CAPÍTULO II: EDUCAR NO ES ADOCTRINAR

• Educar no es que piensen como nosotros
• Valores, modelos y comportamientos
• Impulsar el discernimiento personal
• ¿Imponer a otros nuestros valores o criterios morales?
• ¿Inculcar principios morales mejora la capacidad de juzgar razonadamente?
• En guardia frente a nuevas formas de adoctrinamiento social
• Educar en la virtud… y en el sentido
• ¿Otros con menos fe pueden tener más rectitud?
• ¿Modelos humanos antes que maestros?
• El buen y el mal ejemplo
• La importancia de la literatura

EDUCAR NO ES QUE PIENSEN COMO NOSOTROS

A veces se escucha, como crítica a una determinada escuela, el hecho de que hayan salido de sus aulas personas con ideas bastante diferentes a las que allí se enseñaban. Si eso sucede de modo habitual, la crítica tendría bastante sentido y mostraría que algo no ha funcionado bien. Pero sería igualmente censurable si todos salieran de esa escuela pensando lo mismo en casi todo. Porque, en ese caso, cabría decir aquello de que «donde todo el mundo piensa igual, nadie piensa demasiado».

El éxito de la educación no es que todos acaben pensando lo mismo, o haciendo lo mismo, o creyendo en lo mismo. Si todos acaban pensando o creyendo o haciendo lo mismo, sería una buena muestra de que en esa escuela hay más adoctrinamiento que educación. Y como ha escrito José Víctor Orón , muchos libros sobre educación del carácter suelen centrarse en el interés de inculcar hábitos operativos, introducir la moral en los diversos aspectos de la vida y cultivar el dominio de uno mismo. Todo eso está muy bien, pero conviene asegurar que no se hace como una simple imposición poco madurada. Esto es importante para distinguir entre educar y adoctrinar.

Es natural que el educador muestre su pensamiento acerca de cómo prefiere que se hagan las cosas, o que manifieste qué cuestiones considera importantes en la vida. Pero de alguna manera debe buscar que el educando (el alumno, el hijo) haga una valoración y un contraste entre su pensamiento personal y el que se le ofrece. Si habitualmente se le impone un pensamiento o un valor sin que el educando tenga el suyo presente para poder hacer un contraste, se está haciendo adoctrinamiento.

Por otro lado, si el educando desarrolla su pensamiento sin contrastarlo con el de los demás, se potenciará un estilo narcisista de ensimismamiento. El crecimiento personal requiere de un contraste de ideas y de valores, y para poder hacerlo son importantes las relaciones personales, que facilitan el ejercicio de contraponer el propio criterio y examinarlo con rigor. Un buen educador no necesita de modo habitual ir imponiendo sus propuestas. Si la propuesta es buena, ella se defenderá por sí misma. En ese sentido, podríamos incluso decir que, para enseñar a amar a Dios, sobre todo hay que saber presentar a Dios, pues entonces el otro será capaz de ver la bondad de lo presentado.

Además, presentar modelos perfectos de virtud no siempre es el mejor camino. Si el mensaje es «hay que ser como el modelo», parece que solo nos sirve el buen ejemplo perfecto, o que el objetivo de la educación es la imitación de modelos perfectos. Pero el educando sabe que el educador no es un modelo perfecto, porque todos tenemos defectos, que además ellos suelen conocer bastante bien. Por eso suele resultar mejor plantear la educación como un proceso cooperativo de crecimiento entre educador y educando. Ambos necesitan crecer como personas, y como personas diferentes que son. Al educar, cada uno debe ser quien es, no tanto como un modelo que imitar. Por ejemplo, para educar en la virtud de la compasión podemos mostrar la vida de santa Teresa de Calcuta, pero también podríamos presentar la vida de personas nada ejemplares y preguntarles qué es lo que esas vidas suscitan en su interior. Es interesante siempre remitir a la persona a su propia interioridad, porque así el educando se conoce mejor a sí mismo y se plantea la pregunta: «¿Por qué vibro de una forma concreta al conocer la actitud de este o aquel personaje?». «¿Qué me revela sobre mi interior eso que siento?».

Educar es ayudar a que alguien se eduque, igual que orientar es ayudar a que alguien se oriente. Educar es guiar a alguien para que recorra por sí mismo un camino que le eleve, le proporcione una fuerza y una madurez mayores. El educador no puede recorrer el camino por el alumno o el hijo, y la reflexión del educador no ahorra la reflexión del educando. Educar presupone percibir al otro como persona nos invita a respetar su autonomía y su libertad.

VALORES, MODELOS Y COMPORTAMIENTOS

Todo esto es crucial para personalizar la educación. Hay muchas cosas comúnmente valoradas como positivas, como ayudar a la familia, ayudar al grupo, devolver favores, ser valiente, respetar la autoridad, repartir de forma justa los recursos, respetar la propiedad del otro, etc. ¿Quiere eso decir que, por ejemplo, la familia o el grupo o la autoridad son valores universales? El que lo sean o no, dependerá de la experiencia de familia, o de grupo, o de autoridad que cada uno haya vivido o esté viviendo. Si somos muchos los que afirmamos que la familia es un valor, será porque la vida nos ha permitido tener una experiencia gozosa de ella, pero eso no asegura que haya sido así para todo el mundo. Lo mismo podría decirse sobre la autoridad: hay personas que hemos tenido en general una buena experiencia sobre la autoridad, pero otros han tenido experiencias desastrosas y tienen una visión bastante diferente.

Siguiendo con el ejemplo de la familia, una madre que se evalúe a sí misma por ideales pensará en qué medida ella se parece a la madre ideal, siempre paciente, servicial, reconciliadora, etc. Y eso puede llegar a ser muy desalentador en la vida real. Por eso quizá es mejor no pensar tanto en esos modelos perfectos y cambiar la pregunta por esta otra: «¿Qué puedo hacer para mejorar la relación concreta con mi hijo concreto en esta situación concreta?». Para responder a esta pregunta, la madre irá definiendo poco a poco lo que sería la experiencia de lo posible en su caso particular. La experiencia de lo posible nos lleva a evaluar los escenarios posibles en ese momento concreto, y compararlos con las experiencias pasadas. Evaluar la experiencia posible implica identificar aquello que consideramos mejor, que no es tanto un bien abstracto, ni una norma, o un valor, o un principio, sino sobre todo el bien para esa persona concreta en ese escenario concreto.

Esto no es ser relativista, sino saber que las decisiones pueden ser distintas según las situaciones personales. De entre todas las virtudes, Aristóteles destacaba la prudencia. La persona prudente procura reflexionar, consultar y contrastar, hasta comprender lo mejor posible la complejidad de las cosas y así actuar a favor del crecimiento y el bien de todos. El rostro del otro se presenta ante nuestra mirada con una pregunta bien concreta: «¿Qué vas a hacer?». Tal pregunta no ofrece ningún espacio de neutralidad. No hay posibilidad de sustraerse a la respuesta. Solo nosotros podemos dar respuesta a esa pregunta concreta. Incluso no hace falta que el otro formule explícitamente la pregunta, porque su sola presencia nos interroga y su silencio nos cuestiona.

La educación de inspiración cristiana no se basa tanto en señalar estándares sociales y éticos, aunque evidentemente los hay, sino sobre todo en atender el reto de la convivencia diaria, sabiendo que es ahí donde se está jugando la formación en la responsabilidad. Esta forma cotidiana de entender la educación ética asegura, por un lado, que no se está adoctrinando al alumno conforme a unos estándares externos a su vida (que él quizá ni comprende ni valora), y, por otro lado, que se le está educando en las disposiciones personales que regirán su vida en el futuro.

Por eso, el arraigo de la educación ética cristiana no depende solo de la adquisición de unos comportamientos éticos concretos, sino sobre todo de ayudar a que la persona tenga en su interior unas disposiciones éticas que, obviamente, se concretarán en diversos comportamientos según el contexto en que estén. Lo que marcará los comportamientos éticos futuros del alumno o del hijo será su propia disposición o tendencia interior, aunque es evidente que también son necesarios unos hábitos positivos. Nuestra formación debe combinar ambas cosas. El adulto que decide aprovecharse de los demás suele ser el que, cuando era niño o joven, se aprovechaba de sus compañeros de juego o de estudio. El adulto que no sabe resolver conflictos, o que los afronta desde una perspectiva egoísta o deshonesta, o que no cumple sus obligaciones, suele ser aquel que, de niño o de joven, obraba así en la convivencia familiar o con sus amigos o compañeros de clase.

Lo decisivo no es tanto proponer comportamientos perfectos en escenarios hipotéticos futuros, sino sobre todo ayudar a cada uno a descubrir qué disposiciones tiene de hecho hoy y ahora. Y situarle ante la urgencia de posicionarse acertadamente ante el rostro concreto del otro con quien convive. Por eso es importante que el alumno, o el hijo, descubran cuáles son las tendencias o disposiciones interiores que ya están presentes en su vida diaria, y hablar sobre esos temas, para crecer en el autoconocimiento de su complejidad interior personal. Quienes no avanzan en ese conocimiento, difícilmente avanzan en la maduración de su propia responsabilidad, pues tenderán a echar a los demás la culpa de todo lo que les sucede. El texto bíblico del buen samaritano es elocuente en este sentido, porque muestra lo fácil que es encontrar razones para no atender al otro. Sin embargo, el que mira cara a cara, ese sabe que ninguna argumentación le libra de ser responsable de su propia respuesta.

La calidad de las relaciones personales conforma el carácter. Toda persona necesita unificar su vida en torno a una identidad propia, y la inspiración cristiana nos invita a hacerlo a través del agradecimiento y la reconciliación. Las dos cosas son importantes: el agradecimiento permite a la persona gestionar mejor las experiencias agradables, y la reconciliación permite gestionar mejor las desagradables.

Educar no es algo tan simple como canalizar la propia espontaneidad de cada uno. Ni es simplemente trasladar unos conocimientos o unos valores, o unas habilidades y unas competencias. La educación se fragua en un encuentro personal entre educador y educando, en el que esa relación hace que ambos crezcan como personas; una interacción en la que los desafíos internos o externos deben mantener a salvo la buena relación entre ellos; una relación en la que se reconoce el esfuerzo y el modo de proceder, no solo los resultados; una educación que ayuda a pensar mucho y bien, que invita a que su talento y sus vivencias les faciliten alcanzar opiniones propias y coherentes; una educación que no duda en referirse a su inspiración cristiana, que es una garantía segura acerca de los valores que mejorarán su vida y la de los demás; una educación que nos hace personas que no son de respuesta aprendida, sino personas de pensamiento riguroso, con capacidad de análisis, con sentido crítico y con opiniones y criterio propios.

Si al educar sabemos transmitir los valores que nos inspiran, nuestro testimonio hará que esos valores nuestros, junto con los valores que les transmitan otros, inspiren la vida de los alumnos o de los hijos, aunque siempre en proporciones e impacto diferentes en cada persona. Educar es, entre otras cosas, ayudar a cada uno a tomar las riendas de su propia vida, a ser protagonistas de una construcción reflexiva y responsable de su propio carácter, de su desarrollo emocional y de su carrera profesional y vital.

IMPULSAR EL DISCERNIMIENTO PERSONAL

Todos tenemos deseos que nos atraen de modo espontáneo y natural. Todos tenemos una cierta insatisfacción, una búsqueda constante de felicidad. Sentimos la necesidad de un amor grande y sentimos tristeza por las propias limitaciones o incoherencias. Y educar tiene mucho que ver con la búsqueda de una sintonía de fondo entre nuestros deseos y nuestra identidad personal .

El evangelio nos ayuda a interpretar y guiar mejor nuestros deseos. Nos ayuda a discernir cuál es el deseo de Dios, que nos habla en medio de todo el gran conjunto de deseos que nos envuelven. La gestión de los deseos es importante para no vivir bajo la tensión de la obligación o la renuncia, o agobiado por el ansia de perfección o la desesperación por fallar, sino impulsado sobre todo por el gusto de hacer las cosas bien, por su atractivo natural, sin necesidad de recompensas especiales: nos basta la satisfacción de lo realizado, su intrínseca verdad, belleza y bondad, la alegría de creer eso de corazón. Por eso la persona virtuosa ha conectado sus gustos con la virtud, y se siente bien con un pequeño gesto de amabilidad, dedicando tiempo al otro, o con el perdón dado sin necesidad de pedirlo.

Ese anuncio del mensaje cristiano tiene que abrirse camino con ingenio y con naturalidad, sin exigir asentimiento. Quienes anunciamos el Evangelio sabemos que no contamos con ninguna garantía de éxito ni de aceptación social, y sabemos que tampoco debemos hacerlo buscando un logro personal. Debe ser una siembra desinteresada de la buena semilla, en todo lugar y circunstancias de la vida. Una siembra paciente y alegre, aunque la cosecha no sea la que esperábamos, porque sembrar la palabra de Dios es en sí mismo ya una satisfacción. Encontraremos a veces una cierta oposición por parte de la cultura imperante, pero no hay que exagerar, porque sabemos que esa semilla tiene mucho valor, y que siempre dará fruto, pero lo dará a su tiempo, normalmente no de forma inmediata, ni de un modo verificable ni programable, igual que sabemos también que muchas veces recogemos lo que otros sembraron.

Esa siembra debe ir acompañada de un constante discernimiento, porque en cada circunstancia se nos plantea un escenario distinto. En cada ocasión se presenta una diferente posibilidad de crecimiento, una oportunidad que no debemos perder, un desafío que reconocer y afrontar. Para ayudar en ese discernimiento, es crucial partir del deseo sincero de beneficiar al otro, renunciando a un posible afán de generar algún tipo de dependencia o sometimiento, y sin apremiar demasiado la incorporación al propio camino. La opción preferente por el otro es una buena garantía de discernimiento cristiano.

Para discernir bien entre los deseos, cada uno tenemos que observar qué sucede en nuestro interior. No basta con una conducta exterior aparentemente correcta, sino que debemos preguntarnos por las motivaciones que nos impulsan. No basta con ver qué hemos hecho, sino preguntarnos cómo lo hemos hecho y por qué. Pensar un poco sobre qué sentimos, por qué sentimos lo que sentimos, y qué tenemos que hacer con lo que sentimos. Si analizamos y trabajamos nuestros sentimientos, seguro que podremos educarlos mejor.

Estamos educando nuestros sentimientos cuando hacemos lo que pensamos que debemos hacer y ponderamos en nuestro corazón la satisfacción que sentimos. Hemos de actuar bien, pero también tenemos que buscar que ese bien nos atraiga, y que en cierta manera nos seduzca. No basta con actuar bien de modo habitual solo porque lo vemos como una exigencia que debe ser obedecida esforzadamente, o como un deber ingrato que nos autoimponemos, porque quedarse solo en eso es volver a esas viejas derivas intelectualistas o voluntaristas. Hay que discernir ateniendo siempre a la persona completa, a su inteligencia, voluntad y corazón.

Una sensibilidad bien formada no es una simple perfección moralista, sino reconocer la propia tendencia al mal, tener el valor de llamarlo por su nombre sin dramatismos, valorar su gravedad y proponerse mejorar. Ese deseo de crecimiento personal es un propósito que hacemos ante Dios, ante los demás y ante la propia vocación personal. Así se va formando el propio discernimiento, examinando nuestra vida ante nuestra propia conciencia, y examinando a su vez si nuestra conciencia está aprendiendo a reconocer la verdad y la belleza y la bondad. Examinando también si nuestra sensibilidad está aprendiendo a sentir y a juzgar correctamente, si somos capaces de educar y modelar qué nos atrae y qué nos disgusta, si somos capaces de reconocer los propios errores y corregirlos. Así es como se aprende a tomar con acierto las riendas de la propia vida.

El creyente bien formado siempre tiene una actitud de escucha y de reflexión. En la familia y la escuela aprendemos y enseñamos a obedecer, pero con el objetivo de que esa disciplina nos lleve finalmente a obedecer a la misión que vertebra nuestra vida, a escuchar la voz de Dios en cada situación que nos encontremos, ante los desafíos de los tiempos, ante quienes sufren, ante los propios límites, ante la enfermedad o ante la muerte, porque Dios tiene algo que decirnos a través de cada recodo de nuestra vida. No basta con evitar lo ilícito, tenemos que descubrir lo que espera Dios de nosotros y que será precisamente lo mejor para nuestro crecimiento personal.

Hay que educar ayudando a decidir en cada circunstancia lo que es mejor, sin acostumbrarse a esperar órdenes, sin fiarse tampoco simplemente del propio impulso, y sin reclamar a Dios una certeza total, que nunca tendremos. A través del ejercicio constante del discernimiento personal se adquiere una conciencia cada vez más sensible a lo que es bello y bueno, verdadero y justo: una voz interior en la que resuena el eco de la voz de Dios. Así el creyente podrá llegar a decir que está haciendo «lo que le gusta», o «lo que le da la gana», pero a partir de una sensibilidad bien educada, después de una evangelización de los propios gustos y del propio modo de sentir.

Este hábito de discernimiento es importante, porque estamos expuestos continuamente a la ambigüedad de la vida y de cada una de sus situaciones. ¿Cómo decidir qué es bueno y qué es malo en la acción práctica diaria, tantas veces llena de circunstancias tan complejas? Vemos que no siempre basta con aplicar reglas ya aprendidas. En el laberinto del pluralismo cultural que vivimos… ¿a quién debemos escuchar? ¿Cómo podemos enjuiciar bien sobre tantos problemas que se nos plantean? Cada persona debe interrogarse sobre lo que tiene en el corazón, ver qué ocupa el centro de su vida, dónde están y cuáles son sus intereses y sus deseos, hacia dónde se encaminan. Ahí es donde Dios acude al encuentro de cada persona y quiere encontrarse con cada uno. Un Dios que no abandona a quien ha cometido un error, que quiere ayudarle a tomar conciencia de lo que ha hecho, a entender de dónde ha surgido el impulso para actuar, qué sabor ha dejado en su corazón y de dónde procede ahora su deseo de salir de ese error.

¿IMPONER A OTROS NUESTROS VALORES O CRITERIOS MORALES?

Cuenta Timothy Dolan que, después de la Segunda Guerra Mundial, el hospital Queen of Heaven de Kansas City decidió contratar médicos negros, formar médicos negros y admitir pacientes negros, es decir, dijeron que en sus hospitales no iba a haber segregación racial. El gobierno local se opuso y les amenazó con cerrar el hospital. El arzobispo Edwin O´Hara y las Hermanas de Maryknoll aceptaron el órdago: «Inténtenlo, atrévanse…». Finalmente, las autoridades civiles no se atrevieron a cerrarlo.

Traigo aquí esta historia porque la escuela de inspiración cristiana afronta periódicamente cuestiones como esta. ¿Qué debemos decir a los alumnos y a las familias sobre cuestiones, como por ejemplo el aborto, las cuestiones de género o la eutanasia, si lo que la Iglesia propone no coincide con lo que dicen las leyes del país? Por eso he traído el ejemplo del hospital de Kansas en 1955. Cuando las leyes exigen cosas que consideramos injustas, o que van contra la propia conciencia, pueden darse situaciones bastante complejas.

En la mayoría de los casos cabe, sin mayor dificultad, una resistencia pasiva. Pero en otros casos será muy razonable oponerse con firmeza, como hicieron en aquella ocasión el arzobispo Edwin O´Hara y las Hermanas de Maryknoll oponiéndose a la segregación racial en los hospitales de Kansas. Aquello fue una muestra de valentía ante una ley injusta. Por eso, cuando unas leyes, o unos mandatos gubernamentales, se extralimitan… a veces lo razonable y lo ético puede ser oponerse, del modo que se considere más prudente y oportuno. Algunos dicen que no se puede decir a los niños nada que vaya contra la ley. Eso es correcto de modo general, pero, si aplicamos ese principio a comienzos del siglo XX nadie podría haber hablado del derecho al voto de la mujer, o sobre la lucha contra la segregación racial. O cien años antes, nadie podría haber hablado contra la esclavitud. Hoy, en determinados países, sigue habiendo leyes abiertamente contrarias a los derechos de la mujer, o a la protección social de los trabajadores, o a mil cosas más. Es evidente que en la escuela hay que hablar de estas cosas, y quizá es bueno para eso remitirse a la historia del reconocimiento paulatino de los derechos humanos. En ocasiones hay que oponerse y hay que presentar batalla ante las leyes vigentes, porque la democracia precisamente se basa en que las leyes vigentes se pueden criticar, y gracias a eso se reforman y se mejoran.

Si la verdad fuera patrimonio de los que mandan o legislan, la verdad no sería más que la forma que toma el poder cuando este se vuelve indiscutible. En cambio, las víctimas de las injusticias saben bien que, a diferencia de lo que desean los poderosos y sus cómplices, la verdad existe y hasta se puede manifestar con bastante precisión a la hora de señalar una injusticia. Aunque el relativismo quisiera otorgar un poder ilimitado a las mayorías, o a lo que prefieren los que mandan, convirtiendo sus palabras casi en conjuros incuestionables, sabemos bien que cuando todo es discutible inevitablemente dejamos de discutir y empezamos a disputar, y deja de buscarse la verdad para sustituirla por el deseo de imponerse.

Hay que estar muy atento a la manipulación de las palabras, que son el espacio público por excelencia y un gran bien común. De ahí que la mentira, la manipulación histórica, educativa o informativa y la injusticia socaven el espacio de la convivencia y la degraden en combates partidistas. El totalitarismo identifica la verdad con la capacidad y el poder de hacer verdaderos sus intereses. En cambio, las palabras de los que sacan a la luz lo oculto, ya sea de las intrigas de los poderosos como hacen los periodistas o los jueces, o de los pliegues del corazón humano como hacen los poetas, o de los rincones del olvido como hacen los historiadores, se cuentan entre los primeros y principales servicios públicos. A los inocentes, los débiles e indefensos todavía les cabe alguna esperanza allí donde hay alguien que quiere atenerse a la verdad. La determinación de llamar a las cosas por su nombre, tan precisa y exactamente como sea posible, sigue siendo la forma más efectiva de ser original y, sobre todo, de ser capaz de no hablar solo por boca de otros y a su gusto, sino recreando el verdadero nombre de las cosas .

La cuestión clave es hasta qué punto en la escuela hay que plantear estas cosas que son en cierto modo controvertidas. Podemos traer otro ejemplo que comenta Timothy Dolan: «Si volvemos la vista atrás, y vemos la actitud de los obispos norteamericanos frente a la esclavitud, nos ponemos colorados: ahí fuimos cualquier cosa menos proféticos. Aparte de una o dos excepciones, no hubo ninguno en el siglo XIX que alzara la voz para decir: “Esto es intrínsecamente malo y debemos acabar con esto ya”. La mayoría de los obispos consideraban que el asunto era demasiado controvertido y que, por tanto, lo mejor era no hablar de ello, que era preferible mantener la unidad interna y la cohesión dentro de la propia casa. Los obispos llegaron a escribir: “Dejamos este asunto en manos de quienes gobiernan este mundo”. ¡Cómo si nosotros viviéramos en Marte, o algo así! Ahora vemos aquello con sonrojo, y así debe ser. Pero ahora, en el caso del aborto… (…) estamos hablando de una vida humana, un bebé inocente y desvalido que merece una completa protección por parte de la ley» .

Quizá llevamos tiempo en que se pone demasiado el acento en evitar los temas controvertidos. Quizá ha llegado el momento de tratar esos temas con profundidad, con apertura, con respeto, procurando no herir a nadie, pero tratarlos, porque corremos el riesgo de estar repitiendo la tibia posición del siglo XIX sobre la esclavitud, de la que ahora nos lamentamos.

Se podría objetar que en la escuela no todos los alumnos son católicos… Pero estamos hablando de cuestiones que pueden perfectamente entender los no católicos. Además, si la escuela tiene una identidad católica, todos deben saber que ahí se dirán determinadas cosas, siempre con respeto, pero también con claridad. Y volviendo al ejemplo de la esclavitud en el siglo XIX, si los católicos debían haber sido más activos para oponerse a ese error, no es por una cuestión doctrinal de la Iglesia católica: la esclavitud no es mala porque vaya contra la doctrina de la Iglesia, sino que va contra la doctrina de la Iglesia porque es mala.

La Iglesia tiene unos posicionamientos claros en cuestiones como, por ejemplo, el aborto, la eutanasia, la inmigración o la ideología de género. Y lo dice, no solo a los católicos, sino a todos los que quieran escucharlo, porque considera que son cuestiones de derechos humanos, de derecho natural. Lo mismo hace la escuela de inspiración cristiana. No está tratando de imponer sus convicciones religiosas a quienes no profesan su religión. Si la Iglesia católica quisiera que la ley civil obligara a asistir a Misa los domingos, entonces sí estaría cayendo en ese error de imponer sus convicciones religiosas a quienes no son católicos, pero, como es natural, no se le ocurre pedir que la ley civil imponga eso ni siquiera a los católicos.

Hay que respetar el derecho de la Iglesia, y de la escuela católica, para expresar su opinión sobre temas relacionados con los derechos humanos, como puede opinar cualquier persona o institución, igual que lo hizo, o lo debía haber hecho, en tiempos del debate sobre la esclavitud o la segregación racial. La Iglesia, por ejemplo, está en contra del robo, pero no solo porque vaya contra el séptimo mandamiento. Y si un católico, o un obispo, se manifiesta contra el robo, no está imponiendo sus convicciones católicas a los demás, sino que simplemente expresan su parecer acerca del respeto a la propiedad de los demás. No imponen a otros sus valores, simplemente entran en el debate social sobre los derechos y libertades de las personas.

En la situación actual, en la que, por ejemplo, hay una amplia mayoría social que aprueba el aborto, está claro que para que pueda llegar a haber una nueva ley más provida es preciso que haya antes una cultura más favorable a la vida. Nunca hay que dejar de promover esa cultura, y no se puede abandonar ese propósito ni dar la batalla por perdida. Basta pensar en otras batallas, como el sufragio femenino, el fin de la esclavitud o el fin de la segregación racial, que supusieron muchas décadas o incluso siglos de lucha, y al principio parecían empeños demasiado conflictivos y completamente inalcanzables. Por eso cabe pensar en avances graduales, en restricciones progresivas a esas leyes injustas, porque sabemos que nos queda bastante tiempo de vivir con una legislación así de imperfecta.

Es interesante volver con frecuencia a la comparación de lo que sucedió con la esclavitud. Había católicos que defendían la esclavitud y había católicos abolicionistas. Y entre los abolicionistas los había partidarios de un avance gradual, porque hacía falta mucho tiempo para cambiar la mentalidad esclavista… y eso se puede entender, aunque, visto ahora, nos produce un cierto bochorno, porque lo razonable habría sido decir: «No, esto no lo podemos aceptar y hay que cambiarlo cuanto antes, nos va a llevar un tiempo, porque hay una mayoría social que lo aprueba, pero esto es una lacra para nuestra nación, no nos podemos acostumbrar a vivir con esto». Y el ejemplo sirve para responder a esa vieja objeción de «¿quiénes somos nosotros para decir a otros lo que está bien o mal?». Si lo vemos en esos determinados casos, que son muy claros, como torturar a un niño o condenar a un inocente, es evidente que no es admisible hablar de la ética como algo en lo que cada uno pueda pensar lo que parezca.

Hoy, por ejemplo, resulta complicado hablar sobre género. Y hay que hacerlo con mucho cuidado, como lo hicieron por ejemplo los obispos escandinavos en 2023: «El signo de esta alianza, el arcoíris, ha sido reivindicado en nuestro tiempo como el símbolo de un movimiento político y cultural. Reconocemos todo aquello que es noble en las aspiraciones de este movimiento. En la medida en que hablen de la dignidad de todo ser humano y su anhelo de ser visto por lo que es, compartimos esas aspiraciones. La Iglesia condena toda forma de discriminación injusta, incluyendo aquellas basadas en el género u orientación afectiva. Discrepamos, en cambio, cuando este movimiento propone una visión de la naturaleza humana separada de la integridad corporal de la persona, como si el género físico fuera accidental. Y protestamos cuando se fuerza esa visión sobre los niños presentándola como una verdad probada y no como una hipótesis temeraria, y cuando se la impone a los menores como una pesada carga de autodeterminación para la que no están preparados. Resulta llamativo que una sociedad tan atenta al cuerpo, luego en la práctica lo trate con superficialidad al no considerarlo como un significante de identidad. Así, se presupone que la única identidad que cuenta es la que emana de la autopercepción subjetiva, la que surge a medida que nos vamos construyendo a nuestra imagen» .

¿INCULCAR PRINCIPIOS MORALES MEJORA LA CAPACIDAD DE JUZGAR RAZONADAMENTE?

Algunos dicen que inculcar principios morales es un modo de lavar el cerebro a los niños. Pero lavar el cerebro consiste en disminuir la capacidad para juzgar razonadamente. Y la enseñanza moral debe ser todo lo contario. Hay que explicar las cosas con apertura, considerando las razones que unos y otros aportan a favor y en contra, facilitando que cada uno llegue en lo posible por sí mismo a discernir la mejor opción moral o ética. Por ejemplo, ayudar a los niños a desarrollar el hábito de decir la verdad, o jugar limpio, o respetar al diferente, no atenta contra su capacidad de tomar decisiones razonadas, sino al revés: los buenos hábitos morales refuerzan la capacidad de juzgar razonadamente.

Los padres y los profesores deben ayudar a sus hijos o a sus alumnos a darse cuenta de la gran herencia moral que contiene la propia cultura: en el derecho, en la literatura, las religiones y la filosofía. No todo ese caudal cultural será correcto ni coherente. Habrá cosas que asumir y cosas que rechazar. Y cosas endiabladamente complejas sobre las que hay que pensar mucho antes de pronunciarse. Pero está claro que la virtud se puede enseñar y que una educación moral eficaz apela tanto a las emociones como a la inteligencia y la voluntad. La mejor enseñanza de la moral es la que inspira y estimula a los hijos o los alumnos, haciéndoles ver con claridad que con su rectitud moral está también en juego su propio carácter, su identidad y su futuro.

No se trata de atarse siempre a las tradiciones, que suelen aportar un entorno de seguridades compartidas, pero tampoco conviene ir al extremo contrario de renegar de ellas sin la necesaria reflexión, porque es frecuente que las sociedades que reniegan con facilidad de sus convenciones sociales las sustituyan por nuevas ideologías poco meditadas.

Decía santo Tomas de Aquino que quienes no encuentran agrado en la virtud no podrán perseverar. Lo natural es que los hijos y los alumnos se sientan atraídos por la idea de ser personas virtuosas, y que por tanto quieran ser honrados, leales, actuar con justicia y generosidad. Cuando una persona joven ahonda en la idea de qué tipo de persona quiere llegar a ser, y cómo puede lograrlo, las cuestiones éticas se transforman en preguntas concretas y personales que son sumamente importantes.

Todo esto es sencillo cuando se habla de enseñanzas morales en los grandes temas generales, pero hay otros campos concretos que son bastante controvertidos. Y es cierto que hay cuestiones de la doctrina y la moral propuestas por la Iglesia católica que son un tanto difíciles para nuestra cultura actual. Esas cuestiones, ¿hay que abordarlas con rotundidad… o con empatía…? Quizá con las dos cosas. Si las cosas se dicen con empatía se puede llegar a ser muy claro. Y preferiblemente como una propuesta, no como una imposición.

Además, no creo que haya que centrarse en dilucidar si quienes disienten de esas cuestiones están fuera o dentro de la Iglesia. Porque esas personas que tienen dificultad para entender o vivir las enseñanzas de la Iglesia, quizá son las que más necesitan de ella. Hay que aprender a exponer esas cuestiones sin dejar herido a quien no quiere aceptarlas, y al tiempo mostrarlas como una opción y un ideal de vida atractivos.

¿Y no sería mejor ceder en esas cosas, o al menos no plantearlas en estos tiempos en que hay tanto rechazo en esos temas? Creo que siempre hace falta prudencia y sensatez a la hora de pensar qué temas conviene tratar y cómo tratarlos. Pero cuando se habla de diálogo y de empatía, no se trata de que todos cedan en sus convicciones hasta alcanzar un punto común descafeinado e insípido. Un diálogo verdadero y respetuoso es el que empieza con la clara comprensión de la verdad que uno lleva a la conversación. Lo que hace falta es que por ambas partes haya respeto y apertura, deseo de comprender mejor las ideas propias y las ajenas, y así el diálogo traerá un enriquecimiento mutuo.

El alcance misionero de la Iglesia, y su dimensión evangélica, nos lleva a ir tras la oveja perdida, a acercarnos a los críticos… pero sin dejar de transmitir el mensaje del Evangelio, que es de enorme respeto y consideración con el pecador, porque todos somos pecadores. Cuando los niños son pequeños y tienen menos capacidad crítica, es razonable que la familia o la escuela procuren preservarles del contacto con ideas morales contrarias a las que quieren transmitir. Hay que encontrar también en esto un equilibrio, porque conversar con personas que defienden cuestiones diferentes a las nuestras nos ayuda a madurar nuestras ideas y nuestros argumentos. Y también, gracias a esa cercanía personal, será más fácil encontrar puntos comunes que permitan un diálogo más fructífero. Si nos limitamos a criticar todo lo que hacen «los equivocados», no podremos quejarnos de que ellos hagan lo mismo con nosotros.

Hay personas que dicen que la escuela de inspiración cristiana debería suavizar un poco más su mensaje para que sea aceptable para más gente y así luego se pueda trabajar con ellos y que lo comprendan poco a poco. Otros piensan que eso sería aguar el mensaje hasta que sea aceptable por todos y así solo se consigue crear confusión, y que, en cambio, lo razonable es aspirar a que la gente comprenda el mensaje plenamente.

Las dos opciones tienen su lógica. Está claro que todos tienen que ser bienvenidos. ¿Pero bienvenidos a qué? Hay que ser claros a la hora de explicar a qué son bienvenidos y qué es esa escuela a la que vienen. Las dos cosas deben ir unidas. El atractivo de la escuela radica precisamente en el hecho de que, a veces, en medio de mucha confusión de valores, esa escuela defiende unos valores bien claros y concretos. En eso debemos ser firmes e incansables a la hora de preservar ese proyecto educativo al que todos son bienvenidos. Lo que cambia es dónde se pone el acento, en la bienvenida o en lo que se ofrece. Si por dar la bienvenida a todos tienes que dejar de ser lo que eres, será una mala solución. Pero si por insistir demasiado en lo que eres, la gente se siente rechazada, tampoco será una buena solución. Creo que las dos cosas son importantes y hay que manejar bien el timón para alcanzar un equilibrio adecuado.

Nuevamente traigo un ejemplo que cuenta Timothy Dolan, de cuando estaba en Milwaukee. Un día el Ku Klux Klan se manifestó frente a los juzgados, y al día siguiente un periodista le preguntó: «Arzobispo Dolan, si uno de estos miembros del Ku Klux Klan fuera mañana a la catedral y se acercara a comulgar, ¿le daría la comunión? Le contesté: No, no se la daría. Evidentemente, toda la opinión pública aplaudió aquello. Les pareció muy valiente. Pero si lo hubiera dicho sobre un líder abortista, les habría parecido mal» . Una persona que no comulga con las ideas de la Iglesia católica no pinta nada acercándose a comulgar en una eucaristía católica: no hay que desairar a la gente, pero tampoco se puede ceder siempre, como si no se pudiera pedir un mínimo de coherencia para participar en un sacramento.

EN GUARDIA FRENTE A NUEVAS FORMAS DE ADOCTRINAMIENTO SOCIAL

Como ha escrito Ignacio Aréchaga , hubo un tiempo en que la sociedad compartía una creencia religiosa, y entonces la blasfemia se consideraba no solo como ofensa a Dios sino como ataque a una verdad común que vertebraba toda la sociedad. Ahora no hay una verdad religiosa común, pero sí vemos diversos colectivos sociales que atribuyen un carácter indiscutible a sus convicciones y denuncian como agresión blasfema cualquier intento de poner en duda esas ideas.

Es muy lícito que luchen por difundir sus ideas. Lo peligroso es que busquen el amparo legal para que el poder secular castigue al «blasfemo» que disiente de ellas. Y eso es lo que está ocurriendo en muchos casos. Vemos que en Occidente la libertad de expresión está cada vez más encorsetada por leyes y prácticas sociales que supuestamente protegen contra el llamado «discurso del odio». En teoría, el discurso del odio es incitar a la violencia o la hostilidad contra determinadas personas o grupos por motivos de raza, sexo, religión, orientación sexual… Pero vemos que, en bastantes casos, la etiqueta de discurso del odio se ha convertido en un fácil recurso para amedrentar y silenciar al que incurre en el grave pecado de criticar las ideas y las pretensiones de ciertos grupos de personas que se envuelven en la bandera de lo más sagrado de la sociedad y, como en los viejos tiempos de la inquisición, exigen el castigo del «blasfemo». El castigo puede llegar a la multa o la cárcel, según sea el rigor de las leyes antiblasfemia, pero lo más frecuente es que el culpable sea sometido a un tribunal mediático, acusado de discurso irreverente, y con bastante probabilidad acabe quemado en la hoguera de las redes sociales, cargado con el sambenito de «negacionista», «homófobo», «tránsfobo» o «supremacista», según los casos. Otras veces boicotean, descalifican y discriminan como elemento antisocial a quien no se amolda a las opiniones predominantes y tiene la osadía de decirlo. Y ya hemos visto no pocos casos de personas que por exponer sus opiniones han perdido su empleo, han sido tachadas de las listas de invitados presentables, o han sufrido un boicot en las aulas universitarias.

Hay una famosa viñeta de Mafalda que dice: «¿Practicas algún deporte de riesgo? Sí, a veces doy mi opinión». La educación debe incluir un desarrollo del sentido crítico, que permita profundizar en la realidad de las cosas y así poder dar nuestra opinión sin plegarnos ante quienes pretenden imponer las ideas dominantes. Al valorar cualquier propuesta, hemos de discernir si detrás de la argumentación racional que la acompaña hay otros intereses ocultos que pretenden manipularnos o engañarnos. La educación, tanto en la familia como en la escuela, no puede someterse siempre y apaciblemente a los dictados de la moda o de lo políticamente correcto.

Debemos estar en guardia frente al adoctrinamiento por parte de los poderes públicos o de las corrientes de pensamiento hegemónicas y, por supuesto, también en guardia para no incurrir nosotros mismos en comportamientos adoctrinadores.

Adoctrinar es proponer ideas queriendo que sean admitidas sin una reflexión personal y soslayando las posiciones críticas. Hay adoctrinamiento si desde los poderes públicos se quiere reducir el pluralismo educativo, tanto en el ideario de las escuelas como en los contenidos del currículum. Hay adoctrinamiento si las ideologías dominantes pretenden que las ciencias digan algo diferente a lo que su propio método les señala. Hay adoctrinamiento si se silencian las informaciones no oficiales sobre cualquier tema, o se ocultan posiciones contrarias relevantes o se hacen desaparecer los datos discrepantes. Hay adoctrinamiento cuando se impide la expresión o el pensamiento propio, cuando precisamente eso es lo que un educador debe promover.

Como decía Andrés Manjón , de cada alumno hemos de conseguir «que piense con su pensamiento, que quiera con su voluntad, que sienta con su corazón, que hable con su estilo y que obre en todo como quien es, con espontaneidad, con naturalidad, con carácter, no como un fonógrafo que repite ni como un mono que imita». Hay que procurar ampliar las fuentes de las que bebe el pensamiento infantil y juvenil, acudiendo a buscar la verdad más profunda de las cosas. Y todo ello, como señala José Antonio Ibáñez-Martín , sin caer en el error de «los que hablan de apertura mental y lo que desean es sustituir las ideas de los educandos por las que ellos quieren trasladarles». Queremos que los hijos y los alumnos sean autónomos. Y queremos que cada uno pueda llegar a ser autónomo gracias a nosotros, no a pesar de nosotros.

Educar con sentido crítico no significa educar en la desconfianza frente a lo que escuchan. Deben tener buenas razones para oponerse a quienes les quieren y les han enseñado a ser quienes son, pero a veces deben contradecirnos, y parte importante de la educación consiste en ese difícil aprendizaje. No se trata de educar en la desconfianza, sino de educar en el pensamiento riguroso. Una vida intelectual demasiado basada en la desconfianza hace que el pensamiento siga el criterio de su propia capacidad de seducción o su originalidad, y entonces, las ideas se abrirán camino por su creatividad o su capacidad de deslumbrar, no por su validez real.

Junto a todo eso, es cierto que el educador ha de buscar, en sí mismo y en aquellos a quienes educa, el modo de desarrollar unas bases morales y afectivas que susciten un valiente amor a la verdad, un interés por el rigor en las informaciones que se manejan y el desarrollo lógico de las argumentaciones, además de un respeto exquisito por quienes mantienen ideas distintas de las propias y un alejamiento claro de la manipulación o la distorsión de la evidencia.

La infancia y la juventud son los momentos más apropiados para desarrollar la capacidad de pensar. Y también los mejores momentos para el cultivo inteligente de las emociones morales. Cuando una persona siente como propios determinados valores (como justicia, paz, libertad o solidaridad), y lo hace con un compromiso emocional, esos valores cobran un particular arraigo y son una guía para la acción que facilitará un comportamiento futuro acorde con esos valores y principios morales.

De ahí la importancia de que el educador sea un referente que haga pensar. No se trata de repetir muchas veces los mismos mensajes moralizantes, sino, mucho mejor, que pueda verse que los educadores somos personas que han sido transformadas por el encuentro con la fe y con la razón. Quizá una de las primeras muestras de una auténtica inspiración cristiana de la educación es el modo en que se usa la razón y se relaciona con la realidad. Necesitamos una fe que sea capaz de conectar con la realidad y transformarla. La fe ilumina tanto la razón como el afecto y la libertad con que entramos en contacto con la realidad; y a su vez, ese contacto con la realidad ilumina nuestra percepción de la fe y la hace vida.

Un modo de hacerlo son relatos de vidas o actuaciones dignas de inspiración. Invitar al educando a pensar cómo se sentiría en esas situaciones. Y debatir sobre dilemas morales de comportamiento cotidiano, o sobre los valores que atribuyen a sus compañeros o a otras personas. Todo eso les permite desarrollar su capacidad de análisis y de juicio moral, superar su egocentrismo y aprender a soportar la presión social o controlar su propia impulsividad.

Las biografías de santos han sido siempre una gran ayuda en este sentido. Basta recordar lo que sucedió a Íñigo de Loyola en 1521, cuando era capitán del ejército y durante una larga convalecencia cayó fortuitamente en sus manos un volumen de vidas de santos. Comenzó a leerlo para pasar el tiempo, pero poco a poco empezó a interesarse profundamente. Mientras leía las historias de los grandes santos, se decía: «Si esos hombres estaban hechos del mismo barro que yo, bien puedo yo hacer lo que ellos hicieron». Descubrió que aquellos relatos elevaban su ánimo y le inculcaban pensamientos nobles y buenos. Y aquellas lecturas cambiaron por completo su vida. La lectura ayuda a reflexionar en soledad y silencio. Permite apartar las capas acumuladas de distracción y discernir los designios de Dios para la propia vida.

EDUCAR EN LA VIRTUD… Y EN EL SENTIDO

La virtud siempre se ha relacionado con el perfeccionamiento y la mejora del ser humano, que está siempre en un proceso de desarrollo y de crecimiento personal, y en ese camino la virtud resulta fundamental. Pero, como ha señalado José Víctor Orón , cualquier educador sabe que mejorar los recursos o competencias personales (su voluntad, su empatía, su liderazgo) no asegura que esa persona vaya a usarlos para el bien y que por tanto puedan considerarse virtudes o crecimiento personal.

¿Cómo crece nuestro pensamiento, o nuestra voluntad? Una contestación primera sería: ejerciéndolo. Pero no por pensar más se piensa mejor, porque también se puede convertir en una obsesión o un ofuscamiento. Y no por actuar más se actúa mejor, porque se puede convertir en una hiperactividad o en una obstinación.

También podemos preguntarnos… ¿para qué ser perseverante? ¿Qué diferencia hay entre un perseverante y un obcecado? Ambas actitudes coinciden en ser constantes, superar dificultades y no arredrarse ante los problemas. Pero unos lo hacen con un sentido de servicio y otros por imponer su plan. Hay muchos obcecados que parecen perseverantes. O podemos recordar el ejemplo de san Pablo, que pasó de perseguidor a anunciador de Cristo: no cambió en sus capacidades, ya bien fortalecidas, sino que cambió su orientación y su sentido, porque sus esquemas se transformaron al encontrarse con Jesucristo, y ese encuentro personal cambió su forma de pensar y de querer, y transformó su obcecación en perseverancia.

Muchas veces se presenta la mejora personal como un simple auto-fortalecimiento, pero no podemos ignorar el para qué, el sentido y el propósito de ese auto-fortalecimiento, que siempre debe suponer abrirse a los demás, no puede quedarse en una propuesta ajena a para qué buscamos ese fortalecimiento.

¿OTROS CON MENOS FE PUEDEN TENER MÁS RECTITUD?

Muchos padres y educadores están preocupados por la educación moral de sus hijos o sus alumnos. Ven que bastantes de sus actuales problemas tienen la raíz en una deficiente o insuficiente formación básica en las convicciones morales, criterios de conducta, valores o ideales de vida. Pero lo que más llama la atención es que bastantes de esos padres y educadores, aun considerándose buenos creyentes, cuentan poco con la fe a la hora de educar.

Es cierto que se puede tener una moral muy exigente sin creer en Dios. Y también es cierto que existen personas de gran rectitud moral que no son creyentes. Y es verdad que se pueden encontrar doctrinas éticas muy respetables que excluyen la fe. Pero no veo que ninguna de esas razones haga aconsejable que una persona, siendo creyente, eduque a sus hijos como si no tuviera fe, o que ignore la importancia que puede tener la religión en la educación moral de una persona.

De entrada, una ética sin Dios, basada sólo en el consenso social o en unas tradiciones culturales, ofrece menos garantías ante la evidente debilidad del ser humano o ante su capacidad de ser manipulado. Una referencia a Dios sirve (y la historia parece empeñada en demostrarlo) no sólo para justificar la existencia de normas de conducta que hay que observar, sino también para mover a las personas a observarlas. El creyente se dirige a Dios no sólo como legislador, sino también como alguien que valora nuestras acciones… un juez amable y cercano, pero que nos dice si nuestras acciones son buenas o malas, oportunas o inoportunas, proporcionadas o desproporcionadas. Porque una cosa es conocer la ley moral y otra cosa, bien diferente, es llegar a respetarla, y por eso, si Dios está presente (y sin pretender acomodarlo al propio capricho), será más fácil que respetemos esas leyes morales.

En cambio, cuando se prescinde voluntariamente de Dios, es fácil que el ser humano se desvíe hasta convertirse él mismo en la única instancia que decide lo que es bueno o malo, en función de sus propios intereses. ¿Por qué ayudar a una persona que difícilmente me podrá corresponder? ¿Por qué perdonar? ¿Por qué ser fiel a mi marido o mi mujer cuando es tan fácil no serlo? ¿Por qué no aceptar esa pequeña ganancia fácil? ¿Por qué arriesgarse a decir la verdad? ¿Por qué no dejar que sea otro quien pague las consecuencias de mi error?

Quien no admite que haya nadie superior a él que pueda juzgar sus acciones, se encuentra más indefenso ante la tentación de erigirse como juez y determinador supremo de lo bueno y lo malo. Eso no significa que el creyente obre siempre rectamente, ni que no se engañe nunca, pero al menos está menos expuesto a engañarse a sí mismo diciéndose que lo que le gusta es bueno y lo que no le gusta es malo. Sabe que tiene dentro una voz moral que, en determinado momento, le advertirá: basta, no sigas por ahí.

Es cierto que puede haber formas religiosas degeneradas y enfermas, que no elevan al ser humano, sino que lo alienan. Y también es cierto que religiones con una notable grandeza moral también pueden enfermar en algún trecho del camino. En la religión cristiana se han dado a veces desviaciones patológicas, y la historia recoge abundantes ejemplos de errores teológicos más o menos extendidos, que la autoridad de la Iglesia ha tenido que corregir. Ha habido ocasiones en las que la verdadera fe cristiana se ha mezclado con prácticas supersticiosas, o con el uso de la violencia, o con dialécticas equivocadas. O que se ha visto afectada por relajaciones morales de muy diverso tipo. Y también es obvio que no todos los cristianos han vivido siempre bien su fe, y que los creyentes son personas como los demás, unos mejores y otros peores, como sucede también con los no creyentes.

Pero, en todo caso, sin religión es más fácil dudar si vale la pena ser fiel a la ética. Sin religión es más fácil no ver claro por qué se han de mantener conductas que suponen sacrificios. Esto sucede más frecuentemente cuando esa moral laica se transmite de una generación a otra sin apenas reflexión. Como ha señalado Julián Marías, los que al principio sostuvieron esos principios laicos como elemento de un debate ideológico, tenían al menos el ardor y el idealismo de una causa que defendían con pasión. Pero, si esa moral se transmite a los más jóvenes, a los hijos, y después a los hijos de estos, sin ninguna vinculación a creencias religiosas, es fácil que ese idealismo quede en unas simples ideas sin un fundamento claro y, por tanto, pierdan vigor.

Hay ocasiones en que los motivos de conveniencia natural para obrar bien nos impulsan con gran fuerza. Pero hay otras ocasiones, y quizá no son pocas, en que esos motivos de conveniencia natural pierden peso en nuestra mente, por la razón que sea, y entonces son los motivos más trascendentes los que toman un mayor protagonismo y nos ayudan a actuar como debemos. Prescindir de unos o de otros es un error moral y un error educativo de gran alcance. Por eso, los padres creyentes deben dar importancia a la formación religiosa de sus hijos. No se debe excluir la religión del legado de la educación, como tampoco puede excluirse la literatura, el arte, la música o el deporte, por mucho que unos sean más partidarios de uno o de otro, o de ninguno.

Junto a eso, hay que contar con que el hecho de ser buenas personas, tener mucha fe, o muy buenos deseos, no asegura que lo hagamos todo bien, ni que tengamos siempre razón. Por eso debemos procurar aprender de todos, tengan o no tengan fe, nos parezcan más listos o menos que nosotros, porque de toda persona tendremos mucho que aprender.

¿MODELOS HUMANOS ANTES QUE MAESTROS?

Estamos hablando de la identidad cristiana, de cómo entender su sentido. Todo eso, ¿se transmite como una enseñanza, o es mejor que se inspire con el ejemplo?

El carácter, como el arte de pensar bien, o la virtud, o la fe, necesitan de una enseñanza, pero también necesitan del modelo humano y del testimonio personal. Junto a la sabiduría o el criterio, ha de ir el ejemplo. Y junto al ejemplo, la idea que lo inspira y la manera de llevar esa idea a la práctica. Porque toda persona experimenta con mayor o menor frecuencia un sentimiento de emulación ante un testimonio humano que se le presenta. Siempre hay momentos en que quedamos deslumbrados por un aspecto concreto de una persona concreta y, entonces, en mayor o menor medida, deseamos, al menos en ese aspecto, ser como esa persona. Y eso tiene una enorme importancia en la educación.

Todo hombre y toda mujer (y hoy quizá más que en otros tiempos) confía más en los testimonios humanos que en las enseñanzas. Cree más en la vida y en los hechos que en las teorías y las ideas. Reconocemos los valores sobre todo cuando los vemos hechos vida en personas concretas, en modelos humanos que nos inspiran. Necesitamos esos modelos, los buscamos, los observamos en conductas que nos atraen con una fuerza fascinante. Descubrimos en las personas reales lo que cada persona es y lo que nosotros podemos llegar a ser. Ante cualquier buen modelo humano se produce una corriente de empatía, una especie de contagio que nos atrae, un efecto con el que vamos descubriendo y descifrando nuestra propia identidad.

Por eso, el gran reto educativo no está solo en la elocuencia de las palabras (siendo muy importante), sino sobre todo en la elocuencia del discurso de las obras. Y eso es así también porque las cosas parecen menos difíciles, y más atractivas, cuando las vemos arraigadas en la vida en otros. Y por eso es también decisivo que quien está en una fase temprana de la formación de su carácter tenga ante sus ojos modelos humanos atractivos y logrados, que le faciliten adquirir criterios de estimación que respondan a principios bien asentados.

¿Y cómo debe ser el testimonio cristiano en la familia o la escuela? Hay sin duda muchas formas de vivirlo. Algunos prefieren un testimonio más visible y manifiesto. Otros prefieren un testimonio más discreto, más reconocible en lo que se hace que en lo que se dice. Unos piensan que debe ser un testimonio más centrado en el mensaje cristiano, y otros prefieren hacerlo impregnando oportuna y silenciosamente los valores cristianos en la cultura en que se vive. Son enfoques diferentes, quizá todos valiosos y compatibles. En todo caso, el mundo actual necesita del testimonio de vidas inspiradoras, que apunten sin miedo hacia Dios. Todos conocemos a muchos, que nos han influido profundamente, y quizá lo que falta es aprender a visualizarlos mejor.

Dar testimonio es transparentar con la vida lo que cada uno es y aquello en lo que cada uno cree. Ser firmes y valientes en plantar cara a lo que está mal. Ser tenaces en nuestro empeño por vivir conforme a unos valores y unos principios. Ser capaces de transmitir todo eso de modo que quien lo vea pueda intuir lo que hay detrás, aquello que nos mueve y nos sostiene. Ser capaces también de contarlo, de mostrarlo de forma natural, sin presunción y sin jactancia. Que nuestra vida apunte en una dirección que sirva de orientación a otros. Que quien siga nuestro rastro pueda descubrir hacia dónde conduce.

Si la gente joven mostrara poco interés la religión, deberíamos preguntarnos por la calidad de nuestro testimonio, que es lo que más mueve los corazones. Ya decía Ignacio de Antioquía que «mejor es ser cristiano sin decirlo que proclamarlo sin serlo», y por eso, para mejorar la calidad de nuestro testimonio, quizá tenemos que sanar nuestros corazones de algunos juicios negativos, o de esos rencores aún no perdonados, o de esos prejuicios o desconfianzas injustas. Y todo ello dentro de una clara apuesta por los demás, con el deseo de aportar una luz reconocible en la forma de amar, de acoger, de afrontar el sufrimiento o la contrariedad, de vibrar con los afanes de otros, y reconocible en la forma de transmitir esa fe que inspira nuestra existencia y que nos hace ser personas (o instituciones) en las que la fe se ha convertido en una fuente profunda de inspiración natural.

Se podría objetar que el mundo real no es así de bonito. Que estamos hablando de algo ilusorio. Que hay que enseñar a abrirse camino en la vida real. Pero si una familia, un educador, o incluso una sociedad, presentara el mal como algo que habitualmente triunfa, o ensalzara figuras que simbolizan valores negativos, y los presentara como modelos atrayentes, luego no podríamos quejarnos si vemos a los jóvenes tan escasos de pautas morales. Es preciso estimular los sentimientos y valores positivos, porque, si no, luego nos quejamos sin razón. Como decía C. S. Lewis, a veces «extirpamos el órgano y exigimos la función. Hacemos hombres sin corazón y esperamos de ellos virtud e iniciativa. Nos reímos del honor y nos extrañamos de ver traidores entre nosotros. Castramos y exigimos a los castrados que sean fecundos» .

¿Eso significa que hay que evitar a toda costa el mal ejemplo? No es un tema sencillo, sobre todo porque también los propios educadores damos a veces mal ejemplo y por eso vamos a tratar esta cuestión con más detalle.

EL BUEN Y EL MAL EJEMPLO

Hay mucha literatura sobre los efectos que produce en el aula la presencia de otros compañeros diferentes, mejores o peores, y es interesante observar la diversidad de posibilidades en que se puede traducir esa influencia. Es algo que igualmente puede observarse en la vida familiar, en el trabajo, o entre vecinos o amigos.

El modelo más invocado a lo largo de siglos, curiosamente, es el de la bad apple, la «manzana podrida». El ejemplo clásico es un alumno indisciplinado que perjudica a sus compañeros y molesta al profesor, o que corrompe a otros con sus malas ideas o costumbres, o que desune a los demás malmetiendo a unos contra otros.

¿Cómo debe ser un ambiente para que las influencias sean positivas? Unos señalan como decisivo el hecho de que haya un entorno positivo general que sea homogéneo. Si se piensa en lo académico, aseguran que los estudiantes mejoran cuando están rodeados de otros con similares características. Según este modelo, los que tienen menor rendimiento se sienten más apoyados si están rodeados de estudiantes de su mismo nivel, y lo mismo sucede con los que tienen rendimientos más elevados.

Otros aseguran que es mejor un aula más heterogénea, donde la presencia de estudiantes con niveles diversos resulta positiva para unos y para otros. Otros consideran que la presencia de estudiantes brillantes es importante como referencia y estímulo para los demás. Y no faltan quienes aseguran lo contrario, y afirman que los estudiantes menos dotados se ven perjudicados por la presencia de compañeros que logran buenos resultados con poco esfuerzo, porque eso les lleva a comparaciones odiosas y desmotivadoras.

Ante las diversas interpretaciones sobre las dinámicas de influencia en el aula o fuera de ella, quizá todas tienen sus razones y sus objeciones, su cara y su cruz, su parte de verdad y su simplismo. Está muy bien, sin duda, educar en un ambiente cuidado, estimulante y positivo. Pero también hay que aprender a manejarse cuando el ambiente no es así, pues la educación debe preparar también para eso. Los hijos, o los alumnos, van a presenciar en su vida muchos malos ejemplos (quizá bastante antes de lo que creemos) y hay que prepararles también para eso. Podríamos decir, incluso, que ellos mismos harán muchas cosas mal, y deben haber aprendido a salir adelante a pesar de no haberse dado buen ejemplo a sí mismos.

Es triste que haya personas que corrompan a otras, es cierto. Pero esas personas siempre existirán, y hay que aprender a desenvolverse cuando eso sucede. Y también hay que pensar en que alguien tendrá que ocuparse de educar a esos que consideramos «manzanas podridas»: no vale, como regla general, optar por que los eduque otro. Además, hay que pensar que ese chico o esa chica que consideramos un mal ejemplo podría ser tu hijo o tu hija, y no te gustaría que la solución fuera el simple descarte. Los grupos homogéneos tienen su eficacia, pero también su falta de estímulo ante otros mejores, y su falta de preocupación por ayudar a los que van peor.

La escuela cristiana no puede centrarse demasiado en la protección. «La escuela convertida en un búnker que protege de los errores de afuera, es la expresión caricaturizada de esta tendencia. Esa imagen refleja de un modo estremecedor lo que experimentan muchísimos jóvenes al egresar de algunos establecimientos educativos: una insalvable inadecuación entre lo que les enseñaron y el mundo en el cual les toca vivir. Las propuestas religiosas y morales que recibieron no los han preparado para confrontarlas con un mundo que las ridiculiza, y no han aprendido formas de orar y de vivir la fe que puedan ser fácilmente sostenidas en medio del ritmo de esta sociedad. En realidad, una de las alegrías más grandes de un educador se produce cuando puede ver a un estudiante constituirse a sí mismo como una persona fuerte, integrada, protagonista y capaz de dar» .

Es importante el buen ejemplo, sin duda. Pero quizá es más importante entrenarse en aprender de los buenos ejemplos y también de los malos. A veces los malos ejemplos pueden llegar a resultarnos más útiles, cuando vemos a dónde conducen. Quizá esté ahí uno de los grandes retos de la educación. Porque no puede decirse que la educación ideal sea la que se desarrolla en un ambiente perfecto, libre de malos ejemplos (suponiendo que eso pueda lograrse). Tampoco nadie defendería como ideal educativo lo contrario, la exposición permanente al mal ejemplo. No es un tema sencillo ni obvio. Quizá por eso en educación es tan importante ayudar a distinguir el buen del mal ejemplo, sin clasificaciones demasiado simples, sabiendo formarse ideas cada vez más maduras y personales, mejor argumentadas, pues al final se trata de formar personas autónomas, que encuentren su propio camino descubriendo en las vidas de los demás, y en la propia, lo que desarrolla y lo que malogra su naturaleza.

El problema es que no siempre resulta fácil separar lo bueno de lo malo. Cabría recordar aquí de nuevo la parábola del trigo y la cizaña , pues quizá, queriendo arrancar la cizaña, se daña también al trigo. Las relaciones entre las personas están estrechamente entrelazadas, como las raíces de las plantas que crecen juntas en un campo. Algunos reclaman una escuela sin mal ejemplo. Y aunque es obvio que hay que evitar el mal ejemplo, también es cierto que si lo quisiéramos erradicar por completo allí no habría lugar para ninguno de nosotros, porque todos estamos lejos de la perfección. Los que acuden a la escuela buscando una escuela perfecta, habría que decirles que entonces no tendrían plaza, porque al entrar ellos la escuela dejaría de ser perfecta.

Un buen profesor siempre encuentra el modo de mostrar de vez en cuando que él también encuentra dificultad con algunas cosas, que hay cuestiones en la que se esfuerza por mejorar. Pueden ser cuestiones sencillas, como mejorar su letra en la pizarra, corregir pronto los exámenes, tener más paciencia, o no utilizar expresiones inconvenientes. Pero no tienen miedo en mostrar que ellos también hacen un esfuerzo y que, como piden a sus alumnos, ellos también se esfuerzan en aprender y en mejorar. Es importante darse cuenta de que, nos guste o no, los adultos mostramos cada día cómo vivimos, qué pensamos, qué significa para nosotros todo nuestro entorno. Todos somos educadores, también los padres y los hermanos, también cuando no buscamos serlo, porque enseñamos nuestra cultura y nuestros valores a través de nosotros mismos con cada reflejo de nuestra vida.

LA IMPORTANCIA DE LA LITERATURA

El papa Francisco dedicó en 2024 una carta a la importancia de la literatura en el camino de la maduración personal . El corazón siempre está buscando, y para un creyente que quiera sinceramente entrar en diálogo con la cultura de su tiempo, o con la vida de personas concretas, la literatura se hace indispensable. Una obra literaria es un texto vivo y siempre fecundo, capaz de volver a hablar de muchas maneras, de renovar y ampliar el propio universo personal.

La escuela debe despertar el interés por la literatura, porque fracasar en eso sería una forma de grave empobrecimiento intelectual y espiritual, y los alumnos se verían privados de un acceso privilegiado al corazón de la cultura humana. La Iglesia ha buscado siempre el encuentro con las diversas culturas en las que ha echado raíces, sin miedo a arriesgarse y a extraer de ellas lo mejor que ha encontrado. El contacto con diferentes estilos literarios nos permite profundizar en la «polifonía de la Revelación», sin reducirla o empobrecerla a las propias necesidades históricas o a las propias estructuras mentales. El cristianismo primitivo ya percibió la necesidad de una estrecha confrontación con la cultura clásica de la época, tanto por la argumentación como por los testimonios de vida. Gracias a todo ese discernimiento evangélico de la cultura, se puede reconocer la presencia del Espíritu en la multiforme realidad humana, es decir, es posible captar su semilla ya plantada en los acontecimientos, sensibilidades, deseos y tensiones profundas de los corazones y de los contextos sociales, culturales y espirituales.

El hábito de la lectura produce efectos muy positivos en la vida de la persona. Desarrolla su vocabulario y su inteligencia, su imaginación y su creatividad. Permite aprender a expresar mejor las propias ideas y sentimientos. Permite a los creyentes, y en particular de los responsables de la formación, aprender a «tocar» el corazón del ser humano contemporáneo para que se conmueva y se abra ante el anuncio del Evangelio. En este esfuerzo, la contribución que pueden ofrecer la literatura y la poesía es de un valor inigualable.

Más que el desafío del ateísmo, hoy se nos plantea el desafío de responder adecuadamente a la sed de Dios de mucha gente, para que no se apague acudiendo a propuestas alienantes. La crisis religiosa moderna es en gran parte una crisis de carencias emotivas. Hoy el problema de la fe no es tanto el de creer más o creer menos en las proposiciones doctrinales. Está más relacionado con la incapacidad de muchos para emocionarse ante Dios, ante su creación, ante los otros seres humanos. Se plantea aquí, por tanto, la tarea de sanar y enriquecer nuestra sensibilidad, desarrollar nuestro discernimiento personal y ganar en verdadera experiencia de vida.

El lector no es un simple destinatario de un mensaje edificante, sino una persona que se adentra en la vida de otros, en un terreno poco seguro, donde los confines entre salvación y perdición no están definidos y separados a priori. La literatura se vuelve así como un gimnasio en el que se entrena la mirada para buscar y explorar la verdad de las personas y de las situaciones como un profundo misterio que son. Leyendo un texto literario, nos ponemos en la condición de ver por los ojos de otros, ampliando una perspectiva que expande nuestra humanidad. De este modo, la imaginación nos permite identificarnos con el punto de vista, la condición y el sentimiento de los demás, sin la cual no existe la solidaridad ni se comparte, no hay compasión ni misericordia. Leyendo descubrimos que lo que sentimos no es sólo nuestro, descubrimos la diversidad maravillosa del ser humano. Nos acerca a la pluralidad de culturas y saberes con un lenguaje capaz de respetarlas y expresar su variedad, las hace inteligibles y compartidas.

Leyendo historias de otros nos volvemos más sensibles frente a las experiencias de los demás, salimos de nosotros mismos para entrar en lo profundo del interior de otros, podemos entender un poco más sus fatigas y deseos, vemos la realidad con sus ojos y finalmente somos sus compañeros de camino. Para salir de nosotros mismos necesitamos que ardan en nuestro corazón los sufrimientos y alegrías de los demás. Nos ayuda mucho a que nada humano nos sea indiferente.

Y al contemplar la violencia, la limitación o la fragilidad de los demás, tenemos la posibilidad de reflexionar mejor sobre la nuestra. La literatura educa nuestra mirada hacia la comprensión, la no simplificación y el no pretender controlar la realidad y la condición humana a través del juicio precipitado. La literatura nos hace reconocer el misterio del mundo y del ser humano, casi siempre imposible de reducir a categorías simples.

La literatura nos ayuda a un ejercicio libre y humilde de la propia racionalidad, nos acerca a un reconocimiento fecundo del pluralismo de los lenguajes humanos, permite ampliar la sensibilidad humana, la apertura espiritual necesaria para escuchar la voz de Dios a través de tantas voces. La literatura ayuda a destruir los ídolos de los lenguajes demasiado convencionales o autosuficientes, que a veces corren el riesgo de contaminar también nuestro propio discurso. La literatura pone en movimiento el lenguaje, lo libera y lo purifica, lo abre a mejores posibilidades expresivas, lo hace capaz de albergar la palabra de un Dios que busca ansiosamente hacerse presente en la palabra humana.

Siguiente capítulo: CAPÍTULO III: HUMANISMO CRISTIANO Y EDUCACIÓN

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