Alfonso Aguiló, “Paciencia para educar”, Hacer Familia nº 244, 1.VI.2014

Hay algo muy curioso que, según parece, sucede con algunas especies de bambú como el Guadua Agustifolia o el Dendrocalamus Giganteus, plantas originarias de China y Japón. Sus hojas son de color verde claro, bastante alargadas. Con el tallo de bambú se construyen muebles, objetos de artesanía, cañerías, viviendas, e incluso puentes. Es un material muy ligero y resiste tensiones muy altas. Pero quizá lo más curioso de esta especie vegetal es que… se siembra la semilla, se abona, se riega, se cuida… y durante los primeros meses no sucede nada apreciable, y durante los primeros años su crecimiento es tremendamente lento. Un cultivador inexperto pensaría que las semillas no son buenas, o que hay cualquier otro problema. Sin embargo, pasados unos años, en un período de solo seis u ocho semanas, la planta de bambú puede crecer bastantes metros. ¿Tarda entonces solo unas semanas en crecer? No exactamente, en realidad se ha tomado también los años anteriores, de aparente inactividad, para poder llegar al desarrollo que iba a tener después.

Este sorprendente fenómeno del bambú se ha invocado durante siglos en Oriente como paradigma de la paciencia. En la vida cotidiana, a veces ansiamos soluciones demasiado rápidas, o buscamos éxitos apresurados, sin darnos cuenta de que muchos de esos avances requieren más tiempo. Es verdad que la falta de resultados visibles puede ser extremadamente frustrante, y que ver los frutos de lo que hacemos es siempre un estímulo para seguir adelante. Pero en muchos ámbitos de la vida, como sucede por ejemplo en la formación de las personas, hay que pensar mucho en el largo plazo.

Las personas, muchas veces, maduramos muy despacio. Requerimos de mucha paciencia por parte de quienes nos rodean, y hemos de tener nosotros igualmente esa misma paciencia con nosotros mismos y con todos. La creación de buenos hábitos, la experiencia individual en el propio error, el discernimiento de los valores que nos inspiran…, todo eso muchas veces es un proceso bastante lento, y en ocasiones, convulso.

Quienes llevan años en la tarea de educar, en la familia o en la escuela, saben que sus empeños y sus desvelos no suelen fructificar de inmediato. Que muchas veces sus resultados a corto plazo son frustrantes. Que el despliegue de sus frutos puede no producirse, o producirse muchos años después, y que quizá entonces nadie piense que se deban a tantos esfuerzos anteriores de formación aparentemente estéril.

Quienes se dedican a la educación de otros, nunca piensan que la semilla es defectuosa, sino que confían siempre en que habrá fruto. Saben que su papel de educador es importante, pero secundario. Que el árbol surgirá por su propia naturaleza. Que tendrá vida propia y que tarde o temprano le llegará su momento. Que nuestros sueños han de dejar paso a los sueños propios. Que la educación es inseparable de la espera y la aceptación.

Algunos se cansan demasiado pronto, dan por imposibles a las personas porque su avance es lento, o porque parece que incluso retroceden. La historia del bambú nos invita a no perder la esperanza en esa tarea. Nos alienta a proseguir en ella con una mirada de cariño y de respeto, sabiendo que quizá están creciendo las raíces y un día vendrá abundante el fruto. Sabiendo que muchas veces la educación desencadena una pugna interna con la autonomía personal, una pugna que puede producir unos conflictos que no tienen por qué ser estériles y que toca a cada uno resolver. Paciencia, porque basta echar una mirada a la historia de la propia vida para descubrir tantos empeños inadvertidos de personas desconocidas, que han sido decisivos para la construcción de lo que ahora somos.

Alfonso Aguiló, “Defender la razón”, Hacer Familia nº 243, 1.V.2014

Entre 1910 y 1935 Gilbert Keith Chesterton escribió cerca de cincuenta relatos sobre el legendario Padre Brown, un sacerdote de apariencia ingenua pero cuya agudeza psicológica lo convertía en un formidable detective. El Padre Brown era un hombre de baja estatura que se movía con soltura y energía por las calles de Londres, siempre con un enorme paraguas, y conseguía resolver los crímenes más enigmáticos gracias a su certero conocimiento de la naturaleza y la psicología humanas.

Su primera aparición fue con motivo de la famosa historia de “La cruz azul”, sobre el robo de una cruz de zafiros azules. Un conocido estafador francés de guante blanco llamado Flambeau se disfrazó de clérigo para intentar engañar al Padre Brown y hacerse con la famosa cruz. El Padre Brown es una persona que estudia muy cuidadosamente cada uno de los crímenes, piensa exactamente cómo pudo haberse hecho algo así y con qué disposición de ánimo o estado mental pudo un hombre cometerlo. Y cuando está bastante seguro de haberse puesto exactamente en el sentimiento del autor mismo, entonces, tarda poco en averiguar de quién se trata.

Al concluir el relato, el Padre Brown explica cómo supo que Flambeau no era un verdadero sacerdote. En un rápido diálogo, se lo dice al propio interesado recordándole una de sus últimas conversaciones: “Usted atacó a la razón, y eso es siempre mala teología”.

El Padre Brown es un hombre de fe, pero pone mucho énfasis en la racionalidad y la coherencia. Es algo recurrente en todos sus relatos, llenos de humor y de agudeza. Insiste en que la razón es siempre lógica y congruente. “Ya sé que la gente nos acusa a los creyentes de rebajar la razón; pero es al contrario. La Iglesia es la única que, en la tierra, hace de la razón un objeto supremo; la única que afirma que Dios mismo está sujeto a la razón”.

Resulta muy interesante la apuesta que hace Chesterton, a través del Padre Brown, por la coherencia natural de las cosas, tan presente en todas sus reflexiones. Ser coherente es una de las grandes tareas humanas. La madurez de una persona y de su pensamiento pasan necesariamente por ese proceso purificador de descubrir puntos escondidos de incongruencia y, sobre todo, de esforzarse por resolverlos. Todas las personas estamos llenas de contradicciones personales, unas más interiores y otras más manifiestas, y solo si tenemos el valor de reconocerlas y de remangarnos en la difícil tarea de conciliarlas, llegaremos a ser personas con una forma convincente de pensar. No se trata de encontrar razonamientos ingeniosos y sutiles que logren deformar las ideas o la realidad de las cosas para acomodarlas a nuestra conveniencia, sino de hacer un esfuerzo honesto por mejorar nuestros principios y nuestro obrar hasta que sean capaces de resistir un análisis un poco riguroso.

Muchas personas insisten mucho en oponer la razón a los sentimientos, como si pensar bien las cosas fuera algo ajeno a ser una persona de corazón. Otros, parece que se esfuerzan en oponer la razón a la fe, cuando la realidad es que son inseparables: de hecho, quizá una de las tareas más importantes de la Iglesia en nuestro tiempo es defender la razón, ayudar a pasar con honestidad por el tamiz de la razón esas sutiles mentiras con las que tantas veces los hombres nos engañamos.

Con demasiada frecuencia se rechazan razones muy claras con la simple excusa de que son coincidentes con alguna declaración de una autoridad religiosa, sin molestarse en rebatir esas ideas con argumentos de razón. Algunas veces se hace por demagogia, o por pereza mental, pero también caen con frecuencia en ese error personas más honestas, pero que no aplican de modo suficiente la razón a sus convicciones, o que descalifican las de otros sin apenas considerarlas. Todos debemos profundizar en nuestros análisis hasta descubrir esas sutiles mentiras que siempre hay, y que nos impiden aproximarnos a conocer mejor la verdadera naturaleza de las cosas.