José Antonio Marina, “El gran tabú”, Cuadernos de Pedagogía, IV.06

En todas las culturas hay palabras que no se pueden decir. En la nuestra, por ejemplo, la palabra “disciplina”. Hace años, un conspicuo personaje, dándoselas de progre, dijo: “La perfección es fascista”. Barthes había dicho antes: “La verdad es fascista”. Y ahora casi todo el mundo está dispuesto a rebuznar: “ La disciplina es fascista”. Padres y docentes somos rehenes de esta afirmación. Mal asunto. Cada palabra es un herramienta para hacer transitable le realidad, y cuando una palabra se pervierte, el camino se torna laberinto sin salida. A las faltas de disciplina las llamamos “conductas disruptivas”, para no ofender. Estamos todos contaminados por una pedagogía confitada, que al final provoca serias disfunciones sociales. El énfasis en la autoestima acaba produciendo una generación de narcisos. El énfasis en la motivación da paso a una generación que no puede hacer nada si no está motivada, es decir, si no tiene ganas de hacerlo. El énfasis en los derechos vuelve ofensivo hablar de los deberes. EL énfasis en la libertad impide hablar de ningún valor –por ejemplo, la justicia- que limite la libertad. Estamos atrapados en un red de equívocos y necesitamos comenzar una vigorosa deconstrucción de dogmas estúpidos.

La disciplina nos salva de las intermitencias del corazón. Nos permite alcanzar metas lejanas, que acaso sean contradictorias con las ganas presentes. La libertad propia puede chocar con la libertad ajena, por lo que es necesario promulgar un código de circulación. Necesitamos una poderosa pedagogía de la libertad. Nadie es libre si primero no se ha sometido a alguna disciplina, de la misma manera que nadie puede ser un gran escritor si antes no ha aprendido las reglas del idioma.

Recuperar la sensatez educativa es tarea que excede a cualquiera. Por eso necesitamos una movilización educativa de la sociedad. El discurso políticamente correcto nos mata. Padres, docentes, niños, adolescentes, la sociedad entera está sufriendo las consecuencias.

A mí se me ocurre empezar por ser honesto con los alumnos, dejar de hacernos pasar por los buenos a fuerza de hacer la vista gorda, decirles claramente cuándo se están equivocando y cuándo están haciendo el tonto, y desmontarles los argumentos de bebé con los que muchos van por la vida.

José Antonio Marina , “¿De verdad somos libres”, 25.V.00

Me gustaría saber cómo se siente usted. ¿Se siente libre, capaz de decidir su comportamiento o, por el contrario, se siente manejado, movido por influencias conocidas o desconocidas? Me interesa conocer su opinión porque en cuanto termine de escribir este artículo me marcho a Figueras a un simposium de la Sociedad Española de Psiquiatría Forense sobre el tema de la libertad, la voluntad y la responsabilidad personal. Es un asunto que interesa mucho a los jueces, que tienen que enfrentarse con casos muy complejos. Pero que es importante para todos. Para los legos también.

Resulta que la idea que tengamos acerca de nuestra libertad personal, nuestra capacidad para enfrentarnos con los problemas, y liberarnos de los determinismos físicos, psicológicos, económicos y sociales, es un elemento muy influyente en nuestra manera de actuar. Nos comportamos de acuerdo con lo que creemos.

Las encuestas nos dicen que en los últimos años la capacidad de controlar la propia conducta ha disminuido, sobre todo, por tres causas. La primera es un aumento de la impulsividad, sobre todo en las personas jóvenes. En segundo lugar, el incremento de las conductas adictivas. Estas incluyen la ingestión de drogas, y también otras menos dramáticas: la compulsión a comprar, a trabajar, a hacer gimnasia, a tener relaciones sexuales, a jugar, o a enchufarse a Internet.

Por último, está influyendo la falta de sentido crítico, que hace demasiado profunda el poder de los medios de comunicación.

He de añadir que ciertas escuelas psicológicas diluyen la responsabilidad personal, lo que está influyendo poderosamente en los sistemas judiciales. A la pregunta ¿quién es responsable de un acto? contestan: mucha gente.

Les pondré un ejemplo sacado de la jurisprudencia estadounidense. En un suburbio de Filadelfia una mujer entró en una galería comercial y comenzó a disparar contra los clientes matando a varios de ellos. Para los que creen en la responsabilidad individual, ella era la única culpable.

Pero los abogados ampliaron la red de responsables entablando juicio contra los funcionarios de salud mental que conocían que estaba algo perturbada, contra el departamento local de policía que había sido también advertido, contra el empleado de la armería que le vendió el arma, etc., etc.

Las condenas a las tabaqueras diluyen también la responsabilidad personal, pues las consideran responsables de las enfermedades producidas por el tabaco, aunque en las cajetillas se advierte claramente que es un producto nocivo.

Me gustaría que me dieran su opinión sobre una ley del Estado de California que atribuye responsabilidad a los padres por la conducta ilícita de sus hijos. Por ejemplo, una madre de 37 años fue acusada recientemente de “no ejercer un control razonable” sobre su hijo de 17, acusado de violación. ¿Usted qué piensa? Continuaremos charlando.

José Antonio Marina , “Internet: surfear no es igual a leer”, 14.IX.00

Internet no está hecho para leer. Está hecho para transmitir información vertiginosamente, o para acceder a ella con la misma velocidad. Su eficacia está en encontrar rápido, leer rápido y cambiar más rápido aún. Es lo que se llama surfear, hacer surf en la red.

¿Quién va a leerse La montaña mágica en Internet? Si lo que sé de psicología y de sociología de la informática no me engaña, se están consolidando dos clases intelectuales: los que leen con lentitud, y los que leen vertiginosamente. Y, aunque no lo parezca, los lectores lentos llevan las de ganar. No me estoy refiriendo a la velocidad material de lectura, sino al modo de enfrentarse con textos largos y complejos.

Internet -lo sé por experiencia- presiona para que se transmitan textos fulgurantes y brevísimos. Pero al acortar el mensaje dejamos fuera de juego los temas más importantes: la argumentación y la sutileza.

Te recomiendo que leas con calma. Y que no caigas en la trampa de creer que una imagen vale más que mil palabras. Es una peligrosa mentira. La lectura lenta no es importante porque proporcione una mayor elocuencia, o una expresión más refinada o elegante. Es importante porque nuestra inteligencia es estructuralmente lingüística, y nuestro ámbito vital también lo es.

Mediante el lenguaje manejamos todos nuestros procesos inteligentes. Tal vez recordéis que en la escuela os decían que en la comunicación lingüística hay un emisor (el que habla), un receptor (el que escucha) y un mensaje (lo que se transmite). Esto es verdad, pero no toda la verdad.

¿No os habéis dado cuenta de que nos estamos hablando a nosotros mismos continuamente? ¿Por qué lo hacemos? Porque es el procedimiento que hemos aprendido para manejar nuestros recursos mentales. Nos hacemos preguntas. ¿Para qué? ¿Quién pregunta? Yo. ¿A quién? A mi. ¿Quién va a responder? Yo otra vez. ¡Qué comportamiento más estúpido! Pues no; así es como dirigimos nuestra memoria.

Además, vivimos en un ámbito lingüístico. Alrededor del 80% de los problemas de pareja tienen que ver con el lenguaje. No hablamos, no hablamos de ciertas cosas, o no nos entendemos. ¿Por qué se dan tantas incomprensiones y malentendidos? Porque hemos descuidado el lenguaje.

La imagen tiene un poder emocional fabuloso, pero no lleva al entendimiento. Las grandes creaciones del espíritu humano: la argumentación, la lógica, el derecho, el ingenio, la poesía, la ciencia, las declaraciones de amor, son creaciones lingüísticas.

Te lo aconsejo, busca información vertiginosamente en Internet, y luego léela reposada, fructífera, inteligentemente en tu sillón.

José Antonio Marina , “Estamos de vacaciones”, 10.VIII.00

Vacaciones significa tiempo ocioso. Es decir, tiempo de descanso. A los lectores jóvenes de esta sección les sorprenderá saber que las vacaciones pagadas son un hecho muy reciente. Hace poco más de cincuenta años que aparecieron en Europa. Hasta ese momento el salario estaba relacionado con el trabajo. Si se trabaja, se cobra. Si no, no. Cuando se empezó a hablar del tema, se alzaron muchas voces diciendo “es imposible”.

Lo mismo ha sucedido miles de veces a lo largo de la historia. Se dijo que era imposible prescindir de los esclavos, que era imposible educar a los indios de América, que todos los niños fueran a la escuela, o que todos los ciudadanos tuvieran asistencia médica gratuita. Y, mejor o peor, lo hemos conseguido.

Durante muchos siglos se pensó que las mujeres no podían vivir por sí mismas, sin la dirección y el mando de un hombre. Por eso pasaban de la tutela del padre a la del marido.

En España, hasta 1969, la mujer necesitaba permiso de su marido para trabajar, cobrar su salario, abrir cuentas corrientes, sacar pasaporte o carnet de conducir, y estaba obligada a seguir al marido dondequiera que éste fijase su residencia. No tenía patria potestad sobre sus hijos hasta que muriese el padre e incluso, hasta el año 1970, él podía darlos en adopción sin consentimiento de la madre. Parecía imposible cambiar una situación así, pero afortunadamente ha cambiado.

Me gustaría hacer una historia de los imposibles realizados. Es decir, de todas aquellas cosas que se consideraron fuera de nuestro alcance, y que, sin embargo, hemos conseguido. Os agradeceré que me mandéis toda la información que tengáis.

¿Por qué me interesa esa historia? Para pagar una deuda y para sacar una enseñanza.

Tenemos una deuda de gratitud pendiente con todos aquellos que creyeron en lo imposible y se esforzaron por conseguirlo. Fueron unos utópicos sensatísimos. Gracias a su tesón vivimos como vivimos.

Tenemos que sacar también una enseñanza: escepticismo ante los agoreros, y confianza en nuestra capacidad para realizar lo que les parece irrealizable.

Vuelve a oírse con frecuencia la palabra “imposible”. No vamos a poder mantener el estado del bienestar. Es imposible mantener el régimen de pensiones. Se acabó el tiempo del trabajo estable. Siempre habrá pobres entre nosotros. No podemos resolver el problema de la emigración.

¿Es todo esto verdad o es la eterna canción cantada una vez más? Se pensó que los tiempos del pleno empleo habían desaparecido, y las estadísticas nos dicen que está a punto de conseguirse. La Seguridad Social española puede terminar el año con superávit. Se está dando un crecimiento económico sostenido sin inflación, lo que parecía imposible a los economistas clásicos.

Hace unos días leí una estupenda entrevista con Pino Arlacchi, un hombre que, después de luchar contra la mafia junto a los jueces Falcone y Borsalino, lucha ahora contra las nuevas esclavitudes de la pobreza. “Hacerla desaparecer sigue siendo una utopía, dice, pero ahora sabemos que no es un imposible. Sabemos cuánto costaría”. Sólo nos falta una cosa: poner manos a la obra.

José Antonio Marina, “El progreso de la historia”, El Mundo 29.XII.00

Hablar del progreso no está de moda. El pesimismo tiene un prestigio intelectual que no merece. Piensa mal y acertarás: no me parece un dogma de recibo. Estoy harto de los que están de vuelta de todo sin haber ido a ninguna parte. Los predicadores de la decadencia adolecen de una nostalgia injustificada. Nadie que desconociera la situación social que le iba a corresponder, es decir, que no supiera si le iba a tocar ser esclavizador o esclavo, negro o blanco, hombre o mujer, desearía volver a ese pasado oscuro y selvático. O sea, que el elogio del pasado es una astucia de aspirantes a privilegiados.

Pero tal como están las cosas, afirmar que existe un progreso moral en la Humanidad parece una provocación o un disparate. Sin embargo, es la tesis principal de La lucha por la dignidad, el libro que hemos escrito la profesora María de la Válgoma y yo. Está claro que para hablar de progreso necesitamos precisar los valores cuya realización nos parece buena. Para alguien que piense que la religión y la familia patriarcal son la medida de la perfección, una situación laica en que la familia sufre graves deterioros se considerará un retroceso o una degradación. Para quienes defiendan una aristocracia del status, todos los movimientos igualitarios les parecerán una degradación masificadora.

Hay al menos tres criterios que nos sirven para justificar que una situación, una institución o un modo de vida constituyen un progreso: 1º.- Cuando satisface más plenamente que otras las aspiraciones legítimas de todos los seres humanos; por ejemplo, su deseo de autonomía, de seguridad, de bienestar.

2º.- Cuando ningún ciudadano que haya experimentado esa situación y esté libre de miedo o de superstición desearía perderla.

3º.- Cuando su negación o pérdida conduce al terror. La negación de cualquier garantía procesal en los países bajo dictadura es un buen ejemplo.

En el libro que les mencionaba antes nos hemos atrevido a enunciar una ley del devenir histórico que nos parece bien confirmada: «Cuando una sociedad se libera de la miseria, de la ignorancia, del miedo, del dogmatismo y del odio, evoluciona hacia la racionalidad, los derechos individuales, la democracia, las seguridades jurídicas y las políticas de solidaridad».

Esta ley me parece esperanzadora y exigente. Señala con claridad los puntos donde debemos actuar para acelerar el progreso. No siempre son los mismos o no se dan a la vez. (…) ¿A qué llamo dogmatismo? A un sistema de ideas que no resulta afectado por la experiencia ni por las razones, sino que pone en funcionamiento métodos de inmunización para salir incólume de cualquier crítica. Hay un caso paradigmático que puede servirnos como ejemplo. Las religiones adventistas americanas habían predicho que Cristo descendería a la Tierra el 22 de octubre de 1844. No sucedió, pero, tras las acomodaciones pertinentes, sus sucesores, los Testigos de Jehová, predijeron que ocurriría en 1914. Tampoco sucedió. Lo pospusieron hasta 1975. Y, según dicen los que saben de esto, por fin ocurrió lo esperado y ese año terminó la existencia humana. Yo, desde luego, no me he dado cuenta. En resumen: una teoría o una creencia se inmuniza cuando se niega a aceptar cualquier información que socavaría su integridad y cuando introduce cambios cosméticos para anular las evidencias en contra.

La Historia reciente confirma la ley del progreso que hemos enunciado. A principios del siglo XX sólo había nueve naciones con regímenes democráticos. En la actualidad hay más de 160. Ya sé que muchas de esas naciones no cumplen rigurosamente las normas democráticas, pero aun así el hecho de que quieran ser reconocidas como democracias me parece un avance. Incluso en países musulmanes obstinadamente teocráticos como Irán, la democracia se abre paso. En la actualidad, ninguna nación admite legalmente la esclavitud. El último país en abolirla fue Mauritania en 1980, es decir, ayer. Es verdad que han aparecido nuevas formas de esclavitud -lean el libro de Kevin Bales La nueva esclavitud en la economía global-, pero que tengan que mantenerse en la ilegalidad es ya un progreso. También lo es el que, a pesar de las reticencias de los países orientales y africanos acerca de los derechos humanos, cada vez sea mayor el número de países que los ratifican. Conviene no olvidar que, como escribió el prestigioso filósofo del Derecho Norberto Bobbio, la historia de los derechos del hombre es «un signo del progreso moral de la Humanidad».

¿Quién puede negar que un sistema de seguridad jurídica, en el que una persona sólo pueda ser acusada de lo que ha hecho de forma consciente y voluntaria y donde la prueba se establezca por procedimientos racionales y no mágicos, es más deseable que la arbitrariedad? ¿Quién querría ser castigado por una falta cometida por su vecino o por su antepasado? ¿Quién querría tener que demostrar su inocencia metiendo la mano en el fuego? También es un progreso el paso de un régimen de status, donde los derechos se tienen por la situación social, por el nacimiento, la clase o la raza, a un régimen de igualdad donde los derechos se tienen por la simple condición de persona. Y también es un progreso el paso de la magia a la Ciencia y de la creencia coaccionada a la libertad de conciencia.

Sin embargo, tras haber hecho esta enumeración de progresos, no alcanzamos la tranquilidad. Las guerras no terminan, la distancia entre países ricos y países pobres se agranda, las economías del Tercer Mundo están siendo asfixiadas por las deudas y, en parte, por la globalización. ¿Cómo puedo entonces hablar de progreso? La navegación a vela nos proporciona una bella metáfora del progreso de la Historia. Parece increíble que un velero pueda navegar a barlovento, avanzando contra el mismo viento que le impulsa. Así lo hace la Humanidad: avanza contra la miseria, la desigualdad, la ignorancia, la tiranía. La Historia y la embarcación usan el mismo método: avanzar en zigzag. Esta técnica produce en muchas ocasiones una impresión confundente. Cuando se está en un extremo de la línea, antes de invertir la marcha, se está muy lejos del rumbo, y además en la mala dirección, de modo que si el timonel no diera un golpe de timón lo perdería irremediablemente.

La Historia también tiene este carácter de precariedad, de no estar nunca a salvo. La amenaza nazi o la amenaza soviética ahora han desaparecido, pero cuando estaban en pleno vigor no había garantía alguna de que no triunfaran. Tengo la convicción de que antes o después la Humanidad vuelve al rumbo debido, pero, si se retrasa, ¡cuánta tragedia inútil, cuánto dolor sin sentido, cuánta desdicha injustificable! La comparación entre la navegación y la Historia parece que se rompe en un punto. La Historia no tiene timonel, y mejor que no lo tenga, porque cuando alguien ha pretendido serlo se le ha subido indefectiblemente el cargo a la cabeza y ha pretendido convertirse en salvador. El único timonel posible es la inteligencia compartida, un cambio generalizado de creencias, la lenta liberación de los obstáculos que impiden el progreso, unos movimientos sociales lúcidos y tenaces que trabajen por la felicidad social. Ahora, después de tantas aventuras desgraciadas, sabemos dónde está la solución de nuestros problemas: en el reconocimiento universal de los derechos individuales previos a la ley.

Esta última frase parece muy sencilla, pero necesita una explicación. La solución de nuestros conflictos pasa por el reconocimiento eficaz de los derechos personales, no colectivos. La Historia nos dice que cada vez que una entidad supraindividual se ha arrogado derechos la seguridad del individuo entra en crisis. En la autobiografía de Koestler que acaba de ser publicada en castellano, se expone con patética claridad cómo la dictadura del proletariado implicaba el sacrificio del individuo en favor de una sedicente Humanidad futura. Los nazis decían lo mismo, el régimen chino actual sostiene algo semejante, los fanáticos religiosos insisten en una idea parecida. Pero además, esos derechos individuales tienen que ser universalmente reconocidos porque cualquier discriminación se basa siempre en la violencia. Por último, han de ser previos a la ley y no ser conferidos por ella, porque sólo así protegen al ciudadano de la tiranía.

(…) Defendiendo los derechos individuales políticos, culturales, religiosos, étnicos. Así es como la defensa de la autonomía, de la cultura, de la religión, de la etnia se convierte en tarea que todos pueden compartir, incluso los que pertenecen a otras colectividades. ¿Por qué? Porque al defender los derechos individuales de los demás estoy también defendiendo los míos propios. Y esto nos interesa a todos.