Francisco J. Mendiguchía, “Fobias y obsesiones”

¿Qué son las fobias? Un diccionario de psiquiatría define las fobias del modo siguiente: «Repulsión o temor angustioso específicamente ligado a la presencia de un ser, un objeto o una situación cuyos caracteres no justifican tal emoción.» Como se ve por esta definición, es difícil separar en la infancia los miedos que he expuesto en el capítulo precedente, de las verdaderas fobias.

Por ello, los psiquiatras de niños, cuando hablamos de fobias infantiles, nos referimos a miedos exagerados, que no presentan mecanismos adaptativos, que aparecen o persisten a edades inadecuadas (el miedo a los perros es normal a los tres años, pero es una fobia a los quince), que se repiten ante la misma situación u objeto preciso, no ceden al desarrollo, son persistentes y, sobre todo, alteran la vida familiar y social del niño y son fuente de sufrimiento para él.

¿Cómo se generan las fobias? Cada escuela psiquiátrica tiene sus propias versiones de cómo nacen. Para unos existe una cierta predisposición natural, las más de las veces unida al padecimiento de obsesiones, que produce un tipo de personalidad que se llama «anancástica» o insegura de sí misma.

El psicoanálisis ha dedicado, ya desde Freud, numerosos estudios a estos problemas, y sostiene que siempre existe una ansiedad primaria que es proyectada a objetos o situaciones externas, que se convierten así en los aparentemente productores de las fobias.

Los conductistas explicaron el porqué de las mismas a partir de un famoso experimento del fundador de esta teoría, el norteamericano Watson que, en 1920, consiguió provocar una fobia en un niño llamado Albert, mediante un apareamiento entre la presencia de una rata blanca y un fuerte ruido que, a la séptima vez de haberse producido, provocó la aparición de la fobia del niño hacia la rata, a la que antes del experimento no tenía ningún temor.

Este mismo psicólogo logró, en otro experimento posterior, justamente lo contrario que en el primero: hacer que desapareciera la fobia asociando al objeto fobógeno un estímulo que evocara una reacción placentera, por ejemplo un dulce.

Desde aquellos años se han multiplicado experiencias que han confirmado la teoría del condicionamiento de las fobias y su tratamiento mediante técnicas de descondicionamiento y, aunque las cosas son algo más complicadas de lo que aquí se han expuesto, la terapia conductual sigue siendo la mejor para estos casos.

Fobias infantiles más frecuentes Las fobias infantiles son muy variadas en su contenido y así, en cincuenta niños con este problema, los temas a que se referían fueron los siguientes: El más frecuente fue el de los animales, en unos los grandes como perros, lobos, etc.; en otros los pequeños como hormigas o cucarachas y en uno la contestación fue la de pájaros, pero ésta en un niño que había visto hacía poco la famosa película de Hitchcock. Las enfermedades, y aun la muerte, son también, ya en estos años de la infancia temas bastante frecuentes, sucediendo lo mismo con dos fobias muy conocidas de los adultos: la agorafobia o temor a los espacios abiertos y la acrofobia o miedo a las alturas.

En los adolescentes es frecuente la fobia por su propio cuerpo, al que llegan a odiar, por no encontrarlo suficientemente atractivo, odio que se mezcla con el temor de que no cambie nunca y que apareció en cuatro casos de esta muestra de cincuenta.

Menos frecuentes fueron las siguientes respuestas: comidas y exámenes en dos casos cada una y aviones, puertas cerradas, personas deformes, ascensores, ruido desagradable, bomberos, máscaras, locura (en un adolescente) e inyecciones, con un caso por respuesta.

Un caso raro fue el de una niña de dos años que, a la vista de su propia cuna, se echaba a llorar y se negaba a meterse en ella, cosa que le pasaba desde que había ingresado en un hospital y dormía en una cuna parecida a la suya. La explicación es la de que esta fobia se había condicionado por una situación traumática anterior.

Una cosa que salió también en este estudio es que la mayoría de los casos de condicionamiento muy claro y evidente se producía en niños con edades entre los dos y seis años, mientras que en los mayores era más difícil de ver, lo que significa que con la edad aumenta la resistencia al condicionamiento.

En una cosa muy importante se diferencian los miedos normales de las fobias, pues así como los primeros tienen muy buen pronóstico y desaparecen con el tiempo, no sucede así con las fobias que tienen una cierta tendencia a persistir en la juventud y aun en la edad adulta, aunque a veces puedan cambiar de contenido. De todas maneras, hay casos en que desaparecen también por completo y los exfóbicos presentan una total normalidad.

Una fobia un poco especial, que puede producir muchos quebraderos de cabeza a los padres, es la llamada «fobia escolar», que consiste en que hay niños o adolescentes que se niegan a ir al colegio sin motivos reales y conocidos, reaccionando con cuadros de ansiedad y pánico cuando se intenta obligarlos.

Se trata de algo muy diferente a lo que vulgarmente se conoce con los nombres de «hacer novillos» o «hacer pellas», pues realmente el fóbico desea ir a clase y tiene ambiciones escolares, mientras que los otros no tienen ningún interés por el colegio ni por los estudios y suelen ser niños rebeldes, al revés que el fóbico que es un chico angustiado y conformista en todo, menos en lo de asistir a clase.

Esta ansiedad se manifiesta en forma de llantos, súplicas, depresión y hasta agitación cuando llega la hora de ir a clase o bien sufre una conversión psicosomática con aparición de dolores de cabeza o abdominales, náuseas, vómitos o diarreas, síntomas que desaparecen los sábados y domingos y en vacaciones.

Algunos adolescentes encubren muy bien la ansiedad y son capaces de salir de casa para el colegio sin que se les note nada pero, en vez de entrar en clase, se ponen a deambular por las calles hasta la hora de terminación de la jornada escolar, regresando después a su casa como si no hubiera pasado nada. Naturalmente la superchería acaba por descubrirse.

En los niños pequeños la fobia escolar, más que una fobia en sí, es un cuadro que se conoce con el nombre de «ansiedad de separación», producido por el temor del niño, no a ir al colegio, sino a separarse de su madre.

En los chicos mayores se trata más bien de una sobrevaloración de sí mismos que no coincide con la realidad y el muchacho, para mantener su autoestima, el famoso «self», opta por huir a su casa, en la que se encuentra a salvo. Por ello es frecuente fobias escolares a esta edad cuando se ha producido un cambio de colegio, de uno que tiene pocas exigencias a otro que las tiene mayores o simplemente, cuando ha sufrido una humillación en clase o fuera de ella, pero siempre dentro del colegio.

Es evidente que la fobia escolar desaparece sola con el tiempo, cuando al chico se le pasa la edad de asistir al colegio, pero para entonces habrá producido un fracaso escolar, y con él, el cercenamiento de muchas posibilidades vitales. Además de este grave problema la experiencia me dice que, por lo general, aparecen posteriormente signos neuróticos más o menos acentuados y tienen una integración familiar y social no demasiado buena.

De todo ello se deduce que las fobias infantiles deben ser tratadas siempre, por muy banales que parezcan, por un especialista y ya hemos dicho que son las técnicas conductuales las que dan mejor resultado, aunque, sobre todo en la fobia escolar, ha de unirse una psicoterapia que, en este último caso, puede ser larga y costosa.

Obsesiones y compulsiones Bastante relacionadas con las fobias se encuentran las llamadas «obsesiones», que si bien son menos frecuentes, también se pueden ver en la infancia y que, en la adolescencia, pueden aparecer en forma de verdaderas neurosis obsesivas.

Todo el mundo habla de obsesiones y de estar obsesionado, pero ¿qué son realmente las obsesiones? Pues las podemos definir como «ideas que se imponen a la conciencia a pesar de no ser aceptadas por ella (si lo fueran se trataría de ideas fijas) vivenciándolas el niño como algo extraño a él, que se le impone por la fuerzas. En muchas ocasiones, estas ideas obsesivas conducen a la ejecución forzada de actos, llamados «compulsiones» y que no son más que una defensa para evitar la angustia que tales ideas le producen.

El primer caso infantil de que tenemos noticia fue descrito por el psiquiatra francés Moreau de Tours, en un tratado que se llamaba nada menos que “La locura en los niños”, que fue publicado en 1888 y en que relataba el caso de un niño que fracasó en sus estudios porque tenía que estar repitiendo constantemente el número trece.

En el niño pequeño, antes de los cinco o seis años, es posible ver actos que, en un adulto, podrían ser considerados como obsesivos pero que, a esta edad, son completamente normales. De este tipo son los «rituales» de la comida (la misma cuchara, la misma silla, la misma persona que tiene que dársela), del sueño (dormirse abrazado al mismo muñeco, oír la misma canción, chupar el mismo pañuelo) o de los juegos (hacer y deshacer repetidamente las mismas torres de tacos, colocar y descolocar el mismo número de coches sin que pueda faltar ninguno, pasar y repasar las hojas del mismo cuento) y que, si no se cumplen, despiertan la ira y el llanto del niño.

Estos rituales pseudo-obsesivos pasan sin dejar ninguna huella y es solamente a los siete u ocho años cuando empiezan los verdaderos síntomas obsesivo-compulsivos.

Las ideas obsesivas son de muy diversa temática y dependen en parte de las circunstancias y condicionamientos exteriores. Antes, por ejemplo, eran muy frecuentes los «escrúpulos» o ideas de pecado, tanto en niños como en adultos, y a este propósito recuerdo muy bien el caso de un chico que tenía una imagen de la Virgen clavada en la cara interna de su pupitre y que, a lo mejor en mitad de una clase, se acordaba que había dejado encima de todos los libros el de Historia Sagrada, que tenía un dibujo de Adán y Eva desnudos y, rápidamente, levantaba la tapa del pupitre, quitaba el libro y lo metía debajo de todo «para que no tocara la estampa» y así se quedaba tranquilo por el momento aunque, al poco tiempo empezaba a pensar que ahora el libro que estaba arriba era el de Historia, que también tenía hombres primitivos no muy vestidos y comenzaba otra vez la misma operación, pasándose así la clase para desesperación de los profesores y la ansiedad del niño que racionalmente comprendía que era una tontería, pero no podía dejar de hacerlo.

Es frecuente también el miedo a las enfermedades y la idea obsesiva de que puede contagiarse de mil modos diferentes, tal como sucedía en varios casos vistos por mí, en los que, cada vez que se hacían un arañazo corrían angustiados a que se les pusiera la inyección antitetánica.

La misma muerte es también motivo de obsesiones, aun en los niños, como es el caso de una niña de siete años que empezó a hablar continuamente de la muerte y a hacer preguntas del tipo de «Y si me meten en una caja, ¿ya no respiro?» o «¿Qué pasa cuando se muere uno?» y vivía con el continuo temor de que se le muriera su madre y la dejara sola.

Las compulsiones son también frecuentes acompañantes de estas ideas obsesivas, tal como la de lavarse las manos muchas veces por la creencia de que están sucias y pueden enfermar (cuando digo muchas veces me estoy refiriendo a treinta o cuarenta), recorrer con un dedo las cuatro paredes de un cuarto para que a su padre no le pase nada porque está de viaje o, como un niño de nueve años que vi en cierta ocasión, que comenzó a pasarse horas y horas moviendo rítmicamente una cuerda, que se metía en la boca si se intentaba quitársela y que, solo al cabo de mucho tiempo, confesó que lo hacía para que le aprobaran en el colegio, mejor dicho, para que no le suspendieran, porque estos rituales suelen ser de evitación de cosas desagradables.

Durante la pubertad aparecen preocupaciones obsesivas de tipo metafísico o filosófico como la existencia de Dios, el origen del hombre, la locura, el infierno, pero siguen persistiendo las anteriores y otras muchas, más o menos extravagantes, como el temor de ser homosexual, siendo éste el caso de una chica de catorce años que vio una vez un travestí y, desde entonces, no hacía más que pensar que ella podía serlo, o el de un chico, también de la misma edad, que me confesaba angustiado que le invadía el pensamiento de que podía estrangular a su madre.

Estos dos últimos ejemplos son un exponente de lo que se llaman «obsesiones por contraste», es decir, que lo último que querrían hacer es precisamente el objeto de las mismas.

Y así multitud de ideas, que a los demás nos parecen extravagantes, pero que para ellos son de una certeza absoluta. ¿Qué les parece el caso de un niño de doce años que tenía miedo a comer por si la comida tuviera algún pequeño trozo de cristal, por haberse roto algún vaso cerca? En los niños, pero sobre todo en adolescentes, además de las ideas y de las compulsiones, puede verse lo que se conoce con el nombre de «carácter obsesivo», caracterizado por una meticulosidad y un orden tan excesivos, que se hace muy difícil convivir con ellos.

Una de las características de los niños y adolescentes obsesivos, que les diferencian de los obsesivos adultos, es la de que, así como éstos «rumian» sus ideas sin comunicárselas casi nunca a nadie, aquellos las exponen una y otra vez a los padres buscando que les liberen del suplicio de la idea o del acto impuestos, pero como éstos recurren al raciocinio para convencerles de lo infundado de los temores, no hacen sino aumentar su ansiedad, pues los primeros convencidos de lo infundado de su irracionalidad son los propios niños.

Uno de los casos en que con más crudeza se manifestaba lo último que acabo de describir, fue el de un adolescente de trece años, que obligaba a su madre a pasar dos y tres horas todas las noches junto a él, cogiéndole la mano cuando estaba ya acostado, para contarle sus obsesiones, con la esperanza de que ella se las disipara, terminando siempre con una crisis de ansiedad en que culpaba a la madre de lo que le pasaba.

Naturalmente no todas las obsesiones son tan intensas, hay toda una gradación. ¿Qué chico no ha sentido alguna vez el impulso de no pisar las rayas de una acera o quizá contar los escalones de una escalera? Y esto es absolutamente banal. Más importantes son ya los síntomas obsesivos aislados de los siete a diez años, pero también suelen pasar sin dejar ninguna huella, no así los que van estructurando una personalidad obsesiva, que se manifiesta ya con toda su fuerza en la adolescencia, en la que estas ideas y actos llegan a constituir una verdadera neurosis obsesiva.

Para terminar esta descripción de lo que son los trastornos obsesivo-compulsivos en estas edades, hay que alertar a los padres cuando éstos son muy intensos y duraderos, sobre todo a la edad de la adolescencia, pues pueden constituir los primeros síntomas de una psicosis que comienza.

Para su tratamiento hay que consultar a un especialista psiquiatra pues, aunque se debe hacer también una psicoterapia profunda y una terapia conductual, hay que recurrir en el 90% de los casos a un tratamiento con imipramina.

Francisco J. Mendiguchía, “Educar es difícil…, pero hay que hacerlo”

Es bien sabido que la educación perfecta no existe, pues es obra de hombres, y éstos no son nunca perfectos. Si pudiera serlo, los hijos de los educadores, psicólogos, psiquiatras y sociólogos, estarían perfectamente educados pues, en general, conocen la teoría de la educación y el modo de aplicarla a cada tipo de niño y, sin embargo, esto no es así al interferirse una serie de variables, como son la propia personalidad de los educadores, sus problemas, sus circunstancias, etc., que condicionan esta educación.

Es más, ni en teoría puede existir la educación perfecta porque se conocen muchos modos educativos, algunos de ellos contrapuestos, que pretenden serlo, lo cual quiere decir que no lo es ninguno, aunque posiblemente todos tengan su parte aprovechable.

De todas maneras, los padres deben conocer unos principios educativos y la realidad es que la mayoría los desconocen, pues el más difícil oficio del hombre, el de educador de sus hijos, no tiene un aprendizaje previo.

Para paliar este desconocimiento de los padres y evitar que se encuentren con unos hijos a los que se puede maleducar, o ineducar en el mejor de los casos, se han creado Escuelas de Padres, Centros de Orientación Familiar, Institutos de Estudios Familiares y otros de parecido nombre, la mayoría buenos, aunque algunos no estén exentos de inconvenientes.

Voy a comenzar por lo más fácil, que es comentar lo que «no se debe hacer» para no caer en unos estereotipos educativos que generalmente no van bien, porque lo primero que debe tener una educación es ser «personalizada».

Veamos en primer lugar cómo los padres no tienen que considerar al hijo: Como un «enano»: según este criterio el niño no es más que un adulto que no se ha desarrollado todavía, pero que siente, padece, piensa como él y sus motivaciones son parecidas (adultomorfismo).

Como una «marioneta»: que debe responder en todo momento a sus deseos (si tiro de un hilo tiene que hacer esto, si tiro de otro lo contrario).

Como un «robot»: que se programa y no puede pensar por su cuenta.

Como un «ángel»: al que hay que adorar como un ídolo porque no tiene defecto alguno.

Como un «demonio»: que no tiene más que defectos y ha de ser corregido continuamente.

Como un «cachorro»: del que no tenemos que preocuparnos más que de su salud física sin caer en la cuenta de que tiene un desarrollo psicológico y espiritual que hay que seguir atentamente.

Cómo educar mal Asimismo existen unos tipos de educación particularmente erróneos que conviene conocer, pues son bastante frecuentes en algunos hogares: Educación excesivamente permisiva: se produce ésta, bien por el criterio de los padres, al creer que es la más idónea, bien porque es más cómodo no oponerse a los deseos y caprichos de los hijos. Un niño así educado carecerá del sentido de la disciplina necesaria para amoldarse a las exigencias sociales y tendrá una pobre idea de lo que se puede o no se puede hacer, de lo que está bien y de lo que está mal y, en definitiva, su conciencia moral o Superyo tiene muy pocas posibilidades de desarrollarse como es debido.

Hace ya casi cuarenta años que dos psiquiatras franceses, Sutter y Luccioni, describieron lo que denominaron «síndrome de carencia de autoridad», que suele presentarse en estructuras familiares anárquicas. Los efectos de esta carencia de autoridad pueden manifestarse en los niños de tres modos: a) debilidad e inconsistencia de la personalidad, con carencia de líneas directrices y con un sentido moral deficiente y anárquico; b) sequedad afectiva, con incapacidad para comprometerse auténticamente y con falta de perseverancia en las actividades emprendidas; c) sensación casi permanente de inseguridad. Al hablar del tratamiento de este síndrome preconizaban estos psiquiatras unos cambios en la conducta familiar que, ya en 1959, reconocían como difíciles «por ir a contracorriente de los métodos educativos y aun de las concepciones psicológicas al uso».

Cuando los padres comienzan a darse cuenta de que han educado a los hijos con excesiva permisividad, por haberla confundido con la libertad, es cuando éstos empiezan a fumar porros, beber alcohol, llegar tarde a casa, aislarse de los padres, tener relaciones sexuales completas, gastar excesivo dinero y cosas parecidas, pero generalmente ya es tarde para enderezar una conducta.

Educación permisivo-autoritaria: en estos casos la educación va, como el péndulo de un reloj, del autoritarismo a la permisividad, desconcertando al niño que no sabe a qué carta quedarse. Esta diferencia de trato puede ser debida a que cada progenitor tenga su propio criterio sobre la educación: madre permisiva, padre autoritario o viceversa o a los cambios de humor y de talante de unos padres inestables que reaccionan impulsivamente ante los problemas de la conducta de los hijos, sin acabar de encontrarse nunca en el fiel de la balanza.

Educación ansiogena: los padres inseguros, ansiosos y obsesivos, acaban haciendo a los hijos iguales que ellos a fuerza de prohibiciones. No les dejan salir solos, no pueden montar en bicicleta porque se pueden caer, tienen que regresar a casa en cuanto se hace de noche, tienen que tener cuidado con quien hablan, sobre todo si son niños, porque no se sabe qué intenciones pueden tener (aunque este último punto, en realidad, no es tan descabellado, dado el número de violaciones y asesinatos de niñas que se producen actualmente en nuestro país).

Educación pseudoperfecta: es el tipo de educación que sigue las normas y reglas de un manual, de los muchos que existen para educar bien a los hijos, aplicándolas, vengan o no a cuento y convengan o no, sin tener en cuenta que cada niño es diferente y cada momento puede requerir una respuesta distinta (de todas maneras, peor aún es no tener la menor idea de lo que hay que hacer).

Educación sin afectividad: se produce este tipo de educación, bien cuando los padres son ellos mismos fríos, poco afectivos, y no pueden dar lo que no tienen, bien cuando alguna circunstancia hace que el hijo constituya un estorbo (hijos no deseados, ilegítimos, hogares rotos, etc.), llegando a producirse verdaderos cuadros de carencia afectiva.

Educación hiperafectiva: contraria a la anterior puede darse este tipo de educación cuando el niño representa el único «objeto amoroso» de los padres, de uno de ellos o de los dos, debido a un desplazamiento hacia el hijo de una afectividad que no puede satisfacerse de otro modo. Esto suele ocurrir cuando no hay unas buenas relaciones matrimoniales o en personas que han sufrido frustraciones o carencias afectivas en su infancia.

Educación para el éxito: «ganar no es todo, es lo único» decía un famoso preparador de fútbol americano, al que pudiéramos llamar «el antiolímpico», cita que viene a cuento de que cada vez es mayor el número de padres que ejercen sobre los hijos unas enormes presiones para que sean unos triunfadores. Esta actitud se da lo mismo entre los padres triunfadores, para que los hijos también lo sean, que entre los fracasados, para que consigan lo que no tuvieron, forzándolos así, aun en contra de sus propias inclinaciones, a tener éxito en la vida. Si el triunfo no llega, convierten al niño en el «chivo expiatorio» («eres una calamidad, no nos haces caso, eres un perezoso»), lo que a veces produce que no lleguen siquiera a un rendimiento normal.

Educación delegada: antes era muy frecuente entre las clases acomodadas ceder la responsabilidad educativa a personas a sueldo (fraulein, nurse, mademoiselle). Hoy tenemos a las «seños», no sólo en clases acomodadas, sino en familias en las que, por trabajar los dos padres, tienen que recurrir a ellas. Lo más frecuente es que haya muchos padres que, por comodidad, deleguen «toda» la educación en los profesores de los colegios de sus hijos. Tanto en unos casos como en otros, los padres no saben realmente cuál es la educación que reciben los hijos, con el agravante de que todas estas personas, aunque puedan ser muy valiosas y dignas de confianza, cambian constantemente y no hay continuidad en el proceso educativo.

Peor aún es delegar por completo la educación en el Estado y en sus estructuras educativas y sanitarias, como comprobé visitando un centro sueco de Higiene Mental Infantil en el que me enseñaron un niño de seis años, que estaba allí porque el primer día de ir a la escuela se había negado a ello y el padre le llevaba para que le convencieran, en vez de hacerlo él mismo; por cierto que, en donde estaba, convivía en la misma habitación con una niña de doce años con un proceso psicótico grave.

Educación positiva Terminada la parte negativa, entremos en la parte más difícil: cómo educar «positivamente» a los hijos.

Lo primero que tienen que meterse los padres dentro de su cabeza es que los valores morales, éticos y, por supuesto, los religiosos, con los que pretendan educar a sus hijos deben estar firmemente asumidos y tener la profunda convicción de que constituyen lo mejor para ellos, principios y valores que han de ser siempre defendidos y, por lo mismo, actuar en conformidad con ellos, sin que haya nada más pernicioso que el «doble mensaje» de decir «debes hacer y pensar esto» mientras ellos hacen y piensan lo contrario o, como mucho, son indiferentes.

Lo segundo es que para educar hay que dedicar tiempo a los hijos. Esto, dicho así, parece superfluo. ¡Pues claro que a cualquier labor hay que dedicarle el tiempo necesario para que fructifique! y más si se trata de algo para los hijos. Sin embargo, los padres se van dejando envolver por la tela de araña de la vida moderna que nos va atrapando poco a poco en sus redes y de la que no es fácil escapar. Hay tiempo para viajes, para cenas, para reuniones, pero ¡ay! para los hijos vamos teniendo cada vez menos, quizá sólo unos minutos y, a veces, ni eso porque, aferrándonos a ese mecanismo de defensa que se llama racionalización, encontramos pronto las justificaciones: llegan muy tarde del colegio, nosotros volvemos a casa muy cansados, los sábados y los domingos hay que ir al campo y allí, ya se sabe, no hay tiempo para nada y sólo vamos para liberarnos de nuestras preocupaciones tensiones.

Pues, a pesar de ello, los padres son los verdaderos, iba escribir únicos, responsables de la educación de sus hijos y no puede ser delegada en los demás por muy buenos y competentes que éstos nos parezcan. Hay unos signos precoces que nos avisan que empezamos a desentendernos d nuestros hijos, como son: no controlar sus tareas escolares, no saber quiénes son realmente sus amigos, no querer influir en la elección de los mismos si ello es necesario, no saber dónde se encuentran en sus ratos libres. Si esto ocurre es que estamos perdiendo el hilo educativo de nuestros hijos.

Una cosa muy importante es la espontaneidad en las relaciones padres-hijos. Los niños sometidos desde muy temprana edad a programas muy rígidos y pormenorizados acaban en muchas ocasiones mintiendo para quedar bien y tener algo de qué hablar, mientras que la espontaneidad lleva a unas relaciones fluidas y éstas, desde hace miles de años, están jerarquizadas con los padres en la cúspide, y no fueron nunca democráticas (cada miembro de la familia igual, a un voto de la misma calidad) aunque, según los miembros van ascendiendo en la pirámide porque van siendo mayores, van teniendo más derechos y por supuesto, más responsabilidades.

En relación con esta espontaneidad en las relaciones paterno-filiales citaré los casos en que los padres, estimulados por libros educativos, emisiones radiofónicas de «cuénteme usted su caso» o tertulias televisivas se empeñan a toda costa en ser «los amigos de sus hijos» para conocer todos sus secretos. Esto, en principio, y en el sentido de que haya una mayor confianza entre padres e hijos es una buena cosa y puede evitar que haya «muros de Berlín» que separen sus ideas, afectos, proyectos, etc., y que en la familia haya comportamientos estancos sin comunicación entre ellos.

Pero lo cierto es que hay, a pesar de todo, unos límites que están producidos por la diferencia de edad y por el natural sentimiento de respeto de los hijos a los padres, límites que no deben forzarse para no producirse el efecto contrario, el rechazo del adolescente. Por ello los padres no deben sentirse frustrados porque haya «secretos» entre los jóvenes a los que ellos no tienen acceso, además de que lo que los chicos necesitan son imágenes paternas fuertes, que les den seguridad y sean objeto de identificación, pudiendo sentirse gravemente frustrados cuando se les cambia esta imagen por la de un amigo que no necesitan.

Los métodos educativos El «cómo» educar sigue siendo, al cabo de los años mil, el caballo de batalla de la cuestión. ¿El látigo del viejo sumerio o la compra de la conducta del niño con dinero, regalos o viajes?, es decir: ¿castigos o premios? La solución salomónica es la de los que dicen: no premiemos ni castiguemos, dejemos que el niño vaya haciendo lo que pueda o quiera y así irá aprendiendo por sí solo.

A este respecto el psicólogo Hulock hizo un interesante experimento, que si bien se hizo en la escuela, puede aplicarse perfectamente a la educación familiar. Separó tres grupos de niños y los trató de tres modos diferentes: al primero se lo alababa todo, al segundo se lo censuraba por sistema y al tercero, ni una cosa ni otra, no les decía nada. Los peores resultados los obtuvo con los niños a los que ni se les alababa ni se les censuraba.

Otro psicólogo, Lewin, hizo también otro interesante ensayo: éste utilizó un solo grupo de niños, pero experimentó en ellos tres métodos educativos, el autoritario, el liberal anteintervencionista y del trabajo en equipo, obteniendo los mejores resultados con este último.

Sin embargo, no es bueno dar normas generalizadas porque cada niño es diferente y la educación familiar, dentro de un contexto común, debe ser personalizada. A unos les irá bien un mayor grado de autoridad, otros se motivarán mejor con incentivos positivos (así se llama ahora a los premios) y también los habrá a los que se le pueda dar más libertad por apreciarse en ellos un gran sentido de responsabilidad.

De todas maneras, educar no es obtener resultados, es formar la personalidad del niño, motivándole con los mejores incentivos que tengamos a nuestra disposición para alcanzar la meta de que, al final del proceso educativo, sea un ser libre y responsable.

Para conseguir esto hay que educar en libertad para que de forma paralela vaya desarrollándose la responsabilidad, teniendo en cuenta que no hay conflicto entre la autoridad de los padres y la libertad de los hijos, siempre que se persiga el bien de éstos, y eso no se consigue si en la educación no entra algo tan simple como es el amor, que quiere decir entrega, sacrificio, lealtad, justicia y constancia.

El doble proceso de la libertad-responsabilidad tiene un carácter evolutivo: a un niño de dieciocho meses habrá que vigilarle estrechamente, coartando su libertad, para que no se caiga por las escaleras pero, si rompe alguna cosa, no se le podrá reñir porque no es responsable en absoluto. A los ocho años todavía habrá que vigilarle para que haga sus deberes escolares, pero ya habrá que dejarle ir a jugar a casa de un amigo.

Por otra parte, la libertad puede tener unos condicionamientos internos que mediatizan la responsabilidad (el fóbico escolar que quiere, pero no puede ir al colegio, el hiperactivo que molesta a todo el que está a su lado por su movimiento continuo) y otros externos como son la conocida libertad de los demás, las costumbres, los hábitos familiares, las posibilidades culturales y, hoy en día, los estímulos constantes de esa «contraeducación paralela» que es la televisión que impone, por vía consciente e inconsciente, pedir determinados juguetes cuando son pequeños, determinadas bebidas si son algo mayores y determinadas costumbres si son adolescentes.

Los padres deben ser siempre muy conscientes de que hay que preparar a los hijos para que puedan elegir el bien y la verdad y no lo contrario porque en último término, él tendrá que ser el responsable de sus actos. Lo que sucede es que, a veces, lo que el niño «debe» hacer no es lo que «le gustaría hacer» (los viejos principios freudianos del placer y de la realidad) y, como al final se impone la realidad, los padres han de procurar que lo que al niño «le guste hacer», coincida con lo que «debe hacer», y éste es, en muy pocas palabras, el meollo del proceso educativo.

No quiero terminar estas digresiones sobre la educación sin recordar unas palabras del psiquiatra vienés Víctor Frankl: «El hombre no está motivado por el principio del placer (Freud) ni por la voluntad del poder (Adler), sino por la necesidad de encontrar un sentido a la propia vida, por lo que tiende a “salir de sí”, a trascenderse, a encontrar el significado fuera de él mismo, mediante el amor» y ése es el camino que, utilizando el lenguaje del mismo autor, lleva a hacer consciente ese Dios inconsciente que todo ser humano lleva dentro.

Francisco J. Mendiguchía, “Los miedos infantiles”

Es evidente que los hombres podemos tener miedo, y ésta es una experiencia por la que todos hemos pasado, no siendo el valor nada más que una superación del mismo. Los niños también lo tienen, como es natural, aunque de otro modo y de otras cosas que los adultos.

Los miedos infantiles han sido muy estudiados desde que, ya en 1895, el francés Binet escribió una obra sobre ellos, “La peur chez les enfants” y, a partir de entonces, la psicología evolutiva ha desarrollado el tema y elaborado unas tablas en las que se describen estos miedos con arreglo a la edad del niño, llegándose al extremo de describir miedos prenatales y paranatales.

Los miedos precoces Se han descrito, y experimentado, los miedos que puede sufrir el recién nacido, pues se ha comprobado que éste no sólo tiene sentimientos de placer (al mamar) y de displacer (al estar mojado) sino también de temor, como el que se produce si se le retira al bebé bruscamente su base de sustentación (reacción de sobresalto).

Para la moderna etología del austríaco Lorenz, los miedos tienen una base genética, con esquemas innatos de desencadenamiento frente a determinadas señales, en nuestro caso de peligro, que determinan un código de conducta de temor.

Los miedos infantiles van aumentando de frecuencia a partir del nacimiento, son ya muy visibles a los tres años, alcanzan un máximo de cuatro a siete, comenzando a descender, aun con alternativas, desde esta edad hasta la adolescencia, edad en la que casi desaparecen como tales y son sustituidos por los temores propios de la edad adulta.

Un niño de tres a seis meses puede asustarse cuando una persona o cosa (un juguete, una jeringuilla), con la que ha tenido una experiencia displacentera, vuelve a ponerse otra vez delante de él. A los ocho meses se puede producir lo que se conoce con el nombre de «temor del octavo mes» que se desencadena como reacción frente a caras extrañas cuando la madre está ausente y no puede, por tanto, identificarla.

He de señalar que algunos autores han criticado bastante la universalidad de estos miedos precoces, considerando que son producto de «laboratorio psicológico» pues, si se observa al niño en el propio hogar, o no aparecen, a lo hacen en mucha menor proporción, viéndose por ello que muchos niños de ocho meses reaccionan con una sonrisa en presencia de una persona que no conocen, si se encuentran en su hábitat habitual y conocido.

Con dos años, los niños pueden demostrar ya miedos a ruidos, movimientos bruscos, luces y sombras y animales.

De los 3 a los 10 años A los tres años, manifiestan sus miedos con mucha mayor claridad y dan señales de temor frente a cambios repentinos de “status”, como una nueva cara, un nuevo aposento o un nuevo sitio de recreo. Estos temores son todavía bastante fragmentarios y focalizados, es decir, muy concretos, tal como puede suceder cuando un padre, lleno de ilusión, compra un bonito juguete mecánico a su hijo y éste empieza a llorar porque siente miedo ante este nuevo objeto, lo que produce una gran decepción en el progenitor.

Con cuatro o cinco años aparecen ya unos miedos que podríamos calificar de «naturales», como son los que se desencadenan con los truenos, la oscuridad, el fuego o los animales salvajes. Estos miedos no son, para los junguianos (del psiquiatra suizo Jung) más que una huella hereditaria de las angustias sufridas por la humanidad desde sus albores, es decir forman parte de nuestro «inconsciente colectivo».

Cuando el niño llega a los seis años, sigue con sus miedos anteriores, pero se le suman otros nuevos como hombres malvados, ladrones y secuestradores. Aparecen los miedos a los personajes irreales como brujas, fantasmas y otros con los que todavía, en ambientes un poco primitivos, se asusta a los niños y cuyo paradigma es el «coco», aunque afortunadamente hayan desaparecido ya figuras tan siniestras como «el hombre del saco» o «el sacamantecas». En cambio han aparecido otros personajes tan irreales como los anteriores, pero igualmente atemorizantes, bueno, más aún, porque no sólo son oídos, sino vistos, y me estoy refiriendo a algunos que aparecen en algunas películas de dibujos animados que ven en la TV.

Todos ellos pueden entrar en el cuarto del niño por la noche, a favor de la oscuridad, él no sabe por dónde, ni cómo, ni por qué, pero sí para qué: para hacerle daño. Lo curioso es que no entran en el cuarto donde duermen sus padres o cuando la madre se va a dormir con él.

También los médicos, y más aún los que llevan bata blanca, despertamos bastante temor a los niños de esta edad, sobre todo si han tenido experiencias penosas con anterioridad; es decir, se han condicionado negativamente, cosa que puede suceder con cualquier persona, animal, objeto o situación, que pasan inmediatamente a convertirse en productores de temor si se repite la experiencia.

A los siete y ocho años siguen con sus miedos anteriores, a la oscuridad, a quedarse solos y a los animales, pero con éstos sucede un hecho curioso, van perdiendo el miedo a los animales grandes como lobos, leones o tigres y empiezan a tenerlo de los pequeños como cucarachas y otros insectos.

Sobre estas edades o un poco más tarde, a los nueve años, en la mayoría de los niños se produce una ambivalencia emocional, siguen temiendo a sus miedos, pero al mismo tiempo se sienten atraídos por ellos, tal como sucede con las películas de terror, que les asustan, pero no pueden dejar de verlas. También a esta edad comienzan a utilizar un mecanismo defensivo contra la angustia del miedo, consistente en meter miedo a niños más pequeños.

Con el paso del tiempo todos estos temores van disminuyendo, pero no cesan del todo y pueden aparecer otros nuevos, tal como sucede en las niñas en las que empiezan a sentir miedo a ser raptadas o violadas, pues noticias de este tipo aparecen todos los días en periódicos y televisión. A esta edad de la preadolescencia comienzan a desarrollarse miedos a las enfermedades, tal como que se les pare el corazón y cosas por el estilo, y es seguro que el 80% o más de estos chicos y chicas muestran todavía algún temor específico.

Tipos más frecuentes de miedos Hace ya bastantes años publiqué los resultados obtenidos con el test proyectivo (estos tests son los que revelan, por las respuestas que se obtienen al ser aplicados, rasgos y problemas personales que, a veces, se quieren ocultar) de las «Fábulas» de Louise Düss. Este test tiene dos preguntas referidas a los miedos infantiles: –«Había una vez un niño que dijo muy bajito: ¡Oh, qué miedo tengo! ¿De qué tenía miedo ese niño?» –«Una vez un niño despertó por la mañana muy cansado. Al despertar dijo: ¡Ay que sueño tan feo he tenido! ¿Qué es lo que soñó el niño?» A la primera pregunta las respuestas más frecuentes fueron: lobos, quedarse solos, el infierno, la oscuridad, una agresión externa, el coco, las brujas, toros y truenos. Me chocó que no aparecieran diferencias significativas entre chicos y chicas.

Estas diferencias sí aparecieron con la segunda fábula, pues las respuestas «el demonio» y «la muerte», fueron mucho más frecuentes en las niñas que en los niños. En cambio no había apenas diferencias en otras respuestas, también frecuentes, como que «les cogía un hombre» o «cosas feas».

Salta a la vista la diferencia de estas respuestas a unas preguntas que no han sido hechas directamente, sino achacadas a otros personajes ficticios, con las que se suelen obtener por medio de inventarios que hacen la pregunta directamente (¿De qué tienes miedo?), pues las respuestas, que pueden variar de unos autores a otros, se refieren a unos temas básicos como son los factores meteorológicos (truenos, rayos, terremotos); los animales (leones, tigres, perros); la muerte, miedo social (encontrarse en determinadas situaciones, hacer el ridículo); lugares cerrados, etc.

En un estudio que hice posteriormente hace muy pocos años, pero hecho en ciento dieciocho niños (el anterior lo fue con trescientos escolares de cinco a doce años), que habían sido llevados a consulta por los padres debido a la intensidad de sus miedos, encontré lo siguiente: Lo más frecuente eran los miedos nocturnos con ochenta y un casos, viniendo después el miedo a la oscuridad aun siendo de día (cuartos oscuros), a la soledad (quedarse solos en un cuarto), a ir solos de una habitación a otra, a los ruidos extraños, a las tormentas y a las calificaciones escolares. Hubo dos casos que decían que tenían miedo «sin saber por qué», aunque en el curso de la psicoterapia si lo supimos.

Frente al frecuente miedo nocturno, los niños se defendían de diferente manera: durmiendo con la luz encendida, yéndose a dormir a la cama de los padres, haciendo que viniera otra persona a dormir con ellos (aunque algunas veces fueran hermanos más pequeños), teniendo una persona, generalmente la madre, al lado hasta que se dormía, dejando abierta la puerta del dormitorio o tapándose la cabeza con sábanas o mantas. Había trece de ellos que se pasaban su miedo solos, sin hacer ningún ritual defensivo.

Los niños que no tienen miedo Como hemos ido viendo, los miedos pueden considerarse normales en las distintas etapas del desarrollo, por lo que quizá, y sin quizá, el niño que no los presenta es más patológico que el que los presenta, pues al fin y al cabo, el miedo es un mecanismo defensivo y carecer completamente de él puede hacer que el niño se exponga a unos peligros que una cierta dosis de miedo puede evitar: el miedo a separarse de la madre produce ansiedad, no tener este miedo puede facilitar que el niño se pierda en un parque público.

El pediatra y psicoanalista inglés Winnicot decía: «Un niño que no tiene miedo en las calles de Londres e incluso en una tempestad, está enfermo, y padres y profesores se engañan pensando que es un niño razonable y valeroso.» Es más, una de las peculiaridades de los niños y adolescentes caracteriales con problemas de conducta, es precisamente su ausencia de temor hacia los posibles castigos.

Sin embargo, la carencia de temor puede resultar beneficiosa en algún caso excepcional, como sucedió en el caso que les voy a relatar: se trata de un deficiente mental de doce años que, en una excursión colectiva, se perdió al anochecer en unos pinares al pie de una montaña y no apareció hasta la mañana siguiente en la cima de la misma, sonriente, tranquilo y sin la menor señal de ansiedad. Se había pasado la noche andando sin miedo a la oscuridad, a caerse por algún barranco, a la soledad, al frío o a algún animal que pudiera atacarle; otro chico de su edad probablemente se habría asustado, se hubiera quedado quieto y, posiblemente, ni hubiera sobrevivido.

Actitud ante un hijo miedoso A los adultos nos parece, olvidándonos de que hemos sido niños, que los miedos infantiles son injustificados la mayoría de las veces; a los niños, claro, les parece lo contrario, por ello hay que mitigarlos en lo que se pueda hasta que desaparezcan con el paso del tiempo. Las explicaciones racionales sirven para poco y lo mejor es hacer que venzan sus miedos poco a poco y sin brusquedades.

Veamos un simple ejemplo: el niño tiene que dormir con la luz encendida, porque si no tiene miedo. Después se va disminuyendo la potencia de la bombilla, luego se le pone una azul y más tarde se tapa con algo, hasta que se acostumbra poco a poco a la oscuridad; si hay que dejar encendida algún tiempo la luz del pasillo, pues se deja y no pasa nada.

Si los miedos son muy intensos se hace una psicoterapia individual o en grupo o se emplean técnicas de descondicionamiento más sofisticadas. Sólo en casos de verdadero pavor, se hará uso de tranquilizantes, controlados siempre por un médico, y por poco tiempo.

Francisco J. Mendiguchía, “La suerte de tener un hijo listo”

Algunos pensarán que con el título de este libro, “Los problemas psicológicos de los hijos”, este capítulo sobra, y sin embargo esto no es así, porque la superdotación también puede producir problemas.

A propósito de esto, recuerdo que una vez entró un niño de seis años en mi consulta, se sentó en una silla delante de mi mesa de trabajo, me miró fijamente y me espetó a modo de saludo: «¡Odio a los psiquiatras!» Se trataba de un niño superdotado que tenía ya importantes problemas en el colegio y de conducta. Por ello había sido visto anteriormente por otros profesionales y el niño estaba ya harto de entrevistas y exámenes psicológicos.

Este ejemplo nos muestra que los superdotados pueden tener problemas psicológicos, algunos porque son personas como todo el mundo y tienen conflictos afectivos, emocionales, de relación o de conducta y otros, porque sus problemas son debidos precisamente a que son superdotados.

Realmente la denominación de superdotado es un poco ambigua, pues la superdotación puede no ser intelectual, sino de alguna otra capacidad o cualidad como son el arte, la música, la mecánica o el deporte y, sin embargo, cuando se habla de que un niño es un superdotado, todo el mundo entiende que posee unas cualidades intelectuales superiores.

El concepto de superdotado tampoco es superponible al de «niño precoz» o «niño prodigio» pues, aunque la mayoría de las veces el superdotado es también precoz, no sucede lo mismo a la inversa, no todos los niños precoces son superdotados.

¿Cuáles son los criterios para el diagnóstico de la sobredotación intelectual? Nos podemos servir de varios: rendimientos escolares, capacidad de liderazgo, conducta correspondiente a niños de mayor edad, curiosidad y avidez por conocer cosas nuevas, desarrollo precoz del lenguaje, etc. Realmente éstos no son más que indicadores ya que, el método más seguro, son los tests que miden el nivel mental, es decir los tests psicométricos, los normales o los esencialmente elaborados para estos casos.

Con arreglo a los resultados obtenidos con estos tests se puede definir como superdotado al que alcanza un nivel de 140. Hasta no hace mucho tiempo el listón estaba en los 130, pero lo mismo que se amplió la banda normal por abajo, se hizo también por arriba, por lo que la proporción de niños normales (a mi ya desaparecido amigo Dr. Díaz Mor le gustaba más la palabra «normativos») ha aumentado bastante en estos últimos veinte años.

De todas maneras, aun estirando el límite superior hasta un C. I. de 120, ¿qué pasa con los que se encuentran entre 120 y 140? Que les llamamos simplemente «listos» o «brillantes». Y por arriba, ¿hasta dónde se llega? Parece ser que los «genios» como Einstein tienen un C.I. alrededor de 180, aunque a estos niveles los tests sirven ya para muy poco y las cifras son más bien convencionales. El número de superdotados no se conoce muy bien, pero la mayoría de las estadísticas dicen que entre el 1 y el 3% de la población infantil tienen un C. I., por encima de 130, aunque sólo el 0,1% llega a tener un C.I. de 150 o más, mientras que el 6% de esta población pasan de un C. I. de 120.

¿Se hereda o no? Un problema que ha preocupado mucho a la gente desde siempre, es el de si la superdotación intelectiva se hereda. La verdad es que no lo sabemos muy bien, a pesar de que, ya en 1869, sir Francis Galton publicó su obra “Heredetary Genius” en la que parecía llegar a la conclusión de que sí, que era hereditario, aunque también formuló su ley de la «regresión a la medianía» por la que, si bien el hijo de un hombre muy lista es más listo que los demás, sin embargo no lo es tanto como su padre y lo mismo sucede con el nieto; otro tanto ocurre al revés: el hijo de un hombre no muy listo lo es más que su padre y su nieto más listo que los dos, con lo que se consigue evitar que, al cabo de muchas generaciones la humanidad quedara dividida en dos grandes grupos, el de los listos y el de los tontos.

A esta teoría genética se opuso enseguida la ambientalista o culturalista, que sostiene que los buenos resultados que se obtienen en los parientes de personas sobresalientes son debidos al medio ambiente en que se han desarrollado. La familia Bach ¿había heredado una superior capacidad musical o es que desde sus primeros años estuvieron oyendo buena música a todas horas? Esta lucha entre geneticistas y culturalistas no ha terminado aún, pero quizá los actuales avances de la genética permitan el descubrimiento del gen o genes responsables de eso que llamamos inteligencia; lo que sí sabemos es que hay que cultivarla desde los primeros años de la vida y que una alimentación insuficiente, como la de los países del tercer mundo, constituye un grave “handicap” para su desarrollo.

Otra cosa que preocupó mucho en tiempos pasados fue la posible relación entre genio y locura y entre genio y muerte. En relación con la posible temprana muerte de los genios tenemos el caso del niño alemán Ch. H. Heiniken, nacido en 1721, que a los cuatro años sabía leer, citar mil quinientos proverbios latinos y responder a cualquier pregunta sobre historia, pero que a los cinco años murió. En contraste con esta macabra historia, los alemanes tienen otra menos deprimente, la del niño Karl Wite que, a los nueve años, sabía francés, griego, latín e italiano, además del alemán, claro, que a los catorce recibió el título de doctor en Filosofía y que, sin embargo, murió octogenario.

En otros casos no es el temor a la muerte sino a la locura lo que preocupa a la gente, aun en nuestros días, como se dice en inglés «early ripe, early rot» (pronto maduro, pronto podrido); y sin embargo, el único estudio serio de seguimiento de niños superdotados, el del norteamericano Terman, demostró que su salud mental no difería de la del resto de la población.

Es muy curioso que, en cuentos, historietas, cómics, chistes, etc., se describe siempre un tipo de niño listo, sabelotodo y empollón y, al mismo tiempo, escuchimizado, enclenque, con gafas y antipático, del que se burlan los demás niños. No es verdad en absoluto, estos niños son físicamente tan normales como los demás, constituyendo el origen de este estereotipo un simple mecanismo de compensación de los menos dotados intelectualmente.

Lo que sí es verdad es que estos niños suelen empezar a dar guerra desde que son pequeños, pues los padres se sienten muchas veces desconcertados frente a ellos «que se las saben todas» y que rechazan jugar con otros niños de su edad, prefiriendo la compañía de los mayores y aun la de los adultos, que les rechazan, unos porque físicamente son menores que ellos y los otros porque hablan y dicen cosas que un niño «no debe saber».

El resultado es que el superdotado acabe sintiendo su superdotación como una carga, y esto les hace ser un poco aislacionistas, egocéntricos, poco tolerantes con las frustraciones y, a veces, con rasgos obsesivos; sin embargo estos rasgos no se dan en todos y no constituyen realmente una caracterología constante en los superdotados.

En el colegio suelen ser alumnos de comprensión rápida, memoria excelente, muy curiosos y de gran afición a la lectura, por lo que, estudiando generalmente menos tiempo que sus compañeros, van uno o dos años por delante de ellos.

Inconvenientes de la superdotación Sin embargo, y a pesar de su superdotación, hay un cierto número de niños que fracasan en el colegio por diversas causas como son la subestimación del trabajo a realizar, el aburrimiento que sienten en clase al terminar los deberes antes que los demás, enfrascarse en sus propias elucubraciones sin atender lo que está explicando el profesor o, si son un poco inquietos, por ponerse a incordiar a los compañeros por sobrarles tiempo, así como por la dispersión de sus esfuerzos al querer abarcar demasiado fiándose en sus cualidades superiores. Una vez vi un caso de un superdotado que «rechazaba» su superioridad intelectiva y sus ventajas, procurando sacar malas notas, para no sentirse aislado de sus compañeros.

¿Estudios normales o estudios especiales? Entremos ahora en un tema muy debatido, la formación de estos niños. Ya en la antigua Grecia, Platón propiciaba en su “República” la aplicación de una serie de pruebas destinadas a descubrir los talentos del país para educarlos y convertirles en conductores del Estado.

Cuenta la leyenda que Carlomagno quiso hacer algo parecido; lo que sí es histórico es que, en el siglo XVI, Solimán el Magnífico mandaba emisarios a todos los rincones de su imperio para que seleccionasen los que más sobresalían en las escuelas, fueran mahometanos o cristianos, para hacerles los conductores religiosos, los científicos, los artistas y los guerreros del país.

En 1862, el director de las escuelas públicas de la ciudad de San Luis en EE.UU, inventó un método de promoción de niños superdotados que recibió el nombre de «skipping», que consistía en «saltar» las programaciones.

También en Norteamérica, en la última década del siglo pasado, surgen los dos métodos, que todavía se disputan el honor de ser el mejor para educar niños superdotados: La «aceleración», que consiste en hacer clases paralelas con un mismo programa, una de las cuales recorre el programa en ocho meses, mientras que la otra, a la que asisten los mejor dotados, lo hacen en seis.

La «profundización», que desde 1920 se conoce con el nombre de «enriquecimiento», que a su vez no es más que una densificación de los programas, no en el sentido de añadir nuevas materias, sino en el de ensanchar el horizonte de estos niños estimulando, al mismo tiempo, sus actividades creativas.

Sin embargo, no todo el mundo está de acuerdo en la conveniencia de agrupar a los superdotados en clases o centros especiales, pues dicen que así se puede desarrollar un «espíritu de casta» que puede ser perjudicial para la futura integración social y familiar.

Es evidente que estos colegios especializados no están al alcance de todo el mundo y es a los profesores a los que les incumbe la tarea, difícil tarea por otro lado, de conjugar los dos métodos antes descritos, sin que el niño salga de su ambiente normal, quizá opiniéndose al deseo de los propios padres, que preferirían únicamente el método acelerado por una comprensible ambición de demostrar que sus hijos son superiores, terminando los estudios antes que sus compañeros.

Por otra parte, los padres no deben nunca olvidar que el desarrollo afectivo de los hijos superdotados puede no correr paralelo al intelectivo y tener necesidades sentimentales o emocionales más acordes con su edad real que con la mental. Así un niño de cuatro años puede saber ya leer y hasta multiplicar, pero necesitará que alguna vez la madre le haga algún mimo o le acune para ayudarle a dormir.

Francisco J. Mendiguchía, “El niño malo… que no lo es”

¡En cuántas ocasiones he oído en mi consulta!: “Doctor, le traemos este niño (o niña, aunque éstas menos veces) que no podemos más con él, ¡es malísimo, no se puede estar quieto ni un momento»!; y luego continúan: «y no sólo somos nosotros, ha empezado a ir al colegio y ya tenemos quejas de sus profesores, dicen que no hay quien haga carrera de él, no obedece a nada, es muy inquieto y además no avanza en sus estudios».

Los padres van acompañados de un niño de siete u ocho años, aunque los hay (los padres) que aguantan menos y ya nos los llevan a los tres o cuatro, o más pacientes y lo hacen a los diez, más tarde casi nunca.

El niño se sienta muy seriecito en la silla que le indicamos y permanece en ella quieto y callado, mirándonos atentamente a sus padres y a mí, sólo que… esta actitud le dura poco tiempo, primero empieza a moverse inquieto en su asiento, luego alarga una mano y coge algo de la mesa, el bolígrafo, un papel, cualquier cosa que le llame la atención y entonces el padre, o la madre, le da un cachete y dice: «¡Ve usted como es un diablo!». Yo les digo que le dejen hacer y el niño se contiene, pero por poco tiempo, enseguida coge otra cosa (yo tengo encima de la mesa un timbre en forma de tortuga e indefectiblemente el niño empieza a hurgar en ella hasta que suena).

Pronto se cansa de estar sentado, se levanta de la silla y va a tocar otro objeto o indica que quiere marcharse, cosas que colman la paciencia de los padres y, aunque les indico que no me molesta y que el niño puede hacer lo que quiera, más aún, que lo prefiero, van por él para volver a sentarlo y el niño lo hace de momento, para volver a las andadas en algunos segundos. Entonces, uno de los padres le coge de la mano y se lo lleva para que el otro pueda contarme tranquilamente lo que les pasa al niño y a ellos, que ya no saben cómo controlarse.

Los niños hiperactivos Yo les oigo, pero ya he hecho «in mentís» un diagnóstico, provisional naturalmente y sujeto a confirmación posterior, pero que falla muy pocas veces: nos hallamos ante un niño hiperactivo.

¿Y qué es un niño hiperactivo? Pues se trata de un trastorno infantil conocido ya hace mucho tiempo, pues nada menos que en 1896, un conocido psiquiatra francés llamado Bourneville, describió un tipo de niño caracterizado por su intranquilidad, destructividad y escasa capacidad para controlar sus impulsos y al que bautizó con el nombre de «niño inestable».

Treinta años después, un paidopsiquiatra, Herni Wallón, les adjudicó un nombre muy gráfico que desgraciadamente ya no se utiliza, «niño turbulento», del que dice que cada impresión la convierte en tema de actividad, y la descarga hacia la esfera motriz. Para completar el cuadro, otro autor, Demoor, señaló la disminución, la carencia tal vez, de la atención, lo que hace que estos niños fracasen en sus aprendizajes escolares.

Para darse cuenta de la importancia de este cuadro, no hay más que leer las estadísticas que se han publicado, pues se dan cifras de hasta un 20% de todos los escolares, aunque creo que la realidad no es tan mala y que, con un 5% a un 10%, ya tenemos suficiente. Lo que es por todos admitido es su frecuencia mayor en los niños que en las niñas, cuatro a nueve niños por cada niña.

Ahora bien, ¿por qué son así estos niños? En un principio, siguiendo las corrientes científicas de la época, se pensó que lo que pasaba era que nacían así, por tratarse de un defecto constitucional, hoy diríamos mejor genético, pues hay estudios en gemelos bastante convincentes y hasta unos autores rusos describieron, allá por los años treinta, la «constitución inestable», base de la hiperactividad. En mi experiencia hay muchos padres que señalan que el niño es inquieto «desde que nació», «siempre fue así», «en los primeros meses ya se le notaba» u otras expresiones parecidas.

Sin embargo, y también muy pronto, en 1923, un célebre paidopsiquiatra italiano, el profesor Sancte de Sanctis, (célebre entre otras cosas por haber descrito el primero la esquizofrenia infantil) apuntó también la posibilidad de que la causa no fuera constitucional sino psicológica: «El síndrome de la inestabilidad puede ser la expresión de la personalidad en formación del niño.» Así las cosas, unos autores alemanes emigrados a Estados Unidos (Werner y Strauss), anunciaron la teoría de que la causa podría ser un daño cerebral, pero un daño mínimo, porque no aparecen signos neurológicos, ni aun en su electroencefalograma, evidentes, por lo que se pensó en cambiar la palabra «daño» por la de «disfunción», es decir que el cerebro no estaba dañado, sino que no funcionaba adecuadamente y por ello, durante bastantes años, el cuadro se ha conocido con el nombre de «disfunción cerebral mínima». Parece ser que la disfunción consiste en que el cerebro infantil no filtra adecuadamente los estímulos sensoriales que recibe.

Hoy día, con el avance de la Psiquiatría Social, se está poniendo mucho énfasis en la influencia del entorno: dificultades económicas, viviendas inadecuadas, promiscuidad, paro, malos tratos, en una palabra, ambientes inadecuados y caóticos.

La escuela también desempeña un importante papel: la carencia o pequeñez de espacios para el juego, las aulas pequeñas, o lo que es peor, las muy grandes, pero llenas hasta rebosar de alumnos, son el caldo de cultivo en las que un niño, que ya es inquieto de por sí, desarrolle al máximo su conducta hiperactiva.

Por la magnitud del problema se han hecho bastantes estudios de tipo metabólico y se ha achacado el síndrome a la falta de zinc en las comidas, al exceso de azúcar y a los aditivos y colorantes que se añaden a los productos alimenticios. La realidad es que seguimos sin saber muy bien lo que pasa en estos niños, aunque hay algunos datos para suponer que puede ser la manifestación de un desorden en el metabolismo de ciertos cuerpos químicos que intervienen en la neurotransmisión cerebral.

La desgraciada historia de un hiperactivo Pero volvamos al niño que ha salido del despacho con uno de sus progenitores y veamos lo que nos suele contar el que se queda: Durante la lactancia y la primera infancia presentó rasgos de un niño llorón, que rechazaba los alimentos, intranquilo y negativista (aunque también es posible que a esta edad no presentara ningún signo fuera de lo corriente).

En el parvulario comienzan ya las quejas de sus cuidadores y maestras por su impulsividad, destructividad, desobediencia, torpeza para las manualidades, carencia de atención, presentación de dibujos con trazos desmañados, ruptura frecuente de lápices y papeles, imprevisibilidad de sus reacciones y un mal sometimiento a las reglas comunes de trabajos y juegos. El niño suele llegar a casa bastante sucio, con algún desgarrón en su vestimenta y algún que otro arañazo o moratón.

Estas características se van haciendo más evidentes y se manifiestan en toda su crudeza cuando el niño empieza a ir al colegio. Su intranquilidad, torpeza e indisciplina llegan al máximo y aparece una complicación importante: el niño tiene dificultades en el aprendizaje de la lectura y escritura y se va retrasando respecto a sus compañeros, cosa que los profesores achacan a que el niño no pone atención a lo que se le explica. No es extraño que ya, algún director de colegio, les haya rogado a los padres que trasladen al niño de colegio, «a ser posible que tenga pocos alumnos por clase».

En casa es un niño insoportable, con saltos continuos y correrías sin rumbo fijo, no puede permanecer sentado mucho tiempo y habla acompañándose de gesticulaciones.

En sus relaciones sociales es muy desinhibido y no parece darse cuenta de las inconveniencias sociales que comete, tales como no saber esperar turno cuando hay que hacerlo, interrumpir conversaciones o contestar a las preguntas cuando están a medio formular. Además trae de cabeza a los padres porque no tiene idea del peligro y tiene continuos accidentes, como meter los dedos en los enchufes o cortarse con cualquier instrumento afilado.

En sus juegos es muy inconstante, pasa de uno a otro sin terminar ninguno y, como no sabe respetar las reglas de los juegos comunitarios, los demás chicos no quieren jugar con él y el niño se va encontrando cada vez más solo. Lo único que le sostiene la atención es la TV, que es tan inquieta y saltígrada como él, lo que supone un alivio para los padres, que le dejan todo el tiempo que quiera delante del televisor para poder así descansar ellos.

Algunos padres, no en todos los casos, nos cuentan que el niño es, además, agresivo, terco, destructivo, mentiroso y desobediente, es decir, presenta lo que se conoce con el nombre de «trastorno de conducta».

En términos cibernéticos, lo que sucede en su conducta es que se produce un mecanismo de retroalimentación («feed back») que mantiene y empeora el cuadro progresivamente: como el niño tiene dificultad para filtrar la información que le llega, su atención se dispersa, su aprendizaje esto aumenta su inmadurez cerebral (primer bucle de retroacción); a causa de su agitación se produce una relación caótica con su entorno que es causa de ansiedad que, a su vez, aumenta su intranquilidad (segundo bucle); ante la conducta del niño los padres se sienten muy decepcionados y reaccionan con agresividad («eres un demonio, una calamidad»), agresividad que es devuelta por el niño y la hiperactividad se convierte en parte en intencionada, lo que aumenta su ansiedad por sus sentimientos de culpa (tercer bucle); por fin aparecen sentimientos depresivos («soy un caso», «no tengo arreglo») que producen más conductas difíciles que aumentan la irritabilidad y decepción de los padres (cuarto bucle) y así hasta que se deciden los padres a consultar para ver de romper este circuito que va empeorando la situación cada día más.

Lo cierto es que, cuando se ve el niño a solas, se aprecian enseguida en él rasgos de ansiedad debidos a que se va dando cuenta de que tiene problemas que no puede dominar, de que es diferente a los demás niños y que el entorno, incluido los padres, le mira con una cierta hostilidad de la que se va sintiendo día a día más culpable.

El diagnóstico de la hiperactividad se hace fácilmente por la historia del niño y por su observación, aunque pueden utilizarse las consabidas escalas y cuestionarios para padres y maestros en caso de grandes grupos de población. Alguien inventó también un curioso artilugio, que llamó silla «balistográfica», que no era más que una silla que medía los movimientos del niño sentado en ella y también tenemos los «cuadrantes de observación», que es una sala que está dividida en cuadrados y, en cada uno de ellos, que están separados por unas rayas pintadas en el suelo, una mesa con lápices, plastilina, cuentos, juguetes, etc., y una silla para cada mesa, midiéndose la actividad por el número de veces que el niño cambia de cuadrante al pasar la raya que los separa.

Todos estos síntomas van remitiendo poco a poco, aunque haya autores que opinen que puede quedar un cuadro residual en el adulto. Todavía a los dieciséis años permanecen igual la tercera parte pero, ya a los dieciocho, han mejorado mucho la mayoría y ha desaparecido del todo en una cuarta parte.

No se conocen casos de empeoramiento, aunque en los niños que además tienen problemas de conducta, ésta sí puede empeorar, aunque la hiperactividad y la atención mejoren. Un problema de más difícil solución es el de los retrasos escolares que el cuadro puede llevar consigo, pues son difíciles de superar y llevan en muchas ocasiones al abandono de los estudios en edades tempranas.

Cómo tratar a estos niños Veamos ahora qué se puede hacer con estos niños, pues se han intentado muchos métodos, desde los propiamente pedagógicos hasta el uso de psicofármacos.

En algunos países se han proyectado, y hecho, aulas especiales para estos niños, con paredes desnudas sin adornos, mapas, dibujos y todo lo que se suele colocar sobre ellas, pintadas en tonos suaves, luz tamizada, parcialmente insonorizadas y con las mesas de los alumnos mirando a la pared, separadas unas de otras por mamparas para que no se distraigan unos con otros.

No está mal la idea en teoría, pero mucho me temo que, como el problema dura mucho tiempo, el niño acabará por adquirir una claustrofobia que le llevará más tarde a una fobia escolar. Como aquí no disponemos de este tipo de clases, los buenos maestros ponen a estos hiperactivos en la primera fila para poder atenderlos mejor en sus problemas de inestabilidad y distraibilidad, los malos los colocan en las últimas para que no molesten.

Son también muy útiles los tratamientos psicomotrices como la relajación y el control de movimientos, terapias conductuales que modifiquen su comportamiento impulsivo y la psicoterapia individual, de grupo y familiar, esta última para modificar los patrones de respuesta que los padres han desarrollado frente al hijo hiperactivo.

Un doctor americano se hizo bastante popular con un régimen alimenticio, la «Dieta Feingold», que consistía en eliminar los alimentos que contuvieran aditivos y colorantes, pero la verdad es que es una dieta difícil de realizar, tal como está hoy la industria alimenticia y además supondría un cambio de hábitos en la alimentación de toda la familia, eso sin contar que los estudios hechos sobre los resultados de este método, han sido bastante mediocres.

Pasemos por último al tratamiento con psicofármacos, ése que tanto temen los padres y, que sin embargo, es el único realmente eficaz. Allá por el año 1937, un psiquiatra, también americano llamado Bradley, ante el hecho paradójico de que a estos niños, los barbitúricos, que entonces eran los únicos tranquilizantes que se conocían, en vez de tranquilizarles les ponían más nerviosos, pensó que, si les daba estimulantes, a lo mejor se estaban más quietos. Tal como lo pensó lo hizo y utilizó la anfetamina o benzedrina (la conocida simpatina), para pasar después a la dexedrina, comprobando que de doscientos ochenta niños había mejorado el 60%. A partir de 1960 lo que se suele utilizar es otro estimulante que produce muy pocos efectos secundarios (insomnio o anorexia), llamado metilfenidato.

Yo he utilizado este último fármaco en niños de hasta doce-trece años de edad durante más de veinticinco años y sólo tuve que suspender la medicación en dos casos por la anorexia que producía. Insomnio no lo encontré nunca a las dosis por mí utilizadas.

Para evitar el acostumbramiento a la medicación, es de gran utilidad practicar el método del «fin de semana terapéutico», es decir, suspender la misma los sábados y domingos y, asimismo, no administrarla durante los meses de verano en los que el niño tiene más tiempo y espacio para descargar sus impulsos a la acción mediante juegos, deportes, excursiones, etc. y no tienen que estar tanto tiempo metidos en casa o en el colegio.

No hace mucho un chico de diez años me decía unos días antes de empezar el curso: «Doctor, ¿puedo empezar a tomar otra vez las pastillas que me hacen estarme quieto?».

Algunos autores, por eso del rechazo a los psicofármacos, han utilizado café o compuestos de cola, pero los resultados no son ni mucho menos tan convincentes y además son muy difíciles de dosificar. También se han probado otros fármacos, pero tampoco las mejorías han sido tan evidentes.

Francisco J. Mendiguchía, “Los grandes síndromes”

Corresponden éstos a los cuadros clínicos que por su frecuencia e importancia han sido, y lo son todavía, fuente de angustia, temor y desesperanza para los padres, pero que éstos deben superar porque pueden y deben ser una gran ayuda para los hijos que los sufren.

La deficiencia mental Hace ya más de veinte años, fui buscado deprisa y corriendo para que acudiera a la televisión para que un famoso entrevistador me hiciera unas preguntas sobre el caso de un niño que había aparecido en el entonces Sahara Español, conviviendo con una manada de gacelas. Se preguntaban por la relación que podría haber entre éste y el ya famoso «niño salvaje de Aveyrólv», cuya vida ha sido llevada a la pantalla por el director de cine francés Trufaut.

Lo del niño gacela resultó ser absolutamente falso; no así el encontrado vagando por los bosques de Aveyrón. Con este caso suelen comenzar todos los libros que hablan del tratamiento de las deficiencias mentales, u oligofrenias como se llamaban por aquel entonces. En realidad no se sabe bien si este niño, al igual que las niñas indias Kamala y Amala, era deficiente mental, autista o niño que milagrosamente había sobrevivido en el medio animal, aunque eso sí, a costa de no haber podido desarrollar su inteligencia por falta de estimulación humana.

Sin embargo la verdadera historia de la deficiencia mental como grave problema sociológico empezó más de medio siglo más tarde. El gobierno francés, con motivo de la implantación de la escolarización obligatoria, encargó al profesor Binet que investigara la capacidad mental de los escolares, para lo cual éste, ayudado por su colaborador Simón, diseñó unas pruebas el célebre test que lleva su nombre para determinar esta capacidad, que midieron en «edades mentales».

Cuando les pasaron estas pruebas a los niños vieron que esta edad mental no coincidía en ocasiones con la edad real o cronológica, en unos porque era mayor y en otros porque era menor, determinando entonces que aquel escolar que tuviera una edad mental dos o más años inferior a la real, era un retrasado que no debía seguir una enseñanza normal. Debería recibir a cambio un tipo de enseñanza adaptada a sus facultades, naciendo así la Pedagogía Terapéutica, aunque ya con anterioridad se hubieran creado centros que «recogían» a los deficientes más profundos. A los nuevos retrasados de Binet se les llamó «débiles mentales» y empezaron a crearse escuelas para ellos en todo el mundo.

Para afinar más el diagnóstico, pues no es lo mismo tener dos años de retraso a los seis que a los diez, se inventó por Stern el conocidísimo Cociente Intelectual que se obtiene dividiendo la edad mental por la cronológica que, en caso de absoluta normalidad, debe ser uno; en realidad: cien, porque para facilitar las operaciones se le añadieron dos ceros. Como los hombres no somos robots, ni tan exactos, la coincidencia absoluta era rarísima, por lo que se consideró que la banda comprendida entre noventa y ciento diez era la que correspondía a la normalidad.

Si el niño obtenía un C. I. (Cociente Intelectual) por debajo de esa banda era un retrasado y si por encima un superdotado por lo que, y sin meternos en complejidades de desviaciones estándar, el concepto de normalidad, y por lo tanto de subnormalidad, es meramente estadístico, por lo menos dentro de ciertos límites.

Pronto se vio que había muchos niños con un C. I. por debajo de noventa a los que no se les podía considerar realmente retrasados, por lo que, los que tenían el C. I. entre ochenta y noventa pasaron a ser considerados simplemente «torpes» y en puridad debían, aunque les costara un poco más de esfuerzo, seguir una escolaridad normal, si bien la mayoría acababa sus estudios, si es que lo hacía, uno o dos años después que los demás.

Pero aún hay más, porque si consultamos cualquier clasificación de enfermedades mentales de tipo público e internacional (OMS, DSM) vemos que para calificar a un niño de deficiente mental ha de tener un C. I. por debajo de setenta. ¿Y los que están entre setenta y ochenta? Pues la cosa no está muy clara pero, en general, se les conoce con el nombre de «limites» y también «fronterizos» porque se encuentran en la frontera entre la normalidad y la subnormalidad.

Por debajo de un C. I. de setenta el diagnóstico ya es más fácil, porque la deficiencia suele ser claramente perceptible, no sólo por los tests, sino por su comportamiento general, que se aprecia que no está al nivel de los niños de su misma edad sino a otro inferior. Estas deficiencias se dividen a su vez en leves, moderadas, graves y profundas según su intensidad (estas dos últimas se corresponden con los «idiotas de Binet», término que es absolutamente científico y significa «el que no puede comunicarse de palabra»).

De todas maneras, estas clasificaciones tampoco dejan de ser algo artificioso, porque la deficiencia mental es un trastorno global de la personalidad y hay déficit moderados que tienen mejor pronóstico que otros leves por sus características personales, tal como sucede con los niños antes llamados mongólicos y ahora Síndromes de Down, que tienen muy buena integración familiar y social por su ductilidad y buen carácter.

Sin embargo, con esto de los C. I, nos trajo en su día de cabeza la Administración cuando decidió dar unas ayudas económicas, bien modestas por cierto, a las familias que tuvieran un hijo deficiente pero, y ahí estaba el problema, tenía que tener un C. I. por debajo de cincuenta. Confieso sin rubor que yo, que tenía que poner la firma final en los expedientes del centro que dirigía, cambié más de un cincuenta y cuatro por un cuarenta y siete, para que la familia pudiera recibir la ayuda, sobre todo en los citados Down que tienen la característica de tener un C. I. bastante alto en los primeros meses de vida y que después va bajando.

Fue precisamente en estos niños mongólicos en los que se aplicó por primera vez en Argentina, por la Dra. Coriat el método de la rehabilitación precoz para evitar esta caída del C. I.

Consecuencia inmediata del aumento del número de los deficientes mentales diagnosticados, no de su aumento real, fue la proliferación de centros educativos dedicados a estos niños, empezando naturalmente por los países más avanzados económica y culturalmente: Estados Unidos, Alemania, Suiza, Francia e Inglaterra.

Nosotros fuimos más tardíos en crearlos y además se debieron a la iniciativa privada, pues el Estado no hizo casi nada a este respecto, demostrándolo esta anécdota, que la considero absolutamente cierta: a principios de los años cuarenta el peluquero del entonces Ministro de la Gobernación, del que dependía la Sanidad Española, le pidió a éste una recomendación para que un niño pariente suyo, que era subnormal, pudiera ingresar en un centro estatal, pues los privados no los podían costear.

El ministro dijo que sí, que no faltaba más, y le pasó el encargo al Subsecretario, siendo mayúscula su sorpresa cuando éste, al cabo de unos días le informó ¡que no había ninguno!, a la vista de lo cual mandó rebañar unos presupuestos y construyó el Instituto Médico Pedagógico Fray Bernardino Álvarez, del que más tarde fui director durante veinte años.

Con el tiempo fueron creándose más centros, tanto estatales como privados y llegó un momento en que prácticamente todos los deficientes españoles se educaban en un Centro Especial. Mas he ahí que los países que antes habían comenzado y no sólo tenían centros educativos, sino también talleres, clubes y residencias para deficientes adultos (nosotros teníamos también algunos) empezaron a caer en la cuenta que el deficiente mental pasaba su vida, desde que nacía hasta que era viejo, completamente marginado del mundo en que vivía, sin integrarse en la vida laboral y social del mismo.

Esto provocó una revisión de los conceptos que hasta entonces se habían manejado sobre la educación de los niños deficientes y el nacimiento de la idea de que deberían ser educados con los demás niños, aunque recibiendo un apoyo pedagógico complementario. Así nacieron las llamadas «clases de integración», que ya han empezado a crearse en nuestro país en los colegios públicos y algún privado. En éstas estamos y ya veremos con el tiempo cuáles son los resultados.

Pero aparte de la pedagogía, ¿es que no hay tratamientos eficaces para curar la deficiencia mental? Al cabo de casi cincuenta años de dedicarme a estos problemas y de haber asistido al «descubrimiento» de técnicas que aseguraban que sí lo hacían (extractos de células, ácido glutámico, métodos psicomotrices intensivos) puedo asegurar que casi todos mejoran (excepto el de las células que puede ser peligroso), pero ninguno cura. Excepcionalmente hay uno que sí cura, pero sólo sirve para los hipotiroideos, a los que si se les administra cuando son pequeños extracto de tiroides, no aparece la deficiencia, y aun mejoran si no hace mucho que la padecen.

De todas formas han de aplicárseles todas las técnicas «auxiliares» como la musicoterapia, la reeducación psicomotriz, las técnicas conductuales, la farmacoterapia cuando es necesario y aun las psicoterapias, sobre todo las de grupo, pues todas ayudan. Se nota mucho la diferencia entre un deficiente tratado y otro que no lo ha sido, con gran ventaja para el primero.

Y a los padres ¿no les digo nada? Lo primero es que se asocien. En todos los sitios de España hay Asociaciones de Padres que han sabido luchar por los derechos de los hijos deficientes y han conseguido ir rompiendo las barreras que les separaban de la sociedad, que no los aíslen nunca y les hagan participar de todas las actividades vitales a que puedan tener acceso. Recuerdo con verdadera tristeza una chica mongólica de quince años que vivía en su casa como en una jaula de oro: tenía profesora de música y danza, otra de pintura y otra de pedagogía pero no tenía una sola amiga. Ella que lo notaba, me dijo un día: «Mis padres no se dan cuenta que yo sé que la chica que viene porque es amiga mía, en realidad la pagan ellos.» (Yo la vi porque hizo un cuadro delirante debido a su aislamiento.) Hay que educarles con amor, pero también con disciplina y que inculquen estos sentimientos en los hermanos que después serán los encargados de cuidarlos. En caso de que tengan que internarlos en algún centro por las características de su cuadro clínico, no deben sentirse culpables aunque, eso sí, viéndoles con frecuencia y sacándoles las veces que se pueda.

Para terminar les contaré lo que una madre, ya mayor, me contó respecto de su hija deficiente: «Doctor, ¿creerá usted que, a estas alturas de mi vida, esta hija es el único consuelo que tengo?».

El autismo Como he comenzado este capítulo con una historia continuaré con otra, un poco anterior a la del niño gacela. Un día se presentó en mi consulta un señor diciendo que iba a llevarme, para que lo viese, a un hijo suyo que había sido diagnosticado en Estados Unidos de «autismo infantil». Yo, por entonces, no había visto todavía ningún caso de este síndrome y sólo tenía las ideas que me proporcionó la lectura del libro, aún no traducido al castellano de Leo Kanner, en el que este autor describía dicho síndrome, descubierto por él en 1943, con el nombre de «early infantil autismus». Daba al cuadro un pronóstico más bien benigno y con muchas posibilidades de recuperación, optimismo que había contagiado a los padres que, como el señor que nos consultaba, se cuidaba mucho de separar a su hijo de los deficientes mentales («mi hijo es un autista, no un subnormal») dado que además, en los primeros tiempos, se pensaba que el origen era psicogenético.

Para el psicoanalista americano Bettelheim, que escribió un libro realmente impresionante llamado La Fortaleza Vacía, el autismo no consistía, en la mayoría de las veces, más que en un rechazo, consciente o inconsciente de los padres, sobre todo de la madre, a la que describía como fría, distante y con repugnancia para los contactos físicos.

Desgraciadamente hoy ya sabemos que sólo un 5% de los niños autistas no tienen retraso mental, de ellos el 50% con un C. I. por debajo de cincuenta, y que su pronóstico es malo, bastante peor que el de los deficientes leves y moderados.

Asimismo prácticamente nadie duda ya del origen orgánico (cerebral) del autismo, ligado en un pequeño número a factores genéticos y en una mayor proporción a problemas infecciosos o traumáticos del embarazo y del parto, y hasta se han descrito trastornos del metabolismo cerebral con una disminución de la tasa de serotonina en sangre. Últimamente he leído un trabajo que comentaba que mediante la exploración con resonancia magnética cerebral se había detectado una disminución del tamaño del cerebelo, aunque este dato está aún por confirmar con ulteriores investigaciones.

El número de niños autistas se calcula en tres o cuatro por diez mil niños, siendo cuatro veces más común en niños que en niñas.

De una forma somera señalaré que los síntomas que caracterizan a estos niños son los siguientes: trastornos de la relación social, de ahí su nombre de autismo, desde que son pequeñitos (no responden con sonrisas a los tres meses, no miran de frente, no se adaptan al cuerpo de la madre cuando ésta los cogen en brazos, están como ausentes), retraso en la aparición del lenguaje (llegan a los cuatro años o más sin decir más que alguna palabra suelta) y manierismos o movimientos estereotipados (agitación de brazos «como si fueran a volar», retorcimiento de manos).

Es muy característica la resistencia a los cambios en su entorno (ir siempre por el mismo camino, no comer si no les sirve la misma persona, crisis de llanto si se le cambia la cuidadora), apego a objetos inusitados (un trozo de plástico o de alambre), reacciones emocionales agudas frecuentes, con rabietas y automutilaciones, trastornos del sueño, juegos excéntricos e hiperactividad.

Curiosamente, algunos de estos niños muestran habilidades especiales como dibujar. (Tuve un enfermito que dibujaba motocicletas con una perfección que no tenían los niños de su edad pero… las repetía incansablemente decenas de veces y siempre con los mismos trazos.) Durante los años sesenta y setenta se publicaron multitud de trabajos sobre el autismo en las revistas especializadas y se celebraron congresos sobre este tema en exclusiva, dado el alto interés que despertó el cuadro en los medios científicos.

Hoy en día este interés ha disminuido bastante porque se llegó a la conclusión de que las posibilidades de curación son escasas y que el cuadro estaba ya perfectamente definido. No era ni siquiera una forma muy precoz de psicosis como al principio habíamos creído y hay ya autores, como el inglés Grahan, que en su tratado de Psiquiatría Infantil lo incluye en el capítulo de «Trastornos de la inteligencia». La última clasificación americana, la DSM-III-R, soslaya el problema describiéndolo como «Trastorno generalizado del desarrollo».

De todas formas los niños autistas siguen ahí y hay que intentar seguir investigando, tanto en su etiología, para que pueda llegarse a una prevención, que sería lo único realmente eficaz, como en los modos de tratarlos y educarlos, y así salvar lo que se pueda del naufragio pues, aunque pocos, las estadísticas de la mayoría de los países citan casos, un 10%, que pueden llegar a adquirir un cierto grado de independencia y alguno hasta conseguir un trabajo normal, dependiendo ello del grado del desarrollo intelectivo que tengan, de los cuidados de los padres y de los métodos educativos y conductuales aplicados para desarrollar sus potenciales y modificar sus conductas inadecuadas. En veinticuatro casos seguidos por mí durante diez años, ninguno de ellos había podido hacer una escolaridad normal y el 20% estaba internado en centros especializados para autistas.

Las psicosis He hablado un poco más arriba de que el autismo pudiera haber sido una forma temprana de psicosis. ¿Y qué son las psicosis? Para entendernos rápidamente diré que el ejemplo más claro de psicosis en el adulto es la esquizofrenia.

El que los niños puedan padecer una psicosis es algo conocido desde principios de siglo, cuando un psiquiatra italiano llamado Sanete de Sanctis describió el primer caso conocido de esta enfermedad, denominando al cuadro clínico «demencia precocísima», es decir una forma infantil de la recién descrita demencia precoz que más tarde se denominó esquizofrenia, nombre con el que hoy en día se conoce esta enfermedad, todavía llena de interrogantes sobre lo que realmente es pero perfectamente conocida en sus síntomas y aun en su tratamiento.

No puedo describirles detalladamente cómo es la esquizofrenia infantil, pues la mayoría de las personas conocen más o menos de qué se trata y por ello les voy a describir un caso que vi hace casi ya cuarenta años: se trataba de una familia que emigró a Inglaterra, padre, madre y un niño de seis años y que, al cabo de medio año de estar allí, notaron que el niño empezó a ponerse triste y luego a hablar solo, al principio menos y luego a todas horas. Después comenzó a aislarse poco a poco en una habitación y dejó de hablar hasta caer en un mutismo absoluto, a sufrir crisis de agitación en las que rompía todo lo que encontraba a mano, y a no dormir.

Asustados los padres se viene la madre a España con el niño y aquí lo veo yo, encontrándome con un niño inexpresivo, con la mirada vacía, perplejo, con una sonrisa sin contenido alguno y al que no logro arrancar ni una palabra, si bien seguía indicaciones como «ven aquí», «siéntate», etc. y que, de repente, se levanta de la silla en que estaba sentado, echa a correr por la habitación mirando hacia el techo, mientras musita algo ininteligible y hace ademán como de sacar unas pistolas y disparar con ellas; esto le dura un par de minutos y después vuelve a sentarse aparentemente tranquilo, repitiéndose la escena tres veces en una hora. Entonces le pongo un lápiz en la mano diciéndole que dibuje una casa y pinta una con aspecto fantasmagórico, luego que dibuje un hombre y resulta también una especie de fantasma encapuchado. Cuando hablo con la madre me cuenta que algunas noches golpea la almohada con los puños diciendo la palabra «sangre» como si realmente la estuviera viendo.

Le indico a la madre que creo que el niño padece una forma muy precoz de esquizofrenia y, como el diagnóstico en esa época era un poco insólito, se lo cree a medias y escribe al marido, que se traslada a Londres, donde consulta con varios psiquiatras y todos le dicen que el diagnóstico era correcto. El caso terminó bastante bien pues en seis meses le desaparecieron los síntomas después de un tratamiento con neurolépticos y psicoterapia.

Se trataba pues de un caso de una forma de psicosis infantil de tipo esquizofrénico, raro en esta edad pero mucho más frecuente entre los doce y quince años, edad en la que ya va tomando la enfermedad la forma del adulto. Hay otras formas descritas de psicosis infantiles, aún más precoces que nuestro caso, como son la psicosis simbiótica de Mahler, la forma deficitaria de Misés, la defectuosa de Bender y las psicosis disarmónicas, que deben distinguirse, lo que no es tan fácil, de las deficiencias mentales.

El tratamiento debe ser hecho siempre por un psiquiatra, pues la terapéutica realmente eficaz es la administración de neurolépticos; si debe acompañarse de técnicas de maternaje, musicoterapia y técnicas conductuales. Puede citarse como exponente de la gravedad de estos casos, el que una magnífica psiquiatra de niños, norteamericana, Lauretta Bender, llegó a tratar, antes de la aparición de los psicofármacos, cientos de ellos con electrochoque.

La epilepsia Del último «gran problema» del que quiero tratar, es el del niño que padece una epilepsia. Es curioso que todos los libros que tratan de esta enfermedad empiecen citando a los grandes hombres que fueron epilépticos como Julio César, Napoleón o Dostoievsky, quizá para darnos argumentos para convencer a los padres de que es una enfermedad sin importancia y no aquel terrible «mal divino» que hacía a los romanos suspender las reuniones públicas o comicios, cuando algún asistente sufría una crisis del «gran mal» epiléptico.

La verdad es que, hace no más de treinta años, ser epiléptico era desagradable, peligroso a veces, y conducente a una marginación social que llevaba en ocasiones a los manicomios. Los niños que sufrían estas crisis tan aparatosas del «gran mal» epiléptico, no podían ir a clase con los demás niños porque éstos podían asustarse y hasta se crearon centros especiales para ellos.

Afortunadamente en estos últimos treinta años, el problema ha ido dejando de serlo gracias a dos factores fundamentales: el primero ha sido el gran avance producido en el tratamiento farmacológico de esta enfermedad en todas sus formas: «gran mal», «pequeño mal» y «crisis parciales» (sólo sigue siendo una forma grave la conocida como «hipsarritmia» o síndrome de West), avance que ha permitido el control de las crisis en la gran mayoría de los casos.

Gracias a ello el niño ha dejado de estar siempre asustado por la posibilidad de sufrir un nuevo ataque, ha adquirido seguridad en sí mismo y ya no se produce deterioro mental ya que ni hay crisis ni la medicación que actualmente se da les atonta. Tan es así que ya es muy difícil de ver lo que antes se llamaba «carácter epiléptico» que producía un tipo de niño colérico, agresivo, de retorcidas ideas, poco fiable y enequético (esta palabreja quiere decir repetitivos, pesados, minuciosos y adherentes).

El segundo factor es el mejor conocimiento por parte de la gente de lo que es la enfermedad y de su poca peligrosidad para el niño o para los demás. Esto hace que los niños epilépticos sean admitidos en los colegios y hasta se instruyan a los compañeros de clase para que no se asusten y sepan qué hacer si se presenta alguna crisis, como no meterles cucharillas ni objetos duros entre los dientes en plena crisis, porque se pueden romper, y sólo colocarles en una posición cómoda en la que no puedan herirse en las convulsiones.

De todas formas los médicos, cuando se hace el diagnóstico de una epilepsia infantil, debemos tener una charla con los padres para explicarles en qué consiste la enfermedad: sus posibles y reales peligros; cómo prevenirlos (vigilar al niño mientras se baña en el mar o en una piscina porque puede ahogarse en una crisis y no hacer ejercicios tan violentos que produzcan jadeo durante minutos); la necesidad de seguir puntualmente las indicaciones terapéuticas con controles periódicos de nivel de medicación en sangre y repetir los electroencefalogramas de tiempo en tiempo. Hay que ponerles en guardia también con el exceso de superprotección que puede llegar a ahogar la iniciativa y personalidad del niño.

Francisco J. Mendiguchía, “El niño que se rebela”

Un gran número de consultas que se nos hace a los especialistas en psicología y psiquiatría infantiles, están motivadas por una conducta que desazona a los padres, quizá no inmediatamente, pero sí al cabo de un cierto tiempo de su aparición.

La primera entrevista suele comenzar así: «Doctor, ¿qué podemos hacer con este niño, o esta niña, que desde hace algún tiempo dice a todo que no? No quiere obedecer, se rebela cuando queremos imponer nuestra autoridad y el “no quiero” lo tiene siempre en la punta de la lengua, y el caso es que antes era muy obediente.» Cuando les pregunto ¿cuántos años tiene?, la respuesta más corriente es que tiene alrededor de cuatro años.

En la mayoría de los casos sucede que nos encontramos ante un niño en esa primera edad difícil, caracterizada por el negativismo y la terquedad y que ha recibido diversos nombres, como «primer período tempestuoso», «primera edad rebelde» y hasta «primera pubertad» por lo conflictiva que resulta para los padres y que, en realidad, no es más que una característica del desarrollo psicológico normal del niño.

Es en esta etapa cuando se produce un fortalecimiento del Yo infantil, que es lo que le lleva precisamente a este negativismo en un intento de afianzar su personalidad frente a los adultos, sus leyes y sus órdenes.

Los padres se extrañan ante ese primer «no quiero» del niño, sin pararse a pensar en la gran cantidad de «yo quiero que», «haz esto» o «no hagas lo otro» que le han dicho y seguirán diciéndole.

Este «no quiero», no es más que una forma que el niño tiene para decir, «hay que contar conmigo a partir de ahora», y esto no es malo en sí, porque cuando un niño se resiste activa y francamente a ciertas órdenes, aunque estén bien dadas, muestra que ni la hiperprotección, generalmente materna, le ha abrumado, ni el tratamiento duro, generalmente del padre, le ha aplastado hasta el punto de no atreverse, en ambos casos a «luchar en defensa propia».

La rebeldía del hijo, el «no quiero» por sistema, primero sorprende a los padres que no lo esperaban y luego acaba constituyendo una amenaza para su amor propio, pues no entienden que, habiéndose portado muy razonablemente con él, éste se rebele, al parecer sin razón ninguna pues, como dicen ellos: ¡si no le pedimos nada que no se le pueda pedir a un niño de su edad! Francamente, se sienten desilusionados y un tanto confusos, confusión que aumenta cuando, al preguntar en la guardería o colegio al que acude el hijo, les dicen que allí el niño se porta bien, no es negativo y no tienen ningún problema de rebeldía.

Lo mismo sucede si va a pasar la tarde en casa de un amigo o de unos primos, pues los padres de éstos comentan que es un chico adorable y obediente.

Todo ello acaba produciendo una cierta inseguridad y ansiedad en los padres, que piensan: ¿en qué estamos fallando? Y es que los niños parece que tienen muy desarrollado el sentido de la oportunidad y del dónde, cómo y cuándo pueden hacer las pruebas de su naciente personalidad y hacer valer sus derechos, sin peligro y con provecho.

He hablado del dónde y cuándo, pero también hay un «cómo», pues la resistencia infantil no se muestra sólo por medio de palabras, el «no» y el «no quiero», sino que también puede hacerlo bajo otras formas.

Una de ellas es la de utilizar su conducta y así, se resiste a la comida o la vomita voluntariamente (hay niños que son realmente unos virtuosos en esto de provocar el vómito), simula no oír o comprender las órdenes que se le dan, se queda sentado cuando tiene que moverse o viceversa, no obedece las órdenes que ya se habían hecho rutina con anterioridad, se niega a orinar hasta que ya no puede más o llega a hacerlo encima, lo mismo pasa con la defecación, no quiere irse a la cama a la hora acostumbrada y mil formas más de manifestar su negación ante los mayores, cosa que desconcierta a sus padres más aún que las palabras.

No se le oculta a nadie que en esto de la rebeldía, como en todo lo que se refiere a la conducta infantil, no todos los niños son iguales, y los hay más tercos y negativistas que otros, que son más dúctiles y conformistas ya desde que nacen, y esto ocurre porque no todos los temperamentos, N_ después los caracteres, son iguales.

Los mayores y la rebelión de los hijos Claro es que también los mayores podemos contribuir a fomentar la resistencia del niño si, valga la expresión, se le «provoca» acompañando nuestras órdenes de gritos y malos tratos, si se le dan instrucciones contradictorias (por la misma persona o por otras) o con «doble mensaje» («haz esto porque si no se lo contaré a papá cuando llegue») o se le comunican demasiados mandatos, aunque éstos sean acertados, al mismo tiempo.

Cuando a un niño de esta edad se le dicen cosas como “ven aquí inmediatamente”, “come sin hacer ruido”, “no hables en voz tan alta”, “no toques los alfileres” o “deja la TV y vete a dormir”, hay que evitar los «porque sí», «porque yo lo mando» y acompañarlas de los razonamientos pertinentes del porqué de las prohibiciones, naturalmente en un lenguaje apropiado a la edad del niño. También hay que ser un poco dúctil al dar órdenes a los hijos y no exigir, salvo en raras excepciones, su cumplimiento inmediato pues hay que darles algún tiempo para que venzan la inercia del cambio y madure interiormente lo que se le exige.

Hay que tener también mucho cuidado en no prohibirles cosas que nosotros nos permitimos hacer delante de ellos, tales como «niño, sal de la habitación que tú no puedes ver esta película» y nosotros nos quedamos viéndola o, en caso de hacerlo, como cuando le prohibimos beber vino y nosotros lo bebemos, se debe explicar el por qué de la prohibición.

A veces, lo que sucede es que un niño, que hasta entonces no se había mostrado más rebelde de lo normal para su edad, aumenta su negativismo y terquedad hasta hacerse verdaderamente molesto para los padres, los cuales reaccionan aumentando los castigos y las reprimendas, que no hacen más que incrementar aún más la conducta negativa del hijo. En realidad, lo que el niño hace no es más que un intento de llamar la atención sobre él porque ha sucedido algo que le hace sentirse desgraciado, como puede ser el nacimiento de un hermanito, que su madre se haya puesto a trabajar y ya no está tanto tiempo con él o, simplemente, que cree que los padres atienden demasiado a un primito que ha venido a pasar una temporada con ellos.

Este primer período de terquedad suele desaparecer hacia los cinco o seis años, por lo menos en su forma más llamativa, porque el niño es ya una personita más segura de sí misma y no tiene que recurrir al negativismo como sistema, aparte de que va aprendiendo a ser realista y a adaptarse a las circunstancias.

El segundo período de rebeldía A los nueve o diez años, tanto en los niños como en las niñas, se suele producir una segunda fase de rebeldía y ello debido a dos hechos fundamentales: a) El niño traslada sus intereses de la familia al grupo, del que acepta unas normas que no obedece en casa, y al colegio, en el que sucede lo mismo. Por ello, a esta edad, son más frecuentes los casos de niños que son rebeldes en casa y casi modélicos fuera de ella.

b) Nace su espíritu critico y, gracias a él, comienza a juzgar las cosas, los hechos y las personas con criterios propios. Como este sentido crítico alcanza a los padres, a los que empieza a ver como realmente son y no como los tenía idealizados, los bajan del pedestal en el que les tenían colocados, y esta frustración le hace enfrentarse con ellos en una lucha que empieza ahora y no terminará hasta que pasen a la fase siguiente de su desarrollo psicológico.

La gran rebeldía: la adolescencia Y con esto llegamos a la fase de «la gran rebeldía»: la adolescencia. Ésta comienza a los doce años por término medio y termina hacia los dieciséis o diecisiete (la edad de los «teen» de los americanos) y que, por la problemática que suele resultar, se le dan los apelativos de «crisis», «época de tormenta y tensión» y otros parecidos, todos con un cierto tinte peyorativo, que no hacen más que señalar que el adulto considera esta edad como algo peligroso ante la que adoptan una aptitud defensiva y aun medrosa. Títulos de libros como “Socorro, tengo un hijo adolescente” muestran cuál es el estado actual de la cuestión, siendo lo peor que los padres, «por si acaso», adoptan sistemáticamente una actitud de prevención, y aun de hostilidad, frente a los chicos que llegan a esta edad.

Esta rebeldía juvenil está motivada fundamentalmente por dos razones: inseguridad del niño que empieza a dejar de serlo, pero todavía no es un hombre, y el enfrentamiento con un mundo desconocido y amenazador con más interrogantes que respuestas.

Ya no le valen las de los padres y él todavía no ha encontrado las suyas, lo que le hace ir en una busca desesperada de una identidad que todavía no tiene; si ya no soy un niño, pero tampoco soy un adulto, ¿qué soy? Y entonces acude al mismo mecanismo que tan buenos resultados le dio cuando era más pequeño: ¡Me opongo!, pero ¿a qué?, pues a todo o casi todo, empezando por las normas familiares y acabando por las sociales.

Para no sentirse demasiado culpables por su rebeldía, se sienten víctimas. ¡Cuidado, lo sienten verdaderamente, no es una comedia!, por lo que resulta que son los padres los culpables, los que no les comprenden. Pero es que tampoco les comprenden en el colegio y mucho menos la sociedad, que está podrida y a la que hay que cambiar radicalmente y, si llega el caso, destruirla tal como es.

Los padres pierden su condición de guías y mentores y se sienten frustrados e impotentes frente a la nueva situación y ante los hijos que les rechazan, y a su vez éstos, que todavía les aman, se sienten culpables de su desvío y de su comportamiento rebelde.

Se produce así una situación en la que ni los padres ni los hijos están seguros de si su comportamiento es correcto, lo que genera una confusión de sentimientos, temor, amor, admiración, rechazo, rivalidad, hostilidad, que aumentan aún más la inseguridad del adolescente y la situación de conflicto en que vive y que sólo el paso del tiempo será el encargado de atenuar, pues precisamente tiempo es lo que el chico a esta edad necesita para alcanzar su identidad y adquirir la seguridad en si mismo, que haga innecesario recurrir a los mecanismos de oposición.

Si nos centramos ahora en su comportamiento social, vemos que también tiene el adolescente que hacer frente a una situación insegura, pues ya no se siente protegido, ni él lo desea, por la familia y por ello se agrupa en lo que se denominan «grupos de pares», es decir, grupos o pandillas formados por chicos y chicas de la misma edad. Estos grupos tienen a su vez reglas de conducta pero, que por ser suyas, son más satisfactorias y se someten gustosamente a ellas.

Se produce así una identificación con unos valores nuevos, que van desde el modo de vestir hasta las ideas políticas, desesperando a unas madres que no conciben que sus hijas se nieguen a vestirse como a ellas les gusta y vayan, en su criterio, hechas unos adefesios o a unos padres que se horrorizan porque sus hijos se hagan un moño o se pongan pendientes en una oreja.

Tampoco entienden los padres que sus hijos adolescentes opinen en política justamente lo contrario que ellos, no siempre claro está, progres si son conservadores y conservadores cuando son progres. A este respecto recuerdo dos casos muy ilustrativos: El primero es el de un coronel del ejército que, hace treinta años, me llevó a consulta a su hijo de diecisiete porque se había metido en una organización política demócrata, lo que era indicio de que estaba mal de la cabeza; y el segundo es el de una madre, que era militante maoísta y que hace un par de años me consultó porque se llevaba muy mal con una hija de trece años que, entre otras tosas, se burlaba de ella diciendo: «¿Y tú eras de las que, hace unos años, se manifestaba haciendo el tonto levantando el puñito?».

Naturalmente no todos los adolescentes se comportan así, ni es lo mismo pasar la adolescencia en un pueblo de pocos habitantes que en una gran ciudad, ser obrero o pertenecer a la «jet», haberse criado en una familia en la que los padres saben cómo ocuparse de los hijos o haberlo hecho en otra en la que los padres se llevan mal, están divorciados o no se ocupan de ellos. Si quisiéramos forzar un poco las cosas, diría que no hay dos adolescentes iguales, a pesar del estereotipo «rebelde» que he descrito.

Hace ya bastantes años, un injustamente olvidado filósofo alemán llamado Spranger, agrupaba a los adolescentes según los «valores» que éstos prefieren, lo cual me parece un excelente punto de vista y me ha servido a lo largo de mi ya dilatado ejercicio profesional.

Este autor dice que hay adolescentes «intelectuales» que se interesan por el mundo de las ideas; «estetas», que experimentan una fuerte atracción por lo bello; «activos», siempre necesitados de acción, sea la que sea; «sociales», altruistas y con fuertes sentimientos de solidaridad; «entusiastas», de grandes ideales políticos o religiosos; «místicos», que buscan a Dios en el recogimiento y la soledad, etc.

Realmente es difícil encontrar tipos puros con un solo valor dominante, pudiendo servir de ejemplo a este respecto, el de un campeón de España de atletismo que ya «iba» para sacerdote al mismo tiempo.

Por ello, la misión de los padres en esta difícil edad, es la del cultivo de alguno de estos valores, para así «individualizar» al adolescente y evitar su gregarismo hasta que logre su identificación y la adquisición de la seguridad tan anhelosamente buscada, y ello aunque los valores del hijo no coincidan exactamente con los de los padres, siempre que haya unos valores éticos morales y religiosos de los que no se debe prescindir.

Los rebeldes patológicos Todo lo escrito hasta aquí sobre la rebeldía de los hijos se ha referido a una rebeldía normal, pero las hay también que, por su extremosidad, caen en lo que pudiéramos llamar «rebeldía patológica», tan patológica que en la última revisión de la Clasificación de Enfermedades Mentales de la Academia Americana de Psiquiatría (DMSIIIR) se incluye con el nombre de «Negativismo desafiante», describiéndolo del modo siguiente: «Comienza a los ocho años y no pasa de la temprana adolescencia usualmente, es más frecuente en niños que en niñas y dentro del hogar que fuera de él y, por lo menos durante seis meses, se encoleriza a menudo, discute con los adultos, rechaza las peticiones o reglas de los mismos, hace deliberadamente cosas que molestan a los demás, reprocha o acusa a los demás de sus propios errores, es resentido, rencoroso, vindicativo y, a menudo, reniega o usa un lenguaje obsceno.» Cuando el cuadro rebelde llega a adquirir esta importancia, es conveniente consultar con un especialista, porque el pronóstico puede no ser demasiado bueno. En un estudio de seguimiento que hice en dieciocho chicos y catorce chicas encontré que la evolución no fue, en general, favorable, pues ya con veinte o veinticinco años el 40% de ellos estaba igual o peor y la integración familiar sólo se consideraba buena en trece de los treinta y dos casos.

Los niños que no se rebelan Con esto acabamos con los chicos que se rebelan, pero ¿qué pasa con los que no se rebelan nunca? A estos niños no solemos verlos por nuestras consultas porque, en nuestra sociedad, los niños que son obedientes, tranquilos, poco exigentes y no protestan por nada, no molestan ni incordian a padres ni maestros y son muy bien aceptados. Sólo si esta pasividad es muy llamativa, acaba llamando la atención de los padres, sobre todo si se trata de chicos, a los que parece que se les exige agresividad, pues las chicas, por definición, son más juiciosas y tranquilas.

Esta pasividad bien puede ser un rasgo caracterológico: los niños «apáticos» y «amorfos» de la antigua tipología de Le Senne Heymans, cosa que se aprecia prácticamente desde la cuna, bien puede ser un producto de su educación y circunstancias ambientales, cuando unos padres rígidos y dominantes aplastan la personalidad del niño. A estos padres el psicoanálisis les conoce, como es su costumbre, con otro horrendo nombre: padres «castradores».

También se puede producir este tipo de reacción pasiva cuando hay, por el contrario, una ausencia tal de control paterno, que el niño se refugia en su pasividad y bondad para sentirse así más seguro y evitar enfrentarse con problemas, frente a los que no sabe cómo reaccionar porque no se lo han enseñado. Otras veces lo que pasa es que el medio en el que ha vivido, la familia, ha sido preparado tan artificialmente por los padres a fin de protegerlo y evitarle fricciones que, al dárselo todo hecho, caerá indefectiblemente en dificultades cuando los problemas se presenten, cosa que sucede siempre, tarde o temprano.

Estos niños pasivos suelen jugar solos y no forman parte de grupos, así como tienden a refugiarse en fantasías compensatorias, que de momento les ayudan, pero que, a la postre, aumentan aún más su aislamiento.

La última oportunidad de los niños pasivos es la etapa de la segunda rebeldía, la de los ocho-nueve años, cuando su personalidad se afirma, su afán de expansión es mayor y sienten más la necesidad de romper la excesiva vinculación que les ata a los padres porque, si llegan así a la adolescencia, no es ésta la edad más apropiada para salir de esta situación y ya serán, en la mayoría de los casos, unos jóvenes y adultos pasivos que se dejarán arrastrar por los avatares de la vida (Le Senne ponía de ejemplo el caso del rey Luis XVI de Francia) o harán su rebeldía tardíamente, cuando ya no son niños y la sociedad la tolera mucho peor.

Como colofón a este problema de los niños pasivos he de decir que, por lo menos en lo que a mí concierne, la mayoría de los casos en los que he tenido que intervenir ha sido porque los padres consultaban, no por su personalidad sino por los malos resultados escolares obtenidos, pues estos niños casi siempre están entre los malos o, como mucho, entre los medianos dentro del colegio. Y esto porque entre otras muchas causas, conformismo, pereza, parvedad de sus motivaciones, incapacidad para reaccionar ni a premios ni castigos, está la de que carecen de esa «agresividad intelectual» necesaria para aventurarse por los caminos de la abstracción y prefieren la comodidad de lo concreto.

Francisco J. Mendiguchía, “La motricidad y sus trastornos”

El aparato locomotor también puede producir síndromes patológicos diversos, más o menos importantes, en los niños y voy a empezar por el que aparece en la edad más temprana y que además tiene un nombre rarísimo: «Offensa capitis.» Los angloparlantes le llaman «headbanging» y en castellano la verdad es que no sabemos cómo llamarlo. Consiste en una conjunción de balanceo del cuerpo y golpes de la cabeza contra los barrotes de la cuna o contra las paredes y que desaparece a los tres o cuatro años como mucho.

Se han buscado muchas explicaciones para este curioso fenómeno, tales como autoerotismo, carencia de cuidados maternales, insuficiencia de posibilidad de movimientos e insensibilidad al dolor. El caso es que se pasa solo, pero asusta mucho a los padres por los posibles daños que pueda hacerse en la cabeza y hasta molesta a los vecinos por los ruidos que hace el niño durante la noche, pues es a esta hora cuando más lo hace.

En algunos casos raros el fenómeno de balanceo, sin los golpes en la cabeza, puede prolongarse hasta la preadolescencia como uno que vi hace algunos años (hoy es una perfecta madre de familia) que, con doce años, tenía que balancearse para coger el sueño, al mismo tiempo que se metía los dedos índice y meñique en la nariz y el gordo en la boca, y que cedió rápidamente con un tratamiento de descondicionamiento.

Otro hábito muy conocido es el de la «onicofagia» o hábito de morderse las uñas, que se da en un 25% de la población infantil, con un máximo de frecuencia entre los diez y los doce años, preferentemente en niñas. Las terapéuticas coercitivas como castigos, regaños, colocación de esparadrapos o untar los dedos en acíbar u otros productos que saben mal, no suelen dar resultado en la mayoría de los casos, siendo lo más acertado tratar la tensión subyacente que existe en un buen número de ellos y utilizar también técnicas de descondicionamiento.

La «tricotilomanía» o hábito de tirarse de los pelos hasta arrancárselos y llegar a producir en ocasiones verdaderas calvas, no es tampoco una rareza y también mucho más frecuente en las niñas que en los niños. Los pelos que se arrancan suelen ser los de la cabeza, pero también los de las cejas y pestañas y, en menor proporción, los de axilas y pubis. Se han intentado mil explicaciones para esta conducta, pero ninguna resulta convincente del todo; lo que sí es cierto es que muchas veces coincide con estados depresivos o con conflictos familiares que hay que tratar adecuadamente, acompañándose de técnicas de descondicionamiento que son las más efectivas.

Con otra palabreja rara, «bruxomanía», se conoce el hecho mucho más vulgar, en niños pequeños, de rechinar los dientes, y que tan desagradable resulta para los que están alrededor y que, en cierto modo, está relacionado con estados de nerviosidad como el producido por el picor que producen las conocidas «lombrices» en el ano de los niños (esto y dormir con los ojos abiertos eran signos patognómicos para las madres de la presencia de estos parásitos intestinales). Lo mejor es tener paciencia y dejar que se pase solo, pero si dura mucho hay que descondicionar el hábito como se hace con los anteriores.

Los tics Por su frecuencia, consecuencias sociales y resistencia a los tratamientos son especialmente importantes los llamados «tics», conociéndose con este nombre los movimientos bruscos, rápidos, involuntarios, de presentación irregular y sin finalidad alguna. Su ejecución va precedida de un impulso irresistible cuya representación produce malestar, pero que, mediante un esfuerzo voluntario o una distracción involuntaria, pueden disminuir en frecuencia e intensidad al mismo tiempo que desaparecen casi totalmente durante el sueño.

Los tics se dan más en niños que en niñas, más en éstos que en adultos y pueden ser muy variados en su expresión. Tenemos tics de cara (parpadeo, guiños, muecas, sacar la lengua) que son los más frecuentes; de cuello y cabeza (afirmación, negación, saludo); de hombros (encogerse de hombros); de tronco (inclinarse); respiratorios (hipos, tos); fonatorios (carraspeos, gruñidos) y verbales (repetición de sílabas, palabras y aun frases, con tendencia a la coprolalia).

La edad en la que aparecen con más facilidad es la escolar y, en total, suponen de un quinto a un décimo de esta población. En unos casos aparecen durante una temporada y luego desaparecen, quizá se repitan alguna otra vez, pero acaban por quitarse; en otras ocasiones se cronifican y son muy difíciles de extirpar, si bien tienen temporadas de mejoría y empeoramiento.

El tratamiento consiste en técnicas de relajación y de descondicionamiento (poner al niño y a la madre delante de un espejo para que aquel repita voluntariamente los movimientos que hace involuntariamente) y en el uso de tranquilizantes y neurolépticos no muy incisivos.

Existe una forma especialmente grave de los tics que se conoce con el nombre de «Enfermedad de Gilles de La Tourette» en recuerdo de este psiquiatra francés que la describió en 1885 y que ahora los americanos la han rebautizado como T. S. (Tourette’s syndrome). Consiste este cuadro clínico en tics motóricos y verbales al mismo tiempo, con una especial relevancia de ruidos guturales y de emisión de palabras obscenas y malsonantes.

Aunque el síndrome en sí puede llegar a desaparecer, dura mucho más tiempo que los tics corrientes, a veces se puede ver hasta en la edad adulta y es frecuente que se acompañe de problemas de conducta como terquedad, rebeldía o agresividad. Parece ser que se debe a un trastorno genético relacionado con la enfermedad obsesivo-compulsiva. El único tratamiento a que obedece algo este grave síndrome es el farmacológico, aunque dada la gran cantidad de tiempo que hay que administrar el medicamento, se llegan a producir síntomas de intolerancia hepática.

Los niños «manazas» De vez en cuando aparece por la consulta, no muchas veces porque el problema suele preocupar poco a los padres, a no ser que sea de gran intensidad, un niño que es desmañado, torpe, rompe lo que cae en sus manos y, en conjunto, al que se le puede denominar patoso, pues ha presentado problemas de coordinación motora desde que era pequeño.

A este cuadro se le denomina «dispraxia evolutiva» y sus síntomas son los de que, desde sus primeros meses, han sido lentos para sentarse, gatear, guardar el equilibrio, andar, coger objetos, hacer torres con cubos de madera o plástico, meter objetos de diversas formas (bolas, cubos, rombos, etc.) en sus agujeros correspondientes, manejar el lápiz o el bolígrafo, cortar con tijeras, abrocharse y desabrocharse los botones, vestirse o hacerse los nudos de los cordones de los zapatos.

Más tarde se le va notando cada vez más su inhabilidad: se le caen los objetos de las manos y los rompe, claro, la plastilina se le resiste, sus dibujos están muy mal hechos, su escritura resulta casi ilegible y ¡ay!, cuando llega la hora de jugar y correr se cae al suelo más veces que los demás, le cuesta chutar al balón y no digamos regatear en el fútbol y, en fin, que no son capaces de meter una pelota en un aro de baloncesto.

Lo peor es que el niño, según va pasando el tiempo, se va dando cuenta de su problema, se va acomplejando y, o se deprime y aísla o se torna agresivo en defensa de su autoestima.

Su causa no es bien conocida, puede ser genética, yo vi este cuadro en dos gemelos hace algún tiempo, o puede obedecer a pequeñas lesiones cerebrales del momento del parto que afectan solamente al área de coordinación psicomotriz. El diagnóstico no es difícil y desde el viejo test de Oseretsky se han multiplicado las pruebas que ponen de manifiesto estas inhabilidades.

El tratamiento consiste en una reeducación psicomotriz hecha en un centro y por un personal muy bien cualificado y empezada lo más pronto posible, pues la precocidad en esta terapéutica es fundamental. Debe de hacerse una psicoterapia de apoyo en caso necesario cuando se presenten problemas emocionales.

La parálisis cerebral El gran problema motórico, aunque afortunadamente cada día va siendo menor su número, es el que constituye las «parálisis cerebrales», pues aún suponen entre el uno y medio y el tres por mil de la población general infantil.

La historia no comienza con un psiquiatra o un neurólogo, sino con un tocólogo inglés, J. L. Little, que describió el cuadro en 1853 y que, en un segundo trabajo en 1863, lo relacionó con dificultades en el parto, siendo curioso que S. Freud, antes de fundar el psicoanálisis, se ocupó detenidamente de él.

Su sintomatología es muy compleja pero lo principal son las parálisis, más bien paresias (parálisis incompletas), que pueden afectar a uno o a varios miembros (monoplejías, hemiplejías, paraplejías) que se acompañan generalmente de espasticidad, y por ello posteriormente de contracturas, rigidez, movimientos atetósicos (reptantes) de los dedos de las manos, ataxia o falta de equilibrio y, algunas veces, temblores. Estos síntomas principales se suelen acompañar de trastornos sensoriales como hipoacusia, estrabismo, nistagmus (movimientos horizontales rápidos de los ojos), trastornos del lenguaje del tipo de disartria por incoordinación bucolingual y crisis convulsivas en el quince a veinte por ciento de los casos. En casos raros puede haber hipotonia en vez de espasticidad.

Muy importante es la presencia o no de deficiencia mental, cosa que no sucede en todos los casos ni mucho menos, aunque en la mayoría de ellos lo parezca. Respecto a esto último puedo asegurar que en toda mi vida profesional he visto cometer tantos errores como en la determinación de la capacidad mental de estos niños, sobre todo si son menores de tres años. Veamos un ejemplo: un niño de dieciocho meses deberá, según los tests, hacer una torre de tres cubos o sacar una bolita de una botella. No lo harán, ni un deficiente mental ni un paralítico cerebral, el primero porque no sabe, el segundo porque no puede y por ello habrá que valorar como positiva la intencionalidad en la ejecución de lo que se le pide hacer, aunque no consiga hacerlo bien y del todo.

El tratamiento de estos niños ha de comenzarse desde el primer día que se diagnostican, va que la rehabilitación precoz es fundamental para que se pongan en funcionamiento las partes del cerebro que no están dañadas por la lesión y sustituyan a las lesionadas, además de evitar la aparición de contracturas y posturas viciosas que después son difíciles de corregir, siendo en este cuadro clínico en el que el famoso Método de Filadelfia o de Doman Delacato, encuentra su principal indicación.

Si importantísimo es el tratamiento físico no lo es menos el psicológico, sobre todo en los casos de normalidad del desarrollo intelectivo, pues se pueden producir conductas reactivas que marcarán profundamente la evolución de la personalidad. Estas reacciones pueden ser: de excesiva su misión y pasividad, de agresividad con conducta tiránica y colérica y de, y esto es lo más frecuente, depresión, apatía y tristeza.

A los padres hay que decirles que estas reacciones dependen en gran parte de su actitud, va que ésta puede ir, desde una hiperprotección que les anula aún más, hasta un rechazo, inconsciente las más de las veces, que se manifiesta en forma de una exigencia de perfeccionismo que pretende unos resultados que jamás se podrán alcanzar con ningún tratamiento.

Y ahora les contaré el caso de un niño afecto de esta enfermedad en un grado bastante intenso, pero muy inteligente, al que después de bastante tiempo de tratamiento conseguimos que anduviera solo aunque con alguna dificultad; un día, los padres de este niño, que parecían muy contentos con estos resultados, nos propusieron, cuando el niño tenía diez años, que lo preparáramos para que hiciera su Primera Comunión, cosa que así hicimos. Cuál no sería nuestra sorpresa cuando nos enteramos ¡que el niño había hecho su Primera Comunión completamente solo! No asistió más que la familia, ni hubo fiesta alguna. Era evidente que los padres, bajo la apariencia de un gran cariño, se avergonzaban del defecto físico del hijo y ocultaban al niño marginándolo de la sociedad con otros niños que, contra lo que creen muchos padres, son más comprensivos y cariñosos que muchos adultos.

Los problemas con la idea del cuerpo Hablemos por último de unos conceptos que tienen mucha relación con los problemas motóricos, los referentes al esquema corporal, es decir la noción que cada uno tiene de su propio cuerpo y los de la preferencia lateral, es decir si somos diestros o zurdos, cosa que depende de nuestros hemisferios cerebrales.

Un niño pequeño no sabe lo que es derecha o izquierda y eso lo va aprendiendo con los años, aunque a veces, en los niños disprácticos antes citados llegan a mayores sin saberlo muy bien. En el ejército había reclutas a los que se les ponía un ladrillo en la mano derecha para que no dieran media vuelta en sentido contrario, pues arrastraban ese trastorno espacial desde que eran niños y nadie se lo había corregido.

Lo normal, es decir, lo más frecuente, es que seamos diestros y utilicemos preferentemente nuestra mano, pierna y ojo derechos y, a los que les sucede lo contrario, se les llama zurdos, conociéndose como ambidextros a los que manejan igual de bien el hemicuerpo derecho que el izquierdo.

Antes se pensaba que ser zurdo era un defecto y hasta se consideraba de mala educación comer con la mano izquierda; en los colegios se les reprendía, hasta se les ataba esta mano izquierda, creándose así lo que después se han llamado zurdos contrariados, que acababan por no saber hacer nada bien ni con una mano ni con la otra. Hoy día este concepto peyorativo de la zurdería ha desaparecido prácticamente aunque no sea más que viendo lo bien que juegan al tenis algunos jugadores zurdos o los proyectos de arquitectos o ingenieros hechos con la mano izquierda. Bien es verdad que todavía tienen algunos problemas como el utilizar unas tijeras que normalmente tienen el filo al revés para ellos o el bajar una escalera agarrándose a la barandilla, que tendrá que hacerlo a contracorriente.

Para conocer cuál es la dominancia lateral se utilizan unas pruebas muy simples: hacer al niño que simule que clava un clavo, se lave los dientes y se peine o reparta cartas o enhebre una aguja realmente, todo ello para las manos. Chutar con una pelota, jugar a la raya o ir a la «pata coja» para las piernas. Mirar por un agujero hecho en un papel, o por un tubo de cartón y simular que apunta con una escopeta guiñando uno de los ojos para ver la preferencia ocular.

Una vez hechas las pruebas nos darán los tres posibles resultados de: – Lateralidad bien afirmada, diestra o zurda. – Lateralidad cruzada, por ejemplo: ojo y pierna de predominio derecho y mano de predominio izquierdo. – Lateralidad mal afirmada, cuando no hay un claro predominio ni derecho ni izquierdo (da cartas con la mano derecha y enhebra con la izquierda).

Si se encuentran lateralidades mal afirmadas o cruzadas conviene afirmar la que sea más dominante mediante ejercicios de psicomotricidad.

En esto de la lateralidad parece haber un factor hereditario, aunque no sea dominante (yo tengo una hermana y uno de mis cinco hijos zurdo, que por cierto es un jaquecoso, cosa que parece ser más frecuente en ellos, y yo mismo, que soy diestro, me pongo el cinturón al revés que todo el mundo).

Francisco J. Mendiguchía, “Guerra fría, convivencia pacífica y amor fraternal”

Desde la terminación de la última guerra mundial «caliente», han sido frecuentes en los medios de comunicación los términos de «guerra fría» para designar un estado de belicosidad cercano a la agresión, aunque sin utilizar armas de fuego y de «convivencia pacífica», que significa ya un paso adelante en las buenas relaciones interhumanas; se convive, sin guerras frías ni calientes, pero de ahí no se pasa, y convivir no es amar.

Esto viene a cuento de que, para muchos autores, la familia constituye también un campo de batalla entre los hermanos que la componen, unas veces caliente ¡cuántas bofetadas se dan, si son pequeños o cuántas broncas tienen, si son mayores, al cabo del tiempo! y otras fría (no se hablan, no quieren salir juntos). Hay también temporadas de convivencia pacífica en las que todo parece ir sobre ruedas y, cómo no, momentos de amor y fraternidad plena, que muestran que no en vano son hermanos y se aman entre ellos.

Se trata de una mezcla de amores, los más, y de odios, los menos, naturalmente a nivel infantil, que se encuentra bajo el arbitraje de esa especie de «Comité de Seguridad» que son los padres, aunque éstos sean los primeros, sobre todo la madre, que se ven involucrados en estos problemas de rivalidades infantiles.

Por ello, las relaciones entre hermanos, así como el orden de su colocación en la familia con arreglo a la fecha de su nacimiento (primogénito, benjamín, etc.), han sido objeto de una abundante literatura que ha llevado a la confección de esquemas y plantillas, que se han vuelto rígidas con el paso del tiempo: hijo mayor dominante, segundo envidioso, «niño sándwich» si son tres y él está en medio, aplastado entre los otros dos, etc.

Estos esquemas han de someterse a revisión en cada caso y, antes de colocar al niño apelativos prefabricados, ha de investigarse el conjunto de las relaciones intrafamiliares, la dinámica familiar en el transcurso del tiempo y la personalidad del niño. A veces ocurre que el niño que nos traen a que lo veamos es el más sano de todos y es otro el que necesitaría nuestra atención. Estos casos se conocen con el nombre de «niño equivocado» y no son infrecuentes en nuestra práctica profesional.

La estructura familiar Lo primero que hay que tener en cuenta es que la familia, que aparentemente es la misma, no lo es a lo largo de los años pues, por muy estática que parezca, sus miembros van teniendo distinta edad. No es lo mismo nacer cuando los padres tienen veinticinco años, que hacerlo cuando tienen cuarenta, cosa que explica en parte la diferencia entre los primogénitos y los benjamines. Asimismo pueden influir otra serie de circunstancias, como pueden ser los cambios de residencia, vaivenes económicos, cambios sociales, enfermedades, etc.

Para demostrar la influencia de estos condicionamientos sobre el niño, el americano Watson porfía un ejemplo que, aunque teórico y exagerado, puede ser muy ilustrativo: Nace el primer hijo y, como es varón, el padre le guía y tutela, le da su misma carrera y acaba siendo un triunfador.

Nace después el segundo pero, como la madre esperaba una hija, hace de él un elegante presumido, le casa con una rica heredera y también se sitúa muy bien en la vida.

Pero ¡ay! nace el tercero, también varón, cuando ya no era deseado, le maleduca una sirvienta que lo seduce a temprana edad y el chófer hace de él un homosexual y un ladrón.

Como se ve por el ejemplo, para el autor, que no en balde fue el creador del conductismo o behaviorismo, sólo cuentan las circunstancias ambientales. Sin embargo, hoy en día se va volviendo otra vez a considerar muy importantes los factores de personalidad, heredados o no, de origen constitucional, hoy llamados genéticos, que determinan que, si por ejemplo, el primogénito es un inseguro y dubitativo (los psiquiatras les llamamos anancásticos), será difícilmente un niño dominante, por muy privilegiada que sea la situación en la que se encuentra dentro del hogar.

Teniendo en cuenta estas salvedades, se pueden, sin embargo, esbozar unos cuadros en relación con las circunstancias familiares de cada hijo: Se ha dicho siempre que la primogenitura da, al hijo que la disfruta, un dominio sobre los demás, cosa que se traduce en una personalidad autoritaria y dominante. Realmente creo que se ha sobrevalorado esta situación, en recuerdo quizá de cuando el primogénito heredaba el patrimonio familiar, cosa que ya no sucede en casi ninguna parte. Por el contrario, el primer hijo tiene en su contra varios factores, como son los de que, durante algún tiempo, es también hijo único y, cuando nace el segundo sufre con más intensidad su «destronamiento». Además, como es el mayor, ha de ser ejemplo y guía para los que vienen detrás, contando por ello con menos benevolencia para sus defectos y fracasos.

Además de ello, el primogénito tiene que sufrir que sus padres hagan su aprendizaje con él, cayendo sobre sus espaldas su inexperiencia, sus dudas y titubeos educativos y su miedo a ser blandos en su manera de tratarle, ensayando en él «todo» lo que dicen los manuales de educación infantil, para estar así más seguros de lo que hacen.

Al benjamín de la familia, que suele nacer cuando los padres son ya más maduros y menos rígidos, se le suele exigir menos, se le hiperprotege y mima más y por ello puede convertirse en un pequeño tirano al que hay que darle siempre la razón, sobre todo si ha llegado un poco tardíamente y hay mucha diferencia de edad entre sus hermanos y él. Menos frecuentemente, pero posible, es que se desarrolle en él lo que pudiéramos llamar «complejo de enano» y que consiste en sentirse disminuido frente a los demás hermanos, a los que admira y envidia por ser mayores, más fuertes físicamente y con más privilegios que él.

Celos entre hermanos Con el horrendo nombre de “complejo de Caín” conoce el psicoanálisis los sentimientos de celos entre hermanos, envidias y celos que son, por otra parte, una constante en todas las relaciones humanas de cualquier edad y condición, sobre todo si existe una situación de competencia y las posibilidades de alcanzar lo disputado no son iguales para todos.

Evidentemente, en toda sociedad infantil se dan estas circunstancias y, por lo tanto, hay celos y envidias que se hacen más notorias cuanto más intimo es el contacto, tal como sucede en las pandillas, en la escuela y, sobre todo, en la familia, en la que las condiciones apuntadas son particularmente acusadas; existe desigualdad (uno es más torpe e inhábil que otro, parece que existe uno más preferido que los demás por el padre o por la madre, el regalo que uno ha recibido es peor que el de otro, etc.) y desde luego hay competencia (todos quieren, algunos más que otros, acaparar el cariño de uno de los padres, o quizá del abuelo, o quieren ser los primeros en alguna situación dada o bien uno se cree con más derechos que otros a que se les alabe por algo, etc.).

Esta situación de competencia es más evidente ante el nacimiento de un nuevo hermano que viene a destronar al hasta entonces rey de la casa, que era por supuesto el más pequeño de la familia. Se produce entonces una situación de tirantez que conocen bien los padres y en la que, el ya penúltimo, se vuelve más exigente, quiere que la madre le demuestre más cariño y le dedique más tiempo, que le den de comer cuando lo hacía ya él solo y, cuando no le ven, le quita el chupete al hermanito. En conjunto, sufre lo que se denomina una «regresión» a etapas infantiles ya pasadas, que puede llegar a la reaparición de una enuresis nocturna o la vuelta al empleo de un lenguaje que ya no utilizaba.

Esta situación de celos es pasajera si no se cristaliza por una desacertada actuación de los padres, bien por no hacer caso en absoluto de las demandas del niño, bien por doblegarse, también absolutamente, a su chantaje. Lo que hay que hacer ver al «desposeído» es que se le sigue queriendo igual, pero que tiene que compartir ese amor y esa madre con el recién venido.

El hecho que suele acabar con el problema es la llegada de otro nuevo, que viene a substituir en el trono al anterior destronador, repitiéndose el ciclo hasta que se interrumpen los nacimientos. Esta situación descrita es mínima, o no existe, cuando es grande la diferencia de edad entre el último y el recién nacido, por lo menos de cinco años, pues entonces el mayor sublima su envidia sintiéndose protector y paternal con el pequeño.

Estas reacciones celotípicas son tan naturales, que hasta se han podido observar en chimpancés que, ante un nuevo alumbramiento de la madre, los otros, sobre todo el más pequeño, se vuelven más agresivos, tercos y exigentes del contacto con la misma.

Para investigar esta problemática del niño, yo he aplicado mucho el test de «Las Fábulas» de Louisse Düss, pues una de ellas, la número tres, se dedica específicamente a detectar este problema. En este test proyectivo se le pide al niño que complete un cuento que le vamos a relatar. En nuestro caso la fábula es como sigue: «Una oveja tiene un corderito al que le da leche mañana y tarde; cuando la oveja tiene un corderito más pequeño, llama al mayor y le dice que no tiene bastante leche para los dos y que él se tiene que ir a comer hierba. ¿Qué hizo el corderito mayor?» Las respuestas, en la mayoría de los casos, son que el mayor se va a comer hierba, sin más complicaciones. Pero, cuando no se ha superado la situación de celos, éstos pueden manifestarse en respuestas que se agrupan del modo siguiente: a) Sustitución de la madre: «Se buscaría otra oveja para que le diera la leche.» b) Sustitución del hijo: «Se tomaría él la leche y que el pequeño se busque otra oveja.» c) Agresión: «Mataría al pequeño y se tomaría la leche de la madre.» Para el psicoanálisis, el complejo de Caín no es más que una proyección del complejo de Edipo, producido por el desplazamiento hacia el hermano del odio hacia el padre, por ello «los hermanos nacen ya enemigos», decía en su libro “El alma infantil y el psicoanálisis” el ya citado Dr. Baudouin, pero justamente pone el ejemplo de Víctor Hugo, quien desde los primeros años de su vida estuvo dominado por el afán de igualar y sobrepasar a sus hermanos mayores (para mayor ironía, el mayor de los tres que eran se llamaba Abel), lo que venía a dar la razón a Adler y su doctrina, para el que lo verdaderamente importante es el «instinto de poder», es decir, ser el primero en todo (en el cariño y atención de la madre, en inteligencia, en tener más juguetes).

A pesar de todo, hay que tranquilizar a los padres cuando nos consultan por estas problemas de rivalidades y celos entre los hermanos, pues hay que considerarlos normales, se superan fácilmente y hasta constituyen un excelente aprendizaje para la futura integración social del niño, que así va comprendiendo que hay que compartir con los demás y que esto se hace más fácilmente si, como entre hermanos, existe también amor.

No quiero terminar este tema, que se considera nada menos que en la Clasificación Internacional de Enfermedades bajo el título de «Trastornos de rivalidad entre hermanos», sin mencionar que fue magníficamente descrito por San Agustín, el Obispo de Hipona, quien hace ya más de mil quinientos años escribió lo siguiente: «He visto y observado un niño enfermo de celos, no hablaba todavía pero, muy pálido, dirigía miradas malévolas a su hermano de leche que mamaba.» Los hijos únicos Pero, ¿qué pasa si no existe más que Abel? Pues que lo puede haber ningún Caín, y esto es lo que sucede con los hijos únicos. El llamado «síndrome del hijo único» es descrito en todos los manuales de psicología y psicopatología infantiles, así como también es recogido por la sabiduría popular y es significativo que, tanto en el aspecto científico como en el otro, el hijo único es considerado muy peyorativamente, reconociéndosele pocos aspectos positivos y sí muchos negativos.

Se ha dicho de él: «el hijo único es demasiado egoísta, tiraniza a los que le rodean y no tolera otros dioses junto a él»; «el hijo único es un ser frágil, caprichoso, tímido, tiránico con los demás, indolente»; «tendrá dificultades de adaptación con sus compañeros y se integrará mal en un grupo», y otras lindezas por el estilo.

Sin embargo, también ha tenido algún defensor, como los profesores Tramer y Kanner que decían: «no debe entenderse que todo hijo único tenga que desarrollarse de un modo desfavorable» y «ser hijo único no es en sí una enfermedad». Si pasamos al terreno de lo patológico, vemos que la proporción de perturbaciones psicológicas necesitadas de algún tipo de tratamiento es, poco más o menos, igual en los hijos únicos que en el resto de los niños.

Sus rasgos negativos son achacados al hecho de que, al no tener hermanos, carece de la necesaria competitividad y ello aumenta su egocentrismo y le discapacita para tolerar las frustraciones. A esta situación se suma, la mayoría de las veces, otra de hiperprotección que les hace caprichosos y tiránicos y todo ello conduce a su inadaptación.

Estas características pueden darse, y de hecho se dan, en algunos hijos únicos, pero no las creo tan universales y definidas como para conformar un «síndrome de hijo Único» pues en otras muchas ocasiones no aparece en absoluto. La que sí es verdaderamente nefasta es la conjunción, hijo único-padres viejos, pues en ella sí que suele ser frecuente el desarrollo de todos estos rasgos negativos en el niño.

Algunos opinan que los hijos únicos son más inteligentes, yo no lo creo así; lo que sucede es que se produce una cierta precocidad en su desarrollo psicológico debida a que al vivir en el hogar solos entre personas mayores, acaban adoptando sus gustos, sus ideas, su lenguaje y hasta sus problemas.

En el plano afectivo puede producirse una situación de excesiva dependencia, de simbiosis padres-hijo, que hace más difícil la ruptura del «cordón umbilical psicológico» en la adolescencia, tanto por los unos como por el otro. El resultado es que o la dependencia afectiva dura más tiempo de lo debido, dificultándose así la futura integración psicosexual del hijo o la ruptura acaba produciéndose de una forma más violenta de lo normal.

Los actuales cambios de la familia De todas formas, todas estas descripciones clásicas de las relaciones entre hermanos, tienen que ser revisadas a la luz de un hecho nuevo: la familia ya no es lo que era y, salvo excepciones, en todo el mundo occidental el módulo familiar es de un padre, una madre y dos hijos, con lo que algunos problemas tienden a complicarse: así, a un primogénito le durarán más tiempo los celos respecto a su hermano que le sigue, porque éste será ya para siempre el niño pequeño y mimada, pero éste tendrá para siempre también la «losa» de su hermano mayor encima de él, sin que, a su vez, él pueda dominar a ninguno.

Si los dos hermanos se llevan poco tiempo, los problemas desaparecen pronto porque a los ocho o nueve años tendrán los mismos amigos, los mismos problemas y serán ya dos camaradas pero, si como es habitual en nuestro tiempo. los hijos vienen muy «programados» y se llevan tres o más años, todas estas situaciones pueden prolongarse hasta la adolescencia. De hecho, cuanto más numerosa es la familia, menos problemas hay y, los que existen, se superan mucho mejor.

Las estadísticas de las que dispongo no son demasiado fiables, porque los casos que consultan sólo lo suelen hacer por envidias y celos tan intensos que rozan ya lo patológico. De todas maneras, en los casos vistos por mí, la desaparición de estas situaciones celotípicas se produjo entre doce y dieciocho años en la mitad de los casos, mejoró en otra tercera parte y permanecía igual sólo en contadas ocasiones. Sólo tuve un caso de empeoramiento: la hermana menor odiaba a la mayor, cuando ambas tenían ya veinte años, más que cuando eran pequeñas. Claro que se trataba de una hermana mayor brillante y guapa y una hermana menor con un enorme complejo de «patito feo» (a los dieciocho años le habían tenido que hacer una operación de cirugía estética «a ver si mejoraba de carácter»).

Para terminar, sólo nos resta aconsejar a los padres que tengan paciencia, pues en la mayoría de los casos el problema desaparece solo, pero que, de todas maneras, actúen siempre con la máxima neutralidad en estas luchas y que repartan su cariño con la máxima equidad, aunque haya algún hijo que por su carácter apacible y bonachón se haga querer más que los demás, mientras que a otros, por todo lo contrario, sea más difícil manifestar el cariño hacia ellos. Por supuesto, ¡cuidado con las excesivas manifestaciones de cariño hacia el recién nacido delante de los otros!

Francisco J. Mendiguchía, “Los problemas aparentemente menores”

Trataré en este capítulo de un grupo de síndromes que aparentemente tienen muy poca importancia aunque, como veremos después, alguno puede complicarse mucho. Para los niños que los padecen sí tiene importancia y pueden amargar sus primeros años de vida.

Los niños enuréticos Veamos en primer lugar los niños que se orinan. Los franceses utilizan la palabra “pisseurs” para designar a estos niños, que no controlan, generalmente de noche, su emisión de orina; en castellano, que es un idioma menos fino, los llamamos “meones”, pero los médicos conocemos este síndrome con el nombre de “enuresis”, lo que viene a ser lo mismo, pues etimológicamente significa “mearse encima”.

Puede ser nocturna y mojan la cama, o diurna, mucho menos frecuente, y mojan los pantalones. A su vez, cada una de ellas puede ser primaria, si nunca se han controlado, o secundaria si el síntoma se presenta después, varios meses por lo menos, de haber conseguido el control.

Lo primero que hay que saber es que el niño ha de tener por lo menos cinco años para ser considerado enurético. Es mucho más frecuente en el niño que en la niña, prácticamente el doble, y va disminuyendo con la edad, aunque todavía a los diez años hay un 3% de niños y un 2% de niñas que lo padecen; su frecuencia varía de unos casos a otros: más de una vez al día, hasta una vez cada quince días, que es lo mínimo para ser considerado patológico.

Todos nacemos enuréticos y vamos aprendiendo, poco a poco, bajo la batuta de nuestros padres. ¿Por qué estos niños fallan en el control de su esfínter vesical? Hay mil teorías, desde las orgánicas que hablan de una inmadurez vesical por problemas de la musculatura y de la inervación de la vejiga, hasta las puramente psicológicas, como tensiones emocionales (miedo) o mecanismos de regresión. Es el caso de los niños que tienen un hermanito y vuelven a hacerse pis cuando ya no se lo hacían, pero la verdad es que no sabemos bien por qué se produce, lo que, como veremos después, se nota a la hora de intentar curar este problema.

Lo realmente importante no es la enuresis en sí, sino las consecuencias psicológicas que puede tener para el niño que se ve impotente frente a algo que le avergüenza y que puede llegar a ser de dominio público. Estas consecuencias pueden llegar a ser graves si hay unos padres poco comprensivos que se ríen de él, se lo echan en cara o lo castigan (recordemos el caso del niño al que su madre le ponía la sábana mojada en la ventana para que la vieran sus amigos).

¿Qué pasa con los niños enuréticos con el tiempo? En los casos vistos por mí, a los diez años de haber hecho su consulta, menos en tres con problemas de columna, en todos los demás había desaparecido a diferentes edades, con una media de doce años; en la mayoría había desaparecido espontáneamente, un día dejaron de hacérselo y ya está. En seis chicas con la primera menstruación, diez con tratamiento farmacológico, otros tantos con psicoterapia, alguno cuando visitó a un curandero, otro cuando fue por primera vez de acampada, y el otro ¡el día que se casó! Saquen ustedes las consecuencias.

De todas maneras hay que intentar siempre un tratamiento (psicoterapia, conductual, el pipí-stop, el método del calendario, poniendo estrellas de colores los días que se levanta seco, o con fármacos del tipo de la imipramina). Hablad siempre con el niño para quitarle sus sentimientos de culpabilidad y de inseguridad, y con los padres para situar el problema en su verdadera dimensión.

La encopresis Pasemos ahora a los niños «que se lo hacen encima». A estos niños se les llama «encopréticos» (los franceses no tienen una palabra adecuada y la española es demasiado descriptiva para ponerla por escrito) por padecer «encopresis», es decir, la no retención de las heces sin tener ninguna causa orgánica.

Es mucho menos frecuente que la enuresis (16% a los tres años, 3% a los cuatro, 1,5% a los siete y no llega al 1%, a los diez). Puede ser también primaria y secundaria, y tampoco sabemos muy bien a qué obedece, aunque aquí los problemas con el aprendizaje son más evidentes, y tanto la negligencia como la excesiva exigencia de los padres pueden ser perjudiciales.

También hay causas emocionales: miedo, ansiedad, situaciones de tensión, celos, la entrada en la escuela, etc., aunque en algunos casos existe un estado de agresividad tal en el niño, que se produce un tipo de encopresis semivoluntaria para fastidiar a los padres. En otros casos simplemente se trata sólo de que están jugando y no quieren ir al retrete para no dejar de jugar, hasta que acaban haciéndoselo encima.

La encopresis es casi exclusiva de varones (cuatro o cinco chicos por cada chica) y desaparece también a los doce años por término medio y por motivos parecidos a los descritos en la enuresis (también en caso de curandero) aunque en esta afección las técnicas conductuales suelen ser las que tienen más éxito, como también la psicoterapia cuando hay problemas emocionales o de relación padres-hijo.

El problema contrario al anteriormente descrito es el de los niños que retienen las heces. Este fenómeno puede ser debido a múltiples causas, una fisura anal por ejemplo; pero en la mayoría de los casos no hay tal organicidad, es simplemente que a los niños les puede resultar una sensación agradable o, más neuróticamente, porque no quiere «dar sus heces», ya que son suyas y de nadie más (el psicoanálisis dice que estos niños serán más adelante unos tacaños); sobre todo si lo tiene que hacer en el inodoro, donde éstas desaparecen rápidamente y la sensación que experimenta de que «algo suyo» se ha perdido es más intensa.

En otras ocasiones son los padres, generalmente bastante ansiosos, que colocan al niño durante horas en el orinal, le inducen a que «lo haga» con halagos y amenazas y el niño acaba como «un rey en su trono», trayendo de cabeza a toda la familia al utilizar sus heces como arma. De todas formas si los síntomas de «estreñimiento» son muy acusados o duran mucho tiempo conviene consultar con un pediatra por la posibilidad de alguna enfermedad como el megacolon congénito.

Los problemas con la alimentación Otro tipo diferente de problemas son los relacionados con la comida. Uno que trae de cabeza a muchos padres es el de los hijos que no tienen ganas de comer, es decir la «anorexia» o «inapetencia» y que alguien llamó la «cruz del pediatra» por lo frecuente que es.

Puede ser esta anorexia muy precoz. Puede aparecer ya en los primeros meses de la vida relacionada generalmente con madres ansiosas, rechazantes, apresuradas y demasiado rígidas con los horarios, o en el segundo semestre y entonces pueden ser producidas por el cambio de la alimentación que tiene distinto gusto, consistencia y modo de administración o por el, cada día menos frecuente, destete, que supone un alejamiento físico y psicológico de la madre.

En la segunda infancia la anorexia significa muchas veces una simple manifestación de rechazo y oposición por parte del niño, que la utiliza como arma contra los padres o, en niños menos agresivos, una llamada de atención sobre ellos si se sienten solos, desatendidos o tienen celos de otro hermano.

Cuando la anorexia se presenta en la edad puberal y juvenil adquiere una significación, frecuencia y gravedad que la hacen especialmente importante: es la «anorexia mental o anorexia nerviosa», que puede llegar a pérdidas de peso, que dejan a las adolescentes, pues se trata de un cuadro casi exclusivo de chicas, con menos de treinta kilos y aspecto cadavérico por la pérdida del panículo adiposo de la cara.

Suele comenzar de una forma insidiosa a consecuencia de un voluntario «dejar de comer» para no engordar (realmente no están gruesas, pero a ellas se lo parece por una deformación de su imagen corporal), bien por motivos estéticos y de moda (desde luego hoy no se lleva la Venus de Milo), bien por un rechazo de las formas femeninas (se llegan a poner vendas en el pecho para disimular las mamas) o bien por situaciones conflictivas familiares o de otro tipo.

En un principio la anoréxica domina su anorexia, pero pronto llega un día en que si quiere volver a comer ya no puede hacerlo, comprobando con ansiedad creciente que empieza a encontrarse verdaderamente mal y le han desaparecido las menstruaciones. Si el cuadro no cede, se llega a un estado de depresión, apatía e indiferencia que es sumamente peligroso, aun para la vida.

El tratamiento de esta forma grave de anorexia requiere la intervención de un psiquiatra y cuando el cuadro empieza a ser importante, la separación del medio familiar y el internamiento en una clínica.

Lo contrario de la anorexia es la «bulimia», que puede darse también en la infancia y que no es más que una compulsión a comer que lleva a la obesidad, con todos los inconvenientes que ésta tiene, desde ser una calamidad en los deportes hasta ser objeto de burlas y apelativos despectivos por parte de los compañeros. La causa de este ansia de comer puede ser la existencia de una ansiedad subyacente, con problemas familiares o escolares no resueltos. (Cuántas personas dicen: cuando me pongo nervioso no hago más que comer.) En la pubertad y juventud se da también un cuadro de «bulimia nerviosa» descrito por primera vez en los colegios femeninos norteamericanos. Consiste en episodios de verdadera voracidad, es decir, comer mucho, en poco tiempo y de una forma compulsiva, lo que naturalmente las llevaría a la obesidad si no se defendieran de ella tomando laxantes, vomitivos, diuréticos y haciendo kilómetros de «footing», todo lo cual puede llegar a afectar seriamente su salud.

Este cuadro no tiene la gravedad de la anorexia nerviosa, pero puede dar bastante guerra y hay que tratarlo preferentemente con psicoterapia para ayudar a estas chicas a solucionar su conflictividad más o menos inconscientes y con terapias de tipo conductual.

Recuerdo un caso de una adolescente que, cuando ella no podía dejar de comer, obligaba a su hermana pequeña a que lo hiciera, por un doble mecanismo de proyección-identificación.

Un trastorno curioso, pero relativamente frecuente en los niños, es la llamada «pica», nombre que viene de pica = urraca, animal de hábitos omnívoros, que consiste en la ingestión de sustancias no alimenticias como tierra, el yeso de las paredes, pinturas y hasta pastillas de jabón, como un caso que tuve yo y que por cierto duró hasta los veinte años, cosa rara, pues suelen pasarse antes. Puede presentarse en deficientes mentales y en psicóticos, pero también en niños sin estos problemas, aunque en mi experiencia, aun siendo normales, no son demasiado inteligentes.

La «coprofagia» o ingestión de heces es poco frecuente, sólo se ve en niños pequeños de uno a tres años y suele significar abandono y carencia afectiva, cosa que suele suceder también en los niños que padecen «mericismo o rumiación» que no es más que la regurgitación de los alimentos a la boca, masticándolos allí durante tiempo y tiempo, aunque en estos casos se te nota al niño una evidente relajación y placidez, que indica una cierta autosatisfacción oral.

Los niños que hablan mal Otros de los problemas, aparentemente menores, que son objeto de múltiples consultas, son los relacionados con el lenguaje.

Si empezamos por los niños de menor edad, tenemos los que tardan en hablar, o si va lo hacen, van retrasados respecto a los de su misma edad. Lo primero que hay que hacer en estos casos es descartar la posibilidad de uno de estos cuatro síntomas: sordera, deficiencia mental, autismo o un trastorno neurológico. Si el niño no padece ninguno de ellos y tiene menos de tres años, recomiendo a los padres un poco de paciencia, porque lo más probable es que el niño rompa a hablar el día menos pensado o se ponga al nivel de los demás, ya que se trata de una simple En el caso de que el problema no se resuelva en un tiempo prudencial, se deben tomar medidas logoterápicas, porque entonces ya podríamos hallarnos frente a lo que se llama «trastorno expresivo del lenguaje», que se caracteriza porque el niño, ya mayor de tres años, se expresa con un lenguaje que corresponde a uno de menor edad y su habla resulta poco inteligible.

Otro trastorno es el del niño que articula mal ciertos sonidos, y esto sí que es frecuente en la infancia: 10% antes de los seis años y 5% a los ocho. Esta alteración se conoce con el nombre de «dislalia», siendo la más conocida la dificultad para pronunciar el sonido de «rr» (el conocido perro de San Roque que no tiene rabo), pero hay otras muchas; la «1» que se pronuncia como «d», la «s» que se hace como «z» y viceversa (patológicamente mientras el niño no sea andaluz), la «ch» como «sh», los niños que sustituyen muchas consonantes por el sonido «t» (hotentotismo) y otros no tan frecuentes, pero ¡a cuántos niños les cuesta decir padre o blusa, pronunciando «pade» o «busa»! Todos estos problemas pueden pasarse espontáneamente con el paso del tiempo, pero conviene corregirlos cuanto antes, porque puede sufrir por su defecto y aun tener problemas con su aprendizaje ya que, como dicen algunos padres, «este niño escribe como habla». El tratamiento debe ser hecho por un logopeda y desde luego no hay que cortarles el frenillo de la lengua.

Distinto por completo es lo que le pasa al niño que no entiende bien lo que se le dice, sobre todo cuando se trata de palabras complejas y raras o frases enrevesadas y largas, trastorno que es más frecuente de lo que se cree, pues parece ser que afecta al 10% de los escolares. Se llama a esto «trastorno receptivo» y es particularmente grave, pero muy raro, que sea total; es decir, que el niño oiga sonidos, pues no es sordo, pero no puede interpretarlos, y la consecuencia es que tampoco aprende a hablar, dando la impresión de un sordomudo o de un autista (yo he visto sólo un caso).

A veces, lo que está alterado es el ritmo del lenguaje, va porque el niño hable muy deprisa, ya porque lo haga a saltos o sin pausas y es lo que se llama «farfullen». Más importancia tiene la «tartamudez que es, bien una repetición o prolongación de sonidos, sílabas o palabras, bien un verdadero bloqueo al comenzar a hablar o al pronunciar la primera sílaba (forma «clónica»).

La tartamudez suele aumentarse en los estados de nerviosismo o tensión y, por el contrario, desaparecer si se canta (yo tenía un adolescente en mi centro que cuando tenía que pedirme algo, lo hacía cantando), si se habla a objetos inanimados o si se hace lectura oral.

El pronóstico no es bueno, en mi estadística sólo desapareció del todo en el 30% de los casos, mejoró en otro 30% y permaneció igual en el 40% restante, aunque eso sí, los severos problemas de convivencia que tienen cuando son niños se vuelven retraídos y temen el contacto social desaparecen cuando son mayores: se reconciliara con su defecto y se vuelven más seguros y expansivos.

El tratamiento es logoterápico, combinado con técnicas conductuales y fármacos ansiolíticos si hay mucha ansiedad.

Francisco J. Mendiguchía, “La televisión y la infancia (la caja no tan tonta)”

Allá por los años cincuenta, estaba muy de moda una de esas canciones sencillas y pegadizas, cuyo estribillo comenzaba con la frase «la televisión pronto llegará», del resto ya no me acuerdo, pero cantaba las excelencias de un nuevo medio audiovisual, con el que lo íbamos a pasar muy bien y con el que tendríamos distracción asegurada para nuestros ratos de ocio. Todo ello, sin salir de casa y sentados en un cómodo sillón.

Mas he aquí que, cuarenta años después, en libros y revistas dedicados a la psicología y psiquiatría infanto-juveniles, se pueden leer cosas como las siguientes: «Las generaciones que crecieron bajo la total influencia de la televisión, se diferencian claramente de las anteriores por un desvío del pensamiento racional lógico y sano, por una manifiesta inclinación a la falta de continuidad, a lo mágico y sobrenatural, por poner especial énfasis en lo sensorial y por la entrega al éxtasis de la música y de la droga.» «Intentamos describir aquí un cuadro neurótico, rayando en la psicosis, que denominamos televiosis o televisitis, esto es, una neurosis causada por la televisión. Consideramos que se trata de una enfermedad mental bastante seria, que encuadramos como situación crítica, o sea, posible de sucumbir a la desorganización psicótica y transformarse en psicosis.» (Todo esto se refiere a niños.) «En este contingente de teleadictos (niños y adolescentes) se encuentra un alto índice de conductas obsesivo-compulsivas, ansiosas y delirantes, semejantes a las de los cleptómanos, exhibicionistas y ludópatas.» «La televisión envía al niño falsos mensajes como éstos: el contacto corriente entre hombres y mujeres conduce invariablemente a relaciones intimas de carácter sexual mientras que cuestiones morales, como la prohibición de las relaciones sexuales pre o extramatrimoniales, pocas veces se mencionan.» «Lo lamentable, lo verdaderamente terrible, es que la televisión ataca a traición.» Es decir que la TV (así la denominaremos a partir de ahora) ha pasado a constituir, para muchos psiquiatras, psicólogos y educadores, algo peligroso para la salud mental de los niños y de los adolescentes y, por lo tanto, de los hombres que serán mañana, en vez de la sana diversión que creíamos que iba a ser y el excelente medio educativo que después vimos que podía llegar a convertirse, y todo ello en menos de cincuenta años.

Parece como si el hombre hubiera creado un instrumento hecho para su entretenimiento y hasta para su formación, y, como el aprendiz de brujo, se le hubiera escapado su control y vuelto contra él, de tal forma que ya han empezado a crearse en todos los países, incluida España, asociaciones para «defender» a la infancia y la juventud del peligro que la TV supone para ellos.

Los Estados también empezaron a preocuparse, tal como lo demuestran los trabajos del Centro Internacional de la Infancia, que datan ya de 1962, la Comisión Eisenhower y la Comisión Nacional sobre las Causas y la Prevención de la Violencia del Presidente Johnson de 1968. Estas comisiones llegaron a la conclusión de que «los niños pueden aprender, y de hecho lo hacen, una conducta agresiva de lo que ven en la pantalla de TV» y, hasta en la misma Unión Soviética, se llegó a considerar que una censura previa podía ser útil para la prevención de la delincuencia en su país.

No deja de resultar curioso que lo único que preocupaba a estas comisiones, a la mayoría de los trabajos que iban apareciendo en las revistas médicas (JAMA y New Englad Journal of Medicine, de 1975) y a bastantes de estas asociaciones de «defensa contra la TV», era la violencia, y llevaban todos el mismo mensaje: poner fin a la violencia en la TV. Como veremos a lo largo de este capítulo, los problemas de la TV son bastante más complejos, y seguramente más graves, que el de la violencia.

El tiempo que los niños consumen viendo televisión Empecemos por uno de estos problemas: la «cantidad de TV que ven los niños.

En España disponemos de numerosos canales. Sus horarios son variables pero algunos de ellos empiezan ya a las siete de la mañana y terminan a las tres o las cuatro de la madrugada, o incluso transmiten las veinticuatro horas del día. Existe una cierta especialización, hay canales en los que domina lo cultural y lo deportivo, y otros que se han especializado en lo erótico y en lo pornográfico; pero la mayoría emiten noticias, películas, concursos, deportes, coloquios, etcétera en proporción variable según los canales.

¿Cuánta gente dispone ya de TV? Se ha extendido muchísimo la costumbre de tener dos, tres o más televisores por casa. Como un índice, aunque sea un poco anecdótico, de este crecimiento, se ha de señalar que en EE.UU. un millón de hogares tiene TV en los cuartos de baño.

Pero nuestro problema, en cuanto a cantidad, es determinar cuánta TV ven los niños. Sobre este asunto hay también bastantes estudios. Éstos son algunos datos: En EE.UU. se llega a las cuarenta horas semanales y de veinticinco a treinta en Francia. En España se puede calcular que, el término medio de tiempo de visión, se encuentra ya en las tres y media a cuatro horas diarias, cifra que se puede duplicar en sábados, domingos y vacaciones de invierno, es decir, un tercio del tiempo que están despiertos.

Se ha calculado que un escolar pasa, al cabo de un año, tres mil seiscientas horas en la cama, seiscientas en vestirse y arreglarse, setecientas en las comidas, novecientas en clases escolares, mil setecientas libres y mil doscientas viendo TV. (Datos del Instituto del Niño y de la Familia de Francia.) En relación con la edad, el número de horas que pasa el niño ante el televisor se va elevando desde los dos a los diez años y desciende después hasta los quince, en que se alcanzan las cifras de los adultos. Sin embargo, lo que se llama «visualización activa» aumenta rápidamente en los años preescolares, se mantiene estable entre los cinco y diez años y aumenta otra vez ligeramente entre los diez y los quince. Hoy día, un niño de dos a cinco años pasa 25 horas a la semana delante de la TV.

Como resumen de esta exposición de cifras, se ha calculado que un niño actual, cuando llegue a los sesenta años habrá pasado, si siguen las cosas como hasta ahora, ocho años, es decir, más de la décima parte de su vida delante del televisor.

Todos los datos expuestos hasta aquí son los que se pueden considerar normales, pero existen casos especiales de lo que se conoce con el nombre de «teleadicción», en los que el niño puede pasarse seis o más horas delante del televisor, si bien es verdad que estos casos son más frecuentes entre los adolescentes que en los niños, sobre todo en lo que hemos llamado televisión activa.

En estos casos de teleadicción llegan a producirse conductas que rayan casi en la anormalidad, ya que los chicos se recluyen en casa y, dentro de ésta, se aíslan en la habitación donde tienen la TV, dejan de salir a jugar y a divertirse con los amigos y se sumergen en el mágico y falso mundo de los programas televisados, con tal fuerza, que pueden pasarse horas inmóviles, con la habitación en penumbra y una ruptura casi total con el mundo exterior, por lo que acaban desarrollando una personalidad extraña de gran introversión e inafectividad, cercana a lo que los psiquiatras conocen con el nombre de personalidades esquizoides.

La denominación de adición no es exagerada pues, si por alguna causa, les falta su aparato de TV, se presentan verdaderos síntomas de abstinencia, que cesan cuando su querida TV vuelve a su habitación. Esto es lo que los americanos llaman «Plug-In Drug» o sea «droga del enchufar» y, para su tratamiento, hay que proceder a una disminución progresiva de la «dosis» de contemplación de TV y romper poco a poco su tendencia al aislamiento, haciendo que la vean en compañía del resto de la familia, metiéndoles así, poco a poco en una «visión compartida», mediante comentarios v° críticas de lo que se está viendo.

La influencia de la TV en la infancia es tan grande, que se ha comprobado que niños de doce a veinticuatro meses son ya capaces de imitar, a veces sólo en veinticuatro horas, los gestos y actitudes que han visto en la TV. Se me dirá que a esta edad los niños no ven TV, pues sí que la ven, porque son colocados, en muchas ocasiones, delante del televisor por los padres que así pueden dedicarse a otros menesteres. Además es conocido que hoy hay niñeras por horas, para cuando los padres se ausentan del hogar, las llamadas «baby sister» o «canguros» que, en cuanto los padres se marchan de casa, enchufan el televisor, colocan al niño delante y ellas se dedican a otras cosas, generalmente a leer o estudiar, dado que muchas son estudiantes.

La visión de televisión en el desarrollo psicológico Los efectos de TV han sido bien estudiados en niños pequeños y se han comprobado movimientos por inducción posturo-motriz y modificaciones emocionales, que pueden apreciarse a simple vista por sudoración o variaciones en el pulso, o más instrumentalmente, por alteraciones de los dermatogramas, de los trazados electrocardiográficos y del electroencefalograma. Desde un punto de vista psicológico, se ve que existe también una cierta pérdida de la organización temporal y espacial, pues acaban por no enterarse de dónde se encuentran ni del tiempo que ha pasado.

En algunos casos puede producirse retraso en la aparición del sueño, disminución de las horas de sueño nocturno y perturbación por ello de la vigilancia y atención diurnas. Estas alteraciones pueden llegar a ser realmente importantes en los casos de abuso del cambio rápido de canales, el conocido «zapping» impuesto por los adultos o por el mismo niño, pues llegan a modificar los procesos de aprendizaje en la escuela por atención saltígrada (enfermedad del «zapping»).

Independientemente de los fenómenos antes citados y después de varias horas de visualización televisiva, pueden aparecer alteraciones como fatiga visual, dolores de cabeza y, en niños predispuestos, crisis de jaqueca. Mención especial merece la posibilidad, afortunadamente no muy frecuente, de desencadenamiento de crisis epilépticas, como consecuencia directa de mirar la pantalla de TV, en niños que padecen un tipo especial de epilepsia llamada fotosensible. También se han descrito crisis psicomotoras desencadenadas por la temática de la emisión, sobre todo en niños con problemas familiares.

¿Interviene la TV en el desarrollo intelectivo del niño? Hay respuestas para todos los gustos. En un principio se pensó que lo aceleraría, dado el aumento de la estimulación sensorial y psíquica que produce, pero estudios posteriores han demostrado que el niño pequeño necesita que las imágenes de las personas y de los objetos tengan una cierta constancia y regularidad, a fin de mantenerlas en la memoria, y las de TV son, por el contrario, de una gran fugacidad. Por lo tanto, la visión excesiva de TV constituye una dificultad para la construcción de las imágenes en la memoria y es origen de una dispersión caótica de las mismas en la mente infantil, uniéndose a esto una perturbación de la atención acústica producida por los ruidos excesivos e inconexos, cosas ambas que se dan en alto grado en las películas de dibujos animados, que son las que más se visionan a estas edades.

Todo ello origina un barullo confusional que puede llevar a un trastorno en el aprendizaje, incluido el habla, y a una distorsión del desarrollo preoperatorio intelectivo y de las operaciones concretas. Asimismo la conciencia del mundo está enormemente deformada y, según algunos autores norteamericanos, las generaciones que van creciendo en su país bajo la influencia de la TV, muestran un desvío del pensamiento lógico y racional, una gran inclinación a todo lo mágico y una tendencia a la discontinuidad.

En relación específica con nuestro país, tenemos el que la mayoría de las películas y series que ven los niños en la TV, están dobladas del inglés, cuyos parlamentos son muy breves y muy limitados en cuanto al número y extensión de las palabras, en contraposición con la riqueza del castellano. Esto produce que las frases dobladas resulten breves, cortantes y, la mayoría de las veces, con un acento que no es el nuestro. Así, el niño termina por acostumbrarse a un léxico en el que predominan los monosílabos, de lo que resulta la pobreza actual del lenguaje de los jóvenes, aumentada a su vez por el hecho de que, cuanto más televisión se ve, menos se lee.

Todo lo expuesto hasta aquí en cuanto al desarrollo intelectivo, explica fácilmente que la adición a la TV sea una de las concausas, no la única por supuesto, del incremento del fracaso escolar, de tal forma, que ante cualquier niño que nos llega con este problema, es preceptivo preguntar a los padres sobre los hábitos televisivos del niño.

Sin llegar a los extremos de la teleadicción, la influencia de la TV en la personalidad del niño es también muy grande. El niño que ve mucha TV acaba siendo un poco introvertido, de escasa comunicación familiar y social, con un concepto distorsionado de la realidad y con tendencia a sumergirse en soliloquios imaginativos que pueden simular conductas semiautistas, habiéndose llegado a hablar de «perversión ecológica» por la falta de contacto con el entorno natural.

Más grave es el hecho de que pueda existir una cierta relación, por muy lejana que ésta sea, entre la dependencia televisiva y la adición a las drogas, pues, al fin y al cabo, en ambas se produce una evasión o escapismo de la realidad y, cuando por la edad el primer mecanismo no basta, se puede recurrir al segundo.

Otro aspecto negativo de la influencia de la TV, son las crisis de ansiedad y los miedos infantiles frente a las películas de terror. Estas películas les asustan, aunque al mismo tiempo no puedan resistirse a la tentación de verlas, en una relación ambivalente sadomasoquista típica de los años de la preadolescencia. Las reacciones de pánico y ansiedad, los terrores nocturnos y los miedos a quedarse solos en casa, son frecuentes después de haber visto una película terrorífica. Ha sido paradigmática la epidemia de miedos y terrores nocturnos provocados por la emisión en TV de la película “El exorcista”, de la cual vi yo más de un caso y que la revista «Time» calificó de «Exorcist fever».

Cuando las películas o series son realmente de terror, suelen visionarse por la noche y es fácil para los padres que sus hijos no las vean, lo malo es que hay películas de dibujos animados que, aun hechas específicamente para niños, son también terroríficas, pobladas de monstruos y personajes alucinantes y en las que se mezclan terror y violencia en gran proporción.

Con esta mención de las películas de terror hemos entrado en otro de los grandes problemas de la TV en relación con los niños y adolescentes: el contenido de los espacios televisivos.

Violencia y sexo en la televisión Empezaremos por uno que ya hemos mencionado anteriormente: la violencia. Hace ya más de veinticinco años que en Norteamérica se creó una «Comisión Nacional para el Estudio de las Causas y Prevención de la Violencia», y en ella se trataba extensamente de la influencia de la TV en la aparición de conductas violentas en niños y jóvenes. En 1972, un estudio de más de veinte años, mostraba que la preferencia por los programas violentos de TV estaba relacionada con agresiones concurrentes o subsiguientes y, en 1978, una investigación llevada a cabo en Inglaterra, delataba en forma inequívoca que los adolescentes que veían mayor número de programas violentos resultaban significativamente más agresivos que los que no veían tales programas.

En 1986 se realizó en Canadá un fascinante estudio en pequeñas poblaciones de aquel país, antes de la introducción de la TV en 1973 y después de la misma, y se vio un aumento de las conductas agresivas, tanto físicas como verbales, en los niños de las escuelas primarias, según iban teniendo acceso a la visión de programas televisivos.

Como los trabajos citados hay otros muchos y, aunque en algunos los resultados no son tan significativos, el informe norteamericano de su Instituto Nacional de Salud Mental es tajante: «Hay un consenso, entre la mayoría de los investigadores, en el sentido de que la violencia en TV provoca comportamientos agresivos en niños y adolescentes cuando ven los programas.» Todas estas investigaciones quieren decir que, mediante los programas de TV, se produce un verdadero aprendizaje de las conductas violentas y hasta se ha llegado a diseñar un tipo de «niño diana», que recibe más violencia que los demás por parte de sus compañeros y que coincide con el descrito preferentemente en las películas y series de TV.

Se dice también que la exposición prolongada de la TV durante la infancia multiplicaría por dos el riesgo de homicidio en la edad adulta y que asimismo podría ser responsable de la mitad de los diez mil que cada año se producen en Estados Unidos, ya que en este país se ven en TV una media de veinte mil actos violentos y once mil muertes en este mismo período de tiempo.

Un niño americano ve una media de siete actos de violencia por hora de visión; menos mal que en los jóvenes británicos la media es sólo de cuatro. Mucho nos tememos que el niño español esté más cerca del norteamericano que del británico, dada la procedencia de los filmes emitidos por las televisiones españolas.

Hemos visto que todos los estudios hasta ahora mencionados se refieren a la violencia hacia los demás, es decir, a la heteroagresividad; pero un estudio reciente ha mostrado que las tentativas de suicidio y los suicidios consumados, aumentan claramente en las dos semanas que siguen a emisiones televisivas que comportan escenas de suicidio. En nuestro caso son los adolescentes los más expuestos, dada su mayor sugestibilidad.

Pasando a otro tema sobre los contenidos de la TV, me referiré al sexual. En el capítulo sobre Acoso Sexual a la Infancia, he mostrado la gran influencia de la TV en el cambio de hábitos en la conducta sexual de niños y adolescentes. Este hecho ha sido mucho menos estudiado que el de la violencia, a pesar de la importancia que tiene para explicar las modificaciones que se están produciendo en las estructuras familiares y sociales de nuestros días. Por ello, no quiero pasar de largo sobre este tema sin citar dos opiniones de dos conocidos paidopsiquiatras: «Las conductas sexuales de los adolescentes pueden ser modificadas por ciertas emisiones televisivas y por los filmes retransmitidos, ya sean emisiones corrientes, eróticas o pornográficas, pudiendo estas últimas provocar el paso al acto’, sobre todo si van acompañadas de violencia» (P. Royer).

«En verdad estamos enfrentándonos cada vez más con jóvenes que no piensan, que actúan como muñecos mecánicos y en quienes, lenta pero sistemáticamente, se van infiltrando la droga, la corrupción sexual y la homosexualidad» (R. Soifer, psicoanalista argentina).

Publicidad, ética y cultura Otro aspecto muy estudiado en TV es el de la publicidad, dada la gran cantidad de spots publicitarios que el niño ve al cabo del año: de dieciséis a dieciocho mil para el norteamericano y de cuatro a seis mil para el europeo occidental, lo que supone que al graduarse de bachilleres, o el equivalente que haya en cada país, habrán visto más de cien mil de estos spots.

El impacto de la publicidad sobre los niños es tan grande, que muchos de ellos prefieren los espacios publicitarios a los demás y, dada su sugestibilidad y su capacidad para dejarse influenciar, lo normal es que sigan fielmente sus indicaciones y acaben comiendo lo que los anuncios les sugieren, jugando con juguetes, a veces absurdos, que los fabricantes les meten por los ojos y deseando lo que los spots les inducen a desear. Todo ello puede ser fuente de conflictos entre hijos y padres, cuando éstos no quieren, o no pueden, acceder a sus deseos, pero si acceden puede ser aún peor, como vimos al hablar sobre “El Pobre Niño Rico”.

Otro de los aspectos más negativos de la TV, tanto en España como en el resto de los países del mundo, es la distorsión de los valores culturales y morales. Según los especialistas, cuando un niño llega a la edad de tener opiniones propias, habrá visto por televisión más de treinta mil historias electrónicas y esta gran cantidad de conocimientos fantásticos habrá creado ya una mitología cultural, con unas normas y creencias que determinarán comportamientos apartados de los valores éticos y morales que, aún no hace muchos años, eran el fundamento de la sociedad.

La honradez, el respeto a los mayores, la consideración hacia el prójimo, la justicia, la caridad, el valor del trabajo y la consideración de la familia como base de la sociedad, han sido substituidos por el enriquecimiento a toda costa y como sea; el culto a la fuerza como arma para triunfar en la vida; el atropello de los derechos de los demás para lograr los objetivos apetecidos; el uso y abuso del alcohol como algo usual; la práctica del aborto como una cosa corriente y carente de toda significación moral, y hasta el uso de cocaína como algo natural y sin efecto negativo alguno.

De los valores religiosos más vale no hablar: Dios, las creencias religiosas, el modo cristiano de vivir, han desaparecido de las pantallas de TV y casi más vale que no aparezcan pues, cuando lo hacen es casi siempre como objeto de menosprecio y hasta ocasión para hacer un chiste o provocar una situación hilarante, cuando no suponen un ataque directo a las creencias religiosas y al modo cristiano de vivir. Al menos, esto es lo que ocurre actualmente en nuestro país.

Todo lo dicho hasta aquí de la TV normal, se complica con los vídeos, en los que la violencia y el sexo acaparan la mayoría de los títulos y que escapan al control de los padres mucho más fácilmente que las emisiones normales. En su favor hay que decir que se dispone también de vídeos para niños que pueden seleccionarse previamente, cosa que no se puede hacer con las emisiones normales, que ya están programadas de antemano.

Aspectos físicos Para terminar con los efectos negativos del uso y, sobre todo, del abuso de la TV, mencionaremos la alerta dada por los pediatras del peligro de la aparición de la obesidad en los niños, producida por la disminución de la actividad y del gasto energético que la visión de horas de TV conlleva, obesidad que se aumenta con la costumbre de consumir durante este tiempo todo tipo de golosinas.

Últimamente se ha señalado la posibilidad, aún no demostrada de una forma rotunda, de un aumento de la tasa de colesterol, que crece en proporción directa de las horas que pasa el niño ante el televisor. Se ha descrito también la aparición de alteraciones posturales (cifosis, escoliosis, etc.) por la adopción de posturas viciosas para ver la TV, si éstas se prolongan durante mucho tiempo.

La TV es también culpable, aunque no sola, del fomento del «culto al cuerpo» que ha invadido la juventud, y lo que no es la juventud, propiciado por el triunfo en sus pantallas de chicas esculturales o chicos apolíneos y el fracaso, y aun la burla, de los que no lo son. Esto ha producido una verdadera obsesión por la figura y ha llevado al seguimiento de unas dietas alimenticias que pueden acabar en algo que se ha convertido en una verdadera plaga entre los adolescentes, la llamada «anorexia nerviosa», que es un cuadro clínico realmente importante y a veces grave. Paradójicamente se produce también otro cuadro obsesivo, la «bulimia», u obsesión por comer en cantidades ingentes, pero a escondidas y con maniobras para defenderse de la obesidad como provocación del vómito, el uso de laxantes o el abuso del «footing».

La televisión también puede ser positiva Después de leer todo lo escrito hasta aquí sobre la televisión, el lector se preguntará si ésta tiene algo de bueno, porque todo parece malo e indeseable. La respuesta es que sí, que claro que tiene cosas buenas y más que podría tener. Si se ha hecho hincapié en lo malo es para poder evitarlo.

Es evidente que la TV es una gran distracción para personas que viven solas, para los enfermos, para los ancianos, etcétera, para los cuales constituye un gran consuelo en su soledad y aun para adultos que no les pasa nada, pero que les sirve para relajarse, en este mundo cada vez más conflictivo y duro.

Si nos ceñimos a los niños, vemos que la TV puede ser, no sólo un medio de distracción, que lo es mediante los programas infantiles adecuados a sus mentes, sino que además están los programas educativos que enseñan a los niños el amor a la naturaleza, a las bellas artes, a las costumbres de otros pueblos y razas, a la convivencia humana, al compañerismo y aun a facilitar al niño su aprendizaje escolar (un programa modélico en este sentido fue, tiempo atrás, uno que se llamaba «Barrio Sésamo»).

De lo que hoy no disponemos, y sigo hablando de nuestro país, son espacios dedicados a la exaltación de los valores éticos, morales y religiosos específicos para niños y adolescentes, como aquel inolvidable “Siempre alegres para hacer felices a los demás”, de los años sesenta.

Consejos a los padres Así las cosas, ¿qué pueden hacer los padres respecto a la TV y a sus hijos? Responderé planteando y respondiendo las siguientes preguntas: ¿Cuánta TV? En un principio se pensó que los niños menores de cinco años no deberían verla en absoluto, de cinco a ocho años, la contemplación de programas televisivos debería ser ocasional, y de los ocho a los diez sólo tres o cuatro veces por semana. Esto es imposible de cumplir hoy en día, pero sí hay que procurar que los niños no vean entre semana más de media o una hora diaria y no pasar de dos o tres horas los sábados y domingos.

¿Cómo contemplarla? Evitando en lo posible la contemplación pasiva y hacer que los niños participen, entre ellas y con adultos, con comentarios sobre lo que están viendo u oyendo. No ver nunca TV en habitaciones completamente a obscuras, ni demasiado cerca del televisor, ni tampoco desde el mismo sitio o la misma postura. ¡Cuidado con el mando a distancia y el abuso del «zapping»! ¿El qué? Los padres deben elegir y supervisar cuidadosamente los programas que los niños han de ver y no dejarse llevar por la comodidad de aceptar, «por no discutir», que vean toda clase de programas, especialmente los indicados para adultos.

No quiero terminar este capítulo sin hacer una pequeña aclaración sobre algo que se dice en el comienzo del mismo y que, acaso, pudiera asustar a los padres: la TV no produce nunca «per se» ideas delirantes. Sólo puede convertirse en objeto de delirio en personas, adolescentes incluidos, que están predispuestas a delirar por alguna enfermedad mental.

Francisco J. Mendiguchía, “Trastornos graves de la conducta”

Cuando yo era niño había en Madrid un colegio muy conocido llamado «Santa Rita», al que iban a parar los niños y adolescentes que se portaban mal o, simplemente que no querían estudiar y que debía ser muy riguroso por la fama que tenía. Al cabo de los años fue sustituido por otros que también tenían fama de duros y que servían para los mismos menesteres, no siendo infrecuente que yo viera en mi consulta a algún chico que ya había pasado por ellos por sus problemas importantes de conducta.

¿Hay niños psicópatas? ¿Qué quiere decir realmente esto de problemas de conducta? Pues nada más, pero también nada menos, que sus patrones de conducta no coinciden con los observados en los medios familiares y sociales en que viven.

A estos conductópatas que se desvían gravemente de lo que se puede considerar como normal, se les denominó «personalidades psicopáticas» o, más brevemente, «psicópatas», aunque hoy se tiende a disimular estos apelativos, por la mala fama que tenían y la hostilidad que despertaban, bajo el eufemismo apelativo de «distorsiones de la personalidad».

La verdad es que el término de personalidad psicopática lo heredó la Psiquiatría infantil de la Psiquiatría del adulto, heredando también su mala fama, su carácter constitucional y su mal pronóstico pues, «el que nacía psicópata se moría psicópata» eso sí, después de haber sido expulsado de varios colegios, enrolado en la Legión y haber visitado alguna cárcel.

A los psiquiatras infantiles nos costó mucho aceptar esta fatalidad etiológica y pronóstica, comenzando por dudar, al menos, de su origen constitucional. Pensamos que, por el contrario, algunos eran más bien formas de reacción frente a múltiples factores ambientales, es decir, «el psicópata no nace, se hace».

La experiencia nos dice que, aunque pueda haber algún factor constitucional y genético (parece ser, aunque la cosa no está muy clara, que la agresividad en el hombre va unida a tener un cromosoma Y de más en su fórmula genética), pues hay estudios en gemelos bastante demostrativos, en la mayoría de los casos el factor ambiental, sobre todo el familiar, es fundamental: hacinamiento, promiscuidad, alcoholismo de los padres, educación contradictoria o cruel, internamientos precoces a los dos-tres años, prostitución, etc., constituyen el caldo de cultivo en el que se van formando poco a poco las conductas antisociales, de tal forma, que si se comportaran decentemente casi sería un milagro.

Recuerdo a este respecto un caso muy desgraciado, en el que hubo tal conjunción de causas (madre prostituta, padre psicópata, abuelo alcohólico, abandono durante el primer año de vida en una cueva la mayor parte del día, ambiente familiar posterior desastroso), que el resultado no pudo ser más que una personalidad absolutamente psicopática que hizo fracasar todos los tratamientos que se le hicieron, para acabar quitándose la vida a los veinte años.

El problema está en que, aunque la causa no sea genética sino ambiental, este tipo de conducta aprendida puede llegar a calar tan hondo en la personalidad infantil que acaba estructurándose de una forma patológica. Por ello a estos niños se les llama también «caracterópatas».

¿Cuál es el núcleo que configura esta anomalía del carácter, congénita o adquirida? Son cuatro las principales características de la personalidad psicopática: 1) Incapacidad para amar o frialdad afectiva, que les hace inmunes a cualquier tipo de relación amorosa.

2) Ausencia del sentimiento de culpa. Nunca son ellos los culpables y de ahí se deriva la incapacidad para el arrepentimiento y una máxima dificultad para la corrección.

3) Ausencia de ansiedad. Sufre muy poco cuando le van mal las cosas, además de ser audaz y decidido.

4) Resolución de las situaciones conflictivas mediante el «paso al acto». En otras palabras, que sus problemas y tensiones los traducen en acciones, generalmente agresivas, sin que el pensamiento llegue casi nunca a jugar ningún papel.

Al llegar a este punto no puedo por menos de dedicar un recuerdo a un psiquiatra inglés llamado Prittchard que, nada menos que en 1835, describió el cuadro de la «moral insanity», del que decía que los que lo padecían «no podían conducirse con decencia y propiedad en los asuntos de la vida». Hoy estamos más cerca de este concepto que del de la Psiquiatría francesa de principios de este siglo que hablaba de «degenerados».

Afortunadamente, en muchos casos la personalidad del niño no llega a distorsionarse del todo, no se desarrollan completamente las características antedichas. Con un adecuado golpe de timón educativo, un cambio de ambiente, una psicoterapia individual o de grupo o una terapia conductual puede modificarse la conducta, cosa que antes se consideraba casi imposible.

Antes de proseguir con la descripción de los tipos más frecuentes de conducta disocial de estos niños y adolescentes, quiero hacer una reflexión sobre el modo de enfrentarse a este tipo de trastornos. Así como otros pacientes psiquiátricos, sobre todo niños, despiertan enseguida nuestros buenos sentimientos y nuestra compasión, éstos, casi indefectiblemente, producen un rechazo en padres («ya no sé qué hacer con él»), en educadores («es un caso perdido») y hasta en psicólogos y psiquiatras, que por nuestra formación deberíamos estar inmunes a este sentimiento, pues el nihilismo terapéutico, el «no se puede hacer nada», no es más que una forma encubierta de rechazo.

Sin embargo, todo el que trata con niños debe darles mucho cariño y comprensión y más a éstos, de los que no hay que esperar correspondencia en la mayoría de las veces, sobre todo al principio, y por lo tanto no hay que sentirse frustrado ni desanimado por esta carencia de «transferencia afectiva».

Agresividad y crueldad Una de las formas más frecuentes de mostrarse estas alteraciones del carácter y de la conducta es la del aumento de la agresividad. Sobre la agresividad humana se han escrito montones de libros y se han suscitado múltiples discusiones entre los teóricos de la misma. Como muestra de las cosas que han llegado a decirse y escribirse, copio de un trabajo aparecido en una revista de Psiquiatría Infantil: «Comienza la nidación del huevo en la pared uterina que se convierte en el campo de batalla… El sistema de nutrición del embrión es canibalístico y vampírico… desde la fecundación el embrión sufre la agresividad de la madre… cuando el niño nace ya lo sabe todo acerca de la agresividad… la actitud bestial más o menos consciente de la madre por su hijo… pone en evidencia una agresividad materna salvaje.» Es decir que la guerra entre la madre y el hijo, producto de la agresividad de ambos ¡comienza en la fecundación! Volviendo a la realidad, diré que los hijos hiperagresivos tienen fuertes crisis de ira y furor a la menor contrariedad; no pueden controlar sus impulsos destructores, y no se les puede llevar la contraria porque saltan a la menor oposición. Estas situaciones se producen lo mismo en el hogar que en el colegio o en el parque donde juegan con otros niños. Pronto llegan las quejas de los demás padres, el niño empieza a encontrarse solo porque los demás compañeros no quieren jugar con él y busca refugio en algún otro que es parecido a él, comenzando así, muy temprano, la formación de un grupo disocial, un «nosotros» muy reducido y enfrentado con los que no son como ellos.

Pronto viene la expulsión de un colegio, luego de otro, el niño se va haciendo cada vez más asocial y agresivo y acaba visitando algún «Santa Rita» de la actualidad.

La destructividad es otra de las características de estos niños y jóvenes, pero no con la destructividad de los niños hiperactivos, que rompen las cosas sin querer; aquí la destrucción es deliberada e intencionada, quieren hacer daño y por eso rompen el juguete apreciado de un compañero o de un hermano, el bolígrafo que recientemente le han regalado al que se sienta a su lado en clase, el objeto preferido de la madre o la bicicleta de un primo que le ha invitado a jugar con él.

Unida a la agresividad y a la destructividad va casi siempre la crueldad. Estos niños y adolescentes son crueles con compañeros a los que vejan, insultan, pegan, en ocasiones hieren con punzones o navajas, y con animales a los que llegan a matar, no sólo con gran sangre fría, sino con verdadero sadismo.

Un caso muy demostrativo a este respecto es el del niño al que vi hace algún tiempo que, con nueve años, después de dieciséis meses de haber sido reñido por su abuela por una fechoría de las que acostumbraba a hacer, volvió a casa de ésta, que vivía sola y tenía como única compañía la de un canario y, en un descuido, sacó el pájaro de la jaula y le retorció el cuello hasta matarle, contándomelo a los pocos días con absoluta frialdad.

Las estadísticas de todos los países muestran cómo las conductas agresivas infanto-juveniles crecen de un modo alarmante, aunque el problema no es sólo de cantidad de violencia sino de la precocidad y gravedad de la misma. ¿Cómo es que, no ya el joven, sino el niño, es capaz de cometer atracos y aun asesinar fríamente a un maestro que le ha puesto malas notas o se ha permitido reñirle? Dos ejemplos solamente: En Inglaterra dos niños de once y doce años secuestran y matan a otro de tres y en EE.UU. dos niños también de once y doce años matan a su amigo Poole de trece a balazos.

No es de extrañar que ya en 1975 un psiquiatra norteamericano se dijera angustiado «parece como si nuestra sociedad hubiera desarrollado una nueva cepa genética, el niño asesino». Evidentemente no es ésa la razón, el problema es educacional y social, y mientras sigamos sembrando permisividad y carencia de autoridad familiar, escolar y social, por un lado y marginación por el otro, las estadísticas seguirán subiendo.

Un tema especial es el de la violencia sexual. Hasta ahora, los niños y los adolescentes, con más frecuencia las niñas y las adolescentes, habían jugado siempre el papel de víctimas y cada día lo juegan más: raptos, violaciones, abusos sexuales, asesinatos son noticia casi habitual en los medios de comunicación (cuando escribo estas líneas, se acaba de descubrir un espantoso triple asesinato con violación y sadismo de tres adolescentes de catorce y quince años), pero es que también ha sido noticia hace poco tiempo que un niño de catorce años, en un pueblo de España, había asesinado, después de un intento de violación, a una compañera de colegio de diez años.

Alcoholismo juvenil Una de las circunstancias que aumentan la frecuencia de actos asociales ligados a la violencia, es el agrupamiento, en forma de bandas o pandillas que poseen una moral antisocial de grupo, con sus leyes no escritas, sus compromisos, su disciplina propia (y ¡ay! del que se atreva a conculcarla) y hasta su vestimenta especial.

Estas bandas suelen formarse a partir de los trece a catorce años y suelen ser más frecuentes en los varones (antes las chicas sólo se agrupaban para la delincuencia sexual o el robo de tiendas), pero en los últimos años va siendo cada vez más frecuente que las adolescentes formen parte de las bandas, con los mismos derechos y deberes que los chicos. Suelen estar jerarquizadas con uno o varios jefes y tienen sus particulares ritos de iniciación y lenguaje críptico convenido.

Por último, comentaré dos problemas que antes se trataban en este capítulo de las personalidades psicopáticas pero que ahora, y desgraciadamente, ya se salen de él, porque forman parte de una problemática general juvenil: el alcohol y las drogas.

Cuando comencé a escribir esta parte del capítulo, dediqué bastante tiempo en consultar estadísticas acerca del consumo de alcohol por niños y adolescentes, en España y fuera de España, y lo primero que salta a la vista es la progresiva ascensión de este consumo a estas edades pues «cada vez hay más bebedores, que beben más y que comienzan antes».

¿Dónde nos encontramos ahora? Pienso que no hace falta acudir a las estadísticas; no hay más que tener abiertos los ojos y salir de noche, sobre todo los viernes, para ver a centenares de adolescentes, y aun preadolescentes, de ambos sexos consumiendo alcohol, solo o con estimulantes, en esa subcultura de la «litrona» , hasta bien entrada la madrugada, hora en que vuelven a sus casas con un mayor o menor grado de intoxicación etílica, si es que vuelven, porque si están demasiado mal se quedan a dormir en casa de un amigo o una amiga.

La primera pregunta que se hace uno al ver estos hechos es: ¿Es que no hay aquí leyes que prohiban la venta de alcohol a menores como en todos los países civilizados del mundo? La respuesta es que sí, que las hay, pero que nadie cumple ni nadie las hace cumplir. Por eso es puro fariseísmo el que las autoridades sanitarias se quejen del consumo de alcohol en nuestro país, a estas edades o en el adulto. (Se calcula que el 12 a 15% de las alcoholemias de nuestro país se han consolidado ya en la infancia.) La segunda pregunta es: ¿Dónde están los padres de todos estos chicos y chicas que permiten que esto suceda? Ya sé que hay muchos que dicen que no pueden prohibírselo porque todos lo hacen y que si se lo prohiben da igual, lo hacen de todas maneras. Es que la autoridad paterna hay que ganársela día a día durante muchos años, no intentar imponerla cuando ya se ha perdido.

La tercera pregunta es la siguiente: ¿Y la escuela, no puede hacer nada? Pues claro que puede, impartiendo cursos de Educación Sanitaria en los que el tema del alcoholismo y sus peligros fuera ampliamente desarrollado por profesionales que conozcan bien este problema.

De todas maneras si quieren algunas cifras les diré que, en España, la media de edad del primer contacto del niño con el alcohol es de ocho a diez años y que, a los quince, un siete a ocho por ciento beben ya más de medio litro de vino al día. Como nota un poco más optimista tengo que decir que, salvo rarísimas excepciones, no se conocen a estas edades casos declarados de alcoholdependencia. Sin embargo, y como nota pesimista, también tengo que exponer un grave hecho: la conjunción sexo-alcohol produce embarazos en adolescentes, que siguen bebiendo durante el mismo y el final es el nacimiento de un hijo con un síndrome llamado feto-alcohol con anormalidades físicas y mentales.

El problema de las drogas Pero si el alcohol es uno de los más graves problemas, el más grave es, sin duda, el consumo de drogas. Ni los niños se libran, al apostarse los vendedores de las mismas a las puertas de los colegios donde, en un principio, la regalan para iniciar así a futuros clientes. Tampoco se libra ninguna clase social, habiéndose llegado a formar un mundo de contracultura que abarca a toda la sociedad juvenil.

El comienzo, «la iniciación», se produce en el 90% de los casos con las llamadas drogas blandas (concepto erróneo; no hay drogas blandas ni duras, todas producen efectos patológicos y unas llevan a otras): marihuana, grifa, hachís, etcétera, en conjunto el llamado vulgarmente chocolate y que no son más que derivados del cáñamo indio. Cuando se pregunta a los adolescentes cómo y por qué empezaron su consumo, más del 50% dice que por curiosidad, otros que por deseo de aventuras y algunos hasta por amistad. Mención especial merece la respuesta «para evadirme de mis problemas» porque, cuando se profundiza, se aprecia que no hay tales problemas; de lo que se evaden es de su propio vacío existencial producido por la pérdida de los valores éticos, morales y religiosos de la sociedad actual, la juvenil también.

Muchos, afortunadamente, no pasan de esta primera fase; pero para otros es el comienzo de un largo camino de anfetaminas, alucinógenos, cocaína o heroína (el consumo de ésta ha disminuido en los últimos años por miedo al Síndrome de Inmunodeficiencia adquirida, SIDA) que son ingeridos, fumados, esnifados o inyectados y que conducen al adolescente a la destrucción, la marginación y en último término a la muerte, previa desintegración de su propia familia, si es que ésta no lo abandona antes a su suerte.

Los jóvenes siempre creen en un principio que podrán dejar la droga cuando quieran pero, poco a poco, van quedando presos en el infernal carrusel de: satisfacción > carencia > búsqueda de droga > satisfacción > dependencia > dosis cada vez mayores > delincuencia para poder comprar la droga, del que ya no podrán salir jamás por sus propios medios.

Como en el alcoholismo, la conjunción droga-embarazo de adolescente es frecuente y el final es también un hijo que, ya desde el nacimiento, presenta los síntomas de abstinencia que presentan los drogadictos cuando se suprime bruscamente el suministro de droga.

Hay que hacer una especial llamada de atención sobre el uso por parte de preadolescentes, y aun niños de ocho a diez años, de pegamentos utilizados para la construcción de maquetas de aviones, coches, etc. y cuya aspiración tiene en un primer momento un efecto estimulante (euforia, alegría, excitación) para pasar más tarde a producir una ligera ataxia, lenguaje farfullante y, si la aspiración dura más de cuarenta minutos, estupor e inconsciencia. El uso continuado de pegamento puede llevar a un estado de depresión y agresividad que necesita más pegamento para que se le pase, es decir también produce dependencia, habiéndose descrito casos de muchachos que necesitaban aspirar el contenido de hasta cinco tubos.

Los padres han de estar muy atentos a los cambios de carácter de los hijos, a su progresivo estancamiento en los estudios, a la desaparición de dinero que no se sabe dónde ha ido a parar, a estados de depresión alternando con otros de euforia y, en general, a un cambio de conducta total, para poder detectar así una posible drogadicción que comienza.

El tratamiento ha de ser siempre en asociaciones y clínicas especializadas. Solos no lo lograrán nunca y los padres han de saber muy bien que, así corno los alcohólicos son sinceros, casi siempre, cuando dicen que quieren dejar el alcohol, el «enganchado» en la droga miente siempre cuando dice que está dispuesto a dejarlo sin ayuda de nadie.

El punto de inflexión en todos estos trastornos graves de la conducta que hasta aquí hemos descrito, es el paso de la predelincuencia a la delincuencia franca, es decir, cuando el niño o adolescente comete el primer delito y ha pasado de lo que aún es permitido por la ley, a lo que está penalizado por la misma, pues realmente el concepto de delincuencia juvenil es más sociológico que médico y más jurídico que sociológico.

No quiero terminar este capítulo sin señalar que el pronóstico de los trastornos de conducta, lo mismo que en el capítulo anterior, depende en gran manera de la estructura familiar; cuanto peor es ésta, peor es el pronóstico.

Francisco J. Mendiguchía, “El pobre niño rico”

Hace ya más de cincuenta años, se estrenó en nuestro país una película que se titulaba “La pobre niña rica” y que estaba protagonizada por una célebre pequeña actriz llamada Shirley Temple. Siempre me pareció un título bastante pretencioso, manifiestamente injusto y aun algo demagógico, pues, ¿cómo compadecer a un niño que es rico? Lo lógico es que hay que tener mucha más compasión por uno que es pobre y, por lo tanto, carece de muchas cosas que el rico posee.

Sin embargo, y precisamente en el país donde viven más niños ricos por kilómetro cuadrado, en los Estados Unidos de América, un ilustre pediatra, el Dr. Ralph E. Minear, profesor de la Universidad de Harvard, ha acuñado un original término para designar un nuevo síndrome descubierto por él, la «ricopatía», es decir, la riqueza como factor patológico, que puede dañar el desarrollo de la personalidad y aun la salud física de los niños.

Posiblemente sea algo exagerado el término, pero lo que sí es cierto, es que podríamos hablar de «síndrome del niño rico», como algo que se presenta, no ya en Norteamérica, sino en nuestra propia sociedad consumista actual, con el agravante de que lo presentan, no sólo familias que pudiéramos llamar ricas, sino que se ha extendido a otras capas sociales más deprimidas, cultural y económicamente.

Veamos en qué consiste este nuevo síndrome. Lo he visto más de una vez en mi ejercicio profesional bajo la forma de una carencia de eso que podríamos llamar voluntad y que, en estos casos, no es más que una carencia de motivaciones. Los síntomas consisten en ausencia de ilusiones, estado de ánimo deprimido con apatía, desgana y tristeza, síntomas psicosomáticos del tipo de cefaleas, vómitos, diarreas, etcétera, o trastornos de la conducta con enfrentamientos con los padres, que creen ingenuamente tener comprado el amor y la obediencia de sus hijos, dándoles todo lo que piden, y aun lo que no piden.

Cuando investigaba estos casos a fondo, veía que lo único que les pasaba era que tenían un exceso de todo, ya no apetecían nada, estaban de vuelta de todo y hastiados de casi todo, en una palabra, se habían convertido en unos escépticos prematuros que más parecían viejos que niños.

Los juguetes infantiles Y ¿qué cosas son éstas que pueden tener en demasía? Empecemos por lo más infantil: los juguetes. Hace poco se ha inaugurado cerca de Madrid la tienda de juguetes «mayor del mundo», y efectivamente lo debe ser, pues en sus grandes estanterías se acumulan miles y miles de ellos perfectamente clasificados por sexos y edades, desde el bebé hasta el adolescente, de precios bastante elevados en general, y de complejo manejo la mayoría; lo curioso es que en el lugar donde resido, que no llega a los tres mil habitantes, también se ha inaugurado ¡otra juguetería! Estos dos hechos nos indican que la tendencia al consumo de juguetes es cada vez más alta y su fabricación y comercialización mueve grandes cantidades de dinero.

Yo, como buen abuelo, también fui a comprar los correspondientes regalos a mis nietos en las últimas fiestas y pude darme cuenta que, en los grandes almacenes sobre todo, la gente sacaba sus carritos repletos de juguetes. Se ha producido una verdadera rivalidad entre las familias, para ver cuál de ellas los compra más y mejores a sus hijos, pues ello es índice de buen nivel de vida y de prestigio social: «Nuestro hijo tiene tantos o más, y mejores, juguetes que el vuestro».

Y los niños, ¿qué piensan de todo ello? Naturalmente están encantados y casi no tienen tiempo de jugar con tantos. Sin embargo, a poco de comprada, la mitad de toda su juguetería está ya rota, generalmente por lo deleznable del material con que está hecha. Una cuarta parte no es utilizable porque han perdido la mitad de las piezas de los complicados aparatos en que se han convertido los juguetes y sólo juegan con la otra cuarta parte que, ¡vaya casualidad!, son casi los mismos con los que nosotros jugábamos hace sesenta años: pelotas, muñecas, coches, cocinas y construcciones En lo que realmente hemos avanzado en este capítulo, es en los conocidos con el nombre de «juguetes educativos», que estimulan el desarrollo sensorial e ideativo del niño. Sin embargo no hay que perder de vista que el juguete en sí, sin más adjetivos, para lo primero que tiene que servir es para divertir al niño, al mismo tiempo que estimula su imaginación y hacerle entrar en ese mundo maravilloso, fantástico e irrepetible de los juegos infantiles, y para esto sirven lo mismo los juguetes caros que los baratos. El niño es tan «general» encima de un precioso caballo de peluche, que subido en el bastón del abuelo, o por lo menos así era antes.

Hoy en día, y debido a esa gran cantidad de juguetes que tienen, los niños han empezado a despreciar enseguida los viejos, exigiendo uno nuevo al que no le falte nada; ya no le sirve el “pars pro toto” (la parte equivale al todo) de la vieja psicología del juego infantil y ahora, si a una muñeca le falta un dedo hay que tirarla. Antes, cuanto más vieja y rota estaba, más la quería la niña. Hoy un coche sin una rueda ya no es un coche. En pocas palabras, el niño se está haciendo tan materialista como el mundo en que vive, se va convirtiendo en un redomado consumista y se sentirá desgraciado y frustrado si no tiene más y mejores cosas que los demás.

¿Y los juguetes bélicos? ¿Deben prohibirse porque fomentan la agresividad infantil y son los responsables de la violencia de los adultos y de las guerras que éstos desencadenan? La verdad es que el niño tiene siempre una dosis de agresividad y más vale que haga su catarsis simulando batallas con soldados de plástico, que a pedradas, que sí que hacen heridos de verdad y, por ello, siempre ha jugado con juguetes bélicos, los etruscos con espadas y escudos de madera y los de ahora con vehículos intergalácticos.

En el fondo, la sociedad entera está asustada por la violencia que está desarrollando la infancia y la adolescencia y buscan un chivo expiatorio en los juguetes bélicos, para no admitir que es ella la verdadera culpable por su educación absolutamente permisiva, la visión diaria en la televisión de escenas de la más cruda violencia y la violencia real de agresiones, atentados y guerras de verdad que los adultos promueven.

A los hombres, lo que hay que decirles es: dejen ustedes de fabricar aviones, cañones y tanques, y los niños no podrán imitarlos en sus juegos, no hagan guerras y no jugarán a ellas.

Pero no son sólo juguetes lo que se puede dar al niño o adolescente en demasía, sino que son otras muchas cosas, tales como ropa (un adolescente, como cualquier dama elegante, necesita estrenar con frecuencia pantalones, camisas o zapatos de determinadas marcas, para no parecer menos que los demás), relojes y bolígrafos caros (que pierden indefectiblemente al poco tiempo), costosos equipos de deporte y tantas y tantas otras cosas que los anuncios, sobre todo los televisivos, les meten por los ojos y la voluntad.

Consecuencias en los hijos y en los padres Una pregunta inquietante que los padres deben hacerse, es si todo este dar demasiadas cosas a los hijos, no es porque es más fácil y más cómodo que dedicarles más atención y un poco más de tiempo para educarlos que, desde luego, es más incómodo.

Porque esta comodidad acabará volviéndose contra ellos, ya que el niño, acostumbrado a muchas y caras cosas, les pedirá cada vez más, en cantidad y calidad, llegando un día en que no podrán satisfacer sus deseos, y entonces los hijos se volverán contra ellos, culpándoles de haberles acostumbrado mal.

Quizá uno de los aspectos más negativos de este exceso de cosas que los hijos tienen, juguetes, ropa, golosinas, etc., es la distorsión que esto produce en su sentido ético de la justicia distributiva y el desarrollo de una filosofía en la que predomina la idea de que, en este mundo, lo ideal es tener siempre más y mejor de lo que tienen los demás.

En el futuro, el único objetivo de estos niños será este «más y mejor» y por ello carecerán del concepto moral de que no se debe tener siempre de todo en demasía, aunque se pueda, mientras haya otros que no tienen de nada o muy poco, es decir, se habrán convertido en unos seres básicamente egoístas e insolidarios.

Otro mal que se hace al niño, es acostumbrarle a recibir todo sin esfuerzo por su parte, y casi siempre sin merecerlo, por lo que, cuando se le empieza a exigir trabajo y sacrificios, como sucede muy tempranamente en la vida, se encuentran completamente en desventaja frente a los que saben, porque así se lo han enseñado, que lo que se desea, algo cuesta.

Numerosos fracasos escolares no tienen más base que esta imposibilidad para el esfuerzo del estudio. ¡Cuántas veces he oído a niños y jóvenes «es que no me gusta estudiar»! Y cuando les hago ver que es muy raro que a algún niño le guste estudiar, pero que lo hacen porque tienen que hacerlo aunque les cueste, acaban reconociendo que a ellos no le han acostumbrado a esforzarse por nada, porque siempre han tenido de todo, sin necesidad de mover un dedo.

Si miramos el problema desde otro punto de vista, el de los padres, no es infrecuente que éstos, que han proporcionado a sus hijos todo lo mejor, juguetes, vestidos, bicicletas, motos, colegios, estancias en el extranjero para aprender idiomas o para esquiar, acaben considerando a los hijos como una inversión. Lo mismo que si hubieran puesto su dinero en unas acciones o en unos bonos del Tesoro, y tienen que producir enseguida dividendos, devolviendo a los padres el capital que éstos han gastado.

Esto les lleva a exigir a los hijos que sean los primeros en todo, los más sobresalientes en clase, los mejores deportistas, los de más éxito social, en concreto que sean superiores a los demás, ¡ah! y además que les adoren porque han sido tan buenos con ellos.

Pero como todo esto sucede menos veces de lo que ellos creen, pues con su comportamiento están contribuyendo a que pase lo contrario, la frustración que esto les produce les lleva a considerar a sus hijos como unos monstruos desagradecidos indignos de que ellos se sigan «sacrificando». La frase: «Doctor, hemos procurado que siempre tenga lo mejor y mire cómo nos lo paga», la hemos oído muchas veces y cuesta mucho convencer a los padres de lo equivocado de su proceder y de que ellos son realmente los responsable de la conducta de sus hijos.

Otro problema importante es que los niños que tienen mucho de todo pierden la ilusión por las cosas y ya no esperan emocionados las fiestas propias para recibir regalo como su santo o cumpleaños, o las Navidades, por ejemplo y entonces tienden a buscar emociones nuevas. A esto se debe, en parte, que los niños se dediquen a robar cosas, aunque sean bolígrafos, que realmente no les sirven para nada. El caso es sentir la emoción de que les puedan coger y hasta organizan verdaderos campeonatos en los colegios para ver quién, o qué grupo, es capaz de robar más cosas o de más valor.

En relación con esto, pero ya en adolescentes, se está produciendo lo que los sociólogos conocen con el nombre de «áreas de delincuencia» o «zonas de conflictividad», pero no en zonas suburbiales o de marginación social, sino en núcleos habitados por familias de clase media o alta, en las que. el aburrimiento y el afán de experimentar nuevas sensaciones, genera la comisión de actos predelictivos o francamente delictivos, como rotura de farolas, consumo de drogas blandas, robos, agresiones o asaltos sexuales.

Francisco J. Mendiguchía, “Los comportamientos inadecuados”

En un capítulo precedente hablaba de los niños que parecen malos pero que no lo son, pero ¿es que hay realmente «niños malos»? En este otro capítulo voy a tratar de ciertos niños a los que los padres muchas veces adjudican este adjetivo, ciertamente peyorativo de «malos» porque, según dicen, cometen maldades como las de mentir, robar cosas en el colegio y otros problemas por el estilo, que tienen todos en común romper los esquemas y las normas establecidas de convivencia familiar y social.

Es por ello que han recibido apelativos como los de «asociales», «niños problema» o «niños difíciles», que indican por sí mismos la hostilidad y apatía que despiertan aunque yo prefiera llamar a estos casos «trastornos menores de conducta» porque, salvo raras excepciones, son perfectamente tratables. A lo que me niego es a denominarles, como hacía el viejo profesor Michaux «enfants perverses» y que hasta escribió un libro con este título, “El niño perverso” cuando, en bastantes casos, se trata de «niños pervertidos» por un ambiente malsano.

Los niños que roban Uno de los síntomas más frecuentes de esta «conductopatía» son los hurtos y robos. Constituyen quizá el motivo que más vemos los paidopsiquiatras en nuestras consultas. Para valorar debidamente este tipo de hechos hay que tener siempre muy en cuenta el factor edad pues, para considerarlos negativamente, el niño ha de tener ya un concepto real de lo que es la propiedad, y esto no se produce hasta los seis o siete años.

Antes de esta edad los niños se apoderan de golosinas, lápices, juguetes o cuentos sin tener la sensación de estar haciendo algo indebido. Por eso lo olvidan pronto o lo devuelven, porque la apropiación sólo tenía carácter temporal. También ha de tenerse en cuenta el valor de lo hurtado pues quitar bolígrafos, gomas de borrar, pastillas de chicle y cosas por el estilo, no debe tener, aun después de los siete años, la consideración de robo. Es más serio cuando lo que se sustrae es dinero, por muy pequeña que sea la cantidad o cuando los objetos son ya más valiosos, como relojes o balones.

La sustracción de dinero empieza siempre por el de los padres, sigue con el de los compañeros de clase y puede acabar con el de cualquier persona que tenga cerca. Sólo en medios familiares «muy especiales» se producen en estas edades robos a personas desconocidas.

Muchas veces, después de apoderarse de dinero, «el ladrón» lo reparte entre sus amigos o compra cosas que también reparte, constituyendo esto lo que se denomina «robo generoso» que, en muchas ocasiones, no tiene más objetivo que comprarse amigos cuando por alguna razón se siente rechazado o, sin serlo, es demasiado tímido para tenerlos de otra manera.

Como mecanismos inconscientes en la comisión de hurtos infantiles se citan: la llamada de atención; son niños que se sienten abandonados, con razón o sin ella, por padres o maestros. También el sentimiento mágico de que, al apoderarse de algo de otro, adquieren parte de su potencia y valor.

Para la valoración de este tipo de conductas y su importancia real a efectos de ponerlas en tratamiento psicológico, hay que considerar, no sólo la magnitud de lo sustraído sino también la reincidencia, pues es ésta precisamente la que da el carácter de antisocial al hurto infantil.

Más importantes son los robos en pandilla que generalmente se cometen en grandes almacenes, y que suelen tomar la forma de campeonatos para ver quién o qué grupo roba más objetos y de más valor. Lo más atrayente de esta conducta, ya predelictiva, es la emoción (miedo) de ser descubiertos y después castigados. Hay que valorar cuidadosamente este tipo de actividad que une el robo a la emoción del miedo de ser descubiertos, porque esta conjunción es precisamente el núcleo de la cleptomanía del adulto, aunque niños cleptómanos puede ser que los haya, pero yo no he visto ninguno.

Un tipo de robos más frecuentes a esta edad son los «robos por venganza», es decir los que cometen algunos chicos que quitan algo a algún compañero del que no pueden vengarse de otra manera. Más refinamiento supone cometer un hurto, por ejemplo, en el colegio, y achacárselo, a veces hasta con misivas anónimas a los profesores, al compañero de quien quieren vengarse (de éstos si que he tenido por lo menos un par de casos).

En los adolescentes, los robos tienen ya otro significado y se cometen la mayoría de las veces para obtener alguna utilidad, desde dinero hasta motocicletas o automóviles, aunque en ocasiones no sean más que robos de «autoafirmación», para probarse a sí mismos o a los demás, que ya es un hombre. Por otra parte las bandas juveniles pueden cometer robos perfectamente planeados y ejecutados como los de los adultos.

Fugas y vagabundeos Veamos ahora otro problema. Hay programas en TV en los que aparecen personas que buscan a quienes faltan del hogar. Muy frecuentemente se trata de padres que preguntan angustiados desde la pequeña pantalla: «Hijo, ¿por qué no vuelves a casa?, ¿qué te hicimos?, ¿por qué te fuiste?». Generalmente se trata de chicos y chicas de más de doce o trece años que se han marchado de casa sin ninguna explicación. Nos encontramos ante unos casos que se denominan en términos psiquiátricos «fugas y vagabundeo».

Las fugas pueden darse en niños más pequeños, pero éstas suelen terminar mejor. El niño vuelve a casa a las pocas horas, cuando empieza a sentir miedo o hambre, aunque puede haber otros más decididos que son capaces de coger un autobús o un tren y marcharse a otra ciudad de donde son generalmente devueltos al hogar por la policía. Estas fugas aisladas y cortas no suelen tener importancia, pero si son largas, y más aún, si son repetidas, habrá que estudiar en profundidad al niño y a la familia, porque algo está pasando en sus relaciones.

En el niño que se fuga pueden darse motivos que se aprecian fácilmente como son: haber tenido malas notas y no querer enfrentarse con los padres; haber tenido un castigo y marcharse de casa para hacer sufrir a los padres mientras le encuentran; o simplemente huyen porque su casa es un infierno donde los padres discuten o se pegan.

Otras veces lo hace únicamente para llamar la atención, por creer que nadie le hace caso o no le entienden, por mero mimetismo, porque lo ha visto en la TV y quiere probar en qué consiste y, en ocasiones, no sabe realmente por qué se ha fugado, es un acto compulsivo que, la mayoría de las veces, no representa más que una huida de sí mismo para reducir su tensión interna producida por algún conflicto del que ni siquiera es consciente.

El vagabundeo es ya más propio de adolescentes. Dura mucho tiempo y, en general, acaba convirtiéndose en un hábito que hace que el muchacho llegue a pasar más tiempo fuera de casa que en el hogar, cayendo así fácilmente en el mundo de la delincuencia y de la droga. Un tipo especial de vagabundeo es el solitario, propio de personalidades introvertidas, soñadoras, con malas relaciones sociales y de gran frialdad afectiva, que se conoce con el nombre de «ambulomanía autista».

Los pirómanos Otro tipo de trastorno de conducta es el de los niños provocadores de incendios que no siempre son pirómanos. Si repasamos las posibles causas de incendios infantiles nos encontramos con varios tipos de ellos: – El fuego es producido por un descuido o un desconocimiento de su capacidad para provocarlo. – El fuego es producido por juego, generalmente en grupo, que después ha escapado a su control. – Los incendios provocados conscientemente (niños o jóvenes incendiarios). – La verdadera piromanía en la que el fuego es debido a una fuerte compulsión imposible de vencer.

Lo cierto es que el fuego tiene un cierto atractivo. ¿Quién no se ha sentado delante de una chimenea contemplando durante mucho tiempo las caprichosas formas de las llamas y sus continuos cambios? Pero al mismo tiempo no hay nada que produzca más pánico que un incendio. Además el fuego es el símbolo del hogar y de la unión familiar, por lo que siempre ha estado cargado de una fuerte carga emotiva.

Las motivaciones de los incendios en niños y jóvenes cambian con el transcurso de la edad: Los niños menores de seis a siete años suelen provocar incendios por curiosidad o por el simple atractivo del fuego. A muchos niños les encanta encender cerillas y jugar con encendedores.

Los niños de ocho a doce años tienen ya otras motivaciones, como las de provocar fuegos con el único fin de llamar la atención o la venganza en situaciones de hostilidad familiar. Algunas veces desencadenan el incendio únicamente para poder comportarse después como héroes en las tareas de apagarlo.

Los adolescentes pueden hacerlo por el simple placer de la destructividad. Los verdaderos pirómanos pueden aparecer ya a esta edad, pero su número es realmente escaso.

Las mentiras infantiles Otro signo de que algo va mal en la conducta del niño es la tendencia a decir mentiras, sobre todo si éstas acaban convirtiéndose en un hábito hasta poder decir de él que «miente más que habla».

¿Por qué mienten los niños? En primer lugar hay que decir que por debajo de los tres años los niños no mienten, aunque digan cosas que no sean verdad, pues para ellos lo son y con ello les basta. Más tarde comienza un tipo de pensamiento llamado «mágico» en el que predomina lo subjetivo sobre lo objetivo, y en el que la realidad y la fantasía no tienen unas fronteras bien delimitadas, por lo que los padres no deben considerar sus fantasías como mentiras. De los cinco a los seis años, ya no cuentan sus fantasías, las siguen teniendo, pero ya saben distinguir bien éstas de la realidad.

Un buen día, a un niño ya de siete o más años le ponen una mala nota en el colegio y cuando llega a casa dice que ha perdido el cuaderno de notas. Aquí sí tenemos ya una verdadera mentira, quizá la primera de su vida. O tal vez la primera fue cuando, al romper un objeto de valor dijo que no había sido él sino su hermano más pequeño. La vida ofrece al niño de esta edad múltiples ocasiones para este tipo de actuaciones que, en conjunto, reciben el nombre de «mentiras de defensa». A veces no es su propia defensa sino la de otro, como cuando un profesor pregunta en clase: ¿quién ha sido?, y obtiene por respuesta un silencio sepulcral o, al revés, se acusan todos para que no haya ningún culpable, el ¡Todos a una! de Fuenteovejuna.

Otras veces resulta que el niño bravuconea de cosas que no ha hecho «para quedar bien», utilizando el ya comentado mecanismo de compensación. O, por el contrario utiliza el de proyección, acusando a otros de cosas como que le tienen rabia, cuando, en el fondo, es él quien tiene rabia a los demás.

Estas mentiras aisladas no tienen importancia y algunas como hemos visto son hasta meritorias, como las de no «chivarse» al profesor. Lo malo es cuando comienza ya a mentir por sistema, negando hasta las cosas más evidentes, convirtiéndose así en un desvergonzado «mentiroso», que puede llegar con el tiempo a «fabulador» y, cuando pierde el control de sus propias fabulaciones, en un «mitómano» que acaba por perder el sentido de la realidad.

Estos niños y adolescentes mitómanos pueden llegar a convertirse en una verdadera pesadilla para los jueces que intervienen en los casos de denuncias por malos tratos o abusos sexuales. Pueden producir graves perjuicios a los acusados que se enfrentan con la «inocencia» de los acusadores.

Los que hacen novillos o pellas Otra queja muy frecuente de los padres sobre la conducta de sus hijos es la de su «absentismo escolar». Este concepto se refiere a que los hijos dejan de asistir a clase cada vez con más frecuencia y se dedican a pasear, jugar, hacer pequeñas fechorías por el barrio o perder el tiempo y el dinero, primero el suyo, después el que roban en casa o a los compañeros, en los salones de juegos electrónicos. Este tipo de comportamiento puede ser cometido en solitario, pero lo más frecuente es que lo sea en forma de pandillismo, las famosas «malas compañías», que no son en realidad más que grupos de chicos con las mismas inclinaciones, en el noventa por ciento de los casos.

No deben confundirse estos casos con los de fobia escolar descrito en el capítulo dedicado a las fobias, ayudando a diferenciarlas las siguientes características: – Fobia escolar: Comienzo súbito; edad más frecuente ocho a doce años; igualdad entre varones y hembras; buena escolaridad previa, personalidad conformista y un hogar adecuado.

– Absentismo escolar: Comienzo insidioso; edad diez a quince años; predominio de varones (por el momento); deficiente escolaridad previa; personalidad rebelde y hogar muchas veces inadecuado.

Problemas con la sexualidad Por último voy a tratar unos asuntos especialmente espinosos para los padres y que casi nunca saben cómo manejarlos: los que se refieren a la esfera sexual.

Empezaré por la masturbación. Para su comprensión ha de tenerse en cuenta la inmadurez afectiva de la infancia y de la adolescencia y la angustia que por sí misma genera en los niños. No es propiamente una desviación de la conducta más que cuando se convierte en compulsiva y que por lo tanto debe tratarse como cualquier compulsión. Por lo tanto, excepto este caso que tiene que tratar un psiquiatra o un psicólogo, ni debe sobredimensionarse la masturbación, achacándole males físicos que no produce, ni banalizarlo absolutamente. Lo que no debe hacerse nunca es estimularla y menos aún desde instancias del Estado a través de los colegios.

Un pseudoproblema es el de las llamadas «desviaciones sexuales», como son el fetichismo, el voyeurismo, el exhibicionismo y el travestismo pues éstas forman parte del desarrollo psicosexual normal (Freud decía con cierto gracejo que el niño es un «reverso polimorfo») y suelen pasar sin más complicaciones, aunque sí son convenientes unas explicaciones de los padres para evitar que se conviertan en un hábito, señalando además los inconvenientes sociales de tales conductas.

Más frecuentes son las consultas sobre lo que la clasificación americana DSM-III-R llama «Trastornos de la identidad sexual en la niñez», es decir el niño al que le gustaría ser niña y la niña a la que le gustaría ser niño. Éstos no suelen expresarlo de una forma tan clara, pero los padres nos dicen que tienen un hijo que le gusta jugar con muñecas o que prefiere jugar con niñas o una hija a la que le gustan los juegos violentos, vestirse de chico y ser en general un poco «machota». En los casos que yo he visto de estos problemas, lo normal es que al cabo de los años sean unos chicos y chicas perfectamente normales en su desarrollo sexual, aunque tal vez los chicos son demasiado tranquilos y las chicas demasiado agresivas.

Mucha más importancia tiene el hecho de que niños y niñas rechacen sus atributos físicos sexuales, pues entonces sí se puede estar en camino de un transexualismo y exige una intervención terapéutica, psicoterápica y conductual intensa y duradera.

Los padres deben conocer, sin embargo, que hay una edad, entre los once y trece años poco más o menos, en la que el desarrollo sexual pasa por una fase, que pudiéramos llamar de «indeterminación», que termina en el momento en que la sexualidad se dirige definitivamente hacia el sexo opuesto y durante la cual hay que tener un exquisito cuidado para no fijar, haciéndola consciente, una orientación equivocada.

Francisco J. Mendiguchía, “El acoso sexual… a la infancia”

Hoy en día está muy de moda el término «acoso sexual» para referirse a las mujeres que sufren algún tipo de persecución sexual por parte de los hombres y, casi todos los días, aparecen en periódicos, revistas, radio o televisión, noticias sobre este tema y son frecuentes los debates, en estos dos últimos medios de comunicación, entre personas más o menos conocidas de la sociedad que discuten apasionadamente sobre el mismo.

Es curioso, sin embargo, que nadie mencione el otro acoso sexual, el que sufren los niños, no ya en el sentido que se da a este tipo de «relaciones» entre adultos, que también lo hay y de consecuencias mucho más graves, sino en el del bombardeo de incitaciones a la sexualidad que la infancia sufre a todas horas y desde todas partes, aun en los sitios o en los medios más inesperados. Y ello está cambiando vertiginosamente, no sólo el comportamiento sexual de nuestros niños y adolescentes, sino también el modelo de familia y de sociedad vigentes hasta este último cuarto de siglo.

Hace no mucho tiempo vimos y oímos, en un programa de televisión en el que intervenían padres e hijos, aunque separadamente en ciertos momentos, cómo dos niños, dos hermanos de diez y doce años, a la pregunta de la presentadora de ¿cuál creéis vosotros que fue el motivo de que vuestros padres se enamoraran y casaran?, respondieron, uno detrás del otro, la misma cosa: que lo más importante fueron los atributos anatómicos de la madre (naturalmente los niños se expresaron en realidad con otras palabras).

Hay que decir que parecía una familia media acomodada, que había dado a sus hijos una educación aparentemente esmerada, aunque ya podemos figurarnos de dónde habían sacado las respuestas los dos niños y qué cualidades femeninas iban, bueno, ya lo eran, a ser las apreciadas en un futuro no muy lejano.

Esta escena que acabo de relatar hubiera sido impensable no más lejos de hace veinte años, no digamos cuarenta o cincuenta. ¿Qué ha pasado para que suceda? Entre otras muchas cosas se ha producido lo que, en conjunto, se conoce con el nombre de «revolución sexual», que comenzó con las teorías freudianas sobre el sexo, que se desarrolló después de la primera guerra mundial y, sobre todo, de la segunda y que hoy se encuentra en pleno apogeo. Esta revolución ha coincidido en el tiempo y en el espacio (el mundo occidental) con otra, el llamado «movimiento de la liberación de la mujer», que incluye, dentro de otras muy justas reivindicaciones sociales, el de una libertad sexual semejante a la que gozaba el hombre y que comenzaría ya en la infancia.

Todo ello ha producido que familia, escuela y sociedad estén invadidas de sexo. Todo es válido, no hay inhibiciones, no debe haber prohibiciones y los individuos que intentan substraerse a esta intoxicación masiva empiezan a ser considerados como marginados.

Este problema de la «sexualidad sin fronteras» preocupa ya seriamente a una parte de la sociedad, aunque es más inquietante para los padres de chicas adolescentes, por las consecuencias que, a pesar de todo, pueden derivarse para ellas y sus familias, pues parece que en España andamos ya por los treinta mil embarazos de menores al año. Pero, aun sin consecuencias, los padres advierten que en las adolescentes, la fractura generacional, el «gap» de los angloparlantes, ha sido abismal.

No hace mucho tiempo, una señora, que se encontraba muy inquieta por la conducta desordenada que llevaba una hija suya de diecisiete años, me preguntaba: «Doctor, ¿usted cree que mi hija habrá tenido ya relaciones íntimas con alguno de los chicos con quien sale». Yo, que todavía no había visto a la chica tuve que contestarle: «Señora, el 70% de las chicas de la edad de su hija ya las tienen, pero con la conducta que usted me dice que ella lleva, las probabilidades suben al 100%.» Efectivamente, cuando hablé a solas con la chica, se confirmó plenamente el pronóstico.

Estas mismas estadísticas nos dicen que a los quince años, cerca del 20% de las adolescentes han tenido ya la primera experiencia sexual completa. Por cierto, que los defensores de la igualdad total entre el hombre y la mujer, pueden sentirse plenamente satisfechos en el aspecto que ahora tratamos, pues estas estadísticas revelan absoluta paridad entre chicos y chicas.

Todo esto nos lleva a considerar el problema de la precocidad en las relaciones sexuales y su trivialización. Un ginecólogo amigo mío, me contaba que un día se le presentó, en su consulta de la Seguridad Social, una chica de quince años con la petición de que le recetara unos anovulatorios, y al preguntarle mi amigo que para qué los quería, la respuesta fue: «Es que ya he cumplido los quince años y, en cualquier momento, tendré mi primera relación sexual, por lo que quiero estar prevenida.» El problema no está sólo en el aumento galopante de los embarazos de adolescentes, con sus secuelas de abortos o maternidades precoces, amén del crecimiento de las enfermedades de transmisión sexual, sino también en los efectos que, a la larga, acaban produciendo en la personalidad, y aun en la propia sexualidad, de estos jóvenes inmaduros, física, emocional y psicológicamente para comenzar tan pronto una vida sexual que acaba siendo promiscua y que conduce a una conducta desinhibida que no se limita a lo sexual sino que se difunde a todo el ser del joven. Son los chicos y chicas del «todo vale», en cualquier circunstancia de la vida y ante cualquier problema. Lo malo es que de adulto, sus respuestas seguirán siendo las mismas.

Veamos ahora algunas de las circunstancias que están contribuyendo poco a poco a estos cambios de la conducta sexual de niños y adolescentes.

Consideremos en primer lugar el ambiente en el que se desarrollan los primeros años del niño, es decir, la familia.

Condicionamientos familiares En el capítulo dedicado al complejo de Edipo, comentaba la costumbre adquirida por algunos, bastantes, matrimonios, de exhibirse desnudos, parcial o completamente, delante de sus hijos pequeños. Esta desnudez puede ser física, pero también puede ser psicológica cuando hablan delante de ellos de sus intimidades, aun de las sexuales, tal como veíamos en el caso de los dos niños del programa de la TV.

A este respecto de las costumbres parentales, recuerdo que el único caso visto por mí de aberración sexual a una edad tan temprana como los tres años, fue el de una niña de este tiempo, cuyos padres me decían muy extrañados: «Doctor, no sabemos por qué hará eso la niña, pues en nuestra casa somos muy liberales en esto del sexo y ella nos ha visto desnudos muchas veces, y hasta nos bañamos toda la familia juntos.» Les hice ver, con el mayor tacto que pude, dónde residía el problema y, al poco tiempo, dejó de imitar lo que había visto e imitado.

Sin salir del hogar, trataremos ahora de ese personaje, parlanchín, omnipresente y podríamos decir que casi omnipotente, al que se le ve y escucha más que a cualquier miembro de la familia, incluidos los padres. Como habrán adivinado los lectores me estoy refiriendo a la televisión, y aunque este problema se trata más ampliamente en otro capítulo, es curioso el hecho de que se hayan producido protestas múltiples por la gran cantidad de escenas violentas que aparecen en la pantalla, porque se supone, y con razón, que pueden incitar a la violencia a los niños y adolescentes que las contemplan y, sin embargo, son muy pocos los que se han atrevido a hablar, quizá para que no se les tache de retrógrados, del gran número de escenas de la más cruda sexualidad que los niños pueden ver en TV.

Para muchos niños de seis o siete años, ya no tienen secretos las relaciones sexuales completas, no ya entre marido y mujer, que también se ven, sino entre hombres y mujeres y aun entre adolescentes, por ahora de distinto sexo, que no tienen más lazo común que el de acabar de conocerse, pareciendo que la relación sexual constituye un rito casi obligado para acabar los encuentros entre dos o más personas.

Ni qué decir tiene que los niños que ven mucha televisión acaban considerando normal que cuando un esposo o una esposa hacen un viaje solos, o se van simplemente unas horas fuera de casa, aprovechan unas y otros para cometer adulterio con algún amigo o amiga, o ni siquiera eso, con un simple conocido accidentalmente.

Se pueden ver series, como una muy conocida, dado la hora de la emisión, en la que unas señoras, que no sólo podrían ser las madres sino también las abuelas de los niños que la pueden estar viendo, no hablan más que de sexo y de sus respectivos líos amorosos, como si esto fuera lo más normal del mundo a esas edades. En otra serie, una señora y su hija comparten los favores de un apuesto joven, con escenas que ni los más atrevidos «vaudevilles» franceses de hace algunos años, se hubieran atrevido a sacar a un escenario. Y como éstas, montones y montones de series televisivas que los niños se tragan sin pestañear con la aprobación y el consentimiento de los padres. Yo creo que no hay una sola serie de las «especiales» para adolescentes, que no sea una invitación pura y simple al sexo libre.

Todo lo dicho se refiere a unas horas del día que pudiéramos llamar normales, porque después, sobre todo en algunos canales especializados en desnudismo y pornografía, se emiten numerosas series y películas eróticas que, en teoría, los niños y adolescentes no deberían ver, pero que el uso, cada vez más extendido, de que los chicos y chicas tenga un aparato de TV en su habitación, hace que la seguridad de que no las van a ver desaparece por completo, y lo que ven en esas películas acabará por entrar en su concepto de «normalidad».

A esto añadiremos que en muchos anuncios, y se ha calculado que al año se pueden ver hasta quince mil, hay claras insinuaciones y referencias sexuales y, como colofón, una propaganda «sanitaria» comercial y aun estatal, que invita a los jóvenes a tener relaciones sexuales completas, aunque eso si, utilizando medios mecánicos para evitar problemas.

Dentro de esta sexualización del mundo infantil, hay que señalar también el cambio que están sufriendo sus lecturas, esos denominados cómics, escritos y dibujados expresamente para ellos, que están plagados de escenas de violencia, sadismo y una sexualidad mal encubierta y que los padres compran a sus hijos como si de los antiguos e inocentes tebeos se tratara.

Para terminar con los problemas que se pueden encontrar en el hogar, tenemos el de las líneas telefónicas o páginas de internet eróticas, que por la facilidad del servicio, hace que sean utilizados por los niños sin que sus padres se enteren.

El factor colegio y la educación sexual Pasemos ahora a ocuparnos de otro factor importante en el problema que nos preocupa, la escuela y, dentro de ella, de la coeducación y de la educación sexual.

La coeducación, en sí, no es mala, pues los niños y niñas juegan juntos fueran de las horas escolares y durante las vacaciones. ¿Por qué no han de estudiar juntos? Esto parece tan razonable que hasta muchas órdenes religiosas tienen colegios mixtos. El problema reside en la clase de colegios al que los padres mandan a sus hijos, porque en algunos de ellos, naturalmente en nombre del progreso y de la liberación sexual, se hacen acampadas y otras actividades parecidas donde niños y niñas duermen en el mismo dormitorio.

Por supuesto que la educación monosexual, es decir, con chico y chica en distintos colegios, sigue teniendo los mismos valores que tuvo siempre; muchas generaciones de hombres y mujeres hemos sido así educados y no parece que nos haya ido tan mal.

Sobre el tema de la educación sexual se han escrito toneladas de papel, se han pronunciado miles de conferencias y se han dado cientos de cursillos para padres y educadores y parece que se ha llegado a un consenso sobre su utilidad para evitar la falta de información o, valga la paradoja, una información deformada.

Que el niño y la niña estén enterados de cómo funciona el organismo y de cómo se produce desde un principio la maternidad, ayudará a evitar muchas fantasías sobre estos temas que, sobre todo en las niñas, pueden originar angustias y sobresaltos. Ahora bien, de ahí a enseñar a preadolescentes de diez y doce años las técnicas de acoplamiento sexual va un abismo. Y eso es lo que en determinados países y determinados colegios se enseña, produciendo, casi matemáticamente, una precocidad en las relaciones sexuales, porque es muy tentador pasar de la teoría a la práctica. Humorísticamente podríamos comparar esta información con las clases de cocina, en las que las alumnas acaban comiéndose sus propios trabajos culinarios.

El problema reside en que, en muchos sitios se confunde la educación sexual con la información sexual y, si me apuran, con la información genital. La verdadera educación es la «formación», tanto en esta materia como en otras. Por ello no puede abordarse lo propiamente sexual sin tratar los aspectos afectivos, emocionales y éticos de la relación mujer-hombre, para evitar que se acabe considerando las personas del otro sexo como un «objeto de placen» y no como un «sujeto», con toda la riqueza que cada chico o chica posee en sus cualidades personales.

En relación con estos temas, es muy revelador el que, en una reciente reunión de la Asociación Médica Británica, sonó la alarma general cuando se reveló que, en Inglaterra, se producían ya 117.000 embarazos anuales en chicas de quince a diecinueve años. La solución que preconizaron algunos médicos fue la de comenzar la educación sexual «obligatoria» a partir de los seis años «lo más tarde», es decir, que para hacer frente a las consecuencias de una excesiva libertad sexual, lo mejor era aprender sexo antes de los seis años. Sin embargo, la mayoría opinó que el remedio iba a agravar más la enfermedad, pues los embarazos juveniles no eran más que el signo de que el sistema familiar inglés estaba desintegrándose y que lo que había que hacer era combatir el mal, no los síntomas, llegándose a la conclusión final de que, «si se trata de construir, hay que hacerlo a partir de los fundamentos de la fidelidad y no de la promiscuidad protegida».

El quién y el cuándo de la educación sexual son los otros dos temas importantes de ésta. Es incuestionable que toda esta información debe ser suministrada cuando la madurez intelectiva del niño lo permita, pues las cosas a medio entender producen unas fantasías erróneas, aún más perjudiciales que la pura ignorancia.

En cuanto al quién, creo que, salvo casos muy concretos de confianza en el profesorado, la educación sexual debe ser, por lo menos, comenzada en el propio hogar y por los propios padres, aunque éstos tengan que vencer, primero, su propia ignorancia en algunos aspectos, pues no todos tienen por qué saber donde está la Trompa de Falopio y segundo, cierto pudor de hablar «de estas cosas» a los hijos. Mi consejo es que se lean alguno de los manuales de confianza que hay en el mercado.

Una cosa muy importante que los padres deben inculcar a sus hijos es que los conceptos de virilidad y feminidad se refieren, no sólo a lo estrictamente sexual, sino también a un conjunto de cualidades psicológicas que configuran los prototipos hombre-mujer y que se puede ser muy viril o muy femenina dentro de una castidad libremente asumida.

Los condicionamientos sociales El tercer factor que interviene, también muy activamente, en lo que he llamado «acoso sexual a la infancia», es la sociedad en su conjunto. Veamos cómo.

Hace casi veinte años vi a una chica de diecisiete, que trabajaba en unos grandes almacenes, y cuya familia la llevaba a la consulta porque se estaba volviendo bastante rara: no quería salir de casa, parecía muy deprimida y no quería decir lo que le pasaba. Cuando quedó a solas conmigo me confesó que si no salla apenas de casa, iba reduciendo sus amistades y se encontraba un poco triste, era porque se iba encontrando cada vez más aislada, al hacer gala sus compañeras de una libertad sexual que a ella no le gustaba y, ante esta situación, no sabía qué hacer.

Fue la primera vez que se me presentaba un caso semejante pero, a partir de entonces, lo he visto en bastantes ocasiones y son un exponente del aislamiento social al que se ven sometidos los adolescentes de ambos sexos que se resisten a las costumbres actuales en materia de sexualidad. Sin embargo me ha parecido notar, en los últimos dos o tres años, que el sexo libre ya no está tan bien visto como antes y que la castidad empieza a ser otra vez valorada positivamente, al menos en las chicas.

Y es que nuestros adolescentes han cambiado, en estos últimos veinte años, sus hábitos sociales y se comportan según los dictados de una cultura dominante que ha uniformado a media humanidad juvenil. Todos visten los mismos vaqueros, escuchan la misma música, beben Coca Cola y comen hamburguesas, tal como lo ven en las películas, aparece en las pantallas de TV o les inducen los anuncios de las multinacionales. Dentro de esta uniformidad está la conducta sexual que, según estos medios de comunicación de masas, es de absoluta libertad.

Si ya es difícil substraerse a esta presión del medio ambiente, el Estado lo ha puesto aún más, al divulgar desde un ministerio y mediante folletos que reparten gratuitamente a los escolares, las excelencias de la masturbación solitaria o en comandita y lo beneficioso que es para su «realización sexual».

Por todo ello conviene aclarar dos cosas. Si es falso que la masturbación produce graves enfermedades de la médula o debilita la mente, no lo es menos que la continencia sexual puede ser causa de neurosis, depresiones o aun enfermedades mentales. Si un chico o una chica no desea mantener relaciones sexuales, no ha de ser mirado como un bicho raro o aun insultado más o menos veladamente con adjetivos como el de «reprimido», pues la represión no es una imposición de la que hay que liberarse, sino que el control de los instintos puede ser algo voluntario y activo, control que, naturalmente, debe empezar y acabar en uno mismo, sin intentar imponérselo a los demás por la fuerza, así como que los demás tampoco deben imponer su descontrol al que no quiere descontrolarse.

A propósito: ¿se acuerda alguien que fue el propio Freud el que desarrolló la teoría de la sublimación de los instintos? En resumen, que hay que huir de las exageraciones. Ni prohibir decir la palabra «pierna» delante de una señora, como dicen que pasaba en la corte de la Reina Victoria de Inglaterra, ni declarar las relaciones sexuales de uso obligatorio en la adolescencia, bajo pena de ostracismo.

Francisco J. Mendiguchía, “Los niños pueden ser menos alegres de lo que creemos”

Las depresiones infantiles Nada menos que en 1845 un psiquiatra alemán llamado Griesinger escribía: «También las formas melancólicas, con todas sus variedades, se presentan, aunque con más rareza, en la edad infantil.» La verdad es que debió hacérsele poco caso porque, hasta hace unos veinticinco o treinta años, las depresiones infantiles eran poco tenidas en cuenta; porque ¿cómo va a estar melancólico un niño si su edad es la de la alegría? Si acaso se admitía que podían tener alguna tristeza, pero sólo por poco tiempo, dada la volubilidad emocional de la infancia.

Sin embargo, la concienciación de que el niño puede tener depresiones saltó donde menos se esperaba: del primer año de la vida. En 1946, un psicoanalista americano llamado Spitz, publicó unos datos obtenidos en un orfanato y en una institución penitenciaria para muchachas delincuentes con hijos. Presentó un cuadro depresivo puramente infantil, sin parecido alguno con las depresiones del adulto, que llamó «depresión anaclítica», que aparece antes de los doce meses. Estaba provocada por la separación de la madre, durante un tiempo de tres a seis meses, produciéndose en el niño una apatía tal que podía llevarle hasta la muerte por un verdadero marasmo.

Es muy curioso que, mucho antes de describirse este síndrome de la depresión anaclítica, las Hermanas de la Caridad que cuidaban de los niños ingresados en la Inclusa de Madrid, ya lo conocían y le daban el nombre de «entrar en pena» y sabían también su infausto pronóstico.

El problema puede pasarse si se le proporcionan al niño cuidados maternales, bien por su verdadera madre o por una madre sustituta. A este respecto, recuerdo que en el libro en el que yo estudié Pediatría en 1944, y para entonces ya era un poco anticuado, el pediatra alemán Ibrahin comentaba, sin darle más importancia a la cosa, que cuando un niño pequeñito se les iba de las manos y no sabían cómo mejorarle, se lo entregaban a una vieja enfermera que, sólo con acunarle, darle el alimento y tenerle en brazos durante horas, lograba salvar a algunos.

Poco tiempo después otro, americano (Bowly), describía un cuadro parecido, pero más benigno; aparecía sólo en niños de más de dos años, en los que también se apreciaba apatía, inhibición, indiferencia y tristeza, conformando un tipo de personalidad sui generis y que también se debía a la carencia de cuidados maternos.

Por otro lado se conocían bastante bien los estados depresivos de los adolescentes pero, de los cinco a los doce años eran considerados como una rareza. Sólo, y casi por puro mimetismo de lo que sucede en los adultos, se describían «personalidades infantiles depresivas»: eran niños retraídos, hipersensibles, tristones, pesimistas y que rumiaban durante días cualquier desgracia que les hubiera acaecido.

Sin embargo, y poco a poco, fueron describiéndose estados depresivos en niños de estas edades hasta que, hace veinte años, se celebró en Estocolmo un congreso que tenía como tema preferente «Las depresiones infantiles». A partir de entonces, las aportaciones de casos y los estudios del síndrome fueron haciéndose cada vez más frecuentes, hasta tal punto que en la revista de nuestra Sociedad Española de Psiquiatría Infanto-Juvenil, es el tema del que más artículos se han publicado en estos últimos años.

Con lo expuesto queda claro que, aunque no lo conocemos todo acerca de este tema, sí sabemos más que hace tres décadas. Una de las cosas de las que nos vamos enterando es su frecuencia y, aunque hay estadísticas para todos los gustos, parece ser que la mayoría de los autores dan cifras entre el dos y el cinco por ciento de la población general infantil, lo cual constituye una cifra bastante alta.

En cuanto a los síntomas, éstos se refieren a: estados de ánimo deprimidos (tristeza, aburrimiento); dificultades en la comunicación (aislamiento, silencios); baja autoestima (se creen peores de lo que son y más malos que los demás); sentimientos de culpabilidad; fracaso escolar en chicos que antes iban bien en los estudios; trastornos del sueño (insomnio, pesadillas) y, sobre todo en los más pequeños, dolores de cabeza, problemas digestivos y otros síntomas de la serie psicosomática.

Una cosa que puede sorprender es que en algunos niños, de seis a diez años preferentemente, la depresión toma la forma de inquietud, irritabilidad, reacciones agresivas y trastornos de conducta como fugas y robos. Esto hace que sean más difíciles de diagnosticar al no entrar en el estereotipo de «pobre niño triste y acobardado» que se supone que es el del niño depresivo. De todas maneras, en un caso u otro, los niños se sienten siempre rechazados y poco queridos.

Por qué se deprimen los niños ¿Cuáles son los motivos por los que un niño puede deprimirse? Veamos algunos casos ilustrativos: Se trata de una niña que a los nueve años, y sin ningún motivo aparente, empezó con una conducta extraña que persiste todavía a los catorce. No quiere salir de casa, se aísla en una habitación, no quiere jugar, casi no habla, está muy apagada y dice que no sabe lo que le pasa y que tiene pena. Bajo rendimiento escolar desde entonces. Esto decía la historia cuando fue vista por primera vez, estuvo en tratamiento con antidepresivos y psicoterapia durante dos años, mejoró y a los veinticuatro todavía seguía bastante bien. Había antecedentes de depresiones en la familia y nunca se pudo determinar el origen de la suya, parece como «si hubiera brotado de dentro». ¿Es una forma de las que llamamos endógenas? El tiempo nos lo aclarará, pues si es así, lo más seguro es que vuelva a tener más episodios depresivos.

El segundo caso es el de un niño de diez años que tiene un padre alcohólico y problemas familiares graves, pues hay frecuentes escenas de violencia entre el padre y la madre. Cuando se le vio llevaba unos meses en los que se encontraba triste, tenía frecuentes crisis de agitación con llanto, había bajado mucho en sus notas escolares y había empezado a orinarse por la noche en la cama, cosa que no hacía desde los cuatro años. Al cabo de dos años la situación familiar mejoró al dejar el padre el alcohol. El niño adelantó en su rendimiento escolar, su enuresis pasó y su carácter cambió haciéndose un niño sociable y alegre. «No parece el mismo», decían los padres. A los veinte años era un estudiante de Derecho sin ningún problema. Es un caso de «trastorno adaptativo con estado de ánimo deprimido», que cesó cuando cesaron las causas.

El tercero es el de una adolescente de catorce años que, desde que murió, hacía ya un año, un hermano algo mayor que ella, estaba muy triste y desanimada, no quería salir con los amigos y no hacía más que hablar de su hermano muerto. Hizo psicoterapia durante un año y, a los veinticuatro era una chica normal, aunque quizá no demasiado alegre y algo tímida. Aquí nos encontramos con la elaboración de una situación de duelo por la muerte de un ser querido, ha pasado la crisis, pero parece que ha dejado una huella en su personalidad, pues antes del suceso era una niña muy alegre.

Podríamos seguir poniendo mil ejemplos de por qué los niños y adolescentes se pueden deprimir, como tener malas notas en el colegio o como una niña que vi con ocho años, que tuvo una fase depresiva porque su maestra la había acusado injustamente de un robo. En los adolescentes pueden verse ya depresiones por desengaños amorosos que son especialmente peligrosas porque, dada la inestabilidad emocional típica de esta edad, pueden conducir a intentos de suicidio con facilidad.

Para el diagnóstico de las depresiones infantiles se han desarrollado una serie de inventarios (éstos están muy de moda en la Psiquiatría Infantil) que los niños, los padres, los maestros y aun los propios compañeros tienen que rellenar. De sus respuestas se deduce, no sólo si tienen depresión o no, sino de «cuánta» depresión tienen. Estos inventarios se suelen utilizar en forma grupal (colegios, núcleos de población) y tienen este tipo de cuestiones: — «Tengo ganas de llorar.» – «Creo que no vale la pena vivir.» – «Me siento muy solo.» El niño deberá responder: «siempre», «a veces», «ninguna». O son los padres los que tienen que elegir entre: – «Es un niño optimista.» – «A veces expresa temores respecto de cosas futuras.» – «Siempre está temiendo que sucedan cosas terribles.» Los psiquiatras y los psicólogos también tenemos nuestros inventarios, pero en este caso se llaman «entrevistas semiestructuradas» y nos sirven para conocer el estado de ánimo o el humor del niño a través de su comunicación, tanto verbal como no verbal.

Las depresiones infantiles y juveniles deben ser tratadas siempre por un especialista. Tal vez haya que hacer pruebas biológicas como el test de la dexametasona, y la mayoría necesitan tratamiento farmacológico con antidepresivos, aunque deban acompañarse siempre de psicoterapia y aun de terapias conductuales. A pesar de ello, las verdaderas depresiones dejan secuelas, más o menos importantes, en más de la mitad de los casos.

¿Puede haber niños maníacos? La mayoría de los lectores saben que, en el adulto, existe un trastorno contrario al depresivo que se conoce con el nombre de «exaltación maníaca» o «manía» (no en el sentido vulgar de rareza). ¿Puede aparecer también en los niños? Realmente son raras, pero es que a su escasa frecuencia se une la dificultad de detectarlas porque el estado de ánimo alegre, la labilidad emocional, la hiperactividad y la logorrea (hablar demasiado) es el estado normal de la mayoría de los niños.

Sin embargo hay algún caso que se denomina «manía fantástica infantil», que por cierto fue muy bien descrita por un paidopsiquiatra holandés, el profesor van Krevelen, gran amigo de todos los que en España nos dedicábamos a esta especialidad hace algunos años.

El cuadro se manifiesta con una hiperactividad progresiva que llega a la agitación psíquica; su lenguaje se hace logorreico y coprolálico (palabrotero que diría mí nieta); su sueño va haciéndose cada vez más corto y su ideación más rápida, cosa que al principio le gusta, hasta que advierte que no puede controlar su mente, apareciendo ideas de grandeza, que naturalmente son infantiles, y que se pueden acompañar de alucinaciones visuales.

Tal es el caso de un niño de doce años, violento e irritable, de difícil convivencia por su continua agitación y verborrea, inquieto, inestable, con una gran fantasía que le llevaba a inventarse cuentos e historias que dibujaba él mismo. Y me confesaba con bastante ansiedad: «Doctor, ¿por qué veo yo cosas en la pared que no ve nadie?» A los veintitrés años había sido ya internado en más de una ocasión con el diagnóstico de psicosis maníaco-depresiva, de predominio maníaco.

Los niños y adolescentes que se suicidan En relación con los trastornos del estado de ánimo depresivos, voy a tratar de un tema tabú hasta hace no mucho tiempo: el suicidio infanto-juvenil.

En primer lugar he de decir que las estadísticas de los casos que terminaron en muerte no son muy fiables. Los padres, y ello me parece muy natural y disculpable, suelen ocultarlos y camuflarlos bajo la denominación de accidentes. Y además no sabemos si los casos de accidentes reales (atropellos, caídas de una altura, etc.) no fueron suicidios en la intención del niño o joven.

Mucho mejor conocidos son los intentos de suicidio. Éstos acaban casi todos en un hospital para su recuperación, ya que el pequeño suicida no consigue lo que quiere, morir, si es que no pretendía asustar a los padres o chantajearlos para conseguir algo. Hay otro tipo de chantaje que ése sí lo vemos en la consulta, es el del niño que amenaza que se va a tirar por la ventana, pero nunca lo hace.

Decía que éste era un tema tabú, pero lo cierto es que, hace ya más de un siglo, en 1885, él francés Duran Fardez publicó el primer libro sobre el suicidio infantil y en 1933 un alemán, Gaup, estudió nada menos que doscientos ochenta y cuatro casos. Desde entonces se han publicado ya muchos suicidios de niños y adolescentes. Se aprecia que éstos aumentan de una forma escalofriante de año en año, llegando a constituir en bastantes países del mundo occidental la segunda o tercera causa de muerte entre los adolescentes.

En España sucede lo mismo desde hace veinte años y así en una estadística publicada por un hospital de Madrid, los intentos de suicidio en menores de quince años constituían, en 1976 el seis y medio por ciento del total. Es seguro que esta proporción habrá subido ya considerablemente.

El número de suicidios infantiles aumenta con la edad. De cero a diez años sólo se suicidan el 5% del total, de diez a catorce años el 25% y de quince a dieciocho años el 70% restante. (Por debajo de cinco años no se conoce más que un terrorífico caso de un niño de tres años que publicó el francés Launay.) A este propósito la pregunta que muchos lectores se harán es ésta: ¿Tiene el niño una idea cabal de lo que es la muerte y de sus consecuencias? Antes de los cinco a seis años el niño no es consciente de lo que es la muerte y no sabe lo que significa. Más tarde la vive como una separación, a veces hasta con posibilidad de retorno (es famoso el niño que dijo «ya sé que mi padre ha muerto, pero ¿por qué no viene a cenar?»). A los ocho años ya son conscientes de lo que realmente significa y de la posibilidad de morir ellos mismos, por muy remota que ésta sea.

Quizá le parezca a algún lector que estas edades que doy pequen un poco de precoces, dado que, además, ahora se procura que el niño no tenga contacto alguno con la muerte real, no como antes que, en cualquier entierro, estaban los niños en primera fila, muy vestiditos de negro. Por contra los niños, ya a estas edades de cinco o seis años, han visto centenares de muertes ficticias en la TV, si bien la mayoría de éstas se presentan tan «light» que no suelen producirles gran impresión.

¿Quiénes se suicidan más, los chicos o las chicas? Las estadísticas también son variables, pero en conjunto, si son menores de doce años hay un predominio de varones, aunque últimamente se van igualando las cifras. A partir de esta edad, las chicas comienzan a ganar terreno y en la adolescencia es bastante mayor el número de chicas que de chicos.

¿Y por qué se suicidan o intentan suicidarse? Son muchos los motivos. Es frecuente que entre los familiares de estos niños y jóvenes haya familiares suicidas, siendo el caso del padre el más peligroso porque se produce un mecanismo de identificación que es fatal para el hijo; además los casos son más frecuentes en familias mal avenidas con graves altercados, violencia, etc.

Los problemas escolares y el miedo a la reacción de los padres ocupan también un lugar preferente.

La pérdida del «objeto amoroso» es con frecuencia la desencadenante de actos suicidas. Si el niño es pequeño puede ser la pérdida de la madre o el padre. Si se ha llegado a la adolescencia es la ruptura con el novio o la novia.

Un estado depresivo de los que hemos hablado anteriormente o el simple «contagio» por el suicidio de algún amigo o simplemente por haberlo leído en el periódico (de ahí la conveniencia de no hacer demasiada exhibición de estos casos) pueden ser también causas importantes.

En los casos en los que se producen varias tentativas se puede apreciar una terrible compulsión obsesiva que, de una forma fatal, conduce al niño o al adolescente a la consecución de su propósito. Recuerdo a este respecto a una niña de catorce años que, ya a esta edad, había tenido varios intentos, siempre por defenestración, por lo que tenía rotos varios huesos de su cuerpo, y que a los quince realizó su idea tirándose también por una ventana.

En el fondo se puede resumir que el niño que se suicida o intenta suicidarse lo hace por: – Una huida, como un modo de escapar de una situación de ansiedad o amenaza. – Una llamada de atención, en los intentos y chantajes de suicidio, hacia unos problemas de los que no hace caso nadie. – Una agresión reivindicativa, sobre todo frente a los padres, con fantasías de «cómo llorarán cuando muera», «cómo se sentirán culpables». – En los niños más pequeños, un deseo de reunirse en el «más allá» con algún ser querido que han perdido. – Una autopunición por graves sentimientos de culpabilidad, aunque éstos sean totalmente infundados.

En cuanto a los modos de suicidarse, la mayor parte de ellos, sobre todo los adolescentes, lo hace: por ingestión de fármacos que encuentran en casa (tranquilizantes, neurolépticos, analgésicos, etc.); defenestración o precipitación desde alguna altura; cortarse las venas de las muñecas y por ahorcamiento, que junto con ahogarse en un río, eran antes los métodos preferidos en el medio rural.

En los casos de chantaje de suicidio suele haber una distorsión de la personalidad, la del jugador con ventaja: «¡Si no me consientes esto me tiro por la ventana!» Alguna madre me lo ha contado así y también añadía que ya se había cansado y que había contestado a su hijo: «¡Pues tírate si te atreves, ahí tienes la ventana!» y que, desde entonces, no la había vuelto a amenazar. En este caso la reacción de la madre tuvo el éxito apetecido y la cosa salió muy bien, pero hay que tener mucho cuidado y medir bien el grado de compulsividad del niño, pues si éste es alto, puede saltar sin pensar siquiera un segundo en sus consecuencias.

Como última consideración tengo que decir que, prácticamente en todos los casos de intentos de suicidio frustrado, al hablar después con los adolescentes (se trata sólo de adolescentes) sobre qué habían pensado antes de hacerlo y preguntarles si creían en una vida más allá de la muerte, me contestaban algo así como «no hay nada, me tomo las pastillas, desaparezco y todo se acabó», es decir, ya a su edad, eran unos perfectos agnósticos.

Por esto considero que una de las causas del aumento galopante de los suicidios en la sociedad occidental, tanto en jóvenes como en adultos, es su progresiva descristianización, ya que las creencias religiosas habían constituido hasta ahora un potente freno al «paso al acto» del suicidio.

Francisco J. Mendiguchía, “Las dificultades emocionales”

Hay una tendencia natural a considerar que la infancia es la edad del paraíso perdido y, ya que no es fácil ser completamente feliz en la edad adulta, se idealizan los primeros años. Lo cierto es que, si uno se analizara su propia infancia, se vería que hay también ratos amargos y que la ansiedad puede aparecer antes de la adolescencia.

Los tímidos «Mire usted, es un niño al que no le gusta salir, tiene dificultades para relacionarse y tener amigos, es muy inseguro y se “corta” fácilmente ante extraños.» ¡Cuántas veces hemos oído este relato en la consulta! Es la triste historia de la timidez o, como ahora se dice, del trastorno «por evitación», trastorno que aparece en algunas ocasiones en niños que hasta ese momento no habían presentado ningún problema pero que, las más de las veces, es que son así desde que eran pequeños.

La principal característica del cuadro es la de rehuir todo contacto con la gente que no le es familiar al niño y que, si es lo suficientemente severa, puede llegar a trastornar sus relaciones sociales, mientras que en la propia familia o en un grupo reducido de amigos se encuentra perfectamente.

Son niños que se encuentran violentos ante personas poco conocidas, no digamos ante las desconocidas, y que tienen miedo a hablar por temor a decir alguna tontería o no saber alguna cosa que le pregunten. Tienen además un inmenso pavor a hacer el ridículo y más si sabe que, en determinadas ocasiones, puede ponerse colorado al «subírsele el pavo».

A estos tímidos no debe forzárseles a que se relacionen con extraños porque inmediatamente surgen los síntomas de una ansiedad que les lleva al rechazo, al escape o a la huida. A veces, su reacción consiste en dejar de hablar cayendo en un mutismo que suele tomar la forma de lo que se conoce con el nombre de «mutismo electivo», llamado así porque sólo se produce en determinadas situaciones que pueden ser conflictivas para el niño.

Su susceptibilidad se pone de manifiesto en el siguiente ejemplo: se trataba de un niño cojo a causa de una poliomelitis (esto sucedió cuando esta enfermedad era un verdadero azote para los niños), del que se reían sus compañeros de colegio que le apodaban por ello «patachula». El niño en un principio se negó a asistir a clase, pero al obligarle sus padres, cayó en un mutismo completo en cuanto puso los pies en la calle. En un par de sesiones logré que hablara conmigo pero, a los pocos días, tuve que mandarle aviso de que no podía recibirle el día señalado y le di hora para el siguiente; pues bien, debido a la frustración que le produje por haberle pospuesto a él, estuvo toda la hora sin hablarme.

¿No les recuerda a los lectores esta actitud a la que adoptan las ostras cuando sienten algún peligro a su alrededor y se cierran herméticamente? Pues precisamente a estos niños se les conocía con este nombre: «niños ostras».

Casi todos los autores dicen que este síndrome es más frecuente en las niñas que en los niños y, sin embargo, en el fichero de mi consulta tengo más chicos que chicas, la verdad es que no sé por qué, aunque supongo que es porque, por lo menos en nuestro país, los padres toleran peor la timidez de los hijos que la de las hijas, quizá porque piensan que deben ser más tímidas y recatadas, y por eso consultan.

Unas veces la timidez es temperamental, pero otras es producto de una educación demasiado restrictiva y asustadiza: «niño bájate de ahí que te puedes caer», «niño no toques eso que te puedes hacer daño», «niño ten cuidado con…», etcétera, con lo que el niño acaba teniendo miedo a todo y, al final, creyéndose una calamidad. Entonces el niño se lo prohibe todo a sí mismo («no soy capaz de hacerlo»), se produce el fracaso y, como consecuencia, la reacción de retirada.

En otras ocasiones el síndrome de evitamiento se puede desarrollar en niños que hasta entonces no eran así, bien de una forma espontánea (no lo es nunca, siempre hay un motivo que habrá que investigar y sacarlo a la luz), bien después de haber sufrido alguna importante decepción o frustración o bien algún episodio doloroso como la muerte de un ser querido. En el fondo, siempre nos encontramos un sentimiento de inferioridad.

Toda esta sintomatología suele ir atenuándose con el tiempo y al llegar a los veinte años desaparece completamente en una cuarta parte de los casos; otros, en mayor proporción, mejoran ostensiblemente, aunque siempre quedándoles algo de insociabilidad y tendencia al aislamiento; y otros, los menos, permanecen igual de tímidos y retraídos toda la vida, por ser ya la timidez algo anclado profundamente en su personalidad.

La ansiedad de separación Otras veces la historia que oímos es diferente: «Le traemos este niño que, cuando era pequeñito, le costó mucho empezar a ir al colegio, se negaba a ir, lloraba, tenía una pataleta y muchas veces, aun llevándole de la mano su madre hasta la puerta, se negaba a entrar y tenían que volverse a casa.» Aquello se le pasó al niño con el tiempo, pero, dicen los padres, «ahora es peor, somos nosotros los que no podemos salir de casa, pues nuestro hijo se angustia mucho pensando que nos puede pasar algo malo y, si alguno de nosotros sale y tarda en volver, sufre una verdadera crisis de ansiedad por creer que hemos tenido un accidente o nos ha dado un ataque o cosas parecidas».

Aquí tenemos un mayor grado de ansiedad que se manifiesta de otro modo, bajo la forma de lo que se denomina «angustia de separación», que se produce cuando el niño tiene que estar lejos de las personas a las que ama y le dan seguridad, los padres en la mayoría de los casos.

Otras veces el temor es que sea él mismo al que le pase algo que le pueda separar de los padres, por ejemplo, que le rapten, cosa que, aunque puede suceder por el día, es por la noche cuando tiene más posibilidades o que se pierda y no sepa volver a casa.

Todo este comportamiento empieza halagando a los padres, pues significa que su hijo les quiere mucho, pero acaban verdaderamente fastidiados porque no pueden hacer una vida normal.

Estamos hablando de ansiedad, pero no hemos explicado lo que es y conviene hacerlo antes de seguir: es un sentimiento de peligro inminente, una sensación de que algo malo va a suceder y que se traduce en una actitud expectante ante un peligro que no sabe ni cómo, ni cuándo, ni por qué va a llegar. Un término parecido es el de angustia, pero en ésta hay una sensación de opresión en el pecho, de estrechamiento (angor) y de encogimiento que se acompañan de sudor y palpitaciones.

En contraste con la ansiedad y la angustia, en el miedo, que también es un sentimiento displacentero, sí se sabe que viene de algo concreto y conocido. De todas formas, estos tres estados, que se diferencian muy bien en el adulto, en el niño es más difícil de establecer una separación entre ellos.

Siguiendo con la ansiedad de separación en el niño vemos que ésta se puede manifestar bajo la forma de llanto, rabietas, violencia contra las personas que quieren forzar la separación en sus fases agudas o con apatía y tristeza en sus fases intercríticas. Otras veces se manifiesta con el aspecto de síntomas psicosomáticos como cefaleas, vómitos, diarreas, etc.

La mayoría de todos estos síntomas suele desaparecer con el tiempo, pero todavía es posible verlos en la adolescencia o más tarde, como un chico de veintitrés años que tenía que dormir en la misma habitación que la abuela. De todas maneras, no es extraño que, estos niños con ansiedad de separación, muestren de mayores rasgos obsesivos e hipocondríacos.

Mecanismos de defensa y ansiedad manifiesta Para liberarse de la ansiedad el niño, y el adulto, de una forma inconsciente recurre a unos mecanismos que conocemos con el nombre de «defensas del Yo» que los padres deben conocer para entender así muchas de las reacciones de sus hijos. Describiré dos de los más usados en la infancia: -Mecanismo de proyección: Todo lo que pueda tener un aspecto negativo, se expulsa del Yo y se adscribe a otra persona. Tal es el caso de un niño que se acerca con su abuelo a la jaula de los leones y de pronto se para y dice «vámonos abuelo que ‘te’ da miedo el león».

-Mecanismo de compensación: Está perfectamente resumido en el dicho «Dime de lo que presumes y te diré de lo que careces».

Estos mecanismos pueden tener un éxito completo y el niño no siente ansiedad, pueden tenerlo parcial y entonces aparece en cuadros como los anteriormente descritos, pero también pueden fracasar y aparecer la ansiedad en toda su crudeza.

Esto es lo que sucede en los «terrores nocturnos», durante los cuales el niño se incorpora en la cama bañado en sudor, aterrorizado, tembloroso, pide se le defienda de animales o monstruos y hace ademanes de defenderse de algo. Todo este cuadro tan aparatoso se pasa en pocos minutos, el niño vuelve a dormirse y, a la mañana siguiente, no se acuerda de nada. La ansiedad también puede aparecer en forma de pesadillas pero en ellas no se despierta por completo y, al despertarse al día siguiente, puede ser recordado como un «sueño feo».

Cuando la ansiedad no se manifiesta de una forma aguda, aparece lo que los americanos llaman «overanxious disorder» o «estado de ansiedad excesiva», en el que se aprecia una ansiedad de fondo manifestada por preocupaciones excesivas y poco realistas por cosas del futuro, que a lo mejor no van a sucederle nunca, como tener algún accidente o enfermedad o que sí pueden pasarle, como los próximos exámenes, tener que hacer una cosa en grupo o tener que ir al médico, o aun por cosas que ya han pasado pero siguen preocupándole, como haberse perdido en una playa.

Todo ello lleva al niño a un estado de ánimo depresivo, bajo rendimiento escolar, tendencia al aislamiento, sentimientos de autorreproche y estado de continua alerta por lo que le pueda pasar. Si el estado de ansiedad es muy grande se puede manifestar en una gran inquietud, viéndose al niño ir y venir sin sentido, como buscando algo que no encuentra y que no significa más que el sentimiento inconsciente de que «mientras me muevo no me pasa nada».

La terapéutica de la ansiedad pasa por la psicoterapia de apoyo y de resolución de conflictos, por la modificación de actitudes y por la utilización de ansiolíticos.

Las formas de histeria infantiles Pero antes de seguir con los trastornos emocionales infantiles, quiero contar la historia de una vez que hice un «milagro»: Me llevaron un día a la consulta a una adolescente de trece años porque se había quedado ciega al día siguiente de tener un accidente de bicicleta, la consulta era pública y tuvo que pasar por delante de mucha gente que hicieron numerosos comentarios sobre la tragedia de aquella familia. Como en el examen neurológico no encontré nada anormal, eché a la niña en un diván, hice que cerrara los ojos y que respirara rápida y profundamente al mismo tiempo que le agarraba por las muñecas y le decía: «cuando haya pasado un minuto empezarás a ver poco a poco» y, efectivamente, cuando al cabo de un rato le pregunté: «¿ves ya algo de mi cara?», me contestó: «sí, le voy viendo ya»; «¿qué ves en ella?», «un lunar» (efectivamente yo tengo un lunar al lado de la nariz) y así, en cinco minutos recobró totalmente la visión, con gran contento de los padres y estupor de los que le habían visto llegar andando como una persona ciega.

Realmente ella no veía nada, no simulaba que no vea, aunque, y esto fue lo primero que me hizo entrar en sospecha, no parecía demasiado asustada por lo que pasaba. A esto los franceses le dan un nombre muy poético, «la belle indifference» y es un síntoma de histeria, que es lo que realmente tenía esta chica, una ceguera histérica.

Era pues un caso de la vieja y conocida histeria, aquella que los antiguos creían era debida a los vapores uterinos que subían hasta la cabeza y por ello sólo la podían padecer las mujeres. Después se ha visto que, aunque en menor proporción, también la pueden padecer los hombres.

¿Y las niñas y los niños, también pueden ser histéricos? Durante bastantes años se creyó que no, que aparecía solamente a la edad de la pubertad, hasta que un inglés llamado Landor describió el primer caso de histeria infantil y desde entonces se han descrito bastantes, aunque no dejan de ser poco frecuentes, pues no llega ni al uno por ciento de la población infantil que consulta en las clínicas psiquiátricas infantiles.

Lo curioso de este tipo de padecimientos es que puede desarrollarse en forma de epidemias, como aquel famoso Baile de San Vito que se curaba invocando a este santo, y que todavía se ven de vez en cuando, como la aparecida en Alemania en 1955 en un colegio de niñas cuya profesora se había presentado en clase con un brazo en cabestrillo y que motivó que, al cabo de algunos días, casi toda la clase tuviera paralizado un brazo.

Los síntomas de la histeria pueden aparecer bajo la forma de los llamados «síntomas de conversión» debido a lo que el psiquiatra francés Dupré, hace ya más de sesenta años, llamaba «ideoplastia», o «psicoplastia» y que no es más que la capacidad que tienen los histéricos de transformar representaciones e ideas en síntomas somáticos.

Los síntomas de conversión más frecuentes son parálisis, contracturas, temblores, claudicación en la marcha con imposibilidad de mantenerse en pie y trastornos sensitivos del tipo de anestesias en forma de calcetín o de guante, es decir, que no pueden obedecer a una lesión de los nervios porque éstos no se distribuyen así.

Otros trastornos son los sensoriales como sorderas, cegueras o afonías. A veces se manifiesta como hipo incoercible o como ese curioso fenómeno llamado «bolo histérico», menos frecuente en los niños que en los mayores y que consiste en una sensación de que algo sube del estómago a la garganta. Por último tenemos el «gran ataque histérico» con gritos, pataletas, tirones de pelo y llanto fonal, que a personas poco expertas puede confundir con crisis epilépticas.

Ahora, como en la famosa cancioncilla, voy a contar otra historia: Es la de un niño de nueve años que desde hacía meses presentaba unas crisis extrañas, durante las cuales se quedaba como sin conciencia, pero sin perderla del todo, decía cosas ininteligibles y tenía pseudoalucinaciones pues veía «cosas raras» en el techo. La duración de las crisis era de unos veinte minutos y después no se acordaba de nada.

Esta especie de «estado de trance» se llama «estado disociativo», que también es histérico y que pueden ser mucho más complejos, como es el caso de las «fugas», durante las que el niño se marcha de casa, deambula por las calles sin llamar en absoluto la atención y de pronto se despierta en un sitio desconocido para él; es como una especie de sonambulismo, pero despierto.

Como no hay dos sin tres, contaré la tercera historia. Ésta es la de un niño de doce años que sufría, sin motivo aparente, una extraña vivencia que no sabía muy bien cómo describir, decía que era «como perder la conciencia sin perderla», al mismo tiempo que sentía una extraña sensación, «como si no fuera yo y fuera otro», lo cual le angustiaba mucho. Vuelto a ver cuando tenía veintidós años todavía le pasaba muy de tarde en tarde, y ya no se angustiaba, porque como él decía «tengo que vivir con ellas». Por supuesto, los electroencefalogramas eran todos normales. Esto se llama «trastorno de despersonalización» y también forma parte del cuadro de la histeria.

A veces, muchas, los niños no presentan ninguno de los síntomas descritos hasta ahora y sin embargo los padres nos dicen «este niño es un histérico». ¿A qué están refiriéndose? Pues se refieren a ciertos rasgos de carácter, como el teatralismo, la exaltación imaginativa y la sugestibilidad (la niña de la ceguera se curó simplemente por sugestión) que descansan sobre un fondo de retraso afectivo, un deseo ávido y primitivo de afecto y atención por parte de los demás y una escasa tolerancia a las frustraciones.

Este tipo de personalidad lo retrató de mano maestra Künkel y le dio el nombre de «niño enredadera» describiéndolo del modo siguiente: «Siempre está pidiendo protección y busca que se apiaden de él, necesita apoyarse en los demás para sobrevivir pero eso sí, exigiendo este apoyo como una obligación de todos los que están a su alrededor, huyendo de toda situación de responsabilidad.» Lo malo de estos niños enredaderas es que, como éstas, acaban ahogando a los que le sirven de apoyo provocando su rechazo, de ahí el tono despectivo de los que le llaman histérico.

¿Qué pueden hacer los padres en estos casos? Cuando hay una sintomatología florida tienen que llevar a sus hijos a un especialista que les tratará con psicoterapia, sugestión y hasta se ha utilizado la hipnosis, cuando son ya adolescentes, antes no. Si se trata del carácter histérico ahí sí que pueden actuar porque éste se forma por «una educación débil sobre un temperamento también débil», por lo que su educación deberá ser todo lo contrario, es decir, enérgica y fuerte.

Como se ha demostrado que, en algunos casos, los niños aprenden este tipo de conducta de sus padres, sobre todo de su madre, éstos han de tener mucho cuidado en mostrar este tipo de comportamiento que el niño acaba imitando.

Francisco J. Mendiguchía, “Cuando los niños van mal en el colegio”

Cada día son más frecuentes en nuestras consultas las visitas de padres en busca de asesoramiento, porque no saben qué hacer con sus hijos que van mal en el colegio y quieren saber qué es lo que les pasa.

Unas veces son los propios padres los primeros en darse cuenta del problema por las continuas malas calificaciones o por la pérdida de algún curso, otras son los profesores los que les llaman para decirles que sus hijos no aprenden lo que debieran y, en alguna ocasión, es la propia dirección del colegio que les envía una nota recomendando que el niño vaya a otro colegio, «con pocos alumnos por clase», a ver si así consigue avanzar más en sus estudios.

Cuando los vemos, advertimos enseguida un cierto grado de ansiedad, tanto en el niño, que ya es consciente de su situación, como en los padres, que temen que su hijo tenga algún retraso en su desarrollo intelectivo o, en el mejor de los casos, que tenga algún otro problema que produzca su fracaso escolar y frustre así las esperanzas puestas en él.

El pseudofracaso y el fracaso verdadero Pero antes de proseguir conviene hacer hincapié en la existencia de lo que podríamos denominar «pseudofracasos escolares». Tales son los casos de niños cuyos padres no se conforman con que sus hijos obtengan notas medias y consideran que son lo suficientemente inteligentes para ser los primeros de la clase, como lo fueron ellos, o quizá porque no lo fueron nunca.

Este tipo de padres suele forzar el ritmo del aprendizaje de, sus hijos que, en un principio, a lo mejor pueden responder a estas exigencias, pero que con el tiempo no pueden seguir el esfuerzo y acaban rechazando el colegio y todo lo que signifique estudiar.

Los profesores, ellos en particular o el colegio en general, son a veces también los responsables de estos pseudofracasos al no tolerar más que alumnos brillantes, tachando de incapaces a los que no son tan gratificantes para ellos, pero que en otros colegios menos elitistas, se desenvuelven perfectamente.

Pero ¿qué es realmente el fracaso escolar? Existen muchas definiciones más o menos complicadas aunque, en definitiva, no es otra cosa que el problema que se presenta cuando el niño no obtiene los resultados que se espera de él, es decir, cuando no alcanza los objetivos señalados para su nivel y edad.

Muchos padres, y por supuesto los abuelos, piensan que en sus tiempos no existía este gran problema que, hoy en día, según las estadísticas de casi todos los países occidentales puede alcanzar hasta a la tercera parte de los alumnos. ¿Qué es entonces lo que ha pasado? Aparentemente sólo hay tres respuestas posibles: los niños son ahora más torpes, los planes de estudio son cada vez más difíciles o a los maestros se les ha olvidado enseñar.

Sin embargo hay que fijarse en una cosa: el fracaso escolar aparece cuando la enseñanza se hace obligatoria. ¿Y esto que quiere decir? Pues que el niño que antes no podía estudiar, lo dejaba y se dedicaba a otros menesteres, pero ahora tiene que seguir estudiando porque así lo exige la ley, y van pasando de curso en curso a trancas y barrancas, hasta que al final tiene que arrojar la toalla y dejar los estudio. Lo malo es que, en este momento, se ha creado un fracasado escolar.

Si repasamos en conjunto las posibles causas que se han aducido para explicar este cuadro vemos que, en un principio, fueron valorados primordialmente los factores intelectuales, y el niño que no progresaba en los estudios era simplemente porque tenía una infradotación intelectiva.

Más tarde pasaron a un primer plano los factores afectivo-emocionales y no había fracaso escolar que no se intentara vencer mediante psicoterapia, y ahora son los factores socioculturales los más tenidos en cuenta, pues un entorno desfavorable da lugar a un mayor número de estos fracasos, que son además los más difíciles de corregir.

También es conocida la gran importancia que han tenido en estos últimos años los llamados déficits instrumentales, sobre todo la tan socorrida dislexia, diagnóstico que ha saturado las fichas de psiquiatras, psicólogos y pedagogos en época muy cercana.

Asimismo, la escuela y los profesores han sido objeto de muchas investigaciones y estudios, y últimamente parece que hay una cierta tendencia a considerar los planes de estudio como los máximos responsables del fracaso escolar.

Factores intelectivos y de aprendizaje Vamos a empezar el repaso de estas causas por lo primero que temen los padres: efectivamente los niños no aprenden porque no pueden hacerlo ya que, sin llegar a deficientes mentales, son un poco más cortos de inteligencia que sus compañeros de edad y clase, constituyendo el grupo bastante numeroso de los llamados torpes (en un grupo de niños con fracaso escolar estudiado por mí, la mitad correspondía precisamente a los que tenían el nivel mental más bajo).

Haciendo un inciso, considero muy importante el que los padres sean, en estos casos, informados realísticamente de la capacidad de sus hijos, sin camuflar el problema bajo términos eufemísticos como el de «inmadurez», con el fin de que puedan valorar debidamente los esfuerzos que hace el hijo y que, aunque los resultados no sean muy brillantes, puedan ayudarles a mantener la confianza en sí mismos al no estar continuamente echándoles en cara que son unos vagos y que no estudian porque no quieren.

Un caso especial es el de los niños que padecen lo que se conoce hoy con el nombre un poco enrevesado de «disarmonías cognitivas», concepto que expresa que los procesos intelectivos pueden no tener un desarrollo armónico y, en las sucesivas fases evolutivas, mostrar unos niveles de organización más primitivos y otros más desarrollados con lo que, aun sin ser muy malo el conjunto, hay retrasos en determinadas áreas.

Sin embargo, en otro grupo de cincuenta niños, que también consultaron por problemas escolares, pero tenían un nivel intelectivo normal, al final se produjo un fracaso escolar prácticamente igual al que presentaban los menos dotados intelectivamente.

¿Qué nos quiere decir esto? Pues que efectivamente, en el fracaso escolar intervienen otros factores que no son los puramente intelectivos, totales ni parciales.

A propósito de estos factores recuerdo que, hace ya algunos años, entró en mi consulta una señora con su hijo de unos diez años y me dijo con aire desafiante: «Vengo de Suiza y allí le han diagnosticado a mi hijo algo que usted no sabrá seguramente lo que es: ¡Legastenia!» Yo me sonreí y le dije: «Pues sí que sé lo que es, pero aquí se le suele llamar dislexia.» (Estuve a punto de añadir que también se llama estrofosimbolia, pero me pareció demasiado ensañamiento.

Lo que padecía ese niño, la dislexia, junto con la disgrafía o dificultad para escribir correctamente y la discalculia o tener problemas con las operaciones aritméticas (ésta en mucha menor proporción) constituyen otro gran grupo causante de numerosos fracasos escolares, el de los llamados «trastornos instrumentales» o, para los americanos, «trastornos de las habilidades académicas».

Como hemos dicho, las discalculias son francamente raras, pero en mi experiencia son las de más difícil corrección, pues persisten prácticamente toda la vida. Las disgrafías puras son también poco frecuentes, siéndolo más la dificultad para dibujar las letras por trastorno de la psicomotricidad y de la coordinación, es decir, lo que se llama «dispraxia».

Las dislexias, en cambio, son muy frecuentes, casi siempre acompañadas de disgrafías, y sobre cuya causa hay muchas opiniones (trastorno del oído director, problemas de lateralidad con confusión derecha-izquierda o, y esto parece lo más seguro, disfunción de los hemisferios cerebrales).

Aunque el pronóstico de las dislexias es bastante bueno, ya que el 90% de ellas desaparecen o mejoran notablemente, no hay que dejar por ello de tratarlas lo más pronto posible, pues el estudio en los niños que la padecen llega a hacerse muy penoso, al tener que gastar mucha parte de su tiempo y de sus energías en descifrar lo escrito en los libros. Lo que todavía no sabemos es por qué el trastorno es mucho más frecuente en los niños que en las niñas.

Influencia de la personalidad Hace ya algunos años, más de treinta, un autor francés apellidado Le Gall estudió la correlación que había entre la personalidad de los niños y su éxito en la escuela, y descubrió que ciertas formas de ser temperamentales influían negativamente en los estudios, mientras que otras lo hacían positivamente.

La peor parte la llevaban los llamados «amorfos», también los «apáticos» y, en menor grado, los «nerviosos o inestables». Pues bien, en el grupo antes citado de los fracasos escolares con inteligencia normal, la tercera parte eran pasivos y retraídos y la cuarta parte inquietos y nerviosos, o sea, que Le Gall tenía mucha razón.

El que el fracaso sea producido por un trastorno temperamental no quiere decir que haya que cruzarse de brazos, ya que se puede, y se debe, actuar sobre él, y cuanto antes mejor; a los amorfos y apáticos estimulándoles a la acción mediante el deporte, el scoutismo, dándoles responsabilidades de grupo, etc., y a los inquietos mediante métodos conductuales, de relajación y, en casos muy extremos, hasta con medicación.

Otras veces de lo que se quejan padres y maestros es de la escasa atención del niño, que parece que está siempre «en babia» y que por ello no aprende. Cuando esto sucede, y no es un hiperactivo o inestable de los que hemos descrito en un capítulo anterior, es porque el niño tiene un bajo estado de lo que se conoce con el nombre de «tensión psicológica» o «estado de alerta psicológica permanente» que es la que pone en marcha los mecanismos intelectivos, justo lo contrario del «ensueño» o estado en el que se dejan vagar imágenes e ideas. Sin embargo, hay que considerar que este niño fracasado escolar por excesiva ensoñación, puede que algún día se convierta en un inspirado poeta o un gran novelista y por ello no debe valorarse demasiado negativamente.

Otro problema que se ve con relativa frecuencia es el que se refiere a los niños tímidos y poco agresivos, que cuando en el colegio tienen que enfrentarse solos con las dificultades del aprendizaje escolar, se declaran vencidos ante las primeras contrariedades serias, se refugian en sí mismos y toman una actitud retraída que puede acabar en una inadaptación y, con el tiempo, en un fracaso escolar. Éstos son los clásicos niños que se pierden en una clase muy numerosa y que se salva cuando encuentra un profesor que le ayuda, anima y comprende.

Mucho se ha hablado y escrito de la «inhibición intelectual», término que se refiere a que un bloqueo en el aprendizaje es causa de que el niño, aunque intenta trabajar y obtener buenos resultados, la carga emocional que pone en ello se lo impide y éstos son cada vez más frustrantes, con lo que se aumenta el bloqueo y el estado de ansiedad subsiguiente.

En ocasiones, el bloqueo se produce solamente en determinada materia que tiene un especial significado para el niño, como ser precisamente en la que su padre quiere que triunfe o en la que un hermano ya ha triunfado y él desea o teme superarlo.

No hay que confundir estos cuadros con el de la «inhibición en la expresión» de lo ya aprendido y que se ve también en niños muy tímidos. Esta inhibición les lleva a tartamudear o a callar completamente cuando les preguntan en clase, siendo mejores los resultados en los exámenes escritos. Afortunadamente los profesores suelen darse cuenta pronto del problema.

En otros casos nos encontramos con un tipo de niño al que los franceses denominan «enfant bebe» que, en la mayoría de sus procesos psicológicos no intelectuales, muestran unas características que corresponden a edades inferiores y que ya deberían haber superado. Estos niños suelen ser inconstantes e inquietos, siguen en la edad del juego y desesperan a los padres porque no se toman en serio sus tareas escolares. Suelen ser de buen pronóstico pues, aunque tarde, acaban madurando (éstos sí que son verdaderamente inmaduros), aparece su sentido de la responsabilidad y se toman en serio sus estudios.

Dejando a un lado los niños oposicionistas que se describen en otro lugar, que no estudian porque no quieren y que rechazan el colegio dentro de un cuadro de general rechazo a cualquier deber y norma, tenemos un cuadro que recibe el curioso nombre de «desinterés escolar» y que es una especie de «inapetencia» para los estudios (algunos autores le han comparado con la anorexia nerviosa) y que yo creo que está ligado al mundo de las motivaciones.

Si el niño no tiene motivo para aprender el fracaso final es casi seguro. Un punto muy importante a considerar es que, como el éxito es en sí mismo un motivo de primer orden, las excesivas exigencias en los primeros años de escolaridad son más bien perjudiciales ya que, cuando el niño empieza a ir al colegio, lo suele hacer con una gran ilusión para aprender pero, si surge pronto el «no puedo», puede pasar rápidamente al «no quiero» o al «me tiene sin cuidado».

Lo que yo he visto con relativa frecuencia en estos últimos años es que niños, que hasta entonces no iban mal en sus estudios, al llegar a la adolescencia se «desmotivan», no ya por el bache normal de los chicos y chicas a esta edad, sino porque las motivaciones que antes tenían pierden su prestigio para ellos; así las chicas quieren dejar los estudios para ser modelos de alta costura o los chicos para meterse pronto en negocios, profesiones ambas en las que creen que se gana el dinero fácilmente, sin mucho trabajo y pronto.

Enfermedades físicas y psíquicas Un capítulo muy importante era antes el de los fracasos escolares por defectos sensoriales, tales como defectos de !a audición y de la visión. Hoy tienen una menor importancia dado que en todos los colegios se hacen exámenes médicas frecuentes y estos defectos se detectan pronto.

En cambio los psiquiatras hemos de llamar la atención sobre el hecho de que el retraso y fracaso escolar pueden constituir la manifestación precoz de una enfermedad psíquica que comienza, tal como sucede con una depresión o una psicosis.

El colegio y los métodos de enseñanza Los cambios repetidos de colegio pueden ser causa también de retraso o fracaso escolar debido al esfuerzo que tiene que hacer el niño para adaptarse a sus nuevos compañeros, a sus nuevos profesores y a distinta pedagogía. Asimismo la discontinuidad en la asistencia al colegio, debido en muchas ocasiones a enfermedades de larga duración, son también causa de que el niño pierda el hábito de estudiar después le cueste mucho volver a coger los libros.

Veamos ahora el papel jugado por el colegio en este asunto que nos interesa. Hay opiniones para todo y lo cierto es que los hay magníficos y cada vez mejor dotados de aulas, campos de deporte, profesorado eficiente y hasta equipos psicológicos que estudian el desarrollo intelectivo y de la personalidad del alumno, pero… algunos, en vez de ser centros en los que se atiende a la «formación» global de los niños y a su maduración, tanto intelectiva como afectiva, ética y moral, se preocupan tan sólo meter en sus cabezas un conjunto de saberes en un ambiente de competitividad. Competir es la palabra clave de este tipo de educación y el que no sepa o no pueda hacerlo se quedará en el camino, aunque alguna vez aparezca en los periódicos que un niño se ha fugado en casa o ha intentado suicidarse porque tenía malas notas en el colegio.

En cuanto a los métodos de enseñanza, sólo quiero trasladar aquí lo que oí en un congreso dedicado exclusivamente al fracaso escolar: «Es bueno que haya tantos alumnos que rechazan los actuales planteamientos escolares, pues ello pone en evidencia que son seres psicológicamente sanos y coherentes.» Esto es evidentemente una exageración, pero constituía un aldabonazo para los que tienen el deber de confeccionar los planes de estudio y una llamada de atención para los que tienen que aplicarlos.

La colaboración de los padres Y los padres ¿qué pueden hacer? Lo primero que deben saber es que el «ambiente» educativo familiar es fundamental a la hora de la adaptación del hijo al colegio. Un niño educado en un hogar en el que predominen el orden y la disciplina adecuada se integrará mucho mejor, ya que la mayoría de los colegios están así estructurados.

Asimismo, sobre todo cuando ya son un poco mayores, es también muy importante el ambiente familiar que el niño «respira», y estudiará mucho más motivado en uno en el que el estudio y el saber son altamente valorados y los demás miembros de la familia leen, estudian y se disciplinan en el trabajo.

Creo que es un buen consejo a los padres el que procuren organizar debidamente el estudio de los hijos, sin dejarlo al capricho y a la improvisación de éstos. Debe establecerse un horario, siempre el mismo en lo posible, y un lugar, también siempre el mismo, tranquilo y bien iluminado y, desde luego sin radio ni televisor. Por supuesto han de evitarse las interrupciones de hermanos, amigos o producidas por llamadas telefónicas frecuentes.

Aunque sea un poco pesado e incordiante para los padres, deben seguir muy de cerca los progresos y dificultades escolares y ayudarles dentro de lo que se pueda y deba pero; y ahí está lo más difícil, sin convertir la casa en una cárcel ni el estudio en trabajos forzados.

Por último, cuando se vea que las cosas no marchan bien, hay que buscar ayuda, primero en el mismo colegio y si en él no pueden resolverlo consultar con un psiquiatra o un psicólogo, preferiblemente especializados en problemas de infancia, hasta llegar al fondo del problema y poner los medios adecuados para resolverlo. Todo menos rechazar la realidad y racionalizarla con un «ya aprenderá» o «todavía es muy pequeño», porque en este problema el tiempo es de decisiva importancia.

Francisco J. Mendiguchía, “Problemas psicológicos de los hijos”

En 1935, una expedición arqueológica francesa descubrió en Mari, a orillas del Éufrates, los restos de dos habitaciones que posiblemente fueran las aulas de una escuela, una vieja escuela sumeria de más de 4.000 años de antigüedad, en la que unos alumnos, sentados en unos bancos hechos de ladrillos de arcilla, aprendían los saberes de su época y recibían una buena tunda si no estudiaban o se portaban mal, pues no en balde uno de los puestos de profesor recibía el nombre de “Encargado del látigo”. Lo que hacían allí los niños lo sabemos bastante bien, porque en las excavaciones se han descubierto miles de tablillas de arcilla escritas en caracteres cuneiformes que nos lo describen. En una de ellas un padre atribulado escribía amargamente: «Hijo perverso que te tengo bajo mi vigilancia…; he interrogado a mis parientes y amigos, he comparado y no he hallado alguno como tú…; no pierdas el tiempo en el jardín público ni vagabundees por las calles.» En otra –no hay nada nuevo bajo el sol- se describe cómo los padres de un mal alumno invitan al maestro a su casa y le agasajan para incitarle a ser benevolente con su hijo que no sacaba muy buenas notas.

Por aquellos tiempos, y no demasiado lejos de Sumer, un sabio egipcio llamado Ptahhotep, que vivió cuando reinaba la V Dinastía, escribía, no en tablillas ni en caracteres cuneiformes, sino en papiro y con la bella escritura jeroglífica, lo que él denominaba «Enseñanzas», las cuales consistían en consejos para los padres: «Si eres un hombre de calidad educa a tu hijo… Si eres instruido seguirá tu ejemplo… Haz por él toda cosa buena puesto que es tu hijo… No separes tu corazón de él…» Un poco más tarde, en tiempos de la XII Dinastía (1.900 años a. C.), otro sabio, Jeti, en un texto que era uno de los preferidos en las escuelas egipcias recomendaba a los niños, quizá un poco exageradamente: «Amar a los libros más que a la propia madre.» Con el tiempo se fue conociendo un poco mejor lo que era el alma del niño y aunque un historiador nos diga que «al igual que todos los pueblos antiguos, los griegos ignoraban del todo la existencia de la psicología infantil», lo cierto es que Plutarco escribió en aquella época su tratado “Sobre la educación de los niños”. Espigando un poco a través de los siglos, vemos que Raimundo Lulio (siglo XIII) en un libro sobre la infancia pedía que «se produzca en armonía el desarrollo mental y el crecimiento corporal del niño» y que Erasmo de Rotterdam (siglo XVI) escribiera una obra llamada “De pueris”, de la que dice un autor moderno, Debesse, que «un psicólogo moderno puede encontrar ideas más cercanas al sentido común que la psicología genética contemporánea».

A lo largo del tiempo, sobre todo a partir de los siglos XVIII y XIX, el conocimiento del niño y de su psicología fue desarrollándose paulatinamente hasta que, en 1882, apareció el libro que se considera como el primer tratado de psicología infantil, la obra de W. Preyer titulada “El alma infantil”.

A partir de entonces han aparecido cientos, y puede que miles de libros que tratan de explicarnos cómo es la psicología del niño, del adolescente y su evolución hasta alcanzar la juventud y la madurez, amén de los artículos, más o menos científicos, que aparecen todos los días en revistas especializadas y que muestran los trabajos de cientos de autores repartidos por todo el mundo, constituyendo en su conjunto una nueva ciencia, la Paidopsicología, que ya en 1914 con taba con veintiún revistas dedicadas a ella.

La Psiquiatría infantil o Paidopsiquiatría apareció, como tal ciencia, en el último tercio del siglo pasado con la obra de Emminghaus “Trastornos psíquicos de los niños”, aparecida en 1887 y, en la actualidad, constituye una espléndida realidad en la mayoría de los países. El primer tratado español de esta especialidad data de 1908 y lo escribió el Dr. Vidal Perera, apareciendo pocos años después el del Dr. Rodríguez Lafora.

Si cualquier persona se interesa hoy por estos temas de la psicología y psiquiatría infantiles, puede entrar en cualquier librería y escoger una gran cantidad de textos, unos más técnicos y otros más orientados hacia la divulgación, que tratan de hacer comprender a los padres cómo es el niño, cuál es su desarrollo psicológico y los problemas que éste lleva consigo y la manera más científica de educarle, guiarle a lo largo de su infancia y adolescencia, para integrarle de la mejor manera posible en nuestra complicada y aun conflictiva sociedad actual, muy diferente de las vieja, civilizaciones antes comentadas.

Y sin embargo hoy, siglos después, podemos hacernos esta pregunta inquietante: ¿al cabo de tantos miles de años, conocemos y formamos mejor a nuestros hijos que nuestros antepasados sumerios y egipcios? La respuesta tiene que ser forzosamente positiva. ¿Sería posible que hoy sucediera lo que el médico Heroard relataba del rey Luis XIII de Francia del que decía: «Su madre, María de Médicis, le acaricia al fin por primera vez cuando tenía ya cerca de siete meses», así como que, el mismo Luis XIII, habiendo sido ya coronado a los diez años, dijera «Preferiría no tantas reverencias y tantos honores, pero que no me hicieran azotar»? Por supuesto que no en la mayoría de los casos, aunque es precisamente en nuestro siglo cuando se han descrito los cuadros clínicos de las «carencias afectivas» y de los «niños maltratados» para vergüenza nuestra, aunque eso sí, todos los países del mundo han hecho suya la legislación sobre “Los derechos del niño” aprobada por la ONU.

De todas formas hemos de admitir que en la actualidad conocemos mucho mejor el psiquismo del niño, cuáles son sus necesidades y apetencias y cuáles sus formas de reaccionar ante las estimulaciones que le llegan del medio en que se desenvuelve, familiares, escolares y sociales y de ese modo hacer que la infancia y la adolescencia no sean unas etapas conflictivas y dolorosas, aunque también vemos que las diferentes escuelas psicológicas tienen a veces unos puntos de vista tan distintos y en ocasiones tan opuestos (psicoanálisis y conductismo, geneticismo y ambientalismo, Freud y Adler) que resulta difícil conocer dónde está, aunque sea aproximadamente, la verdad.

Con estas líneas no tengo la pretensión de hacer un nuevo tratado, uno más, de psicología y psiquiatría infantil, sino simplemente hacer unas reflexiones sobre lo aprendido por mí mismo en más de cuarenta años de ver y tratar problemas infantiles. Queremos poner a los padres sobre aviso en los errores que pueden caer cuando intentan aplicar, siempre y en todos los casos, lo que han leído en algún libro o escuchado en conferencias y cursillos, generalmente bien intencionados, pero sesgados doctrinariamente en determinados casos. Y, al mismo tiempo, llevar la tranquilidad a sus espíritus cuando temen no saber educar a sus hijos o creen haber hecho algo que puede producir en ellos el famoso «trauma de la infancia», que les llevará a la infelicidad, a la neurosis o a algo peor.

Francisco J. Mendiguchía, “El complejo de Edipo”

«Doctor, mi hijo de cinco años parece que no quiere a su padre y no desea más que estar conmigo. ¿Tendrá un complejo de Edipo?» Posiblemente no haya en toda la psicología infantil un concepto más conocido y más utilizado, no sólo por los técnicos, psiquiatras o psicólogos, sino también por el público en general y por los padres en particular, que el llamado complejo de Edipo o Situación edípica.

Todo el mundo habla de él, en las películas y televisión lo citan cada dos por tres, los periodistas lo explican en múltiples artículos de ilustración, los novelistas pontifican en sus novelas sobre el tal complejo y los biógrafos de personajes célebres bucean con frecuencia en la infancia de sus biografiados, en busca de su correspondiente Edipo.

Ello quiere decir que se supone constituye un acontecimiento vital en el desarrollo de la personalidad humana y no habrá hombre que ame a su madre, y además lo confiese, al que no se le achaque enseguida que padece un Edipo no resuelto y no digamos nada de una esposa celosa de las atenciones que tiene el marido con su madre.

Nociones teóricas ¿Qué es realmente un complejo de Edipo? Como principio contaremos a grandes rasgos la historia del tal Edipo: sabemos que, allá por el año 425 a. C., un gran dramaturgo griego llamado Sófocles escribió una tragedia en la que narraba la historia del rey Edipo. Este rey huyó de Corinto para que no se cumpliera un terrible augurio, el de que iba a matar a su padre y a desposarse con su madre, sin saber que en realidad él no era hijo de los que creía sus padres, sino que había sido adoptado por éstos. En su huida tropieza con su verdadero padre, Layo, lo mata involuntariamente y después se casa con la esposa de éste, Yocasta, que era su verdadera madre. Cuando ambos se enteran de que eran madre e hijo, Yocasta se ahorca y Edipo huye de Tebas después de arrancarse los ojos.

Pues bien, hace ya casi cien años, Sigmund Freud, el fundador del psicoanálisis, desarrolló la teoría de que el niño, después de pasar por las fases oral y anal, llegaba a la fase fálica hacia los tres o cuatro años y que, precisamente en esta fase, se producía el hecho capital del desarrollo infantil: el niño empieza a odiar al padre y a desear que desaparezca, es decir, que muera, porque se ha «enamorado» de la madre y desea poseerla para él solo (ni siquiera compartirla con los hermanos y de ahí el germen de otro famoso complejo, el de Caín), pero como, a pesar de todo, el niño también ama a su padre y no quiere que en realidad se muera, su alma entra en un grave conflicto, fuente de ansiedad y angustia: el niño odia a su padre y, al mismo tiempo, le ama.

Esto estaba muy bien para los niños pero, ¿qué pasa con las niñas? Para que el esquema resultara completo Freud describió a continuación el Edipo femenino. Como es natural, en éste sucedía lo contrario: las niñas se enamoran del padre y odian a la madre que, además, posee el pene del padre, objeto del que ellas carecen (la famosa “envie penis”). A este complejo su, por entonces, amigo y correligionario Jung, le denominó complejo de Electra.

A primera vista se percibe que el Edipo masculino tenía más facilidades de aparecer que el femenino, porque el primer objeto amoroso, tanto de los niños como de las niñas, en sus primeros años, es la madre y, por lo tanto, el niño no tiene que cambiar la dirección de sus deseos, mientras que la niña sí tiene que hacerlo. El psicoanálisis dio la explicación de que esto era fácil para la niña, dado que ésta acaba culpando a la madre de su carencia de pene, y su objetivo es conseguir del padre lo que la madre le ha negado.

La salida de esta situación edípica también es diferente para el niño que para la niña. El niño se siente culpable por sus deseos de muerte y teme ser castigado con la castración, por lo que renuncia a su odio hacia el padre y acaba identificándose con él para así poseer otra mujer cuando sea mayor. En las niñas el proceso es algo más largo, porque ellas no pueden tener miedo a la castración, aunque acaba resolviéndolo de la misma manera, identificándose con su madre.

Con la resolución del complejo de Edipo, los niños, según siempre el psicoanálisis, entran en un periodo de calma afectiva, que denomina «período de latencia», hasta que, en la pubertad vuelven las angustias edípicas.

Ana Freud, la hija del fundador del psicoanálisis, describe nuestro complejo con palabras que no resultan tan provocadoras (tal como se entiende hoy este término en el teatro o en la novela), aunque las consecuencias para el niño de sus sentimientos hostiles las describe casi de un modo apocalíptico: «El miedo que le inspira la procedencia de sus deseos hostiles, el temor de la venganza del padre y la pérdida de su cariño, la desaparición de toda inocencia y tranquilidad en relación con la madre, la mala conciencia y la mortal angustia…» En este camino de la descafeinización del complejo de Edipo, tenemos que, uno de los primeros psicoanalistas de la infancia, Baudouin, escribiera en 1930: «La sexualidad a la que nos referimos no es exactamente lo que todo el mundo entiende por tal nombre, se trata de elementos de sensualidad difusa, de afectividad y de amor, que son en el niño el germen de lo que será propiamente genital en el adulto» y, de hecho, acaba transformando el complejo de Edipo en una atracción hacia el progenitor del sexo opuesto y un cierto resentimiento hacia el del mismo sexo, pero sin más profundidades.

Lo que mucha gente se ha preguntado desde la primera descripción freudiana, es de dónde sacó el concepto y por qué le dio tanta importancia; hasta el extremo de generalizarlo como una evolución normal del niño en su vertiente psicológica. Dado que Freud se casó en 1986 y tuvo seis hijos, podría haber sido la observación de estos lo que le llevó a estas conclusiones, pero si fue así no lo mencionó nunca.

Parece ser que el complejo de Edipo fue mencionado por primera vez por su descubridor en una carta a su amigo Fliess el día 15 de octubre de 1897, en la que escribe: «Se me ha revelado una idea única de valor general. Me he encontrado, también en mi propio caso, enamorado de mi madre y celoso de mi padre y ahora considero esto como un acontecimiento universal en la primera infancia», es decir, lo sacó de vivencias de su propia infancia.

Debió de ser algo profundo y personal cuando un hombre genial, pero también bastante obsesivo como Freud cayó en la magnificación de estos sentimientos y formuló una teoría en la que, tal como la desarrolló él mismo, ya no creen la mayoría de los psiquiatras, y aun muchos psicoanalistas.

Volviendo al inicio de esta teoría freudiana, se vio enseguida que había niños a los que les sucedía lo contrario de lo que ésta presupone, esto es, que había niñas que estaban más unidas a su madre y niños que preferían a su padre y a este fenómeno se le llamó «complejo de Edipo invertido», con lo que la validez de la teoría comenzó a tambalearse. Para explicar esta anomalía el psicoanálisis alegó que en realidad, había dos complejos, el de Edipo y el de Electra, siendo el primero «más frecuente» en los niños y el segundo en las niñas.

Por otro lado, ya desde 1907, un colaborador de Freud y vienés como él, Alfredo Adler, empezó a no admitir la teoría de la libido, poniendo en cambio todo su acento en lo que denominaba «voluntad de poder». Por ello consideró que el Edipo no es más que un episodio de la lucha por el poder, es decir, un intento por parte del niño de apoderarse de la madre imponiéndose al padre, y un intento de la niña de superar a la madre y ser «la esposa del padre» pero no por otra cosa que para hallar seguridad.

Para Jung, el otro gran heterodoxo del psicoanálisis, lo importante es el instinto de nutrición, y el padre no es más que un obstáculo para conseguir lo que desean los hijos, pero que la sexualidad no tiene nada que ver en esto.

Karen Harney, una psicoanalista de tendencias sociales o ambientalistas, se pregunta: «¿El complejo de Edipo debe producirse forzosamente en todo niño o, por el contrario, es inducido por circunstancias determinadas? No hay pruebas de que las reacciones de celos destructivas y permanentes, como las del complejo de Edipo, sean en nuestra cultura tan comunes como acepta Freud, pero pueden, sin embargo, producirse artificialmente por la atmósfera en la que el niño evoluciona.» Tenemos además otros hechos importantes: ¿Cómo pasan su Edipo los niños que no tienen padre o no tienen madre o, lo que es aún peor, no tienen ni padre ni madre y se han criado en instituciones de asistencia? Según los psicoanalistas ortodoxos estos niños pasan la situación edípica imaginativamente o, en los casos de orfandad total, viven la experiencia con los cuidadores de distinto sexo que se ocupan de ellos. La verdad es que estas explicaciones no son muy creíbles.

Por último, hemos de pensar que la sociedad familiar que Freud conoció, aun en sus últimos años, no tiene nada que ver con la actual. Las madres ya no pasan tantas horas con sus hijos, porque casi todas trabajan y, por el contrario, el padre ya no es aquel señor todopoderoso que veía a los hijos solamente unos minutos al día y se permitía pocas familiaridades con ellos, sino que ahora conviven muchas horas con sus hijos: juegan con ellos, los lavan, les dan de comer y los transportan marsupialmente durante horas colgados de su pecho.

Mi concepto de Edipo Entonces, ¿por qué esta casi universalidad en la creencia del complejo de Edipo a lo largo de tantos años? Esto me recuerda un cuento infantil que se llamaba algo así como «El traje del rey» y relataba la historia de unos sastres que estafaron a su rey haciéndole creer que le habían confeccionado un traje que sólo podían ver los listos, pero no los tontos. Como es lógico, no había tal traje y el rey aparecía en público en paños menores, pero nadie se atrevía a decírselo por temor a pasar por tonto. Todo fue bien hasta que le vio un niño, que ya se sabe que son los que dicen las verdades, y exclamó: ¡pero si el rey va desnudo! Yo, como el niño del cuento (se dice que los viejos nos volvemos un poco niños) tampoco he visto complejos de Edipo en niños normales, tal como los definió Freud. Pero yo no he sido ni el primero ni el único en España, pues allá por el año 1957, otro viejo paidopsiquiatra, el Dr. Jerónimo de Moragas, escribió un libro titulado “Psicología del niño y del adolescente” en el que decía: «He conocido muchísimos niños que jamás han pasado por una situación edipiana. Nunca una persona, no empeñada en descubrir hechos concretos que demuestran teorías abstractas, y que haya tratado con niños de distintas categorías personales, familiares y sociales, ha podido encontrar en ellos ninguna tendencia a preferir al progenitor del sexo opuesto.» Sin embargo, yo estoy convencido de que, a esa edad de los tres a cuatro años, sí comienza una cierta mayor afinidad entre hija y padre y entre hijo y madre y hasta, en ocasiones, un rechazo por el progenitor del mismo sexo. Pero a mi modo de ver, la situación es inversa a la descrita por Freud; son los padres los que muestran estas preferencias, los padres por las hijas y las madres por los hijos, aunque, naturalmente, el cariño sea el mismo para todos y, por supuesto, no los odian en ningún caso, siempre que se trate de personas normales.

Lo que sucede es que los padres tienen una tendencia natural y espontánea a proteger a las niñas y a mimarlas por un reflejo atávico y educacional de respeto, deferencia y protección hacia el sexo opuesto, además de que el hombre, por no haber sido nunca niña, no acaba de entenderlas del todo y, por el contrario, sí han sido niños (cocineros antes que frailes) y conocen mejor sus trucos para evadirse de la autoridad paterna.

A las madres les pasa lo mismo con los hijos, ellas no han sido niños y tampoco los entienden muy bien, pero sí han sido niñas y saben mejor cómo manejarlas.

Los niños, que son más listos de lo que creemos, aprenden enseguida la lección y así, las niñas cortejan a los padres porque saben que son más fáciles de manejar que las madres, mientras que los hijos lo hacen con las madres por el mismo motivo.

Por todo ello se van produciendo, a lo largo de los años, unas relaciones afectivas, que algunos siguen llamando edipianas, pero que no tienen nada que ver ni con Edipo ni con Sófocles.

El complejo de Edipo como patología Pero si el complejo de Edipo hemos dicho que no constituye una fase del desarrollo normal infantil, he de admitir, porque así lo he visto en alguna ocasión, que en determinadas circunstancias pueden presentarse situaciones realmente edípicas en el sentido freudiano, tal como sucede cuando algunas madres, con carencias afectivas generalmente, se comportan respecto a sus hijos con una intimidad excesiva y los erotizan inconscientemente.

Un ejemplo de lo que acabo de exponer es lo que cuenta Stendhal en sus recuerdos: «Mi madre era una mujer encantadora y yo estaba enamorado de ella… ella me quería con pasión y me abrazaba sin cesar y yo detestaba a mi padre cuando venía a interrumpirnos.» Hay que tener en cuenta que esto tenía que sucederle a Stendhal cuando era menor de siete años, edad que tenía cuando murió su madre.

El caso inverso, es decir, el complejo de Electra, no lo he visto nunca, siendo muy curioso, pero su estudio nos llevaría demasiado lejos, el que en los casos de abusos sexuales y aun de verdadero incesto, se produce justamente lo contrario, es excepcional en la relación madre-hijo.

Otras circunstancias que pueden favorecer la aparición de verdaderas situaciones edípicas son las que cita un psicoanalista, nada sospechoso de heterodoxia freudiana, Otto Fenichel, que no sólo daba una gran importancia a la visión por parte de los hijos de la llamada «escena primaria» entre los padres (dato que hay que tener muy en cuenta para no dilatar demasiado tiempo la salida de los niños de los dormitorios paternos), sino que también hablaba de sustitutos de esta escena primaria y citaba entre ellos la observación de adultos desnudos, es decir, lo que muchos padres hacen hoy en día por considerarlo normal y aun beneficioso para su educación.

En resumen que, en contra de lo que sostiene el psicoanálisis, no es cierto que el complejo de Edipo forme parte de la evolución normal de la personalidad del niño y, por tanto, tampoco lo es que de su resolución dependa en gran parte el equilibrio psíquico del adolescente y aun del adulto. Ahora bien, en ocasiones sí que puede aparecer este complejo y, cuando esto sucede, revela una patología de las relaciones padres-hijos que hay que tratar adecuadamente.

Francisco J. Mendiguchía, “Del mimo al maltrato”

El niño mimado Que hay niños mimados, ahora se les llama hiperprotegidos, es una cosa sabida de siempre, todos hemos conocido más de uno en alguna circunstancia de nuestra vida.

Ahora bien, ¿en qué consiste el mimo? Simplemente que el padre o la madre, o los dos, tienen predilección por alguno o algunos de sus hijos, quizá por el primero, más frecuentemente por el último o, por no tener más que uno, éste es el que se lleva la hiperprotección. La consecuencia es que consienten todos los caprichos del hijo mimado y acceden a todos sus deseos, con lo que el niño se va transformando poco a poco en el rey y señor de la casa; a veces lo que sucede es que ninguno de los padres sirven para educadores y todos sus hijos acaban convirtiéndose en mimados, es decir, en tiranos a los que todo el mundo debe obedecer.

Evidentemente los niños mimados se sienten amados por los padres, y esto es bueno, pues sentirse querido es fundamental para el desarrollo afectivo de cualquier hijo, pero tiene también su parte mala, o al menos, poco deseable y los problemas no tardan en surgir. El niño se va haciendo cada vez más desobediente y agresivo y no puede tolerar que haya en casa o en el colegio otro rey más que él aunque, si no tiene la suficiente fuerza para mostrar su agresividad, se irá convirtiendo poco a poco en un redomado hipócrita que hace el mal a escondidas.

Como todo lo tiene sin ningún esfuerzo por su parte, irá perdiendo poco a poco su capacidad para sacrificarse por algo, acabará por desarrollar un Yo débil e inseguro bajo una apariencia de seguridad y, por su egocentrismo, su adaptación a la realidad será muy deficiente. Esta inadaptación no se notará mucho cuando el niño es todavía pequeño por la protección paterna que le sirve de escudo, pero saldrá poco a poco a la superficie cuando ésta desaparece y entonces tiene que enfrentarse él mismo en persona a unos problemas para los que no está suficientemente maduro y frente a los cuales no sabe cómo elaborar sus propias defensas. En pocas palabras, al llegar a la adolescencia, tendrá muchas posibilidades de convertirse en un joven fracasado.

Hay que hacer la observación de que, afortunadamente, no todos los niños a los que se les mima llegan a convertirse en «niños mimados», ya que algunos no se dejan ahogar en el exceso de cariño y de protección y elaboran un Yo suficientemente fuerte que organiza sus propios mecanismos defensivos.

En otros casos, chicos que ya se han convertido en mimados, o que van camino de ello, se dan cuenta de que, al ingresar en el colegio, se encuentran inermes ante los demás y se despierta en ellos el instinto de lucha del que parecía que carecían, al mismo tiempo que caen en la cuenta que el mundo, aunque sea un mundo tan reducido como es el colegio, no gira en derredor de ellos. Ésta es la causa de que el excesivo mimo constituya una de las pocas indicaciones de internamiento de niños en colegios, fuera del alcance de unos padres que no saben educar.

De todas maneras, hay que ser muy cauto para no caer en exageraciones, como la que ha aparecido recientemente en la prensa, en la que un matrimonio sueco había perdido la custodia de un hijo «retirándole de su hogar» por mimarle demasiado. Esta medida me parece desorbitada y constituye una brutal intromisión del Estado en la familia.

Hay padres que tienen más probabilidades de hacer de sus hijos unos niños mimados. Son casos que podríamos denominar de «familias de riesgo», y entre ellos tenemos los de los padres a los que les cuesta romper el «cordón umbilical psicológico» que les une a los hijos, aun cuando tengan ya diez o doce años; los que consideran al hijo como una propiedad exclusiva al que hay que aislar de todo contacto exterior; los que tienen los hijos, generalmente el hijo, cuando ya son un poco mayores y son mitad padres y mitad abuelos, y ya sabemos lo que miman éstos a sus nietos; y los que tienen algún hijo con algún tipo de inferioridad física o psíquica.

En otras ocasiones lo que sucede es que los padres son personas inseguras, ansiosas u obsesivas que hiperprotegen a los hijos para librarles de males que, en la mayoría de los casos, son imaginarios. Peor aún es cuando el hijo se convierte en el «único objeto amoroso» de los padres, por desplazamiento hacia él de una afectividad que no se satisface de otro modo por malas relaciones matrimoniales o simplemente porque, por divorcio o muerte, la relación afectiva se hace un dúo, cuando debería ser un trío o, mejor aún, un pequeño coro. También puede darse en los casos en los que se da la muerte prematura de alguno de los hijos y los padres, consciente o inconscientemente, se sienten culpables e hiperprotegen a los demás hijos.

Aunque parezca raro, puede suceder que la hiperprotección no sea auténtica, sino una reacción compensatoria de un real rechazo por parte de los padres hacia el hijo, sentimiento que es fuertemente reprimido por chocar contra su conciencia moral, y aun social, tal como sucede cuando los hijos frustran de alguna manera las ilusiones y aspiraciones de los padres.

Los lectores que me hayan seguido hasta aquí creerán que me he olvidado del prototipo de niño mimado, es decir, del hijo único. No es así, pero hablaremos de él en otro capítulo.

El maltrato infantil Una desafortunada consecuencia de la hiperprotección paterna puede ser aquella que los padres, ante la indisciplina del hijo mimado hasta entonces, se pasen, paradójicamente, al extremo opuesto y sometan al niño, al no poder hacer carrera de él, a un trato de rechazo, violencia psicológica y aun física. Es decir, que el exceso de permisividad puede conducir a todo lo contrario: al maltrato.

Y ¿qué es el maltrato infantil? La historia comenzó en Estados Unidos en 1946, cuando un radiólogo llamado Caffey describió un nuevo síndrome clínico (los médicos somos muy aficionados a describir nuevos síndromes para pasar a la posteridad) consistente en que los niños que lo padecían presentaban frecuentes fracturas óseas y hematomas subdurales. Desgraciadamente para su descubridor, otro médico americano, Silverman, descubrió que las tales fracturas y hematomas no eran producidas por ninguna enfermedad sino que su origen era traumático y los traumas producidos por los mismos padres, cosa que éstos ocultaban siempre, hasta que se descubría después de minuciosos interrogatorios. Así las cosas la revista «Newsweek» conmocionó a la opinión pública al dar a conocer la triste historia de una afamada niñera (una «nany» como la de la serie televisiva) que había matado a tres niños y herido a doce a fuerza de palizas. Todo ello llevó a que, en 1961, la Academia Americana de Pediatría acuñara el término de «Battered Child» o «Niño apaleado». A los síntomas físicos antes descritos se añadieron después la malnutrición producida por insuficiente alimentación, la carencia de cuidados, los abusos sexuales y el «maltrato psicológico», por lo que se dio al cuadro el nombre, menos restrictivo, de «maltrato infantil».

La inclusión del maltrato psicológico es muy importante porque así se hace ver a los padres que, quizá sin intencionalidad, se puede llegar a ser crueles con los hijos y producirles importantes daños psicológicos. Como ejemplo de ello tenemos la excelente película “El corredor solitario”, en la que se veía a la madre de un niño enurético exponerle a la humillación, casi diaria, de exhibir en la ventana de su dormitorio la sábana que había mojado durante la noche.

Más importancia tienen evidentemente los casos de intentos de suicidio o de suicidios consumados y las fugas de su hogar de hijos que tienen un verdadero pánico a presentar a los padres unas malas notas del colegio, cuando éstos ni siquiera son conscientes del miedo que producen y son los primeros sorprendidos por esta reacción del hijo. No digamos nada si además hay intencionalidad, vejaciones cuando no responden a sus demandas excesivas, encierros en habitaciones durante horas o en sitios obscuros, ridiculizarles delante de amigos, etc.

La sorpresa fue cuando resultó que en el mundo había miles de niños que eran maltratados por sus padres. Cuando se ha empezado a hacer estadísticas, éstas revelan que, desgraciadamente, el maltrato a los niños es una epidemia que va subiendo de año en año, llegándose a estimar que alrededor de seis por cada mil niños sufren de estos maltratos paternos. ¿Cuántos puede haber en España? ¿Seis mil, ocho mil? Probablemente más, quizá menos, pero lo importante no es el número, sino el hecho en sí.

Es evidente que lo primero que se nota en los casos de maltrato son los daños externos pero, aun sin éstos, se puede sospechar cuando se ven niños de aspecto triste y medroso, con dificultades para el contacto, agitación, llantos, gritos y una curiosa demanda de afecto, que se aprecia porque parecen felices cuando se les ingresa en el hospital en vez de demostrar tristeza y desconfianza como es lo normal. Si el cuadro se prolonga, aparece disminución del ritmo del peso y del crecimiento, son frecuentes trastornos psicosomáticos como cefaleas, diarreas, etc., y psicológicamente responden con la aparición de cuadros depresivos.

La edad en la que los niños están más expuestos a padecer maltrato es la de los dos a los seis años. Es curioso que haya niños que parecen especialmente predispuestos a padecerlo y que incluso atraen los malos tratos por parte de los adultos que con ellos conviven, ya sean padres, cuidadores, maestros, etc., por lo cual reciben el poco caritativo nombre de “niños para-rayos” o “niños esponjas”.

Dentro de este grupo tenemos en primer lugar a los niños hiperactivos que, por su constante inquietud, su poca habilidad motora que les convierte en constantes rompedores de objetos, su carencia de atención que les hace víctimas de continuos accidentes y su escaso rendimiento escolar, producen en los adultos que con ellos conviven reacciones de violencia ante sus incapacidades y molestias.

Otros son los niños compulsivos y agresivos que despiertan en los mayores conducta análogas que, a su vez, son motivo de nuevas compulsiones y agresiones infantiles, es decir, lo que en castellano antiguo decíamos un «círculo vicioso» y ahora se llama «feed back» o «retroalimentación».

A estos dos grupos habría que añadir los tercos, que acaban sacando de sus casillas a los que se empeñan en que vayan en la dirección que ellos desean; a los negativistas activos, que no sólo no van en esa dirección sino que quieren ir en la contraria; a los anoréxicos crónicos, que impacientan a los encargados de darles de comer; a los enuréticos o encopréticos a los que hay que estar limpiando a menudo. En niños más pequeños, a los clásicos niños llorones que no dejan dormir a los padres (hace poco apareció en los periódicos la noticia de que un hombre había matado a un hijo de pocos meses de su «compañera sentimental» por esta causa).

Los padres maltratadores Por otro lado también se han descrito tipos de padres más predispuestos a maltratar a sus hijos: padre o madre de inteligencia normal baja, inmaduro emocionalmente, sin ideales, con una infancia desgraciada por frecuencia de malos tratos, y sin conciencia de su problema. Estas personas van aumentando poco a poco sus agresiones y su impotencia para actuar de otra manera.

De todas maneras yo considero mucho más importantes las circunstancias que favorecen estos maltratos. La verdad es que se han hecho muchos estudios a este respecto y los resultados han sido más bien poco concordantes y aun opuestos (por ejemplo, cuando se pregunta: ¿quién pega más el padre o la madre?). Sí aparecen algunos hechos dignos de resaltar: el número de maltratos aumenta si las condiciones de la vivienda son malas y todas las estadísticas están de acuerdo en que, a menor número de habitaciones, más maltrato; los salarios bajos, el paro, el alcoholismo (la célebre paliza de los sábados por la noche), la conducta disocial, un nivel bajo de inteligencia o la presencia de verdaderas enfermedades mentales, también los aumentan.

Pero todo ello, siendo verdad, no debe hacernos olvidar que personas aparentemente normales, cultas y bien situadas en la vida pueden maltratar a sus hijos. Una vez un autor parisino hizo el siguiente retrato robot de una madre maltratadora: mujer divorciada, con hijos pequeños, secretaria de una oficina o empleada en unos almacenes que, después de un día de trabajo agotador, recoge a los niños del colegio, les hace la cena, les acuesta, arregla su casa, prepara la ropa limpia para el día siguiente y que, al ver que los niños se pegan y chillan, les pega una tunda, porque sus nervios se han roto al desbordarse su nivel de aguante.

Cuando se les pregunta a los padres el porqué del maltrato, las respuestas suelen ser muy variadas, desde que lo hacen por bien del niño («quien bien te quiere te hará llorar», «la letra con sangre entra»); porque se lo merecen por su mal comportamiento; porque vinieron al mundo sin ellos desearlo (sobre esto del niño no deseado habría mucho que hablar; antes no se programaban los hijos y a todos se les quería igual) o no saben qué contestar, porque se trata de padres psicópatas y sádicos.

Pero hay también motivaciones inconscientes que pueden causar, no sólo rechazo en quien las oye, sino también extrañeza, tal como que ciertas madres no aman a sus hijos más que cuando están enfermos (por ello, si no lo están, se ponen ellas). Algo de esto es lo que sucede en los casos llamado «síndrome de Múnchhausen por poderes» o «síndrome de Polle», pintorescos nombres que se refieren al célebre barón de los cuentos infantiles y a su hija Polle. Consiste en que hay ciertos padres que producen en sus hijos verdaderos síntomas patológicos fraudulentos, como fiebre, diarreas, etc., para lograr así que el niño sea hospitalizado y se le hagan todo tipo de exploraciones, aunque alguna de éstas sea peligrosa; como los niños no tienen ninguna enfermedad real, se les da de alta y parece que los padres se van tan contentos. Lo malo es que, al poco tiempo vuelven con los mismos o distintos síntomas, con lo que los médicos, al cabo de repetirse la historia varias veces, empiezan a sospechar y comprueban que los niños no se curan del todo hasta que no se les separa de los padres.

Las dimensiones reales del maltrato Realmente el conocimiento de que los hombres podemos ser más crueles que las fieras, que jamás hacen daño a sus crías en circunstancias normales, no es muy halagüeño para nosotros. Sin embargo, no puede llegarse a la exageración del psicoanalista Rascovsky, para quien «la cultura humana está construida sobre la dominación y el miedo de los hijos, mediante el falicidio o asesinato de los mismos». La asociación por él fundada, considera maltrato concebir hijos de una forma accidental, sin desearlo, no amamantar al recién nacido, separarle de la madre por algún tiempo en las primeras horas de la vida extrauterina o «¡cualquier tipo de regaño o reproche!».

No es de extrañar que cuando los padres se enteran de estas teorías se angustien, piensen que pueden ser unos malos padres y acaben hechos un lío, sin saber qué hacer con los hijos a los que se les prohibe regañar, aunque vean que sería necesario hacerlo cuando hacen alguna cosa mal.

No digamos nada si alguna vez han tenido que darle un cachete, ya que quedarán para siempre marcados por su sentimiento de culpabilidad. Pues bien, la experiencia nos dice que un cachete dado por una madre a su hijo, administrado inmediatamente después del hecho merecedor del castigo, no produce nunca el temido trauma infantil. Si se le da un manotón en su mano cuando la mete en un enchufe o la acerca a un brasero eléctrico que le puede quemar, tampoco. Además es el único modo de que no se repita la experiencia pues cuando el niño es pequeño no valen los razonamientos ya que no los entiende.

A este respecto una encuesta reciente del Centro de investigaciones Sociológicas revela que más de la mitad de los encuestados era partidaria de «dar un azote a tiempo» para evitar muchos problemas y males mayores. ¿Será que los españoles somos unos sádicos? Ahora bien, los castigos han de tener ciertas condiciones como son las de no ser violentos, ser oportunos y no prodigarse en demasía, pues no es bueno que los padres se acostumbren a ellos como único medio educativo, ni que los propios niños acaben haciendo lo mismo, pues puede empezar así una escalada de violencia que puede acabar en un verdadero maltrato.

Lo importante es que la relación de los padres con los hijos no consista solamente en esos «refuerzos negativos» (hablando en términos conductistas) que son los castigos y aun los cachetes, sino que han de darse también los «refuerzos positivos» que son los premios y las alabanzas cuando hacen las cosas bien, y «siempre» demostrando el amor que se les tiene. Lo que es verdaderamente dañino para la evolución de la personalidad infantil es la relación aséptica y fría de unos padres que jamás dieron un cachete, pero tampoco dieron besos ni pasaron horas jugando con ellos. El niño, al ver que no le regañan nunca, acaba teniendo un sentimiento inconsciente de culpa por no tener que «pagar» por lo que él sabe que está mal hecho, eso sin contar con que terminará por tener la sensación de que realmente no le importa nada a sus padres.

Naturalmente, conforme los niños se hacen mayores, las vías del diálogo y del razonamiento deben ir constituyendo la base de la educación. No son signo de debilidad de los padres, sino de firmeza, siempre que los padres tengan convicciones firmes.

Francisco J. Mendiguchía, “Las familias que se rompen”

¿Estamos ante un hecho transitorio o realmente la familia, tal como la hemos conocido hasta ahora, está en trance de desaparición? El hecho es que el número de familias que se rompen con la separación y el divorcio de los padres es cada día mayor, sobre todo en parejas de menos de cuarenta años.

No hay más que mirar en torno a nosotros, muchas veces en nuestra propia familia, para ver matrimonios que se separan, a veces por los motivos más fútiles. No quisiera ser pesimista, pero creo que en España debemos estar ya cerca del 20% de hogares rotos por el divorcio, aunque todavía no hemos llegado a la proporción de otros países «más avanzados» como los Estados Unidos, en el que cuatro a cinco de cada diez matrimonios acaban rotos.

No vamos a considerar aquí las causas de estas separaciones ni las consecuencias que producen en los padres, sino que nos ocuparemos únicamente de los efectos que generan en los hijos, a los que un psiquiatra vienés, hace ya más de cincuenta años, pronosticaba un porvenir de «abandono social, inmoralidad y delito». Hoy nos parecen, afortunadamente, estas palabras bastante exageradas, aunque tampoco hay que minimizar el problema porque puede que los padres ganen con la separación, y es posible que así sea en muchas ocasiones, pero «los que nunca ganan y siempre pierden son los hijos».

No he visto un solo caso, repito, ni uno solo, en el que los hijos se hayan alegrado de la separación de los padres. El mayor o menor número de problemas que presenten depende de una serie de circunstancias como son: las relaciones padres-hijos anteriores, el grado de unión de los hermanos, la forma en que los padres llevan su separación, la buena integración social del niño y, en última instancia, del temperamento y carácter de éste.

En algunas ocasiones el niño llega a sentir cierto alivio, si la ruptura ha sido precedida de esa situación penosa e insostenible que se conoce con el nombre de «divorcio emocional», durante la cual los hijos han tenido que soportar momentos de fuerte tensión, discusiones, amenazas y aun agresiones físicas entre los padres. Durante este tiempo es frecuente ver ya en los hijos síntomas de ansiedad, depresión, insomnio, problemas de carácter, disminución de los rendimientos escolares, falta de apetito o cefaleas y en ocasiones, sentimientos de culpa por haber tomado partido por uno de los progenitores, con las correspondientes tendencias hostiles hacia el otro. De todas maneras, por muy bien que vayan las cosas, todos presentan, más pronto o más tarde, y más cuanto más pequeños son, un sentimiento de frustración, de «hambre de afecto» y de que algo les falta, y ello aunque los padres hayan formado nuevos hogares y rehecho la pareja, ya que entonces aparecen ambivalencias afectivas que pueden tardar años en superarse, si es que se superan.

Los casos que nos llegan a los psiquiatras o psicólogos a la consulta son, naturalmente, los de los niños que han reaccionado peor. Yo he visto bastantes en los últimos años y puedo decir que, en casi todos estos «hijos de divorcio», las complicaciones se debían a algo muy frecuente y realmente penoso: la lucha de los padres por atraerse a los niños. Por ello es frecuente ver que, cuando el hijo está en casa de la madre, ésta aprovecha para hablar mal del padre, y cuando está con el padre, éste ataca a la madre, en un intento de ambos de predisponerle en contra del otro cónyuge, convirtiendo al niño en una especie de rehén en una situación de secuestro afectivo.

Siempre recordaré que, en una ocasión, tuve que intervenir en un caso en que una madre, al no fiarse de lo que hacía el padre con los hijos cuando estaban en casa de éste, llegó al extremo de colocarle a uno de ellos, el mayor, un micrófono debajo de su camisa para, introduciéndose en un coche aparcado en las cercanías del domicilio, escuchar todo lo que hablaban y lo que allí sucedía; lo peor fue que se produjo una confirmación de los temores de la madre, pues dos niños sufrían un verdadero maltrato psicológico y físico por parte del padre.

La separación con niños pequeños De todas formas, y aunque las cosas transcurran más apaciblemente y sin tanta lucha, lo habitual es que los hijos pasen, una vez consumada la separación, por un estado, más o menos importante, de depresión y ansiedad. Se manifestará en una tendencia al aislamiento y al rechazo social a mostrarse huraños y recelosos y a elaborar una conducta con rebeldía, negativismo, cóleras inmotivadas y aun con fugas del domicilio que le ha tocado «en suerte».

En el mejor de los casos uno o los dos progenitores formaban un nuevo hogar y yo veía a los hijos hechos un verdadero lío. No sabían cómo colocar exactamente a los miembros de su nueva familia en su anterior esquema familiar. Había un chico que para distinguir a los padres, el antiguo y el nuevo, a uno le llamaba papá y al otro padre; otro que denominaba «tía» a la nueva mujer de su padre, si bien la mayoría decían «la que vive con mi padre» o «el que vive con mi madre», aunque era aún peor cuando ni siquiera les identificaban; eran simplemente «el otro» o «la otra».

Todo el que conozca algo de psicología infantil sabe cuán importante es el proceso de identificación, para el desarrollo de la personalidad infantil, de la niña con la madre y del niño con el padre.

¿Qué sucede cuando tienen que identificarse con dos padres o dos madres, o a veces con más en los casos de más de un divorcio? Esta identificación es más difícil y no es infrecuente que, en este proceso de cruces y de cambios de afectos, el niño acabe odiando a alguno de sus padres. Al padre porque le ha dejado sin madre, a la madre porque le ha dejado sin padre o a los dos por haber roto la unidad familiar. Y cuando esto se produce, también a los nuevos padres a los que acaba asignando los antiguos y odiados papeles de padrastro o madrastra (no se olvide que la terminación «astro» es despectiva en nuestro idioma), pudiendo conducir todo ello al desarrollo de «contraidentificaciones» que perturban grandemente la personalidad del niño o del adolescente.

Hemos hablado de las parejas separadas que rehacen sus vidas formando un nuevo hogar, pero hay ocasiones en que los padres, sobre todo las madres, no quieren o no pueden hacerlo y viven solos con los hijos que el juez les ha asignado, aunque con la obligación de que éstos pasen determinado tiempo con el otro cónyuge.

Esto puede crear algún otro problema como es el que se produce cuando a un niño pequeñito le separan de la madre por la probada incapacidad de ésta para educar al hijo (esto sucede muy raras veces) y el niño acaba sufriendo lo que se conoce con el nombre de «carencia afectiva», que está producida por la privación del afecto materno, y lleva a una deficiencia en las relaciones interpersonales que comienzan precisamente en la relación madre-hijo, pero que, y esto vale para los que encuentran nuevos hogares, se produce también con frecuentes cambios de figura materna, si esto sucede en los primeros cuatro años de la vida.

Además de esto hay que consignar que los hombres no suelen estar especialmente dotados para el cuidado de niños pequeños, y tienen que encargar a manos mercenarias este cuidado y la educación de los hijos, si es que los jueces, como sucede en algunos países con buenas instituciones para niños pequeños, no encuentran preferible internar a los niños en alguna de ellas; en nuestro país creemos que muy incapaz tiene que ser el padre para recurrir a esta última solución.

La realidad es que los jueces entregan la custodia de los niños pequeños a la madre pero, y aquí podemos tropezar con un nuevo problema: si no trabajaba antes, tiene que empezar a hacerlo en la mayoría de los casos, pues la pensión del ex-marido no suele bastar y a veces ni llega, produciéndose una situación que tiene cierto parecido a la que sufren las madres solteras: el trabajo les roba el tiempo necesario para el cuidado de los hijos, pues éstos no necesitan sólo amor y dedicación sino también bastante tiempo.

La solución podría ser una guardería infantil, pero este arreglo es sólo bueno si el niño permaneciera en ella cuatro o cinco horas y el resto del día lo pasara con la madre, cosa que sucede raramente; en la mayoría de los casos ésta lleva al hijo o hijos a las ocho de la mañana y los recoge casi a la hora de darles la cena y meterles en la cama. Veamos un par de casos en los que se dan estas circunstancias y que tuvimos que ver por problemas de ansiedad y de carácter.

El primero se trataba de una niña de cuatro años que era dejada en casa de una vecina a las siete de la mañana porque la madre entraba a trabajar a las ocho; la vecina la tenía en su casa hasta las ocho y media, hora en que la llevaba a una guardería en la que permanecía hasta las cinco de la tarde; después la recogía otra vecina y estaba en su casa hasta las siete, hora en que su madre, al terminar de trabajar, la llevaba a su hogar. A las ocho de la noche la acostaba, dado el madrugón que tenía que sufrir la niña al día siguiente. Resultado: la niña había estado, por lo menos, con cuatro «madres», si es que en la guardería no había pasado por más de una cuidadora.

El otro caso era el de una niña de seis años. Era recogida por una familia extraña a las siete de la mañana, se encargaba de llevarla al colegio, recogerla por la tarde y estar con ella hasta las ocho de la noche, hora en la que la recogía la madre. Aparentemente el caso parece menos traumático para la niña; pero lo malo es que, cuando yo la vi, ¡iba por la cuarta familia! La separación con niños mayores Si la separación se produce cuando los hijos son ya adolescentes los problemas son de otro tipo. Ellos ya han tomado parte por uno de los progenitores durante el período tempestuoso del pre-divorcio y a lo mejor o, si hablamos con propiedad, a lo peor, les cae la custodia al padre o a la madre odiados; con ello aparecen choques verbales o físicos que acaban mal para el hijo, lo mismo si se doblega (aparición de depresiones, ansiedad, ruptura con el medio ambiente) que si se rebela (agresividad, malhumor, fugas). En ambos casos, el chico o la chica acaban distanciándose afectivamente de la familia, más de lo que es corriente a esta edad, y resuelven sus problemas fuera del hogar, en el grupo o pandilla en el que encuentran la afinidad de la que carecen en casa.

Al no disponer del contrapeso que supone unas buenas relaciones con los padres es más fácil que se produzca una mayor dependencia del grupo y una mayor posibilidad de desarrollar conductas antisociales o de caer en alcoholismo y drogas, sin que esto quiera decir que ello sucederá indefectiblemente. No todo hijo del divorcio acaba en delincuente, como quería nuestro psiquiatra vienés, pero si es cierto que está más expuesto y, aunque sólo una minoría termine así, en todas las estadísticas sobre problemas de conducta y delincuencia juvenil hay una gran proporción de padres separados.

Podríamos decir, si no fuera un contrasentido, que !a «mejor edad» del niño para que sus padres se separen es la comprendida entre los siete y los once años pues ya no sufre de «carencia afectiva». Tiene un grado suficiente de madurez, su comprensión de lo que sucede es mejor, sobre todo si los padres se lo explican adecuadamente asegurándole su amor a pesar de todo y su capacidad de adaptación es lo suficientemente elástica para integrarse en las nuevas condiciones familiares.

Una situación verdaderamente lamentable se produce cuando un juez superior revoca una sentencia anterior y los hijos, después de haberse adaptado a una situación tienen que cambiar a otra, que suele ser la opuesta. Tal es el caso en el que tuve que intervenir hace ya algunos años, en el que un juez, ante la conducta inadecuada de la madre, entregó la custodia de tres niñas y un niño comprendidos entre los dos y diez años de edad al padre, y otro juez, con unas ideas muy particulares al respecto, pasó la custodia a la madre, cuando la hija mayor era casi una mujer a sus dieciséis años, teniendo ésta que dedicarse a la defensa de sus hermanos frente a los maltratos de la madre, con la consiguiente desesperación del padre que no podía hacer nada para evitarlo.

Prevención y actitud a tomar ¿Qué hacer en todos estos casos de ruptura familiar? En medicina hace muchos años que sabemos que es mejor la prevención que la curación, es decir, que para evitar las consecuencias de las separaciones y divorcios, lo mejor es no separarse ni divorciarse. Esto dicho así parece, y lo es, una perogrullada, pues si la gente se separa es quizá porque no ha encontrado otra solución mejor, o por lo menos así lo parece, y ya hemos hablado del penoso período anterior a la separación y su influencia en los hijos, pero lo cierto es también que, en estos últimos treinta años, se ha producido algo que pudiéramos denominar la «futilización» del divorcio, ya que las parejas se separan, en una gran proporción de casos, por motivos más bien banales que podrían ser superados, si no fácilmente, sí con un poco de sacrificio y una mejor formación ética, moral y religiosa de los esposos que les proporcionarían un mayor sentido de la responsabilidad y una madurez de las que parece que carecen hoy en día mucha gente que se casan un poco alegremente.

Cuando la prevención falla se produce la separación, y si en los hijos aparecen las señales de que algo va mal en ellos hay que tratar adecuadamente sus problemas. Esto no quiere decir que haya que poner en tratamiento a todos los hijos de los separados, pues si las separaciones están hechas con un poco de sensatez explicando a los hijos lo que ha pasado, sin más traumas que la pérdida parcial (en el espacio y en el tiempo) de uno de los progenitores, pero asegurándoles la permanencia de su amor y dedicación, y, sobre todo, sin que se produzcan guerras entre los padres, primero por su posesión y luego para que odien al otro miembro de la pareja desunida, estos hijos no presentarán con tanta frecuencia síntomas patológicos. De todas maneras, casi siempre se producen mecanismos de defensa del Yo infantil, siendo el más común el desarrollo de un «caparazón afectivo» que les hace inmunes al sufrimiento y les evita las heridas y que de momento resuelve sus problemas pero que, a la larga, produce un tipo de personalidad frío, inafectivo y egoísta.

El tratamiento más idóneo de los problemas infantiles de la separación es el de la psicoterapia, bien individual o bien familiar, siendo esta última la preferida e interviniendo todos los miembros de la familia, pero sin perder nunca de vista que lo que nosotros, los paidopsiquiatras, intentamos, es tratar la patología del niño, no arreglar el matrimonio, que es misión de otros terapeutas, aunque algunas veces pueda producirse en el curso de nuestra intervención, si bien mi experiencia me dice que esto sucede raras veces.

La muerte de uno de los padres Otro caso es cuando la familia se rompe, no por una separación, sino por la pérdida de algún progenitor. Y si uno lee los antiguos tratados de psicología y psiquiatría infantiles ve que dedicaban extensos capítulos a la orfandad, bien parcial por la desaparición del padre o de la madre, bien total si faltaban ambos.

Afortunadamente, hoy en día la vida media de hombres y mujeres se ha alargado tan considerablemente que, en general, cuando los padres mueren los hijos son tan mayores que difícilmente podría tildárseles de huérfanos (sólo la carretera sigue produciéndolos con cierta asiduidad). Hay una excepción a lo dicho anteriormente y la constituyen las guerras, que todavía son capaces de llenar orfanatos en los países en que esta desgracia ocurre.

Veamos en primer lugar los efectos de la carencia de la madre: Cuando ésta se produce, y una vez pasado el shock que la muerte de la madre origina en el padre y en los hijos, la familia intenta adaptarse a la nueva situación e indefectiblemente tenderá a recuperar el equilibrio perdido, buscando para ello una sustituta de la madre, bien fuera de la familia con un nuevo matrimonio del padre, surgiendo con ello la figura de la madrastra, bien dentro de ella adoptando la hija mayor el papel de madre.

Cuando es la hija mayor la que ocupa el papel de la madre ausente, los demás hermanos la respetan y obedecen con arreglo a su nuevo «rol» y acaban por tener hacia ella una relación afectiva que es más de madre-hijos que de hermana-hermanos, mientras que con el padre se produce una situación ambivalente, pues tiene que ser una especie de esposa para llevar la casa, cuidar de las necesidades materiales de la familia, compartir con él las inquietudes económicas, conllevar la educación de los hermanos pequeños, etc., mientras que en el plano afectivo no puede haber ningún cambio y las relaciones tienen que seguir siendo las puramente filiales.

Esta situación suele durar hasta la emancipación de todos los hijos, pero no es extraño que la simbiosis creada respecto al padre se mantenga durante toda la vida de éste, con el consiguiente cercenamiento de las posibilidades vitales de la hija. Por ello el padre debe renunciar a tiempo a la comodidad que esta situación supone para él y permitir que la hija viva su propia vida.

Cuando el padre se casa de nuevo, el papel de la madre muerta es incorporado por la madrastra, lo cual suele ser motivo de conflictos en un principio, sobre todo si los hijos son ya un poco mayores, y más aún si se había llegado al equilibrio familiar descrito anteriormente cuando una de las hijas tenía ya en propiedad el papel de madre y tanto ella, como los demás hijos, toleran mal que «otra mujer» venga a suplantarla. De todas maneras, sobre todo si los hijos son pequeños, tarde o temprano se vuelve a rehacer el equilibrio familiar, aceptando cada cual el papel que le corresponde sin que se produzcan traumas mayores, en contra de la leyenda que hace de la madrastra un ser necesariamente negativo.

Cuando realmente pueden aparecer cuadros de carencia de afecto y posteriormente trastornos de la vida emocional y de la personalidad en estos niños sin madre, es cuando no aparece ninguna imagen sustitutiva de esta hermana, madrastra, abuela joven, tía soltera, etc., y se recurre a personal contratado que suele cambiar con relativa frecuencia, pues la imagen de la sirvienta abnegada que se sacrifica durante muchos años, quizá toda la vida, pasó a la historia hace ya mucho tiempo. Peor aún es si se recurre a un internado precoz.

Si es el padre el que fallece, su ausencia suele producir problemas que son más bien de tipo económico que afectivo, sobre todo antes, cuando las madres no trabajaban fuera del hogar pero, aun en el caso de que la madre sea solvente económicamente, se puede reproducir el cuadro antes descrito de la madre separada a la que confían la custodia de los hijos.

Cuando la carencia paterna se hace notar más es cuando los hijos se van haciendo mayores y más aún durante su época de adolescentes, al carecer «éstos» y aun «éstas» de una figura paterna con la que identificarse (su Yo ideal) que les dé seguridad y estabilidad y que les pueda servir de guía en el camino de la vida, amén de que en esta edad es más necesaria que nunca la autoridad que el padre representa.

Es cierto que la madre puede desempeñar el papel de padre, si tiene las cualidades necesarias para ello, pero lo que es mucho más raro, es que uno de los hermanos lo tome. La figura del padrastro está más desdibujada y éste suele ser mejor tolerado por las hijas que por los hijos, sobre todo si estos últimos han llegado ya a la edad de la adolescencia, pues verán en el nuevo padre un intruso y un rival que les disputa el cariño de la madre, produciéndose así verdaderas situaciones edípicas en el sentido freudiano.

Por último he de señalar la posibilidad, tanto en estos casos de padre muerto y nuevo matrimonio de la madre como en el de la formación de un nuevo hogar por parte de la madre separada, de que se produzcan casos de incesto o, por lo menos, de abusos sexuales por parte del nuevo padre con las hijas de los anteriores matrimonios, al debilitarse el tabú de la consanguinidad en personas de muy deficiente formación, no ya religiosa, sino de simple ética o moral, dada la convivencia forzosamente íntima que supone la vida familiar. En casos de muerte de la madre o nuevo matrimonio del padre, la posibilidad de un incesto es afortunadamente, hoy por hoy, mucho menor.