Alfonso Aguiló, “Educación y nueva evangelización, Revista Palabra, 1.IV.2012

La importancia de la educación
Los niños y los jóvenes, en el transcurrir de la vida diaria, absorben el ejemplo y las enseñanzas de sus padres y profesores, casi sin darse cuenta, sobre todo al ver sus reacciones, los motivos y razones que determinan su comportamiento, el modo de tratar a las personas, de quererlas, de comprenderlas, de discrepar de ellas. 

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Tomás Trigo, “La existencia de Dios. Otra perspectiva”

«Si tú me dices: muéstrame a tu Dios; yo te diré a mi vez: muéstrame tú a al hombre que hay en ti y yo te mostraré a mi Dios. Muéstrame, por tanto, si los ojos de tu mente ven y si oyen los oídos de tu corazón»
(S. Teófilo de Antioquía)

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Alfonso Aguiló, “Psicologismo y vida interior”, Revista Palabra, 1.IX.2006

La necesidad de Dios Todos experimentamos que hay muchas cosas —quizá la mayoría— que escapan a nuestro control. Tenemos cierta capacidad de orientar lo que nos sucede mediante nuestras decisiones libres, pero muchas veces lo que nos sucede viene dado en gran parte por las coyunturas en que nos vemos envueltos, por las decisiones de otras personas o por condicionantes naturales a los que no nos queda más remedio que someternos.

Esa evidencia, junto al hecho también manifiesto de la presencia del mal en el mundo, y en particular el mal en nuestro propio interior y en el de los demás, son realidades innegables que nos empujan a comprender la necesidad del volver la mirada hacia Dios, a buscar su ayuda y su consuelo, a agradecer todo lo que nos ha sido dado y a pedirle perdón por tantas veces que no hemos sabido corresponder a su gracia y le hemos ofendido.

Esa necesidad de la ayuda de Dios, de su gracia, es patente y notoria para el hombre. A su vez, es necesario el esfuerzo personal. La síntesis entre ambos elementos es esencial para el acierto en el modo de plantear la vida interior de cualquier persona. No debe caerse en el extremo de un abandono cómodo o fatalista, como si nada dependiera del esfuerzo personal, pero tampoco el otro extremo de un voluntarismo o un psicologismo ajeno a las realidades sobrenaturales.

La vida interior es la realización personal de la vida sobrenatural. No puede, por tanto, ser reducida a simple psicología. La presencia de Dios, la filiación divina, la responsabilidad, el pecado, etc., son realidades objetivas (Dios está presente, soy hijo de Dios, soy responsable de mis actos, puedo caer en el pecado, etc.), y no pueden confundirse con vivencias psicológicas subjetivas, aunque lógicamente siempre van asociadas unas a otras.

Todos sabemos, por ejemplo, que se puede ser culpable de algo y no tener un claro sentimiento de culpabilidad. Y también es posible lo contrario: se pueden tener sentimientos patológicos de culpa sin un fundamento objetivo. Y sabemos también que se puede llevar una vida recta y cercana a Dios y, al tiempo, pasar por etapas de aridez interior o de desencanto. No siempre hay una relación directa entre hacer el bien y sentirse bien, pues a veces hacer el bien puede suponer un esfuerzo y un cansancio importantes, y en cambio hacer el mal puede traer un sentimiento pasajero de alivio o de liberación, aunque sea más o menos fugaz y a la larga desemboque siempre en una inevitable decepción.

Igual que en la salud del cuerpo no hay una relación directa entre la satisfacción con la que se come y el bien que ese alimento reporta al cuerpo (hay cosas que nos apetecen y no nos convienen, y al revés), en la vida interior tampoco se puede pretender establecer una relación directa entre la satisfacción psicológica inmediata y el bien de nuestra alma. Habrá ocasiones, por ejemplo, en que la oración no produzca apenas fervor o entusiasmo, pero no por eso deja de ser recomendable. Y habrá momentos de aridez en que Dios estará muy cerca de nosotros aunque parezca lejano. No quiere esto decir que esos contrastes deban ser lo normal, pues lo normal es que hacer el bien produzca satisfacción, y viceversa. De hecho, la buena educación de los sentimientos ha de buscar que el corazón aprenda a disfrutar haciendo el bien y a sentir disgusto haciendo el mal, que aprenda a querer lo que merece ser querido, es decir, a unir —en lo posible— el querer y el deber.

Si una persona, por ejemplo, siente desagrado al mentir y satisfacción cuando es sincera, eso sin duda le ayudará. Igual que si se siente molesta cuando es desleal, o egoísta, o perezosa, o injusta, porque eso le alejará de esos errores, y a veces con bastante más fuerza que muchos argumentos. Quiero con esto decir que hay que procurar educar los sentimientos para que ayuden lo más posible a la vida moral, pero sabiendo siempre que los sentimientos no son una guía moral segura.

Vida interior y psicología sana Se puede tener mucha vida interior a pesar de sufrir problemas psicológicos, pero la vida interior bien llevada y entendida debe contribuir a mejorar la propia psicología, puesto que proporciona equilibrio interior, facilita una mayor rectitud de vida, fortalece los resortes éticos, etc. En este sentido, hay numerosos estudios psicológicos que coinciden en señalar la influencia psicológica positiva que produce el hecho de tener un mayor sentido trascendente para la vida.

Durante las últimas décadas, hemos asistido en bastantes ambientes a un ascenso del individualismo y a un cierto declive de las creencias religiosas y del soporte moral proporcionado por la familia y la sociedad, y eso ha supuesto la pérdida de toda una serie de recursos útiles para amortiguar los reveses y fracasos de la vida. En la medida en que uno cuente con una perspectiva más amplia —como la creencia en Dios o en la vida después de la muerte—, los fracasos quedan inscritos en un contexto distinto, mucho más resistente al abatimiento y la desesperanza.

Psicologismo aséptico Muchas personas están preocupadas por sus propios defectos, que no logran superar. O por la educación moral de sus hijos, o de sus alumnos, o de los ciudadanos en general, pues ven que bastantes de esos problemas tienen la raíz en unas deficientes o insuficientes convicciones morales, criterios de conducta, ideales de vida, valores, etc. Pero muchas de esas personas, aun considerándose buenos creyentes, apenas cuentan con la fe a la hora de educarse o educar, y reducen todo a un psicologismo aséptico, lo cual me parece un error de graves consecuencias.

Es cierto que se puede tener una moral muy exigente sin creer en Dios. Y también es cierto que existen personas de gran rectitud moral que no son creyentes. Y se pueden encontrar doctrinas éticas respetables que excluyen la fe. Pero ninguna de esas razones hace aconsejable que una persona creyente aborde la lucha contra sus defectos o eduque a sus hijos como si no tuviera fe, o que ignore la importancia que tiene la religión en la educación moral de cualquier persona (incluido uno mismo).

De entrada, una ética sin Dios, sin un ser superior, basada sólo en el consenso social o en unas tradiciones culturales, ofrece pocas garantías ante la patente debilidad del hombre o ante su capacidad de ser manipulado. Una referencia a Dios sirve —y la historia parece empeñada en demostrarlo— no sólo para justificar la existencia de normas de conducta que hay que observar, sino también para mover a las personas a observarlas. Porque conocer la ley moral y observarla son cosas bien distintas, y por eso, si Dios está presente —sin pretender acomodarlo al propio capricho, se entiende—, será más fácil que se observen esas leyes morales.

En cambio, cuando se prescinde voluntariamente de Dios, es fácil que el hombre se desvíe hasta convertirse en la única instancia que decide lo que es bueno o malo, en función de sus propios intereses. ¿Por qué ayudar a una persona que difícilmente me podrá corresponder? ¿Por qué perdonar? ¿Por qué ser fiel a mi marido o mi mujer cuando es tan fácil no serlo? ¿Por qué no aceptar esa pequeña ganancia fácil? ¿Por qué arriesgarse a decir la verdad y no dejar que sea otro quien pague las consecuencias de mi error? Quien no tiene conciencia suficiente de que hay alguien superior a él que juzga sus acciones, se encuentra mucho más indefenso ante la tentación de erigirse como juez y determinador supremo de lo bueno y lo malo. Eso no significa que el creyente obre siempre rectamente, ni que no se engañe nunca; pero al menos no está solo. Está menos expuesto a engañarse a sí mismo diciéndose que es bueno lo que le gusta y malo lo que no le gusta. Sabe que tiene dentro una voz moral que, en determinado momento, le advertirá: basta, no sigas por ahí.

Sin religión es más fácil dudar si vale la pena ser fiel a la ética. Sin religión es más fácil no ver claro por qué se han de mantener conductas que suponen sacrificios. Cuando se niega que hay un juicio y una vida después de la muerte, es bastante fácil que las perspectivas de una persona se reduzcan a lo que en esta vida pueda suceder. Si no se cuenta con nada más, porque no se cree en el más allá, el sentido de última responsabilidad tiende a diluirse, y la rectitud moral se deteriora más fácilmente.

La realidad sobrenatural, además de ser objetiva, influye positivamente en la vida personal (proporcionando, por ejemplo, motivos eficaces para obrar bien), aunque está claro que la existencia de Dios no se reduce a una mera garantía para el valor de la moral.

Motivos humanos y motivos sobrenaturales Hay ocasiones en que los motivos de conveniencia natural para obrar bien nos impulsan con gran fuerza. Pero hay otras ocasiones —y no son pocas— en que esos motivos de conveniencia natural pierden peso en nuestra mente, por la razón que sea, y entonces son los motivos sobrenaturales los que toman un mayor protagonismo y nos ayudan a actuar como debemos. Prescindir de unos o de otros es un error moral y un error educativo de gran alcance. Por eso, los padres creyentes que dan poca importancia a la formación religiosa de sus hijos suelen acabar por darse cuenta de su error, pero casi siempre tarde y con amargura.

¿Y qué decir al que, a pesar de buscar a Dios, no tiene fe? Le diría que buscar a Dios es un paso importante y que, casi siempre, supone tener ya algo de fe. Si la búsqueda es sincera, tarde o temprano lo encontrará. Yo recomendaría a esa persona que pensara en su propia conducta y en la verdad, que reflexionara sobre qué está bien y qué está mal, y que procurara actuar conforme a ello, pues tal vez es Dios precisamente quien se lo está pidiendo, y al obrar bien se dispone a descubrir a quien es la fuente del bien.

Los santos, grandes conocedores del hombre “En las vicisitudes de la historia —explicaba Benedicto XVI en la Jornada Mundial de la Juventud en Colonia en 2005—, los santos han sido los verdaderos reformadores que tantas veces han remontado a la humanidad de los valles oscuros en los cuales está siempre en peligro de precipitar, y la han iluminado siempre de nuevo”. La historia muestra que los grandes evangelizadores, los que han protagonizado las grandes reformas en la Iglesia, los que han logrado mejoras notables en las costumbres en un país, los que han revitalizado instituciones… han sido los santos. Personas que han ofrecido un testimonio de vida, un ejemplo personal que remueve las inercias de la historia y de la debilidad personal.

Los grandes cambios en una colectividad humana suelen promoverlos las personas más santas, no las más sabias ni las más poderosas. Y, de manera semejante, podría decirse que los grandes cambios en una persona singular, los grandes avances en su mejora interior, vienen dados por su avance —aun incluso no advertido o no planteado a nivel consciente— en el camino de la santidad.

Transmitir el progreso científico o económico es relativamente fácil, pero transmitir los progresos morales siempre será difícil, pues requieren su asimilación personal y su empleo práctico. No basta con saber lo que es bueno, es necesario conducirse hacia el bien, habituarse a hacer el bien. De lo contrario, no hay mejora personal, sino un simple ilustrarse acerca de cómo se alcanza el bien. Es imprescindible, por tanto, el esfuerzo personal por adquirir esos hábitos que nos encaminan hacia el bien. Y eso resultará costoso siempre, en cualquier lugar o época, y necesitará del liderazgo de la santidad, del desarrollo de la vida de la gracia en el alma, de la iniciativa divina para despertar grandes ideales en el hombre.

Los santos, como grandes expertos en esas luchas interiores y como grandes comunicadores del evangelio, han sido de modo habitual grandes conocedores de lo que hay en el corazón del hombre. Quizá apenas hayan estudiado psicología pero son grandes psicólogos, conocedores de lo que conviene a las almas, pues el conocimiento de Dios arroja una luz insustituible para el conocimiento del hombre.

El atractivo del bien A muchos les inquieta la falta de sentimiento en su relación con Dios. Ven que los enamorados esperan su encuentro con ilusión, y en cambio los hombres no siempre anhelan de esa manera tratar a Dios o hacer el bien.

En el caso de los enamorados, la pasión cobra en esos momentos mucha fuerza, y les hace muy fácil sentirse atraídos por el bien deseado. También hay que decir que la pasión no es siempre una garantía ante la erosión del tiempo, y que incluso puede resultar peligrosa si no está bien gobernada por la inteligencia, pues no hay que olvidar que las pasiones también han producido muchos desatinos.

Pero es cierto que no siempre se anhela apasionadamente el bien. Muchas veces, simplemente porque no alcanzamos a ver la legítima recompensa asociada a ese bien. Pongamos un caso práctico de la vida diaria. Está claro, por ejemplo, que solo quienes alcanzan un buen nivel de formación y conocimientos, tras años de esfuerzo, pueden gozar de los bienes asociados a la cultura y la sabiduría. Cuando en el colegio un chico o una chica empiezan a estudiar unos datos de historia o de geografía, o unas leyes físicas o matemáticas, o ha de realizar cualquier otro esfuerzo propio de la vida escolar, esos chicos no siempre acertarán a vislumbrar de modo permanente la utilidad y los bienes asociados a esos estudios. O, por lo menos, no siempre los verán con tanta pasión como la del enamorado que espera ilusionadamente al objeto de sus amores. Algunos de esos chicos estudiarán con ilusión, y tendrán presente ese lejano bien que confían alcanzar. Pero muchos otros lo harán fundamentalmente por sacar buenas notas, agradar a sus padres, eludir un castigo o cosas semejantes. Son motivos que no parecen muy elevados. Y es cierto que hay que descubrirles bienes o fines más altos, pero no conviene ser utópicos. Ya irán descubriendo poco a poco la razón de esos estudios, y llegará un día en que comprenderán claramente su necesidad, y se alegrarán de haber aprovechado la oportunidad de no ser unos analfabetos. Nadie podrá indicar el día y la hora en que terminará una visión y comenzará la otra. Sin embargo, el cambio va teniendo lugar conforme se acerca a la posesión de la recompensa, que entonces ya desearán y agradecerán por sí misma.

Y algo parecido sucede con la llamada natural del hombre hacia el bien y hacia Dios. El anhelo de alcanzarlo está en nuestra naturaleza, aunque quizá no lo hayamos descubierto en muchos de sus aspectos, y nos falte motivación o conocimiento. Puede que haya momentos en que no veamos claras las ventajas de hacer el bien, o de tratar a Dios, que quizá se nos antoje vago y lejano, frente a las concretas y cercanas ventajas del mal. No es mala cosa en esos momentos pensar en el premio prometido. El acierto de nuestra vida depende radicalmente de nuestra capacidad de descubrir el bien y de decidirnos por él.

Por naturaleza, todo hombre busca el bien. El innato deseo humano de felicidad nos lleva hacia él. El mal en sí es algo negativo, y no puede, por tanto, ejercer atracción ninguna sobre el hombre. Lo que sucede es que el mal no suele presentarse químicamente puro, sino mezclado con cosas buenas, y nos atrae por los destellos de bien que lo recubren. Pero también en esto se demuestra la inteligencia, pues, al fin y al cabo, la manera más inteligente de utilizar la inteligencia es ser éticamente bueno.

Tenemos el mal pegado al cuerpo, y la lucha contra él no es nada sencilla. Por eso no debemos menospreciar ninguna ayuda. Y la de Dios es importante.

Julio de la Vega-Hazas, “El complejo mundo de las sectas”

 

1)¿QUÉ SON? Aunque parezca mentira, hay que empezar diciendo, en un trabajo dedicado a las sectas, que no existe ninguna definición completamente satisfactoria de “secta”. Las acepciones que proporciona el Diccionario de la Real Academia de la Lengua (como la primera: “conjunto de seguidores de una parcialidad religiosa o ideológica”) pueden servir para cualquier religión, e incluso, en otros casos, se pueden aplicar a grupos con un ideario común como partidos políticos o incluso asociaciones constituidas para defender una idea. De hecho, al tratar de este tema se suelen eludir las definiciones precisas, y se suelen sustituir por descripciones a partir de unas propiedades: “secta es un grupo religioso en el que se cumplen las siguientes características: …”. En realidad, es un concepto bastante ambiguo, del que se tienen los elementos, pero cuando se intenta definir resulta que siempre encontramos alguno de los elementos que queda fuera de la definición, e incluso que pueden entrar otros grupos no considerados como secta. O sea, que no están todos los que son, y puede que no sean algunos de los que están. Continuar leyendo “Julio de la Vega-Hazas, “El complejo mundo de las sectas””

Eleuterio Fernández, “El horizonte del hombre y Dios”

Se recoge a continuación una serie de tres artículos sobre la relación del hombre con Dios: primero la relación del hombre con sus semejantes (El hombre horizontal), después la relación del hombre con Dios (El hombre vertical) y, por último, un, a modo, de las dos cosas pero con el verdadero sentido de esta relación (El horizonte vertical del hombre).

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Ignacio Aréchaga, “La religión en Harvard”, Aceprensa, 1.XI.06

La religión en Harvard y en la escuela española ¿Se puede ser un hombre o una mujer educados hoy día sin tener conocimientos religiosos? En una universidad de elite como Harvard se lo acaban de plantear ante una reforma del plan de estudios. En la escuela pública española, que no destaca precisamente por su excelencia, parece que lo moderno es mantener las mentes de los alumnos lo más alejadas posible de la cultura religiosa. Continuar leyendo “Ignacio Aréchaga, “La religión en Harvard”, Aceprensa, 1.XI.06″

José María Barrio, “Antropología del hecho religioso”, 1.XI.06

Tal como se dice en la Presentación, “este libro trata de poner de relieve la influencia positiva que ha tenido la religión en el desarrollo de la civilización humana”. Para ello el autor –Profesor Titular de la Universidad Complutense– recorre un itinerario que pasa por tres fases: la descripción del hecho religioso desde la antropología filosófica y cultural, una breve relación de las principales tradiciones religiosas, tanto de las antiguas religiones orientales como de los tres grandes monoteísmos históricos y, por fin, un análisis de la respuesta al desafío que para la razón humana supone la propuesta religiosa.

La religión sale al paso de los grandes interrogantes acerca del origen y sentido de la vida humana, el problema del mal y la necesidad que el hombre experimenta de salvarse, a menudo de salvarse de sí mismo. Pero ante todo surge del saberse criatura, del radical no deberse a sí mismo y la consecuente actitud del agradecimiento. En algún momento de su vida, todo ser humano se tropieza inevitablemente con estos interrogantes y con la necesidad de darles alguna respuesta para hacer su vida más habitable y vivirla inteligentemente. Ya decían los griegos que no es humana una vida inanalizada.

Aunque el fenómeno religioso se ubica primeramente en la interioridad de cada ser humano que se vive instado a dar una respuesta a la cuestión del sentido, igualmente trasciende a la esfera social y pública a través del lenguaje verbal y gestual, mediante la palabra y el rito. “Quienes pretenden reducir la religión –o la ética– a la dimensión exclusivamente ‘privada’ de la existencia humana, no han entendido lo que es la religión, o la ética. Aristóteles sí lo entendió. Ninguna de estas dos cosas puede privatizarse”. En efecto, según el autor, la religión, por su propia naturaleza, tiende a profesarse, a declararse –naturalmente en formas muy variadas– pues constituye uno de los argumentos esenciales de la conversación humana realmente significativa. Por otro lado, toda cultura se constituye y articula, en sus elementos principales, en referencia al núcleo religioso de la misma. El fenómeno y la vivencia religiosa puede rastrearse en numerosas expresiones artísticas, filosóficas, sociales, institucionales, etc., que, sin esa referencia básica, simplemente serían ilegibles. Además de ser un elemento dinamizador esencial de toda cultura, de hecho no se conoce ninguna cultura atea o agnóstica. (Hay, por supuesto, individuos ateos, agnósticos o indiferentes a lo religioso en todos los espacios culturales, pero ninguna cultura, como tal, puede explicarse sin la religión que la ha constituido. Esto no es una hipótesis metafísica, sino una evidencia, digamos, empírica para la antropología cultural).

El autor pone de manifiesto cómo la religión se hace cultura, pero sin reducirse a ella. Ante todo ha de entenderse desde su dimensión cultual. Se analizan los elementos fundamentales del credo y el culto en las grandes religiones históricas. El libro dedica un capítulo especial a la aportación del cristianismo a Europa, donde hoy se cuestiona la presencia pública de lo religioso por parte de las instancias que detentan el poder cultural en beneficio de una laicidad entendida injustamente. A menudo se olvida: 1º) que la laicidad es precisamente un invento cristiano (“Dad al César lo que es del César”, pedía Jesucristo a sus seguidores); la laicidad cristiana promueve la libertad religiosa, entendiendo por ella no sólo la libertad de cada ciudadano para profesar la religión que crea verdadera sino también la “libertad frente a la religión” de quien no desee profesar ninguna; 2º) es enteramente inevidente que la profesión de una fe religiosa suponga un agravio para quienes profesan otro credo o para quienes no profesan ninguno; 3º) está aún por demostrar que el ateísmo o el agnosticismo sean “terreno común” para establecer a partir de ahí un diálogo social significativo en el que todos los ciudadanos puedan entenderse. La razón que aducen quienes pretenden hacer creer a todo el mundo –y enseñarlo a los niños y jóvenes en la escuela– que Europa nace con la revolución francesa es que el cristianismo ha sido la causa de mucha violencia e intolerancia en la historia europea. Pero pretender reducir la influencia cristiana en Europa tan sólo a eso exige, a su vez, obviar otros numerosos elementos mucho más positivos que ha aportado y, sobre todo, que en la historia contemporánea europea los mayores episodios de violencia política se han debido precisamente al influjo de las ideologías anticristianas.

La última parte del libro reivindica el carácter racional de las creencias religiosas y expone los principios básicos del diálogo entre fe y razón. Las creencias religiosas, y muy en particular las creencias monoteístas, afirman a Dios como “Logos” creador, y que la creación responde a un diseño inteligente, no al azar ni la casualidad. La inteligibilidad del mundo –idea que ha hecho posible la ciencia tal como la conocemos en Occidente– responde a la creación de un Dios sabio, que no “juega a los dados” cuando crea el mundo. El actual Papa católico se ha referido en numerosas ocasiones a Dios como alguien a cuya naturaleza repugna actuar contra la razón. Es sabido el revuelo que en ciertos sectores del mundo musulmán causaron las palabras que en este sentido pronunció Benedicto XVI en la Universidad de Regensburg.

Como apéndice, el libro incluye la versión castellana del diálogo que en enero del 2004 mantuvieron en torno al tema “Fundamentos morales prepolíticos del Estado liberal” el entonces Cardenal Joseph Ratzinger y el profesor Jürgen Habermas en la Academia Católica de Baviera. Se trata de una de las discusiones intelectuales más interesantes que se han producido últimamente. El autor incluye la presentación que hizo de los contertulios el director de la Academia, Dr. Florian Schuller y algunos comentarios de la prensa alemana de esos días, que ponen de manifiesto la sorpresa que en muchos ambientes produjo el discurso de Habermas. Referente fundamental de la tradición frankfurtiana y del pensamiento “postmetafísico” y postreligioso en Europa, el filósofo reconoce aquí que la supervivencia del Estado democrático y liberal únicamente será posible merced a ciertas actitudes y aptitudes morales y cívicas que hoy en día tan sólo atesoran las tradiciones religiosas, y en Europa particularmente el cristianismo. Por otro lado, afirma de manera inequívoca que es contrario a la esencia misma del Estado democrático y liberal promover el laicismo desde el poder político.

Juan Domínguez, “El Papa, la razón y el islam”, Aceprensa, 20.IX.06

¿Qué ha pasado para que el discurso más académico de Benedicto XVI en su visita a Baviera, pronunciado en la Universidad de Ratisbona, haya despertado un inesperado aluvión de críticas de portavoces musulmanes? Como suele ocurrir en estos casos, las primeras críticas suelen transmitir una idea simplificada –el Papa habría dicho que el islam es una religión violenta–, y los que vienen detrás se limitan ya a atacar a quien ha pronunciado tal «ofensa», sin preocuparse de conocer el texto y el contexto original.

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Andrés Ollero, “Tolerancia de vía única”, Aceprensa, 30.VIII.06

Andrés Ollero, catedrático de Filosofía del Derecho de la Universidad Rey Juan Carlos (Madrid), comenta cómo, con los dogmas políticamente correctos, se coarta la libertad de expresión en nombre de la tolerancia (“ABC”, 22 agosto 2006).

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Jaime Nubiola, “¿Todas las opiniones igual respeto?”, La Gaceta, 26.III.06

No, por supuesto que no. Todas las opiniones no merecen el mismo respeto. Algunas no merecen ninguno, mientras que otras —las de los expertos en la materia— merecen de ordinario un respeto enorme. Veámoslo un poco más despacio, pues la tesis en boga en la cultura dominante viene a ser la de que en un sistema realmente democrático todas las opiniones son igualmente respetables.

El respeto tiene una gran importancia en la vida de cada uno y de la sociedad. Tal como describe Robin Dillon en la voz “respeto” de la valiosa Stanford Encyclopedia of Philosophy, desde niños se nos enseña —o al menos es lo que se espera— a respetar a nuestros padres, profesores y mayores en general, a respetar las normas escolares, las reglas de la circulación, las tradiciones culturales y familiares, los derechos y sentimientos de las demás personas, a los gobernantes y a la bandera (esto en Estados Unidos, pero mucho menos en España), y por supuesto a respetar la verdad y las diferentes opiniones de la gente. De hecho llegamos a adquirir un cierto respeto a todas estas cosas hasta el punto de que, ya de mayores, meneamos la cabeza con indignación cuando nos topamos con personas que parecen no haber aprendido a respetarlas. Sin embargo, en un sentido estricto, sólo la persona humana es realmente merecedora de respeto. Fue el filósofo alemán Immanuel Kant quien en el siglo XVIII puso el respeto a las personas, a todas y cada una, en el centro de la teoría moral. Desde entonces la clave del liberalismo político y del humanismo democrático ha sido la tesis de que las personas son fines en sí mismos con una dignidad absoluta que debe ser siempre respetada.

¡Cuántas veces al ver los rostros desencajados de los inmigrantes de las pateras nos asalta la duda de que en este mundo nuestro siga vigente aquel ideal kantiano! Quienes merecen absoluto respeto son las personas, cada una de ellas, independientemente de su nacionalidad, del color de su piel, su estatus social, el nivel de sus estudios, su edad y condición: desde el feto en las entrañas de su madre hasta el enfermo terminal en una UCI o en las calles de Calcuta. Cada una de esas personas, sea pobre o rica, sabia o ignorante, es acreedora de un respeto absoluto por parte de todos los demás. Esta convicción tiene enormes consecuencias en la vida de cada uno y en la organización misma de la sociedad. Pero tratar con un profundo respeto a todas y cada una de las personas no significa en ningún caso que las opiniones de todas y cada una de ellas merezcan respeto y menos aún que lo merezcan en igual medida.

Cuando hablamos de opiniones nos referimos de ordinario a los diferentes pareceres en materias discutibles y discutidas. Abarca desde la mejor manera de organizar la sociedad política, de resolver los problemas de la convivencia humana hasta las preferencias en materias deportivas, artísticas o culturales. No son materias opinables aquellas ya resueltas por la ciencia o por la experiencia acumulada de la humanidad. No es materia opinable ni el teorema de Pitágoras, la ley de la gravedad, la composición química del oro o que el fuego quema. Tampoco es materia opinable que la estricnina es un veneno: los venenos matan independientemente de nuestra opinión acerca de ellos. En cambio, en muchas otras áreas hay diversas maneras legítimas de pensar acerca de las cuestiones que están planteadas. En muchos campos no hay un consenso, o quizás aun cuando haya un consenso mayoritario no se excluye que las opiniones minoritarias divergentes tengan algún valor, esto es, que podamos aprender algo de ellas. En todos estos casos, esas opiniones merecen atención y consideración, pues de ordinario si están formuladas con seriedad, incluso aquellas que parezcan inicialmente más estrambóticas, encierran probablemente algo valioso.

Por el contrario, todos tenemos bien comprobado que no compensa invertir tiempo en tratar de aprender de una persona ignorante en una materia, que no tenga una especial cualificación o un conocimiento de primera mano. Lo peor es cuando el ignorante —tal como pasa a veces con los políticos— argumenta ideológicamente, esto es, defiende una opinión desde una posición preconcebida sin atenerse a los hechos ni a las opiniones opuestas. En este sentido muy a menudo los debates parlamentarios son la forma más contraria posible a un genuino diálogo, pues son una mera confrontación dialéctica resuelta finalmente por la mecánica de los votos. Para un diálogo racional, para un examen constructivo de las diversas opiniones sobre un asunto opinable, hace falta estar al menos de acuerdo sobre la naturaleza del desacuerdo y eso implica que si el oponente presenta mejores razones que las nuestras, cambiaremos de opinión, nos pasaremos de todo corazón a sostener, ahora con más fuerza, la posición que antes atacábamos.

Considerar una opinión, tratar de comprender las razones y los datos que la avalan significa abrirse a lo que de verdadero pueda ofrecer. Entre los medievales una opinión tenía título suficiente para ser considerada en una disputatio por su autoridad. Tal como mostró el filósofo oxoniense Christopher Martin, si un autor, considerado por su experiencia como una autoridad en un campo, formulaba una opinión sobre esa materia que sonaba novedosa, el argumento de autoridad sugería que valía la pena someter a examen a ese parecer. El New York Times on line ha aprendido esto mismo, pues desde hace unos meses distribuye gratuitamente la información, pero en cambio comienza a cobrar por sus artículos de opinión. Si uno desea leer a Krugman, Friedman o las demás luminarias de la prensa norteamericana, debe pagar una cantidad modesta, pero que vendrá a suponer al final una sustanciosa suma para el periódico y para los autores.

Para los españoles casi siempre es verdad lo contrario: pagamos por los datos, pero despreciamos las opiniones, quizá porque estamos acostumbrados a que en cada barbería o en cada tertulia los asistentes resuelvan los mayores problemas que tenemos mediante cuatro declaraciones grandilocuentes y —como suele decirse— se queden después tan panchos. Incluso a menudo se invita en los medios de comunicación a deportistas, artistas o diversos famosos a que opinen sobre cuestiones para las que no tienen ninguna especial preparación. Los lógicos medievales llamaban a este modo de proceder la falacia ad verecundiam: consiste en apelar al sentimiento favorable que se tiene hacia una persona famosa para mover a la audiencia en favor de una conclusión.

Hacer caso a un famoso para formarse una opinión en una cuestión debatida —para la que el famoso no tenga particular competencia— equivaldría a renunciar a pensar por nuestra cuenta; sería en ultima instancia una falta de respeto a nosotros mismos. Todas las personas merecen respeto, pero no merecen un mismo respeto todas las opiniones: hay, por supuesto, opiniones mejores y peores.