CAPÍTULO V: DIMENSIÓN ESPIRITUAL

• La práctica de la fe y los sacramentos
• No es un código de obligaciones y prohibiciones
• Hablar con claridad, pero sin herir
• No cerrar la boca a nadie, ni hablar solo para afines o convencidos
• Transmitir la fe asumiendo que somos minoritarios
• En tierra de nadie, en tierra de todos
• Buscar un espacio común
• ¿Una escuela multi-carisma?
• Siempre se ha hecho así…
• Una narrativa positiva, conciliadora, razonadora, no recriminante
• Una comunidad humana unida en torno a una misión de servicio
• La fuerza del testimonio personal
• ¿Hay futuro?

LA PRÁCTICA DE LA FE Y LOS SACRAMENTOS

A veces los profesores o las escuelas de inspiración cristiana evitan hablar abiertamente sobre cuestiones espirituales, quizá por temor a ser tachados de demasiado confesionales, o de no adaptarse de modo suficiente al mundo multicultural en que vivimos.

Pienso que ese escenario multicultural (que por otra parte ha sido habitual desde hace siglos en muchos lugares), no debe retraer de la propia manifestación de la identidad cristiana. Manifestar la propia identidad no es herir la de los demás. Si nos retraemos, las ideologías circundantes se impondrán cada vez más, y lo espiritual se verá cada vez con mayor escepticismo o incluso como una rareza que hay que arrinconar poco a poco. Por ejemplo, si realmente creemos que la oración tiene un sentido y una eficacia, ¿por qué a veces somos tan remisos a manifestar que debemos rezar por algo que a todos nos inquieta? Si sabemos manifestarlo de manera convincente (y por supuesto sin dejar de poner los medios necesarios para resolver esos asuntos), transmitiremos la idea de que debemos rezar a Dios, que queremos hacer su voluntad y que nuestra identidad cristiana es algo más que un bonito mensaje de autoayuda.

Hay que decir que la oración cristiana incluyó desde el principio una pedagogía del deseo (por eso decimos «Hágase tu voluntad») y se desmarcó desde muy antiguo de las falsas promesas de la magia o la superstición. Rezar no es activar resortes de un automatismo que da cumplimiento a nuestros deseos. Al contrario, en la tradición cristiana la súplica de la oración implica un aprendizaje curativo del deseo que, para empezar, se acepta como tal al tomar la forma de ruego, muy diferente de lo que puede ser por ejemplo un conjuro. Históricamente esa disociación entre la nueva piedad y las antiguas formas de invocación de poderes llevó al repudio de la idolatría y el abandono de los ritos adivinatorios y la brujería .

En todo caso, la identidad cristiana de la escuela se transmite transversalmente al impartir cada clase, en la actitud y el testimonio de cada persona, en los ideales que nos inspiran, pero también debe manifestarse en un plan pastoral que incluya charlas, pláticas, confesiones, adoraciones eucarísticas u otras actividades o celebraciones. Quizá hubo tiempos o lugares en que se daba demasiada importancia a esas actividades pastorales, y otros tiempos o lugares en que se les ha dado demasiado poca importancia. En todo caso, no se trata de oponer la identidad profunda con la actividad pastoral, sino de complementar ambas cosas.

Esa identidad espiritual de la escuela contribuye decisivamente a construir una comunidad educativa fuerte, sana, alegre, donde todos se sienten unidos a lo trascendente y unidos entre sí, que impulsa un mayor afecto entre las personas. Un ambiente que resulte una referencia significativa hacia el exterior, y que haga que la gente desee estar allí porque la escuela irradia ese espíritu por los cuatro costados.

Por la fe creemos que existe Dios, con el que tratamos de modo personal. Y que Jesucristo sigue presente en la vida de la humanidad, en la vida de cada uno. Pero su mensaje no es solo ni principalmente un discurso ético o de valores humanos, aunque contenga una sabiduría que es atractiva para todos, también para los no creyentes. Hay siempre un mensaje que Dios quiere hacernos llegar a cada uno, personalmente, a través de la meditación de la Escritura, de la oración, de la celebración litúrgica, de los sacramentos. Es una palabra dirigida a cada uno y que nos habla de Dios, de querer a los demás, del sentido de la vida, de la justicia, de la felicidad verdadera, del sufrimiento, del compromiso con los otros, del trabajo bien hecho, de la amistad…, de todas las grandes cuestiones de la existencia humana.

La familia y la escuela se enfrentan cada día al reto de transmitir todo eso de un modo inteligible, adaptado a la realidad de cada uno en cada momento. Vivimos en una sociedad que, aunque esté alejada de la fe, cada vez presenta más liturgias civiles, tanto en el mundo académico como en el deporte, la cultura, el ejército o la política, porque es natural que, aunque no haya fe, se busquen formas no religiosas de celebrar. La liturgia no es una simple performance bien ejecutada por personas que gestionan bien los gestos, la música o la palabra. Es una experiencia que nos acerca al misterio de Dios y a su mensaje para nosotros.

Debemos buscar que los espacios y las actividades transmitan belleza, que inviten a rezar, que propicien el encuentro personal. Un espacio y un tiempo que faciliten el silencio, la reflexión, la oración. Un relato, una lectura, una plática o una reflexión que despierten el alma hacia la trascendencia. Una música que eleve el corazón, que nos impulse a preguntarnos por Dios. Todas esas cosas, y otras muchas, contribuyen a suscitar admiración, reconocimiento, sentido de trascendencia. La fe no es solo, ni principalmente, una cuestión intelectual. Es también una vivencia, un deslumbramiento, una fascinación, una experiencia personal que contiene muchas emociones y sentimientos. Un misterio en el que la belleza tiene su papel. La familia y la escuela deben ayudar a descubrirlo en todo su atractivo, su misterio y su plenitud.

Cuando se habla de sacramentos y de liturgia, suele haber diversas sensibilidades. Unos piensan sobre todo en la necesidad de que se celebren siguiendo con rigor todos los ritos y disposiciones previstas. Otros insisten en que hay que lograr que la liturgia sea más entretenida y flexible. Otros se plantean cómo hacer con los más pequeños. Hay algunos que no se atreven a innovar nada, y hay otros que no dejan nada en su sitio. Unos insisten mucho en la participación, y a otros no les gusta nada en absoluto. Creo que está muy bien que haya pluralidad, que haya muchas sensibilidades, muchos carismas. Lo importante no es tanto que sea lo uno o lo otro, sino que todos busquen con sensatez el modo de propiciar ese encuentro con lo espiritual, con la liturgia, con los sacramentos, con Dios que se hace presente en cada momento de nuestra vida.

NO ES UN CÓDIGO DE OBLIGACIONES Y PROHIBICIONES

El mundo quizá sabe demasiado sobre aquello a lo que la Iglesia dice que no, pero demasiado poco sobre aquello a lo que la Iglesia dice que sí. El mensaje cristiano es como una perla de gran valor. Aporta una visión del mundo, una alegría de vivir y unos referentes morales extraordinariamente positivos. Es cierto que ha habido bastantes personas que han transmitido durante mucho tiempo una visión diferente, pero la Iglesia reafirma e impulsa todo lo más noble y bello que hay en el ser humano. Esa es la ortodoxia afirmativa que tenemos que transmitir. Decimos que sí a todo lo que es grande en las personas, a todos sus sueños y sus anhelos más profundos.

Por eso, una escuela de inspiración cristiana debe incidir en cualquier aspecto de nuestra cultura o de nuestra sociedad que contribuya a restaurar la belleza de la vida humana en la educación, en la convivencia ciudadana, en el cuidado del planeta, en la cultura de la paz… Y cada vez que haya un retroceso o un error, debe estar también ahí para reconocerlo y procurar corregir el rumbo.

Ese mensaje positivo choca a veces con un estereotipo, procedente en buena parte de la Ilustración, por el que la Iglesia tiende siempre a prohibir y regañar. O está siempre a la defensiva ante la ciencia o ante cualquier tipo de progreso. O desea controlar las mentes de las personas. Pero no hay más que ver la historia del desarrollo científico, o de los derechos humanos, para darse cuenta de que donde más ha avanzado la ciencia o los derechos humanos es donde hay un trasfondo cultural cristiano. Habrá habido errores, como los hay en todas las culturas, actuales o anteriores, pero el efecto general es claro.

Es cierto que ha habido épocas en que la Iglesia, o buena parte de ella, no ha sabido dar esa imagen positiva y de libertad. Creo que no hay problema en admitirlo. Y no hay que ponerse a la defensiva cuando nos lo dicen. También la Iglesia, como cualquier otra institución, ha tenido que aprender de sus errores pastorales, de enfoque o de comunicación. Al mirar atrás vemos, por ejemplo, etapas de nuestra historia en las que se buscó una alianza entre el trono y el altar. Y ha habido suficiente experiencia como para saber que eso no fue una buena idea. Es un error pensar que la fe, para desarrollarse en una sociedad, necesita aliarse con el poder civil. La Iglesia aprendió hace ya tiempo que es fundamental aceptar la libertad religiosa, que los ideales ilustrados de libertad, igualdad y fraternidad son valores que la Iglesia no solo comparte, sino que, en cierto modo, y aunque con errores, ha sido pionera en defender.

Por ejemplo, hace ciento cincuenta años la Iglesia lamentó profundamente haber perdido los Estados Pontificios. Pero un siglo después, Pablo VI dijo que era lo mejor que podía haber pasado. A lo mejor ahora nos estamos lamentando de cosas que no son tan malas. Y en todo caso, en nuestro tiempo la Iglesia no puede depender de su poder o de un gran aparato institucional para atraer a la gente. El atractivo tiene que estar en que haya comunidades humanas fuertes, sanas y alegres, en las que todos nos queramos y, si es posible, que se note. Sitios donde la gente quiera estar, donde se sientan fuertemente unidos a los valores cristianos y a lo trascendente, y unidos entre ellos.

Sabemos bien que hay muchas personas que no han tenido una experiencia positiva en su trato con quienes consideran representantes de la Iglesia, y que por eso ven la identidad católica como un lastre o una camisa de fuerza de la que hay que desprenderse. Pueden tener más o menos motivos para pensar así, pero esa ha sido su experiencia, al menos subjetivamente, y hay que contar con esa barrera a la hora de presentar la fe.

La Iglesia es como una madre que no se cansa de decir a sus hijos que tengan cuidado, que coman, que se abriguen, que hace frío y viento… Ya llevamos siglos de historia y sabemos que las madres lo han dicho siempre, y lo seguirán diciendo, y creo que está bien que sea así. La Iglesia también lo hace, y hace bien en recordarlo, aunque a veces parezca un poco pesada o insistente, pero siempre lo propone con ese sentido positivo de afecto a la humanidad.

A la hora de educar, tanto en la familia como en la escuela, es importante tener presente esa idea. Hay que ofrecer enfoques positivos, de confianza, de afecto, de amabilidad. Si lo que la gente ve es irritación, negación o prohibición, nadie querrá eso, ni para ellos ni para sus hijos. Nadie quiere estar con unos cascarrabias, con personas que siempre lo critican todo, o que todo les parece mal, o que se sienten perpetuamente agraviadas.

HABLAR CON CLARIDAD, PERO SIN HERIR

¿Es compatible ser positivo con decir las cosas claras? Pienso que sí. La educación cristiana rechaza ciertos comportamientos, pero defiende siempre los derechos y la dignidad de todos los hombres y mujeres. La Iglesia no impone a los pecadores un estatus de apestados, ni los señala con el dedo, ni los condena, ni los proscribe, ni quiere tenerlos lejos.

La mayoría de la gente, cuando salen estos temas, enseguida piensa en la ética sexual. Es cierto que la Iglesia propone una vida de fidelidad y de uso del sexo dentro del matrimonio, y está claro que es una propuesta exigente, pero también es una propuesta coherente. No es fácil vivir conforme a esa propuesta, es verdad, pero lo mismo sucede con muchos otros temas. También propone la Iglesia tratar con paciencia a los demás, ser honrado, decir la verdad, ser generoso con quien lo necesita, no excederse con el alcohol, etc., y todo eso, para muchos, tampoco son cosas fáciles. A nadie se le debe estigmatizar por no ser capaz de respetar siempre todo eso, pero tampoco se puede exigir a la Iglesia que diga lo contrario de lo que son sus convencimientos más profundos.

Si una profesora dice en clase que abusar del alcohol es un pecado, quizá algún alumno que la esté escuchando piense que su padre cae en esa debilidad. Igual que si la profesora habla de ser fiel en el matrimonio, o de no robar, o de no mentir. Hay una gran variedad de situaciones en las que la gente puede estar muy lejos de lo que la Iglesia presenta como ideal de vida. Y es verdad que eso puede ser un mal rato para esos alumnos. Pero la solución no es dejar de transmitir principios morales, ni descafeinarlos hasta el punto de que no transmitan nada.

Hay que conseguir hablar de esos errores siempre con un trasfondo de gran respeto y de ayuda para quienes caen en ellos, pero hay que hablar. Lo necesitamos todos. Mi experiencia es que los alumnos que conviven a diario con esos defectos a su alrededor saben mejor que nadie los problemas que suponen, y quizá ellos son quienes más desean ayuda y claridad de ideas para manejar esas situaciones. Hay que encontrar un equilibrio entre la necesidad de ser claros en nuestra enseñanza y, al tiempo, cumplir con la necesidad pastoral de ser afectuosos en el modo de tratar con todos. Y dejando claro que todos son bienvenidos. Si en nuestras escuelas solo pudiera haber hijos de gente perfecta, estarían completamente vacías. Todos tenemos defectos, y todos debemos saber qué es lo que debe mejorar en nuestra vida o en nuestra escuela o en nuestra familia.

Hay que dejar claros los mensajes, pero sin dejar herido al que no los sigue, o no los ha seguido, o incluso al que no los quiere seguir. Es importante que esas personas, al escucharnos, no se sientan molestas, sino estimuladas a mejorar. La fe, la moral, o los sacramentos, no pueden convertirse en una barrera, deben ser una vía de sanación. No pueden presentarse como una actitud o un instrumento disciplinario, sino como una ayuda para la gente ante las debilidades de la vida. Por eso es importante conocer bien cómo son las sensibilidades de quienes nos escuchan. Y puede ser prudente que determinados asuntos se vayan explicando poco a poco, y que tengamos la inteligencia de centrarnos en lo esencial, sin golpear a la gente con la ley moral en la cabeza.

El discernimiento, siempre tan necesario al hablar de cuestiones morales, no lo necesitamos solo para distinguir lo bueno de lo malo, o lo mejor de lo peor, sino también, y sobre todo, para inspirar cosas grandes a las que todos puedan sentirse llamados. Si identificamos el mensaje con aspectos secundarios, que tienen su importancia, pero no dejan destacar el núcleo del mensaje, podemos estar desfigurando la realidad.

También por eso hay que procurar hablar sin dejarse encasillar categorías de luchas de bandos, porque esa polarización oscurece el mensaje y lo contamina de contiendas políticas o ideológicas. Hay muchas ideas o asuntos en los que podría lograrse un consenso amplio, aunque con matices, si evitamos ese «furor clasificatorio» que practica una especie de «taxidermia» de las ideas para clasificarlas, una vez disecadas, entre buenas y malas, progresistas o reaccionarias, abiertas o cerradas . La escuela cristiana no debe ser ni progresista ni conservadora: debe ser fiel a la fe que a todos nos inspira, y hacer hincapié en las certezas que garanticen una pertenencia compartida, dejando mucho margen de libertad en lo demás.

NO CERRAR LA BOCA A NADIE, NI HABLAR SOLO PARA AFINES O CONVENCIDOS

Es importante conocer bien los estereotipos desde los que nos ven o nos escuchan los alumnos, las familias, todos. Por ejemplo, en algunos casos pueden vernos quizá como demasiado seguros. O un poco rigoristas o exagerados. O, por el contrario, demasiado contemporizadores. O quizá demasiado centrados en determinados temas (que pueden ser muy variados).

También hay que pararse a pensar en los estereotipos con que nosotros vemos a unos y otros. Hemos de hacer un esfuerzo de autorreflexión sobre la propia forma de educar. Y tener el atrevimiento de ampliar nuestra visión, para buscar nuevas áreas comunes con quienes nos escuchan, para incorporar buenas ideas de otros, para lograr renunciar a visiones demasiado parciales. No debemos dejarnos encuadrar demasiado en estereotipos, ni encuadrar en ellos a los demás.

Por otro lado, no siempre hace falta decirlo todo, ni insistir en todo, ni responder como más nos gustaría. Hay que responder con inteligencia, con moderación, sin arrogancia. No debemos ceder a la tentación de cerrar la boca a la gente, porque, si lo hacemos, probablemente cerremos también su corazón.

También hay que tener cuidado en no exagerar, no forzar los argumentos o los ejemplos, ni presentar torpemente las objeciones para así rebatirlas fácilmente. Y, por supuesto, lo que nunca debemos hacer es mentir, ni poco ni mucho. También es recomendable habituarse a decir de vez en cuando «no lo sé», o «tendría que pensarlo». Es cierto que hoy las dinámicas de la comunicación exigen inmediatez, pero esa urgencia es compatible con tomarse un tiempo para pensar las cosas, o con procurar no repetir las palabras de siempre, sino mostrar un poco más de consideración por las preguntas o las dudas o las quejas que nos plantean.

También es interesante pensar en las personas a las que queremos llegar con nuestra enseñanza o nuestra comunicación. Es demasiado habitual que hablemos «para los nuestros», lo cual está muy bien, pero si se quiere llegar a los que están un poco más alejados, o a quienes piensan de modo diferente, entonces el lenguaje y la argumentación quizá deben ser también diferentes. Es preciso comunicar pensando en diversos niveles de conexión, procurando no incomodar, procurando pensar en cómo lo entenderán quienes están más distantes de nuestras propuestas. Y pensando también en que los que consideramos más afines viven rodeados de personas que no son tan afines y piensan de modo diferente, y por eso los afines también necesitan escuchar razones que puedan servirles cuando interactúan con esos otros. Por eso un buen educador debe ser un buen comunicador, y debe aprender a traducir las ideas a un lenguaje accesible a los más alejados de esas ideas y encontrar formulaciones que todos puedan acoger con más facilidad.

TRANSMITIR LA FE ASUMIENDO QUE SOMOS MINORITARIOS

El asentimiento de la fe es libre, pero eso no supone que consideremos la fe como una simple opinión, o una opción más entre muchas otras. Para quienes somos creyentes, transmitir o inspirar esos valores resulta esencial en nuestro empeño educativo.

El principal ámbito de educación en la fe es la familia, que es la comunidad humana mejor dotada para hacerlo. El papel de la escuela también es decisivo, y observamos en muchos ambientes una notable hostilidad contra la presencia de la fe en las aulas. Sabemos que los valores que queremos transmitir no siempre se promueven en el ambiente donde se mueven nuestros hijos o alumnos. Se trata de un problema que siempre ha estado presente en la educación de inspiración cristiana, y sobre el que muchos autores a lo largo de siglos han manifestado su inquietud. Un desafío que quizá hoy requiere una respuesta más firme y meditada.

En sus dos mil años de existencia, la Iglesia ha conseguido evangelizar casi todas las culturas a cuyo encuentro salía con vigor misionero: los armenios, los griegos, los romanos, los germanos y pueblos del norte y este de Europa, los aztecas, los mayas, los incas, numerosos pueblos africanos, etc. Sus modos de vida se fueron haciendo cristianos gracias a la predicación y al testimonio de los cristianos, pese a ser casi siempre una pequeña minoría. Todas esas culturas fueron poco a poco abandonando los ídolos y abrazando la fe cristiana. Dejaron progresivamente costumbres como los sacrificios humanos, las castas sociales, el infanticidio, la eutanasia, la poligamia, la crueldad social, la tiranía política, etc., y fueron adquiriendo una conciencia cada vez mayor (aunque siempre mejorable) de la dignidad de todo ser humano, que pasó a ser considerado y tratado como persona, un ser creado a imagen y semejanza de Dios.
En cambio, la cultura dominante hoy en Occidente, y en particular en Europa, propone con insistencia numerosos usos paganos. Parece resistirse a conceder una referencia positiva a Dios, e incluso pretende imponer a la Iglesia toda una serie de dogmas seculares. Esa aparente desproporción ante la difícil misión evangelizadora en nuestros días no es una gran novedad: ha sucedido muchas veces a lo largo de la historia y siempre ha servido para purificar y renovar el mensaje cristiano.

Hay que asumir esa situación y no debemos desalentarnos por el descenso de la práctica religiosa. Es verdad que trabajamos contra el poder sugestivo de la incredulidad, pero precisamente en ese escenario tenemos que valorar el esfuerzo que los hijos y los alumnos hacen por manifestar la fe y obrar a la luz de ella, resistiendo contra el empuje de la indiferencia religiosa.

No basta con educar en ese mínimo de valores que son comunes a todos (que por otra parte quizá puede llegar a ser muy pequeño). La escuela y la familia deben aspirar a una identidad más propia. Por eso es tan positivo que las escuelas de inspiración cristiana formen una comunidad humana que tenga una personalidad clara y que, al tiempo, sea muy abierta. Un grupo de personas que acoge y ayuda, en el que todos se sienten parte de un proyecto común. Todos deseamos ser acogidos, necesitamos encontrar nuestro sitio, nuestro espacio, nuestra pertenencia. Todos tenemos miedo al rechazo y al aislamiento. Somos personas que buscan a otras personas. Tenemos necesidad de formar parte de algo. Formar comunidad puede ser algo muy variado, con muy diferentes niveles de implicación y de formalidad. Y en la Iglesia caben comunidades muy diferentes entre sí, y en cada comunidad puede haber también personas muy diferentes.

En ese mismo ámbito, podría añadirse que la religiosidad popular tiene también un papel importante en la familia y la escuela. La Semana Santa, los santuarios marianos, las tradiciones, romerías, procesiones y otras mil formas de expresión de la fe, forman parte desde tiempo inmemorial del modo de ser cristiano. Esa fe se mezcla con muy diversas formas de vida, con viejas costumbres, con las estaciones y el calendario de la agricultura, con la idiosincrasia popular y con su expresión festiva. Cuando la fe se encarna en la cultura de cada lugar, surge una religiosidad que tiene una riqueza propia y unas expresiones muy queridas por el pueblo que las acoge y el contexto en que se viven. Los ejercicios de piedad en torno a esas fiestas litúrgicas o las celebraciones marianas y de los santos acercan a la gente al conocimiento y el trato con Dios, impulsan el sacrificio y la generosidad, sostienen cofradías o hermandades, o muchas otras comunidades humanas que contribuyen de manera importante a la formación cristiana de los fieles y sirven para encauzar la vida de caridad hacia los más necesitados. Son un precioso tesoro de la Iglesia en el que aparece el alma de cada pueblo y por el que este se evangeliza continuamente a sí mismo. Reflejan una sed de Dios que proyecta una luz y una esperanza que atraen tanto a la gente sencilla como a la más ilustrada.

La Iglesia ha demostrado a lo largo de su historia su capacidad de integrar personas muy diferentes en todo el mundo. Caben todo tipo de sensibilidades y estilos, muchas espiritualidades, muchos carismas, muchas formas de creer y de vivir. No es un grupo monolítico. Desde luego, las organizaciones civiles suelen ser bastante menos plurales y bastante menos tolerantes con la crítica. En la Iglesia se admite, sin duda, mucha más contestación interna que en la mayoría de las empresas, partidos políticos, sindicatos o asociaciones culturales.

Y lo bueno es que esa diversidad de personas no es un obstáculo sino un estímulo para formar comunidad. Una comunidad que tiene rasgos comunes pero que percibe la diferencia como un valor añadido, como una oportunidad de aprender y enriquecerse mutuamente. Una pluralidad que nos hace crecer como personas. Que nos ayuda a integrar visiones y sensibilidades diferentes, que nos hace descubrir nuevos motivos, nuevas situaciones y nuevos argumentos, que no nos recluye en un ambiente cerrado donde todos tienen que pensar lo mismo.

Las personas buscan en la escuela una instrucción, una educación, unos valores… pero también buscan un acompañamiento, un apoyo, una pertenencia, un sentimiento de afecto. Si lo pensamos despacio, buscamos muchas cosas… pero al final siempre nos encontramos con eso, que buscamos aprecio, acogimiento, acompañamiento, comunidad. Y la fe nos propone un camino compartido, una comunidad de búsqueda. Una comunidad en la que está presente el amor a Dios, y junto a eso, y como consecuencia de eso, el amor y el cariño entre las personas, todas, aunque seamos muy diferentes. Y todo eso propicia la amistad, la misericordia, la compasión, el respeto, la comprensión. Un modo de ver a los demás en consonancia con nuestra fe. Una mirada no de hostilidad, ni de rechazo, ni de superioridad, sino de cercanía y de estima. Una mirada que, según el mensaje del Evangelio, debe alcanzar incluso a nuestros enemigos, aunque sepamos bien que no es nada fácil lograrlo.

No debe retraernos el hecho de ser minoritarios. El Evangelio habla de esa levadura, de un pequeño elemento que hace fermentar toda la masa. Una imagen quizá hoy muy actual. El mensaje del Evangelio es un pequeño fermento, pero que se vuelve decisivo para dar consistencia y crecimiento a todo el conjunto. Es una siembra discreta y callada que trae mucho fruto. No es una mirada de reconquista, sino de deseo de disolverse con humildad en medio de los afanes nobles de todos, para que puedan crecer y contribuir al bien común. Así empezó la Iglesia y así debe renacer siempre en cada lugar y momento.

Es un escenario lleno de oportunidades y de retos. Con la oportunidad de vivir la fe como una opción valiente, no por simple inercia. Con el reto de vivir contracorriente y de repensar los modos de hacer y de explicarse, para que así nos entendamos y nos entiendan mejor. Con esfuerzo por dejar atrás ideas o prácticas que responden a cuestiones que ya pasaron. Dispuestos a abandonar expresiones que ahora significan otra cosa. Resueltos a encaminarnos hacia nuevos desafíos. Con la humildad de reconocer los errores propios y de aprender de los aciertos de otros. Con la ilusión de descubrir cómo ser verdaderos portadores del mensaje genuino del Evangelio.

Ser minoritarios implica interesarse por trabajar conjuntamente con otros, aunque no se coincida plenamente con ellos. Por eso la escuela católica ve con satisfacción cualquier forma de inspiración cristiana que se presenta de una manera o de otra en proyectos educativos de personas que promueven o gestionan escuelas sin una vinculación formal con la Iglesia. O en instituciones públicas, o en personas o entidades que apenas conocen o simpatizan con la Iglesia, pero cuyos ideales tienen un amplio espacio común compartido con los valores cristianos. Precisamente la propuesta del Evangelio lleva a que los cristianos busquemos que muchas personas vivan y trabajen bajo el estímulo de esos valores y esos ideales de servicio, y siempre será una satisfacción ver brillar esa luz en numerosos proyectos fuera del perímetro de la actividad institucional católica.

EN TIERRA DE NADIE, EN TIERRA DE TODOS

José María Rodríguez Olaizola propuso la imagen de un triángulo con tres vértices, que reflejan quizá las situaciones personales más extremas. En uno de esos vértices están los militantes de la fe, que enarbolan la bandera de la tradición y la defensa a ultranza de una identidad clara, muy insistentes en las cuestiones de moral personal, con una actitud defensiva ante la sociedad y cerrando filas con la autoridad y la doctrina eclesial. En otro vértice están los más activistas, herederos de movimientos sociales y de la teología de la liberación, convencidos de que es la acción transformadora en la sociedad lo que supone verdadera transparencia evangélica, que conciben la Iglesia casi como una ONG y son bastante críticos con la concepción vertical de la doctrina o la autoridad. En el tercer vértice estarían los antieclesiales, personas que profesan un ateísmo convencido, o que siguen una fe no institucional, o unas creencias que quizá asumen algunos contenidos de la fe pero no aceptan la mediación de la Iglesia en su práctica religiosa.

En esos extremos encontramos identidades tajantes, habitualmente con actitudes enfrentadas. Encontramos a veces una «fe líquida» (una fe a la carta, que descarta las exigencias que resultan costosas) y otras veces una «fe rígida» (que absolutiza ciertas cuestiones, que condena con facilidad y se olvida de la acogida y la misericordia). Ambas actitudes también pueden presentarse combinadas, casi siempre compartiendo sus juicios implacables contra los otros.

Muchos enseguida construyen trincheras, exigen homogeneidad y reivindican pertenencias excluyentes. Pero la mayoría de los creyentes no son rígidos ni intransigentes, ni tampoco pretenden una fe a la carta. Quieren vivir su fe, y desean hacerlo en la Iglesia y en comunidad. Pero necesitan y buscan respuestas para un montón de cuestiones que les inquietan, bien por sus propias vivencias, bien por las vivencias de quienes les rodean. Y la Iglesia ofrece un tipo de pertenencia que, si se entiende bien, ni es exclusiva ni es excluyente. La pluralidad es una gran riqueza de la Iglesia, aunque en determinados ámbitos sea hoy un tanto contracultural. Hay un gran abanico de sensibilidades, de situaciones… y todas reunidas en torno a lo esencial.

Para mucha gente, la vivencia religiosa va asociada a un sentimiento de simpatía. Y los que se oponen a la fe, suelen oponerse más por un rechazo visceral y un sentimiento de antipatía que por una convicción profunda. Y hoy, gracias al dinamismo de las redes sociales, la rebeldía tiene muchos portavoces. Los discursos son muy plurales y fragmentados. Se cuestiona la autoridad desde ámbitos muy diversos. Se pone en tela de juicio casi todo, pero eso también facilita una mayor capacidad crítica, que resulta bastante necesaria.

La realidad es compleja, y por eso, cuando no se logra acoger esa complejidad del mundo real, hay más riesgo de caer en actitudes intolerantes, de ser católicos rígidos (de un extremo o de otro) incapaces de aceptar lo diferente, en actitudes defensivas, de sospecha, de condena, de descalificación. Son actitudes hoy bien presentes, que llevan a una polarización donde los extremos tienden a considerar enemigo a todo aquel que no sea de los suyos. Ese extremismo es muy característico de la política, donde se tiende a ejercer oposición demonizando las demás opiniones. Vemos gente conservadora que es muy rígida, y vemos esa misma rigidez en los que se consideran liberales o progresistas. La rigidez no es estar en un extremo o en el otro, es una actitud que tiende a considerar las propias opiniones como las únicas legítimas.

Esa polarización no debiera trasladarse a la escuela. No debemos dividir al mundo entre buenos y malos. Sobre todo, si los buenos somos nosotros (y los que piensan como nosotros), y los malos son todos los demás. No debemos educar como si fuéramos poseedores absolutos de la verdad. Sería mejor considerarnos todos como unos humildes buscadores de la verdad, servidores de ella, respetuosos con ella. Y con esto no hablo de ser relativistas, hablo de no querer monopolizar la verdad y golpear con ella a todos a nuestro alrededor. Hablo de ser pacientes y reflexivos, de escuchar y de acoger, de descubrir lo positivo de las ideas del otro, de ser capaces de gestionar la duda y el matiz.

Hay muchas personas para las que la Iglesia no es referencia, ni camino, ni comunidad de pertenencia. Pero tienen una cierta vivencia de la fe. Y muchos de ellos acuden a escuelas de identidad cristiana, atraídos por su nivel académico, por la calidad de su atención personal o sus valores, o simplemente por tradición o por la cercanía a su domicilio. Y ahí están, observando el testimonio cristiano de la escuela a la que han confiado la educación de sus hijos. Unos ven la religión con algunas reservas, o incluso con muchas. Pueden pensar que la religión ha sido causa de muchos conflictos en la historia, que el mundo estaría mejor sin ella. O simplemente piensan que es un cuento que ayuda a los niños a ser buenos y eso les va bien cuando son pequeños. Algunos están estremecidos, y con razón, por todo lo que han escuchado sobre abusos a menores. Pueden estar enfadados con la Iglesia o cuestionar algunas de sus actuaciones o recomendaciones. Pero ahí están, en nuestras escuelas, escuchándonos.

La mayoría de las personas no está en los vértices de ese triángulo, sino más en el centro, en esa tierra de nadie que es quizá la tierra de todos. Ven a la Iglesia como institución gestionada por gente manifiestamente imperfecta, en la que conviven luces y sombras, trigo y cizaña, pecado y santidad. Quizá su conocimiento es bastante reducido y tienen una imagen muy condicionada por los medios de comunicación que siguen. Tienen sus reservas y sus reticencias, pero tampoco les parece que los motivos de crítica sean tantos como para darle la espalda.

Tienen dudas y tienen preguntas. Buscan respuestas. No les gustan las imposiciones, como nos sucede normalmente a todos. Encuentran buenos testimonios y encuentran también bastante antitestimonio. Buscan una Iglesia que sea plural, en la que quepan distintas sensibilidades, distintas miradas. Si la escuela transmite un buen testimonio cristiano, esas familias se sorprenderán positivamente cuando escuchen y vean un trabajo bien hecho, sin estridencias, con moderación, con identidad, con coherencia. Esa identidad cristiana de la escuela es un entorno privilegiado para reconducir los estereotipos que estigmatizan a la Iglesia y que proceden de viejas y arraigadas animadversiones.

Vivimos en una sociedad de discursos tajantes. Se escuchan demasiadas opiniones rotundas, dichas de manera áspera, casi siempre en oposición a otras. Es demasiado habitual que cuando uno habla, aunque lo haga con moderación y de modo matizado, se encuentre con respuestas descalificadoras y nada dialogantes. Los polemistas habituales son poco amigos del matiz, son bastante más amigos del enfrentamiento. Eso hace que muchos ya no se atrevan a hablar de casi nada. Pero no podemos dejar que ocupen todo el espacio que debería destinarse al diálogo y al encuentro. Tenemos que movernos con soltura por ese espacio, aunque recibamos críticas desde todos los extremos. Unos te verán demasiado indulgente. Otros, demasiado componedor o equidistante. Unos, como un tibio. Otros, como un fanático. Unos se escandalizarán y te tacharán de incoherente por expresar dudas. Y a otros les molestará que no expreses suficiente perplejidad.

Mucha gente apenas habla de sus creencias porque no quieren verse en medio de esas batallas. No les gustan esas discusiones. Y para evitar ese desgaste, optan por vivir su fe de un modo privado, personal, ajeno al discurso público. Pero la escuela debiera ser un espacio donde ese diálogo y ese encuentro se produzcan abiertamente y con naturalidad. Esa apertura es una de las enseñanzas propias de la escuela: aprender a escuchar a otros, a nutrirse de las buenas ideas de los demás, a compartir los propios descubrimientos, a contrastar opiniones y vivencias. Y ese debate puede ayudarnos a reflexionar sobre cómo planteamos la formación en la familia o la escuela. Porque a lo mejor educamos de modo estricto en el respeto que merece la liturgia, pero con muy poca sensibilidad medioambiental, o al revés. A lo mejor educamos con mucha insistencia en las cuestiones provida y poca en la sensibilidad social, o al revés. A lo mejor educamos con bastante insistencia en cuestiones de moral sexual y poca en generosidad personal, o al revés. Quizá educamos en un respeto absoluto del Magisterio de la Iglesia en ciertos ámbitos pero en otros de modo bastante relativo.

Jesucristo vivió en medio de las tensiones sociales e institucionales de su época. Se pronunció abiertamente sobre determinadas cuestiones y se mantuvo claramente al margen de otras. Estuvo abierto a todos. Habló con los que se acercaban a él. Le seguían personas muy diversas: desde el publicano Mateo o el fariseo Nicodemo, el recaudador Zaqueo o el ciego Bartimeo, Marta o María, sabios y gente sencilla, niños y ancianos. Fue tentado en el desierto. Lloró por su amigo Lázaro. Tuvo siempre palabras y atención para los pobres y los enfermos. Tuvo amigos y seguidores. Se enfrentó a barreras sociales. Desafió usos y costumbres muy arraigados. Transformó las vidas de quienes le rodeaban. Fue signo de contradicción. Participó en banquetes y visitó en su casa a pecadores públicos. Puso la caridad por delante de determinadas prescripciones de la ley mosaica. Vivió austeramente pero no rechazó determinados gastos que escandalizaron a algunos. Hablaba de un Dios misericordioso cuando esperaban un Dios poderoso que les librara de sus enemigos políticos. Jesucristo no era fácil de adscribir a las categorías y los esquemas de entonces, y tampoco a los de ahora. Su mensaje y su vida siguen iluminando y transformando la cultura y el sentido del mundo en el que vivimos.

El Evangelio nos pone cara a cara frente a un mundo herido y nos dice que hay que atender y cuidar esas heridas. Y en un tiempo en el que Dios para muchos ha sido «desechado», la fe no puede quedar reducida al ámbito privado, a una cuestión casi vergonzante por no molestar. Hay que creer, cada uno con sus dudas y sus búsquedas, hay que hablar y hay que despertar preguntas que nos hagan progresar y crecer.

BUSCAR UN ESPACIO COMÚN

Recién acabada la Segunda Guerra Mundial, y conocidos todos los horrores que acompañaron a los regímenes totalitarios, la Organización de las Naciones Unidas, a través de la UNESCO, estaba comprometida a preparar una Declaración Universal de los Derechos Humanos que sentara unas bases comunes que todo el mundo pudiera reconocer. Pasaba el tiempo y los trabajos preparatorios de la Declaración estaban en un callejón sin salida, porque los desencuentros ideológicos entre las distintas posiciones de fondo eran muy fuertes. Unos insistían en que esos derechos no podían basarse en convicciones religiosas, y otros, por el contrario, lo consideraban una cuestión irrenunciable.

El Gobierno francés encargó al filósofo y embajador Jacques Maritain encabezar la delegación francesa a la Conferencia General de la UNESCO celebrada en Ciudad de México en noviembre de 1947. Le correspondió el discurso inaugural como presidente de la Conferencia, con una intervención que marcaría de modo decisivo su desarrollo. En su disertación inicial, insistió en que para resolver los problemas de la posguerra se necesitaba una organización supranacional de los pueblos, de modo que quienes estaban divididos por convicciones ideológicas muy diferentes pudieran en la práctica colaborar en objetivos comunes.

Maritain aseguraba estar convencido de que su manera personal de fundamentar los derechos humanos era la única asentada sólidamente en la verdad. Pero eso no impedía estar de acuerdo con quienes llegaban hasta esos mismos derechos humanos a partir de fundamentos muy diferentes a los suyos, e igualmente convencidos de ser los mejor fundados. «¡Y Dios me guarde –concluía– de decir que no importa saber quién tiene la razón! ¡Importa y mucho! Pero sobre la afirmación práctica final de los derechos humanos se podrán formular juntos muchos principios comunes de acción».

Según cuentan los cronistas de la época, los delegados de las naciones representadas escuchaban en silencio, cautivados. Sobre la escena internacional, que no era rica en personalidades fuertes, aparecía un nuevo personaje y unas ideas nuevas. Su llamada a todos los hombres de buena voluntad resultaba una brillante respuesta al infructuoso debate que les había precedido.

Tras su intervención, se comienza a hablar de una cooperación más efectiva entre personas de distintas visiones religiosas. El cambio de perspectiva propuesto por Maritain fue finalmente aceptado por todos. Todos quedaron sorprendidos de que los grupos más radicales de oposición acabaran estando de acuerdo con la lista de los derechos: «estamos de acuerdo con los derechos, con la condición de que nadie nos pregunte por qué». Al principio les resultaba difícil ponerse de acuerdo en cuáles eran esos derechos, pero era bastante más fácil coincidir en qué cuestiones rechazaban, y así, poco a poco, salió la lista completa. Y aunque la humanidad se encontraba dividida sobre la base de grandes desacuerdos intelectuales, se demostró que era posible una gran cooperación práctica.

Han pasado muchos años y la escena se repite constantemente. Muchos debates se inflaman de modo estéril porque falta voluntad de buscar lo que une. Falta un mayor deseo de trabajar y convivir pacíficamente. Muchos problemas quedan sin resolver porque se interpone el deseo de imponerse y someter a los demás. Porque se plantean las conversaciones como duelos a muerte en cuestiones en las que se podría disentir parcialmente y al tiempo convivir en paz. Porque hay demasiada gente que parece empeñada en que los demás piensen en todo como ellos mismos.

Puede que las ideas provoquen distancia entre las personas, pero tenemos en común nuestra naturaleza humana, y eso es muchísimo. Aunque nuestras ideas sean a veces tan diferentes, podemos vivir en armonía y en concordia, como humanos que somos, miembros de una misma familia universal.

Traigo aquí este relato porque todo ese sentido de fraternidad planetaria es una propuesta fundamental de la identidad cristiana que debe hacerse presente en la educación, tanto en la familia como en la escuela y en toda la sociedad. Desde muy pequeños, los niños y las niñas deberían observar cómo los adultos buscamos puntos de encuentro sobre los que construir un mejor entendimiento. Deben observar cómo nos esforzamos en un trabajo común aunque discrepemos en algunos fundamentos previos. Así lo resumía san Josemaría Escrivá: «Que sembréis la paz y la alegría por todos lados; que no digáis ninguna palabra molesta para nadie; que sepáis ir del brazo de los que no piensan como vosotros; que no maltratéis jamás a nadie; que seáis hermanos de todas las criaturas. Sembradores de paz y de alegría» .

¿UNA ESCUELA MULTI-CARISMA?

Todas las estructuras educativas, para cumplir su misión, han necesitado siempre de personas comprometidas con ella. El gran reto está en las personas, en su grandeza de espíritu, en la elocuencia del discurso de las obras, más que en el de las palabras. Los alumnos necesitan convivir con el testimonio de personas en las que la fe se ha convertido en una fuente profunda de una inspiración natural: porque cualquier mejora personal parece menos difícil, y más atractiva, cuando la descubrimos arraigadas en la vida de otros.

La sociedad ha cambiado mucho. Han caído grandes construcciones culturales que no estaban bien asentadas. Hay mucho que construir de nuevo, y debemos hacerlo con nuevos materiales que resistan los embates de la secularización y del indiferentismo. Tenemos que aportar nuevas ideas y argumentos, pero sobre todo hay que aportar estilos de vida atractivos. La gente está interesada. Tienen preguntas que quizá aún no hemos escuchado. Tenemos que movilizar a personas comprometidas, de orígenes y carismas diferentes. Contar con todo aquel que pueda ayudar a la construcción de una escuela y una sociedad mejor.

La actual secularización ha reducido en muchas instituciones educativas el talento propio del que disponen. Hay que contar más con los laicos, y podemos formar equipos más fuertes si pensamos en proyectos multi-carisma. Porque muchas veces es difícil encontrar dentro del propio carisma la persona que necesitamos en ese momento concreto para una escuela concreta, pero, con una actitud más abierta hacia otras realidades de la Iglesia, podemos encontrar las personas adecuadas que aseguren la continuidad de su misión.

Cada acto educativo es un acto de amor, y es también un hecho que siempre es observado con atención. Cada detalle de la vida de un profesor es una oportunidad de inspiración, y por eso es importante para la misión de la escuela atraer a personas sinceramente identificadas, concebir las escuelas como comunidades que conforman un ambiente escolar favorable, animado por el espíritu de libertad y de caridad del Evangelio, que hace que la fe ilumine el conocimiento que van adquiriendo del mundo, la vida y la persona.

Necesitamos una escuela que hable con fluidez el lenguaje de la caridad, idioma universal que todos escuchan y comprenden, incluso los más alejados, incluso los que no creen. Necesitamos un oído muy fino para el tic-tac de las conciencias, una mirada certera para ayudarles a encontrar a Dios en lo que les rodea, para ayudar a desvelar los designios de Dios en todo lo que nos sucede.

Es frecuente, al conocer una determinada escuela, que se plantee enseguida la pregunta «¿quién está detrás?», «¿qué tipo de católicos son ustedes? Enseguida se busca la adscripción a una determinada tribu. Está muy bien que haya estilos y comunidades diferentes, es lo natural, pero la cuestión clave es que haya colaboración y aprendizaje de unos con otros, cada uno con afecto y fidelidad a su propio carisma, pero también con apertura para aprender de lo bueno que, con seguridad, tienen los demás. Aprender a trabajar juntos, a no criticarse, a verse sin recelo ni desconfianza.

Esa apertura debiera ser una seña de identidad de la escuela, una parte esencial de su ADN. Si vemos que nos gusta solo lo que está completamente dirigido por nosotros, tenemos que saber que ahí habrá poca vitalidad. Si a todo se responde con control, con autorizaciones y desconfianza… es quizá parecido a lo que cuenta el Evangelio, cuando los discípulos fueron a Jesús a decirle «Hemos visto a uno que estaba expulsando demonios y no es de los nuestros…», a lo que Jesús les respondió. «No se lo prohibáis. Si no está contra nosotros, con nosotros está» . Hay que dejar a las flores florecer. Hay que respaldar la iniciativa personal, respaldar a los que se implican, a los que se comprometen.

En la escuela hay personas que lideran, otras que escuchan, otras que acompañan. Hay gente que es servicial, atenta y dispuesta. Hay quien siempre tiene una mirada positiva, de ánimo, de apoyo. Hay otros más inconformistas, más críticos, que siempre señalan los puntos en los que hay que mejorar. Hay otros muy sobrenaturales y que siempre tienen una palabra que abre la mirada hacia algo más elevado. Hay quienes siempre saben detenerse ante el que sufre o tiene cualquier dificultad. Hay gente que acoge, que escucha, que siempre tiene la palabra acertada y en quienes todos buscan su atención y su consejo. Hay quienes sufren ante las contradicciones que observan y lo dicen con dolor. Hay quienes aportan mucho, pero necesitan un respaldo y una mirada de aprobación. No podemos querer ni pretender que toda la comunidad educativa sea homogénea, plana y complaciente. Tampoco podemos tener como objetivo ser un conjunto de personas afines que ven con superioridad o con desdén a quienes no piensan como nosotros. Debemos amar la pluralidad, vernos como una comunidad cristiana formada por personas de diferente origen, diferentes sensibilidades y diferentes carismas. Cuando las personas se conocen mejor, y conviven más, se descubren unas a otras, y entonces desaparecen muchos rechazos, muchas distancias y muchas descalificaciones. La armonía de quienes se escuchan y se respetan es la mejor arma contra esa «deforestación» de la esperanza que provocan los excesos de uniformidad.

Caminamos dentro de esa gran comunidad que es toda la escuela de inspiración cristiana. Y comprobamos que tiene deficiencias, mejor dicho, que tenemos deficiencias. Y eso nos duele, porque siempre nos duele más lo que apreciamos más. Pero otras muchas veces, comprobamos que nos entusiasma, que es genial, que la necesitamos. Y eso sucede sobre todo cuando sabemos mirar con una mirada de agradecimiento, cuando sabemos ver a las personas más por sus cualidades que por sus defectos, cuando sabemos valorar ese gran tesoro que llevamos en vasos de barro , un tesoro escondido bajo nuestras muchas limitaciones. Un tesoro que es un mensaje que atraviesa la historia prestando un gigantesco servicio a toda la humanidad. Un mensaje que convierte la humanidad en una familia que es siempre fuente de inspiración para todos.

SIEMPRE SE HA HECHO ASÍ…

Los Juegos Olímpicos de México dejaron muchos momentos para el recuerdo, pero quizá uno de los más destacados fue la sorpresa que dio un atleta de salto de altura, un norteamericano de 21 años llamado Dick Fosbury.

Fosbury había descubierto que le iba mejor saltar de espaldas. Tomaba carrerilla de forma transversal y, poco antes de llegar al listón, se giraba y saltaba de espaldas. Era un estilo más efectivo desde un punto de vista biomecánico, pues permitía dejar menos espacio entre el listón y el centro de gravedad del saltador, con lo que ganaba altura. Con ese estilo se clasificó para los Juegos Olímpicos y se presentó aquel memorable 20 de octubre de 1968 en el Estadio Olímpico de Ciudad de México.

Cuando el público vio a aquel chico con camiseta de tirantes azul marino dar su primer salto de una forma «tan poco natural», la mayoría lo consideró una excentricidad. Pero al ver los resultados de los saltos siguientes, se convirtió en la gran atracción. Ya nadie prestaba atención más que a ese rubio pecoso, con una zapatilla blanca y otra negra, que acabó demostrando que su técnica era muy válida, puesto que, tras 12 saltos, logró la medalla de oro con 2,24 metros, derrotando a los grandes favoritos, su compatriota Edward Caruthers y el ruso Valentin Gavrilov.

Hasta ese momento, todos los saltadores de la historia habían empleado la técnica del rodillo o bien el estilo tijera. Pero ese día Fosbury pulverizó aquellos modos de saltar que parecían incuestionables y que se abandonaron en poco tiempo.

Dick Fosbury no logró la clasificación para los siguientes Juegos Olímpicos de 1972, pese a ser muy joven aún. Quedó claro que no era de los saltadores más dotados de su época, pero gracias a su innovación consiguió ser campeón olímpico y cambió por completo la forma de entender en lo sucesivo el salto de altura. Tenía peores cualidades para el atletismo que sus competidores, pero quizá eso mismo es lo que le ayudó a descubrir aquel nuevo estilo, tan sorprendente entonces, que le hizo superar a todos sus adversarios. Lo logró gracias a su perseverancia, pero también gracias a su pensamiento outside the box, a esa capacidad de pensar de manera diferente, poco convencional, desde una perspectiva nueva. Volvió a mostrar que muchas barreras que nos retienen deben convertirse en un desafío para nuestra creatividad y nuestro esfuerzo.

Pensar outside the box es mirar un poco más lejos y tratar de no quedarse en lo de siempre, sino ir más allá. Podemos aplicarlo también a nuestro modo de educar en la familia o la escuela. La mayoría de las veces, para mejorar, basta con hacer las cosas un poco mejor de cómo se venían haciendo. Pero hay otras ocasiones en que, para mejorar, es preciso hacer algo diferente, incluso algo muy diferente. La identidad cristiana de una persona, una familia, o una escuela, a veces puede exigir un cambio o incluso una disrupción frente a lo que hacen los demás, o respecto a lo que hasta entonces hacíamos nosotros mismos. Atreverse a cambiar respecto a lo que hacen todos, o atreverse a cambiar respecto a lo que nosotros hemos hecho siempre, puede suponer un desafío, pero es que, muchas veces, para obtener resultados diferentes hay que decidirse a hacer cosas diferentes.

Hay personas que defienden demasiado las costumbres y tradiciones establecidas, que repiten mucho lo de «siempre se ha hecho así» y no quieren asumir los riesgos que supone el cambio. Se aferran a lo que han hecho siempre y se detienen ante esas «creencias limitantes» que les impiden avanzar en su misión.

En las instituciones, cuando se produce el relevo de los fundadores, o cuando se pasa de una generación a la siguiente, es habitual que aparezca también este debate. Los carismas se regeneran cuando una generación es capaz de dejar crecer a la siguiente con una libertad que les permita comprometer su vida en esa misión. Esa confianza es un riesgo, pero es lo que permite que los carismas sigan floreciendo. Por eso es preciso que las instituciones dejen espacio a esas personas que hacen una crítica constructiva, que son portadores de una cierta dimensión profética, aunque, claro está, hay que saber distinguir bien entre el buen trigo de los buenos profetas de la mala cizaña de los falsos profetas. Los verdaderos profetas suelen ser un tanto disruptivos, pero siempre con lealtad, mientras que los falsos profetas buscan su protagonismo, su comodidad y sus intereses, y por eso sus mensajes suelen rebajar las exigencias o los ideales .

Si el gobierno de esas instituciones se parapeta en fijar normas y reglamentos detallados con los que preservar la situación actual, todo eso acaba siendo una camisa de fuerza para la siguiente generación. Es mejor reconocer a los verdaderos profetas, que quizá andan desperdigados por las periferias de la organización, y darles espacio y escucha, de modo que el carisma original no se convierta en una pieza de museo que va perdiendo vigencia… y que tampoco suceda lo contrario, es decir, que se produzcan desviaciones o relajaciones del carisma original.

Pero si se frena a las personas innovadoras que pueden impulsar esa transformación, porque se perciben como un peligro, o si se quiere pilotar en detalle cada nuevo cambio, esa renovación no se producirá. Si se quiere tener la certeza de que todos los ensayos sean buenos y sin riesgo, tampoco se avanzará. No se puede cultivar el trigo queriendo impedir de modo absoluto la cizaña. Ni se puede innovar cuando se tiene demasiado miedo al error o a la crítica, incluida la crítica interna. Esa innovación necesaria, nacerá algunas veces por impulso de quienes mandan, pero otras veces nacerá de una iniciativa personal no planeada, o provendrá incluso alguien un poco disruptivo que en parte nos incomoda. Por eso quizá hay que quitar algunas de las «barreras arquitectónicas» que se construyeron cuando la situación era distinta, pero que ahora estorban para que el carisma se desarrolle.

Ningún carisma se agota en las formas en que se desplegó en su etapa fundacional, igual que la fe cristiana no se agotó en las formas pastorales de los primeros tiempos de la vida de Jesucristo. Cada carisma debe descubrir nuevas realizaciones que no surgieron en sus etapas iniciales, pero que son necesarias para que no quede encerrado en las limitaciones del pasado contexto histórico. Por ejemplo, es habitual que el carisma se encuentre rodeado de toda una serie de estructuras y reglas, escritas o no escritas, muchas veces procedentes de un contexto histórico concreto. Ese revestimiento, que se tejió en su día como un escudo protector, puede llegar a ser un obstáculo que bloquea el crecimiento y oscurece el futuro. A veces no es fácil distinguir entre qué es ropaje y qué es carisma originario (como ha sucedido históricamente por ejemplo con la revelación cristiana, que no siempre es fácil de deslindar de las formulaciones y aplicaciones prácticas), pero se trata de un discernimiento decisivo.

Las crisis de las instituciones suelen ser con frecuencia crisis de historias capaces de conmover a las personas. Ese «capital narrativo» es fundamental para atraer talento, porque despierta e impulsa la parte más profunda y auténtica de las personas. No debe dejarse que ese capital narrativo se quede en una propuesta de mantenimiento de unas obras o unas tareas, porque eso puede atraer simpatizantes, pero no atrae a personas comprometidas. Es preciso generar nuevas narrativas, nuevos horizontes que se suman a las primeras narrativas fundacionales y las hacen volver a brillar.

Es cierto que siempre hay normas y reglamentos que son fundamentales para mantener vivas las instituciones y evitar que se desnaturalicen en múltiples interpretaciones discordantes. Pero quienes gobiernan saben que deben ser pocas, y que es importante preservar la pluralidad, aunque no sea fácil de gestionar, como sucede con la vida, los hijos o la familia. Esa sabiduría de gobierno ayuda a ensanchar el corazón y abrir las ventanas de la casa, en vez de fomentar el monocultivo como único camino bueno para el futuro. Es bueno leer de muchas fuentes, escuchar a personas muy variadas, aprender de experiencias diferentes, admirar genialidades de otros, impedir que se pierda la biodiversidad, tan importante para la fecundidad institucional.

Por otro lado, cuando más urgente es el cambio, más se tiende a demorarlo complaciéndose en los pocos frutos que aún siguen llegando. Pero esos frutos son rentas decrecientes del pasado y es preciso buscar rentas nuevas. Para impulsar cualquier institución es necesario enriquecer ese capital narrativo, alimentar los buenos deseos, sabiendo que serán muy plurales y que no estarán todos bajo nuestro control. Para escribir nuevas historias capaces de motivarnos y motivar, hacen falta nuevos deseos libres y grandes. No basta una simple traducción de lo mismo a un lenguaje más actual: es preciso desarrollar un trabajo cultural específico acerca de la propia identidad, que permita que los ideales fundacionales desplieguen sus alas para poder volar más alto.

UNA NARRATIVA POSITIVA, CONCILIADORA, RAZONADORA, NO RECRIMINANTE

La fe es un valioso legado que se puede transmitir en la familia y la escuela, a los hijos y a los alumnos. Lo hacemos con la mejor voluntad, pero a veces nos decepciona un poco el resultado, o miramos alrededor y nos inquieta lo que sucede a otros. Se trata de un asunto muy antiguo en la educación de inspiración cristiana, expresado con preocupación por muchos autores a lo largo de los siglos.

El principal ámbito de educación en la fe es la familia, que es la comunidad humana mejor dotada para ello. La educación de la fe no es mera enseñanza, sino transmisión de un mensaje de vida. La palabra de Dios adquiere una fuerza mucho mayor cuando se encarna en la persona que la anuncia. Esto vale de manera particular para los niños, que apenas distinguen entre la verdad anunciada y la vida de quien la anuncia.

Los chicos y las chicas nos conocen a los adultos bastante bien, tanto en lo bueno como en lo no tan bueno. No debemos menospreciar su agudeza y su perspicacia, aunque parezcan pequeños o ingenuos. Todo lo que los adultos decimos o hacemos, o dejamos de hacer, es un mensaje que de alguna manera les forma o les deforma, porque ellos buscan siempre modelos humanos que les sirvan de referencia.

Los adultos no podemos pretender ser sabios siempre, o siempre ejemplares en todo, porque eso es imposible. Pero sí podemos dar ejemplo de personas que siempre quieren aprender y mejorar. Podemos ser ejemplo de personas cercanas que generan en su entorno un ambiente de confianza y de amistad. Esto es importante también para la fe, pues muchos chicos y chicas flaquean en su fe porque, cuando vienen los problemas, no encuentran con quién hablarlos en confianza. Por eso debemos pensar cuáles son los rasgos de la persona a la que acudiríamos a consultar una preocupación seria. Y quizá vemos que ese «perfil de confianza» tiene unos rasgos bien claros, y que debemos ser personas afables, serenas, cercanas, asequibles, que saben escuchar, y que lo hacen con lealtad.

Es importante escuchar qué les preocupa, sin pretender dar respuesta a todo. Es primordial que se sientan acogidos con interés, no tanto lo que luego les vayamos a decir. No debemos caer en el consejo precipitado, reiterativo o innecesario, ni en los excesos de rotundidad. Ni recordarles otra vez en qué se equivocaron, cuando lo saben ya de sobra. Ni incurrir en el «furor aconsejador», el «furor condenatorio» o el «furor opinador». Es mejor evitar las observaciones moralizantes innecesarias. Debemos aprovechar las buenas ocasiones, cuando vemos que fluye la confianza en una buena conversación. Y al tratar los temas más delicados, que les cuesta expresar, procurar ahorrarles las palabras fuertes, adelantando posibles respuestas. Cuidando mucho la proximidad y la afabilidad, el modo de tratar a cada uno, la calidez del tono de voz, la sonrisa.

También sabemos que educar no es un asunto simple, ni siempre previsible. A veces podemos hacer las cosas bien pero luego el resultado no sale bien, al menos aparentemente. Cuando está por medio la libertad personal, no siempre las personas hacen lo que más les conviene, o lo que nosotros pensamos que más les conviene. Educar en la fe no es tanto cuestión de estrategia y de programa como de ayudar a cada uno a descubrir el designio de Dios para su vida. Debemos pensar en cada uno, pedir a Dios luz para iluminar el camino de las personas, pero son ellos los que caminan. Nuestra labor de orientación y de ayuda debe buscar que cada uno se enfrente con sus propias responsabilidades humanas.

Para educar en la fe es vital la cercanía a Dios en la oración y en los sacramentos. También es decisiva una formación apologética práctica, que pueda dar respuesta a las dudas que se les presentan, porque una fe sin suficiente fundamento racional es muy vulnerable ante el acoso intelectual que constantemente sufren. También es importante la virtud, porque si hay buenos deseos pero poca virtud (por sobreprotección, por exceso de comodidades, por afán de satisfacer todos sus deseos), entonces los caminos de la virtud se borran y acaban pensando y sintiendo como viven. El ambiente tiene una gran fuerza, a favor del crecimiento o en su contra, como sucede por ejemplo en el cuidado de un jardín: nosotros no hacemos crecer a las plantas, pero sí podemos proporcionar la ayuda y el ambiente adecuado para que las plantas crezcan.

No debemos minusvalorar el efecto que produce en ellos el contraste con quienes no viven la fe como nosotros. Ante cada cosa que nosotros queremos enseñarles, por otro lado puede estar recibiendo un bombardeo de ideas contrarias. Por eso hay que consolidar la confianza durante los años en que hay mejor sintonía, porque habrá también etapas más difíciles. Y hay que esforzarse en generar una buena comunicación, porque muchas veces lo que nos falta no son ideas o argumentos, sino capacidad de comunicarnos. Transmitir la fe es, en definitiva, transmitir un mensaje, el Evangelio, la buena nueva, y por eso la capacidad de comunicación es una cuestión clave, es esencial, no es una cuestión secundaria.

Y por eso la fe debe enmarcarse en una narrativa conciliadora, positiva, razonadora, no polemizadora, no recriminante. Debemos ver el mundo, y lo moderno, con buenos ojos. Tender puentes. Abrir panoramas y proyectos de vida atractivos, de trabajo bien hecho, de servicio a los demás, de mejorar uno mismo y hacer mejorar el mundo en la medida que podamos. Proponer cosas a las que apetezca sumarse. Preocuparnos por las necesidades de las personas corrientes. Pensar en las periferias existenciales, en el misterio del pecado, del dolor, de la injusticia, de la ignorancia, de la indiferencia, de las familias rotas, de las adicciones…

Evangelizamos a gente con muchos problemas. Y debemos aplicar nuestro ingenio para llegar a todos, sin estar frenados por el «siempre se ha hecho así», sin tratar a nadie con ese aire ridículo de superioridad que juzga enseguida a los demás como retrógrados o como heterodoxos. Dios está presente en la vida de cada persona. Aunque sea una vida desastrosa, destrozada por el vicio, Dios está ahí. Aunque parezca un terreno lleno de maleza, siempre queda espacio donde puede arraigar la buena simiente. Basta un resquicio para que Dios pueda entrar la vida de cualquiera, por pecador que nos parezca. Nadie está definitivamente atrapado en su pasado, sea el que sea. «La realidad se ve mejor desde la periferia que desde el centro. Incluida la realidad del individuo, la periferia existencial: puedes tener un pensamiento muy estructurado, pero, cuando te enfrentas a alguien que no piensa como tú, de algún modo tienes que buscar razones para defender tu pensamiento; empieza el debate, y la periferia del pensamiento del otro te enriquece (…) El amor es exigencia y experiencia concreta. Todos los individuos pueden cambiar. También los individuos muy experimentados, todos. Esto no es optimismo. Es certeza en dos cosas: ante todo en el hombre, en la persona. La persona es imagen de Dios, y Dios no desprecia su propia imagen, de algún modo la redime, siempre encuentra la manera de recuperarla cuando está ofuscada» .

Hay que hacerles sentir la Iglesia como algo muy propio, muy cercano. Facilitar que descubran la figura de Jesucristo, con toda su fuerza, porque «no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida. Y, con ello, una orientación decisiva» .

Todo esto requiere formarnos bien. Dedicar tiempo a «afilar la sierra», sin excusarnos en que nos falta tiempo. Porque si no afilamos la sierra porque nos urgen una serie de tareas en las que no somos eficientes (precisamente por no afilar la sierra), nos irá cada vez peor. Para ser buen médico no basta con haber visto muchas veces a muchos pacientes: hay que leer, pensar, cuestionarse, preguntar, dudar, investigar, contrastar, viajar… Tampoco basta con hacer simplemente lo que otros antes hicieron con nosotros, porque el mundo desde entonces quizá ha cambiado bastante. Y sabemos que las buenas ideas propias suelen nacer al leer o escuchar buenas ideas de otros. Sin miedo a aprender también de los que tienen algunas o bastantes ideas que consideramos equivocadas. Tratando con esas personas que, después de hablar con ellas, salimos con la impresión de que sabemos aún poco y tenemos que leer y aprender mucho más.

Debemos demostrar, con nuestro modo de hablar de lo sobrenatural, que la fe es fuente de alegría, de dicha y de entusiasmo. No seamos aguafiestas. No hay que centrarse en lo que no logran hacer, sino apoyarse en lo que veamos que pueden avanzar. Abrir horizontes. Ilusionar. Cada pequeño detalle de mejora debe plantearse como una expresión de algo grande. Hablar de Dios de modo positivo, no reiterativo o tedioso. La realidad de Dios es algo que hay que hacerles descubrir y querer, no un instrumento con el que recriminar sus acciones o sus actitudes.

Cuenta mucho el impulso de la familia, el modo en que se educa a los hijos, el modo en que se vive el amor matrimonial, el modo en que se transmite toda esa cultura y esos valores. Si ese impulso de la familia está en sintonía con la escuela, eso tiene una fuerza arrolladora. Lo esencial es llegar al fondo del corazón humano y alentar lo mejor que hay en él. Y decir bien claro que lo bueno y lo bello y lo verdadero se imponen por su propia fuerza. Mostrar que, sobre la cultura que transmitamos a la siguiente generación, el egoísmo no puede tener la última palabra. Que la Iglesia, y las escuelas y familias que se inspiran en sus enseñanzas, son grandes aliados en todo ese gran empeño cultural. Es algo a lo que merece dedicar la vida, como educadores, en la familia o en la escuela o en la vida social, con un enfoque siempre lleno de esperanza.

UNA COMUNIDAD HUMANA UNIDA EN TORNO A UNA MISIÓN DE SERVICIO

Cualquier escuela, para cumplir su misión, necesita profesores y directivos comprometidos. Y los compromisos más profundos y duraderos no son propiamente con la escuela, sino con el «para qué» de la escuela, con su propósito como institución.

Cada vez hay más estudios y más consenso de que, lo que realmente genera compromiso, es el propósito de la organización. Para atraer el mejor talento, y para hacerlo crecer, la escuela tiene que demostrar que es un lugar donde todos se sienten vinculados a algo que llena de sentido su trabajo y que aporta valor a la sociedad. Esa es la raíz del compromiso, lo que genera unidad y sentido de pertenencia, decisivos para la calidad de la escuela.

Hay que lograr que la escuela sea una comunidad humana unida en torno a una misión en servicio a la sociedad. Eso se logra fomentando el sentido de comunidad. Impulsando el trabajo en equipo y la colaboración. Estableciendo espacios en los que se puedan compartir ideas, en los que cada cual se sienta escuchado y valorado. Creando unas condiciones de trabajo que potencien las relaciones interpersonales de calidad. Haciendo que todos sepan qué hacen los demás y entiendan mejor cómo cada uno contribuye a un mejor resultado de conjunto. Estableciendo momentos en que se puedan poner en común inquietudes o problemas en un ambiente seguro, en el que se reconozca el trabajo bien hecho de cada uno.

La proximidad psicológica en el ámbito laboral depende mucho de generar una cultura constructiva, que tenga como centro la persona y su desarrollo. Tener en cuenta a la persona supone aprender a delegar más y mejor, para implicar más a todos. Bajar el centro de gravedad de nuestro estilo de gobierno. Escuchar más. Preguntar más. Compartir más. Reconocer más los esfuerzos.

Cuando trabajamos así, todos sentimos que en nuestro trabajo diario hay mucho más de lo que marca un contrato. A ninguna escuela puede bastarle lo formalmente exigible. Y a ningún profesor le basta únicamente con recibir un sueldo para dar lo mejor de sí mismo. La escuela necesita precisamente lo que no se puede conseguir de la persona mediante un contrato: su entusiasmo, su alegría, su creatividad, su sentido de servicio. Y esto solo se logra si el trabajador quiere poner su alma y su corazón en el trabajo. Y sabemos que, trabajando así, somos mucho más juntos que solos, porque se produce una inteligencia colectiva que no resta ni divide, sino al contrario: cada vez que compartes, sumas esfuerzos, unes a las personas y multiplicas los resultados.

La inteligencia colectiva implica un liderazgo compartido. Los demás ven más, y quizá también ven antes, si tienen el valor de decirnos lo que ven, y nosotros el valor de escucharlo. Eso aleja el peligro de nutrirnos demasiado de lo propio. Nos ayuda a sentir la necesidad de aprender, escuchar y ser criticado. El liderazgo y el buen gobierno no consisten solo en tomar las decisiones correctas sino también en implicar en ellas a la gente precisa. También es inseparable de una cultura de colaboración, de ese deseo constante de aprender de otros, de no estar a la defensiva, de ver el conocimiento, la experiencia y la formación como agua que corre, no como agua estancada. Ese sentido de ayuda mutua debe estar presente entre los alumnos, con las familias, entre las familias, entre los profesores, entre las escuelas… y también hacia fuera, porque nos sentimos fuertemente implicados en la construcción de la sociedad.

Una sociedad o una institución donde cada uno procura cumplir con esmero su trabajo, con celo por servir con deferencia a los demás, con puntualidad, excediéndose cuando resulta necesario, eso supone una gran riqueza para ese colectivo humano. Una riqueza por la que todos consideran provechosa su vida porque sienten que sirven a una misión necesaria, por modesta que parezca su propia aportación, pero que es una aportación requiere de todo su esfuerzo y su habilidad. El amor al trabajo bien hecho hace que se respire la gratitud general que se experimenta cuando el trabajo de cada uno es asunto de interés general. Quienes saben vivir con intensidad ese sentido de servicio en su trabajo, disfrutan de la vida con plenitud. Los que son perezosos o egoístas, malviven cuando trabajan, porque trabajan con desgana, y malviven luego cuando no trabajan, porque piensan demasiado en que tienen que volver a trabajar.

Quienes trabajan bien, ponen en todo lo que hacen algo de sí mismos, que no puede comprarse ni venderse, porque es algo que solo se da libre y gratuitamente, aunque se cobre un sueldo por ello. Solo ese afán de servicio nos hace verdaderamente libres en lo que hacemos. Lo que se hace sin ese sentido de servicio ya está suficientemente pagado, con el sueldo o con el precio. Quien hace bien su trabajo en servicio libre a una misión personal, con un celo que va más allá de lo estrictamente necesario o exigible, manifiesta entonces ser realmente libre, y merece algo que solo se puede pagar con la gratitud del reconocimiento.

Hay bienes que no disminuyen si se comparten, sino que crecen al compartirse: el saber, la gratitud, la confianza, la cooperación, el cuidado, el servicio, la alegría, la paz, la esperanza, la compañía, la justicia, la concordia. Por eso la familia, o las comunidades educativas, deportivas, culturales, religiosas… son ámbitos propicios para transmitir la dinámica del servicio, para cultivar el deseo de esos bienes que se disfrutan y crecen cuando se comparten .

Todos mejoramos cuando estamos en entornos estimulantes. La escuela debe luchar a diario por generar un ambiente donde las personas trabajan en armonía, y eso genera ganas de trabajar cada vez mejor. Crear lazos de confianza, forjados por personas centradas en el horizonte del bien común. Así serán siempre escuelas que humanizan la sociedad.

LA FUERZA DEL TESTIMONIO PERSONAL

Desde una edad bastante temprana, el niño tiene conciencia de que hace cosas mal. Aunque tenga un aspecto ingenuo y angelical. A su nivel, reconoce y valora con suficiente claridad el bien y el mal. Y si comprende esto, y se acostumbra a pedir perdón por lo que hace mal, eso siempre le hará un gran bien.

Desde muy pronto distingue, y quizá bastante mejor de lo que nos parece, entre el bien y el mal. Es cierto que sus malas acciones suelen ser cosas que a nosotros nos parecen de poca importancia, pero para él sí tienen importancia. Son malas acciones a su nivel, pero malas acciones. Tiene experiencia (igual que los adultos) sobre lo que es hacer el mal y ofender a los demás y a Dios. Es positivo que se sienta mal consigo mismo respecto a sus malas acciones, y que escuche esa voz (que debiera ser amistosa) de su conciencia, que se lo reprocha, como nos pasa a todos.

Hay que buscar ocasiones en la vida diaria para ayudarle a educar esa sensibilidad. Al permitirte ese desahogo de tu mal carácter, has actuado mal. ¿Ha valido la pena, aunque tuvieras razón? O aquella mentira…, ¿por qué? O al mostrarte egoísta con quien te pidió ayuda…. O aquel otro que te molestó, y te enfadaste…, y mantienes el rencor de ese desencuentro… ¿Estás actuando bien? ¿No estás arrepentido de haberlo hecho? Son ejemplos de cosas pequeñas, pero las hay más graves. Tenemos que saber que ofendemos mucho, a los demás y a Dios, y que necesitamos pedir perdón, y que podemos confesarnos. Confesarse es abrir el alma ante Dios por mediación del sacerdote. Dios nos perdona y nos da fuerza para afrentar nuestras malas inclinaciones y superarlas.

Cuando una persona se arrodilla en el confesonario porque ha pecado, en aquel preciso momento contribuye a aumentar su propia dignidad como persona. Aunque esos pecados pesen mucho en su conciencia, el acto en sí de volverse hacia Dios es una manifestación de su grandeza espiritual, de la grandeza del encuentro personal con Dios en la verdad interior de su conciencia. Los no creyentes se preguntan si es apropiado revelar los más íntimos secretos a alguien que tal vez sea un extraño. La confesión fue, sin duda, una innovación audaz de la fe cristiana. Es un mandato del propio Jesucristo a su Iglesia, cuando dio a los apóstoles ese poder para perdonar los pecados: «a quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos» . La confesión es una de las innovaciones más impresionantes del Evangelio. Cuando el sacerdote confiesa, además de perdonar los pecados, actúa de alguna manera como acompañante del drama de la vida de esa persona. Acompaña a otro ser humano como él, estimula su criterio espiritual, le ayuda a hacer más profunda su fe y a mejorar su discernimiento cristiano, que no puede quedarse en un simple conjunto de obligaciones y prohibiciones morales. En el confesonario, el sacerdote se encuentra con esa persona en lo más hondo de su humanidad, ayuda a cada uno a manejarse en su propia vida, única e irrepetible. Un camino lleno de esperanza, pero presidido por la inevitable tensión entre la persona que soy y la persona que quiero y debo ser.

La Iglesia busca reconciliar a cada ser humano con Dios, con el resto de la humanidad, con toda la creación. Y una de las maneras que tiene de hacerlo es recordar al mundo la realidad del pecado, porque esa reconciliación es imposible sin nombrar el mal que origina la división y la ruptura. El pecado es una parte esencial de la verdad acerca de las personas. Cada persona puede hacer el mal, y lo hace. Y se abre con ello una doble herida: en uno mismo y en sus relaciones con su familia, amigos, vecinos, colegas y hasta con la gente que no conoce. Llamar por su nombre al bien y al mal es el primer paso hacia la mejora personal, hacia el perdón y la reconciliación, hacia la reconstrucción de cada persona y de toda la humanidad. Tomarse en serio el pecado es tomarse en serio la libertad humana. Cuanto más se acerca el ser humano a Dios, más se acerca a lo más profundo de su humanidad y a la verdad del mundo.

En toda educación cristiana se sabe, por experiencia, qué buenos resultados da la coherencia de una fe aprendida en la escuela y en el hogar. El niño aprende así a colocar a Dios entre sus primeros y más fundamentales afectos. Aprende a rezar, siguiendo el ejemplo de sus padres y sus educadores, que le transmiten una fe que arraiga con naturalidad cuando la contempla hecha vida en ellos. La educación de la fe no es mera enseñanza, sino transmisión de un mensaje de vida. El niño tiene necesidad de aprender y de ver que sus padres se quieren, que respetan a Dios, que saben explicar las verdades de la fe, que saben exponer su contenido en la perseverancia de una vida de todos los días construida según el Evangelio.

Ese testimonio es fundamental. La palabra de Dios es eficaz en sí misma, pero adquiere una fuerza mucho mayor cuando se hace presente en las personas que la anuncian. Lo primero es demostrar, con nuestro modo de hablar de lo sobrenatural, que la fe es fuente de alegría y de optimismo. Sería muy negativo tener un aire desagradable cuando se habla de Dios. La actitud de los adultos al recitar unas oraciones, nuestro modo de hacer la señal de la cruz, el respeto y recogimiento con que nos acercamos a comulgar, son detalles que, sin darnos cuenta, tienen quizá más influencia que nuestros más encendidos discursos.

Educar en la fe tiene mucho de testimonio y de diálogo, y no tanto de sabias lecciones teóricas. Por ejemplo, si el niño ve que quienes le anuncian la fe son egoístas o malhumorados, o que incumplen lo que prometen, o que recurren (siempre acaba dándose cuenta) a la mentira o la media verdad para salir de algún problema, no valorará mucho nuestras explicaciones sobre las excelencias de la generosidad, la justicia o la sinceridad.

Hay todo un estilo cristiano de ver las cosas y de interpretar los acontecimientos de la vida, y ha de respirarse en la familia y la escuela. Lo captará, por ejemplo, viendo el modo en que aceptamos una contrariedad. O al advertir cómo reaccionamos ante una persona cargante o inoportuna. O viendo cómo cedemos en nuestras preferencias por facilitar las cosas a los demás. Así se irá nutriendo de ideas de fondo que tejerán todo un vigoroso entramado de virtudes cristianas. Aprenderá a respetar la verdad, a mantener la palabra dada, a no encerrarse en su egoísmo, a no ser derrotista, a ser sensible a la injusticia o al dolor ajeno, a templar su carácter, a cuidar de la naturaleza. Siempre surgen multitud de ocasiones de hacer una consideración sobrenatural sencilla, sin excesiva afectación y sin excesiva frecuencia. Se trata de que vean cómo la fe se traduce en obras concretas y que no son formalidades exteriores vacías o inconexas.

Cuando son pequeños, conviene hablarles de Dios, y de nuestro deseo de agradarle y de no ofenderle. Y todo ello con naturalidad, sin demasiada retórica. Una fe profunda y bien arraigada será siempre un respaldo y una guía moral en el camino de la vida, sobre todo en los momentos difíciles. Algo que a lo largo de su vida le permitirá mantenerse firme aun en los instantes de mayor dolor o amargura. Siempre hay ocasiones en las que tratar con naturalidad temas un poco más trascendentes, sin ser pesados. Para muchos padres, ha sido precisamente la preocupación por educar correctamente a sus hijos y darles un buen ejemplo, lo que les ha llevado por un camino de mayor cercanía a Dios y que ha venido a facilitar su propia coherencia y cambio de vida.

¿HAY FUTURO?

La familia y la escuela católica corren el peligro de afrontar el declive de la religiosidad con palabras y con ideas que han envejecido, que no se han madurado nuevamente, que no se han forjado en el pensamiento y en la experiencia recientes. A menudo nos centramos demasiado en cómo resolver los problemas, cómo llenar las escuelas, cómo mantener la actividad pastoral. Y cuando nos comparamos con el pasado, cuando la situación era supuestamente mejor, con un mayor número de creyentes y de vocaciones, puede parecer que el desafío del futuro es demasiado arduo y hay que contentarse con conservar como se pueda lo que ya se tiene. Pero esa resignación es un camino seguro a la irrelevancia. Por eso es preciso pensar en nuevas estrategias que saquen a la luz el gran caudal renovador del mensaje cristiano.

Hoy día, como ha señalado Andrea Riccardi , la sensación de que la Iglesia es irrelevante es compartida incluso por aquellos que, hasta no hace mucho, la criticaban por su enorme poder y le reprochaban su prepotencia, su riqueza o su injerencia en la vida pública. En este panorama general de inquietud por mantener la situación con fuerzas menguantes, es preciso revisar estructuras pastorales que quizá son inadecuadas, potenciar nuevas iniciativas más creativas, y confiar de verdad en los laicos, confiar en las mujeres, confiar en los jóvenes, confiar en la autonomía y la pluralidad de los proyectos, confiar en lo que contribuya a hacer presente el mensaje vital del Evangelio.

Hay que salir de esas dinámicas pesimistas que generan personas apáticas o indiferentes, resignadas, con sueños solo para sí mismas, limitadas por la sensación de declive o por la ausencia de ideas. El pesimismo tiene un prestigio intelectual que no merece. Hay que promover una narrativa optimista y empática, que abra un horizonte grande y atractivo, de confianza en un cambio posible y una regeneración creativa de todo el tejido social eclesial.

La gente joven suele interesarse en todo lo que se les propone de forma positiva y estimulante. Pero ese interés no es repentino ni permanente, sino que hay que suscitarlo, hay que ayudarles a descubrir que quizá desean hacer algo que en principio no deseaban, pero luego descubren que se sienten bien haciéndolo y era precisamente lo que estaban buscando. Es importante que descubran la insatisfacción que supone una vida anodina y mostrarles oportunidades diferentes para salir de ella y transformar las cosas.

No debemos considerar incrédula a nuestra sociedad simplemente porque habla poco de Dios. Los cristianos debemos compartir «los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo» , y el mensaje de la Iglesia es el «cofre precioso» que debemos abrir para alentar esta historia humana en la que hay una oculta e inmensa sed de Dios.

Toda sociedad se ha percibido a sí misma como en una época de crisis. El riesgo de las crisis es conformarse con sobrevivir, con resistir la tempestad añorando otros tiempos supuestamente mejores, pintando de rosa las complejidades del pasado en oposición a las del presente. Eso puede ser disculpable en las personas más abatidas, que se aferran a modelos de ayer para subsistir en un presente que ya no saben cómo manejar. Pero es preciso superar las nostalgias y afrontar esas crisis como oportunidades para el despliegue histórico de los carismas en un mundo cambiante. Y descubrir cómo podemos inculturar la fe en el futuro que ya se vislumbra. Los creyentes sabemos que la historia no es solo cosa nuestra, sino que está en manos de Dios, que es una historia llena de sorpresas, que es al tiempo un don y una tarea: algo que se nos entrega y que, al tiempo, hemos de construir.

Cada generación está llamada a no eludir el gran desafío de educar. Es la tarea fundamental que debemos cumplir para edificar el futuro. Cada acto educativo es un acto de amor y un acto de esperanza que mira al futuro desde el presente. Es un diálogo que no significa ni condescendencia ni relativismo. Los jóvenes hacen preguntas incisivas que nos cuestionan, y tenemos que dar respuesta, no pensando en salir airosos de un desafío dialéctico, sino pensando en abrir puertas y abrir horizontes. Sin añorar el pasado con ese romanticismo simplificador de que antes la gente era más honrada, más buena, más generosa, más virtuosa, más pacífica, o que las relaciones eran más auténticas, porque en todas las épocas, también en la nuestra, está el germen de lo mejor y de lo peor, y los educadores no debemos enjuiciarlas de modo superficial o condenatorio.

No es realista una perspectiva que no contenga la expectativa de lo mejor, por incierta o difícil que pueda parecer. Mientras la mirada de un niño y las infinitas posibilidades de hacer el bien sigan iluminándonos, y mientras sigamos teniendo una mirada humilde y de misericordia, todo será posible. Solo se comprende bien la realidad cuando se vislumbra también su mejor futuro, pese a las sombras que lo ocultan o las fuerzas que lo quieren ahogar: ver mejor es también ver lo mejor. Esa mirada es la que ha propiciado los auténticos cambios que han conducido la historia.

El futuro tiene el nombre de la esperanza. Una esperanza que no es un optimismo ingenuo. Es la fuerza de un corazón que sabe mirar el mañana con lucidez.

 

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