Juan Manuel de Prada, “Socialismo cristiano”, ABC, 23.IX.02

«Esta es la tarea pendiente: sustituir la negación del valor de lo religioso o una actitud de indiferencia, por un reconocimiento y valoración positiva del mismo.» Son palabras escritas por José Luis Rodríguez Zapatero, en el prólogo al libro «Tender puentes: PSOE y mundo cristiano», de Ramón Jaúregui y Carlos García de Andoin. Resulta chocante que justo ahora cuando muchos políticos ocultan vergonzantemente su filiación cristiana, el líder socialista avale este acercamiento a lo que podríamos denominar «el hecho religioso». Habrá quienes olfateen en esta propuesta una artimaña para obtener réditos electorales; pero para explicarla podríamos citar a aquel conspicuo historiador que definía el socialismo como «una herejía del cristianismo». Y es que basta leer los «Hechos de los Apóstoles» para descubrir que las primitivas comunidades cristianas regían su convivencia mediante reglas que prefiguran la utopía socialista, aunque su acicate fuese distinto. Cuando Jesucristo aconseja al joven acaudalado que deseaba incorporarse al séquito de sus discípulos que se despoje de sus bienes, está dictándole la más severa y primordial lección de socialismo. Y aquel hermoso pasaje evangélico que funde el amor a Dios con el amor a sus criaturas («porque tuve hambre y me disteis de comer…») ratifica que la vocación cristiana es, ante todo, un anhelo de entrega al prójimo.

Sin embargo, el socialismo siempre ha mirado con desconfianza cuando no con acérrima belicosidad, el mensaje cristiano, seguramente porque incorpora un consuelo de ultratumba como resarcimiento de las penurias soportadas en vida. Cuando Marx define la religión como «el opio del pueblo», en sintagma tan cerril como divulgado, se está rebelando contra ese consuelo que parece infundir al cristiano una especie de mansa resignación ante las injusticias terrenales, en espera de que el Reino de los Cielos quede por fin instaurado. Pero esa lectura torcida del Evangelio (que quizá la Iglesia haya favorecido, en algunas de sus épocas más complacientes con el poder secular) es refutada por el mensaje de Jesús, quien, en efecto, prometió el Reino de los Cielos a los perseguidos, pero también empeñó su esfuerzo por anticiparles esa buenaventura en vida. Cuando Jesús evita la lapidación de la mujer adúltera, cuando se deja frotar con ungüentos por María Magdalena, cuando elige a sus discípulos entre quienes se dedicaban a los oficios más plebeyos o infamantes, está abogando por la redención terrenal del hombre. Digamos, en lenguaje actual, que les está restituyendo la dignidad que el sistema les había arrebatado. Y ese impulso originario de Jesús ha caracterizado los episodios más enaltecedores del cristianismo: desde aquellas comunidades primitivas, en las que convivían nobles y esclavos manumitidos, hasta los esfuerzos actuales, en los que tantos religiosos y laicos entregan el pellejo por salvar hombres de la enfermedad y la miseria y el analfabetismo, el mensaje de Jesús se erige en la más formidable máquina engendradora de justicia que vieron los siglos.

El socialismo, si quiere desprenderse de su caparazón de rancios prejuicios, tendría que aceptar esta verdad inatacable. También debería enterrar el odio que infundió entre sus adeptos contra la Iglesia y sus jerarquías; ciertamente, han sido muchos los felones que, al amparo de la Cruz, han legitimado la opresión del débil, pero esa circunstancia deplorable no debe enturbiar el mensaje originario de Jesús, que no es el de un Dios olímpico y encaramado en una nube, sino el de un Dios sufriente que se encarna en el barro del que estamos hechos, para compartir nuestras necesidades y quebrantos.

Juan Manuel de Prada, “A vueltas con el crucifijo”, ABC, 21.IX.02

Recuerdo que, hace algunos años, un grupo de diputados españoles, amparándose en confusas razones ideológicas, exigió que se retiraran los crucifijos de las escuelas, y hasta amenazó con interponer recurso ante el Tribunal Constitucional, si el Gobierno se negaba a acatar su solicitud. Ahora, para demostrar que los extremos se tocan, la Liga Norte italiana propone que se exija por ley la presencia de crucifijos en todas las aulas escolares, así como en estaciones de ferrocarril y aeropuertos; con esta imposición, el partido de Umberto Bossi pretende responder a la «insolencia» mostrada por los musulmanes. De este modo, la Cruz vuelve a ser enarbolada como garrote de infieles, como instrumento de hostilidad y exclusión; como si la Historia no nos hubiese enseñado cuáles son las consecuencias de las guerras de religión. Para quienes hemos elegido la Cruz como asidero de nuestras zozobras descubrimos en la propuesta de Umberto Bossi, además, una índole sacrílega. Pues la Cruz es una invitación a la concordia, un signo redentor que abraza el sufrimiento de los hombres; cuando esa vocación primigenia de la Cruz se tuerce, o es suplantada por una coartada belicosa, Dios vuelve a ser crucificado.

Allá en mi ciudad levítica, llegué a aprender de memoria un poema de mi paisano León Felipe, que desde entonces guardo en mi devocionario particular. Rezaba así: «Más sencilla, más sencilla. / Sin barroquismo, / sin añadidos ni ornamentos, / que se vean desnudos / los maderos, / desnudos / y decididamente rectos. / Los brazos en abrazo hacia la tierra, / el astil disparándose a los cielos. / Que no haya un solo adorno / que distraiga este gesto, / este equilibrio humano / de los dos mandamientos. / Más sencilla, más sencilla; / haz una cruz sencilla, carpintero». No creo que sea posible compendiar con palabras más elementales y austeras el significado de la Cruz y su doble vocación humana y divina. Los brazos en abrazo hacia la tierra, esto es, vueltos hacia la humanidad que sufre, en actitud hospitalaria y confortante; el astil disparándose a los cielos, con esa sed de misterio que empuja al hombre a vislumbrar la presencia de Dios entre las tinieblas de la desesperación. León Felipe no era, desde luego, el prototipo del poeta beatorro y meapilas. Pero entendió que en esos dos maderos cruzados quedaban registrados, en una síntesis escueta, los dos anhelos más enaltecedores del hombre, el «equilibrio de los dos mandamientos». Podría haber escrito un poema en que la Cruz representara los episodios de fanatismo y barbarie que los cristianos hemos protagonizado, a lo largo de los siglos; pero prefirió recuperar su mensaje prístino, celebrando la grandeza de aquel hombre entreverado de Dios que murió defendiendo sus palabras -sencillas como la misma Cruz- frente a la ira de los fanáticos.

Los episodios del Evangelio que más nos conmueven son aquellos en los que Jesucristo infringe el código de exclusiones imperante en la sociedad de su tiempo. Cuando, sentado al pie de la fuente de Jacob, le suplica a una samaritana que le dé un poco de agua, Jesús nos anticipa la universalidad de su misión, que alcanza su apoteosis trágica en el Calvario. «¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí? -le pregunta, perpleja, la mujer samaritana, que se apresta a llenar de agua su cántaro-. Porque judíos y samaritanos se aborrecen». Los samaritanos, que se negaban a adorar a Yavé en el templo de Jerusalén, eran unos apestados sociales. No puedo imaginar, sin embargo, a Jesús imponiéndoles por decreto la veneración de un símbolo que nos recuerda el barro del que procedemos, la luz a la que aspiramos y, en definitiva, toda nuestra genealogía de culpa y redención. Convertir ese símbolo en un cachivache de uso obligatorio quizá sea la forma más obscena de negar su vigencia; sería como volver a matar al hombre entreverado de Dios que lo enalteció con su sangre.

Joseph Ratzinger, “La comprensión de la Eucaristía”, Zenit, 8.IV.03

CIUDAD DEL VATICANO, 8 abril 2003 (ZENIT.org).- ¿Qué hacer ante la disminución –registrada en muchos países– de la participación en la misa dominical? Para el cardenal Joseph Ratzinger, la respuesta está en explicar el auténtico sentido de este sacramento, que perpetúa la presencia de Cristo entre los hombres.

El prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe afronta la cuestión en el libro «El Dios cercano» («Il Dio vicino», Edizioni San Paolo) que acaba de publicar, poco antes de la próxima encíclica que Juan Pablo II firmará el Jueves Santo –17 de abril– dedicada a la Eucaristía.

«La Eucaristía es sacrificio», memorial del sacrificio de Jesucristo en la cruz, explica el purpurado alemán.

«Cuando escuchamos esta frase, surgen en nosotros resistencias; surge la pregunta: cuando se habla de sacrificio, ¿no nos encontramos ante una imagen indigna de Dios, o al menos ingenua? ¿No se acaba pensando que nosotros, los hombres, podríamos y deberíamos dar algo a Dios?».

Ratinzger aclara que «la Eucaristía responde precisamente a estas preguntas. Lo primero que nos dice es que Dios se nos da a sí mismo para que nosotros podamos entregarnos. La iniciativa en el sacrificio de Jesucristo proviene de Dios. Al inicio, ha sido Él mismo quien se ha abajado».

«Cristo no es un don que nosotros, los hombres, presentamos al Dios irritado; por el contrario, el hecho de que esté aquí, viva, sufra y ame, es ya obra del amor de Dios. Es amor misericordioso de Dios, que se agacha sobre nosotros; el Señor se hace siervo por nosotros».

«Aunque hemos sido nosotros quienes hemos provocado el conflicto, y aunque no fue Dios el culpable, sino nosotros, es Él quien sale a nuestro encuentro y quien mendiga en Cristo la reconciliación».

«Cuanto más caminamos con Él más conscientes somos de que el Dios que aparentemente nos atormenta es el que de verdad nos ama y es en quien podemos abandonarnos sin resistencias ni temores», afirma Ratzinger.

«Cuanto más nos adentramos en la noche del misterio incomprendido y confiamos en él –concluye–, más lo encontramos, más hallamos el amor y la libertad que nos sostienen a través de todas las noches. Dios da para que podamos dar. Esta es la esencia del sacrificio eucarístico, del sacrificio de Jesucristo».

Tomado de Zenit, ZS03040801

Joseph Ratzinger, “Dejar obrar a Dios “, L”Osservatore Romano, 6.X.02

Transcripción de una intervención oral del cardenal Ratzinger publicada en el suplemento especial del Osservatore Romano realizado con ocasión de la canonización de Josemaría Escrivá. Continúa leyendo Joseph Ratzinger, “Dejar obrar a Dios “, L”Osservatore Romano, 6.X.02

Tadeusz Kondrusiewicz, “Vuelven persecuciones de la era comunista”, HR, 24.IX.02

El arzobispo católico de Moscú denuncia que vuelven persecuciones de la era comunista. Monseñor Tadeusz Kondrusiewicz hace una dramática llamada de auxilio al mundo entero, en favor de los católicos rusos en riesgo de asfixia y exterminio.

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ACI, “Miss América censurada por hablar a favor de la abstinencia sexual”, 9.X.02

Erika Harold, coronada hace unas semanas como Miss América 2003, denunció que fue censurada por los organizadores del certamen que le ordenaron no hablar públicamente a favor de la abstinencia sexual.

Harold, de 22 años y natural de Urbana, Illinois, se dedica desde hace tiempo a promover la abstinencia entre las adolescentes de su estado y dice no estar dispuesta a ceder a las presiones por haber ganado la corona.

“Francamente, aunque no sea específica, hay presiones de algunos lados para que no promueva la abstinencia”, denunció Harold al diario The Washington Times.

En su primera visita a la capital estadounidense desde que ganó el certamen el 21 de septiembre, Harold dijo que resistirá los esfuerzos de los funcionarios del Miss América para silenciar sus opiniones a favor de la castidad.

“No me intimidaré”, afirmó Harold -quien este año fue aceptada en la Universidad de Harvard para estudiar derecho- cuando llegó a la sede del National Press Club, para una conferencia de prensa en Washington.

Una fuente señaló que Harold estaba muy molesta porque George Bauer, director ejecutivo interino de la organización del Miss América, y otros funcionarios del certamen, le habían ordenado directamente que se limite a hablar de la prevención de la violencia juvenil, con el que ha ocupado numerosas primeras planas.

Según la misma fuente, los funcionarios no quieren que Harold utilice su investidura para promover a castidad entre las adolescentes, a pesar que es una causa que ella promueve desde hace varios años como conferencista del Project Reality, una organización de Chicago pionera en la difusión de la abstinencia en las escuelas. Sólo desde que ganó el título de Miss Illinois en junio, Harold dirigió conferencias a favor de la abstinencia a unos 14 mil jóvenes del estado.

Bauer no ha respondido a las preguntas de la prensa sobre esta censura. Lo que más llama la atención es la incoherencia de los funcionarios en el tema sexual, pues ahora se oponen a la difusión de la castidad, y por mucho tiempo prohibieron a las elegidas como Miss América -e incluso a las concursantes- estar a solas con un hombre, sea su padre o hermano, sin un chaperón.

Desde 1990, se ha exigido a las concursantes del Miss América adoptar un tema oficial de promoción. Harold ganó el concurso Miss Illinois con la plataforma “Abstinencia Sexual en la Adolescencia: Respétate a ti mismo, Protégete a ti mismo”. Sin embargo, los funcionarios del certamen reemplazaron la abstinencia por la violencia juvenil, porque arguyeron que sería más “pertinente”, según confesó su padre a un periódico de Illinois.

Su compromiso Tras ganar la corona, Harold afirmó que recibió un mensaje electrónica de una escolar de Chicago pidiéndole que siga con su campaña a favor de la abstinencia. “Ella me dijo que había cambiado su vida por lo que le dije, que había tomado la decisión de vivir la abstinencia por lo que escuchó. Ella espera realmente que como Miss América siga compartiendo esto porque cambió su vida y cree que cambiará la de otras personas”, relató Harold.

“No quiero pensar que hay chicos en todo el país que ahora cuestionen si hicieron la decisión correcta, cuando la persona que me inspiró no está dispuesta a compartir ese compromiso a nivel nacional. Me sentiría hipócrita si desisto ahora”, indicó Harold.

La Miss América, aseguró que la educación en la abstinencia es un componente importante de la prevención de la violencia juvenil porque la violencia está directamente relacionada con el permisivismo sexual y la promiscuidad. “Creo que si una persona joven se involucra en un estilo de vida promiscuo, es más vulnerable ante otros factores de riesgo, definitivamente hay una relación ahí”, señaló. Erika Harold confesó que en la adolescencia fue víctima de acoso sexual. “muchas víctimas de estos abusos, terminan creyendo lo que se dice de ellos y se vuelven promiscuos, caen en un modelo de autodestrucción”.

“Cuando a mí me tocó vivir esa experiencia, yo adopté la aproximación opuesta y decidí no definirme por lo que los demás pensaban de mí. Me sentí muy afortunada por tener padres y una comunidad de fe que me apoyó en esto. Por eso fui capaz de hablar sobre este tema. No tomé el camino de ser promiscua, sino de reafirmar lo que creo y defenderlo. Me siento muy afortunada por haber podido compartir esto con miles de jóvenes”.

Publicamos a continuación la rectificación de los organizadores unos días después: Los organizadores levantan censura a Miss EEUU WASHINGTON DC, 11 Oct. 02 (ACI).- La avalancha de críticas y las firmes convicciones de la nueva Miss Estados Unidos, Erika Harold, llevaron a los organizadores del certamen a desistir de la censura impuesta contra la representante para que no promueva la castidad.

Después de prohibir expresamente a Harold hablar a favor de la abstinencia en sus apariciones públicas, los funcionarios fueron severamente cuestionados por distintos sectores y la Miss Estados Unidos no ocultó su malestar. Harold, que antes de ganar el certamen era Miss Illinois, se había convertido en una de las voceras oficiales de Project Reality, organización dedicada a promover la abstinencia entre los escolares.

Según informó Libby Gray, de Project Reality, cuando los funcionarios del certamen pidieron a Harold cambiar el enfoque de su discurso a los adolescentes y la violencia, ella lo aceptó pero rechazó detener su mensaje sobre la abstinencia. “A ella le pidieron que no hablara sobre la abstinencia. Erika no será políticamente correcta, hablará de lo que siente que es más importante. Está apasionada con el tema de la abstinencia y quiere difundir este mensaje entre los adolescentes de todo el país”, señaló Gray.

Robert Knight, director del Culture and Family Institute, afirmó que la organización de Miss Estados Unidos no tenía mucha opción al respecto. “La presión pública los hizo recuperar el sentido”, indicó Knight y lamentó que los funcionarios del concurso estén tan desfasados. “Por mucho tiempo, los organizadores parecían estar atrincherados en la revolución sexual de los ’70s”, señaló.

Susanna Tamaro, “La gente tiene necesidad de lo sagrado”, La Razón, 9.X.02

Sin duda es una mujer especial. Ama la cocina y el campo (vive con caballos, perros, gatos y cabras). Le gusta tocar la flauta, leer y, sobre todo, escribir. La autora de «Donde el corazón te lleve» y «Respóndeme», ha fundado varias asociaciones benéficas y dice odiar todo lo que sea estrecho: desde los vestidos hasta los sentimientos y las ideologías. Susanna Tamaro, de 44 años y una de las heroínas de la literatura actual (nueve millones de copias vendidas de «Donde el corazón…»), vive esquivando las tortas lo mejor que puede en un mundo en el que parecen pulular las malas lenguas. ¿Será la envidia? Ella misma, aburrida ya y algo ajena, confiesa: «Han dicho de mi que he intentado suicidarme, que soy una neurótica, budista, new age, fascista e integrista católica». En fin, una cosa es cierta, y es lo que ha dicho de sí misma en una entrevista concedida a Michele Brambilla y recogida en el libro «Gente que busca. Entrevistas sobre Dios», del periodista italiano. Susanna no se avergüenza de publicar en la revista «Familia Cristiana» y en San Paolo, una gran editorial, pero… católica. Es decir, una editorial, «perteneciente a otro mundo , ignorado por la cultura oficial», en palabras de Brambilla.

«Soy católica» Incluso en el mundo católico hay quien piensa que es adepta de la Nueva Era (New Age). «Eso es una estupidez explica Susanna al periodista. Yo creo que Dios se ha encarnado en Jesús, que ha muerto y ha resucitado. Soy una católica practicante, no una secuaz de la New Age. La cual, es una espía de la necesidad de sagrado que tiene la gente, y esto debería, más bien, hacer reflexionar a los sacerdotes: si tantas personas terminan en ciertas sectas o movimientos, quizá es porque la Iglesia no consigue responder a la demanda de lo sobrenatural». Y añade modestamente: «A veces, me parece, se insiste demasiado en la ética, con el riesgo de mostrar la fe como un paquete de preceptos y no aquel mensaje de profunda liberación que es. Sólo quien vive la fe experimenta cuánta paz viene del respeto de la ley de Dios.

En su última obra, «Ánima Mundi», una religiosa simboliza la Gracia, con la que Susanna quiere mostrar que la Salvación viene de fuera, dando así una lección a los que se creen amos de su vida y del propio destino, y no aceptan la idea de ser salvados por Otro. «Mis libros no son de consumo, sino de reflexión, si los críticos me censuran no me importa nada». Queda patente la decisión de esta mujer de no ocultar su fe con la intención de hacer guiños al mercado.

Para Susanna cada palabra es una semilla y el terreno donde se siembra es el corazón del hombre. Recientemente decía durante un discurso pronunciado en el Encuentro Internacional para la Paz organizado por la Comunidad de San Egidio: «Hay palabras instigadoras y palabras reflexivas, palabras que explotan en forma de rabia y de resentimiento y otras que, en cambio, son capaces de detener cualquier tipo de explosión. Precisamente por eso la escritura consume, porque es un peso, y ahora más que nunca, una responsabilidad».

¿Y cómo construir la paz? En su alocución apuntaba que el mal no se puede vencer con el mal, pero tampoco con la retórica del bien y de los buenos sentimientos. «Combatir el mal con el mal conduce a un círculo vicioso cada vez más estrecho. Tendremos que sembrar más palabras continúa. Palabras que golpeen, que hieran. Palabras que hagan levantar la vista. Palabras que, en la estación justa, sepan germinar y transformarse en plantas. Las plantas de la esperanza, del amor y la misericordia».

Idolatría Tamaro no tiene reparo en hablar de la existencia del pecado, y así, nos advierte de que «el pecado de este tiempo y de todo tiempo no es el mal, sino la idolatría. Ella es la que conduce al hombre a la deriva y transforma la historia en una carrera sin frenos hacia la aniquilación.

En cuanto a la paz interior Susanna explica que practica el yoga y las artes marciales porque le ayudan a la reflexión, el equilibrio interior y también a la oración, pero las considera tan sólo técnicas. Sabe que a Dios no se le alcanza a fuerza de puños y admira la sencillez evangélica, que es la que nos acerca a la entrada al Reino de los Cielos.

Altagracia Domínguez, La Razón, Madrid, 9.X.02

ACI, “Los preservativos no reducen el riesgo de enfermedades venéreas”, 20.X.02

Un informe científico de la Medical Institute for Sexual Health alerta sobre los riesgos de contraer estas enfermedades. Continúa leyendo ACI, “Los preservativos no reducen el riesgo de enfermedades venéreas”, 20.X.02

Jesús Domingo, “Infidelidades on-line”, PUP, 18.IX.02

Hace unos años, en los principios de internet en nuestro país, un amigo íntimo con el que hablaba periódicamente, me comentaba que había comenzado a utilizar internet y que había descubierto muchas cosas, entre otras a entrar en algunos foros y, principalmente, a chatear. Comentaba que empezaba a tener relaciones con mujeres, algunas bastante íntimas pero inofensivas.

Recuerdo que en aquella ocasión le hice una pregunta “¿Quieres a tu mujer?”, “por supuesto”, contestó. “Pues en este caso deja de chatear, le recomendé”. “Va, con esto no hay ningún problema”.

Así las cosas, seguí preguntando: “¿Qué te parece si tu mujer se pusiera a flirtear con el vecino desde la ventana de vuestra habitación?” “No quiero ni pensarlo”, contestó. Seguimos hablando: “¿qué pasaría si tus conversaciones cibernéticas la tuvieras personalmente con la compañera de oficina?” (en aquel tiempo trabajaba en una entidad bancaria, en una pequeña oficina en la que sólo eran dos). “No es lo mismo”, contestó. Le recomendé que si realmente quería a su mujer y no exponerse a destrozar su familia, lo más prudente es que dejara de chatear.

Después de un tiempo volvimos a hablar. “Qué, ¿enganchado a internet?” “No, tenías razón, tuve que cortar, hubo una que me pidió el teléfono, me llamaba a casa y a la oficina, estaba dispuesta a que nos viéramos en Girona. Nunca más. Tú tenias razón, gracias por haberme avisado, ha servido para cortar a tiempo. Además conozco a otros amigos que no han cortado a tiempo.

De esto hace unos años, pocos. Entonces se trataba de un caso aislado, pero hoyes una moda extendida ampliamente. No hace mucho pudimos leer el titular: “Infidelidades por internet se convierten en un nuevo motivo de separación”. Se trata de casos reales, como el de mi amigo, personas que empiezan a confraternizar de manera íntima con sus “amistades” on-line. En algunos países esta práctica se ha convertido el primera causa de divorcio.

Las estadísticas indican que son muchas las personas que se conectan diariamente a foros, chats, comunidades on-line. Estas personas en muy poco tiempo consiguen largas listas de amigos con los que casi diariamente es escriben mensajes mail y en algunos casos incluso llegan a llamarse telefónicamente.

El proceso es muy rápido, en menos de tres meses cualquiera puede conseguir varios amigos con los que a la larga se escribirá e-mails de forma diaria. El problema aparece cuando esta persona empieza a encapricharse de uno de sus amigos online. “Me quedaba hasta más tarde en el trabajo para hablar con él. Me decía cosas maravillosas. Después me llamaba por teléfono y era increíble lo que me hacía sentir”, esta es la explicación de una joven ejecutiva que actualmente, después de separarse de su pareja, vive con “su amigo online”.

El perfil de estas personas no es para nada homogéneo, pues entre los aficionados a las conversaciones online, aunque el tramo más frecuente es entre los veinticinco y los cuarenta y cinco años, se dan muchos casos de mayor edad, la profesión –aunque abunda los de buena posición o de cierto nivel cultural- tampoco es el factor limitante: la plaga parece extenderse a todos los sectores.

Los diferentes estudios realizados por instituciones sociológicas, ponen de manifiesto que el hecho de anonimato inicial aporta una gran dosis de seguridad. La relación se inicia en total anonimato, ya que el ciberaffaire, a diferencia del adulterio físico, pasa totalmente inadvertido. Otro de los elementos que exponen los estudios realizados es la clara relación entre las relaciones románticas o sexuales online y el divorcio.

Como en el caso de mi amigo, muchos tienen el peligro en casa, aunque en estos casos el problema no es internet sino la falta de voluntad o la timidez. Es lógico: acciones que algunas personas jamás cometerían a luz del día pueden llevarlas a cabo fácilmente escondidos tras el anonimato de la Red. Pienso que estas acciones no son por ello más sinceras y que su reiteración, inicialmente inocente, ayudan perder el miedo y a llegar tan lejos donde uno jamás quiso hacerlo.

Tomado de www.PiensaUnPoco.com

Andrés Ollero, “El supermercado genético”, PUP, 6.IX.02

No es fácil alcanzar el merecido respeto intelectual del que goza Jürgen Habermas, incluso entre quienes sin suscribir ninguno de sus postulados básicos admiramos la pulcritud con que los despliega y el implacable rigor con que asume sus consecuencias. Una trayectoria de varios decenios le ha llevado desde las juveniles perspectivas críticas de la Escuela de Francfort a proyectar la ética del discurso sobre problemas polémicos del actual debate bioético, sin temor a ser tachado de conservador.

Publica ahora con un polémico «postscriptum», fruto de su debate con los americanos Dworkin y Nagel, sus reflexiones sobre el diagnóstico pre-implantatorio. Dicha técnica, que evoca experimentos eugenésicos de triste recuerdo, es elemento inseparable no sólo de la clonación reproductiva sino también de la llamada «terapéutica», que un poco disimulado “lobby” intenta ahora instalar en el mercado demonizando a la anterior.

Para empezar, se esfuerza por aislar este problema de la polémica sobre el aborto, intentando soslayar un duro argumento de sus interlocutores: a qué viene tanto sobresalto por la suerte que puedan correr embriones de cuatro días, en experimentos destinados a eliminar malformaciones congénitas, en países cuyas leyes no penalizan la muerte de embriones de cuatro meses, si se detecta que ya las padecen. A su juicio, mientras en el aborto entra en juego la autonomía de la mujer envuelta en un indeseado conflicto, en la eugenesia «negativa», que aspira a corregir (por vía de clonación «terapéutica» o no) defectos genéticos, son los mismos padres los que provocan el conflicto, al querer diseñar un hijo con arreglo a lo que consideran condición vital óptima.

Sorteado trabajosamente este inicial obús argumental, contrapone la «lógica del sanar», característica de todo tratamiento clínico o realmente terapéutico, con la irrupción en el ámbito humano de intervenciones propias de la cría de especies animales. En el primer caso, la tarea médica escenificaría plásticamente el núcleo de su ética discursiva: médico y paciente se reconocen como seres de simétrica dignidad, sin que el primero instrumentalice al segundo, al no actuar sin su informado consentimiento, ni siquiera en beneficio paternalista de su propia salud.

Su propuesta de trasladar al laboratorio esta lógica terapéutica del sanar se estrella frente a una actividad que reviste más indicios de «técnica» ingenieril que de «praxis» clínica. Se está instrumentalizando a embriones, sometidos a un proyecto que plasma preferencias que no duda en calificar de «narcisistas»; con una terminología qué redunda, quizá involuntariamente, en la evocación del nazismo. Se ha desdibujado así la frontera entre lo gestado y lo fabricado.

No deja de ser curioso que planteamientos como el suyo, obligados por una opción drásticamente secularizadora a expulsar de la escena a cualquier supremo ser providente, haya de -confiar al riguroso respeto del azar biológico el futuro de la libertad humana. La temible alternativa sería cambiar la providencia por una planificación totalitaria a cargo de los supremos decisores de la política y el mercado.

Frente a los defensores de la «eugenesia liberal» a la americana, preocupada sólo de discutir «cómo» llevarla más adecuadamente a cabo, esgrimirá los más sólidos argumentos que su ética discursiva pueda brindar sobre «si» debe o no ser permitida. No oculta su temor de que el utilitarismo anglosajón empuje a un «shopping in the genetic supermarket).

La clave ética del rechazo de un tipo de diagnóstico de inevitable consecuencia eugenésica radicaría en que genera un juego «asimétrico» de responsabilidades, incompatible con la dignidad humana, que llegaría a alterar la estructura misma de nuestra experiencia moral. Aunque no la aluda expresamente, la clonación terapéutica no esquivaría sus afirmaciones lapidarias: tal investigación con embriones no apunta a un futuro nacimiento, con lo que «cosifíca» al embrión.

Incluso cuando pretende ser reproductiva no le reconoce, ni siquiera hipotéticamente la condición de interlocutor al proyectarse su futura biografía.

A sus colegas americanos tal discurso ético les suena a música celestial. Yendo a lo práctico, la paterna intervención «eugenésica» no les parece menos respetuosa con la dignidad del hijo que el condicionamiento con que le marcará más tarde la paterna tarea «educativa».

La mayor dificultad la encontrará Habermas a la hora de justificar la dignidad del embrión, al impedirle su opción antimetafísica reconocerla desde la concepción. El «embrión», por ser «inviolable», habrá ya de ser tratado como la persona que algún día será; pero «in vitro» ya ha existido una «vida humana». Aun no reconociéndole derechos, despierta en él la «intuición de que la vida humana pre-personal no puede convertirse simplemente en un bien disponible en concurrencia con otros», lo que lleva a considerarla «indisponible». El establecimiento de tan decisiva frontera acaba quedando en la penumbra…

Estratégicamente enrocado en el diagnóstico pre-implantatorio, no llega a abordar en qué momento de la investigación genética ha comenzado a consumarse la involución que denuncia. Es obvio que la propia fecundación «in vitro», manejando más de un embrión, incluye ya una selección implícitamente eugenésica del más valioso. Se limitará a no ocultar su convicción de que el sometimiento de la protección de lo que llama «vida pre-personal» a fines terapéuticos produce, por vía de «acostumbramiento», una «pérdida de sensibilidad de nuestra visión de la naturaleza humana».

La «Deutsche Forschungsgemeinschaft», representativa del mundo investigador alemán, sí lo hizo, aceptando resignadamente que ya al admitirse la fecundación «in vítro» se «rebasó el Rubicón», lo que haría «poco realista» pretender volver al statu quo anterior. Para Habermas, que no aprecia diferente gravedad moral entre utilizar para fines de investigación embriones «sobrantes» o fabricarlos para dicha instrumentalización, sus recomendaciones le parecen una «tímida maniobra» incapaz de enfrentarse a los dictados del mercado. Tiene, por otra parte, la honestidad de reconocer que su propuesta de una «protección escalonada» de la vida humana favorece otro de los más eficaces argumentos que obligarían a desandar el Rubicón: la sucesiva ruptura de diques o pendiente resbaladiza. No sólo la suscribió el Presidente federal Johannes Rau; él mismo acaba resaltando a sus interlocutores americanos la inviabilidad práctica de todo intento de distinguir entre una admisible eugenesia «negativa», correctora de defectos genéticos, y otra «positiva», rechazable por su intento de diseñar seres humanos a la carta.

Por paradójico que resulte, lo más valioso de la aportación de Habermas para la suerte de la humanidad no radicará tanto en las laboriosas conclusiones de su ética discursiva, que producen estupor a sus interlocutores americanos, sino en esas intuiciones pre-discursivas a los que su propio planteamiento obliga a negar fundamento racional.

  Andrés Ollero Tassara, Catedrático de Filosofía del Derecho Tomado de http://www.PiensaUnPoco.com/

Vittorio Messori, “La película que calumnia a las monjas irlandesas”, Fe y Razón, 18.IX.02

Vittorio Messori analiza la polémica película «Las Hermanas Magdalenas», de Peter Mullan, galardonada en el último festival de Cannes y de la que se ha escrito que «es un film abrumadoramente anticatólico».

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Ron Rychlak, “Hitler, la guerra y el Papa”, Zenit, 13.X.02

La figura del Papa Pío XII y las tensas relaciones entre la Santa Sede y el Tercer Reich son el argumento de este artículo escrito por el profesor de Derecho de la Universidad de Mississippi, Ron Rychlak, autor de “Hitler, the War and the Pope”, quien ha dedicado la última década a estudiar la figura del Papa Eugenio Pacelli.

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Mariano Delgado, “Concordancia del Génesis con la ciencia moderna”

Adán y Eva y el hombre prehistórico. Continúa leyendo Mariano Delgado, “Concordancia del Génesis con la ciencia moderna”

Santa Teresa de Ávila

Obrar con decisión Digo que importa mucho, y el todo, una grande y muy determinada determinación de no parar hasta llegar, venga lo que viniere, suceda lo que sucediere, trabájese lo que se trabajare, murmure quien murmurare, siquiera llegue allá, siquiera se muera en el camino o no tenga corazón para los trabajos que hay en él, siquiera se hunda el mundo, como muchas veces parece cuando decimos: «hay peligros», «fulana por aquí se perdió», «el otro se engañó», «el otro, que rezaba mucho, cayó», «hacen daño a la virtud», «no es para mujeres, que les podrán venir ilusiones», «mejor será que hilen», «no han menester esas delicadeces»… (Camino de perfección, cap. 21, 2).

El demonio teme a las almas decididas El demonio ha gran miedo a ánimas determinadas, que tiene ya experiencia le hacen gran daño, y cuanto él ordena para dañarlas, viene en provecho de esas almas y él sale con pérdida. Y ya que no hemos nosotros de estar descuidados, porque nos habemos con gente traidora, y a los apercibidos no osa tanto acometer, porque es muy cobarde; mas si viese descuido, haría gran daño. Y si conoce a uno por mudable y que no está firme en el bien y con gran determinación de perseverar, no le dejará a sol ni a sombra. Miedos le pondrá e inconvenientes que nunca acabe. Yo lo sé esto muy bien por experiencia (…) y por eso hay que pelear con más ánimo. Ya se sabe que, venga lo que viniere, no ha de tornar atrás. Es como uno que está en una batalla, que sabe, si le vencen, no le perdonarán la vida, y que ya que no muere en la batalla ha de morir después; pelea con más determinación y quiere vender bien su vida -como dicen- y no teme tanto los golpes, porque lleva adelante lo que le importa la victoria y que le va la vida en vencer. (Camino de perfección, cap. 23, 4-5).

Aborrecer el pecado Tened esta cuenta y aviso -que importa mucho- que no os descuidéis hasta que os veáis con tan gran determinación de no ofender al Señor, que perderíais mil vidas antes que hacer un pecado mortal, y de los veniales estéis con mucho cuidado de no hacerlos; esto de advertencia, que de otra suerte, ¿quién estará sin hacer muchos? Mas hay una advertencia muy pensada; otra tan de presto, que casi haciéndose el pecado venial y advirtiendo, es todo uno, que no nos pudimos entender. Mas pecado muy de advertencia, por chico que sea, Dios nos libre de él. (Camino de perfección, cap. 41, 3).

Excusas …dejamos de ir al coro, un día porque nos dolió la cabeza, otro porque nos ha dolido, y otros tres porque no nos duela… (Camino de perfección, cap. 10, 7).

Dios exige una vida sacrificada Y está claro que, pues lo es que a los que Dios mucho quiere lleva por camino de trabajos, y mientras más los ama, mayores (…). Pues creer que admite a su amistad estrecha gente regalada y sin trabajos, es disparate. (Camino de perfección, cap. 18, 2).

Despues de comulgar Esto pasa ahora y es entera verdad, y no hay para qué le ir a buscar en otra parte mas lejos; sino que, pues sabemos que mientras no consume el calor natural los accidentes del pan, que está con nosotros el buen Jesús, que nos lleguemos a El. Pues, si cuando andaba en el mundo, de sólo tocar sus ropas sanaba los enfermos, ¿qué hay que dudar que hará milagros estando tan dentro de mí, si tenemos fe, y nos dará lo que le pidiéremos, pues está en nuestra casa? Y no suele Su Majestad pagar mal la posada, si le hacen buen hospedaje. (Camino de perfección, cap. 34, 8).

Una mala noche una mala posada ¿Qué será de la pobre alma que, acabada de salir de tales dolores y trabajos como son los de la muerte, cae luego en ellas? ¡Qué mal descanso le viene!; ¡qué despedazada irá al infierno!; ¡qué multitud de serpientes de diferentes maneras!; ¡qué temeroso lugar!; ¡qué desventurado hospedaje! Pues para una noche una mala posada se sufre mal, si es persona regalada (que son los que más deben de ir allá), pues posada de para siempre, para sin fin, ¿qué pensais sentirá aquella triste alma? Que no queramos regalos, hijas; bien estamos aquí; todo es una noche la mala posada. Alabemos a Dios. Esforcémonos a hacer penitencia en esta vida. Mas ¡qué dulce será la muerte de quien de todos sus pecados la tiene hecha y no ha de ir al purgatorio! ¡Cómo desde acá aun podrá ser comience a gozar de la gloria! No verá en sí temor sino toda paz. (Camino de perfección, cap. 40, 9).

Ayuda de los padres en la virtud de los hijos El tener padres virtuosos y temerosos de Dios me bastara, si yo no fuera tan ruin, con lo que el Señor me favorecía, para ser buena. Era mi padre aficionado a leer buenos libros y así los tenía de romance para que leyesen sus hijos. Esto, con el cuidado que mi madre tenía de hacernos rezar y ponernos en ser devotos de nuestra Señora y de algunos santos, comenzó a despertarme de edad, a mi parecer, de seis o siete años. Ayudábame no ver en mis padres favor sino para la virtud. Tenían muchas. Era mi padre hombre de mucha caridad con los pobres y piedad con los enfermos y aun con los criados; tanta, que jamás se pudo acabar con él tuviese esclavos, porque los había gran piedad, y estando una vez en casa una de un su hermano, la regalaba como a sus hijos. Decía que, de que no era libre, no lo podía sufrir de piedad. Era de gran verdad. Jamás nadie le vio jurar ni murmurar. Muy honesto en gran manera. Mi madre también tenía muchas virtudes y pasó la vida con grandes enfermedades. Grandísima honestidad. Con ser de harta hermosura, jamás se entendió que diese ocasión a que ella hacía caso de ella, porque con morir de treinta y tres años, ya su traje era como de persona de mucha edad. Muy apacible y de harto entendimiento. Fueron grandes los trabajos que pasaron el tiempo que vivió. Murió muy cristianamente. Eramos tres hermanas y nueve hermanos. Todos parecieron a sus padres, por la bondad de Dios, en ser virtuosos, si no fui yo, aunque era la más querida de mi padre. (Libro de la Vida, cap. 1).

Para siempre…

Pues mis hermanos ninguna cosa me desayudaban a servir a Dios. Tenía uno casi de mi edad, juntábamonos entrambos a leer vidas de Santos (…). Espantábanos mucho el decir que pena y gloria era para siempre, en lo que leíamos. Acaecíanos estar muchos ratos tratando de esto y gustábamos de decir muchas veces: ¡para siempre, siempre, siempre! En pronunciar esto mucho rato era el Señor servido me quedase en esta niñez imprimido el camino de la verdad. (Libro de la Vida, cap. 1, 4).

Lo que importa en la niñez tratar con personas virtuosas Paréceme que comenzó a hacerme mucho daño lo que ahora diré. Considero algunas veces cuán mal lo hacen los padres que no procuran que vean sus hijos siempre cosas de virtud de todas maneras; porque, con serlo tanto mi madre como he dicho, de lo bueno no tomé tanto en llegando a uso de razón, ni casi nada, y lo malo me dañó mucho. Era aficionada a libros de caballerías y no tan mal tomaba este pasatiempo como yo le tomé para mí (…). Yo comencé a quedarme en costumbre de leerlos; y aquella pequeña falta que en ella vi, me comenzó a enfriar los deseos y comenzar a faltar en lo demás; y parecíame no era malo, con gastar muchas horas del día y de la noche en tan vano ejercicio, aunque escondida de mi padre. Era tan en extremo lo que en esto me embebía que, si no tenía libro nuevo, no me parece tenía contento. Comencé a traer galas y a desear contentar en parecer bien, con mucho cuidado de manos y cabello y olores y todas las vanidades que en esto podía tener, que eran hartas, por ser muy curiosa. No tenía mala intención, porque no quisiera yo que nadie ofendiera a Dios por mí. Duróme mucha curiosidad de limpieza demasiada y cosas que me parecía a mí no eran ningún pecado, muchos años. Ahora veo cuán malo debía ser. Tenía primos hermanos algunos (…). Teníanme gran amor, y en todas las cosas que les daba contento los sustentaba plática y oía sucesos de sus aficiones y niñerías nonada buenas; y lo que peor fue, mostrarse el alma a lo que fue causa de todo su mal. Si yo hubiera de aconsejar, dijera a los padres que en esta edad tuviesen gran cuenta con las personas que tratan sus hijos, porque aquí está mucho mal, que se va nuestro natural antes a lo peor que a lo mejor. Así me acaeció a mí, que tenía una hermana de mucha más edad que yo, de cuya honestidad y bondad -que tenía mucha- de ésta no tomaba nada, y tomé todo el daño de una parienta que trataba mucho en casa. Era de tan livianos tratos, que mi madre la había mucho procurado desviar que tratase en casa; parece adivinaba el mal que por ella me había de venir, y era tanta la ocasión que había para entrar, que no había podido. A ésta que digo, me aficioné a tratar. Con ella era mi conversación y pláticas, porque me ayudaba a todas las cosas de pasatiempos que yo quería, y aun me ponía en ellas y daba parte de sus conversaciones y vanidades (…). Mi padre y hermana sentían mucho esta amistad. Reprendíanmela muchas veces. Como no podían quitar la ocasión de entrar ella en casa, no les aprovechaban sus diligencias, porque mi sagacidad para cualquier cosa mala era mucha. Espántame algunas veces el daño que hace una mala compañía, y si no hubiera pasado por ello, no lo pudiera creer. En especial en tiempo de mocedad debe ser mayor el mal que hace. Querría escarmentasen en mí los padres para mirar mucho en esto (…). Por aquí entiendo el gran provecho que hace la buena compañía, y tengo por cierto que, si tratara en aquella edad con personas virtuosas, que estuviera entera en la virtud. (Libro de la Vida, cap. 2, 1-5).

Sobre la buena compañía de personas santas Dormía una monja con las que estábamos seglares, que por medio suyo parece quiso el Señor comenzar a darme luz. Pues comenzando a gustar de la buena y santa conversación de esta monja, holgábame de oírla cuán bien hablaba de Dios, porque era muy discreta y santa. Esto, a mi parecer, en ningún tiempo dejé de holgarme de oírlo. Comenzóme a contar cómo ella había venido a ser monja por sólo leer lo que dice el evangelio: Muchos son los llamados y pocos los escogidos. Decíame el premio que daba el Señor a los que todo lo dejan por El. Comenzó esta buena compañía a desterrar las costumbres que había hecho la mala y a tornar a poner en mi pensamiento deseos de las cosas eternas y a quitar algo la gran enemistad que tenía con ser monja, que se me había puesto grandísima. (Libro de la Vida, cap. 3, 1).

Estaba en el camino un hermano de mi padre, muy avisado y de grandes virtudes (…). Quiso que me estuviese con él unos días. Su ejercicio era buenos libros de romance, y su hablar era -lo más ordinario- de Dios y de la vanidad del mundo. Hacíame le leyese y, aunque no era amiga de ellos, mostraba que sí. Porque en esto de dar contento a otros he tenido extremo, aunque a mí me hiciese pesar; tanto, que en otras fuera virtud y en mí ha sido gran falta, porque iba muchas veces muy sin discreción. ¡Oh, válgame Dios, por qué términos me andaba Su Majestad disponiendo para el estado en que se quiso servir de mí, que, sin quererlo yo, me forzó a que me hiciese fuerza! Sea bendito por siempre, amén. Aunque fueron los días que estuve pocos, con la fuerza que hacían en mi corazón las palabras de Dios, así leídas como oídas, y la buena compañía, vine a ir entendiendo la verdad de cuando niña, de que no era todo nada, y la vanidad del mundo, y cómo acababa en breve, y a temer, si me hubiera muerto, cómo me iba al infierno. (Libro de la Vida, cap. 3, 4-5).

Del sufrimiento al dejar la casa de sus padres Acuérdaseme, a todo mi parecer y con verdad, que cuando salí de casa de mi padre no creo será más el sentimiento cuando me muera. Porque me parece cada hueso se me apartaba por sí, que, como no había amor de Dios que quitase el amor del padre y parientes, era todo haciéndome una fuerza tan grande que, si el Señor no me ayudara, no bastaran mis consideraciones para ir adelante. Aquí me dio ánimo contra mí, de manera que lo puse por obra. En tomando el hábito, luego me dio el Señor a entender cómo favorece a los que se hacen fuerza para servirle, la cual nadie no entendía de mí, sino grandísima voluntad. A la hora me dio un tan gran contento de tener aquel estado, que nunca jamás me faltó hasta hoy, y mudó Dios la sequedad que tenía mi alma en grandísima ternura. Dábanme deleite todas las cosas de la religión, y es verdad que andaba algunas veces barriendo en horas que yo solía ocupar en mi regalo y gala, y acordándoseme que estaba libre de aquello, me daba un nuevo gozo, que yo me espantaba y no podía entender por dónde venía. (Libro de la Vida, cap. 4, 1-2).

Seguir las inspiraciones de Dios Esto tengo por experiencia, como he dicho, en muchas cosas harto graves. Y así jamás aconsejaría -si fuera persona que hubiera de dar parecer- que, cuando una buena inspiración acomete muchas veces, se deje, por miedo, de poner por obra; que si va desnudamente por solo Dios, no hay que temer sucederá mal, que poderoso es para todo. Sea bendito por siempre, amén. (Libro de la Vida, cap. 4, 2).

Usar un libro para la oración Ahora me parece que proveyó el Señor que yo no hallase quien me enseñase, porque fuera imposible, -me parece-, perseverar dieciocho años que pasé este trabajo, y en éstos grandes sequedades, por no poder, como digo, discurrir. En todos éstos, si no era acabando de comulgar, jamás osaba comenzar a tener oración sin un libro; que tanto temía mi alma estar sin él en oración, como si con mucha gente fuera a pelear. Con este remedio, que era como una compañía o escudo en que había de recibir los golpes de los muchos pensamientos, andaba consolada. Porque la sequedad no era lo ordinario, mas era siempre cuando me faltaba libro, que era luego desbaratada el alma, y los pensamientos perdidos; con esto los comenzaba a recoger y como por halago llevaba el alma. Y muchas veces, en abriendo el libro, no era menester más. Otras leía poco, otras mucho, conforme a la merced que el Señor me hacía. (Libro de la Vida, cap. 4 ,9).

Yo estuve más de catorce que nunca podía tener aun meditación sino junto con lectura. Habrá muchas personas de este arte, y otras que, aunque sea con la lectura, no puedan tener meditación, sino rezar vocalmente, y aquí se detienen más. Hay pensamientos tan ligeros que no pueden estar en una cosa, sino siempre desasosegados, y en tanto extremo que, si quieren detenerle a pensar en Dios, se les va a mil disparates y escrúpulos y dudas. (Camino de perfección, cap. 17, 3).

El fraile que le declara su perdición Pues comenzándome a confesar con este que digo, él se aficionó en extremo a mí (…). No fue la afición de éste mala; mas de demasiada afición venía a no ser buena. Tenía entendido de mí que no me determinaría a hacer cosa contra Dios que fuese grave por ninguna cosa, y él también me aseguraba lo mismo, y así era mucha la conversación. Mas mis tratos entonces, con el embebecimiento de Dios que traía, lo que más gusto me daba era tratar cosas de El; y como era tan niña, hacíale confusión ver esto, y con la gran voluntad que me tenía, comenzó a declararme su perdición. Y no era poca, porque había casi siete años que estaba en muy peligroso estado, con afición y trato con una mujer del mismo lugar, y con esto decía misa. Era cosa tan pública, que tenía perdida la honra y la fama, y nadie le osaba hablar contra esto. A mí hízoseme gran lástima, porque le quería mucho (…). Procuré saber e informarme más de personas de su casa. Supe más la perdición, y vi que el pobre no tenía tanta culpa; porque la desventurada de la mujer le tenía puestos hechizos en un idolillo de cobre que le había rogado le trajese por amor de ella al cuello, y éste nadie había sido poderoso de podérsele quitar. Yo no creo es verdad esto de hechizos determinadamente; mas diré esto que yo vi, para aviso de que se guarden los hombres de mujeres que este trato quieren tener (…). Pues como supe esto, comencé a mostrarle más amor. Mi intención buena era, la obra mala, pues por hacer bien, por grande que sea, no había de hacer un pequeño mal. Tratábale muy ordinario de Dios. Esto debía aprovecharle, aunque más creo le hizo al caso el quererme mucho; porque, por hacerme placer, me vino a dar el idolillo, el cual hice echar luego en un río. Quitado éste, comenzó -como quien despierta de un gran sueño- a irse acordando de todo lo que había hecho aquellos años; y espantándose de sí, doliéndose de su perdición, vino a comenzar a aborrecerla. Nuestra Señora le debía ayudar mucho, que era muy devoto de su Concepción, y en aquel día hacía gran fiesta. En fin, dejó del todo de verla y no se hartaba de dar gracias a Dios por haberle dado luz. A cabo de un año en punto desde el primer día que yo le vi, murió. Y había estado muy en servicio de Dios (…). Tengo por cierto está en carrera de salvación. Murió muy bien y muy quitado de aquella ocasión. Parece quiso el Señor que por estos medios se salvase. (Libro de la Vida, cap. 5, 4-6).

Abandono de la oración Pues así comencé, de pasatiempo en pasatiempo, de vanidad en vanidad, de ocasión en ocasión, a meterme tanto en muy grandes ocasiones y andar tan estragada mi alma en muchas vanidades (…). Y ayudóme a esto que, como crecieron los pecados, comenzóme a faltar el gusto y regalo en las cosas de virtud. Veía yo muy claro, Señor mío, que me faltaba esto a mí por faltaros yo a Vos. Este fue el más terrible engaño que el demonio me podía hacer debajo de parecer humildad, que comencé a temer de tener oración, de verme tan perdida; y parecíame era mejor andar como los muchos, pues en ser ruin era de los peores… (Libro de la Vida, cap. 7, 1).

El Señor le hace ver que no le convienen unas amistades Pues comenzando yo a tratar estas conversaciones (…), estando con una persona, bien al principio del conocerla, quiso el Señor darme a entender que no me convenían aquellas amistades, y avisarme y darme luz en tan gran ceguedad: representóseme Cristo delante con mucho rigor, dándome a entender lo que de aquello le pesaba. Vile con los ojos del alma más claramente que le pudiera ver con los del cuerpo, y quedóme tan imprimido, que ha esto más de veinte y seis años y me parece lo tengo presente. Yo quedé muy espantada y turbada, y no quería ver más a con quien estaba. Hízome mucho daño no saber yo que era posible ver nada si no era con los ojos del cuerpo, y el demonio que me ayudó a que lo creyese así y hacerme entender era imposible y que se me había antojado y que podía ser el demonio y otras cosas de esta suerte, puesto que siempre me quedaba un parecerme era Dios y que no era antojo. Mas, como no era a mi gusto, yo me hacía a mí misma desmentir; y yo como no lo osé tratar con nadie y tornó después a haber gran importunación asegurándome que no era mal ver persona semejante ni perdía honra, antes que la ganaba, torné a la misma conversación y aun en otros tiempos a otras, porque fue muchos años los que tomaba esta recreación pestilencial; que no me parecía a mí -como estaba en ello- tan malo como era, aunque a veces claro veía no era bueno; mas ninguna no me hizo el distraimiento que ésta que digo, porque la tuve mucha afición.

Estando otra vez con la misma persona, vimos venir hacia nosotros -y otras personas que estaban allí también lo vieron- una cosa a manera de sapo grande, con mucha más ligereza que ellos suelen andar. De la parte que él vino no puedo yo entender pudiese haber semejante sabandija en mitad del día ni nunca la habido, y la operación que hizo en mí me parece no era sin misterio. Y tampoco esto se me olvidó jamás. ¡Oh grandeza de Dios, y con cuánto cuidado y piedad me estábais avisando de todas maneras, y qué poco me aprovechó a mí! Tenía allí una monja que era mi parienta, antigua y gran sierva de Dios y de mucha religión. Esta también me avisaba algunas veces, y no sólo no la creía, mas disgustábame con ella y parecíame se escandalizaba sin tener por qué. He dicho esto para que se entienda mi maldad y la gran bondad de Dios y cuán merecido tenía el infierno por tan grande ingratitud; y también porque si el Señor ordenare y fuere servido en algún tiempo lea esto alguna monja, escarmienten en mí; y les pido yo por amor de nuestro Señor huyan de semejantes recreaciones. (Libro de la Vida, cap. 7).

La llamada de Dios y y la llamada de lo mundano Pasaba una vida trabajosísima (…). Por una parte me llamaba Dios; por otra yo seguía lo mundano. Dábame gran contento las cosas de Dios; teníanme atada las mundanas. Paréceme que quería concertar estos dos contrarios, tan enemigos uno de otro, como es vida espiritual y contentos y gustos y pasatiempos sensuales. (…). Pasé así muchos años, que ahora me espanto qué hizo que no dejase lo uno o lo otro. (…) ¡Oh, válgame Dios, si hubiera de decir las ocasiones que en estos años Dios me quitaba, y cómo me tornaba yo a meter en ellas (…). Pasé en este mar tempestuoso casi veinte años (…). Sé decir que es una de las vidas más penosas que me parece se puede imaginar: porque ni yo gozaba de Dios, ni traía contento con lo mundano. Cuando estaba en los contentos mundanos, en acordarme de lo que debía a Dios, era con pena; cuando estaba con Dios, las afecciones mundanas me desasosegaban. Ello es una guerra tan penosa, que no sé cómo un mes la pude sufrir, cuanto más tantos años. (Libro de la Vida, cap. 7-8).

Tener amistad con personas que también buscan la santidad Por eso, aconsejaría yo a los que tienen oración, en especial al principio, procuren amistad y trato con otras personas que traten de lo mismo. Es cosa importantísima (…). Pues es tan importantísimo esto para almas que no están fortalecidas en virtud -como tienen tantos contrarios, y amigos para incitar al mal- que no sé cómo lo encarecer. Paréceme que el demonio ha usado de este ardid como cosa que muy mucho le importa: que se escondan tanto de que se entienda que de veras quieren procurar amar y contentar a Dios, como ha incitado se descubran otras voluntades malhonestas, con ser tan usadas, que ya parece se toma por gala y se publican las ofensas que en este caso se hacen a Dios. (…) Porque andan ya las cosas del servicio de Dios tan flacas, que es menester hacerse espaldas unos a otros los que le sirven para ir adelante, según se tiene por bueno andar en las vanidades y contentos del mundo. Y para estos hay pocos ojos; y si uno comienza a darse a Dios, hay tantos que murmuren, que es menester buscar compañía para defenderse, hasta que ya estén fuertes en no les pesar de padecer; y si no, veránse en mucho aprieto (…). De mí sé decir que, si el Señor no me descubriera esta verdad y diera medios para que yo muy ordinario tratara con personas que tienen oración, que cayendo y levantando iba a dar de ojos en el infierno. Porque para caer había muchos amigos que me ayudasen; para levantarme hallábame tan sola, que ahora me espanto cómo no me estaba siempre caída, y alabo la misericordia de Dios, que era sólo el que me daba la mano. Sea bendito por siempre jamás, amén. (Libro de la Vida, cap. 7).

El gran bien de la oración Pues para lo que he tanto contado esto es (…) para que se entienda el gran bien que hace Dios a un alma que la dispone para tener oración con voluntad, aunque no esté tan dispuesta como es menester, y cómo si en ella persevera, por pecados y tentaciones y caídas de mil manera que ponga el demonio, en fin tengo por cierto la saca el Señor a puerto de salvación, como -a lo que ahora parece- me ha sacado a mí. Plega a Su Majestad no me torne yo a perder. De lo que yo tengo experiencia puedo decir, y es que por males que haga quien la ha comenzado, no la deje, pues es el medio por donde puede tornarse a remediar, y sin ella será muy más dificultoso. Y no le tiente el demonio por la manera que a mí, a dejarla (…). Y quien no la ha comenzado, por amor del Señor le ruego yo no carezca de tanto bien (…) Y si persevera, espero yo en la misericordia de Dios, que nadie le tomó por amigo que no se lo pagase; que no es otra cosa oración mental, a mi parecer, sino tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama. (Libro de la Vida, cap. 8, 4-5).

Aridez en la oración Y muy muchas veces, algunos años, tenía más cuenta con desear se acabase la hora que tenía por mí de estar en oración, y escuchar cuándo daba el reloj, que no en otras cosas buenas; y hartas veces no sé qué penitencia grave se me pusiera delante que no la acometiera de mejor gana que recogerme a tener oración. Y es cierto que era tan incomportable la fuerza que el demonio me hacía o mi ruin costumbre que no fuese a la oración, y la tristeza que me daba en entrando en el oratorio, que era menester ayudarme de todo mi ánimo (que dicen no le tengo pequeño y se ha visto me le dio Dios harto más que de mujer, sino que le he empleado mal) para forzarme, y en fin me ayudaba el Señor. Y después que me había hecho esta fuerza, me hallaba con más quietud y regalo que algunas veces que tenía deseo de rezar. (Libro de la Vida, cap. 8, 7).

Frutos de la oración Porque de estos gustos que el Señor da a los que perseveran en la oración se tratará mucho, no digo aquí nada. Sólo digo que para estas mercedes tan grandes que me ha hecho a mí, es la puerta la oración. Cerrada ésta, no sé cómo las hará; porque, aunque quiera entrar a regalarse con un alma y regalarla, no hay por dónde, que la quiere sola y limpia y con gana de recibirlos. Si le ponemos muchos tropiezos y no ponemos nada en quitarlos, ¿cómo ha de venir a nosotros? ¡Y queremos nos haga Dios grandes mercedes! Para que vean su misericordia y el gran bien que fue para mí no haber dejada la oración y lección, diré aquí -pues va tanto en entender- la batería que da el demonio a un alma para ganarla, y el artificio y misericordia con que el Señor procura tornarla a Sí, y se guarden de los peligros que yo no me guardé. (Libro de la Vida, cap. 8, 9).

Guardarse de las ocasiones Y sobre todo, por amor de nuestro Señor y por el grande amor con que anda granjeando tornarnos a Sí, pido yo se guarden de las ocasiones; porque, puestos en ellas, no hay que fiar donde tantos enemigos nos combaten y tantas flaquezas hay en nosotros para defendernos. (Libro de la Vida, cap. 8, 10).

Se conmueve ante un cuadro de la Pasión Pues ya andaba mi alma cansada y, aunque quería, no le dejaban descansar las ruines costumbres que tenía. Acaecióme que, entrando un día en el oratorio, vi una imagen que habían traído allá a guardar, que se había buscado para cierta fiesta que se hacía en casa. Era de Cristo muy llagado y tan devota que, en mirándola, toda me turbó de verle tal, porque representaba bien lo que pasó por nosotros. Fue tanto lo que sentí de lo mal que había agradecido aquellas llagas, que el corazón me parece se me partía, y arrojéme junto a Él con grandísimo derramamiento de lágrimas, suplicándole me fortaleciese ya de una vez para no ofenderle (…) Esta vez me parece me aprovechó más, porque estaba ya muy desconfiada de mí y ponía toda mi confianza en Dios. Paréceme le dije entonces que no me había de levantar de allí hasta que hiciese lo que le suplicaba. Creo cierto me aprovechó, porque fui mejorando mucho desde entonces. (Libro de la Vida, cap. 9, 1-3).

Oración representándose a Cristo Tenía este modo de oración: que, como no podía discurrir con el entendimiento, procuraba representar a Cristo dentro de mí, y hallábame mejor -a mi parecer- de las partes adonde le veía más solo. Parecíame a mí que, estando solo y afligido, como persona necesitada me había de admitir a mí. De estas simplicidades tenía muchas. En especial me hallaba muy bien en la oración del Huerto. Allí era mi acompañarle. Pensaba en aquel sudor y aflicción que allí había tenido, si podía. Deseaba limpiarle aquel tan penoso sudor. Mas acuérdome que jamás osaba determinarme a hacerlo, como se me representaban mis pecados tan graves. Estábame allí lo más que me dejaban mis pensamientos con El, porque eran muchos los que me atormentaban. Muchos años, las más noches antes que me durmiese, cuando para dormir me encomendaba a Dios, siempre pensaba un poco en este paso de la oración del Huerto, aun desde que no era monja, porque me dijeron se ganaban muchos perdones. Y tengo para mí que por aquí ganó muy mucho mi alma, porque comencé a tener oración sin saber qué era, y ya la costumbre tan ordinaria me hacía no dejar esto, como el no dejar de santiguarme para dormir. (Libro de la Vida, cap. 9, 4).

Oración ante las maravillas de la naturaleza Aprovechábame a mí también ver campo o agua, flores. En estas cosas hallaba yo memoria del Criador, digo que me despertaban y recogían y servían de libro; y en mi ingratitud y pecados. En cosas del cielo ni en cosas subidas, era mi entendimiento tan grosero que jamás por jamás las pude imaginar, hasta que por otro modo el Señor me las representó. (Libro de la Vida, cap. 9, 5).

Lee “Las Confesiones” de San Agustín En este tiempo me dieron las Confesiones de San Agustín, que parece el Señor lo ordenó, porque yo no las procuré ni nunca las había visto. Yo soy muy aficionada a San Agustín, porque el monasterio adonde estuve seglar era de su Orden y también por haber sido pecador, que en los santos que después de serlo el Señor tornó a Sí hallaba yo mucho consuelo, pareciéndome en ellos había de hallar ayuda y que como los había el Señor perdonado, podía hacer a mí; salvo que una cosa me desconsolaba, como he dicho, que a ellos sola una vez los había el Señor llamado y no tornaban a caer, y a mí eran ya tantas, que esto me fatigaba. Mas considerando en el amor que me tenía, tornaba a animarme, que de su misericordia jamás desconfié. De mí muchas veces. (Libro de la Vida, cap. 9, 7).

Comprender que gozamos del favor de Dios Pues ¿cómo aprovechará y gastará con largueza el que no entiende que está rico? Es imposible conforme a nuestra naturaleza -a mi parecer- tener ánimo para cosas grandes quien no entiende está favorecido de Dios. (Libro de la Vida, cap. 10, 6).

Dios le concedió gran experiencia en la oración, pero ella se sentía un muladar En solos veinte y siete años que ha que tengo oración, me ha dado Su Majestad la experiencia -con andar en tantos tropiezos y tan mal este camino- que a otros en cuarenta y siete y en treinta y siete, que con penitencia y siempre virtud han caminado por él. Sea bendito por todo y sírvase de mí, por quien Su Majestad es, que bien sabe mi Señor que no pretendo otra cosa en esto, sino que sea alabado y engrandecido un poquito de ver que en un muladar tan sucio y de mal olor hiciese huerto de tan suaves flores. Plega a Su Majestad que por mi culpa no las torne yo a arrancar y se torne a ser lo que era. Esto pido yo por amor del Señor le pida vuestra merced, pues sabe la que soy con más claridad que aquí me lo ha dejado decir. (Libro de la Vida, cap. 10, 9).

Nadie va solo al Cielo …son muchas las cosas que el demonio pone delante a los principios para que no comiencen este camino de hecho, como quien sabe el daño que de aquí le viene, no sólo en perder aquel alma sino muchas. Si el que comienza se esfuerza con el fervor de Dios a llegar a la cumbre de la perfección, creo jamás va solo al cielo; siempre lleva mucha gente tras sí. Como a buen capitán, le da Dios quien vaya en su compañía. (Libro de la Vida, cap. 11, 4).

Los comienzos en la oración Ha de hacerse cuenta el que comienza la oración, que comienza a hacer un huerto en tierra muy infructuosa que lleva muy malas hierbas, para que se deleite el Señor. Su Majestad arranca las malas hierbas y ha de plantar las buenas. Pues hagamos cuenta que está ya hecho esto cuando se determina a tener oración un alma y lo ha comenzado a usar. Y con ayuda de Dios hemos de procurar, como buenos hortelanos, que crezcan estas plantas y tener cuidado de regarlas para que no se pierdan, sino que vengan a echar flores que den de sí gran olor para dar recreación a este Señor nuestro, y así se venga a deleitar muchas veces a esta huerta y a holgarse entre estas virtudes. (Libro de la Vida, cap. 11, 6).

Cuatro maneras de hacer oración Paréceme a mí que se puede regar de cuatro maneras: o con sacar el agua de un pozo, que es a nuestro gran trabajo; o con noria y arcaduces, que se saca con un torno; yo lo he sacado algunas veces: es a menos trabajo que estotro y sácase más agua; o de un río o arroyo: esto se riega muy mejor, que queda más harta la tierra de agua y no se ha menester regar tan a menudo y es a menos trabajo mucho del hortelano; o con llover mucho, que lo riega el Señor sin trabajo ninguno nuestro, y es muy sin comparación mejor que todo lo que queda dicho.

Ahora, pues, aplicadas estas cuatro maneras de agua de que se ha de sustentar este huerto -porque sin ella el huerto se pierde-, es lo que a mí me ha parecido que se podrá declarar algo de cuatro grados de oración, en que el Señor, por su bondad, ha puesto algunas veces mi alma. Plega a su bondad atine a decirlo de manera que aproveche a una de las personas que esto me mandaron escribir, que la ha traído el Señor en cuatro meses harto más adelante que yo estaba en diecisiete años. Hase dispuesto mejor, y así sin trabajo suyo riega este vergel con todas estas cuatro aguas, aunque la postrera aún no se le da sino a gotas. (Libro de la Vida, cap. 11, 7-8).

De los que comienzan a tener oración De los que comienzan a tener oración podemos decir son los que sacan el agua del pozo, que es muy a su trabajo, como tengo dicho, que han de cansarse en recoger los sentidos, que, como están acostumbrados a andar derramados, es harto trabajo. (…) Pues ¿qué hará aquí el que ve que en muchos días no hay sino sequedad y disgusto y dessabor y tan mala gana para venir a sacar el agua, que si no se le acordase que hace placer y servicio al Señor de la huerta y mirase a no perder todo lo servido y aun lo que espera ganar del gran trabajo que es echar muchas veces el caldero en el pozo y sacarle sin agua, lo dejaría todo? (…) Pues, como digo, ¿qué hará aquí el hortelano? Alegrarse y consolarse y tener por grandísima merced de trabajar en huerto de tan gran Emperador. Y pues sabe le contenta en aquello y su intento no ha de ser contentarse a sí sino a El, alábele mucho, que hace de él confianza, pues ve que sin pagarle nada tiene tan gran cuidado de lo que le encomendó. Y ayúdele a llevar la cruz (…) y tiempo vendrá que se lo pague por junto. No haya miedo que se pierda el trabajo. A buen amo sirve. Mirándole está. No haga caso de malos pensamientos. Mire que también los representaba el demonio a San Jerónimo en el desierto. (Libro de la Vida, cap. 11, 9-10).

Paciencia ante la falta de salud psíquica Porque muy muchas veces (yo tengo grandísima experiencia de ello, y sé que es verdad, porque lo he mirado con cuidado y tratado después a personas espirituales) que viene de indisposición corporal, que somos tan miserables que participa esta encarceladita de esta pobre alma de las miserias del cuerpo. Y las mudanzas de los tiempos y las vueltas de los humores muchas veces hacen que sin culpa suya no pueda hacer lo que quiere, sino que padezca de todas maneras. Y mientras más la quieren forzar en estos tiempos, es peor y dura más el mal; sino que haya discreción para ver cuándo es de esto, y no la ahoguen a la pobre. Entiendan son enfermos. Múdese la hora de la oración, y hartas veces será algunos días. Pasen como pudieren este destierro, que harta malaventura es de un alma que ama a Dios ver que vive en esta miseria y que no puede lo que quiere, por tener tan mal huésped como este cuerpo. (…) Sirva entonces al cuerpo por amor de Dios, porque otras veces muchas sirva él al alma, y tome algunos pasatiempos santos de conversaciones que lo sean, o irse al campo, como aconsejare el confesor. Y en todo es gran cosa la experiencia, que da a entender lo que nos conviene. Y en todo se sirve Dios. Suave es su yugo, y es gran negocio no traer el alma arrastrada, como dicen, sino llevarla con suavidad para su mayor aprovechamiento. Así que torno a avisar -y aunque lo diga muchas veces no va nada- que importa mucho que de sequedades ni de inquietud y distraimiento en los pensamientos nadie se apriete ni aflija. Si quiere ganar libertad de espíritu y no andar siempre atribulado, comience a no se espantar de la cruz, y verá cómo se la ayuda también a llevar el Señor y con el contento que anda y el provecho que saca de todo. Porque ya se ve que, si el pozo no mana, que nosotros no podemos poner el agua. Verdad es que no hemos de estar descuidados para que, cuando la haya, sacarla; porque entonces ya quiere Dios por este medio multiplicar las virtudes. (Libro de la Vida, cap. 11, 15-17).

No apocar los deseos Tener gran confianza, porque conviene mucho no apocar los deseos, sino creer de Dios que, si nos esforzamos, poco a poco, aunque no sea luego, podremos llegar a lo que muchos santos con su favor; que si ellos nunca se determinaran a desearlo y poco a poco a ponerlo por obra, no subieran a tan alto estado. Quiere Su Majestad y es amigo de ánimas animosas, como vayan con humildad y ninguna confianza de sí. Y no he visto a ninguna de éstas que quede baja en este camino; ni ninguna alma cobarde, con amparo de humildad, que en muchos años ande lo que estotros en muy pocos. Espántame lo mucho que hace en este camino animarse a grandes cosas; aunque luego no tenga fuerzas el alma, da un vuelo y llega a mucho, aunque -como avecita que tiene pelo malo- cansa y queda. (Libro de la Vida, cap. 13, 2-3).

Entender bien lo que es la humildad Mas es menester entendamos cómo ha de ser esta humildad, porque creo el demonio hace mucho daño para no ir muy adelante gente que tiene oración, con hacerlos entender mal de la humildad, haciendo que nos parezca soberbia tener grandes deseos y querer imitar a los santos y desear ser mártires. Luego nos dice o hace entender que las cosas de los santos son para admirar, mas no para hacerlas los que somos pecadores. (Libro de la Vida, cap. 13, 4).

Dificultades para aprender a hacer oración cuando no se tiene maestro Quiérome declarar más, porque estas cosas de oración todas son dificultosas y, si no se halla maestro, muy malas de entender; y esto hace que, aunque quisiera abreviar y bastaba para el entendimiento bueno de quien me mandó escribir estas cosas de oración sólo tocarlas, mi torpeza no da lugar a decir y dar a entender en pocas palabras cosa que tanto importa declararla bien; que como yo pasé tanto, he lástima a los que comienzan con solos libros, que es cosa extraña cuán diferentemente se entiende de lo que después de experimentado se ve. (Libro de la Vida, cap. 13, 12).

Orar con la Pasión del Señor Pues tornando a lo que decía, ponémonos a pensar un paso de la Pasión, digamos el de cuando estaba el Señor a la columna: anda el entendimiento buscando las causas que allí da a entender, los dolores grandes y pena que Su Majestad tendría en aquella soledad y otras muchas cosas que, si el entendimiento es obrador, podrá sacar de aquí. (…) Hay muchas almas que aprovechan más en otras meditaciones que en la de la sagrada Pasión; que así como hay muchas moradas en el cielo, hay muchos caminos. Algunas personas aprovechan considerándose en el infierno, y otras en el cielo y se afligen en pensar en el infierno, otras en la muerte. Algunas, si son tiernas de corazón, se fatigan mucho de pensar siempre en la Pasión, y se regalan y aprovechan en mirar el poder y grandeza de Dios en las criaturas y el amor que nos tuvo, que en todas las cosas se representa, y es admirable manera de proceder, no dejando muchas veces la Pasión y vida de Cristo, que es de donde nos ha venido y viene todo el bien.

(…) Pues tornando a lo que decía de pensar a Cristo a la columna, es bueno discurrir un rato y pensar las penas que allí tuvo y por qué las tuvo y quién es el que las tuvo y el amor con que las pasó. Mas que no se canse siempre en andar a buscar esto, sino que se esté allí con El, acallado el entendimiento. Si pudiere, ocuparle en que mire que le mira, y le acompañe y hable y pida y se humille y regale con El, y acuerde que no merecía estar allí. Cuando pudiere hacer esto, aunque sea al principio de comenzar oración, hallará grande provecho, y hace muchos provechos esta manera de oración; al menos hallóle mi alma. (Libro de la Vida, cap. 13, 13 y 22).

No devociones bobas sin doctrina …es gran cosa letras, porque éstas nos enseñan a los que poco sabemos y nos dan luz y, llegados a verdades de la Sagrada Escritura, hacemos lo que debemos: de devociones a bobas nos libre Dios. (Libro de la Vida, cap. 13, 16).

No ir solo en el camino de la vida espiritual Porque he yo pasado mucho y perdido harto tiempo por no saber qué hacer y he gran lástima a almas que se ven solas cuando llegan aquí; porque aunque he leído muchos libros espirituales, aunque tocan en lo que hace al caso, decláranse muy poco, y si no es alma muy ejercitada, aun declarándose mucho, tendrá harto que hacer en entenderse. (Libro de la Vida, cap. 14, 7).

Hacer rendir los propios talentos Esme gran lástima, porque conozco muchas almas que llegan aquí, y (…) querríalas mucho avisar que miren no escondan el talento, pues quiere Dios escogerlas para provecho de otras muchas, en especial en estos tiempos que son menester amigos fuertes de Dios para sustentar los flacos. Y los que esta merced conocieren en sí, ténganse por tales, si saben responder con las leyes que aun la buena amistad del mundo pide; y si no -como he dicho-, teman y hayan miedo no se hagan a sí mal y ¡plega a Dios sea a sí solos! (Libro de la Vida, cap. 15, 5).

Tener los ojos en la eternidad …los ojos en el verdadero y perpetuo reino que pretendemos ganar. Es muy gran cosa traer esto siempre delante, en especial en los principios; que después tanto se ve claro, que antes es menester olvidarlo para vivir, que procurarlo: traer a la memoria lo poco que dura todo y cómo no es todo nada y en lo nonada que se ha de estimar el descanso. (Libro de la Vida, cap. 15, 11).

Humildad ante los posibles retrocesos Que, como ya he dicho y no querría esto se olvidase, en esta vida que vivimos no crece el alma como el cuerpo, aunque decimos que sí, y de verdad crece. Mas un niño, después que crece y echa gran cuerpo y ya le tiene de hombre, no torna a descrecer y a tener pequeño cuerpo; acá quiere el Señor que sí, a lo que yo he visto por mí, que no lo sé por más. Debe ser por humillarnos para nuestro gran bien y para que no nos descuidemos mientras estuviéremos en este destierro, pues el que más alto estuviere, más se ha de temer y fiar menos de sí. (Libro de la Vida, cap. 15, 13).

Levantarse enseguida después de los errores …que, aunque tornen a caer, queda una señal de que estuvo allí el Señor, que es levantarse presto. (Libro de la Vida, cap. 15, 14).

Sobre la imaginación …y la imaginación, como se ve sola, es para alabar a Dios la guerra que da y cómo procura desasosegarlo todo. A mí cansada me tiene y aborrecida la tengo, y muchas veces suplico al Señor, si tanto me ha de estorbar, me la quite en estos tiempos. Alguna veces le digo: «¿Cuándo, mi Dios, ha de estar ya toda junta mi alma en vuestra alabanza y no hecha pedazos, sin poder valerse a sí?» (…) da tal guerra la memoria e imaginación que al alma no la dejan valer; y como faltan las otras potencias, no valen, aun para hacer mal, nada. Harto hacen en desasosegar. Digo «para hacer mal», porque no tienen fuerza ni paran en un ser. Como el entendimiento no la ayuda poco ni mucho a lo que le representa, no para en nada, sino de uno en otro, que no parece sino de estas maripositas de las noches, importunas y desasosegadas: así anda de un cabo a otro. En extremo me parece le viene al propio esta comparación, porque aunque no tiene fuerza para hacer ningún mal, importuna a los que la ven. Para esto no sé qué remedio haya, que hasta ahora no me le ha dado Dios a entender; que de buena gana le tomaría para mí, que me atormenta, como digo, muchas veces. Represéntase aquí nuestra miseria, y muy claro el gran poder de Dios; pues ésta, que queda suelta, tanto nos daña y nos cansa… (…) El postrer remedio que he hallado, a cabo de haberme fatigado hartos años, es lo que dije (…) que no se haga caso de ella más que de un loco, sino dejarla con su tema, que sólo Dios se la puede quitar; y, en fin, aquí por esclava queda. Hémoslo de sufrir con paciencia, como hizo Jacob a Lía, porque harta merced nos hace el Señor que gocemos de Raquel. (Libro de la Vida, cap. 17, 5-7).

Sobre la obediencia ¡Oh virtud de obedecer, que todo lo puedes!: aclaró Dios mi entendimiento, unas veces con palabras y otras poniéndome delante cómo lo había de decir, que, como hizo en la oración pasada, Su Majestad parece quiere decir lo que yo no puedo ni sé. (Libro de la Vida, cap. 18, 7).

De la responsabilidad del gobierno de almas Quiero decir algunas cosas que el Señor ha sido servido en este caso que vea de algunas almas. Diré pocas, por abreviar y por no ser necesario, digo, para ningún aprovechamiento. Dijéronme era muerto un nuestro Provincial que había sido (y cuando murió, lo era de otra Provincia), a quien yo había tratado y debido algunas buenas obras. Era persona de muchas virtudes. Como lo supe que era muerto, diome mucha turbación, porque temí su salvación, que había sido veinte años prelado, cosa que yo temo mucho, cierto, por parecerme cosa de mucho peligro tener cargo de almas, y con mucha fatiga me fui a un oratorio. Dile todo el bien que había hecho en mi vida, que sería bien poco, y así lo dije al Señor que supliesen los méritos suyos lo que había menester aquel alma para salir de purgatorio. (Libro de la Vida, cap. 38, 26).

El Señor le dice “Ahora, Teresa, ten fuerte” Estando en esta aflicción, y mis compañeras la tenían mucha (…), sin estar en oración, me dice nuestro Señor estas palabras: “Ahora, Teresa, ten fuerte”. Con esto procuré con más ánimo… (Libro de las Fundaciones, cap. 31, 36).

La fuerza de la Eucaristía

En 1901 se cerraron todos los conventos de Francia y se expulsaron a los religiosos de todas partes.

El hospital de Reims fue la excepción.

También allí se presentó la comisión inspectora e invitó a abrir todos los cuartos y salas. La superiora obedeció. Los miembros de la comisión se sintieron casi mareados de aquel ambiente.

—Usted, ¿desde cuándo está aquí? —Cuarenta años, dijo la religiosa.

—Y, ¿de dónde saca fuerzas? —He comulgado todos los días. Si no estuviese entre nosotras el Santísimo Sacramento no podríamos resistir.

Tomado de Julio Eugui, “Anécdotas y virtudes”, n. 225

Para alcanzar la felicidad

Cierto mercader envió a su hijo para aprender el secreto de la felicidad con el mas sabio de todos los hombres. El joven anduvo durante cuarenta días por el desierto hasta llegar a un hermoso castillo, en lo alto de una montaña. Ahí vivía el sabio que buscaba. Entró en una sala y vio una actividad inmensa, mercaderes que entraban y salían, personas conversando en los rincones, una pequeña orquesta que tocaba melodías suaves y una mesa repleta de los mas deliciosos manjares. El sabio conversaba con todos, y el joven tuvo que esperar dos horas hasta que le llegara el turno de ser atendido. El sabio escuchó atentamente el motivo de su visita, pero le dijo que en aquel momento no tenía tiempo de explicarle el secreto de la felicidad. Le pidió que diese un paseo por el palacio y regresara dos horas más tarde. “Pero quiero pedirte un favor –le dijo el sabio, entregándole una cucharita de té, en la que dejo caer dos gotas de aceite–, mientras estés caminando, llévate esta cucharita cuidando de que el aceite no se derrame”. El joven empezó a subir y bajar las escalinatas del palacio, manteniendo siempre los ojos fijos en la cuchara. Pasadas dos horas retorno a la presencia del sabio, que le preguntó: “¿Qué tal? ¿Viste los tapetes de Persia que hay en mi comedor? ¿Viste el jardín que el maestro de los jardineros tardó diez años en crear? ¿Reparaste en los bellos pergaminos de mi biblioteca?”. El joven, avergonzado, confesó que no había visto nada. Su única preocupación había sido no derramar las gotas de aceite que el sabio le había confiado. “Pues entonces vuelve y conoce las maravillas de mi mundo. No puedes confiar en un hombre si no conoces su casa”. Ya más tranquilo, el joven cogió nuevamente la cuchara y volvió a pasear por el palacio, esta vez mirando con atención todas las obras de arte que adornaban el techo y las paredes. Vio los jardines, las montañas a su alrededor, la delicadeza de las flores, el esmero con que cada obra de arte estaba colocada en su lugar. De regreso a la presencia del sabio le relató todo lo que había visto. “¿Pero dónde están las dos gotas de aceite que te confié?”, preguntó el sabio. El joven miró la cuchara y se dio cuenta que las había derramado. “Pues es el único consejo que tengo para darte. El secreto de la felicidad está en mirar todas las maravillas del mundo pero sin olvidarse de las dos gotas de aceite en la cuchara”.

El hilo de la paciencia

En una humilde choza de madera, de las afueras de un pueblo, vivía una viuda de un carpintero con su único hijo llamado Pedro. Era un chico soñador y más aficionado a jugar y a corretear por los campos con Hilda que a estudiar encerrado en casa o en la escuela. En la escuela pensaba: “Tengo ganas de salir, para ir a jugar con Hilda”. Jamás estaba conforme con nada y siempre estaba con sus ensoñaciones. En invierno, mientras patinaba en el hielo, deseaba que llegara el verano para bañarse en el río; pero en el verano, deseaba que llegara el otoño para ver como el viento elevaba graciosamente su cometa. Una tarde de verano, después de pasear por largo rato bajo el sol, Pedro se quedó profundamente dormido. En el sueño, se le apareció un mago que llevaba en sus manos una cajita de plata, redonda como una pelota, de la que salía un hilo de oro. El mago le dio la cajita diciéndole: “¿Ves el hilo, Pedro? Es el hilo de tu vida. Si quieres que el tiempo pase de prisa, no tienes más que tirar de él. Naturalmente, no podrás contar a nadie tu poder. Pero te advierto que el hilo, una vez sacado, no puede volver a la cajita, y no olvides que el hilo es tu propia vida, así que no lo derroches. Una vez dichas estas palabras, el mago desapareció, dejando a Pedro muy contento con lo que creía ser el mejor de todos los tesoros. Cuando quedó solo, contempló aquella cajita con su diminuto orificio, pero no se atrevió a tirar del hilo de oro. Al día siguiente, en la escuela, estaba más distraído que nunca y el maestro le dijo: “A ver, Pedro. Repite lo que acabo de explicar”. Como es natural, Pedro no supo qué decir. “Veo que no has prestado la menor atención, así que como castigo copiarás veinte veces la lección de hoy. Entonces, Pedro sacó disimuladamente la cajita y, bajo su pupitre, tiró un poquitín del hilo de oro. Y un momento después el maestro le dijo: “Bien, ya has terminado el castigo, puedes irte”. Pedro se sentía el más feliz de todos los mortales y, a partir de entonces se divertía continuamente, porque solo tiraba del hilo a la hora de estudiar. Nunca se le ocurría tirar del hilo cuando estaba de vacaciones o cuando estaba con Hilda. Pasaron así semanas y meses hasta que un día pensó: “Aunque esté siempre de vacaciones, ser niño es aburridísimo, así que aprenderé un oficio en vez de ir a la escuela y pronto podré casarme con Hilda. Por la noche, tiró mucho del hilo y a la mañana siguiente, se encontró como aprendiz en el taller de carpintero. Durante un tiempo se sintió feliz y no tiraba del hilo más que en determinadas ocasiones, cuando le parecía que tardaba demasiado el día en que cobraba su jornal, y entonces tiraba un poquito del hilo y la semana pasaba volado. Luego se sintió impaciente, porque quería visitar a Hilda, que se encontraba fuera de la ciudad. Tras largos meses de separación sintió gran alegría al verla, y como no quería vivir ya separado de ella, le dijo: “¿Quieres casarte conmigo? Ya soy un buen carpintero”. “Sí, Pedro, acepto”. Como estaba en sus posibilidades nuevamente, sin que ella supiera, tiró del hilo, y se vieron marchando al templo para casarse. Pero no duró mucho el contento de la feliz pareja. Pedro hubo de incorporarse al servicio militar. Hilda lloraba desconsolada por la separación. “No te aflijas, verás que pronto se pasarán los años”. Durante las primeras semanas de cuartel, Pedro no tiró del hilo, recordando las advertencias del mago. Además la vida de militar le resultaba agradable, por la novedad y porque sus compañeros eran muchachos despreocupados y bromistas. Le encantaba al comienzo, salir de campaña, cargar cañones con granadas, y disparar al grito del capitán. También le gustaba recibir las cartas cariñosas de Hilda. Según pasaba el tiempo, la vida en el cuartel empezó a parecerle aburrida, así que tiró de nuevo del hilo y enseguida estuvo en casa. Hilda lo recibió con gran alegría: “¡Estos dos años han pasado como un sueño!”. “Ya no volveré a tirar más del hilo –se decía a solas–, pues siento que va pasando la edad mas bella de mi vida”. Pero a veces olvidaba sus buenos propósitos, y en cuanto se sentía cansado tiraba un poco del hilo, y sus problemas se pasaban enseguida. De pronto, un día se dio cuenta de que su madre tenía el pelo blanco y la cara surcada de arrugas. Su aspecto era de una mujer muy fatigada. Pedro sintió remordimiento de haber hecho correr el tiempo con demasiada prisa. El tiempo pasaba rápido, y si tiraba del hilo eliminaba una enfermedad, pero enseguida aparecían otras. Cada día le resultaba más pesado el trabajo. Un día le dijo Hilda. “Ya has estado trabajando bastante. ¿Porque no te jubilas?”. “Tienes razón, pero siento que todavía no tenemos suficientes ahorros y ya no tengo fuerzas”. Un día que paseaba apesadumbrado por el campo, oyó pronunciar su nombre: “¡Pedro!”. Miró hacia arriba y vio al mago: “¿Has sido feliz?”, le preguntó. “No lo sé. La cajita que me diste era maravillosa, nunca he tenido que esperar, y tampoco he sufrido por nada…, pero la vida se me ha pasado como un soplo, y ahora me siento viejo, débil y pobre”. “Cuanto lo siento, yo pensé que te sentirías el más feliz de los hombres, al poder disponer de tu tiempo a tu capricho. ¿Puedo satisfacer todavía un deseo tuyo, ¡el que tú quieras!”. “Pues me gustaría volver a vivir toda mi vida, como la viven los demás. Aprender a sufrir me enseñaría a fortalecer mi espíritu y también aprendería a esperar lo bueno y lo malo de la vida con paciencia. Sin conocer el dolor, no podré ser humano y me privaré de comprender a los que sufren”. Pedro devolvió al mago la cajita de plata, y en aquel mismo momento quedó profundamente dormido. Al despertar vio con asombro que todo había sido un sueño. Al día siguiente fue a la escuela con muchas ganas de estudiar.

El hombre que plantaba árboles

Un hombre planta árboles y toda una región cambia. Recogemos una síntesis del relato del escritor francés Jean Giono.

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Es como yo

Mi hijo hace poco llegó a este mundo, de manera normal… pero yo tenía que trabajar, tenía tantos compromisos… Mi hijo aprendió a comer cuando menos lo esperaba. Comenzó a hablar cuando yo no estaba. A medida que crecía, me decía: “Papá, algún día seré como tú ¿Cuándo regresas a casa, papá?”. “No lo sé, hijo mío, pero cuando regrese jugaremos juntos…, ya lo verás”. Mi hijo cumplió diez años y me decía: “Gracias por la pelota, papá. ¿Quieres jugar conmigo?”. “Hoy no, hijo mío, que tengo mucho que hacer.” “Está bien papá, otro día será”, y se fue sonriendo, y siempre en sus labios las palabras: “Yo quiero ser como tú. ¿Cuándo regresas a casa, papá?”. “No lo sé, hijo, pero cuando regrese jugaremos juntos…, ya lo verás.” Mi hijo regresó de la universidad, hecho todo un hombre. “Hijo, estoy muy orgulloso de ti. Siéntate y hablemos un poco.” “Hoy no, papá, tengo compromisos…; por favor, préstame el coche para ir a visitar a unos amigos.” Ahora me he jubilado y mi hijo vive en un barrio cercano. Hoy le he llamado: “Hola, hijo mío, quiero verte.” “Me encantaría, papá, pero es que no tengo tiempo…; tú sabes, el trabajo, los niños…; pero gracias por llamar, fue estupendo hablar contigo.” Al colgar el teléfono me di cuenta que mi hijo había cumplido su deseo, era exactamente como yo.

Incredulidad en Plutón

Anoche tuve en mi casa una increíble visita de un viajero. Un extraño personaje que venía nada menos que de Plutón. Estaba muy nervioso. Me explicó como en su planeta corrían terribles rumores sobre los terrícolas: “En mi planeta, dicen las malas lenguas, que a millones de esos pequeños seres humanos, vosotros mismos, lo humanos, los tenéis congelados en neveras a la espera de ser objeto de experimentos o de ser destruidos.” “¿Qué mas se comenta de nosotros en tu planeta?”, le pregunté. “Pues cosas peores, como que también a millones de seres humanos, igualmente pequeños o un poco mas grandes, se les mata, se acaba con su vida, cuando aún no han nacido, en el vientre de su madre”. Sentí como la congoja apretaba mi pecho y como las lágrimas asomaban en mis ojos. “Te estás poniendo rojo. No te enfades, si quieres yo volveré a mi planeta y les diré que nunca cuenten mentiras tan horribles sobre vosotros los humanos”. “Amigo, no me enfado con los tuyos. Me avergüenzo de los míos. Todo lo que has dicho es cierto, eso hacen algunos seres humanos grandes, con sus pequeños seres humanos”. “Entonces me voy. No era capaz de creérmelo. Me vuelvo a casa, por que si eso hacéis con los vuestros, que no haréis con los que no somos de vuestra especie”.

Jesús García Sánchez-Colomer

Un burro en un pozo

Un día, el burro de un aldeano se cayó en un pozo. El pobre animal estuvo rebuznando con amargura durante horas, mientras su dueño buscaba inútilmente una solución. Pasaron un par de días y al final, como no se le ocurría mejor remedio a aquella desgracia, pensó que el burro ya estaba muy viejo y el pozo estaba casi seco, así que realmente no valía la pena sacar al burro del pozo sino que era mejor enterrarlo allí. Pidió a unos vecinos que vinieran a ayudarle. Cada uno agarró una pala y empezaron a echar tierra al pozo en medio de una gran tristeza. El burro advirtió enseguida lo que estaba pasando y rebuznó entonces con mayor amargura.

Al cabo de un rato, dejaron de escucharse sus lastimeros rebuznos. Los labriegos pensaron que el pobre burro debía estar ya cubierto por la tierra. Entonces el dueño se asomó al pozo, con una mirada temerosa, y vio algo sorprendente. Con cada palada el burro estaba haciendo algo muy inteligente: se sacudía la tierra y pisaba sobre ella. Había subido ya varios metros y estaba bastante arriba. Todos se llenaron de ánimo, siguieron echando tierra, el burro llegó hasta la superficie, dio un salto por encima del brocal del pozo y salió trotando pacíficamente.

Llevar una vida difícil, o tener contratiempos más o menos serios, es algo que puede sucederle a cualquiera. La vida a veces parece que nos aprisiona en un pozo, y que nos echa tierra encima, todo tipo de tierra. Hay modos de reaccionar inteligentes, como el de este burro, que de lo que parecía su condena supo hacer una tabla de salvación, y otros que son todo lo contrario.

No había quien se lo dijera

Había una vez dos niños que patinaban sobre una laguna helada. Era una tarde nublada y fría, pero los niños jugaban sin preocupación. De pronto, el hielo se reventó y uno de los niños cayó al agua. El otro niño, viendo que su amigo se ahogaba bajo el hielo, tomó una piedra y empezó a golpear con todas sus fuerzas hasta que logró romperlo y así salvar a su amigo. Cuando llegaron los bomberos y vieron lo que había sucedido, se preguntaban cómo lo hizo, pues el hielo esta muy grueso, es imposible que lo haya podido romper, con esa piedra y sus manos tan pequeñas. En ese instante apareció un anciano y dijo: “Yo sé como lo hizo…”. “¿Cómo?”. “No había nadie a su alrededor para decirle que no podía hacerlo”.

Nunca es tarde para recomenzar

Cuando Fred Astaire hizo su primera prueba cinematográfica, en 1933, el informe del director de pruebas de la Metro decía: “Incapaz de actuar, calvo, sólo sirve para un poco para bailar”; Astaire conservó aquel informe y lo tenía enmarcado sobre la chimenea de su casa en Beverly Hills. Por su parte, Albert Einstein no habló hasta los cuatro años y no aprendió a leer hasta los siete; su maestro lo describía como “mentalmente lento y siempre abstraído en estúpidas ensoñaciones”; lo expulsaron del colegio y le negaron el ingreso en la escuela Politécnica de Zurich. Wiston Churchill no aprobó el sexto grado, no llegó a ser Primer Ministro hasta los 62 años, tras toda una vida de reveses, y sus mayores logros los consiguió cuando ya había cumplido los 75. Richard Bach, antes de poder publicar su libro Juan Salvador Gaviota, vio cómo el manuscrito era rechazado por dieciocho editoriales; tras ser publicado, vendió en cinco años más de siete millones de ejemplares.

La tragedia de los Andes: Un milagro de fe y de coraje

Relato de uno de los supervivientes Fernando Parrado es uno de los 16 supervivientes de la tragedia aérea de los Andes que se produjo hace ahora treinta años, en octubre de 1972. Nando –como se le conoce comúnmente–, vivió una de las tragedias aéreas más famosas de la historia: la caída de un avión de la Fuerza Aérea Uruguaya sobre las montañas de los Andes, entre Argentina y Chile, en octubre de 1972. Llevaba a los jugadores del “Old Christians” –un equipo de rugby de un colegio de Montevideo– a un partido en Santiago de Chile. Nando era uno de ellos, y había invitado a su madre y a su hermana menor a que viajaran con él.

Después de pasar una noche en Mendoza (Argentina) –no cruzaron los Andes en el momento previsto a causa de las condiciones meteorológicas desfavorables–, el avión emprendió camino al día siguiente temprano. Pero el piloto no calculó bien su posición, y el avión se estrelló, dejando la cola por un lado, las alas por otro, y el resto fuselaje en un valle de nieve y piedra, desde donde se veían solamente los picos nevados de las montañas que rodeaban el lugar del accidente.

Durante 72 días tuvieron que luchar contra temperaturas que por la noche bajaban de los 40 grados bajo cero, contra el hambre y la sed, contra el hacinamiento y también contra un hastío y un aburrimiento mortal, en la cima de una de las montañas más altas e inhóspitas del mundo.

Lograron sobrevivir con todas las probabilidades jugando en su contra. Y en gran medida lo lograron gracias a que dos de ellos se jugaron la vida escalando montañas que hasta los alpinistas profesionales consideran una proeza. Sin equipo, sin fuerzas, sin alimentos –salvo la carne humana que llevaban en un improvisado maletín, la única fuente de alimento durante todos esos días en la montaña– y con muy poca protección contra el frío, esos dos jóvenes de 21 años emprendieron una travesía de diez días hasta lograr contactar con otros seres humanos. Gracias a ellos se pudo rescatar a los otros 14 supervivientes que habían quedado esperando arriba, en lo que se conoce como el Valle de las Lágrimas.

El Valle sigue ahora igual que hace 30 años, salvo por una pequeña cruz de hierro que se levanta sobre un improvisado altar de piedra bajo el cual están enterradas algunas de las personas que no sobrevivieron al accidente. Entre ellas, la madre y la hermana de Nando –Eugenia y Susana, respectivamente–, a quienes él tuvo que enterrar, con sus propias manos, en un árido y congelado glaciar. Su madre murió en el mismo momento del accidente. Susana sobrevivió el impacto pero murió a los pocos días en brazos de su hermano: “Lo más difícil para mí fue enterrar a mi madre y a mi hermana con mis propias manos en el hielo”, dice Nando.

De esa experiencia desgarradora desde el punto de vista personal quedaron muchas lecciones que pueden suponer una enseñanza. Para superar la tragedia, los supervivientes tuvieron que aprender a trabajar en equipo, a escuchar las buenas ideas de los demás, a innovar y a decidir en condiciones de extrema tensión. “Una de las lecciones que aprendí tuvo que ver, sobre todo, con la toma de decisiones”, dice Nando. “Parece ridículo lo que voy a decir, pero en los Andes decidí en 30 segundos la manera en que me iba a morir. Cuando estaba en las montañas y vi lo que había adelante, estaba muerto. Al escalar la cima más alta que se veía desde donde estaba el avión, en ese momento me di cuenta que no estaban donde pensábamos –al oeste, cerca de Chile– sino que lo que había por adelante era más nieve, más piedra, más nada. Ahí decidí que me iba a morir caminando y no esperando. Cualquier otra decisión comparada con la decisión de cómo vas a morir es un juego. Desde entonces, siempre que tengo algo que decidir, me acuerdo de ese momento”.

“El tema de cómo nos alimentamos con carne humana es otro ejemplo. Había solamente tres opciones: 1) esperar y morirnos todos dentro del fuselaje mirándonos a los ojos, y nadie quería esa opción; 2) el suicidio colectivo, es decir, nos agarramos todos y saltamos en una grieta; 3) comer carne humana. A pesar de lo dramático de la decisión, todos decidimos seguir esa tercera vía”.

Aprendió también que aunque las decisiones tomadas democráticamente funcionan, llega un momento en que alguien tiene que liderar, porque no siempre es fácil poner de acuerdo a un grupo de personas sobre la forma de actuar. “No siempre el que está apuntado como líder es realmente líder. Cada uno es líder por sus acciones, y allí, con el tiempo, los líderes fueron cambiando por sus acciones. Nadie dijo “tú vas a ser líder y nos vas a mandar”, sino que hubo tres o cuatro que lideraron aquello, y eran personas normales que hicieron acciones extraordinarias en circunstancias difíciles. Fuimos todos solidarios, poco egoístas, que es muy importante. Nunca fuimos tan buenos trabajando en equipo como en los Andes”, explica Nando.

“El objetivo nuestro era sobrevivir… todo el instinto, toda la fuerza, la inteligencia, el trabajo en equipo, se puso en un solo objetivo: salir de ahí por nosotros mismos, porque oímos por la radio que nadie nos iba a rescatar. En mi caso, sabía que tenía que conservar mis energías hasta el verano (el avión se estrelló en octubre, en pleno invierno en el hemisferio sur) porque no podíamos intentar salir de ahí antes por el frío, pues te hundes en la nieve hasta la cintura. Yo decía: si me pongo triste y lloro, voy a perder sal por mis lágrimas. O sea, no puedo permitirme el lujo de perder esa energía”.

Otra de las lecciones que allí aprendieron es que se necesita poner imaginación para buscar soluciones, que hay que saber innovar. Por ejemplo, la pared de maletas, maletines y asientos que construyó el capitán del equipo apenas estrellado el avión para que el viento no entrara al fuselaje, les salvó la vida, pues si no hubiera estado esa pared, se hubieran congelado la primera noche. Otro inventó una especie de hamaca para sostener a los más heridos, fabricada con los cinturones de seguridad y dos postes de metal. También fue ingenioso el invento para derretir el hielo y tomar agua, cuestión que era más problemática que la comida (el cuerpo humano se deshidrata cinco veces más rápido a esa altura que a nivel del mar). Finalmente, con un aislante para el frío que encontraron en la cola del avión, fabricaron un saco de dormir para la travesía de Parrado y Canessa; sin ese saco, hubiesen muerto congelados enseguida.

Crónica de la tragedia Día 12 de octubre de 1972: Un Fairchild F–227 de la Fuerza Aérea Uruguaya despega de Carrasco y aterriza en Mendoza (Argentina), con 40 pasajeros –la mayoría pertenecientes al equipo de rugby “Old Christians”– y 5 tripulantes.

Día 13: El avión despega de Mendoza y cae en los Andes, a 11.500 pies de altura. En el choque mueren 13 personas, entre ellas la madre de Nando Parrado. Durante la noche mueren 3 personas más.

Día 14: Mueren el copiloto, Dante Lagurara, y otro de los pasajeros, la señora Mariani.

Día 15: Adolfo Strauch, uno de los pasajeros que sobrevivió, inventa un aparato para convertir hielo en agua. Parrado recobra el conocimiento por primera vez después del accidente, y cuida de su hermana Susana, que está en estado crítico.

Día 17: Tres de los supervivientes salen caminando en dirección a la montaña para buscar la cola y ver que hay del otro lado. Es la primera expedición por fuera del fuselaje.

Día 21: Fallece Susana Parrado en los brazos de su hermano Nando.

Día 22: Los supervivientes se reúnen y deciden utilizar los cuerpos sin vida como alimento. Roberto Canessa, uno de los miembros del equipo de rugby y estudiante de primer año de medicina, toma la iniciativa.

Día 23: A través de un radio que se encontraba en el Fairchild, los supervivientes se enteran de que el servicio aéreo de rescate ha suspendido la búsqueda del avión.

Día 24: Otra expedición de supervivientes encuentra pedazos de un ala.

Día 29: Al caer la noche, una avalancha desciende por la montaña y entra en el fuselaje del Fairchild, sepultando a todos los supervivientes, que estaban ya acostados. Esa noche, 8 personas mueren bajo la nieve, quedando así, hasta el momento, 19 supervivientes.

Día 1 de noviembre: Después de tres días de tormenta, los supervivientes logran sacar la nieve del fuselaje.

Día 5: Tres de los supervivientes salen en otra expedición, esta vez por dos días, para decidir quien acompañará a Nando Parrado y Roberto Canessa en la expedición final para ser rescatados. Sale elegido Vizintin.

Día 15: Fallece Arturo Nogueira, que se encontraba muy enfermo, con lo que quedan 18 supervivientes. Los tres expedicionarios –Parrado, Canessa y Vizintin– intentan salir para el oeste como entrenamiento para la expedición final, pero a las tres horas están de vuelta, debido a condiciones climáticas.

Día 17: Los tres expedicionarios vuelven a partir hacia el oeste. En el camino encuentran la cola del avión, en donde pasan la noche.

Día 18: Muere Rafael Echevarren en el fuselaje del avión. Quedan 17 supervivientes. Mientras tanto, los expedicionarios deciden pasar la noche en la montaña.

Día 19: Parrado, Canessa y Vizintin vuelven a la cola del avión, y deciden no llevar las baterías que allí se encontraban hasta el avión, por ser muy pesadas.

Día 24: Vizintin, Canessa, Parrado y Harley –otro de los supervivientes y miembro del equipo de rugby– salen hacia la cola, llevándose la radio del Fairchild.

Día 25: Intentan conectar la radio con las baterías, pero no funciona.

29: Los cuatro vuelven al Fairchild, después de fracasar en sus intentos de hacer funcionar la radio.

Día 9 de diciembre: Cumpleaños de Nando Parrado.

Día 11: Muere Numa Turcati. Quedan los 16 supervivientes.

Día 12: Canessa, Parrado y Vizintin salen en la última expedición rumbo al oeste. Esa noche duermen dentro de un saco de dormir que habían fabricado de material aislante que encontraron en la cola.

Día 14: Vizintin y Parrado continúan hacia la cima de la montaña, a 16.500 pies de altura. Parrado llega a la cima y descubre más montañas y nieve, en lugar de los valles de Chile. Se da cuenta de que están mucho más al Este de lo que habían imaginado. Parrado vuelve a reunirse con Canessa, que no había escalado hasta la cumbre. Deciden que Vizintin volverá al fuselaje para dejar a Canessa y Parrado su ración de comida para continuar la expedición.

Día 15: Vizintin llega al fuselaje.

Día 16: Canessa y Parrado llegan a la cumbre.

Día 17: Parrado y Canessa llegan a la base de la montaña que habían escalado y siguen andando por el valle de nieve.

Día 18: Se termina el valle de nieve y ven la primera señal de vegetación: flores, arbustos y un río que baja en dirección oeste.

Día 19: Canessa ve un grupo de vacas, lo que los hace pensar que están cerca de algún ser humano. Más adelante encuentran el primer signo de la civilización: una lata de sopa vacía.

Día 20: Canessa reconoce a un hombre a caballo al otro lado del río y empieza a gritarle a Parrado para que vaya a su encuentro, pues él no podía caminar. Más tarde oyen un grito y ven a tres hombres del otro lado del río. Piden socorro con gestos de súplica. Los hombres los oyen, y uno de ellos les dice “mañana”.

Día 21: Parrado y Canessa ven a los tres hombres al lado de una cabaña. Parrado se acerca al río y grita. Uno de ellos baja a la orilla y en un papel escribe que ha mandado un hombre a verlos. Luego de escribir, envuelve el papel en una piedra y la lanza hacia Parrado, que escribe: “Vengo de un avión que cayó en las montañas. Soy uruguayo. Hace 10 días que estamos caminando. Tengo un amigo herido allá arriba. En el avión quedan 14 personas heridas. Tenemos que salir rápido de aquí y no sabemos cómo. No tenemos comida. Estamos débiles. ¿Cuándo nos van a buscar arriba? Por favor, no podemos ni caminar. ¿Dónde estamos?”. Unas horas después llega un hombre a caballo al lugar donde están. Este les da pan y los lleva a la cabaña.

Día 22-23: Con helicópteros, rescatan a los otros 14 supervivientes en la montaña, 72 días después del accidente.

Algunos testimonios Roberto Canessa (VII.1974): –¿Has tenido pesadillas después de esto? –Nunca las tuve. El problema se superó en la montaña. El verdadero problema es el temor a la muerte, poder convivir con la muerte, ver muertos continuamente. Piensas que tú, que estás vivo, te estás sirviendo de otro que está muerto. Es decir, que si somos iguales, pero yo estoy vivo y el otro está muerto, mañana quizás yo esté igual que él. Ese temor a la muerte, como a algo desconocido, es lo que aterra a la gente.

–¿Y a ti? –Estábamos tan acostumbrados a la idea de morirnos que no teníamos ese problema. Te acostumbras a tenerla tan vecina que lo inexplicable pasa a ser otra cosa. La montaña siempre estuvo allí. Ella me dejó salir. Con eso estoy contento. Allá arriba me preguntaba continuamente: “Pucha, ¿cómo voy a poder salir de acá?” y siempre me respondía a mí mismo: “Tengo a Dios, que es mi amigo, y él es el dueño de la montaña”.

Fernando Parrado (II.2000): –¿Qué descubrió a partir del milagro de los Andes? –Siempre digo que allá arriba tomé la decisión más importante de mi vida en treinta segundos. Estábamos en la expedición con Roberto Canessa, desde hacía días caminábamos para tratar de llegar a algún lado pero lo único que veíamos era nieve y montañas. Todo el tiempo, nieve y montañas cada vez más altas. En una de las escaladas llegamos hasta una cumbre convencidos de que del otro lado encontraríamos algo que no fuera blanco, esperábamos ver algo que nos diera una mínima esperanza. Subimos hasta lo más alto, levantamos la cabeza y en lugar de ver un valle verde, nos dimos cuenta de que seguíamos en el medio de la nada. Para donde miráramos había nieve y picos de montañas. En ese momento yo elegí cómo morir, me paré frente a Roberto y le dije: “O nos quedamos acá y nos morimos mirándonos a los ojos, o nos morirnos caminando. Yo quiero morirme luchando”. Y por eso seguimos caminando, y por eso nos salvamos. Esa fue la decisión más importante que tomé en mi vida: cómo morir.

–O cómo vivir…

–Es verdad, ese día decidí cómo vivir.

–¿Qué cosas valora hoy? –Valoro las cosas más simples. Primero, el hecho de despertarme cada mañana. No puedo dejar de sentir que yo no tendría que estar acá. Nadie que no haya estado ahí, nadie que no haya vivido la experiencia de volver de la muerte, puede percibir la suerte que tuvimos. Hasta el último día, hasta el último minuto creímos que no nos íbamos a salvar. Fueron 72 días de absoluta condena. Estábamos destruidos, enterrados en el medio de un glaciar. Por eso cada día, para mí, es un milagro y trato de aprovecharlo al máximo.

–¿Pero cómo cambió su perspectiva, sus valores? ¿Cuál es para usted la relación entre lo profundo y lo trivial? –La gente se hace problema por cosas que no tienen sentido. Hay que pasar por una cosa así para darse cuenta de la diferencia entre lo importante y lo que no lo es. En general, me siento distinto en la percepción de los problemas del día a día: la gente se complica, yo me volví bastante simple. En el trabajo, con mi socio, cuando cada tanto me encuentro discutiendo por estupideces, me acuerdo y digo: no, así no es. Tengo la sensación de que nada es irremediable, que todo tiene solución.

–¿Y la película “¡Viven!”? –En el rodaje, yo les contaba un poco la historia, hablaba con los actores sobre determinadas situaciones. Era gracioso, porque yo les decía que nosotros teníamos la cara cubierta permanentemente para resguardarnos del frío y del sol, parecíamos momias. Estábamos todos tapados con pedazos de telas y todos sucios. Y los actores, los productores también, claro, estaban desesperados por que se les vieran las caras.

–O sea que la película no es un reflejo demasiado fiel de lo que pasó.

–La película es un picnic al lado de lo que vivimos, es una excursión al campo. Ahí no se ve el frío, la sed, la muerte ni el sufrimiento, pero bueno… pienso que exactamente como pasó hubiera sido imposible de filmar. La verdad fue mucho más terrible de lo que cualquiera pueda imaginar. –Desde el cuarto día usted quería emprender la expedición de regreso, ¿estaba convencido de que podía lograr que los salvaran o necesitaba escaparse del avión? –Yo sabía que era prácticamente imposible, no creía que pudiéramos lograrlo pero necesitaba salir de ahí. Mi madre, mi hermana, mis mejores amigos habían muerto y yo no podía dejar de pensar en mi papá. Me imaginaba lo que estaría sufriendo y me volvía loco. Nosotros éramos una familia muy unida. Mi padre y yo compartíamos mucho, a los dos nos gustaban las mismas cosas, y conociéndolo, estaba seguro de que él creía que habíamos muerto todos. Él es un tipo muy práctico, yo sabía que mi papá no tendría la más mínima esperanza. Desde el principio, lo único que quería hacer era irme, pero por suerte los chicos me frenaron, porque si hubiera salido antes me habría muerto a las dos horas. Durante el primer mes, cuando salíamos del avión, nos hundíamos en la nieve hasta la cintura, y además con el frío hubiera sido imposible tratar de volver antes.

–¿Cómo influyó en la supervivencia el hecho de que todos fueran amigos o compañeros de rugby? –Fue un factor clave. Nosotros no llegamos a la barbarie total, al límite del comportamiento animal, porque éramos amigos. En cualquier otra circunstancia nadie hubiera sobrevivido, pero entre nosotros había una unión muy fuerte. Cada uno pasaba por un estado mental distinto y nos íbamos ayudando uno a otro. Desde el principio nos ayudó a organizarnos en tareas y estábamos muy disciplinados.

–¿Cuál es su conclusión de toda aquella aventura? –Que hoy ya sé definir bien cuáles son las cosas importantes y cuáles no. A mí me gustan los negocios, quiero tener éxito, pero siempre y cuando lo demás esté en su lugar. Es más importante la familia. El cien por cien de los que estábamos en los Andes queríamos volver por nuestra familia, no por nuestros contratos, estudios o dinero. Quemamos todo el dinero que había en el avión, y eran unos 7.000 dólares en billetes, y lo quemamos por un poco de calor. O sea, que ahí se ve la importancia que tiene el dinero. Prefiero una familia exitosa que un negocio exitoso.

Alfredo Delgado (I.1973): –¿Como fue el frío? –¿El frío? ¡Qué frío es el frío…! ¡Es tan difícil explicar lo frío que es el frío…! Cuando hacen 30 grados bajo cero nada te puede mitigar el frío y entonces aprendes algo que no sabías, otra cosa que nunca ibas a aprender, lo que es el calor humano, el calor del cuerpo y el calor del afecto, sobre todo el calor que viene de ver a alguien con fe y ganas de vivir enfrente a medio metro, a diez centímetros. El frío da frío al cuerpo, pero sobre todo al alma. Nosotros nos apilábamos en las interminables noches en el interior del avión, nos apretábamos, nos sentíamos respirar, nos dábamos ese mutuo calor que era indispensable para los huesos, pero sobre todo para que el espíritu no se nos viniera irremediablemente abajo. Nunca supe lo que es el calor humano, ya lo aprendí y no se me va a olvidar.

–¿Y qué pasa con el hombre cuando lo acosa el hambre? –El frío, la angustia, el hambre, son sucesivos escalones que nos van desnudando. El frío, la soledad, la incomunicación, la muerte rodeándonos, el hambre, fueron un escalón detrás del otro; cada escalón parecía el último, el final, pero en cada escalón aprendimos que siempre hay un resto de fuerzas, de fuerzas inesperadas que nos salen a relucir de los rincones más inesperados. Eso también aprendí, lo enormemente fuertes que somos a medida que nos vamos debilitando.

–¿Como fue el trato con Dios allá arriba? –Mi creencia en Dios fue decisiva como sostén. Hice un examen de conducta. Ese examen dio como resultado algo que dicho así parece una banalidad, pero lo digo lo mismo: nacieron en mí unas ganas tremendas de cambiar, de ser mejor. Parece medio infantil eso, pero no puedo expresar de otro modo la potencia de esas ganas de ser bueno. Pero he llegado a la conclusión que tengo, que debo vivir del modo más recto posible. Han cambiado las cosas: antes pensaba en mí mismo, ahora pienso más en los demás. Lo material, el confort, los dólares, todo eso me parece secundario. Hay cosas, muy elementales y muy dichas, pero yo ahora las siento profundamente. Sé que éste es un siglo extraordinario en muchos aspectos técnicos, pero la locura por el confort, la despreocupación por lo ajeno, por lo que le pasa al otro, por lo espiritual arruinan el resto. Lo espiritual, eso tan marginado y olvidado, es precisamente lo que a nosotros nos permitió sobrevivir en una situación límite. Fuimos realistas pero también en los momentos más terribles pensemos en los que estaban adelante, recurríamos a fuerzas interiores que teníamos muy replegadas, muy descuidadas.

–Tu carácter, tu forma de relación con tus semejantes, ¿también varió? –Antes, dentro de mi forma alegre, tenía rachas de muy mal carácter. Eso lo quiero modificar. Antes también dormía mucho, ahora voy a tratar de dormir lo indispensable, he comprendido lo que vale cada minuto de vida y no quiero desperdiciarlos.

Jose Luis Inciarte (XII.1997) –¿Por qué regresó veinticinco años después al lugar de la tragedia? –No fue la primera vez que volví. Ya lo había hecho dos años antes con otros amigos con los cuales vivimos la experiencia de los Andes. Pero esta vez fue diferente porque me acompañaron mi esposa y mis tres hijos. Ellos permanecieron en San Fernando (ubicado a 180 kilómetros al sur de Santiago), el pueblo donde fueron atendidos en primera instancia, en diciembre de 1972, Fernando Parrado y Roberto Canessa cuando los rescató el arriero.

–¿Qué sintió cuando se enfrentó al paisaje del que hace 25 años quería huir desesperadamente? –Una impresión muy grande y una emoción extraordinaria. Aclaro que no por lo que yo viví en 1972, sino porque comprobé lo que mis dos amigos, Roberto Canessa y Fernando Parrado, a quienes les debo la vida, hicieron cuando resolvieron salir a caminar por la nieve para buscar ayuda. Lo que lograron ellos nadie, absolutamente, lo puede hacer. Los andinistas que nos acompañaron nos comentaban que ni los guanacos, que son animales que pueden soportar los rigores del clima de la zona, lograron caminar en la nieve y transitar por las montañas como lo hicieron Canessa y Parrado.

–¿Qué momentos dramáticos le quedaron grabados en la memoria respecto al accidente en los andes? –Nunca me olvidaré de la frase que me dijo Canessa cuando estábamos en el avión y nos enteramos a través de la pequeña radio a transistor que teníamos que los equipos de rescate abandonaban la búsqueda: “O nos morimos mirándonos las caras o nos morimos caminando”. Ellos tuvieron el coraje de caminar sin rumbo cierto y nos salvaron la vida a las 14 personas que nos quedamos en el fuselaje del avión.

–Para usted, ¿la experiencia de los Andes fue un milagro? –Quizá para mucha gente fue una lotería, para mí fue un milagro. Fue un milagro salvarnos luego de haber chocado contra una montaña en un avión que viajaba a más de 400 kilómetros por hora. Fue un milagro sobrevivir al alud que sepultó el fuselaje del avión mientras dormíamos. Fue un milagro que Canessa y Parrado, desnutridos, pudieran caminar durante siete días por la nieve, escalar montañas de más de 6000 metros de altura, sin contar con ropa de abrigo. Fue un milagro que Parrado luego encontrara con la fuerza aérea de Chile el lugar exacto donde había quedado el avión con nosotros adentro. No sé si fue un milagro formar la familia que hoy tengo, pero sí sé que es un regalo de la vida.

–¿Cómo se ve el “Milagro de los Andes” un cuarto de siglo después? –Como una experiencia de amor, solidaridad y entrega única. Allí los amigos que no volvieron dieron lo más que puede dar un ser humano, lo que hizo Cristo: dar la vida por el otro. Estoy en deuda con todos ellos, honran la especie humana.

Roberto Canessa (I.2002): –¿Hubo algún cambio en tus creencias religiosas después del accidente? –Allí te acercas mucho a la idea de la muerte y piensas que estás de paso por la vida, que la vida es un accidente y la única realidad es que te vas a morir. Con esos parámetros es que aprendimos a que no nos importara si nos iba a tocar morir porque estábamos en paz con nuestras almas y con Dios. Ese diálogo constante con Dios, en donde le rogábamos que nos sea difícil pero no imposible salvarnos. Estabas ahí y veías a tu amigo que hacia diez minutos estaba vivo.

–¿Cuál fue tu relación con la Iglesia después de lo ocurrido? –Yo creo que la Iglesia es una gran organización que trata de ayudar solidarizándose con mucha gente que necesita consuelo de Dios. Creo que hay grandes sacerdotes que están aportándole a las personas. Es una institución que ha hecho muchísimo por el progreso del hombre y a veces se la suele desfigurar y se dicen cosas como: “Yo creo en Dios y no en la Iglesia”, “no creo en los curas”. Pienso que es totalmente injusto, todas las generalizaciones son bastante injustas. Por ejemplo en la religión católica los curas tienen que renunciar a todo, creo que renunciar a tener familia es muy duro. Pero yo tengo un gran respeto por la Iglesia.

–¿Después de lo ocurrido tu actitud hacia la vida cambió de alguna forma? –Sí, empiezas a darte cuenta que eres un tonto, que tienes todo para ser feliz y que vives quejándote, no te das cuenta de lo que tienes hasta que lo pierdes. La mayoría de nosotros recibimos más de lo que necesitamos y damos menos de lo que podemos, eso sí que lo aprendí en la montaña.

Hace treinta años En el lugar donde sucedió el accidente –el llamado “Valle de las Lágrimas”– todo sigue casi intacto. Sólo una pequeña cruz de hierro se levanta imponente sobre un improvisado altar hecho con piedras. Debajo están enterradas algunas de las víctimas que provocaron el terrible impacto y el frío.

La historia trascendió todas las fronteras. “Probablemente fue porque en aquel momento teníamos apenas veinte años y representábamos para muchos el desafío del hombre frente a la naturaleza. Tuvimos que formar un equipo, distribuir tareas, luchar contra la desesperación, la depresión y la muerte de los amigos”, cuenta Roberto Canessa. “Ese testimonio de comportamiento humano, hace que mucha gente que está mal quiera saber a qué se apela en estas situaciones de crisis y de dónde salen las fuerzas para salir adelante. Porque en la vida diaria muchos se sienten omnipotentes y se olvidan de que son nada. Los Andes me sirvieron para recordar la vulnerabilidad que tenemos, actuar con humildad frente a la vida y tener una actitud de igualdad con las otras personas. Respetar al prójimo y los valores para que la sociedad sea sana. Vivimos deslumbrados con las cosas materiales y nos olvidamos un poco del compañerismo y del sufrimiento”. “En la vida no hay que pensar en el sufrimiento propio, sino que, como humano, te debes a los demás y te comprometes a seguir adelante por ellos. Eso hace que sientas paz en el alma. Las alegrías que generes en los otros, van a perdurar dentro de uno; en cambio las satisfacciones directas o fáciles dan una felicidad momentánea”.

Tomado de www.revistapoder.com y www.geocities.com/alexisjs2

Angel García Prieto, “La angustia de nuestros niños opositores”, PUP, 28.VI.01

En la consulta psiquiátrica de los últimos años se viene observando un fenómeno nuevo, relativo a los problemas de ansiedad y depresión en niños y adolescentes, que se caracteriza por el progresivo aumento del número de casos y por la posible relación de su causa con el esfuerzo en conseguir el éxito escolar.

La simple observación clínica indica que los chavales sufren más tensiones psíquicas que años atrás, o al menos son traídos a las consultas especializadas con una mayor frecuencia. Se ve que algunos – tanto chicas como chicos – comienzan a manifestar síntomas de ansiedad y depresión en los cursos medios del bachillerato, con manifestaciones de obsesión, desasosiego, irritabilidad, insomnio y tristeza, sobre todo en las épocas de exámenes o en relación más o menos directa con las actividades escolares. La mayor parte de las veces se trata – además – de muchachos muy responsables, con notas buenas o excelentes, que parecen no conformarse con un rendimiento normal en sus tareas escolares.

Naturalmente, en el origen de estos trastornos- que denominamos técnicamente como reactivos o adaptativos – influyen muchas razones de tipo congénito, caracterológico, físico o familiar, pero todo parece indicar que hay un importante factor socioambiental de reciente aparición que ha multiplicado la presencia de estas afecciones psíquicas: la competitividad.

Nuestros chavales conocen, de un modo más o menos racional o explícito, que tienen que estudiar no sólo para saber, sino también para aprobar y lo que es peor para conseguir mejores calificaciones que los demás. Los niños, ya desde pequeños, opositan, luchan para encaramarse en las listas de resultados escolares, porque de la nota media va a derivarse su posterior admisión en tal universidad, facultad o centro de formación. Esta competencia se extiende a otras actividades, y se preparan también para ser mejores en el deporte, la música, el aspecto físico o las habilidades recreativas y de afición…

La perspectiva de muchos años por delante, sometidos al esfuerzo de esta competición, acaba con los nervios de un porcentaje cada vez mayor de adolescentes – a veces incluso niños aún – que son demasiado conscientes de su autoexigencia y responsabilidad y que no saben, o se olvidan, que lo primero es vivir tranquilos y tratar de ser felices.

Nadie, ninguno, podrá conseguir ser un buen estudiante si antes no es capaz de sentirse medianamente en paz consigo mismo. No se puede ser profesional antes que persona. Y es misión de los padres y educadores irles haciendo comprender que antes que estudiantes tienen que ser niños; que antes de sacar buenas notas tienen que aprender a sonreir, a jugar, a ser felices. Es misión de toda la sociedad frenar esta espiral de competitividad y velar para que nuestros niños lleguen a ser personas, no suicidas, ni monstruos.

Angel García Prieto, “Narciso o la necedad de enamorarse de sí mismo”, PUP, 10.I.01

La mitología griega se encarga de avisarnos, a través del símbolo, la poesía, el drama y tantas otras bellas maneras de expresión, de los problemas y dificultades que acechan a nuestra existencia. No ha estado nada contenida a la hora de manifestar las diversas formas de insensatez que cualquier humano es capaz de personalizar. El ejemplo de Narciso tiene en la actualidad una vigencia clamorosa: personas perdidamente enamoradas de sí mismas, que se creen el centro del universo, algo que con bastante frecuencia desemboca en una grave patología existencial y médica. Narciso es un niño gracioso, guapo. Hijo del río Cefiso y de la ninfa Liríope, está muy pagado de sí mismo y desprecia las atenciones de los demás. La preocupación materna lleva a Liríope a preguntar al ciego Tiresias si su hijo vivirá mucho tiempo. Y la respuesta del sabio no se hace esperar: “Sí, siempre que no se mire a sí mismo”. Las palabras de Tiresias no fueron comprendidas en aquel momento, y cayeron en el olvido. Pero el paso del tiempo y la insensibilidad del muchacho al amor y cariño de los demás fueron creciendo en Narciso, hasta el preciso momento en que un buen día de mucho calor el joven se acercó a una fuente para refrescarse. Allí reparó en su figura reflejada por el agua y se enamoró tan perdidamente de sí mismo, que quedó días y días en una postura de autocontemplación, hasta olvidarse de comer y llegar a la soledad y la muerte. Incluso, cuando fueron a recoger su cadáver para quemarlo en la pira funeraria, había desaparecido. Eso sí, en su lugar apareció una flor de color azafrán con una corola de pétalos blancos…

Ignacio Sánchez Cámara, “Barbarie confirmada”, ABC, 20.VIII.02

La confirmación de la sentencia de muerte por lapidación a una mujer nigeriana entraña una brutalidad que viola los principios jurídicos y morales fundamentales. Sobre ella recaen todas las objeciones que la civilización opone a la pena de muerte. Pero en este caso se da además la más abismal desproporción entre una pena, ya de por sí injusta y desmedida, y el delito castigado, que es el adulterio cometido por la mujer. Esta última circunstancia entraña además una violación del principio de no discriminación por razón de sexo. El tribunal ha tenido a bien hacer una concesión «humanitaria». Dado que la adúltera cría en la actualidad a un bebé, se pospone la ejecución de la pena hasta 2004 para permitir que la mujer pueda completar el periodo de lactancia. El ensañamiento que entraña el retraso de la ejecución aumenta la barbarie. La pena de muerte, generadora de condenados a la orfandad.

Es posible que este inhumanitario retraso pueda ser aprovechado por la comunidad internacional para presionar al Gobierno de Nigeria, que admite la aplicación en parte de su territorio de la ley islámica, e impedir la comisión del crimen legal. Aunque no es imposible que algún intérprete extravagante del multiculturalismo interceda para protestar por una nueva intromisión del imperialismo occidental. La verdad es que sólo es posible oponerse a desmanes como éste a partir de la creencia en la existencia de principios universales de justicia. Para que no falte oprobio, los verdugos pretenden actuar en el nombre de Dios cuando se diría que lo hacen más bien en el del demonio. No se ha confirmado una sentencia judicial sino un acto de barbarie.

Ignacio Sánchez Cámara, “Deshumanización”, ABC, 19.VIII.02

Allí donde se niega la realidad personal del hombre sabemos que se ha instalado la inmoralidad. Y niega la dignidad de la persona todo aquel que la trata como medio y no como un fin en sí. Aunque quien lo haga sea uno mismo. También es posible negarse a sí mismo la condición de persona y tratarse como medio y no como fin. Lo vemos todos los días en los medios de comunicación. El periodista que vulnera la intimidad para realizar un reportaje atenta contra el derecho ajeno. Trata al otro como pieza que se cobra, como medio para sus fines. Quien vende su intimidad a cambio de dinero trata a su propia persona como medio y, por lo tanto, se deshumaniza. En este caso, el periodista es cómplice, incluso coautor, de la abyección.

El escritor que busca el éxito y la risa halagadora mediante la reducción de una persona a la condición de objeto de escarnio, por más que ésta pueda dar motivos para ello, incurre en la misma inmoralidad. Toda burla incluye la deshumanización del burlado, su cosificación. Estos comportamientos entrañan la vulneración de la moral y, en muchos casos, también del Derecho.

Existe un caso en el que la degradación, por ser consentida, alcanza quizá el mayor nivel de envilecimiento. En este supuesto, el consentimiento no atenúa la responsabilidad. Es aquél en el que una persona acepta ser insultada y sometida a la violación de su intimidad a cambio de dinero. La deshumanización se produce por partida triple. Se deshumanizan tanto el infamado voluntario, como el periodista coautor, más que testigo, como el espectador. Quien piense que el consentimiento atenúa o borra la culpa se equivoca. Por el contrario, la aumenta. El caso corrobora la falsedad de la tesis que pretende que todo lo que realizan adultos mediante el uso de su libertad es legítimo moralmente. Otra cosa es que haya que tolerarlo jurídicamente. Pero esto no tiene nada que ver con la legitimidad del juicio moral adverso. Mas nada de esto existiría si no fuera por la culpable complicidad de los espectadores. Constituye por eso un deber no leer a escritores ni contemplar u oír programas en los que el asunto no es otro que la deshumanización y la reducción de la persona a mera cosa. Y, por supuesto, en los medios de comunicación públicos estos programas deben ser excluidos, por mayoritaria que sea la audiencia. Por cierto, esto desmiente también la falsa tesis de la soberanía moral de la mayoría.

Los productores de basura no pueden diluir su responsabilidad apelando al ilegítimo tribunal de la audiencia. Ésta no hace sino incrementar las proporciones de su indignidad. Pero el espectador nunca es inocente, pues sin su anuencia no sería posible perpetrar el mal.

Joseph Ratzinger, “El Catecismo, manual de instrucciones de la felicidad”, Zenit, 9.X.02

Congreso internacional con motivo de los 10 años de la publicación del Catecismo de la Iglesia Católica.

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Informe anual sobre libertad religiosa en el mundo, 11.V.05

El 11 de mayo la Comisión para la Libertad Religiosa Internacional de Estados Unidos (USCIRF) presentaba su informe anual sobre libertad religiosa. Junto con el informe, la comisión anunciaba sus recomendaciones a la secretaria de estado, Condoleezza Rice, sobre «los países de especial preocupación» (CPCs).

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Susanna Tamaro, “El mal no se combate con la retórica de los buenos sentimientos”, El Mundo, 3.IX.02

Nunca he creído en la bondad natural del hombre. (…) Esto ha provocado que no me sorprenda la exhibición de su maldad. Me maravilla, en cambio, que la gente se haya olvidado de esta natural tendencia al mal, que no tengamos ya memoria de nuestros orígenes. No fue Abel, muerto precozmente, sino Caín el que generó todas las estirpes que pueblan la Tierra. Un cielo vacío y un paraíso fácilmente edificable en la tierra sacaron al hombre de su camino. Entender la técnica -y dominarla- le proporcionó la ilusión de que el mismo saber era extensible al corazón. Sin cielo -y sin camino para recorrer-, también el hombre se torna máquina y, como todas las máquinas, puede funcionar bien o mal, depende de la construcción, del programa y del mantenimiento.

(…) Sin la idea de la redención, la Historia se convierte en una arena en la que los vencedores amontonan constantemente los cuerpos de los vencidos. Sin la idea de la redención, la vida de los seres humanos no es muy diferente de la de los excursionistas sorprendidos por la niebla. ¿Cuál es el camino por el que hemos venido? ¿Por dónde vamos caminando ahora? Nadie tiene una brújula, andamos a ciegas, volviendo siempre sobre nuestros pasos. De esta forma, cuando llegue la muerte, habremos gastado todos los zapatos caminando siempre por el mismo lugar. (…) El mal, la enfermedad, la destrucción y la muerte tienen, de hecho, una misteriosa razón de ser y de existir. La salvación no se consigue caminando al atardecer por la playa de un mar en calma, sino trepando por los montes, entre las zarzas y los espinos, con el riesgo constante de caerse por el barranco en cada instante. El mal no se puede combatir con el mal, pero tampoco con la retórica del bien y de los buenos sentimientos. Es como querer construir un tanque con mondadientes. «¡Tenemos que amarlos!», «tenemos que querer la paz». ¿Y por qué, cuando todo el mundo alrededor sólo habla de atropellos, de victoria de los impíos y de la ferocidad que triunfa? El pecado de este tiempo -y de todo tiempo- no es el mal, sino la idolatría. Ella es la que conduce al hombre a la deriva y transforma la historia en una carrera sin frenos hacia la aniquilación.

Sí, tendremos que plantar más árboles, observarlos, entender que entre nosotros y ellos la diferencia es realmente exigua, porque la vida de ambos depende de la generosidad de la luz y de la abundancia de agua. De la luz que es auténtica luz y del agua que calma la sed. Tendremos que sembrar más palabras. Palabras que golpean, que hieren. Palabras que hacen levantar la vista. Palabras que, en la estación justa, sepan germinar y transformarse en plantas. Las plantas de la esperanza, del amor y de la misericordia.

Tendremos que ser de nuevo capaces de ver, de escuchar, de renovar la alianza. Circuncidar la oreja, la mirada y el corazón al igual que, con la poda, se circuncidan las ramas para que nazca la flor y se transforme en fruto.

Janice G. Raymond, “Diez razones para no legalizar la prostitución”, CATW, 8.I.04

Publicado en www.catwinternational.org Janice G. Raymond Coalición Internacional Contra el Tráfico de Mujeres (CICTM/CATW) 08/01/2004 Continúa leyendo Janice G. Raymond, “Diez razones para no legalizar la prostitución”, CATW, 8.I.04

Salvador Cervera, “La depresión, mucho más que la tristeza”, Alfa y Omega, 15.I.04

Se ha generalizado el término depresión, que se ha puesto de moda en el lenguaje de la calle y se utiliza en muchos casos de forma incorrecta. Sin embargo, la enfermedad es muy seria, no tiene nada que ver con esa apatía ante la vida del estudiante que ha suspendido seis asignaturas, y como tal debe ser tratada. El peligro de generalizar el término poliédrico puede llevar a descuidar una cura eficaz ante la enfermedad. Para esclarecer este punto, el profesor Salvador Cervera, de la Universidad de Navarra, explicó en el reciente Congreso Internacional de la Salud, celebrado en Roma, la diferencia entre el malestar y la enfermedad de la depresión El estado de ánimo triste es un malestar psicológico frecuente, pero sentirse triste o deprimido no es suficiente para afirmar que se padece la depresión. Este término puede indicar un signo, un síntoma, un síndrome, un estado emocional, una reacción o una entidad clínica bien definida. Por ello es importante diferenciar entre la depresión como enfermedad y los sentimientos de infelicidad, abatimiento o desánimo, que son reacciones habituales ante acontecimientos o situaciones personales difíciles.

En la respuesta afectiva moral nos encontramos con sentimientos transitorios de tristeza y desilusión, comunes en la vida diaria. Esta tristeza, que denominamos normal, se caracteriza por: ser adecuada y proporcional al estímulo que la origina; tener una duración breve; y no afectar especialmente a la esfera somática, al rendimiento profesional o a las actividades de relación.

En la depresión como estado patológico se pierde la satisfacción de vivir, la capacidad de actuar y la esperanza de recuperar el bienestar. Se acompaña de manifestaciones clínicas en la esfera del estado de ánimo (tristeza, pérdida de interés, apatía, falta de sentido de esperanza), del pensamiento (capacidad de concentración disminuida, indecisión, pesimismo, deseo de muerte, etc.), de la actividad psicomotriz (inhibición, lentitud, falta de comunicación o inquietud, impaciencia e hiperactividad) y de las manifestaciones somáticas (insomnio, alteraciones del apetito y peso corporal, disminución del deseo sexual, pérdida de energía, cansancio, etc.) Este conjunto de síntomas ponen de manifiesto que nos hallamos ante un estado patológico específico, netamente distinto de la tristeza normal y que adquiere formas e intensidades bien definidas. Y en este sentido se han establecido diversas formas clínicas de depresión internacionalmente aceptadas, que de menor a mayor intensidad son: reacción depresiva; trastorno depresivo mayor; distimia; trastorno bipolar; trastorno depresivo orgánico; depresión melancólica; y depresión psicótica. Cada una de ellas con rasgos diferenciales clínicos bien establecidos.

La depresión es el resultado de un diálogo interactivo entre la biología, los factores personales y psicológicos, y el ambiente. Como factores biológicos figuran una base genética, en algunas formas de depresión, alteraciones en los neurotransmisores cerebrales y alteraciones endocrinas e inmunológicas. Todos estos factores no deben ser considerados como agentes causales, sino como moduladores o marcadores biológicos del estado de enfermedad. Desde otro punto de vista, las características de personalidad juegan un papel, unas veces de predisposición, otras de complicación del cuadro clínico, o de configuraciones del cuadro clínico. Es de gran importancia también el estudio de los factores de vulnerabilidad, como, por ejemplo, la inestabilidad emocional, la hipersensibilidad, o la dependencia, la inseguridad y el pesimismo, o la alta vulnerabilidad a las situaciones de estrés. Estos rasgos predispondrían a la enfermedad especialmente cuando se asocian a factores sociales negativos.

Existe también una variedad de factores de protección que fortalecen al sujeto. Son los sistemas de creencias religiosas y de valores, el grado de madurez psicológica que permite una respuesta equilibrada desde el punto de vista emocional y racional, la facilidad para captar y asumir el sentido de las experiencias propias y ajenas, los sentimientos estables de apoyo y pertenencia propios de las relaciones personales, el ejercicio de la libertad para la realización de proyectos que comprometen de manera estable y que nos vinculan a los demás.

En cuanto a los factores ambientales, se han descrito una mayor probabilidad de padecer un trastorno depresivo cuando se dan factores externos adversos, como acontecimientos estresantes recientes, muerte prematura de un familiar, inadecuada educación, pobreza, malnutrición, insuficiente soporte social. Todos estos factores que forman parte de la biografía del individuo, repercuten en él, creando vulnerabilidad.

En conclusión, los factores que inciden en la génesis de la enfermedad depresiva forman parte de un sistema interactivo, que modula la respuesta a los sufrimientos que generan tristeza. Este sistema interactivo incluye una valoración, un discernimiento interno personal que otorga significado a lo percibido, con muy distintos significados clínicos. En la tristeza o aflicción normal, aunque hay una afectación, ésta no rompe el sentido armónico de la persona, y por eso se produce una respuesta adaptada al propio sujeto y a su entorno. En el trastorno adaptativo la afectación es desproporcionada. En la depresión mayor y en la distimia, la afectación de las estructuras es, no sólo intensa, sino distorsionante. Y en el caso de la melancolía, del trastorno bipolar y de la depresión psicótica, la respuesta está fragmentada, rota, con una fisura amplia respecto a las demás formas de depresión, pues manifiestan una ruptura interior, que supone un salto tanto cuantitativo como cualitativo. Consideramos que el principio armónico y de control global al que toda persona tiende, y que es adaptativo, se distorsiona en tres fases sucesivas, que podemos denominar sobrecarga, distorsión y ruptura. Y no parece que se deba plantear una disyuntiva entre incremento cuantitativo y salto cualitativo. En todos los ámbitos, desde lo inorgánico hasta los vivos, son muchos los casos en que un incremento cuantitativo del estrés se traduce en un cambio cualitativo, de forma y de función.

Diez características más comunes de la depresión: La persona experimenta un sentimiento general de falta de esperanza, de interés, con apatía, tristeza y abatimiento general. – Pérdida de perspectiva. Lucha por la confianza en uno mismo en lugar de contra los problemas de la vida. – Cambios en las actividades y preferencias. Alteraciones de sueño, en las comidas, en las relaciones sexuales… – Baja autoestima. – Tendencia al aislamiento. Temor sin fundamento a ser rechazado. – Deseo de huir de los problemas y de la vida misma. Deseo de suicidio. – Hipersensibilidad ante los comentarios y los actos de los demás. – Dificultad para controlar sus emociones, en especial la ira. – Fuerte sentimiento de culpa. – Estado de dependencia que refuerza el sentimiento de invalidez.

El término poliédrico de la depresión La tristeza normal es una respuesta afectiva constituida por sentimientos de la vida diaria, poco o muy intensos, pero escasamente duraderos, que aparece ante situaciones de estrés, frustración y pérdidas. Debe considerarse corno experiencia depresiva normal. – La depresión, como estado patológico, es un fenómeno en el que se pierde la satisfacción de vivir, la capacidad de actuar y la esperanza de recuperar el bienestar; se acompaña de manifestaciones somáticas y psíquicas, y produce en la persona diversos grados de incapacidad. – El proceso de estación de la experiencia depresiva patológica es altamente dinámico en el tiempo, con modos de vulnerabilidad que resultan de la combinación de la biología, factores personales y sociales o ambientales, y que se acentúan de acuerdo al curso de la biografía personal, los factores de protección y las experiencias de sí mismo y del entorno. – En la medida en que es una experiencia estrictamente personal, la vivencia de la enfermedad depresiva, como la de la tristeza normal, deben ser consideradas como únicas para cada persona, y su significado personal debe ser estimado en un plano existencial.

Cómo ayudar a personas que sufren depresión Mensaje de Juan Pablo II a la XVIII Conferencia Internacional sobre la Depresión: «La clave para ayudar a una persona con depresión es el amor y la oración. Las personas que cuidan de los enfermos deprimidos deben ayudar a recuperar la propia estima, la confianza en sus capacidades, el interés por el futuro, las ganas de vivir. Por eso, es importante tender la mano a los enfermos, hacerles percibir la ternura de Dios, integrarlos en una comunidad de fe y de vida, en la que se sientan acogidos, comprendidos, sostenidos, dignos, en una palabra, de amar y de ser amados.

En el camino espiritual son de gran ayuda la lectura y la meditación de los salmos, el rezo del Rosario, la participación en la Eucaristía, fuente de paz interior. La difusión de los estados depresivos es preocupante. Se manifiestan fragilidades humanas, psicológicas y espirituales, que al menos en parte son inducidas por la sociedad. Es importante ser conscientes de las repercusiones que tienen los mensajes transmitidos por los medios de comunicación sobre las personas, al exaltar el consumismo, la satisfacción inmediata de los deseos, la carrera a un bienestar material cada vez mayor. Es necesario proponer nuevas vías, para que cada uno pueda construir la propia personalidad, cultivando la vida espiritual, fundamento de una existencia madura. La Iglesia y la sociedad deben proponer a las personas, especialmente a los jóvenes, figuras y experiencias que les ayuden a crecer en el plano humano, psicológico, moral y espiritual. La ausencia de puntos de referencia contribuye a crear personalidades más frágiles, llevando a considerar que todos los comportamientos son semejantes.

Juegan un papel relevante la familia, la escuela, los movimientos juveniles, las asociaciones parroquiales.

También es significativo el papel de las instituciones públicas para asegurar condiciones de vida dignas, en particular, a las personas abandonadas, enfermas, ancianas. Son igualmente necesarias las políticas para la juventud, que ofrezcan a las nuevas generaciones motivos de esperanza, preservándolas del vacío o de otros peligros».

Salvador Cervera Enguix

Susanna Tamaro, “Regreso al corazón”, Alfa y Omega nº 316

En esta entrevista concedida al diario italiano Avvenire, la escritora italiana Susanna Tamaro juzga «nuestros tiempos díficiles» y la incapacidad de comunicar. Habla la escritora que está a punto de rodar como directora su primer largometraje.

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Hércules y el carretero

Un carretero conducía a sus animales por un camino fangoso completamente cargados, y las ruedas de la carreta se hundieron tanto en el lodo que los caballos no podían moverla. El carretero miraba desesperado alrededor suyo, llamando a Hércules a gritos para pedirle ayuda. Al fin el dios se presentó, y le dijo: “Apoya el hombro en la rueda, hombre, y azuza tus caballos, y luego pide auxilio a Hércules. Porque si no alzas un dedo para ayudarte a ti mismo, no esperes socorro de Hércules ni de nadie”. (Esopo)

El violín desafinado

Se cuenta que con un viejo violín, un pobre hombre se ganaba la vida. Iba por los pueblos, comenzaba a tocar y la gente se reunía a su alrededor. Tocaba y al final pasaba entre la concurrencia una agujereada boina con la esperanza de que algún día se llenara. Cierto día comenzó a tocar como solía, se reunió la gente, y salió lo de costumbre: unos ruidos más o menos armoniosos. No daba para más ni el violín ni el violinista. Y acertó a pasar por allí un famoso compositor y virtuoso del violín. Se acercó también al grupo y al final le dejaron entre sus manos el instrumento. Con una mirada valoró las posibilidades, lo afinó, lo preparó… y tocó una pieza asombrosamente bella. El mismo dueño estaba perplejo y lleno de asombro. Iba de un lado para otro diciendo: “Es mi violín…!, es mi violín…!, es mi violín…!”. Nunca pensó que aquellas viejas cuerdas encerraran tantas posibilidades. No es difícil que cada uno, profundizando un poco en sí mismo, reconozca que no está rindiendo al máximo de sus posibilidades. Somos en muchas ocasiones como un viejo violín estropeado, y nos falta incluso alguna cuerda. Somos… un instrumento flojo, y además con frecuencia desafinado.

Si intentamos tocar algo serio en la vida, sale eso… unos ruidos faltos de armonía. Y al final, cada vez que hacemos algo, necesitamos también pasar nuestra agujereada boina; necesitamos aplausos, consideración, alabanzas… Nos alimentamos de esas cosas; y si los que nos rodean no nos echan mucho, nos sentimos defraudados; viene el pesimismo. En el mejor de los casos se cumple el refrán: “Quien se alimenta de migajas anda siempre hambriento”: no acaban de llenarnos profundamente las cosas. Qué diferencia cuando dejamos que ese gran compositor, Dios, nos afine, nos arregle, ponga esa cuerda que falta, y dejemos ¡que Él toque! Pero también en la vida terrena existen violinistas que nos pueden afinar; un amigo, un compañero, un maestro, o cualquier persona de la que podamos obtener conocimientos, un consejo, una buena idea, una corrección fraterna, y quedaremos sorprendidos de las posibilidades que había encerradas en nuestra vida. Comprobamos que nuestra vida es bella y grandiosa cuanto que somos instrumentos perfectibles y, si nos proponemos ser mejores, lucharemos constante e incansablemente por ser: un violín cada vez mejor afinado.

Tu rostro habla por ti

Hace tiempo, en un pequeño y lejano pueblo, había una casa abandonada. Cierto día, un perrito buscando refugio del sol, logró meterse por un agujero de una de las puertas de dicha casa. El perrito subió lentamente las viejas escaleras de madera. Al terminar de subirlas se encontró con una puerta se encontró con una puerta semiabierta, y lentamente se adentró al cuarto. Para su sorpresa se dio cuenta que dentro de ese cuarto había mil perritos más, observándolo tan fijamente como él los observaba a ellos.

El perrito comenzó a mover la cola y a levantar sus orejas poco a poco. Los mil perritos hicieron lo mismo. Posteriormente sonrió y ladró alegremente a uno de ellos. El perrito se quedó sorprendido al ver que los mil perritos también le sonreían y ladraban alegremente con él. Cuando el perrito salió del cuarto se quedó pensando para sí mismo: “¡Qué lugar tan agradable, tengo que venir más a visitarlo!”. Tiempo después otro perrito callejero entró al mismo sitio y al mismo cuarto, pero este perrito al ver a los otros mil perritos del cuarto, se sintió amenazado, ya que lo estaban mirando de una manera agresiva. Empezó a gruñir, y vio como los mil perritos le gruñían a él. Comenzó a ladrarles ferozmente y los otros mil perritos le ladraron ferozmente también a él. Cuando este perrito salió de aquel cuarto pensó: “¡Qué lugar tan horrible, nunca más volveré a entrar aquí!”. En el frontal de aquella casa había un viejo letrero que decía: “La casa de los mil espejos”. Los rostros del mundo son como espejos. Según seamos, así vemos.

Cambio de rostro

A Leonardo Da Vinci le llevo siete años completar su famosa obra titulada “La Última Cena”. Las figuras que representan a los 12 apóstoles y a Jesús fueron tomadas de personas reales. La persona que sería el modelo para ser Cristo fue la primera en ser seleccionada. Cuando se supo que Da Vinci pintaría esa obra, cientos de jóvenes se presentaron ante él para ser seleccionados. Da Vinci buscaba un rostro que mostrara una personalidad inocente, pacífica y a la vez bella. Buscaba un rostro libre de las cicatrices y rasgos duros que deja la vida intranquila del pecado. Finalmente, después de unos meses de búsqueda seleccionó a un joven de 19 años de edad como modelo para pintar la figura de Jesucristo. Durante seis meses trabajó para lograr pintar al personaje principal de esa obra. Durante los seis siguientes años, Da Vinci continuó su obra buscando las personas que representarían a 11 apóstoles, y dejó para el final a aquel que representaría a Judas. Estuvo buscando durante semanas un hombre con una expresión dura y fría. Un rostro marcado por cicatrices de avaricia, decepción, traición, hipocresía y crimen. Un rostro que identificaría a una persona que sin duda traicionaría a su mejor amigo. Después de muchos fallidos intentos en la búsqueda de este modelo llegó a los oídos de Leonardo Da Vinci que había un hombre con estas características en el calabozo de Roma. Este hombre estaba sentenciado a muerte por haber llevado una vida de robos y asesinatos. Da Vinci vio ante él a un hombre cuyo pelo caía sobre el rostro escondiendo dos ojos llenos de rencor, odio y ruina. Al fin había encontrado a quien modelaría a Judas en su obra. Gracias a un permiso del rey, este prisionero fue trasladado a Milán al estudio del maestro. Durante varios meses este hombre se sentó silenciosamente frente a Da Vinci mientras el artista continuaba con la ardua tarea de plasmar en su obra al personaje que había traicionado a Jesús. Cuando Leonardo dio la última pincelada se volvió a los guardias y dio la orden de que se llevaran al prisionero. Cuando salía, se volvió hacia Leonardo Da Vinci y le dijo: “¡Da Vinci!! !Obsérvame!! ¿No reconoces quién soy?”. El artista lo observó cuidadosamente y respondió: “Nunca te había visto hasta aquella tarde en el calabozo de Roma”. El prisionero levantó los ojos y dijo: “¡Mírame bien, soy aquel joven cuyo rostro escogiste para representar a Cristo hace siete años…!”.

Josemaría Escrivá: Abrir los caminos de la santidad en la vida ordinaria

Un hogar luminoso y alegre Josemaría Escrivá de Balaguer nace en Barbastro (España), el 9 de enero de 1902, segundo de los seis hijos que tuvieron José Escrivá y María Dolores Albás. Sus padres, fervientes católicos, le llevaron a la pila bautismal el día 13 del mismo mes y año, y le transmitieron —en primer lugar, con su vida ejemplar— los fundamentos de la fe y las virtudes cristianas: el amor a la Confesión y a la Comunión frecuentes, el recurso confiado a la oración, la devoción a la Virgen Santísima, la ayuda a los más necesitados.

El Beato Josemaría crece como un niño alegre, despierto y sencillo, travieso, buen estudiante, inteligente y observador. Tenía mucho cariño a su madre y una gran confianza y amistad con su padre, quien le invitaba a que con libertad le abriese el corazón y le contase sus preocupaciones, estando siempre disponible para responder a sus consultas con afecto y prudencia. Muy pronto, el Señor comienza a templar su alma en la forja del dolor: entre 1910 y 1913 mueren sus tres hermanas más pequeñas, y en 1914 la familia experimenta, además, la ruina económica. En 1915, los Escrivá se trasladan a Logroño, donde el padre ha encontrado un empleo que le permitirá sostener modestamente a los suyos.

En el invierno de 1917-18 tiene lugar un hecho que influirá decisivamente en el futuro de Josemaría Escrivá: durante las Navidades, cae una intensa nevada sobre la ciudad, y un día ve en el suelo las huellas heladas de unos pies sobre la nieve; son las pisadas de un religioso carmelita que caminaba descalzo. Entonces, se pregunta: —Si otros hacen tantos sacrificios por Dios y por el prójimo, ¿no voy a ser yo capaz de ofrecerle algo? De este modo, surge en su alma una inquietud divina: Comencé a barruntar el Amor, a darme cuenta de que el corazón me pedía algo grande y que fuese amor. Sin saber aún con precisión qué le pide el Señor, decide hacerse sacerdote, porque piensa que de ese modo estará más disponible para cumplir la voluntad divina.

La ordenación sacerdotal Terminado el Bachillerato, comienza los estudios eclesiásticos en el Seminario de Logroño y, en 1920, se incorpora al de Zaragoza, en cuya Universidad Pontificia completará su formación previa al sacerdocio. En la capital aragonesa cursa también —por sugerencia de su padre y con permiso de los superiores eclesiásticos— la carrera universitaria de Derecho. Su carácter generoso y alegre, su sencillez y serenidad hacen que sea muy querido entre sus compañeros. Su esmero en la vida de piedad, en la disciplina y en el estudio sirve de ejemplo a todos los seminaristas, y en 1922, cuando sólo tenía veinte años, el Arzobispo de Zaragoza le nombra Inspector del Seminario.

Durante aquel periodo transcurre muchas horas rezando ante el Señor Sacramentado —enraizando hondamente su vida interior en la Eucaristía— y acude diariamente a la Basílica del Pilar, para pedir a la Virgen que Dios le muestre qué quiere de él: Desde que sentí aquellos barruntos de amor de Dios —afirmaba el 2 de octubre de 1968—, dentro de mi poquedad busqué realizar lo que El esperaba de este pobre instrumento. (…) Y, entre aquellas ansias, rezaba, rezaba, rezaba en oración continua. No cesaba de repetir: Domine, ut sit!, Domine, ut videam!, como el pobrecito del Evangelio, que clama porque Dios lo puede todo. ¡Señor, que vea! ¡Señor, que sea! Y también repetía, (…) lleno de confianza hacia mi Madre del Cielo: Domina, ut sit!, Domina, ut videam! La Santísima Virgen siempre me ha ayudado a descubrir los deseos de su Hijo.

El 27 de noviembre de 1924 fallece don José Escrivá, víctima de un síncope repentino. El 28 de marzo de 1925, Josemaría es ordenado sacerdote por Mons. Miguel de los Santos Díaz Gómara, en la iglesia del Seminario de San Carlos de Zaragoza, y dos días después celebra su primera Misa solemne en la Santa Capilla de la Basílica del Pilar; el 31 de ese mismo mes, se traslada a Perdiguera, un pequeño pueblo de campesinos, donde ha sido nombrado regente auxiliar en la parroquia.

En abril de 1927, con el beneplácito de su Arzobispo, comienza a residir en Madrid para realizar el doctorado en Derecho Civil, que entonces sólo podía obtenerse en la Universidad Central de la capital de España. Aquí, su celo apostólico le pone pronto en contacto con gentes de todos los ambientes de la sociedad: estudiantes, artistas, obreros, intelectuales, sacerdotes. En particular, se entrega sin descanso a los niños, enfermos y pobres de las barriadas periféricas.

Al mismo tiempo, sostiene a su madre y hermanos impartiendo clases de materias jurídicas. Son tiempos de grandes estrecheces económicas, vividos por toda la familia con dignidad y buen ánimo. El Señor le bendijo con abundantes gracias de carácter extraordinario que, al encontrar en su alma generosa un terreno fértil, produjeron abundantes frutos de servicio a la Iglesia y a las almas.

Fundación del Opus Dei El 2 de octubre de 1928 nace el Opus Dei. El Beato Josemaría está realizando unos días de retiro espiritual, y mientras medita los apuntes de las mociones interiores recibidas de Dios en los últimos años, de repente ve —es el término con que describirá siempre la experiencia fundacional— la misión que el Señor quiere confiarle: abrir en la Iglesia un nuevo camino vocacional, dirigido a difundir la búsqueda de la santidad y la realización del apostolado mediante la santificación del trabajo ordinario en medio del mundo sin cambiar de estado. Pocos meses después, el 14 de febrero de 1930, el Señor le hace entender que el Opus Dei debe extenderse también entre las mujeres.

Desde este momento, el Beato Josemaría se entrega en cuerpo y alma al cumplimiento de su misión fundacional: promover entre hombres y mujeres de todos los ámbitos de la sociedad un compromiso personal de seguimiento de Cristo, de amor al prójimo, de búsqueda de la santidad en la vida cotidiana. No se considera un innovador ni un reformador, pues está convencido de que Jesucristo es la eterna novedad y de que el Espíritu Santo rejuvenece continuamente la Iglesia, a cuyo servicio ha suscitado Dios el Opus Dei. Sabedor de que la tarea que le ha sido encomendada es de carácter sobrenatural, hunde los cimientos de su labor en la oración, en la penitencia, en la conciencia gozosa de la filiación divina, en el trabajo infatigable. Comienzan a seguirle personas de todas las condiciones sociales y, en particular, grupos de universitarios, en quienes despierta un afán sincero de servir a sus hermanos los hombres, encendiéndolos en el deseo de poner a Cristo en la entraña de todas las actividades humanas mediante un trabajo santificado, santificante y santificador. Éste es el fin que asignará a las iniciativas de los fieles del Opus Dei: elevar hacia Dios, con la ayuda de la gracia, cada una de las realidades creadas, para que Cristo reine en todos y en todo; conocer a Jesucristo; hacerlo conocer; llevarlo a todos los sitios. Se comprende así que pudiera exclamar: Se han abierto los caminos divinos de la tierra.

Expansión apostólica En 1933, promueve una Academia universitaria porque entiende que el mundo de la ciencia y de la cultura es un punto neurálgico para la evangelización de la sociedad entera. En 1934 publica —con el título de Consideraciones espirituales— la primera edición de Camino, libro de espiritualidad del que hasta ahora se han difundido más de cuatro millones y medio de ejemplares, con 372 ediciones, en 44 lenguas.

El Opus Dei está dando sus primeros pasos cuando, en 1936, estalla la guerra civil española. En Madrid arrecia la violencia antirreligiosa, pero don Josemaría, a pesar de los riesgos, se prodiga heroicamente en la oración, en la penitencia y en el apostolado. Es una época de sufrimiento para la Iglesia; pero también son años de crecimiento espiritual y apostólico y de fortalecimiento de la esperanza. En 1939, terminado el conflicto, el Fundador del Opus Dei puede dar nuevo impulso a su labor apostólica por toda la geografía peninsular, y moviliza especialmente a muchos jóvenes universitarios para que lleven a Cristo a todos los ambientes y descubran la grandeza de su vocación cristiana. Al mismo tiempo se extiende su fama de santidad: muchos Obispos le invitan a predicar cursos de retiro al clero y a los laicos de las organizaciones católicas. Análogas peticiones le llegan de los superiores de diversas órdenes religiosas, y él accede siempre.

En 1941, mientras se encuentra predicando un curso de retiro a sacerdotes de Lérida, fallece su madre, que tanto había ayudado en los apostolados del Opus Dei. El Señor permite que se desencadenen también duras incomprensiones en torno a su figura. El Obispo de Madrid, S.E. Mons. Eijo y Garay, le hace llegar su más sincero apoyo y concede la primera aprobación canónica del Opus Dei. El Beato Josemaría sobrelleva las dificultades con oración y buen humor, consciente de que «todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús serán perseguidos» (2 Tm 3,12), y recomienda a sus hijos espirituales que, ante las ofensas, se esfuercen en perdonar y olvidar: callar, rezar, trabajar, sonreír.

En 1943, por una nueva gracia fundacional que recibe durante la celebración de la Misa, nace —dentro del Opus Dei— la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, en la que se podrán incardinar los sacerdotes que proceden de los fieles laicos del Opus Dei. La plena pertenencia de fieles laicos y de sacerdotes al Opus Dei, así como la orgánica cooperación de unos y otros en sus apostolados, es un rasgo propio del carisma fundacional, que la Iglesia ha confirmado en 1982, al determinar su definitiva configuración jurídica como Prelatura personal. El 25 de junio de 1944 tres ingenieros —entre ellos Álvaro del Portillo, futuro sucesor del Fundador en la dirección del Opus Dei— reciben la ordenación sacerdotal. En lo sucesivo, serán casi un millar los laicos del Opus Dei que el Beato Josemaría llevará al sacerdocio.

La Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz —intrínsecamente unida a la Prelatura del Opus Dei— desarrolla también, en plena sintonía con los Pastores de las Iglesias locales, actividades de formación espiritual para sacerdotes diocesanos y candidatos al sacerdocio. Los sacerdotes diocesanos también pueden formar parte de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, manteniendo inalterada su pertenencia al clero de las respectivas diócesis.

Espíritu Romano y universal Apenas vislumbró el fin de la guerra mundial, el Beato Josemaría comienza a preparar el trabajo apostólico en otros países, porque —insistía— quiere Jesús su Obra desde el primer momento con entraña universal, católica. En 1946 se traslada a Roma, con el fin de preparar el reconocimiento pontificio del Opus Dei. El 24 de febrero de 1947, Pío XII concede el decretum laudis; y el 16 de junio de 1950, la aprobación definitiva. A partir de esta fecha, también pueden ser admitidos como Cooperadores del Opus Dei hombres y mujeres no católicos y aun no cristianos, que ayuden con su trabajo, su limosna y su oración a las labores apostólicas.

La sede central del Opus Dei queda establecida en Roma, para subrayar de modo aún más tangible la aspiración que informa todo su trabajo: servir a la Iglesia como la Iglesia quiere ser servida, en estrecha adhesión a la cátedra de Pedro y a la jerarquía eclesiástica. En repetidas ocasiones, Pío XII y Juan XXIII le hacen llegar manifestaciones de afecto y de estima; Pablo VI le escribirá en 1964 definiendo el Opus Dei como «expresión viva de la perenne juventud de la Iglesia».

También esta etapa de la vida del Fundador del Opus Dei se ve caracterizada por todo tipo de pruebas: a la salud afectada por tantos sufrimientos (padeció una grave forma de diabetes durante más de diez años: hasta 1954, en que se curó milagrosamente), se añaden las estrecheces económicas y las dificultades relacionadas con la expansión de los apostolados por el mundo entero. Sin embargo, su semblante rebosa siempre alegría, porque la verdadera virtud no es triste y antipática, sino amablemente alegre. Su permanente buen humor es un continuo testimonio de amor incondicionado a la voluntad de Dios.

El mundo es muy pequeño, cuando el Amor es grande: el deseo de inundar la tierra con la luz de Cristo le lleva a acoger las llamadas de numerosos Obispos que, desde todas las partes del mundo, piden la ayuda de los apostolados del Opus Dei a la evangelización. Surgen proyectos muy variados: escuelas de formación profesional, centros de capacitación para campesinos, universidades, colegios, hospitales y dispensarios médicos, etc. Estas actividades —un mar sin orillas, como le gusta repetir—, fruto de la iniciativa de cristianos corrientes que desean atender, con mentalidad laical y sentido profesional, las concretas necesidades de un determinado lugar, están abiertas a personas de todas las razas, religiones y condiciones sociales, porque su clara identidad cristiana se compagina siempre con un profundo respeto a la libertad de las conciencias.

En cuanto Juan XXIII anuncia la convocatoria de un Concilio Ecuménico, comienza a rezar y a hacer rezar por el feliz éxito de esa gran iniciativa que es el Concilio Ecuménico Vaticano II, como escribe en una carta de 1962. En aquellas sesiones, el Magisterio solemne confirmará aspectos fundamentales del espíritu del Opus Dei: la llamada universal a la santidad; el trabajo profesional como medio de santidad y apostolado; el valor y los límites legítimos de la libertad del cristiano en las cuestiones temporales, la Santa Misa como centro y raíz de la vida interior, etc. El Beato Josemaría se encuentra con numerosos Padres conciliares y Peritos, que ven en él un auténtico precursor de muchas de las líneas maestras del Vaticano II. Profundamente identificado con la doctrina conciliar, promueve diligentemente su puesta en práctica a través de las actividades formativas del Opus Dei en todo el mundo.

Santidad en medio del mundo De lejos —allá, en el horizonte— el cielo se junta con la tierra. Pero no olvides que donde de veras la tierra y el cielo se juntan es en tu corazón de hijo de Dios. La predicación del Beato Josemaría subraya constantemente la primacía de la vida interior sobre la actividad organizativa: Estas crisis mundiales son crisis de santos, escribió en Camino; y la santidad requiere siempre esa compenetración de oración, trabajo y apostolado que denomina unidad de vida y de la que su propia conducta constituye el mejor testimonio.

Estaba profundamente convencido de que para alcanzar la santidad en el trabajo cotidiano, es preciso esforzarse para ser alma de oración, alma de profunda vida interior. Cuando se vive de este modo, todo es oración, todo puede y debe llevarnos a Dios, alimentando ese trato continuo con Él, de la mañana a la noche. Todo trabajo puede ser oración, y todo trabajo, que es oración, es apostolado.

La raíz de la prodigiosa fecundidad de su ministerio se encuentra precisamente en la ardiente vida interior que hace del Beato Josemaría un contemplativo en medio del mundo: una vida interior alimentada por la oración y los sacramentos, que se manifiesta en el amor apasionado a la Eucaristía, en la profundidad con que vive la Misa como el centro y la raíz de su propia vida, en la tierna devoción a la Virgen María, a San José y a los Ángeles Custodios; en la fidelidad a la Iglesia y al Papa.

El encuentro definitivo con la Santísima Trinidad En los últimos años de su vida, el Fundador del Opus Dei emprende viajes de catequesis por numerosos países de Europa y de América Latina: en todas partes, mantiene numerosas reuniones de formación, sencillas y familiares —aun cuando con frecuencia asisten miles de personas para escucharlo—, en las que habla de Dios, de los sacramentos, de las devociones cristianas, de la santificación del trabajo, de amor a la Iglesia y al Papa. El 28 de marzo de 1975 celebra el jubileo sacerdotal. Aquel día su oración es como una síntesis de toda su vida: A la vuelta de cincuenta años, estoy como un niño que balbucea: estoy comenzando, recomenzando, en mi lucha interior de cada jornada. Y así, hasta el final de los días que me queden: siempre recomenzando.

El 26 de junio de 1975, a mediodía, el Beato Josemaría muere en su habitación de trabajo, a consecuencia de un paro cardiaco, a los pies de un cuadro de la Santísima Virgen a la que dirige su última mirada. En ese momento, el Opus Dei se encuentra presente en los cinco continentes, con más de 60.000 miembros de 80 nacionalidades. Las obras de espiritualidad de Mons. Escrivá de Balaguer (Camino, Santo Rosario, Conversaciones con Monseñor Escrivá de Balaguer, Es Cristo que pasa, Amigos de Dios, La Iglesia, nuestra Madre, Via Crucis, Surco, Forja) se han difundido en millones de ejemplares.

Después de su fallecimiento, un gran número de fieles pide al Papa que se abra su causa de canonización. El 17 de mayo de 1992, en Roma, S.S. Juan Pablo II eleva a Josemaría Escrivá a los altares, en una multitudinaria ceremonia de beatificación. El 21 de septiembre de 2001, la Congregación Ordinaria de Cardenales y Obispos miembros de la Congregación para las Causas de los Santos, confirma unánimemente el carácter milagroso de una curación y su atribución al Beato Josemaría. La lectura del relativo decreto sobre el milagro ante el Romano Pontífice, tiene lugar el 20 de diciembre. El 26 de febrero de 2002, Juan Pablo II preside el Consistorio Ordinario Público de Cardenales y, oídos los Cardenales, Arzobispos y Obispos presentes, establece que la ceremonia de Canonización del Beato Josemaría Escrivá se celebre el 6 de octubre de 2002.

  • Información sobre la Canonización de Josemaría Escrivá
  • Información sobre el Opus Dei
  • Alejandro Llano, “Claves para educar a la generación del yo”, NT, I.01

    Los problemas con los que me voy a enfrentar en esta breve intervención se inscriben en el ámbito más amplio de la crisis de integración social que padecen los actuales países democráticos de nuestro entorno. Junto a una cierta satisfacción con las libertades públicas y el progreso económico, experimentan estas sociedades fenómenos de disidencia, marginación, paro, violencia e, incluso, terrorismo, que provocan el generalizado sentimiento de que "algo no marcha". Y eso que no acaba de ir bien se manifiesta con especiales relieves en el campo de la educación de las generaciones jóvenes.

    Tiempo de efervescencia y descoordinación afectiva, la adolescencia constituye un tramo clave en la formación de la personalidad, no sólo porque en él tienen lugar fuertes traumas que condicionan a veces el curso de la vida, sino sobre todo por que es el momento en el que comienzan a despuntar los ideales que muchas veces impulsarán el resto de la existencia individual. Se ha dicho, con razón, que una vida lograda es un ideal vislumbrado en la edad juvenil y realizado en la madurez.

    Todos los conocedores de la psicología evolutiva señalan la emergencia del yo, de la autoconciencia vital diferenciada, como uno de los fenómenos más característicos de la primera juventud . Al tiempo que consideran que el normal desarrollo de esta conciencia de la propia identidad desemboca en el descubrimiento de la alteridad, de la realidad de esos otros que también pueden decir "yo", así como de un entorno más amplio que el familiar o escolar: un ámbito que cabe denominar social y, en un sentido más estricto, ciudadano o cívico.

    Pues bien, la integración en ese territorio de más dilatados horizontes se ha problematizado de una manera nueva y sorprendente a partir del final de los años sesenta. La conciencia del "yo" individual se ha exacerbado o, al menos, descompensado en toda una generación, a la que se ha denominado precisamente la me generation o "generación del yo".

    De la fiebre del sábado noche a la movida Pero la crisis histórica cuya fecha de partida convencional es mayo del 68 ha adquirido una importancia mucho mayor de la que habitualmente se le concede. Han desaparecido, en buena parte, los fenómenos más clamorosos de la revuelta estudiantil de aquellos años. Los jóvenes, se dice, ya no son revolucionarios: presentan más bien rasgos de conformismo acrítico y de consumismo desbocado. Pero sigue presente la resistencia a integrarse en un tipo de sociedad que ya no consideran como suya y también permanece el individualismo que les lleva a desconfiar de la presunta capacidad de acogida de una sociedad cuya dureza materialista les desagrada profundamente. Por eso, como ha dicho Lustiger, "los jóvenes acampan fuera de la ciudad". Si antes se entregaban a la "fiebre del sábado noche", hoy la "movida", que se prolonga hasta bien entrada la mañana, triunfa también en la noche del viernes y comienza a extenderse hasta el mismísimo jueves.

    ¿Por qué los jóvenes prefieren la noche tardía, la madrugada incluso? Quizá porque ése es un tiempo vacío, libre, no sometido a los convencionalismos de una sociedad aburguesada, con la que no se sienten identificados. Si acaban por integrarse en ella, a edad más tardía cada vez, lo harán en muchos casos sin grandes ilusiones, con planteamientos que seguirán siendo individualistas, y que raramente incluyen proyectos ambiciosos de tipo cultural, religioso o político.

    A mi juicio, ninguno de estos fenómenos es casual o pasajero. Responden a la quiebra de todo un modelo social propio del capitalismo tardío, al que se suele llamar "Estado del Bienestar". Lo característico de este paradigma es el dominio unilateral de los factores políticos, económicos y mediáticos que configuran lo que los sociólogos denominan "tecnosistema" o "tecnoestructura". Se trata de una imbricación entre Estado, mercado y medios de comunicación social, en la que los medios de intercambio simbólico son el poder, el dinero y la influencia persuasiva. Por consiguiente, lo característico de tal configuración social es que las transacciones decisivas se producen entre poder y dinero, dinero e influencia, influencia y poder.

    Se trata de intercambios anónimos y, a veces, opacos. De manera que la corrupción generalizada que afecta a los países del entorno -también a España, aunque afortunadamente aquí ya empiecen a estar lejanos los peores años de este fenómeno- no es una especie de desajuste o trastorno pasajero, sino que está posibilitada y no pocas veces casi exigida por la propia estructuración social.

    No es extraño que de manera más habitual que consciente los jóvenes, que comienzan desde temprana edad a descubrir la índole descarnada y cínica de ese entramado, sientan escaso aprecio por él y teman (en lugar de esperar) su integración en un ambiente social poblado por ese tipo de personas que, a comienzos del siglo XX, el sociólogo alemán Max Weber anticipó que secan "especialistas sin alma, vividores sin corazón".

    A los jóvenes les faltan maestros Pero enseguida habría que preguntarse si la vigencia de este modelo social imperante es fatal, sin alternativa posible. Y mi respuesta es, desde luego, negativa. No solamente es deseable que esa configuración de la sociedad industrial moderna dé paso a comunidades de vida más humanas y solidarias. Es que ese tránsito, aunque de forma escasamente advertida, ya se viene produciendo en las dos últimas décadas. Al cambio de mentalidad que este paso supone lo denominé en su momento "nueva sensibilidad" y, en los aspectos sociales que ahora nos ocupan, lo denomino "humanismo cívico".

    El humanismo cívico que propugno se caracteriza porque, frente al modelo técnico y anónimo de una sociedad de masas, propugna la revitalización de las comunidades ciudadanas y la activa participación en la esfera pública. Es una nueva cultura de la responsabilidad cívica, que se opone tanto al estatismo agobiante como al economicismo consumista, pero que también rechaza el narcisismo individual, el cual lleva a no pocas personas a refugiarse en el cerco privado y a desentenderse de lo que antes se llamaba "bien común" y hoy se denomina –con menor fortuna– "interés general".En mi opinión, toda propuesta de formación cívica de las generaciones jóvenes se ha de plantear desde una visión del hombre y de la sociedad en la que se valore –por encima del dinero, del poder y de la influencia– la dignidad intocable de la persona humana y su derecho y deber a participar en las cuestiones sociales y políticas que a todos nos afectan, y que comprometen el futuro de esas vitalidades que se estrenan en la vertiente nueva de la juventud. Las personalidades jóvenes se hallan hoy, por lo general, casi completamente desasistidas en lo que concierne a esa preparación ética y cultural que podría capacitarles, no tanto para integrarse en un tinglado mecánico y desmotivador, como para lanzar sus propias propuestas de regeneración social y de perfeccionamiento humano. A los jóvenes actuales les faltan auténticos maestros.

    Aprender el oficio de la ciudadanía Lo primero que habría que decir de la formación ciudadana es que no consiste en una información teórica que hubiera que impartir en unas clases determinadas del curriculum escolar. Se trata de aprender el oficio de la ciudadanía. Porque, efectivamente, la ciudadanía es una especie de saber artesanal, hecho de capacidades de diálogo, de mutua comprensión, de interés por los asuntos públicos y de prudencia a la hora de tomar decisiones. Se trata de un conocimiento práctico que sólo se puede adquirir en comunidades vitales cercanas a las personas mismas, como son la familia, el colegio, la parroquia, o la Universidad. El aprendiz de ciudadano se integrará realmente en tales comunidades si descubre que en ellas hay unas prácticas que apuntan a lo bueno y lo mejor, si vislumbra que son grupos armónicos y abiertos que valoran a las personas por sí mismas y que tienen finalidades de mejora ética y social.

    Dicho de otro modo, la educación cívica sólo se logra cuando la joven o el joven se inserta en un ethos, es decir, en una ambiente fértil, moralmente denso, humanamente acogedor, que abra caminos para la autorrealización y sea capaz de suscitar el entusiasmo en quienes tienen la vida por delante. El ethos es la síntesis de bienes, virtudes y normas que se entrelazan para configurar un "estilo de vida", una cultura, un modo panorámico de percibir el entorno social y el mundo físico. No es un conjunto de reglas de comportamiento ni un artilugio pedagógico más o menos sofisticado. El ethos es vida: es como el poso y el peso que se va depositando cuando se vive intensamente de acuerdo con una convicciones que superan con mucho las convenciones típicas de la sociedad burguesa, en la que lo más importante es "guardar las apariencias".

    La sociedad del espectáculo Según ha dicho recientemente Ratzinger, la realidad hace superflua la apariencia. Y esto adquiere una importancia crucial en una sociedad poblada de simulacros, como es la "sociedad del espectáculo" en que vivimos. En la sociedad como espectáculo lo que se valora es el brillo, es decir, la prestada claridad, el reflejarse y el resbalar de las luces artificiales por la superficie de objetos niquelados. En cambio, una sociedad que vive a fondo de su ética y de su cultura no valora el brillo, sino el resplandor, la luminosidad que brota del alma al rostro, la impronta exterior de una vida interna rica y cultivada. El brillo es artificial, aparente y superficial; el resplandor es natural, real y hondamente humano.

    Si se puede decir que hoy estamos maleducando a toda una generación, desde el punto de vista cívico, es porque les enseñamos a que valoren el brillo y ni siquiera aprecien el resplandor. Les estamos induciendo a que piensen de acuerdo con la razón instrumental y no les dejamos sosiego ni libertad para que se esfuercen en ejercitar la inteligencia meditativa. Recapacitemos por un momento en el tipo dominante de mensajes que reciben hoy las chicas y los chicos. Tanto la familia como la escuela y los medios de comunicación les impulsan, sobre todo, a valorar el éxito individual, sin advertir que, como dice Leonardo Polo, "todo éxito es prematuro". En cambio, se les disuade de embarcarse en empresas que les comprometan a servir a los demás, y que no estén encaminadas a triunfar rápidamente, sino a alcanzar una vida lograda desde la perspectiva ética, que es la única que ofrece valores absolutos.

    Poder decir tonterías en cinco idiomas La propia enseñanza reglada pone todo el énfasis en los procedimientos. Se habla, por ejemplo, de "aprender a aprender". Pero se deja sin contestación –o ni siquiera se formula– la pregunta clave: "¿aprender, qué? Los contenidos son lo de menos, se arguye, porque pueden encontrarse en cualquier base de datos. Lo importante es que estos jóvenes, llamados a vivir en la sociedad de la información, dominen las nuevas tecnologías informáticas y telemáticas que van a poner a su disposición inmediata todo el saber disponible en el mundo entero. Tan vano y falso planteamiento hace cada vez más actuales los versos de T. S. Eliot en los coros de La roca:¿Dónde está la sabiduría que se nos ha perdido en conocimiento? ¿Dónde está el conocimiento que se nos ha perdido en información?Como decía (injustamente) el castizo Miguel de Unamuno del cosmopolita Salvador de Madariaga, "es capaz de decir tonterías en cinco idiomas". Pensemos un momento, por favor, en el enorme esfuerzo y la gran cantidad de dinero que se pone en que los muchachos y las chicas españoles aprendan a malhablar el inglés, la lingua franca del siglo XXI. Si recala uno durante el verano en los aeropuertos de Londres, Dublín, Nueva York o Chicago, le parecerá que se ha trasladado como por arte de magia al patio de un colegio de Madrid, Bilbao o Jerez de la Frontera o, peor aún, a algún pub o discoteca para españolitos menores de edad. Si, como el avión de Iberia se retrasa, entabla uno conversación con esos jóvenes, no dará crédito al conjunto de vulgaridades y tópicos que han sido capaces de recolectar durante ese mes carísimo transcurrido en alguna población de lengua inglesa. No se les pregunte por la política de Tony Blair, el problema del Ulster o la economía americana, porque sencillamente son temas que ignoran. Eso sí, están completamente "al loro" de lo último en música pop y en marcas de zapatillas deportivas, vaqueros o cazadoras. Ni uno solo ha leído un libro, en cualquier idioma, durante esas semanas, y desde luego tienen otros proyectos más interesantes para el resto de las vacaciones de verano.

    Informática e inglés, como preparación para estudiar empresariales o ingeniería, y conseguir así una buena posición económica. En esto se agota el panorama cultural y social que se suele abrir ante las prometedoras inteligencias, potencialmente infinitas, de quienes pronto tomarán el relevo en la dirección de la cosa pública y de las empresas privadas. ¿Que se hizo del frondoso árbol de las ciencias? ¿Dónde quedan las humanidades clásicas y los grandes libros? ¿Qué fue de los ideales para cambiar el mundo que germinan en la primera juventud? Se ignora: no saben, no responden. Sobre base tan somera es inviable que se desarrolle una formación ciudadana, reducida hoy a ser una pintoresca línea transversal de la ESO.

    La marginación de las disciplinas más formativas El humus, la tierra fértil, donde podrían asomar los primeros brotes de un humanismo cívico, es precisamente el cultivo de las Humanidades, es decir, de la Historia, la Filosofía, la Literatura, el Arte, las Lenguas Clásicas. Tan maltratadas están que incluso algunos políticos se han dado cuenta del tremendo error que se está cometiendo al marginar las disciplinas más formativas de los programas de estudio, tanto en la Enseñanza primaria y secundaria como en la Universidad. Pero ya se ha visto a lo que ha conducido la vampirización política de un tema tan serio, de cuyo recuerdo sólo quedan las lágrimas de la valiente Ministra de Educación, cuando rechazaron su interesante proyecto en un Congreso de los Diputados donde el "Marca" parece ser la lectura de mayor consumo.

    Se ha empezado a notar qué sucede cuando una chica o un chico conocen perfectamente su "entorno", dominan la vida de los héroes locales, hablan de corrido el bable asturiano, utilizan la jerga de la semiótica y la teoría de conjuntos, pero no saben nada de historia universal, Shakespeare no les suena, ni siquiera en inglés, y cuando se les pregunta qué significa cogito, ergo sum y quién pronunció tan famosa frase, responden: "Me han cogido, yo soy", Jesucristo en el huerto de los olivos.

    El olvido de las Humanidades conduce a la incomunicación, la incomunicación lleva al aislamiento, y el aislamiento –como advirtió Hannah Arendt– es pretotalitario. La mejor manera para asegurarse de que nadie piense algo "políticamente incorrecto" –por ejemplo, que hay que tratar a los emigrantes magrebíes como a seres humanos– es sencillamente que no piense. Muerto el perro, se acabó la rabia. Y así tendremos la paz de los cementerios y de las cárceles.Las Humanidades facilitan que se logren cuatro metas educativas de la mayor trascendencia: 1) La comprensión crítica de la sociedad actual; 2) La revitalización de los grandes tesoros culturales de la humanidad; 3) El planteamiento profundo de las cuestiones fundamentales que afectan a la vida de las mujeres y de los hombres; 4) El incremento de la creatividad y la capacidad de innovación. Y estas finalidades poseen hoy la mayor actualidad. Porque, sorprendentemente, el gran desarrollo de los sistemas informáticos no se ha debido, como inicialmente se pensó, a la construcción de poderosas máquinas de calcular, sino al proceso de textos desarrollado sobre todo en ordenadores portátiles o microcomputadores. La cultura postliteraria que se anunciaba para el final del milenio se ha transformado en un mundo poblado de libros, en el que el personaje del año 2000, según la revista Time, es precisamente un librero: el promotor y presidente de Amazon, la librería virtual a la que se puede pedir cualquier libro desde cualquier lugar del mundo, y además llegan pronto y sin excesivo gasto.

    Los padres, los políticos, los educadores, tienen que plantearse muy a fondo esta cuestión, en la que nos jugamos nuestro futuro inmediato. No podemos olvidar algo que se lleva experimentando con indudable éxito desde hace un veinticinco siglos, es decir, dos milenios y medio. Y eso que no debemos dejar que se pierda es la realidad de que las mentalidades jóvenes sólo podrán formarse en el oficio de la ciudadanía si se logra que su educación sea un simbiosis con las grandes creaciones de nuestra civilización occidental. Sería una lástima que ahora que existen los medios técnicos para que todos los ciudadanos conozcan los fundamentos de la cultura en la que viven, dispersaran su vida en espectáculos, aficiones y entretenimientos sin sustancia alguna.

    Abrirse a otras vidas El gran acervo de ideas, creencias, valoraciones y narraciones acerca de la vida del hombre en sociedad se encuentra en los grandes libros, en los clásicos antiguos y modernos. Al leer esos libros, nuestra vida se abre a otras vidas, reales o imaginadas, en las que se reflejan los tipos básicos de personas y de comportamientos, las situaciones más hondas en las que las personas pueden encontrarse, los discursos y hazañas que nos han conducido a ser lo que somos. Esos grandes libros mejoran tanto al que por ellos transita que le hacen capaz de entender la riqueza humana que tales obras literarias o filosóficas contienen.

    El conocimiento de la Literatura, de la Filosofía y de la Historia nos ayuda a distinguir lo pasajero de lo permanente, lo esencial de lo accidental, lo humano de lo inhumano, el bien del mal. La mujer y el hombre de muchas y buenas lecturas es difícil que caiga en los extremos del dogmatismo o del escepticismo, del relativismo o del fanatismo. Porque aprenderá que en el ser humano conviven una vocación sublime y una profunda miseria, que el hombre supera infinitamente al hombre, y que no hay soluciones automáticas o puramente técnicas para los problemas sociales.

    Las Humanidades nos descubren los maravillosos secretos del lenguaje, como vehículo del pensamiento e instrumento de comunicación. Nos enseñan a hablar y a escribir correctamente, no como los guionistas o locutores de radio y televisión que martirizan día tras día, hora tras hora, el pobre idioma castellano, mejor usado hoy en los países hispanoamericanos que en su tierra natal, la "espaciosa y triste España".

    Una tragedia familiar: "Mamá, quiero estudiar filosofía" Decía Jorge Luis Borges que un caballero sólo defiende causas perdidas. Y yo sé bien que casi perdida está la causa de un cultivo de las Humanidades que, como decía el Beato Josemaría Escrivá, implica la supremacía del espíritu sobre la materia. Porque resulta que una chica que lee mucho "es un poco rara", mientras que el chico que se pasa las horas tontas ante la televisión o con los videojuegos hace lo que corresponde a un muchacho de su edad. No digamos la tragedia familiar que se produce cuando la chica en cuestión dice que quiere estudiar Filosofía y Letras, en lugar de una carrera de provecho, que la ayudará a labrarse un porvenir seguro (y –añado por mi cuenta– aburrido o tal vez desgraciado).No es prudente tampoco que los jóvenes tomen, en su inmadurez, decisiones de tipo social o religioso que puedan condicionar su futuro. En cambio, no parecen tan inmaduros a la hora de iniciarse en las prácticas menos virtuosas y más disolventes que la sociedad de consumo les brinda hoy en bandeja, sobre todo cuando pueden disponer sin esfuerzo de unas cantidades de dinero que superan el salario mínimo interprofesional.

    La formación cívica es asunto estrechamente relacionado con la adquisición de las virtudes morales e intelectuales: la fortaleza, la prudencia, la sabiduría, la templanza, el arte y la justicia. Las virtudes son excelencias del carácter que no se pueden desarrollar a través de una enseñanza meramente teórica. En realidad, como decían los filósofos griegos, las virtudes no se pueden enseñar: sólo se pueden aprender. Lo cual equivale a decir que el protagonista de la educación no es el padre, la madre, la profesora o el profesor: el gran protagonista y autoresponsable de su educación es el propio educando, es decir, el hijo o el alumno.

    ¿Queremos a los jóvenes? Por ello es imprescindible que nos tomemos a los jóvenes en serio. Como decía el maestro Corts Grau, a la juventud hoy se la adula, se la imita, se la seduce, se la tolera… pero no se la exige, no se la ayuda de verdad, no se la responsabiliza… porque, en el fondo, no se la ama. Y esto es, en definitiva, lo que los jóvenes sospechan y, aunque no se atrevan a declararlo, proceden en consecuencia.

    El amor noble y normal de padres y maestros para con los jóvenes está siendo sustituido por el emotivismo, por la inundación afectiva, por esas demostraciones de cariño tan ostentosas como superficiales que se aprecian –por ejemplo– en las paradas de los autobuses escolares: tal parece que los niños y la niñas partieran como voluntarios hacia Kosovo, de donde no se sabe si volverán vivos, o al menos no afectados por las radiaciones de las cabezas de misiles americanos y británicos. La familia es algo mucho más serio que esa carga de sentimentalismo que hoy padecemos. La familia es una escuela de vida personal y social, en la que el modo de existir en cada edad va aprendiendo de los modos de existir de las demás edades. El niño aprende de jóvenes y adultos. Los jóvenes de niños y viejos. Y los viejos aprenden de todos y a todos enseñan, si es que no se les ha internado en eso que un colega mío llama "ancianarios". De ahí que sean tan interesantes y formativas las familias numerosas, en las que todos aprenden de todos, continuamente, cuestiones esenciales acerca del mundo y de la sociedad.Si me permiten esta confesión personal –a mí que no me puedo poner como ejemplo de nada– yo no cambiaría a mis ocho hermanos y hermanas por nada de este mundo. De mis padres y de ellos he aprendido casi todo lo que sé acerca del hombre en sociedad. Por lo que se refiere a la educación cívica, también aprendí bastante durante los años que viví en un Colegio Mayor Universitario. De manera que, desde hace unos treinta años a esta parte, el mundo no me ha enseñado nada esencialmente nuevo. Y, por supuesto, cuando crucé el umbral de la Universidad de Madrid, tras vencer la correspondiente resistencia paterna a que estudiara Filosofía y Letras, yo tenía muy claro que debía participar activamente en la vida intelectual y política de la Universidad, entonces en ebullición, lo cual me proporcionó experiencias, aventuras y riesgos que –como saben mis amigos y mis alumnos– son tan sorprendentes como largas de contar.

    Más voluntad de aventura de "arriesgar la vida" Me temo que el actual modelo de vida familiar y escolar –aunque sea más libre y menos severo– presenta un cierto carácter unívoco y monótono, que no facilita precisamente el crecimiento en las virtudes ciudadanas. La sociedad de hoy parece pensada a la medida del adulto infantilizado, ése que compone las millonarias audiencias de programas televisivos con encefalograma plano. Deberíamos tener más voluntad de aventura, más capacidad de riesgo, más disposición para esa actitud que Teresa de Ávila sintetizaba en la expresión "arriesgar la vida".Para "arriesgar la vida", la virtud más necesaria es, paradójicamente, la sobriedad, la templanza. Porque el exceso de comodidades y satisfacciones materiales embota la imaginación y la facultad de sorprender y dejarnos sorprender. Mucho más interesante que ese estado en el que "no falta de nada", es la actitud de estrenar la vida cada día, de no dejarse atrapar por la rutina y la mediocridad. Quien no sufre alguna carencia material se encuentra en la situación que los griegos llamaban apatheia, es decir, apatía. No sentir ni padecer es una de las mayores desgracias que a uno le puede deparar la vida y uno de los peores legados que se pueden transmitir a las generaciones jóvenes. Con lo cual también está íntimamente relacionada la virtud de la justicia, especialmente en su aspecto social, con relación a los más pobres y necesitados. Es un auténtico escándalo que una sociedad democrática y básicamente cristiana tolere que haya unas diferencias de nivel de vida clamorosas y, además, crecientes.

    La formación cívica ha de enraizarse en un ambiente de libertad, en un modo austero de comportarse, en actitudes estables de servicio, en hábitos de compartir lo que se tiene con los que más lo necesitan, en la fortaleza para denunciar la injusticia y no ser cómplices de la corrupción, en el compromiso de decir siempre la verdad… aunque se hunda el mundo, como decimos en Navarra. "Una palabra de verdad vale más que el mundo entero", reza el proverbio ruso que Solzenytsin incluyó en su discurso para la recepción del Premio Nobel del Literatura, ceremonia a la que las autoridades soviéticas le prohibieron asistir. "¿Qué puede la verdad contra la rueca de la violencia?", se preguntaba Solzenytsin en aquel discurso que nunca pronunció. A la actitud de amor a la verdad siempre le cabe decir que no: mientan todos ustedes, pero no cuenten para ello con mi colaboración; finjan que son honrados mientras participan en la corrupción, pero háganlo sin mi ayuda; pliéguense dócilmente a leyes inmorales que permiten el dominio de los más débiles por parte de los más fuertes, pero les anticipo mi desobediencia civil; difundan los medios de comunicación social todo tipo de falsos estereotipos acerca de instituciones y personas intachables, pero no esperen que yo les crea ni me haga eco de sus insidias y sectarismos. Desde luego, vivir el humanismo cívico resulta peligroso, pero –como decía Platón– es un "bello riesgo".Una actitud así, de seria rebeldía ante los poderosos de este mundo, no se puede mantener si no es con la ayuda de Dios. Por eso, el humanismo puramente secular o laico acaba en la inconsistencia y en el drama. La religión es el lazo de solidaridad más fuerte que une a personas de las más distintas condiciones e ideas. Y el cristianismo no sólo nos habla acerca de la verdad, sino que es la Verdad misma, encarnada por Jesucristo, que al mismo tiempo es Camino y Vida. Al menos en una tradición histórica y religiosa como la nuestra, no es posible una formación cívica sin un sólido fundamento cristiano. Lo cual no quiere decir que se haya de profesar el cristianismo porque es socialmente positivo. Más bien resulta socialmente positivo porque, como ha escrito Michel Henry en C'est moi la verité, el cristianismo es la Verdad misma, la verdad que libera, que se hace Vida y Camino para quienes se atreven a vivir como hijos de Dios. Claro aparece, entonces, que las exigencias sociales del cristianismo, sus demandas cívicas, serán mucho más altas y certeras que las que pueda transmitir cualquier doctrina científica, ética o política.

    Una visión cristiana de la vida La visión cristiana de la vida pone en el centro el amor a los demás, la solidaridad de quienes forman un sólo Cuerpo y saben que la salvación no es un asunto individualista. Todos dependemos de todos, en un sentido muy profundo y esencial. Por eso, una educación cívica cristiana y humanista ha de fomentar lo que Alasdair MacIntyre llama en su último libro "virtudes de la dependencia reconocida", entre las que se encuentran la generosidad, el agradecimiento, la compasión, el cuidado de discapacitados o enfermos, la alegría, la solidaridad y, en último término la misericordia o piedad.

    La propia independencia, la libre actuación personal, sólo se logra desde la base de la dependencia, y nunca la elimina del todo. Porque la libertad humana no consiste en la carencia de vínculos, sino en la calidad de esos vínculos y en la fuerza vital con la que uno los acepta y permanece fiel a ellos.

    La completa independencia o personal autonomía es una ficción que ya apuntaba en la satisfecha autarquía propuesta por la ética griega, y que se consideró como el gran ideal humano en la Ilustración moderna, especialmente en su versión kantiana. Las derivaciones actuales de este planteamiento son el utilitarismo y el emotivismo, que muchas veces se presentan asociados entre sí. El que es a un tiempo utilitarista y emotivista, piensa que sólo hay dos tipos de motivos para decidir la propia conducta. Uno de ellos es la elección racional, la rational choice, el cálculo de la mayor cantidad de bien posible para el mayor número de gente posible, aunque se presente el problema de qué género de bienes hemos de valorar más o menos, y resulta difícil decidir a qué gente se procura beneficiar, si especialmente a mí mismo y a los que me rodean, o bien a los que más lo necesiten; y si hemos de primar a los actuales habitantes del planeta, o hemos de comportamos de modo que no dejemos una tierra contaminada y desertizada a los que vengan después.

    El otro tipo de motivación es el que procede de los sentimientos de simpatía hacia otras personas; pero este emotivismo inmediato, si no está ordenado por hábitos morales firmemente adquiridos, conduce al relativismo ético y a la arbitrariedad sentimental.

    Está claro que tales planteamientos utilitaristas y emotivistas (dominantes en la ética actual) no dan cuenta de las relaciones –mucho más diversificadas y abiertas– que realmente se establecen entre las personas humanas. Nos encontramos en un continuo proceso de dar y recibir, casi nunca sometido estrictamente a la crispación egoísta del do ut des. La mayor parte de nuestras relaciones interpersonales no están motivadas ni por el cálculo racional ni por emociones inmediatas, sino que responden a relaciones de amistad, de familia o de trabajo, en las que muchas veces –y en algunos casos durante largo tiempo– ayudamos a otros sin esperar nada a cambio, o –lo que quizá es más difícil de aceptar– nos dejamos ayudar sin expectativas de poder devolver los favores en el futuro. Si los humanos sólo hiciéramos lo que pensamos que nos conviene o lo que enciende nuestras emociones inmediatas, casi todo quedaría por hacer; la sociedad se pararía, porque habría una gigantesca huelga de brazos caídos. Como han demostrado recientemente economistas que han merecido el Premio Nobel, las actividades que realizamos con mayor atención y cuidado son precisamente aquéllas por las que no recibimos ninguna retribución económica. Y, además, no es cierto que si todos buscan su interés egoísta, resultará de la suma y difusión de esos beneficios el interés general. Tal planteamiento neoliberal no funciona, entre otras cosas porque –como ha señalado Amartya Sen– en situaciones de extrema miseria (que afectan hoy día a un tercio de la población mundial), las personas no están en condiciones de pararse a pensar cuál es su interés, presionadas como se hallan por encontrar el puro y simple sustento diario.

    Sólo hay una ética En la base de no pocos de estos errores teóricos y prácticos se halla la separación entre ética pública y ética privada. La ética pública sería puramente procedimental, y se agotaría en el cumplimiento de las normas constitucionales y en el respeto al derecho positivo. En cambio, la ética personal se vería relegada exclusivamente al cerco privado, sin ninguna manifestación política o económica. Cuando lo cierto es que sólo hay una ética que, ciertamente, presenta aspectos privados y aspectos públicos, que no son delimitables entre sí de modo neto, ni se deben separar de manera drástica. Si alguien no es honrado o limpio en su vida personal o familiar, será muy raro que se comporte con honestidad en la esfera pública, porque le faltará el temple moral necesario para acometer acciones que sean a la vez justas y arduas, o para evitar comportamientos que seducen por su encanto inmediato pero acaban por corromper a las personas y perjudicar gravemente al bien común. Y, a su vez, si alguien no se conduce rectamente en el nivel público, ese desgarramiento existencial se traducirá rápidamente en las relaciones más íntimas y personales, según se manifiesta en la inestabilidad familiar de no pocas personas que están obligadas –por la autoridad que representan– a tener una conducta intachable en el terreno personal.La formación ciudadana presenta, por lo tanto, un carácter ético con esenciales proyecciones políticas, en el más amplio sentido de esta palabra. El hombre bueno ha de procurar, simultánea e inseparablemente, ser también un buen ciudadano, lo cual –sobre todo en el caso de regímenes injustos– no siempre supone el dócil seguimiento de las normas establecidas, sino puede implicar la resistencia civil que lleve a no cumplir leyes que prescriben o permiten comportamientos intrínsecamente malos, como es el caso del aborto provocado, la eutanasia, la retribución insuficiente del personal subordinado, el maltrato a extranjeros y emigrantes, el abuso de menores o la difusión indiscriminada de material pornográfico.Reducir la moral al ámbito exclusivamente personal, familiar o profesional, con abandono de la esfera estrictamente pública, es un enfoque burgués y completamente insuficiente de la ética. Nadie puede ser moralmente bueno en una campana de cristal, entre otros motivos porque tales reductos incomunicados ya no existen. En la nueva sociedad del conocimiento y la información se registra un altísimo grado de complejidad, según el cual los mensajes públicos están penetrando continuamente en el terreno privado, y las personas particulares han de tomar todos los día decisiones que afectan a otra mucha gente. Por otro lado, la inteligencia y el carácter de las personas se manifiestan más claramente en un entramado global de redes ciberespaciales que un mundo de máquinas y altas chimeneas.

    Lo que demanda la sociedad que está surgiendo en nuestras manos a comienzos del nuevo milenio es una nueva ciudadanía, mucho más activa y responsable, en la que las personas no se conformen con ser convidados de piedra en el concierto público, sino que ejerciten con energía y decisión su libertad social, su responsabilidad cívica y su creatividad cultural. Los nuevos ciudadanos, quienes habrán de tomar el relevo de la cosa pública dentro de pocos años, tendrán el honor y la carga de configurar ese mundo tan distinto al actual de una forma hondamente humana. Para ello necesitan aprender una asignatura que no está en los libros de texto ni se puede incluir en los planes de estudio. La formación cívica se adquiere como por ósmosis en la familia, en el colegio, en la Universidad, en las relaciones de parentesco y de vecindad. Esto pone en primer término la necesidad del buen ejemplo. Sólo el que conviva con buenos ciudadanos aprenderá a ser un buen ciudadano. En esta disciplina, todos somos maestros y discípulos a un tiempo. Cada uno de nosotros debe pensar: que no sea yo el que les falle.

    Revista "Nuestro Tiempo", I-II.01

    Hacer rendir el tiempo

    Tienes tal desorden en ti,
    que crearás tu propio infierno.
    Walter Starkie
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    Fortaleza y claridad interior

    Si de verdad vale la pena hacer algo,
    vale la pena hacerlo a toda costa.
    G. K. Chesterton
    Continúa leyendo Fortaleza y claridad interior

    Un nuevo modo de ver las cosas

    Muchos hombres no se equivocan jamás
    porque nunca se proponen hacer nada.
    J. W. Goethe
    Continúa leyendo Un nuevo modo de ver las cosas

    Tomar las riendas de la vida

    Las personas que intentan hacer algo y fracasan
    están definitivamente mejor
    que los que tratan de no hacer nada y lo consiguen.
    Anónimo
    Continúa leyendo Tomar las riendas de la vida

    Necesitas reflexionar

    Pensar es el trabajo más difícil que existe.
    Quizá sea esta la razón por la que haya
    tan pocas personas que lo practiquen.
    Henry Ford Continúa leyendo Necesitas reflexionar

    Educar el carácter en la familia

    Donde haya un árbol que plantar, plántalo tú.
    Donde haya un error que enmendar, enmiéndalo tú.
    Donde haya un esfuerzo que todos esquivan, hazlo tú.
    Sé tú el que aparta la piedra del camino.
    Gabriela Mistral
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