Joseph Ratzinger, “Sin Dios, nada se construye”, Alfa y Omega nº 458, 7.VII.05

L´Europa di Benedetto nella crisi della cultura: nuevo libro del Papa Benedicto XVI. Ofrecemos un fragmento publicado por el diario Corriere della Sera y por el semanario Alfa y Omega. Continúa leyendo Joseph Ratzinger, “Sin Dios, nada se construye”, Alfa y Omega nº 458, 7.VII.05

Joseph Ratzinger, “Las catorce encíclicas de Juan Pablo II”, 9.V.03

Conferencia en el congreso organizado por la Universidad Pontificia Lateranense de Roma dedicado a los 25 años del precedente pontificado, el 9 de mayo de 2003.

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Joseph Ratzinger, “Sobre el 11-S”, 2001

Entrevista de Antonella Palermo al cardenal Ratzinger después del 11-S, difundida en «Radio Vaticana» en 2001. En el momento de la entrevista, la guerra de los Estados Unidos contra el terrorismo en Afganistán había entrado en su segundo mes.

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Joseph Ratzinger, “Una confusa ideología de la libertad”, Subiaco, 1.IV.05

La tarde del 1 de abril le fue entregado al entonces cardenal Joseph Ratzinger, en el monasterio de Subiaco, cuna de los benedictinos y de Europa, el Premio San Benito «por su labor excepcional a favor de la promoción de la vida y de la familia en Europa». Nadie podía imaginar, aquella tarde, que, pocos días después, el premiado sería elegido Papa y adoptaría el nombre del Patrono de Europa. En aquella ocasión, el cardenal Ratzinger pronunció un importante discurso, en el que, bajo el título Europa en la crisis de las culturas, reflexionó sobre culturas que hoy se contraponen. De este significativo discurso ofrecemos lo publicado en Alfa y Omega Nº 448 el 28.IV.2005 Continúa leyendo Joseph Ratzinger, “Una confusa ideología de la libertad”, Subiaco, 1.IV.05

Joseph Ratzinger, “Por qué pertenezco a la Iglesia”, 1971

Podemos pensar en la iglesia católica comparándola con la luna: por la relación luna-mujer (madre) y por el hecho de que la luna no tiene luz propia, sino que la recibe del sol sin el cual sería oscuridad completa. La luna resplandece, pero su luz no es suya sino de otro. La sonda lunar y los astronautas descubrieron que la luna es solo una estepa rocosa y desértica, como montañas y arena, vieron una realidad distinta a la de la antigüedad: no como luz. Y efectivamente la luna es en sí y por sí misma lo desierto, arena y rocas. Sin embargo, es también luz y como tal permanece incluso en la época de los vuelos espaciales.

¿No es ésta una imagen exacta de la Iglesia? Quien la explora y la excava con la sonda, como la luna, descubrirá solamente desierto, arena y piedras, las debilidades del hombre y su historia a través del polvo, los desiertos y las montañas. El hecho decisivo es que ella, aunque es solamente arena y rocas, es también luz en virtud de otro, del Señor.

Yo estoy en la iglesia porque creo que hoy como ayer e independientemente de nosotros, detrás de nuestra iglesia vive su iglesia y no puedo estar cerca de Él si no es permaneciendo en su iglesia. Yo estoy en la Iglesia porque a pesar de todo creo que no es en el fondo nuestra sino suya.

La Iglesia es la que, no obstante todas las debilidades humanas existentes en ella, nos da a Jesucristo; solamente por medio de ella puedo yo recibirlo como una realidad viva y poderosa, aquí y ahora. Sin la Iglesia, Cristo se evapora, se desmenuza, se anula. ¿Y qué sería la humanidad privada de Cristo? Si yo estoy en la Iglesia es por las mismas razones porque soy cristiano. No se puede creer en solitario. La fe es posible en comunión con otros creyentes. La fe por su misma naturaleza es fuerza que une. Esta fe o es eclesial o no es tal fe. Además así como no se puede creer en solitario, sino sólo en comunión con otros, tampoco se puede tener fe por iniciativa propia o invención.

Yo permanezco en la Iglesia porque creo que la fe, realizable solamente en ella y nunca contra ella, es una verdadera necesidad para el hombre y para el mundo.

Yo permanezco en la Iglesia porque solamente la fe de la iglesia salva al hombre. El gran ideal de nuestra generación es uno, sociedad libre de la tiranía, del dolor y de la injusticia. En este mundo el dolor no se deriva sólo de la desigualdad en las riquezas y en el poder. Se nos quiere hacer creer que se puede llegar a ser hombres sin el dominio de sí, sin la paciencia de la renuncia y la fatiga de la superación, que no es necesario el sacrificio de mantener los compromisos aceptados, ni el esfuerzo para sufrir con paciencia la tensión de lo que se debería ser y lo que efectivamente se es.

En realidad el hombre no es salvado sino a través de la cruz y la aceptación de los propios sufrimientos y de los sufrimientos mundo, que encuentran su sentido liberador en la pasión de Dios. Solamente así el hombre llegará a ser libre. Todas las demás ofertas a mejor precio están destinadas al fracaso.

El amor no es estético ni carente de crítica. La única posibilidad que tenemos de cambiar en sentido positivo a un hombre es la de amarlo, trasformándolo lentamente de lo que es en lo que puede ser. ¿Sucedería de distinto modo en la Iglesia? Conferencia-Testimonio, Alemania (1971)

Joseph Ratzinger, “El fundamentalismo islámico”, Rialp, 1993

Reflexión sobre «El fundamentalismo islámico» tomada de «Una mirada a Europa», libro del cardenal Joseph Ratzinger publicado por la editorial Rialp (www.rialp.com), 1993.

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Joseph Ratzinger, “La fuerza de la razón contra el relativismo”, Aceprensa, 17.XI.04

Las raíces cristianas de Europa, las pretensiones del laicismo y los desafíos éticos que presentan los avances biomédicos fueron algunos temas de un coloquio entre el cardenal Joseph Ratzinger, prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, y el historiador Ernesto Galli della Loggia, catedrático de la Universidad de Perugia y columnista habitual del diario “Corriere della Sera”. Ofrecemos algunos pasajes del diálogo, que tuvo lugar el pasado 25 de octubre, organizado en Roma por el Centro de Orientación Política. La síntesis que se ofrece ha sido realizada por Aceprensa partiendo de la amplia transcripción del diálogo publicada por el diario “Il Foglio” (27 y 28 de octubre de 2004).

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Joseph Ratzinger, “El laicismo está poniendo en peligro la libertad religiosa”, Zenit, 19.XI.04

El cardenal Joseph Ratzinger constata que el laicismo está poniendo en peligro el derecho a la libertad religiosa. En una entrevista concedida al diario «La Reppublica» este viernes el prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, constata que «existe una agresividad ideológica secular, que puede ser preocupante».

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Joseph Ratzinger, “Por qué el cristianismo no es visto como fuente de alegría”, Zenit, 7.V.04

ROMA, viernes, 7 mayo 2004 (ZENIT.org).- La percepción del cristianismo como algo institucional y no como un encuentro con Cristo ha llevado explica el hecho de que hoy día deje de verse como fuente de alegría, constata el cardenal Joseph Ratzinger.

El prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe considera que «el cristianismo hoy se presenta como una antigua tradición, sobre la que pesan antiguos mandamientos, algo que ya conocemos y que no nos dice nada nuevo, una institución fuerte, una de las grandes instituciones que pesan sobre nuestros hombros».

«Si nos quedamos en esta impresión, no vivimos el núcleo del cristianismo, que es un encuentro siempre nuevo, un acontecimiento gracias al cual podemos encontrar al Dios que habla con nosotros, que se acerca a nosotros, que se hace nuestro amigo», afirma el purpurado en declaraciones concedidas al último número del semanario católico italiano «Vita Trentina».

«Es decisivo llegar a este punto fundamental de un encuentro personal con Dios, que también hoy se hace presente y que es contemporáneo», reconoce.

«Si uno encuentra este centro esencial, comprende también las demás cosas; pero si no se realiza este acontecimiento que toca el corazón, todo lo demás queda como un peso, casi como algo absurdo», añade el purpurado bávaro.

Por lo que se refiere a la situación actual de la Iglesia, el cardenal Ratzinger considera en la entrevista que todavía queda «mucho» por asimilar del Concilio Vaticano II (1962-1965), pues, como reconoce, «me parecería difícil para una generación asimilar verdaderamente la herencia del Concilio».

«Desde mi punto de vista –opina–, quizá en los últimos diez años, hemos dado un paso adelante para hacer realmente propia la reforma litúrgica, que no es algo arbitrario ni se reduce a gestos exteriores, sino que consiste en entrar realmente en un diálogo de fe».

«Otro elemento fundamental del Concilio que estamos llamados a asimilar mejor afecta a la necesidad de comprender el cristianismo de manera personal, desde el punto de vista de un encuentro con Cristo», subraya.

«El carácter central de Cristo era, diría yo, el corazón del mensaje del Concilio Vaticano II –revela–. Por desgracia, nos quedamos en muchas cosas exteriores de modo que este carácter central del personalismo cristiano queda todavía por descubrir», indica.

«El Concilio, de hecho, quería mostrar que el cristianismo no está contra la razón, contra la modernidad, sino que por el contrario es una ayuda para que la razón en su totalidad pueda trabajar no sólo en las cuestiones técnicas, sino también en el conocimiento humano, moral y religioso», revela.

En un mundo dominado por una economía regida por «principios materialistas» y por el liberalismo, según el cardenal Ratzinger, quien queda excluido es «el corazón», es decir, «el punto más elevado de la inteligencia humana, esto es, la posibilidad de ver a Dios e introducir también en el mundo del trabajo, del comercio, de la política, la luz de la responsabilidad moral, del amor y de la justicia».

«Si por una parte es importante que los sacerdotes anuncien bien el centro de la fe cristiana, por otra parte tiene que haber personas que en los diferentes ámbitos del mundo se comprometan para hacer presentes los principios de la fe cristiana, que transformen desde dentro las realidades humanas», concluye.

Zenit, ZS04050701

Joseph Ratzinger, “Fundamentos espirituales de Europa”, 13.V.04

Conferencia que pronunció el cardenal Joseph Ratzinger, prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, en la biblioteca del Senado de la República Italiana, el pasado 13 de mayo sobre los fundamentos espirituales de Europa.

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Joseph Ratzinger, “Sentido del adviento”, Encuentra, 17.XII.03

«El Adviento y la Navidad han experimentado un incremento de su aspecto externo y festivo profano tal que en el seno de la Iglesia surge de la fe misma una aspiración a un Adviento auténtico: la insuficiencia de ese ánimo festivo por sí sólo se deja sentir, y el objetivo de nuestras aspiraciones es el núcleo del acontecimiento, ese alimento del espíritu fuerte y consistente del que nos queda un reflejo en las palabras piadosas con que nos felicitamos las pascuas. ¿Cuál es ese núcleo de la vivencia del Adviento? Podemos tomar como punto de partida la palabra «Adviento»; este término no significa «espera», como podría suponerse, sino que es la traducción de la palabra griega parusía, que significa «presencia», o mejor dicho, «llegada», es decir, presencia comenzada. En la antigüedad se usaba para designar la presencia de un rey o señor, o también del dios al que se rinde culto y que regala a sus fieles el tiempo de su parusía.

Es decir, que el Adviento significa la presencia comenzada de Dios mismo. Por eso nos recuerda dos cosas: primero, que la presencia de Dios en el mundo ya ha comenzado, y que él ya está presente de una manera oculta; en segundo lugar, que esa presencia de Dios acaba de comenzar, aún no es total, sino que esta proceso de crecimiento y maduración. Su presencia ya ha comenzado, y somos nosotros, los creyentes, quienes, por su voluntad, hemos de hacerlo presente en el mundo. Es por medio de nuestra fe, esperanza y amor como él quiere hacer brillar la luz continuamente en la noche del mundo. De modo que las luces que encendamos en las noches oscuras de este invierno serán a la vez consuelo y advertencia: certeza consoladora de que «la luz del mundo» se ha encendido ya en la noche oscura de Belén y ha cambiado la noche del pecado humano en la noche santa del perdón divino; por otra parte, la conciencia de que esta luz solamente puede —y solamente quiere— seguir brillando si es sostenida por aquellos que, por ser cristianos, continúan a través de los tiempos la obra de Cristo.

La luz de Cristo quiere iluminar la noche del mundo a través de la luz que somos nosotros; su presencia ya iniciada ha de seguir creciendo por medio de nosotros. Cuando en la noche santa suene una y otra vez el himno Hodie Christus natus est, debemos recordar que el inicio que se produjo en Belén ha de ser en nosotros inicio permanente, que aquella noche santa es nuevamente un «hoy» cada vez que un hombre permite que la luz del bien haga desaparecer en él las tinieblas del egoísmo (…) el niño ‑ Dios nace allí donde se obra por inspiración del amor del Señor, donde se hace algo más que intercambiar regalos.

Adviento significa presencia de Dios ya comenzada, pero también tan sólo comenzada. Esto implica que el cristiano no mira solamente a lo que ya ha sido y ya ha pasado, sino también a lo que está por venir. En medio de todas las desgracias del mundo tiene la certeza de que la simiente de luz sigue creciendo oculta, hasta que un día el bien triunfará definitivamente y todo le estará sometido: el día que Cristo vuelva. Sabe que la presencia de Dios, que acaba de comenzar, será un día presencia total. Y esta certeza le hace libre, le presta un apoyo definitivo (…)».

Alegraos en el Señor (…) «“Alegraos, una vez más os lo digo: alegraos”. La alegría es fundamental en el cristianismo, que es por esencia evangelium, buena nueva. Y sin embargo es ahí donde el mundo se equivoca, y sale de la Iglesia en nombre de la alegría, pretendiendo que el cristianismo se la arrebata al hombre con todos sus preceptos y prohibiciones. Ciertamente, la alegría de Cristo no es tan fácil de ver como el placer banal que nace de cualquier diversión.

Pero sería falso traducir las palabras: «Alegraos en el Señor» por estas otras: «Alegraos, pero en el Señor», como si en la segunda frase se quisiera recortar lo afirmado en la primera. Significa sencillamente «alegraos en el Señor», ya que el apóstol evidentemente cree que toda verdadera alegría está en el Señor, y que fuera de él no puede haber ninguna. Y de hecho es verdad que toda alegría que se da fuera de él o contra él no satisface, sino que, al contrario, arrastra al hombre a un remolino del que no puede estar verdaderamente contento. Por eso aquí se nos hace saber que la verdadera alegría no llega hasta que no la trae Cristo, y que de lo que se trata en nuestra vida es de aprender a ver y comprender a Cristo, el Dios de la gracia, la luz y la alegría del mundo. Pues nuestra alegría no será auténtica hasta que deje de apoyarse en cosas que pueden sernos arrebatadas y destruidas, y se fundamente en la más íntima profundidad de nuestra existencia, imposible de sernos arrebatada por fuerza alguna del mundo. Y toda pérdida externa debería hacernos avanzar un paso hacia esa intimidad y hacernos más maduros para nuestra vida auténtica.

Así se echa de ver que los dos cuadros laterales del tríptico de Adviento, Juan y María, apuntan al centro, a Cristo, desde el que son comprensibles. Celebrar el Adviento significa, dicho una vez más, despertar a la vida la presencia de Dios oculta en nosotros. Juan y María nos enseñan a hacerlo. Para ello hay que andar un camino de conversión, de alejamiento de lo visible y acercamiento a lo invisible. Andando ese camino somos capaces de ver la maravilla de la gracia y aprendemos que no hay alegría más luminosa para el hombre y para el mundo que la de la gracia, que ha aparecido en Cristo. El mundo no es un conjunto de penas y dolores, toda la angustia que exista en el mundo está amparada por una misericordia amorosa, está dominada y superada por la benevolencia, el perdón y la salvación de Dios. Quien celebre así el Adviento podrá hablar con derecho de la Navidad feliz bienaventurada y llena de gracia. Y conocerá cómo la verdad contenida en la felicitación navideña es algo mucho mayor que ese sentimiento romántico de los que la celebran como una especie de diversión de carnaval».

Estar preparados…

«En el capitulo 13 que Pablo escribió a los cristianos en Roma, dice el Apóstol lo siguiente: “La noche va muy avanzada y se acerca ya el día. Despojémonos, pues, de las obras de las tinieblas y vistamos las armas de la luz. Andemos decentemente y como de día, no viviendo en comilonas y borracheras, ni en amancebamientos y libertinajes, ni en querellas y envidias, antes vestíos del Señor Jesucristo…” Según eso, Adviento significa ponerse en pie, despertar, sacudirse del sueño. ¿Qué quiere decir Pablo? Con términos como “comilonas, borracheras, amancebamientos y querellas” ha expresado claramente lo que entiende por «noche». Las comilonas nocturnas, con todos sus acompañamientos, son para él la expresión de lo que significa la noche y el sueño del hombre. Esos banquetes se convierten para San Pablo en imagen del mundo pagano en general que, viviendo de espaldas a la verdadera vocación humana, se hunde en lo material, permanece en la oscuridad sin verdad, duerme a pesar del ruido y del ajetreo. La comilona nocturna aparece como imagen de un mundo malogrado. ¿No debemos reconocer con espanto cuan frecuentemente describe Pablo de ese modo nuestro paganizado presente? Despertarse del sueño significa sublevarse contra el conformismo del mundo y de nuestra época, sacudirnos, con valor para la virtud v la fe, sueño que nos invita a desentendernos a nuestra vocación y nuestras mejor posibilidades. Tal vez las canciones del Adviento, que oímos de nuevo esta semana se tornen señales luminosas para nosotros que nos muestra el camino y nos permiten reconocer que hay una promesa más grande que la el dinero, el poder y el placer. Estar despiertos para Dios y para los demás hombres: he ahí el tipo de vigilancia a la que se refiere el Adviento, la vigilancia que descubre la luz y proporciona más claridad al mundo».

Juan el Bautista y María «Juan el Bautista y María son los dos grandes prototipos de la existencia propia del Adviento. Por eso, dominan la liturgia de ese período. ¡Fijémonos primero en Juan el Bautista! Está ante nosotros exigiendo y actuando, ejerciendo, pues, ejemplarmente la tarea masculina. Él es el que llama con todo rigor a la metanoia, a transformar nuestro modo de pensar. Quien quiera ser cristiano debe “cambiar” continuamente sus pensamientos. Nuestro punto de vista natural es, desde luego, querer afirmarnos siempre a nosotros mismos, pagar con la misma moneda, ponernos siempre en el centro. Quien quiera encontrar a Dios tiene que convertirse interiormente una y otra vez, caminar en la dirección opuesta. Todo ello se ha de extender también a nuestro modo de comprender la vida en su conjunto. Día tras día nos topamos con el mundo de lo visible.

Tan violentamente penetra en nosotros a través de carteles, la radio, el tráfico y demás fenómenos de la vida diaria, que somos inducidos a pensar que sólo existe él. Sin embargo, lo invisible es, en verdad, más excelso y posee más valor que todo lo visible. Una sola alma es, según la soberbia expresión de Pascal, más valiosa que el universo visible. Mas para percibirlo de forma vida es preciso convertirse, transformarse interiormente, vencer la ilusión de lo visible y hacerse sensible, afinar el oído y el espíritu para percibir lo invisible. Aceptar esta realidad es más importante que todo lo que, día tras día, se abalanza violentamente sobre nosotros. Metanoeite: dad una nueva dirección a vuestra mente, disponedla para percibir la presencia de Dios en el mundo, cambiad vuestro modo de pensar, considerar que Dios se hará presente en el mundo en vosotros y por vosotros. Ni siquiera Juan el Bautista se eximió del difícil acontecimiento de transformar su pensamiento, del deber de convertirse. ¡Cuán cierto es que éste es también el destino del sacerdote y de cada cristiano que anuncia a Cristo, al que conocemos y no conocemos!».

Tomado de www.encuentra.com

Joseph Ratzinger, “La Eucaristía, antídoto para la amenaza del individualismo”, Zenit, 23.XII.03

CIUDAD DEL VATICANO, 22 diciembre 2003 (ZENIT.org).- Para el cardenal Joseph Ratzinger el mayor peligro actual para la humanidad es el relativismo, que acaba encerrándola en el individualismo.

Por este motivo la Iglesia ha insistido tanto a los católicos en el último año en el lazo que constituye la Eucaristía, reconoció el purpurado bávaro tras haber participado este lunes en el encuentro que todos los años Juan Pablo II mantiene con sus colaboradores de la Curia romana.

El cardenal Ratzinger, en calidad de decano del Colegio de los cardenales, fue el encargado de dirigir las palabras de saludo al pontífice, en las que constató que la encíclica sobre la Eucaristía, publicada el pasado Jueves Santo, es quizá el documento papal más importante de 2003.

El mérito de este documento papal –«Ecclesia de Eucharistia»–, según el purpurado bávaro, es el de reproponer «el lazo indisoluble entre Iglesia y Eucaristía», pues «existía el riesgo de que se perdiera» «en un mundo tan individualista».

El prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe explicó después el alcance de esta propuesta en respuesta a las preguntas de «Radio Vaticano».

«Conocemos la fuerza de la violencia en este mundo, las amenazas contra la paz y contra los fundamentos éticos de la humanidad, que se constatan en tantos campos de la legislación, sobre todo en la técnica de la reproducción del hombre, según la cual el hombre se convierte en un producto», explicó.

«De aquí –reconoció–, surge la preocupación de que las fuerzas de la fe estén suficientemente presentes y sean dinámicas para que puedan realmente oponerse a la amenaza de la violencia y creen un clima de perdón, de justicia, como condición para la paz».

«Y para que la fe pueda responder realmente a los desafíos de nuestro tiempo, es importante que sea sólida, es decir, que la fe sobre todo en Cristo sea completa, que comprenda que Cristo es la encarnación del único Dios y el Salvador de todos los hombres», recalcó.

«Por tanto, entre las preocupaciones, se da el gran problema del relativismo: ver a Jesucristo como uno de los reveladores de Dios, en lugar de ver en Él realmente la encarnación del Hijo de Dios», explicó en su respuesta al periodista.

En su encuentro con el Papa el cardenal había aclarado que Cristo presente en «la Eucaristía construye la Iglesia». «Pero es también verdad lo inverso –añadió–: la Iglesia es el espacio vital de la Eucaristía. Nos es posible recibir la eucaristía como un alimento privado para después encerrarse en el propio individualismo».

«Nos une al Señor y en ese sentido nos une entre nosotros –concluyó–. Es vinculante, en el sentido de que nos hace miembros del Cuerpo de Cristo, cuya unidad se constituye en los vínculos de la profesión de fe, de los sacramentos, del gobierno eclesiástico y de la comunión».

Tomado de Zenit, ZS03122204

Joseph Ratzinger, “El hombre necesita a Cristo porque tiene deseo del infinito”, Zenit, 16.XII.03

En su último libro «Fe, verdad, tolerancia – El cristianismo y las religiones del mundo» («Fede, verità, tolleranza – Il cristianesimo e le religioni del mondo», editorial Cantagalli), el cardenal Joseph Ratzinger interviene en los principales temas del momento: la relación entre las religiones, los riesgos del relativismo y el papel que el cristianismo puede jugar. Son cuestiones que abordó también en esta entrevista concedida a Antonio Socci, publicada íntegramente en «Il Giornale» el pasado 26 de noviembre.

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Joseph Ratzinger, “Fe, verdad, toleracia”, Alfa y Omega, 11.IX.03

Nuevo libro del cardenal Ratzinger Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe Continúa leyendo Joseph Ratzinger, “Fe, verdad, toleracia”, Alfa y Omega, 11.IX.03

Joseph Ratzinger, “La crisis de la Iglesia, una fe débil”, Zenit, 24.VIII.03

IRONDALE (ALABAMA), 24 agosto 2003 (ZENIT.org).- Para el cardenal Joseph Ratzinger la crisis que atraviesa la Iglesia, particularmente en Estados Unidos, es «una fe débil» a la que hay que responder con «conversión» y «una enseñanza moral clara».

Así lo expresa el prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, considerado como uno de los más grandes teólogos contemporáneos, en una entrevista concedida al director de noticias del canal de televisión EWTN, Raymond Arroyo, que será transmitida en su original en inglés el 5 de septiembre.

Según el purpurado alemán, la causa fundamental de la crisis que atraviesa el cristianismo tiene un «elemento general», «la debilidad de los seres humanos, incluso de los sacerdotes». «Creo que el punto esencia es una fe débil», afirma.

«Por tanto hay dos aspectos esenciales –considera–: conversión a una fe profunda con una vida de oración y sacramentos, y una enseñanza moral clara en conexión con la enseñanza que la Iglesia ha recibido del Espíritu Santo y que puede mostrarnos el camino».

Por lo que se refiere al papel de los obispos estadounidenses en la crisis y en la respuesta a la crisis, el cardenal Ratzinger afronta el debate en torno a la función de la Conferencia Episcopal.

«La coordinación entre los obispos es ciertamente necesaria, pues Estados Unidos es un gran continente –reconoce–. Ahora bien, desde un primer momento queda claro que la responsabilidad personal del obispo es fundamental para la Iglesia, y tal vez el anonimato de las Conferencias Episcopales pueden ser un peligro para la Iglesia. Nadie resulta inmediata y personalmente responsable. Resulta siendo la conferencia y uno no sabe ni dónde está ni quién es la conferencia».

Ante las críticas de quienes contestan la voz de la Iglesia católica en temas como la sexualidad o el reconocimiento de las uniones homosexuales, el cardenal responde: «Creo que, aunque nuestra cultura esté en contra del matrimonio como forma esencial de las relaciones entre el hombre y la mujer, nuestra naturaleza está siempre presente, y podemos comprender» [la postura de la Iglesia].

«Espero que sea posible un diálogo sincero y abierto con gente que comprende incluso hoy que ésta es nuestra naturaleza: el hombre y la mujer han sido creados el uno para el otro», recuerda.

El purpurado de 76 años, afronta también la cuestión de su posible renuncia al cargo, que hace de él uno de los hombres más cercanos.

«Sí, desee retirarme en 1991, en 1996 y en 2001, pues tenía la idea de escribir algunos libros y de volver a mis estudios, como lo ha hecho el cardenal Martini [arzobispo emérito de Milán] –revela–. Pero, al ver el sufrimiento del Papa, no puedo decirle “Me retiro, me dedico a mis libros…” Tengo que continuar».

La entrevista del cardenal Ratzinger a EWT será transmitida doblada al español en una fecha todavía no anunciada.

Tomado de Zenir, ZS03082405

Joseph Ratzinger, “Cristianismo e Islam”, La Repubblica, 1.X.01

El cardenal Joseph Ratzinger, prefecto de la Congregación para la doctrina de la fe, ha intervenido sobre el debate que provocó el primer ministro italiano Silvio Berlusconi, quien habría asegurado que la cultura cristiana es superior a la islámica.

Publicamos a continuación el texto de la entrevista que el cardenal Ratzinger concedió sobre el argumento el pasado 1 de octubre al diario italiano «La Repubblica».

–Eminencia, ¿comparte la afirmación del primer ministro italiano? –Cardenal Ratzinger: No me meto en las polémicas políticas. El tema es muy complejo. No debe ser afrontado en términos de superioridad de éste o del otro, pues el valor sociocultural de las sociedades a nivel empírico varía en el curso del camino de la historia».

–La evolución de las culturas, ¿se aplica también para el Islam? –Cardenal Ratzinger: Es un valor variable para todos, para el cristianismo, para el Islam, para el judaísmo o para cualquier otra religión. Dado que en estos días se habla tanto del Islam, lamentablemente con ocasión de los atentados de Nueva York, digamos que a nivel empírico la cultura islámica hizo sentir su influencia incluso en gran parte de Occidente, hasta aproximadamente el año mil después de Cristo.

–¿Qué sectores culturales en Occidente han sido plasmados por la cultura musulmana en los siglos de mayor influencia islámica? –Cardenal Ratzinger: Ciertamente, hasta todo el primer milenio, la civilización islámica fue superior en muchos campos: en la matemática, en la medicina, en las ciencias, en la arquitectura, en las artes. Formas culturales que todavía hoy tienen una gran presencia en Occidente.

–En los siglos siguientes se verificó una especie de decadencia de la cultura islámica. ¿Quizá por esto se dice que la cristiana es superior? –Cardenal Ratzinger: En estos análisis socioculturales es mejor tener cuidado cuando se habla de superioridad. Aunque es verdad que, desde el punto de vista histórico, en el segundo milenio, la cultura islámica experimentó formas de decadencia, mientras que la cultura occidental creció hasta conquistar niveles superiores. A nivel empírico, a través de los siglos, las formas culturales cambian y se transforman: es la historia.

–Y hoy, ¿a quién pertenece el primado entre Islam y Cristianismo? –Cardenal Ratzinger: Hoy, es difícil hablar de primado entre formas socioculturales diferentes. No es tan fácil. Es un tema delicado, profundo, complejo, que hay que afrontar con prudencia y con respeto recíproco.

–En su último libro «Dios y el mundo», usted sostiene que cristianos y musulmanes tienen un modo diverso de afrontar el destino del hombre decidido por Dios. ¿Por qué? –Cardenal Ratzinger: Sí, sobre el destino divino hay una divergencia real, o digamos una diferencia, entre el Islam y el cristianismo. Para los musulmanes, el destino está predeterminado por Dios y el hombre vive en una especie de red que limita en gran manera sus movimientos. La fe cristiana, por el contrario, cuenta con el factor de la libertad. Esto significa que, para el cristiano, Dios, por una parte abraza todo, sabe todo, guía el curso de la historia, pero ha predispuesto las cosas de tal modo que la libertad encuentra su lugar. En síntesis, para mí, cristiano, Dios tiene la historia en sus manos, pero me da la libertad de entregarme completamente a su amor o de rechazarlo.

–Libertad que puede llevar también a equivocarse, como lo prueban los vientos de guerra de estos días. ¿Serán escuchados los llamamientos del Papa? –Cardenal Ratzinger: Esperemos. El Papa ha sido clarísimo, ha dicho todo lo que debía decir, o sea que, si se quiere respetar a las víctimas inocentes estadounidenses, con la guerra todo está perdido, con la paz todo es posible. Roguemos a Dios para que se le escuche.

Tomado de Zenit, ZS01100201

Joseph Ratzinger, “La marginación de Dios”, 8.X.01

Análisis del prefecto para la Doctrina de la Fe sobre la crisis religiosa.

Joseph Ratzinger Intervención en el Sínodo de los Obispos, 8.X.01 Continúa leyendo Joseph Ratzinger, “La marginación de Dios”, 8.X.01

Joseph Ratzinger, “El espíritu de la liturgia”, Alfa y Omega, 18.X.01

Una de las claves del Concilio Vaticano II fue la renovación litúrgica, pero ésta ha llegado a los cristianos como cambios exteriores más que como un espíritu. En este libro de Ediciones Cristiandad, que será presentado en Madrid el próximo 23 de octubre, el cardenal Ratzinger, Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, hace una introducción rigurosa, de carácter teológico, para revelar el espíritu que anima la liturgia y, mediante ella, a toda la Iglesia. Con el fin de redescubrir toda la belleza de la liturgia y su riqueza oculta, este nuevo libro es una actualización del que, en 1946, escribiera Guardini: Sobre el espíritu de la liturgia. Ofrecemos algunos párrafos: – Podríamos decir que entonces -en 1918- la liturgia se parecía a un fresco que, aunque se conservaba intacto, estaba casi completamente oculto por capas sucesivas. Gracias al Concilio Vaticano II, aquel fresco quedó al descubierto y, por un momento, quedamos fascinados por la belleza de sus colores y de sus formas. Sin embargo, ahora está nuevamente amenazado, tanto por las restauraciones o reconstrucciones desacertadas, como por el aliento de las masas que pasan de largo.

– Dios tiene derecho a una respuesta por parte del hombre, tiene derecho al hombre mismo, y donde este derecho de Dios desaparece por completo, se desintegra el orden jurídico humano, porque falta la piedra angular que le dé cohesión.

– El culto es percatarse de la caída, es, por así decirlo, el instante del arrepentimiento del hijo pródigo, el volver-la-mirada al origen. Puesto que, según muchas filosofías, el conocimiento y el ser coinciden, el hecho de poner la mirada en el principio, constituye también, y al mismo tiempo, un nuevo ascenso hacia él.

– La Eucaristía es, desde la cruz y la resurrección de Jesús, el punto de encuentro de todas las líneas de la Antigua Alianza, e incluso de la historia de las religiones en general: el culto verdadero, siempre esperado y que siempre supera nuestras posibilidades, la adoración en espíritu y verdad.

– El culto cristiano implica universalidad. La liturgia cristiana nunca es la iniciativa de un grupo determinado, de un círculo particular o, incluso, de una Iglesia local concreta. La Humanidad que sale al encuentro de Cristo se encuentra con Cristo que sale al encuentro de la Humanidad.

– Que nadie diga ahora: la Eucaristía está para comerla y no para adorarla. No es, en absoluto, un pan corriente, como destacan, una y otra vez, las tradiciones más antiguas. Comerla es un proceso espiritual que abarca toda la realidad humana. Comerlo significa adorarle. Comerlo significa dejar que entre en mí de modo que mi yo sea transformado y se abra al gran nosotros, de manera que lleguemos a ser uno solo con Él. De esta forma, la adoración no se opone a la comunión, ni se sitúa paralelamente a ella. La comunión alcanza su profundidad sólo si es sostenida y comprendida por la adoración. La presencia eucarística en el tabernáculo no crea otro concepto de Eucaristía paralelo o en oposición a la celebración eucarística, más bien constituye su plena realización. Pues esa presencia la que hace que siempre haya Eucaristía en la Iglesia.

– El domingo es, para el cristiano, la verdadera medida del tiempo, lo que marca el ritmo de su vida. No se apoya en una convención arbitraria, sino que lleva en sí la síntesis única de su memoria histórica, del recuerdo de la creación y de la teología de la esperanza. Es la fiesta de la resurrección para los cristianos, fiesta que se hace presente todas las semanas, pero que no por eso hace superfluo el recuerdo específico de la Pascua de Jesús.

– La ausencia total de imágenes no es compatible con la fe en la encarnación de Dios. Dios, en su actuación histórica, ha entrado en nuestro mundo sensible para que el mundo se haga transparente hacia Él. Las imágenes de lo bello en las que se hace visible el misterio del Dios invisible forman parte del culto cristiano.

– La imagen de Cristo y las imágenes de los santos no son fotografías. Su cometido es llevar más allá de lo constatable desde el punto de vista material, consiste en despertar los sentidos internos y enseñar una nueva forma de mirar que perciba lo invisible en lo visible. La sacralidad de la imagen consiste precisamente en que procede de una contemplación interior y, por esto mismo, lleva a una contemplación interior.

– En la acción por la que nos acercamos, orando, a la participación, no hay diferencia alguna entre el sacerdote y el laico. Indudablemente, dirigir la oratio al Señor en nombre de la Iglesia y hablar, en su punto culminante, con el Yo de Jesucristo, es algo que sólo puede suceder en virtud del poder que confiere al sacramento. Pero la participación es igual para todos, en cuanto que no la lleva a cabo hombre alguno, sino el mismo Señor y sólo Él.

– Tu nombre será una bendición había dicho Dios a Abrahán al principio de la historia de la salvación. En Cristo, hijo de Abrahán, se cumple esta palabra en su plenitud. Él es una bendición, para toda la creación y para todos los hombres. La cruz, que es su señal en el cielo y en la tierra, tenía que convertirse, por ello, en el gesto de bendición propiamente cristiano. Hacemos la señal de la cruz sobre nosotros mismos y entramos, de este modo, en el poder de bendición de Jesucristo. Hacemos la señal de la cruz sobre las personas a las que deseamos la bendición. Hacemos la señal de la cruz también sobre las cosas que nos acompañan en la vida y que queremos recibir nuevamente de la mano de Dios. Mediante la cruz podemos bendecirnos los unos a los otros. Personalmente, jamás olvidaré con qué devoción y con qué recogimiento interior mi padre y mi madre nos santiguaban, de pequeños, con el agua bendita. Nos hacían la señal de la cruz en la frente, en la boca, en el pecho, cuando teníamos que partir, sobre todo si se trataba de una ausencia particularmente larga.

– Existen ambientes, no poco influyentes, que intentan convencernos de que no hay necesidad de arrodillarse. Dicen que es un gesto que no se adapta a nuestra cultura (pero ¿cuál se adapta?); no es conveniente para el hombre maduro, que va al encuentro de Dios y se presenta erguido. (…) Puede ser que la cultura moderna no comprenda el gesto de arrodillarse, en la medida en que es una cultura que se ha alejado de la fe, y no conoce ya a aquel ante el que arrodillarse es el gesto adecuado, es más, interiormente necesario. Quien aprende a creer, aprende también a arrodillarse. Una fe o una liturgia que no conociese el acto de arrodillarse estaría enferma en un punto central.

– La religiosidad popular es el humus sin el cual la liturgia no puede desarrollarse. Desgraciadamente muchas veces fue despreciada e incluso pisoteada por parte de algunos sectores del Movimiento Litúrgico y con ocasión de la reforma postconciliar. Y, sin embargo, hay que amarla, es necesario purificarla y guiarla, acogiéndola siempre con gran respeto, ya que es la manera con la que la fe es acogida en el corazón del pueblo, aun cuando parezca extraña o sorprendente. Es la raigambre segura e interior de la fe. Allí donde se marchite, lo tienen fácil el racionalismo y el sectarismo.

Joseph Ratzinger, “La misión del obispo”, Zenit, 29.X.01

El Sínodo de los obispos clausurado este 27 de octubre en Roma constituye el final de una serie de encuentros eclesiales marcados por la división tras el Concilio Vaticano II. Esta es la conclusión que saca el cardenal Joseph Ratzinger, prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, en esta entrevista concedida al padre Bernardo Cervellera, director de la agencia Fides.

–Eminencia, ¿nos puede dar un juicio personal? Ha sido un Sínodo muy tranquilo y cordial. Quizás no ha habido grandes intuiciones y sorpresas: las ideas y los problemas son conocidos, no ha habido nada sorprendente. Sin embargo, da la impresión de que esto es posible gracias a un gran entendimiento y a una profunda colegialidad, formados en estos últimos veinte años.

He participado en los Sínodos desde 1977 y he vivido Sínodos con tensiones muy fuertes. Haciendo una comparación entre este Sínodo y el fermento de los años que inmediatamente posteriores al Concilio Vaticano II, se nota mucha más tranquilidad y esto demuestra que nos encontramos en una nueva generación que ha asimilado el Concilio y busca los caminos para una nueva evangelización.

La primera impresión es, por tanto, la de una verdadera cordialidad y gran entendimiento. Ya no necesitamos discutir muchas cosas organizativas, o también interpretativas. Es tiempo de mostrar al mundo el rostro de Cristo y mostrar a Dios. Sin grandes sorpresas, el efecto esencial (de este Sínodo) es para mí esta nueva y profunda unidad del cuerpo episcopal a la hora de anunciar juntos el Evangelio a un mundo que necesita un nuevo anuncio de Dios y de Cristo.

–En su intervención en el aula, usted habló de una auto-secularización de los obispos, de una polarización de la Iglesia en sus asuntos internos, «mientras que el mundo tiene sed de Dios»…

Esto, gracias a Dios, no se ha realizado en este Sínodo. Se podía temer que nos entretuviéramos en la relación entre Curia romana y obispos, en los poderes del Sínodo, en las estructuras de las Conferencias intercontinentales y nacionales. De este modo, se podía estrangular verdaderamente la vida de la Iglesia, discutiendo siempre sobre las cosas penúltimas y olvidando las cosas últimas.

Este fue el peligro en un cierto período del período posterior al Concilio, con las grandes reestructuraciones acaecidas en ese tiempo. Sustancialmente eran útiles, pero la Iglesia se ocupaba casi exclusivamente de sí misma.

Una realidad que no produce frutos «para los demás» y sólo piensa en sí misma es inútil. Deseo expresarme verdaderamente contra este peligro. Si la Iglesia se ocupa sólo de sí misma, se olvida de que sólo está al servicio de algo más grande: tiene que ser la ventana a través de la cual se ve a Dios; tiene que ser el espacio abierto en el que aparece la Palabra de Dios y se hace presente en nuestra realidad.

Existe también el peligro de otro tipo de secularismo: al comprometernos tanto en los problemas de este mundo, lleno de sufrimientos, podríamos convertirnos sólo en agentes sociales, olvidando que el primer servicio que hay que prestar, también en el mundo social, es hacer que Dios sea conocido.

Así, pues, el peligro era un falso auto-encerramiento de las Iglesias en sí mismas y un horizontalismo que piensa sólo en cosas materiales, relegando a Dios a un papel secundario.

Gracias a Dios, superando estos dos peligros, se ha prestado verdadera atención al «primum necessarium»: la primera necesidad del mundo es conocer a Dios. Si no lo conoce, todo lo demás deja de funcionar, como demuestran los grandes sistemas ateos del siglo pasado.

–Al escuchar las proposiciones que presentó el Sínodo, se diría que se trata de una larga serie de «deberes», de actividades, que un Obispo debería realizar: compromiso con los sacerdotes, religiosos, jóvenes, en el ecumenismo, en la justicia social, etc. ¿No se corre el riesgo de pedir a los Obispos demasiadas cosas que después no se pueden aplicar? Este es siempre el peligro de todos los Sínodos que quieren realizar algo completo y se convierten en una especie de manual, en lugar de sacar a la luz algunos imperativos importantes. Las diversas indicaciones hechas por los Padres sinodales sobre la reforma del método de los Sínodos van precisamente en esta dirección: no hacer más manuales, sino limitarnos a algunos imperativos de gran importancia. En todo caso, se puede esperar que el documento post-sinodal no sea un largo manual, sino que nos confronte con algunos elementos esenciales, algo así como el modelo que representa la «Novo Millennio Ineunte» [carta apostólica de Juan Pablo II al concluir el Jubileo], que es un documento que habla al corazón y a las situaciones.

–Al escucharse las discusiones y documentos finales, el obispo parecería ser el amo de la Iglesia: el obispo hace esto, y lo de más allá… No hay un momento en el que el obispo se reconozca hijo de la Iglesia y no sólo padre y maestro… Usted dijo una vez que «la Iglesia es femenina»…Quizás usted señala un peligro real. Subrayando todos los deberes del obispo y toda la riqueza de la función sacramental episcopal, se olvida que el obispo es creyente y servidor. Es hijo de la Iglesia y sólo así puede ser también un padre. Con todas las buenas intenciones de indicar todo lo que el obispo recibe en el sacramento, todas sus responsabilidades, hemos olvidado esta última humildad, que es también una gran gracia: en último término, nuestro compromiso no depende de nosotros, pero podemos dejar todo en las manos del Señor.

Tomado de Zenit, ZS01102904

Joseph Ratzinger, “La abolición del hombre”, Le Figaro, 17.XI.01

Entrevista en la que ofrece un punto de vista acerca de las cuestiones fundamentales de nuestra época. La Iglesia y la tolerancia, Occidente y el Islam, la ciencia y el futuro. Continúa leyendo Joseph Ratzinger, “La abolición del hombre”, Le Figaro, 17.XI.01

Joseph Ratzinger, “Veinte años en Roma”, Zenit, 23.XI.01

El trabajo diario al frente de uno de los cargos más importantes de la Iglesia católica; la relación con Juan Pablo II; su infancia transcurrida en Alemania… El cardenal Joseph Ratzinger ha dejado espacio a las confidencias en una entrevista concedida a corazón abierto a Radio Vaticano.

Nacido en Baviera el 26 de abril de 1927, Ratzinger se convirtió en uno de los teólogos más escuchados en la Iglesia católica tras participar como perito en el Concilio Vaticano II de 1962 a 1965. Tras haber sido Vicerrector de la Universidad de Ratisbona de 1969 a 1977, Pablo VI le nombró arzobispo de Munich y Freising el 24 de marzo de 1977.

Juan Pablo II le llamaría a Roma para ser prefecto de la Congregación de la Doctrina de la Fe el 25 de noviembre de 1981. En estos veinte años el cardenal se ha caracterizado por defender el «capital» más precioso de la Iglesia católica: la verdad de fe, en coherencia con la revelación de Cristo, encarnada en el tiempo presente.

Así es como comenta Ratzinger su delicado papel.

–¿Cómo es posible tener hoy día autoridad en cuestiones de fe? –Cardenal Ratzinger: Es ciertamente una tarea difícil, en parte porque ya no existe el concepto de autoridad. El hecho de que una autoridad pueda decidir algo parece hoy incompatible con la libertad para hacer lo que uno quiera. Es difícil también porque muchas tendencias generales de nuestra época se oponen a la fe católica: se busca una simplificación de la visión del mundo. De este modo, Cristo no podría ser Hijo de Dios, sino un mito, una gran personalidad humana, pues Dios no puede haber aceptado el sacrificio de Cristo, Dios no sería un Dios cruel… En definitiva, hay muchas ideas que se oponen al cristianismo y habría que replantear muchas verdades de fe para que se adecuaran al hombre de hoy. Pero tengo que decir que muchas personas también agradecen el que la Iglesia siga siendo una fuerza que expresa la fe católica y ofrece un fundamento sobre el que se puede vivir y morir. Y esto es para mí algo consolador.

–Sus veinte años en la Congregación vaticana han quedado íntimamente a este pontificado. ¿Cuáles son sus recuerdos más intensos? –Cardenal Ratzinger: Los recuerdos más intensos están ligados a los encuentros con el Papa en los grandes viajes y al gran drama de la teología de la liberación, donde buscamos el camino justo. Después viene el compromiso ecuménico del Santo Padre: esa búsqueda de una gran apertura de la Iglesia en la que al mismo tiempo no pierda su identidad.

Los encuentros ordinarios con el Papa son quizá la experiencia más enriquecedora, pues se habla de corazón a corazón y constatamos la común intención de servir al Señor. Vemos cómo el Señor nos ayuda también a encontrar compañía en nuestro camino, pues yo no hago nada solo. Esto es muy importante: no hay que tomar decisiones personales solo, sino con gran colaboración. Y esto siempre en la senda de la comunión con el Papa, que tiene una gran visión de futuro. Él me confirma y me guía en mi camino.

–Pero, ¿cómo es el Papa? ¿No tiene algún adjetivo que sirva para hacerle más familiar? –Cardenal Ratzinger: El Papa es sobre todo muy bueno. Es un hombre que tiene un corazón abierto. Es también un hombre chistoso, con el que se puede hablar con gran alegría y tranquilidad. No estamos todo el tiempo subidos en las nubes; estamos en esta vida… Esta bondad personal del Papa me convence una y otra vez. No hay que olvidar tampoco su gran cultura, su normalidad, y el hecho de que tiene los pies sobre la tierra.

–¿Podría describirse a sí mismo? –Cardenal Ratzinger: Es imposible hacer un autorretrato; es difícil juzgarse a sí mismos. Puedo decir sólo que provengo de una familia muy sencilla, muy humilde, y por eso más que un cardenal me siento un hombre sencillo.

Tengo mi casa en Alemania, en un pequeño pueblo, con personas que trabajan en la agricultura, en la artesanía, y allí me siento en mi ambiente. Trato de ser así también en mi trabajo: no sé si lo logro, no me atrevo a juzgarme.

Recuerdo siempre con gran cariño la profunda bondad de mi padre y de mi madre, y naturalmente para mí bondad significa la capacidad para decir «no», pues una bondad que deje hacerlo todo no hace bien al otro.

En ocasiones bondad significa tener que decir «no» y correr así el riesgo de la contradicción. Estos son mis criterios, este es mi origen; lo demás deberían juzgarlo los demás.

Tomado de Zenit, ZS01112307

Joseph Ratzinger, “Fe, verdad, tolerancia”, Zenit, 3.III.02

LUGANO, 3 marzo 2002 (ZENIT.org-Avvenire).- Después del 11 de septiembre, «se está difundiendo cada vez más la convicción de que para obtener una nueva paz mundial la fe cristiana deba renunciar a su pretensión de verdad».

Con esta constatación comenzó el viernes el cardenal Joeph Ratzinger, prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, su intervención en el congreso internacional en memoria de monseñor Eugenio Corecco, recordado obispo de Lugano (Suiza), en la que afrontó el tema «Fe, verdad y tolerancia».

–Eminencia, se ha dicho que después del 11 de septiembre el mundo ya no será como antes. ¿Ha cambiado algo también para la Iglesia? –Cardenal Ratzinger: Yo no diría que con el 11 de septiembre haya habido una revelación de cosas absolutamente nuevas. La amenaza de la violencia terrorista existía ya antes. Ahora sin embargo estamos más atentos a aquella amenaza. Si algo ha cambiado, es nuestra consciencia occidental de la percepción del peligro. Parafraseando a san Agustín podríamos decir que hoy vemos más claramente el abismo que el hombre tiene ante sí.

–La confrontación con el Islam es un tema candente. En su opinión, ¿se puede hablar de una superioridad de la cultura judeocristiana? –Cardenal Ratzinger: Es un terreno minado, pero no quiero evitar la pregunta. Cuando se habla de cultura tenemos que distinguir los valores de sus realizaciones históricas. La verdad de la fe cristiana nos aparece en toda su profundidad pero no debemos olvidar que lamentablemente ha sido oscurecida muchas veces por los comportamientos concretos de quien se decía cristiano. También el Islam ha tenido momentos de gran esplendor y de decadencia en el curso de su historia.

–Por tanto, ¿no se puede hablar de superioridad de una cultura sobre otra? –Cardenal Ratzinger: Naturalmente podemos y debemos decir que, por ejemplo, los valores del matrimonio monógamo, de la dignidad de la mujer, etcétera, demuestran indudablemente una superioridad cultural. Es verdad que el mundo islámico no está del todo equivocado cuando reprocha a Occidente de tradición cristiana la decadencia moral y la manipulación de la vida humana. Se hace fuerte en nuestras debilidades, en nuestro escepticismo. Esto nos impone un serio examen de conciencia. Lo importante es ir a las raíces de los valores anunciados por las diversas religiones. Es aquí donde puede empezar un verdadero diálogo interreligioso.

–¿Es más peligroso el fundamentalismo o la indiferencia religiosa? –Cardenal Ratzinger: Hay diversas formas de fundamentalismo. Los obispos estadounidenses por ejemplo prefieren no usar el término fundamentalismo para indicar el extremismo violento, porque en Estados Unidos una parte del mundo protestante se define fundamentalista, pero sin caer en la violencia y en el fanatismo.

Y también la indiferencia religiosa tiene formas diversas. Hay quien se dice no creyente pero conserva un impulso ético de fondo y se da también la indiferencia anárquica y arrogante de quienes pretenden desmontar al hombre recomponiendo después sus trozos a su modo y no según la lógica del Creador.

–Usted habla a menudo de un catolicismo de minoría y de una Iglesia que inevitablemente se reducirá en el futuro. ¿Cómo se concilia todo esto con la llamada que ha hecho el Papa a Europa a no olvidar sus propias raíces cristianas? –Cardenal Ratzinger: La Iglesia de masas puede ser algo hermoso pero no es necesariamente la única modalidad de ser Iglesia. Pero esto no quiere decir que se reduzca a un grupo cerrado en sí mismo. La Iglesia tiene una responsabilidad universal, una responsabilidad misionera para anunciar la nueva evangelización. Forma parte de esta tarea la llamada a las raíces cristianas de Europa. Es más, la Iglesia debe echar mano de todas sus energías creativas para hacer que no disminuya la fuerza viva y atrayente del Evangelio.

Tomado de Zenit, ZS02030302

Joseph Ratzinger, “El secreto de la santidad de Escrivá”, Zenit, 15.III.02

CIUDAD DEL VATICANO, 15 marzo 2002 (ZENIT.org).- El secreto de la santidad de Josemaría Escrivá de Balaguer, según el cardenal Joseph Ratzinger, está en su convicción de que no era más que un instrumento de Dios.

El prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe presentó en la tarde de este jueves, en Roma, el libro en italiano «Opus Dei – El mensaje, las obras, las personas» (Opus Dei – il messaggio, le opere, le persone, San Paolo, 2002) de Giuseppe Romano.

Según Ratzinger, el beato Escrivá «tenía la intención de fundar algo, pero siempre era consciente de que no era obra suya, de que no había inventado nada, simplemente el Señor Dios se sirvió de él. No era por tanto su obra, sino “Opus Dei”. Él era sólo instrumento para que pudiera obrar Dios».

El cardenal alemán, que pronto cumplirá los 75 años, confesó que al leer el nuevo libro le impresionó la interpretación del nombre Opus Dei: «Una interpretación biográfica que permite comprender la fisonomía espiritual del beato Josemaría».

«Me vino a la mente -siguió confesando Ratzinger- la misma palabra del Señor en la que dice “mi Padre actúa siempre”. Lo dijo en una discusión con ciertos especialistas de la religión que no querían reconocer que Dios podría actuar en sábado».

«Un debate presente todavía entre los cristianos de nuestro tiempo -añadió-, según el cual, tras la creación, Dios se retiró. Según este modelo de pensamiento, Dios ya no podría entrar en el tejido de nuestra vida cotidiana».

Y sin embargo, reconoció el purpurado, «aquí tenemos la respuesta: el hombre que se abre a la presencia de Dios se da cuenta de que Dios actúa siempre. Es más, tenemos que dejarle entrar, dejarle actuar, así nacen las cosas que renuevan a la humanidad».

«Desde este punto de vista se entiende lo que quiere decir santidad y vocación común a la santidad -dijo el cardenal-. Virtud heroica quiere decir que en la vida del hombre se revela la presencia de Dios, es decir, se revela el hecho de que el hombre por sí solo no puede hacer nada».

«La santidad es ese contacto con Dios, hacerse amigo de Dios, para dejarlo actuar, el único que puede hacer realmente bueno al mundo y llenarlo de luz», afirmó.

Esta constatación, concluyó Ratzinger, lleva al cristiano a no tener miedo, «pues quien está en las manos de Dios cae siempre en sus brazo y de este modo nace la valentía para responder al mundo de hoy».

El encuentro concluyó con una intervención del autor, Giuseppe Romano, sobre el argumento, recordando que cuando alguien elogiaba en vida a Escrivá, éste respondía comparándose a un sobre de cartas.

En este sobre se puede ver el remitente, Dios, y el destinatario, los hombres. El mensaje del Opus Dei puede entenderse desde la perspectiva del sobre: «Cada uno de nosotros lleva algo dentro de sí y en el fondo no ha sido él quien ha escrito la dirección, ni quien ha pegado el sello, ni quien ha enviado la carta».

«La carta ha llegado a su destino, y la canonización del primer sobre podrá alentar a los demás, usuarios normales, a convertirse también en sobres santos», concluyó Romano.

Tomado de Zenit, ZS02031508

Joseph Ratzinger, “La fe, de tejas abajo”, ABC, 31.III.02

–Creo que a todo el mundo le gustaría saber cómo llevar una vida correcta, cómo funciona, cómo va bien, cómo culminarla sintiéndose a gusto consigo mismo. Antes de morir, el gran actor Cary Grant dejó a su hija Jennifer una carta de despedida conmovedora. Quiso darle en ella algunas recomendaciones adicionales para el camino. «Amadísima Jennifer», escribió, «vive tu vida plenamente, sin egoísmo. Sé comedida, respeta el esfuerzo ajeno. Esfuérzate por lograr lo mejor y el buen gusto. Mantén el juicio puro y la conducta limpia». Y prosigue: «Da gracias a Dios por los rostros de las personas buenas y por el dulce amor que hay detrás de sus ojos… Por las flores que se mecen al viento… Un breve sueño y despertaré a la eternidad. Si no despierto como nosotros lo entendemos, entonces seguiré viviendo en ti, amadísima hija». En cierto modo suena a católico.

En cualquier caso, es una carta preciosa. Si era católico o no, lo ignoro. Ciertamente es la expresión de una persona que se ha vuelto sabia, y que ha recibido el sentido del bien e intenta transmitirlo, además, con una amabilidad asombrosa.

La vida del ser humano –Si contemplamos desde la distancia la vida del ser humano, ¿qué es? (…) ¿quizás el decurso vital de todos nosotros está trazado hace mucho? (…) (…) En primer lugar, la vida es algo biológico. (…) En el ser humano es preciso añadir un nuevo nivel. Es el espíritu, que vive y vivifica. El espíritu se funde con la existencia biológica, confiriendo a la vida otra dimensión.

Además, la fe cristiana está convencida de la existencia de otro nivel, concretamente el encuentro con Cristo. Podemos presentirlo ya en el proceso del amor humano: siempre que soy amado, en la dinámica del espíritu me adentro en un nuevo nivel a través del Tú del otro. Algo similar sucede cuando, a través de Cristo, el propio Dios se vuelve hacia mí, convirtiendo mi vida en una convivencia con la vida primigenia creadora.

–Es decir, que la vida tiene múltiples etapas.

Y se alcanza la más alta cuando se convierte en convivencia con Dios. Precisamente aquí radica la audacia de la aventura humana. La persona puede y debe ser la síntesis de todas esas etapas de la creación. Puede y debe llegar hasta el Dios vivo y devolverle lo que procede de Él. Ya hemos dicho que el factor libertad entra en la dinámica de cada existencia, y este factor se opone a la predestinación absoluta.

En la concepción cristiana de Dios no existe una fijación rígida para la vida. Porque ese Dios es tan grande y tan dueño de todo, es por naturaleza tan amante de la libertad que puede introducir la autodeterminación en la vida del ser humano. Aunque siempre mantenga en sus manos la vida de esa persona, y la abarque y la sustente, la libertad no es pura ficción. Llega tan lejos que el ser humano puede arruinar incluso el proyecto divino.

Es importante que la vida acontezca en esas distintas etapas. En las superiores se alcanza finalmente la eternidad a través de la muerte. Ciertamente la muerte es, de hecho, el destino necesario de toda la vida meramente orgánica.

–Si la libertad es algo más que una palabra, ¿cómo consigo entonces ordenar realmente mi vida? ¿Tiene que ser mi vida como la de la madre Teresa? Es una posibilidad. Pero (…) las vocaciones son muy variadas. No todo el mundo debe ser una madre teresa. También un gran científico, un gran erudito, un músico, un sencillo artesano o un obrero pueden exhibir una vida plena, puesto que son personas que viven su existencia con honradez, lealtad y humildad…

–Parece algo pasado de moda…

Tal vez, pero precisamente ahí radica una vida plena, ya sea de ayer, de hoy o de mañana. Cada vida entraña su propia vocación. Tiene su propio código y su propio camino. Nadie es una mera imitación obtenida con un troquel entre una plétora de ejemplares iguales. Y cada persona necesita también el valor creativo para vivir su vida y no convertirse en una copia de otro.

Si recuerda usted la parábola del criado vago que entierra su talento para que nada le suceda, comprenderá lo que quiero decir. Él es un hombre que se niega a asumir el riesgo de la existencia, a desplegar toda su originalidad y a exponerla a las amenazas que necesariamente eso conlleva. (…) –Entonces, ¿el ser humano es, por decirlo así, una creatividad vacía? No, todo esto no significa que estemos desnortados en el océano de lo indeterminado, como dice Sartre, por ejemplo. (…) Existen modelos fundamentales. Cada individuo intenta encontrar el algún sitio puntos de referencia para preguntar: ¿cómo lo hiciste tú, cómo lo hizo él, cómo podría hacerlo yo? ¿Cómo puedo reconocerme a mí mismo y mis posibilidades? Estamos convencidos de que el punto de referencia fundamental es Cristo. Por un lado, nos proporciona las grandes directrices comunes y, por el otro, establece con nosotros una relación tan persona, que Él y la comunidad de los creyentes nos permiten desplegar nuestra originalidad, conciliando de esa manera originalidad y comunidad.

–Antes la gente quería ser sencillamente una persona como es debido y tener hasta cierto punto asegurada su existencia. (…) Me parece indiscutible que, en esta sociedad nuestra tan compleja, la vida se ha vuelto mucho más compleja aún si cabe. Sin embargo, no debemos tirarlo todo por la borda y considerar las constantes casi inexistentes. Ya hemos reflexionado sobre los diez mandamientos, los cuales, a pesar de abrirse siempre de nuevo a cada generación y a cada individuo, contienen un mensaje claro e inmutable.

Habría que repetir que el cristianismo no se desvanece en lo indeterminado, perdiendo expresividad. El cristianismo precisamente tiene un perfil que, por una parte, es lo bastante amplio como para permitir el desarrollo de la originalidad, pero por otra también puede determinar las normas que posibilitan dicho desarrollo. En un mundo tan embrollado y complejo, es preciso apostar más por las grandes constantes del discurso divino, para seguir encontrando la directriz fundamental. Porque cuando no se obra así, la creatividad nihilista del individuo se convierte muy pronto en una copia que se somete a las normas generales y que sólo obra según los dictados de la época y sus posibilidades.

Abandonar el mensaje específico de la fe no nos hace más originales sino cada vez más uniformados a la baja según las modas de la época. Esta tendencia a la uniformidad la percibimos en la vida moderna. Por eso, en mi opinión, hoy es más importante que nunca ver que las constantes de la revelación y de la fe también son hitos del camino que me suministran los puntos de apoyo para llegar arriba y que al mismo tiempo me aportan luz para desplegar mi destino completamente personal.

–Jesús quería mostrar el camino a la gente; los puntos de apoyo correctos para una vida plena a los que usted acaba de referirse. Una vez subió a una montaña, y su sermón abrió, en cierto modo, un nuevo capítulo. (…) No hay duda de que el sermón de la montaña ocupa un lugar simbólico. (…) Más aún: Con este sermón irrumpe en una nueva etapa de la humanidad, que es posible porque Dios se une a los hombres. (…) Él no sólo se sitúa al mismo nivel que Moisés, lo que para los oyentes seguro que no fue fácil de asimilar, sino que habla desde la altura del auténtico legislador, de Dios mismo. (…) En este sentido, el sermón de la montaña es, en muchos aspectos, la expresión más vigorosa de su reivindicación divina; de su exigencia de que ahora la ley del Antiguo Testamento experimenta su más profunda explicación y su vigencia universal, no por intervención humana, sino gracias al mismo Dios.

Las personas lo captan. Y perciben también con mucha fuerza, digamos, el doble aspecto del sermón de la montaña: que este mensaje trae consigo una nueva intimidad, una nueva madurez y bondad, una liberación de lo superficial y externo, y al mismo tiempo una nueva dimensión de la exigencia. Una exigencia tan descomunal que casi aplasta a la persona si se queda sola.

Cuando ahora se dice: «Yo ya no os digo solamente: No puedes cometer adulterio, sino que ni siquiera puedes mirar a la mujer con deseo» cuando se dice: «No sólo no matarás, sino que ni siquiera puedes guardar rencor al prójimo»; y cuando se dice «No basta con el ojo por ojo y diente por diente, sino que cuando alguien te pegue en una mejilla ofrécele la otra», somos confrontados con una exigencia que, aunque tiene una grandeza que provoca admiración, parece desmesurada para el ser humano. O por lo menos debería serlo si antes no lo hubiera experimentado Jesucristo y no fuese una consecuencia del encuentro personal con Dios. Aquí vemos realmente el poder divino: no es uno más de los enviados, sino el definitivo, y en Él se manifiesta el propio Dios.

El pasaje de san Juan que usted ha citado vuelve a resumir esto en una frase. Tienes que experimentarlo, viene a decirnos, y si vives con mi palabra comprobarás que has recorrido el camino correcto.

–El sermón de la montaña no responde necesariamente a las ideas tradicionales. Se opone incluso a nuestra definición de suerte, de grandeza, de poder de éxito o de justicia. (…) Y al final de su sermón ofrece a su público un resumen (…), casi una ley de leyes, la regla de oro de la vida. Dice así: «Por tanto, todo cuanto queráis que os hagan los hombres, hacédselo también vosotros a ellos; porque ésta es la ley y los profetas».

La regla de oro ya existía antes de Cristo, aunque formulada de manera negativa: «No hagas a nadie lo que no quieras que te hagan a ti». Jesús la supera con una formulación positiva que, lógicamente, es mucho más exigente. (…) En mi opinión, lo grandioso es que ya no vuelve a compararse quién ha hecho qué, cuándo, cómo, a quién; que uno ya no se pierde en diferenciaciones, sino que comprende la misión esencial que se nos ha encomendado: abrir bien los ojos, abrir el corazón y hallar las posibilidades creativas del bien. Ya no se trata de preguntar qué quiero, sino de trasladar a los demás mi deseo. Y esta auténtica entrega con toda su fantasía creativa, con todas las posibilidades que le abre a uno, está recogida en una regla muy práctica, para que no quede reducida a un sueño idealista cualquiera. (…) Sobre las preocupaciones –Pasemos a algunos «decretos de aplicación» del sermón de la montaña. Aquí se habla literalmente de «las verdaderas y las falsas preocupaciones». Jesús dice que no hay que preocuparse por la comida o por el vestido, porque la vida es más importante que el alimento o la ropa (…) Suena bien, pero quien siguiera estos dictados posiblemente moriría pronto.

En un mundo basado en la planificación del futuro y en la pretendida mejora mediante la previsión, es decir, mediante la preocupación, esto se ha vuelto por completo incomprensible. Creo que hay que leer el texto con mucha atención, y entonces hallas dentro la clave. Pues Jesús también dice: «Buscad primero el reino de Dios, y todo lo demás se os dará por añadidura». Es decir, que hay un orden de prioridades. Si excluimos la primera, concretamente la presencia de Dios en el mundo, por mucho que hagamos y por muy útil que sea, en cierto modo se nos escurre entre las manos. (…) Yo creo que lo importante es: primero el reino de Dios. Ésta ha de ser la preocupación esencial que estructure luego desde dentro, desde el reino de Dios, las demás preocupaciones. Como es natural, no nos salen sencillamente alas. Nos preocupamos por el día siguiente, (…) de que el mundo siga progresando(…). Pero estas preocupaciones se tornan más ligeras cuando se subordinan a la primera. Y viceversa (…).

En una ocasión dice Jesus: «Entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la entrada y espacioso el camino que lleva a la perdición, y son muchos los que entran por ella; mas ¡qué estrecha la entrada y qué angosto el camino que lleva a la vida!; y pocos son los que lo encuentran».

De esas palabras cabría deducir que el infierno está repleto y el cielo medio vacío. (…) Esto supone en realidad una advertencia muy pragmática: cuando se hace lo que se hace, lo que hacen todos, cuando se sigue el camino de la comodidad, el camino ancho, de momento resulta más agradable, pero uno se está apartando de la verdadera vida. Quiere decir que la decisión correcta es elegir el camino esforzado (…). El mero dejarse llevar, el mero nadar a favor de la corriente, el hundirse en la masa, en definitiva, siempre nos conduce a la masa y luego al vacío. El valor de ascender, lo arduo, es lo que me sitúa en el buen camino.

Sobre los falsos profetas –Cristo dice: «Guardaos de los falsos profetas que vienen a vosotros con disfraces de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces. Por sus frutos los conoceréis (…) Parece una advertencia contra sectas y herejías.

Es una posible interpretación. Y también un principio contra cualquier regla fácil. (…) Jesús nos previene contra esos «curanderos del espíritu». Dice que la norma es preguntarse: ¿cómo vive él mismo? ¿Quién es en realidad? ¿Qué frutos produce él y su círculo? Analiza esto y verás a qué conduce. Esta norma práctica, fruto del momento, se proyecta sobre la perspectiva histórica. Pensemos en los predicadores de la salvación del siglo pasado, ya se trate de Hitler o de los pregoneros marxistas, todos ellos vienen y dicen: «Os traemos la justicia». Al principio aparecen como mansas ovejas y acaban siendo grandes destructores. Pero (…) afecta también a los numerosos pequeños predicadores (…) que le dicen a cualquiera: «Yo tengo la clave, actúa así y en poco tiempo lograrás la felicidad, la riqueza, el éxito» (…) (…) William Shakespeare, evidentemente un católico, vivió con intensidad la rueda de la existencia. (…) Como buen pedagogo, al final ofreció una recomendación, algo parecido a la esencia de su conocimientos mundano: «Compra tiempo divino, vende horas de triste tiempo terrenal».

Son palabras sabias, como las que se esperan de un gran hombre. El tiempo mejor aprovechado es el que se transforma en algo duradero: es el tiempo que recibimos de Dios y a Él se lo devolvemos. El tiempo que es pura transición se desmorona y se convierte en mera caducidad.

Joseph Ratzinger, “La alegría pascual”, Alfa y Omega, 4.IV.02

En uno de los capítulos del libro Imágenes de esperanza (ed. San Paolo), del cardenal Joseph Ratzinger, el Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe reflexiona sobre la celebración más importante del calendario litúrgico: la resurrección de Nuestro Señor Jesús. Por su interés y en plena alegría pascual, ofrecemos a nuestros lectores los párrafos más significativos. Alfa y Omega, 4.IV.02 Continúa leyendo Joseph Ratzinger, “La alegría pascual”, Alfa y Omega, 4.IV.02

Joseph Ratzinger, “Católicos, ¿futuro de minoría?”, Alfa y Omega, 27.IX.01

Peter Seewald ha mantenido una entrevista con el cardenal Joseph Ratzinger, Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, plasmado en el libro “Dios y el mundo”, que acaba de editar en Italia Ediciones San Pablo. El diario católico Avvenire lo ha presentado en una página, de la que ofrecemos lo esencial La faja publicitaria de la cubierta habla de un nuevo Informe sobre la fe. Como en el precedente Informe-entrevista realizada al cardenal por Vittorio Messori, también en el nuevo libro-entrevista el Prefecto de la Doctrina de la Fe no se sustrae a las provocaciones del periodista y escritor alemán Peter Seewald. El cardenal Ratzinger afronta, con su habitual franqueza, las cuestiones espinosas de siempre: la crisis de la fe, los milagros, Dios y la razón, existencia y naturaleza de Cristo, la unidad de los cristianos… Para dar una idea, la primera pregunta de la entrevista -grabada en tan sólo 4 días en la abadía de Montecasino- dice: “Eminencia, ¿usted también, a veces, tiene miedo de Dios?” Y Ratzinger responde: “No hablaría de miedo. Gracias a Cristo sabemos cómo es Dios, sabemos que nos ama… Sin embargo, advierto siempre el sentido fulminante de mi inadecuación a la idea que Dios tiene de mí”. Éstas son algunas de sus respuestas: –Hace mucho años, usted hablaba en términos proféticos sobre la Iglesia del futuro: la Iglesia -decía entonces- “se reducirá en sus dimensiones, hará falta recomenzar de nuevo. Pero de esta prueba saldrá una Iglesia que habrá sacado una gran fuerza del proceso de simplificación que habrá atravesado, de la renovada capacidad para mirar dentro de sí misma. ¿Cuál es la perspectiva que nos espera en Europa? Para empezar, la Iglesia “se reducirá numéricamente”. Cuando hice esta afirmación, me llovieron de todas las partes reproches de pesimismo. Y hoy que todas las prohibiciones parecen caídas en desuso, entre ellas las que se refieren a lo que se viene llamado pesimismo y que, a menudo, no es otra cosa que sano realismo, cada vez son más los que admiten la disminución del porcentaje de los cristianos bautizados en la Europa actual: en una ciudad como Magdeburgo el porcentaje de los cristianos es tan sólo del 8% de la población total, incluyendo todas las confesiones cristianas. Los datos estadísticos muestran tendencias irrefutables. En este sentido se reduce la posibilidad de identificación entre pueblo e Iglesia en determinadas áreas culturales. Debemos tomar nota con sencillez y realismo.

La Iglesia de masa puede ser algo muy bonito, pero no es necesariamente la única modalidad de ser de la Iglesia. La Iglesia de los primeros tres siglos era pequeña, sin por esto ser una comunidad sectaria. Por el contrario, no estaba cerrada en sí misma, sino que sentía una gran responsabilidad respecto a los pobres, los enfermos, respecto a todos. En su seno encontraban sitio todos aquellos que se nutrían de una fe monoteísta, en búsqueda de una promesa. Esta conciencia de no ser un club cerrado, sino de estar abiertos a la comunidad en su conjunto, siempre ha sido un componente no eliminable en la Iglesia. Al proceso de reducción numérica que estamos viviendo hoy, tendremos que hacerle frente también precisamente explorando nuevas formas de apertura al exterior, nuevas modalidades de participación de aquellos que están fuera de la comunidad de los creyentes. No tengo nada en contra de que personas que durante el año no han pisado la iglesia vayan a la misa la noche de Navidad, o con ocasión de otra festividad, porque también ésta es una forma de acercarse a la luz. Debe, por tanto, haber formas diversas de implicación y participación.

–Pero la Iglesia ¿puede de verdad renunciar a su aspiración de ser una Iglesia de la mayoría? Debemos tomar nota de la disminución de nuestras filas, pero debemos seguir siendo igualmente una Iglesia abierta. La Iglesia no puede ser un grupo cerrado, autosuficiente. Debemos ser, sobre todo, misioneros, en el sentido de volver a proponer a la sociedad aquellos valores que son los fundamentos de la forma constitutiva que la sociedad misma se ha dado, y que están en la base de la posibilidad de construir una comunidad social verdaderamente humana. La Iglesia continuará proponiendo los grandes valores humanos universales. Porque, si el Derecho ha dejado de tener cimientos morales compartidos, se viene abajo también en cuanto Derecho. Desde este punto de vista la Iglesia tiene una responsabilidad universal. Responsabilidad misionera significa precisamente, como dice el Papa, intentar verdaderamente una nueva evangelización. No podemos aceptar tranquilamente que el resto de la Humanidad vuelva a precipitarse en el paganismo, debemos encontrar el camino para llevar el Evangelio también a los no creyentes. La Iglesia debe recurrir a toda su creatividad para hacer que no se apague la fuerza viva del Evangelio.

–¿Qué cambios sufrirá la Iglesia? Creo que tendremos que ser muy cautos a la hora de arriesgar previsiones, porque el desarrollo histórico siempre ha dado muchas sorpresas. La futurología se estrella frecuentemente. Nadie, por ejemplo, se arriesgó a prever la caída de los regímenes comunistas. La sociedad mundial cambiará profundamente, pero todavía no estamos en grado de prever qué implicará la disminución numérica del mundo occidental, que todavía es el dominante, cuál será la nueva cara de Europa transformada por los flujos migratorios, qué civilización y qué formas sociales se impondrán. Lo que de todos modos sí es claro es la diversa composición del potencial sobre el cual se sostendrá la Iglesia occidental. Lo que más cuenta es en mi opinión es el esencializar, por usar una expresión de Romano Guardini. Es necesario evitar elaborar preconstrucciones fantásticas de algo que podrá revelarse muy diverso y que no podemos prefabricar en los meandros de nuestro cerebro, para concentrarse, sin embargo, sobre lo esencial, que podrá después encontrar nuevos modos de encarnarse. Es importante un proceso de simplificación que nos consienta distinguir lo que constituye la viga maestra de nuestra doctrina, de nuestra fe, lo que en ella tiene un valor perenne. Es importante volver a proponer en sus componente fundamentales las grandes constantes de fondo, los interrogantes sobre Dios, la salvación, la esperanza, la vida, sobre todo lo que éticamente tiene un valor básico.

Joseph Ratzinger, “La necesidad del magisterio”, Pamplona, 31.I.98

Discurso de la ceremonia de su investidura como doctor honoris causa por la Universidad de Navarra, Pamplona, 31.I.98 Continúa leyendo Joseph Ratzinger, “La necesidad del magisterio”, Pamplona, 31.I.98

Joseph Ratzinger, “El Papa sufriente”, X.98

El cardenal Ratzinger publica una reveladora semblanza del Papa envejecido “El Papa sufriente” tiene un particular poder evangelizador.

Tomado de Aceprensa 145/98.

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Joseph Ratzinger, “Meditaciones del Via Crucis del Viernes Santo 2005”, 24.III.05

PRIMERA ESTACIÓN Jesús es condenado a muerte V /. Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi. R /. Quia per sanctam crucem tuam redemisti mundum.

Lectura del Evangelio según San Mateo 27, 22-23.26 Pilato les preguntó: «¿y qué hago con Jesús, llamado el Mesías?» Contestaron todos: «¡que lo crucifiquen!» Pilato insistió :«pues ¿qué mal ha hecho?» Pero ellos gritaban más fuerte: «¡que lo crucifiquen!» Entonces les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de azotarlo, lo entregó para que lo crucificaran.

MEDITACIÓN El Juez del mundo, que un día volverá a juzgarnos, está allí, humillado, deshonrado e indefenso delante del juez terreno. Pilato no es un monstruo de maldad. Sabe que este condenado es inocente; busca el modo de liberarlo. Pero su corazón está dividido. Y al final prefiere su posición personal, su propio interés, al derecho. También los hombres que gritan y piden la muerte de Jesús no son monstruos de maldad. Muchos de ellos, el día de Pentecostés, sentirán «el corazón compungido» (Hch 2, 37), cuando Pedro les dirá: «Jesús Nazareno, que Dios acreditó ante vosotros […], lo matasteis en una cruz…» (Hch 2, 22 ss). Pero en aquel momento están sometidos a la influencia de la muchedumbre. Gritan porque gritan los demás y como gritan los demás. Y así, la justicia es pisoteada por la bellaquería, por la pusilaminidad, por miedo a la prepotencia de la mentalidad dominante. La sutil voz de la conciencia es sofocada por el grito de la muchedumbre. La indecisión, el respeto humano dan fuerza al mal.

SEGUNDA ESTACIÓN Jesús con la cruz a cuestas V /. Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi. R /. Quia per sanctam crucem tuam redemisti mundum.

Lectura del Evangelio según San Mateo 27, 27-31 Los soldados del gobernador se llevaron a Jesús al pretorio y reunieron alrededor de él a toda la compañía: lo desnudaron y le pusieron un manto de color púrpura y trenzando una corona de espinas se la ciñeron a la cabeza y le pusieron una caña en la mano derecha. Y doblando ante él la rodilla, se burlaban de él diciendo: «¡Salve, Rey de los judíos!». Luego lo escupían, le quitaban la caña y le golpeaban con ella en la cabeza. Y terminada la burla, le quitaron el manto, le pusieron su ropa y lo llevaron a crucificar.

MEDITACIÓN Jesús, condenado por declararse rey, es escarnecido, pero precisamente en la burla emerge cruelmente la verdad. ¡Cuántas veces los signos de poder ostentados por los potentes de este mundo son un insulto a la verdad, a la justicia y a la dignidad del hombre! Cuántas veces sus ceremonias y sus palabras grandilocuentes, en realidad, no son más que mentiras pomposas, una caricatura de la tarea a la que se deben por su oficio, el de ponerse al servicio del bien. Jesús, precisamente por ser escarnecido y llevar la corona del sufrimiento, es el verdadero rey. Su cetro es la justicia (Sal 44, 7). El precio de la justicia es el sufrimiento en este mundo: él, el verdadero rey, no reina por medio de la violencia, sino a través del amor que sufre por nosotros y con nosotros. Lleva sobre sí la cruz, nuestra cruz, el peso de ser hombres, el peso del mundo. Así es como nos precede y nos muestra cómo encontrar el camino para la vida eterna.

TERCERA ESTACIÓN Jesús cae por primera vez V /. Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi. R /. Quia por sanctam crucem tuam redemisti mundum.

Lectura del libro del profeta Isaías 53, 4-6 Él soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores; nosotros lo estimamos leproso, herido de Dios y humillado, traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes. Nuestro castigo saludable vino sobre él, sus cicatrices nos curaron. Todos errábamos como ovejas, cada uno siguiendo su camino, y el Señor cargó sobre él todos nuestros crímenes.

MEDITACIÓN El hombre ha caído y cae siempre de nuevo: cuántas veces se convierte en una caricatura de sí mismo y, en vez de ser imagen de Dios, ridiculiza al Creador. ¿No es acaso la imagen por excelencia del hombre la de aquel que, bajando de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de los salteadores que lo despojaron dejándolo medio muerto, sangrando al borde del camino? Jesús que cae bajo la cruz no es sólo un hombre extenuado por la flagelación. El episodio resalta algo más profundo, como dice Pablo en la carta a los Filipenses: «Él, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz» (Flp 2, 6-8). En su caída bajo el peso de la cruz aparece todo el itinerario de Jesús: su humillación voluntaria para liberarnos de nuestro orgullo. Subraya a la vez la naturaleza de nuestro orgullo: la soberbia que nos induce a querer emanciparnos de Dios, a ser sólo nosotros mismos, sin necesidad del amor eterno y aspirando a ser los únicos artífices de nuestra vida. En esta rebelión contra la verdad, en este intento de hacernos dioses, nuestros propios creadores y jueces, nos hundimos y terminamos por autodestruirnos. La humillación de Jesús es la superación de nuestra soberbia: con su humillación nos ensalza. Dejemos que nos ensalce. Despojémonos de nuestra autosuficiencia, de nuestro engañoso afán de autonomía y aprendamos de él, del que se ha humillado, a encontrar nuestra verdadera grandeza, humillándonos y dirigiéndonos hacia Dios y los hermanos oprimidos.

CUARTA ESTACIÓN Jesús se encuentra con su Madre V /. Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi. R /. Quia per sanctam crucem tuam redemisti mundum.

Lectura del Evangelio según San Lucas 2, 34-35.51 Simeón los bendijo y dijo a María, su madre: «Mira, éste está puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; será una bandera discutida: así quedará clara la actitud de muchos corazones. Y a ti, una espada te traspasará el alma». Su madre conservaba todo esto en su corazón.

MEDITACIÓN En el Vía crucis de Jesús está también María, su Madre. Durante su vida pública debía retirarse para dejar que naciera la nueva familia de Jesús, la familia de sus discípulos. También hubo de oír estas palabras: «¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?… El que cumple la voluntad de mi Padre del cielo, ése es mi hermano, y mi hermana, y mi madre» (Mt 12, 48-50). Y esto muestra que ella es la Madre de Jesús no solamente en el cuerpo, sino también en el corazón. Porque incluso antes de haberlo concebido en el vientre, con su obediencia lo había concebido en el corazón. Se le había dicho: «Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo… Será grande…, el Señor Dios le dará el trono de David su padre» (Lc 1, 31 ss). Pero poco más tarde el viejo Simeón le diría también: «y a ti, una espada te traspasará el alma» (Lc 2, 35). Esto le haría recordar palabras de los profetas como éstas: «Maltratado, voluntariamente se humillaba y no abría boca; como un cordero llevado al matadero» (Is 53, 7). Ahora se hace realidad. En su corazón habrá guardado siempre la palabra que el ángel le había dicho cuando todo comenzó: «No temas, María» (Lc 1, 30). Los discípulos han huido, ella no. Está allí, con el valor de la madre, con la fidelidad de la madre, con la bondad de la madre, y con su fe, que resiste en la oscuridad: «Bendita tú que has creído» (Lc 1, 45). «Pero cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?» (Lc 18, 8). Sí, ahora ya lo sabe: encontrará fe. Éste es su gran consuelo en aquellos momentos.

QUINTA ESTACIÓN El Cireneo ayuda a Jesús a llevar la cruz V /. Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi. R /. Quia per sanctam crucem tuam redemisti mundum.

Lectura Evangelio según San Mateo 27, 32; 16, 24 Al salir, encontraron a un hombre de Cirene, llamado Simón, y lo forzaron a que llevara la cruz.

Jesús había dicho a sus discípulos: «El que quiera venir conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga».

MEDITACIÓN Simón de Cirene, de camino hacia casa volviendo del trabajo, se encuentra casualmente con aquella triste comitiva de condenados, un espectáculo quizás habitual para él. Los soldados usan su derecho de coacción y cargan al robusto campesino con la cruz. ¡Qué enojo debe haber sentido al verse improvisamente implicado en el destino de aquellos condenados! Hace lo que debe hacer, ciertamente con mucha repugnancia. El evangelista Marcos menciona también a sus hijos, seguramente conocidos como cristianos, como miembros de aquella comunidad (Mc 15, 21). Del encuentro involuntario ha brotado la fe. Acompañando a Jesús y compartiendo el peso de la cruz, el Cireneo comprendió que era una gracia poder caminar junto a este Crucificado y socorrerlo. El misterio de Jesús sufriente y mudo le llegado al corazón. Jesús, cuyo amor divino es lo único que podía y puede redimir a toda la humanidad, quiere que compartamos su cruz para completar lo que aún falta a sus padecimientos (Col 1, 24). Cada vez que nos acercamos con bondad a quien sufre, a quien es perseguido o está indefenso, compartiendo su sufrimiento, ayudamos a llevar la misma cruz de Jesús. Y así alcanzamos la salvación y podemos contribuir a la salvación del mundo.

SEXTA ESTACIÓN La Verónica enjuga el rostro de Jesús V /. Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi. R /. Quia por sanctam crucem tuam redemisti mundum.

Lectura del libro del profeta Isaías 53, 2-3 No tenía figura ni belleza. Lo vimos sin aspecto atrayente, despreciado y evitado por los hombres, como un hombre de dolores, acostumbrado a sufrimientos, ante el cual se ocultan los rostros; despreciado y desestimado.

Del libro de los Salmos 26, 8-9 Oigo en mi corazón: «Buscad mi rostro». Tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro. No rechaces con ira a tu siervo, que tú eres mi auxilio; no me deseches, no me abandones, Dios de mi salvación.

MEDITACIÓN «Tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro » (Sal 26, 8-9). Verónica –Berenice, según la tradición griega– encarna este anhelo que acomuna a todos los hombres píos del Antiguo Testamento, el anhelo de todos los creyentes de ver el rostro de Dios. Ella, en principio, en el Vía crucis de Jesús no hace más que prestar un servicio de bondad femenina: ofrece un paño a Jesús. No se deja contagiar ni por la brutalidad de los soldados, ni inmovilizar por el miedo de los discípulos. Es la imagen de la mujer buena que, en la turbación y en la oscuridad del corazón, mantiene el brío de la bondad, sin permitir que su corazón se oscurezca. «Bienaventurados los limpios de corazón –había dicho el Señor en el Sermón de la montaña–, porque verán a Dios» (Mt 5, 8). Inicialmente, Verónica ve solamente un rostro maltratado y marcado por el dolor. Pero el acto de amor imprime en su corazón la verdadera imagen de Jesús: en el rostro humano, lleno de sangre y heridas, ella ve el rostro de Dios y de su bondad, que nos acompaña también en el dolor más profundo. Únicamente podemos ver a Jesús con el corazón. Solamente el amor nos deja ver y nos hace puros. Sólo el amor nos permite reconocer a Dios, que es el amor mismo.

SÉPTIMA ESTACIÓN Jesús cae por segunda vez V /. Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi. R /. Quia per sanctam crucem tuam redemisti mundum.

Lectura del libro de las Lamentaciones 3, 1-2.9.16 Yo soy el hombre que ha visto la miseria bajo el látigo de su furor. El me ha llevado y me ha hecho caminar en tinieblas y sin luz. Ha cercado mis caminos con piedras sillares, ha torcido mis senderos. Ha quebrado mis dientes con guijarro, me ha revolcado en la ceniza.

MEDITACIÓN La tradición de las tres caídas de Jesús y del peso de la cruz hace pensar en la caída de Adán –en nuestra condición de seres caídos– y en el misterio de la participación de Jesús en nuestra caída. Ésta adquiere en la historia for-mas siempre nuevas. En su primera carta, san Juan habla de tres obstáculos para el hombre: la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la soberbia de la vida. Interpreta de este modo, desde la perspectiva de los vicios de su tiempo, con todos sus excesos y perversiones, la caída del hombre y de la humanidad. Pero podemos pensar también en cómo la cristiandad, en la historia reciente, como cansándose de tener fe, ha abandonado al Señor: las grandes ideologías y la superficialidad del hombre que ya no cree en nada y se deja llevar simplemente por la corriente, han creado un nuevo paganismo, un paganismo peor que, queriendo olvidar definitivamente a Dios, ha terminado por desentenderse del hombre. El hombre, pues, está sumido en la tierra. El Señor lleva este peso y cae y cae, para poder venir a nuestro encuentro; él nos mira para que despierte nuestro corazón; cae para levantarnos.

OCTAVA ESTACIÓN Jesús encuentra a las mujeres de Jerusalén V /. Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi. R /. Quia per sanctam crucem tuam redemisti mundum.

Lectura del Evangelio según San Lucas 23, 28-31 Jesús se volvió hacia ellas y les dijo: Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, llorad por vosotras y por vuestros hijos, porque mirad que llegará el día en que dirán: «dichosas las estériles y los vientres que no han dado a luz y los pechos que no han criado». Entonces empezarán a decirles a los montes: «Desplomaos sobre nosotros»; y a las colinas: «Sepultadnos»; porque si así tratan al leño verde, ¿qué pasará con el seco? MEDITACIÓN Oír a Jesús cuando exhorta a las mujeres de Jerusalén que lo siguen y lloran por él, nos hace reflexionar. ¿Cómo entenderlo? ¿Se tratará quizás de una advertencia ante una piedad puramente sentimental, que no llega a ser conversión y fe vivida? De nada sirve compadecer con palabras y sentimientos los sufrimientos de este mundo, si nuestra vida continúa como siempre. Por esto el Señor nos advierte del riesgo que corremos nosotros mismos. Nos muestra la gravedad del pecado y la seriedad del juicio. No obstante todas nuestras palabras de preocupación por el mal y los sufrimientos de los inocentes, ¿no estamos tal vez demasiado inclinados a dar escasa importancia al misterio del mal? En la imagen de Dios y de Jesús al final de los tiempos, ¿no vemos quizás únicamente el aspecto dulce y amoroso, mientras descuidamos tranquilamente el aspecto del juicio? ¿Cómo podrá Dios –pensamos– hacer de nuestra debilidad un drama? ¡Somos solamente hombres! Pero ante los sufrimientos del Hijo vemos toda la gravedad del pecado y cómo debe ser expiado del todo para poder superarlo. No se puede seguir quitando importancia al mal contemplando la imagen del Señor que sufre. También él nos dice: «No lloréis por mí; llorad más bien por vosotros… porque si así tratan al leño verde, ¿qué pasará con el seco?» NOVENA ESTACIÓN Jesús cae por tercera vez V /. Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi. R /. Quia per sanctam crucem tuam redemisti mundum.

Lectura del libro de las Lamentaciones 3, 27-32 Bueno es para el hombre soportar el yugo desde su juventud. Que se sienta solitario y silencioso, cuando el Señor se lo impone; que ponga su boca en el polvo: quizá haya esperanza; que tienda la mejilla a quien lo hiere, que se harte de oprobios. Porque el Señor no desecha para siempre a los humanos: si llega a afligir, se apiada luego según su inmenso amor.

MEDITACIÓN ¿Qué puede decirnos la tercera caída de Jesús bajo el peso de la cruz? Quizás nos hace pensar en la caída de los hombres, en que muchos se alejan de Cristo, en la tendencia a un secularismo sin Dios. Pero, ¿no deberíamos pensar también en lo que debe sufrir Cristo en su propia Iglesia? En cuántas veces se abusa del sacramento de su presencia, y en el vacío y maldad de corazón donde entra a menudo. ¡Cuántas veces celebramos sólo nosotros sin darnos cuenta de él! ¡Cuántas veces se deforma y se abusa de su Palabra! ¡Qué poca fe hay en muchas teorías, cuántas palabras vacías! ¡Cuánta suciedad en la Iglesia y entre los que, por su sacerdocio, deberían estar completamente entregados a él! ¡Cuánta soberbia, cuánta autosuficiencia! ¡Qué poco respetamos el sacramento de la Reconciliación, en el cual él nos espera para levantarnos de nuestras caídas! También esto está presente en su pasión. La traición de los discípulos, la recepción indigna de su Cuerpo y de su Sangre, es ciertamente el mayor dolor del Redentor, el que le traspasa el corazón. No nos queda más que gritarle desde lo profundo del alma: Kyrie, eleison – Señor, sálvanos (cf Mt 8,25).

DÉCIMA ESTACIÓN Jesús es despojado de sus vestiduras V /. Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi. R /. Quia per sanctam crucem tuam redemisti mundum.

Lectura del Evangelio según San Mateo 27, 33 -36 Cuando llegaron al lugar llamado Gólgota (que quiere decir «La Calavera»), le dieron a beber vino mezclado con hiel; él lo probó, pero no quiso beberlo. Después de crucificarlo, se repartieron su ropa echándola a suertes y luego se sentaron a custodiarlo.

MEDITACIÓN Jesús es despojado de sus vestiduras. El vestido confiere al hombre una posición social; indica su lugar en la sociedad, le hace ser alguien. Ser desnudado en público significa que Jesús no es nadie, no es más que un marginado, despreciado por todos. El momento de despojarlo nos recuerda también la expulsión del paraíso: ha desaparecido en el hombre el esplendor de Dios y ahora se encuentra en mundo desnudo y al descubierto, y se avergüenza. Jesús asume una vez más la situación del hombre caído. Jesús despojado nos recuerda que todos nosotros hemos perdido la «primera vestidura» y, por tanto, el esplendor de Dios. Al pie de la cruz los soldados echan a suerte sus míseras pertenencias, sus vestidos. Los evangelistas lo relatan con palabras tomadas del Salmo 21, 19 y nos indican así lo que Jesús dirá a los discípulos de Emaús: todo se cumplió «según las Escrituras». Nada es pura coincidencia, todo lo que sucede está dicho en la Palabra de Dios, confirmado por su designio divino. El Señor experimenta todas las fases y grados de la perdición de los hombres, y cada uno de ellos, no obstante su amargura, son un paso de la redención: así devuelve él a casa la oveja perdida. Recordemos también que Juan precisa el objeto del sorteo: la túnica de Jesús, «tejida de una pieza de arriba abajo» (Jn 19, 23). Podemos considerarlo una referencia a la vestidura del sumo sacerdote, que era «de una sola pieza», sin costuras (Flavio Josefo, Ant. jud., III, 161). Éste, el Crucificado, es de hecho el verdadero sumo sacerdote.

UNDÉCIMA ESTACIÓN Jesús clavado en la cruz V /. Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi. R /. Quia per sanctam crucem tuam redemisti mundum.

Lectura del Evangelio según San Mateo 7, 37-42 Encima de la cabeza colocaron un letrero con la acusación: «Este es Jesús, el Rey de los judíos». Crucificaron con él a dos bandidos, uno a la derecha y otro a la izquierda. Los que pasaban, lo injuriaban y decían meneando la cabeza: «Tú que destruías el templo y lo reconstruías en tres días, sálvate a ti mismo; si eres Hijo de Dios, baja de la cruz». Los sumos sacerdotes con los letrados y los senadores se burlaban también diciendo: «A otros ha salvado y él no se puede salvar. ¿No es el Rey de Israel? Que baje ahora de la cruz y le creeremos».

MEDITACIÓN Jesús es clavado en la cruz. La Sábana Santa de Turín nos permite hacernos una idea de la increíble crueldad de este procedimiento. Jesús no bebió el calmante que le ofrecieron: asume conscientemente todo el dolor de la crucifixión. Su cuerpo está martirizado; se han cumplido las palabras del Salmo: «Yo soy un gusano, no un hombre, vergüenza de la gente, desprecio del pueblo» (Sal 21, 27). «Como uno ante quien se oculta el rostro, era despreciado… Y con todo eran nuestros sufrimientos los que él llevaba y nuestros dolores los que soportaba» (Is 53, 3 ss). Detengámonos ante esta imagen de dolor, ante el Hijo de Dios sufriente. Mirémosle en los momentos de satisfacción y gozo, para aprender a respetar sus límites y a ver la superficialidad de todos los bienes puramente materiales. Mirémosle en los momentos de adversidad y angustia, para reconocer que precisamente así estamos cerca de Dios. Tratemos de descubir su rostro en aquellos que tendemos a despreciar. Ante el Señor condenado, que no quiere usar su poder para descender de la cruz, sino que más bien soportó el sufrimiento de la cruz hasta el final, podemos hacer aún otra reflexión. Ignacio de Antioquia, encadenado por su fe en el Señor, elogió a los cristianos de Esmirna por su fe inamovible: dice que estaban, por así decir, clavados con la carne y la sangre a la cruz del Señor Jesucristo (1,1). Dejémonos clavar a él, no cediendo a ninguna tentación de apartarnos, ni a las burlas que nos inducen a darle la espalda.

DUODÉCIMA ESTACIÓN Jesús muere en la cruz V /. Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi. R /. Quia per sanctam crucem tuam redemisti mundum.

Lectura del Evangelio según San Juan 19, 19-20 Pilato escribió un letrero y lo puso encima de la cruz; en él estaba escrito: «Jesús el Nazareno, el Rey de los judíos». Leyeron el letrero muchos judíos, estaba cerca el lugar donde crucificaron a Jesús y estaba escrito en hebreo, latín y griego.

Del Evangelio según San Mateo 27, 45-50. 54 Desde el mediodía hasta la media tarde vinieron tinieblas sobre toda aquella región. A media tarde Jesús gritó: «Elí, Elí lamá sabaktaní», es decir: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» Al oírlo algunos de los que estaban por allí dijeron: «A Elías llama éste». Uno de ellos fue corriendo; enseguida cogió una esponja empapada en vinagre y, sujetándola en una caña, le dio de beber. Los demás decían: «Déjalo, a ver si viene Elías a salvarlo». Jesús, dio otro grito fuerte y exhaló el espíritu. El centurión y sus hombres, que custodiaban a Jesús, al ver el terremoto y lo que pasaba dijeron aterrorizados: «Realmente éste era Hijo de Dios».

MEDITACIÓN Sobre la cruz –en las dos lenguas del mundo de entonces, el griego y el latín, y en la lengua del pueblo elegido, el hebreo– está escrito quien es Jesús: el Rey de los judíos, el Hijo prometido de David. Pilato, el juez injusto, ha sido profeta a su pesar. Ante la opinión pública mundial se proclama la realeza de Jesús. Él mismo había declinado el título de Mesías porque habría dado a entender una idea errónea, humana, de poder y salvación. Pero ahora el título puede aparecer escrito públicamente encima del Crucificado. Efectivamente, él es verdaderamente el rey del mundo. Ahora ha sido realmente «ensalzado». En su descendimiento, ascendió. Ahora ha cumplido radicalmente el mandamiento del amor, ha cumplido el ofrecimiento de sí mismo y, de este modo, manifiesta al verdadero Dios, al Dios que es amor. Ahora sabemos que es Dios. Sabemos cómo es la verdadera realeza. Jesús recita el Salmo 21, que comienza con estas palabras: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Sal 21, 2). Asume en sí a todo el Israel sufriente, a toda la humanidad que padece, el drama de la oscuridad de Dios, manifestando de este modo a Dios justamente donde parece estar definitivamente vencido y ausente. La cruz de Jesús es un acontecimiento cósmico. El mundo se oscurece cuando el Hijo de Dios padece la muerte. La tierra tiembla. Y junto a la cruz nace la Iglesia en el ámbito de los paganos. El centurión romano reconoce y entiende que Jesús es el Hijo de Dios. Desde la cruz, él triunfa siempre de nuevo.

DECIMOTERCERA ESTACIÓN Jesús es bajado de la cruz y entregado a su Madre V /. Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi. R /. Quia per sanctam crucem tuam redemisti mundum.

Lectura del Evangelio según San Mateo 27, 54-55 El centurión y sus hombres, que custodiaban a Jesús, al ver el terremoto y lo que pasaba dijeron aterrorizados: «Realmente éste era Hijo de Dios». Había allí muchas mujeres que miraban desde lejos, aquellas que habían seguido a Jesús desde Galilea para atenderle.

MEDITACIÓN Jesús está muerto, de su corazón traspasado por la lanza del soldado romano mana sangre y agua: misteriosa imagen del caudal de los sacramentos, del Bautismo y de la Eucaristía, de los cuales, por la fuerza del corazón traspasado del Señor, renace siempre la Iglesia. A él no le quiebran las piernas como a los otros dos crucificados; así se manifiesta como el verdadero cordero pascual, al cual no se le debe quebrantar ningún hueso (cf Ex 12, 46). Y ahora que ha soportado todo, se ve que, a pesar de toda la turbación del corazón, a pesar del poder del odio y de la ruindad, él no está solo. Están los fieles. Al pie de la cruz estaba María, su Madre, la hermana de su Madre, María, María Magdalena y el discípulo que él amaba. Llega también un hombre rico, José de Arimatea: el rico logra pasar por el ojo de la aguja, porque Dios le da la gracia. Entierra a Jesús en su tumba aún sin estrenar, en un jardín: donde Jesús es enterrado, el cementerio se transforma en un vergel, el jardín del que había sido expulsado Adán cuando se alejó de la plenitud de la vida, de su Creador. El sepulcro en el jardín manifiesta que el dominio de la muerte está a punto de terminar. Y llega también un miembro del Sanedrín, Nicodemo, al que Jesús había anunciado el misterio del rena-cer por el agua y el Espíritu. También en el sanedrín, que había decidido su muerte, hay alguien que cree, que conoce y reconoce a Jesús después de su muerte. En la hora del gran luto, de la gran oscuridad y de la desesperación, surge misteriosamente la luz de la esperanza. El Dios escondido permanece siempre como Dios vivo y cercano. También en la noche de la muerte, el Señor muerto sigue siendo nuestro Señor y Salvador. La Iglesia de Jesucristo, su nueva familia, comienza a formarse.

DECIMOCUARTA ESTACIÓN Jesús es puesto en el sepulcro V /. Adoramus te, Christe, et benedicimus tibi. R /. Quia per sanctam crucem tuam redemisti mundum.

Lectura del Evangelio según San Mateo 27, 59-61 José, tomando el cuerpo de Jesús, lo envolvió en una sábana limpia, lo puso en el sepulcro nuevo que se había excavado en una roca, rodó una piedra grande a la entrada del sepulcro y se marchó. María Magdalena y la otra María se quedaron allí sentadas enfrente del sepulcro.

MEDITACIÓN Jesús, deshonrado y ultrajado, es puesto en un sepulcro nuevo con todos los honores. Nicodemo lleva una mezcla de mirra y áloe de cien libras para difundir un fragante perfume. Ahora, en la entrega del Hijo, como ocurriera en la unción de Betania, se manifiesta una desmesura que nos recuerda el amor generoso de Dios, la «sobreabundancia» de su amor. Dios se ofrece generosamente a sí mismo. Si la medida de Dios es la sobreabundancia, también para nosotros nada debe ser demasiado para Dios. Es lo que Jesús nos ha enseñado en el Sermón de la montaña (Mt 5, 20). Pero es necesario recordar también lo que san Pablo dice de Dios, el cual «por nuestro medio difunde en todas partes el olor de su conocimiento. Pues nosotros somos […] el buen olor de Cristo» (2 Co 2, 14-15). En la descomposición de las ideologías, nuestra fe debería ser una vez más el perfume que conduce a las sendas de la vida. En el momento de su sepultura, comienza a realizarse la palabra de Jesús: « Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, dará mucho fruto» (Jn 12, 24). Jesús es el grano de trigo que muere. Del grano de trigo enterrado comienza la gran multiplica-ción del pan que dura hasta el fin de los tiempos: él es el pan de vida capaz de saciar sobreabundantemente a toda la humanidad y de darle el sustento vital: el Verbo de Dios, que es carne y también pan para nosotros, a través de la cruz y la resurrección. Sobre el sepulcro de Jesús resplandece el misterio de la Eucaristía.

Joseph Ratzinger, “El secreto para evangelizar la cultura de la comunicación”, Zenit, 10.XI.02

La evangelización no es asimilación, imprime un cambio radical. Ante el desafío que presenta la evangelización en la sociedad de la comunicación, el cardenal Joseph Ratzinger está convencido de que «la fe está abierta a todo aquello que en la cultura es grande, verdadero y puro». Ahora bien, esta apertura no es ingenua: «el Evangelio provocará siempre un corte que purifica y resana la cultura».

El prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe presentó su propuesta al concluir el Congreso «Parábolas Mediáticas – Hacer cultura en tiempos de comunicación», organizado por la Conferencia Episcopal Italiana, en el aula de las audiencias generales del Vaticano. En su intervención, que llevaba por título «Comunicación y cultura: nuevos caminos para la evangelización en el tercer milenio», el cardenal alemán subrayó que la evangelización no es una simple asimilación a la cultura dominante: «La fe ha sido siempre crítica con la cultura, y hoy debe ser más impávida y valiente». «La fe es un “corte”, una oposición a todo elemento de la cultura que cierre las puertas al Evangelio». Ratzinger pidió a los agentes de la cultura y la comunicación que tuvieran «una fe crítica y valiente» y se opuso a «irenismos fáciles y a degeneraciones culturales del presente». Haciendo un repaso histórico de la inculturación del Evangelio, constató que «desde siempre, el cristianismo ha estado amenazado por elementos anticristianos», y hoy estamos ante una cultura «que se aleja de manera siempre creciente del cristianismo». Prueba de ello son, constató, «las amenazas a la vida, los ataques a la familia basada en el matrimonio, la reducción de la fe a una realidad subjetiva, la secularización de la conciencia pública, la fragmentación y la relativización de la ética». En este contexto, concluyó, «la evangelización no es nunca simplemente una comunicación intelectual, es un proceso vital, una purificación y una transformación de nuestra existencia, y para esto es necesario un camino común». Ante una cultura que presenta la fe como un camino imposible de recorrer, Ratzinger presentó así el desafío decisivo de la «evangelización de la cultura».

Tomado de Zenit, ZS02111002

Joseph Ratzinger, “El relativismo, nuevo rostro de la intolerancia”, Zenit, 1.XII.02

El relativismo se ha convertido en la nueva expresión de la intolerancia, según considera el cardenal Joseph Ratzinger, prefecto de la Congregación vaticana para la Doctrina de la Fe en la clausura en Murcia el Congreso de Cristología organizado por la Universidad Católica de San Antonio.

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Joseph Ratzinger, “Sin la Eucaristía la Iglesia se convierte en un museo”, Zenit, 18.III.03

CIUDAD DEL VATICANO, 17 marzo 2003 (ZENIT.org).- El cardenal Joseph Ratzinger, quien ha colaborado con Juan Pablo II en la redacción de su encíclica sobre la Eucaristía, acaba de publicar un libro precisamente dedicado al argumento.

«En la crisis de la fe que estamos viviendo, el punto neurálgico resulta ser cada vez más la recta celebración y la recta comprensión de la Eucaristía», constata el inicio de unos de los capítulos de «El Dios cercano» («Il Dio vicino», Edizioni San Paolo), que acaba de salir a las librerías en italiano.

Según fuentes vaticanas, el nuevo documento del Papa dedicado a la presencia real de Cristo en el sacramento debería ser publicado en abril.

«Todos nosotros sabemos cuál es la diferencia entre una Iglesia en la que se reza y una Iglesia reducida a museo», explica el prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe.

«Hoy corremos el riesgo de que nuestras iglesias se conviertan en museos y que acaben como los museos: si no se cierran, son expoliados. No tienen vida. La medida de la vitalidad de la Iglesia, la medida de su apertura interior, se mostrará por el hecho de que sus puertas pueden permanecer abiertas, precisamente porque es una iglesia en la que se reza constantemente».

«La Eucaristía, y la comunidad que la celebra, se llenará en la medida en que nos preparemos en la oración silenciosa ante la presencia del Señor y nos convirtamos en personas que quieren comunicar con la verdad».

El cardenal deja espacio a argumentos que son fáciles de escuchar en nuestros días: «También puedo rezar en el bosque, sumergido en la naturaleza».

«Claro que se puede –responde–. Pero, si sólo fuera así, entonces la iniciativa de la oración quedaría totalmente dentro de nosotros: entonces Dios sería un postulado de nuestro pensamiento. El que Él responda o quiera responder, quedaría como una cuestión abierta».

«Eucaristía significa: Dios ha respondido –sigue explicando el purpurado alemán–. La Eucaristía es Dios como respuesta, como presencia que responde. Ahora la iniciativa de la relación divino-humana ya no depende de nosotros, sino de Él, y así se hace verdaderamente seria».

«Por esto –aclara–, la oración en el ámbito de la adoración eucarística alcanza un nivel totalmente nuevo; sólo ahora involucra a las dos partes, y sólo ahora es algo serio. Es más, no sólo involucra a las dos partes, sino que sólo ahora es plenamente universal: cuando rezamos en presencia de la Eucaristía, nunca estamos solos. Con nosotros reza toda a Iglesia que celebra la Eucaristía».

«En esta oración –concluye– ya no estamos ante un Dios pensado, sino ante un Dios que verdaderamente se nos ha entregado; ante un Dios que se ha hecho comunión por nosotros, y así nos libera de nuestros límites por la comunión y nos conduce a la Resurrección. Esta es la oración que debemos volver a buscar».

Tomado de Zenit, ZS03031702

Joseph Ratzinger, “Europa, política y religión”, Berlín, 28.XI.00

La Declaración de Derechos Fundamentales, aprobada por los jefes de Estado y de Gobierno de la Unión Europea, revela el deseo de dar un fundamento de valores comunes a la Europa unida. ¿Hasta qué punto es apropiada para dotar de un núcleo espiritual común al cuerpo económico de Europa? Esto es lo que planteaba el Cardenal Joseph Ratzinger en una conferencia pronunciada el pasado 28 de noviembre en Berlín, cuyo texto íntegro ha sido publicado en español por NUEVA REVISTA DE POLITICA, CULTURA Y ARTE, nº73 (enero-febrero 2001): www.nuevarevista.com Continúa leyendo Joseph Ratzinger, “Europa, política y religión”, Berlín, 28.XI.00

Joseph Ratzinger, “El fundamentalismo islámico”

Tomado de “Una mirada a Europa”, Rialp, 1993.

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Joseph Ratzinger, “La verdad de la belleza y la belleza de la verdad”, Zenit, 21.VIII.02

RÍMINI, 21 agosto 2002 (ZENIT.org).- Los hombres y mujeres de hoy creerán si redescubren la auténtica belleza, afirma el cardenal Joseph Ratzinger en un mensaje hecho público este miércoles.

En el texto, el prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe afirma: «Para que hoy la fe pueda crecer tenemos que llevar nosotros mismos a los hombres y mujeres con que nos cruzamos a entrar en contacto con la belleza».

La misiva del purpurado alemán ha sido leída en el Meeting por la Amistad entre los Pueblos, que del 18 al 24 de agosto reúne en Rimini (Italia) a cientos de miles de personas por iniciativa del movimiento Comunión y Liberación.

Comentando el lema del encuentro –«El sentimiento de las cosas. La contemplación de la belleza»– el cardenal Ratzinger constata que «hoy día el mensaje de la belleza es puesto en duda por el poder de la mentira, que se sirve de varios estratagemas».

«Uno de estos es el de promover una belleza que no despierta la nostalgia de lo inefable, sino que más bien promueve la voluntad de posesión». «¿Quién no reconocería, por ejemplo, en la publicidad esas imágenes que con extraordinaria habilidad están pensadas para tentar irresistiblemente al hombre a apropiarse de algo y a buscar la satisfacción del momento?». De este modo, el arte cristiano se encuentra hoy entre dos fuegos: «debe oponerse al culto de lo feo, según el cual toda belleza es un engaño, y tiene que enfrentarse a la belleza mendaz que hace al hombre más pequeño».

El cardenal citó entonces la frase de Fiódor M. Dostoievski (1821-1881) «La belleza nos salvará», en la que el escritor ruso se refiere a la belleza redentora de Jesucristo.

«Quien cree en el Dios que se manifestó precisamente en las semblanzas de Cristo crucificado como “amor hasta el final” sabe que la belleza es verdad y que la verdad es belleza, pero en el Cristo que sufre aprende también que la belleza de la verdad comprende la ofensa, el dolor, y el oscuro misterio de la muerte».

De este modo, sabe que la belleza «sólo puede ser encontrada en la aceptación del dolor y no en ignorarlo». «En todas las atrocidades de la historia, un concepto meramente armonioso de la belleza no es suficiente». «De hecho, en la pasión de Cristo la estética griega -tan digna de admiración- es superada. Desde entonces, la experiencia de la belleza ha recibido una nueva profundidad y un nuevo realismo». «Quien es la belleza misma se ha dejado golpear el rostro, escupir a la cara, coronar de espinas –la Sábana Santa de Turín puede hacernos imaginar todo esto de manera impactante–». «Pero precisamente en este rostro tan desfigurado aparece la auténtica belleza: la belleza del amor que llega “hasta el final” y que se revela más fuerte que la mentira y la violencia».«Tenemos que aprender a verlo, si somos golpeados por el dardo de su paradójica belleza, entonces le conoceremos verdaderamente».

————- Publicamos el mensaje que envió el cardenal Joseph Ratzinger a los participantes en el «Meeting» de Rímini (Italia) celebrado del 24 al 30 de agosto de 2002 por iniciativa del movimiento eclesial Comunión y Liberación sobre el tema «La contemplación de la belleza».

Cada año, en la Liturgia de las Horas del tiempo de Cuaresma, me vuelve a conmover una paradoja de las Vísperas del lunes de la segunda semana del Salterio. Allí, una junto a la otra, se encuentran dos antífonas, una para el tiempo de Cuaresma y otra para la Semana santa. Ambas introducen el salmo 44, pero lo hacen con claves interpretativas radicalmente contrapuestas. El salmo describe las nupcias del Rey, su belleza, sus virtudes, su misión y, a continuación, exalta la figura de la esposa. En el tiempo de Cuaresma, introduce el salmo la misma antífona que se utiliza durante el resto del año. El tercer versículo reza: «Eres el más bello de los hombres; en tus labios se derrama la gracia».

Está claro que la Iglesia lee este salmo como una representación poético-profética de la relación esponsal entre Cristo y la Iglesia. Reconoce a Cristo como el más bello de los hombres; la gracia derramada en sus labios manifiesta la belleza interior de su palabra, la gloria de su anuncio. De este modo, no sólo la belleza exterior con la que aparece el Redentor es digna de ser glorificada, sino que en él, sobre todo, se encarna la belleza de la Verdad, la belleza de Dios mismo, que nos atrae hacia sí y a la vez abre en nosotros la herida del Amor, la santa pasión («eros») que nos hace caminar, en la Iglesia esposa y junto con ella, al encuentro del Amor que nos llama. Pero el miércoles de la Semana santa, la Iglesia cambia la antífona y nos invita a leer el salmo a la luz de Isaías: «Sin figura, sin belleza. Lo vimos sin aspecto atrayente, con el rostro desfigurado por el dolor» (53, 2). ¿Cómo se concilian estas dos afirmaciones? El «más bello de los hombres» es de aspecto tan miserable, que ni se le quiere mirar. Pilatos lo muestra a la multitud diciendo: «Este es el hombre», tratando de suscitar la piedad por el Hombre, despreciado y maltratado, al que no le queda ninguna belleza exterior. San Agustín, que en su juventud escribió un libro sobre lo bello y lo conveniente, y que apreciaba la belleza en las palabras, en la música y en las artes figurativas, percibió con mucha fuerza esta paradoja y se dio cuenta de que en este pasaje la gran filosofía griega de la belleza no sólo se refundía, sino que se ponía dramáticamente en discusión: habría que discutir y experimentar de nuevo lo que era la belleza y su significado. Refiriéndose a la paradoja contenida en estos textos, hablaba de «dos trompetas» que suenan contrapuestas, pero que reciben su sonido del mismo soplo de aire, del mismo Espíritu. Él sabía que la paradoja es una contraposición, pero no una contradicción. Las dos, afirmaciones provienen del mismo Espíritu que inspira toda la Escritura, el cual, sin embargo, suena en ella con notas diferentes y, precisamente así, nos sitúa frente a la totalidad de la verdadera Belleza, de la Verdad misma Del texto de Isaías nace, ante todo, la cuestión de la que se han ocupado los Padres de la Iglesia: si Cristo era o no bello. Aquí se oculta la cuestión más radical: si la belleza es verdadera o si, por el contrario, la fealdad es lo que nos conduce a la profunda verdad de la realidad. El que cree en Dios, en el Dios que precisamente en las apariencias alteradas de Cristo crucificado se manifestó como amor «hasta el final» (Jn 13, 1), sabe que la belleza es verdad y que la verdad es belleza, pero en el Cristo sufriente comprende también que la belleza de la verdad incluye la ofensa, el dolor e incluso el oscuro misterio de la muerte, y que sólo se puede encontrar la belleza aceptando el dolor y no ignorándolo.

Sin duda, un inicio de comprensión de que la belleza tiene que ver con el dolor se encuentra también en el mundo griego. Pensemos por ejemplo en el Fedro de Platón. Platón considera el encuentro con la belleza como esa sacudida emotiva y saludable que permite al hombre salir de sí mismo, lo «entusiasma» atrayéndolo hacia otro distinto de él. El hombre -así dice Platón- ha perdido la perfección original concebida para él. Ahora busca perennemente la forma primigenia que le sane. Recuerdo y nostalgia lo inducen a la búsqueda, y la belleza lo arranca del acomodamiento cotidiano. Le hace sufrir. Podríamos decir, en sentido platónico, que el dardo de la nostalgia lo hiere y justamente de este modo le da alas y lo atrae hacia lo alto.

En el discurso de Aristófanes en el Banquete se afirma que los amantes desconocen lo que verdaderamente quieren el uno del otro. Por el contrario, resulta evidente que las almas de ambos están sedientas de algo distinto, que no es el placer amoroso. Sin embargo, el, alma no consigue expresar este algo distinto, «tiene sólo una vaga percepción de lo que realmente anhela y habla de ello como de un enigma».

En el siglo XIV, en el libro sobre la vida de Cristo del teólogo bizantino Nicolás Kabasilas, volvemos a encontrar esta experiencia de Platón, en la cual el objeto último de la nostalgia permanece sin nombre, aunque transformado por la nueva experiencia cristiana. Kabasilas afirma: «Hombres que llevan en sí un deseo tan poderoso que supera su naturaleza, y que desean y anhelan más de aquello a lo que el hombre puede aspirar, estos hombres han sido traspasados por el mismo Esposo; él misma ha enviado a sus ojos un rayo ardiente de su belleza. La profundidad de la herida revela ya cuál es el dardo, y la intensidad del deseo deja entrever Quién ha lanzado la flecha».

La belleza hiere, pero precisamente de esta manera recuerda al hombre su destino último. Lo que afirma Platón y, más de 1500 años después, Kabasilas nada tiene que ver con el esteticismo superficial y con una actitud irracional, con la huida de la claridad y de la importancia de la razón. La belleza es conocimiento, ciertamente; una forma superior de conocimiento, puesto que toca al hombre con toda la profundidad de la verdad. En esto Kabasilas sigue siendo totalmente griego, en cuanto que pone el conocimiento en primer lugar. «Origen del amor es el conocimiento – afirma-; el conocimiento genera amor». «En algunas ocasiones -prosigue- el conocimiento puede ser tan fuerte que actúe como una especie de filtro de amor». El autor no plantea dicha afirmación sólo en términos generales. Como es característico de su pensamiento riguroso, distingue dos tipos de conocimiento: el primero es el conocimiento mediante la instrucción, que de algún modo representa un conocimiento «de segunda mano» y no implica contacto directo con la realidad misma. El segundo tipo, por el contrario, es un conocimiento mediante la propia experiencia y la relación directa con las cosas. «Por tanto, hasta que no hemos tenido la experiencia de un ser concreto, no amamos al objeto tal y como debería ser amado». El verdadero conocimiento se produce al ser alcanzados por el dardo de la Belleza que hiere al hombre, al vernos tocados por la realidad, «por la presencia personal de Cristo mismo», como él afirma. El ser alcanzados y cautivados por la belleza de Cristo produce un conocimiento más real y profundo que la mera deducción racional. Ciertamente, no debemos menospreciar el significado de la reflexión teológica, del pensamiento teológico exacto y riguroso, que sigue siendo absolutamente necesario. Por ello despreciar o rechazar el impacto que la Belleza provoca en el corazón suscitando una correspondencia como una verdadera forma de conocimiento empobrece y hace más árida tanto la fe como la teología. Nosotros debemos volver a encontrar esta forma de conocimiento. Se trata de una exigencia apremiante para nuestro tiempo.

A partir de esta concepción, Hans Urs von Balthasar edificó su Opus magnum de la Estética teológica, de la que muchos detalles se han acogido en el trabajo teológico, mientras que su planteamiento de fondo, que constituye verdaderamente el elemento esencial de todo, no se ha asumido en absoluto. Nótese que esto no es un problema que afecta simplemente, o principalmente, tan sólo a la teología; afecta también a la pastoral, que debe volver a favorecer el encuentro del hombre con la belleza de la fe.

Así, a menudo los argumentos caen en el vacío, porque en nuestro mundo se entrecruzan demasiadas argumentaciones contrapuestas, de tal modo que surge espontáneo en el hombre el pensamiento que los antiguos teólogos medievales formularon de la siguiente forma: la razón «tiene la nariz de cera», es decir, basta con ser un poco hábiles para dirigirla en cualquier dirección. Puesto que todo es tan sensato, tan convincente, ¿de quién tenemos que fiarnos? El encuentro con la belleza puede ser el dardo que alcanza el alma e, hiriéndola, le abre los ojos, hasta el punto de que entonces el alma, a partir de la experiencia, halla criterios de juicio y también capacidad para valorar correctamente los argumentos.

Sigue siendo una experiencia inolvidable para mí el concierto de Bach dirigido por Leonard Bernstein en Munich, tras la prematura muerte de Karl Richter. Estaba sentado al lado del obispo evangélico Hanselmann. Cuando se apagó triunfalmente la última nota de una de las grandes cantatas del solista Thomas, nos miramos espontáneamente el uno al otro y con la misma espontaneidad dijimos: «Los que hayan escuchado esta música saben que la fe es verdadera». En esa música se percibía una fuerza extraordinaria de Realidad presente, que suscitaba, no mediante deducciones, sino a través del impacto del corazón, la evidencia de que aquello no podía surgir de la nada; sólo podía nacer gracias a la fuerza de la Verdad, que se actualiza en la inspiración del compositor.

Y ¿no resulta evidente lo mismo cuando nos dejamos conmover por el icono de la Trinidad de Rublëv? En el arte de los iconos, al igual que en las obras de los grandes pintores occidentales del románico y del gótico, la experiencia que describe Kabasilas se hace visible partiendo de la interioridad, y se puede participar en ella. Pavel Evdokimov ha descrito de manera significativa el recorrido interior que supone el icono. El icono no es simplemente la reproducción de lo que perciben los sentidos; más bien, supone lo que él define como «un ayuno de la mirada». La percepción interior debe liberarse de la mera percepción de los sentidos para, mediante la oración y la ascesis, adquirir una nueva y más profunda capacidad de ver; debe recorrer el paso de lo que es meramente exterior a la realidad en su profundidad, de manera que el artista vea lo que los sentidos por sí mismos no ven y, sin embargo, aparece en el campo de lo sensible: el esplendor de la gloria de Dios, «la gloria de Dios que está en el rostro de Cristo» (2 Co 4, 6). Admirar los iconos, y en general los grandes cuadros del arte cristiano, nos conduce por una vía interior, una vía de superación de uno mismo y, en esta purificación de la mirada, que es purificación del corazón, nos revela la Belleza, o al menos un rayo de su esplendor. Precisamente de esta manera nos pone en relación con la fuerza de la verdad. A menudo he afirmado que estoy convencido de que la verdadera apología de la fe cristiana, la demostración más convincente de su verdad contra cualquier negación, se encuentra, por un lado, en sus santos y, por otro, en la belleza que la fe genera. Para que actualmente la fe pueda crecer, tanto nosotros como los hombres que encontramos, debemos dirigirnos hacia los santos y hacia lo Bello.

Pero ahora es preciso responder a una objeción. Ya hemos refutado la afirmación según la cual lo que hemos sostenido hasta aquí sería una huida hacia lo irracional, un mero esteticismo. Es, más bien, lo contrario: sólo de este modo la razón se ve liberada de su torpeza y es capaz de obrar. Otra objeción reviste hoy más importancia: el mensaje de la belleza se pone radicalmente en duda a través del poder de la mentira, la seducción, la violencia y el mal. ¿Puede la belleza ser auténtica o, en definitiva, no es más que una vana ilusión? ¿La realidad no es, acaso, malvada en el fondo? El miedo a que el dardo de la belleza no pueda conducirnos a la verdad, sino que la mentira, la fealdad y lo vulgar sean la verdadera «realidad», ha angustiado a los hombres de todos los tiempos. En la actualidad esto se ha reflejado en la afirmación de que, después de Auschwitz, sería imposible volver a escribir poesía, volver a hablar de un Dios bueno. Muchos se preguntan: ¿dónde estaba Dios mientras funcionaban los hornos crematorios? Esta objeción, para la que existían ya motivos suficientes antes de Auschwitz en todas las atrocidades de la historia, indica que un concepto puramente armonioso de belleza no es suficiente. No sostiene la confrontación con la gravedad de la puesta en entredicho de Dios, de la verdad y de la belleza. Apolo, que para el Sócrates dé Platón era «el Dios» y el garante de la imperturbable belleza como lo «verdaderamente divino», ya no basta en absoluto.

De esta manera volvemos a las «dos trompetas» de la Biblia de las que habíamos partido, a la paradoja por la cual se puede decir de Cristo: «Eres el más bello de los hombres» y «sin figura, sin belleza (…) su rostro está desfigurado por el dolor». En la pasión de Cristo la estética griega, tan digna de admiración por su presentimiento del contacto con lo divino que, sin embargo, permanece inefable para ella, no se ve abolida sino superada. La experiencia de lo bello recibe una nueva profundidad, un nuevo realismo. Aquel que es la Belleza misma se ha dejado desfigurar el rostro, escupir encima y coronar de espinas. La Sábana santa de Turín nos permite imaginar todo esto de manera conmovedora. Precisamente en este Rostro desfigurado aparece la auténtica y suprema belleza: la belleza del amor que llega «hasta el extremo» y que por ello se revela más fuerte que la mentira y la violencia.

Quien ha percibido esta belleza sabe que la verdad es la última palabra sobre el mundo, y no la mentira. No es «verdad» la mentira, sino la Verdad. Digámoslo así: un nuevo truco de la mentira es presentarse como «verdad» y decirnos: «más allá de mí no hay nada, dejad de buscar la verdad o, peor aún, de amarla, porque si obráis así vais por el camino equivocado». El icono de Cristo crucificado nos libera del engaño hoy tan extendido. Sin embargo, pone como condición que nos dejemos herir junto con él y que creamos en el Amor, que puede correr el riesgo de dejar la belleza exterior para anunciar de esta manera la verdad de la Belleza.

De todas formas, la mentira emplea también otra estratagema: la belleza falaz, falsa, que ciega y no hace salir al hombre de sí mismo para abrirlo al éxtasis de elevarse a las alturas, sino que lo aprisiona totalmente y lo encierra en sí mismo. Es una belleza que no despierta la nostalgia por lo Indecible, la disponibilidad al ofrecimiento, al abandono de uno mismo, sino que provoca el ansia, la voluntad de poder, de posesión y de mero placer. Es el tipo de experiencia de la belleza al que alude el Génesis en el relato del pecado original: Eva vio que el fruto del árbol era «bello», bueno para comer y «agradable a la vista». La belleza, tal como la experimenta, despierta en ella el deseo de posesión y la repliega sobre sí misma. ¿Quién no reconocería, por ejemplo en la publicidad, esas imágenes que con habilidad extrema están hechas para tentar irresistiblemente al hombre a fin de que se apropie de todo y busque la satisfacción inmediata en lugar de abrirse a algo distinto de sí? De este modo, el arte cristiano se encuentra hoy (y quizás en todos los tiempos) entre dos fuegos: debe oponerse al culto de lo feo, que nos induce a pensar que todo, que toda belleza es un engaño y que solamente la representación de lo que es cruel, bajo y vulgar, sería verdad y auténtica iluminación del conocimiento; y debe contrarrestar la belleza falaz que empequeñece al hombre en lugar de enaltecerlo y que, precisamente por este motivo, es mentira.

Es bien conocida la famosa pregunta de Dostoievski: «¿Nos salvará la Belleza?». Pero en la mayoría de los casos se olvida que Dostoievski se refiere aquí a la belleza redentora de Cristo. Debemos aprender a verlo. Si no lo conocemos simplemente de palabra, sino que nos traspasa el dardo de su belleza paradójica, entonces empezamos a conocerlo de verdad, y no sólo de oídas. Entonces habremos encontrado la belleza de la Verdad, de la Verdad redentora. Nada puede acercarnos más a la Belleza, que es Cristo mismo, que el mundo de belleza que la fe ha creado y la luz que resplandece en el rostro de los santos, mediante la cual se vuelve visible su propia luz.

Tomado de Zenit, ZS02082110 y ZS05042914

Joseph Ratzinger, “Si Europa pierde la familia, perderá su identidad”, Zenit, 16.V.04

Discurso en una ceremonia organizada por el Senado italiano Continúa leyendo Joseph Ratzinger, “Si Europa pierde la familia, perderá su identidad”, Zenit, 16.V.04

Joseph Ratzinger, “El cristianismo ¿es una religión europea?”, El Corriere della Sera, 3.VII.03

En el debate sobre la historia de la misión cristiana se ha convertido en habitual decir que, con la misión, Europa (Occidente) ha tratado de imponer al mundo su religión. Se ha tratado –se dice– de colonialismo religioso, una parte del más amplio sistema colonial. La renuncia al eurocentrismo tendría por tanto que incluir también la renuncia a la misión. En relación con esta tesis hay algunas cosas que criticar, empezando por el plano histórico. El cristianismo, como es sabido, no nació en Europa, sino en Asia Menor, en el punto geográfico donde se encuentran los tres continentes, asiático, africano y europeo. Un contacto que nunca ha sido solo geográfico, sino de las corrientes espirituales de los tres continentes. Por esta razón, la “interculturalidad” pertenece a la forma originaria del cristianismo. Además, en los primeros siglos, la misión se extendió tanto hacia Oriente como hacia Occidente. El punto focal del cristianismo se encontraba en Asia Menor, en el Oriente Próximo, pero pronto se dirigió también hacia la India; la misión nestoriana llegó hasta China, y numéricamente, el cristianismo asiático equivalía, poco más o menos, al europeo. Solo la difusión del islam ha sustraído al cristianismo del Oriente Próximo gran parte de su fuerza vital, y al mismo tiempo, dejó fuera de los centros de Siria, Palestina y Asia Menor a las comunidades cristianas de India y de Asia, y de este modo ha provocado su desaparición.

En cualquier caso, desde entonces en adelante el cristianismo se convirtió en una religión europea. Sí y no, habría que responder. La herencia del origen, que no había germinado en Europa, seguía siendo la raíz vital de todo, y seguía así siendo también, siempre, criterio y crítica de lo que es puramente europeo. Además, con “europeo” no se indica en realidad un bloque monolítico. Desde el punto de vista cronológico y cultural, se indica una realidad extremadamente estratificada. Se encuentra en primer lugar el proceso de “inculturación” en el mundo griego y romano, al que sigue la “inculturación” entre las distintas poblaciones germánicas, entre las eslavas y neolatinas.

Todas estas culturas, desde la antigüedad a la Edad Media, hasta la época moderna y contemporánea, han recorrido amplios espacios en los que el cristianismo ha tenido siempre que volver a nacer, no subsistía en sí mismo por así decir. Es importante centrar la atención sobre este punto con la ayuda de algunos ejemplos. Para los griegos, el cristianismo, como decía Pablo, era “una estupidez”, es decir, barbarie respecto a la altura de su cultura. El espíritu griego proporcionó a la fe cristiana estructuras esenciales de pensamiento y de razonamiento, pero no sin obstáculos: la comprensión cristiana de las cosas tuvo que sustraerse al espíritu griego empeñándose en ásperos debates que acogieron la herencia griega, pero al mismo tiempo la transformaron profundamente. Fue un proceso de muerte y resurrección.

Es cierto, existe el “Plato christianus”, pero siempre ha existido el “Plato antichristianus”: el platonismo de Plotino hasta sus configuraciones más tardías, opuso la más vehemente resistencia al cristianismo, ha querido constituir el polo opuesto. En el ámbito latino vemos algo similar. Basta recordar la historia de la conversión de Agustín. La lectura del libro de Cicerón Hortensius hizo nacer en él la nostalgia por la belleza eterna, por el encuentro y el contacto con Dios. Por la educación recibida, le resultaba evidente que la respuesta a esta nostalgia, que la filosofía había despertado, podría encontrarse en el cristianismo. Por lo tanto, pasa del Hortensius a la Biblia y vive la experiencia de un shock cultural. Cicerón y la Biblia –dos mundos– chocan entre sí, dos culturas colisionan. ¡Entonces, la respuesta no es esta!, debió de decirse Agustín. La Biblia le parecía como pura barbarie, que no estaba a la altura de las exigencias espirituales que la filosofía romana le había transmitido. Este shock cultural de Agustín puede ser sintomático de la novedad y alteridad del cristianismo, que verdaderamente no provenía del espíritu latino, aunque también en él había una espera de Cristo. Para poder convertirse en cristiano, Agustín –y el mundo greco-romano– tuvo que realizar un éxodo, mediante el cual obtuvo como don aquello que había perdido. El éxodo, la fractura cultural, con su “morir para renacer”, es un rasgo fundamental del cristianismo.

Joseph Ratzinger, “Fe, verdad y cultura”, Madrid, 16.II.00

Reflexiones a propósito de la encíclica “Fides et ratio”.

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Joseph Ratzinger, “Debate sobre la existencia de Dios”, Zenit, 23.IX.00

Debate entre Joseph Ratzinger y Flores d”Arcais. Continúa leyendo Joseph Ratzinger, “Debate sobre la existencia de Dios”, Zenit, 23.IX.00

Joseph Ratzinger, “Sin Dios, hay demasiados infiernos en esta tierra”, París, 6.IV.01

Para el cardenal Joseph Ratzinger el infierno es en realidad la ausencia de Dios, como lo demuestran los acontecimientos del siglo XX y hechos a los que aluden palabras tan terribles como Auschwitz, archipiélago Gulag o nombres como Hitler, Stalin o Pol Pot. El prefecto de la Congregación vaticana para la Doctrina de la Fe expuso esta reflexión al pronunciar la última intervención de Cuaresma en la catedral de Notre-Dame de París por invitación del cardenal Jean-Marie Lustiger, arzobispo de esa ciudad. El texto ha sido publicado por el diario católico «La Croix». Para Ratzinger la definición del infierno es precisamente vivir en la ausencia de Dios. El cardenal alemán aseguró que basta dar una ojeada al siglo pasado para percatarse: «Estos infiernos fueron fabricados –dijo el cardenal– para preparar un mundo futuro de hombres que se bastaran a sí mismos, convencidos de no tener ya necesidad de Dios». «Donde no hay Dios, despunta el infierno, y el infierno persiste sencillamente a través de la ausencia de Dios», añadió. Lo más paradójico, continuó constatando, es que esta exclusión de Dios se hace de manera sutil, casi siempre afirmando que se quiere el bien de los hombres. «Cuando hoy se hace comercio de órganos humanos, cuando se fabrican fetos para disponer de órganos de reserva o para hacer progresar la investigación y la medicina preventiva, muchos consideran como implícito el contenido humano de estas prácticas, pero el desprecio del hombre que está debajo –cuando se usa y se abusa del hombre– conduce, se quiera o no, al descenso a los infiernos». El cardenal subrayó que la respuesta de los cristianos a estas situación, en los albores del tercer milenio, «es al mismo tiempo sencilla e inmensa: testimoniar a Dios, abrir ventanas de par en par y cuidar así que su luz pueda brillar entre nosotros, de manera que podamos dejar espacio a su presencia. Demos la vuelta a las cosas: donde está Dios, está el cielo; a pesar del precio de las miserias de nuestra existencia, la vida se ilumina». Zenit, ZS01041002

Joseph Ratzinger, “La nueva evangelización”, Roma, 10.XII.00

Conferencia pronunciada el Congreso de catequistas y profesores de religión, Roma, 10.XII.00.

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Joseph Ratzinger, “Sobre algunos aspectos de la teología moral”

Entrevista a Joseph Ratzinger. Extractada de “Ser cristiano en la era neopagana”, Editorial Encuentro.

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Joseph Ratzinger, “Testigos de la luz de Dios”, La Razón, 23.IV.01

He leído recientemente las afirmaciones de un intelectual alemán que en relación con la «cuestión de Dios» se profesaba agnóstico, a la vez que añadía que no se puede ni probar ni excluir totalmente la existencia de Dios, de modo que el problema siempre queda abierto. Sin embargo, se declaraba firmemente convencido de la existencia del infierno: le bastaba encender la televisión para constatarlo sin sombra de duda.

Si la primera parte de esta afirmación corresponde de lleno al sentir moderno, la segunda parece extravagante, al menos en un primer examen. ¿Cómo es posible creer en el infierno si Dios no existe? Sin embargo, si las consideramos con un poco más de atención, esas palabras encarnan una lógica. El infierno –tal es su definición– es vivir en la ausencia de Dios. Donde no está Dios, allí está el infierno. Seguramente la prueba no nos la da tanto el espectáculo diario de la televisión, cuanto la mirada al siglo que hemos concluido y que nos ha dejado palabras como «Auschwitz» o «Archipiélago Gulag», y nombres como Hitler, Stalin, Pol Pot. Estos infiernos fueron construidos para preparar un mundo futuro de hombres autosuficientes que no tenían necesidad alguna de Dios. Donde Dios no está, surge el infierno, y el infierno persiste, simplemente, a través de la ausencia de Dios. Se puede llegar a este extremo incluso a través de formas sutiles, que casi siempre afirman que lo que se busca es el bien de los hombres. Hoy, cuando se comercia con órganos humanos, cuando se fabrican fetos para disponer de órganos de repuesto o para progresar en la investigación y en la prevención médicas, muchos consideran implícito el carácter humano de estas prácticas. Pero el desprecio por el hombre que supone el cómo se usa y abusa del ser humano, conduce, se quiera o no, al descenso a los infiernos. Esto no quiere decir que no pueda haber o que no haya ateos con un gran sentido ético. De todos modos, me atrevo a afirmar que dicha ética se basa en aquella luz emanada un día desde el Monte Sinaí, y que sigue brillando: la luz de Dios. Nietzsche tenía razón al subrayar que cuando la noticia de la muerte de Dios fuera conocida por todo el mundo, que cuando su luz se hubiera apagado definitivamente, que ese momento, tendría que ser terrorífico.

El cristianismo no es una filosofía complicada y envejecida con el pasar del tiempo; no es un amasijo inmenso de dogmas y preceptos; la fe cristiana consiste en ser tocados por Dios y ser sus testigos. Entonces podemos decir: la Iglesia existe para que Dios, el Dios viviente, sea anunciado para que el hombre pueda aprender a vivir con Dios, bajo su mirada y en comunicación con él. La Iglesia existe para evitar el avance del infierno sobre la tierra y para hacer que ésta sea más habitable a la luz de Dios. Gracias a Él y solamente gracias a Él, la tierra será humana. Aunque sólo fuera por este motivo, la Iglesia debe seguir existiendo, porque un posible venir a menos arrastraría a la Humanidad al torbellino de las tinieblas, de la oscuridad, incluso a la destrucción de lo que le hace hombre. Por eso la Iglesia debe medirse consigo misma y también con la manera en que se viven en ella la presencia de Dios, el conocimiento y la aceptación de su voluntad. Cuantas más vueltas dé la Iglesia sobre sí misma y no tenga ojos más que para buscar los objetivos de su supervivencia, en esa misma medida se convertirá en superflua y se debilitará, aunque disponga de grandes medios y utilice hábiles técnicas directivas y de gestión. Si no vive en ella el primado de Dios, no puede vivir ni dar fruto.

Una serie de valores ha tomado hoy el puesto del desaparecido concepto de Dios y es, al mismo tiempo, la fórmula unificadora que, por encima de todas las diferencias, podría, por un lado, conducir a una cohesión universal de los hombres de buena voluntad (¿alguien se opone?) y, por otro, llevarnos a un mundo realmente mejor. Parece seductor. En ese momento, ¿Dios habría llegado a ser algo superfluo? ¿Pueden suplantarlo estos valores? Pero, ¿cómo hacemos para saber lo que es útil para conseguir la paz? ¿De dónde tomamos la medida de la justicia y la distinción entre el bien y el mal? Y, por último, ¿cómo discernimos el momento en el que la técnica responde a las exigencias de la creación de aquel en que la está destruyendo? Quien se aferra a estos valores no puede ignorar que en seguida se convierten en el teatro de las ideologías y que no resisten la ausencia de unos criterios coherentes y repuestos de la realidad misma de la creación y del hombre. Los valores no pueden sustituir la verdad, no pueden remplazar a Dios, de quien no son más que una pálida figura, y sin cuya luz no están bien definidos. Regresamos al inicio: sin Dios, el mundo no se puede iluminar. La Iglesia sirve al mundo haciendo que Dios viva en ella, siendo transparente para Él, estando lista para llevarlo a la humanidad. Llegamos así a un problema de orden práctico: ¿Cómo lograrlo? ¿Cómo podemos reconocer a Dios y llevarlo a los demás? La misión que yo veo más urgente para la Iglesia en nuestro siglo es la de luchar por una nueva presencia de la inteligencia de la fe. La fe tiene necesidad del amplio espacio de la razón, tiene necesidad de apertura, de confesar a Dios creador. Sin tal profesión de fe, la misma cristología se volvería árida, y sólo hablaría de Dios de una manera indirecta, refiriéndose a una experiencia religiosa particular y a la fuerza limitada. Una experiencia más entre otras.

Una gran tarea de la Iglesia es reclamar la razón. Cuando la fe y la razón se dividen, sufren ambas. La razón pierde sus criterios, se hace cruel puesto que ya no tiene nada por encima de ella. Entonces, el intelecto limitado del hombre decide por sí solo cómo continuar la creación, decide por sí solo quien tiene el derecho de vivir y quien debe quedar excluido de la mesa de la vida: llegados a este punto se abre el camino del infierno. Pero la fe también puede enfermarse sin una ayuda de la razón. No es casualidad que en el Apocalipsis se presente la religión enferma que ha roto con la grandeza de la fe en la creación, como el verdadero poder del Anticristo.

Joseph Ratzinger, “Dejar obrar a Dios “, L”Osservatore Romano, 6.X.02

Transcripción de una intervención oral del cardenal Ratzinger publicada en el suplemento especial del Osservatore Romano realizado con ocasión de la canonización de Josemaría Escrivá. Continúa leyendo Joseph Ratzinger, “Dejar obrar a Dios “, L”Osservatore Romano, 6.X.02

Joseph Ratzinger, “La comprensión de la Eucaristía”, Zenit, 8.IV.03

CIUDAD DEL VATICANO, 8 abril 2003 (ZENIT.org).- ¿Qué hacer ante la disminución –registrada en muchos países– de la participación en la misa dominical? Para el cardenal Joseph Ratzinger, la respuesta está en explicar el auténtico sentido de este sacramento, que perpetúa la presencia de Cristo entre los hombres.

El prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe afronta la cuestión en el libro «El Dios cercano» («Il Dio vicino», Edizioni San Paolo) que acaba de publicar, poco antes de la próxima encíclica que Juan Pablo II firmará el Jueves Santo –17 de abril– dedicada a la Eucaristía.

«La Eucaristía es sacrificio», memorial del sacrificio de Jesucristo en la cruz, explica el purpurado alemán.

«Cuando escuchamos esta frase, surgen en nosotros resistencias; surge la pregunta: cuando se habla de sacrificio, ¿no nos encontramos ante una imagen indigna de Dios, o al menos ingenua? ¿No se acaba pensando que nosotros, los hombres, podríamos y deberíamos dar algo a Dios?».

Ratinzger aclara que «la Eucaristía responde precisamente a estas preguntas. Lo primero que nos dice es que Dios se nos da a sí mismo para que nosotros podamos entregarnos. La iniciativa en el sacrificio de Jesucristo proviene de Dios. Al inicio, ha sido Él mismo quien se ha abajado».

«Cristo no es un don que nosotros, los hombres, presentamos al Dios irritado; por el contrario, el hecho de que esté aquí, viva, sufra y ame, es ya obra del amor de Dios. Es amor misericordioso de Dios, que se agacha sobre nosotros; el Señor se hace siervo por nosotros».

«Aunque hemos sido nosotros quienes hemos provocado el conflicto, y aunque no fue Dios el culpable, sino nosotros, es Él quien sale a nuestro encuentro y quien mendiga en Cristo la reconciliación».

«Cuanto más caminamos con Él más conscientes somos de que el Dios que aparentemente nos atormenta es el que de verdad nos ama y es en quien podemos abandonarnos sin resistencias ni temores», afirma Ratzinger.

«Cuanto más nos adentramos en la noche del misterio incomprendido y confiamos en él –concluye–, más lo encontramos, más hallamos el amor y la libertad que nos sostienen a través de todas las noches. Dios da para que podamos dar. Esta es la esencia del sacrificio eucarístico, del sacrificio de Jesucristo».

Tomado de Zenit, ZS03040801

Joseph Ratzinger, “El Catecismo, manual de instrucciones de la felicidad”, Zenit, 9.X.02

Congreso internacional con motivo de los 10 años de la publicación del Catecismo de la Iglesia Católica.

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