Ignacio Sánchez Cámara, “La segunda muerte de Sócrates”, Gaceta, 8.XI.06

El rechazo moral de la pena de muerte se sustenta en la idea de la dignidad de la persona Continúa leyendo Ignacio Sánchez Cámara, “La segunda muerte de Sócrates”, Gaceta, 8.XI.06

Ignacio Sánchez Cámara, “Más allá del multiculturalismo”, Gaceta, 11.X.06

No hay sociedad sin comunidad de valores. El multiculturalismo radical conduce a la disociedad El mal que nos acecha es aún peor que el que denunciaban los críticos del multiculturalismo. Así lo atestiguan sucesos recientes que afectan a nuestra relación con el Islam radical: desde las caricaturas de Mahoma a Idomeneo; de las declaraciones de Jack Straw a “moros y cristianos”.

La amenaza consistía en la imposición de la dictadura de la corrección política, especialmente a través de la degradación de los planes de estudio a manos del relativismo cultural, el feminismo y la deconstrucción, y en la anomia social y la generación de guetos. Entre la cruda asimilación que desprecia la cultura y los derechos ajenos, y un multiculturalismo rampante que imposibilita la integración, debilita los propios valores occidentales e instaura la marginación, cabe optar por la integración. No hay sociedad sin comunidad de valores, ideas y creencias. El multiculturalismo radical conduce a la disociedad. El modelo inglés, muy respetuoso con las otras culturas, no es genuinamente multiculturalista, pues se basa en la confianza en que los inmigrantes, aún manteniendo sus pautas culturales de origen, se integren en el modelo de vida inglés.

Pero esta amenaza multiculturalista es ya cosa menor. El peligro es mayor. No se trata sólo de que se nos invite a un mosaico multicultural en el que, al menos, la cultura occidental sea una más que pueda coexistir con las otras, sino que está llamada a extinguirse por obra de una tolerancia frenética y unidireccional. La coartada es el respeto debido a las convicciones religiosas ajenas; desde luego, nunca a las cristianas. Y claro que deben ser respetadas todas las convicciones religiosas, y no sólo las foráneas, pero no es posible imponer ese respeto por la vía penal sin cercenar la libertad de expresión. En eso consiste precisamente la tolerancia: en soportar lo que se considera erróneo o malvado, no en aceptarlo como bueno. La presión islamista radical no aspira sólo a que se respeten todas sus formas y manifestaciones en Occidente, aunque conculquen sus principios más fundamentales, sino en transformar las instituciones occidentales en favor del respeto a las creencias exóticas.

En este sentido, ya no basta con tolerar la discriminación de la mujer u otras prácticas ilegales, sino que se exige la renuncia a la libertad de expresión. Entonces el problema no consiste ya en tolerar, por ejemplo, el uso del velo, que va de suyo, sino en reprimir toda manifestación crítica hacia él. Así, la fiesta de moros y cristianos es amputada de su mitad sarracena en pro de la convivencia. El imperialismo y el racismo son siempre occidentales. Imperialismo es lo que hicimos nosotros; lo que hacen ellos es simple expresión de su forma de vida. Si los musulmanes invadieron España, estaban en su derecho. Si los españoles conquistan América son imperialistas. Si los españoles recuperan la Hispania perdida, son imperialistas. Si los criollos americanos se rebelan contra la metrópoli, son libertadores.

Decía Alain Touraine que la convivencia entre culturas no es posible mientras no renuncien todas ellas a la posesión de verdades absolutas. No lo creo así; basta con que renuncien a imponer a los demás por la fuerza esas verdades. En cualquier caso, hoy por hoy, bien sabemos quién exhibe sus verdades absolutas y, sobre todo, quiénes están dispuestos a imponerlas a los demás mediante la violencia. No faltan demócratas de pacotilla que piensan que cualquier cosa es democrática mientras cuente con la adhesión de la mayoría. Pues no. La democracia no consiste sólo en el respeto a la decisión de la mayoría, sino en un complejo sistema de derechos, libertades y controles al poder. Si la mayoría renuncia a esos derechos, libertades y controles, lo que resultará no será una democracia.

La voluntad de la mayoría puede eliminar la democracia. Y esta última advertencia no es sólo una premonición alusiva a eventuales mayorías antioccidentales en el seno de Occidente, sino que, por desgracia, ya se ha visto corroborada en el pasado. La amenaza no procede tanto del exterior como de la debilidad, la cobardía y la indigencia intelectual de un sector de las sociedades occidentales, acaso el más poderoso e influyente.

Ignacio Sánchez Cámara, “La ampliación de la razón”, La Razón, 25.IX.06

La lección impartida por Benedicto XVI en la Universidad de Ratisbona constituye una magistral indagación sobre las relaciones entre la fe y la razón. El Papa comienza su disertación con una breve referencia a la Universidad como comunidad que trabaja bajo la común responsabilidad por el recto uso de la razón. De ella forman parte las facultades de teología que se interrogan sobre la racionalidad de la fe y profundizan en ella. El cristianismo es, desde su mismo origen, religión del logos, de la razón. Así comienza el prólogo del Evangelio de san Juan: “En el principio era el logos (la palabra o razón) y el logos era Dios”. En este sentido, Dios es la respuesta al problema radical que se habían planteado los filósofos griegos: la cuestión del principio y del sentido. Dios es la razón, el origen y el sentido. El encuentro entre el mensaje bíblico y el pensamiento griego no fue una simple casualidad. No obstante, no cabe negar la existencia de una actitud negativa hacia la filosofía y, por tanto, hacia la razón, entre algunos de los primeros escritores cristianos, actitud que culmina en el voluntarismo teológico medieval, que hace de Dios pura voluntad inescrutable para la razón humana. Pero este voluntarismo puro e impenetrable no hace más divino a Dios, sino que, por el contrario, lo aleja del hombre. El Dios verdaderamente divino se nos ha mostrado como logos, y como tal actúa lleno de amor por nosotros. Este amor racional y divino constituye el fundamento de Europa. El Papa Benedicto XVI analiza, a continuación, el proceso de deshelenización del cristianismo, en el que distingue tres etapas. La primera se da en el contexto de la reforma del siglo XVI; la segunda, en la teología racional de los siglos XIX y XX; y la tercera se está produciendo en nuestro tiempo, a la luz de la experiencia del pluralismo cultural. “Sin embargo, las decisiones fundamentales sobre las relaciones entre la fe y el uso de la razón humana son parte de la fe misma, son desarrollos consecuentes con la naturaleza misma de la fe”. La conclusión del Pontífice no consiste en repudiar la ilustración ni rechazar las convicciones de la era moderna, sino en regocijarnos en las nuevas posibilidades abiertas por ella a la humanidad y ampliar nuestro concepto de razón y su aplicación. No se trata de una propuesta premoderna, sino post o transmoderna. En este sentido, aunque por otras razones, el texto del Papa coincide con la crítica de la racionalidad tecnológica realizada por la Escuela de Frankfurt y, desde luego, con la parte mejor de la filosofía contemporánea. El error estriba en encerrar a la razón dentro de los límites de lo empíricamente verificable y de la ciencia. El uso correcto de la razón no sólo no niega la validez de las verdades de fe sino que conduce hacia ellas, aunque no pueda por sí sola fundamentarlas ni verificarlas. Kant afirmó que tuvo que limitar la razón para hacer sitio a la fe. Cabe hoy afirmar, corrigiéndolo, que hay que ampliar la razón para llegar a la fe, para permitir que ambas caminen juntas. Es esta racionalidad de la fe la que permite el diálogo entre las religiones y las culturas. Nada opuesto a la razón y al bien puede proceder de Dios. La advertencia se dirige no sólo contra las interpretaciones de las religiones no cristianas que niegan el logos, sino principalmente contra un Occidente que olvida ese logos divino y filosófico, y reduce y amputa el ámbito de la genuina razón. La polémica suscitada por una cita ajena y descontextualizada referida al Islam, y que sólo reivindica el carácter opuesto a la razón de toda pretensión de imponer la fe mediante la violencia, sólo testimonia en contra de los fanáticos, de los iletrados que ni se molestan en leer el texto ni son capaces de entenderlo, y de la cobardía de un sector, desgraciadamente amplio, de las sociedades occidentales, que parece deplorar más la palabra serena y profunda del Papa que el asesinato de una monja en Somalia y que, despreciando lo que ignora, respeta y comprende los desmanes de los bárbaros, acaso porque ellos mismos viven desde hace tiempo instalados en la barbarie. Parece evidente que, como ha afirmado el cardenal Rouco Varela, hemos asistido a una manipulación con objetivos políticos. Por lo demás, la reacción furibunda y criminal no deja de entrañar la sutil paradoja de que, para protestar contra una presunta vinculación entre el Islam y la transmisión de la fe mediante la violencia, se recurra a una especie de perfecta e involuntaria corroboración de la tesis impugnada: asesinatos, amenazas de muerte, incendios de iglesias, “día de la ira”… Cabe extraer, al menos, dos consecuencias positivas: no todo el Islam está representado por esa facción fanática; y la Unión Europea ha prestado todo su apoyo a la Santa Sede. Lo peor es que el ruido y la furia dificulten la serena lectura de un texto luminoso y profundo que reivindica a la razón como amiga y aliada de la fe.

Ignacio Sánchez Cámara, “La vida humana como medio”, ABC, 25.V.05

La clonación humana nunca es lícita; ni siquiera la que se practica con fines terapéuticos o al servicio de la experimentación científica. ¿Y por qué no también la eugenésica? La vida embrionaria es ya un proyecto de ser humano, es decir, de persona. Y la dignidad de la persona obliga a tratarla siempre como un fin en sí y nunca como medio.

No es lícito producir vida humana con el fin de destruirla, aunque sirva a la experimentación médica o a la curación de otras personas. No faltan discusiones sutiles sobre el origen de la vida, pero, por más vueltas que se le dé, la vida comienza desde el momento de la concepción, desde la formación del embrión.

La ley no debe vulnerar la dignidad de la vida, ni condicionarla a la autonomía de los padres.Por ello, al proyecto de ley que prepara el Gobierno socialista sobre clonación terapéutica hay que oponerle graves objeciones morales y jurídicas. No basta invocar a la ciencia. La ciencia no posee licencia para matar ni tampoco para manipular y reducir la vida a puro medio. También el doctor Mengele invocaba, en vano, a la ciencia. (Nota para manipuladores: no estoy equiparando nada).

Ignacio Sánchez Cámara, “Si no es cristiana, no es Europa”, ABC, 9.XII.04

El cristianismo es una religión, un mensaje de salvación dirigido a todos los hombres. Ningún continente, región, pueblo, ideología o partido político, nadie en suma, puede apropiárselo sin injusticia. La vigencia del cristianismo, como la de toda religión, depende de la existencia de auténticos cristianos y, como consecuencia de ella, de su capacidad para impregnar las vidas personales y la vida colectiva. No hay una cultura cristiana sin cristianos, aunque pueda haber cultura cristiana sin que muchos de sus miembros lo sean. Quiero decir que existe una cultura cristiana, pero el cristianismo no es una mera cultura.

Quienes se atienen a lo más visible de la historia, a lo superficial, tienden a pensar que la clave de la difusión del cristianismo y, para quienes tienen fe, la obra de la Providencia, residió en su nacimiento en el ámbito universalista del Imperio Romano. Por mi parte, me permito apuntar otra clave, y otra interpretación de la Providencia. Europa es la síntesis entre la filosofía griega y la religión cristiana. Europa, es decir la Cristiandad, es imposible sin ambas. No soy, en absoluto, original al adherirme a esta primacía griega. Husserl, por ejemplo, afirma que Europa tiene lugar y fecha de nacimiento: Grecia y los siglos VII y VI antes de Cristo. Éste es su origen remoto. Pero, sin el ingrediente cristiano, no habría surgido propiamente Europa sino sólo la Hélade. Nuestra civilización es el resultado de la síntesis entre Atenas y Jerusalén, y su misión, dar razón de lo Absoluto. Sea esto dicho sin demérito para el Derecho romano ni para la ciencia moderna, hija al cabo del pensar griego. La esencia de Europa se encuentra en la filosofía y el cristianismo. La muerte de la filosofía o del cristianismo sería la muerte de Europa.

Lo que me gustaría sugerir es que, si esto es cierto, y pienso que lo es, el cristianismo no constituye sólo una de las raíces espirituales de Europa, sino que es también parte de su esencia. Entonces, la posibilidad misma de una Europa no cristiana sería una contradicción en los términos. «Europa cristiana» vendría a ser una expresión tan obvia como «círculo redondo». Todo lo que nuestra civilización es y ha hecho en la historia es sencillamente ininteligible sin el cristianismo. Para bien y para mal, y creo que, en justo balance, más para bien. Podemos elegir el ámbito que queramos: político, social, cultural, incluso económico. Pensemos en lo más superficial y, por ello, fundamental para los superficiales: la política. Allí donde no anidó la semilla del cristianismo germina con dificultad, próxima a la imposibilidad, la democracia. Sin la idea de Dios y la creación del hombre a su imagen, la dignidad de éste se resquebraja y se reduce a la animalidad. Sin la común paternidad divina, la fraternidad entre los hombres es pura quimera. Y, sin fraternidad no son posibles la igualdad ni la solidaridad. Incluso la Ilustración no es sino un fruto tardío y extraviado de la idea de Dios. Suprimido el cristianismo, la cultura europea quedaría reducida casi a la nada.

La incultura y la ignorancia, es decir la barbarie, entienden otra cosa: que Europa sólo llega a ser lo que es cuando logra despojarse del cristianismo. Su desconocimiento de la Edad Media carece de límites. No les importa que todo lo que defienden como laicistas conversos se tambalee en cuanto se prescinde del cristianismo. En este sentido, Nietzsche fue un genial vidente. La muerte de Dios vuelve todo del revés. No queda en pie ni la moral cristiana, ni la dignidad del hombre, ni los derechos humanos, la democracia, el socialismo, el liberalismo y el anarquismo. Sólo quedan los valores vitales propios del superhombre, su jerarquía y su autoridad. Vano es el intento de quienes suprimen a Dios y pretenden apuntalar todo el edificio con sucedáneos como la razón o la justicia. El edificio, inexorablemente, se desmorona. Por eso, quizá Nietzsche sea la única alternativa seria al cristianismo. San Pablo afirmó que si sólo en esta vida esperamos en Cristo, somos los más miserables de los hombres. O Dios o el nihilismo. No hay alternativa. Otra cosa es que, como Max Scheler magistralmente demostró en El resentimiento en la moral, la crítica nietzscheana a la genealogía de la moral cristiana resulte equivocada.

Quienes se empeñan en esta tarea imposible de sustentar sus convicciones en el aire, sin su único fundamento posible, al menos deberían reconocer la inmensa labor social de la Iglesia en beneficio de los pobres y marginados. Pero nadie puede ver lo que no quiere ver. Sólo se fijan en los errores, y apenas les importa que sea precisamente la Iglesia la institución que más se ha empeñado en reconocerlos y pedir perdón por ellos, a pesar de que no se le reconozcan los muchos bienes que ha producido. Las mezquindades, agresiones e injusticias actuales no son sino síntomas de un mal mucho más hondo. Éste es el que debe ser tratado, más que aquellas. En España, cualquier estupidez compartida con otros pueblos adquiere proporciones ciclópeas. Toda politización del cristianismo fracasa necesariamente, tanto la de unos como la de los otros. Acaso el pasaje evangélico de la adúltera perdonada muestre el camino. Unos se obstinan en la lapidación; otros, se quedan con el perdón. Aquellos suelen olvidar la distinción entre la moral y el Derecho y propugnan una especie de «juridificación» de la moral. Éstos olvidan que Cristo, después de renunciar a condenar a la adúltera, le dijo: «Vete y no peques más». No declara, pues, abolidos el mal y el pecado. Por lo demás, sin la falta es imposible el perdón. También manipulan algunos su presencia entre prostitutas, publicanos y pecadores, pues no se trata de adhesión a su forma de vida ni de complacencia en su compañía, sino, por el contrario, de cumplir su misión de salvar a los pecadores. La Iglesia cumple su tarea, si no me equivoco, cuando condena el pecado y perdona al pecador arrepentido, no si insiste sobre todo en condenar jurídicamente al pecador ni si declara abolido el pecado.

La tragicomedia que vivimos es más obra de la ignorancia que de la maldad, aunque acaso ambas caminen, como enseñó Sócrates, de la mano. Lo que resulta más difícil de entender es el empeño, deliberado o no, de suscitar un problema donde no lo había. No hay en España una cuestión religiosa. La aconfesionalidad del Estado, que no el laicismo, está reconocida y garantizada por la Constitución y nunca ha sido puesta en entredicho, ni con los gobiernos de la UCD, ni con los del PSOE, ni con los del PP. La libertad de expresión de la Iglesia no se encuentra limitada por la conformidad forzosa con las propuestas legislativas del Gobierno. Criticar a la mayoría nunca es antidemocrático. Silenciar a las minorías sí que lo es. Es sólo cierto ingenuo y fatal adanismo, que parece haber invadido a los actuales gobernantes, el que les sugiere que todo está por estrenar: la democracia, la libertad y la aconfesionalidad del Estado. Incluso se diría que aspiran a estrenar una nueva Constitución. Sólo cabe esperar que lo que el Gobierno no rectifique por convicción, al menos lo haga por propio interés. España forma parte de Europa. Y ésta, si no es cristiana, no es Europa, sino que queda reducida a la condición geográfica de continente o a mero espacio para el libre comercio.

Ignacio Sánchez Cámara, “La Navidad traicionada”, ABC, 24.XII.04

Si, como el clásico sentenció, lo pésimo es la corrupción de lo mejor, no existe mal comparable a la corrupción de la Navidad. Y no me refiero a las más burdas transgresiones de su naturaleza, sino a las que, sólo aparentemente, son más sutiles. Podríamos elaborar un catálogo, necesariamente incompleto, de lo que no es la Navidad: merecido descanso, tiempo de familia y amistad, buenos deseos, jornadas gastronómicas, lotería, iluminación callejera, instalación de belenes, esquí, campanadas de fin de año, cabalgata de Reyes, solidaridad, cine de Capra, sonrisa de los niños, regalos, consumo, voluntad de paz, horas en la carretera, árboles incandescentes, recuerdos de infancia, reencuentro con viejos amigos… Si no hubiera más que esto, Mr. Scrooge y sus laicistas herederos tendrían razón. Nada tiene que ver la Navidad con una falsa filantropía impostada y vomitiva.

Vivimos bajo la amenaza de la ignorancia y la impostura, tiempos de Logse resucitada y laicismo frenético, la era del sucedáneo, de la necedad como errado camino hacia la felicidad. Una nueva malaventuranza se anuncia: bienaventurados los necios de corazón. Gracias a Dios, el pueblo cristiano, lo que queda de él, a pesar de los idólatras del progreso hacia atrás, quizá la mayoría de los españoles, no se deja engañar. El riesgo no se encuentra en las imposturas más burdas, sino en otras más sibilinas. El peligro no está en la angula y la serpentina, sino en la falsa piedad. No hacen daño al cristianismo quienes lo niegan o combaten sino quienes lo falsifican. Y estos suelen invocar al «verdadero» cristianismo, al «genuino» espíritu solidario de la Navidad. Y, sin embargo, se les reconoce con facilidad. Se inventan un Cristo de izquierdas, tan insólito y extravagante como el de derechas, rodeado de pecadores, no para salvarlos y buscar su enmienda, sino por gusto y complacencia. Un Cristo que oscila entre Gandhi, en el mejor de los casos, y el Che, en el peor. Un Cristo del que se borra el más leve vestigio de la trascendencia. Un Jesús que ama y perdona, y en esto tienen razón, pero al que se le niega la condición divina. En suma, un profeta más de la pancarta. La deconstrucción no se detiene ante la verdad, como tampoco ante España y la Constitución. También se proyecta sobre la Navidad. Como hay cerveza sin alcohol y café sin cafeína, tampoco falta una Navidad sin Dios, laica, progresista y solidaria.

Acaso algún día, tal vez ya sea hoy, cuando la supresión de la asignatura de Religión y la sustitución del derecho a la educación por el derecho a la ignorancia hayan consumado su trabajo, haya que recordar las viejas verdades olvidadas. Por ejemplo, que en la Navidad celebramos el nacimiento en Belén de Jesús de Nazaret, Dios encarnado para salvar a los hombres, creados a su imagen y semejanza, de la muerte y el pecado. Un misterio inaccesible para la razón, pero comprensible a través de la fe en quienes tuvieron experiencia directa de él. Él mismo proclamó quién era: no el mensajero del camino, la verdad y la vida, sino el camino, la verdad y la vida mismos. Suprimidos Dios y el sentido de la trascendencia, nada queda de la Navidad. El apóstol Pablo lo dejó bien claro: Si sólo en esta vida esperamos en Cristo, somos los más miserables de los hombres. Por eso, la celebración del nacimiento de Cristo carece de sentido si dentro de unos meses no celebramos también su resurrección. Pero de esto no quieren algunos hablar, y se hacen un Cristo a su medida, por cierto exigua y mezquina, que, en el mejor de los casos, lucha contra la injusticia, pero que en ningún caso salva. No celebran sino una Navidad falsificada, deconstruida y traicionada. Y no hay nada peor que la corrupción de lo mejor.

Ignacio Sánchez Cámara, “Llamado a la misión”, Congreso Apostolado Seglar, 13.XI.04

Cristianismo y cultura moderna. Las dificultades para la difusión del mensaje cristiano.

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Ignacio Sánchez Cámara, “Sobre la democracia y algunos malentendidos”, ABC, 23.VIII.04

TODOS hablan de democracia, pero no todos al hacerlo hablan sobre lo mismo. En unos casos, las discrepancias se deben a que la entienden de distinta manera. En otros, a que algunos llaman democracia a lo que no lo es, a lo que es otra cosa, incluso a lo que se opone a ella. Por eso no faltan las tergiversaciones y suplantaciones, y, también, los malentendidos. De entrada, aclaro que hablo de democracia en el único sentido en el que creo que existe verdaderamente, en el sentido representativo y liberal. Hay otros modos de concebirla que no son, a mi juicio, «democráticos»: la democracia radical, asamblearia, directa y totalitaria. Si no me equivoco, algunos malentendidos y errores sobre la democracia surgen porque se introducen en la concepción representativa y liberal principios opuestos a ella, procedentes de esas concepciones alternativas.

No faltan entre nosotros ejemplos y síntomas de estos malentendidos. Por ejemplo, cuando el Gobierno considera que las críticas de la Iglesia católica a su proyecto de extender la institución del matrimonio a las uniones homosexuales entraña una falta de respeto al Parlamento y, por ello, a la soberanía nacional y una ilegítima intromisión en la política. Bien es verdad que este anatema socialista sólo se exhibe cuando la Iglesia se opone a sus decisiones, no cuando las apoya. Y también es cierto que no considera intromisiones las tomas de posición de otras instituciones y grupos sociales. El resultado es que la Iglesia debe callar mientras que, pongamos por caso, una Asociación de Gays del Bajo Aragón tiene todo el derecho del mundo a opinar. Aquí no estamos ya ante una mera tergiversación de la democracia, sino ante la pura hostilidad antirreligiosa. Otro ejemplo lo suministra el derecho que se concede a la mayoría parlamentaria en las comisiones de investigación de impedir comparecencias solicitadas por una minoría. Cosa que, por cierto, no sucede en otros países democráticos.

La democracia es una forma o método político que posee valor moral, pero que no garantiza la moralidad de sus resultados, pues éstos dependerán, sobre todo, del criterio y de la formación moral de la mayoría de los ciudadanos. Se concede, por lo demás, una valoración excesiva al consenso como método para determinar lo que es o no correcto en el orden moral. Si es dudoso en el ámbito de la política, es falso en el orden moral. El diálogo verdadero puede ser camino para descubrir la verdad, pero no para inventarla o crearla. El acuerdo de voluntades es una excelente fórmula para determinar el contenido de las leyes, pero no para discernir entre el bien y el mal en sentido moral. La democracia es una forma de gobierno, no un método científico ni un criterio de la moralidad. Es una condición necesaria, pero no suficiente, de la justicia, pero no tiene nada que ver con la verdad, ni en sentido filosófico, ni científico, ni moral. Expresa un acto de voluntad, una forma de tomar decisiones colectivas. Pero la mayoría no tiene necesariamente razón. Lo que tiene es la fuerza democrática. Si abusa de ella, degenera en tiranía. Y abusa cuando reclama a la minoría no sólo el cumplimiento de la ley sino también la identificación de su propia opinión mayoritaria con la justicia y la verdad.

Todo esto, por lo que se refiere al principio de las mayorías. Pero éste no agota la esencia de la democracia. La formación de la opinión mayoritaria requiere la existencia de determinadas condiciones sin las que la democracia no puede existir. Así, el respeto a la decisión mayoritaria debe ir unida al respeto a las minorías y a la libertad de crítica. La opinión mayoritaria no posee un carácter sacrosanto sino meramente cuantitativo. Incluso cabe conjeturar que, desde el punto de vista moral, siempre será más acertada la opinión de la minoría (no, sin duda, de todas ellas; sólo de la que forman los mejores). Cuando una minoría o un grupo o institución discrepan de la decisión de la mayoría no vulneran la democracia sino que, por el contrario, la ejercen. De este derecho no debe quedar excluido nadie; ni siquiera, por cierto, la Iglesia católica. Si la opinión de la mayoría fuera siempre expresión de la justicia, o bien nunca debería cambiar o bien la justicia se identificaría con el capricho de las eventuales mayorías.

Andan por ahí algunos demócratas extraviados a quienes les desasosiega la posibilidad de que una religión o una doctrina filosófica se atribuyan el conocimiento o la posesión de la verdad. Y piensan, es un decir, que tamaña pretensión destruye la democracia a manos del dogmatismo oscurantista. Pueden sosegarse. Ni las leyes lógicas ni las teorías científicas se oponen a la democracia. Tampoco las verdades reveladas de la religión o las pretensiones de las doctrinas filosóficas de alcanzar la verdad. Donde, desde luego, no se encuentra la verdad es en las Ejecutivas de los partidos ni en las votaciones parlamentarias. Entre otras razones, porque no es su misión la de determinar lo verdadero y lo falso. Cuando el Papa u otras autoridades religiosas pretenden declarar la verdad revelada de la que son depositarios, o cuando Platón, Tomás de Aquino o Husserl aspiran a establecer la verdad filosófica, ni acatan ni se oponen a la democracia. Se encuentran en otro nivel. Sólo quienes aspiran a imponer por la fuerza a la mayoría (y a la minoría) su propia opinión vulneran la democracia. Un ejemplo, por si coopera con la claridad. Supongamos que el Parlamento español legaliza el matrimonio entre personas del mismo sexo. Tan demócrata es quien está favor como quien está en contra, mientras no aspiren a imponer su criterio por la fuerza sino mediante la convicción. Tan antidemócrata es la minoría que, salvo el caso de objeción de conciencia, incumple la ley y pretende imponer por la fuerza su criterio, como la mayoría que impide la libertad de crítica y tilda al discrepante de antidemócrata. Decir lo que se piensa y proclamar lo que uno estima que es la verdad nunca es contrario a la democracia. Si lo fuera, desde este mismo momento, proclamaría que dejo de ser demócrata. Sólo faltaría que la ilustración y la democracia consistieran en liberar al hombre de la autoridad de Dios para someterlo a la tiranía de la plebe. Los laicistas frenéticos olvidan el fundamento religioso (cristiano) de la democracia y, despreciando lo que ignoran, socavan los fundamentos de los principios a los que se adhieren. No hay mejor fundamento de la igualdad y de la dignidad del hombre que su condición de hijo de Dios, ni más firme base para la solidaridad y la fraternidad que la hermandad de todos los hombres como hijos de Dios. Por lo demás, obedecer a los hombres puede ser servidumbre; obedecer a Dios es libertad. Todo cristiano sabe que hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. Por mi parte, concedo a la mayoría el derecho a gobernar, si bien no de forma absoluta e incondicionada, mas no le concedo el derecho a legislar en el ámbito de la moral, propio de la conciencia y no de la opinión pública.

Ignacio Sánchez Cámara, “Nicotina del alma”, ABC, 1.IX.04

Éste no es un artículo en favor del tabaco. En Nueva York, ya no está permitido fumar en ningún lugar público. Las copas esperan solitarias en las barras de los bares a que sus dueños regresen de inhalar humo en la calle (por cierto, doble sesión de humo). En España, ya no es lícito fumar en el Congreso de los Diputados, salvo en un lugar especial reservado a los enfermos, que disponen de tratamiento gratuito para su mal. Nada que oponer. Salvo que, quizá, en el caso neoyorquino, cabría argumentar en favor de la posibilidad de que existieran locales públicos para fumadores. Pero el más moderado liberalismo debe ceder ante el paternalismo y los costes de la Seguridad Social. Claro que, por ese camino, habría que revisar la licitud de los deportes de alto riesgo, los encierros taurinos de las fiestas populares o el tráfico automovilístico. Su coste sanitario también lo pagamos todos. Al final, la lógica intervencionista conduce al prohibicionismo. Primero se limita, con toda razón, el derecho a fumar en beneficio de los no fumadores. Luego se apela, también con razón, a la obligación de los poderes públicos de velar por la salud de los ciudadanos. Más tarde, suprema razón, se acude al coste económico. El último paso es la prohibición total.

Bien está luchar contra la adicción al tabaco. Bien está el cuidado de la salud del cuerpo. Incluso las concepciones dualistas del hombre suelen aceptar la relación íntima entre cuerpo y alma. Pero sorprende el desprecio de la salud del alma que acompaña a tan solícita atención al cuerpo. Es verdad que los males de éste son empíricos y los del alma, como etéreos y metafísicos, pero no menos reales. El cáncer de pulmón es empíricamente verificable. Los tumores anímicos sólo son perceptibles para un observador agudo. La consecuencia es que la mayoría niega su existencia. Por supuesto que atribuir a los Gobiernos el cuidado de las almas es la vía más segura hacia el totalitarismo. Pero eso no impide que la tolerancia sea compatible con la advertencia. Además, una cosa es que los Gobiernos no se conviertan en censores, y otra que contribuyan a través de los medios de comunicación pública a difundir las enfermedades del alma y de la inteligencia. La cosa dista de ser nueva. En su Ciudad de Dios, censura san Agustín la corrupción de las costumbres de Roma y escribe estas palabras que podrían ser pronunciadas ante la contemplación, cualquier día, de la televisión. Y, por supuesto, no sólo de ella. «A lo vergonzoso se da publicidad, y a lo laudable clandestinidad. El decoro es latente, y el desdoro patente. El mal que se practica reúne a todo el mundo como espectador; el bien que se predica apenas encuentra algún auditor. ¡Como si la honradez nos diera vergüenza, y el deshonor gloria!… Así ocurre que los honrados, que son una minoría, caen en la trampa, y la gran mayoría, los corrompidos, quedan sin enmienda». Verdades limpias y antiguas, y siempre nuevas.

En suma, el tabaco proscrito, y la basura intelectual y moral, alentada y fomentada. Al menos, cabría imitar el procedimiento de las cajetillas que advierten sobre sus riesgos, y aplicarlo a algunos programas y espectáculos. Así, los telediarios podrían ir precedidos de la advertencia de que su contemplación puede confundir y manipular al espectador, y, antes de los programas que todos ustedes saben y de cuyo nombre no puedo acordarme, podrían emitirse avisos sobre su alta peligrosidad para la inteligencia y la salud de los espíritus. El lema parece ser «mentes enfermas en cuerpos sanos», y el objetivo, una estúpida salud.

Ignacio Sánchez Cámara, “Cultura y mercancía”, ABC, 15.IX.04

En la polémica sobre la «excepción cultural» se mezclan principios teóricos e intereses, más o menos confesados. Acaso convenga discernir entre unos y otros. El argumento principal de los partidarios de la llamada «excepción cultural» puede resumirse así: la cultura no debe ser tratada como una mercancía y debe ser excluida de la aplicación del principio de la libre circulación de bienes. Este argumento viene apoyado por otro, complementario: los productos culturales deben ser objeto de una protección especial por parte de los Estados, ya que entrañan la expresión del alma y la identidad de los pueblos. Los dos ofrecen deficiencias y, por otra parte, es posible defender lo segundo sin adherirse necesariamente a lo primero.

Una vez más, parece que nos encontramos ante un debate nominalista: ¿es o no la cultura una mercancía? La respuesta es: depende. Omitamos, a efectos de no complicar la discusión con la introducción de la cuestión elitista, el problema de la jerarquía. No toda obra cultural lo es del mismo rango, ni expresa igualmente al espíritu. Hay obras cuyo valor no rebasa la condición de servir de entretenimiento a las masas. Obra piadosa, sin duda, pero que nada tiene que ver con el espíritu, ni universal ni local. Seamos, aunque transitoriamente, un poco injustos y hablemos de todas ellas por igual. Una obra cultural, en cuanto expresión del espíritu o del ingenio, no es, en principio, una mercancía. Aclaremos que se entiende por mercancía, según la tradición liberal y también según la marxista, todo aquello que se produce con vistas a su venta, destinado a ponerlo en el mercado. La cosa, entonces, resulta bastante clara. Un texto literario, un cuadro, una obra musical, una película, no son, de suyo, mercancías. Si su autor se limita a producirlas o a exhibirlas ante un grupo de amigos o afines, no cabe hablar de mercancía. El texto del Ulises de Joyce o la Segunda Sinfonía de Mahler u Ordet de Dreyer no son, en principio, mercancías. Son grandes creaciones del espíritu humano. Pero cuando se ponen a la venta ejemplares del libro, o se interpreta en una sala de conciertos la composición musical, o cuando se exhibe la película en salas cinematográficas comerciales, sin dejar de ser producciones del espíritu humano, se convierten en mercancías. Y ahí comienzan, al parecer, las maldiciones y los problemas. Marx habló de la existencia de un «fetichismo de la mercancía» en las sociedades capitalistas. Cabría hablar de un fetichismo de signo opuesto por parte de los herederos, sepan o no que lo son, del marxismo. En Marx, la cosa estaba bastante clara. La esencia del hombre consiste en su capacidad de transformar la naturaleza para satisfacer sus necesidades, es decir, en el trabajo. La esencia del hombre es su trabajo. Pero, en el sistema capitalista, el trabajo humano funciona como una mercancía que se compra y se vende, es decir, se cosifica. En eso consiste la alienación. La esencia humana se convierte en mercancía que se compra y se vende. Si a esto se añade la teoría de la plusvalía, que pretende que el valor que recibe el trabajador por su trabajo es inferior a su valor real, quedaría demostrado que la renta del capital es el producto de la explotación, del robo. No es extraño que quienes se adhieren al marxismo asuman una concepción negativa, peyorativa, de la mercancía. Pero no son muy coherentes con su marxismo, expreso o tácito, quienes comprenden la explotación y la reducción del trabajo humano a mercancía cuando se trata de botas o de maquinaria, pero no cuando hablamos de libros o películas. Se desliza aquí subrepticiamente un elitismo latente y no deseado que acaso olvida la dignidad inherente a todo trabajo humano. Quien produce coches produce mercancías, pero quien produce películas o canciones realiza la obra del espíritu. La mercancía es para ellos cosa mala, pero habría que recordar que para Marx lo malo consistía en reducir el trabajo a mercancía y en cosificar al hombre, arrebatándole su propia esencia. Pero abundan más los herederos, acaso no queridos, de Marx que sus atentos lectores. En suma, guste o no a los defensores de la «excepción cultural», un libro puesto a la venta, una película exhibida o una audición musical en una sala a cambio del precio de la entrada son mercancías, del más alto rango espiritual, si se quiere o, al menos, en algunos casos excepcionales, pero mercancías.

Una vez solventada la cuestión nominalista o semántica, pasemos a la económica, pues a poco más se reduce el debate. El problema no consiste entonces en determinar si la cultura es o no una mercancía, sino en decidir si las mercancías culturales merecen o no un trato discriminatorio favorable por su condición espiritual o por ser expresión de las identidades o del alma de los pueblos, o en si hay que poner trabas a la obra foránea del espíritu para defender la propia. La verdad es que todo esto tiene un tufillo reaccionario, más bien poco ilustrado. Cervantes o Velázquez honran a la cultura española, pero, si no me equivoco, no tanto por ser expresión del alma española como por albergar a la universalidad del espíritu. Casi todo, y mantengo el «casi» por pura prudencia, lo que de grande hay en la obra de la cultura es universal. Vamos, que para el espíritu es apenas relevante el lugar de nacimiento. Si el Prado habla en favor de España, lo hace por su dimensión universal. Quiero decir que, si es necesario proteger a la cultura, que no lo sé, no será por su condición de producto nacional ni por su capacidad para expresar el alma de un pueblo. El espíritu es la obra de la humanidad, no de la nacionalidad.

Admitamos, no obstante, que sea misión del Estado proteger a la industria cultural de la nación. El problema es cómo y con arreglo a qué criterios. Porque acaso acabaríamos por desarreglar aún más lo que queríamos arreglar. ¿No tenderá el Gobierno a favorecer y proteger a aquel sector del «mundo de la cultura» más afín con sus ideas e intereses, es decir, más manso y menos crítico? ¿Qué garantiza que el poder político se vaya a decantar por el valor estético y no por la rentabilidad política? ¿Qué mecanismos garantizarán que no derivará, por un camino seguro, hacia el amiguismo y el partidismo? Y si ha de proteger a todos por igual, ¿habrá recursos en los Presupuestos del Estado para financiar al artista latente que casi todo ciudadano lleva dentro de su alma? En suma, el proteccionismo tenderá inexorablemente hacia el aldeanismo, el provincianismo, el nacionalismo, cuando no hacia el sectarismo rampante. No acabo de ver cómo la decisión de la Administración pueda convertirse en criterio de calidad estética. Acaso se trate de determinar qué tipo de ayudas deba otorgar el Estado y en qué ámbitos. Por lo demás, no deja de ser paradójico el espectáculo de cierta cultura que pretende ser de masas y a la que el mercado condena al fracaso o a la condición minoritaria. Porque lo mejor suele ser minoritario, pero lo peor, a veces, también. Por eso, la condición de minoritario no puede exhibirse como criterio de calidad. En definitiva, quien tenga aversión al mercado y aborrezca las mercancías tiene un recurso muy fácil: no poner sus obras egregias en el mercado, no convertirlas en tan odiosa condición como la que ostenta toda mercancía. Pues, si el mercado se equivoca, el juicio de la posteridad es inapelable. No es fácil servir a dos señores, al espíritu y a las masas. Al final, la verdad del espíritu resplandece.

Ignacio Sánchez Cámara, “Memoria parcial (víctimas guerra civil)”, ABC, 14.IX.04

El Gobierno aprobó el pasado viernes un Real Decreto por el que se constituye una Comisión Interministerial para el estudio de las víctimas de la Guerra Civil y del franquismo, cuyo cometido consiste en la elaboración de un informe que servirá para articular un anteproyecto de ley mediante el que se «rehabilitará moral y jurídicamente a los afectados». El anuncio previo se ha consumado, de manera que en este caso no se trataba, como en tantos otros, de una propuesta con fecha de caducidad, con freno y marcha atrás. Ninguna rehabilitación moral compete a los Gobiernos; sólo la jurídica. Sorprende, en primer lugar, la mera propuesta, pues entraña, de hecho, la pretensión de que esta rehabilitación no se ha producido desde el comienzo de la transición, ni siquiera durante la larga etapa del socialismo en el Gobierno. Acaso se trate de una autoinculpación, de una rectificación tardía. Por mi parte, sólo alcanzo a percibir una eventual justificación a la medida. Sólo estaría justificada si se tratara de conceder a las víctimas de un lado la equiparación de derechos con las del otro. Pero dudo de que esta equiparación no se haya producido. Por lo tanto, parece que se trata de algo más, de rehabilitar a unos y condenar expresa o tácitamente a los otros. Si así fuera, la decisión del Gobierno sería injusta y equivocada.

Todo parece sugerir que estamos ante una nueva revisión histórica que aspira a que la razón estaba de un lado y, por lo tanto, la sinrazón del otro. El espíritu de concordia que presidió la transición y la aprobación de la actual Constitución se pondría así en entredicho. Una cosa es igualar en derechos a las víctimas, y otra rendir homenaje y rehabilitar moralmente de modo parcial, selectivo y maniqueo. Todas las víctimas merecen el mismo trato. En ambos bandos hubo crímenes, heroísmo, defensa de las convicciones y también casualidades. Muchos combatieron en el lugar que les tocó. Por lo que a mí respecta, no me siento inclinado a elevar una contabilidad de crímenes y defunciones. Cuentan que estando Ortega y Gasset en París, huido del horror del Madrid republicano, un partidario de Franco le comentó que los republicanos mataban más. A lo que el pensador, al parecer, replicó que mala cosa es cuando hay que contar los muertos. Aunque algunos o muchos hubieran cometido errores o crímenes, todos merecen acogerse a la petición de Azaña: paz, piedad y perdón. Pero la rehabilitación moral de unos huele a condenación tácita de los otros. Y eso no se compadece con la justicia. El homenaje y la rehabilitación, de ser necesarios, deberían acoger a todas las víctimas.

Acaso estemos ante una muestra de parcialidad sesgada y de radicalismo. La Guerra Civil española, como todas, entraña uno de los peores males que pueden afectar a los pueblos: la pérdida de la concordia y la lucha entre conciudadanos. La reconciliación sólo es posible si cada parte omite la razón que tiene, que muchas veces no es sino la razón perdida de los otros, para acogerse a la concordia. Mas no faltan, por desgracia, quienes aspiran a erigirse en vencedores morales tardíos. Y no cabe olvidar que si la victoria con las armas no entraña la razón del vencedor, tampoco significa que la razón corresponda al derrotado por el solo hecho de serlo. Todo lo que no sea igualación de las víctimas, de todas ellas, puede ser imputado al resentimiento, acaso explicable, pero no a la obra de la concordia. La democracia no combatió en ningún bando o, si acaso, lo hizo parcialmente en ambos.

Ignacio Sánchez Cámara, “Los términos del problema (clonación)”, ABC, 14.VIII.04

La admisión de la clonación terapéutica entraña un grave problema moral. Lo primero ha de ser atenerse a los hechos y plantear con claridad los términos del problema. El lector atento y con buen criterio extraerá la solución, que no debe confundirse con «su» solución, pues el relativismo cuela ya de tapadillo la suya errónea: todo es relativo; luego, haga cada cual lo que mejor le parezca. El análisis de todo problema moral debe partir del respeto a los hechos. ¿Qué es lo que se debate? En este caso, se trata de determinar si es lícito crear un embrión clónico para utilizarlo en investigación de terapias contra enfermedades hoy incurables, y destruirlo después. Dejemos de lado las serias dudas que existen sobre la eficacia de estas terapias y la posibilidad de la existencia de tratamientos alternativos. ¿Es o no lícito moralmente hacerlo? ¿Deben autorizarlo los Estados? ¿Es compatible con la dignidad que conferimos a la vida humana, o con la que ésta posee de suyo? El siguiente paso bien podría ser rechazar lo que no está en discusión, los falsos planteamientos y las eventuales falacias. No se trata de una cuestión religiosa que afecte al ámbito de la fe y enfrente a creyentes y no creyentes. Tampoco se puede saldar el debate apelando al oscurantismo de quienes se oponen al avance de la ciencia, entre otras razones porque quienes argumentan así sí rechazan, muchas veces sin argumentos, la clonación reproductiva. Quienes se opusieron a la eugenesia nazi no fueron oscurantistas. Ni cabe zanjar el debate esgrimiendo la insensibilidad hacia el dolor de quienes oponen reparos morales. No hay debate auténtico cuando falta la buena fe. Ni tampoco cuando ningún interlocutor está dispuesto a atender los argumentos ajenos y descarta toda posibilidad de ser convencido.

LO que verdaderamente se dirime es si es lícito fabricar un embrión clónico para curar y ser destruido. Argumentarán a favor quienes antepongan la salud y la vida del adulto frente a la dignidad de la vida embrionaria o quienes nieguen que la clonación atente contra ella. Se enfrentan aquí, como en tantos otros casos, distintas concepciones sobre la realidad, la moral y el valor de la vida humana, distintos planteamientos sobre la relevancia de la autonomía de la voluntad, la dignidad del hombre, la valoración exclusiva de las consecuencias de la acción, la justificación de los medios por el fin, la idea del deber o la afirmación de la existencia de acciones intrínsecamente buenas o malas. En suma, se enfrentan diferentes concepciones filosóficas con distintos órdenes de jerarquía de valores. Aunque no sea fácil, no debemos resignarnos a la inexistencia de un debate genuino. No valen ni la descalificación previa, ni el mero recurso al consenso, tan socorrido para políticos con convicciones anémicas. Ni tampoco la superficialidad antifilosófica.

LAS disquisiciones sobre cuándo el embrión llega a ser persona me parecen alambicadas y, a veces, desembocan en meras disputas sobre palabras. La diferencia entre una célula madre y un adulto de, por ejemplo, sesenta años es patente. Pero también lo es que el embrión clonado es idéntico a lo que un día fue la persona cuya vida se intenta salvar mediante su fabricación. En cualquier caso, no se trata de un debate que enfrente a ilustrados y oscurantistas, sino a quienes sustentan diferentes concepciones acerca del valor de la vida embrionaria, una más laxa y otra más estricta, o, si se prefiere, una que defiende el valor intrínseco de la vida y otra que lo niega.

Ignacio Sánchez Cámara, “Cristianismo y Europa”, ABC, 5.VI.04

Una visita a la maravillosa Exposición «Las Edades del Hombre», en la catedral de Ávila, y el recuerdo de un momento del reciente debate entre Mayor Oreja y Borrell, me incitan a dar otra vuelta al asunto de las raíces cristianas de Europa. El candidato socialista rechazó la conveniencia de la inclusión de una referencia al cristianismo en la Constitución europea, afirmando que ni siquiera se mencionaba en la española. Por una parte, sí se incluye una referencia a la Iglesia católica, si bien en el contexto de la defensa de la libertad religiosa y de la aconfesionalidad del Estado. Por otra, la analogía no sirve, ya que la Carta Magna española no contiene un comentario sobre las raíces culturales de España. No creo que deba encomendársele al Estado la asunción y defensa de ningún sistema de valores. Basta con que no haga imposible su existencia. Pero si se trata de exponer las raíces culturales de Europa, la cosa no ofrece dudas. O se omite toda referencia o hay que incluir, y en primer lugar, al cristianismo. No es una cuestión de opinión, sino de hecho. Puede gustar o no, complacer o irritar, pero, lo diga o no el Preámbulo de la Constitución, la realidad es como es. No consiste la misión de los textos legales en interpretar la historia o en resolver controversias teóricas, sino en organizar la convivencia. Podría extinguirse la civilización europea, podría incluso suicidarse, mas, mientras exista, sus raíces son cristianas.

Y no se trata sólo de una cuestión cultural o sociológica. En la expresión «arte cristiano», el adjetivo es sustantivo. Me explico. No se trata de que el artista elabore su obra a partir de cualquier material preexistente. Así, que tanto da que se inspire en una naturaleza muerta como en la Crucifixión. La sustancia del arte religioso no es puramente estética sino religiosa. Suprimida la fe, queda amputado lo esencial del arte religioso. Queda éste reducido a pura forma. Y el arte es fusión de materia y forma. Naturalmente que sin información acerca del cristianismo es imposible entender el arte y la cultura europeos. Pero no se trata sólo de eso. Es que no se entiende la profundidad de Bach o del gregoriano, de Fra Angelico o de Berruguete sino desde la fe. Lo cristiano no es entonces el pretexto del arte, uno más, sino su esencia y finalidad. Por eso no basta con garantizar la enseñanza de la historia de las religiones como productos culturales, sino también el ejercicio del derecho a ser educados en la fe que, al menos, cimentó nuestra civilización. Y que lo seguirá haciendo mientras no terminen de irrumpir y dominar los bárbaros. Nada de esto significa que la mención del cristianismo o la enseñanza de la Religión cristiana entrañen la confesionalidad de la Unión Europea y de sus Estados. Se trata sólo de entender nuestra propia realidad espiritual. Y ¿qué pasa con los errores de la Iglesia? Nadie, que yo sepa, pretende renunciar a la herencia jurídica romana por sus errores y aberraciones, ni a la herencia ilustrada y democrática por el terror y la guillotina. No veo que haya que alterar la actitud en el caso del cristianismo. Por lo demás, muchos son culturalmente cristianos, como el burgués hablaba en prosa, sin saberlo.

IGNORAN que la mayoría de los principios a los que se adhieren no existirían de no haberles precedido el cristianismo. La democracia y el socialismo son, en cierto sentido, ideas cristianas que han olvidado o traicionado sus orígenes. Así, no es extraño que haya tantos «progresistas» que defienden ideas y principios incompatibles con sus convicciones, y que, en el caso de que se impusieran, terminarían por destruirlas.

Ignacio Sánchez Cámara, “La excepción religiosa”, ABC, 10.VIII.04

No comparto ese empeño en pedir disculpas por los errores de los compatriotas pretéritos. Y menos cuando se seleccionan caprichosa e interesadamente. No faltan estalinistas confesos obstinados en que se arroje a la hoguera, histórica y virtual, a, por ejemplo, Cortés o Pizarro, nunca a Tarik o Almanzor, y a que todo español renuncie a sus maldades reales o presuntas y pida disculpas aun por el bien que pudieran haber hecho. Por lo demás, quienes más disculpas ajenas exigen son los menos dados a disculparse por sus errores propios que, por cierto, suelen ser bien actuales.

La autocrítica es buena cosa siempre que no lleve, ebria de celo, a arrojar al fuego tanto el grano como la paja. Europa asemeja a veces una civilización arrepentida. Y no le faltan razones, pero acaso quepa ser un poco más selectivo y equitativo en el arrepentimiento. Y aquí es donde cabe percibir los efectos del capricho y de la incuria intelectual. Pues se diría que, dejando de lado las barbaries y los crímenes, por cierto siempre con culpables personales y no colectivos e impersonales, Europa puede, según parece, exhibir sin vergüenza casi todos sus principios y valores, menos los que encarna el cristianismo. La excepción no es aquí cultural sino estrictamente religiosa. Sólo acompañada, si acaso, por el pecado del comercio y del surgimiento del capitalismo. Todo honra a Europa, menos su religión y su sistema económico. Nada cabe oponer a la filosofía griega (la medieval es otra cosa), nada al Derecho romano (siempre que no se entre demasiado en su contenido), mucho menos a la ciencia natural y la técnica, la democracia y los derechos humanos. Y lo más curioso es que este ocultamiento de su religión se exige en el nombre de la tolerancia y del respeto. Cuando en realidad, la tolerancia frenética debería conducirles a tolerar, entre otras cosas, el fundamentalismo para no herir la susceptibilidad del «otro». Tampoco les importa que si suprimimos la religión propia, la tolerancia religiosa carecerá de sentido.

Como su conocimiento de la historia no va más atrás del siglo XVII, desprecian lo que ignoran, a saber, que el fundamento de los principios políticos y morales que dicen asumir se encuentra en el cristianismo que denigran. No se han parado a pensar que la democracia posee unos fundamentos religiosos que se encuentran precisamente en él. Son dignas de verse las contorsiones mentales que tienen que hacer para fundamentar la dignidad humana y la igualdad política en algo que no sea el cristianismo.

En realidad, el debate sobre la inclusión de la referencia al cristianismo en la Constitución europea empieza a fatigar un poco. Por supuesto, que estoy a favor de la mención. Pero la realidad no depende de lo que diga una norma. La expresión «Europa cristiana» se me antoja tautológica y redundante. Algo así como «hombre mortal» o «pájaro volador». Que Europa sea o no cristiana no depende de la Constitución. Novalis escribió un ensayo, por cierto excelente, titulado «Europa, o la Cristiandad». Así, decir «Europa» es decir «la Cristiandad». Una Europa no cristiana es algo tan imposible como una teología sin Dios o un mar sin agua. Pura ficción. Y si no es necesario que las Constituciones proclamen lo obvio, tampoco es conveniente que se deslicen por los terrenos de la fantasía y del delirio. Decía Fichte que toda verdadera política consiste en declarar lo que es. Pues bien, no se trata sólo de que Europa haya sido cristiana, o de que deba o no serlo, sino, simplemente, de que lo es.

Ignacio Sánchez Cámara, “Tolerancia cero”, ABC, 31.VII.04

Cada día aumenta el uso de la expresión «tolerancia cero», sobre todo entre ministros y dirigentes de la izquierda. Debe pronunciarse con gesto avinagrado, ceño fruncido y patente indignación. A ser posible, con una mueca hosca y dura, parecida a la que exhibía Bogart en las últimas escenas de «El tesoro de Sierra Madre». Se ha usado con relación al terrorismo. Ahora es usual emplearla refiriéndose a otras formas de delincuencia. Así, se habla de «tolerancia cero» con la violencia de género (aunque bien podría aplicarse la tolerancia cero con la propia expresión en pro de la corrección lingüística), los incendios forestales o el exceso de velocidad. Es cuestión de énfasis. «Tolerancia cero» es el no va más en la oposición, un enérgico «hasta aquí hemos llegado».

Hable cada cual como le venga en gana y critique cada cual lo que estime conveniente. No soy partidario de ninguna tiranía, ni siquiera de la que impone el buen uso del idioma. Por lo demás, es la gente la dueña de la lengua. A los sabios sólo les compete la educación y la excelencia, es decir, el uso excepcional. La norma siempre es mayoritaria, acaso vulgar. Pero si el lenguaje expresa el pensamiento, la crítica de las ideas puede revestir la forma de la crítica lingüística. En nuestro lenguaje se cobijan buena parte de nuestros errores.

¿Qué quieren decir quienes hablan de «tolerancia cero»? ¿Qué extravagante concepción de la tolerancia esconde su expresión? POR un lado, se diría que sugieren que antes de que ellos profirieran, enérgicos, la expresión, la cosa era tolerada, ya sea la piromanía, la pederastia, la violencia en el seno de la pareja o el asesinato en masa. Bien es verdad que ha podido haber en la lucha contra algunos delitos imprevisión y errores, pero no tolerancia. Y es que no andan muy claras las ideas sobre lo que significa la tolerancia. Consiste en permitir y respetar las opiniones, ideas, creencias y formas de vida distintas de las nuestras. De hecho, surgió en el Occidente moderno para detener los desastrosos efectos de las luchas de religión, de manera que se permitiría que cada cual profesara la que tuviera por conveniente o propia, sin interferencias o imposiciones. Por ejemplo, cabe discutir si hay que tolerar o no la publicación de opiniones o ideas racistas, pero no cabe ni siquiera hablar de tolerancia sobre la práctica del descuartizamiento de semejantes o los asesinatos en serie. No tolerar la quema de bosques suena un poco ridículo, más que nada porque es imposible tolerarla.

OTRO ejemplo. Una Federación o colectivo de homosexuales, orientación sexual que sí debe ser tolerada a diferencia de la pedofilia (al menos, mientras alguna mayoría parlamentaria no tenga a bien legalizarla), acaba de pedir a la Fiscalía General del Estado que promueva la acción de la Justicia contra el Episcopado español por lo que entienden que es «incitación pública al odio y la discriminación», cuando sólo se trata de oposición a un presunto derecho al matrimonio entre homosexuales. Al margen de quién tenga razón, y a mi juicio la tienen los obispos, puede plantearse el problema de cuál de los dos, obispos o colectivo gay, es más tolerante. A mi juicio, la cosa no ofrece dudas. Mientras los obispos expresan su opinión y no atentan contra el derecho de los demás a discrepar, el «colectivo» pretende que se les castigue por emitirla. La tolerancia consiste en permitir la discrepancia, no en castigar al discrepante. Quizá haya que tener «tolerancia cero» con la intolerancia.

Ignacio Sánchez Cámara, “El valor de la vida”, ABC, 2.VI.04

Entre el capítulo de las promesas socialistas con destino a ser cumplidas parece que se encuentran la reforma de la legislación sobre la penalización del aborto, la supresión de los límites para la reproducción asistida y la autorización de la experimentación con embriones con fines terapéuticos. Resulta barato y puede complacer a los sectores más «progresistas», que se verían así compensados por otras promesas incumplidas. Existe un sector, acaso mayoritario, en el PSOE que parece empeñado en suscitar una «cuestión religiosa» que la Constitución y el sentir de la mayoría de los ciudadanos ya han resuelto. La libertad religiosa y el derecho de los padres a elegir la educación que han de recibir sus hijos, en igualdad de condiciones, alejan toda posibilidad de un anacrónico conflicto religioso en España.

Pero el aborto no es una cuestión religiosa, sino moral y jurídica. No enfrenta a los católicos y a quienes no lo son, sino a posiciones divergentes en cuanto a la naturaleza y los límites de la protección de la vida humana. Por lo tanto, en torno a su valor y dignidad. No es un asunto de sacristías y catequesis, sino que afecta al cimiento moral de la sociedad. La actual legislación, como es sabido, califica el aborto como delito y excluye la aplicación de la pena en tres casos. Su aplicación permisiva, bordeando en muchos casos, si no traspasando, el fraude de ley, podría hacer más aconsejable su limitación, o al menos, la lucha contra el fraude, que su ampliación. El proyecto del PSOE prevé la aprobación de una ley de plazos. Durante los tres primeros meses de la gestación, la madre, por así decirlo, podría decidir la interrupción del embarazo, es decir, la muerte del embrión. De ser un delito con tres excepciones pasaría a ser un derecho de la madre (y sólo de ella) durante los tres primeros meses de gestación. No sé si es muy coherente excluir de la decisión al padre y luego atribuirle el cuidado compartido de los hijos y de su educación. Esta modificación entrañaría una transformación radical de la actual legislación, que, por lo demás, encajaría muy difícilmente en la regulación constitucional.

Me limitaré, en las líneas que siguen, a una discusión y valoración de los aspectos jurídicos. La valoración moral, por razones que ahora no expondré, me parece clara y gravemente negativa. El problema jurídico reside en determinar si se trata de un asunto de conciencia que debe ser decidido por cada cual sin intervención de los poderes públicos (en sana doctrina liberal) o si (también en sana doctrina liberal) se trata de un asunto que afecta al orden público y a los fundamentos de la convivencia. De lo que en ningún caso se trata es de un conflicto entre el laicismo y el integrismo religioso. La proscripción del aborto no es asunto de fe. Otra cosa es que la doctrina moral de la Iglesia católica haya sido, y siga siendo, contundente. Pero no se trata de un dogma de fe o de un asunto de régimen interno para los católicos. Nadie argumenta así en lo que se refiere a la penalización del homicidio o del robo. Existen normas que obligan a los católicos, y sólo a ellos, en cuanto tales. Por ejemplo, la obligación de asistir a la Misa dominical. Imponerla a toda la sociedad sería lesivo para la libertad religiosa (y para el sentido común). Pero nadie rechaza o discute la conveniencia de castigar el homicidio porque lo repudie la Iglesia católica. La cuestión no es, por tanto, religiosa. Se trata de determinar si la proscripción del aborto se asemeja a la del homicidio o a la del precepto dominical. Y no se resuelve la cuestión apelando al laicismo. Si nadie argumenta que quien quiera matar que mate, y quien no que no lo haga, no es evidente que quepa argumentar así en el caso del aborto. Tampoco cabe limitar el derecho de la Iglesia a pronunciarse sobre la legitimidad de un Gobierno que apruebe esas medidas, ya que esa capacidad no se discute a otras instancias sociales cuando se han pronunciado sobre la política exterior o si reprobaran, con razón, eventuales permisiones de la tortura o de la pena de muerte o la adopción de medidas racistas por parte de una mayoría parlamentaria. Por lo demás, la argumentación no se sustenta sobre afirmaciones dogmáticas o de uso interno para creyentes, sino que apela a la concepción compartida de los derechos humanos y, en especial, del fundamental derecho a la vida. No es, pues, asunto de fe.

La consideración del aborto como un derecho (de la mujer) o la legalización de la producción de embriones destinados a la destrucción, aunque sea con fines sanitarios, contradicen el estatuto del derecho a la vida y la protección jurídica del embrión reconocida por el Tribunal Constitucional. Entrañan una violación del derecho a la vida y una subversión radical de nuestro sistema jurídico. Aunque las leyes tienen que fijar límites más o menos arbitrarios, por ejemplo, la determinación de la mayoría de edad, resulta arbitrario e injusto que la eliminación del embrión sea un derecho hasta los tres meses de vida para convertirse en un delito un día después. La creciente aceptación social del aborto es uno de los más graves síntomas de la perturbación moral de nuestro tiempo. Podría argumentarse que se trata de una cuestión moral, reservada al ámbito de la conciencia, en el que los poderes públicos no deberían intervenir. Algo semejante a lo que sucede, por ejemplo, con la prostitución o la pornografía. Mas no es así. Se trata de la protección de la vida humana, que es uno de los fines fundamentales del Derecho. Tampoco cabe invocar la libertad en casos como la ablación de clítoris o las prácticas eugenésicas. Lo que hay que determinar es si el aborto entraña la eliminación de una vida humana. Y, sobre eso, por más disquisiciones que se quieran hacer, no caben dudas. Por lo demás, ni siquiera cuenta con el grado necesario de consenso social para adoptar esa medida. Y bastante se nos ha bombardeado con el consenso y el diálogo, para regatearlo en cuestión tan grave. No se trata, pues, de imponer a todos las convicciones de algunos. Se trata de cuál es la convicción mayoritaria y, sobre todo, y por encima de las eventuales mayorías, cuál es la solución más justa. Por otra parte, existen los tres supuestos ya reconocidos, y la aplicación de las eximentes, como el estado de necesidad, y de las atenuantes, para eliminar o paliar los eventuales efectos nocivos o duros de la aplicación de las penas en muchos casos. Pero esto no puede eximir al Estado de su obligación de proteger el derecho a la vida.

Se encuentran en conflicto quizá dos concepciones antagónicas acerca del valor de la vida y de su dignidad. Para unos es un valor fundamental que debe ser protegido sin excepciones (en algunos casos, no en todos, porque se trata de un don de Dios). Para otros, parece tratarse de algo así como de una mera propiedad inmanente a ciertos seres, sin un valor especial, y sobre el que deben prevalecer la libertad y el bienestar de los adultos o la salud de otras personas. Por mi parte, me adhiero a la primera posición. Dudo que la segunda sea la mayoritaria, pero, aunque lo fuera, no se soluciona el problema adoptando una solución que vulnera el sentimiento jurídico y moral de muchos, máxime cuando caben posiciones intermedias, como la actualmente vigente. Por lo demás, tan dogmática sería, en su caso, una posición como la contraria. La aprobación de las reformas previstas por el Gobierno entrañaría una grave injusticia y, muy probablemente, la vulneración de nuestra regulación constitucional sobre el derecho a la vida.

Ignacio Sánchez Cámara, “La clonación es inmoral”, ABC, 15.II.04

Dudo que vayamos a asistir a un verdadero debate sobre la clonación terapéutica. Un debate moral sólo es posible a partir de la existencia de ciertas premisas mínimas compartidas por los interlocutores. Por ejemplo, la dignidad de la vida humana. No entienden igual el derecho a la vida quienes la conciben como un don de Dios o como algo que posee un valor en sí mismo, que quienes la consideran mera propiedad interna de ciertos seres. Tampoco extraen las mismas consecuencias quienes piensan que el hombre posee deberes para consigo mismo, o que existen deberes más allá de las consecuencias de su cumplimiento, o que hay acciones intrínsecamente buenas o malas, que quienes defienden que es lícito todo lo que no daña directamente a nadie o incrementa el bienestar de alguien o de la mayoría. Los primeros concluirán que la clonación, incluida la terapéutica, es inmoral; los segundos, que es lícita. Me encuentro en el primer grupo, aunque dudo que tenga sentido esgrimir más argumentos que lo ya dicho. La clonación es inmoral porque constituye una instrumentalización de la vida humana que vulnera su dignidad. Quien niegue tal dignidad, está eximido de aceptar el argumento y su conclusión.

Los adoradores del progreso plantean el problema como un nuevo episodio del conflicto entre «su» progreso y las creencias religiosas. No es cierto. En cualquier caso, tan dogmático puede ser quien defiende la licitud como quien se opone a ella. Zapatero ha dicho que no tolerará que «nadie imponga sus creencias para provocar retraso en nuestro país». ¿Nadie? ¿O tal vez las suyas, su particular idea del progreso y del retraso, sí se puedan imponer? No siempre la permisión conduce al bien. Pensemos en los campos de exterminio. Tampoco se trata de una limitación reaccionaria de la libertad de la ciencia. No existen límites éticos a la ciencia. El derecho y el deber de saber carecen de límites. Lo que tiene límites es la aplicación técnica de esos conocimientos. El saber no tiene límites; el actuar, sí. Por lo demás, tampoco se trata de una cuestión que deban decidir los científicos. Ellos proporcionan los hechos, los términos del problema moral; no su solución. Los progresistas hacia cualquier parte rechazan la clonación reproductiva y admiten, en su inmensa piedad hacia quienes sufren, la terapéutica. Mas ¿en virtud de qué principios se oponen a aquélla?, ¿en virtud de qué valores? No lo dicen. ¿Acaso la dignidad de la vida humana? Pero, ¿qué es eso de la dignidad? ¿Es algo más que una antigualla clerical? Quizá ignoren que lo peor de Auschwitz acaso no fuera el dolor, sino la maldad. Pero es algo tan pequeño el embrión que absurdo sería no sacrificarlo para la salud de los grandes, de los únicos vivos. Olvida el progresista que él también fue un día un pequeño embrión, cuyo aliento vital fue respetado, y que, gracias a eso, ahora puede ser no sólo progresista sino ser sin más.

Lo realizado en Corea está tipificado como delito y castigado con prisión en muchos países. Nada dijeron los progresistas. Cuando algo parecía imposible no importaba que fuera delito. Ahora que parece posible, debe ser despenalizado. Extraña lógica penal. Por lo demás, parece que existen alternativas terapéuticas a la clonación. Una aclaración final para los demócratas frenéticos. Si la mayoría de los ciudadanos, por ejemplo, españoles, decidieran que la clonación es lícita, se convertiría en parte del Derecho español, pero no dejaría por ello de ser, según mi criterio, una inmoralidad, un grave atentado contra la dignidad de la vida humana. Las urnas no son el árbol de la ciencia del bien y del mal.

Ignacio Sánchez Cámara, “El mal”, ABC, 13.III.04

La presencia del mal en estado puro, sin mezcla ni atenuantes, aterra. No podemos comprenderlo y, renegando del mundo, podemos llegar a interpelar a Dios y a su aparente silencio. Y, sin embargo, no es un misterio. El mal nace de los avatares del albedrío humano, de su uso perverso. Pues si no hubiera posibilidad de obrar mal, tampoco la habría de obrar bien. El bien y el mal se necesitan como el anverso y el reverso de la moral. Si no fueran posibles los terroristas, tampoco lo sería Teresa de Calcuta. Un autómata no puede ser malo, pero tampoco bueno. Aún así, nos espanta y sobrecoge la humanidad ausente en los terroristas. Los terroristas son los hombres sin atributos. Aristóteles escribió que «para descubrir qué es natural, hemos de estudiar los seres que se mantienen fieles a su naturaleza y no aquellos que han sido corrompidos». Entre estos últimos se encuentran, sin duda, los terroristas. Pueden ser ellos redimidos de su mal, pero éste pervivirá toda la eternidad. El perdón es infinito, pero no puede impedir que lo que sucedió deje de haber sucedido. Toda ignominia como toda bondad son eternas. Acaso el infierno consista en la imperecedera conciencia del mal que hemos cometido.

Ante el horror que los perversos sembraron en Madrid es fácil sucumbir al desánimo y pensar que tanto sufrimiento es absurdo e inútil. Es una idea comprensible, casi natural, pero equivocada. Como afirmó paradójicamente C. S. Lewis, no vivimos en el mejor de los mundos posibles, pero acaso vivamos en el único posible. Aquellos que no alcancen a creer que el dolor sea un elemento necesario para la redención humana, al menos quizá puedan aceptar que sirve de ocasión para la exhibición de la grandeza del hombre.

DEBEMOS poder seguir viviendo después de Atocha. Sobre la atroz carnicería, se eleva la nobleza de los corazones de miles y miles de personas, acaso habitualmente egoístas y mezquinas, que, ante situaciones límite, son capaces de acciones de una generosidad sublime. Ni la esperanza es absurda, ni el dolor inútil. Los terroristas pueden matar los cuerpos, pero no el heroísmo y la nobleza de las almas.

Quede para mejor ocasión la evaluación política de las reacciones y la determinación de culpabilidades y complicidades. Quede para otra ocasión la crítica a una buena parte de los dirigentes políticos, y de los medios de comunicación y sus profesionales, que no están a la altura de los ciudadanos, como no lo estuvieron en otras horas dolorosas de la historia de España.(…)

Ignacio Sánchez Cámara, “Lo que el velo esconde”, ABC, 18.XII.03

El informe del Comité de expertos, creado por el presidente Chirac y presidido por Bernard Stasi, recomienda, junto a otras medidas que entrañarían un cambio en la naturaleza del laicismo francés, la prohibición del uso del velo islámico en la escuela pública. Pero para justificar la medida y, acaso también para cobijarla bajo el confortable manto de la corrección política, los autores del documento han extendido sus reflexiones hasta generalizarlas a todas las religiones, incluidas las que no plantean problemas relevantes de congruencia con los valores liberales de la Constitución. La igualdad es el signo de los tiempos. Ya lo advirtió Tocqueville hace casi dos siglos: nada podrá realizarse sin su concurso. Para resolver el problema del velo, que sólo plantean unos, se trata de descender a una casuística reglamentista, razonable en muchos casos, pero muy ordenancista y poco liberal, aplicable a todos. El Comité prohíbe, junto al velo, todos los signos religiosos ostentativos, como los kippas judíos y las «grandes cruces», propone el reconocimiento oficial como fiestas escolares de las dos grandes festividades de los calendarios religiosos musulmán y hebreo, el Aid-el-Kebir y el Yon Kipur, recomienda la aceptación de los signos religiosos discretos y la equiparación de las religiones, así como la reintroducción de la enseñanza de la asignatura de Religión como «hecho religioso» ampliada con carácter «transversal» a las distintas confesiones. También propugna la introducción de la enseñanza oficial del árabe y el hebreo, la conveniencia de nombrar en el Ejército un «capellán musulmán general», la autorización de las tumbas musulmanas orientadas a La Meca y la tolerancia de las prácticas propias en las escuelas privadas. Y todo esto, para resolver la querella del velo.

El informe defiende la tradición laica en las escuelas, universidades, hospitales y prisiones y, con toda razón, rehúsa la exclusión de lo religioso del ámbito público, ya que la laicidad debe entenderse precisamente como libertad religiosa, no como reducción de la religión al ámbito privado y menos como exclusión o persecución de ella. También denuncia la intolerancia y el afán de provocación que se realizan en nombre del fundamentalismo islámico.

La cuestión que da origen al informe, la permisión del velo en la escuela, es difícil. Existen argumentos razonables para proscribir su uso en la escuela. El más sólido es que se trata de una exhibición pública del sometimiento de la mujer, de su inferioridad social y legal, y de su condición de ser impuro y pecaminoso. También puede argumentarse en contra de la prohibición la libertad religiosa, la no injerencia del Estado y el hecho de que se trata sólo de un símbolo. En cualquier caso, lo relevante no sería el velo sino lo que éste proclama o, si se prefiere, esconde. Son las violaciones de la Constitución, de la ley y de los derechos de la persona lo que debe ser prohibido. En suma, no es coherente prohibir el velo y tolerar las conductas hostiles a los valores de la sociedad abierta y liberal. Y en esto es en lo que no entra la Comisión, quizá para no herir la sensibilidad islamista. Así, recomienda la prohibición del uso del velo, no por su condición de símbolo de la humillación femenina, sino por tratarse de un signo religioso ostentativo. Y, para ello, se prohíben todos ellos y se penetra en el laberinto de la casuística. ¿Qué tamaño ha de tener una cruz para convertirse de símbolo discreto en ostentativo? Por este camino, algún laicista recalcitrante puede terminar por defender la demolición de Notre Dâme de París, de la Mezquita de Córdoba o de la toledana sinagoga del Tránsito por su condición de edificios religiosos ostentativos y ostentosos. Por lo demás, los niños católicos no acuden a la escuela vestidos de nazarenos ni portando una inmensa cruz a cuestas. Una carpeta con la efigie del Ché o la reproducción del Guernica serían admisibles pero si exhiben la imagen de la Inmaculada o el Cristo de Velázquez podrían convertirse en inaceptables signos ostentosos de religiosidad. O tal vez no lo fueran en una carpeta pero sí en una camiseta.

Lo que resulta censurable en el velo no es la ostentación de la religión sino la exhibición de la marginación de la mujer. Por eso no es comparable al hábito usado por los religiosos. Lo que se intenta esconder es que el problema se encuentra en el Islam, pues los fundamentalismos cristiano y judío son muy minoritarios, casi inexistente el cristiano, mientras que el islamista es quizá mayoritario. La interpretación fundamentalista del Corán es mucho más verosímil que la de la Biblia. La del Nuevo Testamento es imposible. El problema reside en la guerra declarada a los infieles por Mahoma y sus seguidores radicales. Y parece percibirse en la solución, algo salomónica y miope del Comité, un intento por igualar a todos y que paguen justos por pecadores. Insisto, lo censurable no está en el carácter religioso de los símbolos, por ostentativos que sean, sino en la violación de los valores constitucionales. No se debe limitar la expresión de la religión sino el fanatismo anticonstitucional. Naturalmente, invocar para este fin la posibilidad de reformar la Constitución con el fin de adecuarla a la desigualdad de la mujer sería, por supuesto, inaceptable. En este sentido, la equiparación entre las religiones es injusta.

Francia es todavía, si no me equivoco, un país de mayoría católica. Desde luego, posee hondas raíces cristianas y también una decidida vocación laicista. Pero las dos cosas son compatibles si el laicismo se entiende, como deber ser, no como una actitud de hostilidad contra la religión, sino de respeto a la libertad religiosa y a la aconfesionalidad del Estado. Una cosa es la separación entre la Iglesia y el Estado y otra su incompatibilidad y hostilidad mutuas. Por lo demás, el principio de la aconfesionalidad no entraña necesariamente la pura neutralidad estatal. Pues no se debe tratar de manera igual lo que no es igual. No se puede equiparar el catolicismo con el fundamentalismo islámico, ni por sus valores ni por el grado de adhesión que respectivamente les prestan las sociedades europeas ni por sus contribuciones a la génesis de la civilización occidental. Los valores cristianos han sido decisivos para la creación de los principios republicanos franceses. El cristianismo es uno de los pilares de la civilización liberal. Allí donde no ha prevalecido la cultura cristiana prenden con dificultad la democracia y el liberalismo.

En España tenemos el problema no ya a la vista sino ante nosotros, aunque aún sea con una magnitud moderada. Conviene que aprendamos de los aciertos y errores ajenos. El informe del Comité francés contiene, pese a sus intentos de equilibrio y mesura o, acaso, precisamente por ellos, unos y otros. Cuando llegue la hora, si es que no ha llegado ya, sigamos los aciertos y evitemos los errores, y combinemos la tolerancia con la firmeza de nuestras convicciones, en la medida en que existan y no queramos que se desvanezcan. Y no debemos ignorar que la tolerancia ha de ser recíproca y que posee límites. Lo importante no es tanto el velo como lo que representa, exhibe o también esconde y encubre: el fundamentalismo y la marginación de la mujer. No es la religiosidad ni sus símbolos lo que debe desaparecer de la escuela -no lo pretende el Comité de expertos-, sino el fanatismo, el fundamentalismo y la superstición.

Ignacio Sánchez Cámara, “El Papa y sus críticos”, ABC, 18.X.03

Son muchos los católicos, acaso la inmensa mayoría de ellos, que valoran el Pontificado, felizmente inconcluso, de Juan Pablo II como uno de los más fecundos y ejemplares de la historia de la Iglesia. Creo que con ello reconocen, sobre todo, su actitud personal, ejemplaridad y coherencia. En segundo lugar, la fidelidad a la misión espiritual encomendada. Y, en tercer lugar, las consecuencias de su magisterio, especialmente su contribución a la defensa de la dignidad de la persona y de la vida humana, a la defensa de los marginados, a la causa de la paz y al hundimiento del totalitarismo comunista. Quien sigue verdaderamente la enseñanza de Cristo no puede dejar de sufrir la cruz, moral o físicamente. El valor de una persona no se mide por el grado de consenso que logra concitar. Menos, el valor de un cristiano. Si Juan Pablo II no tuviera críticos y detractores no sería un cristiano ni un gran Papa. Unos quieren lapidar a la adúltera, otros piensan que no ha hecho ningún mal. Sólo Cristo perdona pero también le pide que no peque más. Un cristiano no puede ser apreciado ni por los lapidadores ni por quienes trazan la frontera entre el bien y el mal según su conveniencia o capricho.

En general, detrás de las objeciones que se exhiben contra su pontificado no pueden dejar de apreciarse, junto a algún eventual error, una mayoría de magníficas virtudes. Su fidelidad a la tradición es tildada de intransigencia. Si niega la ordenación sacerdotal de las mujeres, también lo hicieron todos sus predecesores, incluido el sublime Juan XXIII. Su fidelidad a la doctrina moral católica, que constituye una de sus primeras obligaciones, es valorada como rigorista por quienes prefieren una moral no rigurosa, laxa, permisiva, acaso equidistante entre el bien y el mal.

Otros le reprochan que no asuma la forma de gobierno de la democracia representativa, incluida la división de poderes. Como si la Trinidad fuera un invento de Locke y Montesquieu para fragmentar el poder absoluto de Dios. Se ve que Dios tiene que gobernar según los criterios del César. ¿Acaso se sometía Jesús a las decisiones mayoritarias de los apóstoles y discípulos? Los de más allá le reprochan que impida el diálogo interreligioso al criticar las deficiencias de otras religiones. Como si la manera de favorecer el diálogo fuera negar la validez de las propias convicciones, cosa que, por cierto, tampoco hacen las demás confesiones. Y no sin razón, pues no hay religión que no aspire a ser depositaria de un mensaje verdadero. Por lo demás, cuando apenas existe institución que haya reconocido pública y oficialmente los errores cometidos en el pasado como la Iglesia católica, al parecer no basta. Es necesario hacer más. Tal vez, la autodisolución. Incluso apelan a un regreso inquisitorial quienes aspirarían a ver sus caprichos teológicos convertidos en verdades de fe. Al menos, la Iglesia tendrá el derecho de determinar quiénes enseñan en su nombre y quiénes no. Con eso no se vulnera la libertad de ningún teólogo, sino que se niega su derecho absoluto a enseñar cualquier cosa en nombre de la Iglesia. Incluso hay quien le hace responsable de la miseria en el mundo y de la explosión demográfica. Entre las muchas canonizaciones, algunas acaso han podido ser discutibles o apresuradas, mas la mayoría son inapelables, la última, Teresa de Calcuta.

En fin, la mayoría de las críticas y descalificaciones no dejan de ser la otra cara necesaria del elogio y la admiración. Que no vino Cristo para corroborar y adherirse a los desatinos del mundo, sino para oponerse a ellos. Ni la doctrina del Evangelio es la consecuencia del consenso moral ni la misión de la Iglesia consiste en halagar a la opinión dominante.

Ignacio Sánchez Cámara, “El deber es el mensaje”, ABC, 12.IX.03

El desvanecimiento de Juan Pablo II en el primer acto de su visita a Eslovaquia confirma el grave deterioro de su salud y ha reabierto el debate sobre la conveniencia de una retirada ante las dificultades de llevar a cabo su misión. El Papa se disponía a reiterar, entre otras cuestiones, la afirmación de las raíces cristianas de la civilización europea. No se trata de un dogma de fe sino de una cuestión de hecho, de una realidad histórica. Pero por encima de este recordatorio y de otros, su tarea no es posible sin el apoyo de la ejemplaridad. En cuestiones vitales, el ejemplo prueba más que las más prolijas argumentaciones.

Un funcionario debe ser relevado de sus funciones cuando su edad o su salud lo aconsejan. A todos los trabajadores les llega la edad de la jubilación. Pero existen misiones que sólo la muerte o la incapacidad absoluta pueden cancelar. El Papado es una de ellas. Por eso nació y se conserva con carácter vitalicio. El Papa no es un funcionario más. Entre sus funciones, la primera de ellas es la fidelidad a su misión de conservar y propagar el patrimonio de la fe cristiana. Y para ello no existe otro camino que el de la ejemplaridad. Sin obras, la fe es cosa muerta. El desvanecimiento del Papa, la exhibición pública de su vitalidad quebrantada, puede ser la mejor manera de ser fiel a su misión evangélica. No es infrecuente que las más profundas verdades las proclamen los niños y los ancianos. El cumplimiento del deber hasta el final es el mejor mensaje.

Ignacio Sánchez Cámara, “Pobreza y liberalización”, ABC, 6.IV.02

La miseria y el hambre en el mundo es una tragedia que tiene solución y que testimonia contra la decencia humana. Pero esa solución depende, al menos, de dos factores: uno de naturaleza moral, relacionado con la solidaridad y la ayuda de los países ricos a los pobres; otro, de naturaleza intelectual, relativo a la idoneidad de las políticas para contribuir al desarrollo. El estado actual de ambos es deficiente. Ni el limitado altruismo de los ricos ni las terapias intervencionistas y antiliberales dominantes contribuyen a la solución del mal.

En la década anterior, las instituciones financieras internacionales recomendaron a los países en desarrollo medidas para fomentar el crecimiento que insistían en la liberalización y la privatización y en la austeridad presupuestaria. Su terapia fue criticada por no tener en cuenta la necesidad de reducir la desigualdad entre los países ni atender a los efectos negativos de esas políticas para algunos sectores de la población. Por estas razones, la Declaración del Milenio, firmada en 2000 por 150 estados, se comprometía a reducir la pobreza a la mitad en 2015. Desde este punto de vista, los resultados de la Cumbre de Monterrey pueden resultar decepcionantes, aunque sea más difícil alcanzar un acuerdo sobre sus causas. Se enfrentan, al menos, dos posiciones inconciliables, la de quienes cargan todo el problema en la cuenta del egoísmo de los ricos y quienes no ven razonable conceder ayudas sin condiciones a países gobernados por tiranías corruptas o que practican políticas económicas perversas o que constituyen una amenaza para la seguridad de aquellos a quienes solicitan la ayuda. No tener en cuenta este segundo aspecto del problema es injusto y demagógico. Tan cierto como que la ayuda debe aumentar lo es que no debe darse sin el cumplimiento de estrictas condiciones. Otra cosa es alimentar al enemigo y destinar fondos al beneficio de las oligarquías que nunca llegan a los necesitados.

Y en este ámbito es donde aparece la sinrazón de la ideología que culpa precisamente al remedio, las terapias liberalizadoras, de los males que causan las tiranías, la corrupción y las medidas colectivistas. Curiosa prueba de lucidez intelectual es esta consistente en denigrar lo que es condición inexcusable para salir del subdesarrollo. Es verdad que la llamada globalización ha aumentado las desigualdades, pero también lo es que ha favorecido a algunos países subdesarrollados y ha perjudicado a otros. Y tal vez convendría indagar las razones por las que unos países han crecido, reduciendo sus distancias con los países más desarrollados, mientras otros han sucumbido al caos y a la miseria, aumentando las distancias. Y al hacerlo tal vez comprobaríamos que la pobreza no tiene su única causa, ni, probablemente, la principal, en el egoísmo de los países ricos, sino también en los errores de la ideología económica y social dominante. Mientras abunden quienes piensan que la causa de la miseria debe imputarse al capitalismo internacional y al liberalismo, no se contribuirá a solucionar los dos aspectos del problema, pues muchos países subdesarrollados seguirán inmersos en la corrupción y en la tiranía, y otros desarrollados se negarán a financiar regímenes corruptos y políticas erradas. Del mismo modo que la mejor terapia para el crecimiento y la justicia social es la combinación de liberalización y políticas sociales para favorecer a los más necesitados, el mejor modo de luchar contra la miseria en el mundo es el aumento de la ayuda de los ricos combinada con la imposición de políticas liberalizadoras en los países pobres. La demagogia puede nacer de las buenas intenciones, pero nunca los errores pueden contribuir a mejorar un mundo tan necesitado de mejora.

Ignacio Sánchez Cámara, “Prohibido prohibir”, ABC, 9.III.02

Vientos del sesentaiocho se han desatado contra las medidas prohibicionistas contra el alcohol aprobadas por la Comunidad de Madrid. Es natural, ya que vivimos duros tiempos neofascistas, la permisividad quedó atrás y en las Cortes de España resuena el nombre de Goebbels para referirse a la política informativa del Gobierno. Por estas tierras todo lo que no es izquierda es fascismo. Pero lo que no podía esperar es que el viejo lema resucitado me transportara de repente a los dorados tiempos de mi adolescencia, hasta el punto de que, turbado por el anacronismo, casi creía que tenía que volver al colegio. Lo mejor del progresismo es la nostalgia de los viejos tiempos. En el fondo, no hay mejor reaccionario que un perfecto progresista. Como aquí nadie hace lo que le viene en gana y existe una despiadada autoridad opresora y un Estado policial, no ha quedado más remedio que volver a los clásicos: «Prohibido prohibir». La verdad es que de los lemas de mayo del 68 no fue este precisamente el más afortunado. A algunos la fácil frasecita, simplona variante de una vieja paradoja lógica, les parecía la cima del ingenio y de la sutileza, pero, desde luego, su autor no era Groucho Marx. ¿Cumple o no la norma quien la emite? Para ese viaje a las riberas del Sena me quedo con este otro lema, carpetovetónico y castizo que pudo leerse en una tapia hispana: «Los impuestos, que los pague el Estado». Esto sí que es rebeldía y paradoja.

Pero lo peor no es lo exiguo del ingenio que revela sino su falsedad, pues no se lo creen ni sus defensores, y su falta absoluta de oportunidad. Los ardorosos abolicionistas de las prohibiciones tal vez podrían aclararnos si incluyen en su generosa permisividad a la prohibición del racismo, o de los malos tratos domésticos, del terrorismo, de la exhibición de símbolos nazis, o de la explotación. Prohibido prohibir. ¿Seguro? Tal vez repliquen que se trata de hacer lo que a cada cual le venga en gana siempre que no se dañe a nadie. Mas entonces el lema pierde su carácter agresivo y revolucionario, y, como poco, se remonta a John Stuart Mill. Estos ácratas reaccionarios se niegan a comprender que detrás de la mayoría de las prohibiciones se esconde la defensa de algún derecho o libertad ajenos o de un bien jurídico que merece protección. Donde sólo ven limitación de su libertad, no alcanzan a percibir la libertad y el derecho ajenos.

Pero es que tan tenaces libertarios aman sólo su libertad, no la ajena, y previamente despojada de deberes y responsabilidades. Es una libertad sin cargas ni obligaciones. Uno posee, sin duda, autonomía para fumar, beber alcohol o consumir drogas. Es libre. Pero si enferma de cáncer, cirrosis o muere por sobredosis, la autonomía se desvanece en favor de la heteronomía, el paternalismo y el victimismo. La juerga depende del propio albedrío y, si es posible, se celebra con cargo a los presupuestos; la responsabilidad incumbe a las empresas tabacaleras, a los organizadores de macrofiestas o a los «camellos». Pero la responsabilidad de estos no elimina la de los ácratas autónomos. Siempre queda a salvo la inocencia e irresponsabilidad del buen libertario. Prohibido prohibir, y, si la cosa falla, siempre cabe recurrir a la culpa ajena y a la indemnización. Es la infancia perpetua, la irresponsabilidad permanente. Todos somos libres, todos irresponsables, inocentes, niños, sin deberes ni ideales. «Prohibido prohibir»: más que un torpe lema revolucionario, es la perfecta fantasía del niño mimado. Cuanto más reivindican su libertad, menos la ejercen. No estima la libertad quien no estima en la misma medida su otra cara: el deber y la responsabilidad.

Ignacio Sánchez Cámara, “Profesores de religión”, ABC, 8.IX.01

La oposición, casi unánime, suscitada por la decisión episcopal de no renovar el contrato de una profesora de Religión Católica de un centro público por haber contraído matrimonio civil con un divorciado, caso al que se han añadido otros dos más por distintos motivos, se basa, si no estoy equivocado, en una consideración parcial del asunto. Casi todos los argumentos se centran en el evidente perjuicio personal sufrido por la profesora como consecuencia del ejercicio de un derecho civil, pero omiten el derecho de la Iglesia Católica a enseñar su doctrina y, por tanto, a determinar quiénes la enseñan. Con ánimo de contribuir a completar tan parcial debate van las siguientes consideraciones, que no certezas.

El aspecto legal no parece ofrecer dudas. La asignatura se denomina «Religión Católica», no «Religión» sin más. Se trata, pues, de una enseñanza confesional aunque se imparta en un centro público de un Estado no confesional. Es el resultado de un compromiso contraído por el Estado con la Iglesia Católica y con otras confesiones religiosas, que también designan en su caso a sus propios profesores. La Iglesia tiene, pues, el derecho de nombrar a los profesores de Religión Católica y, por lo tanto, también el de proponer la no renovación de sus contratos. Existe jurisprudencia del Tribunal Constitucional que incluye entre los requisitos de idoneidad del profesor de Religión el que no mantenga, de modo público y notorio, un modo de vida institucionalizado contrario a la enseñanza que imparte. Mas un derecho puede ser ejercido sabia o torpemente, prudente o imprudentemente. Entramos, pues, en el terreno de la evaluación moral de la legal decisión episcopal. Debo confesar que prefiero la Iglesia del perdón a la del castigo, y que, uno de los pasajes evangélicos que siempre me impresiona más es el de la adúltera perdonada porque aúna la intransigencia ante el pecado con la indulgencia hacia el pecador. En este caso, lo decisivo es determinar si la enseñanza de la profesora se adecuaba o no a la Religión y a la Moral católicas. Si hubiera que exigir un cumplimiento perfecto, nadie podría ser profesor de Religión ni obispo. El problema consiste en valorar si quien incumple de modo público y continuado la Moral que enseña puede o no cumplir con el requisito necesario de la ejemplaridad. En cuestiones de enseñanza moral tiene que existir una coherencia mínima entre vida y doctrina. Si la profesora no ha incumplido ningún deber laboral, tiene todo el derecho a continuar en su puesto de trabajo, mas no a hacerlo en nombre de la misma Iglesia cuya doctrina públicamente incumple. Por lo demás, siempre cabe la posibilidad de que sea contratada para enseñar otra asignatura no confesional como la Ética, lo que permitiría hacer compatibles los dos derechos en conflicto.

Una cosa es la prudencia y la adaptación a los tiempos y otra claudicar ante la eventual opinión mayoritaria de la sociedad. No parece que su fundador encomendara a la Iglesia Católica la misión de acomodarse a los criterios dominantes en la sociedad sino la de enseñar su mensaje aun arriesgando la vida si fuera necesario. Tampoco parece que los primeros cristianos se atuvieran a los criterios morales dominantes en la sociedad romana. Lo que también debería ser motivo de reflexión para sus responsables es la razón del aumento de la distancia entre sus enseñanzas y el rumbo de la sociedad, y también los efectos que la decisión adoptada y, quizá sobre todo, la manera de presentarla y defenderla, pueden provocar en la opinión pública y en la conciencia de la profesora cesante. Mas una cosa es la comprensión y la tolerancia y otra renunciar a determinar quién puede enseñar la propia doctrina y cuál es el genuino contenido de ella.

Ignacio Sánchez Cámara, “Multiculturalismo e integración”, ABC, 5.III.02

La inmigración es una riqueza, un derecho y un problema. Y los dos primeros hechos no eliminan los riesgos y amenazas del tercero. Ante cualquier debate intelectual y moral, nunca sobra la claridad. Con ella, se puede no tener razón, pero sin ella no es posible tenerla. La claridad, que no está reñida con la profundidad, es la fisonomía y la condición de la verdad. Es, como afirmó Ortega y Gasset, la cortesía del filósofo, pero también es algo más. Quien bucea en las aguas de la confusión contribuye a la causa del error. Hacer distinciones es una de las más altas funciones de la inteligencia. Y una vez hechas las distinciones, es obra del buen sentido la elección de lo mejor.

Ante el hecho de la inmigración, uno de los grandes temas de nuestro tiempo, caben, si no me equivoco, al menos cinco actitudes típicas: el rechazo y la expulsión de los inmigrantes o el impedimento de su entrada, incluida la controlada; su exclusión de la ciudadanía y la condena a la marginación y a la vida fuera de los muros de la ciudad; la asimilación forzosa; la integración en la sociedad de acogida, conservando sus costumbres y creencias en la medida en que no atenten contra los principios y valores fundamentales de aquella; y la solución multiculturalista. Las tres primeras atentan, por diferentes razones, contra la dignidad del hombre y deben ser, por ello, rechazadas, a menos que la dignidad sea concebida como un atributo reservado a algunos seres humanos y no a todos ellos. Por cierto, que la idea de la dignidad del hombre como cualidad o atributo universal y no particular de una raza, clase, grupo, tipo o casta, debe mucho, si no todo, a la concepción cristiana de la persona y, por ello, a la civilización europea o, si se prefiere, occidental. Quedarían, por lo tanto, dos posibilidades: la integración y el multiculturalismo. La tesis que me propongo defender es, como proclama el título de este artículo, que el multiculturalismo es enemigo, quizá no declarado e involuntario en algunos casos, de la integración.

No deben confundirse asimilación e integración. La primera entraña la aculturación de los inmigrantes y la consiguiente pérdida de las pautas y valores de su propia cultura, que quedarían, de una u otra forma, proscritos. El ideal de la asimilación es la unificación cultural a través de la imposición de la cultura de la sociedad de acogida. Por eso, me parece opuesta a la idea de dignidad humana. Por otra parte, esta posición omite el valor del mestizaje cultural como factor de enriquecimiento y el hecho de que sin este entrecruzarse y fecundarse entre culturas, no habría sido posible la propia civilización occidental, que ha nacido de la fusión de elementos procedentes de culturas diversas y cuyo carácter abierto es uno de los principales pilares en los que se fundamenta su superioridad. Dicho sea de paso, va de suyo que la idea de comparación entre pautas culturales me parece legítima y necesaria, y la única forma de eludir un insulso y falso relativismo cultural. El respeto a las culturas diferentes no entraña la igualación entre sus pautas y valores ni, por lo tanto, entre ellas. Valorar, preferir y desdeñar son atributos esenciales del hombre. Y valorar todo por igual, además de injusto, es renunciar a valorar.

La integración respeta el pluralismo entre las culturas, pero bajo el imperio de los principios y valores fundamentales en los que se sustenta la sociedad de acogida, a cuya pertenencia no han sido, por otra parte, constreñidos los inmigrantes. Si no se produce la integración, al menos a ciertos niveles básicos, una sociedad se condena a la anomia y a su destrucción como sociedad. En cualquier caso, y sin ánimo de sacralizar la Constitución, el respeto a las normas y principios constitucionales y, en general, al Derecho constituye un deber que todos los inmigrantes deben cumplir. Todo esto es lo que amenaza la solución multiculturalista. El multiculturalismo entraña la concesión de un derecho ilimitado a toda comunidad cultural que vive en el seno de una sociedad democrática, a conservar sus creencias y costumbres con independencia de su conformidad u hostilidad con los valores democráticos y liberales. Por eso conduce, tarde o temprano, por un camino, tal vez largo, pero seguro e irreversible, hacia la anomia y la disolución sociales. El multiculturalismo produce la segregación entre culturas, convertidas en compartimentos estancos, y la marginación y la constitución de guetos. Es enemigo de la integración, pues termina por identificarla o confundirla con la indeseable asimilación. La integración sería, si acaso, una asimilación limitada y legítima. Son improcedentes los argumentos que se esgrimen contra los críticos del multiculturalismo en el sentido, equivocado, de que vulneran el principio de la tolerancia, faltan al respeto debido a las culturas diferentes y fomentan la xenofobia o incluso el racismo. Estas críticas bordean el delirio y el desconocimiento de la realidad. Conviene guardarse de la intolerancia de los hipertolerantes frenéticos.

Pasemos al tupido velo. Si se tratara de un mero recurso indumentario u ornamental, no cabría oponerle mayores reparos que los derivados de la estética. Y conste que la estética no es trivial. Si se concibe como una exhibición pública de las propias creencias religiosas, sólo podría ser censurado desde la perspectiva de un laicismo radical ajeno al espíritu de la Constitución, que establece un Estado aconfesional mas no laicista. Pero si se interpreta, como parece correcto, como una exhibición simbólica de la marginación de la mujer y de su sometimiento a alguna autoridad varonil o de su naturaleza pecaminosa o nociva, habría que repudiarlo como atentatorio contra la dignidad humana y al principio de igualdad y, por lo tanto, impedir su uso público. Ni los más fanáticos defensores de una tolerancia ilimitada y extraviada se atreven con la permisión de los sacrificios humanos, la ablación de clítoris o los malos tratos domésticos. Hacerlo con el velo, aunque se trate de un hecho sustancialmente diferente, es tanto como omitir la realidad que se oculta detrás de él: la condición de la mujer marginada. Por eso sorprende la tibieza y la índole taciturna y silente del feminismo usualmente vociferante, dispuesto a denunciar con entusiasmo la paja en el ojo occidental mientras vela, con un manto de silencio, la viga en el ojo islámico.

Hay en el actual afán multiculturalista mucho de odio y resentimiento antioccidental. En contra de los valores europeos de raíz cristiana vale tanto la apología de la degradación moral y de la anomia social como la desenfadada tolerancia hacia el fundamentalismo. Extraña y sospechosa armonía entre contrarios, al menos aparentes. Es una tolerancia exacerbada y unidireccional para la que el crucifijo ofende al islamista mientras el católico tiene que tolerar no sólo la media luna sino también el velo y, si es preciso, el burka. Bien es cierto que tampoco podemos alardear de la firmeza de nuestras convicciones ni de la buena forma moral de nuestras sociedades. Algunos de los reproches que nos hacen los inmigrantes los tenemos bien merecidos, aunque no sean precisamente los que pregona el progresismo filofundamentalista. En cualquier caso, opte cada cual en conciencia, pero desde la claridad y no desde la confusión. Debatamos y optemos, pero sin engañarnos. El multiculturalismo, que no debe confundirse con el pluralismo, bajo el que pueden convivir distintas culturas pero dentro de un marco común de convivencia basado en la dignidad de toda persona, es el fruto podrido de la tolerancia desnortada, conduce a la quiebra de la sociedad abierta y es enemigo de los valores liberales y de la genuina integración cultural.

Ignacio Sánchez Cámara, “El espejo en las letrinas (sobre la telebasura)”, ABC, 25.II.02

La «telebasura» es una realidad abominada por todos pero que triunfa en todas partes. «Telebasura» es una de esas palabras tan rotundas y perfectas que sirven para que todos nos pongamos de acuerdo siempre que no nos preguntemos por su naturaleza y contenido. Me temo que hay más «telebasura» de la que parece, que no es poca, pues existe una que se camufla de respetabilidad, y consigue engañar. Es la basura con rostro humano. Pero también es cierto que no todo es basura y que la televisión tampoco merece el dictamen incondicional y condenatorio que han emitido algunos intelectuales. El ensayo de Gustavo Bueno Telebasura y democracia, que analizó anteayer ABC Cultural, va presidido por una afirmación de perfiles inquietantes: «Cada pueblo tiene la televisión que se merece». Ella sería espejo que nos devuelve nuestro propio rostro, la efigie veraz de nuestra miseria cultural. El espejo sería inocente; la sociedad, culpable. Ya habrá tiempo y ocasión para comentar el ensayo de Bueno. Me limitaré hoy a una mínima reflexión sobre este dictamen, que parece presuponer la soberanía de la demanda y, por lo tanto, la culpabilidad del pueblo soberano.

Ciertamente la telebasura se extinguiría si el público le diera la espalda. El espectador no es inocente, a menos que se trate de un sujeto inimputable, privado de libertad y exento de responsabilidad. No habría basura en la pantalla sin la culpable complicidad del dedo que pulsa, o no pulsa, la tecla y del ojo inerte que mira. Los programadores de muladar arguyen que ellos se limitan a dar al público la dosis de basura que implora. Ofrecen un servicio público, masivamente reclamado, que convierte la televisión en una letrina intelectual y moral. Pero esta estrategia, que exhala el aroma de la culpabilidad, omite que la demanda de estiércol audiovisual resulta, en gran parte, inducida por la oferta. De este modo los programadores, las empresas, el Gobierno y las Comunidades Autónomas se convierten en corresponsables de la pestilencia por acción u omisión. Ciertamente, no he visto manifestaciones masivas que reclamen debates sobre la épica griega, ni más conciertos de Debussy en las pantallas, pero tampoco se implora la basura, sino que ésta sale con naturalidad de mentes flacas de escrúpulos. La televisión no es el espejo que refleja el rostro intelectual y moral de la sociedad. Es, si acaso, una perspectiva más, no la más favorable. Si es un espejo, cosa que el concepto de «telebasura fabricada» de Bueno, en gran parte negaría, no refleja toda la realidad, sino sólo la más miserable y deforme y, en muchos casos, una basura fabricada expresamente para su pública exhibición. El ojo no es inocente, pero tampoco es el único ni el principal culpable. Si colocamos un espejo en un muladar, sólo reflejará basura.

Ignacio Sánchez Cámara, “La era de la inocencia”, ABC, 11.VIII.01

La máxima exaltación de la autonomía personal coincide paradójicamente con el ínfimo estado de la responsabilidad individual. Sólo aceptamos una responsabilidad colectiva, genérica o social, pero sobre los individuos, más que la presunción de inocencia, pesa la absolución definitiva y total. La culpa es siempre del Gobierno, de las estructuras sociales, del neoliberalismo, del capitalismo internacional o del comunismo. Los individuos son inocentes como recién nacidos.

El pecado original se ha transformado en la inocencia original. Una inocencia que además es perpetua, irreversible. Atribuirle a alguien su responsabilidad sería hacerle reo de culpa. Su autoestima podría quedar gravemente deteriorada y, ya se sabe, vivimos en una sociedad terapéutica, obsesionada por la salud. Corporal, se entiende. Repartida anónima e impersonalmente, la culpa queda transferida y la conciencia personal liberada. Concebimos la libertad como el derecho a seguir las propias inclinaciones sin más límite que no hacer daño a otro. Y las inclinaciones son siempre buenas. Pero libertad y responsabilidad son indisociables. Negar una es negar la otra. Con la responsabilidad, se nos escapa la libertad.

Si alguien arremete contra el Código Penal en pleno, la culpa será del ambiente social, nunca suya. Si uno quebranta su salud con el tabaco o el alcohol, la responsabilidad atañe a las empresas tabaqueras o a las destilerías. Un reciente dibujo de Antonio Mingote nos presentaba a un individuo que quería reclamar al Vaticano por su fracaso matrimonial. Es conocido el chiste del izquierdista que, al sorprender a su mujer cometiendo adulterio, acude a protestar ante el Pentágono.

Por eso nunca fueron tan necesarios los chivos expiatorios impersonales y colectivos. Pagan la culpa y nos liberan de la nuestra. Es quizá la última manifestación de la psicología del niño mimado con la que Ortega y Gasset caracterizó al hombre-masa en rebeldía. Un hombre que, ayuno de nobleza, que es siempre privilegio de deber y exigencia, sólo tiene derechos y ninguna obligación, y siente indiferencia, incluso hostilidad, hacia todo cuanto hace posible el bienestar de su existencia.

Y si fallan todos estos mecanismos, no faltan quienes están dispuestos hasta a negar la libertad de la voluntad y a adherirse al determinismo universal. Todo antes que abrir la puerta a la impertinente visita de la responsabilidad personal. Lo mismo cabe decir del fracaso escolar. El mismo calificativo parece sugerir que la que fracasa es la escuela, la sociedad, los planes de estudio, pero nunca el alumno o el profesor. Éstos, como individuos que son y por el solo hecho de serlo, son inocentes, inimputables, jamás fracasan. Es curioso cómo una sociedad de seres perfectos puede llegar a ser tan imperfecta.

De la misma manera y por la misma razón también tiende a socializarse el mérito, ya sea deportivo, artístico o científico. Siempre gana el equipo, la nación o el grupo, nunca el individuo. Al menos en esto reina, ya que no el buen sentido, al menos la coherencia. Incluso en los deportes individuales, el éxito es siempre colectivo. El artista es el portavoz de su tribu. Y, por supuesto, en nuestras Universidades sólo se puede investigar en equipo.

El individuo está condenado a un limbo en el que están ausentes el infierno y la gloria, la responsabilidad y el mérito, la culpa y el castigo, el triunfo y el fracaso. Buscamos el confortable cobijo del rebaño, la colmena y la termitera. Pero no deberíamos ignorar que con la responsabilidad desaparece la realidad personal. Herida por la culpa y el resentimiento, la era de la inocencia a la vez que sacraliza la autonomía elimina la responsabilidad.

Ignacio Sánchez Cámara, “Sequía de inteligencia”, ABC, 23.II.02

Parece que vuelve la sequía y el agua se convierte en bien escaso. Pero existe otra sequía que afecta a la inteligencia y al buen sentido, y que es mucho más perniciosa y menos perceptible. Decía, no sin ironía, Descartes que el buen sentido es la cosa mejor repartida del mundo, pues no hay nadie que no esté conforme con la porción que le ha tocado en suerte. Quizá por eso nadie reivindique el derecho a la clarividencia. Es casi el único que falta por reconocer. Basta asomarse a la actualidad para resultar asediado por el espectáculo de grandes y pequeñas incongruencias y por los desvaríos de algunas mentes angostas y menguantes. Unos son graves; otros, casi simpáticos y divertidos.

Un inmigrante se empeña en que su hija (la madre, por cierto, brilla por su islámica ausencia) acuda a la escuela con el velo. Otro, impide que sus hijos vayan a un colegio católico porque hay poca libertad y los símbolos religiosos les dan miedo. Ciertamente, no se puede pedir congruencia a dos padres distintos, mas sí a los poderes públicos. Pues, si fuera intolerancia, que no lo es, impedir el uso del velo en la escuela, también lo sería oponerse a los símbolos de la religión dominante en la sociedad de acogida. Y además, en este caso, el padre incumple el deber de escolarizar a sus hijos. El lema parece ser: con velo, pero sin crucifijo. Es la tolerancia unidireccional. Lo progresista es transigir con lo retrógrado en pro de la tolerancia y el pluralismo, y lo reaccionario oponerse a la caverna foránea.

Un partido político de vocación igualitaria y amor por lo público se opone a medidas educativas del tipo de las que defendió la tradición a la que pertenece, y que precisamente entrañan la mejor garantía para que los que tienen menos recursos puedan aprovechar su único patrimonio: el esfuerzo y el talento. La mediocridad universal beneficia a los hijos de los ricos. Por otra parte, medidas como la reválida eran garantías públicas y controles sobre la enseñanza privada, en su mayoría en manos eclesiásticas. Y los socialistas se oponen a la reválida.

(…) Las prostitutas se manifiestan en la calle. Es decir, como todos los días, sólo que juntas. Y los vecinos, a soportar el botellón y la mancebía junto a sus portales. Son sólo unos ejemplos heterogéneos. Siglo XXI, el cambalache continúa. Ojalá que pronto llueva agua y, si fuera posible, también un poco de inteligencia y buen sentido. Lo agradecerán los campos y las mentes. El nivel de los embalses de la inteligencia no rebasa ya ni el 50 por ciento de su capacidad.

Ignacio Sánchez Cámara, “Ni estético ni oportuno (sobre el chador)”, ABC, 18.II.02

El mismo día, anteayer, en el que publicaba ABC un editorial sobre la polémica del uso del chador en los centros docentes (o, como se trataba en el caso de la niña marroquí de San Lorenzo del Escorial, del hiyab, un pañuelo o velo que sólo cubre la cabeza) aparecía otro, cuyo título me parece que viene al caso del velo musulmán: «Ni estético ni oportuno». Bajo el prisma relativista dominante, no aspiro a que esta opinión rebase la condición de puro juicio subjetivo de valor estético y social. A mí, el dichoso velo me parece feo y un poco deprimente, y su uso en una escuela pública, tan inoportuno como vestir un gorro de astrakán en la playa o lucir el terno de nazareno en las noches de Puerto Banús. Mas, a la vista de algunas indumentarias cuya contemplación tenemos que padecer, tampoco me atrevería a condenar el uso del citado aditamento. Aquí lo más transgresor empieza a ser el buen gusto. Vista cada cual como le plazca, mas no se eche en saco roto la posibilidad y la advertencia de que el exceso de tolerancia pueda acabar con la tolerancia y con otros valores y principios por los que han dado la vida millares de personas. A veces no conviene jugar ni con las cosas de vestir.

La Consejería de Educación de la Comunidad de Madrid ha dictado la escolarización obligatoria de la alumna con su velo. Más tarde, puede ser el chador y, tal vez, el burka. Quizá algún día una alumna desee acudir a clase vestida de esclava tracia o con bola y grilletes. Los caminos de la sumisión son infinitos. Mas no faltarán apóstoles multiculturales dispuestos a coincidir con los fundamentalistas (de fundamentalismo tampoco andan ellos mal) y a abominar de los valores imperialistas occidentales. Los mismos que se escandalizan ante cualquier declaración episcopal o del contenido de un libro de texto políticamente incorrecto, y tocan a rebato de censura, toleran cualquier extravío multicultural. Su incoherencia es el reflejo de su caos intelectual y moral. Los feministas frenéticos, exculpando la marginación y el sometimiento de la mujer. Vivir para ver. Y encima, pretenden hacerlo en nombre de los valores ilustrados. Aborrecen los crucifijos como si fueran vampiros y adoran extasiados velos y chadores. Y, sin embargo, no atienden demasiado a otros aspectos del problema. Mencionaré dos. El primero se refiere al interés de los menores. A la humillación, que no deja de serlo por ser inducida y consentida, quizá vayamos a añadir la derivada del rechazo social, tanto si procede de la prohibición de acudir a la escuela con velo como si se trata de la derivada del sentimiento de ser diferentes o rechazadas. El segundo consiste en el ocultamiento de nuestro propio fracaso y el de nuestros valores, o quizá el de la falta de ellos. Algunas adolescentes marroquíes han declarado que en los institutos españoles se aprenden cosas malas, como el consumo de alcohol o la promiscuidad sexual. Perciben una España de condones y litronas. Ante esta acusación, el uso del velo parece una inocente extravagancia. Si nuestra sociedad no padeciera graves patologías morales, tal vez prescindirían de su uso al segundo día de clase. Y entonces no sería necesario imponerles la adhesión a unos valores a los que se adherirían libremente. Pero reconozco que semejante argumento es muy poco progresista.

Ignacio Sánchez Cámara, “Errores y mentiras”, ABC, 24.XI.01

El «progresismo talibán» -existe otro progresismo también descarriado pero simpático e inocuo- no pierde ocasión de emprender su particular cruzada contra la religión. La barbarie del islamismo radical es imputada en el debe de la cuenta general de la religión. Olvidando que el terrorismo disfraza su infamia bajo el ropaje de la defensa de algún valor, como la nación, la liberación, la justicia o la religión, hace sólo a esta última responsable del terror. Según tan sutiles razonadores, toda religión encierra en sí misma el germen del fanatismo. Si acaso, limitan su condena a las religiones monoteístas. Y rememoran todas las guerras de religión que en el mundo han sido, omitiendo el pequeño detalle de que ninguna hubiera existido sin la acción de los poderes civiles de los Estados. Repudiar la religiosidad porque existe el fanatismo religioso es tan sutil y convincente como repudiar el matrimonio porque existen los malos tratos y los parricidios. Así, la patología se convierte en la consecuencia natural del fenómeno sano. Para que la falacia resulte completa, conviene además cubrir con un poderoso manto de silencio todo lo que las religiones, y, muy especialmente, el cristianismo, han hecho para construir y defender el edificio de la dignidad del hombre.

La Modernidad, entre un puñado de conquistas indiscutibles, ha conducido a muchos hombres a abrazar el absurdo prejuicio de que la religión es hija de la ignorancia y madre de la barbarie. Recordemos algunos hitos en esta senda extraviada. «La ciencia destruye la religión», confundiendo a la religiosidad con su enemiga, la superstición, e ignorando los límites de la ciencia. «La religión es el opio del pueblo», identificando un efecto, la producción de esperanza o consuelo, con toda la causa. Es como si redujéramos la esencia de la amistad al logro de ayuda en la adversidad. «La religión es una ilusión», tomando una explicación psicológica válida en algunos casos, no en todos, por una explicación general del fenómeno. «La religión reduce al hombre a la minoría de edad», escamoteando el hecho de que muchos de los más grandes hombres han sido profundamente religiosos. A todos estos elementales errores, se añade, en ocasiones, un mecanismo mental que conduce a algunos hombres a aborrecer la religión: el resentimiento contra todo lo noble y excelente por parte de quienes son incapaces de elevarse sobre el nivel del suelo.

Todo esto, y algunas cosas más, explica la radical incapacidad de muchos intelectuales de nuestro tiempo para comprender la religión, y la anómala situación que ésta padece en las sociedades occidentales. A esto se añade la conspiración de silencio sobre todo lo valioso que entraña y realiza. Muchos medios de comunicación incurren, en este sentido, en grave irresponsabilidad, al contribuir a la deformación de la opinión pública. Si un Obispado aparece en el caso Gescartera, poco importa que en calidad de fraudulento aprovechado o de víctima inocente, el hecho tiene asegurada la portada y el análisis exhaustivo. Pero a casi nadie le interesa la acción social de la Iglesia, o la celebración de un Congreso sobre la familia, o la condena de la creciente degradación moral realizada por el presidente de la Conferencia Episcopal española. Eso no es noticia. Resaltar los errores, propios, por otra parte, de la condición humana, y minimizar los aciertos, también, sin duda, propios de la condición humana, es una manera de tergiversar la verdad e incumplir el imperativo de veracidad que debe presidir la actividad periodística. El error puede ser disculpable; la mentira, no.

Ignacio Sánchez Cámara, “Sobre un tópico democrático”, ABC, 17.XI.01

Se sostiene con frecuencia la opinión de que en una democracia se puede defender cualquier idea o pretensión, siempre que se excluya la violencia. (…) La idea puede resultar, sin embargo, algo confusa y, de cualquier manera, muchos de sus partidarios tal vez no apliquen la misma tesis a otros casos. El «puede» ya resulta sospechoso por ambiguo. Parece entrañar la idea de licitud o de legitimidad o de que algo debe ser admitido o tolerado. No pretendo tanto mostrar su falsedad como su falta de claridad y la posible incongruencia en que incurren muchos de sus partidarios. Se trata de una extensión, tal vez injustificada, de una tesis irreprochable, al menos desde la perspectiva liberal. Las opiniones no delinquen. Es verdad. Pero eso no impide que existan delitos que se consuman por el solo ejercicio de la palabra. Por ejemplo, la injuria, la calumnia y la inducción a la comisión de un delito. También son ilícitos los atentados verbales contra el honor de las personas. Las opiniones no delinquen, pero las palabras pueden ser delictivas.

Las democracias deben tolerar las opiniones que se oponen a ella. Lo que ya no está tan claro es que deban tolerar también a las organizaciones o grupos que atenten contra sus principios y valores fundamentales. Y el límite no se encuentra quizá en el ejercicio de la violencia. Pensemos en el caso de una asociación que promueva pacíficamente la legalización de la tortura, o la supresión del sufragio femenino, o la exclusión de los derechos civiles a una minoría racial, o su expulsión del territorio de la nación. En este caso, no nos encontramos ante una mera opinión sino ante una organización que aspira a subvertir los principios y valores fundamentales de una sociedad democrática. En este supuesto, la permisividad resulta, al menos, discutible. Si es obligado tolerar cualquier pretensión que no aspire a imponerse violentamente, no resulta entonces fácil justificar que, por ejemplo, la apología del racismo pueda ser tipificada como delito. No digamos ya expedientar a un profesor por proferir opiniones sexistas. No me pronuncio ahora sobre el fondo del problema. Sólo dudo de que sea coherente asentar el principio de que toda reivindicación no violenta es aceptable, para después negarlo ante ciertas pretensiones concretas. (…)

Ignacio Sánchez Cámara, “Algo más que ratones”, ABC, 7.XII.02

La ciencia ha descifrado la secuencia completa del genoma del ratón. Sólo 300 de sus 30.000 genes difieren de los del hombre. La semejanza genética de las dos especies se aproxima al 99 por ciento. Ante tan extrema afinidad biológica, algún científico ha llegado a proclamar que, en esencia, los humanos «somos ratones sin cola». Ignoro el efecto que la noticia haya producido en la comunidad de nuestros parientes ratones, pero aventuro que a algunos humanos les debe de estar produciendo un intenso regocijo. Al fin y al cabo, parecen empeñados, con su conducta y su inteligencia, en borrar aún ese uno por ciento de diferencia. Decretada la igualdad intelectual y moral entre los hombres, le toca el turno ahora a la igualdad entre todos los animales y, más tarde, entre todos los seres vivos. Espero con ansiedad la confirmación del viejo y estrecho parentesco del hombre con la patata o la alubia. Después de leer el ensayo de Rousseau sobre el origen y fundamento de la desigualdad entre los hombres, Voltaire escribió al pensador ginebrino que tras su lectura le daban a uno ganas de andar a cuatro patas. La estirpe de los rusonianos silvestres no dejará de celebrar esta fraternidad entre ratones y hombres. Todo lo que pueda ser utilizado para rebajar la dignidad del hombre o negar su realidad personal les produce un gran entusiasmo. Acaso se reconocen mejor a sí mismos.

Sin embargo, acaso no convenga despreciar ese uno por ciento. Pequeñas diferencias pueden producir grandes consecuencias. Entre un hombre y una mujer las diferencias son mínimas, pero nada despreciables. Como decía el fiscal que interpretaba Spencer Tracy en «La costilla de Adán», viva la diferencia. Hitler y Einstein, pongamos por caso, tienen la misma secuencia genética, y las diferencias entre ellos, si no me equivoco, no son insustanciales. No es seguro que podamos encontrar la base genética de la genialidad y de la estupidez, de la bondad y de la maldad. La igualdad genética es compatible con la desigualdad espiritual, intelectual y moral. Si existen tantas diferencias entre seres con los mismos genes, un uno por ciento de diferencia puede ser mucha diferencia. Para empezar permite, entre otras cosas, pesar 3.000 veces más, vivir 40 veces más, fabricar la bomba atómica, viajar a la Luna, pintar los frescos de la Capilla Sixtina, investigar con ratones y descubrir las secuencias genéticas. Al parecer, ese uno por ciento limita algo a los ratones y les dificulta la experimentación con hombres. Pero el argumento ratonil se puede volver contra sus esgrimidores, pues cuanto menos puedan imputarse las diferencias reales a causas biológicas o materiales, más necesario será apelar a razones espirituales o inmateriales. El hombre no se limita al barro genético de que está hecho, sino que es ante todo una realidad personal que tiene que actuar libremente con ese barro y en una circunstancia que no ha elegido, en función de un proyecto vital o de un ideal de vida. Por eso, lo propiamente humano no puede ser apresado por la genética.

Lo relevante del descubrimiento, desde el punto de vista de su aplicación, deriva de las posibilidades terapéuticas que abre para la investigación. El ratón, viejo amigo del científico, se revela más fiel amigo del hombre que el perro, por cierto más alejado genéticamente de nosotros. La naturaleza biológica del hombre no constituye su verdadero ser sino sólo su punto de partida. Acaso hayamos perdido la cola a cambio del espíritu, el alma y la inteligencia. La ciencia tiene algunas limitaciones. No se puede encontrar algo allí donde no está.

Ignacio Sánchez Cámara, “Argumentos renqueantes”, ABC, 29.VI.02

Leo en un comentario editorial de un diario que el líder socialista «se compromete a defender en el Parlamento la regulación del matrimonio civil de los homosexuales, una iniciativa que no tendría nada de objetable porque ya está en vigor en varios países europeos». Prescindiré del fondo, es decir, de la cuestión de la posibilidad de aplicar el concepto de matrimonio a la unión estable homosexual, y atenderé a la forma argumental porque ella encierra un modo de pensar muy frecuente en nuestro tiempo y, si no me equivoco, quizá oculte una falacia que tal vez pueda mostrarse mediante su reducción al absurdo. Para empezar, el «tendría» resulta desconcertante. ¿Por qué «tendría» y no «tiene»? ¿Es sólo un desliz intrascendente o revelador de la escasa convicción del autor? Pero esto es cuestión, sin duda, menor.

Lo más llamativo es la razón aducida para demostrar que nada hay (¿o habría?) de objetable en la propuesta del dirigente socialista: «ya está en vigor en varios países europeos». De manera que, si mi lógica no falla, y, tal vez en tiempos relativistas cada cual tenga su propia lógica, todo lo que esté en vigor en varios países europeos deviene inobjetable. No alcanzo a comprender qué sagrada fuerza moral y jurídica le viene a algo por estar en vigor en algunos países europeos. Pero además, tan sutil argumento se refuta a sí mismo, pues, con la misma razón, cabría argumentar que nada habría de objetable a la exclusión del matrimonio entre homosexuales ya que no está en vigor en algunos países europeos. Ignoro qué extraña autoridad política y moral toca a unos países europeos en detrimento de otros. Habría que saber qué países legislan «ex cátedra» y jamás pueden equivocarse y cuáles están obligados a seguir la senda marcada por los que constituyen la vanguardia moral.

En el fondo, y más allá del modesto rigor del argumento, revela una manera tan habitual como extraviada de plantear problemas morales que bien puede interpretarse como uno de los síntomas de la indigencia de nuestro tiempo. Se trata del prejuicio de que todo lo que reviste apariencia de nuevo es necesariamente mejor que lo anterior y terminará por imponerse. Es, en definitiva, el prejuicio progresista. No importa que la novedad sea muchas veces más aparente que real y que apenas haya extravagancia actual que no sea imitación de una pasada. Ninguna payasada hay nueva bajo el sol y todas las perversiones están ya inventadas. Sólo nos queda reiterarlas o refutarlas, mas no inventarlas. El prejuicio progresista tiene además un curioso tufillo hegeliano y un optimismo difícil de justificar en una época en la que a su fealdad natural hay que añadir la existencia de fenómenos criminales como el fundamentalismo islámico, quizá el más atroz de todos. Tampoco nada nuevo.

Ciertamente, en el ámbito de la política democrática las leyes deben atenerse a la opinión dominante, sea ésta noble o abyecta. La mayoría puede casi todo, mas que pueda no significa que deba. Una abyección mayoritaria o dominante no deja de ser una abyección. En ningún caso un hombre libre admitirá que su criterio moral le venga suministrado por la legislación de «algunos» países europeos. Los hombres encuentran muy difícil ponerse de acuerdo para hacer el bien y poseen una sorprendente capacidad para alcanzar consensos bellacos y abrazar argumentos renqueantes. En el ámbito de la moral, y en el de casi todo, vale más la opinión de un hombre sabio que el consenso de una muchedumbre. Sólo en la política debe mandar el hombre medio, pero mandará mejor si se atiene al criterio de los mejores.

Ignacio Sánchez Cámara, “Héroes del nuevo milenio”, ABC, 11.I.03

Abundan los jugadores ventajistas que, poniendo un doliente mohín de eterno perdedor, apuestan siempre a caballo ganador. Del perdedor adoptan la estética, digna y abatida, crepuscular; mas del ganador toman las cartas y las bazas. En el fondo, se diría que quieren combinar las ventajas de cada situación: la estética de la derrota y la cuenta de resultados de la victoria. Y la verdad es que las dos cosas, lejos de resultar incompatibles, terminan por alcanzar una profunda armonía. La exhibición del agravio y de la queja suele ser hoy el mejor camino hacia la victoria. Los lamentos valen su peso en oro. Dejo, por supuesto, al margen de estas consideraciones a quienes padecen efectivas miserias e injusticias. Sólo me refiero a los tahúres de la justicia, que utilizan agravios reales o fingidos para obtener ventaja, para medrar.

Estamos rodeados por una nueva estirpe, quizá no tan nueva, de falsos héroes que abrazan las causas que ya no es necesario defender, o cuando ya no se corre el menor riesgo al hacerlo. Se sacrifican por los tópicos, por los ídolos de la tribu. Dan su vida y su hacienda por lo que no cuesta nada, ni vida ni hacienda. Es un heroísmo de verbena y guiñol, pura falsedad. No entro ahora a valorar la dignidad o justicia de las causas que abrazan. Lo que niego es que corran el menor riesgo al hacerlo. Por ejemplo, hacer pública declaración de homosexualidad entrañaba un grave riesgo en épocas recientes y lo entraña hoy en sociedades, muy aplaudidas, por cierto, por la progresía feliz. Pero hacerlo hoy en España no acarrea el menor riesgo. La prueba está en que hasta puede hacerlo un candidato en precampaña electoral. No sólo no entraña peligro; es que ni siquiera cuesta votos. No es la misma gesta salir del armario en Madrid que hacerlo en Bagdad.

Otros llevan su desprendido heroísmo hacia las causas internacionales. Y se juegan la vida desgañitándose contra Bush en Nueva York, Londres o Madrid, infectas metrópolis del capitalismo imperialista y monopolizador. Asistimos a su aventura mortal con el corazón en un puño y el ánimo encogido. Por fortuna, la cosa termina bien y el héroe salva la vida y se casa con la chica. Valió la pena. El éxito es para los que se arriesgan. Eso sí, no les pidamos que acudan a La Habana, a Bagdad o a Pekín a reclamar derechos y libertades, ni extinciones de tiranías. No les pidamos que luchen en su propio terreno contra el comunismo o el fundamentalismo islámico. Eso ya no sería heroísmo, sino exhibición de pulsiones suicidas y de falta de apego a la vida. La verdad es que la lucha contra el imperialismo capitalista resulta mucho más confortable y satisfactoria. Por el contrario, a quien defienda la desigualdad intelectual o moral entre los sexos, a menos que lo haga a favor de la mujer, o la jerarquía entre las razas, a menos que abomine de la blanca, le espera un camino de rosas, el aplauso de las masas y coronas de laureles. Estarán equivocados, pero no arriesgan menos que los nuevos héroes de salón.

En suma, el héroe del nuevo milenio es un batallador de causas ganadas, que rema afanosamente a favor de la corriente, que finge lágrimas y sudores, que exhibe agravios y derrotas, pero que nunca paga el menor tributo personal por defender lo que defiende. Ante el nuevo héroe, es cuestión de buen gusto preferir al antiguo, al clásico, al que se jugaba algo, por lo menos la vida, y que, sobre todo, cumplía su deber mucho antes de reclamar el menor derecho. Acaso sabía que no existe mejor derecho que el que confiere el cumplimiento del deber.

Ignacio Sánchez Cámara, “Catolicismo débil”, ABC, 17.I.03

El Papa, en un documento titulado «El compromiso y la conducta de los católicos en la vida política», ha propinado un pertinente y merecido varapalo a los políticos católicos y a las organizaciones y publicaciones que se declaran católicas y que abdican de la defensa pública de sus convicciones morales. Juan Pablo II les invita a construir una nueva cultura inspirada en el Evangelio. Los casos más flagrantes citados son los que se refieren al desprecio a la vida y a los derechos de los más débiles y a la equiparación del matrimonio con la situación de las parejas de hecho. La marea progresista de la corrección política y la asunción masiva del relativismo ético han provocado una cobarde estrategia de repliegue de muchos católicos ante una propaganda más ruidosa que conforme a las convicciones mayoritarias. Vivimos en muchos países occidentales en una sociedad desacralizada en la que los valores cristianos ocupan un lugar residual. En suma, vivimos un catolicismo débil.

Ni los más obtusos portavoces del progresismo retrógrado podrán reprochar al Pontífice la defensa de posiciones acomodaticias. Ni en este caso, ni en su actitud hacia el eventual ataque de Estados Unidos contra Irak. Pero no parece aventurado esperar la avalancha de críticas que tratarán de verter sobre el limpio y claro documento las falsas manchas de fundamentalismo o totalitarismo. Equivocan el blanco. Refutar el relativismo ético y llamar al compromiso político de los católicos nada tiene que ver con la imposición a todos de las convicciones de algunos que, por otra parte, son muchos. El texto defiende explícitamente el carácter laico de la sociedad y la separación de las esferas civil y religiosa. Por otra parte, la mayoría de los principios de la moral cristiana no son asunto de fe sino que aspiran a la universalidad mediante la asunción libre. El católico que opina y vota en conciencia no impone nada a nadie. Hace lo mismo que el que no lo es. ¿Acaso concebir el aborto como un derecho es una opinión lícita y negarlo un ejercicio dogmático? ¿Acaso equiparar el matrimonio a las parejas de hecho está permitido y distinguirlos es intolerable? Al menos, habrá que discutirlo. Mas es una curiosa, y dogmática y totalitaria, extravagancia, presuponer, ante una disyuntiva moral, que sólo una de las alternativas puede ser defendida. Estrafalaria concepción del pluralismo.

Naturalmente, hay que distinguir entre el ámbito del derecho y el de la moral. No todo el orden moral debe ser impuesto a través de la coacción jurídica, pero eso no impide que la moral deba inspirar el contenido del derecho. Y de lo que se trata es de precisar cuáles son esos principios, cuál su contenido. La estrategia es clara. Se trata de confundir las cosas y equiparar la libertad religiosa con la reclusión del fenómeno religioso en la mera vida privada. De manera que cualquier pretensión de que los valores cristianos puedan inspirar la vida pública es refutada con el estigma del fundamentalismo. Ante este acoso, muchos católicos, quizá por debilidad o cobardía, acaban por defender lo que menos riesgos provoca. Y más aún cuando se dedican a la política y tienen que buscar el voto. Pero acaso el ruido progresista sea mayor que las nueces de su vigencia. Por lo demás, en las cuestiones mencionadas no se ventila ningún asunto de fe sino algo que pueden resolver la conciencia moral, la racionalidad y el sentido común. No hay aquí nada que imponer y sí mucho que defender. Cada uno debe aferrarse a sus principios, y no imponerlos sino convencer.

Ignacio Sánchez Cámara, “Tribunos de la plebe”, ABC, 1.II.03

La democracia, abandonada a sus impulsos naturales, tiende a la demagogia y a la mitología de las encuestas. Como si gobernar fuera sólo someterse a la arbitraria opinión de las mayorías, sin considerar cómo se forma esa opinión e influir sobre ella. Y no me refiero sólo a la manipulación, sino sobre todo al prejuicio de que sea irrelevante el proceso de formación de las opiniones, es decir, el proceso educativo. Lo que importa es la encuesta y la estadística. Alabanza de cantidad y menosprecio de excelencia. La democracia obliga a gobernar en nombre de la mayoría, pero no a erigirla en tótem de sabiduría. La estrategia de los demagogos de todos los tiempos ha sido siempre la misma: degradar y, a la vez, halagar al pueblo. Para servirse de él. Rebasando el sentido digno que tuvo esa magistratura en Roma, cabría calificarlos como tribunos de la plebe. La dominan mediante el halago y la degradación.

Y, sin embargo, eso no es democracia. Al menos no lo fue en sus orígenes atenienses. El historiador Tucídides nos traza el retrato inmortal de Pericles y alaba sus virtudes para oponerse e incluso irritar a sus conciudadanos y convencerles de lo que él estimaba mejor para los intereses de Atenas, incluida, por cierto, la guerra contra los lacedemonios. Quien no se opone alguna vez a la opinión dominante, quien, al menos, no se preocupa de si es atinada y noble, no es demócrata sino demagogo. Quien cree que el dictamen de las urnas o de las encuestas dirime cuestiones morales sucumbe a una de las peores idolatrías: la de la plebe.

La estadística y la encuesta no son argumentos morales. Si acaso, y si no están manipuladas, son descripciones de hecho, de estados de opinión. Pero la repetición o la generalización de una tesis moral en ningún caso entraña un argumento suplementario en favor de ella. Frente a los profesionales de la demagogia, hay que preferir y admirar a esos pocos que aspiran a oponerse y a convencer. Si además lo hacen ejerciendo la actividad política, aún resulta más admirable. La democracia no consiste en la apoteosis del consenso ovino, en el rumor monocorde de los balidos que sólo reclaman el mediocre bienestar del rebaño, sino en la libre deliberación entre hombres libres. ¡Qué autosuficiencia ridícula exhiben algunos cuando los perezosos y viejos tópicos que albergan sus cabezas son corroborados por la plebe y sus tribunos! Apenas hay otra cosa que tribunos de la plebe. Apenas queda un rastro de cónsules, por no hablar de senadores y verdaderos aristócratas.

De pronto, la amenaza de un acontecimiento terrible y odioso resucita la imagen perdida de algunos políticos que no renuncian a pensar por sí mismos y que aspiran a convencer y a cambiar el curso y el sentido de la opinión dominante. No se resignan a ser siervos de la gleba intelectual de la plebe. Aunque estuvieran equivocados, y acaso lo estén, su actitud sería en sí misma saludable. Y resulta aún más sorprendente su existencia si se considera que incluso la mayoría de los intelectuales, cuya razón de ser es esa oposición a la dictadura intelectual de los más, hace tiempo que se pasaron a las filas de la demagogia y del tribunado de la plebe. Cuanto más inseguro está uno de la bondad de sus opiniones más necesita del consuelo y la corroboración de las muchedumbres. Si estamos equivocados, al menos somos muchos. Tienen todo el derecho a que se gobierne según su opinión, pero no a pretender que tengan razón. La aritmética puede dirimir una disputa política, pero no cancelar un debate moral.

Ignacio Sánchez Cámara, “Fundamentalismo irreligioso”, ABC, 15.II.03

Hace unos días un diario madrileño reproducía una foto realizada hacía meses en la que el presidente Bush, antes de comenzar un Consejo de Ministros, rezaba por las víctimas del atentado del 11 de septiembre. Y junto a ella, un comentario en el que la oración presidencial se esgrimía como prueba del fundamentalismo religioso que se habría adueñado de la Casa Blanca. Triste y sórdido. Rezar en público vendría a ser, para estos fundamentalistas irreligiosos que querrían relegar lo religioso al ámbito privado cuando no prohibirlo sin más, una expresión de fundamentalismo. Y blasfemar, acaso un derecho fundamental.

Si hay un fundamentalismo religioso, abyecta patología de lo más sublime, también existe otro irreligioso fruto de la simpleza ilustrada. La misma que lleva a desconocer la obra de los pensadores clásicos y a realizar «grandes descubrimientos» que son viejos de siglos. Prisioneros de la caverna falsamente ilustrada, toman como única realidad las pálidas sombras que sus atormentados sentidos son capaces de percibir. Son incapaces de discernir entre un fenómeno y sus patologías. Como la religión presenta en algunos casos síntomas fundamentalistas, lo mejor es suprimir la religión como cosa de fanáticos. Con tan extravagante razonamiento habría que prohibir, entre otras muchas cosas, el fútbol y la política. Tan perspicaces para percibir los desmanes del fanatismo religioso, son incapaces de comprender la potencia humanizadora de la religión, lo que a ella deben las grandes creaciones del espíritu humano, la íntima relación entre arte y trascendencia. Acaso no soporten las palabras que puso Bach al frente, creo, de su «Pequeño Libro de Órgano»: a la gloria de Dios y para provecho de mis prójimos. Es el mismo sentido religioso que alienta en la obra de los grandes artistas, no sólo los del pasado sino también los más recientes. Pero nada cabe hacer ante la terca tenacidad de estos inflexibles enterradores del espíritu. Simplemente, contemplar la excelente salud que exhibe su pretendido cadáver. Por lo demás, quien sólo percibe vacío y nada a su alrededor probablemente sólo alberga vacío y nada en su interior. En cierto modo, nuestra visión del mundo es proyección de nuestra realidad personal.

Este fundamentalismo irreligioso, que sufre convulsiones y mareos con sólo recordar la Edad Media y que suele despacharla con las simplezas al uso y las loas a una modernidad tergiversada, seguro que no aceptará la razonable solución adoptada por el Gobierno para la enseñanza de la Religión en los centros públicos. No les bastará que exista una opción entre unas versiones confesionales de la asignatura y otra no confesional. No les importará que se satisfagan tanto las libertades constitucionales como los acuerdos con la Santa Sede. Lo que querrían es la supresión de toda referencia religiosa en los centros públicos, el anatema sobre toda religión, reducida a la condición de patología del espíritu. Son los mismos que ríen y aplauden las blasfemias y las burlas públicas a las creencias religiosas y al sentimiento de lo sagrado y se indignan y braman con gesto plañidero y censor si un jefe de Estado o de Gobierno reza en público. Es una vez más la tolerancia de ida pero sin vuelta, unidireccional. Ni siquiera les basta con poner al mismo nivel la piedad y la burla antirreligiosa. Hay que tolerar todo menos la expresión pública de lo trascendente. Se tolera el mal y se proscribe el bien. Con semejantes mimbres intelectuales y morales, no cabe extrañarse de la finura de sus análisis: la imagen de Bush rezando es la prueba del fundamentalismo religioso que se ha adueñado de los Estados Unidos.

Ignacio Sánchez Cámara, “Aprendices de brujo” (clonación), ABC, 9.VIII.01

Algunos científicos parecen empeñados en convertirse en discípulos aventajados del doctor Frankenstein. Si un disparate es posible, podemos estar seguros de que intentarán realizarlo. Aunque con ello demuestren que su talento científico aún resulta superado por su indigencia moral. Se veía venir. Desde que en 1997 se logró la clonación de la oveja Dolly, pocas dudas podían albergarse acerca del inminente intento de ensayar la clonación de seres humanos. Naturalmente, la aberración debe revestirse con la dignidad de la ciencia y con la promesa de maravillosas consecuencias para la humanidad. La ciencia no debe detenerse. Las fuerzas de la ignorancia, del oscurantismo y de la reacción siempre se han opuesto al avance de la ilustración y del conocimiento.

La clonación permitirá curar enfermedades y abastecer de órganos para eventuales trasplantes. También facilitará el progreso de la investigación científica. Este argumento de la tradicional oposición a la ciencia es especialmente peligroso, por su aparente plausibilidad. Y, sin embargo, resulta de una perfecta endeblez. Que hayan existido y existan fuerzas hostiles a la libre investigación, no significa que todo lo que sea posible hacer, pueda moralmente hacerse. La lógica de este argumento falaz podría llevar a justificar, por ejemplo, todo tipo de experimentos eugenésicos.

Una cosa es la ilimitada libertad de conocer, atributo esencial del hombre, y otra la licitud de cualquier técnica de manipulación de vidas humanas. Quienes nos oponemos a la clonación de seres humanos, no establecemos con ello ninguna limitación al afán de conocer ni al progreso de la ciencia, sino sólo a la decisión de convertir lo que es un fin en sí mismo en puro medio. Ni siquiera se trata de poner límites morales a la ciencia, que puede y debe llegar hasta donde pueda en su voluntad de conocer. Se trata de poner límites a la acción y a la voluntad humanas, que nunca están legitimadas para ponerse al servicio de la deshumanización. Si no se respeta toda vida humana, se termina por no respetar ninguna. Se ha devaluado tanto la vida que ya casi parece normal que la experimentación científica y técnica pueda estar por encima de ella en lugar de estar al servicio de ella.

Con ser contundente, ni siquiera es decisivo el argumento proporcionado por la mayoría de la comunidad científica, que ha alertado sobre la posibilidad de que se produzcan anomalías en los embriones fabricados. Tampoco es lo más grave que la rapacidad de algunos científicos pueda llevarles a poner su técnica al servicio de sus intereses económicos para explotar el deseo de tener hijos de las parejas que no pueden tenerlos por medios naturales. Lo decisivo es la pretensión misma de fabricar seres humanos. El debate principal no afecta a las consecuencias, favorables o desfavorables, de la clonación humana, aunque existen sobradas razones para presagiar que prevalecerán las segundas. Es, ante todo, una cuestión de principios. De lo que se trata es de decidir si el hombre es persona o cosa, si la vida humana encierra un valor en sí misma o es una mera propiedad inherente a ciertos seres. Porque si es posible moralmente la fabricación en serie de seres humanos, como si de una cadena de montaje se tratara, entonces podemos afirmar que casi todo está permitido. El episodio revela una vez más cómo la más sofisticada ciencia y técnica pueden coexistir con la mayor barbarie moral. Desgraciadamente la ciencia, cuando se aleja del ámbito de los principios filosóficos y morales, no vacuna contra la inmoralidad. Por el contrario, favorece la aparición de ridículos aprendices de brujo, de remedos del personaje que soñó Mary Shelley.

Ignacio Sánchez Cámara, “Relativismo dogmático”, ABC, 27.X.01

Apenas pasa un día sin que podamos asistir a una demostración del dogmatismo de quienes profesan, más bien de boquilla, el más displicente de los relativismos. Esta actitud goza de una inmerecida buena fama, pues pretende ir asociada a la tolerancia, a la ausencia de dogmatismo, a la aceptación de la posible razón del discrepante, en suma, a la posesión de un talante civilizado, elegante y exquisito. La verdad es que todas estas virtudes carecen de verdadero mérito en el relativismo consecuente, pues nada más natural que admita la razón del adversario quien estima que su posición es relativa, discutible y dudosa. En última instancia, el relativismo radical es incompatible con la tolerancia, pues la vuelve superflua e imposible. Se tolera lo que se estima deficiente, erróneo o falso. Lo que puede ser verdadero y acertado no se tolera; se acepta o se discute.

Pero lo curioso es la facilidad con la que tantos relativistas confesos desmienten con sus palabras y sus obras la doctrina que dicen profesar. En ocasiones superan en dogmatismo y descalificación del adversario a quienes pretenden imponer el carácter absoluto y objetivo de su verdad. Nadie más dogmático que un relativista radical. También algunos de los más violentos se encuentran en las filas de los pacifistas. En primer lugar, están tan seguros de estar en posesión de la verdad, a pesar de su relativismo, que exhiben la más feroz arrogancia contra los que tildan de dogmáticos. Dogmatismo por dogmatismo, el suyo tampoco está mal. Las personalidades más autoritarias suelen encontrarse entre estos ardorosos relativistas de salón. En esto, cierta izquierda alcanza auténtica maestría. Todo es relativo, pero Castro es un benefactor de la humanidad. Todo es relativo, pero los Estados Unidos son culpables de todo el mal del mundo. Todo es relativo, pero la religión es un engaño. Todo es relativo, menos la razón indeleble y eterna que les asiste. En lo único en lo que son coherentes con su relativismo es en lo que se refiere a las dictaduras. Ahí todo depende: unas son buenas y otras malas.

En el fondo, se trata de un falso relativismo unidireccional, de una pura coartada. Son relativistas a la hora de combatir las tesis que rechazan, pero son dogmáticos cuando defienden las suyas propias. Sus oponentes son dogmáticos. Ellos lo saben bien, aunque todo es opinable. En lugar de argumentar, descalifican. Si no les gusta una ley, es injusta y se incumple. Es un relativismo fingido y estratégico. La ley democráticamente aprobada es la suprema expresión de la justicia, pero sólo cuando gobiernan ellos. Son unos extraños relativistas, siempre dispuestos a lapidar dialécticamente, y, en los peores casos, de manera literal, al adversario. Son los representantes de un relativismo frenético y visceral.

En la España de hace unas décadas, buena parte de la izquierda abrazó la filosofía analítica y el neopositivismo lógico, pensando tal vez que constituían una excelente manera de combatir al pensamiento metafísico tradicional, especialmente el religioso, instaurando el escepticismo en materias morales, políticas y religiosas. Mas omitían el pequeño detalle de que si su interpretación de esas teorías era correcta, también quedaban reducidos a añicos y cenizas sus propios postulados y, especialmente, su idolatrado marxismo.

Se trataba para ellos de una herramienta útil para combatir al adversario, pero que se desvanecía y volvía inútil cuando se trataba de aplicársela a ellos mismos. El episodio, aunque ya lejano, permite aclarar la condición nativa de esta tan curiosa especie que goza de excelente salud.

Ignacio Sánchez Cámara, “Cristianismo y Constitución Europea “, ABC, 31.V.03

El proceso de la construcción de la unidad política europea atraviesa ahora su etapa constituyente, presidida por un fuerte debate entre federalistas y realistas, e incluso escépticos. El futuro de Europa depende ahora del texto de la Constitución elaborado por la Convención presidida por Giscard. El Preámbulo, en su quizá natural intento de contentar a todos, o, por lo menos, a los más posible, ya ha suscitado polémica. Después de una extraña referencia a Europa como un «continente portavoz de civilización», el texto añade que además se inspira «en las herencias culturales, religiosas y humanistas» de Europa. Tras referirse a los orígenes helénicos y romanos de nuestra civilización, el Preámbulo menciona la herencia del Siglo de las Luces. Una vez más se consuma el injusto o ignorante olvido de la tradición medieval. Ese intento patente de contentar a todos se manifiesta también en las referencias a los «pueblos», los «Estados» y los «ciudadanos». El eclecticismo, como vía hacia el consenso aparente.

El texto redactado responde así a la polémica que ya se había suscitado sobre la conveniencia o no de una referencia expresa a las raíces espirituales cristianas de la civilización europea. Muchas son las voces que reclaman un reconocimiento expreso de que la identidad europea se encuentra íntimamente vinculada al cristianismo. Los sectores laicistas y anticlericales se oponen y temen que una referencia de esas características pudiera entrañar una especie de tutela intelectual del proceso de construcción política europea por parte de la Iglesia Católica. No ha habido consenso para mencionar a Dios o al cristianismo. Giscard ha pretendido zanjar la polémica mediante un término medio que está, de hecho, más cerca de la segunda opción que de la primera, al optar por una «pudorosa» mención a la herencia religiosa de Europa. Lo que es lo mismo que una alusión, algo vergonzante, al cristianismo sin mencionarlo expresamente.

No es una cuestión que dependa de un texto constitucional el hecho de que la religión cristiana, junto a la filosofía griega y al Derecho romano, la democracia liberal y la ciencia natural, aunque no todos ellos posean la misma jerarquía, constituye uno de los cimientos que sustentan nuestra civilización y su acción en la historia. Eso no depende de que lo reconozcan o no Giscard o los constituyentes. Por otra parte, la Ilustración y los valores democráticos y liberales no nacen como reacción contra el cristianismo, sino que, por el contrario, son imposibles sin su influjo. Europa no se entiende sin su adhesión secular a los valores y principios del personalismo cristiano. Y la democracia liberal tampoco. La Constitución puede optar por unos principios jurídicos u otros, pero no puede cambiar la realidad histórica. Acaso algunos anticlericales vocacionales y ateos de salón sean en el fondo cristianos, como el burgués hablaba en prosa, sin saberlo. Una Constitución que respete la libertad religiosa y la separación entre la Iglesia y el Estado no tiene por qué ser además una Constitución anticristiana, pues el cristianismo ha asumido esos principios. Pero ya se sabe que existe un laicismo que pretende relegar la religión al ámbito privado.

La omisión directa del cristianismo en el texto del Preámbulo constitucional no es cuestión menor. Naturalmente, tiene aún que superar una serie de trámites hasta ser aprobado. Tal vez en ese proceso se remedie la torpeza. En cualquier caso, no es el cristianismo el que necesita a la Constitución europea, sino ésta la que depende y necesita de aquél.

Ignacio Sánchez Cámara, “El opio del progre (sobre la asignatura de religión)”, ABC, 28.VI.03

El Consejo de Ministros aprobó ayer, entre otras medidas educativas, la nueva configuración de la asignatura de Religión, en sus dos versiones, confesional y aconfesional, ambas con valor académico. Algunas reacciones a la medida han sobrepasado los límites de la crítica razonable para adentrarse por los vericuetos del desenfreno ideológico. Se ha llegado a hablar de quiebra del consenso constitucional y del principio de aconfesionalidad del Estado. Por el contrario, se trata de la mejor solución adoptada desde la aprobación de la Constitución, absolutamente conforme con ella y respetuosa tanto con el valor educativo de la religión como con la libertad de los padres. Por supuesto que sin el conocimiento de la tradición cristiana no es posible entender ni la historia ni el arte ni, en general, la cultura española. Pero no se trata sólo de esto, con ser bastante, pues esta finalidad podría conseguirse sin una asignatura de carácter confesional. De lo que se trata es de integrar a la religión en el ámbito educativo, como parte esencial de la formación integral de la persona. Si no se trata de una ciencia, tampoco lo son las demás disciplinas humanísticas. Por lo demás, la idea de una asignatura no evaluable es una contradicción en los términos.

El criterio liberal es claro: libertad para elegir. Hace falta asumir los postulados totalitarios para pretender que la educación sea competencia directa y exclusiva del Estado. A éste lo que le corresponde es la garantía del derecho a la educación, no su ejercicio. Sócrates no fue funcionario público y algo enseñó a la humanidad. La neutralidad del Estado no consiste ni en el monopolio de la educación ni en la imposición de una visión materialista de la realidad. Por otra parte, quienes se lamentan de la formación religiosa recibida deben reconocer que no tuvo efectos tan devastadores como para impedirles el dictamen crítico. No faltan en nuestra historia reciente casos de agnósticos que enviaron a sus hijos a colegios religiosos. El anticlericalismo decimonónico puede explicarse, en parte, por los pasados privilegios de la Iglesia, aunque también sufrió persecuciones y expulsiones. Tampoco le han faltado méritos pedagógicos y culturales. Pero los progresistas son esencialmente nostálgicos. Son, más bien, «regresistas».

El Estado debe proteger el pluralismo y el derecho de los padres a elegir la formación de sus hijos, sin más límites que la defensa de los valores constitucionales y el Código penal. Pero no es esto lo que el buen «progre» desea, sino la imposición a todos de una educación materialista. Y el que quiera espiritualidad que se la pague: la religión, a la catequesis o, mejor, a las catacumbas. Pero no es lícito invocar la libertad para imponer una concepción materialista y atea. Sin la dimensión religiosa, queda amputada la visión integral de la realidad. Marx proclamó que la religión es el opio del pueblo. Sus retrógrados renuevos, que se alimentan de tópicos viejos de más de doscientos años, sienten un íntimo desasosiego cuando olfatean la trascendencia. La educación antirreligiosa es el opio del «progre», que adormece la conciencia de sus frustraciones y de sus viejos errores.

La nueva legislación no se limita al reconocimiento del valor educativo de la religión. También contribuye a recuperar la dignidad de la educación, amenazada por la antipedagogía, y expulsa de nuestro sistema la promoción automática de quienes fracasan y las horas de asueto en las aulas. Aprender no ha de ser tarea odiosa, pero tampoco es un juego divertido.

Ignacio Sánchez Cámara, “La mezquita”, ABC, 12.VII.03

No existe acaso en España paisaje comparable al de la Alhambra recortándose sobre el fondo de Sierra Nevada y dominando el Albaicín. Hace poco más de cinco siglos, exactamente quinientos once años, España recuperaba para sí y para la Cristiandad el reino de Granada. Quedaba consumada, con perdón, la obra de la Reconquista y comenzaba, con perdón, la epopeya americana. Anteayer, por primera vez desde la derrota y la expulsión, se inauguraba en Granada, en el Albaicín, una mezquita, al parecer, la más grande de Europa. Más que «de» Europa, tal vez habría que decir «en» Europa.

Está bien. En España se garantiza la libertad religiosa, reconocida por la Constitución. Sólo cabe elogiar la coexistencia y tolerancia entre confesiones religiosas. Aquí el Estado es neutral. Allí, no. En esto, entre otras cosas, reside la superioridad de la civilización occidental. En la libertad. No en vano los países democráticos son, casi sin excepción, países de tradición y convicciones mayoritarias cristianas. Donde el cristianismo no germinó, impera la tiranía. Cristianismo y civilización liberal son casi indiscernibles. La tolerancia es hija de la fortaleza y de la generosidad. Es el derecho que la inquebrantable verdad concede al error. Por lo demás, una civilización superior, mientras lo sea, nada debe temer de otra inferior. Su fuerza expansiva atraerá hacia sí incluso a sus enemigos. El odio del fundamentalismo islámico a Occidente es hijo del resentimiento y de la inferioridad. Sin embargo, existe un límite. Una civilización no puede sobrevivir cuando degenera y pierde el sentido de la autoestima, cuando se enajena y renuncia a la defensa de sus valores. Una cosa es la generosa tolerancia y otra la anomia y la pérdida de las propias convicciones.

Está muy bien la mezquita granadina. No tanto quizá el torvo gesto de algunos rostros ni cierto exhibicionismo algo petulante. Pero está muy bien que haya una mezquita en Granada. Lo malo es la falta de reciprocidad. Los que aquí predican la convivencia y la tolerancia, allí imponen la hegemonía y la exclusión. Mientras no sea posible que se erija una catedral en Damasco o en Riad, más que de tolerancia habrá que hablar de impostura. Acaso se diga que allí no hay cristianos. Razón de más para la reflexión sobre la falta de atractivo de unas sociedades. Tal vez nos encontremos ante una tolerancia unidireccional y hemipléjica.

Cabe esperar una pronta y radical reacción del radicalismo laicista en contra de semejante exhibición pública de confesionalidad religiosa. No habrá progresista hispano que no se convierta en atento vigilante de las enseñanzas que se profesen en la mezquita granadina para comprobar su compatibilidad con los valores y principios constitucionales. Podemos estar seguros de que velarán sin descanso por la denuncia de la menor desviación de los principios laicistas o de la igualdad entre los sexos. Imanes y sultanes pondrán todo su cuidado para evitar las denuncias y los recursos de inconstitucionalidad que interpondrían a buen seguro los paladines laicos de la Ilustración. Mas, por si acaso decayeran en su celo progresista, desde aquí llamamos a nuestras autoridades a que exijan el cumplimiento de las leyes y el respeto a los valores y principios constitucionales. Y también a que, en su caso, exijan el respeto al principio de reciprocidad. Está muy bien que en la Granada cristiana y democrática se ejerza la tolerancia bajo la forma de mezquita. Pero la tolerancia no obliga a la renuncia de las propias convicciones ni al abandono del imperio de la ley.

Ignacio Sánchez Cámara, “El guirigay ético” (parejas de hecho), ABC, 21.IV.01

El PSOE ha presentado una proposición de ley que prevé la modificación de tres artículos del Código Civil para reconocer el derecho al matrimonio de las parejas del mismo sexo. La oposición socialista parece sucumbir así a esa variedad de «progresismo» frenético que bien pudiera denominarse «síndrome holandés». Si el PP pretende legalizar las parejas de hecho (con lo que dejarán de ser parejas de hecho), el PSOE no puede permanecer impasible, que a «progresistas» no hay quien les gane. Dejaron pasar varios años de gobierno y ni asomo de matrimonio homosexual. Presentaron por dos veces en la pasada legislatura una propuesta de regulación de parejas de hecho, y otra más en septiembre de 2000. Y nada de matrimonio. Ahora eso es ya insuficiente. Siguiendo la ruta holandesa, hay que abrir el camino jurídico al matrimonio homosexual.

Mucho me temo que aquí habrá cualquier cosa menos un debate moral serio y fundamentado, sino más bien una reedición de esos habituales guirigais éticos en los que se discute desde posiciones valorativas opuestas e inconmensurables entre sí. Un vano diálogo de sordos, vamos. Pero los defensores de la medida se encuentran prisioneros, al menos, de dos falacias. Según una, estaríamos ante un caso de ejercicio del derecho a la autonomía personal, que no perjudicaría a nadie. Según la segunda, la privación de ese derecho entrañaría una inaceptable discriminación. Todo ello aderezado con la hipertrofia de los derechos tan característica de nuestra época, obsesionada por la nivelación y la igualación de las condiciones. El primer argumento falla porque afecta a una institución social básica como es la familia y a los derechos de los eventuales hijos adoptivos. La familia está vinculada a la transmisión de la vida, y dos personas del mismo sexo pueden hacer muchísimas cosas juntos, pero no precisamente procrear. Además, aunque se tratara de una mera cuestión de autonomía personal, el argumento quizá podría conducir al absurdo, pues no habría razones para negar el derecho al matrimonio a los grupos ni para oponerse a la poligamia o a la poliandria o, si se quiere ser muy imaginativo, para rechazar la pretensión de un extravagante ciudadano de formar pareja de hecho con su animal de compañía. Al fin y al cabo, si los animales ya tienen derechos, ¿por qué no podrían heredar? Estamos ante un caso más del curioso combinado que forman el desvarío «progresista», el resentimiento moral y la pasión niveladora. Lo diferente aspira a ser tratado como igual. Toda diferencia deviene agravio. Pero se da ahora el curioso fenómeno de que quienes en otras épocas detestaban a la familia burguesa o a la religión católica, ahora aspiran a integrarse en ellas como buscando una respetabilidad que entonces despreciaban. Hace unos días la portada de un diario nos regalaba la imagen de una pareja de varones homosexuales que, lejos de sugerir promesas liberadoras o «progresistas», rezumaba la quintaesencia de los añejos valores burgueses. Ahora la transgresión parece consistir en la invasión del espacio burgués y en la usurpación del rito católico. Para estos aburguesados neotransgresores, la dicha suprema sería contemplar la celebración del matrimonio religioso de una pareja de varones, oficiado en un templo católico por una sacerdotisa, a ser posible madre soltera para que los nuevos cónyuges pudieran, en su caso, adoptar al vástago. No son enemigos del orden burgués sino sus meros «ocupas». Los viejos «progres» eran mucho más simpáticos y coherentes, y jamás se les hubiera ocurrido reivindicar el matrimonio, ni bajo su forma civil ni bajo la canónica. Poco importa lo que sea el matrimonio y cuáles sean sus fines naturales. Lo que importa es que el guirigay ético no decaiga.

Ignacio Sánchez Cámara, “Clonación y dignidad”, ABC, 1.XII.01

Las reacciones ante la clonación de un embrión humano parecen confirmar el carácter anómalo del debate moral contemporáneo. Especialmente, quizá, en el ámbito de la bioética. Toda discusión moral es estéril si no se remonta a los fundamentos, es decir, a las diferentes concepciones filosóficas de la ética. En caso contrario, todo queda reducido a repetición de tópicos, charla de café o diálogo de sordos. Tampoco cabe encontrar la respuesta en la ciencia, que suministra más los términos del problema que la solución.

Y no se trata sólo de que no lleguemos a un acuerdo, cosa tal vez imposible; es que ni siquiera discutimos sobre los mismos presupuestos. De este modo, con exigua sutileza, unos perciben en los partidarios de la clonación terapéutica a una especie de asesinos en serie, y los otros convierten a sus detractores en entusiastas fundamentalistas de la muerte que se oponen con crueldad a un simple tratamiento médico. Pero algunos defensores de la clonación, y de otras causas semejantes, esgrimen un argumento falaz, que consiste en la atribución a sus oponentes de un planteamiento religioso o confesional, identificando el suyo con la racionalidad y el buen sentido, y les exigen la tolerancia y la exclusión del dogmatismo. Naturalmente, aceptar ese planteamiento es otorgarles de antemano la razón y escamotear el debate.

Si no estoy equivocado, todo depende de la concepción que se defienda sobre la vida humana, sobre su origen, fundamento y dignidad. No pueden pensar lo mismo sobre, por ejemplo, el aborto, la eutanasia o la clonación quienes consideran que la vida es un don de Dios o una realidad misteriosa o trascendente que quienes la entienden como una mera propiedad inmanente de ciertos seres autónomos que pueden disponer libremente de ella, o quienes limitan la existencia de la persona a un cierto estado de madurez, o reducen el deber moral al principio de no causar daño a un ser sensible o consciente. Tampoco pueden pensar lo mismo quienes postulan la existencia de deberes absolutos e incondicionados que quienes limitan el deber a la producción del placer y a la evitación del dolor.

Sin acudir a este ámbito de los fundamentos filosóficos y de la concepción radical del mundo y de la vida, las disputas morales constituyen una pérdida de tiempo y una irresponsabilidad. Si asumimos la primera tesis, es claro que la clonación, incluida la terapéutica, atenta contra el deber moral y contra la dignidad de la vida. Si nos adherimos a la segunda, la conclusión será su licitud en la medida en que puede paliar el sufrimiento de seres conscientes y maduros, aunque sea al precio de manipular y destruir embriones, carentes de toda dignidad. Por eso, no espero nada relevante de un debate sobre la clonación, y, en general, sobre bioética. Poco más que parloteo e incomprensión. Por mi parte, como creo en el sentido trascendente de la vida, considero que la clonación, incluida la terapéutica, es ilícita moralmente. Aliviar el sufrimiento y curar una enfermedad pueden constituir un deber, pero no un deber absoluto e incondicionado. Hay deberes más elevados. Pero también entiendo la posición de los partidarios, aunque creo que parten de una concepción equivocada de vida humana. Lo que no estoy dispuesto a aceptar es que la suya sea la única posición ilustrada y racional. Si es la única moderna y progresista, me importa muy poco. En cualquier caso, no albergo dudas acerca de cuál de las dos concepciones es más favorable a la dignidad de la vida y de la persona. Si no va a haber auténtico debate, lo mejor es guardar silencio, respetar al discrepante, mas no necesariamente sus argumentos, y confiar en que la verdad moral, que no depende del sufragio universal, termine por imponerse.

Ignacio Sánchez Cámara, “Religión y escuela”, ABC, 6.V.02

De la vieja cuestión escolar sólo queda, en parte, pendiente la solución del problema de la enseñanza de la Religión en la escuela pública. En la etapa de la transición, la cosa había quedado más o menos resuelta con la consideración de la Religión católica como asignatura evaluable y de la Ética como optativa. Esta solución planteaba el problema del erróneo entendimiento de la Ética cívica como alternativa a la Religión y su consiguiente supresión para los alumnos que optaran por la enseñanza religiosa. Pero, al menos, era respetuosa con la Constitución, con los acuerdos entre el Estado y la Santa Sede y con la consideración de la Religión como asignatura evaluable. Luego vino la extravagante profusión de alternativas lúdicas a la Religión y la supresión de su condición de asignatura evaluable para el currículo de los alumnos, es decir, el escamoteo de su condición de auténtica asignatura.

Al parecer, estamos ahora a punto de alcanzar un acuerdo entre el Ministerio y la Iglesia que ponga fin a una situación anómala. La solución, según las informaciones disponibles, consiste en la recuperación de la Religión como asignatura obligatoria y evaluable y con la probable alternativa de una asignatura de Historia de las Religiones o de Religión y Cultura que contemple el fenómeno religioso desde la perspectiva cultural. No obstante, no se descarta la posibilidad, que desnaturalizaría este tratamiento, de que la calificación carezca de consecuencias académicas. Pero una asignatura sin consecuencias académicas es cualquier cosa menos una verdadera asignatura. La solución más razonable sería la existencia de una asignatura de Religión como fenómeno cultural y unas optativas de enseñanza religiosa confesional. Sin la dimensión religiosa la formación integral no es posible, y sin el conocimiento de la tradición cristiana no cabe entender la civilización occidental ni la historia universal. La oposición a esta solución razonable sólo puede ser fruto de una extravagante animadversión hacia el cristianismo y de un erróneo entendimiento del imperativo constitucional que no aboga por el laicismo sino por el carácter aconfesional del Estado. Éste último es compatible con la aceptación y el respeto del catolicismo como religión mayoritaria en España y con la consideración del cristianismo como elemento constitutivo esencial de nuestra civilización. Con demasiada frecuencia se olvida que la escuela pública no ha de ser una escuela laica sino la escuela de todos, y que la Constitución y los acuerdos entre el Estado y la Iglesia obligan a respetar la libertad religiosa, que es cosa muy distinta de la exclusión de la Religión de la escuela pública. Esta exclusión no sólo atentaría contra el derecho de los padres y de los alumnos a una formación religiosa en la escuela pública, que es la de todos, no sólo la de los agnósticos y los ateos, sino también contra la Constitución y los acuerdos entre el Estado y la Iglesia.

Ignacio Sánchez Cámara, “El desarreglo del alma”, ABC, 15.V.02

En 1913, elogiando el libro «Ideas» para una concepción biológica del mundo, del barón Von Uexküll, escribió Ortega y Gasset: «No conozco sugestiones más eficaces que las de este pensador para poner orden, serenidad y optimismo sobre el desarreglo del alma contemporánea». Magnífica fórmula: «desarreglo del alma contemporánea». Y el desarreglo no ha hecho sino desarreglarse aún más. Por eso, nada hace quizá tanta falta hoy como el orden, la serenidad y el optimismo. Creo advertir las raíces de este desorden en anomalías que operan en el fondo de las creencias y de las ideas filosóficas vigentes, en el subsuelo donde se asienta nuestra concepción del mundo. La filosofía es ocupación seria y minoritaria que no puede ni debe aspirar a mandar, pero de la que depende, en medida mayor de la que se imagina, el nivel intelectual y moral de los hombres y de las sociedades.

En nuestros días, no existe una filosofía vigente y las que gozan de una moda o un éxito pasajeros, o no son filosofía o lo son de un modo deficiente o fraudulento. Vivimos instalados en tópicos filosóficos erróneos y, lo que es quizá aún peor, extemporáneos, arcaicos, propios del siglo pasado y aún del XIX. No es posible vivir en forma en el siglo XXI con ideas y creencias viejas de doscientos años. El examen de las polémicas en torno a la modernidad confirman, a mi parecer, este melancólico diagnóstico. Unos se obstinan en vivir de un racionalismo utópico de raíz cartesiana incapaz de aportar soluciones a la altura del tiempo. Otros, conscientes de este fracaso, levantan acta de defunción de la razón y se refugian en el nihilismo o la extravagancia o también en un «pensamiento débil», contradicción en los términos, pues si algo ha de ser fuerte es el pensamiento. Y no faltan quienes nos invitan a un viaje imposible al pasado, pues éste es siempre lo que no puede volver. ¿Es que estamos acaso condenados a elegir entre el materialismo y la irracionalidad? Lo uno y lo otro es, además de falso, anticuado e inservible. Y lo más descorazonador es que las ideas filosóficas que podrían salvarnos del marasmo existen y han sido pensadas a lo largo del siglo XX. En realidad, nos basta con tomar posesión de ellas y continuar la labor. Pero esto requiere inteligencia y modestia, extrañas virtudes que suelen transitar juntas, y no ignorancia y petulancia, extendidos vicios que también suelen viajar en fraterna comunión.

Mientras no se ponga orden, serenidad y optimismo en este desarreglo del alma contemporánea, todo marchará a trompicones y patas arriba. Aristóteles decía que el temperamento intelectual oscila entre el entusiasmo y la melancolía. Incluso de esta última cabe sacar fuerzas para el optimismo.

Ignacio Sánchez Cámara, “La barbarie, contra la religión”, ABC, 8.X.01

La barbarie del 11 de septiembre, y el fundamentalismo fanático del que se nutre, ha servido para cargar las baterías de los enemigos de la religiosidad.

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Ignacio Sánchez Cámara, “Neoanticlericalismo”, ABC, 25.VIII.01

El anticlericalismo es la otra cara errónea del error clericalista. Ambos se necesitan. Todo error necesita del error simétrico de su antagonista para justificarse. Pero lo que hay que oponer al error no es otro de naturaleza opuesta sino la verdad. El anticlericalismo en España tiene un sueño ligero y el más leve ruido basta para despertarlo de su secular sopor. La borrasca veraniega de Gescartera ha bastado para despertar al adormecido sesteante ilustre. Para el viejo monstruo latente no es preciso esperar ni al resultado de las investigaciones ni a la labor de las comisiones ni al trabajo de los jueces. La suerte está echada. La Iglesia, así, en general, sin matices, es culpable. Al fin y al cabo, para los azotadores de sotanas, la Iglesia lleva ya veinte siglos de culpabilidad. Lo más gracioso del anticlericalismo es que se pretende hijo de la Ilustración cuando es vástago de la ausencia de ilustración y de la falta de información. Ha bastado que parte de una Orden o de una diócesis o de lo que sea, tanto da, haya colocado parte de sus ahorros en Gescartera para que se desate la caja de los truenos anticlericales. No importa que lo hayan podido hacer en la condición de timadores o timados, lo que no es exactamente lo mismo. No importa que la inversión bursátil constituya una opción legítima para todos los ciudadanos. Si el inversor es eclesiástico, deviene especulador sin escrúpulos.

El anticlerical nunca deja que un hecho le destroce un bonito argumento. Por eso se acoge a la desinformación como al más nutricio suelo materno. Lo mejor es la generalización. El matiz queda para los tibios y colaboracionistas. Que el pueblo llano no entiende de sutilezas y matices. «La Iglesia -así, en general y con mayúsculas- invirtió al menos 2.500 millones de pesetas en Gescartera». ¿Para qué permitir que una investigación sobre la estructura económica de la Iglesia desmonte un lindo titular? Poco importa que no exista un poder financiero unificado en el seno de la Iglesia. Poco importa que cada unidad administrativa o diócesis sea administrada independientemente de las demás. Poco importa que ni siquiera el obispo fiscalice las cuentas de otras entidades administrativas que actúan en su diócesis. Lo que importa es la escandalosa generalización. Tampoco importa que invertir en Gescartera sea lícito y que el problema resida en que muchos inversores hayan podido ser estafados. Para el buen anticlerical, la Iglesia siempre estará del lado de los estafadores.

El buen anticlerical, sobre todo si milita en las filas opositoras socialistas, no dejará pasar la ocasión de la estival serpiente bursátil para plantear la necesidad de revisar los acuerdos económicos entre la Iglesia y el Estado. Poco importa el principio de igualdad ante la ley. Poco importan Cáritas, Manos Unidas u otras menudencias filantrópicas. Poco importa que la Ley Orgánica de Libertad Religiosa, que establece la cooperación del Estado con las confesiones religiosas, fuera votada por unanimidad en el Congreso de los Diputados. Lo que importa es que la Iglesia deje de recibir las subvenciones a las que tienen derecho las más estrafalarias organizaciones que persiguen los más extravagantes fines, porque algún grupo o diócesis o lo que sea, qué importa, ha invertido, pecado nefando, en Gescartera. Aun descontada la mala fe, no probada, de los eclesiásticos inversores, a nadie se le ocurriría pedir la supresión de la subvención a UGT por el fraude de la PSV. Pero el anticlericalismo tiene razones que la razón ignora. Cuando se trata de la Iglesia, el bien es atribuido a la parte y el mal al todo. Es la forma de entender la justicia del viejo, añejo, rancio y arcaico anticlericalismo. Lo del «neo» no deja de ser sino piadoso recurso retórico, pues la patología es vieja, demasiado vieja.

Ignacio Sánchez Cámara, “Catolicismo y vida pública”, ABC, 3.XI.01

El pasado fin de semana se celebró en Madrid el III Congreso «Católicos y vida pública», organizado por la Fundación Universitaria San Pablo-CEU. Como era previsible la repercusión social y «mediática» ha sido, por decirlo suavemente, moderada. Pese a que la mayoría de los españoles son católicos y que los valores cristianos continúan impregnando, quizá sólo vaga y superficialmente, nuestra sociedad, lo cierto es que el catolicismo parece condenado a jugar en campo contrario y con un árbitro casero. Quizá la Providencia persiga la recuperación de los valores originarios, promoviendo un regreso a la hostilidad padecida en sus principios. Al extendido reproche dirigido al cristianismo de vivir de espaldas a la Modernidad, como si además en ella todo fueran luces y bienes, se suma, en el caso del catolicismo, la acusación de promover la sumisión de la conciencia y de la libertad personales a la autoridad absoluta del Papa. Los católicos serían, así, antimodernos y heterónomos, en suma, «medievales». Por si esto fuera poco, abundan las voces que exigen que las creencias religiosas queden relegadas al ámbito de la conciencia personal, a la esfera de lo privado, y que toda pretensión de que aspiren a impregnar la vida pública son expresión de un totalitarismo más o menos larvado. El lugar natural de la religión estaría en las catacumbas de lo privado, cuando no en las de la persecución.

Y, sin embargo, no es poco lo que el catolicismo y los católicos pueden hacer para contribuir a la mejora intelectual y moral de una sociedad que diagnostican, no sin razón, como enferma, muchos de los que contribuyen a combatir los valores que podrían sanarla. El cristianismo constituye la raíz de los principales valores que sustentan nuestra civilización, o, lo que queda de ella, incluidos los de quienes, tal vez por ignorancia, lo combaten. Resulta fácil diagnosticar en cada mal que nos agobia la ausencia clamorosa de un valor cristiano despreciado o ausente: el terrorismo, la violencia, la guerra, la corrupción, la insolidaridad, el materialismo,… Si del ámbito de la moral pasamos al de la cultura en general, habría que recordar no sólo la contribución del cristianismo a la supervivencia y difusión de la cultura antigua clásica, sino también su labor de creación de las más elevadas obras, desde las catedrales al gregoriano, desde la mística a Bach. El olvido de la religiosidad y de las epifanías del espíritu es una de las causas fundamentales de la degradación de la cultura contemporánea.

El cristianismo, y la religiosidad en general, constituye un poderoso instrumento para mejorar el mundo, siempre que se acierte a eludir ciertos errores. Siempre que se supere la tentación del fanatismo y la tendencia a no distinguir entre la moral y el derecho. Siempre que no se olvide que la moral cristiana es, ante todo, una invitación a la reforma personal y que siempre han sido los que han seguido la vía del perfeccionamiento interior, renunciando a transformar directamente el mundo, quienes han logrado ejercer el influjo más beneficioso y perdurable. Es preciso un cristianismo a la altura de los tiempos, que, en ningún caso entraña la renuncia a su mensaje originario o su mera adaptación a las veleidades de la opinión dominante. Impedir la difusión social de los principios cristianos, aparte de una injusta discriminación cuantas tantas facilidades se dan a las más extravagantes e infames opiniones, es privarnos no sólo de una esperanza de salvación, sino también del arsenal de principios que nos permiten la recuperación de la excelencia y de la dignidad agredidas. No se enciende una lámpara para ocultarla.

Ignacio Sánchez Cámara, “Vida y libertad religiosa”, ABC, 27.VII.02

El lunes pasado publiqué en estas páginas un comentario sobre la sentencia del Tribunal Constitucional que concedía el amparo a unos padres, testigos de Jehová, que no habían autorizado la transfusión de sangre a su hijo menor, que falleció como consecuencia. El día siguiente, el «Diario Médico» publicaba una información que desmentía la interpretación general que se había hecho de la sentencia. Temiendo que mi comentario hubiera podido resultar sesgado por esa interpretación dominante, analicé el texto de la sentencia. Después de la lectura, mantengo en líneas generales, y salvo algún matiz, la tesis fundamental de mi artículo. Pienso que la sentencia del Constitucional concede un valor excesivo a la autonomía de un menor, incluye la negativa a la transfusión dentro del contenido del derecho a la integridad física y, sobre todo, hace prevalecer de hecho la libertad religiosa de los padres sobre el derecho a la vida y a la salud del menor y permite exceptuar la aplicación de preceptos del Código Penal por motivos de conciencia.

El argumento decisivo, si no me equivoco, parte de que los padres no se opusieron a la transfusión cuando fue ordenada por el juez, aunque tampoco la autorizaron ni obligaron a su hijo a someterse a ella. Esta circunstancia, dada la condición de testigos de Jehová de los padres y del hijo, y el hecho de que éste se opusiera, inclinan al Tribunal a estimar el amparo, pues obligar a los padres a algo más habría violentado su derecho a la libertad religiosa. Es verdad que no se trata, pues, de una preferencia sin más de la libertad religiosa sobre el derecho a la vida. El conflicto se da entre la condición de los padres de garantes de los derechos del menor y su derecho a la libertad religiosa. Pero esto, con ser verdad, no rebasa la condición de mera estratagema jurídica, pues la consecuencia del amparo es que prevalece la libertad religiosa sobre el deber de garantizar el derecho a la vida del hijo, con lo que, en definitiva, prevalece la libertad religiosa sobre la vida del menor. Si no, ciertamente, en general, sí en el caso juzgado.

El titular del «Diario Médico» afirma: «El TC no ha supeditado la vida del menor a la libertad religiosa». De la lectura de la sentencia cabe deducir que, en general, no, pero sí en el caso juzgado, pues los padres, por ser testigos de Jehová, no estarían obligados a forzar a su hijo a aceptar la transfusión. El Constitucional estima que no pueden ser condenados por el delito de homicidio por omisión ya que acataron la orden judicial de practicar la transfusión, pero, a la vez, hay que recordar que, antes de ella, se habían opuesto y después se negaron a convencer y a obligar al menor. Lo decisivo es que si los padres no hubieran sido testigos de Jehová, sí habrían sido condenados. Es el hecho de profesar una determinada creencia religiosa lo que, según el Constitucional, les hace acreedores al amparo. Algo que para cualquier persona sería delito, deja de serlo para un testigo de Jehová. Me temo que el principio de legalidad penal y el valor del derecho a la vida se resientan algo en una sentencia que, por otra parte, recoge una tesis anterior del mismo Tribunal que afirma que «el derecho fundamental a la vida tiene un contenido de protección positiva que impide configurarlo como un derecho de libertad que incluya el derecho a la propia muerte». Al parecer, uno no tiene derecho a matarse, pero sí a dejarse morir, aunque se tengan trece años. Pido disculpas al lector por la insistencia, pero creo que el asunto lo merece.