José Ignacio Moreno Iturralde, “Breve explicación de los Diez Mandamientos”

Finalidad de este texto Para la comprensión de la Moral Católica destacan como instrumentos privilegiados el Catecismo de la Iglesia Católica y el Compendio del Catecismo. Son de agradecer también algunos buenos manuales, más o menos extensos. Lo que pretende este breve trabajo es hacer un modesto ejercicio de inteligencia de la moral católica. Juan Pablo II insistía en la necesidad de pensar la fe.

Es importante que los católicos sepamos dar razón de nuestra fe. En algunos países –pienso ahora en España- es paradójico observar como junto a muchos millones de cristianos convive un ambiente de laicismo que pretende excluir la influencia de la doctrina cristiana de la esfera pública. El Concilio Vaticano II explicó con profundidad el derecho a la libertad religiosa. El cristianismo es perfectamente compatible con la democracia. Es conocida la famosa frase de Jesucristo “dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. Son falsas y antidemocráticas las posiciones que pretenden encerrar la fe cristiana en el ámbito del templo y de la propia conciencia. La doctrina católica tiene pleno derecho de ciudadanía porque supone el ejercicio privado y público del citado derecho a la libertad religiosa.

Es cierto que creer que Jesucristo es Dios hecho hombre requiere el don divino de la fe y que esto es algo que no se debe imponer. Al mismo tiempo, conocer más a fondo la doctrina de Jesús de Nazaret, incluso desde una posición no creyente, puede ayudar a entender más la raíz cristiana: la filiación divina, el saberse hijo querido de Dios.

Toda la doctrina cristiana y todos los mandamientos de la Ley de Dios tienen un único modelo, Jesucristo. Esta es la manera de entender el cristianismo. Suelen surgir puntos de fricción con el Magisterio de la Iglesia cuando concreta el mensaje cristiano; pero esto sucede por no entender o no querer darse cuenta de que, pese a los defectos patentes de los cristianos –ya que somos hombres- Cristo y la Iglesia son una misma cosa puesto que la Iglesia está donde está la Eucaristía, el “Dios-con-nosotros”. La barca de Pedro no naufragará sino que llegará a puerto.

Decía Chesterton que tantas cosas se vuelven santas sólo con volverlas del revés. Creer en que Jesucristo es el Hijo de Dios es darse cuenta de que es Él quien ha creído antes en cada uno de nosotros. Quizás muchos que desprecian o se muestran indiferentes ante la doctrina cristiana se asombrarían si percibieran el amor con que Cristo les estima; pero esto es ya un don de Dios. Un don que otorgará, sin duda, a todo aquél que lo busque sinceramente.

1. Primer Mandamiento: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas”.

a) Breve introducción: Los Diez Mandamientos dados por Dios a Moisés y repetidos por Jesucristo en orden a nuestra salvación conviene entenderlos de este modo: los Mandamientos son para el hombre, no el hombre para los Mandamientos. Es decir, si Dios nos los manda es porque nos vienen bien para ser felices en la tierra, con la limitada felicidad que aquí se puede tener, y para que seamos felices plenamente durante toda una eternidad. Los Diez Mandamientos se entienden a la luz del primero.

El pensador Joseph Pieper ha escrito que amar a alguien es decirle “es bueno que existas”. Retomando esta idea podemos decir que existimos por el Amor creador de Dios. Entender el primer Mandamiento supone comprender las palabras de San Juan: ”Dios nos amó primero”. Sólo quien comprende el Amor de Dios por cada uno de nosotros en su Encarnación, muerte y Resurrección, así como su entrega incondicionada en la Eucaristía, está en condiciones de entender este primer Mandamiento que conlleva también el amor al prójimo:”amar al prójimo como a uno mismo”, como consecuencia del Amor que Dios le tiene a él. El Amor a Dios, el afán de darle gloria, es lo único -por lejano que nos pueda parecer- que puede satisfacer el corazón humano. Este primer precepto tiene relación directa con la fe, la esperanza y la caridad.

b) La fe: Es la virtud sobrenatural –infundida por Dios en el alma- por la que creemos ser verdadero todo lo que Dios ha revelado. Conviene tener en cuenta que la fe consiste en creer más en Alguien que en algo. El verdadero cristiano no sigue sólo una doctrina sino ante todo a Jesucristo, Persona divina con naturaleza divina y naturaleza humana, a quien considera vivo; ayer, hoy y siempre, como amor absoluto, fundamento de todo lo existente.

El Primer Mandamiento nos pide que alimentemos y guardemos con prudencia y vigilancia nuestra fe y que rechacemos todo lo que se opone a ella. Sólo estimando la fe como tesoro es como puede entenderse por entero esta actitud.

Hay diversas maneras de pecar contra la fe: duda voluntaria; incredulidad que supone el menosprecio de la verdad revelada o el rechazo voluntario de prestarle asentimiento.

c) La esperanza: Es la virtud sobrenatural por la que tenemos firme confianza en que Dios nos dará, por los méritos de Jesucristo, la gracia que necesitamos en esta tierra para alcanzar el Cielo. El cristiano puede luchar por ser mejor persona sabiendo que Dios no se deja ganar en generosidad y que le dará la ayuda o gracia necesaria para vencer en su tarea de cumplir acabadamente su condición de hijo de Dios. Pecados contra la esperanza son la desesperación y la presunción. La desesperación es especialmente grave porque excluye la confianza en Dios y niega al Señor su capacidad de ayudar y levantar al hombre necesitado y abatido. La presunción puede suponer dos cosas: una autosuficiencia en las solas fuerzas humanas para cumplir el fin último de la persona; o bien esperarlo todo de la misericordia divina sin una conversión personal.

d) La caridad: Es la virtud sobrenatural por la que amamos a Dios sobre todas las cosas, y al prójimo como a nosotros mismos por amor a Dios. La caridad se manifiesta en querer alegrar a Dios y en complacerse en las alegrías buenas del resto de los hombres. La caridad consiste en ser amigo de Dios, sabiendo -como dice Tomás de Aquino- que lo que consiguen nuestros amigos es en cierta medida nuestro.

Se puede pecar de diversas maneras contra el amor de Dios: – La indiferencia supone rechazar la consideración de la caridad divina, despreciar su acción y negar su fuerza. – La tibieza es una negligencia en responder al amor divino y quita fuerza espiritual. – La acedia es el rechazo del gozo que viene de Dios. – El odio a Dios tiene su raíz es el orgullo.

Segundo Mandamiento: “No tomarás en falso el nombre del Señor tu Dios” a) El nombre del Señor es Santo: Este Mandamiento , formulado en Éxodo 20, 7, prescribe respetar el nombre del Señor. Pertenece, como el primer Mandamiento, a la virtud de la religión: la respuesta moral de homenaje y gratitud del hombre ante su creador por el don de la existencia. La religión, a su vez, forma parte de la virtud de la justicia. El segundo mandamiento regula más particularmente el uso de nuestra palabra en las cosas santas. Utilizar correctamente el Nombre de Dios supone una muestra de respeto y de cariño al Señor. El segundo Mandamiento prohíbe abusar del nombre de Dios; es decir: todo uso inconveniente del nombre de Dios, de Jesucristo, de la Virgen María y de todos los santos.

La blasfemia se opone directamente al segundo Mandamiento, Consiste en decir contra el Dios –interior o exteriormente- palabras de odio, de reproche, de desafío; injuriar a Dios, faltarle al respeto en las expresiones, abusar del nombre de Dios. La blasfemia es contraria al respeto debido a Dios y a su santo nombre. Es de suyo un pecado grave. Las palabras malsonantes que emplean el nombre de Dios sin intención de blasfemar son una falta de respeto al Señor.

b) Tomar el nombre del Señor en vano: El segundo Mandamiento prohíbe el juramento en falso. Hacer juramento o jurar es tomar a Dios por testigo de lo que se afirma. Es invocar la veracidad de Dios como garantía de la propia veracidad. El juramento compromete el Nombre del Señor.

Es perjuro quien, bajo juramento, hace una promesa que no tiene intención de cumplir, o que, después de haber prometido bajo juramento, no la mantiene. El perjurio constituye una grave falta de respeto al Señor que es dueño de toda palabra.

Jesucristo dice “Sea vuestro si, si; sea vuestro no, no, que lo que pasa de aquí viene del Maligno (Mateo 5, 33-34). La santidad del nombre divino exige no recurrir a Él por motivos banales, y no prestar juramento en circunstancias que pudieran hacerlo interpretar como una aprobación de una autoridad que lo exigiese injustamente.

c) El ejemplo de Tomás Moro En determinadas ocasiones ser coherente con la propia conciencia puede ser algo heroico. Fue, por ejemplo, la actitud de Tomás Moro ante la etapa histórica que le tocó vivir en la Inglaterra del siglo XVI. Pese a las presiones del rey Enrique VIII no dio su parecer favorable al divorcio del rey respecto a su mujer Catalina de Aragón y no hizo un juramento, que el rey le exigía, para aceptar un nuevo matrimonio real con Ana Bolena. Muchos eclesiásticos ingleses cedieron ante las presiones del monarca y se hicieron cismáticos respecto a Roma. La propia familia de Tomás Moro intentó persuadirle de que diera su consentimiento para salvar la vida. Moro, quien había sido Lord Canciller de Inglaterra, intentó ocultar su opinión; no buscó polémica; pero le hostigaron y le pusieron entre la espada y la pared. Buscaban la aprobación de un hombre de conocida honradez. En la película “Un hombre para la eternidad” se relata como tan sólo la presencia de un falso testigo fue lo que hizo llevar a Moro a la pena de muerte.

Es importante pensar que Santo Tomás Moro no erigió la autonomía de su conciencia como norma absoluta. En todo momento la supeditó a lo que firmemente consideró la Voluntad de Dios y del Romano Pontífice. Si hubiera podido moralmente dar la razón al rey inglés y a sus conciudadanos lo hubiera hecho de buena gana, seguramente con el buen humor que le caracterizaba.

Tercer Mandamiento: Santificarás las fiestas 1. Introducción: Conviene comprender lo que nos dice Jesucristo : ”El sábado ha sido instituido para el hombre y no el hombre para el sábado”(Marcos 2,27). La necesidad de descansar un día a la semana es algo muy humano. Y es lógico que en ese día uno se ocupe con más solicitud de su familia, de sus amigos, de sus aficiones sanas y ordenadas; pero sobre todo de Dios. Es fácil darse cuenta de nuestra condición de criaturas y de la necesidad que tenemos de dar gracias a Dios por el don de la vida, de la fe y de tantas cosas. Podemos llevar al Señor nuestras alegrías y también nuestras penas para que nos ayude a sobrellevarlas y a superarlas.

Para entender bien la fiesta en general es preciso entender bien el día cotidiano del trabajo. Cuando toda jornada laboral se procura vivir como un trabajar de cara a Dios y a los demás, desarrollando las propias capacidades con afán de servir -presentes las ilusiones y contrariedades que nos trae la vida corriente- se entiende bien el sentido de la fiesta. La fiesta consiste en celebrar la realidad; esto es muy notorio, por ejemplo, en los cumpleaños. Cuando, por el contrario, la realidad se interpreta como algo aburrido y costoso, el anhelo de fiesta se crispa, se urge por adelantar y se pone como fin único el disfrutar al máximo. Pero esta fiesta no es verdadera porque no celebra la realidad sino que huye de ella. Se vive la magia de la noche, que indudablemente existe, pero con frecuencia se exagera. Es decir: sólo cuando se vive bien el día cotidiano es cuando se sabe vivir bien la fiesta. Es clave, como siempre, ejercitar las virtudes humanas, especialmente la generosidad y la fortaleza. Cuando una persona es virtuosa vive con intensidad y fecundidad el trabajo y restaura sus fuerzas físicas y espirituales en el descanso y en la diversión. Es la falta de virtudes humanas y el egoísmo lo que impide vivir con plenitud cada día y hace buscar una compensación en la fiesta que más bien parece una venganza frente a la tediosa realidad. Es verdad que el pecado original y los pecados personales nos pueden hacer más difícil el trabajo pero conviene no exagerar porque la naturaleza humana tiene muchas posibilidades y toda persona está hecha a imagen y semejanza de Dios.

2. El culto cristiano: La manifestación cristiana de culto a Dios por excelencia es la Santa Misa. Es importante atender a lo que realmente es la Misa y no tanto a nuestras apreciaciones afectivas o indiferentes, o incluso de rechazo ante ella. La Misa es la renovación incruenta del Sacrificio de Jesús en la Cruz. El Señor murió una sola vez en el monte Calvario el viernes de Pasión de hace 1983 años aproximadamente, para resucitar al Domingo siguiente.

Sobre las pruebas de la Resurrección podemos citar el testimonio de los apóstoles, los cuales serían más adelante mártires, salvo San Juan que moriría muy mayor por muerte natural. Sería completamente absurdo que se hubieran dejado matar por una mentira. Además los discípulos tenían miedo ante la represión de los judíos. Su comportamiento antes de las apariciones de Jesucristo resucitado era de gran incredulidad -recuérdese la conducta de Tomás, quien rectificaría al meter su mano en el costado abierto del Señor y sus dedos en las llagas de las manos-. Tras estos encuentros con Cristo resucitado se llenan de inmensa alegría y después de la Ascensión de Cristo a los cielos -la morada de Dios- y posteriormente la venida del Espíritu Santo -tercera Persona de la Santísima Trinidad de un único Dios- , en Pentecostés, proclaman el Evangelio con gran valentía y sabiduría exponiendo su seguridad personal, incluso con gozo de poder sufrir afrentas por Dios.

Cada Misa, por expresa voluntad de Jesucristo, hace actual y presente el misterio de Dios hecho hombre muerto por nuestra salvación y resucitado. Las palabras del Señor “esto es mi Cuerpo y esta es mi sangre” son literales y en la consagración de la Misa el pan y el vino eucarísticos se convierten en el Cuerpo y la Sangre del Señor que está en ellos de un modo misterioso pero real; es decir: con su cuerpo, sangre, alma y divinidad; verdadera, real y sustancialmente presente bajo los accidentes del pan y del vino.

La Iglesia nos explica como, al comulgar en gracia de Dios, es Él quien nos diviniza. El Espíritu Santo, con una actuación silenciosa, nos hace participar de la misma Vida de Dios manifestada en la caridad, que es como un anticipo de la gloria del Cielo. El cristiano que se une en carne y sangre con Cristo debe hacerlo también en espíritu, esforzándose por llevar a la práctica sus enseñanzas. Un hombre cristiano se convierte así, pese a sus limitaciones personales, no sólo en un imitador de Cristo, sino en otro Cristo -Hijo de Dios- y en el mismo Cristo, en el sentido de que participa de su misma Vida. Jesús de Nazaret nos trae el Cielo a la tierra y a Dios a nuestro espíritu. Ante esta realidad de fe de la Eucaristía, la Iglesia prescribe que el cristiano acuda por lo menos una vez a Misa en semana y que sea el domingo por ser este el día de la resurrección del Señor, como ya dijimos, y en las fiestas de precepto. Puede también acudirse por la tarde a la víspera festiva.

Por tanto la Misa es el centro y la raíz de la vida espiritual de todo cristiano coherente. El milagro objetivo que en ella se actúa es lo que llena de sentido la Iglesia. La Eucaristía es Jesucristo: Dios con nosotros. La amenidad o no de la homilía, el carácter generalmente no divertido de la Misa, o el hecho de que algún fiel se duerma, son cosas totalmente irrelevantes. Chesterton llegó a afirmar, tras su conversión al catolicismo y su asistencia a una Misa concreta, que salía más fortalecido en su fe que nunca porque “si después de un sermón tan malo la gente sigue acudiendo a Misa es porque esto es de Dios”. Entre los católicos que no suelen acudir a misa puede haber una idea de que esa práctica les supera, es algo que no va con ellos porque no se sienten capaces de vivir con provecho la misa. Se trata de una equivocación: no es esa la visión de Dios, que les espera como Padre Misericordioso. Efectivamente vivir en gracia supone un esfuerzo, un esfuerzo liberador. Pero…¿Acaso si uno está enfermo hará bien si no va al médico?… La Misa es un inmenso regalo de Dios a los hombres; a todos los hombres que quieran ser cristianos, pese a sus debilidades. Es un sacramento irrenunciable para saberse hijos muy queridos de Dios.

El Señor ha querido delegar su autoridad en la Iglesia y si ella nos manda ir una vez por semana a una misa entera debemos hacerlo porque así manifestamos nuestra confianza en Dios. La Iglesia es Madre y tiene la obligación de intentar mantener encendida la vida espiritual de los cristianos. Si cediera ante la actual apatía de muchos respecto del precepto dominical demostraría que no aprecia el tesoro de Dios mismo dándose a los hombres. Muestra una grandísima comprensión cuando nos dice que al menos una vez al año comulguemos, estando en gracia de Dios mediante el sacramento de la confesión, por Pascua de Resurrección; pero esto es un mínimo. Respecto al ayuno eucarístico está previsto en una hora antes de comulgar. El agua y las medicinas no rompen el ayuno.

3. El descanso dominical En el libro del Éxodo se lee: ”Recuerda el día de sábado para santificarlo. Seis días trabajarás y harás todos tus trabajos, pero el día séptimo es día de descanso para el Señor, tu Dios. No harás ningún trabajo” (Ex 20, 8-10). Jesucristo mantiene el precepto del Decálogo (Diez Mandamientos) pero suaviza su interpretación práctica:”El sábado ha sido instituido para el hombre y no el hombre para el sábado. De suerte que el Hijo del hombre también es Señor del sábado” (Marcos 2, 27-28).

El Catecismo de la Iglesia Católica afirma en su punto 2185 que “…las necesidades familiares o una gran utilidad social constituyen excusas legítimas respecto al precepto del descanso dominical. Los fieles deben cuidar de que legítimas excusas no introduzcan hábitos perjudiciales a la religión, a la vida de familia y a la salud”.

Es perfectamente legítimo que un estudiante estudie en domingo para preparar sus exámenes, así como que un trabajador, que no tuviera más remedio que trabajar ese día, trabaje. Lo malo es buscar con el trabajo un enriquecimiento avaro en el Día del Señor o estudiar exageradamente sin tener necesidad, lesionando el debido descanso. Por otra parte el descanso es relativo a cada persona: para un jardinero puede consistir, en parte, en coger un ordenador; y para un informático puede ser bueno descansar arreglando el jardín de su casa.

También recordamos el punto 2186 del Catecismo donde se lee: “Los cristianos que disponen de tiempo de descanso deben acordarse de sus hermanos que tienen las mismas necesidades y los mismos derechos y no pueden descansar a causa de la pobreza y la miseria. El domingo está tradicionalmente consagrado por la piedad cristiana a obras buenas y a servicios humildes para con los enfermos, débiles y ancianos”. Este tipo de actividades, compatibles con otras más atractivas a primera vista, fortalecen mucho la vida espiritual del cristiano y reviven en nosotros las palabras de Jesús : ”lo que hicisteis con mis hermanos más pequeños conmigo lo hicisteis”.

El cristiano de hoy puede cumplir con el precepto dominical porque quiere agradar a Dios y así, con su ejemplo, animará a la práctica sacramental a sus familiares y amigos para los que desea lo mejor en lo material y en lo espiritual.

4. Conclusión: Forma de cumplir el tercer mandamiento Este precepto se cumple con dos requisitos: -Participando en la Santa Misa en domingo y fiestas de precepto. Es la Iglesia quien determina cuáles de las fiestas litúrgicas son de precepto o de guardar; es decir, las que debemos santificar como si fueran domingo. -Absteniéndose de realizar en esos días actos que impiden el culto a Dios o el debido descanso.

Cuarto Mandamiento: “Honra a tu padre y a tu madre, para que se prolonguen tus días sobre la tierra que el Señor, tu Dios, te va a dar”.

1. La familia en el plan de Dios: El misterio más grande de la fe católica consiste en que Dios, siendo uno, es tres Personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Dios, en su intimidad, es Familia. Jesucristo quiso venir al mundo en el seno de una familia. Estas verdades de fe fortalecen la realidad humana de la familia. La familia supone los cimientos de la propia identidad y personalidad. De su buen estado depende, en buena parte, la felicidad de las personas y la dignificación de la sociedad.

La comunidad conyugal está establecida sobre el consentimiento de los esposos. Un consentimiento con promesa de fidelidad hecho cara a Dios. La familia es el lugar donde se quiere a la persona por sí misma. Es el mejor sitio para “caerse muerto” y, por lo mismo, para levantarse vivo todos los días. El matrimonio y la familia están ordenados al bien de los esposos y a la procreación y educación de los hijos. El amor de los esposos y la generación de los hijos establecen entre los miembros de la familia relaciones personales y responsabilidades primordiales.

El cuarto mandamiento va acompañado de una promesa: la prolongación de nuestra vida en la que hemos honrado a Dios al honrar a nuestros padres. En cualquier caso hemos de aceptar la Providencia de Dios.

2. La familia y la sociedad El Catecismo de la Iglesia Católica enseña que la familia es la “célula original de la vida social” . Es la sociedad natural en que el hombre y la mujer son llamados al don de sí en el amor y en el don de la vida. La autoridad, la estabilidad y la vida de relación en el seno de la familia constituyen los fundamentos de la libertad, de la seguridad, de la fraternidad en el seno de la sociedad. La familia es la comunidad en la que, desde la infancia, se pueden aprender los valores morales, se comienza a honrar a Dios y a usar bien de la libertad. La vida de familia es iniciación a la vida en sociedad.

Afirma el Catecismo que la comunidad política tiene el deber de honrar a la familia, asistirla y asegurarle especialmente: -La libertad de fundar un hogar y de tener hijos. -La protección de la estabilidad del vínculo conyugal y de la institución familiar. -La libertad de profesar su fe, transmitirla, y educar a los hijos de acuerdo con sus propias convicciones morales y religiosas. -El derecho a la propiedad privada, la libertad de iniciativa, de tener un trabajo, una vivienda, el derecho a emigrar. -Conforme a las instituciones del país, el derecho a la atención médica, a la asistencia a las personas de edad, a los subsidios familiares. -La protección de la seguridad y la higiene, especialmente por lo que se refiere a los peligros como la droga, la pornografía, el alcoholismo, etc. -La libertad para formar asociaciones con otras familias y de estar así representadas ante las autoridades civiles.

3. Deberes de los miembros de la familia a)Deberes de los hijos : La paternidad divina es la fuente de la paternidad humana; es el fundamento del honor debido a los padres. El respeto a los padres es exigido por el precepto divino (Éxodo, 20,12). El respeto a los padres -piedad filial- está hecho de gratitud para quienes, mediante el don de la vida, su amor y su trabajo, han traído sus hijos al mundo y los han ayudado a crecer en estatura, en sabiduría y en gracia.

…Mientras vive en el domicilio de sus padres, el hijo debe obedecer a todo lo que éstos dispongan para su bien o el de la familia. San Pablo pide en su Carta a los Colosenses: “Hijos, obedeced en todo a vuestros padres, porque esto es grato a Dios en el Señor” (Col 3, 20).

Es propio de la edad adolescente una cierta rebeldía ante los padres. Los jóvenes harán bien en pensar que junto a sus legítimos deseos de libertad han de vivir la caridad con sus padres, entre otras maneras haciéndoles caso.

Cuando se hacen mayores los hijos deben seguir respetando a sus padres. Deben prevenir sus deseos, solicitar sus consejos y aceptar sus quejas justificadas. La obediencia a los padres cesa con la emancipación de los hijos, pero no el respeto que le es debido, el cual permanece para siempre. Este, en efecto, tiene su raíz en el temor de Dios, que es uno de los dones del Espíritu Santo. Cuado pasan los años y nuestros padres, por ley de vida, ya no están con nosotros, nos dará mucha paz el haberles procurado honrar en todas las etapas de su vida. Es una actitud justa e inteligente vivir la gratitud con los padres mientras podemos convivir con ellos. Ser buen hijo es también la mejor preparación para ser buen padre.

b)Deberes de los padres : La fecundidad del amor conyugal no se reduce a la sola procreación de los hijos, sino que debe extenderse a su educación moral y a su formación espiritual. Los padres deben mirar a sus hijos como a hijos de Dios y respetarlos como personas humanas. Han de educar a sus hijos en el cumplimiento de la ley de Dios, mostrándose ellos mismos obedientes a la voluntad del Padre de los cielos: dando ejemplo. Del mismo modo que dar a los hijos el alimento adecuado no es una imposición sino un gozoso deber, algo parecido ocurre con la fe. Un cristiano que tiene fe transmitirá este tesoro a sus hijos que, en su momento, lo harán fructificar o no, según su libertad.

Padres e hijos deben otorgarse generosamente y sin cansarse el mutuo perdón por las ofensas…El afecto mutuo lo sugiere; la caridad de Cristo lo exige. Cuando llegan a la edad correspondiente, los hijos tienen el deber y el derecho de elegir su profesión y su estado de vida. Estas nuevas responsabilidades deberán asumirlas en una relación de confianza con sus padres, pidiendo y recibiendo su consejo con docilidad. Los padres deben cuidar de no presionar a sus hijos ni en la elección de profesión ni en la de su futuro cónyuge; esto no impide ayudarlos con consejos juiciosos. Quinto mandamiento: “No matarás” 1.La vida, don de Dios Además de la vida racional, el hombre puede –porque Dios lo ha querido- participar de la vida divina mediante la gracia. La manifestación de la gracia es la caridad. Juan Pablo II recuerda en su encíclica “Evangelium vitae” que “Cristo ha venido para que tengan vida y la tengan en abundancia”. De todo esto se deduce que para un cristiano coherente lo más importante es vivir en gracia de Dios. Para la fe cristiana, explica Santo Tomás, el bien soberano del alma en gracia vale más que todo el universo material.

Sólo Dios da la vida; sólo Dios puede tomarla. La vida y la salud son dones gratuitos de Dios, bienes que no nos pertenecen absolutamente: sólo Dios es su dueño absoluto y, por eso, no podemos disponer de ellos a nuestro antojo.

2. Deberes y prohibiciones del quinto mandamiento El quinto mandamiento prescribe conservar y defender la integridad de la vida humana propia y ajena. Prohíbe todo cuanto atenta a la integridad corporal personal o del prójimo.

Dividiremos el estudio en tres apartados: 2-1.Transmisión y conservación de la vida.2-2. Deberes relacionados con la propia vida. 2-3.Deberes relacionados con la vida de los demás.

2.1. Transmisión y conservación de la vida.

Establecemos unos apartados para un análisis de esta cuestión: a)El valor sagrado de la vida humana: En la transmisión de la vida, los padres, con su unión, desempeñan el papel de cooperadores libres de la Providencia, contribuyendo a la concepción del cuerpo. Pero el alma que vivifica al hombre, es creada inmediatamente de la nada por Dios en el instante de la concepción del cuerpo. Intentando pensar la fe podemos decir que un alma racional, libre y moral, no puede tener su origen en un mero compuesto bioquímico. Lo espiritual no se puede reducir a lo material. b)La mentalidad anti-vida: Con la pérdida del sentido cristiano de la vida se ha oscurecido la magnitud del hecho formidable de traer al mundo un nuevo ser humano. Muchos de nuestros contemporáneos han llegado a la negación, teórica o práctica, del valor trascendente de la vida humana. Porque en el fondo se piensa la vida como reducida a una existencia pasajera, puramente material, más allá de la cual no habría nada. El Papa Pío XI en la Encíclica Casti connubi, nn. 6 y 7 afirma: “La responsabilidad de los padres es pues gravísima y gozosa a un tiempo. Un hombre más o un hombre menos, importa mucho; vale más que mil universos, puesto que estos acaban por desvanecerse y un hombre, en cambio, no muere jamás: sólo muere su cuerpo que, al cabo, resucitará en el último día. Y principalmente, un hombre sólo, exclusivamente uno, vale toda la sangre de Cristo”.

c)El aborto voluntario: Supone un pecado gravísimo por matar a un ser humano totalmente inocente con el agravante de que la propia madre mate a su hijo, privándole de la vida natural y del bautismo. Todo el que colabora en un aborto incurre directamente en pena de excomunión, si tiene conocimiento previo de esta sanción canónica. El caso del aborto indirecto es aquel en el que una enfermedad seria de la madre es tratada con medicamentos que podrían tener como efecto secundario la muerte del feto. Este caso, que puede ser justificable moralmente en determinadas condiciones , es distinto al llamado aborto terapéutico en el que ante el peligro de la salud de la madre se actúa matando al feto.

d)La utilización de embriones humanos: La producción de embriones humanos por fecundación artificial o por clonación para fines científicos es una barbaridad. Supone tratar las vidas humanas como objetos de mercancía aunque se tratara de fines terapéuticos. Existen terapias alternativas eficaces basadas en el empleo de células madre de tejidos adultos, con probada eficacia clínica. El Compendio de la Iglesia Católica afirma en su punto 472: “La sociedad debe proteger a todo embrión, porque el derecho inalienable a la vida de todo individuo humano desde su concepción es un elemento constitutivo de la sociedad civil y de su legislación. Cuando el Estado no pone su fuerza al servicio de los derechos de todos, y en particular de los más débiles, entre los que se encuentran los concebidos y aún no nacidos, quedan amenazados los fundamentos mismo de un Estado de derecho”.

e)La eutanasia: El lícito deseo de no sufrir y de no querer el sufrimiento de los demás no puede arrogarse el poder de suprimir una vida de quien sólo Dios es dueño. Al Estado no únicamente le corresponde velar por la vida de los ciudadanos; nunca se puede arrogar el derecho de matar aunque el interesado lo pida. El Estado no da la vida ni la puede quitar. Respecto a la pena de muerte hablaremos muy pronto.

2.2 . Deberes relacionados con la propia vida (amor a uno mismo).

Una actriz de cine afirmó: “La vida es un jardín prestado; espero haberlo cuidado bien”. La propia vida es un don de Dios y, por esto, no tenemos una propiedad absoluta sobre ella. El amor a la propia vida es algo natural y cristiano que debemos cuidar. Algunos de estos deberes son: Hacer rendir las propias capacidades; cuidar la salud y el descanso; vivir la sobriedad en las comidas y bebidas; vencer la posible tentación de suicidio en algún momento crítico de nuestra vida.

2.3. Deberes relacionados con la vida de los demás: El quinto mandamiento dice “No matarás”. Nunca es lícito matar salvo en caso de legítima defensa. Respecto a la pena de muerte el Catecismo de la Iglesia Católica dice en su punto 2267: “La enseñanza tradicional de la Iglesia no excluye, supuesta la plena comprobación de la identidad y de la responsabilidad del culpable, el recurso a la pena de muerte, si esta fuera el único camino posible para defender eficazmente del agresor injusto las vidas humanas.

Pero si los medios incruentos bastan para proteger y defender del agresor la seguridad de las personas, la autoridad se limitará a esos medios, porque ellos corresponden mejor a las condiciones concretas del bien común y son más conformes con la dignidad de la persona humana.

Hoy, en efecto, como consecuencia de las posibilidades que tiene el Estado para reprimir eficazmente el crimen, haciendo inofensivo a aquél que lo ha cometido sin quitarle la posibilidad de redimirse, los casos en los que sea absolutamente necesario suprimir al reo ‘suceden muy (…) rara vez (…), si es que ya en la realidad se dan algunos’(Juan Pablo II, Carta Encíclica Evangelium Vitae, 56)”.

Sexto y Noveno Mandamientos: “No cometerás actos impuros”; “No consentirás pensamientos impuros” 1.Introducción: Todos los mandamientos, aunque quizás especialmente estos dos, se entienden mucho mejor por su referencia al primero: amarás a Dios sobre todas las cosas. Con estos dos mandamientos Dios nos declara que somos seres hechos por amor y para el amor. La virtud de la santa pureza es la que nos posibilita saber amar. “La Tradición de la Iglesia ha entendido el sexto mandamiento como referido al conjunto de la sexualidad humana” . Es un mandamiento al que hoy se opone con frecuencia una actual cultura dominante que arguye razones de una pretendida naturalidad.

La virtud de la santa pureza forma parte de la virtud de la templanza. Supone señorío sobre el propio cuerpo y respeto a las personas. “La castidad significa la integración lograda de la sexualidad en la persona, y por ello en la unidad interior del hombre en su ser corporal y espiritual. La sexualidad, …, se hace personal y verdaderamente humana cuando está integrada en la relación de persona a persona, en el don mutuo total y temporalmente ilimitado del hombre y la mujer” .

La sexualidad está ordenada al amor conyugal del hombre y la mujer, donde la intimidad corporal es expresión de la comunión espiritual. “Por la unión de los esposos se realiza el doble fin del matrimonio: el bien de los esposos y la transmisión de la vida. No se pueden separar estas dos significaciones o valores del matrimonio sin alterar la vida espiritual de los cónyuges ni comprometer los bienes del matrimonio y el porvenir de la familia. Así, el amor conyugal del hombre y de la mujer queda situado bajo la doble exigencia de la fidelidad y la fecundidad” 2. Medios para vivir este Mandamiento Con frecuencia todos experimentamos que la pureza es una virtud que cuesta vivir. Tan sólo la realidad del pecado original, junto con los pecados personales, es la que explica la relativa oposición entre el plan de Dios sobre nosotros y nuestras tendencias a satisfacer el deseo sexual desordenadamente. Por tanto, para vivir a fondo esta virtud es imprescindible pedir ayuda a Dios con humildad. La realidad de nuestra sexualidad es algo noble y positivo pero si se invierte sobre sí misma o sobre otra persona, al margen de la Voluntad de Dios, se pervierte y nos incapacita para amar. Amar no es satisfacer un deseo instintivo, sino darse a la persona amada según la ley de Dios.

La Revelación cristiana afirma que el mismo Dios habita en cada alma en gracia y que el cuerpo es templo suyo. De esta manera cuando el alma es para Dios el cuerpo es para el alma, según la expresión de San Agustín.

La virtud de la santa pureza es por tanto una virtud eminentemente positiva por la que nos realizamos en el verdadero amor. Supone la rebeldía de no comportarse como una bestia y la educación de las pasiones.

Los medios humanos para guardar esta virtud tienen que ver con la práctica del resto de las virtudes humanas, como la laboriosidad, y el poner empeño de un modo positivo por guardar la vista ante tanto reclamo a algunos instintos que emplea la publicidad, la televisión, internet, etc… ; así como evitar las ocasiones de ponerse en pecado como asistir a espectáculos o lugares inmorales, por muy extendidos que estén.

Entre los medios sobrenaturales están la oración, ya citada antes, la mortificación –el negarse a uno mismo cosas con un sentido deportivo y sobrenatural-, la frecuencia de sacramentos –especialmente la penitencia y la eucaristía- y el recurso a la Virgen María, modelo de Amor y pureza.

3. Pecados contra la pureza Es lógico que cuando una persona come sienta placer; y el placer está asociado a una función: la nutrición. El desagradable recuerdo del vomitorio romano nos hace ver crudamente la falsedad de la búsqueda del placer por sí mismo. Respecto a la sexualidad ocurre algo parecido con el agravante de que es una realidad íntimamente asociada a la generación de nuevas vidas humanas. Las personas no pueden reducir a otras o a sí mismas a objetos de satisfacción de su deseo.

A la hora de afrontar vivir esta virtud es muy importante estar bien formado y saber distinguir entre sentir y consentir. Sólo la plena advertencia y el pleno consentimiento pueden provocar un pecado mortal. La gravedad de los pecados contra la pureza se atiene al principio fundamental de que el placer directamente buscado fuera del legítimo matrimonio es siempre pecado mortal. Esto se debe a que es una virtud íntimamente relacionada con el poder creador de Dios. Sólo puede darse el pecado venial por falta de suficiente advertencia o pleno consentimiento. Conviene tener en cuenta que una excesiva presión del ambiente y unos hábitos muy arraigados pueden disminuir la culpa moral.

El poder de procrear es el poder físico más ligado con Dios que quiere que su plan para la creación de nuevas vidas humanas no se degrade a mero instrumento de placer.

4. Causas Las causas del pecado pueden ser interiores y exteriores. Entre las interiores destacan: el orgullo, la falta de templanza y de vencimientos personales, la vagancia y la falta de oración o trato con Dios. Entre las exteriores cabe citar el ponerse en ocasión próxima de pecar al asistir personalmente, o a través de los medios de comunicación, a espectáculos indignos de un cristiano e incluso de cualquier hombre de bien. También las relaciones afectivas con personas que conlleven una excitación sexual consentida suponen una falta de fuerza de voluntad por la que se excluye una autoposesión que será donada verdaderamente en la unión matrimonial. El amor verdadero es el que nos hace ser mejores personas y, por tanto, nos acerca a Dios.

5. Consecuencias Algunas de las consecuencias que se derivan de no vivir la santa pureza son: Perder la unión con Dios y, por lo tanto, ponerse en ocasión de perder la salvación del alma. Cegar y entorpecer el entendimiento para lo espiritual. Entrar en un aburrimiento profundo por la vida; así como una falta de carácter y personalidad. Provocar intranquilidad y falta de alegría. Traer consigo, en ocasiones, enfermedades vergonzosas.

Por el contrario, vivir la pureza templa el carácter, hace crecer la reciedumbre, la alegría y la paz interior.

6. Algunas cuestiones relacionadas con el Sexto Mandamiento y la transmisión de la vida Abordamos ahora algunos temas referentes a la transmisión de la vida, de los que el Catecismo de la Iglesia habla con motivo del sexto mandamiento: a)La esterilización: Es la intervención que suprime, en el hombre o en la mujer, la capacidad de procrear. La esterilización, por cegar las fuentes de la vida, supone un desorden moral grave. Existe una excepción en el que es aceptable moralmente: el caso terapéutico, que viene exigido para salvar la vida de la madre o conservar la salud. La enfermedad debe ser grave, la esterilización el único remedio y la intención la de curar, no la de esterilizar.

b)La anticoncepción: Añadiremos a todo lo ya dicho la diferencia entre los medios naturales de regulación de la natalidad y el uso de los preservativos. La sexualidad humana debe estar naturalmente abierta a la vida. Situaciones de necesidad grave y, por tanto, transitoria, pueden justificar el uso del matrimonio en periodos no fértiles de la mujer. En ese caso si -contra lo previsto- la mujer quedara embarazada, el matrimonio asume la paternidad. En el caso del uso de los preservativos la paternidad y la maternidad se excluyen de raíz. Otra idea de interés es la de respetar la finalidad de la sexualidad dentro de mi realidad, espiritual y corporal, que me ha sido donada.

c)La fecundación artificial: Niega la unidad existente entre el aspecto unitivo y procreativo –espiritual y corporal- propio de los seres humanos. Quién vio en esto una mera traba moral se encuentra ahora con la terrible realidad de los congeladores de embriones humanos sentenciados a morir. Otra cosa distinta es ayudar médicamente a parejas con alguna anomalía, en alguno de sus cónyuges, a la realización del acto conyugal.

7. Algo más sobre el Noveno mandamiento El noveno mandamiento ordena vivir la pureza en el interior del corazón y prohíbe todo pecado interno contra esta virtud: pensamientos y deseos impuros. También es oportuno recordar aquí la diferencia entre el sentir y el consentir, siendo en este último acto donde actúa la moralidad. Una Bienaventuranza directamente relacionada con este mandamiento y con el sexto es “Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios”.

Séptimo Mandamiento: No robarás 1. Dios nos ha dado las cosas para que las usemos El séptimo mandamiento ordena hacer buen uso de los bienes de la tierra y prohíbe todo lo que atente a la justicia en relación con esos bienes.

No hemos de olvidar que Dios es el dueño y señor de todo, mientras que nosotros sólo somos sus administradores. El hombre con relación a sus propios bienes debe comportarse sabiendo que las cosas de la tierra son para su servicio y utilidad, pero teniendo presente que esos bienes no son en sí mismos fines, sino sólo medios para que el hombre cumpla su destino sobrenatural eterno.

Con relación a los bienes ajenos, cuando una persona posee legítimamente unos bienes son suyos y no se le pueden quitar injustamente contra su voluntad.

No se trata sólo de no robar; sino de hacer buen uso de los bienes. Jesucristo afirma la exigencia de que los compartamos con los que tienen más necesidad.

Todos los bienes, por disposición divina, son para todos los hombres. Este derecho se denomina primario o radical. El derecho a la propiedad privada es un derecho natural, pero secundario, subordinado al destino universal de los bienes para todos los hombres.

2. Pecados contra el séptimo mandamiento: El pecado fundamental es el robo. Consiste en apoderarse de una cosa ajena contra la voluntad razonable del dueño. Un tipo de robo frecuente es el fraude, que consiste en obtener ilícitamente un bien ajeno a través de engaños.

El robo es un pecado contra la justicia que admite parvedad de materia. Para atender a la gravedad del robo hay que tener en cuenta: -El objeto en si mismo. -La necesidad que el dueño tenga de la cosa robada. -La acumulación de materia.

La principal causa excusante del robo es la extrema necesidad. Si alguien se halla en peligro de perder la vida o que le sobrevenga un gravísimo mal es lícito y hasta obligatorio tomar los bienes ajenos necesarios para librarse de esos males. Estas acciones pueden llevarse a cabo siempre que no se ponga al prójimo en la misma necesidad que uno padece. El derecho primordial a la vida está por encima del derecho de propiedad.

3. La restitución Restituir es la reparación de la injusticia causada, y puede comprender tanto la devolución de la cosa injustamente robada como la reparación o compensación del daño injustamente causado. Una causa excusante de la restitución es la imposibilidad física como la pobreza extrema. Otra es la imposibilidad moral: si el deudor al restituir le sobreviene un daño mucho mayor. Lógicamente otra ocurre si el acreedor perdona la deuda.

4. La Doctrina social de la Iglesia Se llama Doctrina social de la Iglesia al conjunto de enseñanzas del Magisterio eclesiástico que aplican las verdades reveladas y la moral cristiana al orden social. Las enseñanzas del Magisterio se recogen principalmente en algunas Encíclicas escritas por los papas. Juan Pablo II escribió tres en este sentido: Sollicitudo rei socialis, Laborem Excercens y Centessimus Annus.

Cabría preguntarse por qué la Iglesia también enseña sobre cuestiones temporales. La misión de la Iglesia es de orden sobrenatural, y no se mezcla en las legítimas opciones temporales ni defiende programas políticos determinados; pero al mismo tiempo la Iglesia tiene pleno derecho, que es un deber, de enseñar la dimensión moral del orden secular, tanto en lo social, como en lo político y económico. De igual modo le corresponde el juicio moral sobre las cuestiones temporales y formar la conciencia de los hombres en su actuación temporal a la luz de la vida y doctrina de Jesucristo, Dios y hombre.

Octavo Mandamiento: “No levantarás falso testimonio ni mentirás” 1. Introducción El octavo mandamiento prescribe los deberes relativos a la veracidad, el honor y la fama del prójimo. Cristo confesó la verdad: su identidad de Hijo Unigénito de Dios; aunque este testimonio le provocó ultrajes y barbaridades hasta la muerte.

El octavo mandamiento es muy necesario cuando las relaciones entre los hombres se ven enturbiadas por tantas mentiras. A todo esto el cristiano ha de oponer el amor a la verdad y el respeto a la buena fama de los demás.

2. Nociones Enseña Santo Tomás de Aquino que la verdad es algo divino ya que el propio Dios es la Verdad y hace que las criaturas participen de la verdad. Jesús mismo dijo “Yo soy la verdad” (Juan 14,6). También enseña Jesucristo: “Sea vuestro modo de hablar: sí, sí o no, no. Lo que excede de esto viene del Maligno” (Mateo 5, 37). Para ser hombres veraces tenemos que esforzarnos por discernir lo verdadero de lo falso y por vencer la inclinación a deformar la verdad, evitando la simulación y la hipocresía.

La virtud que trata de vencer estas tendencias es la veracidad, que nos inclina a decir siempre la verdad y a manifestarnos al exterior tal como somos interiormente. Es importante que exista una coherencia entre lo que pensamos, lo que decimos y lo que hacemos; de lo contrario se van produciendo rupturas en nuestro interior. La veracidad es importante para la vida social: si los hombres no se fían entre sí la convivencia se deteriora. Considerar lícita la mentira, aunque fuera dentro de ciertas limitaciones, es peligroso para el bien común. La mentira es intrínsecamente mala porque deforma la realidad.

3. La mentira La mentira es una palabra o un signo por el que se da a entender algo distinto a lo que se piensa, con intención de engañar. El principio moral fundamental es que nunca es lícito mentir. Toda mentira, por pequeña que sea, quebranta el orden natural de las cosas querido por Dios. La malicia de la mentira no consiste tanto en la falsedad de las palabras como en el desacuerdo entre las palabras y el pensamiento. Hay mentira aunque los que la escuchen no resulten engañados. No es lícito mentir para obtener bienes para terceros. Por otra parte la gravedad de la mentira ha de considerarse no sólo en si misma, sino por los daños que puede causar.

4. La lícita ocultación de la verdad Hemos dicho que nunca se debe mentir pero eso no quiere decir que el hombre esté obligado a decir siempre la verdad; a veces, porque quien pregunta no tiene derecho a saber todo, y en ocasiones porque es obligatorio guardar el secreto.

Todo hombre tiene derecho a mantener reservados aquellos aspectos –sobre todo de su vida privada- cuyo conocimiento no serviría para nada al bien común y, en cambio, podría dañar legítimos intereses personales y familiares.

El prójimo tiene derecho a que se le hable con la verdad, pero no tiene derecho a que le sea revelado lo que puede ser materia de legítima reserva. En esos casos uno puede callarse o contestar que no hay nada que decir.

5. El secreto Es aquello que por su misma naturaleza o por compromiso exige la obligación de mantenerlo oculto. Puede ser natural –algo que no puede ser revelado indiscriminadamente -, o confiado -cuando se hace la promesa de no revelarlo-. Bajo el primero se encuentran, en general, todos aquellos que conocen algo en razón de su ejercicio profesional. Con mayor rigidez que ninguno debe guardarse el secreto que conoce el sacerdote por confesión.

6. La fidelidad Es la virtud que inclina a la voluntad a cumplir las promesas hechas y “expresa la constancia en el mantenimiento de la palabra dada” . La fidelidad es un compromiso que se contrae con otro, que compromete la conciencia, porque el no cumplimiento de lo prometido puede acarrear un daño, incluso grave, al prójimo que se comporta confiado en la palabra recibida. Es, por tanto, una virtud indispensable en la vida social.

6. La fama y el honor Por fama se entiende la buena o mala opinión que se tiene de una persona. Todo hombre, en su dignidad natural, creado a imagen y semejanza de Dios tiene derecho a su buen nombre. Entre los pecados contra la buena fama del prójimo están: -Con el pensamiento: la sospecha temeraria y el juicio temerario. La primera consiste en dudar interiormente, sin fundamento suficiente, sobre las buenas intenciones de los demás, inclinándose por pensar mal del prójimo. El segundo es asentir de modo firme sobre las malas acciones o intenciones del prójimo, sin tener motivo suficiente. -Con la palabra: la murmuración –criticar y dar a conocer los defectos ocultos de los demás sin justo motivo-, la calumnia –imputar a los demás defectos o pecados que no han cometido-y el falso testimonio –atestiguar delante de los jueces algo falso-.

También todo hombre tiene derecho al aprecio de sus semejantes. El honor es el testimonio exterior de la estima que se tiene a los demás hombres. Entre los pecados contra el honor están la injuria -que es un insulto sin justicia hecho en presencia del ofendido- y la burla.

Décimo Mandamiento: No desearás los bienes ajenos 1. Desprendimiento de los bienes materiales El décimo mandamiento prohíbe el deseo de quitar a otros sus bienes o de adquirirlos por bienes injustos. Jesucristo muestra el motivo de fondo para vivir este mandamiento: ”donde está tu tesoro está tu corazón”(Mateo 6,21). Por esto “no se puede servir a dos señores, a Dios y al dinero” (Mateo 6,24).

Hay una lúcida frase que dice: “El cielo no cuesta ni poco ni mucho sino todo lo que uno tenga”. Para ser amigos de Dios es necesario estar desprendidos de los bienes que tenemos. Estos bienes son, en sí mismos, buenos; pero son medios y no fines.

Las personas con más recursos económicos están obligadas moralmente a ayudar a los más pobres. Parte de estos bienes han de servir para ayudar al bien común de la sociedad, incluido el sostenimiento de los servicios religiosos. Por otra parte, el cristiano debe luchar contra el aburguesamiento o búsqueda excesiva de comodidad, tan propio de nuestra época.

El pecado opuesto a este mandamiento es la avaricia que consiste en el deseo desordenado de bienes materiales. La avaricia es fuente de pecados graves cuando, con elecciones concretas, se prefiere el amor al dinero y a las cosas materiales, olvidando el amor y el servicio a Dios y a los demás. Cuando se opta por actos que no llegan a supeditar el servicio a Dios y a los demás se trata de pecados veniales.

El mayor conocimiento actual de las múltiples y graves necesidades materiales de millones de personas han de servirnos para vivir con más exigencia y amor este mandamiento.

El décimo mandamiento exige también que se destierre del corazón humano la envidia. “La envidia es un pecado capital. Manifiesta la tristeza experimentada ante el bien del prójimo y el deseo desordenado de poseerlo, aunque sea en forma indebida. Cuando desea al prójimo un mal grave es un pecado mortal” . La envidia -en la que San Agustín veía el “pecado diabólico por excelencia”- impide la caridad, el alegrarse con las alegrías de los demás y la fraternidad cristiana, que es el signo distintivo del discípulo de Jesucristo.

Bibliografía -Catecismo de la Iglesia Católica. -Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica. -Curso de Teología Moral. Ricardo Sada-Alfonso Monroy. Ed. Palabra.

Eleuterio Fernández, “El horizonte del hombre y Dios”

Se recoge a continuación una serie de tres artículos sobre la relación del hombre con Dios: primero la relación del hombre con sus semejantes (El hombre horizontal), después la relación del hombre con Dios (El hombre vertical) y, por último, un, a modo, de las dos cosas pero con el verdadero sentido de esta relación (El horizonte vertical del hombre).

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Ignacio Sánchez Cámara, “Llamado a la misión”, Congreso Apostolado Seglar, 13.XI.2004

Cristianismo y cultura moderna. Las dificultades para la difusión del mensaje cristiano.

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Fernando Sebastián, “Vocación apostólica de los fieles laicos”, Congreso Apostolado Seglar, 12.XI.04

En el discurso de apertura del Congreso de Apostolado Seglar, monseñor Fernando Sebastián, arzobispo de Pamplona, ofreció un marco general para encuadrar la acción apostólica de los seglares, y se refirió a este Congreso diciendo que “no se trata de un Congreso para estudiosos sino para apóstoles”.

El prelado destacó la importancia de los seglares como “zona de encuentro entre la sociedad y la Iglesia, como confluencia real de los sagrado y lo secular, de la fe y la cultura, de la Iglesia y el mundo”.

Para monseñor Sebastián, los seglares “son la presencia más cercana y más profunda de la Iglesia en el mundo y por eso mismo agentes principales del anuncio del evangelio en el mundo y de la construcción del Reino de Dios”.

Aunque admitió que los acuerdos entre la jerarquía de la Iglesia y los poderes civiles son “legítimos, convenientes y hasta necesarios”, sostuvo sin embargo que los instrumentos jurídicos serán “apostólicamente eficientes sólo en la medida en que estén respaldados por un número creciente de cristianos laicos, presentes y operantes en el mundo” que los hagan valer.

Como ejemplo, el prelado dijo que “bien está que los obispos nos pronunciemos en contra del aborto o de la manipulación de los embriones humanos. Pero esto vale de poco –añadió– si luego no hay unos cristianos que mantengan la vigencia y el prestigio de estas enseñanzas en los ambientes concretos de las relaciones humanas y de la vida de cada día”.

En este sentido, consideró que “el más poderoso plan de pastoral y de apostolado” que se puede poner en marcha hoy, es imitar a los “cristianos sencillos”, protagonistas de la primera evangelización, que utilizaron “el simple procedimiento de explicar confidencialmente la riqueza que habían recibido al conocer la persona de Jesucristo y haber creído en Él y en su evangelio”.

El prelado explicó que “la movilización apostólica de los cristianos requiere que tengamos una conciencia clara de cuál es el momento histórico de nuestra sociedad”.

“Si en algunos momentos pudimos pensar que una Iglesia sólidamente establecida tenía que poner el acento en desarrollar el sentido social de sus miembros y la solidaridad de la sociedad entera con los más necesitados –dijo–, tenemos que darnos cuenta de que hoy lo más urgente, el servicio más grande y más urgente que la Iglesia tiene que hacer a nuestra sociedad, el bien más grande que podemos hacer a nuestro amigo o nuestro vecino, es ayudarles a creer en Dios”.

“Ayudarles a descubrir la trascendencia de su ser personal, ayudarles a no verse encerrados en su propio yo terreno”. Así, haciendo alusión al lema del Congreso “Testigos de la Esperanza”, dijo que la esperanza que hay que proponer no es la de “más progreso humano”, sino la “esperanza escatológica”, como “principio real de las verdaderas esperanzas terrestres para los hombres”.

En tiempos de evangelización como el nuestro, y a partir del “apostolado básico del testimonio”, el arzobispo de Pamplona consideró más importante “anunciar expresamente el Reino de Dios” que reducir el apostolado a una mera “transformación del mundo”.

Basándose en la premisa inicial de su discurso que consideraba la conversión personal y el cambio de vida como la “condición indispensable para que surja la acción apostólica”, monseñor Sebastián detectó algunos “signos externos” que permiten dividir a los cristianos entre “bautizados” y “convertid ”.

“Si la primera e indispensable mediación de cualquier transformación cristiana de la realidad es la conversión personal, tendremos que admitir la debilidad apostólica y transformante de nuestra Iglesia en relación con su extensión sociológica”, añadió.

El arzobispo destacó la necesidad de mayor clarificación en la Iglesia para “diferenciarse más en el conjunto de la sociedad española, que aunque conserve muchos elementos cristianos ya no es cristiana de corazón”.

“En años pasados se desarrolló una mentalidad concordista que todavía perdura. Es la mentalidad de quienes piensan que la Iglesia, para ser fiel al evangelio de Jesús, tienen que adaptarse a las preferencias y características de cada momento cultural”.

Ante quienes mantienen esta postura, monseñor Sebastián recordó que “necesitamos liberarnos más a fondo de las consecuencias negativas de unos decenios en los que pretendimos identificar artificialmente la Iglesia con la sociedad”.

Para el prelado, “la sociedad española vive un período de secularización intensiva, una fascinación por las cosas de la tierra favorecida por el crecimiento económico (…) y fomentada por una actitudes que han llegado a ser verdaderas creencias sociales”.

Según monseñor Sebastián “el gran debate de fondo” hoy –que se está generando “en todo Occidente, y en España con especial virulencia”– es un debate religioso, en el que lo que está en juego “es organizar la vida humana sin contar con Dios, como si fuéramos nosotros los dueños absolutos y últimos de nuestra vida y de la creación entera”, sin querer reconocer que “la Paternidad de Dios es la tierra real donde crece la auténtica humanidad”.

Sin embargo, “aún reconociendo las dificultades ambientales contra la fe religiosa, cristiana y eclesial, favorecidas por algunos medios de comunicación de fuerte implantación, los cristianos tenemos que reconocer que la debilidad de nuestra Iglesia tiene su primera causa en nuestras propias debilidades espirituales”, dijo.

La mirada al interior de la Iglesia Monseñor Fernando Sebastián también dirigió una parte de su discurso a hacer “autocrítica” y poner en evidencia algunas de las debilidades de los propios cristianos que han contribuido al avance de la descristianización de la sociedad.

“Con frecuencia hemos insistido demasiado en las diferencias entra las diversas vocaciones cristianas, descuidando el poner por delante los elementos comunes que son los más importantes. La unidad interior de la Iglesia y la unidad de la vocación cristiana común es más fuerte que las diferencias existentes entre las diversas vocaciones cristianas”, dijo.

Para el prelado, “hoy es más importante subrayar la diferencia entre cristianos y no cristianos que las diferencias que pueda haber dentro de la Iglesia. La relación entre cristianos y no cristianos, entre Iglesia y mundo es la verdadera perspectiva de nuestra vocación y responsabilidad apostólica”.

Respecto a las debilidades de la Iglesia, monseñor Sebastián habló “además de la debilidad religiosa y en gran parte como consecuencia de ella”, de la división de la Iglesia española “en grupos y tendencias que comprometen la unidad y dificultan grandemente la actuación de los cristianos en el mundo”.

“Subsisten todavía grupos que por una teología secularizada viven un alejamiento práctico de la jerarquía difícilmente compatible con una comunión integral”, denunció.

Y sin “llegar a situaciones tan extremas” citó también a “grupos que viven y actúan con una relación muy tenue, más formal que real con la jerarquía, encerrados en sus propios sistemas y en sus propias ideas”, añadió.

En otro momento de su ponencia, afirmó que “mientras el clima espiritual de nuestras parroquias no sea un clima de fervor, de unidad, de responsabilidad compartida frente a las carencias de nuestro mundo, no podremos contar con una Iglesia evangelizadora ni con unos cristianos apóstoles”, sostuvo.

Además, y respecto a las “asociaciones propiamente eclesiales”, el prelado señaló el error que consiste en “subrayar excesivamente los carismas especiales, dando más valor a lo específico que a lo común”.

Reproducimos a continuación el discurso completo (tomado de www.congresodeapostoladoseglar.org) LOS FIELES LAICOS, IGLESIA PRESENTE Y ACTUANTE EN EL MUNDO Vocación apostólica de los fieles laicos Madrid, 12 de noviembre de 2004 Excmo. y Rvdmo. Arzobispo de Pamplona y Tudela, D. Fernando Sebastián Aguilar.

I. PORTADORES DE LA MISIÓN DE LA IGLESIA Jesús vino a nuestro mundo para dar testimonio de la verdad, para dar a conocer la sabiduría y la gracia de Dios, para manifestarnos nuestra condición de hijos de Dios y herederos de la vida eterna.

“Yo, la luz, he venido a este mundo para que todo el que crea en mí no siga en las tinieblas” (Jn 12,46). La Iglesia es heredera de Jesús, continuadora de su vida y de su misión, de su testimonio y de sus obras de salvación.

A la hora de pasar de este mundo al Padre, Jesús encomendó a sus discípulos la continuidad de su misión, el mantenimiento y la expansión de este anuncio de salvación. “Yo los he enviado al mundo como Tú me enviaste a mí” (Jn 17, 18). “Como el Padre me envió a mí, así os envío yo a vosotros” (Jn 20, 21), “Dios me ha dado pleno poder en el Cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos entre los habitantes de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo y enseñándoles a cumplir lo que yo os he encomendado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28, 18-20). “Id por todo el mundo y enseñad a todos el mensaje de la salvación. El que crea y sea bautizado se salvará, el que no crea será condenado”. (Mc 16, 15); “En su nombre se ha de anunciar a todas las naciones, comenzando por Jerusalén, el mensaje de conversión y de perdón de los pecados. Vosotros sois testigos de todas estas cosas” (Lc 24, 47-48). Por la expresa voluntad de Jesús, los cristianos, sus discípulos, somos luz, levadura, la huella y el signo de su presencia.

Este mandato afecta primeramente a los apóstoles, pero no cuesta ningún trabajo darse cuenta de que este encargo de Jesús queda en manos de todos sus discípulos. Así se lo dice a los que llama a la fe y al seguimiento, “Deja que los muertos entierren a sus muertos. Tú vete a anunciar el Reino de Dios” (Lc 9, 60). Ser discípulo requiere, ante todo, arrepentirse de los pecados y vivir la vida nueva del Reino, la vida según el Espíritu. Y enseguida continuar el testimonio de Jesús anunciando el Reino. Así lo enseñó el concilio Vaticano II: “La Iglesia recibió de los Apóstoles este solemne mandato de Cristo de anunciar la verdad que nos salva, para cumplirlo hasta los confines de la tierra (Cf Hch 1, 8)… Todos los discípulos de Cristo han recibido el encargo de extender la fe según sus posibilidades… De esta manera, la Iglesia ora y trabaja al mismo tiempo para que la totalidad del mundo se transforme en Pueblo de Dios, Cuerpo del Señor y Templo del Espíritu, y para que en Cristo, Cabeza de todos, se dé todo honor y toda gloria al Creador y Padre de todos”. [1] Cuando hablamos del apostolado de los laicos no debemos pensar en algo diferente de lo que Jesús encomienda a sus discípulos en general, algo diferente de la misión general de la Iglesia. La Iglesia como comunidad está constituida fundamentalmente por los laicos, los cristianos comunes que viven en el mundo sin ser del mundo. [2] Es preciso analizar un poco detenidamente la condición existencial del cristiano para descubrir las raíces de esta vocación al apostolado inherente a la vocación cristiana. La existencia cristiana queda configurada por el sacramento del bautismo. Como cristianos, somos lo que significa y produce el sacramento del bautismo en cada uno de nosotros. El Bautismo es el sacramento de toda la vida. Ahora bien, un bautizado es un hombre que, antes o después de recibir el sacramento, ha oído el anuncio de la salvación de Dios, ha aceptado esta palabra y en consecuencia ha aceptado a Jesucristo como Hijo de Dios hecho hombre y Salvador del mundo, se ha arrepentido de sus pecados, ha recibido el don del Espíritu Santo que le hace hijo de Dios, y vive el mandamiento del amor fraterno en la esperanza de la vida eterna.

El deber y el derecho de los laicos al apostolado derivan de su unión con Cristo Cabeza. Incorporados por el bautismo al Cuerpo místico de Cristo y fortalecidos con la fuerza del Espíritu Santo por medio de la confirmación, son destinados al apostolado por el mismo Señor. [3] De esta vida cristiana, nueva y diferente, nace espontáneamente la necesidad del apostolado. El cristiano que convive con los no cristianos se siente en la necesidad de explicar y justificar su vida, de dar razón de su esperanza, explicando a los amigos y vecinos cuáles son los motivos por los que él lleva una vida distinta de la que se presenta como vida normal, como vida humana corriente y legítima. Por pura lealtad con sus vecinos, el cristiano tiene que explicarles de dónde le vienen a él la fortaleza y el gozo ante todos los acontecimientos de la vida, intentando ofrecerles el mismo don que él ha recibido para descubrir el valor de la vida humana en todas sus circunstancias, en la vida personal y en la familiar, en el trabajo y en el ocio, en la salud y en la enfermedad, en la vida y en la muerte, en este mundo y en la esperanza de la vida eterna. Como María Magdalena, los cristianos, cuando nos encontramos espiritualmente con Cristo resucitado y salvador, recibimos el encargo misionero: “no te entretengas, anda, ve a mis hermanos y diles que voy a mi Padre que es también su Padre, que voy a mi Dios que es también su Dios” (Jn 20, 17) Naturalmente, para tener que explicar la propia vida, primero hay que vivirla. La conversión y el cambio de vida, personal, familiar y comunitario, es condición indispensable para que surja la acción apostólica del cristiano. El anuncio del Evangelio no busca directamente ninguna eficacia de carácter temporal, sino que busca directamente el renacimiento de la persona a la vida de hijo de Dios, la iluminación de la mente y la conversión del corazón, el cambio de vida, el arrepentimiento de los pecados y el nacimiento a una nueva vida, arraigada en el seguimiento de Cristo y alimentada por el Espíritu Santo. Esta nueva vida comienza por el reconocimiento de Dios, la gratitud y la alabanza, el amor de Dios sobre todas las cosas. Y se expresa en el cumplimiento del mandato del amor como norma suprema y universal de vida. Todo tiene que rehacerse desde el amor de Dios arraigado en nuestros corazones. Las demás cosas vendrán por añadidura. Los planes, los proyectos, las convocatorias, no valen de nada, si no arde en nuestros corazones el fuego del amor de Dios, si no vivimos del todo poseídos por el amor y el Espíritu de Jesús.

Desde esta consideración básica del ser cristiano, es una cuestión secundaria el que dentro de la comunidad aparezcan vocaciones distintas y formas diferentes de vivir los elementos cristianos comunes para el buen servicio de la comunidad. Obispos, presbíteros, consagrados y cristianos seglares la inmensa mayoría, todos tenemos los mismos elementos comunes de vida y todos compartimos la misión común de continuar la obra de Jesús viviendo y anunciando los bienes del Reino. Más importantes que los rasgos específicos de las diferentes vocaciones cristianas, es el contenido común de descubrir y vivir la propia vida como respuesta a la llamada paternal de Dios, arraigados en el Hijo Jesucristo quien nos dice a todos: “Deja lo que tienes, sígueme y vete a anunciar el Reino de Dios”. Esta vocación común tiene diferentes formas y se adapta a las circunstancias de cada persona, pero ninguna determinación específica o personal puede ocultar o desfigurar la riqueza de la vocación común cristiana.

II. CARACTERÍSTICAS DEL APOSTOLADO DE LOS FIELES LAICOS En la segunda mitad del siglo pasado se escribió mucho sobre la vocación de los seglares como si se tratara de un extraño descubrimiento. La gran novedad consistía en decir que los seglares también formaban parte de la Iglesia, también estaban llamados a la santidad, también tenían vocación apostólica, es decir, el gran descubrimiento consistía en decir que los seglares también eran Iglesia.

Hoy, sin ninguna preocupación reivindicacionista, podemos decir no sólo que los seglares son Iglesia, sino que de alguna manera, no excluyente, los seglares son la Iglesia y llevan sobre ellos la misión eclesial, la grande y bella misión de continuar la obra de Jesús, esto es anunciar la presencia, la paternidad, la misericordia y los dones de Dios. Juan Pablo II, en Christifideles laici cita unas palabras de Pío XII que vale la pena recoger aquí: “Los fieles, y más precisamente los laicos, se encuentran en la línea más avanzada de la Iglesia; por ellos la Iglesia es el principio vital de la sociedad humana. Por tanto ellos especialmente deben tener conciencia, cada vez más clara, no sólo de pertenecer a la Iglesia, sino de ser la Iglesia; es decir, la comunidad de los fieles sobre la tierra, bajo la guía del Jefe común, el Papa, y de los Obispos, en comunión con él. Ellos son la Iglesia” ( Pío XII, Discurso a los nuevos Cardenales, 20 de febrero de 1946, AAS, 38, 149). [4] Los fieles laicos, por el simple hecho de ser cristianos, independientemente de si viven en el mundo de una manera o de otra, tienen la misión común de anunciar la presencia y la bondad del Dios invisible, como referencia necesaria para que el hombre se conozca a sí mismo y viva en la verdad de su humanidad.

“A los laicos se les presentan innumerables ocasiones para ejercer el apostolado de la evangelización y santificación” [5] . Normalmente este apostolado se apoya en el testimonio de la vida de los mismos cristianos. Pero no termina en el testimonio. El verdadero apóstol busca ocasiones para anunciar a Cristo con su palabra. Tanto a los no creyentes, para llevarlos a la fe, como a los fieles, para instruirlos, confirmarlos y estimularlos a una vida más fervorosa” [6] .

Los cristianos que viven en el mundo, tienen la misión que les corresponde por serlo, y las notas específicas de su vivir en el mundo no pueden suprimir ni sobreponerse a su misión esencial y común como cristianos. Si viven en el mundo, siendo verdaderamente cristianos, es lógico que ejerzan su misión común de anunciar el Reino de Dios en el contexto en que viven y por los procedimientos que tienen a su alcance. Pero su misión sigue siendo la misión primaria y fundamental de la Iglesia: anunciar a todos los hombres el amor de Dios manifestado en Cristo y comunicado por el Espíritu Santo para la vida eterna.

Para decirlo de forma concreta. Los cristianos que viven en presencia de Dios envueltos en las riquezas de su amor que les sostiene y les da la vida, pueden y deben anunciar y extender el Reino de Dios. Sobre esta vocación común crecen las vocaciones específicas de los obispos, de los presbíteros, los misioneros o los religiosos y consagrados. Todos ellos tienen que sentirse llamados a anunciar lo mismo aunque lo hagan de diferente manera y con diferentes acentos. Precisamente en virtud de esta participación común de todos los cristianos en la misión apostólica de la Iglesia, pueden los laicos asumir y desempeñar en el interior de la comunidad todas aquellas tareas apostólicas que no requieran un ministerio ordenado, como la educación religiosa de niños y jóvenes, el ejercicio de la catequesis, la animación espiritual de personas o grupos, la atención a los enfermos, etc.

Los seglares anuncian el Reino de Dios en primer lugar viviéndolo, la vida del cristiano es una vida edificada sobre el conocimiento y la aceptación del amor de Dios como fundamento y norma suprema de la propia vida. El anuncio tienen que hacerlo en el contexto real de su vida, en su familia, entre sus amigos y vecinos, en el ejercicio de su profesión, en el ejercicio también de sus derechos y deberes ciudadanos.

Al hablar del apostolado de los laicos se insiste casi exclusivamente en las notas específicas provenientes de situación secular en la que los cristianos viven su vida. En esta perspectiva se suele decir que lo específico del apostolado de los laicos consiste en la transformación del mundo según los designios de Dios. Esto es verdad, pero es una manera muy reductora de describir la vocación y la misión del fiel cristiano.

La secularidad cristiana no es una secularidad cualquiera, ni es la secularidad original que todos los hombres poseemos por el hecho de ser criaturas terrestres y sociales. Los cristianos están en el mundo pero no son del mundo. Es más, el mundo de los cristianos, visto desde la fe y vivido en el Espíritu, no es igual que el mundo de los paganos. Es un mundo creado y presidido por Dios, no es el término de nuestras aspiraciones ni de nuestra vida, la valoración y el modo de portarse con los demás no nace espontáneamente del mundo, sino que para el cristiano nace de la Palabra y del espíritu de Dios.

La Iglesia entera, como arraigada en el misterio de la Encarnación del Verbo, es toda ella secular. Así lo dice bellamente Pablo VI y lo recoge Juan Pablo II en Christifideles laici: “La Iglesia tiene una dimensión secular inherente a su íntima naturaleza y a su misión, que hunde su raíz en el misterio del Verbo encarnado, y se realiza de formas diversas en todos sus miembros” Pablo VI, (Discurso a los miembros de los Institutos seculares, 2 febrero 1972) Todos los cristianos participamos de esta secularidad de la Iglesia, aunque sea de manera diversa. [7] Con frecuencia hemos insistido demasiado en las diferencias entre las diversas vocaciones cristianas, descuidando el poner por delante los elementos comunes que son los más importantes. La unidad interior de la Iglesia y la unidad de la vocación cristiana común es más fuerte que las diferencias existentes entre las diversas vocaciones cristianas. Clérigos o laicos, consagrados o seglares, todos somos cristianos, hijos de Dios, templos del Espíritu Santo y ciudadanos del cielo.

Hoy es más importante subrayar la diferencia entre cristianos y no cristianos, que las diferencias que pueda haber dentro de la Iglesia. La relación entre cristianos y no cristianos, entre iglesia y mundo es la verdadera perspectiva de nuestra vocación y responsabilidad apostólica. No discutamos tanto de las diferencias entre nosotros, asomémonos a las carencias de los que no son cristianos, preocupémonos por ellos, anunciémosles a ellos las grandezas de la vocación cristiana común.

En esta perspectiva, hay que decir que el primer apostolado de los cristianos en el mundo consiste en presentar con su vida el esplendor de la vida humana redimida por Jesucristo, santificada por el Espíritu Santo y levantada a la condición de la filiación divina. Mostrando una vida diferente, dignificada, pacificada, santificada por el don de Dios, los cristianos son verdaderos continuadores de la obra de Jesús en el anuncio de la paternidad de Dios y la inminencia de su Reino en el mundo. A partir de este apostolado básico del testimonio, el cristiano puede y debe ayudar expresamente a sus vecinos a conocer a Cristo, a creer en El, y por El conocer y adorar al Dios de la salvación. Toda la Iglesia es testimoniante, evangelizadora, signo de salvación, difusora de la fe y servidora del anuncio y del crecimiento del Reino de Dios en el mundo. En la dinámica normal de la vida cristiana entra el anuncio de Jesucristo, la comunicación de su palabra, la invitación a conocer y aceptar los dones de la salvación.

En este anuncio del Reino y en este servicio de la fe, las notas específicas del apostolado del cristiano no consisten como tantas veces se dice, de manera un poco presuntuosa, en la transformación del mundo sino en anunciar los bienes del Reino, sin ninguna autoridad añadida, apoyada simplemente en la fuerza elocuente y significativa de su propia vida, sin representar al conjunto de la comunidad, y utilizando como principal instrumento las relaciones normales y comunes de la convivencia ordinaria y común de la vida social como p.e. la familia, el trabajo, la amistad, etc.

En tiempos de evangelización, es importante subrayar esta capacidad y obligación de los fieles cristianos de anunciar expresamente el Reino de Dios, el amor y la salvación de Dios que se nos ha descubierto y ofrecido en la vida, muerte y resurrección de N.S. Jesucristo. Toda la Iglesia, todos los cristianos tenemos que sentirnos invitados y obligados a ayudar a nuestros hermanos a conocer a Jesucristo, a creer en El, a descubrir la Iglesia como Cuerpo y Signo de Cristo, a conocer y adorar al Dios de la salvación y vivir según su voluntad. Este es el primer apostolado de los fieles laicos, su aportación más importante a la misión de la Iglesia y la aceleración del Reino de Dios en el mundo.

A partir de una vida cristiana intensa y coherente, el cristiano crea un mundo diferente, purificado, humanizado y santificado por la acción del Espíritu Santo en el corazón de los fieles. La novedad y la humanidad del mundo construido por los cristianos, es la expresión y el reflejo de la justicia interior que Dios infunde en los corazones de sus fieles, y en definitiva expresión y manifestación de la sabiduría y de la bondad de Dios que inspiran y dirigen las actividades de sus fieles. Desde el esplendor y el gozo de su vida redimida y enriquecida por los dones de Dios, el cristiano puede y debe hablar de lo que ha recibido, del Señor Jesucristo y del amor del Padre celestial que son el origen y la riqueza de su vida.

Es fácil de comprender que toda la fuerza apostólica del cristiano descansa en la mediación esencial y necesaria la CONVERSIÓN PERSONAL. Las demás instituciones, las demás actuaciones pretenden transformar la realidad humana mediante la técnica, las leyes, el conocimiento, la organización, siempre de fuera hacia dentro, generalmente sin contar con la realidad profunda de la libertad personal, de las convicciones, motivaciones y deseos de la persona. El Evangelio, la gracia de Dios, la acción de Cristo y de su Espíritu actúan siempre de dentro afuera, contando ante todo con la intimidad de la persona, sus actitudes de fondo, la orientación básica de su voluntad y de sus aspiraciones, las ideas, criterios, amores y aspiraciones de cada uno.

Digamos claramente que la primera transformación de la realidad que los cristianos debemos procurar es la transformación de nuestra propia vida, de nuestra visión del mundo, nuestras actitudes, nuestros deseos y aspiraciones. Una antropología y sociología cristianas tienen que considerar la vida personal como la realidad más real y más verdadera. Las estructuras, las relaciones, las actividades de los hombres, toda la realidad social es proyección y expansión de esta realidad propia del ser personal de cada uno.

Desde este punto de vista podemos señalar una serie de ámbitos concéntricos y sucesivos en los cuales el cristiano renueva el mundo.

a) La primera renovación es la de su propia vida, su visión del mundo, sus objetivos, deseos, modelos de comportamiento, relaciones, actividades, objetivos y aspiraciones, de cada uno, de cada persona. Este es el primer fruto de la conversión personal, sin el cual toda actuación apostólica del cristiano queda comprometida y bloqueada.

b) El segundo ámbito de este mundo renovado es la familia. Cuando las personas se ven cristianamente a sí mismas y viven su vida en conformidad con la Palabra de Dios, las relaciones entre hombre y mujer alcanzan unas características que hacen que la sexualidad y la vida matrimonial respondan adecuadamente a la naturaleza personal del hombre y de la mujer, de los padres y de los hijos. La familia cristiana es humanidad redimida, liberación y dignificación del ser personal y de la realidad social fundamental y básica.

c) El tercer ámbito de transformación es el de las relaciones entre familias cercanas, entre parientes, vecinos y amigos, mediante el desarrollo de las mil variaciones de la caridad fraterna en la convivencia de cada día. Así por ejemplo, justicia, veracidad, generosidad, hospitalidad, y tantas otras características clarificadas, fortalecidas y reclamadas por la nueva existencia en el Espíritu.

d) Un cuarto ámbito de la existencia humana renovada es el mundo de las actividades y las relaciones profesionales, el mundo de la economía y del trabajo. Los cristianos pueden ejercer y de hecho ejercen todas o casi todas las profesiones legítimas, pero es evidente que no todos los modos de ejercer una misma profesión son igualmente propios de los cristianos. La responsabilidad y el ejercicio de la justicia y de la generosidad tienen que ser características del ejercicio profesional de un cristiano en cualquier profesión o actividad laboral y económica. Las amplitudes legales, los usos, las preferencias más habituales no pueden ser el criterio definitivo del comportamiento de los cristianos. Sólo actuando de manera conforme con la caridad sobrenatural los cristianos seglares transforman de verdad el mundo de acuerdo con los designios de Dios y facilitan el advenimiento de su Reino.

e) En último lugar, la acción transformadora de los cristianos convertidos alcanza los ámbitos de la vida social y pública, mediante el ejercicio de sus deberes y derechos políticos, tanto en el ejercicio del voto como en la actuación personal y asociada de aquellos cristianos que se dedican a la acción social y pública, en el campo de la información, de la opinión, o del gobierno en cualquier nivel y con cualquier sigla o color. Aceptando la libertad y el pluralismo de nuestra sociedad, y precisamente en ejercicio de esa misma libertad y del pluralismo real, los cristianos pueden y deben tener en cuenta los principios de la moral social cristiana para actuar en política, ya sea en el ejercicio del voto o en la actuación directamente política en los diferentes partidos y en las actividades legislativas, desde el ejercicio del gobierno o desde la oposición. Con frecuencia la fe cristiana es desautorizada como inductora de intolerancias e imposiciones. La actuación de los políticos cristianos tendría que manifestar ostensiblemente que la fe cristiana y el reconocimiento del Dios salvador, es fuente de una actuación política verdaderamente justa y servicial, principio de una sociedad libre, justa, pacífica y fraternal.

Cuando los cristianos trabajan para construir un mundo ordenado al bien del hombre “participan en el ejercicio de aquel poder por el que Jesucristo resucitado atrae hacia si todas las cosas y las somete, consigo mismo, al Padre de manera que Dios sea todo en todos (Cf Jn 12, 32; I Cor 15, 28). [8] Todo esto lo podemos entender como comentario de las luminosas palabras de San Pablo, los que viven en Cristo son una realidad nueva, lo viejo está superado, aquí está ya la nueva creación [9] III. EL APOSTOLADO SEGLAR EN LA IGLESIA DE ESPAÑA. BALANCE Y PERSPECTIVAS.

Pero nuestro congreso no es un congreso para estudiosos que vienen a informarse sobre las mejores ideas que hoy se puedan decir acerca del apostolado de los seglares. Nuestro congreso quiere ser un congreso práctico, que ilumine la situación del apostolado seglar en nuestra Iglesia y si es posible impulse y movilice la vocación apostólica de los cristianos seglares.

Cualquier proyecto tiene que comenzar por levantar un plano lo más exacto posible del punto de partida. ¿Cómo está en estos momentos el apostolado de los seglares en nuestras Iglesias? ¿Qué puntos de apoyo tenemos y que dificultades encontramos para impulsar una actividad apostólica que responda a nuestras necesidades? Si dirigimos nuestra mirada a la realidad de nuestra Iglesia, veremos que la fuerza y el vigor apostólico de nuestras comunidades cristianas es hoy bastante deficiente.

Sin entrar a juzgar las conciencias, ateniéndonos estrictamente a los signos externos, nos vemos obligados a reconocer el gran desequilibrio existente entre cristianos bautizados y cristianos convertidos. Si la primera e indispensable mediación de cualquier transformación cristiana de la realidad es la conversión personal, tendremos que admitir la debilidad apostólica y transformante de nuestra Iglesia en relación con su extensión sociológica. Ante las estadísticas podemos insistir en aspectos diferentes. Podemos recrearnos en ese casi 90 % de ciudadanos españoles que se declaran católicos. O podemos insistir en que de ellos solamente un escaso 30 % cumple externamente las obligaciones básicas del cristiano. Podemos destacar que el 70 % de los matrimonios se celebran según el rito católico y sacramental, pero no podemos ignorar que el 20 % de estos matrimonios se separan y dan lugar a otras uniones incompatibles con la moral cristiana y si además nos preguntamos en cuántos matrimonios se aceptan y se practican las normas morales enseñadas por la Iglesia, veremos qué amplios y profundos son los deterioros de la conciencia y las deficiencias de la vida de muchos cristianos.

Si nos asomamos a la vida profesional y económica de nuestra sociedad, junto a grandes avances en el reconocimiento de la justicia social, podemos preguntarnos también cuántos cristianos ejercen su profesión y actúan en el mundo económico y laboral con criterios cristianos, sin reconocer el lucro y las ventajas personales como razón determinante de su comportamiento, en la elección y el modo de ejercitar su profesión.

Es evidente que la aplicación de los criterios morales cristianos en la vida cultural y política es una cuestión algo compleja que requiere muchos matices. Pero aun así hay algunas afirmaciones fundamentales que nos permiten valorar algo la situación en estos momentos. Las actividades políticas de las personas, tanto en el ejercicio del voto como en el ejercicio de todas las actividades políticas están sometidas a la norma moral como cualquier otra actividad humana. Los votantes tienen que votar de acuerdo con su conciencia moral, y los gobernantes tienen que gobernar de acuerdo con su conciencia moral rectamente iluminada y formada. No pueden ser las mayorías o las encuestas los últimos criterios para decidir lo que es bueno y lo que es malo, sino los criterios morales objetivos, aceptados y aplicados por una conciencia recta, juntamente con la ponderación prudente de las circunstancias sociales, los que decidan el sentido, los contenidos de las leyes y los objetivos preferentes de la acción de gobierno. Decirlo, hacerlo posible, ejecutarlo así es un noble objetivo cívico, moral y apostólico de los cristianos.

Se podría pensar que una sociedad formada mayoritariamente por cristianos, debería configurar su vida colectiva a la luz de la revelación cristiana, sin imponer a nadie por la fuerza ni la fe ni las costumbres cristianas pero sí ofreciendo a todos los frutos culturales y sociales que la revelación de Dios y la redención de Jesucristo promueven a favor de todos los hombres. Entre estos valores promovidos en la historia por la revelación cristiana se encuentra la afirmación de la igualdad básica de todas las personas, pueblos y razas, sin marginaciones ni discriminaciones de ninguna clase, el respeto por la libertad de las personas y la tolerancia de unos con otros en un esfuerzo común de convivencia sobre la base de unos postulados morales aceptados y respetados por todos.

El pluralismo en sí mismo no es una meta definitiva ni un bien último. Desde el pluralismo, consecuencia inevitable de la libertad, todos debemos buscar la verdad, aceptar su fuerza convincente y ajustar nuestra vida a los conocimientos alcanzados y compartidos. Sin esta búsqueda social e histórica de la verdad, apoyándose en la capacidad de la razón y en la luz de la revelación divina, y sin un respeto decisivo a unos principios de moral objetiva fundada igualmente en la naturaleza humana y en la iluminación de la revelación divina, la democracia resulta insostenible, y puede degenerar fácilmente en una imposición de las mayorías, previamente fabricadas por quienes controlan y manejan los medios de comunicación.

La sociedad española vive un período de secularización intensiva. Esta fascinación por las cosas de la tierra está favorecida por el crecimiento económico, por las múltiples ofertas de diversión y de ocio, por la dureza de una vida reglada por las exigencias del trabajo y de la economía, y por otros modos objetivos de vida. Pero más profundamente está siendo fomentada por unas actitudes que han llegado a ser verdaderas creencias sociales.

Aunque oficialmente la transición política se hizo en forma de reconciliación, en realidad los años de vida democrática han permitido el desarrollo de una mentalidad revanchista según la cual los vencedores de la guerra civil eran injustos y corruptos, mientras que la justicia y la solidaridad estaba toda y sólo en el campo de los vencidos. Por eso ahora en los años de democracia se pretende desplazar como perversión cultural todo lo que provenga de las décadas y aún siglos centrales de la historia española, incluido claro está la valoración de la religión católica como un componente importante del patrimonio espiritual y cultural de los españoles.

Esta manera de pensar, manifestada con mayor o menor explicitud, está siendo difundida por importantes medios de comunicación desde hace muchos años, domina en los partidos de izquierda, ha estado presente en sus campañas ideológicas y está ahora presente en las actividades legislativas y en muchas decisiones de gobierno de nuestro gobierno actual. Hay un complejo movimiento de secularización de las conciencias, en virtud del cual el hombre occidental encuentra especiales dificultades para verse a sí mismo como criatura y reconocer la existencia de un Dios creador y redentor en cuya presencia adquiere todo su esplendor la existencia humana. Aparte de este movimiento general, la sociedad española está sometida a otras tendencias de signo reivindicacionista y antieclesial que han hecho que el proceso de descristianización tenga entre nosotros una amplitud y una virulencia que en estos momentos no tiene ya en otros países europeos.

Aun reconociendo las dificultades ambientales contra la fe religiosa, cristiana y eclesial, favorecidas por algunos medios de comunicación de fuerte implantación, los cristianos tenemos que reconocer que la debilidad de nuestra Iglesia tiene su primera causa en nuestras propias debilidades espirituales. La debilidad de la adhesión personal a las realidades y a la vida de fe, la escasa formación intelectual, la falta de estima por la propia fe, hacen a muchos de nuestros cristianos especialmente vulnerables a la acción descristianizadora del ambiente, y los incapacita para asumir una responsabilidad apostólica en sus propios ambientes.

Cierto que no podemos ser rigoristas ni exigir más de lo que la naturaleza humana permite, pero es claro que la verdad y la autenticidad de nuestro ser cristiano está reclamando una Iglesia en la que se marquen más las novedades aportadas por Jesús, la novedad de vida que El ha traído al mundo. Una Iglesia en la que los cristianos hayan vivido un acto expreso y suficientemente fundamentado de su decisión de fe en Jesucristo, en Dios, en la Iglesia Católica. Y no basta un grado cualquiera de personalización de la fe, la santidad es “presupuesto fundamental” [10] para la renovación de la Iglesia, para el anuncio del evangelio y la extensión de la fe en el mundo.

Además de la debilidad religiosa, y en gran parte consecuencia de ella, la Iglesia española está profundamente dividida en grupos y tendencias que comprometen la unidad y dificultan grandemente la actuación de los cristianos en el mundo. Subsisten todavía grupos que por una teología secularizada viven un alejamiento práctico de la jerarquía difícilmente compatible con una comunión integral. Sin llegar a situaciones tan extremas hay multitud de grupos que viven y actúan con una relación muy tenue, más formal que real con la jerarquía, encerrados en sus propios sistemas y en sus propias ideas. Muchas congregaciones religiosas están más preocupadas de sí mismas que de su servicio a la comunidad eclesial. Y en muchos movimientos se adivina el sentimiento de que su servicio a la Iglesia consiste en invitarla a copiar universalmente sus ideas y procedimientos.

Como resumen, podemos decir que en la España actual muchos cristianos viven en una comunión espiritual eclesial y católica fragmentada y deficiente. Lo que se llama “catolicismo a la carta” es realmente la manifestación de una fe cristiana afectada por el predominio de la cultura vigente y el sometimiento a los intereses materiales y personales protegidos y favorecidos por la cultura y las instituciones dominantes. Los cristianos que quieran ser apóstoles tendrán que saber vivir en el mundo sin ser del mundo, vivir con todos sin actuar como todos, y tendrán que saber renunciar a muchos objetivos y aspiraciones que solamente están al alcance de quienes se someten a la dictadura de lo “políticamente o culturalmente correcto”. En la actual sociedad española el cristiano coherente y fervoroso tiene que estar dispuesto a padecer una cierta marginación social, cultural y hasta profesional, y en consecuencia tiene que estar dispuesto a renunciar a muchos bienes sociales y económicos, que no están al alcance de quienes se presentan y actúan socialmente como cristianos coherentes. Es el martirio moderno que prueba la autenticidad y consuma la perfección de la fe de los cristianos que viven y actúan en el mundo.

En resumidas cuentas tenemos que decir que la hora presente de nuestra Iglesia no se caracteriza por un especial potencial apostólico. Más bien estamos viviendo una época de enfriamiento religioso generalizado y de debilidad profética y apostólica de la Iglesia.

– Muchos fieles bautizados abandonan la fe o la reducen a unas vagas referencias que ya no configuran la mente ni rigen la vida; – otros nos dejamos influenciar por las influencias del mundo no cristiano en ideas, sentimientos, preferencias y valores; – hay pocos cristianos que asuman la misión apostólica de su vocación cristiana como una tarea expresa y determinante en su vida; – vivimos todos en el ambiente de una cultura contraria a la fe, antropocéntrica, hedonista, mundana, que no reconoce de manera efectiva ni la soberanía de Dios ni la primacía de la vida eterna en la comprensión, ejercicio y configuración de nuestra vida; los criterios, las actitudes no cristianas crean conflictos, divisiones y distanciamientos entre los cristianos que rompen la unidad, empañan el esplendor del testimonio cristiano y debilitan el vigor espiritual y la capacidad apostólica de la Iglesia.

– en esta situación las organizaciones y asociaciones de los cristianos, absolutamente necesarias para su buena preparación y su actuación efectiva en los diversos sectores de la vida social, son escasas. Las más clásicas, las más tradicionales o están desvitalizadas por falta de renovación generacional o viven cautivas de viejas concepciones, reactivas e ideologizadas, que las incapacitan para desempeñar un papel importante en la vida y en el apostolado de la Iglesia. Las más jóvenes y más pujantes desde el punto de vista religioso y apostólico, son todavía escasas, se reducen a grupos minoritarios que no han logrado todavía renovar al conjunto del pueblo cristiano y con frecuencia viven excesivamente encerradas en sí mismas sin una inserción efectiva en la vida común de las parroquias y de las Diócesis.

IV. ALGUNAS SUGERENCIAS PRÁCTICAS ¿Qué tendríamos que hacer en la Iglesia española para promover de manera efectiva el apostolado personal y organizado de los cristianos? No creo que nadie pueda responder de manera completa y definitiva a esta pregunta. “Con temor y temblor” intentaré simplemente ofrecer unas sugerencias que podrán ser discutidas, modificadas, enriquecidas o rechazadas en estas jornadas del Congreso y sobre todo con las experiencias y resultados de los múltiples esfuerzos que se desarrollan en todas nuestras Iglesias. Me sentiré satisfecho si con mis palabras suscito vuestras reflexiones y aliento vuestra esperanza.

La llamada de Juan Pablo II a una nueva época de evangelización en las Iglesias de vieja tradición cristiana, encierra estos elementos. Reconocimiento de un decaimiento religioso generalizado, quiebra e insuficiencia de los cauces y procedimientos tradicionales en la transmisión de la fe, necesidad de recuperar el vigor apostólico de los orígenes con la debida adaptación a las exigencias de la sociedad contemporánea. Cada vez son más las personas que en nuestras sociedades están necesitadas de una primera evangelización. Esta es la misión más urgente de nuestras Iglesias y de todos nosotros, sacerdotes y laicos, consagrados y seglares. Si ha de haber un renacimiento del apostolado seglar en nuestras iglesias, tendrá que surgir primero una renovación espiritual y eclesial de nuestros cristianos, de nuestras comunidades y parroquias. El apostolado de hoy tiene que ser un apostolado evangelizador, nacido y crecido de la fuerza religiosa de una Iglesia evangelizadora.

Necesitamos convocar a los laicos a esta labor de evangelización en estrecha comunión con sacerdotes y obispos, movidos todos por un espíritu verdaderamente misionero. [11] Como siempre, hay que comenzar por asentar los pies en el terreno firme de la verdad. Y la verdad en este punto es que nuestra Iglesia no está en trance de evangelización. Hace muchos años que estamos hablando de parroquia misionera, de pastoral evangelizadora, pero nuestros métodos y nuestras aspiraciones han cambiado bastante poco. La inmensa mayoría de nuestras parroquias, de nuestros colegios, de nuestras asociaciones siguen viviendo y actuando ahora como hace veinte, treinta o cuarenta años. Y en muchas cosas peor, porque somos más rutinarios, porque tenemos menos iniciativas, porque la mayoría somos ya muy mayores.

Ante estas afirmaciones alguien podrá pensar que estoy transmitiendo un mensaje derrotista. Nada más lejos de mi intención. Los cristianos no podemos ser pesimistas ni derrotistas. Contamos con la presencia del Señor, con la fuerza incoercible del Espíritu, con la asistencia irrevocable de la Sabiduría y de la Providencia divinas. Desde que Cristo redimió al mundo con la fuerza suprema de la debilidad de la cruz, la condición normal de los cristianos es la de una debilidad permanente de la cual nace la fuerza soberana de la verdad y del espíritu de Dios. La debilidad reconocida y la confianza en el Amor y la ayuda del Señor resucitado son los dos pilares de nuestra verdadera fortaleza.

Los católicos españoles tenemos que asimilar la experiencia de Pablo en medio de sus tribulaciones. Nos tienen por impostores y somos veraces, nos consideran trasnochados y estamos llenos de proyectos, piensan que estamos a punto de desaparecer y sin embargo resistimos. Nos acosan por todas partes pero no pueden con nosotros, andamos a oscuras pero nunca perdemos la esperanza, nos vemos perseguidos pero nunca aniquilados. Vivimos la debilidad de Jesús ante sus verdugos, pero en esta debilidad se manifiesta el poder de Dios y el esplendor de la nueva creación [12] En la debilidad somos más fuertes. [13] La debilidad de Dios es más fuerte que el poder de los hombres, la ignorancia de Dios más sabia que la sabiduría de los hombres, más eficaz que las técnicas y los poderes de este mundo. [14] Siendo débiles, somos más fuertes que los fuertes de este mundo, porque contamos con la palabra de la verdad y la fuerza del evangelio de Dios. [15] Con estos presupuestos quiero señalar algunos requisitos imprescindibles para que pueda crecer y desarrollarse en nuestra Iglesia con entera normalidad el apostolado de los seglares.

1º, Ante todo, nuestra Iglesia, necesita clarificarse más, diferenciarse más en el conjunto de la sociedad española que aunque conserve muchos elementos cristianos ya no es cristiana de corazón. En años pasados se desarrolló una mentalidad concordista que todavía perdura. Es la mentalidad de quienes piensan que la Iglesia para ser fiel al evangelio de Jesús tiene que adaptarse a las preferencias y características de cada momento cultural. Esta manera de ver las cosas se apoya en un concepto falso de humildad y de misericordia. Nuestra humildad está en la fidelidad al mandato recibido y la mejor misericordia es el ofrecimiento del evangelio de Jesús en su radical originalidad y en total integridad. Por eso junto con el anuncio y el servicio, entre la Iglesia y el mundo hay también lugar para el escándalo y el conflicto.

Necesitamos liberarnos más a fondo de las consecuencias negativas de unos decenios en los que pretendimos identificar artificialmente la Iglesia con la sociedad. Esta clarificación e identificación de la Iglesia en el conjunto de la sociedad requiere que los cristianos lo sean con mayor claridad y coherencia. Y quienes no quieran vivir la vida cristiana en la comunión católica deberían renunciar a violentar a la Iglesia para acomodarla a sus conveniencias. Todo lo que queramos hacer como cristianos en nuestro mundo se sustenta sobre la existencia de comunidades cristianas, más o menos numerosas, pero sinceramente entusiasmadas con su vocación cristiana, claramente conscientes de sí mismas, dispuestas a vivir la vida personal, familiar y social de acuerdo con el evangelio de Cristo y la doctrina de la Iglesia, sin temor a ser criticadas por los poderes de este mundo, capaces de presentar los contenidos de la salvación de Dios y hacerla operativa en las actuaciones y relaciones de la vida social concreta y verdadera. Es evidente que las comunidades fervorosas suponen personas y familias que vivan intensamente su fe y su vida espiritual es estrecha y gozosa comunión eclesial.

Tenemos a nuestro alcance muchos medios prácticos para caminar en esta dirección. Podemos, por ejemplo, intensificar la acción evangelizadora en los tiempos y celebraciones de la iniciación cristiana, con la finalidad expresa de suscitar cristianos convertidos, que vivan intensamente su consagración bautismal y que estén suficientemente capacitados para vivir y anunciar el evangelio en el contexto de la vida social real. Podemos trabajar para que las celebraciones sacramentales respondan de verdad a la fe de los participantes. Todos sabemos y aceptamos la enseñanza de la Iglesia sobre la eficacia de los sacramentos ex opere operato, en virtud de la muerte y de la resurrección de Jesucristo. Pero también sabemos que esta infinita fuerza santificadora de los sacramentos solo es eficaz en nosotros en la medida en que aceptamos la acción santificadora de Dios por medio de la fe y de la amorosa obediencia a su Palabra. Poco a poco tenemos que ir consiguiendo que el bautismo sea celebrado, aceptado y vivido como sacramento de la fe y de la vida cristiana; que el sacramento de la conformación sea realmente celebrado y aceptado como sacramento de la plenitud bautismal; que los matrimonios sacramentales sean verdaderas uniones realizadas en la fe de la Iglesia y con el amor fiel y generoso del Señor. Mientras tanto podemos también convocar y reunir a los fieles que viven en plena comunión católica, invitándoles a superar las fronteras de sus diversas asociaciones y movimientos y a asumir su parte en la misión evangelizadora de la Santa Madre Iglesia poniendo lo común por encima de lo específico y diferenciante. Y hará falta que los cristianos, vitalmente reunidos en Iglesia, estimen su fe y su vida cristiana y eclesial como la perla preciosa por la cual vale la pena sacrificar otros falsos tesoros, y asuman como tarea propia anunciar el Reino de Dios, difundir el evangelio de la salvación, ayudar a sus hermanos a que conozcan a Jesucristo, sin buscar otros intereses ni otros proselitismos particulares. Sin esta renovación interior que nos ponga a todos en trance de expansión no podrá haber un verdadero apostolado seglar.

2º, Un segundo paso indispensable para que se desarrolle en las Iglesias de España el apostolado de los seglares es el fortalecimiento de la unidad interior de nuestras comunidades cristianas. Ciertamente hemos vivido tiempos peores, con más diferencias, divisiones y tensiones dentro de la Iglesia, pero estamos todavía lejos de los niveles indispensables de comunión y de confianza. Necesitamos trabajar para superar las desconfianzas entre obispos, sacerdotes, teólogos y pueblo de Dios. Muchos de nuestros fieles viven fuertemente influenciados en materias dogmáticas y morales por las ideas ambientales, hay teólogos, sacerdotes, seglares y religiosos, que proponen como medio de renovación eclesial y condición para el apostolado eficaz el sometimiento de la Iglesia, en la doctrina y en la vida, a las pretensiones y conveniencias de la cultura materialista y hedonista. Y no faltan asociaciones religiosas y seglares que con la mejor voluntad atienden estas consignas en contra de las enseñanzas y advertencias del Papa y de los Obispos.

Para muchos, no solamente fieles seglares sino también sacerdotes y religiosos, para reforzar la credibilidad de la Iglesia en nuestro mundo es indispensable mantener un cierto margen de disentimiento habitual respecto del Papa y de los Obispos. Mientras los cristianos no recuperemos la plena confianza en nosotros mismos, y no sintamos el gozo y el agradecimiento de ser miembros de nuestra Iglesia real y concreta, no seremos creíbles ante el mundo ni surgirá en nosotros un deseo vigoroso y resuelto de anunciar un evangelio en el que no acabamos de creer. Es verdad que la renovación tiene que comenzar por pequeños grupos minoritarios que vivan y actúen en la Iglesia. Pero también es cierto que la realidad de Iglesia está en las parroquias, en las que se agrupa el pueblo llano y sencillo, sin otro título ni otro apellido que el honroso calificativo de cristiano. A fin de cuentas son estas parroquias las que tienen que recuperar su pulso espiritual, sus actos de piedad, su capacidad de formar a los nuevos cristianos y de desplegar la actividad apostólica que nuestro mundo necesita. [16] Mientras el clima espiritual de nuestras parroquias no sea un clima de fervor, de unidad, de responsabilidad compartida frente a las carencias de nuestro mundo, no podremos contar con una Iglesia evangelizadora ni con unos cristianos apóstoles.

3º, El desarrollo del apostolado seglar está pidiendo alguna modificación en nuestra manera de concebir las relaciones entre la Iglesia y la sociedad. Respetando la estructuración interna de la Iglesia como comunidad jerárquica en la que algunos cristianos cumplen un ministerio singular de presidencia en el nombre de Cristo, tenemos que fomentar una manera de ser y de actuar que reconozca a los seglares como zona de encuentro entre la sociedad y la Iglesia, como confluencia real de lo sagrado y lo secular, de la fe y la cultura, de la Iglesia y del mundo. Ellos son la presencia más cercana y más profunda de la Iglesia en el mundo y por eso mismo agentes principales del anuncio del evangelio en el mundo y de la construcción real del Reino de Dios. Los contactos y los acuerdos entre la Jerarquía de la Iglesia y los poderes civiles seguirán siendo legítimos, convenientes y hasta necesarios. Pero estos mismos instrumentos jurídicos serán apostólicamente eficientes sólo en la medida en que estén respaldados por un número creciente de cristianos laicos, presentes y operantes en el mundo, que hagan valer estos acuerdos utilizando los recursos y procedimientos de una sociedad organizada democráticamente a favor del evangelio de Jesucristo y del crecimiento de la vida cristiana entre los ciudadanos.

Bien está, por ejemplo, mantener unos acuerdos con el Estado español que reconozcan el derecho de los católicos a una enseñanza católica para sus hijos en el seno de la escuela pública. Pero estos instrumentos jurídicos pierden fuerza si luego no hay una comunidad de familias cristianas, que valoren la educación religiosa de sus hijos como un bien de primer orden y sean capaces de defender este derecho por todos los procedimientos legítimos que ofrece una organización democrática de la sociedad. Bien está que los obispos nos pronunciemos en contra del aborto o de la manipulación de los embriones humanos. Pero esto vale de poco si luego no hay unos cristianos que mantengan la vigencia y el prestigio de estas enseñanzas en los ambientes concretos de las relaciones humanas y de la vida de cada día y exijan a los gobernantes el respeto a unos principios morales y castiguen políticamente a los programas que favorezcan legislaciones y comportamientos contrarios a la ley de Dios y a la moral de la razón humana, desarrollada a lo largo de la historia, iluminada, purificada y fortalecida por la revelación de Dios.

De nuevo hay que insistir en que para que los cristianos sean de verdad presencia capilar de la Iglesia en la carne misma de la sociedad, hace falta ante todo que sean Iglesia, que estén ganados por el amor de Cristo con una fe viva y operante, que vivan de acuerdo con las enseñanzas del evangelio y de la Iglesia en su vida personal, en el ejercicio de su vida profesional, en la vida familiar y en el ejercicio de sus relaciones y obligaciones sociales. Ellos mismos, con su vida santa, tienen que ser apoyo y confirmación de su palabra. Con esta condición por delante surge espontáneamente como una marea testimoniante y apostólica que hace de la convivencia cotidiana el mejor instrumento para la difusión del evangelio y de la fe en Jesucristo. ¿Cómo se realizó la primera evangelización de nuestros países? Cierto que fueron los Apóstoles y los varones apostólicos los primeros mensajeros del evangelio. Pero luego fueron los cristianos sencillos, los comerciantes, los soldados, los esclavos quienes difundieron la fe, de manera imparable, por el simple procedimiento de explicar confidencialmente la riqueza que habían recibido al conocer la persona de Jesucristo y haber creído en El y en su evangelio. La breve confidencia de los discípulos tiene que seguir siendo hoy el más poderoso plan de pastoral y de apostolado “Hemos conocido al Mesias”.

4º, Esta movilización apostólica de los cristianos requiere también que tengamos una conciencia clara de cual es el momento histórico de nuestra sociedad, cuáles son las disposiciones espirituales y culturales dominantes de nuestros conciudadanos y cuáles tienen que ser en consecuencia los objetivos primordiales de la acción apostólica y misionera de la Iglesia. Si en algunos momentos pudimos pensar que una Iglesia sólidamente establecida tenía que poner el acento en desarrollar el sentido social de sus miembros y la solidaridad de la sociedad entera con los más necesitados, tenemos que darnos cuenta de que hoy lo más urgente, el servicio más grande y más urgente que la Iglesia tiene que hacer a nuestra sociedad, el bien más grande que podemos hacer a nuestro amigo o nuestro vecino, es ayudarle a creer en Dios, ayudarle a descubrir a Jesucristo como Salvador, a verse a sí mismo como hijo de Dios y heredero de la vida eterna. La Iglesia entera debe desplegar un esfuerzo extraordinario para contrarrestar los fermentos y falsos argumentos a favor de la indiferencia moral y religiosa que circulan en nuestra sociedad, en ayudar a los hombres y mujeres de buena voluntad a creer en el Dios de Jesucristo como Padre común y fuente de la vida verdadera, seleccionando los contenidos y los métodos de nuestro apostolado en función de este objetivo primordial, esencialmente religioso y estrictamente misionero. Esto vale igual para todos los cristianos, clérigos como seglares, aunque lo tengan que hacer con diferente autoridad, en momentos y lugares diferentes y con métodos diversos adecuados a las diversas circunstancias. Repetidas veces el Papa nos ha pedido que concentremos nuestro apostolado en el anuncio de Cristo, de su persona, de su vida, de su doctrina y de su misteriosa y poderosa presencia actual en el mundo, constituido por el Padre Señor del universo. Centro de la historia, piedra angular de la creación y de la nueva humanidad. Tenemos que tener muy clara la conciencia de que ninguna actividad, por humanitaria que sea, es un verdadero apostolado si no conduce de alguna manera al anuncio explícito de Jesucristo como Salvador y Redentor y al conocimiento de Dios como Creador y Padre de misericordia. Por eso es urgente que todos los cristianos seamos capaces de presentar una formulación fiel y comprensible del kerigma apostólico como invitación directa a la fe en Jesucristo y en el Dios de la salvación. Una presentación del kerigma centrado en estas ideas: Hay un Dios Creador del mundo y Padre de la humanidad, que nos ha enviado a su Hijo para rescatarnos del mal y abrirnos las puertas de la vida verdadera. El nos ha creado para vivir eternamente en su presencia y ahora nos da el Espíritu santo para justificarnos y enseñar a vivir como hermanos caminando juntos hacia la patria celestial.

5º, Urge rehacer el entramado cristiano de la sociedad humana, o, si se prefiere, cristianizar el entramado de la sociedad, pero la condición indispensable es que se recupere el fervor de los cristianos, la confianza en el evangelio y la cohesión interna de las comunidades cristianas. Nadie sabe lo que la división y el disentimiento habitual dentro de nuestras comunidades han podido restar energías y entorpecer los proyectos apostólicos de nuestras Iglesias. El desarrollo del apostolado seglar requiere que nuestras Iglesias particulares recuperen el vigor espiritual y el entusiasmo misionero de los cristianos verdaderamente convertidos. [17] Para lograrlo hará falta que los dirigentes y servidores de la comunidad, obispos, sacerdotes, religiosos y educadores, incluidos los catequistas y profesores de religión, asumamos actitudes misioneras, propias de los tiempos de prueba y de persecución, centremos nuestros trabajos en el servicio de la fe y de la vida espiritual de nuestros hermanos, con más diligencia, más sabiduría, más abnegación y más generosidad. Con estos precedentes podremos ir contando con un número creciente de cristianos dispuestos a dar testimonio de Jesucristo y del Dios de la vida y de la salvación en el contexto real de la vida social, en la enseñanza y en la vida intelectual y cultural, en las actividades y proyectos económicos, en los debates políticos, en las decisiones legislativas y en las actuaciones de los gobiernos, haciendo ver las diferencias y las ventajas de una visión de la vida y de unas soluciones concretas cuando se cuenta con la presencia de Dios, con la ayuda de su revelación y los enriquecimientos culturales y sociales que ellas producen cuando son aceptadas y tenidas en cuenta. Hoy, por debajo de las mil diferencias entre unos partidos políticos y otros, por encima de los continuos debates y enfrentamientos políticos, tenemos que reconocer que se está desarrollando en todo occidente, y en España con especial virulencia, un gran debate de fondo religioso, en la política, en la cultura, en las artes, en el esfuerzo global por organizar la vida según las propias convicciones, lo que se está en juego es el intento de organizar la vida humana sin contar con Dios, como si fuéramos nosotros los dueños absolutos y últimos de nuestra vida y de la creación entera, en una descarnada y desesperada omnipotencia, en contra de una cultura y de unas formas de vida que tienen en cuenta la Soberanía y la Paternidad de Dios manifestada por Jesucristo y asimilada por la fe personal. Esta situación no es ya un problema solamente para la Iglesia, es también un problema de cultura, de rumbo espiritual en el camino de la historia y a largo plazo puede llegar a ser un problema de supervivencia de la misma humanidad. Es preciso que los cristianos seglares se empeñen a fondo en presentar la alternativa de una vida humana entendida y, organizada y vivida teniendo en cuenta la paternidad de Dios y la esperanza de la vida eterna, teniendo en cuenta la justicia interior y el valor de la vida virtuosa, favorecida interiormente por el Espíritu Santo, pero ayudada también exteriormente por la educación y la formación, por las creencias y usos sociales, por las leyes justas y el apoyo de una cultura a la medida del hombre real, creado por Dios y redimido por Cristo para la vida eterna.

Somos poseedores de una levadura capaz de transformar la masa entera, somos la sal que preserva a la humanidad de la corrupción, tenemos en nuestras manos la luz que quita las tinieblas del mundo. Cómo podríamos callar por miedo o por desconfianza de nosotros mismos, como podríamos renunciar a intervenir eficazmente en la marcha de los acontecimientos. ¿No estaremos siendo infieles y cobardes, culpables de un peligroso silencia, disfrazado de prudencia y de aperturismo? ¿No estamos siendo la luz mortecina que ya no ilumina, la sal sosa incapaz de dar ningún sabor, la levadura envejecida que ya no transforma la masa? 6º, La acción apostólica de los cristianos tiene unos espacios necesariamente personales y espontáneos, difícilmente regidos por ninguna reglamentación. Es el espacio de la vida familiar, de las relaciones humanas espontáneas, de las actuaciones personales en el mundo de las actividades profesionales. Un cristiano fervoroso y responsable encuentra siempre mil oportunidades para hacer brillar la luz del evangelio de Jesús ante las personas con las que convive. Pero otras muchas actuaciones posibles y necesarias requieren un trabajo organizado, estable, capaz de influir en otras instituciones y en el conjunto de la opinión pública. Son actuaciones que sobrepasan las posibilidades de una persona sola y requieren la intervención de asociaciones adecuadas y operantes.

El Papa nos habla de “una nueva época asociativa”, reconocida por el Sínodo de los Obispos y saludada como un verdadero don de Dios. [18] Para evitar confusiones que se dieron ya entre nosotros hasta el punto de bloquear el desarrollo de la acción apostólica y misionera de los cristianos, se impone diferenciar bien dos clases de asociaciones. Unas son todas aquellas cuyos fines quedan dentro del ámbito eclesial, dentro de lo que son los objetivos primarios y directos de la Iglesia, dirigidas a la buena formación y el apoyo de la vida cristiana de los fieles seglares que luego han de desarrollar sus actividades en el mundo secular.

Hoy muchas de nuestras parroquias no son capaces de ofrecer de una manera estable y bien configurada la formación que necesita un cristiano para actuar apostólicamente en su ambiente profesional o social, ni pueden tampoco atender suficientemente a los fieles en el día a día de su vida espiritual. Hacen falta asociaciones, movimientos, que de una manera estable y bien organizada ofrezcan métodos, instrumentos, ayuda personal para el crecimiento de los cristianos en diversas vertientes de su vocación cristiana, personal, familiar y social. Se trata de asociaciones estrictamente eclesiales, que quedan dentro del ámbito de la vida y de la misión directa de la Iglesia.

Estas asociaciones pueden tener también sus objetivos apostólicos generales, que luego los cristianos podrán vivir en el contexto concreto de sus parroquias y de sus Diócesis. En muchas partes se encuentran fuertes resistencias y suspicacias en contra de estas asociaciones. La postura decidida de la Iglesia y la experiencia de cada día nos demuestra que sin asociaciones no podremos tener nunca un laicado formado y apostólicamente operante de manera significativa. Solo la asociación da continuidad y amplitud. Para que el asociacionismo encuentre en nuestras parroquias la acogida que necesita y merece, será preciso que los dirigentes de las asociaciones se esfuercen sinceramente para dirigir de tal manera la vida de sus asociaciones que sus miembros por el hecho de pertenecer a una asociación o a un movimiento se sienta más dentro de la parroquia y más cerca del común de los cristianos, en vez de encerrarse en la propia asociación y hacer de ella como un cómodo sustitutivo de la Iglesia madre que es la casa de todos.

Otra clase muy distinta de asociaciones son aquellas que, promovidas y hasta formadas por cristianos, tienen como fin propio la intervención de sus miembros en los diversos sectores de la vida social, asociaciones profesionales para ayudarse a actuar cristianamente en el terreno de su profesión, asociaciones de profesores, de intelectuales, de padres de alumnos o de cristianos que pretenden actuar de una u otra manera en la vida política. Estas asociaciones, en la medida en que tengan objetivos de naturaleza civil y secular, y recurran a procedimientos civiles y seculares, perfectamente legítimos en la vida democrática, tienen que ser reconocidas como asociaciones civiles, tanto si están formadas sólo por cristianos como si son asociaciones abiertas al público en general, aunque tengan un ideario cristiano que permita participar a los cristianos sin restricciones de conciencia.

En otros tiempos hemos vivido esquemas híbridos y confusos en los que una asociación de acción católica, estrechamente vinculada con la jerarquía y asociada a su misión, se imponía como objetivo la reforma de una legislación o la actuación en diversos campos de la vida política o económica, con frecuencia, bajo la inspiración dominante de una determinada ideología política. Esta falta de claridad en la configuración de nuestras asociaciones y en la delimitación de sus objetivos, ha dado lugar a muchas tensiones dentro de la Iglesia y ha creado dificultades para la comunicación y la comunión entre obispos y asociaciones seglares, bloqueando el desarrollo y la aceptación del apostolado asociado de los seglares. ¿Entra dentro de los fines de un movimiento de Acción Católica promover un determinado modelo de economía, o de contratos laborales, o de precios de los productos en el mercado? Esa puede ser muy bien una batalla que lleven adelante los cristianos desde dentro de asociaciones civiles, inspirados y guiados por sus convicciones cristianas. Pero esos objetivos estrictamente seculares no entran en la misión de la Iglesia y por eso mismo tampoco caen dentro de los fines propios de unas asociaciones eclesiales que no pueden ir más allá de donde alcanza los límites de la vida y de la misión de la Iglesia y por eso mismo tampoco caen dentro de los fines propios de unas asociaciones eclesiales que no pueden ir más allá de donde alcanza los límites de la vida y de la misión de la Iglesia.

Las asociaciones eclesiales se han de centrar en formar y preparar a los cristianos para que luego, inscribiéndose en otras asociaciones civiles o promoviendo nuevas asociaciones adecuadas a sus deseos, traten de alcanzar objetivos civiles, por procedimientos civiles, guiados y estimulados por la fuerza de la fe y de la caridad cristianas. Estamos necesitados de una mayor claridad conceptual e institucional en estos asuntos. Y estamos especialmente necesitados de una acogida y de un apoyo decidido al asociacionismo de los cristianos para mejor conseguir los fines primordiales de su vida espiritual y su capacitación para el apostolado.

7º, Las asociaciones propiamente eclesiales tendrían que desarrollar un fuerte sentido de comunión y de unidad, en la doctrina, en la vida y en los objetivos y prioridades apostólicas, en estrecha relación con el obispo y los sacerdotes, en una conciencia fuerte de unidad de vida y de misión. Es un error y una tentación la actual tendencia a subrayar excesivamente los carismas especiales, dando más valor a lo específico que a lo común, apropiándose con frecuencia como notas propias de una congregación o de una asociación de notas y bienes que son comunes y propias de toda la comunidad cristiana. Esta tendencia a hacer prioritario lo específico, dejando en segundo lugar lo que es común, que es siempre lo más importante, no favorece la conciencia de la unidad, dificulta la colaboración y debilita el vigor y la capacidad apostólica de la comunidad eclesial en su conjunto.

En cambio, las asociaciones seculares en las que militan los cristianos conviene que tengan la mayor autonomía posible, para que se muevan en el terreno de las instituciones seculares con la misma libertad y los mismos derechos que los demás, dejando la vinculación eclesial a las relaciones personales de los cristianos con los responsables y los miembros de su comunidad eclesial y la fidelidad a la doctrina y motivaciones cristianas en la elaboración de los estatutos, selección de objetivos y realización de sus actividades.

Estas asociaciones seculares pueden ser promovidas por cristianos con una inspiración cristiana en su misma estructura, o bien pueden ser asociaciones seculares preexistentes, en las que los cristianos puedan actuar cómodamente según su conciencia. Es evidente que los cristianos pueden militar en cualquier asociación con tal de que sus fines no sean expresamente contrarios a la doctrina y a la moral católicas. En cualquier caso el mínimo requerido para que los cristianos puedan militar en una asociación secular no confesional es que tengan la suficiente libertad y el suficiente respeto como para poder disentir de todo aquello que sea contrario a su conciencia y no encuentren un rechazo sistemático a los argumentos y sugerencias inspiradas en la tradición cristiana. Tenemos el derecho a preguntarnos si hoy los católicos que militan en ciertos partidos políticos, sindicatos u otras asociaciones semejantes, tienen esta libertad y sobre todo si tienen el valor de hacer valer sus puntos de vista siempre que estén comprometidos los juicios y valores de la conciencia cristiana. Más en concreto, ¿los cristianos que militan en IU o en el PSOE pueden discutir y exponer sus argumentaciones y su visión del aborto, del respeto a la vida en sus diferentes fases, de la protección del verdadero matrimonio en los órganos competentes, en igualdad de condiciones con los demás? ¿Lo hacen de hecho? He aquí una grave cuestión. A veces tiene uno la sensación de que algunos cristianos comprometidos políticamente critican más a la Iglesia desde los presupuestos de sus partidos respectivos, que los programas políticos de sus partidos desde los presupuestos de la Iglesia. Puede más la identidad partidista e ideológica que la identidad eclesial y cristiana.

8º, En este terreno de las asociaciones seculares desde las que militen y actúen los cristianos en la vida social y pública haría falta insistir en dos características. Hace falta seleccionar mejor los objetivos y los campos de influencia. ¿Cuáles son hoy los sectores más influyentes en la configuración de la opinión pública, de la cultura vigente, de las condiciones de vida colectivas? En definitiva ¿cuáles son los sectores de la vida más influyentes en la mentalidad y el comportamiento de las personas desde las cuales se les puede ayudar mejor y más eficazmente a conocer la salvación de Dios y disfrutar de sus bienes? Quien mira con realismo el panorama de nuestras naciones de Occidente, el tono vital de la sociedad española, es evidente que la tarea más urgente para toda la Iglesia, no sólo para los clérigos o los religiosos, sino para todos los cristianos es la evangelización. No acabamos de entender que tenemos que centrar nuestros esfuerzos en sembrar de nuevo la fe cristiana en las generaciones jóvenes, mayoritariamente alejadas de la fe cristiana y del reconocimiento del Dios verdadero. Así lo presenta insistentemente Christifideles laici [19] Hoy, en la sociedad española, un cristiano seglar que quiera colaborar activamente en la misión de la Iglesia, tiene ante sí estos temas urgentes y preferentes: En el campo de las realidades religiosas – la primera necesidad es renovar y vigorizar la vida espiritual de los cristianos, sacerdotes, religiosos y laicos, fortalecer la comunión eclesial en las personas, los grupos, comunidades y asociaciones, recuperar el sentido de la misión apoyado en el reconocimiento de Jesucristo, Hijo de Dios y Salvador único de todos los hombres.

– la dignificación racional y cultural de la fe, de la vida religiosa, de la presencia y la actuación de la Iglesia en el conjunto de la vida social; – la fundamentación racional de la existencia de Dios, de su carácter personal y providente; – la justificación histórica, antropológica, histórica y salvífica de la fe en Jesucristo como Hijo de Dios, redentor y salvador de la humanidad.

– El conocimiento y la estima de la existencia humana purificada, dignificada y santificada por la redención de Jesucristo y la efusión del Espíritu Santo.

– La difusión de las mil obras buenas que favorece y promueve la iglesia en la vida personal y familiar, profesional y social, en relación con los más necesitados y los momentos más difíciles de nuestra vida. Etc.

En el campo de las implicaciones y consecuencias morales y sociales de la vida cristiana, los cristianos seglares españoles tendrían que procurar: – Intervenir en los medios de comunicación, con criterios cristianos, en toda su compleja y poderosa realidad, empresas, agencias, columnistas, comentaristas, informativos y noticiarios, debates, siempre en defensa sincera de las libertades y del bien común, con absoluta veracidad y plena justicia.

– Hacerse presentes en la acción y gestión política, desde el gobierno o desde la oposición, reivindicando el derecho a actuar en política desde las convicciones arraigadas en la fe cristiana, mostrando prácticamente la fecundidad social de la moral cristiana bien entendida y sinceramente aplicada, recuperando la inspiración social de la política como servicio al bien común de las familias y de todos los sectores sociales, sin discriminaciones ni partidismos, sin anteponer los intereses de nadie al servicio sincero de las necesidades y conveniencias comunes.

– Promover por todos los medios el servicio al desarrollo integral de los más necesitados en el marco nacional y en la política internacional, promoviendo planes de ayuda desinteresada y efectiva que proporcione a todas las personas las posibilidades básicas de desarrollo y perfeccionamiento, que acorte las distancias entre los pueblos y favorezca la comunicación y la colaboración entre todos los pueblos de la tierra. Una política cristianamente inspirada tendría que buscar el modo de ayudar a los pueblos subdesarrollados de manera eficaz y desinteresada para dotarles de las estructuras y condiciones necesarias que les permitan incorporarse activamente a la convivencia internacional sin inferioridades ni dependencias.

– Promover desde todos los puntos posibles la defensa de la vida y de la dignidad de la persona, desde su concepción hasta su muerte natural. Es el momento de luchar para que la ciencia y la técnica respeten la dignidad de la persona como una realidad de valor supremo que no puede ser utilizada para ninguna utilidad material como si fuera una mercancía. Nuestro gobierno acaba de autorizar la investigación con embriones humanos. ¿No hay cristianos que defiendan lo contrario desde las asociaciones profesionales o desde las instituciones políticas? – Los cristianos seglares tienen que hacerse presentes en el gran mundo del sufrimiento, de la enfermedad, de la soledad, de la invalidez, por medio de su presencia profesional o con carácter voluntario, actuando según el espíritu del Buen Samaritano, tienen que demostrar en este mundo cada vez más individualista y más dominado por el dinero, la posibilidad de una relación verdaderamente amorosa, interesada, atenta, gratuita, que hace presente el amor y la bondad de Dios en el mundo, ampliando los sentimientos de misericordia y de compasión del corazón de Cristo ante los enfermos, los pobres abandonados, los más heridos por la soledad y la desesperanza.

– Defender la libertad de enseñanza y de educación, mejorar los métodos y los contenidos, fomentar también la calidad de la enseñanza pública, en toda su amplitud, desde la escuela primaria hasta la universidad, fomentar la formación cristiana y pedagógica de los profesores, dignificar el noble oficio del magisterio en todos los niveles, etc.

– En nuestra sociedad está siendo una necesidad urgente fundamentar la estima del matrimonio estable y fecundo como célula básica de la sociedad, en nada comparable con otras formas posibles de convivencia y el valor irremplazable de la familia fundada en el matrimonio estable y fecundo como lugar apropiado de la multiplicación de la vida, el nacimiento, crecimiento y educación de las nuevas personas. A la vez es importante actuar a favor de una buena educación afectivo-sexual de los jóvenes, como elemento básico de la felicidad personal, de la convivencia social y de la normalidad de las personas en sus compromisos afectivos, profesionales y sociales.

CONCLUSIÓN En resumidas cuentas solo he querido deciros dos cosas, – El apostolado de los seglares es el apostolado capilar, amplio, multiforme y multipresente de una Iglesia formada por cristianos convertidos, agradecidos por los bienes recibidos con la fe, deseosos de ofrecérselos y transmitírselos a sus familiares, amigos, vecinos y conciudadanos.

– En España necesitamos comenzar por fortalecer y clarificar religiosamente nuestras comunidades básicas que son las parroquias, necesitamos recuperar la valoración de la fe y la confianza en nosotros mismos como discípulos y miembros de Cristo, para entrar en una comunicación de comprensión y de profecía con nuestros conciudadanos que han perdido las huellas de Cristo y han dejado de confiar en su Iglesia.

Juan Pablo II concluía así su exhortación apostólica Christifideles laici, acerca de la vocación y misión de los fieles cristianos en la Iglesia y en el mundo: “En los umbrales del tercer milenio, toda la Iglesia, pastores y fieles, ha de sentir con más fuerza su responsabilidad de obedecer al mandato de Cristo: “Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación” (Mc 16, 15), renovando su empuje misionero. Una grande, comprometedora y magnífica empresa ha sido confiada a la Iglesia: la de una nueva evangelización, de la que el mundo actual tiene una gran necesidad. Los fieles laicos han de sentirse parte viva y responsable de esta empresa, llamados como están a anunciar y servir el evangelio en el servicio a los valores y a las exigencias de las personas y de la sociedad”.

Siguiendo el ejemplo del Papa, concluyo mi exposición con una oración a la Virgen María, Madre de Jesús, madre de la Iglesia y madre de todos los hombres: Oh Virgen María, Madre de Cristo y Madre de la Iglesia, Contigo damos gracias a Dios por el don de la fe y de la salvación que esperamos, Llena nuestros corazones del ardor necesario para sentirnos apóstoles de tu Hijo, Danos tu misma disponibilidad para cumplir el mandato del Señor Para el conocimiento de Dios y la salvación de nuestro mundo, Virgen fiel, ayúdanos a obedecer al mandato de tu Hijo y a la llamada de la Iglesia, Virgen valiente, ayúdanos a vencer las dificultades que encontremos para ser apóstoles de tu Hijo en la vida real de cada día, Virgen misericordiosa, ayúdanos a amar a nuestros hermanos para llevarles el conocimiento de tu Hijo y del Padre celestial, Tú que fortaleciste la fe de los Apóstoles y pediste para ellos la fuerza del Espíritu Santo, Haz que vivamos ahora un verdadero Pentecostés que haga de nosotros apóstoles de tu Hijo, Sostennos para que vivamos siempre como fieles hijos de la Iglesia de tu Hijo Y trabajemos decididamente para construir en esta tierra La ciudad de la verdad y del amor, En la que sea reconocido y glorificado el Dios Creador y Salvador.

Amén ——————————————————————————– [1] Cont. Lumen Gentium, c.II, n. 17 La misma doctrina expuesta más ampliamente en Apostolicam Actuositatem. Lo vocación cristiana es siempre vocación para el apostolado. Los tiempos actuales permiten y requieren la movilización apostólica de todos los fieles cristianos.

[2] Cf. Ecclesia in Europa, n. 41 [3] Conc. Vaticano II, Decreto Apostolicam Actuositatem, 3 [4] .Juan Pablo II, Christifideles laici, n.9 [5] Decreto Apostolicam Actuositatem, n. 6 [6] ib.

[7] Citado por Juan Pablo II en Christifideles laici,.

n.15 [8] Juan Pablo II, Christifideles laici, n. 14 [9] Cf. II Cor 5, 17 [10] Juan Pablo II, Christifideles laici, n.17 [11] Cf.

Ecclesia in Europa, n.46 [12] Cf. II Cor 4, 8-10 [13] Cf. II Cor 11, 7-10 [14] Cf. I Cor, 1, 18-3= [15] Cf. II Cor 6, 4- 10 y en otros muchos lugares.

[16] Cf las interesantes observaciones a propósito de las parroquias que hace el Papa en Christifideles laici, nn. 25-27; igualmente en Ecclesia in Europa, n.15 [17] Cf. Ecclesia in Europa, n. 23 [18] En Christifideles laici, n. 29 [19] nn. 34

César Alonso de los Ríos, “Nostalgia de la religión”, ABC, 9.XI.04

El bautizo civil que acaba de celebrarse en Igualada es algo más que una ocurrencia o un atrevimiento. Al igual que los matrimonios de homosexuales y las primeras comuniones festivas, es una muestra de la insatisfacción en la que se encuentran instalados los laicos. Este empeño en invocar lo religioso para justificar o dar realce a ciertos hechos viene a demostrar una inmensa nostalgia religiosa por parte de aquellos que dicen no tener fe. Se reconoce, asimismo, la fuerza seductora que tienen las tradiciones. Se intenta encontrar en los aledaños de la religión los remedios a la frustración que no es capaz de proporcionar el agnosticismo. Es un modo de acercarse a la sombra de la Iglesia, lo que no quita para que, objetivamente, haya que denunciar lo que todas estas prácticas tienen de desconsideración de los sacramentos. Por no decir de agresión. La típica de los bárbaros en un templo…

La utilización de los sacramentos aunque sea tan sólo en su lado más nominalista o apariencial es una demostración del vacío en el que se encuentra la izquierda agnóstica. La misera en la que yace.

Descreída, pragmática, utilitarista, carente de valores y de modelos alternativos al tipo de sociedad que critican retóricamente… la izquierda atea, agnóstica o laica (que ni siquiera ellos mismos son capaces de diferenciar) no sólo está hueca, sino que es consciente de que suena a hueca y de que, por tanto, ya no queda en ella nada que pueda dar sentido a sus vidas y a aquellos actos que consideran especialmente relevantes o significativos. Entonces es cuando miran alrededor y comprueban que sus despreciables vecinos católicos, estos carcas que diría Zapatero, parecen tener resueltas algunas cosas. Y deciden apropiárselas. Eso sí, vaciándolas a su vez. En su mejor estilo. Dejándolas en pura carcasa. En gesto. En este caso vacían la liturgia de lo sacramental.

ASÍ que celebrarán el bautismo sin bautizo, esto es, sin dar el paso a la fe; llamarán matrimonio a lo que no carece de posibilidades de maternidad y llamarán primera comunión a un acto insular e intransitivo. Ni siquiera el niño tendrá posibilidades de saber por qué razón le someten sus padres a esta impostura. No creen en la religión pero necesitan el olor de lo sagrado, el perfume de lo religioso…, aunque sea para reafirmarse en el resentimiento contra la Iglesia.

¿Por qué razón los creyentes habrían de ser más que nosotros?, se preguntan los agnósticos. Así que insatisfechos con la ceremonia civil o con el simple banquete, tratan de aprovecharse del patrimonio secular de la Iglesia. No les parece suficiente lo profano. Necesitan la apariencia de lo sagrado, la simulación religiosa. Un poco de liturgia, la nostalgia del sacramento, un olor a incienso…

Ante estos hechos los ideólogos de la izquierda deberían reflexionar sobre la naturaleza del progresismo laico y su formidable capacidad para la frustración. Deberían al menos darse cuenta de que sin una moral laica que ellos y sus partidos han sido capaces de construir, sin una tradición cultural pagana, sin valores (término que, por otra parte, les horroriza) las gentes de izquierda presentan el aspecto patético del que busca la trascendencia en creer en ella.

Los matrimonios de gays, las primeras comuniones falsas, los bautizos civiles… constituyen la trivialización intolerable de los sacramentos, pero, al tiempo, suponen el reconocimiento del inmenso fracaso de la laicidad. Todos estos hechos nos anuncian la vuelta a un mundo de valores o, al menos, a la necesidad de ese regreso.

Cristina López Schlichting, “Santo, es decir, hombre”, Congreso Apostolado Seglar, 13.XI.04

Muy buenos días a todos y gracias por asistir, a horas tan intempestivas, a la exposición. Gracias a los organizadores del Congreso por haberme invitado y, en especial, a D. Antonio Cartagena, D. Eloy Bueno de la Fuente, D. Francisco Porcar, Doña Nuria Gispert, D. Rafael Serrano, Doña Inmaculada Franco y D. Alfonso Coronel de Palma por ayudarme y acompañarme en el proceso de elaboración de la intervención.

1. La pregunta Quien se presenta ante vosotros y ha sido elegida para enunciar esta ponencia está tan sorprendida como vosotros. Dejo a la responsabilidad de los organizadores del Congreso y de nuestros obispos los efectos, beneficiosos o no, de la elección. Pero quizá haya un par de cosas en mi trayectoria personal que expliquen las razones de gente más sabia.

Me gusta referirme a mi casa como el lugar donde se fue educando mi persona en una relación honesta y verdadera con la realidad, pero sin el dato de la fe. Mi madre (por razón de su matrimonio en época de Franco), era luterana conversa y derivó en el agnosticismo. Mi padre a su vez era católico agnóstico o confuso, de modo que mis tres hermanas y yo crecimos sin certezas sobre el sentido de la existencia. La rotunda convicción de que mis padres nos querían hasta dar la vida por nosotros o de que la vida estaba llena de cosas hermosas (los libros, el arte, la música, la naturaleza), chocaban en mí violentamente con la negación de la trascendencia. ¡Qué vida tan triste la que inserta en el corazón del hombre la pregunta por lo bello, lo bueno, lo verdadero y trunca la respuesta con la experiencia del mal o de la muerte! Sin embargo creo que esta experiencia mía, tan dolorosa durante tantos años, tiene el valor de calcar en buena medida la de nuestros contemporáneos, que ya no reciben de sus familias ni de su entorno la certeza sobre la positividad de la existencia ni su dimensión eterna.

Para mí y para mis hermanas el tiempo en que la gente quería ser santa ya no era una referencia. Si Dios no existía, o no era comprobable, la bondad ya no constituía un objetivo. Los acontecimientos históricos, sin nosotras saberlo, no sólo habían derribado el deísmo, sino también el imperativo moral de Kant. La razón humana, perdida de sus raíces, trabajaba contra sí misma. Nadábamos en un relativismo moral y un escepticismo que era el eco de lo que hoy define nuestro mundo occidental.

Yo sólo quise ser santa en arrebatos de pasión ligados a un vídeo sobre las misiones o unos ejercicios espirituales de las buenas religiosas que me educaron. Pero los embates emocionales eran tan frágiles como los picos de adrenalina que los producían. Lo cierto, lo cotidiano, era que la razón no encontraba motivos para creer. Pero lo que yo sí quería, y os aseguro que lo quería de forma vehemente, intensa, desquiciante, era ser feliz. No sólo estar contenta de vez en cuando, no sólo experimentar placeres exquisitos, sino poder dar respuesta a las preguntas del corazón, a la apremiante necesidad de ser algo más que una hoja que agita el viento y que el invierno de la muerte condena al olvido.

Me recuerdo con quince años, preguntando a mi padre por qué había que seguir viviendo. El pobre, abrumado seguramente por la pesada de su hija, me contestó que había que seguir adelante porque todo seguía adelante, que había que luchar y vivir porque sí, por la misma razón por la que la tierra da vueltas. La respuesta me dejó profundamente insatisfecha. Sin saberlo, yo quería ser santa.

2. La santidad no es coherencia.

Buscaba, pero lo tenía difícil, porque una ola intensa de pelagianismo atacaba y ataca nuestra Iglesia. Una y otra vez encontraba hombres y mujeres buenos que cifraban su cristianismo en la coherencia moral, reduciendo la palabra Cristo a un paradigma de comportamiento ético. Con ellos impartí catequesis en barrios marginales, alfabeticé gitanos, asistí ancianos, postulé por las calles, hice, en fin, cuantas cosas caracterizan la labor impresionante de esta Iglesia nuestra tan denostada injustamente. Pero la pregunta persistía. Yo podía ser buena, pero mi bondad no respondía a una inquietud ancestral, anclada profundamente en el ser humano, el mismo que hace decenas de miles de años dejó de aullar, se puso de pie y miró la luna preguntándose qué era aquello. Es más, la experiencia me mostró dos cosas fundamentales.

Primera, la imposibilidad de ser totalmente buenos. Recuerdo aquí ese pasaje del NT donde se aclara que lo que Dios pide es imposible para el hombre. Me enfadaba, me revolvía, pero nunca alcanzaba el listón del objetivo. Con el tiempo comprendería que la experiencia del límite, de no llegar, es profundamente humana, es más, forma parte misteriosa del método de Dios para mantener viva en nosotros la pregunta sobre Él. Porque si nos bastásemos, si los hombres unidos pudiésemos hacer del mundo un lugar justo, bueno y bello ¿para qué lo querríamos a Él? Y , segunda enseñanza, el límite no alcanzado y la pretensión de forzar lo imposible no sólo no hacen al hombre mejor, sino que cuando éste no vive en Cristo, generan en él sinsabor y violencia. Es el mecanismo de la ideología. La ideología, llámese nacionalismo, marxismo, capitalismo dogmático o religión (que también la religión es susceptible de ser reducida a ideología) se caracteriza por proporcionar una explicación total sobre lo que nos rodea, reduciéndola a factores y mecanismos manipulables por el hombre. La fórmula es bien conocida: se promete el paraíso terrenal (llámese Gran Serbia, Euskalerría Libre, Sociedad Comunista, Mercado o Estado Integrista) y se elimina todo aquello que configure un obstáculo en su realización. Para liberar Palestina se matan israelíes, para liberar Israel, se matan palestinos; para liberar Serbia se matan kosovares, para liberar Kosovo se matan macedonios. Para liberar a los obreros se manda al gulag a los disidentes; para liberar Alemania se matan judíos, homosexuales, católicos y lo que haga falta. Para liberar Euskadi se matan maketos; para liberar el mercado se explota en las fábricas asiáticas a jóvenes y mujeres hasta la muerte… para liberar al hombre de la injusticia ha habido cristianos que se han echado al monte con un fusil. Y no creamos que es sólo un “macrofenómeno”.

En nuestro entorno inmediato hay montones de cristianos amargados y tristes por culpa de la injusticia social, la falta de espiritualidad o lo que sea. Gente estupenda, curas y laicos que dan la vida por los otros y dicen cosas verdaderas, pero que aparecen tan manifiestamente determinados por el límite que la realidad impone a sus aspiraciones justas que a una le dan ganas de todo… menos de seguirles. Yo caigo a menudo en la misma trampa, y reconozco que, en esos casos, no suscito ni en mí misma ni en mi entorno más que un justificado cansancio, una sensación de impotencia que mis interlocutores y oyentes acaban compartiendo conmigo cuando –eso sí, “muy justamente”- concluimos que no parece haber solución para el hambre en el mundo, la expansión del sida, la corrupción social, la falta de valores o mil cosas más.

Los santos son muy distintos de todo esto, al menos los que yo he conocido, vivos o muertos. Madre Teresa chapoteaba todo el día en el fango asqueroso de Calcuta –y les doy testimonio de que es exactamente eso, asqueroso-, y sin embargo estaba inexplicablemente alegre. Lo que la gente buscaba en ella no era sólo su capacidad de curar, de construir, de amar y abrazar, sino una inexplicable paz que no era de este mundo y que define el deseo más hondo del corazón humano. Ella miraba a las personas y las trataba como nadie los había hecho antes. Del mismo modo, lo que la gente sencilla ve en el Papa, y me incluyo, no es su profunda cultura, ni el atletismo de que hizo gala durante buena parte del pontificado, ni siquiera el Parkinson o lo que vaya usted a saber qué tiene, sino la indomeñable esperanza de que hace gala en medio de los mismos problemas y limitaciones que les aquejan a ellos. Esta enfermo y sonríe, se le cae la baba y dice el nombre de Cristo, se le va la voz y abraza a los niños. A veces digo que Juan Pablo II es más Papa que nunca ahora, precisamente ahora, porque su vida prueba que ni la enfermedad, ni la vejez, ni la cercanía de la muerte, ni la derrota política (pensemos en la guerra de Irak y en el caso que se le ha hecho) pueden con la victoria de Cristo y la alegría que siembra en un hombre.

En fin, lo que quería deciros es que la pregunta sobre la santidad está a otro nivel distinto del deber ético, aunque en muchas ocasiones aparentemente coincidan. A este respecto me gustaría referiros brevemente una anécdota sobre una de mis sobrinas, hija de madre atea y padre musulmán, divorciados, que este año pidió el bautismo y la comunión a los 13 años, gracias a su contacto con las religiosas del colegio en el que estudia. Las dos fuimos al Retiro madrileño, a conversar. Anduve en silencio un buen rato, rezando y pensando, porque no sabía cómo explicarle lo que iba a ocurrir en la ceremonia, su significado profundo. Le pregunté qué deseaba en la vida. “La paz del mundo”, dijo.

-Está bien, contesté, soñemos que Dios nos la concede y se acaban todas las guerras. ¿Qué más desearías? -Que no hubiese hambre, contestó de inmediato muy bien aleccionada.

-Muy bien, seguí, imaginemos que el Señor también nos lo concede y que el mundo queda ahíto y en paz. ¿Qué desearías? Entonces vaciló un instante, sonrió por primera vez y afirmó sin dudarlo: “¡Que un chico me quisiera!”.

Sólo en ese momento respiré. Habíamos llegado al nivel de las necesidades primarias, al deseo de esta chica de ser amada. No es que lo demás no fuese justo y bueno, es que era, sencillamente, abstracto. A partir de ahí me resultó fácil anunciarle que había sido elegida, de forma ciertamente azarosa y arbitraria, para ser infinitamente amada, y que la preferencia que Cristo Jesús expresaba por su persona se traduciría en una vida más plena, con más posibilidades, parecida a la de sus tíos. Había sido elegida para ser feliz, esto es, para ser santa.

3. Causa de nuestra alegría Si los propios esfuerzos no bastan para hacernos coherentes, si a veces incluso nos convierten en tiranos, ¿cuál será la causa de nuestra alegría? San Pablo expresa magistralmente este debate interno del hombre en su carta a los Romanos: “Querer el bien lo tengo a mi alcance, mas no el realizarlo, puesto que no hago el bien que quiero, sino que obro el mal que no quiero (…) descubro, pues, esta ley: aun queriendo hacer el bien, es el mal el que se me presenta”. Y el mismo apóstol nos muestra el camino: “¡Pobre de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo que me lleva a la muerte? Gracias sean dadas a Dios por Jesucristo Nuestro Señor!”.

Dice María Zambrano, la genial filósofa: “Ser, no como resultado de un esfuerzo y de una elección (como sería en el moralismo individualista), sino por haber sido generado y elegido”. En la vida de todo cristiano hay un antes y un después del encuentro con Cristo, un antes y un después de un suceso, un acontecimiento que cambia la vida. Pensemos en la samaritana, que estaba en su fuente, la de todos los días, cuando pasa ese hombre peculiar y le pide agua. No debía ser una mojigata ni una noña, porque llevaba cinco maridos en la cuenta y vivía con un hombre con el que no estaba casada, pero Aquél le habla de tal modo, de tal manera la mira, que ella empieza a hablar con Él de su vida. “No tengo marido”, le confiesa al desconocido, “Dame de esa agua que dices, para que no tenga más sed”, le pide. ¿Cómo es posible que una adúltera hable como una niña virgen? Pues ocurrió. Por eso hubo un antes y un después en la vida de aquella mujer, que salió corriendo a contárselo a todo el mundo. Los evangelios están llenos de este tipo de encuentros. Mirad a Zaqueo, el publicano, al que todos despreciaban porque se enriquecía a costa de su pueblo, un ladrón. Zaqueo es pequeño y trepa a un sicomoro para ver a ése que pasa, ha oído hablar de él y tiene curiosidad. Y Jesús pasa por debajo y dice “Esta noche ceno en tu casa”. Así, gratuitamente, sin mérito alguno por su parte, Jesús lo elige entre otros muchos, probablemente más justos y más puros, otros que cumplían sus deberes y daban limosnas, que ayudaban a los pobres y a las viudas. Elige a Zaqueo y en ese momento la vida de Zaqueo cambia. No porque “se haga bueno”, sino porque todo lo que tenía adquiere de repente otro significado, el dinero, la relación con los demás, su vida entera queda cambiada cuando conoce a este Hombre y decide que no puede vivir un día más sin volver a escuchar su voz.

Magdalena, Pedro, Zaqueo, la samaritana, eran gente poco recomendable. Y sus defectos ni siquiera quedaron borrados del todo por el contacto con el Señor, de hecho Pedro lo niega cuando Jesús más lo necesitaba, porque seguía siendo cobarde y mentiroso. Pero habían visto y tocado algo que los demás hombres, los piadosos y justos, no habían visto y tocado, por eso pueden decir: “Señor, sin ti ¿adónde iremos? Nadie más tiene palabras de vida eterna”. Por eso son santos.

El poeta Eliot lo define divinamente. “La curiosidad de los hombres –dice – explora pasado y futuro y se aferra a esa dimensión. Pero aprehender el punto de inserción de los intemporal con el tiempo es ocupación para el santo; no, tampoco una ocupación, sino algo dado y tomado, en una muerte de toda una vida en amor, ardor y olvido de sí y entrega de sí mismo”. En su mística objetiva, Adrianne von Speyr escribe lo siguiente: “La santidad no consiste en el hecho de que el hombre da todo, sino en el hecho de que el Señor toma todo”. Lo que Zaqueo da al Señor no es su dinero, es su vida; lo que la samaritana ofrece no es su pureza, es su vida; lo que Pedro da no es su coherencia, es su vida. Porque cuando uno se enamora, da la vida. Los santos son felices no porque sean buenos, sino porque están enamorados y son correspondidos con el ciento por uno.

Cuando más pasa el tiempo, a medida que transcurre la vida y adviene la madurez, más consciente soy de mi fragilidad ética y física. Y esto no es malo. Necesito ver lo que soy, reconocer los límites de mi humanidad, precisamente para poder pedir y experimentar qué es Su gracia, cómo es Él. Para saber que no son mis fuerzas las que me sostienen, para saborear el milagro. Es la única forma de afrontar la vida con esperanza. En medio de las dificultades y los sinsabores, uno puede decir con certeza: “Todo lo puedo en Cristo Jesús”.

4. La victoria de Cristo es el pueblo cristiano.

Hace una semana regresaba del País Vasco con una persona de mi equipo en la radio, una persona buena que vive con su novio, como muchos de nuestros contemporáneos y que mira con extrañeza las cosas que hacemos los cristianos. “No sé, me dijo en un momento dado, yo quiero a mi novio, y lo quiero para siempre, pero no puedo asegurar qué pensaré dentro de cinco años. ¿Por qué tu marido y tú podéis vivir así? Me da la sensación de que tienes con Jose algo que nosotros no tenemos”. Fue una conversación hermosa porque me ayudó a darme cuenta de que su juicio era justo. Y pude explicarle que yo tampoco confío en mis fuerzas, que no sé ni siquiera qué será de mí mañana, pero que es Otro el que sostiene nuestro matrimonio. Que Jose y yo nos amamos para siempre no por fuerza del cariño, que va y viene, sino porque cada uno obtiene de esta alianza una certeza eterna. “En realidad –le expliqué- amando a Jose yo afirmo mi destino, amando a Jose amo el infinito, y el corazón no está hecho para menos. La diferencia estriba en que tú quieres a tu chico y yo, en Jose, amo a Jesús”.

No os creáis que hablo de escatología. Muchos sabéis bien que un matrimonio es cosa difícil hoy y las tentaciones muchas. En realidad, lo que me ha impedido abandonar a Jose no han sido mis pobres fuerzas, ni la falta de candidatos alternativos y muy atractivos. La razón ha sido que, cuando me he visto en el brete, y no se lo deseo a nadie, cuando me he imaginado casada con el otro y con otros hijos me he dicho.: “Y luego, qué?” porque el corazón está hecho para mucho más que el bienestar ¿entendéis? El corazón quiere que la casa, los hijos, el marido, remitan al ideal. Y una relación que no remita al ideal, por hermosa que sea, no le basta a un corazón despierto. Una relación que no fundamente una certeza para esta vida y para la otra, una certeza definitiva, no me sirve.

Por eso la cuestión de esta mañana, en esta ponencia sobre la santidad, no es cómo alcanzar la perfección moral sino dónde encontrar a Cristo. Para explicarlo me gusta decir, como me explicó un amigo mío, que el cristianismo se expande gracias a la “envidia”. O, en otras palabras, al atractivo que descubro en otra persona y que me mueve a seguirla para ser como ella, para tener la alegría y la paz que tiene. La samaritana tuvo delante a Uno que la miraba como nadie hasta entonces la había mirado, que la consideraba. A ella, una perdida, la consideraba y se interesaba por su destino. Fue eso lo que la movió a prestarle atención. Fijaos, ella era un poco socarrona: el Señor, dice San Juan, le pide de beber junto al pozo y ella contesta: “¿Cómo tú , siendo judío, me pides de beber a mí, que soy una mujer samaritana?” (si no fuese un poco blasfemo me atrevería a decir que la samaritana coquetea con Jesús). Entonces Él, en lugar de entrar en el juego, como todos los que ella ha conocido, hace gala de autoridad y contesta: “Si conocieras el don de Dios y quien es el que te dice: “Dame de beber” tú le habrías pedido agua a él y él te habría dado agua viva”. Pero ella no se achanta, es dura de roer: “Señor, no tienes con qué sacarla, y el pozo es hondo; ¿de dónde, pues, tienes esa agua viva?”, fijáos que sigue ironizando. Entonces Jesús dice la palabra definitiva: “Todo el que beba de esta agua volverá a tener sed, pero el que beba del agua que yo le dé, no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le dé se convertirá en él en fuente de agua que brota para al vida eterna”. ¡Ya está! Le ha explicado todo. Le ha explicado que sólo Él basta.

Un sólo matrimonio fundado en Él basta en medio de un mundo donde la gente se casa tres y cuatro veces –y estoy hablando de hoy en día- y no consigue saciar su inquietud. Un monje, un eremita, un sacerdote enamorados de Él pueden ser plenamente felices sin mujer. ¿Y qué le dice la samaritana a Jesús? ¿Qué responde esa que tiene más escamas que un galápago, que lo ha visto todo y a todos?: “Señor, dame de esa agua, para que no tenga más sed”. En el fondo de aquella que iba por el sexto compañero había una gran mujer, y Cristo la supo descubrir.

Nuestra vida depende de que tengamos o no el encuentro que tuvo la samaritana. O el que tuvo Pedro. ¿Cómo es posible algo así hoy? El método está acreditado en la Historia de los que siguen a Jesús vivo en su pueblo: a Agustín le pasó escuchando a San Ambrosio. A San Francisco Javier escuchando a San Ignacio de Loyola. A Edith Stein conviviendo con la viuda de un amigo suyo, que vivía con esperanza la muerte del esposo, y que la llevó a leer a Santa Teresa y convertirse al catolicismo e ingresar en un Carmelo. Los santos comienzan a serlo cuando se topan con otros hombres cambiados por la mano poderosa del que da de beber para siempre un agua que salta hasta la vida eterna.

Hay que buscar a estos santos y seguirlos, pegarse a ellos, no perderlos de vista. Para saber si son “fetén” hay un método infalible, que consiste en comprobar si lo que dicen y hacen encuentra correspondencia con la pregunta de nuestro corazón. Recordemos el pánico que invadió a los apóstoles tras la muerte de Jesús. Recordad el episodio de los que iban a Emaús. Él hizo con ellos el camino y después se quedó a cenar y partió el pan como solía hacerlo. Sólo entonces lo reconocen y, cuando les deja, se miran el uno al otro y dicen “¿Acaso no ardía nuestro corazón cuando nos explicaba las escrituras?”.

¿Acaso no ardía nuestro corazón? ¿Acaso no comprobábamos y palpábamos que surgía en nosotros una esperanza que antes no estaba, una certeza que considerábamos imposible? El pueblo cristiano es el Acontecimiento de Cristo reconocido, es este Acontecimiento reconocido por quienes lo encuentran. El conjunto de las personas alcanzadas por este Acontecimiento forma el pueblo nuevo y por este pueblo se manifiesta la victoria de Cristo en el tiempo. Nuestra existencia nueva, esta unidad única que Él ha generado, es el signo de Su victoria.

Basta con mirarnos. Entre nosotros acontecen continuamente milagros. La gente muere alegre y en paz, los que viven una enfermedad son fuente de gracia para los otros, los que tienen un hijo discapacitado son maestros de paternidad y maternidad, los que ganan dinero construyen colegios o sostienen a los que tienen menos. En definitiva, en el pueblo de Dios pasan cosas que no pasan en otros lugares. Y no por mérito de los cristianos, que seguimos siendo muchas veces, como también decía Eliot, “bestiales y carnales, como siempre”, sino por la gracia operante de Otro que revela Su Presencia y Su belleza imponente.

5. La santidad es la vocación humana.

Quien descubre esta belleza no puede olvidarla fácilmente. Es tan sencillo como el que prueba el jamón de pata negra: podrá comer jamón de York de cuarta, pero que no le engañen, que ya sabe qué es lo bueno. Y quien es fiel a su corazón y persigue lo que ha encontrado ingresa en la compañía de los santos y se hace santo por el abrazo de Cristo, igual que Magdalena, igual que Pedro, igual que Zaqueo.

Como me ha recordado Don Eloy Bueno de la Fuente, en el proceso de preparación común de esta ponencia, es en este sentido que los cristianos, desde el principio, se llamaban a sí mismos santos. Eran el pueblo de los santos de Dios. Porque la santidad debe ser entendida en clave de filiación de Dios, no como heroísmo personal. La fuerza del cristiano no es propia, le viene dada: “Es Cristo que vive en mí”, decía San Pablo.

Éste es un extremo que muchos cristianos hemos olvidado. Me hace gracia reconocer que, de chica, cuando me explicaban en el cole la parábola del hijo pródigo, invariablemente me identificaba con el padre. Era el padre el modelo a seguir: el que acoge a los demás ilimitadamente, quien los perdona sin fin, el que no reprocha y acoge. Yo “tenía” que ser así ¡Menudo engreimiento vano! Yo, Cristina, soy el hijo de esta parábola. Soy la que derrocha la fortuna paterna (la vida, la salud, la inteligencia) en estupideces, la que se marcha siguiendo cantos de sirena y bebe y se refocila con prostitutas y de repente comprueba que está sola, y se le llena el corazón de nostalgia y vuelve y ve al padre, allí, en lo alto, siempre esperando, siempre persiguiendo, y se arroja a sus pies y experimenta una cosa que llena el corazón de agradecimiento y los ojos de lágrimas y que se llama misericordia.

Necesitamos esta misericordia y este perdón. Dos cosas que el mundo desconoce y que son imprescindibles para vivir humanamente. ¿Por qué las desconoce? Porque no son de aquí, son de Dios. Muchas veces he experimentado este rebosar de otro mundo en compañía de los santos de Dios y reconozco que ha hecho saltar todos los goznes de mis prejuicios. Os cuento un ejemplo que más de uno me habrá oído contar: cuando murió Madre Teresa, el ABC me mandó a Calcuta. Poco antes había fallecido la princesa Diana de Gales y el follón que se formó en Gran Bretaña y en todo el mundo me sorprendía mucho. Además me molestaba, porque mis crónicas desde Calcuta pasaban sistemáticamente a segunda página frente a las del corresponsal de Londres, que iban a primera. Estaba escandalizada ¿cómo era posible que la gente idolatrase la memoria de Lady Di por encima de la de la santa de los pobres? Reflexionaba sobre esto mientras veía pasar la fila interminable de gente sencilla por delante del féretro de la Madre, que reposaba tranquila, con los pies encogidos como sarmientos y la cara arrugadita. Precisamente entonces tuve la ocasión de entrevistar a uno de sus más íntimos amigos, al padre que encabezaba la versión masculina de la orden por ella fundada, las Misioneras de la Caridad. “¡Qué vergüenza!”, le dije llena de razones, “¡Qué vergüenza que interese más la vida de una frívola superficial que la de una mujer ejemplar como ésta”. El padre –creo que se llamaba John- me miró con paciencia y curiosidad y me contestó lo último que hubiese sospechado (con los santos pasan estas cosas): “Usted no ha entendido nada”. Hubo un silencio embarazoso por mi parte y empezó a explicar: “Madre Teresa y Lady Diana eran grandes amigas, más que eso, Madre Teresa era una madre para Diana. La conoció cuando estuvo en Gran Bretaña y la princesa pidió entrevistarse con ella. La Madre –prosiguió- descubrió en ella una persona profundamente necesitada, deseosa de un cariño que las circunstancias le negaban. Había visto destruirse su matrimonio, su marido le había sido infiel, la familia real la ninguneaba… desde ese primer encuentro la Madre la quiso tiernamente. Hace unos días, cuando recibimos la noticia de su accidente, todavía lloró y rezó mucho por ella. ¿Sabe una cosa? Es lógico que el mundo prefiera a Diana, porque los hombres de esta época se reconocen en ella, ven en su persona la búsqueda frenética de placeres y felicidad que ellos mismos experimentan, y se apenan de su fracaso porque reconocen el de ellos mismos. A la Madre, sencillamente no pueden entenderla, porque no era de este mundo”. Me avergoncé mucho de haber hablado mal de Lady Di pero lo que prevaleció y prevalece en mí de aquella conversación es el agradecimiento por una experiencia de misericordia y de perdón hacia la humanidad doliente que, en efecto, no es de este mundo.

Me gustaría insistir en que el cristianismo es una cosa dinámica. No se produce una conversión inicial y todo cambia para siempre. No existe un momento de conversión y después un camino, para el cristiano existe sólo el tiempo de la conversión. La vida de Pedro es muy ilustrativa en este sentido. Conoce al Señor, se enamora, vive con Él, lo ama, cae de nuevo, se levanta… el encuentro con el Señor tienen que sucederse una y otra vez en el tiempo y en la carne para que la vida se renueve una y otra vez. Porque no es posible vivir de un recuerdo. Así como la madre no puede ver el rostro del hijo recién nacido y vivir el resto de su vida de esa imagen, sino que ha de volver una y otra vez al hijo y dejarse sorprender por él para amarlo de una forma renovada todos los días, nosotros necesitamos ver y tocar al Señor para que cada día sea nuevo. No se puede “congelar” al Señor como si fuese un recuerdo hermoso. Es Él quien una y otra vez nos sale al encuentro, a veces contra nuestra voluntad, doblegando nuestros planes y nuestra resistencia, domándonos con su amor.

El pueblo nuevo brota continuamente de este acontecimiento de Cristo vivo y presente, verificable por los sentidos, de estos encuentros con Madre Teresa o sus amigos, con Juan Pablo II y con miles y miles de santos anónimos. De ahí nace la Iglesia, no de que nos juntemos. Él es la fuente, no nuestros diseños o proyectos. A veces hay algo de triste en los planes pastorales, comunicados, charlas y congresos de nuestra Iglesia. Que Dios me perdone si lo digo mal o si soy injusta, pero ningún plan pastoral va a poner en marcha, no ya a una comunidad, si siquiera a un solo hombre. El hombre se mueve por un atractivo presente y reconocible.

Nuestra libertad no radica en lo que conseguimos realizar, sino en la verdad con la que buscamos a Dios, como la samaritana. El peso de nuestra atención no debe estar en nuestra virtud, nuestra solidaridad, nuestras estructuras, nuestras instituciones, nuestros ideales o sentimientos morales, sino en darnos cuenta de lo Sucedido. Algo ha entrado en el tiempo y lo ha cambiado, y lo percibimos por ciertos rasgos –perdón, misericordia- que no existían antes de Cristo. La coherencia existía antes de Cristo, la santidad, no. Darnos cuenta de ello, reconocer lo que nos ha sido dado es lo que nos cambia cada vez la actitud y el rostro.

Lo que ha ocurrido no era de este mundo, pero ahora es de este mundo, como explica Peguy. No son de este mundo ni la caridad de Teresa de Calcuta, ni la inteligencia de Tomás de Aquino, ni la capacidad política de Tomás Moro, ni la autoridad de Catalina de Siena, ni la pobreza de Francisco de Asís, ni la ternura, la justicia, la belleza que descubrimos en tantos otros. La Iglesia se muestra como un lugar maravilloso donde la verdadera humanidad, la que se ajusta al designio divino, se pone al alcance de todos. El bien es servir como piedra viva para la construcción de este edificio, para la edificación del cuerpo de Cristo.

6. La imprescindible libertad.

Ocurre que el Señor ha evitado salvarnos contra nuestra voluntad. Hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios y el sello de origen, el que certifica nuestra identidad y nos separa de los animales, es la libertad. Y así como todo se transforma en Cristo, y lo que llamábamos amor se convierte en caridad; lo que llamábamos justicia se convierte en misericordia; lo que llamábamos deber se convierte en vocación; lo que llamábamos hacer las paces se transforma en perdón; así también lo que llamamos libertad se transforma en obediencia. Todo crece y se hace más grande, más profundo, de otra naturaleza.

Hablemos del paso de la libertad a la obediencia, o mejor, de la libertad que es obediencia. El hombre experimenta un vértigo ante este paso. Es como el chico que reconoce el atractivo de la mujer y aprende a amarla, pero que comprende el riesgo que supone entregarle la vida entera. Entiende que es tentadora la oferta y, sin embargo, experimenta un punto de resistencia. ¿En dónde radica el origen de esta resistencia? En saber que, tras el paso de la libertad, la vida ya no la rige un sino que la deposita en manos de otro.

Me resulta fácil identificar este punto en mi propia experiencia. Al principio de mi intervención os expliqué que mis hermanas y yo no recibimos la fe en casa. Teníamos, sin embargo, una pregunta intensa en el corazón y las religiosas mercedarias de la caridad se encargaron de ahondarla. Yo buscaba, buscaba. A los 21 años tuve mi encuentro definitivo con la Iglesia en la carne del movimiento Comunión y Liberación, al que como sabéis pertenezco. La cosa pasó en Alemania, adonde había acudido para estudiar un curso universitario.

Conocí a un grupo de personas interesantes, con una pasión por la vida excepcional, con una alegría tranquila, la que da el haber encontrado la certeza. Entre ellas había un tipo, Martin Groos, que me fascinaba. En nuestras conversaciones demostraba una y otra vez una inteligencia distinta sobre las cosas. No era sólo que fuese listo y culto, que lo era, es que miraba la realidad desde otro punto de vista, con una lucidez que me descolocaba, exactamente como la miraba, por ejemplo, el padre John, del que os he hablado antes.

Bueno, ocurrió que esta gente se reunía los viernes por la tarde en Colonia, y que mi residencia y mi centro de estudios estaban en Bonn. Así que Martin me dijo un día: “Cristina, si quieres entender más, deberías venir los viernes a Colonia”. Parecía una propuesta fácil, pero tenía su complicación. Era un invierno endiabladamente frío y lo que he llamado “reuniones por la tarde” era una cita de 7 a 8 en lo que en realidad eran noches cerradas. Lo que Martin me proponía suponía significaba coger el tren de Bonn a Colonia, sumarme a la reunión en casa de Martin y su mujer, María, y hacia las nueve de una noche espantosa, en medio de la nieve, regresar en otro tren a Bonn. Entre pitos y flautas me daban las once, y al día siguiente yo tenía clase a las seis y media de la mañana. Me parecía de todo punto absurdo. ¿Cómo podía compensarme una cosa así? ¡Podíamos vernos de vez en cuando a comer, o charlar por teléfono! Un día hubo una conversación trascendental y, volviendo sobre lo de la reunión, Martin se limitó a decirme: “Mira Cristina, llevas toda la vida poniendo las reglas del juego y jugando a tu manera. De eso se trata, de que por una vez sigas las reglas de Otro”.

No había atendido demasiado, pero después, en mi habitación, la frase me volvió a la cabeza. Y pensé ¿y qué pierdo probando? Lo que puedo conseguir por mis propias fuerzas ya lo sé, llevo 21 años de experiencia y no acaba de satisfacerme ¿y si Otro supiese de mí más que yo misma? En ese momento ya intuía que era Cristo mismo quien me interpelaba a través de una carne. Que estos amigos no eran corrientes. Que en su presencia se mostraba el que me había creado. Me pasó como a Magdalena, Zaqueo, Agustín o Francisco de Borja. Fijáos: lo que decidió la partida no fue, al final, ni el atractivo de la compañía humana ni mis deseos de seguirla. Fue mi libertad frente a la libertad de Cristo.

Y elegí. Os puedo asegurar que ese invierno absurdo, dando vueltas en tren con dos pantalones superpuestos y forrada de arriba abajo, cambió mi vida. Desde entonces he aprendido que el método de la vida es el seguimiento. Que la iniciativa la plantea Él.

Casi 20 años después me he convertido en una especie de lechuza especializada en mirar lo que me rodea y obedecer lo que Cristo indica a través de la realidad. En este camino mi matrimonio se ha salvado y crece, mi familia y mi trabajo se profundizan; mis amistades, mi esperanza y mi certeza aumentan. Es el mismo método que movió a los apóstoles a dejar las redes y seguirle. El mismo que cambió la forma de vida de Agustín, de Francisco Javier, de Edith Stein. Sólo le pido a Dios que algún día me haga la caridad de hacerme parecida a ellos.

Muchas gracias por escucharme

Noticias y artículos sobre la película “The Passion”

– Mel Gibson revienta Hollywood
http://sweetrome.blogspot.com/2004_02_22_sweetrome_archive.html#107787834628926717

– Escándalo y estulticia
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– Lo que Gibson buscaba con «La Pasión», lo ha conseguido: golpea
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– Gibson’s Passion
http://www.firstthings.com/ftissues/ft0403/opinion/hittingerlev.html

– La asociación católica de comunicación analiza «La Pasión» de Mel Gibson
http://www.zenit.org/spanish/visualizza.phtml?sid=49613

– Caviezel revela detalles llamativos del rodaje de La Pasión
http://www.opinadigital.com/notins.asp?id=000060200402230301N04

– Asociaciones por la libertad de expresión defienden a Gibson
http://www.elsemanaldigital.com/articulos.asp?idarticulo=13044

– “La Pasión de Cristo”, de Mel Gibson, un excelente film
http://www.elsemanaldigital.com/articulos.asp?idarticulo=13315

– “La Pasión” del negocio
http://www.elsemanaldigital.com/articulos.asp?idarticulo=13242&tema2=firmas

– Reacciones por La Pasión de Cristo
http://www.aciprensa.com/noticia.php?n=3599

– A News Anchor’s Perspective on “The Passion of the Christ”
http://churchofthemasses.blogspot.com/2004_02_01_churchofthemasses_archive.html#107592694325805222

– El padre Thomas Rosica reflexiona sobre «La Pasión» de Mel Gibson
http://www.zenit.org/spanish/visualizza.phtml?sid=49555

-La Pasión de Mel Gibson, una obra de arte cristiano
http://www.zenit.org/spanish/visualizza.phtml?sid=49551

– The Passion ocupa la portada de Newsweek
http://sweetrome.blogspot.com/2004_02_08_sweetrome_archive.html#107632283634697061

-La Conferencia Episcopal de Canadá ofrece material sobre «La Pasión» de Mel Gibson
http://www.zenit.org/spanish/visualizza.phtml?sid=49484

Sites

http://www.lapasiondecristo.aurum.es/splash.html

http://www.aciprensa.com/reportajes/passion.htm

http://www.la-pasion.com/

http://www.thepassionofthechrist.com/main.html

http://www.seethepassion.com/

http://www.thepassionoutreach.com/intro.asp

http://passion.catholicexchange.com/

http://www.oremosporlapasion.com

Jerónimo José Martín, “Los incomodos desafíos de un auto sacramental” Aceprensa, Servicio 32/04, 2.III.04 Precedida por una fuerte campaña mediática, que la acusaba de antisemita, reaccionaria y sádica, La Pasión de Cristo, de Mel Gibson, se ha estrenado en Estados Unidos y otros países anglosajones con un éxito de taquilla sin precedentes, que seguramente repetirá en Europa, donde se estrena poco antes de Semana Santa. Este hecho en sí, unido a las primeras reacciones positivas de muchos críticos y espectadores, han desactivado prácticamente las polémicas previas, muchas de ellas demagógicas.

En cuanto a la calidad cinematográfica de la película, la crítica estadounidense se ha dividido, aunque dominan los reproches ideológicos entre los detractores, y abundan los comentarios entusiastas entre los que se centran en lo estrictamente fílmico. Entre estos últimos comentaristas se cuentan varios de los mejores críticos de Estados Unidos, como Roger Ebert o Jack Garner, que otorgan a la película la máxima calificación. De hecho, en www.critics.com –el sitio de referencia de la crítica especializada estadounidense–, la película tiene una calificación media de casi tres estrellas sobre cuatro.

El público ha votado en la taquilla llenando los cines. Por otro lado, no debería extrañar esta buena acogida de la película. Al fin y al cabo, Mel Gibson es una de las estrellas más populares y más rentables de Hollywood. Además, como director, es responsable de las sobresalientes El hombre sin rostro y Braveheart, esta última ganadora de cinco Oscar, incluidos los correspondientes a mejor película y director.

Fuentes místicas En el ámbito artístico, lo más discutido de la película de Gibson es la extrema crudeza de muchas escenas. Gibson asegura que esto se debe sobre todo a su fidelidad casi textual a los cuatro Evangelios. Y que también se inspira en el libro La Dolorosa Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, que recopila las gráficas revelaciones particulares sobre la muerte de Jesús de la mística alemana Ana Catalina Emmerich (1774-1824).

Gibson asegura que “no hay nada de violencia gratuita en esta película. (…) Nos hemos acostumbrado a ver crucifijos bonitos colgados de la pared. Decimos: ‘¡Oh, sí!, Jesús fue azotado, llevó su cruz a cuestas y le clavaron en un madero’, pero ¿quién se detiene a pensar lo que estas palabras significan realmente? Entender lo que sufrió, incluso a un nivel humano, me hace sentir no solo compasión, sino también me hace sentirme en deuda”.

Hay que enmarcar ese afán de veracidad de Gibson en el mismo ámbito de los escritores místicos de los que parte. En sus escritos, muchos de ellos reflexionaron sobre la Pasión con gran violencia expresiva, precisamente porque eran conscientes de que muchas veces sólo nos remueven las emociones fuertes. Ni que decir tiene que Gibson también se ha inspirado en la Sábana Santa de Turín, inquietante icono que parece confirmar, con impactante crudeza, la historicidad de los relatos evangélicos sobre la Pasión. Y el propio cineasta ha reconocido su esfuerzo por imitar en su película el estilo pictórico de Caravaggio, cuyas imágenes son famosas por el crudo naturalismo que emana de sus contrastes entre luces y sombras.

La tragedia total Al margen de su inspiración mística y pictórica, Gibson recurre también al hiperrealismo visual precisamente porque es recurso habitual en el cine de hoy, y sobre todo en los dos géneros en los que cabe encuadrar su película: la tragedia y la épica. Basta repasar los candidatos a los Oscar para encontrar películas actuales que emplean dramáticamente –con más o menos acierto– una gran violencia visual: El retorno del rey, Master & Commander, Mystic River, Cold Mountain, 21 gramos, Monster…

La verdadera cuestión, estética y moral, es el sentido que dan estos directores a ese recurso a la violencia. El tema lo ha analizado con especial lucidez el escritor español Juan Manuel de Prada (ABC, 28-II-2004). “Paradójicamente –señala respecto a La Pasión de Cristo–, su contemplación provoca incomodidades en una época que ha encumbrado la exhibición gratuita de violencia a un rango artístico. Dudo mucho que Gibson exceda en truculencia a Tarantino o Kitano, tan idolatrados por el gusto contemporáneo. ¿Por qué la violencia enfática, hiperbólica, de esos cineastas fascina, mientras que la de Gibson provoca rasgamientos de vestiduras? Por una razón evidente: porque no es gratuita, porque interpela al espectador, porque lo obliga a enfrentarse al dolor en estado puro. Nos hemos acostumbrado a una violencia banal, coreográfica, meramente esteticista, que hace del hiperrealismo una forma sublimada de irrealidad; no podemos soportar, en cambio, la violencia catártica que estimula nuestro horror y nuestra piedad, que nos hace partícipes de un sufrimiento sobrehumano y nos ayuda a entender en toda su magnitud un sacrificio que remueve nuestra capacidad de comprensión”.

Frente a este planteamiento, algunas voces críticas reclaman una visión de Cristo no tan radical, menos sufriente y más conciliadora, identificando esos adjetivos como un despojamiento de los perfiles conflictivos de Jesús. No es nueva esta pretensión; la cruz fue un escándalo tanto en tiempos de los primeros cristianos como ahora.

Por otra parte, Gibson ha querido trascender esa brutalidad con una visión profundamente espiritual de los hechos que describe. “Realmente –ha dicho–, quería expresar la magnitud del sacrificio, al mismo tiempo que su horror. Pero también quería una película que tuviera momentos de verdadero lirismo y belleza, y un permanente sentimiento de amor porque, a fin de cuentas, es una historia de fe, esperanza y amor”.

Salvador Cervera, “La depresión, entre el malestar y la enfermedad”, Zenit, 23.XI.03

Síntesis de la intervención pronunciada por el profesor Salvador Cervera Enguix, profesor de psiquiatría en la Facultad de Medicina de la Universidad de Navarra, en la XVIII Conferencia Internacional sobre «La depresión», convocada por el Consejo Pontificio para la Pastoral de la Salud del 13 al 14 de noviembre.

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Jaime Nubiola, “La marea negra de la pornografía”, Aceprensa, 11.IX.03

La pornografía es uno de esos temas de los que se habla poco, pero influye mucho. En la sociedad occidental solo se considera verdaderamente reprobable la denominada “pornografía infantil”, y, a juzgar por las reacciones que suscita cualquier intento de contener otras modalidades, hay más adicción de la que parece. También la “pornografía de lujo”, que pretende ser aceptada bajo el término de “erotismo”, se abre paso en los medios de comunicación, la publicidad o las modas. Por eso es interesante clarificar términos y deslindar campos, como lo hace el filósofo Jaime Nubiola en este texto, síntesis de una conferencia. Continúa leyendo Jaime Nubiola, “La marea negra de la pornografía”, Aceprensa, 11.IX.03

Reseña de la Colección “Mundo y cristianismo”

Mundo y Cristianismo son realidades complementarias llamadas a entenderse plenamente, pues tienen un mismo Autor: Dios. Esta nueva colección de la Editorial Palabra ofrece libros que ayudan a vivir gozosamente como cristiano y como ciudadano del mundo. Continúa leyendo Reseña de la Colección “Mundo y cristianismo”

Julián Marías, “Males presentes”, ABC, 31.X.02

HACE cosa de veinte años dije que tres males amenazadores del mundo actual, en especial de Occidente -el terrorismo organizado, la difusión universal de la droga y la aceptación social del aborto-, se habían constituido y consolidado en la decena de los años sesenta.

Ciertamente eran mucho más antiguos, no se inventaron entonces, pero hasta esas fechas habían tenido carácter esporádico, individual y carecían de vigencia social. Ahora parece notorio que esas amenazas se han cumplido con creces. El terrorismo, lejos de ser una serie de actos aislados y casi siempre anormales, ha alcanzado una organización, un desarrollo y una riqueza de recursos que lo convierte en algo nuevo y extremadamente peligroso. Mientras el número de personas que se drogaban en el mundo se podía calcular en algunos centenares de miles, esas cifras podrían ahora trasladarse a cualquier gran ciudad de cualquier parte. Finalmente el aterrador descenso de nacimientos en Europa, la esterilidad que ha sido inseparable de las decadencias a lo largo de un par de milenios de historia, hacen que ese hecho aparentemente estadístico sea una alteración profundísima de la manera de vivir.

En los últimos años se han multiplicado las actividades terroristas de uno u otro signo en proporción incomparable con el pasado reciente. Se dispone de inmensos recursos económicos, de perfecta organización, de técnicas de proselitismo, con una extraña propensión a la imitación y el contagio. Este hecho enorme no es homogéneo, hay evidente predominio de ciertos caracteres y vinculaciones; pero sería peligroso generalizar apresuradamente y establecer filiaciones que, aun existentes, reclaman matices y distinciones que eviten el error apresurado.

La variedad más frecuente hoy consiste en el secuestro de amplias multitudes de personas inofensivas, y que no tienen que ver con ningún tipo de beligerancia, por bandas eficacísimas de terroristas provistos de todos los recursos necesarios y con una extraña propensión a las actitudes suicidas. Este último rasgo, tan sorprendente como frecuente, se venía dando de manera individual, por parte de personas que sacrificaban su vida con tal de conseguir una mortandad indiscriminada. Este fenómeno de difícil comprensión, pero cuyos motivos habría que indagar con rigor, se ha hecho colectivo y afecta a grandes grupos que hasta hace muy poco no existían.

Hay un fondo patológico en todo esto, que se manifiesta en el hecho de lo que he llamado imitación o contagio: cuando se cometen dos o tres actos de estos caracteres, se puede predecir que se van a multiplicar en los meses siguientes. Podríamos decir que se convierten en siniestras «modas», a las que se apuntan fríamente grupos inesperados y de los que se ignoraba hasta la existencia.

Habría que descender al fondo de las actitudes vitales, de las interpretaciones de lo que es la vida y la personalidad en diversos grupos o países, para averiguar qué se espera en cada caso o por qué se desespera. Un análisis riguroso de estos hechos criminales llevaría a descubrir secretos muy hondos de la manera de sentirse instalados los diversos tipos de hombres de nuestro tiempo. Una gran parte de las conductas que nos presenta cada día la información hubiera sido simplemente imposible desde los supuestos de lo que durante bastantes siglos ha sido normal en los pueblos occidentales. Durante siglos, la vigencia del cristianismo, aun en forma deficiente, residual y hasta hostil, eliminaba la mera posibilidad de actitudes que hoy se difunden de manera inverosímil. ¿Es simplemente una mengua de las creencias, un abandono de convicciones que parecían sólidas, una aproximación a modos radicalmente diferentes de entender la vida humana y sobre todo quién es el hombre? He tropezado hace algún tiempo con lo que he llamado «fragilidad de la evidencia»: el hecho de que, después de ver con claridad indubitable algo, la presión de las circunstancias, de lo que se dice y repite, hace que desaparezca la anterior claridad y se pierda lo que parecía conquistado y firme. En la vida cotidiana de nuestros países se observa el hecho frecuentísimo de que personas normalmente buenas, con principios de los que no reniegan, hacen cosas que no están bien, pero procuran convencerse de que lo están, sin seguridad, con una casi involuntaria confusión que les permite adherir a lo que en el fondo rechazan. Las relaciones personales, sexuales, matrimoniales, en los últimos decenios reflejan claramente lo que me parece difícil de entender si no se ha renunciado a la claridad.

Son conductas que se podrían llamar «crepusculares», indecisas, a medias tintas entre la luz y la tiniebla, en que «todos los gatos son pardos». En esa zona de penumbra viven innumerables personas que se quedarían sorprendidas si reflexionaran un momento sobre lo que es el contenido efectivo de sus vidas.

Nuestro tiempo suele contentarse con informarse de los hechos y, a lo sumo, cuantificarlos mediante estadísticas. Es dudosa la eficacia de estos métodos, desde luego son insuficientes. El hombre, aunque se obstine en negarlo o en hacer como que no se entera, es libre y por ello responsable, y tiene que justificarse por lo pronto ante sí mismo. Cuando no lo hace sabe que se está engañando, que está cerrando los ojos a lo que ve apenas los entreabre, para poder seguir sesteando en esa zona de penumbra en la que dimite de lo que lo es más propio, de su condición inexorable e intrínsecamente personal.

Hay que dar un paso más. Detrás de las noticias que nos llegan todos los días y de todas partes, hay que indagar cómo han llegado a ser posibles. Volvamos a ese decenio de los años sesenta. Allí se puede descubrir el origen profundo de lo que hoy constituye el aspecto más notorio de la vida cotidiana en los países de Occidente y en aquellos que son consecuencia más o menos inmediata de su técnica, de su influjo y de su irradiación. Solo esto nos permitiría acabar de comprender lo que parece simplemente en buena medida incomprensible.

JULIÁN MARÍAS, de la Real Academia Española

Aceprensa, “Los países de la UE se plantean erradicar la prostitución callejera”, 31.X.02

Unos se inclinan por la regulación, mientras prosperan las mafias dedicadas a la explotación sexual.

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Andrés Ollero, “Religiones y solidaridad”, El Grado, 20.IV.02

Conferencia pronunciada en las III Jornadas del Voluntariado, promovidas por la ONG Cooperación Social en El Grado (Huesca, España).

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Mary Ann Glendon, “La fe, sin rebajas”, 23.I.03

Mary Ann Glendon, nombrada doctor honoris causa por la Universidad de Navarra, propuso en su discurso un mayor arrojo de los católicos para defender en la sociedad los valores cristianos. Para ello, es necesario conocer la propia ‘tradición intelectual’.

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Almudena Ortiz, “New Age, una respuesta equivocada a crisis cultural”, PUP, 5.II.03

Varios Consejos Pontificios publicaron ayer el documento “Jesucristo, portador de agua viva. Una reflexión cristiana sobre la “New Age””, donde advierten que este movimiento pseudoreligioso es una “respuesta equivocada” a la crisis cultural y piden a los cristianos discernir sus prácticas más populares.

El texto, elaborado por el Pontificio Consejo para la Cultura y por el Pontificio Consejo para el Diálogo Interreligioso, plantea en nueve capítulos una reflexión desde la fe, señala un diagnóstico sobre la “espiritualidad de la New Age” y luego da una respuesta desde la fe a este fenómeno.

RETO URGENTE En la presentación El Cardenal Poupard advirtió que “el fenómeno de la New Age, junto a tantos otros nuevos movimientos religiosos, es uno de los retos más urgentes para la fe cristiana. Se trata de un reto religioso y al mismo tiempo de un reto cultural: la New Age propone teorías y doctrinas sobre Dios, sobre el ser humano y el mundo, incompatibles con la fe cristiana”.

“La New Age es a la vez el síntoma de una cultura en crisis profunda y una respuesta equivocada a esta situación de crisis cultural: a sus inquietudes y preguntas, a sus aspiraciones y esperanzas”, advirtió.

Asimismo, señaló que “hoy la cultura occidental seguida por otras muchas culturas, ha pasado de un sentido de la presencia de Dios casi instintivo a lo que se llama a menudo una visión más “científica” de la realidad”. Para ello hay numerosas razones, entre ellas el paso de las formas tradicionales de religión a expresiones más personales e individuales de lo que se llama “espiritualidad””.

“La convicción creciente de que existe una determinada verdad de fondo, un núcleo de identidad en el corazón de toda experiencia religiosa ha llevado a la idea de que uno pueda y deba apropiarse de los elementos característicos de las diversas religiones para llegar a una forma universal de religión”, observó el Purpurado.

En este sentido, reiteró lo que afirma el primer capítulo del texto: “El documento guía a aquellos que se dedican a la pastoral en la comprensión y en la respuesta a la espiritualidad de la New Age, tanto explicando los puntos en que esta espiritualidad entra en contraste con la fe católica como rechazando las posiciones expuestas por los pensadores de la New Age en oposición a la fe cristiana”.

SABER DISCERNIR Mons. Fitzgerald afirmó que el documento reconoce un “verdadero sentido religioso en las personas influidas por la New Age”, pero subrayó al mismo tiempo que “es necesario llevar a cabo una distinción cuando se habla de diálogo”.

“Una forma de diálogo es el que se efectúa con los que adhieren a religiones constituidas y comprende el encuentro y la comprensión recíproca, la colaboración en favor de la paz y el desarrollo, el intercambio sobre valores espirituales comunes. Otra forma consiste en acompañar al individuo en su búsqueda”, aclaró.

El interés por la corriente New Age, según el Vaticano, responde a una búsqueda de espiritualidad y tiene elementos correctos; pero, como acercamiento a lo divino, «es la respuesta errónea a una situación de crisis cultural». Se trata de «una falsa utopía, una respuesta engañosa a la esperanza más antigua del hombre, la esperanza de una Nueva Era de paz y armonía», advierte en un documento. Al mismo tiempo, señala que las cautelas frente al esoterismo, el neopaganismo o la brujería no deben caer en la exageración, como algunas condenas a Harry Potter.

Uno de los autores del documento, el sacerdote Peter Fleetwood, precisó que «una cosa es la brujería y otra la fantasía. Todos hemos crecido en un mundo de magos y de hadas que no es anticristiano, sino que ayuda a los niños a entender el conflicto entre el bien y el mal». Según la doctora Teresa Osorio Gonçalves, coautora del texto, «las condenas a los libros de Rawlings o de Tolkien vienen de fundamentalistas protestantes americanos. Pero cuando un niño vive en un ambiente sano, estas obras no plantean problema alguno».

Juan Luis Lorda, “La desinformación religiosa”, Ecclesia, 29.I.00

El jubileo del año 2000 vino acompañado de muchas cosas buenas y algunas malas. No todo en el monte puede ser orégano. Entre los males crónicos que padecemos, está el de la desinformación religiosa, que es muy persistente en nuestro país, y que, a base de repetirse, ha conseguido imprimir en las conciencias imágenes muy negativas de la Iglesia y algunos sonoros prejuicios sobre el mensaje cristiano.

Al aumentar el cúmulo de noticias con ocasión del jubileo, se activaron los resortes y pudimos asistir, durante semanas, a una especie de tiro al plato, donde se mostraron los tics que tiene cada medio. Me parece útil poner algunos de relieve. Pero sin adoptar una actitud beligerante, porque no va con lo que tiene que ser la evangelización, cuyo signo principal es la caridad. La caridad exige una opción por la inocencia (es mejor pasarse por bienintencionados), y por la indefensión que supone perdonar (el heroísmo de ceder en lo propio y esperar la conversión ajena). Con todo, el Señor nos ha dado la inteligencia también para que pensemos y ofrezcamos una justa resistencia al daño injusto.

El nuestro es un país con un movimiento intelectual discreto. Aunque ha crecido levemente en los últimos años, el panorama oficioso del pensamiento y del ensayo se resume y se consume en dos o tres figuras, que ya han dicho lo que tenían que decir, y en una o dos que están empezando a decir algo. Aparte del debate político, que no es particularmente atractivo, los editoriales de la prensa se dedican al comentario ocurrente de anécdotas circunstanciales. No hay grandes temas, y los religiosos son frecuentemente maltratados por una desinformación, que raramente ofrece un diálogo inteligente o enriquecedor. Si no fuera por el poder que tiene para conformar la opinión pública, no merecería atención.

Sin necesidad de grandes análisis, es patente que la desinformación religiosa en la prensa española se puede encuadrar en dos tipos de medios. De un lado, la prensa de cuño ilustrado; de otro, la de aire libertario. Al describir los dos tipos, destacaré algunos rasgos. Y se me permitirá que los trate con cierto desenfado. Es por dar amenidad al texto. Y también para no convertir el tema, que, en el fondo, es bastante doloroso, en un alegato.

La prensa libertaria Empezaremos por el segundo tipo, que es más elemental. La prensa de aire libertario se caracteriza, sobre todo, por ser frívola. Carece de proyecto intelectual, fuera de una genérica opción por la libertad de costumbres. Todo lo demás no parece importarle gran cosa. Le gustan los tonos sensacionalistas y no se toma en serio más que a sí misma. Cree estar en la cresta de la ola y, asumiendo una tradición surrealista bastante demodée, piensa que hacer cultura consiste en sorprender con alguna que otra “transgresión” (a estas alturas). Se considera al margen de la cultura cristiana y procura marcar las distancias, cuando hay ocasión, con alguna salida de tono. Tiende a ridiculizar lo religioso, y se regocija cuando las circunstancias le ofrecen algún pequeño escándalo sexual o financiero. También rastrea todo lo escabroso que se puede recuperar de la historia. Pero lo hace con la intención de llenar los dominicales y entretener al lector. No busca el lado más anticlerical, sino el más morboso.

No tiene posicionamientos ideológicos claros, sino más bien vitales, y se le nota un aire posmoderno, de estar de vuelta. Por eso, el tratamiento de lo religioso tiende a ser errático. No le importa recoger manifestaciones religiosas auténticas, siempre que sean curiosas y entretenidas. Y muestra un cierto escrúpulo de conciencia cuando trata, generalmente bien, las realizaciones sociales de la Iglesia. También suelen caerle simpáticos los personajes en distancia corta, en entrevistas, etc. En cambio, muestra recelos instintivos hacia la institución tomada en general (la Iglesia, la autoridad, la curia romana, la conferencia epicopal, el Magisterio). Y tiene un tic agudo que lo caracteriza, que es la hipersensibilidad hacia la moral sexual católica. Aquí sí que no dejan pasar una y la respuesta suele ser airada.

El tema de la homosexualidad, en particular, es el callo que no se puede rozar. Y, a falta de otros, actúa como insignia del carácter libertario. Las cuestiones ecológicas o el reiterativo discurso en favor del relativismo total (ideológico, cultural, religioso, científico…), puede servir para ponerse algo de color en la camiseta, pero el tema sensible -a juzgar por las reacciones- es el otro. En círculos concéntricos la hipersensibilidad se extiende hacia toda la doctrina de la Iglesia sobre la familia, la bioética y la paternidad o maternidad. Aunque el panorama demográfico en España pide a gritos una acción responsable en este terreno, esta prensa no tolera bien la institución familiar, con sus niños gritones, sus hogares acogedores, sus cumpleaños felices, sus sonrisas tiernas y sus cándidos belenes. Y se le escapan pellizcos y puyas no siempre inocentes. Gide dijo en una ocasión “familias, os odio”. Pues lo mismo, pero en menos. Los encantos de la “familia feliz” y el “hogar, dulce hogar” les ponen a cien. Debe de ser un tic de solteros.

Les gusta coquetear con el mundo de la droga, siempre tratado con cariñosa indulgencia, aunque los datos clínicos obligen en esto a un inevitable realismo y moderación. Lo libertario, como las borracheras, trae siempre a cuestas el problema de la resaca, cuando uno se tropieza con el dolor de cabeza, y, al cabo de unos años, con la cirrosis. Como vivimos en un mundo real, los actos libres (la droga, el sexo, el desenfado, el escapismo y la vida misma) tienen efectos reales, muchas veces no deseados. Es bonito jugar a vivir liberado, pero, en algún momento, hay que fregar los platos que se han manchado y recoger los trozos de los que se han roto. De esto no tiene culpa el cristianismo. Son las leyes de la realidad. Y a la Iglesia le toca el feo o hermoso papel -según se mire- de recordar las leyes que creemos reveladas por el Creador. Y molesta. Por muy suave que se quiera decir, la Palabra de Dios se recibe en este contexto como una bofetada moral. En esto se resume todo.

La prensa de corte ilustrado La otra prensa -de corte ilustrado- presenta una fisonomía muy distinta. En primer lugar, se considera seria, y tiene una alta opinión de sí misma y de su papel en la sociedad moderna. Arroja sobre sus hombros la tarea de ser el faro y guía intelectual del progreso. Se considera la conciencia laica del país y, desde que la izquierda se decolora (perdiendo el rojo), sostiene los ideales de la Ilustración francesa. Esto le da el tono dignamente aburrido de los viejos tribunales de justicia, llenos de estatuas a la libertad y el progreso. Celebra con religiosa unción las efemérides ilustradas y mantiene el culto sagrado de lo público. Esta repetición de clichés le producen un hieratismo un tanto cómico. Y quizá por el peso de la propia tradición izquierdista, no acaba de encontrar la postura para integrar los nuevos aires liberales que, por las leyes de la simetría ideológica (casi tan certeras como las de la óptica), le correspondería adoptar.

Mientras en la prensa libertaria, podría hablarse de una desinformación errática, aquí se trata de una desinformación sistemática. Para esta prensa, la cuestión religiosa no es una más, sino que es un punto sensible de su proyecto cultural, y casi el único que le queda claro después de diez años de derivas, distanciamientos y decoloraciones apresuradas. Remontándose a los puntos de partida de su tradición ideológica, asume que el mayor mal de la historia ha sido el oscurantismo religioso. En consecuencia, considera un deber y un alto honor combatirlo. Esto le da un horizonte y una tarea, además de disculparle veleidades de juventud. Defienden que progresar es lo mismo que perder la fe cristiana, aunque no saben bien qué parte, porque no se hacen idea de la hondura de sus propias raíces.

Es una cruzada en toda regla basada en una creencia: lo religioso y, sobre todo, lo católico es, por su propia naturaleza, contrario al progreso de la humanidad: es decir, al crecimiento de la ciencia y al despliegue de la libertad. Es un principio que los datos reales, quiéranlo o no, tienen siempre que confirmar. Y se trabajará para que así sea. El enfoque y las manifestaciones de la religiosidad católica han cambiado mucho en el último siglo. Pero cuando la miran no ven lo que hay, sino lo que debería haber de acuerdo con este principio.

Por eso, sacan constantemente del baúl de los recuerdos, los argumentos, ya apolillados, que seleccionó la tradición laicista y anticlerical francesa. Y, con ocasión y sin ella, entrando en el siglo XXI, te recuerdan las antiguas cruzadas, las guerras de religión, el juicio de Galileo o la actuación represiva de la inquisición, como si acabaran de suceder y no se hubiera hecho otra cosa en la historia. Que San Juan de la Cruz haya podido convivir con la Inquisición y que sea un testimonio cristiano mucho más auténtico, da lo mismo; puestos a mentar, lo que se mentará hasta el agotamiento, será la Inquisición, sin ninguna preocupación por los matices históricos. Son argumentos importados y apenas traducidos, ni siquiera tienen los tonos locales que cabría esperar. Por ejemplo, la Inquisición es una institución española y, con la enorme documentación que poseemos, podría dar lugar a ejemplos más sangrantes que Galileo, porque, en este país ojerizas ha habido siempre muchas. Pero no les interesa la historia. Prefieren los estereotipos. La única diferencia con otras naciones es que aquí, en general, no se usa la referencia a los horrores de la Conquista de América. Se ve que el público español todavía venera este asunto y le sabe malo que se lo sustraigan. Con estos argumentos, llevamos dos siglos y medio, y todavía se pueden leer en la prensa diaria, no menos que una vez por semana. Todo lo demás que la Iglesia haya hecho o esté haciendo ahora no importa en absoluto. La imagen viene dada por el baúl.

Siendo la religión católica tan nefasta, necesariamente hay que suponer intenciones torcidas en sus representantes, parezca lo que parezca. Es un segundo principio. Así, hay que explicar la actuación del Papa, de la curia romana, de los obispos y, aún de todos los clérigos, por el afán de conquistar poder y dinero. No se puede conceder que sean bienintencionados y que, en realidad, quieran el bien de la gente. Pueden ser obsesos o tontos, pero buenos no. Hay que representárselos, contra toda evidencia, como gente ávida de dinero y sedienta de poder. Y los demás, como ovejas ignorantes y crédulas. Esto se sugerirá siempre que se tercie. Lo han convertido en una cláusula de estilo. Podría parecer un chiste si no fuera porque no hay día en que no aparezca por escrito.

Infinitamente aburrido, porque el repertorio es terriblemente recurrente. En cuanto se sigue con atención su manera de dar las noticias religiosas, se notan todos los tics y se cazan todos los trucos de esta prensa.

No dejarán de reseñar en lugar destacado todo lo que resulte grotesco, lo que huela a superstición, lo que parezca anacrónico en las manifestaciones religiosas. Personajes estrafalarios, fiestas recónditas, prácticas ancestrales que han fosilizado en alguna esquina: todos y todas encontrarán sitio preferente y merecerán titulares. Además de destacar los escándalos financieros y sexuales de eclesiásticos, que, tal y como es la condición humana, inevitablemente salpican la vida de la Iglesia, a veces, menos de lo que cabría esperar. También encontrarán lugar, por supuesto, todos los opositores, los tránsfugas, y los problemáticos. Y toda persona a quien la autoridad eclesiástica recrimine algo, se convertirá, por eso mismo, en un héroe; y tendrá espacio a su disposición mientras se anime a discrepar y ser suficientemente ácido. Tampoco les importa abrir la mano a otras opciones religiosas, con tal que resulten alternativas a lo católico; pero sin pasarse, sin perder la compostura laicista.

Probablemente consideran de mal gusto dar relevancia a ningún intelectual cristiano del pasado o del presente. La tesis de partida es que lo cristiano tiene que ser contrario a la ciencia y el saber, de manera que, por definición, no puede existir ni pensamiento cristiano ni pensadores cristianos. Así es que o se ignora completamente el pensamiento o al pensador o, si se le menciona, se omite que es cristiano. Son del dominio público algunas clamorosas y persistentes omisiones. Claro es que, al destacar héroes y levantar pedestales, han que andarse con tiento. Por una ironía del destino, el principal ilustrado español, Jovellanos, recientemente recordado en el discurso de entrada a la Academia de un eminente periodista, era un hombre de Misa casi diaria, como deja constancia en sus diarios. Jovellanos podría ser el modelo local y razonable para reconciliar ilustración y fe. Pero cuando lo recuerdan, suelen olvidar la otra mitad y lo dejan como el vizconde demediado de Calvino.

Y cuando no queda otro remedio que dar la noticia, cuando lo religioso mismo es noticia, se buscará el ángulo que menos le favorezca. Entonces empieza la elaboración y el cocinado del material. Todo un arte. Primero se reduce el mensaje al mínimo. Después, se piensa el modo de mentar los móviles torcidos (el poder y el dinero) y de recordar el pasado descalificador (la inquisición). Se da voz a los que piensan lo contrario. Se recogen todos los detalles peregrinos, absurdos o antipáticos. Y se escogen las fotos más grotescas. Si se toma uno la molestia de recorrer cómo ha tratado esta prensa los viajes del Papa, comprobará que, con la sola excepción de Cuba -donde no supo situarse- y con una insoportable monotonía, el procedimiento ha sido siempre el mismo: acusaciones de protagonismo y de gastos excesivos; recuerdo sesgado de las circunstancias históricas más dolorosas; amplia atención a voces descontentas; recopilación de detalles chuscos; y selección de fotos peregrinas. Un alarde de manipulación de materiales. Todo, menos dejar sitio al mensaje y a la intención religiosa. Esto, por decoro, no se lo harían al Presidente del gobierno, pero, sin decoro, se lo hacen al Papa.

Por escoger otro ejemplo más cercano. El el 26 de diciembre pasado, uno de los principales medios de este país, recogía la noticia de la inauguración del jubileo del año 2000, en la noche de Navidad. La noticia era inevitable, pero pasó por la cocina. Tras poner en primera página una rara foto del Papa de espaldas y arrodillado, dedicó al asunto dos artículos en la sección de religión. El primero hablaba del jubileo como un montaje televisivo. Y el otro, de lo que costaban los coches del Vaticano, remontándose a los Mercedes que usaba Pío XII. Del mensaje y del significado del jubileo, de la renovación espiritual, de las opiniones del Papa, de los 2000 años de Jesucristo, apenas una furtiva línea; todo lo demás, adobo. Muestra representativa del taller y pequeña joya del arte de la desinformación religiosa. Habría que pensar en un museo para reunir la colección.

Conclusión Así estamos. No es muy alentador, pero así estamos. Un proyectil tras otro, con un bombardeo insistente y monótono que recuerda las trincheras de Verdún. Y fuego a discrección cuando se acerca algún acontecimiento, como ha sucedido con ocasión del milenio. Pero no podemos acostumbrarnos. Por un lado, no se debe permitir que este bombardeo penetre en las conciencias y, a base de no reaccionar, solidifique creando un estado de opinión. Pues el que calla otorga. Por otro, tampoco se puede reaccionar de cualquier modo, porque somos cristianos.

No se trata de plantear una batalla entre los buenos y los malos. Porque tal distinción es imposible hasta el final de los tiempos, y la hará, como quiera, nuestro Señor Jesucristo. Mientras, en lo que nos toca ver y podemos juzgar, ni los buenos son tan buenos ni los malos tan malos. Los eclesiásticos y, en general, todos los cristianos tenemos que vivir en la incómoda situación de ser portadores de un mensaje maravilloso que nos excede. Es lógico que los que no son o no quieren ser cristianos perciban el efecto grotesco. Es la base inevitable de la mofa anticlerical. No vamos a decir que estamos a la altura de los ideales que proclamamos. Y no vamos a hacer como si lo estuviésemos. Sólo los vemos realizados – y aún no plenamente- en los santos. Esta paradoja en la que vivimos es una invitación a la sinceridad, a la autenticidad, y, antes que nada, a la humildad.

Tampoco vamos a decir que todos nuestros antecesores eran santos, que reflejaron bien el mensaje de Cristo y que no habido malentendidos dolorosos. El fin del milenio ha sido ocasión de reconocer culpas pasadas. Pero el inicio del nuevo es la ocasión de relanzar la evangelización. No podemos renunciar a difundir el mensaje de Jesucristo, que es luz que ilumina y sal que da sabor a la vida. Y no debemos permitir que lo desvirtúen injustamente a fuerza de frivolidad o de maniobras intelectuales. Al inicio del tercer milenio, tenemos la responsabilidad de vivirlo y darlo a conocer a nuestros contemporáneos. Primero, con nuestro testimonio, humilde y sincero; también con nuestra palabra, igualmente humilde y sincera. Entre otras cosas, hay que buscar el modo de parar este absurdo cañoneo, que nos tiene como agazapados y que da lugar a una situación tan surrealista en la vida intelectual española. Tenemos un milenio por delante para encarar el problema. Quizá hay que montar el museo; y pedir más honestidad con Dios y con los hombres. La tela que venden es, en mucha parte falsa, y los que se visten con ella quedan, en mucha parte, desnudos. Hay que decirlo por amor a la verdad.

Amando de Miguel, “La religión en la escuela”, La Razón, 27.VI.03

Llevo muchos años de experiencia docente en la Universidad. Cada vez me resulta más difícil que los alumnos entiendan las alusiones a ideas que proceden de la Biblia o de la tradición cristiana. Por ejemplo, tengo que explicar el hecho social de la envidia. Resulta imprescindible la referencia a Caín y Abel, pero esos dos personajes son perfectamente desconocidos para mis alumnos y cada vez más. ¿Cómo van a entender la magistral novela de Unamuno sobre Caín? (Abel Sánchez). Si aludo a la «ética del trabajo», es inútil hablar de la revolución que supuso la vida monástica medieval o la influencia de Calvino. La conclusión es tan evidente como desmayada. Las últimas promociones de alumnos no tienen una idea clara de la Religión como hecho cultural. Ante esa circunstancia, resulta tan vergonzosa como necesaria la reciente propuesta de volver a introducir la Religión en el plan de estudios de la enseñanza obligatoria. Aciaga decisión fue en su día sustituirla por ratos de ocio escolar. En la televisión entrevistaban el otro día a un mozalbete sobre esta cuestión de la nueva asignatura. El zangolotino sostenía que «ahora, con la clase de Religión, ya no vamos a tener tiempo para relajarnos». Espero que al chico no le dé por estudiar Sociología.

Una consecuencia más grave de la ausencia que señalo es que nuestros funcionarios internacionales argumentan que la Constitución europea debe basarse en la «laicidad». Es decir, que ese documento alude a los orígenes culturales de Europa -Grecia, Roma y la Ilustración- saltándose bonitamente el Cristianismo. Qué disparate. No pensarán que yo vaya a votar un texto tan nesciente. En todo caso, la «laicidad» de la cultura europea es una derivación más del Cristianismo. La teoría de «las dos espadas» del papa Gelasio es un portento de civilización que solo el cristianismo supo avanzar. Ni las religiones orientales ni el Islam llegaron a esa estupenda dicotomía entre el poder espiritual y el político.

Otra profunda peculiaridad del Cristianismo es el principio de que uno se salva si contribuye a la salvación de otros. Gracias a ese espíritu la cultura europea ha gozado de ese formidable ímpetu descubridor, transformador, que no tuvieron otras civilizaciones o imperios. Pues bien, lo dicho son solo ejemplos mínimos de lo que habría que estudiar en la asignatura de Religión, necesariamente obligatoria. Por lo menos nos serviría para que los futuros funcionarios (nacionales o internacionales) no fueran tan analfabetos.

Asunto menor es que la Religión sea una asignatura apologética o simplemente histórica. Lo lógico es que se explique desde el punto de vista católico, pues budistas aquí no hay muchos. Pero en el mundo en que estamos ya no se piensa en intolerancias o exclusivismos. Cabe sólo un resto de intolerancia, la de quienes se oponen a que los chicos estudien Religión en nombre de la santa «laicidad». Más bien tontería progresista me parece a mí.

Miguel Aranguren, “¿Qué hubiese sido de mi vida sin formación religiosa?”, PUP, 3.VII.03

¿Qué hubiese sido de mi vida sin formación religiosa? ¿Qué hubiese sido si se me hubiera ofrecido como una asignatura voluntaria y no evaluable? ¿Qué, incluso, si en vez de profundizar sobre las verdades de la religión católica, con exámenes, aprobados y suspensos, hubieran sustituido aquellos buenos profesores por otros que me explicaran una teoría general sobre el fenómeno religioso, sin descender a las profundidades del cristianismo que profesaron mis padres? Pues que no sería lo que soy. Sin embargo, no dudo que a falta de matemáticas bien me las hubiese compuesto para manejar mis modestos caudales. Y sin inglés, tampoco esta vida de talante anglosajón hubiese podido conmigo. Mas sin conocer los artículos del Credo, la historia de la Redención, la existencia del bien y del pecado, los misterios insoldables de Dios y su misericordia, la moral natural, los Mandamientos, las virtudes, los sacramentos y las obras de misericordia…, a mi vida le faltaría un resorte fundamental, mas allá de que viva comprometido con los postulados de la fe o los ignore.

Hay quien justifica la obligatoriedad de la asignatura con el cumplimiento de los acuerdos Iglesia-Estado. Me parece correcto, pero insuficiente. Otros dicen que sin conocimiento del hecho religioso, ningún estudiante puede comprender el legado artístico y cultural de nuestros antepasados. Es cierto, aunque para solventarlo bastaría enriquecer el temario de alguna asignatura civil con unas pinceladas sobre ritos y manifestaciones cristianas. La formación religiosa no tiene nada que ver con esas cuitas más o menos temporales, pues radica en una visión del hombre que no puede alcanzarse a través de ninguna otra disciplina, ni siquiera la filosófica.

Desde tiempos de la ilustración, los anticlericales manejan en España el ámbito de las ideas. Después de Mendizábal, de las sucesivas expulsiones de los jesuitas y de achacar a la Iglesia todos los desmanes del franquismo, llegada la era de la electrónica, siguen adivinando demonios bajo las sotanas. Alegan que no puede permitirse que el aula se convierta en una catequesis sin dañar gravemente los principios democráticos, aunque lo democrático debería ser aceptar que los padres soliciten para sus hijos educación en la religión que creen oportuna, sobre todo cuando se trata de un derecho fundamental. En su fariseísmo, también se llevan las manos a la cabeza porque la asignatura de Religión sea tan evaluable como las demás. A fin de cuentas, ¿qué es más importante para nuestros hijos: que aprendan a relacionarse con Dios o que identifiquen en una frase el complemento directo y el circunstancial? Prefiero que, a la vez que cacarean un temario que en breve pasará al cajón del olvido, consigan respuestas para los grandes interrogantes de la vida.

Me produce cierto desasosiego la generación de escolares a la que han privado del derecho a aprender a interrogar su conciencia, a rezar. Esos muchachos criados en el laicismo –a quienes han utilizado como refriega contra los años de nacional catolicismo- tendrán menos agarraderos para ser felices, lo único importante que pueden enseñarte durante doce años de colegio.

José Ramón Ayllón, “Religión en las aulas”, PUP, 8.VII.03

He sido profesor de religión católica muchos años. En esas clases y en esos años, el profesor y sus alumnos han aprendido mucho más que religión. Han podido comprobar, por ejemplo, que solo desde el cristianismo es posible entender a Lutero y a Erasmo, a Miguel Ángel y a Bernini, a Felipe II y a Enrique VIII, a Dante y a Jorge Manrique, a Lope de Vega y a Quevedo. Gracias a la asignatura de religión han entendido aspectos fundamentales de la historia de Europa: una larga historia que pasa por el Camino de Santiago, por las catedrales románicas y góticas, por la pintura barroca, por el Réquiem de Mozart, la Pasión de Bach y el Mesías de Haendel, y también por la fundación episcopal o papal de las universidades.

Lo más importante, sin embargo, tal vez no sea lo que el profesor y sus alumnos han aprendido en clase. Se diría que la religión tiene un efecto saludable sobre la personalidad de quienes la estudian. En realidad, no podría ser de otro modo. Porque Jesucristo, el más atractivo y exigente de los modelos que registra la historia humana, contagia generosidad y compasión, comprensión y amor, justicia y responsabilidad, limpieza de pensamiento y de vida, sentido de la vida y de la muerte, alegría y esperanza inquebrantable.

Ya sé que el cristianismo no es una ética, pero la revolución religiosa que origina tiene, como gran efecto secundario, una extraordinaria revolución ética. Y esa nueva interpretación de la condición humana, unida al orden jurídico romano y al orden mental griego, da lugar a la civilización occidental. Jesucristo llama bienaventurados a los pobres de espíritu, que se saben nada delante de Dios. A los mansos, que no se dejan arrastrar por la ira y el odio. A los que lloran los pecados propios y ajenos. A los que tienen hambre y sed de justicia, y desean con todas sus fuerzas el triunfo del bien. A los que son compasivos y misericordiosos. A los de corazón limpio. A los que promueven la paz a su alrededor.

Así se resume la ética cristiana. Cristo la presenta en toda su exigencia y radicalidad, afirmando que exige hacerse violencia, pero señalando al mismo tiempo que vale la pena contarse entre los esforzados que lo intentan, sencillamente “porque ellos verán a Dios”. En la historia de la humanidad, las bienaventuranzas constituyen un cambio radical en las usuales valoraciones humanas, al poner los bienes del espíritu muy por encima de los bienes materiales. Sanos y enfermos, poderosos y débiles, ricos y pobres, torpes e inteligentes, todos son valorados por Dios al margen de esas circunstancias accidentales. Y eso tiene un enorme valor educativo, en medio de un mundo consagrado al pragmatismo del éxito.

Este profesor también piensa que la religión católica es profundamente razonable. Decía Pascal que el último paso de la razón es darse cuenta de que hay muchas cosas que la sobrepasan, y que precisamente por eso es razonable creer. Un hombre perdido en la montaña hace bien en pedir ayuda aunque no sepa si alguien puede oírle. Lo que está claro es que no conseguirá ser oído si no grita. Por eso, no es irracional en absoluto rogar a Dios en medio de un mar de dudas. Se ha dicho que nadie con un poco de sensatez se reiría del grito del escéptico: “Oh, Dios, si existes, salva mi alma, si tengo alma”. Aquí vemos que, además de su indudable valor cultural, la religión se diferencia de las demás asignaturas al ofrecernos este plus de sentido. Por eso, discutir su presencia en las aulas me parece tan pintoresco como discutir las matemáticas o la lengua.

José Manuel Lacasa, “La Religión, presente en los currículos de la UE”, Magisterio, 9.VII.03

En contra de lo que se viene afirmando en numerosas tertulias de más o menos desinformados, la asignatura de Religión está presente en casi toda la Unión Europea.

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Paul Johnson, “El albor de una nueva era”, El Mundo, 19.IX.01

¿Seremos testigos de un cambio dramático en el ánimo popular del mundo occidental? El siglo XX -el Siglo Americano, como se le ha llamado a menudo- ha sido la Era del Liberalismo. En los inicios de este siglo XXI el poder económico y la preponderancia militar de Estados Unidos son mayores que nunca. Pero yo siento que este cataclismo por el que está pasando el país va a traer como resultado un endurecimiento de las mentes y los corazones estadounidenses, cuya primera advertencia será la respuesta militar que se va a dar contra los enemigos de la nación. Y cuando Estados Unidos emprende algo, el resto del mundo le sigue.

¿Está a punto de convertirse este siglo XXI en la Era de la Reacción, en la que el reloj de los tiempos de nuevo se encamine firmemente hacia la severidad, la disciplina y la aplicación inexorable de la ley? (…) El vocabulario más apropiado para la respuesta estadounidense deberá venir marcado por expresiones tales como desquite y severidad, implacabilidad y justo castigo; es necesario aplicar las leyes, tanto nacionales como internacionales, con el máximo rigor e imponerlas a un mundo sin ley, aun a expensas de cualquier otra consideración.

Es mediodía y el sheriff ya se ha puesto su estrella y ha reclutado al pueblo entero para que le ayude a enfrentarse contra el Mal. Las consecuencias de todo esto se habrán de ver muy pronto en una legislación de emergencia -posiblemente con enmiendas a la Constitución- en cuantiosos gastos de dinero y de poder industrial, en la creación de nuevas fuerzas y armamento y en operaciones militares de gran envergadura y complejidad.

En este proceso, la necesidad urgente de seguridad tiene que echar el telón sobre un siglo de liberalismo y permisividad. Y no deben confinarse estos cambios de ánimo y dirección exclusivamente en la lucha contra el terrorismo.

Al igual que en el siglo XX las nociones liberales acabaron apoderándose de todos los ámbitos de nuestra sociedad -desde el sexo y los medios de comunicación hasta el crimen y su castigo, desde el matrimonio a la vida familiar y desde las relaciones entre padres e hijos a la sustitución de la tradicional noción del deber por los derechos universales- la reacción ahora frente a esos desacreditados valores se extenderá gradualmente, aunque con rapidez cada vez mayor, hasta alcanzar los últimos rincones de nuestras permisivas sociedades.

Esta reacción debe afectar, también, a asuntos tales como el divorcio, el aborto y la ilegitimidad, a la naturaleza de la educación, al comportamiento en las universidades, a la formación de la juventud, a la gestión de becas y, no como tema menor, al futuro de la religión y de los dictados fundamentales de la moralidad. De esta manera, nos encontraremos en un mundo nuevo y más severo, pero también más seguro y estable.

Muchos millones de personas, consternadas ante la forma en que la sociedad fue yendo a la deriva y degenerándose, vienen anhelando este tipo de cambios durante largo tiempo, desesperándose por lograrlos.

Pero los historiadores sabemos muy bien que un acontecimiento súbito y horrendo puede dar lugar a cambios fundamentales en la actitud general. Así, por ejemplo, la etapa del terror de la Revolución Francesa en 1790 conmocionó al mundo, produciendo como consecuencia un renacimiento religioso que culminó en una recuperación de valores que, a su vez, condujo a las certezas de la época victoriana.

El asalto terrorista contra Estados Unidos -y la respuesta que a continuación se producirá- puede suponer un acontecimiento de características muy similares y capaz, por tanto, de poner en marcha un retorno a la noción tradicional del Bien y del Mal.

Estos días, quizá, nos estemos situando en el umbral de una nueva era que alterará no sólo nuestras propias vidas sino, también, las de nuestros biznietos. Y si esto es así, quiero darle la bienvenida con toda mi inteligencia y todo mi corazón a este evento. Y usted también debería hacerlo.

Paul Johnson es historiador e intelectual británico, autor de “Los intelectuales”, “El nacimiento del mundo moderno”, “La Historia del siglo XX”, y “La búsqueda de Dios: una peregrinación personal”, entre otras obras.

Luis de Moya, “El valor del sufrimiento”, Capellanía de la Universidad de Navarra

1. Sufrimiento y dolor 2. Remedio del dolor humano 3. Amar al que sufre 4. Sentido del sufrimiento 5. Un misterio 6. Las crisis de fe 7. El dolor cristiano 8. Eucaristía y sufrimiento 9. El dolor y la esperanza Acompañando al Romano Pontífice en la meditación sobre Jesucristo mientras nos preparamos para el jubileo del año 2000, acabamos considerando que, aparte de muchas otras facetas que destacan con luz propia en la persona de Jesús de Nazaret, es imprescindible reflexionar sobre el sufrimiento de Cristo. Consideramos que su presencia permanente entre nosotros: con su Cuerpo y con su Sangre, es fruto de su sacrificio y por tanto de su sufrimiento. En el Calvario dio su vida con dolor en redención por los hombres y este mismo sacrificio se renueva sacramentalmente en nuestros altares de continuo (Cfr. Concilio Vaticano II. Sacrosanctum Concilium, 47; CEC, 1323).

1. Sufrimiento y dolor Sin proponérnoslo relacionamos el sufrimiento con el mal. Sin entrar por el momento en un análisis profundo, podemos decir que sufrimos porque algo está mal, quizá porque echamos de menos algún bien. De hecho el sufrimiento es probar el mal. Es la impresión de mal en la vida con sus consecuencias negativas. Pues, desde luego, el dolor, por así decir, en sí mismo -sin ser probado- no es ni siquiera posible.

El sufrimiento es lo que no queremos, de lo que nadie puede querer para sí mismo, porque de suyo es negativo para la vida pero que por alguna razón padecemos: es aquello contra lo cual yo, al menos de momento, nada puedo hacer. Algunas veces porque no quiero evitarlo, otras, porque me vale la pena sufrirlo, o, incluso, porque me interesa padecerlo. Se trata, por tanto, del dolor humano, es decir, en el hombre maduro; que es muy distinto del dolor, por ejemplo, animal. El animal únicamente siente dolor, algo le molesta y nada más. No se pregunta, lógicamente, por el sentido de su dolor. Por eso son sólo las personas las que sufren.

Siendo siempre desagradable el sufrimiento, repulsivo, es, sin embargo, variado: tristeza, congoja, ansiedad, angustia, temor, desesperación, dolor físico, etc. En cualquiera de los casos al sufrimiento siempre le acompaña una reacción de huída. Cuando sufrimos nos sentimos mal aunque propiamente el mal sólo afecte a cierto aspecto concreto de nuestro yo, ya sea del cuerpo o del espíritu. Incluso si aceptamos el dolor, por otra parte, deseamos que se pase; y hablamos de desesperación cuando no vemos el fin a un dolor.

Que el sufrimiento es personal también lo notamos en que de alguna forma se siente implicado todo el sujeto, cualquiera que sea la causa dolorosa. De hecho, la persona puede estar triste, angustiada o ansiosa o un dolor físico, pero también decimos que una mala noticia, por ejemplo, nos ha puesto de mal cuerpo. “En efecto, no se puede negar que los sufrimientos morales tienen también una parte «física» o somática, y que con frecuencia se reflejan en el estado general del organismo” (Salvifici Doloris, 6).

¿Pero, por qué hay sufrimiento? ¿No podría ser la vida sin dolor: sin enfermedad, sin violencias, sin desgracias, sin temoresÉ? ¿Por qué hay dolor -sufrimiento- en nuestra vida? Si la vida humana fuera sólo el proceso cambiante de unos elementos -los hombres- que se suceden en el tiempo, como ocurre con los animales y las plantas, el sufrimiento humano sería equivalente a la caída de las hojas en otoño, al agostarse de la hierba por el calor, a la huída del ratón por el acoso del gato o a la agonía de un pez en el anzuelo; algo sin más relevancia que el mal -si se puede hablar así- del momento, algo sin relevancia, intrascendente. El sucederse de las generaciones y la suerte de cada hombre podría compararse al correr incesante del agua por un torrente, cuyas gotas discurren con calma o golpean violentamente aquí y allá -gozan o sufren, podríamos pensar- mientras la corriente fluye. Es una interpretación materialista que no concuerda con la conciencia que solemos tener de la vida con sus momentos mejores y peores.

La Biblia responde, no sólo al por qué de esos momentos humanos y a su sentido; responde también al por qué del hombre mismo y -como decíamos- al origen y al fin de su dolor.

Dice el libro del Génesis -lo recordamos con cierto detalle- que el Señor Dios tomó al hombre y lo colocó en el jardín de Edén para que lo trabajara y lo guardara; y el Señor Dios impuso al hombre este mandamiento: -De todos los árboles del jardín podrás comer; pero del árbol del conocimiento del bien y del mal no comerás, porque el día que comas de él, morirás. (…) La mujer se fijó en que el árbol era bueno para comer, atractivo a la vista y que aquel árbol era apetecible para alcanzar sabiduría; tomó de su fruto, comió, y a su vez dio a su marido que también comió. Entonces se les abrieron los ojos y conocieron que estaban desnudos; entrelazaron hojas de higuera y se las ciñeron. Y cuando oyeron la voz del Señor Dios que se paseaba por el jardín a la hora de la brisa, el hombre y su mujer se ocultaron de la presencia del Señor Dios entre los árboles del jardín. El Señor Dios llamó al hombre y le dijo: -¿Dónde estás? Este contestó: -Oí tu voz en el jardín y tuve miedo porque estaba desnudo; por eso me oculté. Dios le preguntó: -¿Quién te ha indicado que estabas desnudo? ¿Acaso has comido del árbol del que te prohibí comer? El hombre contestó: -La mujer que me diste por compañera, ella me dio del árbol, y comí. Entonces el Señor Dios dijo a la mujer: -¿Qué es lo que has hecho? La mujer respondió: -La serpiente me engañó y comí. (…) A la mujer le dijo: -Multiplicaré los dolores de tus embarazos; con dolor darás a luz tus hijos; hacia tu marido tu instinto te empujará y él te dominará. Al hombre le dijo: -Por haber escuchado la voz de tu mujer y haber comido del árbol del que te prohibí comer: Maldita sea la tierra por tu causa. Con fatiga comerás de ella todos los días de tu vida. Te producirá espinas y zarzas, y comerás las plantas del campo. Con el sudor de tu frente comerás el pan, hasta que vuelvas a la tierra, pues de ella fuiste sacado, porque polvo eres y al polvo volverás (Gen 2, 15-17. 3, 6-13. 16-19).

Hemos recordado la escena del pecado original, tal y como en narra la Sagrada Escritura, para comprobar que el primer dolor en la vida del hombre, la primera contrariedad, lo atosiga a continuación de la desobediencia: porque han pecado; porque se han opuesto a su Creador; porque le han ofendido, en definitiva. La concupiscencia, el miedo, el dolor físico, el cansancio, y, por fin, la muerte, son consecuencia de la ofensa. El sufrimiento tiene caracter de pena: el día que comas de él, morirás (Gen 2, 17).

Aparte de esta explicación bíblica del dolor, la realidad que experimentamos es que el dolor es una cuestión de hecho. Si alguien no sufre ni ha sufrido nunca, no debe preocuparse, sólo tiene que esperar.

Un sabio y buen amigo me comentaba un día, acudiendo a una apología, que «todos debemos comernos un pollo en la vida: tú estás comiendo ahora la pechuga y los muslos del pollo -me decía-, prepárate para cuando te toquen las plumas y las patas». Se ve que, por entonces, vivía muy cómodamente: sólo hay que esperar… Precisamente por esto -porque el dolor es cosa de todos- es tan importante estar preparados, también intelectualmente: sabiendo mucho de sufrimiento, aunque de momento, casi sólo sea de teoría acerca del sufrimiento. Así nos disponemos para el momento de la práctica.

En cualquier caso, prevenir el sufrimiento y saber acerca de él, como el hecho de “estar sano”, requiere mucho trabajo. Hay personas que, por necesidad, obsesión o capricho, asumen esa tarea como un trabajo consciente, y cifran sus afanes en “estar en forma”, en cultivar el cuerpo y la psique, o alguna de sus cualidades: el bronceado, el músculo, la silueta, el corazón, la ausencia de colesterol en las arterias, de arrugas en la piel, etc. Es un tarea muchas veces ciertamente trabajosa, y casi siempre una forma más de sufrimiento. Un sufrimiento que se puede llevar muy bien, que se comprende, y que parece razonable aunque cueste, porque se suele apreciar pronto el fruto de ese trabajo. Por eso se trata de un sufrimiento que casi no lo es, pues la quintaesencia del sufrimiento es la falta de sentido en el dolor humano: sufre de verdad el que no sabe por qué. Esto sucede, por ejemplo, cuando el dolor es muy intenso y prolongado o sin esperanza de mejora y sin una visión trascendente de la propia existencia.

Parte de la cultura actualmente dominante incluye pensar que el hombre es capaz de casi todo o que lo será con el tiempo. Con esta mentalidad el dolor humano es inadmisible, si se considera como algo establecido e inseparable de nuestra condición. Estamos en una cultura en la que el sufrir tiene mala prensa, en la que dolor es hoy un dis-valor. Algo de verdad hay en ello, porque a lo que el hombre aspira es a la felicidad. Sólo que la felicidad no es lo mismo que el placer. La felicidad es amor y entrega. Con esa otra mentalidad, muy difundida, que identifica felicidad y placer, se tiende a evitar a toda costa lo molesto. Esa tendencia puede llegar a organizar la vida. El hombre, entonces, se hace débil, cada vez menos resistente al dolor. A alguien así el dolor le puede, pues la experiencia demuestra que el sufrimiento es imposible de erradicar.

“Combatir el dolor está justificado in casu, pero no in genere, por la razón decisiva de que los dolores concretos obedecen a causas contingentes y caen dentro del radio de accion de los medios humanos. Pero la raíz del dolor como tal es honda y está sustraida a la acción humana” (L. Polo. El sentido cristiano del dolor), ya que se relaciona con la comprensión de la vida como don y como ocasión de amar. Por eso “la extremada concentración en el puro evitar el sufrimiento, renunciando a cualquier interpretación, es la eutanasia… La eutanasia es la lógica consecuencia de una opinión particular sobre la vida. Cuando ya no se puede detener el sufrimiento, se acaba con la vida, pues una tal existencia no tiene sentido” (A. Polaino, Más allá del sufrimiento). El que por nada del mundo quiere sufrir, no puede vivir.

Con frecuencia, si se habla de dolor es sólo para quejarse o para intentar acabar con lo molesto a cualquier precio; se oculta el fracaso que es no lograr el objetivo buscado (algo normal de vez en cuando si no somos dioses) y se fomenta la ilusión en un mundo sin problemas, en el que viviríamos siempre triunfadores. La experiencia nos demuestra que todo es inútil: no hay, en este mundo, quien acabe con el sufrimiento y se logra el efecto contrario: “una actitud que incapacita para soportar el padecer y aumenta con ello el sufrimiento” (R. Spaemann. El Sentido del sufrimiento). Sufrir puede ser bueno y, como veremos, fuente de gozo. Sólo si se debe a un mal moral, al pecado, siempre es un sufrimiento negativo; el pecado, entendido como tal, siempre entristece.

2. Remedio del dolor humano Podemos plantearnos diversas formas de remediar nuestro dolor. Quizá pensamos ante todo en la ayuda y el consuelo que pueden ofrecer los demás, pero esto es la segunda parte. El primer remedio para el sufrimiento está en uno mismo, en el que sufre. “La enfermedad -por ejemplo- me es dada como una tarea; me encuentro con la responsabilidad de lo que voy a hacer con ella” (V. Frankl, El hombre doliente). Cualquier circunstancia humana es una oportunidad de bien y solemos admirar a los que muestran la virtud, sobre todo si es en situaciones adversas. Pero el dolor también es ocasión de desmoronamiento para los débiles y los cómodos.

En todo caso, el dolor es tal vez lo que más ayuda a reconocer nuestra condición de criatura y la verdad de nuestra limitación: requisitos imprescindibles para mejorar. Para ello basta sólo con intentarlo sinceramente, poniendo el esfuerzo oportuno y no creerse todopoderoso. Esta actitud parece decisiva para no llevarse chascos y no sufrir demasiado: las posibilidades de no lograr nuestros propósitos son incalculables, porque no somos dueños de todas las circunstancias que intervienen en un resultado final. El fuerte se queda tranquilo intentándolo sinceramente y dispuesto a soportar, en su caso, el dolor del fracaso.

Con mucha frecuencia tenemos grandes ideales pero son costosos, reclaman cierta dosis de sufrimiento. Hay que tener, entonces, un motivo verdaderamente ideal, una razón por la que me vale la pena pasar por “eso que no me apetece”: tener paciencia, poner más empeño, renunciar a los propios derechosÉ Esta actitud es lo que llamamos sacrificio. Mediante el sacrificio buscamos, sufriendo, algo superior. Por eso es cierto lo que decía Nietzsche -que a veces llevaba razón-: “cuando un hombre tiene un por qué vivir, soporta cualquier cómo” (Citado en V. Frankl, El hombre en busca de sentido). Es como decir que le vale la pena sufrir; porque, aunque el sufrimiento siempre cuesta, gracias a que soy capaz de sufrir, finalmente logro más de lo que pierdo. Es lo de todos los días: el sacrificio del estudiante por sus calificaciones, el del atleta que se entrena para mejorar su marca, el del enfermo que acepta el tratamiento por su salud, o el cristiano que quiere mejorar su amor a Dios y se propone para ello unos minutos diarios de oración.

La segunda parte del remedio para el dolor es la ayuda al que sufre. El sufrimiento se remedia con sufrimiento. Con un dolor lleno de sentido que es amor, y por eso parece que no duele; porque se atiende más al necesitado que a uno mismo. Lo propio se estima como secundario. Incluso es un dolor que se desea para que se remedie el dolor de otro. El sufrimiento ajeno es la ocasión por excelencia de amar: “el hombre debe sentirse llamado personalmente a testimoniar el amor en el sufrimiento. Las instituciones son muy importantes e indispensables; sin embargo ninguna institución puede de suyo, sustitruir el corazón humano, la compasión humana, el amor humano, la iniciativa humana, cuando se trata de salir al encuentro del sufrimiento ajeno. Esto se refiere a los sufrimientos físicos, pero vale todavía más si se trata de los múltiples sufrimientos morales, y cuando la que sufre es ante todo el alma” (SD, 29).

El Evangelio es la noticia de que la salvación de los hombres es ya una realidad por Jesucristo. El mal y el sufrimiento, consecuencia del pecado, pueden ser abolidos por la vida que nos trae el Señor. “En el programa mesiánico de Cristo, que es a la vez el programa del reino de Dios, el sufrimiento está presente en el mundo para provocar amor, para hacer nacer obras de amor al prójimo, para transformar toda la civilización humana en la «civilización del amor»” (SD, 30).

Esta visión es totalmente distinta -desde luego- a la del hombre materialista. Este, lo único que puede hacer ante el sufrimiento es poner sus medios -materiales- para prevenirlo y, en su caso, eliminarlo. Nada significa con esta mentalidad la actitud de haber encontrado su sentido.

Nada tiene que ver tampoco con el optimismo evangélico la resignada actitud estoica, según la cual conviene estar dispuesto a la adversidad para no sufrir desengaños, ya que el sufrimiento vendrá en todo caso y lo pasan peor los que contra él se rebelan.

Otros, de corte budista, piensan que todo está en anular la esperanza de felicidad, o que la felicidad propiamente consistiría en no tener deseos, para así acabar de raíz con la posibilidad del desengaño y de buena parte de los sufrimientos.

El hecho innegable es que hay sufrimiento y que parece conveniente mitigarlo en uno mismo y en los demás, siempre que hacerlo no vaya contra el propio hombre, contra la dignidad de su vida. Pero aceptando al hombre como hombre que sufre, que sufrirá necesariamente, es fácil reconocer que lo que debe soportar puede ser ocasión de virtud y de desarrollo personal, de ejemplo estimulante para los demás y, a veces, es una ayuda directa para otros.

3. Amar al que sufre Nuestra condición de seres inteligentes y sociales, y con capacidad de querer, nos impulsa casi espontaneamente a ayudar a los necesitados. Se tratará de una ayuda humana, que implica a las personas del que da y del que recibe en cuanto tales. No puede tratarse de una asistencia meramente técnica, como si fuéramos vehículos reparables, pues tampoco el que ayuda se limita a aplicar mecánicamente unas “rutinas” previstas. Entre personas el necesitado es una ocasión de amor.

Por esto no se tratará de agradar siempre, de hacer lo que el otro pide, ni de suprimir a toda costa el dolor, sino de ayudarle verdaderamente buscando su bien, algunas veces incluso produciéndole más dolor: “quien bien te quiere, te hará llorar”, hay que decir, con el refrán, y hacer no pocas veces. Y, en ocasiones, es necesario mantener el sufrimiento -quizá sólo temporalmente- como lo más conveniente para la persona.

Todo lo cual nos lleva a reconocer una vez más la hondura del problema del sufrimiento, que reclama ser resuelto en su misma raíz. Esto es, que ayudar al que sufre no es sólo resolver lo que le preocupa, que en ocasiones no tiene solución. Si es posible convendrá suprimir el dolor o al menos mitigarlo, pero en cualquier caso sólo resuelve el problema del sufrimiento quien enseña a sufrir, quien ayuda a descubrir el sentido valioso que tiene el dolor humano.

La eficacia técnica y el amor por la persona se reclaman mutuamente para ayudar al que sufre: “el buen médico ha sido siempre amigo del enfermo” (P. Laín Entralgo, La relación médico-enfermo. Cfr. del mismo autor, Antropología médica). El interés por la persona condiciona toda ulterior relación. Concretamente, entre el enfermo y el médico, asegurado el interés, “lo que se exige a este último en segundo lugar es el acto médico, es decir, la lucha contra la enfermedad: esta lucha tiene la forma de la acción de ayuda científica y técnicamente entrenada” (R. Yepes. Los límites del hombre: el dolor), sin que sea suficiente para una correcta atención una presunta buena voluntad carente por otra parte de la eficacia debida.

El que recibe ayuda es claro que está en inferioridad de condiciones y, en este sentido, muchas veces necesita ayudas a fondo perdido: a veces no podrá ni agradecer. Ofrece, diríamos, la ocasión de amar de verdad. Y no resulta difícil alabar al que se molesta por el que sufre, como si descubriera en el dolor ajeno un tesoro con el que enriquece de paso que procura calmarlo. Así decubrimos en el Buen Samaritano a un hombre de gran categoría, aunque perdiera en su acción su tiempo y su dinero, olvidándose de sus cosas por pensar en un desconocido que sufría.

Siendo el sufrimiento de otros una oportunidad para amar, es asimismo una ocasión de ser más grande en la vida. Se trata primero de compasión (padecer con) y luego de acción. Esta acción supone entrega de medios, de tiempo y hasta la entrega de uno mismo: planes, ideales, familia, futuro, inteligencia, voluntad, talento…

Lo malo de los demás, sea físico o moral, es para el cristiano, ante todo, ocasión de ayudar, de restablecer en el que sufre el orden querido por Dios amándole así.

4. Sentido del sufrimiento El dolor humano es una realidad innegable y además plena de sentido. Pero si el ideal de la vida presente se pone en una vida sin dolor, entonces es imposible entender el sentido. A veces se piensa que el sufrimiento debe por todos los medios evitarse y, si por desgracia sobreviene, sirve, por así decir, únicamente para suprimirlo. Es algo tan negativo para algunos que ni se plantean que pueda tener algún sentido.

El valor que afirmamos del sufrimiento lo afirmamos con Jesucristo que llamó bienaventurados a cuantos lo padecían por pobreza, por hambre, por persecución… (Cfr. Mt 5, 3-11). Más aún, siendo El mismo el Bienaventurado por antonomasia, nos salva sufriendo y nos anima lo mismo, a llevar su cruz (Cfr. Mt 16, 24), para seamos asimismo partícipes de su resurrección.

El que está dispuesto a padecer por vivir según Cristo tiene garantizado el consuelo sobreabundante para su dolor como parte de la vida a la que invita al hombre. Pero el que no está dispuesto a sufrir ni a llorar, como Dios manda, se quedará sin el consuelo divino. No ha de verse en la aflicción una gran desgracia si somos cristianos. Serían innumerables los argumentos revelados que nos animan a un optimismo inquebrantable, si nos decidimos por Dios a lo que cuesta: a la pobreza, al trabajo esforzado, al desprendimiento de los bienes materiales, a la generosidad. Como es sabido, los santos han hecho de la cruz, del dolor por Dios y los hombres, el ideal de su vida.

El dolor es lo ordinario, lo normal en una vida cristiana y como la antesala de la felicidad o, mejor, parte ya de la propia felicidad. Por eso es vital para el hijo de Dios no tener miedo al sufrimiento y no caer en la tentación de pensar se trata de evitarlo a toda costa. Quizá esa actitud caracteriza como pocas al hombre pagano. Para él no tiene sentido una vida de dolor. Pero la obsesión por no sufrir acaba de hecho con la propia vida. “La extremada concentración en el puro evitar el sufrimiento, renunciando a cualquier interpretación, es la eutanasia. Que hoy no se practique masivamente es algo que sólo debe agradecerse a que Hitler la utilizó: sus huellas han producido terror en todo este tiempo. La eutanasia es la lógica consecuencia de una opinión particular sobre la vida. Cuando ya no se puede detener el sufrimiento, se acaba con la vida, pues una tal existencia ya no tiene sentido; sólo interesa hacer de ella algo placentero. Cuando eso ya no sucede, lo más lógico es suprimirla” (R. Spaemann. El sentido del sufrimiento).

Con la eutanasia estaríamos, desde luego, en las antípodas del cristianismo. El miedo al dolor no es razón para casi nada. Es actuar así porque si no es peor, moverse por miedo. El miedo se convierte de esta forma en el motor de la vida: el hombre convertido en una bestia de arrastre que tira por miedo al palo. “Hay personas que viven acogotadas por el dolor, llenas de presentimientos desgraciados, que no se atreven a comprometerse o entusiasmarse con algo por temor al lote de dolor que a toda empresa o círculo humano corresponde. Otros, en cambio, necesitan defenderse del sufrimiento olvidándolo, rodeándose de una atmósfera rosa de la que estén ausentes la muerte y la miseria. Son los que se ponen nerviosos cuando se habla de desgracias, de la muerte inevitable, los que necesitan aturdirse con diversiones cuando la guerra es una amenaza cercana” (L. Polo. El sentido cristiano del dolor). Algunos necesitan forzar periódicamente la diversión, si no -incapaces de ver atractivo en el trabajo, en la amistad, en la generosidad…, en lo ordinario de cada día- la vida les resulta insípida cuando no amarga, porque no ven otro atractivo que la juerga.

Estar alegres es en todo caso necesrio, una cuestión de justicia. La alegría es virtud y como tal no falta en el buen cristiano. Su vida cristiana, basta con que sea normal -como la de tantos no famosos- para ser interesante. En esa vida corriente apreciamos la providencia amorosa del Creador que nos ha formado a su imagen y semejanza. Por eso los cristianos nos reconocemos superiores a las demás criaturas del mundo, ante todo, porque sentimos anhelo de Dios. He aquí el dolor último e irremediable de todo hombre. Un dolor gozoso, que sólo puede calmarse con la posesión de Dios, que es más bien dejar que El nos posea para siempre: “Nos hiciste Señor para ser tuyos, y nuestro corazón está inquieto hasta que descansa en Ti” (San Agustín. Confesiones 1, 1).

Si desapareciera este anhelo seríamos animales que ni sienten ni padecen, con ilusiones sólo inmediatas: a corto plazo aunque sean a años vista, no con deseos de infinito que no pueden calmarse con nada de este mundo. ¡Qué bueno es, por tanto, ese dolor!, pues, como nos recuerda el Jua Pablo II, “el sufrimiento es, en sí mismo, probar el mal. Pero Cristo ha hecho de él la más sólida base del bien definitivo, o sea del bien de la salvación eterna” (SD, 26). Por esto, podemos afirmar seguros que el sufrimiento iluminado por la fe es ocasión de alegría. “De esta alegría habla el Apóstol en la carta a los Colosenses: «Ahora me alegro de mis padecimientos por vosotros» (Col 1, 24). Se convierte en fuente de alegría la superación del sentido de inutilidad del sufrimiento, sensación que a veces está arraigada muy profundamente en el sufrimiento humano. Este no sólo consume al hombre dentro de sí mismo, sino que parece convertirlo en una carga para los demás (…).

La fe en la participación en los sufrimientos de Cristo lleva consigo la certeza interior de que el hombre que sufre «completa lo que falta a los padecimientos de Cristo»; que en la dimensión espíritual de la obra de la redención sirve, como Cristo, para la salvación de sus hermanos y hermanas. Por lo tanto, no sólo es útil a los demás, sino que realiza incluso un servicio insustituible (…).

Por esto, la Iglesia ve en todos los hermanos y hermanas de Cristo que sufren como un sujeto múltiple de su fuerza sobrenatural. ¡Cuán a menudo los pastores de la Iglesia recurren precisamente a ellos, y concretamente en ellos buscan ayuda y apoyo! El Evangelio del sufrimiento se escribe contínuamente, y contínuamente habla con las palabras de esta extraña paradoja” (SD, 27). Es la afirmación, paradójica a nuestros oídos, una y otra vez repetida por Nuestro Señor, según la cual el rico de verdad es el que deja todo; sólo tiene motivo de alegría el que ha llorado; para ser fecundo es preciso, como el trigo, desaparecer hasta morir.

Si podemos decir que el sufrimiento es ocasión de grandeza personal es porque Cristo sufrió. Sería verdaderamente absurdo el dolor humano, quedaría en simple fastidio del individuo -como en los irracionales-, si Cristo, Dios y hombre perfecto, no hubiera padecido dolor. Pero Nuestro Señor sufrió todos los dolores, sin perder su perfección y así, siendo Dios, dignificó máximamente el dolor. Además se hizo de su actitud ante el dolor criterio, poniendose de ejemplo y animándonos a seguirle por el camino del dolor. El sufrimiento, entonces, no sólo no es un absurdo para el cristiano, sino que es por Cristo una condición insustituible para la plenitud humana.

Cualquier dolor puede ser para el hombre una Cruz divina y, por tanto, redentora -esa Cruz que invita Cristo a tomar para seguirle-; aunque a veces sea quizá, como lo fue la Pasión y Muerte del Señor en la Cruz, una cruel injusticia. Hay que saber sufrir, también cuando se sufre injustamente. Habrá que evitar el dolor si se puede; pero no librándose simplemente de él, sin fijarse en más; ni a costa de hacer el mal: el remedio del dolor injusto no puede ser sino el amor. Así el dolor es Cruz y la ocasión de amar como Cristo. Se requiere para esto la acción del Espíritu Santo; que, “activo en el hombre, transforma al hombre. Pero, ¿en qué? En Cristo. Es El quien forma a Cristo en nosotros, como lo formó en María” (Ibid.).

El cristiano, transformado en Cristo, ama la Cruz, Voluntad del Padre, y en ella la salvación del mundo. No reniega, entonces, de su dolor, que contempla como realidad engrandecedora, pues le identifica con Cristo por la acción del Espíritu. El momento sublime del dolor es para el cristiano aquel en el que, apoyado sólo en la fe, se siente abandonado del mundo y solo con su dolor. Entonces, aunque también se queja diciendo: ¿por qué me has abandonado? (Mt 27, 46), confía a la vez y exclama seguro: en tus manos encomiendo mi espíritu (Lc 23, 46).

El dolor aceptado es obediencia, un no-entender paradógicamente lleno de sentido, porque se sabe que si Dios permite ese dolor es para un bien. Diríamos que el dolor que se nos presenta sin un sentido razonable, es el lugar por excelencia de la obediencia. Aceptándolo reconocemos a Dios como Sabio y Poderoso; y nosotros, aunque inteligentes, nos consideramos limitados. Tenemos ya pruebas abundantes de su poder y sabiduría: de su divinidad; por ejemplo, en los milagros. Pero “la actividad curativa de Jesús no consistió en sanar a todos los hombres, sino puntualmente a uno o a otro. Su actividad “que sana al mundo” sólo se hace visible de vez en cuando, lo suficientemente visible para que el creyente sepa en Quién cree y por qué” (SD, 27). No es lo que Dios pretende solucionar nuestros problemas, sino inundarnos con su Amor. Para esto hemos de aceptarlo. Para esto quiere que lo aceptemos.

Si el objeto de nuestra vida es amar a Dios, amarle cada vez más; viene a ser lo de menos si logramos o no nuestros objetivos, mientras fomentemos el amor de Dios intentándolo. No es tan decisivo si encontramos muchas dificultades o si sentimos permanentemente la frustración y el dolor: el cansancio, la contradicciónÉ, con tal de que -como Cristo- avancemos nuestros pasos hasta el “Calvario” en la medida de las fuerzas que nos queden. Si, así, caemos definitivamente en el empeño, será que hemos llegado: Dios, que no espera nuestros éxitos, sino nuestro amor, decide en la historia del mundo el momento-meta de cada uno; y, en cierto, sentido todos lo son, pues siempre podemos amarle y cualquiera puede ser el último. No es para el cristiano ninguna circunstancia de su vida sólo un mero trámite. Cada momento tiene “peso específico”; todo lo humano tiene relevancia en Dios, pues continuamente podemos manifestarle nuestro amor; por eso, como decía el Beato Josemaría, “hay que dar a cada instante vibración de eternidad”.

5. Un misterio “El sufrimiento humano suscita compasión, suscita también respeto, y a su manera atemoriza. En efecto, en él está contenida la grandeza de un misterio especifico” (SD, 4). Como misterio, debe ser permanentemente contemplado con perplejidad y con respeto: ante el dolor humano nos encontramos frente a una realidad con vocación sobrenatural, llamada a trascendernos.

Recordemos a Job con su dolor inexplicable. “El es consciente de no haber merecido tal castigo, más aún, expone el bien que ha hecho a lo largo de su vida. Al final Dios mismo reprocha a los amigos de Job por sus acusaciones y reconoce que Job no es culpable. El suyo es el sufrimiento de un inocente; debe ser aceptado como un misterio que el hombre no puede comprender a fondo con su inteligencia. (…) Si es verdad que el sufrimiento tiene un sentido como castigo cuando está unido a la culpa, no es verdad, por el contrario, que todo sufrimiento sea consecuencia de la culpa y tenga carácter de castigo. (…) Job no ha sido castigado, no había razón para infligirle una pena, aunque haya sido sometido a una prueba durísima” (SD, 11).

Job era un hombre ejemplar en el amor de Dios con independencia de sus riquezas. Satán piensa que su amor es interesado y provoca a Dios: “«extiende tu mano y tócalo en lo suyo (veremos), si no te maldice en tu rostro» (Job 1, 9-11). Si el Señor consiente en probar a Job con el sufrimiento, lo hace para demostrar su justicia. El sufrimiento tiene carácter de prueba” (Ibid). El sufrimiento puede ser a veces una oportunidad, no siempre un castigo. Para Job fue ocasión de mayor virtud y gloria ante Dios.

De todos modos, el sufrimiento supone para el hombre mucho más que una ocasión de simple desarrollo personal, aunque no pocas veces también lo sea. Es un misterio que se vislumbra, iluminados por la fe y en la medida en que somos capaces a partir de Cristo: “Por Cristo y en Cristo se ilumina el enigma del dolor y de la muerte” (Con. Ecum. Vat. II Constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual, Gaudium et Spes 22).

El dolor humano se entiende en ciertas ocasiones pero en muchas otras no. Sin embargo, Jesucristo “instruía, poniendo en el centro de su enseñanza las ocho bienaventuranzas, que son dirigidas a los hombres probados por diversos sufrimientos en su vida temporal” (SD, 16). A esos hombres está destinada la Bienaventuranza, la definitiva felicidad.

6. Las crisis de fe Si no tenemos más referencia de la vida que lo que estamos habituados a contemplar, sin conocer la Revelación que nos anuncia a un Dios Señor del mundo infinito en poder y bondad, el sufrimiento no nos plantea especiales dificultades teóricas; en todo caso, será sólo un problema de hecho cuando algo nos duele.

“La cuestión sobre el sentido del sufrimiento es específicamente bíblica. Presupone la fe en una ilimitada totalidad de sentido, la fe en que el universo en su conjunto descansa dentro de un contexto de sentido. Sólo desde ahí tiene sentido preguntar sobre el sentido del sufrimiento. Tal pregunta se plantea ante todo allí donde se cree en un Dios omnipotente y bueno, es decir, allí donde, por tanto, es posible preguntar: «¿cómo se armoniza ese hecho con la existencia de sufrimiento en el mundo?»” (R. Spaemann. El sentido del sufrimiento).

En la práctica, la existencia del sufrimiento, particularmente la de ciertos sufrimientos que se consideran injustos, es motivo, no pocas veces, de la negación de Dios: “¿por qué? Es una pregunta acerca de la causa, la razón; una pregunta acerca de la finalidad (para qué); en definitiva, acerca del sentido. (…) Esta es una pregunta dificil, como lo es otra, muy afín, es decir, la que se refiere al mal: ¿Por qué el mal? ¿Por que el mal en el mundo? Cuando ponemos la pregunta de esta manera, hacemos siempre, al menos en cierta medida, una pregunta también sobre el sufrimiento.

Ambas preguntas son dificiles cuando las hace el hombre al hombre, los hombres a los hombres, como también cuando el hombre las hace a Dios. En efecto, el hombre no hace esta pregunta al mundo, aunque muchas veces el sufrimiento provenga de él, sino que la hace a Dios como Creador y Señor del mundo.

Y es bien sabido que en la línea de esta pregunta se llega no sólo a múltiples frustraciones y conflictos en la relación del hombre con Dios, sino que sucede incluso que se llega a la negación misma de Dios. En efecto, si la existencia del mundo abre casi la mirada del alma humana a la existencia de Dios, a su sabiduria, poder y magnificencia, el mal y el sufrimiento parecen ofuscar esta imagen, a veces de modo radical, tanto más en el drama diario de tantos sufrimientos sin culpa y de tantas culpas sin una adecuada pena. Por ello, esta circunstancia -tal vez más aún que cualquier otra- indica cuán importante es la pregunta sobre el sentido del sufrimiento y con qué agudeza es preciso tratar tanto la pregunta misma como las posibles respuestas a dar” (SD, 9).

Es una pregunta, tema clásico del pensamiento, de la literaturaÉ Ocasión de crisis profundas, pues no siempre viene el dolor cuando cabría esperarlo, ni sufre el que, por así decir, se lo tiene merecido. “¿Por qué el dolor? -se pregunta asimismo otro autor moderno- Es esta una pregunta que tortura a muchos, hasta hacerles concluir que carece de respuesta, pues, no sólo es imposible que exista un ser todopoderoso e infinitamente bueno que consienta todas las desgracias que ocurren en el mundo, sino que, en tales circunstancias, la vida ni siquiera merece la pena ser vivida” (R. Yepes. Los límites del hombre: el dolor).

Casi todos los libros véterotestamentarios nos muestran el dolor humano como una justa pena por el pecado. Era, por eso, según se aprecia en los relatos evangélicos, la mentalidad dominante en el tiempo de Nuestro Señor: ¿Quién pecó éste o sus padres, para que naciera ciego? (Jn 9, 2), preguntaron los Apóstoles a la vista de un sufrimiento humano. Pero el libro de Job había arrojado ya una nueva luz sobre el problema del sufrimiento. El dolor humano no era sólo la pena que hacía justicia a cierta culpa. Job personaliza precisamente el sufrimiento del justo, el sufrimiento “injusto” del inocente. Algo que sólo recibirá su definitiva luz en Cristo; aunque, ciertamente, se trate de una aclaración a la luz de la fe en Cristo Redentor.

El Santo Padre, Juan Pablo II, es muy consciente de la dificultad teórica del problema del sufrimiento, y afirma que “a veces se requiere tiempo, hasta mucho tiempo, para que esta respueta -por qué el sufrimiento- comience a ser interiormente perceptible. En efecto, Cristo no responde directamente ni en abstracto a esta pregunta humana sobre el sentido del sufrimiento. El hombre percibe su respuesta salvífica a medida que él mismo se convierte en participe de los sufrimientos de Cristo” (SD, 26). En efecto, para entenderlo hay que vivirlo. Pero no de cualquier modo, sino como Cristo; es decir, amando. No se trata sólo de soportar lo que duele o de estar dispuesto a aguantarÉ Se trata por el contrario de “ver” la mano buena y suave de Dios en lo que cuesta, sea lo que sea, pues nada escapa a su poder. El que ama a la manera de Cristo quiere positivamente el dolor que Dios permite en su vida. Lo “ve” necesario para amarle aunque no lo comprenda. Porque antes de cualquier otra consideración, parte del convencimiento de que Dios es siempre Dios: Señor y Amor de los hombres en todo momento, que en el de máximo sufrimiento nos asiste, si le dejamos porque permanecemos unidos a El por el amor. Lo que cuesta, por otra parte -lo que duele y hace sufrir-, es tantas veces la entrega de uno mismo a quienes son dignos de nuestro amor; pues en ello está su bien, según aquello de que nadie tiene amor más grande que el de dar uno la vida por sus amigos (Jn 15, 13).

Por eso a la pregunta por el sufrimiento, como dice el Papa, Cristo responde ante todo con una llamada: “Es una vocación. Cristo no explica abstractamente las razones del sufrimiento, sino que ante todo dice: «Sigueme», «Ven», toma parte con tu sufrimiento en esta obra de salvación del mundo, que se realiza a través del sufrimiento. Por medio de mi cruz” (SD, 26).

El cristiano siente de mil formas -corrientes casi siempre- ese reclamo interior que acogerá confiado en el Amor poderoso del Señor, que lo iluminará y fortalecerá. No se entiende qué es el dolor razonando sino creyendo, efecto del Don de Ciencia, de Sabiduría y de Entendimiento: efecto de la Gracia de Dios. Como dice el Papa, “a medida que el hombre toma su cruz, uniéndose espíritualmente a la cruz de Cristo, se revela ante él el sentido salvífico del sufrimiento. El hombre no descubre este sentido a nivel humano, sino a nivel del sufrimiento de Cristo. Pero al mismo tiempo, de este nivel de Cristo, aquel sentido salvífico del sufrimiento desciende al nivel humano y se hace en cierto modo, su respuesta personal. Entonces el hombre encuentra en su sufrimiento la paz interior e incluso la alegria espritual” (Ibid).

Parece importante -y no está de más insistir en ello- reconocer en Dios, con un reconocimiento incuestionable, sus atributos de Amor y Poder absolutos. También parece importante reconocer en nosotros el don inefable de conocer a Dios, pero limitadamente. Así no nos extrañará que, siendo Omnipotente, no nos conceda lo que deseamos, a pesar de que nos ama como nadie puede amarnos. Ofreciéndonos el dolor, Dios nos invita a acoger la presencia amorosa de su Vida en la nuestra. ¡Qué sensatas resultan, entonces, las palabras de Job, que sufre sin culpa!: Desnudo salí del vientre de mi madre y desnudo volveré allí. El Señor lo dio, el Señor lo quitó; como al Señor le agradó, así se hizo: ¡sea bendito el nombre del Señor! Si recibimos bienes de la mano de Dios, ¿por qué no recibiremos males? (Iob 1, 21; 2, 10b). Males que el buen hijo de Dios tolera, pues no es probado por encima de sus fuerzas, ni se espera de él más de lo que puede. Males que tal vez él no entiende pero sí Dios, infinitamente sabio; y por lo tanto son un bien soportable para él.

7. El dolor cristiano El dolor y el sufrimiento es repetidamente valorado de modo particular en el Nuevo Testamento como manifestación de amor: Ahora me alegro de mis padecimientos por vosotros, dice san Pablo a los Colosenses (Col 1, 24). El propio Cristo “reprende severamente a Pedro, cuando quiere hacerle abandonar los pensamientos sobre el sufrimiento y sobre la muerte de cruz” (SD, 16. Cfr. Mt 16, 23). Jesús deseaba su sufrimiento, aunque le costaba hasta entrar en agonía por la Pasión ya inminente.

Le costaba pero lo quiere, y por eso advierte a Pedro: “«El cáliz que me dio mi Padre, ¿no he de beberlo?» (Jn 18 11). Esta respuesta -como otras que encontramos en diversos puntos del Evangelio- muestra cuán profundamente Cristo estaba convencido de lo que había expresado en la conversación con Nicodemo: «Porque tanto amó Dios al mundo, que le dio su unigénito Hijo, para que todo el que crea en El no perezca, sino que tenga la vida eterna» (Jn 3, 16). Cristo se encamina hacia su propio sufrimiento, consciente de su fuerza salvífica; va obediente hacia el Padre, pero ante todo está unido al Padre en el amor con el cual El ha amado el mundo y al hombre en el mundo. Por esto San Pablo escribirá de Cristo: «Me amó y se entregó por mí» (Gál 2, 20)”. (SD, 16).

La perspectiva de sufrimiento: de fatiga agobiante, de trabajo que parece excesivo, de dolor crónico, de incapacidad definitiva, de marginación, de abandono, de incomprensión, de humillación continua, de permanente frutraciónÉ podría cegarnos e inducirnos a menospreciar esos momentos y situaciones que vienen a ser como la angustia en Getsemaní, cuando ruega Jesús al Padre que le libre de aquel Cáliz: “las palabras de la oración de Cristo en Getsemaní prueban la verdad del amor mediante la verdad del sufrimiento. Las palabras de Cristo confirman con toda sencillez esta verdad humana del sufrimiento hasta lo más profundo: el sufrimiento es padecer el mal, ante el que el hombre se estremece” (SD, 18). En efecto, sólo por amor es posible aceptar tanto dolor. Y es un dolor, cuya sola espectativa hace entrar en agonía y sudar sangre (Cfr. Lc 22, 43-44).

Por eso lo determinante de la conducta de Cristo no será el dolor que padece o que se avecina, sino el deseo por Amor de obediencia al Padre para redimirnos: Padre mío, si es posible, pase de mi este cáliz; sin embargo, no se haga como yo quiero, sino como quieres tú (Mt 26, 39) y a continuación: Padre mío, si esto no puede pasar sin que yo lo beba, hágase tu voluntad (Mt 26, 42).

San Pablo enseña con su actitud que el cristiano puede y debe imitar la disposición del Señor ante el dolor: Ahora me alegro de mis padecimientos por vosotros y suplo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo por su cuerpo, que es la Iglesia (Col 1, 24). No es que disfrute san Pablo padeciendo: no le divierte sufrir, como tampoco a Cristo; se alegra en cambio verdaderamente de sus padecimientos porque contribuye con ellos a la salvación de otros.

Cristo ya había exigido a los suyos el sacrificio para alcanzar el Reino de los Cielos: Si alguno quiere venir en pos de miÉ tome cada día su cruz (Lc 9, 23). La fidelidad a Cristo exige este sacrificio. Entrad por la puerta angosta, porque amplia es la puerta y ancho el camino que conduce a la perdición, y son muchos los que entran por ella. ¡Qué angosta es la puerta y estrecho el camino que conduce a la Vida, y qué pocos son los que la encuentran! (Mt 7, 13-14).

El Reino de los Cielos hay que ganarselo con esfuerzo. Pondrán sobre vosotros las manos y os perseguirán, entregándoos a las sinagogas y metiéndoos en prisión, conduciéndoos ante los reyes y gobernadores por amor de mi nombre. Será para vosotros ocasión de dar testimonio. Haced propósito de no preocuparos de vuestra defensa, porque yo os daré un lenguaje y una sabiduría a la que no podrán resistir ni contradecir todos vuestros adversarios. Seréis entregados aún por los padres, por los hermanos, por los parientes y por los amigos, y harán morir a muchos de vosotros, y seréis aborrecidos de todos a causa de mi nombre. Pero no se perderá ni un solo cabello de vuestra cabeza. Con vuestra paciencia compraréis (la salvación) de vuestras almas (Lc 21, 12-19).

El verdadero apostol es atacado como Cristo -por las mismas razones-, pero triumfa como Él. Si el mundo os aborrece, sabed que me aborreció a mi primero que a vosotrosÉ, pero porque no sois del mundo, sino que yo os escogí del mundo, por esto el mundo os aborreceÉ No es el siervo mayor que su señor. Si me persiguieron a mi, también a vosotros os perseguiránÉ Pero todas estas cosas haránlas con vosotros por causa de mi nombre, porque no conocen al que me ha enviado (Jn 15, 18-21).

El problema es de ellos, debemos sentirnos muy convencidos. Ellos lamentablemente no han conocido la Majestad, el Poder y el Amor de Dios. Con culpa o sin culpa padecen esa desgracia y no llevan razón aunque sean muy fuertes. Esto os lo he dicho para que tengáis paz en mí; en el mundo habéis de tener tribulación; pero confiad: yo he vencido al mundo (Jn 16, 33); que se podría sintetizar diciendo: “quien rie ultimo, rie mejor”.

8. Eucaristía y sufrimiento Y Cristo triunfa desde la Cruz. La respuesta definitiva al sentido del dolor humano es el Sacrificio del Calvario, momento del Amor por antonomasia y momento también por antonomasia de dolor con sentido, que se renueva cada día en nuestros altares. Como dice el Santo Padre, “el Amor es también la fuente más plena de la respuesta a la pregunta sobre el sentido del sufrimiento. Esta pregunta ha sido dada por Dios al hombre en la cruz de Jesucristo” (SD, 13).

No somos los cristianos seres negativos, que aguantan, que sufren, que no gozan de la vida ni son felices. Muy al contrario: somos felices también con el dolor y la contrariedad; más aún, el secreto de nuestra alegría está en la Cruz con dolor y contrariedad: no tenemos miedo a lo que cuesta. La fe nos lleva a afirmar que el sufrimiento con sentido; es decir, en Cristo, es condición para la verdadera alegría. Porque El nos llama a su Cruz para que, con El, triunfemos en la Resurrección, logrando así la única alegría feliz, la única que vale la pena, que no se esfuma al ahondar en la verdad de la vida.

Cuando decimos que Cristo nos ha salvado, debemos entender que nos ha librado de todo posible mal y por tanto de todo dolor. Y no sólo esto, sino que nos ha introducido en su vida que es eterna. Así lo manifestó el Jesús a Nicodemo: tanto amó Dios al mundo, que le dio su unigénito Hijo, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga la vida eterna (Jn 3, 16). La entrega del Hijo por amor al mundo es la Eucaristía, renovación incruenta del mismo sacrificio del Calvario con el que se consuma nuestra Salvación. Y “Salvación significa liberación de mal, y por ello está en estrecha relación con el problema del sufrimiento” (SD, 14); pues, como veíamos, sufrir era padecer el mal.

Según las palabras de Cristo a Nicodemo el hombre puede perecer, pero no se refiere Jesús a la muerte temporal. “El hombre «muere», cuando pierde «la vida eterna». Lo contrario de la salvación no es, pues, solamente el sufrimiento temporal, cualquier sufrimiento, sino el sufrimiento definitivo: la pérdida de la vida eterna, el ser rechazados por Dios, la condenación. El Hijo unigénito ha sido dado a la humanidad para proteger al hombre, ante todo, de este mal definitivo y del sufrimiento definitivo” (Ibid).

Los otros sufrimientos temporales -consecuencia asimismo del pecado- son menores y pasajeros, y quedan aniquilados también en la vida eterna en Dios que nos gana el Hijo con su entrega: “En su sufrimiento los pecados son borrados precisamente porque El únicamente, como Hijo unigénito, pudo cargarlos sobre sí, asumirlos con aquél amor hacia el Padre que supera al mal de todo pecado; en un cierto sentido aniquila este mal en el ámbito espiritual de las relaciones entre Dios y la humanidad, y llena este espacio con el bien” (SD, 17).

El Sacrificio Eucarístico es propiamente el único remedio definitivo del dolor humano. Aunque no cesen por la Misa nuestras molestias cotidianas; sin embargo, participando por ella muy singularmente en el fruto de la Redención, vivimos nuestros dolores positivamente, de un modo optimista que es compatible con el gozo de la esperanza eterna y, sin dejar de ser doloroso, el sufrimiento es feliz y lleno de sentido.

De la gracia de Dios recibimos nuestra condición de hijos en el Hijo y con ella la seguridad de ser amados por el Padre, que no permitirá que seamos probados por encima de nuestras fuerzas. Pierde así el cristiano el miedo a sufrir. Está seguro de que con Dios nada será insufrible. Pero no es sólo falta de miedo la alegría del cristiano hijo de Dios, se sabe ante todo depositario de todo el tesoro del Evangelio y lanzado por el propio Cristo a extender su Reino, pues tiene el mundo por heredad (Cfr. Ps 2, 8). Por el contrario, tienen asegurada la desolación los que pretenden vivir alegres al margen de la Eucaristía: son sarmientos separados de la Vid, cuya lozanía dura un momento (Cfr. Jn 15, 6); cadáveres -sin vida en sí mismos-, que no se alimentan del Cuerpo y la Sangre del Señor (Cfr. Jn 6, 56).

“Según las palabras dirigidas a Nicodemo, Dios da su Hijo al «mundo» para librar al hombre del mal, que lleva en sí la definitiva y absoluta perspectiva del sufrimiento” (SD, 14). El amor de Dios al hombre incluye el sufrimiento de Cristo en su sacrificio voluntario, en una entrega amorosa. El sufrimiento del hombre es calmado con el Amor de Dios manifestado en el sufrimiento de Cristo. Una entrega que, siendo verdadero anonadamiento hasta la muerte, es al mismo tiempo identificación plena con la voluntad del Padre y, por tanto, igual a El en Gloria y Majestad. De aquí que no podía suponer una pérdida para el Hijo la obediencia, antes al contrario, su muerte es ocasión de definitiva inmortalidad (Cfr. Fil 2, 9-11).

Jesucristo en cuanto hombre es exaltado mediante la Resurrección, que supera el dolor y la muerte, y se constituye primogénito y modelo del cristiano, tanto en su vida y en su muerte -en su dolor-, como en su Resurrección. Particularmente es nuestro estímulo y modelo en la Eucaristía. En el sagrario su amor no conoce límites: “más que en el establo, y que en Nazaret y que en la Cruz” (Beato Josemaría. Camino, 533). Para que logremos el consuelo y la fortaleza que necesitamos.

9. El dolor y la esperanza Juan Pablo II declaró el año 1984, año de la Redención. Y en este año publica su Carta Apostólica Salvifici Doloris, acerca del sentido cristiano del sufrimiento humano -que está tan presente en estas consideraciones-, “porque la redención se ha realizado mediante la cruz de Cristo, o sea mediante su sufrimiento” (SD, 3), dice el Papa.

Por la Redención efectiva el hombre es bienaventurado: queda libre del mal y, por tanto, del sufrimiento. “Y aunque la victoria sobre el pecado y la muerte, conseguida por Cristo con su cruz y resurrección no suprime los sufrimientos temporales de la vida humana (…), sin embargo, esta victoria proyecta sobre cada sufrimiento una luz nueva, que es la luz de la salvación” (SD, 15). El sufrimiento, con todo lo costoso, molesto o problemático de la vida, tiene a partir de la Redención vocación de eternidad salvífica. El dolor humano se ha convertido por Cristo en instrumento salvador; pues viviendo en Cristo por la acción del Espíritu Santo, el cristiano participa de la esperanza de la resurrección y hace participar a otros de esa esperanza.

No es, entonces, el dolor -cualquiera que sea- si es cristiano, algo ante todo negativo, deprimente para el hombre. Sería solamente eso si fuéramos simples bestias o nos comportáramos como tales. El dolor del hombre puede y debe ser, como el de Cristo, una oración grata al Padre que logra también los fines de la Cruz. “Todo hombre tiene su participación en la redención. Cada uno está llamado también a participar en ese sufrimiento mediante el cual se ha llevado a cabo la redención. Está llamado a participar en ese sufrimiento por medio del cual todo sufrimiento humano ha sido también redimido. Llevando a efecto la redención mediante el sufrimiento, Cristo ha elevado juntamente el sufrimiento humano a nivel de redención. Consiguientemente, todo hombre, en su sufrimiento, puede hacerse también participe del sufrimiento redentor de Cristo” (SD, 19).

El cristiano, hijo de Dios que sufre y reconoce la riqueza que posee con su dolor, encuentra en su vida un permanente motivo de consuelo y mucho más que eso. El suyo es un sufrimiento elevado, de modo que lo de menos para él es su dolor-molestia o dolor-desagrado. Tiene por don de Cristo en ese dolor una verdadera Cruz Redentora. Por la fe el cristiano lo reconoce así: como Cristo nos lo ha entregado.

“En la segunda carta a los Corintios escribe el Apóstol: «En todo apremiados, pero no acosados; perplejos, pero no desconcertados, perseguidos, pero no abandonados; abatidos, pero no aniquilados, llevando siempre en el cuerpo la muerte de Cristo, para que la vida de Jesús se manifieste en nuestro tiempo. Mientras vivimos estamos siempre entregados a la muerte por amor de Jesús, para que la vida de Jesús se manifieste también en nuestra carne mortal… sabiendo que quien resucitó al Señor Jesús, también con Jesús nos resucitará…» (2 Cor 4, 8-11 14).

“San Pablo habla de diversos sufrimientos y en particular de los que se hacían participes los primeros cristianos «a causa de Jesús». Tales sufrimientos permiten a los destinatarios de la Carta participar en la obra de la redención, llevada a cabo mediante los sufrimientos y la muerte del Redentor. La elocuencia de la cruz y de la muerte es completada, no obstante, por la elocuencia de la resurrección.” “El hombre halla en la resurrección una luz completamente nueva, que lo ayuda a abrirse camino a través de la densa oscuridad de las humillaciones, de las dudas, de la desesperación y de la persecución. De ahí que el Apóstol escriba también en la misma carta a los Corintios: «Porque así como abundan en nosotros los padecimientos de Cristo, asi por Cristo abunda nuestra consolación» (2 Cor 1, 5)”.

“En otros lugares se dirige a sus destinatarios con palabras de ánimo: «El Señor enderece vuestros corazones en la caridad de Dios y en la paciencia de Cristo» (2 Tes 3, 5). Y en la carta a los Romanos: «Os ruego, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, que ofrezcáis vuestros cuerpos como hostia viva, santa y grata a Dios: este es vuestro culto racional» (Rom 12, 1) (…)”.

“Este descubrimiento dictó a San Pablo palabras particularmente fuertes en la carta a los Gálatas: «Estoy crucificado con Cristo y ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mi. Y aunque al presente vivo en carne, vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí» (Gál 2, 19-20). La fe permite al autor de estas palabras conocer el amor que condujo a Cristo a la cruz. Y si amó de este modo, sufriendo y muriendo, entonces por su padecimiento y su muerte vive en aquél al que amó así, vive en el hombre: en Pablo”.

“Y viviendo en él -a medida que Pablo, consciente de ello mediante la fe, responde con el amor a su amor- Cristo se une asimismo de modo especial al hombre, a Pablo, mediante la cruz. Esta unión ha sugerido a Pablo, en la misma carta a los Gálatas, palabras no menos fuertes: «Cuanto a mi, jamás me gloriaré a no ser en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo está crucificado para mi y yo para el mundo» (Gal 6 14)” (SD, 20).

El optimismo en la tribulación es incomprensible, sorprendente para una visión meramente terrena. Es efecto de la Gracia y trasciende al propio atribulado. Ni siquiera él mismo comprende cómo es capaz de padecer sin temor, ni de dónde le brota la alegría mientras sufre. Fiado en la Gracia de Dios, lo experimenta, le parece bien y proclama este misterio a cuantos se extrañan de su paz en el sufrimiento. San Pablo, diríamos que avasalla: con sumo gusto me gloriaré más todavía en mis flaquezas, para que habite en mí la fuerza de Cristo. Por lo cual me complazco en las flaquezas, en los oprobios, en las necesidades, en las persecuciones y angustias, por Cristo; pues cuando soy débil, entonces soy fuerte (2 Cor 12, 9b-10).

Apoyado en la fe, el cristiano se siente optimista porque sufre. No es entonces para el hijo de Dios el dolor sólo algo que hay que tolerar en razón de la justicia: pues lo merecemos por nuestros pecados; ni algo razonable por nuestra deficinte condición y la también deficiente condición de este mundo en que vivimos; es mucho más, “a los ojos del Dios justo, ante su juicio, cuantos participan en los sufrimientos de Cristo se hacen dignos de este reino. Mediante sus sufrimientos, éstos devuelven en un cierto sentido el infinito precio de la pasión y de la muerte de Cristo, que fue el precio de nuestra redención: con este precio el reino de Dios ha sido nuevamente consolidado en la historia del hombre, llegando a ser la perspectiva definitiva de su existencia terrena” (SD, 21). El dolor de los hombres ha alcanzado por Cristo la capacidad de ser relevante para Dios y cooperar en la extensión de su Reino.

“San Pablo nos habla con frecuencia aquella paradoja evangélica de la debilidad y de la fuerza, experimentada de manera particular por el Apóstol mismo y que, junto con él, prueban todos aquellos que participan en los sufrimientos de Cristo. El describe en la segunda carta a los Corintios: «Muy gustosamente, pues, continuaré gloriándome en mis debilidades para que habite en mi la fuerza de Cristo» (2 Cor 12, 9). En la segunda carta a Timoteo leemos: «Por esta causa sufro, pero no me averguenzo, porque sé a quien me he confiado» (2 Tim 1, 12). Y en la carta a los Filipenses dirá incluso: «Todo lo puedo en aquél que me conforta» (Fil 4, 13)” (SD, 23).

La Omnipotencia de Dios es incuestionable y por eso, con su Amor, no tenemos ninguna posibilidad de fracasar con Dios. No tiene Dios ninguna necesidad de tener éxito ni de demostrarnos su poder, ni está preocupado por defenderse como si alguien pudiera lesionar su divinidad. Por lo cual el cristiano se siente seguro, mientras viva en intimidad con El, incluso en medio de la tribulación y cuando parece que la debilidad y el sufrimiento son irremediables. Dios en su eternidad siempre actua, su amor se difunde incesantemente en quienes pueden y quieren acogerlo: en los hombres que lo aman. Ellos viven despreocupados y seguros, nada inquietos por su debilidad o por la fuerza de sus enemigos: No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, que el alma no pueden matarla (Mt 10, 28), les dice.

Como mucho, el cristiano puede morir; pero eso es sólo cuestión de tiempo para todos; y, por otra parte, el fin de sus dolores y el comienzo de la Vida que más desea: un buen cristiano no puede ser miedoso. No, desde luego, porque se crea “alguien”, sino porque se cree Cristo… San Pablo es el prototipo de la persona sin miedo aunque haya abundante dolor en su vida: Porque el mensaje de la cruz -dice- es necedad para los que se pierden, pero para los que se salvan, para nosotros, es fuerza de Dios (1 Cor 1, 18).

“En la cruz, Cristo ha alcanzado y realizado con toda plenitud su misión: cumpliendo la voluntad del padre, se realizó a la vez a sí mismo. En la debilidad manifestó su poder y en la humillación toda su grandeza mesiánica ¿No son quizás una prueba de esta grandeza todas las palabras pronunciadas durante la agonía en el Gólgota y, especialmente las referidas a los autores de la crucifixión: «Padre, perdónales, pórque no saben lo que hacen»? (Lc 23, 34) A quienes participan de los sufrimientos de Cristo estas palabras se imponen con la fuerza de un ejemplo supremo” (SD, 22). Es el esplendor del Amor Omnipotente que ama a toda costa. Le preocupa -por así decir- el perdón que necesitan aquellos hombres. Así nos enseña a amar con sufrimiento.

San Pablo insistía en el futuro de gloria que espera al cristiano que vive la Cruz. A los Romanos les dice: SomosÉ coherederos de Cristo, supuesto que padezcamos con El para ser con El glorificados. Tengo por cierto que los padecimientos del tiempo presente no son nada en comparación con la gloria que ha de manifestarse en nosotros (Rom 8, 17-18); y en la segunda carta a los Corintios leemos: Pues por la momentánea y ligera tribulación nos prepara un peso eterno de gloria incalculable, y no ponemos los ojos en las cosas visibles, sino en las invisibles (2 Cor 4, 17-18).

La misma idea es afirmada por san Pedro: Antes habéis de alegraros en la medida en que participáis en los padecimientos de Cristo, para que en la revelación de su gloria exultéis de gozo (1 Pe 4, 13). Este sentido positivo ante la tribulación -alegría, se afirma incluso, ante el sufrimiento- no convierte en placer el dolor. Nunca el dolor dejará de doler. Reclamará siempre cierta renuncia de quien lo sufra, aunque lo viva según Dios y gane de este modo. No es la acción de la gracia como un narcótico que convierte el dolor en placer y los insultos en alabanzas. Se trata, más bien, de una connaturalidad del cristiano con Cristo que le lleva a participar en el Espíritu Santo, por encima de todo dolor, de la inefable dicha amorosa de la Trinidad.

Esta dicha es aún más plena cuando el cristiano se sabe en cierta medida autor de la misma Redención, siendo miembro de Cristo (cfr. 1 Cor 6, 15) -único verdadero Redentor- y llamado a suplir “«lo que falta a las tribulaciones de Cristo por su cuerpo, que es la Iglesia» (Col 1, 24): En el misterio de la Iglesia como cuerpo suyo, Cristo en cierto sentido ha abierto el propio sufrimiento redentor a todo sufrimiento del hombre. En cuanto el hombre se convierte en participe de los sufrimientos de Cristo -en cualquier lugar del mundo y en cualquier tiempo de la historia-, en tanto a su manera completa aquél sufrimiento, mediante el cual Cristo ha obrado la redención del mundo” (SD, 24). Cualquier dolor humano tiene vocación redentora, puede contribuir a la construcción de la realidad más grandiosa que podemos soñar: la Redención del mundo.

Si el sufrimiento humano puede ser sufrimiento de Cristo es porque “El mismo está presente en quien sufre, porque su sufrimiento salvífico se ha abierto de una vez para siempre a todo sufrimiento humano. Y todos los que sufren han sido llamados de una vez para siempre a ser participes «de los sufrimientos de Cristo» (1 Pe 4, 13). Así como todos son llamados a «completar» con el propio sufrimiento «lo que falta a los padecimientos de Cristo» (Col 1, 24). Cristo al mismo tiempo ha enseñado al hombre a hacer bien con el sufrimiento y a hacer bien a quien sufre. Bajo este doble aspecto ha manifestado cabalmente el sentido del sufrimiento” (SD, 30).

He aquí la respuesta definitiva al problema del dolor humano. Este es provechoso para el que sufre y para los demás. El que sufre es, por la Gracia, Cristo Redentor: participe en los sufrimientos de Cristo, poniendo lo que falta a Sus padecimientos por la Iglesia. No nos extraña, entonces, que asistir al que sufre sea ayudar a Cristo, que sea el mismo Señor quien recibe nuestro amor cuando amamos a los demás: a mí me lo hicísteis (Mt 25, 40), responde Jesús cuando hemos tratado a alguien bien, quizá ayudándole en su dolor. A mí me lo hicísteis, responde también ante nuestros malos tratos o nuestras omisiones. El dolor cristiano -el que sea- se convierte, por la acción del Espíritu, en fuerza redentora que desarrolla el que sufre en favor de la humanidad de paso que se acerca al Cielo.

Y no deseo a terminar sin recordar unas palabras del Beato Josemaría que me parecen ahora a propósito: “Aunque hayáis entregado mucho -decía en una ocasión-, no habéis cumplido totalmente el sacrificio: podéis aún levantar más en alto la Cruz. Yo os puedo asegurar que en estos años de sufrimiento gustoso, aunque el cuerpo se fatigue, he llegado a la seguridad de que la Cruz la lleva Jesucristo: y que nuestra participación en su dolor nos llena de consuelo y de alegría” (Beato Josemaría. A solas con Dios, 242 ). Es la experiencia de cuantos, en Cristo, han perdido el miedo al dolor.

Comenzábamos con el pecado -origen de nuestros dolores- en el Paraiso según lo narra el primer libro de la Biblia, el Génesis; pero, según se anuncia en el último, el Apocalipsis, esta historia termina bién: Vi un cielo nuevo y una tierra nueva, pues el primer cielo y la primera tierra desaparecieron, y el mar ya no existe. Vi también la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que bajaba del cielo del lado de Dios, ataviada como una novia que se engalana para su esposo. Y oí una fuerte voz procedente del trono que decía: He aquí la morada de Dios con los hombres: Habitará con ellos y ellos serán su pueblo, y Dios, habitando realmente en medio de ellos, será su Dios. Y enjugará toda lágrima de sus ojos; y no habrá muerte, ni llanto, ni lamento, ni dolor, porque todo lo anterior ya pasó (Apc 22, 1-4).

Tomado de www.unav.es/capellania/ldm/docencia/sufrimiento.html

Alejandro Llano, “La otra cara de la globalización”, Nuestro Tiempo, III.01

Está muy bien que se empiece a hablar del "rostro humano de la globalización", porque ciertamente lo tiene. Es un grandioso fenómeno que nos une, que nos aproxima, que –por la facilidad de los medios de transporte y las nuevas tecnologías de la comunicación– nos acerca unos a otros de un modo impensable hace tan sólo una década.Pero lo interesante de lemas y divisas no es tanto lo que dicen como lo que sugieren o, expresado maliciosamente, lo que "delatan" o "traicionan". Si hay un rostro humano de la globalización, es porque –cual Jano bifronte– también tiene otra cara, menos cercana a la persona, menos humana, deshumanizadora quizá. Y, como suele pasar con la discusión intelectual de cualquier tema, el meollo de la cuestión se nos revela mejor si jugamos a contraponer los dos costados del problema, para adquirir una visión sintética del fenómeno de que se trate. Y no olvidemos que "sintética" equivale a "constructiva", "elaboradora", "creativa".Abandonamos, por tanto, de entrada el simplismo bobalicón de quien se felicita de continuo porque, al fin, se nos ha metido en el mismo "globo", sin darse cuenta quizá de que sus paredes son de deleznable material sintético y de que lo lleva un niño atado a su mano con una cuerda. Afortunadamente, ya han pasado los días del entusiasmo indiscriminado y poco reflexivo por la mundialización. En un congreso sobre el tema, por ejemplo, uno de los ponentes se complacía en señalar que un pastor de camellos en el desierto del Gobi podía enterarse en "tiempo real" –con un pequeño transistor y vía satélite– de las cotizaciones de la bolsa de Nueva York. La pregunta estaba servida para dispararla a matar en el diálogo que vino inmediatamente después: "¿Para qué necesita un pastor del Gobi saber cómo va el índice Nasdaq en la apertura de Wall Street". Aquello me recordó el castizo interrogante del viejo chotis: "¿Y qué haces tan temprano en Nueva York?".Este mínimo chascarrillo nos pone ya en la pista de una de las más notorias paradojas de la globalización, a saber, que es escasamente global. Los estudiosos del tema calculan que toda la parafernalia de la mundialización –compuesta por las nuevas tecnologías informáticas y telemáticas, la new economy neoliberal, la interpenetración de las culturas o multiculturalismo, y la llamada "sociedad de la información"– sólo afecta al 15% de la población mundial, mientras que gran parte del resto sigue viviendo en unos niveles que van desde el Neolítico hasta los bordes inferiores de la civilización romana, eso sí, de un modo muy ecológico. Dicen los que se dedican a poner números a lo cotidiano, que el 65% de las personas nunca ha hecho una llamada telefónica y que en la isla de Mannhatan hay más conexiones electrónicas que en toda África.Podríamos afirmar que lo primero que se ha globalizado es la pobreza. Y un personaje tan poco sospechoso de –horribile dictum– socialdemocracia, como es Michel de Camdessus ha afirmado recientemente que "la pobreza puede hacer saltar todo el sistema". Viene a mi memoria lo que nos pasaba en el campamento de milicias universitarias con los lanzagranadas Istalaza (el hispano bazooka): que lo importante no era que el proyectil diera en el blanco –empeño desechado de entrada– sino que el "rebufo" no escaldara a la mitad de la compañía. Es a lo que los sociólogos llaman "efectos perversos", que parecen multiplicarse cuando las soluciones que se buscan a los problemas se apartan de la tierra natal de las personas y sus relaciones insustituibles.La irrupción de los procesos mundializadores ha conducido a que la distancia de riqueza entre los países –y, dentro de cada uno, entre sus diversos niveles sociales– haya crecido exponencialmente en los últimos lustros. La diferencia entre un rico de un país rico y un pobre de un país pobre es un abismo que no se había registrado nunca hasta nuestro tiempo. En términos generales, según algunos historiadores de la economía, hace mil años la distancia entre el país más rico del planeta (a la sazón la China) y los más pobres (entre ellos, la mísera Europa) era de 1’2 a 1. Hoy, esa desproporción entre acaudalados y miserables se eleva hoy a la relación de 9 a 1, y sigue creciendo ininterrumpidamente. Quizá esta dinámica de desigualdad brote de las necesidades internas del nuevo modo de trabajar y comunicarse. Pero yo diría con Richard Sennett: "No sé cuáles son los programas políticos que surgen de esas necesidades internas, pero sí sé que un régimen que no proporciona a los seres humanos ninguna razón humana para cuidarse entre sí no puede preservar por mucho tiempo su legitimidad".Más autorizado y dramático es el panorama que traza Juan Pablo II en su carta apostólica Al comienzo del nuevo milenio: "Nuestro mundo empieza el nuevo milenio cargado de las contradicciones de un crecimiento económico, cultural, tecnológico, que ofrece a pocos afortunados grandes posibilidades, dejando no sólo a millones y millones de personas al margen del progreso, sino a vivir en condiciones de vida muy por debajo del mínimo requerido por la dignidad humana. ¿Cómo es posible que, en nuestro tiempo, haya todavía quien se muere de hambre; quien está condenado al analfabetismo; quien carece de la asistencia médica más elemental; quien no tiene techo donde cobijarse? El panorama de la pobreza puede extenderse indefinidamente, si a las antiguas añadimos las nuevas pobrezas, que afectan a menudo a ambientes y grupos no carentes de recursos económicos, pero expuestos a la desesperación del sinsentido, a la insidia de la droga, al abandono a edad avanzada o en la enfermedad, a la marginación o a la discriminación social" (n. 50). Estamos ante una globalización monocéntrica, que habla (mal) inglés y tiene su núcleo en Estados Unidos y "países satélites". Se trata, por consiguiente, de una estructura unilateral y estática (otra paradoja), en la que no hay apenas feedback ni descentralización sistémica. Así entendida –lamento decirlo con otros muchos– la globalización es un procedimiento para que los poderosos se aprovechen de los débiles. Ahora bien, y aquí surge la "oportunidad vital", la propia estructura tecnológica y económica en la que se apoya la mundialización abre la posibilidad de establecer en los lugares más insospechados del planeta una dinámica endógena, es decir, una emergencia de creatividad y talento que puede dejar "descolocados", al menos durante alguna temporada, a los presuntos árbitros de la situación. Y de esto, afortunadamente, también empieza a haber algunos ejemplos.Las condiciones de posibilidad de ese dinamismo endogénico no estriban en la adquisición masiva de ordenadores, en la apertura de sucursales de empresas multinacionales a pie de obra, o –menos aún– en la patética idea de la Cumbre del Milenio en Nueva York, consistente en instalar una terminal de Internet en cada escuela del Tercer Mundo (sin aclarar en dónde sería posible enchufarla, ya no a la "red", sino a la corriente eléctrica, y qué comerían los niños y niñas entre web y web). Tales condiciones de posibilidad estriban en la elevación del nivel educativo y cultural: no es otro el lado humano de la globalización. Y esta oportunidad comparativa se acrecienta porque un uso perverso de las nuevas tecnologías, y en especial de la televisión e Internet, ha provocado un espectacular descenso del nivel de la enseñanza en el epicentro de la globalización. "Terrible es la persona de un solo libro", se decía antes, para indicar la potencia intelectual de alguien que se supiera de cabo a rabo una buena obra. Hoy sólo habría que multiplicar por seis o siete. Aunque se encuentre en una tribu de pigmeos o bosquimanos, quien haya leído a fondo siete buenos libros es hoy una persona comparativamente muy culta. Mientras que en los países que son los nudos de la famosa "red", un intelectual se empieza a definir como "el que ha escrito un libro o leído dos".La clave de la cuestión, como he dicho en algún otro lugar, estriba en distinguir la información del conocimiento. La información es algo externo a la mujer y al hombre, algo que hay que extraer, transmitir, organizar, procesar y, si se tercia, manipular. El conocimiento, en cambio, es el rendimiento vital por excelencia de ese animal que habla: el ser humano. Es un crecimiento en su ser, un avance hacia sí mismo, una interna potenciación de sus posibilidades más características. El rostro humano de la globalización es la posibilidad de intercambiar y difundir conocimientos en una sociedad en la que el saber –y ya no las mercancías o los territorios– es la clave de la riqueza de las naciones. El conocimiento no es propiedad de nadie, es difusivo de suyo, no se agota nunca, se acrecienta al compartirlo. Su intercambio presenta, por tanto, caracteres antitéticos a los del mercado (como ya empieza a manifestarse en algunos aspectos del e-commerce por Internet, según ha señalado Jeremy Rifkin en su libro La era del acceso).Dicho sea abruptamente: el lado humano de la globalización es el ágora o el areópago: un espacio libre y abierto para un saber que se hace accesible a todos. Mientras que la cara excluyente y cerrada de la mundialización es lo que ya Nietzsche llamó "el mercado universal", cuyas transacciones siempre acaban beneficiando casualmente a los mismos. Hoy por hoy, no nos engañemos, la globalidad mundial es, sobre todo, un gran zoco en el que los que lo dominan pueden vender más caro y comprar más barato. Es el fantasma de la "nueva economía", que sobrevuela el mundo. Es el "capitalismo flexible", inteligentemente criticado por Richard Sennett en su imprescindible libro La corrosión del carácter. Según este autor, las empresas de la new economy son conglomerados fugaces, sin rostro y sin patria, que se fusionan o desmembran como fragmentos de organismos elementales. Quienes en ellas trabajan ya no tienen sentido alguno de pertenencia a una comunidad, porque dependen sobre todo de un factor externo incontrolable: la cotización financiera de unos títulos cuyos precios casi nunca responden al valor real de las cosas, especialmente en el área de los llamados "telecos", en la que se compra y se vende el aire vacío de un futuro que todos coinciden en desconocer. Y sucede así algo que es políticamente incorrecto decir: que la mayor parte de las fusiones no son, a medio plazo, económicamente rentables, aunque el primer día sean saludadas con alborozo en las Bolsas internacionales. Sucede, empero, que los equipos directivos de las correspondientes macro-corporaciones tienen que demostrar con tales procesos su arrojo y flexibilidad en la gestión. Las fusiones o adquisiciones hostiles llevan consigo, inevitablemente, el temido down sizing, o sea, la necesidad de prescindir de muchos de los empleados y directivos –los mejores, a veces– para que no se produzcan solapamientos y redundancias. Los que tienen la suerte de quedarse no pueden evitar pensar que ellos serán los próximos, por lo que su productividad inevitablemente decrece. Si antes era normal que un profesional medio cambiara de empresa –con el afán de mejorar su posición y sueldo– tres o cuatro veces en la vida, hoy esos cambios pueden llegar a ser once o doce a lo largo del curso vital, con la particularidad de que, en cada mudanza, el puesto y el salario obtenidos son más bajos. Y todos preparan un plan de pensiones y un buen hobby para cuando alcancen los cincuenta y cinco años. ¿Qué se hizo de nuestro énfasis en la cultura corporativa? Ahora sería más urgente poner en marcha procesos de educación para el desarraigo.El otro día sorprendí la siguiente conversación entre dos personas que estaban comparando la "fiebre de las nuevas tecnologías" con la "fiebre del oro": —La fiebre del oro –afirmaba uno de ellos– arruinó a muchas personas.—Así es –contestó su interlocutor– pero también enriqueció a unos pocos: los fabricantes de picos y palas.El mal camino es invertir por esnobismo oportunista en globalización, abriendo "portales" sin contenido, estableciendo "sitios" donde no hay nadie, comerciando con los detritus de pornografía y violencia de una sociedad con escasos recursos morales. Lo cual conduce –de rechazo– a que algunas grandes compañías ya no inviertan lo suficiente en el perfeccionamiento de sus tecnologías propias, como ya está sucediendo patentemente en la industria del automóvil (al parecer, con la excepción de BMW, inasequible para todos los de mi nivel). Es la sociedad del espectáculo, el mundo como representación, el teatro de las maravillas, la renovación a lo grande de la sofística, manejada por esos chamarileros a quienes ya Platón calificó de "mercaderes ambulantes de golosinas del alma". Lo que se compra y se vende, entonces, ya no son cosas, sino experiencias y el correspondiente tiempo vital, un bien sumamente escaso.El buen camino es la incorporación y el engarce de las nuevas tecnologías con las tecnologías industriales y postindustriales, ya clásicas. Se trata de empezar, no pretendiendo hacer cosas nuevas que nadie sabe bien qué son ni como se fabrican, sino haciendo mejor y difundiendo más las que ya sabemos manejar, porque es así como de verdad se llega a hacer cosas verdaderamente nuevas, que aportan auténtico valor añadido a las empresas y a sus productos y servicios reales. Y en tales empeños sí que son imprescindibles las nuevas tecnologías, la retórica de la innovación, y el pensamiento a escala mundial. En lugar de comerciar con humo, la sociedad del conocimiento, que es la base estructural de la globalización, tiene que apostar por la investigación científica en un ámbito universal, por la colaboración en la innovación tecnológica y en la terapia biomédica, por una educación de calidad en todos los niveles, dirigida a los niños y jóvenes de Madrid, Retuerta del Bullaque, Villatuerta de los Ojos, el Magreb, Ecuador, Rumanía, Cintruénigo o Bruselas. Porque, ante el saber, todos somos estrictamente iguales. Y nadie ha podido ni podrá demostrar que los varones son más listos que las mujeres, que los morenos son menos espabilados que los rubios, o que el RH negativo entronca nuestra raza con la estirpe de los titanes. Los que hacen lo contrario ya fueron definidos por San Pablo en la Epístola a los Romanos como aquéllos que "tienen prisionera a la verdad en la injusticia". Y Tomás de Aquino añadió doce siglos después: "Dos cosas hay que corrompen la justicia: la falsa prudencia del sabio y la violencia del poderoso". Como ha señalado Carlos Llano en un artículo publicado en la revista mejicana Istmo, la otra cara de la globalización nos trae a la memoria un peligro que el autor denomina con la expresión ubicuidad inversa. En efecto, si no sabemos encontrarle a la globalización la buena cara, no sólo perdemos la oportunidad que con ella se nos ofrece de hacer que nuestra actividad sea ubicua, casi omnipresente: que podamos estar a la vez en muchos lugares. No sólo no aprovechamos esa oportunidad, sino que nos amenaza además el peligro de su inversión, de su vuelco: que otros muchos puedan introducirse en nuestro lugar. Y lo cierto es que el grupo de los siete u ocho países más poderosos de la tierra no ve con buenos ojos las tempranas competitividades, que están apareciendo de manera no del todo funcional, según ellos. Y eso, mírese por donde se mire, nada tiene de flexibilidad: solía llamársele rigidez. De ahí que mis sentimientos, al menos, no estén en los salones enmoquetados y floridos donde se reúnen los tecnócratas del G 7/G 8, sino con lo que representan los manifestantes airados (entre los que habrá de todo) en las calles de Seattle, Praga, París o Washington, que piden –¡oh sorpresa!– libertad de comercio. Y ésta sí que es una picante paradoja: ¡Adam Smith a las barricadas! Tan contundente ha sido el triunfo del neoliberalismo que incluso aquéllos para los que no estaba previsto han acabado por creer en sus bondades y reclaman un lugar a la lumbre.Este fenómeno de la ubicuidad inversa es el que está produciendo la interesante coincidencia entre la globalización y el multiculturalismo. Por un lado, los estudiantes de cualquier universidad del mundo visten exactamente igual: vaqueros, chaquetones, gorritos, mochilas. Pero en la Madison Avenue de Nueva York y, más modestamente, en la calle Carlos III de Pamplona, además de ver las mismas marcas de ropa que en todas partes, y escuchar la misma música en pubs y discotecas, se detectan grupos humanos que exhiben exóticos atuendos, hablan idiomas ininteligibles, venden extraños alimentos y están decididos a quedarse allí para siempre, ya que han salido con bien del tremendo filtro de las "pateras" en el Estrecho de Gibraltar, o de la experiencia de los "espaldas mojadas" en el Río Grande o Bravo, según se mire, que separa USA de México. Y ésta es una de las mejores piedras de toque para evaluar la calidad moral de la mundialización: cómo acogemos a los emigrantes y cómo tratamos a los extranjeros. Y, en general, la respuesta a esta pregunta es desoladora: mal. Y, si no, que se lo pregunten a los parientes de los ecuatorianos adultos y menores, "sin papeles", arrollados por el tren cuando atiborraban una vieja furgoneta y se dirigían a recoger brocolí por un salario muy inferior al legal. Y que se pidan explicaciones a un gobierno que pretende prohibir el empadronamiento de quienes no han conseguido superar con éxito la carrera de obstáculos de la burocracia, de manera que se quedarían sin ningún derecho –también sin la posibilidad de asistencia médica a los niños enfermos– además de imposibilitados para demostrar posteriormente que han permanecido en el país los cinco años precisos para obtener la residencia y el permiso de trabajo. Al leer estas noticias en los periódicos, uno piensa que se ha confundido y ha cogido por error un ejemplar de El proceso de Kafka.Y el propio Frank Kafka –enemigo declarado, por cierto, de la lucha de clases y de la socialdemocracia de su tiempo– fue quien mejor captó la diferencia entre el capitalismo como sistema económico, al que no hay nada que objetar, y el capitalismo como espíritu y forma mental de toda una civilización. En este segundo sentido, llegó a decir: "El capitalismo es un sistema de dependencias que van de dentro a fuera, de fuera a dentro, de arriba abajo y de abajo arriba. Todo depende de todo, todo está atado. El capitalismo es un estado del mundo y del alma".Las soluciones al problema de la inmigración no son sencillas. Pero, de entrada, habría que pensar en la erosión de la imagen del hombre, la mujer y la familia que ha conducido a una penosa caída de la natalidad en las naciones donde existen más disponibilidades para alimentar nuevas bocas. Y, desde luego, parece imprescindible poner en práctica la mínima solidaridad que habría de conducir a los países desarrollados a invertir en los puntos de partida de las corrientes migratorias, con ánimo de ayudar y no solamente rentabilizar una mano de obra mucho más barata. Sólo con el dinero que gastan cada año los estadounidenses en cosméticos o los europeos en helados se podrían solucionar los problemas estructurales de África entera.El aspecto más popular y pintoresco de la globalización es, sin duda, la "red", territorio en el que reina Internet. Yo –lo confieso– soy un reciente converso a este ingenio informático y asiduo consumidor del e-mail. Pero no puedo dejar de lamentar el tiempo que malgastan algunos de mis colegas y estudiantes (yo mismo, sin ir más lejos) en un navegar que mejor merecería la aplicación del verbo "vagar".Tal parece que, con Internet, la "aldea global" de MacLuhan se ha convertido en la "familia global". Pero no es así, porque el internauta suele ser un llanero solitario, que es capaz de cambiar de personalidad, y para el que el mundo virtual es cada vez más el único mundo real. La soledad de Internet: ¿Cómo pueden hacerse amistades electrónicas o iniciar a través de cable o satélite un amor de por vida? Según diría Unamuno: "queremos bulto y no sombras". Si ahora se sostiene que todo lo que no está en la red, no existe, la paradoja que resulta es hondamente metafísica, porque cualquier cosa que aparece en la pantalla de un ordenador es de suyo irreal, de manera que –más allá de todo posible idealismo– llegaríamos a la conclusión de que sólo lo irreal existe. Triunfa la desencarnación, la desespacialización, las almas sin cuerpo, los signos sin referente real.Como dice William Knobe, se está produciendo una erosión del lugar, del ubi; un desarraigo del ser humano respecto a esos lugares que en mi tierra asturiana se designan –con raíz latina o griega– como "halladizos" o "topadizos". Se trata, sobre todo, del hogar, que es de donde partimos, como dice T. S. Eliot, o a donde siempre regresamos, según apunta más certeramente Rafael Alvira. Nos alejamos de lo que nos es personalmente cercano, mientras que nos acercamos a lo que es de suyo lejano.Aquello que es, en aspectos comerciales e industriales, una ventaja –la eliminación de los inventarios fijos, el just in time– ha revertido, desde una óptica humana, en una erosión de la personalidad. Porque, según dice también Carlos Llano, las personas lo son mutuamente: sólo se es persona para otras personas. Si ese contacto empático, connatural, se esfuma, la persona se convierte en un agente, en un operador unido a una máquina. Según la definió Santa Edith Stein, la empatía es el inmediato conocimiento del otro en su cuerpo. Porque el cuerpo no es una especie de envoltura accidental de la mente: yo soy mi cuerpo. Y el cuerpo representado en una pantalla o en una fotografía ya no es un cuerpo: no se parece nada a un cuerpo humano, por la fundamental razón de que no está vivo y –según notábamos– ni siquiera es real. Como dijo Machado, "el ojo que ves, no es ojo porque tú lo veas, es ojo porque te ve". Mirar a unos ojos que no me ven no me permite penetrar en un alma de la que el rostro es espejo. Sin la captación del latir corporal, de las sombras, escorzos y movimientos casi imperceptibles, es imposible que salte la chispa de la emoción amistosa, de la cercanía entrañable. Y esto no es sentimentalismo. Al menos, no lo era para San Juan de la Cruz, cuando escribía: "Mira que la dolencia de amor, que no se cura, sino con la presencia y la figura".Las relaciones electrónicas tienen una índole fundamentalmente técnica, mientras que las relaciones comunitarias o familiares son básicamente humanas. Incide aquí el eje que, según el sociólogo Pierpaolo Donati, es el decisivo en la sociedad actual: el eje humano/no humano. Con la particularidad de que hoy lo no humano tiene, en principio, a su favor el carácter formalizado y programable, mecánicamente infalible, exento de error. Mientras que lo humano está sometido a multitud de posibles deficiencias: es lo que llamamos "fallo humano" cuando, por ejemplo, se examinan las causas de un accidente aéreo. De manera que la "humanización" ya no es –en este contexto– un valor incuestionablemente positivo, porque lo humano es lo contingente, lo imprevisible, lo que quizá viene a perturbar procesos tecnológicos programados cuidadosamente desde hace mucho tiempo. No es extraño, entonces, que Niklas Luhmann sitúe a la persona en el ambiente y no en el sistema. Lo cual parece que equivale, de entrada, a trivializar la libre incidencia de los seres humanos en los procesos sociales. Aunque, como dice Pedro Morandé, presenta también la ventaja de que, por fin, se aclara –desde una perspectiva no precisamente humanista– que el comportamiento personal y social no depende decisivamente de los medios de producción ni de las estructuras sociales.Pero no hay por qué contraponer esta duplicidad de carácter, respectivamente, técnico o humanista. Es esencial que las relaciones humanas verdaderas se sigan dando por mucho que avance la técnica. La armonía en la contraposición es la síntesis creativa, a la que se hacía antes alusión. El espumoso crecimiento de la comunicación electrónica –globalizada e individualizada a la vez– debe venir acompañado por un no menos fuerte desarrollo de la comunidad personal y por un creciente cultivo de las Humanidades.La informática y la telemática –y, en general, todos los soportes técnicos de la globalización– son procedimientos de "descarga" que nos exoneran de las labores rutinarias o, en general, automatizables. Con lo que empieza a resolverse la típica aporía de cómo encontrarle sentido a un trabajo puramente repetitivo y, por lo tanto, tedioso y carente de interés. Porque, en principio, ese tipo de labores ya no tienen que ser ejecutadas por una persona. Y, si lo son, siempre es posible buscarles un sentido en el contexto de unas tareas que incorporan un alto componente intelectivo. Como dice Guido Stein, "la técnica (o el esfuerzo por ahorrar esfuerzos en definición orteguiana) precisa de alguien que sepa qué hemos de hacer con los esfuerzos ahorrados. Esta tarea difícilmente se puede encomendar a alguien distinto de quien es capaz de inventarse y superarse a sí mismo: la persona".También se ha de estar prevenido ante la ventaja de la inmediatez, tanto temporal como espacial que los nuevos medios audiovisuales traen consigo. El filósofo José Gaos, comentando el ansia de velocidad contemporánea, apuntaba a la precariedad constitutiva de nuestras satisfacciones, que son por naturaleza incapaces de colmar el ansia de infinitud humana. De ahí la velocidad, la prisa, el deseo de llenarnos con una serie infinita de satisfacciones finitas, confundiendo la plenitud de la felicidad humana con su precipitado transcurrir. Quien recibe una información sobreabundante e inmediata, con velocidad y apremio, es quien más necesitado está de criterio para seleccionar qué información es la relevante y cuál la superflua. De ahí que el azacanado directivo, en vez de pasarse tantas horas pegado al teléfono móvil o conectado al e-mail, haría mejor en leer sosegadamente el Oráculo manual y arte de prudencia de Baltasar Gracián, El criterio de Jaime Balmes, o El defensor de Pedro Salinas; y, en general los clásicos que, en vez de transmitirnos en forma de best-seller la penúltima ocurrencia de cualquier cabeza mediocre, nos enriquecen con la fastuosa plenitud de ideas y sabiduría que la humanidad ha ido acumulando a lo largo de siglos, y que siguen siendo rigurosamente actuales. Por lo que se refiere a la inmediatez espacial, habría que tener en cuenta los riesgos de la "muerte de la distancia", a la que se ha referido Frances Cairncross. Porque la inmediatez es propia de los sentidos, mientras que la distancia es propia de la inteligencia. La eficacia humana no deriva de la proximidad física al objeto ni de la rapidez en reaccionar frente a él. Lo específico del hombre nace donde hay tranquilidad, lentitud, sosiego, distancia, perspectiva de plazo, panorama de espacio. "Pensar es pararse a pensar", dice Leonardo Polo. Pensar no es la respuesta inmediata a un estímulo, sino la visión global de lo que ocurre en una secuencia amplia y un panorama abierto. Donde el animal tiene instinto, esquemas desencadenantes innatos, el hombre tiene historia. Y a ello debe contribuir la formación universitaria: a ampliar los horizontes, a formar personas con visión de gran angular, que sepan ver lo que hay detrás de una página web, de unas cotizaciones de Bolsa, de un paper publicado en Nature o en Science, de un ensayo a la moda, del discurso de un político o de los repetidos empates del equipo de fútbol local. Vivimos en la cultura de lo efímero, de lo que hoy entusiasma y mañana se desecha. Ese estilo de vida que consiste en usar y tirar consagra un modo superficial y antiecológico de habitar la tierra. Lo fecundo es el insistir y persistir, el volver a lo mismo aristotélico, el pertinaz ejercicio de la manía de pensar. Sólo quienes saben ver lo permanente a través de la vigencia inmediata pueden estar convencidos de haber adquirido una educación universitaria, de ser personas cultas. Cultura en la que, hace ahora setenta años, ponía Ortega y Gasset la misión de la universidad en un libro que lleva este título y que convendría releer. En definitiva, la globalización nos ofrece grandes posibilidades vitales, siempre que no cometamos lo que el propio Baltasar Gracián llamaba "vulgar error" de confundir los medios con los fines. Recuperemos el sentido de la distancia. Volvamos a valorar la lentitud y el sosiego. Seamos conscientes del lugar que ocupamos en el mundo. No nos resignemos a una relación con los demás que se pueda reducir a las dos dimensiones de una pantalla. Porque entonces habríamos perdido la capacidad unitiva de la mirada, que nos abre la intimidad de las personas con las que nos relacionamos. Y los nuestros serían esos ojos de los que hablaba Machado, que se abrieron un día a la luz, para volver pronto a la tierra, hartos de mirar superficialmente muchas cosas, sin llegar a ver realmente ninguna. El desarrollo de la "nueva economía" ha puesto en cuestión algunos de los dogmas del neoliberalismo, entre otras cosas porque las transacciones electrónicas no constituyen propiamente un mercado. Y porque el sentido absoluto de la propiedad se está disolviendo. Ahora lo importante no es ser dueño de algo, sino tener acceso a los flujos en los que se intercambian conocimientos. Esto abre la gran posibilidad de desmercantilizar en buena parte nuestras relaciones interpersonales y sociales, poniendo en primer término esa dimensión que hoy día –en su más amplio sentido– se denomina "cultura". No nos equivocábamos del todo cuando decíamos, hace más de doce años, que la cultura es una dimensión más radical que la política y la economía. Pero, en la medida en que la cultura ha salido de sus reductos y ha pasado a ocupar un lugar central en las relaciones humanas, corre ella misma el riesgo de mercantilizarse y politizarse. Y éste es gran pulso que hoy están echándose las dos grandes tendencias presentes en la sociedad: la emergencia, por una parte, y la colonización, por otra.En la medida en que la colonización haga que ceda la emergencia, la cultura se convertirá en "entretenimiento" y "propaganda". El mercantilismo y la manipulación penetrarán hasta nuestras más recónditas entretelas, y ya no habrá intimidad verdadera ni auténtica relación personal. Se comerciará con nuestras genuinas experiencias y nuestra duración existencial se verá poblada por los fantasmas de la irrealidad virtual. Ésta es la "globalización perversa", la que no se detiene ante los límites que el más elemental respeto impone, y alimenta a los hombres con sus propios desechos, hasta convertir su cerebro en una materia más esponjiforme que la de las pacíficas vacas trastornadas por un canibalismo disfrazado. En cambio, la "globalización virtuosa" es la que expande universalmente nuestras posibilidades vitales, haciendo emerger la cultura como comprensión profunda del significado de la realidad. Hace de los nuevos medios tecnológicos cauces y no barreras para nuestra libre autenticidad. Sabe, sobre todo, que la humanidad del hombre nunca se puede tratar sólo como medio, sino siempre también como fin, según decía el viejo Kant, siguiendo en este punto una sabiduría ancestral. Como dice Rifkin, "restaurar el equilibrio ecológico entre cultura y comercio es uno de los retos centrales de esta próxima era (…). La era del acceso nos obligará a todos a plantearnos cuestiones fundamentales sobre cómo reestructurar nuestras relaciones fundamentales. Después de todo, el acceso consiste en establecer tipos y niveles de participación. La cuestión, por tanto, no es sólo quién tiene o no tiene acceso: se trata más bien de preguntarnos en qué mundos merece la pena implicarse, a qué tipos de experiencia vale la pena acceder. De la respuesta a estas preguntas dependerá la naturaleza de la sociedad que vamos a construir en el siglo XXI".Nos encontramos, por tanto, en una decisiva encrucijada. Elegir el rumbo que hemos de adoptar no depende, a su vez, de ningún condicionamiento técnico, sino que es asunto de esa misteriosa capacidad humana a la que llamamos "libertad". Las crecientes potencialidades tecnológicas están reclamando un cultivo más asiduo y fecundo de nuestra propia capacidad de actualización. Y, en una situación histórica semejante, la convicción básica estriba en tener la seguridad de que no es cierto que "la fuerza viene de abajo", como proclaman toda suerte de materialismos. Lo determinante es la fuerza del espíritu. Revista "Nuestro Tiempo", III-IV.01

Vicente Martínez Pujalte, “Globalización y solidaridad”, El Mundo, 25.VI.01

La supresión de barreras comerciales impulsará el crecimiento económico, pero el proceso ha de ser solidario, según el autor. De lo contrario, puede agudizar los desequilibrios entre países ricos y pobres.

La globalización ha ocupado, en los últimos años, las primeras páginas de los medios de comunicación, sobre todo con ocasión de las manifestaciones y protestas que han acompañado a las conferencias interministeriales de la Organización Mundial del Comercio (OMS), como las de Ginebra (1998) o Seattle (1999). Estos movimientos han de constituir, sin duda, una llamada de alerta a la que no podemos permanecer indiferentes. Porque nos encontramos ante un proceso de la máxima trascendencia, que va a suponer una profunda transformación de la sociedad internacional, y que reclama por tanto una detenida reflexión sobre sus ventajas y sus desafíos.

Promover esa reflexión ha sido, precisamente, el objeto de la reunión internacional celebrada los pasados días 8 y 9 de junio en Ginebra, convocada por la Unión Interparlamentaria. Representantes de las cámaras legislativas de cerca de 100 países tuvimos la ocasión de analizar el proceso de mundialización económica, y el papel que compete a la OMS como organismo regulador de los intercambios internacionales.

Se ha contemplado la globalización, en este encuentro, con una mirada positiva y optimista; porque no cabe negar que una mayor apertura económica internacional se traducirá en un fuerte impulso del crecimiento económico. De acuerdo con un informe elaborado por la Universidad de Michigan, la reducción en una tercera parte de las barreras al comercio internacional generaría un crecimiento estimado en 613.000 millones de dólares.

Ahora bien, es también evidente que ese crecimiento no beneficia a todos por igual. Aunque todos crecen como consecuencia de una mayor libertad del comercio internacional, la integración económica y la supresión de las barreras comerciales son proporcionalmente más ventajosas para las economías más prósperas y competitivas, que pueden obtener un mayor provecho de las oportunidades que supone la ampliación de los mercados.

Si no se introducen los necesarios mecanismos correctores, la globalización puede generar, por tanto, una agudización de los desequilibrios económicos internacionales. Es ésta la consecuencia que hemos de evitar con todas nuestras fuerzas. Pues el abismo hoy existente entre los países ricos y pobres constituye una clamorosa injusticia, que comporta además un grave riesgo de inestabilidad política, y que supone marginar a una parte de los países del mundo de la posibilidad de contribuir al progreso económico.

El Presidente de la Comisión Europea, Romano Prodi, señalaba recientemente que la desigualdad social es dañina para el crecimiento, porque excluye a demasiados protagonistas potenciales de la vida económica. Esta afirmación puede ser trasladada al ámbito de las relaciones entre países. Promover el crecimiento de los países menos prósperos es beneficioso para todos, porque moviliza más recursos para el progreso global.

Hemos de acompañar, pues, las medidas de liberalización económica internacional de un renovado esfuerzo en favor de la cohesión y la competitividad de las economías menos favorecidas. La trayectoria de la Unión Europea nos ofrece, en este sentido, una valiosa experiencia. La construcción del mercado interior entre los países europeos se ha completado con una política activa dirigida a la corrección de las disparidades regionales, y ha sido la conjunción de ambas estrategias la que ha permitido avanzar en la convergencia real, logrando, por ejemplo, que el Producto Interior Bruto (PIB) por habitante de los tres países menos prósperos de la Unión -España, Grecia y Portugal- haya pasado del 68% al 79% de la media comunitaria entre 1988 y 1998.

Hemos de conseguir que una evolución parecida se produzca a escala mundial. Sin duda, ha habido ya avances importantes en las últimas décadas. Desde 1960, las tasas de mortalidad infantil de los países subdesarrollados se han reducido a la mitad. Las tasas de malnutrición han disminuido en un 33%. La proporción de niños que no asisten a la escuela ha pasado de alrededor de la mitad a una cuarta parte. Pero queda todavía mucho por hacer, pues cerca de 3.000 millones de seres humanos viven todavía con menos de dos dólares diarios.

Hemos de promover, pues, un crecimiento internacional solidario y sostenible. Para ello, no basta con el esfuerzo para la reducción de la deuda externa o con un impulso más decidido de la cooperación al desarrollo. Aun siendo muy importantes estas actuaciones, lo más decisivo es que seamos capaces de crear una estructura de comercio internacional que permita crecer a los países desarrollados.

Por supuesto, a los propios países desarrollados les incumbe también una parte importante de la responsabilidad. Han de emprender políticas económicas acertadas, llevar a cabo una gestión eficiente de sus propios recursos y destinar prioritariamente sus inversiones a la educación y a la atención sanitaria. Y han de promover la liberalización de sus economías.

Serán los países que cumplan mejor sus propios deberes los que estarán en condiciones de aprovechar en mayor medida las oportunidades que ofrece un entorno internacional más abierto.

La globalización no es, pues, ni buena ni mala en sí misma. Ni los que hacen de la mundialización un falso dios, ni los que la estigmatizan viendo en ella un enemigo peligroso se encuentran en el camino correcto. La globalización es un instrumento que, adecuadamente utilizado, permitirá alcanzar mayores niveles de crecimiento y bienestar en todos los países del mundo.

Nuestro objetivo ha de ser, por tanto, conseguir una globalización solidaria. Para ello es imprescindible, sin embargo, que conservemos el timón. Que seamos capaces de dirigir el proceso de globalización, y no acabemos dirigidos por él.

Almudena Ortiz, “Videojuegos que favorecen valores cristianos”, PUP, 19.IV.01

Crean videojuegos que apelan a la fe en lugar de la violencia.

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Antonio Argandoña, “La falta de valores y la empresa”, PUP, 11.II.02

La falta de valores impide la buena marcha de la empresa.

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Joseluis García, “El error de ignorar los fundamentos espirituales europeos”, PUP, 15.I.02

Ha pasado un tanto inadvertido el duro lamento de Juan Pablo II en el reciente encuentro con los embajadores de 172 países acreditados ante la Santa Sede, en el que deploró que en la última cumbre de líderes de la UE celebrada en Bélgica entre el 14 y el 15 de diciembre, «las comunidades de creyentes no hubieran sido mencionadas explícitamente» para esta labor.

«La marginación de las religiones que han contribuido y todavía contribuyen a la cultura y al humanismo de lo que Europa está legítimamente orgullosa, me parece que son al mismo tiempo una injusticia y un error de perspectiva», denunció enérgicamente el Papa.

Para un intelectual de primer orden, como es Karol Wojtyla, «¡reconocer un hecho histórico innegable no significa en absoluto ignorar toda la exigencia moderna de una justa laicidad de los Estados y, por tanto, de Europa!». Por eso, de cara a la redacción de una futura Constitución, el pontífice advierte que «es fundamental que se aclaren cada vez mejor los objetivos de esta construcción europea y los valores sobre los que ha de apoyarse».Esta denuncia fue precedida de su complacencia por la implantación de una moneda común…

A estas alturas a nadie se le oculta que la unificación europea no puede basarse sólo en motivos políticos, económicos y financieros. Este es el sentir de muchos intelectuales y lo dicen los mismos responsables de la Convención: es necesaria una dimensión espiritual que dé la perspectiva de un camino a menudo difícil y contrastado, hacia una mayor unidad de los pueblos europeos. Hasta hace algún tiempo se pensaba que el proceso de secularización era irreversible. Max Weber formuló esta teoría, pero luego se dio cuenta de que no era así y abogó por la persistencia de la religión en el mundo moderno. Hay quien, sin embargo, prefiere repetir los viejos tópicos y cerrar los ojos ante la realidad. Es como si algunos grupos, muy fuertes a nivel político, tuvieran miedo a nombrar la realidad de la fe cristiana y a reconocer su aportación decisiva en la construcción europea. Algunos siguen dando excesiva importancia a la laicidad como algo excluyente de la moral y la religión, posiblemente por el prurito de no traicionar los ideales de la revolución francesa. Pero éstos han de comprender que el mundo va hacia adelante y no se puede mirar al fenómeno religioso con la lente de los pensadores del siglo XVIII.

Se haría necesario realizar un supremo esfuerzo porque ciertos políticos e intelectuales comprendiesen que la religión -como el arte, el humanismo o todos los valores espirituales- no se oponen a la laicidad del estado, sino que la enriquecen y llenan de sentido. De lo contrario, la sociedad resultante será un pobre ejercicio contable o una magnífico monumento técnico, pero que olvidará lo más importante del hombre: su corazón y la expansión de su espíritu. Esta actitud de rechazo a los principios y al fenómeno religioso vacía de sentido la vida humana y recrudecerá el actual empobrecimiento causado por este reduccionismo materialista.

En este mismo sentido, hace solo unos meses, Jacques Delors, histórico exponente del Partido Socialista Francés, refiriéndose al documento, que quiere ser el embrión de una futura Constitución europea se lamentaba de la supresión «por razones relacionadas a una cierta idea de laicidad, la referencia a la “herencia religiosa”. Sería como si en Francia a quienes no les gusta la dictadura, o más bien el poder autoritario, decidieran hacer desaparecer de la historia a Napoleón. Del mismo modo, a quienes en Europa no les gusta que haya existido Cristo, querrían suprimir la referencia a la religión. Es absurdo. Todos los elementos que cimentado la humanidad, tal y como nosotros la hemos recibido, deben ser tomados en consideración en la Carta».

Karol Wojtyla, pese a sus años y sus problemas de salud, mantiene intacta su lucidez y es uno de los talentos con mayor poder creativo y de cuya visión de futuro dan buena cuenta los cientos de proyectos que salen a diario de su mesa. Es un campeón de los derechos humanos. Su denuncia no debe caer en saco roto y los artífices del proyecto europeo harán bien en atender sus advertencias, evitando este triste espectáculo de terca miopía.

Juan Pablo II, “Ocho desafíos de la comunidad internacional”, 10.I.02

CIUDAD DEL VATICANO, 10 enero 2002 (ZENIT.org).- Juan Pablo II expuso este jueves a los embajadores acreditados ante el Vaticano los ocho principales desafíos que, desde su punto de vista, tiene que afrontar en estos momentos la comunidad internacional.

Tras invitar a los gobiernos de los 172 países que mantienen relaciones diplomáticas con la Santa Sede a no dejarse «abatir por las dificultades del momento presente», hizo el elenco de estos retos que publicamos textualmente.

La defensa del carácter sagrado de la vida humana en toda circunstancia, en particular ante las manipulaciones genéticas; -la promoción de la familia, célula fundamental de la sociedad; -la eliminación de la pobreza, mediante esfuerzos constantes en favor del desarrollo, de la reducción de la deuda y de la apertura del comercio internacional; -el respeto de los derechos humanos en todas las situaciones, con especial atención a las categorías de personas más vulnerables, como los niños, las mujeres y los prófugos; -el desarme, la reducción de las ventas de armas a los países pobres y la consolidación de la paz una vez terminados los conflictos; -la lucha contra las grandes enfermedades y el acceso de los menos pudientes a las curas y los medicamentos básicos; -la salvaguardia del entorno natural y la prevención de las catástrofes naturales; -la aplicación rigurosa del derecho y de las convenciones internacionales.

Carlos Márquez, “Fondo cristiano de El Señor de los Anillos”, PUP, 21.XII.01

Si hubiera que definir la personalidad de J.R.R. Tolkien, sería ineludible aludir a su condición de católico. Esta condición impregnó su obra de manera sutil pero indeleble. Su libro cumbre, «El Señor de los Anillos», cuya adaptación a la gran pantalla acaba de estrenarse, posee, según han constatado numerosos críticos literarios, un indiscutible poso cristiano. Tras quedar huérfano a los doce años, Tolkien fue acogido por el padre Francis Morgan, un jesuita de origen hispano-galés que tuvo una gran influencia en su vida. «Siempre tuve la súbita y milagrosa experiencia del amor, del cuidado y del humor de Fray Francis», dijo de él. ¿Se puede ver a la Virgen y al Espíritu Santo en su obra cumbre? Algunos así lo creen.

La madre de Tolkien se convirtió al catolicismo en 1900, cuando su hijo John Ronald Reuel tenía ocho años. La conversión de Mabel Tolkien le supuso un alejamiento de su familia y, por tanto, un acortamiento de sus medios económicos. Mabel Tolkien murió en 1904 y John Ronald, que entonces tenía 12 años, siempre atribuyó su muerte a la incomprensión y dureza de corazón de sus parientes anglicanos.

En una carta de 1958, en la que se definía a sí mismo, Tolkien sentenciaba: «Soy cristiano (lo que puede deducirse de mis historias), y católico apostólico romano». Sus convicciones religiosas las llevó a las páginas de sus libros, como ha recogido Humphrey Carpenter en la biografía que escribió de Tolkien. En ella, Carpenter reconstruye una de las múltiples conversaciones que mantuvieron Tolkien y Jack Lewis, ambos profesores de Oxford. «Venimos de Dios e inevitablemente los mitos que entretejamos, aunque contengan error, también reflejarán un fragmento desprendido de la auténtica luz, la verdad eterna que está con Dios. Nuestros mitos pueden estar errados, pero se encaminan, aunque temblorosamente, hacia el verdadero puerto, mientras que el progreso materialista sólo conduce a un abismo abierto y a la Corona de Hierro del poder del Mal», dijo Tolkien en aquella ocasión.

Similitudes con el cristianismo Son innumerables las similitudes que guardan «El Señor de los Anillos» y la teología católica. Por ejemplo, en una carta de 1971, Tolkien afirmaba que la imagen de Galadriel, un personaje de su libro, guardaba una semejanza con la Virgen María. «Creo que es verdad que este personaje debe mucho a la enseñanza cristiana y católica acerca de María y de la presentación de su imagen, pero en realidad Galadriel era una penitente», aseguró en aquella ocasión.

La Encarnación de Cristo encuentra un interesante paralelismo en «El Señor de los Anillos». En «El Anillo de Morgoth», Finrod, uno de los personajes, dice que «si Eru (Dios) no desea abandonar su obra a Melkor (el diablo), Eru debe venir a vencerle. Si Eru deseara hacer esto, no dudo que encontraría un modo, aunque no puedo predecirlo. Pues, así me parece a mí, incluso si Él en sí mismo hubiera de entrar en el mundo, Él debería también permanecer como es, el Autor en el exterior. Y sin embargo, Andreth, para hablar con humildad, no puedo concebir de qué otro modo podría alcanzarse la cura».

Algunos críticos también encuentran la huella del Espíritu Santo en el libro. En el Ainulindalë, cuando Eru muestra a los Ainur la visión generada a partir de su música, les dice: «¿Eä! ¿Que sean estas cosas! Y enviaré al vacío la Llama Imperecedera, y se convertirá en el corazón del Mundo, y el Mundo será».

La vida eterna, uno de los pilares del cristianismo, también cabe en la obra de Tolkien. La visión de Finrod en el mismo Athrabeth es elocuente: «Todo el tiempo que hablábamos de la muerte como la división de lo unido, yo pensaba en mi corazón en una muerte que no es así, sino el fin de ambos. […] Y entonces repentinamente contemplé como en una visión a Arda Rehecha. Y allí los Eldar, completa su historia, pero no finalizada, podían vivir para siempre en el presente, y caminar allí, quizás, con los Hijos de los Hombres, sus libertadores, y cantarles canciones que, incluso en el Gozo más allá del Gozo, hagan resonar los verdes valles y resonar como arpas».

Informe de la Univ. de Columbia, “La fe ayuda a evitar el abuso de drogas”, 18.XI.01

Conclusiones del “Centro Estadounidense de Adicción y Abuso de Sustancias” de la Universidad de Columbia.

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Vicente Huerta, “¿Estamos “condenados” a ser felices?”, PUP, 26.IX.01

“La euforia perpetua. Sobre el deber de ser feliz” (L´euphorie perpétuelle. Essai sur le devoir de bonheur). PASCAL BRUCKNER. Tusquets Editores. Barcelona, 2001. 233 págs. 2.600 ptas.

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Publicaciones on-line de Javier Cremades

 

  • Presentación
  • Javier Cremades, "La confesión explicada por el Papa", 1989.
  • Javier Cremades, "¡Quiero vivir!".
  • Javier Cremades, "¿Quién decís que soy yo?", 1998.
  • Javier Cremades, "Mi corazón está inquieto", 1999.
  • Javier Cremades, "Cómo explicártelo…", 2000.
  • Joseph Ratzinger, “Sobre algunos aspectos de la teología moral”, Encuentro

    Entrevista a Joseph Ratzinger. Extractada de "Ser cristiano en la era neopagana", Editorial Encuentro.

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    Juan Manuel de Prada, “La calumnia”, Reserva natural, 253

    Nos hemos habituado a convivir con su presencia cenagosa, a respirar su aliento fétido, y ni siquiera nos damos cuenta de cómo nos va infectando por dentro, cómo nos pudre el alma y nos encharca los sentimientos. La calumnia campea sobre nuestras vidas, su mancha invasora se infiltra en nuestra sangre y se funde con nuestras células, hasta convertirse en sustancia de nosotros mismos. Hemos consagrado la presunción de inocencia como principio elemental de nuestras modernas democracias, pero cada día pisoteamos ese principio y nos limpiamos el barro de los zapatos en él, como si se tratase de un felpudo. La malicia popular, azuzada por los medios de comunicación, ha consagrado la calumnia como herramienta impune y risueña. Así se despachan honras, se allanan virtudes, se airean intimidades y se destruyen prestigios. Vivirnos instalados cn un clima de degradación moral irrespirable, y la calumnia, ese monstruo anaerobio, parásita nuestra convivencia. Se resuelve en estos días el tan cacareado "Caso Arny", pero los tribunales se pronuncian con dos años de retraso, cuando ya la calumnia ha quedado consolidada en el subconsciente colectivo. Un puñado de hombres inocentes son absueltos por el tribunal, pero no hay ley humana que los absuelva del oprobio que han tenido que sufrir y que los acompañará para siempre, como una reminiscencia de podredumbre. ¿Quién restituye a los imputados el honor abofeteado por la maledicencia? Quienes ayer fueron exonerados han tenido que sobrellevar sobre sus conciencias una presunción de culpabilidad que quizá ya los deje maltrechos, han tenido que soportar juicios dirimidos en tribunales catódicos, han tenido que combatir el cáncer de la calumnia desde su desvalimiento. Ayer fueron proclamados inocentes, pero antes ya los habíamos proclamado apestosos y culpables, en una manifestación unánime de la infamia que debería avergonzarnos. ¿Recuerda la polvareda que provocó el "Caso Arny"? Unos adolescentes chantajistas y arteros decidieron enfangar el honor de un puñado de famosos, y enseguida la calumnia se adueñó del aire, como una lumbre súbita, y nos hizo repudiar a quienes hoy aparecen corno víctimas. Por entonces creíamos que las víctimas eran los calumniadores, mozalbetes ya bastante talluditos y dueños de sus esfínteres, a quienes denominábamos, con cierta incorrección lingüística, menores, e incluso "niños". ¿Recuerdan el debate social que suscitó esta supuesta "profanación de la infancia"? Nuestros políticos prometieron legislaciones represivas contra la prostitución infantil, algo que en aquel momento los enaltecía a nuestros ojos y les rentaba votos. Pero por debajo de las declaraciones de buena voluntad iba creciendo callada la calumnia, como una tenia maligna. ¿Quién resarcirá a los inocentes por las noches de insomnio y las lágrimas retenidas y el estrépito del escándalo?

    Juan Pablo II, “Los ocho desafíos de la coyuntura actual”, Alfa y Omega, 11.IX.02

    ¿Cuáles son los desafíos que todo líder político o económico, toda persona que quiera promover un mundo más justo, tiene que afrontar en estos momentos? Juan Pablo II ha respondido a esta pregunta ofreciendo ocho retos decisivos que tienen un común denominador: poner al hombre y a la mujer en el centro del desarrollo. Presentamos un resumen de las ocho propuesta que presentó Juan Pablo II en su discurso a los embajadores de los países acreditados ante la Santa Sede el 10 de enero de 2002. Continúa leyendo Juan Pablo II, “Los ocho desafíos de la coyuntura actual”, Alfa y Omega, 11.IX.02

    Eulogio López, “Progresismo burocrático” (legalización prostitución), Hispanidad, 2.X.00

    Los holandeses han legalizado los burdeles, o más bien, han legalizado el proxenetismo. A partir de ahora, las casas de lenocinio serán legales en aquel modernista y moderno país europeo, noticia ésta que siempre es recibida con mucha risa por el común de los mortales y con tremenda seriedad por la progresía.

    Como se trata de una medida progresista, la norma viene aderezada con un sofisticado sistema normativo. Las autoridades aseguran que con la legalización se podrá “controlar” mejor el sector, porque en el universo progresista todo debe ser controlado. Por ejemplo, las coimas extranjeras podrán ejercer su actividad siempre que los ingresos que obtengan no resulten “marginales y secundarios”. Ante todo, profesionalidad. Si se dedica usted a una profesión, dedíquese en cuerpo y alma (más bien en cuerpo). Nada de ingresos complementarios.

    Las profesionales no tendrán derecho a paro, lo cual es muy injusto, dado que cotizarán a la Seguridad Social, tanto las asalariadas como las autónomas y quedan obligadas a rellenar la declaración de la renta. Seamos serios: el dinero negro atenta contra la justicia social. A su vez, los empresarios del ramo, deberán pagar impuestos municipales y de sociedades, como cualquier otra empresa, y deberán cumplir las normas sanitarias vigentes (los inspectores de sanidad e higiene se las van a ver en figurillas).

    Todo queda atado y bien atado. Por ejemplo, las prostitutas podrán apuntarse a las listas de paro, y los empresarios del ramo podrán acudir a dichas oficinas para solicitar “trabajadores-as” con experiencia. Cualificados, como quien dice.

    Por el momento, al legislador se le ha olvidado la formación profesional inherente a toda profesión regulada. No se puede alcanzar la profesionalidad sin una base formativa previa y sin un reciclaje continuo.. Pero es cuestión de que el sector madure y logre cotizar en la Bolsa de Amsterdam. No se rían, estamos hablando de una plantilla de 25.000 personas.

    Naturalmente, las corporaciones locales desarrollarán, en ordenanzas municipales, la ley estatal, y se advierte a los municipios que no podrán denegar una licencia por “razones morales” y que, eso sí, deberán contar con un funcionario que asesore a las prostitutas y atienda sus sugerencias o quejas sobre la gestión del negocio. Esto es importante, porque Holanda, a pesar de figurar a la cabeza de la modernidad europea, no cuenta con escuela de negocios que impartan cursos de postgrado con titulación en gestión de casas de placer. Y claro, así no hay manera de que el sector prospere con unas adecuadas técnicas de “marketing”, control de riesgos y planificación estratégica.

    La vieja moral tradicional, tan denostada ella, era muy simple: consideraba, y considera, que el sexo es una cosa muy seria, donde hombre y mujer se entregan mutuamente, sin transacción comercial por medio, porque se trataba de un acto creativo y unitivo, no de un canje. A partir de ese principio, no necesitaba, ni necesita, ley alguna para desarrollar la idea. La prostitución no era un acto inmoral porque estuviera prohibido, sino porque atentaba contra el principio de la entrega entre hombre y mujer y de la dignidad de ambos.

    Pero el progresismo no. El progresismo necesita regular todo lo que existe, controlarlo todo, computarlo todo, inspeccionarlo todo, burocratizarlo todo. Uno de los datos más ilustrativos de la sociedad actual es que los recopiladores de normas (en España, el famoso Aranzadi) engrosan cada año su volumen para desesperación de los abogados, la profesión actual que más formación continua exige a sus miembros. El abogado de prestigio no es hoy aquel que aplica unos principios jurídicos, sino aquel que lee antes el BOE… o las decenas de “Boes” que emiten las instituciones más diversas, así como las sentencias que desarrollan esa elefantiasis jurídica. Urge la informatización de las administraciones públicas y los tribunales de justicia, más que nada para no deforestar el planeta.

    Es de lo más lógico: si no hay principios a los que adherirse tiene que haber leyes que imponer, lo que genera una sociedad harto complicada, quizás asfixiante. El hombre occidental conculca cada día, cada hora, un montón de normas, de las mayoría de las cuales no conoce ni su existencia, aunque pueda ser denunciado por cualquiera de ellas. Es lo que llamamos Estado de Derecho, que más bien tiene poco de estado de derechos, sino de Estado burocrático.

    Robert Spaemann, “El sentido del sufrimiento”

    El sentido del sufrimiento: distintas actitudes ante el dolor humano.

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    Fernando Colina, “Necesita un psiquiatra… ¿o más bien un confesor?”, PUP, 28.IX.02

    El Director del Hospital Psiquiátrico de Valladolid, en un artículo publicado en el Norte de Castilla el 21.IX.02 afirma que muchos pacientes necesitan más bien un confesor.

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    Aceprensa, “Cuando falla la ética se evapora la confianza”, 17.VII.02

    El descubrimiento de escándalos financieros e irregularidades contables en grandes empresas de EE.UU. ha creado un clima de desconfianza entre los inversores y ha provocado la caída de altos directivos. También ha dado lugar a un debate sobre los factores que han minado la ética empresarial.

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    Juan Domínguez, “Los jóvenes europeos redescubren la religión”, Aceprensa, 30.VII.02

    Los jóvenes europeos y la religión: Los padres dejaron la religión, sus hijos la redescubren.

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    Fernando Sebastián, “La Iglesia frente al terrorismo de ETA”, 18.VIII.02

    El libro «La Iglesia frente al terrorismo de ETA», que recopila los pronunciamientos de la Santa Sede, los obispos y otras instituciones eclesiales desde 1969 hasta 2001, cuenta con un epílogo de monseñor Fernando Sebastián sobre la Iglesia ante el terrorismo de ETA. Este escrito del arzobispo de Pamplona ha sido calificado por el teólogo Olegario González de Cardenal como «profundamente iluminador y liberador de muchas conciencias. No desearía yo más -dice- que todos los ciudadanos españoles y, especialmente, los cristianos, leyeran ese texto y procuraran actuar en consecuencia». A continuación recogemos un resumen del epílogo escrito por monseñor Sebastián.

    «Según ellos, hay un conflicto original que consiste en el no reconocimiento de los derechos políticos del pueblo vasco, perfectamente diferenciado, que ocupa desde siempre un territorio, injustamente ocupado por el Estado español (y en parte por el Estado francés) y al que se le niega el derecho de autodeterminarse y organizarse en un Estado independiente. Si este postulado se acepta como verdadero, todas las demás consecuencias están ya implícitamente aceptadas. Así opinan los nacionalistas, pero ¿es ésta una realidad objetiva históricamente demostrable, o es más bien una pretensión opinable y discutible sólo sostenida por una parte de la población vasca? (…) Bien pudiera ocurrir que en vez de tratarse de un conflicto verdadero, fuera, más, «su conflicto», pero no el conflicto de otros muchos vascos, que viven perfectamente en España. Lo que dicen los votos es que casi la mitad de los ciudadanos vascos, y la inmensa mayoría de los navarros, ven las cosas de otra manera y no tienen dificultad para compaginar su identidad vasca o navarra con su ciudadanía española. (…) El victimismo es una forma indirecta de justificar el terrorismo y llega a ser una verdadera técnica psicológica para justificar y hacer moralmente tolerables los crímenes de ETA. (…) »No parece que se pueda afirmar que, en la España actual, los vascos padecen tales discriminaciones jurídicas que justifiquen la insurrección armada y mucho menos los asesinatos indiscriminados y alevosos que ETA comete para imponer su voluntad contra el sentir de la mayoría de los ciudadanos. (…).

    »Al margen de cualquier intención política, este procedimiento es intrínsecamente perverso y gravemente inmoral. Es incompatible con la conciencia cristiana no solamente la ejecución de estos atentados, sino cualquier colaboración que apoye la existencia y las actividades de ETA, tanto en el orden cultural como en el social y político. En consecuencia, la conciencia católica afirma que no es lícito apoyar a las instituciones que acepten directa o indirectamente la dirección de ETA, ni es lícito apoyar de ninguna manera a aquellas instituciones que no condenan expresamente los atentados de ETA y no muestran de este modo su independencia institucional e ideológica respecto de esta organización.

    ¿Autodeterminación? »Ante la exigencia del pretendido derecho a la autodeterminación, es preciso hacer una serie de observaciones que debilitan y prácticamente anulan la legitimidad de esa reivindicación. En la actualidad no hay un pueblo homogéneamente vasco que ocupe un territorio definido. Los vascos están presentes en todo el territorio español; y en lo que se llama País Vasco o Euskal Herria. Hay, y ha habido, desde hace siglos muchas personas no vascas, viviendo en paz y armonía con los vascos. Esa unidad ahora invocada como Euskal Herria o País Vasco no ha sido nunca una unidad política independiente, ni puede considerarse un país ocupado por otro, puesto que ha participado, como cualquier otro, en la historia general de los pueblos peninsulares (…).

    »Los vascos, en la actual situación democrática, tienen los mismos derechos civiles que los demás ciudadanos españoles y pueden desarrollar y garantizar libremente las notas y peculiaridades de su historia y de su cultura como cualquier otro grupo cultural, lingüístico y hasta político integrado en el Estado español. El ordenamiento político vigente en España admite la reivindicación democrática y pacífica de cualquier pretensión, opinión y proyecto político dispuesto a respetar los derechos humanos y las libertades y derechos políticos de los demás ciudadanos. (…) »Es preciso afirmar que, actualmente, los vascos no están sometidos a ninguna injusticia objetiva ni padecen una restricción de sus derechos y libertades políticas que justifique la insurrección ni la lucha armada. Por lo cual los católicos vascos y la gente de buena voluntad se encuentra en la obligación moral de desligarse de ETA y oponerse a ella, a pesar de los posibles y legítimos sentimientos nacionalistas. (…) »Las actuaciones y la misma naturaleza de ETA son absolutamente inmorales. En consecuencia, no es tampoco lícito apoyar en cualquier forma aquellas instituciones que colaboran con ETA, que aceptan su dirección, o simplemente no se desligan públicamente de ella mediante la condena explícita de sus crímenes y extorsiones.

    »Junto a este nacionalismo radical, más o menos contaminado por la violencia y por sus relaciones con ETA,existe también un nacionalismo vasco que quiere mantenerse en el marco de la moral objetiva y de las instituciones y procedimientos democráticos. El PNV existe desde mucho antes de la aparición de ETA. Y es evidente que su trayectoria ha sido democrática, aunque haya estado fuertemente condicionada por sus pretensiones independentistas.

    El nacionalismo democrático Está claro que una opción política nacionalista puede ser legítima y perfectamente compatible con una conciencia cristiana. Hay que tener en cuenta, en primer lugar, que ser nacionalista no es lo mismo que ser independentista. Puede haber un nacionalismo que pretenda defender y desarrollar los elementos específicos de un pueblo, con su historia, su lengua y su cultura, dentro de un Estado plurinacional. Hoy está admitido que el viejo principio romántico de un pueblo, un Estado no es aplicable y que su reivindicación cerrada y cerril es una fuente interminable de conflictos.

    »Otra consideración indispensable es ésta: lo que en política es teóricamente posible, para que sea legítimo en la práctica, ha de manifestarse como un medio de conseguir un bien mayor para la mayoría de la población. El independentismo es una opinión posible. Pero ¿es tan claro que la ruptura independentista, en las actuales circunstancias, es mejor para la mayoría de la población que la continuidad democrática? ¿Qué pasaría con esa casi mitad de la población que se sienten a la vez vascos y españoles y no quieren separarse de España? (…). En estos momentos, los nacionalistas no pueden invocar el diálogo ni la libre manifestación de la voluntad popular como medio de resolver el contencioso político, sencillamente porque mientras exista ETA los ciudadanos no tienen libertad real para manifestarse. Los nacionalistas pueden decir lo que quieran y nadie les va a matar. En cambio, los no nacionalistas si dicen lo que sienten, si votan libremente se exponen a que ETA los mate, o por lo menos se ven obligados a desafiar los insultos y los asaltos de los jóvenes guerrilleros nocturnos que ETA alimenta e impulsa.

    »El nacionalismo democrático se encuentra en la obligación moral de formar un frente común con las demás instituciones democráticas del Estado para luchar eficazmente contra ETA. (…) No se trata sólo de una obligación democrática, sino de una obligación moral, de una exigencia fundamental de la moral política más elemental. (…) Quiérase o no, la coincidencia con la presencia y los fines de ETA contamina las actividades de cualquier otra organización nacionalistas, a no ser que exista al mismo tiempo una clara negación de cualquier coincidencia con ETA y una decidida colaboración con todas las instituciones del Estado para procurar eficazmente la derrota y la desaparición de ETA. Si el nacionalismo vasco quiere actuar moralmente, en las circunstancias actuales, tiene que unirse con las instituciones democráticas del Estado en una lucha decidida y eficaz contra el terrorismo.

    »El punto clave en la sociedad vasca es que los ciudadanos están divididos en sus preferencias políticas al 50 por ciento: un poco más de la mitad son nacionalistas (quizá no todos independentistas) y casi una mitad prefiere seguir viviendo como ciudadanos españoles y vascos a la vez. Ninguna solución unilateral que imponga las preferencias de una mitad y desconozca el sentimiento y la voluntad de la otra mitad puede ser justa ni estable. En Navarra, la mayoría no tiene dificultad en seguir siendo navarros y españoles, y no quieren alterar su amplia autonomía foral integrándose en ninguna otra institución autonómica ni federal. (…) La intervención de la Iglesia »Hoy por hoy, la Constitución española, el Estatuto vasco y el Amejoramiento del Fuero en Navarra, son los instrumentos legales que garantizan la convivencia en paz y en libertad. La única postura responsable y realista es la que se apoya en el reconocimiento de esta situación legal y política, para pretender mejorar estos ordenamientos por los procedimientos legales previstos. Es preciso reconocer serenamente la existencia de un problema político en el País Vasco. Por eso no es exacto decir que el único problema del País Vasco es ETA. Existe el problema singular de que un tanto por ciento importante en el País Vasco no quiere ser españoles, no ven compatible su identidad vasca con la ciudadanía española.

    «La Iglesia tiene que denunciar y condenar la violencia. (…) Pero cabe preguntar qué es lo que hay que pedir a cada grupo, a cada participante de la vida social y pública en estos momentos. A los nacionalistas radicales la Iglesia les dice que las ideas y los análisis marxistas no son verdaderos, ni justos, ni sirven de verdad para fomentar la libertad y la prosperidad de los pueblos. Hay que decirles que no se puede absolutizar ninguna idea ni ninguna realidad social, que ningún proyecto político puede ocupar el lugar de Dios y justificar el atropello de los derechos de nadie.

    »Cuando el ser de «aquí» o de «fuera» es razón suficiente para respetar o no respetar los derechos de una persona, estamos fuera de la democracia, de la moral y de la civilización cristiana; estamos cerrando el camino a cualquier proyecto civilizado y realista de convivencia justa y democrática. (…) »A los nacionalistas democráticos, sean independentistas o no, hay que decirles que no se pueden desconocer los vínculos y responsabilidades comunes con las demás instituciones democráticas, en contra de la violencia y de los radicalismos. Valorar más las coincidencias con los terroristas que las coincidencias morales y democráticas con quienes respetan los derechos humanos y son víctimas de los ataques terroristas es, de nuevo, una forma encubierta de caer en la idolatría de los de «aquí», es aceptar el juego del racismo y favorecer indirectamente el triunfo de las posiciones radicales y violentas. (…) Pretender aprovechar la existencia del terrorismo para ganar bazas políticas o alcanzar algunos grados de soberanismo, sería una forma sutil de hacerse solidarios y dependientes de los violentos. (…) A los partidos y a las instituciones constitucionalistas, la Iglesia debe decirles que es cierto que hay que garantizar eficazmente los derechos fundamentales de los ciudadanos y es cierto que esto requiere la derrota policial de ETA. Pero también es cierto que la paz y la justicia no llegarán del todo mientras no haya una voluntad política eficaz de encontrar una respuesta razonable a las pretensiones más o menos independentistas de la mitad nacionalista. Ellos no pueden imponer sus ideas a los demás. Pero tampoco sería justo no tenerlas en cuenta de ninguna manera. Esta es la dificultad real, la verdadera cuestión política (…).

    Tomado de ABC, 18.VIII.02

    Susanna Tamaro, “La gente tiene necesidad de lo sagrado”, La Razón, 9.X.02

    Sin duda es una mujer especial. Ama la cocina y el campo (vive con caballos, perros, gatos y cabras). Le gusta tocar la flauta, leer y, sobre todo, escribir. La autora de «Donde el corazón te lleve» y «Respóndeme», ha fundado varias asociaciones benéficas y dice odiar todo lo que sea estrecho: desde los vestidos hasta los sentimientos y las ideologías. Susanna Tamaro, de 44 años y una de las heroínas de la literatura actual (nueve millones de copias vendidas de «Donde el corazón…»), vive esquivando las tortas lo mejor que puede en un mundo en el que parecen pulular las malas lenguas. ¿Será la envidia? Ella misma, aburrida ya y algo ajena, confiesa: «Han dicho de mi que he intentado suicidarme, que soy una neurótica, budista, new age, fascista e integrista católica». En fin, una cosa es cierta, y es lo que ha dicho de sí misma en una entrevista concedida a Michele Brambilla y recogida en el libro «Gente que busca. Entrevistas sobre Dios», del periodista italiano. Susanna no se avergüenza de publicar en la revista «Familia Cristiana» y en San Paolo, una gran editorial, pero… católica. Es decir, una editorial, «perteneciente a otro mundo , ignorado por la cultura oficial», en palabras de Brambilla.

    «Soy católica» Incluso en el mundo católico hay quien piensa que es adepta de la Nueva Era (New Age). «Eso es una estupidez explica Susanna al periodista. Yo creo que Dios se ha encarnado en Jesús, que ha muerto y ha resucitado. Soy una católica practicante, no una secuaz de la New Age. La cual, es una espía de la necesidad de sagrado que tiene la gente, y esto debería, más bien, hacer reflexionar a los sacerdotes: si tantas personas terminan en ciertas sectas o movimientos, quizá es porque la Iglesia no consigue responder a la demanda de lo sobrenatural». Y añade modestamente: «A veces, me parece, se insiste demasiado en la ética, con el riesgo de mostrar la fe como un paquete de preceptos y no aquel mensaje de profunda liberación que es. Sólo quien vive la fe experimenta cuánta paz viene del respeto de la ley de Dios.

    En su última obra, «Ánima Mundi», una religiosa simboliza la Gracia, con la que Susanna quiere mostrar que la Salvación viene de fuera, dando así una lección a los que se creen amos de su vida y del propio destino, y no aceptan la idea de ser salvados por Otro. «Mis libros no son de consumo, sino de reflexión, si los críticos me censuran no me importa nada». Queda patente la decisión de esta mujer de no ocultar su fe con la intención de hacer guiños al mercado.

    Para Susanna cada palabra es una semilla y el terreno donde se siembra es el corazón del hombre. Recientemente decía durante un discurso pronunciado en el Encuentro Internacional para la Paz organizado por la Comunidad de San Egidio: «Hay palabras instigadoras y palabras reflexivas, palabras que explotan en forma de rabia y de resentimiento y otras que, en cambio, son capaces de detener cualquier tipo de explosión. Precisamente por eso la escritura consume, porque es un peso, y ahora más que nunca, una responsabilidad».

    ¿Y cómo construir la paz? En su alocución apuntaba que el mal no se puede vencer con el mal, pero tampoco con la retórica del bien y de los buenos sentimientos. «Combatir el mal con el mal conduce a un círculo vicioso cada vez más estrecho. Tendremos que sembrar más palabras continúa. Palabras que golpeen, que hieran. Palabras que hagan levantar la vista. Palabras que, en la estación justa, sepan germinar y transformarse en plantas. Las plantas de la esperanza, del amor y la misericordia».

    Idolatría Tamaro no tiene reparo en hablar de la existencia del pecado, y así, nos advierte de que «el pecado de este tiempo y de todo tiempo no es el mal, sino la idolatría. Ella es la que conduce al hombre a la deriva y transforma la historia en una carrera sin frenos hacia la aniquilación.

    En cuanto a la paz interior Susanna explica que practica el yoga y las artes marciales porque le ayudan a la reflexión, el equilibrio interior y también a la oración, pero las considera tan sólo técnicas. Sabe que a Dios no se le alcanza a fuerza de puños y admira la sencillez evangélica, que es la que nos acerca a la entrada al Reino de los Cielos.

    Altagracia Domínguez, La Razón, Madrid, 9.X.02

    ACI, “Miss América censurada por hablar a favor de la abstinencia sexual”, 9.X.02

    Erika Harold, coronada hace unas semanas como Miss América 2003, denunció que fue censurada por los organizadores del certamen que le ordenaron no hablar públicamente a favor de la abstinencia sexual.

    Harold, de 22 años y natural de Urbana, Illinois, se dedica desde hace tiempo a promover la abstinencia entre las adolescentes de su estado y dice no estar dispuesta a ceder a las presiones por haber ganado la corona.

    “Francamente, aunque no sea específica, hay presiones de algunos lados para que no promueva la abstinencia”, denunció Harold al diario The Washington Times.

    En su primera visita a la capital estadounidense desde que ganó el certamen el 21 de septiembre, Harold dijo que resistirá los esfuerzos de los funcionarios del Miss América para silenciar sus opiniones a favor de la castidad.

    “No me intimidaré”, afirmó Harold -quien este año fue aceptada en la Universidad de Harvard para estudiar derecho- cuando llegó a la sede del National Press Club, para una conferencia de prensa en Washington.

    Una fuente señaló que Harold estaba muy molesta porque George Bauer, director ejecutivo interino de la organización del Miss América, y otros funcionarios del certamen, le habían ordenado directamente que se limite a hablar de la prevención de la violencia juvenil, con el que ha ocupado numerosas primeras planas.

    Según la misma fuente, los funcionarios no quieren que Harold utilice su investidura para promover a castidad entre las adolescentes, a pesar que es una causa que ella promueve desde hace varios años como conferencista del Project Reality, una organización de Chicago pionera en la difusión de la abstinencia en las escuelas. Sólo desde que ganó el título de Miss Illinois en junio, Harold dirigió conferencias a favor de la abstinencia a unos 14 mil jóvenes del estado.

    Bauer no ha respondido a las preguntas de la prensa sobre esta censura. Lo que más llama la atención es la incoherencia de los funcionarios en el tema sexual, pues ahora se oponen a la difusión de la castidad, y por mucho tiempo prohibieron a las elegidas como Miss América -e incluso a las concursantes- estar a solas con un hombre, sea su padre o hermano, sin un chaperón.

    Desde 1990, se ha exigido a las concursantes del Miss América adoptar un tema oficial de promoción. Harold ganó el concurso Miss Illinois con la plataforma “Abstinencia Sexual en la Adolescencia: Respétate a ti mismo, Protégete a ti mismo”. Sin embargo, los funcionarios del certamen reemplazaron la abstinencia por la violencia juvenil, porque arguyeron que sería más “pertinente”, según confesó su padre a un periódico de Illinois.

    Su compromiso Tras ganar la corona, Harold afirmó que recibió un mensaje electrónica de una escolar de Chicago pidiéndole que siga con su campaña a favor de la abstinencia. “Ella me dijo que había cambiado su vida por lo que le dije, que había tomado la decisión de vivir la abstinencia por lo que escuchó. Ella espera realmente que como Miss América siga compartiendo esto porque cambió su vida y cree que cambiará la de otras personas”, relató Harold.

    “No quiero pensar que hay chicos en todo el país que ahora cuestionen si hicieron la decisión correcta, cuando la persona que me inspiró no está dispuesta a compartir ese compromiso a nivel nacional. Me sentiría hipócrita si desisto ahora”, indicó Harold.

    La Miss América, aseguró que la educación en la abstinencia es un componente importante de la prevención de la violencia juvenil porque la violencia está directamente relacionada con el permisivismo sexual y la promiscuidad. “Creo que si una persona joven se involucra en un estilo de vida promiscuo, es más vulnerable ante otros factores de riesgo, definitivamente hay una relación ahí”, señaló. Erika Harold confesó que en la adolescencia fue víctima de acoso sexual. “muchas víctimas de estos abusos, terminan creyendo lo que se dice de ellos y se vuelven promiscuos, caen en un modelo de autodestrucción”.

    “Cuando a mí me tocó vivir esa experiencia, yo adopté la aproximación opuesta y decidí no definirme por lo que los demás pensaban de mí. Me sentí muy afortunada por tener padres y una comunidad de fe que me apoyó en esto. Por eso fui capaz de hablar sobre este tema. No tomé el camino de ser promiscua, sino de reafirmar lo que creo y defenderlo. Me siento muy afortunada por haber podido compartir esto con miles de jóvenes”.

    Publicamos a continuación la rectificación de los organizadores unos días después: Los organizadores levantan censura a Miss EEUU WASHINGTON DC, 11 Oct. 02 (ACI).- La avalancha de críticas y las firmes convicciones de la nueva Miss Estados Unidos, Erika Harold, llevaron a los organizadores del certamen a desistir de la censura impuesta contra la representante para que no promueva la castidad.

    Después de prohibir expresamente a Harold hablar a favor de la abstinencia en sus apariciones públicas, los funcionarios fueron severamente cuestionados por distintos sectores y la Miss Estados Unidos no ocultó su malestar. Harold, que antes de ganar el certamen era Miss Illinois, se había convertido en una de las voceras oficiales de Project Reality, organización dedicada a promover la abstinencia entre los escolares.

    Según informó Libby Gray, de Project Reality, cuando los funcionarios del certamen pidieron a Harold cambiar el enfoque de su discurso a los adolescentes y la violencia, ella lo aceptó pero rechazó detener su mensaje sobre la abstinencia. “A ella le pidieron que no hablara sobre la abstinencia. Erika no será políticamente correcta, hablará de lo que siente que es más importante. Está apasionada con el tema de la abstinencia y quiere difundir este mensaje entre los adolescentes de todo el país”, señaló Gray.

    Robert Knight, director del Culture and Family Institute, afirmó que la organización de Miss Estados Unidos no tenía mucha opción al respecto. “La presión pública los hizo recuperar el sentido”, indicó Knight y lamentó que los funcionarios del concurso estén tan desfasados. “Por mucho tiempo, los organizadores parecían estar atrincherados en la revolución sexual de los ’70s”, señaló.

    Susanna Tamaro, “El mal no se combate con la retórica de los buenos sentimientos”, El Mundo, 3.IX.02

    Nunca he creído en la bondad natural del hombre. (…) Esto ha provocado que no me sorprenda la exhibición de su maldad. Me maravilla, en cambio, que la gente se haya olvidado de esta natural tendencia al mal, que no tengamos ya memoria de nuestros orígenes. No fue Abel, muerto precozmente, sino Caín el que generó todas las estirpes que pueblan la Tierra. Un cielo vacío y un paraíso fácilmente edificable en la tierra sacaron al hombre de su camino. Entender la técnica -y dominarla- le proporcionó la ilusión de que el mismo saber era extensible al corazón. Sin cielo -y sin camino para recorrer-, también el hombre se torna máquina y, como todas las máquinas, puede funcionar bien o mal, depende de la construcción, del programa y del mantenimiento.

    (…) Sin la idea de la redención, la Historia se convierte en una arena en la que los vencedores amontonan constantemente los cuerpos de los vencidos. Sin la idea de la redención, la vida de los seres humanos no es muy diferente de la de los excursionistas sorprendidos por la niebla. ¿Cuál es el camino por el que hemos venido? ¿Por dónde vamos caminando ahora? Nadie tiene una brújula, andamos a ciegas, volviendo siempre sobre nuestros pasos. De esta forma, cuando llegue la muerte, habremos gastado todos los zapatos caminando siempre por el mismo lugar. (…) El mal, la enfermedad, la destrucción y la muerte tienen, de hecho, una misteriosa razón de ser y de existir. La salvación no se consigue caminando al atardecer por la playa de un mar en calma, sino trepando por los montes, entre las zarzas y los espinos, con el riesgo constante de caerse por el barranco en cada instante. El mal no se puede combatir con el mal, pero tampoco con la retórica del bien y de los buenos sentimientos. Es como querer construir un tanque con mondadientes. «¡Tenemos que amarlos!», «tenemos que querer la paz». ¿Y por qué, cuando todo el mundo alrededor sólo habla de atropellos, de victoria de los impíos y de la ferocidad que triunfa? El pecado de este tiempo -y de todo tiempo- no es el mal, sino la idolatría. Ella es la que conduce al hombre a la deriva y transforma la historia en una carrera sin frenos hacia la aniquilación.

    Sí, tendremos que plantar más árboles, observarlos, entender que entre nosotros y ellos la diferencia es realmente exigua, porque la vida de ambos depende de la generosidad de la luz y de la abundancia de agua. De la luz que es auténtica luz y del agua que calma la sed. Tendremos que sembrar más palabras. Palabras que golpean, que hieren. Palabras que hacen levantar la vista. Palabras que, en la estación justa, sepan germinar y transformarse en plantas. Las plantas de la esperanza, del amor y de la misericordia.

    Tendremos que ser de nuevo capaces de ver, de escuchar, de renovar la alianza. Circuncidar la oreja, la mirada y el corazón al igual que, con la poda, se circuncidan las ramas para que nazca la flor y se transforme en fruto.