Francisco J. Mendiguchía, “La suerte de tener un hijo listo”

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Algunos pensarán que con el título de este libro, “Los problemas psicológicos de los hijos”, este capítulo sobra, y sin embargo esto no es así, porque la superdotación también puede producir problemas.

A propósito de esto, recuerdo que una vez entró un niño de seis años en mi consulta, se sentó en una silla delante de mi mesa de trabajo, me miró fijamente y me espetó a modo de saludo: «¡Odio a los psiquiatras!» Se trataba de un niño superdotado que tenía ya importantes problemas en el colegio y de conducta. Por ello había sido visto anteriormente por otros profesionales y el niño estaba ya harto de entrevistas y exámenes psicológicos.

Este ejemplo nos muestra que los superdotados pueden tener problemas psicológicos, algunos porque son personas como todo el mundo y tienen conflictos afectivos, emocionales, de relación o de conducta y otros, porque sus problemas son debidos precisamente a que son superdotados.

Realmente la denominación de superdotado es un poco ambigua, pues la superdotación puede no ser intelectual, sino de alguna otra capacidad o cualidad como son el arte, la música, la mecánica o el deporte y, sin embargo, cuando se habla de que un niño es un superdotado, todo el mundo entiende que posee unas cualidades intelectuales superiores.

El concepto de superdotado tampoco es superponible al de «niño precoz» o «niño prodigio» pues, aunque la mayoría de las veces el superdotado es también precoz, no sucede lo mismo a la inversa, no todos los niños precoces son superdotados.

¿Cuáles son los criterios para el diagnóstico de la sobredotación intelectual? Nos podemos servir de varios: rendimientos escolares, capacidad de liderazgo, conducta correspondiente a niños de mayor edad, curiosidad y avidez por conocer cosas nuevas, desarrollo precoz del lenguaje, etc. Realmente éstos no son más que indicadores ya que, el método más seguro, son los tests que miden el nivel mental, es decir los tests psicométricos, los normales o los esencialmente elaborados para estos casos.

Con arreglo a los resultados obtenidos con estos tests se puede definir como superdotado al que alcanza un nivel de 140. Hasta no hace mucho tiempo el listón estaba en los 130, pero lo mismo que se amplió la banda normal por abajo, se hizo también por arriba, por lo que la proporción de niños normales (a mi ya desaparecido amigo Dr. Díaz Mor le gustaba más la palabra «normativos») ha aumentado bastante en estos últimos veinte años.

De todas maneras, aun estirando el límite superior hasta un C. I. de 120, ¿qué pasa con los que se encuentran entre 120 y 140? Que les llamamos simplemente «listos» o «brillantes». Y por arriba, ¿hasta dónde se llega? Parece ser que los «genios» como Einstein tienen un C.I. alrededor de 180, aunque a estos niveles los tests sirven ya para muy poco y las cifras son más bien convencionales. El número de superdotados no se conoce muy bien, pero la mayoría de las estadísticas dicen que entre el 1 y el 3% de la población infantil tienen un C. I., por encima de 130, aunque sólo el 0,1% llega a tener un C.I. de 150 o más, mientras que el 6% de esta población pasan de un C. I. de 120.

¿Se hereda o no? Un problema que ha preocupado mucho a la gente desde siempre, es el de si la superdotación intelectiva se hereda. La verdad es que no lo sabemos muy bien, a pesar de que, ya en 1869, sir Francis Galton publicó su obra “Heredetary Genius” en la que parecía llegar a la conclusión de que sí, que era hereditario, aunque también formuló su ley de la «regresión a la medianía» por la que, si bien el hijo de un hombre muy lista es más listo que los demás, sin embargo no lo es tanto como su padre y lo mismo sucede con el nieto; otro tanto ocurre al revés: el hijo de un hombre no muy listo lo es más que su padre y su nieto más listo que los dos, con lo que se consigue evitar que, al cabo de muchas generaciones la humanidad quedara dividida en dos grandes grupos, el de los listos y el de los tontos.

A esta teoría genética se opuso enseguida la ambientalista o culturalista, que sostiene que los buenos resultados que se obtienen en los parientes de personas sobresalientes son debidos al medio ambiente en que se han desarrollado. La familia Bach ¿había heredado una superior capacidad musical o es que desde sus primeros años estuvieron oyendo buena música a todas horas? Esta lucha entre geneticistas y culturalistas no ha terminado aún, pero quizá los actuales avances de la genética permitan el descubrimiento del gen o genes responsables de eso que llamamos inteligencia; lo que sí sabemos es que hay que cultivarla desde los primeros años de la vida y que una alimentación insuficiente, como la de los países del tercer mundo, constituye un grave “handicap” para su desarrollo.

Otra cosa que preocupó mucho en tiempos pasados fue la posible relación entre genio y locura y entre genio y muerte. En relación con la posible temprana muerte de los genios tenemos el caso del niño alemán Ch. H. Heiniken, nacido en 1721, que a los cuatro años sabía leer, citar mil quinientos proverbios latinos y responder a cualquier pregunta sobre historia, pero que a los cinco años murió. En contraste con esta macabra historia, los alemanes tienen otra menos deprimente, la del niño Karl Wite que, a los nueve años, sabía francés, griego, latín e italiano, además del alemán, claro, que a los catorce recibió el título de doctor en Filosofía y que, sin embargo, murió octogenario.

En otros casos no es el temor a la muerte sino a la locura lo que preocupa a la gente, aun en nuestros días, como se dice en inglés «early ripe, early rot» (pronto maduro, pronto podrido); y sin embargo, el único estudio serio de seguimiento de niños superdotados, el del norteamericano Terman, demostró que su salud mental no difería de la del resto de la población.

Es muy curioso que, en cuentos, historietas, cómics, chistes, etc., se describe siempre un tipo de niño listo, sabelotodo y empollón y, al mismo tiempo, escuchimizado, enclenque, con gafas y antipático, del que se burlan los demás niños. No es verdad en absoluto, estos niños son físicamente tan normales como los demás, constituyendo el origen de este estereotipo un simple mecanismo de compensación de los menos dotados intelectualmente.

Lo que sí es verdad es que estos niños suelen empezar a dar guerra desde que son pequeños, pues los padres se sienten muchas veces desconcertados frente a ellos «que se las saben todas» y que rechazan jugar con otros niños de su edad, prefiriendo la compañía de los mayores y aun la de los adultos, que les rechazan, unos porque físicamente son menores que ellos y los otros porque hablan y dicen cosas que un niño «no debe saber».

El resultado es que el superdotado acabe sintiendo su superdotación como una carga, y esto les hace ser un poco aislacionistas, egocéntricos, poco tolerantes con las frustraciones y, a veces, con rasgos obsesivos; sin embargo estos rasgos no se dan en todos y no constituyen realmente una caracterología constante en los superdotados.

En el colegio suelen ser alumnos de comprensión rápida, memoria excelente, muy curiosos y de gran afición a la lectura, por lo que, estudiando generalmente menos tiempo que sus compañeros, van uno o dos años por delante de ellos.

Inconvenientes de la superdotación Sin embargo, y a pesar de su superdotación, hay un cierto número de niños que fracasan en el colegio por diversas causas como son la subestimación del trabajo a realizar, el aburrimiento que sienten en clase al terminar los deberes antes que los demás, enfrascarse en sus propias elucubraciones sin atender lo que está explicando el profesor o, si son un poco inquietos, por ponerse a incordiar a los compañeros por sobrarles tiempo, así como por la dispersión de sus esfuerzos al querer abarcar demasiado fiándose en sus cualidades superiores. Una vez vi un caso de un superdotado que «rechazaba» su superioridad intelectiva y sus ventajas, procurando sacar malas notas, para no sentirse aislado de sus compañeros.

¿Estudios normales o estudios especiales? Entremos ahora en un tema muy debatido, la formación de estos niños. Ya en la antigua Grecia, Platón propiciaba en su “República” la aplicación de una serie de pruebas destinadas a descubrir los talentos del país para educarlos y convertirles en conductores del Estado.

Cuenta la leyenda que Carlomagno quiso hacer algo parecido; lo que sí es histórico es que, en el siglo XVI, Solimán el Magnífico mandaba emisarios a todos los rincones de su imperio para que seleccionasen los que más sobresalían en las escuelas, fueran mahometanos o cristianos, para hacerles los conductores religiosos, los científicos, los artistas y los guerreros del país.

En 1862, el director de las escuelas públicas de la ciudad de San Luis en EE.UU, inventó un método de promoción de niños superdotados que recibió el nombre de «skipping», que consistía en «saltar» las programaciones.

También en Norteamérica, en la última década del siglo pasado, surgen los dos métodos, que todavía se disputan el honor de ser el mejor para educar niños superdotados: La «aceleración», que consiste en hacer clases paralelas con un mismo programa, una de las cuales recorre el programa en ocho meses, mientras que la otra, a la que asisten los mejor dotados, lo hacen en seis.

La «profundización», que desde 1920 se conoce con el nombre de «enriquecimiento», que a su vez no es más que una densificación de los programas, no en el sentido de añadir nuevas materias, sino en el de ensanchar el horizonte de estos niños estimulando, al mismo tiempo, sus actividades creativas.

Sin embargo, no todo el mundo está de acuerdo en la conveniencia de agrupar a los superdotados en clases o centros especiales, pues dicen que así se puede desarrollar un «espíritu de casta» que puede ser perjudicial para la futura integración social y familiar.

Es evidente que estos colegios especializados no están al alcance de todo el mundo y es a los profesores a los que les incumbe la tarea, difícil tarea por otro lado, de conjugar los dos métodos antes descritos, sin que el niño salga de su ambiente normal, quizá opiniéndose al deseo de los propios padres, que preferirían únicamente el método acelerado por una comprensible ambición de demostrar que sus hijos son superiores, terminando los estudios antes que sus compañeros.

Por otra parte, los padres no deben nunca olvidar que el desarrollo afectivo de los hijos superdotados puede no correr paralelo al intelectivo y tener necesidades sentimentales o emocionales más acordes con su edad real que con la mental. Así un niño de cuatro años puede saber ya leer y hasta multiplicar, pero necesitará que alguna vez la madre le haga algún mimo o le acune para ayudarle a dormir.

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