Gonzalo Herranz, “El mito del preembrión”, Diario Médico, 8.II.06

El preembrión, conviene decirlo así de claro, es una ficción, un mito, un desfiguramiento de la realidad. Y es también un anacronismo. Y, sin embargo, parece que pronto lo vamos a ver embutido por segunda vez en nuestra legislación. Nuestros diputados lo harán por decreto y credulidad, no por ciencia. En este breve artículo trataré de hacer un esbozo de la compleja historia del mito. Me gustaría que sirviera para iniciar, en las páginas de DM, un diálogo clarificador con quienes piensan de otro modo.

El lugar de nacimiento de un concepto La expresión pre-embrión fue acuñada por Penelope Leach, psicóloga y autora de deliciosos cuentos infantiles, en una sesión de la Voluntary Licensing Authority británica, en 1985. Pero, antes de creada la palabra, existía ya el concepto. Se hablaba tiempo atrás de que, en el curso del desarrollo del ser humano, los primeros catorce días son un tiempo especial, pues en ellos el embrión carece de los caracteres ontológicos o biológicos que titulan para el trato que se da y los derechos que se asignan a los otros seres humanos.

No fueron médicos, biólogos, juristas o filósofos los inventores del concepto, sino ciertos moralistas católicos desengañados por la doctrina de la Encíclica Humanae vitae, de Pablo VI (1968). En ella, el Papa no habla ni de píldora ni de embriones. Pero estaba claro ya entonces que la píldora y los dius podían impedir la anidación. Para declarar inocentes esos procedimientos de contracepción era necesario implantar la idea de que malograr embriones humanos de menos de dos semanas era acción moralmente irreprochable.

Y, así como ciertos organismos médicos (el ACOG, la FIGO y la OMS) recurrieron a redefinir la gestación para que nadie pudiera hablar de abortos contraceptivos, los moralistas echaron mano de la gemelación monocigótica como argumento irrefutable para mostrar que el embrión de menos de 14 días carece de consistencia metafísica, biológica y ética. Razonaban así: todo hombre es un ser individual, uno y único; es así que el embrión puede, hasta los 14 días, dividirse en dos o más individuos; ergo, el embrión de menos de 14 días no es todavía un ser humano individual de pleno derecho. De ese modo, y en contra de la doctrina de Humanae vitae, el uso de la píldora podría tenerse por lícito.

El salto al mundo secular En 1979 el Comité Asesor de Ética del Departamento de Salud, Educación y Bienestar de los Estados Unidos recibió el encargo de determinar si y en qué condiciones se podía subvencionar con dinero federal la investigación sobre fecundación in vitro. El año anterior, 1978, había nacido en Inglaterra la primera niña probeta. Formaba parte del Comité el padre Richard McCormick. Él ha contado cómo, apoyándose en un extenso informe encargado por el comité al teólogo moral Charles E. Curran, propuso introducir en las recomendaciones finales del comité que la investigación sobre embriones humanos de menos de 14 días fuera tenida como norma pública aceptable. De este modo, el concepto de los moralistas entró en la bioética secular, donde triunfó de modo arrollador.

Del trampolín del Comité Asesor norteamericano, la idea de los 14 días saltó al Estado de Vitoria, en Australia (Comité Waller, 1982) y al Reino Unido (Comité Warnock, 1984). Sobre la marcha, al argumento de la gemelación monocigótica se sumaron otros. Los australianos distinguen el día 14 como momento en que “se forma la línea primitiva y entonces es claramente evidente la diferenciación del embrión”. Eclécticamente, el Informe Warnock acumula razones en el día 14: es el comienzo del desarrollo individual porque ya no cabe gemelación después de él, porque la línea primitiva es el resello de esa individualidad, porque ese día marca la terminación del estadio implantatorio.

Después de Warnock, el concepto de preembrión y la divisoria de los 14 días obtuvieron un crédito muy amplio, casi universal: se han convertido en artículo de fe de normas éticas y reglamentos legales.

Un concepto que amenaza ruina Impera en los libros de texto de Embriología y Obstetricia una doctrina sobre la cronología de la gemelación en 14 días, basada en la correlación entre momento supuesto de fisión del embrión y estructura de las envolturas fetales. Se trata de una mera hipótesis, cierto que sumamente racional, pero jamás demostrada. Es uno de esos idola tribus médicos, que duran y se transmiten, pero que nadie comprueba. Por lo que dan a entender las recientes investigaciones sobre la compleja arquitectura del embrión inicial, es, muy probablemente, falsa.

La línea primitiva no marca el comienzo de la diferenciación. Ésta viene de mucho antes. La embriología reciente (ver, p. ej., Smith A. The Battlefield of Pluripotency. Cell 2005;123:757-760) está haciendo polvo muchas ideas viejas: la del cigoto como una esfera amorfa, la de la mórula como un colectivo de blastómeros idénticos entre sí, la del blastocisto como yuxtaposición de dos poblaciones. En éste están definidos ya el trofectodermo, el endodermo primitivo, el epiblasto. La línea primitiva marca simplemente el lugar de migración de esas células, pero no es, como se pretende, una especie de artilugio que induce la primera diferenciación celular en el embrión.

Y ¿qué decir del final de la implantación? Datarlo hasta el día 14 es una exageración. Con una mirada libre de prejuicios, los cortes histológicos de embriones muy jóvenes muestran que eso ocurrió unos cuantos días antes. Es poético, no científico, decir que sólo el día 14 la anidación se constituye en símbolo de la aceptación materna.

Poder legislativo y razón científica En 2006, un parlamento que diga que “a efectos de esta Ley, podrán usarse embriones humanos de menos de 14 días en proyectos de investigación aprobados por los organismos competentes” estará ejerciendo su potestad, políticamente correcta, aunque censurable éticamente. Incurriría, en cambio, en un abuso si sostuviera que la norma se basa en el concepto científico de preembrión. No vale hoy ese concepto. No son válidos los argumentos que ligan día 14 con la gemelación monocigótica como marcador de la individualidad, con la formación de la línea primitiva como marcador de la diferenciación del embrión, con el término de la anidación como símbolo de aceptación.

En una tribuna de DM el espacio disponible es siempre poco; hay que hablar esquemáticamente. Lo que he querido decir es sencillo: la noción de preembrión es una idea política con pies científicos de barro. El progreso de la embriología es la piedra que rodó monte abajo y rompió el pedestal de barro. El constructo se ha derrumbado. ¿Por qué mantener un muerto en la legislación? Gonzalo Herranz. Profesor honorario. Departamento de Humanidades Biomédicas. Universidad de Navarra.

Oriana Fallaci, “Nosotros los caníbales (investigación con embriones)”, El Mundo, 9.VI.05

Italia celebrará un referéndum los días 12 y 13 de junio donde los ciudadanos de ese país decidirán si quieren que se permita la investigación con embriones humanos, si se profundiza el desarrollo científico en áreas como la fertilización asistida y las pruebas con células madres. A raíz de la consulta a la población, la escritora Oriana Fallaci publicó en el Corriere della Sera un artículo que EL MUNDO reproduce íntegro por la actualidad que posee el tema en nuestra sociedad y la necesidad de un debate entre ciudadanos debidamente informados. En Italia se votarán cuatro cuestiones de una ley considerada muy rígida. El primer punto permitirá derogar el artículo que impide la investigación sobre embriones -el asunto más controvertido-; mientras que los tres capítulos restantes son mucho más técnicos y dependerán, en esencia, del primero.

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Rafael Rubio, “El embrión”, La Razón, 25.V.05

En las últimas semanas una serie de noticias amenazan con eliminar totalmente la protección jurídica que en nuestro país se concedía al embrión. La aprobación del Proyecto de ley de reproducción asistida, y el anuncio de la futura legalización de la clonación en España son las más importantes. El Gobierno ha visto, en las expectativas generadas por estos avances, su oportunidad para reducir la discusión a un simple problema de eficacia, como si lo que antes era malo ahora, que es posible, es tremendamente beneficioso, ignorando la reciente condena de las Naciones Unidas a cualquier tipo de clonación.

Con este fin venimos asistiendo a distintas estrategias de confusión que requieren alguna aclaración. No hay dos tipos de clonación: ambas consisten en crear vida humana en el laboratorio, de manera artificial, implantando en un óvulo sin núcleo, el núcleo de la persona a clonar. Una vez creado el nuevo embrión, genéticamente idéntico a la persona que le dio origen, se puede optar por utilizar sus células para la investigación, o implantarlo en el seno materno para obtener una nueva persona.

Otra estrategia de confusión es hablar de células madre adultas y células madre embrionarias como si todas fueran lo mismo. La diferencia es esencial, mientras que las primeras se extraen de órganos de las personas como el cordón umbilical, las segundas se obtienen de la destrucción de embriones, obtenidos de la fecundación invitro o por medio de la clonación. Siempre que se logra un nuevo avance científico con la aplicación de células madre adultas, aquellas que no requieren la eliminación de embriones para su obtención, se habla del genérico células madre, para presentar el logro como fruto de la investigación con embriones que, a día de hoy, no ha producido ningún resultado médico. La tercera táctica es rebajar la dignidad del embrión, que se describe como una «minúscula pelota de unos cientos de células que carecen de cualquier rasgo identificable como humano», aunque posea la carga genética completa que tiene el ser humano y, si se implantara en el seno materno se desarrollaría hasta su nacimiento.

Así, ante la manipulación de la información, no es de extrañar el desconcierto de la sociedad, a la que se pregunta ¿quiere usted renunciar a la curación de enfermedades degenerativas? sin explicarle como será esa curación, ni su precio. ¿Inconsciencia? ¿desinformación? O simplemente engaño.

Rafael Rubio es Profesor de Derecho Constitucional

Aquilino Polaino, “Aspectos psiquiátricos en torno a los embriones congelados”, Arbil, 27.IX.04

Entrevista al Prof. Dr. Aquilino Polaino-Lorente, Catedrático de Psicopatología, director del departamento de Psicologia de la Universidad San Pablo Ceu y autor de muchas de las principales obras sobre diversos aspectos de la materia. Entrevista de Jesús Romero-Samper sobre “Aspectos psiquiátricos en torno a los embriones congelados y la investigación con sus células troncales”.

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Ignacio Sánchez Cámara, “Los términos del problema (clonación)”, ABC, 14.VIII.2004

La admisión de la clonación terapéutica entraña un grave problema moral. Lo primero ha de ser atenerse a los hechos y plantear con claridad los términos del problema. El lector atento y con buen criterio extraerá la solución, que no debe confundirse con «su» solución, pues el relativismo cuela ya de tapadillo la suya errónea: todo es relativo; luego, haga cada cual lo que mejor le parezca. El análisis de todo problema moral debe partir del respeto a los hechos. ¿Qué es lo que se debate? En este caso, se trata de determinar si es lícito crear un embrión clónico para utilizarlo en investigación de terapias contra enfermedades hoy incurables, y destruirlo después. Dejemos de lado las serias dudas que existen sobre la eficacia de estas terapias y la posibilidad de la existencia de tratamientos alternativos. ¿Es o no lícito moralmente hacerlo? ¿Deben autorizarlo los Estados? ¿Es compatible con la dignidad que conferimos a la vida humana, o con la que ésta posee de suyo? El siguiente paso bien podría ser rechazar lo que no está en discusión, los falsos planteamientos y las eventuales falacias. No se trata de una cuestión religiosa que afecte al ámbito de la fe y enfrente a creyentes y no creyentes. Tampoco se puede saldar el debate apelando al oscurantismo de quienes se oponen al avance de la ciencia, entre otras razones porque quienes argumentan así sí rechazan, muchas veces sin argumentos, la clonación reproductiva. Quienes se opusieron a la eugenesia nazi no fueron oscurantistas. Ni cabe zanjar el debate esgrimiendo la insensibilidad hacia el dolor de quienes oponen reparos morales. No hay debate auténtico cuando falta la buena fe. Ni tampoco cuando ningún interlocutor está dispuesto a atender los argumentos ajenos y descarta toda posibilidad de ser convencido. LO que verdaderamente se dirime es si es lícito fabricar un embrión clónico para curar y ser destruido. Argumentarán a favor quienes antepongan la salud y la vida del adulto frente a la dignidad de la vida embrionaria o quienes nieguen que la clonación atente contra ella. Se enfrentan aquí, como en tantos otros casos, distintas concepciones sobre la realidad, la moral y el valor de la vida humana, distintos planteamientos sobre la relevancia de la autonomía de la voluntad, la dignidad del hombre, la valoración exclusiva de las consecuencias de la acción, la justificación de los medios por el fin, la idea del deber o la afirmación de la existencia de acciones intrínsecamente buenas o malas. En suma, se enfrentan diferentes concepciones filosóficas con distintos órdenes de jerarquía de valores. Aunque no sea fácil, no debemos resignarnos a la inexistencia de un debate genuino. No valen ni la descalificación previa, ni el mero recurso al consenso, tan socorrido para políticos con convicciones anémicas. Ni tampoco la superficialidad antifilosófica. LAS disquisiciones sobre cuándo el embrión llega a ser persona me parecen alambicadas y, a veces, desembocan en meras disputas sobre palabras. La diferencia entre una célula madre y un adulto de, por ejemplo, sesenta años es patente. Pero también lo es que el embrión clonado es idéntico a lo que un día fue la persona cuya vida se intenta salvar mediante su fabricación. En cualquier caso, no se trata de un debate que enfrente a ilustrados y oscurantistas, sino a quienes sustentan diferentes concepciones acerca del valor de la vida embrionaria, una más laxa y otra más estricta, o, si se prefiere, una que defiende el valor intrínseco de la vida y otra que lo niega.

Recopilación de artículos de ARVO sobre fecundación in vitro

Pinchar aquí para ir a la recopilación de artículos de ARVO Temas tratados: -Embriones humanos «congelados»… -Más luz sobre la Ley de reforma de Reproducción Asistida y de la Nota de la Conferencia Episcopal Española. -Instrucción «Donum vitae» sobre el respeto de la vida humana naciente y la dignidad de la procreación. -De Hipócrates a Kevorkian: ¿Hacia dónde va la Ética Médica? -Persona y dignidad. -Aportaciones más recientes en torno al debate sobre los embriones humanos, su estatuto en las diversas situaciones, el uso terapéutico de las células madre, la reproducción asistida, etc. -La situación biológica primordial del ser humano engendrado y del producido mediante la fecundación in vitro (FIVET).

-El respeto y las afrentas a la dignidad humana -Experimentación con embriones sobrantes. Las vidas humanas no valen menos porque nadie las llore. Gonzalo Herranz.

Gonzalo Herranz, “El sacrificio de prisioneros de guerra y los embriones congelados”, PUP, 7.XI.02

El autor -Director del Departamento de Humanidades Biomédicas de la Universidad de Navarra- se pregunta si son reales las expectativas que ofrece a la medicina la investigación con embriones congelados excedentes de FIV. A este planteamiento añade otro de un gran calado ético, como es el de la dignidad humana. Estos embriones, aunque están abocados a su desaparición, tienen igual dignidad que el resto de seres humanos. Las clínicas de FIV deberían defender sus vidas.

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Emilio Sanz, “Pisar la raya”, La Tribuna, 15.XI.02

Confieso públicamente que, cada vez que sale una nueva novela de John Grisham, (ese abogado estadounidense que cambió la toga por la pluma, y del que los fabricantes de chistes de abogados dirían que dejó de contar historias en los tribunales para contarlas en las novelas), cada vez que sale una nueva, digo, intento conseguírmela cuanto antes y me la leo en “dos patás”.

Pues resulta que, en una de las últimas de Grisham, se hace una descripción bastante buena de un hombre sin norte, que eso son los negociantes tramposos de las novelas, y el último rasgo del retrato viene a decir que “era uno de esos tipos que borró la raya, de tanto pisarla”.

Me he acordado de esto del pisar la raya al informarme sobre la cuestión de la clonación terapéutica.

La empresa estadounidense “Advanced Cell Technology” ha sido la primera en acercar el pie a la raya anunciando la posibilidad de utilizar embriones nacidos de un proceso de clonación humana, para obtener células madre, y con estas últimas tratar a pacientes con enfermedades degenerativas.

Pues bien: lo que propone el citado laboratorio norteamericano es aprovechar esos embriones humanos que pretende crear mediante clonación, para sacarles las células de su disco embrionario (células madre) y, después de una serie de procesos y cultivos, trasplantar esas células a un enfermo. Hay que decir que para poder extraer el disco embrionario, el embrión en cuestión debe morir.

El proceso sería el siguiente: 1.- Tomar una célula del paciente y clonarla. De ahí se obtiene un embrión humano; 2.- Cultivar ese embrión en un laboratorio durante unos días, el tiempo suficiente para que se le puedan separar las células de su disco embrionario (las famosas células madre). El embrión muere, y ya tenemos células madre; 3.- Esas células son tratadas para evitar su envejecimiento, y luego se transforman en células del tipo que necesita el enfermo: nerviosas, musculares, o del tipo que sea; y 4.- Se hace el trasplante, y se tiene cuidado de que no haya rechazo y de que las células trasplantadas se integren funcionalmente en el cuerpo del enfermo.

Dicen los científicos que, de todos estos pasos, ahora mismo sólo se sabe cómo hacer el segundo de ellos, porque se ha ensayado sobre embriones “sobrantes” de fecundaciones in vitro. Pero los demás pasos, no se sabe cómo hacerlos. Estamos, pues, en condiciones de hablar, por ahora, sólo de experimentos. Resulta curioso que ya han corrido ríos de tinta sobre este tema, pero en discursos de políticos, en artículos de periodistas, y en anuncios de empresas: artículos científicos hay sólo media docena.

A mí me ha quedado bastante claro que se trata de crear un ser humano mediante la técnica de la clonación, para luego extirparle un trozo. Con esa extirpación el ser humano se muere, pero se muere “por una buena causa” como es que se cure su progenitor biológico. Como si la bondad de la intención justificase la barbaridad de crear un ser humano con la única finalidad de luego matarlo para aprovechar sus despojos. Suena muy fuerte, pero porque es muy fuerte. Digan lo que digan los diputados y los ministros de letras, un embrión humano es un ser humano. Para evitar la asociación de ideas, a veces dicen “conjunto de células”, en vez de embrión. Pero es lo mismo: un ser humano.

Pensemos un poco. Siempre que surge la controversia ética/ciencia existe la tentación de admitir que el fin justifica los medios. Con el señuelo del progreso y con el dolor de la pena que da un enfermo, nos plantean que hay que hacer lo que sea para llegar a la solución. Y ese “lo que sea” es el que suscita el debate ético. Y, si no se tienen las ideas claras, se puede ir tapando la verdad a base de echarla encima paladas de sentimentalismo que ahoguen a la verdad misma.

Cuando hay en juego vidas humanas, y no sólo vidas humanas sino la concepción que en la sociedad se tiene acerca de su naturaleza y de su valor, es mejor mantenerse muy lejos de aquella raya de la que hablábamos al principio, no vaya a ser que, de tanto pisarla, la borremos.

Y lo mejor del caso es que, paralelamente, se están haciendo experimentaciones clínicas en las que, en vez de obtener células madre de un embrión, se obtienen de un organismo adulto, extracción ésta que no mata a nadie, con lo que no parece que sea necesario cultivar embriones. La pregunta es la que todo el mundo tiene en la cabeza: Entonces, ¿por qué tanto interés en los “experimentos” con embriones humanos? La respuesta no la tienen los diputados de letras, ni los periodistas, ni siquiera los científicos. Pero podría estar en que a esa empresa le interese económicamente ir acercándose a la raya, con el riesgo para todos de que, en un descuido, la pise, y la termine borrando. La estrategia sería, así, perfecta: se busca un motivo terapéutico, se desarrolla la técnica, se comercializa, y la propia dinámica de las cosas irá extendiendo su uso a otros fines menos terapéuticos.

Lo dicho: por favor, es mejor que nadie pise la vida.

Publicado en La Tribuna de Ciudad Real, 15.XI.02 Tomado de www.sanz.biz

Massimo Introvigne, “Los raelianos, una religión atea tras el anuncio de la clonación”, 14.I.03

Massimo Introvigne Director del Centro de Estudios para las Nuevas Religiones.

VILNIUS, 14 enero 2003 (ZENIT.org).- El anuncio del nacimiento por clonación de un bebé hecho público por «Clonaid», empresa basada en Las Vegas, cuyo fundador ha dado también origen a la «secta» de los Raelianos, ha atraído la atención del mundo sobre este grupo poco conocido.

Para comprender mejor lo que se esconde detrás del anuncio, Zenit ha entrevistado a Massimo Introvigne, director del Centro de Estudios para las Nuevas Religiones (http://www.cesnur.org), en Vilnius (Lituania), donde prepara la Conferencia mundial 2003 de esta institución (10 al 12 de abril).

–¿Cómo ha nacido esta secta? ¿Quién es Rael? –Massimo Introvigne: Ante todo quisiera dejar claro que yo no utilizo la palabra «secta», que hoy por hoy ha adquirido un significado más polémico que científico. Claude Vorilhon, que se encuentra en el origen de los Raelinos, nace en Vichy, en 1946. Apasionado de automovilismo, funda y dirige una revista deportiva dedicada a los automóviles. El 13 de diciembre de 1973, en el cráter de Puy de Lassolas, uno de los volcanes que destacan en Clermont-Ferrand, entra en «contacto» (al menos eso es lo que dice) con un extraterrestre, del tamaño de un niño, que le invita a subir abordo de un OVNI, donde le revela la verdad sobre el Antiguo y el Nuevo Testamento, que será completada por sucesivas revelaciones.

Según estas revelaciones, hace muchos años, extraterrestres semejantes a los hombres, aprendieron a crear la vida en laboratorio. Una parte de los habitantes del planeta se escandalizó del descubrimiento, y obligó a los científicos a continuar sus experimentos en un planeta lejano, la Tierra. Aquí los Elohim (es decir, los extraterrestres, «los que vinieron del Cielo», según la palabra utilizada en la Biblia, impropiamente traducida por «Dios») crean a los hombres por clonación, a su imagen y semejanza. Después, sorprendidos por la agresividad de sus creaturas, les desterraron del «laboratorio», el «Paraíso terrestre».

Sin embargo, después, algunos Elohim se unen con mujeres terrestres, dando origen así al pueblo judío. Mientras tanto, en el planeta de los Elohim, un grupo de oposición –guiado por Satanás– piensa que en la Tierra han sido creados seres peligrosos, y pide su destrucción. Las tesis de Satanás prevalecen, y es provocado el diluvio (en realidad un bombardeo atómico). Un grupo de Elohim, sin embargo, logra salvar a algunas criaturas en el Arca de Noé (una nave espacial). Después del diluvio, los Elohim se dan cuenta de que han sido creados a su vez por seres venidos de otro planeta (y así al infinito) y hacen el voto de no destruir nunca más a la humanidad. Es más, envían a la Tierra mensajeros (Moisés, Jesús –nacido de la unión entre el jefe de los Elohim y una terrestre–, Buda, Mahoma, y otros) para revelar la verdad, aunque en un inicio de forma alegórica y velada.

Pero en 1945, el año de la explosión atómica de Hiroshima y de la concepción de Vorilhon, comienza la época del Apocalipsis: la «revelación», la época en la que la verdad puede ser presentada en términos científicos, y no alegóricos.

El extraterrestre impuso a Vorilhon el nombre de «Rael» («el mensajero», en francés se escribe con diéresis, Raël) y le da una serie de consejos para la humanidad de nuestro tiempo.

En 1974, Rael publica «El libro que dice la verdad» y funda el MADECH (Movimiento para la Acogida de los Elohim creadores de la humanidad). Dentro del MADECH surgieron desacuerdos entre apasionados en OVNIS, curiosos, y los seguidores de Rael en lo que se refiere a la creación de una nueva religión atea. Por este motivo, en 1975, Rael dejó el MADECH. El 7 de octubre de 1975, en el Roc Plat, en Brantôme, se encuentra de nuevo con extraterrestres y esta vez le permiten visitar incluso el planeta de los Elohim.

Surgen así nuevas revelaciones, en las que se dice, entre otras cosas, que Rael es el fruto de una relación entre el jefe de los Elohim, Yaveh, y su madre, secuestrada en un platillo volante e inseminada como de hecho lo fue la madre de Jesús), que recogió en varios volúmenes. En 1976, Rael funda el Movimiento Raeliano.

Después del éxito de una gira de conferencias celebrada en ese mismo año, Rael se fue a vivir a Québec (Canadá), tierra particularmente tolerante con las minorías religiosas, donde estableció el centro internacional del Movimiento Raeliano internacional, al que en 1998 dio el nombre de Religión Raeliana.

–¿Cómo se organizan los Raelianos? –Massimo Introvigne: El movimiento tiene una organización jerárquica que hace una distinción entre la «Estructura», compuesta por unos 1.500 miembros más involucrados en el movimiento, que tiene en la cúpula a los Guías, y los simples miembros (unos 50.000). Dentro de la Estructura, hay seis niveles: comienzan por el Ayudante animador, Animador, Asistente Guía, Guía Sacerdote, Guía Obispo y, por último, Guía Planetaria o «Guía de los Guías» (cargo desempeñado por Rael). En los años noventa, se creó también una «orden» religiosa, sólo para mujeres, la Orden de los Ángeles de Rael. En ella hay ángeles «rosas» (por ahora sólo seis) y «blancos» (más de 160), con el objetivo de atender afectiva y sexualmente a Rael (así como a los 39 profetas y Elohim, pero sólo cuando los profetas y Elohim regresen a la Tierra), y difundir el mensaje raeliano entre las mujeres que no forman parte del movimiento. El regreso de los Elohim está previsto para el 2035. Los raelianos proyectan construir una embajada para acogerlos (quizá no puedan hacerlo en Israel, lugar previsto en un primer momento, por encontrar enormes dificultades). Este proyecto era preparado también por las actividades de Ovnilandia, una especie de museo propagandista sobre ovnis en Valcourt (Québec), pero cerrado en 2001. En Francia, los raelianos han sido uno de los objetivos principales del movimiento contra las sectas, pero han reaccionado con firmeza, obteniendo incluso algún éxito importante en los tribunales.

–¿Qué enseña Rael? –Massimo Introvigne: Los Elohim, creadores del hombre, habrían revelado a Rael todos los elementos para fundar su «religión atea»: no existe ni Dios ni alma, ni Paraíso ni Infierno. Tras la muerte, quienes lo merecen, serán «vueltos a crear» en el planeta de los Elohim. Para lograrlo, es necesario que un Guía (un dirigente raeliano) transmita el plan celular del fiel a los Elohim, en una ceremonia especial, y que en el momento de su muerte el hueso frontal (del que comenzará de nuevo la «re-creación») sea entregado al jefe del movimiento (el Guía de los Guías: Rael). La extracción del hueso frontal ha obligado a hacer acuerdos específicos entre la Religión Raeliana y algunas agencias de pompas fúnebres. Entre los consejos prácticos de los Elohim, hay algunos de carácter por así decir político, entre los cuales se encuentra el de la «geniocracia», es decir, el electorado activo y pasivo debería componerse sólo por personas con un coeficiente intelectual superior. Respondiendo a las críticas, Rael ha presentado la geniocracia como una utopía clásica, propuesta como ideal provocador, pero que no está destinado a ser realizado literalmente.

–¿Qué es la clonación para los Raelianos? –Massimo Introvigne: La clonación, como hemos visto, es la manera en que, según las revelaciones de Rael, han sido «creados» (en realidad, más bien «fabricados» en laboratorio) los seres humanos por los extraterrestres. Estos últimos, a su vez, fueron un día clonados basándose en otros extraterrestres, y así hasta el infinito. Rael no nos dice de dónde proceden los primeros extraterrestres, que deberían conformar el origen de toda la cadena. Por tanto, al clonar a los hombres, no hacen más que repetir el experimento de los extraterrestres del que son el producto. Hay que aclarar que la auténtica clonación sería la que consiste en reproducir al hombre adulto en el mismo estado en que se encuentra, es más, en un estado mejor, libre de las enfermedades y la vejez. Según Rael, no se trata de la clonación que del hombre saca un bebé. Ésta es sólo un primer paso.

–¿De dónde viene esta fascinación por el progreso científico sin ética tan típico de los Raelianos? –Massimo Introvigne: Según Rael (Claude Vorilhon, fundador de los Raelianos), los extraterrestres enseñan que, en cuanto creaciones suyas, los hombres no están llamados a limitar las posibilidades de la ciencia, es más, tienen que tratar de aprovechar todas las posibilidades que los extraterrestres han inscrito en su cuerpo y en su mente: por este motivo, a partir del año 2000, lanzaron los experimentos de clonación humana. Esta idea, según la cual no existen límites éticos a la ciencia y todo lo que es técnicamente posible es automáticamente lícito, ha hecho que algunos investigadores que no soportan los límites de la ética y de la ley se sientan atraídos y pasen a formar parte de las filas de los Raelianos. Por otra parte, si los hombres son creaciones de laboratorio, no tienen ningún deber de reprimir sus deseos o su sexualidad. La Religión Raeliana desconfía del matrimonio, considerándolo un contrato inútil, y enseña la máxima libertad sexual, según la cual, la sexualidad puede manifestarse libremente, siempre y cuando no se abuse de los demás. La propaganda explícita de los Raelianos por la masturbación, el control de los nacimientos, las relaciones prematrimoniales (con frecuencia con tonos anticatólicos, manifestadas en los «condon-autos», es decir, coches especiales encargados de distribuir preservativos ante las escuelas canadienses, u operaciones de distribución de preservativos durante el Jubileo), ha aparecido en las crónicas de Quebec y de otros países. La «meditación sensual», enseñada por Rael, que en realidad no se reduce a los aspectos sexuales, sino que busca la restauración de la armonía entre el hombre y el cosmos, promete entre otras cosas una mayor plenitud en las relaciones amorosas.

–¿Son influyentes? ¿Tienen dinero? ¿Son peligrosos para sus miembros? –Massimo Introvigne: Los Raelianos tienen influencia sólo sobre sus miembros y sobre los clientes de Clonaid. La prensa mundial y la comunidad científica hablan de ellos más bien mal, y en los mismos ambientes que creen en platillos voladores y en los extraterrestres, Rael es considerado como un personaje que con sus comentarios corre el riesgo de descalificar a todo el movimiento de quienes creen en ovnis. Ciertamente Rael ha conseguido conquistar a muchos seguidores, y muchos de ellos pagan una contribución al movimiento. Hay además varias personas ricas que no son técnicamente Raelianos, pero que contribuyen económicamente esperando ser clonados. Como ya no creen en nada, ven en la clonación la única inmortalidad posible.

Por lo que se refiere a su grado de peligrosidad, creo que es necesario distinguir rigurosamente entre peligro espiritual, moral y social. Desde un punto de vista espiritual, desde una perspectiva católica, la doctrina raeliana recuerda al «hombre-máquina» de ciertos filósofos de la Ilustración y representa la modernidad en todo lo que tiene de brutalmente anticatólico.

Desde el punto de vista moral, en caso de que fuera posible, estoy convencido de que la clonación humana es reprobable e ilícita, y que en general el principio raeliano, según el cual todo lo que es técnicamente posible es también lícito, destruye la moral. Por desgracia, esta idea no sólo es de los Raelianos.

Desde el punto de vista social, en una sociedad pluralista, cada quien es libre ante la ley (no ante la propia conciencia, aunque los dos niveles son diferentes) de creer o no creer lo que quiera, por tanto, de creer que Rael se pasea en platillos voladores con los extraterrestres, que predican la revolución sexual y el ateísmo.

La distinción entre estos tres niveles (peligro espiritual, moral y social) es muy importante para salvar tanto el derecho de los católicos a testimoniar su fe, como el deber de respetar la libertad religiosa y la libertad de pensamiento, según las enseñanzas de su doctrina social.

Los peligros espirituales y culturales se combaten desde el púlpito, y difundiendo valores positivos, no hay que llamar a la policía. Los peligros sociales, sin embargo, se combaten a través de la policía y en los tribunales.

La clonación humana debe ser prohibida porque es socialmente destructiva, no porque la proponen los Raelianos; y debe ser prohibida a todos, no sólo a los Raelianos. Lo mismo se puede decir de la distribución de preservativos a menores de edad, y a personas que de todos modos no quieren recibirlos. Esto también debe ser prohibido, pues perturba el bien común, independientemente de quien sea el causante, y no porque sean los Raelianos, tipos raros que creen en platillos voladores. En algunos países, el Estado distribuye los preservativos a menores de Edad, a una escala mucho más amplia, y por tanto, violando más gravemente el bien común que los Raelianos. Es perfectamente posible defender al mismo tiempo la libertad religiosa (o de pensamiento) de los Raelianos y su derecho a creer en los extraterrestres (y de propagar sus creencias sobre el argumento) y al mismo tiempo pedirles que pongan punto final a sus experimentos sobre la clonación humana o sus campañas de distribución de preservativos. Se les debe tratar como a cualquier otra persona, repito.

–¿Cree que realmente han clonado seres humanos? –Massimo Introvigne: Es posible que hayan realizado verdaderamente esos experimentos: entre los Raelianos hay personas con capacidades científicas, aunque no de altísimo nivel, y hay también científicos que no toleran ningún límite ético o jurídico a la experimentación, y que les ayudan. Pero es posible que se trate de un engaño total.

Aunque parezca difícil de creer, desde el punto de vista personal, para Rael esto no podría tener ninguna importancia. La auténtica capacidad de Rael (recuerde que fue periodista) es la de convertir todo lo que le rodea en una noticia de primera página: la noticia de las clonaciones, aunque se revelara falsa, de todos modos habría dado una publicidad increíble en todo el mundo a los Raelianos, algo que no hubiera podido pagarse nunca con dinero.

He entrevistado en dos ocasiones a Rael, y me he convencido de que se da cuenta perfectamente que hoy es imposible el que los medios de comunicación internacionales hablen bien de él. ¿Quién hablaría bien de un personaje que se pasea con extraterrestres y dice que éstos tienen una máquina para clonar mujeres preciosas con el único objetivo de satisfacer sus deseos? Desde hace muchos años, Rael ha asumido el lema de Oscar Wilde (retomado también por George Bernard Shaw), según el cual, sólo hay algo peor que tener mala prensa, que la prensa no hable de ti. Los preservativos que distribuyeron durante el Jubileo y la clonación serían golpes suicidas, en caso de que Rael quisiera tener buena prensa, pero son golpes maestros si lo que quiere es atraer el interés de la prensa. Sabe muy bien que de todos modos hablarán mal de él.

Rael será un mal profeta, pero es un óptimo publicista. Si nos rasgamos demasiado las vestiduras ante Rael, en el fondo le estamos haciendo el juego. Rael provoca precisamente porque espera que alguien responda.

Aquí se abre un amplio campo de investigación: desde tiempo Aleister Crowley, o quizá incluso antes, los movimientos religiosos más extremistas han razonado como Rael y han ofrecido conscientemente material a la prensa que les atacaba. Según una tesis defendida en la Universidad de Princeton, sabemos hoy que Aleister Crowley, uno de los personajes más controvertidos de la historia del ocultismo, ofrecía material a escondidas contra su propia persona a los periódicos populares ingleses que le atacaban definiéndole «el hombre más malo de la Tierra» y «un hombre que nos gustaría ahorcar». Se llevaba incluso un porcentaje de sus ventas.

Se puede sospechar que muchos de los nuevos movimientos religiosos –o al menos los que han renunciado a tener buena prensa– se comportan como Crowley… o como Rael, y alimentan conscientemente campañas hostiles, con tal de seguir saliendo en primera página. Desde este punto de vista, el teatro de los medios de comunicación, en particular la televisión, promueve a los mismos personajes que dice atacar.

Tomado de ZS03011406 y ZS03011501

Damián García-Olmo, “Las células madre adultas tienen ya utilidad clínica humana”, Zenit, 10.III.03

Entrevista a Damián García-Olmo, Profesor Titular de Cirugía de la Universidad Autónoma de Madrid.

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Jeremy Rifkin, “El estudio de la célula madre: el plan comercial oculto”, El País, 7.IX.01

Jeremy Rifkin, Presidente de la Fundación sobre Tendencias Económicas de Washington. Continúa leyendo Jeremy Rifkin, “El estudio de la célula madre: el plan comercial oculto”, El País, 7.IX.01

Juan Manuel de Prada, “Dinero clonado”, ABC, 3.XII.2001

Entre las más nocivas y malintencionadas corrupciones del lenguaje se halla la suplantación de la palabra «Dinero» por el eufemismo «Progreso». A cada poco se nos presentan como Avances Imprescindibles para el Progreso de la Humanidad lo que no son sino argucias para allegar Dinero. Me había prometido no volver a escribir sobre ese sórdido asunto monetario que los pardillos denominan «clonación terapéutica», pero acabo de leer en «Los Domingos de ABC» un artículo firmado por Gonzalo Herranz, imprescindible y lúcido, que me anima a quebrantar mi promesa. El artículo, titulado «Propaganda y realidad», desenmascara con argumentos técnicos irrebatibles lo que uno, más modestamente, ha intentado exponer a la luz quirúrgica del sentido común; quizá su virtud más notable consista en situar el debate suscitado por la llamada «clonación terapéutica» en el terreno puramente económico, que es el que le corresponde. Los apóstoles de la clonación, ayudados por la ingenuidad gregaria de los medios de adoctrinamiento de masas, han conseguido que la gente de buena voluntad se distraiga de lo que verdaderamente impulsa su labor (el Dinero) y se engolfe en dolorosos dilemas morales: «Pues si a cambio de cargarse un embrioncito de nada pueden salvarse millones de personas, quizá debamos admitir la llamada clonación terapéutica», dicen, los pobres incautos. El artículo de Gonzalo Herranz desmonta las mentiras divulgadas por los medios de adoctrinamiento de masas con una clarividencia impávida y apabullante. En primer lugar, recuerda que las enfermedades que presuntamente se van a remediar con la llamada «clonación terapéutica» -alzheimer, parkinson, esclerosis múltiple, etc.- son, en su mayoría, de etiología desconocida o apenas dilucidada. Sólo la más desatada avaricia, el más abyecto afán de acaparar Dinero puede arrastrar a jugar de modo tan alevoso con las esperanzas de los enfermos. ¿Cómo puede permitir la comunidad científica que la llamada «clonación terapéutica» se presente como la purga de Benito de enfermedades aún ignotas? ¿No existen códigos éticos que se opongan a semejante patraña? ¿O es que, en su afán atropellado de «Progreso», la ciencia se ha desentendido ya de los métodos tradicionales, que exigen una rigurosa verificación de los avances y descubrimientos, antes de ser divulgados? ¿No será que a estos apóstoles de la llamada «clonación terapéutica» no les interesan tanto los logros de sus investigaciones (probablemente nulos, o poco concluyentes) como su publicidad aparatosa, su conversión en una gran atracción de barraca que genere beneficios instantáneos? ¿No será que este hatajo de ventajistas, como los corifeos que los aplauden desde los medios de adoctrinamiento de masas, aspiran a convertir la ciencia en una gran fábrica de pelotazos bursátiles? No se pierdan el artículo de Gonzalo Herranz, porque no tiene desperdicio. Estos servidores del Dinero sostienen que la llamada «clonación terapéutica» salvará a millones de personas, pero encubren o soslayan, los muy bellacos, la inclemente y atroz verdad: aún suponiendo que, en efecto, esas enfermedades de etiología indescifrable o brumosa lleguen algún día a poder remediarse mediante procedimientos de clonación, dichos procedimientos deberán respetar la identidad genérica entre clon y clonante. Que ningún ingenuo sueñe con bancos de clones que aguardan en el laboratorio la llegada del enfermo, como si de meras transfusiones de sangre se tratase. Obtener esos clones será siempre un proceso costosísimo que sólo podrán pagarse los millonarios, no los pobres incautos a quienes se dirige la aturdidora propaganda. La Seguridad Social, en la que cotizan nuestros curritos, jamás se hará cargo de estas prestaciones. ¿Por qué no se aclaran estos extremos? La respuesta es muy simple: porque el Dinero se ha disfrazado de Progreso, para engañar a los pobres incautos.

Juan Pablo II, “Experimentar con embriones, moralmente inaceptable”, Zenit, 26.VIII.01

CIUDAD DEL VATICANO, 26 agosto 2001 (ZENIT.org).- El anuncio del presidente George W. Bush de ofrecer financiación pública limitada a la experimentación y destrucción de embriones humanos con el objetivo de estudiar las células madre (o estaminales) ha causado decepción en la Santa Sede.

El tema fue uno de los argumentos centrales que afrontaron Juan Pablo II y el presidente estadounidense, en el primer encuentro cara a cara que mantuvieron en la residencia pontificia de Castel Gandolfo el pasado 23 de julio.

«Mi decisión –declaró Bush el 9 de agosto– es permitir el uso de fondos federales para las líneas ya existentes de células embrionarias (estaminales), donde la decisión sobre la vida o la muerte ya ha sido tomada».

Bush se refería a las cerca de 60 líneas que ya existen sobre células embrionarias, obtenidas con anterioridad, a partir de embriones sobrantes en las clínicas de fertilización in vitro. Pero rechazó el uso de nuevos embriones para obtener este tipo de células.

Las células «madre» embrionarias tienen la capacidad de dar lugar, si son cultivadas, a cualquiera de los más de 200 tejidos diferentes que tiene el cuerpo humano. Ahora bien, células de este tipo se encuentran también en el organismo adulto humano y pueden ser extraídas sin ningún perjuicio para la salud.

La decisión del mandatario tiene una trascendencia decisiva, pues cerca del 90% de los fondos que se emplean en experimentación proceden de los Institutos Nacionales de Salud, que son una entidad pública.

Se trata de una decisión «perversa», afirma el teólogo Mauro Cozzoli, profesor de Teología Moral en la Universidad Pontificia Lateranense de Roma.

Según el especialista en temas de bioética, «no se puede utilizar y destruir una vida humana, en su estado inicial, aunque sea en beneficio de otra persona».

Según monseñor Cozzoli, la destrucción de embriones constituye un auténtico aborto, «algo que siempre constituye un delito contra la vida».

Además, añade, «las ciencia nos dice que existen otros caminos para obtener las células madre. El hecho de que este camino sea económicamente menos caro no es un motivo para no adoptarlo y mucho menos para emprender la vía del aborto».

El 10 de agosto, «Radio Vaticano» comentaba la noticia afirmando que en esta ocasión Bush «ha superado la frontera moral de la investigación» y «su decisión abre la puerta a desarrollos muy peligrosos».

La emisora de la Santa Sede recogió además el tajante comentario del presidente de la Conferencia Episcopal de Estados Unidos, monseñor Joseph Fiorenza, obispo de Galveston-Houston, quien define la decisión como «moralmente inaceptable» y recuerda que de este modo Bush ha traicionado las promesas electorales.

Durante la campaña presidencial, el entonces candidato republicano afirmó: «No permitiré el uso de dinero público para estudios que requieren la destrucción de embriones vivos».

Según Richard Doerflinger, experto de la Comisión Pro Life de la Conferencia Episcopal de Estados Unidos, «esas células son fruto del asesinato de embriones, del que ahora alguno sacará ventajas. Además, una vez violada la frontera moral, aumentará la presión para destruir otros embriones».

De hecho, las 60 sesenta líneas existentes de células embrionarias plantean un nuevo problema ético. El diario de los católicos italianos, «Avvenire», recordaba el 10 de agosto que la decisión presidencial traerá enormes beneficios para las empresas que han producido y patentado estas líneas celulares.

«Los centros públicos, que no podían producir estas células –explica el diario–, se verán ahora obligados a comprarlas a quien ya las tiene, con grandes ganancias para los titulares de las patentes».

Un Consejo presidencial, guiado por el experto en bioética Leon Kass, de la Universidad de Chicago, controlará la aplicación de las directivas y la utilización de unos 250 millones de dólares de financiación pública.

Tomado de Zenit, ZS01082604

Juan Manuel de Prada, “Que legislen ellos” (clonación), ABC, 4.VIII.2001

La cobardía, si no oliese a cagalera, resultaría conmovedora. Prueben a taparse las narices y comprobarán que las palabras de la ministra Ana Birulés, anunciando que el Gobierno español no promoverá una legislación sobre el uso de embriones en laboratorios, poseen una especie de grandeza lastimosa que ablanda el moquillo y las glándulas lacrimales. Un sentimiento similar debió de embargar a la multitud que aguardaba el veredicto de Poncio Pilatos, cuando el gobernador de Judea solicitó un aguamanil para ejecutar sus abluciones. La hipocresía disfrazada de ecuanimidad, el miedo emboscado de triquiñuelas dilatorias y, en definitiva, ese propósito tan mequetrefe de contentar a todos y no molestar a nadie, vuelven a impulsar la labor de este «gobierno de pasmados» (Carlos Herrera dixit) que deambula groggy por la lona, suplicando que suene la campanilla que anuncia el final del combate. ¿Hasta dónde llevarán su virtuosismo de escamoteadores, su vocación de escapistas profesionales? Diríase que, al menos desde hace algunos meses, su única preocupación fuese zafarse de los asuntos enojosos o peliagudos, postergar indefinidamente la adopción de medidas controvertidas, soslayar cualquier atisbo de litigio. Esta estrategia de lavamanos y sálvese quién pueda amenaza con dejar al país empantanado, pero nuestros gobernantes parecen cómodos en medio de este marasmo de plácida inoperancia que ellos mismos han creado. Parece como si, convencidos de que la anunciada retirada de Aznar marca el final de un ciclo, su lema fuese: «El que venga detrás, que arree». La ministra Birulés, fiel a su papelón de comparsa en la tragicomedia, ha asegurado que el Gobierno español esperará «al marco jurídico que se desarrolle dentro de la Unión Europea», para decidir la suerte de los embriones congelados que aguardan en nuestros laboratorios. A nadie con una mínima provisión de neuronas se le escapa que este subterfugio dilatorio (que pisotea, además, el principio de soberanía nacional) encubre un anhelo chabacano y pueril de caer simpáticos a todo el mundo, de remediar con cataplasmas y anestesias lo que exige una inmediata intervención quirúrgica. Temen nuestros gobernantes, por un lado, que se les tache de retrógrados si prohíben la experimentación con embriones; pero también les sofoca pensar que una parte nada nimia de su electorado se subleve ante una práctica que merodea peligrosamente la infracción del derecho a la vida. La cobardía moral, esa cochambre de tibieza y estolidez que caracteriza a nuestra derecha centrípeta, empieza a adquirir ribetes de esperpento. Prefieren propiciar la alegalidad antes que enfrentarse a la solución de asuntos espinosos que podrían desequilibrar sus hábiles ejercicios de autismo. La primera misión de un gobierno consiste en garantizar a los ciudadanos que se hallan bajo su mandato un ámbito de seguridad jurídica («un marco jurídico de seguridad», hubiera dicho la ministra Birulés, para que la frase quede mejor enmarcada). En cambio, el Gobierno presidido por Aznar, embarrancado en los arrecifes de la dejación de responsabilidades, preconiza la instauración de la alegalidad como método para seguir tirando. Hoy son los embriones congelados en laboratorios los que se quedan sin regulación, en espera de que la Unión Europea del Imperio Romano pontifique. Pero ayer mismo fueron otros asuntos no menos perentorios los que navegaron por este limbo al que nuestros gobernantes arrojan cualquier patata caliente. Recordemos, por ejemplo, que tampoco se atrevieron a ofrecer ninguna solución legislativa a los homosexuales que demandan un reconocimiento de sus uniones. Si ahora, con los embriones, han descargado la responsabilidad en la Unión Europea del Imperio Romano, entonces idearon la triquiñuela de auspiciar leyecitas regionales (perdón, autonómicas) de dudoso encaje constitucional, para que distrajeran la atención. El caso es arrojar balones fuera, para no tener que infringir su estrategia de pasividad. La cobardía, ya digo, resultaría conmovedora, si no oliese a cagalera.

Asoc. Valenciana Defensa Vida, “8 preguntas básicas sobre las células madre”, VIII.01

1.- ¿Qué son las células madre o estaminales? Las células estaminales –también conocidas como células madres, troncales o germinales-, son células maestras que tienen la capacidad de transformarse en otros tipos de células, incluidas las del cerebro, el corazón, los huesos, los músculos y la piel.

La investigación con células estaminales embrionarias ha despertado un debate en la comunidad científica internacional sobre la licitud ética de matar embriones humanos con fines experimentales. Algunos científicos justifican la muerte de los embriones alegando que servirá para curar enfermedades o simplemente niegan que los embriones concebidos sean seres humanos.

2.- ¿Dónde hay células estaminales? Hasta el momento se ha confirmado que hay células estaminales en el cordón umbilical, la placenta, la médula ósea y en los embriones.

3.- ¿Cómo son las células estaminales embrionarias? Estas células estaminales están contenidas en los embriones humanos de sólo pocos días. A este tipo de células se les llama pluripotenciales porque pueden convertirse en prácticamente células de cualquier tejido y como consecuencia permiten al embrión desarrollarse y convertirse en un cuerpo totalmente formado. Cada blastocisto o blástula, es decir un embrión de cinco días, es una esfera formada por alrededor de 100 células. Las células de la capa externa formarán la placenta y otros órganos necesarios para sustentar el desarrollo fetal en el útero. Mientras que las células internas formarán casi todos los tejidos del cuerpo.

Es por ello que, teóricamente, si se aprende cómo hacerlas crecer y las manipulan, se podrían originar tejidos u órganos nuevos en el laboratorio para implantarlos en pacientes y curar enfermedades.

4.- ¿Qué ocurre cuando las células estaminales son extraídas del embrión? El embrión ya no puede seguir desarrollándose y muere. Sín embargo, se pueden utilizar las células estaminales de la placenta y del cordón umbilical sin atentar contra el embrión humano. En este caso, la ciencia aprovecha las células que son desechadas naturalmente por la madre al momento del parto. Ni la placenta ni el cordón umbilical son vitales para el ser humano y pueden ser utilizados sin ningún problema ético.

Además, hay experimentos con células estaminales de la médula ósea que han logrado éxito. Éstas células son obtenidas de niños o personas adultas que no se ven afectados por perderlas.

5.- ¿Cómo son las células estaminales de adultos? Son células que alberga el tejido maduro en el cuerpo de los niños y de los adultos. Las células madres están aquí más especializadas que las embrionarias y dan lugar a tipos celulares específicos. Se les llama multipotenciales.

El cuerpo maduro utiliza estas células como “partes de reserva” para sustituir otras células caducas. Por ejemplo, ciertas células madres en la médula ósea producen glóbulos rojos, glóbulos blancos y plaquetas de la sangre. Investigaciones recientes indicaron que las células madres adultas se pueden convertir en muchos otros tipos celulares más de lo que antes se creía posible.

6.- Los científicos que quieren analizar células estaminales embrionarias ¿de dónde las obtienen? Generalmente, los científicos obtienen células estaminales embrionarias de los embriones que desechan las clínicas de fertilidad como parte de las técnicas de fertilización in vitro. Es sabido que estos procedimientos, implican en cada pareja interesada la fertilización de muchos óvulos pero no todos los óvulos fecundados –es decir con vida propia- son implantados en la mujer que los gestará. Algunos mueren, otros logran nacer y muchos son conservados congelados en los laboratorios para ser sometidos a experimentos, utilizados en otras parejas o simplemente ser desechados.

Sin embargo, han surgido grupos de científicos que a utilizando fondos privados, se dedican a producir embriones con el único fin de extraerles las células estaminales, destruyéndolos.

7.- ¿Para qué sirve investigar las células estaminales? Aún no se ha logrado probar éxito alguno del uso de células estaminales embrionarias, sin embargo hay estudios de células estaminales de adultos que arrojan fuertes indicios sobre la posibilidad de utilizarlas para tratar determinadas enfermedades.

La intención de los científicos es controlar las características de transformación de las células madres para sustituir tejidos y órganos dañados por enfermedad o por lesión a fin de restablecer una función normal con injertos y tratamientos para pacientes que han perdido células y tejido.

Sin embargo, todo esto queda aún en el plano de las promesas. Varios médicos han advertido que se están creando demasiadas expectativas al respecto. La cura de todas las enfermedades no existe, por ello es totalmente inadecuado aumentar las esperanzas de enfermos y familiares diciéndoles que si se permite la manipulación de embriones se curarán muchas enfermedades, cosa que puede ser totalmente falsa.

8.- ¿Por qué muchos científicos insisten en usar células estaminales embrionarias? Porque en el embrión las células estaminales son más abundantes y en teoría, más versátiles. Sin embargo, su uso supone la muerte de embriones.

Los médicos pro-vida están a favor de la investigación de las células estaminales de adultos. Muchos ya trabajan usando células madres de adultos en transplantes de médula ósea para pacientes con cáncer, sin dañar al embrión humano. La alternativa radica en extraer estas células de personas adultas. El problema es que no son tan abundantes y no se reproducen tan fácilmente como la de los embriones, pero la respuesta es que se necesita más investigación en esta área para que eso sea posible.

Tomado de www.arvo.net

Juan Manuel de Prada, “Clonación a granel”, ABC, 29.I.2001

Se veía venir. Todas esas chorradas de la oveja Dolly y demás animalitos clonados no eran sino el circunloquio de lo que vendría después. Los apóstoles de la clonación sabían perfectamente adónde querían llegar; pero sabían también que la finalidad de sus investigaciones no podía desenmascararse abruptamente. Primero hubo que marear la perdiz con revelaciones parciales que mitigaran el revuelo y fomentaran el consumo de tinta y saliva en discusiones estériles; luego, en un alarde de avilantez, se sacaron de la manga el cuento chino de la llamada «clonación terapéutica». Nos presentaron la inmolación de embriones como la panacea médica del futuro y nos aseguraron que el alzheimer, el cáncer y hasta la encefalopatía espongiforme se convertirían en males tan fácilmente extirpables como una verruga. La regeneración de células que se vislumbraba tras la llamada «clonación terapéutica» auguraba unas ganancias apoteósicas, de ahí que Estado y Capital (dos personas distintas y un sólo dios verdadero) se apresuraran a sumar esfuerzos en una empresa que se adivinaba pingüe. ¿Se acuerdan de aquellas proclamas en que Blair y Clinton y demás mandatarios satélites, erigidos en paladines del progreso, invocaban pomposos fines humanitarios para justificar sus torpes manejos? Aquellas zarandajas demagógicas prendieron en el espíritu del pueblo sojuzgado, que llegó a creerse la milonga. Los apóstoles de la clonación se frotaban las manos: habían conseguido hacernos comulgar con la rueda de molino de su avaricia, servida bajo la apariencia de una eucaristía laica y altruista. Su estrategia de desgaste y confusión había rendido el resultado esperado: la llamada «opinión pública» (esa amalgama de opiniones gregarias que suplantan el desprestigiado sentido común), después de dispersarse en discusiones bizantinas, había adquirido el grado suficiente de docilidad para encajar la revelación definitiva. Por si acaso aún se tropezasen con algún resabio de resistencia, los apóstoles de la clonación han preferido lanzarnos una penúltima andanada envuelta en los afeites de la piedad. Resulta que el doctor Severino Artinori (repárese en la sonoridad sadiana de su nombre) ha anunciado su intención de clonar embriones humanos para implantarlos en la matriz de mujeres infecundas. Para mitigar el repudio que la clonación descarada y a granel promueve en los espíritus más sensibles, se comercia con el instinto de maternidad de las mujeres y con la compasión que la esterilidad despierta entre nosotros. (¡Ah, paradojas de las sociedades progresadas, que se apiadan de quienes han sido desposeídos por Natura de la capacidad para reproducirse, al tiempo que reprimen con saña esa misma capacidad en quienes la poseen!). Pero hasta las sensibilidades más escrupulosas acaban criando callo, a fuerza de recibir pisotones y descarnaduras. Otro de los esbirros del cotarro, el doctor Panayotis Zavos, recurre al tópico literario (demostrando, de paso, que su dominio de los tópicos literarios es bastante calamitoso), para comparar los avances de la clonación con «un genio que ya ha salido de la botella y que controlaremos». Si el doctor Zavos se hubiese molestado en frecuentar las bibliotecas sabría que, desde la caja de Pandora hasta la redoma de Stevenson, pasando por la lámpara de Aladino, los genios que abandonan la botella no se avienen de buen grado a encierros y controles. Es, precisamente, la clonación descontrolada el finisterre que persiguen estos apóstoles de la ciencia degenerada en negocio. Los hábiles circunloquios que empleen, hasta que su aspiración se consume, no son sino los aspavientos más o menos hipnóticos con que los prestidigitadores disfrazan sus trucos, para que pasen desapercibidos ante el público. Y, hoy por hoy, el público, mareado de falsas artimañas altruistas, ya está suficientemente anestesiado y madurito para acatar la catástrofe. ¿A qué esperan, para quitarse la máscara?

Natalia López Moratalla, “Tres razones para optar por obtener células madre”, ARVO, 4.VIII.01

No me extrañan las imágenes que nos han ofrecido algunos informativos el primer día de agosto: políticos norteamericanos, con libros de biología bajo el brazo y proyectando videos que muestran los primeros 3 ó 4 días de vida de un ser humano, mientras debaten del proyecto de ley que podría convertir en delito federal cualquier tipo de clonación con embriones humanos. No me choca que les haya resultado necesario, para poder entenderse y entablar así un dialogo racional, intentar primero aclarase en la maraña de términos biológicos y conseguir llamar con los mismo nombres a las mismas realidades y con diferentes a las que son diferentes.

Estamos en un momento muy importante de las ciencias biomédicas. Sabemos que, con mayor o menor intensidad, los tejidos y órganos de nuestro cuerpo tienen capacidad para repararse y regenerarse por sí mismos y sabemos también que diversas enfermedades, incluidas el Parkinson, el fallo cardíaco, la diabetes, etc., implican una degeneración irreversible de células del cerebro, del músculo cardiaco o del páncreas. Por ello se investigan terapias que permita producir, células humanas intactas tanto in vivo, como obteniéndolas in vitro para posteriormente transplantarlas o inyectarlas al paciente, a fin de reparar los tejidos u órganos que la enfermedad ha alterado. Esta reparación de tejidos se basa fundamentalmente en la utilización de “células madre”, llamadas también células troncales, que se caracterizan por poseer una capacidad ilimitada de multiplicarse y sobre todo porque tienen la posibilidad de desarrollarse y dar lugar a las células maduras y diferenciadas que forman tejidos y órganos. Aunque queda un largo camino por recorrer, diversos intentos con ratones, y alguno con humanos, indican que puede ser posible en un futuro no lejano una amplia medicina reparadora.

El dilema está planteado en que existen diversas “fuentes” de células madre con características diferentes: a) los embriones humanos de varios días; b) la sangre del cordón umbilical innecesario para el hijo y para la madre después del nacimiento; c) las grandes reservas naturales guardadas en cada organismo para su propia regeneración, en la médula ósea, la sangre, la grasa, el cerebro y hasta en el bulbo de cada pelo, etc. y d) las células reprogramadas de tal forma que el núcleo y las señales del citoplasma procedentes de dos tipos celulares diferentes, den lugar a una célula “híbrida” del tipo del que necesitara un paciente.

¿Qué fuente deberíamos usar ahora al inicio de las investigaciones como material de trabajo, y ahora y más adelante como material terapéutico? Para todos es obvio, sea cual sea el valor que le conceda a una vida incipiente, que es mejor no destruir embriones que hacerlo. Por eso, para muchos científicos rige la máxima de Einstein: en caso de duda olvidar la ciencia y recordar nuestra humanidad. Es decir, aún en la duda de que pudieran llegar a ser más o menos valiosas unas que otras “fuentes” para la medicina reparadora, emplearse a fondo en la opción que no exige destruir. No se trata de parar el progreso de la medicina frenando un área de la investigación biomédica, sino de liberarse de presiones economicistas e interesadas y confiar en que los caminos menos agresivos, menos invasivos, menos destructores, más naturales y más conservadores de los elementos y piezas del propio cuerpo, son a la corta y a larga mejor remedio a la enfermedad. Aporto los resultados de tres investigaciones con la sana intención de contribuir al rigor de la información científica que constituye la base misma de un debate de los aspectos ético y legal ante un dilema de esta naturaleza.

Las células madre embrionarias algo más que “pluripotentes” Hablamos de clonación reproductiva cuando se trata de producir dejar nacer y vivir un ser humano (un o una “Dolly” humana), copia más o menos exacta de un adulto; y de momento hay miedo a las posibles malformaciones tras el “mal resultado” de la famosa oveja y por ello, y de momento, nos prometemos no legalizar la clonación reproductiva, y nos recomendamos prudencia. Igual que ella es la clonación terapéutica; se diferencia en que no se dejaría desarrollarse nacer ni vivir al “producto” -un hermano gemelo del nacido años antes y que está enfermo-, sino que tras deshacer el embrión “producto” se toman las células de su interior -las células de la masa interna- para multiplicarlas y reconducirlas, hacia el tipo que necesite el gemelo enfermo, y puesto que son clónicos (genéticamente idénticos) se evitan los problemas del rechazo. Por otra parte, a partir de un embrión de pocos días bien el gemelo del paciente obtenido por clonación terapéutica, o bien a partir, de un embrión que es sobrante de la fecundación in vitro, o que no es sobrante, sino producido intencionadamente a tal fin, se plantea proceder a “obtener de células madre embrionarias pluritotentes” por su enorme potencial. Se nos presenta de una forma simple: no hay más que deshacer un embrión y tomar sus células y cultivarlas; y es más se nos repite con cierta frecuencia -como una matización importante que hay que tener en cuenta en el juicio ético- que las células madre embrionarias pluritotentes no son embriones porque al no contribuir al desarrollo de la placenta, no pueden formar un organismo completo. Pero no. No es así; y no lo digo yo. Lo dicen los que hicieron los experimentos y publicaron por primera vez la “obtención de células madre embrionarias humanas”: los investigadores del equipo de James Thompson de la Universidad de Wisconsin en 1998, en la revista Science (en el volumen 282, paginas 1145 a 1147). Estas células del embrión de pocos días (en estado de blastocisto) dan lugar a las células de la capa externa, el trofoblasto, incluso después de varios meses de cultivarlas, capa de la que derivará la placenta. En otras palabras, estas famosas células de partida no son pluripotentes sino totipotentes; no son células sin más sino embriones muy tempranos gemelos entre sí; son capaces, si no se les impide, de dar un nuevo embrión; embrión que si se le permitiera anidar en el útero de una mujer continuaría su vida y nacería. Es pues una clonación embrionaria (algunos la llaman paraclonación para diferenciarla de la clonación de un adulto): la imitación “en serie” del proceso natural por el que algunas veces de una sola fecundación aparecen dos gemelos idénticos. Estos investigadores han llamado a estos embriones gemelos-clónicos, “cuerpos embrioides” y han mostrado cuan laborioso e inseguro es el proceso de encauzar su totipotencialidad natural a convertirse en un organismo completo hacia la pluripotencialidad de convertirse en cualquiera de los tipos de células que forman un cuerpo pero sin su organización estructural y funcional. ¿Y en que se traduce la diferencia entre ser totipotentes o ser pluripotentes a efectos de su futura eficacia terapéutica? Un colega mío lo dice de una forma muy gráfica: pretender encauzar la potencialidad de estas células de dar un cuerpo entero para que sólo den lugar al tipo celular deseado y además lo hagan todas plenamente, es como pretender formar un rebaño de gatos. De hecho al implantarlas en experimentos con animales ratones les han producido teratomas, extraños tumores en los que pueden verse una mezcla informe de tejidos, piel, uñas, etc. Optar por el embrión como fuente supondrá siempre el handicap y riesgo añadido de tener que domeñar una fuerza una potencia mayor que la que necesitamos; será siempre más factible conducir al destino deseado un rebaño de ovejas.

Los embriones congelados que caducan algo más que sobrantes Hay tres términos con diferente carga emotiva para el mismo hecho: “producir embriones para…”.

Uno, producir embriones por fecundación in vitro sólo para investigar, nos lleva a corear ¡no hace falta ese despilfarro humano, tenemos muchos congelados!. El segundo, usar los embriones excedentes que están congelados y sobran en las clínicas de fecundación in vitro para investigar nos lleva rápidamente a gritar ¡que crueldad negarse a que se usen para una investigación tan prometedora si se van a destruir cuando pase el plazo legal de cinco años!. El tercero, producir abundantes embriones aprovechando los óvulos comprados -eso sí a precio meramente simbólico- a jóvenes chicas donantes para producir embriones y de este modo agilizar las largas colas de espera de las clínicas de fecundación asistida, se acompaña de un ¡hay que fomentar la donación solidaria!. En que quedamos: ¿sobran o faltan embriones humanos? Mas aún, si es que sobran ¿porque no dar permisos y fondos monetarios para que los investigadores experimenten con ellos?.

Pienso que la sola idea de unas vidas humanas “excedentes”, formando parte de un lote que sobra y no se sabe uno como quitárselos de encima de una forma ética y digna, sugiere por sí sola muchas razones para tomar la resolución de no producir más embriones que los que van a poder anidar en la madre y llegar a nacer y vivir. De evitar que sobren, legislando y modificando leyes si fuera necesario para garantizarlo. Vidas humanas “como medio para” por muy noble que sea el fin no parece buen método médico. No me repugnaría emplear como material para investigación embriones que van a ser en cualquier caso destruidos, pero no lo haría por nada del mundo, porque me repugna que sobren y sigan cada unos años sobrando lotes, y que pudiéramos aportetarlos generosamente para investigar sin que nos preocupe ni que sobren ni el porqué sobran.

De todos es conocido que, en pro de alcanzar una eficacia respetable de las técnicas de fecundación asistida, se ha generalizado, y legalizado en países como el nuestro, inducir a la que desea ser madre una multiovulación: se le provoca que maduren varios óvulos en un sólo ciclo. Es una forma menos molesta para ella ya que en la misma intervención se le toman varios óvulos; después se fecundan, se dejan desarrollarse unos días y se transfieren unos pocos de los embriones al útero para que uno de ellos con la cooperación del resto pueda anidar y el resto se congelan; ese resto pasan a ser sobrantes si la primera transferencia embrionaria tiene éxito y llega a nacer un bebé. En febrero de este año la revista Human Reproduction (volumen 16 y páginas de la 221 a la 225) publicaba un documentado estudio que muestra que los embriones originados por fecundación de óvulos que proceden de una multiovulación tienen más dificultad para anidar y, los que lo consiguen se desarrollan con más malformaciones que los originados por fecundación del óvulo madurado de forma natural en un ciclo; más aún la madre por efectos del fármaco que se usa en estos casos aporta un microentorno menos acogedor y más agresivo al embrión que trata de anidar. Un perfecto ciclo vicioso: para mejorar la eficacia se produce un exceso de embriones y la producción de ese número mayor conlleva que los embriones tienen deficiencias, son menos viables y además tienen que ser congelados, y el útero materno los acoge peor. La recomendación médica de los investigadores es obvia y lo hacen decididamente: no producir múltiples óvulos, sacar uno, o dos, que maduran en un ciclo normal. Esto es, es la ciencia, no sólo la ética, la que indica la conveniencia de que no nos sobren embriones.

Las células embrionarias ni la única ni la mejor esperanza de curar enfermedades No es fácil, incluso a quien puede seguir la literatura científica en este campo, poder evaluar al día cual de las fuente de células madre (embriones, sangre del cordón umbilical, las de reserva del propio organismo) son las reinas. Es más, estamos intentando memorizar que se ha conseguido de hecho, no en promesa, con cada una de ellas y nos empiezan a hablar del desarrollo de una técnica alternativa a la clonación terapéutica que consiste en fusionar la célula del paciente con una célula “aceptora” adecuada para que se desarrolle directamente al tipo celular que necesita el paciente (la futura fuente de las programada a medida). En el Congreso de la Sociedad Británica de Fertilidad, celebrado el 23 de febrero del 2001 investigadores de la firma comercial PPL Therapeutics, en la que participa también el Instituto Roslin, informaron que habían logrado transformar células adultas de piel de vaca en células madre y las habían convertido en células de músculo cardiaco iniciando un nuevo sistema.

Diferentes fuentes, diferentes puntos de partida -células de animales o de humanos-, experimentos a gran velocidad, diferente impacto social, fuertes cargas emotivas… no facilita demasiado un juicio sereno y riguroso ya que no es fácil tener la información de si las embrionarias son las reinas de las que no se puede prescindir, o si la propia ciencia las ha destronado ya en pro de las de las reservas y los bancos de cordón umbilical. Una muestra: algunos periódicos han dado junto a la información del dilema del Presidente Bush una noticia que según los titulares sirve de argumento a favor de decidir aportar las subvenciones a los centros públicos americanos. La noticia: científicos de Israel han conseguido células cardiacas que funcionan como músculo a partir de células embrionarias. Una buena noticia para los que han sufrido, o temen sufrir infarto de corazón; pero esa noticia no tendría más tinte que de alegría y esperanza si pudiéramos recordar a su vez que en el año 2000 el equipo de Vescovi había demostrado que células madre de adulto se transforman en musculares inmaduras; que estas inmaduras (mioblastos) ya habían sido transplantadas por Beauchamp en 1999 a ratones con corazón dañado fusionándose con el órgano y regenerando la zona dañada; que Clarke ha conseguido regenerar el corazón dañado de ratones transplantándoles las células madre de la médula ósea y que Menasche en el presente 2001 ha realizado con éxito el primer experimento clínico de transplante autólogo de mioblastos a un paciente de 72 años con isquemia cardiaca por una coronariopatía.

Con los datos actuales en la mano las células madre de adulto y del cordón umbilical merecen la corona. Aprendieron a estar en la reserva y al quite de donde puede ser necesitadas para acudir en repuesto con el traje que les corresponda llevar. Son una promesa terapéutica. A las embrionarias les costará siempre perder la incontrolable capacidad que su misión de dar un cuerpo entero les confiere, aunque podamos forzarlas a hacerlo. Leí los “pufos” de la pluripotencialidad de las células sacadas del embrión precoz y de la absoluta necesidad de usar los embriones en la carta de los Premios Nobel al Presidente Bush. Me chocó que firmasen 80 sin haber leído la literatura científica. Busqué la lista y ya no me extrañó tanto: tenían muchos de ellos el Premio por méritos alejados del este campo de investigación, y los había sin Nobel y con intereses muy claros en patentes de células embrionarias humanas; una muestra: Robert Lanza de la Advanced Cell Technology, Inc. De Worcerter, Masdachusetts, no laureado firmaba también la carta.

Natalia López Moratalla Catedrática de Bioquímica y Biología Molecular ARVO, 4.VIII.01

Juan Manuel de Prada, “Clonación a plazos”, ABC, 19.VIII.2000

Tiene razón el maestro Campmany cuando afirma que el progreso científico es algo sencillamente imparable. Pero le faltó preguntarse si ese progreso científico persevera en su función originaria, de servicio a la Humanidad, o si, por el contrario, en su carrera alocada en pos de nuevos finisterres de espectacularidad, lo guían propósitos obscenamente mercantiles. Las proclamas sensacionalistas, los métodos poco escrupulosos, la utilización espuria de datos poco concluyentes que enseguida son divulgados por los medios de adoctrinamiento de masas han suplantado el tradicional cauce de exploración científica. Esta «aceleración» de la ciencia ha adquirido ribetes de descaro en el desciframiento del genoma humano, que una empresa llamada sin pudor «Celera» utilizó para su prosperidad bursátil. Antes, los descubrimientos científicos eran expuestos a un escrutinio ético; ahora, su comunicación es casi instantánea, de tal manera que el barullo o fanfarria mediática sustituye y aniquila las consideraciones morales, la decencia, la probidad, el rigor, en fin, esos requilorios del pasado. Antes, quienes osaban infringir estos trámites, eran de inmediato desterrados al arrabal del descrédito; hoy, esos mismos apóstoles del guirigay mediático, esos ventajistas que aspiran a convertir la ciencia en una gran atracción de barraca con cotización en bolsa, reciben el tratamiento de héroes. El grato tintineo del dinero se antepone así a cualquier consideración ética; y mientras el dinero prosigue su incesante fluir, nos vamos convirtiendo en una sociedad aturdida, ensordecida por el mogollón, desarmada de principios morales. Sólo así se explica el genuflexo beneplácito con que se ha acogido el designio británico de modificar su legislación sobre clonación humana. La premiosidad de este designio delata sus propósitos puramente económicos; la biología celular, como el auge del Internet, asegura pelotazos bursátiles sin cuento, y la Gran Bretaña no puede quedarse al margen del gran banquete universal. Poco importa que nuestro precario conocimiento del genoma humano nos impida saber a ciencia cierta qué enfermedades pueden remediarse mediante la clonación; poco importa que esas células madre que, según se intuye, podrían remediar taras hoy incurables, puedan obtenerse sin necesidad de crear artificialmente embriones que luego serán destruidos. Poco importa que los cimientos sean endebles; de lo que se trata es de levantar a la mayor velocidad posible un edificio, aunque sea de humo, aprovechando la revalorización del terreno genético. Lo de menos es que luego el edificio se derrumbe; para entonces, el negocio -o el timo- ya habrá rendido sus beneficios. ¿Qué más da si entretanto nos cargamos unos millares de embrioncitos de nada? Esta reducción de los embriones en los que alienta vida humana a meras empanadillas que aguardan en el frigorífico su inmolación sólo puede ser admitida por una sociedad que antes ha claudicado una y mil veces en exigencias éticas que atañen a su misma dignidad. No obstante, y por si todavía anidara algún residuo de escrúpulo en esa sociedad, los urdidores del pelotazo genético se han cuidado de especificar que jamás experimentarán con embriones de más de dos semanas; incluso, en su canallesca propensión al eufemismo, hablan ya de «pre-embriones», los muy cabritos. ¿Pero a quién se proponen engañar estos matarifes de la asepsia? ¿Qué más da que el embrión tenga catorce días o catorce semanas, si lo que se destruye es lo mismo, un organismo con combinación genética propia? ¿O es que lo que pretenden, cepillándoselo tan pronto, es que al embrión no le hayan crecido todavía ojos en el rostro, para no tener que arrostrar su mirada recriminatoria? La mala conciencia propicia estas hilarantes distinciones de plazos; y la sociedad gregaria las acepta como si fuesen dogmas de fe, sin atreverse siquiera a discutirlas. Antes, los plazos servían para pagar nuestras deudas con el banco; hoy, se han convertido en un cómodo sistema para soslayar nuestras deudas con la moral.

Almudena Ortiz, “El mapa del ser humano reafirma la libertad individual”, PUP, 14.II.01

Si alguna conclusión se puede extraer de los conocimientos del mapa genético es paradójicamente que el hombre está muy poco determinado por sus genes, puesto que la gran diversidad de conductas humanas se contrapone a la extraordinaria similitud genética de cada una de sus células.

El mapa genético reafirma la libertad del ser humano. Craig Venter, fundador de Celera Genomics, la compañía privada puntera en investigación genética integrada en el proyecto Genoma Humano, saca la conclusión de que «la maravillosa diversidad de los seres humanos no está tanto en el código genético grabado en nuestras células sino en cómo nuestra herencia biológica se relaciona con el medio ambiente». «No tenemos genes suficientes para justificar la noción de determinismo biológico», dice Venter, que subraya que es altamente improbable que puedan existir genes específicos sobre el alcoholismo, la homosexualidad o la criminalidad.

SIMILITUDES . Los genes humanos son extraordinariamente parecidos a los de los ratones y las moscas, lo cual no es nada extraño teniendo en cuenta que todos los seres vivos en el planeta han evolucionado de protoorganismos, probablemente bacterias, que se formaron hace más de 1.000 millones de años.

El mapa genético demuestra que todos los seres humanos son como hermanos gemelos ya que de los tres millones de caracteres que llevamos escritos en nuestros cromosomas sólo hay variación en unos pocos miles de ellos. Dicho con otras palabras, más del 99,9% del mapa genético de cada individuo es idéntico: si los humanos fuéramos un libro de 100.000 páginas, 99.900 serían idénticas para todos y sólo las 100 restantes serían las que conformarían nuestro carácter, nuestra estatura, nuestro metabolismo y el color de la piel: esto es lo supone un duro golpe para ciertas categorías tenidas hasta ahora como dogmas: por ejemplo, el concepto de raza. No hay un código genético que diferencie a los blancos de los negros. Las diferencias y similitudes entre ambas razas se encuentran tan marcadas como lo pueden estar entre dos personas nacidas en la misma aldea.

SANTO O CRIMINAL . Lo que estos científicos nos están diciendo -según el artículo citado- es que el comportamiento humano sigue siendo un gran misterio. Los genes de un santo pueden ser los mismos que los de un criminal. La diferencia entre la conducta de uno y otro reside en los estímulos que ha recibido del exterior y -¿por qué no?- en su propia capacidad para elegir.

Ya los filósofos griegos discutían sobre la primacía de la Naturaleza o de la Cultura en la conformación de la personalidad. Los últimos avances genéticos reafirman la importancia del segundo factor: el individuo nace con unos condicionantes biológicos, pero son la familia, la escuela y el entorno quienes orientan al individuo a elegir un camino entre las miles de posibilidades que ofrece la existencia.

Por tanto, los genes sólo tienen la culpa de que seamos rubios o morenos pero no de nuestros fracasos o nuestros errores. Tampoco explican, al menos de momento, el éxito o el genio. Shakespeare era hijo de un carnicero y Mozart de un músico mediocre. Lo más probable es que no hubiese nada en sus genes que les diferenciara de sus progenitores o hermanos. Lo que demuestra que por encima de los genes, afortunadamente, está la libertad de elegir del ser humano, concluye el editorialista.

«No hay suficientes genes para pensar que existe un único segmento de ADN que justifique la homosexualidad, el alcoholismo o la agresión» La noticia científica más esperada de las últimas décadas saltó ayer y con sorpresa. El genoma humano ha sido secuenciado en su totalidad pero, pese a lo que se esperaba, sólo está compuesto por 35.000 genes, apenas el doble de los que tiene la mosca del vinagre y 300 más de los que contiene el del ratón. Esto parece demostrar que sólo unos pocos genes son los que han permitido al hombre convertirse en el ser más evolucionado y que nacemos mucho menos condicionados de lo que se creía.

El dominical británico «The Observer » se adelantó ayer al anuncio del descubrimiento con un amplio informe. Independientemente de que la publicación, ahora simultánea, de este mapa es, posiblemente, el hito más importante que se ha producido jamás en Biología, la primera consecuencia de que el genoma humano apenas doble en número los genes que tiene la mosca del vinagre es la de desmontar dos falacias que han sido publicadas muchas veces en los medios de comunicación, eco de una visión reduccionista del hombre.

La primera es la del determinismo. La idea de que las características de la personalidad están estrechamente ligadas al genoma se puede considerar falsa. Según ha manifestado Venter, «no hay suficientes genes para pensar que existe un único segmento de ADN que justifique la homosexualidad, el alcoholismo o la agresión. Los hombres no son necesariamente prisioneros de sus genes y las circunstancias de la vida de cada individuo son cruciales en su personalidad».

Otro de los errores en los que se ha incurrido al hablar del genoma ha sido el del reduccionismo: creer que cuando se conozcan los genes será sólo cuestión de tiempo el entender cómo funciona el ADN y con qué interacciona y de este modo describir la causa de la variabilidad humana. Para el equipo que encabeza Craig Venter, «el verdadero desafío de la biología humana, más allá de averiguar cómo los genes orquestan y mantienen el maravilloso mecanismo de nuestro organismo será descifrar cómo la mente ha llegado a organizar el pensamiento lo suficientemente bien como para investigar incluso nuestra propia existencia».

Por otra parte, el genoma no es racista. Los seres humanos comparten el 99,99% de sus genes y los xenófobos deberán conocer que, genéticamente hablando, puede existir mayor diferencia entre dos personas de una misma raza que la que hay, por ejemplo, entre un asiático y un negro. Los primeros análisis del genoma del hombre también están sirviendo para certificar la hipótesis de Darwin del evolucionismo. Hasta 113 genes humanos provienen directamente de las bacterias.

Además, los científicos han observado en el genoma humano otros hallazgos fascinantes. El 25% de él está casi desierto. Existen largos espacios libres entre un gen y otro. Por otra parte, algo más del 35% del genoma contiene secuencias repetidas, lo que se conoce como ADN basura. Así, el 57% del cromosoma 19 lo forman secuencias genéticas repetidas, según fuentes de los mencionados diarios.

Ignacio Sánchez Cámara, “Aprendices de brujo” (clonación), ABC, 9.VIII.2001

Algunos científicos parecen empeñados en convertirse en discípulos aventajados del doctor Frankenstein. Si un disparate es posible, podemos estar seguros de que intentarán realizarlo. Aunque con ello demuestren que su talento científico aún resulta superado por su indigencia moral. Se veía venir. Desde que en 1997 se logró la clonación de la oveja Dolly, pocas dudas podían albergarse acerca del inminente intento de ensayar la clonación de seres humanos. Naturalmente, la aberración debe revestirse con la dignidad de la ciencia y con la promesa de maravillosas consecuencias para la humanidad. La ciencia no debe detenerse. Las fuerzas de la ignorancia, del oscurantismo y de la reacción siempre se han opuesto al avance de la ilustración y del conocimiento. La clonación permitirá curar enfermedades y abastecer de órganos para eventuales trasplantes. También facilitará el progreso de la investigación científica. Este argumento de la tradicional oposición a la ciencia es especialmente peligroso, por su aparente plausibilidad. Y, sin embargo, resulta de una perfecta endeblez. Que hayan existido y existan fuerzas hostiles a la libre investigación, no significa que todo lo que sea posible hacer, pueda moralmente hacerse. La lógica de este argumento falaz podría llevar a justificar, por ejemplo, todo tipo de experimentos eugenésicos. Una cosa es la ilimitada libertad de conocer, atributo esencial del hombre, y otra la licitud de cualquier técnica de manipulación de vidas humanas. Quienes nos oponemos a la clonación de seres humanos, no establecemos con ello ninguna limitación al afán de conocer ni al progreso de la ciencia, sino sólo a la decisión de convertir lo que es un fin en sí mismo en puro medio. Ni siquiera se trata de poner límites morales a la ciencia, que puede y debe llegar hasta donde pueda en su voluntad de conocer. Se trata de poner límites a la acción y a la voluntad humanas, que nunca están legitimadas para ponerse al servicio de la deshumanización. Si no se respeta toda vida humana, se termina por no respetar ninguna. Se ha devaluado tanto la vida que ya casi parece normal que la experimentación científica y técnica pueda estar por encima de ella en lugar de estar al servicio de ella. Con ser contundente, ni siquiera es decisivo el argumento proporcionado por la mayoría de la comunidad científica, que ha alertado sobre la posibilidad de que se produzcan anomalías en los embriones fabricados. Tampoco es lo más grave que la rapacidad de algunos científicos pueda llevarles a poner su técnica al servicio de sus intereses económicos para explotar el deseo de tener hijos de las parejas que no pueden tenerlos por medios naturales. Lo decisivo es la pretensión misma de fabricar seres humanos. El debate principal no afecta a las consecuencias, favorables o desfavorables, de la clonación humana, aunque existen sobradas razones para presagiar que prevalecerán las segundas. Es, ante todo, una cuestión de principios. De lo que se trata es de decidir si el hombre es persona o cosa, si la vida humana encierra un valor en sí misma o es una mera propiedad inherente a ciertos seres. Porque si es posible moralmente la fabricación en serie de seres humanos, como si de una cadena de montaje se tratara, entonces podemos afirmar que casi todo está permitido. El episodio revela una vez más cómo la más sofisticada ciencia y técnica pueden coexistir con la mayor barbarie moral. Desgraciadamente la ciencia, cuando se aleja del ámbito de los principios filosóficos y morales, no vacuna contra la inmoralidad. Por el contrario, favorece la aparición de ridículos aprendices de brujo, de remedos del personaje que soñó Mary Shelley.

Gloria Tomás, “Sobre la selección de embriones”, Hispanidad, 11.X.00

No escribo estas líneas para especialistas; asumo lo que puedan llevar de simplificación y, para los que puedan estar interesados en una mayor argumentación, ofrezco la posibilidad de reflexión y de diálogo.

Van dirigidas a muchos lectores, no expertos en la materia y que, estos días, habrán sentido la fascinación del avance científico ante las noticias, ampliamente difundidas, sobre la posibilidad de salvar vidas humanas o de fabricarlas través de una tecnología científica aparentemente impecable.

Deseo afirmar que mi punto de vista es cristiano; que trato de iluminar el raciocinio como expresa C. S. Lewis: “Creo en el cristianismo como creo que ha salido el sol; no sólo porque lo veo, sino porque, gracias a él, veo todo lo demás”; por esta razón afirmo que así como al descubrir las leyes de la materia, el hombre es capaz de grandes progresos técnicos, del mismo modo, el reconocimiento del espíritu y de las leyes morales, elevan a la persona. Es un error pensar que la dignidad de la conciencia se basa en la independencia de esas leyes. La dignidad no viene anulada por la verdad, sino por la coerción.

Sobre estos supuestos, me voy a detener en tres grandes errores que afloran en estas noticias: 1º la realización de la selección de embriones para evitar enfermedades; 2º la utilización de la FIVET y sus avances para optar por la calidad de vida de unos embriones y desechar los que no la poseen; 3º la consideración del hijo como un bien de consumo afectivo, o un artículo a la carta, en lugar de como un don, como un regalo.

Antes de introducirme en los juicios que voy a realizar, quiero aclarar que sería injusto y claramente parcial, no sentirnos altamente esperanzados por el poder que el progreso de las nuevas ciencias biomédicas ha puesto en manos de algunos hombres, que abren muchas perspectivas gigantes y muchas ventajas cotidianas de los que cada unos nos beneficiamos; aunque; también sería injusto y parcial no reconocer que surgen posibilidades inéditas y desconcertantes, sobre todo, cuando se oferta a la biología y a la técnica la justificación racional de los hechos.

Es crucial no sólo volver a recordar el abc de los límites y el significado de la ciencia, recogido en el conocido aforismo “todo lo técnicamente posible no es éticamente realizable”, sino también volver a descubrir que experimentar con personas no es hacerlo con cualquier ser viviente. ¡Qué bien lo expresó Romano Guardini!: “A la pregunta ¿Qué es tu persona? No puedo responder: mi cuerpo, mi alma, mi razón, mi voluntad, mi libertad, mi espíritu. Todo esto no es aún la persona, sino el conjunto de las cosas que lo constituyen. La persona misma existe en la forma de pertenencia a sí misma”.

El embrión -también el dañado-, como ya ha mostrado la ciencia, es persona. Y la afirmación de este ser personal es también la afirmación de una dignidad especial que hay que reconocer, y de exigencias éticas de respeto que hay que honrar. Sólo nos podemos definir como personas en relación con otras personas, dirá Spaemann. Las personas son dadas las unas a las otras no como objetos, como algo de lo que hablar y disponer, sino como sujetos, con quienes hablar y a los que respetar en su irreductible alteridad subjetiva.

Reconocer a la persona como persona, como no manipulable, ni dominable, ni utilizable, ni despreciable, es el primer y fundamental deber; es más, es el fundamento radical de cualquier otro deber. La relación con la persona del otro es la experiencia ética original, en la que emerge el carácter absoluto del deber. Esto tiene un carácter absoluto y se impone a la conciencia de una manera incondicional y, sin embargo, no obligada; ahí está el riesgo y el valor de la libertad y de la verdad.

La ciencia, como han reconocido,muchos sabios es absurda sin unos supuestos ontológicos y antropológicos, porque ella no responde a la pregunta más importante para nosotros ¿Qué tenemos que hacer? ¿Cómo debemos vivir.? De alguna manera, ante los errores citados, ya he mostrado por qué lo son, pero expliquemos algo más: -seleccionar embriones es olvidar que cada uno es persona: no estamos ante un valor de mercado, sino ante uno esencial -la fivet y sus consecuencias y modulaciones, olvidan la dignidad del hombre para nacer fruto del amor de otros hombres, y no del capricho científico y sentimental; este aspefcto se relaciona directamente con el tercer error, con el considerar que los hijos son objetos de consumo. Recordemos que la dimensión humana de la sexualidad instituye una forma de entrega que se abre a la donación de la vida como una expansión de su dinámica propia; la donación de los amantes se hace fecunda porque en ella participa el cuerpo. Los órganos sexuales son los encargados de llevar a cabo el acto que expresa la unión personal, y de abrirla de modo natural a la fecundidad. Son portadores de una doble capacidad: la puramente reproductora y la que expresa y realiza la unión de intimidades. Son los órganos más íntimos, con ellos se realiza el ejercicio natural de los impulsos sexuales en su integración paulatina desde las instancias superiores de la personalidad La importancia de la sexualidad esta estrechamente vinculada con la conciencia del carácter único que tiene la persona.

De esa unión sexual fecunda resulta algo que de ningún modo estaba antes: otra persona. En la intimidad común de los amantes brota una novedad absoluta: una tercera intimidad, algo que desborda a los mismos padres. Lo asombroso de la sexualidad es lo que resulta de ella, porque entre la unión sexual y la aparición de una nueva persona hay un salto evidente; entramos en el terreno del misterio existente en cada persona y muestra de su transcendencia y de su singularidad.

Es responsabilidad de la comunidad científica y de los Gobiernos encauzar los esfuerzos en la investigación hacia alternativas que estén verdaderamente al servicio de estas realidades, que son de siempre porque son personales; la persona y de su dignidad son el origen y el fin de la ciencia en su sentido radical.

Pero es también un derecho de los ciudadanos de a pie estar debidamente informados. Ojalá esta líneas contribuyan a ello.

Gloria Tomás es profesora de Bioética de la Universidad Católica de Murcia.

Real Academia de Medicina, “Rechazo a la clonación terapéutica”, 5.III.02

La Real Academia de Medicina ha declarado que se opone a cualquier tipo de clonación. Defiende que el embrión, desde su concepción, es una vida en desarrollo que debe ser protegida con una legislación internacional, según informa Diario Médico.

“La clonación terapéutica puede ser lícita en cuanto a que los fines son laudables (aliviar, curar al hombre enfermo), pero es inadmisible si comporta la destrucción de una vida anterior que es la del blastocisto, esto es, la del ovocito fecundado convertido en óvulo y, por tanto, en una vida incipiente que comienza a desarrollarse”. Esta es una de las conclusiones de una conferencia impartida por el académico Félix Peréz y Pérez, emérito de la Real Academia de Doctores y de la Real Academia de Medicina, que esta última ha adoptado como postura institucional, según ha explicado a DM Hipólito Durán, su presidente.

EN SUS JUSTOS TÉRMINOS Qué dice la Real Academia de Medicina 1. No a la destrucción de blastocistos (células madre embrionarias de fácil obtención), pues, en todo caso, supone la interrupción de la vida. ** Respeto absoluto a la vida humana desde que comienza -activación del genoma (primera célula diploide)- hasta la muerte.

2. Reconocimiento mediante legislación oportuna de los derechos del embrión.

3. Prohibición de la obtención de blastocistos en exceso para la reproducción por FIV-ET para tratamiento de esterilidad.

4. Destino digno para los embriones excedentes de la FIV-ET y promoción de su destino para la adopción de parejas estériles.

5. Prohibición absoluta para importar embriones con destino a la experimentación.

6. El ser humano no es algo, sino alguien. Su generación en el laboratorio va en todo caso en contra de nuestra dignidad…

El texto analiza el impacto social, ético y moral de la clonación embrionaria humana, cuyo fin terapéutico ha sido aprobado hace sólo unos días por el Reino Unido (ver DM del 1-III-02). El texto rechaza la validez del término preembrión y considera inadmisible la postura adoptada por Advanced Cell Technologies que calificó al blastocisto como un conjunto de células sin perspectivas de vida. Para la Academia, “hay que admitir con toda valentía que el blastocisto es ya una vida y su destrucción implica una ejecución (interrupción y, por tanto, aborto)”.

Al mismo nivel La Academia duda de los fines de la clonación terapéutica y de las garantías de éxito que actualmente pueda tener. Según el documento, “la vida es vida en sí misma y es tan importante la vida de los embriones incipientes como la de los sujetos que recibirán estas células después del sacrificio de aquéllos, con la duda -todavía sin resolver- de si estas células pueden prender con absoluta eficacia en el organismo receptor o por el contrario no se adaptarán”.

El texto recuerda que las células clonadas “no son generalizables, pues sirven exclusivamente para un tratamiento individualizado, es decir, para las enfermedades que padece el propio individuo del cual se han obtenido”. La Academia aclara que no hay que poner coto a los avances científicos y a la Biomedicina, pero “una cosa es el impulso de la investigación y otra la utilización de las técnicas que destruyen la vida y reducen los seres humanos a la condición de mera mercancía”.

Esta institución exige la “urgente reglamentación internacional de la investigación sobre el cultivo de células madre y respecto a los blastocistos existentes en los bancos respectivos, pues la investigación ofrece un enorme campo, pudiendo eludir la destrucción de seres vivos en desarrollo (blastocistos)”.

En cuanto al “preocupante destino de los blastocistos sobrantes de la FIV, un porvenir digno sería destinarlos, previa autorización de los padres, al tratamiento de mujeres estériles, pues su uso en la investigación es inadmisible”.

Visiones enfrentadas El anuncio del Reino Unido de admitir la clonación embrionaria humana con fines de investigación terapéutica ha reabierto un debate en Europa, incluida España. Santiago Grisolía, expresidente del Comité de Coordinación de la Unesco para el proyecto Genoma Humano, considera que la comunidad científica española es favorable, en términos generales, a la clonación de células embrionarias humanas con fines terapéuticos y estima necesario un debate sobre esta cuestión, según informa Europa Press. Tras reconocer que los científicos saben todavía muy poco sobre el proceso de división celular, Grisolía explica que el interés de los preembriones reside en que a partir de ellos es muy fácil conseguir células. Frente a esta opinión, Juan Ramón Lacadena, catedrático de Genética de la Universidad Complutense de Madrid, considera esta clonación como un paso previo a la reproductiva (ver DM del 1-III-02).

100 intelectuales piden penas para clonadores Por otra parte, según informa Europa Press, un centenar de médicos, científicos, abogados, farmacéuticos y docentes, entre otros, han firmado un manifiesto impulsado por Profesionales por la Ética para reclamar una reforma legislativa que permita establecer penas de prisión e inhabilitación la clonación de embriones humanos “en cualquier etapa de su desarrollo”.

Según los responsables de la iniciativa, así se permite la investigación con células madre procedentes del cordón umbilical, “favoreciendo con ello los avances hacia la clonación con fines terapéuticos”, mientras que “el dilema ético que supone el uso de células embrionarias, es decir, de futuros seres humanos, desaparece totalmente, ya que las células madre se pueden extraer de cualquier tejido humano sin necesidad de destruir embriones y sin ningún daño para el donante”.

Tomado de PUP, 5.III.02

Eulogio López, “Fuentes del sentido común” (clonación embriones), Hispanidad, 10.X.00

De entre todos los insultos que se le han dedicado a Juan Pablo II, y que componen un amplio elenco, no recuerdo que se le haya tildado nunca de alarmista. Por tanto, habrá que sospechar que las palabras que pronunciara el pasado domingo, con motivo de la dedicación del tercer milenio a la Virgen María, no fueron producto de un “calentón”: “La humanidad posee hoy instrumentos de potencia inaudita. Ha logrado intervenir en las fuentes mismas de la vida”. A continuación, no tuvo empacho en comparar los excesos de la biogenética con la guerra nuclear fría y recordó que el hombre puede utilizar la nueva ciencia “para el bien, dentro del marco de la ley moral, o ceder al orgullo miope de una ciencia que no acepta límites, llegando incluso a pisotear el respeto debido a cada ser humano”.

Marcelo Palacios, presidente de un autotitulado Comité Internacional de Bioética (lo cierto es que es internacional, porque en su seno se pronuncian majaderías en los más diversos idiomas” acaba de declarar en la revista época, a costa del bebé probeta de Colorado, nacido para salvar a su hermana, tres tópicos cuya simpleza sorprende hasta los neófitos: El primero: “Lo que importa no es cuando empieza la vida”, postura ésta que ya tiene su tilde: esencialismo. Es decir, que caminar hacia la esencia de los fenómenos, la actitud que siempre distinguió a la inteligencia de la necedad, resulta que es muy nocivo.

El segundo: hay vida en un embrión, conjunto de células, como la hay en cualquier órgano del ser humano. Claro, hay vida en un riñón, en un dedo o en una gota de sangre, pero no hay persona, no hay sujeto de derecho, no hay ser humano. En el embrión, sí hay una persona, que llegará a nacer si alguien, externo a él, no lo estropea.

El tercero: se desdice de los dos anteriores y asegura que la vida comienza con la anidación del embrión en el seno materno. ¿Y por qué comienza en ese momento y no en otro? Hemos pasado del esencialismo al residencialismo. Un ser existe dependiendo de su ubicación o de las condiciones imprescindibles (que precisamente, resultan cada vez menos imprescindibles) para su subsistencia. Curioso. Servidor, ser adulto, no puede vivir sin oxígeno ni un minuto, pero el oxígeno no soy yo.

El problema no está en que el hombre intervenga en la fuentes mismas de la vida, sino que se desequen las fuentes del sentido común. Eso es gravísimo, y no hay biomédico que pueda arreglarlo.

Emilio Carmona, “En nombre de la ciencia”, II.02

Ante las noticias que se suceden sin cesar sobre todo lo que ocurre en este planeta, muchas personas toman conciencia de que para estar bien informados es preciso conocer la Historia. Pretendiendo rescatar esta memoria histórica, y ante los desafíos inevitables de la bioética, conviene recordar acontecimientos importantes en la historia de las ciencias.

Si hojeamos libros y artículos de finales del siglo XIX y principios del XX, veremos qué concepto de la bioética se tenía entonces. Antes de la Segunda Guerra Mundial, la eugenesia (selección de una raza superior) estaba bien vista, y cualquiera que se opusiese era un retrógrado que pretendía frenar el progreso de la humanidad. Algunos escritores, como G. K. Chesterton, J. R. R. Tolkien o C. S. Lewis, advirtieron ya de los peligros del cientificismo, pero la propaganda positivista de J. Huxley, E. Haeckel, Haegel, Feuerbach y C. Marx (entre otros) sobre la fe en “la todopoderosa Ciencia, demostrada en el triunfo del Darwinismo sobre la obsoleta religión” impulsó la idea del imperativo tecnológico (“Todo lo que puede hacerse se hará”). Pero ¿puede existir ética sin religión?. Algún tipo de ética siempre existe, pero ¿qué ética se forjó en la primera mitad del siglo XX?.

Los alumnos de carreras de ciencias (y todo el mundo) tienen archiconocidos los enfrentamientos históricos entre ciertos científicos y la posición teológica dominante de su época (que estén bien informados de todo lo que se dijo entonces es harina de otro costal): Galileo y Darwin se citan como casos paradigmáticos. Lo que no todos conocen tan bien es que en la Historia se han dado igualmente casos paradigmáticos de enfrentamientos de una minoría (científica, religiosa o de otra índole) contra la postura predominante de la comunidad científica. Y la eugenesia de principios del siglo XX es ese caso.

Estaba “científicamente demostrado” que la raza blanca o caucásica era la más evolucionada de todas las existentes, siendo los negroides los más próximos a nuestros antepasados simiescos. Y “por supuesto”, las personas con síndromes genéticos suponían una amenaza al progreso de la especie. Debían ser abortados, esterilizados, o incluso utilizados para experimentación. Al fin y al cabo, su vida era “inferior”. Una nación progresista -Alemania- se atrevió a llevar estas ideas a la práctica. Y el mundo entero se dio cuenta de la barbaridad que suponía aquello. La eugenesia es hoy reconocida como una atrocidad, y lo que ocurrió entonces se asocia inequívocamente a posturas políticas radicales.

Pero no hay más que coger el periódico o ver ciertos documentales para notar que está surgiendo un nuevo tipo de eugenesia. Un científico alemán decía el año pasado en unas declaraciones a “El país” que había que domesticar al ser humano mediante la genética, porque llevamos la agresividad en los genes. Y añadía: “La gente se escandaliza de esto porque lo dice un alemán, pero si lo dijese un científico americano no pasaría nada”. A esto podríamos añadir las noticias sobre aplicaciones “erróneas” de la eutanasia en Holanda, la inadmisión en la UVI de mayores de 70 años en Dinamarca, el tráfico de fetos humanos con fines “médicos”, los abortos horas antes de cumplir los nueve meses, los maltratos en centros de personas mayores o los de enfermos mentales (de los que nadie se entera, “y no pasa nada”), etcétera.

Hoy no queremos seleccionar a nadie por su etnia o nacionalidad, pero ¿qué actitud está tomando la sociedad hacia las personas con síndromes genéticos, los enfermos graves, los embriones y fetos humanos “que sobran”, los inadaptados…? ¿Nos “estorban”? ¿Se preocupará alguien si son eliminados?. Conviene tener olfato histórico, porque aquellos que olvidan su Historia, tienden a repetirla.

Emilio Carmona Doctorando en Biología molecular emilio@fafar.us.es

Gonzalo Herranz, “Propaganda y realidad sobre la clonación humana”, ABC, 2.XII.01

De clonación humana hemos hablado esta semana hasta la saciedad. Parece imposible añadir razonamientos nuevos a los que, desde las diferentes posturas, se han aducido. Pienso, sin embargo, que merece la pena examinar críticamente el argumento fuerte que los partidarios de la clonación terapéutica humana, un argumento que viene a ser una adaptación del principio utilitarista de la mayor felicidad para el mayor número. Dice así: las células madre derivadas de clones humanos curarán a millones de pacientes, acabarán con las grandes plagas que azotan hoy a la humanidad.

El argumento incluye, pues, dos promesas: una, llevar alivio a millones de seres humanos; otra, de curar muchas y muy diversas enfermedades. Ninguna de ellas es creíble.

¿A cuántos beneficiará la clonación terapéutica? Recordemos que lo propio de la clonación es la identidad entre clon y clonante. Un clon producirá, si todo va bien, células madre destinadas al individuo singular del que es copia. A nadie más. Cada vez que tratemos a un enfermo con células madre, tendremos que producir primero su correspondiente embrión clónico.

Pero obtener esas células es algo tan complejo y caro que sólo estará al alcance de una clientela muy exclusiva, que tenga dinero bastante para comprar decenas de oocitos y pagar las sofisticadas técnicas de micromanipulación y cultivo, los agentes que dirigen la diferenciación hacia tipos celulares específicos, al personal supercualificado, y, puesto que los fracasos acechan, las pólizas de seguro contra tantos riesgos.

La clonación terapéutica será siempre muy cara, y no sólo durante el largo tiempo de optimización de las técnicas. Nada, pues, de millones de beneficiarios reales, de “miles de millones”, como un científico español exageró en un telediario. Los servicios nacionales de salud no podrán hacerse cargo de esa prestación. El deber de justicia plantea ahí un grave problema ético. De momento, no parece justo destinar dinero público a desarrollar técnicas que, una vez puestas a punto, van a beneficiar a unos pocos millonarios.

Nadie sabe todavía si las células troncales derivadas de embriones clonados serán beneficiosas y en qué grado. No tenemos todavía suficientes pruebas experimentales. Y, sin embargo, se habla, como si la cosa estuviera a la vuelta de la esquina, de curar enfermedades que hoy no tienen tratamiento satisfactorio: el Alzheimer, el Parkinson, la esclerosis múltiple, la apoplejía, el cáncer, la cirrosis, la diabetes, el daño miocárdico, la osteoporosis, la leucemia, la esclerosis múltiple y el SIDA: todas enfermedades terribles y de elevada prevalencia. Además, se nos asegura que, gracias a la clonación terapéutica, se desarrollará la medicina reparativa que neutralizará la erosión que, con la edad, desgasta nuestros órganos: nos hará, sino perpetuamente jóvenes, sí resistentes al paso de los años.

En resumen: que la clonación terapéutica parece casi una panacea. La historia nos enseña que soñar en panaceas es exponerse a llevarse un chasco. Desengañémonos: tanto énfasis en los poderes curativos de la clonación es un gesto de mercadotecnia: hacen falta muchos millones para ese negocio tan arriesgado y azaroso, hay que conseguir que accionistas y políticos pongan la pasta, diciéndoles que la medicina regenerativa es a la vez una mina de oro y un deber social.

Allá por los años 70, hubo un movimiento reivindicativo, Science for the people, que reclamaba para el pueblo la función de programar la investigación científica. Duró poco a causa de su radicalismo destemplado. Pero la idea de que la gente común ha de meterse en política científica es una idea sana que, así lo espero, terminará por imponerse. Hace unos años, la prestigiosa Royal Society, lanzaba a todos el mensaje de que había que interesarse por el ADN. No pretendía convertirnos en expertos en bioquímica o biotecnología. Simplemente pedía que estudiáramos y conversáramos unos con otros sobre como la ciencia va camino de afectar lo más profundo de nuestra humanidad. Hay leer entre líneas lo que cuentan los científicos. Hay que participar en la tarea de fijar los límites del dominio de la ciencia sobre el hombre.

Cuando la gente piensa por su cuenta en la clonación terapéutica, termina por rechazarla. Así lo han mostrado las encuestas serias hechas en el Reino Unido, Estados Unidos y Canadá.

Gonzalo Herranz Departamento de Humanidades Biomédicas, Universidad de Navarra

Jaime Esteban, “Moral sentimental” (sobre la manipulación de embriones), PUP, 29.X.01

Terror, eso es lo que he sentido. Se me dirá, posiblemente, que soy un agorero o un exagerado, pero creo que el asunto es peliagudo y se las promete muy fieras. Y me explico.

Hace pocos días, admirado, escuché el caso reciente de una mujer que ha conseguido ser madre estando ya bien entrada en la cincuentena. Se trata, ciertamente, de un prodigio de la medicina. Ciencia y humanismo se alían para conseguir la felicidad de una mujer; así lo han visto la mayoría de los medios de comunicación. Yo no quiero ser menos, y deseo lo mejor de esta vida para la madre y la criatura. Pero… Siempre es bueno detenerse a ver si hay peros, y en este caso los hay. Me enteré de la noticia por algún informativo televisado, creo recordar que el Telediario de la primera cadena de Televisión Española, en el que se entrevistaba a la médico de la recién estrenada madre. Parecía una mujer agradable y optimista. Hizo especial hincapié en la buena disposición de su paciente para éxito de la empresa, léase gestación y posterior alumbramiento. Hablaba, encantada, de la felicidad impagable que había conseguido su paciente gracias a la donación de óvulos… «Luego esa mujer no es! la verdadera madre de la criatura», me dije; pero rápidamente deseché pensamiento tan impertinente y continué atendiendo a la entrevistada. La médico ensalzaba el tesón de su paciente. Parece ser que el premio de sentirse madre no lo había alcanzado sino después de numerosos intentos… «¡Numerosos intentos!». Aquí, he de confesarlo, ya no pude contener mis pensamientos inoportunos. Porque, veamos: ¿qué significa numerosos intentos? No sé en este caso que nos ocupa, pero lo normal es que un intento fallido sea un embrión destruido: muerto. O congelado. O tirado a la alcantarilla por un desagüe… ¿Y de qué estamos hablando? ¿De un caramelo, una canica, una mercancía que puede escogerse, manipularse, congelarse? No sé si el embrión es persona o no lo es, pero sí tengo claro que se trata de un proyecto de vida humana, un proyecto viable, autónomo e independiente, y eso es suficiente para otorgarle la condición de ser humano y, por tanto, tratarlo como a tal. Lo contrario, el empl! eo utilitarista del ser humano, nos acerca casi siempre a situaciones poco deseables: la esclavitud, la trata de blancas, la compraventa de niños; y de ahí a Auswitz, el camino que hay que recorrer se hace inquietantemente más corto. Pero, curiosamente, nadie se ha ocupado de esto en los medios de comunicación. Es un asunto incómodo, molesto. Lo que importa es la felicidad de una mujer que por fin se ha sentido madre. Y esto es lo terrorífico. Esto es lo que verdaderamente me asusta.

Estamos constituyendo una moral que se asienta en los pilares resbaladizos del sentimentalismo. Fijémonos, si no, en los modos de argumentar. Ante al aborto siempre se escucha la cantinela de la violación, la muerte segura de la madre en el parto o la pobre chiquilla que será apaleada hasta la muerte por un padre intransigente; nadie habla de la grandeza de la vida. En el caso de las rupturas matrimoniales se apela al derecho a ser feliz de la persona; el compromiso, la dignidad del hombre acrisolada en una promesa de fidelidad, de garantizar que uno va a seguir siendo el mismo al cabo del tiempo, no aparece por ninguna parte. Ciertamente cada caso es cada caso, y no somos quienes para juzgar nadie; menos aún en situaciones de tensión vital y sufrimiento extremos. Pero a lo que no podemos renunciar es al uso de la razón. Es verdad que el corazón tiene razones que la razón no entiende. Es cierto que la hipertrofia de la razón es fría y desagradable, a más de procurarnos una i! magen falseada del hombre. ¿Pero qué ocurre si fiamos todo al sentimiento? La pasión es ciega, y los sentimientos tienen más de pasión que de razón. En una moral que siente en vez de pensar, hasta las mayores monstruosidades tienen cabida siempre que se vendan con unas pocas lagrimitas y una banda sonora de esas que hace se te ericen los pelos del colodrillo. Mal negocio es guiarse por los sentimientos, y peor aún construir una moral asentada en éstos. Si escogemos a un ciego como lazarillo vamos directos al despeñadero.

Razonar es un acto reflexivo, algo interior. Un hombre es reflexivo cuando vive hacia dentro y no hacia fuera. Cuando pondera las cosas en su fuero interno, y no cuando su obrar sigue al sentir. Pero no nos engañemos; lo que hoy interesa es el color, la música, la imagen, el sonido. Hay que alucinar y que flipar. Y mientras, según dicen, cada vez se lee menos en España.

Julio Coll, “La reproducción de los genomas”

  • ¿Qué es un genoma?
  • ¿Cuántas intrucciones tiene?
  • ¿Qué es un gen?
  • ¿Dónde están los genomas?
  • ¿Cómo se originan?
  • ¿Cómo se desarrollan?
  • ¿Clonaje terapética?
  • Conclusiones
  • JULIO COLL MORALES Biológicas UCM pHD Cell Biology MIT

    Gonzalo Herranz, “Ética médica y píldora del día después”, Diario Médico, 4.IV.01

    El autor se refiere al mecanismo de acción de la llamada píldora del día después y se asombra de la nube de ignorancia que rodea a su efecto antinidatorio, precisamente en el tiempo de la medicina basada en la evidencia. En otro artículo que se publicará mañana en la sección de Normativa el profesor Gonzalo Herranz analizará el consentimiento informado en la prescripción de este producto. La reciente aprobación por la Agencia Española del Medicamento de la comercialización del levonorgestrel en la forma farmacéutica de píldora del día después (pdd) es un asunto que plantea problemas ético-médicos y deontológicos nada triviales y merecedores de comentario.

    El mecanismo de acción de la pdd incluye un componente de significado ético fuerte: impide la anidación y, con ello, el desarrollo del embrión hu-mano. Sabemos que lo hace, pero ignoramos cuántas veces los hace. En consecuencia, recetar el médico o tomar la mujer la pdd son acciones con fuerte carga de responsabilidad, en las que juegan un papel muy relevante factores de dos órdenes: uno que podríamos asignar al área de la ética biológica; el otro, al de la ética profesional. El factor ético-biológico consiste en saber qué es lo que ocurre en el organismo de la mujer cuando hace uso de la pdd: sólo sabiéndolo no daremos palos de ciego y será posible actuar con conocimiento y racionalidad. El factor ético-profesional consiste en analizar, a la luz de los principios de la deontología médica, qué requisitos -de información no sesgada, de respeto por las personas y sus convicciones morales- habrían de exigirse para que un médico pueda prescribir la pdd.

    Mecanismo de acción en la penumbra ¿Qué sabemos de la pdd? Aquí, la pregunta no se refiere primariamente a su eficacia y seguridad, a sus interacciones: de eso sabemos suficiente. Se refiere a su mecanismo de acción, del que necesitamos saber y hablar más.

    Es casi rutinario decir que la pdd ejerce un efecto diverso y multifactorial, que depende de la relación temporal que se dé entre el momento de la ingestión del producto y el día del ciclo menstrual o el tiempo transcurrido desde la relación coital. En la versión oficial de los hechos, se dice que la pdd puede inhibir la ovulación o, a través de sutiles perturbaciones de la función del eje hipotálamo-hipófisis-ovario, retrasarla; que puede modificar la textura del moco cervical y volverlo impracticable para los espermios; que puede enlentecer la motilidad tubárica y con ella el transporte de los gametos; que puede debilitar la vitalidad de los espermios y del ovocito y mermar su capacidad de fecundarse; o que, en fin, puede alterar el endometrio y hacerlo refractario o menos receptivo a la implantación del huevo fecundado. Es decir, unos cambios son contraceptivos porque inhiben a la fecundación; otros, en cambio, operan después de ésta y han de ser tenidos como interceptivos o abortivos muy precoces.

    Qué parte juega cada uno de esos factores, y particularmente ese último y decisivo efecto antinidatorio de la pdd, en el resultado neto final de que nazcan menos niños, nadie se ha propuesto dilucidarlo. La cosa, importante como es, permanece envuelta en una tenaz nube de ignorancia. Sorprende que una cosa así ocurra en el tiempo de la medicina basada en pruebas, tiempo en que, en farmacología clínica, se hila muy fino y no están bien vistas ni la ignorancia ni la indeterminación. Disponemos sólo de estimaciones indirectas, aunque relativamente fiables, que permiten concluir que, aun dada a tiempo, la pdd no inhibe la ovulación siempre; que, a pesar de los cambios que induce en el moco cervical, la pdd no impide que los espermios pasen en cantidad disminuida, pero suficiente, a la trompa; y que el efecto antinidatorio endometrial juega un papel, decisivo aunque no cuantificado, en la eficacia del tratamiento.

    Claridades y ambages Una situación así obliga a actuar en la duda, con menos datos de los necesarios, lo cual crea conflictos. Con razón, quienes profesan un respeto profundo a todos los seres humanos sin excepción, estiman que jamás uno de ellos puede ser expuesto al riesgo próximo de ser destruido, aunque ese riesgo no esté cuantificado. Basta con que la pdd sea de hecho capaz de privar de la oportunidad de vivir al embrión humano para que sea condenable. Quienes no profesan aquel respeto prefieren negar el problema ético valiéndose de ciertos cambios del lenguaje. Para ellos, mudar el nombre de las acciones transmuta su moralidad. Afirma un editorial del New England Journal of Medicine: “…aun cuando la contracepción de emergencia actuara exclusivamente impidiendo la implantación del zigoto, no sería abortiva”. Pero no se nos dice qué es. Quebrar la vida de un ser humano, por minúscula que sea la víctima, es algo que merece ser llamado de alguna manera. Impedir la implantación del embrión humano es un hecho de notable importancia ética que no se puede volatilizar por el fácil expediente de dejarlo sin nombre. Su sustancia moral no desaparece aunque se recurra a la redefinición de gestación y concepción que hace años pactaron la OMS, la ACOG, la FIGO y las multinacionales del control de la natalidad. Pero la tal redefinición no es de recibo: a ella se vienen resistiendo año tras año, con una tenacidad sensata, muchos hombres y mujeres de buena voluntad, las sucesivas ediciones de los diccionarios generales y médicos, y los libros de embriología humana.

    De todas formas, aun en medio del ocultamiento y la indeterminación, no faltan quienes, superado todo escrúpulo ético ante el aborto y la contracepción dura, se manifiestan con sincera franqueza. Un par de muestras: en la versión española, pero curiosamente no en la inglesa, de la página del Population Council en internet, se lee: “Lo que hacen las píldoras anticonceptivas de emergencia y las minipíldoras de emergencia es, principalmente, modificar el endometrio (la capa de mucosa que recubre el útero), para así inhibir la implantación de un huevo fecundado”. Y Emile Etienne Baulieu acuñó el concepto de contragestivos para agrupar junto a la RU-486 (la píldora abortiva que él había diseñado) los métodos de control de la fertilidad que son abortivos muy precoces, como los dispositivos in-trauterinos, la contracepción hormonal a base de gestágenos y la contracepción postcoital. “De hecho -afirmó en su discurso al recibir la Medalla Lasker- la interrupción posterior a la fecundación, que tendría que ser considerada como abortiva, es algo que está a la orden del día […] Por esa razón, hemos propuesto el término contragestión, una contracción de contra-gestación, para incluir en él la mayoría de los métodos de control de la fertilidad”.

    Eso es hablar claro y sin tapujos. La evolución histórica de la contracepción ha seguido una trayectoria bien definida: de la anovulación a la intercepción, del ovario al endometrio, de antes de la fecundación a después de ella. El modo, lugar y tiempo de su actuación han ido cambiando en los últimos 45 años. Pero se sigue hablando de contracepción, como si nada hubiese ocurrido.

    El médico que profesa un profundo respeto a la vida y que no ignora el efecto antinidatorio de la pdd rehusará prescribirla, para lo que no necesita, a la vista de los términos que constan en la reciente autorización del levonorgestrel, recurrir a la objeción de conciencia. Pero, si un día se incluyera la pdd entre las prestaciones de las aseguradoras privadas o del Sistema Nacional de Salud, el médico podría presentar objeción de conciencia a su prescripción, al igual que lo hace ante el aborto de embriones y fetos de mayor edad.

    Etica médica y píldora del día después (II) El profesor D. Gonzalo Herranz comentaba ayer en DIARIO MEDICO la nube de ignorancia que rodea al efecto anidatorio de la llamada píldora del día después. En este segundo artículo, el autor destaca la importancia de una información completa en la prescripción de este producto y la obligación deontológica del médico de respetar las convicciones de la paciente, a quien no puede imponer su opinión.

    Aunque es altamente cuestionable que la píldora del día después (pdd) pueda considerarse como un medicamento convencional, de momento en España ha de prescribirse y dispensarse como si de un medicamento genuino se tratara. El farmacéutico sólo podrá dispensarla cuando la haya recetado un médico.

    Conviene, pues, preguntarse qué normas deontológicas son especialmente pertinentes al caso. Son dos los artículos del vigente Código de Etica y Deontología Médica que, a mi parecer, las contienen.

    El artículo 25 del Código de Etica y Deontología Médica dice que “el médico deberá dar información pertinente en materia de reproducción humana a fin de que las personas que la han solicitado puedan decidir con suficiente conocimiento y responsabilidad”. El código declara que la información sobre la reproducción humana es un área privilegiada, especial. En nuestro caso, impone al médico, en especial al ginecólogo y al médico general, el deber de informar sobre la pdd no de modo rutinario, sino cualificadamente, pues la información que dan a quienes le preguntan ha de servirles a éstos para tomar decisiones con conocimiento suficiente y con suficiente responsabilidad. Tal información ha de ser objetiva, inteligible, adecuada.

    Información éticamente significativa Con datos parciales, oscuros o sesgados no puede llegarse a decisiones responsables. Es criterio general que el consentimiento del paciente no sería genuino, esto es, ni libre ni informado, si el médico le ocultara información que el paciente tuviera por éticamente significativa. Con respecto a la pdd, quien ha de juzgar es la propia mujer. El artículo 25 reconoce la especial e intransferible responsabilidad de cada uno en materia de reproducción humana que, en el pluralismo ético de hoy, admite diferentes versiones: para unos, se trata de ejercer una maravillosa cooperación con el poder creador de Dios; para otros, se trata de expresar la centralidad que la reproducción humana ocupa en su plan de vida personal; para otros, se trata de ejercer el derecho de transmitir al hijo, a través del material genético, la imagen de la propia identidad.

    El médico ha de reconocer que quienes creen que la vida del ser humano comienza con la fecundación actúan con plena racionalidad cuando rechazan un tratamiento que pueda destruir una vida humana naciente, aun cuando la frecuencia absoluta de tal evento fuera baja. Es cierto que, en el proceso de consentimiento informado, el médico no está obligado a referir riesgos muy raros, pero esa norma decae cuando se tengan indicios razonables de que esa rara posibilidad es tenida por el paciente como importante, muy importante. Esos indicios se obtienen informando y preguntando. No hacerlo equivaldría a viciar el consentimiento, que ya no sería informado. Se sabe que se dan efectos psicológicos negativos, sentimientos de engaño, culpabilidad o tristeza, reacciones de rabia o depresión en mujeres que creen que la vida humana comienza con la fecundación y que más tarde se enteran de que la pdd pudo haber eliminado una de esas vidas, sin que se les hubiera informado y dado oportunidad de expresar su voluntad. La falta de consentimiento en un caso así puede exponer al médico a enojosas consecuencias deontológicas y judiciales.

    Manifestar opiniones, no imponerlas El artículo 8 del código dice que “en el ejercicio de su profesión, el médico respetará las convicciones de sus pacientes y se abstendrá de imponerles las propias”. Respetar a las personas es respetar sus convicciones. Como es lógico, las convicciones que el médico no puede imponer no son sólo las políticas, ideológicas o religiosas. Son también las técnicas y científicas. El médico ha de manifestar sus opiniones y recomendaciones que hagan al caso, pero ha de hacerlo sin abusar de su posición de poder. Si piensa el médico que el embrión humano es respetable sólo después de haberse implantado o incluso más tarde, esa es su opinión, pero no puede imponerla a quien tiene a la fecundación por comienzo de la existencia humana. No puede olvidar el médico que, para mucha gente, son inaceptables aquellas formas de regulación de la reproducción que permiten la fecundación y provocan luego la pérdida del embrión.

    En su relación con el paciente singular, el médico no puede aplicar los criterios asignados por las encuestas sociológicas a las mayorías. Los sondeos de opinión pueden decir que la opinión prevalente es que el embarazo indeseado o inesperado tiene su destino más apropiado en el aborto, o que la pdd es la opción que ha de ofrecerse sin más averiguación a quien solicita contracepción urgente. Pero ésa bien puede no ser la opinión de muchos otros. Incluso puede estar en contradicción con otras estadísticas.

    Así, por ejemplo, entre las adolescentes, que constituyen al respecto el grupo más vulnerable, las circunstancias (sociales, culturales, religiosas, familiares) que intervienen en la decisión de abortar o de continuar el embarazo son muy complejas e impredecibles, y obligan a prestar al asunto una atención individual y libre de prejuicios. En todo caso, el más justificado sería el prejuicio a favor de la vida. En efecto, los datos relativos al millón aproximado de adolescentes que anualmente quedan embarazadas en los Estados Unidos suelen mostar con notable constancia que deciden abortar sólo un tercio de ellas (35 por ciento), mientras que los otros dos tercios (65 por ciento) lo continúan, aunque una séptima parte del total (14 por ciento) termina en un aborto espontáneo.

    El médico no puede prejuzgar que la persona que tiene delante participa de las mismas convicciones éticas que él. Y menos todavía puede dar por supuesto que esa persona prefiere ignorar o no dar importancia a las implicaciones morales o religiosas del uso de la pdd. Y, dado que hay pruebas que sostienen que la pdd ejerce un efecto antinidatorio y siendo imposible que el médico sepa de antemano si la mujer que le consulta objetará o no a su empleo, no se puede sostener que sea buena práctica médica privar a la mujer de la información imprescindible para que ella preste su autorización. No dar esa información sería a la vez un engaño y un abuso, que expropiaría a la mujer de su autonomía.

    La situación definida como contracepción de urgencia no exime de ese diálogo singular y libre de prejuicios entre el médico y la mujer. No pertenece la prescripción de pdd al pequeño número de situaciones de urgencia extremada en las que puede prescindirse del consentimiento informado. En el caso de la presunta prescripción de la pdd no puede prescindirse de entablar con la mujer una relación inteligente, informativa, éticamente respetuosa, que tenga en cuenta sus creencias y valores. La autorización para comercializar la pdd trae a primer plano esos dos aspectos básicos de la ética profesional de la medicina: el respeto a las convicciones del paciente y la comunicación de la verdad. Queden los que no han sido tratados aquí para otra ocasión.

    Ética médica y píldora del día después (III) D. Gonzalo Herranz, miembro del Departamento de Humanidades Biomédicas de la Universidad de Navarra,se pregunta por el silencio de gran parte de la profesión médica ante un tema con fuerte repercusión en la opinión pública y explica la nueva significación del término concepción,a la que se resisten los libros de embriología y los diccionarios. Concluye que la información que se da a las mujeres es paternalista porque las considera incapaces de asumir sus responsabilidades.

    Hace poco más de un mes envié a DM un par de Tribunas sobre la píldora del día después (pdd), convencido de que iban a provocar un debate necesario y, así lo deseaba, clarificador. Pero ese debate no se ha producido: han ido pasando los días y nadie del campo profesional ha dicho en las páginas de DM esta boca es mía.

    Lo curioso es que se trata de un silencio selectivo, intraprofesional. En la calle, los medios de comunicación, con la colaboración de muchos médicos, no han parado de hablar sobre la pdd con ocasión de los diferentes pasos de su camino hacia las farmacias. Y DM mismo se ha hecho eco de una nota, breve y clara, de la Conferencia Episcopal Española.

    ¿Qué podrá significar ese silencio dentro de la profesión? Podría, en principio, ser expresión de varias actitudes: del aburrimiento de unos por un asunto mil veces tratado y del que decir algo nuevo parece imposible; del desinterés de otros por un problema moral que juzgan superado; del desdén de muchos ante la naturaleza insoluble de un conflicto ético más; de la fatiga de los que empiezan a cansarse de pugnar por unos valores que ya no son compartidos. Pero la cosa no se puede quedar ahí. Es necesario traerla de nuevo a colación: no es bueno que los médicos respondamos con el silencio o la indiferencia a una cuestión que tanto interesa a la gente y que nos implica de lleno.

    Jugando con las palabras Quiero tratar aquí de un punto que está en el fondo del problema y que dejé sólo esbozado en una Tribuna de comienzos de abril: me refiero al cambio léxico que permite a los promotores de la pdd afirmar que ésta no es abortiva. Porque no se trata sólo de un cambio léxico: viene a ser la imposición de una ideología.

    Refería, en una de las Tribunas de abril, que se había recurrido a cambiar el significado de algunas palabras para hacer más convincente la idea de que la pdd no es abortiva. Creo que es clarificador conocer la historia y la intención de esos cambios.

    La transición a una sociedad dominada por el ethos contraceptivo exigía un cambio de pensamiento y de actitudes sobre lo que haya de entenderse por concepción: sólo cambiando el sentido de la palabra podrían cambiar las costumbres sociales. La cosa resultó bastante sencilla: consistió en disociar concepción de fecundación e identificar concepción con implantación terminada.

    Veámoslo con algo de detalle. Concepción, en su acepción original, genuina, de uso general no manipulado, es y ha sido siempre equivalente de fecundación: la concepción es la unión del espermatozoide y el óvulo, es el comienzo del nuevo ser, marca el inicio del embarazo. Eso es lo que en mayoría masiva dicen los diccionarios generales de las diferentes lenguas y lo que repiten en mayoría masiva los diccionarios médicos. Pero en el nuevo orden de cosas las cosas son distintas. En el nuevo lenguaje, concepción ya no es ni fecundación ni comienzo del nuevo ser, sino, como antes, el inicio del embarazo, pero marcado por la culminación de la implantación del blastocisto en el endometrio.

    Un significado auténtico El cambio no es un mero ejercicio de precisión académica: supone una revolución ideológica. Pero el significado genuino de las palabras -como en Galicia dicen d’os amoriños primeiros- aguanta impertérrito. Los libros de embriología y los diccionarios se han resistido al cambio. Es un ejercicio a la vez absorbente y divertido examinar lo que unos y otros dicen de concepción y fecundación, de embrión y pre-embrión, de cigoto y mórula, de blastocisto y gástrula, de embarazo y aborto, de contraceptivo y abortifaciente.

    La incorporación de la nueva ideología ha sido parcial y errática: se adaptan unos conceptos, pero se dejan sin enmendar otros. Todo parece artificial y fabricado. Baste un botón de muestra: el autoritativo Dorland’s. En la entrada “concepción” sigue la redefinición moderna: “concepción, el comienzo del embarazo, marcado por la implantación del blastocisto en el endometrio”. Pero, curiosamente, los revisores se olvidaron de modificar la entrada “embarazo”, que sigue anclada en la vieja tradición: “embarazo, la condición de tener en el cuerpo un embrión o feto en desarrollo, después de la unión de un ovocito y un espermatozoide”. Unas veces el comienzo del embarazo es la implantación; otras veces, la fecundación.

    Fascinante.

    Las cosas no casan ni pueden casar cuando el lenguaje es torturado y se vuelve loco. Los genetistas que colaboran con los embriólogos clínicos han desarrollado técnicas de diagnóstico génético preconcepcional y preimplantatorio, que le dan la espalda a la nueva nomenclatura. Y se la dan en la práctica profesional también los mismos ginecólogos: en un estudio hecho en 1998, en Estados Unidos, en que se les preguntaba en relación con la información que dan a las mujeres en el proceso de obtener el consentimiento informado, el 73 por ciento respondió que concepción es sinónimo de fecundación y sólo el 24 por ciento indicó que concepción era sinónimo de implantación.

    Con la nueva definición de concepción, una cosa queda asegurada: la contracepción no es sólo impedir la concepción, no abarca sólo el conjunto clásico de procedimientos, dispositivos, o sustancias que impiden la reunión del espermatozoide y el oocito y su fertilización. Incluye ahora, y trata de cobijar bajo la calificación ética de contracepción, los procedimientos, dispositivos o sustancias que impiden el desarrollo del embrión en el tiempo que va de la fecundación al final de la implantación. Lo que hasta ahora era abortivo precoz, conforme al nuevo lenguaje ya no lo es. Sólo merecen el nombre de abortivos o abortifacientes los procedimientos o sustancias que impiden el desarrollo del embrión ya implantado. Antes de terminada la implantación no se puede hablar de aborto, es incorrecto referirse a una interrupción del embarazo, porque, por la magia de la nueva palabra, el embarazo sólo puede ser interrumpido una vez que ha empezado, y ahora no empieza el día 1, sino un par de semanas más tarde. En el nuevo lenguaje, hablar de abortos de embriones de menos de 14 días es un contrasentido. Eso es lo que nos están diciendo acerca de la pdd algunos representantes de la industria farmacéutica, ciertos agentes sociales y de la Administración, y un sector de médicos.

    Ocultar una realidad científica Pero todos sabemos que no estamos ante un juego de palabras, sino ante la cuestión, infinitamente más seria, de nuestras relaciones con los seres humanos más pequeños. Estos, en su inocencia, son destruidos por la pdd.

    La manipulación léxica nos dice que no hablemos entonces de abortos, pero no nos dice de qué hemos de hablar. De algún modo habrá que llamar al hecho de privar de la vida a los embriones a los que se impide implantarse en el útero. Los neologismos técnicos de contracepción endometrial, de intercepción postcoital, de efecto antinidatorio sólo describen una parte de la realidad. Ocultan el hecho de que, en muchas ocasiones, según sea el momento del ciclo en que la mujer haya realizado el acto sexual, se impide la supervivencia de un número considerable de embriones humanos.

    Eso es lo relevante. Llamarle o no aborto es, en cierta medida, indiferente para la realidad ética subyacente, pero con alguna palabra hay que denominar la acción de eliminar vidas humanas inocentes. Ofuscar a las mujeres diciéndoles que con la pdd nunca pasa nada, en lo biológico y lo ético, es un condenable paternalismo, es tenerlas por incapaces de asumir la responsabilidad de sus acciones, escamotearles la oportunidad de escoger. Deben saber que por efecto de la pdd una vida humana puede ser cercenada, un destino humano cancelado, la promesa de una vida personal anulada. Y esa es una tragedia que no es justo trivializar con juegos de palabras por sugerentes que sean, por inteligentes que parezcan, aunque hayan recibido las bendiciones del ACOG y la FIGO, la OMS o la SEC.

    Gonzalo Herranz Departamento de Humanidades Biomédicas Universidad de Navarra

    Ignacio Sánchez Cámara, “Clonación y dignidad”, ABC, 1.XII.2001

    Las reacciones ante la clonación de un embrión humano parecen confirmar el carácter anómalo del debate moral contemporáneo. Especialmente, quizá, en el ámbito de la bioética. Toda discusión moral es estéril si no se remonta a los fundamentos, es decir, a las diferentes concepciones filosóficas de la ética. En caso contrario, todo queda reducido a repetición de tópicos, charla de café o diálogo de sordos. Tampoco cabe encontrar la respuesta en la ciencia, que suministra más los términos del problema que la solución. Y no se trata sólo de que no lleguemos a un acuerdo, cosa tal vez imposible; es que ni siquiera discutimos sobre los mismos presupuestos. De este modo, con exigua sutileza, unos perciben en los partidarios de la clonación terapéutica a una especie de asesinos en serie, y los otros convierten a sus detractores en entusiastas fundamentalistas de la muerte que se oponen con crueldad a un simple tratamiento médico. Pero algunos defensores de la clonación, y de otras causas semejantes, esgrimen un argumento falaz, que consiste en la atribución a sus oponentes de un planteamiento religioso o confesional, identificando el suyo con la racionalidad y el buen sentido, y les exigen la tolerancia y la exclusión del dogmatismo. Naturalmente, aceptar ese planteamiento es otorgarles de antemano la razón y escamotear el debate. Si no estoy equivocado, todo depende de la concepción que se defienda sobre la vida humana, sobre su origen, fundamento y dignidad. No pueden pensar lo mismo sobre, por ejemplo, el aborto, la eutanasia o la clonación quienes consideran que la vida es un don de Dios o una realidad misteriosa o trascendente que quienes la entienden como una mera propiedad inmanente de ciertos seres autónomos que pueden disponer libremente de ella, o quienes limitan la existencia de la persona a un cierto estado de madurez, o reducen el deber moral al principio de no causar daño a un ser sensible o consciente. Tampoco pueden pensar lo mismo quienes postulan la existencia de deberes absolutos e incondicionados que quienes limitan el deber a la producción del placer y a la evitación del dolor. Sin acudir a este ámbito de los fundamentos filosóficos y de la concepción radical del mundo y de la vida, las disputas morales constituyen una pérdida de tiempo y una irresponsabilidad. Si asumimos la primera tesis, es claro que la clonación, incluida la terapéutica, atenta contra el deber moral y contra la dignidad de la vida. Si nos adherimos a la segunda, la conclusión será su licitud en la medida en que puede paliar el sufrimiento de seres conscientes y maduros, aunque sea al precio de manipular y destruir embriones, carentes de toda dignidad. Por eso, no espero nada relevante de un debate sobre la clonación, y, en general, sobre bioética. Poco más que parloteo e incomprensión. Por mi parte, como creo en el sentido trascendente de la vida, considero que la clonación, incluida la terapéutica, es ilícita moralmente. Aliviar el sufrimiento y curar una enfermedad pueden constituir un deber, pero no un deber absoluto e incondicionado. Hay deberes más elevados. Pero también entiendo la posición de los partidarios, aunque creo que parten de una concepción equivocada de vida humana. Lo que no estoy dispuesto a aceptar es que la suya sea la única posición ilustrada y racional. Si es la única moderna y progresista, me importa muy poco. En cualquier caso, no albergo dudas acerca de cuál de las dos concepciones es más favorable a la dignidad de la vida y de la persona. Si no va a haber auténtico debate, lo mejor es guardar silencio, respetar al discrepante, mas no necesariamente sus argumentos, y confiar en que la verdad moral, que no depende del sufragio universal, termine por imponerse.

    Antonio Pardo, “Mentiras sobre la clonación terapéutica”, Viatusalud, 14.X.02

    En febrero de 1997, el Dr. Wilmut, del Instituto Roslin de Escocia dio a conocer el éxito de la primera clonación realizada a partir de células de animal adulto. Desde entonces, el rechazo de la aplicación de dicha técnica al hombre se ha ido debilitando. Hoy es frecuente encontrar la opinión de que sería éticamente aceptable su práctica con fines terapéuticos, excluyendo tajantemente la posibilidad de emplearla con fines reproductivos.

    La utilidad terapéutica que se pretende para dicha técnica busca tratar enfermedades causadas por degeneración de los tejidos o por su funcionalidad deficiente; la frecuencia de estas enfermedades está creciendo de modo paralelo al aumento de la edad media de la población de los países occidentales. Aunque, en algunos casos, pueda existir un tratamiento que alivie en parte la enfermedad (diabetes, Parkinson), la solución definitiva parece pasar por la sustitución de las células enfermas (muertas o desfallecientes) por otras que actúen adecuadamente, en suma, por el trasplante de cultivos de células que se integren en el enfermo y reemplacen la función deficiente de las células originales enfermas.

    La técnica de clonación se pretende necesaria para conseguir la compatibilidad de las células trasplantadas con el receptor, de modo que las defensas de este último no destruyan las células que le curarían. Para conseguir un trasplante de células compatibles con el enfermo se tendrían que dar los pasos siguientes: 1. Tomar una célula del paciente y efectuar la clonación, de modo que se obtuviera un embrión humano (un nuevo ser humano en estado embrionario) genéticamente idéntico al enfermo.

    2. Cultivar en el laboratorio este embrión durante 5 ó 6 días, al cabo de los cuales se separan las células de su disco embrionario (con la muerte de dicho embrión). Esas células son las denominadas “células madre” o stem cells.

    3. Esas células separadas se deben tratar para evitar su envejecimiento cuando tengan que multiplicarse para poder trasplantarse.

    4. Transformar esas células en células del tipo que necesita el enfermo (células nerviosas, musculares, etc.).

    5. Realizar el trasplante, sin que haya rechazo y de modo que las células trasplantadas se integren funcionalmente en el enfermo.

    De todos estos pasos, solamente se sabe hacer, hasta el momento, el número 2, que se ha ensayado sobre embriones sobrantes (si la vida humana se puede calificar de “sobrante”) de procedimientos de fecundación in vitro. Sabemos destruir los embriones y separar su disco embrionario, y poner esas células en cultivo. Nada más. El reciente anuncio, hecho por la empresa Advanced Cell Technology, de haber realizado la clonación humana no es tal: sólo han activado unos óvulos no fecundados, y han conseguido que se reprodujeran algunas veces antes de morir. La clonación humana no se ha realizado todavía.

    Estas esperanzas de curación de las enfermedades degenerativas de la humanidad son falsas. Si repasamos cómo se ha de realizar la técnica, la clonación beneficiaría sólo a un enfermo, aquel de quien se tomen las células de partida. Sería una técnica complejísima, extraordinariamente cara, que sólo beneficiaría a unos cuantos millonarios que podrían permitirse pagarla. Y también beneficiaría a algunos aprovechados, como Advanced Cell Technology, que, so capa de hacer un bien a la humanidad, en el fondo buscan inversores para que su empresa pueda medrar en un medio con mucha competencia como es el estadounidense. Las actuales noticias esperanzadoras son una cortina de humo de los medios que oculta esta cruda realidad.

    La cuestión se pone todavía más de manifiesto cuando se observa que la pretensión de curar a media humanidad mediante la clonación no tiene ninguna repercusión práctica, ni siquiera de tipo experimental. Toda la bibliografía sobre células madre obtenidas de embriones humanos se reduce a media docena de artículos publicados desde 1998. Ninguno de ellos tiene aplicabilidad práctica a ningún enfermo (ya hemos mencionado anteriormente el estado de las investigaciones sobre todos los pasos técnicos necesarios). Simultáneamente, se están realizando investigaciones en células madre obtenidas del organismo adulto (en el que existen, y al parecer mucho más abundantes de lo que se pensaba hace unos años), con las que ya se han realizado experimentaciones clínicas, y de las que ya ha habido algunas curaciones como resultado.

    ¿Por qué entonces el empeño en destruir embriones humanos, para colmo generados de un modo antinatural? Nuevamente, la explicación de esta conducta por la economía: se prevé que, si sucede lo mismo que en los años 80 con la manipulación genética, aunque ahora estas técnicas estén en sus albores, rendirán pingües beneficios económicos dentro de una o dos décadas. Pero, para iniciar tan prometedor negocio, se hace necesario derribar las barreras éticas que impiden desarrollarlo; se trata, por tanto, de cantar las alabanzas de todas las posibles curaciones y de los resultados preliminares, y de argumentar que de todos modos se trata tan sólo de destruir unos pocos embriones (falso, serán muchos miles los que morirán) para beneficio de toda la humanidad (falso, sólo de algunos ricos).

    Aunque el turbio asunto de los intereses económicos y la poca solidez científica de la clonación “terapéutica” bastarían para dejarla aparcada, su problema principal no reside ahí, sino en que estamos jugando con vidas humanas (embrionarias, pero humanas al fin) que serán creadas para su destrucción en aras de la ciencia (es decir, del poder económico de los poderosos), y nunca será éticamente correcto, ni por supuesto cristiano, emplear una vida humana como un mero medio para el fin que sea.

    Antonio Pardo. Departamento Humanidades Biomédicas. Universidad de Navarra Tomado de http://www.viatusalud.com/

    Luis Montengua y Fernando Lecanda, “Células madre: realidades, oportunidades, retos”, N.R., I.02

    El reciente anuncio de una empresa americana de haber clonado embriones humanos ha provocado expectación y comentarios. La reacción de los expertos ha sido casi unánime: se trata de un estudio mediocre que presenta datos poco elaborados. Sin embargo, el episodio ha mostrado claramente que hay científicos y empresarios decididos a clonar seres humanos. Hasta hace bien poco había un consenso prácticamente absoluto en contra de la clonación humana. De repente, han comenzado a aparecer llamadas para que se apruebe la denominada «clonación terapéutica», distinguiéndola de «la reproductiva», que sería ética y socialmente condenable. La clonación llamada terapéutica propone producir embriones humanos clónicos de individuos para después diseccionarlos, extrayendo de ellos «células madre» como materia prima para el autotrasplante. Los partidarios de este tipo de clonación invocan de modo reiterado los miles de vidas que, en teoría, se podrían salvar utilizando las células madre embrionarias. La sociedad asiste asombrada a un debate de superespecialistas con argumentos y promesas que difícilmente se puede contrastar. En el presente ensayo, Luis Montuenga y Fernando Lecanda pretenden contribuir a clarificar el estado de la cuestión en relación a esas células madre, tanto las embrionarias como las presentes en los individuos adultos. Estas últimas han sorprendido incluso a los más escépticos por su increíble potencialidad. De hecho, descubrimientos recientes han puesto en entredicho las voces de mal agüero que sugerían que, para conseguir material biológico para las nuevas técnicas de trasplantete por reemplazo celular, no habría más remedio que utilizar embriones humanos.

    Desde el momento de la fecundación, el embrión unicelular o zigoto, formado por la fusión del espermatozoide y el óvulo, posee una identidad cromosómica única. Toda la información sobre el desarrollo posterior del zigoto se encuentra codificada en el adn cromosómico en forma de «unidades de información», llamadas genes. Cada gen se podría comparar con uno de los programas o de las canciones registradas en un cd, que sólo se activan cuando reciben las instrucciones y los estímulos necesarios. A partir de la fecundación, los genes que contienen las «instrucciones de funcionamiento y ensamblaje» del organismo se van activando paulatinamente mediante un proceso exquisitamente coordinado. La activación de los genes durante el desarrollo embrionario genera —en el lugar exacto y en el momento oportuno— las estructuras necesarias para dar lugar al organismo adulto. Éste se compone de muchos tipos de células con distinta morfología y función. El camino que media entre una sola célula no especializada —el zigoto— y los 10 billones de células del adulto, requiere la actuación continuada y simultánea de los motores básicos de la biología del desarrollo: la proliferación y la diferenciación celulares.

    Tras la fecundación, la primera célula del nuevo organismo comienza a dividirse y pasa a 2, 4, 8… células idénticas que se disponen formando una masa esférica semejante a una mora (mórula). En esos primeros instantes, las células del embrión son totipotentes; es decir, si por algún motivo accidental o experimental se separan, cada una de ellas puede dar lugar a un individuo idéntico. La proliferación celular es un proceso complejísimo cuyo descontrol lleva, entre otras cosas, a la aparición del cáncer. En los últimos años los científicos hemos dedicado un enorme esfuerzo para entender mejor los mecanismos moleculares que intervienen en el control de la proliferación celular. De hecho, tres especialistas, Leland Hartwell, Tim Hunt y Paul Nurse, acaban de recibir el Premio Nobel de Medicina de 2001 por su contribución al conocimiento de la división celular.

    Desde los estadios más precoces comienza también el proceso no menos complejo de la diferenciación celular. Por la diferenciación, a partir de una masa informe, las células del embrión se organizan en tejidos y órganos. La diferenciación consiste en una serie de cambios, que llevan a la célula a adquirir características morfológicas y funcionales especializadas. Por ejemplo, una célula nerviosa diferenciada posee unas prolongaciones capaces de propagar y transmitir señales; otras células se fusionan dando lugar a fibras alargadas especializadas en generar movimiento: son las células musculares; otras forman la sangre y adquieren las herramientas biológicas para el transporte de oxígeno o la defensa frente a infecciones. Se sabe que en el organismo adulto hay más de 200 tipos celulares especializados distintos. Es importante comprender que todos ellos provienen en último término de la primera célula, el zigoto, por medio de esos procesos de diferenciación y proliferación. El embrión unicelular o zigoto tiene pues capacidad o potencia omniabarcante, es decir, puede dar lugar a cualquiera de los 200 tipos celulares del organismo. En condiciones normales, a medida que las células del embrión se dividen, se va restringiendo la capacidad de especializarse. Es decir, cuanto más avanzado se encuentra el organismo en su desarrollo embrionario, menos «versatilidad» o «plasticidad» poseen sus células, que ya están determinadas en una dirección más o menos específica. Sin embargo, desde hace tiempo se conoce que existen unas células que suponen una excepción a esta regla. Algunas células de los tejidos del individuo adulto son todavía capaces de diferenciarse en varios tipos celulares distintos. Son las llamadas células madre (stem cells). Una célula madre es, en efecto, una célula capaz de dividirse y dar lugar a diversos tipos de células; algunas de las células «hijas» se especializan mediante diferenciación, y otras mantendrán su capacidad replicativa, y serán por tanto nuevas células madre. La existencia de este tipo de células permite mantener la capacidad regenerativa de los tejidos.

    Ya se conocía desde hace tiempo que algunos tejidos, como la sangre o el hígado, son capaces de regenerarse rápidamente en situaciones en las que se han producido daños extensos. La capacidad de regeneración depende de la existencia en los órganos y tejidos de los adultos de este tipo de células madre con capacidad de proliferación y diferenciación. Las células madre se encuentran en la mayoría de los órganos del adulto, y poseen la capacidad de autorrenovarse, es decir, de proliferar y de dar lugar a células diferenciadas o maduras, así como a otras células madre que perpetúan la capacidad de regeneración de un determinado tejido. En los últimos años, se han llevado a cabo progresos muy notables en el área de las células madre hematopoyéticas, que son uno de los dos tipos de células madre que se pueden encontrar en la médula ósea.

    Estas células se han aislado y expandido en cultivo y se utilizan en la práctica clínica para el tratamiento de enfermedades hematológicas mediante los trasplantes de médula ósea. La Medicina actual utiliza las células madre de la médula ósea con diversos objetivos terapéuticos, no sólo en el ámbito de la Hematología, sino también para el tratamiento de tumores no hematológicos. La Terapia Celular es un campo bien consolidado en la práctica clínica hematooncológica. Gracias a los nuevos hallazgos en relación a las células madre adultas, es previsible que la terapia celular se desarrolle enormemente, abriendo su campo de actuación al tratamiento de muchas otras enfermedades.

    Hasta hace poco, se pensaba que, a partir de las células madre de la médula ósea, sólo se regeneraban células sanguíneas; luego se vio que en la médula ósea había otro tipo de células madre, las del mesénquima, capaces de generar otros tipos celulares relacionados. En los últimos meses, los científicos hemos asistido asombrados a la publicación de numerosos trabajos que demuestran que estas células tienen una potencialidad admirablemente mayor que la pura fabricación de sangre. Esta propiedad se conoce con el nombre de versatilidad o plasticidad celular y consiste en la capacidad de una célula madre de un tejido para convertirse en una célula especializada de un tejido distinto, no relacionado estructural o funcionalmente con el tejido de origen.

    Un ejemplo de esta versatilidad es el de las células madre del tejido nervioso, de las que se creía que sólo podían generar células diferenciadas de tipo nervioso. Sin embargo, muchos experimentos recientes han demostrado que no es así. Las células madre del sistema nervioso central en adultos no sólo son capaces de producir neuronas u otras células acompañantes llamadas «gliales», sino que también pueden diferenciarse por ejemplo hacia células sanguíneas. Asimismo, las células madre aisladas de la médula ósea pueden no sólo dar lugar a células de la sangre, sino también diferenciarse en células óseas y del cartílago, grasa, células neuronales, musculares e incluso del hígado, del intestino o del pulmón. Los experimentos que acabamos de citar son los primeros de una amplia serie de excelentes trabajos de investigación publicados en los últimos meses, que han demostrado que las células madre de los tejidos de individuos adultos poseen una plasticidad que va mucho más allá de lo que inicialmente se creía.

    Por otro lado, desde hace unos años se conoce cómo aislar las células madre de la sangre del cordón umbilical del recién nacido. Estas células son equivalentes a las células madre de la médula ósea del adulto y tienen la ventaja de que en la sangre del neonato están en una proporción mucho mayor que en la del adulto, y son más fáciles de obtener, expandir y almacenar. Las células madre de la sangre de cordón umbilical se utilizan ya en diversos protocolos hematooncológicos clínicos, sobre todo pediátricos. En diversos países occidentales se han comenzado a promover bancos de sangre de cordón umbilical como material para trasplante heterólogo para diversas enfermedades.

    Es muy probable que estas células se constituyan en una fuente excelente para la obtención de células madre que sean capaces de reponer gran cantidad de tejidos. Además de las células del cordón umbilical o de la placenta, relativamente fáciles de obtener, se busca actualmente la producción masiva en el laboratorio de células útiles para el autotrasplante a partir de las células madre de la médula ósea del propio paciente. Esta estrategia tiene la gran ventaja de que las células diferenciadas que recibirá el paciente serán derivadas de sus propias células, lo que evita uno de los grandes problemas de la terapia celular —y de cualquier trasplante— que es el rechazo de las células procedentes de un organismo extraño. Este es también uno de los argumentos técnicos —independientemente de los problemas éticos— que hace que la terapia celular basada en células madre del adulto sea preferible a la que se basa en células madre derivadas de embrión.

    Todos estos hallazgos recientes sugieren claramente que el uso de células madre procedentes de adultos es una alternativa perfectamente viable al uso de células madre pluripotenciales embrionarias. De hecho, en varios laboratorios del mundo se están generando resultados prometedores que hacen pensar que, en un futuro próximo, las células madre obtenidas de un paciente adulto podrán ser expandidas en el laboratorio para ser utilizadas para la regeneración de tejidos dañados del propio paciente. Si se consigue poner a punto esta tecnología, podríamos disponer de una herramienta eficaz para el tratamiento de una serie de enfermedades y disfunciones congénitas y degenerativas. Sin embargo, antes de que se puedan utilizar en la clínica, es necesario que los investigadores resuelvan una serie de retos tecnológicos todavía pendientes que se podrían resumir en los siguientes puntos: · Estimular la capacidad de proliferación in vitro de las células madre para producir en cultivo el número suficiente de células para abordar el trasplante con garantías, sin merma de su potencial de diferenciación.

    · Definir minuciosamente las características moleculares de las células madre para ser capaces de estandarizar los protocolos de aislamiento y purificación.

    · Finalmente, hay que demostrar que en cada una de las enfermedades que se quiera tratar a partir de estas células, se consigue una mejora funcional estable (tras el trasplante al tejido).

    Estos puntos están en buena parte resueltos para el caso de las células madre de médula ósea utilizadas para enfermedades hematooncológicas, pero siguen siendo interrogantes para otro tipo de células madre en adultos y para la aplicación de cualquiera de estas células madre en enfermedades diversas a las tratadas hoy mediante terapia celular. Los investigadores que sean capaces de resolver estos retos científicos no pasarán inadvertidos en la historia de la ciencia.

    Las células madre embrionarias derivan de un grupo de células del embrión de pocos días. En esta fase, el embrión de mamífero recibe el nombre de blastocisto. En teoría, tras su extracción del blastocisto, estas células madre son capaces de proliferar durante largo tiempo sin por eso perder su capacidad de diferenciación. Estas células forman parte del embrión pero no son capaces de dar lugar aisladamente a un organismo adulto. Su aislamiento implica necesariamente la destrucción del embrión. Como las células madre de adultos, las embrionarias, además de poseer la capacidad de replicarse en cultivo, son susceptibles de diferenciarse bajo la acción de diversos estímulos químicos y de dar lugar a una serie de tipos celulares distintos.

    En 1998 se publicaron los primeros resultados del aislamiento de estas células provenientes de embriones humanos. En las semanas sucesivas a la publicación de estos artículos científicos se produjo un impresionante despliegue de noticias en los medios de comunicación y de declaraciones públicas. Las células madre derivadas de embriones humanos (abreviadas como ES, del inglés embryonic stem) se presentaron como un recurso que podría potencialmente llevar a tratamientos de reemplazo de tejidos en muchas enfermedades: Parkinson, diabetes, infarto de miocardio, etc. Quizás movidos por el deslumbramiento que la ciencia genera en nuestra sociedad, especialmente cuando se mezcla con la compasión que inspira el sufrimiento de tantos enfermos, algunos medios de comunicación presentaron esta noticia con tintes de sensacionalismo simplista. Las informaciones escritas en algunos medios y, sobre todo, las ilustraciones que se llegaron a publicar —y todavía se publican—, llevaban a concluir erróneamente que los científicos estábamos a punto de dominar la síntesis de órganos artificiales en el laboratorio.

    Desde un punto de vista exclusivamente técnico —y, sin pensar ahora en queé para obtener células madre embrionarias hay que destruir al embrión humano—, las células madre de origen embrionario son particularmente atractivas para un científico interesado en este campo. Y esto por varios motivos: su gran plasticidad, son fáciles de conseguir y cultivar; y son muy sensibles a la acción de los agentes diferenciadores. Además, estas células embrionarias, aparentemente, no pierden su capacidad de proliferación con el tiempo y, por tanto (en teoría) se podrían mantener indefinidamente en cultivo.

    Las células madre embrionarias tienen la capacidad de diferenciarse hacía varios tipos celulares. Los primeros trabajos con estas células embrionarias demostraron que tal diferenciación ocurre de modo espontáneo y sin ninguna regulación: estas células madre forman en cultivo masas heterogéneas de células que se diferencian sin orden ni concierto. Su vitalidad, junto a su gran capacidad proliferativa, es en principio una ventaja para la terapia celular; sin embargo, esa potencialidad supone también una espada de Damocles: las celulas madre procedentes de embriones son muy difíciles de controlar. De hecho, muchos de los experimentos en los que se trasplantan estas células a animales de experimentación, terminan con la aparición frecuente de unos amasijos tumorales de células heterogéneas, denominados teratomas, compuestos de masas informes de células entre las que se intercalan caóticamente fragmentos de tejidos parcial o completamente diferenciados. A pesar de ello, los especialistas están consiguiendo orientar, con mayor o menor eficacia, parcial o totalmente la diferenciación de estas células en cultivo, sobre todo hacia la línea nerviosa, muscular y hematopoyética (formación de sangre). Además, en el caso de las células madre de ratones, hay algunos éxitos parciales en la reimplantación en modelos animales de células diferenciadas hacia cardiomiocitos, neuronas o células sanguíneas. Por ejemplo, se ha trasplantado a un ratón deficiente en mielina células madre de ratón diferenciadas en cultivo hacia células productoras de mielina. En ese ratón, las células trasplantadas producían mielina de características aparentemente normales. Aunque los experimentos en animales sean prometedores, como ocurre con las células de los adultos, los retos que deben ser solventados por los investigadores para poder usar las células madre embrionarias humanas en estrategias clínicas de terapia celular no son en absoluto triviales. Es preciso, por ejemplo: · Controlar de modo estricto la diferenciación hacía un único tipo celular bien definido, sin contaminación de ningún otro. · Evitar imperativamente la aparición de teratomas tras su inyección en el órgano receptor. · Evitar el problema del rechazo tras su implantación.

    · Demostrar la funcionalidad o beneficio terapéutico tanto en animales como en humanos.

    · Ser capaces de controlar los niveles de diferenciación y proliferación para evitar problemas derivados de la «superpotencia» diferenciadora y proliferativa propias de las células madre embrionarias.

    La publicación de muchos resultados de los descritos anteriormente ha suscitado y sigue encendiendo pasiones en los Estados Unidos que reverberan en otros países occidentales. Varios son los intereses que están en juego. Por un lado, algunos miembros de la comunidad científica, se consideran a veces ultrajados cuando desde instancias externas se recorta su capacidad de acción. Cuando se habla de limitar por motivos éticos o legales el trabajo del científico, algunos lo consideran una intromisión intolerable y un recorte de su libertad. Algunos investigadores tienden a recibir las preguntas de la sociedad sobre las implicaciones éticas o legales, como cargas impuestas desde fuera que no tienen más remedio que aceptar. En la medida en que formamos parte (y dependemos financieramente) del colectivo social, los científicos debemos plantearnos a fondo las preguntas que la comunidad nos formula sobre la investigación que llevamos a cabo. Asimismo, debemos aceptar los limites y las prioridades que entre todos los ciudadanos nos marcamos a través de la actividad política y legislativa. Si queremos asegurar que la ciencia sirve realmente a la sociedad, los científicos tenemos que convencernos a fondo de la importancia capital de la ética en la investigación, y de que es prioritario condicionar los propios objetivos intelectuales y científicos a valores humanos, éticos y sociales. Esos valores están muy por encima de los descubrimientos, e incluso de sus potenciales aplicaciones benéficas. Los investigadores necesitamos cimentar nuestro trabajo sólidamente en los pilares de la Ética, para reconocer sin miedo que ningún nuevo conocimiento, ni ningún avance terapéutico, justifica la renuncia al respeto de la igualdad y la dignidad humana a todos los niveles.

    Los embriones humanos congelados, sobrantes de las técnicas de fecundación in vitro (fivet), son percibidos por algunos científicos como una «materia prima» muy apetecible para investigar sobre las células madre. Son centenares de miles los embriones humanos que yacen abandonados en los tanques de congelación de los centros de reproducción asistida olvidados de sus progenitores. En España, casi cuarenta mil. Se pretende, pues, dar salida a esos embriones de «desecho» para producir el máximo rendimiento científico, terapéutico o industrial. En el fondo se propone obtener un rendimiento práctico en el campo de la investigación sobre las células madre, aprovechando la difícil circunstancia de la existencia de esos cientos de miles de embriones congelados. El dilema del incierto destino de los embriones congelados ya se había anunciado en los debates iniciales sobre las nuevas técnicas de reproducción asistida a finales de los setenta. Ahora, en España, ha llegado la hora de tomar decisiones sobre el tema, y nuestros políticos parecen encontrarse ante un callejón sin salida. El canto de sirena de algunos científicos, que pretenden darle una salida fácil al problema, proponiendo que esos embriones humanos sean utilizados como materia prima para experimentos diversos, es realmente una tentación fácil. No será sencillo tomar una actitud coherente con el respeto a la vida humana en todas sus fases, incluida la embrionaria. Pero no es imposible. El presidente Bush, en Estados Unidos, ha tomado recientemente una decisión que, si bien es discutible y no contenta a todos, refleja la convicción de que la vida de cada embrión humano es un valor que debe ser protegido. Ante la algarabía organizada en la opinión pública, con protestas contra lo que se considera un recorte del mito del eterno progreso, el presidente norteamericano ha salido al paso publicando una decisión que no ha contentado ni a la comunidad científica —los científicos que quieren usar los embriones humanos—, ni a los detractores de este tipo de experimentación. Su decisión consistió en autorizar financiación pública únicamente para la utilización de las 23 líneas celulares derivadas de embriones humanos que ya estaban disponibles en ese momento en varios laboratorios del mundo, pero no para producir nuevas líneas. De esta forma se evitan nuevas destrucciones de embriones para la investigación. Algunos opinan que esta decisión salomónica no es más que un intermezzo para comprobar si las expectativas anunciadas a bombo y platillo se transforman o no en realidades de beneficios terapéuticos concretos, antes de dar el paso a una total liberalización. Los investigadores norteamericanos que publicaron a finales de 1998 los primeros trabajos sobre el aislamiento de células embrionarias humanas sabían que no podrían contar con financiación pública para sus trabajos. La sociedad norteamericana, a través de sus representantes, había mostrado claramente su rechazo a la investigación destructiva con embriones humanos, y había prohibido financiar con dinero público cualquier investigación en ese sentido. Por este motivo estos científicos se dirigieron a la empresa privada para buscar fondos, con el compromiso de ceder cualquier patente derivada de su investigación. De este modo, una empresa de biotecnología, Geron Corporation, interesada en la explotación de nuevas tecnologías biológicas, se ha hecho con varias patentes que, si llegan a explotarse comercialmente, pueden convertirla en líder del negocio de producción de células embrionarias humanas para el reemplazo tisular. Geron posee, entre otras, una patente para la utilización de las células madre embrionarias humanas; y otra —que compró hace poco al Roslin Institute escocés, donde se creó a la oveja Dolly— que permitirá clonar células somáticas para crear embriones clónicos a partir de cada paciente. La secuencia de trabajo que persigue Geron es precisamente la que se conoce como «clonación terapéutica»: a) extraer células somáticas de un paciente (por ejemplo, de su piel); b) crear a partir de ellas un embrión clónico; c) extraer y cultivar las células madre embrionarias de ese embrión y d) diferenciarlas y trasplantarlas al paciente para la regeneración de alguno de sus tejidos.

    Todo un programa tecnológico con unas inversiones hasta ahora de 26.000 millones de pesetas, y unas pérdidas anuales de alrededor de 5.000 millones. Los inversores de Geron esperan recuperar esas cantidades a largo plazo. Para ello necesitan que la sociedad americana no ponga trabas jurídicas, legales o éticas a su trabajo. Pero además, tiene otros problemas. Geron está embarcado en una dura batalla legal con la universidad de Wisconsin, donde trabajaba el investigador que puso a punto la técnica, para defender sus derechos de patente. Además, Advanced Cell Technologies, la empresa de la competencia, dirigida pilotada por un antiguo directivo de Geron, ha anunciado hace unos días la clonación del primer embrión humano. Por si fuera poco, si no llega a ser por el parón legislativo a raíz del 11 de septiembre, la clonación podría estar ya prohibida en los ee uu. Para sobrevivir, Geron —y otras empresas— necesitan flexibilizar esta situación, y presionar ante instituciones nacionales e internacionales para romper las trabas legales que podrían frustrar sus objetivos. Se trata de conseguir vía libre para una tecnología que puede reportar muchos beneficios económicos, en la medida en que tenga alguno terapéutico. No es extraño que los lobbies de las compañías farmacéuticas hayan alzado sus voces en favor de la utilización de embriones humanos para esta experimentación. En el Reino Unido fueron precisamente las compañías farmacéuticas y el Ministerio de Industria los motores que propiciaron el cambio de la legislación aprobado en agosto del año pasado admitiendo la clonación terapéutica. La reiteración de un sencillo y convincente argumento consiguió por ejemplo modificar la posición del propio Gobierno, que meses atrás se había manifestado claramente en contra de la clonación terapéutica. El mensaje decía básicamente que el Reino Unido fue pionero en la fivet y en la clonación de Dolly , y no puede permitirse el lujo de perder el liderazgo en la clonación terapéutica. Muchos otros países de la ue han criticado abiertamente esta actitud utilitarista. Entre otras cosas, muchos se preguntan quiénes serán los verdaderos beneficiados de estas tecnologías de «terapia solipsista», y quiénes podrán afrontar los enormes gastos que suponga un protocolo tan sofisticado.

    Para concluir, pensamos que vale la pena aventurarse a hacer algunas sugerencias de actuación desde el punto de vista ético, legal y político. En nuestra opinión, la complejidad del asunto requiere que los científicos aportemos también nuestras ideas a estos aspectos del debate, combinando nuestra específica perspectiva profesional con los argumentos propios de la reflexión política y el sentido común. Es cierto que las consideraciones que formulamos a continuación pertenecen al ámbito sociopolítico, que no es nuestra especialidad. Sin embargo, precisamente por nuestra condición de científicos, podemos aportar algunas ideas también a este aspecto de la discusión, con una perspectiva quizás diversa a la de los no especialistas.

    Todos los estamentos implicados coinciden en que las cuestiones éticas que subyacen a estas nuevas tecnologías son trascendentales. Estamos a punto de decidir que el embrión humano puede ser utilizado como materia prima para la investigación, llevando casi al extremo el proceso de cosificación del embrión iniciado que se inició en los albores de las técnicas de reproducción humana asistida. Comienzan también a oírse voces que quieren abrir las puertas a la clonación humana. Para tomar estas decisiones hay que tener en cuenta todos los aspectos humanos, sociales, económicos y científicos implicados. Aunque hay excepciones, en general, el punto de vista de la Europa continental es más respetuoso con el hombre que el utilitarismo anglosajón, pues está más basado en la convicción de la existencia de valores irrenunciables en torno a la dignidad personal. La triste experiencia de la historia reciente europea en relación a la ética de la investigación biomédica es un argumento omnipresente en el fondo de las discusiones, y nos ayuda a caer en la cuenta de que la ambigüedad en estas cuestiones tiene consecuencias nefastas. Si verdaderamente se considera a la Historia como experimentada maestra y consejera de nuestro comportamiento futuro, el análisis ético y las medidas políticas o legales que se propongan ahora deberán basarse en un exquisito respeto al protagonista más débil e indefenso: el embrión humano, a quien hay que procurar proteger con todos los medios. Se ha subrayado también la importancia de tomar conciencia de que las decisiones éticas, políticas y legislativas que hoy adoptemos en torno a esta cuestión son de enorme relevancia para el futuro de nuestra sociedad. Hay que alejar a cualquier precio las tentaciones de tipo eugenésico basadas en las posibilidades de estas técnicas. Mediante la clonación humana, o la selección de embriones con herramientas moleculares, se podrá sin duda diseñar la descendencia desde el punto de vista de la constitución somática. De hecho, en las últimas semanas se ha empezado a plantear la conveniencia de autorizar la elección del sexo de las criaturas obtenidas por fecundación in vitro (fivet). Pero esto parece ser sólo el principio. A partir de los datos del proyecto Genoma se pueden fabricar sondas moleculares para el análisis genético que proporcionen un retrato muy ajustado de las condiciones somáticas de cualquier embrión. Con el tiempo, también se podrá predecir cuáles son las enfermedades a las que tendrá mayor propensión. Estos datos se pueden utilizar para beneficio de ese nuevo individuo, pero también como fundamento para la «eugenesia molecular», la nueva eugenesia del tercer milenio, que podrá desechar los embriones en función de su identidad genética, o utilizar la clonación para copiar la descendencia según un modelo previo. Si no tomamos decisiones claras, podemos volver a los tiempos de la «ficha eugenésica» que se vivieron en las primeras décadas del siglo pasado en muchos países occidentales, precisamente aquellos en los que la investigación científica, y en concreto la Genética, estaba más desarrollada. En la medida en que progresivamente se reduce el embrión humano a simple materia prima para el trabajo científico, se abre un poco más el camino por el que puede introducirse la nueva selección genética molecular, de consecuencias incalculables. El sentido de responsabilidad debe llevar a legisladores y autoridades políticas a poner los medios para evitar a toda costa que resurjan planteamientos parecidos a los de la mentalidad eugenésica de principios del siglo xx. Uno de esos medios es explicar claramente a la sociedad en qué consiste la clonación y cuáles son sus peligros, de modo que se genere la convicción de que es necesario controlar esta investigación. Para tomar las decisiones acertadas, hay que estudiar la cuestión con objetividad y rigor crítico. Es preciso evitar a toda costa que las decisiones estén condicionadas por los hechos consumados, por la competencia entre grupos de investigación, o por presiones mediáticas o financieras. Ante todo, hay que pensar con sentido de responsabilidad en las generaciones futuras. En un momento tan delicado como el actual, donde las razas y las religiones han de intensificar sus esfuerzos por convivir en paz, sería un contrasentido introducir nuevos elementos de división entre los hombres, con nuevos criterios como la calidad sanitaria o la pureza genética.

    Sin duda, para evitar la tendencia a la cosificación del embrión humano, además de la tarea de clarificación científica y ética, es preciso desarrollar medidas legales y políticas. Es imperativo, por ejemplo, poner los medios para evitar la creación de nuevos embriones humanos destinados a la experimentación. Asimismo, es necesario poner coto a la venta o transferencia comercial de embriones sobrantes de fivet para protocolos experimentales. En ausencia de una legislación plenamente acorde con las exigencias éticas de la dignidad humana, vemos necesario que se tomen las medidas adecuadas para que, al menos, se conozca bien el destino de todos los embriones que se producen para fivet. Si las autoridades sanitarias quieren evitar que se produzcan más embriones que los necesarios para finalidades reproductivas, debería funcionar correctamente algún tipo de registro nacional de embriones congelados. Asimismo, se debería exigir a las unidades de fivet que informen a sus pacientes del número máximo de embriones que van a intentar conseguir y obtengan su consentimiento informado por escrito respecto a ese número.

    Desde un punto de vista científico los resultados obtenidos y los retos planteados para células madre del adulto y células madre embrionarias son equiparables. Sin embargo, teniendo en cuenta todos los aspectos (científicos, éticos, legales), el uso de células madre procedentes de adultos es una alternativa de valor muy superior al uso de células madre embrionarias, puesto que permite evitar la manipulación destructiva de embriones. Solamente las células madre del adulto han mostrado su eficacia terapéutica y se utilizan ya de rutina en los trasplantes de médula ósea, mientras que los beneficios de las células madre embrionarias son hasta el momento meramente especulativos en lo que se refiere a las aplicaciones clínicas. Por tanto, es prioritario que los poderes públicos promuevan decididamente proyectos de investigación básica en relación a mecanismos de diferenciación y regeneración, y a las posibilidades de las células madre en tejidos adultos y del cordón umbilical. Aunque quizá sea necesario un cierto plazo para demostrar su eficacia, la promoción de la investigación en torno a estas células ayudará a resolver los retos propios de la terapia celular por reemplazo sin necesidad de embarcarnos en proyectos científicos y estrategias tecnológicas que comprometan al ser humano embrionario.

    Luis Montuenga y Fernando Lecanda Nueva Revista, Nº79. Enero-Febrero 2002.

    Juan Manuel de Prada, “Imbéciles clonados”, ABC, 17.VIII.02

    Una pareja de perturbados estadounidenses ha anunciado su deseo de recurrir a la clonación para procrear, facultad que la sabia naturaleza les había denegado. En una entrevista concedida a una cadena televisiva, entre otras lindezas de parecido jaez, la pareja de perturbados ha proferido: «Queremos tener un hijo, pero no queremos traer al mundo un niño anormal; si supiéramos que el feto padece graves malformaciones, abortaríamos de inmediato». No se puede compendiar en menos palabras una apología tan risueñamente depravada de la eugenesia: primeramente, se clona un embrioncito de nada; y si el experimento no funciona, pues nos cargamos el embrioncito y santas pascuas. Que los autores de esta aseveración no hayan sido aún internados en un manicomio ratifica una sospecha que llevo incubando durante años. Estamos asistiendo, como imbéciles clonados, a la aceptación legal y social de las más nauseabundas aberraciones. Todas aquellas chorradas de la oveja Dolly, todos aquellos rollos macabeos de la llamada «clonación terapéutica» no eran sino preámbulos de lo que vendría después. De lo que se trataba era de aturdir a la masa de imbéciles clonados con aproximaciones al meollo del asunto, para que, cuando por fin se anunciase la aberración definitiva, la docilidad y el hastío nos dejasen huérfanos de argumentos éticos.

    Los artífices de estas aberraciones sabían perfectamente cuál era su objetivo; pero sabían también que el anuncio de ese objetivo no sería posible sin la previa conversión de la humanidad en un rebaño de imbéciles clonados que rinden culto a la Sacrosanta Ciencia. Por supuesto, había que lograr que los Dogmas de esta nueva religión resultasen ininteligibles; sólo así, envolviéndolos en la nebulosa de la confusión y el milagro, se lograría que los imbéciles clonados los acatasen. Un día, los artífices de estas aberraciones nos presentaron la inmolación de unos cuantos miles de embrioncitos de nada como la panacea que convertiría el Alzheimer, la leucemia o el Parkinson en males tan fácilmente extirpables como un divieso en el culo. Inmediatamente, los medios de adoctrinamiento de masas se dedicaron a propagar la Buena Nueva, mientras los Gobiernos de los Estados más progresados la financiaban; y los imbéciles clonados quedamos a la espera, aguardando el remedio a nuestros males y hasta engolosinados con una insinuada promesa de inmortalidad. Algunos años después, ya empezamos a intuir que la llamada «clonación terapéutica» es un timo más burdo que el del tocomocho; pero, mientras el trampantojo aún ejerza sobre nosotros su fascinación esotérica, los artífices de estas aberraciones seguirán forrándose. Ya han conseguido lo más difícil, que es disfrazar su avaricia rampante con los ropajes del altruismo; mucho más sencillo será invocar a partir de ahora otras excusas que les permitan proseguir sus experimentos y el engorde de su cuenta corriente.

    Como el rollo macabeo de la «clonación terapéutica» ya no cuela, los artífices de estas aberraciones recurren a nuevos disfraces. Y así, comercian con el instinto de maternidad de las mujeres estériles, y con la compasión que su tragedia despierta en el común de los mortales. Puesto que los imbéciles clonados ya estamos suficientemente maleados por la propaganda y nos limitamos a aceptar estólidamente lo que venga, los artífices de estas aberraciones sólo requieren, para completar la hazaña, el concurso de algún tonto útil, como esa pareja de perturbados estadounidenses, que se avenga a ejercer de cobaya. Pero no nos escandalicemos ahora; el mal se consumó hace ya mucho tiempo: ocurrió el día en que aceptamos que un embrión podía sacrificarse, como si fuese una empanadilla que arrojamos a la sartén.

    Andrés Ollero, “El supermercado genético”, PUP, 6.IX.02

    No es fácil alcanzar el merecido respeto intelectual del que goza Jürgen Habermas, incluso entre quienes sin suscribir ninguno de sus postulados básicos admiramos la pulcritud con que los despliega y el implacable rigor con que asume sus consecuencias. Una trayectoria de varios decenios le ha llevado desde las juveniles perspectivas críticas de la Escuela de Francfort a proyectar la ética del discurso sobre problemas polémicos del actual debate bioético, sin temor a ser tachado de conservador.

    Publica ahora con un polémico «postscriptum», fruto de su debate con los americanos Dworkin y Nagel, sus reflexiones sobre el diagnóstico pre-implantatorio. Dicha técnica, que evoca experimentos eugenésicos de triste recuerdo, es elemento inseparable no sólo de la clonación reproductiva sino también de la llamada «terapéutica», que un poco disimulado “lobby” intenta ahora instalar en el mercado demonizando a la anterior.

    Para empezar, se esfuerza por aislar este problema de la polémica sobre el aborto, intentando soslayar un duro argumento de sus interlocutores: a qué viene tanto sobresalto por la suerte que puedan correr embriones de cuatro días, en experimentos destinados a eliminar malformaciones congénitas, en países cuyas leyes no penalizan la muerte de embriones de cuatro meses, si se detecta que ya las padecen. A su juicio, mientras en el aborto entra en juego la autonomía de la mujer envuelta en un indeseado conflicto, en la eugenesia «negativa», que aspira a corregir (por vía de clonación «terapéutica» o no) defectos genéticos, son los mismos padres los que provocan el conflicto, al querer diseñar un hijo con arreglo a lo que consideran condición vital óptima.

    Sorteado trabajosamente este inicial obús argumental, contrapone la «lógica del sanar», característica de todo tratamiento clínico o realmente terapéutico, con la irrupción en el ámbito humano de intervenciones propias de la cría de especies animales. En el primer caso, la tarea médica escenificaría plásticamente el núcleo de su ética discursiva: médico y paciente se reconocen como seres de simétrica dignidad, sin que el primero instrumentalice al segundo, al no actuar sin su informado consentimiento, ni siquiera en beneficio paternalista de su propia salud.

    Su propuesta de trasladar al laboratorio esta lógica terapéutica del sanar se estrella frente a una actividad que reviste más indicios de «técnica» ingenieril que de «praxis» clínica. Se está instrumentalizando a embriones, sometidos a un proyecto que plasma preferencias que no duda en calificar de «narcisistas»; con una terminología qué redunda, quizá involuntariamente, en la evocación del nazismo. Se ha desdibujado así la frontera entre lo gestado y lo fabricado.

    No deja de ser curioso que planteamientos como el suyo, obligados por una opción drásticamente secularizadora a expulsar de la escena a cualquier supremo ser providente, haya de -confiar al riguroso respeto del azar biológico el futuro de la libertad humana. La temible alternativa sería cambiar la providencia por una planificación totalitaria a cargo de los supremos decisores de la política y el mercado.

    Frente a los defensores de la «eugenesia liberal» a la americana, preocupada sólo de discutir «cómo» llevarla más adecuadamente a cabo, esgrimirá los más sólidos argumentos que su ética discursiva pueda brindar sobre «si» debe o no ser permitida. No oculta su temor de que el utilitarismo anglosajón empuje a un «shopping in the genetic supermarket).

    La clave ética del rechazo de un tipo de diagnóstico de inevitable consecuencia eugenésica radicaría en que genera un juego «asimétrico» de responsabilidades, incompatible con la dignidad humana, que llegaría a alterar la estructura misma de nuestra experiencia moral. Aunque no la aluda expresamente, la clonación terapéutica no esquivaría sus afirmaciones lapidarias: tal investigación con embriones no apunta a un futuro nacimiento, con lo que «cosifíca» al embrión.

    Incluso cuando pretende ser reproductiva no le reconoce, ni siquiera hipotéticamente la condición de interlocutor al proyectarse su futura biografía.

    A sus colegas americanos tal discurso ético les suena a música celestial. Yendo a lo práctico, la paterna intervención «eugenésica» no les parece menos respetuosa con la dignidad del hijo que el condicionamiento con que le marcará más tarde la paterna tarea «educativa».

    La mayor dificultad la encontrará Habermas a la hora de justificar la dignidad del embrión, al impedirle su opción antimetafísica reconocerla desde la concepción. El «embrión», por ser «inviolable», habrá ya de ser tratado como la persona que algún día será; pero «in vitro» ya ha existido una «vida humana». Aun no reconociéndole derechos, despierta en él la «intuición de que la vida humana pre-personal no puede convertirse simplemente en un bien disponible en concurrencia con otros», lo que lleva a considerarla «indisponible». El establecimiento de tan decisiva frontera acaba quedando en la penumbra…

    Estratégicamente enrocado en el diagnóstico pre-implantatorio, no llega a abordar en qué momento de la investigación genética ha comenzado a consumarse la involución que denuncia. Es obvio que la propia fecundación «in vitro», manejando más de un embrión, incluye ya una selección implícitamente eugenésica del más valioso. Se limitará a no ocultar su convicción de que el sometimiento de la protección de lo que llama «vida pre-personal» a fines terapéuticos produce, por vía de «acostumbramiento», una «pérdida de sensibilidad de nuestra visión de la naturaleza humana».

    La «Deutsche Forschungsgemeinschaft», representativa del mundo investigador alemán, sí lo hizo, aceptando resignadamente que ya al admitirse la fecundación «in vítro» se «rebasó el Rubicón», lo que haría «poco realista» pretender volver al statu quo anterior. Para Habermas, que no aprecia diferente gravedad moral entre utilizar para fines de investigación embriones «sobrantes» o fabricarlos para dicha instrumentalización, sus recomendaciones le parecen una «tímida maniobra» incapaz de enfrentarse a los dictados del mercado. Tiene, por otra parte, la honestidad de reconocer que su propuesta de una «protección escalonada» de la vida humana favorece otro de los más eficaces argumentos que obligarían a desandar el Rubicón: la sucesiva ruptura de diques o pendiente resbaladiza. No sólo la suscribió el Presidente federal Johannes Rau; él mismo acaba resaltando a sus interlocutores americanos la inviabilidad práctica de todo intento de distinguir entre una admisible eugenesia «negativa», correctora de defectos genéticos, y otra «positiva», rechazable por su intento de diseñar seres humanos a la carta.

    Por paradójico que resulte, lo más valioso de la aportación de Habermas para la suerte de la humanidad no radicará tanto en las laboriosas conclusiones de su ética discursiva, que producen estupor a sus interlocutores americanos, sino en esas intuiciones pre-discursivas a los que su propio planteamiento obliga a negar fundamento racional.

      Andrés Ollero Tassara, Catedrático de Filosofía del Derecho Tomado de http://www.PiensaUnPoco.com/