CAPÍTULO IV: VALORES CRISTIANOS Y EDUCACIÓN DEL CARÁCTER

• El poder oculto de la amabilidad
• El ejercicio de la autoridad
• Generar comunidad y capacidad de encuentro personal
• Educación y frustración
• Personas con tacto, que conocen bien el corazón humano
• Unir el deber y el querer
• Vocación personal y vida emocional
• La realidad de la muerte
• Postureo, transparencia y reflexión sobre la identidad
• Valorar el buen consejo, de donde venga
• Misericordia y humanización

EL PODER OCULTO DE LA AMABILIDAD

«No hay prácticamente nada en este mundo que cueste menos y valga tanto como una palabra amable. Muchas de las cosas que hacen los seres humanos, y a un coste mucho mayor, no aportan ni la mitad de las bondades que se derivan de una sola palabra de afecto. Las palabras amables son una fuerza creadora, un poder que contribuye a construir todo lo que es bueno, una energía que derrama sus bendiciones sobre este mundo. Causan tanto bien a quien las pronuncia como a quien las escucha» .

Apenas existe un poder comparable al de las palabras y los gestos de amabilidad. Muchas veces, una simple palabra afectuosa lo cambia todo. Y al revés: muchos conflictos suelen empezar por una palabra inoportuna, por pequeños malentendidos que se complican más con los intentos torpes y poco amables de resolverlos.

Y si pensamos en la educación, tanto en la familia como en la escuela, es natural que estemos más dispuestos a aprender de quien nos manifiesta afecto, y no tanto de quien muestra antipatía o indiferencia. El afecto del buen educador, del buen profesor, se manifiesta en la ilusión en hacer comprender amablemente a otros, en poco tiempo, lo que a él le ha costado mucho llegar a aprender. Y ese lenguaje de la caridad debe ser una de las primeras manifestaciones de la identidad cristiana de cualquier tarea educativa. Todos respondemos mejor ante un trato cordial y amigable. Ante un profesor, o un padre o una madre, que saben decir en el momento oportuno: «estoy orgulloso de ti». O que, en vez de dar sentada una idea, pregunta antes: «¿tú qué opinas?». O que, en vez de dar una orden, sabe poner delante un «si te parece». O que, cuando recibe un servicio, por pequeño que sea, sabe decir «gracias». Todo eso son pequeños detalles que manifiestan buena educación y aligeran la pesadumbre del vivir.

Para educar bien hay que ser educados, y si un educador sabe mantener siempre una actitud de deferencia y consideración con las personas, tendrá mayor capacidad de educar. Una palabra amable puede transmitir más alegría que muchos bienes o placeres materiales.

La felicidad sigue de cerca a las palabras amables, que disipan inquietudes y amortiguan el mal humor. La cortesía alienta, la indiferencia desalienta. Muchos se han rendido porque no encontraron quien supiera manifestarles a tiempo el debido reconocimiento. Todo el mundo necesita sentirse valorado, recibir en algún momento una palabra de alabanza o un comentario afectuoso que le anime a seguir adelante. Por eso debemos preguntarnos cuántas veces, en la vida del aula, en el claustro de profesores, en la familia, demostramos cordialmente el aprecio que todos necesitan, de modo que nadie experimente la amargura de la soledad. Con solo que te digan de corazón que estás haciendo un buen trabajo, que advierten tu buena intención, que valoran tu esfuerzo o tus pequeños logros, eso anima a hacerlo aún mejor. Sería una notable falta de conocimiento del corazón humano pensar que los demás cumplen con su deber sin esfuerzo ni dificultades.

No hace falta prepararse mucho. Siempre hay ocasiones de reconocer el esfuerzo o la generosidad de otros. Lo importante es no perder esas oportunidades de iluminar la vida de los demás. Lo mejor son las palabras sencillas y espontáneas, esas que salen de modo natural, que se dirigen al corazón. Y no se trata de halagar de modo falso, queriendo crear un sentimiento positivo pasajero, sino reconocer con sinceridad, de modo desinteresado, que estás valorando lo que él o ella hacen.

Cuesta bien poco llevar alegría al corazón de otra persona. Una frase, a veces una simple sonrisa o una mirada de afecto, pueden disipar las tinieblas del abatimiento o la tristeza, transmitir luz y optimismo. Y te llenan de alegría tanto a ti como a quienes te rodean. Todo eso tiene un poder extraordinario, llega más a las personas que la elocuencia o la sabiduría, siempre que no falte el silencioso lenguaje del buen ejemplo, que habla más alto aún que las palabras. Las alegrías más intensas de la vida vienen cuando provocan felicidad en los demás.

Hay otro aspecto bastante relacionado. Las personas amables se quejan poco. Quejarse cansa, a uno mismo y a los demás. Además, suele resolver poco. Y con facilidad intoxica el ambiente. Es cierto que todos tenemos que soportar situaciones que consideramos injustas, o personas que nos agotan, o cuestiones que nos contrarían, y es normal que a veces nos quejemos. La queja puede ser un primer movimiento natural. Pero quejarse de modo habitual es agotador, para el propio interesado y para quienes lo escuchan. Especialmente si uno se queja por todo. O ante quien no tiene culpa. O ante quien no tiene capacidad para resolver el problema. Por eso el quejica suele ser desesperante, y además él mismo se desespera. Produce psicologías pesimistas, personas amargadas que no paran de explicar con detalle lo mal que está el mundo y todo lo que se nos viene encima. Una actitud pasiva que muchas veces esconde las propias perezas o torpezas.

A veces la queja se deriva hacia la época que nos ha tocado vivir, y tendemos a culpar de nuestros problemas a la cultura de la sociedad en que vivimos. No nos faltarán motivos para hacerlo, pero quizá debemos fijarnos sobre todo en qué podemos hacer nosotros para resolverlo, aunque solo sea un poco. Es más práctico pensar en cómo superar nuestra propia mediocridad, o cómo educar mejor, o cómo tener un mayor coraje evangelizador, en vez de lamentarnos tanto de nuestro entorno vital. No seamos gruñones, ni profetas de desgracias, ni promotores de miedos exagerados: basta ver, por ejemplo, que muchas personas viven en escenarios más difíciles y son personas esperanzadas y alegres. «Es preciso saber soñar y saber arriesgar en la vida: la vida es lucha, es rechazar la eterna adaptación a la mediocridad. Por eso he aconsejado muchas veces a los jóvenes que hablen con los mayores. Si la gente mayor sabe soñar, los jóvenes podrán profetizar. Y, si los jóvenes no profetizan, a la Iglesia, a la sociedad entera, le faltará el aire» .
El espíritu cristiano se manifiesta también, por ejemplo, a la hora de salir en defensa de alguien que es atacado, tanto si está presente como si está ausente. A veces, el mejor servicio o la mejor caridad que se puede hacer a las personas es tener el valor de cortar la corriente de la murmuración o del descrédito.

Para generar un clima positivo y sereno allá donde estemos, debemos evitar las palabras hirientes, y debemos evitar con rotundidad, en nosotros y en los demás, esa tendencia a provocar la risa de los demás a costa de la buena fama de otros. Hemos de aprender a ser comedidos cuando estemos molestos o enfadados. Aprender a no divulgar lo que no debe ser divulgado, a callar lo que sabemos sobre los defectos del prójimo, salvo que tengamos una razón importante y proporcionada. Aprender a no soltar la lengua sin pensarlo, a no transmitir irritación ni rencor, a no dejarse dominar por el mal humor, a no juzgar con severidad.

Para que todo eso suceda en nuestra acción externa, hemos de empezar por hacer acopio de pensamientos amables en nuestro interior. Ese ejercicio, hecho de modo habitual, tiende a disculpar a quienes nos irritan o nos caen peor, y hará que mejore nuestro comportamiento exterior y, con él, todas nuestras relaciones personales. Un superávit de pensamientos positivos hará más positivas nuestras palabras y nuestras acciones:

«Cuando estés solo, cuida tus pensamientos.
Cuando estés con otros, cuida tu lengua.
Cuando estés enfadado e irritado, cuida tu temperamento.
Cuando estés en conflicto, cuida tus emociones.
Cuando estés triunfando, cuida tu vanidad» .

Y ya que hablamos del sentido cristiano en la educación, podríamos referirnos a la necesidad de rezar por los demás. Si rezáramos por las personas que nos resultan antipáticas, en vez de pensar tanto en sus defectos, evitaríamos muchos conflictos y nuestra vida sería bastante más feliz. Y a lo mejor así veríamos que también necesitamos rezar por nosotros mismos, para que Dios nos ayude a ser más comprensivos y pacientes, nos inspire palabras de aliento y quizá un tono más cordial a nuestra voz tantas veces demasiado severa.

EL EJERCICIO DE LA AUTORIDAD

El carácter y el sentido cristiano de una persona aparecen claramente reflejados en el ejercicio que hace de la autoridad. Y puede decirse que una persona manifiesta su grandeza o su pequeñez en el modo en que trata a quienes están bajo su autoridad, o a quienes le parece que son o tienen menos que él.

Lo propio de la autoridad entendida como servicio es conducirse con sencillez, visualizar en cada momento que es un modo de servir a la misión encomendada y no un ejercicio de sometimiento o de arbitrariedad. Y si pensamos en una escuela o familia de identidad cristiana, es interesante recordar las palabras de Benedicto XVI al inicio de su pontificado: «Mi verdadero programa de gobierno no es hacer mi voluntad, no es seguir mis propias ideas, sino ponerme, junto con toda la Iglesia, a la escucha de la palabra y de la voluntad del Señor y dejarme conducir por Él» .

Es natural que al educar tengamos un plan, un programa, un propósito. Pero, por encima de todo eso, está el deseo de que cada uno descubra y siga su propio camino. Educar no es que sigan nuestras propias ideas, ni nuestra propia voluntad, sino que les ayudemos a encontrar el sentido y la misión de su propia vida, que les ayudemos a ser capaces de comprometerse con su propio camino personal. Es verdad que para hacer posible esa educación será necesario contar con una exigencia, con una disciplina, con el ejercicio de una autoridad, pero precisamente por eso debe ejercerse con un especial sentido de servicio y no con arrogancia ni con un sentido dominación o de poder.

La autoridad se malogra cuando se habla o se actúa como si la autoridad llevara asegurado un conocimiento, una prudencia, una capacidad y un juicio perfectos. La autoridad necesita reconocer las propias deficiencias y limitaciones, debe reconocer la necesidad de pedir consejo, de compartir la responsabilidad, de delegar, de confiar en los demás. Y debe reconocer la necesidad de dar ejemplo, porque todos tenemos sed de autenticidad y de rectitud, y por eso seguimos a quien da testimonio de algo que realmente vive.

Por ejemplo, es buena estrategia preguntar y situarse lo mejor posible antes de impartir órdenes directas. Y suele ser preferible implicar a otros en las decisiones que tomamos, en vez de actuar siguiendo nuestro único criterio. Y no hablar de modo que pongamos a las personas a la defensiva, es decir, hemos de procurar no poner a su amor propio en contra de lo que les decimos. Hemos de actuar de modo que todos sientan que nos importa su reputación, también la de quienes se han equivocado. Y actuar de modo que no hagamos innecesariamente incómodo obedecer. Mandar de modo que nadie perciba que sus sentimientos han sido maltratados. Corregir con tacto, procurando no censurar la actuación (sea un niño o un adulto) en presencia de terceros. Ejercer una autoridad que siempre encuentra unas palabras amables, que muestra reconocimiento a quien ha hecho algo elogiable, que sabe poner oportunamente a alguien como ejemplo ante los demás. Todo eso puede ser lo que más mueva a las personas a seguir mejorando.

Cuando se trabaja a largo plazo en educación, se suele conseguir más con el tono suave del elogio que con las notas más severas de la corrección. Es indudable que la educación requiere a veces corregir, pero la corrección debe proceder del afecto y ser administrada con oportunidad e inteligencia. Porque quizá demasiadas veces corregimos, no tanto por el error cometido, sino por la irritación o la molestia que ese error nos ha causado, y entonces, en lugar de corregir esas faltas o equivocaciones, lo que realmente hacemos es desahogar nuestro mal carácter. Y sabemos de sobra que la corrección precipitada o malhumorada pierde eficacia o incluso puede ser contraproducente.

Al corregir, siempre hay que pensar en la reacción que generará en la otra persona. Si sabemos decir las cosas con afecto y con prudencia, lo que decimos suele ser admitido y agradecido. Aunque a todos nos cuesta aceptar las correcciones, todos deseamos saber qué efecto produce en los demás lo que nosotros hacemos. Solemos desear recibir un feedback que nos haga mejores. Por eso, una corrección que se perciba como agresiva o humillante será poco eficaz o incluso causará un resentimiento. Es mejor corregir empezando por reconocer lo positivo, porque siempre es más fácil escuchar lo desagradable después de haber escuchado un elogio. Y hablar con tacto sobre los fallos, sin ser demasiado enérgicos o expeditivos. Sin miedo a admitir también los propios defectos, pues no corregimos desde un estatus de perfección. Y corregir mostrando que ese defecto se puede enmendar y que deseamos que lo haga.

Quienes tienen autoridad deben ser especialmente receptivos a las observaciones o correcciones que les hagan, y por eso deben contenerse para escuchar sin interrumpir el feedback que reciban, hasta que quien habla haya podido decir todo lo que piensa. E incluso es recomendable pedirles que se extiendan más, para que no dejen nada sin explicar. Esa paciencia y esa receptividad facilitará que nos sigan diciendo lo que necesitamos saber. Nos dará la serenidad de sentir que tenemos quien nos diga amablemente las cosas. Y veremos también que no es fácil corregirse, y eso nos ayudará a entender mejor a todos y nos ofrecerá la oportunidad de pedir ayuda a Dios para saber cómo mejorar.

Aunque al principio podamos considerar inadecuada la crítica que nos hacen, conviene reflexionar sobre lo escuchado. Aunque quizá en alguna ocasión concreta haya sido inoportuno lo que nos han dicho, o incluso equivocado, hay que agradecer a quien nos habla que haya tenido el coraje y la lealtad de decirnos eso a la cara. Si no reaccionamos bien, perderemos futuras oportunidades de recibir feedback, y eso sería una verdadera lástima.

La autoridad debe estar siempre impregnada por un sentido de servicio. Cada uno de nosotros, en nuestro trabajo, intuimos que nuestra propia satisfacción depende de las contribuciones valiosas que hagamos al bien general. Lo valioso, para nosotros y para los demás, es lo que podamos ofrecer, lo que podamos servir. El que tiene mucho que ofrecer y que servir, es valioso. El que no tiene esa capacidad de servicio hacia lo común, no tiene nada que ofrecer, no sirve. En ese sentido se podría decir que la naturaleza humana reclama espontáneamente ofrecimiento y servicio. La condición libre es la de quien se convierte espontáneamente en ayuda.

GENERAR COMUNIDAD Y CAPACIDAD DE ENCUENTRO PERSONAL

Nuestra capacidad de educar, de acompañar, de crecer como personas, depende mucho de que logremos generar un ambiente que estimule y desarrolle lo mejor de cada uno de nosotros. Por eso buscamos educar para el encuentro personal, de modo que la escuela sea un lugar de encuentro con los compañeros y los profesores y los alumnos y sus padres. Y lo mismo en cada familia. Un lugar donde todos se sienten valorados y queridos, donde todos crecen como personas. Un lugar que irradia proximidad, cercanía, atención. Un lugar donde encontrarse con personas buenas que nos ayudan a sopreponernos a las embestidas de la vida .

El futuro de la siguiente generación depende mucho del espíritu y la ilusión con que los niños van cada día a la escuela, y del modo en que vuelvan cada día con ilusión a casa.

Los encuentros son la gracia de la vida, aquello que recibimos como regalo, lo que hace agradable algo, lo que llena el corazón, lo que cambia todo. La narrativa de nuestra vida se construye sobre los encuentros más relevantes, en la familia, la escuela, el trabajo: debemos cuidarlos mucho.

El encuentro con otros hace madurar nuestra identidad, nos transforma, nos hace descubrir cómo queremos ser, descubrimos en otros lo que nosotros aspiramos o estamos llamados a ser. Una casa o una escuela lo son verdaderamente si hay personas que generan ese calor del encuentro personal, si se cuida de las personas, si se forma una comunidad humana que nos ayuda a todos a crecer.

Aquí podría hablarse también de lo que contribuyen a esto el juego y el deporte. No hace falta ser muy bueno en ellos. Detrás de cada pelota que rueda hay un chico o una chica con sus sueños y sus aspiraciones. Están ahí con toda su personalidad, incluso en sus aspectos más profundos. Es una gran oportunidad para aprender a dar lo mejor de nosotros mismos, sacrificándonos si es preciso, sobre todo si es en equipo. La gracia está en que se juega con los demás: pasar el balón, aprender a construir acciones y estrategias, crecer como personas y como equipo, aprender a ganar y a perder, a respetar unas normas. Todo eso invita a compartir la amistad, a reunirse en un espacio concreto, a mirarse a la cara, a medirse para poner a prueba las propias habilidades.

Cualquier comunidad humana debe cuidarse a sí misma y debe también colaborar en hacer un mundo mejor. La escuela y la familia deben ser un espacio que ilumina todo su entorno, que esparce a su alrededor el polen del saber y del sentido, que germina por todas partes. El adulto acompaña al niño a descubrir el mundo, cuidarlo, disfrutarlo, hacerlo mejor. Contagia su deseo de conocerlo y transformarlo. Tiene ese anhelo muy dentro y lo comparte y lo confía al hijo o al alumno.

El profesor hace del alumno su confidente, porque el profesor también estudia, y transmite al alumno su deseo de saber más y saber mejor, para hacer un mundo mejor. Por mucha que sea la presencia de las cosas del mundo, nunca igualan al deseo de saber que genera la presencia un buen educador. Su influjo se mantiene también en su ausencia, y los alumnos lo recuerdan incluso cuando son mayores.

La valía y el compromiso del profesor generan una autoridad que el alumno reconoce y acepta de buen grado: porque se basa en un discernimiento previo de la confianza que merece esa persona. Reconocen esa autoridad cuando perciben que les ayuda a crecer como personas y les hace sacar lo mejor de sí mismos.

El buen educador conoce y gestiona la singularidad de cada uno. Se dirige y trata a todos, les dice quizá casi lo mismo, pero a cada uno de manera diferente. Lo importante no es tanto que entre ellos sean diferentes, sino que cada uno es alguien, y alguien que siempre puede crecer. Con su trato, el profesor confirma a cada uno que no es simple elemento de un colectivo (familia, aula, sociedad…). Les ayuda a forjar su propia identidad, a adentrarse en su propia singularidad, a buscar un sentido propio a la propia vida, a confrontarse con la propia dignidad de persona única e irrepetible.
Es verdad que hay contextos sociales complejos, hay dificultades, hay vulnerabilidad… pero precisamente ese reconocer a cada uno como persona, una persona que busca sentido para su vida, nos ayuda a sobreponernos al destino, a no dejarnos llevar por la fatalidad, a responder por uno mismo. Decir «si quieres, puedes» es una ingenuidad cuando se repite como un eslogan general, pero tiene sentido cuando lo dice el buen educador, de tú a tú, con conocimiento y convencimiento, porque no somos títeres del destino, ni simple resultado de las circunstancias: los humanos afrontamos las situaciones y buscamos tomar las riendas de la vida.

La primera educación es ante los propios ojos: nada paraliza más que el sentimiento de inferioridad. La primera ayuda es restablecer su confianza y su dignidad dañadas. Los buenos educadores generan autoconfianza y seguridad, les hacen sentirse significativos ante los demás. Contagian y despiertan interés, porque siempre es la mirada ajena la que te ayuda a crecer. Se suceden las nuevas preguntas y respuestas, cada vez más interesantes, porque el mundo es admirable e inabarcable.

La vocación del docente es estar apasionado por el saber y apasionado por sus alumnos. No quiere moldearlos. Quiere que crezcan libres, que admiren la belleza y el conocimiento, que amen la verdad y el bien. Que resistan la propaganda y el adoctrinamiento. Que conecten con los demás y con el mundo. Educamos la atención para que puedan centrarse en los otros, para tener una mirada más madura y personal.

El recuerdo de la belleza de esos gestos acompaña a las personas durante toda su vida. Les aporta un sentimiento de gratitud por la luz de esas personas que han conocido. El recuerdo de personas queridas y admiradas que alimenta el combate que libramos todas las personas y que hará que el mal no tenga la última palabra.

EDUCACIÓN Y FRUSTRACIÓN

La formación y el acompañamiento siempre conllevan una cierta frustración. Será siempre así, porque la persona siempre puede ser mejor. Esa insatisfacción es lo natural en cualquier proceso de crecimiento personal, consecuencia de la grandeza de las aspiraciones humanas. Todos experimentamos cada día muchas veces la frustración de la distancia entre lo que esperamos y lo que logramos. Cuando lo gestionamos con buen humor y enseñamos a vivirlo así, el ambiente nos ayuda a todos a crecer. Si no, nos enfadamos, nos quejamos y patologizamos esa experiencia.

No basta tolerar la frustración, hay que aprender a gestionarla bien. Un niño que está aprendiendo a andar y se cae… puede levantarse, ver la mirada de su madre y volver a intentarlo de buen humor… o enrabietarse… gestionará su frustración según qué gesto lea en el rostro de los adultos. Por eso debemos preguntarnos qué ven en nosotros sobre cómo gestionamos cada contrariedad o cada conflicto o cada decepción.

Cada error puede ser un paso que nos empuja al fracaso, o bien un paso que nos hace aprender más y nos acerca al éxito. En cualquier relación personal siempre hay frustración, que puede llevarnos al desastre o al crecimiento. Por eso hay siempre una oportunidad educativa tanto en el buen resultado como en el malo, tanto en el cero como en el diez, sea de un alumno, de un hijo, o de quien sea: debe ser el principio de una conversación personal de crecimiento.

Para gestionar la frustración es esencial aprender y enseñar a reconocer las emociones, tanto las propias como las ajenas. Los sentimientos no son como unos alienígenas que nos poseen y nos manejan. Expresan la complejidad de las relaciones personales y nos invitan a reflexionar sobre cómo vivirlas mejor. Por ejemplo, es natural que haya discrepancias. Pero lo ideal no es acabar con las discrepancias, sino aprender a gestionarlas para hacer juntos algo mejor. Si nos valoramos como personas, no buscaremos que los demás piensen como nosotros, sino cómo mejorar nuestro propio pensamiento con el pensamiento de los demás.

Por eso es tan decisivo el encuentro personal. Cuando no se ven personas alrededor, lo normal es que triunfen el egoísmo y los instintos, el campo más fértil para las adicciones. Entonces, los impulsos pugnan entre sí, buscando la autosatisfacción de cada deseo, y eso desencaja y rompe a la persona: se busca el dominio del poder, el dominio emocional o el dominio sexual. En cambio, cuando se aprende a ver personas, la educación y el respeto fluyen de modo natural. Por eso se dice que es educada la persona capaz de relacionarse sin prepotencia con el humilde y sin servilismo con el poderoso. El pobre se siente persona cuando otro descubre valor en él. El poderoso se siente persona cuando comprueba que no se le quiere por su riqueza o su poder.
Lo mismo podría decirse del ejercicio de la autoridad. Si se manda buscando el crecimiento del otro, entonces, quien obedece (sea hijo, alumno o trabajador) entiende que obedecer en eso le enriquece como persona, y por tanto busca hacerlo con un plus de calidad. Si al mandar vemos personas, tendremos en cuenta las opiniones de todos y, aunque haya objetivos que cumplir, el principal objetivo será que todos crezcamos juntos como personas.
Para generar ese trato personal es fundamental el perdón, el agradecimiento y el servicio: son tres grandes claves del actuar humano, que nos abren el camino para convivir en paz. Unas palabras y gestos que contienen una fuerza enorme para proteger la familia y la escuela, incluso en medio de los mayores problemas. Su ausencia, en cambio, nos lleva al rencor, la ingratitud y el egoísmo, que es lo que más nos deshumaniza.

Al decir «gracias», reconocemos que hablamos a una persona que, aunque le hayamos pagado ese servicio, ha puesto algo suyo personal: ella misma, su atención personal. Además, si lo pensamos un poco, todos tenemos por fuerza que ser agradecidos, porque casi todo lo que tenemos lo hemos recibido, nos ha venido dado. Quien afirma que no debe nada a nadie, o que a él no le han regalado nada, está haciendo un recuento superficial y cayendo en una forma de ingratitud, tanto si lo hace un hijo respecto de sus padres, un ciudadano respecto de su país, o una sociedad entera respecto de sus mayores. Cuando falta la gratitud, todo son exigencias y conflictos.

Junto a la gratitud, el perdón. Al perdonar, reconocemos que la persona es algo más que sus errores, y gracias a eso no nos quedamos atrapados en la ofensa, sino que logramos superar el rencor y el victimismo. El perdón posee un enorme valor educativo. El perdón transforma el dolor en agradecimiento: el perdonado se siente agradecido, y el que perdona se siente liberado de una pesada carga de resentimiento. En cambio, donde no se pide perdón, falta el aire para respirar. Solo el perdón libera del todo a las víctimas del poder de sus ofensores, rescatándolos, y no por renunciar a la satisfacción de la justicia, ya que perdonar no es indulto ni amnistía, sino porque rompe la nefasta cadena de rencor con que estaba atada la víctima al ofensor. Quizá por eso el padrenuestro insiste en el perdón de las ofensas, porque quien reconoce haber cometido una falta, y desea repararla, se hace digno de perdón. Así es como se detiene el círculo vicioso del agravio y el rencor. Si no perdonamos, no seremos perdonados. Si no hacemos un esfuerzo para amar, no seremos amados. Es el Evangelio quien introduce rotundamente en las relaciones humanas la fuerza del perdón. En la vida, no todo se resuelve con la justicia. En el perdón es donde podemos frenar el avance del mal: alguien tiene que amar más para así retomar una historia de reconciliación. En cambio, el mal de la venganza trae consigo su propia venganza: si no se interrumpe esa cadena, al final nos enreda y nos hunde con ella.

A su vez, el sentido de servicio es lo que da sentido a la virtud. Por ejemplo, la perseverancia no es simple constancia, sino que debe ser constancia al servicio de una buena causa. Eso es lo que distingue la perseverancia del ofuscamiento, o lo que diferencia la santidad del fanatismo. La diferencia es servir a otros en vez de servir al propio egoísmo. La diferencia es lograr ver en los demás a personas con toda su dignidad y verse llamado a servirlas, no a dominarlas ni poseerlas. La diferencia es ocuparnos realmente los unos de los otros. Un mundo que mira al futuro sin esa mirada de servicio será un mundo miope. Será capaz de ofrecer muchas cosas, pero no para todos, serán solo para unos pocos. Habitaremos en la misma casa, pero sin calor de familia. A lo mejor tendremos un presente, pero no un mañana. Nos creeremos libres, pero seremos esclavos.

Nadie se sabe persona si no es tratado como tal. Nadie vive como persona si no trata a los otros como personas. Cuando un educador sobreprotege, dificulta que el educando pueda aprender a gestionar la tensión de la vida. Y si muestra indiferencia, probablemente tampoco enseñará a gestionar esa tensión más allá de la búsqueda del propio bienestar.

Hay que procurar comprender a todos, pero no hace falta llegar a comprender perfectamente a cada persona, basta lograr ayudarla gracias a una mejor relación con ella. Lo mismo puede decirse de la relación con uno mismo, que en bastantes casos es la más tormentosa de todas.

La capacidad de encuentro personal permite formar buenos equipos humanos y que no se formen esos «reinos de taifas», siempre recelosos de que nadie entre en el propio territorio. Las buenas relaciones humanas nos hacen desear que haya otros que vean lo que hacemos, deseamos recibir feedback para ayudarnos entre todos a mejorar y crecer. Buscamos dinámicas de mejora y de servicio, no ámbitos cerrados de exclusividad.

No debemos ser una suma de intereses particulares en el que cada uno participa por sacar una ventaja propia, un simple win-win individual. Debemos aspirar a formar una comunidad de personas que buscan el bien común de la convivencia compartida con un alto sentido de misión. Sentir que tenemos las espaldas cubiertas, que nos dicen lealmente cómo podemos mejorar, y que lo hacen con afecto y respeto. Que nuestro trabajo, nuestras palabras y nuestra vida personal proyecten una clara unidad de vida y sean un ejemplo para todos. Con una buena educación, se aprende a humanizar el mundo y transformarlo para el encuentro personal y, al transformarlo, nos transformamos también nosotros.

PERSONAS CON TACTO, QUE CONOCEN BIEN EL CORAZÓN HUMANO

Cualquier proceso de enseñanza requiere un trato personal, y por tanto requiere tacto. Un tacto que es inteligencia interpretativa, intuición moral práctica, sensibilidad, receptividad, capacidad de improvisación… y siempre afecto, cariño a las personas .

Ser personas con tacto supone saber detenerse ante cada persona, saber interpretar su estado emocional: hacer hablar, empatizar, situarse. Supone un esfuerzo por saber cuándo intervenir y cómo hacerlo, saber improvisar, saber resolver situaciones incómodas.

A veces hay que actuar, pero otras veces tenemos que saber contenernos y no actuar. Observando el comportamiento y el entorno, intuimos cuándo es mejor dejar pasar algo, cuándo es mejor no decir nada, cuándo no intervenir o cuándo incluso es mejor desaparecer de la escena. Una forma importante de contenerse es la paciencia, la fortaleza de saber esperar el momento oportuno. Charles Péguy decía que esperar es lo más difícil, porque lo más fácil es desesperar o desesperarse. A veces resulta difícil a los adultos contenerse cuando el niño parece no saber hacer algo, o se equivoca, o lo hace con una lentitud exasperante. El adulto se suele sentir tentado a intervenir, a ayudar, a hacerlo él y del modo que él considera mejor, cuando quizá lo mejor es que el hijo, o el alumno, aprenda a resolver aquello por sí mismo. Comprender cuándo hay que dejar pasar las cosas, cuándo conviene «no darse cuenta», o dar un paso atrás, cuándo prestar atención o mejor retirarse, es un don para el desarrollo del niño. Unas personas tienden a intervenir demasiado y otras tienden a no decidirse a hacerlo. Cada uno se debe conocer y saber en qué sentido tiene que poner esfuerzo para acertar.

Tener tacto supone hacerse cargo de los miedos y las inquietudes que agitan el interior de las personas. Miedos que pueden ser completamente infundados, pero no por eso subjetivamente reales para el niño. Ser comprensivos con sus estados de ánimo, con sus altibajos adolescentes y sus actuaciones no siempre acertadas. Aunque muchas veces no logramos entenderles, sabemos que necesitan que les apoyemos, que nos vean abiertos y comprensivos con ellos.

Muchas veces los profesores no nos damos cuenta de cómo influimos en nuestros alumnos, incluso en los momentos que menos imaginamos. Lo notamos luego, a veces por detalles muy pequeños. Por eso el adulto necesita habilidad y empatía para no criticar prematuramente, para encontrar el modo de motivar incluso a quienes parecen más difíciles.

Muchas veces percibimos cuánto es un alumno de vulnerable, y comprendemos que tenemos que hacer algo diferente para poder ayudarle. El buen educador sabe ser flexible y creativo para resolver esas situaciones. Por ejemplo, cuando alguien tiene una actuación poco oportuna, o queda en ridículo porque ha perdido el control, o ha fracasado en algo, por la razón que sea, el buen profesor sabe intervenir a tiempo para protegerlo y salvar esa situación embarazosa, haciendo un comentario oportuno o cambiando de tema sin dejar que se prolongue ese momento desagradable.

Hacer llevadero lo difícil es también un arte que se aprende y se enseña. Tener la habilidad para rescatar a alguien de una situación vulnerable sin presentarse como superior, sin pretensiones de salvador, sabiendo retirarse pronto y dejando una salida digna, todo eso suele ser una pequeña cosa para quien ayuda, pero es un asunto de gran importancia para quien está a punto de sufrir una humillación. Es frecuente que los adultos estemos demasiado ocupados en nuestros asuntos y no sepamos percibir lo que en esos casos sucede en el interior de un niño o un adolescente. Para eso es preciso conectar con ellos a un cierto nivel de cercanía, aunque siempre con respeto a su espacio personal.

Los adultos suelen sentirse receptivos y compasivos cuando perciben la vulnerabilidad de sus hijos o sus alumnos. Su indefensión y su debilidad hacen que el adulto se sienta responsable de él, que manifieste ternura y afecto. Es por su vulnerabilidad por lo que el niño o el adolescente consiguen que la habitual distancia del adulto se transforme en tacto y consideración. Es precisamente su desprotección lo que moviliza la compasión del adulto, porque el adulto percibe que un abuso de poder sería una grave derrota moral. Pero no todos los adultos tienen esa sensibilidad. Por eso, educar en la compasión es otro de los retos de la familia y la escuela. Aprenden cada día, viendo cómo reaccionan los adultos ante los problemas y las dificultades de los demás. Aprenden si ven que los adultos vencen sus sentimientos de envidia o de rencor, sus celos o sus agravios, y saben comportarse con misericordia y compasión con todos.

El tacto en la educación nos ayuda a recomponer lo que se ha roto. Un profesor o unos padres observadores saben cómo sus hijos o sus alumnos viven esas pequeñas cosas que pueden ser obstáculos gigantes en la vida cotidiana de los más jóvenes. Los sentimientos de aceptación o rechazo se viven con mucha intensidad. Puede ser un pequeño desencuentro con sus amigos o un conflicto con un profesor, o una actuación que consideran desafortunada y que les ha dolido o que piensan que les ha dejado en ridículo. Son pequeñas cosas que se rompen o que amenazan con romperse.

En ese contexto es donde el tacto puede alcanzar sus mayores logros. El tacto evita que los cosas se rompan, o ayuda a recomponer lo que se ha roto. Un educador debe enseñar muchas cosas, pero no puede olvidar estas. Cada asignatura, cada problema, cada conflicto, debe ser gestionado a la luz de ese proyecto vital más amplio, a la luz de esa identidad cristiana que ilumina a la persona completa, reconociendo la singularidad de cada uno y enseñando a evitar los daños emocionales o a sanar los que ya se han producido.

Para todo ello es necesaria una conexión emocional, una cercanía que se nota en muchos detalles. Por ejemplo, procurando evitar la costumbre de hablar en imperativo, y así, en vez de decir «Abrid el libro por la página 87…», podemos decir de un modo menos dominante: «Vamos a ver qué dice el libro en la página 87…». En vez de decir «Ven aquí», decimos: «¿Puedes venir?». En vez de decir «Haz esto», podemos decir: «¿Hacemos esto?» «¿Te parece bien esto?». Las formas de hablar reflejan compromiso, conexión, cercanía. Es solo un modo de hablar y de dirigirse a ellos, pero muy frecuente cuando un profesor llama a un alumno, le da instrucciones, le hace sugerencias, le ofrece explicaciones o le plantea consejos.

Es diferente el clima de un aula cuando el profesor se esfuerza en saludar, despedirse, disculparse, pedir las cosas por favor, dar las gracias o llamarles por su nombre. Hay mucho tiempo escolar ocupado por la voz del profesor, y por eso es tan importante su tono de voz: una voz que puede ser arrogante o comedida, indiferente o afectiva, nerviosa o serena, pesimista o alentadora, ofensiva o conciliadora. Todos hemos vivido situaciones en que nos hemos sentido afectados por el tono de voz más que por lo que nos han dicho, tanto positiva como negativamente. El tono de voz nos estimula o nos enfada. Un comentario con tacto nos hace recibirlo con una perspectiva diferente. Una relación humana puede destruirse por una palabra inoportuna. Y una sola palabra puede arrojar luz sobre una inmensa oscuridad. El efecto de las palabras depende mucho del clima que genera el tono de voz, que siempre marca la diferencia.

Lo mismo podría decirse de los silencios. A veces el niño o el adolescente quieren exhibir su confrontación y su resistencia, y la inteligencia del adulto está precisamente en no dejarse enredar en un intento ingenuo de provocación. El buen educador percibe ese orgullo, sabe que aceptar ese desafío no beneficia a nadie, que quizá es mejor no darse por enterado, o poner la atención en otra cosa, emplear el silencio y la no atención como un poderoso mediador que deja espacio libre para abandonar ese escenario que resulta arriesgado para todos. Un silencio que no es cobardía sino una espera paciente para un momento más favorable en el que sí que habrá que hablar e incluso corregir con firmeza.

Esto sucede en muchos ámbitos de la relación personal. En una conversación, los silencios pueden ser tan importantes como las palabras. El tacto reconoce el poder del silencio y de la calma como grandes facilitadores de la escucha. A veces, el silencio deja espacio para recobrarse. O mantiene un momento de confianza que necesita prolongarse para decir eso que, cualquiera de los dos, aún no se ha atrevido a decir. El silencio puede a veces ser la mejor aprobación. Además, la palabra que no surge de la escucha suele ser predecible y prescindible. Por eso, un moderado desinterés, una presencia discreta, una cercanía no invasiva, es a veces lo que los hijos y los alumnos más agradecen de los adultos. Porque nos damos cuenta de que en ese momento es mejor no dar opiniones, puntos de vista, consejos ni comentarios. Basta con observar, escuchar y esperar.

Los momentos de confianza no se pueden forzar, pero sí se pueden buscar. De lo contrario, pueden pasar años sin que surjan de modo espontáneo. Los mensajes a veces hurtan el contacto presencial, pero otras veces son el mejor camino para propiciarlos, porque les resulta más fácil escribir que hablar. Y puede ser el comienzo de un acercamiento o una confidencia. Por eso resulta tan interesante también que en clase se pidan redacciones que inviten a los alumnos a abrir su intimidad y expresar lo que les sucede. Porque muchos jamás lo harán si no hay una oportunidad que se lo facilite.

Muchas veces los profesores y los alumnos, o los padres y los hijos, leen en los ojos del otro lo que les conmueve o les inquieta. Reconocen sus emociones por encima de sus palabras y saben actuar en consecuencia. Muchas veces explican que se sienten cómodos y abiertos ante unos y, en cambio, más remisos y a disgusto ante otros. Todo depende de gestos y actitudes muy concretas. Puede ser la sensación de prisa o de desgana. O una mirada de más o menos interés. O un tono de voz más o menos acogedor. O la expresión del rostro, o la postura corporal, que transmiten receptividad o indiferencia.

Los profesores crean un clima especial no solo por lo que dicen sino por la forma en que lo plantean ante los alumnos, que son bastante sensibles al ambiente en que comparten sus experiencias. Hay un tono de voz adecuado a cada situación. Si queremos que determinadas emociones se generen en el aula, primero deben ser facilitadas y prestigiadas por el profesor, que debe tomarse su tiempo para crear ese contexto. Lo puede hacer contando una historia, relatando algo personal, pidiendo a los alumnos que recuerden vivencias o lecturas que faciliten ese entorno de confianza. Lo hace cuando defiende al ausente. Cuando sabe recomponer relaciones de quienes han sufrido un desencuentro (en clase, en casa, con otro profesor). Cuando sabe conmoverse explicando un detalle, resistiéndose a la insensibilidad y la rutina. Cuando respeta la singularidad y sabe apostar por lo específico de cada uno. Ese clima en el aula es fuente de reflexión, invita a la aceptación de lo profundo y de lo complejo, a reconocer mejor las vivencias ajenas y ensanchar la percepción de los sentimientos de todos.

UNIR EL DEBER Y EL QUERER

Si Dios fuese kantiano —decía C. S. Lewis —, y por tanto no nos aceptara hasta que fuésemos a Él impulsados por los más puros y mejores motivos, entonces nadie podría salvarse. Kant pensaba que ninguna acción tenía valor moral a menos que fuese hecha como fruto de una pura reverencia a la ley moral, es decir, sin contar para nada con el atractivo o la inclinación hacia esa buena obra. Y, ciertamente, a veces la opinión popular parece estar de parte de Kant, porque parece como si perdiera valor la actuación de una persona que hace lo que le gusta hacer. Sin embargo, frente a Kant se alza la verdad subrayada por Aristóteles: «Cuanto más virtuoso se vuelve el hombre, tanto más disfruta de los actos de virtud» , o por santo Tomás de Aquino: «Los hombres que no sienten agrado en la virtud no pueden perseverar en ella» .

De hecho, la buena educación de los sentimientos ha de buscar que el corazón aprenda a disfrutar haciendo el bien y a sentir disgusto haciendo el mal: que aprenda a querer lo que merece ser querido, es decir, a unir en lo posible el querer y el deber. Si una persona, por ejemplo, siente desagrado al mentir y satisfacción cuando es sincera, o se siente molesta cuando es desleal, o egoísta, o perezosa, o injusta, todo eso le alejará de esos errores, y a veces con bastante más fuerza que muchos argumentos de razón.

Por ejemplo, si siento ira, y la exteriorizo descargando mi indignación sobre quien la ha producido, y la vivo de manera intensa con gestos y palabras, y eso se repite y se hace una respuesta habitual a quien considero que me perjudica, la ira se transforma poco a poco en una predisposición, en mi modo de ser, en mi estilo sentimental, en algo que me define y me caracteriza, y seré una persona iracunda y encontraré cada vez más natural serlo. Y mi modo de ver, discernir y reaccionar será el propio de una persona iracunda, y quizá esas reacciones serán cada vez más desproporcionadas y cada vez me daré menos cuenta de esa desproporción. Y mi mundo interior estará parasitado por numerosos pensamientos, deseos, fobias y fantasmas que se inspiran en ese estilo colérico y nervioso .

Lo mismo podría decirse de la envidia, que me hace molestarme por el éxito del otro, e incluso me hace pensar en cómo lograr su fracaso. O de cualquier otro defecto o vicio. Por el contrario, si educamos y nos educamos en sentimientos de generosidad, justicia, lealtad, etc., todo eso nos impulsará a vivir nuestro ideal humano y cristiano.

Si volvemos a la parábola del buen samaritano, los tres personajes que pasan por el camino ven al caminante herido, y probablemente los tres experimentan compasión, pero solo el samaritano se detiene y le ayuda. Siempre hay un componente racional en cada sentimiento, que es importante reconocer, y que es el significado que damos a lo sucedido y a nuestra reacción ante lo sucedido. Esa valoración racional forma parte del sentimiento que hace que el sacerdote y el levita de la parábola no se sientan culpables por haber pasado de largo al ver al hombre herido. Y, por el contrario, esa misma valoración hace sentir al samaritano el gusto interior por su buen gesto, la alegría de haber socorrido a una víctima de la violencia de otros. En ese «sentir» hay una mezcla de emotividad y racionalidad, que incluye también una evaluación ética que confirma o justifica lo que cada uno experimenta. Por eso es importante que nos preguntemos por el pensamiento que está activo en los sentimientos que experimentamos. Porque ese pensamiento suele contener un juicio interior con el que estamos habituados a justificar lo que sentimos, y ese argumento confirma un modo de reaccionar que configura cada vez más nuestra actitud emocional habitual.

Por eso, en toda educación hay que buscar una convergencia entre emociones e identidad. Cada uno hemos de aprender a experimentar una emoción positiva con respecto a aquello que nos pone en línea con nuestra verdadera identidad, es decir, que nos hace sentirla atrayente y convincente, aunque tal vez se presente ardua y desafiante. A su vez, es importante que esas emociones positivas se traduzcan en la acción correspondiente, que es precisamente lo que parece que faltó a aquellos dos ministros del culto que vieron al desafortunado tirado en el suelo: seguramente los dos experimentaron una cierta compasión, espontánea y natural en un caso así, pero la emoción, al parecer, se quedó en eso y no se continuó con la acción caritativa correspondiente, quizá porque no fue suficientemente intensa como para provocar el gesto de detenerse, y los dos pasaron de largo. En cambio, el samaritano, al detenerse, expresa la profunda libertad de quien considera ese dolor del otro un motivo suficiente para interrumpir los propios proyectos. Compasión no es solo sentir lástima, sino sufrir por el dolor del otro, hasta el punto de que se trasvasa al propio corazón. Experimentar compasión es una de las cimas más altas de humanidad. Un sentimiento que hace que el corazón humano se asemeje al de Dios.

Para experimentar esa mirada de misericordia que nos mueva realmente a una renuncia personal por ayudar al otro, hay que lograr, de alguna manera, experimentar o hacer experimentar el espacio de libertad que se abre gracias a esa renuncia. Comprender la emoción de la belleza que se ofrece a través de la misericordia. En efecto, si uno solo conoce las emociones vinculadas a la satisfacción de los instintos egoístas, desarrollará sentimientos egoístas. Pero si, mediante la educación, es motivado a experimentar otras emociones, más en sintonía con la verdad que se busca en la propia identidad, entonces será más capaz de gestionar sus sentimientos, y aprenderá a discernir mejor cómo y cuándo debe actuar.

No basta con sentir pena por el otro si eso no lleva a acoger y atenuar en lo posible su dolor. No es algo que venga espontáneo y natural de nacimiento. Nadie nace con esos sentimientos en estado maduro, pero la misericordia es un sentimiento absolutamente central en el camino de la madurez personal. Y para los que somos cristianos, y por tanto estamos llamados a identificar nuestros sentimientos con los de Jesucristo, tenemos que formar en nosotros esos sentimientos, y hay que despertar los sentidos para ver y sentir la realidad, y dejarse interpelar por ella, y comprenderla también cuando es más compleja y exige un cierto enfoque. Como decía Mazzolari, «quien tiene poca caridad ve pocos necesitados; quien tiene mucha caridad ve muchos necesitados; quien no tiene ninguna caridad no ve a ninguno».

Para compartir esa ternura de Dios con la humanidad doliente, es preciso buscar el contacto con la periferia de la vida, con la realidad de los que sufren, con los que se encuentran ante el drama de la injusticia, se sienten rechazados, víctimas de la maldad de otros. Ese contacto contribuye a formar personas diferentes, caracterizadas por un corazón compasivo y comprensivo. Personas que buscan una identidad que atrae no solo a la razón, sino también al corazón, una identidad que no es buscada solo por los pensamientos de la mente sino también por las emociones y sentimientos de lo más profundo de su sensibilidad.

Si el samaritano se comporta con misericordia no lo hace simplemente porque tiene un buen corazón y es generoso por naturaleza, sino porque sus elecciones de vida, incluso las más pequeñas, le han conducido poco a poco cada vez más hacia el otro, lo han educado en la atención al prójimo, han configurado un modo de mirar, de sentir, de sentirse interpelado. Si el sacerdote y el levita, en cambio, miran y pasan de largo, no lo hacen simplemente porque tengan otro carácter, o porque sean tímidos o reservados, o porque tengan un fuerte sentido del deber y tengan que llegar a tiempo para realizar otras tareas, sino porque no han educado sus sentimientos para dar la prioridad al otro, para detenerse ante el que sufre. Y si llegan a sentir una cierta pena han aprendido a neutralizarla y desactivarla sin sentirse culpables por ello. Este patrón de reacción sin ningún malestar personal, sin remordimiento o vergüenza, sin arrepentimiento, hará que ese gesto de pasar de largo refuerce un modo de sentir centrado en uno mismo. Algo que se extenderá inevitablemente a otros ámbitos y se convertirá en una vida autorreferencial, consecuencia inevitable de la desatención educativa de los propios sentimientos.

VOCACIÓN PERSONAL Y VIDA EMOCIONAL

La vida emocional representa el estilo, la manera habitual de vivir, mientras que la identidad es lo que inspira ese modo de vivir. La vida emocional expresa la libertad con la que uno vive lo que está llamado a ser, es decir, la atracción y el gusto por ser como uno piensa que debe ser. Por eso, para educar bien no basta con insistir en los ideales, y tampoco basta con adquirir hábitos de comportamiento adecuados a ese ideal, sino que es necesario incidir profundamente en la vida emocional, es decir, en activar la atracción y el gusto de vivir plenamente la propia identidad.

La vida emocional influye mucho en el descubrimiento y la elección de lo que queremos ser. Los sentimientos, las simpatías y los afectos ejercen una presión sobre ese descubrimiento, pues orientan cada vez más a la persona a percibir la verdad, belleza y bondad objetivas de un ideal concreto de vida hasta sentirse atraído fuertemente por él.

Cencini sugiere que la identidad es como un camino ascético para la vida emocional, y a su vez la vida emocional es como el alma mística que impulsa a elegir y vivir en la libertad del amor, del gusto de hacer las cosas por amor, de discernir lo que agrada a la persona amada. Quizá cuando san Pablo habla de «libertad en el Espíritu», opuesta a la «esclavitud de la ley», presupone precisamente este tipo de itinerario psicológico que vincula verdad y libertad, mística y ascética, identidad y vida emocional, y permite al creyente liberarse del peso de una moral que se presenta como fin en sí misma, o como un moralismo o un perfeccionismo voluntarista, para superar eso y así gozar de la belleza de dejarse atraer por el amor.

Por eso, tanto el aspecto místico como el ascético deben estar presentes en un proyecto formativo cristiano. Ascética sin mística sería una elección voluntarista y moralista. Mística sin ascética, en cambio, sería una atracción por un ideal que se mantiene débil e inestable, carente de la valentía de traducirse en las elecciones y renuncias correspondientes.

La vida emocional tiene una función importante en el discernimiento y la identificación del propio ideal, es decir, en el discernimiento vocacional de la propia identidad, que no es un proceso solo intelectual, moral o espiritual, sino también un dinamismo emocional que incluye esos procesos e influye sobre ellos. Por eso la educación no se puede limitar ni centrar en generar buenos hábitos de comportamiento, sino que debe atender a la vida emocional, para que los sentimientos que nacen de ese dinamismo emocional no sean contrarios, ni siquiera neutros, sino que impulsen la elección de lo verdadero, bueno y bello, y que esa elección sea libre, es decir, hecha por amor.

El descubrimiento de la vocación personal es como una identificación progresiva con los sentimientos de Dios, para ver nuestra vida con los ojos de Dios. Todas las personas tenemos una vocación, porque todas hemos sido creadas para algo y nuestra vida tiene un sentido. Quien aborda su propia historia personal sin una perspectiva trascendente, es fácil que se habitúe a buscarse demasiado a sí mismo y sus intereses, y así se sentirá menos implicado en la historia en la que vive, en los dramas o sufrimientos que ve a su alrededor.

La vocación no es solo una llamada sino también un camino y un diálogo que es continuamente concretado y reforzado a lo largo de la vida: así cada uno es cada vez más creativamente fiel a sí mismo y cada vez más atraído por el propio ideal. Si la vida emocional no sigue a la identidad, o no se ajusta cada vez más a ella, pronto aparece la desgana, normalmente unida a otras atracciones no compatibles con la identidad buscada. Es verdad que a lo largo de la vida va cambiando el escenario en que vivimos, y nuestra respuesta tampoco podrá ser siempre la misma, y de hecho muchas veces tendremos que ajustar el rumbo para ser fieles a esa llamada.

En todo caso, no es suficiente con perseverar, es preciso ser fieles. El perseverante suele ser un hombre de palabra, sobre todo consigo mismo, que se mantiene en su camino, pero sin necesariamente renovar la propia elección y sus motivaciones. La fidelidad, en cambio, es relacional, es la respuesta de cada día a un Dios que es fiel, fiel al darme y pedirme cada día algo más, fiel en la llamada y en sostener mi respuesta, fiel en comprender mi fragilidad, pero también en no contentarse con mi mediocridad, fiel en revelarme rasgos nuevos de su rostro y también del mío, fiel en un amor que es siempre nuevo.

La perseverancia es estática y repetitiva; la fidelidad, en cambio, es dinámica y creativa. Quien persevera tiende a ser conservador, tal vez nostálgico del entusiasmo de otro tiempo, débil ante las provocaciones alternativas y siempre con el riesgo de abandonar. En cambio, quien se compromete en la fidelidad está más abierto a la novedad. La perseverancia es una realidad positiva y virtuosa, pero solo si se convierte en fidelidad y se abre a ella.

LA REALIDAD DE LA MUERTE

Las preguntas sobre la muerte surgen de modo bastante temprano en el niño. Es una realidad imposible de ocultar a su observación. Es algo que le inquieta y le plantea numerosos interrogantes. No se puede contestar eludiendo el tema, o diciendo que no se sabe bien, o callando, esperando no se sabe a qué.

Son preguntas difíciles, que a veces se presentan de improviso y nos pueden dejar sin saber cómo reaccionar. El duelo por la muerte de alguien próximo no siempre es fácil de gestionar, ya se trate de la muerte esperada de una persona enferma, o de un accidente, o incluso del suicidio de alguien conocido .

Es frecuente que, por una malentendida protección de los niños y jóvenes, se tienda a eludir este tema con ellos, pero es conveniente hacerlo para contribuir así a que familia y escuela sean auténticos lugares de humanización ante cualquier realidad, por dura que sea. Además, la fe nos aporta a los creyentes una nueva perspectiva que nos permite mirar a la muerte como nuestro encuentro definitivo con Dios. Parece que nunca estamos suficientemente preparados para recibir semejante visita en nuestras vidas, y menos para acompañar en este momento a los hijos o a nuestros alumnos, pero debemos abordarlo para tratar la realidad de la muerte de forma humanizadora y esperanzada posibles, y para poder hacer así un buen acompañamiento.

La muerte es uno de los grandes tabúes culturales de nuestro tiempo. Son nuestras propias dudas y dificultades de comprensión las que nos llevan a sobreproteger el posible impacto que creemos que tiene la muerte de un ser querido. Queremos que los niños no sufran y les apartamos sin querer de un acontecimiento central en sus vidas, pero los seres humanos sufrimos la muerte de nuestros seres queridos, sentimos y nos cuestionamos muchas cosas. Los niños y adolescentes también. Como adultos y educadores nos surgen entonces dudas sobre cómo afrontar este acontecimiento. ¿Cómo le cuento a un alumno que acaba de morir su padre? ¿Debo mostrar mis sentimientos yo también? ¿Hay que dejarles llorar? ¿Hay que dejarles solos? ¿Cómo lo comparto con su clase, debemos hacer algo? ¿A qué nos invita la fe cristiana en este momento? ¿Cómo lo tratamos con niños de otras confesiones religiosas? ¿Conviene volver cuanto antes al ritmo normal de la rutina diaria?

Cada duelo es singular, y tomado a tiempo, es una escuela de aprendizaje para toda la comunidad escolar. Cada edad tiene sus peculiaridades. Cuando son pequeños, tienen menos capacidad de expresar las emociones que sienten, pero es fundamental que los adultos les proporcionemos espacio para hacerlo. Es mejor que mantengan sus rutinas y hábitos tras la muerte de un ser querido. Que nos vean dolidos, emocionados o frágiles es humano y transmite humanidad.

Suele ser un error pensar que el niño no entiende nada y que por tanto no hay que hablar del tema para que no sufra. Tampoco es buen criterio general pensar que el niño no deba ir al tanatorio ni al entierro: puede ser muy diferente en cada caso, pero suele ser mejor afrontar la verdad de lo que ha sucedido: quien ha muerto se ha marchado y ya no volverá. Es mejor que los niños participen de los ritos de despedida: tanatorio, entierro, funeral. Soportar el dolor de la pérdida y no ocultarlo. Adaptarse a la vida sin esa persona y crear un vínculo simbólico positivo entre los niños y la persona fallecida, pensando en el mensaje vital que nos deja.

Puede haber ansiedad, irritabilidad, angustia o tristeza. Pueden aflorar sentimientos de culpa, somatizaciones diversas, descenso de atención en clase, cambios de rendimiento académico o expresión de comportamientos no habituales. Todo eso puede ser esperable, pero desde nuestra fe podemos hacer una lectura creyente. El sufrimiento es inevitable y forma parte de la vida, y aceptarlo nos conduce al agradecimiento por la persona que ha fallecido y nos abre a la esperanza de la vida plena en Dios.

Cada minuto en esta vida es un paso a la eternidad, y si esa eternidad es el cielo, es un paso más hacia una bienaventuranza de dimensión tan extraordinaria que nadie sería capaz de describir. Así lo entendió finalmente —comentaba Martín Descalzo — aquella mujer afligida por el zarpazo de la muerte de unos seres queridos, cuando escuchó dentro de sí una voz que le decía: «Pero…, ¿ese es el modo que tú tienes de agradecer a Dios los padres y el hermano que disfrutaste durante tantos años? Un vacío, una tristeza, ¿eso es lo único que puedes regalarles ahora?». Desde entonces esa señora hace regalos, en cada cumpleaños de los fallecidos, a instituciones de caridad.

A todos nos duele despedirnos de un ser querido, y despedirnos por mucho tiempo, hasta que nos reunamos con él a nuestra muerte. Pero si la fe es firme, no habrá tanto miedo a la muerte. Y cuando llame a la puerta, a la nuestra o a la de alguien cercano, la recibiremos con paz si tenemos la conciencia limpia. Pensar en la muerte obliga a pensar en cómo llevamos la vida. No debemos tener miedo a hablar de que hay otra vida después de esta, y de que hemos de estar preparados para recibirla sin dramatismos. Pensar seriamente y sin ensoñaciones en la propia muerte nos ayuda a adueñarnos de la vida.

POSTUREO, TRANSPARENCIA Y REFLEXIÓN SOBRE LA IDENTIDAD

La palabra «postureo» es un término relativamente reciente, usado especialmente en el contexto de las redes sociales para expresar formas de comportamiento y de pose que suelen ser más por imagen o por las apariencias que por otras razones. Una actitud que se adopta sobre todo en la plaza pública virtual, para impresionar a quienes te ven, te leen o te escuchan.

El postureo es como la elegancia, que todos saben lo que es, pero nadie sabe bien cómo definirlo. No requiere de un lugar o un tiempo determinado para practicarlo: ningún sitio es malo para una buena pose. Por su propia naturaleza, tiende a crecer, y a veces de modo descontrolado, buscando una recompensa social, en gratitud, reconocimiento, prestigio, influencia, visibilidad.

Además, no hay que engañarse, del postureo no se escapa nadie. Todos caemos en una u otra forma de dependencia de la imagen que damos ante los demás. Y cada estereotipo social suele tener sus técnicas de postureo, desde una madre presumiendo de hijos hasta un adolescente haciendo alarde de su elegante modo de beber o de fumar. También las familias y las instituciones caen fácilmente en ese esfuerzo para crear una imagen en la que todo tiene que parecer perfecto y todos deben aparecer sonrientes y felices. Cada grupo tiene sus propios códigos, aunque para otras personas puedan parecer una tontería. En todo caso, la clave es mostrar una determinada imagen, y si es posible, tan espontánea y natural que parezca que todo eso no te importa demasiado.

A veces se busca el refugio y la seguridad de ser como todos. Y a veces se busca exactamente lo contrario, dejar claro que somos diferentes o especiales, distintos de los demás, aunque casi siempre repitamos algo que hemos visto en otros.

¿Es todo eso una compostura artificial? Parece que sí, pero también es cierto que a veces los distintos modos de presentarse definen lo más propio y particular de cada uno. Diría que todos buscamos un cierto reconocimiento, buscamos crear la imagen que queremos proyectar de nosotros mismos, y eso no tiene por qué ser negativo. Cada uno selecciona lo que más le gusta de lo que ve en otros, y así va perfilando la imagen que quiere proyectar de sí mismo, y con ello, muchas veces, también reflexiona un poco más sobre su propia identidad.

Quisiera detenerme precisamente en esto porque puede ser un aspecto positivo relacionado con este fenómeno del postureo. Una de las grandes cuestiones que nos haría mejorar en transparencia y en naturalidad es que todo que lo que hacemos o decimos pudiera ser explicado públicamente. Pues bien, esa preocupación constante que hoy tiene la gente joven (o no tan joven) de estar pendiente de modo habitual en cómo presentar en público lo que hace cada día y en cada momento, es un excelente ejercicio de síntesis sobre la propia identidad. La escuela de inspiración cristiana debe pensar en la huella que quiere dejar en el corazón y la mente de las personas que les siguen en las redes sociales. Debe narrar con naturalidad lo que hace, sin homilética, con gracia, con un deseo limpio y comedido de reflejar en cada momento una cierta reflexión sobre lo que somos, queremos y debemos ser.

Todo un reto, sin duda. Porque, por ejemplo, sabemos que somos observados y juzgados severamente en todo lo relativo a la coherencia. Por eso debemos ser muy sensibles ante lo que pueda parecer inconsecuente o inadecuado, como por ejemplo cualquier atisbo de autoritarismo, favoritismo, distinciones injustas, arbitrariedad, chantaje emocional o hipocresía. Respecto a esto último, Lev Tolstói decía que la hipocresía era «el peor mal del mundo, y que Cristo se enfadó una sola vez, y fue a causa de la hipocresía de los fariseos» .

Naturalidad y franqueza porque escuchan lo que decimos, pero sobre todo ven lo que hacemos, lo que no hacemos y lo que damos a entender que somos. Para educar bien, primero hay que dejarse conmover por la elevada misión de educar, dejarse interpelar por las exigencias más profundas de esa tarea. Hacer resonar dentro de nosotros el sentido de esa misión y del mensaje cristiano que damos. Dejar claro que no buscamos sometimiento ni dependencia emocional. Que no buscamos realizarnos egoístamente en nuestros alumnos o nuestros hijos. Y aprender en cada momento a no ser pesados ni tampoco descomprometidos: «El cristiano sabe cuándo es tiempo de hablar de Dios y cuándo es oportuno callar sobre Él, dejando que hable sólo el amor. Sabe que Dios es amor y que se hace presente justo en los momentos en que no se hace más que amar» .

VALORAR EL BUEN CONSEJO, DE DONDE VENGA

El libro del Éxodo cuenta cómo Moisés, estando ya en la tierra de Madián, salió al encuentro de su suegro Jetró, se postró y le besó. Luego entraron en la tienda y Moisés le contó el relato de la liberación, con el milagro del paso del Mar Rojo. Y Jetró se alegró. De aquel encuentro nace la primera reforma social y organizativa del pueblo de Israel, gracias precisamente a un consejo del suegro de Moisés, un extranjero con otra religión pero que apreciaba mucho a su yerno. Jetró le dice: «¿Cómo haces eso con el pueblo? ¿Por qué te sientas tú solo haciendo que todo el pueblo tenga que permanecer delante de ti desde la mañana hasta la noche? […] No está bien lo que estás haciendo. Acabarás agotándote, tú y este pueblo que está contigo; porque este trabajo es superior a tus fuerzas; no podrás hacerlo tú solo» . El pueblo y los ancianos veían a Moisés como su libertador y guía, el sabio que administraba justicia. Jetró llega de fuera, quiere a Moisés, lo ha conocido de joven, ha visto todo su recorrido vital y es capaz de ver que aquello es insostenible: demasiado solo y demasiado trabajo.

Este tipo de miradas externas, como la Jetró sobre su yerno Moisés, son esenciales porque todos tenemos necesidad de esos amigos verdaderos que, en ciertos momentos, nos ofrecen desinteresadamente su consejo. Son miradas externas de afecto que permiten generar una reciprocidad entre iguales que quizá no se presenta dentro de la propia organización. Los familiares, los amigos verdaderos, incluidos los que provienen de culturas distintas de la nuestra, incluidos también quienes no tienen nuestra fe pero nos quieren de verdad, pueden hablarnos en nombre de Dios aun cuando apenas lo conozcan. Y si los escuchamos, nos ayudan mucho a ser fieles a nuestro camino.

«Así que escúchame concluyó Jetró, elige de entre el pueblo hombres capaces, temerosos de Dios, hombres fieles e incorruptibles, y ponlos al frente del pueblo como jefes de mil, jefes de ciento, jefes de cincuenta y jefes de diez». Escuchó Moisés el consejo de su suegro e hizo lo que le había dicho. Después Jetró se volvió a su tierra. Y aquello fue un hecho de crucial importancia para la vida del pueblo elegido. Para llegar a ese cambio, Dios se sirvió de un extranjero, de alguien de otro pueblo y de otra fe. Moisés sabe que su suegro no cree en Yahvé, pero escucha sus consejos, porque sabe que es importante escuchar a todos, procurando ver que la sabiduría del otro muestra siempre un reflejo del único Dios de todos, porque Dios que es demasiado grande para ser expresado y poseído solo por la propia visión.

Hay otra enseñanza más que podemos sacar de aquella reforma de la gobernanza en el desierto de Refidim. En todo ese proceso de descentralización, se les daba el mismo espíritu a quienes tenían que desarrollar funciones de gobierno del pueblo. La fuente del poder y de la sabiduría no era el talento del profeta Moisés, sino el espíritu que se le había dado a él y que ahora era compartido con otros. Esta delegación de funciones requiere que el líder no se sienta poseedor del espíritu, sino que los otros llamados a gobernar con él tienen su misma luz y sabiduría, recibida de la misma fuente. Si el que delega no interpreta la descentralización como participación una misma cultura corporativa, lo que hace es aumentar la jerarquización y aumentar la asimetría entre quien delega y los demás. Cuando al delegar no se comparte abiertamente la cultura, los grados jerárquicos intermedios aumentan la distancia entre el jefe y la base. Si quien delega está convencido de que su criterio es mejor que el que tendrán los que colaboran con él, el proceso de descentralización no hace más que crear nuevos niveles que son nuevos peldaños para aumentar la altura del trono del soberano supremo. En cambio, cuando todos participan de los mismos valores institucionales, se crean comunidades fraternas y comprometidas.

MISERICORDIA Y HUMANIZACIÓN

Hemos hablado de cómo la amabilidad nos ayuda a despojarnos de nuestro egoísmo, nos ayuda a generar hábitos desinteresados, nos proporciona una visión más amplia y nos dispone para causas más altas. Sabemos que la amabilidad nos hace más humildes y que, a su vez, la humildad nos hace más amables. Sabemos que las acciones amables más insignificantes, los pequeños detalles de cariño, son cosas que, sumadas una a una, al llegar la noche explican el secreto de un día feliz.

A nuestro alrededor hay, junto a la necesidad material, mucha necesidad emocional y espiritual. En el alma de las personas hay muchas desesperanzas, mucho amor destrozado, muchas dudas, errores, adicciones, ofensas, culpas, heridas. La educación cristiana no puede ignorar tanta desdicha que sufren tantas personas. Debemos seguir ese estímulo que repite el papa Francisco: «Salgamos, salgamos, prefiero una Iglesia lisiada, herida y sucia porque ha estado en las calles, a una Iglesia muerta, enferma por la cerrazón y la comodidad de aferrarse a su propia seguridad. Eso vale para toda la Iglesia. Quien no sale de sí mismo, en lugar de ser mediador, se convierte poco a poco en intermediario, en gestor. Y se vuelve triste (…) en vez de ser pastores con olor a oveja» .

Hay que buscar el modo de que los hijos y los alumnos conozcan las graves necesidades que sufren muchas personas. Eso es importante y ha de ser uno de los objetivos de una buena educación cristiana. Hay que insistir en vivir la caridad con quienes convivimos cada día, en la escuela o en la familia. Hacerles reflexionar sobre el bien que se merecen los demás, sobre la importancia de promover una caridad desinteresada con todos. Impulsarles a compartir las cosas, a estar atentos a las necesidades de cada uno, aliviar sus penas, ser consuelo en su tristeza, ser un hermano que ofrece siempre ayuda.

Para que los hechos externos sean de misericordia, hay que empezar por educar desde muy pronto en que los pensamientos también lo sean. Los pensamientos de indulgencia y de compasión muestran la verdad más profunda, la más cercana a la caridad, la que nos hace más capaces de querer a todos.

Todos debemos mucho a la amabilidad de otros. Si echamos una mirada a nuestra vida, encontraremos miles de detalles de otros que nos han hecho mucho bien. Pequeñas cosas que han sembrado una semilla de bondad que ha dejado en nosotros una profunda huella. Podemos pensar qué habría sido de nosotros si nuestros padres, amigos, profesores, compañeros, hubieran sido menos atentos con nosotros. Quizá toda esa amabilidad recibida a lo largo de nuestra vida ha refrenado nuestra inclinación al mal, y ha sido uno de los mayores estímulos para consolidar nuestra virtud. Y quizá no siempre habremos sabido corresponder a eso con la suficiente gratitud.

Por eso es tan importante cuidar mucho lo que decimos y cómo lo decimos. «Tengo confianza, casi diría una fe ancestral, en la palabra. Creo que es muy importante cómo se dicen las cosas. El problema no son tanto las opiniones, sino la manera muchas veces agresiva y violenta con la que se utiliza el lenguaje. Siempre hago un esfuerzo especial, desde el humor, desde la suavidad, para utilizar bien las palabras, para decir lo que tengo que decir de forma que no vaya contra nadie (…) He intentado hacer de esa reflexión una divisa: el cuidado, el respeto al que me habla, la elección cuidada de las palabras para que no haya agresividad. Esa forma de respetar a quien nos dirige la palabra al final acaba siendo más contagiosa de lo que creemos» .

Cada día, puedes intentar hacer feliz a alguna persona, ser para alguien un refugio en el que resguardarse del calor abrasador de la vida. Si no puedes realizar una obra amable, di una palabra amable. Si no puedes decir una palabra amable, ten un pensamiento amable. Y piensa en el gran depósito de felicidad que eso puede acumular en una semana, en un año, en toda una vida. Lo mejor de una vida lo forman quizá esos impulsos nacidos de tu afecto y tu amabilidad, que hacen que tu memoria quede grabada en los corazones de quienes te conocen.

Spinoza explicaba que la alegría es la intensificación de la vida que sentimos cuando vemos que la relación con otras personas es algo más que una mera suma: la alegría nace donde uno más uno es más de dos. Nos alegramos cuando la sinergia con otra persona nos hace mejores que cada uno por separado, sea en la amistad, el parentesco, el amor o la vida profesional. Y la tristeza sería lo contrario: cuando el desencuentro entre dos personas las hace peores que estando por separado, porque entre ellas se intoxican y se dañan.

Para transmitir paz y alegría, también es importante decidirnos a no difundir torpemente el mal. Decidirnos a ser el punto final de las críticas hostiles y de las maledicencias que nos llegan. Proponernos ser, para esos mensajes tóxicos, como un muro que los detiene y nos les deja continuar su carrera de discordia y destrucción.

Quizá conviene hacer una mención especial a los enfermos. Estar especialmente pendiente de ellos es una muestra clara de la identidad cristiana de la escuela y la familia. La enfermedad deja muy al descubierto la vulnerabilidad y la necesidad de cuidado de las personas. El enfermo, despojado de su atuendo formal y de los signos externos de su cargo o posición, podría decirse que se hace aún más humano. No importa lo que sea o lo que haya sido: en el lecho del dolor se muestra frágil e indefenso, se convierte en un ser necesitado de ayuda y amparo. La enfermedad de otros nos ayuda a los demás a sacar lo mejor de nosotros mismos en su atención y su cuidado. Todo eso humaniza el mundo, desarrolla la capacidad de afecto, de misericordia, de solidaridad, de atención desinteresada.

Las obras de misericordia no corresponden a un simple ámbito de caridad o de beneficencia, sino que también son un gran motor en la construcción de un mundo mejor. A lo largo de la historia, la Iglesia, con sus errores y sus aciertos, ha mantenido escuelas y hospitales, ha atendido a los que pasaban hambre, ha luchado contra la esclavitud (incluso cuando en la propia Iglesia había dudas sobre cómo abordar ese cambio), formuló el derecho natural, impulsó el desarrollo de la ciencia, ha promovido misiones en los lugares más pobres, ha rescatado cautivos, ha difundido su doctrina social para buscar para todos una vida más digna, ha defendido la vida en todos sus estadios, ha luchado contra la trata de mujeres y la prostitución infantil. Es una labor gigantesca que atraviesa la historia. Un servicio que asume muchos rostros, muchas dinámicas, muchas formas muy diferentes de buscar el bien del otro, de ayudarle a una vida más digna, más plena, más auténtica, más acorde con el Evangelio.

Los Padres de la Iglesia vieron la parábola del buen samaritano como un reflejo de la historia universal. El camino de Jerusalén a Jericó aparece como el recorrido de esa historia de la humanidad. El hombre medio muerto a la orilla del camino es la imagen de la humanidad doliente. Y el samaritano sólo puede ser la imagen de Jesucristo . Dios mismo se ha puesto en camino para hacerse cargo de su criatura herida. Dios se ha hecho prójimo y vierte aceite y vino en nuestras heridas –un gesto en el cual se ha visto una imagen del don salvífico de los sacramentos– y nos conduce al albergue, la Iglesia, en el cual nos hace curar y nos da el anticipo del coste de esa ayuda. El gran tema del amor, que es el auténtico punto culminante del texto, alcanza así toda su amplitud. Toda persona debe ser en primer lugar curada y fortalecida por el don, pero después cada persona a su vez debe hacerse samaritana y seguir a Cristo y hacer como Él: sólo entonces vivimos y amamos de manera justa, haciéndonos semejantes a Él. Esta es la principal referencia para el trabajo de la familia y la escuela de inspiración cristiana.

 

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