Simpatía y talento social

  • La timidez
  • Explicaderas y entenderas
  • Miedo a la intromisión
  • Necesidad de ser aceptado
  • Tacto para la convivencia
  • Estímulo y simpatía. Saber escuchar
  • Espontaneidad, ¿hasta dónde?
  • Aprender a corregir
  • El “qué dirán”. Aparentar
  • Las formas son importantes

La timidez «En ocasiones —decía Marcos, con aire un tanto fúnebre— me siento diferente y como aislado de los demás.

»A veces —continuó— siento como necesidad de abandonar el grupo en el que estoy, porque me siento incómodo. Trato de ser sociable, pero se me hace insufrible, no sé por qué. Creo que no sé disfrutar de la vida.

»No sé como lo hago, pero enseguida pierdo las amistades y sufro pensando en ello. Lo pienso una y otra vez, le doy vueltas y más vueltas, trato de vencer mi timidez, pero no me sale, meto la pata, siento una vergüenza terrible y pierdo las oportunidades, me quedo paralizado.

»Pienso que no voy a saber comportarme, noto que me preocupa demasiado lo que piensen de mí. Creo que de tanto pensar en eso, luego me falta naturalidad. Tengo la sensación de que todo el mundo me estará mirando y que se ríen interiormente de mí; y supongo que no debe ser así, pero lo pienso. Intento pasar desapercibido, pero soy tan tímido que precisamente por eso al final acaban fijándose en mí.

»Veo que otros se desenvuelven con gran soltura, caen bien a todo el mundo, dicen cualquier tontería y a todos les hace gracia, y les tengo envidia. Las cosas que se me ocurren a mí no tienen gracia.

»Siento una infinita tristeza ¿Cuál es la causa de que yo sea así? ¿Por dónde empezar? Yo —concluía— no quiero ser así.» Recuerdo, de hace años, esta conversación con Marcos, un buen estudiante de dieciséis años, alto y bien plantado. Como sucede con casi todos los que son tímidos, en cuanto hablan con confianza demuestran ser personas reflexivas y capaces de definir bastante bien su situación. Y entonces, curiosamente, hablan con gran soltura y sencillez. Y sorprende también descubrir que muchos se consideran tímidos y en absoluto lo parecen externamente.

La timidez puede tener su raíz en un excesivo proteccionismo en la infancia, en algún defecto o limitación —habitualmente con poca trascendencia objetiva— mal asumida, o en una educación que no ha logrado contrarrestar suficientemente el amor propio… y a veces responde directamente a la timidez de los propios padres.

Vencer la timidez no es cosa de un día. Es una batalla difícil en la que no hay que perder la esperanza y en la que también hay que saber perder con deportividad, perdonarse a uno mismo, darse la mano y tirar otra vez hacia delante. Para empezar, hay que renunciar seriamente a encerrarse en los recuerdos o imaginaciones de las horas felices, porque los tímidos casi siempre mezclan sus miedos con la satisfacción casi continua de ese deseo de replegarse al calor de la propia soledad.

Si eres tímido, no te encierres en ese sueño de tu propia imaginación. Aparta esos pensamientos como a un moscón, rechazándolos como se rechaza un pensamiento absurdo. Cumple todas tus obligaciones, busca más si es preciso. Ocupa tu tiempo. No te fabriques un mundo irreal en el que te complaces. No te refugies en la soledad, aunque digas que en ella encuentras grandes satisfacciones; no busques en tus sueños la coartada para no luchar en la realidad, que un hombre soñador rara vez es un hombre luchador.

Si te consideras tímido, has de saber que perteneces a un sector de la humanidad más amplio de lo que parece, y al que también pertenecen personas que probablemente no sospeches.

La timidez puede tener raíces muy diversas: baja autoestima, envidia, torpeza física, orgullo, falta de sociabilidad, o muchas otras. Resulta interesante, a la hora de esforzarse por configurar positivamente el carácter propio o el ajeno, analizar las posibles causas y reflexionar sobre ellas.

Hay personas que se consideran tímidas simplemente porque son —o les parece que son— un poco patosas en lo que hacen o lo que dicen. En estos casos, la timidez y la torpeza se alimentan la una a la otra. La torpeza física suele tener su raíz en algún defecto de coordinación motora: chocan con todo, se les cae todo y se les rompe todo. Otros son desafortunados más bien a la hora de expresarse o de intervenir en una conversación y, como consecuencia, suelen ser remisos a actuar ante los demás y pueden volverse tímidos. A su vez, la timidez les lleva a estar demasiado pendientes de su imagen y a ser menos naturales y, por tanto, más torpes.

La timidez siempre actúa dentro de un lamentable círculo vicioso, que es preciso romper haciendo descubrir a esas personas sus puntos fuertes, y haciendo que los demás los valoren. Por eso, por ejemplo, el buen profesor pregunta en clase al alumno tímido cuando supone que está en condiciones de responder correctamente, y hace así que tome seguridad y vaya actuando, poco a poco, en presencia de otras personas. Y el padre sensato sabe dar confianza a su hijo de modo que poco a poco vaya mejorando su nivel de autoestima, que siempre facilita al tímido consolidar su voluntad indecisa.

También hay que enseñar a no tener envidia de ése o de ésa que son tan extrovertidos, tan graciosos, tan ocurrentes…; con tanto afán de protagonismo quizá. Muchos de ellos son muy agradables, es verdad, pero quizá sólo para estar un rato, y no hay quien conviva con ellos tres días seguidos. Otros serán excelentes, de acuerdo, y habrá que aprender y sentirse estimulado por ellos, pero… ¿para qué la envidia? Recházala.

A veces será por orgullo, que lleva a una soledad que deshumaniza a quien la practica y que hace perder la objetividad. Hay quienes huyen a la soledad para olvidar, y sólo logran acrecentar sus recuerdos, revolver en sus vagabundeos mentales una y otra vez, o rumiar obsesivamente los fracasos y las heridas de la vida.

Cuando te propongas superar tu timidez en algo, no te consientas a ti mismo volverte atrás. No seas como el bañista vacilante, que mete el pie en el agua varias veces, comprueba que tampoco está tan fría, que no pasaría nada, que es cuestión solo de lanzarse…; pero no se atreve y vuelve a casa cabizbajo, avergonzado de sí mismo. Deja de pensar en si sabes hablar; y habla. O en si sabes de verdad ser amigo o amiga de alguien; y esfuérzate por serlo. O en si sabes educar, o comportarte en tal situación, o hacer tal otra cosa; y ponte a hacerlo como mejor sepas, sin tanto miedo al ridículo o al fracaso. Y si fracasas, no te atormentes y vuelve a intentarlo. Pero no llames intentarlo a algo que no es más que un vago deseo de que eso suceda pero sin proponértelo seriamente.

Explicaderas y entenderas Todos hemos observado cómo algunas personas poseen unas cualidades que les hacen conectar más fácilmente con los demás. No me refiero a los grandes líderes, o a esas personalidades geniales que poseen un carácter tan singular que poco podemos aprender de ellos las personas corrientes. Me refiero más bien a esas personas que viven a nuestro alrededor y tienen una buena capacidad de congeniar con los demás, saben captar sus sentimientos y logran mantener una buena relación habitual con casi todo el mundo.

La capacidad que las personas tienen de entenderse guarda una profunda relación con la educación afectiva, pues las personas no expresamos verbalmente la mayoría de nuestras ideas o sentimientos, sino que emitimos continuos mensajes emocionales no verbales, mediante gestos, expresiones de la cara o de las manos, el tono de voz, la postura corporal, o incluso los silencios, tantas veces tan elocuentes. Cada persona es un continuo emisor de mensajes afectivos del más diverso género (de aprecio, desagrado, cordialidad, hostilidad, etc.) y, al tiempo, es también un continuo receptor de los mensajes que irradian los demás.

Por esa razón, muchos de los problemas de comunicación entre las personas suelen tener su origen en una deficiente percepción de los mensajes emocionales que se reciben (podríamos hablar de problemas de entendederas) o en una deficiente emisión de los que se quieren expresar (problemas de explicaderas).

Es verdad que tanto los problemas de entendederas como de explicaderas pueden ser nuestros o de los demás (de hecho, lo más habitual en la práctica es que ambos problemas vayan unidos), pero normalmente podemos actuar mucho más sobre lo que está más a nuestro alcance, que son nuestros propios defectos.

Por ejemplo, como sugería Antonio Machado, cuando no acertamos a enseñar algo es porque quizá nosotros no lo sabemos bien todavía, y es probable que tengamos que aprender a comprenderlo y expresarlo mejor.

Y si observamos que otras personas suelen ver determinado asunto de modo distinto a como nosotros lo vemos, sería poco inteligente desdeñar por sistema la posibilidad de que los demás tengan razón, o al menos una parte de ella. Si tendemos de inmediato a considerar con rotundidad que están equivocados, y además lo manifestamos de tal manera que esas personas perciben que hay desagrado en nuestra actitud, entonces lo más probable es que levanten una barrera ante nosotros y nos consideren como personas ante las que no deben mostrar receptividad. Como es natural, no se trata de dudar constantemente de nuestros principios o de nuestro modo personal de ser, puesto que la inseguridad en ese sentido puede llegar a ser un defecto ciertamente peligroso, pero sí es preciso aprender a captar mejor el pensamiento de los demás y expresar mejor el nuestro.

Hay toda una serie de actitudes esenciales para mejorar la comunicación con las personas. Es preciso, en primer lugar, partir de una actitud de deseo de conocer los puntos de vista del otro y enriquecerse con ellos. Eso supone estar abierto a ser influido y a cambiar, lo cual es perfectamente compatible con tener convicciones firmes y serias. Después, es preciso concretar esas actitudes siempre en comportamientos. Por ejemplo, escuchar mucho y con atención; hablar sin despertar defensividad en el otro; procurar partir de puntos de acuerdo común y avanzar progresivamente hacia las áreas de desacuerdo; etc.

Nuestro entendimiento —vuelvo a citar a Antonio Machado— tiene una escala gradual: primero, entender las cosas (o creer que las entendemos); segundo, entenderlas bien; tercero, entenderlas mejor; cuarto, entender que no hay manera de entenderlas mejor sin mejorar nuestras entendederas.

Miedo a la intromisión «Aquel episodio —pensaba para sí la protagonista de aquella novela de Susanna Tamaro— vuelve a presentarse a menudo en mis pensamientos porque es el único momento en que tuve la posibilidad de hacer que las cosas cambiaran.

»Ella —su hija— había roto a llorar, me había abrazado: en ese momento se había abierto una grieta en su coraza, una hendidura mínima por la que yo hubiera podido entrar. Una vez dentro habría podido actuar como esos clavos que se abren apenas entran en la pared: poco a poco se ensanchan, ganando algo más de espacio. Habría logrado adentrarme un poco en su intimidad y convertido quizá en un punto firme en su vida.

»Para hacerlo, debería haber tenido mano firme. Cuando ella dijo “es mejor que te marches”, debería haberme quedado. Debería haberme negado a irme sin más, debería haber vuelto a llamar a su puerta cada día; insistir hasta transformar esa hendidura en un paso abierto. Faltaba muy poco, lo sentía.

»No lo hice, en cambio: por cobardía, pereza y falso sentido del pudor. A mí nunca me había gustado la invasividad, quería ser diferente, respetar estrictamente la libertad de su existencia. Pero detrás de la máscara de la libertad se esconde frecuentemente la dejadez, el deseo de no implicarse.

»Hay una frontera sutilísima entre una cosa y otra; atravesarla o no atravesarla es asunto de un instante, de una decisión que se asume o se deja de asumir; y de su importancia a veces te das cuenta sólo cuando el instante ya ha pasado. Sólo entonces te arrepientes, sólo entonces comprendes que en aquel momento pedía a gritos la intromisión, y me decía a mí misma: estabas presente, tenías conciencia, de esa conciencia tenía que nacer la obligación de actuar.

»El amor no cuadra con los perezosos, y para existir en plenitud exige gestos fuertes y precisos. Yo había disfrazado mi cobardía y mi indolencia con los nobles ropajes de la libertad.» Esta reflexión de aquella mujer atormentada por sus recuerdos puede servirnos para recordar que el verdadero afecto necesita a veces de energía y de firmeza. Querer de verdad a alguien puede exigirnos estar dispuestos a hacernos una cierta violencia para superar ese miedo a la intromisión que sentimos la mayoría de las personas.

Hay veces en que, efectivamente, la cobardía y la indolencia se disfrazan con los nobles ropajes de la libertad. Y detrás de esa máscara se esconde la dejadez, el deseo de no implicarse. No siempre será asunto fácil distinguir cuándo hay que intervenir y cuándo hay que respetar la intimidad y el aislamiento del otro, es verdad. Como bien decía aquella mujer, hay una frontera sutilísima entre el error por un extremo y por el contrario. Parece como si, en estos temas, el sendero del acierto discurriera oscura y tortuosamente entre otros muchos caminos que conducen al fracaso: unas personas tendrán que esforzarse para no caer en la pusilanimidad y el acobardamiento; otras, por el contrario, habrán de poner su esfuerzo en procurar mantenerse un poco más respetuosas del voluntario aislamiento de los demás.

La protagonista de nuestro ejemplo era una de esas personas que —según ella misma decía— se dejan llevar demasiado por una especie de deseo de no resultar impositivas, de no censurar nada, como si estuvieran repitiéndose constantemente: “somos diferentes y tenemos que respetar nuestra diversidad”. De esas personas que piensan que para ser amadas tienen que eludir cualquier apuro, cualquier conflicto, cualquier arista. Hay muchas veces —otras no— en que todo eso una falta de identidad, un no sentirse seguro de casi nada.

Necesidad de ser aceptado El miedo a no ser aceptado es uno de los principales factores que retraen a un niño a la hora de aproximarse a un grupo de compañeros de clase que están enfrascados en un juego. Se trata de una inquietud que produce en él un cierto grado de ansiedad, que habitualmente potencia su falta de habilidades sociales y aumenta el riesgo de que actúe con torpeza cuando se acerque al grupo —si finalmente se atreve— e intente incorporarse a él aparentando una total naturalidad.

Es ése un momento crítico, en el que esa falta de soltura y de habilidad social se hace patente con toda su crudeza. Como apunta Daniel Goleman, resulta tan ilustrativo como doloroso ver a un niño dar vueltas en torno a un grupo de compañeros que están jugando y que no le permiten participar. Además, los niños pequeños suelen ser cruelmente sinceros en los juicios que llevan implícitos tales rechazos.

La ansiedad que siente el niño rechazado, o que teme ser rechazado, no es muy distinta de la que experimenta el adolescente que se encuentra aislado en medio de una conversación de un grupo de amigos, y no sabe bien cómo o cuándo intervenir. O la del que está en una fiesta, o en una discoteca, y quizá sufre una profunda soledad, pese a estar rodeado de quienes parecen ser sus amigos íntimos. O la que siente un adulto en una comida o una reunión en la que no logra situarse y entablar una conversación fluida con nadie.

Si observamos cómo actúa un niño que sabe manejarse bien, veremos que quizá el recién llegado comienza observando durante un tiempo qué es lo que ocurre, antes de poner en marcha una estrategia de aproximación. Su éxito depende de su capacidad para comprender el marco de referencia del grupo y saber qué cosas serán aceptadas y cuáles estarían fuera de lugar.

Un error muy habitual es pretender tomar protagonismo demasiado pronto. Eso es lo que sucede a los niños más torpes, que enseguida dan sus opiniones o muestran su desacuerdo, cuando aún no han sido suficientemente aceptados por el grupo, y entonces son rechazados o ignorados.

Los niños más hábiles observan antes al grupo, para comprender bien lo que está ocurriendo, y luego hacen algo para facilitar su aceptación, esperando a confirmar esa aceptación por el grupo antes de tomar la iniciativa de dar sus opiniones o proponer un plan. Antes de expresar sus ideas o sus preferencias, procura que los demás expresen las suyas: así, al tener en cuenta los deseos de los demás, les resulta más fácil no perder la conexión con ellos.

En cambio, el niño que fracasa en sus relaciones sociales —en el aula o en otros ámbitos— sufre de una manera que a muchos adultos les resulta difícil comprender (o recordar). Pero la cuestión clave no es eso, sino el riesgo de que esa frustración reduzca seriamente sus posibilidades futuras en cuanto a las relaciones humanas y condicione negativamente el desarrollo de su estilo sentimental. Por otra parte, tampoco hay que olvidar que todo esto repercute con facilidad también en su rendimiento académico. Por eso, lo que la familia y la escuela puedan hacer para fomentar el talento social de los niños resultará de indudable trascendencia de cara a su futuro.

Tacto para la convivencia «Era una mujer que con su sola presencia aligeraba la pesadumbre de vivir. A veces bastaba con oír su voz.

»Con frecuencia me pregunto de dónde sacaba ella ese tacto para la convivencia, sus originales criterios sobre las cosas, su delicado gusto, su sensibilidad.

»Sus antepasados eran gente sencilla, inmigrantes del campo, con poca imaginación. ¿De quién aprendió entonces…?».

Estas palabras de Delibes recuerdan, por contraste, aquellas otras personas que quizá tengan una exquisita educación pero que su presencia no resulta agradable, a veces incluso más bien lo contrario.

A lo mejor les sucede porque todo lo que no es suyo les resulta totalmente ajeno. O porque son personas tan encerradas en sí mismas que han acabado por alterar su propio equilibrio y resultar extrañas. O quizá porque, en la práctica, no saben convivir.

Conviene buscar detalles concretos en los que cada uno pueda proponerse mejorar, en cada una de las facetas de las virtudes de la convivencia. Por ejemplo:

  • ir averiguando los gustos ajenos y procurar satisfacerlos siempre que se pueda, en vez de tratar de imponer los planes que a uno le apetecen;
  • ser complaciente y buscar factores amenizantes de la convivencia (sin ser excesivamente obsequiosos ni asediantes: el personaje untuoso y poco natural, que ríe de sus propias gracias, o de lo que no tiene gracia, resulta bastante desagradable);
  • no hablar demasiado (los excesivamente habladores marean), ni insistir sin confianza;
  • no darse aires de persona ocupadísima, ni de sabelotodo, ni de gran memorista, ni de don Preciso, que lo puntualiza todo;
  • aprenderse los nombres de quienes trabajan con nosotros o de quienes nos cruzamos en la escalera para tratarles luego por su nombre (si anotamos las fechas de los santos o cumpleaños y nos acordamos de felicitarles, mucho mejor);
  • decir cosas agradables a la gente siempre que se pueda (por ejemplo, frecuentando los temas de conversación que gustan a los demás y refiriéndose poco a uno mismo);
  • no olvidar la importancia de los buenos modales para hacer la vida agradable a los demás: ser deferentes, saludar con cordialidad, ser puntuales, no elevar destempladamente la voz ni decir tacos, ser pulcros, no caminar con estrépito ni tratar zafiamente las cosas (abrir la puerta con el pie o el codo, caer a plomo sobre el asiento…), etc.

  • hacer favores sin llevar la cuenta, empleando generosamente el tiempo, aunque el favorecido apenas pueda correspondernos con nada;
  • agradecer las cosas, aunque sean insignificantes, y contestar a quien nos ha llamado por teléfono o nos ha escrito;
  • animar a los desanimados, tratar con paciencia a los pesados, visitar a los enfermos y a la gente que sufre soledad; etc.

    Estímulo y simpatía. Saber escuchar Momo es la pequeña protagonista de aquel famoso libro de Michael Ende que lleva su nombre. Una niña surgida un buen día en la vida de unas personas sencillas.

    Nadie sabe quién es, ni de dónde viene, ni nada. Vive en unas ruinas de un antiguo teatro griego o romano. Pero todo el mundo quiere a la chiquilla. Las gentes se han dado cuenta de que han tenido mucha suerte por haber conocido a Momo. Se les hace la niña algo imprescindible. ¿Cómo han podido antes vivir sin ella? A su lado cualquiera está a gusto.

    A la hora de hacer balance de su atractivo, no es fácil decir qué cualidad especial le adorna: no es que sea lista; tampoco pronuncia frases sabias; no es que sepa cantar, o bailar, ni hacer ninguna maravilla extraordinaria… ¿Qué es entonces lo que tiene? La pequeña Momo sabe escuchar; algo que no es tan frecuente como parece. Momo sabe escuchar con atención y simpatía. Ante ella, la gente tonta tiene ideas inteligentes. Ante ella, el indeciso sabe de inmediato lo que quiere. El tímido se siente de súbito libre y valeroso. El desgraciado y agobiado se vuelve confiado y alegre. El más infeliz descubre que es importante para alguien en este mundo. Y es que Momo sabe escuchar.

    Todos tenemos en la cabeza la imagen de chicos o de chicas, quizá de apariencia modesta y de cualidades corrientes, pero perseverantes en la amistad, leales, que contagian a su alrededor alegría y serenidad; y su vida aparece ante los demás como una luz, como una claridad, como un estímulo.

    A veces parece que se trata de una cualidad que, simplemente, viene de nacimiento. Pero no es eso sólo: depende sobre todo de la educación que se ha recibido, y del esfuerzo personal que pone cada uno. En todos los hombres hallamos gérmenes de buenas y malas tendencias, y cada cual es responsable de la medida en que permite a unas u otras adueñarse de su persona. Todos sabemos que el alma sólo brilla después de muchos años de esfuerzo por sacarle lustre.

    Saber escuchar. Tener paciencia. Sabiendo que, las más de las veces, aguantar algo que a uno no le gusta no es ser hipócrita, sino que constituye una parte de ese hábito de preocuparse por los demás, y de procurar ser agradable, que todo hombre debiera esforzarse por adquirir. Además, cuando uno se esfuerza por serlo, pronto pasa a ser algo que sale casi siempre de modo natural.

    Pero escuchar no es sólo cuestión de paciencia. Requiere sobre todo deseo de aprender, deseo de enriquecerse con las aportaciones de los demás. Quien mientras escucha piensa sobre todo en preparar su respuesta, apenas escucha realmente. Sin embargo, quien escucha con atención, con verdadero deseo de comprender, sin dejarse arrastrar por un inmoderado afán de hablar él o de rebatir lo que oye, quien sabe escuchar de verdad, se hace cada vez más valioso y hace que la persona que le habla se sienta también más valorada y querida.

    Es triste que tantos hombres y mujeres hagan grandes sacrificios para poder lucir un coche o una ropa un poco mejor, o adelgazar un poco, o presumir de cualquier cosa, y que, sin embargo, apenas se esfuercen por escuchar más, o ser un poco más simpáticos y agradables, que es gratis y de mucho mejor efecto ante los demás.

    Espontaneidad, ¿hasta dónde? “Mamá, es que no lo entiendes. La gente joven dice lo que piensa, sin hipocresías.” Así defendía una joven adolescente la escasa educación y diplomacia de una amiga suya a la que había invitado a pasar unos días con ellos durante las vacaciones.

    Sin duda, la espontaneidad es un valor emergente en la sociedad de nuestros días. Ser espontáneo y natural es algo que hoy —afortunadamente— se valora mucho. Hay una gran pasión por todo lo que significa apertura y claridad. Un elogio constante de las conductas que revelan autenticidad. La gente joven tributa un apasionado culto a la sinceridad de vida, quizá como respuesta al rechazo producido por algunos resabios de corte victoriano que ha llegado a detectar en la anterior generación.

    Todo eso, no cabe duda, esconde un avance innegablemente positivo. Y en el ámbito de la educación, se trata de una conquista de la sensibilidad contemporánea que ha supuesto aportaciones especialmente valiosas. Moverse en un clima de confianza se considera hoy un principio educativo fundamental, decisivo también para la formación del propio carácter.

    Sin embargo, las razones que daba esa chica demuestran la necesidad de un sensato equilibrio en todo lo relacionado con la espontaneidad. Parece evidente que es preciso encontrar un equilibrio entre la hipocresía y lo que podríamos llamar exceso de espontaneidad. Porque parece posible lograr ser cortés sin caer en la hipocresía o la adulación, ser sincero sin recurrir a la tosquedad, y fiel a los propios principios sin necesidad de ofender a los demás.

    Decir la verdad que no resulta conveniente revelar, o a quien no se debe, o en momento inadecuado, es —fundamentalmente— una carencia de sensatez. Parece claro que conviene siempre añadir sensatez a la sinceridad, y así nos ahorraremos —como dice H. Cavanna— “la idiotez sincera, que no por sincera deja de ser idiota”.

    Echar fuera lo primero que a uno se le pasa por la cabeza sin apenas pensarlo, o dejar escapar los impulsos y sentimientos más primarios indiscriminadamente, no puede considerarse un acto virtuoso de sinceridad. La sinceridad no es un simple desenfreno verbal. Hay que decir lo que se piensa, pero se debe pensar lo que se dice.

    El que se encuentra a un amigo que acaba de perder a su padre y le dice que no lo siente lo más mínimo porque su padre era antipático e insoportable, no es sincero, aunque lo sintiera realmente, sino un auténtico salvaje.

    Como señala J.B.Torelló, bajo la excusa de esa falsa sinceridad, se esconden a menudo arrogancia, grosería, tendencia malsana a la provocación, inclinaciones exhibicionistas o gusto por zaherir a los demás. Quienes así actúan son figuras tristes de hombres o mujeres sin frenos, que se dejan llevar por sus impulsos más arcaicos y distan mucho de alcanzar un mínimo de madurez en su carácter.

    El equilibrio del carácter y la personalidad exige una cuidadosa compensación entre un extremo y otro. Y así como hace treinta años podía ser mayor el peligro del envaramiento y la desconfianza, quizá ahora sea más bien el de la excesiva deshinbición o desenfado. Se comprueba que la exaltación de la espontaneidad y la devaluación de la seriedad producen frutos ambivalentes. Pretenden fortalecer la personalidad, y en gran parte lo logran, pero también traen el riesgo de producir personas con una espontaneidad aleatoria, gracias a la cual son lo que les da la gana, lo que se les ocurre. Pero las ocurrencias siempre son imprevisibles.

    Aprender a corregir Para que la crítica sea positiva, habría que establecer una especie de reglas del juego. Podríamos intentar resumirlas en cuatro: Primera. Para que alguien tenga derecho a corregir, tiene primero que ser persona que esté capacitada para reconocer lo bueno de los demás, y que sea capaz también de decirlo: que no corrija quien no sepa elogiar de vez en cuando.

    Porque si una persona no reconoce nunca lo que su hijo o su mujer o su marido hacen bien —y seguro que harán cosas bien, probablemente más que las que hacen mal—, ¿con qué derecho podrá luego corregirles cuando fallen? El que nada positivo encuentra en los demás, tiene que replantear su vida desde los cimientos: algo en él no va bien, tiene una ceguera que le inhabilita para corregir.

    Segunda. Ha de corregirse por cariño. Tiene que ser la crítica del amigo, no la del enemigo. Y para eso, tiene que ser serena y ponderada, sin precipitaciones y sin apasionamiento. Tiene que ser cuidadosa, con el mismo primor con que se cura una herida, sin ironías ni sarcasmos, con esperanza de verdadera mejoría.

    Tercera. Tampoco debe darse la corrección sin antes hacer examen sobre la propia culpabilidad en lo que se va a corregir. Cuando algo marcha mal en la familia, casi nunca nadie puede decir que está libre de culpa.

    Además, cuando uno se siente corresponsable de un error, corrige de forma distinta. Porque corrige desde dentro, comenzando por el reconocimiento de la propia culpa. Y el corregido lo entenderá mucho mejor, porque empezamos por compartir su error con el nuestro, y no lo verá como una agresión desde fuera sino como una ayuda desde dentro.

    Resulta muy eficaz que en la familia haya fluidez en la corrección, que se puedan decir unos a otros las cosas con normalidad. Que los agravios o los enfados no se queden dentro de los corazones, porque ahí se pudren.

    Cuarta. Es una regla múltiple, inspirada en las que señala López Caballero. Se refiere a la forma de llevar a cabo la corrección:

  • ha de ser cara a cara, pues no hay nada más sucio que la murmuración o la denuncia anónima del que tira la piedra y esconde la mano;
  • a la persona interesada y en privado; si no, es contraproducente;
  • sin comparar con otras personas: nada de “aprende de tu primo, que saca tan buenas notas”, o “del vecino de arriba que es tan educado…”;
  • con mucha prudencia antes de juzgar las intenciones: hay que presuponer buena voluntad;
  • no hablar de lo que no se ha comprobado bien, pues de lo contrario, juzgamos con una frivolidad que espanta; corregir sobre rumores, suposiciones o sospechas, supone hacer méritos para ser injusto: recuerda aquello de que el bien debe ser supuesto, el mal debe ser probado, y eso otro de oír la otra campana, y saber quién es el campanero…;
  • específica y concreta, no generalizadora; sabiendo centrarse en el tema, sin exageraciones, sin superlativos, sin abusar de palabras como siempre, nunca…;
  • hay que hablar de una o dos cosas cada vez, porque si acumulamos una larga lista, parecerá una enmienda a la totalidad más que un deseo de ayudar;
  • sin reiterarlas demasiado: hay que dar tiempo para mejorar…, y además, la excesiva machaconería se vuelve también contraproducente;
  • hay que saber elegir el momento para corregir o aconsejar, que ha de ser cuanto antes, pero esperando a estar —los dos— tranquilos para hablar y tranquilos para escuchar: si uno está aún nervioso o afectado por un enfado, quizá sea mejor esperar un poco más, porque de lo contrario probablemente se estropeen más las cosas en vez de arreglarse;
  • y poniéndose antes en su lugar, haciéndose cargo de sus circunstancias, procurando —como dice el refrán— calzar un mes sus zapatos antes de juzgar.

    Actuando así, se corrige de modo distinto. Incluso veremos que muchas veces es mejor callarnos: hay quien dijo que si pudiéramos leer la historia secreta de nuestros enemigos, hallaríamos en sus vidas penas y sufrimientos suficientes como para desarmar toda nuestra hostilidad.

    El “qué dirán”. Aparentar Es muy conocida la historia de aquel labrador que, despatarrado y orondo en su burro, volvía del campo con el hijo, que caminaba detrás.

    El primer vecino con quien se toparon afeó la conducta del labriego: —¿Qué? ¿Satisfecho? ¡Y al hijo que lo parta un rayo! Apeose el viejo y montó al hijo. Unos cien pasos darían cuando una mujer se encaró con ellos: —¡Cómo! ¿A pie el padre? ¡Vergüenza le debía dar al mozo! Bajó éste abochornado, y amigablemente conversaban tras el jumento, cuando un guasón les tiró una indirecta: —¡Ojo, compadre, no tan deprisa que se les aspea el asno! No sabiendo ya a qué carta quedarse, montaron ambos. Andaba cansino el burro el último trecho, y alguien les voceó de nuevo: —¡Se necesita ser bestias!; ¿no veis que el pobre animal va arrastrando el alma por el suelo? La enseñanza del relato es evidente. No se puede andar por la vida constantemente al vaivén de lo que los demás piensen o digan de nosotros. Acabarían por volvernos locos, como casi sucede a este pobre labriego que tardó demasiado en comprender que era imposible complacer a todos aquellos con quien se cruzaba.

    El qué dirán constituye una agobiante preocupación que se abate sobre muchas personas. Puede llegar a ser como una especie de terror a hacer el ridículo, de obsesión por ser como todos que conduce a una excesiva preocupación por la propia imagen que puede llegar a ser realmente perjudicial.

    No se trata de ser un tipo raro, distinto a todos, por supuesto. También aquí hay que buscar un equilibrio sensato, para seguir razonablemente las modas pero no ser esclavo de ellas. No se debe sacrificar la libertad de pensamiento a cambio de lograr ser siempre igual a los demás y no llamar la atención.

    Porque hay gente que presume de libertad y de autenticidad, que quizá repite que a ellos nadie les influye, y luego resulta que obedecen sumisamente a costumbres y eslóganes que la moda establece como intocables. Son embaucados por la fascinación de frases o ideas en boga, pero apenas profundizan en ellas.

    A este fenómeno se refería Thibon cuando decía que, para ésos, la verdad es lo que se dice; la belleza, lo que se lleva; y el bien, lo que se hace.

    A esas personas no les angustia el tener o no razón. Les aterrorizaría, sin embargo, pensar cosas que estuvieron ayer de moda pero que hoy no lo están. Les falta estilo. Lo único que saben es elegir, de entre las diversas opiniones que circulan, la que les parece que mejor queda, y consumen su vida sin haber engendrado un pensamiento que puedan decir que es suyo.

    Hay otros que hacen auténticos malabarismos para tomar siempre una postura intermedia, y sobre todo para que nadie les tache de anticuados. Es un extraño complejo de inferioridad que lleva a algunos a estar dispuestos a decapitar todas sus normas morales antes que permitir ser acusados de conservadores, en nombre de no se sabe qué progresía. Para ellos no cuenta el sustrato de su pensamiento, cuenta sólo lo último que han oído o leído.

    O esos otros, que pasan por tremendos sacrificios para tener más poder a los ojos de los demás, o para ganar más dinero y así hacer una mayor ostentación de lujo o de originalidad.

    En ambos casos llevan una vida de cara a la galería que les impide construir su verdadera vida. Y con esas personas tan preocupadas por aparentar, las relaciones familiares o de amistad son siempre difíciles, porque la falta de naturalidad acaba siendo mutua: ellos aparentan ser distintos a como en realidad son, y los demás les pagan con la misma moneda.

    Hay que comprender, y hay que saber adaptarse a la realidad que nos rodea, en efecto, pero sabiendo que habrá algunas cosas en las que no se debe ceder. Lo digo porque a veces, incluso, la coherencia supone hacer sufrir un poco a los que tenemos alrededor. Es fácil que cualquier decisión de uno tome desagrade inevitablemente a alguien, pero eso no siempre significa que la acción sea mala o inoportuna. Chejov decía que quien coloca por encima de todo la tranquilidad de sus allegados debe renunciar por completo a una vida guiada por el pensamiento…

    Hablando del qué dirán resulta tradicional poner el ejemplo de la torre y la veleta. De esas torres medievales que desafían al paso de los siglos. A sus pies todo cambia, se mueve, se vende, se compra, pero ellas siguen ahí.

    La solidez de la torre viene a ser el símbolo del carácter firme, de la persona que sabe cumplir su deber. La veleta, en cambio, está en la cúspide, resulta muy vistosa, se mueve a un lado y otro sin dirección fija. Tiene su utilidad, sí: saber hacia dónde va el viento dominante. Igual que las personas sin carácter: sirven para saber cuál es la moda del ambiente en que se mueven, pero para poco más.

    Las personas cuyo carácter es como las veletas son menores de edad en cuanto a las razones. Quizá en su interior escuchan muchas voces, pero casi siempre sale ganando alguna de estas:

  • “es allí adonde va todo el mundo”;
  • “eso es lo que todos hacen”;
  • “nadie piensa así, ¿por qué voy a ser precisamente yo la excepción?”.

    Algunos arguyen que el qué dirán supone una esclavitud de la opinión ajena, pero también los propios principios y la conciencia suponen una atadura. Es un modo de verlo un poco negativo, pero sin duda hay que elegir entre ambas guías —o ataduras, como dicen— del obrar y del pensar. Pero una es mucho más noble que la otra. Decir de alguien que es dueño de su voluntad y respetuoso con su conciencia es uno de los mejores elogios que pueden hacerse de una persona.

    No temas a nadie, teme tan sólo a tu conciencia, decía Toth. Quien para hacer cualquier cosa tiene que mirar de reojo qué están haciendo los demás, qué dicen, qué piensan, o qué opinan de nosotros, se puede decir que es una persona que no pide consejo a su entendimiento sino que está servilmente dominada por el público ante quien actúa.

    Muchos adolescentes, por ejemplo, reconocen que empiezan a beber más de la cuenta, o a tomar pastillas que no son precisamente para la tos, o a fumar algo más que tabaco, sin necesidad de sentir especial satisfacción con eso. La razón más fuerte suele ser una de las antes apuntadas: “¿qué quieres que haga?, es lo que hace todo el mundo…” (todo el mundo…, en el mundo en que él se mueve).

    No es que haya que hacer precisamente lo contrario que todo el mundo, para así tener carácter, por supuesto, porque eso sería casi peor, sería como lo del mulo de la anécdota. Se trata más bien de tener una personalidad propia y atreverse a manifestarla así —si es oportuno— aun en medio de un ambiente o ante unas personas que piensan de modo distinto.

    Es verdad que pesa mucho el ambiente, pero en estas lides se templa el carácter y se demuestra la personalidad. Además, es miedo a un ridículo del que probablemente apenas hay riesgo, porque manifestarse con naturalidad ha sido siempre el gran secreto de la amistad y de la buena imagen. Lo que más suele agradecerse de un amigo o una amiga son precisamente esas virtudes que rodean a la verdad: sinceridad, lealtad, naturalidad, sencillez, autenticidad.

    Las formas son importantes Un Sultán soñó que había perdido todos los dientes. Después de despertar, mandó llamar a un sabio para que interpretase su sueño. “¡Qué desgracia, mi Señor! –dijo el sabio–, cada diente caído representa la pérdida de un pariente de Vuestra Majestad”. “¡Qué insolencia! –gritó el Sultán enfurecido– ¿Cómo te atreves a decirme semejante cosa? ¡Fuera de aquí!”. Llamó a su guardia y ordenó que le dieran cien latigazos.

    A continuación mandó que le trajesen a otro sabio y volvió a contarle lo que había soñado. Este, después de escuchar con atención al Sultán, le dijo: “Mi Señor, gran felicidad os ha sido reservada, pues el sueño significa que sobrevivirás a todos vuestros parientes”. Se iluminó el semblante del Sultán y ordenó que le dieran cien monedas de oro.

    Cuando este segundo sabio salía del palacio, uno de los cortesanos le dijo admirado: “¡Es curioso! La interpretación que habéis hecho de los sueños del Sultán es la misma que el primer sabio, pero a él le pagó con cien latigazos y a ti con cien monedas de oro”. “Recuerda, amigo mío –respondió el segundo sabio–, que casi todo depende de la forma en el decir”.

    Esta vieja historia muestra cómo uno de los grandes desafíos de la humanidad es aprender a comunicarse. De la comunicación depende, muchas veces, la felicidad o la desgracia, la amistad o la enemistad, la armonía o el conflicto. Es cierto que debe decirse la verdad, pero la falta de acierto en la forma de expresarla, o la falta de oportunidad en el momento y circunstancias de decirla, provoca muchas veces grandes problemas.

    Es cierto que hay verdades que son duras de decir, o duras de escuchar, y que quizá aún así hay que decirlas, pero todos hemos de aprender a hablar de manera que nuestras palabras no despierten la defensividad del interlocutor, es decir, que quien las escucha no las perciba como hostilidad o como provocación. Hay muchas formas de decir lo mismo, y normalmente no hay necesidad de hacer antipática la verdad. La verdad es como una joya, que puede lanzarse contra el rostro de alguien, para herirle, o bien ser presentada y ofrecida de modo afable, con la consideración que merece.

    La mayoría de los que presumen de andar por la vida cantando las verdades a todo el mundo, lo que quizá no dicen o no saben es que lo que les mueve a hacerlo no es su amor a la verdad sino su afán de impresionar a los demás, cosa que parece que les encanta. Quizá creen que quedan muy bien, que quedan por encima, cuando la realidad es que suelen hacer el ridículo, y sobre todo, no convencen a nadie. La razón expresada con malos modos no persuade, sino que enfurece y encona. Todos necesitamos de indulgencia, y –como decía Menéndez y Pelayo– el que no la otorga a los demás, difícilmente la encontrará luego para sí mismo.

    Sería interesante examinar con qué cuidado tratamos a cada uno, si tenemos la suficiente consideración con todos, si hablamos a todos y de todos con respeto y aprecio, si actuamos con justicia y lealtad. Y quizá con más razón en su ausencia: de manera que si el interesado estuviera presente, quedara agradecido por el modo en que se habla de él.

  • Detectar barreras a la comunicación

    • Hacerse cargo
    • Escuchar, pero escuchar para comprender
    • Detectar y eliminar barreras
    • Errores de interpretación
    • Capacidad de guardar secreto
    • Superar las diferencias generacionales
    • Credibilidad personal
    • La oportunidad de explayarse
    • Operaciones de cirugía

    Hacerse cargo Imagínate —sugiere Stephen Covey— que padeces un serio problema de visión y decides acudir a la consulta del oculista.

    El médico, después de escuchar brevemente tu explicación del problema, saca del bolsillo sus gafas y te las entrega mientras dice con gesto solemne: —«Póngase usted estas gafas. Yo las he usado durante diez años y me han ido estupendamente.» Tú pones una cara de asombro mayúsculo, y el oculista, sin pestañear, añade: —«No se preocupe, tengo otras en casa, puede usted quedarse con éstas.» Con un escepticismo difícil de superar, te pruebas esas gafas y, como era de prever, ves aún peor que antes, y te quejas: —«Por favor, ¿cómo me van a servir sus gafas a mí? Veo todo borroso.» —«Oiga, haga el favor de poner más empeño», responde con gravedad el oculista. —«Ya lo pongo, pero no veo nada», contestas ya al borde de la ira.

    El oculista insiste: —«Sea usted más paciente y colabore, por favor. Tienen que servirle. A mí me han ido muy bien todos estos años.» Finalmente te vas de allí, escandalizado ante semejante incompetencia, y el oculista —por llamarle de alguna manera— se queda pensando: —«Hay que ver, qué hombre más ingrato. No he logrado que me comprenda. Yo sólo pretendía ayudarle y… ¡cómo se ha puesto!».

    Lo que este ejemplo pretende resaltar es que muchas veces, cuando damos un consejo a alguien, nos está pasando algo bastante parecido a lo que sucedía a ese oculista insensato. Nos sentimos frustrados porque una determinada persona no nos comprende, o porque rechaza nuestros consejos, y quizá nos quejamos de que no pone interés en escucharnos. Y en realidad el problema no es que a esa persona le falte interés, o le falten entendederas, sino que nosotros estamos equivocando el planteamiento, y esa persona no entiende lo que le decimos porque no hemos logrado antes comprender nosotros cuál es su verdadero problema: le estamos recomendando con vehemencia usar unas gafas que a nosotros nos van bien, pero a él probablemente no: tenemos que diagnosticar antes bien qué gafas necesita. Es preciso primero comprender bien, para luego poder diagnosticar bien, y finalmente aconsejar bien.

    Pongamos otro ejemplo (éste quizá bastante más real y posible que esa esperpéntica conversación con el oculista): —Venga, Carlos, hijo mío, ¿por qué estás así? —Mamá, no puedes entenderlo.

    —De verdad que sí, cuéntame.

    —Que no, mamá.

    —Sí que te entiendo, hijo mío. ¿Qué te pasa? —No lo sé, mamá.

    —Venga, Carlos, ¿por qué estás tan triste? —Bueno…, en fin, es que el colegio no hay quien lo aguante. Quiero dejar de estudiar.

    —Pero…, ¿estás loco? ¿A los quince años ponerte a trabajar? ¿Después de los sacrificios que tu padre y yo hemos hecho tantos años para que puedas ir a un buen colegio? Ni hablar. La educación es la base de tu futuro. Tienes que hacer una carrera, como tu hermana. Lo que tienes que hacer es estudiar más, y ya verás cómo termina por gustarte. Venga, hijo mío, que podrías sacar muy buenas notas si no fueras tan perezoso y tan soñador.

    —Déjalo, mamá, no lo entiendes…

    Se podrían poner otros muchos ejemplos como éste, que revelan una considerable falta de comunicación. En este caso, es muy probable que Carlos esté pasando por algunas dificultades en el colegio, dificultades que, al menos para él, son importantes y le hacen sentirse muy triste. Para poder ayudarle, parece importante saber cuáles son esas causas. Pero si cuando el chico abre una puerta de su intimidad, y empieza a contar lo que le inquieta…, si entonces, sin dejarle terminar, descargamos sobre él una retahíla de sesudos consejos y sabias advertencias, antes de hacernos cargo bien de qué le sucede; entonces, lo más probable es que la confianza sea muy difícil y la conversación acabe en un amargo «Déjalo, mamá, no lo entiendes…», o algo parecido.

    Hay una cuestión clave en cualquier relación personal: procura primero entenderle tú, y sólo después, procura que te comprenda él.

    Si pretendes ayudar en algo a otra persona —sea tu hijo, tu cónyuge, tu padre, tu jefe, tu subordinado, tu colaborador, tu amigo, o quien sea—, lo primero que necesitas es comprenderle. A medida que lo vayas logrando, te será muchísimo más fácil que comprenda lo que tú querías decir o hacer (e incluso, quizá, después de haberle comprendido mejor, lo que quieres hacer o decir es ya distinto de lo que al principio pensabas).

    Escuchar, pero escuchar para comprender Cada persona está permanentemente dándose a conocer, irradiando mensajes, comunicando. A través de esos mensajes —la mayoría de ellos no directamente conscientes—, cada persona se gana la confianza o desconfianza de quienes le rodean.

    Si tienes un carácter irascible, o voluble, o inmoderado, es difícil que llegues a crear confianza a tu alrededor. Si no coinciden tus hechos con tus palabras, tampoco. Si eres demasiado distante o mordaz, o escuchas poco, menos aún. Es preciso escuchar, pero escuchar con verdadera intención de comprender.

    Hay personas que quizá escuchan bastante, pero no escuchan para comprender, sino que escuchan para contestar, para colocar sus ideas o sus aventuras en cuanto tengan el más mínimo resquicio. Mientras escuchan, sólo prestan atención a las ocasiones que su interlocutor les brinda para hablar entonces ellos de sí mismos. Apenas les interesa lo que oyen y, en cuanto pueden, interrumpen con su consejo vehemente, con su historieta aburrida, con su opinión reiterativa y no solicitada, con su verborrea agotadora. No se esfuerzan en dar consejos útiles, se limitan a recomendar lo que piensan que a ellos le ha ido bien. Como el oculista de que hablábamos antes: ofrecen sus gafas al paciente sin reparar en si son adecuadas para él o no.

    Para acertar con cualquier consejo —parece bastante obvio, pero quizá no esté de más decirlo—, hay primero que dedicar atención al problema y hacerse cargo bien de qué le pasa a la persona a quien se lo vamos a dar. Mi experiencia en conversaciones de orientación personal, sobre todo en los casos más delicados y complejos, es que casi siempre, después de un buen rato de escuchar con atención, acabas sacando conclusiones sensiblemente diferentes a las que venías predispuesto al comenzar la conversación.

    Hay padres, por ejemplo, que se quejan amargamente diciendo cosas como «No entiendo a mi hijo. Está en una edad muy difícil. Es tremendo, es que… ¡ni me escucha!» Y quizá en la propia formulación de la queja está la raíz del problema: parecen decir que no entienden a su hijo porque no les escucha, cuando para entenderle lo que deben hacer es sobre todo escucharle ellos, no que les escuche él. Muchos de estos casos se habrían resuelto —o pueden aún resolverse— con una adecuada actitud de escucha, escuchando con verdadera intención de comprender a la otra persona, y no sólo en el plano intelectual, sino también en el emocional, puesto que no basta con entender lo que piensa, también hay que entender lo que siente. Porque la vida no es sólo lógica, ni sólo emocional, sino las dos cosas.

    Detectar y eliminar barreras Cuando hablamos, hay modos nuestros de expresarnos que facilitan la conversación y contribuyen a crear un clima de distensión y confianza. Y hay otros que, por el contrario, merman en gran manera nuestra capacidad de entendernos: son afirmaciones, preguntas, comentarios o rasgos de nuestro carácter que entorpecen el diálogo, y si prestamos atención descubriremos que son auténticas barreras; y cada uno tiene las suyas.

    Son barreras que, de ordinario, son mucho más fáciles de advertir en los demás que en uno mismo. Aunque si uno tiene un mínimo de capacidad de observación, le resulta bastante sencillo detectar las causas por las que otra persona es de difícil relación. Sin embargo, cuando se trata de buscarlas en uno mismo, las cosas son mucho más complejas, supongo que por aquello de que nadie es buen juez en causa propia.

    Sin embargo, es importante descubrir esas barreras, que tanto limitan nuestras posibilidades de comunicación. Se trata de un ejercicio de autoconocimiento sumamente eficaz, y es una pena que, como parece, sean tan pocos los que llegan a conocerse lo suficiente como para detectar cuáles son sus defectos o sus errores dominantes y así poder mejorar su carácter.

    ¿Por qué son tan pocos? Quizá porque en esa labor de conocimiento propio es bastante fácil caer en un círculo vicioso. Para descubrir esas barreras es preciso conocerse a uno mismo; para conocerse, es importante estar muy abierto a las observaciones o advertencias que los demás puedan hacernos; a su vez, para llegar a recibir esos comentarios es preciso no haber levantado antes personalmente barreras a la comunicación con esas personas que pueden ayudarnos.

    ¿Cuál es la solución entonces? Lo mejor es no haber entrado en ese círculo vicioso, gracias a una educación centrada en la confianza y en la buena comunicación, desde muy niño. Si uno no ha tenido esa suerte, ha de hacer un serio esfuerzo personal para salir de ese ciclo cerrado de incomunicación.

    ¿Qué tipo de barreras son más importantes? Por ejemplo, levantamos una barrera si prodigamos demasiado nuestros consejos, sobre todo si los formulamos dentro de nuestra propia experiencia y sin esfuerzo por hacernos cargo de las circunstancias de la otra persona. Es lo que sucedía en el ejemplo del oculista; o en el de la madre que descarga una batería de sabios consejos cuando el chico está tratando de expresar sus sentimientos; o en esas personas que interrumpen continuamente a los demás con su verborrea impenitente; o en los que se dan a opinar de todo inmoderadamente, o miran a los demás por encima del hombro. Todas son excelentes maneras de ganarse la antipatía de los demás y hacer el más soberano de los ridículos.

    Otra gran barrera es lo que podríamos denominar la pregunta compulsiva. Es un defecto que algunas personas tienen en grado muy considerable y que les lleva a hacer auténticas baterías de preguntas de sondeo, formuladas habitualmente sin salir de su propio marco de referencia, y con las que irrumpen invasivamente en la intimidad ajena.

    Hay otras barreras a la comunicación que proceden directamente del torpe empleo del lenguaje. En esos casos, lo que hay que hacer es esforzarse seriamente por aprender a expresarse. A veces, como apunta Mario Clavel, se dice de algunas personas que son buenos comunicadores, porque saben transmitir sus ideas y sus proyectos con una simpatía que provoca adhesión; y sin embargo, lo que aportan, más que simpatía, es sobre todo claridad en la exposición: una idea, y después otra, bien relacionadas entre sí; sabiendo ejemplificar lo necesario, siguiendo un orden lógico, empleando expresiones claras, destacando los mensajes que se quieren transmitir, etc.

    Para comunicarse bien es preciso proponerse mejorar la calidad de nuestra conversación, empezando por el vocabulario: un vocabulario rico suele corresponder a una interioridad rica, pues cada acto de habla refleja un acto mental y es una ventana de la propia psicología. También hay que aprender a manejar el registro adecuado a cada ocasión: con el anciano, emplear el lenguaje de la paciencia; con el niño, ponerse a su nivel, pero sin mostrarse tontamente infantil; tratar al poderoso con deferencia, pero sin adulación; expresarse con precisión sobre cuestiones profesionales, pero sin pedantería; en casa y con los amigos, mostrarse distendido y usar términos más coloquiales, pero sin caer en la vulgaridad; etc.

    También es importante la cordialidad, no ser personas quisquillosas ni susceptibles. Ni de esos que marchan por la vida con tan poca fijeza y tan poco tacto que van pisando callos continuamente. Ni ser como esos pelmazos cuya incontinencia verbal parece incapacitarles para escuchar, y van enhebrando un tema a partir del anterior, conduciendo siempre la conversación hacia un terreno que les permita hablar sin respiro. Ni voceras, de esos que llenan todo el espacio donde se encuentran, aunque estén hablando sólo a una persona y haya otras muchas presentes. Ni personas de conversación confusa o prolija, o demasiado lenta y premiosa. Ni del tipo metomentodo o sabelotodo, o de ésas que pretenden siempre agotar los temas y consiguen sobre todo agotar a quienes le escuchan (tampoco hay que pasarse por el otro lado, el del silencioso y taciturno).

    Hay que buscar ese punto de equilibrio que lleva a hablar con sencillez, sin afectación, sin autoencumbrarse, refiriéndose poco a uno mismo, siendo buen escuchador, buen razonador y poco discutidor.

    Errores de interpretación Podríamos hablar de otro bloque de barreras a la comunicación, que consiste básicamente en hacer frecuentes interpretaciones personales en las que tratamos de descifrar a alguien, o explicar sus motivos, o su conducta, sobre la base de nuestros propios motivos o nuestra propia conducta, sin hacernos cargo de su situación personal.

    Volvamos a un ejemplo de un chico que se siente frustrado en el colegio a consecuencia de un serio fracaso. Lo pongo como ejemplo típico de conversación sorda entre un padre y su hijo adolescente: —Papá, estudiar no sirve para nada.

    —¿Por qué dices eso, hijo? —En el colegio no se aprende nada que sea útil realmente…

    —Lo que te pasa es que aún eres joven para entender la importancia de los estudios. Yo, a tu edad, pensaba lo mismo. Ya lo entenderás.

    —Llevo ya un montón de años estudiando y sé que no es lo mío.

    —Entonces… ¿qué es lo tuyo? —Lo mío es ser futbolista. Soy muy bueno. Hice una prueba la semana pasada y para la próxima temporada es posible que me fichen en un equipo juvenil del Real Madrid.

    —Como diversión me parece muy bien, pero no vas a vivir de eso.

    —A un amigo mío que empezó hace dos años, ahora le pagan una ficha de casi un millón, y ha dejado los estudios.

    —Pero son muy pocos los que a la larga llegan a vivir del fútbol. Lo más probable es que dentro de unos años ese chico esté lamentándose de no haber hecho una carrera. ¿Qué te pasa? ¿Es que quieres arruinar tu vida? —Vale, papá, déjalo.

    Está claro que el padre de este chico ha actuado con excelente intención, y que inicialmente se muestra dispuesto a escuchar, pero se ve que no llega a facilitar de modo eficaz que su hijo exprese sus verdaderos sentimientos.

    ¿Cuál fue su error? El muchacho empieza a explicarse y su padre le interrumpe con una rápida interpretación de lo que le sucede, cuando el chico aún no había podido terminar su segunda frase. Es entonces cuando se equivoca, como suele suceder cuando uno juzga antes de escuchar: trata de descifrar la situación de su hijo sobre la base de su propia situación personal, y sólo logra cortar el flujo de la confianza que débilmente se había iniciado.

    También abusa de frases como lo que te pasa es que…, o aún eres joven para entender…, o yo, a tu edad…, u otras semejantes, que suenan a un paternalismo un poco desagradable. Usar ese tipo de entradillas es hacer oposiciones a padre autodescalificado. Repasemos de nuevo el diálogo, prestando atención a los posibles sentimientos del chico (se señalan junto a cada frase en cursiva y entre paréntesis): —Papá, estudiar no sirve para nada (Papá, quiero hablar contigo).

    —¿Por qué dices eso, hijo? (¡Bien!, parece que hoy papá está dispuesto a escuchar).

    —En el colegio no se aprende nada que sea útil realmente… (Tengo problemas serios en el colegio y me encuentro fatal).

    —Lo que te pasa es que aún eres joven para entender la importancia de los estudios. Yo, a tu edad, pensaba lo mismo. Ya lo entenderás. (¡Horror!, otra vez está papá con que soy un niño que no entiende nada de la vida. ¿Pero no te das cuenta de que estoy hecho polvo, que necesito desahogarme?).

    —Llevo ya un montón de años estudiando y sé que no es lo mío. (Papá, ¿cómo quieres que te diga que tengo problemas serios en el colegio y no quiero ni volver a pisarlo?) —Entonces… ¿qué es lo tuyo? (¿No te das cuenta de que voy a acabar repitiendo curso si siguen las cosas como van, y quizá me echen del colegio, y que para eso prefiero irme yo mismo?).

    —Lo mío es ser futbolista. Soy muy bueno. Hice una prueba la semana pasada y para la próxima temporada es posible que me fichen en un equipo juvenil del Real Madrid (Casi no sé ni por qué digo esto…).

    —Como diversión me parece muy bien, pero no vas a vivir de eso (Ya estamos con lo de siempre. No sé por qué habré sacado el tema, es inútil con este hombre…) —A un amigo mío que empezó hace dos años, ahora le pagan una ficha de casi un millón, y ha dejado los estudios. (Si no sé si quiero ser futbolista, pero no pienses que voy a replegarme tan fácilmente… me estás sacando de quicio).

    —Pero son muy pocos los que a la larga llegan a vivir del fútbol. Lo más probable es que dentro de unos años ese chico esté lamentándose de no haber hecho una carrera… (En fin, encima, profeta). ¿Qué te pasa? ¿Es que quieres arruinar tu vida? —Vale, papá, déjalo. (Sencillamente, no comprendes).

    Como se ve, padre e hijo hablan en distinto plano. No logran alcanzar un mínimo de sintonía que haga productiva la conversación. No brota la confianza, porque desde el inicio el chico comprueba que su padre no capta sus sentimientos.

    La conversación ganaría en eficacia si ambos interlocutores lograran ponerse del mismo lado del mostrador —o sea, no enfrentados—, y cada uno se hiciera cargo de los sentimientos del otro.

    —Eso me parece obvio. Lo difícil es conseguirlo, supongo.

    Naturalmente, pero se puede ir avanzando si uno se fija en qué tipo de preguntas facilitan la confianza y cuáles la desbaratan (no son las mismas para todas las personas). Con un poco de agudeza, se pueden intuir cuáles son, aunque sólo sea por el sistema ensayo/error.

    —¿Y se pueden dar reglas generales sobre qué tipo de preguntas son acertadas? No conviene reducir estos problemas a cuestiones de método, pero hay muchos modos más o menos prácticos de facilitar la confianza. El más simple, pensando en una conversación como la de este ejemplo, es hacer preguntas sencillas en las que —quizá empezando por parafrasear lo que se ha escuchado— se aventura con delicadeza el sentimiento que se intuye que late en el interlocutor, de modo que se sienta comprendido y así se le facilite explayarse.

    Analicemos de nuevo cómo sería el diálogo siguiendo este método, para ver cómo podría mejorarse la comunicación entre padre e hijo. También señalamos entre paréntesis los posibles sentimientos del chico.

    —Papá, estudiar no sirve para nada (Papá, quiero hablar contigo).

    —¿Por qué dices eso, hijo? (¡Bien!, parece que hoy papá está dispuesto a escuchar).

    —En el colegio no se aprende nada que sea útil realmente… (Tengo problemas serios en el colegio y me encuentro fatal).

    —¿Te sientes decepcionado por lo que se estudia allí? (Menos mal, parece que no me suelta un sermón para empezar).

    —Sí. Me parece que no saco nada en limpio.

    —¿Piensas que no es lo mejor para ti? (Bueno, en fin, tampoco quería decir eso).

    —Cada vez me va peor. Acabamos de terminar los exámenes y… (¿Lo digo…, o no lo digo? ¿Qué puede pasarme?).

    —¿Y te han ido mal, ¿verdad? (Hombre, menos mal que se ha dado cuenta y no me lo hace decir a mí).

    —Pues…, bueno…, sí, eso parece. He tenido muy mala suerte. Me ha ido peor que nunca. Se me quitan las ganas de seguir con esto… (¿Te das cuenta de que estoy en crisis completa con los estudios y necesito que me animen?).

    —¿Y por qué crees que te ha ido peor esta vez? (En fin…, para ser sincero, he hecho bastante el vago, no sé cómo decirte…).

    —Me parece que este año me he organizado fatal… (¿Soy suficientemente claro?).

    —¿Y crees que tiene remedio? —Hombre, remedio siempre hay… (Bueno…, en fin, tonto tampoco soy; si me lo propusiera…).

    —Me parece que si te lo propones seriamente este último trimestre, y haces un buen plan de estudio, puedes recuperar el tiempo perdido y sacar bien el curso (Por fin, alguien que cree en mí, creía que ya no quedaba nadie en el mundo capaz de semejante cosa).

    —¿Tú crees? (Necesito escucharlo otra vez).

    —Estoy seguro. Si quieres, descansa hoy un poco, te despejas, y mañana por la tarde vamos a hacer deporte, charlamos con más calma y hacemos juntos ese plan. ¿Te parece? (Estoy seguro de que me vendrá bien, estoy —estaba— en plena crisis).

    —Vale, de acuerdo (¡qué fácil ha salido todo, menos mal, vaya alivio!).

    En este caso, el padre ha logrado ir superando una a una las barreras que había en la comunicación con su hijo, hasta llegar al problema real.

    Al principio, el chico está muy afectado, y sus afirmaciones y respuestas no destacan por su rigor lógico: no sigue un discurso lógico, sino más bien emocional, abre su intimidad buscando desahogo y comprensión. Su padre lo percibe, le deja hablar sin apabullarle con consejos, facilitándole decir lo que más le avergüenza, y al final, cuando se ha desahogado y aflora a un discurso más lógico, aprovecha para aconsejar, y entonces resulta eficaz.

    Hay momentos para enseñar y momentos para escuchar, pues el intento de enseñar, cuando la relación es aún tensa o el ambiente está cargado emocionalmente, se recibe fácilmente como una forma de rechazo.

    Hay otro aspecto interesante en este ejemplo. El padre no suelta su consejo de sopetón, con aire paternalista o de superioridad. No hace innecesarias manifestaciones de aprobación o desaprobación. Procura sobre todo conducir al chico de modo que se enfrente con su propia responsabilidad, entre otras cosas porque siempre son más eficaces los consejos no impositivos, aquellos que hacen que sea uno mismo quien llegue a la solución con su propio ritmo, sin forzar.

    Capacidad de guardar secreto Otra peligrosa barrera a la comunicación es la falta de capacidad para guardar secreto. Por eso una cualidad que todos valoramos mucho a la hora de hablar confiadamente con alguien es encontrar en él la necesaria lealtad.

    Bien sabemos que no todas las personas son capaces de dejar de comunicar a otros las cosas que saben, sobre todo cuando vienen a colación en un momento dado, y quizá les parece que quedarían muy bien contándolo y así poder dárselas de enterados. En este punto, la vanidad de que los demás sepan que les han contado algo confidencialmente suele ser la principal causa por la que lo desvelan. Son personas inmaduras e indiscretas, que se sienten obligadas a alardear de todo lo que saben, aun sabiendo que no deberían decirlo, y carecen de ese elemental sentido de la prudencia tan necesario en el mundo de la confianza.

    Generalmente, cualquier padre o madre, cualquier educador, cualquier persona, conoce más información de la que es conveniente comunicar a otros en un momento dado. Es algo que sucede en el ámbito profesional, en el de la amistad, en la familia, en todo.

    Por ejemplo, los hijos suelen tener con sus padres determinadas confidencias o desahogos que, aunque no les hayan solicitado formalmente que no las difundan, se entiende que no deben sacar esa información de su ámbito y darla a conocer a terceros. Hay que pensar, además, que los niños, por pequeños e infantiles que puedan parecernos, no suelen considerar que esos pensamientos, inquietudes, sentimientos, zozobras grandes o pequeñas, sean cosas triviales o insignificantes; y si no lo son para ellos, no deben serlo tampoco para quienes puedan escucharlas: no puede olvidarse que en cualquier confidencia hay una persona que está haciendo partícipe de su intimidad a otra, y eso es siempre algo muy serio.

    Otra posible barrera a la comunicación puede provenir de la falta de oportunidad o de discernimiento al decir las cosas. No tenemos por qué saberlo todo, pero sí debemos ser prudentes. Prudentes, por ejemplo, en la suposición, sobre todo cuando se trata de hablar sobre personas: a veces hablamos demasiado deprisa, o hacemos un uso algo ligero de la poca información que tenemos, y nos vemos obligados a suponer lo que no sabemos, y nos equivocamos con facilidad. Los rumores, los bulos, el se dice, no siempre tienen la garantía suficiente para darles crédito, y si son asuntos graves, será necesario, antes de repetirlos, confirmar que esas informaciones son verdaderas, y aún así considerar después si es conveniente su difusión.

    Hay momentos para hablar y momentos para callar, igual que hay momentos para el valor y momentos para la prudencia. Y una persona inteligente debe aprender a distinguirlos.

    Superar las diferencias generacionales A veces se ha dicho que lo ideal sería poder vivir la vida dos veces, para en la segunda acertar; pero lo malo es que esto no es posible.

    Sin embargo, aun en la hipótesis de que se nos brindara esa imposible oportunidad, es muy probable que acabáramos advirtiendo que de una vida a la siguiente han cambiado muchas cosas, y que nuestra experiencia, unas cuantas décadas después, ya no es tan eficaz como creíamos.

    Algo parecido ocurre en la falta de entendimiento que a veces se da entre diferentes generaciones, tanto en un sentido como en otro: si uno se instala en su propia situación sin poner esfuerzo en asomarse un poco a la del otro, está en un claro riesgo de encerrarse en actitudes de seria incomunicación, y a veces incluso de intolerancia (en ambos sentidos).

    Ante las diferencias generacionales, hay que procurar hablar y entenderse, dejar un poco de lado las posturas viscerales, y los argumentos de autoridad (también por ambas partes), entre otras cosas porque muchas veces esos cambios lo que cuestionan es precisamente la autoridad que da los argumentos. Es preciso actuar con sensibilidad e inteligencia para remontar esos años de distancia, que siempre dan de la vida una visión distinta.

    Hay personas (y éste es un defecto más propio de los mayores) que, por sistema, se enfrentan a todo lo nuevo, a todo lo que sea distinto de lo que ellos han vivido siempre. Identifican novedad con perdición, desconfían de todo lo que ven nacer, como si sólo los siglos pudieran conferir bondad a las cosas, o como si toda variación en el rumbo que lleva la sociedad fuera absurda o temeraria.

    Hay un regusto rancio de pesimismo y de acritud en esos planteamientos. Cuando repiten tanto que hoy día es una vergüenza cómo están las cosas, que la juventud de ahora no sabe lo que es la vida, que se ha perdido la idea de nosequé, que estamos en una sociedad sin valores, o cosas semejantes, incurren en un quejismo que les hace volver las espaldas al presente y al futuro, y que, sobre todo, dificulta la comunicación con las nuevas generaciones.

    Igual de injusta sería la actitud opuesta, de considerar equivocado o ridículo todo lo que no sea nuevo, o llamar anticuado a todo lo que sea distinto a lo que ellos están viviendo. Y aunque esa actitud sea más frecuente en los más jóvenes, como la otra en los más mayores, la causa de fondo no está en la edad, pues hay abundantísimos ejemplos de personas mayores, e incluso ancianas, que están enormemente abiertas hacia lo nuevo, igual que de jóvenes vivamente interesados por aprender de lo antiguo.

    Me parece que quienes manifiestan ese prejuicio obsesivo, tanto por lo viejo como por lo nuevo, suelen haber caído en él por culpa de su talante nada receptivo, por su pereza para entender lo diferente, lo que a lo mejor al principio se resiste a ser comprendido.

    O quizá porque ven todo bajo el prisma de sus propias frustraciones, y no se dan cuenta de que es un error plantear las cosas como si la anterior o la siguiente generación tuviera las mismas percepciones de las cosas que ellos.

    Pienso que son personas que están como un poco condenadas a perder, porque la vida no puede dejar ni de ir hacia delante ni de aprender del pasado, así que les conviene ser más receptivas ante lo viejo y ante lo nuevo, aunque sólo sea para no acabar viendo la vida con la misma trivialidad de que acusan a los otros.

    En cualquier caso, pienso que hemos de amar el tiempo que nos ha tocado vivir, porque un hombre feliz ha de ser un hombre enamorado de su tiempo.

    Las situaciones ideales sólo existen en la imaginación, o en una mala memoria, y una mente abierta siempre sabe descubrir —sin ingenuidades— los valores positivos de la sociedad en que vive, y en particular de la juventud, y sabe encontrar esos valores emergentes, esos rasgos y esas sensibilidades que siempre hay y que llenan de optimismo el futuro de cada nueva generación.

    Credibilidad personal Para ganarse —mereciéndola— la confianza de los demás, resulta muy útil pensar cuáles son los rasgos de la persona a la que primero acudiríamos para confiar una preocupación seria, para desahogarnos de una inquietud que nos agobia.

    Se trata de preguntarse cuáles son las condiciones que tendría esa persona, para así examinar nuestro propio caso y avanzar un poco.

    Es muy probable que ese perfil de confianza sea el de una persona afable y serena, cercana, asequible, que sabe escuchar, leal.

    Ahora pensemos si nosotros tenemos esos rasgos, si reunimos esas condiciones de credibilidad personal que estimulan la confianza de otras personas, y veamos cómo procurar adquirirlas.

    Es verdad que la confianza exige sintonía entre dos personas, la culpa no tiene por qué estar siempre en uno mismo. Pero si de modo habitual no logramos ganarnos la confianza de las personas, es bastante probable que el problema esté básicamente en nosotros. Además, aunque estuviera sobre todo en el otro, nosotros sólo podemos remover esa barrera del otro en la medida en que actuemos sobre nosotros mismos para superarla entre los dos.

    La comparación no es muy buena, porque son cosas muy distintas, pero lo normal es que cuando un vendedor no vende, al que hay que mandar a hacer un curso de reciclaje es al vendedor, no a los posibles compradores. Si no valoran nuestros consejos, si no generamos confianza, es probable que el principal problema esté en nosotros, en nuestro modo de ser, en que quizá nos falta comprender y escuchar mejor a los demás. En ese sentido, echar demasiado la culpa a los demás es como si el vendedor que no vende culpara siempre a los clientes cuando el problema es su propia incompetencia, puesto que hay otros vendedores que están vendiendo con éxito ese mismo producto a clientes similares.

    Está claro que en la vida no vamos vendiendo nada, y tampoco hay buscar que todo el mundo tenga mucha confianza con nosotros, como si eso fuera un fin en sí mismo. Eso es cierto, y por eso traigo esa comparación sólo para fijarnos en que no se puede culpar siempre a los demás de que no sientan confianza en nosotros. Respecto a lo segundo, efectivamente, cuando buscamos mejorar nuestra credibilidad personal, procurando incorporar esos rasgos de carácter que hemos ido comentando, no lo hacemos como fin en sí mismo, ni como estrategia para generar morbosamente confidencias ajenas o repartir consejos de modo paternalista. Lo que buscamos es nuestro desarrollo humano pleno y el de los demás, una confianza mutua que será siempre origen de un enriquecimiento mutuo, porque aprenderemos siempre mucho de los demás.

    Por esa razón hemos de escuchar con una disposición que no sea de curiosidad, ni de afán de dominar la situación o de mostrar superioridad, ni de un paternalismo mal entendido o un mezquino deseo de enterarse de todo. Ganarse la confianza de una persona no se parece en nada a un deseo malsano de curiosear en la intimidad ajena. La confianza brota cuando se escucha para comprender.

    Glosando ideas de Miguel Angel Martí, podríamos decir que la actitud correcta es la de quien escucha con verdadero deseo de hacerse cargo, con el deseo de comprender y, si puede, aconsejar, consolar, animar o alegrarse con la otra persona. No nos interesa sobre todo lo que nos cuentan, sino más bien la repercusión que eso ha tenido en quien nos está hablando: nos debe interesar más la persona que las cosas que hayan podido sucederle, pues éstas son siempre pasajeras, lo definitivo son las personas.

    Por otra parte, la credibilidad que infundimos en otros está bastante unida a la que nosotros les damos. Creer en los demás tiene efectos que muchas veces son sorprendentemente positivos. Todos hemos pasado alguna vez por pequeñas crisis, por momentos en los que nos faltaba un poco de fe en nosotros mismos, y quizá entonces encontramos a alguien que creyó en nosotros, que apostó por nosotros, y eso nos hizo crecernos y superar aquella situación. Goethe escribió: trata a un hombre tal como es, y seguirá siendo lo que es; trátalo como puede y debe ser, y se convertirá en lo que puede y debe ser.

    La oportunidad de explayarse Cuando las personas están dolidas y se les escucha con verdadero deseo de comprender, dejándolas explayarse, sin querer contestar o precisar cada una de sus afirmaciones, es sorprendente lo rápido que abren su intimidad. Quieren abrirse. Muchos lo necesitan desesperadamente, y lo hacen sólo cuando encuentran suficiente comprensión. Y si no la encuentran, tienden a encerrarse en sí mismos, se amargan, se enrarecen y acaban saliendo por los registros más imprevisibles y menos lógicos.

    Cuando las personas tienen la oportunidad de abrirse, cuando tienen la suerte de encontrar alguien sensato que les escuche, es frecuente que, sólo con contarlos, desenmarañen sus problemas. Y esto sucede porque muchas veces, en el mismo proceso de explicación —de verbalización— de su problema, perciben con claridad la solución, cosa que difícilmente habrían logrado pensando ellas solas.

    Otros casos serán más complejos, y no será suficiente con explayarse para resolver los problemas. Entonces harán falta orientaciones claras y bien ponderadas que ayuden a desliar la maraña. Son casos que suelen llevar más tiempo, entre otras cosas porque su complejidad hace que esas personas necesiten recorrer un camino antes de abrir suficientemente su corazón. Necesitan una preparación previa, un tiempo de conocimiento que facilite mostrar con confianza su propia intimidad.

    Hacerse cargo es no caer en el consejo rápido y ligero después de una confidencia atropellada; no actuar como un médico insensato que dijera «no tengo tiempo para hacerle un diagnóstico, pero pruebe con este tratamiento, que es muy bueno».

    Otras veces no sabremos qué solución aconsejarles para sus problemas, pero al menos esa confianza mutua hará posible compartirlos, que siempre es un alivio grande. Quizá esas personas necesitan simplemente hablar, y en algunas ocasiones incluso que no se tenga demasiado en cuenta lo que dicen.

    Hay veces en que no es momento de entrar al trapo de lo que una persona dice, sino que sobre todo hay que dejar que termine, que se desahogue. En esos casos, podría decirse —glosando ideas de Miguel Angel Martí—, que ha llegado la hora de escuchar: en la vida de bastantes personas, las situaciones de incomprensión, cansancio, cambios de estado de ánimo, aburrimiento…, a veces forman una madeja de inquietudes que rompe en un largo discurso en donde habla más el corazón que la cabeza, pero el estrépito y la fuerza iniciales suelen acabar —si se les deja tiempo hasta desahogarse— de modo más sensato y moderado.

    En esos momentos, si el que escucha no se ha percatado de qué es lo que le pasa a quien habla, puede con sus intervenciones provocar una verdadera catástrofe, tomando excesivamente en serio lo que está oyendo y poniéndose en la conversación a la misma altura que el otro. Actuando así, no sólo no deslía la madeja de quien habla, sino que con ella se enreda también quien le contesta. La persona que se siente agobiada, no necesita un interlocutor que le conteste, discuta y critique, pues con eso sólo conseguiría una sobrecarga negativa a sus ya maltratados nervios; lo que necesita es una actitud de escucha, de interés, de comprensión: algo que podría llamarse efecto frontón.

    Hay personas que digieren con facilidad las contrariedades y dificultades que cada jornada lleva consigo. Hay otras, en cambio, cuyos sufrimientos parecen ir amontonándose en el interior de su alma, hasta que llega un momento que tanto peso dolorido parece superior a sus fuerzas. Es entonces cuando la presencia de otro puede ayudar a eliminar eso que no se ha sabido digerir día a día. Necesitan a alguien que les ayude con su actitud humanitaria a hacer humo de todas esas astillas que se les han ido clavando, y que no han podido arrancarlas por sí solos.

    Ese efecto frontón produce alivio fundamentalmente porque exteriorizar lo que a uno le pasa produce un desahogo afectivo, ayuda a aclararse uno mismo de lo que le está ocurriendo y facilita caer en la cuenta de la mayor o menor importancia de cada una de las cosas que se están verbalizando. Al hilo de la propia exposición, uno va encontrando soluciones, o sencillamente se percata una vez más de lo que es la vida, de que quizá no se le puede pedir más de lo que en ese momento nos da.

    Si la persona que con su actitud de escucha hace efecto de frontón, es capaz además de esbozar brevemente algún comentario inteligente y apaciguador, es probable que —aunque en ese momento quizá el otro no lo valore— al menos sí lo guarde en su memoria, y le sirva de ayuda más adelante, cuando reflexione sobre aquello, que lo hará.

    A mucha gente le cuesta bastante depositar su confianza en otros. Cuesta, por ejemplo, ganarse la confianza de los hijos a determinadas edades, o de nuestros compañeros, o nuestros vecinos. Pero si uno se esfuerza realmente en escuchar, y escuchar con deseo de comprender, es fácil que se sorprenda al comprobar la confianza con que se acaban manifestando las personas.

    De todas formas, no puede quedar todo en una cuestión de simple técnica de cómo se escucha (aunque la hay). Ganarse la confianza de una persona ha de ser consecuencia de un deseo sincero; de lo contrario, si buscáramos la confidencia de una persona sin sinceridad, sin aprecio, sin importarnos realmente su dolor, esa confidencia, si es que llegara a producirse, sería más bien una invasión inmoral de la intimidad ajena, que dejaríamos expuesta y herida.

    Ganarse la confianza requiere ser grandes escuchadores, personas que saben mostrar una aceptación y comprensión tales que quien habla no sienta reparo en ir descubriendo su intimidad, capa tras capa, hasta llegar al lugar donde está supurando el problema, para prestarle entonces nuestra ayuda desinteresada.

    Operaciones de cirugía Consolidar una relación de confianza —con un amigo, con un compañero, con tu cónyuge, con uno de tus hijos— requiere una buena dosis de paciencia, y que de ordinario no conviene empujar ni presionar nada. Sin embargo, hay situaciones más extraordinarias en las que las cosas pueden ser algo distintas.

    Por ejemplo, imagínate que has sabido a través de terceros que una persona te oculta algo de importantes consecuencias y que, por su bien y por el tuyo, es preciso aclararlo. Esto puede suceder en el ámbito familiar con uno de tus hijos, porque descubres quizá unas mentiras en cuestiones escolares, o pequeños robos, o que bebe más de la cuenta cuando sale con sus amigos, o incluso que ha hecho sus primeras incursiones en el mundo de la droga, blanda o dura (y sabemos bien que no se trata de posibilidades tan lejanas hoy para el ciudadano medio). O puede sucederte en el ámbito laboral, porque descubres una deslealtad de un compañero, o un atropello de tu jefe, o una camarilla de críticas entre unos subordinados, o lo que sea. O puede tratarse de una dificultad de entendimiento con tu cónyuge, tu hijo o tu suegra. O a lo mejor eres un adolescente que por una serie de detalles has visto ir deteriorándose la relación con tu padre o tu madre, hasta hacerse muy desagradable. O estás pasando un momento difícil en el noviazgo, o ves cómo una serie de agravios y malentendidos han llegado a enfriar una relación de amistad antes muy gratificante.

    Son todas ocasiones que pueden presentarse y se presentan con cierta frecuencia. Es difícil dar reglas generales, pero en muchas de ellas sería un error —a veces un daño grave— dejar pasar las cosas y perder torpemente la oportunidad de tener una amplia conversación clarificadora con la persona en cuestión. Las situaciones pueden ser muy diversas, y es fácil que puedan en su comienzo resultarnos costosas, e incluso algo violentas, y exijan por nuestra parte un cierto ejercicio de fortaleza personal.

    Lo que nunca conviene es ignorar neciamente la realidad: los problemas no desaparecen por ignorarlos. Las cosas que no se aclaran a su debido tiempo van formando como un muro de escoria entre las personas, una barrera que se va endureciendo poco a poco a base de inercias y cobardías, produciendo incomprensiones y agravios cada vez más lacerantes, y es una lástima dejar que ese muro crezca hasta hacerse inderribable.

    Si vemos, por ejemplo, que alguien quizá no está siendo sincero con nosotros, y hay motivos que reclaman una solución a esa situación anómala, conviene afrontar el problema con decisión y lealtad. Será preciso comprobar las cosas que parece que no cuadran, atar cabos, contrastar, aclararse, hablar. Y no con una necia o dolida desconfianza, sino con un diligente y respetuoso deseo de arrojar luz y aire fresco sobre una relación que vemos —porque se nota— que se está enredando.

    Son conversaciones muchas veces difíciles, pero es preciso afrontarlas. A veces será necesario pasar por momentos de cierta tensión, porque serán verdaderas operaciones quirúrgicas, en las que quizá haya que causar dolor, porque es preciso abrir hasta dejar a la vista el tumor, y así poder curar. Será preciso entonces pensar bien la conversación, y acometerla con valentía, ofreciendo nuestra sinceridad y nuestra franqueza al tiempo que solicitamos la suya y procurar dejarle una salida fácil, sin poner su amor propio en contra de la sinceridad, sino a favor.

    Y plantear las cosas dejando fácil que se desahogue por completo, ayudándole con preguntas sencillas, quizá incluso aventurando delicada y prudentemente lo que suponemos que está en su mente y no termina de salir a la luz; y lo hacemos incluso pasándonos un poco, para que simplemente tenga que asentir, o matizar a la baja lo que nosotros hemos dicho y quizá a él le costaría decir por sí mismo.

    Quizá, además del dolor propio, causemos también en el otro un dolor inicial, pero es preciso hacerlo, con la delicadeza necesaria, porque muchas veces será la única forma eficaz de ayudar, y otra cosa sería engañarnos, algo así como querer curar un cáncer a base de esparadrapo y mercromina. La cirugía de la sinceridad, si se hace bien, desatasca el cauce de la confianza y hace brotar ese agradecimiento grande que nace del desahogo.

    En los casos en que, después de una cirugía profunda, haya salido a la luz un problema serio, de los que humillan, el postoperatorio puede ser largo. Entonces hay que saber profundizar en la psicología de esas personas en esos momentos, saber hacerse cargo del temporal que puede haberse desatado en su interior, de su posible desesperanza, de su tentación de dar un desplante y tirarlo todo por la borda si no encuentra en nosotros la acogida que él esperaba a su sinceridad. La clave está en saber valorar la dificultad que el otro puede tener para asimilar la humillación que subjetivamente le haya podido suponer.

    De todas formas, como es lógico, lo ideal sería que raramente hiciera falta esa cirugía porque haya suficiente confianza. Si uno procura ser asequible, y se ocupa de ser receptivo a los problemas que surgen, pocas veces se presentarán problemas serios, porque se detectarán cuando son aún pequeños y pueden resolverse de forma sencilla.

    Hay que saber aprovechar los momentos favorables, esas ocasiones en que se percibe una mayor confianza, cuando se distingue en la mirada un matiz que invita a la confidencia, una especie de receptividad especial por parte de la otra persona. Es una pena dejar escapar esos momentos en que resulta mucho más fácil hablar de una forma lúcida y relativamente serena acerca de esos temas delicados que necesitábamos tratar, sobre todo en aquellas relaciones personales en las que esos momentos no son frecuentes.

    Llegar a tiempo. En esto sucede como en la medicina: se adelanta mucho si se detecta el mal en sus comienzos, cuando los síntomas son menos notorios. Es verdad que entonces es más difícil hacer el diagnóstico, y deducir cuál es el mal, pero también se cura mucho más fácilmente. En cambio, después, aunque el diagnóstico fuera perfecto, ya no es tan fácil. Y siguiendo esa comparación, podría decirse que hay que apostar decididamente por la medicina preventiva: favorecer estilos de vida sanos, diagnosticar a tiempo y dar tratamientos que curen pronto y sin secuelas: ahí se demostrará la calidad de nuestras relaciones humanas.

    Se trata, por ejemplo, de crear a nuestro alrededor un clima que inspire confianza, que fomente la sinceridad y lealtad mutuas; de ser personas de talante positivo, animante, abierto, alentador: que la gente, después de hablar con nosotros, después de escucharnos, se sienta optimista, alegre, ilusionada (y eso aunque alguna vez hayamos tenido que decirles —por su bien— cosas fuertes); de ser personas que no se atrincheran en sus propias afirmaciones, como un retórico grandilocuente que se encastilla en sus excesivas seguridades; de ser personas que escuchan, que desean sinceramente enriquecer su mente con la aportación de los demás; de ser personas que saben que cuánto más profundamente comprendemos los problemas de los demás, más apreciamos a esas personas, y más respeto sentimos por ellas.

    El carácter y las relaciones humanas

    • El símil de la cuenta bancaria
    • Claridad en las expectativas recíprocas
    • Lealtad, cercanía
    • No basta con pedir disculpas
    • Evitar antagonismos innecesarios
    • Conjugar lo que parece difícil de conjugar
    • Acuerdos yo-gano/tú-ganas
    • Descubrir y potenciar sinergias

    El símil de la cuenta bancaria Es probable que la mayor parte de los problemas por los que pasamos las personas, y quizá los que más dolorosamente nos marcan, sean precisamente problemas de relación con otras personas.

    Algunos quizá poseen una gran capacidad de relación en su vida profesional, y son altamente estimados y respetados en su trabajo, al que dedican todo el tiempo del mundo, pero está muy deteriorada su relación con su mujer o su marido, o con sus hijos.

    En muchas empresas y organizaciones, cuando llegamos a conocerlas de cerca, advertimos que los problemas más graves también suelen provenir de dificultades de relación entre sus máximos responsables, o de ellos con el resto de los integrantes de la entidad.

    Lo malo es que, tanto en unos casos como en otros, cuando comprueban que se ha deteriorado su relación con otra u otras personas, muchas veces, en vez de esforzarse por mejorarla, buscan refugio en otros ámbitos de su vida, o en otras relaciones, eludiendo así la grave necesidad de reconstruirlas. De este modo, los problemas se cronifican y son cada vez más difíciles de resolver.

    Muchos expertos en relaciones humanas han recurrido, a la hora de abordar estas cuestiones, al símil de la cuenta bancaria emocional.

    En una cuenta bancaria ingresamos nuestro dinero, y con ello creamos un depósito. Cuando sacamos el dinero de allí, o hacemos cualquier pago a través de esa cuenta, reducimos parte de ese depósito.

    Continuando con este símil, todos tenemos abierta una especie de cuenta emocional con cada una de las personas que tratamos. En esa cuenta efectuamos ingresos mediante la cordialidad, el trato afable, la honestidad, la lealtad, el cariño, etc. A medida que hacemos ingresos en esa cuenta, aquella persona irá acumulando un mayor depósito en relación a nosotros. Cuando actuamos mal respecto a ella, es como si efectuáramos una salida, y el depósito disminuye. Cuando la cuenta de confianza es alta, la comunicación es buena y la relación es grata (en esto sucede también como con los bancos).

    Pero si adquirimos la mala costumbre de mostrarnos ingratos y desagradables con esa persona, y traicionamos esa confianza, la cuenta irá bajando hasta llegar a un nivel bajo, incluso hasta ponerse en números rojos. Y si estamos continuamente haciendo equilibrios entre los números negros y los rojos, la relación será tensa y difícil (aquí también sucede como con los bancos); y si estamos habitualmente en números rojos, ya no será simplemente difícil, sino muy difícil.

    El problema de muchas empresas e instituciones de todo tipo es que sus miembros funcionan entre ellos precisamente así, con su cuenta emocional en números rojos, o al borde de estarlo. En lugar de una buena comunicación, hay —como mucho— una difícil convivencia entre estilos diferentes, o una crispada tolerancia. Y muchas familias, muchos matrimonios, funcionan también ordinariamente así. Y entre muchos compañeros, vecinos o conocidos, hay también una relación de este género, fácilmente hostil, defensiva, susceptible.

    Las buenas relaciones humanas, y sobre todo las más prolongadas —familia, trabajo, amistad, etc.— exigen ingresos continuos en eso que estamos llamando cuenta emocional, porque el desgaste de la vida diaria ya supone siempre un goteo continuo de salidas.

    Apliquemos este símil a la relación de unos padres con su hijo. Por ejemplo, si a pesar de que le quieres sinceramente, el trato con un hijo tuyo adolescente se reduce en la práctica a periódicas reconvenciones (ordena tu cuarto, has llegado tarde, vístete como una persona normal, córtate el pelo, baja la basura, a ver si ayudas en casa, baja el volumen de la radio, dónde vas con esas pintas, etc.), más algunas conversaciones insustanciales, unos cuantos consejos (por desgracia, frecuentemente inoportunos), y poco más, entonces, es muy probable que la cuenta emocional con tu hijo esté en números rojos desde hace tiempo.

    En esas circunstancias, si tu hijo tiene que tomar una decisión importante, la comunicación con él será tan difícil, y su receptividad tan baja, que toda tu sabiduría, tu experiencia de padre o de madre y tu afán de ayudarle te servirán en ese caso realmente para bien poco.

    ¿Cuál es la solución entonces? Si es ésa la situación, lo más práctico es salir cuanto antes de los números rojos y llegar pronto a niveles de cierta solvencia emocional en esa relación.

    Habrá que tener pequeñas atenciones, mostrar una mayor capacidad de interesarse por él, de escucharle y comprenderle. Habrá quizá que dedicarle más tiempo, y procurar ponerse más en su lugar. Tendrás que hacerle sentir que se le acepta como es, que se le quiere ayudar a mejorar respetando lo más posible sus ideas y su personalidad.

    Probablemente no logres mejoras rápidas ni espectaculares, porque quizá hay muchos números rojos y no somos capaces de hacer ingresos tan rápidamente: bien porque tenemos ingresos bajos (poco hábito de preocupación efectiva por los demás); o porque tenemos grandes y arraigados hábitos de gasto (por egoísmo, impaciencia, irascibilidad, susceptibilidad, distancia emocional, etc.); o bien porque somos de carácter cíclico o inestable, y hacemos grandes ingresos hoy pero mañana lo despilfarramos todo tontamente.

    Lo malo es que a veces uno no sabe si está acertando o no, porque a lo mejor piensas que estás haciendo ingresos y resulta que estás haciendo una auténtica sangría en esa famosa cuenta… Por eso es importante considerar que en las relaciones humanas no basta con tratar a los demás como quisieras que te trataran a ti, porque quizá hay cosas que a ti te agradan y a esa otra persona no, o cosas que nosotros consideramos triviales pero que para ella son muy importantes.

    Hay que asegurar, por ejemplo, que nuestros intentos de acercamiento no se produzcan en momentos inoportunos y generen nuevos rechazos. Y comprobar que no hay una profunda falta de comprensión mutua que haga que esa relación se esté construyendo sobre cimientos minados.

    Hacerse cargo de la realidad intelectual y emocional de los demás —cómo piensan y qué sienten—, así como de su capacidad real de superarse —muy relacionada con su fuerza de voluntad—, es decisivo para construir una buena relación (dedicaremos a ese tema el próximo capítulo).

    Otras veces, a lo mejor piensas que algo ha sido un error sin más trascendencia, y resulta que él, o ella, le dan una importancia enorme… Hay multitud de pequeños detalles que, aun siendo cosas objetivamente pequeñas, en la subjetividad emocional de la otra persona pueden ser llegar a ser muy grandes.

    Pero, por fortuna, ese efecto, que observamos que se produce en sentido negativo ante pequeñas faltas de respeto o consideración, breves enfados, sencillas promesas incumplidas, etc., puede producirse igualmente en sentido positivo ante sencillas muestras de afecto, de reconocimiento, de deferencia, de lealtad, etc.

    Cada uno valora de modo especial algunas cosas, y es verdadera muestra de buena convivencia esforzarse por conocerlas y mantenerlas en la memoria para poder así hacerles la vida más agradable. Todo el mundo valora en mucho los detalles, entre otras cosas porque por lo general las personas suelen ser más sensibles de lo que aparentan.

    Claridad en las expectativas recíprocas Muchas relaciones personales se deterioran seriamente por algo tan simple como no haber hablado las cosas en su momento con normalidad, por falta de claridad en las expectativas recíprocas. Quizá a veces nos enfadamos porque no se ha hecho lo que habíamos pedido o deseado, y el problema es simplemente que no se había entendido lo que queríamos. O resulta que molestamos a alguien sin querer, y el problema se reduce a que no sabíamos que con nuestra actitud o nuestra conducta estábamos perjudicando o molestando a esa persona.

    Por eso es preciso actuar con la necesaria naturalidad y sencillez, de modo que logremos crear a nuestro alrededor un clima de confianza en el que sea fácil saber qué es lo que cada uno espera de los demás.

    Otro ejemplo. A lo mejor un día nos sorprendemos de que tenemos pocos amigos. Es algo que sucede a bastante gente en algún momento de su vida: advierten que su círculo de relación es corto, que hay poca gente que cuente con ellos de modo habitual.

    Si eso nos sucede, es preciso recordar que tener verdaderos amigos siempre supone esfuerzo y constancia. Aunque, como es lógico, depende mucho de la forma de ser de cada uno, siempre es preciso vencer inercias, superar pasividades y arrinconar timideces (por cierto que es sorprendente el elevado porcentaje de personas que se consideran tímidas: en nuestro país, del orden del 40% según algunas estadísticas).

    ¿Y no es un poco antinatural eso de esforzarse para tener amigos, cuando la amistad debe entenderse como algo relajado y natural? La amistad debe ser, efectivamente, algo relajado, natural y gratificante. Sin embargo, la amistad, como tantas otras cosas en la vida que también son naturales y gratificantes, exige, para llegar a ella, superar un cierto umbral de pereza personal, y por eso muchos se quedan encallados en ese obstáculo. El tirón de la pereza puede llevarnos a una vida de considerable aislamiento o pasividad, y eso aunque sepamos bien que superándola nos iría mucho mejor y disfrutaríamos mucho más.

    De todas formas, tienes razón en que a veces la causa de las pocas amistades está en algo más de fondo, y hemos de pensar si no vivimos bajo una cierta capa de egoísmo, si no hay una buena dosis de encerramiento en nuestros propios intereses, de refugio en una perezosa soledad.

    Quizá tenemos un carácter difícil (o al menos manifiestamente mejorable) y somos de trato poco cordial, o hablamos sólo de lo que nos gusta, o vamos sólo a lo que nos gusta, o nunca nos acordamos de felicitar a nadie en su cumpleaños o en Navidad, ni nos interesamos por su salud o la de su familia, ni hacemos casi nada por estar cerca de ellos en los momentos difíciles.

    O quizá ponemos poco interés en todo lo que no nos reporte un claro interés —valga la redundancia—, y aunque efectivamente tengamos una conversación paciente y educada, ponemos en esos casos un interés —exagerando un poco— similar al que se pone al hablarle a un canario en su jaula.

    O quizá manifestamos habitualmente una actitud rígida o imperativa, que genera rechazo; o tendemos hacia una beligerancia dialéctica que nos lleva a buscar siempre quedar victoriosos en cualquier conversación, como si fuera una batalla, y encima queriendo dejar claro que hemos ganado; o escuchamos poco y hablamos mucho, y resultamos pesados; o somos demasiado premiosos, o prolijos (no debe olvidarse que el secreto para aburrir es querer decirlo todo); o nos pasamos de obsequiosos, y nuestro trato resulta un poco asediante, o untuoso; o tratamos a los demás con excesiva vehemencia, o con aires de superioridad, como dando lecciones.

    Podríamos enumerar muchos otros defectos, pero quizá la clave para contrarrestarlos podría resumirse en algo muy sencillo: esforzarse por ser personas que saben escuchar y que buscan servir a los demás.

    Lealtad, cercanía La lealtad, y en primer lugar con los ausentes, es otra cuestión clave en las relaciones humanas. Cuando una persona habla mal de otra a sus espaldas, o revela detalles que alguien le ha manifestado de modo confidencial, además de actuar injustamente en la mayoría de los casos, destruye su propia capacidad para generar confianza. Quizá esa persona busca ganarse la confianza de la otra gracias a esa indiscreción o ese desahogo, pero esa falta de integridad personal está minando en sus cimientos aquella confianza.

    Ante los errores o defectos de nuestros amigos o conocidos, la lealtad exige que procuremos —en la medida en que eso sea posible— ayudarles a corregirse. Como es obvio, esto será más fácil cuanto mayor sea nuestra confianza con ellos.

    Si no nos resulta posible decirles nada, o se lo hemos dicho y aparentemente no ha habido ningún cambio, no por eso la murmuración y el chismorreo dejan de ser una deslealtad. Sólo cuando lo exija la justicia o el bien de los demás, será legítimo advertir a otros —y siempre extremando la prudencia— de aspectos negativos que hemos observado en una persona.

    Cuando hay una buena relación personal, los errores de quienes nos rodean son, si sabemos aprovecharlos, ocasiones excelentes para ayudar lealmente a esas personas a corregirse. Muchas veces, una advertencia sincera y prudente hecha a tiempo es la mejor forma de mostrar el afecto por una persona.

    El problema es que muchas veces, cuando ves que habría que hacer una advertencia a alguien, precisamente entonces tu relación con esa persona está bajo mínimos, y no la aceptaría bien… Por eso es importante que haya una buena relación general entre las personas con las que uno trata (dentro de la familia, en el trabajo, con los vecinos, etc.).

    Por ejemplo, si en la familia hay unos lazos fuertes entre padres, hijos, hermanos, abuelos, tíos, primos, etc., esa relación puede resultar decisiva en situaciones de mayor dificultad. Sentir y saber que hay muchos otros miembros de la familia que nos conocen y se preocupan por nosotros, aunque quizá vivan lejos, puede suponer una ayuda mutua importante para la convivencia familiar. Si uno de tus hijos, por ejemplo, tiene dificultades para relacionarse contigo en un momento determinado, quizá pueda ayudar a arreglarlo tu cónyuge, un hermano, o una tía, o el abuelo. En una familia unida, cada uno de sus miembros representa una referencia y una ayuda que pueden resultar de vital importancia en el momento más insospechado.

    No basta con pedir disculpas Recuerdo ahora el relato de un padre de familia, hombre sensato aunque quizá un poco impulsivo, que un buen día advirtió que la bronca que acababa de echar a uno de sus hijos era desproporcionada e injusta.

    No habían pasado más que unos minutos cuando comprendió que había interpretado la situación de un modo totalmente erróneo, y que su reacción había sido impropia y exagerada.

    Como era un hombre leal y de principios, se dirigió hacia la habitación de su hijo para disculparse. En cuanto abrió la puerta, lo primero que escuchó fue: —No quiero perdonarte, papá.

    —Lo siento, no me había dado cuenta de que tenías razón. ¿Por qué no quieres perdonarme, hijo? —Porque hiciste lo mismo la semana pasada.

    En otras palabras, venía a decir: «Papá, no pienses que vas a resolver este problema simplemente pidiendo disculpas. Tienes que cambiar.» Aunque no sea éste un ejemplo especialmente modélico en cuanto al perdón, de este relato puede sacarse una enseñanza importante: no basta con pedir disculpas, es preciso también corregirse y procurar reparar el daño causado.

    Sería un error pensar que pidiendo disculpas se arregla todo sin más. El daño que se haya hecho, aunque se perdone, suele tener unas consecuencias que no pueden ignorarse. Por eso la petición de disculpas ha de ir siempre unida a un sincero y eficaz deseo de corregir en ese punto nuestro carácter, rectificar nuestra conducta y compensar de algún modo ese daño.

    Evitar antagonismos innecesarios Muchísimas personas tienen en su carácter una marcada tendencia a plantear todo en términos de oposición y de dicotomía:

  • «si yo consigo lo que quiero es porque alguien se queda sin ello»;
  • «si yo salgo ganando, si quedo más arriba, será básicamente porque tú sales perdiendo, porque te quedas más abajo»;
  • «si a él le interesa eso, será por algo, y seguramente a mí me conviene que suceda lo contrario»; etc.

    Es lo que podría llamarse la filosofía del yo-gano/tú-pierdes. Una forma de entender la vida en la cual parece que el éxito sólo puede lograrse a expensas de otros, o excluyendo el éxito de otros, o a costa del fracaso de otros.

    Se trata de una mentalidad que acaba conduciendo a continuas situaciones de angustia y frustración. Tanto es así que en toda la literatura mundial en torno a la efectividad humana que se ha escrito en los últimos decenios se ha impuesto con rotundidad un estilo muy distinto, que podríamos llamar del yo-gano/tú-ganas. No es una simple técnica para mejorar las relaciones humanas, sino todo un modo de sentir y de entender las cosas, que busca el beneficio mutuo en todas las relaciones e interacciones humanas.

    La filosofía del yo-gano/tú-ganas busca que los acuerdos o soluciones sean mutuamente benéficos y satisfactorios. Se basa en la convicción de que existen otras alternativas, de que en muchos casos no se trata de luchar entre tu éxito o el mío, sino de buscar un éxito mejor, y que sea de los dos.

    Es verdad que eso no siempre será fácil. Por ejemplo, en un partido de fútbol no pueden ganar los dos equipos al tiempo; o en unas elecciones no pueden salir elegidos a la vez los dos principales candidatos a la presidencia del gobierno. Es cierto que en la vida hay bastantes cuestiones que se plantean en clave yo-gano/tú-pierdes, y ciertamente esa competitividad es positiva en muchas ocasiones, o al menos es inevitable. Pero hay otros muchos casos en los que surgen planteamientos de competitividad agresiva que no tienen sentido alguno.

    Por ejemplo, en la familia: ¿tiene sentido hablar de quién de los dos está ganando en tu matrimonio?; ¿o de quién gana en la relación con tu hijo, o con tu padre, o con tu hermana? Son casos en los que parece obvio que, si no ganan ambos, esa relación está mal planteada. No tenemos por qué vivir compitiendo con nuestro cónyuge, con nuestros hijos, con nuestros padres, con nuestros vecinos o nuestros amigos. En ese sentido, la filosofía del yo-gano/tú-pierdes es una nociva mentalidad que muchas personas tienen profundamente inculcada, consecuencia quizá de muchos años de vivir bajo planteamientos de ese estilo.

    Además, incluso en las relaciones más competitivas, siempre debe haber un nivel al que esas relaciones sean del tipo yo-gano/tú-ganas. Por ejemplo, en un partido de fútbol los dos equipos salen ganando si se considera que están participando con deportividad en un campeonato cuyo desarrollo beneficia a ambos; varios candidatos a la presidencia de una nación pueden estar ganando si se consideran las cosas desde el punto de vista del servicio que ambos con su campaña electoral prestan al sistema democrático de esa nación; etc. El hecho de que cada uno compita leal y honestamente, respetando las reglas del juego, es algo que beneficia a todos y que por tanto cabe dentro de la filosofía del yo-gano/tú-ganas.

    Otro error de enfoque en la relación personal puede venir de una mentalidad parecida, aunque opuesta: la del yo-pierdo/tú-ganas. Se da, por ejemplo, en frases como: «haz lo que te dé la gana, nunca me haces ningún caso»; «sigue perjudicándome, siempre harás lo que a ti más te convenga»; «eso me pasa por haber querido ser honrado»; etc. Son actitudes que generan conformismo, resentimiento, victimismo o excesiva indulgencia.

    Por último, y para completar todas las variantes de este tipo de errores, cabe también la mentalidad del yo-pierdo/tú-pierdes, propia de conflictos entre personas envidiosas y vengativas que, en su afán de ver perder a su competidor, logran amargarse mutuamente la existencia.

    Conjugar lo que parece difícil de conjugar —A ver, contésteme con rapidez, ¿cuánto suman dos más dos? —Cinco.

    —No, hombre, no: dos y dos son cuatro.

    —Pero bueno…, ¿usted qué quería, precisión o rapidez? Muchas personas son como el interrogado en este viejo chiste, tienen una gran tendencia a los planteamientos dicotómicos. Son gente que todo lo quiere establecer en términos de dicotomías: esto o lo otro, blanco o negro, así o nada, y punto.

    Sin embargo, sabemos que la mayoría de las realidades de la vida son complejas y resulta un error plantearlas forzadamente así. Es más, muchas veces la clave está precisamente en hacer una cosa sin dejar de hacer la otra: no queremos lo uno o lo otro, sino las dos cosas, lo uno y lo otro (o sea, precisión y rapidez, si volvemos a lo del chiste).

    Por ejemplo, la madurez exige un equilibrio entre defender con energía las propias convicciones e intereses y, al tiempo, saber tratar con consideración a los demás. En cambio, los personajes dicotómicos creen que si uno es amable no puede ser exigente; que si uno trata con consideración a los demás no puede ser audaz; que si uno tiene confianza en sí mismo no puede confiar en los demás; que si uno quiere triunfar en la vida tiene que prepararse para pisotear a quienes le rodean. Y como actitud vital es un gran error, pues la vida no puede basarse en el radicalismo o la confrontación.

    Esos planteamientos dicotómicos pueden llegar a extremos bastante sorprendentes, si se miran las cosas con un poco de objetividad. Un ejemplo muy claro es la envidia. Hay personas que se sienten verdaderamente mal si tienen que compartir el éxito o el reconocimiento con otras personas. La envidia les corroe. Les duele en el alma que otros triunfen más que ellos, o incluso que se aproximen a su nivel de triunfo. Les molesta que otros tengan suerte, habilidades o méritos que ellos no tienen, en especial si se trata de personas cercanas a él. Su sentido de la propia valía está basado en la comparación negativa con quienes le rodean: necesitan del fracaso ajeno para aliviar su amargura vital.

    Para esas personas, parece que la felicidad es un bien tan terriblemente escaso que los demás se lo arrebatan cuando disfrutan de ella.

    De todas formas, aunque digamos esas cosas tan fuertes sobre la envidia, parece claro que es una mala inclinación que todos tenemos dentro, en mayor o menor medida. Quizá por eso puede decirse que la filosofía del yo-gano/tú-pierdes hunde sus raíces en inclinaciones humanas torcidas contra las que todos tenemos que luchar.

    Normalmente la envidia no nos hará desear de que otros sufran grandes desgracias (no somos tan perversos), pero sí puede incitarnos a una secreta e íntima satisfacción al ver que a otros no les va tan bien…, porque sentimos que eso nos sitúa de alguna manera mejor respecto a ellos.

    Cuando se produce de un modo espontáneo ese sentimiento, es preciso esforzarse personalmente por superarlo, buscando nuestra seguridad y nuestra satisfacción dentro del propio proyecto personal de vida. Un proyecto, además, que si está bien diseñado se sustentará en buena parte sobre un firme propósito de hacer y desear el bien a quienes nos rodean.

    Acuerdos yo-gano/tú-ganas En todas las clases hay alumnos que destacan y otros que suelen quedarse atrás. Recuerdo el caso de un profesor de enseñanza media que utilizaba un ingenioso sistema de motivación para recuperar a los alumnos más retrasados.

    El sistema consistía en hacer un acuerdo con toda la clase. Todo alumno que hubiera aprobado el examen parcial de la evaluación podía ofrecerse a ayudar a otro que hubiera suspendido, y preparar juntos el siguiente examen. Si lo hacían, ese alumno anotaba al comienzo de su examen el nombre del que le había ayudado. Si después aprobaba, el profesor recompensaba con una subida de un punto al que con sus explicaciones había logrado sacar al otro de las tinieblas del suspenso.

    Así lograba que los más inteligentes ayudaran a los que iban más retrasados, y esto cubría dos objetivos a cual más interesante: que unos aprendieran la asignatura y que otros aprendieran a ser más generosos y preocuparse de los demás (además, enseñando es como mejor se aprende).

    Cuando lo oí contar, me dispuse a experimentar ese método con mis alumnos, que por entonces tenían catorce o quince años. Aunque comencé con un cierto escepticismo, pronto comprobé sus buenos resultados. Los más aventajados ayudaban a los que iban peor, y las calificaciones medias subieron bastante.

    Podría objetarse que eso no sería propiamente generosidad, puesto que no lo hacían de modo desinteresado, sino por ganar ese punto más en sus calificaciones. Y es cierto que inicialmente quizá hubiera más de interés personal que de deseo de ayudar. Pero enseguida se vio que para ellos el punto que podían ganar era casi lo de menos: al final estaban casi más orgullosos del aprobado de su compañero que del suyo propio.

    El mayor éxito era que quizá con esto algunos redescubrían la alegría que siempre acompaña a la preocupación por los demás. Una prueba de cómo generosidad y felicidad están indefectiblemente ligadas, tanto como el egoísmo y la amargura.

    Aquella experiencia docente propiciaba un beneficio mutuo en todas las direcciones, tanto entre el profesor y los alumnos como de ellos entre sí: se trata, pues, de un caso del tipo yo-gano/tú-ganas. Con esto no quiero abominar de otras fórmulas más competitivas, que también pueden ser útiles, sino simplemente resaltar la eficacia de crear un clima de cooperación.

    La tendencia de algunos educadores a la excesiva competitividad lesiona fácilmente la autoestima de los menos dotados. Por eso es preciso encontrar un equilibrio. No es malo inducir un sano deseo de emulación ante los que son mejores, o presentar como estímulo el modelo que encarnan otras personas. Lo que no puede olvidarse es que los frutos que cada persona puede obtener de la ejercitación de sus facultades son enormemente variados, y nadie debe sentirse menospreciado por no conseguir los resultados que obtienen otros.

    Además, cada persona está más dotada para unas cosas y menos para otras, así que siempre habrá otros aspectos de su vida en los que podrá ser ayudada por los demás. Cualquier relación humana bien planteada supone siempre un beneficio mutuo, pues toda persona siempre tiene cosas que aportar a cualquier otra. Por eso toda persona debiera sentirse necesitada de la ayuda de los demás, y una generosidad que fuera ostentosa o paternalista sería ridícula e injusta: lo ideal es que quien está siendo ayudado casi no se dé cuenta de ello, por la elegancia y delicadeza de quien le ayuda.

    ¿Cómo crear ese clima de cooperación? Para que un profesor (o el gerente de una empresa, o un padre o una madre de familia, etc.) logre ese clima de colaboración con sus alumnos (o empleados, hijos, etc.), han de estar bien claros los valores y objetivos que presiden esa relación, así como los modos en que se evalúan los resultados. Naturalmente, esto será más formal en la clase o la empresa, y menos en la familia, pero también en ella ha de existir.

    Estando esto claro previamente, a partir de ahí el deseo del profesor ha de ser que todos saquen las mejores notas posibles, el del gerente que todos sus empleados cumplan su misión de forma excelente, y el del padre de familia que todos sus hijos se eduquen libremente de acuerdo con esas metas y valores. En la mayoría de los casos, ese sistema de cooperación suele resultar mucho más efectivo que el del autoritarismo o la simple confrontación, pues disminuye la necesidad de control, incrementa la motivación, y revela cómo en muchas ocasiones los problemas no estaban en las personas sino en el sistema de relación adoptado.

    Descubrir y potenciar sinergias Probablemente todos tenemos en la memoria experiencias personales en las que hemos llegado a una relación de entendimiento y complementariedad grandes con otra u otras personas. Quizá fue practicando un deporte, o trabajando con un equipo de personas con las que nos compenetramos extraordinariamente, o con ocasión de tener que acometer alguna cuestión grave y urgente que facilitó aunar esfuerzos para resolverla. Son ejemplos de situaciones de sinergia.

    La sinergia es un efecto que se produce entre dos o más personas y que les hace sincronizar y complementar sus esfuerzos e intereses de tal manera que logran alcanzar un resultado notablemente superior al que saldría de la simple suma aritmética de sus aportaciones individuales. En ese sentido, podría decirse que la sintonía humana y la armonía propias de la amistad o el amor son buenos ejemplos de situaciones de sinergia.

    Para algunas personas, esas situaciones se reducen a su relación con muy pocas personas, o sólo a algunos ámbitos de una vida que, por lo demás, discurre teñida de experiencias negativas en la relación con los demás.

    Sin embargo, otras personas han aprendido a descubrir y estimular lo positivo de quienes le rodean, y saben establecer sinergias con casi todo el mundo: son como los buenos escaladores, que logran encontrar pequeños puntos de apoyo donde otros no ven más que una pared totalmente lisa e impracticable.

    Cuando alguien aprende a descubrir y potenciar sinergias en su relación con los demás, abre su vida a una infinidad de nuevas posibilidades y alternativas.

    A muchas personas, por la educación que han recibido, les será muy difícil incorporar a su vida esa actitud. Les costará más, sin duda, pero —como cualquier otro rasgo del carácter— puede incorporarse regular y sistemáticamente a sus modos de plantear la vida cada día. Es cuestión de poner el necesario esfuerzo personal y, también, cierto espíritu de aventura. ¿En qué sentido? Me refiero a que exige un talante mínimamente activo, pues cualquier esfuerzo creador precisa de algo de arrojo e imaginación, y siempre se asumen algunos riesgos. El que no hace nada no se equivoca, pero el que hace algo a veces se equivoca, y precisa por tanto de una mínima resistencia a la frustración: debe abandonar la triste paz de la apatía y el apocamiento para adentrarse en la alegre satisfacción de una relación humana plena.

    Por ejemplo, muchas personas no logran un mayor entendimiento entre ellas simplemente porque no hablan las cosas. Por eso, un recurso clásico de comunicación sinérgica es el brainstorming, la tormenta de ideas, que consiste en provocar una profuso y abundante intercambio de ideas y puntos de vista a lo largo de una reunión de un grupo de personas.

    Se puede aplicar a cualquier relación humana, tanto a una reunión de trabajo como a una familiar informal o una tertulia entre amigos. Una tormenta de ideas puede aportar un torrente de imaginación y creatividad que desbloquee una situación de rutina o estancamiento. Desde luego, muchas de las ideas que surjan serán inútiles; pero otras serán interesantes, y puede que incluso alguna, en medio de tantas otras, llegue a tener rasgos de espontánea y auténtica genialidad.

    En general, lograr que pueda darse un intercambio natural y fluido de impresiones entre dos o más personas siempre resulta estimulante y permite superar las barreras de algunas inhibiciones negativas, o visualizar errores que de otra manera no habríamos advertido.

    Cuando se logra esa comunicación sinérgica, se puede unir de un modo extraordinario a un grupo de amigos, una familia, un equipo de investigadores o un consejo de administración.

    Es verdad que si uno se lanza y no se logra ese ambiente, puede caerse en el caos más absoluto. Sucede de vez en cuando, a veces incluso justo después de haber estado en un momento de buena sintonía, pero que por alguna razón se pierde y el curso de la conversación se desvía hasta descarrilar por completo y precipitarse en el caos. Por eso decía antes lo de tener cierto espíritu de aventura, pues en esa situación podemos pensar que habría sido mejor no arriesgarse a llegar a esos desencuentros.

    Habrá veces en que será imprudente tratar determinados temas en determinados momentos y circunstancias. Unas veces comprenderemos que no era un modo acertado de tratar esas cuestiones, y hemos sido efectivamente imprudentes, pero en otros casos el error procederá del modo de conducir la conversación, y entonces debemos sacar experiencia para posteriores ocasiones y no refugiarnos en la incomunicación, porque en la incomunicación el desencuentro es permanente.

    El éxito dependerá más de las personas que del método que se siga, porque hay gente con la que no hay forma de entenderse en ningún sitio. Para lograr una buena comunicación no es suficiente el método, ni el simple respeto, ni la cortesía o la diplomacia. Lo deseable es que la consideración de cada uno por los demás sea tan alta que, si surge un desacuerdo, en lugar de oponerse inmediatamente y procurar rebatir al otro, se inicie un esfuerzo personal de comprensión hacia la postura de esa otra persona.

    Es decir, que ante una diferencia de opinión con otro, se parta de una actitud que sea como decir: si una persona de tu valía disiente de mí, debe haber algo en tu desacuerdo que no entiendo, una nueva perspectiva que me interesa mucho percibir. La esencia de la sinergia está en valorar la diferencia y saber respetarla y complementarla.

    De esta manera, evitando las actitudes innecesariamente defensivas y autoprotectoras, se produce un sano deseo de mejorar nuestras ideas con lo que piensan los demás. Quizá nos sobran evidencias, y se trata, en definitiva, de no defender como cuestión de principios lo que no son más que unos puntos de vista que probablemente nos interese enriquecer.

    Otras veces, cuando una situación parece enfrentar sin remedio dos alternativas (y quizá pensamos que podrían calificarse como la nuestra y la errónea), casi siempre podremos buscar una salida más a gusto de los dos: lo que podríamos llamar una tercera alternativa sinérgica. La clave está en reemplazar la mentalidad dicotómica de o esto o aquello por una nueva solución que, sin ser quizá perfecta (sobre todo porque los problemas complejos no suelen tener soluciones perfectas), deje satisfechos a ambos.

    Puede aplicarse aquello de que «a veces lo mejor es enemigo de lo bueno», si se entiende bien ese dicho. Porque si la solución que a nosotros nos parece mejor va a provocar un conflicto que no guarda proporción con la ventaja que aporta esa solución, entonces esa solución deja de ser mejor, y será preferible que cedamos un poco.

    Esto no quiere decir que ceder sea bueno de por sí, puesto que otras veces lo sensato será demostrar firmeza, y tan equivocado sería ceder por sistema como encastillarse en la obstinación.

    En cualquier caso, la excesiva rivalidad, los conflictos y agravios permanentes, la continua preocupación por proteger la propia retaguardia, la desconfianza, la lucha por el dominio, la crítica destructiva… son siempre actitudes y planteamientos que consumen una energía enorme en cualquier relación personal. Son como conducir un coche con un pie en el acelerador y otro en el freno: la solución no es apretar más el acelerador —más elocuencia, más presión, más argumentos para fortalecer la propia posición—, sino levantar un poco el pie del freno y saber usar armónicamente ambos pedales.

  • Centrarse en los demás

    • Corresponder
    • Conocer a los demás
    • La personalidad y el entorno
    • Autosuficiencia y consejo
    • Desconfiados y resentidos
    • Creer en los demás
    • El cristalito en el ojo
    • Personas interesadas en los demás
    • ¿Y a mí qué?

    Corresponder «Mi madre —me decía hace ya tiempo un buen padre de familia— es muy absorbente. Y siento tener que decir que desde que la hemos traído a casa hemos empezado a tener un montón de problemas nuevos.

    »Tiene setenta y ocho años y está bastante enferma. Y la enfermedad le afecta ya un poco a la cabeza, y se ha hecho bastante absorbente, como te decía, por no decir que a veces —con perdón— está insoportable.

    »A ella le gustaría que estuviéramos todo el día a su lado, y nos controla hasta las horas de llegada a casa por la tarde. No para de opinar de todo, y la verdad es que hay veces en que acaba con mi paciencia.

    »Algunas veces pienso que lo mejor sería que estuviera en una residencia, y dejarme de problemas. Pero luego me avergüenzo al recordar todo lo que ella me ha soportado a mí, antes y después de nacer. Y pienso que no puedo menos que corresponder ahora así con ella.» Se trata de una situación bastante común en muchos hogares. Son circunstancias que a veces se hacen difíciles, pero que hay que asumir serenamente, como una tarea difícil y al tiempo maravillosa, de hacer felices a nuestros padres en esos pocos años que les quedan de vida.

    A veces, por su edad o por su enfermedad, ya casi no pueden evitar ser como son. Quieren atención, cuidados y cariño. Y a veces actúan con un egoísmo invasor que hay que saber encauzar, con un modo de ser que quizá nos cansa bastante, y entonces nos vienen a la cabeza pensamientos que luego vemos que no están bien.

    Hay que pensar que cuando nosotros teníamos seis meses, o cuatro años, también seríamos muchas veces pesados, desagradables o caprichosos. Y seguro que más de una vez nuestra madre perdió un poco los nervios y se le pasó por la cabeza la idea de que de buena gana nos tiraba por la ventana. Pero, naturalmente, no lo hizo y aquí estamos.

    Piensa que hace unos años tus padres te cuidaron a ti. Ahora se han invertido los términos y tienes que cuidarles tú a ellos. Y no olvides que dentro de no muchos años, se volverán a invertir las tornas, y será de ti de quien tendrán que cuidar. Piensa que cuidando a tus padres, o a tus suegros, aparte de cumplir un deber de justicia y de cariño, estás enseñando mucho a tus hijos. Ve preparándote para entonces y actúa ahora como quieres que suceda contigo en el futuro.

    He sabido que, en los días de comienzo de vacaciones, o de un puente un poco más largo, hay en los hospitales una avalancha de ingresos de personas de edad avanzada. Y no es porque esos días tengan los abuelos algún motivo especial de enfermedad, sino porque muchas familias quieren deshacerse de sus padres ancianos y pasar así más tranquilos las vacaciones. Me pregunto si en esas familias habrá realmente tranquilidad y alegría en el disfrute de esos días de descanso, después de abandonar así a quienes les dieron la vida.

    Esas familias en las que todos los hermanos se desentienden, en las que a todos les es materialmente imposible atender a sus padres ancianos, en las que —en el mejor de los casos— los soportan unos pocos días en cada casa y con cara de disgusto; en esas familias, es fácil que dentro de veinte o treinta años a ellos les espere de sus propios hijos un trato parecido en sus últimos años de vida.

    Sin embargo, he conocido, por fortuna, muchas otras familias que han considerado un orgullo hacer felices a sus padres ya ancianos, y que han hecho grandes equilibrios para acogerles gustosos. Eso les ha supuesto tantas veces renunciar a muchas salidas y a mucha aparente felicidad, pero son familias felices y se les puede augurar una vejez feliz, porque sus hijos habrán visto, como una lección práctica, cómo se trata a los propios padres cuando se hacen mayores.

    Conocer a los demás «Hay que elegir un poco los amigos. Se ve enseguida cómo son por la forma que tienen de pasar el rato —decía con convicción Jaime, un despierto estudiante de diecisiete años.

    »Encuentras colegas para pasarlo bien, dices bobadas, te ríes, acabas consiguiendo tener una gran habilidad dialéctica y humorística…, pero no logras una amistad seria. Hay mucho coleguismo. Aprendes a bandearte, porque en cuanto te descuidas le dan a uno en las narices.

    »Y, desde luego, como sean perezosos, acabas siéndolo tú también. No hay quien aguante que te llamen todos los días para salir cuando estás estudiando.

    »Yo tuve a los catorce años unos amigos que fumaban porros y en el recreo te ofrecían. Todavía no sé bien cómo logré quitármelos de encima. Es un tópico eso de que sólo fuman los macarras y los jatos. Es sobre todo la gente bien. Han probado ya todo y necesitan más. Esnifan coca, fuman marihuana o se empastillan en cuanto te quieres dar cuenta. Y en zonas muy corrientes, no en los suburbios.

    »Suele ser un problema de su familia. Y de él, que es un imbécil. Lo peor son el chico o la chica con demasiado dinero. Venga, vamos a probar, y ya no lo pueden dejar.

    »Lo más triste —seguía diciendo Jaime— es que está muy de moda. Se contagian entre ellos. Si vas con esa gente, caes, porque no se puede resistir estar con ellos y no enviciarse. Fumas porros, si no, no pintas nada allí. Te excluyen del grupo, y si no estás con los amigos, ¿adónde vas? Y si te dicen que todos los sitios son peligrosos pero no te dan soluciones, ¿en qué ocupas el tiempo libre? »Yo tuve suerte porque encontré otros amigos que hacían mucho deporte, iba a jugar con ellos a sus casas y venían a la mía, me aficioné a la bicicleta, y a leer. Desde luego, si juegas un partido el domingo a las diez de la mañana, o sales de excursión al monte, o con la bici, seguro que no te pasas la noche anterior de juerga.

    »Hay que tener amigos con buenas ideas, lo que pasa es que no hay muchos amigos de ésos.» Escuchando a Jaime me venía a la cabeza aquello de dime con quien andas y te diré quién eres. Sin que nadie se lo explicara, había llegado a comprender la importancia de seleccionar las amistades.

    ¿Pero eso de seleccionar las amistades no resulta poco natural, no suena a elitismo? Pienso que eso no es elitismo. O mejor dicho, toda persona sensata es elitista si por elitismo entiendes saber rodearse de amigos que no supongan un daño sino un bien mutuo. Y eso no sólo en la amistad, sino también, por ejemplo, a la hora de elegir con acierto marido o mujer.

    No es elitismo sino simple sensatez. Piensa un momento con quien vas, a quién admiras, a quien envidias, con quien quieres codearte. Y piensa si son los modelos de persona que realmente quieres para ti. Y piensa si no debes elegir un poco mejor tus amistades.

    La personalidad y el entorno En un reciente congreso de filósofos y pensadores de ámbito internacional se analizaron diversas cuestiones relativas a las corrientes de pensamiento actualmente más en boga. Una de las conclusiones más unánimes se refería a algo que quizá, a primera vista, puede parecer muy simple. Podría resumirse en que el atractivo de la persona individual tiene mucha fuerza, más que las doctrinas y que las ideologías.

    Que lo normal es seguir a las personas, más que a las ideas. Y ese natural deseo de emulación, muchas veces casi imperceptible, no es algo que se reduzca a los niños, o al seno de la familia, o a la educación.

    Siempre, pero quizá más en tiempos de controversias ante los valores, emerge con fuerza inusitada el hombre concreto, el modelo individual. Más que ideas generales, se buscan modelos humanos vivos, personalidades concretas que sirvan de referencia. Se escriben y se venden infinidad de biografías. Se buscan vidas que, por su categoría humana o espiritual, sean dignas de admirar o imitar. La gente no quiere teorías, busca la elocuencia de las obras.

    A la hora de pensar cuáles son los modelos humanos con los que tienen oportunidad de identificarse nuestros hijos, podríamos analizar algunos aspectos interesantes.

    Por ejemplo, Chesterton decía que los profesores son las primeras personas adultas distintas de sus propios padres que el niño conoce con cierta continuidad. Y que, por tanto, de ellos es quizá de quienes más aprenda a hacerse adulto. Desde luego, una razón de peso para elegir bien el colegio al que va.

    Primero sus maestros, y después sus profesores, tienen un gran protagonismo en su educación. Porque hasta el simple trato humano tiene ya un gran poder formativo o deformativo.

    De todas formas, quizá de unos años a esta parte ha aumentado la influencia de otros muchos modelos. Un deportista famoso, una cantante, o el protagonista de una película o de una serie de televisión, pueden producir en los chicos una fuerte tendencia a asumir detalles que consideran atractivos en el carácter de esas personas. Y lo malo es que a veces esos modelos son muy poco positivos.

    Quizá de ahí arranque la falta de pautas morales válidas en la vida de algunos jóvenes. Es decisivo que quien está a punto de ser hombre o de ser mujer tenga ante sus ojos modelos atractivos y logrados, de modo que adquieran así criterios de estimación válidos. El entorno es muy importante.

    A veces lo notan los padres cuando sienten, con dolor, que parece que a los ojos de sus hijos lo menos importante es lo que dicen sus padres. Es una actitud muy propia del adolescente y contra la que resulta difícil luchar de frente. Quizá de modo indirecto puede hacerse más. Muchas veces no basta con charlar con ellos y procurar hacerles razonar, porque quizá su autosuficiencia adolescente les retrae de hablar confiadamente con sus padres.

    ¿Qué hacer entonces si los hijos son ya adolescentes? Por tu parte, todo lo que puedas; pero quizá, considerando esto de los modelos y del entorno, procura también que tus hijos tomen contacto con personas que puedan hacerles bien. Por ejemplo, resumiendo lo que hemos tratado, puede ser positivo:

  • procura elegir bien el colegio y habla con frecuencia con el preceptor o tutor;
  • haz algo por ir conociendo a sus amigos, para poder así darle de vez en cuando algún buen consejo, delicadamente y respetando su libertad;
  • procura, siempre que sea posible, que la televisión se vea en casa de modo familiar: una película bien elegida puede ser una espléndida ocasión para provocar una tertulia donde conozcamos el modo de pensar de nuestros hijos y el eco que tiene en ellos lo que han visto;
  • aplica tu imaginación para que los chicos tomen contacto con ideas y actitudes sensatas;
  • haz lo posible para que se muevan en un ambiente favorable al buen desarrollo de su personalidad: por ejemplo acudiendo a un club juvenil donde puedan pasarlo bien de forma sana, hacer buenos amigos en un ambiente adecuado y recibir una ayuda en su formación;
  • evita esos lugares de vacaciones o de fin de semana donde resulta tan fácil verse envuelto en un ambiente de personas con planteamientos inadecuados sobre los modos de divertirse (es sorprendente el porcentaje de alumnos que vuelven irreconocibles a clase después de un verano desafortunado); etc.

    Si en las edades clave falla el entorno, de poco sirven los razonamientos teóricos con los hijos. Decía Confucio que no son las malas hierbas las que ahogan la buena semilla, sino la negligencia del campesino. Un colegio equivocado, un lugar de veraneo de bajo nivel moral, o una indigestión habitual de televisión indiscriminada, por ejemplo, pueden echar por tierra muchos esfuerzos hechos en casa por mantener limpias las mentes de los chicos.

    Si no se actúa sobre el entorno, puede suceder como en aquel dicho del cadáver en la piscina: “Mientras no se saque el muerto, de poco vale echar cloro.” Autosuficiencia y consejo Cuentan que en un puente estrecho, de aquellos típicos que se encontraban hace unos siglos como colgados entre las dos orillas de un torrente, se paró en cierta ocasión un mulo, afirmándose con terquedad en el sitio.

    Intentaron arrastrarlo por la cabeza, empujarle, e incluso molerle a palos las costillas, pero no había modo de hacerle avanzar. A uno y otro extremo del puente la gente esperaba con impaciencia.

    Hasta que llegó uno que parecía entender de mulos, se acercó, agarró al mulo por el rabo y tiró de él hacia atrás. Al sentir que le querían hacer retroceder, el animal salió como una flecha hacia adelante, dejando el paso libre.

    Hay personas que son como aquel mulo: el mismo espíritu de contradicción. Parece que están esperando a saber de qué se habla para decir que ellos piensan lo contrario. Su norma principal es decir y hacer lo opuesto a lo que se diga o se haga.

    Para educar a esas personas, quizá lo mejor sería contratar los servicios de un experto en testarudos, como ése de la anécdota, para que les diga en cada momento lo contrario de lo que de ellos se quiera conseguir.

    Es triste ser tercos como aquel mulo, o tan autosuficientes que nunca sepamos aceptar un consejo. Todos necesitamos la ayuda de alguien que nos ayude y nos comprenda; de alguien, al menos, con quien poder desahogarnos alguna vez. Desahogarse un poco y pedir ayuda a quien nos la puede prestar, es ya un paso importante.

    Primero, porque significa que ya nos hemos dado cuenta de que necesitamos esa ayuda.

    Después, porque al explicar las cosas a otra persona, suelen adquirir más objetividad y entonces ya las comprendemos mejor. Además, el mero hecho de contarlo produce ya un gran desahogo.

    Y por último, porque seguro que nos pueden ayudar mucho con algún buen consejo.

    Algunos dicen que quienes piden consejo para todo van como a remolque de los demás, que son gente de poca personalidad. Pero pedir consejo no implica seguirlo siempre, ni descargar en quien nos aconseja la responsabilidad de la decisión. No quita que sigamos siendo los autores y supremos responsables de nuestras vidas. El consejo hay que tomarlo de quien nos merezca confianza, y luego decidir por nuestra cuenta.

    Como el niño que aprende a nadar o a montar en bicicleta, poco a poco debe ir soltándose de quien le enseña, para poder aprender. Luego, sin que le estén sujetando, seguirá recibiendo consejos para mejorar su estilo. Pero tan equivocado sería sostenerle indefinidamente como dejarle caer mil veces mientras no logra aprender la técnica del equilibrio.

    Es muy duro para cualquiera no tener a nadie que le sepa dar un consejo oportuno en los momentos de dificultad. Les sucede a veces a las personas mayores, y sucede con más frecuencia a los niños: muchos no tienen ningún amigo de su edad ni ningún adulto a quien abrir su corazón, nadie en quien confiar.

    Pero más aún sufren aquellos que sí tienen en quien confiar, pero no quieren hacerlo porque son demasiado orgullosos y se empeñan en rumiar pesadamente en soledad lo que seguramente se arreglaría con facilidad en una sencilla conversación de padre a hijo, o de hermanos, o de amigos.

    Siempre contribuirá en gran medida a la paz y la alegría en la familia que todos se preocupen por ayudar, pero a veces resultará más importante que aprendamos a dejarnos ayudar, a escuchar esa voz amiga que tiene la lealtad de darnos un buen consejo. Son muchos los que recuerdan con emoción uno de esos encuentros providenciales con un consejo que determinó el cambio de rumbo de una vida.

    Desconfiados y resentidos Muchas personas tienen un profundo convencimiento de que en el mundo todo es egoísmo y mezquino interés.

    Y como ellos así lo piensan, les parece que lo normal y lo corriente es que todos los humanos sean también, como ellos, unos egoístas de muchísimo cuidado.

    Viven así una vida empobrecida, parece como que miran siempre de reojo. Son desconfiados. Es algo casi enfermizo.

    No hace falta insistir en lo negativo de ese planteamiento para la educación del carácter. La educación en la familia debe prender en un clima

  • de generosidad y de confianza,
  • de prestar ayuda siempre,
  • de no llevar cuenta de los favores,
  • de no pensar en si alguien es merecedor de un servicio,
  • de no tener en cuenta si nos lo van a devolver o agradecer.

    Hay padres y educadores que empujan habitualmente a desconfiar, y cometen con eso un grave error.

    Es verdad que tampoco hay que pasarse por el otro extremo, porque pueden efectivamente acabar siendo unos ingenuos y que luego todo el mundo les engañe y nunca espabilen. Es preciso encontrar un equilibrio. Es verdad que ese peligro existe, pero es bastante menor que su contrario, y, además, es más fácil de corregir.

    Repasemos algunas ideas para facilitar un clima de confianza en la familia:

  • Más vale ser engañados alguna vez por los hijos que educarlos en un clima de desconfianza o de control policíaco.

  • “Yo perdono, pero no olvido”, dicen algunos. En muchos casos, eso probablemente no sea perdonar, sino un refinado sucedáneo de resentimiento.
  • Atención a las listas de agravios que guardan celosamente algunas personas, esclavas de sus viejos rencores. En lugar de dedicarse a vivir, parece que se recrean en recordar lo malo de sus vidas para sufrir doblemente.
  • Se dice que para quien tiene miedo todo son ruidos. Para el que desconfía, todo son maniobras para aprovecharse de él. Sin embargo, las más de las veces son sólo fruto de su imaginación, y es su miedo lo que les angustia: no han logrado descubrir la maravilla de la confianza, son hombres esquivos y solitarios de espíritu.
  • Confianza en los demás, para poder perdonar. Y perdonar es ser generoso en conceder oportunidades de enmendarse.
  • A veces somos rígidos porque estamos inseguros, porque no nos lanzamos a educar en la confianza. Y la confianza es un gran medio de unidad y de educación.

    La desconfianza está detrás de los resentidos que, después de recibir una herida, están decididos a no volver a confiar. Detrás de los solitarios, de los desamorados. De los viejos que se esconden desconfiados porque piensan que ya no valen para nada y todos les desprecian. De los enfermos que piensan por sistema que nadie les comprende. De los jóvenes que ven a los mayores como gente que jamás les podrán entender. De los tímidos, que se encierran dentro del propio corazón por miedo a abrirse.

    Creer en los demás Cuenta Anthony Robbins cómo en la escuela tuvo un profesor de oratoria que, un buen día, le dijo que quería verle después de la clase. El chico se preguntaba si habría hecho algo malo.

    Sin embargo, cuando hablaron, el profesor le dijo: “Señor Robbins, creo que usted tiene condiciones para ser un buen orador, y quiero invitarle a un certamen de oratoria con otras escuelas”.

    Robbins no pensaba que poseyera ninguna capacidad especial como conferenciante, pero su profesor lo decía con tal seguridad que no dudó en creerle y aceptó. Aquella sencilla intervención de aquel profesor cambió la vida de ese chico, que en pocos años llegó a ser uno de los más valorados talentos de la comunicación, con un gran prestigio internacional. Aquel profesor hizo una cosa pequeña, pero logró cambiar la percepción que ese chico tenía de sí mismo.

    La imagen que cada uno tiene de sí mismo es en gran parte reflejo de lo que los demás piensan sobre nosotros. O, mejor dicho, la imagen que cada uno tiene de sí mismo es en gran parte reflejo de lo que creemos que los demás piensan sobre nosotros.

    No puede olvidarse que esa imagen es una componente real de la propia personalidad, que regula en buena parte el acceso a la propia energía interior, o incluso crea esa energía. Es un fenómeno que puede observarse con claridad, por ejemplo, en los deportes. Los entrenadores saben bien que en determinadas situaciones anímicas, sus atletas rinden menos. Cuando una persona sufre un fracaso, o se encuentra ante un ambiente hostil, es fácil que se encuentre desanimado, desvitalizado, falto de energía. En cambio, cuando un equipo juega ante su afición, y ésta le anima con calor, los jugadores se crecen de una forma sorprendente. También lo experimentan los corredores de fondo, o los ciclistas: pueden estar al límite de su resistencia por el cansancio de una carrera muy larga, pero una aclamación del público al doblar una curva parece ponerles alas en los pies.

    Nuestra energía interior no es un valor constante, sino que depende mucho de lo que pensemos sobre nosotros mismos. Si no me considero capaz de hacer algo, me resultará extraordinariamente costoso hacerlo, si es que llego a hacerlo. Hay que pensar que la opción del desánimo tiene también su poder de seducción, y que el derrotismo y el victimismo se presentan para muchas personas como algo realmente sugestivo y tentador.

    Y en esto también se puede adquirir hábito. El tono vital optimista o pesimista, el sesgo favorable o desfavorable con el que vemos nuestra realidad personal, también es algo que en gran parte se aprende, algo en lo que cualquier persona puede adquirir un hábito positivo o negativo.

    ¿Y no es un poco narcisista esto de pensar tanto en la propia imagen? Podría serlo si no se plantean bien las cosas, pero no tiene por qué ser así. El narcisista sufre porque en realidad no se ama a sí mismo, sino sobre todo a su imagen, de la que acaba siendo un auténtico esclavo. En el momento de elegir entre él mismo y su imagen, acaba en la práctica prefiriendo a su imagen, y ésa es la causa de sus angustias: una atención exagerada a su figura y, como consecuencia, una falta de identificación y afianzamiento en sí mismo. Desarrollar la autoestima, es decir, una equilibrada estimación de uno mismo, es algo muy necesario, para lo que es preciso tener una buena percepción de uno mismo. Si uno confunde eso con dejarse esclavizar por su imagen, equivoca el camino; pero si logra crear una imagen positiva de sus propias capacidades, sin duda éstas rendirán mucho más.

    Por eso, creer en los demás tiene efectos que muchas veces son sorprendentemente positivos. Todos respondemos conforme a las sinceras expectativas que otros tienen de nosotros. Si probamos durante un tiempo a tratar a alguien con mayor consideración y afecto, a creerle capaz de mejorar su carácter o su rendimiento; si nos esforzamos, en definitiva, por verle con mejores ojos –quizá más inteligente y más capaz de lo que ahora lo vemos–, es bien probable que esa persona acabe siendo mucho mejor de lo que ahora es.

    Todos hemos pasado alguna vez por pequeñas crisis, por momentos en los que nos faltaba un poco de fe en nosotros mismos, y quizá entonces encontramos a alguien que creyó en nosotros, que apostó por nosotros, y eso nos hizo crecernos y superar aquella situación. Goethe escribió: trata a un hombre tal como es, y seguirá siendo lo que es; trátalo como puede y debe ser, y se convertirá en lo que puede y debe ser.

    El cristalito en el ojo Uno de los cuentos de Andersen comienza con la historia de un espejo mágico construido por unos duendes perversos. El espejo tenía una curiosa particularidad. Al mirar en él, sólo se veían las cosas malas y desagradables, nunca las buenas. Si se ponía ante el espejo una buena persona, se veía siempre con aspecto antipático. Y si un pensamiento bueno pasaba por la mente de alguien, el espejo reflejaba una risa sarcástica. Pero lo peor es que la gente creía que gracias a aquel maldito espejo podía ver las cosas como en realidad eran.

    Un día el espejo se rompió en infinidad de pedazos, pequeños como partículas de polvo invisible, que se extendieron por el mundo entero. Si uno de aquellos minúsculos cristalillos se metía en el ojo de una persona, empezaba a ver todo bajo su aspecto malo. Y eso es lo que sucedió a un chico llamado Kay. Estaba una noche mirando por la ventana y de repente se frotó un párpado. Notó que se le había metido algo. Su amiga Gerda, que estaba con él, intentó limpiarle el ojo, pero no vio nada.

    Sin embargo, a partir de entonces Kay ya no era el mismo de siempre. Cambió su carácter. Sus juegos ahora eran distintos. Aparentaban ser muy juiciosos, pero su actitud era siempre crítica, ácida, distante. Veía ridículo todo lo positivo y bueno. Le gustaba resaltar lo malo, poner de relieve los defectos de todo. Y aquel odioso cristal, que tanto había cambiado su modo de ver las cosas, se fue deslizando desde el ojo hasta llegar al corazón, que se enfrió tanto como su mirada y se convirtió en un témpano de hielo. Y entonces ya no le dolía.

    El chico acabó recluido en un frío castillo, y allí vivía, persuadido de que era el mejor lugar del mundo. Su amiga lo buscó de un lugar a otro durante un año. Tuvo que superar muchas dificultades hasta que al fin lo encontró. Vio entonces cómo el chico se entretenía coleccionando trocitos de hielo y componiéndolos con diseños muy ingeniosos. Era el gran rompecabezas helado de la inteligencia.

    Quizá en la vida ordinaria a bastantes personas les ha pasado algo parecido. En determinado momento, su mirada cambió. Empezaron a ver todo con peores ojos, a fijarse siempre en lo negativo. Fueron seducidos por una dialéctica turbia y peligrosa que les llevaba a asomarse a todos los abismos. Pensaban que con eso superaban una ingenuidad anterior, y les sucedió como a los que miraban en aquel maldito espejo: estaban seguros de que ahora tenían una visión más madura, de que veían las cosas tal como en realidad eran.

    Y al cambiar su mirada, cambió también su corazón. Empezaron a ver a las personas por sus defectos en vez de por sus cualidades. Empezaron a ser envidiosos, a pensar mal, a sufrir con los éxitos ajenos, a ser victimistas. Muchos de ellos volcaron esa visión negativa también sobre sí mismos, y eso les llevó a agigantar sus defectos, a infravalorarse y autoempequeñecerse.

    Con el tiempo, quizá han advertido que ese proceso les atormenta y les consume, pero les cuesta controlar sus pensamientos. Saben que deberían reconducir esas ideas que se han adueñado de su cabeza, pero hay algo que congela sus recuerdos y emociones, como sucedía a Kay durante su cautiverio en el castillo.

    Para superar ese modo negativo de ver las cosas –que en alguna medida nos afecta a todos–, hemos de comprender lo equivocado de ese dolor, lo que hemos sufrido y hecho sufrir inútilmente, lo ingratos e injustos que hemos sido con nuestros pensamientos. Cuando lamentemos de verdad todo eso, cuando dejemos reponerse al corazón y empecemos a ver las cosas con los ojos de antes, volveremos a ver la realidad tal como es.

    Quizá el problema es que el corazón está ya un poco frío y apenas nos duele, como le pasaba a Kay. Pero no por eso deja de tener y necesitar arreglo. Es un cambio difícil, pero posible. En el cuento, fueron las lágrimas de Gerda las que se abrieron camino hasta el corazón de su amigo, que también comenzó a llorar, y lo hizo de tal modo que el maldito cristal salió flotando entre sus lágrimas. También a nosotros nos puede ayudar mucho una mano amiga, una persona que supere los obstáculos que sean necesarios hasta hacernos comprender lo triste de nuestra actitud. Porque la vida a veces es dura y difícil, pero lo es sobre todo por ese cúmulo de prejuicios que nos ha entrado por la mirada y ha ido descendiendo hasta el corazón. Y sólo ese llanto del alma nos hará valorar el error y superarlo.

    Personas interesadas en los demás «Así era mi madre —rememoraba la protagonista de El Volumen de la ausencia, esa gran novela de Mercedes Salisachs—. Un camino de renuncias sembrado de querencias que pocas veces manifestaba.

    »Su ejemplo era un continuo desafío para mis reacciones egoístas. Un día, exasperada, le pregunté cómo era posible que sintiera amor por todo el mundo. Su respuesta me dejó perpleja. Me contempló, asombrada, como si yo fuera un ser de otro planeta, y me dijo: “Hija mía —y golpeó con suavidad mi frente, como si quisiera despertarme—, ¿de dónde sacas que yo siempre siento eso? El amor verdadero no siempre se siente, se practica.” »Ella solía decirme: “Actuar es la mejor forma de querer, hija. No es necesario que sientas amor por ellas —recalcaba—; sencillamente, ayúdalas. Verás qué pronto las quieres”.

    »Yo le llevaba la contraria, y le hablaba de personas a las que no podía querer, y ella me replicaba: “Cuando sientas odio hacia una persona, acuérdate de su madre, de sus hijos o de cualquier ser que la haya querido como tú quieres a los tuyos. Trata de ponerte en su pellejo e inmediatamente dejarás de odiar.” Me insistía en que no hay posibilidad de amar sin rechazar el egoísmo, sin vivir para los demás, y que una vida sin querer a los demás es peor que un erial en tinieblas.» El afecto a los demás, con la generosidad y la diligencia que siempre llevan implícitas, son la principal fuente de paz y de satisfacción interior de cualquier persona. En cambio, la dinámica del egoísmo o de la pereza conducen siempre a un callejón sin salida de agobios e insatisfacciones. Por eso las personas con un buen nivel de satisfacción interior suelen tratar a los demás con afabilidad, les resulta fácil comprender las limitaciones y debilidades ajenas, y raramente son duros o inclementes en sus juicios. Pero lo que más les caracteriza es que son personas interesadas en los demás. Y esto es así porque sólo de ese modo el hombre se crece y se enriquece de verdad.

    No hay que olvidar, además, que hasta las satisfacciones más materiales necesitan ser compartidas con otros, o al menos ser referidas a otros. Una persona no puede disfrutar de una bonita casa, o de un coche que acaba de comprarse, o de una nueva prenda de ropa, o de su belleza física, o de un título académico, o incluso de una buena cultura, si no tiene a su alrededor personas que le miren con afecto, que se alegren y puedan disfrutarlo a su lado. Si no puede —o no quiere— compartir sus alegrías, antes o después se sumergirá en un profundo sentimiento de tristeza y de frustración, porque tarde o temprano el rostro del egoísmo aparece con toda su fealdad ante aquel que le ha dejado apoderarse de sus sentimientos.

    El hombre se enaltece y se plenifica cuando entiende su vida como un servicio a los demás, como una entrega a empeños nobles, que siempre tienen referencia a otros. En cambio, cuando cede a la seducción del egoísmo, es bien fácil que pronto las cosas dejen de tener sentido, que le cansen y le hagan perder pie. El egoísmo lleva, por su propia dinámica, a un modo pueril de entender la felicidad personal, que acaba siempre en el más rotundo de los fracasos.

    Servir es lo que más ennoblece a un hombre. A medida que la configuración moral de una persona adquiere la fortaleza y la libertad necesarias para contrapesar la inercia natural del egoísmo, esa persona logrará dotar a su vida de sentido y de interés. El acallamiento de la obsesión por lo propio, de la tiranía los deseos hipertrofiados, de la miseria de todos los corifeos del egoísmo, son modos de erradicar todos esos pequeños motivos de tristeza que pululan en torno al amor propio enfermizo.

    Como escribió Martín Descalzo, quien se acostumbró a cerrar su alma y su corazón a cuantos le rodean, siempre termina por tener la una y el otro acartonados, esclerotizados, petrificados. El egoísmo se paga. Y el que nunca amó está condenado a no amar jamás y a no ser querido por nadie.

    ¿Y a mí qué? Hace un tiempo leí que la decisión más importante en la vida de una persona, la que más condiciona el resultado global de su existencia, es una decisión que todos acabamos tomando, muchas veces sin darnos demasiada cuenta, y es esta: si centramos nuestra vida en nosotros mismos o en los demás.

    Todo nuestro entorno lanza llamadas continuas a despertar nuestra sensibilidad hacia las necesidades de los demás. Hay personas que se acostumbran a hacer oídos sordos a esas llamadas. Otros, en cambio, saben captarlas y reflexionar sobre ellas, y son personas que tienen ojos para descubrir los sufrimientos y las necesidades de los demás. Piensan poco en su propia satisfacción y, curiosamente, son los que luego alcanzan mayores cotas de satisfacción y de felicidad. Saben estar atentos y procuran colmar con la riqueza de su corazón las carencias de quienes les rodean. Y quizá parece que en ellos esa actitud es innata, pero la realidad es que se debe más bien a la educación recibida, y sobre todo al esfuerzo y la entrega personal a lo largo de su vida.

    Esta idea me recuerda la historia de un chico de quince años en una pequeña ciudad española. Transcurren las vacaciones navideñas del año 1917. Desde hace unos días nieva sin interrupción y el nuevo año entra con temperaturas glaciales. El termómetro desciende hasta dieciséis grados bajo cero.

    Una de esas mañanas sale a la calle y se encuentra con algo que variará el curso de su existencia: las huellas en la nieve de unos pies descalzos. Se paró a examinarlas con curiosidad y observó que aquel rastro correspondía a la pisada desnuda de un fraile carmelita. Se encontró enseguida sumergido en una profunda remoción interior. En su alma se metió una inquietud que ya no le abandonaría nunca. Había en el mundo personas, como aquel hombre, que hacían grandes sacrificios por Dios y por los demás. ¿Y él? ¿No era capaz de hacer nada? Es probable que bastantes personas pasaran por ese mismo lugar aquella mañana. Unos no repararían en aquellas pisadas, entremezcladas quizá con los rastros de otras personas, carros o bicicletas marcados también sobre la nieve. Otros las verían, y pensaron quizá que era admirable que hubiera personas tan extraordinarias, pero en su interior no surgió ningún pensamiento que les interpelase en su propia vida.

    Aquellas pisadas en la nieve hicieron ver a Josemaría Escrivá –así se llamaba aquel adolescente– que Dios le pedía que se complicara la vida, que se comprometiera en una gran tarea en servicio de los demás. Durante toda su vida recordaría con emoción aquel momento.

    Toda la realidad que nos rodea es una interpelación constante hacia la reflexión y el compromiso. El mundo a nuestro alrededor está lleno de preguntas que esperan respuestas personales. Pero esas preguntas son como susurros que sólo se oyen cuando hay un cierto grado de madurez personal y de rectitud de vida. El que vive acaparado y seducido por sus propios intereses egoístas no percibe esas preguntas ni esas llamadas, o a lo sumo responde ¿y a mí qué? Y si no percibe las preguntas, es difícil que encuentre respuestas que den un sentido claro a su vida.

    Quizá en el mundo hacen falta más personas con actitud de escucha y con sensibilidad, pero sobre todo hacen falta respuestas personales generosas. Si uno no se pregunta para qué está en el mundo, qué es lo que de verdad vale la pena en la vida, nunca llegará a percibir ni formular una respuesta clarificadora. Si uno no se hace esas preguntas nunca encontrará respuestas. Es preciso afinar el oído y preguntarse para qué estamos en este mundo, qué es lo que puede dar verdadero valor a nuestra vida, lo que puede llenar realmente nuestro corazón y otorgarnos una felicidad duradera. Son preguntas que, si se responden con acierto y luego se persevera en el compromiso que suponen, son la condición para llegar a ser uno mismo, para vivir la propia vida y para vivirla con la verdadera libertad.

  • Contar con los demás

    • Interdependencia personal
    • Jugar en equipo
    • La soledad moral
    • Superar el egoísmo
    • Ponerse en su lugar
    • El abismo de la soledad

    Interdependencia personal Todos hemos venido al mundo como niños totalmente dependientes de otros. Hemos sido dirigidos, educados y sustentados por otros durante bastante tiempo, y está claro que si no hubiera sido así no habríamos vivido más que unas pocas horas, o a lo sumo unos pocos días. Después, nos fuimos haciendo cada vez más independientes. Se podría decir que nos fuimos haciendo cargo gradualmente de nosotros mismos.

    Una persona con una dependencia física (un paralítico o un enfermo de Alzheimer, por ejemplo), necesita ayuda de los demás. Una persona que sea muy dependiente emocionalmente, tomará sus decisiones y se sentirá segura muy en función de la opinión de los demás, de lo que otros piensen de él. Una persona que sea muy dependiente intelectualmente, cuenta con que otros piensen y decidan por él ante los principales problemas de su vida.

    En cambio, una persona independiente se desenvuelve por sus propios medios, tiene su propia opinión sobre las cosas y sus propias pautas para la construcción de su vida.

    Sin embargo, esa independencia personal, que es un logro decisivo en la vida, ha de tener también su justa medida. Porque ser absolutamente independiente no parece que sea el gran paradigma de la existencia. Entre otras cosas, porque los más altos logros de nuestra naturaleza tienen siempre que ver con nuestra relación con los demás. La vida humana lograda es de por sí —por llamarlo de alguna manera— interdependiente.

    La sensibilidad de este final de siglo ha entronizado a veces de modo exagerado la independencia, como si fuera la más grande meta humana y una garantía segura de felicidad. Sin embargo, un mal entendido afán de independencia puede en muchos casos acabar en dependencias mucho más amargas.

    Por ejemplo, la que se ve en esas personas que abandonan su matrimonio y sus hijos en nombre del amor y la independencia, aunque en el fondo lo hacen por razones egoístas bastante fáciles de suponer. O en la de aquellos que desatienden a su familia, o traicionan a sus amigos, o renuncian a sus principios, en razón de un desmedido afán de afirmación personal en su trabajo, de ganar más dinero o de alcanzar mayores cotas de poder. O la que se ve en aquellos otros que hablan de romper las cadenas, liberarse, vivir la propia vida…, y en realidad están con ello sujetándose a otras cadenas que suponen dependencias mucho más fuertes, porque son dependencias que están en su interior: en una búsqueda egoísta de placer o comodidad, en una renuncia a enfrentarse a la propia responsabilidad, o en echar la culpa a los demás de todo lo que les resulta difícil en sus vidas.

    La independencia personal nos hace actuar por cuenta propia, en vez de entregar a otros el control de nuestra vida, y eso es un logro muy importante. Pero no es suficiente como meta final de una vida. Parece claro que conviene siempre añadir a la independencia una buena dosis de sensatez y buen criterio, para no caer en la idiotez independiente, que no por independiente deja de ser idiota.

    La vida, por naturaleza, es interdependiente. El hombre no puede buscar la felicidad poniendo la independencia como valor central de su vida. De entrada, porque cualquier logro en la vida afectiva de una persona pasa necesariamente por depender en cierta manera de su mujer, su marido, sus hijos, sus amigos, su proyecto profesional, etc. Por otra parte, todos necesitamos depender también de unos principios, ideales y valores personales acertados.

    En definitiva, se puede ser independiente y comprender que se avanza más trabajando en equipo, que necesitamos enriquecer nuestro pensamiento con los de otras personas, que hay que ser fiel a unos valores seguros, o que todo hombre necesita dar y recibir afecto. La vida ha de plantearse buscando compartirla profunda y significativamente con otros, y esto siempre supone un contrapunto a un afán de independencia mal entendido.

    Jugar en equipo Si a cualquiera nos preguntaran cuáles han sido las experiencias más enriquecedoras de nuestra vida, las que mejor conservamos en la memoria y recordamos con mayor satisfacción, casi siempre nos referiremos a vivencias personales dentro de un conjunto de personas a las que apreciamos. Quizá sea la familia, o un equipo de trabajo, o un grupo de personas dentro de un determinado ámbito cultural, o de un deporte, o de lo que sea.

    Saber compartir, hacer equipo, sentirse unido a otras personas, es siempre gratificante, y también de ordinario un buen acicate para esforzarse, para mejorar. La presencia de otros nos inspira y estimula a un nivel quizá difícilmente accesible para nosotros yendo en solitario. De los demás aprendemos muchas cosas que nos enriquecen enormemente, y por ayudarles a veces nos sorprendemos haciendo cosas que quizá incluso no haríamos ni por nosotros mismos.

    Los demás son un elemento decisivo en nuestra mejora personal. Es cierto que la fuerza para cambiar depende en gran parte de uno mismo. Pero también sabemos que las personas que nos rodean pueden ayudarnos o estorbarnos mucho en ese camino. La capacidad para cambiar se ve reforzada cuando sabemos convivir con los demás, cuando sabemos trabajar en equipo, cuando logramos estar cercanos a las personas que componen nuestro entorno.

    El que se esfuerza dentro de un ámbito de confianza e ilusión, bien integrado entre personas a las que aprecia, normalmente se esfuerza más y mejor. Y eso suele producir un benéfico efecto feedback. Cuanto más das, más recibes, y mejor clima de colaboración y apoyo logras, lo cual siempre refuerza la satisfacción de todos.

    Se trata de saber integrarse lo mejor posible en los ámbitos de relación en los que participemos. Como ha escrito Anthony Robbins, todos jugamos en varios equipos: la familia, nuestro entorno profesional, nuestra ciudad, nuestra cultura, nuestro país, la humanidad entera. Puede uno quedarse sentado en el banquillo y mirar, o bien levantarse y jugar. Y es mucho mejor jugar. Compartir nuestro mundo con otros. Cuanto más demos, más nos será dado. Cuanto más participemos, más daremos y más recibiremos.

    Y también hay que saber elegir equipo. Como recuerda el dicho popular, la ley más universal es la ley de la gravedad, que tiende a llevarnos hacia abajo, y nos hace abandonar muchos retos que deberíamos plantearnos. Si sabemos rodearnos de personas positivas, con deseos de mejorar, con ilusión por hacer rendir sus talentos en servicio a los demás, entonces nos veremos nosotros mismos mucho más estimulados. Si logramos jugar en un equipo así, eso es extremadamente valioso. Por eso es vital rodearse de personas que nos lleven a ser una persona mejor cada día.

    La felicidad y el acierto en el vivir no depende de lo que tenemos, sino más bien de lo que somos, de cómo vivimos. Y lo que hacemos con lo que tenemos determina en gran medida cómo vivimos, hasta en detalles mínimos. Por ejemplo, si somos generosos con una persona que ha hecho bien su trabajo, y le tratamos como merece, eso nos hace mejores a nosotros y a él. Y esto es aplicable a casi todo. Deberíamos hacer una reflexión personal sobre esto. ¿Y si hiciera el propósito agradecer siempre con calor cualquier favor que recibo, o cualquier servicio que me hagan, por pequeño que sea? ¿Y si dedicara más tiempo a hacer la vida agradable a quienes me rodean? ¿Y si llamara de vez en cuando a mis amigos y familiares, sin necesidad grandes motivos, aunque sólo sea para interesarme por ellos? ¿Y si hiciera el propósito de hacer un donativo, aunque sea modesto, a la medida de mis posibilidades, cuando tenga noticia de un proyecto interesante? Es un estilo de vida. No es cuestión de tener mucho tiempo ni mucho dinero. Es cuestión de cómo administro lo que tengo, sea poco o mucho. De decidir con acierto a qué dedico mi tiempo y mis recursos. De no dejarme llevar por la rutina, sino procurar poner en mi vida un poco más de ingenio y de reflexión.

    Todo esto puede parecer poca cosa, pero es más importante de lo que parece. Cualquier pequeño detalle tiene un efecto positivo sobre nosotros mismos y los demás. Y un conjunto de pequeños detalles puede cambiar por completo el ambiente de una familia, una oficina, un lugar de descanso, un grupo de amigos, un noviazgo o un proyecto cultural. Proponerse ese reto con ilusión es algo que siempre vale la pena.

    La soledad moral «Aquel chico —contaba el profesor Robert Coles— tenía quince años, le iban muy mal los estudios, y solía pasar horas y horas en su habitación escuchando música con la puerta cerrada.

    »Un día le pregunté por su vida y sus problemas, y se negó a hablar de ellos, con un gesto de desdén. “¿A qué se debe ese gesto?”, le pregunté. “A nada”, contestó. “¿Y no será quizá a ti mismo?”, aventuré yo. Al oír eso, se volvió, me miró con atención, y esperó unos segundos antes de musitar: “¿Por qué dice usted eso?”.

    »Sentí entonces que me había acercado a un punto importante, y que quizá ese chico estaba bastante cerca de abrir su corazón y dejarse ayudar, pero que también podía de pronto replegarse. Preferí no responder directamente a su pregunta y, con cierta incomodidad, después de haber sufrido su desplante, pero con afecto, le dije: “Me parece que comprendo lo que sientes, y sé que en esos momentos parece que uno no le puede contar nada a nadie, porque uno no sabe bien lo que le pasa, ni qué hacer consigo mismo, ni qué decirse.” El joven se quedó mirando, no dijo nada, pero cuando sacó su pañuelo me di cuenta de que sus ojos habían empezado a humedecerse.

    »Hablamos varias veces, y aquel chico fue saliendo poco a poco de su abismo de desesperación, de su aparente soledad impenetrable. Le resultaba extraordinariamente costoso analizar esa mezcla de sentimientos, dudas, anhelos y heridas interiores, y sobre todo expresarlas en palabras ante otra persona. Poco a poco fue mostrándose como un joven lleno de rencores, muy reservado, desdeñoso de cualquier pauta moral, hipercrítico. Era un brillante observador que detectaba con gran intuición los errores y las falsedades de todo el mundo, pero no podía quedarse ahí y dirigía después su atención sobre sí mismo y se juzgaba también con extremada dureza.

    »Sólo con el tiempo, y necesité bastante, empecé a darme cuenta de que en el fondo buscaba ayuda para evaluar su vida con criterios morales.» Aquel chico adoptaba una actitud de escepticismo vital, con la que intentaba ocultar que habitualmente se sentía solo, raro, triste y bastante irritado. Mentía, despreciaba a los demás, vivía en medio de una sexualidad precoz y de un abuso del alcohol que le habían llevado a una soledad persistente. Una soledad que no era sólo emocional, sino también moral. Su vida había roto con los valores morales aprendidos en su infancia, y estaba pagando por ello un precio muy alto.

    El abandono moral tiene consecuencias muy dolorosas, y eso es así tanto para los que acuden a un colegio de élite como para los que viven en las callejuelas de un suburbio. La ansiedad que acompaña a la falta de sentido, y a la que con frecuencia se añade el abuso del alcohol, o del sexo, o de otras cosas que intentan ocultar esa ansiedad, producen con facilidad situaciones como la que hemos descrito. ¿Y qué se puede hacer? Hay que entenderles, en primer lugar. Y luego hay que ofrecerles algo en lo que creer, algo que les ayude a controlar el impulso, la amargura, el abatimiento y la sensación de inutilidad angustiosa que acosa a todos aquellos que no cuentan con una brújula ética que les oriente en el fondo de sí mismos.

    La educación moral es más importante de lo que muchos creen. Es algo de lo que tiene hambre y sed la gente joven, y que intenta denodadamente encontrar. La enseñanza moral más persuasiva es la que se transmite con el testimonio de la propia vida, con nuestra forma de estar con los demás, de hablarles y de relacionarnos con ellos. ¿Cuándo? Cuando damos las gracias a la persona que nos sirve en la cafetería, y procuramos no tratarla con la indiferencia habitual en todos. O cuando procuramos utilizar más las palabras “gracias” y “por favor”, y no de una forma mecánica, superficial y autosuficiente, sino por un deseo auténtico de aprender a romper ese apego a nuestro individualismo, para dirigirnos más a los demás y tratarles con consideración, ser importantes unos para otros, interesarse por sus cosas con tacto y sensibilidad, y expresarles su gratitud por cualquier cosa, aunque sea pequeña. O cuando perdemos el miedo a reconocer que eso que hacemos está mal, y aunque parezca no hacer ningún mal a nadie al menos nos daña a nosotros mismos. O cuando nos esforzamos en hacer más espacio en nuestro interior para los demás, y ofrecer así un pequeño acomodo para los otros, para no vivir absorbidos por nuestra propia importancia. Todo esto crea un estilo de vida, una actitud que facilita el descubrimiento de la verdad moral, y que cala de forma lenta pero efectiva en nosotros y en quienes nos rodean.

    Superar el egoísmo Cualquier persona, cuando bucea en su interior y busca en lo mejor de sí misma, encuentra bien nítida esa llamada humana a la entrega desinteresada, a darse a los demás. Educar o educarse en ese impulso generoso de servir a los demás sin esperar nada a cambio, es a todas luces decisivo para llevar una vida verdaderamente humana.

    Aunque por fortuna son pocos quienes reivindican el egoísmo como elemento de la propia tabla de valores, no por eso sus efectos dejan de estar presentes de modo constante en la vida de todo hombre: se trata de una pugna que durará toda la vida, y puede decirse que quien no lucha decididamente contra sus tendencias egoístas, se encamina hacia una auténtica quiebra personal.

    Igual que una persona generosa encuentra la felicidad haciendo felices a los demás, el egoísta pasa su vida quejándose de que el resto del mundo no se consagra a hacerle feliz a él.

    La generosidad y el egoísmo pugnan por lograr el dominio de cada persona, y parece como si esa dominación cristalizara ya desde muy temprana edad. Un niño o una niña con muy pocos años de edad ya distingue bastante bien la generosidad del egoísmo, y hace opciones morales bien concretas. Son decisiones en las que influye mucho el ejemplo que reciben, pues en la educación de los hijos, como en cualquier proceso de formación, los gestos son más importantes de lo que parece: las conductas o actitudes egoístas engendran a su vez otras similares en quienes las observan, pues su capacidad de imitación es grande y los modelos vivos son los que tienen mayor capacidad de persuasión; los comportamientos, las palabras, los gestos, los modos de reaccionar ante sucesos concretos son imitados con rapidez y trasladados a la vida, y así se crea una dinámica que no siempre luego es fácil reconducir.

    Por fortuna, sucede lo mismo en sentido positivo. Y por eso es importante que las personas descubran pronto la satisfacción personal que brota de la generosidad, del servicio, del hecho de ayudar a otros. Incluso el trabajo nos satisface verdaderamente sólo cuando vemos que aporta algo, que está contribuyendo a hacer algo positivo para otros.

    “La mejor forma de conseguir la realización personal —asegura Víctor Frankl— es dedicarse a metas desinteresadas”. La búsqueda egoísta de la felicidad constituye una contradicción en sí misma, puesto que el egoísmo obstruye el camino de la felicidad. Cuando el placer o la comodidad se deben a intereses egoístas, se produce una curiosa paradoja: cuanto más se buscan, tanto más se diluyen; cuanto más se persiguen, tanto más se apartan de nosotros. Querer a los otros es el mejor regalo que podemos hacernos a nosotros mismos, porque ese cariño que damos a los demás revierte en nuestro propio enriquecimiento haciéndonos mejores.

    ¿Y ser generoso para alcanzar una satisfacción interior no es, en el fondo, una forma solapada de egoísmo? Existe ese riesgo, sin duda, aunque no me parece muy peligroso, puesto que la propia dinámica de la generosidad va mejorando a la persona y purificando su intención y sus intereses.

    Ponerse en su lugar Recuerdo el caso de otro alumno que desde el comienzo del curso me produjo bastante mala impresión. Su actitud era habitualmente negativa, incluso un tanto desafiante. Parecía como si a cada momento tuviera que comprobar hasta dónde estaba dispuesto el profesor a permitir sus pequeñas provocaciones. También tenía dificultades con sus compañeros, entre los que era bastante impopular.

    Su talante y su comportamiento en clase llegaron a producirme cierta irritación. A los pocos días de curso, decidí variar el orden que seguía en mis entrevistas con los alumnos nuevos para hablar con él cuanto antes. A la primera ocasión, le llamé. Nos sentamos, y le pregunté cómo se encontraba en su nueva clase.

    Los primeros diez minutos fueron por su parte de un mutismo completo, sólo interrumpido por algunos parcos monosílabos. Aunque me esforcé por mostrar confianza, buscando el motivo de su desinterés y sus dificultades de relación con sus compañeros, apenas encontraba respuesta por su parte.

    Pasé a preguntarle por cosas más personales, por sus padres, por el ambiente de su casa. Poco a poco, dejaba notar que en realidad sí quería hablar, pero encontraba dentro de sí una barrera.

    Finalmente, y sin abandonar ese tono altivo que parecía tan propio suyo, me contestó: «¿Qué cómo van las cosas en mi casa? Pues eso. Fatal. Que se te quitan las ganas de todo. Usted lo ve todo muy fácil, claro. ¿Pero cómo estaría usted si su madre estuviera en cama desde hace dos años, y su padre volviera a casa bebido la mitad de los días? Estaría muy entero, supongo. Pero, lo siento, yo no lo consigo.» Siguió hablando, al principio con cierto temple, pero a las pocas frases se vino abajo, se le quebró la voz y se echó a llorar.

    Una vez roto el hielo, aquel chico abandonó esa actitud postiza de orgullo y de distancia que solía usar como defensa, y se desahogó por completo. Poco a poco fue contando el drama familiar en que estaba inmerso y que le hacía vivir en ese estado de angustia y de crispación. La enfermedad, el alcohol y las dificultades económicas habían enrarecido el ambiente de su casa hasta extremos difíciles de imaginar. A sus catorce años llevaba ya sobre sus espaldas una desgraciada carga de experiencias personales enormemente frustrantes.

    No es difícil imaginar lo que sentí en aquel momento. Mi visión de ese chico había cambiado por completo en sólo unos segundos. De pronto, vi las cosas de otra manera, pensé en él de otra manera, y en adelante le traté de otra manera. No tuve que hacer ningún esfuerzo para dar ese cambio, no tuve que forzar en lo más mínimo mi actitud ni mi conducta: simplemente mi corazón se había visto invadido por su dolor, y sin esfuerzo fluían sentimientos de simpatía y afecto. Todo había cambiado en un instante.

    Me recordó aquella frase de Graham Greene: Si conociéramos el verdadero fondo de todo tendríamos compasión hasta de las estrellas. Y pensé que muchos de los problemas que tenemos a lo largo de la vida, que suelen ser problemas de entendimiento y relación con los demás, con frecuencia tienen su raíz en que no nos esforzamos lo suficiente por comprenderles.

    Cuando oigo decir que los jóvenes no tienen corazón, o que no tienen ya el respeto que tenían antes, siempre pienso que —como ha escrito Susanna Tamaro— el corazón sigue siendo el mismo de siempre, sólo que quizá ahora hay un poco menos de hipocresía. Los jóvenes no son egoístas por naturaleza, de la misma manera que los viejos no son naturalmente sabios. Comprensión y superficialidad no son cuestión simplemente de años, sino del camino que cada uno recorre en su vida.

    Hay un adagio indio que dice así: Antes de juzgar a una persona, camina durante tres lunas en sus zapatos. Vistas desde fuera, muchas existencias parecen equivocadas, irracionales, locas. Mientras nos mantenemos fuera, es fácil entender mal a las personas.

    Solamente estando dentro, solamente caminando tres lunas en sus zapatos pueden entenderse sus motivaciones, sus sentimientos, aquello que hace que una persona actúe de una manera en vez de hacerlo de otra. La comprensión nace de la humildad, no del orgullo del saber.

    El abismo de la soledad «El matrimonio tenía dos hijos: dos muchachos despiertos, inteligentes y resabiados que conocían al dedillo la forma de tratar a sus padres para conseguir lo que se proponían.

    »A menudo recurrían a buscar complicidades unilaterales cuando los padres estaban en desacuerdo, y era tal el acierto con que utilizaban sus trucos que siempre salían victoriosos: “Pero no se lo digas a tu padre”, o bien: “Sobre todo, que no se entere tu madre”. Era una forma cómoda de quitarse los problemas de encima, y de aceptar sin aceptar. O de asentir traicionando. Pero ni el marido ni la mujer se daban cuenta de que aquel sistema no sólo malcriaba a los hijos sino que los iba separando poco a poco de ellos. Estaban demasiado ocupados en organizar su vida con agendas apretadas: reuniones, viajes, estrenos, conferencias o invitaciones de alta sociedad, como para divagar sobre las consecuencias de las minucias de sus hijos.

    »Más que comprenderse, se ponían de acuerdo. Y más que intercambiar opiniones, intercambiaban un poco de tiempo. Así fueron distanciándose el uno del otro. Poco a poco fueron entrando en los destructivos arcanos de la rutina. Ese tipo de rutinas que jamás deja paso a la sorpresa y a las suposiciones adversas.

    »También los hijos se desligaban de ellos. No es que mediaran animadversiones destructivas: sencillamente se habían acostumbrado a la desunión de los que se consideran unidos por el simple hecho de vivir juntos en la misma casa o por llevar el mismo apellido.

    »De pronto ella empezó a sufrir arrebatos de tristezas sin sentido. Eran decaimientos fláccidos impregnados de desaliento y como sumergidos en aguas heladas. En realidad ella no sabía con exactitud por qué se notaba tan desalentada, no llegaba a comprender la causa. Tampoco echaba de menos que su marido, siempre tan ocupado, se quedara impávido y no tratara de averiguar qué le ocurría para poder ayudarla. Ella llevaba demasiado tiempo aceptando que su marido jamás se inmiscuyera en sus dominios privados, y él consideraba que lo esencial era actuar como siempre había actuado: con la naturalidad propia que requerían las personas a las que nunca les ocurría nada verdaderamente distinto y agobiante.

    »En ocasiones pasaban horas sentados el uno frente al otro en la misma habitación sin dirigirse la palabra. Metidos en sus cosas. O tal vez ideando como zafarse del otro para que el silencio que los estaba atenazando no fuera un silencio compartido sino algo eventual. Así comenzó aquel matrimonio a rozar el terreno de las infidelidades. Fue una transición lenta. Como el hecho de crecer. Nadie se encuentra alto de la noche a la mañana.» Así describe Mercedes Salisachs en una de sus últimas novelas la vida de un matrimonio “respetable”, que al principio fue feliz pero que fue abandonándose poco a poco. Una vida matrimonial que se había convertido en una yuxtaposición de egoísmos y de soledades autofabricadas.

    Como ha escrito Martín Descalzo, no es que todos los solitarios sean egoístas y se hayan ganado a pulso la soledad. Hay a veces mucha ingratitud que provoca muchas soledades inmerecidas. Pero, las más de las veces, el problema más grave es pensar que el problema está en el otro, o en los otros. Si una persona, al comprobar su soledad, se pregunta: ¿cuántos me quieren?, probablemente nunca saldrá de su soledad. Para vencer la soledad hay que formularse otra pregunta: ¿a quiénes quiero yo? Es preciso poner cariño en el trato con los demás, en lugar de angustiarse reclamando ser querido y valorado. Es el modo de alcanzar remedio a la soledad, porque si uno pone cariño, aunque le parezca que no sea correspondido, tarde o temprano acaba siendo querido también.

    La insinceridad era otra de las causas de la soledad en aquel matrimonio. Al principio aquella insinceridad estaba en pequeñeces, pero luego fueron cosas más serias. Y, sobre todo, manifestaba cosas más de fondo. Cuando una persona falta a la sinceridad, manifiesta, entre otras cosas, una cómoda tendencia a las soluciones fáciles y limitadas al presente. Se busca salir del paso, evitarse una incomodidad, satisfacer un deseo torpe. Y lo peor es que, normalmente, lleva al final a un callejón sin salida, porque la mentira tiene una validez muy corta, y para mantener la mentira enseguida uno se ve empujado a mentir más, y eso conduce a la soledad de quien está constantemente teniendo que “actuar”. Por eso decía Jankélévitch que uno de los más duros castigos del mentiroso es la pérdida de su propia identidad. El mentiroso está encerrado en una soledad autofabricada de la que no sabe bien cómo salir. Le cuesta sincerarse, porque piensa que se le viene abajo el edificio de su vida, cuando lo cierto es que la sinceridad es el único modo de reedificarlo.

    Sacar partido al propio talento

    • Soluciones inteligentes
    • Hacer rendir el propio talento
    • Serenidad y dominio propio
    • Felicidad y dinero
    • Autodisculpa y mediocridad
    • Actitud positiva

    Soluciones inteligentes Ya hemos dicho en otras ocasiones que, por lo general, el problema de la mayoría de las personas no es que carezcan de recursos. Su principal dificultad suele ser que carecen del necesario control sobre los recursos personales que ya poseen.

    Acudamos a una comparación. El director de una película, o de un reportaje televisivo, puede obtener efectos muy distintos de una misma realidad que está filmando. El ángulo y el movimiento de la cámara, el tipo de música de fondo y su volumen, el color y la calidad de la imagen, etc., pueden crear en el espectador impresiones enormemente diferentes. Hay todo un conjunto de detalles que influye mucho en los sentimientos que una misma realidad puede generar en quien la vive o la presencia.

    Algo parecido sucede con el mundo interior de cualquier persona. Dependiendo de cómo se utiliza la cámara con que observamos lo que nos sucede, o la música con la que acompañamos esa mirada, o los diálogos que establecemos en nuestro interior, una misma situación objetiva puede generar en nosotros efectos subjetivos muy diversos. Puede ponernos en pantalla ideas positivas o negativas, estados emocionales favorables o desfavorables, argumentos alentadores o depresivos.

    Aunque quizá sea simplificar un poco, puede decirse que cabe vivir de dos maneras. O bien se deja que la mente siga su curso al son de lo que espontáneamente surja ante lo que nos sucede, o bien se opta por dirigir conscientemente nuestra actividad mental. Esos dos estilos corresponden, por decirlo de modo sencillo, a dos niveles de uso de la inteligencia: la inteligencia simple y la inteligencia guiada inteligentemente. Lo verdaderamente inteligente —pido disculpas por la redundancia— es lo segundo: implantar en nuestro interior los estilos intelectuales y emocionales que consideremos mejores (o más adecuados a nuestra situación).

    Todos tenemos experiencia de cómo el simple hecho de dar vueltas a un pensamiento negativo (ya sea de envidia, rencor, victimismo, crítica exacerbada, tristeza, etc.), acentúa y amplifica nuestras percepciones negativas sobre la realidad en cuestión. Si se sigue así un poco de tiempo, ese diálogo interior nos acaba llevando, por su propia dinámica, a una situación en la que probablemente el asunto quede fuera de toda proporción sensata. ¿A qué se debe? Sin duda, en gran parte a la fuerza de nuestras imágenes mentales. Y esas imágenes mentales no estaban al principio, las hemos aportado nosotros. Nos hemos ido haciendo una película en la que la imagen, la música y los diálogos nos han conducido a un estado emocional muy negativo, muy poco real y que nos puede perjudicar mucho. ¿Cuál es la solución? Llegar a ser el director de esa película, no un simple espectador.

    ¿Te has visto alguna vez atormentado por un diálogo interior incesante, por una de esas situaciones en las que la mente gira a gran velocidad y parece casi imposible de parar? Muchas veces nuestra mente dialoga consigo mismo de modo interminable, sopesando pros y contras de una decisión intrascendente, buscando un nuevo argumento para darnos la razón en una antigua discusión sin importancia, o acumulando agravios sobre determinada persona a la que deberíamos tratar con afecto y comprensión.

    Haz un esfuerzo por hacerte con el mando de esa voz, de esa música y de esas imágenes. No dejes que se te llene la cabeza de ideas recurrentes sobre tus grandes cualidades advertidas o inadvertidas por todos, ni sobre tus grandes limitaciones igualmente advertidas o inadvertidas por todos, ni sobre los grandes defectos o cualidades de los demás, lo que te han hecho o dicho o dejado de decir.

    ¿Te hablas a ti mismo constantemente con un tono de voz quejoso, o triste, o amargo? Prueba a hacerlo con un tono más cordial, alegre y positivo. Piensa también si te hablas con un tono de voz crispado o estimulante. Piensa si te tratas con el afecto y la comprensión, y también la exigencia, con que debes tratar a cualquier amigo al que aprecias de verdad y quieres ayudar a mejorar.

    Hacer rendir el propio talento E.M.Gray escribió hace unos años un ensayo bastante famoso, que tituló The Common Denominator of Success: El común denominador del éxito. Lo hizo después de dedicar mucho tiempo a estudiar qué era lo común a las personas que tenían éxito en su trabajo y, más en general, en el resultado general de su vida.

    Curiosamente, su conclusión no situaba la clave en trabajar mucho, ni en tener suerte, ni en saber relacionarse (aun siendo todas estas cuestiones muy importantes), sino que, según E.M.Gray, “las personas con éxito han adquirido la costumbre de hacer las cosas que a quienes fracasan no les gusta hacer”. Hay muchas cosas que no les apetece en absoluto hacer, pero subordinan ese disgusto suyo a un propósito de mayor importancia: saben depender de los valores que guían su vida y no del impulso o el deseo del momento.

    Da igual que seas un estudiante universitario o una profesora de un instituto, un médico o una juez, una madre que se dedica por entero a su familia o bien otra que es además una joven ejecutiva de una multinacional; en cualquier caso (y quizá en este último más aún), en tu vida hay un reto muy importante en cuanto a la organización del tiempo.

    Para una persona con un mínimo de inquietudes en la vida, el reto probablemente no es lograr ocupar el tiempo, sino más bien saber sacarle su máximo partido. Y no se trata simplemente de conseguir hacer muchas más cosas, sino de hacer las que pensamos que estamos llamados a hacer, establecer una juiciosa distribución del tiempo que nos permita alcanzar una alta efectividad en el trabajo y, a la vez, un uso equilibrado del resto del tiempo, en el que tenga cabida la familia, las amistades, la propia formación, la atención de otras obligaciones, etc.

    Recordando las reflexiones de John Keating, aquel carismático profesor de literatura de El Club de los poetas muertos, se trata de «vivir a conciencia la vida, de manera que no lleguemos a la muerte y descubramos entonces que apenas hemos vivido».

    Vivir a fondo, extraer a la vida todo el meollo. Son ideas con las que Keating luchaba por sacar a sus alumnos de la monotonía y la mediocridad. Les proponía salir del montón, vivir con intensidad el instante, recuperar el viejo carpe diem —aprovechad el momento— acuñado por Horacio.

    Aunque quizá Keating se pasa, como se comprueba en la película, porque aprovechar el instante no significa vivir para él, sí resulta positivo ese afán por extraer a la vida humana toda su riqueza. No le falta razón en ese esfuerzo suyo por arrancar a sus alumnos de la vulgaridad, de la falta de sentido. Porque es triste ver cómo algunos casi se puede decir que han muerto antes de morir, porque cuando les llega la muerte le han dejado casi todo el trabajo hecho.

    Serenidad y dominio propio Cuentan —me imagino que no será cierto, pero el ejemplo nos vale— que ciertas tribus africanas emplean un sistema verdaderamente ingenioso para cazar monos.

    Consiste en atar bien fuerte a un árbol una bolsa de piel llena de arroz, que, según parece, es la comida favorita de determinados monos. En la bolsa hacen un agujero pequeño, de tamaño tal que pase muy justa la mano del primate.

    El pobre animal sube al árbol, mete la mano en la bolsa y la llena de la codiciada comida. La sorpresa viene cuando ve que no puede sacar la mano, estando como está abultada por el grueso puñado de arroz.

    Es entonces cuando aprovechan los nativos para apresarlo porque, asombrosamente, el pobre macaco grita, salta, se retuerce…, pero no se le ocurre abrir la mano y soltar el botín, con lo que quedaría inmediatamente a salvo.

    Creo que, salvando las distancias con este pintoresco ejemplo, a los hombres nos puede pasar muchas veces algo parecido. Quizá nos sentimos aprisionados por cosas que valen muy poco, pero ni se nos pasa por la cabeza abandonarlas para poder ponernos a salvo, quizá porque nos falta dominio propio y estamos —igual que ese pobre mono— como cegados, impedidos para razonar.

    Por el contrario, el hombre sereno y que se domina a sí mismo irradia de todo su ser tal ascendiente que sin esfuerzo disipa las dudas de quienes están a su alrededor.

    No son rasgos del carácter fáciles de adquirir, ciertamente, pero son tan difíciles como importantes. Lo que se debate es nuestra capacidad para otorgar a la inteligencia y a la voluntad el señorío sobre los actos todos de nuestra vida.

    ¿Cómo se puede avanzar en eso? Pongamos algunos ejemplos de cómo ir mejorando en dominio de uno mismo.

    Para empezar, no hacer muchas declaraciones ni tomar muchas decisiones en medio de las olas encrespadas de la vanidad ofendida, de la ira o de otras pasiones desatadas. Porque en esas situaciones la pasión arrastra a las obras. Obras que, a los cinco minutos, somos los primeros en lamentar. No seamos de aquellos que actúan bajo la influencia de la impresión primera, y demuestran con ello cuán increíblemente débil es su voluntad.

    Privarnos de lo que debamos privarnos. Se ha dicho, y con razón, que sólo poseemos realmente aquello de que somos capaces de privarnos. En las comidas, por ejemplo: comer lo que nos sirvan, no llenarse de caprichos, atenerse a los regímenes y horarios de comida, no atiborrarse, etc. Es sorprendente ver cómo muchos hombres y mujeres pierden el dominio de su voluntad en el mismo momento en que se sientan a la mesa.

    Aprender a oponerse razonablemente, a decir que no si hay que decir que no, con claridad y firmeza. Algunos confunden el dominio propio con sufrir todo ataque con mansedumbre de cordero y recibir cualquier ofensa sin réplica alguna, y no es eso. Muchas veces habrá que plantarse, pero sin perder la elegancia y la mesura ni olvidar los buenos modales.

    Felicidad y dinero En una entrevista a la multimillonaria Barbara Hutton, un periodista se dirigió a ella comenzando con la típica frase hecha: “Aunque sabemos que el dinero no da la felicidad, díganos, por favor…”. La entrevistada no le dejó terminar: “Oiga, joven, ¿pero quien le ha dicho a usted esa tontería?”.

    Aunque haya infinidad de dichos populares que sostienen que el dinero no asegura nada, es frecuente ver que luego en la vida práctica son pocos los que se lo creen. La respuesta de aquella mujer, y lo cortado que debió quedarse el entrevistador, son un buen reflejo de ello.

    Es evidente que una persona con semejante fortuna recibiría como una catástrofe un empeoramiento de su situación económica. Igual que un mendigo recibiría con gran satisfacción cualquier mejora sustanciosa en su nivel de vida.

    ¿Influye mucho entonces el dinero en la felicidad? Durante más de diez años, un nutrido equipo de investigadores norteamericanos dirigido por David Myers y Ed Diener ha intentado arrojar alguna nueva luz sobre esta cuestión a través de amplios estudios estadísticos.

    Desde el principio se propusieron no fijarse sólo en las sensaciones subjetivas de felicidad que tenían los encuestados, sino también en el juicio que merecían ante los demás. Este enfoque les facilitó una de sus primeras conclusiones: casi todos los que se sentían felices también lo eran a los ojos de sus más íntimos amigos, de sus familiares y de los propios psicólogos que les interrogaban.

    Pronto comprobaron también, con cierto asombro, que la impresión personal de felicidad está distribuida de modo bastante homogéneo en casi todas las edades, niveles de ingresos económicos o de titulación académica, y tampoco se ve afectada de modo significativo por la raza o el sexo. Por ejemplo, sólo encontraron una cierta relación entre ingresos económicos y sensación de felicidad en algunos países muy pobres, como la India o Bangladesh; en los demás casos, solía ser incluso ligeramente más frecuente lo contrario.

    La investigación concluía señalando una serie de rasgos de carácter que parecen comunes a casi todas las personas que se sienten felices: la persona feliz es cordial y optimista, tiene un elevado control sobre ella misma, posee un profundo sentido ético y goza de una alta autoestima. Aunque es difícil saber en qué medida esos rasgos de carácter contribuyen a la felicidad o son más bien parte de sus efectos, sí podemos concluir con Myers y Diener en destacar la gran importancia que para toda persona tiene su mejora personal.

    Aunque la ilusión —legítima— de muchas personas sea que les toque la primitiva, o el sorteo de la ONCE, o el gordo de Navidad —y en España las cantidades que se invierten en esto son enormes—, la realidad es que luego se comprueba que aquellos a quienes les ha tocado la lotería no son, al poco tiempo, más felices que antes. Otro dato ilustrativo es que las encuestas realizadas en países en etapas de gran crecimiento económico tampoco ofrecen las diferencias esperadas en el sentimiento de bienestar subjetivo de la población.

    Podría decirse que una vez se tienen resueltas las necesidades básicas, cada uno tiende a adaptarse al nivel económico que tiene, y su felicidad apenas depende del nivel en que está situado. Es verdad que una mejora de nivel económico suele repercutir en el sentimiento de felicidad, pero esa impresión suele durar poco. De manera análoga, un empeoramiento de ese nivel suele producir una cierta infelicidad (en ese caso, además, los efectos suelen ser algo más duraderos), pero con el tiempo suele aceptarse y se acaba llegando a reconocer y disfrutar lo que antes apenas se valoraba.

    En general, el dinero no parece colaborar mucho a sentirse feliz de modo estable. Tampoco la fama suele aportar mucho por sí misma (es más, hay que ser muy maduro emocionalmente para saber digerir de forma adecuada el encumbramiento). Tener un gran talento, o muy buena salud, o un gran atractivo físico, tampoco puede considerarse el eje de la felicidad: indudablemente pueden favorecerla, y crear un clima propicio para sentirse feliz, pero no siempre es así, ni mucho menos.

    Como escribió Séneca, todos los hombres quieren ser felices, “lo difícil es saber lo que hace feliz la vida”. Hay que acertar en esa búsqueda, pues quien no lo hace se pasa la vida esperando un mañana que nunca llega.

    Autodisculpa y mediocridad «A mí no me gusta exigir tanto a mis hijos… —me decía en cierta ocasión una madre durante una conversación sobre la incierta trayectoria de uno de ellos.

    »Me conformo con que aprueben, aunque sea a trancas y barrancas. No les pido que se compliquen la vida, ni que hagan ninguna maravilla. Ni yo ni ellos somos perfectos. Somos humanos. Y yo no quiero amargarles la existencia…» Bien. De acuerdo. Pero…, me pregunto, ¿por qué equiparar eso de amargarse la existencia con tener unos ideales más altos? ¿Por qué ante cualquier fallo nuestro o ajeno —sobre todo nuestro— enseguida lo justificamos diciendo que es algo muy humano? Somos humanos: parece como si lo propio del hombre fuera lo bajo, lo vulgar, lo vicioso, lo mezquino; cuando lo propiamente humano es la razón, la fuerza de voluntad, la verdad, el esfuerzo, el trabajo, el bien. Para ser verdaderos hombres hemos de empezar por no autodisculparnos siempre con la excusa de que somos humanos.

    Es una excusa que tiene apariencia de humildad y, sin embargo, oculta habitualmente una cómoda apuesta por la mediocridad.

    Hay que inculcar en los hijos un inconformismo natural ante lo mediocre, porque resulta mucho mayor el número de chicos y chicas que se acaban deslizando por la pendiente de la mediocridad que por la pendiente del mal.

    Son muchos los que llenaron su juventud de grandes sueños, de grandes planes, de grandes metas que iban a conquistar; pero que en cuanto vieron que la cuesta de la vida era empinada, en cuanto descubrieron que todo lo valioso resultaba difícil de alcanzar, y que, mirando a su alrededor, la inmensa mayoría de la gente estaba tranquila en su mediocridad, entonces decidieron dejarse llevar ellos también.

    La mediocridad es una enfermedad sin dolores, sin apenas síntomas visibles. Los mediocres parecen, si no felices, al menos tranquilos. Suelen presumir de la sencilla filosofía con que se toman la vida, y les resulta difícil darse cuenta de que consumen tontamente su existencia.

    Todos tenemos que hacer un esfuerzo para salir de la vulgaridad y no regresar a ella de nuevo. Tenemos que ir llenando la vida de algo que le dé sentido, apostar por una existencia útil para los demás y para nosotros mismos, y no por una vida arrastrada y vulgar.

    Porque, además, como dice el clásico castellano: no hay quien mal su tiempo emplee, que el tiempo no le castigue.

    La vida está llena de alternativas. Vivir es apostar y mantener la apuesta. Apostar y retirarse al primer contratiempo sería morir por adelantado.

    Actitud positiva He recibido un e–mail, de esos envíos masivos que se mueven a diario por el ciberespacio, que habla de un tal Jerry. Tiene su gracia, y es breve, así que lo copio a continuación.

    Jerry era director de un restaurante en una pequeña ciudad de Estados Unidos. Siempre estaba de buen humor y tenía algo positivo que decir.

    Era un motivador nato. Por dos veces, cuando cambió de trabajo, varios de sus empleados se empeñaron en seguirle a donde él fuera a trabajar. Si un trabajador tenía un día malo, Jerry siempre estaba allí, haciéndole ver el lado positivo de la situación.

    Su manera de ser provocó mi curiosidad, así que un día le pregunté: «No me lo explico. No se puede ser positivo siempre, sin interrupción. ¿Cómo lo haces?». Jerry me contestó: «Cada mañana me levanto y me digo, tengo dos opciones, puedo elegir estar de buen humor o de mal humor. Y siempre elijo estar de buen humor. Cada vez que ocurre algo malo, puedo elegir entre el papel de víctima o el de aprender algo de aquello. Y procuro elegir lo de aprender algo. Cada vez que le oigo a alguien quejarse, puedo elegir entre sumarme a sus lamentos o fijarme en el lado positivo de la vida, y siempre escojo el lado positivo de la vida.» «Pero no siempre es tan fácil», protesté. «Tampoco es tan difícil», contestó Jerry. «La vida es una elección constante. Cada situación es una elección. Eliges cómo reaccionar ante las situaciones. Eliges cómo va a afectar la gente a tu humor. Eliges estar de buen o de mal humor. Es elección tuya decidir cómo vives tu vida.» Tiempo después, Jerry fue víctima de un atraco. Había olvidado cerrar con llave la puerta trasera del restaurante mientras hacía el balance de caja del día, y entraron dos hombres armados. Trató de abrir la caja fuerte, pero con el nerviosismo fallaba la combinación. Los atracadores se pusieron más nerviosos aún que él, y acabaron por dispararle. Afortunadamente, le llevaron enseguida al hospital, y después de una larga operación y varias semanas de convalecencia, Jerry recibió el alta.

    Vi a Jerry unos meses después. Le pregunté qué le había venido a la mente cuando ocurrió el atraco. «La primera cosa en que pensé es que debía haber cerrado bien la puerta. Luego, después de que me disparasen, cuando estaba tendido en el suelo, recordé que tenía dos opciones: podía elegir vivir, o podía elegir morir. Y escogí vivir.» «Los camilleros eran unos tíos simpáticos. Me animaban. Me decían que me iba a poner bien. Pero cuando me metieron en la sala de urgencias y vi las caras de los médicos y enfermeras, mientras me exploraban, me asusté realmente. En sus ojos se leía “es hombre muerto”. Entonces vi que tenía que pasar a la acción.» «¿Qué hiciste?», pregunté. «Bueno, había una enfermera que me preguntaba a gritos si era alérgico a algo. “¡Sí!”, le contesté. Se hizo un silencio grande. Esperaban que continuara. Yo cogí aire y dije: “Sí, tengo alergia… ¡a las balas!”. Después de las risas de todos, les dije: “Quiero vivir. Así que, por favor, opérenme cuanto antes”.» Jerry piensa que vivió gracias a los médicos y enfermeras, pero también gracias a su actitud. Yo aprendí de él que cada día puedes elegir si vas a encarar la vida con ganas o te vas a amargar. La única cosa enteramente tuya, que nadie puede controlar o asumir en tu lugar, es tu actitud. De modo que si tu te das cuenta de esto, todo lo demás de la vida se hace bastante más fácil.

    La historia de Jerry concluye aquí. Es quizá un tanto simple, pero apunta una idea importante. Todos conocemos personas que, con su sola presencia, irradian sentido positivo. Su actitud es optimista, animosa, esperanzada. Poseen como una especie de campo magnético que orienta los de los que le rodean, que quizá son más débiles o más negativos. Son desactivadores de crispaciones y rencillas. Cuando afrontan una situación difícil, suelen ser serenos, conciliadores, armonizadores.

    Suelen ser personas que han conseguido aprender de sus propias experiencias, tanto de las negativas como de las positivas. Creen en los demás. No reaccionan desproporcionadamente ante sus defectos, ni ante la crítica o las dificultades. No se sienten satisfechos cuando descubren los errores y debilidades de los demás (y eso no porque sean ingenuos, pues también ellos ven esos errores, pero saben que con su actitud pueden hacerles mejorar o encastillarse en su conducta). Procuran no etiquetar ni prejuzgar a la gente, sino descubrir los valores positivos que hay en toda persona. Despiertan agradecimiento y gratitud. No son envidiosas. Son agradecidas. Tienden, de forma casi natural, a perdonar y olvidar las ofensas que reciben. Buscan el modo de mejorar su formación. Leen, escuchan, poseen afán de conocer cosas, les interesa lo que interesa a quienes le rodean. En fin, toda una actitud digna de imitar en nuestra vida.

    Reflexión y renovación

    • Observar, leer, pensar
    • El poder del lenguaje
    • Cuidado del espíritu
    • Capacidad de admiración
    • El peligro de la trivialidad
    • Memoria inteligente
    • El conocimiento tácito
    • Ver en otros nuestros defectos
    • Resistencia a renovarse

    Observar, leer, pensar Alexander Fleming era un bacteriólogo escocés que disponía de un laboratorio francamente modesto, casi tanto como los mercadillos de baratijas de Praed Street que se veían a través de su ventana.

    Un día, avanzado el verano de 1928, mientras conversaba animadamente con un colega, observó algo que le pareció sorprendente. Él solía abandonar los platillos de vidrio después de hacer el primer examen de los cultivos microbianos. Uno de ellos aparecía ahora cubierto de un moho grisáceo, pero… ¡qué raro!: en derredor de ese moho las bacterias se habían disuelto. En lugar de las habituales masas amarillas bacterianas, surgían anillos muy definidos allá donde el cultivo entraba en contacto con el moho. Raspó una partícula de esa sustancia y la examinó al microscopio: era un hongo del género Penicilium.

    Así fue como Alexander Fleming llegó a conocer lo que sería el primer antibiótico: la penicilina, que abriría posibilidades insospechadas a la medicina moderna. Aún se tardaría quince años, hasta 1943, en lograr aislar este hongo y encontrar un sistema masivo de producción. Sus resultados eran casi increíbles. Jamás se había conocido medicamento tan poderoso. Al final de la Segunda Guerra Mundial se trataban ya con penicilina más de siete millones de enfermos al año. Todo empezó por aquel descubrimiento casual, porque alguien observó algo y ese algo le llevó a pensar.

    Muchos otros descubrimientos se han producido también de forma parecida.

    El físico alemán W. Roentgen se sorprendió un día de 1895 al ver que unas placas fotográficas habían quedado veladas sin aparente motivo. No conseguía explicarse cómo esas placas podían haberse impresionado atravesando cuerpos opacos. Sus investigaciones acabaron llevándole al descubrimiento de una radiación —que llamó Rayos X— que atravesaba objetos consistentes y que pronto tuvo innumerables aplicaciones.

    Brown construyó el primer puente colgante sostenido por cables inspirándose en cómo estaba tejida una telaraña que observó en su jardín, tendida de un arbusto a otro.

    Newton, según se cuenta, llegó a enunciar la ley de gravitación universal después del famoso episodio de la manzana.

    Aristóteles, en el año 340 a. C., ya habló de que la Tierra podía ser redonda, cuando a nadie se le había pasado por la cabeza semejante idea, y lo dedujo a partir de observar cómo, en el mar, se ven primero las velas de un barco que se acerca en el horizonte, y sólo después se ve el casco. Luego lo confirmó estudiando las estrellas y los eclipses.

    ¿Y por qué, ante los mismos sucesos, unos hacen grandes descubrimientos y otros no se enteran de nada? Supongo que porque unos son más observadores que otros, y unos reflexionan más y otros menos.

    ¿Y ser despistado o distraído es un defecto? No sé si tanto como un defecto, pero desde luego no se puede decir que sea una virtud ni que directamente enriquezca el carácter. Algunos adolescentes son despistados o distraídos simplemente porque han comprobado que, con unos padres tan complacientes, resulta un papel muy cómodo. Así se lo dan todo hecho y eluden cosas que les cuestan.

    Es importante hacer que los hijos adquieran cierta calma y capacidad de reflexión, porque la vida constantemente nos interroga, y a veces se presentan situaciones a las que no encontramos salida simplemente porque el atolondramiento y la precipitación nos impiden pensar.

    La sociedad actual presenta ciertas circunstancias que favorecen ser engullidos por el activismo. Y lo malo es que ese estado habitual de prisa disminuye notablemente la capacidad de reflexión. Parece como si no quedara tiempo para fijar la atención en las cosas que en realidad más importan.

    No debemos considerar superfluo el esfuerzo por buscar de vez en cuando la calma necesaria para reflexionar intensamente en una lectura, o en torno a unas ideas, e interpretarlas, viendo la forma de transmitirlas con vida a los hijos, porque el arte de pensar bien no interesa solamente a los filósofos, sino a todo el mundo.

    Hace falta un poco de calma y serenidad para poder analizar las situaciones que a cada uno se le presentan y así sopesar con prudencia las ventajas e inconvenientes de una u otra solución. Para observar y darse cuenta de lo que pasa, y de si hay o no que intervenir.

    Además, la prisa y el aceleramiento no suelen ir parejos a la eficacia, pues la gente que se sumerge en una actividad extraordinaria pero irreflexiva suele acabar haciendo mucho, sí, pero en gran parte inútil o innecesario. Su ansiedad por la acción les impide decidir serenamente.

    Cuántas veces, una idea considerada con calma, una lectura, un comentario, una argumentación, remueven el fondo de una persona y hacen brotar de ella una claridad y una energía nuevas. Es como si se removiera un pequeño obstáculo que impedía la comunicación con el aire libre, y gracias a eso una vida se llena de frescura y de lozanía.

    Como ha señalado Jesús Ballesteros, lo más revolucionario hoy en día es el hecho de pensar. En realidad, pensar es lo que tiene mayor capacidad transformadora, y el ejercicio del pensamiento y su extensión, a través del diálogo y la comunicación, puede ser lo que abra más posibilidades a una vida distinta.

    Hay algo que puede ayudar mucho: formarse a través de buena lectura. Leer es para la mente como el ejercicio para el cuerpo. Y como el tiempo es limitado, conviene afinar la puntería al elegir los libros, para que sean de la máxima calidad. Hay muy buena literatura, hay títulos adecuados a cada edad y situación. Tampoco se trata de empezar por cosas muy elevadas.

    No importa que al principio sean sólo novelas sencillas o libros de aventuras, porque lo primero que hace falta es acostumbrarse a leer. Hasta que no se pierde el miedo a los libros no conseguimos nada. Es interesante leer el periódico, alguna buena revista de información general, biografías, historia, buena literatura. Muchas veces nos sorprenderemos al ver que entendemos y nos gusta mucho más de lo que pensábamos.

    Es una buena costumbre, por ejemplo, leer en familia. Para eso hace falta que haya en la casa libros adecuados y que los padres fomenten la lectura sugiriendo títulos, leyendo ellos también, procurando que la televisión no esté siempre encendida, etc. Es fundamental el fin de semana y las vacaciones, aunque también es sorprendente lo que se puede llegar a leer al cabo de un año con un simple cuarto de hora cada día. No digas que leerás cuando tengas tiempo, porque entonces no leerás nunca.

    Produce verdadera lástima conocer a personas que son incapaces de sostener siquiera unos minutos una conversación interesante sobre algo ajeno a su especialidad, porque jamás han leído nada con un poco de contenido. Personas que apenas saben lo que sucede en el mundo, porque no leen el periódico. Ni lo que piensa nadie, porque hay muy pocas cosas que despierten su interés.

    Bacon decía que la lectura hace al hombre completo; la conversación lo hace ágil; el escribir lo hace preciso. Quienes no se cultivan un poco, parece como si no supieran disfrutar de las satisfacciones que permite el hecho de ser seres inteligentes.

    ¿Cabe el peligro por exceso, de leer continuamente, o indiscriminadamente? Hay que leer más y leer mejor. Séneca decía que no era preciso tener muchos libros, sino que fueran buenos. Junto a la capacidad de lectura hay que desarrollar la capacidad de discernimiento, porque las promociones publicitarias de las editoriales y el atractivo de las portadas no son garantía de calidad.

    El poder del lenguaje Mercedes Salisachs cuenta en una de sus últimas novelas la historia de Lucía, una niña de once años, huérfana, que después de una infancia azarosa se lanza a la aventura de aprender a leer.

    «Lo cierto es que a medida que Lucía se iba adentrando en el mundo de las letras todo cuanto la rodeaba parecía dilatarse, se volvía más comprensivo y luminoso.

    »También se hacía preguntas nuevas. ¿Qué era el cielo? ¿Por qué había tantas estrellas? ¿En qué consistía la lluvia? Y a medida que se iba introduciendo en la comprensión de los signos, algo la espoleaba a comprender también lo que aquellos signos significaban.

    »De pronto todo se iba trastocando en la mente de la niña: todo tenía un motivo. Lo más insignificante (como un parpadeo, o un gesto, o cualquier ademán) ya no era algo insustancial que flotaba en el aire. Tenía un significado que podía plasmarse en un papel en forma de nombre.

    »Además podía escribirse: todo, incluso aquello que muchos no sabían explicar, la escritura lo explicaba. Era una sensación excitante.» Leer nos abre la puerta a un mundo nuevo. Un mundo en el que todo se amplía y se ilumina, donde tenemos acceso a lo mejor que se ha pensado y vivido a lo largo de la historia.

    La palabra nos descifra la imagen, enriquece lo que vemos, nos ayuda a ampliar nuestra visión del mundo, de los demás y de nosotros mismos.

    Leer nos permite vivir otras vidas, ponernos en el lugar de otros. Nos hace ver también por los ojos de los demás, pasar por la mente de muchas personas diferentes sin dejar de ser nosotros mismos.

    Leer (con acierto, se entiende) nos ayuda a pensar con más libertad y menos estereotipos. Nos hace más libres. Ensancha nuestra mente y nos confiere un sentido crítico que nos hace salir de estrecheces que esclavizan. Como ha escrito Alejandro Llano, una persona que empieza a leer libros de calidad, comienza a abandonar las bien disciplinadas filas de los dictados del consumo, dando un paso al frente, hacia el aire libre del protagonismo en el que uno toma las riendas de su propia vida.

    Leer nos facilita comunicarnos con los demás. Facilita temas de conversación, capacidad de expresarse, de abordar los problemas. Quizá sentimos a veces el agobio del “lo sé, pero no lo sé explicar bien”, y eso indica un pensamiento aún confuso, no suficientemente destilado por la lectura.

    Conocer la realidad de las cosas exige una riqueza interior que resulta difícil sin una riqueza de lenguaje. También, a veces falla la comunicación entre las personas porque, a uno o a otro —o a los dos—, les resulta difícil expresarse. La pobreza de lenguaje está muy ligada a la pobreza de conceptos, y a un pobre conocimiento de la realidad. Si una persona maneja un vocabulario muy reducido, es fácil que no logre discernir bien lo que le sucede, ni sepa cómo traducirlo en palabras. Percibirá su interior quizá como un desconcertante manojo de tensiones, que le hacen sentirse mejor o peor, pero no logra comprender bien qué es lo que siente. Se encuentra perdido y confuso entre acosos e inquietudes que no sabe ni puede desactivar.

    No debe desdeñarse el poder del lenguaje. No es una cuestión accesoria, ni meramente formal. Como ha escrito José Antonio Marina, la palabra hace navegable el sentimiento, y esto es así porque la mayor parte de lo que sabemos, lo sabemos “empalabrado”. Por eso, lograr expresar bien en palabras lo que sentimos suele ser un gran paso hacia la clarificación de lo que nos sucede. Un avance decisivo para conocer el corazón del hombre, para conocer el propio corazón, y para aprender a convivir con él, procurando mejorarlo.

    La gente que desdeña el valor de la lectura, es fácil que viva con un déficit grande de autoconocimiento que deje baldío e improductivo gran parte de su talento, e incluso que malogre el de otros, como sucede con los conductores inexpertos, que son un peligro para ellos mismos y para los demás.

    Quizá el peor enemigo de la lectura es verla como algo costoso, poco grato, como otro deber más que hay que cumplir. Por eso es tan importante darse cuenta de que leer es un excelente modo de descansar y de disfrutar, y que es una verdadera lástima que algunos nunca lleguen a hacer ese descubrimiento.

    Cuidado del espíritu Todos tenemos un conjunto de verdades y de valores que nos inspiran, unas creencias que dan sentido a nuestra vida; y la gran mayoría de las personas tienen, además, una fe que llena de luz su existencia. En todo caso, siempre hay un espíritu que cultivar, y cuya renovación y cuidado exige una dedicación de tiempo. No son simples ocupaciones —aunque las supongan—, sino sobre todo algo que ha de impregnar por completo nuestra vida.

    Ese cuidado del espíritu requiere —para que no quede en algo vago y genérico— una dedicación periódica de tiempo lo más concreta posible. Un tiempo en el que trabajamos por renovarnos, por refrescarnos, por revisar nuestro compromiso con las verdades que nos inspiran (en el caso de la fe, además, una exigencia de trato personal con quien nos ha creado y a quien debemos todo). Un tiempo importante, ya que no puede olvidarse que las más grandes batallas de nuestra vida se libran cada día en el silencio del alma, y sólo si ganamos esas batallas, si resolvemos bien esos conflictos interiores, obtendremos esa paz y esa satisfacción interior que tanto necesitamos.

    ¿Es preciso entonces algún tipo de preparación psicológica para alcanzar la paz con uno mismo? Diría más bien que tendremos esa paz cuando nuestra vida esté en armonía con los principios y valores que la rigen, y cuando esos valores sean acertados. Tener tranquila la conciencia. La conciencia percibe la congruencia o incongruencia de nuestra conducta, y nos invita —si está bien formada— a elevarnos hacia la verdad moral, por la senda de la libertad y la sabiduría. Por eso la formación de la conciencia es tan decisiva para cualquier persona.

    Formar bien la conciencia exige un deseo eficaz de hacerlo —leyendo, pensando, comentando con otras personas— y exige, sobre todo, esforzarse por vivir en armonía con ella. Porque así como el exceso de comida o la falta de ejercicio pueden estropear la buena forma de un atleta, el hecho de actuar en contra de la verdad moral llena de oscuridad nuestra sensibilidad interior y embota nuestra conciencia.

    Hay mucha gente que no se preocupa por formarse porque no tiene mayores aspiraciones: se conforma con su nivel, y le parece que es suficiente para el tipo de problemas que se le plantean. Esas actitudes tan conformistas encierran serios peligros. No luchar por la propia superación equivale a entregarse en brazos de la pasividad, renunciar a muchas realidades a las que estamos llamados y, en consecuencia, arriesgarse a hipotecar seriamente la vida.

    Hay que pensar, además, que algún día, quizá dentro de muchos años o quizá dentro de pocos, nos encontraremos con dificultades mayores que las actuales, o nos sentiremos angustiados ante decisiones, reveses o tentaciones verdaderamente duras. Pero la lucha real por superar esa situación futura está en buena parte aquí y ahora. Con nuestra vida de ahora estamos condicionando en buena parte si el día que lleguen esas dificultades extraordinarias, fracasaremos miserablemente o las superaremos. Es preciso prepararse mediante un proceso constante de mejora personal.

    Capacidad de admiración Como ha escrito Miguel Angel Martí en su ensayo titulado La admiración (Eunsa, 1997), todo hombre, por el mero hecho de serlo, se siente llamado a interpelarse y a interpelar la realidad que le rodea; y sin admiración, su vida se convierte en algo anodino, termina perdiendo sentido.

    No es la vida quien enseña, lo que realmente enseña es la lectura que nosotros hagamos de ella. No es suficiente ver las cosas, es necesario mirarlas bien para descubrir ese algo de nuevo que siempre llevan consigo, y se necesita tener un alma joven y una sensibilidad bien cultivada para mantener el espíritu receptivo a esos guiños con que la realidad nos sorprende de continuo.

    También es vital aprender a admirarnos de las personas. No se trata de confundir la admiración con la ingenuidad, ni de tener una visión bobalicona de la vida. Se trata de ver con buenos ojos a la gente. Si logramos fijarnos un poco más en los aspectos positivos de cada persona, tendremos oportunidad de admirarlos, y con ello, les haremos y nos haremos mucho bien.

    ¿Y qué obstáculos hemos de superar para admirar a una persona que conocemos? El primer obstáculo es el acostumbramiento, que incapacita —si uno no se resiste a él— para ver en la otra persona cualquier cosa que no sea lo ya sabido: se adivinan las contestaciones, se presupone determinada actitud, se dan por supuesto ciertos comportamientos, no se contempla la posibilidad de que el otro cambie y actúe de forma distinta a la prevista, no se da ninguna posibilidad de cambio. Otro obstáculo importante es la tendencia a infravalorar a las personas; o anteponer siempre sus hechos pasados a los presentes, y tener más en cuenta lo que era que lo que es; o fijarnos y recordar más los aspectos negativos que los positivos.

    La rutina —sigo glosando a Miguel Angel Martí— es la gran arrasadora de nuestra vida. Sólo quien es joven de espíritu ganará la batalla al cansancio de la vida. El hombre ha de precaverse contra el desencanto, el acostumbramiento y la rutina, y en ese ejercicio se juega la ilusión por vivir. La vida en algunas ocasiones se nos manifiesta alegre y divertida, pero en otras muchas hemos de ser nosotros, con nuestros recursos interiores, quienes tenemos que dar un sentido positivo a lo que en un primer momento no lo tiene.

    Quien es capaz de iniciar cada día con una visión nueva, consigue hacer realidad el milagro de sorprenderse ante cosas que le son muy familiares, pero no por eso dejan de manifestarse como recién estrenadas. Nuestra vida puede compararse a quien lee un pasaje de una novela en la que se describe una calle; el lector queda admirado por su belleza, pero al poco tiempo se da cuenta de que aquella calle, que tanto le ha gustado, es muy parecida a la suya, que hasta entonces le pasaba inadvertida.

    Con demasiada facilidad se dan por supuestas las cosas, y tendría que ser al revés: no dejar nunca de preguntarse por nuestro mundo cotidiano. La vida debe estar atravesada por unos ojos que sepan descubrir en lo que ya es conocido una novedad ilusionadora.

    Todas estas riqueza interiores no se improvisan, sino que su conquista se alcanza después de un largo trayecto lleno de dificultades, pero una vez conquistadas perfuman con su aroma toda la existencia humana.

    La autoestima, tan olvidada por muchos y tan mal interpretada por otros, es otro aspecto importante para la admiración. Enorgullecerse no es el objetivo, claro está, de la autoestima. Pero ser agradecidos de la propia vida, eso sí. El que agradece, disfruta con la realidad agradecida. Quien sonríe a la vida, la vida termina sonriéndole. La felicidad no está en disfrutar de situaciones especiales, sino en la buena disposición de ánimo. Está en nuestro interior la clave de la felicidad. Esto es necesario repetirlo una y otra vez, porque obsesivamente tendemos a buscar la felicidad fuera de nosotros, y por muchos que sean los esfuerzos no la encontraremos, por el simple hecho de que no está ahí.

    El peligro de la trivialidad Las cosas son, con frecuencia, bastante más complejas de lo que a primera vista parecen. Es preciso tener en cuenta matices y detalles que, si no se valoran, muchas veces desfiguran la realidad. La trivialización es un peligro constante.

    Y podría decirse, como ha escrito Messori, que la verdadera cultura consiste precisamente en adquirir el sentido de la complejidad de las cosas, en rehuir las simplificaciones, en respetar el misterio que hay detrás de toda apariencia.

    Por eso, sin caer en un problematicismo patológico, hemos de procurar ser lo suficientemente lúcidos para profundizar en la realidad sin empobrecerla.

    Para lograrlo, es importante —entre otras cosas— leer mucho y con acierto: es ése uno de los mejores modos de abrirse a lo que han expuesto con brillantez los más grandes pensadores, de poder entrar en las mejores cabezas del presente y del pasado.

    Siempre está la excusa de la falta de tiempo, pero si uno sabe organizarse, siempre se puede quitar tiempo a otras cosas menos productivas. Y empezar quizá por un libro al mes, para procurar pasar luego a dos —no es tan difícil como parece—, o incluso a más.

    Muchos no leen más porque no tienen mayores inquietudes. Por eso fomentar el deseo de saber es lo que puede introducirnos de una vez por todas en el mundo de la lectura, tan necesaria para no ir por la vida a tientas. Una lectura atenta y reflexiva, puesto que la sabiduría no surge ordinariamente por generación espontánea.

    No todos los libros han de exigir una lectura analítica y reflexiva. Como decía Francis Bacon, hay libros para probar, libros para tragar, y otros, muy pocos, para masticar y digerir. Lo que sería una pena es reducirse sólo a los de evasión o entretenimiento.

    Es verdad que también la lectura se puede convertir en una adicción, y es bien conocido que el exceso de información nubla la inteligencia y favorece la pedantería. Si la lectura es indiscriminada y acumulativa, existe ese peligro. Por eso decíamos antes que no se ha de buscar una simple erudición, sino comprender mejor el mundo, a los demás y a uno mismo.

    Por último, cabe añadir que la escritura es otra actividad que contribuye a mejorar nuestra claridad mental. Escribir ayuda a tender puentes con algunas zonas menos exploradas de nuestra mente, destila y cristaliza el pensamiento, nos facilita expresarnos con más precisión, glosar nuestras ideas con un poco más de método y de contexto, razonar con más rigor y hacernos comprender mejor.

    Memoria inteligente Tuvo un accidente de tráfico. Estuvo muy grave. Tenía múltiples fracturas y una fuerte conmoción cerebral. A los pocos días, la gravedad y la conmoción se habían pasado, pero las fracturas necesitaron bastante más tiempo, como es lógico. Además, había otro problema. Le fallaba la memoria. No es que no recordara, pues se acordaba bien de todo lo ocurrido hasta el día del accidente. El problema es que no retenía lo que le pasaba ahora. Hablaba con normalidad, pero no recordaba lo que había dicho o escuchado unos minutos antes. Es decir, no “grababa”.

    Cuando por la mañana le preguntaban “¿qué tal la noche?”, su respuesta invariablemente era “muy bien”. Sin embargo, pasaba unas noches muy malas, ya que con tantas lesiones no encontraba ninguna postura que le dejara descansar. Sin embargo, siempre decía que había pasado buena noche. No lo hacía por quitarle importancia a esas molestias, sino que hablaba con sinceridad: no recordaba nada, y sentía lo que todos sentimos cuando nos despertamos por la mañana y no nos acordamos de nada de lo que ha sucedido a lo largo de toda la noche, y tenemos entonces seguridad de haber dormido bien. Al no recordar sus dolores, para él es como si nunca hubieran existido. Es como si la naturaleza hubiera activado un misterioso mecanismo con el que se adelantaba a defenderle de esos padecimientos.

    Afortunadamente, aquel trastorno de la memoria duró lo justo hasta que aquello pasó, y unas semanas después volvió a la normalidad. Todo aquello me llevó a pensar que el dolor reside en gran medida en la memoria. La sensación de sufrimiento se consolida cuando la imaginación lo recuerda y lo revive; si no fuera por eso, el dolor sería efímero y pasajero.

    La mayoría de las personas sufrimos más por el reciclado mental de dolores pasados que por el daño real que en su momento nos hayan producido. Sufrimos no tanto por lo que sufrimos entonces –cuando se produjeron esos fracasos, cansancios, agravios, menosprecios, desconsideraciones, etc.–, sino por lo que sufrimos al revivirlos una y otra vez.

    Un ejemplo. Si una persona deja que se adueñen de su mente los recuerdos negativos y críticos, puede un día encontrarse con que malinterpreta constantemente todos los hechos y palabras de los demás, y que los juzga con una dureza extraordinaria. Se encuentra con que su cabeza se ha convertido en una especie de ring de boxeo, por donde van pasando las personas con quienes trata, y los golpea uno tras otro con su crítica demoledora. Y puede pasarse así el día, todos los días.

    Los dolores y molestias físicas son habitualmente muchos menos y mucho menores que los que produce nuestra propia psicología. No quiero con esto decir que todos los sufrimientos sean malos. El sufrimiento trae siempre consigo un mensaje y una enseñanza. Hay dolores que corresponden a errores o sucesos que no conviene olvidar, o al menos no olvidar del todo, pues nos ayudan a sacar experiencia y a mantener la sensatez. Y de la misma manera que el dolor físico nos avisa de que algo en el cuerpo no marcha bien, y gracias a eso procuramos poner remedio, los dolores interiores también nos avisan de que algo no funciona, y nos urgen a arreglarlo. Pero si esos avisos no se saben interpretar, si no se aborda bien el sufrimiento, se producen nuevos sufrimientos, al calor de su continuo revivir en la imaginación, y esos suelen ser rigurosamente inútiles y dañinos. Y aunque quizá al principio sean pequeños, con tanto ir y volver, una y otra vez, acaban dejando un profundo surco en la memoria.

    La memoria no es como un simple almacén sin orden ni concierto. La inteligencia se demuestra en saber atesorar la información que realmente interesa, y en saber aprovecharla. No debe sólo almacenar, sino almacenar con inteligencia. Y como ha escrito Jaime Nubiola, hay imaginaciones creativas, apasionantes y apasionadas, y otras mezquinas y empobrecedoras sobre uno mismo, sobre las propias posibilidades, sobre los demás. Y en la mayor parte de las circunstancias sólo podemos comprender realmente a quienes nos rodean si pensamos bien de ellos. Por eso, la imaginación requiere un trabajo de purificación.

    El conocimiento tácito He leído un artículo de Ikujiro Nonaka que me parece muy aprovechable para quienes tienen interés en la formación. Cuenta la historia de los encargados del desarrollo de un nuevo producto en la “Matsushita Electric Company”, en Osaka. Trataban de crear una panificadora de precio y tamaño reducidos, que sirviera para uso doméstico. Llevaban tiempo trabajando en ese proyecto pero no lograban que amasase el pan correctamente. A pesar de todos los intentos, la corteza del pan se quemaba demasiado mientras el interior quedaba casi sin hacer. Analizaron todo exhaustivamente, e incluso compararon placas de rayos X de panes amasados por la máquina y de otros elaborados por panaderos profesionales, pero no lograban resolver el problema.

    Finalmente tuvieron una idea creativa. El “Osaka International Hotel” tenía fama de fabricar el mejor pan de toda la ciudad. Uno de los miembros del proyecto se adiestró durante meses con el jefe de panaderos del hotel y estudió su técnica de amasado. Tras muchas pruebas y errores, logró establecer las especificaciones del producto. Gracias a la inclusión de unas nervaduras especiales en el interior de la máquina consiguió reproducir perfectamente la técnica de estirado de la masa que utilizaban en la panadería del hotel. El resultado fue un éxito de ventas sin precedentes para el nuevo electrodoméstico.

    El punto de partida de aquel avance fue un conocimiento tácito que poseía el jefe de panaderos: un conocimiento muy personal, adquirido tras años de experiencia, que no respondía a una reflexión teórica sino práctica, y que resultaba muy difícil de expresar formalmente y de comunicar a otros.

    El investigador trabajó durante meses para adquirir ese conocimiento tácito del jefe de panaderos, mediante la observación, la imitación y la práctica. Es decir, asimiló el oficio. Esa asimilación es la propia del aprendiz que adquiere los conocimientos del experto, pero es aún una forma bastante limitada de transmisión del conocimiento, pues habitualmente ni uno ni otro tienen una percepción sistemática sobre el conocimiento del oficio, ni lo hacen explícito, y por tanto no puede ser fácilmente aprovechado por otros que no hayan estado allí presentes durante todo ese tiempo. Sin embargo, cuando el investigador logró expresar formalmente los fundamentos de su conocimiento tácito acerca de la elaboración del pan, y lo convirtió en un conocimiento explícito, entonces es cuando pudo compartirlo con su equipo de desarrollo y transmitirlo después a muchas otras personas.

    Todas estas ideas, tomadas del mundo de la empresa, son fácilmente trasladables a otros ámbitos. Todos conocemos, por ejemplo, personas que poseen una gran capacidad para trabajar en equipo, para conocer a los demás, para entenderse con ellos, para ganarse su confianza, para ayudarles en lo que de verdad necesitan. O personas que allá donde están saben crear un ambiente positivo de trabajo y de ilusión. O que saben mandar sin parecer casi mandan, saben corregir sin humillar, mantener la autoridad sin ser autoritarios, ser rigurosos sin ser rígidos. O que, a pesar de los años, se entienden perfectamente con la gente joven. O que saben educar bien a sus hijos, o a sus alumnos, poniendo al tiempo exigencia y cariño, constancia y flexibilidad.

    ¿Cómo lo logran? Muchas veces no lo saben ni ellos mismos. Por eso, para aprovechar lo que otros ya han descubierto y probado con éxito, habría que interesarse más por los modos de transformar el conocimiento tácito –nuestro o de otros– en un conocimiento más explícito, más fácilmente transmisible.

    Es preciso aumentar nuestra capacidad de observación. Fijarnos en cómo hacen las cosas quienes mejor las hacen, y reflexionar luego sobre cómo podemos aprender de ellos. En la empresa, igual que en la persona individual, en la familia, o en cualquier organización, debe haber una constante preocupación por comprender, sistematizar y expresar con fuerza y claridad comunicativa todas las ideas e intuiciones de quienes poseen cualidades que interesa poner a disposición de los demás.

    Se dice que vivimos en una sociedad dinámica y cambiante, que plantea cada día nuevos retos y problemas de creciente complejidad, en la que muchas soluciones de ayer quedan obsoletas y ya no sirven para resolver las nuevas situaciones. Poner el conocimiento personal a disposición de los demás es una tarea de enorme importancia para evitar el anquilosamiento o la inoperancia. Es un modo de fomentar la necesaria renovación, de evitar el desnortamiento y la confusión. Y ese esfuerzo ha de ser de todos, no algo confiado a unos expertos.

    Ver en otros nuestros defectos Lo contaba un profesor, de esos que observan y reflexionan. El protagonista de la anécdota es un chico de ocho años que se agitaba en llanto y rebeldía mientras su madre forcejeaba para introducirle en el autobús escolar. Con la ayuda de un discreto y políticamente incorrecto azote, finalmente lo consiguió. Una vez dentro el chico, y algo más calmado, el profesor le preguntó por el motivo de su enfado. Después de algunas evasivas, Guillermo –así se llamaba– explicó que su madre no le había comprado el calendario de chocolate que él quería, sino otro, en su opinión mucho peor. Ante su airada exigencia para que su madre fuera a cambiarlo, ella tuvo la sensatez de negarse, y ésa era la razón del enojo.

    El profesor intentó hacerle ver que aquello era propio de un niño caprichoso, pero Guillermo se negaba a aceptarlo. De pronto, tuvo una inspiración: «¿Entonces…, tú quieres ser como Dudley, y que tu mamá te trate como tía Petunia?». El niño abrió mucho los ojos, se quedó callado un instante, como imaginando algo, y después su respuesta sonó alta y contundente: «¡NO! ¡Nunca!».

    Cualquier lector de Harry Potter habrá entendido de inmediato la reacción de Guillermo. Nadie más repulsivo que el caprichoso primo Dudley, y nadie tan antipático como sus padres. En los libros de Harry Potter apenas se hacen recomendaciones morales directas, pero los chicos caprichosos y mimados son desagradables, y los envidiosos y crueles resultan antipáticos y odiosos. Harry Potter y sus amigos se quieren, se respetan, estudian (más o menos), y se enfadan pero se perdonan. La numerosa familia Weasley es simpática y acogedora, y lleva las estrecheces sin demasiadas tragedias; son el contrapunto de la odiosa familia con la que Guillermo no quería tener nada que ver.

    Esta anécdota es una buena muestra de cómo hay ocasiones en que lo mejor para advertir la necesidad de cambiar es ver nuestros defectos encarnados en otra persona. Esos defectos, desposeídos de la indulgencia con que los vemos en nosotros mismos, se nos hacen mucho más vivos, más ásperos, más desagradables. Contemplados con la objetividad que da ver las cosas desde fuera, nos parecen menos lógicos, menos disculpables.

    Descubrir con claridad en nosotros mismos algo que nos desagrada es uno de los grandes motores de la mejora personal. Los modelos positivos tienen la fuerza del “yo quiero ser así”, pero los modelos negativos pueden también encerrar una potencialidad positiva muy importante. El “yo no quiero ser así”, expresado con rotundidad ante la viva imagen de los propios defectos reflejados en otra persona, resulta a veces el revulsivo más eficaz.

    Solemos estar tan acostumbrados a convivir con lo malo –pequeño o grande– que hay en nuestro interior, que es fácil que ya no nos sorprenda demasiado. Nuestros defectos han ido naciendo de pequeñas concesiones al egoísmo, a la pereza, a la soberbia, o al vicio que sea. Al hacerse habituales esas concesiones, los defectos se consolidan, se cronifican, y poco a poco apagan nuestra sensibilidad y nuestro rechazo ante su objetiva fealdad. Por eso necesitamos que algo o alguien nos despierte de ese sueño. Si lo hacemos, y si tenemos además el valor necesario para mirar a esos defectos cara a cara, y para llamarles por su nombre, ya habremos recorrido la parte más difícil del camino para vencerlos. Por eso la ayuda de quien desde fuera nos hace ver lealmente lo que no hacemos bien, es uno de los mejores signos de amistad y de cariño que existen; y la receptividad ante esa ayuda, una de las mejores muestras de inteligencia y de sensatez.

    Todos tenemos una notable y aguda perspicacia ante los defectos ajenos. Se destacan ante nuestros ojos con una escandalosa claridad. Podríamos avanzar mucho si cada vez que advertimos en otra persona un defecto pensáramos si también lo tenemos nosotros, en mayor o menor grado. A Guillermo, ese ejercicio mental le fue muy bien.

    Resistencia a renovarse Siempre llama la atención que a principios del siglo XXI una fábula siga siendo ejemplificante, pero el éxito editorial de ¿Quién se ha llevado mi queso? parece demostrar que así es. La historia de esta fábula está protagonizada por dos ratoncillos y dos hombrecillos que vivían en un laberinto y dependían del queso para alimentarse. Habían descubierto una estancia repleta de queso, y vivían allí muy contentos desde hacía años. Pero un buen día se encontraron con que el queso se había acabado.

    La reacción de cada uno de los personajes fue distinta. Unos siguieron buscando en la misma estancia, aunque era patente que ya no quedaba nada, pero se obstinaron en que “aquí siempre ha habido queso”, y en que “siempre lo hemos hecho así”, de manera que ni se plantearon cambiar sus inveteradas costumbres. Otros, que habían advertido tiempo atrás que el queso se acababa, se habían preocupado de buscar en otros lugares del laberinto y ya disfrutaban de quesos mejores y más variados. Y de los que no fueron previsores, hubo quien al final admitió su error y quien nunca quiso hacerlo.

    No pretendo contar ahora la historia completa, pero esta fábula simple e ingeniosa puede ayudarnos a comprender que la mayoría de las cosas de la vida son cambiantes, y que las fórmulas que sirvieron en su momento… pueden quedar obsoletas más adelante. El queso representa cualquiera de las cosas que queramos alcanzar. El laberinto es el mundo real, con zonas desconocidas y peligrosas, callejones sin salida, oscuros recovecos… y habitaciones llenas de queso, unos de mejor calidad y otros peores. Cada uno tenemos nuestra propia idea de lo que es el queso, y de dónde buscarlo. Si lo encontramos, casi siempre nos encariñamos con él, y si lo perdemos o nos lo quitan, la experiencia suele resultar traumática.

    Cada uno de nosotros acumula a lo largo de la vida toda una serie de costumbres, modos de hacer y experiencias prácticas que determinan un estilo de trabajar y de vivir. Un buen día podemos encontrarnos con que todas esas rutinas no funcionan bien, y que deben cambiar. Esto puede suceder porque ha habido un cambio importante (en el trabajo, en la vida familiar, en la salud, en la amistad, o en lo que sea), y tenemos que adaptarnos a la nueva situación. También puede ser porque, sencillamente, advertimos que llevábamos una línea equivocada, y nuestro queso no es bueno. Podemos entonces sentirnos enfadados o frustrados, pero también podemos comprender que la vida inteligente supone cambios, como sucedió a esos personajes que de pronto se encontraron sin el queso de siempre, y unos supieron adaptarse y otros no.

    Con esto no quiero decir que todo en la vida sea cambiante, ni que debamos cambiar nuestros principios ante unas circunstancias nuevas, porque precisamente lo que nos hace poder adaptarnos a los cambios es tener una base firme sobre la que apoyarnos. Pero no todo en la vida son principios. Hay cosas que siempre hemos hecho, que quizá nunca habíamos pensado en cambiar, pero un buen día debemos ser valientes y cambiar.

    Esto exige un cierto sentido de aventura, un afán de renovarse, de hacerse cargo de la complejidad del mundo en que vivimos y de cuáles son sus claves. Los que saben adaptarse a los cambios suelen ser aquellos que se interesan por las personas, por la cultura, por la historia, por todo. Saben otear el horizonte. Hacen preguntas y se sienten interesados. Escuchan con atención y procuran aprender de todos, sin etiquetarlos por sus éxitos o errores del pasado. Redescubren a la gente cada vez que se encuentran con ella. Perciben nuevos brillos en los viejos rostros. Son flexibles y autónomos. No tienen miedo a introducir nuevos factores que mejoren su vida, aunque les exija verdadero esfuerzo, y aunque vean que a su alrededor otros menosprecian esos valores.

    Saber adaptarse a los cambios exige un dinamismo que es propio de quienes son constantes y pacientes; de quienes escuchan con interés y ejercitan su mente leyendo, observando y escribiendo; de quienes procuran reflexionar con hondura y, si tienen fe, dedican tiempo a profundizar en ella y a hacer que impregne de modo profundo y cabal sus vidas.

    Es evidente que todo esto requiere tiempo, pero se trata de un tiempo muy bien invertido. Hay toda una serie de pequeñas victorias diarias que pueden cambiar el rumbo de una vida. Cuando una persona dedica tiempo a su formación, incorpora a su vida todo un estilo de abordar las cosas que cambia por completo el resultado final.

    Cultura y formación

    • Necesitas reflexionar
    • No tengo tiempo
    • Preparación personal
    • Una cabeza bien amueblada
    • Cultura
    • Afán de aprender

    Necesitas reflexionar Cuando una persona se encuentra agobiada por el peso de una preocupación, solemos decirle que necesita distraerse. Y le recomendamos que salga un poco de todo ese entramado de tensiones que le oprimen, y busque fuera de él un horizonte más luminoso y recomponedor. Y efectivamente, lo normal es que ese periodo de descanso en un ambiente gratificante produzca el cambio deseado.

    Pero también se puede dar el caso de que lo que una persona necesite no sea distraerse sino reflexionar: volverse sobre sí misma para hacer de su vida objeto de sereno estudio, y encontrar así conclusiones válidas para eliminar errores y vivir con más acierto.

    Reflexionar con sosiego puede tener resultados muy beneficiosos para quien esté convencido de su necesidad. Lo malo es que muchas veces es precisamente esto lo más difícil, convencernos de que necesitamos reflexionar. Porque no suele costarnos comprender que necesitamos distraernos, pero cuando la necesidad es de reflexión, nos cuesta más caer en la cuenta, no se sabe bien por qué.

    Quizá se deba, en bastantes ocasiones, a que la reflexión va intrínsecamente unida a la conducta diaria, y quizá advertimos que hemos de cambiar algo en nuestra vida, y nos cuesta hacerlo, y rehuimos pensar en ello. Si esto nos sucede —continúo glosando ideas de Miguel Angel Martí—, debemos alertarnos. Cuando la vida va más aprisa que nuestro pensamiento y nos encontramos actuando sin habernos dado tiempo a hacer una elección razonada, precisamente entonces resulta urgente decirnos, o que alguien nos diga: «necesitas reflexionar». Porque de no hacerlo, nuestras reflexiones (cuando las haya) serán siempre a posteriori, a hechos consumados. Y la reflexión —que es el ejercicio de la razón aplicada a nuestra propia vida— debe estar al inicio de nuestro actuar, para así elegir lo mejor.

    La huida hacia adelante —que suele justificarse luego con complicadas razones que intentan disculpar los comportamientos erróneos— es una grave equivocación, de la que siempre sale perjudicado quien la toma como norma de conducta. Esta fuga hacia adelante deja de lado a la razón, que queda obligada a aparecer sólo al final, como una pobre esclava que es reclamada en última instancia para intentar justificar una elección que comprendemos que fue errónea.

    El hombre no puede prescindir de la razón. Y si en lugar de darle una misión de alumbrar la verdad y el bien, la convierte en una simple justificadora de conductas, cuya máxima norma suele ser «está bien porque lo he hecho yo (y todo lo que yo hago, para mí está bien)», entonces se produce una perversión del uso de la razón, y la que debía ser antorcha de la verdad, pasa a ser una simple venda que tapa las heridas de una conducta irreflexiva.

    La reflexión no es una actividad exclusiva de los filósofos. A lo largo de su vida, el hombre sensato se pregunta con frecuencia por su propia identidad, se hace cuestión de sí mismo, se interesa por él, no sólo por su actividad, se vuelve a su mundo interior en busca de respuestas. Y caemos entonces en la cuenta de que nos equivocamos, y descubrimos la importancia de la verdad, experimentamos como angustiosa la duda y deseamos salir de ella, surge en nosotros la incertidumbre, a veces también el desconcierto. Y se nos hace necesario pensar, poner orden, relacionar datos, examinar experiencias pasadas, ver posibles consecuencias en caso de optar por una solución determinada.

    Y luego podemos preguntar, y pedir consejo, pero al final nuestra vida debe ser fruto de nuestras decisiones personales, todo lo contrastadas que se quieran, pero la última palabra la debemos dar nosotros. Y esa última palabra debe ser pensada con la seriedad que se merece.

    No tengo tiempo Un hombre trabaja serrando árboles en un bosque. Pone mucho empeño y, sin embargo, está angustiado por el bajo rendimiento que obtiene de su prolongado esfuerzo. Cada día le lleva más tiempo acabar su tarea, de modo que le sorprende la noche cuando aún le quedan bastantes troncos por serrar.

    En su afán por trabajar cada día más, no se da cuenta de que esa lentitud se debe a que tiene muy gastado el filo de la sierra. Un buen día se le acerca un compañero y le pregunta: —Oye, ¿cuánto tiempo llevas con este árbol? —Más de dos horas.

    —Es raro que lleves tanto tiempo si trabajas a ese ritmo…, ¿por qué no descansas un momento y afilas la sierra? —No puedo parar, llevo mucho retraso.

    —Pero luego irás más deprisa y pronto recuperarás los pocos minutos que supone afilar la sierra.

    —Lo siento, pero tengo mucho trabajo pendiente y no puedo perder ni un minuto.

    Y así concluyó aquella conversación.

    Algo muy parecido a este diálogo se repite con frecuencia en el interior de muchas personas preocupadas por problemas que afectan seriamente a sus vidas. Se plantean que quizá deben mejorar su preparación profesional, que deben aumentar su cultura, que tienen que formarse, que necesitan una renovación personal que les saque de su fatigosa y rutinaria monotonía…; pero al final concluyen que no tienen tiempo, que tienen tanto trabajo que no pueden perder ni un minuto en teorías.

    Es cierto que en muchos casos la formación que a uno le ofrecen o le han ofrecido parece muy teórica y que no resuelve los problemas que tiene la gente. La solución entonces es procurarse una formación que no sea tan teórica y se adapte a las propias necesidades, pero no renunciar a la formación.

    El riesgo de caer en agotadoras disquisiciones teóricas no debe hacernos desdeñar la buena y sana teoría de las cosas. Es preciso encontrar un equilibrio, porque muchas veces, cuando alguien dice que la teoría no le interesa, que ya se la sabe, lo que probablemente le suceda es que esté confundiendo la teoría con una vaga y soporífera verborrea, puesto que no hay nada más práctico que una buena teoría. Y a bastantes que aseguran no querer ni oír hablar de teorías lo que quizá les falle es precisamente la teoría (en el buen sentido del término). O, visto de otra manera, lo que les pierde es una teoría de segundo grado: lo que les pierde es la teoría del desprecio por la teoría.

    Atender con esmero a la propia formación es decisivo para la mejora del carácter y, en general, para alcanzar una vida lograda. El problema es que casi todas las actividades encaminadas a mejorar nuestra formación son de esas actividades importantes pero no urgentes que, por no apremiarnos en el día a día, muchas personas suelen dejarlas para un hipotético momento futuro que luego nunca llega.

    Preparación personal Si consideramos los diversos ámbitos de la propia preparación personal, podríamos hablar en primer lugar de un nivel referido a lo estrictamente corporal: atender al cuidado de la salud, llevar una alimentación sana y equilibrada, hacer el necesario ejercicio físico, etc.

    Estas exigencias pueden resultar bastante costosas para algunas personas. Y si uno no está acostumbrado a ellas, al comenzar a tomarlas más en serio, es fácil que el cuerpo proteste contra el cambio, y quiera seguir en su cómoda cuesta abajo de la vida: comer y beber lo que nos venga en gana, desdeñar el ejercicio físico, ser negligentes en el cuidado de la salud, etc. Se necesita un tiempo para acostumbrar al cuerpo a esa disciplina, pero a medida que se logra, uno se encuentra con más energía y mejor humor, las actividades normales van resultando menos costosas y aumenta la capacidad para hacer cosas más exigentes.

    Si pasamos a analizar otro nivel más alto de nuestra preparación personal, referido por ejemplo a nuestras capacidades intelectuales, es probable que advirtamos que nuestras circunstancias de vida quizá no nos empujan a usar mucho de ellas. Depende mucho del tipo de ocupaciones que cada uno tenga, pero es algo que sucede con frecuencia a quien ha dejado ya la disciplina exterior de sus obligaciones de estudiante, y su trabajo tampoco le obliga a ejercer con exigencia su capacidad de leer, o de pensar analíticamente, o de expresarse por escrito con un mínimo de riqueza y corrección.

    Es verdad que si el trabajo no nos lo exige, luego, en el poco tiempo libre que uno tiene, tampoco está uno para demasiadas florituras intelectuales. Y es verdad que tampoco se trata de caer en un obsesivo afán de ejercer las capacidades mentales, de la misma manera que hacer periódicamente un poco de ejercicio físico no es pasarse las tardes en un gimnasio dedicado al culturismo. Pero si nos detenemos a pensar en cómo empleamos nuestro tiempo libre, quizá advirtamos que pasamos bastante tiempo con distracciones demasiado pasivas y que nos aportan muy poco, y que podríamos dedicarnos más a otras que nos aportarían más, y que también descansan más.

    Un ejemplo típico es la televisión. Ser capaz de autorregularse en su uso con sensatez y equilibrio es un hábito que puede tener unas importantes consecuencias para el futuro de una persona. Me refiero a que un consumo excesivo e indiscriminado de televisión supone perder la ocasión de hacer muchas cosas en la vida. Basta pensar que si una persona dedica tres horas diarias a ver televisión —y aún estaría por debajo de la media del mundo occidental—, ese tiempo supone casi la quinta parte del que se pasa cada día levantado de la cama. O sea, que es como dedicar quince años de la vida a ver la televisión quince horas diarias. Y en ese tiempo realmente se pueden hacer realmente muchas cosas.

    Es cierto que viendo la televisión también se pueden aprender cosas. Hay programas que efectivamente tienen una alta calidad, bien por su contenido formativo o informativo, o incluso de entretenimiento y de descanso, y es verdad que pueden enriquecernos y ayudarnos mucho. Pero también es cierto que muchos otros sencillamente nos hacen perder el tiempo (y eso sin contar con los que puedan influirnos negativamente, que también los hay).

    Además, si resulta que vemos la televisión a granel, sin que medie una selección y búsqueda de los espacios que de verdad nos interesan, tragándonos todo, de un canal a otro, todas las tardes, todas las noches, lo que haya… eso habría que calificarlo de adicción, y sus efectos no pueden ser positivos. La televisión es un buen siervo pero un mal amo, y no debemos dejar que su uso nos domine, sino ser capaces de emplearla con moderación y sensatez. Insisto en esto porque es la ocupación —quitando el trabajo y el sueño— a la que dedica más tiempo cada día el ciudadano occidental de tipo medio. Y parece claro que de ahí es de dónde en mayor cantidad de tiempo puede sacar para su preparación personal en todos los ámbitos.

    Una cabeza bien amueblada Con el saber, entendido como un serio compromiso de búsqueda de la verdad, vienen siempre al hombre grandes bienes.

    La ignorancia, por el contrario, está casi siempre en el origen de los comportamientos autoritarios, de los conflictos absurdos, de las descalificaciones necias, de los insultos y las agresiones. Sobre todo cuando se trata de una ignorancia no reconocida, ya que, como señaló Sócrates, “lo peor del ignorante no es que no sepa, sino que no sepa que no sabe”.

    La ignorancia es siempre simplificadora, drástica en sus afirmaciones, muy amiga de trivializar, poco aficionada a matices o aclaraciones. Por eso, ganar terreno a la ignorancia mejorando la formación es uno de los grandes retos para la vida de cualquier sociedad, de cualquier institución, de cualquier familia, de cualquier persona.

    Como ha señalado el profesor Ibáñez-Martín, una buena formación exige en primer lugar un conjunto de conocimientos que permita mejorar cualitativamente nuestra existencia. No se trata de almacenar datos, no es un simple enciclopedismo, sino lograr un conjunto de saberes bien estructurado: unos amplios conocimientos de la propia especialidad profesional, junto a un deseo universal de tener un mínimo de iniciación a otros saberes.

    En segundo lugar, es preciso buscar la formación del juicio: de ese juicio que en ciencia significa espíritu crítico y método, que en arte se llama gusto, y que en la vida práctica se traduce en discernimiento y lucidez.

    Junto a esa formación en los conocimientos y en el juicio, es preciso añadir, en tercer lugar, el ejercicio de las virtudes individuales y sociales, así como el cultivo de otras dimensiones humanas, porque bien sabemos que para vivir con acierto no basta con el conocimiento, pues los hombres de bien no se identifican simplemente con los que saben ética, ya que luego hay que poner en práctica lo que se sabe.

    La formación debe llevar al hombre a profundizar en su conocimiento y en su identificación con la naturaleza que le es propia. Así tendrá una mejor visión de lo que es oportuno para sí mismo y para la sociedad, y un estímulo para dar lo mejor de sí mismo.

    La formación debe despertar en lo más profundo del corazón del hombre una atracción hacia los valores. Debe descubrir la vida como un proyecto que parte de una plataforma que no hemos escogido, pero que discurrirá por los cauces que nos marquemos, puesto que, como afirmaba Ortega, la vida nos ha sido dada, pero no nos ha sido dada hecha.

    La formación ha de tener influencia sobre nuestra vida práctica. Ha de llevar a profundizar en esa —por llamarla de alguna manera— filosofía básica que interesa a todos porque todos ansiamos encontrar respuesta a los últimos interrogantes de la existencia del hombre, que se pregunta con frecuencia por el sentido de su vida y de su libertad. Una formación que permita al hombre resolver las dificultades de la vida ordinaria y comprender las líneas generales de los principales problemas de su tiempo.

    Cultura La vida de un hombre sin cultura es como una llanura desértica. La cultura nos facilita interpretar en clave de verdad la realidad del mundo que nos rodea. Con la cultura podemos despejar un poco de ese misterio que somos cada hombre. La cultura enriquece al hombre, le lleva a profundizar en sus raíces y en su historia. La cultura nos pone sobre la pista de nuestro pasado, nos hace valorar lo que ha sido nuestra andadura sobre la tierra —la nuestra personal y la de toda la historia del hombre—, y nos empuja —si es verdadera cultura— hacia la verdad y, por ella, hacia la libertad.

    Pero la cultura de un hombre no se improvisa. Para llegar a tener un pensamiento profundo, unas valoraciones acertadas, unos principios claros, unas referencias ricas, es preciso dedicar a ello mucho tiempo y esfuerzo.

    Ser culto, además, no es simplemente saber muchas cosas, sino, más bien, tener una explicación coherente, y en clave de verdad, de lo que es el hombre y el mundo que le rodea. Lo importante no es tener muchos conocimientos, sino que esos conocimientos den una respuesta acertada a los problemas nuestros y de quienes nos rodean. Porque, de lo contrario, ¿de qué nos sirve tener muchos conocimientos, si luego resultan fragmentarios y contradictorios, si desconozco por completo la verdad que pueda haber en ellos? No puede olvidarse que, sin un criterio de verdad, la multiplicidad de conocimientos adquiridos desembocará en una erudición simple y ramplona, pero no en una verdadera cultura.

    Para ser culto, para ir avanzando en esa lucha por cultivarse cada día un poco más, el hombre ha de tener un proyecto personal mínimamente definido. Cada uno ha de buscar una síntesis personal de sus intereses y necesidades en este sentido, y contribuirá así a forjar conscientemente su propia personalidad y su actitud ante la vida, y a esforzarse por superar la seductora mediocridad de esas subculturas —superficiales, anónimas, masificadas— que a veces parece que se nos quieren imponer, con una sutil y terca persistencia, y contra las que es preciso oponer una auténtica búsqueda de la cultura, de una cultura que realmente nos sirva para aprehender la realidad, vivir en ella y saber a qué atenernos.

    La verdadera cultura ha de servir para interpretar correctamente la vida, para hacerla más humana, para descubrir sus posibilidades más genuinas y apuntar a sus más auténticas aspiraciones. El hombre no se agota en su biología, sino que tiene un mundo interior: puede ser sabio o ignorante, cultivado o tosco, lleno de luces o cubierto de sombras, ordenado o caótico, coherente o ilógico, puede buscar la verdad o sobrevivir como puede en el sórdido mundo del error, la ignorancia o la mentira.

    Se trata de cultivar el propio mundo interior, sabiendo además que ese mundo siempre tiene luego su consiguiente reflejo en el exterior de cada persona. Y no sólo el carácter, sino hasta lo más aparentemente inmotivado del porte externo, como la mirada, los gestos, el rostro, el mismo tono de la voz, todo eso, es matizado, vivificado y mediatizado por el propio talante personal, por la propia forma de ser, que nace de lo más profundo del hombre y donde al hombre se le presenta la apasionante oportunidad de cultivarse, de proyectarse, de hacerse a sí mismo.

    Un buen camino para mejorar el propio carácter es enriquecer el propio mundo interior. Así, lo que de ese mundo interior salga luego al exterior se parecerá lo más posible a lo que uno anda buscando.

    Afán de aprender Como ha escrito José Antonio Marina, nunca podemos estar seguros de lo que otra persona ve. Aunque sigamos con atención su mirada, no podemos adivinar el paisaje que está viendo. Coincidimos con él en el nivel básico, por supuesto. Ambos podemos estar viendo aparentemente lo mismo, pero ignoramos el nivel donde está instalada la percepción del otro. Un mismo campo no es el mismo, por ejemplo, para la mirada de un pintor y para la de una persona que va de caza. Cada uno recibe percepciones distintas. No es sólo que vean las mismas cosas y luego las interpreten de modo diferente, sino que la percepción de cada uno es filtrada por el valor y el significado que eso tiene para él. Un ejemplo claro es el lenguaje escrito: nos cuesta mucho mirar un texto sin leerlo; si entendemos esa lengua, no vemos unos extraños garabatos, sino que la mirada inteligente se resiste a detenerse en esos signos, y va más allá: no ve, sino que lee, recibe inevitablemente una percepción elaborada, y su atención se desplaza según el significado de lo que va viendo.

    Los hombres, en la vida diaria, sometemos a la realidad a un interrogatorio continuo, y de la sagacidad de nuestras preguntas dependerá el interés de sus respuestas y nuestras posibilidades de enriquecernos con ellas.

    Al hombre con afán de aprender le sucede lo mismo que al niño, que cada vez es más exigente a la hora de aceptar una respuesta. El niño repite una y otra vez las mismas preguntas: ¿qué es esto?, ¿por qué es como es?, ¿qué hace?, ¿por qué hace lo que hace?, etc., pero no siempre le valen las mismas respuestas. Según unos estudios de Branderburg y Boyd, los niños entre cuatro y ocho años formulan en un diálogo normal un promedio de 33 preguntas por hora (sin duda un buen estímulo para la inteligencia familiar, y a veces casi una tortura). Además, una misma pregunta no significará lo mismo en los diversos momentos de su vida. Hay una etapa en que la pregunta ¿qué es esto? queda contestada con el nombre de la cosa. Más adelante, sin embargo, habrá que dar más explicaciones, porque el niño espera más, necesita más, y volverá a hacer las mismas preguntas, pero entonces el interrogante que ha de ser satisfecho por la respuesta será mucho más profundo.

    A través de su observación, su reflexión y sus preguntas, el hombre aprende desde muy niño a mirar y entender el mundo que le rodea. Es sorprendente, por ejemplo, la habilidad con la que ya un bebé de dos meses sigue la mirada de su madre para ver lo que ella ve. Hay un claro interés, desde los primeros meses de vida, por aprender, por preguntar, por apropiarse del mundo de los otros.

    Quizá por eso uno de los más eficaces empeños educativos es enseñar a preguntar, enseñar a formular posibilidades de llenar esos huecos que la naturaleza abre en el interior de las personas y que reclaman ser colmados. La insensibilidad, la incapacidad de relacionarse con lo que es un poco profundo, es una de las más amargas fuentes de infelicidad, porque niega a las personas todo asomo de verdadera singularidad, porque dilapida toda una fortuna de posibilidades que se nos presentan de continuo a cada uno. Las personas insensibles afirman que todo eso les da igual, que están bien como están, pero cuando un día despierten y lo comprendan, y vean lo que han perdido, se lamentarán con verdadero pesar.

    Sería una pena que el transcurso de los años acabara con ese natural y espontáneo deseo infantil de aprender. Todo hombre debiera esforzarse en mantener de por vida ese noble y fecundo deseo de enriquecerse con las aportaciones de los demás. Un deseo que nos lleva a no conformarnos con explicaciones que hace un tiempo quizá sí nos parecían suficientes. Un deseo que nos impide perder la capacidad de maravillarnos, que nos aleja del peligro de volvernos conformistas e insensibles. Un deseo que nos impulsa a profundizar en las cosas, que exige mejorar nuestra sensibilidad, nuestra capacidad de discernimiento. A lo mejor pensamos que esa capacidad apenas puede crecer ya en nosotros, pero quizá no sea así. Podemos aprender a discernir mejor. Podemos enriquecer nuestros esquemas perceptivos. Podemos ganar en sensibilidad. Debemos.

    Carácter y autoridad

    • Autoridad y autoritarismo
    • Sentido de autoridad
    • Independencia y formación
    • Saber escuchar
    • El juicio de los niños

    Autoridad y autoritarismo Hay personas que logran ganarse una posición de gran respeto por la vía de la fuerza o el miedo: tienden a utilizar un poder coercitivo para lograr lo que se proponen. Su eficacia a corto plazo suele ser alta, pero no es fácil de mantener por mucho tiempo, pues produce una sumisión tensa y provoca actitudes de resistencia que pueden llegar a ser enormemente activas e ingeniosas.

    Este tipo de poder es el que ejercen algunas personas —en el trabajo, la escuela, la familia, etc.—, con resultados a largo plazo generalmente deplorables, pues entran con facilidad en una dinámica que alienta la simulación, la sospecha, la mentira y la inmoralidad.

    En algunos casos extremos, cuando se lleva al límite esa tensión, produce conflictos personales más graves, pues —como escribió el pensador ruso Alexander Solzhenitsyn— «sólo se tiene poder sobre las personas mientras no se les oprima demasiado; porque si a una persona se le priva de lo que considera fundamental, considerará que ya nada tiene que perder y se liberará de esa sujeción a cualquier precio».

    El poder coercitivo suele desaparecer cuando desaparece la capacidad de ejercer las amenazas o el miedo, y entonces surgen con facilidad, como reacción, sentimientos de rechazo, oposición o revanchismo.

    Hay otros estilos de autoridad menos despóticos, que consiguen mantener una posición de dominio de una manera más utilitaria, por la vía de la contraprestación y el equilibrio de poderes, y la gente les obedece y les sigue en puntos concretos a cambio de unas ventajas determinadas. La relación que se establece suele ser de simple funcionalidad, y ese equilibrio de fuerzas se mantiene mientras beneficie a ambos, o al menos mientras continuar así les perjudique menos que romperlo. Es cierto que ofrece una cierta sensación de equidad y justicia, pero es el tipo de situación propia de relaciones laborales o familiares precarias y enrarecidas.

    Hay, por último, otras formas de ejercer la autoridad más acordes con la dignidad del hombre. Es la autoridad moral que poseen aquellas personas en las que se confía y a las que se respeta porque se cree en ellas y en la tarea que están llevando a cabo. No es una fe ni una servidumbre ciegas, ni consecuencia del arrastre de un gran carisma personal, sino una reacción consciente y libre que esas personas producen en los demás gracias a su honestidad, su valía y su actitud hacia los demás.

    Todos hemos conocido personas que han despertado en nosotros esos sentimientos de adhesión. Quizá esa persona nos sorprendió depositando una mayor confianza en nosotros, nos trató de forma distinta, nos alentó en momentos difíciles, o nos ofreció su ayuda cuando no lo esperábamos. El caso es que generó en nosotros una consideración especial hacia él: una actitud de respeto, de lealtad, de compromiso, de receptividad.

    Se trata de algo que también puede producirse ante un personaje que nos presenten los medios de comunicación, o ante figuras que descubrimos en la historia, o ante escritores o artistas de otra época, por ejemplo. Pueden despertar en nosotros una corriente de extraordinaria simpatía o, por el contrario, de profundo rechazo. Estudiar esas figuras, y analizar los rasgos que producen esos efectos, será siempre una fuente de ideas interesantes para todo aquel que desee ganar en autoridad moral.

    Sentido de autoridad Hay muy diversos modos de ejercer la autoridad, y aunque las personas y las situaciones sean muy distintas, hay bastantes rasgos de carácter que casi siempre confieren autoridad y son muy positivamente valorados por casi todo el mundo.

    Por ejemplo, son importantes la paciencia, la sensibilidad y la consideración con los demás. O la disposición a aprender de otros, que hace que actuar con clara conciencia de que no solemos tener todos los datos, ni todos los puntos de vista, ni todas las experiencias que pueden aportarnos los demás. O la aceptación de las personas como son, sin pretender que todos tengan los mismos gustos y preferencias que nosotros. O la corrección en el trato, ajena a actitudes habitualmente tensas o cortantes.

    Hay personas que muestran una actitud agresiva porque quizá encuentran en ella una fuente de suficiencia personal, y están quizá orgullosos de su prepotencia, pues piensan que eso les proporciona autoridad y reconocimiento. Lamentablemente para ellos (y aunque a veces algunas corrientes culturales hayan valorado quizá demasiado los modelos agresivos y avasalladores), sus resultados a medio y largo plazo suelen ser penosos.

    Eso no quiere decir que haya que menospreciar otros rasgos más activos, como por ejemplo la firmeza, que ha de ser compatible con todo lo anterior. La autoridad precisa de un juicioso equilibrio entre firmeza en la propia posición y mostrar un sincero respeto e interés por las valoraciones de los demás, sin juzgarlas precipitadamente. Se trata, en definitiva, de comprometerse en un proceso de buena comunicación personal, de actitudes abiertas y al tiempo firmes y coherentes.

    Otra característica importante es la confianza, que se manifiesta en la capacidad de dejar a los demás suficiente margen de decisión; o en la habilidad para elevar el grado de responsabilidad y adhesión con que los demás asumen las decisiones; o en la actitud que se toma cuando se advierten errores en los demás, que siempre habrá.

    La sensibilidad de hoy —de siempre— rechaza la monserga autoritaria. Recusa también los aires oficial y pesadamente pedagógicos. Tampoco lleva nada bien las actitudes demasiado seguras de sí mismas, poco tolerantes, poco abiertas a la diversidad.

    No puede faltar, en quien ostenta autoridad, un gran amor a la libertad, con el consiguiente respeto a los ámbitos de legítima autonomía personal de cada uno. Debe tener siempre presente que, en estos ámbitos, no goza de autoridad, y que la diversidad en esas cuestiones es un elemento positivo que no daña la autoridad ni la necesaria disciplina, y que debe ser respetada, sin caer en la tentación de imponer una uniformidad amorfa que ahogaría la libertad.

    Aunque haya quedado para el final, otra cuestión básica es la integridad personal: honestidad, compromiso sincero de búsqueda del bien de los demás, veracidad, rectitud. Para las personas rectas, la vida no es tanto una carrera como cumplir con una misión. Y esto siempre lleva a orientar la vida hacia los demás. Porque todo intento de ser una persona equilibrada y honesta sin dar a la propia vida ese sentido de servicio, es un empeño imposible. Sólo ese sentido de ayuda a los demás, con sus responsabilidades subsiguientes, hace que la vida no acabe presentándose en conjunto ante nosotros como un esfuerzo vano y absurdo.

    Independencia y formación Hay personas que piensan que formar a otros en unos valores supone una imposición de esos valores. Dicen que debería ser cada uno quien reconozca los que le interesen; que formar a otros en unos valores determinados es forzar a las personas, ahormarlas, someterlas a una influencia más o menos autoritaria y, en esa medida, destructora de la originalidad personal.

    Sin embargo, parece claro que toda nuestra existencia está tejida con aportaciones de los demás, y que sería ridículo querer eludir de modo absoluto su influencia. Basta pensar en el proceso que sigue cualquier persona desde su nacimiento: el hombre viene al mundo como el más desvalido de los vivientes, incapacitado para casi todo durante largos años; y así como su desarrollo corporal no se produce sin una alimentación proporcionada por otros, algo parecido ocurre con su inteligencia, cuya potencialidad se desarrolla mediante la influencia de los demás, una influencia que —al menos durante los primeros años— resulta totalmente imprescindible. De hecho, los escasos ejemplos conocidos de niños que se criaron de modo salvaje, al margen de la civilización, muestran a las claras esa realidad.

    Los más recientes estudios acerca de los factores que influyen en el desarrollo de la inteligencia coinciden en otorgar un considerable valor —al menos estadísticamente hablando— al medio cultural en que se ha vivido. El hombre apenas puede progresar en su propia vida, intelectual o moral, sin ser auxiliado por la experiencia colectiva que han acumulado y conservado las generaciones pasadas. Podría decirse que la sociedad atesora el pasado, y que gracias a ella en el hombre hay progreso e historia.

    La pretensión de que todas nuestras acciones fueran realizadas de modo absolutamente autónomo y personal, significa desconocer la limitación del hombre. La búsqueda de la absoluta autonomía personal llevaría a una existencia empobrecida y agobiante, e incluso irracional en la medida en que sólo admitiría soluciones originales, renunciando sistemáticamente a todas las comprobadas y claras realidades que la humanidad ha ido acumulando a lo largo de los siglos.

    Es un triste error pensar que cualquier cosa que hagamos, para que sea verdaderamente personal, debe hacerse de modo totalmente original y solitario, ajeno a toda influencia o colaboración, como si cualquier influencia atentara de inmediato contra nuestra personalidad. Eso supondría confundir el hecho de tener personalidad con adoptar una actitud de autosuficiencia y absolutez, que es un desatino de los más frustrantes en que se puede caer. Es cierto que conviene dejar un margen amplio a la creatividad personal, pero sin confundir la creatividad con esa vanidad pseudoinfantil que a algunos a les hace pensar que están llamados a introducir novedades geniales en todo lo que hacen, y que además lo lograrán partiendo únicamente de sí mismos, sin contar con aportaciones ajenas. Eso sería confundir la espontaneidad con la sabiduría.

    La verdadera creatividad precisa siempre de un equilibrio: no es ni el originalismo necio de quien busca llevar la contraria a todo lo establecido; ni la producción serializada y gris de quien es incapaz de introducir una aportación personal en nada de lo que hace; ni tampoco el originalismo mimético de esa gran oleada de mediocres que suele seguir a los verdaderos creadores, imitando ingenuamente su estilo sin llegar a captar su sustancia.

    Ninguno nos hemos dado a nosotros mismos la vida, ni hemos determinado las características de nuestra personalidad. Sin embargo, a nosotros corresponde desarrollarla. La plena realización de nuestra personalidad es como una progresiva colonización de nosotros mismos. Y para lograrlo, no tiene por qué ser obstáculo el hecho de ser ayudado por otros, es decir, recibir estímulo, consejo, ánimo, ejemplo. Ciertamente existe el peligro de que ese consejo acabe transformándose en una cierta dominación por parte de otra persona, y por eso —como ha escrito José Antonio Ibáñez-Martín— una cosa es recibir ayuda, hacer uso de esa segunda mano que se nos ofrece, y otra muy distinta es convertir nuestra vida en una existencia de segunda mano. Son cosas bien distintas, y de una no hay por qué pasar a la otra.

    Podríamos compararlo a lo que sucede con otros fenómenos humanos como, por ejemplo, con el lenguaje. El lenguaje puede parecer que coarta la libertad porque obliga a usar un repertorio estereotipado; sin embargo, hay una enormidad de posibilidades de expresarse: basta ver la diferencia que hay entre un buen orador y quien habla torpemente. De la misma manera, recibir de otros una buena formación es muy distinto a ser dominado y manipulado por ellos. Es evidente que el hombre puede abdicar de su personalidad allí donde debía mantenerla, de modo que esa ayuda deje de ser una colaboración para transformarse en una dictadura, pero eso sería una perversión —o al menos una trivialización— del recto sentido que tiene el hecho de formarse.

    ¿Dónde está el límite entre una influencia realmente formadora y legítima, y otra que fuera autoritaria e invasora? Para que esa influencia sea legítima, es preciso que busque formar una auténtica interioridad en aquellos a quienes se dirige. Una interioridad que, entre otras cosas, pueda resistir a las tendencias superficializadoras y dispersoras de cada época. Un sólido núcleo personal que no deje a la persona a merced de los vaivenes de la moda del mundo del pensamiento.

    Por otra parte, tener una notable autonomía personal no está reñido en absoluto con mostrar una conveniente receptividad, es decir, una apertura de mente que busque un constante enriquecimiento personal gracias a las aportaciones de los demás. Una receptividad que, como es natural, debe mostrarse solamente ante quien merezca esa actitud, y que no ha de ser pasiva sino activa, tanto en la búsqueda de las opiniones que nos merecen autoridad como en el esfuerzo por mantener después una actitud despierta ante ellas. Para lograrlo resulta preciso superar el orgullo y la pereza, mantener la necesaria frescura de imaginación y proceder con una total sumisión a las exigencias de la verdad que vayamos percibiendo.

    Y quien asume la tarea de formar, ha de procurar siempre hacer pensar, puesto que formar no es modelar desde fuera el espíritu del otro a nuestra imagen y semejanza, sino despertar en su interior al artista latente que esculpirá desde dentro su obra. Una obra que muchas veces será imprevisible para nosotros, y quizá extraña a nuestros deseos.

    Mediante la formación, no tratamos de conseguir la realización de unos actos determinados, ni buscamos simplemente transmitir unos criterios de conducta, por acertados que éstos fueran: se trata de buscar en cada persona el desarrollo más plenamente humano de sus capacidades, de modo que de ahí fluya con naturalidad un modo de ser y de actuar acorde con la formación que se ha ido asimilando.

    Saber escuchar Con ése se puede hablar, no parece una persona mayor. Así se explicaba, refiriéndose a un profesor suyo, un chico de catorce años en un comentario informal con un compañero de colegio.

    Al oírlo, me quedé pensativo. Me preguntaba por qué pensaría ese chico que con la mayoría de las personas mayores no se puede hablar. Descalificar sin más esa desenfadada apreciación juvenil me parecía demasiado simple, demasiado cómodo. Es más, puede que fuera un buen modo de confirmarla. Era preciso abordar ese asunto con un poco más de autocrítica por parte de la gente adulta. Tengo unas ideas al respecto y voy a intentar explicarlas.

    Hay personas inseguras, que no logran detener su tendencia a alimentar sus dudas, que se atormentan de continuo con perplejidades y vacilaciones. Para decidir cualquier cosa necesitan apoyo, respaldo, adhesión. Sin embargo, es bastante corriente que esas personas tengan miedo a manifestar su inseguridad, y por eso procuran esconderla, al menos ante aquellos con quienes no tienen una gran confianza. El resultado es que, al menos de modo habitual, las personas inseguras no suelen transparentar su inseguridad, sino que intentan mostrarse exteriormente como seguras y decididas. En muchos casos, además, esa actitud se convierte en una inseguridad hipercompensada, que les lleva a hablar con gran rotundidad de cosas de las que en absoluto están convencidas, o a mostrarse muy decididas cuando no está nada claro que lo estén.

    Hay otras personas cuyo problema es el contrario, aunque el resultado final tenga un cierto parecido. Son aquellas que por naturaleza tienen un exceso de evidencias y seguridades. Piensan, hablan y actúan pisando fuerte. Sus ideas suelen ser claras y rotundas. Tienen poca capacidad de sorpresa y poco afán de aprender. Su mente parece como si estuviera ya casi terminada. Parecen estar ya en posesión completa de la verdad. Cuando hablan, aleccionan. Les cuesta hacerse cargo de la situación emocional de los demás, y por eso hablan con poca oportunidad. Con facilidad descalifican o estigmatizan a quienes piensan de otra manera. Sus esquemas mentales están tan cerrados que cualquier nuevo dato siempre refuerza sus anteriores ideas. Apenas piensan en replantearse si sus ideas son acertadas, o si son las mejores, sino que todo nuevo dato es siempre a su favor, todo lo que escuchan les confirma en su línea de siempre. Como suelen ser simples, tienden a hacer apreciaciones de grupo: bueno es lo mío, o lo de los nuestros; malo es lo que no es mío, o no es de los nuestros. No juzgan las ideas, sino sobre todo –o exclusivamente– de dónde parten, de quiénes son. Están como blindados ante el embate de cualquier pensamiento de autocrítica.

    Se les distingue con facilidad al verles comportarse en una conversación. Los años de vivir en esa actitud les han llevado a unos modos de manejarse que les hacen difícil escuchar. Están pensado en lo que van a decir a continuación. Y si no pueden colocar, se distraen enseguida, y entonces quizá preguntan lo que se acaba de decir. Piensan que tienen la razón, y con facilidad interrumpen, no dejan terminar al otro, porque no escuchan sino que ya han juzgado y sólo piensan en colocar su idea o, como mucho, en convencer a su interlocutor.

    Quizá estoy describiendo casos un tanto extremos. Podríamos dibujar un perfil más moderado, en el que todos, de una manera u otra, nos deberíamos ver interpelados, porque a todos nos sucede en mayor o menor grado. Lo malo es que, al leer esto, casi todos pensamos en lejanos personajes intratables, y no nos damos cuenta de cuándo nos pasa eso precisamente a nosotros. ¿Por qué no se reconocen –o no nos reconocemos– al ser descritos? Quizá porque nos conocemos poco, porque tenemos miedo a cambiar, a plantearnos dudas sobre modos de ser que son refugios que nos parecen cómodos y en realidad son oscuros y fríos.

    ¿La solución? Despertar interés por las cosas. Aprender a escuchar. Infundir amor por la reflexión serena, por explicar las razones de las cosas, por facilitar la comunicación fluida entre las personas. Hacer un esfuerzo por ponerse en la mente de los demás, por preguntar y escuchar hasta entender las razones del otro, y sólo entonces exponer las propias, si es que resulta necesario.

    A esto habría que añadir quizá una cierta defensa de la perplejidad, un esfuerzo por no trivializar lo complejo, por no etiquetar las cosas de forma simple para así rechazarlas con una contundencia que resulta penosa. No se puede estar diciendo constantemente que esto es así y ya está, porque la realidad suele resistirse a esos juicios y esos diagnósticos tan simplificantes.

    Es lógico que, con los años, cada uno se vaya formando opinión sobre las cosas. Esto es positivo, evidentemente. Pero si eso nos lleva a tener una actitud de cerrar la mente, de dar las cosas ya por definitivamente resueltas, eso es a la larga un error de graves consecuencias. Porque incluso nuestras convicciones más profundas precisan reflexión, exigen que procuremos mejorar su fundamentación, que nos esforcemos por avanzar en esa autoexplicación de nuestros propios principios. Hay que saber expresar nuestras ideas, saber responder a las objeciones que a ellas se planteen, en vez de descalificarlas sin razonamiento alguno. Es preciso ejercitarse en un sano y oxigenante debate intelectual de contraste con otras ideas. Es lo que pienso que nos falta a muchos adultos, y lo que hace que a veces la gente joven nos vea como nos veía aquel muchacho de catorce años.

    El juicio de los niños Leí no hace mucho un comentario interesante sobre el cuento de Caperucita Roja. Venía a decir que los niños de ahora reaccionan de forma distinta cuando escuchan la narración de aquel viejo cuento, o cuando lo presencian en el guiñol.

    Los niños de hoy piensan que la familia de Caperucita Roja no era nada ejemplar. Una madre que tiene a la suya, con tantos años, viviendo a muchas leguas de su casa es, para empezar, una mujer poco cariñosa. Una madre que permite que su hija, en este caso Caperucita, se adentre sola en el bosque para llevar a la abuelita abandonada una cesta con un surtido de productos caseros, es una madre egoísta y poco responsable. De haber tenido algo más de sentido común, habría acompañado a su hija en tan larga y arriesgada travesía. El lobo feroz hace lo que tiene que hacer. Recibe la información, se adelanta a Caperucita, se come a la abuela que vive sola porque su hija no la quiere tener en casa, se viste con el camisón de la abuela, se ajusta su redecilla en la cabeza y se mete en la cama en espera de esa tontita que le ha dado todas las pistas. Y llega Caperucita y no reconoce a su abuela, y se cree que el lobo es la abuelita, lo que demuestra lo tonta que era la niña y lo poco que visitaba a su abuelita. Y el lobo se la come, porque se lo tiene merecido. Por eso, cuando el lobo se zampa a Caperucita, los niños de hoy aplauden a rabiar, hasta el punto que en los guiñoles suelen eliminar del cuento la figura del cazador que salva a ambas, porque no resultaría nada popular.

    Se ve que a los niños de ahora les mueve poco el ternurismo o la moralina, y esperan sobre todo coherencia y sensatez. Los niños de hoy no perdonan a la fresca de la madre de Caperucita lo mal que se portaba con la abuela, porque a una madre no se la tiene enferma y sola en el bosque. Y tampoco perdonan el despiste de Caperucita, incapaz de distinguir entre una abuela y un lobo metido en la cama con el camisón y la redecilla de la abuela.

    Todo niño es en principio un poco psicólogo, que juzga a sus padres, y, en general, a todos los mayores. Los estudia y tantea sin cesar, y pronto determina cuáles son los límites de su poder y su libertad. Usa a este efecto todas sus pequeñas armas, principalmente las lágrimas o los enfados. Una criatura de seis meses, por ejemplo, sabe ya leer en el rostro de su padre o de su madre para discernir lo que debe hacer o no, su aprobación o su desaprobación. Y cuanto más se mima al niño, más indefenso se le deja, como hacía aquella mujer que dejaba a su madre en mitad del bosque y enviaba a su hija sola a visitarla.

    Con el paso del tiempo, los hijos juzgarán con dureza el abandono que supone haberles mimado, ese haberles ahorrado todo sacrificio, tantas oportunidades de robustecer su voluntad. Por eso es tan importante no confundir lo que es objeto de nuestro cariño con lo que puede ser nuestra perdición. Los padres que por amor ciego, por comodidad o por ingenuidad han procurado satisfacer siempre los caprichos de sus hijos, pronto se encuentran con que no pueden con el caballo que no fue domado cuando era potro. Y lo peor es que entonces los hijos tienen ya edad para advertir el daño que les han hecho sus padres con tanta condescendencia.

    Por fortuna, también tienen edad entonces para valorar que se les haya educado en el esfuerzo y la exigencia personal, y lo agradecen a sus padres como un gran tesoro que les han dejado.

    Carácter, libertad, compromiso

    • Libertad interior
    • Comprometerse
    • Una opción decisiva en la vida
    • Actitud ante la dificultad
    • El riesgo del autoengaño
    • Decidirse a forjar el propio carácter
    • Moral laica
    • Cuestión de hábitos
    • Decisiones latentes

    Libertad interior Sus padres, un hermano y su mujer habían muerto en las cámaras de gas. Él mismo había sido torturado y sometido a innumerables humillaciones. Durante meses, nunca pudo estar seguro de si al momento siguiente lo llevarían también a la cámara de gas, o se quedaría de nuevo entre los que se salvaban, o sea, entre aquellos que luego tenían que llevar los cuerpos los hornos crematorios, y retirar después sus cenizas.

    Victor Frankl había nacido en Viena pero era de origen judío, y eso precisamente le había conducido hasta aquellos campos de concentración nazis de la Segunda Guerra Mundial. Allí experimentó en su propia carne la dura realidad de una tragedia que asombró y asombra aún al mundo entero. Fue testigo y víctima de un gigantesco desprecio por el hombre, de todo un cúmulo de vejaciones y hechos repugnantes que, por su dimensión y su crueldad, constituyeron una triste y dura novedad en la historia.

    Frankl era un psiquiatra joven, formado en la tradición de la escuela freudiana, y fiel a sus principios, era determinista de convicción. Pensaba que aquello que nos sucede de niños marca nuestro carácter y nuestra personalidad, de tal manera que nuestro modo de entender las cosas y de reaccionar ante ellas queda ya esencialmente fijado para el futuro, sin que podamos hacer mucho por cambiarlo.

    Sin embargo, aquel día, estando desnudo y solo en una pequeña habitación, Frankl empezó a tomar conciencia de lo que denominó la libertad última, un reducto de su libertad que jamás podrían quitarle. Sus vigilantes podían controlar todo en torno a él. Podían hacer lo que quisieran con su cuerpo. Podían incluso quitarle la vida. Pero su identidad básica quedaría siempre a salvo, sólo a merced de él mismo.

    Comprendió entonces con una nueva luz que él era un ser autoconsciente, capaz de observar su propia vida, capaz de decidir en qué modo podía afectarle todo aquello. Entre lo que estaba sucediendo y lo que él hiciera, entre los estímulos y su respuesta, estaba por medio su libertad, su poder para cambiar esa respuesta.

    Fruto de estos pensamientos, Frankl se esforzó por ejercitar esa parcela suya de libertad interior que —aunque estuviera sometida a tantas tensiones— era decisivo mantener intacta. Sus carceleros tenían una mayor libertad exterior, tenían más opciones entre las que elegir. Pero él podía tener más libertad interior, más poder interno para decidir acertadamente entre las pocas opciones que se presentaban a su elección.

    Gracias a esa actitud mental, Frankl encontró fuerzas para permanecer fiel a sí mismo. Y se convirtió así en un ejemplo para quienes le rodeaban, incluso para algunos de los guardias. Ayudó a otros a encontrar sentido a su sufrimiento. Les alentó para que mantuvieran su dignidad de hombres dentro de aquella terrible vida de los campos de exterminio. Su vida, precisamente en aquel momento de tanto desprecio por el hombre, de un desprecio como quizá nunca lo había habido, allí, en medio de unas circunstancias en que una vida humana no valía nada, precisamente entonces, la vida de este hombre se hizo especialmente valiosa.

    En las más degradantes circunstancias imaginables, Frankl comprendió con mayor hondura un principio fundamental de la naturaleza humana: entre el estímulo y la respuesta, el ser humano tiene la libertad interior de elegir. Una libertad que nos singulariza como seres humanos. Ni siquiera los animales más desarrollados tienen ese recurso: están programados por el instinto o el adiestramiento, y no pueden dirigir en nada ese programa, ni cambiarlo; es más, ni siquiera tienen conciencia de que exista.

    En cambio, los hombres, sean cuales fueren las circunstancias en que vivamos, podemos formular nuestros propios programas, proponernos proyectos en la vida y alcanzarlos. Podemos elevarnos por encima de nuestros instintos, de nuestros condicionamientos personales, familiares o sociales. No es que esos condicionamientos no influyan, porque sí influyen, y mucho, pero nunca llegan a eliminar nuestra libertad. Y son esas dotes específicamente humanas las que nos elevan por encima del mundo animal: en la medida en que las ejercitamos y desarrollamos, estamos ejercitando y desarrollando nuestro potencial humano.

    Comprometerse Vivimos quizá una época histórica en la que hemos visto cómo grandes utopías han quebrado. Ahora, se mantiene vigente más bien —como señala José Antonio Marina— una utopía sin pretensiones, que había permanecido latente, oscurecida por la prepotencia de las demás. Se trata de la utopía ingeniosa. La nueva humanidad se siente cómoda en un ambiente poco agresivo, tolerante, en el que los individuos, liberados por desligación de la influencia de los demás, se disponen a probarlo todo. Se ha abolido lo trágico y se navega con soltura en una afectividad ingeniosa: divertida, no comprometida, y devaluadora de lo real.

    Nuestro siglo, que ha sido, posiblemente, el más sangriento y trágico de la historia, justifica el descrédito de la seriedad, porque en el origen de las grandes tragedias que nos han conmovido aparece siempre alguien que se tomó algo demasiado en serio, fuese la raza, la nación, el partido o el sistema. La sociedad desconfía, con razón, de todo fanatismo. Hay un valor máximo, que es la libertad, y el resto son procedimientos para conseguirla. Le cuesta admitir cualquier afirmación sostenida con vigor. Cualquier norma excesivamente definida le asusta. Busca el vagabundeo incierto, el buen humor. Odia los tonos regañones y gruñones. Una consigna tácita nos ordena no tomar nada en serio, ni siquiera a nosotros mismos. Hemos descubierto las ventajas de la anestesia afectiva, todos somos divertidos, la publicidad adopta un tono humorístico, las costumbres son desenfadadas, las modas ingeniosas. Nada se libra de la atracción de la levedad.

    Es cierto que hay que reconocer grandes conquistas a esta mentalidad. Entre otras cosas, haber barrido —literalmente— a toda una fauna de personajes bastante ridículos y prepotentes. Hay que reconocerlo y agradecerles sus servicios.

    Sin embargo, es fácil comprobar que esa actitud de levedad produce frutos ambivalentes: pretende fortalecer el Yo, y acaba, sin embargo, propugnando un Yo débil, fluido e insolidario; en vez de exaltar la creatividad, que es lo que pretendía, engendra un sujeto errático y pasivo.

    La huida de la realidad convierte al hombre en simple espectador de su vida. El rechazo del compromiso abre paso a una espontaneidad aleatoria, gracias a la cual el hombre es lo que le da la gana, es decir, lo que se le ocurre, es decir, una ocurrencia imprevisible. Las equivalencias impiden la elección, porque aunque hay abundantes solicitaciones, todas son equiparables y de carácter efímero.

    Eludir el compromiso es eludir la realidad. Es ineludible comprometerse porque la vida está llena de compromisos: compromisos en el plano familiar, en el profesional, en el social, en el afectivo, en el jurídico y en muchos más. La vida es optar y adquirir vínculos: quien pretenda almacenar intacta su capacidad de optar, no es libre: es un prisionero de su indecisión.

    Saint-Exupéry dijo que la valía de una persona puede medirse por el número y calidad de sus vínculos. Por eso, aunque todo compromiso en algún momento de la vida resulta costoso y difícil de llevar, perder el miedo al compromiso es el único modo de evitar que sea la indecisión quien acabe por comprometernos. Quien jamás ha sentido el tirón que supone la libertad de atarse, no intuye siquiera la profunda naturaleza de la libertad.

    Una opción decisiva en la vida Llega un momento en la vida del hombre, una vez superada la niñez, en que tiene una clara percepción de su propia personalidad moral. Aunque está claro que el bien o el mal está detrás de cada una de las decisiones puntuales que toma muchas veces cada día, puede decirse también que hay momentos de la vida en los que la persona toma opciones de tipo mucho más global.

    Muchas veces, esas decisiones no se toman explícitamente, o son difíciles de situar con precisión en el tiempo, pero sin duda se toman. Porque en una vida coherente no caben las rupturas continuas: una cosa es tener fallos, que son comprensibles aun en personas que se esfuerzan seriamente por evitarlos, y otra bien distinta es que esos fallos sean graves y habituales, y que los justifiquemos con cualquier excusa.

    Vivir con acierto exige una disposición de búsqueda solícita del bien, un compromiso claro y firme de dirigirse hacia él. Cuando se actúa así, pronto se comprueba que la libertad se ensancha cuando se compromete con la verdad y el bien.

    El ser humano necesita saber, sin trivializaciones, lo que es bueno y lo que es malo. Cuando reflexiona con profundidad, comprende que la vida fácil sólo proporciona satisfacciones fugaces en medio de una insatisfacción general, descubre que su acierto en el vivir está necesariamente ligado a su desarrollo moral.

    Sin embargo, la mayoría de las personas suele dedicar poco tiempo a reflexionar con profundidad, no se sabe bien por qué. Quizá se deba a que la reflexión va muy unida a la conducta diaria, y quizá advertimos que hemos de cambiar algo en nuestra vida, y nos cuesta hacerlo, y por eso rehuimos un poco pensar en ello.

    Sin duda, errar es muy humano. Pero también es muy humano —y quizá más— el empeño por superar esos errores. Por eso, si en nuestra vida hay una ruptura, sobre la que casi ni nos atrevemos a pensar, debemos alertarnos. Porque si la vida va por delante de nuestro pensamiento, y nos encontramos actuando sin habernos dado casi tiempo a hacer elecciones razonadas, precisamente entonces resulta urgente decirnos, o que alguien nos diga: necesitas reflexionar.

    Actitud ante la dificultad «Trabajo como enfermera y llevaba unos meses atendiendo al hombre más desagradable que puedas imaginarte. Nada de lo que hacía podía satisfacerle. Nunca lo apreciaba, ni agradecía nada, ni mostraba ningún reconocimiento. Se quejaba constantemente y sacaba defectos a todo.

    »El caso es que por culpa de aquel hombre llevaba un tiempo sintiéndome de bastante mal humor, pues atenderle me suponía mucho tiempo diario, y me enfadaba mucho, y esos berrinches me dejaban alterada para el resto del día, y al final eran los demás enfermos, mis compañeros y mi familia quienes más sufrían las consecuencias de mi estado de ánimo.

    »Y fue entonces cuando una compañera mía, con la que tengo mucha confianza, tuvo el descaro de decirme que nadie podía herirme sin mi consentimiento, que en el fondo era yo quien elegía mi propio estilo de vida emocional que me llevaba a la infelicidad.

    »De entrada, me pareció que su consejo era teórico e inaceptable. Pero estuve pensándolo unos días, hasta que me examiné a mí misma con verdadera sinceridad, y empecé a preguntarme: ¿soy en realidad capaz de influir en mi reacción ante las circunstancias que se presentan en mi vida? »Cuando por fin comprendí que sí podía hacerlo, o que al menos podía hacerlo bastante más, entendí que el hecho de que yo me sintiera tan desgraciada era básicamente culpa mía. Y fue entonces cuando supe que podía elegir no serlo, que debía liberarme de esa extraña dependencia del modo en que me estaba tratando ese paciente. Aquello fue un descubrimiento que ha influido después mucho en mi vida, ahora lo veo, varios años después. Desde entonces, atiendo a ese tipo de personas de una forma distinta, ya no se me hacen odiosos, como antes. Es más, estoy convencida de que tratar con ellos me hace mucho bien.» El relato de esta enfermera nos muestra que las circunstancias de dificultad, si se saben afrontar juiciosamente, suelen dar lugar a cambios en el modo de entender la vida, nos abren marcos de referencia nuevos, a través de los cuales las personas vemos al mundo, a los demás y a nosotros mismos de modo distinto, y nos permiten aumentar la perspectiva, madurar nuestros principios y alcanzar nuevos valores.

    Es verdad que nuestra vida está bastante condicionada por muchas cosas que nos suceden y sobre las que apenas podemos actuar. Pero todas pueden superarse si se saben asumir adecuadamente.

    Todos hemos conocido, por ejemplo, individuos que atravesaban circunstancias muy difíciles —una dolorosa enfermedad, una deficiencia física grave, un duro revés económico o afectivo— y, a pesar de ello, mantenían una extraordinaria fortaleza de ánimo.

    Observar a esas personas, ver cómo afrontan el sufrimiento o superan el embate de una desgracia o una fuerte contrariedad, deja siempre una impresión y una admiración grandes. Son actitudes que dan vida a los valores que les inspiran. En ese sentido, puede decirse que las dificultades a las que nos vemos sometidos juegan, en cierta manera, a nuestro favor: las dificultades hacen lucir nuestra mediocridad, y nos brindan una espléndida ocasión de superarnos, de dar lo mejor de nosotros mismos.

    Y de la misma manera que en su infancia y juventud las personas se curten y se superan a sí mismas con el esfuerzo ante la dificultad, y, por el contrario, la vida fácil las convierte en criaturas mimadas y endebles, de modo semejante, podría decirse que nuestra valía profesional, nuestro amor o nuestra amistad, maduran ante un ambiente difícil, arraigan con más fuerza y autenticidad en un entorno en el que no todo viene dado.

    La historia apenas conoce casos de grandeza, de esplendor, o de verdadera creación, que hayan tenido su origen en la comodidad o la vida fácil. El talento no fructifica sino en la fragua de la dificultad. Quizá por eso decía Horacio que en la adversa fortuna suele descubrirse al genio, en la prosperidad se oculta.

    El riesgo del autoengaño Todo hombre sensato ha de tener una sana y equilibrada preocupación por saber si actúa bien o no, una reflexión positiva que nos haga estar prevenidos contra el autoengaño, puesto que en las vueltas y revueltas de la vida aparecen muchas ocasiones de obrar mal y apenas reparar en ello. Y aunque somos libres de elegir nuestras acciones, no lo somos tanto para eludir luego las consecuencias de esas acciones que hemos elegido.

    Por ejemplo, podemos elegir tirarnos a la calle desde un quinto piso, pero no podemos eludir lo que nos sucederá cuando nos estampemos contra el suelo. De la misma manera, podemos optar por ser deshonestos o corruptos en nuestro trabajo, con nuestros amigos o con la sociedad, pero no podremos escapar de sus consecuencias.

    Alguno podría objetar que hay bastante gente que sí escapa, puesto que, por desgracia, no todos los corruptos son descubiertos ni acaban en la cárcel. Y es verdad que las consecuencias penales o sociales quizá puedan eludirse, pues depende de que nos descubran o no, pero el daño personal que con cualquier quebranto ético se hace uno a sí mismo es ineludible siempre.

    Somos libres de elegir ante cualquier situación, pero nunca podemos dejar de cargar con la otra cara de la moneda. Sin duda, muchas veces nuestras decisiones tendrán consecuencias que preferíamos no padecer, y hemos llegado a ellas por no saber bien qué había en la otra cara de esa elección, y es entonces cuando nos damos cuenta de que nos hemos equivocado. Sin embargo, no son nuestros errores lo que más nos daña, sino nuestra respuesta ante ellos.

    Porque, como decía Cicerón, todos los hombres pueden caer en un error, pero sólo los necios perseveran en él. Cuando una persona no reconoce sus errores, no los corrige, o no aprende de ellos, se introduce en una espiral de autoengaño y encubrimiento que potencia esos errores y causa un daño mucho más profundo.

    Todos tendemos en cierta manera hacia el autoengaño y el encubrimiento de nuestros errores. Por eso la educación del carácter requiere un serio esfuerzo personal en ese sentido: cuando cometas un error, no te escudes en tu debilidad, no te lances a señalar defectos de otras personas, a culpar o acusar a otros. Es verdad que también habrá culpa en otras personas, pero hay que evitar que esa parte de culpa ajena te impida ver la tuya. Cuando observes en ti un error, lo verdaderamente necesario es, simplemente, que lo admitas, te corrijas y aprendas de él: de esta manera, además, una experiencia negativa puede convertirse en algo muy positivo.

    Y si ves que tu pensamiento deriva enseguida hacia cuestiones que están fuera de tu alcance —fuera del círculo de influencia de que hablábamos antes—, frena en seco y vuelve a empezar. Hemos de tener la valentía de descubrir y afrontar las áreas de error o de debilidad que hay que en nuestras vidas, para eliminarlas o reformarlas.

    También será positivo conocer nuestras áreas de talento, para potenciarlas. En ambos casos el proceso de avance es muy parecido: establecer una meta personal, hacer un propósito de mejora y mantener un compromiso serio con uno mismo para cumplirlo (un compromiso serio y firme, pero también cordial y deportivo).

    Decidirse a forjar el propio carácter «Imaginen ustedes la escena —decía pausadamente Fred Smith, al inicio de una conferencia en Tennessee (USA) hace unos años.

    »Sitúense en la sabana africana, a orillas del lago Victoria, por ejemplo.

    »Una gacela se despierta por la mañana, con la salida del sol, y piensa: “hoy tengo que correr más que el más rápido de los leones, si no quiero acabar devorada por uno de ellos”.

    »A pocos kilómetros de allí, se despierta también un león e inicia su día pensando: “si no quiero morir de hambre, hoy tengo que correr al menos un poco más que la más lenta de las gacelas.” Smith hace una pausa más larga y, dirigiéndose al auditorio, concluye: »No sé si el papel de cada uno de ustedes en su vida es hoy de león o de gacela. Pero, en cualquier caso, por favor, ¡corran!» Aunque Smith se refería al fenómeno de la competencia en los mercados financieros, podemos aplicar esta imagen al esfuerzo por la mejora personal del carácter: en la vida de cualquier persona sucede algo semejante, nos puede parecer que las circunstancias en que vivimos son duras, incluso crueles, como esa sabana africana en la que hay que estar siempre corriendo para lograr comer y no ser comido.

    Ante esa coyuntura, tan real como la vida misma, podemos dedicarnos a pensar en el porqué de nuestra situación, o en la causa de todo lo que nos sucede, o en lo que sea…; y seguramente serán reflexiones positivas, pero lo que no podemos hacer, mientras, es dejar de correr.

    Lo queramos o no, la vida supone un reto permanente, que exige un esfuerzo y una exigencia constantes. De hecho, la mayor parte de los fracasos humanos son causados por una precipitada cancelación del esfuerzo, porque uno admite demasiado pronto que no es capaz de resolver un problema, o que el problema no tiene solución.

    En estas páginas se abordan muchas cuestiones sobre las que quizá conviene reflexionar con hondura, porque son cosas importantes, necesarias, incluso decisivas. Pero lo que no podemos hacer es dedicarnos plácidamente a pensar en ellas y dejar de correr: o sea, creernos en algún momento que no es necesario poner esfuerzo en las cosas.

    Hay que esforzarse, espabilar, correr…, y tanto si pensamos estar en el papel del león (peleando por alcanzar un objetivo) como si nos vemos más bien en el puesto de la gacela (intentando evitar un desastre). La vida es así, qué le vamos a hacer.

    El león y la gacela no pasan el día en una carrera continua. Y por eso tampoco sería exacto decir que la vida es una simple y extenuante carrera, puesto que lo que importa no es simplemente ir más rápido o ganar más tiempo, sino nuestra capacidad de acertar en la diana. Y es verdad que hay muchos periodos más tranquilos, de respiro, de mayor calma, pero también hay otros momentos de largas carreras, en los que todo parece muy difícil, y podemos llegar a estar cansadísimos, y desanimarnos.

    Son ocasiones en las que notamos el desgaste de un esfuerzo continuado en determinada dirección, y la tentación que nos acecha es muy sencilla: dejar de correr.

    Cuando esto sucede, hemos de pensar que, como el león o como la gacela, es preciso seguir corriendo si es que queremos sobrevivir. En eso la vida no va a cambiar. Bueno, mejor dicho: cambiará si nos paramos, porque ése será el principio del fin.

    Forjar con acierto el propio carácter no es una tarea fácil ni rápida. Sin embargo, sí es posible y asequible a todos, y, sobre todo, decisiva para el resultado de nuestra existencia.

    Es preciso, primero, centrar nuestra vida en principios y valores acertados; después hay que cultivar con paciencia esa buena simiente, sin desfallecer, sabiendo que exigirá de vez en cuando irrumpir con decisión en esas zonas cómodas y oscuras de nuestra vida, donde buscan cobijo nuestros errores y debilidades, para arrancar de allí la maleza y lograr que no gane terreno en nuestra vida.

    Si acometemos esa tarea con empeño, constancia y deportividad, en poco tiempo nos sorprenderemos del resultado.

    Moral laica Muchos padres y educadores están preocupados por la educación moral de sus hijos, alumnos, etc. Ven que bastantes de sus actuales problemas tienen la raíz en una deficiente o insuficiente formación básica en las convicciones morales, criterios de conducta, ideales de vida, valores, etc. Pero lo que más me llama la atención es que bastantes de esos padres y educadores, aun considerándose buenos creyentes, apenas cuentan con la fe a la hora de educar, y eso me parece un error de graves consecuencias.

    Es cierto que se puede tener una moral muy exigente sin creer en Dios. Y también es cierto que existen personas de gran rectitud moral que no son creyentes. Y es verdad se pueden encontrar doctrinas éticas respetables que excluyen la fe. Pero no veo que ninguna de esas razones haga aconsejable que una persona creyente eduque a sus hijos como si no tuviera fe, o que ignore la importancia que tiene la religión en la educación moral de cualquier persona.

    De entrada, no veo cómo puede existir una ética que prescinda totalmente de Dios y pueda considerarse racionalmente bien fundada, pues la ética se remite a la naturaleza, y ésta a su autor, que no puede ser otro que Dios. Además, una ética sin Dios, sin un ser superior, basada sólo en el consenso social, o en unas tradiciones culturales, ofrece pocas garantías ante la patente debilidad del hombre o ante su capacidad de ser manipulado. Una referencia a Dios sirve –y la historia parece empeñada en demostrarlo– no sólo para justificar la existencia de normas de conducta que hay que observar, sino también para mover a las personas a observarlas. El creyente se dirige a Dios no sólo como legislador sino también como juez. Porque conocer la ley moral y observarla son cosas bien distintas, y por eso, si Dios está presente –y presente sin pretender acomodarlo al propio capricho, se entiende– será más fácil que se observen esas leyes morales.

    En cambio, cuando se prescinde voluntariamente de Dios, es fácil que el hombre se desvíe hasta convertirse en la única instancia que decide lo que es bueno o malo, en función de sus propios intereses. ¿Por qué ayudar a una persona que difícilmente me podrá corresponder? ¿Por qué perdonar? ¿Por qué ser fiel a mi marido o mi mujer cuando es tan fácil no serlo? ¿Por qué no aceptar esa pequeña ganancia fácil? ¿Por qué arriesgarse a decir la verdad y no dejar que sea otro quien pague las consecuencias de mi error? Quien no tiene conciencia de pecado y no admite que haya nadie superior a él que juzgue sus acciones, se encuentra mucho más indefenso ante la tentación de erigirse como juez y determinador supremo de lo bueno y lo malo.

    Eso no significa que el creyente obre siempre rectamente, ni que no se engañe nunca; pero al menos no está solo. Está menos expuesto a engañarse a sí mismo diciéndose que es bueno lo que le gusta y malo lo que no le gusta. Sabe que tiene dentro una voz moral que en determinado momento le advertirá: basta, no sigas por ahí.

    Sin religión es más fácil dudar si vale la pena ser fiel a la ética. Sin religión es más fácil no ver claro por qué se han de mantener conductas que suponen sacrificios. Esto sucede más aún cuando la moral laica se transmite de una generación a otra sin apenas reflexión. Como ha señalado Julián Marías, los que al principio sostuvieron esos principios laicos como elemento de un debate ideológico, tenían al menos el ardor y el idealismo de una causa que defendían con pasión. Pero si esa moral se transmite a los más jóvenes, a los hijos, y después a los hijos de estos, sin ninguna vinculación a creencias religiosas, es fácil que ese idealismo quede en unas simples ideas sin un fundamento claro, y por tanto pierden vigor.

    Cuando se niega que hay un juicio y una vida después de la muerte, es bastante fácil que las perspectivas de una persona se reduzcan a lo que en esta vida pueda suceder. Si no se cuenta con nada más, porque no se cree en el más allá, el sentido de última responsabilidad tiende a diluirse, y la rectitud moral se deteriora más fácilmente.

    ¿Y qué decir al que, a pesar de buscar a Dios, no tiene fe? Le diría que buscar a Dios es un paso importante, y que casi siempre supone tener ya algo de fe. Si la búsqueda es sincera, tarde o temprano lo encontrará. Yo recomendaría a esa persona que pensara en su propia conducta y en la verdad, que reflexionara sobre qué está bien y qué está mal, y que procurara actuar conforme a ello, pues tal vez es Dios precisamente quien se lo está pidiendo, y al obrar bien se dispone a descubrir a quien es la fuente del bien.

    Hay ocasiones en que los motivos de conveniencia natural para obrar bien nos impulsan con gran fuerza. Pero hay otras ocasiones –y no son pocas–, en que esos motivos de conveniencia natural pierden peso en nuestra mente, por la razón que sea, y entonces son los motivos sobrenaturales los que toman un mayor protagonismo y nos ayudan a actuar como debemos. Prescindir de unos o de otros es un error moral y un error educativo de gran alcance. Por eso, los padres creyentes que dan poca importancia a la formación religiosa de sus hijos suelen acabar por darse cuenta de su error, pero casi siempre tarde y con amargura.

    Cuestión de hábitos Cuenta José Antonio Marina la historia de una chica que necesitaba hacer ejercicio y se propuso correr un rato un par de días a la semana. No le gustaba competir con otros, así que empezó a correr sola. Un día, un entrenador que ella conocía le dijo: “Deberías correr maratón”. Ella creyó que se trataba de una broma. Además, siempre había pensado que el maratón era extenuante y aburrido. Pero aquel hombre insistió hasta convencerla, y le hizo un plan de entrenamiento con unos objetivos precisos y bien calculados, que exigían un esfuerzo cada vez un poco mayor, pero siempre accesibles.

    “Sin darme cuenta –explicaba ella–, empezó a ilusionarme la idea de aguantar un kilómetro más. Es un proceso curioso. Primero te inquieta, luego te fastidia mientras lo estás intentando y al final te sientes una estrella si lo consigues.” El modo de dosificar las metas convirtió una tediosa tarea en una actividad estimulante. “El ejercicio me sentaba bien, comprometerme en una tarea larga me agradaba, me gusta competir un poco conmigo misma. También influyó saber que lo que consiguiera le importaba a alguien, a mi entrenador.” Hay muchas fuerzas ocultas en cada uno que sólo alcanzan su eficacia cuando surge, como para aclararlas y fijarlas, un objetivo que pueda concretar y aunar esos impulsos confusos del deseo hasta hacerles tomar la forma y el atractivo de una meta. Ese proceso, por el que una serie de motivos vagos y dispersos configuran una nueva fuente de energía, es fundamental para hacer rendir el propio talento. Y es un proceso que casi siempre depende de nuestra capacidad de alcanzar hábitos que nos ayuden a gestionar bien nuestras aspiraciones, deseos y sentimientos, que muchas veces son confusos e incluso contrapuestos. Porque es frecuente que tengamos ganas de hacer algo pero no ganas de hacer lo necesario para conseguir ese algo. Se puede tener sed pero no tener ganas de caminar hasta la fuente. Se puede querer dar una alegría visitando a un amigo enfermo pero hay que vencer la pereza para levantarse e ir. Si no se tiene voluntad, sólo se logra hacer lo que se tiene ganas de hacer en ese instante, pero no se consigue nada fuera de ese corto plazo. Por eso la voluntad consiste en buena parte en adquirir el hábito de querer hacer las cosas, con lo que se produce la paradoja de que querer es una cuestión de hábitos.

    Al correr, esa agilidad, esa zancada larga, rítmica, resuelta, es como una representación de la libertad, sobre todo cuando uno ha experimentado antes la esclavitud del jadeo, del ahogo y del cansancio. Por eso el entrenamiento es un gran logro de la inteligencia y de la voluntad. Cuando se ha adquirido cierta destreza gracias a los hábitos, la espontaneidad produce grandes creaciones; pero si no se tiene esa destreza que nace del esfuerzo por adquirir hábitos, la espontaneidad suele ser desastrosa.

    El influjo y la sutileza de la propaganda y la masificación fomentan una sumisión aceptada y confortable de lo espontáneo. Somos solicitados por la fascinación de ser elementos pasivos de lo que nos apetece, y entonces rodamos dócilmente por esa pendiente, hechizados por el poder anfetamínico de su cálida retórica. Pero sabemos que al final siempre nos encontramos de nuevo abajo, otra vez decepcionados y frustrados por no tener los hábitos que realmente deseamos. Nos topamos, como siempre, con la terca realidad del esfuerzo, con la necesidad de cultivar hábitos inteligentes y con la evidencia de que lo que queremos no siempre coincide con lo que nos apetece.

    Decisiones latentes Julien Green describe con maestría ese proceso personal, íntimo, por el que todas las personas escuchamos en nuestro interior una llamada a la responsabilidad, a ser mejores, y que unas veces escuchamos y otras no.

    Una página de su diario lo expresa muy bien: “Tal día de tu infancia, mientras jugabas solo en el cuarto de tu madre y el sol brillaba sobre tus manos, vino hacia ti cierto pensamiento, ataviado como un mensajero del rey, y tú lo acogiste con alegría, pero más tarde lo rechazaste. Y aquel pensamiento te hubiera guardado, sostenido. Cuando caminabas bajo los plátanos de tal avenida, y tu primo te dijo tales palabras, comprendiste en seguida que aquellas palabras te llegaban de parte de Dios, pero luego las olvidaste, porque contradecían en ti el gusto del placer. Y tal carta, que rompiste y tiraste a la papelera, te habría disipado aquellas dudas, pero tú no querías cambiar…”.

    Algunas de esas ocasiones tienen una trascendencia especial. Son segundos que parecen decidir nuestro destino. Y no son algo accidental o inopinado, sino el fruto de una larga serie de actos sutilmente ligados entre sí. Son instantes que parecen impuestos por un misterioso impulso, sin ningún debate interior, pero esa aparente ausencia de deliberación no implica falta de libertad. Nuestros actos interiores, esos mil pequeños detalles que registramos en nuestro interior casi sin darnos cuenta, todas las numerosas y minúsculas negativas que dejamos pasar cada día, tejen poco a poco, a nivel consciente o subconsciente, un entramado interior. Y un día, quizá con ocasión de un suceso mínimo, incluso indiferente en sí mismo, surge en nosotros una idea o una convicción que parece nacer ya formada de nuestra mente, como Atenea surgió de la frente de Zeus. Parecen actos o pensamientos espontáneos, pero en realidad expresan el resultado de una batalla que se venía librando desde tiempo atrás en un nivel muy personal, en pequeños hábitos ocultos, en pensamientos velados, en complicidades interiores. Y llega un momento en que nuestra conciencia está parcialmente enajenada, enredada en esas mallas que se han ido tejiendo con el tiempo y que impiden la expresión de nuestra libertad verdadera.

    De manera semejante, nuestras buenas acciones, nuestras aspiraciones al bien, hasta nuestros más insignificantes actos de generosidad, tejen a su vez otra red profunda, que también aflora un día en decisiones personales importantes. Igual que el hábito de los muchos “noes” trae un “no” a la hora de la verdad, el hábito de responder que sí a los embajadores de la verdad es lo que endereza nuestra vida. Green cuenta en su diario un pequeño ejemplo. “La primera vez que pensé en la muerte como un acontecimiento al que yo no escaparía, tenía unos veinte años. Fue en el jardín de mi tío, en Virginia. Evidentemente, sabía que tenía que morir, pero, como dice Bossuet, no lo creía. Aquel día entreví lo que podía significar el hecho de morir. Supuso una especie de revelación interior, y aquel pensamiento tan sencillo –tú también morirás– puedo afirmar que me cambió por dentro”.

    Vivimos en medio de una sucesión de decisiones que conforman nuestro modo de ser. Y no siempre es fácil acertar. Sería simplista pensar que cuando cerramos nuestro corazón a la llamada del bien viene de inmediato un sentimiento de angustia. Es más, puede haber incluso un inicial alivio interior, un sentimiento de liberación, de mayor posesión de uno mismo, como de un peso que uno se ha quitado de encima, de una responsabilidad que ha dejado de pesar sobre nosotros. El rechazo del bien no siempre va acompañado de remordimiento, pues el hombre que se desliza por la pendiente del mal vive en una especie de magia que le fascina. El mal puede resultar atractivo, y el bien, mientras no lo gustamos, puede parecer insulso e irreal. Sólo a la larga el mal descubre la saciedad que oculta, y luego no siempre resulta fácil salir de él. Por eso es preciso guardar nuestro propio corazón, velar por la sensibilidad de sus puertas, pues de lo contrario pronto nos encontraremos invadidos por un tropel de imágenes y pensamientos que hipotecan nuestra vida.

    Felicidad y coherencia de vida

    • Coherencia de vida
    • Una vida sin disfraces
    • Balance de la propia vida
    • Aprender a ser feliz
    • Acertar en el estilo de vida
    • El riesgo del autoengaño
    • Educar desde la coherencia

    Coherencia de vida La vida de todo hombre precisa de un norte, de un itinerario, de un argumento. No puede ser una simple sucesión fragmentaria de días sin dirección y sin sentido.

    Cada hombre ha de esforzarse en conocerse a sí mismo y en buscar sentido a su vida proponiéndose proyectos y metas a las que se siente llamado y que llenan de contenido su existencia.

    A partir de cierta edad, todo esto ha de ser ya algo bastante definido, de manera que en cada momento uno pueda saber, con un mínimo de certeza, si lo que hace o se propone hacer le aparta o le acerca de esas metas, le facilita o le dificulta ser fiel a sí mismo.

    Se trata de algo asequible a todos. Lo único que hace falta es —si no se ha hecho— tratarlo seriamente con uno mismo: como decía Epícteto, “enseguida te persuadirás: nadie tiene tanto poder para persuadirte a ti como el que tienes tú mismo”.

    Para que la vida tenga sentido y merezca la pena ser vivida, es preciso reflexionar con frecuencia, de modo que vayamos eliminando en nosotros los detalles de contradicción o de incoherencia que vayamos detectando, que son obstáculos que nos descaminan de ese itinerario que nos hemos trazado. Si con demasiada frecuencia nos proponemos hacer una cosa y luego hacemos otra, es fácil que estén fallando las pautas que conducen nuestra vida. Muchas veces lo justificaremos diciendo que «ya nos gustaría hacer todo lo que nos proponemos», o que siempre «del dicho al hecho hay mucho trecho», o alguna que otra frase lapidaria que nos excuse un poco de corregir el rumbo y esforzarnos seriamente en ser fieles a nuestro proyecto de vida.

    Es un tema difícil, pero tan difícil como importante. A veces la vida parece tan agitada que no nos da tiempo a pensar qué queremos realmente, o por qué, o cómo podemos conseguirlo. Pero hay que pararse a pensar, sin achacar a la complejidad de la vida —como si fuéramos sus víctimas impotentes— lo que muchas veces no es más que una turbia complicidad con la debilidad que hay en nosotros.

    Somos cada uno de nosotros los más interesados en averiguar cuál es el grado de complicidad con todo lo inauténtico que pueda haber en nuestra vida. Si uno aprecia en sí mismo una cierta inconstancia vital, como si anduviera por la vida distraído de sí mismo, como desnortado, sin terminar de tomar las riendas de su existencia —quizá por los problemas que pudiera suponer exigirse coherencia y autenticidad—, parece claro que está en juego su acierto en el vivir y, como consecuencia, una buena parte de la felicidad de quienes le rodean.

    Es verdad que las cosas no son siempre sencillas, y que en ocasiones resulta realmente difícil mantenerse fiel al propio proyecto, pues surgen dificultades serias, y a veces el desánimo se hace presente con toda su paralizante fuerza. Pero hay que mantener la confianza en uno mismo, no decir «no puedo», porque no es verdad, porque casi siempre se puede. No podemos olvidar que hay elecciones que son fundamentales en nuestra vida, y que la dispersión, la frivolidad, la renuncia a aquello que vimos con claridad que debíamos hacer, todo eso, termina afectando al propio hombre, despersonalizándolo.

    Una vida sin disfraces Todos solemos contemplar con admiración a las personas, las familias o las instituciones que están basadas en principios sólidos y hacen bien las cosas. Nos admira su fuerza, su prestigio o su madurez, y habitualmente nos preguntamos: ¿Cómo lo logran? Tendría que aprender a hacerlo así.

    Lo malo es que muchas veces buscamos un consejo que sea una solución rápida y milagrosa a nuestros problemas, como si fuera todo cuestión de una especie de sencilla cosmética de los valores.

    Al calor de ese afán humano por los remedios rápidos, ha surgido en los últimos años una extensa literatura dedicada a la efectividad personal, que a menudo parece ignorar el proceso natural de esfuerzo y desarrollo que la hacen posible. Es el esquema del «hágase rico en una semana», «aprenda inglés sin esfuerzo», «cómo ganar un montón de amigos», «cómo causar buena impresión», etc. Lo habitual es que proporcionen una serie de consejos más o menos eficaces para solucionar problemas superficiales, pero dejen de lado las cuestiones de fondo.

    Sin embargo, desde los filósofos griegos hasta nuestros días, los autores que han estudiado seriamente la búsqueda humana de las claves del vivir con acierto, se han centrado básicamente en los esfuerzos que el hombre hace por integrar profundamente en su naturaleza ciertos principios y valores como la honestidad, la justicia, la generosidad, el esfuerzo, la paciencia, la humildad, la sencillez, la fidelidad, el valor, la mesura, la lealtad, la veracidad, etc. Y no como una cuestión cosmética sino profunda, que busca cambiar por dentro a la persona, constituir hábitos y rasgos que conformen con hondura el propio carácter.

    Podría compararse a las labores del campo. De la misma manera que sería ridículo olvidarse de sembrar en primavera, holgazanear luego durante todo el verano, y pretender al final acudir afanosamente en otoño a recoger la cosecha…, por la misma razón, no se puede pretender cosechar una vida lograda sin haber puesto previamente los medios necesarios.

    El campo, como la vida humana, es un sistema natural. Uno hace el esfuerzo, el proceso natural sigue su curso y —aunque el proceso esté expuesto a incertidumbres— lo normal es que se coseche lo que se siembra. Y, desde luego, si no se siembra, si el campo no se trabaja, lo normal es que no se recojan más que malas hierbas.

    En la mayoría de las interacciones humanas breves, se puede salir del paso mediante técnicas superficiales que dan resultado a corto plazo. En esas estrategias se centran los autores que antes hemos mencionado. Y ciertamente se puede lograr producir una impresión favorable en otras personas mediante el encanto y la habilidad personales, o mediante cualquier técnica de persuasión, pero esos rasgos secundarios no tienen ningún valor en relaciones personales prolongadas.

    Puedes producir de modo ficticio una buena imagen en un encuentro o un trato más o menos ocasional, pero difícilmente podrás mantener esa imagen en una convivencia de años con tus hijos, tu cónyuge, tus compañeros o tus amigos. Si no hay una integridad personal profunda y un carácter bien formado, tarde o temprano los desafíos de la vida sacan a la superficie los verdaderos motivos, y el fracaso de las relaciones humanas acaba imponiéndose sobre el efímero triunfo anterior.

    Hay personas que presentan una imagen exterior de cierta categoría personal, y logran incluso un considerable reconocimiento social de sus supuestos talentos, pero carecen en su vida privada de una verdadera calidad humana. Pienso que antes o después, y de modo inevitable, esa mezquindad personal se traslucirá en su vida social y en todas sus relaciones personales prolongadas.

    Balance de la propia vida Hay vidas llenas de aparente éxito que son profundamente infelices y están dominadas por el desencanto ante ese estilo de vida, quizá espléndido en sus resultados, pero que se percibe como suplantador del que se hubiera debido tomar.

    A muchas personas les cuesta abordar esa pregunta tan sencilla y tan crucial como es ¿por qué y para qué vivo?, ¿qué sentido debe tener mi vida? Tienden a eludir esa cuestión, a aplazarla continuamente, como esperando a que la misma vida se lo acabe descubriendo.

    Lo malo es que, si lo retrasan mucho, corren el riesgo de encontrarse un día con la impresión de haber vivido hasta entonces sin apenas sentido. Y cuanto más tarde sucede esto, más difícil resulta corregir el rumbo. Tanto, que a muchos entonces ese descubrimiento les llena de angustia y lo sepultan bajo la adicción al trabajo, una pose escéptica o un activismo irreflexivo.

    Hay etapas en la vida que propician más esa tendencia a hacer balance de la propia vida: la adolescencia, el término de los estudios, la crisis de madurez de los cuarenta o cuarenta y cinco años, la jubilación, la pérdida de facultades propia de la entrada en la ancianidad, etc.

    En muchos de esos balances existenciales es fácil pensar (en muchas ocasiones con poca objetividad) que se podría haber hecho mucho mejor uso de ese tiempo de vida ya consumido. Y por eso pueden dejar un cierto sabor amargo, de lo que pudo ser y no fue, de tantas limitaciones, de tantos errores y fracasos.

    Pero también esas crisis pueden ayudar a rectificar una vida equivocada. Serán útiles en la medida en que ayuden a tomar conciencia de los errores (y descubrir, por ejemplo, que había bastante mediocridad, o que junto a un cierto éxito exterior se ha llegado a una situación de grave empobrecimiento interior, o que se estaba demasiado centrado en uno mismo, etc.). Podemos sacar provecho, y mucho, en la medida en que ese balance se aborde con ilusión y esperanza de cambiar, sin ignorar las conquistas y aciertos pasados, y sin hacer tabla rasa de todos esos empeños que valieron verdaderamente la pena y que también jalonan nuestra vida.

    Es cierto que los viejos hábitos ejercen sobre nosotros una inercia muy fuerte, y que romper con modos de ser o de hacer muy arraigados puede resultarnos verdaderamente costoso. A veces, no nos bastará con sólo una firme resolución y nuestra propia fuerza de voluntad, sino que necesitaremos de la ayuda de otros. Para superar hábitos negativos, como por ejemplo los relacionados con la pereza, el egoísmo, la insinceridad, la susceptibilidad, el pesimismo, etc., puede resultar decisiva la ayuda de personas que nos aprecian. Si se logra crear un ambiente en el que resulte fácil comprender al otro y al tiempo decirle lo que debe mejorar, todos se sentirán a un tiempo comprendidos y ayudados, y eso es siempre muy eficaz.

    La reflexión sobre la propia vida aleja al hombre de la visión superficial de las cosas y le hace recorrer su propio camino. La vida le presenta numerosos interrogantes, de los que normalmente sólo obtiene respuestas parciales e incompletas, pero con una reflexión frecuente puede lograr que la multitud de preocupaciones, afanes y aspiraciones de la vida diaria no desvíen su atención de lo realmente valioso.

    Por eso es importante que el goteo de pequeños esfuerzos cotidianos no ocupe con tal fuerza el primer plano de nuestra atención que deje sin espacio para las cuestiones de verdadera relevancia.

    Aprender a ser feliz Es curioso cómo muchas personas piensan que la felicidad es algo reservado para otros y muy difícil de darse en sus propias circunstancias. Corremos el peligro de pensar que la felicidad es como una ensoñación que no tiene que ver con el vivir ordinario y concreto. La relacionamos quizá con grandes acontecimientos, con poder disponer de una gran cantidad de dinero, gozar de una salud sin fisuras, tener un triunfo profesional o afectivo deslumbrante, protagonizar grandes logros del tipo que sea. Pero la realidad luego resulta bastante distinta a eso.

    La prueba es que la gente más rica, o más poderosa, o más atractiva, o que mejor dotada está, no coincide con la gente más feliz. Para verlo, basta con echar una ojeada a las revistas del corazón. El dinero y las posesiones son en sí mismas un espejismo de la auténtica felicidad. La fama tampoco aporta demasiado por sí misma; es más, el hombre famoso necesita de una madurez especial para saber asumir bien su encumbramiento, sin que le produzca un desequilibrio emocional (además, es centro de atención de muchas miradas, que le siguen muy de cerca y suelen juzgarle con especial severidad).

    Tampoco parece que disponer de un gran talento o gozar de muy buena salud sean el punto clave. Son cosas que pueden favorecer, que pueden crear un clima propicio para sentirse feliz, pero no siempre es así, pues todos hemos visto muchos ejemplos de personas muy inteligentes que han arruinado completamente sus vidas, o de otros que, por el contrario, con ocasión de la enfermedad han descubierto una nueva dimensión de su vida y han madurado y sido mucho más felices.

    Tampoco es que para ser feliz haya que ser tonto, enfermo o desafortunado. También entre ésos, como entre todos, unos se sentirán felices y otros no. Parece que la felicidad y la infelicidad provienen de otras cosas, de cosas que están más en el interior de la persona, en el talante con que plantea su vida.

    Por ejemplo, muchas veces sufrimos, o nos embarga como un sentimiento de desánimo, o de agobio, o de fatiga interior, y no hay a primera vista una explicación externa clara, porque no hemos tenido ningún contratiempo serio, ni tenemos hambre, ni sed, ni sueño, ni nos faltan la salud o las comodidades que son razonables.

    Son dolores íntimos, y si investigamos un poco llegamos a descubrir que están causados por nosotros mismos: muchas de las quejas que tenemos contra la vida, si nos examinamos con sinceridad y valentía, nos damos cuenta de que provienen de nuestro estado interior, de nuestra pereza, de pequeños egoísmos, envidias, susceptibilidades, etc. En definitiva, de errores personales que nos producen una decepción.

    Sin embargo, hay que pensar que es precisamente esa decepción la que nos brinda la oportunidad de mejorar y ser más felices. Igual que el dolor físico tiene la inestimable utilidad de avisar de que algo en nuestro cuerpo no va bien, esos dolores de que hablamos nos advierten de que algo en nuestro interior debe cambiar. Es positivo —además de natural— que notemos con intensidad el peso de nuestros errores: si no fuera así, sería muy difícil que nos corrigiéramos.

    Quizá el aprendizaje más duro de la vida sea el de la decepción: aceptar que las cosas —empezando por la realidad de nosotros mismos— no son como las queríamos, como las pensábamos, o como nos las habían contado; que las cosas no son tan sencillas, que la vida no es tan fácil. Pero, como ha escrito Enrique Rojas, la conquista de la felicidad no es algo a lo que se llega de modo improvisado o casual; se alcanza tras un largo esfuerzo sobre nosotros mismos, es como una obra de ingeniería personal continuada.

    Acertar en el estilo de vida Vistos retrospectivamente, muchos pequeños objetivos que en un momento de nuestra vida nos parecieron importantes y seductores, ahora, pasado el tiempo, los vemos como algo insustancial y de poco valor.

    La prueba del tiempo nos ha mostrado con nitidez ese contraste. A lo mejor vemos ahora lo equivocado de aquella obsesión por ganar aquel dinero más… ¿para qué sirvió al final? O aquel otro afán por lograr neciamente ese poco de fama o de notoriedad… ¿en qué ha quedado? O aquella otra tonta pasión por experimentar tal o cual placer, que supuso aquellos atropellos… ¿qué nos aportó? ¿en qué quedó al final? Cuando somos engañados y dejamos de lado otros valores seguros para claudicar ante el espejismo del placer, o ante la inercia de la comodidad y el egoísmo, al final siempre acabamos por advertir —si somos sinceros con nosotros mismos— que aquello no nos condujo a nada.

    Son estilos de vida que, en sus comienzos, suelen presentarse ante nosotros con gran esplendor, y son enormemente atractivos y seductores. Pero sus consecuencias, los efectos que producen en el interior de las personas, pocas veces se dan luego a conocer con la crudeza que realmente tienen (a las víctimas de un engaño suele costarles admitirlo).

    Las personas que centran su vida en el placer o el egoísmo acaban por aburrirse de cada uno de los sucesivos niveles que van alcanzando, pues constantemente piensan en uno mayor y más excitante, en una cima más alta. Y esto es algo que sucede no sólo con los placeres propiamente dichos, sino también con la tendencia a rehuir el esfuerzo: cuando el hombre busca siempre el camino de mayor comodidad y menor exigencia, entonces su vida se va erosionando gradualmente: sus capacidades se van adormeciendo, su talento no se desarrolla, su espíritu se aletarga y su corazón se siente cada vez más insatisfecho, desencantado por lo fugaces que finalmente resultan sus efímeros logros.

    Es cierto que la mayoría de la gente procura vivir conforme a unos principios, aunque estén un poco difusos, y que son pocos los que se plantean formalmente vivir centrados en el placer. Pero si esos principios son difusos, es fácil que esas personas acaben un poco a merced de los estados de ánimo, acudiendo a arreglos transitorios para las crisis que se presentan en sus vidas, buscando evadirse mediante gratificaciones fugaces que les hagan olvidar un poco que aquello no va bien. Pero cada vez que sube la tensión en sus vidas, todo aquello que no funciona sale a la superficie, y quizá entonces se muestran hipercríticos, malhumorados, pesimistas, ensimismados, y la levedad de sus valores y principios acaba por llevarles, casi inadvertidamente, a una vida muy centrada en la comodidad y el egoísmo.

    La realidad de la vida es muchas veces dura y dolorosa, y cualquier esfuerzo nuestro por hacerla más habitable es siempre una aportación importante, para nosotros y para los demás. Cada vez que nos sacudimos la inercia y mantenemos el pulso de los valores y principios que nos inspiran, estamos contribuyendo —vayamos a favor o en contra de la corriente— a nuestra felicidad y a la de los demás. Lo que no podemos es abandonarnos en el regazo cálido y adormecedor de las inercias de la vida y luego quejarnos de su amargura.

    El riesgo del autoengaño Cuentan sus biógrafos que, hasta su suicidio bajo la cancillería de Berlín el 30 de abril de 1945, Adolf Hitler fue sufriendo un paulatino proceso de huida de la realidad, una necesidad constante de autoengañarse y de recibir noticias favorables. Sobre todo a partir de la entrada de Estados Unidos en la guerra, Hitler fue entrando cada vez más en un mundo de ficción creado por sí mismo. Es indudable que poseía una portentosa inteligencia, pero prefirió engañarse, y su engaño le llevó a huir de la realidad de una manera sorprendente. De hecho, a mediados de aquel mes de abril de 1945, cuando los tanques del mariscal soviético Zhukov estaban ya a pocos kilómetros de la puerta de Brandenburgo, Hitler repetía a gritos ante su Estado Mayor, dentro de su refugio subterráneo, que los rusos sufrirían una sangrienta derrota ante las puertas de Berlín.

    Historiadores como Hugh Trevor-Roper y Ian Kershaw analizan con detalle cómo fue el proceso por el que Hitler, envenenado por sus triunfos, acabó por abandonar todo signo de diplomacia e inteligencia. No parece posible que el trabajo de la propaganda nazi modificara de tal modo los datos del propio Hitler hasta el extremo de hacerle creer que sus derrotas eran victorias. Pero el hecho incontrovertible es que, cinco días antes de su muerte, rodeado de mapas operativos cada vez más irreales, enumeraba con gran seguridad a sus generales las bazas inverosímiles que le hacían esperar una victoria final.

    La lectura de esos testimonios históricos —han pasado ya más de cincuenta años y hay suficientes documentos bien contrastados que han hecho posible conocer minuto a minuto lo que ocurrió—, nos brinda un ejemplo asombroso y extremo del modo en que un hombre puede llegar a encerrarse en un mundo propio, hasta trasladarse por completo al reino de lo imaginario. Aquel triste y trágico episodio de la historia del siglo XX nació marcado por el autoengaño de negar la existencia de principios morales superiores que limitaran el poder y la persecución de sus inmorales objetivos, y puede servirnos para detenernos un instante y hablar de ese gran peligro del autoengaño, que, en diversa medida, nos acecha a todos en pequeñas cosas del acontecer ordinario de cada día.

    El hombre, al ser batido por la adversidad, se siente con frecuencia tentado a huir. Sin embargo, cualquier vida es difícilmente gobernable si no hay un constante esfuerzo por estar conectado a la realidad, si no se permanece en guardia frente a la mentira, o frente la seducción de la fantasía cuando se presenta como un narcótico para eludir la realidad que nos cuesta aceptar.

    La tentación de lo irreal es constante, y constante ha de ser la lucha contra ella. De lo contrario, a la hora de decidir qué hay que hacer, no nos enfrentaremos con valentía a la realidad de las cosas para calibrar su verdadera conveniencia, sino que caeremos en algún género de escapismo, de huida de la realidad o de nosotros mismos. El escapista busca vías de escape frente a los problemas. No los resuelve, se evade. En el fondo, teme a la realidad. Y si el problema no desaparece, será él quien desaparezca.

    El autoengaño puede presentarse en formas muy variadas. Hay personas, por ejemplo, que caen en él porque necesitan continuas manifestaciones de elogio y aprobación. Su sensibilidad al halago, al continuo “tiene usted razón” sin tenerla, hace desplegar a su alrededor servilismos capaces de idiotizar a cualquiera. Son personas difíciles de desengañar, pues exigen que se les siga la corriente, que se mienta con ellos, y acaban por enredar a los demás en sus propias mentiras. Son presa fácil de los aduladores, que los manejan a su antojo, y aunque a veces adviertan que se trata de una farsa, no suele bastarles para salir de ella.

    La verdad, y en especial la verdad moral, no debe acogerse como una limitación arbitraria al obrar libre de las personas, sino, por el contrario, como una luz liberadora que permite dar una buena orientación a las propias decisiones. Acoger la verdad lleva al hombre a su desarrollo más pleno. En cambio, eludir la verdad o negarse a aceptarla, hace que uno se inflija un daño a sí mismo, y casi siempre también a los demás. La verdad es nuestro mejor y más sabio amigo, siempre dispuesto y deseoso de acudir en nuestra ayuda. Es cierto que a veces la verdad no se manifiesta de forma clara, pero hemos de esforzarnos para que no resulte que esa falta de claridad sólo se da en nuestro pensamiento, al que aún no hemos impulsado lo necesario en búsqueda de la verdad.

    Educar desde la coherencia «Me gustaría que mis padres, y que usted mismo, supieran ponerse más a mi nivel (el que remarcaba esas palabras con seriedad pero con desenvoltura era Daniel, un alumno de diecisiete años resuelto y reflexivo, al comienzo de la primera sesión de tutoría del curso).

    »Me molesta que los adultos hablen siempre con tanta seguridad, que adopten siempre la posición de expertos conocedores de todo. Se lo digo a usted desde el principio, y no para ofender, de verdad. Me gustaría que los adultos se bajaran un poco de su pedestal, que no se dirigieran a la gente joven siempre dando órdenes o consejos.

    »Sólo pido que nos escuchen de vez en cuando, que admitan al menos que también podemos tener ideas inteligentes, que se nos reconozca un plano de cierta igualdad, que nos hablen con más franqueza. Aunque no lo parezca, nos fijamos bastante en ellos, más de lo que se creen. Lo que me gustaría es que sus reflexiones no fueran siempre como consejos encubiertos, y que procuraran hacerse cargo de lo que realmente nos sucede.» Aquella conversación con Daniel me recordaba lo que escribió Romano Guardini: el factor más eficaz para educar es cómo es el educador; el segundo, lo que hace; el tercero, lo que dice. Son importantes los consejos que se dan, o las cosas que se mandan, pero mucho antes está lo que se hace, los modelos que presentan, las cosas se valoran, cómo unos y otros se relacionan entre sí. Y hay personas que en esto son auténticos maestros, mientras que otros, por el contrario, son un verdadero desastre.

    La vida familiar es la primera escuela de aprendizaje emocional. El modo en que los padres tratan a sus hijos (ya sea con una disciplina estricta o con un desorden notable, con exceso de control o con indiferencia, de modo cordial o brusco, confiado o desconfiado, etc.), tiene unas consecuencias profundas y duraderas en la vida emocional de los hijos, que captan con gran agudeza hasta lo más sutil.

    Algunos padres, por ejemplo, ignoran habitualmente los sentimientos de sus hijos, por considerarlos algo de poca importancia, y con esa actitud desaprovechan excelentes oportunidades para educarles.

    Otros padres se dan más cuenta de los sentimientos de sus hijos, pero su interés suele reducirse a lograr, por ejemplo, que su hijo deje de estar triste, o nervioso, o enfadado, y recurren a cualquier medio (incluido el premio material inmerecido o inadecuado, y a veces hasta el engaño o el castigo físico), pero rara vez intervienen de modo inteligente para dar una solución que vaya a la raíz del problema.

    Otro tipo de padres, de carácter más autoritario e impaciente, suelen ser desaprobadores, propensos a elevar el tono de voz ante el menor contratiempo. Son de esos que descalifican rápidamente a sus hijos, y saltan con un «¡No me contestes!» cuando su hijo intenta explicarse. Es difícil que logren el clima de confianza que exige una correcta educación de los sentimientos.

    Hay, por fortuna, muchos otros padres que se toman más en serio los sentimientos de sus hijos, y procuran conocerlos bien, y aprovechar sus problemas emocionales para educarles. Son padres que se esfuerzan por crear un cauce de confianza que facilite la confidencia y el desahogo. Y saben hablar en ese plano de igualdad al que se refería aquel alumno mío: se dan cuenta de que con el simple fluir de las palabras se alivia ya mucho el corazón de quien sufre, pues exteriorizar los sentimientos y hablar sobre ellos con alguien que esté dispuesto a escuchar y a comprender, es siempre de gran valor educativo. Manifestar los propios sentimientos en una conversación confiada es una excelente medicina sentimental.

    Los niños que proceden de hogares demasiado fríos o descuidados desarrollan con más facilidad actitudes derrotistas ante la vida. Si los padres son inmaduros o imprevisibles, crónicamente tristes o enfadados, o simplemente personas distantes o sin apenas objetivos vitales, o con vida caótica, será difícil que conecten con los sentimientos de sus hijos, y el aprendizaje emocional será forzosamente deficiente.

    Padres imprevisibles son aquellos que tratan a sus hijos de manera arbitraria. Quizá cuando están de mal humor los maltratan, pero si están de buen humor les dejan escapar de sus deberes o su responsabilidad en medio del caos; y así está claro que será difícil que logren nada.

    Si el reproche o la aprobación pueden presentarse indistintamente en cualquier momento y lugar, dependiendo de si les duele la cabeza o no, o si esa noche han dormido bien o mal, o si su equipo de fútbol ha ganado o perdido el último partido, de esa manera se crea en el hijo un profundo sentimiento de impotencia, de inutilidad de hacer las cosas bien, puesto que las consecuencias serán difícilmente predecibles. Por eso suelen fracasar aquellos padres que alternan imprevisiblemente el exceso de benignidad con el de severidad.

    Orden y capacidad de organizarse

    • Orden y pereza activa
    • Aprender a organizarse
    • Aprender a decir «no»
    • Equilibrio y flexibilidad
    • Aprender a contar con los demás
    • Confiar en los demás
    • Orden y previsión

    Orden y pereza activa Lee Iacocca, aquel legendario empresario norteamericano que fue primer ejecutivo de la Ford y que años después lograría un espectacular reflotamiento en la Chrysler, explicaba así su experiencia de varias décadas al frente de grandes multinacionales: «No puedo menos que asombrarme ante el gran número de personas que, al parecer, no son dueños de su agenda. A lo largo de estos años se me han acercado muchas veces altos ejecutivos de la empresa para confesarme con un mal disimulado orgullo: “Fíjese, el año pasado tuve tal acumulación de trabajo que no pude ni tomarme unas vacaciones”.

    »Al escucharles, siempre pienso lo mismo. No me parece que eso deba ser en absoluto motivo de presunción. Tengo que contenerme para no contestarles: “¿Serás idiota? Pretendes hacerme creer que puedes asumir la responsabilidad de un proyecto de ochenta millones de dólares si eres incapaz de encontrar dos semanas al año para pasarlas con tu familia y descansar un poco?”.» Imprimir un ritmo ordenado a la vida, ser dueños del propio tiempo y de la agenda, tener un claro orden de prioridades en lo que hemos de hacer…, son premisas básicas para la eficacia en cualquier trabajo.

    ¿También para educar? Pienso que sí, por dos razones. La primera, porque educar exige tiempo y, por tanto, orden para sacar partido al tiempo que tenemos, que es limitado. Y la segunda, porque el orden es una virtud muy importante en la configuración del carácter de los hijos.

    Cuando no hay orden en la cabeza, acabamos siempre por elegir lo que más nos apetece, o aquello que parece urgentísimo pero que resulta que no es lo que tenemos que hacer en ese momento. Muchas veces, los agobios por falta de tiempo son más bien agobios por falta de orden.

    Es evidente que no se puede llegar a hacer en la vida todo lo que uno quisiera, porque no hay tiempo. El problema es por dónde se recorta, y esa decisión no la debe tomar el capricho.

    Hay personas que despliegan una febril actividad, que van y vienen de un lado a otro a toda velocidad, suben, bajan, hablan por teléfono, hacen mil cosas a la vez y no acaban ninguna, sus múltiples y poco claras ocupaciones les hacen llegar tarde a todo y con una gran sensación de prisa. Son auténticos ejecutivos pero que luego no ejecutan casi nada útil.

    Parecen gente esforzada, pero muchas veces no es esfuerzo sino sólo su caricatura. Porque casi siempre casualmente ese desorden les lleva a elegir la tarea que en ese momento menos les cuesta. En el fondo son bastante perezosos.

    La pereza ordinaria es simple apatía y dejadez. Esta otra forma de pereza, que por activa no es menos corriente, resulta en cambio algo más difícil de advertir. Pero hay infinidad de hombres perezosos que no paran de trabajar y de moverse. Hacen cosas constantemente, pero no las que deberían hacer.

    ¿Cómo aplicar esas ideas a la familia? La pereza activa puede hacer estragos en tu hijo estudiante que no termina de comprender que más vale estudiar intensamente tres horas y luego descansar otras tres haciendo deporte, escuchando música o saliendo con sus amigos, en vez de pasarse las seis horas intentando conjugar lo uno y lo otro para al final dejarlo todo a medio hacer y con una clara sensación de descontento (y habiendo sufrido más que si hubiera estado estudiando intensamente todo ese tiempo).

    Es también pereza activa cuando un padre o una madre de familia no cesan de ir de un lado a otro cuando quizá deberían estar en casa con su cónyuge y sus hijos. O cuando se entretienen sin verdadera necesidad en el trabajo y abandonan otras obligaciones que (casualmente de nuevo) le resultan menos agradables. O cuando se lanzan a hacer cualquier cosa que se les cruza por la cabeza sin ponderar su oportunidad.

    Se trata de la común tentación de hacer lo urgente antes que lo importante, lo fácil antes que lo difícil, lo que se termina pronto antes que lo que requiere un esfuerzo continuado.

    El orden es una virtud que depende mucho de la forma de funcionar de la familia y del colegio, y a la que desgraciadamente no siempre se le da la importancia que tiene.

    Los padres y los profesores deben exigir que los chicos sean cumplidores, que tengan orden, un orden razonable. Serva ordinem et ordo te servabit, decían los antiguos: guarda el orden y el orden te guardará a ti.

    Un detalle muy formativo de la virtud del orden, por ejemplo, es la puntualidad: enseñar a los hijos a valorar el tiempo de los demás al menos tanto como el propio; que les preocupe si han hecho perder el tiempo a otros por sus olvidos o su desorden.

    Aprender a organizarse Siguiendo el esquema propuesto por Stephen Covey, pueden distinguirse cuatro fases o generaciones en cuanto al modo de administrar el tiempo.

    Una primera son aquellos que elaboran listas de tareas pendientes. Con ellas toman conciencia de lo que les queda por hacer, lo van abordando cuanto antes pueden, y van tachando, lo que siempre proporciona una sensación gratificante. Esto, no cabe duda, es ya bastante más de lo que son capaces de llegar a hacer muchos. Sin embargo, es aún un esquema de organización muy pobre, puesto que la mayoría de las veces la distribución del tiempo viene impuesta externamente por la mera sucesión de los acontecimientos.

    Pertenecen a la segunda generación aquellos que intentan mirar un poco más adelante, y se programan mediante el uso de la agenda: van anotando acontecimientos, compromisos y proyectos de actividad futura, en la medida en que su tiempo les permite darles cabida. Su anticipación les confiere una mejor organización, pero aún rudimentaria, puesto que así no pueden valorar debidamente las prioridades: son simples distribuidores de tiempo.

    La tercera generación suma a las dos precedentes la idea básica de establecer prioridades. Se centra en la necesidad de fijarse unos objetivos, con sus correspondientes plazos, y de acuerdo con ellos se prepara una planificación diaria que alcance la mayor eficiencia. Este planteamiento supone un gran avance respecto a la segunda generación, pues la clave no es dar prioridad a lo que está en la agenda, sino ordenar la agenda con arreglo a las prioridades.

    Sin embargo, centrarse en la simple eficiencia en la programación y el control del tiempo tiene a menudo efectos contraproducentes. Por ejemplo, es frecuente que dificulte la necesaria liberalidad y espontaneidad en el modo de organizarse, y que en consecuencia se resienta el desarrollo de las relaciones humanas, que son tan importantes y enriquecedoras. Por esa razón, cabe pensar en una cuarta generación, que da aún un paso más: por decirlo de una manera poco académica, en vez de organizar el tiempo, procurar organizarse a uno mismo.

    Hay tareas que, por su naturaleza, necesitan una atención inmediata. Son cosas urgentes que actúan sobre nosotros de forma imperiosa: el timbre del teléfono, por ejemplo, es urgente, reclama una atención inmediata. Suelen ser tareas cercanas, que dan impresión de actividad, entretenidas. Lo malo es que muchas veces carecen de importancia y nos desorganizan. Ante lo urgente, reaccionamos; ante lo importante, no siempre.

    Las cuestiones importantes pero no urgentes requieren más iniciativa, más esfuerzo, más reflexión personal, y es fundamental centrar en ellas la organización personal: hemos de actuar creativamente, no simplemente reaccionar ante lo que ocurre. De lo contrario, nuestra vida se verá desviada con mucha frecuencia hacia lo urgente no importante, pues, curiosamente, las tareas más entretenidas y que más nos reclaman son precisamente ésas, las urgentes pero no importantes.

    Hay también muchas otras tareas que son urgentes e importantes a la vez. Para mayor claridad, las posibles tareas que una persona puede hacer se podrían distribuir en cuatro cuadrantes, según su grado de urgencia e importancia:

    Más urgentes Menos urgentes
    Más importantes I. IMPORTANTES
    Y URGENTES
    II. IMPORTANTES
    NO URGENTES
    Menos importantes III. NO IMPORTANTES
    Y URGENTES
    IV. NO IMPORTANTES
    NI URGENTES

    Está claro que las tareas no se dividen de modo tajante en importantes y no importantes, sino que hay una gradación, pero, para entendernos, podemos considerar ahora que todas pudieran clasificarse dentro de estos cuatro cuadrantes.

    En un día cualquiera de la mayoría de las personas, suele haber bastantes tareas del cuadrante I, o sea, urgentes y que además tienen importancia.

    Parecería que las personas que tengan grandes responsabilidades estarán todo el día atendiendo cosas urgentes e importantes, y aún le quedarán muchas para el día siguiente. Pero si lo analizamos con detalle, veremos que no debería ser así. Precisamente por sus grandes responsabilidades es más importante que se organicen de modo que esas tareas urgentes e importantes no llenen su día por entero.

    Si una persona dedica todo el día solamente a cosas del cuadrante I (urgentes e importantes), nunca dedicará nada de tiempo al II (a lo importante pero no urgente). Y funcionando así, será difícil que organice su vida adecuadamente, porque irá a remolque de los mil pequeños problemas urgentes e importantes que le surgirán cada día y no dispondrá del sosiego necesario para acometer otras muchas cuestiones también importantes pero menos acuciantes, que quedarán habitualmente sin hacer.

    Lo urgente e importante consume y agota la vida de muchas personas: listas interminables de cosas pendientes, constantes crisis menores que sólo ellos pueden atender, frecuentes interrupciones y retrasos que le impiden atender debidamente sus obligaciones, etc. Cuando uno centra su vida en el cuadrante I (en lo urgente e importante), ese cuadrante va creciendo cada vez más, hasta que nos domina por completo.

    Así se genera estrés, sensación de crisis continua, de estar siempre apagando incendios. Es como hacer frente a un oleaje fuerte y prolongado. Llega una ola, un problema importante y urgente, y lo intentamos resolver, y quizá lo logramos, o quizá nos deja tendido en la arena. Se pone uno de nuevo en pie, y llega otra ola, que vuelve a golpearnos, y así una vez y otra, sin que podamos retirarnos un momento para pensar qué queremos hacer, adónde queremos ir, o cómo podemos hacer frente con eficacia a lo no inmediato (porque el problema es que resulta difícil pensar en cualquier cosa que no sea la siguiente ola).

    Además, otro inconveniente es que esos asiduos ocupantes del cuadrante I, que son literalmente vapuleados por los continuos problemas de cada día, con frecuencia buscan alivio huyendo hacia actividades del cuadrante III (urgentes pero no importantes), o incluso —con más facilidad de lo que parece— hacia el cálido y acogedor cuadrante IV, refugiándose en tareas que no son ni urgentes ni importantes.

    Es necesario pensar en cómo nos organizamos: más que orientarse hacia los problemas, es preciso tomar la iniciativa y dirigirse hacia las oportunidades, no dejarse organizar por los problemas. De esta manera, se puede lograr reducir el tamaño del cuadrante I, o sea, disminuir el número de tareas urgentes e importantes de cada día, de modo que éstas puedan atenderse bien, pero dedicando suficientes energías al cuadrante II (el de lo importante no urgente), que ha de ser el espacio más amplio en una persona debidamente organizada.

    Avanzar en el modo organizar del tiempo es efectivamente un reto tan difícil como importante. Y para muchas personas es un terreno tan inexplorado que sólo con tener una cierta preocupación por avanzar en él y reflexionar de vez en cuando sobre qué camino tomar, sólo con eso, podrían lograr mejoras sorprendentes.

    De lo contrario, uno se puede pasar la vida corriendo de un lado a otro, hablando por teléfono compulsivamente, debatiéndose entre cientos de gestiones inaplazables y multitud de reuniones interminables, intentando hacer más cosas de las que razonablemente somos capaces, y, encima, después de tanta fatiga, fracasar estrepitosamente. Y quizá entonces viéramos que podríamos haberlo evitado con sólo hacernos unas cuantas consideraciones básicas sobre el modo de organizarnos.

    En resumen, corremos el grave peligro de dejar de hacer muchas cosas, aun siendo muy importantes para nosotros, por el sencillo hecho de que no reclaman de modo imperioso nuestra atención.

    Aprender a decir «no» Cuando una persona está agobiada por cosas urgentes e importantes, le resulta muy difícil sacar tiempo para esas cosas que no apremian tanto pero que son también importantes. Al principio habrá que seguir atendiendo las numerosas actividades urgentes e importantes del cuadrante I, pues estamos inmersos en ellas y no podemos dejarlas sin más. En esa situación, el tiempo necesario para el cuadrante II se puede obtener sacándolo fundamentalmente de los cuadrantes III y IV.

    Luego, a medida que consigamos tiempo para trabajar en el cuadrante II, estaremos mucho mejor organizados y empezará a disminuir el cuadrante I. Entonces irá aumentando sensiblemente el rendimiento del tiempo, pues le daremos un uso mucho más efectivo.

    Una de las claves está en identificar cuáles son esas tareas no importantes (o sea, los cuadrantes III y IV), para sacar de ahí tiempo. En las personas más perezosas, será el cuadrante IV (aquello que no es ni urgente ni importante) la principal fuente de pérdidas de tiempo. En las personas más activas pero mal organizadas, será el cuadrante III (el de lo urgente no importante) el que más llene sus vidas y en el que habrá que entrar con decisión, y aprender a decir no a esas actividades que nos urgen frecuentemente pero que no debemos acometer.

    Hace algún tiempo, un antiguo compañero mío me contaba, sin disimular su angustia, que en su empresa le habían encomendado una nueva tarea de considerable responsabilidad. Viajaba muchísimo, tenía un horario tremendo y estaba bastante estresado, aunque, eso sí, había aumentado sensiblemente sus ingresos.

    «Lo malo —me decía— es que en realidad yo no deseaba ese nombramiento. Sabía que me supondría unas obligaciones que difícilmente podría atender con el tiempo de que dispongo. Además, me está apartando de la línea de trabajo que me había marcado hace años y, por si fuera poco, no me deja atender bien a mi familia. Cada día tengo más problemas, pero ahora me resulta muy difícil dejarlo, tenía que haberlo pensado antes.

    »Y lo realmente triste es que sabía que esto me iba a pasar. Cuando me lo propusieron, lo pensé, pero me sentía presionado. Puse algunas excusas, me fueron convenciendo, intenté retrasarlo, puse algunas condiciones que estaba seguro que no aceptarían, pero las aceptaron, y al final ya me daba reparo echarme atrás.

    »Lo mío ha sido tan sencillo y tan triste como esto: no supe decir no. Después he sabido que también habían propuesto para este cargo a otro compañero mío, y que en su caso la conversación no duró más allá de un minuto. Les dijo que lo agradecía muchísimo, que se sentía muy honrado por esa elección, pero que tenía serias razones para no aceptarlo.

    »Es curioso, pero no sabía yo los líos en que uno puede meterse por no saber contestar en el momento oportuno con un atento y cortés “lo siento muchísimo, pero NO”. Ha sido un auténtico calvario que podría haber evitado con sólo superar una situación un poco violenta durante unos minutos.» En realidad, toda persona está diciendo constantemente no a algo. Lo malo es que si no lo dice a esas cosas que nos acosan invasivamente pero que no debemos hacer, probablemente lo esté diciendo a cosas mucho más fundamentales pero que no reclaman su atención.

    Habrá personas cuyo problema no sea que les cueste decir no, sino al revés: siempre dicen que no, siempre llevan la contraria, parece como si les costara sangre manifestar acuerdo o asentir a algo. Cada uno tiene que ver por qué lado va su problema (y que en unos ámbitos de su vida puede ser bien distinto que en otros), pues cada día decimos sí o no a muchísimas cosas. La esencia de una buena organización personal está precisamente en saber discernir en cada caso si debemos decir sí o no, y nuestro error puede provenir de establecer mal las prioridades, de prever mal su puesta en práctica o de una falta de suficiente disciplina personal para atenernos a ellas.

    La mayor parte de las personas piensan que su problema suele estar en esa última razón, en que les falta constancia y disciplina para llevar a cabo lo que repetidamente se han propuesto. Sin embargo, si analizaran con más profundidad su caso, es probable que muchos advirtieran que su principal problema no es de autodisciplina, sino que está antes, en que no tienen unas prioridades suficientemente claras y desarrolladas. El modo en que cada uno organiza su tiempo es consecuencia del modo en que cada uno ve sus prioridades. Para decir no al reclamo del entretenido cuadrante III, o al cálido y adormecedor cuadrante IV, hace falta tener las ideas muy claras en la cabeza, no sólo una gran fuerza de voluntad.

    Equilibrio y flexibilidad Aún recuerdo con tristeza el lamento de una persona que a sus treinta y pocos años había logrado coronar una carrera profesional muy brillante, pero que explicaba su difícil situación con una crudeza y un dolor sorprendentes.

    «Gozo de un prestigio y un éxito extraordinarios. Sin embargo, veo con claridad que he sacrificado casi todo en la vida para lograr esa meta. Veo que estoy fracasando en mi matrimonio, que apenas disfruto del afecto de mis hijos, que me siento rodeado de personas que simplemente me adulan y me tratan de forma interesada.

    »Ha llegado un momento en el que no estoy seguro de tener verdaderos amigos. Soy una persona muy ocupada, y apenas encuentro tiempo para pensar con calma, pero no logro alejar una duda que martillea mi cabeza desde hace años: no sé si todo lo que estoy haciendo tendrá algún valor para alguien.

    »A estas alturas casi no sé qué es lo que realmente me importa. Me pregunto con frecuencia: todo esto que he hecho… ¿ha merecido la pena?» Casos como éste, que son tristemente frecuentes, nos invitan a reflexionar sobre nuestro modo de organizarnos, sobre el necesario equilibrio personal entre todos los ámbitos de nuestra vida. Parece claro, por ejemplo, que el éxito profesional no puede compensar el fracaso de un matrimonio roto, la salud perdida, el quebrantamiento ético o la traición a los propios principios.

    ¿Cuáles son esos ámbitos? Está la atención a la familia: el cónyuge, los hijos, los padres, etc. Está el propio trabajo, con sus realizaciones, sus expectativas y su necesidad de atender a la preparación profesional. Está la salud y el descanso, que no conviene menospreciar. Es muy importante la cultura. No hay que olvidar tampoco las prácticas personales que requiera la coherencia con nuestras convicciones religiosas, que son un elemento muy importante en la vida de cualquier persona.

    Para no equivocarse a la hora de diseñar el propio proyecto de vida, es preciso, en primer lugar, identificar los diferentes roles que uno representa, los diversos papeles que cada uno tiene que simultanear en su vida. Por ejemplo, si nos fijamos en el ámbito familiar, uno puede tener su papel como padre o madre, como esposo o esposa, como hijo o hija, como suegro o suegra, como abuelo o abuela o nieto o nieta, etc.

    En cada uno de esos papeles (lo digo en plural porque uno puede ser al tiempo esposa, madre e hija, por ejemplo), hemos de ver qué meta hemos de alcanzar, es decir, qué modelo de familia buscamos, cómo ha de ser la relación entre los componentes de la familia y a qué valores se da especial relevancia.

    Y dentro de ese proyecto, hay que proponerse unos aspectos de mejora personal, y procurar ponerlos en práctica mediante detalles concretos: por ejemplo, ser más generoso en la dedicación de tiempo a tu mujer o a tu marido, atender con más cariño a los hijos, ser más paciente con tu suegro, actuar con mayor fortaleza o mayor comprensión en determinados casos, etc.

    Si nos fijamos en el ámbito laboral, los papeles que nos toque representar pueden ser también muy diversos: como jefe de un equipo de personas y, a la vez, como subordinado y compañero de otras; como vendedor, como comprador o como competidor; como patrono o como trabajador; como profesor o como alumno; etc.

    En cada caso hemos de saber qué esperamos de nuestro trabajo. Por ejemplo, sería muy pobre que lo viéramos sólo como un medio de obtener unos ingresos económicos, o como una simple forma de autoafirmación personal; siendo objetivos legítimos, serían insuficientes si no van unidos a otros más elevados, que nos hagan ver ese trabajo —entre otras cosas— como un servicio a los demás y a la sociedad. A su vez, hemos de procurar concretar esas ideas: crear un mejor ambiente con los compañeros de oficina, fomentar el trabajo en equipo con determinadas personas, ser más puntual, trabajar con más esmero, cuidar más los detalles, adquirir una mayor cultura profesional, etc.

    Estas consideraciones de tipo familiar y laboral se pueden extender a otros ámbitos de la vida, pero el papel más importante será el que representamos simplemente como personas. En ese ámbito podrían incluirse cuestiones más de fondo: ser más sensible a las necesidades de quienes nos rodean, proponerse mejorar seriamente nuestra coherencia ética y religiosa, ver el modo de acrecentar nuestra formación y nuestra cultura, etc.

    De todas formas, al final siempre se acaba por descubrir que todos los ámbitos están muy relacionados, y que muchas veces se mezclan y confunden. Es natural que sea así, por la unidad que posee en sí la vida del hombre, y aunque los hayamos separado por razones de mejor exposición, está claro que se intercomunican y que no pueden tratarse como compartimentos estancos.

    Es decisivo encontrar un equilibrio en el que quepa la atención a todas las áreas de nuestra vida. Un equilibrio entre la utopía del que quiere abarcarlo todo ingenuamente y la simpleza de quien se polariza en un tema y considera incompatible con él todo lo demás. Si no alcanzamos ese equilibrio, es fácil darse cuenta tarde de que nos hemos equivocado en aspectos importantes. Y lo digo en este capítulo dedicado al rendimiento del tiempo porque la forma más lamentable de perder el tiempo es equivocar el camino.

    De todas formas, dentro de tanta organización tendrá que haber bastante flexibilidad. Nuestra planificación, nuestra agenda, nuestras metas, han de ajustarse a nuestro estilo, nuestras necesidades y nuestra forma de ser: es la organización para ti, no tú para la organización. Por más cuidado que uno ponga, siempre surgirán imprevistos que obligarán a subordinar nuestro plan a una necesidad superior, pero eso no debe inquietarnos, puesto que la organización ha de basarse en unos principios, no en sí misma.

    Sería un grave error identificar la constancia y la firmeza propias de una buena organización personal con la idea de volverse rígidos e inflexibles. Además, suele ser más bien al revés, pues la flexibilidad necesita de un recio fondo de firmeza, del mismo modo que la rigidez esconde muchas veces una débil y mal disimulada inseguridad.

    Aprender a contar con los demás Lee Iacocca, aquel legendario primer ejecutivo de la Ford que años después lograría un espectacular reflotamiento en la Chrysler, explicaba así su experiencia de varias décadas al frente de grandes multinacionales: «Son muchos los individuos inteligentes y cualificados que han desfilado ante mis ojos, pero que no sirven para el trabajo en equipo.

    »Parecen reunir todas las condiciones. Son personas emprendedoras, y trabajan con gran empeño, pero luego nunca llegan muy lejos: se quedan donde estaban, o poco menos. Y lo que les impide progresar es precisamente eso: que no logran trabajar y compenetrarse con sus compañeros.

    »Por eso hay una frase que detesto encontrar en la evaluación de las capacidades de un ejecutivo, por mucho talento que posea, y es la siguiente: “tiene dificultades para llevarse bien con otras personas”. A mi modo de ver, esa frase equivale al beso de la muerte en su carrera profesional. Si esa persona es incapaz de trabajar en equipo con sus compañeros, ¿qué beneficio puede reportar su presencia en la empresa?».

    Son muchas las personas que fracasan en su trabajo por motivos que no son estrictamente profesionales, sino más bien de carácter y de relación con los demás. Hay toda una serie de hábitos que son claves para nuestra capacidad de relación con quienes nos rodean: saber trabajar en equipo, contar más con lo que pueden aportar otros, aprender a discrepar constructivamente y sin enconarse, conjugar exigencia y cordialidad, procurar mandar sin humillar y obedecer sin sentirse humillado, evitar tanto la terquedad con la excesiva influenciabilidad, etc.

    Es muy frecuente, por ejemplo, tanto en el ámbito familiar como en el laboral, o en otros, que los repartos de tareas sean tremendamente poco efectivos: unos pueden estar sobrecargados y otros sin saber qué hacer, o bien haciendo tareas que corresponderían más a otros, o para las que otros están mejor preparados.

    Por eso, cuando unos padres delegan en sus hijos buena parte de la organización de la limpieza de la casa o del cuidado del hermano pequeño, o un profesor sabe organizar entre sus alumnos un reparto de tareas de cuidado del aula y de preparación de actividades en beneficio de todos, o un ejecutivo consigue formar equipos humanos que funcionen coordinadamente bajo su dirección, lo habitual es que de esa manera se logren resultados mucho mejores, pues se multiplica la efectividad de nuestro esfuerzo.

    Hacer equipo, saber delegar, repartir juego, alentar la iniciativa de los demás, generar confianza, descubrir cualidades en otras personas…, son ejemplos de capacidades personales importantes en muchos ámbitos de la vida. Hay personas que no saben resistir la tentación de hacerlo todo personalmente, y eso les resta eficacia de una forma dramática. Cuando, además, ocupan un puesto de cierta responsabilidad, es lo que marca el límite de su valía. Así se lo explicaba Iacocca a uno de sus ejecutivos más brillantes: «Quieres hacerlo todo tú. No sabes delegar. Eres quizá el mejor colaborador que he tenido. Hasta es posible que tu trabajo valga por el de dos…, pero olvidas que dependen de ti docenas de personas…».

    Lograr un reparto de tareas realmente efectivo —en la familia o en el trabajo o donde sea— no es algo tan simple como que quienes mandan repitan frases del estilo de «ve a buscar esto y tráeme esto otro», «ve allí y dile eso», «hazme esto y avísame cuando acabes». No se trata de dar órdenes en las que apenas cabe la iniciativa personal, sino de transmitir con claridad lo que se desea conseguir y dejar un amplio margen a la iniciativa y la creatividad de todos.

    También es importante saber transmitir de alguna manera la propia experiencia, de modo que los demás comiencen donde nosotros hemos acabado y no tengan que reinventar la rueda a cada momento. Se trata, en definitiva, de facilitar a cada uno que pueda aprender de los errores de los demás, no sólo de los que vaya a cometer él (aunque de ésos también aprenderá mucho).

    Confiar en los demás Muchas personas apenas logran trabajar en equipo (y por tanto no se benefician de las posibilidades de multiplicar el tiempo que esto lleva consigo), por algo muy sencillo: no se deciden a depositar confianza en los demás.

    Unos lo hacen porque viven bajo una desconfianza general en las personas: no quieren correr riesgos. Otros, por simple desorden: no hay manera de que se paren a pensar en cómo mejorar su rendimiento personal. Otros, simplemente porque no son capaces de descubrir la valía de quienes le rodean, o porque quizá no advierten los grandes efectos que la confianza tiene en la motivación humana: la confianza saca a la luz lo mejor que la gente tiene dentro.

    Otros, por último, no se deciden a depositar más confianza en los demás, y tienden a realizar por sí mismos la mayor parte de su trabajo, simplemente por ahorrarse el esfuerzo que inicialmente supone preparar a esas otras personas hasta que puedan ser eficaces.

    En todos los casos, es probable que multiplicaran su eficacia si comprendieran que hay muchísimas tareas en las que una dinámica de confianza y de cooperación puede resolver todo mucho mejor, en mucho menos tiempo y de modo mucho más gratificante para todos.

    Es sorprendente, por ejemplo, cómo algunas familias de pocos miembros y elevados gastos en personal de servicio no logran alcanzar el nivel de atención que tienen otras que son más numerosas y tienen poca o ninguna ayuda doméstica, pero están mejor organizadas. Parece claro que si se sabe cómo distribuir las tareas entre los miembros de la familia, se puede estructurar el trabajo de modo que se hagan más cosas, en menos tiempo y con más satisfacción para todos.

    Es cierto que el principal problema de la mayoría de las familias no es sólo de organización, sino de disciplina. Porque pueden hacerse planes perfectos sobre el papel, el problema es luego que cada uno quiera cumplirlo. Pero quizá en muchos casos no será tanto cuestión de disciplina —que algo siempre hace falta— como de crear un clima adecuado. Aquí habría que hablar de motivación, y de sinergias, que son temas que trataremos más extensamente en los dos próximos capítulos. De todas formas, mi impresión es que la gente está habitualmente más dispuesta a cooperar de lo que solemos pensar, si se plantean bien las cosas. La gente tiene dentro muchas cosas buenas, lo que nos falta muchas veces es ingenio para saber sacarles brillo.

    Por ejemplo, al principio tú puedes ordenar la habitación mejor y más rápido que tu hijo de siete años. Pero es mucho mejor despertar el interés del niño para que sea él quien lo haga. Eso lleva un mayor tiempo y esfuerzo iniciales, porque hay que enseñarle a hacerlo, y hay que motivarle, pero luego se recupera con creces, en todos los sentidos.

    Lo ideal al delegar o sugerir una tarea es lograr que el encargado de hacerla sea su propio jefe. Con personas menos maduras, hay que especificar más las directrices que han de seguir, estar más pendiente de cómo lo hacen y, en su caso, aplicar de forma más inmediata las posibles consecuencias acordadas según el mejor o peor resultado. Pero lo deseable es que todo eso vaya disminuyendo, de forma que baste con que cada uno sepa lo que debe hacer, esté motivado y sepa aplicar luego su ingenio y su creatividad personal al modo de llevarlo a efecto.

    Orden y previsión La compañía Priority Management of Pittsburgh Inc. publicó hace unos años unos estudios de población francamente originales, todos del estilo más típicamente norteamericano. Uno de los datos estadísticos que aportaba ese estudio era que el ciudadano medio de aquel país pasa aproximadamente un año de su vida buscando cosas que no recordaba dónde había puesto.

    He de confesar que cuando lo leí me llamó bastante la atención, y pensé que era una exageración. Después empecé a hacer unos cálculos: supongamos que un año es una setenta-y-cinco-ava parte de la vida; como el día tiene 24 horas, perder un año entre setenta y cinco es como perder 24/75 horas en un día, es decir, que si fuera cierto ese estudio habitualmente perderíamos del orden de 19 minutos diarios.

    Quizá sea algo exagerado, o quizá no. Es difícil saberlo. En cualquier caso, si en esos 19 minutos diarios se incluyera el tiempo que perdemos cada día como consecuencias de olvidos, desorden y mala organización, me parece que se quedaría bastante corto.

    Y pensaba de nuevo: un año entero buscando cosas perdidas, agobiado por olvidos imperdonables, lamentándonos de no habernos acordado de cosas, o de no haberlas previsto. Además, eso será la media, porque hay gente muy ordenada, a la que corresponderá mucho menos de un año; pero otros, que son un caos, pasarán en su vida esa angustia durante dos, tres, diez años… ¡quién sabe! Francamente, resulta un poco frustrante imaginar tanto tiempo pasado así. Al menos, es una buena razón para pensar un poco en cómo ser algo más ordenados. ¿Cuánto tiempo perderemos cada día por falta de previsión, por no organizarnos mejor, por no hacer lo que tenemos que hacer…? Si te interesa, haz un cálculo estimativo en minutos diarios, multiplica por 0.052 y tendrás el correspondiente número de años de vida perdidos.

    Cuando no hay orden en la cabeza, acabamos siempre por elegir lo que más nos apetece, o lo que más reclama nuestra atención, y es natural que en bastantes ocasiones no coincida con lo que debemos hacer en ese momento. Muchas veces hablamos de agobios por falta de tiempo que quizá son más bien agobios por falta de orden.

    Para ganar en orden, puede resultar útil revisar cada uno de estos puntos:

  • si procuramos detectar los aspectos importantes, concretarlos y después establecer un orden de prioridades adecuado;
  • si lo que hacemos es lo que realmente tenemos que hacer nosotros, porque quizá dedicamos muchas horas a cuestiones que nos gustan mucho pero que deberían estar haciendo otros (o las hacemos nosotros para evitarnos la molestia de hacer que las haga quien tiene que hacerlas);
  • si sabemos cortar a tiempo con esas tareas, para las que siempre falta tiempo, pero que quizá son menos importantes que otras que solemos dejar sistemáticamente;
  • si podemos trasladar algunas ocupaciones menos importantes a horas de menos agobio de tiempo (por ejemplo, a horas que no sean las cruciales para atender a la familia, estudiar o trabajar con serenidad); etc.

  • El riesgo de la adicción

    • Adicciones inadvertidas
    • El escapismo
    • Indecisión
    • Consumismo y temple humano
    • La evitabilidad del desastre
    • Adicciones y amor
    • ¿Por qué esperar?
    • Un error advertido a tiempo
    • El mito de Sísifo

    Adicciones inadvertidas Como ha señalado Pascal Bruckner, quien nunca haya experimentado el irresistible afán de hacer zapping durante horas y horas, a veces tardes enteras, incapaz de sustraerse a la adicción a esa secuencia continua de imágenes, no sabe aún de las seducciones y sortilegios de la pequeña pantalla. En el televisor siempre están ocurriendo cosas, muchas más que en nuestra propia vida, y es tal la hipnosis que puede llegar a producirnos que acabemos quemándonos como insectos alrededor de una bombilla. La televisión no nos libera del agobio ni de la rutina, pero los convierte en una amable tibieza, nos narcotiza.

    Dentro de poco podrán captarse hasta quinientos canales distintos, y con la aparición de los receptores de pulsera o de bolsillo, ver televisión puede acabar siendo —más fácilmente que ahora— una profesión a jornada completa. Su magia nos retiene, despliega auténticos alardes de ingenio para atraer nuestra atención, es como una promesa permanente de diversión, que suplanta todo lo demás, que hace que todo lo que no sea ella se torne inútil, fastidioso.

    Cuando se lleva ya unas cuantas horas de zapping, la mente flota de un objeto a otro, seducida por mil ocurrencias que la captan sin retenerla, en un delicioso mariposeo que nos transforma en vagabundos, de un programa a otro, de un canal a otro. Así es la patología espontánea de la televisión: la miramos porque está ahí, y una vez enganchados a ella somos capaces de tragarnos cualquier cosa con una indulgencia sin límites. Y al despertar de esa lenta hemorragia de uno mismo por los ojos, con la cabeza saturada de ruidos, imágenes e impresiones fugaces y dispersas, se experimenta una curiosa sensación de soledad y estragamiento, junto a una seria dificultad para aceptar la realidad de la que habíamos logrado evadirnos por unas horas.

    Sin embargo, hasta el telespectador más adicto sabe bien que después de la televisión le espera la vida real, y ése es su gran drama. Por eso al consumismo televisivo no le reprochamos sólo su simpleza o su superficialidad, sino sobre todo el incumplimiento de sus promesas, el no hacerse cargo totalmente de nosotros, el dejarnos en la estacada en el último momento.

    Pero por muy errónea y decepcionante que resulte tantas veces, quizá volvemos a ella como a la pendiente más fácil. A pesar del hastío, bien conocido de otras veces, el adicto a la televisión vuelve a ella, incapaz de desengancharse. Por eso, para algunos, ver la televisión sólo exige de él un acto de valor —a veces sobrehumano—, que es apagarla; y para todos, comprender que el mejor uso de la televisión es el autorracionamiento.

    Quizá sea éste un buen ejemplo de las decepcionantes consecuencias del exceso de comodidad o de afán por consumir, de la falta de dominio de uno mismo. Quizá es que pretendemos la cuadratura del círculo: ser personas acomodadas, adormecidas por las comodidades y, al tiempo, personas activas, implicadas, despiertas. No cabe duda de que el desahogo material es un gran progreso de la historia, pero tiene sus efectos perversos contra los que es preciso alertarse; y parece que prevenirse contra el exceso de comodidad es como un tabú que pocos se atreven a tocar. El exceso de confort tiende a arrinconar los ideales y a reducir considerablemente el ámbito de nuestras preocupaciones.

    El peligro del consumismo no es tanto el despilfarro como la voracidad que se apodera del individuo y lo reduce a su merced. Su glotonería tiende a engullir ideales, creencias, ética, cultura, historia… e incluso a su propia crítica: y ésa es la ironía suprema del consumismo, hacernos creer que ha desaparecido cuando no hay ámbito que no contamine.

    ¿La solución? Mantener a raya esa avidez, proteger los espacios que veamos que intenta acaparar en nuestra vida. Y en aquellos otros en que ya nos ha ganado mucho terreno, pensar que nuestra cercanía al abismo de la adicción —sea leve o grave— puede al menos habernos ayudado a advertir sus riesgos y así comprender la necesidad de frenar esa carrera.

    El escapismo La fuerza de voluntad libera a las personas de las cadenas de su propia debilidad. Las hace más libres, porque la libertad exige posesión, es decir, señorío de uno mismo, y quien no logra dominarse a sí mismo no puede ser realmente libre.

    Cuando una persona, haciendo uso de la libertad, elige obrar mal, el vicio correspondiente acabará por atraparle y, entonces, esa libertad no será tal libertad. Las personas libres hacen las cosas porque les da la gana, no simplemente porque les viene en gana.

    La verdadera libertad es aquella que es capaz de elegir dentro del bien. La libertad puede elegir el mal, es cierto, pero dentro de esa mala elección hay siempre una merma en la misma libertad, una autocondena de la libertad que poco a poco se esclaviza al error.

    Algo similar sucede cuando una persona, a la hora de decidir qué va a hacer, no se enfrenta con valentía a la realidad de las cosas, para calibrar su verdadera conveniencia, sino que cae en un oscuro género de escapismo, de engaño y huida de uno mismo, cosa siempre bastante triste.

    El escapista busca vías de escape frente a los problemas, pero no los resuelve. Se evade. Esquiva la incomodidad a toda costa. Teme a la realidad. Ignora sus consecuencias futuras. Si el problema no desaparece, será él quien desaparezca.

    Cuando una persona actúa diciendo cosas como “no sé si está bien o mal, pero me gusta y lo hago”, está maniobrando torpemente para rehuir un compromiso que le resulta difícil de aceptar, pero al final acabará ligada a un compromiso mucho más lacerante y doloroso: su propia flojedad.

    Por cerrar los ojos a la realidad, ésta no va a desaparecer. Cuando una persona comienza a internarse en el tenebroso mundo de la droga, cierra de alguna manera sus ojos a la realidad. Lo mismo sucede cuando un adolescente adquiere una dependencia más o menos seria del alcohol. O, en otro orden de cosas, al estudiante que es víctima de su frivolidad o su pereza, o al enamorado que no lo es tanto y está dominado por la lujuria, o al egoísta que ya no sabe dejar de pensar obsesivamente en sí mismo. Otros están cogidos por el juego, otros por el ansia de trabajo o de dinero, y otros incluso —hay de todo— por la compra compulsiva, los tranquilizantes o las máquinas tragaperras.

    Son diversos ejemplos de adicciones que aguan la fiesta del placer. Ejemplos de personas que —si les queda la necesaria lucidez— no tardan en descubrir que si no se practica la templanza al final puede ser preciso acudir al médico. Es la propia naturaleza quien se encarga de castigarles con esa dura dependencia de su fragilidad.

    Indecisión Las personalidades tímidas, vacilantes, inseguras, suspiran siempre por tener a su lado dictadores, aunque a veces se revistan de la modesta apariencia de consejeros. ¿Qué debo hacer?, preguntan siempre, con la esperanza de que una receta les libre de cualquier decisión personal. No quieren decidir, no quieren arriesgar, se les hace insoportable la responsabilidad.

    Otros son excesivamente razonadores y se ahogan en la perplejidad. Acusan un sorprendente miedo a la realidad. Son individuos que retrasan siempre sus decisiones, porque les paraliza su ansia de seguridad y su terror al riesgo. Siempre les parece que aún no han reflexionado suficientemente.

    Quizá son personas que fueron educadas con excesiva dureza o con excesiva blandura, y que sufrirán mucho en su vida a consecuencia de ese apocamiento de carácter. Es como si hubieran quedado heridas en el núcleo de su personalidad. Y son heridas que sangrarán por mucho tiempo, y que harán difícil asumir el riesgo de sus decisiones personales y superar el desánimo de posibles frustraciones.

    Una buena educación ha de fomentar tanto las decisiones rápidas como la reflexión, la libertad como la responsabilidad, la pasión como el juicio. El verdadero consejero, el verdadero educador, jamás debe dejarse seducir por esa suerte de compasión que le llevaría a limitarse a prescribir acciones, recetar criterios e imponer conductas. Educar exige ayudar al perplejo a reconocer su verdadero problema, dejándole luego la responsabilidad de tomar él mismo sus decisiones.

    Sin embargo, para algunos padres y educadores la gran norma pedagógica parece ser ésta: “en caso de duda, apueste usted por estarse quieto”. Una mentalidad de gran resistencia a complicarse la vida, un talante de desusada exigencia de garantías.

    Tanto temen equivocarse que prefieren esquivar cualquier riesgo, y llegan a vivir como refugiados: se vuelven un poco solemnes y secos, quizá perfectísimos y superprevisores, vivirán con un método y una higiene absolutos, pero quizá eso no sea vivir.

    No se trata de apostar por la irreflexión, la frivolidad o el aventurismo barato. Pero cualquier objetivo medianamente valioso está rodeado de unas tinieblas por las que hay que avanzar en terreno desconocido. Toda empresa, todo camino en la vida, tiene algo de riesgo, de apuesta, de salto en el vacío, y es preciso asumirlo. Si no, más vale quedarse en la cama por el resto de la vida.

    Para no quedarse habitualmente paralizados ante la duda; para no tirar la toalla a la primera dificultad; para no cambiar inmediatamente de objetivo en cuanto éste se presenta costoso; para todo eso es preciso educar y educarse en un ambiente de cierta resolución ante los habituales problemas de la vida. Imponerse el cumplimiento de actos que a uno le cuestan, obligarse a decidir a un plazo determinado, no sustraerse a la realidad, por dura que sea. Así, poco a poco, la voluntad indecisa se irá consolidando.

    Consumismo y temple humano A lo mejor has oído aquel chiste de Eugenio del mudo de nacimiento.

    Iban pasando los años y el muchacho no hablaba. Sus padres lo llevaban de médico en médico, sin resultado, hasta que finalmente dieron el caso por imposible. No encontraban ninguna causa fisiológica de aquel absoluto mutismo.

    Cuando la criatura tenía ya treinta y cuatro años, un buen día su madre le puso el café para desayunar, y el chico, con toda naturalidad, se dirigió a ella diciendo: —Mamá, te olvidaste el azúcar.

    —Pero, hijo mío, ¿cómo es que puedes hablar y llevas treinta y cuatro años sin hacerlo? —Es que hasta ahora todo había estado perfecto —respondió.

    Me imagino que tus hijos no estarán tan mimados como éste, que lo estaba tanto que en treinta y cuatro años no necesitó hacer casi nada por sí mismo, ni siquiera hablar. Pero piensa si no estarán llevando una vida demasiado fácil y demasiado cómoda. Es un error que tiene diversas manifestaciones. Por ejemplo: Cuando los chicos tienen demasiadas cosas. Platón aseguraba que el exceso de bienes materiales produce delicuescencia en el alma, y Schopenhauer decía que es como el agua salada, que cuanto más se bebe, más sed produce.

    Los hijos criados en una atmósfera de sobriedad se forjan en la mejor fragua de virtudes. Hay una sencilla ley psicológica: lo que te ha costado mucho esfuerzo conseguir, lo valoras mucho. Lo que se te entrega por la vía rápida, casi lo desprecias. Muchos chicos tienen de todo pero han perdido capacidad para disfrutar lo que tienen porque apenas les cuesta obtenerlo.

    Cuando permitimos que entren en el juego de la fiebre consumista, del consumir por no ser menos que los demás, por no estar por debajo del promedio estadístico.

    Es triste que haya tantas personas que se centran tanto en el tener en vez de en el ser. En las aulas puede observarse con facilidad lo que puede llegar a sufrir un adolescente por esa angustia de vestir a la moda, o de tener mejor material escolar o de deporte que sus compañeros.

    Es cierto que poco podemos hacer por suprimir esas modas. Pero cuando claudicas ante ellas no haces bien a tus hijos. El culpable del consumismo es quien lo financia. “Mi padre me echa siempre una charla —decía aquella chica— pero al final me lo compra todo y me deja hacer siempre lo que quiero.” Recuerda que la virtud no se adquiere por repetición de charlas, sino por repetición de actos que configuran un modo de ser. Igual que en una clase de gimnasia no bastaría con que el profesor se dedicase todo el tiempo a realizar una exhibición de perfectos movimientos gimnásticos mientras los alumnos miran. No es suficiente con explicar la teoría.

    Cuando no les enseñamos a conocer el valor del dinero y a administrarlo. Muchos chicos y chicas jóvenes parece que tienen las manos horadadas. No saben lo que es tener dinero para comprar algo y no comprarlo: da igual que sean unas zapatillas de deporte que unas chucherías, o agotar todas sus reservas en la barra de un bar. No saben lo que es el ahorro. No les dura nada el dinero en el bolsillo.

    Si no cambian, cuando sean mayores se les escapará el dinero de entre las manos, porque ahora no conocen su valor. Quizá, como decía Wilde, saben el precio de todo pero no conocen el valor de nada.

    Es positivo acostumbrarse a la economía ya en los años de la juventud. “Cuando trabajas para conseguirte el dinero, —me decía uno en cierta ocasión— ya lo gastas de otra manera, te lo piensas.” La economía educa el carácter y aumenta el sentimiento de autonomía, mientras que el exceso de dinero induce a la ligereza. El ahorro —sin caer en extremos anormales— puede ser muy formativo.

    La evitabilidad del desastre Jorge, como casi todos los que han pasado por ese calvario, empezó por curiosidad, para saber qué era eso de la droga, en qué consistía, qué se experimentaba. También porque le parecía necesario para afirmarse ante el grupo de amigos en el que estaba, y porque estaba de moda en el ambiente en que se movía. Procede de una familia desestructurada, se sentía frustrado por muchas cosas. Ansiaba nuevas vivencias, que le hicieran sentirse libre, olvidar tanto dolor.

    El caso es que a Jorge no le faltaba información sobre el destrozo que las drogas hacían en una persona. «¿Pero cómo es posible que cayeras en la droga si sabías que iba a ser tu ruina?», le preguntan ahora sus amigos. Él había tenido mucho tiempo para pensar en ello, durante aquellos meses eternos de rehabilitación, y lo explica con mucha claridad: «Es muy sencillo. Con la droga te evades. La sociedad no te gusta y quieres salirte de ella, o fabricar otra distinta que no sea así, o simplemente escaparte de ella de un modo fantástico.

    »El paso por las drogas es además todo un rito, un misterio, algo que te permite alejar el sufrimiento y el dolor, desterrar momentáneamente los sentimientos de fracaso y de frustración que te tienen hundido.

    »Lo sabes, sabes que es tu ruina, pero cierras los ojos, miras para otro lado. Aunque a otro nivel, es lo mismo que les pasa a todos esos que quieren dejar de fumar y no lo consiguen, o que no son capaces de sujetarse a un régimen de comida, y fracasan una y otra vez, por mucho que sepan que con su debilidad van arruinando su salud.

    »La droga es como un paraíso artificial. Cuando te drogas, piensas: no hay nada que me interese, todo me da igual, todo me deja indiferente. En estado normal veo las cosas tal y como son; una vez drogado, las veo como quisiera que fuesen. Caer en las drogas no es cuestión, normalmente, de falta de información, porque el principal problema no son las drogas en sí mismas, sino el ambiente que te introduce en la droga, la frustración que te lleva a refugiarte en ella. Y esto parece que no acaban de comprenderlo quienes tienen el poder en la sociedad, quienes imponen las modas y los estilos de vida, quienes mandan en los principales medios de comunicación.» Aunque ahora Jorge parece ya una persona serena y sin quebrantos interiores, por dentro pasa por unas luchas tremendas. Es muy duro ver cómo dentro de uno mismo la droga se ha convertido en un dueño fanático y devorador, en un dictador que uno ha creído ya mil veces muerto, pero que se resiste a perder su dominio, que se resiste a devolverte la libertad que te había robado, que no quiere renunciar a la sumisión incondicional que había logrado de ti.

    El impulso a seguir consumiendo ya no es tan irresistible como era antes, pero aún mantiene bastante poder. Aparece siempre, seductor, cada vez que sobrevienen momentos difíciles, situaciones complejas o acontecimientos adversos.

    Jorge es un gran conversador, y una persona a la que estos años de forja en su salida de la droga han convertido en alguien admirable. Lo malo es que la gran mayoría no logran salir. Él es un afortunado, aunque parte de su fortuna es, como siempre, hija de su esfuerzo y su tenacidad. Jorge es un ejemplo de la evitabilidad del desastre, por muy bajo que uno ya se encuentre o se considere. Si la decadencia humana fuera inevitable, no merecería la pena ni hablar de ella, pero lo que interesa es precisamente hablar de su evitabilidad, de la posibilidad de salvarse de esas amenazas inminentes pero que aún no están totalmente cumplidas. Hablar de exigirse uno mismo, de hacer lo que se puede y se debe hacer, y lo mejor posible, aunque sea con recursos modestos. Tengo una fe ilimitada en las personas modestas que hacen todo lo que pueden.

    Adicciones y amor Jorge es una persona a la que cuatro años de forja en su salida de la droga han convertido en alguien admirable. Uno de esos afortunados que han logrado evitar el desastre que parecía inevitable.

    Jorge es ahora hombre profundo, reflexivo. Siempre, explicando su dolorosa experiencia, cuenta cómo llega un momento, muy pronto, en que el toxicómano busca la droga al tiempo que la odia por la adicción que ha creado en él.

    Jorge ha meditado mucho sobre el amor, sobre el deseo, sobre las adicciones. Dice que del fenómeno de la drogadicción se pueden extraer muchas ideas útiles para la vida afectiva de las personas. Me ha parecido interesante. Voy a intentar explicarlo.

    Del amor nacen muchas cosas: deseos, pensamientos, actos. Pero todo esto que del amor nace, no es el amor mismo. Lo que amamos, efectivamente lo deseamos, es verdad. Pero también deseamos muchas cosas que no amamos, cosas que en sí mismas nos resultan indiferentes. Es muy peligroso identificar deseo y amor. Desear un buen vino no es amarlo. Desear la droga no es amarla. Desear sexualmente a una persona no es amarla.

    Jorge piensa también en el origen primario de su problema: una familia rota. Se pregunta sobre el porqué del crecimiento alarmante de las rupturas conyugales, de las grandes crisis de tantas familias, que a su vez suelen producir luego tanto daño en las personas que las sufren. Porque son maravillosos los avances de la sociedad actual, es cierto. Pero qué contrasentido es éste, que tras haber alcanzado tan notable nivel de vida, el hombre haya quedado tan desprovisto de recursos a la hora de hilvanar una vida serena, ordenada, sin rupturas sangrientas en la convivencia diaria. ¿Por qué tantas situaciones de fracaso y tantas cicatrices? ¿Qué es lo que ocurre en el mundo occidental, que fracasan dos de cada tres matrimonios? Es interesante reflexionar sobre la naturaleza del amor. Si el amor fuera simplemente un sentimiento, que va y viene como quiere, que empieza y se acaba sin contar con nuestra libertad, sería tanto como decir que es una simple emoción ciega que se apodera de nosotros y ante la que nada podemos hacer. Pero según ese criterio, el amor sería como una exaltación momentánea que simplemente nos lleva a satisfacer nuestros deseos, como un pasatiempo agradable, centrado y regido primordialmente por lo sexual y lo placentero, y que antes o después se desmorona.

    El amor, junto a un sentimiento, es sobre todo un acto de la voluntad, que es la facultad capacitada para elegir, para rechazar, para modular la propia actividad, para gobernarse a uno mismo, para encaminarse hacia algo determinado, para amar con unas raíces duraderas.

    El amor es compromiso, no un simple deseo ni una simple inclinación natural, aunque ambas cosas estén contenidas en el amor. En las bodegas de nuestra personalidad, como si se tratara de un buen vino, suele ir tomando cuerpo ese sentimiento noble de entrega y de donación de uno mismo que es el amor. Pero una donación que tiene que ser total, pues la unión del amor requiere compartir por entero el proyecto de vida. El amor no puede ser un tránsito puramente epidérmico, centrado sobre sentimientos que en su raíz son más bien egoístas. La clave para entrar y perseverar en el amor conyugal es el sacrificio gustoso por la persona amada. Cuando llega la dificultad, la prueba, que siempre hace su aparición antes o después, el amor, si es verdadero y fiel, une más, ayuda a superar esos escollos, y sale reforzado. La fidelidad pertenece a la condición misma del amor. Sin ella, el amor sería un simple acto sentimental, sometido al bamboleo de las emotividades, y que dura sólo lo que dura la capacidad de soportarse dos personas. Este modo de entenderlo ha traído muchos fracasos conyugales.

    ¿Por qué esperar? «Pienso así desde que tenía 14 años. Por aquel entonces ya había observado adónde llevaba la frivolidad sexual a bastantes de mis compañeros de escuela.

    »Desde mi adolescencia pensé que la libertad sexual que yo más deseaba es la de estar un día felizmente casada. Y pensé que tenía que guardarme para el matrimonio, y nunca he tenido la más mínima duda sobre mi decisión.

    »Y pensé que debía casarme con un hombre que tuviera un concepto suficientemente elevado de su futura esposa como para guardarse íntegro para ella. No es que sea lo único que valoro en un hombre, pero me resulta mucho más fácil confiar en alguien así.» La que hablaba era una joven y brillante abogada británica llamada Angela Ellis-Jones, en el transcurso de un debate televisivo en la BBC. Defendía con llamativa desenvoltura una opinión poco corriente (al menos, en ese programa).

    «Ya entonces —continuaba Ellis-Jones— me resultaba evidente que cuando se separa matrimonio y sexo, se difumina la diferencia entre estar casado y no estarlo, y, sin quererlo, se devalúa en esa persona la misma idea del matrimonio.

    »La castidad antes del matrimonio es una cuestión importante. Cuanto más a la ligera entregue uno su cuerpo, tanto menos valor tendrá el sexo. Quien verdaderamente ama a una persona, desea casarse con ella. Una relación sexual sin matrimonio es necesariamente provisional, induce a pensar que es una prueba que aún está a la espera de si llega alguien mejor, y me valoro demasiado como para permitir que un hombre me trate de esa manera.

    »Tal vez la postura que mantengo parece que me aísla, pero pienso que no es así: creo que el hombre sensato sólo verá en esos principios un motivo de mayor aprecio.» Algunos piensan que lo realista es buscar cuanto antes gratificaciones eróticas, y facilitarlas a otros. Dicen que prefieren ese “pájaro en mano” a un amor ideal que ven como algo muy lejano. Y aunque es comprensible que una persona se deslumbre ante las gratificaciones inmediatas y las prefiera a todo lo que considera como promesas inciertas, parece claro que la tarea de construcción de la propia vida consiste precisamente en abrir horizontes nuevos al deseo, en aprender a valorar lo que todavía no tenemos en la mano pero que, por su valor, nos vemos llamados a alcanzar. Así lo entendía esta joven abogada británica.

    Dejarse fascinar por el afán de saciar nuestros instintos es algo que impide alcanzar lo realmente valioso. La sexualidad fuera de su debido contexto responde a un impulso instintivo, que se inflama súbitamente y se apaga luego enseguida. Es una llamarada tan intensa como fugaz, que apenas deja nada tras de sí, y que con facilidad conduce a un círculo angosto de erotismo que, en su búsqueda siempre insatisfecha, considera que otros conceptos más elevados del amor son una simple ensoñación, cuando no un tabú o algo propio de reprimidos.

    Sócrates hablaba de una voz interior que le hablaba, le aconsejaba, le reprendía, le impulsaba a buscar la verdad. Esa voz es lo más lúcido de nosotros mismos, y nos advierte que no debemos quedarnos en las meras sensaciones, sino buscar la verdad que hay en ellas, su auténtico valor, y no el que está más a mano, sino el más profundo.

    No se trata, por tanto, de controlar al modo estoico las tendencias instintivas. Se trata de desear ardientemente valores más altos. Más que control de los deseos, habría que hablar de recta búsqueda de la plenitud humana. No se trata de reprimir las tendencias, sino de saber orientarlas. Un director de orquesta no reprime a ningún instrumentista, sino que señala a cada uno el camino que debe seguir para realizar su función de modo pleno: en unos momentos habrá de guardar silencio, en otros tendrá que armonizarse con otros instrumentos, y otras veces deberá asumir un papel de mayor protagonismo.

    Cuando alguien descubre la realidad del amor, tiene la certeza de haber descubierto una tierra maravillosa hasta entonces desconocida e insospechada. Se considera feliz y agraciado, y con razón. Es una lástima que por no acomodarse al ritmo natural de maduración del amor, algunos quieran comer la fruta verde y pierdan la meta que podrían haber llegado a alcanzar.

    Un error advertido a tiempo «Toda una oleada de sexo —aseguraba Roberto, con la rotundidad que le daban sus diecinueve años— flota en el aire. Por todas partes. Inevitable. Para quien lo quiera. Anda por la calle, con el mayor atrevimiento. Te lo encuentras por todos lados.

    »Lo gracioso —continuó— es que los padres creo que ni sospechan lo que esto supone para una persona en la adolescencia. A mí, por lo menos, en ese aspecto apenas me han ayudado nada en estos años.

    »A lo mejor es porque han olvidado que ellos, a nuestra edad, cuando tenían a flor de piel la sensibilidad por estas cuestiones, estaban probablemente mucho más protegidos, y ahora que son mayores no tienen los mismos ojos que antes para mirar las cosas.

    »Quizá en sus tiempos debía ser difícil tener acceso a los placeres del sexo en la adolescencia, pero está claro que para el adolescente de hoy lo que puede resultar difícil, más bien, es no sucumbir ante las facilidades que da nuestra sociedad para consumir sexo.» Roberto era un profundo conocedor de esa realidad y se expresaba con una firmeza y una sinceridad sorprendentes.

    «El caso —continuó diciendo— es que al cabo de los años te encuentras con un pesado lastre de errores en la propia educación sexual que influyen luego en tu afectividad, en todos tus sentimientos, en el carácter. Ahora lo comprendo perfectamente.

    »Afecta al modo de entender el noviazgo, a la forma de divertirse, al equilibrio emocional, y en el fondo, a casi todo. Y pensando en estos años pasados, en todos los bandazos que he dado, creo que ahora es cuando empiezo a darme cuenta de lo que ha pasado.

    »Me doy cuenta por ejemplo del papel que juega la pornografía en esos años. Es el carburante ideal para sobrecalentar la imaginación, y sus efectos no se pueden ignorar. Llega un momento en que te parece que todo eso es lo normal, incluso que quizá la otra persona, aunque no lo diga, o diga que no, en realidad desea el acoso sexual.

    »Y un buen día alguien te dice que “no hacemos mal a nadie”, y empiezas pensando que se trata simplemente de probar…, y detrás viene todo.

    »Lo malo —continuó Roberto— es que cuando adviertes que todo eso es un error y que no lleva a ningún sitio, no es fácil dejarlo. Las relaciones sexuales no se abandonan así como así, porque aunque es verdad que llega un momento en que se desmitifican bastante esos placeres, dejarlo es otra cosa.

    »Te dicen que si ya has probado todo, luego estás en mejores condiciones para decidir, pero eso es un engaño, y no sólo con el sexo sino con muchas otras cosas: mira por ejemplo lo que les pasa a los que quieren dejar de fumar y no lo logran, a pesar de que saben bien que un cigarrillo no es ningún placer extraordinario.

    »Yo tuve la fortuna de conocer a Marta, que aunque tenía dos años menos que yo era mucho más sensata, y en cuatro meses me hizo sentar la cabeza. Es una chica fenomenal. He tenido mucha suerte.

    »Creo que para no caer en ese error, o para salir de él, es fundamental reflexionar un poco y tener una visión un poco más elevada de la vida, y eso es lo que logró Marta conmigo. Y creo también que entender y vivir correctamente la sexualidad es decisivo para formar y sacar adelante una familia.

    »Me parece que es muy positivo pensar con frecuencia en el tipo de persona con la que uno desearía compartir su vida. Yo aún soy joven y no es que haya visto mucho mundo, pero no soy ciego, y me asusta el número de fracasos matrimoniales que ya he visto. Y creo que el amor no es algo que pueda perderse como se pierde un llavero. Pienso que quizá en algunos de esos casos más bien el amor no existió nunca, y lo único que han perdido es el intercambio de placer que obtenían entre sí.

    »Es una pena —concluyó Roberto, un poco solemne— que a algunos, como a mí, sólo el paso de los años y las bofetadas de la vida hayan logrado hacer que lo entendamos. Creo que si todos pensáramos un poco más en estas cosas, podríamos evitar muchas situaciones tristes.» Me llamó la atención su claridad de ideas ante la nueva etapa que se abría en su vida, y por eso transcribo lo que recuerdo de aquel relato suyo.

    Es difícil augurar un buen futuro a quien llega al matrimonio sin haber tomado las riendas de su impulso sexual. Con frecuencia vemos cómo todas las razones —los hijos, la estabilidad de la familia, etc.— acaban por abandonar a esas personas de poca voluntad cuando se les presenta una y otra vez —que se les presentará— la tentación de la novedad sexual.

    Urge hacer justicia al amor, rescatar su sentido más genuino, mostrar que un amor apasionado no puede ser otra cosa que una entrega apasionada a buscar el bien de la persona a la que se quiere. Porque muchos, con sus palabras y su actitud, confunden el sexo con el amor. Y sin embargo saber de sexo es muy fácil, pero saber de amor es más difícil. Porque requiere un aprendizaje de la vida entera, porque el amor pugna de continuo contra el egoísmo, y el egoísmo tiene una prodigiosa capacidad de reflorecimiento.

    Cuando el sexo se degrada o se sobrevalora, emerge enseguida en forma de enrarecimiento del carácter y manifestaciones de engreimiento. No en vano proclama el dicho popular aquello de lujuria oculta, soberbia manifiesta, pues la degradación del amor por la lujuria puede arruinar en poco tiempo a una persona. Por eso hemos dedicado a este tema un pequeño epígrafe en este repaso a las diversas dificultades en la etapa adolescente.

    El mito de Sísifo Sísifo es uno de los personajes más interesantes de la mitología griega. Vencedor de la Muerte, amante incondicional de la vida, Sísifo engañó a los dioses para escapar de los Infiernos y por ello fue condenado por Zeus a un castigo cruel por toda la eternidad: debía subir a fuerza de brazos una gran piedra hasta una cumbre del inframundo. Pero cada vez que el desdichado llegaba a la cima, la roca se le escapaba de las manos y rodaba por la ladera hasta abajo. No le quedaba otro remedio que descender y recomenzar su esfuerzo, sabiendo que nunca sería coronado por el éxito.

    Esta lucha indefinidamente recomenzada, en una eterna rotación de pesadilla, simboliza el absurdo de una búsqueda sin esperanza. La figura de Sísifo se ha evocado siempre como paradigma de tarea extenuante y descorazonadora. Albert Camus le dedicó una de sus obras, en la que imagina al hombre como un Sísifo feliz, que en medio de la aridez y la monotonía de su vida vislumbra que su existencia no es ni más ni menos absurda que otras, sino como todas las vidas. Camus propuso la figura de un hombre frío, conocedor de ese supuesto absurdo de la vida y buscador infatigable de placeres que puedan dar algo de dicha a su existencia. Esa figura ejerció una notable fascinación para las generaciones salidas de la Segunda Guerra Mundial, y aún hoy, más de medio siglo después, es una imagen que late dentro del corazón de muchos que buscan con ansiedad en el placer un poco de calor de suba la temperatura de sus vidas.

    Con frecuencia, al ansioso del placer se le ha adornado con una aureola romántica, como si fuera un galán que busca en abrazos sucesivos un difícil encuentro con el amor. Pienso que la realidad es bastante más prosaica. Es, más bien, un hombre triste que ha comprendido la esterilidad de su búsqueda, pero no puede o no quiere cambiar de camino. Sabiendo que no puede saciarse por la “calidad”, se entrega a la “cantidad”, a una cadena de goces rápidos y epidérmicos. Son apegos y pasiones que carecen de lirismo, y hay en ellos una especie de frialdad naturista que casi reduce sus afanes al plano del instinto. Recuerdan el castigo de Sísifo. Recomienzan sin tregua un juego que saben vano, destinado a un constante fracaso. Han pretendido engañar a la naturaleza, como Sísifo lo intentó con los dioses del Olimpo, y el castigo siempre acaba por llegar. Quien ha dejado que la búsqueda ansiosa del placer se establezca en su interior, y permite el quebranto de las exigencias éticas de la naturaleza, tarde o temprano se encuentra, como Sísifo, luchando con denuedo en una tarea extenuante y desesperanzada. Lo que al principio había imaginado como un edén, como una dicha constante basada en el libre y apasionado disfrute de los placeres, ha acabado en una dolorosa decepción. La prometida fiesta resulta un engaño, y aparece implacable la terca realidad, el mal que se ha instalado, que se ha hecho fuerte dentro de uno mismo. Se creía quizá enamorado de muchas cosas, y descubre que satisfacer su egoísmo ha acabado por ser su mayor preocupación.

    El egoísta se encuentra un día, antes o después, con el tormento de no saber amar y de no ser amado. El placer ocupa demasiado su mente, sus intereses. Le lleva a actuar de un modo que, luego, a solas consigo mismo, le avergüenza profundamente. Comprende entonces el engaño que se ha colado en su corazón, escondido tras la sombra de unos placeres que había querido ver como inofensivos e incluso buenos. Algunos buscan entonces refugio en placeres mayores, o que aporten algo de novedad respecto al tedio en que han caído, pero fracasan de nuevo, porque el egoísmo es un animal voraz al que no se puede dejar crecer en nuestro corazón porque entonces nos devora por dentro. En lugar de la inocencia, del paraje delicioso y encantador que nuestros ojos habían visto y deseado, aparece un horizonte como el de Sísifo, falto de esperanza, sórdido, en el que nunca llega a desaparecer una voz que nos dice que nos hemos equivocado.

    A todos nos pasa un poco lo que a Sísifo, en mayor o menor medida, en algún ámbito de nuestra vida: con el afán de poseer, de figurar, o de poder; o con el refugio en la pereza, la lujuria, el alcohol, o lo que sea. Pero hay, por fortuna, una diferencia. Sísifo no podía abandonar su absurda e inacabable repetición. Nosotros, en cambio, podemos abrir los ojos a la verdad y decidirnos a cambiar. Además, podemos pedir ayuda. Y ayuda a Dios, si somos creyentes.

    Carácter y voluntad

    • Fortalecer la voluntad
    • Dominio de uno mismo
    • ¿Qué es ser inteligente?
    • Voluntarismo
    • Enfermedades de la voluntad
    • Vivir mejor con menos
    • Austeridad y templanza
    • La falsa compasión

    Fortalecer la voluntad Todos sabemos de la importancia de la fuerza de voluntad para formar el carácter. El asunto es ¿qué hacen, o qué hacemos, los que hemos nacido con menos voluntad? La voluntad crece con su ejercicio continuado y cuando se va entrenando en direcciones determinadas. Y eso sólo se logra venciendo en la lucha que —queramos o no— vamos librando de día en día.

    Esta consolidación de la voluntad admite una sencilla comparación con la fortaleza física: unos tienen de natural más fuerza de voluntad que otros; pero sobre todo influye la educación que se ha recibido y el entrenamiento que uno haga.

    Una voluntad recia no se consigue de la noche a la mañana. Hay que seguir una tabla de ejercicios para fortalecer los músculos de la voluntad, haciendo ejercicios repetidos, y que supongan esfuerzo. ¿Una tabla? Sí, y si esos ejercicios no suponen esfuerzo son inútiles. Ahora hago esto porque es mi deber; y ahora esto otro, aunque no me apetece, para agradar a esa persona que trabaja conmigo; y en casa cederé en ese capricho o en esa manía, en favor de los gustos de quienes conviven conmigo; y evitaré aquella mala costumbre que no me gustaría ver en los míos; y me propongo luchar contra ese egoísmo de fondo para ocuparme de aquél; y superar la pereza que me lleva a abandonarme en mi preparación profesional, mi formación cultural o mi práctica religiosa.

    Sin dejar esa tabla a la primera de cambio, pensando que no tiene importancia. Ejercítate cada día en vencerte, aunque sea en cosas muy pequeñas. Recuerda aquello de que por un clavo se perdió una herradura, por una herradura un caballo, por un caballo un caballero, por un caballero una batalla, por una batalla un ejército, por un ejército…

    Con constancia y tenacidad, con la mirada en el objetivo que nos lleva a seguir esa tabla. Porque, ¿qué se puede hacer, si no, con una persona cuyo drama sea ya simplemente el hecho de levantarse en punto cada mañana, o estudiar esas pocas horas que se había propuesto? ¿Qué soporte de reciedumbre humana tendrá para cuando haya de tomar decisiones costosas? Y en la educación, los padres y profesores deben alabar más el esfuerzo y elogiar menos las dotes intelectuales, pues lo primero produce estímulo, pero lo segundo sólo vanidad. Además, muchas veces las grandes cabezas, ésas que apenas tuvieron que hacer nada para superar holgadamente sus primeros estudios, acaban luego fracasando porque no aprendieron a esforzarse. Y quizá aquel otro, menos brillante, que se llevaba tantos reproches y que era objeto de odiosas comparaciones con su hermano o su primo o su vecino listo, gracias a su afán de superación acaba haciendo frente con mayor ventaja a las dificultades habituales de la vida.

    Dominio de uno mismo «Ayer comencé, por quinta vez en este año, un nuevo régimen de comidas. Sé que tengo que perder peso, y estoy empeñado en lograrlo. Me leo todo lo que encuentro sobre este tema. Me mentalizo. Pienso que voy a lograrlo. Pero todas las veces me pasa igual. A las pocas semanas me vengo abajo. Me parece imposible mantener mis propósitos siquiera unos meses.» Ideas semejantes a estas atormentan con frecuencia la mente de muchas personas, que sufren la angustia de comprobar que son muy poco dueñas de sí mismas, que apenas logran tomar las riendas de su existencia. Son personalidades un poco flojas, flácidas. Se encuentran enganchadas a la televisión, pesan diez kilos de más, han intentado ya quince veces dejar de fumar, les cuesta una barbaridad levantarse de la cama o de su sillón, apenas prestan atención a nada que exija pensar un poco y, junto a eso, sienten un aburrimiento que les abruma.

    ¿Cómo puede combatirse esa situación? Lo mejor es prevenirla, si es posible, llevando una vida de cierta exigencia. Ya hemos hablado de los males que tienen su origen en la vida fácil: mediocridad, pereza, falta de dominio sobre uno mismo. Uno de los mayores riesgos del exceso de bienestar es que, como la experiencia nos enseña, muchos terminan quedando bastante dominados por él, pues no es difícil que la seducción de una vida excesivamente cómoda haga que los hombres perdamos a veces un poco esa libertad interior, ese necesario señorío sobre nosotros mismos, convirtiéndonos en esclavos de esas comodidades.

    No quiere esto decir que la formación deba conducir a una crispada lucha contra el bienestar, pero las circunstancias reales en que se mueve el hombre hacen necesario insistir en la necesidad de la templanza, en el dominio de uno mismo, en saber poner límites a las desmesuradas exigencias de nuestras apetencias personales. La templanza es muy importante para evitar que el bienestar se revuelva contra el hombre, apartándolo de los valores superiores que está llamado a alcanzar.

    La templanza es señorío sobre uno mismo. Con ella el hombre aprende a prescindir de lo que le produce un daño, y con el tiempo advierte que el sacrificio es sólo aparente: porque al vivir así, con sacrificio, se libra de muchas esclavitudes.

    La lucha y el sufrimiento —como apunta Enrique Monasterio— son peajes inevitables en el camino de nuestra vida, y para ser feliz es indispensable perderles un poco el miedo. La felicidad, o el amor, no son simples fenómenos químicos de escasa duración, sino que exigen siempre un compromiso y un sacrificio mantenidos. Quien pretende ingenuamente eludirlos, sólo logra alejarse de la felicidad, sólo encuentra pequeños placeres, cada día menos intensos y más frustrantes, porque, queramos o no, el paladar —y lo digo en sentido amplio— también se desgasta.

    Como decía Ortega, mientras el tigre no puede dejar de ser tigre, no puede destigrarse, el hombre vive en riesgo permanente de deshumanizarse. Y buena parte de ese riesgo de deshumanización proviene de la pérdida de libertad interior, casi siempre más grave que la privación de la libertad física.

    Y es más grave sobre todo por sus efectos, pero también por la facilidad con que pasan inadvertidos. Los peligros que nos acechan para desposeernos de la libertad interior suelen ser bastante solapados, difíciles de descubrir.

    Se producen —como ha señalado José Antonio Ibáñez-Martín— cuando se impide que la acción pase por el tamiz de la deliberación, de la reflexión, de manera que se insta a actuar de modo instintivo más que racional; cuando una persona queda esclavizada por sus propias pasiones, inmersa en el error o atenazada por la ignorancia.

    Esto es lo que sucede cuando se busca conseguir en las personas unas respuestas determinadas, manipulando para ello las diversas pasiones humanas. Por ejemplo, cuando se busca exacerbar el impulso sexual, o la pasión por el juego, la bebida o la droga, con objeto de desencadenar de modo compulsivo esas fuerzas para provecho de quien lo induce; o cuando se trata al hombre como una mera afectividad a captar, y para ello se le engaña con un inexistente cariño, o mediante la seducción o el miedo; o cuando se fomentan sentimientos de egoísmo, odio, venganza, etc.

    Es importante estar prevenidos ante esos posibles errores. El inmoderado afán de placer y de satisfacción causa una angustiada atención al yo, que destruye precisamente lo que anhela. Kierkegaard decía que la puerta de la felicidad se abre hacia dentro, hay que retirarse un poco para abrirla: si uno la empuja, la cierra cada vez más.

    ¿Qué es ser inteligente? Todos habremos oído alguna vez el clásico comentario, normalmente poco objetivo y casi siempre acompañado de una discreta muestra de orgullo, que la madre del adolescente perezoso, apesadumbrada ante sus deficientes resultados académicos, suele acabar haciendo a su profesor: “sabe usted, si el chico es muy inteligente…; lo que pasa es que es un poco vago…” Cuando oigo comentarios de ese estilo, siempre pienso que, en el fondo, no es así. Que esos chicos no son inteligentes.

    Pienso, como Shakespeare, que fuertes razones hacen fuertes acciones. Que ser inteligente, en el sentido más propio de la palabra, proporciona una lucidez que siempre conduce a un refuerzo de la voluntad.

    No niego que ese chico pueda tener un alto coeficiente de capacidad especulativa del tipo que sea. Pero eso no es ser inteligente. Ser inteligente es algo más que multiplicar muy deprisa, gozar de una elevada capacidad de abstracción o de una buena visión en el espacio, o cosas semejantes. Obtener una puntuación elevada en un test, del tipo que sea, es algo que, por sí sólo, arregla muy pocas cosas en la vida.

    Entre otras cosas, porque si ese chico fuera realmente tan inteligente, como asegura su madre, es seguro que se habría dado cuenta de que, así, con esa pereza y esa falta de voluntad, no va a hacer nada en su vida. Habría visto que si no se esfuerza decididamente por fortalecer su voluntad, toda su supuesta inteligencia quedará absolutamente improductiva. Habría comprendido que lleva camino de ser uno más de los muchos talentos malogrados por usar poco la cabeza. Y hace tiempo que se habría ocupado de cambiar.

    De todas formas, aun admitiendo que ese tipo de personas fueran inteligentes, debieran darse cuenta de que el valor real del hombre no depende de la fuerza de su entendimiento, sino más bien de su voluntad. Que la persona desprovista de voluntad no logra otra cosa que amargarse ante la lamentable esterilidad en que quedan sumidas sus propias dotes intelectuales.

    Quizá las personas más desgraciadas sean las grandes inteligencia huérfanas de voluntad.

    Por eso se equivocan radicalmente los padres que se enorgullecen tanto del talento de sus hijos y en cambio apenas hacen nada por que sean personas esforzadas y trabajadoras. Igual que esos hijos presuntuosos que hacen tanta ostentación de su pereza como de su gran inteligencia, y suelen luego acabar en situaciones personales lamentables. O como aquellos profesores que sólo juzgan los conocimientos, como si la enseñanza no fuera más que una gasolinera donde se administran conocimientos a los alumnos y se comprueba posteriormente su nivel de llenado.

    Por otra parte, la voluntad es una potencialidad humana que crece con su ejercicio continuado, cuando se va entrenando en direcciones determinadas. Esta consolidación de la voluntad admite una sencilla comparación con la fortaleza física: unos tienen de natural más fuerza de voluntad que otros, pero lo decisivo es la educación que se reciba y el entrenamiento que uno haga.

    Voluntarismo El voluntarismo es un error en la educación de la voluntad. No es un exceso de fuerza de voluntad, sino una enfermedad –entre las muchas posibles– de la voluntad.

    Una enfermedad, además, que a todos nos afecta en alguna faceta o en algún momento de nuestra vida. Porque, al pensar en el voluntarismo, quizá imaginamos una persona tensa y agarrotada, y ciertamente las hay, y no pocas, pero eso no quita que el voluntarismo es algo que, de una manera o de otra, en unas circunstancia u otras, nos concierne a todos.

    El voluntarismo lleva a querer resolver las cosas confiando demasiado en el esfuerzo de la voluntad, apretando el paso, crispando los puños, con un fondo de orgullo más o menos velado, ofuscado por una búsqueda de autosatisfacción de haber hecho las cosas por uno mismo, sin contar demasiado con los demás.

    El voluntarismo perturba la lucidez, entre otras cosas porque lleva a escuchar poco, a ser poco receptivo. Lleva a aferrarse en exceso a la propia visión de las cosas. A pensar que las cosas son como las ve uno mismo, sin darnos cuenta de hasta qué punto los demás nos aportan siempre otra perspectiva de las cosas y enriquecen con ello nuestra propia vida.

    El voluntarismo estropea también la espontaneidad, la llaneza, la sencillez. Lleva a querer resolver los problemas interiores también sólo por uno mismo. Al voluntarista le cuesta abrir su corazón a otros. Espera ser él quien, con su tesón y su empeño, salga de esa zanja en la que quizá se ha metido. Lo triste es que a veces no se da cuenta de que ha cavado ya mucho, y que no puede salir de esa zanja sólo por sus propias fuerzas, o que, al menos, es ridículo empeñarse en no pedir ayuda.

    El voluntarista suele ser rígido, por inseguro. Tiende apoyarse demasiado en normas y criterios que respalden su inseguridad, aplicándolos de modo poco equilibrado. La autoridad y la obediencia habituales en las relaciones profesionales, la familia, etc., suele plantearlas de modo intransigente y poco flexible, poco inteligente.

    El voluntarista lleva bastante mal sus propios fracasos. Tras ellos, suele retomar su abnegada lucha habitual, pero también a veces se cansa. Es entonces cuando más se manifiesta la peligrosa fragilidad de la motivación voluntarista. Es fácil que esa persona se hunda, y caiga quizá en una apatía grande, o se refugie en un victimismo o una rebeldía inútiles, o incluso salga por otros registros inesperados y llegue a extremos que sorprenden mucho a quienes no le conocían de verdad.

    El voluntarista se propone a veces metas poco realistas, en su deseo de sobresalir y llegar a más de lo que puede abarcar. Es propicio a los sentimientos de inferioridad, fruto de compararse constantemente con los demás, en un desorbitado afán de destacar frente a otros mejor dotados, lo que genera una continua referencia de frustración.

    El voluntarismo, además de un error en la educación de la voluntad, es también un error en la educación de los sentimientos. Podría decirse que el voluntarista es, curiosamente, bastante sentimental. Es una persona cuya principal motivación afectiva es el sentido del deber. Una persona que tiende demasiado a echar mano de la satisfacción o el alivio que le produce cumplir lo que entiende como su deber, con un rigorismo no bien integrado en una afectividad equilibrada.

    La abnegación y el afán por cumplir con el propio deber no son nada malo, evidentemente. Y las personas voluntaristas suelen ser admirables en su abnegación, en su saber sobreponerse a sus gustos, y todo eso son elementos fundamentales para llevar de modo inteligente las riendas de la propia vida. Pero a esas personas les falta, y la cuestión es esencial, aprender a modular sus gustos, educar sus gustos, formar sus gustos. El sentido del deber es algo muy necesario. Pero una buena educación afectiva ha de buscar en lo posible una síntesis entre la abnegación –pues siempre hay cosas que cuestan– y el gusto: lo que tengo que hacer, no simplemente lo hago a disgusto, porque debo hacerlo, sino que procuro hacerlo a gusto, porque entiendo que me mejora y me satisfará más, aunque me cueste.

    Por eso el gran logro de la educación afectiva es conseguir —en lo posible, insisto— unir el querer y el deber. Así, además, se alcanza un grado de libertad mucho mayor, pues la felicidad no está en hacer lo que uno quiere, sino en querer lo que uno ha de hacer.

    Así, la vida no será un seguir adelante a base de fuerza de voluntad. Nos sentiremos ligados al deber, pero no obligados, ni forzados, ni coaccionados, porque percibiremos el deber como un ideal que nos lleva a la plenitud.

    Enfermedades de la voluntad Hemos hablado de voluntarismo, y ahora seguimos con algunos otros errores en la educación de la voluntad. Todos ellos pueden darse de forma más o menos intensa o permanente en cualquier persona sin llegar a suponer una patología importante.

    La impulsividad se manifiesta en diversos rasgos: tendencia a cambiar demasiado de una actividad a otra; propensión a actuar con frecuencia antes de pensar; dificultad para organizar las tareas pendientes; excesiva necesidad de supervisión de lo que uno hace; dificultad para guardar el turno en la conversación o en cualquier situación de grupo; tendencia a levantar la voz o perder el control ante algo que contraría; etc.

    Las tendencias de estilo compulsivo, por el contrario, suelen ser reflexivas y metódicas, a veces incluso acompañadas de un fuerte debate interior. Por ejemplo, una persona puede sentirse en la necesidad de comprobar tres veces que han quedado las luces apagadas o que está cerrada la llave del gas o la puerta de la calle. O puede sentirse impelida a hacer a su hijo o a su marido varias veces una advertencia que sabe que ya ha reiterado sobradamente, pero que no logra quitarse de la cabeza. O siente envidia, o celos, o animadversión hacia algo o alguien por unos motivos que, cuando los piensa, comprende que son absurdos.

    Esa persona puede llegar a percibir con bastante claridad la falta de sentido de esos hechos o actitudes, e incluso tratar de oponerse, pero al final prefiere ceder para calmar la ansiedad de la duda sobre si ha cerrado bien la puerta, ha olvidado decir o hacer algo, o lo que sea. Ve cómo los pensamientos no deseados se entrometen, y aunque entiende que son inapropiados o estúpidos, la idea obsesiva sigue presente. Son ocurrencias no dirigidas que parecer horadar el pensamiento e instalarse en él: unas personas son absorbidas por un sentido crítico excesivo que les hace ver con malos ojos a los demás; otras sufren un perfeccionismo que les hace seguir interminables rituales con los que pierden eficacia y sentido práctico; otras caen en la rumiación constante de lo que han hecho o van a hacer, y eso les lleva al resentimiento o al escrúpulo; etc.

    Esos pensamientos –preocupaciones, apetencias, autoinculpaciones, quejas, círculos analíticos sin salida, etc.– pueden llegar a ser como un malestar que no se alivia con ninguna distracción, una angustia que impregna todo. Cualquier cosa, por mínima que sea, revoca la decisión que tomamos de no dar más vueltas al asunto y aceptarlo como es. Cuando esas patologías son graves pueden manifestarse en enfermedades serias, como la ludopatía (juego patológico), cleptomanía (robo patológico), piromanía (afán incendiario patológico), prodigalidad (gasto compulsivo), etc.

    En las tendencias impulsivas o compulsivas, a la voluntad le falta capacidad para detener el impulso (unas veces porque no lo advierte a tiempo, otras porque no logra zafarse de sus ocurrencias intempestivas). En cambio, hay muchas otras ocasiones en que el problema es precisamente lo contrario: la incapacidad de la voluntad para decidir y pasar a los hechos.

    Es el caso de las personas prisioneras de la perplejidad, que nunca saben qué opción tomar. O que fluctúan constantemente entre una opción y otra. O que les cuesta mucho mantener las decisiones tomadas, normalmente por falta de resistencia para soportar la frustración ordinaria de la vida. Como es natural, esas capacidades también pueden estar hipertrofiadas, como es el caso de la terquedad, en la que la capacidad para enfrentarse a la dificultad está desorbitada o mal dirigida.

    Muchas de esas carencias relativas a la voluntad tienen bastante que ver con los miedos interiores del hombre. La respuesta a esos estímulos del miedo –afirma José Antonio Marina– no surge de forma mecánica, como en los animales, sino que el estímulo se remansa en el interior del hombre y puede ser combatido o potenciado. La atención puede quedar perturbada, y puede costar trabajo pensar en otra cosa, pues la memoria evoca una y otra vez la situación, u otras pasadas similares, pero siempre cabe poner empeño por educar esos sobresaltos interiores.

    La voluntad de cada persona es el resultado de toda una larga historia de creación y de decisiones personales. No podemos llegar a tener un control directo y pleno sobre ella, pero sí un cierto gobierno desde nuestra inteligencia. Todos somos abordados continuamente por pensamientos o sentimientos espontáneos del género más diverso, pero una de las funciones de nuestra inteligencia es precisamente controlarlos.

    Vivir mejor con menos Muchas veces nos sorprendemos de cómo nuestra casa va poco a poco llenándose de multitud de cosas de utilidad más que dudosa, que hemos ido comprando sin apenas necesidad.

    Quizá en su momento parecía muy necesario. Parece, por ejemplo, que cualquier máquina que reduzca un poco el esfuerzo físico resulta enseguida indispensable. Tomamos el ascensor para subir o bajar uno o dos pisos, o el coche para recorrer sólo unos cientos de metros, y, al tiempo, con frecuencia nos proponemos hacer un poco más de ejercicio o practicar todas las semanas un rato de deporte.

    Para estar a gusto en casa, ¿es necesario pasar a 25 grados en invierno, y el verano a 18? ¿En cuantas casas hay casi que estar en camiseta en pleno invierno, o abrir las ventanas, porque hace un calor sofocante? ¿Y no hemos pasado muchas veces frío, o incluso cogido un buen catarro, a causa de los rigores del aire acondicionado de una cafetería, un salón de actos o un avión? La idea de consumir con un poco más de sensatez y de cabeza, de llevar un estilo de vida un poco más sencillo, o, en definitiva, de vivir mejor con menos, es una idea que por fortuna se está popularizando en la cultura norteamericana con el nombre de downshifting (podría traducirse como desacelerar o simplificar). Partiendo del principio de que el dinero nunca podrá llenar las necesidades afectivas, y de que una vida lograda viene dada más por la calidad de nuestra relación con los demás que por las cosas que poseemos o podamos poseer, esta corriente no trata sólo de reducir el consumo, sino sobre todo de profundizar en nuestra relación con las cosas para descubrir maneras mejores de disfrutar de la vida.

    Hartos ya de la tiranía de las compras a plazos, las hipotecas y la ansiedad por lograr un nivel de vida mayor, muchos hombres y mujeres empiezan a preguntarse si su calidad de vida no mejoraría renunciando a la fiebre del ganar más y más, y procurando en cambio centrarse en gastar un poco menos, o mejor dicho, en gastar mejor. Esta tendencia del downshifting, que se está extendiendo también poco a poco por Europa, incluye también la idea de alargar la vida útil de las cosas, procurar reciclarlas, buscar fórmulas prácticas para compartir el uso de algunas de ellas con parientes o vecinos, etc. En todo caso, hay siempre un punto común: el dinero no garantiza la calidad de vida tan fácilmente como se pensaba.

    En busca de un nuevo concepto de austeridad, los promotores de este estilo de vida buscaron el modo de renunciar a caprichos y gastos superfluos hasta reducir sus gastos en un veinte por ciento. “Lo primero que hay que hacer —suele afirmar Vicki Robin, uno de sus más cualificados representantes— es averiguar el grado de satisfacción que nos producen las cosas, para distinguir una ilusión pasajera de la verdadera satisfacción. Con esta fórmula cada uno puede detectar los valores que le proporcionan bienestar y descubrir de qué puede prescindir, y así alcanzar paso a paso un nuevo equilibrio vital más satisfactorio.” Por ejemplo, en la educación o la vida familiar, es frecuente que los padres, debido a la falta de tiempo para la atención afectiva de sus hijos, cada vez les compren más cosas, motivados a veces por un cierto sentimiento de culpabilidad. Sin embargo, educar bien puede costar dinero —y quizá haya que ahorrarlo de otras cosas menos necesarias—, pero muchas veces es precisamente el dinero mal empleado lo que estropea la educación. Toth decía que son muchos los talentos que se pierden por la falta de recursos, pero muchos más los que se pierden en la blanda comodidad de la abundancia. No son pocos los padres que, de tanto trabajar hasta la extenuación y reducir el número de hijos para poder así gastar más y más en ellos, hacen que ese dinero mal empleado acabe por estropearlos.

    Es preciso prevenir los riesgos del consumismo en la familia. Conseguir que los hijos sepan lo que cuesta ganar el dinero y sepan administrarlo bien. Que no acabe sucediendo aquello de que saben el precio de todo pero no conocen el valor de nada.

    Austeridad y templanza Midas era un rey que tenía más oro que nadie en el mundo, pero nunca le parecía suficiente. Siempre ansiaba tener más. Pasaba las horas contemplando sus tesoros, y los recontaba una y otra vez. Un día se le apareció un personaje desconocido, de reluciente atuendo blanco. Midas se sobresaltó, pero enseguida comenzaron a hablar, y el rey le confió que nunca estaba satisfecho con lo que tenía, y que pensaba constantemente en cómo obtener más aún. “Ojalá todo lo que tocara se transformase en oro”, concluyó. “¿De veras quieres eso, rey Midas?”. “Por supuesto.” “Entonces, se cumplirá tu deseo”, dijo el geniecillo antes de desaparecer.

    El don le fue concedido, pero las cosas no salieron como el viejo monarca había soñado. Todo lo que tocaba se convertía en oro, incluso la comida y bebida que intentaba llevarse a la boca. Asustado, tomó en brazos a su hija pequeña, y al momento se transformó en una estatua dorada. Sus criados huían de él para no correr la misma suerte.

    Viéndose así, convertido en el hombre más rico del mundo y, al tiempo, en el más desgraciado y pobre, consumido por el hambre y la sed, condenado a morir amargamente, comprendió su necedad y rompió a llorar. “¿Eres feliz, rey Midas?”, se oyó una voz. Al volverse, vio de nuevo al geniecillo, y Midas repuso: “¡Soy el hombre más desgraciado del mundo!”. “Pero si tienes lo que más querías”, replicó el genio. “Sí, pero he perdido lo que en realidad tenía más valor.” El genio se apiadó del pobre monarca y le mandó sumergirse en las aguas de un río, para purificarse de su maleficio. Así lo hizo, y todo volvió a la normalidad. A partir de entonces, nunca más se dejó seducir por la codicia y el afán de riquezas.

    La vieja historia del rey Midas se ha interpretado siempre como una aleccionadora invitación a la templanza. Sólo el que vive con una cierta austeridad, sin esclavizarse por los deseos de poseer y atesorar, es capaz de disfrutar realmente las cosas y alcanzar una felicidad duradera.

    La familia es quizá el mejor ámbito para cultivar la sobriedad y la templanza. Educar en esos valores impulsa al hombre por encima de las apetencias materiales, le hace más lúcido, más apto para entender otras realidades. En cambio, la destemplanza ata al hombre a su propia debilidad. Por eso, quienes educan a sus hijos en un torpe afán de satisfacerles todos sus deseos, les hacen un daño grande. Es una condescendencia que puede nacer del cariño, pero que también –y quizá más frecuentemente– nace del egoísmo, del deseo de ahorrarse el esfuerzo que supone educar bien. Como la dinámica del consumismo es de por sí insaciable, lleva a las personas a modos de ser caprichosos y antojadizos, y les introduce en una espiral de búsqueda constante de comodidad. Se les evitan los sufrimientos normales de la vida, y se encuentran luego débiles y mal acostumbrados, con una de las hipotecas vitales más dolorosas que se pueden sufrir, pues siempre harán poco, y además ese poco les costará mucho. Por eso me atrevería a decir que una educación excesivamente indulgente, que facilita la pereza y la destemplanza –suelen ir unidas–, es una de las formas más tristes de arruinar la vida de una persona.

    Por eso siempre veo con tristeza los signos de ostentación y de exceso de comodidad. Sufro viendo cómo pierden esa libertad que desaparece en el momento en que comienza el exceso de bienes. El afán por el lujo lleva consigo un despojamiento, una apuesta equivocada por lo material que deja a las personas sin defensas ante los desafíos de la vida. Por eso la tragedia del rey Midas es plenamente actual en la existencia de muchos. Cuando se centra la atención en lo material, se trata con menos consideración a las personas y se cae en una rueda de añoranzas y desasosiegos que incitan al consumo y perturban el equilibrio del espíritu. Cuanto más tienen, más desean, y en vez de llenarse, abren en ellos un vacío. Midas supo admitir su error y salió de él. En esto sí podemos imitarle.

    La falsa compasión “La piedad peligrosa” es una interesante novela de Stefan Zweig. Un joven teniente austríaco es invitado a una fiesta. Durante la celebración invita a bailar a la hija del dueño de la mansión, sin saber que la joven está impedida. Al día siguiente le envía unas flores para pedir disculpas por el incidente y, a raíz de ese detalle, la chica piensa que el teniente se ha enamorado de ella.

    El protagonista parte de una noble y buena sensibilidad ante el dolor ajeno. Es un hombre que se propone ayudar hasta donde puede a todos. Cualquier indefensión reclama su interés. Sin embargo, esa buena disposición se encuentra de pronto con un difícil escollo. Su deseo de no hacer sufrir, de no incomodar, de evitar el dolor ajeno, le lleva a un prolongar el pequeño malentendido que se ha producido en la fiesta. Por no entristecer a aquella ilusionada y caprichosa chica inválida, retrasa una y otra vez la necesaria aclaración sobre su supuesto amor por ella, y se ve envuelto poco a poco en un inmenso absurdo que tiene consecuencias cada vez más trágicas para él y para aquellos a quienes quería evitar cualquier daño.

    Todo empezó por un mero y piadoso no decir la verdad, sin voluntad o incluso contra su voluntad. Al principio no fue un engaño consciente, pero enseguida se vio enredado, y por empezar con una primera mentira por compasión, vio que ahora tenía que mentir con gesto impenetrable, con voz convencida, como un consumado delincuente que planea cada detalle de su acción y su defensa. Por primera vez empezaba a entender que lo peor de este mundo no viene provocado por la maldad, sino casi siempre por la debilidad.

    Hay dos clases de compasión. Una, la débil, la sentimental, que no es más que la impaciencia del corazón por librarse lo antes posible de la embarazosa conmoción que se padece ante la desgracia ajena; esa compasión no es propiamente compasión, es tan solo un apartar instintivamente el dolor ajeno, que es causa de nuestra propia ansiedad. La otra, la verdadera compasión, está decidida a resistir, a ser paciente, a sufrir y a hacer sufrir si es necesario para ayudar de verdad a las personas.

    Aquel hombre tenía que decir y hacer algo que le resultaba difícil, y lo retrasó una y otra vez. Prolongó aquella situación absurda, entre otras cosas porque estaba halagado por la vanidad, y la vanidad es uno de los impulsos más fuertes en las naturalezas débiles, que sucumben fácilmente a la tentación de lo que visto desde fuera parece admirable o valeroso.

    Por falsa compasión muchas veces se miente, se engaña, se elude la verdad costosa, las realidades incómodas, las responsabilidades molestas. Se miente para no contrariar, para evitar un daño que luego vuelve multiplicado; se elude la verdad difícil de decir pero apremiante, aunque sabemos que no desaparecerá por ignorarla; por falsa compasión se consienten prácticas o situaciones reprobables en la empresa o la familia, que no se afrontan por no perjudicar a algunos, aun sabiendo que tolerarlo es un daño mucho mayor.

    La falsa compasión hizo de aquel joven teniente un hombre mísero que dañaba infame con su debilidad, que perturbaba y destruía con su compasión. Como él, todos deberíamos esforzarnos en distinguir si la compasión que en determinado momento sentimos no encubre egoísmo o debilidad. Debemos reconocer sinceramente que consentir y mimar a los hijos, malacostumbrar a los que están bajo nuestra responsabilidad, no exigir el respeto que merecen los derechos de los ausentes (la falsa compasión suele inclinarse contra los que no nos ven), son ocasiones en que nos compadecemos equivocadamente y cerramos los ojos a la realidad.

    Vivir responsablemente exige a veces incomodar a otros. Por ejemplo, educar, formar, supone siempre una cierta constricción, contrariar, negar consuelos que podríamos dar pero que no debemos dar. Es cierto que debemos ser flexibles, pero ceder a la falsa compasión es hacer daño. Un daño que quizá a primera vista no parece tal, pero que tarde o temprano vuelve, con terquedad, y más crecido, más real, menos evitable.

    Ideales y horizontes

    • Amplitud de horizontes
    • Expectativas de fracaso
    • Capacidad de ilusionarse
    • El hastío y el aburrimiento
    • Superar barreras
    • Soluciones sencillas
    • Modelos humanos
    • Idealismo y vanidad
    • Los ideales de la juventud
    • Referencias, modelos e ideales

    Amplitud de horizontes Existe una leyenda entre los indios norteamericanos que cuenta cómo un bravo guerrero, en cierta ocasión, encontró un huevo de águila y lo puso en un nido de chochas, esas pequeñas aves zancudas tan frecuentes en aquellos lugares.

    El aguilucho nació y creció con las chochas y terminó por ser una más entre ellas. Para comer no cazaba como las águilas, sino que escarbaba la tierra buscando semillas e insectos. Cacareaba y cloqueaba. Correteaba y volaba a saltos cortos, como las chochas.

    Un día vio un magnífico pájaro, a gran altura, cuya silueta se recortaba en un cielo azul intenso. Su aspecto era majestuoso, aristocrático, real, imponente. —¡Qué pájaro tan hermoso! ¿Qué es?, preguntó la que era un águila cambiada, mientras sentía rebullir su sangre de un modo muy íntimo.

    —¡Ignorante! ¿No lo sabes?, cloqueó el vecino. Es un águila: la reina de las aves. Pero no sueñes, nunca podrás ser como ella.

    El águila cambiada lanzó un profundo suspiro nostálgico…, bajó la cabeza…, picoteó el suelo…, y se olvidó del águila majestuosa. Pasado el tiempo, murió creyendo que era una chocha.

    A algunas personas les sucede como a esta pobre águila, inconsciente de su noble origen y de sus posibilidades. Han venido al mundo y hacen lo que ven que se hace a su alrededor, no se sienten llamados a nada grande. Cuando observan en otros algo digno de imitación (y suelen fijarse poco en eso), casi siempre lo ven como algo lejano e inasequible para ellos. No trascienden, no aspiran a más, se contentan con el aburrido transcurrir de la rutina de su entorno. No entienden de cosas grandes, de magnanimidad.

    Sus pensamientos y sus respuestas son siempre mezquinas y calculadoras. Pueden ser agudos, pero su lucidez (quizá su falta de lucidez) siempre está teñida de escepticismo. Son incapaces de pensamientos elevados o generosos, y piensan que quienes los tienen son unos ingenuos o unos falsos. Todo lo que hacen tiene el regusto de la mediocridad, incluso en la diversión.

    Para prevenir y prevenirse en la educación contra esa desgraciada mentalidad, es preciso esforzarse por crear un clima estimulante, un sensato y equilibrado ambiente de sentimientos audaces, magnánimos e ilusionantes.

    Enfrentarse con lo difícil, alejarse de la posición de mínimo esfuerzo, es algo propio de la virtud de la magnanimidad. Una virtud que los filósofos medievales definían como un razonable empeño en alcanzar cosas altas. Y una virtud que parece muy necesaria en la educación del carácter, porque el hombre empequeñecido difícilmente acierta a comprender las ventajas que supone la liberación de esa mediocridad que le atenaza.

    Todos hemos de esforzarnos para que la mediocridad no se vaya adueñando de nosotros con el paso del tiempo. El apocamiento de ánimo es una sombra que, con el desgaste del transcurrir de la vida, puede acabar por manejarnos con sutileza, y lograr nuestra sumisión, sedando poco a poco nuestras esperanzas e ilusiones hasta hacernos casi subhumanos.

    Además, no debemos olvidar que difícilmente alcanzaremos una meta más elevada que la que nos hayamos propuesto. Hemos de ser capaces de observar en nuestra vida esos brillos que nos arrancan de la mediocridad, de la rutina, de la monotonía. Descubrir luces en lo que a primera vista se manifiesta opaco.

    La grandeza de ánimo también requiere un poco de estilo. Hemos de evitar lo mediocre y lo mezquino, más que condenarlo altivamente. Porque —como decía Jean Guitton— cuando la grandeza de ánimo se alía a la altivez suele quedarse sólo en altivez, que es un horrible defecto. Cuando la grandeza se expresa sin rebajar a nadie, sin sobreelevarse a sí misma, entonces es una magnanimidad noble y con clase.

    Expectativas de fracaso Imaginemos una persona convencida de que no sirve para algo determinado. Por ejemplo, se ha convencido de que es un mal estudiante. Con esa expectativa de fracaso, ¿qué proporción de sus recursos personales será capaz de movilizar? Parece obvio que la mayor parte de su potencial quedará inactivo. Esa persona ya se ha dicho así mismo que no sabe, que no se le da bien eso de estudiar, que nunca podrá ser un estudiante brillante. Lo malo es que el problema se agrava con su primera consecuencia: si comienza las clases o las horas de estudio con esas perspectivas, ¿qué actitudes tomará? ¿Serán actitudes seguras, positivas, firmes, enérgicas? ¿Reflejarán sus verdaderas posibilidades? Lo más probable es que no.

    Cuando una persona está convencida de que va a fracasar, ¿qué motivos tiene para poner un esfuerzo intenso y constante? Empieza con unas convicciones que subrayan lo que no puede hacer, y esas convicciones refuerzan actitudes de pasividad, de titubeo, de falta de firmeza. Movilizará una parte muy pequeña del potencial de sus recursos personales. ¿Qué resultados se derivarán de todo esto? Con toda seguridad serán unos resultados mediocres, en el mejor de los casos. Y esos resultados mediocres muy posiblemente reforzarán su convencimiento negativo inicial, la mala valoración que esa persona hace de sí misma, que estuvo en el origen del problema: no sirvo para estudiar, y esto no cambiará.

    Es éste un ejemplo clásico de espiral descendente, de círculo vicioso de equivocada valoración de uno mismo. Cuando se cae en esa dinámica, el fracaso llama al fracaso. Además, con el paso de los años, al ser mayor el tiempo que han estado privadas de la experiencia de obtener buenos resultados, aumenta cada vez más su convencimiento de que son incapaces de alcanzarlos. Esto les lleva a hacer poco o nada por descubrir y potenciar sus propios recursos. Más bien, suelen tender a buscar la manera de quedarse tal como están haciendo el mínimo esfuerzo posible.

    Imaginemos ahora a otra persona (o a esa misma pero con una actitud diferente). Tiene ilusión y esperanza. Tiene la convicción de que puede hacer rendir mucho más sus talentos. No digo que se crea ser lo que no es, sino que cree que puede sacar más partido a lo que en realidad es. ¿Qué proporción de sus recursos utilizará esa persona? Es indudable que mucho mayor. ¿Qué clase de actitudes tomará? Lo más probable es que sean más animosas, más seguras, con mayor energía. Estará convencida de que llegará más lejos, y pondrá más empeño para lograrlo. Con ese esfuerzo, producirá, con toda seguridad, resultados mejores.

    Es una dinámica opuesta al círculo vicioso del que hablábamos antes. En este caso, el avance llama al avance (igual que antes el fracaso llamaba al fracaso). Cuando hay fe y hay esperanza, cada paso adelante genera más fe y más esperanza, y nos anima a avanzar a un paso aún más decidido.

    Pero…, podríamos preguntarnos, ¿es que acaso esas personas no van a fracasar nunca? ¿Es que basta con estar convencido de poder alcanzar algo para alcanzarlo? ¿No es confundir la ilusión con la realidad? Es evidente que esas personas también fracasarán muchas veces, como todo el mundo. En el camino de la mejora personal, que es el camino hacia la felicidad, si alguien habla de un avance lineal y sin ningún traspiés, sabe muy poco de la realidad humana. Pero no todo traspiés tiene por qué ser negativo: cabría citar aquí eso de que quien tropieza y no cae, avanza dos pasos.

    La vida nuestra, nuestra historia personal, o la historia de la humanidad, nos muestra numerosos ejemplos de cómo mantener unas convicciones claras y firmes proporciona siempre a una persona una inagotable fuente de energía. Cuando, en cada pequeña o gran batalla diaria, sale victoriosa, se alegra y sigue adelante; y cuando fracasa, saca experiencia y sigue también adelante poniendo toda su ilusión.

    Está claro que hay otros casos, bien distintos, de personas que en su ingenuidad piensan que pueden llegar a donde jamás podrán llegar. Son hombres o mujeres ingenuos, más o menos voluntaristas, mejor o peor intencionados, pero en todo caso muy poco cercanos a su realidad personal y a la realidad que les rodea. No me estoy refiriendo a esos casos, que además suelen ser pocos y bien patentes. Me refiero a las personas normales y corrientes, que comprenden que la clave de su vida no está lo que hayan recibido o les haya ocurrido, sino más bien en la interpretación que dan a eso cada día y lo que hacen en consecuencia.

    Capacidad de ilusionarse «La ilusión constituye una manera de vivir de unas personas determinadas: son esos hombres y mujeres que, de una forma habitual, encuentran diariamente motivos para ilusionarse, para hacer de cada jornada laboral un día festivo.

    »Se les suele llamar personas de temperamento alegre, y parte de esa alegría les viene por su capacidad de ilusionarse, ya sea por un paseo o por el color de unas flores, da igual, porque cada una de estas manifestaciones de júbilo responden a una de actitud básica de vivir su propia vida, de esa personas de chispeante, de refrescante juventud, que les lleva a encontrar, en lo que otro tal vez ve la monótona repetición de un acto, una ocasión para disfrutar de la vida.

    »Todo el mundo quisiéramos hacer de nuestra vida una existencia ilusionada. La meta es difícil, pero al estar rodeada de un cierto hábito de magia y utopía se hace sumamente apetecible.» La cita es larga, pero merece la pena. Es de Miguel Angel Martí, que en su brillante ensayo sobre la ilusión (La ilusión, Editorial EUNSA, 1993), nos alienta a esforzarnos por vivir ilusionados, liberados de planteamientos ramplones, de cansancios vitales y de monótonos desencantos.

    La ilusión está presente en los más variados ámbitos de nuestra vida, iluminándola y llenándola de alegría. Todos deseamos aprender de esas personas de vida ilusionada, de esas personas —continúa Martí— «que han encontrado, a lo mejor sin saberlo ellas, el arte de vivir, y que lo manifiestan en el lenguaje vivo de sus ojos, en la frescura de su sonrisa, en esos olvidos de lo que para muchas personas constituye el tema central de sus conversaciones: enfermedades, accidentes, carestía de la vida, la ingratitud de los jóvenes… y una larga letanía de tonos oscuros y de tristes musicalidades, en esos olvidos —decíamos— que tanto se agradecen y que nos ayudan a abrir los ojos a espacios abiertos, refrescantes como la luz que los ilumina.

    »Hace falta energía, grandeza de ánimo y finura de espíritu para hacer de la vida algo más que un producto a granel envuelto en papel de periódico (y a veces por la página de las esquelas). No siempre quizá lo consigamos, pero que debemos apostar por este tipo de vida me parece una exigencia de nuestra condición de hombres; eso sí, se sobreentiende, después de haber superado los falsos idealismos y los planteamientos inmaduros.» El hastío y el aburrimiento Hay mucha gente que se aburre mucho. A veces tanto que, por ejemplo, incluso en su refugio televisivo tienen que esforzarse para no ser engullidos por el zapping: van pasando continuamente de un canal a otro y en vez de poder elegir entre cinco programas distintos, al final resulta que todos les aburren y ellos mismos acaban arrastrados por esa posibilidad de pasar de un programa a otro y no se enteran de lo que sucede en ninguno.

    Están tan perezosos y aburridos que no tienen fuerza ni para divertirse. Dejan simplemente pasar las horas sin encontrar nada que les ilusione. Las tardes se les hacen interminables, dicen que todos los días son iguales, que todo les cansa. Les cansa lo malo, y se cansan también de lo bueno. Y se aburren los que tienen poco, y se aburren, incluso más, los que tienen mucho.

    El problema no son los aburrimientos transitorios, sino el que toma posesión del estado habitual de ánimo, el de esa gente que con veinte años dice que ya lo ha visto todo y que todo le aburre.

    El aburrimiento es una enfermedad difícil de curar. Hace poco leí que hay tres remedios contra esta enfermedad del aburrimiento: el trabajo, el amor y el interés por los detalles pequeños. Y que esos tres remedios, además, sólo se venden en forma de semilla: que hay que tener un poco de paciencia, porque al principio son algo pequeño, pero luego crecen y acaban floreciendo e iluminando la vida.

    El aburrimiento general no se combate divirtiéndose. Las diversiones pueden arrancar las hojas de la tristeza pero no arrancan su raíz. Las diversiones resuelven sólo pequeños instantes de aburrimiento.

    La forma de resolver el problema global del aburrimiento es enamorándose de la tarea que nos ocupa la mayor parte del tiempo que en esta vida pasamos levantados de la cama: trabajar. Quien se entrega con generosidad al trabajo es difícil que conozca el aburrimiento.

    El trabajo es uno de los mejores educadores del carácter. El trabajo enseña a dominarse a uno mismo, a perseverar, a templar el espíritu, a olvidar tonterías y a muchas cosas más.

    Interesa descubrir el valor grande de cosas que pueden parecer insignificantes. Nada es inútil. Todo es valioso. El encanto de una labor se esconde detrás de ese disfrutar terminando bien las cosas, cuidando esos detalles que hacen que nuestro trabajo sea un verdadero servicio a los demás.

    Que no nos suceda como en aquella oficina vacía en la que un visitante hizo al ordenanza la siguiente pregunta: —¿Es que no trabajan por la tarde? Y la respuesta fue: —Cuando no trabajan es por la mañana. Por la tarde no vienen.

    Superar barreras El piloto Chuck Yeager inició la era de los vuelos supersónicos el 14 de octubre de 1947, cuando rompió la famosa barrera del sonido, aquel «invisible muro de ladrillos» que tan intrigado mantenía a todo el mundo científico de la época.

    Por aquel entonces, algunos investigadores aseguraban disponer de datos científicos seguros por los que aquella barrera debía ser impenetrable. Otros decían que cuando el avión alcanzara la velocidad Mach 1 sufriría un tremendo impacto en su fuselaje y explotaría. Tampoco faltaron en medio de aquel debate quienes aventuraron posibles saltos hacia atrás en el tiempo y otros efectos sorprendentes e impredecibles.

    El caso es que aquel histórico día de 1947, Yeager alcanzó con su avión Bell Aviation X-1 la velocidad de 1126 kilómetros por hora (Mach 1.06). Hubo diversas dudas y controversias sobre si verdaderamente había superado esa velocidad, pero tres semanas después alcanzó Mach 1.35, y seis años más tarde llegó hasta Mach 2.44, con lo que el mito de aquella barrera impenetrable se volatilizó definitivamente.

    En su autobiografía, Yeager dejó escrito: «Aquel día de 1947, cuanto más rápido iba, más suave se hacía el vuelo. Cuando el indicador señalaba Mach 0.965, la aguja comenzó a vibrar, y poco después saltó en la escala por encima de Mach 1. ¡Creí que estaba viendo visiones! Me encontraba volando a una velocidad supersónica y aquello iba tan suave que mi abuela hubiese podido ir sentada allá atrás tomándose una limonada.» «Fue entonces cuando comprendí —proseguía Yeager— que la verdadera barrera no estaba en el sonido, ni en el cielo, sino en nuestra cabeza, en nuestros conocimientos.» En la vida diaria puede sucedernos a veces algo parecido. Tenemos planteadas en la cabeza muchas barreras a nuestra mejora personal, y nos parece que superarlas es algo imposible, o al menos que nos supondría un esfuerzo tremendo, o nos amargaría la existencia: algo parecido a lo que sucedía hace cincuenta años a quienes hablaban de la misteriosa barrera del sonido.

    Sin embargo, superar la barrera de nuestros defectos es algo que, sin ser fácil —como no lo fue superar aquella barrera del sonido—, no es tampoco tan difícil; y sobre todo, que cuando lo logramos, nos encontramos —como experimentó Yeager aquel histórico día— con una nueva dimensión de la vida, quizá desconocida hasta entonces para nosotros, y que resulta mucho más satisfactoria y gratificante de lo que podíamos imaginar.

    El camino de la virtud y de los valores es un camino que permanece oculto para muchas personas, que lo ven como algo frío, aburrido o triste, cuando en realidad se trata de un camino alegre, interesante, incluso seductor.

    Pongamos un ejemplo. Trabajar de mala gana, hacer siempre lo mínimo posible, mostrarse egoísta e insolidario con los compañeros…, es el modo de plantear la profesión que rige la vida de bastantes personas. Algunas de ellas quizá piensan que trabajar con empeño e ilusión, o pensando en los demás, es un planteamiento utópico, un sueño inaccesible, un ideal para ingenuos. Otros quizá dicen que es un deseo muy bonito, pero lo ven como algo lejano y agotador; o que les supondría tal esfuerzo que no compensa ni intentarlo; o que lo han intentado pero les falta fuerza de voluntad. Otros dirán que también lo intentaron, pero por culpa de… (póngase aquí lo que proceda), ahora… ya pasan de todo. Y en casi todos los casos, parecen ignorar que ellos mismos son los principales perjudicados con esa actitud.

    Aquel famoso debate de hace cincuenta años se repite con frecuencia en la vida diaria de muchas personas. Quizá lo mejor en este caso sea atravesar esa barrera y ver qué sucede.

    Soluciones sencillas Se cuenta que en una ocasión Cristóbal Colón fue invitado a un banquete donde se le había asignado, como es natural, un puesto de honor.

    Uno de los invitados era un cortesano que se sentía muy celoso con el gran descubridor. En cuanto tuvo ocasión, se dirigió hacia él y le preguntó de forma un tanto altiva: —Si usted no hubiera descubierto América, ¿acaso no hay otros hombres en España que habrían podido hacerlo? Colón prefirió no responder directamente a aquel hombre. Le propuso un juego de ingenio. Se levantó, tomó un huevo de gallina fresco e invitó a todos los presentes a que intentaran colocarlo de forma que se mantuviera en pie sobre uno de sus extremos.

    La ocurrencia tuvo bastante aceptación. Casi todos los presentes entraron al reto de aquel juego y lo intentaron uno tras otro, con mayor o menor convicción, ante la atenta mirada de los demás.

    Pero pasaba el tiempo y ninguno lograba encontrar el modo de que aquel maldito huevo guardara el equilibrio.

    Finalmente, Colón se levantó de nuevo, con aire solemne, se acercó, tomó el huevo y lo golpeó ligeramente contra la superficie de la mesa hasta que se hundió un poco la cáscara de uno de los extremos. Gracias a ese pequeño achatamiento, se mantenía perfectamente en posición vertical.

    —¡Claro, de esa manera cualquiera puede hacerlo! —objetó, algo alterado, el cortesano.

    —Sí, cualquiera. Pero “cualquiera” al que se le hubiera ocurrido hacerlo.

    Y añadió: —Una vez que yo mostré el camino al Nuevo Mundo, “cualquiera” puede seguirlo. Pero “alguien” tuvo antes que tener la idea. Y “alguien” tuvo después que decidirse a llevarla a la práctica.

    Esta vieja y conocida anécdota ha traspasado los siglos y llevado a acuñar la expresión de “el huevo de Colón”, para referirse a esas soluciones en apariencia muy sencillas, sí, pero… “alguien” tenía que haber pensado en ellas, y “alguien” después tenía que haberse lanzado a hacerlas.

    Muchas transformaciones importantes, tanto en las personas como en las instituciones, los conocimientos científicos, o en el mundo del pensamiento, o en la sociedad en general, tienen su origen en sencillos descubrimientos a los que “alguien” ha sabido sacar partido. Alguien que supo sacar partido a lo obvio, a esas verdades a las que todos tenemos acceso.

    Algo parecido sucedió —saltamos hacia delante unos siglos— el día en que millones de personas vieron saltar a Fosbury. Sorprendió a todos con una técnica de pasmosa novedad. Los saltos de altura siempre se habían hecho volteándose de cara al listón. Sin embargo, en aquella ocasión Fosbury saltó de espaldas. Se trataba de algo tan extraordinariamente eficaz que en poco tiempo la anterior técnica desapareció por completo. Aquel cambio revolucionario se produjo gracias a un descubrimiento nuevo, gracias al desarrollo de algo que, a pesar de parecer tan sencillo y eficaz, a nadie se le había ocurrido antes.

    En la vida de cualquier persona, o de cualquier institución, o de cualquier sociedad, resulta decisivo estar abierto a esos grandes descubrimientos. Ser sensibles ante la fuerza de lo obvio, ante eso que quizá es tan sencillo que parece no merecer atención. Aprender a sacar más partido al sentido común, a esos razonamientos sencillos —no simples, ni ligeros, ni triviales— que hacen vislumbrar ideas importantes de modo contundente y claro.

    Por ejemplo, cualquier propósito de mejora personal debe buscar liberar el tremendo potencial que encierra el hecho sencillo de enfrentarse valiente y serenamente a la verdad. A esa verdad sencilla y liberadora, bien presente y clara cuando no nos resistimos a verla. Porque, cómo ha escrito Lloyd Alexander, por boca de uno de los personajes de Crónicas de Prydain, “una vez que tienes el valor de mirar al mal cara a cara, de verlo por lo que realmente es y de darle su verdadero nombre, carece de poder sobre ti y puedes destruirlo.” Las verdades más grandes pueden a veces parecer tópicos o generalidades. Pero eso suele suceder sólo cuando uno se limita a hablar de ellas, no cuando además las escoge como fundamento para el vivir.

    Modelos humanos El carácter, como el arte de pensar bien, no se adquiere tanto con reglas como con modelos: al lado de la regla o del criterio, ha de ir el ejemplo; y al lado del ejemplo, la idea y la manera de llevarla a la práctica.

    Todo hombre experimenta con mayor o menor frecuencia un sentimiento de emulación ante algún testimonio humano que se le presenta. Siempre hay momentos en que queda deslumbrado por un aspecto concreto de una persona concreta y, entonces —también en mayor o menor medida—, desea ser, en ese aspecto, como esa persona.

    El hombre —hoy quizá más que en otros tiempos— cree más en los testimonios humanos vivos que en las enseñanzas; cree más en la vida y en los hechos que en las teorías. Se reconoce en los modelos humanos y se siente atraída por ellos.

    Todos necesitamos modelos. Todos los buscamos. Hay conductas que nos atraen con una fuerza fascinante. Sólo hombres reales descifran lo que el hombre es y puede llegar a ser. Ante cualquier modelo humano se produce una empatía, una especie de contagio que arrastra. El problema es que este efecto se produce tanto para bien como para mal.

    Por eso se ha dicho siempre que el gran reto educativo no está sólo en elocuencia de palabra —con ser muy importante—, sino en la elocuencia del discurso de las obras, en la grandeza de alma de quien tiene que educar. Y es en gran parte porque parece como si las cosas fueran menos difíciles, y más atractivas, cuando las vemos hechas vida en otros.

    Y por eso es también decisivo que quien está en una fase temprana de la formación de su carácter tenga ante sus ojos modelos humanos atractivos y logrados, que le faciliten adquirir pronto criterios de estimación que luego no resulten ser un barniz, sino que respondan a principios bien asentados. Y esto se refiere tanto a los modelos reales con los que convive como a esos otros, también de ficción, que le se presentan en la literatura, el cine o la televisión.

    Si una familia, un educador, o incluso una sociedad, presentara el mal como algo que triunfa, o presentara modelos que muchas veces son modelos de valores negativos, estaría perjudicando a todos, pero sobre todo a los más jóvenes, que son los más permeables a esos estímulos.

    Si ofreciéramos modelos negativos como metas apetitosas, luego no podríamos quejarnos si los jóvenes parecieran perdidos, sin creencias ni pautas morales. Es preciso inculcar estos sentimientos y esos valores, porque, si no, luego nos quejamos sin razón. Como decía C.S.Lewis, a veces “extirpamos el órgano y exigimos la función. Hacemos hombres sin corazón y esperamos de ellos virtud e iniciativa. Nos reímos del honor y nos extrañamos de ver traidores entre nosotros. Castramos y exigimos a los castrados que sean fecundos.” Idealismo y vanidad Cuenta la leyenda que Narciso era hijo de un río y de una ninfa. Y por lo visto era un niño muy guapo.

    Narciso fue creciendo, y pronto fue un joven apuesto. Lo malo es que rechazaba el amor que le ofrecían y permanecía insensible al cariño de los demás. Sólo estaba pendiente de sí mismo. Así fueron pasando los años hasta que un día de mucho calor, después de una cacería, el muchacho se detuvo en una fuente para refrescarse. Al inclinarse para beber, Narciso vio su imagen reflejada en las aguas…, y se enamoró perdidamente de su propia figura.

    Y allí se quedó Narciso, días y días, semanas y semanas, indiferente a todo lo que le rodeaba. Y allí, inmóvil como una estatua, absorto en su propia contemplación, se dejó consumir por el hambre y la soledad hasta desvanecerse y caer sin vida sobre la hierba.

    Esta vieja leyenda ha dado el nombre de narcisismo a esa ingenua vanidad de quienes ante el espejo alimentan sin cesar la admiración hacia sí mismos.

    La tragedia de Narciso tiene otras formas mucho más corrientes, más a nivel de calle. Aparece como un idealismo, ingenuo y perezoso a la vez, que inunda los afanes de muchas chicas y chicos jóvenes. Están llenos de proyectos: van a ser grandes genios, egregios artistas, creadores incomparables…; y a continuación confiesan que van mal en sus estudios, que jamás leen un libro, que no saben lo que es madrugar.

    Piensan que están llamados a ocupar puestos preeminentes, que están destinados a ser como aquel gran empresario que se hizo a sí mismo en unos pocos años y ahora es inmensamente rico. Imaginan que triunfar en la vida es un camino sencillo, de sueño azul, glorioso, placentero y gratificante.

    Van por la calle imaginando las miradas de admiración, las miradas de envidia, que sin duda le dirigen los conductores, los peatones, todos.

    Un día reciben un halago (quizá de cumplido) por algo que han hecho, y ya se ven como un nuevo Mozart o un nuevo Goya. Y en seguida creen ser un genio mundial, un superhombre. Y se comportan como piensan que corresponde a un genio así, de forma anárquica y distinta, como un hombre al que poco queda que aprender y que vivirá con sólo sacar un poco de partido a su inmenso talento.

    Pero la vida no suele ser así. Porque la realidad es terca. Y deben comprender que para hacer cualquier cosa seria en la vida, hay mucho que trabajar, mucho que aprender, mucho que tachar. Que nunca podrán crear si anteponen hoy sus sueños a la realidad. Quizá convenga recordarles aquello de Thomas Edisson de que el genio se compone de un uno por ciento de inspiración y un noventa y nueve por ciento de transpiración, de sudor, de trabajo.

    Es cierto que hay que tener ideales altos, pero tan importante como tener grandes proyectos e ideales es aprender a traducirlos en una lucha ordinaria de la dura realidad de cada jornada, porque hay demasiado idealista que se ha dejado ganar terreno por los halagos de la vanidad o la simpleza.

    La vanidad lleva a creerse algo distinto a lo que uno realmente es. El vanidoso piensa que hace maravillas y se siente herido si los demás no lo valoran. El hechizo de la vanidad los problematiza y sufren tremendamente. El mejor remedio es un poco de realismo:

  • para unos, será comprender que los genios suelen ser inteligencias trabajadas por un estudio profundo;
  • para otros, abrir un poco los ojos y descubrir las cualidades de los demás, que es una excelente forma de aprender;
  • para los que pasan horas ante el espejo y aún así no están seguros de que les guste lo que reflejan, ser menos puntillosos en cuanto a su aspecto físico;
  • para todos, rechazar el engañoso halago de la adulación (propia o ajena) y comprender que el objetivo de la vida no puede ser algo tan pasajero como la opinión ajena o el brillo de los aplausos.

    Los personajes famosos, esos que saborean las mieles de la gloria, cuando son un poco sensatos —y sinceros— reconocen que sólo con esas satisfacciones no se puede llenar una vida. Que vale más un poco de cariño que todos los aplausos del mundo. Que, a veces, han logrado todos esos aplausos pero, en esa lucha, han perdido el cariño de los suyos, y están tristes.

    Hay que aspirar a ser buena persona y a ser coherente con uno mismo. También se puede desear que los demás lo crean así, y lo valoren. Pero esto último ya es más difícil y, sobre todo, menos importante. Muchas veces hay que contentarse —y no es poco, es lo principal— con estar satisfecho con uno mismo. El aplauso que importa y que de verdad satisface es el que proviene de nuestro interior, de la conciencia de la obra bien hecha.

    Los ideales de la juventud «Hete aquí, pues, cerca de los cuarenta y dos años… ¿Qué pensaría de ti el muchacho que eras a los dieciséis, si pudiera juzgarte? »¿Qué diría de eso que has llegado a ser? ¿Hubiera simplemente consentido en vivir para verse transformado así? ¿Acaso valía la pena? ¿Qué secretas esperanzas no has decepcionado, de las que ni siquiera te acuerdas? »Sería extraordinariamente interesante, aunque triste, poder enfrentar a estos dos seres, de los que uno prometía tanto y el otro ha cumplido tan poco. Me figuro al joven apostrofando al mayor sin indulgencia: “Me has engañado, me has robado. ¿Dónde están los sueños que te había confiado? ¿Qué has hecho con toda la riqueza que tan locamente puse en tus manos? Yo respondía de ti, había prometido por ti. Y has hecho bancarrota. Más me hubiera valido marcharme con todo lo que aún poseía, y que también has dilapidado…” »¿Y qué diría el mayor para defenderse? Hablaría de experiencia adquirida, de ideas inútiles echadas por la borda, mostraría algunos libros, hablaría de su reputación, buscaría febrilmente en sus bolsillos, en los cajones de su mesa, para justificarse. Pero se defendería mal, y creo que se avergonzaría.» Estos párrafos del Diario de Julien Green son una interesante reflexión, tanto para el pasado como para el futuro de cualquier vida. Porque –como ha escrito de Martín Descalzo– toda vida tendría que ser la cosecha de la gran siembra de los años juveniles. Vivir es fructificar. Y no simplemente avanzar y envejecer. La vida es apostar decididamente cuando se es joven, y mantener y mejorar esa apuesta cuando se madura.

    Y cabe entonces preguntarse: si ya es difícil mantener esa apuesta de juventud cuando en esos años se sembraron grandes ideales, ¿qué será cuando sólo se sembraron desilusiones o insustancialidad? Cuando una persona joven no tiene ideales, o son pequeños y vulgares, es bien probable que le espere un futuro poco alentador. Por eso quizá una de las mayores infamias es empujar a los jóvenes a la mediocridad o a la desesperanza.

    Es verdad que no basta con soñar durante la juventud, porque esos sueños pueden quedar en proyectos ingenuos o ilusorios. Pero quien no sueña nunca, quien se limita sólo a constatar la dificultad, quien siempre se jacta de ser muy realista y considera ingenuos a todos los que aspiran a mejorar ellos y mejorar el mundo en que vivimos, esos no se dan cuenta probablemente de que el enemigo principal no son todos esos que con tanto énfasis señalan fuera, sino que el peor enemigo lo tienen en su interior, en su mediocridad y en su desesperanza.

    Y luego, cuando los adultos tendemos tan fácilmente a echar las culpas a tantas circunstancias para justificar el abandono de los que fueron nuestros grandes ideales de juventud, también entonces solemos engañarnos miserablemente. Es cierto que los proyectos de aquellos años necesitaban ser adaptados y modificados a lo largo de la vida, porque la vida da muchas vueltas y hay cosas muy poco previsibles, pero sabemos bien que muchas veces lo que hemos hecho con esos ideales es simplemente rebajarlos, por pereza, por abandono o por mezquindad. Y lo que logramos con eso es ir deshinchando nuestra vida como un globo, casi sin darnos cuenta.

    La desesperanza –señala Josef Pieper– está en la misma estructura mental de quien orienta mal su vida. Supone un dolor siempre grande, propio de quien se niega a caminar por el camino hacia la plenitud que su naturaleza le llama.

    A la desesperanza no se llega de modo repentino. Su principio y su raíz suelen estar en la pereza (quizá por eso asegura el dicho popular que la pereza es madre de todos los vicios). La pereza es sinónimo de dejadez, de desinterés, y eso siempre conduce a una tristeza que paraliza, que descorazona. Y lo peor es que lleva a un círculo vicioso de desgana que refuerza la dejadez. El hombre perezoso parece querer sustraerse de las obligaciones propias de la grandeza de su misión. Es como una humildad pervertida, propia de quien no quiere aceptar su verdadera condición y sus talentos, porque implican una exigencia. Como un enfermo que no quisiera curarse para que no le exijan lo que se exige a una persona sana.

    Hay un tipo de esperanza que surge de la energía juvenil pero se agota con los años, al ir declinando la vida. Sin embargo, la verdadera esperanza es una despreocupada y confiada valentía, que caracteriza y distingue al hombre de espíritu joven y lo hace un modelo tan atractivo. La esperanza da una juventud que es inaccesible a la vejez y a la desilusión. Así, aunque día a día perdemos un poco la juventud natural, podemos día a día renovar nuestra juventud de espíritu. En vez de dar culto a la juventud del cuerpo, de modo exterior y forzado, y que además produce desesperanza al ver cómo se va marchando, hemos de buscar esas cimas más altas a las que se puede remontar la esperanza del hombre que rejuvenece día a día su espíritu.

    Referencias, modelos e ideales Balzac describió de manera incomparable cómo el ejemplo de Napoleón había electrizado a toda una generación en Francia. El deslumbrante ascenso del pequeño teniente Bonaparte al trono imperial del mundo, para Balzac significó no tan sólo el triunfo de una persona, sino también la victoria de la idea de la juventud. El hecho de que no fuera necesario haber nacido príncipe o noble para alcanzar el poder a temprana edad, de que se pudiera proceder de una familia modesta, cuando no pobre, y, sin embargo, llegar a ser general a los veinticuatro años, soberano de Francia a los treinta y, poco después, del mundo entero, ese éxito sin igual arrancó a millares de personas de sus pequeños oficios y sus pequeñas ciudades de provincia: el teniente Bonaparte despertó a toda una generación de jóvenes, los impulsó a una ambición más elevada.

    Siempre que un solo joven alcanza algo que hasta entonces parecía inalcanzable, sea en el campo que sea, con ese éxito alienta a toda la juventud que le rodea. Bonaparte procedía del mismo estamento que ellos, su genio se había fraguado en una casa parecida a la suya; había ido a un instituto como el suyo, había estudiado los mismos manuales y se había sentado durante años en los mismos pupitres de madera, mostrando la misma impaciencia y la misma agitación juvenil; y mientras se movía por esos mismos lugares consiguió superar la estrechez del espacio en que estaban los demás.

    Con independencia del juicio que merezca la trayectoria de aquel hombre, el ejemplo puede servirnos de referencia para pensar en la enorme fuerza que encierra cada persona, por sencilla y corriente que parezca a los ojos de todos. Cada ser humano posee unas enormes posibilidades latentes, con frecuencia escondidas incluso para él mismo, y que necesitan ayuda para salir a la luz. Tiene que haber un impulso exterior, un modelo, una referencia que le haga sentirse capaz, que despierte sus inéditas energías.

    Y además de esas referencias, modelos e ideales, es necesario también un nivel de exigencia personal que haga posible pasar de la teoría a la práctica, de los proyectos a las realizaciones. Esto es de vital importancia cuando se habla de educación, pues, como decía Corts Grau, a la juventud con frecuencia se la adula, se la imita, se la seduce, se la tolera…, pero no se la exige, no se la ayuda de verdad, no se la responsabiliza. Quizá es porque no se valora suficientemente su capacidad, y esto lo que ellos perciben, y obran en consecuencia.

    Quererles de verdad supone tener el valor de exigirles, de darles responsabilidad, porque para tener responsabilidad hay que antes haberles dado responsabilidad. Es preciso fomentar la fortaleza, la capacidad de resistir en el bien, de afrontar dificultades con serenidad y temple. Y todo esto va muy unido a la sobriedad, a saber prescindir de lo superfluo, a aprender a valorar más las personas que las cosas.

    En esa decisiva batalla que el hombre debe dar contra la mediocridad, hay dos tipos de lenguajes. Uno es apocalíptico, demoledor, tajante, como si buscara una conversión tempestuosa de emotividad. Es una actitud que fomenta titanismos de autoposesión y voluntarismo, crispaciones estériles que cansan, que suelen resultar inútiles y vacías de significado, cuando no contraproducentes.

    El otro estilo es más humano. Está dirigido al hombre que tiene una amplia experiencia de su limitación y su fragilidad. Al hombre que sabe bien que para conseguir algo no basta con desearlo con intensidad, sino que además tiene que enreciar su voluntad, buscar ayuda, hacer acopio de humildad para superar los momentos bajos, y, sobre todo, poner en su vida referencias suficientemente altas y que merezcan la pena.

  • El carácter y la mejora personal

    • La puerta del cambio
    • Un nuevo modo de ver las cosas
    • Saber usar los propios recursos
    • Dos modos de plantear las cosas
    • El atractivo de la virtud y del bien
    • El riesgo de la lentitud
    • La fuerza de la educación

    La puerta del cambio Aquel chico tenía catorce años y se puede decir que era un auténtico desastre. Tenía un carácter muy difícil y una apatía impresionante. Apenas atendía en clase, y luego en su casa estudiaba menos aún. Parecía no tener ilusión por nada, suspendía habitualmente un montón de asignaturas, y sus padres estaban desesperados.

    Recuerdo que sus profesores comentábamos con preocupación el caso, sin duda el más problemático del curso: apenas escuchaba los consejos que se le daban, nadie sabía bien qué hacer con él. Todo parecía indicar que aquel chico estaba destinado al más negro de los futuros.

    El caso es que acabó el curso, y las vueltas de la vida hicieron que durante mucho tiempo apenas volviéramos a tener noticias el uno del otro, hasta que siete años después coincidimos una lluviosa tarde de septiembre en una cafetería.

    Me alegró verle sonriente, con sus flamantes veintiún años recién cumplidos y sus casi dos palmos más de altura. Fue una coincidencia casual y, como procuro hacer siempre con quienes fueron mis alumnos en aquellos años que dediqué a la enseñanza, quedamos después para charlar un rato. Cuando nos sentamos, le pregunté cómo iba su vida.

    Mi primera sorpresa fue que estaba en cuarto curso de una carrera bastante difícil. Además, no sólo no había perdido ningún año, sino que llevaba esos estudios con unos resultados brillantes. Mientras me lo contaba, venían a mi memoria aquellas reuniones de profesores, cuando analizábamos la marcha del curso, donde varias veces se llegó a decir —quizá alguna vez yo mismo— que aquel chico, salvo un milagro, no llegaría a terminar el bachillerato.

    El caso es que el milagro se había producido. Su vida había cambiado. No es que hubiera cambiado un poco, podía decirse que había cambiado por completo y en casi todo. Es como si fuera otra persona. Como si de aquellos viejos tiempos conservara poco más que su nombre y sus apellidos.

    Yo estaba intrigado por el cambio. «Oye —le dije—, tienes que explicarme qué ha pasado contigo para que hayas cambiado de esa manera. Me tienes asombrado.» La pregunta le sorprendió un poco. Calló por unos instantes, como queriendo ordenar sus ideas, se puso un poco más serio, y finalmente empezó su relato, despacio pero con soltura: «Mira. Fue un día concreto. A lo mejor te parece un poco raro, y quizá lo sea, pero fue un día concreto, un día por la mañana. Llevaba unas semanas fatal. Mejor dicho, unos años. Llevaba años oyendo siempre lo mismo. De mis padres, de mis profesores, de todos. Siempre lo mismo. Que yo era un desastre, que estaba hipotecando mi vida, que iba a ser un desgraciado si seguía por ese camino, que me estaba buscando la ruina, que nunca sería un hombre de provecho, y todo eso que dicen las personas mayores.» Le interrumpí un instante, con un poco de curiosidad, para preguntarle qué pensaba él entonces, cuando escuchaba esas cosas.

    «Bueno, no sé cómo decirte, todo aquello me entraba por un oído y me salía inmediatamente por el otro. Me parecía que era el rollo de siempre, y estaba cansado de escuchar todos los días los mismos consejos.

    »No es que no entendiera las razones que me daban, es que ni siquiera les prestaba atención. Me habían dicho ya mil veces lo mismo, y cuando veía que me venían con ésas, desconectaba y ya está. Tenía como echada una barrera mental sobre todas esas cosas, prefería no pensar, y todos esos sabios consejos me resbalaban por completo.

    »Bueno, lo que te decía, fue un día concreto, me acuerdo perfectamente. Estaba en plena época de exámenes, y esos días no teníamos clase, para poder estudiar. Pero estudiar no me apetecía absolutamente nada. Estaba con la angustia de los exámenes, y al tiempo con la angustia de que no había dado ni golpe y me iban a suspender otra vez.

    »Tenía un sueño tremendo, y estaba tentado de volverme sin más de nuevo a dormir, pero llevaba mal el curso, como siempre. Si me volvía a la cama, iba a ser muy difícil que aprobara, y las cosas se iban a poner más feas que de costumbre.

    »Me había despertado temprano, y desde ese momento no había parado de darle vueltas en la cabeza a una idea: Oye, tío…, ¿qué es esto? ¿Voy a estar toda la vida así? ¿Cincuenta o sesenta años más así? Esto no funciona. Algo tiene que cambiar. No puedo seguir así el resto de mis días.

    »Debí tener un momento de especial lucidez, supongo, porque vi como algo angustioso continuar el resto de mi vida con el mismo plan que llevaba hasta entonces. Y me aventuré a pensar en cosas serias, en cosas que hasta entonces casi nunca me había planteado.

    »No encontraba ilusión en casi nada. Me veía dominado por la pereza de una forma terrible. Es algo bastante angustioso, de verdad. No sabía a qué podía conducirme todo aquello. Era como estar deslizándose por una pendiente oscura, cada vez más rápido y con más descontrol, y te das cuenta de que no sabes dónde puedes acabar.

    »Pensaba en el fracaso de mi vida, en todo eso que me había dicho tantas veces tanta gente. Pero aquella vez fue distinto. No me dijo nada nadie. Aquella vez me lo dije todo yo a mí mismo. Y cambié. Eso es todo.

    Levantó la mirada, como dudando si hacer o no una glosa personal de todo aquello, y finalmente concluyó: »Desde entonces, tengo una idea bien clara: los buenos consejos te dan oportunidades de mejorar, pero nada más. Si no los asumes, si no te los propones seriamente, como cosa tuya, no sirven de nada, por muy buenos que sean; es más, para lo único que sirven entonces es para que cada vez los valores menos, para que se produzca una especie de inflación de los consejos que recibes.

    »Oír una cosa es muy distinto de hacerla propia. Y para mejorar realmente, la única manera es ser capaz de decirse a uno mismo las cosas, ser capaz de cantarte las cuarenta a ti mismo.» Mientras le escuchaba, me acordaba de otros casos en cierto modo parecidos. Pensé en esos chicos y chicas jóvenes que a veces vemos ir como arrastrándose por la vida, y les hablamos de tantas cosas que deberían hacer, de tantas cosas que habrían de cumplir, y nos desespera ver su apatía y su indolencia, y sin embargo quizá no hemos advertido la raíz de su verdadero problema, que es algo mucho más de fondo: aún no se han decidido a tomar realmente las riendas de su vida.

    Las causas de esa actitud pueden ser muy diversas: quizá han recibido una educación muy pasiva, o hiperprotectora, que no les ha ayudado a madurar; o tienen una fuerte tendencia a alejarse de la realidad, consecuencia de una vida muy cómoda, o demasiado sentimental; o no han aprendido a alzar un poco la mirada y aspirar a valores e ideales más altos; o, por los motivos que sean, apenas sienten responsabilidad sobre sí mismos, y olvidan, en la práctica, que son fundamentalmente ellos quienes se están jugando —y no es poco— su acierto en el vivir.

    Aquel antiguo alumno mío había espabilado gracias a una sana inquietud por su futuro. Me recordó algo que había leído tiempo antes a Zubiri, que aseguraba con gran fuerza que la pregunta ¿Qué va a ser de mí? resulta siempre decisiva en la vida ética de cualquier persona.

    Me parecía muy interesante su relato, pero le interrumpí de nuevo un momento. Quería preguntarle si le había costado mucho cambiar después de aquella decisión de esa mañana tan provechosa.

    «¿Que si me costó? Una barbaridad. Me costó muchísimo, como es natural. Pero lo había visto bien claro, y eso es lo importante. Ya estaba harto de seguir deslizándome por la cuesta abajo de la vida, y además, como estaba ya muy abajo, no podía perder ni un minuto más. Así que acabé por cambiar. Y me costó muchísimo, pero aquello fue como entrar en una nueva dimensión de la vida.

    »Parece mentira, pero es tremendo lo que se puede sufrir cuando uno opta por la vida fácil. Cuando estás en ella, lo otro te parece insufrible, pero en realidad es al revés. Ahora veo con claridad meridiana que aquella vida era un infierno. Lo que pasa es que entonces no conocía otra, y no encontraba sentido a esforzarme más. Tengo la impresión de que para encontrar sentido a las cosas, antes hay que luchar un poco por ellas. Pero, desde luego, lo peor es dejarse llevar, porque vas como dando bandazos, pegándote golpes con todo, como cuando pierdes el equilibrio y no sabes bien dónde puedes acabar estrellándote.» Aquella narración, tan sincera y tan cargada de realidad, me hizo pensar bastante en el fenómeno del cambio. Pensaba en que hay decisiones que son fundamentales en la vida, y no siempre están unidas a acontecimientos externos señalados, sino que son fruto simplemente de la lucidez de un pensamiento, y a veces tiene día y hora concretos.

    Salvando las distancias, me recordó aquella otra reflexión de Víctor Frankl en el minúsculo calabozo del lager nazi: en nuestra vida podemos realmente elevarnos bastante por encima de esos condicionamientos en que estamos inmersos y que a veces parecen marcarnos un destino inexorable.

    Cada persona custodia en su intimidad una puerta del cambio, una puerta que sólo puede abrirse desde dentro. Cambiar es algo asequible a todos. Lo decisivo es tratarlo seriamente con uno mismo. El consejo viene de Epícteto: nadie tiene tanto poder para persuadirte a ti como el que tienes tú mismo.

    Un nuevo modo de ver las cosas Hasta que se llegó a conocer con suficiente profundidad la acción patógena de los microbios, allá por la segunda mitad del siglo XIX, había entre los investigadores médicos una enorme preocupación ante el serio problema planteado por las frecuentes infecciones hospitalarias.

    Las complicaciones sépticas tras cualquier tipo de intervención quirúrgica eran casi inevitables y de consecuencias muy graves. También era habitual que tras pequeñas heridas se produjeran importantes supuraciones o septicemias, y un elevado porcentaje de mujeres morían como consecuencia de infecciones originadas por la asistencia al parto. Pero nadie entendía bien por qué sucedía todo aquello.

    Tras sus importantes descubrimientos bacteriológicos en el campo de la fermentación, Louis Pasteur anuncia en 1859 su idea de que los procesos infecciosos son consecuencia de la acción de un germen. Pero, ¿de dónde vienen esos microorganismos? Hasta entonces, quienes se habían planteado en esa posibilidad pensaban que surgían por generación espontánea. Sin embargo, Pasteur va hallando microbios específicos de diferentes enfermedades, y observa que son seres vivos que van pasando de un cuerpo a otro.

    Poco después, el cirujano inglés Jospeh Lister descubre que aplicando enérgicas medidas antisépticas se frenan drásticamente las infecciones: por ejemplo, en el caso de las fracturas abiertas, logra reducir la mortalidad desde el 50% a cifras inferiores al 15%, gracias al empleo de fenoles como producto antiséptico.

    Más adelante, Pasteur descubre que esos gérmenes causantes de la enfermedad pueden ser aislados y cultivados, y que si se amortiguan y se inoculan en pequeñas dosis en cuerpos sanos —a ese hallazgo se le puso el nombre de vacuna—, tienen un efecto inmunizador.

    En cuanto se desarrolló la teoría microbiana, se implantó un nuevo modo de entender la atención hospitalaria, y en general de toda la medicina. Comprender mejor lo que sucedía hizo posible un avance extraordinario. Un pequeño cambio de enfoque hizo ver las cosas muy distintas y generó poderosas transformaciones.

    De manera análoga, muchas personas experimentan un notable cambio en su pensamiento en determinados momentos de su vida. Descubren una nueva faceta de la realidad, y esto provoca un cambio en las claves con las que estaban interpretando esa realidad: un descubrimiento nos hace sustituir viejas claves por otras más acertadas.

    Sucede, por ejemplo, cuando una persona sufre un accidente grave, o afronta una crisis que amenaza cambiar seriamente su vida, o pasa por la prueba de la enfermedad y del dolor, y de pronto ve sus prioridades bajo una luz diferente. O cuando comienza a ejercer determinadas responsabilidades, o asume un nuevo papel en su vida, como el de esposo o esposa, padre o madre, y entonces se produce un cambio de su modo de ver las cosas.

    Si en nuestra vida queremos realizar pequeños cambios, puede que nos baste con esforzarnos un poco más en mejorar nuestra conducta y luchar contra nuestros defectos, pero si aspiramos a un cambio importante, es preciso cambiar nuestro modo de ver las cosas.

    Un ejemplo. Piensa por un momento —recomienda Stephen Covey— en tus bodas de plata, o en tus bodas de oro. Piensa en la despedida en tu trabajo cuando llegue tu jubilación. Visualízalo con riqueza de detalles. Piensa en los sentimientos y emociones que te embargarán en ese momento. ¿Cuál será tu balance de todos esos años de matrimonio o de trabajo? ¿Cuál quieres ahora que sea el balance que hagas entonces? Otro ejemplo. Piensa en que te enteras ahora mismo de que te quedan sólo tres meses de vida. Visualiza mentalmente qué harías. Es probable que, de pronto, todo aparezca con una perspectiva diferente. Es probable que afloren a la superficie ciertos valores que quizá antes apenas habías tenido en cuenta.

    Quizá veas entonces de modo distinto la relación con tus padres o con tus hijos, o plantees de modo distinto el matrimonio, o la relación con tus compañeros de trabajo. Quizá te parezcan fútiles cosas que hace un momento considerabas muy importantes.

    Está claro que la vida no puede plantearse cada día como si te quedaran tres meses de vida, por supuesto. Pero ese ejercicio mental nos puede ayudar a pensar en cosas en las que habitualmente no pensamos, a reflexionar sobre los principios que rigen nuestra vida, a identificar mejor lo que realmente importa.

    La vida nos va cargando día a día de rutinas, de adherencias que van entorpeciendo nuestra marcha. A veces hay que pararse y ver qué es lo que queremos, no dar por bueno sin más nuestro status quo, no seguir sumisamente la inercia de todo lo que hemos hecho hasta entonces, repensar las cosas a fondo. No podemos olvidar que esos valores y principios son la trama que da consistencia al tejido de nuestra vida y, por tanto, son nuestro mayor tesoro (además, casi lo único que tenemos a salvo de robos, incendios, quiebras o descensos bursátiles).

    Saber usar los propios recursos Hay personas que achacan sus defectos a razones de tipo genético. Son los que con un qué le vamos a hacer, he nacido así, alejan rápidamente de su cabeza la posibilidad de esforzarse en serio por erradicar un determinado defecto.

    Algunos llegan incluso a hablar del mal genio de su abuelo (o de toda una rama de la familia) para justificar, por ejemplo, que tienen un carácter violento o imprevisible. Están convencidos de que su herencia de irascibilidad viene inexorablemente determinada en su carga genética y que, por tanto, nada pueden hacer por luchar contra su propio ADN.

    Otros parecen tranquilizarse echando las culpas a la educación que recibieron de sus padres. Son los que con un cortés y lacónico me han educado así, dejan también de lado cualquier pensamiento sobre su mejora personal.

    Otros cifran casi todo en cuestiones del ambiente en que han vivido, de su condición social, del modo de ser propio de su región o su país de origen, del estilo educativo del lugar donde estudiaron, o de lo que sea…, pero siempre hay algo o alguien fuera de él que es el verdadero responsable de que él sea así. Siempre piensan que el problema está fuera de ellos, y precisamente ese pensamiento es su gran problema.

    Este peligroso planteamiento de la vida admite, como es lógico, diversos grados. En algunos casos, por ejemplo, admiten humildemente que quizá la solución está en ellos mismos, y se muestran teóricamente dispuestos a afrontarlo positivamente, pero luego no llegan a tomar la iniciativa o no dan los pasos necesarios para llevar a la práctica esas soluciones. Veamos unos ejemplos, tristemente frecuentes, tomados del ámbito escolar:

  • «En casa no hay quien estudie. Tendría que ir a una biblioteca, pero la de mi barrio está llena desde primera hora de la mañana y no tengo ni la menor idea de dónde habrá otra…» (Ni se plantea madrugar un poco más, ni espabilar un poco para enterarse de donde hay otra biblioteca).

  • «No sé qué carrera estudiar. Tendría que enterarme bien, pero no sé a quién preguntar para informarme de esto. Nadie quiere ayudarme.» (No ha preguntado a nadie, y ya piensa que nadie le quiere ayudar; desde luego, será difícil que alguien se brinde espontáneamente a orientarle sobre un problema que él ni ha manifestado).
  • «Sé que no tengo un buen método de estudio. Intento aprenderme todo de memoria, y veo que eso no es solución, pero no sé hacerlo de otra manera.» (Está claro que con un afán investigador como el suyo, la ciencia estaría aún como en el neolítico).

    Otros tienen un talante que queda bien retratado en aquellas famosas 6 normas para no prosperar que se difundieron tanto hace unos años: 1. Espere sentado su oportunidad.

    2. Comente su mala suerte con los demás.

    3. No se esfuerce por mejorar su preparación.

    4. Laméntese de que los tiempos están muy difíciles.

    5. Obstínese en que sin recomendaciones no se logra nada.

    6. Confíe y aguarde a que vengan tiempos mejores.

    Son personas pasivas, que siempre están como esperando a que suceda algo exterior que les fuerce a cambiar; o a que alguien se haga cargo de ellas y las empuje a decidirse a afrontar y resolver sus problemas. Su principal problema son ellas mismas, no tienen una actitud ante la vida que les lleve a usar sus recursos y su iniciativa. Tienen como entumecidos los músculos de la responsabilidad. Pero esos músculos siguen siendo suyos y están ahí: lo que tienen que hacer es ejercitarlos.

    Dos modos de plantear las cosas Podríamos dividir nuestros pensamientos y preocupaciones habituales en dos grandes grupos: los que están centrados en cuestiones sobre las que no tenemos ninguna o casi ninguna posibilidad de influencia, y los que, por el contrario, se refieren a cuestiones sobre las que sí podemos influir.

    Quienes centran su cabeza sobre ese primer conjunto de pensamientos, es decir, sobre cuestiones que les vienen ya dadas y sobre las que no pueden hacer nada o casi nada, suelen ser personas pasivas, negativas e ineficaces. Dedican gran cantidad de tiempo y energías a pensar en los defectos de los demás (casi nunca en los propios, ni en ayudar a los demás a corregirse) y a lamentarse de las injusticias que la sociedad tiene con ellos (nunca en cómo ellos pueden contribuir a mejorarla). Se quejan continuamente de los males que la salud, el clima o la situación política traen a su desgraciada existencia. Piensan en muchas cosas, pero todas tienen en común que ellos poco o nada pueden hacer por cambiarlas.

    Por el contrario, las personas sensatas procuran centrarse en el segundo conjunto de pensamientos a que nos referíamos, es decir, se dedican fundamentalmente a cuestiones con respecto a las cuales pueden hacer algo, aunque no sea de modo inmediato. Y gracias a que hacen algo, logran que con el tiempo ese conjunto de ocupaciones —podríamos llamarlo círculo de influencia— vaya creciendo, pues cada vez son más eficaces, avanzan más e influyen sobre más cosas.

    ¿Y reducirse a pensar solamente en lo que uno tiene al alcance de su influencia, no supone un cierto empequeñecimiento mental? Es cierto que hay muchas cosas —por ejemplo, la información sobre la actualidad nacional e internacional, la historia, etc.— sobre las que poco o nada podemos influir, y sin embargo resulta importante y positivo conocerlas, e ir formando una opinión sobre ellas.

    Por eso, cuando hablo de centrarse en el propio círculo de influencia me refiero fundamentalmente a la actitud general que uno toma ante los problemas que tiene: si los sitúa dentro de su alcance y los acomete, o si, por el contrario, tiende a despejarlos fuera para luego lamentarse de no poder resolverlos.

    Lo sensato es saber centrar nuestros esfuerzos en lo que está a nuestro alcance, no perder nuestras energías en lamentaciones utópicas. De lo contrario, caeríamos en una especie de absurda autofrustración, un estilo de vida por el que las personas se autocastigan al pesimismo, la queja y el enterramiento de sus propios talentos. Recordando aquella vieja sentencia, podríamos decir que se trata de tener:

  • coraje para cambiar lo que se puede cambiar,
  • serenidad para aceptar lo que no se puede cambiar,
  • y sabiduría para distinguir lo uno de lo otro.

    Hay quizá demasiadas ocasiones en que ponemos tontamente en cosas ajenas a nosotros la capacidad de decidir sobre nuestra vida. Por ejemplo, si uno se lamenta de no tener una casa o un coche mejor, o de no haber llegado a una determinada posición profesional, o de no haber tenido una familia distinta a la que tiene, puede plantearlo básicamente de dos maneras.

    La primera es quejarse de que los condicionantes de su vida le impiden lograrlo, y que sólo cuando cambien podrá salir de su triste situación.

    La segunda es radicalmente distinta: ver qué es lo que podría cambiar en él, en su actitud, en su conducta, para que esos condicionantes externos a su vez cambien: cómo puede mejorar él, cómo puede ser más ingenioso y más diligente para facilitar así que las cosas vayan cambiando. La diferencia es sencilla: acometer resueltamente los problemas, en vez de limitarse a protestar.

    Como se cuenta de aquella multinacional del calzado que envió un delegado comercial a un país subdesarrollado que aún vivía en régimen tribal. Al poco de llegar, el delegado envió un telegrama a la Dirección General de la empresa diciendo: «Negocio imposible, todos van descalzos». Lo cesaron y enviaron a otro, más resolutivo, y a los pocos días recibieron otro telegrama, bien diferente: «Negocio redondo, todos van descalzos. Envíen una remesa de quince mil pares.» Se trata de cambiar el enfoque con el que se ven los problemas. Es algo que resulta de vital importancia para aquellas personas que se han habituado a refugiarse en actitudes de continua queja, de culpar de sus problemas siempre a otros, o de responsabilizar de sus frustraciones a la sociedad.

    Por ejemplo, si tu matrimonio no va bien, o no te llevas bien con tu hijo, o con tu padre, o con tu jefe, poco puedes arreglar repitiendo una vez y otra sus defectos, considerándote una víctima impotente de su pésima actitud. Piensa en qué cosas son las que te enfadan y examínalas con objetividad: seguro que bastantes responden en buena parte a tu susceptibilidad, o a que te has obsesionado un poco con una serie de detalles que valoras excesivamente; o quizá es que eres bastante menos tolerante con los defectos de los demás que con los tuyos; o a lo mejor estás dentro de una espiral de agravios mutuos que difícilmente se romperá si tú no tomas la iniciativa. En cualquier caso, si de verdad quieres mejorar la situación, debes empezar por actuar sobre lo que tienes más control, que eres tú mismo: actuar primero sobre tus propios defectos, centrarte en tu esfuerzo por ser un mejor esposo o esposa, mejor hijo o mejor padre, mejor jefe o mejor empleado, mejor amigo. De este modo, es más probable que la otra persona capte tu buena disposición y te responda de la misma manera.

    ¿Y si la otra persona no respondiera así, sino que siguiera con su actitud negativa, como antes? Puede suceder, claro está, y de hecho sucede. Pero en cualquier caso, el modo de actuar más positivo que tienes (no el único) sigue siendo ése. Actuando así, mejorarás como persona, y de la otra manera sólo conseguirás reducir tu capacidad de recomponer la situación y aumentar seriamente las posibilidades de amargarte la existencia.

    El atractivo de la virtud y del bien A veces uno tiende equivocadamente en su interior a etiquetar como desagradables, por ejemplo, determinadas personas, o determinadas tareas, o determinados aspectos relacionados con la mejora del carácter, y no se da cuenta de hasta qué punto le perjudican esos vínculos mentales que se han ido estableciendo en su mente, de manera más o menos consciente.

    Ante posibles puntos concretos de mejora personal que advertimos en nuestra vida (vemos, por ejemplo, que deberíamos ser más pacientes, o menos egoístas, más ordenados, menos irascibles, o lo que sea), es frecuente que tendamos a ver esos objetivos como metas muy lejanas, o como algo poco asequible a nuestras fuerzas. Lo vemos quizá como avances apetecibles, sí, pero que alcanzarlos requeriría tal esfuerzo que sólo pensarlo nos produce ya un notable rechazo. Lo percibimos como algo fatigoso y agotador, o que nos llevaría a un estilo de vida de demasiada tensión.

    Sin embargo, la mejora personal no supone ni exige eso. Al menos, de modo ordinario no tiene por qué plantearse así. El avance en el camino de la mejora personal ha de entenderse y abordarse más bien como un proceso de liberación. Un progreso gradual en el que vamos soltando día a día el lastre de nuestros defectos. No una extenuante subida a un puerto de montaña, sino un progresivo alivio de la carga de nuestros errores, un desahogo paulatino de la causa de nuestros principales problemas. Por eso, aunque siempre habrá también retrocesos, pequeños o grandes, si logramos en conjunto mejorar, nos encontraremos cada vez con más autonomía, avanzaremos con más soltura y sentiremos más satisfacción. Cada hombre debe adquirir el dominio de sí mismo, y ése es el camino de lo que Aristóteles empezó a llamar virtud: la alegría y la felicidad vendrán como fruto de una vida conforme a la virtud.

    Si nos fijamos más, por ejemplo, en lo positivo de una determinada persona, o en el reto que supone tener ordenado el armario o el despacho, o incluso en lo apasionante que puede llegar a ser, tanto para un hombre como para una mujer, cocinar, mantener limpia la casa, o educar a los hijos…, si nos esforzamos por verlo así, el camino se hace mucho más andadero.

    Podría objetarse que eso no es difícil de hacer… durante unos minutos, o unos días. Pero, ¿cómo impedir que al poco tiempo se vuelva a lo de antes? Puedo esforzarme, por ejemplo, por variar mi humor durante un rato, que no es poco, pero… ¿cómo mantenerme así y llegar a ser una persona bienhumorada? Un camino es esforzarse en cambiar la imagen que se nos presenta en la mente al pensar en esas cosas. Por ejemplo, en vez de representar en la imaginación lo apetitoso que resulta lo que no deberías comer o beber o hacer, procura pensar en lo atractivo y liberador que resulta ser una persona sana y honesta, y logra que esas representaciones tomen en tu interior una mayor cuota de pantalla.

    O si te invaden pensamientos relacionados con el egoísmo, la pereza o el la mentira, procura suscitar la imagen de ser una persona generosa, diligente, sincera y leal, y recréate en la contemplación de esos valores y esas virtudes que has de desear ver en tu vida. Incluso, si quieres, recréate también en lo desagradable que resultaría convertirse poco a poco en una persona egoísta, perezosa o desleal, y compara una imagen con otra.

    ¿Es importante esto? Pienso que sí. Si una persona logra formarse una idea atractiva de las virtudes que desea adquirir, y procura tener esas ideas bien presentes, es mucho más fácil que llegue a poseer esas virtudes. Así logrará, además, que ese camino sea menos penoso y más satisfactorio. Por el contrario, si piensa constantemente en el atractivo de los vicios que desea evitar (un atractivo pobre y rastrero, pero que siempre existe, y cuya fuerza nunca debe menospreciarse), lo más probable es que el innegable encanto que siempre tienen esos errores haga que difícilmente logre despegarse de ellos.

    Por eso, profundizar en el atractivo del bien, representarlo en nuestro interior como algo atractivo, alegre y motivador, es algo mucho más importante de lo que parece. Muchas veces, los procesos de mejora se malogran simplemente porque la imagen de lo que uno se ha propuesto llegar no es lo bastante sugestiva o deseable.

    El riesgo de la lentitud Hay gente que un día le salen diez cosas bien y sólo una mal, y llega a su casa en estado de desánimo total. ¿Por qué? Porque permite que esa pequeña cosa que resultó mal deje flotando en su memoria una imagen negativa que llena casi por completo la “pantalla” de su mente. Ha pasado ese día por muchas cosas positivas, pero tiene la habilidad —la desgracia— de no considerarlo apenas. Es como si todo lo positivo quedara de inmediato arrinconado en su memoria. Sólo lo negativo queda bien grabado. Lo demás, pasa sin pena ni gloria, y en poco tiempo queda reducido a imágenes borrosas, grises, lejanas, como viejas fotos desvaídas.

    A veces, por ejemplo, se deteriora una amistad, o un matrimonio, o una relación profesional, simplemente porque uno tiende a recordar y almacenar experiencias desagradables sufridas en la relación con esa persona, mientras que las agradables enseguida pierden relieve en la memoria.

    ¿Cómo sucede esto? Quizá hay algo que produce un desagrado muy vivo, aunque sea una tontería. Por ejemplo, la forma que tiene de comer, o que deja desordenado lo que usa, o pierde las cosas, o habla en un tono que nos resulta desagradable. O que a lo mejor ha dejado de tener determinada deferencia con nosotros. O nos repite algo que dijimos en un momento de enfado y estamos hartos de que nos lo recuerden otra vez más. O quizá sucede al revés, y somos nosotros los que recordamos una y otra vez aquella ocasión en la que nos sentimos tan molestos y ofendidos.

    La lista de ejemplos podría ser interminable. Pero aunque todas esas cosas negativas sean ciertas y objetivas —que no suelen serlo demasiado—, ese modo de recordarlas y tenerlas presentes no ayuda en nada a resolver las cosas. Además, sabemos que también podría hacerse otra lista muy larga de ejemplos positivos, de tantas cosas agradables que suelen quedar en el olvido. Todo sería muy distinto si ambos se esforzaran en traerlas a la memoria, y procurar generar las circunstancias necesarias para que se repitan.

    Por eso es bueno preguntarse de vez en cuando: “Si continúo dando vueltas a estas ideas de esta manera…, ¿a dónde me lleva esto? ¿qué voy a conseguir? ¿hacia dónde me conduce? ¿hacia dónde quiero ir?” Una persona ha de ser capaz de tomar de vez en cuando un poco de distancia sobre sí misma, y analizar sus sentimientos como si estuviera contemplando a otra persona, para así actuar sobre ellos. De lo contrario, resultará enormemente vulnerable ante los vaivenes de sus estados emocionales.

    “De acuerdo —podría objetarse—, es preciso no encenagarse en los malos recuerdos, sí… ¿pero cómo?, porque no es tan sencillo, no es fácil cambiar el modo de ser, se necesita mucho tiempo y esfuerzo…” Es verdad, no voy a negarlo. Pero tampoco tiene por qué ser siempre así. Se puede cambiar en poco tiempo. Muchas veces se comprende mejor una cosa en un relámpago de claridad que en años de pedaleo.

    A veces los procesos de mejora personal fracasan porque van tan lentos y perezosos que el cambio apenas se ve llegar, y entonces uno se cansa enseguida. Es como si quisiéramos ver una película contemplando un fotograma ahora, otro dentro de un rato, y un tercero otro rato después.

    De esa manera, es difícil sacar nada en claro. Pero la culpa no sería de la película, porque con ese modo de verla no podemos saber si es buena o mala. Hay que tomarla con su ritmo, y entonces te haces una idea del argumento, y de los personajes, de las emociones que suscita, y entonces capta nuestra atención, y viéndola disfrutamos al tiempo que notamos que nos enriquece. De la misma manera, si en la mejora personal logras un ritmo más rápido, entonces te haces una idea de lo que ganas, y de lo que aún puedes ganar, y te gozas con ello, y eso mismo te anima a seguir adelante en ese empeño.

    La fuerza de la educación “El señor de las moscas” es una magnífica novela de William Golding. Cuenta la historia de una treintena de chicos ingleses que son los únicos supervivientes de un accidente aéreo. Deben organizar su vida ellos solos en una pequeña isla desierta, sin ayuda de ningún adulto. Agrupados en torno a dos jefes, Ralph y Jack, pronto comprueban que convivir no es tarea sencilla. Aparecen los primeros conflictos, difíciles de resolver en aquella situación, y finalmente estalla la violencia, que desemboca en una guerra abierta entre ellos, con trágicas consecuencias.

    La historia de la difícil convivencia de estos jóvenes náufragos está salpicada de multitud detalles que muestran la importancia fundamental de ese aprendizaje y esos valores que el hombre ha acumulado durante siglos y que transmite de una generación a otra mediante la educación. Frente a otras visiones más ingenuas sobre la bondad de los niños, Golding muestra la maldad que anida en el corazón humano, y apunta que la única posibilidad de rescate del hombre ha de venirle desde fuera. Sin ayuda, sin formación, el hombre se encuentra muy indefenso ante el empuje de sus malas tendencias. Es cierto que busca por naturaleza el bien, pero también es cierto que esa naturaleza está herida y que necesita muchos cuidados para funcionar correctamente.

    Cualquier persona con un poco de experiencia de la vida sabe lo que es la maldad del hombre, ha visto ya muchas veces su feo rostro de inhumanidad. Golding desenmascara la simpleza roussoniana de la bondad natural del hombre y su progresiva degradación por la maldad radical de la sociedad y de la cultura. Y cuestiona también el racionalismo arrogante del siglo XIX, que hizo a muchos confiar en que el progreso científico y económico traerían consigo un progreso moral igual de veloz. Los que alimentaban ese ideal pensaban haber dado de una vez por todas con la fórmula definitiva de la eficacia y el bienestar, pero pronto vieron que aquel optimismo era precipitado, que ese avance no significa que los hombres se entiendan mejor entre ellos, ni que haya más respeto mutuo, ni que vivan en paz. Y es que, en definitiva, por mucho progreso económico o científico que se alcance, nunca será fácil educar moralmente al hombre.

    La historia muestra numerosos testimonios bien elocuentes de hasta dónde puede llegar la maldad del hombre. Ni siquiera en sus noches más negras podía soñar hasta qué punto iba a degradarse y envilecerse. Pero tampoco sabía quizá cuánta fuerza permanece escondida en su interior para vencer peligros y superar pruebas.

    Todo hombre, para ser bueno, o para mantenerse en el bien, necesita ayuda para hacer rendir esos talentos latentes que encierra. Es cierto que al final es siempre la propia libertad quien tiene la última palabra, pero sería bastante ingenuo minusvalorar la influencia enorme que tiene la formación. Por eso, educar bien a los hijos en la familia, a los alumnos en la escuela o la universidad, o cualquier otra tarea relacionada con la formación de la nuevas generaciones debería considerarse como uno de los empeños de más trascendencia y responsabilidad en cualquier sociedad que realmente piense en su futuro.

    Transmitir el progreso científico o económico es relativamente fácil, pero transmitir los progresos morales siempre será difícil, pues requieren su asimilación personal y su empleo práctico. Como ha escrito Leonardo Polo, sin hábitos no hay educación, sólo se ilustra. Es imprescindible el esfuerzo personal por adquirir esos hábitos. Y eso resultará costoso siempre, en cualquier lugar o época. Es un progreso personal que nos lleva la vida entera y del que depende en gran parte el acierto en el vivir. Bien merece, por tanto, nuestra atención.

  • Constancia y tenacidad

    • La vida fácil
    • Sobreponerse a la adversidad
    • Perfeccionismo: aprender a equivocarse
    • Constancia
    • Tenacidad
    • La losa de la desesperanza
    • Mantenerse firme: aprender a decir que no
    • El hombre que plantaba árboles

    La vida fácil «Entiendo lo que dices —comentaba Guillermo, un recién matriculado en la universidad—, pero yo no puedo ser distinto a como soy.

    »Yo siempre he sido un poco despreocupado, algo informal, no me gusta tomarme demasiado en serio las cosas. Quiero disfrutar un poco de la vida, aprovechar un poco estos años, que apenas tengo diecinueve y no estoy en edad de pensar tanto.

    »Tengo muchos proyectos en la vida, pero para más adelante. No tengo prisa. Yo no aguanto muchos días haciendo la misma cosa. Me gusta la variedad. Ya repetí un curso en bachillerato y no me traumatiza. Incluso prefiero hacer la carrera más despacio pero conociendo muchas otras cosas mientras.

    »Y esto me sucede con casi todo; por ejemplo, tengo muchos amigos y amigas, pero me gusta ir variando, conocer gente, pero sin que me líen; he salido con muchas chicas, pero ninguna me ha durado dos meses: no quiero comprometerme ni estar ligado a nadie ni a nada.

    »Yo —concluía— siempre he querido ser práctico. Tengo que aprovechar la juventud, que ya tendré tiempo de hartarme de vida más sosegada. No quiero ser como esos que se pasan sus mejores años debajo de una lámpara, estudiando día y noche como si no hubiera otra cosa en la vida.» Aquel chico no acertaba a comprender que por aprovechar, como él decía, esos cinco o seis años de vida universitaria, probablemente acabaría lamentándolo los cincuenta o sesenta siguientes.

    No quería entender que es preciso esforzarse mucho para abrirse camino profesionalmente. Que no se trata de pasarse la juventud debajo de una lámpara, pero es indudable que de cómo uno se prepare en esos años depende en mucho cómo será luego su vida. Que lo habitual es que una persona perezosa o inconstante a su edad, llegue a los treinta o los cuarenta sin haber cambiado mucho. Igual que si es egoísta, o frívolo, o superficial: pasan los años y el tiempo no les hace mejorar si no se esfuerzan por mejorar.

    «Mira —recuerdo que me decía—, es que no es tan sencillo. Sería una maravilla ser persona con una voluntad firme, y todas esas cosas. Lo desearía para mí, por supuesto. Pero todo eso exige mucho esfuerzo y yo no estoy acostumbrado a esos agobios.

    »¿Es que no hay ningún camino más fácil? ¿No se puede ser feliz sin tanto sacrificio? Yo no soy mala persona, tú lo sabes. Procuro no perjudicar a nadie y al tiempo no complicarme la vida…» Y suelen tener razón en aquello de que no son malas personas, y de que procuran no perjudicar a los demás, y todo eso. Pero pienso que resulta algo pobre y bastante peligroso ese benevolente planteamiento de “no hacer daño a nadie y disfrutar cuanto más se pueda”. Cuando una persona excluye por principio aquello que le supone complicarse la vida, esa actitud puede significar una seria hipoteca para su felicidad.

    No es que complicarse la vida tenga que ser el punto central de la filosofía de la vida de una persona, es cierto. Pero tampoco puede serlo el no complicársela, sobre todo cuando ésa es la única razón que nos frena ante algo digno de mejores actitudes. Hacer el bien supone muchas veces un esfuerzo considerable, y evitar habitualmente lo que supone esfuerzo hace difícil mantenerse dentro de las fronteras de la ética y de la sensatez.

    Cualquier elección, por sencilla que sea, supone renunciar al resto de las opciones, la mayoría de ellas lícitas. Mill decía que de quien nunca se priva de cosa lícita, no se puede esperar que rehuse luego todas las prohibidas.

    También cabe recordar aquella conocida expresión de cortar por lo sano, que sin duda proviene de la sabiduría médica y es tan de sentido común. Si hubiera, por ejemplo, que amputar una pierna o un brazo gangrenados, no se puede cortar justo en el límite entre lo sano y lo enfermo, porque lo más probable entonces es que siempre quede algo de lo enfermo, por pequeño que sea, y el mal continuará extendiéndose. Es preciso cortar un poco más arriba, aun a costa de perder algo de la zona sana.

    Hay personas que son como un manojo de sentimientos vaporosos, personas que sólo quieren aceptar la parte fácil de la vida. Quieren el fin, pero no quieren los medios necesarios para alcanzar ese fin. Quieren ser premios Nobel sin estudiar, enriquecerse sin dar ni golpe, ganarse la amistad de todos sin hacerles un favor, o ingenuidades por el estilo. Y eso no es serio.

    No distinguen entre lo que es propiamente querer algo, con todas sus consecuencias, y lo que es sencillamente una ilusión, un apetecerles, un soñar soltando la imaginación.

    Han de comprender que para la vida real se necesita más esfuerzo que para las novelas fabricadas por la fantasía. Y quizá no se enfrentan con la realidad de la vida porque están enormemente mediatizados por la comodidad.

    Quieren triunfar en la vida, como todo el mundo, pero olvidan el esfuerzo continuado que esto supone: para hacer bien una carrera son precisas muchas jornadas de clases y estudio que no siempre apetecen; para ser un buen atleta hay que perseverar en un entrenamiento muchas veces agotador; para dominar un idioma no bastan unas cuantas clases o unas semanas en el extranjero. Para casi todo hace falta esfuerzo, y no poner ese esfuerzo supone rechazar el fin, no querer de verdad.

    Esta falta de fortaleza de carácter aparece a veces como una auténtica fiebre por cambiar de objetivo, y puede observarse de modo muy gráfico en algunos niños o adolescentes. Pongamos un ejemplo.

    Ve anunciado en la televisión un eficacísimo método de aprendizaje de inglés, que pasa de inmediato a resultar absolutamente imprescindible. Lo compra. La primera decepción es que el método es muy laborioso, hay que ir grabando unos ejercicios en cada lección… De todos modos, comienza…, le cansa, sigue, lo deja; lo retoma, se aburre…, y finalmente lo deja en el olvido…, en la lección 4ª.

    A la semana siguiente comienza a leer una novela interesantísima…, pero enseguida se le hace pesada y queda abandonada en los primeros capítulos.

    Quizá después se propone hacer footing todos los días…, y no pasa de tres o cuatro.

    Al poco fantaseará con ser un insigne virtuoso de aquel instrumento musical, pero pronto le parecerá inútil o imposible.

    Quizá más adelante empiece con otra afición, y será un nuevo hobby que se sumará a la interminable serie de ilusiones que nunca se alcanzan, a ese continuo devaneo presidido por la inconstancia.

    A lo mejor otro día, después de ver una película o de leer un libro en los que se exalta la figura de un personaje, con quien se identifica, se llena de proyectos buenos y de ilusiones sanas…, pero que se desvanecen en cuanto respira el aire de la calle, en cuanto aterriza de su ingenua emotividad.

    El que se mima a sí mismo se vuelve blanducho. El camino de la vida fácil, aunque ameno al principio, se hace cada vez más trabajoso; y al final aguarda un amargo despertar. No es más fácil la vida fácil.

    Sobreponerse a la adversidad La adversidad y el dolor se presentan en la vida de todos. Es una realidad sencilla y patente ante la que caben reacciones muy diversas.

    Unos se crispan, maldicen y patalean. Otros se refugian en la melancolía, pero la melancolía es como una mano engañosa que se tiende hacia nosotros y que nunca logramos alcanzar: es pasajera, volátil, fugitiva.

    La adversidad y el dolor no deben verse como cosas tan terribles. La mayoría de los pensadores que han afrontado seriamente el problema dicen que con ellos viene una enseñanza siempre útil para nuestra vida; que cuando se saben recibir pueden transformarse en algo positivo. Los golpes de la adversidad son amargos, pero nunca estériles.

    En la educación familiar, los padres deben dar ejemplo de serenidad frente a los reveses de la vida, de mantener la alegría, de esos valores que se manifiestan cuando, frente a un golpe de destino, nos sabemos conformar. En la adversidad suele descubrirse al genio, en la prosperidad se oculta, afirmaba Horacio.

    La alegría es una muestra de que va bien todo el entramado de virtudes de una persona. Es como un síntoma claro de que una vida está bien construida, que posee resortes —como decía Cervantes— para echar las penas fuera del alma y ser feliz.

    El dolor y la adversidad constituyen todo un espectro de contrastes en las personas. Unos, con muy poco, se desesperan. Otros, con mucho más, se crecen. El problema no está en que esas adversidades o esos dolores sean muchos o pocos, sino en la riqueza espiritual de las personas que los sufren, en su categoría personal y en el modo en que los asumen. Por eso ha llegado a decirse que la valía de las personas suele ir en función inversa a las facilidades que han tenido en sus vidas.

    Perfeccionismo: aprender a equivocarse Todos hemos conocido chicos y chicas pequeños que acaban siendo personas raras por culpa de una especie de terror a hacerlo mal.

    Ese chico, o esa chica, a lo mejor no quiere jugar al fútbol o al baloncesto en el colegio, porque dice —y no es para tanto— que no juega bien. O jamás sale voluntariamente a la pizarra, porque le aterra la posibilidad de no saber contestar perfectamente. O no quiere participar de un juego que no conoce, porque no quiere arriesgarse a ser el perdedor hasta que haya conseguido dominar bien sus reglas.

    Los perfeccionistas son personas que tienen cosas muy positivas: creen en el trabajo bien hecho, procuran terminar bien las cosas, ponen ilusión en cuidar los detalles.

    Pero tienen también bastantes negativas: viven tensos, sufren mucho cuando ven que no siempre pueden llegar a la suma perfección que tanto anhelan, su minuciosidad les hace ser lentos, y con frecuencia son demasiado exigentes con quienes no son tan perfeccionistas como ellos.

    Una de las cosas más difíciles de aprender es a equivocarse. No me refiero al hecho en sí de fallar, de cometer un error, que eso es muy fácil. Hablo de equivocarse y no venirse abajo, de saber reconocer un error sin sentirse terriblemente humillado. Que no nos suceda como a Guille, el hermanito de Mafalda, aquella vez que su hermana lo encontró llorando desconsoladamente: —¿Qué te pasa, Guille? —Me duelen los pies —responde entre pucheros.

    Mafalda se fija en los pies del crío y le explica: —Claro, Guille, te has puesto los zapatos cambiados de pie, al revés.

    Guille, tras un instante para comprobar el hecho indiscutible, comienza a berrear más fuerte. Mafalda le interrumpe: —¿Y ahora? —¡Ahora me duele mi odgullo! Los fracasos son algo connatural al hombre, le siguen como la sombra al cuerpo. Todos nos equivocamos, y normalmente más de lo que creemos. Por eso, cuando los perfeccionistas se derrumban al comprobar que no son perfectos, demuestran con ello ser personas que cuentan poco con la realidad.

    Debemos aprender a darnos cuenta de que no es una tragedia equivocarse, puesto que la calidad humana no está en no fallar, sino en saber reponerse de esos errores.

    A veces tienen en esto bastante culpa los padres. Son peligrosos los padres que crían a sus hijos en la neurosis perfeccionista. Quizá educan a su hijo para que jamás suspenda o jamás rompa un plato, cuando más bien deberían educarle para que se esmere en ser un buen estudiante y procure que no se le caiga el plato, y —sobre todo— para que sepa sacar fuerza de cada error y sea capaz de volver a estudiar con ilusión o de recoger los pedazos del plato roto.

    Porque errores los cometemos todos. La diferencia es que unos sacan de ellos enseñanza para el futuro y humildad, mientras que otros sólo obtienen amargura y pesimismo. Conviene educar a los chicos de modo que tengan capacidad de superar los tropiezos con deportividad.

    Da pena ver a personas inteligentes venirse abajo y abandonar una carrera o una oposición al primer suspenso; a chicos o chicas jóvenes que fracasan en su primer noviazgo y maldicen contra toda la humanidad; a otros que no pueden soportar un pequeño batacazo en su brillante carrera triunfadora en la amistad, o en lo afectivo, o en lo profesional, y se hunden miserablemente: el mayor de los fracasos suele ser dejar de hacer las cosas por miedo a fracasar.

    Constancia Demóstenes perdió a su padre cuando tenía tan sólo siete años. Sus tutores administraron deslealmente su herencia, y el chico, siendo apenas un adolescente, tuvo ya que litigar para reivindicar su patrimonio.

    En uno de los juicios a los que tuvo que asistir, quedó impresionado por la elocuencia del abogado defensor. Fue entonces cuando decidió dedicarse a la oratoria.

    Soñaba con ser un gran orador, pero la tarea no era fácil. Tenía escasísimas aptitudes, pues padecía dislexia, se sentía incapaz de hacer nada de modo improvisado, era tartamudo y tenía poca voz. Su primer discurso fue un completo fracaso: la risa de los asistentes le obligó a interrumpirlo sin poder llegar al final.

    Cuando, abatido, vagaba por las calles de la ciudad, un anciano le infundió ánimos y le alentó a seguir ejercitándose. “La paciencia te traerá el éxito”, le aseguró.

    Se aplicó con más tenacidad aún a conseguir su propósito. Era blanco de mofas continuas por parte de sus contrarios, pero él no se arredró. Para remediar sus defectos en el habla, se ponía una piedrecilla debajo de la lengua y marchaba hasta la orilla del mar y gritaba con todas sus fuerzas, hasta que su voz se hacía oír clara y fuerte por encima del rumor de las olas. Recitaba casi a gritos discursos y poesías para fortalecer su voz, y cuando tenía que participar en una discusión, repasaba una y otra vez los argumentos de ambas partes, sopesando el valor de cada uno de ellos.

    A los pocos años, aquel pobre niño huérfano y tartamudo había profundizado de tal manera en los secretos de la elocuencia que llegó a ser el más brillante de los oradores griegos, pionero de una oratoria formidable que rompía con los estrechos moldes de las reglas retóricas de sus tiempos, y que todavía hoy, 2.300 años después, constituye un modelo en su género.

    Demóstenes es un ejemplo de entre la multitud de hombres y mujeres que a lo largo de la historia han sabido mostrar cuánto es capaz de hacer una voluntad decidida.

    El mundo avanza a remolque de la gente que es perseverante en su empeño. A veces las personas decimos que queremos, pero en realidad no queremos, porque no llegamos a proponérnoslo seriamente. Si acaso, lo intentamos, pero hay mucha diferencia entre un genérico quisiera y un decidido quiero.

    Muchas personas piensan que les es imposible hacer nada con tantos condicionamientos que tienen.

    Beethoven, por ejemplo, estaba casi completamente sordo cuando compuso su obra más excelsa. Dante escribió La Divina Comedia en el destierro, luchando contra la miseria, y empleó para ello treinta años. Mozart compuso su Requiem en el lecho de muerte, afligido de terribles dolores.

    Tampoco Cristóbal Colón habría descubierto América si se hubiera desalentado después de sus primeras tentativas. Todo el mundo se reía de él cuando iba de un sitio a otro pidiendo ayuda económica para su viaje. Le tenían por aventurero, por visionario, pero él se afirmó resueltamente en su propósito.

    Es cierto que no todo el mundo es como esos genios que han pasado a la Historia, y que no se trata de vivir obsesionados por alcanzar grandes metas. Efectivamente. Sin obsesiones, pero sin abandonarse, que bastante rebaja trae ya consigo la vida. Liszt, aquel gran compositor, decía: “Si no hago mis ejercicios un día, lo noto yo; pero si los omito durante tres días, entonces ya lo nota el público”.

    Muchas veces las cosas no salen una y otra vez. No le iría bien al río, dice el refrán, si de todos los huevos saliesen peces grandes. Ni al jardín, si cada flor diese fruto. Tampoco al hombre, si todas sus empresas fueran coronadas por el éxito. La vida es así y hay que aceptarla como es.

    Es preciso transmitir ese talante en la educación. Que no se engañen diciendo que “la suerte es patrimonio de los tontos”, porque es una excusa de fracasados. Que no piensen que son muy listos pero que la vida no les hace justicia, cuando quizá lo que debieran hacer buscar la verdadera razón de su desgracia. Que se acuerden de ese otro refrán: el que quiera lograr algo en la vida, no haga reproches a la suerte, agarre la ocasión por los pelos y no la suelte.

    Lanzarse y perseverar. Audacia y constancia: dos aspectos inseparables que se complementan. Horacio afirmaba que quien ha emprendido el trabajo, tiene ya hecho la mitad. Y se podría completar con aquello otro de Sócrates: comenzar bien no es poco, pero tampoco es mucho.

    Tenacidad Dicen que la muerte blanca —la muerte por congelación— es una muerte dulce: entra una especie de sopor, lleno de sensaciones agradables en las que uno se encuentra, incluso, optimista… y entre dos sueños se escapa el alma. Aquel hombre, Guillaumet, lo sabía. No le costaba nada dejarse estar, recostado sobre el suelo helado, no levantarse después de una caída, decir ¡ya basta, se acabó!, y no volver a intentarlo de nuevo.

    La historia es de Antoine de Saint-Exupéry, en Terre des hommes, donde narra la aventura de un piloto cuyo avión se había estrellado en los Andes, y que tras una increíble travesía apareció destrozado pero vivo, cuando todo el mundo había perdido la esperanza.

    Aquel hombre tenía un montón de razones para dejar de luchar por salvarse: no conocía el camino, era casi seguro que todo aquel sobrehumano esfuerzo no serviría para nada. Estaba solo, perdido, roto de golpes, de fatiga, de cansancio. Derribado a cada paso por la tormenta, en una zona de la que se decía: «Los Andes en invierno, no devuelve a los hombres».

    «He hecho lo que he podido y ya no tengo esperanzas, ¿por qué obstinarse en este martirio?» Le bastaba cerrar los ojos para borrar del mundo las rocas, los hielos y las nieves. Y ya no habría golpes, ni caídas, ni músculos desgarrados, ni hielos abrasadores, ni ese peso de la vida que tenía que arrastrar tan pesadamente.

    Pero Guillaumet piensa en su mujer, en sus hijos, en sus compañeros. ¿Quién podrá mantener a esa familia que le aguarda en algún lugar de Francia si él se para? No, no les podía fallar. Ellos le querían, le esperaban. ¿Qué pasaría si supieran que estaba vivo? «Si mi mujer cree que vivo, cree que camino. Los compañeros creen que camino. Todos tienen confianza en mí, y soy un canalla si no camino.» Cuando volvía a caerse, repetía esas palabras. Cuando las piernas se negaban a avanzar más; cuando los huesos todos de su cuerpo gemían entumecidos por el frío y el cansancio; cuando después de bajar tenía que volver a subir, como en un carrusel que no acababa nunca, volvía a repetir el mismo estribillo: «si creen que vivo, creen que camino, y soy un canalla si no sigo».

    Cuando lo encontraron, su primera frase fue como resumen de su tenacidad extraordinaria: «Lo que hice, te lo juro, ningún animal lo hubiera hecho». Saint-Exupéry lo comenta así en su obra: Ésta es la frase más noble que conozco, una frase que sitúa al hombre, que le honra, que restablece las jerarquías verdaderas.

    Cuando a Guillaumet está exhausto y le abruma saber que es casi imposible que llegue a encontrar a nadie en aquellas montañas, rechaza la voz del agotamiento, que le incita a tirarse al suelo y renunciar. El animal sólo soporta el agotamiento cuando está espoleado por impulsos básicos, como el miedo; sin embargo el hombre ha multiplicado los motivos para sobreponerse y aguantar: los valores que influyen en su conciencia pueden ser sentidos, como sucede a los animales, pero también pueden ser pensados. Cuando los sentimos, sólo experimentamos su atracción o su repulsión; cuando los pensamos, podemos ver lo valioso aunque casi no sintamos nada.

    Lo innovador del hombre, como señala José Antonio Marina, es que puede regir su comportamiento por valores pensados, y no sólo por valores sentidos. Si sólo pudiéramos acomodar nuestra conducta a lo que sentimos, no podríamos hablar de libertad, porque no podríamos dirigir libremente nuestros sentimientos. A pesar de la angustiosa protesta de sus músculos, y de que sólo siente cansancio, Guillaumet puede pensar en otros valores, o recuperar de su memoria los valores vividos en otras ocasiones, y ajustar a ellos su comportamiento. Una vez más, lo espiritual se introduce en lo corporal, lo amplía y lo enriquece.

    La losa de la desesperanza Victor Frankl cuenta cómo los que estuvieron en campos de concentración durante y después de la Segunda Guerra Mundial recuerdan perfectamente a aquellos hombres que iban de barracón en barracón dando consuelo a los demás, brindándoles su ayuda y, muchas veces, dándoles el último trozo de pan que les quedaba.

    Puede que fueran pocos en número, pero ofrecían pruebas suficientes de que al hombre se le puede arrebatar todo, salvo una cosa que es como la última de sus posesiones: la elección de la actitud personal para decidir el propio camino.

    El mensaje de Frankl es claro y esperanzador: por muchas que sean las desgracias que se abatan sobre una persona, por muy cerrado que se presente el horizonte en un momento dado, siempre queda al hombre la libertad inviolable de actuar conforme a sus principios, siempre queda la esperanza.

    ¿Cómo infundir esperanza en uno mismo, en la familia? Hay muchos detalles que pueden contribuir mucho a lograrlo. Por ejemplo:

  • Transmitir un aliento positivo en todo aquello que hacemos. No dejar hundido a nadie. Decir primero lo que va bien, y de lo que va mal hablar sólo lo imprescindible.

  • Quizá tus hijos, por lo que sea, te ven poco: que insufles oxígeno en el poco rato que te vean.
  • Cuida de no caer en un optimismo simplón, que sería un sustitutivo barato de la esperanza. Los optimistas vacíos se van dando golpes contra la realidad. En cambio, los realistas con esperanza saben afrontar con entereza la realidad, porque la esperanza no es un consuelo para niños ni un narcótico para ingenuos.
  • La gente necesita que le digan de vez en cuando que lo ha hecho bien. Es una pena que algunos parezcan como incapaces de hacer un elogio o un cumplido, cuando es algo más importante de lo que parece.

  • Sé previsor para esquivar los males evitables. La esperanza no es una resignación tonta sumada a un optimismo ingenuo: es para trabajar y transformar la realidad y así evitar en lo posible esos males.
  • Afronta con serenidad las contrariedades, los destrozos, los errores de tus hijos. Piensa que incluso quienes han recibido una esmerada formación pueden cometer a veces errores serios. Un descuido ocasional, por tanto, aunque sea grave, no es motivo para la desesperación. Si tu hijo vuelve una noche borracho a casa después de una fiesta, o si tu hija fuma un día marihuana con un grupo de amigotes, el mundo no se acaba ahí. Por supuesto que es grave y hay que actuar con rapidez y decisión, pero todavía hay remedio.

    A veces parece como si los errores acumulados de mucho tiempo tiñeran de negro el futuro, y piensas que todo va a acabar mal. A veces llega un momento en que no encuentras sentido a casi nada, y no te sientes con fuerzas para pasarte la vida luchando sin ver el final del camino…

    Sería estupendo tener luz para ver claro el camino en todos los momentos, todos los días, toda la vida. Sería mucho más bonito, más tranquilizador, sería maravilloso. Pero no siempre se tiene. A lo mejor tenemos luz en un momento determinado, y unas horas después no. Y unos días sí y otros no. Y puede llegar una temporada especialmente oscura. Pero hay que seguir adelante.

    Algunos abandonan su lucha simplemente porque no pueden lograr sus objetivos al ciento por ciento. Les falta esperanza para construir humildemente cada día aunque sea sólo un dos o un tres por ciento de sus planes.

    Haz ese poquito que puedes y procura que en tu casa haga cada uno ese poquito que puede, y cambiarán mucho las cosas en poco tiempo. Teme menos al futuro y pon más coraje en el presente. Es mala política vivir demasiado mediatizado por el pasado o el futuro, tanto si es por amargura como si lo es por añoranza.

    Si es por amargura, convendría recordar aquel adagio ruso que dice que lamentarse por el pasado es como correr en pos del viento. En vez de dar vueltas y más vueltas a ideas recurrentes, en vez de decir que el mundo es un asco, o que todos los hombres son unos egoístas, o que cada uno sólo se preocupa de lo suyo; en vez de eso, vamos a ver si cada uno mejora un poco su propia vida y la de los cuatro o cinco, o quince, o veinte, que tiene a su lado. Menos preguntas, menos quejas y más trabajo.

    Y si es por añoranza, habría que pensar si ese recuerdo del pasado sirve para iluminar el presente o es un torpe refugio sentimental para no hacer frente al día de hoy.

    Otros se desaniman porque ven muy negro su futuro profesional o afectivo. Las cosas no están nada fáciles hoy día… Ante la sombra del no hay futuro, es fácil caer en la tentación de rehuir el esfuerzo cotidiano, de buscar el refugio en unos ratos de disfrute engañosos que siempre se hacen breves, en el embaucamiento de aguantar el paso del tiempo soñando con esos momentos de fuga.

    Así, un estudiante puede pasarse clases enteras pensando en lo que hará el fin de semana, y semanas enteras pensando en la llegada del verano, y años enteros soñando con que la felicidad vendrá con la vida universitaria, o con el comienzo del ejercicio profesional, o con el matrimonio…, o con la jubilación. Y no comprende que el futuro está en el presente.

    Mantenerse firme: aprender a decir que no «Yo quiero mucho a mi hija pequeña —explicaba una mujer bastante sensata en una conversación con otros matrimonios amigos—; y procuro manifestarlo de modo concreto cada día. Pero hay veces en que realmente mi hija se porta mal.

    »Tengo amigas que me dicen que a esa edad nadie se porta mal, sino que hace inocentemente algo que todavía no ha aprendido a saber que está mal. Pero yo no estoy de acuerdo. Aunque sea pequeña, he visto a mi hija comportarse mal y saberlo.

    »Es verdad que son cosas pequeñas, que es malicia sencilla, a su nivel, pero es malicia al fin y al cabo. Son cosas que a nosotros nos parecen de poca entidad, pero que para ella sí tienen importancia. Y por su bien y por el mío tengo que actuar con firmeza, tengo que decirle no, un no bien claro, para que lo comprenda y obedezca enseguida.

    »No tiene por qué suceder con frecuencia, pero cuando sucede hay que hacerle ver que de ninguna manera debe hacer eso. Y que ahí estoy yo dispuesta a mantenerme bien firme. Y si no le gusta lo que hago lo sentiré mucho, y podrá llorar y llorar, y yo pasaré también un mal rato, pero no cederé, porque creo que eso está mal, y hay veces en que hay que trazar una raya en la arena y ella ha de comprender que no debe traspasar esa raya. Y así hasta que por sí misma oiga en su interior la palabra no, y no sólo la que yo le digo.» —¿Y cuando los hijos son ya más mayores?, —preguntó uno de los presentes.

    «Es un poco distinto, pero también hay que aprender a decir que no. ¿Qué hago? Me siento y hablo con él, o con ella. No le doy voces ni le grito. Pero le digo en qué creo y por qué, y no tengo pelos en la lengua. Intento ir al grano. Y yo también escucho con atención, porque a veces con sus razones me han hecho cambiar de opinión. No tengo ningún miedo a cambiar de opinión si me convencen, pero tampoco tengo miedo a emplear la palabra bien y la palabra mal.» —Pero hay temas difíciles, y edades difíciles. Por ejemplo, ¿qué haces para que te escuche en cuestión de sexo? —todos escuchaban con atención, y ella no necesitó mucho tiempo para recoger sus pensamientos y contestar: «Hablo a solas con él, o con ella, y siempre me escucha. No siempre está de acuerdo conmigo, sobre todo al principio, pero al final logramos entendernos casi totalmente. Hay algunas veces en que no lo entiende del todo, pero por lo menos sabe bien que yo deseo que esté de acuerdo conmigo, aunque no lo entienda del todo, es decir, que quiero que confíe en lo que le digo, porque soy su madre y quiero lo mejor para ellos. Y se lo digo así. Lo hago pocas veces, pero a veces lo hago. Le pido que me obedezca en ese asunto concreto, incluso aunque al principio no lo entienda del todo, y aunque sepa que probablemente yo no voy a poder controlarle. Sé que esto parecerá extraño a mucha gente, pero yo le digo a mi hijos adolescentes que hasta que se casen no deben tener relaciones sexuales en ninguna circunstancia, con nadie en absoluto.

    »Mi teoría consiste en hablar con cada hijo, escucharle, intentar persuadirle, pero también a veces —sencillamente— decirle que no. Y no tengo miedo de emplear valores morales, que en la familia hemos tenido siempre.» Escuchando esa conversación, me venían a la memoria, por contraste, unas palabras de la protagonista de aquella novela de Susanna Tamaro: «El remordimiento más grande es el de no haber tenido nunca la valentía de plantarle cara, el de no haberle dicho nunca: “Hija mía, estás equivocada”. Sentía que en sus palabras había unos eslóganes peligrosísimos, cosas que, por su bien, yo hubiera tenido que cortar de cuajo inmediatamente; y, sin embargo, me abstenía de intervenir. Los asuntos de que hablábamos eran esenciales. Lo que me hacía actuar —mejor dicho, no actuar— era la idea de que para ser amada tenía que eludir el choque, simular que era lo que no era.

    »Mi hija era dominante por naturaleza, tenía más carácter que yo, y yo temía el enfrentamiento abierto, tenía miedo de oponerme. Si la hubiese amado verdaderamente habría tenido que indignarme, incluso tratarla a veces con dureza; habría tenido que obligarla a hacer determinadas cosas o a no hacerlas en absoluto. Tal vez era justamente eso lo que ella quería, lo que necesitaba. ¡A saber por qué las verdades elementales son las más difíciles de entender! Si en aquella circunstancia yo hubiese comprendido que la primera cualidad del amor es la fuerza, probablemente los sucesos se habrían desarrollado de otra manera.» El hombre que plantaba árboles Jean Giono escribió hace tiempo un magnífico relato sobre un curioso personaje que conoció en 1913 en un abandonado y desértico rincón de la Provenza. Se trataba de un pastor de 55 años llamado Elzéard Bouffier. Vivía en un lugar donde toda la tierra aparecía estéril y reseca. A su alrededor se extendía un paraje desolado donde vivían algunas familias bajo un riguroso clima, en medio de la pobreza y de los conflictos provocados por el continuo deseo de escapar de allí.

    Aquel hombre se había propuesto regenerar aquella tierra yerma. Y quería hacerlo por un sistema sencillo y a la vez sorprendente: plantar árboles, todos los que pudiera. Había sembrado ya 100.000, de los que habían germinado unos 20.000. De esos, esperaba perder la mitad a causa de los roedores y el mal clima, pero aún así quedarían 10.000 robles donde antes no había nada.

    Diez años después de aquel primer encuentro, aquellos robles eran más altos que un hombre y formaban un bosque de once kilómetros de largo por tres de ancho. Aquel perseverante y concienzudo pastor había proseguido su plan con otras especies vegetales, y así lo confirmaban las hayas, que se encontraban esparcidas tan lejos como la vista podía abarcar. También había plantado abedules en todos los valles donde encontró suficiente humedad. La transformación había sido tan gradual, que había llegado a ser parte del conjunto sin provocar mayor asombro. Algunos cazadores que subían hasta aquel lugar lo habían notado, pero lo atribuían a algún capricho de la naturaleza.

    En 1935, las lomas estaban cubiertas con árboles de más de siete metros de altura. Cuando aquel hombre falleció, en 1947, había vivido 89 años y realmente esos parajes habían cambiado mucho. Todo era distinto, incluso el aire. En vez de los vientos secos y ásperos, soplaba una suave brisa cargada de aromas del bosque. Se habían restaurado las casas. Había matrimonios jóvenes. Aquel lugar se había convertido en un sitio donde era agradable vivir. En las faldas de las montañas había campos de cebada y centeno. Al fondo del angosto valle, las praderas comenzaban a reverdecer. En lugar de las ruinas ahora se extendían campos esmeradamente cuidados. La gente de las tierras bajas, donde el suelo es caro, se había instalado allí, trayendo juventud, movimiento y espíritu de aventura.

    “Cuando pienso –concluía el escritor francés– que un hombre solo, armado únicamente con sus recursos físicos y espirituales, fue capaz de hacer brotar esta tierra de Canáan en el desierto, me convenzo de que, a pesar de todo, la humanidad es admirable; y cuando valoro la inagotable grandeza de espíritu y la benevolente tenacidad que implicó obtener este resultado, me lleno de inmenso respeto hacia ese campesino viejo e iletrado, que fue capaz de realizar un trabajo digno de Dios”.

    Un hombre planta árboles y toda una región cambia. Todos conocemos personas como este hombre, que pasan inadvertidas pero que allá donde están, las cosas tienden a mejorar. Su presencia infunde optimismo y ganas de trabajar. Se sobreponen a contratiempos y dificultades que a otros los desalientan. Poseen una rebeldía constructiva, y sus pequeños o grandes esfuerzos hacen rectificar el rumbo de las vidas de los hombres.

    Como ha escrito Alejandro Llano, hay cosas que no tienen arreglo, y nos cuesta aceptarlas. Y hay otras que sí que tienen arreglo, pero nos hemos convencido de que no lo tienen. Por eso, una de las razones por las que nos cuesta tanto cambiar las cosas que no van bien es porque creemos que no podemos cambiarlas.

    Es preciso tener fe en que el hombre puede transformarse y cambiar, tanto él mismo como el entorno que le rodea. Cada uno debe sembrar con constancia lo que él pueda aportar: su buen humor, su paciencia, su laboriosidad, su capacidad de escuchar y de querer. Podrá parecer poca cosa, pero son elementos que acaban por hacer fértiles los terrenos más áridos.

  • Inteligencia emocional

    • Educar los sentimientos
    • Conocimiento propio
    • Sentimientos de insatisfacción
    • Repertorio emocional
    • Control de la preocupación
    • Empatía
    • Capacidad de demorar la gratificación

    Educar los sentimientos He sabido que cada año, sólo en Francia, se fugan de sus casas cien mil adolescentes, y cincuenta mil intentan suicidarse. Los estragos de las drogas —blandas, duras, naturales o de diseño— son conocidos y lamentados por todos. Parece como si las conductas adictivas fueran casi el único refugio a la desolación de muchos jóvenes. La gente mueve la cabeza horrorizada y piensa que casi nada se puede hacer, que son los signos de los tiempos, un destino inexorable y ciego.

    Sin embargo, se pueden hacer muchas cosas. Y una de ellas, muy importante, es educar mejor los sentimientos. El sentimiento no tiene por qué ser un sentimentalismo vaporoso, blandengue y azucarado. El sentimiento es una poderosa realidad humana, que es preciso educar, pues no en vano los sentimientos son los que con más fuerza habitualmente nos impulsan a actuar.

    Los sentimientos nos acompañan siempre, atemperándonos o destemplándonos. Aparecen siempre en el origen de nuestro actuar, en forma de deseos, ilusiones, esperanzas o temores. Nos acompañan luego durante nuestros actos, produciendo placer, disgusto, diversión o aburrimiento. Y surgen también cuando los hemos concluido, haciendo que nos invadan sentimientos de tristeza, satisfacción, ánimo, remordimiento o angustia.

    Sin embargo, este asunto, de vital importancia en educación, en muchos casos abandonado a su suerte. La confusa impresión de que los sentimientos son una realidad innata, inexorable, oscura, misteriosa, irracional y ajena a nuestro control, ha provocado un considerable desinterés por su educación. Pero la realidad es que los sentimientos son influenciables, moldeables, y si la familia y la escuela no empeñan en ello, será el entorno social quien se encargue de hacerlo.

    Todos contamos con la posibilidad de conducir en bastante grado los sentimientos propios o los ajenos. Con ello cuenta quien trata de enamorar a una persona, o de convencerle de algo, o de venderle cualquier cosa. Desde muy pequeños, aprendimos a controlar nuestras emociones y a también un poco las de los demás. El marketing, la publicidad, la retórica, siempre han buscado cambiar los sentimientos del oyente. Todo esto lo sabemos, y aún así seguimos pensando muchas veces que los sentimientos difícilmente pueden educarse. Y decimos que las personas son tímidas o desvergonzadas, generosas o envidiosas, depresivas o exaltadas, cariñosas o frías, optimistas o pesimistas, como si fuera algo que responde casi sólo a una inexorable naturaleza.

    Es cierto que las disposiciones sentimentales tienen una componente innata, cuyo alcance resulta difícil de precisar. Pero sabemos también la importancia de la primera educación infantil, del fuerte influjo de la familia, de la escuela, de la cultura en que se vive. Las disposiciones sentimentales pueden modelarse bastante. Hay malos y buenos sentimientos, y los sentimientos favorecen unas acciones y entorpecen otras, y por tanto favorecen o entorpecen una vida digna, iluminada por una guía moral, coherente con un proyecto personal que nos engrandece. La envidia, el egoísmo, la agresividad, la crueldad, la desidia, son ciertamente carencias de virtud, pero también son carencias de una adecuada educación de los correspondientes sentimientos, y son carencias que quebrantan notablemente las posibilidades de una vida feliz.

    Educar los sentimientos es algo importante, seguramente más que enseñar matemáticas o inglés. ¿Quién se ocupa de hacerlo? Es triste ver tantas vidas arruinadas por la carcoma silenciosa e implacable de la mezquindad afectiva. La pregunta es ¿a qué modelo sentimental debemos aspirar? ¿cómo encontrarlo, comprenderlo, y después educar y educarse en él? Es un asunto importante, cercano, estimulante y complejo.

    Conocimiento propio Tales de Mileto, aquel pensador de la antigua Grecia que es considerado como el primer filósofo conocido de todos los tiempos, escribió hace 2.600 años que la cosa más difícil del mundo es conocernos a nosotros mismos, y la más fácil hablar mal de los demás.

    Y en el templo de Delfos podía leerse aquella famosa inscripción socrática —gnosei seauton: conócete a ti mismo—, que recuerda una idea parecida.

    Conocerse bien a uno mismo representa un primer e importante paso para lograr ser artífice de la propia vida, y quizá por eso se ha planteado como un gran reto para el hombre a lo largo de los siglos.

    Conviene preguntarse con cierta frecuencia (y buscando la objetividad): ¿cómo es mi carácter? Porque es sorprendente lo beneficiados que resultamos en los juicios que hacen nuestros propios ojos. Casi siempre somos absueltos en el tribunal de nuestro propio corazón, aplicando la ley de nuestros puntos de vista, dejando la exigencia para los demás. Incluso en los errores más evidentes encontramos fácilmente multitud de atenuantes, de eximentes, de disculpas, de justificaciones.

    Si somos así, y parecemos ciegos para nuestros propios defectos, ¿cómo se puede mejorar? Mejoraremos procurando conocernos. Mejoraremos escuchando de buen grado la crítica constructiva que nos vayan haciendo con cualquier ocasión. Pero a eso se aprende sólo cuando uno es capaz de decirse a sí mismo las cosas, cuando es capaz de cantarle las verdades a uno mismo. Procura conocer cuáles son tus defectos dominantes. Procura sujetar esa pasión desordenada que sobresale de entre las demás, pues así es más fácil después vencer las restantes.

    Para uno, su vicio capital será la búsqueda permanente de la comodidad, porque huye del trabajo con verdadero terror; para otro, quizá su mal genio o su amor propio exagerado, o su testarudez; para un tercero, a lo mejor su principal problema es la superficialidad o la frivolidad de sus planteamientos. Piénsalo. Cada uno de tus defectos es un foco de deterioro de tu carácter. Si no los vences a tiempo, si no les pones coto, te puede salir mal la partida de la vida.

    Quizá lo que hace más delicada la formación del carácter es precisamente el hecho de que se trata de una tarea que requiere años, decenas de años. Ésa es su principal dificultad.

    Toth comparaba este trabajo a la formación de un cristal a partir de una disolución saturada que se va desecando. Las moléculas van ordenándose lentamente conforme a unas misteriosas leyes, en un proceso que puede durar horas, meses, o muchos años. Los cristales se van haciendo cada vez mayores y constituyendo formas geométricas perfectas, según su naturaleza…, siempre que, claro está, ningún agente externo estorbe la marcha de ese lento y delicado proceso de cristalización. Porque un estorbo puede hacer que acabe, en vez de en un magnífico cristal, en una simple agregación de pequeños cristales contrahechos.

    Puede ser ése el principal error de muchos jóvenes, o quizá de sus padres. Pensar que aquellos reiterados estorbos en el camino de la delicada cristalización de su espíritu eran algo sin importancia. Y cuando advirtieron que habían cuajado en un carácter torcido y contrahecho, poco remedio quedaba ya.

    ¿Hay entonces en el carácter cosas que no tienen remedio? Siempre estamos a tiempo de reconducir cualquier situación. Ninguna, por terrible que fuera, determina un callejón sin salida. Pero no debe ignorarse que hay tropiezos que dejan huella, que suponen todo un trecho equivocado cuesta abajo que hay que desandar penosamente.

    Piensa en esas malas costumbres, en esa terquedad que cuando eras niño resultaba graciosa y ahora se ha vuelto más espinosa y más dura. Piensa en cómo dominas tu genio, en cómo soportas la contrariedad. Piensa si no eres un cardo. Porque cardos surgen en todas las almas y es cuestión de saber eliminarlos cuando aún están tiernos. Esa solicitud y esa lucha continua es la educación.

    Procura ver las cosas buenas de los demás, que siempre hay. Y cuando veas defectos, o algo que te parece a ti que son defectos, piensa si no los hay —esos mismos— también en tu vida. Porque a veces vemos:

  • a un quejica que se queja de que los demás se quejan;
  • a un charlatán agotador que protesta porque otro habla demasiado;
  • a uno que es muy individualista en el fútbol y luego se queja de que no le pasan el balón;
  • que recrimina agriamente los errores a sus compañeros y luego resulta que él falla más que nadie;
  • al típico personaje irascible que se rasga las vestiduras ante el mal genio de los demás.

    ¿Por qué? Quizá sea efectivamente porque —no se sabe en virtud de qué misteriosa tendencia— proyectamos en los demás nuestros propios defectos.

    El conocimiento propio también es muy útil para aprender a tratar a los demás. Hay, por ejemplo, padres impacientes a quienes con frecuencia se les escuchan frases como “le he dicho a esta criatura por lo menos cuarenta veces que…, y no hay manera”. Y cabría preguntarse: bien, pero ¿y tú? ¿No te sucede a ti que te has propuesto también cuarenta veces muchas cosas que luego nunca logras hacer? ¿No podemos entonces exigir nada a los hijos porque nosotros somos peor que ellos…? No, por supuesto. Pero cuando alguien es consciente de sus propios defectos, la tarea de educar se ve muchas veces como una tarea que tiene bastante de compañerismo. Y se celebra el triunfo del otro y se sabe disculpar y disimular la derrota, porque se confía en que le llegarán también tiempos de victoria. Por eso no viene mal tener en la cabeza nuestros fallos y nuestros errores a la hora de corregir, para saber conjugar bien la exigencia con la comprensión.

    Sentimientos de insatisfacción Se dice que los dinosaurios se extinguieron porque evolucionaron por un camino equivocado: mucho cuerpo y poco cerebro, grandes músculos y poco conocimiento.

    Algo parecido amenaza al hombre que desarrolla en exceso su atención hacia el éxito material, mientras su cabeza y su corazón quedan cada vez más vacíos y anquilosados. Quizá gozan de un alto nivel de vida, poseen notables cualidades, y todo parece apuntar a que deberían sentirse muy dichosos; sin embargo, cuando se ahonda en sus verdaderos sentimientos, con frecuencia se descubre que se sienten profundamente insatisfechos. Y la primera paradoja es que ellos mismos muchas veces no saben explicar bien por qué motivo.

    En algunos casos, esa insatisfacción proviene de una dinámica de consumo poco moderado. Llega un momento en que comprueban que el afán por poseer y disfrutar cada día de más cosas sólo se aplaca fugazmente con su logro, y ven cómo de inmediato se presentan nuevas insatisfacciones ante tantas otras cosas que aún no se poseen. Es una especie de tiranía (que ciertas modas y usos sociales facilitan que uno mismo se imponga), y hace falta una buena dosis de sabiduría de la vida para no caer en esa trampa (o para salir de ella), y evitarse así mucho sufrimiento inútil.

    En otras personas, la insatisfacción proviene de la mezquindad de su corazón. Aunque a veces les cueste reconocerlo, se sienten avergonzadas de la vida que llevan, y si profundizan un poco en su interior, descubren muchas cosas que les hacen sentirse a disgusto consigo mismas (y eso les lleva con frecuencia a maltratar a los demás, por aquello de que quien la tiene tomada consigo mismo, la acaba tomando con los demás).

    En cambio, quien ha sabido seguir un camino de honradez y de verdad, desoyendo las mil justificaciones que siempre parecen encubrir cualquier claudicación (“lo hace todo el mundo”, “se trata sólo de una pequeña concesión excepcional”, “no hago daño a nadie”, etc.), quien logra mantener la rectitud y rechazar esas justificaciones, se sentirá habitualmente satisfecho, porque no hay nada más ingrato que convivir con uno mismo cuando se es un ser mezquino.

    Otras veces, la insatisfacción se debe a algún sentimiento de inferioridad. Otras, tiene su origen en la incapacidad para lograr dominarse a uno mismo, como sucede a esas personas que son arrolladas por sus propios impulsos de cólera o agresividad, por la inmoderación en la comida o la bebida, etc., y después, una vez recobrado el control, se asombran, se arrepienten y sienten un profundo rechazo de sí mismas.

    También las manías son una fuente de sentimientos de insatisfacción. Si se deja que arraiguen, pueden llegar a convertirse en auténticas fijaciones que dificultan llevar una vida psicológicamente sana. Además, si no se es capaz de afrontarlas y superarlas, con el tiempo tienden a extenderse y multiplicarse.

    Algo parecido podría decirse de las personas que viven dominadas por sentimientos relacionados con la soledad, de los que suele costar bastante salir, unas veces por una actitud orgullosa (que les impide afrontar el aislamiento que padecen y se resisten a aceptar que estén realmente solas), otras porque no saben adónde acudir para ampliar su entorno de amistades, y otras porque les falta talento para relacionarse.

    Incluso personas con una intensa vida social también pueden sentirse a veces muy solas e insatisfechas: quizá porque su exuberante actividad puede ser superficial y encubrir una soledad mal resuelta; o porque sus contactos y relaciones pueden estar mantenidos casi exclusivamente por interés; o porque son personas de fama o de éxito, y perciben ese trato social como poco personal, o como adulación; etc. Y también puede suceder lo contrario, y una soledad puede ser sólo aparente: hay personas que creen importar poco a los demás, y un buen día sufren algo más extraordinario y se sorprenden de la cantidad de personas que les ofrecen su ayuda (la satisfacción que sienten entonces da una idea de la importancia de estar cerca de quien pasa por un momento de mayor dificultad).

    En cualquier caso, saber de dónde provienen los sentimientos de insatisfacción es decisivo para abordarlos con acierto y así gobernar con eficacia la propia vida afectiva.

    Repertorio emocional Para establecer una relación positiva con los demás, y poder así decirse las cosas de forma fluida y sin acritud, es preciso cultivar toda una serie de capacidades destinadas a combatir la negatividad y a establecer una relación no defensiva con los demás.

    El principal obstáculo es que probablemente en nuestro interior tenemos grabadas unas respuestas emocionales negativas que no es fácil cambiar de la noche a la mañana. Por eso hemos de poner esfuerzo en familiarizarnos con respuestas emocionales más positivas, de modo que, con el tiempo, las vayamos evocando de forma más natural y espontánea, en la medida que las incorporemos más a nuestro repertorio emocional. Algunos ejemplos de esas capacidades emocionales pueden ser los siguientes: Tranquilizarse a uno mismo, pues al enfadamos perdemos bastante de nuestra capacidad de escuchar, pensar y hablar con claridad, y la excitación del enfado tiende a generar un enfado mayor si uno no se da un tiempo muerto hasta lograr tranquilizarse.

    Desintoxicarse de pensamientos negativos hipercríticos, que suelen ser los principales desencadenantes de conflictos. Cuando logramos darnos cuenta de que nos embargan pensamientos de ese tipo, y nos decidimos a hacerles frente, el problema suele estar ya casi resuelto.

    Escuchar y hablar de modo que nuestras palabras no despierten la defensividad del interlocutor, es decir, que no las perciba como críticas u hostiles. De modo análogo, hemos de esforzarnos en escuchar a los demás sin interpretar como un ataque lo que quizá es una simple queja o una observación bienintencionada.

    Detectar temas, momentos o situaciones de hipersensibilidad. Si observamos una actitud de defensividad en una determinada persona, será una manifestación clara de que el tema que se está tratando reviste importancia para ella (y que por tanto conviene andarse con especial tacto), o que en ese momento está alterada por algo, o que hay alguna razón por la que nuestra relación con esa persona se ha dañado, en poco o en mucho. Por ejemplo, si observamos que le ha contrariado que interrumpamos una explicación suya, podemos terciar, sin acritud, diciendo: “perdona, que te he interrumpido; di lo que ibas a decir”.

    Centrarse en los temas, sin enredarse en detalles nimios o en cuestiones colaterales que entorpecen el diálogo.

    No derivar hacia el ataque personal. Siempre es mejor, por ejemplo, decir un “me ha molestado que llegues tarde y no me hayas avisado”, que soltar un “eres un desconsiderado y un egoísta”.

    Disculparnos cuando advirtamos que nos hemos equivocado, y asumir con sencillez la responsabilidad que nos corresponda por nuestros errores.

    Procurar reflejar el estado emocional del interlocutor. Si, por ejemplo, alguien nos expresa una queja o una preocupación que le cuesta manifestar, hemos de procurar reflejar que nos hacemos cargo de lo que siente en ese momento.

    Ser generosos en el reconocimiento de los méritos de los demás, y no escamotear, cuando sea oportuno, los elogios razonables que destaquen y alaben explícitamente las cualidades del otro.

    Control de la preocupación Por lo general, la espiral de la preocupación, y con ella, la de la ansiedad, entorpece de tal modo el funcionamiento intelectual que pueden llegar a disminuir seriamente su rendimiento personal.

    Bastantes estudiantes, por ejemplo, son muy proclives a preocuparse y caer en estados de ansiedad, y esto afecta negativamente a sus resultados académicos.

    Mientras, a otros, el estado de preocupación, por ejemplo ante un examen, estimula su intensidad en el estudio, y gracias a eso logran un rendimiento mucho mayor.

    Ésa es la cuestión que conviene analizar: por qué a unos les estimula y a otros les paraliza.

    Según unos amplios estudios realizados por Richard Alpert, la diferencia entre unos y otros está en la forma de abordar esa sensación de inquietud que les invade ante la inminencia de un examen. A unos, la misma excitación y el interés por hacer bien el examen les lleva a prepararse y a estudiar con más seriedad; en otros casos, sin embargo, cuando se trata de personas ansiosas, sus pensamientos negativos (del estilo de «no seré capaz de aprobar», «se me dan mal este tipo de exámenes», «no sirvo para las matemáticas», etc.) sabotean sus esfuerzos, y la excitación interfiere con el discurso mental necesario para el estudio y enturbia después su claridad también durante la realización del examen.

    Las preocupaciones que tiene una persona mientras hace un examen reducen los recursos mentales disponibles para hacerlo bien. En ese sentido, si estamos demasiado preocupados por suspender, dispondremos de mucha menos atención para discurrir sobre lo que nos han preguntado y expresar una respuesta adecuada. Es así como las preocupaciones acaban convirtiéndose en profecías autocumplidas que conducen al fracaso.

    En cambio, quienes controlan sus emociones pueden utilizar esa ansiedad anticipatoria —ante la cercanía de un examen, o de dar una conferencia, o de acudir a una entrevista importante— para motivarse a sí mismos, prepararse adecuadamente y, en consecuencia, hacerlo mejor.

    Se trata de encontrar un punto medio —volvemos aquí de nuevo a la necesidad de un equilibrio— entre la ansiedad y la apatía, pues el exceso de ansiedad lastra el esfuerzo por hacerlo bien, pero la ausencia completa de ansiedad —en el sentido de indolencia, se entiende— genera apatía y desmotivación.

    Por eso, un cierto entusiasmo —incluso algo de euforia en algunas ocasiones— resulta muy positivo en la mayoría de las tareas humanas, sobre todo para las de tipo más creativo. Pero cuando la euforia crece demasiado o se descontrola, se convierte en un estado en el que la agitación socava toda capacidad de pensar de un modo lo suficientemente coherente como para que las ideas fluyan con acierto y realismo.

    Los estados de ánimo positivos aumentan la capacidad de pensar con flexibilidad y sensatez ante cuestiones complejas, y hacen más fácil encontrar soluciones a los problemas, tanto de tipo especulativo como de relaciones humanas. Por eso, una forma de ayudar a alguien a abordar con acierto sus problemas es procurar que se sienta alegre y optimista. Las personas bienhumoradas gozan de una predisposición que les lleva a pensar de una forma más abierta y positiva, y gracias a eso poseen una capacidad de tomar decisiones notablemente mejor.

    Los estados de ánimo negativos, en cambio, sesgan nuestros recuerdos en una dirección negativa, haciendo más probable que nos retiremos hacia decisiones más apocadas, temerosas y suspicaces.

    Empatía Es la hora del recreo en la guardería y un grupo de niños está corriendo por el patio. Varios tropiezan, y uno de ellos se hace daño en una rodilla y comienza a llorar. Todos los demás siguen con sus juegos, sin prestarle atención…, excepto Roger.

    Roger se detiene junto a él, le observa, espera a que se calme un poco, y después se agacha, frota con la mano su propia rodilla y comenta, con un tono comprensivo y conciliador: “¡vaya, yo también me he hecho daño!” Esta escena es observada por un equipo investigador que dirigen Tomas Hatch y Howard Gardner, en una escuela norteamericana.

    Al parecer, Roger tiene una extraordinaria habilidad para reconocer los sentimientos de sus compañeros de guardería y para establecer un contacto rápido y amable con ellos. Fue el único que se dio cuenta del estado y el sufrimiento de su compañero, y también fue el único que trató de consolarle, aunque sólo pudiera ofrecerle su propio dolor: un gesto que denota una habilidad especial para las relaciones humanas y que, en el caso de un preescolar, augura la presencia de un conjunto de talentos que irán floreciendo a lo largo de su vida.

    Al término de su estudio sobre el comportamiento infantil en la escuela, estos investigadores propusieron una serie de habilidades que reflejan el talento social de una persona:

  • Capacidad de liderazgo, es decir, de movilizar y coordinar los esfuerzos de un grupo de personas. Es una capacidad que se apunta ya en el patio del colegio, cuando en el recreo surge un niño o una niña —siempre los hay— que decide a qué jugarán, y cómo; y que pronto acaba siendo reconocido por todos como líder del grupo.
  • Capacidad de negociar soluciones, o sea, de mediar entre las personas para evitar la aparición de conflictos o para solucionar los ya existentes. Son los niños —también los hay siempre— que suelen resolver las pequeñas disputas que se producen en el patio de recreo.

  • Capacidad de establecer conexiones personales, esto es, de dominar el sutil arte de las relaciones humanas que requieren la amistad, el amor o el trabajo en equipo. Es la habilidad que acabamos de señalar en Roger: son esos niños que saben llevarse bien con todos, que saben reconocer el estado emocional de los demás, y que suelen ser por ello muy queridos por sus compañeros.
  • Capacidad de análisis social, es decir, de detectar e intuir los sentimientos, motivos e intereses de las personas. Son los niños que desde muy pronto se sitúan sobre cómo son los demás compañeros o profesores, y demuestran una intuición muy notable.

    El conjunto de esas habilidades —que, insistimos, son al tiempo innatas y adquiridas— constituye la materia prima de la inteligencia interpersonal, y es el ingrediente fundamental del encanto, del éxito social y del carisma personal. Habilidades que reportan una indudable ventaja en la vida familiar, en la amistad, en el mundo laboral o en muchos otros ámbitos de la existencia.

    Como ha señalado Daniel Goleman, esas personas socialmente inteligentes saben controlar la expresión de sus emociones, conectan más fácilmente con los demás, captan enseguida sus reacciones y sentimientos, y gracias a eso pueden reconducir o resolver los conflictos que aparecen siempre en cualquier interacción humana. Muchos son también líderes naturales, que saben expresar los sentimientos colectivos latentes y guiar a un grupo hacia el logro de sus objetivos. Son, en cualquier caso, el tipo de personas con quienes a los demás les gusta estar porque hacen siempre aportaciones constructivas y transmiten buen humor y sentido positivo.

    Capacidad de demorar la gratificación En la década de los sesenta, Walter Mischel llevó a cabo desde la Universidad de Stanford una investigación con preescolares de cuatro años de edad, a los que planteaba un sencillo dilema: «Ahora debo marcharme y regresaré dentro de veinte minutos. Si quieres, puedes tomarte esta chocolatina, pero si esperas a que yo vuelva, te daré dos.» Aquel dilema resultó ser un auténtico desafío para los chicos de esa edad. Se planteaba en ellos un fuerte debate interior: la lucha entre el impulso a tomarse la chocolatina y el deseo de contenerse para lograr más adelante un objetivo mejor.

    Era una lucha entre el deseo primario y el autocontrol, entre la gratificación y su demora. Una lucha de indudable trascendencia en la vida de cualquier persona, pues no puede olvidarse que tal vez no hay habilidad psicológica más esencial que la capacidad de resistir el impulso. Resistir el impulso es el fundamento de cualquier tipo de autocontrol emocional, puesto que toda emoción supone un deseo de actuar, y es evidente que no siempre ese deseo será oportuno.

    El caso es que Walter Mischel llevó a cabo su estudio, y efectuó un seguimiento de esos mismos chicos durante más de quince años.

    En la primera prueba, comprobó que aproximadamente dos tercios de esos niños de cuatro años de edad fueron capaces de esperar lo que seguramente les pareció una eternidad, hasta que volvió el experimentador. Pero otros, más impulsivos, se abalanzaron sobre la chocolatina a los pocos segundos de quedarse solos en la habitación.

    Además de comprobar lo diferente que era entre unos y otros la capacidad de demorar la gratificación y, por tanto, el autocontrol emocional, una de las cosas que más llamó la atención al equipo de experimentadores fue el modo en que aquellos chicos soportaron la espera: volverse para no ver la chocolatina, cantar o jugar para entretenerse, o incluso intentar dormirse.

    Pero lo más sorprendente vino unos cuantos años después, cuando pudieron comprobar que la mayor parte de los chicos y chicas que en su infancia habían logrado resistir aquella espera, luego en su adolescencia eran notablemente más emprendedores, equilibrados y sociables.

    Aquel estudio comparativo revelaba que —en términos de conjunto— quienes en su momento superaron la prueba de la chocolatina fueron luego, diez o doce años después, personas mucho menos proclives a desmoralizarse, más resistentes a la frustración, y más decididos y constantes.

    Como es natural, no es que el futuro esté ya predeterminado para cada persona desde su nacimiento, entre otras cosas porque no puede olvidarse que a los cuatro años se ha recibido ya mucha educación. Hay, sin duda, toda una herencia genética, un temperamento innato que influye bastante, pero no es ése el factor principal. Un niño de cuatro años puede haber aprendido a ser obediente o desobediente, disciplinado o caprichoso, ordenado o desordenado, como bien puede atestiguar, por ejemplo, cualquier padre o madre de familia, o cualquier persona que trabaje en un preescolar.

    Es indudable que el tipo de educación que había recibido cada uno de esos chicos influyó sin duda decisivamente en el resultado de aquella prueba de las chocolatinas. Por eso, más que alentar oscuros determinismos ya cerrados desde la infancia, o viejas tesis conductistas, lo que aquella investigación vino a resaltar es cómo las aptitudes que despuntan tempranamente en la infancia suelen florecer más adelante, en la adolescencia o en la vida adulta, dando lugar a un amplio abanico de capacidades emocionales: la capacidad de controlar los impulsos y demorar la gratificación, aprendida con naturalidad desde la primera infancia, constituye una facultad fundamental, tanto para cursar una carrera como para ser una persona honrada o tener buenos amigos.

    Es cierto que, en aquella prueba de las chocolatinas, habría sido quizá más acertado proponer una prueba que destacara esa capacidad de demorar la gratificación de un modo más positivo, menos material. En todo caso, sirve para mostrar cómo los chicos de cuatro años poseen ya importantes capacidades emocionales (como percibir la conveniencia de reprimir un impulso, o saber desviar su atención de la tentación presente), y que educarles en esas capacidades será de gran ayuda para su desarrollo futuro.

    La capacidad de resistir los impulsos, demorando o eludiendo una gratificación para alcanzar otras metas —ya sea aprobar un examen, levantar una empresa o mantener unos principios éticos—, constituye una parte esencial del gobierno de uno mismo. Y todo lo que en la tarea de educación —o de autoeducación— pueda hacerse por estimular esa capacidad será de una gran trascendencia.

  • Sobreponerse a la dificultad

    • Los golpes de la vida
    • Aprender a fracasar
    • La prueba del dolor
    • Rehuir el esfuerzo
    • La esclavitud de la pereza
    • Éxitos y fracasos
    • El espejo de los deseos
    • Reacciones inteligentes

    Los golpes de la vida William Shakespeare dejó escrito que no hay otro camino para la madurez que aprender a soportar los golpes de la vida.

    Porque la vida de cualquier hombre, lo quiera o no, trae siempre golpes. Vemos que hay egoísmo, maldad, mentiras, desagradecimiento. Observamos con asombro el misterio del dolor y de la muerte. Constatamos defectos y limitaciones en los demás, y lo constatamos igualmente cada día en nosotros mismos.

    Toda esa dolorosa experiencia es algo que, si lo sabemos asumir, puede ir haciendo crecer nuestra madurez interior. La clave es saber aprovechar esos golpes, saber sacar todo el oculto valor que encierra aquello que nos contraría, lograr que nos mejore aquello que a otros les desalienta y les hunde.

    ¿Y por qué lo que a unos les hunde a otros les madura y les hace crecerse? Depende de cómo se reciban esos reveses. Si no se medita sobre ellos, o se medita pero sin acierto, sin saber abordarlo bien, se pierden excelentes ocasiones para madurar, o incluso se produce el efecto contrario. La falta de conocimiento propio, la irreflexión, el victimismo, la rebeldía inútil, hacen que esos golpes duelan más, que nos llenen de malas experiencias y de muy pocas enseñanzas.

    La experiencia de la vida sirve de bien poco si no se sabe aprovechar. El simple transcurso de los años no siempre aporta, por sí solo, madurez a una persona. Es cierto que la madurez se va formando de modo casi imperceptible en una persona, pero la madurez es algo que se alcanza siempre gracias a un proceso de educación —y de autoeducación—, que debe saber abordarse.

    La educación que se recibe en la familia, por ejemplo, es sin duda decisiva para madurar. Los padres no pueden estar siempre detrás de lo que hacen sus hijos, protegiéndoles o aconsejándoles a cada minuto. Han de estar cercanos, es cierto, pero el hijo ha de aprender a enfrentarse a solas con la realidad, ha de aprender a darse cuenta de que hay cosas como la frustración de un deseo intenso, la deslealtad de un amigo, la tristeza ante las limitaciones o defectos propios o ajenos…, son realidades que cada uno ha de aprender poco a poco a superar por sí mismo. Por mucho que alguien te ayude, al final siempre es uno mismo quien ha de asumir el dolor que siente, y poner el esfuerzo necesario para superar esa frustración.

    Una manifestación de inmadurez es el ansia descompensada de ser querido. La persona que ansía intensamente recibir demostraciones de afecto, y que hace de ese afán vehemente de sentirse querido una permanente y angustiosa inquietud en su vida, establece unas dependencias psicológicas que le alejan del verdadero sentido del afecto y de la amistad. Una persona así está tan subordinada a quienes le dan el afecto que necesita, que acaba por vaciar y hasta perder el sentido de su libertad.

    Saber encajar los golpes de la vida no significa ser insensible. Tiene que ver más con aprender a no pedir a la vida más de lo que puede dar, aunque sin caer en un conformismo mediocre y gris; con aprender a respetar y estimar lo que a otros les diferencia de nosotros, pero manteniendo unas convicciones y unos principios claros; con ser pacientes y saber ceder, pero sin hacer dejación de derechos ni abdicar de la propia personalidad.

    Hemos de aprender a tener paciencia. A vivir sabiendo que todo lo grande es fruto de un esfuerzo continuado, que siempre cuesta y necesita tiempo. A tener paciencia con nosotros mismos, que es decisivo para la propia maduración, y a tener paciencia con todos (sobre todo con los tenemos más cerca).

    Y podría hablarse, por último, de otro tipo de paciencia, no poco importante: la paciencia con la terquedad de la realidad que nos rodea. Porque si queremos mejorar nuestro entorno necesitamos armarnos de paciencia, prepararnos para soportar contratiempos sin caer en la amargura. Por la paciencia el hombre se hace dueño de sí mismo, aprende a robustecerse en medio de las adversidades. La paciencia otorga paz y serenidad interior. Hace al hombre capaz de ver la realidad con visión de futuro, sin quedarse enredado en lo inmediato. Le hace mirar por sobreelevación los acontecimientos, que toman así una nueva perspectiva. Son valores que quizá cobran fuerza en nuestro horizonte personal a medida que la vida avanza: cada vez valoramos más la paciencia, ese saber encajar los golpes de la vida, mantener la esperanza y la alegría en medio de las dificultades.

    Aprender a fracasar El éxito es aprender a ir de fracaso en fracaso sin desesperarse, decía el conocido estadista e historiador británico Winston Churchill.

    Nadie puede decir que no fracasa nunca, o que fracasa pocas veces. El fracaso es algo que va ligado a la limitación de la condición humana, y lo normal es que todos los hombres lo constaten con frecuencia cada día. Por eso, los que puede decirse que triunfan en la vida no es porque no fracasen nunca, o lo hagan muy pocas veces: si triunfan es porque han aprendido a superar esos pequeños y constantes fracasos que van surgiendo, se quiera o no, en la vida de todo hombre normal. Los que, por el contrario, fracasan en la vida son aquellos que con cada pequeño fracaso, en vez de sacar experiencia, se van hundiendo un poco más.

    Triunfar es aprender a fracasar. El éxito en la vida viene de saber afrontar las inevitables faltas de éxito del vivir de cada día. De esta curiosa paradoja depende en mucho el acierto en el vivir. Cada frustración, cada descalabro, cada contrariedad, cada desilusión, lleva consigo el germen de una infinidad de capacidades humanas desconocidas, sobre las que los espíritus pacientes y decididos han sabido ir edificando lo mejor de sus vidas.

    Las dificultades de la vida juegan, en cierta manera, a nuestro favor. El fracaso hace lucir ante uno mismo la propia limitación y, al tiempo, nos brinda la oportunidad de superarnos, de dar lo mejor de nosotros mismos. Es así, en medio de un entorno en el que no todo nos viene dado, como se como se va curtiendo el carácter, como va adquiriendo fuerza y autenticidad.

    Sería una completa ingenuidad dejar que la vida se diluyera en una desesperada búsqueda de algo tan utópico como es el deseo de permanecer en un estado de euforia permanente, o de continuos sentimientos agradables. Quien pensara así, estaría casi siempre triste, se sentiría desgraciado, y los que le rodeen probablemente acabarían estándolo también.

    Como decía G. von Le Fort, “hay una dicha clara y otra oscura, pero el hombre incapaz de saborear la oscura, tampoco es capaz de saborear la clara”. O como decía Quevedo, “el que quiere de esta vida todas las cosas a su gusto, tendrá muchos disgustos”.

    Por eso, en la tarea de educar el propio carácter, o el de los hijos, es muy importante no caer en ninguna especie de neurosis perfeccionista.

    Porque errores los cometemos todos. La diferencia es que unos sacan de ellos enseñanza para el futuro y humildad, mientras que otros sólo obtienen amargura y pesimismo. El éxito, volvemos a repetir, está en la capacidad de superar los tropiezos con deportividad.

    Da pena ver a personas inteligentes venirse abajo y abandonar una carrera o una oposición al primer suspenso; a chicos o chicas jóvenes que fracasan en su primer noviazgo y maldicen contra toda la humanidad; a aquellos otros que no pueden soportar un pequeño batacazo en su brillante carrera triunfadora en la amistad, o en lo afectivo, o en lo profesional, y se hunden miserablemente: el mayor de los fracasos suele ser dejar de hacer las cosas por miedo a fracasar.

    La prueba del dolor «Yo siempre he sido considerado en mi ambiente profesional —me decía no hace mucho un viejo amigo— como una persona muy exigente. Me he exigido siempre mucho a mí mismo y he exigido también siempre mucho a los demás.

    »Me costaba mucho comprender que había gente a la que no le era posible seguir mi ritmo, y a veces, tengo que reconocerlo, los maltrataba. Y en casa me pasaba un poco igual. Echaba en cara las cosas a mi mujer y a mis hijos con muy poca consideración.

    »Y tuvo que venir la enfermedad, y luego aquellos problemas serios en el trabajo, para que empezara a entender que la vida no era tan simple como yo me la había planteado.

    »La verdad es que he funcionado siempre como un triunfador, rebosante de salud y de éxito profesional, y sin darme casi cuenta menospreciaba a los demás. Pensaba que si ellos no lograban lo que lograba yo, era simplemente porque a ellos no les daba la gana esforzarse como yo lo hacía.

    »Pensaba así hasta que empecé a sentir en mis carnes todo ese sufrimiento, a notar en mi vida el peso de esa carga: fue entonces cuando comencé a reparar en que los demás también sufrían, que en la vida hay mucho sufrimiento de muchas personas. Y comprendí que pasar sin consideración por delante de ese dolor es algo realmente indigno.

    »He empezado a dormir mal, y ahora tengo mucho tiempo para pensar. Al principio me enfadaba, pero pronto me di cuenta de que con pataleos no arreglas nada: ni te duermes, ni resuelves lo que te preocupa. Es curioso, pero antes yo era muy irascible, y ahora en cambio me he vuelto bastante sereno y comprensivo. Creo que esto que me ha pasado ha marcado como una nueva etapa en mi vida.

    »A mí, el dolor me ha curtido el alma, me ha hecho entender un poco mejor a los demás. Antes, yo apenas había tenido problemas serios, y juzgaba a los demás con dureza y frialdad. Ahora, todo lo veo de modo distinto. Ya no grito a mi secretaria ni me peleo con mi mujer o mis hijos.» Recordando el relato de aquel joven y brillante ejecutivo, pensaba en el distinto modo en que reciben las personas el dolor. En cómo a unos les mejora, y a otros, en cambio, les desespera. Y pensaba en la enseñanza que esta persona obtuvo: que hay que comprender mejor a la gente, pues quienes nos rodean son personas que también sufren, y eso siempre es duro; y que hay gente que lo pasa mal —y quizá en parte por culpa nuestra—, y que todo hombre debiera detenerse siempre junto al sufrimiento de otro hombre, y hacer lo posible por remediarlo.

    El dolor es una escuela en donde se forman en la misericordia los corazones de los hombres. Una escuela que nos brinda la oportunidad de curarnos un poco de nuestro egoísmo e inclinarnos un poco más hacia los demás. Nos hace ver la vida de una manera especial, nos muestra un perfil más profundo de las cosas.

    El dolor nos lleva a reflexionar, a preguntarnos por el sentido que tiene todo lo que sucede a nuestro alrededor. El hombre, al recibir la visita del dolor, vive una prueba dentro de sí: es como un pellizco que detiene el curso normal de su vida, como un parón que le invita a reflexionar. Por eso se ha dicho que toda filosofía y toda reflexión profunda adquiere una especial lucidez en la cercanía del dolor y de la muerte.

    El dolor, si se sabe asumir, advierte al hombre del error de las formas de vida superficiales, ayuda al hombre a no alejarse de los demás, a no arrellanarse en su egoísmo. El dolor nos vuelve más comprensivos, más tolerantes, nos va curando de nuestra intransigencia, nos perfecciona. Es, además, una realidad que llega a todo hombre y que por tanto, en cierto sentido —como ha señalado Enrique Rojas—, conduce a una suerte de fraternización universal, ya que iguala a todos por el mismo rasero.

    Lo que hace feliz la vida del hombre no es la ausencia del dolor, entre otras cosas porque se trata de algo imposible. La vida no puede diseñarse desde una filosofía infantil que quisiera permanecer ajena al misterio de la presencia del dolor o del mal en el mundo. Y enfadarse o escandalizarse ante esa realidad no conduce a ninguna parte. Aprender a convivir con el dolor, aprender a tolerar lo malo inevitable, es una sabiduría fundamental para vivir con acierto.

    Rehuir el esfuerzo No hace mucho se hizo pública la noticia de que el famoso internado británico Summerhill, escuela que en los año 60 se convirtió en el modelo de la educación anti-autoritaria, tendrá probablemente que cerrar debido al bajo rendimiento de sus —sólo— 66 alumnos.

    Esta escuela, fundada en 1921 por Alexander Neill, tuvo un espectacular auge en la década de los sesenta, pero después fue perdiendo gradualmente alumnos hasta quedar ahora semidesierta.

    Su método pedagógico es realmente peculiar: no hay exámenes ni calificaciones, la asistencia a clase es voluntaria y la vida del centro se rige en gran medida de modo asambleario por los propios alumnos.

    El caso es que los alumnos de Summerhill no salen bien preparados. La realidad es que apenas van a clase y que su formación —según un reciente informe del Ministerio de Educación británico— presenta asombrosas deficiencias.

    El intento de esta escuela por erradicar el autoritarismo merece todos los elogios, pero sus resultados muestran que su planteamiento ha sido muy ingenuo. Cualquier persona ha de esforzarse seriamente para conseguir cualquier objetivo valioso en su vida, y para esforzarse seriamente en algo, resulta muy práctico —sobre todo en esas primeras etapas en las que se va conformando el carácter— procurar sujetarse a un plan exigente. Libremente, pero sujetarse.

    Hacer lo que uno entiende que debe hacer supone muchas veces un esfuerzo considerable. Y una educación responsable ha de llevar a plantear y plantearse un alto nivel de exigencia personal.

    Hay personas que son como un manojo de sentimientos, que sólo quieren aceptar la parte fácil de la vida. Quieren el fin, pero no los medios necesarios para alcanzar ese fin. Quieren ser premios Nobel sin estudiar, enriquecerse sin dar ni golpe, ganarse la amistad de todos sin hacerles un favor, o ingenuidades por el estilo. Y eso no es serio. No se enfrentan con la realidad de la vida porque están enormemente mediatizados por la comodidad.

    No distinguen entre lo que es querer seriamente lograr algo, con todas sus consecuencias y poniendo los medios necesarios, y lo que es sencillamente una ilusión, un apetecerles, un soñar soltando la imaginación. Para el trabajo se necesita más esfuerzo que para las novelas fabricadas por la fantasía.

    Son personas que quieren triunfar en la vida, como todo el mundo, pero olvidan el esfuerzo continuado que esto supone: para hacer bien una carrera son precisas muchas jornadas de clases y estudio que no siempre apetecen; para ser un buen atleta hay que perseverar en un entrenamiento muchas veces agotador; para dominar un idioma no bastan cuatro clases o unas semanas en el extranjero. Para casi todo hace falta esfuerzo y, si éste se rechaza, supone rechazar el fin, no querer de verdad.

    La esclavitud de la pereza Todos habremos visto a un albañil subido a un andamio cantando alegremente mientras ponía ladrillos y, junto a él, a otro amargado y con mala cara, realizando ambos la misma tarea.

    O un conductor de autobús que hace su trabajo con satisfacción y procurando agradar a los viajeros, y, en su misma ocupación y condiciones, a otro que trabajando de mala gana y despotricando de todo.

    Y lo mismo al acercarse a una ventanilla, a la barra de un bar, al mostrador de una tienda, o al ir a la peluquería.

    Y lo mismo en las aulas. Y lo mismo en la familia. Hay padres y madres que se recrean en las tareas del hogar y en la educación de sus hijos, y padres y madres que parece que sólo saben quejarse del trabajo y los quebraderos de cabeza que les dan sus hijos, que dicen que no pueden más, que les agota, que se les hace pesado, que no hay quien lo aguante.

    Muchas veces, la raíz de su tristeza y su desgana está en la pereza. En que son personas que se pasan la vida en una lucha —agotadora lucha, por otra parte— para rehuir el esfuerzo, para encontrar el modo de hacer menos y que sea otro quien haga las cosas.

    El trabajo, las tareas del hogar, la educación de los hijos… cualquier persona emplea la mayor parte del día en esas tareas, ¿por qué entonces hacerlas de mala gana?: eso equivaldría a pasarse amargado la mayor parte de la vida.

    Es verdad que a veces hay problemas, y problemas serios, y se hace todo muy pesado, y no apetece hacer nada. Pero también es cierto que, con un nivel de motivos de tristeza bastante parecido, hay gente habitualmente contenta y gente habitualmente descontenta. Quizá la diferencia esté en la filosofía con que cada uno se toma la vida. Se trata de:

  • en vez de trabajar con desgana, procurar poner ganas, y ya acabarán apareciendo satisfacciones en ese trabajo;
  • en vez de ver y de hacer ver el trabajo como una carga pesada, descubrir en él —entre otras cosas— una forma de realizarse, un motivo de satisfacción y una oportunidad de servir a los demás (Einstein decía que sólo una vida vivida por los demás merece la pena ser vivida);
  • en vez de estar pensando en la hora de acabar, procurar esmerarse en lo que se está haciendo en cada momento;
  • en vez de quejarse continuamente y crear un clima negativo, procurar poner ilusión y crear alrededor un clima positivo; etcétera.

    Muchos padres dicen que sus hijos son muy perezosos. Perezosos, dicen, para levantarse, para estudiar, para llevar a cabo cualquier actividad que no implique diversión, y a veces incluso hasta para eso. Que todo les cansa, todo les aburre, que no saben pasarlo bien más que un rato. Que una simple contrariedad les conduce al abatimiento. Que les resulta difícil hacer frente al ocio, incluso mantener una afición o un hobby. Que no logran hacer lo que se proponen y eso les hace sentirse frustrados y estar tristes.

    La pereza y, en general, la falta de una adecuada educación de la voluntad, constituyen una de las más dolorosas formas de pobreza: porque impiden a quienes la padecen disfrutar de la vida y recrear su espíritu al nivel que a nuestra naturaleza humana corresponde.

    Éxitos y fracasos Hubo una vez un rey que dijo a los sabios de la corte: “Me están haciendo un precioso anillo, con un diamante extraordinario, y quiero guardar dentro de él un mensaje muy breve, un pensamiento que pueda ayudarme en los momentos más difíciles, y que ayude a mis herederos, y a los herederos de mis herederos, para siempre.” Aquellos sabios podrían haber escrito grandes tratados sobre muchos temas, pero escribir un mensaje de sólo dos o tres palabras era bastante más complicado. Pensaron, buscaron en sus libros, pero no encontraban nada. El rey lo consultó entonces con un anciano sirviente por el que sentía un gran respeto. Aquel hombre le dijo: “Hace muchos años, estuve unos días al servicio de un gran amigo de tu padre. Cuando se iba, como gesto de agradecimiento, me entregó este diminuto papel doblado. Me insistió en que no lo leyera antes de necesitarlo de verdad, cuando todo lo demás hubiera fracasado.” Aquel momento no tardó en llegar. El país fue invadido y el rey perdió su reino. Estaba huyendo en su caballo para salvar la vida y sus enemigos le perseguían. Llegó a un lugar donde el camino se acababa. No había salida. Frente a él había un precipicio. Tampoco podía volver, porque el enemigo le cerraba el paso. Ya escuchaba el trotar de los caballos de sus perseguidores. Cuando iba a rendirse, se acordó del anillo. Lo abrió, sacó el papel y leyó el misterioso mensaje. Tenía sólo tres palabras: “Esto también pasará”.

    Tuvo fuerzas entonces para resistir un poco más. Sus enemigos debieron perderse en el bosque, pues poco a poco dejó de escucharse el trote de los caballos. El rey recobró el ánimo, reunió a sus ejércitos y reconquistó el reino. Hubo una gran celebración, con banquete, música y bailes. Se sentía muy orgulloso de su triunfo. El anciano estaba sentado a su lado, en un lugar preferente, y le dijo: “Ahora también es un buen momento para leer el mensaje”. “¿Qué quieres decir?”, preguntó el rey. “Ese mensaje no es sólo para cuando eres el último; también es para cuando eres el primero”.

    El rey volvió a leerlo, y nuevamente sintió la misma paz, el mismo silencio, en medio de la muchedumbre que celebraba y bailaba, pero su orgullo, su altivez, su egolatría, habían desaparecido. Comprendió que todo pasa, que ningún éxito o fracaso son permanentes. Como el día y la noche, hay momentos de alegría y momentos de tristeza, y hay que aceptarlos como parte de la dualidad de la naturaleza, porque pertenecen a la misma esencia de las cosas.

    Este viejo relato nos invita a pensar en esos momentos de abatimiento o de exaltación por los que todos pasamos, a veces con muy poca diferencia de tiempo. Entonces, lo positivo o lo negativo parece ocupar por completo nuestra cabeza. La memoria resalta los fracasos o los éxitos, según el caso, y podemos sentirnos llamados alternativamente al desastre o a la gloria. Y probablemente nos falte objetividad en ambos casos. Por eso, aquel mensaje del “esto también pasará” es una llamada y una invitación a pensar con ecuanimidad, a levantar la mirada más allá del éxito o el fracaso de ahora, para pensar en el largo plazo de la vida, en qué esperamos de ella, en qué es lo que le da sentido.

    Entonces, enseguida vemos que el éxito se disipa en un desengaño si no se ha alcanzado como un ideal de servicio. Sólo encontramos sentido a una vida que esté volcada en los demás. Sólo se mantiene la ilusión si se apunta hacia ideales altos, porque, como dijo el poeta, “si quieres que el surco te salga derecho, ata a tu arado una estrella”.

    Los grandes logros han de saber asumirse y mantenerse. Muchas veces, cuesta más mantener que crear. Cuesta más mantenerse sobre una ola que subirse a ella, pero, en cualquier caso, la ola nunca será eterna.

    Demostramos inteligencia cuando sabemos aprender de los fracasos y no nos envanecemos tontamente con los triunfos. Por eso se ha dicho que un hombre inteligente se recupera enseguida de un fracaso, pero un hombre mediocre jamás se recupera de un triunfo.

    El espejo de los deseos ¿A quién no se le ha escapado la imaginación pensando ser el protagonista de una aventura espectacular, en la que resaltan con luz propia las cualidades que más deseamos tener? Es verdad que sin deseos no hay proyectos, y que sin proyectos no hay logros. Los deseos expanden nuestro mundo interior, lo trascienden, le dan vida. Son importantes, evidentemente. Pero debemos cuidar que no se hipertrofien y acaben siendo un mecanismo de evasión, porque soltar la imaginación de los deseos es para muchas personas una auténtica droga de diseño que les sumerge una triste dependencia.

    Lo refleja bien un diálogo entre Harry Potter y el sabio mago Dumbledore. Harry ha descubierto un espejo sorprendente, el espejo de Oesed (la palabra “OESED”, puesta ante un espejo, se lee “DESEO”). Cuando Harry se mira en ese espejo, se ve acompañado de sus padres, a los que nunca llegó a conocer.

    Harry llega por tercer día consecutivo a la habitación del espejo. Dumbledore le explica que ese espejo muestra el más profundo y desesperado deseo de nuestro corazón: “Para ti, que nunca conociste a tu familia, verlos rodeándote (…). Sin embargo, Harry, este espejo no nos dará conocimiento o verdad. Hay hombres que se han consumido ante esto, fascinados por lo que han visto. O han enloquecido, al no saber si lo que muestra es real o siquiera posible.” Toda persona vive situaciones que desea prolongar o de las que anhela liberarse. Hay muchas cosas que nos invitan a refugiarnos en ese mundo ideal de nuestra imaginación. Es verdad que evadirse en ensueños proporciona un cierto alivio, pero sabemos que no es duradero, y al toparnos de nuevo con la terca realidad advertimos enseguida que no era una buena solución. Encerrarse en un mundo imaginario es tarea fácil, porque ninguna legalidad física pone trabas a nuestra imaginación, y nos sentimos completamente libres, pero es una libertad ficticia, un espejismo que retrocede según avanzamos, una maravillosa argucia que nos mantiene un tiempo en vuelo pero que no sabemos donde nos dejará caer.

    Todos disponemos de entradas gratis a esa vida de fantasía, llena de colorido pero irreal. Escaparse a ella, huir de la realidad, no nos da conocimiento ni verdad, sino una mayor frustración. Por eso Dumbledore da un último consejo a Harry: “Y si alguna vez te cruzas con el espejo, deberás estar preparado. No es bueno dejarse arrastrar por los sueños y olvidarse de vivir, recuérdalo.” Cuando las personas se dejan arrastrar por los sueños, su imaginación se convierte en un torrente de deseos e ideas con las que intentan evadirse de una realidad que les disgusta. De vez en cuando abren los ojos y ven que el esfuerzo se interpone en el camino hacia cualquier logro, y eso les desazona y les hace volver al cálido refugio de su mundo interior. Se hacen personas pasivas, de voluntad dormida y mirada dispersa.

    Las paz y el dinamismo no son fruto espontáneo, sino fruto del esfuerzo por vencer el desorden interior que siempre nos amenaza, fruto de poner orden en nuestra cabeza y nuestro corazón, y eso no es algo que viene después de la lucha, sino que más bien proviene de estar en esa lucha, de esmerarse de modo habitual por no dejarse engullir por tantas ocasiones de autoengañarnos que se nos presentan a diario.

    No hay que olvidarse de vivir la vida real. El mundo es una sucesión de oportunidades que desfilan ante los ojos de hombres cansados. Una vida que se llena de ilusión y de sentido en la medida que descubrimos lo importante que podemos ser para los demás, lo que podemos ayudarles, la ilusión que podemos aportar a su vida, a su vida real.

    Reacciones inteligentes Un día, el burro de un aldeano se cayó a un pozo. El pobre animal estuvo rebuznando con amargura durante horas, mientras su dueño buscaba inútilmente una solución. Pasaron un par de días, y al final, desesperado el hombre al no encontrar remedio para aquella desgracia, pensó que como el pozo estaba casi seco, y el burro era ya muy viejo, realmente no valía la pena sacarlo, sino que era mejor enterrarlo allí. Pidió a unos vecinos que vinieran a ayudarle. Cada uno agarró una pala y empezaron a echar tierra al pozo, en medio de una gran desolación. El burro advirtió enseguida lo que estaba pasando y rebuznó entonces con mayor amargura.

    Al cabo de un rato, dejaron de escucharse sus lastimeros quejidos. Los labriegos pensaron que el pobre burro debía estar ya asfixiado y cubierto de tierra. Entonces el dueño se asomó al pozo, con una mirada triste y temerosa, y vio algo que le dejó asombrado. Con cada palada, el burro hacía algo muy inteligente: se sacudía la tierra y pisaba sobre ella. Había subido ya más de dos metros y estaba bastante arriba. Lo hacía todo en completo silencio y absorto en su tarea. Los labriegos se llenaron de ánimo y siguieron echando tierra, hasta que el burro llegó a la superficie, dio un salto y salió trotando pacíficamente.

    Llevar una vida difícil, o tener contratiempos más o menos serios, es algo que a cualquiera puede suceder. La vida a veces parece que nos aprisiona como en el fondo de un pozo, y que incluso nos echa tierra encima. Ante eso, hay modos de reaccionar inteligentes, como el de aquel burro, que de lo que parecía su condena supo hacer su tabla de salvación; y otros estilos que son más bien lo contrario, propios de personas que no saben sacar partido a sus propios recursos, y que en cambio dominan lo que podría llamarse el arte de amargarse la vida.

    Hay quienes se han acostumbrado a dejar divagar su mente por el pasado hasta convertirlo en una inagotable fuente de amargura. Ven su juventud como una edad de oro perdida para siempre, lo que les proporciona una reserva inagotable frustración, y sobre todo les hace pensar poco en el presente. Sus suposiciones sobre el futuro son igualmente tristes y sombrías, y eso les facilita encontrar motivos para abandonar la mayoría de los esfuerzos razonables por mejorar las cosas. Son bastante dados al victimismo, a echar la culpa a los demás, o a la sociedad, que malogra todos sus esfuerzos, o a sus amigos o parientes, o a lo que sea, pero casi siempre la solución a sus problemas parece estar fuera de su alcance. Piensan mal de los demás, y se conducen como si leyeran con gran clarividencia los pensamientos ajenos, cuando en realidad aciertan pocas veces (aun así, seguirán considerando ingenuos a los que tengan una visión más positiva de las personas o las situaciones). También muestran una sorprendente capacidad para ver cumplidas sus negras profecías (hacen bastante para que así sea), y en el trato personal son susceptibles e impredecibles, de esos que te dicen algo y es difícil saber si van en broma o en serio, pero lo que es seguro es que después te reprocharán que te tomas en broma las cosas serias o que no tienes ningún sentido del humor.

    Todos tenemos contratiempos, todos los días. La clave es cómo reaccionamos ante ellos. De eso depende en buena parte nuestra calidad de vida, y la de quienes nos rodean.

  • Carácter y autoestima

    • Autoestima y educación
    • Autoestima y estado de ánimo
    • Autoestima y afán por mejorar
    • Sentimientos de inferioridad
    • Perdonarse a uno mismo
    • ¿Falta de dotes naturales?

    Autoestima y educación Como ha escrito Miguel Angel Martí, a veces parece como si sólo existieran dos tipos de personas. Unas que se sobrevaloran, cayendo así en actitudes más o menos engreídas o prepotentes. Y otras —que son quizá las menos—, que se infravaloran, que únicamente son capaces de ver en su personalidad los aspectos negativos y las deficiencias. Y su relación con ellos mismos es intrapunitiva, se sienten culpables de todos sus fracasos, aunque éstos se deban a factores externos, y esto les lleva a una cruel inseguridad, y a valorar siempre más la opinión de los otros que la suya propia. Son personas que, en casos extremos, pueden terminar necesitando ayuda médica para entablar con los demás unas relaciones de igualdad y sentir un mínimo de afecto por ellas mismas.

    La falta de autoestima, además, suele conducir a un círculo vicioso de actitudes mentales negativas. Puede comenzar pensando, por ejemplo, que no será capaz de alcanzar una meta que se ha propuesto, porque tiene la impresión de que rara vez logra lo que se propone. Se encamina hacia ella con talante gris y mortecino, tarde y sin entusiasmo, con más miedo al fracaso que afán de lograr el éxito. Si luego las cosas no salen —y no suelen salir cuando se acometen así—, la experiencia, una vez más, vuelve a reforzar el juicio negativo anterior: de nuevo se ha demostrado que no valgo, que he fallado y que seguiré igual en el futuro.

    Un correcto sentido de autoestima debe estar presente en todo proceso educativo, tanto familiar como escolar, y resulta fundamental para la propia maduración psicológica y para formar el carácter. Cuando la persona aprende a respetarse a sí misma, y a no compararse dañosa e inútilmente con los demás, tiene entonces mayor facilidad para tomar conciencia de su propia singularidad y dignidad. Es decisivo comprender que cada ser humano posee unas virtualidades propias que sólo él mismo —con la ayuda que sea necesaria— puede llegar a hacer rendir, proponiéndose proyectos y metas a las que se siente llamado y que llenarán de contenido su existencia.

    El fomento de la autoestima no debe llevar, bajo ningún concepto, a promover un modelo de personalidad narcisista. La autoestima es un sensato y equilibrado afecto por uno mismo, que no tiene por qué conducir al egoísmo ni a la vanidad. La autoestima es respeto a la propia persona, convicción de que cada uno es portador de una alta dignidad como hombre, comprensión profunda de que cada ser humano es irrepetible, llamado a realizar en el mundo una tarea que dará sentido a su vida y que nadie puede hacer por él.

    ¿Son compatibles autoestima y humildad? Para muchas personas parecen valores difíciles de conciliar, quizá porque en su interior piensan que la humildad es algo tan simple como tener una mala opinión acerca de los propios valores y talentos. Pero la verdadera humildad no es eso, ni es tampoco una absurda simulación de falta de cualidades, pues la humildad no puede violentar la verdad, no está en exaltarse ni en infravalorarse, sino que va unida al conocimiento propio, a la sinceridad, la sencillez y la naturalidad.

    Muchos afirman que las personas de mucho talento tienen más fácil caer en la vanidad o la egolatría. Sin embargo, tengo la impresión de que las actitudes vanidosas o ególatras no son cuestión de mucho o poco talento, sino que son más bien un problema de virtud, de educación, de sentido común. Es más, podría incluso decirse que las actitudes engreídas revelan, en cierta manera, poca cabeza: porque todo ese tórrido presumir de talentos que uno ha recibido sin ningún mérito propio es bastante ridículo y carente de sentido, y quizá venga a demostrar más bien que todo ese supuesto talento es bastante escaso.

    Tal vez el hecho de que en el mundo abunden los ególatras sea la causa de que se insista tan poco desde los distintos ámbitos de la educación en la necesidad que tiene el hombre de ser educado en un sensato principio de autoestima.

    Autoestima y estado de ánimo Cuando alguien se encuentra desanimado, se ve peor a sí mismo, y eso suele llevarle a un menor aprecio hacia sí mismo. Autoestima y estado de ánimo suelen ascender o descender de modo paralelo.

    Una autoestima demasiado baja suele generar actitudes de frecuente desánimo, de no atreverse a casi nada, de desarrollar poco las propias capacidades y ver casi todo como inasequible. Con esa actitud, la derrota viene dada de antemano, antes de entrar en batalla, por esa injustificada infravaloración de uno mismo.

    Cuando esa baja autoestima ha arraigado de modo profundo en una persona, hacerle comprender su error no será tarea fácil. Les cuesta mucho admitir cualquier valoración positiva de uno mismo, y cuando otras personas intentan hacérselo ver, con frecuencia lo interpreta como halagos infundados, simples cumplidos de cortesía, o bien como un ingenuo desconocimiento de la realidad, o incluso un intento de tomarle el pelo.

    ¿Es bueno entonces tener una alta autoestima, cuanta más mejor? Sí, si se enfocan bien las cosas. Pero si tener una alta autoestima lleva a pensar sólo en uno mismo, a valorarse más de lo que se vale, o a un exceso de comprensión con uno mismo, a ser egoísta y engreído, etc., es evidente que eso sería malo. En ese sentido, podría decirse que tanto la baja autoestima como la excesivamente alta son destructivas para la personalidad y psicológicamente insanas.

    Los sentimientos de culpa, o de vergüenza, o de insatisfacción ante algo que hemos hecho o dejado de hacer, no son sentimientos buenos ni malos de por sí. A veces serán muy necesarios, puesto que habrá cosas que haremos mal y de las que es bueno que nos sintamos culpables y avergonzados; otras veces serán inadecuados, porque nos atormentan de modo patológico y tienen un efecto destructivo y contraproducente. Se trata de sentimientos que, como todos, deben tener medida y adecuación a su causa.

    A medida que una persona va madurando y adquiriendo solidez, su nivel de autoestima se irá haciendo más estable, gracias a un mejor conocimiento de sí misma y a poseer criterios más sólidos a la hora de encontrar motivos de propia estimación. Ya no es tan fácil que una opinión favorable o desfavorable, o un sencillo acierto o error, una buena o mala noticia, ocasionen fuertes oscilaciones en su estado de ánimo o su autoestima.

    También es importante aceptar con el modelo de vida a que uno aspira. Por ejemplo, el éxito social o profesional no bastan para garantizar la autoestima; si ciframos el ideal de persona valiosa y respetable en ser capaz de alcanzar grandes resultados económicos o de reconocimiento social, dejando al margen otros criterios más sólidos, es fácil que las cosas no nos vayan bien, tanto si conseguimos esos logros como si no. De hecho, hay una constante comprobación de que si los modelos de éxito se reducen a sólo una parte de la vida y no a su conjunto, al final no se quedan satisfechos de esos éxitos ni siquiera los pocos que llegan a conseguirlos.

    Está claro que tampoco se trata de rebajar los ideales para evitar las decepciones. Sería un camino fácil y equivocado. Es la estrategia del escepticismo vital, en la que se apagan los sentimientos de sana emulación y se enaltece, por el contrario, la falta de ideales y la mediocridad. Rebajar los ideales y decir que todo da igual, o que hoy día todo el mundo va a lo suyo y ya está, son actitudes que no conducen a nada bueno.

    Autoestima y afán por mejorar Es preciso proponerse aspiraciones e ideales altos, pero hay que hacerlo sobre una escala de valores y de expectativas acertada. Y una buena forma de progresar en autoestima es avanzar en la propia mejora personal. El hombre puede y debe aspirar a mejorar cada día a lo largo de su vida. Se trata de una tarea que siempre produce grandes satisfacciones, y que, en cierta manera, llenará de sentido nuestra existencia.

    Nunca se llegará a ser perfecto, es verdad, y por eso no debe confundirse el ideal de buscar la propia mejora con un enfermizo afán perfeccionista. Querer aproximarse lo más posible a un ideal de perfección es muy diferente del perfeccionismo, o de embarcarse en la utópica pretensión de llegar a no tener defecto alguno (o la más peligrosa aún, de querer que los demás tampoco los tengan).

    El hombre ha de enfrentarse a sus defectos de modo inteligente, aprendiendo de cada error, procurando evitar que sucedan de nuevo, conociendo sus limitaciones —sin miedo a mirarlas de frente— para evitar exponerse innecesariamente a ocasiones que superen nuestra resistencia. Así, además, comprenderá mejor los defectos de los demás y sabrá ayudarles de modo eficaz.

    La tarea de mejorarse a uno mismo no debe afrontarse como algo crispado, angustioso o estresante. Ha de ser un empeño continuo, que se aborda en el día a día con ánimo sereno, de modo cordial y con espíritu deportivo, sabiendo las dificultades con las que nos enfrentaremos y la importancia radical de la constancia en ese propósito.

    En las dos o tres últimas décadas, la enseñanza básica de muchos países occidentales se ha esforzado por fortalecer la autoestima de los alumnos prodigando alabanzas incluso cuando los resultados eran desoladores. Se trataba, ante todo, de no desanimar. La idea era que, educando así, esas personas tendrían en el futuro muchos menos problemas, porque su elevada autoestima les impediría tener un comportamiento antisocial.

    Los resultados —la terca realidad— está haciendo que sean cada vez son más los especialistas que dudan seriamente de que ése sea un buen método pedagógico, y piensan que esa falsa autoestima puede causar mucho daño. Si se pone tanto empeño en no culpabilizar a nadie y en defender cualquier opción, el resultado es que esas personas acaban parapetándose tras sus opiniones y sus actos y se hacen impermeables al consejo y a cualquier crítica constructiva, puesto que toda observación que no sea de alabanza se recibe negativamente.

    La conclusión parece clara: el exceso de autoindulgencia, el alabarlo todo, o relativizarlo todo, conduce a más patologías de las que evita. Decir a los hijos o a los alumnos que todo lo que hacen está bien, o que hagan lo que les parezca mientras lo hagan con convicción, o cosas por el estilo, acaba por dejarles en una posición muy vulnerable. Esas personas se sentirán tremendamente defraudadas cuando al final choquen con la dura realidad de la vida.

    Como ha señalado Laura Schlessinger, es mejor basar la autoestima en logros reales. En pensar y servir a los demás, en hacer cosas que les lleven a sentirse útiles. No se trata de hacer cavar zanjas, alabar ese trabajo, y luego volver a taparlas. Se trata de avanzar en el camino de la virtud, dejar de lamentarse tanto de los propios problemas y tomar ocasión de ellos para forjar el propio carácter. Si se enseña a los niños a esforzarse por conseguir virtudes, la autoestima vendrá sola. Y si no se logra, al menos estarán viviendo en el mundo real.

    Sentimientos de inferioridad Como ha señalado Javier de las Heras, el sentimiento de inferioridad se debe a la existencia de un defecto que se vive como algo vergonzoso, humillante, indigno de uno mismo e inaceptable. En no pocos casos, además, se trata sólo de un presunto defecto, ya que, cuando se conoce y se analiza con un mínimo de objetividad, se comprueba que no hay motivos de peso para considerarlo tal, o que, en cualquier caso, se le está dando una importancia subjetiva desmesurada.

    Lo habitual es que todo esto se lleve en el secreto de la propia intimidad, y que tenga una importante carga subjetiva. Son evidencias interiores que muchas veces no resultan nada previsibles ni evidentes desde el exterior, pero que suelen constituir un intenso y profundo motivo de desasosiego y condicionar bastante la personalidad y el comportamiento de quien las sufre.

    Lo sorprendente es que hay gente muy valiosa que también sufre sentimientos de inferioridad. La fuerte carga subjetiva de esos sentimientos hace que, en efecto, se produzcan situaciones bastante sorprendentes. No es extraño, por ejemplo, que una persona que posea unas cualidades muy superiores a la media de quienes le rodean esté fuertemente condicionada por un sentimiento de inferioridad proveniente de cualquier sencilla cuestión de poca importancia.

    Las épocas más proclives para esas impresiones son el final de la infancia y todo el periodo de la adolescencia. Por eso es importante en esas edades ayudarles a ser personas seguras y con confianza en sí mismas.

    Por otra parte, muchos autores aseguran que los sentimientos de superioridad suelen tener su origen en un intento de compensar otros sentimientos de inferioridad firmemente arraigados. Esos procesos suelen provocar actitudes presuntuosas, arrogantes e inflexibles, de personas envanecidas que tienden a tratar a los demás con poca consideración, y que si a veces se muestran más tolerantes o benevolentes, es siempre con un trasfondo paternalista, como si quisieran destacar aún más su poco elegante actitud de superioridad.

    Son personas a las que gusta darse importancia, y que exageran sus méritos y capacidades siempre que pueden; que siempre encuentran el modo de hablar, incluso a veces con aparente modestia, de manera que susciten —eso piensan ellos— admiración y deslumbramiento. Suelen ser bastante sensibles al halago, y por eso son presa fácil de los aduladores. Fingen despreciar las críticas, pero en realidad las analizan atentamente, y esperan rencorosamente la ocasión de vengarse. Están siempre pendientes de su imagen, muchas veces profundamente inauténtica, y con frecuencia recurren a defender ideas excéntricas, o a llevar un aspecto exterior peculiar y extravagante, con objeto de aparecer como persona original o con rasgos de genialidad. Buscan el modo de sorprender, para obtener así en otros algún eco que les confirme en su intento de convencerse de su identidad idealizada: por el camino de la inferioridad, acaban en el narcisismo más frustrante.

    Perdonarse a uno mismo Todos sabemos que, muchas veces, perdonar es difícil. Pero quizá para algunos sea especialmente difícil perdonarse a uno mismo. Y están tristes porque no se perdonan sus propios fracasos, porque alimentan sus errores dándoles vueltas en su memoria, porque parece que se empeñan en mantener abiertas sus propias heridas. Son como cadenas que se ponen a sí mismos, cárceles en las que se encierran voluntariamente.

    A lo mejor están tristes y sienten dentro del corazón como una especie de lanzada que les amarga la existencia, porque cargan con una responsabilidad que no les corresponde, por un fracaso que no es suyo, al menos en su totalidad.

    Sucede a veces, por ejemplo, con la educación de los hijos. Unas veces se falla porque se hace mal, otras porque hay circunstancias ajenas que lo estropean sin culpa de los padres, y otras simplemente porque los hijos son libres. En cualquier caso, la solución nunca es dejarse consumir por la tristeza, sino rectificar en lo posible el rumbo, procurar aprender, intentar recuperar el terreno que se haya perdido, mirar al futuro con esperanza.

    La falta de perdón para uno mismo suele generar tristeza, y una y otra tienen su origen en el orgullo. Y así como el orgullo del que es simplemente vanidoso, o de quien está pagado de sí mismo, es el más corriente y menos peligroso; en cambio, pasarse la vida dando vueltas a los propios errores suele ser señal de un orgullo más refinado y destructivo.

    Es preciso aprender a aceptarse serenamente a uno mismo. Aceptarse, que nada tiene que ver con una claudicación en la inevitable lucha que siempre acompaña a toda vida bien planteada, sino que es encontrar un sensato equilibrio entre exigirse y comprenderse a uno mismo.

    Conociéndose un poco es fácil saber cómo hacer frente a esos desánimos que acompañan a los propios errores y fracasos. Son instantes de hundimiento y de desazón, bajones de ánimo que pretenden ganarnos la partida de la vida.

    Conviene pararse a pensar en las razones que los producen. A veces nos avergonzará ver cómo pueden desanimarnos contratiempos tan tontos; cómo cosas de tan poca importancia pueden hacernos pasar de la euforia al abatimiento, o viceversa, de forma tan rápida. Para superarlos, conviene hacer un esfuerzo de reflexión, un serio intento para ser objetivo, para ver cómo alejar esas sombras de pesimismo que asaltan inadvertidamente a todos y que tantas veces no dejan ver la cara soleada de la vida.

    ¿Falta de dotes naturales? «Veo que lo que yo tardo una tarde entera en estudiar y luego apenas me acuerdo, mi compañera lo estudia en una hora… —decía con pesimismo Alicia, una atribulada estudiante de dieciséis años.

    »Yo me paso encerrada todo el fin de semana estudiando, y ella, en cambio, no da ni golpe y saca luego mejor nota.

    »Y estamos las dos igual de distraídas en clase, nos pregunta la profesora, y ella con dos ideas que recuerda le sale una respuesta convincente, y yo, en cambio, me quedo sin saber qué decir.

    »Cuando pienso en esto y me dedico a compararme, a veces me pongo muy triste al ver que todas me aventajan y que es algo que nunca podré evitar, porque no puedo hacer nada por remediarlo…» Las personas que, como Alicia, sufren con esta preocupación, deben convencerse de que no es verdad que estén en todo en inferioridad de condiciones, ni que lo suyo no tenga remedio. Que la naturaleza suele otorgar sus dones de forma más repartida de lo que parece. Y que otras personas con limitaciones superiores a las suyas han triunfado en la vida y han sido muy felices.

    Para empezar, es probable que se esté lamentando de unas limitaciones que no tienen la trascendencia que ella le da.

    Quizá también se olvida Alicia de otras muchas cualidades que posee, y que quizá no brillen tanto y por eso apenas las ha advertido, pero que probablemente sean más importantes que esas otras que le deslumbran en los demás.

    Ciertamente quizá otros tengan más simpatía, más gracia, más habilidad en lo que sea, mejor aspecto, más medios económicos o —en apariencia— más suerte y éxito en la vida. Pero eso no es lo fundamental. Son más importantes otras cosas que quizá llaman menos la atención. Y tantas veces, además, el que tiene menos talentos pero se esfuerza por hacerlos rendir, aunque le parezcan escasos, acaba finalmente por superar a otros mucho más capacitados.

    No es buena filosofía contemplar la vida en condicional, como lo que habría podido ser si fuéramos de otra manera o tuviéramos otras dotes o hubiéramos actuado de distinto modo. Se puede y se debe vivir la propia vida aceptándola como es.

    Y si nos faltan medios o talentos, habrá que sacar rendimiento a lo que se tiene y dejarse de vivir entre fantasías.

    Un chico o una chica inteligente debe sacar partido a su inteligencia y dejar de lamentarse de no lograr triunfar en los deportes, en las relaciones públicas y en el arte a la vez. Y un chico o una chica un poco feos o no muy listos, difícilmente llegarán a ser muy guapos o muy inteligentes, pero pueden ser simpáticos, agradables, buenos profesionales y hombres o mujeres excelentes. Lo mejor es ser el que somos y procurar ser cada día un poco mejor.

    Orgullo y culpa

    • Perdonar y pedir perdón
    • La fiebre del “no es esto”
    • Admitir la discrepancia
    • Intentos de supremacía
    • Personajes presuntuosos
    • ¿A quién echas las culpas?
    • Susceptibilidad
    • Escapar de uno mismo
    • La espiral del rencor

    Perdonar y pedir perdón Cualquier persona comete errores que producen ofensas en quienes le rodean, y esas ofensas suelen llevar aparejadas un sentido de culpa para su causante.

    Si esa persona pretendiera desentenderse de la realidad de esa ofensa que ha producido, o intentara proyectar sin razón su culpa sobre los demás, entonces se haría daño a sí mismo, porque no pone remedio a su mal —un verdadero y real sentido de culpa—, sino que lo ignora o lo oculta.

    Para vivir feliz, toda persona necesita del perdón. Todos ofendemos a alguien de vez en cuando —quizá con más frecuencia de lo que pensamos—, y para tener la paz necesitamos aceptar la correspondiente culpa, pedir perdón y reparar en lo posible la falta cometida.

    Sentirse culpable puede ser algo positivo si nos lleva a reflexionar y a buscar remedio. Sentirse habitualmente inocente de todo y repercutir la culpabilidad sobre los demás suele ser síntoma de la eficiente acción del orgullo, que suele ser corto de vista para los propios errores y agudísimo para los de los demás.

    Perdonar y pedir perdón son cosas que a veces van muy unidas. A veces, no llegamos a perdonar totalmente a otra persona, y quizá lo que sucede es que tendríamos que pedirle perdón. Porque es verdad que hay ofensas suyas, pero también ofensas nuestras. Porque los agravios suelen entrecruzarse en una maraña que siempre es difícil desliar.

    La vida es demasiado corta para tener atormentado el corazón o con un dolor que ofusque tu memoria. Sentirás la tentación de revivir una y mil veces tu ofensa, pero debes superarlo y perdonar. Además, muchas de las ofensas son imaginarias, y otras están magnificadas. Sea lo que sea, y sea con quien sea, enfréntate a ello. Busca la ocasión de curar esa herida. Coge el teléfono. O escríbele una carta, aprovechando que está fuera. O hazte el encontradizo. Memoriza unas palabras de acercamiento. Pide perdón.

    Para una correcta educación, será siempre necesario promover en la familia toda una dinámica que haga del perdón algo natural, que no necesite explicar a los hijos por qué deben disculpar.

    La facilidad para perdonar es algo que se respira en una casa. Y la resistencia a hacerlo, más todavía. Los hijos lo notan, porque observan a sus padres y hermanos continuamente. El chico aprenderá a perdonar viendo perdonar. Para una correcta educación, insisto, ha de aprender a perdonar. Entre otras razones, porque tendrá que perdonarnos muchas cosas.

    La fiebre del “no es esto” Cuenta la tradición que, en cierta ocasión, un bandido llamado Angulimal fue a matar a Buda. Y Buda le dijo: “Antes de matarme, ayúdame a cumplir un último deseo: corta, por favor, una rama de ese árbol.” Angulimal le miró con asombro, pero resolvió concederle aquel extraño último deseo, y de un tajo hizo lo que Buda le había pedido.

    Pero luego Buda añadió: “Ahora, por favor, vuelve a pegar la rama al árbol, para que siga floreciendo.” “Debes estar loco —contestó Angulimal— si piensas que eso es posible.” “Al contrario —repuso Buda—, el loco eres tú, que piensas que eres poderoso porque puedes herir, matar y destruir. Eso es cosa fácil, de niños. El verdaderamente poderoso es el que sabe crear y curar.” Para destruir, para arrasar, para gritar de forma estéril, para estar diciendo siempre que todo esta mal, que no es esto…; para todo eso no hace falta arte, ni ciencia, ni esfuerzo, ni cualidades.

    Es verdad que siempre es mejor la rebeldía que el conformismo burgués, porque pienso que no estar satisfecho del mundo en el que se vive y querer cambiarlo es algo digno de alabanza. Pero la rebeldía, que es necesaria, debe reunir ciertas condiciones, y quizá la primera sea saber contra qué nos rebelamos. Y es bueno, lógicamente, rebelarse contra el mal, contra la injusticia, contra la mediocridad…, sí, pero primero contra el mal, la injusticia y la mediocridad que haya en uno mismo. No podemos ser como esos rebeldes de pacotilla que ni estudian, ni dan ni golpe, ni pueden ponerse a nadie como ejemplo de nada. Lo suyo más que rebeldía son ganas de incordiar.

    La historia está llena de ejemplos de rebeldes que cuando llegaron al poder se volvieron burgueses. Y de rebeldes que, al fracasar, se convirtieron en resentidos que sólo sabían hacer crítica destructiva. Es muy fácil decir que algo está mal y que hay que cambiarlo. Lo difícil —y lo que hace falta— es aportar ideas positivas y conseguir cambiarlo realmente.

    Admitir la discrepancia Me contaron no hace mucho la historia de un pequeño cacique de una modesta población europea de los años sesenta.

    Se trataba de una persona que era alcalde de esa minúscula ciudad desde hacía muchos años, y nadie se atrevía a presentarse en las sucesivas elecciones municipales. Su dominio era completo. Nadie podía hacerle sombra ni rechistar sus órdenes. Toda decisión, hasta la más pequeña, pasaba por la mesa de su despacho.

    Pasaron los años y un buen día, ante el asombro de todos, apareció otro candidato. Las siguientes elecciones ya no serían la historia de siempre. Se prometían realmente interesantes.

    El eterno alcalde se sintió afrentado. Que alguien tuviera la desfachatez de hacerle la competencia era algo intolerable. No es que simplemente le molestara, es que no lo podía entender.

    El insólito rival lanzó su programa, distribuyó su propaganda, hizo sus promesas, y llegó por fin el momento de que las urnas resolvieran aquella confrontación. La expectación fue grande. Todo era muy distinto que las veces anteriores.

    Al final, por un estrecho margen, el nuevo candidato fue derrotado y el viejo cacique pudo respirar tranquilo. Enseguida hizo unas declaraciones a la prensa local. El recién reelegido alcalde estaba radiante de alegría. Tanto, que haciendo acopio de buenos sentimientos se refirió al vencido contrincante y dijo con voz solemne: “Le perdono”.

    Quizá alguna vez nos puede pasar, a nuestro nivel, algo parecido a lo que sucedió a este singular alcalde. Podemos llegar, curiosamente, a considerar una ofensa que nos lleven la contraria, o que nos hagan legítima competencia, o que piensen de forma distinta a nosotros y lo manifiesten públicamente.

    Detrás de cualquier problema en la educación o la formación hay siempre un principio de soberbia. Son actitudes en las que se manifiesta ese pequeño tirano que todos llevamos dentro. Actitudes que si las viéramos desde fuera de nosotros nos parecerían tan ridículas o más que la de este alcalde a quien tanto costó perdonar al que había osado hacerle legítima competencia en unas elecciones libres.

    Intentos de supremacía «A ella —escribe Miguel Delibes— siempre le sobró habilidad para erigirse en cabeza sin derrocamiento previo. Declinaba la apariencia de autoridad, pero sabía ejercerla. Cabía que yo diese alguna vez una voz más alta que otra pero, en definitiva, era ella la que en cada caso resolvía lo que convenía hacer o dejar de hacer.

    »En toda pareja existe un elemento activo y otro pasivo; uno que ejecuta y otro que se allana. Yo, aunque otra cosa pareciese, me plegaba a su buen criterio, aceptaba su autoridad. A sus amigas solía aconsejarlas evitar los encuentros frontales, un sabio consejo.

    »El aspecto formal de la lucha por el poder durante los primeros meses del matrimonio se le antojaba grotesco, por no decir de mal gusto. Creía que el hombre cuida la fachada, y declina la dirección; pero entendía que algunas mujeres ponían, por encima de la autoridad, el placer de proclamarlo, esto es, aceptaban el poder, pero sin ocultar cierto resentimiento.

    »Por supuesto, ella era de otra pasta. Y si entre nosotros no hubo un explícito reparto de papeles, tampoco hubo fricciones; nos movimos de acuerdo con las circunstancias.» Es una magnífica glosa sobre la autoridad en el matrimonio, qué puede servir también para pensar en el carácter de los hijos, pues se trata de algo que abarca a todo el conjunto de la familia. En toda familia hay que encontrar esa particular y personalísima síntesis entre exigencia y cordialidad, autoridad e indulgencia, respeto y cercanía.

    “Esta hija mía no me obedece, es un desastre”, se oye decir a veces. Pero quizá seas tú el que ejerces la autoridad de una forma desastrosa, se podría responder también. Las personas que componen la familia son de una determinada manera y hay que aceptarlas como son, ayudándoles a mejorar y sin dejar a nadie por imposible.

    Hay muchos detalles que refuerzan ese natural fluir de la autoridad de los esposos. Detalles que crean un ambiente propicio para la formación del carácter de los hijos. Veamos algunos ejemplos:

  • procurar someterse ambos a una cierta colegialidad en las decisiones de alguna importancia;
  • acostumbrarse a dar cuenta de dónde estamos y de las cosas que hacemos, y no molestarse si nos lo preguntan;
  • tener en mucho el juicio ajeno (y quizá en algo menos el propio);
  • fomentar las iniciativas de los demás sin poner pegas sistemáticamente; las frases como “eso que dices no puede salir bien”, “déjame a mí”, “tú de esto no entiendes”, etc., repetidas con frecuencia, son muy mala señal;
  • saber ceder; y si luego falla lo que el otro decía, no pasarse el resto de la vida recordándoselo.

    Personajes presuntuosos A comienzos del siglo XX se construyeron para el tráfico transoceánico los mayores buques de pasajeros del mundo de entonces.

    En 1907, Inglaterra pone en servicio el Mauretania, de más de 30.000 toneladas, y su gemelo Lusitania.

    En 1911 les siguen los gigantescos Olimpic y Titanic, ya de 46.000 toneladas cada uno.

    En abril de 1912 inicia su primer viaje este último, un gran transatlántico de lujo, dotado de casco de doble fondo para máxima seguridad, y en cuya posibilidad de naufragio ya nadie piensa. En su frontal alguien ha escrito unas palabras de auténtica presunción: “Esto no lo hunde ni Dios”. Todo un símbolo de una mentalidad que creía ciegamente en su poder y desafiaba con orgullo a la furia de las aguas.

    Durante la noche del 14 de abril, en el Atlántico Norte, choca contra un iceberg y se hunde en menos de tres horas: 1517 personas hallan la muerte en aquellas heladas aguas del mar de Terranova, infestadas de tiburones.

    Ha habido a lo largo del siglo XX catástrofes mucho mayores, de las que sin embargo apenas se ha hablado y que al poco tiempo apenas nadie recordaba. Sin embargo, la del Titanic conmocionó al mundo y ha tomado un lugar señalado en la historia de su siglo. Quizá haya sido así debido al trágico ridículo de unos personajes presuntuosos.

    Resulta también triste y ridícula —aunque por fortuna menos trágica— la actitud del chico o la chica presuntuosos, a quienes la vanidad lleva a adoptar un absurdo aire de superioridad, y aparecen como personas engreídas, que repiten constantemente frases en primera persona: “Porque yo…, porque a mí…, porque como yo digo…, porque yo estuve en…, porque mi moto…, porque mi padre…, porque yo una vez…”.

    Se las arreglan, además, para mencionar varias veces cada detalle de disimulada —o no tan disimulada— autoalabanza. Gadda afirmaba que en estos casos es difícil decir si es más grande el orgullo o la estupidez.

    A veces uno llega a pensar: ¿y no tendrá esta pobre criatura un amigo o una amiga que le diga al oído que esos aires son de un ridículo espantoso? Es interesante analizar nuestras actitudes para ver si también nosotros caemos en ellas, porque:

  • A lo mejor una persona que está siempre presumiendo cree que queda muy bien, cuando en realidad resulta muy antipática.

  • va avasallando, pretendiendo humillar a los demás, y a lo mejor también cree que despierta admiración por su ironía, y en realidad sólo logra ganarse enemistades.
  • nunca cede, porque piensa que siempre tiene razón, y aparece a los ojos de los demás como un pobre mediocre que tiene la desdicha de creerse superior a todos.
  • viste como un figurín de revista de moda y no se da cuenta de que va haciendo el ridículo.
  • cuando habla parece que está dando una conferencia, dándoselas de elevado, y no es más que un pedante que no sabe hablar sin afectación.
  • jamás admite tener culpa de nada y, a base de no querer oír hablar de sus defectos, acaba llegando a creer que no los tiene. Addison decía que la más grave falta es no tener conciencia de ninguna.
  • es de esos, prepotentes y arrogantes, que no saben ganar, o ser más hábiles o más inteligentes que otros, sin maltratar a esos menos agraciados (o, mejor dicho, a esos que ellos consideran menos agraciados).

    Sócrates decía que la mayor sabiduría humana es saber que sabemos muy poco. Y Séneca que muchos habrían sido sabios si no hubieran creído demasiado pronto que ya lo eran.

    Se ha dicho también que el mayor negocio del mundo sería comprar a un hombre por lo que vale y venderlo por lo que cree que vale. Hasta tal punto considera la sabiduría popular que tiende el hombre a sobrevalorarse.

    ¿A quién echas las culpas? Hace poco leí algo que me pareció realmente acertado y de gran sentido común. Se trata de una forma de medir a las personas.

    Consiste en observar cómo valoran ellos a quienes les rodean. La gente para la cual todos sus compañeros son estupendos, sus familiares formidables y sus jefes unos buenos tipos, es que ellos mismos son estupendos, formidables y buenos tipos. Y, por el contrario, las personas que no ven más que defectos en todo el que tienen alrededor, generalmente son ellos los que están llenos de defectos.

    También en la familia podemos acabar siempre por echar la culpa de todo a las dificultades del ambiente, a la falta de medios, a las incompatibilidades de carácter…, o a lo que sea, pero siempre a cosas externas a nosotros. Y eso es mala señal, pues es indudable que habrá también fallos y defectos nuestros —probablemente más de los que pensamos—, y hemos de tener la valentía necesaria para enfrentarnos a ellos y así mejorar.

    Sé sincero contigo mismo, y sé crítico con tus propias excusas. No te fabriques versiones apañadas a tu propio interés, no eches siempre las culpas fuera. No se trata tampoco de cargar con absurdos complejos de culpabilidad, ni de ir por la vida haciendo ostentación de autoculpismo. Se trata, por ejemplo, de preguntarse ante los errores de los hijos:

  • ¿Por qué ha hecho esto hoy este hijo mío?
  • ¿Qué error he cometido yo en su formación para que ahora haya actuado así?
  • ¿Cómo puedo remediarlo en lo sucesivo? No se trata de echarse a uno mismo la culpa de todo. Pero es importante hacer una llamada a la sinceridad total con uno mismo a la hora de analizar los problemas de la familia y ver honradamente cómo mejorar.

    Hace poco me decía un padre de familia hablando sobre su hijo: “Es que es igual que yo…; yo quisiera que fuera distinto, pero tiene un carácter idéntico al mío…”.

    Y ciertamente el carácter de los hijos es en gran parte una réplica del de los padres. Por eso te recomiendo que tengas el valor de pensar si a veces no eres tú mismo tu mayor enemigo a la hora de educar. Examínate con sinceridad. No te ampares en coartadas fáciles. Cambia aquello que no vaya bien en tu vida. Procura aprender cada día un poco sobre tu oficio de educador. No olvides que quien tiene el privilegio de enseñar no puede olvidar el deber de aprender.

    Susceptibilidad Las personas susceptibles acarrean una pesada desgracia: la de ser retorcidos. Complican lo sencillo y agotan al más paciente. Viven siempre con la guardia en alto, a pesar de lo cansado que resulta.

    Son capaces de encontrar secretas intenciones, conjuras o malévolos planteamientos en las cosas más sencillas. Imaginan en los ojos de los demás miradas llenas de censura. Una pregunta cualquiera es interpretada como una indirecta o una condena, como una alusión a un posible defecto personal. Con ellos hay que medir bien las palabras y andarse con pies de plomo para no herirles.

    La susceptibilidad tiene su raíz en el egocentrismo y la complicación interior. “Que si no me tratan como merezco…, que si ése qué se ha creído…, que no me tienen consideración…, que no se preocupan de mí…, que no se dan cuenta…”, y así ahogan la confianza y hacen realmente difícil la convivencia con ellos.

    Veamos algunos ejemplos de ideas para alejar ese peligro:

  • guardarse de la continua sospecha, que es un fuerte veneno contra la amistad y las buenas relaciones familiares;
  • no querer ver segundas intenciones en todo lo que hacen o dicen los demás;
  • no ser tan ácidos, tan críticos, tan cáusticos, tan demoledores: no se puede ir por la vida dando manotazos a diestro y siniestro;
  • salvar siempre la buena intención de los demás: no tolerar en la casa críticas sobre familiares, vecinos, compñeros o profesores de los hijos;
  • confiar en que todas las personas son buenas mientras no se demuestre lo contrario: cualquier ser humano, visto suficientemente de cerca y con buenos ojos, terminará por parecernos, en el fondo, una persona encantadora (Plotino decía que todo es bello para el que tiene el alma bella); es cuestión de verle con buenos ojos, de no etiquetarle por detalles de poca importancia ni juzgarle por la primera impresión externa;
  • no hurgar en heridas antiguas, resucitando viejos agravios o alimentando ansias de desquite;
  • ser leal y hacer llegar nuestra crítica antes al interesado: darle la oportunidad de rectificar antes de condenarle, y no justificarnos con un simple “si ya se lo dije y no hace ni caso…”, porque muchas veces no es verdad.

  • soportarse a uno mismo, porque muchos que parecen resentidos contra las personas que le rodean, lo que en verdad les sucede es que no consiguen luchar con deportividad contra sus propios defectos.

    Escapar de uno mismo “El Caballero de la Armadura Oxidada” es un sorprendente best-seller de Robert Fisher que se vende por millones en Estados Unidos y que en España lleva ya más de cuarenta ediciones. Es un relato de fantasía adulta, cuyo protagonista es un ejemplar caballero medieval que “cuando no estaba luchando en una batalla, matando dragones o rescatando damiselas, estaba ocupado probándose su armadura y admirando su brillo”. El éxito del libro está en que simboliza nuestra ascensión por la montaña de la vida y hace certeras observaciones sobre la conducta humana.

    Nuestro caballero se había enamorado hasta tal punto de su armadura que se la empezó a poner para cenar, y a menudo para dormir. Después de un tiempo, ya no se tomaba la molestia de quitársela para nada. Su mujer estaba cada vez más harta de no poder ver el rostro de su marido, y de dormir mal por culpa del ruido metálico de la armadura.

    La situación llega a ser tan insostenible para la desdichada familia que nuestro caballero decide finalmente quitarse la armadura. Es entonces cuando descubre que, después de tanto tiempo encerrado en ella, está totalmente atascada y no puede quitársela. Marcha entonces en busca del mago Merlín, que le muestra un sendero estrecho y empinado como la única solución liberarse de aquel curioso encierro. Se trata del sendero de la verdad, y decide tomarlo de inmediato, pues se da cuenta de que si no se lanza puede cambiar pronto de opinión.

    Tiene que superar diversas pruebas. En una de ellas comprueba que apenas se había ganado el afecto de su hijo, y eso le hace llorar amargamente. La sorpresa llega a la mañana siguiente, cuando ve que la armadura se ha oxidado como consecuencia de las lágrimas, y parte de ella se ha desencajado y caído. Su llanto había comenzado a liberarle.

    Más adelante, con ocasión de otras pruebas, advierte que durante años no había querido admitir las cosas que hacía mal. Había preferido culpar siempre a los demás. Se había comportado de manera ingrata con su mujer y su hijo. Había sido muy injusto. Las lágrimas resbalaban por sus mejillas cada vez con más profusión. Había necesitado a su mujer y a su hijo, pero apenas los había amado. En el fondo, se consideraba en poco a sí mismo, y eso le hacía comportarse de una forma poco natural, con idea de ganarse así la consideración de los demás, y por eso resultaba orgulloso y altivo. Había puesto una armadura invisible entre él y su verdadero modo de ser, y le estaba aprisionando. Una armadura que “ha estado ahí durante tanto tiempo —le decía Merlín—, que al final se ha hecho visible y permanente”.

    Recordó todas las cosas de su vida de las que había culpado a su madre, a su padre, a sus profesores, a su mujer, a su hijo, a sus amigos y a todos los demás. Por primera vez en muchos años, contempló su vida con claridad, sin juzgar y sin excusarse. En ese instante, aceptó toda su responsabilidad. A partir de ese momento, nunca más culparía a nada ni a nadie de sus propios errores. El reconocimiento de que él era la causa de sus problemas, y no la víctima, le dio una nueva sensación de poder. Ya no tenía miedo. Le sobrevino una desconocida sensación de calma. “Casi muero por las lágrimas que no derramé”, pensó.

    Todos solemos poner en nuestra vida barreras ante los demás, y un día nos damos cuenta de que estamos atrapados tras esas barreras y nos resulta difícil salir. Por eso, la sabiduría de vivir está, en buena medida, en conocerse lo suficiente a uno mismo como para saber cuándo y cómo ha quedado uno atrapado. De lo contrario, la voluntad se hará cada día más débil, y la habilidad para engañarse, cada día más fuerte. Buscaremos la culpa en los demás, alimentando un orgullo que poco podrá ayudarnos, y quizás luchemos contra todos para no luchar contra nosotros mismos.

    Nuestro caballero tenía que quitarse la armadura para enfrentarse a la verdad sobre su vida. Se lo habían dicho muchas veces, pero siempre había rechazado esa idea como una ofensa, tomando la verdad como un insulto. Y hasta que no reconoció sus errores y lloró por ellos, no consiguió liberarse del encerramiento al que a sí mismo se había sometido.

    Encontrar escapatorias cuando no se quiere mirar dentro de uno mismo es la cosa más fácil del mundo. Siempre hay culpas exteriores, y hace falta mucha valentía para aceptar que la responsabilidad es nuestra. Pero esa es la única manera de avanzar, aunque sea un recorrido siempre cuesta arriba. Como decía la protagonista de aquella novela de Susanna Tamaro, “cada vez que, al crecer, tengas ganas de convertir las cosas equivocadas en cosas justas, recuerda que la primera revolución que hay que realizar es dentro de uno mismo, la primera y la más importante. Luchar por una idea sin tener una idea de uno mismo es una de las cosas más peligrosas que se pueden hacer.” La espiral del rencor Stefan Zweig cuenta en su biografía la triste y fugaz historia de Ernst Lissauer, un escritor alemán de los tiempos de la Primera Guerra Mundial.

    Lissauer era un hombre de enorme erudición. Nadie dominaba la lírica alemana mejor que él. También era un profundo conocedor de la música y poseía un gran talento para el arte. Cuando estalló la guerra, quiso alistarse como voluntario pero no fue admitido por su edad y su falta de salud. En medio de aquel fervor patriótico contra los países que ahora eran enemigos, pronto se vio arrastrado por el ambiente de exaltación bélica propiciado desde la maquinaria de propaganda de la Wilhelmstrasse de Berlín. El sentimiento de que los ingleses eran los principales culpables de aquella guerra lo plasmó Lissauer en el famoso “Canto de odio a Inglaterra”, un poema en catorce versos duros, concisos y expresivos que elevaban el odio hacia ese país a la condición de un juramento de animadversión eterna. Aquellos versos cayeron como una bomba en un depósito de municiones. Pronto se hizo evidente lo fácil que resulta encrespar y azuzar con el odio a todo un país. El poema recorrió Alemania de boca en boca, el emperador concedió a Lissauer la cruz del Águila Roja, todos los periódicos lo publicaron, se representó en los teatros, los maestros lo leían a los niños en las escuelas, los oficiales mandaban formar a los soldados y se lo recitaban, hasta que todo el mundo acabó por aprenderse de memoria aquella letanía del odio. De la noche a la mañana, Ernst Lissauer conoció la fama más ardiente que ningún poeta consiguiera en aquella época. Una fama que, por cierto, acabó por quemarle como la túnica de Neso, porque en cuanto terminó la guerra todos se esforzaron por desembarazarse de la culpa que les correspondía en esa enemistad y señalaron a Lissauer como el gran promotor de aquella insensata histeria de odio que en 1914 todos habían compartido. Fue desterrado, todos le volvieron la espalda y murió en el olvido, como trágica víctima de aquella marejada de sinrazón que lo había encumbrado primero para hundirlo luego todavía más.

    Esta historia es un buen ejemplo de lo que sucede cuando se hace redoblar el tambor del odio. El rencor genera más rencor, y si no se está en guardia contra él pronto se convierte en una ola imparable que hace retumbar los oídos más imparciales y estremece los corazones más equilibrados. En aquella ocasión hubo unos pocos que tuvieron fuerzas y lucidez suficientes para escapar de ese círculo vicioso de odio y agresión que parecía querer absorberlo todo. Fueron personas que no se dejaron llevar por la credulidad propia del rencor, y que lograron superar la torpe y simple idea de que la verdad y la justicia están siempre del propio lado. Y fueron pocos porque, por desgracia, soplar a favor de lo que desune suele ser más fácil y tentador que lo contrario.

    Nietzsche consideraba la misericordia y el perdón como la escapatoria de los débiles. Sin embargo, se necesita más empeño y más fortaleza para perdonar que para dejarse llevar por el rencor y los deseos de venganza. Hace falta más talla moral y más inteligencia para descubrir lo bueno que hay en los demás que para obsesionarse con lo que no nos gusta. Es mejor y más meritorio tirar de lo bueno que hay en cada uno en vez exasperarles con nuestra arrogancia. La historia de la humanidad manifiesta de forma trágica los frutos amargos de todas aquellas ocasiones en que se fomentaron y exaltaron los sentimientos de violencia, intolerancia, soberbia e insolidaridad entre los hombres.

    El resentimiento lleva a las personas a sentirse dolidas y a no olvidar. Muchas veces ese resentimiento llega a ser enfermizo y se convierte en una hipersensibilidad para sentirse maltratado, y esa convicción es reactivada una y otra vez por la imaginación, como las vueltas que da una lavadora, impidiendo olvidar, deformando la realidad y conduciendo a la obsesión. Otras veces son explosiones momentáneas que enseguida dejan el amargo sabor del hastío de las propias palabras, en cuanto se evapora el aguardiente del primer entusiasmo.

    Hay personas que, allá donde están, los conflictos -sean grandes o pequeños- tienden a relajarse, y se acaban superando o resolviendo. Pero hay muchos otros que los exacerban y cronifican. Frente al resentimiento está el perdón y el esfuerzo por superar los agravios. Acostumbrarse a ser persona conciliadora requiere unos resortes psicológicos de más empaque, pero están al alcance de cualquiera, y merece la pena esforzarse por adquirirlos.

  • Orgullo y egocentrismo

    • El orgullo
    • Reparto de culpas
    • Una aclaración sobre la humildad
    • ¿Soportarlo todo?
    • Nuestra verdad
    • El mal genio
    • El control de la ira
    • ¿Soberbia yo?

    El orgullo El orgullo adopta muy diferentes disfraces. Si lo buscas dentro de ti, lo hallarás por todas partes. Sin embargo, cuida de no utilizar esos descubrimientos para desalentarte.

    El orgullo te afecta en tu propia casa. Una mirada autocrítica a tu vida familiar revelará muchas áreas en que el orgullo la ha empobrecido y te ha llevado por un camino equivocado. Pongamos ejemplos:

  • Marido que interrumpe a su esposa —o viceversa— y no escucha lo que le dice, como si sus propias opiniones fueran las únicas que merecen ser tenidas en cuenta.

  • Madre que no quiere corregir a su hijo por temor a perder el afecto del niño.
  • Marido que llega tarde a cenar y no avisa porque es él quien manda.
  • Hijo consentido que casi nunca ayuda en nada y se queja constantemente de todo.

    Más ejemplos en la vida diaria fuera del hogar:

  • Estás dando vueltas en busca de aparcamiento en el centro de la ciudad, cuando alguien te corta el paso y ocupa el espacio libre que tenías delante. Te pones furioso, le increpas, te embarga una ira desproporcionada.
  • Llegas a la oficina y entregas a tu secretaria el trabajo bruscamente y le das órdenes de forma desconsiderada y altiva, sin dar las gracias ni mostrarte amable.

  • Eres médico o abogado, y un cliente acude a ti con un problema, y resulta ser un poco premioso, y te impacientas con él y le apabullas con la jerga médica o jurídica.
  • Estás en la cola, a la espera de hacer una compra, y a una anciana que tienes delante le resulta difícil contar el dinero; te mueves con impaciencia y suspiras sonoramente con exasperación.

    En la medida en que tú erradiques el orgullo de tu vida, desaparecerá de la familia y tendrá menos arraigo en tu hijo adolescente. Piensa que en una gran parte de esos ejemplos los hijos son espectadores, y es entonces cuando van formando sus criterios de conducta.

    No te estoy hablando simplemente de cuidar los modales. Piensa en cuál es tu forma de pensar acerca de ti y de los demás:

  • Cada vez que actúas con superioridad o humillante condescendencia para con los demás, has caído en el orgullo.

  • Cuando increpas a un conductor un poco torpe, criticas a tu cónyuge o tratas a un camarero como si fuera un esclavo, agredes la dignidad de alguien que la merece toda.
  • Cuando parece que disfrutas diciendo que no, porque así te das aires de mucho mando, o cuando produces actitudes serviles ante ti, degradas a esas personas y te degradas a ti mismo.
  • Cuando —quizá incluso siendo pacifista— te olvidas de la paz en tu vida cotidiana, y resulta que eres peleón y encizañador en tu trabajo, intolerante con tu marido o tu mujer, excesivamente duro con tus hijos, despectivo con tu suegra, o áspero con tu portero y tus vecinos, entonces demuestras que ninguna de tus teorías para la paz del mundo tiene sitio en tu propia casa.

    Son agresiones que demuestran egocentrismo, y los hijos lo ven, y lo asumen casi sin darse cuenta. Uno a uno, cada uno de estos episodios no significan gran cosa. Pero cuando el orgullo se hace fuerte en esos detalles que empiezan a acumularse, puede convertirte en un gran deseducador en la familia.

    Reparto de culpas «Salí un día de viaje muy enfadado con mi mujer, después de una pequeña trifulca. Como siempre, por una bobada. Pero una bobada que me ofendió, y bastante.

    »Yo era de carácter bastante difícil, ahora sí me doy cuenta, pero entonces no lo veía así. Y con ese resentimiento profundo me fui al aeropuerto dando un portazo.

    »No era la primera vez que me pasaba y sin embargo aquella vez fue todo distinto, todavía no sé casi por qué.

    »El caso es que salí de casa ofendido y esperando a que a la vuelta mi mujer me pidiera perdón para ofrecérselo yo a regañadientes. Pero las cosas en mí empezaron a cambiar, gracias a que tuve la suerte de coincidir en el viaje con un antiguo compañero, muy amigo mío, y empezamos a hablar, y al final acabé contándole mi vida.

    »La verdad es que me hizo pensar. Curiosamente, empezaron a asaltarme dudas sobre mi actitud. Al principio, de forma tímida; luego, con más claridad. Al final, la duda se había transformado ya en una certeza: quizá tenía razones para pensar que la culpa no era mía, pero estaba seguro de que no tenía razón.» Aquel hombre entendió que su actitud con su mujer y sus hijos estaba siendo arrogante y orgullosa, y que, aunque pudiera ser cierto que en esa ocasión concreta su mujer no lo hizo bien, en el fondo la culpa era suya por comportarse tan incorrectamente de modo habitual.

    Empezó a sentir la necesidad de pedir perdón, y era algo que le resultaba casi novedoso. Entendió que su actitud a lo largo de esos años había sido mucho peor que la pequeña ofensa de su mujer en aquella sobremesa, o que mil como ésa.

    Que durante años se había visto cegado por disquisiciones tontas sobre quien tenía la culpa. Porque siempre pensaba que la culpa era de su mujer, o de su hijo, o de su hija, y ellos pensaban lo contrario, y todos quedaban a la espera de que les pidieran perdón. Era un círculo vicioso del que no lograban salir.

    Su conclusión después de aquello fue clara: una de las dificultades grandes de la convivencia familiar es dar demasiada importancia al “quién tiene la razón”.

    «Quererse, estar en paz, convivir alegremente, es mucho más importante que saber quién tiene razón. ¿Qué más dará saber quién tiene la culpa? Casi siempre nos la repartiremos entre los dos, en mayor o menor proporción cada uno. Además, hay muy pocos culpables o inocentes absolutos.

    »De cada diez veces que veo discutir a dos personas y una de ellas insiste con vehemencia en que tiene la razón, nueve de ellas pienso que no la tiene, y que lo que está haciendo es imponer su punto de vista con una falta de objetividad asombrosa.» Lo que importa es que vuelva a reinar la paz. Ya se verá más adelante, una vez vuelta la calma, si es preciso o no tomar alguna medida. Actuando así, además, al final casi siempre ya da igual saber quién tenía razón, porque si la familia funciona bien, ambos se habrán considerado culpables y habrán pedido perdón.

    Una aclaración sobre la humildad Son muchas las personas —explicaba con gracia C.S.Lewis— que piensan que humildad equivale a mujeres bonitas tratando de creer que son feas, o personas inteligentes tratando de creer que son tontas.

    Y como consecuencia de este malentendido se pasan la vida intentando creerse algo manifiestamente absurdo y, gracias a eso, jamás logran ganar en humildad. No debe confundirse la humildad con algo tan simple y ridículo como tener una mala opinión acerca de los propios talentos. La humildad nada tiene que ver con una absurda simulación de falta de cualidades.

    Se trata de un error bastante extendido, a pesar de que durante siglos se han alzando contra él muchas voces sensatas que venían a recordar cómo la humildad no puede violentar la verdad, y que la sinceridad y la humildad son dos formas de designar una realidad única. La humildad no está en exaltarse ni en infravalorarse, sino que va unida a la verdad y a la naturalidad.

    Quizá por eso, para aclarar conceptos, podemos empezar por dejar claro primero lo que no es humildad:

  • No se logra la humildad en la familia humillando a los demás (así, suele conseguirse habitualmente lo contrario).

  • Ni regateando los legítimos y prudentes elogios a las buenas acciones de los hijos o del cónyuge, con la excusa de evitar que se envanezcan.
  • Tampoco conviene a la humildad la continua comparación con otras personas, puesto que a una persona no le viene la justa medida por su relación con otras, sino, ante todo, por lo que de natural debiera ser.
  • Ni consiste tampoco en echarse encima toneladas de basura. Porque, además, esas personas autoculpistas no suelen creerse lo que dicen. Se pasan la vida diciendo que tienen muy mala memoria, que son un desastre, que no dan una a derechas…; pero suelen decirlo de modo genérico, y no les gusta que sea otro quien lo dé a entender, y menos si se desciende a lo concreto: cuando van conduciendo, por ejemplo, la culpa casualmente será de otro conductor, el problema será del coche, o de la carretera, o de que le han distraído; o en el deporte, resultará que le han dado mal el pase, o que el balón o el terreno no estaban bien; etc.
  • Tampoco es humildad esa triste y victimista actitud de quien dice “es que soy así” y se abandona a sus propios defectos sin molestarse en luchar por mejorar. Eso puede ser comodonería o inconstancia, pero nunca humildad.

    ¿Soportarlo todo? «Es una cosa que ha ido empeorando en casa de día en día desde hace ya tiempo —se lamentaba con amargura una chica de diecisiete años.

    »Antes, mi madre tenía más autoridad, pero ahora está como arrinconada y apenas le obedece nadie en nada de lo que dice.

    »La casa se ha convertido en una especie de pensión donde la gente sólo aparece para comer, dormir y pedir dinero. Cada uno vive a su aire, es frecuente que lleguemos tarde a casa sin avisar, y es raro el día que no discutimos.

    »Mis dos hermanos pequeños han perdido el respeto a mi madre. Le llevan siempre la contraria, y alguna vez, en medio de esos enfados, han llegado a insultarla. Me duele ver cómo la tratan, pero no me atrevo a decirles nada, porque la verdad es que tengo que reconocer que yo a veces también he actuado bastante mal y no estoy en condiciones de echarles en cara nada.

    »Mi padre está siempre fuera, desde que cambió de trabajo, y cuando llega a casa no está para nada. Además, como tiene un genio fatal, mi madre prefiere no decirle nada de los disgustos que le damos, y hace bien, porque creo que sería casi peor.

    »Ella sufre mucho y soporta todo con una paciencia y una humildad admirables.» Parece claro que es un error consentir esas actitudes a los hijos. Y parece claro también que, estando ya tan consolidadas, no es nada fácil reconducirlas. Tendría que servir este ejemplo como experiencia para plantear bien las cosas desde el principio, porque la actitud de esa madre ni es paciencia ni es humildad, como pensaba su hija. No puede ser virtud dejarse avasallar de esa manera. En la familia, como en todos sitios, hay que empezar por exigir que a uno le traten con respeto, y eso no es orgullo ni vanidad.

    Hay veces en que a una persona le toca sufrir un drama familiar muy doloroso, y a lo mejor casi lo único que puede hacer es soportarlo todo pacientemente. Pero lo normal es que todos tengamos que dejar las cosas claras todas las veces que haga falta hasta conseguir que se nos respete.

    Quien insulta, sobre todo si es con frecuencia, se descalifica a sí mismo. Y quien lo soporta habitualmente con gesto de víctima puede ser admirable o heroico, pero a veces resulta que es, más bien, simplemente un poco tonto o un poco tonta. Hay que poner la energía precisa para defender los propios derechos, y esto es compatible con la humildad.

    Habrá que buscar una solución concreta a cada caso, pero raramente la postura ideal será soportarlo todo y callarse eternamente.

    Nuestra verdad Siempre me ha parecido bastante ilustrativo participar en conversaciones informales con gente joven, con niños incluso muy pequeños. Ayuda mucho a conocer su mentalidad, y con lo que se aprende puede uno ahorrarse muchos errores en la educación.

    A veces en los transportes públicos nos vemos obligados a enriquecernos con esas conversaciones, aunque sólo sea como oyentes, pues la gente joven suele tener buena voz y hace generoso uso de ella sin preocuparse mucho de que en todo el autobús o todo el vagón casi no se oiga otra cosa.

    No hace mucho coincidí en un viaje en tren con un grupo de alumnos de un colegio. Hablaban muy animadamente, lejos en ese momento del cuidado del profesor que iba con ellos.

    Al principio tenía bastante gracia y resultaba incluso divertido. Cada uno de los contendientes iba aguzando su ingenio, tratando de aprovecharse de los fallos dialécticos del contrario y de ironizar sobre sus razones. Pero al cabo de media hora todos los viajeros presentes estábamos rendidos. Y acabamos rendidos porque: Era como si a ninguno le importara en absoluto lo que el otro dijera. Mientras uno habla, el otro prepara su respuesta. Y si se le ocurre algo antes de que termine, le interrumpe sin contemplaciones.

    Según avanza la discusión, las posturas se van alejando más, en vez de converger.

    Las afirmaciones son cada vez más radicales. A veces, da la impresión de que incluso van más allá de lo que piensan, pero lo hacen para forzar su imposición dialéctica.

    Cuando uno se ve un poco acorralado o se le acaban los argumentos, no duda en recurrir a ataques personales o a hacer descalificaciones demagógicas sin molestarse en razonarlas. Cualquier cosa, antes que dar la impresión de que uno pierde terreno, se deja convencer o cede un poco en sus afirmaciones.

    Lo más triste es que las ideas de unos y otros no parecían estar muy lejanas. Podrían haberse puesto de acuerdo. No era un problema de fondo, sino de forma. Sus posturas serían fácilmente conciliables si las hablaran de otra manera, si aprendieran a dialogar, a intercambiar impresiones y puntos de vista, en vez de discutir acaloradamente.

    Si examinamos nuestra vida, es algo que nos puede estar sucediéndonos a nosotros mismos y casi no nos damos cuenta. Muchas veces parece que tenemos nuestra verdad y nos cuesta dar entrada en ella a cualquier idea que venga de fuera. Como si tuviéramos una oposición permanente a todo lo ajeno, una tendencia a condenar, a discutirlo todo.

    Es cierto que hay cosas que pertenecen a lo sustancial de nuestras convicciones y en las que no se debe ceder. Pero hay que pensar que esas convicciones básicas, aunque sean muy importantes, también suelen ser pocas. Y sobre todo, que lo habitual es que las peleas y discusiones sean por otras cosas mucho más secundarias.

    Sería muy interesante que pasáramos por el tamiz de nuestra propia ironía las razones que nos llevan a discutir. Con frecuencia nos parecerían ridículas. Descubriríamos que la amargura que deja toda polémica desabrida es un sabor que no vale la pena probar. Y descubriríamos que habitualmente resultará más grato y más enriquecedor buscar las cosas que unen, en vez de las que separan.

    Y que cuando haya que contrastar ideas lo hagamos con elegancia, sin olvidar aquello que decía Séneca de que la verdad se pierde en las discusiones prolongadas.

    Además, pensando en el hijo adolescente, si no siempre es fácil conseguir que acepte los consejos que sus padres le dan de forma razonada y respetuosa con su libertad, ¿cómo podemos pretender que los acepte —sobre todo a partir de cierta edad— si los damos en forma de imposiciones poco razonadas en medio de una discusión? El mal genio Algunas personas parece como si se rodearan de alambre de espino, como si se convirtieran en un cactus, que se encierra en sí mismo y pincha.

    Y luego, sorprendentemente, se lamentan de no tener compañía, o de que les falta el afecto de sus hijos, o de sus padres, o de sus conocidos.

    La verdad es que todos, cuando pasa el tiempo, casi siempre acabamos por lamentar no haber tratado mejor a las personas con las que hemos convivido: Dickens decía que en cuanto se deja atrás un lugar, empieza uno a perdonarlo.

    Cuando nos enfadamos se nos ocurren muchos argumentos, pero muchos de ellos nos parecerían ridículos si los pudiéramos contemplar unos días o unas horas más tarde, grabados en una cinta de vídeo.

    Algunos piensan que más vale dar unas voces y desahogarse de vez en cuando, que ir cargándose de resentimiento reprimido. Quizá no se dan cuenta de que la cólera es muy peligrosa, porque en un momento de enfado podemos producir heridas que tardan luego mucho en cicatrizar.

    Hay personas que viven heridas por un comentario sarcástico o burlón, o por una simpleza estúpida que a uno se le escapó en un momento de enfado, casi sin darse cuenta de lo que hacía, y que quizá mil veces se ha lamentado de haber dicho.

    Los enfados suelen ser contraproducentes y pueden acabar en espectáculos lamentables, porque cuando un hombre está irritado casi siempre sus razones le abandonan. Y de cómo sus efectos suelen ser más graves que sus causas nos da la historia un claro testimonio.

    ¿Entonces, no hay que enfadarse nunca? Fuller decía que hay dos tipos de cosas por las que un hombre nunca se debe enfadar: por las que tienen remedio y por las que no lo tienen. Con las que se pueden remediar, es mejor dedicarse a buscar ese remedio sin enfadarse; y con las que no, más vale no discutir si son inevitables.

    A veces, enfadarse puede ser incluso formativo, por ejemplo para remarcar a los hijos que algo que han hecho está mal, pero serán muy poco frecuentes. Hace falta un gran dominio propio para hacerlo bien.

    El mal genio deteriora la unidad de la familia. Y cuando uno se inhibe o se desentiende hace daño, pero cuando desune hace quizá más.

    Muchas veces, además, carga con el mal genio el menos culpable, el que más cerca está, incluso el propio mensajero de la mala noticia. Y es terriblemente injusto. “Voy a decirle cuatro verdades…”, ¿y por qué han de ser cuatro? Sólo con eso ya veo que estás enojado.

    Es verdad que el ánimo tiene sus tiempos atmosféricos. Que un día te inunda el buen humor como la luz del sol, y otro, sin saber tú mismo bien por qué, te agobia una niebla pesada y basta un chubasco, el más leve contratiempo, un malestar pasajero, para ponerte de mal humor. Pero debemos hacer todo lo posible para adueñarnos de nuestro humor y no dejarnos llevar a su merced.

    El control de la ira Cuando alguien recibe un agravio, o algo que le parece un agravio, si es persona poco capaz de controlarse, es fácil que eso le parezca cada más ofensivo, porque su memoria y su imaginación avivan dentro de él un gran fuego gracias a que da vueltas y más vueltas a lo que ha sucedido.

    La pasión de la ira tiene una enorme fuerza destructora. La ira es causa de muchas tragedias irreparables. Son muchas las personas que por un instante de cólera han arruinado un proyecto, una amistad, una familia. Por eso conviene que antes de que el incendio tome cuerpo, extingamos las brasas de la irritación sin dar tiempo a que se propague el fuego.

    La ira es como un animal impetuoso que hemos de tener bien asido de las bridas. Si cada uno recordamos alguna ocasión en que, sintiendo un impulso de cólera, nos hayamos refrenado, y otro momento en que nos hayamos dejado arrastrar por ella, comparando ambos episodios podremos fácilmente sacar conclusiones interesantes. Basta pensar en cómo nos hemos sentido después de haber dominado la ira y cómo nos hemos sentido si nos ha dominado ella. Cuando sucede esto último, experimentamos enseguida pesadumbre y vergüenza, aunque nadie nos dirija ningún reproche.

    Basta contemplar serenamente en otros un arrebato de ira para captar un poco de la torpeza que supone. Una persona dominada por el enfado está como obcecada y ebria por el furor. Cuando la ira se revuelve y se agita a un hombre, es difícil que sus actos estén previamente orientados por la razón. Y cuando esa persona vuelve en sí, se atormenta de nuevo recordando lo que hizo, el daño que produjo, el espectáculo que dio. Piensa en quiénes estuvieron presentes, en esas personas en cuya presencia entonces quizá no reparaba, pero que ahora le inquieta recordar. Y tanto si eran gente amiga o menos amiga, se siente ante ellos profundamente avergonzado.

    La ira suele tener como desencadenante una frustración provocada por el bloqueo de deseos o expectativas, que son defraudados por la acción de otra persona, cuya actitud percibimos como agresiva. Es cierto que podemos irritarnos por cualquier cosa, pero la verdadera ira se siente ante acciones en las que apreciamos una hostilidad voluntaria de otra persona.

    Como ha señalado José Antonio Marina, el estado físico y afectivo en que nos encontremos influye en esto de forma importante. Es bien conocido cómo el alcohol predispone a la furia, igual que el cansancio, o cualquier tipo de excitación. También los ruidos fuertes o continuos, la prisa, las situaciones muy repetitivas, pueden producir enfado, ira o furia. En casos de furia por acumulación de diversos sumandos, uno puede estar furioso y no saber bien por qué.

    ¿Y por qué unas personas son tan sociables, y ríen y bromean, y otras son malhumoradas, hurañas y tristes; y unas son irritables, violentas e iracundas, mientras que otras son indolentes, irresolutas y apocadas? Sin duda hay razones biológicas, pero que han sido completadas, aumentadas o amortiguadas por la educación y el aprendizaje personal: también la ira o la calma se aprenden.

    Muchas personas mantienen una conducta o una actitud agresiva porque les parece encontrar en ella una fuente de orgullo personal. En las culturas agresivas, los individuos suelen estar orgullosos de sus estallidos de violencia, pues piensan que les proporcionan autoridad y reconocimiento. Es una lástima que en algunos ambientes se valoren tanto esos modelos agresivos, que confunden la capacidad para superar obstáculos con la absurda necesidad de maltratar a los demás.

    Las conductas agresivas se aprenden a veces por recompensa. Lamentablemente, en muchos casos sucede que las conductas agresivas resultan premiadas. Por ejemplo, un niño advierte enseguida si llorar, patalear o enfadarse son medios eficaces para conseguir lo que se propone; y si eso se repite de modo habitual, es indudable que para esa chica o ese chico será realmente difícil el aprendizaje del dominio de la ira, y que, educándole así, se le hace un daño grande.

    ¿Soberbia yo? Un escritor va paseando por la calle y se encuentra con un amigo. Se saludan y comienzan a charlar. Durante más de media hora el escritor le habla de sí mismo, sin parar ni un instante. De pronto se detiene un momento, hace una pausa, y dice: “Bueno, ya hemos hablado bastante de mí. Ahora hablemos de ti: ¿qué te ha parecido mi última novela?”.

    Es un ejemplo gracioso de actitud vanidosa, de una vanidad bastante simple. De hecho, la mayoría de los vicios son también bastante simples. Pero en cambio la soberbia suele manifestarse bajo formas más complejas que las de aquel fatuo escritor. La soberbia tiende a presentarse de forma más retorcida, se cuela por los resquicios más sorprendentes de la vida del hombre, bajo apariencias sumamente diversas. La soberbia sabe bien que si enseña la cara, su aspecto es repulsivo, y por eso una de sus estrategias más habituales es esconderse, ocultar su rostro, disfrazarse. Se mete de tapadillo dentro de otra actitud aparentemente positiva, que siempre queda contaminada.

    Unas veces se disfraza de sabiduría, de lo que podríamos llamar una soberbia intelectual que se empina sobre una apariencia de rigor que no es otra cosa que orgullo altivo.

    Otras veces se disfraza de coherencia, y hace a las personas cambiar sus principios en vez de atreverse a cambiar su conducta inmoral. Como no viven como piensan, lo resuelven pensando como viven. La soberbia les impide ver que la coherencia en el error nunca puede transformar lo malo en bueno.

    También puede disfrazarse de un apasionado afán de hacer justicia, cuando en el fondo lo que les mueve es un sentimiento de despecho y revanchismo. Se les ha metido el odio dentro, y en vez de esforzarse en perdonar, pretenden calmar su ansiedad con venganza y resentimiento.

    Hay ocasiones en que la soberbia se disfraza de afán de defender la verdad, de una ortodoxia altiva y crispada, que avasalla a los demás; o de un afán de precisarlo todo, de juzgarlo todo, de querer tener opinión firme sobre todo. Todas esas actitudes suelen tener su origen en ese orgullo tonto y simple de quien se cree siempre poseedor exclusivo de la verdad. En vez de servir a la verdad, se sirven de ella –de una sombra de ella–, y acaban siendo marionetas de su propia vanidad, de su afán de llevar la contraria o de quedar por encima.

    A veces se disfraza de un aparente espíritu de servicio, que parece a primera vista muy abnegado, y que incluso quizá lo es, pero que esconde un curioso victimismo resentido. Son esos que hacen las cosas, pero con aire de víctima (“soy el único que hace algo”), o lamentándose de lo que hacen los demás (“mira éstos en cambio…”).

    Puede disfrazarse también de generosidad, de esa generosidad ostentosa que ayuda humillando, mirando a los demás por encima del hombro, menospreciando.

    O se disfraza de afán de enseñar o aconsejar, propio de personas llenas de suficiencia, que ponen a sí mismas como ejemplo, que hablan en tono paternalista, mirando por encima del hombro, con aire de superioridad.

    O de aires de dignidad, cuando no es otra cosa que susceptibilidad, sentirse ofendido por tonterías, por sospechas irreales o por celos infundados.

    ¿Es que entonces la soberbia está detrás de todo? Por lo menos sabemos que lo intentará. Igual que no existe la salud total y perfecta, tampoco podemos acabar por completo con la soberbia. Pero podemos detectarla, y ganarle terreno.

    ¿Y cómo detectarla, si se esconde bajo tantas apariencias? La soberbia muchas veces nos engañará, y no veremos su cara, oculta de diversas maneras, pero los demás sí lo suelen ver. Si somos capaces de ser receptivos, de escuchar la crítica constructiva, nos será mucho más fácil desenmascararla.

    El problema es que hace falta ser humilde para aceptar la crítica. La soberbia suele blindarse a sí misma en un círculo vicioso de egocentrismo satisfecho que no deja que nadie lo llame por su nombre. Cuando se hace fuerte así, la indefensión es tal que van creciendo las manifestaciones más simples y primarias de la soberbia: la susceptibilidad enfermiza, el continuo hablar de uno mismo, las actitudes prepotentes y engreídas, la vanidad y afectación en los gestos y el modo de hablar, el decaimiento profundo al percibir la propia debilidad, etc.

    Hay que romper ese círculo vicioso. Ganar terreno a la soberbia es clave para tener una psicología sana, para mantener un trato cordial con las personas, para no sentirse ofendido por tonterías, para no herir a los demás…, para casi todo. Por eso hay que tener miedo a la soberbia, y luchar seriamente contra ella. Es una lucha que toma el impulso del reconocimiento del error. Un conocimiento siempre difícil, porque el error se enmascara de mil maneras, e incluso saca fuerzas de sus aparentes derrotas, pero un conocimiento posible, si hay empeño por nuestra parte y buscamos un poco de ayuda en los demás.

  • El riesgo del victimismo

  • Madurez interior
  • Aprender a conocerse
  • La espiral de la queja
  • La carcoma de la envidia
  • El confort de la derrota
  • Una vieja especie: el opinador
  • La retórica victimista
  • Madurez interior Todo hombre es un ser social, abierto a los demás. Para cualquier persona, los otros son una parte importante de su vida. Su realización plena como persona está indefectiblemente ligada a otros, pues todos sabemos que la felicidad depende en mucho de la calidad de nuestra relación con quienes componen nuestro ámbito familiar, laboral, social, etc.

    Sin embargo, no puede olvidarse que el hombre no sólo se relaciona con los demás, sino también consigo mismo: mantiene una frecuente conversación en su propia interioridad, un diálogo que se produce de forma espontánea con ocasión de las diversas vivencias o reflexiones personales que todo hombre se hace de continuo.

    Y ese diálogo interior puede ser estéril o fecundo, destructivo o constructivo, obsesivo o sereno. Dependerá de cómo se plantee, de la clase de persona que se sea. Si uno tiene un mundo interior sano y bien cultivado, ese diálogo será alumbrador, porque proporcionará luz para interpretar la realidad y será ocasión de consideraciones muy valiosas. Si una persona, por el contrario, posee un mundo interior oscuro y empobrecido, el diálogo que establecerá consigo mismo se convertirá, con frecuencia, en una obsesiva repetición de problemas, referidos a pequeñas incidencias perturbadoras de la vida cotidiana: en esos casos, como ha escrito Miguel Angel Martí, el mundo interior deja de ser un laboratorio donde se integran los datos que llegan a él, y se convierte en un disco rayado que repite obsesivamente lo que con más intensidad ha arañado últimamente nuestra afectividad.

    La relación con uno mismo mejora al ritmo del grado de madurez alcanzado por cada persona. Las valoraciones que hace una persona madura —tanto sobre su propia realidad como sobre la ajena— suelen ser valoraciones realistas, porque ha aprendido a no caer fácilmente en esas idealizaciones ingenuas que luego, al no cumplirse, producen desencanto. El hombre maduro sabe no dramatizar ante los obstáculos que encuentra al llevar a cabo cualquiera de los proyectos que se propone. Su diálogo interior suele ser sereno y objetivo, de modo que ni él mismo ni los demás suelen depararles sorpresas capaces de desconcertarle. Mantiene una relación consigo mismo que es a un tiempo cordial y exigente. Raramente se crea conflictos interiores, porque sabe zanjar sus preocupaciones buscando la solución adecuada. Tiene confianza en sí mismo, y si alguna vez se equivoca no se hunde ni pierde su equilibrio interior.

    En las personas inmaduras, en cambio, ese diálogo interior de que hablamos suele convertirse en una fuente de problemas: al no valorar las cosas en su justa medida —a él mismo, a los demás, a toda la realidad que le rodea—, con frecuencia sus pensamientos le crean falsas expectativas que, al no cumplirse, provocan conflictos interiores y dificultades de relación con los demás.

    Una persona madura y equilibrada tiende a mirar siempre con afecto la propia vida y la de los otros. Contempla toda la realidad que le rodea con deseo de enriquecimiento interior, porque quien ve con cariño descubre siempre algo bueno en el objeto de su visión. El hombre que dilata y enriquece su interior de esa manera, dilata y enriquece su amor y su conocimiento, se hace más optimista, más alegre, más humano, más cercano a la realidad, tanto a la de los hombres como a la de las cosas.

    Aprender a conocerse Mientras lees esto, trata por un momento de tomar distancia sobre ti mismo. ¿Puedes mirarte a ti mismo como si fueras otra persona? ¿Puedes definir, por ejemplo, el estado de ánimo en que te encuentras, tu carácter, tus principales defectos o cualidades? Piensa en cómo ha trabajado tu mente ante esas preguntas. Su capacidad de hacer eso que acaba de hacer es específicamente humana. Los animales no la poseen. Esa autoconciencia nos permite evaluar y aprender de nuestros propios procesos de pensamiento. Gracias a ella, también podemos crear, reforzar o rechazar nuestros hábitos personales, nuestro carácter, nuestro modo de reaccionar ante las cosas.

    Usar con acierto de este privilegio humano nos permite examinar las claves de nuestra vida: conocerse a uno mismo permite al hombre a convertirse en el artífice de su propia vida. Le hace posible vivir en clave de autenticidad. Pone a su alcance esa posibilidad, tan decisiva, de ser fiel a lo mejor de uno mismo, de vivir la propia vida como protagonista y no como un mero espectador.

    Por eso la psicología y la filosofía han tratado con profusión sobre el conocimiento propio, subrayando siempre la dificultad que encierra profundizar en él. Si ya a veces es difícil incluso reconocer la propia voz en una grabación, o la propia figura en una fotografía o un vídeo en el que se nos ve de espaldas, resulta siempre mucho más complejo reconocerse a uno mismo en las diversas facetas de la propia personalidad.

    El autoconocimiento supone siempre una labor ardua y que, en cierta forma, no acaba nunca. Nunca acabaremos de conocernos del todo: el hombre tiene algo de misterio, siempre hay algo de él que se le escapa, que va más lejos de su propia inteligencia. El hombre cuando dirige su mirada hacia sí mismo, muchas veces tiene que dejarse llevar por suposiciones. Intuye la dirección por donde debe dirigirse a la meta, pero con frecuencia desconoce la realidad misma de la meta. Podríamos decir que tiene de sí mismo un conocimiento progresivo. Porque tampoco sería cierto hablar de desconocimiento. Quien se esfuerza por conocerse, lo logra.

    Y son precisamente las circunstancias de dificultad, si se saben afrontar juiciosamente, las que puede dar lugar a marcos de referencia nuevos, a cambios fecundos en el modo de entender la propia vida, cambios a través de los cuales podemos ver al mundo, a los demás y a uno mismo de un modo mucho más humano.

    Saber sacar de la dificultad una enseñanza responde siempre a una gran sabiduría. Y esto es aplicable a la vida personal, a la vida familiar, a la profesional o a la de relación. La historia apenas conoce casos de grandeza, de esplendor, o de verdadera creación, que hayan tenido su origen en la comodidad o la vida fácil. “En la adversa fortuna suele descubrirse al genio, en la prosperidad se oculta”, afirmaba Horacio.

    La espiral de la queja A menudo quizá nos descubrimos quejándonos de pequeños rechazos, de faltas de consideración o de descuidos de los demás. Observamos en nuestro interior ese murmullo, ese gemido, ese lamento que crece y crece aunque no lo queramos. Y vemos que cuanto más nos refugiamos en él, peor nos sentimos; cuanto más lo analizamos, más razones aparecen para seguir quejándonos; cuanto más profundamente entramos en esas razones, más complicadas se vuelven.

    Es la queja de un corazón que siente que nunca recibe lo que le corresponde. Una queja expresada de mil maneras, pero que siempre termina creando un fondo de amargura y de decepción.

    Hay un enorme y oscuro poder en esa vehemente queja interior. Cada vez que una persona se deja seducir por esas ideas, se enreda un poco más en una espiral de rechazo interminable. La condena a otros, y la condena a uno mismo, crecen más y más. Se adentra en el laberinto de su propio descontento, hasta que al final puede sentirse la persona más incomprendida, rechazada y despreciada del mundo.

    Además, quejarse es muchas veces contraproducente. Cuando nos lamentamos de algo con la esperanza de inspirar pena y así recibir una satisfacción, el resultado es con frecuencia lo contrario de lo que intentamos conseguir. La queja habitual conduce a más rechazo, pues es agotador convivir con alguien que tiende al victimismo, o que en todo ve desaires o menosprecios, o que espera de los demás —o de la vida en general— lo que de ordinario no se puede exigir. La raíz de esa frustración está no pocas veces en que esa persona se ve autodefraudada, y es difícil dar respuesta a sus quejas porque en el fondo a quien rechaza es a sí misma.

    Una vez que la queja se hace fuerte en alguien —en su interior, o en su actitud exterior—, esa persona pierde la espontaneidad hasta el punto de que la alegría que observa en otros tiende a evocar en ella un sentimiento de tristeza, e incluso de rencor. Ante la alegría de los demás, enseguida empieza a sospechar. Alegría y resentimiento no puede coexistir: cuando hay resentimiento, la alegría, en vez de invitar a la alegría, origina un mayor rechazo.

    Esa actitud de queja es aún más grave cuando va asociada a una referencia constante a la propia virtud, al supuesto propio buen hacer: “Yo hago esto, y lo otro, y estoy aquí trabajando, preocupándome de aquello, intentando eso otro… y en cambio él, o ella, mientras, se despreocupan, hacen el vago, van a lo suyo, son así o asá…”.

    Como ha escrito Henri J.M.Nouwen, son quejas y susceptibilidades que parecen estar misteriosamente ligadas a elogiables actitudes en uno mismo. Todo un estilo patológico de pensamiento que desespera enormemente a quien lo sufre. Justo en el momento en que quiere hablar o actuar desde la actitud más altruista y más digna, se encuentra atrapado por sentimientos de ira o de rencor. Cuanto más desinteresado pretende ser, más se obsesiona en que se valore lo que él hace. Cuanto más se esmera en hacer todo lo posible, más se pregunta por qué los demás no hacen lo mismo que él. Cuanto más generoso quiere mostrarse, más envidia siente por quienes se abandonan en el egoísmo.

    Cuando se cae en esa espiral de crítica y de reproche, todo pierde su espontaneidad. El resentimiento bloquea la percepción, manifiesta envidia, se indigna constantemente porque no se le da lo que, según él, merece. Todo se convierte en sospechoso, calculado, lleno de segundas intenciones. El más mínimo movimiento reclama un contramovimiento. El más mínimo comentario debe ser analizado, el gesto más insignificante debe ser evaluado. La vida se convierte en una estrategia de agravios y reivindicaciones. En el fondo de todo aparece constantemente un yo resentido y quejoso.

    ¿Cuál es la solución a esto? Quizá lo mejor sea esforzarse en dar más entrada en uno mismo a la confianza y a la gratitud. Sabemos que gratitud y resentimiento no pueden coexistir. La disciplina de la gratitud es un esfuerzo explícito por recibir con alegría y serenidad lo que nos sucede. La gratitud implica una elección constante. Puedo elegir ser agradecido aunque mis emociones y sentimientos primarios estén impregnados de dolor. Es sorprendente la cantidad de veces en que podemos optar por la gratitud en vez de por la queja. Hay un dicho estonio que dice: “Quien no es agradecido en lo poco, tampoco lo será en lo mucho”. Los pequeños actos de gratitud le hacen a uno agradecido. Sobre todo porque, poco a poco, nos hacen a uno ver que, si miramos las cosas con perspectiva, al final nos damos cuenta de que todo resulta ser para bien.

    La carcoma de la envidia Cervantes llamó a la envidia “carcoma de todas las virtudes y raíz de infinitos males. Todos los vicios —añadía— tienen un no sé qué deleite consigo, pero el de la envidia no trae sino disgustos, rencores y rabia”.

    La envidia no es la admiración que sentimos hacia algunas personas, ni la codicia por los bienes ajenos, ni el desear tener las dotes o cualidades de otro. Es otra cosa.

    La envidia es entristecerse por el bien ajeno. Es quizá uno de los vicios más estériles y que más cuesta comprender y, al tiempo, también probablemente de los más extendidos, aunque nadie presuma de ello (de otros vicios sí que presumen muchos).

    La envidia va destruyendo —como una carcoma— al envidioso. No le deja ser feliz, no le deja disfrutar de casi nada, pensando en ese otro que quizá disfrute más. Y el pobre envidioso sufre mientras se ahoga en el entristecimiento más inútil y el más amargo: el provocado por la felicidad ajena.

    El envidioso procura aquietar su dolor disminuyendo en su interior los éxitos de los demás. Cuando ve que otros son más alabados, piensa que la gloria que se tributa a los demás se la están robando a él, e intenta compensarlo despreciando sus cualidades, desprestigiando a quienes sabe que triunfan y sobresalen. A veces por eso los pesimistas son propensos a la envidia.

    Wilde decía que “cualquiera es capaz de compadecer los sufrimientos de un amigo, pero que hace falta un alma verdaderamente noble para alegrarse con los éxitos de un amigo”. La envidia nace de un corazón torcido, y para enderezarlo se precisa de una profunda cirugía, y hecha a tiempo.

    Para superar la envidia, es preciso esforzarse por captar lo que de positivo hay en quienes nos rodean: proponerse seriamente despertar la capacidad de admiración por la gente a la que conocemos.

    Hay muchas cosas que admirar en las personas que nos rodean. Lo que no tiene sentido es entristecerse porque son mejores, entre otras cosas porque entonces estaríamos abocados a una tristeza permanente, pues es evidente que no podemos ser nosotros los mejores en todos los aspectos.

    La envidia lleva también a pensar mal de los demás sin fundamento suficiente, y a interpretar las cosas aparentemente positivas de otras personas siempre en clave de crítica. Así, el envidioso llamará ladrón y sinvergüenza a cualquiera que triunfe en los negocios; o interesado y adulador a aquél que le está tratando con corrección; o, como muestra de envidia más refinada, al hablar de ése que es un deportista brillante, reconocido por todos, dirá: “ese imbécil, ¡qué bien juega!”.

    Admirarse de las dotes o cualidades de los demás es un sentimiento natural que los envidiosos ahogan en la estrechez de su corazón.

    El confort de la derrota El victimista suele ser un modelo humano mezquino, de poca vitalidad, dominado por su afición a renegar de sí mismo, a retirarse un poco de la vida. Una mentalidad que —como ha señalado Pascal Bruckner— hace que todas las dificultades del vivir del hombre, hasta las más ordinarias, se vuelvan materia de pleito. El victimista se autocontempla con una blanda y consentidora indulgencia, tiende a escapar de su verdadera responsabilidad, y suele acabar pagando un elevado precio por representar su papel de maltratado habitual.

    El victimista difunde con enorme intensidad algo que podríamos llamar cultura de la queja, una mentalidad que —de modo más o menos directo— intenta convencernos de que somos unos desgraciados que, en nuestra ingenuidad, no tenemos conciencia de hasta qué punto nos están tomando el pelo.

    El éxito del discurso victimista procede de su carácter incomprobable: no es fácil confirmarlo, pero tampoco desmentirlo. Es una actitud que induce a un morboso afán por descubrir agravios nimios, por sentirse discriminado o maltratado, por achacar a instancias exteriores todo malo que nos sucede o nos pueda suceder.

    Y como esta mentalidad no siempre logra alcanzar los objetivos que tanto ansía, conduce a su vez con facilidad a la desesperación, al lloriqueo, al vano conformismo ante el infortunio. Y en vez de luchar por mejorar las cosas, en vez de poner entusiasmo, esas personas compiten en la exhibición de sus desdichas, en describir con horror los sufrimientos que soportan.

    La cultura de la queja tiende a engrandecer la más mínima adversidad y a transformarla en alguna forma de victimismo. Surge una extraña pasión por aparecer como víctima, por denunciar como perversa la conducta de los demás. Para las personas que caen en esta actitud, todo lo que les hacen a ellos es intolerable, mientras que sus propios errores o defectos son sólo simples futilezas sin importancia que sería una falta de tacto señalar.

    Hay básicamente dos maneras de tratar un fracaso profesional, familiar, afectivo, o del tipo que sea. La primera es asumir la propia culpa y sacar las conclusiones que puedan llevarnos a aprender de ese tropiezo. La segunda es afanarse en culpar a otros, buscar denodadamente responsables de nuestra desgracia. De la primera forma, podemos adquirir experiencia para superar ese fracaso; de la segunda, nos disponemos a volver a caer fácilmente en él, volviendo a culpar a otros y eludiendo un sano examen de nuestras responsabilidades.

    Cuando una persona tiende a pensar que casi nunca es culpable de sus fracasos, entra en una espiral de difícil salida. Una espiral que anula esa capacidad de superación que siempre ha engrandecido al hombre y le ha permitido luchar para domesticar sus defectos; un círculo vicioso que le sumerge en el conformismo de la queja recurrente, en la que se encierra a cal y canto. La victimización es el recurso del atemorizado que prefiere convertirse en objeto de compasión en vez de afrontar con decisión lo que le atemoriza.

    Una vieja especie: el opinador El opinador es un personaje que acostumbra a opinar sobre cualquier cuestión, y con una soltura olímpica. No es que sepa mucho de muchas cosas, pero habla de todas ellas con un aplomo que llama la atención. Nada escapa del perspicaz análisis que hace desde la atalaya de su genialidad.

    ¿Es que acaso no tengo libertad para opinar?, dirá nuestro personaje. Y darán ganas de responderle: libertad sí que tienes, lo que te falta es cabeza; porque la libertad, sin más, no asegura el acierto.

    Pertenecer al sector crítico y contestatario es para esas personas la mismísima cima de la objetividad.

    Es cierto, indudablemente, que la crítica puede hacer grandes servicios a la objetividad. Pero la crítica, para ser positiva, ha de atenerse a ciertas pautas. Detrás de una actitud de crítica sistemática suelen esconderse la ignorancia y la cerrazón. Si hay algo difícil en la vida es el arte de valorar las cosas y hacer una crítica. No se puede juzgar a la ligera, sobre indicios o habladurías, o sobre valoraciones precipitadas de las personas o los problemas.

    La crítica debe analizar lo bueno y lo malo, no sólo subrayar y engrandecer lo negativo. Un crítico no es un acusador, alguien que se opone sistemáticamente a todo. Para eso no hacer falta pensar mucho, bastaría con defender sin más lo contrario a lo que se oye, y eso lo puede hacer cualquiera sin demasiadas luces. Además, también es muy cómodo, como hacen muchos, atacar a todo y a todos sin tener que defender ellos ninguna posición, sin molestarse en ofrecer una alternativa razonable —no utópica— a lo que se censura o se ataca.

    Además, quienes están todo el día hablando mal de los demás, tienen que amargarse ellos también un poco la vida. Parece como si vivieran proyectando su amargura alrededor. Como si de su desencanto interior sobrenadaran vaharadas de crispación que les envuelven por completo. Les disgusta el mundo que les rodea, pero quizá sobre todo les disgusta el que tienen dentro. Y como son demasiado orgullosos para reconocer culpas dentro de ellos, necesitan buscar culpables y los encuentran enseguida.

    La retórica victimista Tratar de eliminar el sufrimiento a toda costa significa casi siempre agravarlo, pues a medida que se huye de él nos va ganando terreno. Hay un curioso fatalismo en esa obsesiva alergia al más mínimo dolor (no muy distinto al de la resignación pasiva y tonta ante la desgracia), pues, aun siendo lógico y sensato evitar el sufrimiento inútil, hay una dificultad vital inherente a nuestra condición de hombres, una dosis de riesgo y de dureza sin los que la existencia humana no puede desarrollarse con plenitud.

    Quiero con esto decir que nuestros reveses, nuestros pequeños naufragios, hasta nuestros peores enemigos, nos ayudan a curtirnos, nos obligan a activar en nuestro interior yacimientos de dinamismo, de coraje, de habilidades insospechadas. La fortaleza del carácter de una persona, su valía, tiene bastante relación con la cantidad de dificultades que esa persona sabe encajar sin sucumbir. Los obstáculos y las contrariedades le invitan a superarse, le impulsan a elevarse por encima del temor y la pusilanimidad.

    Una vida pródiga en dificultades suele producir personalidades más ricas que las que han sido formadas en la comodidad o la abundancia. No es que haya que desear la miseria o la contrariedad, pero es peligroso llevar una vida demasiado cómoda, o ablandarse demasiado ante las propias penas, o encerrarse en el papel de víctima.

    Decir que uno sufre mucho cuando objetivamente apenas se está sufriendo, es quedar desarmado antes de entrar en batalla, hacerse a uno mismo incapaz de afrontar un sufrimiento verdadero. Quienes tienden a pensar así necesitan salir de ese error alimentando pensamientos que estimulen su energía interior, que generen alegría y entusiasmo. Tienen necesidad de cultivar la vivacidad, el dinamismo, una valentía serena.

    A la retórica victimista, que tiende a agotarse con sólo explicarse a sí misma, hay que responder buscando soluciones razonables, alternativas viables. Y para eso hay que empezar por expresar las dificultades en términos que admitan la propia superación. Porque uno de los primeros efectos de la tediosa machaconería sobre los propios problemas es que nos impide distinguir bien entre lo nosotros podemos cambiar y lo que está fuera de nuestro alcance: en la obsesión victimista todas las adversidades se viven como una sentencia inapelable de un negro destino.

    El hombre se hace grande cuando no permanece encastillado dentro de sí, sino que se empeña en algo que le lleva a superarse. Cuando se rinde ante los efluvios del conformismo, se rebaja; cuando se refugia en el egoísmo, se rebaja también. Si se obsesiona por protegerse hasta de la más mínima contrariedad, se acabará encontrando de bruces con una fragilidad vital que ahoga y abruma.

    Hay otro estilo victimista mucho más hostil, que en nombre de las desgracias del pasado, de todo lo que está sufriendo o ha sufrido con anterioridad, se arroga una especie de patente de inmunidad con la que justifican una actitud agresiva, o incluso violenta.

    Para esas personas, invocar el recuerdo de las desgracias pasadas es como una inmensa caja de caudales sin fondo de donde extraen un flujo inagotable de resentimientos, o incluso de ira, odio y deseo de venganza. Y si alguien reprocha su actitud, a lo mejor admite que lo suyo no es muy ejemplar, pero enseguida replica que sus padecimientos pasados le han ganado el derecho a esa leve incorrección, o al menos la disculpan.

    Su susceptibilidad les lleva a reaccionar con crispación ante la más mínima crítica. El menor reparo que se ponga a sus acciones es inmediatamente elevado a la consideración de gran ofensa. Enseguida ven malas intenciones en las personas que están a su alrededor y, progresivamente, en todo el mundo. Por doquier intuyen complots y hostilidad. Están persuadidos de ser objeto de desprecios y vejaciones sin tregua ni descanso. En los casos más extremos, piensan que el mundo entero los sataniza (he ahí la curiosa paradoja del satanizador satanizado) y, aquejados de una sorprendente megalomanía, tienen constantemente presente el pensamiento de la conspiración.

    El síndrome del complot suele designar un culpable, y origina dos posibles actitudes. De renuncia y pasividad (para qué hacer nada si una fuerza tan poderosa está tramando tales cosas contra nosotros), o bien de agresividad contra el supuesto culpable.

    Lo peor es cuando estos síndromes de persecución se traducen en airadas acusaciones contra los supuestos ofensores, pues suelen ser como el aviso de comienzo de una jugada maestra: acusar de una ofensa —ficticia—, sencillamente para anticipar la que —bien real— pretenden ellos llevar a cabo. A partir de ahí, envuelven su agresión con un manto de candidez: lo único que hacen es defenderse.

    Uno de los peores inconvenientes de todo esto es que la idea de la conspiración es difícilmente refutable, pues resulta muy fácil dar la vuelta a cualquier argumento transformándolo en prueba de la omnipotencia o sutileza de los conspiradores. Además, sentirse víctima de una conspiración es una tentadora y sugerente manera de eludir la crítica, y para algunos supone un curioso consuelo añadido: creerse suficientemente importantes como para que unos malvados pretendan arruinar su vida.

    Otro nefasto efecto de este fenómeno del victimismo agresivo está en que, al suscitar una mentalidad de venganza, cuando ésta se lleva a cabo induce con facilidad reacciones similares en el otro, que se siente también —y casi siempre con más razón— víctima inocente de una agresión. De esta manera, el veneno del victimismo se inocula en el otro con la pelea, y va extendiéndose en cada nuevo escalón del resentimiento: cuánta razón teníamos en sospechar que era un sinvergüenza, fíjate lo que nos ha hecho. Se produce así un mimetismo victimista, que confiere a las dos partes enfrentadas la misma impresión de ser personas eterna e injustamente maltratadas.

    Cuando se invocan padecimientos pasados para justificar actitudes que, por mucho que se adornen, respiran el hedor del resentimiento y el deseo de vengarse, lo más sensato es desconfiar de esas personas: lo más probable es que busquen cargarse de argumentos para repetir, en cuanto puedan, las mismas acciones que lamentan haber sufrido.

    Tener presente los dolores del pasado es, en principio, algo enriquecedor. Pero esa memoria puede pervertirse si se deja impregnar de rencor o enemistad. Cuando el recuerdo nos lleva de forma obsesiva a reavivar viejos sufrimientos, a reabrir heridas del pasado buscando legitimar un oscuro deseo de resarcimiento, entonces la memoria se vuelve esclava del agravio, y se convierte en una potencia que reaviva tensiones, exacerba la animosidad, e incluso reconstruye el pasado o lo reescribe acumulando supuestos motivos a su favor.

    Si las personas o las familias o los pueblos se dedican a rumiar sus dolencias respectivas, será difícil que vivan en paz y concordia. Cuando se hurga morbosamente en el pasado, siempre se encuentran perjuicios que alegar, razones por las que desenterrar el hacha de guerra de la violencia, el desprecio o la falta de solidaridad.

    Siempre se pueden encontrar motivos por los que sentirse incapaces de superar las desavenencias recíprocas. Para vivir en buena sintonía con los demás, debemos trazar una raya sobre nuestras disensiones de antaño, dejar que el pasado entierre los odios y sus pendencias. No se trata simplemente de olvidar, sino de perdonar y de aprender a evitar que se repitan esos errores, de oponerse con firmeza a ellos. El perdón es lo que deja paso al presente y al futuro, a quienes no desean cargar sobre sus hombres con el terrible peso de los antiguos resentimientos.