José López Guzmán, “Píldora postcoital, una bomba hormonal”, La Razón, 28.IV.05

El Ayuntamiento de Madrid ha manifestado su intención de facilitar, de forma gratuita, la píldora del día siguiente. La iniciativa busca potenciar, todavía más, su utilización, por estimar que la píldora postcoital es un método eficaz para reducir la tasa de embarazos no deseados en las jóvenes madrileñas. De hecho, las altas cifras de embarazos no deseados se han convertido, en ese grupo de población, en un problema de salud pública que requiere una solución.

Ante esta decisión, me gustaría hacer varias observaciones. La primera, que la intercepción postcoital no es un método de rutina, sino absolutamente excepcional. Hay que tener presente que estamos ante una auténtica bomba hormonal: con la píldora del día siguiente la usuaria toma, en un solo día, de 6 a 30 veces la cantidad de levonorgestrel que se encuentra en la dosis diaria de un anticonceptivo hormonal oral. Además, no hay que olvidar sus efectos secundarios (nauseas, fatiga, dolor abdominal, vértigo,…). Estos han llevado a las autoridades sanitarias americanas a no autorizar su utilización sin prescripción. Por ello, la estrategia basada en la trivialización de la píldora del día siguiente es erróneas y peligrosa, ya que induce, principalmente en jóvenes, a un uso frecuente.

La segunda, que la píldora del día siguiente es un método de intercepción postcoital que tiene por objetivo prevenir la implantación del embrión en el útero, en el caso de que se haya producido la fecundación. De su definición se deduce, claramente, que no es un método anticonceptivo, ya que su acción principal va dirigida hacia el embrión. Por lo tanto, cuando se recurre a la píldora del día siguiente se asume, voluntaria y deliberadamente, el riesgo de provocar un aborto. No hay duda científica sobre el hecho de que el embrión es el estado inicial de un ser humano y sobre la realidad de que éste surge con la fecundación. No obstante, la nula protección que en España se otorga a la vida humana -vease, por ejemplo, la escasa protección que se otorga a los embriones en el anteproyecto de ley sobre técnicas de reproducción asistida, tan discutido en las últimas semanas, o la posibilidad de obtener, en algunas Comunidades Autónomas, la píldora del día siguiente de forma totalmente gratuita – contradice esta realidad. Parece que el Ayuntamiento de Madrid quiere sumarse a esta penosa situación que, en la práctica, supone considerar a un ser humano como un mero, desechable amasijo de células.

En último lugar, conviene no olvidar que en distintos estudios se ha demostrado que los adolescentes que utilizaban la píldora del día siguiente no reducían el número de embarazos no planeado, posiblemente como consecuencia de asumir mayores riesgos en sus relaciones sexuales. Por lo tanto, la trivialización en la distribución de la píldora del día siguiente no es un buen camino para reducir la incidencia de estos embarazos.

Las razones señaladas tienen el suficiente peso como para pensar en un cambio de estrategia, depositando menos confianza en la química y más en la educación. Da la impresión de que las políticas dirigidas a los jóvenes parten de que éstos no son capaces de asumir responsabilidades, y que las consecuencias de sus actos se pueden aliviar tomando simplemente un producto químico. Ello no es más que una nueva manifestación de un fenómeno que se extiende poderosamente en nuestra sociedad, la medicalización de la vida.

Mi propuesta es que hay que combatir esa medicalización (perjudicial para la salud, estéril para la necesaria maduración como persona) con educación. En el caso que nos ocupa, con una educación sexual seria y responsable, centrada en el respeto a la unicidad de la dignidad humana (que integra la dimensión corporal, afectiva, racional, y espiritual de la persona). Por el contrario, los modelos exclusivamente higiénico-sanitarios caen en una verdadera deshumanización, -o desintegración de la persona- al presentar el sexo como algo externo al ser humano – desgajado -, como una función biológica más.

La postura que ha adoptado el Ayuntamiento de Madrid, al decidir distribuir gratuitamente la píldora del día siguiente es, desde luego, cómoda, sencilla y, sobre todo, populista (espero que, al menos, les dé votos). Pero es una estrategia equivocada. Por una parte, no va a conseguir el objetivo de reducir la tasa de embarazos no deseados (se pueden revisar, en la bibliografía científica, los resultados de otros programas equivalentes). Por otra, implica riesgos serios para la salud, y contribuye a la mencionada medicalización de nuestra sociedad. Por último, va a apartar a nuestros jóvenes, todavía más, de la posibilidad de que integren el sexo en el desarrollo armónico de su personalidad. No cabe sino concluir que, con esta vía, el Ayuntamiento contribuye a fomentar la trivialización del sexo, convirtiéndolo en un producto más de consumo. Quizás la educación integral sea un camino más largo, menos populista, pero, sin duda, beneficia más a nuestros jóvenes. De cualquier forma, ahí está la alternativa que revela la verdadera categoría de un político: ¿medidas populistas o búsqueda honesta del bien común? José López Guzmán Departamento de Humanidades Biomédicas Universidad de Navarra

Cristina López Schlichting, “El condón de las… narices”, La Razón, 21.I.05

Cuando la ministra de Sanidad dijo que la Iglesia era un estorbo en la lucha contra el sida a muchos se nos revolvieron las entrañas. Porque si alguien está atendiendo a los enfermos de sida en el mundo, desde África hasta el Bronx, es la Iglesia. Los católicos estamos hartos de que no se nos reconozca el bien que hacemos y, además, de que se nos identifique con la caverna. Parece que cuando especificamos que el condón no garantiza al 100 por 100 la seguridad frente a las enfermedades de transmisión sexual nos inventamos algo. ¿Pero acaso no están los hospitales llenos de mujeres que piden la píldora del día de después porque se les ha roto el preservativo? Por eso Juan Antonio Martínez Camino, portavoz de la Conferencia Episcopal Española, cogió el portafolios y se fue a ver a Elena Salgado, con el informe de la revista médica «The Lancet» de noviembre de 2004. Porque en la publicación –que es considerada el altar de la investigación internacional– los científicos coinciden con la Iglesia en el juicio sobre las políticas de prevención de la transmisión por vía sexual de la enfermedad. «Lancet» explica que la única forma infalible de no coger el sida es la abstención; que una segunda manera (menos segura, y esto lo apunto yo, porque sé que mucha gente vive con parejas infieles y ni lo sospecha) es la fidelidad; y que la tercera –reservada lógicamente para quienes quieran asumir cierto riesgo de contagio– es el preservativo. Señores, no me parece tan difícil de entender. La Iglesia está harta de repetir que el condón no es totalmente seguro ¡pero es que la ciencia dice lo mismo! Las campañas del «póntelo, pónselo» no solamente enseñan a los promiscuos a reducir el riesgo –que está muy bien para evitar muertes–, sino que están incitando a los que no lo son (adolescentes, por ejemplo) a creer que el condón es «sexo seguro» y a delegar la responsabilidad sexual en una goma. Que los medios de comunicación españoles hayan caricaturizado el noble esfuerzo de la Iglesia por aunar esfuerzos con el Gobierno en la lucha contra una pandemia terrible, es triste. No sólo porque es mentira que Martínez Camino haya aprobado moralmente el uso del condón, sino porque el escándalo y la confusión han truncado un esfuerzo loable de diálogo con el mundo no católico. De no haberse producido tan lamentable espectáculo, Iglesia y Estado podrían haber emprendido un camino común contra el sida que hubiese redundado en bien de todos, sobre todo de quienes se contagiarán en los próximos días, semanas y meses cuando un preservativo se rompa, se deslice o se desplace fuera de su sitio ¿Y quién abrazará al seropositivo cuando el análisis confirme sus peores sospechas? En un alto porcentaje de casos, un católico. Es lamentable que, al menos en España, sólo la Iglesia sea capaz de decir en alto: cuidado, el condón no es la panacea.

Beverly McMillan: Confesiones de una ginecóloga

A veces ser católico y tratar de estar a la altura de las enseñanzas morales de la Iglesia puede resultar un poco opresivo. Así es como me sentí cuando, en 1990, regresé a la Iglesia Católica. Había sido una larga ausencia para mi.

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BMJ, “La educación sexual y el embarazo de adolescentes”, Aceprensa, 4.XII.02

La educación sexual de los últimos treinta años no previene el embarazo de adolescentes. Continúa leyendo BMJ, “La educación sexual y el embarazo de adolescentes”, Aceprensa, 4.XII.02

Jokin de Irala, “Educación sexual y abstinencia”, Diario de Navarra, 20.I.02

Acaba de aprobarse una Ley en el estado americano de Nueva Jersey que da especial prioridad a la promoción de la abstinencia de relaciones sexuales en los programas de educación sexual en colegios públicos (Agencia ACI digital, 19-12-01). La ley insiste en que deben replantearse los materiales pedagógicos a fin de que siempre quede claro y contundente el mensaje de que la abstinencia de relaciones sexuales es la medida más eficaz y razonable contra los embarazos imprevistos y las enfermedades de transmisión sexual, auténticas epidemias de nuestro tiempo.

En el Estado Español, los mensajes que hemos ido oyendo en los medios de comunicación, así como los defendidos desde diversos grupos de presión social y órganos de gobierno han sido fundamentalmente del estilo de “póntelo pónselo”, “contra el SIDA presérvate” o de anuncios donde se ve a una madre “amiga” de su hija que le pone un preservativo en el bolsillo antes de que salga. Estos mensajes no tienen nada que ver con la abstinencia, más bien por el contrario dan al público una falsa idea de seguridad frente al SIDA y los embarazos imprevistos.

El argumento que impera en la calle para justificar la exclusividad del mensaje del preservativo es fundamentalmente que “no es posible, realista, pedir a los jóvenes que se abstengan”. Por otra parte, muchos dirán, siguiendo el antiamericanismo superficial que parece ser lo políticamente correcto en la actualidad, que dicha ley es fruto de lo exagerados y puritanos que son los americanos para todo.

El problema es grave, estamos ante epidemias de embarazos imprevistos y enfermedades de transmisión sexual sin precedentes, millones de jóvenes se quedan infertiles o adquieren el virus del papiloma humano que es el principal responsable del cáncer genital. Son enfermedades de transmisión sexual contra las cuales poco hacen los preservativos y no olvidemos que en diferentes países del continente africano la esperanza de vida es en la actualidad de unos 45 años debido al SIDA. Tenemos que valorar diferentes soluciones pero debemos evitar discusiones populacheras como las que a veces se oyen en algunas tertulias radiofónicas con pseudoexpertos. Podemos o no tratar el problema bajo el interesante punto de vista moral. Sin embargo, nunca debemos obviar la evidencia científica existente al respecto.

Lo indudable es que el mensaje que abunda en este país no tiene nada que ver con el mensaje oficial de otras autoridades sanitarias como la Organización Mundial de la Salud donde se afirman tres recomendaciones y por este orden: 1) El único medio eficaz de prevención del SIDA es la abstinencia de relaciones sexuales, 2) En el caso de que esto no sea posible, que se tengan relaciones sexuales mutuamente monógamas con una persona no infectada, 3) En el caso de que los anteriores no sean posibles, informar de que el uso consistente del preservativo puede disminuir, aunque no eliminar, el riesgo de transmisión del SIDA. Hay en la actualidad bastante evidencia científica que sugiere que es un error omitir este mensaje de la abstinencia: En primer lugar, los científicos están apelando a que este mensaje se introduzca de manera prioritaria en las escuelas (McIlhaney JS, Am J Obstet Gynecol 2000;183:334-9). En segundo lugar, en el congreso sobre SIDA celebrado en Durban en el verano del 2000, quedó muy patente la grave situación en diferentes países africanos. En Uganda sin embargo, se ha conseguido disminuir mucho la incidencia de infección por el virus del SIDA a base de programas de educación sanitaria apelando al retraso del inicio de las relaciones sexuales en los jóvenes y en contra de las relaciones sexuales promiscuas fuera de una pareja estable. Podemos señalar por último que las recientes revisiones de medicina basada en evidencias realizada por la prestigiosa fundación Cochrane (especializados en realizar revisiones críticas de toda la evidencia científica que existe sobre un tema determinado) indican claramente que el preservativo disminuye la probabilidad de infección por el virus del SIDA en un 80%, lejos de ese 100% sugerido por nuestras campañas que a la vista son claramente engañosas (Weller S, Davis K, Cochrane Review, Issue 4, 2001).

Con todos estos datos, que cualquiera puede consultar, no podemos menos que preguntarnos cómo es posible que nuestros jóvenes, y nosotros todos, seamos capaces de abstenernos de dormir si queremos jugar un partido pronto por la mañana, abstenernos de ver la televisión si queremos aprobar un examen, abstenernos de una dieta que nos apetezca para mantener la línea o incluso de no comer en una huelga de hambre para defender un ideal y sin embargo no sea posible hablar de abstinencia en la sexualidad. Quizás debemos examinar con más detenimiento las experiencias en otros países (como el ejemplo de Uganda o la nueva ley norteamericana antes citada) para valorar en qué medida nos puedan ser útiles al menos algunas de las decisiones que se están tomando. En realidad, la juventud actual está claramente engañada y en consecuencia no puede ser plenamente libre en el campo de la sexualidad. Hasta que no se les informe claramente de que la abstinencia es la mejor garantía que tienen contra estos problemas y hasta que no se les informe de que el preservativo solamente reduce el riego de transmisión en un 80%, no podemos hablar de auténtica libertad de elección.

Jokin de Irala Profesor titular, Unidad de Epidemiología y Salud Pública Universidad de Navarra Diario de Navarra, 20.I.02

Manuel Ordeig Corsini, “La castidad matrimonial”, Palabra, IV.01

El amor conyugal puede considerarse como la cúspide del amor de amistad. En él, la entrega del amante es total, sin reservas: encuentra la propia felicidad en hacer feliz al otro con el don de sí mismo (cfr. Humanae vitae, 9). «De ahí la absoluta necesidad de la virtud de la castidad…, energía espiritual que sabe defender al amor de los peligros del egoísmo y promoverlo hacia su plena realización» (Familiaris consortio, 33).

El matrimonio, cauce para expresar la donación total La institución natural que garantiza la estabilidad necesaria para el amor, protegiendo sus derechos y deberes, es la familia basada en el matrimonio: un acuerdo entre hombre y mujer para compartir en exclusiva la vida entera. Aun con diferentes fórmulas jurídicas, todos los pueblos han reconocido la familia y el matrimonio como elementos básicos de su cultura.

El matrimonio es el ámbito donde las relaciones sexuales resultan lícitas y honestas (cfr. Gaudium et Spes, 49). Fuera de él, la moral cristiana desaprueba tales relaciones, aunque exista un cariño sincero y una intención futura de contraer matrimonio.

Dentro del matrimonio, las relaciones íntimas son fuente y manifestación del amor: «significan y fomentan la recíproca donación con la que (los esposos) se enriquecen mutuamente» (Ibid., 9). Llevadas a cabo con rectitud, favorecen las virtudes básicas de la vida cristiana e impulsan la madurez humana y espiritual de la persona. Esta rectitud interior, sin embargo, marca también unos límites a la propia conciencia: como en tantos otros ámbitos de la vida, no todo lo que se puede hacer, se debe hacer. La castidad, en su aspecto conyugal, ayuda a delimitar lo que es propiamente acto virtuoso de lo que no lo es.

Los actos conyugales, como expresión de donación y amor generoso, deben anteponer siempre el bien y la voluntad ajena a la propia (cfr. HV, 9). En este sentido, cada cónyuge tiene la obligación en justicia de acceder a la petición razonable del otro. Negarse sistemáticamente, o hacer muy difícil la relación, es un pecado contra la justicia debida a quien tiene el derecho –por contrato conyugal– sobre el propio cuerpo.

Dios está presente en todas las relaciones humanas, también en las conyugales. Quiere esto decir que no será lícito aquello que ofenda a Dios por atentar contra su voluntad, que en este caso se manifiesta a través de la naturaleza propia de la sexualidad humana y de sus condiciones anatómicas y fisiológicas. Contradice la ley de Dios, por tanto, todo acto hecho contra-natura: de forma no adecuada al modo natural de ejercitar la sexualidad. La razón estriba en que ese acto no estaría guiado por el amor, sino por un egoísmo capaz de anteponer el capricho personal al bien natural establecido por Dios. Por eso iría contra la virtud de la castidad.

Vida familiar y relaciones conyugales La vida familiar es compleja. El amor esponsal no se reduce a las relaciones íntimas entre cónyuges. El día a día de la convivencia familiar está hecho de pequeños detalles que pueden acrecentar o consumir el amor. El trato delicado, el respeto hacia el otro, la memoria de sus gustos, evitar lo molesto…, contribuye a que el amor discurra por cauces pacíficos y saludables. Por el contrario, las intemperancias, los desprecios y, en casos extremos, la violencia verbal o física, hacen difícil la continuidad del amor.

¿Tienen algo que ver estas actitudes con la virtud de la castidad? Un refrán castellano dice: «en la mesa y en el juego se conoce al caballero». Puede aplicarse en mayor medida a las relaciones conyugales. No se trata aquí ya de una moral minimalista –de lo que es pecado o no–, sino de ver cómo esas relaciones pueden enriquecer el amor matrimonial. Por principio, el amor se expresa y crece en la mutua relación y donación; pero si ésta reúne determinadas condiciones, el progreso será señaladamente mayor.

Hay que tener en cuenta que en cualquier acto conyugal intervienen dos personas, con las diferencias psíquicas y caracteriológicas correspondientes. Será imprescindible, pues, articular la relación sobre la generosidad: no buscar tanto la propia satisfacción, sino la de la persona que se ama. Y decir “satisfacción” no se refiere sólo al placer físico, sino a un conjunto numeroso de condiciones que contribuyen a la felicidad ajena: la delicadeza, el respeto por su libertad, el conocimiento de sus gustos, la perspicacia para captar su estado de ánimo, etcétera.

Unas relaciones conyugales así vividas no sólo unen más a los esposos, sino que influyen positivamente en toda la vida familiar. La comprensión mutua, el deseo de ayudarse unos a otros, el esfuerzo por superar el propio egoísmo, etcétera, mejorarán paralelamente al progreso de la generosidad en las relaciones íntimas del matrimonio.

La castidad, por tanto, no atañe sólo a las cuestiones relativas al uso de la sexualidad, sino, antes, a tantos detalles menores que conducen «al que la practica a ser ante el prójimo un testigo de la fidelidad y ternura de Dios» (Catecismo de la Iglesia Católica (CCE), 2.346). Caridad y castidad crecen siempre de la mano.

Un camino de santidad El matrimonio –con todo lo que incluye– es un camino cierto de santidad cristiana. El sacrificio es uno de los ingredientes del seguimiento de Cristo, y se da en el matrimonio cada vez que uno de los cónyuges se olvida de sí mismo (sus gustos, sus intereses) para atender las necesidades del otro o de los hijos.

En las relaciones matrimoniales se encontrarán no pocas ocasiones de mortificar las propias apetencias para preocuparse del otro. Serán sacrificios habitualmente menudos, ordinarios, pero no por ello menos importantes en orden a la santidad de los fieles cristianos corrientes.

Esto incide en una cualidad fundamental de la castidad cristiana: no se trata de un ejercicio ascético de renuncia; en su esencia es un don de Dios. Ciertamente supone lucha, como toda virtud moral; pero es gracia que el Espíritu Santo concede en el bautismo y en el sacramento del matrimonio (cfr. CCE, 2.345). De ahí la necesidad absoluta de la oración humilde para pedir a Dios la virtud de la castidad (cfr. Juan Pablo II, Enchiridion familiae, V, 4197).

Los hijos, fruto de la donación total Cuando el amor y sus manifestaciones son rectos, el fruto natural son los hijos. La apertura a los hijos es la garantía de licitud de todo acto conyugal. Lo cual no quiere decir lógicamente que cada acto sea generador, sino que no se deben poner obstáculos intencionados para evitarlo.

Así planteado, surge la cuestión acerca del número de hijos que debe aceptar un matrimonio. En recuadro anexo se habla con detalle de la paternidad responsable. Aquí recordamos que los hijos son un don de Dios: premio a la generosidad del amor de los padres y vehículo para que éstos reflejen la paternidad divina (cfr. FC, 14).

Criar y educar a los hijos tiene sus dificultades, como cualquier cometido; pero también sus grandes satisfacciones. No es cierto que sea más fácil educar a un hijo que a muchos; ni que se le haga más feliz al proporcionarle más juguetes que hermanos. Las familias numerosas suelen ser, con mucho, las más alegres –aunque quizá dispongan de menos cosas materiales–; de tal manera que es bastante habitual que una casa con muchos hijos sea centro de atracción de numerosos amigos y amigas, que encuentran allí ese algo especial que tienen las familias numerosas.

Las dificultades Las particularidades del mundo actual fomentan el egoísmo: hedonismo, consumismo, etcétera. Alcanzar en este contexto un amor generoso que lleve a dar y a darse sin buscar recompensa, presenta ciertamente obstáculos nada despreciables.

Vivir la castidad en las relaciones conyugales entre las constantes incitaciones actuales al erotismo (películas, conversaciones, relaciones sociales), siendo fiel al propio cónyuge sin dar cabida –ni de pensamiento– a la infidelidad matrimonial, tampoco es fácil. Lo mismo que no lo es resistir las fuertes campañas oficiales organizadas –con excusas sanitarias engañosas– a favor de sistemas contraconceptivos de diverso tipo.

En todos estos casos, vivir la castidad –fuera y dentro del matrimonio– supone caminar contra-corriente de las modas y estilos imperantes. El entorno social es, en muchas ocasiones, la primera fuente de prejuicios o escarnios; por ejemplo, ante un número elevado de hijos. Lo cual se suma a las dificultades económicas que frecuentemente conlleva una familia numerosa.

Los obstáculos existen, pues, y sería una ingenuidad ignorarlos. Ante ellos la solución es aumentar la confianza en Dios y pedir con constancia la ayuda de su gracia. En el terreno práctico, esta actitud conduce a reforzar la vida cristiana (oración y sacramentos); a mejorar la propia formación en la fe (estudio y dirección espiritual); a luchar en los pequeños detalles (imaginación, curiosidad, pudor) que, sin llegar quizá a pecado, fomentan la sensualidad desordenada; a buscar un ámbito o comunidad de referencia –parroquia, instituciones– que ayuden a la familia a sentirse acompañada y apoyada por quienes participan del mismo ideal de santidad, etcétera.

Toda virtud se fortalece ante las dificultades. La castidad también. Con la ayuda de Dios, esos obstáculos se convierten en ocasión de acrisolar la santidad personal a la que estamos llamados por cristianos. n EL SIGNIFICADO DE LA SEXUALIDAD HUMANA El hombre es espíritu encarnado: no se da en abstracto, sino en forma masculina o femenina. La sexualidad es una característica esencial: sólo se es persona siendo varón o mujer. Por ello, en cierto sentido, cada persona está creada para ser en comunión con otra de sexo diferente. Esto no significa que los solteros o célibes sean incompletos como persona, sino que la plenitud de la unidad humana se alcanza en el darse y recibir del amor. Ahora bien, al no ser sólo cuerpo, el don de sí es don de la entera persona, no sólo de su dimensión sexuada.

La consumación de la sexualidad, por sí misma, se abre al hijo, que no es tanto el solo resultado de un acto físico, sino «sacramento –fruto visible– del don del amor» (Livio Medina, en Amor conyugal y santidad). La fecundidad, al no ser debida, es un don: la bendición de Dios a la entrega plena de los cónyuges. El amor alcanza así la cualidad oblativa propia del amor más noble.

La entrega sexual entre hombre y mujer sólo debe tener lugar en el ámbito del matrimonio, único y para siempre. «Dejará el varón a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y serán una sola carne» (Gen 2,24). Se trata de una entrega tan completa que debe verse amparada por una institución natural que la proteja. Lo contrario dejaría desguarnecido ese amor que, por su misma naturaleza, es definitivo: no cabe amar de verdad por una temporada, ni compartir tal amor con otros; esto desvirtuaría las relaciones conyugales, reduciéndolas a un mero pasatiempo corporal.

La unidad de cuerpo y espíritu conduce a que el amor entre varón y mujer se exprese corporalmente. Esto tiene una contrapartida importante: no es posible hacer un uso frívolo de la sexualidad sin comprometer la parte superior y trascendente del hombre (cfr. FC, 11).

Quien plantea el sexo como un juego, acaba esterilizando las fuentes más hondas del amor. Si no se corrige, su capacidad de amor de amistad y de benevolencia irá progresivamente agostándose. Sólo desarrollará el amor de concupiscencia; y el egoísmo que éste multiplica le impedirá alcanzar la felicidad que busca al fomentar el solo placer.

La virtud de la castidad, al integrar la sexualidad en el conjunto de la persona, defiende la unidad interior del hombre (cfr. CCE, 2.337) y se muestra como una escuela de crecimiento en la caridad, resumen de todo deber del hombre con Dios y con su prójimo.

A PROPÓSITO DE LA PATERNIDAD RESPONSABLE En no pocos matrimonios la cuestión de la castidad conyugal se vincula subjetivamente al número de hijos que están dispuestos a tener. La licitud en la limitación de los hijos, primeramente, y los métodos para conseguirlo, en segundo lugar, provocan los mayores interrogantes morales a los esposos católicos. También las discordantes respuestas que encuentran a veces en algunos teólogos y sacerdotes, les producen no pequeño desconcierto.

Enseña el Magisterio de la Iglesia: «La paternidad responsable se pone en práctica ya sea con la deliberación ponderada y generosa de tener una familia numerosa, ya sea con la decisión, tomada por graves motivos y en el respeto a la ley moral, de evitar un nuevo nacimiento durante algún tiempo o por tiempo indefinido» (Humanae vitae, 10).

Paternidad responsable no coincide, pues, con paternidad reducida o escasa. Puede ser igualmente responsable la paternidad numerosa: depende de las circunstancias. No obstante, es frecuente que un matrimonio se pregunte: ¿podemos limitar –de acuerdo con la moral católica– el número de hijos a uno, dos, tres? La constante advertencia de la Iglesia es que el amor auténtico es siempre generoso y que «todo acto matrimonial debe quedar abierto a la transmisión de la vida» (HV, 11), que «es siempre un don espléndido del Dios de la bondad» (FC, 30). «Esta doctrina, muchas veces expuesta por el Magisterio, está fundada sobre la inseparable conexión que Dios ha querido y que el hombre no puede romper por propia iniciativa, entre los dos significados del acto conyugal: el significado unitivo y el significado procreador» (HV, 12).

La decisión sobre el número de hijos La Iglesia, como madre que es, hace suyas las dificultades de algunos esposos para criar y educar un número elevado de hijos (cfr. Carta a las Familias, 12). En los casos difíciles es legítima una paternidad restrictiva, si se encauza respetando lo indicado sobre la inseparabilidad entre la dimensión unitiva y procreativa del acto conyugal.

La decisión de limitar el número de hijos es algo que sólo compete a los mismos esposos, con una elección que deberá ser recta –sin egoísmos que la desfiguren–, conforme a los criterios morales, y valore con justicia las razones que les mueven a esa limitación.

Tales razones no pueden ser banales. Deben existir «graves motivos» (HV, 10), o «razones justificadas» (CCE, 2.368), que aconsejen el retraso de un nuevo nacimiento. Además de la autenticidad del amor conyugal, está en juego la vida de una persona humana, y eso es algo muy serio: «sólo la persona es y debe ser el fin de todo acto» (Carta a las Familias, 12). No es suficiente, por tanto, un superficial convencimiento subjetivo; los padres «deben cerciorarse de que su deseo no nace del egoísmo, sino que es conforme a la justa generosidad» (CCE, 2.368); y esto requerirá habitualmente el consejo experimentado de alguien conocedor de las circunstancias y de la alta vocación a la santidad a que son llamados los fieles cristianos y sus familias.

Por otra parte, los motivos pueden variar con el tiempo, lo que ha de llevar a los esposos a replantearse la validez de su decisión, tomada en circunstancias diferentes.

Los medios a emplear En el caso de que una responsable paternidad oriente a un matrimonio a limitar el número de hijos, los esposos se plantean inmediatamente qué medios pueden emplear con tal fin. Sobre ello la doctrina de la Iglesia es clara y unánime. Tanto la decisión sobre el número de hijos como los medios para llevarla a cabo están definidos por la moral católica.

«Toda acción que, en previsión del acto conyugal, o en su realización, o en el desarrollo de sus consecuencias naturales, se proponga, como fin o como medio, hacer imposible la procreación» es intrínsecamente deshonesta (HV, 14).

Es pecaminosa, por tanto: toda interrupción voluntaria del acto conyugal; la esterilización –quirúrgica o farmacológica– de la mujer o del varón; y el uso de instrumentos –diafragmas, preservativos– o de substancias químicas que impiden el natural desarrollo del acto.

También es deshonesta toda acción dirigida, no al acto en sí, sino contra la vida que pudiera concebirse después del mismo: tanto el uso del DIU y la «píldora del día siguiente» (cuyos efectos «pueden» ser abortivos, aunque sean microabortos), como la píldora RU-486 y el llamado «aborto terapéutico» (que pretenden directamente el aborto). Cualquier aborto voluntario conculca el quinto mandamiento aún más gravemente que los pecados contra la sola castidad.

«En cambio, cuando los esposos, mediante el recurso a periodos de infecundidad, respetan la conexión inseparable de los significados unitivo y procreador de la sexualidad humana, se comportan como ministros del designio de Dios y se sirven de la sexualidad sin manipulaciones ni alteraciones» (FC, 32).

Este recurso a la infertilidad natural periódica es lícito en sí mismo y «conforme a los criterios objetivos de la moralidad» (CCE, 2.370), cuando se dan las razones serias que hemos citado. En la actualidad se ha progresado en el conocimiento y detección de esos periodos infecundos, de modo que los matrimonios pueden recurrir a ellos –sea de modo temporal o permanente– con gran certidumbre.

Una aclaración capital La neta divergencia de licitud entre la contracepción y el recurso a los ritmos temporales de infecundidad, no deriva de que sean dos modos distintos –artificial y natural– de alcanzar un mismo fin. Se basa en la «diferencia antropológica y al mismo tiempo moral» existente entre ambos sistemas; diferencia «que implica dos concepciones de la persona y de la sexualidad humana, irreconciliables entre sí» (FC, 32).

Lo que señala la diferencia es la intencionalidad, en tanto que define el objeto del acto. Una esterilización artificial puede ser lícita cuando es necesario realizarla, por ejemplo, para curar un proceso canceroso. En cambio, una decisión tan «natural» como el coitus interruptus es ilícita por el objetivo que persigue.

El amor conyugal no es casto cuando pretende romper la unidad de los dos significados fundamentales –unitivo y procreador– del acto matrimonial. En cambio, puede ser casto si simplemente se abstiene del uso de las relaciones íntimas en determinados periodos de la fisiología femenina. Si hay razones suficientes, esta continencia es un modo de vivir la responsabilidad que Dios pide a algunos cónyuges.

La continencia periódica en el uso del derecho matrimonial, realizada con sentido cristiano, lejos de enfriar el amor entre los esposos, contribuye a acrecentarlo al compartir gozos y sufrimientos; y fomenta un diálogo personal y esponsal que acrisola su amor, purgándolo de egoísmos particulares.

La invitación de Dios a la santidad en el matrimonio comunica a los esposos la gracia necesaria para afrontar con paz y alegría las dificultades de la vida –también el esfuerzo por vivir la castidad–, y para convertirlas en ocasión de progreso espiritual y de perfeccionamiento humano.

Manuel Ordeig Corsini Revista Palabra, nº 442-443, abril 2001

Dra. Dolores Voltas, “El preservativo, una mentira cruel”, 18.I.02

Dra. Dolores Voltas, médico y vocal de la Comisión Deontológica del Colegio de Médicos de Barcelona, 18.I.02 Continúa leyendo Dra. Dolores Voltas, “El preservativo, una mentira cruel”, 18.I.02

Karol Wojtyla, “Amor y responsabilidad”

Karol Wojtyla, “Amor y responsabilidad”, Lublin, 1960. Traducción Plaza & Janés, 1996, pág. 323.

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Juan Manuel de Prada, “Sexo a la carta”, Blanco y Negro, 14.X.2001

¿No se puede detener el progreso? Un dictamen del presunto Comité Ético de la Sociedad Americana de Medicina Reproductiva desconfíen de tantas mayúsculas seguidas acaba de declarar "aceptable" que las parejas puedan elegir el sexo de sus hijos mediante la selección de embriones. Así, por ejemplo, no se consideraría reprobable que una pareja cuyo primogénito fuese varón utilizase la técnica de fecundación in vitro para obtener un embrión cuya combinación de cromosomas garantizase el nacimiento de una hembra; los embriones que no resultasen agraciados en la tómbola genética pasarían directamente a la trituradora. El dictamen de este presunto comité ético es emitido cuando la sociedad se debate en una dolorosa polémica moral sobre la experimentación con embriones: ¿es lícito progresar en el estudio de las enfermedades que desafían los remedios convencionales de la medicina a costa de aniquilar una spes vitae, una esperanza de vida?; y a la inversa: ¿es lícito aferrarse a la protección de esa spes vitae cuando se dirime la salvación de vidas ya consolidadas? Este debate, tan peliagudo y abismal, nos pilla, además, en una incómoda situación de desvalimiento, en la que la precariedad de nuestros fundamentos morales se alía con un pavoroso vacío legal, puesto que el estatuto jurídico del embrión humano no ha sido suficientemente establecido por el Derecho. Pero héte aquí que, mientras este debate se dirime, surge este dictamen del presunto comité ético estadounidense, que admite la posibilidad de destruir embriones, ya no por necesidad científica, sino por capricho. Por el puro antojo de incorporar a la prole un hijo de uno u otro sexo. Uno entendería que la selección del sexo de los embriones se realizara para evitar en la descendencia la perpetuación de taras o enfermedades hereditarias (pensemos en la sífilis, por ejemplo, aunque de nuevo nos tropezaríamos con insalvables dilemas morales. Pero, ¿qué argumentos pueden asistir a la pareja que acude a la medicina reproductiva con el deseo de elegir el sexo de su hijo? Permitirles elegir el sexo de su vástago infringe los códigos más elementales de la vida, que se rige mediante azarosas combinaciones. Quebrantar ese azar constituye, además de una postulación de la eugenesia, la antesala de una aberrante aceptación del aborto indiscriminado, siempre que el sexo del nasciturus no concuerde con las preferencias o gustos de los padres. Me preguntaba al principio si el progreso no se puede detener. La sociedad, huérfana de una brújula moral que guíe sus decisiones, acepta estólidamente los designios de la ciencia, no importa que sean monstruosos o execrables, como guíen se resigna a acatar la fatalidad. Y es entonces, ante el paisaje de una sociedad apabullada y sometida, cuando la ciencia se envanece, bravucona, y se dispone a profanar el último santuario que hasta hoy reprimía sus desmanes. Porque el dictamen de ese presunto comité ético americano que vengo glosando no se limita a derogar los más elementales fundamentos éticos. También lesiona uno de los principios más universales y arraigados de cualquier ordenamiento jurídico avanzado. ¿O es que ya nadie recuerda que la discriminación en razón de sedo está prohibida? ¿O es que elegir el sexo de nuestros hijos no constituye una infracción clamorosa de este principio?

Juan Manuel de Prada, “Condones transversales” (preservativos en el aula), ABC, 12.II.2000

Hace ya algunas semanas, los padres de alumnos matriculados en el cuarto curso de ESO en un instituto del madrileño Barrio del Pilar recibían una carta. En ella se especificaba que unos voluntarios de la Cruz Roja, con la connivencia del Ministerio de Sanidad, se disponían a impartir a sus vástagos unas clases en horario lectivo. Los discípulos de Florence Nightingale incluían en su ambicioso temario anzuelos tan convincentes como la bulimia y la anorexia, pero ya advertían que el grueso de sus enseñanzas atañían a la educación sexual. El desquiciamiento pedagógico que sufrimos hace posibles estas paradojas grotescas: nuestros jóvenes abandonan las aulas sin tener ni puñetera idea de su ubicación en el mundo, pero en cambio se les informa exhaustivamente sobre sus coordenadas genitales. Hasta hoy, una de las muestras más inequívocas de orfandad cultural era la propensión a contemplarse el propio ombligo; a partir de ahora, esa propensión descenderá hasta las partes pudendas. Como se ve, algo hemos progresado, aunque sea hacia abajo. Antes de seguir, quisiera aclarar que no soy uno de esos mojigatos que se resisten a tratar sin rebozo los asuntos de la sexualidad. Los misterios gozosos del sexo constituyen una de las más formidables expresiones humanas; pero su conversión en catequesis los rebaja a una grosera variante del tedio. Parece que ahora lo moderno y convergente con Europa es llevar el sexo a las escuelas como si de una árida disciplina se tratase, desligada de cualquier visión humanista que lo haga inteligible. El sexo como pura zoología, vamos. Pero antes de introducir esta digresión me disponía a contarles una verídica anécdota ocurrida en un instituto madrileño. La circular que recibieron los padres de esos alumnos, después de desgranar el repertorio de prolijidades venéreas que los discípulos de Florence Nightingale impartirían, incluía un escueto formulario para que los padres prestasen su consentimiento, no sin antes recordarles muy sibilinamente que la asignatura de Salud e Higiene ostenta el rango de «transversal», o sea, que atraviesa como una espada flamígera las demás asignaturas, iluminándolas con su resplandor. Quizá el conocimiento de la Biblia o de la mitología grecolatina, sin el que no se entiende la cultura occidental, no merezca el rango de «transversal», pero sí la Salud e Higiene. ¿Cómo vamos a permitir que un chico se escarbe las narices y se coma sus propios mocos mientras se le explican los ríos y afluentes de su Comunidad Autónoma? Bueno, el caso es que los discípulos de Florence Nightingale celebraron la clase transversal, en la que se acabó hablando del sida, pero no de un modo científico ni esmeradamente ecuánime, sino atajando por la vereda de los métodos de prevención. Entonces un discípulo de Florence Nightingale extrajo de su maletín un plátano y un condón, y procedió a hacer una demostración de cómo debe instalarse esta gomita lubrificada en el pene o polla. Lo hizo con parsimonioso esmero, porque lo bueno que tienen los plátanos es que no padecen erecciones fugaces. A partir de ahora ya no podremos quejarnos de que nuestros alumnos no reciben, junto a una remesa de conocimientos teóricos, diáfanas explicaciones prácticas. Y puesto que la educación no debe atrincherarse en las aulas, sino que debe proyectarse sobre la vida, los discípulos de Florence Nightingale repartieron entre los alumnos, a modo de eucaristía, un condón resguardadito en un estuche de cartón. Dicho estuche proclamaba su procedencia con una inscripción nada discreta: «Asociaciones gays y lesbianas», y con letra más pequeñita: «Con la colaboración del Ministerio de Sanidad». En el reverso del estuche, unas risueñas viñetas ilustraban los pasos o requisitos que exige un satisfactorio coito anal. Así es como se les da por culo a nuestros adolescentes, así es como se sodomiza su rudimentaria formación cultural. Con la participación del Ministerio de Sanidad, of course.

Mary Beth Bonacci, “Tus preguntas sobre el amor y el sexo”, 1.IV.02

Ediciones Palabra acaba de publicar un libro titulado “Tus preguntas sobre el amor y el sexo”, escrito por Mary Beth Bonacci.

Mary Beth Bonacci se dedica desde hace más de quince años a impartir conferencias en Estados Unidos y en todo el mundo sobre estos, reuniéndose cada año con más de 100.000 personas.

En este libro, la autora aporta numerosas respuestas a las diversas inquietudes que la gente joven tiene actualmente sobre lo que de verdad es el amor y sobre cómo vivir la sexualidad.

Tras recibir las preguntas de miles de adolescentes cada año en sus conferencias, la autora las ha reunido por primera vez en este libro impactante. A lo largo de sus páginas, intenta mostrar muestra cómo se debe vivir la sexualidad para llegar a un amor auténtico.

Mary Beth Bonacci es fundadora de Real Love, Inc., una organización dedicada a promover el respeto a la sexualidad como don de Dios. Ha grabado y producido seis vídeos sobre castidad, escribe regularmente una columna en varios diarios y es autora de varios libros. Ha realizado un Máster en Teología del Matrimonio y la Familia en el Instituto Juan Pablo II y actualmente reside en Phoenix, Arizona, donde también participa como asesora del programa nacional Life Teen.

A través de esas preguntas y respuestas, Mary Beth ofrece una profunda catequesis acerca de las enseñanzas de la Iglesia sobre sexualidad y matrimonio. Se atreve con los temas más controvertidos. Algunas de las preguntas que salen a lo largo del libro son: ¿Cómo decir a alguien “basta” sin perderlo? ¿Cómo saber si hay verdadero amor? ¿Cuándo hay que decidirse a romper con alguien? ¿Por qué la Iglesia dice que el sexo es bueno dentro del matrimonio pero malo fuera? ¿Estoy yendo demasiado lejos? ¿Hasta dónde puedo llegar sin pasarme? ¿Afecta el sexo a nuestra afectividad? ¿Qué es eso de la castidad? ¿En qué me afecta la pornografía? ¿Cómo puede ayudar a mi mejor amiga que se ha quedado embarazada? ¿Se debe tener un hijo que es fruto de una violación? ¿No es el uso de la píldora un derecho que tiene la mujer? ¿Los preservativos evitan el contagio? ¿Qué tiene de malo que mi novio y yo vivamos juntos? ¿Cómo sabré que he encontrado a la persona con la que debo casarme? ¿Hay amor en el flechazo? ¿Qué hacer ante la homosexualidad? ¿Qué pasa si has cometido un pecado grave sin saber que lo era? ¿Puedo vivir la castidad aunque ya no sea virgen? Las respuestas son incisivas y actuales, y abarcan multitud de dudas e interrogantes que se plantean muchos chicos y chicas jóvenes acerca de cómo vivir la sexualidad. La autora ha recogido las inquietudes reales de los adolescentes que ansían un amor que no busca la propia satisfacción sino lo que es mejor para el otro. Esa clase de amor auténtico, sincero y generoso que no siempre es fácil de encontrar.

Está escrito en tono positivo, y ofrece siempre un consejo práctico para vivir estas enseñanzas y un apoyo compasivo para aquellos que han fallado.

Jokin de Irala, “Embarazos de adolescentes”, PUP, 3.III.02

Ante la preocupante falta de sintonización entre la evidencia científica disponible y la orientación de las campañas para prevenir las epidemias de embarazos imprevistos y enfermedades de transmisión sexual (ETS), hay que recordar que diferentes organizaciones sanitarias internacionales abogan por la abstinencia de relaciones sexuales entre los jóvenes como principal medida. La Fundación Cochrane, considerada la máxima instancia en la Medicina Basada en Evidencias, concluye, después de revisar todos los estudios científicos existentes, que el preservativo reduce la probabilidad de embarazos imprevistos y de ETS en un 80% pero no la elimina. Los jóvenes deben conocer estos hechos.

El Departamento de Salud del Gobierno de Navarra ha puesto en marcha la campaña “Previene-te-conviene” donde, pese a la saludable intención de “informar y ofrecer los medios necesarios” a nuestros jóvenes, se sigue la tónica habitual de no contar con toda la evidencia científica existente en la actualidad para resolver estos graves problemas. Resulta decepcionante observar que esta campaña, moderna, con su correspondiente apoyo informático -página web- se limite, en realidad, a copiar lo que en otros lugares se está ya cuestionando por haber resultado mucho menos efectivo de lo esperado.

Es cierto que el porcentaje de adolescentes que tienen relaciones sexuales aumenta y que cada vez las inician antes. Pero cabe plantearse si eso es bueno o no para ellos. Aproximadamente un tercio de los navarros fuma, y desde los organismos que velan por la Salud Pública no se les dice que sigan fumando pero con un filtro que reduzca el riesgo de morir de cáncer de pulmón. Se les da la mejor de las recomendaciones en base a lo que hoy en día se sabe científicamente. Asimismo, se debería ayudar a los jóvenes a poder decir que “no” a esa relación sexual precoz o a esa relación sexual esporádica o casual. Se ha llegado a la situación de falta de libertad donde un adolescente no pueda afirmar, sin quedar mal ante los demás, que “todavía no lo ha hecho”. Esto ya se ha logrado con éxito en otros países. En un estudio publicado en el British Medical Journal en el año 1998, se decía, por ejemplo, que el 70% de las mujeres que habían tenido su primera relación sexual antes de los 16 opinaban que hubiera sido mejor esperar un tiempo. El 50% de los hombres y el 30% de las mujeres afirmaron que su primera relación sexual fue fruto del arrebato de un momento. La opción más elegida para caracterizar la motivación principal que les llevo a esa relación fue, en ambos sexos, la de “satisfacer una curiosidad” (Dickson N y cols., BMJ, 1998;316:29-33). ¿No deberíamos prestar atención a estas cuestiones a la hora de “ayudar a los jóvenes”? En otro párrafo de la nota de prensa del departamento de Salud se describen “las características” de la sexualidad de los jóvenes. También es importante estudiar otras características, descritas por investigadores, como el hecho de que un adolescente, aunque biológicamente esté preparado para tener relaciones sexuales, no necesariamente lo está desde el punto de vista psicológico, de la madurez cognitiva y de la interacción social (Bacon JL, Curr Opin Obstet Gynecol, 2000;12:345-347). Esto debe tenerse en cuenta a la hora de realizar campañas que, en el fondo, incitan a la sexualidad sin preocupaciones ni responsabilidad con tal de usar preservativos. Cabe destacar que en otro trabajo publicado por Churchill y colaboradores, se llama la atención sobre el hecho de que la gran mayoría de las adolescentes que se quedaban embarazadas precozmente ya habían acudido, en el año anterior, a los servicios sanitarios para recibir información anticonceptiva (Churchill D y cols., BMJ, 2000;321:486-9). El estudio también afirma que entre las adolescentes que abortaban era más frecuente haber recibido la píldora postcoital con anterioridad. Estos datos nos sugieren que la falta de información quizás no sea la única causa de nuestros problemas, ni la información y distribución de preservativos sea la solución efectiva que acabará con ellos. Respecto a la efectividad de dar preservativos a los hijos, “porque de todos modos es probable que acabe teniendo relaciones sexuales”, otro trabajo de investigación sugiere que esto puede asociarse a más embarazos imprevistos, más enfermedades de transmisión sexual y al inicio más precoz de relaciones sexuales; es decir, podría tener el efecto contrario a lo que se pretendía (Jaccard J y col., American Journal of Public Health, 2000;90:1426-1430).

Destrucción de un ser En cuanto a la píldora postcoital, caben también varios comentarios. Se dice que no es abortivo sino anticonceptivo porque “su acción se basa en impedir la implantación del óvulo fecundado y no exclusivamente en destruir el óvulo ya implantado…”. Si se afirma “y no exclusivamente” quiere decirse que este mecanismo de acción abortivo también existe. Pero además, atendiendo al hecho biológico de que una vida comienza en el momento de la fecundación, si se impide la implantación del óvulo fecundado, el resultado es la destrucción de un nuevo ser al no poder implantarse para seguir su desarrollo normal. La literatura científica, una vez más, nos arroja algo de información al respecto y, según el estudio de Grou y colaboradores, el efecto antiovulatorio (propiamente anticonceptivo) de esta píldora se da solamente entre el 21% y el 33% de los casos, y la gran mayoría de las veces en que hay fecundación inhibe la implantación, por lo tanto es abortivo (F Grou, Am J Obstet Gynecol, 1994). Por último, tenemos que volver a hablar de la supuesta eficacia del preservativo ya que el departamento de Salud manifiesta que se debe recurrir a la píldora postcoital sólo si éste ha fallado; y añade: “lo que estadísticamente no es frecuente”. Es obvio que si el fallo del preservativo no fuera estadísticamente frecuente se clasificaría como un método muy seguro para evitar embarazos y/o infecciones. Los manuales sobre tecnología anticonceptiva, editados por la Organización Mundial de la Salud, clasifican los métodos anticonceptivos en tres grupos, “muy eficaces”, “eficaces”, y por último, “moderadamente eficaces”.

La efectividad del preservativo se incluye dentro del tercer grupo, luego no es tan estadísticamente infrecuente el fallo. ¿No deberían saber esto los potenciales usuarios del preservativo? Sin negarles su buena voluntad, las autoridades sanitarias harían bien en considerar el concepto de “tasa reproductiva de una infección” (llamado “Ro”). Permite calcular la probabilidad de transmisión de una ETS teniendo en cuenta varios factores simultáneamente, tales como la efectividad del preservativo, la duración de la infectividad, el número de relaciones sexuales que tiene un sujeto en un tiempo determinado y el número de personas diferentes con quien tiene dichas relaciones. El conjunto de estos datos permite entender cómo es posible que una persona acabe infectándose o quedándose embarazada, a pesar de que use el preservativo y de que su protección relativa sea de un 80% (cifra aparentemente alta). Si una campaña poblacional da una falsa idea de seguridad y no consigue implantar el mensaje de la abstinencia o de la importancia de evitar la promiscuidad, acaba aumentando, paradójicamente, la tasa de reproductividad de una infección. Dicho de otra manera, si juegas mucho a la lotería, te acaba tocando, aunque en cada jugada exista una reducción del 80% de la probabilidad de que te toque y ésta es la razón por la cual muchos cuestionan la efectividad de estas campañas poblacionales indiscriminadas. De hecho, junto con el aumento de la utilización de los preservativos asistimos también al aumento de la transmisión heterosexual del sida y no a su eliminación, como cabría esperar (Johnson AM, y cols., Lancet, 2001;358:1835-42).

A nadie escapa que las cuestiones que nos traemos entre manos no son nada sencillas. Es evidente que a veces encontramos estudios científicos contradictorios sobre un mismo asunto y eso es característico de las ciencias de la salud. Sin embargo, cuando varios estudios sugieren lo mismo, es importante, al menos, valorarlos con serenidad antes de aplicar medidas que son demasiado sencillas para que nos las creamos y cuya efectividad está en entredicho.

Lo más importante, sin duda, es que cada cual actúe libremente, pero es fundamental hacer un esfuerzo crítico a la hora de informar a la población. Los ciudadanos esperamos que esta campaña del departamento de Salud no se limite a ser, como en otros lugares, una campaña con mucho ruido y muchos medios (publicitarios, mediáticos e informáticos), que dan la impresión de que “se está haciendo algo importante”, a la vez que menosprecian la valoración objetiva y científica de su efectividad real. Tengamos más imaginación, no olvidemos que estamos hablando, en realidad, de la salud de nuestros jóvenes.

Jokin de Irala Profesor titular, Unidad de Epidemiología y Salud Pública Universidad de Navarra PUP, 3.III.02

Lynette Burrows, “El sexo irresponsable nunca es seguro”, The Daily Telegraph, 26.II.02

Las estadísticas sobre enfermedades de transmisión sexual (ETS) en Gran Bretaña son alarmantes, dice la autora. Por eso el gobierno pretende lanzar una nueva campaña de educación sexual. “Pero los anteriores intentos de educar a los jóvenes para que se aparten de las conductas peligrosas han sido contraproducentes. (…) Tenemos la mayor tasa de Europa de nacimientos extramatrimoniales, los abortos de chicas jóvenes se cuentan por millares y ahora, como en cumplimiento de un mal augurio, hay una epidemia de ETS”.

En efecto, hay un millón y medio de británicos –jóvenes en gran parte– infectados. La ETS que más deprisa se ha extendido es la clamidia, que puede causar infertilidad: desde 1995, los casos nuevos diagnosticados en chicas jóvenes han pasado de 30.000 a 64.000 al año.

“Ante la magnitud del problema, los comentaristas, en su mayoría, rehuyen hacer juicios de valor: no quieren ‘moralizar’. Es una reacción perfectamente respetable y ciertamente bondadosa, pero más bien errada: olvida que la ley moral se basa en las leyes de la naturaleza. Lo que ahora vemos es la respuesta implacable de la naturaleza a la promiscuidad. (…) Los jóvenes son perfectamente capaces de entender esto, y tienen gran simpatía por lo ‘natural’, como opuesto a lo sintético. Al presente, su mayor problema es que desconocen casi por completo los riesgos del sexo irresponsable, pues desde la escuela primaria les han hecho creer que la ciencia puede hacerlo seguro”.

Así, pocos jóvenes saben –dice Burrows– que el preservativo presenta una tasa de fallos –como anticonceptivo– del 15%, según los propios fabricantes. “Por desgracia, no se facilita esta información a la gente joven. Ahora mismo, las autoridades sanitarias distribuyen un folleto a todos los chicos de 13 años. En él hay un recuadro que dice: ‘Solo los preservativos protegen a la vez contra el embarazo y las infecciones de transmisión sexual, incluido el SIDA’.

“La mala información se completa en otro recuadro que advierte a los jóvenes: ‘Hasta 1 de cada 14 jóvenes tiene una ETS llamada clamidia. A menudo no presenta síntomas; pero, si no se trata, puede causar infertilidad al 10-15% de los infectados. Usa siempre el preservativo’. Es un ejemplo más de uso desleal del lenguaje contra jóvenes inexpertos: creerán que no pueden contraer clamidia si usan preservativo. Las cifras ‘10-15%’ no les alarman: parecen muy pequeñas. Solo si se les advirtiera que hay decenas de miles de casos de clamidia, empezarían a captar el peligro que entraña lo que la propaganda les ha hecho creer que es solo un pasatiempo”.

El riesgo está comprobado. Burrows menciona un informe del Medical Institute (Estados Unidos) publicado en julio del año pasado. Este informe (Condom Effectiveness for STD Prevention) se elaboró con datos de los National Institutes of Health y tras revisar la literatura científica de los últimos veinte años acerca de las 25 principales ETS. Concluye que el uso sistemático del preservativo reduce el riesgo de contraer el virus del SIDA y también la tasa de transmisión de la gonorrea de mujer a hombre. Pero no hay pruebas de que el preservativo reduzca la probabilidad de contraer otras ETS, entre ellas la gonorrea y la clamidia para las mujeres. Además, tampoco se han encontrado indicios de que el preservativo proteja contra el virus del papiloma humano, causante de la ETS más común; algunos tipos de este virus provocan cáncer de cuello uterino.

“Así se explica por qué se extienden las ETS y se demuestra que los folletos que las autoridades reparten a los jóvenes son inexactos desde el punto de vista médico. Lo que falta por explicar es por qué en los folletos no hay rastro de ese informe. Quizás la respuesta sea que mucha gente tiene interés económico en promover la anticoncepción, o adhesión ideológica a la libertad sexual. Estos dos motivos se apoyan mutuamente y han silenciado el debate público sobre los peligros del sexo irresponsable”.

ACI, “Los preservativos no reducen el riesgo de enfermedades venéreas”, 20.X.02

Un informe científico de la Medical Institute for Sexual Health alerta sobre los riesgos de contraer estas enfermedades. Continúa leyendo ACI, “Los preservativos no reducen el riesgo de enfermedades venéreas”, 20.X.02