José María Martín Patino, “La religión en la escuela pública”, El País, 31.I.05

Creo que es un error plantear, en términos de estricta confesionalidad, el debate sobre la enseñanza de la religión en la escuela pública. El Estado español es aconfesional, no confesante, y por tanto neutral ante lo religioso. Este carácter del Estado y la naturaleza de la escuela deben situarse en el centro del debate. Ni siquiera la espiritualidad y la vida interior de las personas deben reducirse a la cuestión confesional. El libro verde del MEC, Propuestas para un debate, en el capítulo ‘Los valores y la formación ciudadana’, en el número 10, dedicado a La enseñanza de las religiones, presenta la novedad de ofrecer dos formas de entender esta asignatura. Una general, a la cual deben acceder todos los alumnos y tener carácter común, que debe ayudar a la comprensión de las claves culturales de la sociedad española mediante el conocimiento de la historia de las religiones y de los conflictos ideológicos, políticos y sociales que en torno al hecho religioso se han producido a lo largo de la historia… Otra dimensión de la enseñanza de las religiones se refiere a sus respectivos aspectos confesionales. La obligación que tiene el Estado de ofrecer enseñanza religiosa en las escuelas deriva de los acuerdos suscritos con la Santa Sede y con otras confesiones religiosas.

Quienes promueven la expulsión de la religión de la escuela se equivocan si enfrentan la confesionalidad de la asignatura con el carácter aconfesional del Estado. Tampoco me parece sensato desconfiar a priori de la propuesta del MEC por el simple temor de que esa asignatura general y obligatoria diluya el perfil de la verdadera religión, introduzca una especie de religión light, “convertida en contenidos transversales impartidos sobre todo en determinadas materias humanísticas y sociales”. Esta lectura del libro del MEC es por lo menos parcial. En todo caso, no deja de ser significativo que “laicistas” y “confesionalistas” arguyan con razones de estricta confesionalidad para hacer inviable la propuesta del ministerio. Un debate así, entre confesionalistas y laicistas, entre católicos y creyentes de otras religiones, recuerda más bien las disputas de los huertanos sobre lindes y exégesis de textos legales. En un servicio público básico como el de la educación, que desempeña un papel fundamental en la transmisión del sentido y la socialización de nuestros jóvenes, no deberían caber semejantes planteamientos parciales. Analizaremos primero la licitud y oportunidad de la oferta del MEC en consonancia con el carácter laico (no laicista) del Estado. Y, en una segunda parte, mantendré, en virtud de la naturaleza de la escuela (desarrollo del conocimiento y socialización), la necesidad y oportunidad de una asignatura general de religión obligatoria y evaluable.

1. El carácter laico del Estado aconfesional. El poder constituyente obligó a los poderes públicos a mantener “relaciones de cooperación” con las confesiones religiosas y a garantizar el ejercicio de la libertad religiosa. Una forma obvia de proteger esa libertad consiste en respetar “el derecho que asiste a los padres para que sus hijos reciban la formación religiosa y moral que esté de acuerdo con sus propias convicciones” (CE, 27,3). Los sujetos de ese derecho son los padres, y no sólo de los católicos, sino también de los evangélicos, de los judíos y de los musulmanes, aunque el Estado no haya firmado con esas confesiones acuerdos especiales sobre la enseñanza. Este derecho es fundamental y anterior a cualquier ley de enseñanza. Nos hemos comprometido a cumplirlo en las diversas declaraciones internacionales de los derechos humanos y vamos a refrendarlo en el próximo referéndum sobre el Tratado para la Constitución Europea (art. II, 14,3). La coherencia axiológica de los centros docentes con los padres de los alumnos es consubstancial con la eficacia pedagógica. La oferta obligatoria de los centros se corresponde con la diversidad opcional de los padres en razón de la misma libertad religiosa. A esta enseñanza de la religión, que se ajusta a los fines y naturaleza de la escuela, han dado en llamarla “confesional”, porque es impartida por representantes de las confesiones, pero no puede confundirse con una catequesis, según las reiteradas declaraciones colectivas del Episcopado español sobre esta materia.

Entiendo que el MEC nos ofrece ahora una asignatura obligatoria y evaluable, cuyos contenidos contribuyen al desarrollo de la persona y pertenecen al núcleo del pensamiento ciudadano, como la historia, la filosofía, la sociología o la geografía. Tampoco me dejo llevar del temor a que esta nueva asignatura obligatoria revele alguna intención del Gobierno de relegar la otra enseñanza optativa, impropiamente llamada “confesional”, a franjas horarias periféricas o extraescolares. El derecho de los padres se refiere a todo el conjunto del proyecto educativo. La teoría de la cognición situada figura entre las tendencias pedagógicas actuales más representativas. Se considera que el aprendizaje es una actividad situada en un contexto que la dota de inteligibilidad. El conocimiento de la doctrina y moral católica, exilado del conjunto del programa educativo, lo alejaría de los otros saberes contextuales y degradaría su razón de ser en el marco de la escuela pública. Me cuesta mucho creer que las Administraciones educativas no sean capaces de solucionar el famoso problema de la “alternativa” a la religión “confesional”. Personalmente intuyo caminos de solución, pero no tengo los datos suficientes ni la competencia para hacer propuestas concretas a las expectativas de los acuerdos, tanto en lo que respecta a la evaluación académica como a las “condiciones equiparables a las demás materias”.

No es sostenible la neutralidad positiva del Estado laico sin ensanchar el horizonte del conocimiento y de la educación intercultural. La laicidad entró en la escuela de la mano de la Ilustración y se traicionaría a sí misma si se opusiera a ensanchar los horizontes del conocimiento, tanto por el campo de las religiones como por el de los movimientos laicistas que pertenecen ya al patrimonio cultural de Occidente. Tampoco en nombre de una religión como la católica puede construirse un argumento contra la asignatura obligatoria de la historia de las religiones o del hecho religioso en sí como fenómeno de hondura antropológica y de valor universal. Resulta extraño que los laicistas y los confesionalistas se unan para privar a la escuela de un conocimiento clave en el núcleo cultural de sociedad española.

2. Finalidad y naturaleza de la escuela. Ya habrá adivinado el lector el déficit cultural y social que padece la escuela española si la seguimos condenando a la ignorancia del mundo religioso. Basta recurrir a la ya clásica distinción de Régis Debray entre “el orden de los hechos” y “el orden de las creencias”. El conocimiento del hecho religioso no se va a convertir en un caballo de Troya, por el que se cuele un confesionalismo enmascarado. Algunos seguirán sosteniendo su escepticismo respecto a la diferencia entre conocimiento científico y catequesis. Y a ellos quiero ahora dirigirme. ¿Cómo separar el examen de los hechos de las interpretaciones que le dan sentido? Los defensores de la libertad de conciencia y de la escuela emancipada conocen bien la identidad del desarrollo del conocimiento. No se puede confundir la información y desarrollo del conocimiento, propios de la escuela, con la catequesis. La epistemología del saber humano discurre por cauces distintos a los de la palabra revelada. Tampoco la clase de religión impartida por representantes de las confesiones religiosas puede confundirse con la catequesis propiamente dicha. Tratará indudablemente de ahondar en el conocimiento de los dogmas y de constitución de la Iglesia, así como de los principios morales deducidos de la revelación. En la enseñanza de la religión nos aproximamos a hechos comprobables y localizables como los de cualquier otra ciencia experimental. Los describimos y los contextualizamos dentro de los hechos sociales y en relación con las otras ciencias, saberes o disciplinas escolares. En la catequesis contemplamos esos hechos como objeto y fundamento del culto religioso. Tratamos de preparar a los alumnos para que tomen parte en la celebración del misterio.

Nadie pone en duda la orfandad que padecen los jóvenes de hoy respecto a las instituciones fundamentales donadoras de sentido: la familia, la escuela y la religión. La desvertebración de la primera, la crisis de calidad de la segunda y la pérdida de confianza en las instituciones religiosas obligan a estos seres humanos entrañables, tan mimados por la familia y tan dramáticamente solos, a debatirse personalmente por la búsqueda de sentido, incluso de manera inconsciente. No es que sientan la necesidad de meditaciones metafísicas; viven el desasosiego como fruto de los acontecimientos cada vez más plurales y distintos que les asaltan a cada paso en su vida diaria. Las instituciones religiosas no pueden ostentar el monopolio de la donación de sentido, pero su colaboración es imprescindible. También las diversas visiones del mundo, así como el conocimiento de la filosofía, de la literatura y de las artes plásticas, llevan ya tres milenios tratando de señalar los puntos cardinales del sentido de la vida humana. El vigor y el reclamo de estas evidencias no han logrado impedir a lo largo de toda la historia que los hombres del pasado, los de hoy y probablemente los del futuro vivan y se maten entre ellos por los símbolos y en nombre de los símbolos. ¿Cómo reconstruir la aventura irreversible de nuestra cultura sin tener en cuenta el surco trazado por las religiones? Expulsar el hecho religioso fuera del recinto escolar ahondará nuestras patologías sociales en vez de curarlas. El mercado de la credulidad, del esoterismo y de la irracionalidad contaminarán, como la peste, el aire que respiramos. Abstenerse no es sanar. El pensador de Rodin, que da un puntapié a la Biblia, olvida que este gesto de desprecio no va a hacer desaparecer el Libro Sagrado de las relaciones sociales, ni va a ser olvidado por todos. En tal caso nos expondríamos peligrosamente a todo tipo de interpretaciones fundamentalistas tanto más perniciosas cuanto que provengan de jóvenes ignorantes, que no han recibido la instrucción necesaria para interpretar el Libro Sagrado de referencia.

La tradición cristiana no sólo es una parte integrante de la erudición exigible a un español para que pueda entender el patrimonio artístico religioso. Constituye un yacimiento inapreciable de recursos para la educación de la ciudadanía. Y ésta es la gran cuestión que no pueden dirimir las filias y fobias de los confesionalismos tanto religiosos como laicistas.

La enseñanza de la religión en los países europeos, Alfa y Omega nº 405, 3.VI.04

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Carta de un padre a su hijo sobre la enseñanza de religión, Revista Escuela, 3.VI.04

En 1919 el diario socialista de París «L’Humanité» publicó una carta dirigida por un padre socialista a su hijo. Trataba de la enseñanza de la religión, y fue escrita con tan buen sentido y con tanta honradez, que la creo digna de que sea conocida. Dice así: Continúa leyendo Carta de un padre a su hijo sobre la enseñanza de religión, Revista Escuela, 3.VI.04

Felipe-José de Vicente Algueró, “Escuela confesional, laica, neutra…”, Cátedra Nova, n. 18

Una contribución al debate sobre la enseñanza de la religión en la escuela en España Continúa leyendo Felipe-José de Vicente Algueró, “Escuela confesional, laica, neutra…”, Cátedra Nova, n. 18

Rafael Navarro-Valls, “La asignatura de religión”, Veritas, 10.V.04

El profesor Rafael Navarro Valls, Catedrático de la Facultad de Derecho, de la Universidad Complutense de Madrid y Secretario General de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación repasa en esta entrevista concedida a la agencia Veritas algunas de las medidas anunciadas por el nuevo gobierno del Partido Socialista Español, que afectan temas tan importantes como la situación de la enseñanza religiosa en la escuela pública, el estatuto de los profesores de religión, la financiación de la Iglesia o el control de actividades de tipo religioso.

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Juan Manuel de Prada, “Clase de religión”, ABC, 21.VI.03

Una vez más, la clase de religión vuelve a convertirse en excusa de trifulcas partidarias. Con la clase de religión ocurre igual que con aquel timbre que provocaba la secreción de saliva en el perro de Paulov: basta mencionarla para que, por un impulso reflejo, a sus detractores se les llene la boca de invocaciones a la Constitución. Nunca entenderé por qué nuestros políticos, para disimular sus fobias y sus manías persecutorias en materia religiosa, tienen que sacar en romería la zarandeada Constitución; supongo que, a la necesidad de enjuagarse con palabras pomposas (en cualquier momento añadirán que «la clase de religión atenta contra el Estado de Derecho»), se suma una especie de anticlericalismo atávico o la supervivencia de algún trauma infantil. El decreto que desarrolla la Ley de Calidad de Enseñanza mantiene el carácter optativo de la asignatura de Religión; para quienes no deseen que sus hijos reciban una educación confesional, se establece una asignatura de Historia de las Religiones, que impartirán profesores de Historia y Filosofía. Ambas disciplinas serán evaluables y computables para la obtención de la nota media, aunque no se considerarán para la concesión de becas de estudio. No veo por parte alguna la necesidad de ensayar rimbombantes invocaciones a la Constitución, puesto que en nada se infringe la libertad religiosa que en ella se consagra.

A la postre, la reforma gubernativa no se extiende más allá de la consideración de la Religión como disciplina evaluable; y en la creación de una asignatura alternativa seria, que acabe con el cachondeíto en que se habían convertido la asignatura de Religión y los sucedáneos lúdicos inventados para mantener entretenidos a los alumnos que no la cursaban. Quienes se oponen a esta reforma sostienen que no es justo evaluar una materia de índole confesional; pero se olvida que la Religión, además de una elección trascendente, es una rama esencial del conocimiento, puesto que sobre ella se fundamenta nuestra genealogía cultural. Para entender cabalmente los tercetos encadenados de Dante hace falta tener una cultura religiosa; para hacer inteligible la exposición de Tiziano que estos días asoma al Museo del Prado hace falta una cultura religiosa; para disfrutar de la música de Bach hace falta una cultura religiosa. Y, puesto que no estamos hablando de nimiedades, se impone que esa transmisión cultural sea evaluable; no creo que haya asuntos mucho más importantes que hacer partícipes a nuestros hijos de este riquísimo legado.

Considero, pues, inobjetable la existencia de una disciplina que exija unos conocimientos básicos e irrenunciables sobre el fenómeno religioso. Los hombres de mañana no pueden crecer desgajados de su genealogía espiritual y cultural, como si esa herencia incalculable fuese algo inerte; si desterrásemos de las escuelas el esqueleto de nuestra cultura, estaríamos condenando a las generaciones futuras a una existencia invertebrada. Y, como católico, deseo que mis hijos reciban una educación acorde con los principios en los que creo. Puesto que la religión católica es mucho más que un mero repertorio de dogmas y liturgias, puesto que constituye el sustrato fecundo sobre el que se edifica nuestra civilización, nuestra cultura y nuestra moral, quiero que mis hijos sean instruidos en sus misterios. Quiero que sepan que hubo un hombre entreverado de Dios que se subió a una montaña para proclamar el más bello poema de bienaventuranza, que se negó a lapidar a una mujer adúltera, que no dudó en aceptar el agua que le ofreció una samaritana, que dignificó el sufrimiento inmolándose en una cruz. Quiero que ese hombre entreverado de Dios sea la piedra angular de su formación; a nadie perjudico con esta elección y a nadie se la impongo.

Rafael Navarro-Valls, “Los contratos del profesorado de religión en España”, PUP, 18.X.01

El Profesor Rafael Navarro-Valls, Catedrático de la Universidad Complutense y Secretario General de la Real Academia Española de Jurisprudencia responde a las preguntas que le ha formulado nuestro redactor Óscar Garrido con motivo de la presentación en el Congreso por parte de Izquierda Unida de una moción y anteriormente una proposición no de ley en la que denunciaba que el despido de Resurrección Galera vulnera una serie de derechos constitucionales: la libertad de expresión y libertad de cátedra, derecho a la intimidad y derecho al trabajo.

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José Luis García Garrido, “Enseñar religión”, ABC, 7.V.02

Estoy convencido de que a ser religioso, creyente, practicante, no se aprende en la escuela. El sentido trascendente de la vida y la formación religiosa en su sentido más pleno, o se transmiten en el seno del propio hogar, con los oportunos apoyos exteriores, o difícilmente se trasmiten en ninguna otra institución (dejando aparte, claro está, el directo influjo de la gracia divina, que «sopla cuando quiere»). No es ésta la cuestión que está en juego, consiguientemente, cuando se defiende sin vacilar -como es mi caso- la conveniencia de enseñar Religión en las escuelas públicas.

Sé muy bien que en determinados países no se hace (Francia y los Estados Unidos, por poner sólo un par de ejemplos ilustres), pero sí en muchos otros, la mayoría, en Europa y fuera de ella, y en situaciones muy distintas de confesionalidad de la población (católica, protestante, ortodoxa o no cristiana).

Enseñar Religión en las escuelas es básico para que todos los niños y adolescentes sepan, independientemente de las ideas religiosas de sus padres, que la religiosidad es una dimensión sustancial de la persona humana, gracias a la cual se han producido a lo largo de la historia hechos sociales y culturales de importancia capital para el desarrollo de la humanidad misma.

Sin el sentido religioso, difícilmente podrían explicarse todas esas cosas que se intentan «explicar» en las escuelas: la literatura, el arte, la historia, la Declaración Universal de los Derechos Humanos, hasta la ciencia e incluso la matemática. No enseñar Religión es -respetando profundamente a quienes sustentan esa idea- una postura artificial, como la de esos padres empeñados en mantener que, en casa, determinados temas «no se tocan», aunque estén en la cabeza y en la lengua de todos.

Muy al contrario, cada vez se hace más perentoria la necesidad de afrontar en la escuela pública una adecuada enseñanza de la Religión. Otra cosa distinta es el qué y el cómo. Parece lógico respetar en cualquier caso el criterio de los padres, salvo que ese criterio sea el de impedir que aprenda Religión no sólo el respectivo hijo (a lo que tienen pleno derecho), sino cualquier otro hijo de vecino.

Jorge Otaduy, “Quien elige religión católica desea lo que enseña la Iglesia católica”, PUP, 23.X.01

Jorge Otaduy, profesor de Derecho Eclesiástico del Estado en la Universidad de Navarra, explica las peculiaridades de la enseñanza de la religión en los centros públicos, según la legislación española y fruto del Acuerdo con la Santa Sede. Para el profesor Otaduy se trata, en efecto, de una relación laboral atípica consecuencia de su doble dependencia: respecto de la Administración Pública y de la Iglesia. Continúa leyendo Jorge Otaduy, “Quien elige religión católica desea lo que enseña la Iglesia católica”, PUP, 23.X.01

Ignacio Sánchez Cámara, “El opio del progre (sobre la asignatura de religión)”, ABC, 28.VI.03

El Consejo de Ministros aprobó ayer, entre otras medidas educativas, la nueva configuración de la asignatura de Religión, en sus dos versiones, confesional y aconfesional, ambas con valor académico. Algunas reacciones a la medida han sobrepasado los límites de la crítica razonable para adentrarse por los vericuetos del desenfreno ideológico. Se ha llegado a hablar de quiebra del consenso constitucional y del principio de aconfesionalidad del Estado. Por el contrario, se trata de la mejor solución adoptada desde la aprobación de la Constitución, absolutamente conforme con ella y respetuosa tanto con el valor educativo de la religión como con la libertad de los padres. Por supuesto que sin el conocimiento de la tradición cristiana no es posible entender ni la historia ni el arte ni, en general, la cultura española. Pero no se trata sólo de esto, con ser bastante, pues esta finalidad podría conseguirse sin una asignatura de carácter confesional. De lo que se trata es de integrar a la religión en el ámbito educativo, como parte esencial de la formación integral de la persona. Si no se trata de una ciencia, tampoco lo son las demás disciplinas humanísticas. Por lo demás, la idea de una asignatura no evaluable es una contradicción en los términos.

El criterio liberal es claro: libertad para elegir. Hace falta asumir los postulados totalitarios para pretender que la educación sea competencia directa y exclusiva del Estado. A éste lo que le corresponde es la garantía del derecho a la educación, no su ejercicio. Sócrates no fue funcionario público y algo enseñó a la humanidad. La neutralidad del Estado no consiste ni en el monopolio de la educación ni en la imposición de una visión materialista de la realidad. Por otra parte, quienes se lamentan de la formación religiosa recibida deben reconocer que no tuvo efectos tan devastadores como para impedirles el dictamen crítico. No faltan en nuestra historia reciente casos de agnósticos que enviaron a sus hijos a colegios religiosos. El anticlericalismo decimonónico puede explicarse, en parte, por los pasados privilegios de la Iglesia, aunque también sufrió persecuciones y expulsiones. Tampoco le han faltado méritos pedagógicos y culturales. Pero los progresistas son esencialmente nostálgicos. Son, más bien, «regresistas».

El Estado debe proteger el pluralismo y el derecho de los padres a elegir la formación de sus hijos, sin más límites que la defensa de los valores constitucionales y el Código penal. Pero no es esto lo que el buen «progre» desea, sino la imposición a todos de una educación materialista. Y el que quiera espiritualidad que se la pague: la religión, a la catequesis o, mejor, a las catacumbas. Pero no es lícito invocar la libertad para imponer una concepción materialista y atea. Sin la dimensión religiosa, queda amputada la visión integral de la realidad. Marx proclamó que la religión es el opio del pueblo. Sus retrógrados renuevos, que se alimentan de tópicos viejos de más de doscientos años, sienten un íntimo desasosiego cuando olfatean la trascendencia. La educación antirreligiosa es el opio del «progre», que adormece la conciencia de sus frustraciones y de sus viejos errores.

La nueva legislación no se limita al reconocimiento del valor educativo de la religión. También contribuye a recuperar la dignidad de la educación, amenazada por la antipedagogía, y expulsa de nuestro sistema la promoción automática de quienes fracasan y las horas de asueto en las aulas. Aprender no ha de ser tarea odiosa, pero tampoco es un juego divertido.

Ignacio Sánchez Cámara, “Religión y escuela”, ABC, 6.V.02

De la vieja cuestión escolar sólo queda, en parte, pendiente la solución del problema de la enseñanza de la Religión en la escuela pública. En la etapa de la transición, la cosa había quedado más o menos resuelta con la consideración de la Religión católica como asignatura evaluable y de la Ética como optativa. Esta solución planteaba el problema del erróneo entendimiento de la Ética cívica como alternativa a la Religión y su consiguiente supresión para los alumnos que optaran por la enseñanza religiosa. Pero, al menos, era respetuosa con la Constitución, con los acuerdos entre el Estado y la Santa Sede y con la consideración de la Religión como asignatura evaluable. Luego vino la extravagante profusión de alternativas lúdicas a la Religión y la supresión de su condición de asignatura evaluable para el currículo de los alumnos, es decir, el escamoteo de su condición de auténtica asignatura.

Al parecer, estamos ahora a punto de alcanzar un acuerdo entre el Ministerio y la Iglesia que ponga fin a una situación anómala. La solución, según las informaciones disponibles, consiste en la recuperación de la Religión como asignatura obligatoria y evaluable y con la probable alternativa de una asignatura de Historia de las Religiones o de Religión y Cultura que contemple el fenómeno religioso desde la perspectiva cultural. No obstante, no se descarta la posibilidad, que desnaturalizaría este tratamiento, de que la calificación carezca de consecuencias académicas. Pero una asignatura sin consecuencias académicas es cualquier cosa menos una verdadera asignatura. La solución más razonable sería la existencia de una asignatura de Religión como fenómeno cultural y unas optativas de enseñanza religiosa confesional. Sin la dimensión religiosa la formación integral no es posible, y sin el conocimiento de la tradición cristiana no cabe entender la civilización occidental ni la historia universal. La oposición a esta solución razonable sólo puede ser fruto de una extravagante animadversión hacia el cristianismo y de un erróneo entendimiento del imperativo constitucional que no aboga por el laicismo sino por el carácter aconfesional del Estado. Éste último es compatible con la aceptación y el respeto del catolicismo como religión mayoritaria en España y con la consideración del cristianismo como elemento constitutivo esencial de nuestra civilización. Con demasiada frecuencia se olvida que la escuela pública no ha de ser una escuela laica sino la escuela de todos, y que la Constitución y los acuerdos entre el Estado y la Iglesia obligan a respetar la libertad religiosa, que es cosa muy distinta de la exclusión de la Religión de la escuela pública. Esta exclusión no sólo atentaría contra el derecho de los padres y de los alumnos a una formación religiosa en la escuela pública, que es la de todos, no sólo la de los agnósticos y los ateos, sino también contra la Constitución y los acuerdos entre el Estado y la Iglesia.

G. K. Chesterton, “¿Conviene educar al niño en alguna religión?”

He aquí una frase que oí el otro día a una persona muy agradable e inteligente, y que cientos de veces he oído a cientos de personas. Una joven madre me dijo: «No quiero enseñarle ninguna religión a mi hijo. No quiero influir sobre él; quiero que la elija por sí mismo cuando sea mayor.» Ése es un ejemplo muy común de un argumento corriente, que frecuentemente se repite, y que, sin embargo, nunca se aplica verdaderamente. Por supuesto que la madre siempre estará influyendo sobre su hijo. De la misma manera, la madre podría haber dicho : «Espero que escogerá sus propios amigos cuando crezca; por eso no quiero presentarle ni a primas ni a primos.» Pero la persona adulta en ningún caso puede escaparse a la responsabilidad de influir sobre el niño; ni siquiera cuando se impone la enorme responsabilidad de no hacerlo. La madre puede educar al hijo sin elegirle una religión; pero no sin elegirle un medio ambiente. Si ella opta por dejar a un lado la religión, está escogiendo ya el medio ambiente; y además, un medio ambiente funesto y contranatural. La madre, para que su hijo no sufra la influencia de supersticiones y tradiciones sociales, tendrá que aislar a su hijo en una isla desierta y allí educarlo. Pero la madre está escogiendo la isla, el lago y la soledad; y, es tan responsable por obrar así como si hubiera escogido la secta de los mennonitas o la teología de los mormones. Es completamente evidente, dicen, para quien piense durante dos minutos, que la responsabilidad de encauzar la infancia pertenece al adulto, por la relación existente entre éste y el niño, completamente aparte de las relaciones de religión e irreligión. Pero la gente que repite esta fraseología no la piensa dos minutos. No intentan unir sus palabras con una razón, con una filosofía. Han oído ese argumento aplicado a la religión, y nunca piensan en aplicarlo a otra cosa fuera de la religión. Nunca piensan en extraer esas diez o doce palabras de su contexto convencional y tratar de aplicarlas a cualquier otro contexto. Han oído que hay personas que se resisten a educar a los hijos aun en su propia religión. Igualmente podría haber personas que se resistieran a educar a los hijos en su propia civilización. Si el niño cuando sea mayor, puede preferir otro credo, es igualmente cierto que puede preferir otra cultura. Puede molestarse por no haber sido educado como un buen sueco burgués; puede lamentar profundamente no haber sido educado como un Sandzmanian. De la misma manera puede lamentar haber sido educado como un caballero inglés y no como un árabe salvaje del desierto. Puede (con la ayuda de una buena educación geográfica), mientras examina el mundo desde China al Perú, sentirse envidioso por la dignidad del código de Confucio o llorar sobre las ruinas de la gran civilización incaica. Pero, evidentemente, alguien ha tenido que educarlo para llegar a ese estado de lamentar tal o cual cosa; y la responsabilidad más grave de todas es tal vez la de no guiar al niño hacia ningún fin.

Charlas, II, Acerca de las nuevas ideas (Obras completas I, Ed. Plaza Janés, p. 1099-1100). Tomado de www.arvo.net

Joseph Ratzinger, “La nueva evangelización”, Roma, 10.XII.2000

Conferencia pronunciada el Congreso de catequistas y profesores de religión, Roma, 10.XII.00.

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Juan Manuel de Prada, “Apoteosis del estridentismo” (profesores de religión), ABC, 10.IX.01

El sensacionalismo, el amarillismo, todas aquellas estrategias charcuteras que postulaban la deformación cochina de la realidad, palidecen ante las nuevas técnicas desarrolladas por los medios de adoctrinamiento de masas. Al menos, aquellas antiguas tretas del periodismo se sustentaban sobre la existencia de una noticia, o siquiera de un atisbo de noticia, que se engordaba con delirantes y calumniosas carnazas. Ahora la treta consiste en inventar, en «producir» la noticia, y en cocinarla muy cuidadosamente, para que su irrupción en la realidad provoque un clima de histeria disparatada y estridente; no hace falta añadir que esta invención nunca es ingenua, sino que anhela la ruina de personas o instituciones, apelando a los bajos instintos de la masa manipulada, a sus sentimientos más ofuscados, a veces mediante coartadas dudosamente compasivas. Ejemplos de este estridentismo los hay a patadas; pero sin duda una de sus víctimas más asediadas, por razones de odio atávico o simple ojeriza cantamañanas, es la Iglesia católica. Nada más higiénico y saludable que mantener sobre la Iglesia una labor vigilante de escrutinio que repruebe sus abusos de poder; nada tan abyecto y demagógico como someter a zafarrancho periodístico el uso legítimo de sus atribuciones.

Este asunto de los profesores de Religión destituidos cumple a machamartillo todos los requisitos del estridentismo más cochambroso. Se trata de un caso en el que los medios de adoctrinamiento de masas, con avilantez y desparpajo, utilizan la tribulación particular de los profesores destituidos para lanzar un mensaje avieso a la sociedad, sin importarles que dicho mensaje pisotee la letra y el espíritu de las leyes, amén del sentido común. No importa que esa atribulación particular de los profesores destituidos sea fruto de una decisión voluntaria y contraria a las más elementales «reglas del juego» que pretenden jugar; no importa tampoco que existan unos tratados internacionales que obligan a dos Estados soberanos, España y El Vaticano. El estridentismo de los medios de adoctrinamiento de masas se pasa por el forro de los cojones (perdón, quiero decir escroto) todas estas premisas, en su anhelo de hacer sangre y causar escándalo; sólo interesa la «producción» de una noticia.

Repasemos un poquito el especial marco jurídico en el que se desenvuelve la labor docente de los profesores de religión. El Estado español reconoce a la Iglesia su competencia para elegir a las personas idóneas en el desempeño de esta labor; también su facultad para removerlos de su puesto, cuando esas condiciones de idoneidad se infringen o incumplen. Que yo sepa, a nadie se le obliga a dar clase de religión con una pistola en el pecho; así que se da por sobrentendido que quien se postula a este puesto está dispuesto a transmitir las enseñanzas de la Iglesia y a predicar con el ejemplo. Si la Iglesia enseña que el matrimonio es un sacramento indisoluble (lo cual puede parecernos un axioma o una paparrucha irrisoria, pero nuestra opinión no importa, puesto que las enseñanzas de la Iglesia sólo vinculan a quienes profesan su fe), ¿por qué demonios ha de mantener en su labor docente a quien no acata esa enseñanza? Un asunto tan de perogrullo ha sido encumbrado a la categoría de noticia mediante argumentos chuscos o estrafalarios en los que se invocan Derechos Fundamentales y Demás Grandilocuencias Relumbrantes. A esta munición de argumentos turulatos ha contribuido, incluso, este periódico con un editorial en el que se fundamentaba el rapapolvo a los obispos en razones de conveniencia social y en la aplicación urbi et orbi del artículo 14 de la Constitución. Aprovechando este clima de estridentismo, mañana podría encontrar apoyo en los medios de adoctrinamiento de masas un soldado profesional que, tras jurar bandera, se negase a empuñar un arma y fuese expulsado del Ejército. ¡Igualdad a granel, que la Constitución nos ampara!

Juan Manuel de Prada, “Otra clase de religión”, ABC, 30.IX.99

«La religión es la frondosa catedral cultural y moral que nos cobija de la intemperie de los siglos». Publicaba ayer ABC, en su sección de «Cartas al director», una queja bastante razonable de Luis Riesgo Ménguez, en la que, ante la sucesiva displicencia (remolona u hostil, es lo de menos) con que nuestros Gobiernos abordan el problema de la enseñanza de la religión en las escuelas concluía: «Suprimir la clase de Religión es condenar a los jóvenes a una supina ignorancia del hecho más trascendental de la Historia, de nuestra cultura y nuestra idiosincrasia». Si por religión entendemos «un conjunto de dogmas o creencias acerca de la divinidad, de sentimientos de veneración y temor hacia ella, de normas morales para la conducta individual y social y de prácticas rituales», según definición del mamotreto de la Real Academia, parece evidente que un Estado laico no tendría por qué incluir esta disciplina en sus planes educativos, salvo acaso en lo que se refiere a esas «normas morales» que la religión cristiana prestó a Occidente. Resultaría incongruente con la libertad de culto que acoge nuestra Constitución inculcar «dogmas o creencias acerca de la divinidad», «sentimientos de veneración» o «prácticas rituales». Pero la religión cristiana -hablar, en términos abstractos, de «Religión» se me antoja un eufemismo demasiado difuso- es mucho más que un mero repertorio de dogmas y liturgias. Constituye el sustrato fecundo sobre el que se edifica nuestra civilización, nuestra cultura, nuestra moral. Impedir que ese venero incesante de conocimientos esté al alcance de los niños, de los alevines de hombre, equivale a condenarlos a la orfandad espiritual.

De nuevo nos tropezamos aquí con la bajeza y la mezquindad de nuestros politicastros, que se obstinan en confundir el rábano con las hojas, y que además no osan rozar ni las unas ni el otro, por temor a que los tachen de beatorros y vaticanistas, y se malogre su cruzada centrípeto-reformista. Por temor a que la oposición les salte a la yugular y los acuse de pasear bajo palio, han preferido dejar que ese infinito caudal formativo quede arrumbado en los arrabales del olvido, ignorantes o quizá no tan ignorantes, lo cual sería mucho más delictivo, porque a la negligencia se uniría la alevosía de que, al desterrar de las escuelas el esqueleto de nuestra cultura, se está condenando a las generaciones futuras a una existencia invertebrada. Parece como si el moderno ideal educativo se redujese al aprendizaje de la cartilla y de Internet (pronto se suprimirá la primera, para evitar engorrosos trámites); lo que queda en medio, ese profuso y pavoroso vacío, es lo que a partir de ahora tendremos que resignamos a denominar «hombre», aunque sólo merezca la designación de pelele.

Convendría despiojar este asunto de toda la hojarasca demagógica que lo sepulta. Convendría aclarar que la enseñanza de la religión no consiste en inculcar doctrina ni en apedrear las mentes infantiles con los preceptos del padre Astete. La religión cristiana es el barro que nos construye por dentro, la sustancia de nuestros sueños, la argamasa sobre la que han crecido el pensamiento y el arte occidentales, también el fabuloso legado moral sin el cual serían incomprensibles conquistas como la abolición de la esclavitud o la condena de la pena de muerte. Privar interesadamente a un chaval de este continente de revelaciones es como privarlo de su filiación genética. La moral cristiana instituyó la piedad como regla de conducta, el respeto y el amor al prójimo como pilares indubitables de nuestra convivencia. Sustituyó una órbita de valores que gravitaba en tomo al concepto de castigo por otra que gravitaba en tomo al concepto de perdón. ¿Es legítimo ocultar este milagroso acontecimiento histórico que nos cambió para siempre? ¿Es admisible escamotear que hubo un hombre que, para los, además, participó de la sustancia divina que se subió a una montaña para proclamar el más bello poema de bienaventuranza, que se negó a lapidar a una mujer adúltera, que no dudó en aceptar el agua que le ofreció una samaritana? Y, además de fundar una nueva moral, el cristianismo fundó una nueva cultura, refundiendo la heredada cultura pagana y metamorfoseándola en una nueva aleación que ha trascendido los siglos e inspirado las más altas creaciones, de Dante al Greco, de San Agustín a Unamuno. ¿Puede existir una enseñanza que niegue o arrincone el mundo (pues, sin duda, la religión cristiana es una sinécdoque del mundo? ¿No es sonrojante que nuestros niños visiten los museos, en «visitas programadas y con guía» (según el odioso gregarismo de la época), y no sepan interpretar los motivos bíblicos que guiaron los pinceles de Tintoreto o Caravaggio? ¿Qué monstruoso analfabetismo estamos instaurando entre todos? ¿Hasta dónde llegaremos en este proceso de degradación sin fondo? ¿O es que seguimos creyendo que una clase de religión debe consistir en cuatro alardes nemotécnicos con olor a sacristía? La religión es el hombre, la frondosa catedral cultural y moral que nos cobija de la intemperie de los siglos; si perseveramos en el papanatismo, quizá esa intemperie acabe por anularnos.

Ignacio Sánchez Cámara, “La barbarie, contra la religión”, ABC, 8.X.2001

La barbarie del 11 de septiembre, y el fundamentalismo fanático del que se nutre, ha servido para cargar las baterías de los enemigos de la religiosidad.

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Ignacio Aréchaga, “Polémica en torno a los profesores de religión”, Aceprensa, 12.IX.01

El comienzo del curso escolar en España se ha visto agitado por la polémica en torno a los despidos –así los llaman los periódicos– de dos profesoras de Religión católica. La Iglesia insiste en que no se trata de despidos, sino más bien de la no propuesta por parte de dos obispos de sendas profesoras de Religión para el curso 2001-2002. La virulencia de los ataques y descalificaciones contra la actuación de la Jerarquía católica por parte de algunos medios de comunicación está siendo notable.

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Cardenal Ruoco, “Desinformación religiosa en España”, 5.IX.01

Responde al «caso Gescartera» y al asunto de los profesores de Religión. Continúa leyendo Cardenal Ruoco, “Desinformación religiosa en España”, 5.IX.01

Ignacio Aréchaga, “Religión en la escuela”, Aceprensa, 15.II.06

Alianza de civilizaciones y religión en la escuela. No hay mejor caldo de cultivo para el conflicto que la ignorancia mutua. Continúa leyendo Ignacio Aréchaga, “Religión en la escuela”, Aceprensa, 15.II.06

Nota de la Conferencia Episcopal Española sobre los profesores de religión, 5.IX.01

NOTA DE LA COMISIÓN EPISCOPAL DE ENSEÑANZA SOBRE LA NO PROPUESTA DE DOS PROFESORAS DE RELIGIÓN 1. El hecho de que dos profesoras que venían ejerciendo la docencia de Religión y Moral Católica en Almería y en la diócesis de Canarias no hayan sido propuestas para el año escolar 2001-2002, ha tenido una amplia repercusión en los medios de comunicación social. La Comisión Episcopal de Enseñanza y Catequesis de la Conferencia Episcopal Española, preocupada por el tratamiento que se está dando a este asunto, quiere informar a la opinión pública sobre sus bases legales y sus motivos.

2. Es importante partir de la consideración de que nos hallamos en un Estado de derecho, en el que debe primar el respeto a la legalidad vigente. El art. III del Acuerdo entre el Estado español y la Santa Sede sobre Enseñanza y Asuntos Culturales dispone que la enseñanza religiosa será impartida por las personas que, para cada año escolar, sean designadas por la autoridad académica entre aquellas que el Ordinario diocesano proponga para ejercer esta enseñanza. Tal Acuerdo, en virtud del art. 96, 1 de la Constitución Española, forma parte del ordenamiento interno español, y la disposición citada aparece reflejada en las Leyes Orgánicas que regulan la enseñanza obligatoria y en el cuerpo normativo que las desarrolla y aplica; ha sido asimismo refrendada por Sentencias del Tribunal Supremo, de 5 de junio y 7 de julio de 2000, y, análogamente, por la Sentencia del Tribunal Constitucional 5/1981, de 13 de febrero.

3. Así, los Obispos de Almería y diócesis de Canarias, en el ejercicio de la responsabilidad que les es propia, han procedido con un escrupuloso respeto a la legalidad, que les faculta para proponer cada año escolar a los profesores que consideran idóneos para ello.

4. Para comprender adecuadamente la razón de esta forma de proceder dispuesta en nuestro ordenamiento jurídico hay que tener en cuenta la aconfesionalidad del Estado, según la cual éste no puede ser competente para determinar los contenidos de la Religión y Moral Católica ni la idoneidad de los profesores que la imparten. Por otra parte, ha de tutelarse el derecho que asiste a los padres para que sus hijos reciban la formación religiosa y moral que esté de acuerdo con sus propias convicciones, derecho garantizado por el art. 27, 3 de la Constitución Española. En los casos que nos ocupan, los padres han optado libremente por que se dé a sus hijos Religión y Moral conforme a las enseñanzas de la Iglesia Católica, por lo que es la legítima autoridad de la Iglesia Católica quien debe decidir cuáles son los contenidos de esta enseñanza y quiénes son idóneos para impartirla. En último término, toda la legislación en esta materia, en escrupuloso respeto a la libertad religiosa, tiende a garantizar y desarrollar este derecho fundamental de los padres.

5. La Iglesia Católica está firmemente convencida de que las personas idóneas para impartir enseñanza de Religión y Moral Católica no sólo han de ser fieles a su doctrina de un modo teórico, sino que deben manifestar una coherencia de vida que no entre en contradicción con ella, máxime en actuaciones que —en contra de lo que a veces se ha dicho— tienen una dimensión jurídica y social pública. La propia naturaleza de la enseñanza religiosa lleva consigo un testimonio personal del profesor acorde con lo que enseña. Como afirma el Tribunal Constitucional en la Sentencia citada, refiriéndose a los profesores de otras materias cuando imparten enseñanza en centros dotados de ideario propio, la posible notoriedad y la naturaleza de estas actividades, e incluso su intencionalidad, pueden hacer de ellas parte importante e incluso decisiva de la labor educativa que le está encomendada.

6. Por último, debe señalarse que en los casos que nos ocupan no ha existido despido o vulneración del Estatuto de los Trabajadores. En el espíritu y en la letra de la normativa vigente, según señala la Sentencia del Tribunal Supremo, de 7 de julio de 2000, late la idea de temporalidad de la relación de los profesores de Religión Católica, que se limita exclusivamente a la duración de cada curso escolar, y de ahí que la falta de inclusión en la propuesta del Ordinario para los cursos sucesivos, aunque el interesado hubiera impartido la enseñanza de los precedentes, no equivale a un despido, dada la peculiar naturaleza de la relación, cuya legitimidad hay que buscarla en el Tratado internacional celebrado entre la Santa Sede y el Estado español el 3 de enero de 1979. Y añade que, para la extinción de la relación laboral, no es necesario exponer las razones por las que un Obispo no incluye en la propuesta a la autoridad educativa para un nuevo curso escolar, porque ni existe norma que imponga tal deber, ni es necesario constatar los motivos de tal comportamiento, porque la relación queda automáticamente extinguida al finalizar el curso escolar para el que se produce el nombramiento, que lo es para cada uno en particular. Tal modo de proceder es bien conocido y asumido por los profesores de Religión y Moral Católica al firmar su contrato laboral.

Presidente: Antonio Cañizares Llovera, Arzobispo de Granada.

Vicepresidente: Javier Salinas Viñals, Obispo de Tortosa.

Vocales: José Manuel Estepa Llaurens, Arzobispo Castrense. Antonio Dorado Soto, Obispo de Málaga. Miguel José Asurmendi Aramendía, Obispo de Vitoria. Manuel Ureña Pastor, Obispo de Murcia. Jesús E. Catalá Ibañez, Obispo de Alcalá de Henares. Juan Enrique Vives Sicilia, Obispo Coadjutor de Seo de Urgel. Fidel Herráez Vegas, Obispo Auxiliar de Madrid. César Augusto Franco Martínez, Obispo Auxiliar de Madrid.

Madrid, 5 de septiembre de 2001.