¿Siempre de acuerdo con el Papa?

—Entiendo que los que no son católicos pueden estar o no de acuerdo con lo que diga el Papa. Pero, ¿y los católicos? ¿deben estar de acuerdo siempre y en todo?

El Romano Pontífice habla “ex cathedra” y goza por tanto de infalibilidad en razón de su oficio cuando, como supremo pastor y doctor de todos los fieles, proclama de una forma definitiva la doctrina de fe y costumbres. En esos casos, el Romano Pontífice no da una sentencia como persona privada, sino que, en calidad de maestro supremo de la Iglesia universal, en quien singularmente reside el carisma de la infalibilidad de la Iglesia misma, expone o defiende la doctrina de la fe católica.

En el n. 25 de la Constitución Lumen Gentium, del Concilio Vaticano II, se señala también que los que somos católicos debemos aceptar con respeto el magisterio auténtico del Romano Pontífice aun cuando no hable “ex cathedra”, de tal manera que aceptamos con reverencia su magisterio supremo y con sinceridad prestamos adhesión al parecer expresado por él, según su manifiesta mente y voluntad, lo cual se deduce o se concluye principalmente por la índole de los documentos, por la frecuente proposición de la misma doctrina, o por la forma de decirlo.

A la vez, es obvio que, como es natural, con frecuencia los documentos magisteriales de los Papas presentan además otro tipo de consideraciones: referencias a hechos históricos y a la cultura del momento, observaciones sobre cuestiones relativas a las ciencias, exhortaciones y sugerencias para la vida espiritual,  etc., que han de recibirse con respeto y afecto, pero que por su misma naturaleza no piden una adhesión en sentido estricto, salvo que en algún caso, por su relación con la fe o la moral, el tenor de la enseñanza lo requiera.

Es decir, se puede ser un buen católico y disentir de algunas apreciaciones o consideraciones hechas al hilo de lo que es propiamente la enseñanza magisterial, pero, si son efectivamente buenos católicos, deben expresarlo con prudencia y respeto, y evitando que esto les lleve a ignorar o a desaprovechar la gran riqueza espiritual que contienen las palabras de los Papas.

Alfonso Aguiló

Alfonso Aguiló, “Reflejos humanos”, Hacer Familia nº 241, 1.III.2014

El lunes 20 de enero de 2014 era festivo en EEUU porque se conmemoraba el nacimiento de Martin Luther King. Ese día, Tyler Doohan, aprovechando el puente, preguntó a su madre si podía pasar la noche en el remolque donde vivía su abuelo.

Su madre se lo permitió y aquel día fue a dormir a la caravana donde residía Louis Beach, el abuelo de Tyler, en Penfield, un suburbio de Rochester, en el estado de Nueva York. Con aquel hombre, de 57 años, vivían diversos parientes en situación de necesidad y él los acogía en su modesta vivienda. A veces llegaban a ser diez o más personas las que habitaban aquel tráiler, incluidos varios nietos y bisnietos suyos.

A las 4.45 de la madrugada, el intenso calor de unas llamas despertó a Tyler, que acudió rápidamente al resto de estancias para avisar del fuego a su familia y socorrerlos. Había sido el primero en detectar que se estaba produciendo un incendio que se propagaba rápidamente y dificultaba la salida. A pesar de sus escasos ocho años de edad, tuvo reflejos y serenidad para actuar con eficacia y rapidez. En pocos segundos pudo ayudar a su abuela y a sus primos, de cuatro y seis años, que lograron ponerse a salvo. Antes de que llegasen los bomberos al lugar del siniestro, Tyler pudo ayudar a salir a un total de seis personas de aquella precaria vivienda en llamas. Después, el niño regresó otra vez para ayudar a su abuelo, y a su tío, Steven Smith, de 54 años, que se desplazaba en una silla de ruedas y no habría podido moverse por sí solo.

Pero ya no salió nadie más de allí. Cuando los bomberos consiguieron entrar, encontraron los tres cuerpos carbonizados en el cuarto de atrás del remolque. El de Tyler se encontraba a poca distancia de la cama de su tío. El muchacho estaba tratando de levantarle cuando fue vencido por el humo y el fuego.

Murió con tan solo ocho años intentando salvar a su tío y a su abuelo. El jefe de bomberos de Penfield, Chris Ebmeye, asegura que, si no hubiera sido por la serenidad y el arrojo de Tyler, el número de fallecidos habría sido mucho mayor. “Salvó a seis personas, es un héroe”, aseguró.

Se podría hablar mucho sobre si fue o no acertada la decisión de Tyler de dejar a su tía nada más rescatarla y volver corriendo a por las dos personas que quedaban. Él solo pensaba en que todavía estaban dentro y que apenas podrían respirar. Podía haber sido menos valiente y haberse quedado fuera. Había ya sobrado motivo para ser considerado un héroe. Pero él no pensaba en eso sino en los que no se habían salvado todavía.

Los vecinos lo describen como un chico activo, al que le gustaba jugar al fútbol en la calle con sus amigos, a veces bastante travieso, de los que faltaba demasiado a clase. Cursaba cuarto grado en el Distrito Escolar Central de East Rochester. Sus compañeros lo recuerdan como un chico de corazón, que siempre pensaba en los demás. Como también lo era su abuelo, un hombre con el que todos siempre podían contar, que ayudaba a la gente a limpiar la nieve a pesar de sus problemas de corazón y de espalda, una persona muy agradable y que acogía a quienes no tenían techo bajo el que vivir.

Estos arranques de valor son un ejemplo que quizá puede enseñarnos mucho. No es extraño encontrarse con niños que, ante situaciones límite, actúan con gran madurez y una sorprendente fortaleza psíquica. En esas ocasiones, en las que casi no queda tiempo para el razonamiento pausado ni para el análisis de riesgos e inconvenientes, es entonces cuando emerge limpiamente el reflejo espontáneo aprendido en el día a día de la vida. Tyler no era el clásico chico ejemplar, constante en sus estudios, prototipo de lo que suele esperarse de alguien de su edad. Quizá sus circunstancias vitales no se lo ponían fácil. Pero su desarreglada formación académica y familiar ocultaba otra formación no menos importante, la de pensar en los demás casi sin pensarlo, ese reflejo humano que engrandece a las personas y hace más habitable el mundo en que vivimos. Tyler demostró una psicología fuerte y un alto nivel moral. Ambas cosas se conquistan quizá con el esfuerzo diario surgido de decisiones meditadas, pero muchas veces se demuestran luego en decisiones de un instante, que muchas veces son las que mejor muestran la categoría de una persona.