Julio de la Vega-Hazas, “Las sectas en el siglo XXI”, ARVO, III.2001

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Joseph Ratzinger, “La nueva evangelización”, Roma, 10.XII.2000

Conferencia pronunciada el Congreso de catequistas y profesores de religión, Roma, 10.XII.00.

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Enrique Bonete, “Nietzsche y la muerte de Dios”, Alfa y Omega, 4.V.2000

En 1900 moría uno de los más grandes filósofos alemanes del siglo XIX. A sus veinticuatro años llegó a ser catedrático de Filología Clásica de la Universidad de Basilea. Se vio a sí mismo como un profeta de siglos venideros, y acabó sus días sumido en una profunda enfermedad mental (probablemente originada por una sífilis contraída décadas antes). A partir de 1889, tras intensos años de trabajo y agotadoras enfermedades, con sólo cuarenta y cinco años, cayó la mente de Nietzsche en una total oscuridad, en un estado de aletargamiento del que ya no logró salir. Vivió en completa ausencia y ajeno al impacto cultural de su obra durante los casi doce años anteriores a su muerte. Este final trágico ha hecho de Nietzsche uno de los personajes más intrigantes y legendarios del XIX; precursor de los avatares demenciales de nuestro siglo.

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Juan Luis Lorda, “La desinformación religiosa”, Ecclesia, 29.I.2000

El jubileo del año 2000 vino acompañado de muchas cosas buenas y algunas malas. No todo en el monte puede ser orégano. Entre los males crónicos que padecemos, está el de la desinformación religiosa, que es muy persistente en nuestro país, y que, a base de repetirse, ha conseguido imprimir en las conciencias imágenes muy negativas de la Iglesia y algunos sonoros prejuicios sobre el mensaje cristiano.

Al aumentar el cúmulo de noticias con ocasión del jubileo, se activaron los resortes y pudimos asistir, durante semanas, a una especie de tiro al plato, donde se mostraron los tics que tiene cada medio. Me parece útil poner algunos de relieve. Pero sin adoptar una actitud beligerante, porque no va con lo que tiene que ser la evangelización, cuyo signo principal es la caridad. La caridad exige una opción por la inocencia (es mejor pasarse por bienintencionados), y por la indefensión que supone perdonar (el heroísmo de ceder en lo propio y esperar la conversión ajena). Con todo, el Señor nos ha dado la inteligencia también para que pensemos y ofrezcamos una justa resistencia al daño injusto.

El nuestro es un país con un movimiento intelectual discreto. Aunque ha crecido levemente en los últimos años, el panorama oficioso del pensamiento y del ensayo se resume y se consume en dos o tres figuras, que ya han dicho lo que tenían que decir, y en una o dos que están empezando a decir algo. Aparte del debate político, que no es particularmente atractivo, los editoriales de la prensa se dedican al comentario ocurrente de anécdotas circunstanciales. No hay grandes temas, y los religiosos son frecuentemente maltratados por una desinformación, que raramente ofrece un diálogo inteligente o enriquecedor. Si no fuera por el poder que tiene para conformar la opinión pública, no merecería atención.

Sin necesidad de grandes análisis, es patente que la desinformación religiosa en la prensa española se puede encuadrar en dos tipos de medios. De un lado, la prensa de cuño ilustrado; de otro, la de aire libertario. Al describir los dos tipos, destacaré algunos rasgos. Y se me permitirá que los trate con cierto desenfado. Es por dar amenidad al texto. Y también para no convertir el tema, que, en el fondo, es bastante doloroso, en un alegato.

La prensa libertaria Empezaremos por el segundo tipo, que es más elemental. La prensa de aire libertario se caracteriza, sobre todo, por ser frívola. Carece de proyecto intelectual, fuera de una genérica opción por la libertad de costumbres. Todo lo demás no parece importarle gran cosa. Le gustan los tonos sensacionalistas y no se toma en serio más que a sí misma. Cree estar en la cresta de la ola y, asumiendo una tradición surrealista bastante demodée, piensa que hacer cultura consiste en sorprender con alguna que otra “transgresión” (a estas alturas). Se considera al margen de la cultura cristiana y procura marcar las distancias, cuando hay ocasión, con alguna salida de tono. Tiende a ridiculizar lo religioso, y se regocija cuando las circunstancias le ofrecen algún pequeño escándalo sexual o financiero. También rastrea todo lo escabroso que se puede recuperar de la historia. Pero lo hace con la intención de llenar los dominicales y entretener al lector. No busca el lado más anticlerical, sino el más morboso.

No tiene posicionamientos ideológicos claros, sino más bien vitales, y se le nota un aire posmoderno, de estar de vuelta. Por eso, el tratamiento de lo religioso tiende a ser errático. No le importa recoger manifestaciones religiosas auténticas, siempre que sean curiosas y entretenidas. Y muestra un cierto escrúpulo de conciencia cuando trata, generalmente bien, las realizaciones sociales de la Iglesia. También suelen caerle simpáticos los personajes en distancia corta, en entrevistas, etc. En cambio, muestra recelos instintivos hacia la institución tomada en general (la Iglesia, la autoridad, la curia romana, la conferencia epicopal, el Magisterio). Y tiene un tic agudo que lo caracteriza, que es la hipersensibilidad hacia la moral sexual católica. Aquí sí que no dejan pasar una y la respuesta suele ser airada.

El tema de la homosexualidad, en particular, es el callo que no se puede rozar. Y, a falta de otros, actúa como insignia del carácter libertario. Las cuestiones ecológicas o el reiterativo discurso en favor del relativismo total (ideológico, cultural, religioso, científico…), puede servir para ponerse algo de color en la camiseta, pero el tema sensible -a juzgar por las reacciones- es el otro. En círculos concéntricos la hipersensibilidad se extiende hacia toda la doctrina de la Iglesia sobre la familia, la bioética y la paternidad o maternidad. Aunque el panorama demográfico en España pide a gritos una acción responsable en este terreno, esta prensa no tolera bien la institución familiar, con sus niños gritones, sus hogares acogedores, sus cumpleaños felices, sus sonrisas tiernas y sus cándidos belenes. Y se le escapan pellizcos y puyas no siempre inocentes. Gide dijo en una ocasión “familias, os odio”. Pues lo mismo, pero en menos. Los encantos de la “familia feliz” y el “hogar, dulce hogar” les ponen a cien. Debe de ser un tic de solteros.

Les gusta coquetear con el mundo de la droga, siempre tratado con cariñosa indulgencia, aunque los datos clínicos obligen en esto a un inevitable realismo y moderación. Lo libertario, como las borracheras, trae siempre a cuestas el problema de la resaca, cuando uno se tropieza con el dolor de cabeza, y, al cabo de unos años, con la cirrosis. Como vivimos en un mundo real, los actos libres (la droga, el sexo, el desenfado, el escapismo y la vida misma) tienen efectos reales, muchas veces no deseados. Es bonito jugar a vivir liberado, pero, en algún momento, hay que fregar los platos que se han manchado y recoger los trozos de los que se han roto. De esto no tiene culpa el cristianismo. Son las leyes de la realidad. Y a la Iglesia le toca el feo o hermoso papel -según se mire- de recordar las leyes que creemos reveladas por el Creador. Y molesta. Por muy suave que se quiera decir, la Palabra de Dios se recibe en este contexto como una bofetada moral. En esto se resume todo.

La prensa de corte ilustrado La otra prensa -de corte ilustrado- presenta una fisonomía muy distinta. En primer lugar, se considera seria, y tiene una alta opinión de sí misma y de su papel en la sociedad moderna. Arroja sobre sus hombros la tarea de ser el faro y guía intelectual del progreso. Se considera la conciencia laica del país y, desde que la izquierda se decolora (perdiendo el rojo), sostiene los ideales de la Ilustración francesa. Esto le da el tono dignamente aburrido de los viejos tribunales de justicia, llenos de estatuas a la libertad y el progreso. Celebra con religiosa unción las efemérides ilustradas y mantiene el culto sagrado de lo público. Esta repetición de clichés le producen un hieratismo un tanto cómico. Y quizá por el peso de la propia tradición izquierdista, no acaba de encontrar la postura para integrar los nuevos aires liberales que, por las leyes de la simetría ideológica (casi tan certeras como las de la óptica), le correspondería adoptar.

Mientras en la prensa libertaria, podría hablarse de una desinformación errática, aquí se trata de una desinformación sistemática. Para esta prensa, la cuestión religiosa no es una más, sino que es un punto sensible de su proyecto cultural, y casi el único que le queda claro después de diez años de derivas, distanciamientos y decoloraciones apresuradas. Remontándose a los puntos de partida de su tradición ideológica, asume que el mayor mal de la historia ha sido el oscurantismo religioso. En consecuencia, considera un deber y un alto honor combatirlo. Esto le da un horizonte y una tarea, además de disculparle veleidades de juventud. Defienden que progresar es lo mismo que perder la fe cristiana, aunque no saben bien qué parte, porque no se hacen idea de la hondura de sus propias raíces.

Es una cruzada en toda regla basada en una creencia: lo religioso y, sobre todo, lo católico es, por su propia naturaleza, contrario al progreso de la humanidad: es decir, al crecimiento de la ciencia y al despliegue de la libertad. Es un principio que los datos reales, quiéranlo o no, tienen siempre que confirmar. Y se trabajará para que así sea. El enfoque y las manifestaciones de la religiosidad católica han cambiado mucho en el último siglo. Pero cuando la miran no ven lo que hay, sino lo que debería haber de acuerdo con este principio.

Por eso, sacan constantemente del baúl de los recuerdos, los argumentos, ya apolillados, que seleccionó la tradición laicista y anticlerical francesa. Y, con ocasión y sin ella, entrando en el siglo XXI, te recuerdan las antiguas cruzadas, las guerras de religión, el juicio de Galileo o la actuación represiva de la inquisición, como si acabaran de suceder y no se hubiera hecho otra cosa en la historia. Que San Juan de la Cruz haya podido convivir con la Inquisición y que sea un testimonio cristiano mucho más auténtico, da lo mismo; puestos a mentar, lo que se mentará hasta el agotamiento, será la Inquisición, sin ninguna preocupación por los matices históricos. Son argumentos importados y apenas traducidos, ni siquiera tienen los tonos locales que cabría esperar. Por ejemplo, la Inquisición es una institución española y, con la enorme documentación que poseemos, podría dar lugar a ejemplos más sangrantes que Galileo, porque, en este país ojerizas ha habido siempre muchas. Pero no les interesa la historia. Prefieren los estereotipos. La única diferencia con otras naciones es que aquí, en general, no se usa la referencia a los horrores de la Conquista de América. Se ve que el público español todavía venera este asunto y le sabe malo que se lo sustraigan. Con estos argumentos, llevamos dos siglos y medio, y todavía se pueden leer en la prensa diaria, no menos que una vez por semana. Todo lo demás que la Iglesia haya hecho o esté haciendo ahora no importa en absoluto. La imagen viene dada por el baúl.

Siendo la religión católica tan nefasta, necesariamente hay que suponer intenciones torcidas en sus representantes, parezca lo que parezca. Es un segundo principio. Así, hay que explicar la actuación del Papa, de la curia romana, de los obispos y, aún de todos los clérigos, por el afán de conquistar poder y dinero. No se puede conceder que sean bienintencionados y que, en realidad, quieran el bien de la gente. Pueden ser obsesos o tontos, pero buenos no. Hay que representárselos, contra toda evidencia, como gente ávida de dinero y sedienta de poder. Y los demás, como ovejas ignorantes y crédulas. Esto se sugerirá siempre que se tercie. Lo han convertido en una cláusula de estilo. Podría parecer un chiste si no fuera porque no hay día en que no aparezca por escrito.

Infinitamente aburrido, porque el repertorio es terriblemente recurrente. En cuanto se sigue con atención su manera de dar las noticias religiosas, se notan todos los tics y se cazan todos los trucos de esta prensa.

No dejarán de reseñar en lugar destacado todo lo que resulte grotesco, lo que huela a superstición, lo que parezca anacrónico en las manifestaciones religiosas. Personajes estrafalarios, fiestas recónditas, prácticas ancestrales que han fosilizado en alguna esquina: todos y todas encontrarán sitio preferente y merecerán titulares. Además de destacar los escándalos financieros y sexuales de eclesiásticos, que, tal y como es la condición humana, inevitablemente salpican la vida de la Iglesia, a veces, menos de lo que cabría esperar. También encontrarán lugar, por supuesto, todos los opositores, los tránsfugas, y los problemáticos. Y toda persona a quien la autoridad eclesiástica recrimine algo, se convertirá, por eso mismo, en un héroe; y tendrá espacio a su disposición mientras se anime a discrepar y ser suficientemente ácido. Tampoco les importa abrir la mano a otras opciones religiosas, con tal que resulten alternativas a lo católico; pero sin pasarse, sin perder la compostura laicista.

Probablemente consideran de mal gusto dar relevancia a ningún intelectual cristiano del pasado o del presente. La tesis de partida es que lo cristiano tiene que ser contrario a la ciencia y el saber, de manera que, por definición, no puede existir ni pensamiento cristiano ni pensadores cristianos. Así es que o se ignora completamente el pensamiento o al pensador o, si se le menciona, se omite que es cristiano. Son del dominio público algunas clamorosas y persistentes omisiones. Claro es que, al destacar héroes y levantar pedestales, han que andarse con tiento. Por una ironía del destino, el principal ilustrado español, Jovellanos, recientemente recordado en el discurso de entrada a la Academia de un eminente periodista, era un hombre de Misa casi diaria, como deja constancia en sus diarios. Jovellanos podría ser el modelo local y razonable para reconciliar ilustración y fe. Pero cuando lo recuerdan, suelen olvidar la otra mitad y lo dejan como el vizconde demediado de Calvino.

Y cuando no queda otro remedio que dar la noticia, cuando lo religioso mismo es noticia, se buscará el ángulo que menos le favorezca. Entonces empieza la elaboración y el cocinado del material. Todo un arte. Primero se reduce el mensaje al mínimo. Después, se piensa el modo de mentar los móviles torcidos (el poder y el dinero) y de recordar el pasado descalificador (la inquisición). Se da voz a los que piensan lo contrario. Se recogen todos los detalles peregrinos, absurdos o antipáticos. Y se escogen las fotos más grotescas. Si se toma uno la molestia de recorrer cómo ha tratado esta prensa los viajes del Papa, comprobará que, con la sola excepción de Cuba -donde no supo situarse- y con una insoportable monotonía, el procedimiento ha sido siempre el mismo: acusaciones de protagonismo y de gastos excesivos; recuerdo sesgado de las circunstancias históricas más dolorosas; amplia atención a voces descontentas; recopilación de detalles chuscos; y selección de fotos peregrinas. Un alarde de manipulación de materiales. Todo, menos dejar sitio al mensaje y a la intención religiosa. Esto, por decoro, no se lo harían al Presidente del gobierno, pero, sin decoro, se lo hacen al Papa.

Por escoger otro ejemplo más cercano. El el 26 de diciembre pasado, uno de los principales medios de este país, recogía la noticia de la inauguración del jubileo del año 2000, en la noche de Navidad. La noticia era inevitable, pero pasó por la cocina. Tras poner en primera página una rara foto del Papa de espaldas y arrodillado, dedicó al asunto dos artículos en la sección de religión. El primero hablaba del jubileo como un montaje televisivo. Y el otro, de lo que costaban los coches del Vaticano, remontándose a los Mercedes que usaba Pío XII. Del mensaje y del significado del jubileo, de la renovación espiritual, de las opiniones del Papa, de los 2000 años de Jesucristo, apenas una furtiva línea; todo lo demás, adobo. Muestra representativa del taller y pequeña joya del arte de la desinformación religiosa. Habría que pensar en un museo para reunir la colección.

Conclusión Así estamos. No es muy alentador, pero así estamos. Un proyectil tras otro, con un bombardeo insistente y monótono que recuerda las trincheras de Verdún. Y fuego a discrección cuando se acerca algún acontecimiento, como ha sucedido con ocasión del milenio. Pero no podemos acostumbrarnos. Por un lado, no se debe permitir que este bombardeo penetre en las conciencias y, a base de no reaccionar, solidifique creando un estado de opinión. Pues el que calla otorga. Por otro, tampoco se puede reaccionar de cualquier modo, porque somos cristianos.

No se trata de plantear una batalla entre los buenos y los malos. Porque tal distinción es imposible hasta el final de los tiempos, y la hará, como quiera, nuestro Señor Jesucristo. Mientras, en lo que nos toca ver y podemos juzgar, ni los buenos son tan buenos ni los malos tan malos. Los eclesiásticos y, en general, todos los cristianos tenemos que vivir en la incómoda situación de ser portadores de un mensaje maravilloso que nos excede. Es lógico que los que no son o no quieren ser cristianos perciban el efecto grotesco. Es la base inevitable de la mofa anticlerical. No vamos a decir que estamos a la altura de los ideales que proclamamos. Y no vamos a hacer como si lo estuviésemos. Sólo los vemos realizados – y aún no plenamente- en los santos. Esta paradoja en la que vivimos es una invitación a la sinceridad, a la autenticidad, y, antes que nada, a la humildad.

Tampoco vamos a decir que todos nuestros antecesores eran santos, que reflejaron bien el mensaje de Cristo y que no habido malentendidos dolorosos. El fin del milenio ha sido ocasión de reconocer culpas pasadas. Pero el inicio del nuevo es la ocasión de relanzar la evangelización. No podemos renunciar a difundir el mensaje de Jesucristo, que es luz que ilumina y sal que da sabor a la vida. Y no debemos permitir que lo desvirtúen injustamente a fuerza de frivolidad o de maniobras intelectuales. Al inicio del tercer milenio, tenemos la responsabilidad de vivirlo y darlo a conocer a nuestros contemporáneos. Primero, con nuestro testimonio, humilde y sincero; también con nuestra palabra, igualmente humilde y sincera. Entre otras cosas, hay que buscar el modo de parar este absurdo cañoneo, que nos tiene como agazapados y que da lugar a una situación tan surrealista en la vida intelectual española. Tenemos un milenio por delante para encarar el problema. Quizá hay que montar el museo; y pedir más honestidad con Dios y con los hombres. La tela que venden es, en mucha parte falsa, y los que se visten con ella quedan, en mucha parte, desnudos. Hay que decirlo por amor a la verdad.

Juan Manuel de Prada, “Otra clase de religión”, ABC, 30.IX.1999

«La religión es la frondosa catedral cultural y moral que nos cobija de la intemperie de los siglos». Publicaba ayer ABC, en su sección de «Cartas al director», una queja bastante razonable de Luis Riesgo Ménguez, en la que, ante la sucesiva displicencia (remolona u hostil, es lo de menos) con que nuestros Gobiernos abordan el problema de la enseñanza de la religión en las escuelas concluía: «Suprimir la clase de Religión es condenar a los jóvenes a una supina ignorancia del hecho más trascendental de la Historia, de nuestra cultura y nuestra idiosincrasia». Si por religión entendemos «un conjunto de dogmas o creencias acerca de la divinidad, de sentimientos de veneración y temor hacia ella, de normas morales para la conducta individual y social y de prácticas rituales», según definición del mamotreto de la Real Academia, parece evidente que un Estado laico no tendría por qué incluir esta disciplina en sus planes educativos, salvo acaso en lo que se refiere a esas «normas morales» que la religión cristiana prestó a Occidente. Resultaría incongruente con la libertad de culto que acoge nuestra Constitución inculcar «dogmas o creencias acerca de la divinidad», «sentimientos de veneración» o «prácticas rituales». Pero la religión cristiana -hablar, en términos abstractos, de «Religión» se me antoja un eufemismo demasiado difuso- es mucho más que un mero repertorio de dogmas y liturgias. Constituye el sustrato fecundo sobre el que se edifica nuestra civilización, nuestra cultura, nuestra moral. Impedir que ese venero incesante de conocimientos esté al alcance de los niños, de los alevines de hombre, equivale a condenarlos a la orfandad espiritual.

De nuevo nos tropezamos aquí con la bajeza y la mezquindad de nuestros politicastros, que se obstinan en confundir el rábano con las hojas, y que además no osan rozar ni las unas ni el otro, por temor a que los tachen de beatorros y vaticanistas, y se malogre su cruzada centrípeto-reformista. Por temor a que la oposición les salte a la yugular y los acuse de pasear bajo palio, han preferido dejar que ese infinito caudal formativo quede arrumbado en los arrabales del olvido, ignorantes o quizá no tan ignorantes, lo cual sería mucho más delictivo, porque a la negligencia se uniría la alevosía de que, al desterrar de las escuelas el esqueleto de nuestra cultura, se está condenando a las generaciones futuras a una existencia invertebrada. Parece como si el moderno ideal educativo se redujese al aprendizaje de la cartilla y de Internet (pronto se suprimirá la primera, para evitar engorrosos trámites); lo que queda en medio, ese profuso y pavoroso vacío, es lo que a partir de ahora tendremos que resignamos a denominar «hombre», aunque sólo merezca la designación de pelele.

Convendría despiojar este asunto de toda la hojarasca demagógica que lo sepulta. Convendría aclarar que la enseñanza de la religión no consiste en inculcar doctrina ni en apedrear las mentes infantiles con los preceptos del padre Astete. La religión cristiana es el barro que nos construye por dentro, la sustancia de nuestros sueños, la argamasa sobre la que han crecido el pensamiento y el arte occidentales, también el fabuloso legado moral sin el cual serían incomprensibles conquistas como la abolición de la esclavitud o la condena de la pena de muerte. Privar interesadamente a un chaval de este continente de revelaciones es como privarlo de su filiación genética. La moral cristiana instituyó la piedad como regla de conducta, el respeto y el amor al prójimo como pilares indubitables de nuestra convivencia. Sustituyó una órbita de valores que gravitaba en tomo al concepto de castigo por otra que gravitaba en tomo al concepto de perdón. ¿Es legítimo ocultar este milagroso acontecimiento histórico que nos cambió para siempre? ¿Es admisible escamotear que hubo un hombre que, para los, además, participó de la sustancia divina que se subió a una montaña para proclamar el más bello poema de bienaventuranza, que se negó a lapidar a una mujer adúltera, que no dudó en aceptar el agua que le ofreció una samaritana? Y, además de fundar una nueva moral, el cristianismo fundó una nueva cultura, refundiendo la heredada cultura pagana y metamorfoseándola en una nueva aleación que ha trascendido los siglos e inspirado las más altas creaciones, de Dante al Greco, de San Agustín a Unamuno. ¿Puede existir una enseñanza que niegue o arrincone el mundo (pues, sin duda, la religión cristiana es una sinécdoque del mundo? ¿No es sonrojante que nuestros niños visiten los museos, en «visitas programadas y con guía» (según el odioso gregarismo de la época), y no sepan interpretar los motivos bíblicos que guiaron los pinceles de Tintoreto o Caravaggio? ¿Qué monstruoso analfabetismo estamos instaurando entre todos? ¿Hasta dónde llegaremos en este proceso de degradación sin fondo? ¿O es que seguimos creyendo que una clase de religión debe consistir en cuatro alardes nemotécnicos con olor a sacristía? La religión es el hombre, la frondosa catedral cultural y moral que nos cobija de la intemperie de los siglos; si perseveramos en el papanatismo, quizá esa intemperie acabe por anularnos.