Juan Manuel de Prada, “Tombolitis” (televisión basura), ABC, 3.III.01

El gesto paladino de Francisco Giménez-Alemán, al retirar de la programación esa latosa cabalgata de aberraciones humanoides llamada «Tómbola», debería ser el detonante de una discusión profunda sobre los objetivos y los límites de cualquier medio de comunicación financiado con fondos públicos. También sobre su dudoso encaje en una economía de mercado, donde las televisiones y radios públicas son obligadas a disputar la audiencia a unas empresas privadas cuya finalidad inmediata es la obtención de beneficios. Se quejan, seguramente con razón, estas empresas privadas del trato favorable que reciben las televisiones públicas, puesto que juegan con dos barajas: por un lado, entran en la batalla por la audiencia, obteniendo a cambio la recompensa de los ingresos publicitarios; pero, por el otro, reciben dineros del erario que se destinan al patrocinio de programas sin utilidad pública. Y es que no debemos olvidar que la única finalidad legítima de un medio de comunicación sufragado con presupuestos públicos es el enaltecimiento espiritual de sus destinatarios. O instruir deleitando, que diría un clásico.

Pero esta función de utilidad pública ha sido perturbada por intereses espurios que aspiran al embrutecimiento de los ciudadanos, a su conversión en una masa gregaria que comulga las directrices del poder. Para que esa comunión sea plena y fructífera, quienes ostentan el poder, y sus correveidiles con mando en platós televisivos y estudios radiofónicos, no han vacilado en halagar los más turbios instintos de los ciudadanos, arrojando al pesebre de sus apetencias un batiburrillo de programas de incalculable grosería intelectual que corrompen sus neuronas. Así, atacada por una galopante encefalopatía espongiforme, la audiencia se refocila en el fango y suspira por nuevas remesas de podredumbre que abastezcan su adicción; a cambio, esa misma audiencia garantiza adhesiones lacayas. A este proceso de depauperación colectiva o tombolitis aguda debe ponerse freno con gestos como el que acaba de realizar Giménez-Alemán; pero, si esos gestos no se continúan con una metódica abolición de la morralla que aflige la programación, corremos el riesgo de que degeneren en aspavientos huecos.

Nuestros gobernantes no pueden seguir manteniendo ese doble juego sobre el que se asienta el funcionamiento actual de radios y televisiones públicas. Si se decide a favor de su mantenimiento, tendrán que abandonar la disputa por la audiencia; tendrán que establecer sin ambages una distancia con la programación que ofrecen las empresas privadas, descaradamente enderezada hacia el superávit. Una radio o una televisión públicas deben aspirar al ennoblecimiento intelectual de los ciudadanos, a la divulgación cultural y científica; deben, en definitiva, aspirar al arquetipo platónico de la perfección espiritual. En una televisión pública no pueden interferir el chismorreo de corrala, el espectáculo chabacano, el entretenimiento chusco, la bazofia cinematográfica, el empacho futbolero. A estos síntomas de tombolitis aguda debe oponerse un tratamiento de choque que desinfecte para siempre el entendimiento de unos espectadores habituados al regodeo en lo bajuno. Y quien no desee desinfectarse, que cambie de canal y aloje su vulgaridad en otros lodazales, que nunca faltarán en la programación diaria. Recuerdo que, en cierta ocasión, al jubilado Anguita le preguntaron en una entrevista cómo era la televisión pública que imaginaba; sin titubeo, contestó que era una televisión en la que se exhibiera el teatro de Chejov. Supongo que su respuesta fue acogida con ese mismo choteo con que las gentes de alma cetrina niegan la posibilidad de la utopía. Pero la obligación de nuestros gobernantes es aspirar a una televisión que exhiba el teatro de Chejov; si persevera en su afán de halagar los anhelos más mostrencos del público, acabará ofreciendo maratones de pornografía y concursos de pedos, o lo que demanden unos espectadores idiotizados que, a cambio de un voto dócil, exigen la satisfacción de sus apetitos más bajos. La función de una televisión pública no es amarrar los votos, sino enseñar a los hombres a votar.