John Flynn, “La sexualización de las chicas”, Zenit, 9.III.07

Una sexualización malsana está poniendo en peligro a las chicas cada vez más, concluye un informe publicado el 19 de febrero por la Asociación Psicológica Americana.

Titulado «Report of the APA Task Force on the Sexualization of Girls» (Informe del Equipo de Trabajo de la APA sobre la Sexualización de las Chicas), el estudio es el resultado de la investigación sobre el contenido y los efectos de los medios de comunicación: televisión, vídeos musicales, música, revistas, películas, vídeo juegos e Internet.

El equipo de trabajo examinó también las campañas de promoción y anuncios de productos dirigidos a las chicas.

«Tenemos una extensa serie de evidencias para concluir que la sexualización tiene efectos negativos en diversos campos, que incluyen el funcionamiento cognitivo, la salud física y mental, y el desarrollo sexual sano», afirmaba la doctora Eileen Zurbriggen, directora del equipo de trabajo y profesora de psicología en la Universidad de California, Santa Cruz, en una nota de prensa que acompañaba el informe.

La sexualización causa dificultades a cualquier edad, indica el informe, pero añade que es especialmente problemática cuando tiene lugar a una edad más temprana. Lograr la madurez sexual en los adolescentes no es un proceso fácil, reconoce el estudio, pero observa que cuando se anima a una chica joven o adolescente a ser sexy, sin que ellas sepan siquiera lo que esto significa, el proceso se complica aún más.

Saturación de los medios El informe citaba algunos estudios que detallan la gran cantidad de tiempo pasado en contacto con los medios. Según los datos, el niño o adolescente ve de media tres horas de televisión al día. Sin embargo, cuando se calcula el número de horas totales ante todos los tipos de medios, resulta que los niños están expuestos a algún tipo de medio – televisión, vídeo juegos, música, et…- seis horas y media al día.

Un estudio llevado a cabo en el 2003 informaba que el 68% de los niños tienen una televisión en su habitación, y que el 51% de las chicas juegan a juegos interactivos en sus ordenadores y en consolas de vídeo juegos. Tanto chicas como chicos pasan una media de una hora al día ante el ordenador, visitando páginas webs, escuchando música, frecuentando chats, jugando a juegos o enviando mensajes a sus amigos.

El informe de la Asociación Psicológica Americana observaba: «En la televisión, los jóvenes televidentes encuentran un mundo que es desproporcionadamente masculino, especialmente en los programas orientados a la juventud, y en el que las figuras femeninas es más probable que vistan de modo más atractivo y provocativo que las masculinas».

Un gran porcentaje de vídeos musicales contienen imágenes sexuales, y las mujeres suelen ser presentadas vestidas de forma provocativa. El informe también observaba que las artistas femeninas son presentadas de forma que su foco de atención principal no es su talento o su música, sino más bien su cuerpo y sexualidad. Así, concluye el informe, los espectadores reciben el mensaje de que el éxito viene de ser un objeto sexual atractivo.

En cuanto a las canciones mismas, los investigadores de la APA lamentaban que no haya análisis recientes sobre su contenido sexual. En su informe, no obstante, citaban algunos ejemplos de cómo las palabras de algunas canciones de éxito reciente sexualizan a las mujeres, o se refieren a ellas de formas altamente degradantes.

En cuanto a la gran pantalla, el informe comentaba la falta de personajes femeninos en las películas generalistas, y en las películas de serie G. Un estudio de 101 películas de serie G, de 1990 a 2004, revelaban que de los más de 4.000 personajes de estas películas, el 75% eran varones, el 83% de los caracteres secundarios eran varones, el 83% de los narradores también lo eran, y el 72% de los protagonistas con diálogo eran también varones. «Esta clara falta de representación de las mujeres y chicas en las películas con contenido familiar reflejan una oportunidad perdida de presentar un espectro más amplio de las chicas y de las mujeres en papeles que no están sexualizados», observaba el informe de la APA.

Dudosas influencias Las revistas para adolescentes son otra importante influencia en las chicas. El informe citaba algunos estudios sobre el contenido de las revistas, y revelaba que uno de los mensajes centrales de las publicaciones es que «presentarse a uno mismo como sexualmente deseable, y obtener así la atención de los hombres, es, y debe ser, la meta focal de las mujeres».

Es difícil determinar el enormemente variado contenido que está disponible vía Internet, pero los investigadores de la APA citaban un estudio sobre páginas webs que suelen atraer a las chicas – las páginas webs de fans de celebridades masculinas y femeninas. Un análisis de su contenido encontró que las celebridades femeninas eran de forma aplastantes más representadas con imágenes sexuales que las masculinas, sin importar si se trataba de la página web oficial o de una creada por sus fans.

La publicidad es otra área importante donde se suele sexualizar a las mujeres. Además, el estudio indica que la investigación ha mostrado la tendencia a presentar a las mujeres de forma decorativa o explotadora sigue aumentando. Ha alcanzado el punto, añadía, en el que se usan chicas en poses seductivas para atraer audiencias adultas.

Recientemente, algunos comentaristas han resaltado el hecho de que también el mercado del juguete se está viendo afectado por la tendencia a la sexualización. Los investigadores de la APA declararon que estaban preocupados por los vestidos sexualmente provocativos que suelen vestir las muñecas más populares para las niñas entre 4 y 8 años.

Lo mismo ocurre con la ropa. Se invita a chicas en edades cada vez más jóvenes a vestir ropa diseñada para destacar la sexualidad femenina. Los cosméticos también se están dirigiendo a chicas más jóvenes.

Todas estas influencias se combinan para ocasionar una serie de problemas a las chicas. El informe de la APA establecía que la sexualización está ligada con tres de los problemas de salud mental más comunes en las chicas y en las mujeres: desórdenes alimenticios, baja autoestima y depresión.

Los investigadores añadían que también existen evidencias que muestran que la sexualización de las chicas, y los sentimientos negativos por el propio cuerpo que provoca, pueden llevar a problemas sexuales en la edad adulta. Indicaban que se relaciona con el problema de la idealización de la juventud como la única edad buena y hermosa de la vida. El actual auge de los productos antienvejecimiento y de la cirugía cosmética es resultado de esta belleza impuesta.

La victoria de los móviles Resistir la tendencia a la hiper sexualización no es fácil, pero en Canadá, hace dos semanas, la decencia ganó una batalla.

En enero, la segunda compañía de telefonía de Canadá, Telus, comenzó ofreciendo fotos y vídeos pornográficos a sus usuarios. La compañía con sede en Vancouver recibió fuertes críticas del arzobispo, Mons. Raymond Roussin. «La decisión de Telus es decepcionante y motivo de malestar», declaraba el 12 de febrero.

En otra declaración publicada cuatro días después, el arzobispo de Vancouver acusaba a la compañía de dañar a la sociedad en su búsqueda de una parte de los lucrativos beneficios obtenidos por la industria pornográfica.

El arzobispo pidió un servicio de telefonía móvil libre de pornografía. También declaró que se estaba poniendo en comunicación con las iglesias y colegios católicos para que no renovaran sus contratos de telefonía móvil con Telus. Además, pedía a todos los católicos y a los demás canadienses preocupados por el hecho que contactaran con las compañías de telefonía móvil para expresar su preocupación por la proliferación de pornografía a través de los móviles.

El 21 de febrero, Telus anunció que cancelaba su servicio de «contenido adulto». Según un reportaje del periódico canadiense Globe and Mail, la compañía declaró que había recibido cientos de quejas de sus usuarios.

Mons. Roussin celebró la medida en una declaración el mismo día: «Estamos apenas empezando a darnos cuenta de cuán grave es en realidad el tema de la adicción al sexo y a la pornografía», comentaba.

La preocupación por el efecto de la cultura de moda también fue expresada recientemente por Benedicto XVI. En su mensaje para la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, que tendrá lugar el 20 de mayo, el Papa observaba la tendencia a la exaltación de la violencia y a la trivialización de la sexualidad.

El pontífice escribía: «La belleza, que es como un espejo de lo divino, inspira y vivifica los corazones y mentes jóvenes, mientras que la fealdad y la tosquedad tienen un impacto deprimente en las actitudes y comportamientos» (No. 2).

Los campeones de la cultura moderna han acusado con frecuencia y falsamente a la Iglesia de estar obsesionada con el sexo. De hecho, es la sociedad contemporánea la que sufre esta obsesión, mientras la Iglesia sigue defendiendo la dignidad, y la belleza, de la persona humana.

Padre John Flynn Tomado de Zenit, ZS07030907

“El corrosivo avance de la pornografía”, Zenit, 11.II.06

NUEVA YORK, 11 febrero 2006 (ZENIT.org).- Los últimos estudios están confirmando la antigua preocupación sobre la influencia corrupta de la pornografía. En los últimos años, muchos observadores seculares han rechazado las restricciones sobre el contenido sexual de los medios. Pero la inundación de pornografía a través de internet está llevando a un cambio de postura.

El 31 de enero, el New York Times informaba de la creciente preocupación sobre los efectos en los niños. El artículo informaba de los descubrimientos publicados en julio por la revista Pediatrics, en un estudio titulado «Impacto de los Medios en las Actitudes y Comportamientos Sexuales Adolescentes».

El periódico admitía que se sabe poco sobre los efectos de los medios en el comportamiento sexual adolescente, sobre todo por la falta de investigación sobre el tema. No hay dudas, sin embargo, de que los jóvenes están inmersos, con frecuencia sin supervisión paterna, en una cultura mediática en la que abunda cada vez más el contenido sexual gráfico.

Puede que no sea una coincidencia, por tanto, que cada año en Estados Unidos cerca de 900.000 adolescentes se queden embarazadas y la tasa de enfermedades de transmisión sexual sea más alta entre los adolescentes que entre los adultos.

Los riesgos no terminan aquí. «Los datos sugieren que los adolescentes sexualmente activos tienen un riego más alto de depresión y suicidio», indica el reportaje de Pediatrics. «Experiencias sexuales tempranas entre los adolescentes también se asocian con otros comportamientos dañinos para la salud, como el alcohol, la marihuana y otro consumo de drogas».

En cuanto a Internet, el reportaje observaba que una encuesta nacional a chicos y chicas de entre 10 y 17 años encontró que uno de cada cinco había «encontrado de forma inadvertida contenido sexual explícito, y uno de cada cinco se había expuesto a solicitaciones sexuales mientras estaba conectado».

Preocupación en Canadá El reportaje de Pediatrics ha confirmado las preocupaciones surgidas en un estudio publicado en noviembre de 2004 por el Instituto Canadiense para la Educación en la Familia. El autor, Peter Stock, en un documento titulado «Los Efectos Dañino sobre los Niños de la Exposición a la Pornografía», citaba evidencias publicadas por un hospital de la ciudad australiana de Canberra.

La unidad de niños en riesgo del hospital documentó un drástico aumento en el número de niños implicados en «comportamiento sexual abusivo». A mediados de los noventa, la unidad trataba dos o tres casos al año. En el 2000, este número subió a 28, y a finales de 2003 la unidad trató más de 70 casos. La responsable de la unidad, Annabel Wyndham, comentaba, «creemos que es una cosa nueva del mundo moderno, debida al acceso a la red y – para ser veraces- combinado con unos padres bastante terribles».

Stock también observó que en marzo de 2004 la policía destapó algunos casos de violación perpetrados por niños sobre otros niños en Hamilton, Ontario. Todas las víctimas eran menores de 12 años y el autor más mayor tenía 13. En todos los casos, los agresores indicaron que imitaban el comportamiento que habían visto retratado en los canales pornográficos de televisión por cable y en internet.

El informe también citaba algunos de los diversos estudios y comentarios de expertos en los que se muestra que la exposición a la pornografía, especialmente de naturaleza extrema o violenta, tiende a reforzar el comportamiento agresivo y lleva a los espectadores a imitar lo que ven.

La investigación demuestra que «hay una correlación de modesta a fuerte entre la exposición a la pornografía y la actividad desviada de los individuos», observaba Stock.

También hay preocupación por el hecho de que la pornografía distorsione el desarrollo sexual de niños y adolescentes. La pornografía no sólo no da una adecuada visión de la sexualidad humana, sino que también deshumaniza a las mujeres.

El informe también observaba que, bajo las leyes canadienses, la producción, distribución y posesión de la mayoría de la pornografía no es ya un delito criminal. La mayoría de las leyes que trataban la «obscenidad» fueron invalidadas como inconstitucionales por el Tribunal Supremo de Canadá en 1992.

Desde entonces los tribunales canadienses han seguido eliminando restricciones, con la sentencia más reciente antes de Navidad. En lo que el periódico Globe and Mail llamó el 22 de diciembre una «sentencia histórica», el Tribunal Supremo de Canadá afirmó que dos clubs de alterne de Montreal no habían violado las leyes de obscenidad puesto que el sexo en grupo que se practicaba allí no causaba daño a los participantes ni a la sociedad en su conjunto.

La decisión, según el periódico, «legaliza en esencia los clubs de sexo en grupo mientras los participantes sean adultos con consentimiento». Un editorial del periódico criticaba duramente la sentencia: «La comercialización del sexo en lugares públicos puede ofender los estándares de la comunidad, y los tribunales no deberían tener miedo de decirlo».

Clubs de alterne Janet Epp Buckingham, directora de derecho y política pública en la Evangelical Fellowship de Canadá, con sede Ottawa, comentaba la sentencia en un artículo publicado el 27 de diciembre en el Globe and Mail. Observaba que en su sentencia del 21 de diciembre el tribunal afirmaba que los clubs no incurrían en conductas criminales debido a que no dañan «el funcionamiento apropiado de la sociedad canadiense». En realidad coloca la línea de lo «dañino» a un nivel increíblemente alto.

Pero liberalizar la actividad sexual, sostenía Buckingham, dañará de hecho y herirá las relaciones familiares, rompiendo matrimonios y causando problemas psicológicos que surgirán de la infidelidad.

Estas preocupaciones se presentaron en una misiva del representante de la Heritage Foundation de Washington al senado de Estados Unidos. El 9 de noviembre, Jill Manning, testificó ante Comité sobre la Constitución, los Derechos Civiles y los Derechos de Propiedad.

«La investigación revela muchos efectos sistemáticos de la pornografía en internet que están minado una cultura del matrimonio y la familia ya de por sí débil», indicaba Manning. «Además, la investigación de los numerosos efectos negativos apunta que resulta extremadamente difícil, si no imposible, que los ciudadanos individuales y sus familias los combatan por sí mismos».

Los estudios publicados en las revistas de investigación indican que el consumo de pornografía se asocia con seis tendencias, entre otras: – aumento de las tensiones maritales, y riesgo de separación y divorcio; – descenso de la intimidad marital y de la satisfacción sexual; – infidelidad; – apetito en aumento de formas más gráficas de pornografía y actividad sexual asociada con prácticas abusivas, ilegales e inseguras; – devaluación de la monogamia, el matrimonio y la crianza de los hijos; – un creciente número de personas debatiéndose con un comportamiento sexual compulsivo y adictivo.

Aunque la pornografía de internet se consume normalmente por un miembro de la casa de forma solitaria, sostenía Manning, el impacto del material sexualmente explícito se siente en toda la familia, y en la comunidad en general.

Los datos recogidos en el encuentro de noviembre del 2002 de la Academia Americana de Abogados Matrimoniales en Chicago consideraban el impacto del uso de internet sobre los matrimonios. En este encuentro, el 62% de los 350 asistentes dijeron que Internet ha sido un factor significativo en los divorcios que pasaron por sus manos el año anterior.

También observaron que en el 68% de los casos de divorcios, a una de las partes había encontrado un nuevo interés amoroso en internet. Y en el 56% de los casos de divorcios, una de las partes tenía un interés obsesivo en las páginas webs pornográficas.

La nueva tecnología da más posibilidades a la industria porno. El Washington Post informaba el 15 de noviembre que a Apple Computer le llevó 20 días alcanzar un millón de descargas de archivos de vídeo en su almacén online. En comparación, una página web que ofrece vídeos de modelos desnudas alcanzó ese millón en una semana.

Según el Post, ya es un negocio multimillonario la venta de entretenimiento de adultos para descargar a los móviles. Apenas en sus comienzos, el mercado de Estados Unidos podría crecer cerca de 200 millones de dólares al año antes del 2009, según la empresa de investigación de Boston Yankee Group.

El Catecismo de la Iglesia Católica advierte contra la pornografía. El No. 2.354 observaba que no sólo ofende la castidad, sino que también atenta contra la dignidad de las personas al convertirlas en objeto de placer. Además, «introduce a unos y a otros en la ilusión de un mundo ficticio». Ficticio o no, su impacto causa cada vez más daños.

Tomado de Zenit, ZSI06021102

Martha Morales”, 10 razones para la abstinencia en el noviazgo”

Martha Morales”, 10 razones para la abstinencia en el noviazgo” 1. La pureza ayuda a tener una buena comunicación con tu pareja Cuando una pareja vive la abstinencia sexual, su comunicación es buena porque no se centran solamente en el placer sino en la alegría de compartir puntos de vista y vivencias, además, sus conversaciones son más profundas. Por el contrario, la intimidad física es una forma fácil de relacionarse pero eclipsa otras formas de comunicación. Es un modo de evitar el trabajo que supone la verdadera intimidad emocional, como hablar de temas personales y profundos y trabajar en las diferencias básicas que hay entre ambos.

2. Crece el lado amistoso de tu relación La cercanía física puede llevar a que los adolescentes piensen que están emocionalmente cercanos, cuando en realidad no lo están. Una relación romántica consiste esencialmente en cultivar una amistad, y no hay amistad sin conversación y sin compartir intereses. La conversación personal crea lazos de amistad, y ayuda a que uno descubra al otro, que conozca sus defectos y sus cualidades. Algunos jóvenes se dejan llevar por las pasiones y cuando se conocen en profundidad, se desencantan. Y no se conocieron porque no llegaron a ser amigos, sino novios con derechos.

3. Hay mejor relación con los padres de familia de ambos Cuando el hombre y la mujer que se respetan mutuamente, maduran su cariño y mejoran la amistad con los padres de ambos. Generalmente, los padres de familia prefieren que sus hijos solteros vivan la continencia sexual, y se sienten mal si saben que están sexualmente activos sin ser casados. Cuando una pareja sabe que debe de esconder sus relaciones sexuales, crece en ellos la culpa y el stress. Los novios que viven la pureza se relacionan más cordialmente con los padres de familia propios y de la pareja.

4. Te ves más libre para cuestionar si ese noviazgo te conviene Las relaciones sexuales tienen el poder de unir a dos personas con fuerza, y pueden prolongar una relación poco sana basada en la atracción física o en la necesidad de seguridad. Una persona se puede sentir “atrapada” en una relación de la cual quisiera salir pues en fondo no la desea, pero no encuentra la salida. Una persona casta puede romper con mayor facilidad el vínculo afectivo que lo ata al otro pues no ha habido una intimidad tan poderosa en el aspecto físico.

5. Se fomenta la generosidad contra el egoísmo Las relaciones sexuales en el noviazgo, invitan al egoísmo y a la propia satisfacción, inclinan a sentirse en competencia con otras personas que puede resultarle más atractivas a la propia pareja. Se fomenta la inseguridad y el egoísmo pues, empezar a entrar en intimidades, invita a pedir más y más.

6. Hay menos riesgo de abuso físico o verbal El sexo fuera del matrimonio se asocia a la violencia y a otras formas de abuso. Por ejemplo, se da más del doble de agresión física entre parejas que viven juntas sin compromiso, que entre las parejas casadas. Hay menos celos y menos egoísmo en las parejas de novios que viven la pureza que en las que se dejan llevar por las pasiones.

7. Aumenta el repertorio de modos de mostrar afecto Los novios que vive la abstinencia encuentran detalles “nuevos” para mostrar afecto; cuenta con inventiva e ingenio para pasarla bien y demostrarse mutuamente su interés. La relación se fortalece y tienen más oportunidad de conocerse en cuanto a su carácter, hábitos y en el modo de mantener una relación.

8. Hay más posibilidades de triunfar en el matrimonio Las investigaciones han demostrado que las parejas que han cohabitado tienen más posibilidades de divorciarse que las que no han cohabitado.

9. Si decides “romper” esa relación, dolerá menos Los lazos que crea la actividad sexual por naturaleza, vinculan fuertemente, entonces, si hay una ruptura, se intensifica el dolor que produce la ruptura por los vínculos establecidos. Cuando no se han tenido relaciones íntimas, y deciden separarse, la separación es menos devastadora.

10. Te sentirás mejor como persona Los adolescentes sexualmente activos, frecuentemente pierden autoestima y admiten vivir con culpas. Cuando deciden dejar de lado la intimidad física y vivir castamente, se sienten como nuevos y crecen como personas. Además, mejoran su potencial intelectual, artístico y social. Con el sexo no se juega. Cuando alguien te presione, piensa en lo que vas a responder: “Sólo te lo pido una vez, y no insistiré más” / “Eso es justo lo que me preocupa. Prefiero conservarme para alguien que me va a querer toda la vida”.

Tomado de www.autorescatolicos.org

José María Barrio, “La educación sexual y afectiva”, Arvo, 14.XI.04

“Se ama a alguien no sólo cuando se pasa bien con esa persona, sino cuando se está dispuesto a pasarlo mal por ella, y también a esperar”. Entrevista con el prof. Barrio Maestre, de la Universidad Complutense de Madrid.

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Jaime Nubiola, “Torturas y pornografía: la degradación de la humanidad”, La Gaceta, 19.VI.04

Como a todos, las imágenes que han ido apareciendo a lo largo del mes de mayo de las torturas en la cárcel de Abu Ghraib, me han impresionado muchísimo. En un primer momento, me impactó la degradación de la humanidad que entrañaba el sometimiento de los presos iraquíes a vejaciones sexuales y de todo tipo por parte de sus carceleros: trataban a los iraquíes como objetos de diversión y al hacer esto se ponían a sí mismos en el nivel de los animales que torturan a sus víctimas antes de devorarlas. Quizá la imagen más gráfica -que muchos conservaremos en nuestra memoria- es la de Lynndie England, la soldado de 21 años, que mira con desprecio a un iraquí desnudo, tirado en el suelo como un animal abatido, al que lleva en su mano izquierda atado por el cuello con una correa de perro. En los ojos de Lynndie England no hay odio, solo un desprecio infinito.

En un segundo momento, lo que llamó mi atención no fueron tanto las horribles imágenes en sí mismas, sino el lamentable aspecto de carnaval pornográfico que tenía toda la serie de fotografías distribuidas. El periódico británico The Guardian llamó particularmente la atención sobre este punto. El festival de violencia que mostraban las imágenes tenía un carácter típicamente pornográfico: muchas de las víctimas habían sido reducidas a objetos de exhibición, llevaban capuchas o no mostraban sus caras; los hombres y mujeres autores de los abusos aparecían posando con aire triunfal delante de sus “proezas”; a su vez, quienes tomaban las fotos concentraban su atención en los genitales de sus víctimas y en aquellos aspectos que más pudieran llamar la atención del espectador. Como advirtió Luc Sante, aquellas fotos eran como los trofeos de un safari fotográfico.

Tal como escribía la historiadora Joanna Bourke el 7 de mayo, “no hay aquí perplejidad moral ninguna: los fotógrafos ni siquiera parecen advertir que están registrando un crimen de guerra. No hay el menor indicio de que estén documentando algo moralmente equivocado. Para la persona de detrás de la cámara, la estética de la pornografía le protege de cualquier culpa”. Esas fotos no son sobre “los horrores de la guerra”, sino que en su mayoría son una glorificación de la violencia y el abuso sexual. Da la impresión de que muchas de esas fotos fueron tomadas por gentes a quienes agradaba lo que estaban viendo, que disfrutaban con esas “hazañas” de humillación sadomasoquista. “La pornografía del sufrimiento que muestran estas imágenes -concluye Bourke- es de naturaleza voyeurística. El abuso se lleva a cabo para la cámara”.

De los debates que han seguido durante las semanas siguientes, quiero destacar la explicación de Donald Rumsfeld acerca de la distribución de esas imágenes. Se quejaba el Secretario de Estado norteamericano de que ya no era posible censurar las cartas de los soldados como en los viejos tiempos tachando las líneas inadecuadas, pues hoy en día los soldados no escriben cartas, sino que “funcionan como turistas que viajan con sus cámaras digitales, toman esas increíbles fotografías y las pasan a los medios de comunicación para sorpresa nuestra y en contra de la ley”. Las cámaras digitales, los ficheros JPEG y el correo electrónico diseminan de inmediato por todo el mundo las “gestas” de estos turistas tan especiales que, imbuidos de la “cultura de la pornografía”, se dedican a la tortura y al abuso sexual de ciudadanos de aquel país al que supuestamente iban a liberar.

En los últimos días -daba la noticia Katharine Vine- ha aparecido un nuevo elemento que da indicios del enorme poder de la industria pornográfica: la producción y distribución de películas que muestran la violación de mujeres vestidas de iraquíes por hombres vestidos de soldados estadounidenses. El problema de fondo es -me parece- la enorme expansión de la pornografía en la última década a través de internet. Si se busca “sex” en Google proporciona en 0,11 segundos la friolera de 204 millones de resultados que contienen las escenas más horripilantes de sexo y degradación que hasta el momento los seres humanos han logrado imaginar. Las penosas escenas de la cárcel de Abu Ghraib ponen delante de nuestros ojos el estrecho vínculo que hay entre tortura y pornografía. Susan Sontag se preguntaba hace unos pocos días en el New York Times cuántas de las torturas sexuales infligidas a los presos en Abu Ghraib habían sido inspiradas por el enorme repertorio de imágenes pornográficas disponibles en internet que los soldados trataban de emular ante las cámaras de sus compañeros.

¿Cómo influye la pornografía en la vida real de sus consumidores? Así como sabemos que el tabaco daña gravemente a la salud, ¿cómo afecta el consumo de pornografía a los seres humanos? Los estudios científicos disponibles no llegan todavía a un consenso total, pero las escenas de Abu Ghraib me parece que muestran de manera bien patente la capacidad que la pornografía tiene no solo de herir la sensibilidad del espectador, sino de dañar su conducta, de degradar su humanidad. Como decía el título de un libro francés sobre esta materia: La marea negra de la pornografía. Una plaga de orígenes y de consecuencias mal conocidos. El efecto más negativo de la pornografía es, muy probablemente, que afecta a la imaginación de sus consumidores hasta el punto de llegar a transformar reductivamente -esto es, a reducir a mera satisfacción sexual- las relaciones entre los seres humanos. Como las relaciones entre las personas están mediadas por su imaginación, la sistemática reducción de las relaciones entre mujeres y varones a su excitación sexual implica una degradación violenta de nuestra humana condición.

Las imágenes de la cárcel de Abu Ghraib han traído a mi memoria una anotación en su diario del reciente premio Nobel de Literatura Imre Kerstész, superviviente de Auschwitz y Buchenwald: “Las dos grandes metáforas del siglo XX: el campo de concentración y la pornografía -ambas bajo el punto de vista de la servidumbre total, de la esclavitud-. Como si la naturaleza mostrara ahora su lado funesto al hombre, a su nacimiento, desvelando radicalmente la naturaleza humana”. La tortura y la pornografía son aspectos complementarios de la degradación de la naturaleza humana que ha caracterizado a nuestro tiempo. El NO rotundo a la tortura que atraviesa nuestra sociedad ha de ir acompañado de un NO igualmente rotundo a la pornografía que es su cara oculta o quizá más bien la forma mediáticamente correcta de su presentación.

En la medida en que aspiramos a forjar una sociedad democrática, plural y respetuosa de la igual dignidad y de las diferencias entre varones y mujeres, ha de afrontarse decididamente la eliminación de la excitación sexual en los medios de comunicación. La tolerancia ingenua de la pornografía en los medios de comunicación, incluido internet, so capa de libertad de expresión, conduce a la degradación de la condición humana que muestran las penosas imágenes de Abu Ghraib.

La Gaceta de los Negocios (Madrid), 19 de junio de 2004 Jaime Nubiola es Profesor de Filosofía de la Universidad de Navarra

Preocupación ante las enfermedades de transmisión sexual, PUP, 30.VII.03

El “sexo libre” está desatando una crisis de salud Continúa leyendo Preocupación ante las enfermedades de transmisión sexual, PUP, 30.VII.03

Miguel A. Cárceles, “Educación afectivo-sexual de niños y adolescentes”, Palabra, IV.01

Dios, que es amor y vive en una comunidad de amor, al crear al hombre a su imagen y semejanza le ha conferido una vocación como la suya: una vocación al amor. Este amor es siempre don de sí mismo.

«El hombre y la mujer pueden llevar a cabo esa llamada, o como personas individuales, o unidos con carácter permanente en una pareja que forma una comunidad de amor. Si lo hacen individualmente vivirán la virginidad; cuando establecen una comunidad de amor, la viven en el matrimonio. Pero en ambos casos es la totalidad de la persona la que hace el don de sí» (Engracia A. Jordán, La educación para el amor humano).

Siendo el hombre un compuesto de cuerpo y alma, su radical vocación a amar abarca también el cuerpo humano, que se hace partícipe del amor espiritual. El hombre ama con todo su ser, en cuerpo y alma.

Educación de la afectividad La sexualidad no puede reducirse a un fenómeno puramente biológico: a la experiencia genital, a la unión carnal hombre–mujer. La sexualidad alcanza categoría humana cuando se enlaza en el misterio del amor, esencial en la existencia del hombre. Por esta razón, la educación sexual ha de estar incluida en el marco de la educación de la afectividad, es decir, en la educación de los sentimientos y tendencias humanas, entre las que el amor tiene carácter primordial.

Cuando el sexo no se entiende enmarcado en la espiritualidad se vuelve inhumano, y lo inhumano es más bajo que lo puramente animal. El sexo aislado del mundo espiritual –del contexto global del hombre– ve en el otro un «objeto sexual», no «una persona amada». La pura unión carnal, desprovista de espíritu, rebaja las personas a la condición de cosas que sólo tienen sentido en cuanto producen satisfacción o placer.

«Dado que la vida se hace específicamente humana en la medida en que se utiliza la razón –afirma Víctor García-Hoz–, la educación empieza por una acción sobre la inteligencia. De aquí la consecuencia de que toda educación en le aspecto sexual tiene que apoyarse en la formación de una conciencia clara del papel que desempeñamos cara a Dios en nuestra vida».

Esta educación afectivo-sexual debe ser, por tanto, una educación para el amor, que oriente a cada uno, según su vocación específica, hacia la virginidad o hacia el matrimonio. La primera es una vocación al amor, al don de sí mismo primero a Dios y en Él a todos los hombres. La segunda requiere una sana educación para el amor conyugal, que es un amor de totalidad.

Actualidad y urgencia «En la actual situación socio–cultural es urgente dar a los niños, a los adolescentes y a los jóvenes una positiva y gradual educación afectivo–sexual, ateniéndose a las disposiciones conciliares. El silencio no es una norma absoluta de conducta en esta materia, sobre todo cuando se piensa en los numerosos «persuasores ocultos» que usan un lenguaje insinuante» (S. C. para la Educación Católica, Orientaciones educativas sobre el amor humano. Pautas de educación sexual, nº 106).

La razón es obvia: el tema del sexo está en la calle y entra en el hogar a través de los medios de comunicación social, que con gran frecuencia emplean un lenguaje destinado únicamente a estimular el instinto y a provocar manifestaciones sexuales desconectadas con el sentimiento y el espíritu, con el don de sí, con la apertura a los otros, a la vida y a Dios. Es ésta «una cultura que banaliza en gran parte la sexualidad humana –afirma Juan Pablo II–, porque la interpreta y la vive de manera reductiva y empobrecida, relacionándola únicamente con el cuerpo y el placer egoísta» (Familiaris consortio, nº 37).

Por eso es preciso oponer, a esta acción deformadora y corruptora, la verdadera educación afectivo-sexual, centrada en el concepto cristiano de la sexualidad humana.

Derecho y deber de los padres Como toda educación, también la afectivo-sexual corresponde principalmente a los padres. La familia es la primera comunidad de amor y en ella se forman los hijos en el verdadero amor, como un servicio sincero y solícito hacia los demás. Es en la familia donde surgen numerosas ocasiones para entablar el diálogo sobre distintos temas relacionados con el sexo y la afectividad: la llegada de un nuevo hijo, la gestación del niño en el seno de la madre, el desarrollo sexual en la pubertad, la atracción de los adolescentes hacia amigos y conocidos de distinto sexo, etcétera. Son momentos oportunos para conversar sobre el tema.

Sobre esta materia, el Beato Josemaría Escrivá de Balaguer aconseja: «Que sean los padres los que den a conocer a sus hijos el origen de la vida, de un modo gradual, acomodándose a su mentalidad y a su capacidad de comprender, anticipándose ligeramente a su natural curiosidad; hay que evitar que rodeen de malicia esta materia, que aprendan algo, que es en sí mismo noble y santo, de una mala confidencia de un amigo o de una amiga» (Conversaciones, nº 100).

Para esta importante labor educativa los padres cuentan con la gracia de estado recibida en el sacramento del Matrimonio, que «los consagra en la educación propiamente cristiana de los hijos (…) y los enriquece en sabiduría, consejo, fortaleza y en los otros dones del Espíritu Santo, para ayudar a sus hijos en su crecimiento humano y cristiano» (Familiaris consortio, nº 38).

Existen, además, libros sencillos y apropiados, asociaciones familiares, cursillos de orientación familiar organizados por entidades de confianza, etcétera, que permiten profundizar en la mejor forma de impartir la urgente educación afectivo-sexual.

Modo de impartirla La educación afectivo-sexual ha de ser: — Verdadera: ha de ajustarse siempre a la realidad de las cosas, con precisión y delicadeza.

— Clara: comprensible para el niño o adolescente.

— Gradual: el conocimiento ha de adquirirse al compás del desarrollo corporal y espiritual. De este modo irá evolucionando armónicamente toda la personalidad, primero del niño y después del adolescente. –Individual, pues lo que convenga decir a un chico o una chica, quizá otro de la misma edad no esté en condiciones de asimilarlo.

— Completa: tanto en cuanto a los temas, como en cuanto a la extensión y profundidad con que se tratan.

— Oportuna: deben aprovecharse las ocasiones más favorables, que ordinariamente se presentan cuando el niño hace preguntas sobre estos temas, o en determinados períodos críticos, como son los siete años y la pubertad. Sin ir más allá de lo que pregunta, pero dejando siempre abierta la puerta para que pueda hacer nuevas preguntas.

La respuesta personal Toda educación exige una respuesta por parte del alumno: no sólo debe ser asumirla, sino también complementarla mediante la lucha personal. Con mayor motivo cabe afirmar esto a propósito de la educación y de la vivencia afectivo-sexual. «El uso cristiano de la sexualidad –afirma García-Hoz– no se realiza sin esfuerzo, sobre todo en la época de la adolescencia y de la juventud, en las que la fuerza de las tendencias sexuales y la poca madurez de la personalidad exigen una lucha más rigurosa».

Es preciso concienciar a adolescentes y jóvenes de que la vida humana sólo se realiza a través del esfuerzo. La impureza es, en buena parte, un problema de pereza. Una y otra –o una con otra–, si se descontrolan, si no se las encauza del modo adecuado, machacan la personalidad embaucando con el goce inmediato, roban la auténtica alegría, pasan siempre amargas facturas al cabo del tiempo y pueden dejar hondas heridas para el futuro.

Resulta desaconsejable cargar las tintas en los aspectos meramente costosos y negativos, que chocan con su falta de perspectiva y sus afanes juveniles y, a veces, fomentan un insensato espíritu de rebeldía. Por el contrario, a adolescentes y jóvenes –ellos y ellas– debe animárseles a pasar al campo de los fuertes, de los generosos, de los magnánimos, que es el campo de las personas nobles y sabias, de las felices y de las que tienen porvenir.

Los medios De igual modo es necesario descubrirles los medios, tanto humanos como sobrenaturales, para coronar con éxito el empeño.

He aquí algunos medios humanos: — Desear de veras la pureza, y rebelarse contra el mal que intenta esclavizarles, es el primero de los medios humanos.

— Estar siempre ocupado mediante el trabajo, estudio, deporte o cualquier otra actividad, ya que «la ociosidad –como dice la Escritura–, es maestra de todos los vicios».

— Vivir el pudor y la modestia: «el pudor, afirma Max Scheller, no sólo da forma humana a la sexualidad, sino que favorece, además, su armónico desarrollo».

— Vigorizar la voluntad, venciendo pequeñas dificultades de todo estilo que se presenten, sin ceder a la pereza, la comodidad, el desorden, el capricho, etcétera.

— Despreciar o sortear las ocasiones innobles: lecturas, amistades, películas, conversaciones subidas de tono, etcétera.

Entre los medios sobrenaturales destacan: — La oración, ya que sin ella es imposible vencer de modo habitual: «orad, dice Jesús, para no caer en la tentación».

— La mortificación, pues no sólo fortalece la voluntad, sino que –como enseña el Beato Josemaría Escrivá– «es la oración de los sentidos».

— La frecuencia de sacramentos, ya que, tanto en la Sagrada Comunión como en la Penitencia, Jesucristo fortalece el alma con su gracia y la ayuda a vencer.

— El trato frecuente con la Santísima Virgen.

— La conversación periódica con un sacerdote.

— El aprecio del cuerpo, ya que es templo del Espíritu Santo. Vale la pena tener en cuenta que el sentimiento de dignidad es uno de los rasgos fundamentales de la personalidad, que se vive con especial intensidad en la juventud, y por lo que constituye uno de los estímulos más fuertes para la educación. n CASTIDAD Y CAPACIDAD DE AMAR La conciencia del significado positivo de la sexualidad, en orden a la armonía y al desarrollo de la persona, como también en relación con la vocación de la persona en la familia, en la sociedad y en la Iglesia, representa siempre el horizonte educativo que hay que proponer en las etapas del desarrollo de la adolescencia. No se debe olvidar que el desorden en el uso del sexo tiende a destruir progresivamente la capacidad de amar de la persona, haciendo del placer –en vez del don sincero de sí– el fin de la sexualidad, y reduciendo a las otras personas a objetos para la propia satisfacción. Tal desorden debilita tanto el sentido del verdadero amor entre hombre y mujer –siempre abierto a la vida– como la misma familia, y lleva sucesivamente al desprecio de la vida humana concebida, que se considera como un mal que amenaza el placer personal.

Consejo Pontificio para la Familia, Sexualidad humana: verdad y significado. Orientaciones educativas en familia, 8-XII-1995, n. 105 Miguel Ángel Cárceles Revista Palabra, nº 442-443, abril 2001

Gerardo Elorriaga, “Adictos a la pornografía infantil en internet”, El Correo, 27.III.03

Muchos adictos a la pornografía infantil en internet luego abusan de niños. Continúa leyendo Gerardo Elorriaga, “Adictos a la pornografía infantil en internet”, El Correo, 27.III.03

Mikel Gotzon Santamaría, “Cómo hablar de la castidad a los jóvenes”, Palabra, IV.01

La explicación de la verdad y el bien en el campo de la sexualidad a los jóvenes incluye una dificultad intrínseca. Así ha sido siempre, por distintas razones. En primer lugar, porque cada persona tiene una distinta sensibilidad, entorno cultural y amistades, que exigen un ritmo y un lenguaje diferentes en cada caso. Segundo, porque la distancia generacional hace que sea bastante difícil hacerse cargo de cuáles son esos entornos de experiencia. En tercer lugar, porque el análisis filosófico y teológico del sentido de la sexualidad es relativamente reciente, y todavía está por desarrollar.

En el momento actual, a las dificultades de siempre se añade una razón más: la degradación acelerada del ambiente moral –y, en particular, el sexual– hace que los padres y educadores estén muy alejados de la experiencia lingüística y visual de sus interlocutores.

En la mayoría de los casos sucede que las palabras de contenido sexual tienen un significado y unas resonancias afectivas muy diversas en la persona que habla y en la que escucha. De modo que resulta difícil saber cuál es el tipo de lenguaje que se ha de usar en cada caso.

Ni vulgares ni estrechos Sería malo emplear un lenguaje que sea percibido como grosero o “guarro”, pues escandalizaría al interlocutor y sería contrario al modo correcto de vivir la sexualidad. Pero sería igualmente malo usar un lenguaje que se perciba como pacato o “estrecho”, pues haría imposible todo diálogo posterior y transmitiría un doble mensaje implícito, tremendamente dañino: o el sexo es algo sucio de lo que la gente buena no puede hablar, o el que me habla no controla el tema y me tengo que buscar otras fuentes de información.

La única manera de detectar el tipo de lenguaje adecuado es hacer que el otro hable lo más posible, que diga lo que sabe, lo que ha visto u oído, lo que le inquieta, lo que no entiende o le ha llamado la atención. Así descubriremos cuál es el lenguaje que, para él, es “normal”. Porque, cuando hable con nosotros, normalmente no va a utilizar el lenguaje que considera “guarro”, sino el que entiende como “normal” y “bueno”. Así podremos situarnos, rectificar lo necesario y comunicarnos adecuadamente.

Resonancias cambiantes Hay que percatarse de que no es nuestra sensibilidad la que marca el nivel de lo delicado, lo normal y lo grosero, sino la sensibilidad del interlocutor. Las palabras no tienen un significado permanente, sino que van cambiando con el tiempo. Y lo que cambia aún más rápidamente son las resonancias afectivas y las asociaciones implícitas que cada palabra contiene.

Palabras que eran inocentes, adquieren connotaciones morbosas. Y otras, que sonaban a morbosas, han perdido resabios negativos. Estas asociaciones y resonancias, que determinan el nivel “moral” –delicado o grosero– del lenguaje, suceden en el interior de nuestro interlocutor y dependen de cuál sea su entorno.

Lo que se hace o dice habitual y abiertamente en la calle, en la televisión o en la escuela, es percibido –de entrada– como normal y bueno. Y no incluye resonancias afectivas negativas, “guarras” o “poco delicadas”. Otra cosa es que sea bueno. Pero, si es malo, habrá que explicarlo con naturalidad y claramente, tal y como ha sido recibido por nuestro interlocutor en su ambiente habitual.

Leyes de la comunicación Sería un error técnico sin arreglo pretender transmitir cómo es y se vive adecuadamente la sexualidad y, a la vez, en ese mismo diálogo, pretender establecer cuál es el tipo de lenguaje que nuestro interlocutor “debe” considerar delicado o grosero. Es imposible alcanzar estas dos metas al mismo tiempo. Y sobre todo: lo que, de hecho, él percibe como normal o grosero, no lo establece nuestro discurso verbal, sino su experiencia vital.

Alguien podría objetar: –¡Pero es que el ambiente está muy mal, y no se puede ceder! Yo le respondería: —Sí, efectivamente, no se puede ceder en vivir con delicadeza la virtud, pero los modos concretos de lo que afecta o no afecta a la sensibilidad y a la virtud cambian de hecho con la experiencia que cada uno posee. Según las distintas sensibilidades, se darán distintos modos de vivir la misma virtud de un modo igualmente delicado.

No aceptar esa realidad trae consigo ineficacia a la hora de transmitir la doctrina y de ayudar a vivir con delicadeza la virtud. Sin darnos cuenta, podría parecer que estamos explicándole cómo moverse elegantemente en una reunión de sociedad, cuando lo que necesita es aprender cómo agarrarse a las piedras para resistir un viento huracanado.

Lo “normal” y lo “bueno” Estamos hablando de una sociedad en la que se vive como normal –y, por tanto, se presenta como normal– un modo degenerado de vivir la sexualidad. Ese modo es el que nuestro interlocutor recibe de entrada como normal y aceptado, lo cual, sobre todo en la infancia, implica que lo considere como bueno. Es cuestión de orden natural. Lo contrario supondría anteponer el juicio propio al de los demás y pretender algo que es simplemente imposible para un chico.

Por eso, cuando la sociedad no ofrece una experiencia adecuada del bien, la formación moral exige mayor profundidad y razonamientos más elaborados. No basta con decir que eso está mal y que “se debe” vivir de otra manera.

La moral católica se basa en la aceptación libre del bien. Y la fe reclama entender, como ha recordado la Fides et ratio. Por eso, y porque otra cosa es un error abocado al fracaso, es necesario razonarles muy a fondo, ya desde que son pequeños, aunque todavía no capten todo el sentido. Las meras recetas terminan manifestándose insuficientes, aunque durante algún tiempo den resultados aparentes.

Razonamientos para torpes (o sea, todos) A la hora de razonar, necesitaremos explicaciones que en otro tiempo no necesitábamos –aunque no nos hubieran venido mal–, porque veíamos el bien hecho vida. Cuando el bien se ve, no requiere razonamientos para ser aceptado.

Nadie necesita hoy en día muchos explicaciones para entender que es malo tener esclavos. No sucedía lo mismo, por ejemplo, en la época del Imperio Romano. Había quienes trataban bien a sus esclavos, y quienes los trataban mal. Pero todos pensaban que era normal tener esclavos. Cuando llegó Jesucristo y empezaron a oír que tener esclavos era malo, muchos romanos buenos no entendían nada. Si se convertían, lo aceptaban por fe, pero no entendían algo que, ahora, a cualquier ciudadano occidental –aunque sea ateo–, después de siglos de cultura cristiana, le parece elemental, de pura lógica humana: la esclavitud es mala.

Esta simple comparación sirve para situar el actual error cultural respecto de la sexualidad (y de otras cuestiones). Porque lo mismo que les pasaba a los romanos con la esclavitud, le ocurre ahora al ciudadano normal –a nuestro interlocutor– con la sexualidad. No entiende qué es y cómo se vive de verdad. La moral sexual no es una cuestión de fe sobrenatural, es una cuestión de ética humana, como la dignidad y libertad de las personas. Pero la sociedad actual no vive ni expresa la dignidad del amor y de la sexualidad. De ahí que sea necesario razonar lo que en otros tiempos podía ser evidente. Ahora, lo “normal” es no entender la sexualidad, igual que el romano “normal” no entendía que la esclavitud fuera mala.

Considero esencial insistir en que la moral sexual es cuestión humana, no de fe. Requiere ser entendida y razonada con argumentos intelectuales, comprendiendo qué es y cómo se vive la sexualidad, del mismo modo que se comprende que está mal sacarle un ojo al vecino, y no sólo porque lo diga la Iglesia. Es también importante transmitir el mensaje implícito: si no lo entiendes, no es que tengas un problema de fe, sino, antes que nada, un problema humano: tienes la cabeza mal amueblada y no consigues entender algo que es tan evidente como la maldad de la esclavitud.

Es pecado, pero ¡no puede ser malo! Me he encontrado con muchos jóvenes que aceptan la autoridad de la Iglesia y, por tanto, asumen que tal acción sexual es pecado; por eso se confiesan de ello y tienen la experiencia de la alegría de la gracia. Ahora bien, si les preguntas si lo que han cometido es malo en sí mismo a nivel humano, te dicen con plena seguridad que no, que cómo va a ser malo si todo el mundo lo hace y lo acepta y, además, es estupendo.

—Entonces…, no es malo, respondo.

—No.

—¿Pero es pecado? —Sí.

—¿Te das cuenta de lo que dices? Si no es malo, ¿por qué es pecado? —Porque Dios lo prohíbe.

—O sea que es bueno, pero Dios lo prohíbe.

—Sí.

—Entonces Dios es un canalla.

Aparece la cara de perplejidad. Y preguntan: —No es posible, ¿verdad? —No. Si hacer eso es bueno en el orden humano, no puede ser pecado. O si no, Dios es un canalla por prohibirte algo tan divertido.

—Entonces no entiendo nada. ¿Por qué es malo? ¿Cómo puede ser malo, si todo el mundo lo hace y dice que es bueno? —Si algo es malo es porque estropea algo bueno. Por eso, para entender por qué es malo hay que entender cuál es el bien que estropea.

Es el momento de explicar cuál es el papel y el sentido de la sexualidad en el conjunto de la persona. Sólo explicando lo positivo se entiende el porqué de lo negativo.

Al final, ni siquiera hace falta extraer las conclusiones: las sacan ellos solitos: —Luego esto que yo hago está mal, porque se estropea esto otro.

Detectar qué teclas funcionan Para que vayan entendiendo es preciso partir de una verdad que sea aceptada por el que comienza a razonar. Y no siempre es fácil saber cómo está la cabeza de quien tiene uno delante y cuál es su experiencia. Hay que ir detectando qué teclas le funcionan y cuáles no. Porque si se toca una melodía pulsando teclas que no funcionan, no suena.

Cada persona necesita razonamientos que partan de bases distintas y sigan caminos diferentes. Depende de cuáles sean los conceptos que uno necesita para construir, y de cuáles sean los que el interlocutor tenga y vaya entendiendo. Mi experiencia es que llegan a entender, lo que no significa que siempre puedan vivir todo de modo inmediato.

Mentalidad de pioneros Entender y asumir estos temas, como otros muchos de la vida cristiana, significa situarse en una posición excéntrica respecto de su mundo, su cultura, sus amigos y, a veces, sus padres. Para poder asumir esto, hay que darles un esquema que les permita digerir esa nueva situación. Hay que excusar la realidad de sus padres, de sus amigos, de su cultura, de modo que puedan comprender y puedan aceptar.

La única situación mental que lo permite es la de quien se siente pionero: «Tengo una verdad nueva que los otros todavía no tienen; les comprendo, rezo por ellos, y poco a poco iremos consiguiendo que esto cale en el ambiente». Una mentalidad parecida a la de un militante de Greenpeace. Como me decía uno: «Si vives en cristiano, o te sientes pionero, o te sientes idiota».

NOVIAZGO, TIEMPO DE CONOCERSE Y DE SOPESAR LA CALIDAD DEL CARIÑO El amor humano –sin mayores distinciones– tiene tres niveles: atracción física, enamoramiento afectivo y amor de entrega.

El amor es más que el enamoramiento, aunque lo suponga. El enamoramiento no es del todo libre: depende de uno mismo, pero a la vez es algo que «te sucede». Tampoco abarca la integridad de la otra persona, sino sólo sus aspectos que atraen.

El amor de entrega, en cambio, es algo que uno decide asumir con plena libertad. Incluye la total aceptación de la otra persona, también de sus defectos y limitaciones; si no, no se ama de verdad: se ama sólo el propio enamoramiento El noviazgo es el tiempo en que un hombre y una mujer enamorados se tratan intensamente para conocerse uno a otro en profundidad, en orden a calibrar si pueden asumir un imponente proyecto de vida en común: fundar una familia. En otras palabras, el noviazgo es tiempo de sopesar si el mero enamoramiento de un varón y una mujer da o no lugar a un amor de entrega.

Nunca como en el noviazgo es más necesario mantener el corazón sometido a la cabeza. Esta lucidez –de importancia vital– lleva a renunciar al matrimonio si se descubre que no hay un amor de entrega –en un@ mism@ o en la otra persona–, lo que a la larga acarrearía el fracaso y la infelicidad. Entonces, lo obvio será cancelar las relaciones.

Castidad en el noviazgo «Los novios están llamados a vivir la castidad en la continencia. En esta prueba han de ver un descubrimiento del mutuo respeto, un aprendizaje de la fidelidad y de la esperanza de recibirse el uno al otro de Dios. Reservarán para el tiempo del matrimonio las manifestaciones de ternura específicas del amor conyugal. Deben ayudarse mutuamente a crecer en la castidad». Esto dice el Catecismo de la Iglesia Católica (nº 2.350).

Entre novios, las caricias y besos son manifestación natural del cariño. El núcleo del asunto está en cuidar que el cariño sea auténtico, evitando que una caricia sincera pueda disparar la excitación sexual, que estaría fuera de lugar.

La dinámica de la excitación reclama llegar hasta el final, porque está diseñada por Dios para ser vehículo de expresión y realización de la mutua y total entrega. De ahí que el único lugar lógico de la excitación sea el matrimonio, la unión conyugal de los esposos, la comunión de amor del único con la única. Buscarla, pues, sólo tiene sentido cabal cuando antes se ha dicho públicamente: «soy tuy@ para siempre». Por eso, si se consiente o se busca fuera del contexto del amor matrimonial, se falsea su sentido y se estropea su sabor.

Mikel Gotzon Santamaría Revista Palabra, nº 442-443, abril 2001

Juan Manuel de Prada, “Sexo a la carta”, Blanco y Negro, 14.X.2001

¿No se puede detener el progreso? Un dictamen del presunto Comité Ético de la Sociedad Americana de Medicina Reproductiva desconfíen de tantas mayúsculas seguidas acaba de declarar "aceptable" que las parejas puedan elegir el sexo de sus hijos mediante la selección de embriones. Así, por ejemplo, no se consideraría reprobable que una pareja cuyo primogénito fuese varón utilizase la técnica de fecundación in vitro para obtener un embrión cuya combinación de cromosomas garantizase el nacimiento de una hembra; los embriones que no resultasen agraciados en la tómbola genética pasarían directamente a la trituradora. El dictamen de este presunto comité ético es emitido cuando la sociedad se debate en una dolorosa polémica moral sobre la experimentación con embriones: ¿es lícito progresar en el estudio de las enfermedades que desafían los remedios convencionales de la medicina a costa de aniquilar una spes vitae, una esperanza de vida?; y a la inversa: ¿es lícito aferrarse a la protección de esa spes vitae cuando se dirime la salvación de vidas ya consolidadas? Este debate, tan peliagudo y abismal, nos pilla, además, en una incómoda situación de desvalimiento, en la que la precariedad de nuestros fundamentos morales se alía con un pavoroso vacío legal, puesto que el estatuto jurídico del embrión humano no ha sido suficientemente establecido por el Derecho. Pero héte aquí que, mientras este debate se dirime, surge este dictamen del presunto comité ético estadounidense, que admite la posibilidad de destruir embriones, ya no por necesidad científica, sino por capricho. Por el puro antojo de incorporar a la prole un hijo de uno u otro sexo. Uno entendería que la selección del sexo de los embriones se realizara para evitar en la descendencia la perpetuación de taras o enfermedades hereditarias (pensemos en la sífilis, por ejemplo, aunque de nuevo nos tropezaríamos con insalvables dilemas morales. Pero, ¿qué argumentos pueden asistir a la pareja que acude a la medicina reproductiva con el deseo de elegir el sexo de su hijo? Permitirles elegir el sexo de su vástago infringe los códigos más elementales de la vida, que se rige mediante azarosas combinaciones. Quebrantar ese azar constituye, además de una postulación de la eugenesia, la antesala de una aberrante aceptación del aborto indiscriminado, siempre que el sexo del nasciturus no concuerde con las preferencias o gustos de los padres. Me preguntaba al principio si el progreso no se puede detener. La sociedad, huérfana de una brújula moral que guíe sus decisiones, acepta estólidamente los designios de la ciencia, no importa que sean monstruosos o execrables, como guíen se resigna a acatar la fatalidad. Y es entonces, ante el paisaje de una sociedad apabullada y sometida, cuando la ciencia se envanece, bravucona, y se dispone a profanar el último santuario que hasta hoy reprimía sus desmanes. Porque el dictamen de ese presunto comité ético americano que vengo glosando no se limita a derogar los más elementales fundamentos éticos. También lesiona uno de los principios más universales y arraigados de cualquier ordenamiento jurídico avanzado. ¿O es que ya nadie recuerda que la discriminación en razón de sedo está prohibida? ¿O es que elegir el sexo de nuestros hijos no constituye una infracción clamorosa de este principio?

Manuel Ordeig Corsini, “La castidad matrimonial”, Palabra, IV.01

El amor conyugal puede considerarse como la cúspide del amor de amistad. En él, la entrega del amante es total, sin reservas: encuentra la propia felicidad en hacer feliz al otro con el don de sí mismo (cfr. Humanae vitae, 9). «De ahí la absoluta necesidad de la virtud de la castidad…, energía espiritual que sabe defender al amor de los peligros del egoísmo y promoverlo hacia su plena realización» (Familiaris consortio, 33).

El matrimonio, cauce para expresar la donación total La institución natural que garantiza la estabilidad necesaria para el amor, protegiendo sus derechos y deberes, es la familia basada en el matrimonio: un acuerdo entre hombre y mujer para compartir en exclusiva la vida entera. Aun con diferentes fórmulas jurídicas, todos los pueblos han reconocido la familia y el matrimonio como elementos básicos de su cultura.

El matrimonio es el ámbito donde las relaciones sexuales resultan lícitas y honestas (cfr. Gaudium et Spes, 49). Fuera de él, la moral cristiana desaprueba tales relaciones, aunque exista un cariño sincero y una intención futura de contraer matrimonio.

Dentro del matrimonio, las relaciones íntimas son fuente y manifestación del amor: «significan y fomentan la recíproca donación con la que (los esposos) se enriquecen mutuamente» (Ibid., 9). Llevadas a cabo con rectitud, favorecen las virtudes básicas de la vida cristiana e impulsan la madurez humana y espiritual de la persona. Esta rectitud interior, sin embargo, marca también unos límites a la propia conciencia: como en tantos otros ámbitos de la vida, no todo lo que se puede hacer, se debe hacer. La castidad, en su aspecto conyugal, ayuda a delimitar lo que es propiamente acto virtuoso de lo que no lo es.

Los actos conyugales, como expresión de donación y amor generoso, deben anteponer siempre el bien y la voluntad ajena a la propia (cfr. HV, 9). En este sentido, cada cónyuge tiene la obligación en justicia de acceder a la petición razonable del otro. Negarse sistemáticamente, o hacer muy difícil la relación, es un pecado contra la justicia debida a quien tiene el derecho –por contrato conyugal– sobre el propio cuerpo.

Dios está presente en todas las relaciones humanas, también en las conyugales. Quiere esto decir que no será lícito aquello que ofenda a Dios por atentar contra su voluntad, que en este caso se manifiesta a través de la naturaleza propia de la sexualidad humana y de sus condiciones anatómicas y fisiológicas. Contradice la ley de Dios, por tanto, todo acto hecho contra-natura: de forma no adecuada al modo natural de ejercitar la sexualidad. La razón estriba en que ese acto no estaría guiado por el amor, sino por un egoísmo capaz de anteponer el capricho personal al bien natural establecido por Dios. Por eso iría contra la virtud de la castidad.

Vida familiar y relaciones conyugales La vida familiar es compleja. El amor esponsal no se reduce a las relaciones íntimas entre cónyuges. El día a día de la convivencia familiar está hecho de pequeños detalles que pueden acrecentar o consumir el amor. El trato delicado, el respeto hacia el otro, la memoria de sus gustos, evitar lo molesto…, contribuye a que el amor discurra por cauces pacíficos y saludables. Por el contrario, las intemperancias, los desprecios y, en casos extremos, la violencia verbal o física, hacen difícil la continuidad del amor.

¿Tienen algo que ver estas actitudes con la virtud de la castidad? Un refrán castellano dice: «en la mesa y en el juego se conoce al caballero». Puede aplicarse en mayor medida a las relaciones conyugales. No se trata aquí ya de una moral minimalista –de lo que es pecado o no–, sino de ver cómo esas relaciones pueden enriquecer el amor matrimonial. Por principio, el amor se expresa y crece en la mutua relación y donación; pero si ésta reúne determinadas condiciones, el progreso será señaladamente mayor.

Hay que tener en cuenta que en cualquier acto conyugal intervienen dos personas, con las diferencias psíquicas y caracteriológicas correspondientes. Será imprescindible, pues, articular la relación sobre la generosidad: no buscar tanto la propia satisfacción, sino la de la persona que se ama. Y decir “satisfacción” no se refiere sólo al placer físico, sino a un conjunto numeroso de condiciones que contribuyen a la felicidad ajena: la delicadeza, el respeto por su libertad, el conocimiento de sus gustos, la perspicacia para captar su estado de ánimo, etcétera.

Unas relaciones conyugales así vividas no sólo unen más a los esposos, sino que influyen positivamente en toda la vida familiar. La comprensión mutua, el deseo de ayudarse unos a otros, el esfuerzo por superar el propio egoísmo, etcétera, mejorarán paralelamente al progreso de la generosidad en las relaciones íntimas del matrimonio.

La castidad, por tanto, no atañe sólo a las cuestiones relativas al uso de la sexualidad, sino, antes, a tantos detalles menores que conducen «al que la practica a ser ante el prójimo un testigo de la fidelidad y ternura de Dios» (Catecismo de la Iglesia Católica (CCE), 2.346). Caridad y castidad crecen siempre de la mano.

Un camino de santidad El matrimonio –con todo lo que incluye– es un camino cierto de santidad cristiana. El sacrificio es uno de los ingredientes del seguimiento de Cristo, y se da en el matrimonio cada vez que uno de los cónyuges se olvida de sí mismo (sus gustos, sus intereses) para atender las necesidades del otro o de los hijos.

En las relaciones matrimoniales se encontrarán no pocas ocasiones de mortificar las propias apetencias para preocuparse del otro. Serán sacrificios habitualmente menudos, ordinarios, pero no por ello menos importantes en orden a la santidad de los fieles cristianos corrientes.

Esto incide en una cualidad fundamental de la castidad cristiana: no se trata de un ejercicio ascético de renuncia; en su esencia es un don de Dios. Ciertamente supone lucha, como toda virtud moral; pero es gracia que el Espíritu Santo concede en el bautismo y en el sacramento del matrimonio (cfr. CCE, 2.345). De ahí la necesidad absoluta de la oración humilde para pedir a Dios la virtud de la castidad (cfr. Juan Pablo II, Enchiridion familiae, V, 4197).

Los hijos, fruto de la donación total Cuando el amor y sus manifestaciones son rectos, el fruto natural son los hijos. La apertura a los hijos es la garantía de licitud de todo acto conyugal. Lo cual no quiere decir lógicamente que cada acto sea generador, sino que no se deben poner obstáculos intencionados para evitarlo.

Así planteado, surge la cuestión acerca del número de hijos que debe aceptar un matrimonio. En recuadro anexo se habla con detalle de la paternidad responsable. Aquí recordamos que los hijos son un don de Dios: premio a la generosidad del amor de los padres y vehículo para que éstos reflejen la paternidad divina (cfr. FC, 14).

Criar y educar a los hijos tiene sus dificultades, como cualquier cometido; pero también sus grandes satisfacciones. No es cierto que sea más fácil educar a un hijo que a muchos; ni que se le haga más feliz al proporcionarle más juguetes que hermanos. Las familias numerosas suelen ser, con mucho, las más alegres –aunque quizá dispongan de menos cosas materiales–; de tal manera que es bastante habitual que una casa con muchos hijos sea centro de atracción de numerosos amigos y amigas, que encuentran allí ese algo especial que tienen las familias numerosas.

Las dificultades Las particularidades del mundo actual fomentan el egoísmo: hedonismo, consumismo, etcétera. Alcanzar en este contexto un amor generoso que lleve a dar y a darse sin buscar recompensa, presenta ciertamente obstáculos nada despreciables.

Vivir la castidad en las relaciones conyugales entre las constantes incitaciones actuales al erotismo (películas, conversaciones, relaciones sociales), siendo fiel al propio cónyuge sin dar cabida –ni de pensamiento– a la infidelidad matrimonial, tampoco es fácil. Lo mismo que no lo es resistir las fuertes campañas oficiales organizadas –con excusas sanitarias engañosas– a favor de sistemas contraconceptivos de diverso tipo.

En todos estos casos, vivir la castidad –fuera y dentro del matrimonio– supone caminar contra-corriente de las modas y estilos imperantes. El entorno social es, en muchas ocasiones, la primera fuente de prejuicios o escarnios; por ejemplo, ante un número elevado de hijos. Lo cual se suma a las dificultades económicas que frecuentemente conlleva una familia numerosa.

Los obstáculos existen, pues, y sería una ingenuidad ignorarlos. Ante ellos la solución es aumentar la confianza en Dios y pedir con constancia la ayuda de su gracia. En el terreno práctico, esta actitud conduce a reforzar la vida cristiana (oración y sacramentos); a mejorar la propia formación en la fe (estudio y dirección espiritual); a luchar en los pequeños detalles (imaginación, curiosidad, pudor) que, sin llegar quizá a pecado, fomentan la sensualidad desordenada; a buscar un ámbito o comunidad de referencia –parroquia, instituciones– que ayuden a la familia a sentirse acompañada y apoyada por quienes participan del mismo ideal de santidad, etcétera.

Toda virtud se fortalece ante las dificultades. La castidad también. Con la ayuda de Dios, esos obstáculos se convierten en ocasión de acrisolar la santidad personal a la que estamos llamados por cristianos. n EL SIGNIFICADO DE LA SEXUALIDAD HUMANA El hombre es espíritu encarnado: no se da en abstracto, sino en forma masculina o femenina. La sexualidad es una característica esencial: sólo se es persona siendo varón o mujer. Por ello, en cierto sentido, cada persona está creada para ser en comunión con otra de sexo diferente. Esto no significa que los solteros o célibes sean incompletos como persona, sino que la plenitud de la unidad humana se alcanza en el darse y recibir del amor. Ahora bien, al no ser sólo cuerpo, el don de sí es don de la entera persona, no sólo de su dimensión sexuada.

La consumación de la sexualidad, por sí misma, se abre al hijo, que no es tanto el solo resultado de un acto físico, sino «sacramento –fruto visible– del don del amor» (Livio Medina, en Amor conyugal y santidad). La fecundidad, al no ser debida, es un don: la bendición de Dios a la entrega plena de los cónyuges. El amor alcanza así la cualidad oblativa propia del amor más noble.

La entrega sexual entre hombre y mujer sólo debe tener lugar en el ámbito del matrimonio, único y para siempre. «Dejará el varón a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y serán una sola carne» (Gen 2,24). Se trata de una entrega tan completa que debe verse amparada por una institución natural que la proteja. Lo contrario dejaría desguarnecido ese amor que, por su misma naturaleza, es definitivo: no cabe amar de verdad por una temporada, ni compartir tal amor con otros; esto desvirtuaría las relaciones conyugales, reduciéndolas a un mero pasatiempo corporal.

La unidad de cuerpo y espíritu conduce a que el amor entre varón y mujer se exprese corporalmente. Esto tiene una contrapartida importante: no es posible hacer un uso frívolo de la sexualidad sin comprometer la parte superior y trascendente del hombre (cfr. FC, 11).

Quien plantea el sexo como un juego, acaba esterilizando las fuentes más hondas del amor. Si no se corrige, su capacidad de amor de amistad y de benevolencia irá progresivamente agostándose. Sólo desarrollará el amor de concupiscencia; y el egoísmo que éste multiplica le impedirá alcanzar la felicidad que busca al fomentar el solo placer.

La virtud de la castidad, al integrar la sexualidad en el conjunto de la persona, defiende la unidad interior del hombre (cfr. CCE, 2.337) y se muestra como una escuela de crecimiento en la caridad, resumen de todo deber del hombre con Dios y con su prójimo.

A PROPÓSITO DE LA PATERNIDAD RESPONSABLE En no pocos matrimonios la cuestión de la castidad conyugal se vincula subjetivamente al número de hijos que están dispuestos a tener. La licitud en la limitación de los hijos, primeramente, y los métodos para conseguirlo, en segundo lugar, provocan los mayores interrogantes morales a los esposos católicos. También las discordantes respuestas que encuentran a veces en algunos teólogos y sacerdotes, les producen no pequeño desconcierto.

Enseña el Magisterio de la Iglesia: «La paternidad responsable se pone en práctica ya sea con la deliberación ponderada y generosa de tener una familia numerosa, ya sea con la decisión, tomada por graves motivos y en el respeto a la ley moral, de evitar un nuevo nacimiento durante algún tiempo o por tiempo indefinido» (Humanae vitae, 10).

Paternidad responsable no coincide, pues, con paternidad reducida o escasa. Puede ser igualmente responsable la paternidad numerosa: depende de las circunstancias. No obstante, es frecuente que un matrimonio se pregunte: ¿podemos limitar –de acuerdo con la moral católica– el número de hijos a uno, dos, tres? La constante advertencia de la Iglesia es que el amor auténtico es siempre generoso y que «todo acto matrimonial debe quedar abierto a la transmisión de la vida» (HV, 11), que «es siempre un don espléndido del Dios de la bondad» (FC, 30). «Esta doctrina, muchas veces expuesta por el Magisterio, está fundada sobre la inseparable conexión que Dios ha querido y que el hombre no puede romper por propia iniciativa, entre los dos significados del acto conyugal: el significado unitivo y el significado procreador» (HV, 12).

La decisión sobre el número de hijos La Iglesia, como madre que es, hace suyas las dificultades de algunos esposos para criar y educar un número elevado de hijos (cfr. Carta a las Familias, 12). En los casos difíciles es legítima una paternidad restrictiva, si se encauza respetando lo indicado sobre la inseparabilidad entre la dimensión unitiva y procreativa del acto conyugal.

La decisión de limitar el número de hijos es algo que sólo compete a los mismos esposos, con una elección que deberá ser recta –sin egoísmos que la desfiguren–, conforme a los criterios morales, y valore con justicia las razones que les mueven a esa limitación.

Tales razones no pueden ser banales. Deben existir «graves motivos» (HV, 10), o «razones justificadas» (CCE, 2.368), que aconsejen el retraso de un nuevo nacimiento. Además de la autenticidad del amor conyugal, está en juego la vida de una persona humana, y eso es algo muy serio: «sólo la persona es y debe ser el fin de todo acto» (Carta a las Familias, 12). No es suficiente, por tanto, un superficial convencimiento subjetivo; los padres «deben cerciorarse de que su deseo no nace del egoísmo, sino que es conforme a la justa generosidad» (CCE, 2.368); y esto requerirá habitualmente el consejo experimentado de alguien conocedor de las circunstancias y de la alta vocación a la santidad a que son llamados los fieles cristianos y sus familias.

Por otra parte, los motivos pueden variar con el tiempo, lo que ha de llevar a los esposos a replantearse la validez de su decisión, tomada en circunstancias diferentes.

Los medios a emplear En el caso de que una responsable paternidad oriente a un matrimonio a limitar el número de hijos, los esposos se plantean inmediatamente qué medios pueden emplear con tal fin. Sobre ello la doctrina de la Iglesia es clara y unánime. Tanto la decisión sobre el número de hijos como los medios para llevarla a cabo están definidos por la moral católica.

«Toda acción que, en previsión del acto conyugal, o en su realización, o en el desarrollo de sus consecuencias naturales, se proponga, como fin o como medio, hacer imposible la procreación» es intrínsecamente deshonesta (HV, 14).

Es pecaminosa, por tanto: toda interrupción voluntaria del acto conyugal; la esterilización –quirúrgica o farmacológica– de la mujer o del varón; y el uso de instrumentos –diafragmas, preservativos– o de substancias químicas que impiden el natural desarrollo del acto.

También es deshonesta toda acción dirigida, no al acto en sí, sino contra la vida que pudiera concebirse después del mismo: tanto el uso del DIU y la «píldora del día siguiente» (cuyos efectos «pueden» ser abortivos, aunque sean microabortos), como la píldora RU-486 y el llamado «aborto terapéutico» (que pretenden directamente el aborto). Cualquier aborto voluntario conculca el quinto mandamiento aún más gravemente que los pecados contra la sola castidad.

«En cambio, cuando los esposos, mediante el recurso a periodos de infecundidad, respetan la conexión inseparable de los significados unitivo y procreador de la sexualidad humana, se comportan como ministros del designio de Dios y se sirven de la sexualidad sin manipulaciones ni alteraciones» (FC, 32).

Este recurso a la infertilidad natural periódica es lícito en sí mismo y «conforme a los criterios objetivos de la moralidad» (CCE, 2.370), cuando se dan las razones serias que hemos citado. En la actualidad se ha progresado en el conocimiento y detección de esos periodos infecundos, de modo que los matrimonios pueden recurrir a ellos –sea de modo temporal o permanente– con gran certidumbre.

Una aclaración capital La neta divergencia de licitud entre la contracepción y el recurso a los ritmos temporales de infecundidad, no deriva de que sean dos modos distintos –artificial y natural– de alcanzar un mismo fin. Se basa en la «diferencia antropológica y al mismo tiempo moral» existente entre ambos sistemas; diferencia «que implica dos concepciones de la persona y de la sexualidad humana, irreconciliables entre sí» (FC, 32).

Lo que señala la diferencia es la intencionalidad, en tanto que define el objeto del acto. Una esterilización artificial puede ser lícita cuando es necesario realizarla, por ejemplo, para curar un proceso canceroso. En cambio, una decisión tan «natural» como el coitus interruptus es ilícita por el objetivo que persigue.

El amor conyugal no es casto cuando pretende romper la unidad de los dos significados fundamentales –unitivo y procreador– del acto matrimonial. En cambio, puede ser casto si simplemente se abstiene del uso de las relaciones íntimas en determinados periodos de la fisiología femenina. Si hay razones suficientes, esta continencia es un modo de vivir la responsabilidad que Dios pide a algunos cónyuges.

La continencia periódica en el uso del derecho matrimonial, realizada con sentido cristiano, lejos de enfriar el amor entre los esposos, contribuye a acrecentarlo al compartir gozos y sufrimientos; y fomenta un diálogo personal y esponsal que acrisola su amor, purgándolo de egoísmos particulares.

La invitación de Dios a la santidad en el matrimonio comunica a los esposos la gracia necesaria para afrontar con paz y alegría las dificultades de la vida –también el esfuerzo por vivir la castidad–, y para convertirlas en ocasión de progreso espiritual y de perfeccionamiento humano.

Manuel Ordeig Corsini Revista Palabra, nº 442-443, abril 2001

Jokin de Irala, “Educación sexual y abstinencia”, Diario de Navarra, 20.I.02

Acaba de aprobarse una Ley en el estado americano de Nueva Jersey que da especial prioridad a la promoción de la abstinencia de relaciones sexuales en los programas de educación sexual en colegios públicos (Agencia ACI digital, 19-12-01). La ley insiste en que deben replantearse los materiales pedagógicos a fin de que siempre quede claro y contundente el mensaje de que la abstinencia de relaciones sexuales es la medida más eficaz y razonable contra los embarazos imprevistos y las enfermedades de transmisión sexual, auténticas epidemias de nuestro tiempo.

En el Estado Español, los mensajes que hemos ido oyendo en los medios de comunicación, así como los defendidos desde diversos grupos de presión social y órganos de gobierno han sido fundamentalmente del estilo de “póntelo pónselo”, “contra el SIDA presérvate” o de anuncios donde se ve a una madre “amiga” de su hija que le pone un preservativo en el bolsillo antes de que salga. Estos mensajes no tienen nada que ver con la abstinencia, más bien por el contrario dan al público una falsa idea de seguridad frente al SIDA y los embarazos imprevistos.

El argumento que impera en la calle para justificar la exclusividad del mensaje del preservativo es fundamentalmente que “no es posible, realista, pedir a los jóvenes que se abstengan”. Por otra parte, muchos dirán, siguiendo el antiamericanismo superficial que parece ser lo políticamente correcto en la actualidad, que dicha ley es fruto de lo exagerados y puritanos que son los americanos para todo.

El problema es grave, estamos ante epidemias de embarazos imprevistos y enfermedades de transmisión sexual sin precedentes, millones de jóvenes se quedan infertiles o adquieren el virus del papiloma humano que es el principal responsable del cáncer genital. Son enfermedades de transmisión sexual contra las cuales poco hacen los preservativos y no olvidemos que en diferentes países del continente africano la esperanza de vida es en la actualidad de unos 45 años debido al SIDA. Tenemos que valorar diferentes soluciones pero debemos evitar discusiones populacheras como las que a veces se oyen en algunas tertulias radiofónicas con pseudoexpertos. Podemos o no tratar el problema bajo el interesante punto de vista moral. Sin embargo, nunca debemos obviar la evidencia científica existente al respecto.

Lo indudable es que el mensaje que abunda en este país no tiene nada que ver con el mensaje oficial de otras autoridades sanitarias como la Organización Mundial de la Salud donde se afirman tres recomendaciones y por este orden: 1) El único medio eficaz de prevención del SIDA es la abstinencia de relaciones sexuales, 2) En el caso de que esto no sea posible, que se tengan relaciones sexuales mutuamente monógamas con una persona no infectada, 3) En el caso de que los anteriores no sean posibles, informar de que el uso consistente del preservativo puede disminuir, aunque no eliminar, el riesgo de transmisión del SIDA. Hay en la actualidad bastante evidencia científica que sugiere que es un error omitir este mensaje de la abstinencia: En primer lugar, los científicos están apelando a que este mensaje se introduzca de manera prioritaria en las escuelas (McIlhaney JS, Am J Obstet Gynecol 2000;183:334-9). En segundo lugar, en el congreso sobre SIDA celebrado en Durban en el verano del 2000, quedó muy patente la grave situación en diferentes países africanos. En Uganda sin embargo, se ha conseguido disminuir mucho la incidencia de infección por el virus del SIDA a base de programas de educación sanitaria apelando al retraso del inicio de las relaciones sexuales en los jóvenes y en contra de las relaciones sexuales promiscuas fuera de una pareja estable. Podemos señalar por último que las recientes revisiones de medicina basada en evidencias realizada por la prestigiosa fundación Cochrane (especializados en realizar revisiones críticas de toda la evidencia científica que existe sobre un tema determinado) indican claramente que el preservativo disminuye la probabilidad de infección por el virus del SIDA en un 80%, lejos de ese 100% sugerido por nuestras campañas que a la vista son claramente engañosas (Weller S, Davis K, Cochrane Review, Issue 4, 2001).

Con todos estos datos, que cualquiera puede consultar, no podemos menos que preguntarnos cómo es posible que nuestros jóvenes, y nosotros todos, seamos capaces de abstenernos de dormir si queremos jugar un partido pronto por la mañana, abstenernos de ver la televisión si queremos aprobar un examen, abstenernos de una dieta que nos apetezca para mantener la línea o incluso de no comer en una huelga de hambre para defender un ideal y sin embargo no sea posible hablar de abstinencia en la sexualidad. Quizás debemos examinar con más detenimiento las experiencias en otros países (como el ejemplo de Uganda o la nueva ley norteamericana antes citada) para valorar en qué medida nos puedan ser útiles al menos algunas de las decisiones que se están tomando. En realidad, la juventud actual está claramente engañada y en consecuencia no puede ser plenamente libre en el campo de la sexualidad. Hasta que no se les informe claramente de que la abstinencia es la mejor garantía que tienen contra estos problemas y hasta que no se les informe de que el preservativo solamente reduce el riego de transmisión en un 80%, no podemos hablar de auténtica libertad de elección.

Jokin de Irala Profesor titular, Unidad de Epidemiología y Salud Pública Universidad de Navarra Diario de Navarra, 20.I.02

Rafael Navarro-Valls, “Violencia sexual y cultura”, El Mundo, 23.III.2001

Según datos muy recientes del Foro contra la Violencia de la Mujer, el número de víctimas mortales de la violencia sexista en España se ha triplicado el último año. El informe publicado por el Foro de Población de la ONU anota que una de cada tres mujeres en el mundo sufre malos tratos o abusos sexuales. Un serio estudio sociológico promovido por CCOO concluye que una de cada seis trabajadoras españolas sufre acoso sexual. La publicidad sexista ha generado, en el último año en España, casi 400 quejas: un 12% más que el año anterior. El más reciente informe del INE en España detecta una subida alarmante de los delitos sexuales: entre otros datos se destaca que, desde 1992, al menos 26 jóvenes han sido asesinadas con abuso sexual previo. La última, esta misma semana, una niña de 14 años en Campo de Criptana, un caso todavía bajo secreto sumarial. Según Manos Unidas, un millón de niños y adolescentes entran cada año en el negocio de la prostitución. El Tribunal Penal Internacional para Yugoslavia acaba de calificar, por primera vez, los asaltos sexuales como crímenes contra la humanidad. En fin, hace unos días el delegado del Gobierno de la Comunidad de Madrid declaraba que, si durante el año 2000 en la región los delitos en general bajaron una media del 5,53%, el número de agresiones sexuales se han duplicado sobre el año 1999. Pido perdón por el abusivo recurso a la estadística, pero me parece de interés corroborar con datos lo que la Sociología lleva un tiempo alertando: en el cuadro de mandos de la sociedad occidental se han encendido las luces rojas de alarma en la materia. Trasladar estadísticas sin indagar en las causas sería hacer una especie de sociologismo fotográfico que todo lo plasma, pero nada analiza. Hagamos un esfuerzo de análisis sobre ellas. Lo primero que parece advertirse es que se está produciendo aquello que Octavio Paz denominaba «uno de los tiros por la culata de la modernidad». Según el poeta mexicano: «Se suponía que la libertad sexual acabaría por suprimir tanto el comercio de los cuerpos como el de las imágenes eróticas. La verdad es que ha ocurrido exactamente lo contrario. La sociedad capitalista democrática ha aplicado las leyes impersonales del mercado y la técnica de la producción en masa a la vida erótica. Así la ha degradado, aunque el negocio ha sido inmenso». Tal vez por eso, Antonio Gala decía no hace mucho que, «en materia de sexo y dinero, ¿quién está limpio aquí?». Veamos. Entre ocho y nueve millones de personas leen en España el periódico durante, aproximadamente, una hora al día. Treinta y un millones ven el televisor un mínimo de dos horas. El 60% de los niños en edad escolar y preescolar permanece tres horas al día frente a la pequeña pantalla. Según datos fiables, estos niños ven unos 10 casos de violencia física, tres de ellos con resultado de muerte; una serie notable de efusiones sentimentales y eróticas fuera de matrimonio; y uniones carnales descritas con bastante minuciosidad. En Italia, con datos muy parecidos a los españoles, un grupo de padres fueron invitados para visionar una antología de la tarde televisiva de sus hijos. Al terminar la sesión, algunos sufrieron trastornos circulatorios y los más manifestaron una dolorosa incredulidad. Habitualmente no veían la televisión con sus hijos. Según Ettore Bernabei, de la International Family Foundation, la patología televisiva a que puede dar lugar este bombardeo de imágenes sería peor que los efectos de un artefacto nuclear de la serie N. Este destruye los cuerpos, pero deja intactas las cosas inanimadas. Cuando la adicción televisiva se convierte en patología no es difícil la progresiva erosión del espíritu, aunque queden incólumes los cuerpos. Algo parecido ocurre con parte de la industria del cine. El crítico de cine norteamericano Michael Medved provocó una polémica con su libro Hollywood contra América. Esta obra, que realiza un exhaustivo estudio acerca del tratamiento que Hollywood da a temas como la religión, el sexo, la familia o la violencia, sostiene que, con demasiada frecuencia, la industria cinematográfica difunde unos mensajes opuestos a valores que el público medio aprecia: fidelidad, lealtad, pudor, etcétera. Su tesis ha suscitado comentarios dispares. Algunos, como Peter Biskind en Premiere, la rechazaron y la calificaron de histérica. The Economist, sin embargo, coincide con la tesis de Medved. Si trasladamos estos resultados a España, puede provisionalmente concluirse que las pautas de comportamiento sexual difundidas por parte de los media, contienen una buena dosis de irresponsabilidad. De modo que se produce un curioso efecto: los mismos medios que braman contra la violencia sexual probablemente son cómplices indirectos de ella, al contribuir con sus mensajes a crear el caldo de cultivo propicio. La propaganda mediática de la violencia y el sexo «surge de las pantallas, que hacen como si la contasen y la difundiesen pero, en realidad, la preceden y la solicitan» (Baudrillard). Un incidente ocurrido hace pocos años entre Grecia y Turquía puede ilustrar este fenómeno, que se agrava por la implacable lucha por los índices de audiencia. A raíz de las declaraciones belicosas de una emisora privada de televisión en relación con un minúsculo islote, las televisiones y las radios griegas -arropadas por la prensa- se lanzaron a una escalada de desvaríos nacionalistas. Las televisiones y los medios turcos, para no perder audiencia, entraron en la batalla. Soldados griegos desembarcaron en el islote, las respectivas flotas pusieron proa hacia esas aguas y la guerra se evitó por los pelos. Es un ejemplo más de que el conocimiento del mundo a través de imágenes deformadas incapacita al sujeto para formas superiores de pensamiento y atrofia nuestra capacidad. Esta tormenta de imágenes hace que hoy se reflexione poco sobre el sexo. Se imagina, se sueña o se suspira con él. El sexo nos estimula o nos deprime. Pero esta tumultuosa actividad no es pensar. Como se ha dicho, «pensar en el sexo significa esforzarse en ver el sexo en su más íntima realidad y en la función a que está destinado». Desde luego es más divertido usar el sexo que pensar sobre él. Pero de vez en cuando conviene hacerlo. La historia del mundo humano ha sido la historia del dominio de la razón sobre los impulsos, sin excluir el sexo. Un descontrol masivo del mismo no parece estar dando resultados positivos. Otra causa es la ingenua confianza en las medidas legales para erradicar el problema. El Derecho es un modesto instrumento de paz social. Pero echar sobre sus espaldas la ingente tarea de variar los comportamientos sociales una vez alterados, es olvidar que el Derecho tiene un influjo mayor mediante lo que podríamos denominar su actividad negativa. Esto es, puede contribuir a no erosionar el ecosistema familiar y social con más eficacia que a restaurarlo, una vez modificado por perturbaciones sociales. Desde luego, son necesarias las reacciones legales destinadas a reprimir los delitos contra la libertad sexual, proteger los derechos a la disposición del propio cuerpo, tutelar el consentimiento viciado en casos de abusos sexuales a menores o el derecho colectivo de exigir unas pautas morales de conducta en los delitos de exhibicionismo, prostitución, pornografía etcétera. En Estados Unidos, se ha llegado a presentar en la Cámara de Representantes un proyecto de ley (Pornography Victims Compensation Act) en el que las víctimas de los delitos contra la libertad sexual podrían pedir indemnizaciones a la industria pornográfica. Bastaría demostrar que ella ha sido la causa que ha provocado, aunque sea indirectamente, el ataque sexual contra mujeres o niños. Justificación de los congresistas promotores: «La pornografía borra la humanidad de la víctima con mentiras tales como que las mujeres quieren ser violadas o que los niños desean sexo». Pero estas medidas legales no llegan a la raíz del problema. El verdadero problema es, parece ser, el elevado coste que la población infantil y adolescente está pagando por los errores que los adultos hemos incorporado en el significado de la sexualidad. Esa deformación inicial (los niños tienden a imitar y desear lo que desean los adultos) se traspasa a los años de la juventud e incluso de madurez, creando el caldo de cultivo necesario para la violencia sexual. Al menos, esta es la opinión que comienza a abrirse paso en la Psicología y en la Sociología. Lo cual es compatible con que, en un amplio reportaje sobre la revolución sexual en EEUU, la revista Time acabe de dictaminar su declive. Efectivamente, la llamarada de los 60 acabaría apagándose con desencanto en los 90. Muchas personas comienzan a descubrir los tradicionales valores de la fidelidad, el compromiso mutuo y el matrimonio. En las encuestas entre estudiantes crece el número de los que exigen que haya amor y una relación estable para justificar las relaciones sexuales. Por ejemplo, según un estudio sobre los valores de los universitarios realizado por la Universidad Complutense (marzo del 2000) el 65,3% de los universitarios considera «imprescindible» la fidelidad sexual a la pareja. Cifra que se eleva al 73,1% cuando se trata de universitarias. Pero esta nueva actitud no significa, sin más, un retorno al equilibrio. La revolución sexual ha sido absorbida en buena parte por la cultura, y aunque, por eso mismo, ha dejado de ser algo nuevo y atrayente, lo cierto es que ha dejado una huella profunda que ha llevado de la exaltación del sexo a su trivialización y, de ahí, al desencanto. Existe todavía una hipertrofia de la afectividad en la que el fluir de los impulsos se convierte en la estrella polar que guía el comportamiento humano. Esta mezcla de inmadurez afectiva e hipersentimentalismo provoca un desequibrio anímico que desemboca en la tendencia a entablar relaciones interpersonales basadas tan sólo en el egoísmo. Quizá por ello todavía la necesidad de sexo duro, y en dosis cada vez mas altas, se ha convertido -en determinados sectores que aún viven la resaca de ese fenómeno- en una dependencia. Es muy sintomático que comiencen a proliferar, discretamente, tratamientos médicos de deshabituación sexual. ¿Cuál es el capital social del que disponemos para atajar estas causas de violencia sexual? Si estamos a los índices que propone Fukuyama para medirlo en las sociedades occidentales, el activo está disminuyendo de forma alarmante. Desde instancias diversas se sugiere un esfuerzo combinado de reconstrucción social en el que intervengan todas las fuerzas sociales: Estado, sociedad civil, religión y poder mediático. Tal vez debamos comenzar por la escuela y la familia en un esfuerzo de verdadera socialización de los valores. Reducir el sexo a mera genitalidad es sembrar las semillas de la violencia sexual, y provocar a la larga actitudes de riesgo. No se trata de dramatizar más de la cuenta. Se trata de aplicar la sensatez. También en esta materia. Rafael Navarro-Valls es catedrático de la Universidad Complutense y Secretario General de la Real Academia de Jurisprudencia.

Gaston Courtois, “Educación de la castidad”

Problema crucial al cual muchos padres, ciegos, no dan demasiada importancia. Es necesario evitar dos excesos: negarse a plantear el problema o dramatizar la cuestión.

¿De qué se trata? Se trata de formar niños con visión clara; almas sanas en cuerpos sanos; muchachos y muchachas que se respeten y se hagan respetar; advertidos, mas no hipnotizados, de los peligros y tentaciones posibles, conscientes del plan del amor de Dios sobre ellos y de las exigencias que reclama la colaboración a ese plan.

En todo lo que concierne al origen de la vida, tiene el niño derecho a la verdad, al menos de una manera progresiva adaptada a su edad, a su inteligencia, a su temperamento.

La táctica del silencio, erigida en sistema o tomada como principio, es una táctica peligrosa y claramente nociva al interés del niño y al de la sociedad.

Las iniciaciones claras, hechas con el tacto preciso, deben ser consideradas como una obligación grave que se puede imponer en nombre de la caridad y aun de la justicia.

El silencio de los padres, el misterio que se crea alrededor de esos problemas, son causa importante de muchas deformaciones de conciencia.

El niño a quien nadie quiere ilustrar con precisión tiene el peligro de ver el mal donde no lo hay y de no verlo donde está.

Todo niño normal se plantea un día y otro, y con frecuencia más pronto de lo que los padres creen, la cuestión sencillamente: «¿Cómo he venido yo a la tierra?» Lejos de ser una curiosidad malsana, es eso una prueba de inteligencia.

Lo más, frecuente, por otra parte, es que el niño plantee esa cuestión a su mamá. Si ésta, en vez de tratar el asunto corno la cosa más natural del mundo, parece escandalizarse o turbarse por semejante pregunta y lo manda bruscamente a sus juegos, el niño se planteará todavía con más agudeza el problema o intentará saberlo por todos los medios, guardándose en adelante de hablar de ello a sus padres.

Si la madre da una explicación embustera -cigüeñas, París, bazar, etc.-, el niño creerá sus palabras -lo que dice mamá es siempre verdad-; pero el día, y ese día llegará infaliblemente, en que aprenda de manera más o menos deformada la verdad, habrá perdido para siempre la confianza en sus padres.

Cuando los niños no obtienen de sus padres o de persona autorizada la solución a las preguntas que plantean, la buscarán o la recibirán, aun sin buscarla, sea en conjunto o en parte, de manera incompleta, deshonesta, a veces brutal y degradante.

Es un deber de los padres velar por la educación de la castidad de sus hijos. Esta educación supone no sólo la respuesta leal y progresiva a los problemas del origen de la vida, el advertir a tiempo las transformaciones de alrededor de los trece años, sino también, en un ambiente de confianza y amor, la educación de la valentía, del valor, para asegurar sin peligro el sostenimiento del equilibrio y el dominio de sí mismo en este período de crisis que caracteriza la adolescencia.

Los padres no tienen derecho, en una materia que puede tener repercusiones tan serias, a dejar que esta educación se haga «a la buena de Dios», y con frecuencia, «a la gran desgracia» de los niños, que tanta necesidad tienen de ser instruidos afectuosamente, guiados, ayudados por aquellos que tienen el derecho de decirlo todo, y de quien ellos tienen la obligación de oírlo todo.

No porque sea un deber delicado y difícil hay derecho a eludirlo.

La revelación por los padres mismos del hermoso plan de amor de Dios, lejos de disminuir el respeto, la confianza y el afecto hacia el papá o la mamá, despertará en el espíritu de sus hijos el sentimiento de la grandeza y dignidad del matrimonio y avivará en su corazón -porque son más razonados- ternura y reconocimiento hacia aquellos a quienes deben, después de Dios, el ser y la vida.

No hay por qué crearse una montaña para decir la verdad de manera delicada.

Gran número de libros se han editado a propósito de esto, con fórmulas concretas de conversaciones para chicos y chicas, como respuesta a las distintas preguntas que suelen hacer y para las diferentes edades de la infancia y de la adolescencia. Os será fácil inspiraros en ellos leyendo el texto y añadiendo los comentarios que vuestro corazón os dicte. Lo que es menester es decir las cosas con la mayor naturalidad, insistiendo sobre la grandeza del amor que ha inspirado el plan divino hasta en los detalles y pidiendo a os niños que no hablen de ellos a los otros a fin de dejar a sus propios padres tomar la iniciativa, instruirlos y guiarlos.

Si por casualidad se juzga que el niño puede aprovechar la lectura de tal o cual página, que sea, al menos, como una conversación comenzada o continuada, y, por consecuencia, que acaba en conversación. La voz, con el tono, los matices, los acentos, crea alrededor de la letra muerta una armorúa viva de pensamientos y de sentimientos que la coloca en su justo punto y la hace buena y bella.

¡Cuántos atenuantes, sugestiones, repeticiones, correctivos, dulzuras y vivacidades son necesarios para comunicar a pensamientos tan delicados la pureza de forma, la veracidad exacta del sentido, el ritmo bienhechor de la paz! Al libro el niño no responde, no se abre, permanece mudo, y la más segura protección del niño está en hablar a sus padres. El libro es apresurado, no espera, trastorna el orden interior, las imágenes asaltan la sensibilidad. La conversación, al contrario, es paciente; va y vuelve; avanza y retrocede; vuelve a comenzar si hay necesidad; se pliega de manera muy sutil a la sinuosidad y elasticidad del alma infantil. Una madre llena de experiencia y muy inteligente -sólo esta frase lo demostraría- decía con finura: «Es necesario adaptar los consejos al estilo de la familia».

Si el niño no pregunta, no hay que dudar en plantearle una cuestión como ésta: «¿Te has preguntado cómo vienen al mundo los niños?» Hay a veces niños tímidos, o bien niños que no se atreven a interesarse por esos problemas porque han oído alrededor de este asunto ciertas reticencias y se imaginan que son cosas en las cuales no hay que pensar. Pero eso no sería sin gran inconveniente para el porvenir. Dadles confianza, pues, y no adoptéis nunca un aspecto solemne ni cohibido para hablar de estos asuntos.

Después de una conversación de este género no dudéis en decir a vuestros hijos que recurran a vosotros de nuevo si en adelante alguna otra cuestión se plantea a su espíritu. Mantendréis así entre vuestros hijos y vosotros una puerta abierta a la confianza total, tan necesaria en este terreno.

En materia de pureza no son las costumbres o las convenciones las que determinan lo que está bien y lo que está mal- Hay un orden en la creación, y es este orden, o en otros términos: ese plan de amor que Dios ha establecido, lo que es necesario respetar.

No se trata de ver el mal en todas partes. Ni tampoco de ser ingenuos e imaginar que nuestros riños están fuera de todo peligro. En este mundo moderno, que Bergson calificaba de afrodisíaco, se encuentran desequilibrados, obsesionados, gentes más o menos morbosas, y nuestros niños pueden ser uno u otro día, cuando menos lo sospechemos, víctimas de un camarada perverso o de un adulto impúdico.

Es necesario que la mamá haya podido decir un día muy naturalmente a su hijo: «Estate con cuidado: encontrarás a veces compañeros o gentes mal educadas que se portan mal. Si alguno, por ejemplo, quisiera jugar contigo a juegos indecentes, intenta hacerte cosquillas entre las piernas, no te dejes y ven a hablar conmigo». La experiencia prueba que un 60% de los niños, por lo menos, niñas o niños, han sido uno u otro día objeto de tentaciones de ese género sin que los padres lo sospecharan siquiera. Un niño prevenido vendrá más fácilmente a sincerarse con vosotros en caso de peligro.

Ante los inconvenientes del silencio en estas materias, varios países han preconizado la educación colectiva en la escuela. Es ésta una medida en extremo peligrosa, y varios países que la habían adoptado han renunciado finalmente a ella. En materia tan delicada, dirigiéndose a espíritus y, a temperamentos tan diversos como los que puede ofrecer una clase con una enseñ-,inza uniforme en la que falta totalmente la gradación necesaria según las circunstancias tan variadas del auditorio, existe el peligro de convertirse en seguida en objeto de conversaciones malsanas y de crear en algunos la obsesión de la sexualidad.

Nada es mejor que la iniciación individual adaptada al desarrollo físico y moral e intelectual del niño.

Se mutila la verdad mostrando sólo el aspecto fisiológico de estos problemas. Es muy importante exponerlos en una síntesis donde no se olvide el aspecto sentimental, el aspecto social y el aspecto religioso.

Nuestras respuestas deben estar impregnadas de espíritu de fe y descubrir al iniciado el plan providencial de Dios en relación con el dominio de lo sexual. Sin duda alguna, ciertos detalles son muy delicados para explicarlos; pero, por otra parte, y si bien el hombre puede corromper el plan divino en esta materia, es necesario no perder de vista que la estructura del corazón del hombre o de la mujer, su madurez fisiológica, los actos fundamentales de la unión conyugal, de la paternidad, de la maternidad y del nacimiento de los hijos, son obra directa de Dios.

Es preciso no perder tampoco de vista que el Señor ha hecho del matrimonio un sacramento y que los actos conyugales, rcalizados en estado de gracia y según la rectitud de su naturaleza, llegan a ser para los cónyuges fuente de gracia y de méritos para el cielo.

Es necesario, pues, enfocar el problema de la sexualidad con mirada límpida, bajo su aspecto providencial noble y puro. Con esta rectitud, con esta nobleza, debemos hablar de él a nuestros niños.

Importa que la niña sea prevenida por su mamá antes que se produzca el acontecimiento que la consagrará como mujer.

Le explicará ésta primero el papel de la madre. Con la pubertad de la mujer, especialmente con ocasión de los nuevos cuidados de higiene que deberá tener, y al corriente de los cuales es necesario ponerla, podrá la madre volver sobre el asunto para precisar lo que haya dicho unos años antes relativo al «papel de la madre» en la vida del niño pequeño. Como las circunstancias se prestan, podrá darle de manera técnica los detalles físicos y fisiológicos necesarios. El tema será el siguiente: la adolescente deja de ser una niña para convertirse en mujer; su cuerpo está dispuesto a prepararse poco a poco para su hermoso papel de madre. Y precisamente porque es obra importante y delicada, un trabajo de colaboración con Dios, la preparación se hace lentamente. Y puesto que su cuerpo será algún día la primera cuna de un niño pequeñin, debe ella, a la vez, cuidarlo y respetarlo.

Es importante, asimismo, que el chico sea prevenido por su papá -y, en defecto de él, por su mamá- de las transformaciones que van a operarse en él, de las reglas higiénicas que debe observar. Convendrá prevenirlo, para que no se inquiete por las perturbaciones fisiológicas que pueden sobrevenirle durante el sueño independientemente de su voluntad.

Una recomendación que tal vez sorprenda a algunos padres, a la cual, sin embargo, conceden una gran importancia quienes profesionalmente reciben numerosas confidencias: el niño no debe, en manera alguna, compartir el dormitorio de sus padres. Con frecuencia, las condiciones económicas impiden a los padres conformarse a esta exigencia esencial, pero cuantas veces sea posible, es necesario hacerlo.

Ignoramos todavía el grado de impresionabilidad del cerebro infantil. Es, no obstante, verosímil que el cerebro del niño, muy sensible, reciba ciertas impresiones, como la placa de cera de un aparato registrador, aunque no las asimile hasta mucho más tarde.

A los padres -a la mamá, principalmente- incumbe formar al niño en lo relativo a pudor, de modo que, de una parte, evite las fobias, los temores exagerados, que le harían ver el mal en todo; pero, por otra, tenga el sentido de cierta reserva, tanto más indispensable cuanto que el ambiente actual se empeña en destruirla.

¿Qué hacer si os dais cuenta de que vuestros hijos han adquirido malos hábitos solitarios? 1. Nada de dramatizar, no amedrentar al chico ni hipnotizarlo con este motivo; tendréis el peligro de formar en él una obsesión y de impedirle salir de ella.

2. Enseñar al niño a lavarse como es preciso y completamente. Con frecuencia, estos hábitos provienen de falta de higiene y de limpieza.

3. Plantear el problema en el aspecto de la buena educación y del respeto a sí mismo: un niño bien educado no juega con su cuerpo, como no se rasca la nariz ni se frota los ojos.

4. Animar al niño a reforzar su voluntad haciéndola trabajar en otros dominios.

5. Asegurarle que no hay por qué extrañarse de las tentaciones en ese sentido: son propias de la edad; pero es también propio de su edad ejercitarse en el dominio de sí mismo con la gracia de Dios, que nunca se le niega al hombre de buena voluntad. Proporcionarle una vida equilibrada; enseñarle a elegir lecturas, a evitar cualquier causa de excitación y orientarlo en la técnica de la diversión en algo que le interese.

6. En esta materia es necesario insistir más sobre el aspecto positivo de la alegría de elevarse, de vencer, que sobre el aspecto negativo de la falta moral. Este punto, preciso es dejarlo al juicio del confesor, que para eso tiene gracia de estado.

Instruir a la juventud en las realidades de la vida no es, como pretenden algunos higienistas, prevenir contra los peligros de las enfermedades venéreas, sino preservar de desviaciones morales que resultan de la mala conducta. El hombre no es un simple animal a quien hay que proteger de los contagios microbianos; es un ser que debe por sí mismo dominar sus apetitos.

La juventud debe saber que si es depositaria del poder creador, eso no es para que se envilezca y lo convierta en instrumento de placer. La impureza es a la vez una falta contra el respeto que el hombre se debe a sí mismo; una falta contra la que algún día será su esposa, una falta contra los hijos, herederos de sus potencias físicas y morales.

Un joven se prepara, pues, a la fidelidad en la medida que se respeta a sí mismo y en la que respeta a la mujer en general.

Tomado de Gaston Courtois, “El arte de educar a los niños de hoy”, Atenas, 1982, en www.edufam.net

Javier Láinez, “Ni se mencione entre vosotros…”, Palabra, IV.01

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Mary Beth Bonacci, “Tus preguntas sobre el amor y el sexo”, 1.IV.02

Ediciones Palabra acaba de publicar un libro titulado “Tus preguntas sobre el amor y el sexo”, escrito por Mary Beth Bonacci.

Mary Beth Bonacci se dedica desde hace más de quince años a impartir conferencias en Estados Unidos y en todo el mundo sobre estos, reuniéndose cada año con más de 100.000 personas.

En este libro, la autora aporta numerosas respuestas a las diversas inquietudes que la gente joven tiene actualmente sobre lo que de verdad es el amor y sobre cómo vivir la sexualidad.

Tras recibir las preguntas de miles de adolescentes cada año en sus conferencias, la autora las ha reunido por primera vez en este libro impactante. A lo largo de sus páginas, intenta mostrar muestra cómo se debe vivir la sexualidad para llegar a un amor auténtico.

Mary Beth Bonacci es fundadora de Real Love, Inc., una organización dedicada a promover el respeto a la sexualidad como don de Dios. Ha grabado y producido seis vídeos sobre castidad, escribe regularmente una columna en varios diarios y es autora de varios libros. Ha realizado un Máster en Teología del Matrimonio y la Familia en el Instituto Juan Pablo II y actualmente reside en Phoenix, Arizona, donde también participa como asesora del programa nacional Life Teen.

A través de esas preguntas y respuestas, Mary Beth ofrece una profunda catequesis acerca de las enseñanzas de la Iglesia sobre sexualidad y matrimonio. Se atreve con los temas más controvertidos. Algunas de las preguntas que salen a lo largo del libro son: ¿Cómo decir a alguien “basta” sin perderlo? ¿Cómo saber si hay verdadero amor? ¿Cuándo hay que decidirse a romper con alguien? ¿Por qué la Iglesia dice que el sexo es bueno dentro del matrimonio pero malo fuera? ¿Estoy yendo demasiado lejos? ¿Hasta dónde puedo llegar sin pasarme? ¿Afecta el sexo a nuestra afectividad? ¿Qué es eso de la castidad? ¿En qué me afecta la pornografía? ¿Cómo puede ayudar a mi mejor amiga que se ha quedado embarazada? ¿Se debe tener un hijo que es fruto de una violación? ¿No es el uso de la píldora un derecho que tiene la mujer? ¿Los preservativos evitan el contagio? ¿Qué tiene de malo que mi novio y yo vivamos juntos? ¿Cómo sabré que he encontrado a la persona con la que debo casarme? ¿Hay amor en el flechazo? ¿Qué hacer ante la homosexualidad? ¿Qué pasa si has cometido un pecado grave sin saber que lo era? ¿Puedo vivir la castidad aunque ya no sea virgen? Las respuestas son incisivas y actuales, y abarcan multitud de dudas e interrogantes que se plantean muchos chicos y chicas jóvenes acerca de cómo vivir la sexualidad. La autora ha recogido las inquietudes reales de los adolescentes que ansían un amor que no busca la propia satisfacción sino lo que es mejor para el otro. Esa clase de amor auténtico, sincero y generoso que no siempre es fácil de encontrar.

Está escrito en tono positivo, y ofrece siempre un consejo práctico para vivir estas enseñanzas y un apoyo compasivo para aquellos que han fallado.

Jokin de Irala, “Embarazos de adolescentes”, PUP, 3.III.02

Ante la preocupante falta de sintonización entre la evidencia científica disponible y la orientación de las campañas para prevenir las epidemias de embarazos imprevistos y enfermedades de transmisión sexual (ETS), hay que recordar que diferentes organizaciones sanitarias internacionales abogan por la abstinencia de relaciones sexuales entre los jóvenes como principal medida. La Fundación Cochrane, considerada la máxima instancia en la Medicina Basada en Evidencias, concluye, después de revisar todos los estudios científicos existentes, que el preservativo reduce la probabilidad de embarazos imprevistos y de ETS en un 80% pero no la elimina. Los jóvenes deben conocer estos hechos.

El Departamento de Salud del Gobierno de Navarra ha puesto en marcha la campaña “Previene-te-conviene” donde, pese a la saludable intención de “informar y ofrecer los medios necesarios” a nuestros jóvenes, se sigue la tónica habitual de no contar con toda la evidencia científica existente en la actualidad para resolver estos graves problemas. Resulta decepcionante observar que esta campaña, moderna, con su correspondiente apoyo informático -página web- se limite, en realidad, a copiar lo que en otros lugares se está ya cuestionando por haber resultado mucho menos efectivo de lo esperado.

Es cierto que el porcentaje de adolescentes que tienen relaciones sexuales aumenta y que cada vez las inician antes. Pero cabe plantearse si eso es bueno o no para ellos. Aproximadamente un tercio de los navarros fuma, y desde los organismos que velan por la Salud Pública no se les dice que sigan fumando pero con un filtro que reduzca el riesgo de morir de cáncer de pulmón. Se les da la mejor de las recomendaciones en base a lo que hoy en día se sabe científicamente. Asimismo, se debería ayudar a los jóvenes a poder decir que “no” a esa relación sexual precoz o a esa relación sexual esporádica o casual. Se ha llegado a la situación de falta de libertad donde un adolescente no pueda afirmar, sin quedar mal ante los demás, que “todavía no lo ha hecho”. Esto ya se ha logrado con éxito en otros países. En un estudio publicado en el British Medical Journal en el año 1998, se decía, por ejemplo, que el 70% de las mujeres que habían tenido su primera relación sexual antes de los 16 opinaban que hubiera sido mejor esperar un tiempo. El 50% de los hombres y el 30% de las mujeres afirmaron que su primera relación sexual fue fruto del arrebato de un momento. La opción más elegida para caracterizar la motivación principal que les llevo a esa relación fue, en ambos sexos, la de “satisfacer una curiosidad” (Dickson N y cols., BMJ, 1998;316:29-33). ¿No deberíamos prestar atención a estas cuestiones a la hora de “ayudar a los jóvenes”? En otro párrafo de la nota de prensa del departamento de Salud se describen “las características” de la sexualidad de los jóvenes. También es importante estudiar otras características, descritas por investigadores, como el hecho de que un adolescente, aunque biológicamente esté preparado para tener relaciones sexuales, no necesariamente lo está desde el punto de vista psicológico, de la madurez cognitiva y de la interacción social (Bacon JL, Curr Opin Obstet Gynecol, 2000;12:345-347). Esto debe tenerse en cuenta a la hora de realizar campañas que, en el fondo, incitan a la sexualidad sin preocupaciones ni responsabilidad con tal de usar preservativos. Cabe destacar que en otro trabajo publicado por Churchill y colaboradores, se llama la atención sobre el hecho de que la gran mayoría de las adolescentes que se quedaban embarazadas precozmente ya habían acudido, en el año anterior, a los servicios sanitarios para recibir información anticonceptiva (Churchill D y cols., BMJ, 2000;321:486-9). El estudio también afirma que entre las adolescentes que abortaban era más frecuente haber recibido la píldora postcoital con anterioridad. Estos datos nos sugieren que la falta de información quizás no sea la única causa de nuestros problemas, ni la información y distribución de preservativos sea la solución efectiva que acabará con ellos. Respecto a la efectividad de dar preservativos a los hijos, “porque de todos modos es probable que acabe teniendo relaciones sexuales”, otro trabajo de investigación sugiere que esto puede asociarse a más embarazos imprevistos, más enfermedades de transmisión sexual y al inicio más precoz de relaciones sexuales; es decir, podría tener el efecto contrario a lo que se pretendía (Jaccard J y col., American Journal of Public Health, 2000;90:1426-1430).

Destrucción de un ser En cuanto a la píldora postcoital, caben también varios comentarios. Se dice que no es abortivo sino anticonceptivo porque “su acción se basa en impedir la implantación del óvulo fecundado y no exclusivamente en destruir el óvulo ya implantado…”. Si se afirma “y no exclusivamente” quiere decirse que este mecanismo de acción abortivo también existe. Pero además, atendiendo al hecho biológico de que una vida comienza en el momento de la fecundación, si se impide la implantación del óvulo fecundado, el resultado es la destrucción de un nuevo ser al no poder implantarse para seguir su desarrollo normal. La literatura científica, una vez más, nos arroja algo de información al respecto y, según el estudio de Grou y colaboradores, el efecto antiovulatorio (propiamente anticonceptivo) de esta píldora se da solamente entre el 21% y el 33% de los casos, y la gran mayoría de las veces en que hay fecundación inhibe la implantación, por lo tanto es abortivo (F Grou, Am J Obstet Gynecol, 1994). Por último, tenemos que volver a hablar de la supuesta eficacia del preservativo ya que el departamento de Salud manifiesta que se debe recurrir a la píldora postcoital sólo si éste ha fallado; y añade: “lo que estadísticamente no es frecuente”. Es obvio que si el fallo del preservativo no fuera estadísticamente frecuente se clasificaría como un método muy seguro para evitar embarazos y/o infecciones. Los manuales sobre tecnología anticonceptiva, editados por la Organización Mundial de la Salud, clasifican los métodos anticonceptivos en tres grupos, “muy eficaces”, “eficaces”, y por último, “moderadamente eficaces”.

La efectividad del preservativo se incluye dentro del tercer grupo, luego no es tan estadísticamente infrecuente el fallo. ¿No deberían saber esto los potenciales usuarios del preservativo? Sin negarles su buena voluntad, las autoridades sanitarias harían bien en considerar el concepto de “tasa reproductiva de una infección” (llamado “Ro”). Permite calcular la probabilidad de transmisión de una ETS teniendo en cuenta varios factores simultáneamente, tales como la efectividad del preservativo, la duración de la infectividad, el número de relaciones sexuales que tiene un sujeto en un tiempo determinado y el número de personas diferentes con quien tiene dichas relaciones. El conjunto de estos datos permite entender cómo es posible que una persona acabe infectándose o quedándose embarazada, a pesar de que use el preservativo y de que su protección relativa sea de un 80% (cifra aparentemente alta). Si una campaña poblacional da una falsa idea de seguridad y no consigue implantar el mensaje de la abstinencia o de la importancia de evitar la promiscuidad, acaba aumentando, paradójicamente, la tasa de reproductividad de una infección. Dicho de otra manera, si juegas mucho a la lotería, te acaba tocando, aunque en cada jugada exista una reducción del 80% de la probabilidad de que te toque y ésta es la razón por la cual muchos cuestionan la efectividad de estas campañas poblacionales indiscriminadas. De hecho, junto con el aumento de la utilización de los preservativos asistimos también al aumento de la transmisión heterosexual del sida y no a su eliminación, como cabría esperar (Johnson AM, y cols., Lancet, 2001;358:1835-42).

A nadie escapa que las cuestiones que nos traemos entre manos no son nada sencillas. Es evidente que a veces encontramos estudios científicos contradictorios sobre un mismo asunto y eso es característico de las ciencias de la salud. Sin embargo, cuando varios estudios sugieren lo mismo, es importante, al menos, valorarlos con serenidad antes de aplicar medidas que son demasiado sencillas para que nos las creamos y cuya efectividad está en entredicho.

Lo más importante, sin duda, es que cada cual actúe libremente, pero es fundamental hacer un esfuerzo crítico a la hora de informar a la población. Los ciudadanos esperamos que esta campaña del departamento de Salud no se limite a ser, como en otros lugares, una campaña con mucho ruido y muchos medios (publicitarios, mediáticos e informáticos), que dan la impresión de que “se está haciendo algo importante”, a la vez que menosprecian la valoración objetiva y científica de su efectividad real. Tengamos más imaginación, no olvidemos que estamos hablando, en realidad, de la salud de nuestros jóvenes.

Jokin de Irala Profesor titular, Unidad de Epidemiología y Salud Pública Universidad de Navarra PUP, 3.III.02

Lynette Burrows, “El sexo irresponsable nunca es seguro”, The Daily Telegraph, 26.II.02

Las estadísticas sobre enfermedades de transmisión sexual (ETS) en Gran Bretaña son alarmantes, dice la autora. Por eso el gobierno pretende lanzar una nueva campaña de educación sexual. “Pero los anteriores intentos de educar a los jóvenes para que se aparten de las conductas peligrosas han sido contraproducentes. (…) Tenemos la mayor tasa de Europa de nacimientos extramatrimoniales, los abortos de chicas jóvenes se cuentan por millares y ahora, como en cumplimiento de un mal augurio, hay una epidemia de ETS”.

En efecto, hay un millón y medio de británicos –jóvenes en gran parte– infectados. La ETS que más deprisa se ha extendido es la clamidia, que puede causar infertilidad: desde 1995, los casos nuevos diagnosticados en chicas jóvenes han pasado de 30.000 a 64.000 al año.

“Ante la magnitud del problema, los comentaristas, en su mayoría, rehuyen hacer juicios de valor: no quieren ‘moralizar’. Es una reacción perfectamente respetable y ciertamente bondadosa, pero más bien errada: olvida que la ley moral se basa en las leyes de la naturaleza. Lo que ahora vemos es la respuesta implacable de la naturaleza a la promiscuidad. (…) Los jóvenes son perfectamente capaces de entender esto, y tienen gran simpatía por lo ‘natural’, como opuesto a lo sintético. Al presente, su mayor problema es que desconocen casi por completo los riesgos del sexo irresponsable, pues desde la escuela primaria les han hecho creer que la ciencia puede hacerlo seguro”.

Así, pocos jóvenes saben –dice Burrows– que el preservativo presenta una tasa de fallos –como anticonceptivo– del 15%, según los propios fabricantes. “Por desgracia, no se facilita esta información a la gente joven. Ahora mismo, las autoridades sanitarias distribuyen un folleto a todos los chicos de 13 años. En él hay un recuadro que dice: ‘Solo los preservativos protegen a la vez contra el embarazo y las infecciones de transmisión sexual, incluido el SIDA’.

“La mala información se completa en otro recuadro que advierte a los jóvenes: ‘Hasta 1 de cada 14 jóvenes tiene una ETS llamada clamidia. A menudo no presenta síntomas; pero, si no se trata, puede causar infertilidad al 10-15% de los infectados. Usa siempre el preservativo’. Es un ejemplo más de uso desleal del lenguaje contra jóvenes inexpertos: creerán que no pueden contraer clamidia si usan preservativo. Las cifras ‘10-15%’ no les alarman: parecen muy pequeñas. Solo si se les advirtiera que hay decenas de miles de casos de clamidia, empezarían a captar el peligro que entraña lo que la propaganda les ha hecho creer que es solo un pasatiempo”.

El riesgo está comprobado. Burrows menciona un informe del Medical Institute (Estados Unidos) publicado en julio del año pasado. Este informe (Condom Effectiveness for STD Prevention) se elaboró con datos de los National Institutes of Health y tras revisar la literatura científica de los últimos veinte años acerca de las 25 principales ETS. Concluye que el uso sistemático del preservativo reduce el riesgo de contraer el virus del SIDA y también la tasa de transmisión de la gonorrea de mujer a hombre. Pero no hay pruebas de que el preservativo reduzca la probabilidad de contraer otras ETS, entre ellas la gonorrea y la clamidia para las mujeres. Además, tampoco se han encontrado indicios de que el preservativo proteja contra el virus del papiloma humano, causante de la ETS más común; algunos tipos de este virus provocan cáncer de cuello uterino.

“Así se explica por qué se extienden las ETS y se demuestra que los folletos que las autoridades reparten a los jóvenes son inexactos desde el punto de vista médico. Lo que falta por explicar es por qué en los folletos no hay rastro de ese informe. Quizás la respuesta sea que mucha gente tiene interés económico en promover la anticoncepción, o adhesión ideológica a la libertad sexual. Estos dos motivos se apoyan mutuamente y han silenciado el debate público sobre los peligros del sexo irresponsable”.

Vicente Verdú, “Elogio del pudor”, El País, 27.IX.02

En Argentina, dentro de los “reality shows”, hay en marcha un programa, Fantasía, donde los voluntarios se prestan a hacer un strip-tease ante las cámaras. No hay premio alguno, simplemente alguien cree que puede aportar o aportarse algo con el desnudo y no ve inconveniente en suscitar esa ventaja. La ventaja consiste, de una parte, en la audiencia que obtenga la emisora a través de la atención de los telespectadores y, de otra, en el plus de autocomplacencia que logre el individuo al comportarse como un showman. Hasta hace poco, un acto así parecería insólito, pero ahora puede catalogarse en el divulgado deseo de hacer pública la intimidad.

Media humanidad pone al descubierto su privacidad mientras la mitad restante degusta la iluminación de cantones oscuros. Las “web cam” mostrando vidas ordinarias de gentes ordinarias en casas ordinarias han pasado de ser un acontecimiento significativo a dejar de significar. El diagnóstico de nuestro tiempo reincide sobre el problema de la soledad, la falta de sentido de la vida, el anhelo por ser conocido, difundido, traducido en un icono para ser alguien en la comunidad de la imagen. Hay quien canta, baila o es erudito y se presenta a los concursos de televisión para ser famoso. Pero otros, los más, no tienen otra cosa que ofrecer que su intimidad. El “reality show” no es otra cosa que pornografía de la vida corriente y sus protagonistas, continuadores de la prostitución por otras vías.

Ahora, sin embargo, ha reaparecido un movimiento que promueve el pudor. De la misma manera que nacieron los ecologistas cuando la naturaleza estaba perdiéndose o cundieron los amantes de la comida orgánica cuando la química infectó los pollos, los defensores del pudor aparecen como soldados de lo más verdadero. O, más exactamente, como paladines de la pureza. El agua pura, el aire puro, los materiales naturales forman parte de un mismo sistema que evoca unos orígenes supuestamente excelsos insuperables que ha ido denigrando el progreso. Rescatar el pudor, no obstante, lleva a una posición que comprende, más allá de su tono retro, un racimo de ideas. Una sociedad pacata es insufrible, ¿pero una sociedad desprejuiciada no será zafia? En medio de la liberación sexual, el pudor es un estorbo, pero después de la liberación la vida sin vergüenza es desesperadamente aburrida. Con el pudor sucede como con los tipos de interés en la política monetaria. No es bueno que estén muy altos, porque de ese modo asfixian la actividad, pero, cuando están demasiado bajos, como actualmente, apenas dejan margen de maniobra. Sin pudor, como con tasas de interés igual a cero, no hay posibilidad de estimulación. La economía toma una deriva obstinadamente plana sin que se disponga de medidas que puedan espolearla. El interés igual a cero es tanto como el desinterés. El reclamo del pudor que hace la joven norteamericana Wendy Shalit en “A return to modesty” (The Free Press. Nueva York, 1999) pudo estar influido, aunque anticipadamente, por el callejón sin salida que refleja la actual coyuntura.

Estos años de igualación sexual han contribuido a que la mujer se sacudiera la opresión machista pero, de paso, se ha quitado de encima un peculiar pudor suplementario en virtud del cual dominaba la totalidad de la relación erótica. Ahora no hay aquellas barreras intersexuales, pero tampoco hay las herramientas para el juego del cortejo y la suposición. El mundo que se autorreclama transparente ha desvelado a uno y otro sexo por completo y, en la absoluta contemplación recíproca, las miradas no encuentran nada de interés. Sucede como con el “reality show” que representa el programa “Gran Hermano”: a partir de un primer momento se ve que no hay nada que ver. Es la misma ley de la pornografía más dura: hacer todo explícito, no ocultar nada, deshacer los pliegues, explorar las concavidades para que la experiencia, como en el caso de las drogas, agote el deseo. ¿Volver al pudor? Probablemente. Porque si no poseemos nada no tenemos nada que ganar.

Alfonso Sanz, “Custodiar el tesoro del celibato”, Palabra, IV.01

El don divino del amor célibe requiere una respuesta cotidiana de fidelidad.

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Jesús Domingo, “Infidelidades on-line”, PUP, 18.IX.02

Hace unos años, en los principios de internet en nuestro país, un amigo íntimo con el que hablaba periódicamente, me comentaba que había comenzado a utilizar internet y que había descubierto muchas cosas, entre otras a entrar en algunos foros y, principalmente, a chatear. Comentaba que empezaba a tener relaciones con mujeres, algunas bastante íntimas pero inofensivas.

Recuerdo que en aquella ocasión le hice una pregunta “¿Quieres a tu mujer?”, “por supuesto”, contestó. “Pues en este caso deja de chatear, le recomendé”. “Va, con esto no hay ningún problema”.

Así las cosas, seguí preguntando: “¿Qué te parece si tu mujer se pusiera a flirtear con el vecino desde la ventana de vuestra habitación?” “No quiero ni pensarlo”, contestó. Seguimos hablando: “¿qué pasaría si tus conversaciones cibernéticas la tuvieras personalmente con la compañera de oficina?” (en aquel tiempo trabajaba en una entidad bancaria, en una pequeña oficina en la que sólo eran dos). “No es lo mismo”, contestó. Le recomendé que si realmente quería a su mujer y no exponerse a destrozar su familia, lo más prudente es que dejara de chatear.

Después de un tiempo volvimos a hablar. “Qué, ¿enganchado a internet?” “No, tenías razón, tuve que cortar, hubo una que me pidió el teléfono, me llamaba a casa y a la oficina, estaba dispuesta a que nos viéramos en Girona. Nunca más. Tú tenias razón, gracias por haberme avisado, ha servido para cortar a tiempo. Además conozco a otros amigos que no han cortado a tiempo.

De esto hace unos años, pocos. Entonces se trataba de un caso aislado, pero hoyes una moda extendida ampliamente. No hace mucho pudimos leer el titular: “Infidelidades por internet se convierten en un nuevo motivo de separación”. Se trata de casos reales, como el de mi amigo, personas que empiezan a confraternizar de manera íntima con sus “amistades” on-line. En algunos países esta práctica se ha convertido el primera causa de divorcio.

Las estadísticas indican que son muchas las personas que se conectan diariamente a foros, chats, comunidades on-line. Estas personas en muy poco tiempo consiguen largas listas de amigos con los que casi diariamente es escriben mensajes mail y en algunos casos incluso llegan a llamarse telefónicamente.

El proceso es muy rápido, en menos de tres meses cualquiera puede conseguir varios amigos con los que a la larga se escribirá e-mails de forma diaria. El problema aparece cuando esta persona empieza a encapricharse de uno de sus amigos online. “Me quedaba hasta más tarde en el trabajo para hablar con él. Me decía cosas maravillosas. Después me llamaba por teléfono y era increíble lo que me hacía sentir”, esta es la explicación de una joven ejecutiva que actualmente, después de separarse de su pareja, vive con “su amigo online”.

El perfil de estas personas no es para nada homogéneo, pues entre los aficionados a las conversaciones online, aunque el tramo más frecuente es entre los veinticinco y los cuarenta y cinco años, se dan muchos casos de mayor edad, la profesión –aunque abunda los de buena posición o de cierto nivel cultural- tampoco es el factor limitante: la plaga parece extenderse a todos los sectores.

Los diferentes estudios realizados por instituciones sociológicas, ponen de manifiesto que el hecho de anonimato inicial aporta una gran dosis de seguridad. La relación se inicia en total anonimato, ya que el ciberaffaire, a diferencia del adulterio físico, pasa totalmente inadvertido. Otro de los elementos que exponen los estudios realizados es la clara relación entre las relaciones románticas o sexuales online y el divorcio.

Como en el caso de mi amigo, muchos tienen el peligro en casa, aunque en estos casos el problema no es internet sino la falta de voluntad o la timidez. Es lógico: acciones que algunas personas jamás cometerían a luz del día pueden llevarlas a cabo fácilmente escondidos tras el anonimato de la Red. Pienso que estas acciones no son por ello más sinceras y que su reiteración, inicialmente inocente, ayudan perder el miedo y a llegar tan lejos donde uno jamás quiso hacerlo.

Tomado de www.PiensaUnPoco.com

Janice G. Raymond, “Diez razones para no legalizar la prostitución”, CATW, 8.I.04

Publicado en www.catwinternational.org Janice G. Raymond Coalición Internacional Contra el Tráfico de Mujeres (CICTM/CATW) 08/01/2004 Continúa leyendo Janice G. Raymond, “Diez razones para no legalizar la prostitución”, CATW, 8.I.04