¿Siempre de acuerdo con el Papa?

—Entiendo que los que no son católicos pueden estar o no de acuerdo con lo que diga el Papa. Pero, ¿y los católicos? ¿deben estar de acuerdo siempre y en todo?

El Romano Pontífice habla “ex cathedra” y goza por tanto de infalibilidad en razón de su oficio cuando, como supremo pastor y doctor de todos los fieles, proclama de una forma definitiva la doctrina de fe y costumbres. En esos casos, el Romano Pontífice no da una sentencia como persona privada, sino que, en calidad de maestro supremo de la Iglesia universal, en quien singularmente reside el carisma de la infalibilidad de la Iglesia misma, expone o defiende la doctrina de la fe católica.

En el n. 25 de la Constitución Lumen Gentium, del Concilio Vaticano II, se señala también que los que somos católicos debemos aceptar con respeto el magisterio auténtico del Romano Pontífice aun cuando no hable “ex cathedra”, de tal manera que aceptamos con reverencia su magisterio supremo y con sinceridad prestamos adhesión al parecer expresado por él, según su manifiesta mente y voluntad, lo cual se deduce o se concluye principalmente por la índole de los documentos, por la frecuente proposición de la misma doctrina, o por la forma de decirlo.

A la vez, es obvio que, como es natural, con frecuencia los documentos magisteriales de los Papas presentan además otro tipo de consideraciones: referencias a hechos históricos y a la cultura del momento, observaciones sobre cuestiones relativas a las ciencias, exhortaciones y sugerencias para la vida espiritual,  etc., que han de recibirse con respeto y afecto, pero que por su misma naturaleza no piden una adhesión en sentido estricto, salvo que en algún caso, por su relación con la fe o la moral, el tenor de la enseñanza lo requiera.

Es decir, se puede ser un buen católico y disentir de algunas apreciaciones o consideraciones hechas al hilo de lo que es propiamente la enseñanza magisterial, pero, si son efectivamente buenos católicos, deben expresarlo con prudencia y respeto, y evitando que esto les lleve a ignorar o a desaprovechar la gran riqueza espiritual que contienen las palabras de los Papas.

Alfonso Aguiló

Rafael Gómez Pérez, “Los porqués de la leyenda negra”, R.H.I.V, 1.VI.06

El nombre de Leyenda Negra es relativamente reciente, pero el nombre es lo de menos, importa el hecho. Desde el siglo XVI se desarrolla en muchos países de Europa una campaña de descrédito contra España.

Los tópicos de la leyenda negra son bien conocidos: exageración de los males de la Inquisición, invento de oscuras intrigas sobre los reyes Austria, descrédito de la presencia de España en América, presunto fanatismo religioso de los españoles, expulsión de los judíos y de los moriscos, etc. No se trata de entrar en estos temas, sino de intentar explicar los porqués de esa campaña de descrédito y de su perdurabilidad como un locus historicus, un lugar común de la historiografía. Pero baste un dato. España no fue, ni mucho menos, la primera en decidir expulsiones de los judíos. Si en España fue en 1492, varios siglos antes ya habían tenido lugar expulsiones: en Francia, en 1182, por mandato de Felipe Augusto; en Inglaterra, en 1290, por orden de Eduardo I de Inglaterra, que fue la primera expulsión de grandes proporciones; durante todo el siglo XIV, en Francia, expulsiones en 1306, 1321/22, y sobre todo la de 1394 por decisión de Felipe IV. Es mas, durante siglos los judíos expulsados de Francia se refugiaron en España, país por el que tuvieron siempre predilección.

Por qué surge la Leyenda Se descubren tres factores principales: 1. Los propios errores; 2. Los intereses de las contiendas entre naciones; 3. La ofensiva del protestantismo contra el catolicismo.

1. Los errores propios. La política de los Austria, como cualquier otra, no fue una serie de aciertos. Sólo muy por encima cabe destacar: a) el exagerado interés de los Reyes Católicos -sobre todo de Fernando, por calculo político, como vio muy bien Maquiavelo- en una institución, la Inquisición, que ni siquiera los Papas querían con tanta virulencia; b) los titubeos en la legislación sobre Indias, con leyes excelentes pero práctica muy en desacuerdo con ellas, mal crónico en España; c) la rigidez en la equiparación de nación con catolicismo, lo que lleva a la expulsión de judíos y de moriscos. Pero todo eso, con ser condición necesaria para el nacimiento de una leyenda negra, no es condición suficiente. Baste una reflexión: lo mismo se hacía en otros países, católicos o protestantes; Lutero justificó el dominio absoluto de los príncipes y patrocinó matanzas de campesinos rebeldes: Calvino tenía en Ginebra una “inquisición” de la que, por ejemplo, fue víctima el español Miguel Servet; las matanzas de los hugonotes en Francia, para preservar la unidad política y religiosa del reino, fueron frecuentes; Cromwell eliminó a decenas de miles de irlandeses católicos… Por analogía se podría añadir: ¿qué leyenda habría que construir sobre Turquía, con el genocidio de mas de un millón de cristianos armenios; sobre Alemania, después del Holocausto; sobre Rusia, con los mas de cuarenta millones de víctimas del comunismo, sobre todo en el periodo leninista y estalinlano, es decir, entre 1917 y 1953 (pero no sólo en él)? Y, sin embargo, no se ha hecho un lugar histórico de ese conjunto de desmanes y crímenes. Pero hay un caso contemporáneo y muy similar: el de Portugal: país con Inquisición, con una continua colonización en América, con gran abundancia de esclavos (en Brasil), con expulsión de los judíos… Pero no hay una leyenda negra portuguesa, quizá porque: a) no fue nunca un país hegemónico; b) se alió muy pronto con Gran Bretaña, uno de los focos de creación de la leyenda negra española. Entre los errores propios hay que incluir algo insólito, que no se dio con tal virulencia en ningún otro país, al menos hasta el siglo XVIII: los escritos de los propios españoles criticando el sistema. Es el caso de Fray Bartolomé de Las Casas, en su denuncia de los aspectos peores de la gobernación de las Indias, denuncia hecha desde la honradez, pero inevitablemente aprovechada por los enemigos de España. Más culpa tenia Antonio Pérez, antiguo secretario de Felipe II, huido al ser perseguido por determinados delitos. Recalo en Gran Bretaña donde desde 1594 publicó unas Relaciones, calumniosas para la monarquía española, un material que fue aprovechado por los ingleses y los holandeses.

2. Los intereses de las naciones. El gran fenómeno europeo del siglo XV, anticipado a veces en el XIV, es la superación del feudalismo y la aparición de las Naciones-Estado, con un poder que cada vez es más absorbente y absoluto. La división territorial de gran parte de la Europa occidental, central y meridional era tal que no extraña que las principales potencias -bien por derechos de familia o por simple deseo de aumentar el poder y los ingresos económicos- se enzarzaran en una política de alianza o de guerras. Pero esas principales potencias eran España, Francia y, en menor medida porque era un mosaico, el Imperio, en gran parte de Alemania, Austria, Bohemia, Moravia…

Cuando un nieto de los Reyes Católicos, Carlos I, hereda además el Imperio -como Carlos V- la guerra contra Francia se hace casi Inevitable. Durante muchos decenios los franceses son derrotados -Pavía, San Quintín-, su rey humillado… Francisco I escribe a su madre, desde la prisión, que “todo se ha perdido, menos el honor” Junto a Francia, al menos contra España, se alineó, desde mediados del XVII, Gran Bretaña, en concreto desde la fundación del anglicanismo por Enrique VIII, el fracaso de la llamada -por los ingleses, con sarcasmo- “Armada Invencible” por razones tanto políticas como religiosas.

En Francia durante los gobiernos de Richelieu y Mazzarino la enemistad hacia España es tan clara que incluso se prefiere la alianza con países protestantes e incluso -ellos, cardenales- mantienen cierta connivencia con el turco. En la misma Francia la actividad denigratoria hacia España viene a menos en el siglo XVIII, tanto porque España ya no es hegemónica como, sobre todo, porque gobierna un Borbón, Felipe V, un nieto de Luis XIV, con ese nombre que lo hace sucesor de los Felipes de Austria Pero es entonces cuando la principal fuente de la leyenda negra será Gran Bretaña, que de ese modo se opone a la hegemonía francesa. También desde mediados del XVI el descrédito contra lo español es utilizado en los Países Bajos por los protestantes como argumento a favor de su independencia para lo que contaban con el apoyo de los ingleses.

3. Ofensiva protestante contra el catolicismo. Tanto el luteranismo como el calvinismo y el anglicanismo fueron separaciones de la única Iglesia existente entonces en Europa occidental y central: la católica. Pero cualquier creencia colectiva, sobre todo si se identifica con los intereses nacionales, necesita justificarse como originaria, fundante, y no como separación. Como esa tarea no podía hacerse con los datos históricos, se tendió a falsearlo, echando todas las culpas al catolicismo y a los países que se identificaban con el. En los siglos XVI y XVII ese país era España. Y junto a él una entera dinastía, la de los Austria. Las matanzas por ambas partes en la Guerra de los Treinta Años fueron funestas. Pero se difundieron en Europa sólo las causadas por las tropas católicas. A partir del siglo XVIII, la campaña de descrédito de España, y del catolicismo, entra a formar parte de la habitual propaganda de las distintas formaciones masónicas, hasta hoy mismo.

Conclusión La Historia de la civilización Occidental es la historia de sus logros y de sus profundas equivocaciones, incluidos no pocos crímenes personales y colectivos. Si se hiciera la Historia sólo de esto último, España no quedaría en peor lugar que Francia, Alemania, Inglaterra, Estados Unidos, Rusia, por no hablar, en otras latitudes, de las matanzas a manos de hunos, mogoles, árabes, tártaros… La llamada leyenda negra aparece cada vez con mayor claridad como una tarea de relaciones públicas y de marketing político contra España, primero por parte de su directo competidor -Francia- y después por parte de los que, como Inglaterra, Países Bajos, parte de Italia, sacarían una sustanciosa tajada de la decadencia española. Finalmente queda como un tópico histórico, una de esas generalizaciones ociosas que se incorporan con facilidad a la cultura de lo incultural media.

Revista Historia de Iberia Vieja Nº 12

César Vidal, “Cuando los pueblos se equivocan”, La libertad digital, 14.V.2001

Lo dijo Churchill y es cierto. La democracia es el peor de los sistemas de gobierno si se exceptúan todos los demás. El sistema garantiza, por regla general, el turno pacífico y regular en el poder y, gracias a ello, la existencia de raciones no despreciables de libertad y derivadamente de paz social y de justicia. Lamentablemente, la democracia no puede garantizar la virtud, la bondad o la decencia. Incluso puede convertirse en el camino hacia el poder de fuerzas políticas que, una vez en él, consagrarán la existencia de sistemas antidemocráticos o la mera esclavitud de sectores enteros de la población. En el colmo de las perversiones esas fuerzas llegan al poder apoyados en los votos de millones de ciudadanos.

Mussolini se hizo con el dominio absoluto de Italia no gracias a un golpe de estado, a una revolución o a una guerra civil sino al respaldo de importantes sectores de la población que le veían como una garantía de orden y progreso. Mayor interés, sin embargo, merece el caso de Hitler. El Führer se aupó a la cancillería alemana sobre millones de votos que lo consideraron la garantía cierta de que los alemanes recuperarían su autoestima nacional. Por supuesto, Hitler tuvo opositores pero la aplastante mayoría de los alemanes consideraron que lo que hacía lo hacía bien y que si no había que apoyarlo al menos había que dejarle hacer. Ni siquiera esa opinión varió cuando el III Reich comenzó a cosechar derrota tras derrota y a ser objeto de terribles bombardeos. El mensaje nacionalsocialista había calado tan hondo entre los alemanes que ahora se consideraban víctimas de una conjura mundial promovida –¡cómo no!– por los judíos. Fue necesaria la derrota militar para que Alemania sometiera a profunda crítica sus últimos doce años de Historia, la historia de un pueblo que, conscientemente, entregó el poder a los nazis por encima de cualquier otra consideración como la de la supervivencia de los no-nacionalistas o de los judíos.

(…) En ocasiones, los pueblos cometen terribles equivocaciones pero lo más grave no es que se condenen con ellas al desastre. Lo peor es que ese desastre lo transmiten a gente cercana que la única culpa que arrastran es la de tenerlos cerca. Así los justos –al menos de esa falta– pagan por los empedernidos pecadores. Alemania en los años treinta fue un buen ejemplo de la veracidad de esta tesis.

¿Qué ha aportado el cristianismo en la historia de la humanidad?

La historia no es útil
tanto por lo que nos dice del pasado
como porque en ella se lee el futuro.

J. B. Say

Los primeros cristianos

Los primeros años del cristianismo no pudieron comenzar con más dificultades exteriores. Desde el primer momento sufrió una dura persecución por parte del judaísmo. Sin embargo, en poco menos de veinte años desde la muerte de Jesucristo, el cristianismo había arraigado y contaba con comunidades en ciudades tan importantes como Atenas, Corinto, Éfeso, Colosas, Tesalónica, Filipos, y en la misma capital del imperio, Roma.

Desde luego, no podía atribuirse ese avance a la simpatía del Imperio Romano. En realidad, el cristianismo era para ellos incluso más molesto en sus pretensiones, sus valores y su conducta que para los judíos. No solo eliminaba las barreras étnicas entonces tan marcadas, sino que, además, daba una acogida extraordinaria a la mujer, se preocupaba por los débiles, los marginados, los abandonados, es decir, por aquellos por los que el imperio no sentía la menor preocupación. Continuar leyendo “¿Qué ha aportado el cristianismo en la historia de la humanidad?”

César Vidal, “¿Fueron las Cruzadas fruto de un interés material”, La libertad digital, 1.IV.2002

Durante décadas distintos historiadores, especialmente de orientación marxista, han insistido en presentar las Cruzadas como un fruto de factores materiales exclusivamente.

Continuar leyendo “César Vidal, “¿Fueron las Cruzadas fruto de un interés material”, La libertad digital, 1.IV.2002″

Javier Paredes, “Piononadas” (sobre beatificación Pío IX), Alfa y Omega, 25.IX.00

¡Aburridísima, muy, pero que muy aburrida…! Porque lo mínimo que se puede esperar de una campaña es que sus autores le echen una pizca de imaginación. Lo que se ha montado con Pío IX, por más que hayan tratado de denigrarle, no merece tal nombre. Eso del “Papa bueno y el malo” o lo de su antisemitismo es demasiado simple para que me incite a entrar al debate, si al menos se hubieran atrevido a acusarle de haber lanzado la bomba atómica…

Pero no, han optado por agitar los viejos y polvorientos tópicos tan sabidos. Y con tan grande polvareda, se nos ha perdido don Beltrán. Lástima que se haya desaprovechado esta oportunidad para conocer a uno de los grandes protagonistas del mundo contemporáneo, como Pío IX (16-VI-1846- 7-II-1878) el sumo pontífice que tiene el récord de permanencia en la cátedra de San Pedro –que no, que tampoco gobernó la Iglesia durante 32 años, que fueron 31 años, 7 meses y 22 días-, el Papa que, entre sus muchas realizaciones, después de que la Iglesia pasase cuatro siglos sin celebrar un concilio ecuménico, convocó el Concilio Vaticano I…

Por cierto, no han contado que casi toda la documentación preparada para este concilio tuvo que ser desarrollada en pontificados posteriores, porque el Concilio Vaticano I fue interrumpido contra la voluntad de los padres conciliares. Tan inoportuna interrupción tuvo que ver con la cansina marcha de la política italiana, me explicaré. Años les costó a las potencias europeas que los generales del rey Víctor Manuel escribieran la epopeya de la unificación de Italia y eso que, como las maestras con sus párvulos para enseñarles a escribir, les fueron llevando de la mano. Por fin, en el verano de 1870, después de varias décadas, ya en plena celebración del Concilio Vaticano I, sólo faltaba conquistar Roma, una ciudad indefensa, sin ejército ni guarnición, que como gran novedad acogía a los obispos venidos de todos los rincones del mundo.

En estas circunstancias el gobierno italiano, decidió asestar el golpe definitivo. El día 20 de septiembre, el general Luigi Pelloux se acercó a las murallas de Roma con una columna, sin que nadie –porque nadie había- le saliera al encuentro. A unos cincuenta metros se detuvo, apuntó el cañón y consiguió hacer blanco sobre la Porta Pía, por cuya brecha hizo su entrada triunfal el general Raffaele Cadorna. La atinada puntería de Pelloux le proporcionó al artillero la Cruz de Guerra del reino de Italia. Frente a tanto ardor guerrero, Pío IX expidió un documento, en el que se podía leer: “se se aplaza –esa fue la palabra, que no suspensión- el Concilio Vaticano I sine die en espera de una época más oportuna y propicia”. Por entonces había muchos católicos en los gobiernos de los distintos países, pero la pasividad de las naciones ante la ocupación de Roma fue casi unánime: sólo se registró la protesta del presidente de Ecuador. No hay nada nuevo bajo el sol. Y fue así como en 1871 Víctor Manuel pudo fijar la capital del reino de Italia en Roma.

Después de todo lo que habían hecho los héroes de la unificación italiana con los Estados Pontificios, además de las leyes y las declaraciones nada amistosas para con la Iglesia, alguna respuesta había que dar. Así es que según usos y costumbres de entonces, por lo que representaba y amparaba el nuevo jefe del Estado italiano, Pío IX adornó su corona con una pública excomunión. Ahora bien, como Pío IX había adquirido las virtudes en grado heroico, como se ha demostrado en su proceso, pudo hacer gala de una caridad admirable a la par que de una paciencia no menos extraordinaria, por eso siguió manteniendo buenas relaciones con el rey de Italia. Gracias a Pirri –historiador, no confundir con el gran jugador que fue del Real Madrid- que publicó en cinco volúmenes su Pio IX e Vittorio Emanuele del loro cartegio privato se puede conocer qué es eso del amor cristiano incluso a los enemigos. El Papa y el rey no se volvieron a ver, pero se escribieron muy a menudo, y naturalmente en secreto, porque si se llegan a enterar los muy liberales gobernantes de Italia algo le hubieron hecho al monarca, por más que su persona fuese declarada inviolable. Y como los reyes, además de corona también tienen alma, a Pío IX le preocupaba era la salvación eterna de Víctor Manuel, que de los tronos siempre hay quien los ocupe.

El rey y el Papa, además, tenían algo en común, andaban los dos muy mal de salud. Al meterse el invierno de 1877 el Papa empeoró, y es que con los 86 años que tenía entonces no era para menos. Los heraldos del laicismo –una vez más, sin novedad bajo sol- pregonaron su inminente fallecimiento, pero con un tono como si les molestase que un papa viejo y enfermo no se muriese ya de una vez. Y lo anunciaron en sus periódicos con tal rigor y documentación que lo cierto es que el gobierno italiano comenzó a preparar los funerales del Papa; al fin y al cabo el Papa era un personaje popular y querido, cuyo funerales se presentaban como una magnífica ocasión para hacer política internacional con los representantes de las naciones que acudiesen a Roma. Pero había más, todavía, en el ánimo de los liberales italianos más radicales. Su agnosticismo era incompatible con la creencia de que “las puertas del infierno no prevalecerán contra Ella” y en el fondo eran hombres de una esperanza, de una única esperanza que es de la que vive todo aquel que piensa que todo se reduce a lo que hay de tejas para abajo. Al fin y al cabo eran los herederos culturales de la generación liberal anterior, que en 1799 anunció en sus periódicos la muerte de Pío VI con este titular: “Pío VI y último”. Y claro ahora no podían fallar, porque sin Estados Pontificios… el fin de la Iglesia tenía que estar al caer. Pero como las cosas son lo que son y no lo que nos gustaría que fuesen, todos los preparativos de los funerales no sirvieron para nada, porque Pío IX no se murió.

Todavía aguantó unos cuantos meses más. Justo para sobrevivir en 29 días al mismísimo rey de Italia, que le precedió a la tumba aunque eso no lo tuviera previsto su gobierno. Al saber que el rey se encontraba gravemente enfermo, Pío IX se ocupó personalmente de enviarle un sacerdote con el encargo de que le levantara la excomunión. Gracias a esta intervención de Pío IX, Víctor Manuel pudo recibir los últimos sacramentos, que tanta falta hacen en ese trance, y pudo ser enterrado como cristiano. Fue así como su gobierno le pudo honrar con unos solemnes funerales, porque una ley no escrita de todo político incoherente puede hacer compatible cualquier trayectoria anticatólica con la celebración de unas solemnes pompas fúnebres en el marco incomparable de la liturgia católica. Y es que lo que nunca se olvida, por muy incoherente que uno sea es el carácter maternal de la Iglesia y, como es sabido, a poco que uno se deje las madres –y la Iglesia lo es- lo perdonan todo.

¿Y que decir de la condena que hizo del comunismo años antes de que se publicara el Manifiesto Comunista de 1848? Ya comprendo que es mucho pedir un reconocimiento del carácter profético de esta condena, pero al menos y ahora que ya nadie quiere ser comunista, se podía haber hecho una mención de este tipo: “Pío IX nos aventajó en cien años, porque cuando se gestaba el comunismo ya las veía venir…” Por ejemplo. Es lo mínimo que podían hacer los intelectuales marxistas de Occidente integrados en el capitalismo vigente.

Pero claro, resulta comprensible que los que ayer fueron marxistas y hoy se han vuelto liberales tampoco pueden hacer buenas migas con el Papa que condenó el liberalismo, o mejor con lo que ellos piensan que condenó en la encíclica Quanta cura en 1864. Hace ya tiempo que René Remond escribió que el liberalismo también es una filosofía, un modo de comprender al hombre como ser autónomo que no admite ninguna ley de nadie, ni siquiera del Creador. Ese es el núcleo del magisterio de Pío IX, porque el hecho de que los alcaldes se elijan por sufragio censitario, universal o por sorteo bien poco que le importaba. Menos mal que Pío IX como además de muy santo tenía muy buen sentido del humor habrá perdonado desde el Cielo con una sonrisa tanta pereza mental.

César Vidal, “Nietzche y el paradigma totalitario de derechas”

Si Marx constituye un ejemplo paradigmático de las tesis que luego seguirían al pie de la letra Lenin, Stalin o Mao, no resulta menos cierto que Nietzsche avanzó una cosmovisión nihilista y anticristiano que luego cristalizaría, entre otros fenómenos, en el fascismo y el nazismo. De la misma manera que Marx, la figura de Nietzsche ha sido objeto no pocas veces de un tratamiento exculpatorio que arranca del influjo seductor de sus obras y de la identificación, siquiera parcial, con sus opiniones por encima de cualquier análisis frío y desapasionado de sus obras. Si durante el nazismo resultaba habitual —y del todo justificado— citarlo como un claro precedente de la ideología hitleriana, después del final de la Segunda Guerra Mundial se hizo corriente distanciarlo de ella e incluso releerlo desde una perspectiva que, grosso modo, podría calificarse de izquierdista.

Como en el caso de Marx, no constituye tarea de la presente obra realizar un repaso de todo el legado de Nietzsche, pero sí resulta indispensable asomarse cuando menos a aquella parte que tuvo un influjo claro en la configuración del pensamiento nazi y fascista. Esta surge durante el denominado tercer periodo creador de Nietzsche, el “periodo de Zaratustra” o de la “voluntad de poder”. En esos momentos en que se ha emancipado de Wagner surgen las aportaciones más claras del filósofo al respecto: La genealogía de la moral (1887) y El Anticristo (1889). La genealogía ha sido considerada como la obra “más sombría y cruel” de Nietzsche. Pero, sea como sea, su trágica influencia en el siglo XX es incuestionable. En ella, el filósofo parte de una base claramente expuesta, la de que es necesario cambiar los valores morales existentes en ese entonces, y así llega a la conclusión de que, históricamente, eran buenos no los seres humanos que ahora se considera como tales, sino los hombres de rango superior. También era distinto su concepto de moral, puesto que para ellos esta equivalía a aquellos comportamientos y valorizaciones que re saltaban el rango y no la utilidad:

… fueron los “buenos” en sí, es decir, los nobles, los fuertes, los de posición superior y sentimientos de altura los que se sintieron y se valoraron tanto en lo que a ellos se refería como en lo que se refería a sus actos como buenos, es decir, como algo de primer rango, que estaba situado en contraposición con todo lo ruin, lo bajo, lo vulgar y lo plebeyo. Partiendo de este “pathos de la distancia” se atribuyeron el derecho de crear valores, de dar nombre a los valores: ¡pues sí que les importaba mucho la utilidad! El punto de vista de la utilidad es el más raro y poco adecuado de todos justo a la hora de tratar ese ardiente río de juicios superiores de valor ordenadores del rango, acentuadores del rango (I, 2).

Para Nietzsche —y de esta manera recuperaba el núcleo del pensamiento bárbaro con el que tuvo que enfrentarse el cristianismo durante el siglo XI— el concepto de “bueno” es algo que se científica con los aristócratas, con los señores, con la clase superior. Por el contrario, lo malo corresponde a la plebe, al vulgo, a la clase inferior. En ese sentido, la moral primigeniamente buena es la de las elites aristocráticas y la mala la que se da entre la plebe. Si en su tiempo no se daba ya esa identificación, la responsabilidad inicial de ese acto se debía según el filósofo a las castas sacerdotales (l, 6-7) —”enemigos malvados… porque son los más impotentes” y a los judíos (l, 7).

El mensaje de Nietzsche queda, por lo tanto, establecido con enorme claridad. Al principio existía una moral buena. Se trataba de la moral aristocrática, la de los poderosos, los fuertes, los violentos. A ella se contraponía la mala, la de los débiles, la de la plebe. Si hoy día esa diferenciación no existe se debe a un pueblo en concreto: los judíos. Para llevar a cabo su labor de corrupción, los judíos se han valido de un vehículo, de un perverso sistema de infiltración. Este no es otro que el cristianismo:

Ese Jesús de Nazaret, evangelio vivo del amor, ese “redentor” que trae la bienaventuranza y la victoria a los pobres, a los enfermos, a los pecadores —¿acaso no era precisamente la seducción de la manera más inquietante e irresistible, la seducción y el extravío hacia aquellos valores judíos y hacia aquellas innovaciones judías del ideal? ¿No ha alcanzado Israel el último objetivo de su deseo sublime de venganza, precisamente en virtud del rodeo de ese “redentor”, de ese enemigo y liquidador aparente de Israel? ¿No forma parte de la escondida magia negra de una política auténticamente grande de la venganza, de una venganza de altos vuelos, clandestina, de progreso pausado, calculada, el que Israel mismo negara y clavara en la cruz ante todo el mundo, como si fuera su enemigo mortal, al verdadero instrumento de su venganza, a fin de que “todo el mundo”, o sea, todos los enemigos de Israel, mordieran el cebo sin sospecharlo? (l, 8).

El argumento de Nietzsche mezcla obviamente la verdad histórica —Jesús era judío y muchos de los valores judíos entraron en Occidente gracias al cristianismo— con un absurdo presupuesto conspirativo. Pero, sobre todo, sienta un principio esencial, el de que la moral verdadera choca con una perversidad llamada cristianismo. Mediante este, “los señores están liquidados; la moral del hombre vulgar ha vencido” (1, 9) y la moral que se ha impuesto es la del “resentimiento” (l, 10). Es este un fenómeno que, supuestamente, implica un “retroceso de la humanidad” (l, 1 l), una “inteligencia de rango ínfimo” (1, 13) y que presenta el juicio final y la vida eterna como “compensaciones” (l, 14-15).

Llegado a este punto de su exposición, el filósofo ha conseguido articular una visión de la historia universal maniqueísta. En términos de moral, puede decirse que la historia gira en torno a dos concepciones diametralmente opuestas. Por un lado, se encuentra la que, a juicio de Nietzsche encarna lo bueno y noble, los valores positivos. Es la moral procedente de un pueblo de señores, de la fuerza, de la violencia, de la dominación; en resumen, de Roma. Frente a esa visión se alzaría, por el contrario, otra que debe ser calificada de baja y ruin, de plebeya y negativa. Es la visión del resentimiento, de la bajeza, de la corrupción de la moral. La misma se encarna en los judíos y ha tenido como frutos repugnantes el cristianismo y, de manera especial, el protestantismo.

En el tratado segundo de esta obra, titulado “Culpa”, “mala conciencia” y similares, el filósofo va a partir de esa dicotomía para dejar claro que el hombre “bueno” (en el sentido que al término da Nietzsche) se ve liberado de frenos morales, de la culpa, de la mala conciencia (2, 1—5). En segundo lugar, él mismo resulta un ser que es cruel de manera natural. La suya es, por otra parte, una crueldad que constituye un fundamento de la historia forjada por los seres superiores y que se manifiesta, entre otras cosas, en contar con seres inferiores sobre los que descargarla:

…su imperiosa necesidad de crueldad aparece como algo muy ingenuo, muy inocente precisamente la “maldad desinteresada” es una propiedad normal del hombre yo he señalado, con prudente dedo, las siempre crecientes espiritualización y “deificación” de la crueldad que surcan toda la historia de la cultura superior (y la constituyen tomadas en un sentido importante). Además, no hace tanto tiempo en que no se sabía idear bodas de príncipes o fiestas populares de envergadura en que no tuviesen lugar ejecuciones, torturas, o, por ejemplo, un auto de fe, ni tampoco una casa nobiliaria en la que no hubiera seres sobre los que descargar sin escrúpulos la propia maldad y las burlas crueles (2, 6).

De hecho, Nietzsche no se detiene ahí en su consideración positiva de la crueldad. Esta, aparte de sus aspectos utilitarios, produce placer:

Ver sufrir produce placer; el hacer sufrir, aún más placer —se trata de una tesis dura, pero es un axioma antiguo, poderoso, humano— demasiado humano, que, por otra parte, quizá ya llegaron a suscribir los monos… Sin crueldad no hay fiesta: así lo enseña la más antigua, la más larga historia del hombre… (2, 6).

Sin embargo, Nietzsche parece desear endulzar siquiera parte su elogio de la crueldad. Para ello se vale de un argumento disparatado pero, a la vez, preñado de consecuencias, un argumento que —quizá no tan extrañamente— recuerda a ciertos ideólogos de la Ilustración a los que hemos citado páginas atrás. Este consiste en afirmar que no todos los seres humanos son igualmente sensibles al dolor. Así, por ejemplo, los negros —a los que caracteriza como “representantes del hombre prehistórico”— padecen menos cuando se les ocasionan sufrimientos:

Tal vez entonces [en el pasado] el dolor no hiciera tanto daño como ahora; por lo menos podrá llegar a esa conclusión un médico que haya tratado a negros (tomando a estos como representantes del hombre prehistórico) —algunos casos de graves inflamaciones internas abocan hasta las puertas de la desesperación al mejor constituido de los europeos; pero a los negros no los abocan (2, 7).

Nietzsche era consciente de que semejante visión chocaba con el cristianismo, que no solo afirma que el ser humano tiene “una deuda con la divinidad” (2, 20), sino que además sostiene que Dios la ha saldado “redimiendo al hombre de aquello que este no puede redimir por sí mismo” (2, 21). De ahí que exprese su repugnancia hacia el Nuevo Testamento (3, 22) y frente a la cercanía del creyente en relación con Dios que ya aparece en el judaísmo (3, 22). Por el contrario, un colectivo moralmente modélico sería la conocida secta islámica de los Asesinos:

Cuando los cruzados cristianos se toparon en Oriente con la invencible Orden de los asesinos, con aquella orden de espíritus libres par excellence, cuyos grados inferiores vivían en una obediencia que no ha sido alcanzada por ninguna orden monástico, recibieron también, por algún conducto, una indicación sobre aquel símbolo y aquella consigna, reservada en exclusiva a los grados superiores, como su secretum: “Nada es verdadero, todo está permitido … ” (3, 24).

En resumen, pues, la Genealogía de la moral constituye solo un análisis de las bases contemporáneas de la moral, sino también un intento de explicar cómo la misma ha podido devaluarse, degenerarse tanto como para dejar de estar pergeñada por los señores y pasar a responder a los anhelos de la plebe. Tal búsqueda tiene una respuesta obvia a juicio del filósofo. Se ha producido un proceso de corrupción, de subversión, que cuenta con un claro culpable: el pueblo judío, y, de manera sobresaliente, la figura de Jesús. Frente a esa situación Nietzsche propone regresar a unos fundamentos morales propios de lo auténticamente bueno, aristocrático, señorial. Estos afirman que no hay culpa frente a la libertad de acción humana, que la crueldad y el descargar la misma sobre los inferiores es bueno y natural y que la consigna de “todo es permisible, nada es verdad … ” es un correcto fundamento.

El Anticristo (1889), la segunda obra a la que vamos a referirnos, constituye uno de los panfletos más anticristianos de la historia universal y quizá también es uno de los más conocidos. En el mismo se califica al cristianismo de “más dañoso que cualquier vicio” (2); se le atribuye haber “desencadenado una guerra a muerte contra ese tipo superior de hombre” (5); se le acusa de ostentar “uno de los conceptos de Dios más corruptos a que se ha llegado en la tierra” (18); se le moteja de “mezcla de sublimidad, enfermedad e infantilismo” (31); se afirma que ser cristiano es “indecente” (38, 50), que para ser filólogo o médico hay que ser “anticristiano” (47) y que, en realidad, para ser cristiano “hay que estar lo bastante enfermo” (5 l); se le convierte en objeto de desprecio al igual que a los socialistas y anarquistas (57) (un hecho pasado por alto por los empeñados en hallar en Nietzsche a un precursor de la izquierda) y, por último, tras retratarlo como “vampiro del imperium romanum” (58) y como “la única gran maldición” (62), el filósofo añade una ley contra el cristianismo. Como señalaría Nietzsche, esta y no otra es “la conclusión más coherente, la conclusión necesaria, de todo su camino mental.” Frente a la amenaza cristiana, Nietzsche propone el alzamiento de las razas nórdicas:

No hace justicia ciertamente a las dotes religiosas, por no decir al gusto, de las fuertes razas de la Europa nórdica el que no hayan rechazado al Dios cristiano hasta la fecha. Tendrían que acabar con semejante engendro de la décadence, enfermizo y decrépito. Sin embargo, como no han acabado con él, pesa sobre ellas una maldición (19).

Dado que “el cristiano es solo un judío de confesión “más libre”” (44), la proscripción del cristianismo es indispensable. De hecho, cuanto más cercano es el cristianismo a sus raíces más repugnante le resulta. Por eso, le parecen sobremanera detestables los primeros cristianos:

¿Qué se sigue de esto? Que uno hace bien en ponerse los guantes cuando lee el Nuevo Testamento. La proximidad de tanta mugre casi obliga a hacerlo. De la misma manera que no elegiríamos como amigos a unos judíos polacos, tampoco elegiríamos a unos “primeros cristianos”. Ni siquiera es necesario presentar una objeción contra ellos… Ni los unos ni los otros huelen bien (46).

Esta proscripción de judíos y cristianos, esa abolición del monoteísmo (19) significa para el filósofo el regreso de la moral buena, de la moral aristocrática, de la moral de los señores. Como es lógico, una transformación de semejantes características debía tener claras repercusiones sociopolíticas. Nietzsche lo sabía e indicó de inmediato la forma ideal que adquirirían las mismas. Su cristalización sería un orden similar a la sociedad de castas de la India, un sistema —inamovible e intraspasable— implantado por los conquistadores arios sobre las razas inferiores en el segundo milenio a. C.

Establecer un código al estilo de Manú implica otorgar en lo sucesivo a un pueblo el derecho a llegar a ser maestro, a llegar a ser perfecto —a ambicionar el arte supremo de la vida. Para ello hay que hacerlo inconsciente: esa es la meta de toda mentira santa—. El orden de castas, que es la ley suprema, dominante, constituye solo el reconocimiento de un orden natural, de una legalidad natural de primer orden, contra la que nada puede ningún antojo, ninguna “idea moderna”…. Es la naturaleza, no Manú, la que establece separaciones entre los predominantemente espirituales, los predominantemente fuertes en lo que a músculos y genio se refiere, y los terceros, los que no sobresalen en ninguna de las dos cosas, los mediocres. Estos últimos son la inmensa mayoría, y los primeros, lo selecto. La casta superior —yo la denomino los menos— tiene también, por ser la perfecta, los privilegios de los menos: entre los mismos se cuenta el de representar en la tierra la felicidad, la belleza, la bondad. La belleza, lo bello solo les está permitido a los hombres más espirituales: solo en ellos la bondad no es debilidad… El orden de castas, la jerarquía, se limita a formular la ley suprema de la vida misma, la separación de los tres tipos es necesaria para la conservación de la sociedad, para la posibilitación de tipos superiores y supremos —la desigualdad de derechos es la condición primera para que llegue a haber derechos… ¿A quién es a quien yo más odio, entre la morralla de hoy? A la morralla de los socialistas, a los apóstoles de los chandalas, que con su diminuto ser arruinan el instinto, el placer, el sentimiento de satisfacción del obrero… La injusticia no está nunca en los derechos desiguales, sino en exigir derechos “iguales”… El anarquista y el cristiano son de una misma procedencia… (57).

El cuadro social descrito por Nietzsche en las líneas precedentes no puede resultar más explícito. Según relata, la Naturaleza exige el dominio de los menos (los más fuertes, los más espirituales) sobre la mayoría de los mediocres. El modelo ideal es por ello el del sistema indio de castas que permite la dominación de un número reducido sobre la gran masa, masa a la que es imperativo mentir (con “mentira santa”, según la terminología de Nietzsche) y además mantener aislada de cualquier idea que signifique su promoción o su petición de derechos.

El sueño de Nietzsche, expresado en sus justos términos, consistió en reinstaurar la visión de un periodo histórico, en parte real, en parte imaginario, en que lo bueno era similar a lo fuerte, a lo violento, a lo aristocrático, y en que lo malo resultaba equivalente de lo débil, lo bajo, lo plebeyo. Se trataba de implantar socialmente el dominio de una elite que dominara sin el freno de la culpa, negando la existencia de la verdad y ejerciendo la crueldad sobre los inferiores. Semejante salto en la moral chocaba con un claro enemigo, el cristianismo, que debía ser aniquilado por las razas germánicas. Tales medidas permitirían implantar una sociedad elitista, basada en la desigualdad y la jerarquía, al estilo del sistema ario de castas existente desde hace milenios en la India. En ella, los más, los mediocres, serían engañados y mantenidos en una ignorancia feliz de la que no debía sacarlos el cristianismo. Para lograr esa finalidad sería una medida de enorme valor la promulgación de una ley contra el cristianismo que lo erradicara por fin de la faz de la tierra, aniquilando sus lugares sagrados y convirtiendo en parias (chandalas en el lenguaje de Nietzsche) a sus sacerdotes, a los que “se proscribir , se hará morir de hambre, se arrojar a todo tipo de desierto” (Artículo quinto).

Las enseñanzas del filósofo alemán tuvieron repercusiones políticas, en especial desde inicios del presente siglo. El fascismo de Mussolini —que retaba a Dios a fulminarle con un rayo en el plazo de cinco minutos— y, sobre todo, el nazismo de Hitler se sustentaron en buena medida sobre una nueva moral de la minoría fuerte, violenta y audaz, que se imponía sobre una masa engañada. En ese sentido, las afirmaciones ideológicas de Nietzsche y las cámaras de gas de Auchswitz, Treblinka y Sobibor se hallan unidas por una línea recta y directa.

Tanto el fascismo como el nazismo contemplaron de manera negativa el cristianismo —aunque en ocasiones firmaran acuerdos con la Santa Sede por razones de política interior— y, en especial en el caso de Hitler, articularon medidas para debilitar e incluso eliminar totalmente su influencia social.

No deja de ser significativo que, en sus Conversaciones de sobremesa, Hitler se adentrara de manera continuada en el terreno de las especulaciones filosóficas y que estas tengan un marcado resabio de Nietzsche y del ocultismo neopagano. Precisamente por ello, tampoco resulta sorprendente que el nazismo intentara en su programa neopagano eliminar al cristianismo de manera absoluta. Hoy día sabemos que el exterminio de los cristianos formaba una parte tan esencial del programa nazi como el de los judíos. Solo se retrasó a la espera de una victoria en la guerra mundial que no hiciera temer una reacción internacional contraria. Sin embargo, el propio Führer no se engañó sobre la fuerza de su enemigo. Hasta el final de sus días consideró como su “prisionero particular” a un pastor protestante, Martin Niehmoller, que ya en 1939 había tenido el arrojo de predicar a sus feligreses que siguieran al “rabino judío, Jesús de Nazaret”. Tampoco olvidó las acciones antinazis —que paralizaron, por ejemplo, el programa de eutanasia de enfermos mentales antes de la guerra— del obispo Galen o de la Bekennende Kirche, de Karl Barth o de Rudolf Bultmann. Kolbe, Edith Stein o Dietrich Bonhoeffer son sólo algunos de los hombres de los millares de cristianos que murieron en los campos de concentración nazis por oponerse a un régimen que consideraban como la encarnación de un neopaganismo brutal y bárbaro. No se equivocaron, desde luego, en su juicio.

Al concluir el siglo XX, al acercarse a su tercer milenio de existencia, el cristianismo había sobrevivido a dos terribles amenazas que, como tantas veces antaño, no sólo le habían puesto en peligro a él, sino a todo el género humano. A pesar de sus diferencias, las dos —marxismo y fascismo-nazismo— coincidían en algunos aspectos esenciales. Ambas negaban la existencia de principios morales superiores que limitaran el poder y la persecución de sus objetivos; ambas ansiaban desesperadamente llevar a cabo la ejecución de sus objetivos; ambas creían en la legitimidad de exterminar social, económica y físicamente a los que consideraban sus enemigos, fueran burgueses o judíos; ambas eran conscientes de que el cristianismo se les oponía ideológicamente como un valladar frente a sus aspiraciones; ambas intentaron —y fracasaron en el intento— aniquilarlo como a un adversario privilegiado que era.

Puede que algunos consideren que las dos grandes bestias —el comunismo y el fascismo-nazismo— habían sido conjuradas a finales del siglo XX, un juicio optimista si se tiene en cuenta que el régimen comunista chino, por ejemplo, ejerce su dominio sobre más de mil trescientos millones de personas. Lo cierto es que, como sucedió en los siglos pasados, las amenazas que se yerguen sobre el futuro de la Humanidad no son seguramente menores que las sorteadas en el pasado. En ese sentido, el cristianismo está llamado a representar un papel fundamental.

Tomado de “El legado del cristianismo en la cultura occidental”, Espasa, 2000, pp. 225-236.

César Vidal, “Influencia del cristianismo en la cultura humana”

La historia del cristianismo no pudo comenzar bajo peores auspicios. Entroncada de manera directa con la del judaísmo —de la que pretendía ser realización y cumplimiento—, desde el primer momento dejó de manifiesto una clara oposición con este. Jesús no solo predicaba una clara desviación del exclusivismo religioso de Israel llamando a los gentiles para que recibieran el mensaje del Reino del Dios (y anunciando además que muchos lo acogerían con mayor gusto que los judíos a los que estaba destinado), sino que además se manifestaba provocadoramente abierto en su actitud hacia las mujeres y, sobre todo, a los pecadores. En realidad, esta última actitud y sus propias pretensiones lo colocaron desde el principio en un camino que acabó desembocando en su ejecución.

Lejos de creer en la existencia de un grupo que podía ser mejor que otros y cuya afiliación garantizaba el paso a un mundo mejor, Jesús ofreció a sus contemporáneos una relación personal con Dios, una relación, por otra parte, de la que todos estaban necesitados, de la misma manera que un enfermo que requiere la ayuda urgente e imprescindible de un médico. El género humano —pecadores y supuestos justos, hombres y mujeres, judíos y gentiles— era semejante a una oveja perdida que no sabe cómo encontrar el camino para regresar al redil, a una moneda perdida que por sí misma no podrá volver al bolsillo de su dueña, como un hijo pródigo que disipó toda su fortuna y que precisa del perdón generoso de su padre para redimiese. Jesús insistía en que esa salvación era posible porque Dios en Él había salido al encuentro de la Humanidad y bastaba con que esta ahora no rechazara el ofrecimiento. Para aquellos que estuvieran dispuestos a vivir en la nueva relación de Pacto con Dios —un pacto basado en la muerte futura e ineludible de Jesús— se abriría la posibilidad de una nueva vida vivida de acuerdo con unas nuevas condiciones. No solo es que en ella sería posible encontrar la salvación, no solo es que en ella se podría descubrir un sentido que enlazaba con la eternidad, no solo es que en ella se viviría en una nueva comunidad sin barreras raciales, sociales o de género sexual, no solo es que en ella no se repetirían los patrones diabólicos del poder, es que además se encarnaría el ideal de amar al prójimo sin límites ni condiciones, un ideal digno del Dios que se encarnaba para morir en la cruz.

La predicación de Jesús era provocadora y sus afirmaciones de ser el Mesías, el Hijo del hombre e incluso el Hijo de Dios acabaron provocando una reacción combinada que lo llevó a la muerte. Durante la Pascua del año 30 d. C. sus adversarios debieron de respirar tranquilos convencidos de que aquel controvertido personaje dejaría de ser un peligro y una molestia… pero se equivocaron.

A los tres días, los mismos discípulos que lo habían abandonado durante su prendimiento, proceso y ejecución comenzaron a predicar la peregrina doctrina de que Jesús había resucitado y se les había aparecido. Por supuesto, ni las autoridades judías ni las romanas creyeron en aquella afirmación (¿no se habían ellas ocupado de arrancar de Jesús hasta el último hálito de vida?), pero no dejó de resultar preocupante cómo antiguos incrédulos (Santiago) o incluso enemigos (Pablo) se sumaban con fervor a la nueva fe que se negó encarnizadamente a morir.

En el curso de su primera década, el cristianismo —que ya recibía ese nombre de sus adversarios y tal vez en son de burla— había comenzado a dar pasos que evidenciaban la influencia de las enseñanzas de su maestro y fundador. Admitió gentiles en su seno, proporcionó a las mujeres un papel que jamás hubieran soñado en el judaísmo, organizó un sistema de asistencia social en Jerusalén (con prolongaciones en otras ciudades donde se había asentado), se mostró crítico hacia el poder político y extremó los valores contenidos en el judaísmo siguiendo el ejemplo de Jesús.

Antes de cumplir el primer cuarto de siglo de existencia, la nueva fe se había arraigado en Europa e incluso contaba con comunidades en ciudades tan importantes como Atenas, Corinto, Éfeso, Colosas, Tesalónica, Filipos y la misma capital, Roma.

Desde luego su avance no podía atribuirse a la simpatía del imperio. En realidad, el cristianismo era —si cabía— más molesto en sus pretensiones, en sus valores y en su conducta para la gentilidad que para el judaísmo. No solo eliminaba todas las barreras étnicas en un universo donde ser ciudadano romano era una ambición de muchos, sino que, además, desconfiaba del sistema imperial, daba una cabida extraordinaria a la mujer en su seno, sostenía un sentido finalista de la Historia y se preocupaba por los débiles, los marginados, los abandonados, es decir, por aquellos por los que no sentía la más mínima preocupación el imperio.

A pesar de las idealizaciones que a posteriori se puedan hacer del mismo, lo cierto es que el imperio romano era una firme encarnación del poder de los hombres sobre las mujeres, de los libres sobre los esclavos, de los romanos sobre los otros pueblos, de los fuertes sobre los débiles. No debe extrañarnos que Nietzsche lo considerara un paradigma de su filosofía del “superhombre” porque efectivamente así era.

Frente a ese imperio el cristianismo predicó a un Dios encarnado que había muerto en la cruz para la salvación del género humano, permitiendo a este alcanzar una vida nueva. En esta resultaba imposible mantener la discriminación que oprimía a las mujeres condenándolas a la muerte o al matrimonio impúber, el culto a la violencia que se manifestaba en los combates de gladiadores, la práctica de conductas inhumanas como el aborto o el infanticidio, la justificación de la infidelidad masculina y la deslealtad conyugal, la participación en la guerra, el abandono de los desamparados o la ausencia de esperanza.

A lo largo de tres siglos, el imperio desencadenó sobre los cristianos distintas persecuciones que cada vez fueron más violentas y que no solo no lograron su objetivo de exterminar a la nueva fe, sino que mostraron la incapacidad de alcanzarlo. Al final, el cristianismo se impuso no solo porque entregaba —el mismo Juliano el Apóstata lo reconoció— un amor que en absoluto podía nacer del seno del paganismo, sino también porque proporcionaba un sentido de la vida y una dignidad incluso a aquellos a los que nadie estaba dispuesto a otorgar un mínimo de respeto. Constantino no le otorgó el triunfo. Más bien se limitó a reconocerlo —y, quizá, a intentar instrumentarlo— y a levantar acta de que el paganismo ya no se recuperaría del proceso de decadencia en que había entrado siglos atrás.

Nunca existió un imperio cristiano (a pesar de que el cristianismo fue declarado religión oficial durante un espacio breve de tiempo), pero sí es verdad que algunos de sus principios quedaron recogidos, en mayor o menor medida, en la legislación bajoimperial. Sin embargo, el gran aporte que el cristianismo proporcionaría a Roma no sería ese.

A partir del siglo III la penetración de los bárbaros en el limes romano se hizo incontenible. Durante algunas décadas se pensó en la posibilidad de asimilarlos convirtiéndolos en aliados. Los resultados de esta política fueron efímeros. En el 476 el imperio romano de Occidente dejó formalmente de existir, aunque, en realidad, estaba enfermo de muerte desde mucho tiempo atrás. Pese a todo, aun con el efecto letal de aquellas invasiones, la cultura clásica no desapareció. El cristianismo —especialmente a través de los monasterios— la preservó. Pero no se limitaron a ello. También salvaguardaron valores cristianos en medio de un mundo que se había colapsado por completo y cuyo futuro era siempre incierto e inseguro. Así, al cultivo del arte se sumó el respeto y la práctica del trabajo del tipo que fuera, a la defensa de los débiles se unió la práctica de la caridad, al esfuerzo misionero se vinculó la asimilación y culturización de pueblos pujantes pero que, a medio plazo, también se rindieron como antaño el imperio al cristianismo.

En el siglo VIII, Occidente se vio acosado por una terrible y nueva amenaza, la del Islam, que aniquiló a su paso todas las sociedades que intentaron defender su libertad frente a él. Durante el siglo siguiente, el cristianismo proporcionó el entramado de una breve reconstrucción del imperio, ahora sobre principios como la preservación de la cultura clásica, la popularización de la educación, la promulgación de leyes sociales o la articulación del principio de legitimidad política. Sin embargo, se trató de una creación que vino a desplomarse ante el empuje de unas nuevas invasiones más letales que las sufridas durante los siglos III-V. Se produjo entonces una nueva Edad Oscura de consecuencias aún peores y Occidente quedó embotellado entre los asaltos islámicos en el sur —detenidos por los resistentes españoles que desangraron las aceifas islámicas llegadas al sur de Francia— y las incursiones bárbaras procedentes del norte (vikingos) y del este (magiares). En el curso de unas décadas, todos los logros de siglos anteriores desaparecieron convertidos en humo y cenizas. Una vez más, empero, el cristianismo se mostró mucho más vigoroso que sus enemigos. Cuando estos eran más fuertes, cuando no necesitaban pactar, cuando podían imponer su voluntad valiéndose solo de la espada, acabaron aceptando la enorme fuerza espiritual del cristianismo y lo asimilaron en sus territorios. Al llegar el año 1000, el cristianismo se extendía hasta el Volga.

Las sociedades nacidas de aquella aceptación del cristianismo en su seno no llegaron a incorporar todos los principios de la nueva fe en su existencia. De hecho, en buena medida eran reinos nuevos sustentados sobre el culto a la violencia necesaria para la conquista o para la simple defensa frente a las invasiones. Sin embargo, el cristianismo ejerció sobre ellos una influencia fecunda. La reforma del siglo XI volvió a sentar las bases de un principio de la legitimidad del poder alejado de la arbitrariedad guerrera de los bárbaros, buscó de nuevo la defensa y la asistencia de los débiles, y continuó un esfuerzo artístico y educativo que ya contaba con más de medio milenio de existencia. Además, dulcificó la violencia bárbara implantando las primeras normas del derecho de guerra —la Paz de Dios y la Tregua de Dios—, supo recibir la cultura de otros pueblos, creó un sistema de pensamiento como la Escolástica y, sobre todo, abrió las primeras universidades. Es cierto que el aumento del poder temporal de los papas acabó siendo nefasto para la institución, que durante el siglo XIV esta se desacreditó sobremanera con episodios como el Papado de Aviñón o el Gran Cisma de Occidente y que la Escolástica acabó convirtiéndose en un sistema muerto que frenaba más que alentaba el saber. Sin embargo, el cristianismo logró despegar de esas lamentables circunstancias y de esa manera abrió las puertas a la Modernidad.

En el curso de los siglos siguientes, el cristianismo alcanzó grandes logros artísticos, culturales y caritativos, así como el desarrollo económico, científico, educativo, cultural e incluso político. Causas como la defensa de los indígenas, la lucha contra la esclavitud, las primeras leyes sociales contemporáneas o la denuncia del totalitarismo no hubieran sido nunca iniciadas sin el impulso cristiano. No debe por ello sorprender que el siglo XX haya sido el que ha contemplado un número mayor de encarcelamientos, maltratos y ejecuciones de cristianos por encima de cualquier otro periodo de la Historia. Tanto los campos de exterminio de Hitler como el gulag soviético intentaron, aunque en vano, acabar con una fe a la que veían con razón como un oponente radical de sus respectivas cosmovisiones.

Sin duda, los aportes del cristianismo a la cultura occidental han sido grandiosos a lo largo de sus casi dos mil años de existencia. Sin embargo, solo podemos captar algo de su extraordinaria importancia cuando tratamos de imaginar lo que hubiera sido un mundo sin cristianismo u observamos los resultados obtenidos por otras culturas.

Un mundo que se hubiera limitado a continuar la herencia clásica no solo habría resultado en una sociedad despiadada, en la que los fuertes y los violentos se sabían protagonistas, sino que además habría perecido ante el empuje de los bárbaros en los siglos III-V sin dejar nada en pos de sí. Durante varios siglos, los reinos bárbaros hubieran combatido de manera infructuosa entre ellos para no poder sobrevivir al empuje conjunto de las segundas invasiones y del avance árabe, suponiendo que este se hubiera dado sin un Islam cuya existencia presupone por obligación la del cristianismo.

Durante los siglos de lo que ahora conocemos como Medievo, Europa hubiera sido albergue de oleada tras oleada de invasores, sin excluir a los mongoles contenidos por Rusia, de las que no hubiera surgido nada perdurable como no surgió en otros contextos. Ni la cultura clásica, ni la Escolástica, ni las universidades, ni el pensamiento científico habrían aparecido como no aparecieron en otras culturas. Además, sin los valores bíblicos se hubieran perpetuado —como así sucede en algunas naciones hasta el día de hoy— fenómenos como la esclavitud, la arbitrariedad del poder político, el anquilosamiento de la educación en manos de una escasa casta tradicional o la ausencia de desarrollo científico.

Basta echar un vistazo a las culturas informadas por el Islam, el budismo, el hinduismo o el animismo —donde siguen considerándose legítimas conductas degradantes para el ser humano— para percatarse de lo que podría haber sido un mundo sin la influencia civilizadora del cristianismo. Y aun así nuestro juicio no se corresponde con toda la dureza de lo que serían esas situaciones. A fin de cuentas, hoy día, hasta la sociedad más apartada puede beneficiarse de aspectos emanados de la influencia cristiana en la cultura occidental, desde el progreso científico a la persecución de un sistema de asistencia social, por citar solo dos ejemplos.

Incluso en el siglo XX, el olvido de principios de origen cristiano —un origen que suele olvidarse casi siempre— hubiera sumido a la Humanidad en una era de barbarie sin precedentes, bien a causa del triunfo del marxismo o del fascismo-nazismo. Pretender, pues, construir el futuro sin recurrir a sus principios solo puede interpretarse como una muestra fatal de terrible arrogancia, de profunda ignorancia o de crasa maldad. Hacerlo implicaría, además, correr el riesgo nada ficticio de ver la resurrección de formas de neopaganismo no inferiores en la gravedad de sus manifestaciones a las que ya conocemos históricamente.

Asimismo, el cristianismo no ha logrado a lo largo de casi dos mil años imponer sus puntos de vista de una manera total. En unas ocasiones esto se ha debido a su propio distanciamiento de la pureza original de su enseñanza —y debemos enfatizar el hecho de que cuanto más se ha acercado al mensaje bíblico mayores han sido sus resultados—. En otras, a que a vivencia de una ética tan elevada no puede esperarse del conjunto de una sociedad ni tampoco imponerse como se ha creído por error más de una vez. Con todo, su influencia humanizadora, civilizadora, no cuenta con paralelos de ningún tipo a lo largo de la Historia universal. Sin él, el devenir humano hubiera sido un fluir continuo de violencia y barbarie, de guerra y destrucción, de calamidades y sufrimiento. Con él, el gran drama de la condición humana se ha visto acompañado de progreso y justicia, de compasión y cultura.

Todas estas circunstancias, al fin y a la postre, hallan su explicación en las peculiares características del cristianismo como religión que le diferencian de manera ostensible de las otras. El filósofo español Manuel García Morente lo expresó de manera elocuente al describir su visión, repentina e inesperada, de Jesús: “Ese es Dios, que entiende a los hombres, que vive con los hombres, que sufre con ellos, que los consuela, que les da aliento y les trae la salvación. Si Dios no hubiera venido al mundo, si Dios no se hubiera hecho hombre en el mundo, el hombre no tendría salvación, porque entre Dios y el hombre habría siempre una distancia infinita que jamás podría el hombre franquear… Dios hecho hombre, Cristo sufriendo como yo, más que yo, muchísimo más que yo, a ese sí que lo entiendo y ese sí que me entiende” (El Hecho extraordinario). Juan lo había expresado de forma más sencilla veinte siglos antes al escribir que Dios había amado tanto al mundo que había enviado a Su Hijo para que el que en Él creyera no se perdiera, sino que tuviera vida eterna (Juan 3, 16). Lo que, por último, ha hecho diferente al cristianismo a lo largo de veinte siglos, lo que le ha convertido en base sólida y fecunda de desarrollo y progreso, de libertad y amparo de los desfavorecidos, de cultura y ciencia es la propia persona de Jesús. Precisamente por eso, el cristianismo no ha proporcionado solo sentido para la vida presente, sino que es también una garantía de esperanza futura.

Tomado de “El legado del cristianismo en la cultura occidental”, Espasa, 2000, pp. 237-246.

Josep Ignasi Saranyana, “Por qué la Iglesia pide perdón”, Palabra, IX.1997

Desde hace unos años se habla mucho de que la Iglesia debe pedir perdón por sus “errores históricos,. Es decir, por aquellos comportamientos de los fieles que han supuesto un cierto antitestimonio, han comprometido la fe o manchado la buena imagen de la Iglesia. Juan Pablo II no ha tenido reparos en reconocer siempre la verdad allá donde estuviera y “pedir perdón” si era el caso. Y es que, al margen de las circunstancias particulares de cada episodio, el reconocimiento de los errores pasados tiene una enjundia teológica notable.

Este especial está dedicado a la revisión de algunas de las actuaciones quizá más desafortunadas de los órganos centrales de la Iglesia (por ejemplo, dicasterios romanos o asimilables); o de la jerarquía eclesiástica (obispos, abades y superiores eclesiásticos); o de los cristianos actuando más o menos corporativamente (en sistemas sociales hierócratas o regalistas). Es decir, aquellos comportamientos que han supuesto, al menos desde nuestro punto de vista, un cierto antitestimonio por parte de los fieles (ordenados in sacris o no; consagrados o no; individual o corporativamente), con daño para la fe o el buen nombre de la Iglesia. Es obvio que la denominación “error histérico” tiene, con frecuencia, carácter eufemístico, pero no por ello dejaremos de usarla.

Los casos que suelen citarse son conocidos de todos: sentencias de la inquisición romana o de la Inquisición española o, incluso, la misma existencia de tales tribunales extraordinarios; politices de dudosa moralidad, que se han mezclado con experiencias evangelizadoras, a veces haciéndolas posibles; prácticas socioeconómicas de instituciones eclesiásticas, que han supuesto explotación de los más débiles; violación de los derechos humanos toleradas o “bendecidas” por los eclesiásticos de determinadas épocas; condenas de hipótesis filosóficas 0 teológicas, que después, a la larga, se han mostrado verdaderas o, por lo menos, fecundas; censuras de intelectuales, que la posteridad ha rehabilitado; y tantos ejemplos más, suficientemente conocidos, cuya enumeración detallada resultaría prolija.

La polémica no es nueva. Conocemos abundantes casos del periodo medieval, como las recriminaciones de Pedro Abelardo a los crédulos monjes de San Dionisio, las acusaciones de los legisperitos de Felipe el Hermoso contra Bonifacio VIII, las diatribas de los fraticelos contra el Papa Juan XXII, o las amargas quejas de los husitas contra el Concilio de Constanza, por citar algunos momentos emblemáticos.

Pero la polémica se acentuó en la segunda mitad del siglo XVI, cuando las discusiones entre católicos y luteranos invadieron también el campo historiográfico. Las recriminaciones a la Iglesia adquirieron particular acritud en los años de la Ilustración, sobre todo por parte de los ilustrados franceses, y se consolidaron con las polémicas entre revolucionarios y restauracionistas de la primera mitad del siglo XIX. Ahora las acusaciones se enmarcan especialmente en dos ámbitos: el de las relaciones entre la fe y la razón científica, y el de la atención a los derechos humanos.

JUAN PABLO II “PIDIÓ PERDÓN” Juan Pablo II ha observado, con respecto a los “errores históricos,, una conducta que no ha pasado inadvertida: no le ha importado “pedir perdón por algunos de estos antitestimonios. Recordemos sus discursos con ocasión del quinto centenario de la evangelización americana, disculpándose por el mal trato que algunos cristianos, a veces en nombre de la fe, infligieron a los amerindios y a los afroamericanos; o su condena del perverso tráfico esclavista que practicaron las potencias atlánticas, cristianas e incluso católicas, en el Bajomedievo y en los siglos modernos; o rectificando varios extremos del denominado “caso Galileo”.

Además, se sabe que ha pedido la opinión de los expertos con relación a otros antitestimonios, como la intolerancia inquisitorial o las censuras declaradas contra Lutero.

Tal praxis pontificia no es nueva y ya habla sido iniciada por Pablo VI, al levantar el anatema que los legados pontificios habían fulminado contra Miguel Cerulario en 1054, o al suprimir de la liturgia pascual las recriminaciones contra los “pérfidos judíos”.

Algunos católicos se han preguntado por qué actúa así el Santo Padre y qué significado tienen tales intervenciones pontificias. Se arguye que el Papa no está autorizado para pedir perdón en nombre de la Iglesia por errores pasados, puesto que nadie, se dice, es responsable de las equivocaciones de sus antecesores. Otros van más allá, señalando que los “errores”, ahora reconocidos aparecen como tales sólo cuando se juzgan desde una perspectiva descontextualizada, o sea, anacrónica. En otros términos: que cada época ha tenido su propio afán y su manera de ver las cosas, y que resulta injustificado acusar a un pueblo apelando a valores que en otras épocas no se conocían o que entonces no eran prioritarios.

Tales puntos de vista se confirmarían, además, con la epístola de San Pablo a Filemón, que no habría condenado “expresamente”, la esclavitud, o con los pasajes supuestamente misóginos de las epístolas a los corintios o, en su caso extremo, con la actitud del mismo Jesucristo, que no habría venido a abolir la Ley o los profetas, sino a darles su pleno cumplimiento.

APUNTES TEOLÓGICOS El tema, como puede comprenderse, tiene, más allá de los debates concretos y la valoración histérica de las circunstancias particulares, una enjundia teológica notable, que merece la pena apuntar, aunque sólo brevemente.

En primer lugar, la petición de perdón por los antitestimonios expresa la idea -fundamental para la eclesiología católica- que los bautizados constituimos un sólo linaje, o sea, una sola familia o un sólo pueblo, como recuerda San Pedro: “linaje escogido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido”. En caso contrario, no podría considerarse el pecado original originado como un verdadero pecado, es decir, un pecado estrictamente propio, verdaderamente tenido, aunque no cometido. En linea de máxima, la argumentación paulina de que Cristo cargó con nuestros pecados, se apoya en el hecho de que Cristo es de nuestro linaje. Si no hubiese sido “uno de nosotros”, nosotros permaneceríamos todavía en nuestro pecado. Así pues, la unidad de linaje confiere a la Pasión “bajo Poncio Pilato”, todo su valor soteriológico.

En segundo lugar, la solidaridad de unos con otros, por encima del tiempo, constituye un tema bíblico, que se repite hasta la saciedad en la Sagrada Escritura. Abrahán fue en sus descendientes; David edificó el templo en su hijo Salomón; el mismo David purgó su pecado en el hijo adulterino que murió, y por su personal soberbia, su pueblo sufrió la peste. Ajab, arrepentido a última hora, recibió la condena en su sucesor. Maria será bendita en todas las generaciones. Jesús mismo, camino del Gólgota, anunció un castigo que se abatirla sobre una generación judía posterior. San Pablo se angustió, sintiéndose solidario con el destino de su pueblo…

UNIDAD DEL GÉNERO HUMANO Muchos son los católicos que han intuido la extraña unidad del género humano y sus consecuencias. La humanidad, en efecto, constituye como un cuerpo viviente que supera las barreras de espacio y tiempo. Las consecuencias teológicas de este aserto son innumerables y de suma importancia. Por ejemplo: entre los teólogos proféticos de la evangelización fundante americana (Bartolomé de Las Casas entre ellos) se lee con frecuencia que la “destrucción” demográfica de las Indias es un castigo a la metrópoli por el mal comportamiento de los conquistadores.

Los anteriores ejemplos, que podrían multiplicarse, muestran una profunda e inequívoca comunión humana. Ésta traduce temporalmente, es decir, en categorías histéricas, la misteriosa unidad del Cuerpo místico, y es signo de las bodas del Cordero celestial. La Iglesia in terris es sacramento de la Iglesia in Patria, donde nadie se sentirá extranjero, es decir, los santos vivirán unidos y todo lo tendrán en común, llevando a la plenitud la experiencia de Pentecostés.

La patrística intuyó incluso la estrecha solidaridad entre el mundo humano y el mundo angélico. Las “sillas vacias” de la fiesta celestial, vacantes por la infidelidad de los demonios, serán cubiertas por los hombres que se salven. Cuando se alcance el número de los elegidos, entonces cesará la historia. En definitiva, el juicio universal, tan bellamente descrito por Cristo y trasmitido por el evangelio de San Mateo, constituye una prueba definitiva de que no somos mutuamente extraños en nuestra suerte, sino que, por el contrario, somos solidarios y corresponsables, en Cristo, de todos nuestros actos. Nuestras actuaciones, incluso las inmanentes, tienen repercusión social.

EN EL JUBILEO En plena preparación del jubileo del año 2000, ¿por qué sorprenderse de que el Santo Padre pida perdón por los “errores histéricos” de la Iglesia? En la medida en que esto sea posible, mientras corre todavía la historia, conviene tomarse muy en serio el jubileo. La legislación mosaica lo entendía como una “ley de punto y final, o de “borrón y cuenta nueva”. ¿Por qué no pedir perdón a Dios y a los hermanos perjudicados por nuestros antitestimonios? En otros términos, ¿por qué no reconocer que algunos de nuestra familia se portaron mal? Por ello es justo que “la Iglesia asuma una conciencia más viva del pecado de sus hijos recordando todas /as circunstancias en /as que, a lo largo de la historia, se han alejado del Espirita de Cristo y de su Evangelio, ofreciendo al mundo, en vez del testimonio de una vida inspirada en los valores de la fe, el espectáculo de modos de pensar y de actuar que eran verdaderas formas de antitestimonio y de escándalo” (Tertio Millennio adveniente, 23).

Se ha dicho, con razón, que, ya desde ahora, tales antitestimonios determinan un lugar teológico “propio declarativo”, según la terminología técnica, porque manifiestan la unidad de la Iglesia en Cristo, más allá no sólo de toda raza y pueblo, sino del espacio y del tiempo. Los antitestimonios constituyen, pues, un “locus”, como también lo son, y quizá con mayor motivo, la vida de los santos y las glorias cristianas de todos los pueblos.

En la Conferencia de Santo Domingo de 1992, junto a las alabanzas por la labor evangelizadora, al Papa no le importó “pedir perdón ” por algunos excesos cometidos por cristianos en aquella época.

Jesús Simón Pardo, “La división de la Iglesia por el cisma de Oriente”, Palabra, IX.97

Quién fue el culpable de la grave fractura que sufrió la Iglesia en el 1054? ¿Por qué todavía ese recelo entre católicos y ortodoxos? El Romano Pontífice ha reconocido que la elección de León IX, al enviar a Constantinopla como legado suyo al monje Humberto, no fue afortunada. El pillaje de los cruzados, el comportamiento poco escrupuloso de los comerciantes venecianos y genoveses y los intentos violentos de latinización contribuyeron después a ahondar el abismo. Pero sería faltar a la verdad cargar todas las culpas sobre la Iglesia romana, porque el inicio de la ruptura siempre partió de Oriente.

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