Francis Collins: He encontrado a Dios

El científico que lideró el equipo que descubrió el genoma humano ha publicado un libro en el que explica por qué ahora cree en la existencia de Dios y está convencido de que los milagros existen. Francis Collins, director del Instituto Nacional Estadounidense de Investigación del Genoma Humano reivindica que hay bases racionales para un Creador y que los descubrimientos científicos llevan al hombre “más cerca de Dios”.

Su libro, “El lenguaje de Dios”, reabre el antiguo debate sobre la relación entre ciencia y fe. “Una de las grandes tragedias de nuestro tiempo es esta impresión que ha sido creada de que la Ciencia y la Religión tienen que estar en guerra”, lamenta Collins, de 56 años.

Para Collins, aclarar el genoma humano no creó un conflicto en su mente. En su lugar, le permitió “vislumbrar el trabajo de Dios”. “Cuando das un gran paso adelante es un momento de regocijo científico porque tú has estado en esta búsqueda y parece que lo has encontrado”, explica. “Pero es también un momento donde, al menos, siento cercanía con el Creador en el sentido de estar percibiendo algo que ningún humano sabía antes, pero que Dios sí sabía desde siempre.” “Cuando has tenido por primera vez delante de ti estos 3.1 billones de letras del ‘libro de instrucciones’ que transmite todo tipo de información y todo tipo de misterios acerca de la humanidad, eres incapaz de contemplarlo página tras página sin sentirte sobrecogido. No puedo ayudar, sino admirar estas páginas y tener una vaga sensación de que eso me está proporcionando una visión de la mente de Dios”, reconoce.

Collins se une así a una línea de científicos cuyos descubrimientos han contribuido a reafirmar su fe en Dios. Isaac Newton, cuyo descubrimiento de las leyes de la gravedad “reorganizó” nuestra manera de entender el universo, fue uno de ellos. Newton aseguró que “el sistema más bello sólo podría proceder del dominio de un ser inteligente y poderoso”. Otro de ellos fue Einstein, que revolucionó nuestro entendimiento del tiempo, de la gravedad y de la conversión de la materia en energía. Einstein creía que el universo tenía un Creador: “Quiero saber cómo creó Dios el universo, quiero conocer Sus pensamientos; el resto son detalles”, escribió.

Collins fue ateo hasta los 27 años, cuando como un joven doctor, quedó impresionado por la fortaleza que la fe daba muchos de sus pacientes más críticos. “Tenían terribles enfermedades de las que con toda probabilidad no iban a escapar, y todavía, en lugar de quejarse a Dios, parecían apoyarse en su fe como una fuente de consuelo”, explica. “Fue interesante, extraño e inquietante”.Por eso decidió visitar una Iglesia metodista y le dieron una copia del libro de C. S. Lewis “Mere Christianity”, que argumenta que Dios es una posibilidad racional. El libro transformó su vida. “Era un argumento que no estaba preparado para oír”, dijo. “Estaba muy feliz con la idea de que Dios no existía y de que no tenía interés en mí. Y todavía al mismo tiempo, no podía alejarme”.

Collins cree que la Ciencia no puede ser usada para refutar la existencia de Dios porque está confinada a su mundo “natural”. Bajo esta luz, el director del Instituto Nacional Estadounidense de Investigación del Genoma Humano cree que los milagros son una “posibilidad real”.

Tomado de http://www.caminayven.com/modules.php?name=News&file=article&sid=619

Sor Tripi: 25 años hablando de Dios a los peores criminales

Sor María Luz lleva 25 años dedicándose a la pastoral penitenciaria y no tiene ninguna intención de abandonar su tarea. Cada mañana se levanta a las cinco y media para tener un rato de oración y coger fuerzas -«porque yo sola no puedo hacer nada»- antes de entrar al patio de una cárcel y hablar del amor de Dios a violadores, toxicómanos, criminales y atracadores. Se llama María Luz, pero los presos la conocen como «sor Tripi», porque, dicen, sus palabras les ponen más eufóricos que cualquier droga.

– ¿Qué es lo que más le gusta de esta tarea? – Dedicarme a ellos, que tienen vidas tan rotas, que nunca han recibido amor de nadie. Es maravilloso poder darles el amor de Dios que recibo cada día en la oración, decirles, aunque sean criminales, «Tú corazón es bueno y está hecho a imagen y semejanza de Dios. Esas heridas que tienes sólo Cristo las puede curar. Tú eres importante y especial para Dios. Él te ama tanto que sólo quiere que seas feliz. Aunque tú hayas andado a tu rollo, Él viene a rehacer tu vida».

– ¿Y cómo reaccionan los presos? – Muchos se ponen a llorar al ver que Dios les ama realmente. Una vez, en la cárcel de Carabanchel me querían prohibir ver a un preso porque era muy peligroso. Al final conseguí hablar con él y se dio cuenta de que era hijo de Dios. Empezamos a hablar y le dije la verdad: «Dios te ama mucho. Eres capaz de rehacer tu vida si te apoyas en Él». Se puso a llorar y a contarme cosas de su vida y, sobre todo, empezamos a orar. Siempre llevo la Biblia y les hablo desde la Palabra para tratar de su vida. Cuando un criminal dice: «Cristo, te adoro como Dios y Señor; creo que Tú has venido a salvarme, estoy dispuesto a abandonar el pecado», es capaz de cambiar de vida. Me preguntan: «¿Eso es verdad?, ¿Dios me quiere?, ¿A mí?». Y se sienten felices al ver el amor gratuito de Dios.

– Debe ser una tarea muy dura, ¿de dónde saca las fuerzas? – Los presos me dan mucho más de lo que puedo darles yo. Dios se identifica con ellos. No quiere que estén ahí, pero no los deja sólos. Jesucristo sufrió en la cruz de una forma desgarradora y terrible, pero eso no es nada comparado con lo que sufre por los hijos que pasan de él. Yo no puedo dejar de ir a verlos. Es más fuerte que una droga. Te quieren por la alegría que les das en ese infierno terrible que son los patios. Si veo a uno llorar, le doy un abrazo. Y le digo: «¿Sabes lo que te ama Dios, que a mí me da fuerzas, aunque soy mayor, para venir a verte y decirte que te quiere?».

– Escuchar a presos debe ser duro…

– A veces sí, porque cuentan cada historia… Hay padres que los han violado, prostituido, explotado, pegado… ¡Cómo no voy a ir, si me dicen «si hubiese conocido a Cristo antes, yo no estaría aquí»! – ¿Ha visto muchas conversiones? – ¡Sí! Dios se manifiesta a través de ellos. Cristo está en ellos, a mí me enseñan, me evangelizan. Algunos cambian. Pasan de ser agresivos a ir con la Biblia y el rosario por el patio. Y dicen entre sí: «Tío, Jesucristo ha cambiado mi vida totalmente; su poder es increíble». Y eso que los patios son un infierno. Voy a la cárcel porque veo la alegría que a través de mí da el Señor a mis hermanos.

– ¿Se siente alguna vez impotente? – Muchísimo. Él ha venido a salvarnos y hay tantas veces que no soy capaz de transmitirlo. Me da paz saber que todo está en sus manos. Yo no hago nada, es Cristo quien lo hace.

– ¿Cómo le gustaría terminar esta entrevista? – Con una bendición a los lectores, para que lean buenas noticias y vean la presencia de Dios en el mundo.

Entrevista de José Antonio Méndez en La Razón, 10.III.06

San Francisco Javier: El gran apóstol de Oriente

De Javier a París Francisco nació en 1506, en el castillo de Javier en Navarra, cerca de Pamplona, España. Era el benjamín de la familia. A los dieciocho años fue a estudiar a la Universidad de París, en el colegio de Santa Bárbara, donde en 1528, obtuvo el grado de licenciado. Dios estaba preparando grandes cosas, por lo que dispuso que Francisco Javier tuviese como compañero de la pensión a Pedro Fabro, que sería como él jesuita y luego beato, también providencialmente conoció a un extraño estudiante llamado Ignacio de Loyola, ya bastante mayor que sus compañeros. Al principio Francisco rehusó la influencia de Ignacio el cual le repetía la frase de Jesucristo: «¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si se pierde a sí mismo?». Este pensamiento al principio le parecía fastidioso y contrario a sus aspiraciones, pero poco a poco fue calando y retando su orgullo y vanidad. Por fin san Ignacio logró que Francisco se apartara un tiempo para hacer un retiro especial que el mismo Ignacio había desarrollado basado en su propia lucha por la santidad. Se trata de los «Ejercicios Espirituales». Francisco fue guiado por Ignacio en aquellos días de profundo combate espiritual y quedó profundamente transformado por la gracia de Dios. Comprendió las palabras que Ignacio: «Un corazón tan grande y un alma tan noble no pueden contentarse con los efímeros honores terrenos. Tu ambición debe ser la gloria que dura eternamente».

Llegó a ser uno de los siete primeros seguidores de San Ignacio, fundador de los jesuitas, consagrándose al servicio de Dios en Montmatre, en 1534. Hicieron voto de absoluta pobreza, y resolvieron ir a Tierra Santa para comenzar desde allí su obra misionera, poniéndose en todo caso a la total dependencia del Papa. Junto con ellos recibió la ordenación sacerdotal en Venecia, tres años más tarde, y con ellos compartió las vicisitudes de la naciente Compañía. Abandonado el proyecto de Tierra Santa, emprendieron camino hacia Roma, en donde Francisco colaboró con Ignacio en la redacción de las Constituciones de la Compañía de Jesús.

A las misiones En 1540, San Ignacio envió a Francisco de Javier y a Simón Rodríguez a la India en la primera expedición misional de la Compañía de Jesús. Para embarcarse, Javier llegó a Lisboa hacia fines de junio. Inmediatamente, fue a reunirse con el padre Rodríguez, quien se ocupaba de asistir a los enfermos en el hospital donde vivía. Javier se hospedó también ahí y ambos solían salir a catequizar en la ciudad. Pasaban los domingos oyendo confesiones en la corte, pues el rey Juan III los tenía en gran estima. Esa fue la razón por la que el P. Rodríguez tuvo que quedarse en Lisboa. También San Francisco Javier se vio obligado a permanecer ahí ocho meses y, fue por entonces cuando escribió a San Ignacio: «El rey no está todavía decidido a enviarnos a la India, porque piensa que aquí podremos servir al Señor tan eficazmente como allí». Pero Dios tenía otros planes y Francisco Javier partió hacia las misiones el 7 de abril de 1541, cuando tenía 35 años, el rey le entregó un breve por el que el Papa le nombraba nuncio apostólico en el oriente. El monarca no pudo conseguir que aceptase más que un poco de ropa y algunos libros. Tampoco quiso Javier llevar consigo a ningún criado, alegando que «la mejor manera de alcanzar la verdadera dignidad es lavar los propios vestidos sin que nadie lo sepa». Con él partieron a la India el P. Pablo de Camerino, que era italiano, y Francisco Mansilhas, un portugués que aún no había recibido las órdenes sagradas. En una afectuosa carta de despedida que el santo escribió a San Ignacio, le decía a propósito de este último, que poseía «un bagaje de celo, virtud y sencillez, más que de ciencia extraordinaria».

Otros cuatro navíos completaban la flota. En el barco viajaba el gobernador de la India, Don Martín Alfonso Sousa y, además de la tripulación, había pasajeros, soldados, esclavos y convictos. Entre la tripulación y entre los pasajeros había gente de toda clase y Javier tuvo que mediar en reyertas, combatir la blasfemia, el juego y otros desórdenes. Los domingos predicaba al pie del palo mayor. Convirtió su camarote en enfermería y se dedicó a cuidar a todos los enfermos, a pesar de que, al principio del viaje, los mareos le hicieron sufrir mucho a él también. Pronto se desató a bordo una epidemia de escorbuto y sólo los misioneros se encargaban del cuidado de los enfermos. La expedición navegó meses para alcanzar el Cabo de Buena Esperanza en el extremo sur del continente africano y llegar a Mozambique, donde se detuvo durante el invierno; después siguió por la costa este de África oriental y se detuvo en Malindi y en Socotra. Por fin, la expedición llegó a Goa, el 6 de mayo de 1542.

La pérdida de la fe entre los cristianos de las colonias Goa era colonia portuguesa desde 1510. Había ahí un número considerable de cristianos, con obispo, clero y varias iglesias. Pero muchos portugueses se habían dejado arrastrar por la ambición y los vicios, y muchos abandonaban la fe. Los sacramentos habían caído en desuso; se usaba el rosario para contar el número de azotes que mandaban dar a sus esclavos. La escandalosa conducta de los cristianos alejaba de la fe a los indígenas. Esto fue un reto para San Francisco Javier. El misionero comenzó por instruir a los portugueses en los principios de la religión y a formar a los jóvenes en la práctica de la virtud. Después de pasar la mañana en asistir y consolar a los enfermos y a los presos, en hospitales y prisiones miserables, recorría las calles tocando una campanita para llamar a los niños y a los esclavos al catecismo. Estos acudían en gran cantidad y el santo les enseñaba el Credo, las oraciones y la practica de la vida cristiana. Todos los domingos celebraba la misa a los leprosos, predicaba a los cristianos y a los hindúes y visitaba las casas. Su amabilidad y su caridad con el prójimo le ganaron muchas almas. Uno de los pecados más comunes era el concubinato de los portugueses con las mujeres del país. Javier predicó la moralidad cristiana, demostrando que no contradecía ni al sentido común, ni a los instintos verdaderamente humanos. Para instruir a los pequeños y a los ignorantes, el santo solía adaptar las verdades del cristianismo a la música popular, un método que tuvo tal éxito que, poco después, toda Goa cantaban las canciones que él había compuesto.

Misionero con los paravas Cinco meses más tarde, se enteró Javier de que en las costas de la Pesquería, que se extienden frente a Ceilán desde el Cabo de Comorín hasta la isla de Manar, habitaba la tribu de los paravas. Estos habían aceptado el bautismo para obtener la protección de los portugueses contra los árabes y otros enemigos; pero, por falta de instrucción, conservaban aún las supersticiones del paganismo. Javier partió en auxilio de esa tribu que «sólo sabía que era cristiana y nada más». El santo hizo trece veces aquel viaje peligroso, bajo el calor del sur de Asia. A pesar de la dificultad, aprendió el idioma nativo y se dedicó a instruir y confirmar a los ya bautizados. Los paravas, que hasta entonces no conocían siquiera el nombre de Cristo, recibieron el bautismo en grandes multitudes. A este propósito, Javier informaba a sus hermanos de Europa que a veces tenía los brazos tan fatigados por administrar el bautismo, que apenas podía moverlos. Los generosos paravas, que eran de casta baja, dieron a Javier una acogida muy calurosa, en tanto que los brahamanes, de clase alta, recibieron al santo con gran frialdad, y su éxito con ellos fue tan reducido que, tras un año, sólo había logrado convertir a un brahamán.

Por su parte, Javier se adaptó plenamente al pueblo con el que vivía. Con los pobres comía arroz y dormía en el suelo de una choza. Javier regresó a Goa en busca de otros misioneros y volvió a la tierra de los paravas con dos sacerdotes y un catequista indígena y con Francisco Mansilhas a quienes dejó en diferentes puntos del país. El santo escribió a Mansilhas una serie de cartas que constituyen uno de los documentos más importantes para comprender el espíritu de Javier y conocer las dificultades con que se enfrentó.

El escándalo de los malos cristianos: espina en el corazón Nada podía desanimar a Francisco. «Si no encuentro una barca- dijo en una ocasión- iré nadando». Al ver la apatía de los cristianos ante la necesidad de evangelizar comentó: «Si en esas islas hubiera minas de oro, los cristianos se precipitarían allá. Pero no hay sino almas para salvar». Deseaba contagiar a todos con su celo evangelizador. El sufrimiento de los nativos a manos de los paganos y los portugueses se convirtió en lo que él describía como «una espina que llevo constantemente en el corazón». En cierta ocasión, fue raptado un esclavo indio y el santo escribió: «¿Les gustaría a los portugueses que uno de los indios se llevase por la fuerza a un portugués al interior del país? Los indios tienen idénticos sentimientos que los portugueses». Poco tiempo después, San Francisco Javier extendió sus actividades a Travancore. Algunos autores han exagerado el éxito que tuvo ahí, pero es cierto que fue acogido con gran regocijo en todas las poblaciones y que bautizó a muchos habitantes. En seguida, escribió al P. Mansilhas que fuese a organizar la Iglesia entre los nuevos convertidos. En su tarea solía valerse el santo de los niños, a quienes divertía mucho repetir a otros lo que acababan de aprender de labios del misionero. Los badagas del norte cayeron sobre los cristianos de Comoín y Tuticorín, destrozaron las poblaciones, asesinaron a varios y se llevaron a otros muchos como esclavos. Ello entorpeció la obra misional del santo. Según se cuenta, en cierta ocasión, salió solo Javier al encuentro del enemigo, con el crucifijo en la mano, y le obligó a detenerse. Por otra parte, también los portugueses entorpecían la evangelización; así, el comandante de la región estaba en tratos secretos con los badagas. A pesar de ello, cuando el propio comandante tuvo que salir huyendo, perseguido por los badagas, San Francisco Javier escribió inmediatamente al P. Mansilhas: «Os suplico, por el amor de Dios, que vayáis a prestarle auxilio sin demora». De no haber sido por los esfuerzos infatigables del santo, los badagas hubieran exterminado a los paravas. Hay que decir, en honor de esa tribu, que su firmeza en la fe resistió a todos los embates.

El reyezuelo de Jaffna (Ceilán del norte), al enterarse de los progresos que había hecho el cristianismo en Manar, mandó asesinar ahí a 600 cristianos. El gobernador, Martín de Sousa, organizó una expedición punitiva que debía partir de Negatapam. San Francisco Javier se dirigió a ese sitio; pero la expedición no llegó a partir, de suerte que el santo decidió emprender una peregrinación, a pie, al santuario del Apóstol Santo Tomás en Milapur, donde había una reducida colonia portuguesa a la que podía prestar sus servicios. Se cuentan muchas maravillas de los viajes de San Francisco Javier. Además de la conversión de numerosos pecadores públicos europeos, a los que se ganaba con su exquisita cortesía, se le atribuyen también otros milagros.

Carta de protesta al rey En 1545, el santo escribió una carta desde Cochín al rey de Portugal. En ella habla del peligro en que estaban los neófitos de volver al paganismo, «escandalizados y desalentados por las injusticias y vejaciones que les imponen los propios oficiales de Vuestra Majestad . . . Cuando nuestro Señor llame a Vuestra Majestad a juicio, oirá tal vez Vuestra Majestad las palabras airadas del Señor: “¿Por qué no castigaste a aquellos de tus súbitos sobre los que tenías autoridad y que me hicieron la guerra en la India?”». El santo habla muy elogiosamente del vicario general en las Indias, Don Miguel Vaz, y ruega al rey que le envíe nuevamente con plenos poderes, una vez que éste haya rendido su informe en Lisboa. «Como espero morir en estas partes de la tierra y no volveré a ver a Vuestra Majestad en este mundo, ruégole que me ayude con sus oraciones para que nos encontremos en el otro, ciertamente estaremos más descansados que en éste». San Francisco Javier repite sus alabanzas sobre el vicario general en una carta al P. Simón Rodríguez, en donde habla todavía con mayor franqueza acerca de los europeos: «No titubean en hacer el mal, porque piensan que no puede ser malo lo que se hace sin dificultad y para su beneficio. Estoy aterrado ante el número de inflexiones nuevas que se dan aquí a la conjugación del verbo “robar”».

Malaca En la primavera de 1545, San Francisco Javier partió para Malaca, donde pasó cuatro meses. Malaca era entonces una ciudad grande y próspera. Albuquerque la había conquistado para la corona portuguesa en 1511 y desde entonces se había convertido en un centro de costumbres licenciosas. El santo fue acogido en la ciudad con gran reverencia y cordialidad, y tuvo cierto éxito en sus esfuerzos de reforma. En los dieciocho meses siguientes, es difícil seguirle los pasos. Fue una época muy activa y particularmente interesante, pues la pasó en un mundo en gran parte desconocido, visitando ciertas islas a las que él da el nombre genérico de Molucas y que es difícil identificar con exactitud. Sabemos que predicó y ejerció el ministerio sacerdotal en Amboina, Ternate, Gilolo y otros sitios, en algunos de los cuales había colonia de mercaderes portugueses. Aunque sufrió mucho en aquella misión, escribió a San Ignacio: «Los peligros a los que me encuentro expuesto y los trabajos que emprendo por Dios, son primavera de gozo espiritual. Estas islas son el sitio del mundo en que el hombre puede más fácilmente perder la vista de tanto llorar; pero se trata de lágrimas de alegría. No recuerdo haber gustado jamás tantas delicias interiores y los consuelos no me dejan sentir el efecto de las duras condiciones materiales y de los obstáculos que me oponen los enemigos declarados y los amigos aparentes». De vuelta a Malaca, el santo pasó ahí otros cuatro meses predicando, y entonces oyó hablar del Japón a unos mercaderes portugueses y conoció a Anjiro, un fugitivo de Japón. Javier desembarcó nuevamente en la India, en 1548. Pasó los siguientes quince meses viajando sin descanso entre Goa, Ceilán y Cabo de Comorín, para consolidar su obra (sobre todo el «Colegio Internacional de San Pablo» en Goa) y preparar su partida al Japón, en el que hasta entonces no había penetrado ningún europeo.

Japón En abril de 1549, partió de la India, acompañado por otro sacerdote de la Compañía de Jesús y un hermano coadjutor, por Anjiro (que tomó el nombre de Pablo) y por dos japoneses que se habían convertido al cristianismo. El día de la fiesta de la Asunción desembarcaron en Kagoshima, Japón. San Francisco Javier se dedicó a aprender el japonés y logró traducir una exposición muy sencilla de la doctrina cristiana que repetía a cuantos se mostraban dispuestos a escucharle. Al cabo de un año de trabajo, había logrado unas cien conversiones. Ello provocó las sospechas de las autoridades, las cuales le prohibieron que siguiese predicando. Entonces, el santo decidió trasladarse a otro sitio con sus compañeros, dejando a Pablo al cuidado de los neófitos. Antes de partir de Kagashima, fue a visitar la fortaleza de Ichku; ahí convirtió a la esposa del jefe de la fortaleza, al criado de ésta, a algunas personas más. Diez años más tarde, Luis de Almeida, médico y hermano coadjutor de la Compañía de Jesús, encontró en pleno fervor a esa cristiandad aislada.

San Francisco Javier se trasladó a Hirado, al norte de Nagasaki. El gobernador de la ciudad acogió bien a los misioneros, y en unas cuantas semanas pudieron hacer más de lo que había hecho en Kagoshima en un año. El santo dejó esa cristiandad a cargo del P. Torres y partió con el hermano Fernández y un japonés a Yamaguchi, en Honshu. Ahí predicó en las calles y delante del gobernador; pero no tuvo ningún éxito y las gentes de la región se burlaron de él.

Javier quería ir a Miyako (Kioto), que era entonces la principal ciudad de Japón. Después de un mes en Yamaguchi, donde apenas cosechó algo más que afrentas, prosiguió el viaje con sus dos compañeros. Era diciembre y las lluvias, la nieve y los abruptos caminos hicieron el viaje muy penoso. En febrero llegaron a Miyako. Ahí se enteró el santo de que para tener una entrevista con el gobernador necesitaba pagar una suma mucho mayor a la que poseía. Por otra parte, como una guerra civil hacía estragos en la ciudad, Javier comprendió que, por el momento, no podía hacer ningún bien ahí, y volvió a Yamaguchi quince días después. Viendo que la pobreza de su persona se convertía en un obstáculo para llegar al gobernador, se vistió con gran pompa y fue al gobernador escoltado por sus compañeros, con toda la regalía de su título de embajador de Portugal. Le entregó las cartas que le habían dado para el caso las autoridades de la India y le regaló una caja de música, un reloj y unos anteojos, entre otras cosas. El gobernador quedó encantado con esos regalos, dio al santo permiso de predicar y le cedió un antiguo templo budista para que se alojase mientras estuviese ahí. Habiendo obtenido así la protección oficial, San Francisco Javier predicó con gran éxito y bautizó a muchas personas.

Habiéndose enterado de que un navío portugués había atracado en Funai, el santo partió para allá y resolvió partir en ese barco a visitar sus comunidades cristianas en la India antes de hacer el deseado viaje a China. Los cristianos del Japón, que eran ya unos 2.000 quedaron al cuidado del P. Cosme de Torres y del hermano Fernández. A pesar de las dificultades que sufrió, Javier opinaba que «no hay entre los infieles ningún pueblo más bien dotado que el japonés».

Regreso a la India y expedición a la China La cristiandad había prosperado en la India durante la ausencia de Javier; pero también se habían multiplicado las dificultades y los abusos, tanto entre los misioneros como entre las autoridades portuguesas, y todo ello necesitaba urgentemente la atención del santo. Javier emprendió la tarea con tanta caridad como firmeza. El 25 de abril de 1552 se embarcó nuevamente, llevando por compañeros a un sacerdote y un estudiante jesuitas, un criado indio y un joven chino. En Malaca, el santo fue recibido por Diego Pereira, a quien el virrey de la India había nombrado embajador ante la corte de China. San Francisco tuvo que hablar en Malaca sobre dicha embajada con Don Alvaro de Ataide, hijo de Vasco de Gama, que era el jefe en la marina de la región. Como Alvaro de Ataide era enemigo personal de Diego Pereira, se negó a dejar partir a Pereira y a Javier, tanto en calidad de embajador como de comerciante. Ataide no se dejó convencer por los argumentos de Javier, ni siquiera cuando éste le mostró el breve por el que había sido nombrado nuncio apostólico. Por el hecho de oponer obstáculos a un nuncio pontificio, Ataide incurría en excomunión y finalmente Ataide permitió que Javier partiese a China. El santo envió al Japón al sacerdote jesuita y sólo conservó a su lado al joven chino, que se llamaba Antonio. Con su ayuda, esperaba poder introducirse furtivamente en China, que hasta entonces había sido inaccesible a los extranjeros. A fines de agosto de 1552, la expedición llegó a la isla desierta de Sancián (Shang-Chawan) que dista unos 20 kilómetros de la costa y está situada 100 kilómetros al sur de Hong Kong.

Muerte a las puertas de China Francisco Javier escribió desde ahí varias cartas. Una de ellas iba dirigida a Pereira, a quien el santo decía: «Si hay alguien que merezca que Dios le premie en esta empresa, sois vos. Y a vos se deberá su éxito». En seguida, describía las medidas que había tomado: con mucha dificultad y pagando generosamente, había conseguido que un mercader chino se comprometiese a desembarcarle de noche en Cantón. En tanto que llegaba la ocasión, Javier cayó enfermo. Como sólo quedaba uno de los navíos portugueses, el santo se encontró en la miseria. En su última carta escribió: «Hace mucho tiempo que no tenía tan pocas ganas de vivir como ahora». El mercader chino no volvió a presentarse. El 21 de noviembre, el santo se vio atacado por una fiebre y se refugió en el navío. Pero el movimiento del mar le hizo daño, de suerte que al día siguiente pidió que le trasportasen de nuevo a tierra. En el navío predominaban los hombres de Don Alvaro de Ataide, los cuales, temiendo ofender a éste, dejaron a Javier en la playa, expuesto al terrible viento del norte. Un compasivo comerciante portugués le condujo a su cabaña, tan maltrecha, que el viento se colaba por las rendijas. Ahí estuvo Francisco Javier, consumido por la fiebre. Sus amigos le hicieron algunas sangrías, sin éxito alguno. Entre los espasmos del delirio, el santo oraba constantemente. Poco a poco, se fue debilitando. El sábado 3 de diciembre, según escribió Antonio, «viendo que estaba moribundo, le puse en la mano un cirio encendido. Poco después, entregó el alma a su creador y Señor con gran paz y reposo, pronunciando el nombre de Jesús». San Francisco Javier tenía entonces cuarenta y seis años y había pasado once en el oriente. Fue sepultado el domingo por la tarde. Al entierro asistieron Antonio, un portugués y dos esclavos.

El cuerpo se conserva incorrupto. Uno de los tripulantes del navío había aconsejado que se llenase de barro el féretro para poder trasladar más tarde los restos. Diez semanas después, se procedió a abrir la tumba. Al quitar el barro del rostro, los presentes descubrieron que se conservaba perfectamente fresco y que no había perdido el color; también el resto del cuerpo estaba incorrupto y sólo olía a barro. El cuerpo fue trasladado a Malaca, donde todos salieron a recibirlo con gran gozo, excepto Don Alvaro de Ataide. Al fin del año, fue trasladado a Goa, donde los médicos comprobaron que se hallaba incorrupto. Ahí reposa todavía, en la iglesia del Buen Jesús.

Francisco Javier fue canonizado en 1622, al mismo tiempo que Ignacio de Loyola, Teresa de Ávila, Felipe Neri e Isidro el Labrador.

El Papa Pío X lo nombró patrono oficial de las misiones extranjeras y de todas las obras relacionadas con la propagación de la fe. Sir Walter Scott comentó: «El protestante más rígido y el filósofo más indiferente no pueden negar que supo reunir el valor y la paciencia de un mártir con el buen sentido, la decisión, la agilidad mental y la habilidad del mejor negociador que haya ido nunca en embajada alguna».

Biografía distribuida por la arquidiócesis de Pamplona de san Francisco Javier, patrono mundial de las misiones. Tomado de Zenit, ZS05120412.

Beverly McMillan: Del negocio del aborto a la defensa de la vida

La historia de Beverly McMillan es la historia del regreso a la fe desde una visión de la vida y la ciencia absolutamente agnósticas. Nació en el seno de una familia católica tradicional pero, cuando comenzó a estudiar Medicina, abandonó la Iglesia: «Pensaba que Dios era irrelevante para la Ciencia». Durante años, a Beverly le iba «muy bien» sin la fe. Cuando se licenció, acudió a la Clínica Mayo para especializarse en Obstetricia y Ginecología: «No sólo me sentía útil», reconoce McMillan, «sino que me consideraba una persona buena. Así que, ¿quién necesitaba a Dios o a esa arcaica Iglesia?». Como médico residente, le enviaron seis semanas al ala de Obstetricia del Hospital de Cook County en Chicago. Sorprendida, Beverly se encontraba cada noche con más de veinte mujeres que acudían allí: eran «clientes» de los centros de abortos clandestinos de Chicago. «Llegaban sangrando, con fiebre alta y presentaban úteros ensanchados», recuerda. McMillan y el médico interno tenían que llevar a cabo otra operación de dilatación y curetaje para poder extraer los restos infectados del feto que la clínica ilegal había dejado en el interior del útero.

Después de cientos de casos similares, la ginecóloga, desde su agnosticismo ferviente, concluyó que la legalización del aborto era la solución: «Yo quería que la profesión médica empezara a ofrecer procedimientos seguros a las mujeres que los necesitaran». Así que, cuando en 1973 el Tribunal Supremo legalizó el aborto en EE UU, McMillan se hizo con una máquina de succión y se ofreció a practicar supresiones del embarazo en el primer trimestre. Dos años después, casada y con tres hijos, puso en marcha una clínica abortista en Jackson, la primera además en todo el estado de Mississippi.

Su vida privada iba bien, y el trabajo en la clínica era abundante. Pero, a pesar de sus éxitos, Beverly se vio sorprendida cuando se planteó el suicidio: «No sabía qué era lo que no funcionaba en mi vida. Tenía un buen coche, una gran casa, tres hijos saludables, toda la ropa que podía desear. Había conseguido todo lo que quería», explica Beverly. Pero una parte de sí misma le decía que algo no iba bien. «Basura» religiosa. Acudió a una librería «secular», donde compró un libro titulado «El poder del pensamiento positivo». Al final del primer capítulo, el autor presentaba un decálogo de diez puntos para conseguir una actitud positiva. El séptimo punto revolvió sus esquemas: «Yo lo puedo todo en Cristo porque Él me conforta». Fue entonces cuando Beverly cerró el libro: «No me gustaba esa “basura” religiosa», reconoce.

Pero días después, de camino al trabajo, se sorprendió recitándo el séptimo punto. Y de repente, Beverly comprendió que no estaba sola. Repitió aquella frase cientos de veces aquel día. Y por fin, todo comenzó a cambiar. Su trabajo en la clínica, tiempo antes sencillo y gratificante, comenzó a ser difícil y doloroso: «No entendía por qué. ¡No había leído nada en la Biblia referente a no practicar abortos! Lo que pasaba es que el Espíritu Santo estaba comenzando a trabajar en mí», reconoce Sally. Se le hacía cada vez más duro tener que reconocer en los restos de abortos las extremidades, el cráneo o la columna vertebral. «Me decía a mí misma: “¿Qué estás haciendo? ¡Esto es un cuerpo humano!”».

Beverly empezó a asistir a misa y, en 1978, se bautizó y abandonó la clínica abortista. En 1989, la ginecóloga fue invitada al II Encuentro de Ex Abortistas celebrado en el hotel Marriot O”Hare de Chicago, donde relató este testimonio. A partir de ese momento, su conocimiento médico sobre fetología comenzó a ser esclarecido con las Escrituras: «Fue entonces cuando comencé a compartir mi historia, mi paso del negocio del aborto a la defensa de la vida».

Tomado de La Razón 12/01/06

Edith Zirer: Karol Wojtyla me salvó la vida en 1945

Edith Zirer, casada hoy y con 2 hijos, que vive en Haifa, en una colina del Monte Carmelo, quiso estar con el Papa (59 años después de lo ocurrido) en su histórico viaje a Tierra Santa para darle personalmente las gracias justamente en el Memorial del Holocausto Yad Vashem. Fue un día inolvidable para ella y para toda la población judía, así como una lección universal de humanidad.

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Linda Watson: De la prostitución a la conversión y ayuda a salir a otras mujeres del mercado sexual

ROMA, jueves, 23 septiembre 2004 (ZENIT.org).- Una ex prostituta, Linda Watson, que se ha convertido, se encontró hace dos semanas personalmente con Juan Pablo II para pedirle que rece por ella y por su trabajo a favor de otras mujeres que quieren abandonar el «comercio» sexual.

Cuando Linda Watson se encontró con el Santo Padre se acordó del relato del Evangelio sobre la mujer de mala reputación que encontró a Cristo. «No podía creer que estuviera realmente frente a él», reconoció Watson a Zenit tras la audiencia con el Papa.

«Ha sido verdaderamente extraordinario», declaró. «Empecé a decir en polaco, mi segunda lengua, “¡Padre Santo mío!”. ¡La experiencia ha sido entusiasmante, pero a la vez de gran humildad!» Linda Watson pudo dejar las calles –tras más de 20 años en el comercio sexual– para convertirse y, con ayuda de su arzobispo, levantar casas para prostitutas deseosas de salir de ese tipo de vida.

Se cuenta entre las principales promotoras de la campaña contra la legalización de la prostitución en su país, Australia, y fue elegida en 2003 en la nación como «la mujer más inspiradora del año».

La propia Watson relata su implicación en las redes de la prostitución: «Tuve una vida difícil como madre soltera con tres hijos, cada uno de los cuales no tenía más que el suelo para dormir. Así que, cuando una mujer de apariencia pudiente me tocó en el hombro en el salón de té de mi humilde oficina y me dijo que podía ganar 2.000 dólares a la semana simplemente dando masajes, me vi muy tentada».

La mujer en cuestión intentaba convencerla haciéndole ver la posibilidad de limitarse a una prueba de dos meses. «Nadie lo sabría y después podría dejarlo», le aseguró.

En poco tiempo Watson se dio cuenta de la verdad, pero ya era demasiado tarde: «Tan pronto como empiezas, pierdes tu dignidad. Estás vendida» –recordó–. «Mi primer cliente era directivo de alto nivel de los medios e inmediatamente fue como si hubiera sido vendida como un trozo de carne a todos sus millonarios».

También describió cómo la situación llegó a estar «fuera de control». El dinero y la manipulación «eran un tipo de red de seguridad que te pones alrededor» y si «intentas dejarlo para empezar una nueva vida no tienes dónde ir para recuperar el respeto y reconstruir una vida».

Abandonar el comercio del sexo parecía imposible hasta que «invitó a Dios en su corazón por pura desesperación». Fue el día en que murió la princesa Diana de Gales. «Por primera vez me di cuenta verdaderamente de que la riqueza y el poder no eran la respuesta a todo –relata–. Ciertamente no le habían salvado la vida».

Linda decidió buscar trabajo, pero nadie la contrataba. Entonces sintió que Dios le había dado la misión de salvar a otras mujeres atrapadas en la prostitución, pero una vez más nadie se mostró dispuesto a ayudarla.

«No sé cuántos cientos de iglesias me rechazaron, hasta que llegué a la puerta de la oficina del arzobispo católico –reconoce–. Él percibió mi visión de futuro».

Para monseñor Barry Hickey, arzobispo de Perth (Australia), aquel día obtuvo una respuesta a sus oraciones. El prelado relató a Zenit que antes de encontrar a Linda Watson no lograba hallar el modo de desbaratar la industria del comercio sexual.

«Sabía que enviar a un asistente social normal en el terreno no llevaría casi a nada –admite–. Necesitaba a alguien que conociera la actividad desde dentro. Y ella fue mi ángel de la esperanza».

Así comenzó el ministerio de este equipo: establecer casas de recuperación para prostitutas –«Linda’s Houses of Hope» (Las casas de la esperanza de Linda)– para proporcionar refugio, asesoramiento y protección, entre otros medios. Según el arzobispo Hickey, Linda Watson frecuentemente tiene que trabajar con las víctimas partiendo de cero.

«Algunas de las jóvenes vienen a mi puerta sin sus prendas, hasta sin dientes –revela Linda–. Algunos hombres les hacen saltar los dientes a golpes, así que debemos ocuparnos de atender todos estos aspectos».

A la vista de la difusión de la violencia y de las drogas y con chicas que «atienden» «de ocho a quince clientes al día», Watson se irrita al oír a políticos que tratan de sacar adelante proyectos de ley para legalizar la prostitución.

«La prostitución te destruye –alerta–. No te estimas y te parece que nadie podría amarte jamás». Admite que preguntaría a los políticos: «¿Les gustaría que esto le ocurriera a sus hijas o hermanas?».

«Estoy profundamente impactada, y creía que nada podría afectarme», reconoce Linda refiriéndose a las víctimas. «Están tan destruidas que están como muertas, a modo de “muertos vivientes”. Si la gente viera esto nunca querría la legalización [de la prostitución]».

En su labor, Watson se ha inspirado en la Madre Teresa de Calcuta –a cuya beatificación acudió– y en Juan Pablo II. «Sé que tenemos un pasado muy distinto –dice entre risas–, pero también sé que nosotros amamos amar».

Su vida actual no está exenta de peligros. Su éxito en derribar las propuestas de ley de legalización y en exponer los abusos contra las mujeres le han ganado muchos enemigos. Con todo, Watson lo considera como una pequeña cruz que hay que ofrecer a lo largo del camino, lo que se podría definir como un martirio moderno.

«Estoy casi acostumbrada a recibir ataques, disparos y amenazas de muerte», apunta Linda Watson. «Camino con Dios e intento esquivar las balas», concluye.

Tomado de Zenit, ZS04092320

Kazimierz Majdanski: Un sacerdote superviviente al campo de concentración nazi de Dachau

Entrevista con monseñor Kazimierz Majdanski, arzobispo emérito de Stettino-Kamien Continuar leyendo “Kazimierz Majdanski: Un sacerdote superviviente al campo de concentración nazi de Dachau”

Testimonios de científicos sobre ciencia y fe

DIOS ESTÁ EN EL PRINCIPIO DE LA REFLEXIÓN DE UN CREYENTE Y AL FINAL DE LAS INVESTIGACIONES DE UN CIENTÍFICO Continuar leyendo “Testimonios de científicos sobre ciencia y fe”

Madre Teresa de Calcuta: Una vida volcada en los demás

La Madre Teresa de Calcuta ha sido beatificada el 19 de octubre de 2003 por Juan Pablo II. Ha sido el proceso de beatificación más rápido de la historia de la Iglesia, un dato que testimonia su fama mundial de santidad.

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Mehmet Alí Agca: Así intenté matar al Papa

13 de mayo de 1981. Espléndida tarde de primavera en Roma. Veinte mil peregrinos de los cinco continentes asisten en la Plaza de San Pedro a la audiencia general de los miércoles. Un joven, mal afeitado, de tez oscura, traje gris y camisa blanca se abre paso entre la muchedumbre. Busca situarse cerca de la trayectoria que seguirá el «Toyota» blanco con el escudo pontificio que hace unos segundos salió a la plaza por el Arco de las Campanas. El Papa viaja de pie en la parte trasera del descapotable. Le acompañan su secretario, Stanislav Dziwisz, y su ayudante personal, Angelo Gugel. El coche avanza muy despacio. Los fieles se abalanzan para estrechar la mano al Santo Padre. Una mujer le tiende una niña rubia, Juan Pablo II la coge en brazos, la da un beso y la devuelve a su madre. El hombre del traje gris ha conseguido situarse a sólo cinco metros de la barrera. Ha visto la escena. Sus ojos oscuros apenas parpadean, no dejan de seguir la figura del Papa. En su bolsillo empuña una «Browning» de mortífera eficacia. Juan Pablo II acaricia a otro niño, hace la señal de la cruz en su frente, y vuelve a incorporarse. Ha llegado el momento. Pasan 19 minutos de las cinco de la tarde. Suenan dos disparos. Todas las palomas del Vaticano alzan el vuelo. Juan Pablo II cae sobre su secretario. En su rostro se refleja un intenso dolor. El desconcierto es total. Guardias suizos de paisano suben al coche. El conductor acelera para regresar al interior del Vaticano lo antes posible, de nuevo por el Arco de las Campanas. La faja del Papa se tiñe de rojo. El autor de los disparos huye abriéndose paso a codazos. Una ambulancia traslada al herido a la clínica Gemelli. Juan Pablo II no deja de rezar un solo instante. Ingresa en el quirófano en estado muy grave.

«Yo sé que disparé bien, miré perfectamente. Sé que el proyectil era devastador y mortal… ¿Por qué entonces usted no ha muerto?». Dos años después, cuando el Papa acudió a la cárcel para perdonar a Alí Agca, éste le reconocería que aquella tarde nunca dudó de que había conseguido su objetivo.

«Aquel 13 de mayo de 1981 lo recuerdo siempre porque fue el punto de partida de mi vida; representa la tragedia y a la vez el renacimiento en mi existencia. Es una fecha que está absolutamente ligada al 13 de mayo de 1917, primera aparición de la Virgen de Fátima. Todo forma parte de un milagro, un misterio que se dilata en el tiempo y que no ha sido todavía perfectamente entendido. Aquel día en la plaza de San Pedro tuve mis dudas en los últimos instantes. ¿Hacerlo o no hacerlo? El vehículo del Papa hace un giro en ese instante y me quedo a espaldas de Juan Pablo II. Yo no podría disparar jamás a un hombre que me da la espalda, y me digo: «Déjalo, abandona tus planes. A las ocho y media de la tarde sale un tren para Zurich. Déjalo, no tienes nada contra el Papa. Mañana, 14 de mayo, empezará una nueva vida para ti». Y me alejé. Había recorrido cuarenta o cincuenta metros cuando los aplausos y las aclamaciones me hicieron volver la cabeza, como si fueran un reclamo. El Papa había regresado hacia donde yo estaba y venía directamente hacia mí. Yo tenía desde hacía tiempo una idea precisa: o moríamos los dos o nos salvábamos los dos juntos. Fue un gesto desesperado. Pensaba que sería el último día de mi vida. Quería dejar una huella en la Historia a través de un acto terrorista, aunque ahora pienso que ésta era una idea primitiva, con la que hoy no comulgo en ningún sentido. En aquel momento sucedió algo que no puede explicarse desde el punto de vista humano. Yo era como un autómata. Cuando disparé, tres veces seguidas, exclamé: «¿Dios!». Algo me paralizó depués. Fue como si hubiese regresado a mí mismo, y entonces escuché el ruido del pánico de la gente en la plaza. Nunca me he reprochado haber fracasado en mi plan de asesinar al Papa. Hay algo inexplicable en todo esto. Es un proyecto de la Providencia. Jamás se encontrará una explicación humana a este hecho. Sinceramente, me alegro mucho de que el Papa haya sobrevivido. Cuando vino a visitarme a la cárcel fue como un sueño, algo increíble. Fue un gran gesto y un hecho extraordinario estar con él después de todo lo que pasó. Pero para mí lo más importante fue el abrazo que el Papa dio a mi madre en una de las tres audiencias que tuvo con ella en el Vaticano. Admiro al Papa porque es el último baluarte, la última fortaleza moral para la defensa de este Occidente que va camino de convertirse en un desierto. ¿Qué alternativa hay al Papa y al Vaticano? Juan Pablo II es también un punto de referencia para todos los demás creyentes, para los musulmanes, para los judíos.» Tomado de “La Razón”, 16.X.03

Beverly McMillan: Confesiones de una ginecóloga

A veces ser católico y tratar de estar a la altura de las enseñanzas morales de la Iglesia puede resultar un poco opresivo. Así es como me sentí cuando, en 1990, regresé a la Iglesia Católica. Había sido una larga ausencia para mi.

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Vasilyi Sirotenko: Un oficial soviético que salvó la vida a Karol Wojtyla

Juan Pablo II no hubiera llegado a ser Papa si, en el año 1945, en Cracovia, un oficial de la Armada Roja de la Unión Soviética, culto y amante de la historia, no hubiera decidido salvar la vida, a pesar de las órdenes de Stalin, a un joven seminarista llamado Karol Wojtyla, que le había ayudado a traducir libros sobre la caída del Imperio romano.

Este episodio, hasta ahora inédito de la vida del Papa, ha sido narrado al semanario italiano «Famiglia Cristiana» por el protagonista, el mayor Vasilyi Sirotenko, a quien Juan Pablo II le ha mandado una felicitación por su cumpleaños.

Cayó Cracovia Sirotenko, profesor de historia medieval, formó parte de la 59ª Armada del general Ivan Stepanovich Konev que arrebató a los alemanes Cracovia el 17 de enero de 1945. Al día siguiente el soldado se encontraba entre los hombres que ocuparon una mina de piedra de la empresa Solvay a unos cincuenta kilómetros de la ciudad. «También allí los alemanes se rindieron y escaparon casi inmediatamente –recuerda–. Los obreros polacos se habían escondido: cuando llegamos comenzamos a gritar: sois libres, salid, salid, estáis libres. Cuando los contamos, eran ochenta. Poco después descubrí que 18 de ellos eran seminaristas».

La guerra de Stalin no eran un banquete de gala. Los soldados robaban lo que podían: dinero, relojes, ropa… Los primeros rusos que entraron a Cracovia lo único que buscaban era comida. Sirotenko, sin embargo, causó en más de alguno risa: él buscaba libros en latín y alemán.

Por este motivo, al ver a los seminaristas se puso muy contento. «Llamé a uno de ellos y le pregunté si era capaz de traducir del latín y del italiano –revela Sirotenko–. Me dijo que no era muy bueno en estas materias, que había estudiado poco. Estaba aterrorizado, e inmediatamente añadió que tenía un compañero muy inteligente y capaz para los idiomas. Un cierto Karol Wojtyla».

«Entonces di la orden de encontrar a ese tal Karol», continúa diciendo el antiguo soldado. «Descubrí que era bastante bueno en ruso pues su madre era una “russinka”, es decir una “ukrainka” con raíces rusas. Por eso le hice traducir también documentos del ruso al polaco».

Vasilyj se hizo amigo de Karol y pidió que le tradujera también artículos sobre la caída del Imperio romano, que era fruto de todo tipo de interpretaciones por parte de Stalin. Fueron tan amigos que un día el comisario político Lebedev convocó al oficial soviético: «Camarada mayor, ¿qué hace usted con ese seminarista? ¿Piensa ignorar las órdenes de Stalin? ¿La disposición del 23 de agosto de 1940 sobre los oficiales, maestros y seminaristas polacos no le convence?».

Sirotenko respondió: «No puedo fusilarlo. Es demasiado útil. Sabe idiomas y conoce la ciudad». Y añade: El comisario sabía que era verdad, pero no quería correr riesgos. De modo que me dijo que la responsabilidad era mía».

Después, salieron los primeros carros de prisioneros hacia Siberia, personas que no volverían nunca más. Los seminaristas de la cantera Solvay estaban entre los primeros de la lista. Sirotenko, sin embargo, les salvó la vida. La misma excusa volvió a convencer a Lebedev.

Ahora al mayor no le gusta reconocer que sabía lo que significaba partir al destierro. «Escribí una orden en la que, por exigencias relativas a las operaciones militares que tenían lugar en Cracovia, Wojtyla y los demás no deberían ser deportados».

Cuando en 1978 fue elegido Papa un cierto Karol Wojtyla, Sirotenko era el único que conocía ese nombre en Rusia, a excepción del KGB. El 6 de marzo pasado recibió una carta del Papa en la que le felicitaba por sus 85 años. El viejo profesor de historia y antiguo oficial de la Armada Roja mira la carta y dice: «Los dos hemos tenido una vida muy intensa».

Tomado de ZENIT.org, 3.V.01

Vicente González: Un filósofo convertido leyendo a Santa Teresa

Buscaba el placer en el estudio y el sexo hasta que leyó a Santa Teresa de Ávila. Un catedrático emérito se convierte al leer la biografía de la mística.

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Nelson Mandela: Superar el odio y el rencor

Nelson Mandela nació el 18 de julio de 1918 en Qunu, un poblado de unos 300 habitantes que vivían en unas chozas con paredes de barro y un palo de madera que sostenía el techo de hierbas. A los cinco años ya pastoreaba ovejas y becerros, y se entretenía con sus amigos con juegos como “ndize” (las escondidas) o el “thinti”, donde dominaba técnica de la pelea con palos, esencial para los chicos africanos. “Al volver a casa –cuenta en su libro “La larga marcha hacia la libertad”–, mi madre me contaba leyendas Xhosa que pasaban de generación en generación. Mi padre, cuando estaba casa, me fascinaba con las historias los guerreros luchando contra la opresión del hombre blanco”.

Su padre, Henry Mgadla Mandela, era jefe de Consejeros del Caudillo Supremo del clan de los Thembus. De él heredó un obstinado sentido de la justicia y del honor. Todo en su infancia transcurría sin novedad, hasta que un día su padre tuvo un conflicto por desafiar la autoridad de un magistrado británico, y pasó de ser un acaudalado ciudadano a perder todos sus cargos, títulos y propiedades. Cuando Nelson cumplió nueve años, su padre murió y él fue trasladado a casa del jefe de Jongintaba, el líder del poblado Thembú, que se encargó de educarlo durante los diez siguientes años.

Fue por aquellos años cuando supo de verdad lo que era la pobreza. “Entonces aprendí más de lo que significa ser pobre que en toda mi infancia en Qunu. Muchos días caminaba los diez kilómetros hasta el pueblo por la mañana y por la tarde, para ahorrarme la tarifa del autobús. Muchos días comía sólo una vez, y rara vez podía cambiarme de ropa. Sin embargo, la pobreza es un potente generador de auténtica amistad. Mucha gente aparenta ser amigo cuando las cosas te van bien, pero son muy pocos pero valiosos los que se te acercan cuando no tienes nada. Si la riqueza es un imán, la pobreza actúa a modo de repelente. Pero hace aflorar unos grandes sentimientos de camaradería y generosidad en los demás”.

Junto con su compañero de estudios Oliver Tambo, ingresó a los 17 años en el internado metodista de Healdtown y luego en la Universidad de Fort Hare, participando activamente en campañas de protestas por las injusticias raciales, que finalmente provocaron su expulsión de la universidad en 1940. Se trasladó entonces a Johannesburgo y obtuvo allí su grado de Artes, estudiando por correspondencia. Continuó luego en Witwatersrand, hasta que obtuvo la licenciatura en Derecho.

Posteriormente trabaja en una firma de abogados. Su participación política continúa, y crea en 1944 una rama juvenil del Congreso Nacional Africano (en inglés, ANC), organización que lucha por la defensa de los derechos de la minoría negra en Sudáfrica. Pronto se convierte en el máximo dirigente del movimiento. A partir de 1952, con motivo de la “campaña del desafío”, Mandela pasa a defender la unión de los distintos grupos culturales de raza negra en para desarrollar una estrategia común en defensa de sus intereses y en contra de la política del “apartheid”. La actividad militante de Mandela le hacía no sólo participar en las actividades de la organización sino que también le llevó a fundar un despacho de abogados, el primero regentado por negros. Conocido activista, ya es muy notoria su oposición al gobierno y su participación en actos radicales. Por ello, el gobierno sudafricano ordena su detención en diciembre de 1952, aplicando la “Ley de Represión del Comunismo”, en virtud de la cual es condenado a nueve meses de prisión. Más tarde, aunque la condena no es aplicada, se sustituye por la prohibición de participar o acudir a actos políticos y a no poder salir de Johannesburgo, pena que será constantemente renovada durante los nueve años siguientes. La condena y el seguimiento de que es objeto por parte de las autoridades policiales no impide que siga mostrando una intensa actividad a favor de los derechos de los negros.

Nuevamente detenido, fue acusado de traición y procesado en diciembre de 1956 junto a otras 156 personas, en un juicio que terminó en 1961 con una sentencia absolutoria. Una manifestación en protesta por la muerte de 56 personas en Sharpeville a cargo de la policía sudafricana fue el detonante para que el Congreso Nacional Africano y el Congreso Panafricano, otra organización similar, fueran prohibidos. Mandela, que preveía una nueva detención y condena, hubo de esconderse y vivir de manera clandestina. Durante esta etapa, se dedica a recorrer el país junto a Sisulu, con el objetivo de organizar tres días de huelga. La cerrazón del gobierno y la brutal respuesta policial a los actos reivindicativos decidieron a la dirección clandestina del ANC a emprender la lucha armada. Estamos en 1961, y se inaugura así un periodo de enfrentamiento que se prolongará durante largos años. Para organizar la lucha, el ANC crea el grupo Umkhonto we Size (‘La lanza de la nación’), dirigido por Mandela. Para recabar apoyo internacional viajó a Dais Abeba, donde se estaba celebrando en 1962 la Conferencia Panafricana. Más tarde, se desplazó a Argelia y a Londres. A su vuelta a Sudáfrica ese mismo año, fue detenido y condenado a cinco años de cárcel por el delito de rebelión y por salir ilegalmente del país. Encarcelado, un registro policial en la sede del ANC en Rivonia halló el diario de Mandela, en el que explicaba sus actividades durante sus viajes al extranjero. Por ello, junto a otros activistas, fue nuevamente juzgado, recayendo sobre él esta vez la pena de cadena perpetua. Durante el juicio, entre octubre de 1963 y junio de 1964, él mismo se encargó de su defensa y de la de sus compañeros, si bien eso no impidió que hubiera de pasar en la cárcel los siguientes 27 años de su vida.

Su estancia en prisión movió el apoyo de gran parte de la comunidad internacional, que le convirtió en un símbolo de la lucha contra el “apartheid” y la discriminación racial. Tras pasar dieciocho años en la prisión de Robben Island, en 1982 fue recluido en la de Pollsmoor (Ciudad de El Cabo). La presión internacional logró que el presidente sudafricano Pieter Botha le ofreciera en 1986 la libertad condicional, oferta que Mandela rechazó por cuanto no conllevaba una apretura del régimen hacia la igualdad racial. La situación no cambió hasta la llegada en 1990 de un nuevo presidente, Frederick de Klerk, que legalizó el ANC y liberó a Mandela en febrero de ese mismo año. No obstante, aun quedaba mucho camino por recorrer, por lo que Mandela, puesto al frente del ANC, hubo de negociar con el gobierno las bases para la reforma, todo ello en medio de un clima de fuerte enfrentamiento social entre los propios grupos negros y el miedo de la minoría blanca al desencadenamiento de represalias una vez que estos pudieran llegar al poder. Llegadas a buen término, el resultado supuso la derogación del régimen racista, aunque no la igualdad económica, pues la mayoría de la población negra se encuentra en una situación cercana a la pobreza. Mandela y De Klerk recibieron el premio Nobel de la Paz en 1993. Unas elecciones generales celebradas en mayo de 1994, en las que participaron todos los grupos, dieron el poder a Mandela, que se convirtió así en el primer presidente negro de la historia de Sudáfrica. Desde entonces, Mandela es uno de los líderes mundiales más relevantes, con especial significación en el continente africano. Desde su cargo, ha ejercido como mediador en varios de los conflictos que asolan Africa.

Durante los 13 años que permaneció en la prisión de Robben Island, fue obligado a realizar trabajos forzados en las minas de cal de la isla. No les permitían usar gafas oscuras y los reflejos del sol sobre la cal dañaron sus ojos para siempre. Estando en la cárcel murió su madre y uno de sus hijos, pero se le negó el permiso para asistir a sus funerales. La dureza de la situación le hizo meditar profundamente: “Una cosa es escuchar, hablar y pensar sobre la adversidad –escribió–, y otra totalmente distinta es tenerla que experimentar en tus propias carnes. La cárcel no sólo te priva de tu libertad, te intenta robar tus señas de identidad. Es un sistema totalitario en estado puro, que no tolera ningún vestigio de independencia y de individualidad. La cárcel esta diseñada para destrozar tu espíritu y tu voluntad. Para ello, las autoridades explotaban cualquier debilidad, derruían cualquier iniciativa, negaban cualquier vestigio de lo que nos hacía a cada uno ser lo que éramos.” Las visitas de su esposa tenían lugar en presencia de un atosigante guardián, y tardó 21 años en poder acariciar su mano, pues un cristal se interponía entre ellos.

Cuando fue puesto en libertad, el 10 de febrero de 1990, tenía todas las razones para sentir odio y rencor a quienes le habían hecho pasar 27 años en una prisión inhumana por una condena injusta. Sin embargo, su reacción fue siempre de perdón y espíritu conciliador: “A punto de salir de la cárcel, Badenhorst se dirigió a mí directamente para desearme buena suerte a mí y a mi gente. Badenhorst probablemente había sido el más cruel y salvaje comandante que habíamos tenido en Roben Island. Pero ese día, en la oficina, comprendí que existía otro aspecto de su naturaleza, un lado un tanto escondido de su persona, pero que ahí estaba. Me ha servido siempre de recordatorio de que todo ser humano, incluso los que parecen más odiosos, tiene una parte noble, y si se mueve su corazón, es capaz de mostrar humanidad. Badenhorst no era el demonio; su falta de bondad había sido alentada por un sistema inhumano. Otro de lo carceleros, el oficial Swart, había preparado una comida de despedida. Se lo agradecí. Al oficial James Gregory le abracé efusivamente. Durante los años en que me vigiló nunca discutimos de política, nuestros lazos no necesitaban de palabras. Hombres como estos me reafirman en mi fe en la humanidad”.

La estancia en la prisión templó enormemente su espíritu: “Es de los compañeros que pelearon por la libertad –comentaba– de quien aprendí el significado de la palabra coraje. Una y otra vez he visto hombres y mujeres arriesgar sus vidas por esa idea. He visto a seres humanos soportar ataques y torturas sin romperse, sin descomponerse, mostrando una fortaleza y resistencia que desafían a la imaginación. Aprendí entonces que coraje no era la ausencia de miedo, sino el triunfo sobre ese instinto básico. Sentí miedo muchas más veces de lo que puedo recordar, pero lo ahogaba en una máscara de atrevimiento. El hombre bravo no es aquel que no siente miedo, sino el que lo conquista y lo domina”. “Recuerdo –contaba en otra ocasión– cuando Gericke, el capitán, me gritó: –Nunca me hables así, chico, y empezó a caminar hacia mí. No es nada agradable saber que alguien te va a pegar una paliza y no podrás defenderte. –Si me pone una mano encima le llevaré hasta el más alto tribunal, y cuando haya acabado todo, será usted tan pobre como su gusano, le chillé con toda la fuerza que pude recoger. Tenía tanto pánico que no hablé por coraje, fue una bravata que a mí mismo me sorprendió. A veces tienes que poner una fachada fuerte a pesar de lo que sientas por dentro”.

“En la prisión –continúa–, sería muy difícil, casi imposible, resistir si estás solo. Ese fue el mayor error de las autoridades, mantenernos juntos, porque unidos nuestra determinación se fortaleció muchísimo. Nos apoyábamos todos, sacábamos fuerzas de cada uno de los compañeros. Cualquier cosa que sabíamos, la aprendíamos, la compartíamos enseguida, y de este modo el coraje individual que cada uno mantenía se multiplicaba”.

En sus años en la cárcel meditó profundamente sobre la situación de su país y sobre cómo resolverla: “Siempre supe que en lo más profundo del corazón humano hay misericordia y generosidad. Nadie nace odiando a otra persona por razón de su piel, de su origen, de su formación o de su religión. La gente aprende a odiar, y si los hombres y mujeres pueden aprender a odiar, también pueden aprender a perdonar y a amar. El amor es más natural al corazón humano que su opuesto, el odio. Incluso en los momentos más horrorosos en prisión, cuando mis compañeros y yo éramos empujados al vacío, podía ver un atisbo de humanidad en los guardianes. Quizá sólo un segundo, pero era suficiente para confiar en la bondad del ser humano.” Cuando salió de la prisión y se dirigió a la muchedumbre, evitó la demagogia fácil y oportunista de las promesas y expectativas baratas, y colocó la pelota en el tejado de cada vivienda y cada familia: “La vida –les anunció– no va a cambiar drásticamente, a excepción de que seréis ciudadanos de vuestra propia tierra. Tenéis que tener paciencia, podéis tener que esperar cinco años a ver resultados. Les desafié, no quería protegerles: Si queréis seguir viviendo pobres sin comida ni calzado, entonces id a beber a la cantina. Pero si queréis mayor prosperidad, debéis trabajar duro. No podemos hacerlo todo por vosotros; debéis hacerlo vosotros mismos”.

“Como líder –reflexionaba–, uno debe estar dispuesto a tomar decisiones, a emprender acciones impopulares, o que al menos sus resultados y efectos positivos no se van a ver y disfrutar en años.” Era preciso tomarse tiempo, superar el odio y la impaciencia acumulados: “Yo había sido corredor de larga distancia. Disfrutaba de la disciplina y la soledad de los corredores de fondo. Me permitía escaparme de las prisas de la escuela y evadirme al campo con mis pensamientos. Las pruebas y carreras de mi infancia me enseñaron lecciones valiosísimas, me formaron en hábitos que luego me han sido de mucha utilidad”.

Al asumir su cargo de presidente renunció a una tercera parte del salario y creó el Fondo Nelson Mandela para la Infancia. “Si yo no hubiese estado en prisión, no sé si hubiera sido tan bueno con los niños. Estar preso durante 27 años sin ver niños es una experiencia terrible”.

Sacrificó su vida por buscar una salida al racismo. Salió de la cárcel sin rencores y siguió luchando por encontrar una alternativa que impidiera una guerra en Sudáfrica ante la crisis racial que atravesaba ese país: “He peleado en contra de la dominación blanca y de la dominación negra. He apreciado el ideal de una sociedad democrática y libre, donde todas las personas conviven con igualdad de oportunidades. Representa un ideal por el cual vivo y espero alcanzar. Pero, de ser necesario, un ideal por el cual estoy dispuesto a morir.” A pesar de la violencia generada por el apartheid, afrontó la transición con tolerancia y prudencia. “Cuando salí de la cárcel –comentaba– me impuse como misión la libertad de todos. La verdad es que todavía no somos libres. Simplemente hemos logrado la libertad para ser libres, el derecho a no ser oprimidos. Ser libre significa respetar al otro. He caminado un largo trecho hacia esa libertad. He intentado no vacilar. He tenido trompicones en el camino. Al fin he descubierto el secreto: después de conquistar una gran colina, uno descubre que hay muchas otras colinas que escalar.

He tomado un momento aquí para descansar, para ver un poco de la perspectiva del camino que ya hemos recorrido. Pero sólo puedo descansar un momento, porque con la libertad vienen las responsabilidades. No me puedo retrasar, porque nuestro largo camino aún no ha terminado.”

Luis Ruiz: misionero de 90 años dirige 145 leproserías en China

Acaba de cumplir 90 años, y ha sido la primera vez, desde 1930, que el padre Luis Ruiz lo pudo celebrar en Gijón (España) con su familia. «Es que estos últimos 72 años he estado por ahí, por estos mundos de Dios, ¿sabe usted?», argumenta. Acaba de participar en el Congreso Nacional de Misiones que se ha celebrado este fin de semana en Burgos. Monseñor Luis Augusto Castro Quiroga, arzobispo de Tunja (Colombia), le presentó a los medios como «la estrella del congreso», a lo que él respondió, con el sentido del humor que conserva intacto, «apagada, estrella apagada». «Cuando ves la pobreza no puedes cruzarte de brazos», asegura el P. Ruiz. Continuar leyendo “Luis Ruiz: misionero de 90 años dirige 145 leproserías en China”

Una misionera en África: Confianza en Dios

A mí me encantan los niños y disfruto mucho estando y conversando con ellos. Tal vez también a ti te suceda algo igual. Y la razón es muy simple: porque nos fascina su sencillez, su inocencia, su bondad natural, la transparencia de su alma, su pureza y su candor. Casi todos los niños son así. Aunque algunos sean un poco más pícaros, poseen un alma noble y son muy sensibles ante lo grande y lo bello. Te quiero contar hoy una historia para que veas la grandeza de la fe, la inocencia y el candor de los pequeños.

Una noche yo había trabajado mucho ayudando a una madre en su parto. Pero, a pesar de todo lo que hicimos, murió la madre dejándonos un bebé prematuro y una hija de dos años. Nos iba a resultar difícil mantener el bebé con vida porque no teníamos incubadora –¡no había electricidad para hacerla funcionar!–, ni facilidades especiales para alimentarlo. Aunque vivíamos en el Ecuador africano, las noches frecuentemente eran frías y con vientos traicioneros.

Una estudiante de partera fue a buscar una cuna que teníamos para tales bebés, y la manta de lana con la que lo arroparíamos. Otra fue a llenar la bolsa de agua caliente. Volvió enseguida diciéndome irritada que, al llenar la bolsa, había reventado. La goma se deteriora fácilmente en el clima tropical. –”¡Era la última bolsa que nos quedaba! –exclamó–; y no hay farmacias en los senderos del bosque”. –”Muy bien –dije–; pongan al bebé lo más cerca posible del fuego y duerman entre él y el viento para protegerlo. Su trabajo es mantener al bebé abrigado”.

Al mediodía siguiente, como hago muchas veces, fui a orar con los niños del orfanato que se querían reunir conmigo. Les sugerí a los niños varias intenciones para su oración y les hablé del bebé prematuro. Les conté el problema que teníamos para mantenerlo abrigado, pues se había roto la bolsa de agua caliente y el bebé se podía morir fácilmente si cogía frío. También les dije que su hermanita de dos años estaba llorando porque su mamá había muerto. Ruth, una niña de 10 años, oró con la acostumbrada seguridad consciente de los niños africanos: –”Por favor, Dios mándanos una bolsa de agua caliente. Mañana no servirá porque el bebé ya estará muerto. Por eso, Dios, mándala esta tarde”. Mientras yo contenía el aliento por la audacia de su oración, la niña agregó: –”Y mientras te encargas de ello, ¿podrías mandar una muñeca para su hermana pequeña, y así pueda ver que tú la amas realmente?” Con frecuencia las oraciones de los chicos me ponen en evidencia. No creía que Dios pudiese hacerlo. Sí, claro, sé que Él puede hacer cualquier cosa. Pero hay límites, ¿no? Y yo tenía algunos grandes “peros”. La única forma en la que Dios podía responder a esta oración en particular, era enviándome un paquete de mi tierra natal. Yo llevaba en Africa casi cuatro años y nunca jamás recibí un paquete de mi casa. De todas maneras, si alguien llegara a mandar alguno, ¿quién iba a poner una bolsa de agua caliente? A media tarde, cuando estaba enseñando en la escuela de enfermeras, me avisaron que había llegado un auto a la puerta de mi casa. Cuando llegué, el auto ya se había ido, pero en la puerta había un enorme paquete de once kilos. Se me llenaron los ojos de lágrimas. Por supuesto, no iba a abrir el paquete yo sola. Así que invité a los chicos del orfanato a que juntos lo abriéramos. La emoción iba en aumento. Treinta o cuarenta pares de ojos estaban enfocados en la gran caja. Había vendas para los pacientes del leprosario. Luego saqué una caja con pasas de uvas variadas. Eso serviría para hacer una buena horneada de panecitos el fin de semana. Volví a meter la mano y sentí… ¿sería posible? La agarré y la saqué… ¡Sí, era una bolsa de agua caliente nueva! Lloré… Yo no le había pedido a Dios que mandase una bolsa de agua caliente, ni siquiera creía que Él podía hacerlo. Ruth estaba sentada en la primera fila, y se abalanzó gritando: –”¡Si Dios mandó la bolsa, también tuvo que mandar la muñeca!”. Escarbé el fondo de la caja y saqué una hermosa muñequita. A Ruth le brillaban los ojos. Ella nunca había dudado. Me miró y dijo: –”¿Puedo ir contigo a entregarle la muñeca a la niñita para que sepa que Dios la ama de verdad?” Ese paquete había estado en camino por cinco meses. Le había preparado mi antigua profesora de religión, quien había escuchado y obedecido la voz de Dios mucho antes de que sucedieran las cosas, y fue Él quien la impulsó a mandarme la bolsa de agua caliente, a pesar de estar yo en el Ecuador africano. Y una de las niñas había puesto una muñequita para alguna niñita africana cinco meses antes, en respuesta a la oración llena de fe de una niña de diez años que la había pedido para esa misma tarde.

Tomado de www.catholic.net

Ruth de Jesús: ¿Quiénes son? ¿Adónde van?

Testimonio de la joven religiosa Ruth de Jesús, de las Hermanas de la Compañía de la Cruz, fundada por Santa Ángela de la Cruz. Sus palabras conmovieron al casi un millón de jóvenes y al Papa Juan Pablo II en la vigilia del sábado 3 de mayo de 2003 en Cuatro Vientos (Madrid).

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Enrique González Torres: Una vocación al sacerdocio

Testimonio de un diácono de 27 años ante casi un millón de jóvenes y en la vigilia con Papa Juan Pablo II el sábado 3 de mayo de 2003 en Cuatro Vientos (Madrid).

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Guillermo Blasco: Una vocación nacida ante el enigma del dolor y del perdón

Testimonio de un estudiante de 19 años ante casi un millón de jóvenes y en la vigilia con Papa Juan Pablo II el sábado 3 de mayo de 2003 en Cuatro Vientos (Madrid).

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Jim Caviezel: Durante el rodaje de “Passion”

Esta entrevista se realizó un año antes de que Jim Caviezel fuera convocado por Mel Gibson para representar a Jesús en “Passion”, la película sobre las últimas 12 horas de la vida de Cristo.

El día que conversé con Jim Caviezel -cuenta Edel M. Cech-, comprendí que Dios realmente es capaz de hacer cualquier cosa para alcanzar a alguien donde quiera que se encuentre. La conversación telefónica de una hora, no fue sólo un hito importante en mi vida, sino también una de las conversaciones más encantadoras, inspiradoras y santas que he tenido. Y estoy dispuesto a compartir los mejor de ella con ustedes.

– Edel: No es común que las estrellas de cine sean tan religiosas como tú. – ¿Cómo es que tu fe es tan profunda? -Jim: Bien, yo pienso que Dios puede alcanzar a cualquiera. Nuestro Señor puede tocar a cualquiera en cualquier profesión. Dios nos está llamando hacia Él más que nunca.

– Edel: ¿Te sientes solo entre todos estos actores que piensan de manera tan diferente? ¿Cómo enfrentas esto? -Jim: Siempre me siento solo acerca de esto. Pero si no existe ningún actor en mi profesión que siga su fe, no importa. Sé cuál es mi responsabilidad… . Estoy dispuesto a sufrir eso, sé que no fui llamado para la vida fácil – fui llamado como todos para vivir como Jesús. Dios nos está llamando a ser la luz del mundo y nos pide que nos sacrifiquemos para ayudar a cargar la cruz de Cristo.

– Edel: ¿Hablas con los demás actores sobre tu fe? -Jim: Si lo hago…cuando el tiempo lo permite… … [pero] la mejor manera de mostrar tu fe es a través de la manera en que vives tu vida.

– Edel: ¿Quién es tu mayor apoyo en todo esto? -Jim: Mi esposa. Mi esposa, quien debe serlo… Ella es la persona más cercana.

– Edel: ¿Cuánto tiempo han estado casados? -Jim: 5 años y medio.

– Edel: ¿Tu esposa es también actriz? Jim: No, es maestra de colegio. Enseña en secundaria. Es realmente buena. Es una católica muy comprometida.

– Edel: ¿Siempre has sido tan fuerte en tu fe? -Jim: Fui criado católico, pero mientras crecía, me afectó mucho lo que sucedía en el mundo y en la sociedad, y cedí ante la media verdad que reina en el mundo. … Mi conversión ha sido lenta y me ha tomado años. Ahora sé que Dios me está pidiendo más. Y no soy la misma persona que era cuando tenía 20 o 25 años y tampoco soy el mismo del año pasado, cuando hice una película llamada Ojos de Ángel (Angel Eyes). No sé si la pusieron en cartelera por ahí.

– Edel: ¡La acabamos de ver! -Jim: Antes de hacer la película la rechacé porque había una escena de amor y era muy difícil para mí. – Le dije [al director], “No, no vas a verme desnudo, no vas a ver ciertas cosas”. – Así que me dijo, “Entonces, ¿cómo vamos a hacer esto?” – Le dije, “Tú eres el director, ¡ingéniatelas!” Así que tomaron la cámara y filmaron algunas cosas – Tenía puesta mi ropa y ella [Jennifer López] tenía puestos un top y shorts, pero luego de terminar, no me sentía bien, porque sentía que estaba dando el mensaje falso a la gente de que “si hay amor, entonces está bien.” El mensaje que realmente quiero dar a los jóvenes es este: Mírenla y digan: ¡Esto es algo que no debo hacer! ¡Aún existe mucha ambigüedad en los medios! Pero existe una sola interpretación [de la sexualidad] y se basa en la absoluta voluntad de Dios. Esto siempre es difícil y me cuestiono sobre qué mensaje estamos enviando.

– Edel: ¡Claro que no es fácil! -Jim: Pero, ¿sabes? No estamos llamados a la vida fácil… . Jesús dice, “Sean perfectos – como mi Padre es perfecto.” Y ser perfecto es intentar, tratar. Y en tu mente debes tratar de evitar el pecado. Y mientras más larga sea tu vida – debes mejorar y evitar el pecado. Y quizás no en acciones, sino en el pensamiento. Así que debes tratar en tus pensamientos – lo que quiere decir que la única manera de lograrlo es a través de la oración, y mientras más reces, más tendrás a Dios en tu vida.

Si estás buscando una vida fácil, entonces lo tuyo no es la fe católica. Por lo menos haz una opción. Si la vida católica no es para ti, entonces haz otra cosa. Pero si vas a decir que eres católico, vívelo. Vive tu vida. Eso es lo que necesitamos. Necesitamos guerreros. Necesitamos santos en la tierra ahora. Los necesitamos urgentemente. Necesitamos personas que le den la espalda al pecado.

– Edel: ¿Cómo debemos rezar? -Jim: Desde nuestro corazón y mientras más reces, mejor será tu oración. María intercede para que se nos conceda la gracia. Y cuando nos da la gracia que viene de Dios, podemos orar más desde nuestro corazón. Y mientras más oramos desde nuestro corazón, más queremos orar. Mientras más oramos, recibimos más gracia, y mientras más gracia recibimos aumenta nuestro anhelo de rezar. Entonces iniciamos el círculo de la vida. ¿Qué es el círculo de la vida? El círculo de la vida es hacer que el pecado sea raro en nuestras vidas, cuando el pecado se hace extraño en nuestras vidas, empezamos a sentir más la presencia de Dios en nuestras vidas, porque viene a nuestros corazones. ¡Hemos nacido para tener a Dios en nuestros corazones! Y entonces empezamos a vivir el Cielo, no tenemos que morir para ver el Cielo, podemos empezar a vivir el Cielo ahora en la tierra. Y mientras más sentimos el Cielo en nuestros corazones, somos más santos. Entonces, estamos cumpliendo lo que Dios nos pidió: “¡Sean perfectos como mi Padre es perfecto!” Y te conviertes en imagen de Cristo en la tierra. Mi esposa y yo rezamos el rosario todos los días, porque si rezamos permaneceremos unidos.

– Edel: ¿Cuál crees que es el mayor problema de hoy? -Jim: Ahor no se habla del pecado. Decimos, “¡Oh, no existe! No pecamos, sólo tenemos problemas.” Esa es la voz del demonio. El gran San Maximiliano Kolbe dijo que el más grande problema del siglo XX y ahora del siglo XXI es la indiferencia. ¡Piensen en eso! Indiferencia quiere decir “no saber la diferencia”. Uno dice, “Conozco la diferencia entre lo bueno y lo malo.” El diablo está diciendo, “No, no, no, no, no – no existe diferencia – todo es lo mismo. Lo que es malo es bueno – haz lo que quieras.” Pero, ¿qué nos dice Jesús? “¡Los vomitaré de mi boca! No sean tibios, el camino hacia el Cielo es angosto. El camino al infierno es amplio.” ¡Conozcan la diferencia! – Edel: ¿Cómo podemos hacer esto? -Jim: Lo escoges. Tienes que ubicarte entre personas que vayan a apoyar tu vida católica, que van a nutrirla. Cada vez que busques amigos que tienen eso, Dios te bendecirá. Debes conservar estas amistades incluso si es una sola. Y si no tienes ninguna reza, porque Dios te las pondrá en tu vida.

– Edel: Pero muchas personas vienen de hogares destruidos, así que han perdido la esperanza o no tienen la energía para iniciar tal círculo.

-Jim: Pero, ¿no crees que Dios puede alcanzar a cualquiera? La Inmaculada María puede tocar la vida de cualquiera. Dios creó todas las cosas, todas las personas son sus hijos. Empieza contigo mismo, tú puedes hacer la diferencia. Si quieres paz en el mundo, empieza en tu vida, empieza hoy. Y los que te rodean te imitarán. San Francisco de Asís decía, “Vayan y prediquen el Evangelio a todas las naciones, y si lo necesitan, ¡usen palabras!” Piensen en eso. Nos dice que prediquemos con nuestras acciones.

– Edel: ¿Tienes un mensaje final para los jóvenes? -Jim: Mi mensaje para ellos sería [nuevamente]: La Paz empieza por ti. Puedes tomar mis palabras literalmente.

– Edel: ¿Tienes algún proyecto cinematográfico actualmente? -Jim: No, no he encontrado nada que me agrade aún. Cada vez que sale una película tienes que competir con otros actores, tienen que decidir entre Russel Crowe o quien sea. Pero no puedo preocuparme por eso porque sé que Dios me pondrá donde Él quiere.

Jim Caviezel: “Después de mi primer día en la cruz, casi llego a la hipotermia” A sus 34 años de edad, Jim Caviezel se perfila como un actor de gran proyección en Hollywood. Desde su trabajo en “The Thin Red Line” (La Delgada Línea Roja) y luego “La venganza del conde de Montecristo”, se convirtió en uno de los actores favoritos del medio, pero nunca pensó que en tan poco tiempo podría encarnar el papel más importante de su carrera: Caviezel es Jesús en la película “Passion”, que actualmente Mel Gibson rueda en Italia.

El día de la entrevista, Caviezel había pasado 17 horas rodando el interrogatorio de Cristo, cargando sogas y cadenas a la merced de Poncio Pilato y sus centuriones.

“Para tener la apariencia de un hombre que ha sido humillado y golpeado hasta que la carne cuelgue de su cuerpo, el maquillaje puede tardar ocho horas. Tengo que levantarme a las dos de la mañana para estar listo a en el set a las 10 u 11”, revela Caviezel y agrega que si el clima es malo y no se puede filmar, debe dormir con el maquillaje puesto.

Era la cuarta vez que Caviezel recibía este papel en oferta. Siempre se había negado porque consideraba que las producciones en cuestión no eran respetuosas con la historia y la persona de Cristo. Sin embargo, la propuesta de Gibson lo convenció.

Según sostiene, Gibson -como devoto católico también- había entendido la importancia de este proyecto y, lo más importante, está comprometido a recrear las últimas horas de Jesús, desde Getsemaní hasta su muerte- de la forma más auténtica posible.

Para Caviezel, que no duda en proclamar su fe católica, el papel de Cristo representa un desafío espiritual y físico que afronta con esfuerzo, oración, meditación y la permanente asistencia de María.

En una entrevista concedida al diario canadiense Globe and Mail desde Sassi di Matera –escenario de la película-, el testimonio de Caviezel estremeció a la reportera Gayle MacDonald y anticipó una película que podría ser la representación más gráfica del dolor que padeció Cristo en las últimas 12 horas de su vida.

“La exigencia” Según MacDonald, el trabajo de Caviezel ha trascendido el intenso frío del invierno italiano y el dolor de huesos, no en vano pasó los últimos 15 días casi desnudo colgado en una cruz para escenificar la Crucifixión.

“Cuando el viento toca la cruz, a tantos pies de altura, el aire te congela los huesos. La cruz comienza a temblar y piensas que se va a romper. Todo lo que haces es moverte y rezar”, confiesa el actor que agrega no haber estado nunca tan exhausto, ni atravesar tanto dolor físico y mental.

“Después de mi primer día en la cruz, casi llego a la hipotermia. Debieron traer calentadores que funcionaban bien cuando había viento pero cuando el clima se calmaba, podían quemarme las piernas. Trataba de comer algo, pero solo tenía náuseas. Sabía que este papel sería el más duro y difícil de mi carrera. También ha sido increíble”, señala Caviezel.

Según MacDonald, la apariencia y el nervio de Caviezel lo convirtieron en la primera opción de Gibson al pensar en el actor que representaría a Jesús.

Su representación de Cristo parece tan real, que la gente de Sassi di Matera aún no se acostumbra a verlo sin exclamar “¡Jesús! ” cuando camina por las calles, o en la iglesia donde asiste a diario a Misa y reza su rosario.

“Muchas veces estoy tan concentrado que no escucho lo que ocurre a mi alrededor”, señala Caviezel quien en sus oraciones suele recurrir a al patrono de los actores San Genesius de Arles, y San Antonio de Padua, que lo ayuda a encontrar buenos guiones.

En una entrevista que concedió algunos años atrás, Caviezel aseguró creer que Dios y los santos le muestran el camino, y dijo que María lo guió para seguir la ruta de la actuación. Cree que haber rezado un rosario antes de la audición para La Delgada Línea Roja lo ayudó a conseguir un papel en esa cinta.

“Por la conversión” “Todas las descripciones que he leído sobre lo que realmente le pasó a Jesucristo son más duras de lo que estamos mostrando y no podemos mentir. Uno de los látigos que usaron con Jesús, tenía garfios que literalmente le arrancaron la carne del cuerpo. Fue terrible”, asegura. Sin embargo, precisa que la fidelidad a lo que ocurrió no puede alejarlos del mensaje. “No vamos a llegar a un punto en el que la gente se sienta tan afectada por lo que ve en la pantalla que no saque nada del relato. No queremos eso”. Según Caviezel, en este sentido el film quiere que algo cambie en el corazón de la gente y, de repente, regrese a Dios.

Tomado de piensaunpoco y acidigital

Magaly Llaguno: Mi batalla contra el cáncer

El tesoro del sufrimiento He sufrido mucho en los años que he vivido. Sin embargo, en los últimos seis experimenté un sufrimiento tan grande que creí morir de dolor. En este lapso de tiempo tuve que pasar por el rompimiento de mi matrimonio, murieron mis padres y los médicos me diagnosticaron con cáncer. Todos estos sucesos me llevaron a comprobar que se puede crecer espiritualmente a través del sufrimiento. El sufrimiento ha sido para mí uno de los regalos más valiosos de Dios, una verdadera escuela. Me ha enseñado muchas cosas: a tener paciencia, a sentir mayor compasión por los demás y a saber expresarla; y a aceptarlo todo de la mano de Dios. Lo que más agradezco es que me ha acercado mucho más a El a través del dolor.

El sufrimiento nos hace mejores personas y nos madura emocional y espiritualmente si lo aceptamos por amor y obediencia a Dios y si tratamos de sobreponernos a él, buscando nuestro consuelo y fortaleza en Dios. Son incontables las veces en que me he sentido acongojada, deprimida, agotada física, emocional o espiritualmente; pero en todas he acudido a Dios y siempre me ha dado Su gracia para continuar mi peregrinar hacia Él.

Este documento es el relato de algunas de mis experiencias, las cuales escribo, con la esperanza de poder ayudar a personas que se encuentren en circunstancias parecidas a las mías.

El diagnóstico Fue en el mes de febrero del 2000 cuando me diagnosticaron mieloma múltiple; un raro tipo de cáncer de la médula ósea, lugar donde nuestro cuerpo fabrica la sangre. Desde entonces he pasado cientos de días recibiendo quimioterapia, en el hospital como paciente externo o ingresada. Aunque parezca increíble, fue casi un alivio enterarme de que padecía cáncer, pues había tenido cinco dolorosas fracturas espontáneas sin saber por qué; tres de ellas en dos costillas y una vértebra, después de un resfriado. Había sido examinada por cinco médicos y hablado con seis más, hasta que al fin a uno de ellos (el reumatólogo), se le ocurrió hacer la prueba de un tipo de proteínas en la sangre. Lamentablemente, esperó desde noviembre, fecha en que hizo la prueba, hasta que volví a verlo en su consulta en febrero, para ver el resultado y decirme que tengo cáncer.

Al fin, cuando logré ver por primera vez al doctor hematólogo-oncólogo, me puso bajo un tipo de tratamiento, el cual no fue efectivo. Luego, durante seis meses, estuve ingresanda por 5 ó 6 días cada mes para la quimioterapia, la cual tampoco dió resultado. Del 20% de cáncer en la médula de los huesos, que me habían descubierto durante la primera biopsia, pasé el 81%. Fue como si en lugar de matar el cáncer, lo hubieran estado alimentando.

Cuando el doctor me dio esta mala noticia, le pregunté cuánto tiempo me quedaba de vida y me dijo que menos de un año. Yo le dije que no aceptaba ese diagnóstico, porque de hecho, Dios me había prometido más tiempo de vida. La única verdadera alternativa que me dio mi médico fue un tratamiento experimental con arsénico (¡el veneno!), y vitamina C. Puesto que no tenía nada que perder, acepté después de orar, investigar, y hablar con mis cinco hijos al respecto.

El tratamiento experimental Durante meses iba diariamente al hospital a recibir el arsénico con vitamina C. Soporté seis terribles ciclos de cinco semanas cada uno, con dos semanas de descanso seguida de una biopsia después de cada ciclo. Los lunes y los viernes tenían que hacerme electrocardiograma, análisis de sangre, etc. para saber si había llegado al punto de estar en peligro de complicaciones graves debido al arsénico. También me hacían pruebas para conocer el daño que le estaba haciendo el arsénico a todas las células de mi sangre, tales como las rojas, las blancas y las plaquetas. Por supuesto, tuvieron que darme un número de transfusiones, y ni hablar de los demás efectos secundarios de esta quimioterapia experimental.

Lamentablemente, uno de los efectos secundarios graves de esta medicina (el arsénico), es que daña el sistema inmunológico, porque destruye las células buenas que están en la sangre, junto con las malas (cancerosas). Por añadidura, el tipo de cáncer que yo tengo tiene el mismo efecto en la sangre (además de dañar los huesos). Por tanto, desde hace mucho tiempo he estado luchando contra las infecciones. Fui hospitalizada por tres semanas debido a una septicemia, por una infección en el “port” (catéter colocado quirúrgicamente en la vena cava para administrar la quimoterapia). Estuve en casa una semana, y acto seguido tuve que ser hospitalizada de nuevo debido a una neumonía y para remover el catéter infectado y colocar uno nuevo. Sin embargo, Dios no quiso que muriera en esa oportunidad tampoco y me salvé para continuar el tratamiento con arsénico. ¡Fui la primera en EE.UU. en llegar al final de los seis ciclos viva y hasta me entrevistó un canal de televisión! Durante la segunda semana de hospitalización por la neumonía, cuando comencé a mejorar, se me presentaron otras complicaciones, las llamadas “enfermedades oportunistas”. Por ejemplo, contraje la “culebrilla” (muy dolorosa), sinusitis (la cual me ha dejado sin olfato ni gusto permanentemente), flebitis en ambos brazos debido a los sueros (muy dolorosa también), y otras infecciones más. Por supuesto, debido a la debilidad de mis huesos y la fuerza con que tosía, se me rajó de nuevo una costilla.

Una noche, cuando estaba hospitalizada, después de tantos sueros e inyecciones, tuve problemas con mis venas. El catéter no se podía utilizar por orden del médico, hasta que no transcurrieran 48 horas de ser insertado. Sin embargo, las medicinas había que administrarlas por vía intravenosa. Una hermana en Cristo y yo, hicimos la Coronilla de la Divina Misericordia y le rogamos a Sor Faustina, Apóstol de la Divina Misericordia, su intercesión (todavía no había sido canonizada). Ella nos escuchó. Después de haber tratado de establecer una línea para el suero tres enfermeras, tres veces cada una, otra enfermera me dijo: “Déjame probar una vez más”. ¡Y milagrosamente lo logró! Durante esa estancia en el hospital, aprendí mucho sobre el valor infinito del sufrimiento, tanto para nosotros como para los demás. También medité mucho más sobre la pasión de Cristo. Le doy gracias a Dios por haber derramado tantas bendiciones sobre mi persona durante esta difícil etapa de mi vida, no sólo al darme la fortaleza para continuar luchando por sobrevivir, sino también, por darme el grandísimo honor de compartir su cruz, a pesar de que no soy digna de hacerlo.

El recordar el sacrificio que Jesús hizo por nosotros en la cruz, me ayudó a soportar todos los sufrimientos. Cada vez que me pinchaban con una aguja pensaba en que Jesús fue coronado de espinas y le decía a El: “Esta es una ofrenda tan pequeña, Señor, comparada con lo que tú sufriste para salvarme.” Y cuando me arrancaron dos pequeñitos pedazos de piel al removerme un esparadrapo (al cual soy alérgica) y me dolió tanto, recordé que Jesús fue brutalmente azotado, le pusieron una capa sobre su sangrante espalda y después se la removieron violentamente. Según los relatos científicos, una gran parte de su sanguinolenta piel le fue arrancada junto con la capa, pues se le pegó a la tela. ¡Cuán grandes son los dolores que El sufrió por nosotros! Fue su amor lo que lo llevó a la cruz y lo hizo permanecer en ella, a pesar de los que le gritaban que bajara y se salvara. Y ha sido providencial para mí, el que estos sufrimientos míos hubieran tenido lugar durante el Mes del Sagrado Corazón de Jesús. ¡Qué hermoso regalo de amor pude brindarle! Ofrecí mis sufrimientos (y todavía lo estoy haciendo), por el movimiento provida y por Human Life International y la Sección hispana que dirijo, Vida Humana Internacional y sus organizaciones afiliadas en el mundo hispano.

Dios me dio el regalo del gozo durante esa etapa en que estuve a punto de morir, y me enseñó que no debo temerle a la muerte ni al sufrimiento, pues Él está siempre conmigo.

Enfrentándome al transplante El doctor me dijo que ya que me había bajado tanto el nivel de cáncer en los huesos con la ayuda del arsénico y la Talidomida que recibí por meses, era hora de planear un transplante de células estaminales, utilizando mis propias células. Puesto que el tipo de cáncer que tengo es incurable, solo se trataba de alargar un poco mi vida.

Dos semanas antes de mi transplante, me sentía tan agotada de esta lucha que he estado librando contra el cáncer por los últimos dos años, que no tenía ya las fuerzas para continuar. Sabía que me esperaban muchas más dificultades y sufrimientos. Por lo que había leído, este tipo de transplante es un procedimiento muy largo, difícil y peligroso que requiere mucho tiempo de recuperación.

Me encontraba “al pie de una enorme montaña” que sabía tenía que escalar, pero no tenía las fuerzas para comenzar a hacerlo. Hay momentos en la vida de uno en que súbitamente sentimos sobre los hombros y sobre el corazón, todo el peso de muchos años de sufrimientos. Era como si me hubiera caído con mi cruz y no tuviera fuerzas para levantarme. Hasta ese punto, Dios me había dado una fortaleza sobrenatural que me llenaba de optimismo, energías y hasta gozo espiritual. Pero fue como si en aquellos momentos me la hubiera retirado por completo, quizás para que me diera cuenta de lo débil y frágil que soy, y de lo mucho que dependo de Él. Las palabras de San Pablo cobraron aun más importancia para mí y me aferré a ellas con todo mi corazón: “A todo puedo hacerle frente, gracias a Cristo que me fortalece.” (Filipenses 4: 13 ) Y las de Cristo : “Yo soy la vid y ustedes son las ramas. El que permanece unido a mí, y yo unido a él, da mucho fruto; pues sin mí no pueden ustedes hacer nada” (San Juan 15:5), me hicieron comprender, como nunca antes, que es verdadera y personalmente Cristo quien nos fortalece.

Antes de poder ingresar para el transplante de células estaminales tuve que someterme a un procedimiento llamado eféresis. Me insertaron quirúrgicamente en la vena cava un catéter mucho más grande que los que había tenido anteriormente. Tenía tres tubos en la parte de afuera: por un lado sacaban la sangre, por el otro administraban anticoagulante, y por el tercero devolvían la sangre al cuerpo. Me estimularon primero la médula ósea con unas inyecciones. El objetivo era separar las células estaminales inmaduras del resto de la sangre, y hacer que salieran a flote en la sangre.

Durante el procedimiento tuve una complicación: me bajó mucho el calcio y comencé a sentir como unas terribles corrientes eléctricas por todo el cuerpo, hasta llegar al punto de que se me engarrotaron ambas manos y se me paralizaron los dedos. En aquel momento pasé un gran susto porque creí que me estaba dando un derrame cerebral. De momento no pude evitar las lágrimas y el desaliento y la desesperación, pero de nuevo Cristo me fortaleció. Después de quedar una noche ingresada en el hospital, con los medicamentos que me administraron pudieron seguir el proceso iniciado. Lamentablemente, no alcanzaron a colectar todas las células necesarias para el transplante, pero de todos modos, mi médico decidió seguir adelante porque era la mejor decisión con respecto a mi salud.

El ingreso al hospital Era el 7 de octubre de 2002, Festividad en la Iglesia Católica, de Nuestra Señora del Santo Rosario. El hecho de que iba a ingresar en el hospital en esta piadosa fecha, me dió ánimos para el suplicio que sabía se acercaba inexorablemente. Pensé: He pasado tanto tiempo en este complejo de hospitales, que ya prácticamente son mi segunda casa.

La primera semana de ingreso para el transplante no fue fácil. El primer día me dieron una dosis extremadamente alta de “Melphalen”, una quimioterapia muy fuerte. Según me informaron, era una dosis diez veces más alta que la que regularmente les dan a los pacientes. Inmediatamente, el segundo día, me pusieron por vía intravenosa, las células estaminales que me habían extraído de la sangre y habían congelado.

Después de la quimioterapia, no pude mantener nada en el estómago por mucho tiempo. Las náuseas eran una parte constante de mi vida cuando estaba despierta, no había nada que verdaderamente permitiera que mantuviera líquidos o alimentos en mi estómago. Por 24 días en el hospital viví mediante los sueros. Las pocas veces que pude mantener algún líquido fue gracias a la oración. Pero hasta la oración se me hacía difícil, porque las náuseas eran muy intensas. Con toda mi alma le pedí al Señor que estabilizara mi estómago, no sólo porque me sentía muy débil, sino también porque me dolía la quijada izquierda (afectada por el cáncer), de tanto devolver los alimentos.

Prepararnos para escuchar, tener paciencia y perseverancia Una mañana caí en una pequeña depresión, al sentir que todavía no toleraba alimento en el estómago y que estaba tan débil. De nuevo me fallaron las fuerzas y dejé de tratar de ingerir alimentos. Para colmo de males, los dolores en el cuero cabelludo mientras se me caía el cabello, me molestaban mucho cuando ponía la cabeza en la almohada. Clamé al Señor llorando y su ayuda me llegó de nuevo. El enfermero me aconsejó, explicándome muy delicadamente, que mi actitud era negativa y esto alargaría más tiempo mi recuperación. Me dí cuenta de que había caído en la trampa de pensar negativamente. Dios actúa a veces a través de quien menos esperamos.

Después recordé el poder sanador de Dios a través de la música. Puse en mi equipo portátil un cassette de música religiosa que sabía me daría el mensaje que necesitaba oir de consuelo y fortaleza. La letra de la primera canción titulada “Amigo, no temas”, me recordó la promesa de Jesús de estar siempre conmigo. Dice la canción : “Amigo, no temas, yo estoy contigo en tu caminar” y habla de cómo Dios cuida de las aves y las flores del campo, “y ellas no son más que tú”. Si el Padre Celestial viste los campos de primorosos colores, con muchas flores que duran solo un día, cómo no va a poner en nuestra alma una y otra vez, el amor y la fortaleza que necesitamos en momentos difíciles. ¡Acabé por cantar, bailar, y alabar a Dios! Fue otro encuentro personal con Dios que me fortaleció emocional, física y espiritualmente.

Verdaderamente debemos estar atentos a la Palabra de Dios y obedecerle, si queremos recibir Sus gracias especiales. Si yo hubiera ignorado el consejo del enfermero de cambiar mi actitud y me hubiera dedicado a sentir lástima de mí misma, no habría recibido las gracias que recibí. Debemos recordar siempre la importancia de las “tres p” : Preparar los oídos para escucharle y obedecerle, tener paciencia y perseverancia.

Como nos aconsejó Santa Teresa de Jesús en su poema “Nada te turbe”: “…confianza y fe viva mantenga el alma”. Mi ánimo había cambiado hasta tal punto, que tuve el valor de dejarme rapar la cabeza pues de todos modos el pelo se me estaba cayendo. Y le di gracias a Dios porque al mirarme al espejo, no sentí dolor sino orgullo. Consideré mi calvicie, una de las cicatrices, producto de la difícil batalla que estoy librando.

Ahora, cuando me deprimo por todos mis sufrimientos y ni siquiera tengo deseos de orar; escucho una música religiosa alegre. Entonces comienzo a cantarle a Dios como nos pide la palabra de Dios : “Canten y alaben de todo corazón al Señor” (Efesios 5:19), y acabo siempre dándole gracias y alabándolo. Es indudable que Dios nos da siempre las fuerzas y hasta el gozo espiritual, sin importar las circunstancias, cuando se los pedimos de todo corazón.

Necesitamos el amor de nuestros seres queridos Hay evidencias científicas de que el amor y el apoyo de los demás ayudan a lograr la sanación. Los estudios realizados muestran grandes diferencias con respecto al tiempo que sobreviven las personas gravemente enfermas que reciben amor y apoyo, y las que no los reciben. Uno de los estudios, realizado en la Universidad de Tejas, les preguntó a los pacientes si participaban regularmente en un grupo de apoyo, como por ejemplo asistiendo a una iglesia, y si esa participación les proporcionaba fuerzas y consuelo. Seis meses después del tratamiento, los que contestaron que no a ambas preguntas tuvieron siete veces más probabilidades de morir que los demás. Otro estudio de la Universidad de Los Angeles (UCLA) realizado con grupos de apoyo, investigó a personas a quienes se les practicó una cirugía debido al cáncer melanoma. Después de dicha cirugía algunas de las personas participaron en grupos de apoyo por seis semanas, mientras el resto simplemente se fue a su casa. Cinco años después los investigadores encontraron que entre los que no participaron en ningún grupo de apoyo hubo tres veces más muertes y dos veces más metástasis que entre los que lo hicieron. (“Cancer Recovery Today”, boletín de la organización Cancer Recovery Foundation of America.) Verdaderamente, el amor y el apoyo de otras personas constituyen una necesidad básica para los enfermos. El no obtenerlos es dañino; ¡cuánto más dañino será el ofrecerle a una persona enferma la eutanasia o el suicidio asistido! Los que estamos gravemente enfermos necesitamos una verdadera compasión, no la falsa compasión que ofrecen los promotores de la eutanasia y el suicidio asistido.Y aun más importante es para los enfermos, el amor de sus seres queridos.

Sí, es cierto que solo Dios basta, como dijo Santa Teresa de Jesús. Si tenemos que continuar nuestro peregrinar totalmente solos, lo hacemos con la fuerza que Dios nos da. Sin embargo, el amor de otros seres humanos es para nosotros en momentos difíciles lo que la lluvia para las flores. A ellas las alimenta y las hace abrirse en toda su belleza. A nosotros también, porque nos alegra el alma y nos transforma en personas más humanas. Con ello nos hacemos más compasivos y tenemos aún más fortaleza para enfrentar nuestro dolor.

Enfrentándome a la recuperación Llegó el momento de salir del hospital después del transplante y no tenía quien me ayudara (vivo sola), ni siquiera pagándole. Había hecho muchas gestiones, hablado con varias personas pero al final, las dos que me prometieron ayuda me llamaron para decir que no podían. Desde el principio había confiado en Dios y le había pedido que si no podía conseguir a nadie, me diera las fuerzas para poder cuidar de mí misma. De nuevo, Su gracia no se hizo esperar, pues Dios me dio las fuerzas para cuidarme durante el mes que estuve en casa recuperándome.

Y cada vez que he necesitado algo que no podía resolver por mí misma, Dios me ha enviado personas para ayudarme. Una amiga y hermana en Cristo, que es psiquiatra, me ha ayudado mucho espiritual y psicológicamente. No hubiera podido avanzar tanto en mi recuperación emocional sin su ayuda. Otra buena amiga a quien quiero como una hermana y un matrimonio de mi parroquia, fueron también algunos de los hermanos en Cristo que me ayudaron.

En Dios confiemos Recientemente mi oncólogo me dijo que aunque mi cáncer al fin parece estar en remisión, se me ha presentado otra grave enfermedad de la sangre llamada mielodisplasia, debido a la cantidad de quimioterapia que he recibido o como consecuencia del tipo de cáncer que tengo. La médula de mis huesos no está produciendo las células (rojas, blancas y plaquetas), que mi cuerpo necesita, y algunas de las que produce son anormales. Por lo que me quede de vida, tendré que continuar recibiendo a menudo transfusiones a través de un catéter en la vena cava y medicinas para estimular la producción de las otras células. De este modo podré sobrevivir un tiempo más, puesto que no es posible una curación. Entre otros, me esperan los riesgos de infecciones y hemorragias. Además el doctor me dijo que tengo un 80% de posibilidades de contraer un tipo de leucemia.

Sin embargo, no tengo miedo. Por el contrario, mi alma está llena de gozo, porque hoy Jesús me dio en la misa las gracias extraordinarias que necesitaba para enfrentar este nuevo sufrimiento. Instantes antes de recibir la sagrada comunión, vi claramente en la faz de una escultura de Jesús, una sonrisa.

Hay quienes creen que la religión es solo un bastón en el cual las personas se apoyan cuando se encuentran en circunstancias difíciles de su vida. Piensan que la fe es una creencia en “algo” intangible y esto es cierto, pero es mucho más. La realidad es que la verdadera fe, la fe fructífera, la que crece cada día más si la nutrimos con la oración, la lectura espiritual y los sacramentos (esto último para aquellos que somos católicos); no es algo intangible que imaginamos o que nos hemos inventado. Es una relación íntima y personal con nuestro Creador, que es más real que la luz que vemos y el aire que respiramos. Nuestro Dios nos ama tanto, que está involucrado hasta en los más insignificantes acontecimientos de nuestra vida. Está atento a nuestras más pequeñas necesidades, sabe lo que queremos y necesitamos, y se apresura a dárnoslo si es para nuestro bien.

A través de toda mi odisea, que continuará cada día hasta que Dios quiera, nunca he estado sola, pues Jesús siempre está conmigo y me lo demuestra de diferentes maneras.Y además, he tenido y todavía tengo la inmensa bendición y la alegría de poder contar con incontables oraciones (inclusive en diferentes países del mundo), de personas que he conocido por mi labor en defensa de la vida y la familia. Las cartas, tarjetas y llamadas que he recibido de líderes del movimiento provida hispano han sido numerosas. A todos los tengo en mi corazón , y a Dios he ofrecido mis sufrimientos por la labor que realizan estos valientes hermanos en Cristo en sus respectivos países. Se están enfrentando a grandes batallas para defender la vida y la familia, los cuales sufren graves ataques en los países hispanos.

Un mensaje especial Por último, quiero dirigirte un mensaje personal a ti, que estás enfermo(a) de cáncer o tienes otra enfermedad grave.

De nuestra actitud depende mucho el poder sobrevivir más tiempo. He leído que aquellos enfermos graves que tienen una actitud positiva, una vida activa y la voluntad de vivir, sobreviven más tiempo. No dejes que nada perturbe tu paz, te entristezca o te deprima. Sonríe siempre, pase lo que pase, porque Dios te ama y cuida de ti. El apóstol san Pablo nos dice: “Alégrense siempre en el Señor. Repito: ¡Alégrense! Que todos los conozcan a ustedes como personas bondadosas. El Señor está cerca. No se aflijan por nada, sino preséntenselo todo a Dios en oración; pídanle, y denle gracias también. Así Dios les dará su paz, que es más grande de lo que el hombre puede entender; y esta paz cuidará sus corazones y sus pensamientos por medio de Cristo Jesús”. (Filipenses 4: 4-7) Cuando me olvido momentáneamente de que todo lo que sucede es para nuestro bien, aún lo que nos hace sufrir, repito mentalmente las palabras de San Pablo: “Que la esperanza os tenga alegres, estad firmes en la tribulación, sed asiduos en la oración.” (Romanos 12:12) La esperanza de poder estar con Cristo algún día me proporciona gozo espiritual, el cual me ayuda a mantenerme firme en la tribulación por medio de la oración.

No temas a los sufrimientos. Cuando me diagnosticaron el cáncer y leí sobre las posibles complicaciones y lo dolorosas que podrían ser en las últimas etapas de mi enfermedad, sentí un gran temor. No temía a la muerte, sino a los sufrimientos que podrían acompañarla. Sin embargo, el Señor me llevó a leer una cita bíblica que me tranquilizó y me recordó que Él estará conmigo hasta el final, y nada me sucederá que con la ayuda de su gracia no pueda enfrentar. A través del Salmo 40, “Oración de un enfermo”, Dios me habló: “El Señor lo sostendrá en el lecho del dolor, calmará los dolores de su enfermedad”.

Además Dios nos promete: “…Los que confían en el Señor tendrán siempre nuevas fuerzas y podrán volar como las águilas, podrán correr sin cansarse y caminar sin fatigarse.” (Isaías 40: 31) Y Jesús mismo nos dijo: “No se angustien ustedes. Crean en Dios y crean también en mí… Les doy mi paz, pero no se la doy como la dan los que son del mundo. No se angustien ni tengan miedo.” (Juan 14:1, 27) Por último, si unes tus sufrimientos a los de Cristo, aceptándolos por amor a Dios y ofreciéndoselos a Él, verás sus frutos en la eternidad.

Probablemente el tener que enfrentarte a tu enfermedad y la posibilidad de morir debido a ella, ya te han enseñado el valor tan grande que tiene la vida, regalo de Dios. Atesórala, disfrútala en todo lo posible, diles a tus seres queridos cuánto los amas. Vive cada día como si fuera el último, porque no sabes cuándo será el día ni la hora. Utiliza sabiamente ese valioso tiempo de vida que te queda, que es un regalo que Dios te ha dado, para que te prepares para vivir con El para siempre. Trata de acercarte más a El cada día por medio de la oración, la meditación y los sacramentos (si eres católico). Alguien le preguntó a Santa Ángela de Merici, la fundadora de las Hermanas Ursulinas, qué consejo le daba para comportarse debidamente. Ella le contestó : “Compórtese cada día como usted deseara haberse comportado cuando le llegue la hora de morirse y de darle cuenta a Dios.” No temas a la muerte, el mismo Dios que te ama y cuida de ti, te recibirá en sus amorosos brazos, donde estarás por toda la eternidad. Dile al Señor de todo corazón : “Yo, Señor, confío en ti; yo te he dicho: ‘¡Tú eres mi Dios!, mi vida está en tus manos.” (Salmo 31: 14) Que Dios te bendiga y aumente tu fe, tu paciencia y tu fortaleza para enfrentar tus sufrimientos.

Nota: Este escrito, terminado el 9 de febrero del año 2003, es propiedad intelectual de la autora y de Vida Humana Internacional (VHI), Sección hispana de Human Life International. VHI y la autora dan su autorización para que se reproduzca sin hacer ningún cambio en el texto y se distribuya gratuitamente, sin fines de lucro. VHI es una organización católica educativa y misionera que ofrece en su portal en Internet: http://www.vidahumana.org/, información sobre más de 20 temas relacionados con la defensa de la vida humana y la familia, y un catálogo de materiales educativos. Para comunicarse con Vida Humana Internacional diríjase a: 45 S.W. 71 Ave, Miami, Fl, 33144, U.S.A. Teléfono: (305) 260-0525. E-mail: vhi@vidahumana.org. El portal www.masalladelsol.org, ofrece un “chat room” para las personas que tienen cáncer y sus familiares. Puede escribir a: ishen7@hotmail.com.

Bruno de Stabenrath: A los 35 años irrumpió el dolor en su vida

Pido perdón por hablar de mí mismo. Pero son mis circunstancias personales las que motivan este artículo. Acabo de salir del hospital tras una operación. La convalecencia está resultando bastante molesta y dolorosa. En esta tesitura uno comprende mejor que haya mucha gente que no le encuentre sentido a la enfermedad, al dolor y al sufrimiento. Estando en estas cavilaciones, leí la contra de La Vanguardia del día 27 de este mes de enero. Es una entrevista que hace Ima Sanchís a Bruno de Stabenrath, antiguo actor, músico y guionista. A consecuencia de un accidente de coche a los 35 años cambió su vida. Ha escrito un libro, “Al galope”, sobre su experiencia. De la entrevista entresaco algunos párrafos que ciertamente tienen bastante enjundia: —“Soy tetrapléjico. Mis piernas no responden y la musculatura de los brazos y los dedos está muy disminuida. Soy muy dependiente, no puedo mover la silla por la calle, no puedo cocinar, ni vestirme, ni atarme los zapatos”.

—“Tengo contratadas a dos personas que se turnan para ayudarme. La mayoría de los tetrapléjicos no pueden pagar esos salarios y malviven en centros esperando la muerte. Yo al principio deseé morir”.

—“Estuve un año en el hospital, sólo podía mover la cabeza. Me abandonó la alegría de vivir, la salud y el deseo”.

—“Me había dado cuenta de que en la vida hay cosas que decides por propia voluntad, pero que hay algo que se te escapa por completo y que es el misterio humano. Me puse en contacto con los hermanos de Saint Jean y recuperé la oración. Mi interlocutora preferida es la Virgen María”.

—“El amor que he sentido, de gente inesperada, ha hecho que mi vida cobrara un sentido”.

Al final de la entrevista, cuando la periodista le pregunta qué ha aprendido, responde: —“A despojarme de cualquier ambición; he tomado conciencia de que no estamos solos, de que quizá la respuesta viene de los demás. Me siento feliz porque mi sufrimiento físico no deja espacio a cuestiones intrascendes que antes me consumían. Ahora voy a lo esencial”.

Al leer esto último me acordé de lo que escribió un gran pensador francés, Gustave Thibon: “Cuando un hombre está enfermo si no se encuentra esencialmente rebelado, se da cuenta de que cuando estaba sano había descuidado muchas cosas esenciales; que había preferido lo accesorio a lo esencial” Después de lo anterior se despertó mi curiosidad sobre el sentido del dolor y de la enfermedad y empecé a indagar en otros autores. Esto es lo que he encontré: Dice Víktor Frankl el célebre psiquiatra judío que estuvo internado en un campo de concentración nazi: “El hombre que no ha pasado por circunstancias adversas, realmente no se conoce bien”.

El gran escritor inglés, amigo de Tolkien, C: S: Lewis, afirma: “El dolor es el megáfono que Dios utiliza para despertar un mundo de sordos”.

Y una persona bien experimentada en el dolor tras 50 años de atender enfermos, y él mismo víctima de un cáncer, el Dr. Ortiz de Landázuri, expresaba a este respecto: “La enfermedad siempre nos enseña muchísimo. Es el camino que nos conduce a Dios. Es uno de los caminos más importantes para llegar a ese encuentro… y al final, uno lo agradece”.

Finalmente tenemos lo que señala Juan Pablo II en la Carta “Salvifici Doloris”: “Para percibir la verdadera respuesta al porqué del sufrimiento, tenemos que volver nuestra mirada a la revelación del amor divino, fuente última del sentido de todo lo existente. El amor es también la fuente más rica sobre el sentido del sufrimiento que es siempre un misterio”.

Creo que la experiencia que nos cuenta Bruno de Stabenrath, confirma la veracidad de todos los testimonios anteriores. Y que yo no tengo motivos para quejarme y sí mucho que aprender del misterio del dolor.

Federico Gómez Pardo www.PiensaunPoco.com

Eugenio Zolli: La conversión del Gran Rabino de Roma

Israel Zoller (Zolli es la italianización del apellido) nació en la Galizia polaca en 1881, último de una familia de cinco hijos. En 1904, el joven marcha a Viena para seguir la carrera de rabino, fiel a la tradición familiar, ya que por vía materna se habían sucedido antepasados rabinos durante más de dos siglos. Acabará los estudios en Florencia y conseguirá la plaza de vicerrabino de Trieste. En 1918, es nombrado rabino jefe de la ciudad, cargo que ocupará hasta su traslado a Roma y que hará compatible con su tarea docente como profesor de lengua y literatura semíticas en la Universidad de Padua.

En aquellos años, la idea de la conversión no se le pasaba ni tan siquiera por la cabeza. Todas las tardes se limitaba a abrir por donde cayera la Escritura, tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento, para meditar. Fue así como la persona de Jesús y sus enseñanzas se le hicieron familiares, sin que ningún prejuicio se interpusiera ni le diera el gusto de lo prohibido. El fruto fundamental de sus años de Trieste será la obra El Nazareno (1938), un estudio lingüístico y etimológico en el que realiza una exégesis metódica del Evangelio a la luz del Antiguo Testamento.

“Nadie ha tratado de convertirme –relataba algunos años después–. Mi conversión ha sido una lenta evolución interior. Desde hace años, y yo mismo lo ignoraba, mis escritos tenían ya un carácter tan cristiano que un arzobispo dijo de El Nazareno: ‘todos podemos equivocarnos, pero por cuanto puedo juzgar, pienso que podría firmar yo mismo ese libro’”.

Los rumores de guerra hicieron que el eco del libro fuera limitado. Durante esos años, Zolli había ayudado a los hebreos que dejaban la Europa central para trasladarse al futuro Israel. Sus contactos y el conocimiento de la lengua alemana favorecían que contara con informaciones de primera mano sobre el peligro que se acercaba. En 1935 envió una carta al rabino jefe de Roma, Angelo Sacerdoti, sobre los “actos inhumanos” cometidos contra los hebreos en Alemania, para que informara a Mussolini. El Duce dijo que protestaría ante el embajador alemán. Sea lo que fuere, lo cierto es que en 1938, cediendo a las presiones nazis, también en Italia se introdujeron leyes racistas. Zolli protestó públicamente y el gobierno como represalia le quitó la nacionalidad italiana.

Fue en ese contexto en el que le ofrecieron el puesto de rabino jefe de Roma. La comunidad hebrea de la capital (de la que el rabino era un empleado a sueldo) estaba dividida entre filofascistas y sionistas. Tal vez la fama de persona independiente y profundamente religiosa que se había ganado Zolli en esos años influyó en la elección. Sus dos interlocutores fueron Dante Almansi, presidente de las comunidades israelitas de Italia, que había sido jefe de la policía fascista y tenía buenos contactos con el régimen, y Ugo Foà, presidente de la comunidad hebrea de Roma.

Los primeros meses de la estancia de Zolli en Roma se caracterizaron por la defensa de los hebreos ante las leyes antisemitas. La situación, sin embargo, precipitó en septiembre de 1943 con la llegada de las tropas alemanas a la capital italiana. Después de los años pasados en Trieste, Zolli tiene experiencia: advierte a Almansi de que es preciso proteger a la población judía, pero éste sostiene que el día anterior un ministro le había asegurado que no había de qué preocuparse y que no convenía alarmar a la gente.

La respuesta vino pocos días después. El 10 de septiembre, el ejército nazi controla Roma. Un comisario de policía, de sentimientos antifascistas, aconseja a Zolli que se esconda, ya que –como se vio en Praga en esas mismas fechas– la primera víctima entre los hebreos solía ser el rabino.

El 26 de septiembre, el comandante Herbert Kappler impone a los judíos de Roma el pago de cincuenta kilos de oro, en un plazo de 24 horas, como rescate para no deportar a una lista de trescientas personas. La comunidad hebrea consigue reunir treinta y cinco kilos. Los presidentes Almansi y Foà piden a Zolli que acuda al Vaticano para pedir ayuda. Así lo hace –aunque sobre su cabeza pesaba una recompensa de 300.000 liras–, y recibe una respuesta positiva. Al final, los quince kilos del Vaticano no harán falta porque se habían conseguido por otras vías (incluidas, según se escribe, las de algunas casas religiosas y párrocos).

En esas semanas Zolli tuvo un encuentro con Foà en el que presentó un plan práctico para dispersar a los judíos de Roma. La acogida no pudo ser más fría: “Si hay que tomar decisiones, las tomaré yo con mi consejo –respondió Foà–. De momento no se ha decidido nada. Vaya a comprar un poco de valentía en la farmacia”. Años después escribirá Zolli: “Se me había concedido el don de ver sin poder actuar; y a otros, el poder de actuar sin poder ver”.

El oro, desde luego, no sirvió para nada, pues el 16 de octubre comenzaron las deportaciones, que sólo se frenaron por intervención de Pío XII. Zolli, que podía haberse exiliado fuera de Italia, vivió nueve meses en la clandestinidad, huésped de familias amigas, al igual que su mujer Emma y su hija Miriam (la otra hija, Dora, fruto de su primer matrimonio, no corría peligro por estar casada con un “ario”).

En febrero de 1944, la comunidad hebrea lo destituye como rabino, pero en junio los aliados lo ponen de nuevo al frente de la sinagoga. Allí permanecerá solo unos meses, pues en otoño presenta la dimisión por motivos personales. Y es que el día de Yom Kippur, durante la ceremonia en la sinagoga, había oído una voz interior que le dijo: “Estás aquí por última vez. Desde ahora, me seguirás”. Ya en los meses anteriores había meditado dar el paso del bautismo, pero no quiso hacerlo durante la persecución nazi.

La noticia del bautismo de Zolli causó enorme estupor (su mujer se bautizó el mismo día y su hija Miriam, que superaba ya la veintena, lo hizo un año después). La sinagoga de Roma decretó varios días de ayuno como expiación. El paso había dejado a Zolli literalmente en la calle: a los 65 años y sin casa ni sueldo. El futuro cardenal Dezza le ofreció un puesto de docente en el Pontificio Instituto Bíblico, de la Universidad Gregoriana.

Tal vez el mensaje principal de Zolli que se desprende de la lectura de su vida es precisamente la conexión que existe entre la Sinagoga y la Iglesia: “La Sinagoga era una promesa y el Cristianismo es el cumplimiento de esa promesa. La Sinagoga indicaba el Cristianismo; el Cristianismo presupone la Sinagoga”. Por eso, a pesar de la hostilidad que encontró en ambientes judíos, se preocupó por mejorar las relaciones entre hebreos y católicos: es suya, por ejemplo, la primera iniciativa que llevaría a suprimir de la liturgia del Viernes Santo, en 1961, la expresión “pérfidos judíos”: dio como razón que pocos entendían ya su significado original de “judíos incrédulos”.

Stanislaw Dziwisz: 13 de mayo de 1981

Una crónica detallada de Mons. Stanislaw Dziwisz, Secretario de Juan Pablo II.

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Nguyen Viet Chung: Una vocación nacida en el trabajo entre los leprosos

La dedicación de las religiosas de San Vicente de Paúl hacia los leprosos fue el punto de partida de la conversión al catolicismo de un médico vietnamita que hoy es sacerdote.

El doctor Augustinus Nguyen Viet Chung, de 48 años, médico de Ho Chi Minh, conoció la fe católica hace unos diez años. Tras el adecuado camino espiritual y de formación teológica, fue ordenado sacerdote el pasado 25 de marzo, fiesta de la Anunciación de María.

El obispo auxiliar de Ho Chin Minh –Joseph Vu Duy Thong– presidió el rito de ordenación en la iglesia de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro de la diócesis del sur de Vietnam. Más de medio centenar de personas, entre parientes del padre Chung, religiosos y religiosas, se unieron a la celebración.

Muchas Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl, que conocen y trabajan con el doctor Chung, manifestaron: «La gracia de Dios hace milagros: no es corriente que un médico, y además a la edad de 40 años, se convierta y elija ofrecer su vida totalmente al Señor».

El padre Chung se sintió atraído por los estudios de medicina a través de un misionero extranjero que había optado por dedicar su vida al servicio de los leprosos.

Después de la licenciatura y de la especialización en dermatología, hizo sus prácticas en la leprosería estatal de Ben San, donde trabajan algunas religiosas vicencianas.

«Ejerciendo la medicina, me decía: puedo curar las heridas de los pacientes, pero ¿cómo curar su soledad y el sentido de abandono que experimentan? –recuerda el padre Chung–. Después conocí la fe católica y encontré la medicina para el alma de los enfermos, esto es, a Jesucristo».

El padre Chung fue bautizado en 1994. Cuatro meses después ingresó en el noviciado de la Congregación Vicenciana. «En mi conversión fue decisivo el ejemplo de las religiosas de San Vicente de Paúl: su dedicación y el amor hacia los leprosos hablaron a mi corazón», reconoce el sacerdote.

En la actualidad, el padre Chung trabaja en el centro para enfermos terminales de Sida dirigido por religiosas Hijas de la Caridad en el distrito de Cu Chi, a 45 kilómetros al noroeste de Ho Chi Minh City.

La Congregación Vicenciana llegó a Vietnam en 1954. Hoy cuenta en el país con 13 sacerdotes, 12 diáconos y 43 seminaristas que trabajan en la evangelización de las minorías étnicas y en el servicio a los pobres y enfermos.

Tomado de Zenit, ZS03051402 * * * Antoine de Saint-Exupery, literato francés creador del entrañable Principito, solía decir que para salir de la vacuidad que sume a los hombres en la soledad, es preciso recurrir a la amistad, al amor, al don de sí.

Esto fue precisamente lo que descubrió el vietnamita Nguyen Viet Chung cuando, al terminar la carrera de medicina, empezó a desempeñar su labor como doctor entre los leprosos de un hospital de Ho Chi Minh. Hoy, diez años después, el doctor Chung reconoce el gran bien que le ha hecho el servicio a los más necesitados.

Su forma de entender la vida fue cambiando paulatinamente con el ejemplo diario de las religiosas de San Vicente de Paúl, dedicadas por entero al cuidado de esos pacientes. “Comprendí” afirma el doctor Chung “que ejerciendo la medicina podía curar las heridas de los enfermos, pero ¿cómo curar la soledad y el sentido de abandono que experimentaban? Pues bien, aquellas mujeres lo conseguían”.

Pronto descubrió que el secreto de esas enfermeras no era otro que su amor a Dios y a los demás. Cualquiera de ellas habría podido expresarse como lo hizo la Madre Teresa de Calcuta ante una periodista occidental que le dijo que ella “no haría aquello ni por todo el oro del mundo” . “Por dinero nosotras tampoco seríamos capaces”, le respondió, “lo hacemos por amor a Jesucristo”.

Como le dijo el Principito a Antoine: “Lo importante no se ve”. Ciertamente ese amor y esa solidaridad se habían clavado en el corazón de nuestro protagonista oriental sin que éste apenas lo percibiera. La labor escondida del hospital fue acercando al doctor Chung cada vez más a Cristo, al que enseguida logró percibir tras el sufrimiento de los leprosos. Los veía como otros crucificados y le sirvió para tratarles con mucho cariño e interesarse por la salud de sus corazones. También por las miles de pequeñas cosas que a esos pobres hombres les preocupaban.

Comenzó a aprender la doctrina cristiana. Esto le ayudó a desempeñar su labor médica de una modo bastante más humano. Y finalmente, tras años al servicio de los demás, el doctor Chung pidió ser bautizado.

Ahora, tras desechar ofertas de otros centros médicos más prestigiosos y con superiores expectativas económicas, atiende a los enfermos terminales de SIDA de la capital vietnamita. Tal vez la causa de su decisión haya sido el descubrimiento de la Felicidad en el don de sí a los demás por amor.

Carlos González, PUP, 17.V.03

Scott y Kimberly Hahn: Conversión de un matrimonio presbiteriano

Scott y Kimberly Hahn son un matrimonio norteamericano que ofrece el testimonio de su conversión al catolicismo. Ofrecemos a continuación algunos párrafos autobiográficos -alternando marido y mujer- tomados del libro “Roma, dulce hogar”, publicado en castellano por Rialp. Continuar leyendo “Scott y Kimberly Hahn: Conversión de un matrimonio presbiteriano”

Mel Gibson: La mayor historia jamás contada

Entrevista a Mel Gibson, ganador de varios Premios Oscar, es director de una película sobre la Pasión de Cristo que se centra en las últimas horas de la vida de Jesús, interpretado por Jim Caviezel (protagonista de «La delgada línea roja» («The Thin Red Line»), «Mirada de Ángel» («Angel Eyes») y «El Conde de Monte Cristo» («The Count of Monte Cristo»).

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Anna Nobili: De la discoteca al convento

Después de haberse ganado la vida bailando en los estrados de discotecas, Anna Nobili optó por la vida religiosa y por dedicar su vida a los necesitados, tras culminar un camino personal de conversión.

La hermana Anna relató en una entrevista publicada en el último número de «Mondo Voc» –la revista italiana de animación vocacional de los Rogacionistas–, el itinerario que le llevó a ingresar en las Hermanas Operarias de la Sagrada Familia de Nazaret.

«Comencé a frecuentar las discotecas a los 19 años y continué hasta los 21. Fueron tres años muy intensos durante los cuales perdí totalmente la cabeza. Iba todas las noches y me quedaba hasta las ocho de la mañana», recuerda.

«Desde medianoche hasta las 4 de la madrugada me exhibía en una discoteca, y desde las 4 hasta las 8 iba a bailar a otra. Viajaba incluso fuera de Milán; por ejemplo, a Amsterdam, donde me quedaba cuatro o cinco días».

«Buscaba las discotecas más frecuentadas», continúa su relato; «de ahí mis relaciones con los hombres y el uso del alcohol».

Poco a poco se fue distanciando de esos ambientes. «No sé bien por qué –comenta la hermana Anna–, pero en cierto momento me sentí cerca de la Iglesia. Comencé a ir a misa los domingos y allí lloraba continuamente, sintiendo dentro de mí una presencia diferente».

«Veía a los jóvenes, que se querían de manera muy sencilla y estaban serenos. Un mundo auténtico, no falso como el que yo frecuentaba», prosigue.

El paso siguiente fue «un retiro espiritual en Spello, en la ermita de Carlo Carretto. Recé, hice largas meditaciones. Hasta que una tarde, en la plaza de Santa Clara en Asís, contemplando el cielo y la naturaleza, tuve una percepción clara de que Dios es el Creador y nosotros somos sus criaturas».

«Sentí en el corazón un gozo indescriptible –describe–. Y me puse a bailar. Esta vez no para conquistar a los hombres, sino para agradecer y alabar. Había encontrado lo que buscaba».

Ahora el proyecto de la religiosa es «vivir el carisma de mi Congregación al servicio, incluso a través de trabajos manuales, de los menos afortunados».

«El problema no es tanto ir o no ir a las discotecas –constata–, sino dejarse envolver en relaciones humanas insatisfactorias. Vayamos a la discoteca, pero con Jesús».

«Es normal que los jóvenes busquen sensaciones y que éstas se intensifiquen por la noche. Pero a menudo la vida nocturna se vive como una rebelión que lleva a la perversión», advirtió.

La Congregación de las Hermanas Operarias de la Sagrada Familia de Nazaret fue fundada en 1900 en el norte de Italia y hoy cuenta con 200 religiosas. El Instituto trabaja en situaciones de marginación, como la recuperación de ex prostitutas, y se ocupa de los problemas relacionados con la inmigración.

Tomado de Zenit, 9.III.03, ZS03030904

Eugenio Laguarda: Un mártir en vida de la persecución religiosa en la guerra civil española

Entre los 233 mártires de la persecución religiosa española de los años treinta que beatifica Juan Pablo II el año 2001, podría haber aparecido el nombre de Eugenio Laguarda. Sus asesinos, sin embargo, no terminaron en el trabajo y le abandonaron moribundo en un campo abandonado.

Hoy, a sus noventa años, el padre Laguarda celebra misa todos los días a las siete de la mañana en la basílica de la Virgen de los Desamparados de Valencia (la diócesis de la que proceden la mayoría de esos mártires). Después, confiesa el resto del día hasta la tarde. En este conmovedor testimonio reconstruye el ambiente que reinaba en España durante la guerra civil. Entre el 18 de julio de ese año y el 1 de abril de 1937, según datos ofrecidos ahora por la Conferencia Episcopal Espñola, fueron asesinados 6.832 sacerdotes, religiosos y religiosas, así como doce obispos.

Los hechos que recuerda el padre Laguarda en este testimonio publicado por el semanario de la arquidiócesis de Madrid, Alfa y Omega, tuvieron lugar el 17 de junio de 1938 Testimonio de Eugenio Laguardia Yo era muy joven. Siendo ya sacerdote, me enviaron a un pueblo de la provincia de Castellón. A los 15 meses de estar en aquel pueblo, Zucaina, vino la guerra.

Yo me enteraba de las noticias y escondí todas las imágenes de la parroquia en casas particulares, en pajares. Salía de mi casa, pero iba a la iglesia sin tocar la campana: habían matado a muchos curas de los pueblos.

Un día vinieron a matarme, una cuadrilla que iba matando de pueblo en pueblo. Cuando llegaron a Zucaina, encontraron a unos chiquitos, jugando en la plaza, y les preguntaron: «¿Habéis visto al cura?»; les dijeron que no sabían. Y se fueron a un bar pensando que ya no estaba el cura. El señor del bar se enfadó con ellos: «¿Por qué tenéis que matar al cura? Si este cura es muy buena persona». Dijeron: «¡Basta que sea un cura para que lo matemos! Y se fueron».

Me enviaron un recado para que supiera lo que había ocurrido, y me preparé esa noche para esconderme en una masía (casa de campo del Levante español), que estaba a más de una hora y media del pueblo, andando. El dueño de la masía era el tío Bernabé, un señor mayor. Estaba amaneciendo cuando llegué. Y, le dije al tío Bernabé: «Ya sabe a lo que vengo, a esconderme». Y él me contestó: «Es un compromiso muy grande tenerle aquí, nos pueden matar a todos». Le dije: «Mire, tío Bernabé, yo no le he dicho a nadie que venía aquí. Así que, si ustedes no dicen nada a nadie, no pasará nada».

Ya estaba amaneciendo el día. Entonces, la mujer, al escucharnos, llamó a su marido desde la cama: «Bernabé, Bernabé, ¿quién es?». Dijo él: «El cura». Preguntó la mujer: «¿El cura? Pero si los han matado a todos. ¿Qué quería el cura?».

Respondió el tío Bernabé: «Que le tengamos aquí escondido hasta que pase todo esto. Le he dicho que puede quedarse siete u ocho días, pero nada más, porque es un compromiso muy grande». Y dijo ella: «¡Nada de eso, no unos días, sino todo el tiempo que haga falta!». Y como en las casas mandan las mujeres más que el marido, me acogieron.

Nadie sabía que estaba allí, pero, como pensaban meter dos compañías de soldados en aquella masía, me marché por las montañas, camino de Valencia. Y al pasar cerca de Segorbe, me cogió una pareja de soldados. Iban buscando a un preso que se había escapado. Y me preguntaron: «¿Dónde va usted?». Dije: «A Valencia». Y enseguida pensaron mal de mí. «¡Dinos la verdad! ¿Quién eres?». Entonces, dije que era sacerdote.

Me cogieron de los brazos, me registraron y encontraron el breviario. Uno de ellos me pegó un culatazo en la cara, me rompió la nariz y me dejó el ojo izquierdo sin vista durante tres meses. Caí en tierra. Me pegaban y me hacían levantarme, hasta que ya no pude. Y, entonces, uno de ellos me dio un tiro en la cabeza. La bala me entró por debajo del ojo izquierdo, me atravesó el paladar, la lengua, el cuello y quedó alojada en el pulmón. El otro le dijo que me volviera a dar otro tiro, porque estaba vivo, pero ya no me lo dio. Me echaron a un barranquito cerca de la carretera. Yo oía cómo se iban, riéndose de cómo yo rezaba a la Virgen.

Cuando se perdieron sus voces, intenté subir a la carretera y, al ponerme de pie, me caí. Estaba muy grave. Me dije: «Es preciso subir a la carretera». Subí a gatas, cogiéndome a la hierba, poquito a poco, y, por fin, llegué a la carretera. Enseguida se formó un charco de sangre. La gente pasaba de largo y, por fin, pasó un autobús. Eran las doce de la noche. Como la carretera era algo estrecha y el autobús era ancho, pararon y bajaron. Les dije que era sacerdote y que me habían martirizado. No sabían qué hacer; por fin, me cargaron al autobús y me llevaron hacia Castellón para dejarme en un hospital. Estaba muy herido.

Y al pasar por Náquera, a la una de la mañana, estaban los dos matones sentados en la carretera; pararon el autobús y hablaron con el chófer. Yo iba en los asientos de los pasajeros, muriéndome: «¿Dónde vas ahora?», preguntaron al chófer. «Voy al hospital, a llevar a un herido que he recogido allí arriba. Un sacerdote». Ellos gritaron: «¡Es el sacerdote que nosotros hemos matado! ¿Aún vive? Hay que acabar con él». Pero, por fin, el chófer se impuso, los dos matones se quedaron allí, y me llevó a Castellón. Enseguida me recibieron en el hospital.

Cuando terminó la guerra, juzgaron a esos dos matones y los condenaron a muerte. Y, estando ya en Zucaina, vinieron a verme el padre de uno y la madre del otro, y se arrodillaron en cruz delante de mí, diciéndome: «Padrecito, tenga compasión de nuestros hijos, que están en la cárcel y los van a matar por lo que le hicieron a usted».

Enseguida, cogí un papel y escribí al juez, diciéndole que yo estaba bien y que quería que les quitaran la pena de muerte. Y, al ver el documento con mi firma, les conmutaron la pena. No sé si aún vivirán, ha pasado mucho tiempo. Estoy muy agradecido a Jesús porque me salvó la vida. Ahora, me llaman el muerto resucitado.

Manuel García Morente: Desde el ateísmo y el “frío de los filósofos”

El nombre de García Morente es bien conocido en la Universidad española. Era catedrático de Ética en la Universidad de Madrid -entonces, “Universidad Central”-, y una de las figuras más prestigiosas de la filosofía en España. Cuando estalló la guerra en España en julio de 1936, era Decano de su Facultad. Aparentemente, no era una persona con un perfil que diera motivos para temer nada de la República española. Era públicamente conocido como ateo; de hecho, poco después de morir su madre, siendo un adolescente, dejó de ir a la iglesia: ya decía que no creía.

Hizo estudios en Francia, y se licenció por la Sorbona, siendo discípulo de Bergson y Levy-Brühl. Filosóficamente, su mayor influencia venía del kantismo, como sucedía en España con muchos de los que habían pasado por la Institución Libre de Enseñanza, algunos de los cuales ocupaban puestos relevantes en la joven República. Era apolítico, y si acaso, sus ideas al respecto podían tener cierta afinidad con las de Ortega y Gasset, con quien le unían bastantes planteamientos y una estrecha amistad. Y sin embargo…

Apenas mes y medio de comenzada la guerra se produjo el vuelco. El 28 de agosto de 1936 recibe una llamada telefónica: su yerno había muerto. “Recibí la noticia de su muerte estando yo en la Universidad en el acto de entregar el decanato -del que fui destituido por el Gobierno republicano- a mi sucesor, el señor Besteiro. De mi casa, por teléfono, me comunicaron el fallecimiento de mi yerno. Yo comprendí enseguida que había sido asesinado. Y la impresión que la noticia me produjo fue tal que caí desvanecido al suelo. Cuando volví en mí pedí al señor Besteiro que interpusiera toda su influencia para lograr el rápido y seguro traslado de mi hija y nietos de Toledo a Madrid”. Besteiro, que era un caballero, accedió y lo consiguió.

El “delito” del yerno consistía en pertenecer a la Adoración Nocturna. Siguieron días de miedo, con registros y detenidos entre los vecinos. “En esta situación, el 26 de septiembre, al mes escaso del asesinato de mi yerno, recibí por la mañana temprano el aviso confidencialísimo de que urgía me ausentara de casa, y, si fuera posible, de España, pues se había acordado, por ciertos elementos descontentos de mi gestión en el decanato de la Facultad de Filosofía y Letras, darme la muerte, como era usual entonces”. Como suele suceder en las guerras civiles, las rivalidades personales se mezclan con las políticas.

Tuvo que huir precipitadamente a Barcelona, y de allí a París. Comenzó así un periodo de angustias. “Llegué, pues, a París, sin dinero, y con el alma transida de angustia y de dolor, y además corroída por preocupaciones de índole moral. ¿Había hecho bien en abandonar mi casa y a mis hijas (estaba viudo desde 1923) y ponerme egoístamente a salvo?”. Era evidente que no le había quedado otra opción que huir, pero quedaba la duda, un sentimiento de impotencia que nunca había experimentado, y la humillación no sólo de no poder subvenir a las necesidades de los suyos, sino ni siquiera a las propias: tenía que vivir de la generosidad de algunos amigos.

“Así, en París -recuerda-, el insomnio fue el estado casi normal de mis noches tristísimas”. Cavilaba sobre su familia y su suerte, pero también empezaba a verse de un modo distinto que antes: “también a veces repasaba en la memoria todo el curso de mi vida: veía lo infundada que era la especie de satisfacción modorrosa que sobre mí mismo había estado viviendo; percibía dolorosamente la incurable inquietud e inestabilidad espiritual en que de día en día había ido creciendo mi desasosiego”.

No permanecía inactivo. Hizo gestiones para intentar sacar a su familia de España: primero, con la embajada británica; después, con la Cruz Roja. Fallaron. Además, tampoco estaba muy seguro: ¿qué podía ofrecerles si llegaban? En esta situación, llegó un primer golpe de fortuna: se dirigió a él una editorial para que preparara un diccionario español-francés actualizado. Alguien se acordó de él.

Con todo, el motivo principal de su angustia seguía inalterado: su familia. La idea de Dios llegó por primera vez a su cabeza: ¿sería un castigo de Dios? “La primera vez que la idea «castigo de Dios» rozo mi mente fue cosa fugaz y transitoria, en la que no paré mientes. Pero por la noche la misma idea reapareció, y esta vez ya con claridad y persistencia tales que hube de prestarle mayor atención. Pero fue para mirarla, por decirlo así, despectivamente y rechazarla con un movimiento de enojo, de orgullo intelectual y de soberbia humana. «No seas idiota», me dije a mí mismo. Y el pensamiento volcó sobre la pobre ideíta, humildita y buena, un montón rápido de representaciones filosóficas, científicas, etc., que la ahogaron en ciernes”.

De repente, apareció un rayo de esperanza, también inesperado. En una visita a su amigo Ortega y Gasset, encontró en casa de éste un hombre cuyo hijo era secretario de Negrín, por entonces Ministro de Hacienda de la República. Al enterarse de la preocupación de García Morente, se ofreció a hacer gestiones por medio de su hijo. Además de agradecido, el catedrático quedó desconcertado. “Yo me quedé pasmado. El conjunto de lo que me estaba sucediendo tenía caracteres verdaderamente extraños e incomprensibles. Alrededor de mí o, mejor dicho, sobre mí e independientemente de mí, se iba tejiendo, sin la más mínima intervención de mi parte, toda mi vida”.

Todo lo que intentaba, no salía; todo lo que salía, no lo había intentado ni previsto. “Yo permanecía pasivo por completo e ignorante de todo lo que me sucedía. Se diría que algún poder incógnito, dueño absoluto del acontecer humano, arreglaba sin mí todo lo mío. (…) Por tercera vez la idea de la Providencia se clavó en mi mente. Por tercera vez, empero, la rechacé con terquedad y soberbia. Pero también con un vago sentimiento de angustia y de confusión. Era demasiado evidente que yo, por mí mismo, no podía nada y que todo lo bueno y lo malo que me estaba sucediendo tenía su origen y propulsión en otro poder bien distinto y harto superior. Con todo, me refugiaba en la idea cósmica del determinismo universal, y una vez que se me ocurrió tímidamente el pensamiento de pedir, de pedir a Dios, esto es, de rezar, de orar -que era, sin duda, la actitud más lógica y congruente con todo lo que me estaba sucediendo-, lo rechacé también como necia puerilidad”.

Las gestiones comenzaron dando buenos resultados… pero acabaron en un nuevo punto muerto. En abril de 1937 su familia pudo salir de Madrid… pero no de España. Se instalaron en Barcelona; desde luego, estaban mejor que en Madrid, y tenían parientes que les acogieron. Pero había alguien que no quería que sus hijas y nietas salieran de la España republicana; las veía como rehenes que garantizaban que García Morente no emprendería actividades antirrepublicanas (algo que nunca pasó por su cabeza). Este volvió a derrumbarse: “Yo solo en París, desde el octavo piso de la casa del boulevard Sérurier, estaba obligado a esperar, angustiado, el estallido de los hechos que se concertaban o desconcertaban ellos solos, por sí solos, encima de mi cabeza.

Aquellas noches fueron atroces. «¿Qué está haciendo de mí -pensaba- Dios, la Providencia, la Naturaleza, el Cosmos, lo que sea? ». La impotencia, la ignorancia, una noche sombría en derredor y nada, nada absolutamente, sino esperar la sentencia de los acontecimientos. ¡Esperar! ¿Y cómo esperar sin saber? ¿Qué esperanza es esa esperanza que no sabe lo que espera? Una esperanza que no sabe lo que espera es propiamente… la desesperación”.

En su desesperación, daba vueltas y vueltas a su situación, y al sentido mismo de la vida. “¿Quién es ese algo distinto de mí que hace mi vida en mí y me la regala? Claro está que enseguida se me apareció en la mente la idea de Dios. Pero también enseguida debió asomar en mis labios la sonrisa irónica de la soberbia intelectual. «Vamos -pensé-, Dios, si lo hay, no se cura de otra cosa que de ser. Dejémonos de puerilidades». Y en efecto, realicé el acto interior de rechazar esas que yo llamaba puerilidades. Pero he aquí que las puerilidades insistían en quedarse y se negaban a ser rechazadas”. Intentó aplicar el rigor de la filosofía que era su profesión. Pero, para su asombro, su corazón, y poco a poco su cabeza, se iban inclinando a favor de un Dios providente.

“Por una parte, la idea de una providencia divina, que hace nuestra vida y nos la da y atribuye, estaba ya profundamente grabada en mi espíritu. Por otra parte, no podía concebir esa Providencia sino como supremamente inteligente, supremamente activa, fuente de vida, de mi vida y de toda vida, es decir, de todo complejo o sistema de hechos plenos de sentido. Llegado a esta conclusión, experimenté un gran consuelo. Y me quedé estupefacto al considerarlo. «¿Cómo es posible -pensé- que la idea de esa Providencia sabia, poderosa, activa y ordenadora, pero que acaba de asestarme tan terrible golpe, me sea ahora de consuelo?». No lo entendía bien. Pero el hecho era evidentísimo. El hecho era que me sentía más tranquilo, más sereno y reposado. (Mucho tiempo después, leyendo a San Agustín, he descubierto la verdadera clave del enigma en la frase «inquieto está mi corazón hasta que en Ti descansa»)”. Pero, ¿por qué esa Providencia parecía tan cruel con él? Ya más tranquilo, “pensaba en Dios; pero siempre en el Dios del deísmo, en el Dios de la pura filosofía, en ese Dios intelectual en el que se piensa, pero al que no se reza. Dios humano, trascendente, inaccesible, puro ser lejanísimo, puro término de la mirada intelectual”. Ante un Dios así concebido sólo cabe una postura: la resignación. Lo intentó, pero sintió primero la frialdad, después la rebeldía. “En mi alma se produjo una especie de protesta, y creo, Dios me perdone, que algo así como una blasfemia subió a mi mente. Creo que acusé de cruel, de indiferente, de burlona, de sarcástica a esa Providencia que se complacía en zarandear mi vida, en traerla y llevarla a su antojo inexplicable, en darle y atribuirle acontecimientos y hechos que yo no quería, que yo repudiaba. ¿ Qué puedo esperar -pensaba yo- de un Dios que así se complace en jugar conmigo, que me engolosina de esa manera con la inminente perspectiva de la felicidad, para hacerla desaparecer en el momento mismo en que yo iba a tenerla ya entre las manos? (…) No me someto al destino que Dios quiere darme; no quiero nada con Dios, con ese Dios inflexible, cruel, despiadado”.

En ese estado, se le ocurrió pensar en el acto supremo de la rebeldía, en lo que parecía la máxima expresión de libertad frente a ese Dios dueño de nuestros destinos: el suicidio. “Pero tan pronto como me di cuenta de la conclusión a que había llegado, me espanté de mí mismo. No por la idea de suicidio en sí, que ya en otras ocasiones había estado en los ámbitos de mi conciencia, sino más bien por la absoluta ineficacia de un acto así, que a nada conducía, que nada resolvía”.

Estaba en un callejón sin salida. Puso la radio. Música. Primero, César Frank; después, Ravel. Siguió L’enfance de Jésus de Berlioz, bien cantada por un magnífico tenor: “Algo exquisito, suavísimo, de una delicadeza y ternura tales que nadie puede escucharlo con los ojos secos. (…) Cuando terminó, cerré la radio para no perturbar el estado de deliciosa paz en que esa música me había sumergido. Y por mi mente empezaron a desfilar -sin que yo pudiera ofrecerles resistencia- imágenes de la niñez de Nuestro Señor Jesucristo. Le vi, en la imaginación, caminando de la mano de la Santísima Virgen, o sentado en un banquillo y mirando con grandes ojos atónitos a San José y a María. Seguí representándome otros episodios de la vida del Señor: el perdón que concede a la mujer adúltera, la Magdalena lavando y secando los pies del Salvador, Jesús atado a la columna, el Cirineo ayudando al Señor a llevar la Cruz, las santas mujeres al pie de la Cruz. (…) Y los brazos de Cristo crecían, crecían, y parecían abrazar a toda aquella humanidad doliente y cubrirla con la inmensidad de su amor, y la Cruz subía, subía hasta el cielo y llenaba el ámbito de todo y tras de ella subían muchos, muchos hombres y mujeres y niños; subían todos, ninguno se quedaba atrás; sólo yo, clavado en el suelo, veía desaparecer en lo alto a Cristo, rodeado por el enjambre inacabable de los que subían con Él; sólo yo me veía a mí mismo, en aquel paisaje ya desierto, arrodillado y con los ojos puestos en lo alto y viendo desvanecerse los últimos resplandores de aquella gloria infinita, que se alejaba de mí”. Aquello “tuvo un efecto fulminante en mi alma”.

En realidad, supuso su conversión. “¿Y qué me había sucedido? Pues que la distancia entre mi pobre humanidad y ese Dios teórico de la filosofía me había resultado infranqueable. Demasiado lejos, demasiado ajeno, demasiado abstracto, demasiado geométrico e inhumano. Pero Cristo, pero Dios hecho hombre, Cristo sufriendo como yo, más que yo, muchísimo más que yo, a ése si que le entiendo y ése sí que me entiende, a ése sí que puedo entregarle fielmente mi voluntad entera, tras de la vida. A ése sí que puedo pedirle, porque sé de cierto que sabe lo que es pedir y sé de cierto que da y dará siempre, puesto que se ha dado entero a nosotros los hombres. ¡A rezar, a rezar! Y puesto de rodillas empecé a balbucir el Padrenuestro. Y ¡horror!, ¡se me había olvidado!”.

Siguió de rodillas, rezando como podía. Recordó cómo su madre le había enseñado a rezar, reconstruyó el Padrenuestro, y el Avemaría… y de ahí no pudo pasar. No importaba demasiado; lo cierto era que una inmensa paz se había adueñado de mi alma”. Se sentía otro hombre, el “hombre nuevo” del que hablaba San Pablo. Miró por la ventana: vio lo de siempre, Montmartre. Pero los ojos eran nuevos, y vio un significado que no había aparecido antes: ¡Mons Martyrum!, el Monte de los Mártires. Vio los mártires, que aceptaban libremente el supremo sacrificio. “¡Querer libremente lo que Dios quiera! He aquí el ápice supremo de la condición humana. «Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo»”.

Las primeras conclusiones, los primeros propósitos, del cristiano Manuel García Morente empezaron a trazarse. “Lo primero que haré mañana será comprarme un libro devoto y algún buen manual de doctrina cristiana. Aprenderé las oraciones; me instruiré lo mejor que pueda en las verdades dogmáticas, procurando recibirlas con la inocencia del niño, es decir, sin discutirlas ni sopesarlas por ahora. Ya tendré tiempo de sobra, cuando mi fe sea sólida y robusta y esté por encima de toda vacilación, para reedificar mi castillo filosófico sobre nuevas bases. Compraré también los Santos Evangelios y una vida de Jesús. ¡Jesús, Jesús! ¡Misericordia! Una figura blanca, una sonrisa, un ademán de amor, de perdón, de universal ternura. ¡Jesús!”.

Siguió algo extraordinario. Para reforzar la fe recién renacida, Jesucristo quiso tener en él un detalle extraordinario: hacerse presente de un modo misterioso, pero real; de un modo que no se podía percibir por los sentidos, pero se percibía. “Allí estaba él. Yo no lo veía, yo no lo oía, yo no lo tocaba. Pero Él estaba allí. (…) Y no podía caberme la menor duda de que era Él, puesto que le percibía, aunque sin sensaciones. ¿Cómo es esto posible? Yo no lo sé”.

Duró un rato que no se podía medir, y terminó, para no volverse a repetir. Lo necesario, y nada más. Años después, encontró algo parecido en la Vida de Santa Teresa.

Al cabo de unos días, cayó el Gobierno en España y, poco tiempo después, pudo reunirse con su familia, en París, y darles la buena noticia de su conversión: ¡gran alegría para una familia en la que él era el único que había carecido de fe! En mayo de 1938 volvió a España, con la intención de realizar los estudios preliminares al sacerdocio. Fue ordenado sacerdote en 1940.

Tomado de http://www.capellania.org/docs/jcremades Las citas son de El hecho extraordinario, de Manuel García Morente

Vazlaw Poplawsky: En los campos de trabajo forzados en Kazajstán

Vazlaw Poplawsky recuerda la fe durante sus años en los campos de trabajos forzados Mientras Juan Pablo II oraba en la noche de este sábado ante el «Monumento a las víctimas del régimen totalitario», en Astana -la capital de Kazajstán-, Vazlaw Poplawsky dice en voz baja: «Reza también por mí y por mi familia».

A sus 62 años, 22 de ellos pasados en un campo de trabajos forzados, Poplawsky es una memoria viviente del drama de Kazajstán en el siglo XX. Hijo de deportados ucranianos nació en plena estepa, a 80 kilómetros de lo que hoy es la capital kazaja, Astana.

Su familia llegó en 1936, cuando Josip Stalin emprendió el plan de colectivización, obligando a cientos de miles de personas a abandonar su tierra para implantarse en la estepa y construir koljós, las granjas colectivas, junto a la población local, que a su vez tuvo que romper la tradición nómada y trabajar en los campos de concentración.

Kazajstán era tierra de deportación desde los años de los zares. Pero en tiempos de Stalin, las columnas humanas fueron imponentes: 800.000 alemanes del Volga; 600.000 ucranianos; 100.000 polacos; miles de disidentes políticos…

El mismo Alexander Solzjenitsin pasó varios años de su vida en el campo de Jhezgasgan, donde ambientó su famosa novela «Un día en la vida de Iván Denisovich».

Vazlaw, que nació tres años después de la llegada de sus padres, todavía tiembla cuando recuerda su infancia. «Me crié en una cabaña de barro y hierba seca. Para encontrar madera había que caminar decenas de kilómetros. No había nada para comer y un pedazo de pan negro era una riqueza que los niños escondíamos como un tesoro».

Educado en la fe por su madre, de origen polaco, recuerda que en su cabaña había un icono de la Virgen Negra de Cheztochowa. «No había sacerdotes y no se podían organizar reuniones religiosas. Sólo se podían celebrar los funerales, en los que la gente se reunía para rezar el rosario. Y dado que casi todos los días moría alguien, se puede decir que rezábamos realmente mucho…».

«Comencé a vivir a los 22 años de edad, en 1961, cuando me fui a la ciudad», añade Vazlaw. Primero a Tselinograd, la nueva Astana, y después a Karaganda, donde conoció al padre Wladislaw Bukowinski, sacerdote polaco que decidió quedarse en Kazajstán, después de salir de los campos de concentración.

«Trabajaba en un mina y todos le querían mucho, pues era muy generoso -sigue diciendo-. Nos veíamos con frecuencia y cuando hablaba de Dios podíamos escucharle durante horas».

Hace seis años, Vazlaw Poplawsky, a sus 56 años, decidió abrazar el camino del sacerdocio. Ahora es párroco en la iglesia de San José, en Karaganda.

«Esta es la ciudad del dolor y de la memoria, el centro espiritual de los católicos», concluye el hijo de la estepa, reconociendo que este sábado, al ver al pontífice rezar por su familia y por tantas personas que vio morir, fue el día más feliz de su vida.

Tomado de Zenit, 22.IX.01, ZS01092304

Francesc Castelló: Testimonio de un ingeniero químico poco antes de su martirio

Poco antes de su martirio, Francesc Castelló escribe a sus seres queridos: “Si tuviera mil vidas, las daría por Cristo”.

Fue beatificado el 11 de marzo por Juan Pablo II, en la beatificación más numerosa de la historia de la Iglesia, entre los mártires de la fe durante la guerra civil española. Tenía 22 años y trabajaba como ingeniero químico en la fábrica Cros, S.A., de Lérida. Antes de morir, el 29 de septiembre de 1936, escribe tres cartas, que ofrecemos en esta página, a su novia, María Pelegrí (Mariona), a sus dos hermanas y su tía, y a D. Román Galán, su director espiritual.

“Si ser católico es delito, acepto gustosamente ser delincuente, ya que la mayor felicidad del hombre es dar la vida por Cristo, y si tuviera mil vidas, sin dudar, las daría por Él”. Así confesó Francesc Castelló ante el tribunal que lo condenó a muerte, tras invitarle a apostatar de su fe si quería salvar la vida. Antes, había confortado a sus compañeros de martirio, cantando el Credo.

Francesc de P. Castelló i Aleu nace en Alicante, el 19 de abril de 1914. A los dos meses muere su padre, Francesc Castelló Salué; su viuda, Teresa Aleu Andreu, se traslada a Lérida, buscando el amparo de su familia. Teresa ejerce de maestra nacional, en Juneda (Lérida), y muere cuando Francesc, el pequeño de sus tres hijos, ha cumplido 15 años. A partir de entonces, su tía María Castelló, hermana de su padre, hará de madre solícita de Francesc y sus hermanas Teresa y María. Acabado el Bachillerato en los Maristas de Lérida, Francesc marcha a Barcelona para proseguir sus estudios en el Instituto Químico de Sarriá. Forma parte de la Congregación Mariana, y de la Acción Católica; posteriormente, se integra en la Federación de Jóvenes Cristianos de Cataluña. En 1935 está ya en la ciudad de Lérida, trabajando como ingeniero químico en la fábrica Cros, S.A. La guerra civil le sorprende mientras realizaba el servicio militar. Denunciado por uno de los comandantes, fue condenado por un tribunal popular a ser fusilado.

La misma entereza de Francesc confesando su amor a Cristo ante aquel tribunal, tras profesar su fe católica junto con sus compañeros de martirio, la mostraría ante sus verdugos, aquel 29 de septiembre de 1936, perdonándolos con amor y diciéndoles que les espera en el cielo. Pocas horas antes de su ejecución, había escrito a su novia, Mariona -dos hermanos de ella también murieron por Cristo-, a sus hermanas y a su tía, y a su amigo y padre espiritual: A María Pelegrí Platería, 39 – 1º Querida Mariona: Nuestras vidas se han unido y Dios mismo ha querido separarlas. A Él le ofrezco con toda la sinceridad posible mi amor hacia ti, un amor intenso, puro y sincero. Siento tu desgracia, no la mía. Estés orgullosa de mí: dos hermanos y tu novio. Pobre Mariona. Me pasa una cosa extraña: no puedo sentir ninguna pena por mi suerte. Una alegría interna, intensa, fuerte… llena todo mi ser. Quisiera escribirte una carta triste, de despedida, pero no puedo. Estoy pleno de alegría como un presentimiento de la Gloria. Quisiera hablarte de lo mucho que te habría amado. De cuánta ternura tenía reservada para ti, de lo felices que habríamos sido. Pero para mí todo esto es secundario. He de dar un gran paso. Una última cosa: cásate, si es tu parecer. Yo desde el cielo bendeciré tu matrimonio y tus hijos. No quiero que llores. No lo quiero. Que estés orgullosa de mí. Te quiero. No tengo tiempo para más.

Francesc A mis hermanas Teresa y María Castelló i Aleu, y a mi tía: Queridas: Acaban de anunciarme la pena de muerte y jamás he estado tan tranquilo como ahora. Tengo la seguridad de que esta misma noche estaré con mis padres en el cielo. Allí os esperaré a vosotras. La Providencia de Dios ha querido elegirme a mí como víctima por los errores y pecados que cometemos. Voy con gusto y tranquilidad a la muerte. Jamás tendría tanta probabilidad de salvación. Se terminó ya mi misión en esta vida. Ofrezco a Dios todos los sufrimientos de esta hora. De ninguna manera lloréis por mí. Es lo que os pido. Estoy muy, muy contento. Os dejo con pena a vosotras que tanto amaba, pero ofrezco a Dios este afecto y todo cuanto tenía en el mundo. Teresina: ¡Que seas valiente! No llores. Yo soy el que ha tenido tanta suerte que no sé cómo agradecer a Dios. He cantado el himno: “Amunt, que és sols camí d’un dia!” (¡Ánimo, que el camino es sólo de un día!) con toda intensidad. Perdona las penas o sufrimientos que involuntariamente te pueda haber causado. Siempre te he querido mucho. María: mi pobre hermana… Si Dios te da hijos dales un beso de mi parte, de su tío que les amará desde el cielo. Un fuerte abrazo a mi cuñado. De él espero que será vuestra ayuda en esta tierra y sabrá sustituirme. Tía: En este momento siento un profundo agradecimiento por usted y por todo cuanto ha hecho por nosotros. Dentro de unos años nos encontraremos en el cielo. Desde el cielo pedirá por usted éste que tanto la quiere. Recuerdos a todos los amigos de la Federación; a todos los amigos decidles que muero contento y que me acordaré de todos ellos desde la otra vida.

Francesc Al sacerdote D. Román Galán Querido padre: Le escribo estas letras estando condenado a muerte y faltando unas horas para ser fusilado. Estoy tranquilo y contento, muy contento. Espero poder estar en la gloria dentro de poco rato. Renuncio a los lazos y placeres que puede darme el mundo y al cariño de los míos. Doy gracias a Dios porque me da una muerte con muchas probabilidades de salvarme. Tengo una libreta en la que apuntaba las ideas que se me ocurrían (los inventos). Haré por que se la manden a usted. Es mi pobre testamento intelectual. Le estoy muy agradecido y rogaré por usted.

Francisco Castelló Fuente: Alfa y Omega

Manuel García Morente: Una noche que cambió una vida

La noche del 29 al 30 de abril de 1937 Manuel García Morente se había procurado unos días de soledad para entregarse serena y metódicamente al análisis de unos temas que le preocupaban profundamente.

Morente era Decano de la Facultad de Filosofía y Letras de Madrid desde 1931, y estaba considerado ya entonces como una de las figuras más destacadas de la vida universitaria española de la primera mitad del siglo XX.

Fue siempre –cuenta López Quintás– un espíritu muy reflexivo y abierto. Graves pruebas personales y familiares avivaron en él un intenso deseo de dar un sentido cabal a su existencia. Pero permanecía insensible a la luz de la fe.

A pesar de efectuar largos y penosos procesos intelectuales, no lograba clarificar lo que para él era la cuestión básica de la vida humana: si existe alguna realidad superior al mundo que dé pleno sentido y cumplimiento a la existencia del hombre.

Su gran capacidad analítica no acertaba a responder a esa pregunta. Su actitud de soberbia espiritual –en expresión posterior suya– le hizo rechazar la idea de un Dios que atiende con solicitud y cariño al hombre. Ese planteamiento le parecía una puerilidad. Veía a Dios como un ser lejano, incomunicado de los hombres, puro término de la mirada intelectual, objeto de reverencia muda e inmóvil, de sumisión total, pero nunca de acogimiento de hijo. A su entender, la existencia del hombre se limitaba a una sucesión de causas y efectos rígidamente determinada.

Sin embargo, aquella noche comenzó a experimentar un vivo deseo interior de que todas sus objeciones a la existencia de un Dios providente fueran inválidas. Pensaba que los hechos producidos por el mero determinismo natural carecen de sentido. Sentía aletear, en lo más íntimo de su ser, una vaga necesidad: la de que hubiese quien redimiera al hombre de su menesterosidad última.

Este empedernido pensador, quebrantado por los avatares de la guerra civil española, que había hecho presa de modo trágico en su propia familia, sentía un anhelo inconfesado pero eficiente de que existiera una providencia divina, “una suprema inteligencia, supremamente activa, fuente de vida, de mi vida y de toda vida, es decir, de todo complejo o sistema de hechos plenos de sentido”.

Una lejanía irritante El silencio de Dios, el hecho de que Dios pareciera contemplar impasible nuestros sufrimientos, le producía un alejamiento de la fe, una sensación de que la vida carecía de sentido.

Sin embargo, al plantearse la cuestión del sinsentido de la existencia, sentía en su interior que se avivaba el deseo de que existiera un ser que diera razón a todos los acontecimientos, tanto a los felices como a los adversos. “El solo pensamiento de que hay una providencia sabia, bastó para tranquilizarme –escribiría más tarde, recordando aquel momento–; aunque no comprendía ni veía la razón o causa concreta de la crueldad que esa misma providencia practicaba conmigo, negándome el retorno de mis hijas.” Morente se consagró al análisis de este tema, pero no logró liberarse de aquella lejanía inaccesible, irritante, de Dios. Y sufrió una crisis de resentimiento que le llevó a rebelarse contra el Ser Supremo. La única libertad reservada al hombre le parecía ser la de no aceptar el obsequio de la vida y recurrir al suicidio, como acto desesperado de posesión de sí mismo. Pero, al verse en tal callejón sin salida, que se le antojaba grotesco, Morente decide volver sobre sus pasos y rehacer desde sus bases todo aquel proceso intelectual. Con un enorme esfuerzo de voluntad, se toma una tregua en el pensamiento.

El instante de la conversión Enciende la radio para distraerse, y escucha fragmentos de una sinfonía de César Frank, la Pavana para una infanta difunta de Ravel, y La infancia de Jesús de Berlioz. Esta última obra le sumergió en un estado de “deliciosa paz”.

En aquellos momentos de perplejidad radical, se abrió, sin proponérselo expresamente, al mundo de la belleza y de la honda expresividad de la música. Y de pronto se hizo en él una gran luz.

No fue una irrupción de la belleza artística únicamente. No fue solo la perfección, la armonía, la luminosidad y la paz de aquella obra musical. La marea de belleza iba aliada con la revelación de un Dios que esconde su divinidad en la forma humilde e indefensa de un niño. Y suscitó en su imaginación una visión intensa de las escenas fundamentales de la vida de un Dios hecho un ser menesteroso, como nosotros, y entregado a hacer el bien hasta su muerte en una cruz. Esta imagen de un Dios encarnado y anonadado, que esconde su divinidad para hacerse más accesible al hombre, de un Dios que ama y sufre por los demás en silencio, no despertó en el ánimo de Morente ya rechazo alguno, sino confianza y amor.

Comprendió que esa aparente indiferencia de Dios responde a un profundo respeto por la libertad del hombre. Pensó que –como había dicho Pascal– no era justo que Dios apareciera de una manera tan manifiestamente divina que la adhesión del espíritu no fuera libre, ni de una forma tan oculta que no pudiese ser reconocido por quienes lo buscaran sinceramente.

Todo lo que mira a Dios supera a nuestro espíritu y se halla por eso mismo rodeado de sombras, pero Él mismo nos ha proporcionado pruebas accesibles a nuestro espíritu para que seamos capaces de entenderle razonadamente.

La contemplación de ese Dios de carne y hueso, que se compromete por amor a compartir la suerte del hombre, convirtió aquella distancia infranqueable en una cercanía sobrecogedora. Esa vecindad –explicaba– hizo posible la interrelación personal, la oración, el diálogo con su Dios: un encuentro que suscita sentimientos de paz y transforma la vida y la mentalidad del hombre que ora. “Volví la cara hacia el interior de la habitación y me quedé petrificado. Allí estaba Él. Yo no lo veía, yo no lo oía, yo no lo tocaba. Pero Él estaba allí.” Se había convertido. “Es verdaderamente extraordinario e incomprensible –escribiría después– cómo una transformación tan profunda pueda verificarse en tan poco tiempo.” Aceptar con humildad a Dios Había aceptado a Dios. “El acto más propio y verdaderamente humano –decía– es la aceptación de la voluntad de Dios. Querer libremente lo que Dios quiera: he ahí el ápice supremo de la condición humana.” Morente se hallaba angustiado por resolver el gran problema que acosaba su espíritu: aunar la libertad y la obediencia, sentir la vida como propia y al tiempo reconocer que uno es dependiente de otras realidades que son distintas, pero no ajenas, al propio destino.

Tras el hecho extraordinario vivido en aquella noche del 29 al 30 de abril, Morente advierte que la solución más clara y neta de este problema radica en reconocer la realidad de la condición humana, en saber aceptarse uno mismo como un ser finito y limitado.

Al aceptar esto, el hombre adopta una actitud de sencillez espiritual, de humildad, de disponibilidad, de acogimiento agradecido. Reconoce que lo propio del ser creado es la gratitud hacia su creador, de la misma manera que lo propio del hijo es querer a sus padres. Y esa prontitud para el agradecimiento corta de raíz una de las causas fundamentales del ateísmo: la soberbia y el resentimiento. Y desbloquea el espíritu, encerrado y resentido por su limitación, para abrirlo a las fuentes de la auténtica creatividad humana.

El mejor uso de la libertad Este relato de la conversión de García Morente puede interesar a muchas personas que pueden pasar en algún momento de su vida por una crisis en cierto modo parecida.

Al hombre le cuesta reconocer la realidad de la condición humana, y aceptarse a sí mismo como un ser creado por Dios y sujeto a un orden natural. Quizá por eso es tan corriente que la clave de una conversión esté en ese reconocimiento humilde de la realidad de la condición humana. Y quizá también por eso, en el rechazo de esa dependencia –según cuenta el relato del Génesis– tuvo el origen el primer pecado. La resistencia a la conversión es, muchas veces, como una crisis del hombre que quiere hacer de la independencia personal una categoría absoluta a la que sacrificar y sacrificarse por completo.

A primera vista, parece natural que al hombre le cueste aceptarlo, puesto que siempre supone comprometerse, y parece una hipoteca de su libertad. Pero comprometerse no es hipotecar la libertad, sino emplearla. Como decía la poeta rumana Doria Cornea, si rompes tus cadenas, te liberas; pero si cortas con tus raíces, mueres. Romper las cadenas, otorga libertad; pero romper con todo compromiso es cortar las raíces de la persona.

Y aunque es cierto que las personas que aceptan el riesgo de su libertad personal y se comprometen con lo elegido, renuncian a todas las cosas que no eligen, también es cierto que se enriquecen con las consecuencias de lo que sí han elegido. Si el hombre rehuyera de modo habitual el compromiso, aunque dijera hacerlo por un profundo amor por la libertad, lo que haría es condenar su vida a la indecisión y la esterilidad.

Cuanto mejor se elige, y cuanto más se compromete la persona con lo escogido, tanto más se enriquece a sí misma y tanto más enriquece a los demás. Como asegura Antonio Orozco, la libertad interesa porque hay algo más allá de la libertad que la supera y marca su sentido: el bien. Si una elección supone un compromiso de aceptación de Dios, y esto refuerza algo que es propio de la naturaleza humana, será éste el uso más acertado de nuestra libertad. La aceptación de un orden natural fuera del cual jamás alcanzaríamos nuestra plenitud como hombres.

Alfonso Aguiló Las citas son de El hecho extraordinario, de Manuel García Morente

Vittorio Messori: Doctor, mi hijo está muy grave, va a Misa

Vittorio Messori, periodista italiano de 56 años, es conocido internacionalmente por haber entrevistado a Juan Pablo II en Cruzando el umbral de la esperanza, y al Cardenal Ratzinger en Informe sobre la fe. Pero, en contra de lo que pudiera pensarse, no ha sido precisamente un “católico de toda la vida”.

“Nací en plena Guerra Mundial en la región quizá más anticlerical de Europa: en la Emilia, zona del antiguo Estado pontificio, la del don Camilo y Peppone (el cura de pueblo y el alcalde comunista) de Guareschi. Mis padres no estaban precisamente de parte de don Camilo y, aunque vivían de verdad unos valores -apertura, acogida, generosidad, etc-, desde pequeño me inculcaron la aversión, no al Evangelio o al cristianismo, sino al clero, a la Iglesia institucional. Me bautizaron como si fuera una especie de rito supersticioso, sociológico, pero después no tuve ningún contacto con la Iglesia.

Acabada la Guerra, mis padres se trasladaron a Turín, la mayor ciudad industrial italiana, cuna del marxismo italiano -de Gramsci, Togliatti y otros dirigentes comunistas-, en la que los católicos hace tiempo que son minoría. Asistí allí a un colegio público, donde no se hablaba de religión más que para inculcarnos el desprecio teórico hacia ella. Obligada por el Concordato había, sí, una clase semanal de enseñanza religiosa, pero casi ninguno la tomaba en serio y yo, en concreto, eludía la asistencia con las más variadas excusas. O sea, que si por mi familia estaba imbuido de anticlericalismo pasional, la escuela llovió sobre mojado al enseñarme la cultura del iluminismo, del liberal-marxismo”.

Acabado el bachillerato, eligió como carrera universitaria la de Ciencias Políticas. Pertenecía a la famosa generación del 68 y convirtió la política en su pasión. “Decía el teólogo protestante Karl Barth que «cuando el cielo se vacía de Dios, la tierra se llena de ídolos». Para mí el cielo estaba vacío, y uno de los ídolos que llenaba la tierra era precisamente la política. Era para mí una auténtica pasión. Estaba muy comprometido con los partidos de izquierda”.

Se da cuenta con el tiempo de que la política no podía proporcionarle las respuestas sobre el sentido de la vida. “Sin embargo, aun consciente de esas carencias de la política, a la vez estaba convencido de que no podría encontrar respuestas fuera de ella, precisamente porque formaba parte de los que rechazaban el cristianismo sin tomarse la molestia de conocerlo. Pensaba que cualquier dimensión religiosa pertenecía a un mundo pasado, al que un joven moderno como yo no podía tomar en serio. (…) El Evangelio era para mí un objeto desconocido: nunca lo había abierto, pese a tenerlo en mi biblioteca, porque pensaba sin más que formaba parte del folklore oriental, del mito, de la leyenda.

Pero un día sucedió… Llegamos a un punto en que me es difícil hablar… por pudor. André Frossard, colega y amigo mío, entró un día en una iglesia católica en Francia y de la misma salió convertido. Mi proceso no es tan clamoroso. Pero un tipo semejante de experiencia mística, no tan inmediata sino diluida en el arco de dos meses, también la he vivido yo. Mi hallazgo de la fe fue muy protestante. Fue un encuentro directo con la misteriosa figura de Jesús, a través de las palabras griegas del Nuevo Testamento. No vi luces, ni oí cantos de ángeles. Pero la lectura de aquel texto, hecha probablemente en un momento psicológico particular, fue algo que todavía hoy me tiene aturdido. Cambió mi vida, obligándome a darme cuenta de que allí había un misterio, al que valía la pena dedicar la vida.

La situación que se creó fue todo un drama para mí. De inmediato me vino un gran consuelo, una gran alegría, pero a la vez un miedo terrible, por varios motivos. Por una parte, me di cuenta de que mi vida debía cambiar, sobre todo en la orientación intelectual. (…) Me hacía sufrir especialmente el que, si mi familia se enteraba de lo que me sucedía, me echasen de casa. De hecho, cuando mi madre supo que asistía a Misa a escondidas, telefoneó al médico y le dijo: «Venga, doctor. Mi hijo padece una fuerte depresión nerviosa». «¿Qué síntomas tiene?», preguntó el médico. Y mi madre le contestó: «Un síntoma gravísimo: he descubierto que va a Misa». Esto da idea del clima que se vivía en mi familia y de lo mucho que podía afectarme.

Otro ingrediente del drama era una especie de choque entre dos posturas que yo entendía como contrapuestas. Por un lado, algo me hacía ver que en el Evangelio estaba aquella verdad que había buscado. Se trataba de una experiencia del Evangelio como “encuentro”, no sólo como palabra, valor, moral o ética. Para mí, el Evangelio no es un libro, sino una Persona. Era la experiencia de un encuentro fulgurante, consolador y, a la vez, inquietante. Inquietante también porque entonces yo me sentí como aquejado por una especie de “esquizofrenia”. Se trataba de la disociación entre la intuición que me había hecho entender que allí, en el Evangelio, estaba la verdad, y mi razón, que me decía: No, es imposible, te equivocas.

Desde entonces, todo lo que he hecho y los muchos miles de páginas que he escrito, en el fondo no obedecen más que al intento de vencer esa esquizofrenia, procurando dar respuesta a esta pregunta: ¿Se puede creer, se puede tomar en serio la fe, puede un hombre de hoy apostar por el Evangelio? Todo ha girado en torno a la fe, a la posibilidad misma de creer.

Ha sido una aventura solitaria -siempre he sido un individualista-, en la que me guió Pascal: un hombre de hace 300 años, también laico convertido, que razonaba como yo, que no quería renunciar a la razón y que, antes de rendirse a la fe, deseaba agotar todas las posibilidades. Él me ayudó a descubrir esa nueva Atlántida personal. He hablado de aventura solitaria y de mi individualismo, pero también digo siempre que no soy un “católico del disenso”. Al contrario, soy un “católico del consenso”. Y es que, en la lógica de la Encarnación, no sólo juzgo legítimo al Vaticano, a la Iglesia institucional, sino que la considero necesaria, indispensable.

¿Cuándo decidí aceptar la Iglesia? Cuando, al reflexionar sobre el Evangelio para intentar conocer mejor el mensaje de Jesús, me di cuenta de que el Dios de Jesús es un Dios que quiso necesitar a los hombres, que no quiso hacerlo todo solo, sino que quiso confiar su mensaje y los signos de su gracia -los sacramentos- a una comunidad humana. Es decir, si uno reflexiona bien, acepta la Iglesia no porque la ame, sino porque forma parte del proyecto de Dios. Me ha costado muchos años, pero ahora estoy convencido de que sin la mediación de un grupo humano, en el fondo no tomaríamos en serio la mediación de Jesús.

Mi aventura también ha sido solitaria porque era uno de los pocos que andaba contracorriente. Entraba en la Iglesia cuando tantos clericales salían de ella gritando: ¡Qué maravilla, finalmente la tierra prometida! ¡Hemos descubierto la cultura laicista! Yo, asombrado, intentaba pararlos: ¿Qué hacéis? ¡La verdadera cultura está aquí dentro, en la Iglesia! Por eso, algunos me han acusado de ser un reaccionario, un nostálgico. Es absurdo. Yo no he conocido la Iglesia preconciliar, no he escuchado jamás una Misa en latín, porque antes del Concilio nunca había asistido a Misa, y cuando comencé a ir, era ya en italiano. De ahí que no pueda ser un nostálgico. ¿De qué? No he tenido ni una infancia ni una juventud católica. Lo que sí he conocido de cerca es la cultura laicista. Y luego, un encuentro misterioso y fulgurante con el Evangelio, con una Persona, con Jesucristo; y, después, con la Iglesia”.

Tomado de http://www.capellania.org/docs/jcremades Las citas son de una entrevista de José R. Pérez Arangüena.

Gilbert K. Chesterton: Porqué me convertí al catolicismo

Aunque sólo hace algunos años que soy católico, sé sin embargo que el problema “por qué soy católico” es muy distinto del problema “por qué me convertí al catolicismo”. Tantas cosas han motivado mi conversión y tantas otras siguen surgiendo después… Todas ellas se ponen en evidencia solamente cuando la primera nos da el empujón que conduce a la conversión misma. Todas son también tan numerosas y tan distintas las unas de las otras, que, al cabo, el motivo originario y primordial puede llegar a parecernos casi insignificante y secundario. La “confirmación” de la fe, vale decir, su fortalecimiento y afirmación, puede venir, tanto en el sentido real como en el sentido ritual, después de la conversión. El convertido no suele recordar más tarde de qué modo aquellas razones se sucedían las unas a las otras. Pues pronto, muy pronto, este sinnúmero de motivos llega a fundirse para él en una sola y única razón. Existe entre los hombres una curiosa especie de agnósticos, ávidos escudriñadores del arte, que averiguan con sumo cuidado todo lo que en una catedral es antiguo y todo lo que en ella es nuevo. Los católicos, por el contrario, otorgan más importancia al hecho de si la catedral ha sido reconstruida para volver a servir como lo que es, es decir, como catedral.

¡Una catedral! A ella se parece todo el edificio de mi fe; de esta fe mía que es demasiado grande para una descripción detallada; y de la que, sólo con gran esfuerzo, puedo determinar las edades de sus distintas piedras.

A pesar de todo, estoy seguro de que lo primero que me atrajo hacia el catolicismo, era algo que, en el fondo, debería más bien haberme apartado de él. Estoy convencido también de que varios católicos deben sus primeros pasos hacia Roma a la amabilidad del difunto señor Kensit.

El señor Kensit, un pequeño librero de la City, conocido como protestante fanático, organizó en 1898 una banda que, sistemáticamente, asaltaba las iglesias ritualistas y perturbaba seriamente los oficios. El señor Kensit murió en 1902 a causa de heridas recibidas durante uno de esos asaltos. Pronto la opinión pública se volvió contra él, clasificando como “Kensitite Press” a los peores panfletos antirreligiosos publicados en Inglaterra contra Roma, panfletos carentes de todo juicio sano y de toda buena voluntad.

Recuerdo especialmente ahora estos dos casos: unos autores serios lanzaban graves acusaciones contra el catolicismo, y, cosa curiosa, lo que ellos condenaban me pareció algo precioso y deseable.

En el primer caso —creo que se trataba de Horton y Hocking— se mencionaba con estremecido pavor, una terrible blasfemia sobre la Santísima Virgen de un místico católico que escribía: “Todas las criaturas deben todo a Dios; pero a Ella, hasta Dios mismo le debe algún agradecimiento”. Esto me sobresaltó como un son de trompeta y me dije casi en alta voz: “¡Qué maravillosamente dicho!” Me parecía como si el inimaginable hecho de la Encarnación pudiera con dificultad hallar expresión mejor y más clara que la sugerida por aquel místico, siempre que se la sepa entender.

En el segundo caso, alguien del diario “Daily News” (entonces yo mismo era todavía alguien del “Daily News”), como ejemplo típico del “formulismo muerto” de los oficios católicos, citó lo siguiente: un obispo francés se había dirigido a unos soldados y obreros cuyo cansancio físico les volvía dura la asistencia a Misa, diciéndoles que Dios se contentaría con su sola presencia, y que les perdonaría sin duda su cansancio y su distracción. Entonces yo me dije otra vez a mi mismo: “¡Qué sensata es esa gente! Si alguien corriera diez leguas para hacerme un gusto a mi, yo le agradecería muchísimo, también, que se durmiera enseguida en mi presencia”.

Junto con estos dos ejemplos, podría citar aún muchos otros procedentes de aquella primera época en que los inciertos amagos de mi fe católica se nutrieron casi con exclusividad de publicaciones anticatólicas. Tengo un claro recuerdo de lo que siguió a estos primeros amagos. Es algo de lo cual me doy tanta más cuenta cuanto más desearía que no hubiese sucedido. Empecé a marchar hacia el catolicismo mucho antes de conocer a aquellas dos personas excelentísimas a quienes, a este respecto, debo y agradezco tanto: al reverendo Padre John O’Connor de Bradford y al señor Hilaire Belloc; pero lo hice bajo la influencia de mi acostumbrado liberalismo político; lo hice hasta en la madriguera del “Daily News”.Este primer empuje, después de debérselo a Dios, se lo debo a la historia y a la actitud del pueblo irlandés, a pesar de que no hay en mí ni una sola gota de sangre irlandesa. Estuve solamente dos veces en Irlanda y no tengo ni intereses allí ni sé gran cosa del país. Pero ello no me impidió reconocer que la unión existente entre los diferentes partidos de Irlanda se debe en el fondo a una realidad religiosa; y que es por esta realidad que todo mi interés se concentraba en ese aspecto de la política liberal. Fui descubriendo cada vez con mayor nitidez, enterándome por la historia y por mis propias experiencias, cómo, durante largo tiempo se persiguió por motivos inexplicables a un pueblo cristiano, y todavía sigue odiándosele. Reconocí luego que no podía ser de otra manera, porque esos cristianos eran profundos e incómodos como aquellos que Nerón hizo echar a los leones.

Creo que estas mis revelaciones personales evidencian con claridad la razón de mi catolicismo, razón que luego fue fortificándose. Podría añadir ahora cómo seguí reconociendo después, que a todos los grandes imperios, una vez que se apartaban de Roma, les sucedía precisamente lo mismo que a todos aquellos seres que desprecian las leyes o la naturaleza: tenían un leve éxito momentáneo, pero pronto experimentaban la sensación de estar enlazados por un nudo corredizo, en una situación de la que ellos mismos no podían librarse. En Prusia hay tan poca perspectiva para el prusianismo, como en Manchester para el individualismo manchesteriano.

Todo el mundo sabe que a un viejo pueblo agrario, arraigado en la fe y en las tradiciones de sus antepasados, le espera un futuro más grande o por lo menos más sencillo y más directo que a los pueblos que no tienen por base la tradición y la fe. Si este concepto se aplicase a una autobiografía, resultaría mucho más fácil escribirla que si se escudriñasen sus distintas evoluciones; pero el sistema sería egoísta. Yo prefiero elegir otro método para explicar breve pero completamente el contenido esencial de mi convicción: no es por falta de material que actúo así, sino por la dificultad de elegir lo más apropiado entre todo ese material numeroso. Sin embargo trataré de insinuar uno o dos puntos que me causaron una especial impresión.

Hay en el mundo miles de modos de misticismo capaces de enloquecer al hombre. Pero hay una sola manera entre todas de poner al hombre en un estado normal. Es cierto que la humanidad jamás pudo vivir un largo tiempo sin misticismo. Hasta los primeros sones agudos de la voz helada de Voltaire encontraron eco en Cagliostro. Ahora la superstición y la credulidad han vuelto a expandirse con tan vertiginosa rapidez, que dentro de poco el católico y el agnóstico se encontrarán lado a lado. Los católicos serán los únicos que, con razón, podrán llamarse racionalistas. El mismo culto idolátrico por el misterio empezó con la decadencia de la Roma pagana a pesar de los “intermezzos” de un Lucrecio o de un Lucano.

No es natural ser materialista ni tampoco el serlo da una impresión de naturalidad. Tampoco es natural contentarse únicamente con la naturaleza. El hombre, por lo contrario, es místico. Nacido como místico, muere también como místico, sobre todo si en vida ha sido un agnóstico. Mientras que todas las sociedades humanas consideran la inclinación al misticismo como algo extraordinario, tengo yo que objetar, sin embargo, que una sola sociedad entre ellas, el catolicismo, tiene en cuenta las cosas cotidianas. Todas las otras las dejan de lado y las menosprecian.

Un célebre autor publicó una vez una novela sobre la contraposición que existe entre el convento y la familia (The Cloister and the hearth). En aquel tiempo, hace 50 años, era realmente posible en Inglaterra imaginar una contradicción entre esas dos cosas. Hoy en día, la así llamada contradicción, llega a ser casi un estrecho parentesco. Aquellos que en otro tiempo exigían a gritos la anulación de los conventos, destruyen hoy sin disimulo la familia. Este es uno de los tantos hechos que testimonian la verdad siguiente: que en la religión católica, los votos y las profesiones más altas y “menos razonables” —por decirlo así— son, sin embargo, los que protegen las cosas mejores de la vida diaria.

Muchas señales místicas han sacudido el mundo. Pero una sola revolución mística lo ha conservado: el santo está al lado de lo superior, es el mejor amigo de lo bueno. Toda otra aparente revelación se desvía al fin hacia una u otra filosofía indigna de la humanidad; a simplificaciones destructoras; al pesimismo, al optimismo, al fatalismo, a la nada y otra vez a la nada; al “nonsense”, a la insensatez.

Es cierto que todas las religiones contienen algo bueno. Pero lo bueno, la quinta esencia de lo bueno, la humildad, el amor y el fervoroso agradecimiento “realmente existente” hacia Dios, no se hallan en ellas. Por más que las penetremos, por más respeto que les demostremos, con mayor claridad aún reconoceremos también esto: en lo más hondo de ellas hay algo distinto de lo puramente bueno; hay a veces dudas metafísicas sobre la materia, a veces habla en ellas la voz fuerte de la naturaleza; otras, y esto en el mejor de los casos, existe un miedo a la Ley y al Señor.

Si se exagera todo esto, nace en las religiones una deformación que llega hasta el diabolismo. Sólo pueden soportarse mientras se mantengan razonables y medidas. Mientras se estén tranquilas, pueden llegar a ser estimadas, como sucedió con el protestantismo victoriano. Por el contrario, la más alta exaltación por la Santísima Virgen o la más extraña imitación de San Francisco de Asís, seguirían siendo, en su quintaesencia, una cosa sana y sólida. Nadie negará por ello su humanismo, ni despreciará a su prójimo. Lo que es bueno, jamás podrá llegar a ser DEMASIADO bueno. Esta es una de las características del catolicismo que me parece singular y universal a la vez. Esta otra la sigue: Sólo la Iglesia Católica puede salvar al hombre ante la destructora y humillante esclavitud de ser hijo de su tiempo. El otro día, Bernard Shaw expresó el nostálgico deseo de que todos los hombres vivieran trescientos años en civilizaciones más felices. Tal frase nos demuestra cómo los santurrones sólo desean —como ellos mismos dicen— reformas prácticas y objetivas.

Ahora bien: esto se dice con facilidad; pero estoy absolutamente convencido de lo siguiente: si Bernard Shaw hubiera vivido durante los últimos trescientos años, se habría convertido hace ya mucho tiempo al catolicismo. Habría comprendido que el mundo gira siempre en la misma órbita y que poco se puede confiar en su así llamado progreso. Habría visto también cómo la Iglesia fue sacrificada por una superstición bíblica, y la Biblia por una superstición darwinista. Y uno de los primeros en combatir estos hechos hubiera sido él. Sea como fuere, Bernard Shaw deseaba para cada uno una experiencia de trescientos años. Y los católicos, muy al contrario de todos los otros hombres, tienen una experiencia de diecinueve siglos. Una persona que se convierte al catolicismo, llega, pues, a tener de repente dos mil años.

Esto significa, si lo precisamos todavía más, que una persona, al convertirse, crece y se eleva hacia el pleno humanismo. Juzga las cosas del modo como ellas conmueven a la humanidad, y a todos los países y en todos los tiempos; y no sólo según las últimas noticias de los diarios. Si un hombre moderno dice que su religión es el espiritualismo o el socialismo, ese hombre vive íntegramente en el mundo más moderno posible, es decir, en el mundo de los partidos. El socialismo es la reacción contra el capitalismo, contra la insana acumulación de riquezas en la propia nación. Su política resultaría del todo distinta si se viviera en Esparta o en el Tíbet. El espiritualismo no atraería tampoco tanto la atención si no estuviese en contradicción deslumbrante con el materialismo extendido en todas partes. Tampoco tendría tanto poder si se reconocieran más los valores sobrenaturales. Jamás la superstición ha revolucionado tanto el mundo como ahora. Sólo después que toda una generación declaró dogmáticamente y una vez por todas, la IMPOSIBILIDAD de que haya espíritus, la misma generación se dejó asustar por un pobre, pequeño espíritu. Estas supersticiones son invenciones de su tiempo —podría decirse en su excusa—. Hace ya mucho, sin embargo, que la Iglesia Católica probó no ser ella una invención de su tiempo: es la obra de su Creador, y sigue siendo capaz de vivir lo mismo en su vejez que en su primera juventud: y sus enemigos, en lo más profundo de sus almas, han perdido ya la esperanza de verla morir algún día.

G. K. Chesterton (*) (*) Famosísimo periodista, novelista, poeta y crítico literario (1874-1935) es una figura única y genial en la literatura inglesa y uno de los autores modernos más frecuentemente citados. Autor de las novelas del Padre Brown, Ortodoxia (escrito muchos años antes de convertirse), etc. De él dijo su gran amigo Bernard Shaw: “un genio colosal”, y el Times Literary S. “Ha llegado la hora, medio siglo después de su muerte, para hacer una limpieza chestertoniana. Su perspicacia crítica era muy aguda, su campo de acción universal, su vigor invencible. El premio nobel T.S. Eliott quedó maravillado con su libro sobre Dickens. Su obra sobre Tomás de Aquino fue lo mejor que se ha escrito sobre el tema. Su periodismo ejerció una atracción magnética mucho más poderosa que lo que de cualquier columnista o presentador de televisión podría esperarse hoy día.

Manuel Nevado: Una curación inexplicable

La radiodermitis es una enfermedad típica de los médicos que han expuesto sus manos a la acción de las radiaciones de los equipos de Rayos X durante un tiempo prolongado. Se trata de una enfermedad evolutiva, que progresa de forma inexorable hasta provocar, con el paso de los años, la aparición de cánceres de piel. La radiodermitis no tiene curación. Los únicos tratamientos conocidos son quirúrgicos (injertos de piel, amputación de las zonas de las manos interesadas). De hecho, en la literatura médica no se ha reseñado, hasta hoy, ningún caso de curación espontánea de radiodermitis crónica cancerizada.

El doctor Manuel Nevado Rey es un médico español nacido en 1932, especialista en traumatología, que durante casi quince años operó fracturas y otras lesiones exponiendo sus manos a los Rayos X. Empezó a realizar este tipo de intervenciones quirúrgicas con mucha frecuencia, a partir de 1956. Los primeros síntomas de la radiodermitis empezaron a manifestarse en 1962, y la enfermedad fue empeorando hasta que, en torno a 1984, tuvo que limitar su actividad a la cirugía menor, porque sus manos estaban gravemente afectadas, e incluso dejó totalmente de operar en el verano de 1992. El Dr. Nevado no se sometió a ningún tratamiento.

En noviembre de 1992, el Dr. Nevado conoció a Luis Eugenio Bernardo, un ingeniero agrónomo que trabaja en un organismo oficial español. Éste, al saber de la enfermedad de D. Manuel, le ofreció una estampa del fundador del Opus Dei, beatificado el 17 de mayo de aquel año, y le invitó a acudir a su intercesión para curarse de la radiodermitis.

El Dr. Nevado comenzó a encomendarse al Beato Escrivá desde aquel momento. Pocos días después de ese encuentro, viajó con su esposa a Viena para asistir a un congreso médico. Visitaron varias iglesias, y encontraron estampas del Beato Josemaría. “Esto me impresionó —explica el Dr. Nevado—, y me animó a rezar más por mi curación”. Desde el día en que comenzó a encomendar su curación a la intercesión del Beato Josemaría Escrivá, las manos fueron mejorando y, en unos quince días, desaparecieron totalmente las lesiones. La curación fue total, hasta el punto que, a partir de enero de 1993, el Dr. Nevado volvió a realizar operaciones quirúrgicas sin ningún problema.

Testimonio del Dr. Nevado «Vivo en Almendralejo (Badajoz). Durante muchos años he trabajado en un pequeño Hospital que yo mismo logré poner en marcha, atendido por Religiosas Mercedarias, en otros Centros de la Seguridad Social y en el ejercicio privado de la Medicina. Actualmente mi mayor actividad la desarrollo en el Centro Asistencial de Zafra, en el que realizo un elevado número de intervenciones quirúrgicas.

»A principios de noviembre de 1992 tuve que acudir al Ministerio de Agricultura para resolver algunos asuntos relacionados con mi actividad como agricultor. En el Ministerio, mientras buscábamos a la persona con la que teníamos que entrevistarnos, nos encontramos providencialmente con Luis Eugenio Bernardo Carrascal, un ingeniero agrónomo que trabaja en el Ministerio, que nos atendió muy amablemente mientras esperábamos a la persona que íbamos a ver.

»Mientras cambiábamos impresiones sobre diversos temas del Ministerio, Luis Eugenio se fijó en mis manos y me preguntó qué me pasaba. Yo le expliqué, someramente, que tenía una radiodermitis crónica en estado avanzado y que era una afección incurable. Él me entregó una estampa del Beato Josemaría Escrivá para que me encomendase a su intercesión.

»Así lo hice desde aquel momento y, unos días después, hice un viaje a Viena para asistir a una reunión médica. Allí me impresionó mucho encontrarme en todas las iglesias que visité estampas del Beato Josemaría. Esto me sirvió para invocar más su intercesión, tal como me habían recomendado. Yo rezaba informalmente, me encomendaba a su intercesión, sin ceñirme al rezo literal de la oración de la estampa. Pero también la recé algunas veces.

»Tal como he dicho, yo padecía una radiodermitis crónica desde hacía muchísimos años. Me parece que los primeros síntomas —depilación y diversos eritemas en el dorso de la mano izquierda— los tuve ya hacia 1962, cuando me casé. Desde entonces las lesiones fueron en aumento, pues durante mucho tiempo me he visto obligado a reducir fracturas con la ayuda de equipos de radiodiagnóstico de baja calidad y muy escasas medidas de protección.

»En el mes de noviembre de 1992, cuando fui al Ministerio de Agricultura, tenía los dedos de las manos muy afectados. En la mano izquierda el índice, el corazón y el anular; en la derecha, sobre todo, el índice y el corazón. Concretamente, tenía diversas placas de hiperqueratosis y ulceraciones de diversos tamaños en los tres dedos mencionados de la mano izquierda —alguna, hasta de 2 cms. de diámetro mayor— y otras varias lesiones en el dorso de la mano izquierda y en las falanges proximales y en el dorso de la mano derecha.

»Me molestaban bastante las lesiones de las manos y tuve que ir dejando de operar. No me las veía mucha gente porque hacía lo posible por ocultarlas. Puede decirse que ningún médico me aconsejó tratamiento, porque se sabe que no puede hacerse nada ante la radiodermitis. Alguno me dijo que me pusiese vaselina o lanolina para suavizarlas, cosa que ya venía haciendo.

»Desde el día en que me dieron la estampa, desde el momento en que me puse bajo la intercesión del Beato Josemaría Escrivá, las manos fueron mejorando y, aproximadamente, en unos quince días desaparecieron las lesiones y se quedaron como ahora, perfectamente curadas.

»Es evidente que esta curación no se puede explicar por motivos naturales. Ya he dicho que la radiodermitis es incurable y que no utilicé ningún medicamento. Sólo pensaba en que algún dermatólogo me hiciese un trasplante de piel para tratar de cerrar las úlceras, pero no llegué a hacer nada. A pesar de que procuraba que las manos no se me vieran, hay muchas personas que pueden dar testimonio de cómo las tenía: como es, evidentemente, mi mujer; uno de mis hijos que es médico anatomopatólogo; dos médicos dermatólogos a los que se las enseñé algunas veces: Isidro Parra, el profesor Ginés Sánchez Hurtado, etc.

»Tal como sucedió la curación de mi radiodermitis, lo cuento aquí. Yo temía mucho que se produjera una metástasis, lo cual hubiera tenido ya un pronóstico incluso infausto, pero no sucedió. Sencillamente, se curó la radiodermitis y yo no puedo más que atribuirlo a la intercesión del Beato Josemaría Escrivá de Balaguer.

»Desde la curación he vuelto a trabajar normalmente y vuelvo a hacer cirugía general».

El proceso canónico Sobre esta curación se llevó a cabo, en la archidiócesis de Badajoz —donde reside el Dr. Nevado—, un proceso canónico que concluyó en 1994. El día 10 de julio de 1997, la Consulta Médica de la Congregación para las Causas de los Santos estableció por unanimidad el siguiente diagnóstico: «cancerización de radiodermitis crónica grave en su 3º estadio, en fase de irreversibilidad»; y, por tanto, con un pronóstico ciertamente infausto. La curación total de las lesiones, confirmada por los exámenes objetivos efectuados sobre el paciente en 1992, 1994 y 1997, fue declarada por la Consulta Médica «muy rápida, completa y duradera, científicamente inexplicable». El 9 de enero de 1998, el Congreso Peculiar de los Consultores Teólogos, ha dado respuesta positiva unánime a la atribución del milagro al beato Josemaría Escrivá. La Congregación ordinaria de Cardenales y Obispos, con fecha 21 de septiembre del 2001, ha confirmado esos dictámenes.

El 20 de diciembre de 2001, el Papa Juan Pablo II aprobó un decreto que reconoce la curación milagrosa. En la misma sesión, se aprobaron, entre otros, milagros del Padre Pío y del beato Juan Diego.

Declaraciones del Dr. Nevado al conocer la noticia “Mi curación no fue algo normal, yo no conozco a nadie que se haya curado así”, declaro hoy a EFE el doctor Manuel Nevado Rey, sobre el cual se operó hace nueve años el milagro que ha permitido la canonización del fundador del Opus Dei, Josemaría Escrivá de Balaguer.

El doctor Nevado, radiólogo, nació en Herrera de Alcántara (Badajoz) el 21 de mayo de 1932. Tras licenciarse en Medicina por la Universidad de Salamanca trabajó primero en el hospital “Marqués de Valdecilla” de Santander -donde se especializó en cirugía general y traumatología- y luego en diversos centros sanitarios, públicos y privados, de Badajoz y su provincia.

Debido a los sistemas utilizados hace cuarenta años por los radiólogos, que carecían de suficiente protección, Manuel Nevado sufrió en 1962 los primeros síntomas de una radiodermitis crónica, enfermedad incurable que empeoró con el paso del tiempo y que terminó por impedirle operar, a mediados de los años Ochenta.

“Yo tenía -señala el doctor Nevado- otros dos colegas que habían desarrollado la misma enfermedad y los dos murieron, uno de ellos después de que cada año le amputaran un dedo, porque llega un momento en que la única solución es amputar la mano afectada por las radiaciones, o incluso el brazo”.

En noviembre de 1992 Manuel Nevado acudió con un amigo veterinario al ministerio de Agricultura, en Madrid, para resolver un asunto relacionado con una propiedad agrícola. “El funcionario a quien buscábamos no estaba, pero nos atendió otro, que nos invitó a pasar a su despacho y me preguntó qué me pasaba, cuando vio las llagas que tenía en la mano izquierda”. “Yo le respondí que eran gajes del oficio, que la radiodermitis no tenía tratamiento y que siempre evoluciona mal”. El funcionario, un ingeniero agrónomo llamado Luis Eugenio Bernardo Carrascal, le entregó entonces una estampa del fundador del Opus Dei, José María Escrivá de Balaguer, que había sido beatificado siete meses antes y que contenía una oración. “Luis Eugenio -continúa el doctor Nevado- me dijo: “Aunque usted no crea”. Yo le contesté que sí que creía y a la salida le comenté a mi amigo: Esto es fantástico, uno viene a resolver unos asuntos y sale con temas de Iglesia”.

El doctor Nevado no tenía relación alguna con el Opus Dei, aunque había oído hablar de la institución y había tenido alguna relación cuando cursaba el primer año de Medicina. “Yo me considero profundamente creyente, pero la verdad es que nunca he sido muy de Iglesia. Soy un cristiano que suele ir a misa los domingos y no mucho más”, agrega el doctor Nevado.

Pocos días después de su visita a Madrid, Manuel Nevado viajó con su mujer a Viena, para asistir a una reunión médica. “Visitamos algunas iglesias y me llamó la atención ver en todas ellas alguna referencia o imagen del Beato Josemaría”. “Ya había empezado a rezarle -continúa- y aquello me reforzó aún más. No siempre rezaba la oración, a veces otras cosas, pero tenía miedo y uno se agarra a lo que sea”.

“A los quince días la mano empezó a curarse, al poco tiempo la enfermedad había desaparecido y entonces empezó todo el mundo a peregrinar, para comprobar lo que me había pasado. Pude volver a operar sin problema alguno y todavía lo sigo haciendo”.

El doctor Manuel Nevado asegura que no creía en milagros. “Doctores tiene la Santa Madre Iglesia; yo lo que puedo decir es que esto no es normal: cuando uno se quema ni siquiera es eficaz la cirugía, porque las células infectadas emiten a su vez radiaciones que contagian a otras”.

Al conocer que su caso había permitido la canonización del fundador del Opus Dei, el doctor Nevado señaló que tenía “una sensación tan grande como si hubiera estallado una bomba dentro de mi”. “Me parece que todo esto es un sueño y estoy esperando despertarme. ¿Cómo es posible que yo haya contribuido a la canonización de un santo?”.

“Esto -prosigue- me ha conmocionado, mi mujer está muy impresionada y también mis cuatro hijos, uno de los cuales es médico”. “Lo único que me preocupa es ver mi nombre publicado, cuando he sido una persona que siempre ha querido pasar desapercibida. Soy tan tímido que no seguí en la Universidad para no tener que hablar en público. Ahora la verdad es que estoy un poquito desbordado”.

El matrimonio Nevado tiene siete nietos y uno en camino. Confían en poder asistir el año que viene a la ceremonia de canonización del Padre Escrivá que se celebre en Roma, en el mismo año en que se cumple el centenario de su nacimiento.

Otras declaraciones fueron publicadas en el diario “Hoy Badajoz con el título “Manuel Nevado rinde culto a la amistad y es hombre generoso” y van firmadas por JUAN LÓPEZ LAGO, ALMENDRALEJO. «Es el doctor Manuel Nevado Rey un hombre al parecer discreto, incluso silencioso, de los que se desviven por sus cuatro inseparables amigos que todo el pueblo conoce: Manuel Gordillo, también médico muy querido, Fernando Aixalá, Jacinto Terrero y Fernando Cáceres. Más que amigos podrían formar una peña por la estrechísima relación que les une, conocida por todo el pueblo. Con ellos cuatro comparte muchas tertulias, se les ve a los cinco juntos, e incluso veranean en compañía en no pocas ocasiones. Ese culto a la amistad no le hace alejarse, sin embargo, de los que no trata tan habitualmente, y cuentan quienes le conocen que, además de ser un gran profesional de la medicina, es un hombre generoso que no cobraba en ocasiones al paciente que sabía que no tenía mucho dinero. Quien quizás nunca podrá pagarle a él es Joaquín Muñoz, policía local de Almendralejo quien asegura que fue el doctor Manuel Nevado el que le salvó la vida al operarle. Comenzó en la cirugía en el Hospital Nuestra Señora del Pilar con apenas 20 años. Su profesionalidad, trato amable y criterio le hacía ejercer de director del complejo hospitalario sin serlo en realidad. “Lo era de hecho aunque no de derecho”, comenta quien por entonces trabajaba con él. Pero tuvo sus más y sus menos con García Bote, entonces alcalde, y de quien muchos aseguran que fue él el que lo sacó de este hospital. Sus intervenciones a accidentados en carretera tampoco la olvidan muchos. Pese a su edad sigue trabajando en una consulta privada en la calle Juan Carlos I. No pierde nunca la ilusión, y todos se refieren a su pasión por el campo, fraguado una vez adquirió una magnífica finca en las cercanías de Olivenza, de donde arrancó las vides que allí había y la dedicó al regadío. Acude allí siempre que puede, y si es en compañía de alguno de sus cuatro amigos mejor. Pese a ser un hombre dedicado a la ciencia su inquietud intelectual le ha hecho ir atesorando una cultura que algunos conocidos han calificado de “deslumbrante”. En unos meses se casará otro de sus hijos, y mientras la casa se va despoblando nuevos nietos se irán sumando al hogar de un ser querido en toda la familia. A su hermana, en Cáceres, la visita a menudo, por ejemplo ayer mismo, quizás para alejarse de todo este ‘santo’ revuelo, del que ninguno de sus familiares quiere opinar debido a una mala experiencia con los medios de comunicación. Se reafirma por tanto su esposa en que “siempre hemos sido discretos y por lo tanto ahora lo seremos aún más si cabe”, comentaba anoche mismo».

Declaraciones de su esposa y de la enfermera ayudante de quirófano Su esposa, Consuelo Santos Sanz, enfermera desde 1955, recuerda que «ya cuando nos casamos, en diciembre de 1962, Manuel presentaba las primeras lesiones por repetida exposición a los rayos X, que fueron empeorando, sobre todo en la mano izquierda. En el año 1992, tenía amplias placas, zonas de hiperpigmentación y sobre todo varias ulceraciones en el dorso de los dedos. Yo he sabido tan sólo después que mi marido había pedido al beato Josemaría la curación de sus manos. En cambio, me di cuenta de que las lesiones iban mejorando mucho en poco tiempo, hasta quedar completamente curadas».

El doctor Manuel Nevado Rey impresionó también a la enfermera Sor Carmen Esqueta, Mercedaria de la Caridad, que le conoció en 1962, «cuando era soltero todavía y vivía en el mismo hospital de Almendralejo. En aquella época comencé a ayudarle en el quirófano». Sor Carmen recuerda que «las operaciones de traumatología se hacían bajo rayos X, y bajo esos rayos trabajaban las manos del doctor Nevado, durante mucho tiempo y bajo fuerte intensidad, ya que ponía mucho empeño en que las operaciones quedasen muy bien y quería comprobar hasta el último detalle. Pasados los años, vi cómo le aparecían los eczemas y las úlceras, que le afectaban principalmente los tres dedos centrales de las manos. Llegó a tener, incluso, las uñas deformadas. Eran como picos de loro». La veterana enfermera señala que «el doctor Nevado es uno de los mejores cirujanos que he conocido, extraordinariamente inteligente y muy generoso con los enfermos. Durante los años en que trabajé con él nunca se quejaba de cansancio, y le podíamos llamar a cualquier hora del día o de la noche».

Declaraciones de un amigo médico La curación del traumatólogo sorprendió extraordinariamente al doctor Ginés Sánchez Hurtado, profesor titular de la cátedra de Dermatología en la Universidad de Extremadura, que estudió por primera vez en 1986 las manos de su colega, laceradas por la radiodermitis crónica. El doctor Sánchez Hurtado declaró que, al verle después de la curación, «observé para sorpresa mía que efectivamente presentaba la radiodermitis crónica, pero ninguna de las lesiones más evolucionadas que yo había observado ocho o diez años antes. Nunca hasta ese momento había yo visto que esas lesiones, que siempre evolucionan a más, se hubieran reducido, que hubieran desaparecido sin tratamiento alguno. Pude observar que no tenía lesiones de electrocoagulación de algún elemento, que siempre dejan cicatriz; que no tenía injertos aplicados como extirpación y segundo tratamiento, sino que efectivamente, la radiodermitis crónica estaba, pero aquellas lesiones más evolucionadas ya no existían. Así ocurrieron las cosas y así lo digo para, de alguna manera, comentar una cosa que es inexplicable. El por qué ha ocurrido no lo sé: pero eso es lo cierto».

Zhang Chunhong: Salva de una muerte atroz a su hija recién nacida

ROMA, 2 Oct. 01 (ACI).- Ji Huansheng tiene un nombre extraño para los chinos. Su nombre significa “vuelta a la vida por los periodistas” y lo recibió porque la prensa permitió que se salvara de una muerte segura. La bebé -hoy de cinco meses- sobrevivió a un aborto y a ser abandonado en medio del gélido invierno por funcionarios sanitarios obsesionados con reducir la población china.

La política del hijo único en China impide a los pobladores tener más de un bebé. Sin embargo, en las comunidades rurales más pobres como Wang Ha donde el control puede tener vacíos, algunas familias tienen más hijos. Ese es el caso de Zhang Chunhong, una mujer de 31 años que tiene tres hijos varones y cuando salió embarazada por cuarta vez, fue obligada a abortar a su hija.

El 23 de abril, Zhang Chunhong fue sometida a un aborto obligado en Harbin. La policía “del útero” descubrió que bajo su traje de campesina llevaba un vientre de gestante con 36 semanas de embarazo.

Recibió una solución salina en el vientre para quemar a su bebé y expulsar un feto muerte. Pro su hija estaba lista para nacer y adelantó su llegada. La mujer escuchó el llanto de su hija, el veneno había fallado y pidió que le entregaran a su bebé, pero no quisieron siquiera mostrársela.

Su esposo, Zhai Zhicheng, llegó a mirar a la niña y la vio saludable, pero cuando la reclamó las enfermeras arguyeron que no podían entregarla.

“Una enfermera me dijo que la bebé ya tenía la droga y que si no estaba muerta, sería retardada. Al día siguiente volví a pedirla, pero me dijeron que había fallecido”, recuerda Zhai. “Sentí un dolor inmenso en mi corazón, ella era nuestra carne y sangre”, dijo y agregó que nunca le quisieron entregar el cuerpo.

Sin embargo, la bebé no estaba muerta sino que luchaba por vivir en la maternidad de Daoli. La doctora Yuan Yinghua, directora de la maternidad, ordenó a la enfermera Wang Weimin privara a la bebé de alimento alguno y dejarla semidesnuda en el balcón de la sala de aborto para que muriese de frío.

En medio de la nieve que caía sobre la localidad de Harbin -donde ocurría todo esto-, la enfermera Wang no pudo soportar ver a la bebé congelarse y la llevó dentro del recinto antes que muriese.

Cuando Yinghua vio a la bebé de vuelta y alimentada, amenazó con despedir a todos los que ayudaron para alimentarla. Sin embargo, las enfermeras y médicos siguieron arriesgando sus carreras pidiendo leche a las madres que daban a luz. “Sólo lo hacíamos cuando la directora se marchaba a casa o sabíamos que estaba ocupada”, señaló una de las enfermeras.

La pequeña Ji se aferraba a la vida y todos se sorprendían por su fortaleza a pesar de ser tan diminuta. Todos los días a su llegada, lo primero que preguntaban los médicos era si seguía vida.

El escándalo que finalmente salvó a Ji comenzó el 9 de mayo, cuando un periodista de la televisión local recibió las declaraciones de los médicos. “Decidí contarle al periodista porque quería darle al bebé la posibilidad de vivir. No sabía cuánto tiempo la bebé iba a soportarlo”.

Cuando el periodista llegó a la sala donde estaba la bebé, ésta había desaparecido misteriosamente. Luego de buscarla cuidadosamente, la encontraron en una caja de esterilización y ahí fue filmada. Las imágenes eran tan aterradoras que la estación de TV bloqueó su transmisión pero cinco periódicos siguieron la historia.

Si bien los medios de comunicación en China siguen sometidos al gobierno, hay una tendencia a atender los temas sociales y de interés humano.

El 10 de mayo, la condición de Ji empezó a mejorar, recibió vestidos y alimentos, pero al día siguiente desapareció de nuevo. La última vez que la vieron, estaba en la oficina de Yuan y fue sacada por funcionarios del Partido Comunista.

Con el temor de que Yuan enterrara literalmente el caso, los periodistas alertaron a la policía de Harbin, que rápidamente encontró a los padres. Dos días después su familia la reclamaba junto a una multitud que llegó hasta el hospital.

“Estaba en shock. No sabía qué había pasado. En un momento estaba viva, luego me dijeron que había muerto, después regresaría con nosotros. Era tan pequeña que parecía un ratón y no un bebé. Estaba muy sucia. Cuando me la dieron lloré por días”, recuerda su madre.

De los 2.5 kilos que pesó al momento de su nacimiento, llegó a pesar sólo un kilo. Su piel estaba transparente, su ombligo dañado, pero regresó a casa con sus hermanos de 11, 9 y 4 años. Contra la tradición china, Ji no recibió el nombre de alguno de sus padres. “Sin los periodistas, habría muerto”, señaló su padre.

Los problemas, sin embargo, no han acabado para su familia. Por ser una niña que excede la cifra de hijos establecida por el gobierno, sus padres deben pagar una multa de 60,000 renminbi. Si no lo hacen, tampoco podrán registrar a la bebé en la burocracia china y será una persona a la que el estado le niegue la educación y los servicios de bienestar.

Con la ayuda de los periodistas, los familiares están dispuestos a demandar al hospital pero lograr una victoria en un eventual juicio demandará otro milagro. Por ahora, los funcionarios sanitarios de la localidad huyen de la prensa y han prohibido tratar el tema Ji.

En la aldea Wang Ha, Zhang Chunhong mira a su hija y se seca las lágrimas. “No entiendo porqué la hicieron sufrir tanto. No creo que otro bebé hay sufrido lo que padecía mi hijita”, señaló.

Georges Hubert: Pablo VI y el diablo

¿Cómo se ha podido llegar a esta situación? » Ésta es la pregunta que se hacía el Papa Pablo VI, algunos años después de la clausura del Concilio Vaticano II, a la vista de los acontecimientos que sacudían a la Iglesia. «Se creía que, después del Concilio, el sol habría brillado sobre la historia de la Iglesia. Pero en lugar del sol, han aparecido las nubes, la tempestad, las tinieblas, la incertidumbre. » Sí, ¿cómo se ha podido llegar a esta situación? La respuesta de Pablo VI es clara y neta: «Una potencia hostil ha intervenido. Su nombre es el diablo, ese ser misterioso del que San Pedro habla en su primera Carta. ¿Cuántas veces, en el Evangelio, Cristo nos habla de este enemigo de los hombres?». Y el Papa precisa: «Nosotros creemos que un ser preternatural ha venido al mundo precisamente para turbar la paz, para ahogar los frutos del Concilio ecuménico, y para impedir a la Iglesia cantar su alegría por haber retomado plenamente conciencia de ella misma».

Para decirlo brevemente, Pablo VI tenía la sensación de que «el humo de Satanás ha entrado por alguna fisura en el templo de Dios».

Así se expresaba Pablo VI sobre la crisis de la Iglesia el 29 de junio de 1972, noveno aniversario de su coronación. Algunos periódicos se mostraron sorprendidos por la declaración del Papa sobre la presencia de Satanás en la Iglesia. Otros periódicos se escandalizaron. ¿No estaba Pablo VI exhumando creencias medievales que se creían olvidadas para siempre? Una de las grandes necesidades de la Iglesia contemporánea Sin arredrarse ante estas críticas Pablo VI volvió sobre este tema candente cinco meses más tarde. Y lejos de contentarse con reafirmar la verdad sobre Satanás y su actividad, el Papa consagró una entera catequesis a la presencia activa de Satanás en la Iglesia (cfr Audiencia general, 15 de noviembre de 1972).

Desde el inicio, Pablo VI subrayó la dimensión universal del tema: «¿Cuáles son hoy afirma las necesidades más importantes de la Iglesia?». La respuesta del Papa es clara: «Una de las necesidades más grandes de la Iglesia es la de defenderse de ese mal al que llamamos el demonio».

Y Pablo VI recuerda la enseñanza de la Iglesia sobre la presencia en el mundo «de un ser viviente, espiritual, pervertido y pervertidor, realidad terrible, misteriosa y temible».

Después, refiriéndose a algunas publicaciones recientes (en una de las cuales un profesor de exégesis invitaba a los cristianos a «liquidar al diablo»), Pablo VI afirmaba que «se separan de la enseñanza de la Biblia y de la Iglesia los que se niegan a reconocer la existencia del diablo, o los que lo consideran un principio autónomo que no tiene, como todas las criaturas, su origen en Dios; y también los que lo explican como una pseudorealidad, una invención del espíritu para personificar las causas desconocidas de nuestros males».

«Nosotros sabemos prosiguió Pablo VI- que este ser oscuro y perturbador existe verdaderamente y que está actuando de continuo con una astucia traidora. Es el enemigo oculto que siembra el error y la desgracia en la historia de la humanidad.» «Es el seductor pérfido y taimado que sabe insinuarse en nosotros por los sentidos, la imaginación, la concupiscencia, la lógica utópica, las relaciones sociales desordenadas, para introducir en nuestros actos desviaciones muy nocivas y que, sin embargo, parecen corresponder a nuestras estructuras físicas o psíquicas o a nuestras aspiraciones profundas. » Satanás sabe insinuarse… para introducir… Estas expresiones, ¿no recuerdan a las del león rugiente de San Pedro que ronda, buscando a quien devorar? El diablo no espera a ser invitado para presentarse, más bien impone su presencia con una habilidad infinita.

El Papa evocó también el papel de Satanás en la vida de Cristo. Jesús calificó al diablo de «príncipe de este mundo» tres veces a lo largo de su ministerio, tan grande es el poder de Satanás sobre los hombres.

Pablo VI se esforzó en señalar los indicios reveladores de la presencia activa del demonio en el mundo. Volveremos sobre este diagnóstico.

Lagunas en la teología y en la catequesis En su exposición, el Santo Padre sacó una conclusión práctica que, más allá de los millares de fieles presentes en la vasta sala de las audiencias, se dirigía a los católicos de todo el mundo: «A propósito del demonio y de su influencia sobre los individuos, sobre las comunidades, sobre sociedades enteras, habría que retomar un capítulo muy importante de la doctrina católica, al que hoy se presta poca atención».

El cardenal J. L. Suenens, antiguo arzobispo de BruxellesMalines, escribió al final de su libro Renouveau et Puissances des ténébres: «Acabando estas páginas, confieso que yo mismo me siento interpelado, ya que me doy cuenta de que a lo largo de mi ministerio pastoral no he subrayado bastante la realidad de las Potencias del mal que actúan en nuestro mundo contemporáneo y la necesidad del combate espiritual que se impone entre nosotros» (p. 113).

En otras palabras, la Cabeza de la Iglesia piensa que la demonología es un capítulo «muy importante» de la teología católica y que hoy en día se descuida demasiado. Existe una laguna en la enseñanza de la teología, en la catequesis y en la predicación. Y esta laguna solicita ser colmada. Estamos ante «una de las necesidades más grandes» de la Iglesia en el momento presente.

¿Quién lo habría previsto? La catequesis de Pablo VI sobre la existencia a influencia del demonio produjo un resentimiento inesperado por parte de la prensa. Una vez más, se acusó a la Cabeza de la Iglesia de retornar a creencias ya superadas por la ciencia. ¡El diablo está muerto y enterrado! Raramente los periódicos se habían levantado con una vehemencia tan ácida contra el Soberano Pontífice. ¿Cómo explicar la violencia de estas reacciones? Que periódicos hostiles a la fe cristiana ironicen sobre una enseñanza del Papa no suscita ninguna extrañeza. Es coherente con sus posiciones. Pero que al mismo tiempo se dejen llevar de la cólera, esto es lo que sorprende…

¿Cómo no presentir bajo estas reacciones la cólera del Maligno? En efecto, Satanás necesita el anonimato para poder actuar de manera eficaz. ¿Cuál no será su irritación, por tanto, cuando ve al Papa denunciar urbi et orbi sus artimañas en la Iglesia? Es la cólera del enemigo que se siente desenmascarado y que exhala su despecho a través de estos secuaces inconscientes.

El enemigo desenmascarado Habría que retomar el capítulo de la demonología: esta consigna de Pablo VI tuvo una especie de precedente en la historia del papado contemporáneo.

Era un día de diciembre de 1884 o de enero de 1885, en el Vaticano, en la capilla privada de León XIIII. Después de haber celebrado la misa, el Papa, según su costumbre, asistió a una segunda misa. Hacia el final, se le vio levantar la cabeza de repente y mirar fijamente hacia el altar, encima del tabernáculo. El rostro del Papa palideció y sus rasgos se tensaron. Acabada la misa, León XIII se levantó y, todavía bajo los efectos de una intensa emoción, se dirigió hacia su estudio. Un prelado de los que le rodeaban le preguntó: «Santo Padre, ¿Se siente fatigado? ¿Necesita algo?». «No, respondió León XIII, no necesito nada… » El Papa se encerró en su estudio. Media hora más tarde, hizo llamar al secretario de la Congregación de Ritos. Le dio una hoja, y le pidió que la hiciera imprimir y la enviara a los obispos de todo el mundo.

¿Cuál era el contenido de esta hoja? Era una oración al arcángel San Miguel, compuesta por el mismo León XIII. Una oración que los sacerdotes recitarían después de cada misa rezada, al pie del altar, después del Salve Regina ya prescrito por Pío IX: Arcángel San Miguel, defiéndenos en la lucha, sé nuestro amparo contra la adversidad y las asechanzas del demonio. Reprímale Dios, pedimos suplicantes. Y tú, Príncipe de la milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los otros malos espíritus que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas.

León XIII confió más tarde a uno de sus secretarios, Mons. Rinaldo Angeh, que durante la misa había visto una nube de demonios que se lanzaban contra la Ciudad Eterna para atacarla. De ahí su decisión de movilizar a San Miguel Arcángel y a las milicias del cielo para defender a la Iglesia contra Satanás y sus ejércitos, y más especialmente para la solución de lo que se llamaba «la Cuestión romana».

La oración a San Miguel fue suprimida en la reciente reforma litúrgica. Algunos piensan que, siendo tan adecuada para conservar entre los fieles y los sacerdotes la fe en la presencia activa de los ángeles buenos y de los malvados, podría ser reintroducida, o bien en la Liturgia de las Horas, o bien en la oración de los fieles en la misa. Como afirmaba Juan Pablo II el 24 de mayo de 1987, en el santuario de San Miguel Arcángel en el Monte Gargan: «el demonio sigue vivo y activo en el mundo». Las hostilidades no han cesado, los ejércitos de Satanás no han sido desmovilizados. Por lo tanto la oración continúa siendo necesaria.

El 20 de abril de 1884, poco tiempo antes de esta visión del mundo diabólico, León XIII había publicado una encíclica sobre la francmasonería que se inicia con consideraciones de envergadura cósmica. «Desde que, por la envidia del demonio, el género humano se separó miserablemente de Dios, a quien debía su llamada a la existencia y los dones sobrenaturales, los hombres se ha dividido en dos campos opuestos que no cesan de combatir: uno por la verdad y la virtud, el otro por aquello que es contrario a la virtud y a la verdad. » Meditando las consideraciones de León XIII se comprende mejor la consigna dada por Pablo VI en su catequesis del 15 de noviembre de 1972: «Habría que retomar un capítulo muy importante de la doctrina católica (la demonología), al que hoy se presta poca atención».

Juan Pablo II ha hecho suya la consigna de su predecesor. En su enseñanza ha ido incluso más allá de Pablo VI. Mientras que éste no dedicó más que una catequesis del miércoles al problema del demonio, Juan Pablo II ha tratado este tema a lo largo de seis audiencias generales sucesivas. Y hay que añadir a esta enseñanza una peregrinación al santuario de San Miguel Arcángel en el Monte Gargan, el 24 de mayo de 1987, y un discurso sobre el demonio pronunciado el 4 de septiembre de 1988, con motivo de su viaje a Turín.

Las instituciones, instrumento de Satanás En otras ocasiones, Juan Pablo II ha puesto en guardia a los fieles contra las insidias del diablo, como por ejemplo en su encuentro con 30.000 jóvenes en las islas Madeira (mayo de 1991) donde citó un pasaje significativo de su mensaje de 1985 para El año internacional de la juventud: «La táctica que Satanás ha aplicado, y que continúa aplicando, consiste en no revelarse, para que el mal que ha difundido desde los orígenes se desarrolle por la acción del hombre mismo, por los sistemas y las relaciones entre los hombres, entre las clases y entre las naciones, para que el mal se transforme cada vez más en un pecado ‘estructural’ y se pueda identificar cada vez menos como un pecado personal’». Satanás actúa, pero actúa sobre todo en la sombra, para pasar desapercibido. Satanás actúa a través de los hombres y también a través de las instituciones.

¿Es posible imaginar el papel de Satanás en la preparación, lejana y cercana de las leyes que autorizan el aborto y la eutanasia? En un estudio actual sobre Satanás, Dom Alois Mager o.s.b., antiguo decano de la facultad de teología de Salzburgo, afirma que el mundo satánico se caracteriza por dos rasgos: la mentira y el asesinato. «La mentira aniquila la vida espiritual; el asesinato, la vida corporal… Aniquilar siempre, ésta es la táctica de las fuerzas satánicas». Ahora bien, Dios es Aquel que es y que da sin cesar la vida, el movimiento y la existencia (cfr Hch 17, 28).

La insistencia creciente de dos Papas contemporáneos sobre Satanás y sus maquinaciones ¿no es altamente significativa? ¿No nos invita a una profundización en nuestra postura sobre el papel de Satanás en la historia, la historia grande de los pueblos y de la Iglesia y la historia pequeña de cada hombre en particular? Un terreno minado Sé muy bien que escribiendo estas páginas me aventuro en un terreno minado, rodeado de misterio. Primero por la materia tratada. Después por el escepticismo existente sobre el tema. Pocos cristianos parecen creer verdaderamente en la existencia personal de los demonios. Muchos parecen incluso rechazar esta verdad, no porque sea incierta, sino porque se nos dice «hoy en día la gente no la admitiría». ¡Como si el hombre de la era atómica pudiera censurar los datos de la Revelación! ¡Como si ésta se asemejara al menú de un restaurante donde cada cliente elige o rechaza los platos a su gusto! Otros, también irreverentes con la Revelación, compartirían con gusto la posición de este viejo señor que, al final de una agitada mesa redonda sobre la existencia del diablo, sugería que la cuestión fuese decidida… por un referéndum: «La mayoría decidirá si los demonios existen o no». ¡Como si la verdad dependiese del número de opiniones y no de su consistencia! ¿Lo que afirman cien charlatanes deberá tener más peso que la opinión meditada de un sabio o de un santo? Algunos años antes de la intervención de Pablo VI, el cardenal GabrielMarie Garrone denunciaba la conspiración del silencio sobre la existencia de los demonios: «Hoy en día apenas si se osa hablar. Reina sobre este tema una especie de conspiración del silencio. Y cuando este silencio se rompe es por personas que se hacen los entendidos o que plantean, con una temeridad sorprendente, la cuestión de la existencia del demonio. Ahora bien, la Iglesia posee sobre este punto una certeza que no se puede rechazar sin temeridad y que reposa sobre una enseñanza constante que tiene su fuente en el Evangelio y más allá. La existencia, la naturaleza, la acción del demonio constituyen un dominio profundamente misterioso en el que la única actitud sabia consistirá en aceptar las afirmaciones de la fe, sin pretender saber más de lo que la Revelación ha considerado bueno decirnos».

Y el cardenal concluye: «Negar la existencia y la acción del ‘Maligno’ equivale a ofrecerle un inicio de poder sobre nosotros. Es mejor, en esto como en el resto, pensar humildemente como la Iglesia, que colocarse, por una pretenciosa superioridad, fuera de la influencia benefactora de su verdad y de su ayuda».

Es una obra buena armarles Una decena de años más tarde, una vigorosa profesión de fe del obispo de Estrasburgo, Mons. Léon Arthur Elchinger, se hará eco de las consideraciones del cardenal GabrielMarie Garrone. Pondrá, como se suele decir, los punto sobre las «íes», desafiando de esta manera a cierta intelligentia.

«Creer en Lucifer, en el Maligno, en Satanás, en la acción entre nosotros del Espíritu del mal, del Demonio, del Príncipe de los demonios, significa pasar ante los ojos de muchos por ingenuo, simple, supersticioso. Pues bien, yo creo. » «Creo en su existencia, en su influencia, en su inteligencia sutil, en su capacidad suprema de disimulo, en su habilidad para introducirse por todas partes, en su capacidad consumada de llegar a hacer creer que no existe. Sí, creo en su presencia entre nosotros, en su éxito, incluso dentro de grupos que se reúnen para luchar contra la autodestrucción de la sociedad y de la Iglesia. Él consigue que se ocupen en actividades completamente secundarias a incluso infantiles, en lamentaciones inútiles, en discusiones estériles, y durante este tiempo puede continuar su juego sin miedo a ser molestado. » Y el prelado expone sus razones de orden sobrenatural primero y después de orden natural.

«Sí, creo en Lucifer y esto no es una prueba de estrechez de espíritu o de pesimismo. Creo porque los libros inspirados del Antiguo y del Nuevo Testamento nos hablan del combate que entabla contra aquellos a los que Dios ha prometido la herencia de su Reino. Creo porque, con un poco de imparcialidad y una mirada que no se cierre a la luz de lo Alto, se adivina, se constata cómo este combate continúa bajo nuestros ojos. Ciertamente, no se trata de materializar a Lucifer, de quedarnos en las representaciones de una piedad popular. Lucifer, el Príncipe del mal, actúa en el espíritu y en el corazón del hombre. » «Finalmente, creo en Lucifer porque creo en Jesucristo que nos pone en guardia contra él y nos pide combatirlo con todas nuestras fuerzas si no queremos ser engañados sobre el sentido de la vida y del amor».

Tomado de: http://www.unav.es/capellaniauniversitaria Las citas son de El diablo hoy, de Georges Hubert, Edit. Palabra, 2000

María Ignacia García Escobar: Paz y alegría pese al sufrimiento

La paz y la alegría de una mujer feliz En la agitada España de los primeros años treinta, María Ignacia colaboró con su fortaleza, su enfermedad y su oración a la empresa sobrenatural que había iniciado el Beato Josemaría. Paradójicamente, la tuberculosis que acabó con su vida la convirtió en uno de los más firmes apoyos del Fundador.

María Ignacia García Escobar nace en 1896 en Hornachuelos, en un pueblo de la serranía cordobesa donde se viven fuertemente las tensiones sociales de la España del siglo pasado. Es hija de un médico agnóstico y liberal, y de una campesina sencilla y creyente, en una familia numerosa relativamente acomodada.

Su padre fallece pronto (1916), y la familia acaba en la quiebra económica. Tres años después, Braulia, hermana de la protagonista, se contagia de tuberculosis, enfermedad mortal en la época. María Ignacia contrae poco después el mismo mal. Durante los años veinte quedan las tres hermanas -Benilde, María Ignacia y Braulia- en una situación difícil en lo material, y en una sociedad que asistirá pronto a una guerra fratricida.

En ese contexto, María Ignacia actúa con fortaleza y coherencia interior con su fe. Participa en labores de solidaridad y, a pesar de las duras circunstancias que la rodean, guarda una serenidad de ánimo sorprendente. Al fin, tiene que abandonar Hornachuelos para ingresar primero en el sanatorio antituberculoso de Valdelasierra, en Guadarrama (Madrid) en 1930 y, un año más tarde, en el Hospital del Rey, donde acude sin esperanza de curación.

Encuentro con el Fundador del Opus Dei En este Hospital, en lo que parece ser el epílogo de su vida, esta mujer no sólo se comporta con una llamativa paz y una honda alegría -que evoca el título del libro-, sino que se atreve a creer en el mensaje de un joven sacerdote -Josemaría Escrivá- que había fundado el Opus Dei en 1928, tres años antes.

María Ignacia pide la admisión en el Opus Dei el 9 de abril de 1932 y participa, en la medida de sus fuerzas, en los primeros pasos de esta institución.

Se atreve a creer: lo suyo es un atrevimiento, un acto de audacia en el medio hostil y anticristiano que la rodea.

María Ignacia no desfallece: pese a que está moribunda y son muy pocos en el Opus Dei -un puñado de personas- escribe con fe, pensando en las futuras generaciones: “¡Nuestra hermosa Obra dará un paso adelante; no lo dudéis!”.

Sus hermanas, Benilde y Braulia, son también testigos de esos duros comienzos del Opus Dei y del desvelo espiritual del Fundador -“el Padre”-, por esta mujer, a la que atendió hasta el momento de su muerte, tras una larga agonía, el 13 de septiembre de 1933.

“He oído comentar –afirma Benilde- que el Opus Dei nació en los hospitales y suburbios de Madrid. Es una gran verdad. Allí lo conoció mi hermana María Ignacia y formó parte del Opus Dei. Allí lo conocimos Braulia y yo; y nunca dejaremos de agradecérselo al Señor”.

“Recuerdo oír decir a mi hermana –escribe Braulia, que logró recuperarse de su enfermedad- algo de lo que les decía el Padre: que el Señor escribe utilizando cualquier medio; incluso la pata de una mesa; que utilizaba instrumentos desproporcionados para que se viese que la Obra era suya. Hablaba mucho de confiar en Dios: de tener seguridad en Él”.

José Miguel Cejas, autor de una biografía recientemente publicada (La paz y la alegría, Editorial Rialp, 2001) ha dejado que sean las propias fuentes las que hablen por sí mismas; unas fuentes muy directas: los Apuntes íntimos del Fundador; las Notas personales del capellán del Hospital, José María Somoano; y los Cuadernos de María Ignacia. Tres perspectivas que muestran de modo directo y expresivo algunos aspectos de los comienzos del Opus Dei y que ahora, cuando se cumple el centenario del Fundador, adquiere especial relieve.

Tomado de www.opusdei.org

Gianna Beretta Molla: Cuando el amor se convierte en una prueba heroica

Por Rafael Arce Gargollo No pensó que llegaría a ser modelo de nada, pero el 24 de abril de 1994, Juan Pablo II la ha añadido al catálogo de las mujeres que han vivido heroicamente, precisamente dentro del Año de la Familia.

Aquel día fue uno de esos domingos soleados de la primavera romana. En la Plaza de San Pedro, el Papa ha pronunciado estas solemnes palabras ante una inmensa multitud y el mundo entero: Nos, después de haber escuchado el parecer de la Congregación de las Causas de los Santos, con nuestra autoridad apostólica concedemos que la venerable Sierva de Dios Gianna Beretta Molla, de ahora en adelante pueda ser llamada Beata y se pueda celebrar su fiesta todos los años en los lugares y del modo establecido por el Derecho…. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. El coro de la capilla Sixtina y toda la asamblea subrayan estas palabras con un triple Amén cantado con gran solemnidad y comienza un larguísimo aplauso. Entre tanto, en la fachada de la Basílica se descubre el tapiz con la figura de Gianna Beretta. Entre los miles de peregrinos y en un lugar privilegiado están Pietro Molla, su marido —director de una empresa industrial en Milán— y sus hijos, que aplauden más fuerte aún: Pierluigi, Maria Zita, Laura Enrica y la más pequeña, Giannina, que tiene mucho que ver en toda esta historia.

Es la primera vez en este siglo que un Papa eleva a los altares a una madre de familia que ha ido semanalmente al mercado, conducido su propio automóvil para llevar a los niños al colegio o al dentista; que ha firmado cheques para gastos familiares y que ha visto televisión, además de trabajar fuera de casa, con los apuros normales de una familia de clase media. Es una mujer metida de lleno en los mil avatares e incidencias de cualquier familia: hacer treinta y seis cosas por la mañana y veintinueve por la tarde, incluido que los niños hagan la tarea, se bañen, cenen y se acuesten. Aunque adora a sus hijos, de vez en cuando les pega un grito…, porque, a veces, son inaguantables y le colman la paciencia. Más tarde, ha de esperar a su esposo y comentar, en la sobremesa de la cena, los sucesos del día y otras preocupaciones. A veces está agotada, le duele la cabeza, pero es feliz. Años más tarde, Gianna logrará la conversión de Pietro. Está más enamorada de él que cuando eran novios. En aquella casa cada día pasa más o menos lo mismo, pero con amor distinto. Sin saberlo siquiera, Gianna va que vuela a la santidad, a esa meta que está más al alcance de lo que solemos imaginar. Es que la santidad es para todos, también para cualquier ama de casa.

Gianna Beretta Molla (1922-1962) se supo siempre llamada por Dios a la vocación de madre de familia. Su esposo recuerda que al poco tiempo de hacerse novios, ella le escribía en una carta: querría hacerte feliz y ser la que tú deseas: buena, comprensiva y preparada para los sacrificios que la vida nos pida. Quiero formar una familia verdaderamente cristiana. Pasados los años, Pietro declarará: “Durante los seis años y medio de matrimonio, lo que más me impresionó fue que era muy trabajadora, y el sagrado respeto que tenía por la vida, don maravilloso de Dios, su confianza plena en Dios. Me impresionaba su gran alegría cuando nacían los hijos.” Pero no todo fue rutina o estar encerradita en casa. Esta madre de familia también vive en las entrañas del mundo que le rodea. Antes de casarse en 1955, hace estudios de Medicina en Milán y Pavía, y se especializa en Pediatría. Es fuerte y equilibrada. Por si fuera poco, saca tiempo para otras ocupaciones y aficiones: le gusta la montaña y es esquiadora experimentada. Tiene muchos intereses culturales, ama sobre todo la música, toca el piano, de vez en cuando pinta algunos cuadros y asiste al teatro. Y como es muy organizada, otros ratos de la semana se le van en conferencias para jóvenes y obras sociales en favor de ancianos. Tiene vida espiritual intensa, pero sin rarezas, donde hay trato con Dios, normas diarias de piedad, sencillas y discretas, que se entrelazan en el propio quehacer. Quiero temer al pecado mortal —dirá alguna vez— como si fuese una serpiente; mil veces morir antes que ofender al Señor. Algo hay en ella que se nota a leguas: una personalidad sencilla y atractiva, un rostro siempre sonriente y una extraordinaria naturalidad.

Un cementerio para 50 millones de niños Al tercer mes del cuarto embarazo, un fibroma en el útero amenaza la vida de su hijo. Como médico, Gianna sabe muy bien de qué se trata: deberá internarse en el hospital y someterse a una seria operación quirúrgica para extraerle el tumor. Como solución rápida y segura del problema los médicos aconsejan el aborto, pero Gianna insiste: —No lo permitiré jamás. No se preocupe por mí, basta que vaya bien el niño… Es valiente. Es que a veces no hay más remedio que ir contracorriente, cuando la mentalidad comodona y materialista de la sociedad en que vivimos, se vuelve “experta” en soluciones fáciles (o egoístas) para resolver los problemas de la vida matrimonial. Sin dudarlo, hoy en día, muchas voces (marido, hermanos, parientes, amigas) también hubieran persuadido a Gianna con amenazas o ironías: —No te hagas la mártir….

—No está el tiempo para heroísmos cuando ya la vida tiene sus propias penas…

—Mira: te lo digo como amiga y con la experiencia y gran cariño que te tengo desde hace tantos años… En estos casos lo mejor y más práctico es abortar o esterilizarse cuando vengan las primeras complicaciones de la maternidad…

Pero Gianna sabe bien que, si peligra la vida de la madre, no es lícito moralmente practicar el aborto, como si se tratara de elegir: o la vida de ella o la del niño. En esos casos no hay que intentar directamente la muerte de nadie sino poner todos los medios para salvar a los dos, aunque luego por circunstancias ajenas a la voluntad muera uno o ambos. ¿Por qué? Porque cada vida humana, individual, cada ser humano desde el seno de su madre tiene el derecho inalienable de existir: nadie puede decidir por otro, que está por nacer, si ha de vivir o no…. Por lo menos habría que preguntarle antes al niño, por el aparato de ultrasonido si esto fuera posible, si está de acuerdo en desaparecer de este mundo….

Quien negare la defensa de la persona humana más inocente y débil, a la persona humana ya concebida aunque todavía no nacida cometería una gravísima violación al orden moral. Nunca se puede legitimar la muerte de un inocente. Se minaría el mismo fundamento de la sociedad. ¿Qué sentido tendría hablar de la dignidad del hombre, de sus derechos fundamentales, si no se protege a un inocente, o se llega incluso a facilitar los medios o servicios, privados o públicos, para destruir vidas humanas indefensas [1].

No es exagerada esta denuncia si se miran los números escalofriantes de abortos que se cometen cada año: se calcula que un total de 50 millones en el mundo entero. Se ha dicho muchas veces, con razón, que vivimos en una civilización de la muerte, de verdugos, porque los seres humanos damos continuamente muerte a nuestros propios hijos. Este siglo XX ha estado marcado mas que ningún otro por el signo de la muerte de vidas humanas: nunca hubo tantos millones caídos en las guerras, o las víctimas del terrorismo, de la violencia en todas sus formas. Pero sobre todo del gran exterminio de los que no nacen por el aborto y la mentalidad anti-vida que promueve la eutanasia, por la que se quita la existencia a enfermos incurables declarados “inútiles” a la sociedad.

A este cementerio de víctimas de la crueldad humana de nuestro siglo, se agrega otro gran cementerio: el de los no nacidos. Cementerio de los indefensos, cuyos rostros ni siquiera sus propias madres conocieron, aceptando o cediendo a presiones para que se les quitara la vida antes de nacer. Pese a ello, ya tenían la vida, ya estaban concebidos y se desarrollaban bajo el corazón de sus madres, sin presentir el peligro mortal. Y, cuando esta amenaza fue un hecho, estos seres humanos indefensos intentaron defenderse. La cámara de cine ha filmado esta defensa desesperada de un niño no nacido que siente la agresión en el seno de la madre. (Una vez vi un documental de este tipo; hasta el día de hoy no puedo liberarme de su recuerdo; no puedo liberarme). Es difícil imaginar ese drama horrendo en su elocuencia moral y humana [2] ¿Qué hacer con los hijos no deseados? Gianna Beretta se sometió el 6 de septiembre de 1961 a la operación para extraerle el tumor. Llena de confianza en Dios prosiguió su embarazo. Los siete meses siguientes estuvieron llenos de molestias y riesgos. El Sábado Santo, 21 de abril de 1962 dio a luz a su hija Giannina. Una semana después, el 28 de abril, edad murió a consecuencia de las complicaciones. Se convirtió, por llamarle de algún modo, en mártir del amor materno.

No era insensible ni fanática. Pedía a Dios por la salvación suya y de su hijo. Sufrió mucho ante este grave dilema. Amaba profundamente la vida de ambos, pero se hacía este razonamiento que sólo entiende una madre embarazada con varios hijos: el hijo que tengo en el vientre tiene los mismos derechos a vivir que mis demás hijos, o incluso más porque este sí que tiene una absoluta necesidad de su madre. Si yo me muero por continuar con mi embarazo no soy injusta con ellos ni con mi esposo. Es tan grave la obligación de dar a luz a este hijo como la de cuidar de mi familia. Pero en el caso de morir por salvarlo, podré confiar por completo su educación a mis parientes o a otras personas. Lo pensó bien, pidió consejo y concluyó con lógica. Pero no con lógica matemática o comodona, sino “materna”. Dios no me pide nunca imposibles, pero eso no significa que yo no deba afrontar mis propios deberes, también cuando cuestan o en circunstancias difíciles o límites. Dios no puede contradecirse: El mismo que ha dicho “No matarás” es el que me manda respetar la vida que me ha confiado y está por nacer.

La misma lógica de madre hace ver que todo niño que es concebido ya es un don. Con frecuencia puede ser muy difícil de aceptar (dificultades de salud, económicas, etc.), pero siempre es un regalo inestimable. Un nuevo hijo nunca es un intruso, un agresor, sino un ser indefenso que espera ser acogido y ayudado. Ya es una persona humana (aunque sea pequeñita de tamaño) y, por tanto, tiene derecho a que sus padres no le priven del don de la vida —el primero y más fundamental de todos los derechos, y sin el cual no tiene sentido defender los demás—, aunque eso exija un sacrificio, y a veces grande o heroico.

Pero, —se oyen reclamos de este tipo—: ¿Por qué la Iglesia Católica es tan exigente y no nos comprende? ¿Qué no advierte que miles o millones de mujeres llevan en su seno nuevas vidas sin su consentimiento? Como si las mujeres que abortan lo hicieran por sanguinarias o malvadas. Entonces, ¿qué hacer con tantas mujeres que viven sumidas en la pobreza más absoluta, o que han sufrido una infame agresión o son víctimas del egoísmo de los varones, y por eso van a ser madres? ¿Tampoco en esos casos es lícito privar de la vida a esas criaturas? Es éste un problema muy doloroso y complejo, de gran repercusión social, pero al que no se le puede dar una y única solución: o el aborto o nada. Lo que hay que hacer es ser de verdad solidarios con las mujeres (muestra de un auténtico feminismo, que será doblemente mayor si la que está por nacer…. es niña). Si la futura madre sufre ya tremendamente por todo lo que le está ocurriendo, y no podrá cuidar de la criatura, no por eso merece que se le dé muerte al niño. Lo que hay que hacer es salir en ayuda de esas pobres madres embarazadas y liberarlas de sus miedos, y de las amenazas de esa sociedad de verdugos. Ayudarle a que dé a luz a su hijo y, si ella lo desea libremente, que lo entregue, por ejemplo en adopción o cuiden de él otras personas cercanas a su familia o promover más instituciones —las hay— que presten estas urgentes ayudas. ¡Cuántos matrimonios hay, que no han tenido descendencia, que se mueren de ganas por adoptar un hijo! Decía una vez, a gritos, la célebre Madre Teresa de Calcuta, en un discurso a miles de mujeres:—¡Si no quieren a sus hijos, no los maten. Dénmelos y yo los cuido! Pasaron dieciséis años desde la muerte de Gianna, cuando el entonces Arzobispo de Milán y los 16 obispos de la conferencia de Obispos de Lombardía, pidieron la introducción del proceso de beatificación de esta mujer que fue declarada “ejemplo de gran actualidad en este mundo nuestro, donde el derecho a la vida se desconoce y se niega”. Nos regala en vísperas del tercer milenio una lección muy actual de respetar el derecho a nacer.

El amor disipa todos los miedos Gianna Beretta Molla es una señal del tiempo presente, una invitación a defender la vida, a respetarla y hasta entregarla según las palabras de Cristo: Nadie tiene amor más grande que el que da su vida por sus amigos (Juan 15, 13). En la ceremonia de su beatificación, Juan Pablo II decía que en esta gran mujer quería rendir homenaje a todas las madres valientes, que sufren al dar a luz a sus hijos y luego están dispuestas a soportar cualquier esfuerzo, afrontar cualquier sacrificio, para transmitirles lo mejor de sí mismas. La maternidad puede ser fuente de gozo, pero también puede llegar a ser manantial de sufrimientos y, a veces, de grandes desilusiones. En este caso, el amor se convierte en una prueba, a menudo heroica, que cuesta mucho al corazón de una madre. Hoy queremos venerar no sólo a esta mujer excepcional, sino también a las que no escatiman esfuerzo para educar a sus hijos.

Tomado de www.encuentra.com [1] Juan Pablo II, Discurso a las Familias, Madrid, 2 de noviembre de 1982. [2] Juan Pablo II, Discurso en Radom, Polonia, 4 de junio de 1991.

Martin Sheen: Encontré a Dios durante el rodaje de «Apocalypse Now»

El actor hispano-irlandés cuenta cómo ha vuelto a descubrir a Dios en un programa televisivo italiano.

—P: “Usted es conocido como un bravo actor, un buen católico pero también como un rebelde, un crítico de la vida política y civil. ¿Esta vocación por la protesta nace del ciudadano o del católico?” —R: “No logro separar las dos cosas: espero ser la misma persona en misa, en una manifestación de protesta, ante una cámara o ante mi mujer, mis hijos, mi comunidad, en mi trabajo de voluntariado.

—P: “¿Recuerda los motivos de sus arrestos, o al menos de alguno?” —R: “No siempre he practicado el catolicismo, de joven casi lo abandoné y viví muchos años sin fe. Volví a la fe en 1981 cuando vivía en París. Todo había iniciado cuatro años antes en Filipinas, mientras estaba rodando «Apocalypse Now». Me puse enfermo gravemente, estuve a punto de morir. Tuve una crisis de conciencia y al mismo tiempo de identidad. No tenía ninguna espiritualidad, no sabía cómo unir la voluntad del espíritu al trabajo de la carne ¿entiende? Estaba dividido. Tenía miedo de morir. Llamé a un sacerdote y recibí la extremaunción. Era el 5 de marzo de 1977. Estaba muriendo. Pero yo considero aquél día como el día de mi renacimiento. Me acerqué de nuevo a los sacramentos, volví a ir a Misa, pero iba con miedo: Dios me había golpeado y podía golpearme de nuevo si no me portaba bien. Y esto siguió durante varios meses hasta que un día me dije: «¿No hay amor, no hay alegría, no hay libertad en todo esto?».

—P: “Como la historia del hijo pródigo…” —R: “¡Exacto! Entonces volví a beber y a llevar una vida loca. Pero algo había nacido. Había sido plantada una semilla y comenzó a crecer. Gradualmente empecé a preguntarme quién era, porqué estaba allí, dónde quería ir. Al final llegué a París, donde encontré a un viejo y muy querido amigo mío que se convirtió en un consejero espiritual muy importante, un guía. Era Terrence Malick, el director con el que había trabajado en «Badlans». Empezó a darme libros. Filosofía, espiritualidad, teología… Un día me dio «Los hermanos Karamazov». Me costó una semana acabarlo, no podía dejar de leer. Aquél libro fue derecho a mi corazón, a mi alma. Así volví al catolicismo en París, el 1 de mayo de 1981.

C.P.N. Tomado de: http://www.piensaunpoco.com/

Giuseppe Moscati: Un médico del siglo XX canonizado

Por Rafael Arce Gargollo Tenía escasos cuarenta y siete años cuando murió. Hoy viven aún unas cuantas personas que conocieron y recuerdan con gran afecto a Don José, al Dottore Giussepe, como le llamaban en Nápoles, Italia. Incluso se sabe bien en qué hospitales daba consulta. Algunos conservan como recuerdo invaluable algunos de sus instrumentos de trabajo: una bata, ya amarillenta, su escritorio; y otros objetos, que fueron parte de su vida: un estetoscopio, un termómetro, el viejo maletín negro, un martillo para medir los reflejos y otras cosas necesarias para revisiones médicas de rutina.

Giusseppe Moscati había nacido el 25 de Julio de 1880 en Benevento. Su padre era presidente del Tribunal de Justicia. A pesar de la influencia de los masones en muchos ambientes, sobre todo entre los hom­bres que tenían cargos públicos, nunca negó su fe católica. Cuando Giusseppe tenía ocho años la familia se trasladó a Nápoles, cuando su padre fue promovido a un cargo superior.

Con excelentes calificaciones, Giusseppe concluye sus estudios de segunda enseñanza, especialmente en Biología, Física y Química y se decide sin dudarlo por la carrera de Medicina. Aunque es marcada su inclinación por el estudio, lo que más le mueve es la miseria de los más pobres. Quiere mitigar los dolores, del cuerpo y del alma, de incontables hermanos que sufren, pero de manera especial de esos otros enfermos a los que parece que casi nadie quiere porque sólo hay que esperar que se despidan de este mundo: los desahuciados.

Era un profesional … en serio En 1903 obtiene el Doctorado en Medicina y enseguida empieza a trabajar en el hospital para incurables más grande de la ciudad. Muy pronto, pacientes y médicos colegas, advierten que Moscati no es un médico más: antepone día y noche el servicio a los enfermos a cualquier asunto de su vida privada.

Don Giusseppe no es curandero. Ni médico matasanos o medicucho que improvisa recetas en serie para salir del paso. Hay que prescribir a cada enfermo todo y sólo lo que realmente necesita. Por las noches hay que estudiar los casos a conciencia y estar al día en su profesión; su dedicación le vale en los siguientes años una prestigiosa carrera públicamente reconocida. Le nombran Director de la Sección de Tuberculosis de todos los hospitales de la región, además de que ya es catedrático de Anatomía Patológica, Fisiología Humana y de Química Fisiológica. Es un profesional comprometido, en cuerpo y alma, con su vocación. Por si fuera poco, fueron notables sus descubrimientos en el campo de la bioquímica y sus investigaciones sobre los efectos del glucógeno. Alrededor de treinta de sus trabajos científicos fueron publicados en Italia y en el extranjero.

El éxito egoísta sirve de poco Si se hubiera dedicado a la sola enseñanza, fácilmente se hubiera procurado una vida famosa, bien remunerada, en menos tiempo y más cómoda. Pero Moscati no busca ni la gloria del mundo ni las riquezas. Si estudia más y crece su prestigio, es para poner su ciencia al servicio de los demás. Busca al hombre que sufre y a Cristo en ellos. Si lo felicitan por una operación difícil con la que salva la vida de un paciente, le quita importancia al elogio: —El Señor dirige todo, también la mano del médico, a El sólo hay que dar las gracias.

Es hombre que va bien vestido, sobriamente, pero pulcro, con su bigote bien cuidado. Muy conocido en Nápoles, es frecuente verle andar por aquellas calles estrechas y bulliciosas de los barrios más po­bres, donde la ropa recién lavada se tiende entre las fachadas. Por allí anda el médico, esquivando perros, mendigos y los juegos de niños grito­nes. A través de una ventana, se oye, una voz tipluda. Es una señora regordeta, lo más parecido, por fuera, a una soprano: —Dottore..!!: ¿vendrá al regreso a ver a mi hijo mayor que sigue enfermo…? Don Giusseppe asiente con sincera sonrisa. De noche, con los ojos cargados de sueño después de haber visto decenas de pacientes, llega cariñoso hasta la cabecera de ese último. Asiste a cada una de las visitas con buena cara, sin sentirse víctima…, y siempre con un calor humano y delicadeza inconfundibles. Es un médico que cura con amor.

Cada enfermo es una persona humana Hay que atender siempre las llamadas de emergencia, también cuando las hacen los pobres, a los que casi no les cobra nada; muy frecuentemente él mismo les da dinero para procurarse las medicinas. Cuando es oportuno ofrece su ayuda para que les atienda un sacerdote en los últimos momentos. Es un hombre muy humano y feliz, porque en cada enfermo ve mucho más que un cliente: cualquier persona, el más desgraciado o hundido en los vicios, —¡qué importa quién!— necesita no únicamente de sus cuidados médicos, sino también de sus consuelos. Para el Doctor Moscati cada persona enferma es el mismo Cristo que se le acerca para pedir ayuda. Dos mil años después, en medio del trabajo profesional, se aplica a la letra, una de las condiciones para alcanzar la felicidad eterna del Cielo: Estuve enfermo y me visitásteis (Mt. 25, 26).

Giusseppe Moscati no es un beato que, por no trabajar, se pase el día en la iglesia. Pero es indudable que saca toda su fuerza de la oración y de la Misa, a la que asiste a diario cuando apenas amanece. Si no, ¿cómo seguir adelante y tener una sonrisa amable para todos? Además, practica con naturalidad el ayuno y lleva sereno, sin exagerar, las fatigas de su trabajo, a veces sin un mínimo de descanso. Considera su agotamiento por los demás como parte de sus mismo trabajo, de una profesión que ama apasionadamente y ejerce con hondo sentido humano. En una carta escribe: ¿Por qué rechazar el sufrimiento? El Señor sufrió sin medida por mí. Me duele el pensamiento de que tantos hombres desprecian el amor divino. Con gusto ofrezco algo para conducirlos a los pies de su Salvador .

Una conversación con Caruso En 1906 acontece la gran erupción del Vesubio, volcán vecino a Nápoles. Comienza una lluvia de ceniza y Moscati, de inmediato, avisado del peligro para el hospital, da la orden de evacuación y todos los enfermos son llevados a lugares provisionales de protección. Cuando apenas han sacado al último, el techo del hospital se derrumba bajo el peso de la ceniza y de la lava y la mayor parte del edificio queda inservible. Mientras, los otros médicos, espantados, ya habían huído.

Se cuenta que, años después, en 1921, Enrico Caruso, uno de los más geniales cantantes de ópera y mundialmente conocido, volvió a Italia gravemente enfermo. De los muchos médicos consultados para su diagnóstico, sólo el Doctor Moscati encontró la verdadera causa. Pero ya nada se pudo hacer, porque eran mínimas las esperanzas de curación. Al ir a atenderle en un hotel de lujo en Sorrento, al final, el médico le dice: —Usted ha consultado ya tantos médicos, ¿por qué no consulta al mejor de todos que es Cristo, nuestro Señor y hace una confesión general? A los pocos días de haberse confesado, Caruso muere en el viaje que intentaba hacer a Roma.

Morirse en la raya…

El 5 de abril de 1927, entre tantos pacientes, el Doctor Moscati examina a un sacerdote enfermo, el Padre Casimiro.

Al terminar, el médico le pregunta: —¿Desde cuándo no celebra Usted la Santa Misa? El sacerdote contesta: —Desde hace dos meses.—Pues… pronto se curará y por eso le quiero pedir que por favor ofrezca esa primera Misa por mí, le dijo el médico.

Una semana después comienza Moscati su jornada idéntica, como todos los días. La mañana es de trabajo agitado en la Clínica. Llega a casa y todavía hay que atender a muchos pacientes que le esperan. A las tres de la tarde se retira a su privado y dice a la enfermera que no se siente bien. Cuando poco después entra ella, le encuentra sentado con los brazos cruzados: no hacía ni cinco minutos que acababa de morir. No habrá sido demasiada sorpresa para él encontrarse de repente con Dios, habituado como estaba a conversar con El en medio de sus ocupaciones habituales.

Al día siguiente el Padre Casimiro bajó por primera vez a la capilla del hospital para ofrecer la primera Santa Misa después de su recuperación. Allí le dijeron que Moscati había muerto.

El mundo necesita médicos con rostro humano La vida de Moscati ayuda a entender mejor que nuestro mundo necesita urgentemente médicos y enfermeras de otro tipo. Que traten a sus pacientes como un padre o una madre lo hace con sus hijos enfermos. No basta que sean hombres sabios y expertos, o premios Nobel y nos hagan trasplantes de todo. Ni que tapicen sus consultorios de diplomas y títulos para impresionarnos. Y aunque nos apliquen su ciencia con instrumentos preciosos —de tipo digital, computarizado, con láser y nos metan otros novedosos rayos en nuestros enfermitos cuerpos— tienen que ser, antes que todo, hombres que curan a otros hombres. La medicina se está desarrollando progresivamente y los descubrimientos de los genios asombran al mundo. Pero esta estupenda profesión, que es sólo para atender a humanos, se está deshumanizando. Cuántos enfermos en el mundo entero reciben el trato frío, a veces duro y desencarnado, sin corazón, de doctores que les dicen que sí los quieren curar, pero parece que más bien les quieren…. cobrar —y ¡¡pronto, que entre el siguiente!!— para que se cumplan los turnos y citas. Quizá los que más urgentemente necesitan trasplantes de corazón son algunos médicos y sus enfermeras.

Una vez el Doctor Moscati escribía a un joven doctor, alumno suyo recomendándole cómo debe atender a sus pacientes: no sólo se debe ocupar del cuerpo, sino de las almas con el consejo, y entrando en el espíritu, antes que con las frías prescripciones que hay que llevar al farmacéutico.

La vida de este gran médico nos dice que hay que curar al enfermo sin brusquedades. Que no sea sólo revisar al paciente que sigue en la cola y hacerle rápido cien preguntas. Que la atención médica no se reduzca sólo a recetar pastillas, gotas, pomadas, inyecciones, transfusiones, o decir con solemnidad y voz seria, que se requieren urgentes análisis, carísimos estudios y chequeos de todo, que apenas pueden pagarse. O sentenciar que la semana que entra hay que ir al quirófano, cuando no es tan necesario, pero así el señor médico, y sus amigos especialistas, sacan un dinerote de más.

Todos los enfermos del mundo necesitan un trato sencillamente como lo que son: personas humanas. No dejan de ser humanos por estar desvalidos. Y, como muchos son pobres, no se les ha de cobrar más de lo justo. Y si se les ha de revisar o auscultar, se hará con el máximo y delicadísimo respeto, más si son mujeres. Un enfermo que desea curarse, no busca un veterinario, ni se siente coche descompuesto que entra a un taller mecánico. Desea que le escuchen, le comprendan, le sonrían, animándole a curarse. Si fuera preciso, agradecerá mucho que el médico también le dé cierta ayuda espiritual para encontrar sentido a lo que le pasa y optimismo para llevar sus penas con paz. Los médicos curan con sus conocimientos, pero alivian más pronto a sus pacientes con el interés y afecto que ponen en sus dolencias.

De este desconocido y gran médico se ha hecho este emotivo y grandísimo elogio, que vale sobre todo por quien lo hizo: Por naturaleza y vocación, Moscati fue ante todo y sobre todo el médico que cura: responder a las necesidades de los hombres y a sus sufrimientos fue para él una necesidad imperiosa e imprescindible. El dolor del que esta enfermo llegaba a él como el grito de un hermano a quien otro hermano, el médico, debía acudir con al ardor del amor. El móvil de su actividad como médico no fue, pues, solamente el deber profesional, sino la conciencia de haber sido puesto por Dios en el mundo para obrar según sus planes y para llevar, con amor, el alivio que la ciencia médica ofrece, mitigando el dolor y haciendo recobrar la salud. Por lo tanto, se anticipó y fue protagonista de esa humanización de la medicina, que hoy se siente como condición necesaria para una renovada atención y asistencia al que sufre.[1] Tomado de www.encuentra.com [1] Juan Pablo II, Homilía en la Ceremonia de Canonización del Doctor José Moscati, 16 de octubre de 1987.

Maximiliano Kolbe: Dar la vida por otro

“No hay amor más grande que éste: dar la vida por sus amigos” (Jn 15, 13).

Maximiliano María Kolbe nació en Polonia el 8 de enero de 1894 en la ciudad de Zdunska Wola, que en ese entonces se hallaba ocupada por Rusia. Fue bautizado con el nombre de Raimundo en la iglesia parroquial.

A los 13 años ingresó en el Seminario de los padres franciscanos en la ciudad polaca de Lvov, la cual a su vez estaba ocupada por Austria. Fue en el seminario donde adoptó el nombre de Maximiliano. Finaliza sus estudios en Roma y en 1918 es ordenado sacerdote.

Devoto de la Inmaculada Concepción, pensaba que la Iglesia debía ser militante en su colaboración con la Gracia divina para el avance de la fe católica. Movido por esta devoción y convicción, funda en 1917 un movimiento llamado “La Milicia de la Inmaculada” cuyos miembros se consagrarían a la bienaventurada Virgen María y tendrían el objetivo de luchar mediante todos los medios moralmente válidos, por la construcción del Reino de Dios en todo el mundo. En palabras del propio San Maximiliano, el movimiento tendría: “una visión global de la vida católica bajo una nueva forma, que consiste en la unión con la Inmaculada.” Verdadero apóstol moderno, inicia la publicación de la revista mensual “Caballero de la Inmaculada”, orientada a promover el conocimiento, el amor y el servicio a la Virgen María en la tarea de convertir almas para Cristo. Con una tirada de 500 ejemplares en 1922, en 1939 alcanzaría cerca del millón de ejemplares.

En 1929 funda la primera “Ciudad de la Inmaculada” en el convento franciscano de Niepokalanów a 40 kilómetros de Varsovia, que con el paso del tiempo se convertiría en una ciudad consagrada a la Virgen y, en palabras de San Maximiliano, dedicada a “conquistar todo el mundo, todas las almas, para Cristo, para la Inmaculada, usando todos los medios lícitos, todos los descubrimientos tecnológicos, especialmente en el ámbito de las comunicaciones.” En 1931, después de que el Papa solicitara misioneros, se ofrece como voluntario y viaja a Japón en donde funda una nueva ciudad de la Inmaculada (“Mugenzai No Sono”) y publica la revista “Caballero de la Inmaculada” en japonés (“Seibo No Kishi”).

En 1936 regresa a Polonia como director espiritual de Niepokalanów, y tres años más tarde, en plena Guerra Mundial, es apresado junto con otros frailes y enviado a campos de concentración en Alemania y Polonia. Es liberado poco tiempo después, precisamente el día consagrado a la Inmaculada Concepción. Es hecho prisionero nuevamente en febrero de 1941 y enviado a la prisión de Pawiak, para ser después transferido al campo de concentración de Auschwitz, en donde a pesar de las terribles condiciones de vida prosiguió su ministerio.

En Auschwitz, el régimen nazi buscaba despojar a los prisioneros de toda huella de personalidad tratándolos de manera inhumana e inpersonal, como un simple número: a San Maximiliano le asignaron el 16670. A pesar de todo, durante su estancia en el campo nunca le abandonaron su generosidad y su preocupación por los demás, así como su deseo de mantener la dignidad de sus compañeros.

La noche del 3 de agosto de 1941, un prisionero de la misma sección a la que estaba asignado San Maximiliano escapa; en represalia, el comandante del campo ordena escoger a diez prisioneros al hazar para ser ejecutados. Entre los hombres escogidos estaba el sargento Franciszek Gajowniczek, polaco como San Maximiliano, casado y con hijos.

San Maximiliano, que no se encontraba entre los diez prisioneros escogidos, se ofrece a morir en su lugar. El comandante del campo acepta el cambio, y San Maximiliano es condenado a morir de hambre junto con los otros nueve prisioneros. Diez días después de su condena y al encontrarlo todavía vivo, los nazis le administran una inyección letal el 14 de agosto de 1941.

Es así como San Maximiliano María Kolbe, en medio de la más terrible adversidad, dio testimonio y ejemplo de dignidad. En 1973 Pablo VI lo beatifica y en 1982 Juan Pablo II lo canoniza como Mártir de la Caridad. Juan Pablo II comenta la influencia que tuvo San Maximiliano en su vocación sacerdotal: “Surge aquí otra singular e importante dimensión de mi vocación. Los años de la ocupación alemana en Occidente y de la soviética en Oriente supusieron un enorme número de detenciones y deportaciones de sacerdotes polacos hacia los campos de concentración. Sólo en Dachau fueron internados casi tres mil. Hubo otros campos, como por ejemplo el de Auschwitz, donde ofreció la vida por Cristo el primer sacerdote canonizado después de la guerra, San Maximiliano María Kolbe, el franciscano de Niepokalanów.” (Don y Misterio).

San Maximiliano nos legó su concepción de la Iglesia militante y en febril actividad para la construcción del Reino de Dios. Actualmente siguen vivas obras inspiradas por él, tales como: los institutos religiosos de los frailes franciscanos de la Inmaculada, las hermanas franciscanas de la Inmaculada, así como otros movimientos consagrados a la Inmaculada Concepción. Pero sobretodo, San Maximiliano nos legó un maravilloso ejemplo de amor por Dios y por los demás.

Con motivo de los veinte años de la canonización del padre Maximiliano Kolbe (10 de octubre de 1982), los Frailes Menores Conventuales de Polonia abrieron el archivo de Niepokalanow (Ciudad de la Inmaculada, a 50 kilómetros de Varsovia), construido por el mismo mártir de Auschwitz. Entre los manuscritos del santo, destaca la última carta que escribió y que acaba con besos a su madre. Una carta que refleja una ternura que no aparecía en otros escritos, y que hace pensar que el sacrificio con el que ofreció la vida voluntariamente en sustitución de un condenado a muerte fue algo que maduró a lo largo de su vida. Este es el texto del escrito: «Querida madre, hacia finales de mayo llegué junto con un convoy ferroviario al campo de concentración de Auschwitz. En cuanto a mí, todo va bien, querida madre. Puedes estar tranquila por mí y por mi salud, porque el buen Dios está en todas partes y piensa con gran amor en todos y en todo. Será mejor que no me escribas antes de que yo te mande otra carta porque no sé cuánto tiempo estaré aquí. Con cordiales saludos y besos, Raimundo Kolbe».

Juan Pablo II, un año después de su elección, en Auschwitz, dijo: «Maximiliano Kobe hizo como Jesús, no sufrió la muerte sino que donó la vida». La expresión remite a unas palabras escritas por el padre Kolbe unas semanas antes de que los nazis invadieran Polonia (1 de septiembre de 1939): «Sufrir, trabajar y morir como caballeros, no con una muerte normal sino, por ejemplo, con una bala en la cabeza, sellando nuestro amor a la Inmaculada, derramando como auténtico caballero la propia sangre hasta la última gota, para apresurar la conquista del mundo entero para Ella. No conozco nada más sublime».

Guadalupe Ortiz de Landázuri: Santidad en la vida ordinaria

Una de las primeras mujeres del Opus Dei, en proceso de canonización.

La Iglesia estudia ya la santidad de vida de Guadalupe Ortiz de Landázuri, una de las primeras mujeres del Opus Dei. Inició el trabajo apostólico en varias ciudades de España y México, en donde durante muchos años se volcó en la atención doméstica de algunos centros de la Obra. El cardenal arzobispo de Madrid presidió la sesión inaugural del Proceso de Canonización.

En 1998 la diócesis de Pamplona inició el proceso de Eduardo Ortiz de Landázuri, médico y hermano de Guadalupe, fallecido en 1985. Al igual que su hermana, pertenecía al Opus Dei y dejó una gran fama de santidad.

La sesión inaugural del Proceso de Canonización de Guadalupe se celebró el 18 de noviembre de 2001 en el C.M. Zurbarán (Madrid, España). Antonio Mª Rouco, cardenal arzobispo de Madrid, subrayó en su intervención la entrega de Guadalupe: “Ella dio todo, dio su vida, su alma, su cuerpo, su actividad… la oblación de su vida al servicio de los empeños apostólicos y de la obra apostólica de la que era iniciador el beato Josemaría”.

Mons. Rouco incidió en que la Iglesia y el mundo necesitan laicos santos. En este sentido, recordó el mensaje del fundador del Opus Dei, “cuyo carisma se ha centrado especialísimamente en descubrir la necesidad de cultivar este aspecto esencial de la vocación cristiana y de hacerlo relevante en la vida y en la misión de la Iglesia del siglo XX, del siglo XXI y de los siglos que vengan”.

Tras firmar el Decreto de Introducción de la Causa y nombrar el tribunal que se ocupará en adelante de recoger la documentación histórica y las declaraciones de los testigos, Rouco afirmó que “la Iglesia tiene interés en que se conozca y se reconozca a los santos. Necesita que los que peregrinamos en la tierra sepamos -con nombre y apellidos, con rostros concretos, con vidas que se pueden escribir en una biografía- que la Iglesia está llamada a vivir ese destino. Es lo que queremos reconocer en la vida de Guadalupe Ortiz de Landázuri”.

Benito Badrinas, postulador de la Causa, declaró: “Ahora que Juan Pablo II desea mostrar modelos de santidad próximos en el tiempo, consideramos que Guadalupe encarna un modelo cercano y amable: fue una trabajadora infatigable, que afrontó cristianamente los problemas de su época. Se preocupó por las necesidades educativas y espirituales de quienes la rodeaban, con un gesto siempre amable. En todo, Dios fue el motivo de su actuar”.

Guadalupe Ortiz (1916-1975) conoció al beato Josemaría en 1944 y pronto vio clara su vocación para servir a Dios en medio del mundo. El Fundador se apoyó muy pronto en ella para expandir la Obra y, así, en 1950, le pidió que fuera a comenzar el trabajo apostólico en México. En el país centroamericano colaboró durante seis años en la educación de jóvenes campesinas, tanto en la capital como en otras ciudades como Monterrey, Tacámbaro o Amilpas.

En España, ejerció su profesión de maestra en dos institutos de la capital. Alcanzó el grado de doctora en Ciencias Químicas por la Universidad de Madrid (1965). Sus alumnos y colegas de profesión coinciden en subrayar la calidad de sus clases, la atención amable que prestaba a todos y la visión cristiana y respetuosa con la libertad que empapaba sus lecciones.

“La vida de Guadalupe -prosiguió Badrinas- es quizás grande considerada en su conjunto. Pero transcurrió sólo hilvanando cosas pequeñas, muy pequeñas”. Citó unas palabras del beato Josemaría que guiaron la vida de Guadalupe: “La invitación a la santidad requiere de cada uno que cultive la vida interior, que se ejercite diariamente en las virtudes cristianas; y no de cualquier manera, ni por encima de lo común, ni siquiera de un modo excelente: hemos de esforzarnos hasta el heroísmo, en el sentido más fuerte y tajante de la expresión”.

«Uno se pregunta -explicó el Cardenal Rouco- por qué este interés de la Iglesia en la actualidad por el reconocimiento de la santidad en los seglares. El texto que leía el postulador de uno de los escritos del beato Escrivá de Balaguer ilumina la posibilidad, la forma y el contenido de la respuesta. En los distintos campos de la vida, de la existencia del hombre, en el desarrollo de la sociedad, en la configuración de la cultura, de los grandes debates…, en todas las profesiones y a través de todas ellas, si de verdad en esos campos y en esos espacios parciales que configuran la totalidad de lo humano hay santos, toda la realidad que ellos, a través de su profesión, tocan, manejan y guían, quedará también tocada por la santidad de los que viven su vocación como santos o con vocación de santidad.” «Es posible -prosiguió- que en los siglos XX y XXI sea más necesario que en otras épocas de la historia reconocer la vocación a la santidad como vocación específica y típica de los seglares. No sé si porque vivimos un tiempo en la historia de la Iglesia en que lo no santo, las fuerzas en las que se presenta, se desarrolla y actúa el poder del mal, del pecado, son tan terribles, tan increíblemente fuertes. El reto a Cristo es tan total, tan radical, tan ordinario, tan planteado desde todos los rincones de la vida…, que parece como si la Iglesia, sus hijos y sus hijas, estuviesen llamados a responder a ese reto con un sí radical, total, concreto al Señor y a su seguimiento y que lo deban vivir en todos los ámbitos de la vida y de la historia de donde surge la oposición a Cristo.

»Santos, la Iglesia los ha necesitado siempre, los ha habido siempre. Los ha habido siempre en todas las profesiones y los ha habido también, evidentemente, a través de aquellas vocaciones que están vinculadas al servicio y al ministerio de la presencia de Cristo entre los suyos -ministerio apostólico, formas distintas de consagración-, y ha necesitado también la santidad de los seglares, muchas veces anónima, desconocida, no reconocida después oficialmente. Hoy los necesita reconocidos, subrayados y afirmados explícitamente. Santos, muchos, en medio de la historia humana, porque el pecado es fuerte, grande, poderoso, retador.

»A través de la biografía de Guadalupe Ortiz de Landázuri, se nos presenta una vida cristianamente de gran atractivo y de gran hondura. En medio de la sencillez, hay una riquísima trayectoria de vida humana, con puntos y aspectos muy novedosos, como el ser universitaria en la Universidad de Madrid, en el viejo caserón de San Carlos, en los años de la República, cuando allí se enfrentaban las asociaciones católicas de estudiantes con fórmulas y formas nada pacíficas; el haber vivido la tragedia de la ejecución de su padre; como ha sido también después el encuentro con un sacerdote -Josemaría Escrivá de Balaguer-, ese sacerdote que le abría el camino de una vocación de seglar que habría de vivir plenamente como vocación a la santidad; como fueron también sus años de México, sus cortos años de Roma; el primer síntoma que le da a conocer la gravedad de la enfermedad que padece; como son también sus actividades profesionales, como profesora del Instituto Ramiro de Maeztu y en la Escuela de Maestría Industrial; como fue su actividad, protagonista de tantas iniciativas en México.

»Toda su biografía, desde el punto de vista humano, es de gran riqueza personal y de carácter; también de gran riqueza en la actividad, en el compromiso, en el despliegue de todas las cualidades que el Señor le había dado. Y en ella también se introduce una especie de figura sobrenatural, que va revelándose y trasluciéndose en todos los aspectos de su biografía y que culmina en los momentos en que ella tiene que asumir la cruz de la enfermedad: muchos años, desde el año 1956 hasta 1975, casi veinte años. La acción -que dominó mucho su vida- se empapaba cada vez más de contemplación, de contemplación del Señor y de su cruz.

»Está, por lo tanto, más que justificado, por la fama y el eco que han encontrado su vida, sus virtudes y su actividad apostólica dentro del Opus Dei, en la Iglesia, y en la forma cómo eso se ha reflejado en la Archidiócesis de Madrid -la iglesia particular donde ella nació y a través de la cual entró en la comunión de la iglesia una, santa católica y apostólica-, que abramos el proceso diocesano, imprescindible para el ulterior desarrollo del reconocimiento por parte de la Iglesia de sus virtudes heroicas y que lo hayamos hecho en esta tarde del otoño de 2001.»

Nguyen van Thuân: En un campo de concentración

Una vida ejemplar en medio de la persecución En 1975, François Xavier Nguyên Van Thuân fue nombrado por Pablo VI arzobispo de Ho Chi Minh (la antigua Saigón), pero el gobierno comunista definió su nombramiento como un complot y tres meses después le encarceló.

Durante trece años estuvo encerrado en las cárceles vietnamitas. Nueve de ellos, los pasó régimen de aislamiento.

Una vez liberado, fue obligado a abandonar Vietnam a donde no ha podido regresar, ni siquiera para ver a su anciana madre. Ahora es presidente del Consejo Pontificio para la Justicia y la Paz de la Santa Sede.

A pesar de tantos sufrimientos, o quizá más bien gracias a ellos, este arzobispo, François Xavier Nguyên Van Thuân, ha sido un gran testigo de la fe, de la esperanza y del perdón cristiano.

En una celda sin ventanas «Durante mi larga tribulación de nueve años de aislamiento en una celda sin ventanas –contaba el propio Nguyên Van Thuân–, iluminado en ocasiones con luz eléctrica durante días enteros, o a oscuras durante semanas, sentía que me sofocaba por efecto del calor, de la humedad. Estaba al borde de la locura. Yo era todavía un joven obispo con ocho años de experiencia pastoral. No podía dormir. Me atormentaba el pensamiento de tener que abandonar la diócesis, de dejar que se hundieran todas las obras que había levantado para Dios. Experimentaba una especie de revuelta en todo mi ser».

Sólo Dios «Una noche, en lo profundo de mi corazón, escuché una voz que me decía: “¿Por qué te atormentas así? Tienes que distinguir entre Dios y las obras de Dios. Todo aquello que has hecho y querrías continuar haciendo: visitas pastorales, formación de seminaristas, religiosos, religiosas, laicos, jóvenes, construcción de escuelas, misiones para la evangelización de los no cristianos…, todo esto es una obra excelente, pero son obras de Dios, no son Dios. Si Dios quiere que tú dejes todas estas obras poniéndote en sus manos, hazlo inmediatamente y ten confianza en Él. Él confiará tus obras a otros, que son mucho más capaces que tú. Tú has escogido a Dios, y no sus obras”».

«Esta luz me dio una nueva fuerza, que ha cambiado totalmente mi manera de pensar y me ha ayudado a superar momentos que físicamente parecían imposibles de soportar. Desde aquel momento, una nueva paz llenó mi corazón y me acompañó durante trece años de prisión. Sentía la debilidad humana, pero renovaba esta decisión frente a las situaciones difíciles, y nunca me faltó la paz. Escoger a Dios y no las obras de Dios. Este es el fundamento de la vida cristiana, en todo tiempo».

«De este modo, comprendo que mi vida es una sucesión de decisiones, en todo momento, entre Dios y las obras de Dios. Una decisión siempre nueva que se convierte en conversión. La tentación del pueblo de Dios siempre consistió en no fiarse totalmente de Dios y tratar de buscar apoyos y seguridad en otro sitio. Esta es la experiencia que sufrieron personajes tan gloriosos como Moisés, David, Salomón…».

La Biblia habla claramente. Según el arzobispo vietnamita «esta fue la gran experiencia de los patriarcas, de los profetas, de los primeros cristianos, evocada en el capítulo 11 de la Carta a los Hebreos en la que aparece en 18 ocasiones la expresión “por la fe” y una vez la expresión “con la fe”». Esta es también la clave de lectura que permite comprender la vida de tantos hombres y mujeres que en estos dos mil años de cristianismo han dado su vida hasta el martirio. Entre todos estos ejemplos, destacó el de María, mujer «que optó por Dios, abandonando sus proyectos, sin comprender plenamente el misterio que estaba teniendo lugar en su cuerpo y en su destino».

Respuesta al mundo de hoy «Escoger a Dios y no las obras de Dios: esta es la respuesta más auténtica al mundo de hoy, el camino para que se realicen los designios del Padre en nosotros, en la Iglesia, en la humanidad de nuestro tiempo. Es posible que quienes optan por Dios tengan que pasar por tribulaciones, pero aceptan perder los bienes con alegría, pues saben que poseen bienes mejores, que nadie les podrá quitar».

Después del arresto «Después de que me arrestaran en agosto de 1975, dos policías me llevaron en la noche de Saigón hasta Nhatrang, un viaje de 450 kilómetros. Comenzó entonces mi vida de encarcelado, sin horarios. Sin noches ni días. En nuestra tierra hay un refrán que dice: “Un día de prisión vale por mil otoños de libertad”. Yo mismo pude experimentarlo. En la cárcel todos esperan la liberación, cada día, cada minuto. Me venían a la mente sentimientos confusos: tristeza, miedo, tensión. Mi corazón se sentía lacerado por la lejanía de mi pueblo. En la oscuridad de la noche, en medio de ese océano de ansiedad, de pesadilla, poco a poco me fui despertando: “Tengo que afrontar la realidad. Estoy en la cárcel. ¿No es acaso este el mejor momento para hacer algo realmente grande? ¿Cuántas veces en mi vida volveré a vivir una ocasión como ésta? Lo único seguro en la vida es la muerte. Por tanto, tengo que aprovechar las ocasiones que se me presentan cada día para cumplir acciones ordinarias de manera extraordinaria”».

«En las largas noches de presión, me convencí de que vivir el momento presente es el camino más sencillo y seguro para alcanzar la santidad. Esta convicción me sugirió una oración: “Jesús, yo no esperaré, quiero vivir el momento presente llenándolo de amor. La línea recta está hecha de millones de pequeños puntos unidos unos a otros. También mi vida está hecha de millones de segundos y de minutos unidos entre sí. Si vivo cada segundo la línea será recta. Si vivo con perfección cada minuto la vida será santa. El camino de la esperanza está empedrado con pequeños momentos de esperanza. La vida de la esperanza está hecha de breves minutos de esperanza. Como tú Jesús, quien has hecho siempre lo que le agrada a tu Padre. En cada minuto quiero decirte: Jesús, te amo, mi verdad es siempre una nueva y eterna alianza contigo. Cada minuto quiero cantar con toda la Iglesia: Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo…».

Mensajes escritos en un calendario «En los meses sucesivos, cuando me tenían encerrado en el pueblo de Cay Vong, bajo el control continuo de la policía, día y noche, había un pensamiento que me obsesionaba: “¡El pueblo al que tanto quiero, mi pueblo, se ha quedado como un rebaño sin pastor! ¿Cómo puedo entrar en contacto con mi pueblo, precisamente en este momento en el que tienen tanta necesidad de un pastor?”. Las librerías católicas habían sido confiscadas; las escuelas cerradas; los maestros, las religiosas, los religiosos desperdigados; algunos habían sido mandados a trabajar a los campos de arroz, otros se encontraban en las “regiones de nueva economía” en las aldeas. La separación era un “shock” que destruía mi corazón».

«Yo no voy a esperar –me dije–. Viviré el momento presente, llenándolo de amor. Pero, ¿cómo?». Una noche lo comprendí: “François, es muy sencillo, haz como san Pablo cuando estaba en la cárcel: escribe cartas a las comunidades”. Al día siguiente, en octubre de 1975, con un gesto pude y llamar a un niño de cinco años, que se llamaba Quang, era cristiano. «Dile a tu madre que me compre calendarios viejos». Ese mismo día, por la noche, en la oscuridad, Quang me trajo los calendarios y todas las noches de octubre y de noviembre de 1975 escribí a mi pueblo mi mensaje desde el cautiverio. Todas las mañanas, el niño venía para recoger las hojas y se las llevaba a su casa. Sus hermanos y hermanas copiaban los mensajes. Así se escribió el libro “El camino de la esperanza”, que ahora ha sido publicado en once idiomas».

Monseñor Van Thuân no lo dijo, sus pensamientos pasaron de mano en mano entre los vietnamitas. Eran trozos de papel que salieron del país con los «boat people» que huían de la dictadura comunista.

El camino hacia la santidad «Cuando salí, recibí una carta de la Madre Teresa de Calcuta con estas palabras: “Lo que cuenta no es la cantidad de nuestras acciones, sino la intensidad del amor que ponemos en cada una”. Aquella experiencia reforzó en mi interior la idea de que tenemos que vivir cada día, cada minuto de nuestra vida como si fuera el último; dejar todo lo que es accesorio; concentrarnos sólo en lo esencial. Cada palabra, cada gesto, cada llamada por teléfono, cada decisión, tienen que ser el momento más bello de nuestra vida. Hay que amar a todos, hay que sonreír a todos sin perder un solo segundo».

Tomado de Zenit, ZS00031301 y ZS00031401 Testigos de esperanza Cuando en 1975 me metieron en la cárcel, se abrió camino dentro de mí una pregunta angustiosa: ” ¿Podré seguir celebrando la Eucaristía?”. Fue la misma pregunta que más tarde me hicieron los fieles. En cuento me vieron, me preguntaron: “¿Ha podido celebrar la Santa misa?”.

En el momento en que vino a faltar todo, la Eucaristía estuvo en la cumbre de nuestros pensamientos: el pan de vida. “Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar es mi carne por la villa del mundo” (Jn 6, 51).

¡Cuántas veces me acordé de la frase de los mártires de Abitene (s. IV), que decían: Sine Dominico non possumus! “¡No podemos vivir sin la celebración de la Eucaristía! “.

En todo tiempo, y especialmente en época de persecución, la Eucaristía ha sido el secreto de la villa de los cristianos: la comida de los testigos, el pan de la esperanza.

Eusebio de Cesarea recuerda que los cristianos no dejaban de celebrar la Eucaristía ni siquiera en medio de las persecuciones: “Cada lugar donde se sufría era para nosotros un sitio para celebrar…, ya fuese un campo, un desierto, un barco, una posada, una prisión…”. El Martirologio del siglo XX está lleno de narraciones conmovedoras de celebraciones clandestinas de la Eucaristía en campos de concentración. ¡Porque sin la Eucaristía no podemos vivir la vida de Dios! “En memoria mía” En la última cena, Jesús vive el momento culminante de su experiencia terrena: la máxima entrega en el amor al Padre y a nosotros expresada en su sacrificio, que anticipa en el cuerpo entregado y en la sangre derramada.

Él nos deja el memorial de este momento culminante, no de otro, aunque sea espléndido y estelar, como la transfiguración o uno de sus milagros. Es decir, deja en la Iglesia el memorial presencia de ese momento supremo del amor y del dolor en la cruz, que el Padre hace perenne y glorioso con la resurrección. Para vivir de Él, para vivir y morir como Él.

Jesús quiere que la Iglesia haga memoria de El y viva sus sentimientos y sus consecuencias a través de su presencia viva. “Haced esto en memoria mía” (cf. I Co 11, 25).

Vuelvo a mi experiencia. Cuando me arrestaron, tuve que marcharme enseguida, con las manos vacías. Al día siguiente me permitieron escribir a los míos, para pedir lo más necesario: ropa, pasta de dientes… Les puse: “Por favor, enviadme un poco de vino como medicina contra el dolor de estómago”. Los fieles comprendieron enseguida.

Me enviaron una botellita de vino de misa, con la etiqueta: “medicina contra el dolor de estómago”, y hostias escondidas en una antorcha contra la humedad.

La policía me preguntó: –¿Le duele el estómago? –Sí.

–Aquí tiene una medicina para usted.

Nunca podré expresar mi gran alegría: diariamente, con tres gotas de vino y una gota de agua en la palma de la mano, celebré la misa. ¡Éste era mi altar y ésta era mi catedral! Era la verdadera medicina del alma y del cuerpo: “Medicina de inmortalidad, remedio para no morir, sino para vivir siempre en Jesucristo”, como dice Ignacio de Antioquía.

A cada paso tenía ocasión de extender los brazos y clavarme en la cruz con Jesús, de beber con él el cáliz más amargo. Cada día, al recitar las palabras de la consagración, confirmaba con todo el corazón y con toda el alma un nuevo pacto, un pacto eterno entre Jesús y yo, mediante su sangre mezclada con la mía. ¡Han sido las misas más hermosas de mi vida! Quien come de mí vivirá por mí Así me alimenté durante años con el pan de la vida y el cáliz de la salvación.

Sabemos que el aspecto sacramental de la comida que alimenta y de la bebida que fortalece sugiere la vida que Cristo nos da y la transformación que él realiza: “El efecto propio de la Eucaristía es la transformación del hombre en Cristo”, afirman los Padres. Dice León Magno: “La participación en el cuerpo y la sangre de Cristo no hace otra cosa que transformarnos en lo que tomamos”. Agustín da voz a Jesús con esta frase: “Tú no me cambiarás en ti, como la comida de la carne, sino que serás transformado en mí”. Mediante la Eucaristía nos hacemos ?como dice Cirilo de Jerusalén? “concorpóreos y consanguíneos con Cristo”. Jesús vive en nosotros y nosotros en Él, en una especie de “simbiosis” y de mutua inmanencia: Él vive en mí, permanece en mí, actúa a través de mí.

La Eucaristía en el campo de reeducación Así, en la prisión, sentía latir en mi corazón el corazón de Cristo. Sentía que mi vida era su vida, y la suya era la mía.

La Eucaristía se convirtió para mí y para los demás cristianos en una presencia escondida y alentadora en medio de todas las dificultades. Jesús en la Eucaristía fue adorado clandestinamente por los cristianos que vivían conmigo, como tantas veces ha sucedido en los campos de concentración del siglo XX.

En el campo de reeducación estábamos divididos en grupos de 50 personas; dormíamos en un lecho común; cada uno tenía derecho a 50 cm. Nos arreglamos para que hubiera cinco católicos conmigo. A las 21.30 había que apagar la luz y todos tenían que irse a dormir. En aquel momento me encogía en la cama para celebrar la misa, de memoria, y repartía la comunión pasando la mano por debajo de la mosquitera. Incluso fabricamos bolsitas con el papel de los paquetes de cigarrillos para conservar el Santísimo Sacramento y llevarlo a los demás. Jesús Eucaristía estaba siempre conmigo en el bolsillo de la camisa.

Una vez por semana había una sesión de adoctrinamiento en la que tenía que participar todo el campo. En el momento de la pausa, mis compañeros católicos y yo aprovechábamos para pasar un saquito a cada uno de los otros cuatro grupos de prisioneros: todos sabían que Jesús estaba en medio de ellos. Por la noche, los prisioneros se alternaban en turnos de adoración. Jesús eucarístico ayudaba de un modo inimaginable con su presencia silenciosa: muchos cristianos volvían al fervor de la fe. Su testimonio de servicio y de amor producía un impacto cada vez mayor en los demás prisioneros. Budistas y otros no cristianos alcanzaban la fe. La fuerza del amor de Jesús era irresistible.

Así la oscuridad de la cárcel se hizo luz pascual, y la semilla germinó bajo tierra, durante la tempestad. La prisión se transformó en escuela de catecismo. Los católicos bautizaron a sus compañeros; eran sus padrinos.

En conjunto fueron apresados cerca de 300 sacerdotes. Su presencia en varios campos fue providencial, no sólo para los católicos, sino que fue la ocasión para un prolongado diálogo interreligioso que creó comprensión y amistad con todos.

Así Jesús se convirtió –como decía Santa Teresa de Jesús– en el verdadero “compañero nuestro en el Santísimo Sacramento”. Un solo pan, un solo cuerpo. Y Jesús nos ha hecho ser Iglesia. “Porque uno solo es el pan, aun siendo muchos, un solo cuerpo somos, pues todos participamos del mismo pan” (1 Co 10, 17). He ahí la Eucaristía que hace a la Iglesia: el cuerpo eucarístico que nos hace Cuerpo de Cristo. O con la imagen joánica: todos nosotros somos una misma vid, con la savia vital del Espíritu que circula en cada uno y en todos (cf. Jn 15).

Sí, la Eucaristía nos hace uno en Cristo. Cirilo de Alejandría recuerda: “Para fundirnos en unidad con Dios y entre nosotros, y para amalgamarnos unos con otros, el Hijo unigénito… inventó un medio maravilloso: por medio de un solo cuerpo, su propio cuerpo, él santifica a los fieles en la mística comunión, haciéndolos concorpóreos con él y entre ellos”.

Somos una sola cosa: ese “uno” que se realiza en la participación en la Eucaristía”. El Resucitado nos hace “uno” con Él y con el Padre en el Espíritu. En la unidad realizada por la Eucaristía y vivida en el amor recíproco, Cristo puede tomar en sus manos el destino de los hombres y llevarlos a su verdadera finalidad: un solo Padre y todos hermanos.

Padre nuestro, pan nuestro Si tomamos conciencia de lo que realiza la Eucaristía, ésta nos hace enlazar inmediatamente las dos palabras de la oración dominical: “Padre nuestro” y “pan nuestro”. Da testimonio de ello la Iglesia de los orígenes: “Se mantenían constantes… en la fracción del pan”, narran los Hechos de los Apóstoles (2, 42). E indican su reflejo inmediato: “La multitud de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma. Nadie consideraba sus bienes como propios, sino que todo lo tenían en común” (Hch 4, 32).

Si Eucaristía y comunión son dos caras inseparables de la misma realidad, esta comunión no puede ser únicamente espiritual. Estamos llamados a dar al mundo el espectáculo de comunidades donde se tenga en común no sólo la fe, sino que se compartan verdaderamente gozos y penas, bienes y necesidades espirituales y materiales.

El ministerio que desarrollo dentro de la Curia Romana al servicio de la justicia y de la paz me hace especialmente sensible a esta instancia. Urge testimoniar que el cuerpo de Cristo es verdaderamente “carne para la vida del mundo”.

Todos sabemos cómo, en los dos siglos que acaban de pasar, muchas personas que sentían la exigencia de una verdadera justicia social, al no hallar en el ámbito cristiano un testimonio claro y fuerte, han recurrido a falsas esperanzas. Y todos nosotros hemos asistido a verdaderas tragedias, bien sólo escuchando hablar de ellas, bien pagando personalmente.

En nuestros días el problema social no ha disminuido en absoluto. Desgraciadamente, gran parte de la población mundial sigue viviendo en la miseria más inhumana. Se está caminando hacia la globalización en todos los campos, pero esto puede agravar más que resolver los problemas. Falta un auténtico principio unificador, que una, valorando y no masificando a las personas. Falta el principio de la comunión y de la fraternidad universal: Cristo, pan eucarístico que non hace uno en él y non enseña a vivir según un estilo eucarístico de comunión.

Los cristianos estamos llamados a dar esta aportación esencial. Lo entendieron muy bien los cristianos de los primeros siglos. Leemos en la Didaché: “Pues si sois copartícipes en la inmortalidad, ¿cuánto más en los bienes corruptibles?”. Juan Crisóstomo exhorta a estar atentos a la presencia de Cristo en el hermano cuando celebramos la Eucaristía: “Aquel que dijo: “Esto es mi cuerpo”… v que os ha garantizado con su palabra la verdad de las cosas, ha dicho también: lo que os hayáis negado a hacerle al más pequeño, me lo habéis negado a mí”. Consciente de ello, Agustín había construido en Hipona una “domus caritatis” cerca de su catedral. Y san Basilio había creado una ciudadela de la caridad en Cesarea. Afirma el Catecismo de la Iglesia Católica: “La Eucaristía entraña un compromiso en favor de los pobres: Para recibir en la verdad el Cuerpo y la Sangre de Cristo entregados por nosotros, debemos reconocer a Cristo en los más pobres, sus hermanos (cf. Mt 25, 40)”.

Pero la función social de la Eucaristía va más allá. Es necesario que la Iglesia que celebra la Eucaristía sea también capaz de cambiar las estructuras injustas de este mundo en formas nuevas de socialidad, en sistemas económicos donde prevalezca el sentido de la comunión y no del provecho.

Pablo VI acuñó este estupendo programa: “Hacer de la mina una escuela de profundidad espiritual y una tranquila pero comprometida palestra de sociología cristiana”.

Jesús, Pan de vida, impulsa a trabajar para que no falte el pan que muchos necesitamos todavía: el pan de la justicia y de la paz, allá donde la guerra amenaza y no se respetan los derechos del hombre, de la familia, de los pueblos; el pan de la verdadera libertad, allí donde no rige una justa libertad religiosa para profesar abiertamente la propia fe; el pan de la fraternidad, donde no se reconoce y realiza el sentido de la comunión universal en la paz y en la concordia; el pan de la unidad entre los cristianos, aún divididos, en camino para compartir el mismo pan y el mismo cáliz.

Tomado de www.unav.es/capellaniauniversitaria Las citas son de Testigos de esperanza, de Nguyen van Thuan, Edit. Ciudad Nueva, 2000 Convirtió a sus carceleros Tras la muerte del cardenal Van Thuan, testigo de fe en Vietnam, su amigo, el Nuncio del Papa en España, monseñor Monteiro de Castro, describe en este artículo nuevos datos sobre este gran hombre. Escribir sobre un obispo que ha entregado su vida por la Iglesia, pasando trece años en la cárcel y logrando transmitir la fe en Cristo a sus propios carceleros, no es tarea fácil. Muchos son los recuerdos que se asoman a mi mente, de los años vividos trabajando codo a codo, sobre todo para ayudar a tantos miles de hermanos nuestros golpeados por la terrible tragedia de la guerra, en Vietnam. El cardenal Francisco Javier Nguyên Van Thuân, nacido en 1928, provenía de una ilustre familia de hondas raíces cristianas, que había pagado ya con la sangre, en precedentes generaciones, su fidelidad a la Iglesia. Ingresó a los diez años en el Seminario y a los 25, en 1953, fue ordenado sacerdote y enviado a Roma a proseguir sus estudios hasta el año 1959.

Desarrolló una intensa labor sacerdotal en su diócesis de Huê, hasta que el Papa Pablo VI le nombró, en 1967, obispo de Nha Trang, de cuya diócesis fue Pastor celoso y prudente. Tuve la dicha de conocer a monseñor Van Thuân en 1972 en Saigón, donde fui enviado como secretario de la Delegación Apostólica en Vietnam y Camboya.

Bombas y muerte Por aquel entonces, la fuerza brutal de las armas dejaba sus huellas de muerte y destrucción en las poblaciones de Vietnam, tan tranquilas como inocentes. Millares de familias las que sobrevivían a los bombardeos y a las acciones bélicas huían, dejando sus casas, la tierra que cultivaban, los sencillos negocios que les permitían una vida digna. Otras regresaban de Camboya, donde la vida se les había hecho imposible.

¿Qué hacer para sanar tantas heridas? Darles una mano: conseguirles tierras en regiones no afectadas por los combates, transporte, ayudarles a construir casas o reconstruir aldeas y ciudades. Para todo ello se constituyó el Comité de Reconstrucción del Vietnam (COREV), del que fue nombrado presidente monseñor Van Thuân.

Allí se realizó una obra maravillosa en la que colaboraron agencias de ayuda de la Santa Sede, de la Iglesia y estatales, coordinadas con extraordinario dinamismo por monseñor Van Thuân, proporcionando alegría y esperanza a los pobres y a los que tanto sufrían. A unos 80 kilómetros al sur de Saigón nacieron aldeas donde, un año antes, sólo había selva. Una y otra vez pude constatar cómo lo primero que pedía la gente era un templo donde reunirse para orar. Y allí también estaba monseñor Van Thuân, para infundir esperanza cristiana.

Dada la situación crítica y la conveniencia de tener a monseñor Van Thuân en la capital, el 24 de abril de 1975, el Papa le nombró Arzobispo Coadjutor de Saigón. Nombramiento que él aceptó con su acostumbrada humildad. Era bien consciente de los peligros que entrañaba el nuevo cargo, por las relaciones con el Viet Cong que estaba ya a las puertas de Saigón y que una semana después se haría con la ciudad y con todo el país.

Trece años en la cárcel Monseñor Van Thuân, como todos los obispos, permaneció entonces en su puesto, junto al rebaño que el Señor le había confiado y que no podía abandonar. Empezaba así su calvario de 13 años de cárcel, del 15 de agosto de 1975 al 21 de noviembre de 1988, de los cuales nueve en régimen de aislamiento. Los diversos órganos de la Santa Sede intentaron, mediante diversas gestiones diplomáticas, conseguir que el gobierno de Hanoi liberara a este obispo injustamente encarcelado, sin proceso ni sentencia.

Durante la estancia en seis cárceles distintas su testimonio de bondad impresionó de tal modo a los mismos carceleros, que muchos llegaron a convertirse.

Liberado a finales de 1988, quedó bajo arresto domiciliario y tres años después, fue expulsado de Vietnam.

Fue para mí una enorme alegría poderlo ver de nuevo en Roma, donde empezó enseguida a trabajar para ayudar a tantos pueblos castigados por la miseria y la guerra, como presidente del Pontificio Consejo Justicia y Paz.

Best-Sellers El último tramo de su existencia terrena no fue menos fecundo que el de su apostolado en Vietnam y de su oblación tras las rejas de la cárcel, uniendo un servicio incansable e itinerante para los pobres y afligidos con la predicación, también desde las páginas de sus «best-sellers»: «El camino de la esperanza», «Cinco panes y dos peces», «Testigos de la esperanza», y con la cruz de la enfermedad que le iba poco a poco consumiendo. El cardenal Francisco Javier Nguyen Van Thuân ha sido una de las grandes figuras de nuestro tiempo. En su trayectoria ha sido un valiente testigo de los valores de arriba, que son los que dan sentido a nuestra vida. Y son los valores que el mundo de hoy necesita. Su testimonio de fidelidad al Señor y a la Iglesia, en medio de pruebas tan dramáticas, puede ayudar también al hombre y a la mujer de hoy a encontrar en Cristo el camino en medio de las dificultades de nuestra vida.

Tomado de La Razón, 9.X.02

Karol Wojtyla: Una juventud curtida en la adversidad

El enigma de una biografía Juan Pablo II ha sido sin lugar a dudas –así lo reconocen hasta sus más acérrimos detractores– la figura más colosal y carismática que ha conocido el final del segundo milenio. Junto a ser guía espiritual de casi mil millones de católicos, se ha convertido en el más vigoroso defensor de la justicia social y los derechos humanos de todo el mundo contemporáneo. En su largo pontificado ha demostrado una prodigiosa capacidad para conciliar fidelidad y creatividad, prudencia e ingenio, paciencia y audacia. Apoyado en su prestigio y autoridad moral como pontífice, se ha revelado también como un diplomático de inmensa envergadura e influencia mundial. Ha sido además protagonista de descollantes realizaciones intelectuales y literarias, y goza de un innegable carisma ante la gente joven.

Muchos se preguntan con frecuencia de dónde vienen a Juan Pablo II esas indiscutibles cualidades personales. ¿Cómo ha surgido este hombre? ¿Cómo se ha forjado una personalidad tan extraordinaria? ¿Qué hay en la biografía de Juan Pablo II que le ha permitido prepararse de un modo tan sobresaliente para ejercer su misión como cabeza de la Iglesia católica en una encrucijada tan difícil de su historia? Si unos grandes expertos en la materia se plantearan fabricar un líder mundial de semejantes características a partir de un chico joven, es muy probable que pensaran en proporcionarle una educación de élite, en unas condiciones cuidadosamente preparadas para facilitar en todo lo posible su formación académica, intelectual y humana.

Sin embargo, en la biografía del joven Karol Wojtyla no hay nada de eso. Apenas aparecen momentos de facilidad. Su infancia y su juventud están marcadas por la tragedia, el dolor, la pobreza y la dificultad. ¿Qué había entonces distinto a otros? ¿Por qué esas difíciles circunstancias personales no le hundieron sino que curtieron su personalidad y le prepararon para ser un persona tan extraordinaria? ¿Cuál fue su actitud ante los obstáculos que encontró en su vida? La biografía de Karol Wojtyla es una prueba de cómo el hombre, sean cuales sean las circunstancias en que viva, puede elevarse por encima de sus condicionamientos personales, familiares o sociales. No es que esos condicionamientos no influyan, porque influyen, y mucho, pero nunca llegan a eliminar la libertad. En toda biografía puede apreciarse la génesis de la actitud que cada uno toma ante la vida. Veamos un poco cómo fue la de Karol Wojtyla.

Los primeros golpes del destino La tragedia golpeó por primera vez a Karol Wojtyla el 13 de abril de 1929, día en que su madre falleció a la edad de 45 años, como consecuencia de una miocarditis. A Karol le faltaban cinco semanas para cumplir 9 años, y su hermano Edmund estaba cerca de terminar su licenciatura en la Facultad de Medicina de Cracovia. Después del entierro, su padre –un teniente retirado que vivía de una exigua pensión– llevó a los dos hermanos a rezar al Santuario de Kalwaria Zebrzydowska.

La muerte de la madre es sin duda traumática para un niño, especialmente a esas edades. En lo más hondo de su ser, el sufrimiento era desgarrador. Con el paso de los años, en su extensa producción literaria expresaría, sobre todo en algunos poemas, que la idea de la muerte estuvo muy presente en su conciencia durante toda su vida.

Karol y su padre se quedaron viviendo ellos dos solos en Wadowice. Pasaban tales apuros económicos que el padre, recordando sus antiguas nociones de sastre, tomó la aguja no sólo para remendar la ropa de los dos, sino también para convertir sus viejos uniformes del ejército en trajes para Karol.

Karol tenía 10 años cuando su padre le llevó a Cracovia para ver cómo su hermano Edmund recibía el título de médico en la Facultad de Medicina de la antigua Facultad de Jagellón. Edmund –aunque le llamaban Mundek– tenía entonces 24 años y era muy popular. Sin embargo, poco tiempo después, el 4 de diciembre de 1932, la tragedia volvió a golpear a los Wojtyla: Edmund murió de escarlatina, contagiado por un paciente del hospital de Bielsko, población situada a menos de una hora de Wadowice, donde había trabajado como médico desde que obtuviera el título. Una epidemia de escarlatina azotaba la región y el doctor Wojtyla, a sus 26 años, estaba de guardia veinticuatro horas al día. Los demás médicos recuerdan a Edmund como un doctor totalmente entregado al trabajo y con un penetrante sentido del humor.

La muerte de su hermano, según él mismo explicó años después, le afectó quizá aún más que la de su madre, por las circunstancias en que se produjo y por su mayor madurez entonces: tenía 12 años.

Una gran riqueza interior Pero el optimismo y la energía naturales de Karol se impusieron a todo lo demás. Se sumergió todavía más en los estudios, el deporte y el trato con Dios, que no paraba de crecer. Era el primero de su clase en el instituto y buscaba a Dios de forma cada vez más personal. Un chico de mucho talento, muy rápido y muy bueno. Sobresalía por ser muy leal a sus compañeros. A pesar de la tragedia que surcaba su vida, Karol era un entusiasta en el deporte, un joven muy sociable con el que resultaba divertido pasar el tiempo. Las muchachas de Wadowice suspiraban por él cuando se convirtió en un atractivo adolescente, pero no había nada que hacer: no se sabía por qué, pero Karol no salía con chicas.

A los 13 años apareció su primera publicación: una crónica de una página entera en el periódico de la iglesia de Cracovia.

Karol tuvo suerte con sus profesores, que eran un grupo de profesionales de una talla intelectual poco corriente en una población de poca importancia como Wadowice. Los ha recordado toda su vida, y siempre ha hablado de la importancia de los profesores en la formación de la persona. El maestro que Karol encontró más interesante fue Edward Zacher, un joven sacerdote que tenía un doctorado en astrofísica y otro en teología. Les daba clase de religión y a menudo se desviaba del tema para llevar a sus alumnos a los misterios de las galaxias y del microcosmos. Les enseñó a pensar, a aplicar a ese empeño el saber que habían adquirido en el estudio de otras asignaturas, pero siempre con el objetivo de demostrar que el conocimiento basado en la verdad nunca descarta a Dios, sino que, al contrario, enseña humildad ante el Creador.

Al profesor Forys debió Karol su amor y fascinación por la lengua polaca y los grandes autores de su nación. Karol alcanzó también un notable dominio de los clásicos latinos y griegos, gracias al profesor Damasiewicz y Królikiewicz. Cuando terminó el bachillerato, Karol leía latín y griego con una soltura que deslumbraba a sus profesores. El instituto de Wadowice fue el secreto por el que años después Karol, siendo ya arzobispo, dejaría atónito con su latín impecable al Concilio Vaticano II.

Por aquellos años Karol se aficionó también al teatro. Era el individuo más activo y más eficaz del grupo de teatro que formaron los chicos y chicas del instituto. Tenía una memoria extraordinaria y un gran talento para las representaciones. En una ocasión, en que uno de los actores tuvo que retirarse sólo dos días antes de la actuación, Karol se ofreció a hacer simultáneamente los dos papeles –eran compatibles, cambiando rápidamente el vestuario–, y no necesitó aprenderse el nuevo papel: ya se lo sabía de memoria con sólo haberlo oído en los ensayos.

Los miembros de aquel Círculo de Teatro viajaban con frecuencia, y gracias a eso Wojtyla trató con intelectuales del más diverso género, con lo que fue adquiriendo un conocimiento excelente de la cultura y las ideas universales.

Karol era uno de los mejores estudiantes y tenía también cualidades de liderazgo. Fue elegido presidente de varias organizaciones estudiantiles, y siempre querían que fuese él quien hiciera de portavoz del instituto en acontecimientos de carácter nacional.

El verano de 1938, los Wojtyla –padre e hijo– se trasladaron a Cracovia para que Karol pudiese ingresar en la universidad en otoño. Karol era terriblemente pobre. Asistía a su clases vestido con unos pantalones de tela burda y una arrugada chaqueta negra, la única que tenía. Su padre se encargaba de que los zapatos del joven estuvieran siempre en un estado aceptable. Si pudo matricularse en la Universidad de Jagellón fue gracias a las excelentes calificaciones que había sacado en el instituto.

Al apuntarse a las clases del curso académico 1938-39 en la Facultad de Filosofía, Karol se echó encima una carga extraordinariamente pesada y muy poco habitual, que ofrece pistas interesantes sobre su personalidad y sus inquietudes. No sólo se matriculó de 16 asignaturas, sino que también asistía regularmente a cursos y conferencias sobre temas muy variados, y –según contaba con asombro su profesor de literatura– se ofreció voluntariamente a preparar un difícil y extenso trabajo que le exigía un gran dominio del francés; para ello asistió durante meses a clases particulares de esa lengua en casa de un amigo.

También hizo innumerables amistades, que le llevaban a desarrollar una actividad que, teniendo en cuenta la fuerte carga que sus estudios representaban, resulta difícil imaginar cuándo comía y dormía. Participaba en una escuela de arte dramático, en un círculo intelectual y en varias asociaciones literarias y estudiantiles más. De una de ellas fue elegido presidente ya en 1939. Sus compañeros lo recuerdan como un joven tranquilo y agradable, religioso, sociable y muy activo. Una compañera suya hace notar que «cuando escuchaba en clase, Karol tenía la costumbre de mirar fijamente al profesor, con enorme concentración…, como si deseara absorberlo todo».

Karol también escribía de forma inagotable. En el plazo de un año escribió varios ciclos de poemas, un drama y varias obras más. Para escribir de forma tan prolífica, el joven Karol debía permanecer despierto gran parte de la noche en su casa, en el pequeño sótano de la calle Tyniecka, ya que las horas del día las llenaba el trabajo académico y todas esas actividades ajenas a los estudios, que también ocupaban parte de la noche. Aprendió, con su extraordinaria capacidad de concentración, a escribir aprovechando todos los momentos disponibles del día o de la noche, sentado, de pie, e incluso viajando. Juan Pablo II ha demostrado poseer una energía y una fuerza asombrosas –física, mental y espiritual– y esto ya era evidente desde aquellos primeros años de Cracovia.

Todo salta por los aires Por aquel entonces, casi nadie en Polonia imaginaba –a pesar de las señales y presagios que aparecían ya con claridad– que el mundo entero se encontraba al borde de una terrible guerra mundial. Sin embargo, el 1 de septiembre de 1939, al amanecer, fuerzas alemanas entraron por el sur de Polonia, y aviones nazis llevaron a cabo las primeras pasadas de bombardeos sobre Cracovia durante la mañana, sembrando el pánico y el caos en la ciudad.

Cinco días después, Cracovia era tomada por los alemanes. A las pocas semanas, el mando nazi impuso una obligación de trabajo público que no era otra cosa que trabajo forzoso. Todos los judíos, incluidos los niños de más de 12 años, fueron dirigidos al trabajo indicado para ellos como objetivo educacional, y su destino fueron los campos de concentración; baste decir que antes del Holocausto había en Polonia tres millones de judíos, y después quedaron escasamente diez mil. Karol tenía entre sus amigos y compañeros de colegio a bastantes judíos, y aquello fue un cataclismo terrible que ha permanecido para siempre en la memoria de quienes vivieron de cerca esos acontecimientos.

La Iglesia católica sufrió también una dura persecución por parte de los nazis. La catedral fue cerrada, y sólo se permitía celebrar Misa a dos sacerdotes los miércoles y domingos, pero sin fieles. Muchas otras iglesias de Polonia fueron cerradas, al tiempo que sacerdotes, monjes y monjas eran deportados a campos de concentración, donde murieron más de tres mil de ellos. También se desató una guerra contra la cultura.

Bajo el fantasma del desempleo y de la universidad cerrada, aquella Navidad de 1939 se presentaba muy poco optimista para los Wojtyla. Sin embargo, Karol llevaba una vida más activa que nunca. Un amigo suyo recuerda cómo la mayoría de la gente estaba sumida en el tedio y el aburrimiento, pero Karol estaba muy ocupado: leía, escribía, hacía traducciones, estudiaba, rezaba. Durante aquellos meses su producción literaria fue enorme y de una erudición y una calidad considerables. Le faltaba el tiempo. A veces sentía la horrible presión de la tristeza y el pesimismo ante tanta desgracia como veía a su alrededor, pero lograba superarlo.

Uno de los momentos más importantes de la vida de Karol fue una fría tarde de sábado en febrero de 1940. Karol asistía a unos círculos de formación espiritual para jóvenes organizados por los salesianos en la parroquia de Debniki, cerca de su casa, y allí conoció a un hombre llamado Jan Tyranowski. Inmediatamente surgió entre ellos una intensa relación personal, de maestro y discípulo.

Tyranowski abrió a Karol unos nuevos horizontes espirituales y humanos. Aquel hombre, que no era sacerdote sino un sastre de unos cuarenta años, trabajaba las almas de aquellos chicos con una gracia muy particular. Su palabra, en conversaciones personales o en aquellos círculos, iba penetrando hondamente en cada uno de ellos, «liberando en nosotros –son palabras de Karol, años después– la profundidad oculta de una enormidad de recursos y posibilidades que hasta entonces, trémulamente, habíamos evitado».

Karol charlaba cada semana con Jan Tyranowski, normalmente en el modesto y abarrotado piso del sastre, además de verse en los encuentros en grupo. En aquellas conversaciones, Karol iba comentando el resultado de sus esfuerzos personales por mejorar en los puntos que se trataban en las reuniones. Tyranowski sabía cuál era la importancia de esa disciplina ascética para la formación de una persona. A medida que la amistad entre ambos fue creciendo, paseaban con frecuencia, se visitaban en sus respectivos domicilios, y pasaban largos ratos leyendo y conversando.

Karol tuvo que buscarse un empleo para su propio sustento y el de su padre en la Cracovia en guerra. En agosto de 1940, un restaurante del centro le contrató para hacer repartos. Un mes después, Karol pasó a trabajar en una fábrica de la Solvay tenía cerca de las canteras de Zakrzówek. Allí se arrancaban grandes bloques de piedras calizas por medio de cargas explosivas, y se trasladaban por ferrocarril de vía estrecha hasta una planta situada en el distrito industrial de Borek Falecki.

Sus primeros trabajos consistieron en tender raíles y hacer de guardafrenos. Recibía unas raciones suplementarias de alimento que los alemanes suministraban a los obreros que hacían trabajos más duros. Tardaba alrededor de una hora en ir andando de su casa a la cantera, principalmente campo a través, para trabajar en el turno de las ocho de la mañana a las cuatro de la tarde. El invierno resultó de una dureza extraordinaria aquel año, con grandes nevadas y temperaturas de bastantes grados bajo cero. Perdía peso rápidamente y sentía frío en los huesos y agotamiento de manera casi constante. Una vez al día y en grupos, los alemanes permitían que los obreros pasaran quince minutos dentro de una barraca en la que había una estufa de hierro, donde engullían el pobre almuerzo que traían de sus casas. Karol –recuerdan sus compañeros– vestía una chaqueta con los bolsillos abultados, unos pantalones remendados y cubiertos de polvo de piedra caliza y rígidos a causa de las salpicaduras de petróleo, unos grandes zuecos de madera y un sombrero deshilachado.

El culmen de la tragedia Karol Wojtyla padre enfermó gravemente poco después de Navidad y tuvo que guardar cama. Ya no podía cuidar de la casa y Karol se ocupaba de todo. Mes y medio después, el 18 de febrero de 1941, un día especialmente frío, lo encontró muerto al llegar a casa. Había fallecido de un ataque al corazón. Tenía 62 años.

Karol aún no había cumplido 21 años. Pasó la noche rezando de rodillas ante el cadáver de su padre. A la mañana siguiente se mudó al piso de una familia amiga, los Kydrynski, donde pasaría los seis meses siguientes, porque se sentía incapaz de afrontar la terrible soledad de su casa en la calle Tyniecka.

La muerte de su padre, junto con el hecho de no haber podido estar con él cuando falleció, fue el golpe más fuerte y dramático que sufrió en su vida. A partir de entonces, iba al cementerio todos los días al salir de trabajar de la cantera, cruzando Cracovia de parte a parte, para rezar ante la tumba de su padre. Sus amigos estaban preocupados, viendo su sufrimiento, pensado que quizá no superara aquel golpe. Un amigo suyo, que asistía con él a aquellos círculos, asegura que «fue la influencia de Jan Tyranowski la que le ayudó a recuperar el equilibrio»; también dice que «de no haber sido por Tyranowski, Karol no sería sacerdote, y yo tampoco; no quiero decir que nos empujara: sencillamente, nos abrió un camino nuevo.» La vocación Sin embargo, la decisión del sacerdocio aún tardaría año y medio en madurar en el corazón y la mente de Karol. Años después, recordaría «con orgullo y gratitud el hecho de que me fue concedido ser trabajador manual durante cuatro años; durante ese tiempo surgieron en mí luces referentes a los problemas más importantes de mi vida, y el camino de mi vocación quedó decidido…, como un hecho interior de claridad indiscutible y absoluta.» El 23 de mayo la Gestapo hizo una incursión en la parroquia de los salesianos de Debniki, y detuvo y deportó a trece sacerdotes que luego morirían en los campos de concentración. Jan Tyranowski se encontraba en la iglesia aquel día, pero los agentes no entraron en el lugar donde estaba.

Poco después, Karol fue trasladado a un nuevo trabajo en la cantera, que consistía en colocar los explosivos y las mechas en la roca. Ahora pasaba más tiempo dentro del barracón, donde hacía menos frío…, y Karol tenía la oportunidad de leer de vez en cuando.

El verano de 1941 fue trasladado de nuevo, esta vez a la fábrica principal. Su tarea durante tres años fue acarrear a mano cubos de madera llenos de jalbegue de los hornos hasta la lavandería. El trabajo era más fácil, y bajo techo, pero empleaba casi dos horas en ir al nuevo lugar de trabajo y otras tantas al volver. Karol prefería el turno de noche (a veces se quedaba para hacer un turno doble y ahorrarse con ello los largos viajes de ida y vuelta), porque era más tranquilo y podía dedicar más tiempo a leer.

La oración constante fue lo que permitió a Karol salir adelante, tanto en su vida espiritual como emocional, en medio de su dura vida de trabajo. Rezaba cada día en la iglesia de Debniki antes de ir al trabajo, rezaba en la fábrica, rezaba en una antigua iglesia de madera cerca de la fábrica, y cuando se dirigía cada día al cementerio, después de trabajar, rezaba ante la tumba de su padre, y después rezaba en su casa. La mayoría de sus compañeros de trabajo, que conocían cómo era su vida en medio de aquella persecución religiosa, le miraban con respeto, admiración y afecto. Stefania Koscielniakowa, que trabajaba en la cocina de la planta, recuerda que su supervisor señaló en una ocasión a Karol y le dijo: «este chico reza a Dios, es un chico culto, tiene mucho talento, escribe poesía…; no tiene madre, ni padre…; es muy pobre…, dale una rebanada de pan más grande porque lo que le damos aquí es lo único que come».

Mientras tanto, Karol seguía encontrando tiempo y energías para seguir con el teatro clandestino, asistir a reuniones con intelectuales de Cracovia, charlar cada semana con Tyranowski, leer y escribir abundantemente, aprender idiomas y seguir estudiando filosofía por su cuenta.

Una tarde de septiembre de 1942, después de ensayar una obra de teatro de Norwid, Karol se volvió hacia Kotlarczyk y le pidió que no le asignara más papeles en las futuras representaciones del grupo. Acto seguido le explicó que pensaba ingresar en un seminario clandestino porque quería ser sacerdote. Kotlarczyk –que era el alma del grupo teatral, y que ahora compartía con Karol el piso de la calle Tyniecka– pasó varias horas intentando disuadirle de su propósito. Invocó la santidad del arte como gran misión, recordó a Karol la advertencia del evangelio contra el desperdicio del talento y le suplicó que aplazara su decisión.

Sin embargo, Karol se mantuvo firme y al mes siguiente comenzó sus estudios en el seminario. Las clases eran individuales y se daban en lugares secretos. La mayoría de los alumnos no supieron de la existencia de los demás seminaristas hasta que acabó la guerra. La vida externa de Karol apenas cambió a causa de su condición de seminarista: continuó trabajando en la Solvay y cumplió sus compromisos con el Teatro Rapsódico durante seis meses. La diferencia era que, ahora, a sus anteriores obligaciones se unía la de estudiar en el seminario secreto, lo cual suponía además un gran riesgo. Ser detenido como seminarista secreto significaba la muerte en un campo de concentración, como de hecho sucedió a no pocos polacos en esa situación.

Karol se levantaba al amanecer para ir a misa a las seis y media; luego se iba corriendo a la fábrica Solvay, donde pasaba el día; visitaba la tumba de su padre en el cementerio y volvía corriendo a casa para hacer los deberes del seminario. A veces llegaba a esa misa de seis y media después de salir del turno de noche. Siendo seminarista también estudió alemán de forma sistemática, porque quería leer en su lengua original a una serie de filósofos germanos que le interesaban especialmente. Luego utilizó un diccionario alemán-español para aprender español y poder leer las obras de San Juan de la Cruz en su lengua natal.

El 29 de febrero de 1944, cuando el optimismo invadía Polonia porque la guerra parecía terminar, Karol sufrió un grave accidente cuando volvía de trabajar. Un pesado camión del ejército alemán cargado con unos tablones que sobresalían bastante hacia los lados le golpeó al pasar. Quedó tendido en el suelo con una fuerte conmoción cerebral. Una señora que pasaba por allí le lavó un poco con agua de una zanja, pararon a otro camión y fue trasladado a un hospital. Estuvo nueve horas inconsciente, quince días en el hospital y varias semanas más de convalecencia.

El 1 de agosto estalló un gran levantamiento en Varsovia. El día 6, llamado Domingo Negro, el mando alemán, temeroso de una sublevación en Cracovia, hizo una gigantesca redada en toda la ciudad. Cuando irrumpieron en la casa de Karol, éste permaneció en su cuarto, arrodillado y rezando en silencio, e inexplicablemente los soldados no entraron en esas habitaciones.

Sacerdote Aun tardarían casi seis meses los nazis en abandonar Cracovia. Con el final de la contienda, el seminario dejó de ser secreto. Karol culminó con gran brillantez sus estudios, y el 1 de noviembre de 1946 fue ordenado sacerdote. Al día siguiente celebró tres misas por el alma de su madre, su padre y su hermano, a las que asistieron todos los miembros del Teatro Rapsódico. Su siguiente misa fue en la parroquia de Debniki, en la que Jan Tyranowski estaba radiante de felicidad.

Con 26 años marchó a Roma para ampliar estudios. El colegio en que se alojaba tenía muy malas condiciones: apenas había servicios higiénicos, la comida era pésima, hacía un frío terrible en invierno y un calor espantoso en verano. Allí mejoró su francés, al tiempo que aprendía inglés e italiano. Karol se mostraba ávido de aprender idiomas: en las comidas se sentaba junto a los norteamericanos, u otros estudiantes, y les escuchaba con gran atención. Ya hablaba alemán y había aprendido español por su cuenta en Cracovia. También impresionaba a todos sus compañeros de estudios por su vigor y su destreza en el deporte.

No le gustaba el aislamiento. Procuraba reunirse con personas con ideas y puntos de vista diferentes, y se esforzaba en aprender de ellos. Karol siempre fue un oyente magnífico y un maestro de silencios. Tenía el don de captar de inmediato la confianza de sus interlocutores.

El 3 de julio de 1947 Karol recibió las máximas calificaciones de sus cuatro examinadores de licenciatura, en una prueba realizada íntegramente en latín. El 19 de junio de 1948 concluyó el doctorado, también con las mayores notas posibles, aunque no pudo recibir entonces el título de doctor por carecer de recursos necesarios para imprimir su tesis. Fue un año y medio recorrido a uña de caballo, con apretadísimos días de estudio y oración.

De vuelta a Polonia, su primer destino como sacerdote fue en Niegowici, un primitivo pueblecito en el que no había agua corriente, alcantarillado ni electricidad. La región había sido azotada recientemente por una inundación que causó graves daños en todas las construcciones. Allí se entregó por entero a la atención pastoral de esas pobres gentes, a la enseñanza de religión de varias escuelas de la región, a cuidar de los enfermos y visitar a todos. Organizó actividades para la gente joven. Ganó rápidamente amigos y admiradores. Viajaba en carro o a pie –bajo la lluvia o con un frío terrible, por el barro o por la nieve–, de pueblo en pueblo, siempre accesible y de buen humor. Mientras viajaba en carro por la carretera llena de baches, solía leer un libro. Cuando iba a pie, rezaba. Cuando a una viuda anciana le robaron la ropa de cama, Karol le dio la suya y él durmió durante meses sobre el somier, sin colchón ni sábanas ni nada. En sus largas caminatas, la nieve se le pegaba a la sotana, luego se derretía en el interior de las casas que iba visitando y volvía a helarse al salir, formando una pesada campana alrededor de las piernas, una campana que cada vez se vuelve más pesada e impide dar grandes zancadas; al llegar la noche, apenas podía arrastrar las piernas, pero seguía, porque sabía que la gente le esperaba, que eran personas que pasaban el año esperando ese encuentro.

Además, aquel invierno se presentó a los exámenes para obtener el doctorado en la Facultad de Teología de la Universidad de Jagellón, y obtuvo las máximas calificaciones. También publicó varios artículos.

El 17 de marzo de 1949, tras siete meses de servicio en Niegowici, Karol fue destinado como coadjutor de la iglesia de San Florián, en Cracovia. Allí desarrolló enseguida una intensísima labor pastoral. También seguía en estrecha comunicación con intelectuales, artistas y estudiantes. En aquella ciudad donde la cultura era un culto, el sacerdote de 29 años, de brillante educación, encantador y perspicuo no tardó en convertirse en una celebridad. Lleno de energía, cumplía sus obligaciones en la parroquia y además mantenía una tupida red de amigos y conocidos entre universitarios e intelectuales de la ciudad.

En noviembre de 1951, su obispo le ordenó que dejara sus obligaciones parroquiales con el fin de obtener otro doctorado.

Una figura excepcional No se trata aquí de recoger toda su biografía. Casi cincuenta años después, es un Papa que, a pesar de su ancianidad, sus enfermedades, su cojera por la prótesis de cadera, a pesar de todo, sigue siendo aquel sin miedo que no dudaba en enfrentarse con los más vociferantes de sus enemigos, desde la paz tanto como desde la firmeza.

El coraje de Juan Pablo II se pone de manifiesto cada día, tanto en sus viajes como en su determinación a no ceder a las pretensiones de aquellos que quieren desvirtuar la naturaleza de la Iglesia para que se someta a los dictados de unos u otros. Y quizá es esto lo que más molesta a sus críticos, a esos que a veces amenazan con aguar el recibimiento preparado por los buenos católicos de cada país. Porque nada les debe resultar más fastidioso que ver el cariño que la multitud brinda a este Pontífice. A pesar de que él no procura ganárselo poniendo el dogma o la moral en rebajas, la gente le admira y aplaude al ver en él a un hombre sincero, valiente, capaz de gastar sus últimas energías al servicio de la mejor de las causas.

Alfonso Aguiló

Nikolaus Gross: El padre de familia

El alemán Nikolaus Gross, padre de siete hijos y ejecutado en 1945 por los nazis, será beatificado próximamente.

Nacido en 1898, en Niederwenigern, cerca de Essen, conoció primero el trabajo de la mina. A los 19 años, se inscribió en el sindicato cristiano de su rama laboral. A los 20, en el partido cristiano del Zentrum. A los 22, era secretario de los jóvenes mineros. Empezó a colaborar en el diario del Movimiento Católico de los Trabajadores (KAB) el Westdeutschen Arbeiterzeitung. Dos años después, era director.

Desde la sede de Colonia se prodigó en mantener informados a los lectores contra la nefasta influencia de la propaganda nazi. “Nosotros trabajadores católicos rechazamos con fuerza y con claridad el Nacionalsocialismo, no sólo por motivos políticos o económicos, sino decididamente también por nuestra postura religiosa y cultural”, decía. Colaboró con las mayores inteligencias católicas contrarias al régimen, como el jesuita padre Alfred Delp y el laico Emil Letterhaus, que siguieron su mismo destino.

Con la llegada del régimen, empezaron las dificultades. El diario fue declarado “enemigo del Estado”. En 1938, fue cerrado y prosiguió gracias a ediciones clandestinas ciclostiladas.

Fue un hombre que sin vergüenza ni miedo anunció a Cristo, mientras en Alemania el nacionalsocialismo perseguía a la comunidad cristiana. Como marido y padre honró el sacramento del matrimonio y de la familia; como obrero, sindicalista y periodista, se comprometió por la justicia, la verdad, la solidaridad y la paz, arriesgando la vida cada día.

Dos días antes de su ejecución, acaecida el 23 de enero de 1945, desde la cárcel de Berlín-Plötzensee envió una carta de despedida a su mujer, a sus hijos y a sus seres queridos, en la que revela una lúcida conciencia y una extraordinaria serenidad ante la muerte.

Cuando hubo que asumir una responsabilidad pública ante la barbarie nazi, no se echó atrás y pagó con la vida. Como conspirador no violento, deseaba una sublevación de las conciencias contra Hitler y proyectaba una Alemania mejor. Un sueño roto por la dura realidad que, a la larga, venció sobre el proyecto de muerte de sus verdugos.

J.H. Newman: de pastor anglicano a cardenal de la Iglesia católica

Nacido en el seno de una familia anglicana de banqueros, en Londres, el 21 de febrero de 1801, John Henry Newman experimentó a los 15 años una «primera conversión», como él la llamaba. Concentró desde aquel momento sus pensamientos sobre su alma y su Creador. En 1825, después de haber concluido sus estudios en Oxford, fue ordenado sacerdote anglicano. Tres años después era nombrado vicario de la Iglesia de Santa María, anexa a la Universidad de Oxford.

En ese cargo, que mantuvo hasta 1843, cultivó amistad con personas cultas e iluminadas de la Inglaterra de aquella época. Formó parte del «Movimiento de Oxford» cuyo objetivo consistía en restituir a la Iglesia anglicana el derecho a considerarse como parte de la Iglesia universal, al igual que la Iglesia católica y las Iglesias ortodoxas, sin «romanizarla», pero remontándola a la tradición de los padres de la Iglesia y de los grandes teólogos.

Newman trató de hacer una interpretación católica de los 39 artículos de la iglesia anglicana con su famoso «Tract 90» (los «Tracts» eran breves tratados o artículos con los que los adherentes al Movimiento de Oxford manifestaban su pensamiento). Ahora bien, tanto la Universidad de Oxford como los obispos anglicanos rechazaron sus convicciones. De este modo, en 1842, se retiró a estudiar y a meditar en Littlemore. Después de años de profunda reflexión, acompañada por la oración, el 9 de octubre de 1945 abrazó el catolicismo.

Tras un viaje a Roma, en 1847 fue ordenado sacerdote. Uno de sus principales objetivos, entonces, fue demostrar a los ingleses que se puede ser buen católico y ciudadano leal. No sólo tuvo que sufrir las críticas de los anglicanos, sino también las de algunos católicos que consideraban poco sincera su conversión. El Papa León XIII, reconociendo sus méritos, le creó cardenal en 1879. Murió en Birmingham el 11 de agosto de 1890.

El 22 de enero de 1991, Juan Pablo II dio un importante impulso a su causa de beatificación al reconocer sus virtudes heroicas.

Newman se interesó en sus obras por el saber teológico y humanista: filosofía, patrística, dogmática, moral, exégesis, pedagogía e historia. Para transmitir de manera eficaz su pensamiento utilizó varios géneros literarios: el discurso, el tratado, la novela, la poesía, y la autobiografía.

Carta papal sobre el gran converso del anglicanismo del siglo XIX Juan Pablo II recuerda a John Henry Newman CIUDAD DEL VATICANO, 27 feb 2001 (ZENIT.org).- Juan Pablo II ha querido recordar el segundo centenario del nacimiento del cardenal John Henry Newman, uno de los católicos ingleses más influyentes del siglo XIX, convertido del anglicanismo, y lo propone como modelo a los cristianos de inicios de milenio.

Según el Papa, Newman es un clásico en el sentido más propio de la palabra: «Nació en una fecha específica, el 21 de febrero de 1801, en un lugar específico, Londres, y en una familia específica. Pero la misión particular que se le confió pertenece a todo tiempo y lugar».

El hoy venerable Newman vio la luz en el seno de una familia de banqueros. Desde muy joven sintió una pasión por Dios y las cosas del espíritu que le llevaron a ordenarse sacerdote en 1825 el seno de la comunidad eclesial en la que había sido bautizado, la Iglesia anglicana.

Desempeñó su labor como pastor anglicano durante catorce años como vicario de la Iglesia de Santa María, anexa a la Universidad de Oxford, punto de encuentro de intelectuales ingleses de la época. De este modo adhirió al «Movimiento de Oxford» con el objetivo de restituir a la Iglesia anglicana el derecho a considerarse como parte de la Iglesia universal, al igual que la Iglesia católica y las Iglesias ortodoxas.

Al tratar de hacer su propia interpretación de los 39 artículos de la iglesia anglicana con su famoso «Tract 90» comenzó a descubrir la verdad en la Iglesia católica, ganándose las críticas de la comunidad universitaria de Oxford como por la misma Iglesia de Inglaterra. Tras retirarse en el silencio de la oración y el estudio durante tres años, en 1945 abrazó catolicismo, en cuyo seno fue ordenado sacerdote.

Su talla intelectual y su pasado anglicano hicieron de él un puente para la comprensión del diálogo con la Iglesia y la sociedad de Inglaterra, ofreciendo todavía hoy a través de sus numerosos escritos interesantes sugerencias. El Papa León XIII, en reconocimiento de sus méritos, le creó cardenal en 1879. Falleció en la misma ciudad de Birmingham el 11 de agosto de 1890.

En su carta, publicada hoy por la Sala de Prensa de la Santa Sede, el Papa se refiere a la época «tormentosa» en que tuvo que vivir Newman, «cuando las antiguas certidumbres se tambaleaban y los creyentes se enfrentaban con la amenaza del racionalismo de una parte y del fideísmo de otra. El racionalismo rechazaba la autoridad y la trascendencia, mientras el fideísmo resolvía los desafíos de la historia y las tareas de este mundo con una dependencia mal entendida de la autoridad y del gobierno».

«En un mundo así, Newman estableció una síntesis memorable entre fe y razón», uno de los argumentos que más han apasionado a Karol Wojtyla desde su juventud y al que ha dedicado su última encíclica.

En particular, el Papa explica que, en su búsqueda personal, el futuro cardenal tendría que afrontar el dolor y las tribulaciones, «que en lugar de menoscabarle o aniquilarle, reforzaron paradójicamente su fe en el Dios que le había llamado, y le confirmaron en la convicción de que Dios “no hace nada en vano”».

De hecho, Newman tuvo que soportar tanto las críticas de católicos que decían que no se había convertido realmente a la Iglesia católica como la de anglicanos que obviamente no compartían su decisión.

El obispo de Roma concluye ofreciendo la gran lección de este inglés del siglo pasado: «Al final, lo que resplandece en Newman es el misterio de la Cruz del Señor, que fue el corazón de su misión, la verdad absoluta que él contempló, la “cariñosa luz” que le guió en su vida».

El proceso de beatificación del cardenal Newman se encuentra en fase avanzada. El 22 de enero de 1991 Juan Pablo II reconoció sus virtudes heroicas. Esta carta es vista por algunos de los expertos como un nuevo empujón del Santo Padre para atraer la atención de los católicos por una figura que en algunos aspectos es indudablemente profética.

Puede consultarse más información sobre el cardenal Newman en http://www.newmanreader.org Tomado de http://www.zenit.org

Paul Claudel: Bajo la mano de Dios

“El hombre se forma interiormente con el ejercicio y se forja respecto a lo exterior mediante choques” (Art poétique). Estas palabras de Paul Claudel definen admirablemente lo que fue la esencia de la vida de este gran poeta y dramaturgo francés. En ellas está fijada su trayectoria vital en toda su síntesis y profundidad. Son palabras de uno de los grandes poetas de este siglo, son pues pórtico y también desarrollo de algo intensamente vivido.

Claudel luchó durante su existencia en la búsqueda de su verdadera vida, pero también fue la misma vida la que le golpeó encaminándole por sendas y cimas que jamás hubiera alcanzado por su propio pie.

Nació en 1868. Licenciado en Derecho y en Ciencias Políticas, después empezó la carrera diplomática, representando a su país brillantemente por todo el mundo.

Hijo de un funcionario y de una campesina, fue el más pequeño de una familia compuesta por dos hermanas más. El ambiente en que se desarrolla su vida le marcará con fuerza en su infancia y adolescencia. Siempre recordará sus primeros años con cierta amargura: un ambiente familiar muy frío le lleva a replegarse sobre sí mismo y, como consecuencia, a iniciarse en la creación poética. Paul Claudel se hace en la soledad; ésta le marcará para toda su vida.

También incidirá con fuerza en su espíritu el ambiente de Francia en su época: profundamente impregnado por la exaltación del materialismo y por la fe en la ciencia. Las lecturas de Renan, Zola… y especialmente su paso por el liceo Louis-le-Grand y la visión de la muerte de su abuelo, crean en él un estado de angustia en el que la única certeza es la de la nada en el más allá. Allí se hunde en el pesimismo y la rebeldía.

En medio de ese aire enrarecido y de esa ausencia de horizontes, el joven Claudel se ahoga, y su inquietud hace que no se resigne a morir interiormente. Busca aire desesperadamente: le llegan bocanadas en la música de Beethoven, y de Wagner, en la poesía de Esquilo, Shakespeare, Baudelaire; y, de repente, la luz de Arthur Rimbaud: “Siempre recordaré esa mañana de junio de 1886 en que compré el cuaderno de La Vogue que contenía el principio de Las iluminaciones. Fue realmente una iluminación para mí. Finalmente salía de ese mundo horrible de Taine, de Renan y de los demás Moloch del siglo XIX, de esa cárcel, de esa espantosa mecánica totalmente gobernada por leyes perfectamente inflexibles y, para colmo de horrores, conocibles y enseñables. (Los autómatas me han producido siempre una especie de horror histérico). ¡Se me revelaba lo sobrenatural!” (J. Rivière et P. Claudel: Correspondance (1907-1914). 142).

Fue el encuentro con un espíritu hermano del suyo, pero que le abría inmensas perspectivas a su vida más profunda y personal que hasta ese momento desconocía. Pero su habitual estado de ahogo y desesperación continuó siendo el mismo.

Y ese mismo año, el acontecimiento clave en su vida: es la Navidad de 1886. Él mismo narrará, veintisiete años después, lo sucedido: “Así era el desgraciado muchacho que el 25 de diciembre de 1886, fue a Notre-Dame de París para asistir a los oficios de Navidad. Entonces empezaba a escribir y me parecía que en las ceremonias católicas, consideradas con un diletantismo superior, encontraría un estimulante apropiado y la materia para algunos ejercicios decadentes. Con esta disposición de ánimo, apretujado y empujado por la muchedumbre, asistía, con un placer mediocre, a la Misa mayor. Después, como no tenía otra cosa que hacer, volví a las Vísperas. Los niños del coro vestidos de blanco y los alumnos del pequeño seminario de Saint-Nicholas-du-Cardonet que les acompañaban, estaban cantando lo que después supe que era el Magnificat. Yo estaba de pie entre la muchedumbre, cerca del segundo pilar a la entrada del coro, a la derecha del lado de la sacristía.

Entonces fue cuando se produjo el acontecimiento que ha dominado toda mi vida. En un instante mi corazón fue tocado y creí. Creí, con tal fuerza de adhesión, con tal agitación de todo mi ser, con una convicción tan fuerte, con tal certidumbre que no dejaba lugar a ninguna clase de duda, que después, todos Tos libros, todos los razonamientos, todos los avatares de mi agitada vida, no han podido sacudir mi fe, ni, a decir verdad, tocarla. De repente tuve el sentimiento desgarrador de la inocencia, de la eterna infancia de Dios, de una verdadera revelación inefable. Al intentar, como he hecho muchas veces, reconstruir los minutos que siguieron a este instante extraordinario, encuentro los siguientes elementos que, sin embargo, formaban un único destello, una única arma, de la que la divina Providencia se servía para alcanzar y abrir finalmente el corazón de un pobre niño desesperado: “¡Qué feliz es la gente que cree! ¿Si fuera verdad? ¡Es verdad! ¡Dios existe, está ahí! ¡Es alguien, es un ser tan personal como yo! ¡Me ama! ¡Me llama!”. Las lágrimas y los sollozos acudieron a mí y el canto tan tierno del Adeste aumentaba mi emoción.

¡Dulce emoción en la que, sin embargo, se mezclaba un sentimiento de miedo y casi de horror ya que mis convicciones filosóficas permanecían intactas! Dios las había dejado desdeñosamente allí donde estaban y yo no veía que pudiera cambiarlas en nada. La religión católica seguía pareciéndome el mismo tesoro de absurdas anécdotas. Sus sacerdotes y fieles me inspiraban la misma aversión, que llegaba hasta el odio y hasta el asco. El edificio de mis opiniones y de mis conocimientos permanecía en pie y yo no le encontraba ningún defecto. Lo que había sucedido simplemente es que había salido de él. Un ser nuevo y formidable, con terribles exigencias para el joven y el artista que era yo, se había revelado, y me sentía incapaz de ponerme de acuerdo con nada de lo que me rodeaba. La única comparación que soy capaz de encontrar, para expresar ese estado de desorden completo en que me encontraba, es la de un hombre al que de un tirón le hubieran arrancado de golpe la piel para plantarla en otro cuerpo extraño, en medio de un mundo desconocido. Lo que para mis opiniones y mis gustos era lo más repugnante, resultaba ser, sin embargo, lo verdadero, aquello a lo que de buen o mal grado tenía que acomodarme. ¡Ah! ¡Al menos no sería sin que yo tratara de oponer toda la resistencia posible! Esta resistencia duró cuatro años. Me atrevo a decir que realicé una defensa valiente. Y la lucha fue leal y completa. Nada se omitió. Utilicé todos los medios de resistencia imaginables y tuve que abandonar, una tras otra, las armas que de nada me servían. Esta fue la gran crisis de mi existencia, esta agonía del pensamiento sobre la que Arthur Rimbaud escribió: “El combate espiritual es tan brutal como las batallas entre los hombres. ¡Dura noche!”. Los jóvenes que abandonan tan fácilmente la fe, no saben lo que cuesta reencontrarla y a precio de qué torturas. El pensamiento del infierno, el pensamiento también de todas las bellezas y de todos los gozos a los que tendría que renunciar -así lo pensaba- si volvía a la verdad, me retraían de todo.

Pero, en fin, la misma noche de ese memorable día de Navidad, después de regresar a mi casa por las calles lluviosas que me parecían ahora tan extrañas, tomé una Biblia protestante que una amiga alemana había regalado en cierta ocasión a mi hermana Camille. Por primera vez escuché el acento de esa voz tan dulce y a la vez tan inflexible de la Sagrada Escritura, que ya nunca ha dejado de resonar en mi corazón. Yo sólo conocía por Renan la historia de Jesús y, fiándome de la palabra de ese impostor, ignoraba incluso que se hubiera declarado Hijo de Dios. Cada palabra, cada línea, desmentía, con una majestuosa simplicidad, las impúdicas afirmaciones del apóstata y me abrían los ojos. Cierto, lo reconocía con el Centurión, sí, Jesús era el Hijo de Dios. Era a mí, a Paul, entre todos, a quien se dirigía y prometía su amor. Pero al mismo tiempo, si yo no le seguía, no me dejaba otra alternativa que la condenación. ¡Ah!, no necesitaba que nadie me explicara qué era el Infierno, pues en él había pasado yo mi “temporada”. Esas pocas horas me bastaron para enseñarme que el Infierno está allí donde no está Jesucristo. ¿Y qué me importaba el resto del mundo después de este ser nuevo y prodigioso que acababa de revelárseme?” (“Mi conversion”. 10-13.).

Una carta de 1904 a Gabriel Frizeau demuestra que el recuerdo de ese instante de Navidad estaba ya fijado entonces: “Asistía a vísperas en Notre-Dame, y escuchando el Magnificat tuve la revelación de un Dios que me tendía los brazos”.

“Así hablaba en mí el hombre nuevo. Pero el viejo resistía con todas sus fuerzas y no quería entregarse a esta nueva vida que se abría ante él. ¿Debo confesarlo? El sentimiento que más me impedía manifestar mi convicción era el respeto humano. El pensamiento de revelar a todos mi conversión y decírselo a mis padres… manifestarme como uno de los tan ridiculizados católicos, me producía un sudor frío. Y, de momento, me sublevaba, incluso, la violencia que se me había hecho. Pero sentía sobre mí una mano firme.

No conocía un solo sacerdote. No tenía un solo amigo católico. (…) Pero el gran libro que se me abrió y en el que hice mis estudios, fue la Iglesia. ¡Sea eternamente alabada esta Madre grande y majestuosa, en cuyo regazo lo he aprendido todo!”.

Tomado de http://www.capellania.org/docs/jcremades Las citas son de Claudel visto por sí mismo, de Paul-André Lesort.

José Antonio Tremiño: La fe me ha hecho sacar fuerza de mi cautiverio

Empresario secuestrado. La fe le ayudó a sobrevivir al cautiverio José Antonio Tremiño, el empresario vallisoletano liberado en Georgia, ha declarado vía telefónica a “El Norte de Castilla” que no está agotado, está agotadísimo, aunque su voz suene potente y enérgica. Apenas ha podido dormir dos horas tras una maratoniana declaración ante las autoridades georgianas -realizada en el hotel en el que se aloja- a las que ha tenido que resumir en ocho horas todo un año de cautiverio. «Ha sido muy lento porque escribían a mano. Hacía mucho calor y estoy cansado porque tengo el horario cambiado. Pero la sesión ha terminado, y bastante bien». Así resume José Antonio Tremiño el trámite judicial y administrativo que ha tenido que resolver antes de regresar a España.

Lo positivo de lo malo Dice que sacar lo bueno de la pesadilla es la mejor forma de pasar por una situación que califica de horrorosa. «Nos han tratado peor que a animales. Estábamos en sitios mugrientos, no sabíamos donde estábamos porque nos cambiaron de lugar 17 veces y nos tenían enmascarados. Ya se sabrá con más detenimiento cómo ha sido, porque no queremos hablar de ello hasta que lleguemos a España», explica Tremiño. «Estoy muy agradecido a toda la gente de Valladolid que me ha ayudado y a la prensa local que ha sido especialmente exquisita», dice al referirse al apoyo que ha recibido en los 373 días de silencio obligatorio, y que le han trasmitido sus familiares.

Uno de los momentos más emotivos para el empresario fue poder hablar con su hijo, que cumplió los 13 años mientras su padre estaba retenido. «Creo que él quiso quitarme preocupaciones, se mostró muy adulto y tranquilo, aunque sé que lo ha pasado muy mal». Intenta hacer una lectura positiva de todo lo que le ha ocurrido, es como si el destino le hubiera jugado una mala pasada y puesto a prueba para medir sus fuerzas.

Lo que de verdad importa «Me he dado cuenta de que hay cosas muchísimo más importantes que el dinero, que la vida es maravillosa y a veces nos agobiamos por cosas que no tienen ninguna importancia. Con situaciones como las que he vivido, he aprendido lo que verdaderamente es importante».

Y para sobrevivir a tantas calamidades inenarrables, pero que se pueden resumir en vejaciones, malos tratos, amenazas de muerte, amén de estar a pan y agua, Tremiño echó mano de su fe para superarlo. «Yo soy una persona cristiana, aunque no he sido un gran cumplidor, pero en una de las llamadas a mi mujer me dijo: “reza José Antonio, reza mucho para que volvamos a estar juntos”. Y la verdad es que, a partir de es momento, me tranquilicé mucho, he rezado mucho y eso me ha ayudado». Aunque las fiestas navideñas le han traído por adelantado el mejor regalo que pudiera desear, la liberación, espera que los Reyes Magos traigan tranquilidad a toda su familia, a todos sus seres queridos y a todos los que le han apoyado. «Me gustaría borrarles todo el sufrimiento que han tenido las personas que se han preocupado por mí».

La voz potente que emana del otro lado del teléfono parece ser reflejo de su fortaleza y de su estado de ánimo. Hasta el punto de que considera que no va a necesitar la ayuda psicológica propia en estos casos. «En absoluto, me encuentro perfectamente. Es más, creo que en muchos aspectos me encuentro bastante mejor que antes, me ha ayudado a fortalecerme. Creo que he ganado en el aspecto personal». «Lo primero que haré será tranquilizar a todas las personas que se han preocupado por mí, a mi familia y a la gente que ha sufrido durante el secuestro. Tengo que salir adelante, empezar a trabajar otra vez. Así es la vida. Estoy animado y me encuentro bien en todos los aspectos, pero quiero volver a la normalidad cuanto antes».