Alejandro Llano, “Los cristianos y el poder”, La Gaceta, 7.VI.08

El nivel intelectual de los ataques socialistas al catolicismo es muy bajo.

Una de las habilidades requeridas para abrirse camino en la sociedad actual es la capacidad de establecer compensaciones. No en vano destacados sociólogos contemporáneos han considerado que la compensación es un recurso imprescindible para gestionar la creciente complejidad que nos rodea. Rodríguez Zapatero lo sabe bien, más por intuición que por ciencia. Se da cuenta de que, a pesar de ir contracorriente en Europa, su estilo izquierdista todavía le da votos en una España que no acaba de librarse del tufo de incorrección política que arrastra el derechismo. Y como no puede ser progresista en economía, y ya ha comprobado los malos resultados que da parecerlo en política exterior, sólo le queda la oposición a la ética clásica y el fomento de actitudes anticatólicas.

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Alejandro Llano, “La gran esperanza”, La Gaceta 7.XII.07

El ambiente bronco y violento que tantas veces impregna la sociedad no surge de crispaciones coyunturales.

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Alejandro Llano, “¿Mejorar o transformar la sociedad?”, La Gaceta, 7.XI.07

La caída del muro de Berlín en 1989 no fue sólo un evento emotivo, ni afectó exclusivamente a quienes se encontraban a un lado y otro de aquella ignominia. Constituyó un acontecimiento cultural de primer orden, cuyos efectos se dejan sentir hasta el día de hoy. Significó el final de la era de las revoluciones. Dos siglos tardamos en percatarnos de que, en la entraña de todas las revoluciones políticas europeas, anidaba un elemento totalitario que atentaba contra el respeto a las personas humanas.

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Alejandro Llano, “Dios a la vista”, La Gaceta, 4.XI.06

No sólo los americanos del norte, también nosotros —a nuestro modo— confiamos en Dios Continúa leyendo Alejandro Llano, “Dios a la vista”, La Gaceta, 4.XI.06

Alejandro Llano, “El futuro de la familia”, La Gaceta, 5.X.06

Una tendencia común a todas las épocas parece ser la proclividad a considerar que ese tiempo que en cada caso se está viviendo tiene algo de excepcional. Siempre tiende a pensarse que es el final de una etapa ya completamente superada y la inauguración de un período radicalmente nuevo, en el que será posible despedirse definitivamente de las viejas costumbres. Por ejemplo, desde mediados del siglo XVIII se da al cristianismo por muerto y enterrado. Pero el cristianismo entierra a sus enterradores y renace de sus cenizas como el Ave Fénix. También aquí vale lo del clásico del teatro español: “Los muertos que vos matáis gozan de buena salud”. Para desesperación de los secularistas a ultranza, es preciso seguir contando con la religión, porque una mayoría de la población mundial continúa estimándola como indispensable. Algo de eso está sucediendo hoy con la familia, a la que algunos —confundiendo quizá su deseo con un pensamiento— dan por disuelta y acabada. No es la primera vez ni será la última. Pero, afortunadamente, la institución familiar sale adelante. La inclinación de la mujer y el varón a crear entre ellos un vínculo estable y fecundo, que sirva de cauce al amor mutuo y permita educar hondamente a los hijos fruto de ese amor, está demasiado enraizada en la condición humana como para que una mutación social o económica acabe anulándola. Se dice que en el momento en el que el hogar dejó de ser un centro de producción y de consumo la familia tradicional tuvo que dejar paso a la familia nuclear. Quizá hubo algo de esto, pero en todo caso la institución familiar se adaptó a los cambios y salió incluso reforzada de tal lance. Pero se da un nuevo giro de rosca a esta idea y se mantiene que el hecho de que la mujer haya empezado a trabajar fuera de casa implica la muerte de la propia familia. Ahora bien, la noticia de tal fallecimiento parece un poco exagerada. Porque ya son muchísimos los grupos familiares que han atravesado la nueva situación y, con más o menos dificultades, han logrado consolidar esa comunidad cercana que constituye la única salvaguarda contra la soledad, y que no puede ser sustituida por ningún aparato jurídico que regule los modos de afrontar situaciones de dependencia. Se comienza a mantener, en la actual línea política de intentar asustar a los presuntos conservadores, que el gran enemigo de la familia es el capitalismo. Y, por tanto, que son incoherentes quienes defienden a la vez la institución familiar y la libre empresa. Pero los que lanzan tal especie no se dan cuenta de que la libertad es indivisible y que la familia es la raíz que nutre la vitalidad de la sociedad civil. Los ataques actuales a la familia dejan siempre tras de sí un inconfundible tufo a totalitarismo que un progresismo tan proclamado como irreal no consigue disipar. La memoria histórica también tiene en este punto mucho que decir. Desde luego, el materialismo economicista —sea de izquierdas o de derechas— no es el mejor amigo de la familia. Pero, en todo caso, no es su único enemigo. La familia ha sido la víctima típica de las paradojas del Estado de Bienestar. Ha sido instrumentalizada primero y descartada después por la arrogancia de los políticos, la codicia de los traficantes y la propaganda de los ideólogos. Todos ellos han intentado convertirla en una instancia suplantable y prácticamente superflua, porque se ha prescindido sistemáticamente de los vínculos permanentes de responsabilidad personalizada que constituyen la médula de las relaciones familiares. El adversario más insidioso de la familia no proviene hoy de los intercambios mercantiles, sino de la ideología de género. Atrás han quedado, como si estuvieran superados, el feminismo radical y la organizada presión homosexista. La perspectiva de género intenta realizar socialmente algo aún más turbio. Se trata de un poliformismo emocional que deconstruye la sexualidad y lleva a una postura vital letalmente ambigua. La vieja dialéctica, retraída ya de las relaciones de producción, se ha refugiado en la sensitividad corporal. El bucle conceptual que ahora se riza es la superación de todas las diferencias y, al mismo tiempo, su integración en un mismo cuerpo, de manera que no haya diques para el despliegue del deseo. A la mentalidad de género se están sacrificando actualmente las mejores energías de nuestra sociedad. Pero el mimetismo hacia la familia, la necesidad de imitarla y de beneficiarse de su prestigio, es algo que sigue muy vivo. Prueba de ello es el intento de integrar el matrimonio en la perspectiva de género, y el empeño por facilitar jurídicamente la adopción de niños o facilitar su producción tecnificada. En cualquier hipótesis, el futuro pertenece siempre a la familia. Porque no sólo le corresponde la generación de las nuevas vidas, sino también su cuidado y su educación. La familia no admite sustituto válido.

Alejandro Llano, “Sociedad del conocimiento”, La Gaceta, 19.X.06

En esta temporada pre-electoral, nuestras ciudades ofrecen un aspecto que hace dudar de si nos encontramos ante urbes en construcción o ante ruinas tras un bombardeo. El cemento, el hormigón y el asfalto son las cartas credenciales para presentarse a la reelección. Estamos donde estábamos, no muy lejos de un embobamiento ante las obras públicas que quizá hemos heredado de los romanos. En cambio, ni en los discursos políticos ni en la realidad ciudadana se divisan signos de interés por la innovación, no digamos por la investigación y la enseñanza. Como se maliciaba Unamuno, al español le gusta el bulto, la cosa mostrenca, lo máximamente concreto, mientras que desconfía de los conceptos, sospecha de las ideas y nunca ha manifestado especial amor por la ciencia. Hasta en la Unión Europea, donde no abundan los linces, se han dado cuenta de esta querencia hispana y nos han recomendado que invirtamos la actual tendencia y gastemos la mitad en infraestructuras y el doble en investigación. Hace unos días le pregunté a un colega riguroso y atento a la realidad social qué explicación daba al hecho de que las listas de los libros más vendidos de no ficción ofrecieran títulos tan poco atractivos y, en cambio, pasaran sin pena ni gloria ensayos de mucha mayor enjundia. Su respuesta fue demoledora: “En España, la derecha no lee, y la izquierda es intelectualmente masoquista”. Que la derecha no lee es algo que yo había comprobado desde hace tiempo. Pero, la verdad, esperaba que —entre muchos males— los gobiernos de izquierda, con sus proclamas a favor de la Ilustración, nos trajeran un mayor interés por la cultura y crecientes inversiones en fomento del saber. Pero, desgraciadamente, no ha sido así. Están demasiado ocupados en manipular la opinión pública, en declarar culpables de todo a aquellos a quienes no permiten ni alzar la voz, y en confundir la modernización con las maniobras de desprotección de los más débiles. El anuncio del advenimiento de la sociedad del saber corre el peligro de empantanarse en el lugar común donde —como dice Bernardo Atxaga— chapotean la mayor parte de nuestras palabras. Debemos convencernos de una buena vez de que el fetichismo de la mercancía ha pasado a la historia, y que la punta de lanza del progreso social y económico se encuentra ahora en el avance del conocimiento. La sentencia clásica decía que, a quienes maldicen, los dioses les conceden lo que desean. Pues bien, hace poco escuché de un experto internacional que lo peor que hoy le puede suceder a un país es tener petróleo: Irak, Venezuela, México, Ecuador, Rusia… En cambio, Finlandia no dispone más que de árboles y nieve, pero está a la cabeza de la innovación tecnológica y, no por azar, ocupa el primer puesto en el informe PISA sobre calidad de la enseñanza Tenemos muchas universidades, quizá demasiadas. Pero la mayor parte de las nuevas no son buenas. Muchas de ellas ni siquiera pueden considerarse como auténticas instituciones de estudios superiores. No tienen bibliotecas y, realmente, la investigación es una referencia que no se localiza fuera de la fantasía. Hemos de volver a apostar por las ciencias teóricas y por las humanidades, porque el saber aplicado siempre se alimenta del conocimiento puro. Entre las tres mil carreras que se ofrecen actualmente en España, ha disminuido la proporción de las titulaciones dedicadas a las matemáticas, al griego, a la física teórica o a la historia. Y resulta penoso comprobar que la mayoría de las familias —tan laxas en cuestiones éticas— prohíben a sus hijas o hijos que estudien licenciaturas dedicadas, sin más, a las ciencias o a las letras. El paso hacia la sociedad del conocimiento consiste, sobre todo, en darnos cuenta de que la energía de los talentos humanos es incomparablemente superior a la fuerza de la materia y de todas sus posibles transformaciones. En nuestro país tenemos un caudal impresionante de potencialidades por estrenar, que no son otras que las respectivas inteligencias y libertades de las mujeres y los hombres que integran el mundo del trabajo. Liberemos esa tremenda fuente de energía de las trabas burocráticas y de las estrecheces mercantilistas, pero ante todo del pragmatismo de cortos vuelos que presenta como utopía cualquier surgimiento de lo nuevo. Un esquema económico basado en la construcción, en el turismo, y en una inmigración caótica tiene ante sí muy poco recorrido. El dinamismo interno de la creación de riqueza encuentra actualmente su nacedero en la innovación de conocimientos. Tal creatividad, elevada a la segunda potencia, ya no está limitada ni esencialmente condicionada por las mercancías, por sus intercambios, por las capacidades financieras, ni siquiera por la disponibilidad creciente de información que deparan las nuevas tecnologías. Lo más serio es, ahora mismo, la educación, el aprendizaje, la investigación.

Alejandro Llano, “Paradojas de la intolerancia”, Gaceta, 21.IX.06

Ni siquiera desde el punto de vista semántico se puede decir que el Papa haya atacado al islam Continúa leyendo Alejandro Llano, “Paradojas de la intolerancia”, Gaceta, 21.IX.06

Alejandro Llano, “El velo y la Cruz”, Alfa y Omega, 5.II.04

Quizá el mejor libro escrito en el siglo XX acerca de los presupuestos teóricos de la democracia moderna es Sobre la revolución, de Hannah Arendt. La pensadora judía traza allí una minuciosa comparación entre los dos modelos políticos básicos de la era contemporánea: el francés y el norteamericano. La confrontación no puede ser más actual. Y el resultado de los dos paradigmas evaluados sigue siendo, básicamente, el mismo. El planteamiento galo –con toda su brillante tradición intelectual– tiende peligrosamente a ser autodestructivo; en cambio, el enfoque estadounidense –capaz de generar líderes de tan modesta altura como los que conocemos– crea ambientes fértiles en los que medra la libertad.

Ya Tocqueville había visto, cien años antes, que entre las claves del éxito de la democracia en América se encontraba el tratamiento de la religión. Los tripulantes del Mayflower, y de otros mil barcos repletos de emigrantes en busca de aire libre social, dejaban atrás el control estatal sobre las conciencias y costumbres religiosas. Llegaron al Nuevo Mundo firmemente dispuestos a no permitir que nadie coartara su libertad de credo y culto. Se percataron de que la laicidad del Estado no tenía por qué implicar –todo lo contrario– el laicismo político. Por el contrario, la dinámica generada por la Revolución Francesa nunca abandonó del todo la nefasta oscilación nacional entre el galicanismo y el jacobinismo: el nacionalismo religioso y el laicismo persecutorio.

No es, por tanto, casual (casi nada lo es) que la solución más desafortunada a los problemas planteados por el aspecto religioso del multiculturalismo se haya gestado en París. Se trata de cortar por lo sano: muerto el perro, se acabó la rabia. Como todos quieren jugar, cada uno su juego, lo mejor es romper la baraja, tarea que obviamente corre por cuenta de un Estado que vela por la neutralidad. Ni café, ni nada, para nadie. Pero resulta imposible explicar –o, por lo menos, entender– por qué el hecho de que las niñas lleven velo en una clase presidida por la Cruz sea un obstáculo tan grande para enseñar teoría de conjuntos.

Si no se acepta el pluralismo religioso en la enseñanza, la suerte de la democracia está echada. Mejor que nadie lo saben quienes ni siquiera intentan disimular el pelo de la dehesa totalitaria que antes les cubría y hoy les molesta. La larga campaña para las próximas elecciones legislativas lo declara paladinamente entre nosotros. Propongo un experimento conceptual: imagínese el lector qué sucedería si el planteamiento colectivista que la presunta izquierda intenta llevar a la educación se aplicara al campo de la prensa. La sección Religión y, de paso, quizá también la de Sociedad quedarían canceladas, sustituidas por la de Pasatiempos o conectadas on line con el Ministerio de la Verdad.

Tampoco es casual que en todas las grandes novelas futuristas del siglo XX –Orwell, Huxley, Bradbury– la clave del control de las mentes consistiera en la prohibición de la lectura de libros y la omnipresencia de la televisión. El Gran Hermano ya está, literalmente, aquí. Y lo está haciendo exactamente como lo predijeron los profetas profanos. Gracias a la casi total cancelación de la enseñanza de las Humanidades, se ha conseguido que muchos estudiantes universitarios estén, por ejemplo, incapacitados para entender qué significa Cogito, ergo sum; o cuál es la relación que existe entre el Niño que aparece en un cuadro que figura el nacimiento en Belén, y el Crucificado que aparece en una representación del Calvario.

La ignorancia es pretotalitaria, porque facilita la manipulación. El ciudadano se convierte en un cadáver, calmo y compuesto en su ataúd. Desde Durkheim a Girard, pasando por Pannenberg, se tiene por antropológicamente cierto que la religión es decisiva como factor de imbricación entre cultura y sociedad. Cuando esto no se sabe, el desconcierto se traduce en docilidad y conformismo. La energía cívica decrece hasta agonizar. Y entramos en la época de la dictadura de los mediocres, que desentierran fórmulas cuyo potencial paralizador es cosa demostrada.

La polémica surgida en torno a la mención del cristianismo en el preámbulo de la Constitución europea demuestra hasta qué punto el sectarismo laicista –ya lo siento: con idéntico origen geográfico– puede negar la evidencia histórica. El empeño no consiste en prescindir olímpicamente de todos los supuestos, sino en glorificar unos y censurar los otros. La presunta neutralidad de la república procedimental no pasa de ser un mito pseudoilustrado, que enmascara una agresiva carga ideológica. Es una curiosa dialéctica: el laicismo cancela la laicidad del Estado. La igualación arbitraria y selectiva es enemiga de la equidad. Honrados demócratas se ven sometidos a sospecha, mientras que violentos autócratas esgrimen el látigo de su tolerancia.

Esperemos emanciparnos pronto de ese clericalismo secularizante que ignora la incompatibilidad entre la laicidad del Estado y la imposición del laicismo a la sociedad civil. La libertad no es una graciosa concesión de los poderes públicos a los ciudadanos. Es un derecho que éstos deben ejercer sin pedir permiso a nadie. No hay más libertades que las que uno se toma.

Alejandro Llano, “La derecha y la fe”, Alfa y Omega, 29.III.01

Si alguien dice que no es de izquierdas ni de derechas, entonces es que es de derechas. Hace más de treinta años que escuché por primera vez esta sentencia. Me pareció en aquel momento que no le faltaba buena parte de razón. Pero después la he oído repetir una y otra vez. Y ahora pienso que los que mantienen actualmente esta tesis no saben en qué mundo viven.

Las categorías políticas de izquierda y derecha estaban vinculadas a la alternativa de las visiones revolucionaria y contrarrevoluciaria de la Historia. Pues bien, hoy día tales concepciones del mundo y de la sociedad prácticamente han desaparecido, al menos en los países occidentales. El eje político fundamental ya no es derecha/izquierda, sino humano/no humano. De manera que hay que repensar toda la configuración del espectro ideológico.

La izquierda se oponía sistemáticamente a todo lo establecido en la sociedad burguesa. Por eso estaba en contra del capitalismo, de la religión, de la estabilidad familiar, de la enseñanza privada y de la ética tradicional; al mismo tiempo que reivindicaba formas extremas de libertad, mayor peso del Estado y ruptura de los convencionalismos rancios. La derecha, en cambio, era fundamentalmente conservadora. Estaba a favor de las manifestaciones públicas de la fe religiosa, del capital y la empresa privada, de la libertad de enseñanza, del papel esencial de la familia y de la autonomía de las iniciativas sociales; a su vez, se oponía al igualitarismo económico, a la creciente influencia de la Administración en todos los aspectos de la vida, a la secularización de la sociedad y a la pérdida de respeto a los valores y costumbres tradicionales.

Tales convicciones y propósitos —en la medida en que perviven— están hoy tan entrelazados que difícilmente se podrían adscribir con certeza a los presuntos progresistas o a los tomados por conservadores. Desde luego, no tiene mucho sentido decir que quienes se oponen a la fe religiosa son preferentemente de izquierdas, y quienes la favorecen más bien de derechas. Y la inversa tampoco es cierta. Para no continuar protestando indefinidamente contra la realidad vigente, la izquierda se hizo tecnocrática y acogió buena parte de las ideas típicas de la derecha, sin recatarse de acudir ocasionalmente a la religión para defender los pocos ideales humanitarios que todavía recordaba. Los representantes de la derecha se convirtieron en valedores de la libertad, pero frecuentemente ya no sabían a qué objetivos encaminarla, como no fuera al afán de lucro económico y el mantenimiento de ventajas adquiridas; por ello comenzaron a sospechar de la doctrina social de la Iglesia católica, que insistía en ponerse a favor de los más necesitados. Hoy por hoy, derecha e izquierda vienen a coincidir en la visión tecnocrática de la esfera político-económica y en el individualismo moral.  Humano o no humano Todo esto es en buena parte cierto, se dirá, pero aún siguen existiendo partidos de izquierda y de derecha, aunque tanto unos como otros tiendan a deslizarse hacia esa zona, más bien ambigua, que recibe la mágica denominación de centro. ¿Cómo evaluar entonces sus respectivas posiciones respecto a una ética no relativista y a una fe religiosa que no se agote en el sincretismo de la new age, sino que admita francamente la realidad de los misterios cristianos con su necesaria repercusión en la vida personal y social? Mi respuesta quedó apuntada antes: ya no vale medir estas actitudes en términos de progresismo o conservadurismo; ahora hay que juzgarlas desde la perspectiva de lo humano y lo no humano. Porque el Hijo de Dios, encarnado en Jesucristo como hombre perfecto, confirma y eleva la dignidad de toda persona humana.

Con esta clave, parece que la izquierda se queda con la peor parte. Eufemismos al margen, es patente sobre todo que la mentalidad abortista encuentra un apoyo casi generalizado a babor del arco político. Y si hay algo que merezca la calificación objetiva de no humano, inhumano incluso, es el atentado masivo contra la vida de seres humanos concebidos y aún no nacidos. Con el agravante de que las nuevas posibilidades biotecnológicas pueden utilizarse también contra la dignidad de la persona humana. No es casual que los partidarios de la liberalización del aborto apoyen, en buena parte, tal tipo de prácticas rechazadas por la bioética seria y por las confesiones religiosas de alcance universal. Éste es hoy el punto crítico: la defensa de la vida. Lo que todavía se llama convencionalmente izquierda tiene aquí poco que aportar. Sus estrategias han evolucionado, en cambio, positivamente en lo que concierne a la libertad de enseñanza, e incluso en algunos aspectos de protección económica a la familia. A su favor hay que poner, más claramente, la defensa de los menesterosos, la solidaridad internacional, el apoyo a los emigrantes y la protección del medio ambiente natural.

Al hacer un balance que tenga en cuenta los valores de la ética y de la fe religiosa, lo que coloquialmente se sigue llamando derecha tiene, aparentemente, todas las de ganar. Pero si esto fue así en el planteamiento clásico de esta dicotomía, cosa que también habría que matizar, el entreveramiento ideológico antes examinado motiva que la situación es hoy día menos clara. Desde luego, ni el militar en un partido de derechas ni el votar a su favor en unas elecciones es garantía de un temple netamente positivo respecto al valor de la vida y la vigencia de la fe cristiana en la sociedad actual. Y habrá que añadir que el factor ideológico neoliberal y economicista, tan notorio a estribor de la nave pública, se presenta demasiado frecuentemente como escasamente humano, muy pobre al menos en componentes humanistas.

Es cierto que las formaciones políticas de la derecha y el centro-derecha no han sido las protagonistas del lanzamiento legislativo del aborto. Entre otros motivos porque la mayoría de sus votantes siguen estando en contra de tal aberración ética. Pero, llevadas de una comprensible táctica y de un menos admisible oportunismo, su defensa de la vida no nacida ha solido adoptar un perfil minimalista. Además, la generalizada debilitación de criterios morales en la sociedad consumista, que inevitablemente se ha filtrado entre los líderes y votantes de la derecha, les ha privado de la lucidez y la energía para adoptar posiciones claras en cuestiones de tipo biotecnológico que afectan negativamente a la ética médica y a la recta conciencia religiosa.

Nos acercamos así a un aspecto clave del problema. Tanto la derecha tradicional como la modernizada no se han caracterizado precisamente por su alta valoración de la cultura. La peligrosa manía de discurrir y estar al tanto de las letras y la filosofía del momento parecía reservada a los intelectuales de izquierda, especie poco fiable para las gentes de orden. La pobre densidad conceptual que ha caracterizado la fe religiosa de no pocas personas en los dos últimos siglos es una de las causas del retroceso social de la vida cristiana en nuestro país y los de su entorno. Y lo que es más preocupante: la insistencia por parte del magisterio ordinario de la Iglesia en la necesidad de una sólida y profunda formación doctrinal no ha encontrado un eco suficiente entre los católicos. En esto, siento decirlo, no hemos avanzado gran cosa últimamente, a pesar del audaz testimonio de ese profundo pensador que es Juan Pablo II. No es justo, en consecuencia, transferir a los políticos una responsabilidad que recae sobre un pueblo cristiano que padece anorexia cultural y se muestra inclinado al materialismo práctico.

Fe y convivencia, inseparables La doctrina social de la Iglesia contiene un rico acervo de orientaciones acerca de la vida ciudadana, con especial énfasis en los aspectos éticos de la actividad económica y en las exigencias de la justicia social. Pero habría que preguntarse: ¿cuántos católicos españoles han leído las recientes encíclicas sociales? Si la respuesta es la que me malicio, no es extraño que bastantes políticos, tecnócratas y empresarios encuadrables en la consabida derecha, adopten hoy día teorías y prácticas alejadas de una concepción humanista de la vida económica y social. Ciertamente, defienden a capa y espada la libertad. Lo cual está muy bien, porque el estatismo y la socialización centralizada de la actividad productiva y financiera han resultado nefastos allí donde se han intentado implantar. Pero una libertad que tenga su núcleo en la transformación e intercambio de bienes materiales es difícil que no ronde los aledaños del materialismo y, por lo tanto, que acabe perdiendo su envergadura personal y comunitaria. No dejaría de ser paradójico que los presuntos defensores de la fuerza del espíritu tuvieran siempre en la boca modelos y cálculos que están plenamente insertos en lo que Niklas Luhmann llama sistema y que considera, con toda razón, como lo más típicamente no humano.

En clave positiva, la tarea actual de los promotores de la libertad y amigos del espíritu debería ser obtener a fondo las consecuencias del presente tránsito hacia la sociedad del saber. Porque, en esa nueva configuración social que se vislumbra, lo decisivo ya no será lo cuantitativo sino lo cualitativo; las personas volverán a situarse delante de las máquinas; la verdadera riqueza de las naciones ya no residirá en las mercancías: consistirá en la capacidad de generar nuevos conocimientos. La renovada primacía de la inteligencia y la voluntad, la amplitud de horizontes y la claridad de finalidades permitirán la conexión fecunda entre lo personal y lo sistémico, posibilitando así evitar los extremos del economicismo craso y del moralismo utópico: hoy es posible ser de izquierdas en lo económico y de derechas en lo cultural.

No cabe confundir tan prometedor panorama con ese precipitado suyo que es la globalización. Porque, como bien se ha dicho, lo primero que se ha globalizado es la pobreza. Y, según un personaje tan poco sospechoso como Michel de Camdessus, la pobreza puede producir el colapso de todo el sistema. Entre tanto, los especialistas en la cuestión señalan que el curso actual de la mundialización está agudizando las diferencias entre los países pobres y los ricos. Dentro de las propias naciones del capitalismo avanzado, también en España, la distancia entre los más necesitados y los más favorecidos, se amplía y se ahonda. Mientras que la sensibilidad social de los grupos más conservadores tiende a reducirse drásticamente. Todo lo cual no puede figurar, por supuesto, en la columna contable del haber de la nueva derecha.

La fe religiosa y la derecha política —igual que la izquierda— no se mueven en el mismo plano. La política es terrena y de suyo opinable; la fe es trascendente y confiere certezas. La Iglesia no está comprometida con ningún sector ideológico determinado y los católicos, dentro de la ética ciudadana, gozan de la más plena libertad política. De ahí que estén de más los intentos de mezclar las cosas, confundirlas, o intercambiar acusaciones. Pero la persona humana que cree y que convive es unitaria. Casi todo se le puede perdonar, pero no la incoherencia.

Alejandro Llano, “La universidad, ante lo nuevo”, X.02

Lección inaugural del curso académico 2002/03 en la Universidad de Navarra. Continúa leyendo Alejandro Llano, “La universidad, ante lo nuevo”, X.02

Alejandro Llano, “Empresa y responsabilidad social”, 23.XI.02

Conferencia pronunciada en el Palacio de Congresos de Madrid en la Jornada de Antiguos Alumnos del IESE. Continúa leyendo Alejandro Llano, “Empresa y responsabilidad social”, 23.XI.02

Alejandro Llano, “La hora de la Sociedad de la Inteligencia”, NR, VII.00

Nueva Revista, nº 70, VII-VIII.00 La Sociedad del Conocimiento será, sobre todo, la sociedad de la inteligencia. Es preciso recuperar una noción de sabiduría práctica no lastrada por prejuicios. Se trata, según Alejandro Llano, de un hábito cognoscitivo individual, que se adquiere mediante un aprendizaje continuo, que mejora y se consolida en el trato social, que antepone las personas a las cosas y que fomenta, finalmente, en las organizaciones los valores de la innovación y la solidaridad.

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Alejandro Llano, “La otra cara de la globalización”, NT, III.01

Está muy bien que se empiece a hablar del “rostro humano de la globalización”, porque ciertamente lo tiene. Es un grandioso fenómeno que nos une, que nos aproxima, que –por la facilidad de los medios de transporte y las nuevas tecnologías de la comunicación– nos acerca unos a otros de un modo impensable hace tan sólo una década.Pero lo interesante de lemas y divisas no es tanto lo que dicen como lo que sugieren o, expresado maliciosamente, lo que “delatan” o “traicionan”. Si hay un rostro humano de la globalización, es porque –cual Jano bifronte– también tiene otra cara, menos cercana a la persona, menos humana, deshumanizadora quizá. Y, como suele pasar con la discusión intelectual de cualquier tema, el meollo de la cuestión se nos revela mejor si jugamos a contraponer los dos costados del problema, para adquirir una visión sintética del fenómeno de que se trate. Y no olvidemos que “sintética” equivale a “constructiva”, “elaboradora”, “creativa”.Abandonamos, por tanto, de entrada el simplismo bobalicón de quien se felicita de continuo porque, al fin, se nos ha metido en el mismo “globo”, sin darse cuenta quizá de que sus paredes son de deleznable material sintético y de que lo lleva un niño atado a su mano con una cuerda.

Afortunadamente, ya han pasado los días del entusiasmo indiscriminado y poco reflexivo por la mundialización. En un congreso sobre el tema, por ejemplo, uno de los ponentes se complacía en señalar que un pastor de camellos en el desierto del Gobi podía enterarse en “tiempo real” –con un pequeño transistor y vía satélite– de las cotizaciones de la bolsa de Nueva York. La pregunta estaba servida para dispararla a matar en el diálogo que vino inmediatamente después: “¿Para qué necesita un pastor del Gobi saber cómo va el índice Nasdaq en la apertura de Wall Street”. Aquello me recordó el castizo interrogante del viejo chotis: “¿Y qué haces tan temprano en Nueva York?”.Este mínimo chascarrillo nos pone ya en la pista de una de las más notorias paradojas de la globalización, a saber, que es escasamente global. Los estudiosos del tema calculan que toda la parafernalia de la mundialización –compuesta por las nuevas tecnologías informáticas y telemáticas, la new economy neoliberal, la interpenetración de las culturas o multiculturalismo, y la llamada “sociedad de la información”– sólo afecta al 15% de la población mundial, mientras que gran parte del resto sigue viviendo en unos niveles que van desde el Neolítico hasta los bordes inferiores de la civilización romana, eso sí, de un modo muy ecológico. Dicen los que se dedican a poner números a lo cotidiano, que el 65% de las personas nunca ha hecho una llamada telefónica y que en la isla de Mannhatan hay más conexiones electrónicas que en toda África.Podríamos afirmar que lo primero que se ha globalizado es la pobreza. Y un personaje tan poco sospechoso de –horribile dictum– socialdemocracia, como es Michel de Camdessus ha afirmado recientemente que “la pobreza puede hacer saltar todo el sistema”. Viene a mi memoria lo que nos pasaba en el campamento de milicias universitarias con los lanzagranadas Istalaza (el hispano bazooka): que lo importante no era que el proyectil diera en el blanco –empeño desechado de entrada– sino que el “rebufo” no escaldara a la mitad de la compañía. Es a lo que los sociólogos llaman “efectos perversos”, que parecen multiplicarse cuando las soluciones que se buscan a los problemas se apartan de la tierra natal de las personas y sus relaciones insustituibles.La irrupción de los procesos mundializadores ha conducido a que la distancia de riqueza entre los países –y, dentro de cada uno, entre sus diversos niveles sociales– haya crecido exponencialmente en los últimos lustros. La diferencia entre un rico de un país rico y un pobre de un país pobre es un abismo que no se había registrado nunca hasta nuestro tiempo. En términos generales, según algunos historiadores de la economía, hace mil años la distancia entre el país más rico del planeta (a la sazón la China) y los más pobres (entre ellos, la mísera Europa) era de 1’2 a 1. Hoy, esa desproporción entre acaudalados y miserables se eleva hoy a la relación de 9 a 1, y sigue creciendo ininterrumpidamente. Quizá esta dinámica de desigualdad brote de las necesidades internas del nuevo modo de trabajar y comunicarse. Pero yo diría con Richard Sennett: “No sé cuáles son los programas políticos que surgen de esas necesidades internas, pero sí sé que un régimen que no proporciona a los seres humanos ninguna razón humana para cuidarse entre sí no puede preservar por mucho tiempo su legitimidad”.Más autorizado y dramático es el panorama que traza Juan Pablo II en su carta apostólica Al comienzo del nuevo milenio: “Nuestro mundo empieza el nuevo milenio cargado de las contradicciones de un crecimiento económico, cultural, tecnológico, que ofrece a pocos afortunados grandes posibilidades, dejando no sólo a millones y millones de personas al margen del progreso, sino a vivir en condiciones de vida muy por debajo del mínimo requerido por la dignidad humana. ¿Cómo es posible que, en nuestro tiempo, haya todavía quien se muere de hambre; quien está condenado al analfabetismo; quien carece de la asistencia médica más elemental; quien no tiene techo donde cobijarse? El panorama de la pobreza puede extenderse indefinidamente, si a las antiguas añadimos las nuevas pobrezas, que afectan a menudo a ambientes y grupos no carentes de recursos económicos, pero expuestos a la desesperación del sinsentido, a la insidia de la droga, al abandono a edad avanzada o en la enfermedad, a la marginación o a la discriminación social” (n. 50).

Estamos ante una globalización monocéntrica, que habla (mal) inglés y tiene su núcleo en Estados Unidos y “países satélites”. Se trata, por consiguiente, de una estructura unilateral y estática (otra paradoja), en la que no hay apenas feedback ni descentralización sistémica. Así entendida –lamento decirlo con otros muchos– la globalización es un procedimiento para que los poderosos se aprovechen de los débiles. Ahora bien, y aquí surge la “oportunidad vital”, la propia estructura tecnológica y económica en la que se apoya la mundialización abre la posibilidad de establecer en los lugares más insospechados del planeta una dinámica endógena, es decir, una emergencia de creatividad y talento que puede dejar “descolocados”, al menos durante alguna temporada, a los presuntos árbitros de la situación. Y de esto, afortunadamente, también empieza a haber algunos ejemplos.Las condiciones de posibilidad de ese dinamismo endogénico no estriban en la adquisición masiva de ordenadores, en la apertura de sucursales de empresas multinacionales a pie de obra, o –menos aún– en la patética idea de la Cumbre del Milenio en Nueva York, consistente en instalar una terminal de Internet en cada escuela del Tercer Mundo (sin aclarar en dónde sería posible enchufarla, ya no a la “red”, sino a la corriente eléctrica, y qué comerían los niños y niñas entre web y web). Tales condiciones de posibilidad estriban en la elevación del nivel educativo y cultural: no es otro el lado humano de la globalización. Y esta oportunidad comparativa se acrecienta porque un uso perverso de las nuevas tecnologías, y en especial de la televisión e Internet, ha provocado un espectacular descenso del nivel de la enseñanza en el epicentro de la globalización. “Terrible es la persona de un solo libro”, se decía antes, para indicar la potencia intelectual de alguien que se supiera de cabo a rabo una buena obra. Hoy sólo habría que multiplicar por seis o siete. Aunque se encuentre en una tribu de pigmeos o bosquimanos, quien haya leído a fondo siete buenos libros es hoy una persona comparativamente muy culta. Mientras que en los países que son los nudos de la famosa “red”, un intelectual se empieza a definir como “el que ha escrito un libro o leído dos”.La clave de la cuestión, como he dicho en algún otro lugar, estriba en distinguir la información del conocimiento. La información es algo externo a la mujer y al hombre, algo que hay que extraer, transmitir, organizar, procesar y, si se tercia, manipular. El conocimiento, en cambio, es el rendimiento vital por excelencia de ese animal que habla: el ser humano. Es un crecimiento en su ser, un avance hacia sí mismo, una interna potenciación de sus posibilidades más características.

El rostro humano de la globalización es la posibilidad de intercambiar y difundir conocimientos en una sociedad en la que el saber –y ya no las mercancías o los territorios– es la clave de la riqueza de las naciones. El conocimiento no es propiedad de nadie, es difusivo de suyo, no se agota nunca, se acrecienta al compartirlo. Su intercambio presenta, por tanto, caracteres antitéticos a los del mercado (como ya empieza a manifestarse en algunos aspectos del e-commerce por Internet, según ha señalado Jeremy Rifkin en su libro La era del acceso).Dicho sea abruptamente: el lado humano de la globalización es el ágora o el areópago: un espacio libre y abierto para un saber que se hace accesible a todos. Mientras que la cara excluyente y cerrada de la mundialización es lo que ya Nietzsche llamó “el mercado universal”, cuyas transacciones siempre acaban beneficiando casualmente a los mismos.

Hoy por hoy, no nos engañemos, la globalidad mundial es, sobre todo, un gran zoco en el que los que lo dominan pueden vender más caro y comprar más barato. Es el fantasma de la “nueva economía”, que sobrevuela el mundo. Es el “capitalismo flexible”, inteligentemente criticado por Richard Sennett en su imprescindible libro La corrosión del carácter. Según este autor, las empresas de la new economy son conglomerados fugaces, sin rostro y sin patria, que se fusionan o desmembran como fragmentos de organismos elementales. Quienes en ellas trabajan ya no tienen sentido alguno de pertenencia a una comunidad, porque dependen sobre todo de un factor externo incontrolable: la cotización financiera de unos títulos cuyos precios casi nunca responden al valor real de las cosas, especialmente en el área de los llamados “telecos”, en la que se compra y se vende el aire vacío de un futuro que todos coinciden en desconocer.

Y sucede así algo que es políticamente incorrecto decir: que la mayor parte de las fusiones no son, a medio plazo, económicamente rentables, aunque el primer día sean saludadas con alborozo en las Bolsas internacionales. Sucede, empero, que los equipos directivos de las correspondientes macro-corporaciones tienen que demostrar con tales procesos su arrojo y flexibilidad en la gestión. Las fusiones o adquisiciones hostiles llevan consigo, inevitablemente, el temido down sizing, o sea, la necesidad de prescindir de muchos de los empleados y directivos –los mejores, a veces– para que no se produzcan solapamientos y redundancias. Los que tienen la suerte de quedarse no pueden evitar pensar que ellos serán los próximos, por lo que su productividad inevitablemente decrece. Si antes era normal que un profesional medio cambiara de empresa –con el afán de mejorar su posición y sueldo– tres o cuatro veces en la vida, hoy esos cambios pueden llegar a ser once o doce a lo largo del curso vital, con la particularidad de que, en cada mudanza, el puesto y el salario obtenidos son más bajos. Y todos preparan un plan de pensiones y un buen hobby para cuando alcancen los cincuenta y cinco años. ¿Qué se hizo de nuestro énfasis en la cultura corporativa? Ahora sería más urgente poner en marcha procesos de educación para el desarraigo.El otro día sorprendí la siguiente conversación entre dos personas que estaban comparando la “fiebre de las nuevas tecnologías” con la “fiebre del oro”: —La fiebre del oro –afirmaba uno de ellos– arruinó a muchas personas.—Así es –contestó su interlocutor– pero también enriqueció a unos pocos: los fabricantes de picos y palas.El mal camino es invertir por esnobismo oportunista en globalización, abriendo “portales” sin contenido, estableciendo “sitios” donde no hay nadie, comerciando con los detritus de pornografía y violencia de una sociedad con escasos recursos morales. Lo cual conduce –de rechazo– a que algunas grandes compañías ya no inviertan lo suficiente en el perfeccionamiento de sus tecnologías propias, como ya está sucediendo patentemente en la industria del automóvil (al parecer, con la excepción de BMW, inasequible para todos los de mi nivel). Es la sociedad del espectáculo, el mundo como representación, el teatro de las maravillas, la renovación a lo grande de la sofística, manejada por esos chamarileros a quienes ya Platón calificó de “mercaderes ambulantes de golosinas del alma”. Lo que se compra y se vende, entonces, ya no son cosas, sino experiencias y el correspondiente tiempo vital, un bien sumamente escaso.El buen camino es la incorporación y el engarce de las nuevas tecnologías con las tecnologías industriales y postindustriales, ya clásicas. Se trata de empezar, no pretendiendo hacer cosas nuevas que nadie sabe bien qué son ni como se fabrican, sino haciendo mejor y difundiendo más las que ya sabemos manejar, porque es así como de verdad se llega a hacer cosas verdaderamente nuevas, que aportan auténtico valor añadido a las empresas y a sus productos y servicios reales. Y en tales empeños sí que son imprescindibles las nuevas tecnologías, la retórica de la innovación, y el pensamiento a escala mundial.

En lugar de comerciar con humo, la sociedad del conocimiento, que es la base estructural de la globalización, tiene que apostar por la investigación científica en un ámbito universal, por la colaboración en la innovación tecnológica y en la terapia biomédica, por una educación de calidad en todos los niveles, dirigida a los niños y jóvenes de Madrid, Retuerta del Bullaque, Villatuerta de los Ojos, el Magreb, Ecuador, Rumanía, Cintruénigo o Bruselas. Porque, ante el saber, todos somos estrictamente iguales. Y nadie ha podido ni podrá demostrar que los varones son más listos que las mujeres, que los morenos son menos espabilados que los rubios, o que el RH negativo entronca nuestra raza con la estirpe de los titanes. Los que hacen lo contrario ya fueron definidos por San Pablo en la Epístola a los Romanos como aquéllos que “tienen prisionera a la verdad en la injusticia”. Y Tomás de Aquino añadió doce siglos después: “Dos cosas hay que corrompen la justicia: la falsa prudencia del sabio y la violencia del poderoso”.

Como ha señalado Carlos Llano en un artículo publicado en la revista mejicana Istmo, la otra cara de la globalización nos trae a la memoria un peligro que el autor denomina con la expresión ubicuidad inversa. En efecto, si no sabemos encontrarle a la globalización la buena cara, no sólo perdemos la oportunidad que con ella se nos ofrece de hacer que nuestra actividad sea ubicua, casi omnipresente: que podamos estar a la vez en muchos lugares. No sólo no aprovechamos esa oportunidad, sino que nos amenaza además el peligro de su inversión, de su vuelco: que otros muchos puedan introducirse en nuestro lugar.

Y lo cierto es que el grupo de los siete u ocho países más poderosos de la tierra no ve con buenos ojos las tempranas competitividades, que están apareciendo de manera no del todo funcional, según ellos. Y eso, mírese por donde se mire, nada tiene de flexibilidad: solía llamársele rigidez. De ahí que mis sentimientos, al menos, no estén en los salones enmoquetados y floridos donde se reúnen los tecnócratas del G 7/G 8, sino con lo que representan los manifestantes airados (entre los que habrá de todo) en las calles de Seattle, Praga, París o Washington, que piden –¡oh sorpresa!– libertad de comercio. Y ésta sí que es una picante paradoja: ¡Adam Smith a las barricadas! Tan contundente ha sido el triunfo del neoliberalismo que incluso aquéllos para los que no estaba previsto han acabado por creer en sus bondades y reclaman un lugar a la lumbre.Este fenómeno de la ubicuidad inversa es el que está produciendo la interesante coincidencia entre la globalización y el multiculturalismo. Por un lado, los estudiantes de cualquier universidad del mundo visten exactamente igual: vaqueros, chaquetones, gorritos, mochilas. Pero en la Madison Avenue de Nueva York y, más modestamente, en la calle Carlos III de Pamplona, además de ver las mismas marcas de ropa que en todas partes, y escuchar la misma música en pubs y discotecas, se detectan grupos humanos que exhiben exóticos atuendos, hablan idiomas ininteligibles, venden extraños alimentos y están decididos a quedarse allí para siempre, ya que han salido con bien del tremendo filtro de las “pateras” en el Estrecho de Gibraltar, o de la experiencia de los “espaldas mojadas” en el Río Grande o Bravo, según se mire, que separa USA de México. Y ésta es una de las mejores piedras de toque para evaluar la calidad moral de la mundialización: cómo acogemos a los emigrantes y cómo tratamos a los extranjeros. Y, en general, la respuesta a esta pregunta es desoladora: mal. Y, si no, que se lo pregunten a los parientes de los ecuatorianos adultos y menores, “sin papeles”, arrollados por el tren cuando atiborraban una vieja furgoneta y se dirigían a recoger brocolí por un salario muy inferior al legal. Y que se pidan explicaciones a un gobierno que pretende prohibir el empadronamiento de quienes no han conseguido superar con éxito la carrera de obstáculos de la burocracia, de manera que se quedarían sin ningún derecho –también sin la posibilidad de asistencia médica a los niños enfermos– además de imposibilitados para demostrar posteriormente que han permanecido en el país los cinco años precisos para obtener la residencia y el permiso de trabajo. Al leer estas noticias en los periódicos, uno piensa que se ha confundido y ha cogido por error un ejemplar de El proceso de Kafka.Y el propio Frank Kafka –enemigo declarado, por cierto, de la lucha de clases y de la socialdemocracia de su tiempo– fue quien mejor captó la diferencia entre el capitalismo como sistema económico, al que no hay nada que objetar, y el capitalismo como espíritu y forma mental de toda una civilización. En este segundo sentido, llegó a decir: “El capitalismo es un sistema de dependencias que van de dentro a fuera, de fuera a dentro, de arriba abajo y de abajo arriba. Todo depende de todo, todo está atado. El capitalismo es un estado del mundo y del alma”.Las soluciones al problema de la inmigración no son sencillas. Pero, de entrada, habría que pensar en la erosión de la imagen del hombre, la mujer y la familia que ha conducido a una penosa caída de la natalidad en las naciones donde existen más disponibilidades para alimentar nuevas bocas. Y, desde luego, parece imprescindible poner en práctica la mínima solidaridad que habría de conducir a los países desarrollados a invertir en los puntos de partida de las corrientes migratorias, con ánimo de ayudar y no solamente rentabilizar una mano de obra mucho más barata. Sólo con el dinero que gastan cada año los estadounidenses en cosméticos o los europeos en helados se podrían solucionar los problemas estructurales de África entera.El aspecto más popular y pintoresco de la globalización es, sin duda, la “red”, territorio en el que reina Internet. Yo –lo confieso– soy un reciente converso a este ingenio informático y asiduo consumidor del e-mail. Pero no puedo dejar de lamentar el tiempo que malgastan algunos de mis colegas y estudiantes (yo mismo, sin ir más lejos) en un navegar que mejor merecería la aplicación del verbo “vagar”.Tal parece que, con Internet, la “aldea global” de MacLuhan se ha convertido en la “familia global”. Pero no es así, porque el internauta suele ser un llanero solitario, que es capaz de cambiar de personalidad, y para el que el mundo virtual es cada vez más el único mundo real. La soledad de Internet: ¿Cómo pueden hacerse amistades electrónicas o iniciar a través de cable o satélite un amor de por vida? Según diría Unamuno: “queremos bulto y no sombras”. Si ahora se sostiene que todo lo que no está en la red, no existe, la paradoja que resulta es hondamente metafísica, porque cualquier cosa que aparece en la pantalla de un ordenador es de suyo irreal, de manera que –más allá de todo posible idealismo– llegaríamos a la conclusión de que sólo lo irreal existe. Triunfa la desencarnación, la desespacialización, las almas sin cuerpo, los signos sin referente real.Como dice William Knobe, se está produciendo una erosión del lugar, del ubi; un desarraigo del ser humano respecto a esos lugares que en mi tierra asturiana se designan –con raíz latina o griega– como “halladizos” o “topadizos”. Se trata, sobre todo, del hogar, que es de donde partimos, como dice T. S. Eliot, o a donde siempre regresamos, según apunta más certeramente Rafael Alvira. Nos alejamos de lo que nos es personalmente cercano, mientras que nos acercamos a lo que es de suyo lejano.Aquello que es, en aspectos comerciales e industriales, una ventaja –la eliminación de los inventarios fijos, el just in time– ha revertido, desde una óptica humana, en una erosión de la personalidad. Porque, según dice también Carlos Llano, las personas lo son mutuamente: sólo se es persona para otras personas. Si ese contacto empático, connatural, se esfuma, la persona se convierte en un agente, en un operador unido a una máquina. Según la definió Santa Edith Stein, la empatía es el inmediato conocimiento del otro en su cuerpo. Porque el cuerpo no es una especie de envoltura accidental de la mente: yo soy mi cuerpo. Y el cuerpo representado en una pantalla o en una fotografía ya no es un cuerpo: no se parece nada a un cuerpo humano, por la fundamental razón de que no está vivo y –según notábamos– ni siquiera es real. Como dijo Machado, “el ojo que ves, no es ojo porque tú lo veas, es ojo porque te ve”. Mirar a unos ojos que no me ven no me permite penetrar en un alma de la que el rostro es espejo. Sin la captación del latir corporal, de las sombras, escorzos y movimientos casi imperceptibles, es imposible que salte la chispa de la emoción amistosa, de la cercanía entrañable. Y esto no es sentimentalismo. Al menos, no lo era para San Juan de la Cruz, cuando escribía: “Mira que la dolencia de amor, que no se cura, sino con la presencia y la figura”.Las relaciones electrónicas tienen una índole fundamentalmente técnica, mientras que las relaciones comunitarias o familiares son básicamente humanas. Incide aquí el eje que, según el sociólogo Pierpaolo Donati, es el decisivo en la sociedad actual: el eje humano/no humano. Con la particularidad de que hoy lo no humano tiene, en principio, a su favor el carácter formalizado y programable, mecánicamente infalible, exento de error. Mientras que lo humano está sometido a multitud de posibles deficiencias: es lo que llamamos “fallo humano” cuando, por ejemplo, se examinan las causas de un accidente aéreo. De manera que la “humanización” ya no es –en este contexto– un valor incuestionablemente positivo, porque lo humano es lo contingente, lo imprevisible, lo que quizá viene a perturbar procesos tecnológicos programados cuidadosamente desde hace mucho tiempo. No es extraño, entonces, que Niklas Luhmann sitúe a la persona en el ambiente y no en el sistema. Lo cual parece que equivale, de entrada, a trivializar la libre incidencia de los seres humanos en los procesos sociales. Aunque, como dice Pedro Morandé, presenta también la ventaja de que, por fin, se aclara –desde una perspectiva no precisamente humanista– que el comportamiento personal y social no depende decisivamente de los medios de producción ni de las estructuras sociales.Pero no hay por qué contraponer esta duplicidad de carácter, respectivamente, técnico o humanista. Es esencial que las relaciones humanas verdaderas se sigan dando por mucho que avance la técnica. La armonía en la contraposición es la síntesis creativa, a la que se hacía antes alusión. El espumoso crecimiento de la comunicación electrónica –globalizada e individualizada a la vez– debe venir acompañado por un no menos fuerte desarrollo de la comunidad personal y por un creciente cultivo de las Humanidades.La informática y la telemática –y, en general, todos los soportes técnicos de la globalización– son procedimientos de “descarga” que nos exoneran de las labores rutinarias o, en general, automatizables. Con lo que empieza a resolverse la típica aporía de cómo encontrarle sentido a un trabajo puramente repetitivo y, por lo tanto, tedioso y carente de interés. Porque, en principio, ese tipo de labores ya no tienen que ser ejecutadas por una persona. Y, si lo son, siempre es posible buscarles un sentido en el contexto de unas tareas que incorporan un alto componente intelectivo. Como dice Guido Stein, “la técnica (o el esfuerzo por ahorrar esfuerzos en definición orteguiana) precisa de alguien que sepa qué hemos de hacer con los esfuerzos ahorrados. Esta tarea difícilmente se puede encomendar a alguien distinto de quien es capaz de inventarse y superarse a sí mismo: la persona”.También se ha de estar prevenido ante la ventaja de la inmediatez, tanto temporal como espacial que los nuevos medios audiovisuales traen consigo. El filósofo José Gaos, comentando el ansia de velocidad contemporánea, apuntaba a la precariedad constitutiva de nuestras satisfacciones, que son por naturaleza incapaces de colmar el ansia de infinitud humana. De ahí la velocidad, la prisa, el deseo de llenarnos con una serie infinita de satisfacciones finitas, confundiendo la plenitud de la felicidad humana con su precipitado transcurrir.

Quien recibe una información sobreabundante e inmediata, con velocidad y apremio, es quien más necesitado está de criterio para seleccionar qué información es la relevante y cuál la superflua. De ahí que el azacanado directivo, en vez de pasarse tantas horas pegado al teléfono móvil o conectado al e-mail, haría mejor en leer sosegadamente el Oráculo manual y arte de prudencia de Baltasar Gracián, El criterio de Jaime Balmes, o El defensor de Pedro Salinas; y, en general los clásicos que, en vez de transmitirnos en forma de best-seller la penúltima ocurrencia de cualquier cabeza mediocre, nos enriquecen con la fastuosa plenitud de ideas y sabiduría que la humanidad ha ido acumulando a lo largo de siglos, y que siguen siendo rigurosamente actuales.

Por lo que se refiere a la inmediatez espacial, habría que tener en cuenta los riesgos de la “muerte de la distancia”, a la que se ha referido Frances Cairncross. Porque la inmediatez es propia de los sentidos, mientras que la distancia es propia de la inteligencia. La eficacia humana no deriva de la proximidad física al objeto ni de la rapidez en reaccionar frente a él. Lo específico del hombre nace donde hay tranquilidad, lentitud, sosiego, distancia, perspectiva de plazo, panorama de espacio. “Pensar es pararse a pensar”, dice Leonardo Polo. Pensar no es la respuesta inmediata a un estímulo, sino la visión global de lo que ocurre en una secuencia amplia y un panorama abierto. Donde el animal tiene instinto, esquemas desencadenantes innatos, el hombre tiene historia.

Y a ello debe contribuir la formación universitaria: a ampliar los horizontes, a formar personas con visión de gran angular, que sepan ver lo que hay detrás de una página web, de unas cotizaciones de Bolsa, de un paper publicado en Nature o en Science, de un ensayo a la moda, del discurso de un político o de los repetidos empates del equipo de fútbol local.

Vivimos en la cultura de lo efímero, de lo que hoy entusiasma y mañana se desecha. Ese estilo de vida que consiste en usar y tirar consagra un modo superficial y antiecológico de habitar la tierra. Lo fecundo es el insistir y persistir, el volver a lo mismo aristotélico, el pertinaz ejercicio de la manía de pensar.

Sólo quienes saben ver lo permanente a través de la vigencia inmediata pueden estar convencidos de haber adquirido una educación universitaria, de ser personas cultas. Cultura en la que, hace ahora setenta años, ponía Ortega y Gasset la misión de la universidad en un libro que lleva este título y que convendría releer.

En definitiva, la globalización nos ofrece grandes posibilidades vitales, siempre que no cometamos lo que el propio Baltasar Gracián llamaba “vulgar error” de confundir los medios con los fines. Recuperemos el sentido de la distancia. Volvamos a valorar la lentitud y el sosiego. Seamos conscientes del lugar que ocupamos en el mundo. No nos resignemos a una relación con los demás que se pueda reducir a las dos dimensiones de una pantalla. Porque entonces habríamos perdido la capacidad unitiva de la mirada, que nos abre la intimidad de las personas con las que nos relacionamos. Y los nuestros serían esos ojos de los que hablaba Machado, que se abrieron un día a la luz, para volver pronto a la tierra, hartos de mirar superficialmente muchas cosas, sin llegar a ver realmente ninguna.

El desarrollo de la “nueva economía” ha puesto en cuestión algunos de los dogmas del neoliberalismo, entre otras cosas porque las transacciones electrónicas no constituyen propiamente un mercado. Y porque el sentido absoluto de la propiedad se está disolviendo. Ahora lo importante no es ser dueño de algo, sino tener acceso a los flujos en los que se intercambian conocimientos. Esto abre la gran posibilidad de desmercantilizar en buena parte nuestras relaciones interpersonales y sociales, poniendo en primer término esa dimensión que hoy día –en su más amplio sentido– se denomina “cultura”. No nos equivocábamos del todo cuando decíamos, hace más de doce años, que la cultura es una dimensión más radical que la política y la economía. Pero, en la medida en que la cultura ha salido de sus reductos y ha pasado a ocupar un lugar central en las relaciones humanas, corre ella misma el riesgo de mercantilizarse y politizarse. Y éste es gran pulso que hoy están echándose las dos grandes tendencias presentes en la sociedad: la emergencia, por una parte, y la colonización, por otra.En la medida en que la colonización haga que ceda la emergencia, la cultura se convertirá en “entretenimiento” y “propaganda”. El mercantilismo y la manipulación penetrarán hasta nuestras más recónditas entretelas, y ya no habrá intimidad verdadera ni auténtica relación personal. Se comerciará con nuestras genuinas experiencias y nuestra duración existencial se verá poblada por los fantasmas de la irrealidad virtual. Ésta es la “globalización perversa”, la que no se detiene ante los límites que el más elemental respeto impone, y alimenta a los hombres con sus propios desechos, hasta convertir su cerebro en una materia más esponjiforme que la de las pacíficas vacas trastornadas por un canibalismo disfrazado.

En cambio, la “globalización virtuosa” es la que expande universalmente nuestras posibilidades vitales, haciendo emerger la cultura como comprensión profunda del significado de la realidad. Hace de los nuevos medios tecnológicos cauces y no barreras para nuestra libre autenticidad. Sabe, sobre todo, que la humanidad del hombre nunca se puede tratar sólo como medio, sino siempre también como fin, según decía el viejo Kant, siguiendo en este punto una sabiduría ancestral. Como dice Rifkin, “restaurar el equilibrio ecológico entre cultura y comercio es uno de los retos centrales de esta próxima era (…). La era del acceso nos obligará a todos a plantearnos cuestiones fundamentales sobre cómo reestructurar nuestras relaciones fundamentales. Después de todo, el acceso consiste en establecer tipos y niveles de participación. La cuestión, por tanto, no es sólo quién tiene o no tiene acceso: se trata más bien de preguntarnos en qué mundos merece la pena implicarse, a qué tipos de experiencia vale la pena acceder. De la respuesta a estas preguntas dependerá la naturaleza de la sociedad que vamos a construir en el siglo XXI”.Nos encontramos, por tanto, en una decisiva encrucijada. Elegir el rumbo que hemos de adoptar no depende, a su vez, de ningún condicionamiento técnico, sino que es asunto de esa misteriosa capacidad humana a la que llamamos “libertad”. Las crecientes potencialidades tecnológicas están reclamando un cultivo más asiduo y fecundo de nuestra propia capacidad de actualización. Y, en una situación histórica semejante, la convicción básica estriba en tener la seguridad de que no es cierto que “la fuerza viene de abajo”, como proclaman toda suerte de materialismos. Lo determinante es la fuerza del espíritu.

Revista “Nuestro Tiempo”, III-IV.01

Alejandro Llano, “Claves para educar a la generación del yo”, NT, I.01

Los problemas con los que me voy a enfrentar en esta breve intervención se inscriben en el ámbito más amplio de la crisis de integración social que padecen los actuales países democráticos de nuestro entorno. Junto a una cierta satisfacción con las libertades públicas y el progreso económico, experimentan estas sociedades fenómenos de disidencia, marginación, paro, violencia e, incluso, terrorismo, que provocan el generalizado sentimiento de que "algo no marcha". Y eso que no acaba de ir bien se manifiesta con especiales relieves en el campo de la educación de las generaciones jóvenes.

Tiempo de efervescencia y descoordinación afectiva, la adolescencia constituye un tramo clave en la formación de la personalidad, no sólo porque en él tienen lugar fuertes traumas que condicionan a veces el curso de la vida, sino sobre todo por que es el momento en el que comienzan a despuntar los ideales que muchas veces impulsarán el resto de la existencia individual. Se ha dicho, con razón, que una vida lograda es un ideal vislumbrado en la edad juvenil y realizado en la madurez.

Todos los conocedores de la psicología evolutiva señalan la emergencia del yo, de la autoconciencia vital diferenciada, como uno de los fenómenos más característicos de la primera juventud . Al tiempo que consideran que el normal desarrollo de esta conciencia de la propia identidad desemboca en el descubrimiento de la alteridad, de la realidad de esos otros que también pueden decir "yo", así como de un entorno más amplio que el familiar o escolar: un ámbito que cabe denominar social y, en un sentido más estricto, ciudadano o cívico.

Pues bien, la integración en ese territorio de más dilatados horizontes se ha problematizado de una manera nueva y sorprendente a partir del final de los años sesenta. La conciencia del "yo" individual se ha exacerbado o, al menos, descompensado en toda una generación, a la que se ha denominado precisamente la me generation o "generación del yo".

De la fiebre del sábado noche a la movida Pero la crisis histórica cuya fecha de partida convencional es mayo del 68 ha adquirido una importancia mucho mayor de la que habitualmente se le concede. Han desaparecido, en buena parte, los fenómenos más clamorosos de la revuelta estudiantil de aquellos años. Los jóvenes, se dice, ya no son revolucionarios: presentan más bien rasgos de conformismo acrítico y de consumismo desbocado. Pero sigue presente la resistencia a integrarse en un tipo de sociedad que ya no consideran como suya y también permanece el individualismo que les lleva a desconfiar de la presunta capacidad de acogida de una sociedad cuya dureza materialista les desagrada profundamente. Por eso, como ha dicho Lustiger, "los jóvenes acampan fuera de la ciudad". Si antes se entregaban a la "fiebre del sábado noche", hoy la "movida", que se prolonga hasta bien entrada la mañana, triunfa también en la noche del viernes y comienza a extenderse hasta el mismísimo jueves.

¿Por qué los jóvenes prefieren la noche tardía, la madrugada incluso? Quizá porque ése es un tiempo vacío, libre, no sometido a los convencionalismos de una sociedad aburguesada, con la que no se sienten identificados. Si acaban por integrarse en ella, a edad más tardía cada vez, lo harán en muchos casos sin grandes ilusiones, con planteamientos que seguirán siendo individualistas, y que raramente incluyen proyectos ambiciosos de tipo cultural, religioso o político.

A mi juicio, ninguno de estos fenómenos es casual o pasajero. Responden a la quiebra de todo un modelo social propio del capitalismo tardío, al que se suele llamar "Estado del Bienestar". Lo característico de este paradigma es el dominio unilateral de los factores políticos, económicos y mediáticos que configuran lo que los sociólogos denominan "tecnosistema" o "tecnoestructura". Se trata de una imbricación entre Estado, mercado y medios de comunicación social, en la que los medios de intercambio simbólico son el poder, el dinero y la influencia persuasiva. Por consiguiente, lo característico de tal configuración social es que las transacciones decisivas se producen entre poder y dinero, dinero e influencia, influencia y poder.

Se trata de intercambios anónimos y, a veces, opacos. De manera que la corrupción generalizada que afecta a los países del entorno -también a España, aunque afortunadamente aquí ya empiecen a estar lejanos los peores años de este fenómeno- no es una especie de desajuste o trastorno pasajero, sino que está posibilitada y no pocas veces casi exigida por la propia estructuración social.

No es extraño que de manera más habitual que consciente los jóvenes, que comienzan desde temprana edad a descubrir la índole descarnada y cínica de ese entramado, sientan escaso aprecio por él y teman (en lugar de esperar) su integración en un ambiente social poblado por ese tipo de personas que, a comienzos del siglo XX, el sociólogo alemán Max Weber anticipó que secan "especialistas sin alma, vividores sin corazón".

A los jóvenes les faltan maestros Pero enseguida habría que preguntarse si la vigencia de este modelo social imperante es fatal, sin alternativa posible. Y mi respuesta es, desde luego, negativa. No solamente es deseable que esa configuración de la sociedad industrial moderna dé paso a comunidades de vida más humanas y solidarias. Es que ese tránsito, aunque de forma escasamente advertida, ya se viene produciendo en las dos últimas décadas. Al cambio de mentalidad que este paso supone lo denominé en su momento "nueva sensibilidad" y, en los aspectos sociales que ahora nos ocupan, lo denomino "humanismo cívico".

El humanismo cívico que propugno se caracteriza porque, frente al modelo técnico y anónimo de una sociedad de masas, propugna la revitalización de las comunidades ciudadanas y la activa participación en la esfera pública. Es una nueva cultura de la responsabilidad cívica, que se opone tanto al estatismo agobiante como al economicismo consumista, pero que también rechaza el narcisismo individual, el cual lleva a no pocas personas a refugiarse en el cerco privado y a desentenderse de lo que antes se llamaba "bien común" y hoy se denomina –con menor fortuna– "interés general".En mi opinión, toda propuesta de formación cívica de las generaciones jóvenes se ha de plantear desde una visión del hombre y de la sociedad en la que se valore –por encima del dinero, del poder y de la influencia– la dignidad intocable de la persona humana y su derecho y deber a participar en las cuestiones sociales y políticas que a todos nos afectan, y que comprometen el futuro de esas vitalidades que se estrenan en la vertiente nueva de la juventud. Las personalidades jóvenes se hallan hoy, por lo general, casi completamente desasistidas en lo que concierne a esa preparación ética y cultural que podría capacitarles, no tanto para integrarse en un tinglado mecánico y desmotivador, como para lanzar sus propias propuestas de regeneración social y de perfeccionamiento humano. A los jóvenes actuales les faltan auténticos maestros.

Aprender el oficio de la ciudadanía Lo primero que habría que decir de la formación ciudadana es que no consiste en una información teórica que hubiera que impartir en unas clases determinadas del curriculum escolar. Se trata de aprender el oficio de la ciudadanía. Porque, efectivamente, la ciudadanía es una especie de saber artesanal, hecho de capacidades de diálogo, de mutua comprensión, de interés por los asuntos públicos y de prudencia a la hora de tomar decisiones. Se trata de un conocimiento práctico que sólo se puede adquirir en comunidades vitales cercanas a las personas mismas, como son la familia, el colegio, la parroquia, o la Universidad. El aprendiz de ciudadano se integrará realmente en tales comunidades si descubre que en ellas hay unas prácticas que apuntan a lo bueno y lo mejor, si vislumbra que son grupos armónicos y abiertos que valoran a las personas por sí mismas y que tienen finalidades de mejora ética y social.

Dicho de otro modo, la educación cívica sólo se logra cuando la joven o el joven se inserta en un ethos, es decir, en una ambiente fértil, moralmente denso, humanamente acogedor, que abra caminos para la autorrealización y sea capaz de suscitar el entusiasmo en quienes tienen la vida por delante. El ethos es la síntesis de bienes, virtudes y normas que se entrelazan para configurar un "estilo de vida", una cultura, un modo panorámico de percibir el entorno social y el mundo físico. No es un conjunto de reglas de comportamiento ni un artilugio pedagógico más o menos sofisticado. El ethos es vida: es como el poso y el peso que se va depositando cuando se vive intensamente de acuerdo con una convicciones que superan con mucho las convenciones típicas de la sociedad burguesa, en la que lo más importante es "guardar las apariencias".

La sociedad del espectáculo Según ha dicho recientemente Ratzinger, la realidad hace superflua la apariencia. Y esto adquiere una importancia crucial en una sociedad poblada de simulacros, como es la "sociedad del espectáculo" en que vivimos. En la sociedad como espectáculo lo que se valora es el brillo, es decir, la prestada claridad, el reflejarse y el resbalar de las luces artificiales por la superficie de objetos niquelados. En cambio, una sociedad que vive a fondo de su ética y de su cultura no valora el brillo, sino el resplandor, la luminosidad que brota del alma al rostro, la impronta exterior de una vida interna rica y cultivada. El brillo es artificial, aparente y superficial; el resplandor es natural, real y hondamente humano.

Si se puede decir que hoy estamos maleducando a toda una generación, desde el punto de vista cívico, es porque les enseñamos a que valoren el brillo y ni siquiera aprecien el resplandor. Les estamos induciendo a que piensen de acuerdo con la razón instrumental y no les dejamos sosiego ni libertad para que se esfuercen en ejercitar la inteligencia meditativa. Recapacitemos por un momento en el tipo dominante de mensajes que reciben hoy las chicas y los chicos. Tanto la familia como la escuela y los medios de comunicación les impulsan, sobre todo, a valorar el éxito individual, sin advertir que, como dice Leonardo Polo, "todo éxito es prematuro". En cambio, se les disuade de embarcarse en empresas que les comprometan a servir a los demás, y que no estén encaminadas a triunfar rápidamente, sino a alcanzar una vida lograda desde la perspectiva ética, que es la única que ofrece valores absolutos.

Poder decir tonterías en cinco idiomas La propia enseñanza reglada pone todo el énfasis en los procedimientos. Se habla, por ejemplo, de "aprender a aprender". Pero se deja sin contestación –o ni siquiera se formula– la pregunta clave: "¿aprender, qué? Los contenidos son lo de menos, se arguye, porque pueden encontrarse en cualquier base de datos. Lo importante es que estos jóvenes, llamados a vivir en la sociedad de la información, dominen las nuevas tecnologías informáticas y telemáticas que van a poner a su disposición inmediata todo el saber disponible en el mundo entero. Tan vano y falso planteamiento hace cada vez más actuales los versos de T. S. Eliot en los coros de La roca:¿Dónde está la sabiduría que se nos ha perdido en conocimiento? ¿Dónde está el conocimiento que se nos ha perdido en información?Como decía (injustamente) el castizo Miguel de Unamuno del cosmopolita Salvador de Madariaga, "es capaz de decir tonterías en cinco idiomas". Pensemos un momento, por favor, en el enorme esfuerzo y la gran cantidad de dinero que se pone en que los muchachos y las chicas españoles aprendan a malhablar el inglés, la lingua franca del siglo XXI. Si recala uno durante el verano en los aeropuertos de Londres, Dublín, Nueva York o Chicago, le parecerá que se ha trasladado como por arte de magia al patio de un colegio de Madrid, Bilbao o Jerez de la Frontera o, peor aún, a algún pub o discoteca para españolitos menores de edad. Si, como el avión de Iberia se retrasa, entabla uno conversación con esos jóvenes, no dará crédito al conjunto de vulgaridades y tópicos que han sido capaces de recolectar durante ese mes carísimo transcurrido en alguna población de lengua inglesa. No se les pregunte por la política de Tony Blair, el problema del Ulster o la economía americana, porque sencillamente son temas que ignoran. Eso sí, están completamente "al loro" de lo último en música pop y en marcas de zapatillas deportivas, vaqueros o cazadoras. Ni uno solo ha leído un libro, en cualquier idioma, durante esas semanas, y desde luego tienen otros proyectos más interesantes para el resto de las vacaciones de verano.

Informática e inglés, como preparación para estudiar empresariales o ingeniería, y conseguir así una buena posición económica. En esto se agota el panorama cultural y social que se suele abrir ante las prometedoras inteligencias, potencialmente infinitas, de quienes pronto tomarán el relevo en la dirección de la cosa pública y de las empresas privadas. ¿Que se hizo del frondoso árbol de las ciencias? ¿Dónde quedan las humanidades clásicas y los grandes libros? ¿Qué fue de los ideales para cambiar el mundo que germinan en la primera juventud? Se ignora: no saben, no responden. Sobre base tan somera es inviable que se desarrolle una formación ciudadana, reducida hoy a ser una pintoresca línea transversal de la ESO.

La marginación de las disciplinas más formativas El humus, la tierra fértil, donde podrían asomar los primeros brotes de un humanismo cívico, es precisamente el cultivo de las Humanidades, es decir, de la Historia, la Filosofía, la Literatura, el Arte, las Lenguas Clásicas. Tan maltratadas están que incluso algunos políticos se han dado cuenta del tremendo error que se está cometiendo al marginar las disciplinas más formativas de los programas de estudio, tanto en la Enseñanza primaria y secundaria como en la Universidad. Pero ya se ha visto a lo que ha conducido la vampirización política de un tema tan serio, de cuyo recuerdo sólo quedan las lágrimas de la valiente Ministra de Educación, cuando rechazaron su interesante proyecto en un Congreso de los Diputados donde el "Marca" parece ser la lectura de mayor consumo.

Se ha empezado a notar qué sucede cuando una chica o un chico conocen perfectamente su "entorno", dominan la vida de los héroes locales, hablan de corrido el bable asturiano, utilizan la jerga de la semiótica y la teoría de conjuntos, pero no saben nada de historia universal, Shakespeare no les suena, ni siquiera en inglés, y cuando se les pregunta qué significa cogito, ergo sum y quién pronunció tan famosa frase, responden: "Me han cogido, yo soy", Jesucristo en el huerto de los olivos.

El olvido de las Humanidades conduce a la incomunicación, la incomunicación lleva al aislamiento, y el aislamiento –como advirtió Hannah Arendt– es pretotalitario. La mejor manera para asegurarse de que nadie piense algo "políticamente incorrecto" –por ejemplo, que hay que tratar a los emigrantes magrebíes como a seres humanos– es sencillamente que no piense. Muerto el perro, se acabó la rabia. Y así tendremos la paz de los cementerios y de las cárceles.Las Humanidades facilitan que se logren cuatro metas educativas de la mayor trascendencia: 1) La comprensión crítica de la sociedad actual; 2) La revitalización de los grandes tesoros culturales de la humanidad; 3) El planteamiento profundo de las cuestiones fundamentales que afectan a la vida de las mujeres y de los hombres; 4) El incremento de la creatividad y la capacidad de innovación. Y estas finalidades poseen hoy la mayor actualidad. Porque, sorprendentemente, el gran desarrollo de los sistemas informáticos no se ha debido, como inicialmente se pensó, a la construcción de poderosas máquinas de calcular, sino al proceso de textos desarrollado sobre todo en ordenadores portátiles o microcomputadores. La cultura postliteraria que se anunciaba para el final del milenio se ha transformado en un mundo poblado de libros, en el que el personaje del año 2000, según la revista Time, es precisamente un librero: el promotor y presidente de Amazon, la librería virtual a la que se puede pedir cualquier libro desde cualquier lugar del mundo, y además llegan pronto y sin excesivo gasto.

Los padres, los políticos, los educadores, tienen que plantearse muy a fondo esta cuestión, en la que nos jugamos nuestro futuro inmediato. No podemos olvidar algo que se lleva experimentando con indudable éxito desde hace un veinticinco siglos, es decir, dos milenios y medio. Y eso que no debemos dejar que se pierda es la realidad de que las mentalidades jóvenes sólo podrán formarse en el oficio de la ciudadanía si se logra que su educación sea un simbiosis con las grandes creaciones de nuestra civilización occidental. Sería una lástima que ahora que existen los medios técnicos para que todos los ciudadanos conozcan los fundamentos de la cultura en la que viven, dispersaran su vida en espectáculos, aficiones y entretenimientos sin sustancia alguna.

Abrirse a otras vidas El gran acervo de ideas, creencias, valoraciones y narraciones acerca de la vida del hombre en sociedad se encuentra en los grandes libros, en los clásicos antiguos y modernos. Al leer esos libros, nuestra vida se abre a otras vidas, reales o imaginadas, en las que se reflejan los tipos básicos de personas y de comportamientos, las situaciones más hondas en las que las personas pueden encontrarse, los discursos y hazañas que nos han conducido a ser lo que somos. Esos grandes libros mejoran tanto al que por ellos transita que le hacen capaz de entender la riqueza humana que tales obras literarias o filosóficas contienen.

El conocimiento de la Literatura, de la Filosofía y de la Historia nos ayuda a distinguir lo pasajero de lo permanente, lo esencial de lo accidental, lo humano de lo inhumano, el bien del mal. La mujer y el hombre de muchas y buenas lecturas es difícil que caiga en los extremos del dogmatismo o del escepticismo, del relativismo o del fanatismo. Porque aprenderá que en el ser humano conviven una vocación sublime y una profunda miseria, que el hombre supera infinitamente al hombre, y que no hay soluciones automáticas o puramente técnicas para los problemas sociales.

Las Humanidades nos descubren los maravillosos secretos del lenguaje, como vehículo del pensamiento e instrumento de comunicación. Nos enseñan a hablar y a escribir correctamente, no como los guionistas o locutores de radio y televisión que martirizan día tras día, hora tras hora, el pobre idioma castellano, mejor usado hoy en los países hispanoamericanos que en su tierra natal, la "espaciosa y triste España".

Una tragedia familiar: "Mamá, quiero estudiar filosofía" Decía Jorge Luis Borges que un caballero sólo defiende causas perdidas. Y yo sé bien que casi perdida está la causa de un cultivo de las Humanidades que, como decía el Beato Josemaría Escrivá, implica la supremacía del espíritu sobre la materia. Porque resulta que una chica que lee mucho "es un poco rara", mientras que el chico que se pasa las horas tontas ante la televisión o con los videojuegos hace lo que corresponde a un muchacho de su edad. No digamos la tragedia familiar que se produce cuando la chica en cuestión dice que quiere estudiar Filosofía y Letras, en lugar de una carrera de provecho, que la ayudará a labrarse un porvenir seguro (y –añado por mi cuenta– aburrido o tal vez desgraciado).No es prudente tampoco que los jóvenes tomen, en su inmadurez, decisiones de tipo social o religioso que puedan condicionar su futuro. En cambio, no parecen tan inmaduros a la hora de iniciarse en las prácticas menos virtuosas y más disolventes que la sociedad de consumo les brinda hoy en bandeja, sobre todo cuando pueden disponer sin esfuerzo de unas cantidades de dinero que superan el salario mínimo interprofesional.

La formación cívica es asunto estrechamente relacionado con la adquisición de las virtudes morales e intelectuales: la fortaleza, la prudencia, la sabiduría, la templanza, el arte y la justicia. Las virtudes son excelencias del carácter que no se pueden desarrollar a través de una enseñanza meramente teórica. En realidad, como decían los filósofos griegos, las virtudes no se pueden enseñar: sólo se pueden aprender. Lo cual equivale a decir que el protagonista de la educación no es el padre, la madre, la profesora o el profesor: el gran protagonista y autoresponsable de su educación es el propio educando, es decir, el hijo o el alumno.

¿Queremos a los jóvenes? Por ello es imprescindible que nos tomemos a los jóvenes en serio. Como decía el maestro Corts Grau, a la juventud hoy se la adula, se la imita, se la seduce, se la tolera… pero no se la exige, no se la ayuda de verdad, no se la responsabiliza… porque, en el fondo, no se la ama. Y esto es, en definitiva, lo que los jóvenes sospechan y, aunque no se atrevan a declararlo, proceden en consecuencia.

El amor noble y normal de padres y maestros para con los jóvenes está siendo sustituido por el emotivismo, por la inundación afectiva, por esas demostraciones de cariño tan ostentosas como superficiales que se aprecian –por ejemplo– en las paradas de los autobuses escolares: tal parece que los niños y la niñas partieran como voluntarios hacia Kosovo, de donde no se sabe si volverán vivos, o al menos no afectados por las radiaciones de las cabezas de misiles americanos y británicos. La familia es algo mucho más serio que esa carga de sentimentalismo que hoy padecemos. La familia es una escuela de vida personal y social, en la que el modo de existir en cada edad va aprendiendo de los modos de existir de las demás edades. El niño aprende de jóvenes y adultos. Los jóvenes de niños y viejos. Y los viejos aprenden de todos y a todos enseñan, si es que no se les ha internado en eso que un colega mío llama "ancianarios". De ahí que sean tan interesantes y formativas las familias numerosas, en las que todos aprenden de todos, continuamente, cuestiones esenciales acerca del mundo y de la sociedad.Si me permiten esta confesión personal –a mí que no me puedo poner como ejemplo de nada– yo no cambiaría a mis ocho hermanos y hermanas por nada de este mundo. De mis padres y de ellos he aprendido casi todo lo que sé acerca del hombre en sociedad. Por lo que se refiere a la educación cívica, también aprendí bastante durante los años que viví en un Colegio Mayor Universitario. De manera que, desde hace unos treinta años a esta parte, el mundo no me ha enseñado nada esencialmente nuevo. Y, por supuesto, cuando crucé el umbral de la Universidad de Madrid, tras vencer la correspondiente resistencia paterna a que estudiara Filosofía y Letras, yo tenía muy claro que debía participar activamente en la vida intelectual y política de la Universidad, entonces en ebullición, lo cual me proporcionó experiencias, aventuras y riesgos que –como saben mis amigos y mis alumnos– son tan sorprendentes como largas de contar.

Más voluntad de aventura de "arriesgar la vida" Me temo que el actual modelo de vida familiar y escolar –aunque sea más libre y menos severo– presenta un cierto carácter unívoco y monótono, que no facilita precisamente el crecimiento en las virtudes ciudadanas. La sociedad de hoy parece pensada a la medida del adulto infantilizado, ése que compone las millonarias audiencias de programas televisivos con encefalograma plano. Deberíamos tener más voluntad de aventura, más capacidad de riesgo, más disposición para esa actitud que Teresa de Ávila sintetizaba en la expresión "arriesgar la vida".Para "arriesgar la vida", la virtud más necesaria es, paradójicamente, la sobriedad, la templanza. Porque el exceso de comodidades y satisfacciones materiales embota la imaginación y la facultad de sorprender y dejarnos sorprender. Mucho más interesante que ese estado en el que "no falta de nada", es la actitud de estrenar la vida cada día, de no dejarse atrapar por la rutina y la mediocridad. Quien no sufre alguna carencia material se encuentra en la situación que los griegos llamaban apatheia, es decir, apatía. No sentir ni padecer es una de las mayores desgracias que a uno le puede deparar la vida y uno de los peores legados que se pueden transmitir a las generaciones jóvenes. Con lo cual también está íntimamente relacionada la virtud de la justicia, especialmente en su aspecto social, con relación a los más pobres y necesitados. Es un auténtico escándalo que una sociedad democrática y básicamente cristiana tolere que haya unas diferencias de nivel de vida clamorosas y, además, crecientes.

La formación cívica ha de enraizarse en un ambiente de libertad, en un modo austero de comportarse, en actitudes estables de servicio, en hábitos de compartir lo que se tiene con los que más lo necesitan, en la fortaleza para denunciar la injusticia y no ser cómplices de la corrupción, en el compromiso de decir siempre la verdad… aunque se hunda el mundo, como decimos en Navarra. "Una palabra de verdad vale más que el mundo entero", reza el proverbio ruso que Solzenytsin incluyó en su discurso para la recepción del Premio Nobel del Literatura, ceremonia a la que las autoridades soviéticas le prohibieron asistir. "¿Qué puede la verdad contra la rueca de la violencia?", se preguntaba Solzenytsin en aquel discurso que nunca pronunció. A la actitud de amor a la verdad siempre le cabe decir que no: mientan todos ustedes, pero no cuenten para ello con mi colaboración; finjan que son honrados mientras participan en la corrupción, pero háganlo sin mi ayuda; pliéguense dócilmente a leyes inmorales que permiten el dominio de los más débiles por parte de los más fuertes, pero les anticipo mi desobediencia civil; difundan los medios de comunicación social todo tipo de falsos estereotipos acerca de instituciones y personas intachables, pero no esperen que yo les crea ni me haga eco de sus insidias y sectarismos. Desde luego, vivir el humanismo cívico resulta peligroso, pero –como decía Platón– es un "bello riesgo".Una actitud así, de seria rebeldía ante los poderosos de este mundo, no se puede mantener si no es con la ayuda de Dios. Por eso, el humanismo puramente secular o laico acaba en la inconsistencia y en el drama. La religión es el lazo de solidaridad más fuerte que une a personas de las más distintas condiciones e ideas. Y el cristianismo no sólo nos habla acerca de la verdad, sino que es la Verdad misma, encarnada por Jesucristo, que al mismo tiempo es Camino y Vida. Al menos en una tradición histórica y religiosa como la nuestra, no es posible una formación cívica sin un sólido fundamento cristiano. Lo cual no quiere decir que se haya de profesar el cristianismo porque es socialmente positivo. Más bien resulta socialmente positivo porque, como ha escrito Michel Henry en C'est moi la verité, el cristianismo es la Verdad misma, la verdad que libera, que se hace Vida y Camino para quienes se atreven a vivir como hijos de Dios. Claro aparece, entonces, que las exigencias sociales del cristianismo, sus demandas cívicas, serán mucho más altas y certeras que las que pueda transmitir cualquier doctrina científica, ética o política.

Una visión cristiana de la vida La visión cristiana de la vida pone en el centro el amor a los demás, la solidaridad de quienes forman un sólo Cuerpo y saben que la salvación no es un asunto individualista. Todos dependemos de todos, en un sentido muy profundo y esencial. Por eso, una educación cívica cristiana y humanista ha de fomentar lo que Alasdair MacIntyre llama en su último libro "virtudes de la dependencia reconocida", entre las que se encuentran la generosidad, el agradecimiento, la compasión, el cuidado de discapacitados o enfermos, la alegría, la solidaridad y, en último término la misericordia o piedad.

La propia independencia, la libre actuación personal, sólo se logra desde la base de la dependencia, y nunca la elimina del todo. Porque la libertad humana no consiste en la carencia de vínculos, sino en la calidad de esos vínculos y en la fuerza vital con la que uno los acepta y permanece fiel a ellos.

La completa independencia o personal autonomía es una ficción que ya apuntaba en la satisfecha autarquía propuesta por la ética griega, y que se consideró como el gran ideal humano en la Ilustración moderna, especialmente en su versión kantiana. Las derivaciones actuales de este planteamiento son el utilitarismo y el emotivismo, que muchas veces se presentan asociados entre sí. El que es a un tiempo utilitarista y emotivista, piensa que sólo hay dos tipos de motivos para decidir la propia conducta. Uno de ellos es la elección racional, la rational choice, el cálculo de la mayor cantidad de bien posible para el mayor número de gente posible, aunque se presente el problema de qué género de bienes hemos de valorar más o menos, y resulta difícil decidir a qué gente se procura beneficiar, si especialmente a mí mismo y a los que me rodean, o bien a los que más lo necesiten; y si hemos de primar a los actuales habitantes del planeta, o hemos de comportamos de modo que no dejemos una tierra contaminada y desertizada a los que vengan después.

El otro tipo de motivación es el que procede de los sentimientos de simpatía hacia otras personas; pero este emotivismo inmediato, si no está ordenado por hábitos morales firmemente adquiridos, conduce al relativismo ético y a la arbitrariedad sentimental.

Está claro que tales planteamientos utilitaristas y emotivistas (dominantes en la ética actual) no dan cuenta de las relaciones –mucho más diversificadas y abiertas– que realmente se establecen entre las personas humanas. Nos encontramos en un continuo proceso de dar y recibir, casi nunca sometido estrictamente a la crispación egoísta del do ut des. La mayor parte de nuestras relaciones interpersonales no están motivadas ni por el cálculo racional ni por emociones inmediatas, sino que responden a relaciones de amistad, de familia o de trabajo, en las que muchas veces –y en algunos casos durante largo tiempo– ayudamos a otros sin esperar nada a cambio, o –lo que quizá es más difícil de aceptar– nos dejamos ayudar sin expectativas de poder devolver los favores en el futuro. Si los humanos sólo hiciéramos lo que pensamos que nos conviene o lo que enciende nuestras emociones inmediatas, casi todo quedaría por hacer; la sociedad se pararía, porque habría una gigantesca huelga de brazos caídos. Como han demostrado recientemente economistas que han merecido el Premio Nobel, las actividades que realizamos con mayor atención y cuidado son precisamente aquéllas por las que no recibimos ninguna retribución económica. Y, además, no es cierto que si todos buscan su interés egoísta, resultará de la suma y difusión de esos beneficios el interés general. Tal planteamiento neoliberal no funciona, entre otras cosas porque –como ha señalado Amartya Sen– en situaciones de extrema miseria (que afectan hoy día a un tercio de la población mundial), las personas no están en condiciones de pararse a pensar cuál es su interés, presionadas como se hallan por encontrar el puro y simple sustento diario.

Sólo hay una ética En la base de no pocos de estos errores teóricos y prácticos se halla la separación entre ética pública y ética privada. La ética pública sería puramente procedimental, y se agotaría en el cumplimiento de las normas constitucionales y en el respeto al derecho positivo. En cambio, la ética personal se vería relegada exclusivamente al cerco privado, sin ninguna manifestación política o económica. Cuando lo cierto es que sólo hay una ética que, ciertamente, presenta aspectos privados y aspectos públicos, que no son delimitables entre sí de modo neto, ni se deben separar de manera drástica. Si alguien no es honrado o limpio en su vida personal o familiar, será muy raro que se comporte con honestidad en la esfera pública, porque le faltará el temple moral necesario para acometer acciones que sean a la vez justas y arduas, o para evitar comportamientos que seducen por su encanto inmediato pero acaban por corromper a las personas y perjudicar gravemente al bien común. Y, a su vez, si alguien no se conduce rectamente en el nivel público, ese desgarramiento existencial se traducirá rápidamente en las relaciones más íntimas y personales, según se manifiesta en la inestabilidad familiar de no pocas personas que están obligadas –por la autoridad que representan– a tener una conducta intachable en el terreno personal.La formación ciudadana presenta, por lo tanto, un carácter ético con esenciales proyecciones políticas, en el más amplio sentido de esta palabra. El hombre bueno ha de procurar, simultánea e inseparablemente, ser también un buen ciudadano, lo cual –sobre todo en el caso de regímenes injustos– no siempre supone el dócil seguimiento de las normas establecidas, sino puede implicar la resistencia civil que lleve a no cumplir leyes que prescriben o permiten comportamientos intrínsecamente malos, como es el caso del aborto provocado, la eutanasia, la retribución insuficiente del personal subordinado, el maltrato a extranjeros y emigrantes, el abuso de menores o la difusión indiscriminada de material pornográfico.Reducir la moral al ámbito exclusivamente personal, familiar o profesional, con abandono de la esfera estrictamente pública, es un enfoque burgués y completamente insuficiente de la ética. Nadie puede ser moralmente bueno en una campana de cristal, entre otros motivos porque tales reductos incomunicados ya no existen. En la nueva sociedad del conocimiento y la información se registra un altísimo grado de complejidad, según el cual los mensajes públicos están penetrando continuamente en el terreno privado, y las personas particulares han de tomar todos los día decisiones que afectan a otra mucha gente. Por otro lado, la inteligencia y el carácter de las personas se manifiestan más claramente en un entramado global de redes ciberespaciales que un mundo de máquinas y altas chimeneas.

Lo que demanda la sociedad que está surgiendo en nuestras manos a comienzos del nuevo milenio es una nueva ciudadanía, mucho más activa y responsable, en la que las personas no se conformen con ser convidados de piedra en el concierto público, sino que ejerciten con energía y decisión su libertad social, su responsabilidad cívica y su creatividad cultural. Los nuevos ciudadanos, quienes habrán de tomar el relevo de la cosa pública dentro de pocos años, tendrán el honor y la carga de configurar ese mundo tan distinto al actual de una forma hondamente humana. Para ello necesitan aprender una asignatura que no está en los libros de texto ni se puede incluir en los planes de estudio. La formación cívica se adquiere como por ósmosis en la familia, en el colegio, en la Universidad, en las relaciones de parentesco y de vecindad. Esto pone en primer término la necesidad del buen ejemplo. Sólo el que conviva con buenos ciudadanos aprenderá a ser un buen ciudadano. En esta disciplina, todos somos maestros y discípulos a un tiempo. Cada uno de nosotros debe pensar: que no sea yo el que les falle.

Revista "Nuestro Tiempo", I-II.01