Alfonso Aguiló, “Educación y nueva evangelización, Revista Palabra, 1.IV.2012

La importancia de la educación
Los niños y los jóvenes, en el transcurrir de la vida diaria, absorben el ejemplo y las enseñanzas de sus padres y profesores, casi sin darse cuenta, sobre todo al ver sus reacciones, los motivos y razones que determinan su comportamiento, el modo de tratar a las personas, de quererlas, de comprenderlas, de discrepar de ellas. 

Continuar leyendo “Alfonso Aguiló, “Educación y nueva evangelización, Revista Palabra, 1.IV.2012”

Alfonso Aguiló, “Psicologismo y vida interior”, Revista Palabra, 1.IX.2006

La necesidad de Dios Todos experimentamos que hay muchas cosas —quizá la mayoría— que escapan a nuestro control. Tenemos cierta capacidad de orientar lo que nos sucede mediante nuestras decisiones libres, pero muchas veces lo que nos sucede viene dado en gran parte por las coyunturas en que nos vemos envueltos, por las decisiones de otras personas o por condicionantes naturales a los que no nos queda más remedio que someternos.

Esa evidencia, junto al hecho también manifiesto de la presencia del mal en el mundo, y en particular el mal en nuestro propio interior y en el de los demás, son realidades innegables que nos empujan a comprender la necesidad del volver la mirada hacia Dios, a buscar su ayuda y su consuelo, a agradecer todo lo que nos ha sido dado y a pedirle perdón por tantas veces que no hemos sabido corresponder a su gracia y le hemos ofendido.

Esa necesidad de la ayuda de Dios, de su gracia, es patente y notoria para el hombre. A su vez, es necesario el esfuerzo personal. La síntesis entre ambos elementos es esencial para el acierto en el modo de plantear la vida interior de cualquier persona. No debe caerse en el extremo de un abandono cómodo o fatalista, como si nada dependiera del esfuerzo personal, pero tampoco el otro extremo de un voluntarismo o un psicologismo ajeno a las realidades sobrenaturales.

La vida interior es la realización personal de la vida sobrenatural. No puede, por tanto, ser reducida a simple psicología. La presencia de Dios, la filiación divina, la responsabilidad, el pecado, etc., son realidades objetivas (Dios está presente, soy hijo de Dios, soy responsable de mis actos, puedo caer en el pecado, etc.), y no pueden confundirse con vivencias psicológicas subjetivas, aunque lógicamente siempre van asociadas unas a otras.

Todos sabemos, por ejemplo, que se puede ser culpable de algo y no tener un claro sentimiento de culpabilidad. Y también es posible lo contrario: se pueden tener sentimientos patológicos de culpa sin un fundamento objetivo. Y sabemos también que se puede llevar una vida recta y cercana a Dios y, al tiempo, pasar por etapas de aridez interior o de desencanto. No siempre hay una relación directa entre hacer el bien y sentirse bien, pues a veces hacer el bien puede suponer un esfuerzo y un cansancio importantes, y en cambio hacer el mal puede traer un sentimiento pasajero de alivio o de liberación, aunque sea más o menos fugaz y a la larga desemboque siempre en una inevitable decepción.

Igual que en la salud del cuerpo no hay una relación directa entre la satisfacción con la que se come y el bien que ese alimento reporta al cuerpo (hay cosas que nos apetecen y no nos convienen, y al revés), en la vida interior tampoco se puede pretender establecer una relación directa entre la satisfacción psicológica inmediata y el bien de nuestra alma. Habrá ocasiones, por ejemplo, en que la oración no produzca apenas fervor o entusiasmo, pero no por eso deja de ser recomendable. Y habrá momentos de aridez en que Dios estará muy cerca de nosotros aunque parezca lejano. No quiere esto decir que esos contrastes deban ser lo normal, pues lo normal es que hacer el bien produzca satisfacción, y viceversa. De hecho, la buena educación de los sentimientos ha de buscar que el corazón aprenda a disfrutar haciendo el bien y a sentir disgusto haciendo el mal, que aprenda a querer lo que merece ser querido, es decir, a unir —en lo posible— el querer y el deber.

Si una persona, por ejemplo, siente desagrado al mentir y satisfacción cuando es sincera, eso sin duda le ayudará. Igual que si se siente molesta cuando es desleal, o egoísta, o perezosa, o injusta, porque eso le alejará de esos errores, y a veces con bastante más fuerza que muchos argumentos. Quiero con esto decir que hay que procurar educar los sentimientos para que ayuden lo más posible a la vida moral, pero sabiendo siempre que los sentimientos no son una guía moral segura.

Vida interior y psicología sana Se puede tener mucha vida interior a pesar de sufrir problemas psicológicos, pero la vida interior bien llevada y entendida debe contribuir a mejorar la propia psicología, puesto que proporciona equilibrio interior, facilita una mayor rectitud de vida, fortalece los resortes éticos, etc. En este sentido, hay numerosos estudios psicológicos que coinciden en señalar la influencia psicológica positiva que produce el hecho de tener un mayor sentido trascendente para la vida.

Durante las últimas décadas, hemos asistido en bastantes ambientes a un ascenso del individualismo y a un cierto declive de las creencias religiosas y del soporte moral proporcionado por la familia y la sociedad, y eso ha supuesto la pérdida de toda una serie de recursos útiles para amortiguar los reveses y fracasos de la vida. En la medida en que uno cuente con una perspectiva más amplia —como la creencia en Dios o en la vida después de la muerte—, los fracasos quedan inscritos en un contexto distinto, mucho más resistente al abatimiento y la desesperanza.

Psicologismo aséptico Muchas personas están preocupadas por sus propios defectos, que no logran superar. O por la educación moral de sus hijos, o de sus alumnos, o de los ciudadanos en general, pues ven que bastantes de esos problemas tienen la raíz en unas deficientes o insuficientes convicciones morales, criterios de conducta, ideales de vida, valores, etc. Pero muchas de esas personas, aun considerándose buenos creyentes, apenas cuentan con la fe a la hora de educarse o educar, y reducen todo a un psicologismo aséptico, lo cual me parece un error de graves consecuencias.

Es cierto que se puede tener una moral muy exigente sin creer en Dios. Y también es cierto que existen personas de gran rectitud moral que no son creyentes. Y se pueden encontrar doctrinas éticas respetables que excluyen la fe. Pero ninguna de esas razones hace aconsejable que una persona creyente aborde la lucha contra sus defectos o eduque a sus hijos como si no tuviera fe, o que ignore la importancia que tiene la religión en la educación moral de cualquier persona (incluido uno mismo).

De entrada, una ética sin Dios, sin un ser superior, basada sólo en el consenso social o en unas tradiciones culturales, ofrece pocas garantías ante la patente debilidad del hombre o ante su capacidad de ser manipulado. Una referencia a Dios sirve —y la historia parece empeñada en demostrarlo— no sólo para justificar la existencia de normas de conducta que hay que observar, sino también para mover a las personas a observarlas. Porque conocer la ley moral y observarla son cosas bien distintas, y por eso, si Dios está presente —sin pretender acomodarlo al propio capricho, se entiende—, será más fácil que se observen esas leyes morales.

En cambio, cuando se prescinde voluntariamente de Dios, es fácil que el hombre se desvíe hasta convertirse en la única instancia que decide lo que es bueno o malo, en función de sus propios intereses. ¿Por qué ayudar a una persona que difícilmente me podrá corresponder? ¿Por qué perdonar? ¿Por qué ser fiel a mi marido o mi mujer cuando es tan fácil no serlo? ¿Por qué no aceptar esa pequeña ganancia fácil? ¿Por qué arriesgarse a decir la verdad y no dejar que sea otro quien pague las consecuencias de mi error? Quien no tiene conciencia suficiente de que hay alguien superior a él que juzga sus acciones, se encuentra mucho más indefenso ante la tentación de erigirse como juez y determinador supremo de lo bueno y lo malo. Eso no significa que el creyente obre siempre rectamente, ni que no se engañe nunca; pero al menos no está solo. Está menos expuesto a engañarse a sí mismo diciéndose que es bueno lo que le gusta y malo lo que no le gusta. Sabe que tiene dentro una voz moral que, en determinado momento, le advertirá: basta, no sigas por ahí.

Sin religión es más fácil dudar si vale la pena ser fiel a la ética. Sin religión es más fácil no ver claro por qué se han de mantener conductas que suponen sacrificios. Cuando se niega que hay un juicio y una vida después de la muerte, es bastante fácil que las perspectivas de una persona se reduzcan a lo que en esta vida pueda suceder. Si no se cuenta con nada más, porque no se cree en el más allá, el sentido de última responsabilidad tiende a diluirse, y la rectitud moral se deteriora más fácilmente.

La realidad sobrenatural, además de ser objetiva, influye positivamente en la vida personal (proporcionando, por ejemplo, motivos eficaces para obrar bien), aunque está claro que la existencia de Dios no se reduce a una mera garantía para el valor de la moral.

Motivos humanos y motivos sobrenaturales Hay ocasiones en que los motivos de conveniencia natural para obrar bien nos impulsan con gran fuerza. Pero hay otras ocasiones —y no son pocas— en que esos motivos de conveniencia natural pierden peso en nuestra mente, por la razón que sea, y entonces son los motivos sobrenaturales los que toman un mayor protagonismo y nos ayudan a actuar como debemos. Prescindir de unos o de otros es un error moral y un error educativo de gran alcance. Por eso, los padres creyentes que dan poca importancia a la formación religiosa de sus hijos suelen acabar por darse cuenta de su error, pero casi siempre tarde y con amargura.

¿Y qué decir al que, a pesar de buscar a Dios, no tiene fe? Le diría que buscar a Dios es un paso importante y que, casi siempre, supone tener ya algo de fe. Si la búsqueda es sincera, tarde o temprano lo encontrará. Yo recomendaría a esa persona que pensara en su propia conducta y en la verdad, que reflexionara sobre qué está bien y qué está mal, y que procurara actuar conforme a ello, pues tal vez es Dios precisamente quien se lo está pidiendo, y al obrar bien se dispone a descubrir a quien es la fuente del bien.

Los santos, grandes conocedores del hombre “En las vicisitudes de la historia —explicaba Benedicto XVI en la Jornada Mundial de la Juventud en Colonia en 2005—, los santos han sido los verdaderos reformadores que tantas veces han remontado a la humanidad de los valles oscuros en los cuales está siempre en peligro de precipitar, y la han iluminado siempre de nuevo”. La historia muestra que los grandes evangelizadores, los que han protagonizado las grandes reformas en la Iglesia, los que han logrado mejoras notables en las costumbres en un país, los que han revitalizado instituciones… han sido los santos. Personas que han ofrecido un testimonio de vida, un ejemplo personal que remueve las inercias de la historia y de la debilidad personal.

Los grandes cambios en una colectividad humana suelen promoverlos las personas más santas, no las más sabias ni las más poderosas. Y, de manera semejante, podría decirse que los grandes cambios en una persona singular, los grandes avances en su mejora interior, vienen dados por su avance —aun incluso no advertido o no planteado a nivel consciente— en el camino de la santidad.

Transmitir el progreso científico o económico es relativamente fácil, pero transmitir los progresos morales siempre será difícil, pues requieren su asimilación personal y su empleo práctico. No basta con saber lo que es bueno, es necesario conducirse hacia el bien, habituarse a hacer el bien. De lo contrario, no hay mejora personal, sino un simple ilustrarse acerca de cómo se alcanza el bien. Es imprescindible, por tanto, el esfuerzo personal por adquirir esos hábitos que nos encaminan hacia el bien. Y eso resultará costoso siempre, en cualquier lugar o época, y necesitará del liderazgo de la santidad, del desarrollo de la vida de la gracia en el alma, de la iniciativa divina para despertar grandes ideales en el hombre.

Los santos, como grandes expertos en esas luchas interiores y como grandes comunicadores del evangelio, han sido de modo habitual grandes conocedores de lo que hay en el corazón del hombre. Quizá apenas hayan estudiado psicología pero son grandes psicólogos, conocedores de lo que conviene a las almas, pues el conocimiento de Dios arroja una luz insustituible para el conocimiento del hombre.

El atractivo del bien A muchos les inquieta la falta de sentimiento en su relación con Dios. Ven que los enamorados esperan su encuentro con ilusión, y en cambio los hombres no siempre anhelan de esa manera tratar a Dios o hacer el bien.

En el caso de los enamorados, la pasión cobra en esos momentos mucha fuerza, y les hace muy fácil sentirse atraídos por el bien deseado. También hay que decir que la pasión no es siempre una garantía ante la erosión del tiempo, y que incluso puede resultar peligrosa si no está bien gobernada por la inteligencia, pues no hay que olvidar que las pasiones también han producido muchos desatinos.

Pero es cierto que no siempre se anhela apasionadamente el bien. Muchas veces, simplemente porque no alcanzamos a ver la legítima recompensa asociada a ese bien. Pongamos un caso práctico de la vida diaria. Está claro, por ejemplo, que solo quienes alcanzan un buen nivel de formación y conocimientos, tras años de esfuerzo, pueden gozar de los bienes asociados a la cultura y la sabiduría. Cuando en el colegio un chico o una chica empiezan a estudiar unos datos de historia o de geografía, o unas leyes físicas o matemáticas, o ha de realizar cualquier otro esfuerzo propio de la vida escolar, esos chicos no siempre acertarán a vislumbrar de modo permanente la utilidad y los bienes asociados a esos estudios. O, por lo menos, no siempre los verán con tanta pasión como la del enamorado que espera ilusionadamente al objeto de sus amores. Algunos de esos chicos estudiarán con ilusión, y tendrán presente ese lejano bien que confían alcanzar. Pero muchos otros lo harán fundamentalmente por sacar buenas notas, agradar a sus padres, eludir un castigo o cosas semejantes. Son motivos que no parecen muy elevados. Y es cierto que hay que descubrirles bienes o fines más altos, pero no conviene ser utópicos. Ya irán descubriendo poco a poco la razón de esos estudios, y llegará un día en que comprenderán claramente su necesidad, y se alegrarán de haber aprovechado la oportunidad de no ser unos analfabetos. Nadie podrá indicar el día y la hora en que terminará una visión y comenzará la otra. Sin embargo, el cambio va teniendo lugar conforme se acerca a la posesión de la recompensa, que entonces ya desearán y agradecerán por sí misma.

Y algo parecido sucede con la llamada natural del hombre hacia el bien y hacia Dios. El anhelo de alcanzarlo está en nuestra naturaleza, aunque quizá no lo hayamos descubierto en muchos de sus aspectos, y nos falte motivación o conocimiento. Puede que haya momentos en que no veamos claras las ventajas de hacer el bien, o de tratar a Dios, que quizá se nos antoje vago y lejano, frente a las concretas y cercanas ventajas del mal. No es mala cosa en esos momentos pensar en el premio prometido. El acierto de nuestra vida depende radicalmente de nuestra capacidad de descubrir el bien y de decidirnos por él.

Por naturaleza, todo hombre busca el bien. El innato deseo humano de felicidad nos lleva hacia él. El mal en sí es algo negativo, y no puede, por tanto, ejercer atracción ninguna sobre el hombre. Lo que sucede es que el mal no suele presentarse químicamente puro, sino mezclado con cosas buenas, y nos atrae por los destellos de bien que lo recubren. Pero también en esto se demuestra la inteligencia, pues, al fin y al cabo, la manera más inteligente de utilizar la inteligencia es ser éticamente bueno.

Tenemos el mal pegado al cuerpo, y la lucha contra él no es nada sencilla. Por eso no debemos menospreciar ninguna ayuda. Y la de Dios es importante.

Eleuterio Fernández, “El horizonte del hombre y Dios”

Se recoge a continuación una serie de tres artículos sobre la relación del hombre con Dios: primero la relación del hombre con sus semejantes (El hombre horizontal), después la relación del hombre con Dios (El hombre vertical) y, por último, un, a modo, de las dos cosas pero con el verdadero sentido de esta relación (El horizonte vertical del hombre).

Continuar leyendo “Eleuterio Fernández, “El horizonte del hombre y Dios””

Ignacio Sánchez Cámara, “Llamado a la misión”, Congreso Apostolado Seglar, 13.XI.2004

Cristianismo y cultura moderna. Las dificultades para la difusión del mensaje cristiano.

Continuar leyendo “Ignacio Sánchez Cámara, “Llamado a la misión”, Congreso Apostolado Seglar, 13.XI.2004″

Fernando Sebastián, “Vocación apostólica de los fieles laicos”, Congreso Apostolado Seglar, 12.XI.2004

En el discurso de apertura del Congreso de Apostolado Seglar, monseñor Fernando Sebastián, arzobispo de Pamplona, ofreció un marco general para encuadrar la acción apostólica de los seglares, y se refirió a este Congreso diciendo que “no se trata de un Congreso para estudiosos sino para apóstoles”.

El prelado destacó la importancia de los seglares como “zona de encuentro entre la sociedad y la Iglesia, como confluencia real de los sagrado y lo secular, de la fe y la cultura, de la Iglesia y el mundo”.

Para monseñor Sebastián, los seglares “son la presencia más cercana y más profunda de la Iglesia en el mundo y por eso mismo agentes principales del anuncio del evangelio en el mundo y de la construcción del Reino de Dios”.

Aunque admitió que los acuerdos entre la jerarquía de la Iglesia y los poderes civiles son “legítimos, convenientes y hasta necesarios”, sostuvo sin embargo que los instrumentos jurídicos serán “apostólicamente eficientes sólo en la medida en que estén respaldados por un número creciente de cristianos laicos, presentes y operantes en el mundo” que los hagan valer. Continuar leyendo “Fernando Sebastián, “Vocación apostólica de los fieles laicos”, Congreso Apostolado Seglar, 12.XI.2004″

César Alonso de los Ríos, “Nostalgia de la religión”, ABC, 9.XI.2004

El bautizo civil que acaba de celebrarse en Igualada es algo más que una ocurrencia o un atrevimiento. Al igual que las primeras comuniones festivas, es una muestra de la insatisfacción en la que se encuentran instalados los laicos. Este empeño en invocar lo religioso para justificar o dar realce a ciertos hechos viene a demostrar una inmensa nostalgia religiosa por parte de aquellos que dicen no tener fe. Se reconoce, asimismo, la fuerza seductora que tienen las tradiciones. Se intenta encontrar en los aledaños de la religión los remedios a la frustración que no es capaz de proporcionar el agnosticismo. Es un modo de acercarse a la sombra de la Iglesia, lo que no quita para que, objetivamente, haya que denunciar lo que todas estas prácticas tienen de desconsideración de los sacramentos. Por no decir de agresión. La típica de los bárbaros en un templo…
Continuar leyendo “César Alonso de los Ríos, “Nostalgia de la religión”, ABC, 9.XI.2004″

Salvador Cervera, “La depresión, entre el malestar y la enfermedad”, Zenit, 23.XI.2003

Síntesis de la intervención pronunciada por el profesor Salvador Cervera Enguix, profesor de psiquiatría en la Facultad de Medicina de la Universidad de Navarra, en la XVIII Conferencia Internacional sobre «La depresión», convocada por el Consejo Pontificio para la Pastoral de la Salud del 13 al 14 de noviembre.

Continuar leyendo “Salvador Cervera, “La depresión, entre el malestar y la enfermedad”, Zenit, 23.XI.2003″

Jaime Nubiola, “La marea negra de la pornografía”, Aceprensa, 11.IX.2003

La pornografía es uno de esos temas de los que se habla poco, pero influye mucho. En la sociedad occidental solo se considera verdaderamente reprobable la denominada “pornografía infantil”, y, a juzgar por las reacciones que suscita cualquier intento de contener otras modalidades, hay más adicción de la que parece. También la “pornografía de lujo”, que pretende ser aceptada bajo el término de “erotismo”, se abre paso en los medios de comunicación, la publicidad o las modas. Por eso es interesante clarificar términos y deslindar campos, como lo hace el filósofo Jaime Nubiola en este texto, síntesis de una conferencia. Continuar leyendo “Jaime Nubiola, “La marea negra de la pornografía”, Aceprensa, 11.IX.2003″

Julián Marías, “Males presentes”, ABC, 31.X.2002

HACE cosa de veinte años dije que tres males amenazadores del mundo actual, en especial de Occidente -el terrorismo organizado, la difusión universal de la droga y la aceptación social del aborto-, se habían constituido y consolidado en la decena de los años sesenta. Continuar leyendo “Julián Marías, “Males presentes”, ABC, 31.X.2002″

Andrés Ollero, “Religiones y solidaridad”, El Grado, 20.IV.2002

Conferencia pronunciada en las III Jornadas del Voluntariado, promovidas por la ONG Cooperación Social en El Grado (Huesca, España).

Continuar leyendo “Andrés Ollero, “Religiones y solidaridad”, El Grado, 20.IV.2002″

Mary Ann Glendon, “La fe, sin rebajas”, 23.I.2003

Mary Ann Glendon, nombrada doctor honoris causa por la Universidad de Navarra, propuso en su discurso un mayor arrojo de los católicos para defender en la sociedad los valores cristianos. Para ello, es necesario conocer la propia ‘tradición intelectual’.

Continuar leyendo “Mary Ann Glendon, “La fe, sin rebajas”, 23.I.2003″

Luis de Moya, “El valor del sufrimiento”, Capellanía de la Universidad de Navarra

  1. Sufrimiento y dolor

  2. Remedio del dolor humano

  3. Amar al que sufre

  4. Sentido del sufrimiento

  5. Un misterio

  6. Las crisis de fe

  7. El dolor cristiano

  8. Eucaristía y sufrimiento

  9. El dolor y la esperanza

Acompañando al Romano Pontífice en la meditación sobre Jesucristo mientras nos preparamos para el jubileo del año 2000, acabamos considerando que, aparte de muchas otras facetas que destacan con luz propia en la persona de Jesús de Nazaret, es imprescindible reflexionar sobre el sufrimiento de Cristo. Consideramos que su presencia permanente entre nosotros: con su Cuerpo y con su Sangre, es fruto de su sacrificio y por tanto de su sufrimiento. En el Calvario dio su vida con dolor en redención por los hombres y este mismo sacrificio se renueva sacramentalmente en nuestros altares de continuo (Cfr. Concilio Vaticano II. Sacrosanctum Concilium, 47; CEC, 1323).

  1. Sufrimiento y dolor Sin proponérnoslo relacionamos el sufrimiento con el mal. Sin entrar por el momento en un análisis profundo, podemos decir que sufrimos porque algo está mal, quizá porque echamos de menos algún bien. De hecho el sufrimiento es probar el mal. Es la impresión de mal en la vida con sus consecuencias negativas. Pues, desde luego, el dolor, por así decir, en sí mismo -sin ser probado- no es ni siquiera posible.

El sufrimiento es lo que no queremos, de lo que nadie puede querer para sí mismo, porque de suyo es negativo para la vida pero que por alguna razón padecemos: es aquello contra lo cual yo, al menos de momento, nada puedo hacer. Algunas veces porque no quiero evitarlo, otras, porque me vale la pena sufrirlo, o, incluso, porque me interesa padecerlo. Se trata, por tanto, del dolor humano, es decir, en el hombre maduro; que es muy distinto del dolor, por ejemplo, animal. El animal únicamente siente dolor, algo le molesta y nada más. No se pregunta, lógicamente, por el sentido de su dolor. Por eso son sólo las personas las que sufren.

Siendo siempre desagradable el sufrimiento, repulsivo, es, sin embargo, variado: tristeza, congoja, ansiedad, angustia, temor, desesperación, dolor físico, etc. En cualquiera de los casos al sufrimiento siempre le acompaña una reacción de huída. Cuando sufrimos nos sentimos mal aunque propiamente el mal sólo afecte a cierto aspecto concreto de nuestro yo, ya sea del cuerpo o del espíritu. Incluso si aceptamos el dolor, por otra parte, deseamos que se pase; y hablamos de desesperación cuando no vemos el fin a un dolor.

Que el sufrimiento es personal también lo notamos en que de alguna forma se siente implicado todo el sujeto, cualquiera que sea la causa dolorosa. De hecho, la persona puede estar triste, angustiada o ansiosa o un dolor físico, pero también decimos que una mala noticia, por ejemplo, nos ha puesto de mal cuerpo. “En efecto, no se puede negar que los sufrimientos morales tienen también una parte «física» o somática, y que con frecuencia se reflejan en el estado general del organismo” (Salvifici Doloris, 6).

¿Pero, por qué hay sufrimiento? ¿No podría ser la vida sin dolor: sin enfermedad, sin violencias, sin desgracias, sin temoresÉ? ¿Por qué hay dolor -sufrimiento- en nuestra vida? Si la vida humana fuera sólo el proceso cambiante de unos elementos -los hombres- que se suceden en el tiempo, como ocurre con los animales y las plantas, el sufrimiento humano sería equivalente a la caída de las hojas en otoño, al agostarse de la hierba por el calor, a la huída del ratón por el acoso del gato o a la agonía de un pez en el anzuelo; algo sin más relevancia que el mal -si se puede hablar así- del momento, algo sin relevancia, intrascendente. El sucederse de las generaciones y la suerte de cada hombre podría compararse al correr incesante del agua por un torrente, cuyas gotas discurren con calma o golpean violentamente aquí y allá -gozan o sufren, podríamos pensar- mientras la corriente fluye. Es una interpretación materialista que no concuerda con la conciencia que solemos tener de la vida con sus momentos mejores y peores.

La Biblia responde, no sólo al por qué de esos momentos humanos y a su sentido; responde también al por qué del hombre mismo y -como decíamos- al origen y al fin de su dolor.

Dice el libro del Génesis -lo recordamos con cierto detalle- que el Señor Dios tomó al hombre y lo colocó en el jardín de Edén para que lo trabajara y lo guardara; y el Señor Dios impuso al hombre este mandamiento: -De todos los árboles del jardín podrás comer; pero del árbol del conocimiento del bien y del mal no comerás, porque el día que comas de él, morirás. (…) La mujer se fijó en que el árbol era bueno para comer, atractivo a la vista y que aquel árbol era apetecible para alcanzar sabiduría; tomó de su fruto, comió, y a su vez dio a su marido que también comió. Entonces se les abrieron los ojos y conocieron que estaban desnudos; entrelazaron hojas de higuera y se las ciñeron. Y cuando oyeron la voz del Señor Dios que se paseaba por el jardín a la hora de la brisa, el hombre y su mujer se ocultaron de la presencia del Señor Dios entre los árboles del jardín. El Señor Dios llamó al hombre y le dijo: -¿Dónde estás? Este contestó: -Oí tu voz en el jardín y tuve miedo porque estaba desnudo; por eso me oculté. Dios le preguntó: -¿Quién te ha indicado que estabas desnudo? ¿Acaso has comido del árbol del que te prohibí comer? El hombre contestó: -La mujer que me diste por compañera, ella me dio del árbol, y comí. Entonces el Señor Dios dijo a la mujer: -¿Qué es lo que has hecho? La mujer respondió: -La serpiente me engañó y comí. (…) A la mujer le dijo: -Multiplicaré los dolores de tus embarazos; con dolor darás a luz tus hijos; hacia tu marido tu instinto te empujará y él te dominará. Al hombre le dijo: -Por haber escuchado la voz de tu mujer y haber comido del árbol del que te prohibí comer: Maldita sea la tierra por tu causa. Con fatiga comerás de ella todos los días de tu vida. Te producirá espinas y zarzas, y comerás las plantas del campo. Con el sudor de tu frente comerás el pan, hasta que vuelvas a la tierra, pues de ella fuiste sacado, porque polvo eres y al polvo volverás (Gen 2, 15-17. 3, 6-13. 16-19).

Hemos recordado la escena del pecado original, tal y como en narra la Sagrada Escritura, para comprobar que el primer dolor en la vida del hombre, la primera contrariedad, lo atosiga a continuación de la desobediencia: porque han pecado; porque se han opuesto a su Creador; porque le han ofendido, en definitiva. La concupiscencia, el miedo, el dolor físico, el cansancio, y, por fin, la muerte, son consecuencia de la ofensa. El sufrimiento tiene caracter de pena: el día que comas de él, morirás (Gen 2, 17).

Aparte de esta explicación bíblica del dolor, la realidad que experimentamos es que el dolor es una cuestión de hecho. Si alguien no sufre ni ha sufrido nunca, no debe preocuparse, sólo tiene que esperar.

Un sabio y buen amigo me comentaba un día, acudiendo a una apología, que «todos debemos comernos un pollo en la vida: tú estás comiendo ahora la pechuga y los muslos del pollo -me decía-, prepárate para cuando te toquen las plumas y las patas». Se ve que, por entonces, vivía muy cómodamente: sólo hay que esperar… Precisamente por esto -porque el dolor es cosa de todos- es tan importante estar preparados, también intelectualmente: sabiendo mucho de sufrimiento, aunque de momento, casi sólo sea de teoría acerca del sufrimiento. Así nos disponemos para el momento de la práctica.

En cualquier caso, prevenir el sufrimiento y saber acerca de él, como el hecho de “estar sano”, requiere mucho trabajo. Hay personas que, por necesidad, obsesión o capricho, asumen esa tarea como un trabajo consciente, y cifran sus afanes en “estar en forma”, en cultivar el cuerpo y la psique, o alguna de sus cualidades: el bronceado, el músculo, la silueta, el corazón, la ausencia de colesterol en las arterias, de arrugas en la piel, etc. Es un tarea muchas veces ciertamente trabajosa, y casi siempre una forma más de sufrimiento. Un sufrimiento que se puede llevar muy bien, que se comprende, y que parece razonable aunque cueste, porque se suele apreciar pronto el fruto de ese trabajo. Por eso se trata de un sufrimiento que casi no lo es, pues la quintaesencia del sufrimiento es la falta de sentido en el dolor humano: sufre de verdad el que no sabe por qué. Esto sucede, por ejemplo, cuando el dolor es muy intenso y prolongado o sin esperanza de mejora y sin una visión trascendente de la propia existencia.

Parte de la cultura actualmente dominante incluye pensar que el hombre es capaz de casi todo o que lo será con el tiempo. Con esta mentalidad el dolor humano es inadmisible, si se considera como algo establecido e inseparable de nuestra condición. Estamos en una cultura en la que el sufrir tiene mala prensa, en la que dolor es hoy un dis-valor. Algo de verdad hay en ello, porque a lo que el hombre aspira es a la felicidad. Sólo que la felicidad no es lo mismo que el placer. La felicidad es amor y entrega. Con esa otra mentalidad, muy difundida, que identifica felicidad y placer, se tiende a evitar a toda costa lo molesto. Esa tendencia puede llegar a organizar la vida. El hombre, entonces, se hace débil, cada vez menos resistente al dolor. A alguien así el dolor le puede, pues la experiencia demuestra que el sufrimiento es imposible de erradicar.

“Combatir el dolor está justificado in casu, pero no in genere, por la razón decisiva de que los dolores concretos obedecen a causas contingentes y caen dentro del radio de acción de los medios humanos. Pero la raíz del dolor como tal es honda y está sustraída a la acción humana” (L. Polo. El sentido cristiano del dolor), ya que se relaciona con la comprensión de la vida como don y como ocasión de amar. Por eso “la extremada concentración en el puro evitar el sufrimiento, renunciando a cualquier interpretación, es la eutanasia… La eutanasia es la lógica consecuencia de una opinión particular sobre la vida. Cuando ya no se puede detener el sufrimiento, se acaba con la vida, pues una tal existencia no tiene sentido” (A. Polaino, Más allá del sufrimiento). El que por nada del mundo quiere sufrir, no puede vivir.

Con frecuencia, si se habla de dolor es sólo para quejarse o para intentar acabar con lo molesto a cualquier precio; se oculta el fracaso que es no lograr el objetivo buscado (algo normal de vez en cuando si no somos dioses) y se fomenta la ilusión en un mundo sin problemas, en el que viviríamos siempre triunfadores. La experiencia nos demuestra que todo es inútil: no hay, en este mundo, quien acabe con el sufrimiento y se logra el efecto contrario: “una actitud que incapacita para soportar el padecer y aumenta con ello el sufrimiento” (R. Spaemann. El Sentido del sufrimiento). Sufrir puede ser bueno y, como veremos, fuente de gozo. Sólo si se debe a un mal moral, al pecado, siempre es un sufrimiento negativo; el pecado, entendido como tal, siempre entristece.

  1. Remedio del dolor humano Podemos plantearnos diversas formas de remediar nuestro dolor. Quizá pensamos ante todo en la ayuda y el consuelo que pueden ofrecer los demás, pero esto es la segunda parte. El primer remedio para el sufrimiento está en uno mismo, en el que sufre. “La enfermedad -por ejemplo- me es dada como una tarea; me encuentro con la responsabilidad de lo que voy a hacer con ella” (V. Frankl, El hombre doliente). Cualquier circunstancia humana es una oportunidad de bien y solemos admirar a los que muestran la virtud, sobre todo si es en situaciones adversas. Pero el dolor también es ocasión de desmoronamiento para los débiles y los cómodos.

En todo caso, el dolor es tal vez lo que más ayuda a reconocer nuestra condición de criatura y la verdad de nuestra limitación: requisitos imprescindibles para mejorar. Para ello basta sólo con intentarlo sinceramente, poniendo el esfuerzo oportuno y no creerse todopoderoso. Esta actitud parece decisiva para no llevarse chascos y no sufrir demasiado: las posibilidades de no lograr nuestros propósitos son incalculables, porque no somos dueños de todas las circunstancias que intervienen en un resultado final. El fuerte se queda tranquilo intentándolo sinceramente y dispuesto a soportar, en su caso, el dolor del fracaso.

Con mucha frecuencia tenemos grandes ideales pero son costosos, reclaman cierta dosis de sufrimiento. Hay que tener, entonces, un motivo verdaderamente ideal, una razón por la que me vale la pena pasar por “eso que no me apetece”: tener paciencia, poner más empeño, renunciar a los propios derechosÉ Esta actitud es lo que llamamos sacrificio. Mediante el sacrificio buscamos, sufriendo, algo superior. Por eso es cierto lo que decía Nietzsche -que a veces llevaba razón-: “cuando un hombre tiene un por qué vivir, soporta cualquier cómo” (Citado en V. Frankl, El hombre en busca de sentido). Es como decir que le vale la pena sufrir; porque, aunque el sufrimiento siempre cuesta, gracias a que soy capaz de sufrir, finalmente logro más de lo que pierdo. Es lo de todos los días: el sacrificio del estudiante por sus calificaciones, el del atleta que se entrena para mejorar su marca, el del enfermo que acepta el tratamiento por su salud, o el cristiano que quiere mejorar su amor a Dios y se propone para ello unos minutos diarios de oración.

La segunda parte del remedio para el dolor es la ayuda al que sufre. El sufrimiento se remedia con sufrimiento. Con un dolor lleno de sentido que es amor, y por eso parece que no duele; porque se atiende más al necesitado que a uno mismo. Lo propio se estima como secundario. Incluso es un dolor que se desea para que se remedie el dolor de otro. El sufrimiento ajeno es la ocasión por excelencia de amar: “el hombre debe sentirse llamado personalmente a testimoniar el amor en el sufrimiento. Las instituciones son muy importantes e indispensables; sin embargo ninguna institución puede de suyo, sustitruir el corazón humano, la compasión humana, el amor humano, la iniciativa humana, cuando se trata de salir al encuentro del sufrimiento ajeno. Esto se refiere a los sufrimientos físicos, pero vale todavía más si se trata de los múltiples sufrimientos morales, y cuando la que sufre es ante todo el alma” (SD, 29).

El Evangelio es la noticia de que la salvación de los hombres es ya una realidad por Jesucristo. El mal y el sufrimiento, consecuencia del pecado, pueden ser abolidos por la vida que nos trae el Señor. “En el programa mesiánico de Cristo, que es a la vez el programa del reino de Dios, el sufrimiento está presente en el mundo para provocar amor, para hacer nacer obras de amor al prójimo, para transformar toda la civilización humana en la «civilización del amor»” (SD, 30).

Esta visión es totalmente distinta -desde luego- a la del hombre materialista. Este, lo único que puede hacer ante el sufrimiento es poner sus medios -materiales- para prevenirlo y, en su caso, eliminarlo. Nada significa con esta mentalidad la actitud de haber encontrado su sentido.

Nada tiene que ver tampoco con el optimismo evangélico la resignada actitud estoica, según la cual conviene estar dispuesto a la adversidad para no sufrir desengaños, ya que el sufrimiento vendrá en todo caso y lo pasan peor los que contra él se rebelan.

Otros, de corte budista, piensan que todo está en anular la esperanza de felicidad, o que la felicidad propiamente consistiría en no tener deseos, para así acabar de raíz con la posibilidad del desengaño y de buena parte de los sufrimientos.

El hecho innegable es que hay sufrimiento y que parece conveniente mitigarlo en uno mismo y en los demás, siempre que hacerlo no vaya contra el propio hombre, contra la dignidad de su vida. Pero aceptando al hombre como hombre que sufre, que sufrirá necesariamente, es fácil reconocer que lo que debe soportar puede ser ocasión de virtud y de desarrollo personal, de ejemplo estimulante para los demás y, a veces, es una ayuda directa para otros.

  1. Amar al que sufre Nuestra condición de seres inteligentes y sociales, y con capacidad de querer, nos impulsa casi espontaneamente a ayudar a los necesitados. Se tratará de una ayuda humana, que implica a las personas del que da y del que recibe en cuanto tales. No puede tratarse de una asistencia meramente técnica, como si fuéramos vehículos reparables, pues tampoco el que ayuda se limita a aplicar mecánicamente unas “rutinas” previstas. Entre personas el necesitado es una ocasión de amor.

Por esto no se tratará de agradar siempre, de hacer lo que el otro pide, ni de suprimir a toda costa el dolor, sino de ayudarle verdaderamente buscando su bien, algunas veces incluso produciéndole más dolor: “quien bien te quiere, te hará llorar”, hay que decir, con el refrán, y hacer no pocas veces. Y, en ocasiones, es necesario mantener el sufrimiento -quizá sólo temporalmente- como lo más conveniente para la persona.

Todo lo cual nos lleva a reconocer una vez más la hondura del problema del sufrimiento, que reclama ser resuelto en su misma raíz. Esto es, que ayudar al que sufre no es sólo resolver lo que le preocupa, que en ocasiones no tiene solución. Si es posible convendrá suprimir el dolor o al menos mitigarlo, pero en cualquier caso sólo resuelve el problema del sufrimiento quien enseña a sufrir, quien ayuda a descubrir el sentido valioso que tiene el dolor humano.

La eficacia técnica y el amor por la persona se reclaman mutuamente para ayudar al que sufre: “el buen médico ha sido siempre amigo del enfermo” (P. Laín Entralgo, La relación médico-enfermo. Cfr. del mismo autor, Antropología médica). El interés por la persona condiciona toda ulterior relación. Concretamente, entre el enfermo y el médico, asegurado el interés, “lo que se exige a este último en segundo lugar es el acto médico, es decir, la lucha contra la enfermedad: esta lucha tiene la forma de la acción de ayuda científica y técnicamente entrenada” (R. Yepes. Los límites del hombre: el dolor), sin que sea suficiente para una correcta atención una presunta buena voluntad carente por otra parte de la eficacia debida.

El que recibe ayuda es claro que está en inferioridad de condiciones y, en este sentido, muchas veces necesita ayudas a fondo perdido: a veces no podrá ni agradecer. Ofrece, diríamos, la ocasión de amar de verdad. Y no resulta difícil alabar al que se molesta por el que sufre, como si descubriera en el dolor ajeno un tesoro con el que enriquece de paso que procura calmarlo. Así decubrimos en el Buen Samaritano a un hombre de gran categoría, aunque perdiera en su acción su tiempo y su dinero, olvidándose de sus cosas por pensar en un desconocido que sufría.

Siendo el sufrimiento de otros una oportunidad para amar, es asimismo una ocasión de ser más grande en la vida. Se trata primero de compasión (padecer con) y luego de acción. Esta acción supone entrega de medios, de tiempo y hasta la entrega de uno mismo: planes, ideales, familia, futuro, inteligencia, voluntad, talento…

Lo malo de los demás, sea físico o moral, es para el cristiano, ante todo, ocasión de ayudar, de restablecer en el que sufre el orden querido por Dios amándole así.

  1. Sentido del sufrimiento El dolor humano es una realidad innegable y además plena de sentido. Pero si el ideal de la vida presente se pone en una vida sin dolor, entonces es imposible entender el sentido. A veces se piensa que el sufrimiento debe por todos los medios evitarse y, si por desgracia sobreviene, sirve, por así decir, únicamente para suprimirlo. Es algo tan negativo para algunos que ni se plantean que pueda tener algún sentido.

El valor que afirmamos del sufrimiento lo afirmamos con Jesucristo que llamó bienaventurados a cuantos lo padecían por pobreza, por hambre, por persecución… (Cfr. Mt 5, 3-11). Más aún, siendo El mismo el Bienaventurado por antonomasia, nos salva sufriendo y nos anima lo mismo, a llevar su cruz (Cfr. Mt 16, 24), para seamos asimismo partícipes de su resurrección.

El que está dispuesto a padecer por vivir según Cristo tiene garantizado el consuelo sobreabundante para su dolor como parte de la vida a la que invita al hombre. Pero el que no está dispuesto a sufrir ni a llorar, como Dios manda, se quedará sin el consuelo divino. No ha de verse en la aflicción una gran desgracia si somos cristianos. Serían innumerables los argumentos revelados que nos animan a un optimismo inquebrantable, si nos decidimos por Dios a lo que cuesta: a la pobreza, al trabajo esforzado, al desprendimiento de los bienes materiales, a la generosidad. Como es sabido, los santos han hecho de la cruz, del dolor por Dios y los hombres, el ideal de su vida.

El dolor es lo ordinario, lo normal en una vida cristiana y como la antesala de la felicidad o, mejor, parte ya de la propia felicidad. Por eso es vital para el hijo de Dios no tener miedo al sufrimiento y no caer en la tentación de pensar se trata de evitarlo a toda costa. Quizá esa actitud caracteriza como pocas al hombre pagano. Para él no tiene sentido una vida de dolor. Pero la obsesión por no sufrir acaba de hecho con la propia vida. “La extremada concentración en el puro evitar el sufrimiento, renunciando a cualquier interpretación, es la eutanasia. Que hoy no se practique masivamente es algo que sólo debe agradecerse a que Hitler la utilizó: sus huellas han producido terror en todo este tiempo. La eutanasia es la lógica consecuencia de una opinión particular sobre la vida. Cuando ya no se puede detener el sufrimiento, se acaba con la vida, pues una tal existencia ya no tiene sentido; sólo interesa hacer de ella algo placentero. Cuando eso ya no sucede, lo más lógico es suprimirla” (R. Spaemann. El sentido del sufrimiento).

Con la eutanasia estaríamos, desde luego, en las antípodas del cristianismo. El miedo al dolor no es razón para casi nada. Es actuar así porque si no es peor, moverse por miedo. El miedo se convierte de esta forma en el motor de la vida: el hombre convertido en una bestia de arrastre que tira por miedo al palo. “Hay personas que viven acogotadas por el dolor, llenas de presentimientos desgraciados, que no se atreven a comprometerse o entusiasmarse con algo por temor al lote de dolor que a toda empresa o círculo humano corresponde. Otros, en cambio, necesitan defenderse del sufrimiento olvidándolo, rodeándose de una atmósfera rosa de la que estén ausentes la muerte y la miseria. Son los que se ponen nerviosos cuando se habla de desgracias, de la muerte inevitable, los que necesitan aturdirse con diversiones cuando la guerra es una amenaza cercana” (L. Polo. El sentido cristiano del dolor). Algunos necesitan forzar periódicamente la diversión, si no -incapaces de ver atractivo en el trabajo, en la amistad, en la generosidad…, en lo ordinario de cada día- la vida les resulta insípida cuando no amarga, porque no ven otro atractivo que la juerga.

Estar alegres es en todo caso necesrio, una cuestión de justicia. La alegría es virtud y como tal no falta en el buen cristiano. Su vida cristiana, basta con que sea normal -como la de tantos no famosos- para ser interesante. En esa vida corriente apreciamos la providencia amorosa del Creador que nos ha formado a su imagen y semejanza. Por eso los cristianos nos reconocemos superiores a las demás criaturas del mundo, ante todo, porque sentimos anhelo de Dios. He aquí el dolor último e irremediable de todo hombre. Un dolor gozoso, que sólo puede calmarse con la posesión de Dios, que es más bien dejar que El nos posea para siempre: “Nos hiciste Señor para ser tuyos, y nuestro corazón está inquieto hasta que descansa en Ti” (San Agustín. Confesiones 1, 1).

Si desapareciera este anhelo seríamos animales que ni sienten ni padecen, con ilusiones sólo inmediatas: a corto plazo aunque sean a años vista, no con deseos de infinito que no pueden calmarse con nada de este mundo. ¡Qué bueno es, por tanto, ese dolor!, pues, como nos recuerda el Jua Pablo II, “el sufrimiento es, en sí mismo, probar el mal. Pero Cristo ha hecho de él la más sólida base del bien definitivo, o sea del bien de la salvación eterna” (SD, 26). Por esto, podemos afirmar seguros que el sufrimiento iluminado por la fe es ocasión de alegría. “De esta alegría habla el Apóstol en la carta a los Colosenses: «Ahora me alegro de mis padecimientos por vosotros» (Col 1, 24). Se convierte en fuente de alegría la superación del sentido de inutilidad del sufrimiento, sensación que a veces está arraigada muy profundamente en el sufrimiento humano. Este no sólo consume al hombre dentro de sí mismo, sino que parece convertirlo en una carga para los demás (…).

La fe en la participación en los sufrimientos de Cristo lleva consigo la certeza interior de que el hombre que sufre «completa lo que falta a los padecimientos de Cristo»; que en la dimensión espíritual de la obra de la redención sirve, como Cristo, para la salvación de sus hermanos y hermanas. Por lo tanto, no sólo es útil a los demás, sino que realiza incluso un servicio insustituible (…).

Por esto, la Iglesia ve en todos los hermanos y hermanas de Cristo que sufren como un sujeto múltiple de su fuerza sobrenatural. ¡Cuán a menudo los pastores de la Iglesia recurren precisamente a ellos, y concretamente en ellos buscan ayuda y apoyo! El Evangelio del sufrimiento se escribe contínuamente, y contínuamente habla con las palabras de esta extraña paradoja” (SD, 27). Es la afirmación, paradójica a nuestros oídos, una y otra vez repetida por Nuestro Señor, según la cual el rico de verdad es el que deja todo; sólo tiene motivo de alegría el que ha llorado; para ser fecundo es preciso, como el trigo, desaparecer hasta morir.

Si podemos decir que el sufrimiento es ocasión de grandeza personal es porque Cristo sufrió. Sería verdaderamente absurdo el dolor humano, quedaría en simple fastidio del individuo -como en los irracionales-, si Cristo, Dios y hombre perfecto, no hubiera padecido dolor. Pero Nuestro Señor sufrió todos los dolores, sin perder su perfección y así, siendo Dios, dignificó máximamente el dolor. Además se hizo de su actitud ante el dolor criterio, poniendose de ejemplo y animándonos a seguirle por el camino del dolor. El sufrimiento, entonces, no sólo no es un absurdo para el cristiano, sino que es por Cristo una condición insustituible para la plenitud humana.

Cualquier dolor puede ser para el hombre una Cruz divina y, por tanto, redentora -esa Cruz que invita Cristo a tomar para seguirle-; aunque a veces sea quizá, como lo fue la Pasión y Muerte del Señor en la Cruz, una cruel injusticia. Hay que saber sufrir, también cuando se sufre injustamente. Habrá que evitar el dolor si se puede; pero no librándose simplemente de él, sin fijarse en más; ni a costa de hacer el mal: el remedio del dolor injusto no puede ser sino el amor. Así el dolor es Cruz y la ocasión de amar como Cristo. Se requiere para esto la acción del Espíritu Santo; que, “activo en el hombre, transforma al hombre. Pero, ¿en qué? En Cristo. Es El quien forma a Cristo en nosotros, como lo formó en María” (Ibid.).

El cristiano, transformado en Cristo, ama la Cruz, Voluntad del Padre, y en ella la salvación del mundo. No reniega, entonces, de su dolor, que contempla como realidad engrandecedora, pues le identifica con Cristo por la acción del Espíritu. El momento sublime del dolor es para el cristiano aquel en el que, apoyado sólo en la fe, se siente abandonado del mundo y solo con su dolor. Entonces, aunque también se queja diciendo: ¿por qué me has abandonado? (Mt 27, 46), confía a la vez y exclama seguro: en tus manos encomiendo mi espíritu (Lc 23, 46).

El dolor aceptado es obediencia, un no-entender paradógicamente lleno de sentido, porque se sabe que si Dios permite ese dolor es para un bien. Diríamos que el dolor que se nos presenta sin un sentido razonable, es el lugar por excelencia de la obediencia. Aceptándolo reconocemos a Dios como Sabio y Poderoso; y nosotros, aunque inteligentes, nos consideramos limitados. Tenemos ya pruebas abundantes de su poder y sabiduría: de su divinidad; por ejemplo, en los milagros. Pero “la actividad curativa de Jesús no consistió en sanar a todos los hombres, sino puntualmente a uno o a otro. Su actividad “que sana al mundo” sólo se hace visible de vez en cuando, lo suficientemente visible para que el creyente sepa en Quién cree y por qué” (SD, 27). No es lo que Dios pretende solucionar nuestros problemas, sino inundarnos con su Amor. Para esto hemos de aceptarlo. Para esto quiere que lo aceptemos.

Si el objeto de nuestra vida es amar a Dios, amarle cada vez más; viene a ser lo de menos si logramos o no nuestros objetivos, mientras fomentemos el amor de Dios intentándolo. No es tan decisivo si encontramos muchas dificultades o si sentimos permanentemente la frustración y el dolor: el cansancio, la contradicciónÉ, con tal de que -como Cristo- avancemos nuestros pasos hasta el “Calvario” en la medida de las fuerzas que nos queden. Si, así, caemos definitivamente en el empeño, será que hemos llegado: Dios, que no espera nuestros éxitos, sino nuestro amor, decide en la historia del mundo el momento-meta de cada uno; y, en cierto, sentido todos lo son, pues siempre podemos amarle y cualquiera puede ser el último. No es para el cristiano ninguna circunstancia de su vida sólo un mero trámite. Cada momento tiene “peso específico”; todo lo humano tiene relevancia en Dios, pues continuamente podemos manifestarle nuestro amor; por eso, como decía el Beato Josemaría, “hay que dar a cada instante vibración de eternidad”.

  1. Un misterio “El sufrimiento humano suscita compasión, suscita también respeto, y a su manera atemoriza. En efecto, en él está contenida la grandeza de un misterio especifico” (SD, 4). Como misterio, debe ser permanentemente contemplado con perplejidad y con respeto: ante el dolor humano nos encontramos frente a una realidad con vocación sobrenatural, llamada a trascendernos.

Recordemos a Job con su dolor inexplicable. “El es consciente de no haber merecido tal castigo, más aún, expone el bien que ha hecho a lo largo de su vida. Al final Dios mismo reprocha a los amigos de Job por sus acusaciones y reconoce que Job no es culpable. El suyo es el sufrimiento de un inocente; debe ser aceptado como un misterio que el hombre no puede comprender a fondo con su inteligencia. (…) Si es verdad que el sufrimiento tiene un sentido como castigo cuando está unido a la culpa, no es verdad, por el contrario, que todo sufrimiento sea consecuencia de la culpa y tenga carácter de castigo. (…) Job no ha sido castigado, no había razón para infligirle una pena, aunque haya sido sometido a una prueba durísima” (SD, 11).

Job era un hombre ejemplar en el amor de Dios con independencia de sus riquezas. Satán piensa que su amor es interesado y provoca a Dios: “«extiende tu mano y tócalo en lo suyo (veremos), si no te maldice en tu rostro» (Job 1, 9-11). Si el Señor consiente en probar a Job con el sufrimiento, lo hace para demostrar su justicia. El sufrimiento tiene carácter de prueba” (Ibid). El sufrimiento puede ser a veces una oportunidad, no siempre un castigo. Para Job fue ocasión de mayor virtud y gloria ante Dios.

De todos modos, el sufrimiento supone para el hombre mucho más que una ocasión de simple desarrollo personal, aunque no pocas veces también lo sea. Es un misterio que se vislumbra, iluminados por la fe y en la medida en que somos capaces a partir de Cristo: “Por Cristo y en Cristo se ilumina el enigma del dolor y de la muerte” (Con. Ecum. Vat. II Constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual, Gaudium et Spes 22).

El dolor humano se entiende en ciertas ocasiones pero en muchas otras no. Sin embargo, Jesucristo “instruía, poniendo en el centro de su enseñanza las ocho bienaventuranzas, que son dirigidas a los hombres probados por diversos sufrimientos en su vida temporal” (SD, 16). A esos hombres está destinada la Bienaventuranza, la definitiva felicidad.

  1. Las crisis de fe Si no tenemos más referencia de la vida que lo que estamos habituados a contemplar, sin conocer la Revelación que nos anuncia a un Dios Señor del mundo infinito en poder y bondad, el sufrimiento no nos plantea especiales dificultades teóricas; en todo caso, será sólo un problema de hecho cuando algo nos duele.

“La cuestión sobre el sentido del sufrimiento es específicamente bíblica. Presupone la fe en una ilimitada totalidad de sentido, la fe en que el universo en su conjunto descansa dentro de un contexto de sentido. Sólo desde ahí tiene sentido preguntar sobre el sentido del sufrimiento. Tal pregunta se plantea ante todo allí donde se cree en un Dios omnipotente y bueno, es decir, allí donde, por tanto, es posible preguntar: «¿cómo se armoniza ese hecho con la existencia de sufrimiento en el mundo?»” (R. Spaemann. El sentido del sufrimiento).

En la práctica, la existencia del sufrimiento, particularmente la de ciertos sufrimientos que se consideran injustos, es motivo, no pocas veces, de la negación de Dios: “¿por qué? Es una pregunta acerca de la causa, la razón; una pregunta acerca de la finalidad (para qué); en definitiva, acerca del sentido. (…) Esta es una pregunta dificil, como lo es otra, muy afín, es decir, la que se refiere al mal: ¿Por qué el mal? ¿Por que el mal en el mundo? Cuando ponemos la pregunta de esta manera, hacemos siempre, al menos en cierta medida, una pregunta también sobre el sufrimiento.

Ambas preguntas son dificiles cuando las hace el hombre al hombre, los hombres a los hombres, como también cuando el hombre las hace a Dios. En efecto, el hombre no hace esta pregunta al mundo, aunque muchas veces el sufrimiento provenga de él, sino que la hace a Dios como Creador y Señor del mundo.

Y es bien sabido que en la línea de esta pregunta se llega no sólo a múltiples frustraciones y conflictos en la relación del hombre con Dios, sino que sucede incluso que se llega a la negación misma de Dios. En efecto, si la existencia del mundo abre casi la mirada del alma humana a la existencia de Dios, a su sabiduria, poder y magnificencia, el mal y el sufrimiento parecen ofuscar esta imagen, a veces de modo radical, tanto más en el drama diario de tantos sufrimientos sin culpa y de tantas culpas sin una adecuada pena. Por ello, esta circunstancia -tal vez más aún que cualquier otra- indica cuán importante es la pregunta sobre el sentido del sufrimiento y con qué agudeza es preciso tratar tanto la pregunta misma como las posibles respuestas a dar” (SD, 9).

Es una pregunta, tema clásico del pensamiento, de la literaturaÉ Ocasión de crisis profundas, pues no siempre viene el dolor cuando cabría esperarlo, ni sufre el que, por así decir, se lo tiene merecido. “¿Por qué el dolor? -se pregunta asimismo otro autor moderno- Es esta una pregunta que tortura a muchos, hasta hacerles concluir que carece de respuesta, pues, no sólo es imposible que exista un ser todopoderoso e infinitamente bueno que consienta todas las desgracias que ocurren en el mundo, sino que, en tales circunstancias, la vida ni siquiera merece la pena ser vivida” (R. Yepes. Los límites del hombre: el dolor).

Casi todos los libros véterotestamentarios nos muestran el dolor humano como una justa pena por el pecado. Era, por eso, según se aprecia en los relatos evangélicos, la mentalidad dominante en el tiempo de Nuestro Señor: ¿Quién pecó éste o sus padres, para que naciera ciego? (Jn 9, 2), preguntaron los Apóstoles a la vista de un sufrimiento humano. Pero el libro de Job había arrojado ya una nueva luz sobre el problema del sufrimiento. El dolor humano no era sólo la pena que hacía justicia a cierta culpa. Job personaliza precisamente el sufrimiento del justo, el sufrimiento “injusto” del inocente. Algo que sólo recibirá su definitiva luz en Cristo; aunque, ciertamente, se trate de una aclaración a la luz de la fe en Cristo Redentor.

El Santo Padre, Juan Pablo II, es muy consciente de la dificultad teórica del problema del sufrimiento, y afirma que “a veces se requiere tiempo, hasta mucho tiempo, para que esta respueta -por qué el sufrimiento- comience a ser interiormente perceptible. En efecto, Cristo no responde directamente ni en abstracto a esta pregunta humana sobre el sentido del sufrimiento. El hombre percibe su respuesta salvífica a medida que él mismo se convierte en participe de los sufrimientos de Cristo” (SD, 26). En efecto, para entenderlo hay que vivirlo. Pero no de cualquier modo, sino como Cristo; es decir, amando. No se trata sólo de soportar lo que duele o de estar dispuesto a aguantarÉ Se trata por el contrario de “ver” la mano buena y suave de Dios en lo que cuesta, sea lo que sea, pues nada escapa a su poder. El que ama a la manera de Cristo quiere positivamente el dolor que Dios permite en su vida. Lo “ve” necesario para amarle aunque no lo comprenda. Porque antes de cualquier otra consideración, parte del convencimiento de que Dios es siempre Dios: Señor y Amor de los hombres en todo momento, que en el de máximo sufrimiento nos asiste, si le dejamos porque permanecemos unidos a El por el amor. Lo que cuesta, por otra parte -lo que duele y hace sufrir-, es tantas veces la entrega de uno mismo a quienes son dignos de nuestro amor; pues en ello está su bien, según aquello de que nadie tiene amor más grande que el de dar uno la vida por sus amigos (Jn 15, 13).

Por eso a la pregunta por el sufrimiento, como dice el Papa, Cristo responde ante todo con una llamada: “Es una vocación. Cristo no explica abstractamente las razones del sufrimiento, sino que ante todo dice: «Sigueme», «Ven», toma parte con tu sufrimiento en esta obra de salvación del mundo, que se realiza a través del sufrimiento. Por medio de mi cruz” (SD, 26).

El cristiano siente de mil formas -corrientes casi siempre- ese reclamo interior que acogerá confiado en el Amor poderoso del Señor, que lo iluminará y fortalecerá. No se entiende qué es el dolor razonando sino creyendo, efecto del Don de Ciencia, de Sabiduría y de Entendimiento: efecto de la Gracia de Dios. Como dice el Papa, “a medida que el hombre toma su cruz, uniéndose espíritualmente a la cruz de Cristo, se revela ante él el sentido salvífico del sufrimiento. El hombre no descubre este sentido a nivel humano, sino a nivel del sufrimiento de Cristo. Pero al mismo tiempo, de este nivel de Cristo, aquel sentido salvífico del sufrimiento desciende al nivel humano y se hace en cierto modo, su respuesta personal. Entonces el hombre encuentra en su sufrimiento la paz interior e incluso la alegria espritual” (Ibid).

Parece importante -y no está de más insistir en ello- reconocer en Dios, con un reconocimiento incuestionable, sus atributos de Amor y Poder absolutos. También parece importante reconocer en nosotros el don inefable de conocer a Dios, pero limitadamente. Así no nos extrañará que, siendo Omnipotente, no nos conceda lo que deseamos, a pesar de que nos ama como nadie puede amarnos. Ofreciéndonos el dolor, Dios nos invita a acoger la presencia amorosa de su Vida en la nuestra. ¡Qué sensatas resultan, entonces, las palabras de Job, que sufre sin culpa!: Desnudo salí del vientre de mi madre y desnudo volveré allí. El Señor lo dio, el Señor lo quitó; como al Señor le agradó, así se hizo: ¡sea bendito el nombre del Señor! Si recibimos bienes de la mano de Dios, ¿por qué no recibiremos males? (Iob 1, 21; 2, 10b). Males que el buen hijo de Dios tolera, pues no es probado por encima de sus fuerzas, ni se espera de él más de lo que puede. Males que tal vez él no entiende pero sí Dios, infinitamente sabio; y por lo tanto son un bien soportable para él.

  1. El dolor cristiano El dolor y el sufrimiento es repetidamente valorado de modo particular en el Nuevo Testamento como manifestación de amor: Ahora me alegro de mis padecimientos por vosotros, dice san Pablo a los Colosenses (Col 1, 24). El propio Cristo “reprende severamente a Pedro, cuando quiere hacerle abandonar los pensamientos sobre el sufrimiento y sobre la muerte de cruz” (SD, 16. Cfr. Mt 16, 23). Jesús deseaba su sufrimiento, aunque le costaba hasta entrar en agonía por la Pasión ya inminente.

Le costaba pero lo quiere, y por eso advierte a Pedro: “«El cáliz que me dio mi Padre, ¿no he de beberlo?» (Jn 18 11). Esta respuesta -como otras que encontramos en diversos puntos del Evangelio- muestra cuán profundamente Cristo estaba convencido de lo que había expresado en la conversación con Nicodemo: «Porque tanto amó Dios al mundo, que le dio su unigénito Hijo, para que todo el que crea en El no perezca, sino que tenga la vida eterna» (Jn 3, 16). Cristo se encamina hacia su propio sufrimiento, consciente de su fuerza salvífica; va obediente hacia el Padre, pero ante todo está unido al Padre en el amor con el cual El ha amado el mundo y al hombre en el mundo. Por esto San Pablo escribirá de Cristo: «Me amó y se entregó por mí» (Gál 2, 20)”. (SD, 16).

La perspectiva de sufrimiento: de fatiga agobiante, de trabajo que parece excesivo, de dolor crónico, de incapacidad definitiva, de marginación, de abandono, de incomprensión, de humillación continua, de permanente frutraciónÉ podría cegarnos e inducirnos a menospreciar esos momentos y situaciones que vienen a ser como la angustia en Getsemaní, cuando ruega Jesús al Padre que le libre de aquel Cáliz: “las palabras de la oración de Cristo en Getsemaní prueban la verdad del amor mediante la verdad del sufrimiento. Las palabras de Cristo confirman con toda sencillez esta verdad humana del sufrimiento hasta lo más profundo: el sufrimiento es padecer el mal, ante el que el hombre se estremece” (SD, 18). En efecto, sólo por amor es posible aceptar tanto dolor. Y es un dolor, cuya sola espectativa hace entrar en agonía y sudar sangre (Cfr. Lc 22, 43-44).

Por eso lo determinante de la conducta de Cristo no será el dolor que padece o que se avecina, sino el deseo por Amor de obediencia al Padre para redimirnos: Padre mío, si es posible, pase de mi este cáliz; sin embargo, no se haga como yo quiero, sino como quieres tú (Mt 26, 39) y a continuación: Padre mío, si esto no puede pasar sin que yo lo beba, hágase tu voluntad (Mt 26, 42).

San Pablo enseña con su actitud que el cristiano puede y debe imitar la disposición del Señor ante el dolor: Ahora me alegro de mis padecimientos por vosotros y suplo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo por su cuerpo, que es la Iglesia (Col 1, 24). No es que disfrute san Pablo padeciendo: no le divierte sufrir, como tampoco a Cristo; se alegra en cambio verdaderamente de sus padecimientos porque contribuye con ellos a la salvación de otros.

Cristo ya había exigido a los suyos el sacrificio para alcanzar el Reino de los Cielos: Si alguno quiere venir en pos de miÉ tome cada día su cruz (Lc 9, 23). La fidelidad a Cristo exige este sacrificio. Entrad por la puerta angosta, porque amplia es la puerta y ancho el camino que conduce a la perdición, y son muchos los que entran por ella. ¡Qué angosta es la puerta y estrecho el camino que conduce a la Vida, y qué pocos son los que la encuentran! (Mt 7, 13-14).

El Reino de los Cielos hay que ganarselo con esfuerzo. Pondrán sobre vosotros las manos y os perseguirán, entregándoos a las sinagogas y metiéndoos en prisión, conduciéndoos ante los reyes y gobernadores por amor de mi nombre. Será para vosotros ocasión de dar testimonio. Haced propósito de no preocuparos de vuestra defensa, porque yo os daré un lenguaje y una sabiduría a la que no podrán resistir ni contradecir todos vuestros adversarios. Seréis entregados aún por los padres, por los hermanos, por los parientes y por los amigos, y harán morir a muchos de vosotros, y seréis aborrecidos de todos a causa de mi nombre. Pero no se perderá ni un solo cabello de vuestra cabeza. Con vuestra paciencia compraréis (la salvación) de vuestras almas (Lc 21, 12-19).

El verdadero apostol es atacado como Cristo -por las mismas razones-, pero triumfa como Él. Si el mundo os aborrece, sabed que me aborreció a mi primero que a vosotrosÉ, pero porque no sois del mundo, sino que yo os escogí del mundo, por esto el mundo os aborreceÉ No es el siervo mayor que su señor. Si me persiguieron a mi, también a vosotros os perseguiránÉ Pero todas estas cosas haránlas con vosotros por causa de mi nombre, porque no conocen al que me ha enviado (Jn 15, 18-21).

El problema es de ellos, debemos sentirnos muy convencidos. Ellos lamentablemente no han conocido la Majestad, el Poder y el Amor de Dios. Con culpa o sin culpa padecen esa desgracia y no llevan razón aunque sean muy fuertes. Esto os lo he dicho para que tengáis paz en mí; en el mundo habéis de tener tribulación; pero confiad: yo he vencido al mundo (Jn 16, 33); que se podría sintetizar diciendo: “quien rie ultimo, rie mejor”.

  1. Eucaristía y sufrimiento Y Cristo triunfa desde la Cruz. La respuesta definitiva al sentido del dolor humano es el Sacrificio del Calvario, momento del Amor por antonomasia y momento también por antonomasia de dolor con sentido, que se renueva cada día en nuestros altares. Como dice el Santo Padre, “el Amor es también la fuente más plena de la respuesta a la pregunta sobre el sentido del sufrimiento. Esta pregunta ha sido dada por Dios al hombre en la cruz de Jesucristo” (SD, 13).

No somos los cristianos seres negativos, que aguantan, que sufren, que no gozan de la vida ni son felices. Muy al contrario: somos felices también con el dolor y la contrariedad; más aún, el secreto de nuestra alegría está en la Cruz con dolor y contrariedad: no tenemos miedo a lo que cuesta. La fe nos lleva a afirmar que el sufrimiento con sentido; es decir, en Cristo, es condición para la verdadera alegría. Porque El nos llama a su Cruz para que, con El, triunfemos en la Resurrección, logrando así la única alegría feliz, la única que vale la pena, que no se esfuma al ahondar en la verdad de la vida.

Cuando decimos que Cristo nos ha salvado, debemos entender que nos ha librado de todo posible mal y por tanto de todo dolor. Y no sólo esto, sino que nos ha introducido en su vida que es eterna. Así lo manifestó el Jesús a Nicodemo: tanto amó Dios al mundo, que le dio su unigénito Hijo, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga la vida eterna (Jn 3, 16). La entrega del Hijo por amor al mundo es la Eucaristía, renovación incruenta del mismo sacrificio del Calvario con el que se consuma nuestra Salvación. Y “Salvación significa liberación de mal, y por ello está en estrecha relación con el problema del sufrimiento” (SD, 14); pues, como veíamos, sufrir era padecer el mal.

Según las palabras de Cristo a Nicodemo el hombre puede perecer, pero no se refiere Jesús a la muerte temporal. “El hombre «muere», cuando pierde «la vida eterna». Lo contrario de la salvación no es, pues, solamente el sufrimiento temporal, cualquier sufrimiento, sino el sufrimiento definitivo: la pérdida de la vida eterna, el ser rechazados por Dios, la condenación. El Hijo unigénito ha sido dado a la humanidad para proteger al hombre, ante todo, de este mal definitivo y del sufrimiento definitivo” (Ibid).

Los otros sufrimientos temporales -consecuencia asimismo del pecado- son menores y pasajeros, y quedan aniquilados también en la vida eterna en Dios que nos gana el Hijo con su entrega: “En su sufrimiento los pecados son borrados precisamente porque El únicamente, como Hijo unigénito, pudo cargarlos sobre sí, asumirlos con aquél amor hacia el Padre que supera al mal de todo pecado; en un cierto sentido aniquila este mal en el ámbito espiritual de las relaciones entre Dios y la humanidad, y llena este espacio con el bien” (SD, 17).

El Sacrificio Eucarístico es propiamente el único remedio definitivo del dolor humano. Aunque no cesen por la Misa nuestras molestias cotidianas; sin embargo, participando por ella muy singularmente en el fruto de la Redención, vivimos nuestros dolores positivamente, de un modo optimista que es compatible con el gozo de la esperanza eterna y, sin dejar de ser doloroso, el sufrimiento es feliz y lleno de sentido.

De la gracia de Dios recibimos nuestra condición de hijos en el Hijo y con ella la seguridad de ser amados por el Padre, que no permitirá que seamos probados por encima de nuestras fuerzas. Pierde así el cristiano el miedo a sufrir. Está seguro de que con Dios nada será insufrible. Pero no es sólo falta de miedo la alegría del cristiano hijo de Dios, se sabe ante todo depositario de todo el tesoro del Evangelio y lanzado por el propio Cristo a extender su Reino, pues tiene el mundo por heredad (Cfr. Ps 2, 8). Por el contrario, tienen asegurada la desolación los que pretenden vivir alegres al margen de la Eucaristía: son sarmientos separados de la Vid, cuya lozanía dura un momento (Cfr. Jn 15, 6); cadáveres -sin vida en sí mismos-, que no se alimentan del Cuerpo y la Sangre del Señor (Cfr. Jn 6, 56).

“Según las palabras dirigidas a Nicodemo, Dios da su Hijo al «mundo» para librar al hombre del mal, que lleva en sí la definitiva y absoluta perspectiva del sufrimiento” (SD, 14). El amor de Dios al hombre incluye el sufrimiento de Cristo en su sacrificio voluntario, en una entrega amorosa. El sufrimiento del hombre es calmado con el Amor de Dios manifestado en el sufrimiento de Cristo. Una entrega que, siendo verdadero anonadamiento hasta la muerte, es al mismo tiempo identificación plena con la voluntad del Padre y, por tanto, igual a El en Gloria y Majestad. De aquí que no podía suponer una pérdida para el Hijo la obediencia, antes al contrario, su muerte es ocasión de definitiva inmortalidad (Cfr. Fil 2, 9-11).

Jesucristo en cuanto hombre es exaltado mediante la Resurrección, que supera el dolor y la muerte, y se constituye primogénito y modelo del cristiano, tanto en su vida y en su muerte -en su dolor-, como en su Resurrección. Particularmente es nuestro estímulo y modelo en la Eucaristía. En el sagrario su amor no conoce límites: “más que en el establo, y que en Nazaret y que en la Cruz” (Beato Josemaría. Camino, 533). Para que logremos el consuelo y la fortaleza que necesitamos.

  1. El dolor y la esperanza Juan Pablo II declaró el año 1984, año de la Redención. Y en este año publica su Carta Apostólica Salvifici Doloris, acerca del sentido cristiano del sufrimiento humano -que está tan presente en estas consideraciones-, “porque la redención se ha realizado mediante la cruz de Cristo, o sea mediante su sufrimiento” (SD, 3), dice el Papa.

Por la Redención efectiva el hombre es bienaventurado: queda libre del mal y, por tanto, del sufrimiento. “Y aunque la victoria sobre el pecado y la muerte, conseguida por Cristo con su cruz y resurrección no suprime los sufrimientos temporales de la vida humana (…), sin embargo, esta victoria proyecta sobre cada sufrimiento una luz nueva, que es la luz de la salvación” (SD, 15). El sufrimiento, con todo lo costoso, molesto o problemático de la vida, tiene a partir de la Redención vocación de eternidad salvífica. El dolor humano se ha convertido por Cristo en instrumento salvador; pues viviendo en Cristo por la acción del Espíritu Santo, el cristiano participa de la esperanza de la resurrección y hace participar a otros de esa esperanza.

No es, entonces, el dolor -cualquiera que sea- si es cristiano, algo ante todo negativo, deprimente para el hombre. Sería solamente eso si fuéramos simples bestias o nos comportáramos como tales. El dolor del hombre puede y debe ser, como el de Cristo, una oración grata al Padre que logra también los fines de la Cruz. “Todo hombre tiene su participación en la redención. Cada uno está llamado también a participar en ese sufrimiento mediante el cual se ha llevado a cabo la redención. Está llamado a participar en ese sufrimiento por medio del cual todo sufrimiento humano ha sido también redimido. Llevando a efecto la redención mediante el sufrimiento, Cristo ha elevado juntamente el sufrimiento humano a nivel de redención. Consiguientemente, todo hombre, en su sufrimiento, puede hacerse también participe del sufrimiento redentor de Cristo” (SD, 19).

El cristiano, hijo de Dios que sufre y reconoce la riqueza que posee con su dolor, encuentra en su vida un permanente motivo de consuelo y mucho más que eso. El suyo es un sufrimiento elevado, de modo que lo de menos para él es su dolor-molestia o dolor-desagrado. Tiene por don de Cristo en ese dolor una verdadera Cruz Redentora. Por la fe el cristiano lo reconoce así: como Cristo nos lo ha entregado.

“En la segunda carta a los Corintios escribe el Apóstol: «En todo apremiados, pero no acosados; perplejos, pero no desconcertados, perseguidos, pero no abandonados; abatidos, pero no aniquilados, llevando siempre en el cuerpo la muerte de Cristo, para que la vida de Jesús se manifieste en nuestro tiempo. Mientras vivimos estamos siempre entregados a la muerte por amor de Jesús, para que la vida de Jesús se manifieste también en nuestra carne mortal… sabiendo que quien resucitó al Señor Jesús, también con Jesús nos resucitará…» (2 Cor 4, 8-11 14).

“San Pablo habla de diversos sufrimientos y en particular de los que se hacían participes los primeros cristianos «a causa de Jesús». Tales sufrimientos permiten a los destinatarios de la Carta participar en la obra de la redención, llevada a cabo mediante los sufrimientos y la muerte del Redentor. La elocuencia de la cruz y de la muerte es completada, no obstante, por la elocuencia de la resurrección.” “El hombre halla en la resurrección una luz completamente nueva, que lo ayuda a abrirse camino a través de la densa oscuridad de las humillaciones, de las dudas, de la desesperación y de la persecución. De ahí que el Apóstol escriba también en la misma carta a los Corintios: «Porque así como abundan en nosotros los padecimientos de Cristo, asi por Cristo abunda nuestra consolación» (2 Cor 1, 5)”.

“En otros lugares se dirige a sus destinatarios con palabras de ánimo: «El Señor enderece vuestros corazones en la caridad de Dios y en la paciencia de Cristo» (2 Tes 3, 5). Y en la carta a los Romanos: «Os ruego, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, que ofrezcáis vuestros cuerpos como hostia viva, santa y grata a Dios: este es vuestro culto racional» (Rom 12, 1) (…)”.

“Este descubrimiento dictó a San Pablo palabras particularmente fuertes en la carta a los Gálatas: «Estoy crucificado con Cristo y ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mi. Y aunque al presente vivo en carne, vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí» (Gál 2, 19-20). La fe permite al autor de estas palabras conocer el amor que condujo a Cristo a la cruz. Y si amó de este modo, sufriendo y muriendo, entonces por su padecimiento y su muerte vive en aquél al que amó así, vive en el hombre: en Pablo”.

“Y viviendo en él -a medida que Pablo, consciente de ello mediante la fe, responde con el amor a su amor- Cristo se une asimismo de modo especial al hombre, a Pablo, mediante la cruz. Esta unión ha sugerido a Pablo, en la misma carta a los Gálatas, palabras no menos fuertes: «Cuanto a mi, jamás me gloriaré a no ser en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo está crucificado para mi y yo para el mundo» (Gal 6 14)” (SD, 20).

El optimismo en la tribulación es incomprensible, sorprendente para una visión meramente terrena. Es efecto de la Gracia y trasciende al propio atribulado. Ni siquiera él mismo comprende cómo es capaz de padecer sin temor, ni de dónde le brota la alegría mientras sufre. Fiado en la Gracia de Dios, lo experimenta, le parece bien y proclama este misterio a cuantos se extrañan de su paz en el sufrimiento. San Pablo, diríamos que avasalla: con sumo gusto me gloriaré más todavía en mis flaquezas, para que habite en mí la fuerza de Cristo. Por lo cual me complazco en las flaquezas, en los oprobios, en las necesidades, en las persecuciones y angustias, por Cristo; pues cuando soy débil, entonces soy fuerte (2 Cor 12, 9b-10).

Apoyado en la fe, el cristiano se siente optimista porque sufre. No es entonces para el hijo de Dios el dolor sólo algo que hay que tolerar en razón de la justicia: pues lo merecemos por nuestros pecados; ni algo razonable por nuestra deficinte condición y la también deficiente condición de este mundo en que vivimos; es mucho más, “a los ojos del Dios justo, ante su juicio, cuantos participan en los sufrimientos de Cristo se hacen dignos de este reino. Mediante sus sufrimientos, éstos devuelven en un cierto sentido el infinito precio de la pasión y de la muerte de Cristo, que fue el precio de nuestra redención: con este precio el reino de Dios ha sido nuevamente consolidado en la historia del hombre, llegando a ser la perspectiva definitiva de su existencia terrena” (SD, 21). El dolor de los hombres ha alcanzado por Cristo la capacidad de ser relevante para Dios y cooperar en la extensión de su Reino.

“San Pablo nos habla con frecuencia aquella paradoja evangélica de la debilidad y de la fuerza, experimentada de manera particular por el Apóstol mismo y que, junto con él, prueban todos aquellos que participan en los sufrimientos de Cristo. El describe en la segunda carta a los Corintios: «Muy gustosamente, pues, continuaré gloriándome en mis debilidades para que habite en mi la fuerza de Cristo» (2 Cor 12, 9). En la segunda carta a Timoteo leemos: «Por esta causa sufro, pero no me averguenzo, porque sé a quien me he confiado» (2 Tim 1, 12). Y en la carta a los Filipenses dirá incluso: «Todo lo puedo en aquél que me conforta» (Fil 4, 13)” (SD, 23).

La Omnipotencia de Dios es incuestionable y por eso, con su Amor, no tenemos ninguna posibilidad de fracasar con Dios. No tiene Dios ninguna necesidad de tener éxito ni de demostrarnos su poder, ni está preocupado por defenderse como si alguien pudiera lesionar su divinidad. Por lo cual el cristiano se siente seguro, mientras viva en intimidad con El, incluso en medio de la tribulación y cuando parece que la debilidad y el sufrimiento son irremediables. Dios en su eternidad siempre actua, su amor se difunde incesantemente en quienes pueden y quieren acogerlo: en los hombres que lo aman. Ellos viven despreocupados y seguros, nada inquietos por su debilidad o por la fuerza de sus enemigos: No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, que el alma no pueden matarla (Mt 10, 28), les dice.

Como mucho, el cristiano puede morir; pero eso es sólo cuestión de tiempo para todos; y, por otra parte, el fin de sus dolores y el comienzo de la Vida que más desea: un buen cristiano no puede ser miedoso. No, desde luego, porque se crea “alguien”, sino porque se cree Cristo… San Pablo es el prototipo de la persona sin miedo aunque haya abundante dolor en su vida: Porque el mensaje de la cruz -dice- es necedad para los que se pierden, pero para los que se salvan, para nosotros, es fuerza de Dios (1 Cor 1, 18).

“En la cruz, Cristo ha alcanzado y realizado con toda plenitud su misión: cumpliendo la voluntad del padre, se realizó a la vez a sí mismo. En la debilidad manifestó su poder y en la humillación toda su grandeza mesiánica ¿No son quizás una prueba de esta grandeza todas las palabras pronunciadas durante la agonía en el Gólgota y, especialmente las referidas a los autores de la crucifixión: «Padre, perdónales, pórque no saben lo que hacen»? (Lc 23, 34) A quienes participan de los sufrimientos de Cristo estas palabras se imponen con la fuerza de un ejemplo supremo” (SD, 22). Es el esplendor del Amor Omnipotente que ama a toda costa. Le preocupa -por así decir- el perdón que necesitan aquellos hombres. Así nos enseña a amar con sufrimiento.

San Pablo insistía en el futuro de gloria que espera al cristiano que vive la Cruz. A los Romanos les dice: SomosÉ coherederos de Cristo, supuesto que padezcamos con El para ser con El glorificados. Tengo por cierto que los padecimientos del tiempo presente no son nada en comparación con la gloria que ha de manifestarse en nosotros (Rom 8, 17-18); y en la segunda carta a los Corintios leemos: Pues por la momentánea y ligera tribulación nos prepara un peso eterno de gloria incalculable, y no ponemos los ojos en las cosas visibles, sino en las invisibles (2 Cor 4, 17-18).

La misma idea es afirmada por san Pedro: Antes habéis de alegraros en la medida en que participáis en los padecimientos de Cristo, para que en la revelación de su gloria exultéis de gozo (1 Pe 4, 13). Este sentido positivo ante la tribulación -alegría, se afirma incluso, ante el sufrimiento- no convierte en placer el dolor. Nunca el dolor dejará de doler. Reclamará siempre cierta renuncia de quien lo sufra, aunque lo viva según Dios y gane de este modo. No es la acción de la gracia como un narcótico que convierte el dolor en placer y los insultos en alabanzas. Se trata, más bien, de una connaturalidad del cristiano con Cristo que le lleva a participar en el Espíritu Santo, por encima de todo dolor, de la inefable dicha amorosa de la Trinidad.

Esta dicha es aún más plena cuando el cristiano se sabe en cierta medida autor de la misma Redención, siendo miembro de Cristo (cfr. 1 Cor 6, 15) -único verdadero Redentor- y llamado a suplir “«lo que falta a las tribulaciones de Cristo por su cuerpo, que es la Iglesia» (Col 1, 24): En el misterio de la Iglesia como cuerpo suyo, Cristo en cierto sentido ha abierto el propio sufrimiento redentor a todo sufrimiento del hombre. En cuanto el hombre se convierte en participe de los sufrimientos de Cristo -en cualquier lugar del mundo y en cualquier tiempo de la historia-, en tanto a su manera completa aquél sufrimiento, mediante el cual Cristo ha obrado la redención del mundo” (SD, 24). Cualquier dolor humano tiene vocación redentora, puede contribuir a la construcción de la realidad más grandiosa que podemos soñar: la Redención del mundo.

Si el sufrimiento humano puede ser sufrimiento de Cristo es porque “El mismo está presente en quien sufre, porque su sufrimiento salvífico se ha abierto de una vez para siempre a todo sufrimiento humano. Y todos los que sufren han sido llamados de una vez para siempre a ser participes «de los sufrimientos de Cristo» (1 Pe 4, 13). Así como todos son llamados a «completar» con el propio sufrimiento «lo que falta a los padecimientos de Cristo» (Col 1, 24). Cristo al mismo tiempo ha enseñado al hombre a hacer bien con el sufrimiento y a hacer bien a quien sufre. Bajo este doble aspecto ha manifestado cabalmente el sentido del sufrimiento” (SD, 30).

He aquí la respuesta definitiva al problema del dolor humano. Este es provechoso para el que sufre y para los demás. El que sufre es, por la Gracia, Cristo Redentor: participe en los sufrimientos de Cristo, poniendo lo que falta a Sus padecimientos por la Iglesia. No nos extraña, entonces, que asistir al que sufre sea ayudar a Cristo, que sea el mismo Señor quien recibe nuestro amor cuando amamos a los demás: a mí me lo hicísteis (Mt 25, 40), responde Jesús cuando hemos tratado a alguien bien, quizá ayudándole en su dolor. A mí me lo hicísteis, responde también ante nuestros malos tratos o nuestras omisiones. El dolor cristiano -el que sea- se convierte, por la acción del Espíritu, en fuerza redentora que desarrolla el que sufre en favor de la humanidad de paso que se acerca al Cielo.

Y no deseo a terminar sin recordar unas palabras del Beato Josemaría que me parecen ahora a propósito: “Aunque hayáis entregado mucho -decía en una ocasión-, no habéis cumplido totalmente el sacrificio: podéis aún levantar más en alto la Cruz. Yo os puedo asegurar que en estos años de sufrimiento gustoso, aunque el cuerpo se fatigue, he llegado a la seguridad de que la Cruz la lleva Jesucristo: y que nuestra participación en su dolor nos llena de consuelo y de alegría” (Beato Josemaría. A solas con Dios, 242 ). Es la experiencia de cuantos, en Cristo, han perdido el miedo al dolor.

Comenzábamos con el pecado -origen de nuestros dolores- en el Paraiso según lo narra el primer libro de la Biblia, el Génesis; pero, según se anuncia en el último, el Apocalipsis, esta historia termina bién: Vi un cielo nuevo y una tierra nueva, pues el primer cielo y la primera tierra desaparecieron, y el mar ya no existe. Vi también la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que bajaba del cielo del lado de Dios, ataviada como una novia que se engalana para su esposo. Y oí una fuerte voz procedente del trono que decía: He aquí la morada de Dios con los hombres: Habitará con ellos y ellos serán su pueblo, y Dios, habitando realmente en medio de ellos, será su Dios. Y enjugará toda lágrima de sus ojos; y no habrá muerte, ni llanto, ni lamento, ni dolor, porque todo lo anterior ya pasó (Apc 22, 1-4).

Tomado de www.unav.es/capellania/ldm/docencia/sufrimiento.html

Antonio Argandoña, “La falta de valores y la empresa”, PUP, 11.II.2002

La falta de valores impide la buena marcha de la empresa.

Continuar leyendo “Antonio Argandoña, “La falta de valores y la empresa”, PUP, 11.II.2002″

Juan Pablo II, “Ocho desafíos de la comunidad internacional”, 10.I.2002

CIUDAD DEL VATICANO, 10 enero 2002 (ZENIT.org).- Juan Pablo II expuso este jueves a los embajadores acreditados ante el Vaticano los ocho principales desafíos que, desde su punto de vista, tiene que afrontar en estos momentos la comunidad internacional.

Tras invitar a los gobiernos de los 172 países que mantienen relaciones diplomáticas con la Santa Sede a no dejarse «abatir por las dificultades del momento presente», hizo el elenco de estos retos que publicamos textualmente.

La defensa del carácter sagrado de la vida humana en toda circunstancia, en particular ante las manipulaciones genéticas; -la promoción de la familia, célula fundamental de la sociedad; -la eliminación de la pobreza, mediante esfuerzos constantes en favor del desarrollo, de la reducción de la deuda y de la apertura del comercio internacional; -el respeto de los derechos humanos en todas las situaciones, con especial atención a las categorías de personas más vulnerables, como los niños, las mujeres y los prófugos; -el desarme, la reducción de las ventas de armas a los países pobres y la consolidación de la paz una vez terminados los conflictos; -la lucha contra las grandes enfermedades y el acceso de los menos pudientes a las curas y los medicamentos básicos; -la salvaguardia del entorno natural y la prevención de las catástrofes naturales; -la aplicación rigurosa del derecho y de las convenciones internacionales.

Carlos Márquez, “Fondo cristiano de El Señor de los Anillos”, PUP, 21.XII.2001

Si hubiera que definir la personalidad de J.R.R. Tolkien, sería ineludible aludir a su condición de católico. Esta condición impregnó su obra de manera sutil pero indeleble. Su libro cumbre, «El Señor de los Anillos», cuya adaptación a la gran pantalla acaba de estrenarse, posee, según han constatado numerosos críticos literarios, un indiscutible poso cristiano. Tras quedar huérfano a los doce años, Tolkien fue acogido por el padre Francis Morgan, un jesuita de origen hispano-galés que tuvo una gran influencia en su vida. «Siempre tuve la súbita y milagrosa experiencia del amor, del cuidado y del humor de Fray Francis», dijo de él. ¿Se puede ver a la Virgen y al Espíritu Santo en su obra cumbre? Algunos así lo creen.

La madre de Tolkien se convirtió al catolicismo en 1900, cuando su hijo John Ronald Reuel tenía ocho años. La conversión de Mabel Tolkien le supuso un alejamiento de su familia y, por tanto, un acortamiento de sus medios económicos. Mabel Tolkien murió en 1904 y John Ronald, que entonces tenía 12 años, siempre atribuyó su muerte a la incomprensión y dureza de corazón de sus parientes anglicanos.

En una carta de 1958, en la que se definía a sí mismo, Tolkien sentenciaba: «Soy cristiano (lo que puede deducirse de mis historias), y católico apostólico romano». Sus convicciones religiosas las llevó a las páginas de sus libros, como ha recogido Humphrey Carpenter en la biografía que escribió de Tolkien. En ella, Carpenter reconstruye una de las múltiples conversaciones que mantuvieron Tolkien y Jack Lewis, ambos profesores de Oxford. «Venimos de Dios e inevitablemente los mitos que entretejamos, aunque contengan error, también reflejarán un fragmento desprendido de la auténtica luz, la verdad eterna que está con Dios. Nuestros mitos pueden estar errados, pero se encaminan, aunque temblorosamente, hacia el verdadero puerto, mientras que el progreso materialista sólo conduce a un abismo abierto y a la Corona de Hierro del poder del Mal», dijo Tolkien en aquella ocasión.

Similitudes con el cristianismo Son innumerables las similitudes que guardan «El Señor de los Anillos» y la teología católica. Por ejemplo, en una carta de 1971, Tolkien afirmaba que la imagen de Galadriel, un personaje de su libro, guardaba una semejanza con la Virgen María. «Creo que es verdad que este personaje debe mucho a la enseñanza cristiana y católica acerca de María y de la presentación de su imagen, pero en realidad Galadriel era una penitente», aseguró en aquella ocasión.

La Encarnación de Cristo encuentra un interesante paralelismo en «El Señor de los Anillos». En «El Anillo de Morgoth», Finrod, uno de los personajes, dice que «si Eru (Dios) no desea abandonar su obra a Melkor (el diablo), Eru debe venir a vencerle. Si Eru deseara hacer esto, no dudo que encontraría un modo, aunque no puedo predecirlo. Pues, así me parece a mí, incluso si Él en sí mismo hubiera de entrar en el mundo, Él debería también permanecer como es, el Autor en el exterior. Y sin embargo, Andreth, para hablar con humildad, no puedo concebir de qué otro modo podría alcanzarse la cura».

Algunos críticos también encuentran la huella del Espíritu Santo en el libro. En el Ainulindalë, cuando Eru muestra a los Ainur la visión generada a partir de su música, les dice: «¿Eä! ¿Que sean estas cosas! Y enviaré al vacío la Llama Imperecedera, y se convertirá en el corazón del Mundo, y el Mundo será».

La vida eterna, uno de los pilares del cristianismo, también cabe en la obra de Tolkien. La visión de Finrod en el mismo Athrabeth es elocuente: «Todo el tiempo que hablábamos de la muerte como la división de lo unido, yo pensaba en mi corazón en una muerte que no es así, sino el fin de ambos. […] Y entonces repentinamente contemplé como en una visión a Arda Rehecha. Y allí los Eldar, completa su historia, pero no finalizada, podían vivir para siempre en el presente, y caminar allí, quizás, con los Hijos de los Hombres, sus libertadores, y cantarles canciones que, incluso en el Gozo más allá del Gozo, hagan resonar los verdes valles y resonar como arpas».

Informe de la Univ. de Columbia, “La fe ayuda a evitar el abuso de drogas”, 18.XI.2001

Conclusiones del “Centro Estadounidense de Adicción y Abuso de Sustancias” de la Universidad de Columbia.

Continuar leyendo “Informe de la Univ. de Columbia, “La fe ayuda a evitar el abuso de drogas”, 18.XI.2001″

Vicente Huerta, “¿Estamos “condenados” a ser felices?”, PUP, 26.IX.01

“La euforia perpetua. Sobre el deber de ser feliz” (L´euphorie perpétuelle. Essai sur le devoir de bonheur). PASCAL BRUCKNER. Tusquets Editores. Barcelona, 2001. 233 págs. 2.600 ptas.

Continuar leyendo “Vicente Huerta, “¿Estamos “condenados” a ser felices?”, PUP, 26.IX.01″

Publicaciones on-line de Javier Cremades

 

  • Presentación
  • Javier Cremades, "La confesión explicada por el Papa", 1989.
  • Javier Cremades, "¡Quiero vivir!".
  • Javier Cremades, "¿Quién decís que soy yo?", 1998.
  • Javier Cremades, "Mi corazón está inquieto", 1999.
  • Javier Cremades, "Cómo explicártelo…", 2000.
  • Juan Pablo II, “Los ocho desafíos de la coyuntura actual”, Alfa y Omega, 11.IX.02

    ¿Cuáles son los desafíos que todo líder político o económico, toda persona que quiera promover un mundo más justo, tiene que afrontar en estos momentos? Juan Pablo II ha respondido a esta pregunta ofreciendo ocho retos decisivos que tienen un común denominador: poner al hombre y a la mujer en el centro del desarrollo. Presentamos un resumen de las ocho propuesta que presentó Juan Pablo II en su discurso a los embajadores de los países acreditados ante la Santa Sede el 10 de enero de 2002. Continuar leyendo “Juan Pablo II, “Los ocho desafíos de la coyuntura actual”, Alfa y Omega, 11.IX.02″

    Robert Spaemann, “El sentido del sufrimiento”

    El sentido del sufrimiento: distintas actitudes ante el dolor humano.

    Continuar leyendo “Robert Spaemann, “El sentido del sufrimiento””

    Juan Manuel de Prada, “La calumnia”, Reserva natural, 253

    Nos hemos habituado a convivir con su presencia cenagosa, a respirar su aliento fétido, y ni siquiera nos damos cuenta de cómo nos va infectando por dentro, cómo nos pudre el alma y nos encharca los sentimientos. La calumnia campea sobre nuestras vidas, su mancha invasora se infiltra en nuestra sangre y se funde con nuestras células, hasta convertirse en sustancia de nosotros mismos. Hemos consagrado la presunción de inocencia como principio elemental de nuestras modernas democracias, pero cada día pisoteamos ese principio y nos limpiamos el barro de los zapatos en él, como si se tratase de un felpudo. La malicia popular, azuzada por los medios de comunicación, ha consagrado la calumnia como herramienta impune y risueña. Así se despachan honras, se allanan virtudes, se airean intimidades y se destruyen prestigios. Vivirnos instalados cn un clima de degradación moral irrespirable, y la calumnia, ese monstruo anaerobio, parásita nuestra convivencia. Se resuelve en estos días el tan cacareado "Caso Arny", pero los tribunales se pronuncian con dos años de retraso, cuando ya la calumnia ha quedado consolidada en el subconsciente colectivo. Un puñado de hombres inocentes son absueltos por el tribunal, pero no hay ley humana que los absuelva del oprobio que han tenido que sufrir y que los acompañará para siempre, como una reminiscencia de podredumbre. ¿Quién restituye a los imputados el honor abofeteado por la maledicencia? Quienes ayer fueron exonerados han tenido que sobrellevar sobre sus conciencias una presunción de culpabilidad que quizá ya los deje maltrechos, han tenido que soportar juicios dirimidos en tribunales catódicos, han tenido que combatir el cáncer de la calumnia desde su desvalimiento. Ayer fueron proclamados inocentes, pero antes ya los habíamos proclamado apestosos y culpables, en una manifestación unánime de la infamia que debería avergonzarnos. ¿Recuerda la polvareda que provocó el "Caso Arny"? Unos adolescentes chantajistas y arteros decidieron enfangar el honor de un puñado de famosos, y enseguida la calumnia se adueñó del aire, como una lumbre súbita, y nos hizo repudiar a quienes hoy aparecen corno víctimas. Por entonces creíamos que las víctimas eran los calumniadores, mozalbetes ya bastante talluditos y dueños de sus esfínteres, a quienes denominábamos, con cierta incorrección lingüística, menores, e incluso "niños". ¿Recuerdan el debate social que suscitó esta supuesta "profanación de la infancia"? Nuestros políticos prometieron legislaciones represivas contra la prostitución infantil, algo que en aquel momento los enaltecía a nuestros ojos y les rentaba votos. Pero por debajo de las declaraciones de buena voluntad iba creciendo callada la calumnia, como una tenia maligna. ¿Quién resarcirá a los inocentes por las noches de insomnio y las lágrimas retenidas y el estrépito del escándalo?

    Joseph Ratzinger, “Sobre algunos aspectos de la teología moral”

    Entrevista a Joseph Ratzinger. Extractada de “Ser cristiano en la era neopagana”, Editorial Encuentro.

    Continuar leyendo “Joseph Ratzinger, “Sobre algunos aspectos de la teología moral””

    Aceprensa, “Cuando falla la ética se evapora la confianza”, 17.VII.02

    El descubrimiento de escándalos financieros e irregularidades contables en grandes empresas de EE.UU. ha creado un clima de desconfianza entre los inversores y ha provocado la caída de altos directivos. También ha dado lugar a un debate sobre los factores que han minado la ética empresarial.

    Continuar leyendo “Aceprensa, “Cuando falla la ética se evapora la confianza”, 17.VII.02″

    Juan Domínguez, “Los jóvenes europeos redescubren la religión”, Aceprensa, 30.VII.02

    Los jóvenes europeos y la religión: Los padres dejaron la religión, sus hijos la redescubren.

    Continuar leyendo “Juan Domínguez, “Los jóvenes europeos redescubren la religión”, Aceprensa, 30.VII.02″

    Fernando Sebastián, “La Iglesia frente al terrorismo de ETA”, 18.VIII.02

    El libro «La Iglesia frente al terrorismo de ETA», que recopila los pronunciamientos de la Santa Sede, los obispos y otras instituciones eclesiales desde 1969 hasta 2001, cuenta con un epílogo de monseñor Fernando Sebastián sobre la Iglesia ante el terrorismo de ETA. Este escrito del arzobispo de Pamplona ha sido calificado por el teólogo Olegario González de Cardenal como «profundamente iluminador y liberador de muchas conciencias. No desearía yo más -dice- que todos los ciudadanos españoles y, especialmente, los cristianos, leyeran ese texto y procuraran actuar en consecuencia». A continuación recogemos un resumen del epílogo escrito por monseñor Sebastián.

    «Según ellos, hay un conflicto original que consiste en el no reconocimiento de los derechos políticos del pueblo vasco, perfectamente diferenciado, que ocupa desde siempre un territorio, injustamente ocupado por el Estado español (y en parte por el Estado francés) y al que se le niega el derecho de autodeterminarse y organizarse en un Estado independiente. Si este postulado se acepta como verdadero, todas las demás consecuencias están ya implícitamente aceptadas. Así opinan los nacionalistas, pero ¿es ésta una realidad objetiva históricamente demostrable, o es más bien una pretensión opinable y discutible sólo sostenida por una parte de la población vasca? (…) Bien pudiera ocurrir que en vez de tratarse de un conflicto verdadero, fuera, más, «su conflicto», pero no el conflicto de otros muchos vascos, que viven perfectamente en España. Lo que dicen los votos es que casi la mitad de los ciudadanos vascos, y la inmensa mayoría de los navarros, ven las cosas de otra manera y no tienen dificultad para compaginar su identidad vasca o navarra con su ciudadanía española. (…) El victimismo es una forma indirecta de justificar el terrorismo y llega a ser una verdadera técnica psicológica para justificar y hacer moralmente tolerables los crímenes de ETA. (…) »No parece que se pueda afirmar que, en la España actual, los vascos padecen tales discriminaciones jurídicas que justifiquen la insurrección armada y mucho menos los asesinatos indiscriminados y alevosos que ETA comete para imponer su voluntad contra el sentir de la mayoría de los ciudadanos. (…).

    »Al margen de cualquier intención política, este procedimiento es intrínsecamente perverso y gravemente inmoral. Es incompatible con la conciencia cristiana no solamente la ejecución de estos atentados, sino cualquier colaboración que apoye la existencia y las actividades de ETA, tanto en el orden cultural como en el social y político. En consecuencia, la conciencia católica afirma que no es lícito apoyar a las instituciones que acepten directa o indirectamente la dirección de ETA, ni es lícito apoyar de ninguna manera a aquellas instituciones que no condenan expresamente los atentados de ETA y no muestran de este modo su independencia institucional e ideológica respecto de esta organización.

    ¿Autodeterminación? »Ante la exigencia del pretendido derecho a la autodeterminación, es preciso hacer una serie de observaciones que debilitan y prácticamente anulan la legitimidad de esa reivindicación. En la actualidad no hay un pueblo homogéneamente vasco que ocupe un territorio definido. Los vascos están presentes en todo el territorio español; y en lo que se llama País Vasco o Euskal Herria. Hay, y ha habido, desde hace siglos muchas personas no vascas, viviendo en paz y armonía con los vascos. Esa unidad ahora invocada como Euskal Herria o País Vasco no ha sido nunca una unidad política independiente, ni puede considerarse un país ocupado por otro, puesto que ha participado, como cualquier otro, en la historia general de los pueblos peninsulares (…).

    »Los vascos, en la actual situación democrática, tienen los mismos derechos civiles que los demás ciudadanos españoles y pueden desarrollar y garantizar libremente las notas y peculiaridades de su historia y de su cultura como cualquier otro grupo cultural, lingüístico y hasta político integrado en el Estado español. El ordenamiento político vigente en España admite la reivindicación democrática y pacífica de cualquier pretensión, opinión y proyecto político dispuesto a respetar los derechos humanos y las libertades y derechos políticos de los demás ciudadanos. (…) »Es preciso afirmar que, actualmente, los vascos no están sometidos a ninguna injusticia objetiva ni padecen una restricción de sus derechos y libertades políticas que justifique la insurrección ni la lucha armada. Por lo cual los católicos vascos y la gente de buena voluntad se encuentra en la obligación moral de desligarse de ETA y oponerse a ella, a pesar de los posibles y legítimos sentimientos nacionalistas. (…) »Las actuaciones y la misma naturaleza de ETA son absolutamente inmorales. En consecuencia, no es tampoco lícito apoyar en cualquier forma aquellas instituciones que colaboran con ETA, que aceptan su dirección, o simplemente no se desligan públicamente de ella mediante la condena explícita de sus crímenes y extorsiones.

    »Junto a este nacionalismo radical, más o menos contaminado por la violencia y por sus relaciones con ETA,existe también un nacionalismo vasco que quiere mantenerse en el marco de la moral objetiva y de las instituciones y procedimientos democráticos. El PNV existe desde mucho antes de la aparición de ETA. Y es evidente que su trayectoria ha sido democrática, aunque haya estado fuertemente condicionada por sus pretensiones independentistas.

    El nacionalismo democrático Está claro que una opción política nacionalista puede ser legítima y perfectamente compatible con una conciencia cristiana. Hay que tener en cuenta, en primer lugar, que ser nacionalista no es lo mismo que ser independentista. Puede haber un nacionalismo que pretenda defender y desarrollar los elementos específicos de un pueblo, con su historia, su lengua y su cultura, dentro de un Estado plurinacional. Hoy está admitido que el viejo principio romántico de un pueblo, un Estado no es aplicable y que su reivindicación cerrada y cerril es una fuente interminable de conflictos.

    »Otra consideración indispensable es ésta: lo que en política es teóricamente posible, para que sea legítimo en la práctica, ha de manifestarse como un medio de conseguir un bien mayor para la mayoría de la población. El independentismo es una opinión posible. Pero ¿es tan claro que la ruptura independentista, en las actuales circunstancias, es mejor para la mayoría de la población que la continuidad democrática? ¿Qué pasaría con esa casi mitad de la población que se sienten a la vez vascos y españoles y no quieren separarse de España? (…). En estos momentos, los nacionalistas no pueden invocar el diálogo ni la libre manifestación de la voluntad popular como medio de resolver el contencioso político, sencillamente porque mientras exista ETA los ciudadanos no tienen libertad real para manifestarse. Los nacionalistas pueden decir lo que quieran y nadie les va a matar. En cambio, los no nacionalistas si dicen lo que sienten, si votan libremente se exponen a que ETA los mate, o por lo menos se ven obligados a desafiar los insultos y los asaltos de los jóvenes guerrilleros nocturnos que ETA alimenta e impulsa.

    »El nacionalismo democrático se encuentra en la obligación moral de formar un frente común con las demás instituciones democráticas del Estado para luchar eficazmente contra ETA. (…) No se trata sólo de una obligación democrática, sino de una obligación moral, de una exigencia fundamental de la moral política más elemental. (…) Quiérase o no, la coincidencia con la presencia y los fines de ETA contamina las actividades de cualquier otra organización nacionalistas, a no ser que exista al mismo tiempo una clara negación de cualquier coincidencia con ETA y una decidida colaboración con todas las instituciones del Estado para procurar eficazmente la derrota y la desaparición de ETA. Si el nacionalismo vasco quiere actuar moralmente, en las circunstancias actuales, tiene que unirse con las instituciones democráticas del Estado en una lucha decidida y eficaz contra el terrorismo.

    »El punto clave en la sociedad vasca es que los ciudadanos están divididos en sus preferencias políticas al 50 por ciento: un poco más de la mitad son nacionalistas (quizá no todos independentistas) y casi una mitad prefiere seguir viviendo como ciudadanos españoles y vascos a la vez. Ninguna solución unilateral que imponga las preferencias de una mitad y desconozca el sentimiento y la voluntad de la otra mitad puede ser justa ni estable. En Navarra, la mayoría no tiene dificultad en seguir siendo navarros y españoles, y no quieren alterar su amplia autonomía foral integrándose en ninguna otra institución autonómica ni federal. (…) La intervención de la Iglesia »Hoy por hoy, la Constitución española, el Estatuto vasco y el Amejoramiento del Fuero en Navarra, son los instrumentos legales que garantizan la convivencia en paz y en libertad. La única postura responsable y realista es la que se apoya en el reconocimiento de esta situación legal y política, para pretender mejorar estos ordenamientos por los procedimientos legales previstos. Es preciso reconocer serenamente la existencia de un problema político en el País Vasco. Por eso no es exacto decir que el único problema del País Vasco es ETA. Existe el problema singular de que un tanto por ciento importante en el País Vasco no quiere ser españoles, no ven compatible su identidad vasca con la ciudadanía española.

    «La Iglesia tiene que denunciar y condenar la violencia. (…) Pero cabe preguntar qué es lo que hay que pedir a cada grupo, a cada participante de la vida social y pública en estos momentos. A los nacionalistas radicales la Iglesia les dice que las ideas y los análisis marxistas no son verdaderos, ni justos, ni sirven de verdad para fomentar la libertad y la prosperidad de los pueblos. Hay que decirles que no se puede absolutizar ninguna idea ni ninguna realidad social, que ningún proyecto político puede ocupar el lugar de Dios y justificar el atropello de los derechos de nadie.

    »Cuando el ser de «aquí» o de «fuera» es razón suficiente para respetar o no respetar los derechos de una persona, estamos fuera de la democracia, de la moral y de la civilización cristiana; estamos cerrando el camino a cualquier proyecto civilizado y realista de convivencia justa y democrática. (…) »A los nacionalistas democráticos, sean independentistas o no, hay que decirles que no se pueden desconocer los vínculos y responsabilidades comunes con las demás instituciones democráticas, en contra de la violencia y de los radicalismos. Valorar más las coincidencias con los terroristas que las coincidencias morales y democráticas con quienes respetan los derechos humanos y son víctimas de los ataques terroristas es, de nuevo, una forma encubierta de caer en la idolatría de los de «aquí», es aceptar el juego del racismo y favorecer indirectamente el triunfo de las posiciones radicales y violentas. (…) Pretender aprovechar la existencia del terrorismo para ganar bazas políticas o alcanzar algunos grados de soberanismo, sería una forma sutil de hacerse solidarios y dependientes de los violentos. (…) A los partidos y a las instituciones constitucionalistas, la Iglesia debe decirles que es cierto que hay que garantizar eficazmente los derechos fundamentales de los ciudadanos y es cierto que esto requiere la derrota policial de ETA. Pero también es cierto que la paz y la justicia no llegarán del todo mientras no haya una voluntad política eficaz de encontrar una respuesta razonable a las pretensiones más o menos independentistas de la mitad nacionalista. Ellos no pueden imponer sus ideas a los demás. Pero tampoco sería justo no tenerlas en cuenta de ninguna manera. Esta es la dificultad real, la verdadera cuestión política (…).

    Tomado de ABC, 18.VIII.02

    Fernando Colina, “Necesita un psiquiatra… ¿o más bien un confesor?”, PUP, 28.IX.02

    El Director del Hospital Psiquiátrico de Valladolid, en un artículo publicado en el Norte de Castilla el 21.IX.02 afirma que muchos pacientes necesitan más bien un confesor.

    Continuar leyendo “Fernando Colina, “Necesita un psiquiatra… ¿o más bien un confesor?”, PUP, 28.IX.02″

    ACI, “Miss América censurada por hablar a favor de la abstinencia sexual”, 9.X.02

    Erika Harold, coronada hace unas semanas como Miss América 2003, denunció que fue censurada por los organizadores del certamen que le ordenaron no hablar públicamente a favor de la abstinencia sexual.

    Harold, de 22 años y natural de Urbana, Illinois, se dedica desde hace tiempo a promover la abstinencia entre las adolescentes de su estado y dice no estar dispuesta a ceder a las presiones por haber ganado la corona.

    “Francamente, aunque no sea específica, hay presiones de algunos lados para que no promueva la abstinencia”, denunció Harold al diario The Washington Times.

    En su primera visita a la capital estadounidense desde que ganó el certamen el 21 de septiembre, Harold dijo que resistirá los esfuerzos de los funcionarios del Miss América para silenciar sus opiniones a favor de la castidad.

    “No me intimidaré”, afirmó Harold -quien este año fue aceptada en la Universidad de Harvard para estudiar derecho- cuando llegó a la sede del National Press Club, para una conferencia de prensa en Washington.

    Una fuente señaló que Harold estaba muy molesta porque George Bauer, director ejecutivo interino de la organización del Miss América, y otros funcionarios del certamen, le habían ordenado directamente que se limite a hablar de la prevención de la violencia juvenil, con el que ha ocupado numerosas primeras planas.

    Según la misma fuente, los funcionarios no quieren que Harold utilice su investidura para promover a castidad entre las adolescentes, a pesar que es una causa que ella promueve desde hace varios años como conferencista del Project Reality, una organización de Chicago pionera en la difusión de la abstinencia en las escuelas. Sólo desde que ganó el título de Miss Illinois en junio, Harold dirigió conferencias a favor de la abstinencia a unos 14 mil jóvenes del estado.

    Bauer no ha respondido a las preguntas de la prensa sobre esta censura. Lo que más llama la atención es la incoherencia de los funcionarios en el tema sexual, pues ahora se oponen a la difusión de la castidad, y por mucho tiempo prohibieron a las elegidas como Miss América -e incluso a las concursantes- estar a solas con un hombre, sea su padre o hermano, sin un chaperón.

    Desde 1990, se ha exigido a las concursantes del Miss América adoptar un tema oficial de promoción. Harold ganó el concurso Miss Illinois con la plataforma “Abstinencia Sexual en la Adolescencia: Respétate a ti mismo, Protégete a ti mismo”. Sin embargo, los funcionarios del certamen reemplazaron la abstinencia por la violencia juvenil, porque arguyeron que sería más “pertinente”, según confesó su padre a un periódico de Illinois.

    Su compromiso Tras ganar la corona, Harold afirmó que recibió un mensaje electrónica de una escolar de Chicago pidiéndole que siga con su campaña a favor de la abstinencia. “Ella me dijo que había cambiado su vida por lo que le dije, que había tomado la decisión de vivir la abstinencia por lo que escuchó. Ella espera realmente que como Miss América siga compartiendo esto porque cambió su vida y cree que cambiará la de otras personas”, relató Harold.

    “No quiero pensar que hay chicos en todo el país que ahora cuestionen si hicieron la decisión correcta, cuando la persona que me inspiró no está dispuesta a compartir ese compromiso a nivel nacional. Me sentiría hipócrita si desisto ahora”, indicó Harold.

    La Miss América, aseguró que la educación en la abstinencia es un componente importante de la prevención de la violencia juvenil porque la violencia está directamente relacionada con el permisivismo sexual y la promiscuidad. “Creo que si una persona joven se involucra en un estilo de vida promiscuo, es más vulnerable ante otros factores de riesgo, definitivamente hay una relación ahí”, señaló. Erika Harold confesó que en la adolescencia fue víctima de acoso sexual. “muchas víctimas de estos abusos, terminan creyendo lo que se dice de ellos y se vuelven promiscuos, caen en un modelo de autodestrucción”.

    “Cuando a mí me tocó vivir esa experiencia, yo adopté la aproximación opuesta y decidí no definirme por lo que los demás pensaban de mí. Me sentí muy afortunada por tener padres y una comunidad de fe que me apoyó en esto. Por eso fui capaz de hablar sobre este tema. No tomé el camino de ser promiscua, sino de reafirmar lo que creo y defenderlo. Me siento muy afortunada por haber podido compartir esto con miles de jóvenes”.

    Publicamos a continuación la rectificación de los organizadores unos días después: Los organizadores levantan censura a Miss EEUU WASHINGTON DC, 11 Oct. 02 (ACI).- La avalancha de críticas y las firmes convicciones de la nueva Miss Estados Unidos, Erika Harold, llevaron a los organizadores del certamen a desistir de la censura impuesta contra la representante para que no promueva la castidad.

    Después de prohibir expresamente a Harold hablar a favor de la abstinencia en sus apariciones públicas, los funcionarios fueron severamente cuestionados por distintos sectores y la Miss Estados Unidos no ocultó su malestar. Harold, que antes de ganar el certamen era Miss Illinois, se había convertido en una de las voceras oficiales de Project Reality, organización dedicada a promover la abstinencia entre los escolares.

    Según informó Libby Gray, de Project Reality, cuando los funcionarios del certamen pidieron a Harold cambiar el enfoque de su discurso a los adolescentes y la violencia, ella lo aceptó pero rechazó detener su mensaje sobre la abstinencia. “A ella le pidieron que no hablara sobre la abstinencia. Erika no será políticamente correcta, hablará de lo que siente que es más importante. Está apasionada con el tema de la abstinencia y quiere difundir este mensaje entre los adolescentes de todo el país”, señaló Gray.

    Robert Knight, director del Culture and Family Institute, afirmó que la organización de Miss Estados Unidos no tenía mucha opción al respecto. “La presión pública los hizo recuperar el sentido”, indicó Knight y lamentó que los funcionarios del concurso estén tan desfasados. “Por mucho tiempo, los organizadores parecían estar atrincherados en la revolución sexual de los ’70s”, señaló.

    Susanna Tamaro, “La gente tiene necesidad de lo sagrado”, La Razón, 9.X.02

    Sin duda es una mujer especial. Ama la cocina y el campo (vive con caballos, perros, gatos y cabras). Le gusta tocar la flauta, leer y, sobre todo, escribir. La autora de «Donde el corazón te lleve» y «Respóndeme», ha fundado varias asociaciones benéficas y dice odiar todo lo que sea estrecho: desde los vestidos hasta los sentimientos y las ideologías. Susanna Tamaro, de 44 años y una de las heroínas de la literatura actual (nueve millones de copias vendidas de «Donde el corazón…»), vive esquivando las tortas lo mejor que puede en un mundo en el que parecen pulular las malas lenguas. ¿Será la envidia? Ella misma, aburrida ya y algo ajena, confiesa: «Han dicho de mi que he intentado suicidarme, que soy una neurótica, budista, new age, fascista e integrista católica». En fin, una cosa es cierta, y es lo que ha dicho de sí misma en una entrevista concedida a Michele Brambilla y recogida en el libro «Gente que busca. Entrevistas sobre Dios», del periodista italiano. Susanna no se avergüenza de publicar en la revista «Familia Cristiana» y en San Paolo, una gran editorial, pero… católica. Es decir, una editorial, «perteneciente a otro mundo , ignorado por la cultura oficial», en palabras de Brambilla.

    «Soy católica» Incluso en el mundo católico hay quien piensa que es adepta de la Nueva Era (New Age). «Eso es una estupidez explica Susanna al periodista. Yo creo que Dios se ha encarnado en Jesús, que ha muerto y ha resucitado. Soy una católica practicante, no una secuaz de la New Age. La cual, es una espía de la necesidad de sagrado que tiene la gente, y esto debería, más bien, hacer reflexionar a los sacerdotes: si tantas personas terminan en ciertas sectas o movimientos, quizá es porque la Iglesia no consigue responder a la demanda de lo sobrenatural». Y añade modestamente: «A veces, me parece, se insiste demasiado en la ética, con el riesgo de mostrar la fe como un paquete de preceptos y no aquel mensaje de profunda liberación que es. Sólo quien vive la fe experimenta cuánta paz viene del respeto de la ley de Dios.

    En su última obra, «Ánima Mundi», una religiosa simboliza la Gracia, con la que Susanna quiere mostrar que la Salvación viene de fuera, dando así una lección a los que se creen amos de su vida y del propio destino, y no aceptan la idea de ser salvados por Otro. «Mis libros no son de consumo, sino de reflexión, si los críticos me censuran no me importa nada». Queda patente la decisión de esta mujer de no ocultar su fe con la intención de hacer guiños al mercado.

    Para Susanna cada palabra es una semilla y el terreno donde se siembra es el corazón del hombre. Recientemente decía durante un discurso pronunciado en el Encuentro Internacional para la Paz organizado por la Comunidad de San Egidio: «Hay palabras instigadoras y palabras reflexivas, palabras que explotan en forma de rabia y de resentimiento y otras que, en cambio, son capaces de detener cualquier tipo de explosión. Precisamente por eso la escritura consume, porque es un peso, y ahora más que nunca, una responsabilidad».

    ¿Y cómo construir la paz? En su alocución apuntaba que el mal no se puede vencer con el mal, pero tampoco con la retórica del bien y de los buenos sentimientos. «Combatir el mal con el mal conduce a un círculo vicioso cada vez más estrecho. Tendremos que sembrar más palabras continúa. Palabras que golpeen, que hieran. Palabras que hagan levantar la vista. Palabras que, en la estación justa, sepan germinar y transformarse en plantas. Las plantas de la esperanza, del amor y la misericordia».

    Idolatría Tamaro no tiene reparo en hablar de la existencia del pecado, y así, nos advierte de que «el pecado de este tiempo y de todo tiempo no es el mal, sino la idolatría. Ella es la que conduce al hombre a la deriva y transforma la historia en una carrera sin frenos hacia la aniquilación.

    En cuanto a la paz interior Susanna explica que practica el yoga y las artes marciales porque le ayudan a la reflexión, el equilibrio interior y también a la oración, pero las considera tan sólo técnicas. Sabe que a Dios no se le alcanza a fuerza de puños y admira la sencillez evangélica, que es la que nos acerca a la entrada al Reino de los Cielos.

    Altagracia Domínguez, La Razón, Madrid, 9.X.02

    Susanna Tamaro, “El mal no se combate con la retórica de los buenos sentimientos”, El Mundo, 3.IX.02

    Nunca he creído en la bondad natural del hombre. (…) Esto ha provocado que no me sorprenda la exhibición de su maldad. Me maravilla, en cambio, que la gente se haya olvidado de esta natural tendencia al mal, que no tengamos ya memoria de nuestros orígenes. No fue Abel, muerto precozmente, sino Caín el que generó todas las estirpes que pueblan la Tierra. Un cielo vacío y un paraíso fácilmente edificable en la tierra sacaron al hombre de su camino. Entender la técnica -y dominarla- le proporcionó la ilusión de que el mismo saber era extensible al corazón. Sin cielo -y sin camino para recorrer-, también el hombre se torna máquina y, como todas las máquinas, puede funcionar bien o mal, depende de la construcción, del programa y del mantenimiento.

    (…) Sin la idea de la redención, la Historia se convierte en una arena en la que los vencedores amontonan constantemente los cuerpos de los vencidos. Sin la idea de la redención, la vida de los seres humanos no es muy diferente de la de los excursionistas sorprendidos por la niebla. ¿Cuál es el camino por el que hemos venido? ¿Por dónde vamos caminando ahora? Nadie tiene una brújula, andamos a ciegas, volviendo siempre sobre nuestros pasos. De esta forma, cuando llegue la muerte, habremos gastado todos los zapatos caminando siempre por el mismo lugar. (…) El mal, la enfermedad, la destrucción y la muerte tienen, de hecho, una misteriosa razón de ser y de existir. La salvación no se consigue caminando al atardecer por la playa de un mar en calma, sino trepando por los montes, entre las zarzas y los espinos, con el riesgo constante de caerse por el barranco en cada instante. El mal no se puede combatir con el mal, pero tampoco con la retórica del bien y de los buenos sentimientos. Es como querer construir un tanque con mondadientes. «¡Tenemos que amarlos!», «tenemos que querer la paz». ¿Y por qué, cuando todo el mundo alrededor sólo habla de atropellos, de victoria de los impíos y de la ferocidad que triunfa? El pecado de este tiempo -y de todo tiempo- no es el mal, sino la idolatría. Ella es la que conduce al hombre a la deriva y transforma la historia en una carrera sin frenos hacia la aniquilación.

    Sí, tendremos que plantar más árboles, observarlos, entender que entre nosotros y ellos la diferencia es realmente exigua, porque la vida de ambos depende de la generosidad de la luz y de la abundancia de agua. De la luz que es auténtica luz y del agua que calma la sed. Tendremos que sembrar más palabras. Palabras que golpean, que hieren. Palabras que hacen levantar la vista. Palabras que, en la estación justa, sepan germinar y transformarse en plantas. Las plantas de la esperanza, del amor y de la misericordia.

    Tendremos que ser de nuevo capaces de ver, de escuchar, de renovar la alianza. Circuncidar la oreja, la mirada y el corazón al igual que, con la poda, se circuncidan las ramas para que nazca la flor y se transforme en fruto.

    José Manuel Lacasa, “La Religión, presente en los currículos de la UE”, Magisterio, 9.VII.2003

    En contra de lo que se viene afirmando en numerosas tertulias de más o menos desinformados, la asignatura de Religión está presente en casi toda la Unión Europea.

    Un informe del CIDE publicado en 2002 presentaba una comparativa de la asignatura de Religión en toda la Comunidad Europea. Allí quedaba claro que el caso español no es ni mucho menos único, sino, especialmente tras la corrección introducida por el Consejo de Estado, mayoritario en Europa. Aunque el Ministerio de Educación mantuvo la asignatura como estaba en la Logse –más por temor a la reacción que por convicción–, al final fue determinante el dictamen del Consejo de Estado: la asignatura de Religión debía contar académicamente, al igual que la alternativa. Así lo recogió el Real Decreto que desarrolla la ordenación de esta materia.

    Continuar leyendo “José Manuel Lacasa, “La Religión, presente en los currículos de la UE”, Magisterio, 9.VII.2003″

    José Ramón Ayllón, “Religión en las aulas”, PUP, 8.VII.2003

    He sido profesor de religión católica muchos años. En esas clases y en esos años, el profesor y sus alumnos han aprendido mucho más que religión. Han podido comprobar, por ejemplo, que solo desde el cristianismo es posible entender a Lutero y a Erasmo, a Miguel Ángel y a Bernini, a Felipe II y a Enrique VIII, a Dante y a Jorge Manrique, a Lope de Vega y a Quevedo. Gracias a la asignatura de religión han entendido aspectos fundamentales de la historia de Europa: una larga historia que pasa por el Camino de Santiago, por las catedrales románicas y góticas, por la pintura barroca, por el Réquiem de Mozart, la Pasión de Bach y el Mesías de Haendel, y también por la fundación episcopal o papal de las universidades.

    Continuar leyendo “José Ramón Ayllón, “Religión en las aulas”, PUP, 8.VII.2003″

    Miguel Aranguren, “¿Qué hubiese sido de mi vida sin formación religiosa?”, PUP, 3.VII.2003

    ¿Qué hubiese sido de mi vida sin formación religiosa? ¿Qué hubiese sido si se me hubiera ofrecido como una asignatura voluntaria y no evaluable? ¿Qué, incluso, si en vez de profundizar sobre las verdades de la religión católica, con exámenes, aprobados y suspensos, hubieran sustituido aquellos buenos profesores por otros que me explicaran una teoría general sobre el fenómeno religioso, sin descender a las profundidades del cristianismo que profesaron mis padres? Pues que no sería lo que soy. Sin embargo, no dudo que a falta de matemáticas bien me las hubiese compuesto para manejar mis modestos caudales. Y sin inglés, tampoco esta vida de talante anglosajón hubiese podido conmigo. Mas sin conocer los artículos del Credo, la historia de la Redención, la existencia del bien y del pecado, los misterios insoldables de Dios y su misericordia, la moral natural, los Mandamientos, las virtudes, los sacramentos y las obras de misericordia…, a mi vida le faltaría un resorte fundamental, mas allá de que viva comprometido con los postulados de la fe o los ignore. Continuar leyendo “Miguel Aranguren, “¿Qué hubiese sido de mi vida sin formación religiosa?”, PUP, 3.VII.2003″

    Amando de Miguel, “La religión en la escuela”, La Razón, 27.VI.2003

    Llevo muchos años de experiencia docente en la Universidad. Cada vez me resulta más difícil que los alumnos entiendan las alusiones a ideas que proceden de la Biblia o de la tradición cristiana. Por ejemplo, tengo que explicar el hecho social de la envidia. Resulta imprescindible la referencia a Caín y Abel, pero esos dos personajes son perfectamente desconocidos para mis alumnos y cada vez más. ¿Cómo van a entender la magistral novela de Unamuno sobre Caín? (Abel Sánchez). Si aludo a la «ética del trabajo», es inútil hablar de la revolución que supuso la vida monástica medieval o la influencia de Calvino. La conclusión es tan evidente como desmayada. Las últimas promociones de alumnos no tienen una idea clara de la Religión como hecho cultural. Ante esa circunstancia, resulta tan vergonzosa como necesaria la reciente propuesta de volver a introducir la Religión en el plan de estudios de la enseñanza obligatoria. Aciaga decisión fue en su día sustituirla por ratos de ocio escolar. En la televisión entrevistaban el otro día a un mozalbete sobre esta cuestión de la nueva asignatura. El zangolotino sostenía que «ahora, con la clase de Religión, ya no vamos a tener tiempo para relajarnos». Espero que al chico no le dé por estudiar Sociología.

    Continuar leyendo “Amando de Miguel, “La religión en la escuela”, La Razón, 27.VI.2003″

    Alfonso Aguiló, “Educar en la fe”, Revista Palabra, nº 468, IV.2003

    Un testimonio de vida

    La educación de la fe no es mera enseñanza, sino transmisión de un mensaje de vida. En todas las familias cristianas se sabe, por experiencia, qué buenos resultados da la coherencia de una iniciación a la fe en el calor del hogar. El niño aprende así a colocar a Dios entre sus primeros y más fundamentales afectos. Aprende a rezar, siguiendo el ejemplo de sus padres, que logran así transmitir a su hijo una fe profunda, que prende con facilidad en él cuando la contempla hecha vida sincera en sus padres.

    Los niños tienen necesidad de aprender y de ver que sus padres se aman, que respetan a Dios, que saben explicar las primeras verdades de la fe, que saben exponer el contenido de la fe cristiana en la perseverancia de una vida de todos los días construida según el Evangelio. Ese testimonio es fundamental. La palabra de Dios es eficaz en sí misma, pero adquiere una fuerza mucho mayor cuando se encarna en la persona que la anuncia, y eso vale de manera particular para los niños, que apenas distinguen entre la verdad anunciada y la vida de quien la anuncia. Como ha escrito Juan Pablo II, “para el niño apenas hay distinción entre la madre que reza y la oración; más aún, la oración tiene valor especial porque reza la madre”.

    Continuar leyendo “Alfonso Aguiló, “Educar en la fe”, Revista Palabra, nº 468, IV.2003″

    Alfonso Aguiló, “El fundador del Opus Dei y la educación”, Retamach, I.2002

    Colegio Retamar, 13 de septiembre de 2001. Continuar leyendo “Alfonso Aguiló, “El fundador del Opus Dei y la educación”, Retamach, I.2002″

    Paul Johnson, “El albor de una nueva era”, El Mundo, 19.IX.2001

    ¿Seremos testigos de un cambio dramático en el ánimo popular del mundo occidental? El siglo XX -el Siglo Americano, como se le ha llamado a menudo- ha sido la Era del Liberalismo. En los inicios de este siglo XXI el poder económico y la preponderancia militar de Estados Unidos son mayores que nunca. Pero yo siento que este cataclismo por el que está pasando el país va a traer como resultado un endurecimiento de las mentes y los corazones estadounidenses, cuya primera advertencia será la respuesta militar que se va a dar contra los enemigos de la nación. Y cuando Estados Unidos emprende algo, el resto del mundo le sigue.

    ¿Está a punto de convertirse este siglo XXI en la Era de la Reacción, en la que el reloj de los tiempos de nuevo se encamine firmemente hacia la severidad, la disciplina y la aplicación inexorable de la ley? (…) El vocabulario más apropiado para la respuesta estadounidense deberá venir marcado por expresiones tales como desquite y severidad, implacabilidad y justo castigo; es necesario aplicar las leyes, tanto nacionales como internacionales, con el máximo rigor e imponerlas a un mundo sin ley, aun a expensas de cualquier otra consideración.

    Es mediodía y el sheriff ya se ha puesto su estrella y ha reclutado al pueblo entero para que le ayude a enfrentarse contra el Mal. Las consecuencias de todo esto se habrán de ver muy pronto en una legislación de emergencia -posiblemente con enmiendas a la Constitución- en cuantiosos gastos de dinero y de poder industrial, en la creación de nuevas fuerzas y armamento y en operaciones militares de gran envergadura y complejidad.

    En este proceso, la necesidad urgente de seguridad tiene que echar el telón sobre un siglo de liberalismo y permisividad. Y no deben confinarse estos cambios de ánimo y dirección exclusivamente en la lucha contra el terrorismo.

    Al igual que en el siglo XX las nociones liberales acabaron apoderándose de todos los ámbitos de nuestra sociedad -desde el sexo y los medios de comunicación hasta el crimen y su castigo, desde el matrimonio a la vida familiar y desde las relaciones entre padres e hijos a la sustitución de la tradicional noción del deber por los derechos universales- la reacción ahora frente a esos desacreditados valores se extenderá gradualmente, aunque con rapidez cada vez mayor, hasta alcanzar los últimos rincones de nuestras permisivas sociedades.

    Esta reacción debe afectar, también, a asuntos tales como el divorcio, el aborto y la ilegitimidad, a la naturaleza de la educación, al comportamiento en las universidades, a la formación de la juventud, a la gestión de becas y, no como tema menor, al futuro de la religión y de los dictados fundamentales de la moralidad. De esta manera, nos encontraremos en un mundo nuevo y más severo, pero también más seguro y estable.

    Muchos millones de personas, consternadas ante la forma en que la sociedad fue yendo a la deriva y degenerándose, vienen anhelando este tipo de cambios durante largo tiempo, desesperándose por lograrlos.

    Pero los historiadores sabemos muy bien que un acontecimiento súbito y horrendo puede dar lugar a cambios fundamentales en la actitud general. Así, por ejemplo, la etapa del terror de la Revolución Francesa en 1790 conmocionó al mundo, produciendo como consecuencia un renacimiento religioso que culminó en una recuperación de valores que, a su vez, condujo a las certezas de la época victoriana.

    El asalto terrorista contra Estados Unidos -y la respuesta que a continuación se producirá- puede suponer un acontecimiento de características muy similares y capaz, por tanto, de poner en marcha un retorno a la noción tradicional del Bien y del Mal.

    Estos días, quizá, nos estemos situando en el umbral de una nueva era que alterará no sólo nuestras propias vidas sino, también, las de nuestros biznietos. Y si esto es así, quiero darle la bienvenida con toda mi inteligencia y todo mi corazón a este evento. Y usted también debería hacerlo.

    Paul Johnson es historiador e intelectual británico, autor de “Los intelectuales”, “El nacimiento del mundo moderno”, “La Historia del siglo XX”, y “La búsqueda de Dios: una peregrinación personal”, entre otras obras.

    Juan Luis Lorda, “La desinformación religiosa”, Ecclesia, 29.I.2000

    El jubileo del año 2000 vino acompañado de muchas cosas buenas y algunas malas. No todo en el monte puede ser orégano. Entre los males crónicos que padecemos, está el de la desinformación religiosa, que es muy persistente en nuestro país, y que, a base de repetirse, ha conseguido imprimir en las conciencias imágenes muy negativas de la Iglesia y algunos sonoros prejuicios sobre el mensaje cristiano.

    Al aumentar el cúmulo de noticias con ocasión del jubileo, se activaron los resortes y pudimos asistir, durante semanas, a una especie de tiro al plato, donde se mostraron los tics que tiene cada medio. Me parece útil poner algunos de relieve. Pero sin adoptar una actitud beligerante, porque no va con lo que tiene que ser la evangelización, cuyo signo principal es la caridad. La caridad exige una opción por la inocencia (es mejor pasarse por bienintencionados), y por la indefensión que supone perdonar (el heroísmo de ceder en lo propio y esperar la conversión ajena). Con todo, el Señor nos ha dado la inteligencia también para que pensemos y ofrezcamos una justa resistencia al daño injusto.

    El nuestro es un país con un movimiento intelectual discreto. Aunque ha crecido levemente en los últimos años, el panorama oficioso del pensamiento y del ensayo se resume y se consume en dos o tres figuras, que ya han dicho lo que tenían que decir, y en una o dos que están empezando a decir algo. Aparte del debate político, que no es particularmente atractivo, los editoriales de la prensa se dedican al comentario ocurrente de anécdotas circunstanciales. No hay grandes temas, y los religiosos son frecuentemente maltratados por una desinformación, que raramente ofrece un diálogo inteligente o enriquecedor. Si no fuera por el poder que tiene para conformar la opinión pública, no merecería atención.

    Sin necesidad de grandes análisis, es patente que la desinformación religiosa en la prensa española se puede encuadrar en dos tipos de medios. De un lado, la prensa de cuño ilustrado; de otro, la de aire libertario. Al describir los dos tipos, destacaré algunos rasgos. Y se me permitirá que los trate con cierto desenfado. Es por dar amenidad al texto. Y también para no convertir el tema, que, en el fondo, es bastante doloroso, en un alegato.

    La prensa libertaria Empezaremos por el segundo tipo, que es más elemental. La prensa de aire libertario se caracteriza, sobre todo, por ser frívola. Carece de proyecto intelectual, fuera de una genérica opción por la libertad de costumbres. Todo lo demás no parece importarle gran cosa. Le gustan los tonos sensacionalistas y no se toma en serio más que a sí misma. Cree estar en la cresta de la ola y, asumiendo una tradición surrealista bastante demodée, piensa que hacer cultura consiste en sorprender con alguna que otra “transgresión” (a estas alturas). Se considera al margen de la cultura cristiana y procura marcar las distancias, cuando hay ocasión, con alguna salida de tono. Tiende a ridiculizar lo religioso, y se regocija cuando las circunstancias le ofrecen algún pequeño escándalo sexual o financiero. También rastrea todo lo escabroso que se puede recuperar de la historia. Pero lo hace con la intención de llenar los dominicales y entretener al lector. No busca el lado más anticlerical, sino el más morboso.

    No tiene posicionamientos ideológicos claros, sino más bien vitales, y se le nota un aire posmoderno, de estar de vuelta. Por eso, el tratamiento de lo religioso tiende a ser errático. No le importa recoger manifestaciones religiosas auténticas, siempre que sean curiosas y entretenidas. Y muestra un cierto escrúpulo de conciencia cuando trata, generalmente bien, las realizaciones sociales de la Iglesia. También suelen caerle simpáticos los personajes en distancia corta, en entrevistas, etc. En cambio, muestra recelos instintivos hacia la institución tomada en general (la Iglesia, la autoridad, la curia romana, la conferencia epicopal, el Magisterio). Y tiene un tic agudo que lo caracteriza, que es la hipersensibilidad hacia la moral sexual católica. Aquí sí que no dejan pasar una y la respuesta suele ser airada.

    El tema de la homosexualidad, en particular, es el callo que no se puede rozar. Y, a falta de otros, actúa como insignia del carácter libertario. Las cuestiones ecológicas o el reiterativo discurso en favor del relativismo total (ideológico, cultural, religioso, científico…), puede servir para ponerse algo de color en la camiseta, pero el tema sensible -a juzgar por las reacciones- es el otro. En círculos concéntricos la hipersensibilidad se extiende hacia toda la doctrina de la Iglesia sobre la familia, la bioética y la paternidad o maternidad. Aunque el panorama demográfico en España pide a gritos una acción responsable en este terreno, esta prensa no tolera bien la institución familiar, con sus niños gritones, sus hogares acogedores, sus cumpleaños felices, sus sonrisas tiernas y sus cándidos belenes. Y se le escapan pellizcos y puyas no siempre inocentes. Gide dijo en una ocasión “familias, os odio”. Pues lo mismo, pero en menos. Los encantos de la “familia feliz” y el “hogar, dulce hogar” les ponen a cien. Debe de ser un tic de solteros.

    Les gusta coquetear con el mundo de la droga, siempre tratado con cariñosa indulgencia, aunque los datos clínicos obligen en esto a un inevitable realismo y moderación. Lo libertario, como las borracheras, trae siempre a cuestas el problema de la resaca, cuando uno se tropieza con el dolor de cabeza, y, al cabo de unos años, con la cirrosis. Como vivimos en un mundo real, los actos libres (la droga, el sexo, el desenfado, el escapismo y la vida misma) tienen efectos reales, muchas veces no deseados. Es bonito jugar a vivir liberado, pero, en algún momento, hay que fregar los platos que se han manchado y recoger los trozos de los que se han roto. De esto no tiene culpa el cristianismo. Son las leyes de la realidad. Y a la Iglesia le toca el feo o hermoso papel -según se mire- de recordar las leyes que creemos reveladas por el Creador. Y molesta. Por muy suave que se quiera decir, la Palabra de Dios se recibe en este contexto como una bofetada moral. En esto se resume todo.

    La prensa de corte ilustrado La otra prensa -de corte ilustrado- presenta una fisonomía muy distinta. En primer lugar, se considera seria, y tiene una alta opinión de sí misma y de su papel en la sociedad moderna. Arroja sobre sus hombros la tarea de ser el faro y guía intelectual del progreso. Se considera la conciencia laica del país y, desde que la izquierda se decolora (perdiendo el rojo), sostiene los ideales de la Ilustración francesa. Esto le da el tono dignamente aburrido de los viejos tribunales de justicia, llenos de estatuas a la libertad y el progreso. Celebra con religiosa unción las efemérides ilustradas y mantiene el culto sagrado de lo público. Esta repetición de clichés le producen un hieratismo un tanto cómico. Y quizá por el peso de la propia tradición izquierdista, no acaba de encontrar la postura para integrar los nuevos aires liberales que, por las leyes de la simetría ideológica (casi tan certeras como las de la óptica), le correspondería adoptar.

    Mientras en la prensa libertaria, podría hablarse de una desinformación errática, aquí se trata de una desinformación sistemática. Para esta prensa, la cuestión religiosa no es una más, sino que es un punto sensible de su proyecto cultural, y casi el único que le queda claro después de diez años de derivas, distanciamientos y decoloraciones apresuradas. Remontándose a los puntos de partida de su tradición ideológica, asume que el mayor mal de la historia ha sido el oscurantismo religioso. En consecuencia, considera un deber y un alto honor combatirlo. Esto le da un horizonte y una tarea, además de disculparle veleidades de juventud. Defienden que progresar es lo mismo que perder la fe cristiana, aunque no saben bien qué parte, porque no se hacen idea de la hondura de sus propias raíces.

    Es una cruzada en toda regla basada en una creencia: lo religioso y, sobre todo, lo católico es, por su propia naturaleza, contrario al progreso de la humanidad: es decir, al crecimiento de la ciencia y al despliegue de la libertad. Es un principio que los datos reales, quiéranlo o no, tienen siempre que confirmar. Y se trabajará para que así sea. El enfoque y las manifestaciones de la religiosidad católica han cambiado mucho en el último siglo. Pero cuando la miran no ven lo que hay, sino lo que debería haber de acuerdo con este principio.

    Por eso, sacan constantemente del baúl de los recuerdos, los argumentos, ya apolillados, que seleccionó la tradición laicista y anticlerical francesa. Y, con ocasión y sin ella, entrando en el siglo XXI, te recuerdan las antiguas cruzadas, las guerras de religión, el juicio de Galileo o la actuación represiva de la inquisición, como si acabaran de suceder y no se hubiera hecho otra cosa en la historia. Que San Juan de la Cruz haya podido convivir con la Inquisición y que sea un testimonio cristiano mucho más auténtico, da lo mismo; puestos a mentar, lo que se mentará hasta el agotamiento, será la Inquisición, sin ninguna preocupación por los matices históricos. Son argumentos importados y apenas traducidos, ni siquiera tienen los tonos locales que cabría esperar. Por ejemplo, la Inquisición es una institución española y, con la enorme documentación que poseemos, podría dar lugar a ejemplos más sangrantes que Galileo, porque, en este país ojerizas ha habido siempre muchas. Pero no les interesa la historia. Prefieren los estereotipos. La única diferencia con otras naciones es que aquí, en general, no se usa la referencia a los horrores de la Conquista de América. Se ve que el público español todavía venera este asunto y le sabe malo que se lo sustraigan. Con estos argumentos, llevamos dos siglos y medio, y todavía se pueden leer en la prensa diaria, no menos que una vez por semana. Todo lo demás que la Iglesia haya hecho o esté haciendo ahora no importa en absoluto. La imagen viene dada por el baúl.

    Siendo la religión católica tan nefasta, necesariamente hay que suponer intenciones torcidas en sus representantes, parezca lo que parezca. Es un segundo principio. Así, hay que explicar la actuación del Papa, de la curia romana, de los obispos y, aún de todos los clérigos, por el afán de conquistar poder y dinero. No se puede conceder que sean bienintencionados y que, en realidad, quieran el bien de la gente. Pueden ser obsesos o tontos, pero buenos no. Hay que representárselos, contra toda evidencia, como gente ávida de dinero y sedienta de poder. Y los demás, como ovejas ignorantes y crédulas. Esto se sugerirá siempre que se tercie. Lo han convertido en una cláusula de estilo. Podría parecer un chiste si no fuera porque no hay día en que no aparezca por escrito.

    Infinitamente aburrido, porque el repertorio es terriblemente recurrente. En cuanto se sigue con atención su manera de dar las noticias religiosas, se notan todos los tics y se cazan todos los trucos de esta prensa.

    No dejarán de reseñar en lugar destacado todo lo que resulte grotesco, lo que huela a superstición, lo que parezca anacrónico en las manifestaciones religiosas. Personajes estrafalarios, fiestas recónditas, prácticas ancestrales que han fosilizado en alguna esquina: todos y todas encontrarán sitio preferente y merecerán titulares. Además de destacar los escándalos financieros y sexuales de eclesiásticos, que, tal y como es la condición humana, inevitablemente salpican la vida de la Iglesia, a veces, menos de lo que cabría esperar. También encontrarán lugar, por supuesto, todos los opositores, los tránsfugas, y los problemáticos. Y toda persona a quien la autoridad eclesiástica recrimine algo, se convertirá, por eso mismo, en un héroe; y tendrá espacio a su disposición mientras se anime a discrepar y ser suficientemente ácido. Tampoco les importa abrir la mano a otras opciones religiosas, con tal que resulten alternativas a lo católico; pero sin pasarse, sin perder la compostura laicista.

    Probablemente consideran de mal gusto dar relevancia a ningún intelectual cristiano del pasado o del presente. La tesis de partida es que lo cristiano tiene que ser contrario a la ciencia y el saber, de manera que, por definición, no puede existir ni pensamiento cristiano ni pensadores cristianos. Así es que o se ignora completamente el pensamiento o al pensador o, si se le menciona, se omite que es cristiano. Son del dominio público algunas clamorosas y persistentes omisiones. Claro es que, al destacar héroes y levantar pedestales, han que andarse con tiento. Por una ironía del destino, el principal ilustrado español, Jovellanos, recientemente recordado en el discurso de entrada a la Academia de un eminente periodista, era un hombre de Misa casi diaria, como deja constancia en sus diarios. Jovellanos podría ser el modelo local y razonable para reconciliar ilustración y fe. Pero cuando lo recuerdan, suelen olvidar la otra mitad y lo dejan como el vizconde demediado de Calvino.

    Y cuando no queda otro remedio que dar la noticia, cuando lo religioso mismo es noticia, se buscará el ángulo que menos le favorezca. Entonces empieza la elaboración y el cocinado del material. Todo un arte. Primero se reduce el mensaje al mínimo. Después, se piensa el modo de mentar los móviles torcidos (el poder y el dinero) y de recordar el pasado descalificador (la inquisición). Se da voz a los que piensan lo contrario. Se recogen todos los detalles peregrinos, absurdos o antipáticos. Y se escogen las fotos más grotescas. Si se toma uno la molestia de recorrer cómo ha tratado esta prensa los viajes del Papa, comprobará que, con la sola excepción de Cuba -donde no supo situarse- y con una insoportable monotonía, el procedimiento ha sido siempre el mismo: acusaciones de protagonismo y de gastos excesivos; recuerdo sesgado de las circunstancias históricas más dolorosas; amplia atención a voces descontentas; recopilación de detalles chuscos; y selección de fotos peregrinas. Un alarde de manipulación de materiales. Todo, menos dejar sitio al mensaje y a la intención religiosa. Esto, por decoro, no se lo harían al Presidente del gobierno, pero, sin decoro, se lo hacen al Papa.

    Por escoger otro ejemplo más cercano. El el 26 de diciembre pasado, uno de los principales medios de este país, recogía la noticia de la inauguración del jubileo del año 2000, en la noche de Navidad. La noticia era inevitable, pero pasó por la cocina. Tras poner en primera página una rara foto del Papa de espaldas y arrodillado, dedicó al asunto dos artículos en la sección de religión. El primero hablaba del jubileo como un montaje televisivo. Y el otro, de lo que costaban los coches del Vaticano, remontándose a los Mercedes que usaba Pío XII. Del mensaje y del significado del jubileo, de la renovación espiritual, de las opiniones del Papa, de los 2000 años de Jesucristo, apenas una furtiva línea; todo lo demás, adobo. Muestra representativa del taller y pequeña joya del arte de la desinformación religiosa. Habría que pensar en un museo para reunir la colección.

    Conclusión Así estamos. No es muy alentador, pero así estamos. Un proyectil tras otro, con un bombardeo insistente y monótono que recuerda las trincheras de Verdún. Y fuego a discrección cuando se acerca algún acontecimiento, como ha sucedido con ocasión del milenio. Pero no podemos acostumbrarnos. Por un lado, no se debe permitir que este bombardeo penetre en las conciencias y, a base de no reaccionar, solidifique creando un estado de opinión. Pues el que calla otorga. Por otro, tampoco se puede reaccionar de cualquier modo, porque somos cristianos.

    No se trata de plantear una batalla entre los buenos y los malos. Porque tal distinción es imposible hasta el final de los tiempos, y la hará, como quiera, nuestro Señor Jesucristo. Mientras, en lo que nos toca ver y podemos juzgar, ni los buenos son tan buenos ni los malos tan malos. Los eclesiásticos y, en general, todos los cristianos tenemos que vivir en la incómoda situación de ser portadores de un mensaje maravilloso que nos excede. Es lógico que los que no son o no quieren ser cristianos perciban el efecto grotesco. Es la base inevitable de la mofa anticlerical. No vamos a decir que estamos a la altura de los ideales que proclamamos. Y no vamos a hacer como si lo estuviésemos. Sólo los vemos realizados – y aún no plenamente- en los santos. Esta paradoja en la que vivimos es una invitación a la sinceridad, a la autenticidad, y, antes que nada, a la humildad.

    Tampoco vamos a decir que todos nuestros antecesores eran santos, que reflejaron bien el mensaje de Cristo y que no habido malentendidos dolorosos. El fin del milenio ha sido ocasión de reconocer culpas pasadas. Pero el inicio del nuevo es la ocasión de relanzar la evangelización. No podemos renunciar a difundir el mensaje de Jesucristo, que es luz que ilumina y sal que da sabor a la vida. Y no debemos permitir que lo desvirtúen injustamente a fuerza de frivolidad o de maniobras intelectuales. Al inicio del tercer milenio, tenemos la responsabilidad de vivirlo y darlo a conocer a nuestros contemporáneos. Primero, con nuestro testimonio, humilde y sincero; también con nuestra palabra, igualmente humilde y sincera. Entre otras cosas, hay que buscar el modo de parar este absurdo cañoneo, que nos tiene como agazapados y que da lugar a una situación tan surrealista en la vida intelectual española. Tenemos un milenio por delante para encarar el problema. Quizá hay que montar el museo; y pedir más honestidad con Dios y con los hombres. La tela que venden es, en mucha parte falsa, y los que se visten con ella quedan, en mucha parte, desnudos. Hay que decirlo por amor a la verdad.