• El terreno común del humanismo cristiano
• ¿Identidad cristiana… o laicidad en la escuela?
• Una fe que hace cultura
• Un pacto educativo global
• Identidad en una cultura del diálogo
• ¿Religión en la escuela?
• Identidad cristiana en la dirección de la escuela
• El discurso público sobre la identidad
• Valores en tensión y valores en sintonía con la sensibilidad mayoritaria
• Novedad del evangelio ante las ideologías dominantes
• Cuidado del medioambiente
• La escuela y la inmigración
• Las patologías del poder
• La verdadera brecha tecnológica
• ¿Nivel académico versus identidad cristiana?
• Una propuesta abierta, no un combate
• La obligación de ser valientes
• La identidad cristiana como fuerza inspiradora en la historia de la educación
EL TERRENO COMÚN DEL HUMANISMO CRISTIANO
El cristianismo, tanto en su desarrollo inicial como en su transcurso histórico posterior, ha tenido una gran relación natural con el humanismo, ese sentido natural de buscar aquello que perfecciona al ser humano . Hubo un humanismo grecorromano, budista, confuciano… y todas esas culturas aportaron diferentes percepciones de lo que es la dignidad humana, de lo que se entiende por una vida digna, de lo que nos hace mejores personas. Y si lo observamos con atención, vemos que hay un gran terreno común entre todas esas culturas, con muchos valores que se comparten con esas diferentes visiones del humanismo.
Además, el cristianismo ha tenido gran influencia en el mundo de las ideas y en todos los sistemas de pensamiento posteriores, y por ello toda la cultura occidental tiene impregnaciones y raíces cristianas. Por eso podemos hablar de un humanismo cristiano, que es el principal campo de conexión natural que tiene la identidad cristiana con las personas que no tienen fe, o que la han perdido, o que no tienen demasiado interés por ella. Se trata de algo fundamental para la educación, tanto en la familia como en la escuela, porque es un amplio espacio que compartimos con todos, que todos consideramos valioso y en el que todos podemos apoyarnos. Todos tenemos una experiencia general de aquello que nos hace mejores, y en ese terreno compartido, donde tanto podemos avanzar, encontramos una gran hermandad.
La educación tiene mucho que ver con esa sabiduría para vivir de acuerdo con la dignidad del ser humano. Es una sabiduría intuitiva, relacionada con el ideal humano de honradez y honestidad, de vida racional y de vida social, de virtud en sentido clásico. Una sabiduría relacionada también con el buen criterio, con la prudencia y la madurez, con tener un corazón y una cabeza bien amuebladas, que nos ayuden a amar lo que merece ser amado, y vemos que todo eso nos facilita ejercer bien la libertad.
Por ejemplo, el sentido de la justicia se adquiere sobre todo cuando uno es joven. Los niños tienen de modo natural un elevado aprecio por la justicia. Es algo que surge muy tempranamente, y que se fortalece y se desarrolla en gran manera con el ejemplo: viendo la vida de otros, viendo pedir perdón, viendo corregir las injusticias, viendo el trato y la consideración con los demás, viendo en clase que a nadie se le falta al respeto, ni alumno ni profesor, ni presente ni ausente. Es una regla moral muy antigua: no hagas a los demás lo que no quieras que te hagan a ti.
El humanismo cristiano también nos conecta con muchos saberes y con otros bienes humanos como la literatura, la música, el arte, con todo el mundo de las humanidades. También está relacionado con la afabilidad, con el buen trato personal, la cortesía, lo que siempre se ha considerado «buena educación». Los niños o los jóvenes lo aprenden de modo natural cuando ven que los adultos lo consideramos importante.
Todo ese empeño debe abrirnos rotundamente a los demás, y así hacernos descubrir la solidaridad, la preocupación por los menos favorecidos. Es algo que compartimos con lo mejor de todas las culturas a lo largo de la historia de la humanidad. Nos impulsa a contribuir con nuestro esfuerzo desde la familia y la escuela a mejorar el mundo en que vivimos, con un sentido de colaboración, procurando conectar con todo aquel que tenga buena voluntad, e incluso, si podemos, con quien no manifiesta tanto esa buena voluntad.
Esto es importante para que la crispación tantas veces reinante no nos contamine con un tono de combate innecesario. Hay demasiadas afirmaciones con poca reflexión detrás. Demasiadas declaraciones que buscan una adhesión poco meditada a favor o en contra. Hay demasiada afición a centrarse en lo que hacen mal los demás y poca capacidad de cuestionarse lo propio. Hay demasiados insultos y demasiado «forofismo». Demasiados titulares que luego no tienen nada detrás. Demasiadas opiniones que no aportan casi nada porque apenas van acompañadas de ninguna argumentación. Demasiada descalificación y demasiada doctrina que se presenta sin apenas fundamento, porque quizá no leemos y debatimos lo suficiente. Demasiada rotundidad sobre lo que no se sabe, o sobre lo que nos hemos informado poco. Necesitamos salir de ese bucle si hemos caído en él, y pensar con más rigor, ser personas con sabiduría, con moderación, con capacidad de escuchar, de situarse, de estar abiertos a aprender y a salir de las propias fijaciones. Como escribió John Henry Newman, «en este mundo no hay otra fuerza que el compromiso con la razón, ni otra libertad que sentirse cautivos de la verdad».
¿IDENTIDAD CRISTIANA… O LAICIDAD EN LA ESCUELA?
El emperador apóstata Juliano veía que los cristianos eran muy respetados y queridos por su asistencia a los pobres y enfermos y forasteros, a quienes el Imperio Romano ignoraba y descartaba. Le exasperaba que todas esas personas vulnerables no recibiesen ayuda de los paganos, mientras los odiados cristianos «alimentan a los suyos, y además también a los nuestros». Quiso por eso crear instituciones públicas de beneficencia para competir con los cristianos y atraerse el respeto de la sociedad, pero no logró su objetivo, seguramente porque detrás de estas obras no había algo semejante al amor cristiano que reconoce en cada persona una dignidad única.
Cuando se habla de identidad cristiana de la escuela, enseguida surgen voces que afirman que esa presencia de la fe es un riesgo de adoctrinamiento, y que sería mejor que la escuela fuera siempre laica, neutra, con esa laicidad que algunos presentan como «la religión de la libertad». Y quizá hacen bien en hablar de la laicidad como una religión civil, al estilo de lo que proponía Rousseau, es decir, una confesionalidad laica promovida por los poderes públicos con toda una serie de dogmas y mandatos propios.
Creo que todos estamos a favor de la pluralidad, de la libertad religiosa y de la tolerancia. Y por supuesto nos parece muy bien que haya muchas escuelas laicas, incluso que lo sean la mayoría. El problema viene cuando algunos plantean la laicidad de una forma dogmática e impositiva, con razonamientos extraordinariamente simples. Dicen que la opción religiosa es excluyente, que no quieren que haya división por cuestiones confesionales…, pues bien, lo resuelven muy fácil, todos debéis ser educados en una opción no religiosa, que es la religión laica, o sea, estáis obligados todos a seguir una religión, «la mía», «mi religión laica». No hay coherencia en esa argumentación, porque efectivamente es natural que el Estado sea aconfesional, y obviamente vivirán en su territorio muchas personas creyentes y muchas otras no creyentes, pero no se puede invocar la aconfesionalidad para discriminar desde la ley a las personas o a las escuelas por tener una religión o tener otra, igual que no puede ser discriminadas por no tener ninguna.
Algunos dicen que la laicidad es fundamental para la democracia y la libertad. Podríamos estar de acuerdo, según se entiendan esas afirmaciones, pero si se presenta la laicidad como una especie de religión superior que hay que imponer (y parece que así es para algunos), eso contradice la neutralidad del Estado en materia religiosa. Imponer una fe civil a todos mediante las leyes recuerda demasiado a esos antiguos regímenes políticos autoritarios que imponían una determinada religión oficial.
Además, las religiones laicas (y ha habido muchas en los últimos siglos) fácilmente derivan en extremos poco tolerantes, sobre todo porque caen precisamente en aquello que pretenden erradicar. Se erigen en una pretensión de terreno común, que pronto deriva en verdad única, en una idea de superioridad moral, y en poco tiempo se encuentran encastillados en lo que antes ellos achacaban a la religión: fanatismo, dogmatismo, censura y fuertes restricciones de la libertad y la pluralidad. Lo que empezó con una proclama sobre la capacidad de pensar y de decidir por uno mismo, sin paternalismos injustificados, acaba en una imposición paternalista desde el poder sobre qué se puede y se debe pensar.
Suelen decir que hay que separar ética pública y ética privada, política y religión, derecho y moral. Que en privado puedes creer lo que quieras, y puedes ponerte el traje de fiesta de la libertad de conciencia y la autonomía, pero que en público debes llevar el delantal de la ética pública. Hay en esto un sutil engaño porque, igual que nadie debe imponer a otros su religión, tampoco debemos aceptar que nos impongan una religión civil como la única verdadera. No debemos aceptarlo, ni para la persona individual ni para la identidad de la escuela. Queremos una sociedad en la que todos seamos libres, y precisamente por eso, no se puede admitir una laicidad de pensamiento único, que mira con sospecha a la religión cuando es fuente de inspiración para la escuela. Es mejor pensar en lo que muchos llaman «laicidad positiva», en la que el Estado procura colaborar con las diferentes confesiones religiosas.
Tampoco debemos confundir la tolerancia y el respeto a la conciencia con una ocultación de lo religioso. Si entendemos la tolerancia como reducir la educación solo a aquello en lo que todo el mundo está de acuerdo, o a lo que no molesta a nadie, terminaremos descafeinando y empobreciendo mucho cualquier proyecto educativo. Vemos que hay mucha tolerancia hacia numerosas manifestaciones públicas hostiles contra el sentimiento religioso y, al tiempo, bastante intolerancia contra la presencia de la religión. No debemos aceptar ese estilo de tolerancia unidireccional. Debemos buscar para la escuela un ambiente de respeto y de tolerancia hacia las ideas de los demás, pero reclamando siempre igual respeto con el proyecto educativo de las escuelas que las familias libremente han elegido.
A veces, apelar a la ley natural puede resultar para algunos un tanto conminatorio, incluso un obstáculo para el diálogo con los no creyentes. Por eso, para iniciar un diálogo más constructivo, muchas veces puede ser preferible hablar de otras cosas en las que se encuentra más fácilmente un espacio común. Como todos estamos en búsqueda de sentido para nuestras vidas, y todos sentimos un deber de servicio y de agradecimiento a los demás, ahí tenemos muchos caminos para descubrir juntos el sentido de una conciencia moral, que se extiende bondadosa y espontáneamente hacia los demás, porque los seres humanos nos reconocemos humanos precisamente cuando nos conmueven las necesidades de los demás.
La propuesta cristiana no es un refugio en sentimientos religiosos sin interés por ayudar a los demás. Tampoco es una promoción social vacía de significado religioso, pues eso sería querer para el ser humano menos de lo que Dios quiere darle. Nuestra propuesta invita a una dinámica de amor y de servicio, palabras que no molestan, que no imponen, que mueven a los otros a preguntarse cómo surge ese sentido que inspira y llena la vida .
UNA FE QUE HACE CULTURA
«La escuela es un lugar privilegiado para la promoción de la persona, y por esto la comunidad cristiana le ha dedicado gran atención, ya sea formando docentes y dirigentes, como también instituyendo escuelas propias, de todo tipo y grado. En este campo el Espíritu ha suscitado innumerables carismas y testimonios de santidad. Sin embargo, la escuela necesita una urgente autocrítica si vemos los resultados que deja la pastoral de muchas de ellas, una pastoral concentrada en la instrucción religiosa que a menudo es incapaz de provocar experiencias de fe perdurables» .
La educación católica es un espacio esencial para la evangelización de las nuevas generaciones. Es importante que el mensaje del Evangelio esté presente con toda su fuerza, y eso haga resonar en nuestro corazón y nuestra mente la llamada de quienes nos necesitan, empezado por quienes están con nosotros en el aula, en la familia o en el claustro de profesores.
Se puede decir que la escuela es una institución cultural, y tenemos que ver si en esa cultura de la escuela están presentes valores como el compromiso, la rectitud, la honestidad y el servicio a los demás. La escuela escoge de la cultura imperante aquello que considera pertinente transmitir de modo sistemático a la siguiente generación. Hay que pensar con frecuencia qué selección hacemos, porque la escuela se mira en la cultura, pero también la transforma. La escuela escoge lo que considera más relevante para la vida: matemáticas, lengua, inglés… por eso tenemos que ver qué espacio damos también a los valores que componen nuestra identidad, y cómo los sistematizamos. Porque si la identidad cristiana no es una realidad suficientemente valorada en la escuela, apenas se transmitirá .
Debemos pensar, por ejemplo, en la transversalidad de nuestros compromisos con el medio ambiente, con la igualdad, con el respeto y la convivencia, con el espíritu de colaboración, de ayuda, de cuidado. O con el sentido crítico y la capacidad de innovar. También es habitual ver que la innovación en la escuela suele partir de lo didáctico, que responde a una reflexión pedagógica… que conducirá finalmente a un modelo de persona. Pero la identidad quizá debe recorrer el camino inverso: partiendo del modelo de persona que queremos promover, hacer una reflexión pedagógica, y de ahí impulsar la innovación didáctica. Porque estamos muy condicionados por las demandas del mercado, las modas, las normativas, las exigencias de unos y otros… pero lo decisivo es el modelo de persona que proponemos, qué mundo queremos tener, e inspirarnos en eso para saber cómo educar, cómo tratar la psicología de cada uno, y de ahí llegar a los mejores modelos didácticos.
En el ámbito curricular, la identidad debe dar sentido a los contenidos, con un diálogo entre fe y cultura en cada materia. En cada asignatura aparecen numerosas ocasiones de mostrar cómo la fe se hace cultura. Ese diálogo está presente en la biología, la historia, las ciencias, las artes, la literatura. Ahí es donde más se juega la identidad de la escuela, no solo en rezar un avemaría al comienzo de la jornada (que es sin duda una buena idea).
Queremos que aprendan mucho, pero sin separar cultura y sentido. Queremos dar sentido a cada materia en un contexto de servicio de la persona y la sociedad. Queremos contribuir desde cada materia a una cosmovisión cristiana de la persona y el mundo. Queremos reflexionar y analizar críticamente las diferentes manipulaciones que desde diferentes intereses se ejercen sobre las dimensiones humanas de nuestra cultura. Queremos descubrir cómo el mensaje cristiano ilumina, purifica y da plenitud a cada una de esas áreas. Por ejemplo, en ciencias o en biología podemos hablar sobre el valor de la vida y el cuidado de la naturaleza, o quizá desmitificar la mentalidad cientificista. En geografía, podemos abordar cómo está el mundo y sus grandes problemas sociales. La historia y la literatura hablan constantemente de los grandes interrogantes humanos. La educación física puede ayudar a la aceptación del propio cuerpo y al respeto a los demás. Podemos inspirar la apertura a la trascendencia a partir de la creatividad y la estética. Podemos poner en práctica los valores cristianos al explicar los marcos de convivencia.
Son ejemplos relacionados con la actividad docente. Pero podemos pensar también en la acción educativa extracurricular, en cómo buscar un compromiso explícito con los valores cristianos en esos amplios espacios como las salidas escolares o las actividades extraescolares. Podemos ver cómo contribuyen a asentar los valores sociales, o los artísticos, o los relacionados con la naturaleza. Podemos ver cuál es la implicación de las familias, el enfoque de las tutorías grupales o personales, que pueden ser solo un seguimiento de la marcha académica, o puede ser una atención más global de la totalidad de la persona. Es verdad que el mercado es muy exigente, pero no debemos someternos en exceso al mercado, sino también incidir sobre él con propuestas que sean atractivas.
Y en cuanto al ámbito pastoral, quizá hay que pensar en una oferta mínima general, acompañada de una oferta voluntaria personalizada. Sabemos que evangelizamos una sociedad bastante secularizada, y por eso debemos evitar un lenguaje que se perciba como demasiado moralista, y quizá debemos dirigirnos más al espacio interior de cada uno, al gran espacio de entrada al corazón de cada persona. Quizá hay que pasar del discurso dogmático a la narración más testimonial e implicativa. De las muchas palabras a la mucha escucha, como sucedió con los discípulos de Emaús: caminar con ellos, escuchar mucho, hacer alguna pregunta… y, solo al final, hablar brevemente. Quizá tenemos que pasar del mensaje general a la personalización. De la acumulación de respuestas a la búsqueda de preguntas y el respeto al misterio de cada persona. De las afirmaciones rotundas al respeto de la perplejidad y la duda. De la transmisión de ideas cerradas a la construcción compartida de las opiniones, sobre todo en las cuestiones más complejas.
Hoy se demanda religión. Puede verse por ejemplo en los porcentajes de familias que en España solicitan cada año esa asignatura (en torno al 60 %). Si lo que ofrecemos son solo valores… no sería extraño que las familias y los alumnos se sientan un tanto defraudados. Y en una escuela de identidad cristiana, si esa identidad no se manifiesta en otros ámbitos además de la clase de religión, se producirá quizá ese mismo desencanto.
Estamos viviendo un inesperado renacer de lo espiritual. Hay un desafío enorme, inédito. Nadie esperaba un siglo XXI tan sensible a lo espiritual. Debemos responder desde la escuela a ese gran reto y hacer una lectura inspiradora de nuestro presente: ahí está el relato que nos diferenciará y nos hará significativos.
Las grandes figuras de la historia de la educación cristiana supieron evangelizar la cultura. Los grandes fundadores de instituciones educativas, que han sido los grandes santos de la historia de la Iglesia de los últimos siglos, buscaban transmitir una visión cristiana de la vida. Estamos ahora en una sociedad bastante secularizada, que evangelizaremos sobre todo a través del testimonio personal y de la cultura.
La Iglesia siempre quiso crear para los jóvenes una serie de espacios para facilitar su desarrollo y su mejora cultural, con una disposición activa, no defensiva. Como ha señalado el papa Francisco, es importante «que no prevalezcan las muchas sirenas que hoy distraen de esa búsqueda. Ulises, para no rendirse al canto de las sirenas, que seducían a los marineros y los hacían estrellarse contra las rocas, se ató al árbol de la nave y tapó los oídos de sus compañeros de viaje. En cambio, Orfeo, para hacer frente al canto de las sirenas, hizo otra cosa: entonó una melodía más hermosa, que encantó a las sirenas. Esta es su gran tarea: responder a los estribillos paralizantes del consumismo cultural con opciones dinámicas y fuertes, con la investigación, el conocimiento y el compartir» .
UN PACTO EDUCATIVO GLOBAL
La iniciativa de «Reconstruir el Pacto Educativo Global» fue planteada por el papa Francisco en 2020, convencido de que la educación es la mejor manera de unir esfuerzos a nivel mundial para crear una alianza educativa amplia y formar personas que reconstruyan la sociedad con una humanidad más fraterna: «Conocemos el poder transformador de la educación: educar es apostar y dar al presente la esperanza que rompe los determinismos y fatalismos con los que el egoísmo de los fuertes, el conformismo de los débiles y la ideología de los utópicos quieren imponerse tantas veces como el único camino posible» .
El papa Francisco hizo entonces un llamamiento a los hombres y las mujeres de cultura, de ciencia y de deporte, a los artistas, a los que trabajan en los medios de comunicación, en todas partes del mundo, para que sean protagonistas y promotores del cambio, sin esperar a que sean los gobernantes quienes lo hagan. Convocaba a las instituciones educativas de todo el mundo, católicas y no católicas, públicas y privadas, de educación básica, media y superior, a unir esfuerzos para que, a través de la educación, podamos generar una verdadera transformación, que se planteó a través de diversos ejes de trabajo:
• Poner a la persona en el centro de todo proceso educativo.
• Escuchar a las jóvenes generaciones para construir un futuro de justicia y de paz.
• Promover la plena participación de la mujer.
• Responsabilizar a la familia como primera e indispensable educadora.
• Educar y educarnos en la acogida de quienes más lo necesitan.
• Renovar la economía y la política para que estén al servicio de toda la familia humana.
• Cuidar la casa común.
Es una permanente invitación para dialogar sobre el modo en el que estamos construyendo el futuro de la humanidad y sobre la necesidad de contar con el talento de todos, porque cada cambio requiere un camino educativo que haga madurar una nueva solidaridad universal y una sociedad más acogedora. Se trata de unir los esfuerzos por una alianza educativa amplia para formar personas maduras, capaces de superar fragmentaciones y contraposiciones y reconstruir el tejido de las relaciones por una humanidad más fraterna.
IDENTIDAD EN UNA CULTURA DEL DIÁLOGO
Para hacer realidad toda esa fraternidad universal es necesaria una profunda reflexión sobre la identidad. «La identidad de la escuela católica para una cultura del diálogo» es el título de un documento de 2022 de la Santa Sede que insiste en que «no podemos construir una cultura del diálogo si no tenemos identidad» .
La identidad cristiana contribuye con su misión evangelizadora a la construcción de un mundo en el que todos se sientan, de alguna manera, hermanos. Por eso, su mensaje no se dirige solo a los creyentes, sino a toda persona, y busca así humanizar la sociedad. Hemos de concebir las escuelas no tanto como instituciones sino como «comunidades» que crean un ambiente escolar, animado por el espíritu de libertad y de caridad del Evangelio, que hace que la fe ilumine el conocimiento que van adquiriendo sobre el mundo, la vida y la persona. La escuela debe ser el primer ámbito, después de la familia, en el que cada uno tenga una experiencia positiva de relaciones sociales y fraternales, como fundamento para ser capaces de construir una sociedad basada en la justicia y la solidaridad.
La identidad católica de la escuela permite proyectar una mirada diferente sobre toda la realidad y genera una identidad en constante renovación. El mensaje del Evangelio contiene al tiempo principios educativos, motivaciones interiores y metas que alcanzar. La razón entra en diálogo con la fe, que permite acceder también a verdades que trascienden las ciencias empíricas y racionales, y así puede responder mejor a las preguntas más profundas del alma humana. El aprendizaje de cada asignatura contribuye a la educación completa como persona, porque cada enseñanza contribuye a una sabiduría que está vinculada a unos valores y unas verdades que descubrir. Todo esto exige un ambiente caracterizado por la búsqueda de la verdad, en el que los educadores busquemos ser imagen, aunque siempre imperfecta, de las enseñanzas del Evangelio.
La identidad católica nos llama y nos empuja a ser escuelas abiertas a todos. La historia ha visto surgir la mayor parte de las instituciones educativas católicas como respuesta a diferentes necesidades en cada momento. Su historia se caracteriza por la acogida de alumnos de diferentes orígenes culturales y pertenencias religiosas. Eso requiere de una fidelidad valiente e innovadora al propio proyecto educativo, que se expresa a través de la capacidad de testimonio, de conocimiento y de diálogo con otras concepciones de la realidad.
Por otro lado, la educación católica suele vivir hoy con frecuencia en «tierra de misión». No pide la adhesión a la fe, pero su proyecto educativo facilita descubrir el misterio del propio ser y de la realidad que la rodea, hasta llegar al umbral de la fe. Luego, a quienes lo desean, se les ofrece cruzar ese umbral y profundizar en la experiencia religiosa. Y se abre a compartir su misión educativa con la parroquia, la diócesis, los movimientos eclesiales, con otras escuelas y con toda la sociedad.
Hay un deber de mostrar claramente la identidad, porque no se puede entablar un diálogo real sobre la base de la ambigüedad, o sacrificando la identidad para complacer al otro. Y esa identidad debe ir unida a una valentía en el respeto a la pluralidad, porque a quien es de otra cultura o religión no se le debe ver como a un oponente, sino que se le acoge como a un compañero de ruta, porque el bien de cada uno se encuentra y se busca en el bien de todos. Y también ha de haber una sinceridad de intenciones en la misión, porque todo esto no es una estrategia para lograr segundas intenciones, sino el camino de la verdad, que merece ser recorrido pacientemente.
Toda la comunidad escolar es responsable del proyecto educativo católico de la escuela, de modo que todos están llamados a reconocer, respetar y testimoniar su identidad católica. Los primeros responsables de la educación son los padres, que tienen el derecho y la obligación natural de educar a sus hijos. Pero, a medida que crecen, los alumnos se convierten cada vez más en los protagonistas de su propia educación, y por eso hay que responsabilizarlos para promover entre ellos una síntesis entre fe y cultura. Es importante que los padres cooperen estrechamente con los profesores, involucrándose en los procesos de participación que conciernen a la comunidad escolar y a sus hijos, participando en las reuniones o asociaciones de la escuela, de modo que así no sólo cumplen con su vocación educativa natural, sino que contribuyen con su fe personal al proyecto educativo, especialmente si se trata de una escuela católica.
Los profesores y el resto del personal tienen una especial responsabilidad en la educación, tanto por su propia capacidad docente como por su testimonio de su vida. Por eso, cuando son contratados, la escuela está obligada a informarles sobre esa identidad católica y sus implicaciones, así como a hablarles sobre su responsabilidad de promover y testimoniar dicha identidad. Han de destacar por su recto criterio e integridad de vida. Los que pertenecen a otras confesiones, o a ninguna, están obligados al menos a reconocer y respetar el carácter católico de la escuela. Y es obvio que la presencia significativa de un grupo de profesores católicos es importante para desarrollar la dimensión del proyecto educativo correspondiente a la identidad católica del centro escolar.
Los directivos han de promover el vínculo con toda la comunidad católica. La eclesialidad de la escuela está inscrita en el corazón mismo de su identidad, garantiza que la enseñanza y la educación estén fundadas en los principios de la fe. Por tanto, la dirección tiene el derecho y el deber de intervenir, siempre con medidas adecuadas y proporcionadas, cuando los profesores o los alumnos no cumplan con los criterios propios del proyecto educativo de la escuela.
Los desafíos actuales incrementan la urgencia de una escuela católica que siga presente en el espacio educativo público mostrando su propia identidad. Los poderes públicos deben responder al desafío de defender y promover los derechos y libertades de las familias y de la sociedad, sin limitar la plural iniciativa social. La Iglesia, por su parte, está llamada a aceptar los esfuerzos necesarios para participar en el debate público sobre educación, aun cuando desafíe la propia historia e identidad, así como a colaborar lealmente con todos sus protagonistas sociales. También será decisivo que las diferentes instituciones educativas católicas sepan aunar esfuerzos en un camino de comunión, dando prioridad a la misión eclesial común.
¿RELIGIÓN EN LA ESCUELA?
Algunos dicen que en la escuela solo debe estar lo que es común a todos, y que la religión no es común a todos. Pero lo ciertamente común a todos es tener una identidad, una formación moral, una tradición propia, un desarrollo de la libertad de conciencia… y para eso hay que reflexionar y ayudar al niño y al joven a confrontar lo que es su razón y su fe, para hacer contraste entre la realidad y su fe. Todas las personas tienen unas creencias, que pueden ser las de una confesión religiosa, o de otra, o de ninguna, pero en todo caso hay unas creencias que deben ser reflexionadas y contrastadas con la razón y la realidad, y ese sistema de creencias es una parte importante de la educación, y a eso se refiere la presencia de la religión en la escuela.
¿Por qué tiene que haber clase de religión? No es porque lo respalde una ley, si es que eso es así. Es ante todo por razones educativas. La fe debe estar en la escuela de muchas maneras, pero también a través de la clase de religión. La educación persigue el bien último de la persona, y eso debe estar en todas las asignaturas de todas las escuelas.
La capacidad de valorar a la persona y de afirmar su bien es un deseo de todos, pero la escuela de inspiración católica lo plantea de modo central, con la certeza de que existe ese bien para ella y que se puede luchar por ese bien. Algunos transmiten sus valores solapadamente, pero la escuela católica lo debe hacer de modo claro y transparente, también a través de la clase de religión. Plantea procesos de aprendizaje llenos de certezas y de racionalidad y de capacidad de respuesta respecto a los grandes desafíos de la vida, como el sufrimiento, el amor, el mal o la muerte. Desde la fe se puede iluminar toda la realidad con una gran capacidad de proyección cultural. Y son cuestiones complejas, que no son evidentes, sino certezas que permiten encontrar ese bien dentro de una fe. No hay que golpear a nadie con esas ideas, sino exponer ese modo de entender las cosas.
La concepción cristiana es lo que hace cristiana a la escuela. Y debe ser explícita. Es una identidad que genera una capacidad de afirmación del bien, de razonabilidad, una capacidad de respuesta para tratar cualquier tema, en la clase de religión o en cualquier otra asignatura. Para cualquier tema hay respuestas desde la fe. Las personas, solo con el esfuerzo de nuestra inteligencia, no podemos afrontar con acierto todas las cuestiones, porque muchas de esas cuestiones son dificultosas y es fácil equivocarse. La religión ofrece una serie de respuestas, que están abiertas a todos. La teología es razonar sobre Dios, y es una ciencia donde se exponen los argumentos con rigor. Hace falta una reflexión sincera, sin hacer abuso de autoridad, sin adoctrinar.
La escuela católica es una historia de creatividad. La pedagogía se ha desarrollado en gran parte por la experiencia práctica de los grandes santos, que han hecho importantes aportaciones al modo de entender a la persona. Hace falta comprender cómo la fe determina los rasgos fundamentales de una escuela. Cuando se habla de identidad hay que pensar en la historia. Ha habido momentos concretos en que una determinada persona de la Iglesia ha percibido una necesidad clara y se ha lanzado a atenderla cuando nadie lo hacía: a los niños pobres, a las niñas, a los abandonados, a los que viven con una discapacidad… Hay muchas realidades que han sido iluminadas desde la fe, desde una nueva mirada sobre la persona que es capaz de poner en el centro su verdadero bien. Hay caminos y pedagogías con los que se ha aprendido a trabajar en la escuela para el bien de la persona y del mundo, y eso es lo que han hecho los grandes fundadores, y lo hicieron iluminados por la fe, comprendiendo mejor cómo es la persona, cómo la fe hace más razonable la percepción de la realidad y cómo la fe ilumina la realidad hace comprender mejor a la persona.
Si la fe se separa de la vida es porque antes se ha separado la fe de la educación, porque se ha cortado el diálogo entre fe y cultura, entre fe y razón, porque se ha reducido la presencia de la fe en el ámbito público, el ámbito de uso de la razón. Estamos en un contexto de enormes desafíos. La buena escuela católica es ver juntos ese esfuerzo por hacer presente esa identidad, hacer juntos ese camino.
IDENTIDAD CRISTIANA EN LA DIRECCIÓN DE LA ESCUELA
A veces, en las escuelas de identidad cristiana (como en todas las demás escuelas) se pasa por etapas de dificultad institucional, consecuencia quizá de un déficit de dirección o de una cierta pérdida de identidad.
Durante mucho tiempo, la escuela católica ha transmitido la identidad sobre todo a través de las personas de su propia institución que trabajaban allí, que en su mayoría eran religiosos o religiosas y, por tanto, personas que ya estaban comprometidas. Ahora, la situación en muchos casos es diferente, porque no se cuenta con esas personas. Por eso hace falta profundizar más en cómo se transmite la identidad desde el propio gobierno de la escuela, cómo impulsar a quienes trabajan allí en el compromiso con los valores corporativos de la institución, cómo lograr que este nuevo escenario no rebaje la identidad, sino buscar el modo de que mejore, porque, aunque haya una cierta hostilidad exterior hacia algunos de esos valores, ese contraste puede ayudarnos a mejorar nuestra autocomprensión y nuestra autoexplicación.
Los profesores y tutores configuran en gran parte la identidad de la escuela. Necesitamos compromiso y valores cristianos al tiempo que valía profesional y vivencia de los valores y la cultura institucional. Y enseguida se ve la importancia de atraer talento y de hacerlo crecer. Se comprende la importancia de que las contrataciones de personas aseguren la identidad, porque igual que valoramos su nivel de inglés, su compromiso con el trabajo, su capacidad de empatizar con los alumnos y las familias, hemos de valorar su compromiso cristiano y su capacidad de transmitir de forma auténtica esos valores que vertebran la identidad de la escuela.
Porque la identidad no está tanto en los documentos (aunque es importante que ahí esté bien reflejada), sino que la identidad debe estar sobre todo en la vida de las personas y en las decisiones que tomamos cada día en el gobierno del aula y de la escuela: criterios sobre la organización de los horarios y asignaturas, sobre contrataciones, nombramientos, actividades, planes, dinámicas, explicaciones, narrativa diaria sobre nuestra identidad.
Hacer sostenible la identidad depende también de la viabilidad económica, de la buena organización y de la satisfacción de las familias. Por eso es importante el compromiso de todos con la reputación y el prestigio de la escuela, clave para su misión (como lo es la reputación del profesor, que revaloriza su capacidad de enseñar). Hemos de aprovechar las decisiones que se presentan cada día para pensar si responden a un compromiso con nuestra identidad, y ver en cada caso cómo es nuestro posicionamiento respecto a la misión y a la cultura corporativa. Así podremos analizar qué orientación queremos dar, qué decisiones importantes hemos tomado y ver si obedecen a un compromiso claro con el proyecto educativo.
También ha de mejorar el diálogo a todos los niveles, para promover una verdadera cultura del encuentro, en una sinergia abierta hacia todo lo que hace crecer la conciencia humana universal. Un diálogo que abra la fe al encuentro con todas las disciplinas académicas, con todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento, para crear un pensamiento capaz de presentar una síntesis que sepa unir teoría y práctica, que permita la creación de redes entre distintas instituciones que cultiven y promuevan valores similares, de modo que se puedan activar todas las posibles formas de una colaboración generosa.
Y también es importante gobernar la escuela de modo abierto. No podemos mirar al entorno como si de modo general fuera hostil o pagano. Dios está presente en esa sociedad, en medio de sus alegrías, anhelos y esperanzas, en sus dolores y sufrimientos. La Iglesia no puede refugiarse en sus instituciones parroquiales ni en sus escuelas, no debe marcar fronteras que lleven a encerrarse en lo propio.
La escuela debe habitar en el horizonte de la ciudad global, con presencias eclesiales múltiples, capaces de encontrarse con los demás, muy plurales, cercanas y dialogantes con todos, configurando así una comunidad viva junto a otras realidades sociales. Todo eso requiere una gestión muy abierta, capaz de impulsar múltiples iniciativas comunitarias, de muy diversos carismas. Hay que salir de lo que algunos han llamado «cultura del declive», que se hace presente en las instituciones cuando comienzan a disminuir las vocaciones. En lugar de reducir la presencia por la falta de personas, hay que procurar ver el modo de aumentar la presencia con nuevas fórmulas, quizá no siempre tan institucionales, favoreciendo la creatividad de la gente, incorporando a otros, dando responsabilidad a quienes antes no se les había dado. En ese sentido, es fundamental lograr un nuevo y decidido protagonismo de la mujer, cuya presencia puede aún crecer mucho su acceso a los puestos de máxima responsabilidad.
También hay que superar los conceptos y criterios demasiado territoriales, donde nadie puede hacer nada fuera de su propia zona. Y aceptar opciones y caminos nuevos, aunque sean imperfectos, pero que pueden crecer y habrá tiempo de mejorar. No se puede gobernar queriendo orientar y controlar las energías de todos, porque para que las personas puedan desarrollarse, es mejor no querer poseerlas, ni siquiera para los fines más nobles. Cada uno debe encontrar su forma personal de trabajar dentro de nuestro modo general de hacer: queremos una identidad fuerte, pero abierta.
Esta generosidad organizativa nos exige capacidad de asistir al desarrollo de vocaciones inéditas e imprevistas, que generan nuevos espacios distintos de los ya establecidos. Debemos valorar los buenos ejecutores de lo ya establecido, pero también dejarnos sorprender por nuevos creadores, aunque sean a veces un tanto disruptivos. Debemos saber apreciar y gustar no sólo de las buenas ejecuciones de partituras ya escritas, sino dejarse sorprender por otras nuevas. No solo generar buenos «intérpretes» sino también buenos «compositores» de nuevas partituras . Proyectos plurales, donde cada semilla se adapta al terreno donde crece, generando una novedad permanente. Ideales que despierten en cada uno esas aspiraciones interiores que esperan una llamada.
Hay personas muy capaces que apenas han desplegado su vocación docente porque aún no han encontrado un ambiente capaz de acogerla y activarla. Esas aspiraciones, por las que después esas personas serán conquistadas, suponen un profundo encuentro con ellas mismas. Se manifiesta así el misterio y el encanto de la vocación personal, que moviliza enormes energías interiores: es algo profundo, que no procede de incentivos externos, y que nos hace dar lo mejor de nosotros mismos.
Es necesario impulsar la libertad asociativa y creativa. Hay que superar un poco el excesivo miedo a hacer algo porque puede competir con otro proyecto ya existente, sea nuestro o de personas afines. Hay que encontrar modos pluridimensionales de desarrollar la formación y el trabajo en cada ámbito en que estamos presentes. Todo eso tiene que ir flexibilizando las estructuras, habitualmente constreñidas por criterios bastante arraigados, y facilitar con entusiasmo la entrada a otras realidades eclesiales que puedan avivar la identidad cristiana de la escuela.
Hay que encontrar y potenciar a esas personas dotadas de capacidad de movilizar a los demás. En las escuelas y en todas las instituciones suele haber hombres y mujeres, y muchas veces son gente sencilla, que se ganan espontáneamente la confianza de quienes tienen alrededor. Esas personas tienen gran capacidad de dinamizar las comunidades educativas y pueden ser excelentes catalizadores de la identidad cristiana. Son capaces de entablar relaciones profundas y conversación espiritual. Así se forman comunidades cristianas extrovertidas que no buscan trabajar solo en el calor de su propio espacio eclesial, sino que salen fuera con valentía, que no ven problema en presentarse abiertamente como cristianas, que tienen conciencia de aportar una riqueza social en un mundo en el que, sobre todo en las periferias de las grandes ciudades, hay mucha necesidad de encuentro personal, porque ha disminuido mucho la participación social y civil.
La Iglesia y sus instituciones siguen siendo una gran oportunidad de encuentro en muchos ámbitos sociales donde muchas personas se encuentran en un entorno inhóspito y carente de empatía. La escuela debe ser una realidad social visible y relevante que irradie el mensaje de paz y de alegría del Evangelio.
EL DISCURSO PÚBLICO SOBRE LA IDENTIDAD
Juan Pablo Cannata ha desarrollado un interesante trabajo sobre la comunicación de la identidad cristiana de instituciones sociales y educativas en nuestro contexto cultural .
Parece claro que en nuestro tiempo se ha consolidado un contexto cultural y jurídico en el que ciertos valores que la Iglesia católica siempre ha considerado fundamentales son ahora cuestionados por amplios sectores de la sociedad. Esto afecta bastante a las instituciones sociales y educativas de identidad cristiana. ¿Cómo contribuir al bien común cuando se pone en duda o se niega que algunas de esas propuestas cristianas sean un bien social? ¿Cómo comunicar valores cristianos y presentar su profundo sentido positivo, su potencialidad para inspirar un trabajo conjunto por el bien común? ¿Cómo visualizar su característica central de respeto por todos y cada uno de los seres humanos y del mundo en que vivimos? ¿Cómo responder a preguntas o planteamientos controvertidos de tal manera que un aspecto mal expresado o mal entendido de la propuesta institucional no deje en el aire un regusto de intolerancia que oscurezca la expresión de la propia identidad y nos lleve a una polémica negativa o incluso a un escándalo?
Desde hace algunos años, el mundo occidental está viviendo un proceso complejo de cambios culturales que en muchos casos se concreta en nuevas legislaciones sobre cuestiones que afectan al núcleo de la identidad de esas instituciones. Además, en muchos casos, los planes oficiales de educación obligan a incluir contenidos que colisionan con determinados valores cristianos. Este escenario plantea interrogantes y desafíos que deben desarrollar su tarea en un espacio en el que hay un difícil equilibrio entre su propia identidad, la opinión pública y las leyes.
Las personas tenemos tendencia a adoptar las opiniones que suponemos mayoritarias y, en cambio, nos cuesta expresar nuestra postura cuando percibimos que la mayoría de los que nos rodean piensan lo contrario. Algunos lo han llamado «espiral del silencio», o «tiranía de la mayoría», o «contagio mimético». La sensación de unanimidad genera una contundente impresión de si te enfrentas a la corriente de opinión hegemónica sufrirás una presión hostil. Cuando las personas se autoperciben como «todos menos yo», o cuando una opinión se extiende en forma acelerada, es difícil escapar de ese mimetismo. Sumado a esto, lo legal es percibido por muchos como lo bueno, y esos cambios de legislación consolidan valores y opiniones sociales. Todo eso hace que cuando alguien hace una declaración que se opone a lo que se considera apoyado por la mayoría, los demás actores del escenario público recibirán crédito positivo por criticarlo y se sentirán impulsados (o incluso obligados) a criticarlo también.
Además, ese descrédito puede desembocar en la potencial activación de un escándalo. El descrédito se da cuando unas determinadas declaraciones públicas producen un descenso de la reputación del enunciador, pero sin cuestionar su legitimidad para expresar ese valor ni su posición social. El resultado podría resumirse así: aunque el valor que propones nos parece anticuado y cerrado, por lo que no consideramos tu pensamiento como interesante o positivo, reconocemos que tienes derecho a pensar y expresar tu postura. En cambio, el escándalo es una explosión emocional negativa que surge cuando se viola un valor fundamental de la comunidad: tu pensamiento o tu conducta es un atentado contra la sustentabilidad de nuestra comunidad, por lo que no tienes derecho a expresarte así, eres un daño para nosotros, debes ser sancionado o expulsado. Como algunos de los valores fundamentales de la comunidad se han alejado bastante de los valores católicos, la posibilidad de activar un escándalo ha aumentado, y a la vez la legitimidad de la Iglesia como promotora de estilos de vida positivos para la sociedad en general ha sido puesta en duda por amplios sectores de la población. Esto afecta de manera particular a las instituciones educativas porque desarrollan su actividad con el objetivo de promover valores y, ordinariamente, están insertas en un sistema formal, regulado y a veces también financiado por el Estado.
Ante este nuevo contexto, surge un cuestionamiento: ¿las organizaciones educativas católicas o de inspiración católica tienen derecho a organizarse de acuerdo con sus principios y a promover sus valores en la conversación pública? O más en concreto: ¿un colegio de identidad católica puede enseñar su desacuerdo con una determinada legislación sobre la familia, la vida o la educación? La consideración del ideario de un centro educativo plantea a veces casos difíciles, como por ejemplo la situación de un profesor que deja de compartir los principios institucionales o los criterios establecidos en la escuela.
Esta situación presenta un debate sobre las legitimidades sociales que conforman el contexto comunicativo en el que se desenvuelven esos centros educativos. Por esto, los esfuerzos de autoexplicación han de ser mayores, porque los enunciados deben incluir explícitamente el propio marco de expresión, que quizá es desconocido o mal conocido por el gran público.
Por motivos históricos y sociales, en amplios sectores de la opinión pública se asigna a los cristianos una actitud intolerante y potencialmente discriminadora. Esta nube oscura que flota sobre el catolicismo forma parte del tejido cultural y es uno de los elementos del marco dentro del cual se cuestiona a la Iglesia y a las instituciones de identidad cristiana. Este contexto genera una tensión en la conversación pública que otorga relevancia negativa a los valores que son percibidos como contraculturales: comienzo y fin de la vida humana, matrimonio y familia, sexualidad y vida conyugal, etc. El debate toca las raíces de nuestra sociedad y se expresa a partir de un prejuicio negativo. ¿Promover los valores cristianos mejora el mundo, o esos valores discriminan y hacen daño a los demás? ¿Los valores cristianos son compatibles con la sociedad plural y democrática del siglo XXI?
Ante este panorama, algunas organizaciones de ideario católico se han planteado a veces si, para entrar en sintonía con la nueva cultura y comunicar positivamente a la sociedad, es necesario presentarse como menos cristianas, es decir, ceder un poco en la visualización de las convicciones institucionales o hacer más ambigua su propuesta. Es obvio que hay que encontrar el modo de plantear la propia propuesta institucional en diálogo con la cultura imperante, pero sin dejar de ser coherentes con la propia identidad.
VALORES EN TENSIÓN Y VALORES EN SINTONÍA CON LA SENSIBILIDAD MAYORITARIA
En la comunicación del mensaje cristiano podemos distinguir al menos dos niveles. En primer lugar, hay un marco de valores generales (caridad, dignidad humana, justicia social, paz, amor a la libertad) que generalmente son valores en sintonía con la sociedad actual. Y hay otros (como el cuidado de la vida por nacer, o la postura de la Iglesia sobre la familia o sobre la sexualidad) que, por el contrario, suelen ser valores en tensión con la sensibilidad mayoritaria.
Es frecuente que los valores que están en sintonía con el sentir mayoritario no sean percibidos como «cristianos», porque su generalización los ha convertido ya en valores que son percibidos como «de todos», aunque forman parte central de la propuesta del Evangelio (por ejemplo, el cuidado de la creación, la lucha contra las nuevas formas de esclavitud, la justicia social o la promoción de la paz). Estos «valores en sintonía» potencian el marco general compartido. En cambio, los otros, los «valores en tensión» pueden ser recibidos muchas veces como en contradicción con el marco general.
También el contenido de esos dos niveles pueden variar de acuerdo según los ambientes o personas, pues en algunos casos son más difíciles de entender los valores de la justicia social, y en otros el problema puede estar en lo relacionado con el cuidado de la vida por nacer, o la postura de la Iglesia sobre la familia, o sobre la sexualidad.
De acuerdo con esa complejidad, una comunicación positiva debería centrarse inicialmente en la expresión del marco general de valores. Y solo cuando está asegurado ese primer nivel, centrarse en el siguiente. Reconocer este proceso no quita que cuando se abordan temas controvertidos, en los que de alguna manera hay un juicio previo de sospecha hacia las posturas de la Iglesia, siempre será difícil exponerlos con acierto, tanto por la dificultad al expresarlos como por los riesgos en la recepción del mensaje.
El proyecto Catholic Voices reconoció en este proceso una oportunidad para facilitar el entendimiento de las propuestas católicas en el escenario público: en primer lugar, se debe encontrar el valor compartido que subyace en la crítica (por ejemplo, si se habla del aborto, el valor compartido puede ser la defensa del más débil), y desde ese valor compartido construir una base común que tiene siempre como punto de partida el reconocimiento de la buena intención de fondo de las personas con quienes hablamos.
Este método para el diálogo, denominado reframing, contribuye a la promoción de una relación de mutuo respeto, que evita actitudes condenatorias hacia las personas y reconoce en el interlocutor una rectitud en la búsqueda del bien social. El reframing como desafío comunicativo busca establecer el mejor contexto posible para compartir convicciones personales. Multiplicar las relaciones de comunicación respetuosas y honestas es la vía más directa para instaurar una cultura de diálogo.
Cuando la situación permite exponer explícitamente el propio marco de interpretación, fundamentado en valores legitimados por la opinión pública, es decir, basados en «valores en sintonía», es posible ofrecer después otros enunciados específicos de «valores en tensión» con una mayor expectativa de que sean interpretados adecuadamente. Habrá veces en que no se podrá evitar la tirantez, quizá porque en determinados casos no se encuentra suficiente base compartida, pero siempre es posible ofrecer, con palabras y con actitudes, un mensaje claro y honesto sobre la propia postura y un marco de recíproco respeto. En comunicación es importante lo que queda en la mente y el corazón de los destinatarios o interlocutores.
El marco de «valores en sintonía» es el puente que conecta con la cultura, y son la clave para entrelazar un tejido cultural compartido: la caridad con todas las personas, y ante todo, especialmente, con quienes atraviesan momentos de dificultad. Es la condición de credibilidad para que se pueda percibir bien lo que luego quiere proponerse sobre valores que son menos compartidos.
Como hemos dicho, hay ciertos valores cristianos que impregnan la sociedad actual. La promoción de los derechos humanos, la paz, la justicia social, la dignidad de la mujer, el acceso a la educación, una economía al servicio de la persona y el bien común. Un centro educativo de inspiración cristiana sabrá reconocer la promoción de estos valores ampliamente aceptados como parte fundamental de su mensaje y tarea, y también como oportunidad para reforzar el marco general y desarrollar lazos comunes. A partir de esos eslabones será más fácil comunicar y proponer valores que quizá despiertan quizá una cierta resistencia. La clave es no limitar la comunicación a los valores que están en discusión porque se corre el riesgo de deformar la identidad cristiana y de presentarla como un marco negativo, agresivo o carente de propuesta. Se trataría en cierto modo de un error de proporcionalidad.
Si un centro educativo falla en la comunicación de su marco de valores y en la construcción de una legitimidad social fundada en su compromiso con los problemas compartidos de la comunidad, y se presenta como un sancionador de conductas que hoy están legitimadas e incluso promovidas tanto en la sensibilidad pública como en la legislación, recibirá duras sanciones por parte de su entorno. El verdadero desafío es comunicar en positivo, integrando las propuestas específicas dentro del marco compartido.
Participar de la conversación pública exige aportar los valores propios a la vez que se construye la sociedad de todos. Por eso, cuanto más negativo parece un contexto social o ideológico, más importante es comunicar el marco de los «valores en sintonía», porque así se podrán compartir también los «valores en tensión», siempre con caridad y espíritu de diálogo. Podemos observarlo en dos ejemplos de reframing empleados con frecuencia por el papa Francisco:
Cuando no se reconoce en la realidad misma el valor de un pobre, de un embrión humano, de una persona con discapacidad por poner sólo algunos ejemplos, difícilmente se escucharán los gritos de la misma naturaleza. Todo está conectado .
Mi pensamiento se dirige hoy a todos los niños asesinados y maltratados, ya sea aquellos antes de ver la luz, privados del amor generoso de sus padres y sepultados por el egoísmo de una cultura que no ama a la vida, o a los niños desalojados a causa de las guerras y de las persecuciones, abusados y explotados delante de nosotros y con nuestro silencio cómplice; a los niños masacrados bajo los bombardeos… .
En ambos casos, el mensaje aborda cuestiones en tensión con la opinión mayoritaria (van en cursiva, y se refieren por ejemplo al aborto o al uso que se hace de los embriones humanos), pero esas afirmaciones se insertan en un contexto de valores en plena sintonía con la cultura actual (atención al pobre o al perseguido o a la persona con discapacidad, cuidar la naturaleza, promover la paz), y se hace con coherencia y con un hilo conductor claro. De ese modo, queda patente ante el lector que lo lógico es defender la vida vulnerable e inocente, cualquiera que sea su situación. Así lo explicaba el propio papa Francisco: «Es importante la capacidad de expresar lo que uno siente sin lastimar; utilizar un lenguaje y un modo de hablar que pueda ser más fácilmente aceptado o tolerado por el otro, aunque el contenido sea exigente; plantear los propios reclamos pero sin descargar la ira como forma de venganza, y evitar un lenguaje moralizante que sólo busque agredir, ironizar, culpar, herir» .
Por otra parte, esa comunicación se interpreta mejor si se presenta como una orquesta bien conjuntada. Es mejor contar con más voces, más instrumentos, más redes de participación y expresión. La riqueza del mensaje cristiano se expresa en la diversidad de matices, caras, historias, espiritualidades, perspectivas: sumar a otros y sumarse a otros, trabajar en equipo, ampliar el marco de exposición. Una comunicación abierta, dialogante, respetuosa y sincera, contribuye a generar comunidades abiertas, dialogantes, respetuosas y sinceras. Una comunicación agresiva, cerrada y distante, genera una comunidad cerrada y distante. Una comunicación impregnada de caridad genera una comunidad más cristiana. Juan Pablo Cannata concluye esta explicación proponiendo seis claves :
- Construir un marco común: explicitar y comunicar el ideario institucional hasta transformarlo efectivamente en cultura de la organización, de modo que impregne iniciativas, ideas, prácticas cotidianas, criterios de decisión y paradigmas de referencia.
- Promover el diálogo y las relaciones abiertas: el diálogo es garantía de convivencia en una sociedad plural y favorece el respeto mutuo. Así, la acogida, la autenticidad y la solidaridad se convierten en la música de fondo de la organización, de modo que no sean afirmaciones retóricas sino una realidad cotidiana.
- Proponer las propias convicciones a partir de los valores comunes: basarse en lo compartido implica un esfuerzo por profundizar en la propia identidad y descubrir las palabras adecuadas, dando claridad y relevancia al mensaje.
- Sumar a otros, sumarse a otros: las relaciones abiertas y amplias se desarrollan compartiendo proyectos e ilusiones, con un rol comunitario proactivo.
- Colaborar en la solución de los problemas sociales del propio entorno: comprometerse en temas que reclaman soluciones colectivas, como la justicia social, la ecología, la erradicación de la pobreza, el combate de formas de violencia como el bullying, etc., sin centrarse demasiado sobre una agenda estrecha de temas polémicos.
- Potenciar la propia legitimidad como voz pública: la coherencia entre comunicación y acción, así como la capacidad para empatizar y usar un tono abierto, son determinantes en la legitimación de los portavoces de valores, abordando temas sensibles con espíritu constructivo y visualizando la primacía de la caridad.
Uno de los grandes desafíos de la cultura actual es poder responder con acierto a las grandes preguntas, de modo que las instituciones cristianas colaboren en la construcción de una sociedad más justa, más inclusiva, más respetuosa de la dignidad de la persona, que ayude a dar más sentido a nuestra vida y a la de nuestros conciudadanos. Como ha escrito José Francisco Serrano Oceja, «la influencia de la Iglesia en la sociedad depende de su capacidad de ofrecer argumentos convincentes. La Iglesia ya no puede apoyarse, ni debe, en otros tipos de poder. Todo con tal de que el público secular no vea a la Iglesia como un grupo de indignados que se centran obsesivamente en determinadas cuestiones (aborto, homosexualidad…). Sería urgente que se acabara la impresión de que la sociedad sabe hoy más en contra de qué están los católicos que lo que proponen y lo que pueden aportar.»
El anuncio de la fe debe ser un mensaje siempre esperanzador. La evangelización es una comunicación que nace de la Revelación, y la Iglesia desea llevar ese mensaje a toda persona. Y no se trata solo de transmitir contenidos, es preciso gestionar la comunicación generando relaciones positivas, de confianza mutua. Con transparencia en cómo hacemos las cosas y también en por qué las hacemos así. Atreviéndose a normalizar la idea de todos tenemos problemas y explicar cómo los afrontamos y los procuramos resolver, porque la perfección no existe. Con mensajes empáticos y claros, evitando expresiones que la gente no entiende bien. Sin querer ser demasiado exhaustivos en la explicación de la fe, porque es Dios quien cambia el corazón a través de muchas cosas. Reaccionando con rapidez pero manteniendo la profundidad del mensaje. Sabiendo suscitar interés por la espiritualidad, porque lo natural será hablar de modo que sepamos mostrar nuestra inspiración más profunda, ya que, como decía Benedicto XVI, «quien no da a Dios, da demasiado poco» .
NOVEDAD DEL EVANGELIO ANTE LAS IDEOLOGÍAS DOMINANTES
La vida es diferente si se plantea de cara a Dios o no. Es cierto que hay muchas personas que no tienen fe y muestran altas cotas de honestidad. Eso es así porque los seres humanos tenemos por naturaleza esa aspiración moral, algo que no tendríamos si fuésemos solo materia. La gente honrada, que es la mayoría, lo ve así. Y creen por ejemplo que hay que ser justos, y no piensan que eso sea una simple opción de cada uno, entre otras muchas, sino que es algo que nos concierne a todos, y por eso vemos que la mayoría de las personas comparte un amplio sentido de la justicia que es universal.
Pero las cuestiones existenciales cambian de visión, o de escenario, cuando las personas están iluminadas por la fe, la esperanza y la caridad. Cambia el escenario de la vida, porque hay un Dios que nos interpela, con una historia de la salvación, que realmente es lucha entre el bien y el mal, y una promesa de juicio y de remuneración.
Por eso la vida es diferente si se vive de cara a Dios y, por Dios, de cara a los demás. Las aspiraciones de felicidad tienen un mayor recorrido, son más elevadas que otras aspiraciones menores. También en la lucha contra el mal, el dolor y el sufrimiento, se plantea un escenario diferente cuando hay fe.
Hay también una mejor respuesta al enigma del mal y del sufrimiento. Siempre es dificultoso entender la existencia del mal y del dolor, y a veces puede parecer difícil hacerlo compatible con la existencia de Dios. Pero, cuando no hay fe, el mal tiene aún menos explicación, es una vulgaridad, un fatal accidente de la naturaleza con el que nos topamos constantemente. Vemos que hay mucho mal en el mundo, vemos el mal de la injusticia de los hombres y vemos que el mal está también dentro de nosotros. No hay respuestas sencillas a esto. Vemos mucho dolor, y vemos que, en todo dolor profundo, lo que las personas necesitan es gente que las quiera, que respete su dolor y, si tienen fe, que recen para que Dios les ayude a sobrellevar y compartir la soledad que siempre hay junto al dolor. Todo eso nos plantea un reto que nos invita a detenernos a pensar en la gente que lo pasa mal. Una voz que nos impulsa a pensar qué podemos hacer por remediarlo. Todo eso es una llamada, incluso una vocación. La aspiración de la vida no puede ser un simple pasarlo bien cuando vemos a tanta gente pasarlo mal. El sentido cristiano nos plantea una misión en el mundo, por eso es importante en educación que los niños sepan que hay otros que pasan dificultades mayores, que hay mucho sufrimiento y cada uno debe preguntarse qué puede hacer por aliviarlo. Cada uno tiene que pensar su misión y encontrar su camino.
Los cristianos no pensamos que un determinado comportamiento es malo porque nuestra religión haya dicho que es pecado, sino al revés, es pecado porque es malo. Santo Tomás de Aquino explicaba aquello de que «ofende a Dios lo que daña al hombre», porque Dios es quien nos ha creado y nos ha dado nuestra dignidad, y sus mandatos velan por nosotros y por nuestra dignidad, aunque no siempre lo intuyamos correctamente.
La naturaleza humana no es perfecta, parece claro que está herida, que no acierta siempre con lo que es mejor, o al menos no siempre se siente suficientemente atraída por lo que es mejor, o no siempre encuentra fuerzas para dirigirse hacia lo mejor. En todo caso, es patente la necesidad de ayuda. Necesitamos a Dios. Es algo que está en nuestra naturaleza, lo sentimos, aunque no siempre con la suficiente claridad.
La cultura en que vivimos no siempre está muy alineada con esto. Bastantes de las tendencias sociales de nuestro tiempo son las propias de una ciudad sin Dios, de un mundo que nos atrae con señuelos que nos distraen o nos confunden. Y también vemos a veces una animosidad profunda y constante contra todo lo cristiano, una ofensiva bien diseñada contra muchos de los valores que representa la fe.
Pero el problema no está solo fuera. Las malas tendencias interiores que todos tenemos son con frecuencia un enemigo aún más amenazador. La soberbia, la ira, la envidia, la avaricia, la lujuria… y por supuesto la pereza, que es quizá el pecado más general. Tanto fuera como dentro de nosotros encontramos ese principio de oposición a la mejora y el crecimiento personal. Y el espíritu cristiano nos ha de inspirar una mirada de misericordia y de fe, no de indignación o de rencor. Una mirada que nos mueve a la caridad, a ver personas detrás de cada acontecimiento, personas que quizá necesitan de nosotros una respuesta más cristiana, más compasiva, una reflexión que nos haga encontrar puntos comunes, una cultura del encuentro. Y eso vale también para la propia mejora personal, para no paralizarnos con diferentes excusas.
El papa Francisco recomienda por ejemplo evitar el victimismo, esa «especie de seducción de la desesperación, muy presente en la masoquista conciencia contemporánea (…) Hay lutos indefinidamente prolongados, en los que la espiral del vacío dejado por quien se ha ido se ensancha cada vez más, que no son propios de la vida en el Espíritu; hay laberintos en los que uno se pierde a fuerza de mirarse solo los pies; hay amarguras rencorosas que ocupan la mente de quien las alimenta hasta convertirlo en una eterna víctima, a pesar de que al principio quizá su exigencia fuera legítima. Nada de eso conduce a una vida sana, y mucho menos cristiana. Un cristiano triste, al final, no deja de ser un triste cristiano» .
Hay otros aspectos en la cultura dominante que también dificultan la comprensión del mensaje cristiano. Uno de ellos podría ser el consumismo, que genera una cierta ansiedad por acceder a más y más cosas, y nos hace un poco sordos a otros valores más altos. Otro aspecto podría ser el materialismo, que tiene una sorprendente fe en explicaciones bastante milagrosas sobre el origen del universo y sobre cómo todo se genera a base de adaptación. Hay de fondo también en nuestra cultura una vieja animosidad hacia el cristianismo, que se ha creado en gran parte sobre estereotipos, pero que influye mucho en las percepciones de la gente y ha generado una antipatía profunda hacia todo lo católico, fuertemente impulsada desde algunos sectores culturales. Hay otro aspecto, más reciente, relacionado con la llamada ideología de género, a la que hay que contraponer un discurso positivo, no combativo, sobre el ideal de vida cristiana, y una propuesta que debe plantearse desde el respeto, el afecto y la comprensión que son propios de lo más central del mensaje cristiano, que es querer a las personas.
Cada persona recibe a lo largo de su vida mensajes muy diversos, observa el testimonio de personas muy diferentes, está sometida a conflictos e influencias muy dispares. Todo ese conjunto genera una multiplicidad de estratos en su formación y su cultura, que impregnan todo el desarrollo de su identidad personal, y que llevan con el tiempo a sucesivas revisiones de vida, donde las semillas que se han sembrado en la educación germinan y fructifican en el momento menos esperado. Por eso, en educación hay que sembrar siempre, aunque tarde en verse el resultado, o aunque incluso nunca llegue a verse. Hay que seguir el estilo de la parábola del sembrador, que esparce la semilla en tierra buena pero también en tierra menos buena. Porque la educación es un servicio que siempre debe estar presidido por la rectitud, por la confianza y por el respeto hacia la otra persona. El mensaje cristiano es un mensaje de esperanza, una esperanza enraizada en la convicción de que, sean cuales sean las vicisitudes del momento presente, la historia es en último término una historia de salvación.
Y no se trata de una salvación solo desde una perspectiva individual. Hay que desarrollar también una conciencia comunitaria, enseñar a pensar en un mejor futuro colectivo, a considerar más el impacto que tienen nuestras decisiones sobre la vida de los otros, incidir en una educación ética que explique que el bien común requiere de renuncias y sacrificios personales por parte de todos. Vivir la fe cristiana no es cumplir una serie de obligaciones religiosas individuales, no es una simple espiritualidad donde lo único importante es salvar la propia alma, olvidando la llamada a transformar la realidad de nuestro entorno. El espíritu del Evangelio supone comprometerse a correr riesgos y transformar el mundo. Los católicos no pueden replegarse sobre sí mismos. Es más, deben estar abiertos a acoger con misericordia a tantas personas dañadas por las ideologías pero que vuelven la mirada a la Iglesia con esperanza de encontrar un faro en medio de la oscuridad. Precisamente por eso no hay que mimetizarse sino dejarse ver con desenvoltura. La escuela debe ser un terreno fértil donde la fe pueda germinar. Y ese terreno no es otro que el interior de la persona, y se cultiva sobre todo a través de las humanidades. Por eso la familia y la escuela deben apostar por una formación humanística que abra el camino a la verdad, al bien y a la belleza.
CUIDADO DEL MEDIOAMBIENTE
La educación ambiental ha estado muy centrada durante mucho tiempo en la información científica y en la concienciación y prevención de riesgos ambientales. Ahora tiende a «recuperar los distintos niveles del equilibrio ecológico: el interno con uno mismo, el solidario con los demás, el natural con todos los seres vivos, el espiritual con Dios» .
La existencia de leyes y normas no es suficiente a largo plazo para limitar los malos comportamientos contra el medio ambiente. Para que la norma jurídica produzca efectos importantes y duraderos, es necesario que la mayor parte de los miembros de la sociedad la hayan aceptado a partir de motivaciones adecuadas, y que reaccionen desde una transformación personal.
«Si una persona, aunque la propia economía le permita consumir y gastar más, habitualmente se abriga un poco en lugar de encender la calefacción, se supone que ha incorporado convicciones y sentimientos favorables al cuidado del ambiente. Es muy noble asumir el deber de cuidar la creación con pequeñas acciones cotidianas, y es maravilloso que la educación sea capaz de motivarlas hasta conformar un estilo de vida. La educación en la responsabilidad ambiental puede alentar diversos comportamientos que tienen una incidencia directa e importante en el cuidado del ambiente, como evitar el uso de material plástico y de papel, reducir el consumo de agua, separar los residuos, cocinar sólo lo que razonablemente se podrá comer, tratar con cuidado a los demás seres vivos, utilizar transporte público o compartir un mismo vehículo entre varias personas, plantar árboles, apagar luces innecesarias. Todo esto es parte de una generosa y digna creatividad, que muestra lo mejor del ser humano. El hecho de reutilizar algo en lugar de desecharlo rápidamente, a partir de profundas motivaciones, puede ser un acto de amor que exprese nuestra propia dignidad. No hay que pensar que esos esfuerzos no van a cambiar el mundo. Esas acciones derraman en la sociedad un bien que siempre produce frutos más allá de lo que se pueda constatar, porque provocan en el seno de esta tierra un bien que siempre tiende a difundirse, a veces invisiblemente».
En la familia se cultivan los primeros hábitos de amor y cuidado de la vida, como por ejemplo el uso correcto de las cosas, el orden y la limpieza, el respeto al ecosistema local y la protección de todos los seres creados. La familia es el lugar de la formación integral, donde se desenvuelven los distintos aspectos de la maduración personal. En la familia se aprende a pedir permiso sin avasallar, a decir «gracias» como expresión de una sentida valoración de las cosas que recibimos, a dominar la agresividad o la voracidad, y a pedir perdón cuando hacemos algún daño. Estos pequeños gestos de sincera cortesía ayudan a construir una cultura de la vida compartida y de respeto a lo que nos rodea.
También la escuela tiene un papel importante para educar en una austeridad responsable, para la contemplación agradecida del mundo, para el cuidado de la fragilidad de los pobres y del ambiente. Lo mismo puede decirse de la educación estética y la preservación de un ambiente sano: «prestar atención a la belleza y amarla nos ayuda a salir del pragmatismo utilitarista. Cuando alguien no aprende a detenerse para percibir y valorar lo bello, no es extraño que todo se convierta para él en objeto de uso y abuso inescrupuloso».
La escuela debe ser maestra en nuevas oportunidades para el planeta y sus habitantes, maestra de esperanza. Debe ser una escuela de personas que defienden la vida del planeta, que está amenazada en este momento por una grave destrucción ecológica. Debemos reconocer la urgencia dramática de hacernos cargo del futuro de la casa común. Esto no se puede lograr sin una transformación del corazón y un cambio en la visión antropológica que está en la base de toda la convivencia humana, también la economía y la política.
Es importante tenerlo presente a la hora de pensar en el progreso, porque muchas veces, en nombre del progreso, se puede impulsar una gran regresión. Las nuevas generaciones pueden vencer este desafío, y no solo aprendiendo en la escuela a cuidar pequeños detalles, sino generando una visión integral de la ecología: «Necesitamos escuchar el sufrimiento del planeta junto al de los pobres; necesitamos poner el drama de la desertificación en paralelo al de los refugiados, el tema de las migraciones junto al del descenso de la natalidad; necesitamos ocuparnos de la dimensión material de la vida dentro de una dimensión espiritual. No creando polarizaciones sino visiones de conjunto» .
LA ESCUELA Y LA INMIGRACIÓN
En el tema de las migraciones, existe una línea constante de enseñanza de los últimos papas . La emigración no es solo una serie de emergencias, sino sobre todo un fenómeno constante y estructural de desplazamientos de pueblos, que siempre estará presente y que por tanto merece una política de largo alcance. Por otra parte, muchos países necesitan de la inmigración por razones laborales o de natalidad. Si se diseñan políticas positivas de integración, las migraciones son una oportunidad en el ámbito demográfico, religioso, social y económico. La historia de la mayoría de los países es fruto de numerosas migraciones, y si se ven con un poco de perspectiva, la mayoría de ellas son una necesidad y un desafío para crecer y transformarse.
Cuando existe una buena estrategia de acogida y acompañamiento, la inmigración no tiene por qué ser una amenaza, sino una oportunidad de desarrollo: se recibe una cultura y se ofrece otra. Los recién llegados, esos inmigrantes o esos refugiados, con sus hijos, se unen a la historia del país y pueden suponer una importante contribución.
Es evidente que esa acogida de la inmigración tiene unos límites y que precisa de políticas certeras y bien medidas. A veces su atención requiere una política social de emergencia, porque se presentan en un determinado momento flujos masivos de personas necesitadas a las que hay que ayudar o asistir, pero lo decisivo es la tarea habitual de integración, evangelización y consideración con todos ellos.
Y la escuela de inspiración cristiana tiene bien presente que no debe sustraerse de las cuestiones vitales de la sociedad global, y eso reclama que sus comunidades, grandes o pequeñas, con muchos medios o con pocos, hagan visible su acogida, su empatía, su hospitalidad generosa y amable, no preocupándose tanto de su propia conveniencia sino de dar una valiente respuesta cristiana a cada dilema que se plantea.
De este modo se construye una sociedad que no piensa sobre todo en sus ventajas económicas o de cualquier otro tipo, sino que tiene bien presentes los valores inalienables de las personas. Una sociedad que conoce su pasado y sabe que también ha sido emigrante muchas veces. Que mira con confianza su futuro y no vive replegada sobre sí misma. Que persigue ideales y desea ser una tierra segura, abierta y pacífica, referente para un mundo más amable y acogedor. Que busca alianzas capaces de unir a mundos, culturas y sujetos diferentes, en una dinámica de encuentro y de diálogo global. Que reacciona con decisión contra esa mentalidad de cerrazón o de xenofobia que envenena la esperanza y nos priva de ese clima de acogida y ayuda que tanto necesitamos.
LAS PATOLOGÍAS DEL PODER
Las crisis de los abusos sexuales han sido para la Iglesia una oportunidad de purificación, de apuesta por la transparencia y de esfuerzo en ganar credibilidad. No hay que negar los hechos, sino asumirlos frontalmente, mirar a las víctimas a la cara, reconocer las cosas que se han hecho mal, reparar en lo posible el daño causado y aprender de la experiencia para que no vuelvan a producirse.
Es preciso generar, fortalecer y consolidar una cultura y unos valores contrarios al abuso, tanto dentro como fuera de la Iglesia. Quizá ha costado trabajo afrontarlo, porque ciertamente lo que ha sucedido es muy contrario al mensaje que predica la Iglesia, pero precisamente por eso hay que impulsar una mayor proactividad, que pasa por la escucha y la atención a las víctimas, por adoptar protocolos de transparencia y de generación de entornos seguros.
Hay que pensar también que los abusos se producen en un contexto de hipersexualización, así como de pérdida de valores de la que todos somos de alguna manera responsables, y que esos abusos se han producido en multitud de ambientes, y en particular dentro de la familia. Por eso es necesario que la sociedad en su totalidad reflexione sobre los modelos que presentamos. Hay que potenciar la centralidad de la persona y su inquebrantable dignidad, porque detrás de la pansexualización, detrás de los abusos sexuales, lo que hay es una cosificación de seres humanos y eso es completamente contrario de la esencia del Evangelio.
Como ha comentado José Luis Segovia, «detrás de los problemas de abusos suele haber una patología estacional del poder, que adopta una forma de ejecución sexual, pero donde lo sexual es instrumental y lo que hay sobre todo es una patología del poder» . La escuela debe hacer una reflexión sobre todo esto, y también sobre las razones y las estructuras que permitieron durante tiempo su extensión y su encubrimiento. Todo eso requiere una reflexión profunda que nos lleve a tomar medidas eficaces para cambiar las dinámicas perniciosas que están en la raíz y en el trasfondo de todo esto.
Es necesario establecer en las escuelas una cultura institucional que haga difícil el abuso de poder. Crear cauces para lograr que se reporten las malas prácticas. Implantar procedimientos que combatan cualquier amiguismo, autoritarismo o arbitrariedad, actitudes que casi siempre van unidas a los abusos y a su impunidad. Ha de haber canales de denuncia bien gestionados. Se han de cumplir con esmero todas las normativas de compliance. No debe haber nadie fuera de los sistemas de escucha, de evaluación y de feedback. Es preciso ser rigurosos para no caer en prácticas poco claras que con el tiempo se suelen ir extendiendo. Ninguna figura de autoridad debe estar sin el contrapeso de la colegialidad, o sin la obligación de rendir cuentas, o de responder de cualquier cuestión que se plantee, porque la autoridad que no es servicio es dictadura.
Hay que luchar en particular contra el narcisismo que suele rodear al abuso de autoridad. Hay narcisistas abiertos, y hay otros narcisistas que podríamos llamar encubiertos, que intentan disimularlo, y que incluso pasan por humildes o sufridos, pero buscan siempre tejer un entorno controlable a su alrededor, expulsando posibles rivales e impidiendo cualquier crecimiento que salga de su control. El narcisista es manipulador y rencoroso. Le gusta acumular información para poder desacreditar a los demás cuando le interese. No se rodea de buenos colaboradores, sino de gente sumisa, dependiente y manejable. Prefiere gente mediocre y predecible, con lo que devalúa la institución a la que sirve. No entiende el liderazgo como servicio sino como personas puestas a su servicio. Por todo eso tiende a autoperpetuarse. Con otros narcisistas como él no suele formar equipo, pero entre ellos pueden jerarquizarse y surgir otros líderes menores, con las mismas tendencias narcisistas, que a su vez crean subgrupos de seguidores dóciles que apuntalan el sistema.
En las instituciones donde no se evalúa debidamente el desempeño, es difícil ayudar a los narcisistas a corregirse. Los narcisistas se refugian en entornos o instituciones donde apenas se rinde cuentas. Donde hay mala organización, poco control o miedo a exigir, allí se encuentran a sus anchas. También por eso es importante establecer modos adecuados de rendir cuentas de lo que hacemos. Y quienes consideran que eso es una falta de confianza, quizá esos son quienes más necesitan que les ayude a dar cuentas con transparencia sobre su trabajo.
LA VERDADERA BRECHA TECNOLÓGICA
Educar con éxito a los hijos o los alumnos en un mundo lleno de pantallas no es una tarea fácil. La velocidad, la fuerza y el impacto de la tecnología es innegable, y todo parece indicar que va a estar cada vez más presente. Y sabemos que la tecnología facilita la comunicación, pero al tiempo también absorbe la atención y nos puede aislar, y eso es un riesgo claro para los niños y los jóvenes (y también para los adultos).
Ni desde la familia ni desde la escuela podemos rendirnos en nuestro compromiso de lograr que la tecnología esté al servicio de la humanización de la sociedad. Es cierto que hay muchas personas que, por culpa de la tecnología, tienen menos interacciones sociales, pasan más tiempo solos y apenas tienen amigos reales. Y por eso hay que fomentar lo que nos abra a comunicarnos mejor, a descubrir las necesidades de los demás y a hacer un mundo cada vez más cercano y acogedor. Un mundo en que mejoremos la capacidad de expresión y de comprensión, en el que ganemos en pensamiento riguroso, no nos dejemos seducir por las fake news, o por las manipulaciones de los algoritmos, o por el scroll infinito. Tenemos que aprender y enseñar a analizar críticamente todo lo que observamos, leemos, escuchamos o pensamos.
No se trata de ser tecnófobos ni tecnófilos. Cada uno debe encontrar el modo que considere más adecuado de convivir con la tecnología, sin menospreciar las opciones de otros. Debemos estar atentos para aprender a gestionar lo mejor posible los diversos escenarios, que pueden ser muy variados. Hay que enseñar autocontrol y enseñar a detectar dependencias, también en uno mismo. Enseñar a manejar bien la tecnología y a no ser manejados por ella. Enseñar a poner la tecnología al servicio tanto del conocimiento como del encuentro personal. Se trata de un proceso de ajuste constante y mejora continua, profundizando desde el equilibrio, la escucha y el acompañamiento. Tanto la tecnología como la sociedad como nosotros mismos estamos en una constante evolución, y por eso familia y escuela deben trabajar conjuntamente para hacer frente a este desafío de educar ciudadanos responsables adaptados al tiempo que nos toca vivir.
Saber usar muy bien un cuchillo o unas tijeras no es simplemente usarlos con habilidad, sino saber bien dónde y cómo usarse. No es lo mismo usarlo para cortar una pizza que para agredir a alguien. Lo mismo sucede con la tecnología, que es una herramienta muy valiosa y útil en muchos ámbitos de la vida, pero que también puede ser muy peligrosa, o simplemente puede absorbernos demasiado.
Es indudable que en el contexto de la tecnología se presentan serios problemas relacionados con la atención, las adicciones y la salud mental, pero no parece que la solución sea declarar la guerra la tecnología. Tenemos que aprender a prevenir y gestionar la vulnerabilidad, las obsesiones y adicciones, como ha sucedido siempre, con la novedad de que en el ámbito de la tecnología esos problemas también afectan con frecuencia a los propios educadores. Por eso, la principal brecha digital no es tener acceso o no a la tecnología, sino tener o no la preparación personal necesaria para hacer un uso adecuado de ella. La verdadera brecha está entre quien es capaz de controlar las pantallas y quien termina siendo controlado por ellas.
No podemos privar a las nuevas generaciones de seguir leyendo libros en papel, de tener sobremesas largas sin pantallas, salir al campo y pasar tiempo de desconexión digital… porque todo eso es fundamental para las relaciones humanas, o para el pensamiento analógico, que es muy necesario. El pensamiento digital es más fragmentado, pues al mirar la pantalla para una cosa, enseguida saltamos a otra, porque ahí tenemos todo, y pasamos luego a otra, y al final no sabíamos qué queríamos hacer al principio. Por eso hay que desarrollar costumbres como mantener la atención en una película más lenta, aislarse del ruido digital para aumentar la concentración en lo que hacemos, reducir el tiempo dedicado a las redes sociales, no atender mensajes cuando estamos hablando con otra persona, o en las comidas, u otras pequeñas decisiones de ese estilo. Todo esto es importante para que los hijos y los alumnos (y nosotros) mejoremos en los problemas de concentración que tantas veces observamos.
Quizá hay que saber manejarse en lo digital como si no existiera lo analógico, y en lo analógico como si no existiera lo digital. Podemos leer libros electrónicos, con todas las oportunidades que tienen de usar anotaciones, resaltar o compartir texto, o traducir una palabra, pero al mismo tiempo procuramos no dejar el papel, porque aporta otras cosas y ayuda a concentrarse más. Si hablamos sobre esto con los hijos y alumnos, vemos que lo pueden entender perfectamente. Les cuesta asumirlo, como nos cuesta a nosotros, pero hay que abordarlo sin dramatizar sobre las adicciones o sobre las relacionales digitales.
Podemos hablar, por ejemplo, de que no es una buena idea encerrarnos en circuitos de pensamiento único, como sucede cuando seguimos solo a cuentas de quienes piensan como nosotros, o a cuentas que fomentan la polarización o la descalificación gratuita de las opiniones diferentes. Hablar sobre en qué paginas es prudente comprar y en cuáles no. Saber qué tipo de mensajes o perfiles pueden suplantar identidades, infectar nuestro terminal o estafarnos. Saber que hay contenidos que nos pueden hacer daño y que generan adicción. Comentar que hay tiempos de conexión y tiempos de desconexión, de actividades digitales y de actividades analógicas, y que en la familia y en el aula podemos conseguir plantearnos objetivos comunes en los que todos nos pongamos de acuerdo, porque mejorar juntos en algo tiene una gran fuerza educadora.
Por otro lado, el mundo digital nos puede ayudar a contrastar mejor lo que decimos con lo que entiende la gente joven. La mente del nativo digital está estructurada según la pantalla del teléfono móvil, aunque no lo tenga en la mano en ese momento. Hay una lógica y una gramática y un relato que son una dinámica cultural que les resulta propia. No podemos ignorar ese gran cambio cultural. Las redes sociales nos enseñan también a observar mejor el reflejo de lo que pensamos o decimos, porque observamos a otros que dicen algo parecido a lo que decimos nosotros, o quizá dicen lo contrario. Analizar las opiniones contrarias a las nuestras hace madurar nuestro pensamiento y nuestra narrativa. Si nos acostumbramos a hacer ese contraste, quizá no sigamos diciendo o haciendo lo mismo, aunque en esencia sigamos en la misma dirección. San Agustín decía que «los ataques pueden ser con frecuencia más útiles que los elogios, ya que muchas veces los amigos nos pervierten al adularnos y, en cambio, los enemigos nos corrigen al insultarnos». Y estudiando a esos furibundos atacantes, si los escuchamos con atención y no nos impacientamos, quizá nos sorprendamos de encontrar con ellos bastantes áreas comunes, o de encontrar puntos débiles que apuntan a conclusiones bastante diferentes. Por eso John Henry Newman decía que «a veces nuestro enemigo se convierte en amigo; a veces se ve despojado de la virulencia maligna que le hacía tan temible; a veces se destruye a sí mismo; o queriendo hacer el mal, hace el bien, y luego desaparece».
Insisto en que un uso inteligente de las redes sociales nos puede ayudar a otear mejor el horizonte, a discernir bien los cambios sin fiarnos demasiado de los análisis precocinados que nos presentan desde ámbitos muy diversos. El horizonte no siempre es nítido, y por eso hay que estar siempre atentos para corregir el rumbo. Tenemos que conocer bien nuestros puntos débiles, nuestras incoherencias, nuestras explicaciones poco consistentes, nuestros ejemplos poco afortunados, nuestras argumentaciones confusas. Y conocer bien las críticas para así mejorar, no solo para evitarlas. Es mejor pensar qué pregunta es la que no queremos que nos hagan, y aprender a responderla. No podemos eludir los temas difíciles. Tenemos que poder responder a cualquier cuestión que nos planteen. Nos ayuda a mejorar nuestra coherencia personal y la calidad de nuestra conversación, porque sabemos bien que cuando estamos en la plaza pública virtual hablamos para una multitud en la que hay mucha gente bien informada y con capacidad crítica.
En todo caso, vemos que ya ha caído aquella utopía del tercer milenio que anunciaba una comunicación sin límites, superados los antiguos tabúes y gracias al impulso y la facilidad para la amistad de las redes sociales. No ha pasado mucho tiempo y la sociedad de hoy percibe un claro peligro de que todo eso nos atrinchere mentalmente y nos haga más solitarios o distantes que nunca. Los instrumentos de comunicación son instrumentos, mejores o peores, pero lo común y lo permanente es que todos compartimos una honda sed de atención y escucha, y que necesitamos conversaciones de calidad.
¿NIVEL ACADÉMICO VERSUS IDENTIDAD CRISTIANA?
En la sociedad actual, la mayoría de las familias tiene una clara convicción sobre la importancia de proporcionar a los hijos una educación académica del mejor nivel posible. Muchas de esas familias suelen querer, además, que la escuela tenga una identidad y unos valores cristianos. Pero, si hubiera que contraponer una cosa con la otra, parece que la mayoría daría prioridad a lo académico. ¿Esa prioridad por lo académico… es un inconveniente para esas escuelas? Quizá no demasiado.
Las escuelas de inspiración cristiana transmiten una serie de valores e ideales de vida, pero deben hacerlo dentro del cumplimiento de la misión educativa que concierne a todas las escuelas. Es natural que las familias quieran que sus hijos acudan a escuelas de buen nivel académico, porque, por su propia naturaleza, es lo que debe esperarse de cualquiera escuela. Y si esas familias quieren que, además, transmitan valores cristianos, ese deseo no debe oponerse a lo otro.
Cualquier escuela, sea o no católica, debe ofrecer una buena educación académica. Debe formar ciudadanos bien educados capaces de abrirse camino en todo tipo de opciones profesionales y en medio de todos los desafíos del mundo actual y futuro. La escuela de inspiración cristiana les hace además vislumbrar un sentido más elevado. Y será natural que su calidad como escuela atraiga a personas alejadas de la fe que luego, en los años de permanencia en sus aulas, tengan oportunidad de descubrir allí el atractivo de una propuesta cristiana.
En ese sentido, esas escuelas pueden y deben ser un excelente medio para hacer presente la fe en un mundo quizá alejado de ella. Un mundo que, con frecuencia, demanda ese espíritu a veces sin casi reconocerlo. La escuela de hoy necesita más que nunca de un esfuerzo humanístico, con buenos contenidos que afecten a lo más profundo de la persona. Tanto la asignatura de religión como la propia identidad cristiana de la escuela deben ser elementos decisivos en ese sentido. La religión aporta una propuesta antropológica anclada en la razón, y una idea de bien común que puede resultar iluminadora y atractiva tanto para creyentes como para no creyentes.
Como ha escrito Carlos Esteban Garcés , las finalidades de la educación siempre han sido de humanización y personalización. Sin embargo, en las últimas décadas se han debilitado estos enfoques y se ha impuesto una orientación un tanto utilitarista y hasta economicista de los procesos educativos. Esto ha significado una cierta decadencia de las humanidades y, como consecuencia, una mayor fragilidad del saber religioso. Y precisamente por eso, en este contexto sociocultural es muy necesario un nuevo tiempo humanista que permita fortalecer lo personal en los procesos educativos.
Desde una antropología cristiana, la religión contribuye a despertar la dignidad humana de todos y a promocionarla en todas sus libertades y responsabilidades. El objetivo es que los estudiantes sean auténticamente personas, no simples elementos de bien preparados de un enorme mecanismo productivo social. Debemos aspirar a que cada alumno construya su identidad personal con los más altos valores y creencias que desarrollan plenamente lo humano y le permitan elevarse hasta lo trascendente.
La Iglesia ha estado siempre implicada en acompañar el desarrollo integral de las personas y los pueblos a través de la educación. Esos principios, que emergen del Evangelio, se plasman en medios y estructuras que se van transformando en los diversos contextos culturales. En esta evolución es donde, por ejemplo, la clase de religión ha pasado de ser una asignatura obligatoria a una opción de las familias; de una catequesis, a un saber escolar sobre lo religioso y el mensaje cristiano; de una iniciación cristiana a un elemento común de la formación integral.
El hecho es que hoy las democracias más avanzadas asumen que la formación religiosa forma parte de las finalidades propias de la escuela. Muchos de estos países, como los nórdicos o anglosajones, incorporan una formación sobre la religión sin depender de acuerdos entre la Iglesia y el Estado. Y en las mejores universidades del mundo (Harvard, Oxford o Cambridge, por ejemplo) hay facultades de teología como un saber equiparable a cualquier otro.
Los poderes públicos deben garantizar el acceso de todos a una educación integral que pueda incluir la dimensión religiosa. Un Estado aconfesional está llamado a cooperar con las religiones presentes en su territorio para articular esa garantía. Por otra parte, también debe proteger la libertad de las familias para elegir el tipo de educación que quieren para sus hijos, incluida la formación religiosa, pues solo en las dictaduras el Estado decide por las creencias de las personas o las familias. En ese sentido, tanto la escuela católica como la asignatura de religión deben abrir caminos y buscar un encuentro con todas las categorías culturales, de modo que con esas aportaciones contribuyen a una rehumanización de la escuela en toda la sociedad.
UNA PROPUESTA ABIERTA, NO UN COMBATE
Cada escuela puede y debe buscar su estilo propio, su propósito y su misión. Pero añadiría que, en mi opinión, no debe tender a construir ambientes demasiado protegidos o cerrados. No buscamos habitar en grandes fortalezas que se protegen del mundo moderno. Conocemos los riesgos de los diferentes ambientes adversos, pero también conocemos los riesgos de vivir de espaldas a las realidades sociales en las que, en el futuro, nuestros alumnos o hijos estarán completamente inmersos (si no lo están ya).
Queremos visualizar la fe de un modo abierto, no de resistencia, no defensivo. Una fe centrada en la realidad diaria que vivimos, con un pensamiento optimista, con una mirada de esperanza puesta en el futuro. La escuela de inspiración cristiana, en cuanto que también es una comunidad cristiana de fe, está llamada a ser casa de todos, portadora de la buena noticia del Evangelio, un lugar abierto donde acercarse a Dios y encontrar la fe. Nadie debería alejarse de ella porque se haya transformado en un entorno reservado y exclusivo solo para los más afines. Pienso que esas escuelas pueden ser un lugar donde confluir muchas personas que están en búsqueda, que se hacen preguntas, que anhelan encontrar un buen acompañamiento en sus vidas. Un lugar donde puede haber gente que camina a diferentes velocidades, unos más inquietos y otros más tranquilos, pero todos con respeto entre ellos y con los de fuera. Un lugar donde caben también quienes están allí con ciertas reservas, es decir, con una actitud de búsqueda en la que quieren ser fieles al Evangelio pero se cuestionan algunas cosas, o plantean algunas objeciones, o consideran que hay que abrirse a nuevos desafíos o nuevas respuestas.
La escuela debe acoger bien a esas personas. No somos gente que tiene respuesta clara y rotunda para todo. No podemos querer mostrarnos demasiado seguros y categóricos en todo momento, porque la acumulación de argumentos no es siempre el mejor camino. Las personas no quieren ser arrolladas por una batería de explicaciones. No suelen querer unas certezas incuestionables, porque no suele haber respuestas absolutas para las cuestiones complejas, y casi todas las cuestiones importantes son bastante complejas.
Cuando damos respuestas demasiado contundentes quizá simplificamos la realidad. Hay muchos aspectos de la vida y de la fe que están envueltos por la bruma, por la duda y la inseguridad. Si alguien está absolutamente seguro de que ha encontrado a Dios, o tiene respuesta perfecta para todas las preguntas, lo más probable es que sea un falso profeta que instrumentaliza la religión para sí mismo. Los grandes guías del pueblo de Dios, como Moisés, siempre dejaron espacio para la duda. La duda no es enemiga de la fe. Puede incluso ser parte de ella, motor de ella, impulso para nuestro crecimiento personal. La fe se abre camino junto a la duda, y en ese contraste y ese esfuerzo, se fortalece. A todos se nos pueden presentar preguntas sobre Dios, sobre su presencia en el mundo, sobre la Iglesia, sobre nosotros mismos. Gracias a que dudamos, profundizamos en la fe.
Dios ha preferido que sea así, quizá porque si fuera todo «demasiado evidente» estaríamos obligados a creer, y eso nos haría perder libertad. Sería una obediencia impuesta, no tanto una fe elegida y libre. Somos libres para creer, para buscar, para descubrir. Sensibles a la voz de Dios, pero no esclavos de ella. Dios ha preferido proponer y no imponer. Y eso siempre abre espacio para un sano margen de duda razonable. Y cada persona, cada escuela y cada familia deben saber gestionarlo.
La duda nos aleja de los dogmatismos. Nos aleja de esa actitud de considerarnos arrogantes poseedores de la verdad. Evita que seamos de los que piensan que no tienen nada que escuchar pero sí mucho que imponer. La duda nos hace más humildes. Nos hace conscientes de que somos vulnerables, de que no debemos ponernos demasiado como ejemplo, de que no tenemos el monopolio de la fe ni de la razón. Nos hace ver que no podemos dar recetas simples o consejos teóricos prefabricados. Nos recuerda que debemos hacernos preguntas y que no hay que estar siempre dando respuestas. Nos alienta a hacer presente a Dios en un mundo en el que a muchos les parece que está ausente. Nos hace comprender que somos unos humildes buscadores de la verdad, personas que comparten el tesoro de la fe, pero también su constante búsqueda.
Es importante cultivar un pensamiento que no esté solo buscando elementos que confirmen las propias ideas, sino que también se interese por las ideas que cuestionan o desafían nuestras certezas. Esto es útil para todo, también para quienes hemos abrazado una fe o un ideal de vida, porque si excluimos de nuestro análisis lo que incomoda nuestras convicciones, acabaremos por construirnos un mundo ajeno a la realidad. Si buscamos solo la compañía de los que piensan igual, y no nos interesan las preguntas nuevas, y nos refugiamos siempre en las respuestas viejas y seguras de siempre, acabaremos por convertir a Dios en un ídolo que debe someterse a nuestras ideas previas. Seríamos algo parecido a lo que decía André Frossard de los integristas franceses, que eran personas que estaban empeñadas en «hacer siempre la voluntad de Dios, lo quiera Dios o no lo quiera».
Un buen educador debe sentirse siempre inquieto, debe ser un constante buscador de respuestas. Debe estar abierto al descubrimiento, a la autocrítica, al cambio, a la evolución, al asombro. El buen educador nunca se identifica con esas actitudes que lo dan todo por sabido, zanjado y resuelto. No le satisfacen esas respuestas que, aunque quizá hayan supuesto avances o incluso hayan sido satisfactorias en otras épocas, ahora no sirven, o al menos ahora son bastante mejorables. Ser niño o ser joven significa vivir con interés, con una inacabable capacidad de asombro, que es lo contrario de lo aburrido, de lo tedioso, de lo que se da por supuesto. Un buen educador mantendrá siempre despierta esa capacidad de búsqueda de respuestas que inspira la vida de los más jóvenes.
Los educadores cristianos tampoco pueden ser como inquisidores que van condenando a los demás. Por supuesto que habrá que señalar en algún momento los errores que consideremos oportuno mencionar, pero con respeto, sin entrar en esas dinámicas de polarización tan frecuentes en algunos ámbitos creyentes, y que se dan igualmente en otros muchos espacios sociales como la política, el deporte, la cultura o las redes sociales. Hay demasiados defensores de un pensamiento sin fisuras, tanto desde un lado como desde el otro. Ambos extremos se atacan entre sí, y atacan también a quienes no se declaran de los suyos, porque enseguida los acusan de tibieza, ingenuidad, equidistancia, relativismo o falta de convicciones.
No sería positivo que esa polarización se trasladara a la escuela. Debemos desmarcarnos de esa beligerancia y no dejarnos encasillar, por ejemplo, en categorías de conservadores o progresistas. Tampoco debemos quedarnos en el cómodo análisis de que el problema es el relativismo y el secularismo exterior. Ni conformarnos con la fácil explicación del descenso de la práctica religiosa y las amenazas de la cultura dominante, cada vez más hostil. En vez de quejarnos, en la familia y la escuela debemos buscar modos de explicarnos mejor y crear más lazos de confianza. Y desarrollar la capacidad de comunicarnos con personas que piensan diferente, porque eso siempre mejora y fortalece las propias ideas. Saber ofrecer respuestas en un lenguaje que todos entiendan. No mensajes perfectos pero aburridos, de esos que requieren una gran abstracción, sino buenas respuestas a ese compromiso que debemos tener con los gozos y esperanzas, tristezas y angustias de las personas de nuestro tiempo.
La Iglesia católica es una institución planetaria y milenaria. Hay muy pocas instituciones de las que pueda decirse lo mismo, quizá ninguna. A lo largo de la historia, muchos han buscado o han predicho su desaparición en numerosas ocasiones, pero ahí sigue, creciendo, con casi mil cuatrocientos millones de católicos. Es una institución que evoluciona y que aprende, porque está inmersa en la cultura de su tiempo. A unos les parece que va demasiado despacio y a otros que va demasiado deprisa.
Hubo épocas en que la intolerancia religiosa y la imposición de un credo eran algo natural en toda la sociedad, y aún lo sigue siendo en muchos países, pero gracias a Dios ahora en la Iglesia ya no es así. Ahora esa intransigencia está quizá en otros, pues hay bastantes formas de intolerancia que se le quieren imponer y a las que la Iglesia se resiste y se opone con claridad.
Siempre habrá cuestiones en las que la Iglesia deba afinar su sensibilidad, porque no todo es tan obvio como a veces parece a las personas de cada época y cada cultura, y porque cada época y cada cultura tienen sus sensibilidades y sus desafíos, sus espacios de lucidez y sus espacios de ofuscación. Siempre será necesario que haya personas que protagonicen esos cambios, como las ha habido a lo largo de toda la historia. Voces discordantes, como las que lucharon por ejemplo contra la esclavitud, o contra la discriminación racial, o por el voto de la mujer, y que promovieron cambios y avances sociales que muchas veces supusieron una lucha de décadas o incluso de siglos.
Todo esto podría mejorar mucho si en la familia y en la escuela nos acostumbráramos desde pequeños a hablar, argumentar y debatir con rigor. Todos debemos esforzarnos por buscar la verdad, por discernir lo mejor, por liberarnos de los errores que albergan todas las culturas y todas las épocas. Luchamos para que el mundo avance y no retroceda, para que sane sus heridas. Y hay que hacerlo con paciencia, con honestidad, muy atentos a los signos de los tiempos, sin rendirnos, sabiendo hablar y sabiendo escuchar, sabiendo mantener la opinión y sabiendo rectificarla, sabiendo discernir lo que Dios espera de nosotros en cada momento concreto. Sin aficionarnos a las descalificaciones o a los veredictos implacables. Sin vociferar, escuchando las opiniones de otros. Siendo de los que acogen otros puntos de vista y buscan puntos de encuentro, no de los que creen que los que piensan de modo diferente son mala gente o tienen mala intención. Sin ser tampoco de los que escuchan siempre pero nunca se atreven a hablar ni a rebatir nada porque son un poco cobardes y no quieren pronunciarse. Y sin pretender encontrarse con una Iglesia repleta de personas perfectas, porque eso no existe, y porque, si existiera, quizá no les podría admitir a ellos, porque probablemente distan bastante de ser personas perfectas.
LA OBLIGACIÓN DE SER VALIENTES
Hemos hablado de no crearse enemigos, de escuchar y de evitar extremismos. Pero también necesitamos, al menos de vez en cuando, ejercitar la valentía, para educar y educarnos en el coraje y la audacia, que también son muy necesarios. Podemos recordar por ejemplo aquellos versos de Charles Mackay: «¿No tienes enemigos, dices? Una pena, amigo mío: ese alarde es vano. El que se ha mezclado en la refriega del deber, que soportan los valientes, debería haber hecho enemigos. Si no tienes ninguno, pequeño trabajo has realizado. Si a ningún traidor has escarmentado, si ningún zafio patán te ha calumniado, si ningún entuerto has enderezado, entonces… has sido un cobarde redomado» .
Si de nuestras escuelas salen los alumnos habiendo aprendido muchas cosas, pero sin valentía para luchar por aquello en que creen, quizá no hemos hecho bien nuestro trabajo. Si las personas se acostumbran a callarse ante lo que es injusto, o a agachar la cabeza ante lo arbitrario, o se dejan llevar por la corriente general, por el conformismo, por la inercia… acabarán siendo cobardes, aunque se disfracen de personas prudentes.
Una buena educación debe incluir una invitación expresa a la resistencia ante todo aquello que exige de nosotros una clara reacción. No se trata de ser un respondón ni un reivindicador compulsivo, pero tampoco lo contrario. Hay que saber discernir el momento para hablar y el momento para callar. Es un error quejarse ante todo y criticar todo (más aún si es con poco conocimiento y con opiniones precipitadas), pero es casi peor el otro extremo, de no tener el valor de decir aquello que deberíamos decir.
Cuando caemos en esa cobardía, es probable que nos vengan a la cabeza numerosas justificaciones. Pensamos que no es el momento, que no va a servir de nada, que será un conflicto inútil. O nos frena la preocupación del qué pensarán o qué dirán. Es verdad que muchas veces lo razonable es callar, pero la educación en la familia y la escuela debe incluir el entrenamiento necesario para tener el valor de decir o hacer en cada momento lo que consideramos necesario y oportuno decir o hacer. Hay veces en que sería una infamia callar, o quedarse parados, sobre todo cuando ejercemos una responsabilidad y hay gente que se fija en nosotros o nos toma como referencia.
Debemos empezar por no aceptar el doble discurso. No podemos decir a unos una cosa, y a otros otra cosa diferente y no muy compatible con la anterior. Debemos atrevernos a tener opinión propia en las cosas importantes, aunque a veces difiera de las opiniones dominantes en los colectivos en que nos movemos. Debemos ser críticos y no refugiarnos cobardemente entre las personas afines. No mimetizarnos siempre en la opinión común. No alinearnos siempre en las etiquetas de grupo. No permanecer anclados en el estereotipo y en los correspondientes prejuicios de nuestros grupos de pertenencia. Debemos enseñar a pensar, a profundizar, a hablar después de haber escuchado y haberse cuestionado la propia opinión. Y no es fácil.
Educar en la valentía tiene bastante que ver con la gestión de la dificultad y la ansiedad. El buen educador percibe el significado y la importancia que tiene administrar bien la dificultad. Un buen profesor comprende el sufrimiento de un niño o de un adolescente cuando tiene que sobreponerse a una limitación de su carácter, como por ejemplo hablar en público, o decir que no, o defender una opinión contraria. Un profesor inteligente es capaz de detectar esos momentos y sabe que el aprendizaje siempre tiene algo de esfuerzo y de superación. En realidad, el hecho de vivir es, en cierto sentido, superar dificultades. Y el profesor tiene que ayudar a enfrentarse con valentía a lo difícil, para dar paso así a desafíos positivos, a los riesgos y retos que llevan al crecimiento personal. Y en esto es importante que la familia, ante el alumno, sea siempre un apoyo del profesor, aunque luego esos padres vayan al colegio a decir lo que consideren oportuno.
Superar la dificultad siempre supone un punto de ansiedad. Si es demasiada, produce bloqueo. Si hay poca, produce pasividad y retraimiento. Una cierta dosis de ansiedad ayuda a realizar mejor cualquier actividad de aprendizaje, o a superar cualquiera de las pruebas que la educación trae siempre consigo. Un buen educador intuye cuándo una experiencia concreta resulta demasiado fácil o demasiado difícil para una persona concreta en un momento concreto. Y también intuye si es positiva desde un punto de vista educativo. Y con eso decide cómo actuar, para no ser demasiado blando ni demasiado exigente. Las dos cosas perjudican el aprendizaje de la valentía.
LA IDENTIDAD CRISTIANA COMO FUERZA INSPIRADORA EN LA HISTORIA DE LA EDUCACIÓN
Si miramos con atención la historia de la educación, podemos ver que la identidad cristiana ha sido la principal fuerza inspiradora de la escuela tal como hoy la conocemos. Nos ha hecho ver a cada alumno como portador de una especial dignidad, propia de alguien creado por Dios. El desarrollo de la enseñanza en occidente se ha construido sobre las grandes aportaciones de una serie de santos que abrieron camino a nuevas formas de entender la educación y de ponerla en práctica, porque no solo hicieron sabias consideraciones sobre cómo educar, sino que crearon numerosas instituciones que lo hicieron realidad por todo el mundo.
La escuela católica nació con un profundo sentido de misión y de servicio. Su desarrollo se fundamentó en el descubrimiento de Dios en el otro, en querer a todos, en un compromiso personal con los demás, en una labor transformadora de la persona y la sociedad. La escuela católica ha sido una gran historia de creatividad. La pedagogía se desarrolló en gran parte gracias a la experiencia práctica de quienes hicieron grandes aportaciones dentro de esa manera singular de entender a la persona.
Ignacio de Loyola, observando el fluir del río Cardener, en 1522 en Manresa, empezó a ver todo con ojos nuevos: toda la realidad atravesada por la corriente del amor, todo habitado por la ternura y la cercanía de Dios. Un amor que es generosidad, que es libre, que siempre tiene la mano tendida, porque hay que querer a cada uno como seres amados por Dios. No basta el liderazgo personal, es necesario el liderazgo de la luz de la fe y de la razón, de la esperanza y del amor. Dios es comunicación directa al corazón humano, nos ayuda a formar una familia humana unida y reconciliada en su pluralidad y su dignidad. Una tarea motivadora que busca la transformación de las personas y la sociedad. Aquella fuerza inspiradora hizo nacer toda una serie de centros de enseñanza que abrieron camino a la escuela tal como hoy la conocemos.
En 1597 se desborda el Tíber y la ciudad de Roma sufre una gran inundación, con más de 2.000 muertos. José de Calasanz se multiplica atendiendo a los afectados. Le impresiona ver a miles de niños pobres sin escuela. En la sacristía de una iglesia del Trastevere comienza la primera escuela gratuita de Europa. Fue el inventor de la escuela abierta a todos, preferiblemente a los pobres, y de cualquier religión: las escuelas pías. Basadas en entender al niño como imagen de Dios: de ahí el principio de igualdad de todos. Ve al maestro como «cooperador de la verdad» que disipa las tinieblas de la ignorancia y libera al niño de la esclavitud intelectual y moral para alcanzar la felicidad.
Muy pocos años después, en 1607, en Burdeos, Juana de Lestonnac inicia a los 51 años la Compañía de María, la primera Orden religiosa femenina dedicada a la enseñanza. Se propuso empezar a escolarizar también a las niñas, algo que hoy nos parece lo más natural, pero que entonces no lo era en absoluto, y supuso un enorme avance para la dignificación de la mujer, hasta entonces completamente excluida de la educación formal.
En 1633, en París, Luisa de Marillac funda las Hijas de la Caridad, dedicadas a la atención y educación de los más pobres y necesitados. Aquel ideal de servicio en cualquier lugar donde haya una necesidad o pobreza se extiende con rapidez y pronto fue la congregación femenina con más escuelas en todo el mundo.
Un día de 1679, el P. Adrien Nyel pide ayuda a Juan Bautista de la Salle para iniciar una escuela gratuita en Reims. Llevado por su generosidad, se implicó en ayudar a su amigo en esa pequeña obra y finalmente pensó que Dios quería que iniciara otra fundación, basada en el sentido de familia y de comunidad, a la que dedicó el resto de su vida: los Hermanos de las Escuelas Cristianas. Ese sentido de fraternidad potencia el crecimiento de las personas, ayuda a encontrar sentido a la vida, genera lazos afectivos y ayuda a la construcción de sueños comunes y compromisos transformadores.
El 28 de octubre de 1816, Marcelino Champagnat, un sacerdote de 27 años recién ordenado, acude con urgencia a la aldea de Les Palais y asiste en su lecho de muerte a un chico llamado Juan Bautista Montagne. El moribundo tiene 16 años pero nunca ha oído siquiera hablar de Dios. El joven sacerdote queda muy impresionado, pues comprende entonces que así deben estar miles de jóvenes, por falta de maestros, y gracias a aquel encuentro nace la congregación de los Hermanos Maristas.
Aquel mismo año, otro sacerdote francés, Guillermo José Chaminade, junto con Adela de Batz de Trenquelleon, fundan en Burdeos el Instituto de las Hijas de María Inmaculada, y al año siguiente, la Societas Mariae, conocida como la Congregación Marianista.
Es una historia que se repite constantemente, con múltiples protagonistas. Pocos años después, en 1859 en Turín, surge el «sistema preventivo» salesiano, que fue una respuesta visionaria de Juan Bosco, trabajando con chicos en situaciones extremas. Y poco después, en 1872, junto con María Dominga Mazzarello, comienzan las Hijas de María Auxiliadora, conocidas como las hermanas salesianas.
Muchas otras instituciones nacen para acoger a chicos y chicas en situaciones de mayor necesidad. El 6 de febrero de 1844, una chica joven de la alta sociedad madrileña visita con una amiga suya el hospital San Juan de Dios, donde están las prostitutas que caen enfermas. Aquel día, María Micaela se topa de pronto con el drama de estas chicas jóvenes, y lo descubre por la impresión que le produce una de ellas, «la chica del chal». Su historia le conmueve profundamente. Piensa que es necesario hacer algo para ayudarlas. Aquel desvelo culmina en 1856 con el comienzo de la Congregación de las Adoratrices, dedicadas a servir a mujeres en contextos de prostitución y otras situaciones de violencia, una institución que cuenta hoy con una gran red internacional de colegios.
Ya en el siglo XX, surge una nueva visión cuando Pedro Poveda funda en 1911 las primeras academias y residencias dirigidas a chicas que se preparaban para estudiar en la Escuela de Estudios Superiores de Magisterio. Se trataba de una misión inédita, solo un año después de que las leyes permitieran a la mujer acceder a la universidad. Ya no se trataba de crear escuelas dirigidas por una institución católica sino de preparar personas para presentarse a oposiciones y trabajar en la escuela pública. Con los ojos puestos en los primeros cristianos, invita a esas mujeres a humanizar la historia uniendo su esfuerzo al de quienes trabajan como funcionarios en esos centros de enseñanza.
En esa misma línea, Josemaría Escrivá introducirá un tiempo después otro enfoque innovador: impulsar la creación de centenares de proyectos de clara identidad cristiana pero promovidos y dirigidos de modo autónomo íntegramente por laicos. Un modo de actuar que responde al protagonismo de su libre iniciativa de los laicos resaltada por el Concilio Vaticano II . Son personas que ponen en marcha proyectos educativos o asistenciales, con plena secularidad y al tiempo con un claro afán evangelizador, empleando sus propias capacidades y recursos, y sin comprometer a ninguna estructura de la Iglesia.
Se podrían poner centenares de ejemplos de instituciones que a lo largo de la historia han nacido para atender todo tipo de necesidades en todo el mundo. Hombres y mujeres que, por ejemplo, fueron los primeros en escolarizar a las personas sin recursos. Los primeros en escolarizar a la mujer. Los primeros en ocuparse de las personas con discapacidad. Los primeros en escolarizar a los que nadie llevaba a la escuela. Y fue esa inculturación de la fe en la educación la que impulsó a muchas otras instituciones a desarrollar y compartir esos y otros ideales de misericordia y de ayuda.
Todas aquellas iniciativas arraigaron en pueblos y culturas muy diferentes, impulsadas por todos esos deseos de caridad y de servicio, y enmarcadas en un valiente deseo de evangelizar. La idea de la escuela como un servicio regulado y dirigido por los poderes públicos tuvo un desarrollo posterior, ligado a un momento histórico especialmente significativo, con motivo de la Revolución Francesa y la nacionalización de los bienes eclesiásticos en 1789. La Iglesia católica de Francia era titular de numerosas instituciones de caridad y de enseñanza, que se financiaban con las rentas que producían sus bienes. Al nacionalizarse todo ese patrimonio, la gestión de todas esas actividades de beneficencia y educación quedó encomendada al gobierno como un servicio público.
La educación pública emergió por entonces como un elemento decisivo para el nuevo concepto de Estado moderno, que desde el comienzo consideró muy importante dirigir esa gran red de escuelas para impulsar la integración de diferentes regiones dentro de una identidad o conciencia nacionales, o para asimilar los grandes colectivos procedentes de la inmigración. La consolidación del Estado se vinculó casi siempre a la creación de sistemas educativos nacionales, tanto con idea de formar profesionales para mejorar la gestión de la administración pública, como para asentar los valores ciudadanos que legitimaban su poder. La educación se mostró de pronto como un formidable instrumento de cohesión social y nacional. Fue el crisol que permitía fundir y asimilar culturas de diferente origen e integrarlas en una cultura común. Sirvió también para extender e implantar la lengua nacional hasta la última aldea de todo un territorio. De este modo, las sociedades occidentales emplearon el sistema educativo para transmitir los valores que la clase dirigente consideraba más necesarios o urgentes. Y a medida que avanzó la revolución industrial, también la escuela recibió la misión de suministrar los conocimientos precisos que demandaba el nuevo desarrollo económico y técnico.
La escuela de inspiración cristiana supo adaptarse a aquel enorme cambio de escenario mundial. Aceptó la irrupción de los poderes públicos en un ámbito donde antes no existía regulación alguna. Supo sumar sus esfuerzos a los del Estado para que la educación pudiera llegar a todos lo antes posible, y demostró la rectitud de su servicio en favor de todos.
Siguiente capítulo: CAPÍTULO IV: VALORES CRISTIANOS Y EDUCACIÓN DEL CARÁCTER
Volver al INDICE: INDICE