dos soldados conducían a un pobre anciano de ochenta y seis años a lo largo de la calle Bianchi, hacia las prisiones del Santo Oficio. Le habían detenido de repente, sin darle tiempo a ponerse el sombrero. Andaba incierto, encorvado y tambaleante. Se llamaba José de Calasanz.

El despecho murmurador llegó en el siglo pasado hasta Ars, una aldea miserable, donde un humilde párroco conmovía a toda Francia con su amor a Dios. “Durante este tiempo –escribía– vivía esperando que de un momento a otro me arrojarían a palos de casa para encerrarme en un calabozo”.

¿Causas de la murmuración? ¿La envidia? ¿El despecho? Esta pregunta roza el mysterium iniquitatis: es imposible descubrir la clave de la pasión oscura que late bajo la ciénaga del mal. Pero siempre procede del mismo modo: insinuaciones viscosas, sospechas infundadas, acusaciones contra los que se entregan a Dios. En el siglo pasado, murmuraciones de ese tipo llegaron hasta la corte de Isabel II. Se cuchicheaba en todos los corros palaciegos: “¿no sabes? la de Jorbalán, la mismísima vizcondesa de Jorbalán se ha vuelto loca: se dedica a reeducar mujeres de mala vida”. Y no faltaban las suposiciones maliciosas: ¿y no será que en vez de reeducarlas lo que hace es…?” Hasta que una persona prudente, un marqués amigo, se la encontró en la antesala de un ministerio, y empezó a gritarle: “Pero, ¿es posible que haya perdido usted la cabeza hasta ese punto? Déjese de tonterías, vuélvase a los suyos, que están desconsolados con sus locuras y no le busque Vd. cinco pies al gato…” Afortunadamente Santa Micaela no le hizo demasiado caso.

Esas murmuraciones contra las almas entregadas a Dios no parecen descansar nunca, ni arredrarse ante la santidad más floreciente: con motivo del reciente centenario de la muerte de San Juan Bosco, algún articulista italiano ha intentado derramar sobre su vida santa, que tantos frutos ha dado a la Iglesia, las sospechas más torpes y las calumnias más bajas. Y esto mismo le pasó en vida a Santa Teresa –a la que acusaron de todo durante sus andanzas por Castilla– y le ha seguido pasando en este siglo cuando ciertos “analistas” la han querido presentar como una neurótica y… ¿para qué seguir?

“Jóvenes amaestrados”

Esas murmuraciones recurren con frecuencia a lugares comunes y uno de ellos es que la Iglesia o sus instituciones “captan niños”. Estas acusaciones se oyeron ya en los albores del Cristianismo contra los primeros cristianos, a los que se acusaba de pertenecer a una secta que atentaba contra los intereses del Estado. Las Actas de los Mártires recogen testimonios emocionantes de la fidelidad de esos jóvenes y de esos niños. Entre los mártires de Lyon sobresalen una joven, Blandina, que soportó horribles tormentos y un chico de quince años, Póntice. Y como estos hay muchos otros. En la persecución de Septimio Severo murieron tres jóvenes, Saturo, Saturnino y Revocato.

–”No te obstines, joven, sacrifica”, increpaba el Magistrado a Saturo. –No lo haré. –Y tú, muchacho –decía dirigiéndose a Saturnino–, sacrifica si quieres vivir. –No me está permitido: soy cristiano.

–Tú –dijo entonces a Revocato–, veo que me vas a decir lo mismo. –Lo mismo –respondió– por el amor de Dios”.

El gobernador que interrogaba a Andrónico, un joven “de las mejores familias de Efeso”, que murió mártir durante la persecución de Diocleciano, intentó convencerle de mil maneras, pero todo fue vano. Al fin estalló:

–Tu juventud cree que podrá desafiarme; pero te prevengo que te esperan grandes tormentos.

–Te parezco joven en años –contestó Andrónico– pero mi alma está madura y dispuesta a todo.”

Acusaciones similares se han seguido escuchando a lo largo de la historia: “En los siglos pasados –declaraba el Cardenal Hoeffner– se atacó duramente a los jesuitas, prácticamente con las mismas armas que se emplean ahora contra el Opus Dei. Como ejemplo, puedo citar algunas acusaciones publicadas por H. Meurer en 1881 que dicen “que los niños y jóvenes son ‘amaestrados’ en las instituciones educativas de los jesuitas; que los Estatutos ‘mantenidos secretos inicialmente’ de la Compañía de Jesús exigen una obediencia ciega… Y se pregunta: ‘¿Cómo es posible que la Compañía de Jesús encuentre el número suficiente de novicios, que estén dispuestos a someterse a denigraciones de ese tipo…?'”

Sin embargo, a pesar de su virulencia, todos estos juegos de artificio de la denigración suelen tener escaso eco entre la juventud. Los jóvenes entienden que si no experimentan algún ataque, si no vencen alguna dificultad en su entrega, si no sufren la calumnia, aquello no puede ser de Dios, que había dicho: “Como a mí me han perseguido, así también os perseguirán a vosotros” (Jn 15, 20). Y la respuesta, cuando se les propone un ideal alto, aunque sea duro y exigente, es generosa. Teresa de Calcuta habla así de la vocación a sus jóvenes monjas, a las que pide un régimen de vida muy sacrificado y generoso: “Jesús dijo: te he elegido, te he llamado por tu nombre. Eres mía. Es preciso decir sí cada día. Entregarse totalmente. Estar donde El quiera que estés. Si te arrojan a la calle, si te quitan todo y de repente te encuentras en la calle, has de aceptar tu situación en ese momento.

No debes ir voluntariamente a la calle, sino aceptar que te pongan allí: es muy distinto. Si Dios quiere que estés en un palacio, bien: has de aceptar el hecho de estar en un palacio, mientras no elijas estar en el palacio: ésa es la diferencia. Esa es la gran diferencia: la sumisión total: aceptar lo que El quiera dar y lo que El quiera llevarse con una gran sonrisa. Esa es la entrega a Dios: aceptar que te corten en trocitos y que cada trocito le siga perteneciendo únicamente a El. Esa es la entrega: aceptar a la gente que venga a ti y el trabajo que te surja hacer. Puede que hoy comas bien y mañana no tengas qué comer. No hay agua en la bomba y lo aceptamos. Hay que dar todo lo que El nos pida. Si se lleva tu buen nombre, tu salud, lo que quiera, : ésa es la entrega.

Y entonces serás libre”.

Un regalo de Dios

Los padres suelen ser protagonistas decisivos de cada llamada y su actitud revela, a grandes rasgos, la asunción del ideal cristiano por las familias contemporáneas.

1887. Una chica joven de pelo negro entra, algo nerviosa, pero decidida, en el solemne despacho del Obispo de la diócesis. Lleva un vestido claro y un sombrero blanco. Para aparentar más edad, se ha peinado con un moño alto, que contrasta, en su severidad, con su rostro joven de quince años. Le acompaña su padre, un hombre de porte grave, vestido según los cánones de la pequeña burguesía francesa de fin de siglo. Entra el Obispo. Lo saludan reverentemente, y tras las obligadas presentaciones y cumplidos, el padre expone su petición: quiere una dispensa para que su hija pueda entrar en el Carmelo antes de la edad. “¿Lo deseas desde hace mucho tiempo?” –pregunta el Obispo. La chica, semihundida en un inmenso sillón del despacho, contesta vivamente: “¡Oh sí, Monseñor, hace mucho tiempo! “Pero vamos a ver –dice el secretario, sonriendo–, no irás a decir que hace quince años que tienes ese deseo…” “Desde luego –contesta– pero no hay que quitar muchos años, porque deseé hacerme religiosa desde el primer despertar de la razón…” Sigue el forcejeo, angustioso para la joven, que juega nerviosamente con su sombrero blanco entre las manos. Años más tarde escribirá en su autobiografía que el Obispo, “creyendo agradar a papá, trató de hacerme permanecer todavía unos años cerca de él. Por eso, no quedó poco sorprendido y edificado al verle abogar por mí, intercediendo para que yo obtuviera el permiso de volar a los quince años”. A la salida comentó el secretario asombrado: “¡Un padre tan impaciente por entregar a su hija a Dios como ésta por ofrecerse ella misma!”

Todavía hoy se produce en numerosos ambientes el asombro del secretario del Obispo ante la actitud de hombres como Luis Martin, padre de Teresa de Lisieux. Sin embargo, ésa la actitud habitual entre los padres cristianos. Y resulta comprensible. Cada llamada es un don, un regalo de Dios, una razón de agradecimiento y un orgullo para los padres que han contribuido con su desvelo de años a que esa llamada germine y crezca. “No es un sacrificio, para los padres –se lee en Forja-, que Dios les pida sus hijos; ni, para los que llama el Señor, es un sacrificio seguirle. Es, por el contrario, un honor inmenso, un orgullo grande y santo, una muestra de predilección, un cariño particularísimo, que ha manifestado Dios en un momento concreto, pero que estaba en su mente desde toda la eternidad” (Forja, n. 18).

En su viaje a Irlanda Juan Pablo II recordaba a los padres que debían seguir pidiendo al Señor este privilegio: “Vuestro primer deber y vuestro mayor privilegio como padres –decía el Papa– es el de transmitir a vuestros hijos la fe que vosotros recibisteis de vuestros padres.

El hogar debería ser la primera escuela de religión, así como la primera escuela de oración. La gran influencia espiritual de Irlanda en la historia del mundo se debió en gran parte a la religión de los hogares de Irlanda, porque aquí es donde comienza la evangelización, aquí es donde se nutren las vocaciones.

Dirijo por tanto un llamamiento a los padres irlandeses para que continúen fomentando vocaciones al sacerdocio y a la vida religiosa en sus hogares, entre sus hijos e hijas. A lo largo de muchas generaciones, el mayor deseo de un padre irlandés era el de tener un hijo sacerdote o una hija consagrada a Dios. Que continúe siendo éste vuestro deseo y vuestra plegaria” (Limerick, 1.X.1979).

Cuando los padres entienden que cada llamada es un privilegio, una prueba de confianza y de amor del Señor con esa persona y con su familia, aceptan con alegría esa nueva misión: la de ayudar a su hijos, mientras están en la tierra, a corresponder a su vocación y a perseverar en ella. Porque en un sentido amplio, la llamada de sus hijos también les compromete a ellos: Dios les llama a ser padres de un alma entregada a Dios.

Por esa razón, en gran medida, los hijos deben la vocación a sus padres: “El tener padres virtuosos y temerosos de Dios me bastara –escribe Teresa de Avila– si yo no fuera tan ruin, con lo que el Señor me favoreció para ser buena”.

Hijos para el cielo

A lo largo de la historia de la Iglesia se han sucedido ejemplos numerosos de padres cristianos que han ayudado a recorrer con su abnegación personal, los primeros pasos de la entrega de sus hijos. Son hombres y mujeres que han entendido con profundidad la grandeza de su misión: tener hijos para el cielo. Su paternidad se ha abierto hacia horizontes insospechados y han buscado “lo mejor para Dios”, lo mejor para sus hijos, aunque fuese lo más duro para ellos, aunque tuviera que estar amasado con su sacrificio personal. La actitud de la madre de los apóstoles Santiago y Juan constituye su mejor ejemplo: “dispón –pide al Señor– que estos dos hijos míos tengan asiento en tu Reino, uno a tu derecha y otro a tu izquierda” (Mt, XX, 20–21).

Jesucristo no rechaza esa audacia de madre, nacida del amor: sólo le aclara que eso lo concede su Padre celestial.

No hay que remontarse a los primeros siglos del cristianismo, cuando la entereza con que los padres cristianos afrontaban el martirio era el mayor acicate para sus hijos: los testimonios de padres que han preparado con generosidad la entrega de sus hijos recorren todo el arco de la historia, en la que se suceden testimonios emocionantes de desprendimiento y generosidad. Te aseguro –escribía Santo Tomás Moro a su hija Margarita– que antes que por descuido mío se echen a perder mis hijos, capaz soy de gastar toda mi fortuna y despedirme de negocios y ocupaciones para dedicarme por entero a vosotros…”

Esta realidad se observa de modo especialmente patente en la vida de los santos. La historia presenta una galería magnífica –y desconocida– de padres de santos, que con su ejemplo y su entrega silenciosa en favor de sus hijos hicieron, sin saberlo, un servicio inconmensurable a la Iglesia universal.

Sus figuras permanecen humildemente y eficazmente detrás en las biografías de sus hijos. Pero ninguno protestaría por esto: su vida fue, en gran medida, la de sus hijos; su vivir fue des–vivirse por ellos: la gloria de su hijos es su mejor gloria. Ahora, la luminaria de santidad de la vida de los santos nos deslumbra y casi nos impide ver a sus padres: pero fueron ellos en multitud de ocasiones los que cuidaron que esa luz, encendida en el alma de sus hijos por el Espíritu Santo, no se apagara.

Resulta difícil elegir un ejemplo sobresaliente entre todos ellos. Hay emperatrices, reinas y madres de reyes, como Blanca de Castilla, madre de San Luis, Rey de Francia, o su hermana Berenguela, madre de Fernando III el Santo. Y también humildes padres de familia que no llegaron a conocer en la tierra la gloria de sus hijos.

Un pobre alguacil de Riese

Esto fue lo que le sucedió a un pobre alguacil de Riese, un pueblecito del Norte de Italia. Se llamaba Juan Bautista Sarto y vivía de lo que podía: de su trabajo en el Ayuntamiento –75 céntimos al día–, de los frutos de un pequeño huerto, y de lo que le proporcionaba el cuidado de una vaca. Era un hombre humilde y su casa se le iba llenando de hijos: Giuseppe, Angelo, Rosa, Teresa, María, Antonia, Lucia, Ana, Pedro Cayetano… Su mujer, Margarita Sanson, trabajaba día y noche de costurera. El mayor, Beppino, parecía un chico despierto. Era una pena que esa inteligencia se perdiera, pero él no tenía dinero para darle estudios. Hasta que un día vino el coadjutor a verle: había que enviar a aquel chico, que prometía tanto, a estudiar a Castelfranco, a siete kilómetros de Riese. Beppi quería ser sacerdote.

Juan Baustista Sarto se angustió: ¿qué podía hacer él, un pobre alguacil de pueblo, sin más recursos que su huerto y su vaca, con siete hijos a la mesa? El esperaba, además, que Beppi empezara a ayudarle pronto a sostener a la familia y…; pero estaba dispuesto a hacer cualquier sacrificio para que su hijo pudiera ser sacerdote, y, aunque fuera muy doloroso para él y para su hijo, no se le ocurrió otra solución que ésta: él tendría que redoblar su trabajo; y Beppino iría y volvería todos los días de Riese a Castelfranco… andando.

Beppi salía de madrugada y volvía de noche. Castelfranco estaba a siete kilómetros. Venía con los pies ensangrentados: se quitaba las sandalias para no gastarlas. A su madre se le partía el corazón al verle así.

Pero no había más remedio. Pasó el tiempo; Beppi terminó sus estudios en Castelfranco, y tenía que seguir estudiando. Acudió al párroco: él quería sacar adelante la vocación de su hijo, pero ¿qué podía hacer? Don Fito tuvo una idea: escribirían al Patriarca de Venecia, que era de Riese y procedía también de una familia pobre, como él. ¡Mamma mia! ¡El Patriarca de Venecia! Aquellas palabras sonaban imponentes y casi inaccesibles en los oídos del pobre alguacil. ¡El Patriarca de Venecia! Pero la escribió: ¿qué cosa hay que un padre no haga por un hijo que quiere ser sacerdote?

Pasaron las semanas. Cuando llegó la carta no se atrevió a abrirla. Le temblaba el pulso; fue corriendo a buscar al cura.

D. Fito leyó: ¡el Cardenal de Venecia concedía una beca para que su hijo estudiara en Padua! Aquello era un portillo de luz en medio de su pobreza, que seguía siendo agobiante: para hacerle la sotana, Margarita tuvo que llevar un viejo colchón al monte de Piedad de Castelfranco.

Juan Bautista murió poco tiempo después. El joven Beppi vio, con el corazón destrozado, cómo su madre tuvo que trabajar aún más, de día y noche, para sacar adelante a la numerosa familia sin contar con su ayuda. Pero ella lo hizo gustosa por sacar adelante la vocación de su hijo.

Un hijo que un día llegaría a ser cardenal de Venecia; Papa, con el nombre de Pío X; y santo.

La historia de los padres de San Pío X no es un caso aislado. Como ésta, podrían relatarse miles de historias en la que los padres cristianos han escrito, con sencillez, páginas admirables de callado heroísmo y de abnegación. Una abnegación que ha dado frutos de santidad en toda la Iglesia: en el amplio cuadro de renovación y de impulso espiritual que supuso el Pontificado de Pío X se recorta en la lejanía, con toda la grandeza de su humildad, la sencilla figura del pobre alguacil de Riese.

Una solicitud que no se acaba nunca

Esa solicitud de los padres cristianos por sus hijos no se acaba nunca: porque no se conforman con preparar el camino de sus hijos hacia la santidad; intentan ayudarlos decisivamente a recorrer su camino.

Esto es lo que hace que no se pueda escribir, por ejemplo, la historia de San Agustín sin referirnos a Santa Mónica. Evoca éste en sus Confesiones: “Es que tu mano, Dios mío, en el secreto de tu providencia, no abandonaba mi alma.

Es que, día y noche, mi madre te ofrecía en sacrificio por mí la sangre de su corazón y las lágrimas de sus ojos” (Conf., V, 10–13). Las últimas palabras de Mónica antes de morir sintetizan admirablemente la tarea esencial de todo padre cristiano: “no veo que tenga que hacer más –dijo–, ni por qué he de vivir aquí; se desvaneció ya la esperanza de este mundo. Sólo una cosa me hacía desear la vida todavía algún tiempo aquí abajo. Deseaba antes de morir verte cristiano católico. Dios me la concedió con creces. Veo que menosprecias las alegrías terrenales para ser su siervo. ¿Qué hago yo aquí? (Conf, IX, 26).

Sus consejos –cuando nacen del amor a Dios– ayudan firmemente a la perseverancia de sus hijos. Cuando el joven Boschetto –el futuro San Juan Bosco– le comentó a su madre su idea de entregarse a Dios (pensaba entonces hacerse franciscano), ésta le dijo unas palabras que se quedaron grabadas a fuego en su corazón: “Óyeme bien, Juan. Te aconsejo muy mucho que examines el paso que vas a dar y que, después, sigas tu vocación sin preocuparte en absoluto de nadie. Pon, por delante de todo, la salvación de tu alma. El párroco me pedía que te disuadiese de esta decisión, teniendo en cuenta la necesidad que de ti pudiera tener en el porvenir; pero yo te digo: en asunto así no entro porque está Dios por encima de todo. No tienes por qué preocuparte de mí. Nada quiero de ti, nada espero de ti. Tenlo siempre presente: nací pobre, he vivido pobre y quiero morir pobre. Más aún, te lo aseguro: si te decidieras por el clero secular y, por desgracia, llegaras a ser rico, ni una vez pondría los pies en tu casa. No lo olvides”.

En la hora del desaliento

Al recorrer el camino pueden darse desalientos y vacilaciones. Cumplen entonces los padres cristianos con su misión alentando al hijo que desfallece y sosteniéndolo con su fortaleza espiritual. Javier Abad recoge en su libro Fidelidad la carta de una madre a su hijo, con motivo de la infidelidad de un pariente cercano, en la que le estimula a ser fiel a su propia llamada:

3 de marzo de 1980

“Queridísimo hijo:

No te puedes imaginar cuánto dolor tenemos.

Jamás pensé que se pudiera sufrir tanto. Porque estamos palpando lo doloroso que es ver a un alma enfriarse hasta perder el camino: se hace ella misma desgraciada y, a quienes le rodean, infelices. Es la realidad, que sólo siendo fiel se puede ser feliz, y que se pone en peligro la propia salvación y la de los demás cuando no se persevera. Necesitamos más que nunca oración y mortificación.

(…) El no nos abandona, somos nosotros los que lo dejamos. Siempre nos da las gracias necesarias para perseverar, si somos humildes y sinceros y dóciles para dejarnos conducir. Acuérdate de que la fidelidad se gana cada día, en cada pequeña batalla, y que solamente se traiciona a Jesús cuando se le ha dicho que ‘no’ en muchos pocos, antes que darle el beso final de Judas. ¿Me entiendes?

Yo acostumbraba decirle al Señor que no se fijara en mí, sino en mis hijos que lo estaban amando y sirviendo. Y no sé por qué, hace unos meses –las madres tenemos un sexto sentido– empecé a pedirle que nos mirara a todos con compasión porque necesitábamos su gracia y su salvación (…). Esta es mi oración ahora: suplicar que no nos deje, que no perdamos el silencio interior ahora que nos perturba tanto ruido exterior, tanta banalidad y todo el montaje de una sociedad de consumo que simplemente camina horizontal.

Reflexiona, te lo digo de todo corazón para que te guardes tú también.

Podrán pasar muchos años y, aunque hayamos hecho mucho bien, seguiremos implorando la perseverancia final. Que los errores de otros nos sirvan para no caer y no ser tan tontos de querer experimentar en pellejo propio. Cuento contigo: con tu oración, tu sacrificio, tu entrega…

Si de veras nos quieres, ésta será la mejor manera de ayudarnos.

Estamos clavados en la cruz y lo aceptamos.

Que no nos falte valor para seguir así, con la confianza de que para los que amamos a Dios no hay derrotas y que todo es para bien: un día tendremos la felicidad de estar todos juntos, para siempre felices, en la Casa de nuestro Padre Dios. Esta esperanza y esta fe nos sostienen. Te bendice:

Tu mamá”.

 

La vocación y las “pruebas”

Naturalmente, no siempre la elección que hacen los hijos jóvenes será del agrado de los padres. Esto sucede con todo tipo de elecciones: desde la ropa que usan, o la carrera que estudian, hasta la esposa que eligen. Hay diferencias de formación, de ambiente, de carácter y gustos.

“Tres cosas me son difíciles de comprender –se lee en el libro de los Proverbios– y la cuarta la ignoro por completo: el camino del águila en los aires, el de la culebra sobre la piedra, el de la nave en alta mar y el del hombre en su mocedad” (XXX. 18, 19). Pero en este caso, se suma una diferencia decisiva: esta elección no es el fruto de un capricho, sino la respuesta a una llamada concreta de Dios.

Los padres tienen derecho –y obligación– a aconsejar a sus hijos sobre la cuestión más decisiva de su existencia. Deberán meditar ese consejo en la intimidad de su oración, para que nazca del deseo de agradar a Dios y no de un sentimiento puramente humano; para que se dirija a la gloria de Dios y no a la propia satisfacción personal; para que redunde en beneficio de sus hijos y de su propia alma, y no se convierta en un peso que marque la existencia de sus hijos y comprometa gravemente su conciencia.

Y los hijos, si son jóvenes, tienen obligación de escuchar y de ponderar detenidamente los consejos de los padres en esta materia.

No tienen obligación de seguirlos, pero sí de valorarlos debidamente, sobre todo cuando no proceden del prejuicio o del egoísmo, sino de un deseo de ayudarles a cumplir la voluntad de Dios.

¿Tienen los padres derecho a “probar” la consistencia de esa nueva vocación? Desde luego, siempre que se respete la libertad del hijo; y siempre que se haga de acuerdo con un sacerdote piadoso y prudente que conozca a su hijo y que se presuma, razonablemente, que esa decisión es el fruto pasajero y momentáneo de una emoción.

Pero hay que tener cuidado con esas “pruebas” sobre algo tan crucial y decisivo en la vida de un hombre. Como decía con humor Eugenio D’Ors a un camarero que le derramó sin querer sobre la chaqueta un finísimo champán, “los experimentos es mejor hacerlos con gaseosa”. Porque, a pesar de “la buena voluntad”, en muchos casos esas pruebas experimentales suelen salir mal y pueden acaban abortando una vocación. Los padres se ponen entonces en peligro de ofender gravemente al Señor, de perder la paz, y de comprometer su alma. Se pueden aplicar aquí los viejos versos de Cervantes referidos al honor de la mujer:

“que es de vidrio la mujer pero no debes probar si se puede o no quebrar que todo podría ser”.

¿En qué puede consistir una “prueba razonable”? En no dar demasiadas facilidades desde el primer momento; en no tomar en serio todo lo que el hijo propone, hasta que éste lo formule con la necesaria entereza que demuestre su voluntad decidida. Y sobre todo, en rezar y hacer rezar. En mortificarse para ver clara la voluntad de Dios para ese hijo, para acertar en la actitud y en el consejo conveniente en cada caso, en cada momento. En definitiva, en ayudarle a buscar juntos la Voluntad de Dios, enreciando sus disposiciones y fortaleciendo su ánimo.

Todo esto debe tener en cuenta el carácter y el talante del propio hijo, sin coaccionarlo gravemente o ponerlo en una situación que rozara lo heroico, sin exagerarle las dificultades del celibato frente a las del matrimonio, asustándole con la posibilidad de una futura defección (como si esa posibilidad no se diese en todos los estados) o pintándole el matrimonio como un camino de rosas. Esa actitud, que cae en el extremo contrario de los que opinan que “se llama santo al matrimonio porque cuenta con innumerables mártires”, olvida que lo importante no es elegir un estado u otro, sino elegir aquel para el que llama Dios.

Esto no es fácil y suele venir acompañado de lágrimas. Y así sucede en todas las elecciones humanas. ¿Qué madre no llora, aunque muchas veces no afloren las lágrimas, cuando sus hijos se casan, por muy contentos que estén con su decisión?

La madre de San Francisco de Sales también lloró, como tantas y tantas madres, al conocer la decisión de su hijo de entregarse a Dios; no sabía si eran lágrimas de alegría o de dolor, porque ella se lo había ofrecido a Dios antes de que naciera, como tantas y tantas madres…

Pero Francisco de Boisy, su marido, no sabía nada de nada; y le tenía preparado, como es natural, un magnífico partido a su hijo: una jovencita llamada Francisca de Veigy que era, nada más y nada menos, la hija del consejero del Duque de Saboya. Aunque algo se sospecharía el Señor de Sales de la inclinación de su hijo hacia el sacerdocio, Francisco no había dicho nada en casa porque, ay, tenía una virtud que, en su exageración, rayaba con el defecto: no sabía decir que no: “¿Qué queréis? –confesaba– Mi carácter me lleva a la condescendencia. Encuentro la palabra ‘no’ tan cruda para el prójimo, que no me atrevo a pronunciarla cuando se me pide algo razonable… Jamás contradigo a nadie”. Y no pudo –o no supo– decir que no cuando su padre le habló de matrimonio: prefirió callarse y dar evasivas: “más adelante, ya veremos…”

Su madre y un primo suyo, que era canónigo, estaban dispuestos a ayudarle en el momento oportuno, pero… ¿quién se enfrentaba con su padre, que decía por todas partes “que la cosa ya estaba hecha”.

Tan hecha que, aunque Francisco seguía dando largas, no pudo evitar la visita de los señores de Boisy a la familia de Veigy, para presentarle a la señorita agraciada. Francisco hizo lo que pudo: reconoció que era “una señorita de buena cuna, modesta y devota” pero no esbozó ni una sola sonrisa durante la entrevista. Su padre lo fulminaba con la mirada. Cuando acabó todo estalló la tormenta: el padre pidió explicaciones y Francisco dijo un “no” tajante, irreductible, e insospechado “en un hijo que no decía nunca a nada que no”… “¿Pero quién te ha metido esa idea en la cabeza? –gritaba su padre– ¡Una elección de ese tipo de vida exige más tiempo que el que tú te tomas!”, insistía furioso. La señora de Boisy callaba. Pero Francisco contestaba que había tenido ese deseo desde la niñez. Y así una vez y otra. De vez en cuando, la señora de Boisy sugería tímidamente: “Ay, será mejor permitirle a este hijo que siga la voz de Dios. Si no, va a hacernos como San Bernardo de Menthon; se nos escapará…”.

Pero los señores de Sales, buenos cristianos, amaban la Voluntad de Dios. Y al final, después de un tiempo prudente, el viejo caballero cedió: “Pues adelante hijo mío, haz por Dios lo que dices que El te inspira”. Y la señora de Boisy volvió a llorar: dicen los hagiógrafos que “se esforzaba en poner buena cara; pero al fin le fue imposible; retirose a su gabinete y, con largas lágrimas, empañó el brillo de sus ojos”.

Sin embargo, en algunas ocasiones no se puede llamar “prueba” a lo que es una coacción violenta llevada a cabo por padres que se niegan ante una exigencia que les supone esfuerzo (un esfuerzo no mayor, en tantas ocasiones, que el que les supondría la elección de otro estado). “Cuando mi madre supo mi resolución –escribe San Juan Crisóstomo– me tomó de la mano, me llevó a su habitación, y habiéndome hecho que me sentase junto a la cama donde me había dado el ser, rompió a llorar y a decirme cosas más amargas que su llanto”. En aquella ocasión, Juan cedió. Si no llega a ser por un amigo, que lo convenció posteriormente, aquellas lágrimas hubiesen abortado su vocación.

Porque, además del riesgo de coaccionar la libertad del hijo, de hacer sufrir a todos, y –lo que es más importante– de ofender a Dios, esas pruebas desorbitadas y esos gestos de fuerza paternos suelen salir mal. El padre de Luis Gonzaga puso todas las dificultades imaginables, mientras se repetía, viendo la piedad de su hijo: ¡mi hijo no será fraile! Hizo que se lo llevaran a Florencia para que sirviese de paje al gran duque Francisco de Médicis. Esperaba que el ambiente cortesano acabaría por conquistarlo. Pero el joven Luis volvió a su hogar, en Castiglione, tan decidido como salió. Para D. Fernando Gonzaga, peor que como salió: le comunicó entonces su decisión inquebrantable de entregarse a Dios.

Volvió a probar; y esta vez lo envió a la Corte del rey de España, que estaba en todo su esplendor. Allí lo tuvo tres años.

Esperaba que a la vuelta se le hubiese olvidado todo. Pero a la vuelta, en 1584, Luis declaró que quería ingresar en la Compañía de Jesús. Tenía dieciséis años.

Se sucedieron escenas violentísimas entre padre e hijo, que cayó enfermo. Don Fernando tenía “otros planes”. Y Luis sólo quería seguir los planes de Dios. Don Fernando no cedía: lo volvió a enviar a las cortes de Mantua, Ferrara, Parma y Turín… hasta que descubrió que había estado luchando contra un querer de Dios.

Algo parecido le sucedió a Pedro Bernardone: no estaba dispuesto a que su hijo Francisco hiciese más locuras, que eran la comidilla de todo Asís. Pero la gota que colmó el vaso fue que un día entró en casa, cogió varios lienzos de su almacén, los cargó en una mula, se fue a Foligno, los vendió –no sólo los paños, la mula incluso– y entregó el importe a un clérigo de la iglesia de San Damián. Todo porque decía que había oído: “Francisco, repara mi casa”. Estaba harto de verlo llegar a casa medio desnudo porque había dado a los pobres la capa, el sombrero y la camisa. ¡Precisamente su hijo, el hijo de uno de los mercaderes en paños más ricos de Umbría! Así que se presentó en la sede arzobispal y exigió que le devolvieran su dinero.

Francisco se presentó también, escuchó la petición de su padre… y como respuesta le dio toda la ropa que llevaba puesta, quedándose sólo con una faja de cerdas a la cintura.

Siglos más tarde, Margarita Occiena se encontró con el mismo problema. Y eso que ella lo había dado todo por su hijo: un día le había pedido que atendiese a los chicos que acudían a él, sus biricchini, y ella había dicho: “Si esa es la voluntad de Dios cuenta conmigo”; había dejado su casa de I Becchi y se había ido al barrio pobre de Turín en el que vivía su Giovanni, llevando en un gran cesto todo lo que tenía, que era poco, y sosteniendo con una mano una sarta de ollas y sartenes. Y estaba ya anciana y agotaba por una vida de sufrimientos. Se lo había dado todo: su dinero, incluso su traje de novia, con el que le había hecho una casulla. Incluso su anillo de prometida. No le quedaba nada. Pero su hijo… su hijo no tenía límites: un día se trajo a dos maleantes a dormir, y por si fuera poco los abrigó con mantas y sábanas. Naturalmente no los volvieron a ver: ni a los maleantes, ni a las mantas ni a las sábanas. Se echó a llorar. Giovanni le aseguró que jamás traería a más pobres a dormir a casa.

Pero Margarita había aprendido de su hijo a no poner límites al amor. Y pocos días después se le presentó en casa un niño andrajoso.

Eran los días de Navidad. Se le olvidó de pronto todo lo que le había dicho a su hijo, tomó al pobre niño, le dio de comer y lo metió en su propia cama.

Y luego llegaron más y más: años más tarde serían 2000 biricchini. Y así nació, alentada por su mano maternal, la familia salesiana de San Juan Bosco.

“Es casi una niña…”

Muchas de estas posturas, desde un punto de vista puramente humano, son comprensibles. Los padres tienden a pensar –y los padres de los santos no son una excepción a esta regla general– que sus hijos son perpetuamente niños. “Si es casi una niña”… se iba repitiendo Monna Lapa en aquel día de primavera de 1383 en el que se encontraban en su corazón un cúmulo de sentimientos. Iba en la procesión mirando al suelo, andando trabajosamente bajo el peso de sus ochenta años, sostenida por dos jóvenes mantellate. Escuchaba a su alrededor los murmullos de admiración: “ésa es, ésa es la madre”.

De vez en cuando, alzaba la vista y veía, en el relicario que ahora se llevaba triunfalmente por las calles de Siena –un busto de bronce dorado, cincelado por los mejores orfebres del país–, entre el gozo de la multitud y el repicar de las campanas, la cabeza de su hija. Una hija a la que había amado con locura.

Y a la que no había entendido en absoluto.

Había tenido veinticinco hijos, muchos de ellos gemelos, de los que le sobrevivieron sólo algunos. Catalina había sido realmente su última hija, porque Juana, que era su melliza, murió pronto, y otra Juana que nació más tarde, murió niña también. Por eso, la quiso de ese modo especial con que se quiere al hijo menor, al más pequeño.

Pero de pronto, aquella hija empezó hacer cosas incomprensibles. Ahora, en la procesión, viendo la cara de fervor de sus conciudadanos ante la reliquia de su hija, los recuerdos se tamizaban con una luz tan distinta…

Pero entonces no lograba entender el sentido de las cosas que hacía. Le parecían, sencillamente…, caprichos incomprensibles de una niña demasiado mística. Porque ella, como es natural, como cualquier madre de Siena de buena familia, le tenía reservado un buen partido: un joven de una familia acomodada de Siena, con la que les vendría muy bien, además, emparentar a los Benincasa. Y cuando estaban a punto de concertar el matrimonio entre las familias, a Catalina ¡le dio por cortarse el pelo casi al completo!

Ahora esos recuerdos la hacían sonreír. Pero entonces no le hicieron ninguna gracia; y no era una mujer de genio fácil: la riñó y la gritó como solamente ella, Lapa di Puccio di Piagente, sabía hacerlo: “¡Te casarás aunque se te rompa el corazón!” La amenazó: “No te dejaremos en paz hasta que hagas lo que te mandamos”.

Fue todo inútil. Y la hizo sufrir. Sin querer, desde luego, porque… ¿cómo se iba a imaginar ella entonces que su hija había decidido entregarse a Dios para siempre…, pero que no tenía el menor deseo de irse a un convento? ¿Cómo iba a suponer que pensaba vivir célibe, allí, en su propia casa? Lapa seguía empeñada con el casamiento y empleó todas sus tácticas, su ingenio y su genio: le gritaba, le hacía trabajar sin desmayo, le reñía constantemente.

Todo en vano.

Y un día su hija, casi una niña, reunió a toda la familia y desveló sus planes: no estaba dispuesta a casarse: “dejad todas esas negociaciones –les dijo– sobre mi matrimonio, porque en eso jamás obedeceré a vuestra voluntad; yo tengo que obedecer a Dios antes que a los hombres.

Si vosotros queréis tenerme en casa en estas condiciones, dejadme estar como criada; haré con gozo todo lo que buenamente pueda hacer por vosotros. Pero si me echáis por haber tomado esta resolución, sabed que esto no cambiará en absoluto mi corazón”.

Ay, Lapa… ¡Qué cosas dijo entonces! Miró a su marido: su tranquilidad también la exasperaba a veces. Y ante su sorpresa, Jacobo Benincasa dijo: “Querida hija mía, lejos de nosotros oponernos de ninguna manera a la voluntad de Dios, de quien viene esa resolución suya. Sabemos por larga experiencia, y ahora lo sabemos con seguridad, que no te mueve la obstinación de la juventud sino la misericordia de Dios. Mantén tu promesa libremente y vive como el Espíritu Santo te diga que tienes que hacerlo. Jamás te molestaremos en tu vida de oración y en tus devociones, ni intentaremos apartarte de tu camino.

Pide que seamos fieles a fin de que seamos dignos del Esposo que has elegido a edad tan temprana”.

Lapa estaba desconcertada. ¡Su propio marido se ponía de parte de su hija, casi una niña! ¡Si tenía sólo diecisiete, dieciocho años! Pero Jacobo la miró fijamente, y Lapa sabía lo que esa mirada significada.

Había perdido la batalla. “Desde hoy –dijo gravemente su marido– nadie molestará a esta querida hija mía ni se atreverá a poner obstáculos en su camino.

Dejadla servir a su Esposo con entera libertad y que pida diligentemente por nosotros. Nosotros jamás podríamos procurarle un matrimonio tan honroso; por tanto, no nos quejemos porque en vez de un mortal tengamos al Dios inmortal hecho hombre”.

No tuvo más remedio que ceder. Pero luego empezó a sospechar, horrorizada, las mortificaciones que hacía su hija. Ella sabía bien lo que era el dolor: su vida había sido una serie ininterrumpida de embarazos; estaba experimentada en el sacrificio; pero no estaba dispuesta a aquello.

Gritaba, lloraba: “¡Ay, hija mía, que te vas a matar! ¡Que te estás quitando la vida! ¡Ay, quién me ha quitado a mi hija! ¡Qué dolor tan grande! ¡Ay, qué desgracia!” Y como convenía con su carácter, no se conformaba con lamentarse: si Catalina dormía en tabla, ella se la llevaba a su cama entre almohadas suaves y blandas. Hasta que le extrañó que, a partir de un día, la niña la obedeciese demasiado dócilmente; pero pronto descubrió la razón: Catalina había metido tablas bajo el lugar donde la obligaba a acostarse. Así no se podía seguir.

Y luego vinieron los pobres. La ropa le desaparecía: ¡otra limosna! Ahora se reía en su interior recordando todo esto, pero entonces descargaba toda su furia contra aquella frágil adolescente. Sin embargo, los pobres, las limosnas, no le importaban tanto: al fin y al cabo, ella también era caritativa. Pero a lo que no estaba dispuesta era a las maledicencias. Ah, no, eso no: ella no era una mujer rica, era la esposa de un tintorero, pero nunca faltaba comida en su mesa y todos envidiaban en Siena su vieja casa en la Via dei Tintori, junto a Fontebranda, y las ropas de sus hijos, y… No; ella nunca había dado que hablar. Y ahora el nombre de su hija corría de plaza en plaza, por culpa de las malas lenguas de una leprosa a la que atendía, que murmuraba cosas irrepetibles de ella: “¡Mira, mira –le gritaba cuando volvía a casa después de cuidarla–, mira cómo te paga esa leprosa tu caridad cristiana!” Y es que Lapa había perdido todas las batallas: había perdido sus proyectos de futuro, su hija, su tranquilidad familiar. Bien. Lo que no estaba dispuesta era a perder, encima, su buena fama. Y estalló: “Si no dejas de cuidarla, si llego a saber que has estado cerca de donde ella vive, jamás volveré a llamarte hija mía”.

Mientras iba evocando todo esto, la procesión seguía: los comerciantes, los miserables de Siena a los que su hija acogía en otro tiempo, los artesanos, los nobles, los gobernantes de aquella pequeña república; todos la miraban pasar fervorosamente tras la reliquia de su hija. Contaban sus milagros, sus obras de caridad, y relataban en voz baja cómo Catalina Benincasa, una mujer joven, sin más poder que su amor a Dios, había logrado cerrar uno de los capítulos más tristes de la historia de la Iglesia; su palabra pudo lo que no pudieron guerras, presiones y amenazas: un reto de siglos: que el Papa volviera a Roma y abandonara definitivamente Aviñón. Lapa no los escuchaba: iba como ausente, mirando al suelo para no encontrarse con las miradas de la multitud. Temblaba al pensar que su hija, de haber sido débil, le hubiera hecho caso… Ahora, su orgullo, paradójicamente, era su gran equivocación. Su gloria era haber sido derrotada por el amor de su hija. Su triunfo era su fracaso.

Se daba cuenta de que ella, como madre, había sido una de las sombras en la vida de su hija –la sombra más amada por ella–, en la que ahora se proyectaba poderosamente su luz. De vez en cuando, alzaba la mirada y contemplaba, en el relicario, el resto de aquel rostro bellísimo, apagado a los treinta y tres años. Y su corazón de madre no podía reprimir el antiguo lamento: “pero si es todavía una niña…”.

No nos oponemos, pero…

No todos los padres que ponen dificultades tienen el carácter ardoroso de Monna Lapa. Los señores Beltrán, de las mejores familias de Valencia fueron mucho más comprensivos que la madre de Santa Catalina de Siena. Además, ellos no querían en absoluto interferir en la vocación de su hijo Luis. Querían orientarla, sencillamente… Estaban acostumbrados a que su hijo les obedeciera en todo, y por eso, se quedaron desconcertados cuando les dijo que tenía unos planes diferentes a los que habían previsto: quería irse de casa y entregarse a Dios. ¡Qué locura! Era un joven no muy fuerte; no soportaría las exigencias de ese tipo de vida. No sabía lo que hacía. Y empezaron su batalla. Pero cedieron pronto: aquello decididamente era de Dios. Y no querían luchar contra Dios.

Al final, viendo la entereza de su decisión, aceptaron que se fuera. Pero ahora no, dijeron: quizá en un futuro, y, desde luego, en un lugar donde no se le exigiera a su hijo un trabajo intenso. No pasaba nada por esperar. Lo tenían todo planeado. Debía comprenderlo: su postura era razonable; y sobre todo, era su hijo y les debía obedecer en todo, como siempre…

Habían olvidado que la obediencia que los hijos deben prestar a sus padres tiene una frontera específica: la elección de estado.

Los hijos están obligados a escuchar y valorar los consejos de sus padres en esta materia, pero no a aceptar una decisión ni unas condiciones que comprometen una vida que… no es la suya. Y el joven Luis obró con la misma libertad que hubiese pedido para sí en caso de elegir una mujer que no hubiera agradado a sus padres. Escuchó sus consejos, y luego actuó con libertad, con santa libertad: con una libertad que sus padres decididamente le negaban. Y un buen día, en vista de la rotunda negativa paterna, decidió no volver a casa. Tenía dieciocho años.

Estalló el escándalo familiar: una pequeña tragedia que se repite con frecuencia, con rasgos parecidos, siglo tras siglo, en aquellos hogares en los que un alma decide dejarlo todo por Dios.

Don Juan Luis Bertrán y Doña Angela Exarch no lo entendían: ni lo podían, ni lo querían entender. El era un hombre recto, un notario conocido en Valencia, acostumbrado a mandar y hacerse obedecer; y ella era una mujer “de muy buenas partidas, gran sierva de Dios y muy humilde”.

En definitiva, unos padres piadosos y buenos cristianos: ¿cómo les podía hacer esto? Además, ¡ellos no se oponían a que se entregase a Dios! Lo único que pedían era que en vez de dominico, se hiciese cartujo o jerónimo. Porque, realmente, a él ¿qué más le daba?

Muchos padres experimentan esta misma tentación y exclaman, si sus hijos deciden entregarse a Dios en medio del mundo: “¡qué locura! ¡si al menos se metiera en un convento, o se me hiciera cura o fraile!” Y si decide hacerlo, suelen protestar acto seguido: “pero ¡qué locura! ¡Hacerse cura! ¡meterse a fraile!” Los hijos argumentan que la vocación no se elige, como una prenda en los grandes almacenes, sino que es un don que Dios da, como quiere, cuando quiere y a quien quiere: la llamada imperiosa de Cristo –¡sígueme!– resuena en todos los caminos de la tierra sin compartimentos estancos. Lo importante no es dónde Dios llama, sino acudir generosamente a donde Dios llama.

Los caminos de Dios no son, con frecuencia, exactamente los caminos que los padres prevén para sus hijos. Y como en una composición musical que se repite, con la misma variedad de tonos, a lo largo de la historia en los ambientes familiares cristianos más diversos, se escucharon también en el hogar de los Bertrán los sucesivos movimientos de esta sinfonía airada paterno–filial: enfados, tensiones, llantos, silencios, negativas, gritos, y luego, en un crescendo temible de indignación, la explosión final: una carta tremenda en la que don Juan Luis –un hombre piadoso que no acababa de entender y de aceptar del todo la Voluntad de Dios– recrimina duramente a su hijo por su comportamiento y acusa a sus superiores de haberle inducido a abandonarlos. En nuestros días, el bueno de don Juan Luis quizá le hubiese escrito: “hijo mío, ésos te han comido el coco”.

El joven Luis contesta con una carta serena, escrita con estilo recio y conciso, que revela, a pesar de su juventud, su madurez de carácter:

“Una carta de vuestra merced he recibido, y, mirándola bien, hallo que en suma tiene dos cosas: la una que (…) su intención es que sirva a Dios en la cartuja o en la orden de San Jerónimo; la otra, que los padres de esta casa me han persuadido (…). Acerca del primer punto, tenga paciencia vuestra merced, porque no sería consuelo mío… Cuanto a lo segundo, créame vuestra merced que estos padres me han sido contrarios. Mas a la postre, vista mi importunación y perseverancia, les ha parecido que no condescender conmigo era resistir al Espíritu Santo… (…) Así que vuestra merced se consuele y descanse, que yo estoy consolado en mi espíritu, y en cuanto a las fuerzas exteriores, me siento mejor que en toda mi vida. Guarde que no se diga de vuestra merced lo que dice David: “Temblaron donde no había que temer”. La gracia del Espíritu Santo guarde a vuestra merced y a la señora y a todos, como se lo ruego de día y de noche”.

La historia de Luis Bertrán acabó como la gran mayoría de estas pequeñas “tragedias” familiares: con la aceptación gozosa de su vocación por parte de sus padres, que ignoraban que ése era el camino que Dios quería para un santo de la Iglesia. Aquel hijo suyo, por cuya salud se preocupaban tanto, evangelizó a numerosos indios de Nueva Granada –aseguran las crónicas que bautizó a más de quince mil en un solo día–, hizo milagros y sirvió eficazmente y sin desfallecer a la Iglesia. Un día, Luis sintió que su padre se moría: corrió junto a su lecho y escuchó sus últimas palabras: “Hijo, una de las cosas que en esta vida me han dado pena ha sido verte fraile, y lo que hoy más me consuela es que lo seas. Mi alma te encomiendo”.

Un prototipo de intransigencia

Las últimas palabras del padre de San Luis Beltrán muestran el gran bien que acaban haciendo a sus padres los hijos que son fieles a su vocación, pese a las dificultades. Esas “dificultades graves en el seno de la familia – en palabras de Juan Pablo II– no son ciertamente un límite o un obstáculo a la acción que la gracia realiza en las almas para hacerlas conscientes de la llamada divina; más bien, como a veces constatamos, ésta puede hacerse sentir también en ambientes familiares no capaces todavía de apreciar tan inmenso don de Dios y, tal vez, francamente contrarios a ella. Las dificultades que surgen constituyen entonces una prueba de la vocación, la cual, si es auténtica, termina por salir robustecida y, no raramente, tales dificultades llevan a los mismos familiares a una madurez espiritual, por la que llegan a apreciar la elección del hijo o del hermano a la que primeramente se opusieron o despreciaron”.

Pero ese no fue el caso de los padres de San Luis Bertrán: ellos querían “orientar” la vocación, sencillamente…

Sin embargo otros no se conforman con protestar si el camino elegido por su hijo no coincide con sus planes. Un prototipo de esa intransigencia fue Teodora de Theate, la madre de Tomás de Aquino. Teodora provenía de una ilustre familia, los Caraccioli, y llevaba en las venas, junto con la sangre ilustre, la energía indomable de los jefes normandos Guiscardo, Bohemundo y Tancredo. Era prima de los Hohenstaufen, y estaba emparentada por tanto con el mismísimo Emperador Federico II. Y no era nada fácil de convencer cuando estaba resuelta a algo.

Pérez de Urbel la retrata como una “condesa feudal, autoritaria, dura y altiva”, que tenía unos planes muy meditados y muy concretos –sus planes– para su hijo. Y su hijo se había ido de casa para entregarse a Dios como fraile mendicante en contra de su voluntad. ¡Fraile mendicante! ¡Y ella que había previsto que fuera Abad Mitrado de Monte Casino! ¡Un simple monje, mendigo además, de una orden de la que todos hablaban mal! No; no estaba dispuesta en absoluto: ¿un hijo suyo pidiendo limosna? Jamás.

Hoy quizá estas cóleras y estas aspiraciones nos hagan sonreír. Pocos padres sueñan hoy con un hijo Abad Mitrado… Pero es cuestión de cierta perspectiva histórica, de hacer algunas sustituciones y de… imaginación. Hoy Teodora, mujer de la alta sociedad, hubiera soñado quizá para su hijo, formado en Oxford, en Harvard o en el M.I.T., un futuro “acorde a nuestra posición”; y su sueño dorado sería, quizá, verlo presidente de un alto organismo internacional europeo o directivo de un prestigioso banco de Manhattan. ¿Cómo aceptar que, con ese porvenir, un hijo salga diciendo que, por amor de Dios, tiene “otros planes” o que está dispuesto a irse a una aldea de un país perdido de Africa, sin ningún futuro, en una institución de la Iglesia a la que ridiculiza todos los días la prensa laicista y anticlerical?

Sea como fuere, la falta de aceptación de la Voluntad de Dios sobre los hijos revela la carencia de una auténtico sentido cristiano; aunque se argumenten “razones cristianas”. Quizá Teodora se consolase pensando que lo que ella perseguía era un hijo Abad Mitrado: y esa ilusión de madre insatisfecha quizá oscureciese en su mente un deber de cristiana: el respeto a la libertad de sus hijos.

Cuando en una familia la vocación de un hijo provoca un escándalo de dimensiones exageradas (rupturas, denuncias públicas, distanciamientos excesivos, escándalos, presiones), por encima de las contingencias, errores y anécdotas humanas (falta de prudencia en las actuaciones de unos y otros, de tacto por parte del hijo, de información suficiente por parte de los padres), con lo que nos encontramos es… con una familia en la que el espíritu cristiano no ha penetrado del todo o está muy debilitado. Cada vocación es como un dedo divino que rasgase todas las notas del arpa familiar (porque en cada vocación cada miembro de la familia se cree con derecho a formular su juicio); y si ese rasgueo produce un chirrido estridente, es que en esa familia –aunque se acumulen por las paredes los cuadros piadosos y las estatuillas de los santos abarroten las cómodas y vitrinas– falta amor de Dios. Porque falta el deseo de hacer su Voluntad.

Pero volvamos al siglo XIII. Teodora escribió a Tomás ordenándole que volviese inmediatamente. En vano. Así que, cuando vio que las cartas resultaban inútiles, formó una comitiva para “rescatarlo”.

Todos estos sucesos parecen capítulos de una fantástica novela; pero se han dado con frecuencia en la historia del cristianismo. Y se siguen dando todavía.

¿Dónde estaba Tomás? ¿En Roma? Allí se dirigió.

Pero al llegar, Tomás había abandonado la Ciudad eterna. Se había ido a Bolonia con el Maestre General… Su furia se hizo incontenible. Llamó a otros hijos suyos que militaban a las órdenes de Federico II y les ordenó que fuesen en su búsqueda y que se lo trajesen preso, o como fuera; pero que se lo trajesen, y que lo encerrasen en la fortaleza de Monte San Giovanni. Teodora, como ciertos padres a lo largo de los siglos –también de ahora– no tenía de la libertad un concepto demasiado elevado.

Sus hermanos lo encontraron camino de Bolonia, cerca de Aquapendente, mientras descansaba junto a un manantial. Llegaron a galope, lo detuvieron y se lo llevaron por la fuerza a la torre del antiguo castillo familiar. Allí Teodora lo tenía todo planeado: después de la fuerza viril pondría en juego la habilidad femenina: sus hermanas Marotta y Teodora se encargarían de hacerle cambiar de opinión, no por la fuerza, sino por la persuasión. Era una conspiración familiar en toda regla. Pero las palabras de las dos hermanas resultaron inútiles. Y lo que es peor: Teodora empezó a vacilar al ver la actitud de su hermano y resolvió entregarse a Dios.

Pasaban los días. Había que poner todos los medios.

Así que cambió de táctica; y se le ocurrió algo poco original, pero que se viene poniendo en práctica a lo largo de los siglos en casos parecidos (y con resultados parecidos también). Pensó que, ya que no se podía vencer su inteligencia con palabras, habría que reducir su corazón… con una mujer.

A la mujer, una cortesana a sueldo, la trajeron de Nápoles, y una noche se introdujo sigilosamente, provocadoramente, en la habitación del joven. Pero Tomás conocía el arte de cortar radicalmente con las malas ocasiones: la vio, se acercó a la chimenea, cogió un tizón ardiente y la pobre napolitana huyó despavorida…

Afortunadamente, Tomás fue fiel a su vocación.

Y ayudado precisamente por sus hermanas se descolgó un buen día por los muros de la fortaleza y saltó sobre el caballo que le había traído Fray Juan de San Julián. Lo volvieron a prender; pero Tomás resistió firme. De no haber sido así, si hubieran triunfado los esfuerzos de su madre, quizá la Iglesia y la civilización occidental hubiesen sufrido un retraso intelectual de siglos.

Quizá sorprendan los procedimientos de Teodora, pero la realidad es que “lo mismo que Dios se vale de los hombres para salvar almas y llevarlas a la santidad, satanás se sirve de otras personas, para entorpecer esa labor y aun para perderlas. Y –no te asustes– de la misma manera que Jesús busca, como instrumentos, a los más próximos –parientes, amigos, colegas, etc.–, el demonio también intenta, con frecuencia, mover a esos seres más queridos, para inducir al mal” (Surco, n. 812).

He perdido un hijo

“He perdido un hijo”, suelen decir algunos padres. La expresión no es de hoy. San Bernardo consuela en una de sus cartas a los padres de un joven del siglo XII, Godofredo, que había decidido entregarse a Dios en Claraval, y les dice:

“Si a vuestro hijo Dios se lo hace suyo, ¿qué perdéis vosotros en ello y qué pierde él mismo?… Si le amáis, habéis de alegraros de que vaya al Padre, y a tal Padre. Cierto, se va a Dios; mas no por eso creáis perderlo; antes bien, por él adquirís muchos otros hijos.

Cuantos somos aquí en Claraval, y cuantos somos de Claraval, al recibirle a él como hermano, os tomamos a vosotros como padres.

Pero quizá teméis que le perjudique el rigor de nuestra vida… Confiad, consolaos: yo le serviré de padre y le tendré por hijo, hasta que de mis manos lo reciba el Padre de las misericordias y el Dios de toda consolación. No lloréis, no os lamentéis, que vuestro Godofredo al gozo corre, no al llanto”.

“No nos quieres”

“Es que no nos quieres”, suelen argumentar algunos padres, ante el dolor de la separación. Pero saben que no es verdad: nadie que se entrega a Dios por amor, puede dejar de amar a los más próximos en el corazón. La llamada divina fortalece los lazos del cariño, aunque en ocasiones se agranden las distancias. Santa Teresa ofrece el testimonio de su propia vida.

“Cuando salí de casa de mi padre –cuenta–, no creo será más el sentimiento cuando me muera; porque me parece cada hueso se me apartaba por sí; que, como no había amor de Dios que quitase el amor del padre y parientes, era todo haciéndome una fuerza tan grande, que si el Señor no me ayudara, no bastaran mis consideraciones para ir adelante. Aquí me dio ánimo contra mí, de manera que lo puse por obra” (Libro de la Vida, cap. 4, 1).

Sucede todo lo contrario: en el hijo que se entrega a Dios ese amor por los padres se hace más hondo y recio, más limpio y profundo, más verdadero. Basta pensar en las razones que pueden mover a un hijo para abandonar lo que más quiere en el mundo. Sólo hay una: un amor más fuerte que ese amor: el Amor de Cristo. Pero Cristo no separa las almas, no establece oposiciones, no enfrenta el primer mandamiento (amar a Dios sobre todas las cosas) contra el cuarto mandamiento (amar a los padres). Lo que establece es una jerarquía: el amor a Dios debe ser lo primero en el corazón; y alienta, cuando surge un conflicto entre estos dos amores (dos amores, no hay que olvidarlo, para un mismo corazón), a poner en primer lugar el amor de Dios. “Los padres han de ser honrados –escribe San Agustín–, pero Dios debe ser obedecido” (Sermo 100, 2).

“Quien ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y quien ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí” (Mt 10, 37). Estas palabras de Jesucristo pueden aplicarse conjuntamente a los padres y a los hijos: la vocación supone un acto de entrega y de confianza en Dios por parte de unos y otros. Por eso, cada crisis vocacional supone un “test” espiritual para la familia: padres, familiares, hermanos…

Y no es verdadera piedad filial la que lleva a desoír la vocación, la llamada de Dios. “Dad a cada uno lo suyo –recuerda San Agustín– conforme a una escala de obligaciones; no subordinéis lo anterior a lo posterior. Amad a los padres, mas poned a Dios por delante de los padres” (Sermo, 100, 2).

No es fácil ese trance. Tampoco lo fue para María y José: ellos no entendieron que Jesús hubiese permanecido en el Templo mientras lo buscaban angustiados por todo Jerusalén. Guillén de Castro pone en labios de María un planto sobrecogedor:

“Hijas de Jerusalén: ¿habéis visto, habéis sabido de un Niño que yo he perdido que es mi Hijo, que es mi bien?”

Recordemos la escena. Cuando María y José llegaron al templo, después de tres días de angustia y desconsuelo por todo Jerusalén, “su Madre le dijo: Hijo, ¿por qué te has portado así con nosotros? Mira que tu padre y yo, llenos de aflicción, te hemos andado buscando”.

Jesús les dio una respuesta que parece dura y desconcertante: “El les respondió: ¿Cómo es que me buscabais? ¿No sabíais que debo ocuparme en las cosas que miran al servicio de mi Padre?” (Lc II, 48–49).

A primera vista parece incomprensible que un Hijo como Aquel hubiera consentido ese dolor en una Madre como Aquella. Más tarde se entiende que Jesús quiso dejar grabada esta enseñanza con su propia vida para dar fortaleza a los que deberían seguirle en el futuro y mostrar un ejemplo a sus padres. Porque María y José no protestaron. Buscaron humildemente en todo, aun en lo más incomprensible y doloroso, la Voluntad de Dios: “María guardaba todas estas cosas en su corazón”.

Ley de vida

De todos modos, al margen de estas consideraciones espirituales, conviene no dramatizar: la separación de padres e hijos es ley de vida: “dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán dos en una sola carne” (Marc. X. 7–8). Y los que se casan no suelen seguir tampoco el parecer de sus padres a pies juntillas. Escribe Addison que “la mujer pide raras veces consejo antes de comprarse el traje de boda”.

Algunas oposiciones violentas a la vocación de los hijos, con llantos y amenazas, revelan, junto con la falta de aceptación de la Voluntad de Dios, el quebrantamiento no aceptado de un afán posesivo: un afán a veces patológico que se cree con derecho a dirigir la vida de sus hijos a su capricho, considerándolos como eternos adolescentes. Contra ese atropello exclama Doña Juana, un personaje de una comedia de Moreto:

“Obedecer es muy justo a mi padre, pero no cuando la elección erró; que un casamiento forzado lleva el honor arriesgado y soy muy honrada yo”.

Ese afán posesivo lleva con frecuencia, en el caso de que el hijo decida entregarse a Dios, a murmuraciones y acusaciones contra instituciones de la Iglesia; y en el caso de que el hijo tome matrimonio se concreta en entrometimientos en su vida familiar y en murmuración de nueras.

Muchas veces este afán se reviste de preocupación por el futuro. Pero, ¡cuántas madres aceptan sin más problema que su hija joven se case y se vaya a otra ciudad –en el matrimonio, que tantas veces recoge frutos amargos de infidelidad– con una persona casi desconocida… y ponen el grito en el cielo si decide entregarse a Dios, que nunca traiciona!

Mucho se alegrará

Sin embargo, lo habitual es que tras una primera reacción negativa, si los hijos responden generosamente a su vocación, los padres acaben aceptándola y queriéndola, y sea para ellos fuente de gozo y de alegría.

“Mucho se alegrará el padre del justo –dice la Sagrada Escritura– y el que engendró a un sabio se gozará en él. Alégrense, pues, tu padre y tu madre”.

El cardenal Höffner comentaba en una entrevista la alegría que experimentan la mayoría de los padres de las personas que se han entregado a Dios en el Opus Dei, aunque no falten algunos padres que no entiendan todavía la vocación de sus hijos. “Un matrimonio –declaraba el Cardenal– escribe: ‘somos padres de tres hijos, de los cuales dos son miembros del Opus Dei, y estamos muy agradecidos por la ayuda espiritual que han recibido en el Opus Dei’. Otro padre escribe: ‘por propia experiencia puedo decirle que los miembros del Opus Dei crecen en el amor a sus familias de sangre, al mismo tiempo que viven las consecuencias de su vocación: es lo mismo que sucede con una persona que se casa. También en ese caso, nosotros, como padres, debemos aceptar la ausencia física de nuestros hijos, ya que no los hemos educado para nosotros, sino para ser miembros responsables de la Iglesia y de la sociedad.

Finalmente, como padres hemos de estar agradecidos por la vocación que han recibido nuestros hijos, que no nos causan preocupaciones pues sabemos que están contentos.

Le escribo estas impresiones como padre de dos hijos que pertenecen al Opus Dei desde hace muchos años, sin ser yo mismo miembro de esta Obra'”.

Siguió leyendo testimonios que confirman la alegría de los padres y la gran unión espiritual, misteriosa y fortísima, que se establece, entre hijos y padres: “La madre de otro miembro me escribe: ‘mi hijo pertenece al Opus Dei desde hace algunos años. Nuestras relaciones son excelentes y yo estoy muy contento de que pertenezca a la Obra, pues sé que ahí le ayudan a vivir como cristiano’. La madre de otro miembro me escribe: ‘mi hijo pertenece al Opus Dei desde hace algunos años. En este tiempo no se ha separado de nosotros…

se ha convertido en una persona alegre con una profunda convicción religiosa.

Mi marido y yo respetamos y estamos contentos con su camino’. En otra carta puede leerse: ‘como padres estamos muy, pero que muy agradecidos por el influjo positivo que ha ejercido y ejerce el Opus Dei sobre nuestros hijos'”.

Estos testimonios –que pueden hacerse extensibles a tantas instituciones de la Iglesia– confirman una realidad universal: el gozo de los padres –incluso de aquellos que se opusieron al principio tenazmente a la vocación de sus hijos– al verlos fieles en su camino.

Aún más en el cielo

En el invierno de 1856, Mamma Margarita cayó enferma. Viéndose morir, llamó a Don Bosco y el dijo: “Bien sabe Dios, hijo mío, lo mucho que te he querido, pero espero quererte aún más en el cielo”.

Sus palabras testimonian una consoladora realidad: el gozo de los padres que han sido generosos con sus hijos no acabará aquí. Los padres de los santos y de las almas entregadas a Dios los querrán aún más en la otra vida y contemplarán, con toda su grandeza, el influjo espiritual de la vida de sus hijos en miles y miles de almas. ¡Qué gozo el de Luis Martín, al ver desde el cielo “la lluvia de rosas” que provocó la entrega de su hija! ¡Qué alegría incomparable la de mamá Margarita al contemplar el crecimiento de aquel hogar espiritual que nació gracias a su esfuerzo! ¡Qué confusión alborozada la de Juan Bautista Sarto al comprobar cómo él, un pobre alguacil, contribuyó, sin saberlo, a enriquecer la Iglesia contemporánea de un modo profundísimo e incalculable!

También podemos imaginarnos a Teodora Theate, a Monna Lapa, a Juan Luis Bertrán, a Fernando Gonzaga, a la madre de Juan Crisóstomo, y a Pedro Bernardone y a tantos y tantos otros. También ellos gozarán al ver las maravillas que ha hecho Dios por medio de sus hijos. Y darán gracias a Dios porque, pese a sus lloros y lamentos, a sus amenazas y “pruebas”, sus hijos no les hicieron demasiado caso. Si hubieran llegado a hacerlo, la Iglesia y la humanidad no contarían –y ellos comprobarían la consecuencia negativa inmensa de sus actos– ni con santo Tomás de Aquino, ni con Santa Catalina de Siena, ni con San Luis Bertrán, ni con San Luis Gonzaga, ni con San Juan Crisóstomo, ni con San Francisco de Asís…

Resulta casi inimaginable el empobrecimiento que hubiesen acarreado –de conseguir sus propósitos– a la Iglesia en el ámbito de la teología, del papado, de la evangelización, de la espiritualidad, de la doctrina… Gracias a Dios, sus hijos fueron fieles a su vocación y las palabras de Jesús adolescente en el Templo resonaron en sus oídos con más fuerza que las de sus padres: “¿No sabíais que yo debo ocuparme en las cosas de mi Padre?”.

Alfonso Aguiló, “La vocación de los hijos”

1. La llamada divina, un gran don de Dios

  • La vocación es un don divino completamente inmerecido para cualquier persona; y para los padres, que Dios llame a sus hijos supone una muestra de un especial afecto por parte de Dios. Cuando Dios llama a un hijo para que se entregue plenamente a su servicio (en cualquiera de sus formas: en el sacerdocio, en la vida religiosa, en la entrega plena en medio del mundo, etc.), debe brotar en el alma un acto de acción de gracias, pues supone un verdadero privilegio.

    “Los padres deben acoger y respetar con alegría y acción de gracias el llamamiento del Señor a uno de sus hijos” (Catecismo Iglesia Católica, n. 2233).

  • Los padres cristianos que han entendido la vocación misionera de la Iglesia se esfuerzan por crear en sus hogares un clima en el que pueda germinar la llamada a una entrega total a Dios.

    “La familia debe formar a los hijos para la vida, de manera que cada uno cumpla con plenitud su cometido, de acuerdo con la vocación recibida de Dios. Efectivamente, la familia que está abierta a los valores trascendentes, que sirve a los hermanos con alegría, que cumple con generosa fidelidad sus obligaciones y es consciente de su participación en el misterio de la Cruz gloriosa de Cristo, se convierte en el primero y mejor semillero de vocaciones a la vida consagrada al Reino de Dios” (Juan Pablo II, Familiaris Consortio, n. 53).

  • Los padres no sólo deben respetar esa llamada, sino cultivarla y favorecerla, como enseña el Catecismo de la Iglesia Católica:

    “A la par que el hijo crece hacia una madurez y autonomía humanas y espirituales, la vocación singular que viene de Dios se afirma con más claridad y fuerza. Los padres deben respetar esta llamada y favorecer la respuesta de sus hijos para seguirla. Es preciso convencerse de que la vocación primera del cristiano es seguir a Jesús (cfr. Mt 16, 25).” (Catecismo Iglesia Católica, n. 2232)

  • Es una tradición cristiana recibir la vocación de un hijo como algo gozoso.

    Tantas veces esa vocación es el fruto de la entrega sin condiciones de sus padres. Así oraba San Agustín hablando sobre su madre, Santa Mónica:

    “Tu mano, Dios mío, en el secreto de tu providencia, no abandonaba mi alma. Día y noche, mi madre te ofrecía en sacrificio por mí la sangre de su corazón y las lágrimas de sus ojos” (San Agustín, Confesiones, V, 10-13).

  • Las últimas palabras de Santa Mónica antes de morir sintetizan admirablemente la tarea esencial de unos padres cristianos:

    “Sólo una cosa me hacía desear la vida todavía algún tiempo aquí abajo.

    Deseaba verte cristiano católico antes de morir. Dios me lo ha concedido con creces” (San Agustín, Confesiones, IX, 26).

  • El Espíritu Santo suscita vocaciones para la Iglesia habitualmente en el seno de las familias cristianas. Se sirve de un afán bueno: del “afán de mies” de esos padres cristianos, que aspiran a salvar miles de almas gracias al apostolado de sus hijos, muchas veces en lugares adonde ellos habían soñado llegar. Será un motivo particular de gozo para esos padres ver cómo la nueva evangelización que necesita el mundo es fruto de su respuesta generosa.

  • Gracias a esa respuesta generosa —de los padres y de los hijos— se hace realidad la nueva evangelización: la Iglesia está presente en nuevos países, se revitaliza la vida cristiana en muchos ambientes, y se aprecian signos esperanzadores, como el florecimiento de seminarios diocesanos, etc.

  • Muchos padres de familia se quejan de tantos males como aquejan al mundo: de la falta de recursos morales en la sociedad; de la falta de personas que puedan regenerar determinados ambientes; de la falta de ideales grandes en la vida de tantos chicos jóvenes; etc. La solución a esas faltas está, en gran medida, en la mano de los padres cristianos con verdadero afán misionero y apostólico, que se esfuerzan por dar a sus hijos una verdadera educación cristiana; por sembrar en su alma ideales de santidad; por ensanchar su corazón con las obras de misericordia, creando en torno a sí un ambiente de sobriedad y de trabajo. Las grandes crisis son crisis de santos: faltan santos.

  • Dios tiene sus tiempos, que no siempre coinciden con los nuestros.

    Y hay ideales que si no prenden en la primera juventud, se pierden para siempre.

    Es algo que sucede en el noviazgo, en la entrega a Dios y en muchos otros ámbitos. Hay proyectos que sólo pueden emprenderse en la juventud. Es en la juventud cuando surgen los grandes ideales de entrega, los deseos de ayudar a otros con la propia vida, de mejorar el mundo, de cambiarlo. Por eso, cuando una persona joven se plantea grandes ideales de santidad y de apostolado, las familias verdaderamente cristianas lo reciben con un orgullo santo.

  • Dios concede a los padres tantas veces una gracia pedida durante años en su oración. Esa decisión es un acto de libertad que germina en el seno de una educación cristiana. La familia cristiana se convierte así, gracias a la respuesta generosa de los padres, en una verdadera Iglesia doméstica, donde el Espíritu Santo suscita todo tipo de carismas y santifica así a toda la Iglesia.

  • Dios llama por caminos muy diversos. A muchos jóvenes les pide que se entreguen plenamente en el ejercicio de su profesión, célibes, para cumplir la misión divina de hacer llegar a todo el mundo la llamada universal a la santidad, mediante la santificación de su trabajo y de sus circunstancias ordinarias.

    “Queridos jóvenes, quisiera deciros a cada uno: si tal llamada llega a tu corazón, no la acalles (…) Hay —lo sabéis bien— una gran necesidad de vocaciones (…) de laicos comprometidos que sigan más de cerca de Jesús (…) La Iglesia se dirige a vosotros, jóvenes, y si el fruto de esta oración de la Iglesia llega a nacer en lo íntimo de vuestro corazón, escuchad al Maestro que os dice: Sígueme. No tengáis miedo y dadle, si os lo pide, vuestro corazón y vuestra vida entera” (Juan Pablo II, Cochabamba, Bolivia, 11.V.1988).

    2. Seguir la propia llamada de Dios, clave de la felicidad

  • Cuando se conoce la llamada de Dios, se conoce el sentido de la propia existencia. Con la llamada, se descubren los planes que Dios tiene para cada uno: para los hijos y para los padres. La felicidad, de los padres y de los hijos, depende del cumplimiento de los planes de Dios, que nunca encadenan, sino que potencian al hombre, lo desarrollan, lo dignifican, ensanchan su libertad, lo hacen feliz.

  • Para ser feliz, la clave es saber qué quiere Dios de mí, cuál es mi misión en la tierra. Bien lo entendía la madre de uno que por motivos apostólicos marchó a otro país:

    “Nunca se me olvidará lo que me comentó mi madre cuando me vine: Mira hijo mío, me gustaría mucho que te quedaras a mi lado, aquí, conmigo; pero mi felicidad es tu felicidad; y si tú eres feliz yéndote a Guatemala, yo soy feliz así. Esa idea me la repitió siempre, cada vez que iba a México, o hablábamos por teléfono: Víctor, me gustaría mucho tenerte a mi lado, pero te veo tan contento ahí, que mi felicidad es ésa: verte tan feliz.

    Ese es el deber de las madres cristianas –me decía–: no buscar sus propios deseos, sus propias ilusiones, sino la felicidad de sus hijos.” (cfr. Antonio Rodríguez Pedrazuela, Un mar sin orillas, p. 154-155).

  • Dios no se deja ganar en generosidad. Premia a los que le siguen —de nuevo, tanto a los padres como a los hijos— con el ciento por uno en esta vida y, después, con la vida eterna. Sólo en el Cielo podrán ver los padres los frutos que, a través de sus hijos, producirán en tantas almas a lo largo de los siglos su oración y su siembra generosa. Por otra parte, no le damos nada a Dios, que nos lo ha dado todo.

  • Una persona fiel a su vocación es instrumento en sus manos para la salvación de miles de almas (y se deberá, en mayor o menor medida, a esa generosidad previa de sus padres): personas de todo tipo a las que habrá ayudado a formarse, a ser mejores; familias en las que habrá más paz y más alegría gracias, en buena parte, a su celo apostólico; etc. Aunque lo más importante no es eso que se ve, sino, sobre todo, que esa persona ha correspondido al querer de Dios.

    3. El papel de los padres

  • Es natural que los hijos sean un tema constante en la oración de los padre..

    Desde la primitiva cristiandad, los padres sueñan con que sus hijos respondan generosamente al querer de Dios.

  • Aunque los padres cristianos deseen que no haya nada en su hogar que separe a sus hijos de Dios, no siempre lo logran plenamente, porque sus hijos, además de ser hijos de sus padres, son también hijos de su tiempo, de su formación escolar, de su ambiente cultural, de su entorno de amistades, etc.; y sobre todo, son hijos de su propia libertad. Por eso hay padres que sufren la cruz —como Santa Mónica durante tantos años— de ver como sus hijos, a los que han procurado educar cristianamente, están lejos de Dios.

  • Hay estilos de vida que facilitan el encuentro de los hijos con Dios, y otros que lo dificultan. Es lógico que los padres cristianos procuren que sus hijos tengan una cabeza y un corazón cristianos, y pongan los medios para que su familia sea una escuela de virtudes donde sus hijos —uno a uno— puedan tomar sus propias decisiones con madurez humana y espiritual, de forma adecuada a su edad. Por esa razón, Josemaría Escrivá decía que el noventa por ciento de la vocación de los hijos se debe a los padres, porque una respuesta generosa germina habitualmente sólo en un ambiente de libertad y de virtud.

  • Algunos padres se encuentran hoy con que sus hijos retrasan durante años determinadas decisiones (por ejemplo, casarse y formar una familia, abrirse camino en lo profesional, etc.). Otros padres se lamentan de que sus hijos ya mayores se resisten a dejar el hogar paterno porque encuentran allí todas las comodidades sin apenas responsabilidad.

  • Una buena formación cristiana se orienta hacia la decisión y el compromiso, y logra que los hijos sean capaces de administrar rectamente su libertad y asumir pronto responsabilidades y compromisos que suponen esfuerzo. Eso es siempre una muestra de madurez.

  • Los buenos padres desean ideales altos para sus hijos: en lo profesional, en lo cultural, etc. Se comprende que los padres cristianos deseen, además, que sus hijos aspiren a la santidad y no se queden en la mediocridad espiritual.

    En ese sentido, desean que sus hijos respondan plenamente a lo que Dios espera de ellos. Recordaba Juan Pablo II:

    “Estad abiertos a las vocaciones que surjan entre vosotros. Orad para que, como señal de su amor especial, el Señor se digne llamar a uno o más miembros de vuestras familias a servirle. Vivid vuestra fe con una alegría y un fervor que sean capaces de alentar dichas vocaciones. Sed generosos cuando vuestro hijo o vuestra hija, vuestro hermano o vuestra hermana decida seguir a Cristo por este camino especial. Dejad que su vocación vaya creciendo y fortaleciéndose. Prestad todo vuestro apoyo a una elección hecha con libertad” (Juan Pablo II, Nagasaki, Japón, 25.II.1981).

  • La elección de Dios constituye un motivo de un orgullo santo no sólo para los padre.: es también un motivo de alegría para los abuelos, hermanos, tíos, etc., y también para esos matrimonios a los que Dios no concede hijos pero son verdaderos padres espirituales de tantas almas entregadas a Dios.

  • Ante la entrega total a Dios de un hijo, la reacción lógica de quien se ha propuesto hacer de su matrimonio un camino de santidad, es agradecer a Dios ese inmenso don. Cuando los padres han creado un verdadero ambiente de libertad cristiana, es muy frecuente que Dios les bendiga en sus hijos.

  • Los padres tienen sus propios planes, sus proyectos para cada hijo. Pero lo que importa es que ese sueño coincida con la voluntad de Dios, con lo que Dios quiere para cada hijo. El gran proyecto es que sean santos y se ganen la felicidad eterna del Cielo. No hay proyecto más maravilloso que el que Dios tiene previsto para cada alma.

  • Los primeros barruntos de la entrega a Dios suelen producirse en la infancia.

    Esos barruntos dicen mucho del ambiente cristiano de una familia. Luego, en la adolescencia y en la juventud, es cuando suelen tomarse habitualmente las decisiones que determinan una vida (elección de carrera, noviazgo, entrega a Dios, etc.). Con su oración y su cariño, los padres cristianos deben secundar la entrega generosa de sus hijos. A veces, esa entrega supondrá la entrega de los planes y proyectos personales que los padres habían hecho. No es un simple imprevisto: es parte de su vocación de padres. En ese sentido, podría decirse que toda vocación es doble: el hijo que se da y los padres que lo dan; y a veces es mayor mérito de los padres que han sido llamados por Dios para dar lo que más quieren, para entregarlo con alegría.

  • Los padres cristianos siguen, al actuar así, el ejemplo de la Virgen y San José. Comentaba el Papa con este motivo la escena del Niño perdido y hallado en el Templo:

    “Jesús a los doce años ya da a conocer que ha venido a cumplir la divina Voluntad. María y José le habían buscado con angustia, y en aquel momento no comprendieron la respuesta que Jesús les dio (…). ¡Qué dolor tan profundo en el corazón de los padres! ¡Cuántas madres conocen dolores semejantes! A veces porque no se entiende que un hijo joven siga la llamada de Dios (…); una llamada que los mismos padres, con su generosidad y espíritu de sacrificio, seguramente contribuyeron a suscitar. Ese dolor, ofrecido a Dios por medio de María, será después fuente de un gozo incomparable para los padres y para los hijos” (Juan Pablo II, La Paz, Bolivia, 10.V.1988).

  • Es ley de vida que los hijos tiendan a organizar su vida por su cuenta..

    A algunos padres les gustaría tener a los hijos continuamente a su lado, hasta que comprenden que esto no es posible. Muchos, buscando su bien, les proporcionan una formación académica que les exige un distanciamiento físico (facilitándoles que estudien en otra ciudad, o que vayan al extranjero para que aprendan un idioma, por ejemplo). En otras ocasiones, son los hijos los que se separan físicamente de sus padres por razones académicas, de trabajo, amistad, noviazgo, etc. Y cuando Dios bendice un hogar con la vocación de un hijo, a veces también les pide a los padres una cierta separación física.

  • Sería ingenuo pensar que si esos hijos no se hubieran entregado a Dios estarían todo el día junto a sus padres. Además, bien sabemos que la mayoría de los chicos de esas edades buscan de modo natural un alto nivel de independencia.

    Por eso a veces pueden confundirse las exigencias de la entrega con el natural distanciamiento de los padres que suele traer consigo el desarrollo adolescente.

    Lo vemos quizá en la vida de otros chicos de su edad, cuando se niegan por motivos egoístas, o por simple deseo de independencia, a participar en algunos planes familiares.

  • Con el tiempo se comprueba que la entrega a Dios no separa a los hijos de los padres, aunque a veces exija una cierta separación física: les quieren más, porque Dios no separa, siempre une.

  • Con frecuencia la entrega a Dios (y no sólo en el sacerdocio o la vida religiosa) supone en determinado momento dejar el hogar paterno. Es natural que a los padres les cueste ese paso, y sería extraño que esa separación no costara, y a veces mucho. También aquí se manifiesta el verdadero espíritu cristiano de toda una familia.

  • En esos momentos, los padres no deben olvidar que también a los hijos les cuesta esa separación; y que puede resultarles tanto o más dolorosa que a ellos. Sin darles excesivas facilidades, no harían bien en ponérselo difícil.

    Santa Teresa ofrece en esto el testimonio de su propia vida:

    “Cuando salí de casa de mi padre, no creo será más el sentimiento cuando me muera; porque me parece cada hueso se me apartaba por sí; que, como no había amor de Dios que quitase el amor del padre y parientes, era todo haciéndome una fuerza tan grande, que si el Señor no me ayudara, no bastaran mis consideraciones para ir adelante. Aquí me dio ánimo contra mí, de manera que lo puse por obra” (Santa Teresa de Ávila, Libro de la Vida, cap. 4, 1).

    4. ¿Y no es demasiado joven? ¿Sabe bien lo que hace?

  • Es natural que los padres tiendan a pensar que sus hijos –tengan la edad que tengan– son demasiado pequeños para tomar decisiones.. Y que les parezca siempre que es demasiado pronto. Lo confirman los comentarios habituales de los padres cuando sus hijos se casan a edades normales: ¡son tan jóvenes!

  • Dios llama a las almas en diversas etapas de la vida: en la niñez, en la adolescencia, en la juventud…

  • A veces llama en la niñez:

    “Dios llama a cada hombre y su voz se deja sentir ya en el alma del niño” (Juan Pablo II, Carta a los niños, XII.1994).

    El Cardenal Arzobispo de Madrid, don Antonio María Rouco, contaba cómo Dios le llamó a los siete años:

    —Se dice, Don Antonio, que para que una persona se plantee una vocación tiene que ser ya madura, que sepa lo que hace…, y se mira con un cierto recelo que un chico joven o que un niño se pueda plantear la vocación.

    En ese sentido a un niño, a un adolescente que se está pensando la vocación, ¿qué le podría usted decir?

    —Pues que yo… ¡me planteé la vocación con siete años! Y no estoy exagerando nada. Yo a los siete años tenía unas ganas de ser cura… ¡locas! (…).

    A partir de ese dato de mi experiencia veo que, primero, uno nace ya con vocación. Es decir, uno nace por vocación. Esa vocación te acompaña toda la vida y se manifiesta en las condiciones y en las circunstancias propias de la evolución del chico, a través de las distintas edades.

    Un niño es capaz de responder a una vocación: como niño. Y esa respuesta la tendrá que traducir a una respuesta adolescente y a una respuesta madura cuando llegue el momento. Pero eso no quiere decir que no haya tenido vocación o que no haya podido responder a su manera. Yo creo que hay que respetar mucho esas vocaciones y esas respuestas: por amor al Evangelio y por exigencias del Evangelio. La Iglesia lo ha entendido siempre así y las ha cuidado mucho. Lo demás es una concepción demasiado…, digamos, prepotente: ¡la madurez personal!

    ¿Cuándo está uno maduro? Pues no lo sé. Naturalmente, se requiere un desarrollo biológico previo. Pero, ¿la madurez espiritual? ¿La madurez delante de Dios? ¿La capacidad de entrega? La puede tener un niño de una forma mucho más limpia, noble y total que una persona mayor ¿eh?” (Entrevista a D. Antonio Mª Rouco, Cardenal Arzobispo de Madrid, entrevista en Ecclesia, II.1996).

  • Otras, en la adolescencia:

    “En la vida de cada fiel laico hay momentos particularmente significativos y decisivos para discernir la llamada de Dios y para acoger la misión que Él confía. Entre ellos están los momentos de la adolescencia” (Juan Pablo II, Christifideles laici, n. 58).

  • Habitualmente, en la juventud:

    “Santo Tomás de Aquino (…) explica la predilección de Jesús hacia el apóstol Juan ‘por su tierna edad’, y saca de ahí la siguiente conclusión: esto nos da a entender cómo ama Dios de modo especial a aquellos que se entregan a su servicio desde la primera juventud” (Juan Pablo II, Pastores dabo vobis, n. 63).

    “Cristo tiene necesidad de vosotros, jóvenes! Responded a su llamada con el valor y el entusiasmo característico de vuestra edad” (Juan Pablo II, Alocución 27.XI.1988).

  • Cuando Dios llama a esas edades, los padres deben actuar con mucho sentido común y sentido sobrenatural. No pueden hacer una valoración exclusivamente terrena del misterio de la llamada divina; ni pensar por principio que cuando una persona joven toma una decisión de entrega a Dios lo hace por desconocimiento de la realidad o ignorancia del mundo.

  • El discernimiento de la llamada no es cuestión de experiencia humana o de conocimiento de otras realidades del mundo, sino, sobre todo, de madurez en el trato con Dios. Además, en la actualidad, para bien o para mal, lo habitual es que cualquier persona joven haya conocido ya, y no siempre positivamente, bastante de ese mundo al que se refieren esos padres.

    Los jóvenes deben afrontar hoy toda una serie de difíciles dilemas morales con los que la anterior generación no se enfrentó.

  • Lo importante es decir a Dios que sí cuando pasa a nuestro lado, como hizo el apóstol San Juan, que era muy joven, un adolescente. Dios llama habitualmente en la juventud, aunque también puede llamar en la ancianidad.

    Son significativas algunas actitudes ante la entrega que recoge el Evangelio: la de San Juan y la del joven rico.

  • La vocación no es programable: Dios llama como y cuando quiere. El cristiano no puede imponer a Dios su propio calendario. El mismo Señor nos habla en el Evangelio de las distintas llamadas a distintas horas del día, cada cual en el momento previsto desde la eternidad. Si fuera un simple “apuntarse” a una realidad humana (como sucede a la hora de elegir un club deportivo o una carrera universitaria, por ejemplo), sería natural estudiar las distintas posibilidades de elección, y programar los tiempos oportunos. Pero sólo Dios decide el momento de luz y de gracia.

    “No debe existir ningún temor en proponer directamente a una persona joven o menos joven la llamada del Señor. Es un acto de estima y confianza.

    Puede ser un momento de luz y de gracia” (Juan Pablo II, Alocución 13.V.1983).

  • En unos casos, Dios llama a persona con una larga experiencia humana; en otros no. Por ejemplo, no hace falta haber salido con varias chicas para decidirse por Dios; igual que no hace falta haber tenido muchas novias para encontrar la mujer con que uno debe casarse.

  • Sin embargo, no sería sensato desorbitar ese afán de que conozcan mundo poniéndoles en situaciones límite, desproporcionadas para su edad. Al tallo que crece no se le puede pedir que tenga la solidez del tronco, ni probarlo con hachazos.

  • Si, por la razón que sea, unos padres piensan que su hijo carece de la madurez necesaria para la entrega, lo normal será comentarlo con confianza a las personas que lo conocen. En estas edades de continuo cambio, es arriesgado pensar que uno mismo es el único que lo conoce bien. Es mejor contrastar opiniones.

  • Hay que discernir en cada caso concreto, sin presuponer por principio que el deseo de entrega de un hijo es un ímpetu juvenil, pasajero y superficial.

    En la actualidad es tan fuerte la presión que reciben en contra de la entrega, que una persona joven sabe bien que entregarse le supondrá mucha renuncia y mucho sacrificio. Por tanto, cuando un hijo está decidido a entregarse a Dios, más bien habría que presuponer por principio que es reflejo de una actitud generosa, madura, y no de un arranque infantil.

  • Los padres deben ayudar a los hijos a decidir con libertad. Las decisiones que determinan el rumbo de una vida, ha de tomarlas cada uno personalmente, con libertad, sin coacción ni presión de ningún tipo.

    “Los padres pueden y deben prestar a sus hijos una ayuda preciosa, descubriéndoles nuevos horizontes, comunicándoles su experiencia, haciéndoles reflexionar para que no se dejen arrastrar por estados emocionales pasajeros, ofreciéndoles una valoración realista de las cosas. (…) Pero el consejo no quita la libertad, sino que da elementos de juicio, y esto amplía las posibilidades de elección, y hace que la decisión no esté determinada por factores irracionales. Después de oír los pareceres de otros y de ponderar todo bien, llega un momento en el que hay que escoger: y entonces nadie tiene derecho a violentar la libertad. Los padres han de guardarse de la tentación de querer proyectarse indebidamente en sus hijos —de construirlos según sus propias preferencias—, han de respetar las inclinaciones y las aptitudes que Dios da a cada uno. Si hay verdadero amor, esto resulta de ordinario sencillo. Incluso en el caso extremo, cuando el hijo toma una decisión que los padres tienen buenos motivos para juzgar errada, e incluso para preverla como origen de infelicidad, la solución no está en la violencia, sino en comprender y —más de una vez— en saber permanecer a su lado para ayudarle a superar las dificultades y, si fuera necesario, a sacar todo el bien posible de aquel mal. (…) Los padres que aman de verdad, que buscan sinceramente el bien de sus hijos, después de los consejos y de las consideraciones oportunas, han de retirarse con delicadeza para que nada perjudique el gran bien de la libertad, que hace al hombre capaz de amar y de servir a Dios” (Josemaría Escrivá, Conversaciones, n. 104).

    5. ¿Y si luego no sigue adelante?

  • Todas las instituciones de la Iglesia tienen unos plazos para comprobar la madurez y la idoneidad de las personas que manifiestan una posible vocación.

    Así se les ayuda a crecer en la libertad de su decisión, para que su entrega sea siempre consecuencia de un querer seguro, consciente y responsable.

  • Aunque la vocación no es algo temporal, los candidatos son conscientes de que durante esa primera etapa están en un periodo de discernimiento de su vocación. Como es natural, han manifestado de modo claro y explícito el libérrimo convencimiento de que Dios les llama, y de que desean seguir esa llamada y entregarse a Dios para toda su vida, pero esto es compatible, como es lógico, con el hecho de que un tiempo después pueda comprobarse que alguno no es idóneo, y por tanto no deba seguir, porque no es su camino específico.

    Son vueltas y revueltas que Dios permite dentro del camino de la santidad y la salvación de esa persona.

  • Si alguno después no sigue, porque no era idóneo, no debe considerarse como un fracaso, ni como un tiempo perdido, sino más bien lo contrario: durante ese tiempo ha sido generoso, ha avanzado en su trato con Dios, ha recibido una amplia formación y ha luchado por vivir unas virtudes. Esto sin duda le ha ayudado y le ayudará mucho durante toda su vida.

  • Por tanto, no debe verse con inquietud la posible vocación de un hijo simplemente porque no hay certeza absoluta de que sea su camino, o ante la incertidumbre de que pueda no ser fiel a su vocación. Esa incertidumbre se da en todas las elecciones de la vida: desde el matrimonio a la vida profesional. Hay unos plazos para el discernimiento de la vocación, como existe el noviazgo antes del matrimonio. El temor al riesgo que entraña toda vocación es comprensible, pero ese riesgo existe siempre en casi todas las decisiones importantes de la vida.

  • No sería razonable culpar a la vocación de toda la rebeldía, del desaliento o de la alteración del ánimo que a veces son propias de la adolescencia, como tampoco lo sería considerarlos como síntomas claros de falta de vocación.

    La Iglesia espera de los padres cristianos comprensión y acompañamiento en el camino vocacional de sus hijos.

  • La Iglesia, maestra en humanidad, conoce y comprende las dudas e inquietudes que a veces sufren los padres cristianos: hay avances y retrocesos, vueltas y revueltas. Lo que les pide es que sigan siempre al lado de sus hijos, comprendiendo y alentando.

  • Sería una lástima someterse ingenuamente a las voces de alarma de algunos ambientes que demuestran poco espíritu cristiano, bien por su actitud contraria o por su tibieza. El ten cuidado, el no te pases de bueno, el egoísmo o la vanidad de querer tener los hijos siempre cerca o que hagan lo que los padres quieren, el deseo de tener nietos a toda costa, etc., son con frecuencia manifestaciones claras del fracaso del espíritu cristiano en una familia.

  • Algunos padres buenos desean que sus hijos sean buenos, pero sin pasarse, sólo dentro de un orden: los llevan a centros educativos de confianza, desean que se relacionen con gente buena, en un buen ambiente, etc., pero ponen todos los medios para que esa formación no cuaje en un compromiso serio. Esas actitudes denotan un egoísmo solapado y un exceso de dirigismo, y pueden desembocar en problemas serios a medio o largo plazo. Los padres que favorecen que sus hijos se formen en un ambiente abierto, y se aireen, y adquieran experiencia —en el sentido peyorativo de esas palabras—, no deberían extrañarse de los riesgos de la opción que han elegido (alcoholismo, fracaso escolar, drogas, relaciones no deseadas, etc.). Del mismo modo, los padres que favorecen una formación cristiana no deberían extrañarse tampoco de cualquiera de las posibles continuaciones lógicas de esa formación. Desgraciadamente hay experiencias de padres que ponen el freno y se retraen cuando su hijo se plantea ideales más altos; y de algunos que incluso hacen lo posible por dificultar esa vocación; y es frecuente que después se lamenten de un giro radical en el pensamiento y la conducta de su hijo. Hay que recordar de nuevo que el punto óptimo de bondad no es el que nosotros establecemos con un cálculo humano, sino el que determina la voluntad de Dios en conjunción con la libertad de cada hijo.

    6. Una solicitud que no acaba nunca

  • Cuando un hijo se entrega a Dios, los padres tienen por delante una tarea que no acaba nunca. No deben desentenderse de su educación, pensando que en otras instancias ya se ocupan de él, sino al revés: tienen la responsabilidad bendita de afianzar y sostener su entrega, especialmente cuando es aún joven.

    Tienen ante ellos —no en sus manos, porque no es suyo, sino de Dios— algo sobrenatural, misterioso y frágil. Deben acoger con una estima grande esa actitud generosa de su hijo, y apoyarle con su oración y su cariño, esté cerca o lejos.

  • También debe tenerse en cuenta la vocación del hijo a la hora de programar los planes de vacaciones, ambientes en que se mueven, etc. No se trata, lógicamente, de meterle en un —imposible— invernadero, sino de no exponerle innecesaria y tontamente a riesgos que pueden hacerle daño. En la duda, es mejor ahorrarle situaciones de tensión: ya le proporciona bastantes el ambiente en que normalmente se mueve. Lo lógico es que, entre los que le quieren, el chico encuentre ayuda y comprensión, no dificultades. Hay que procurar que se eduque en un ambiente favorable, pues ya tiene sobradas oportunidades de conocer lo que no le conviene.

  • La misión de los padres, antes y después de que los hijos sientan la llamada de Dios, es de gran importancia.

    Alfonso Aguiló