Alfonso Aguiló, “Jugar en equipo”, Hacer Familia nº 67, 1.IX.1999

Si a cualquiera nos preguntaran cuáles han sido las experiencias más enriquecedoras de nuestra vida, las que mejor conservamos en la memoria y recordamos con mayor satisfacción, casi siempre nos referiremos a vivencias personales dentro de un conjunto de personas a las que apreciamos. Quizá sea la familia, o un equipo de trabajo, o un grupo de personas dentro de un determinado ámbito cultural, o de un deporte, o de lo que sea.

Saber compartir, hacer equipo, sentirse unido a otras personas, es siempre gratificante, y también de ordinario un buen acicate para esforzarse, para mejorar. La presencia de otros nos inspira y estimula a un nivel quizá difícilmente accesible para nosotros yendo en solitario. De los demás aprendemos muchas cosas que nos enriquecen enormemente, y por ayudarles a veces nos sorprendemos haciendo cosas que quizá incluso no haríamos ni por nosotros mismos.

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Jérôme Lejeune, “Un mensaje que está en la vida y es la vida”

Este texto fue escrito por Jérôme Lejeune en 1973. Resume toda la fuerza de certeza científica de uno de los padres de la genética moderna, gran médico y gran científico, descubridor de numerosas enfermedades de origen genético, de las que la trisomia es la mas conocida.

“La genética moderna se resume en un credo elemental que es éste: en el principio hay un mensaje, este mensaje está en la vida y este mensaje es la vida”. Este credo, verdadera paráfrasis del inicio de un viejo libro que todos ustedes conocen bien, es también el credo del médico genetista más materialista que pueda existir. ¿Por qué? Porque sabemos con certeza que toda la información que definirá a un individuo, que le dictará no sólo su desarrollo, sino también su conducta ulterior, sabemos que todas esas características están escritas en la primera célula. Y lo sabemos con una certeza que va más allá de toda duda razonable, porque si esta información no estuviera ya completa desde el principio, no podría tener lugar; porque ningún tipo de información entra en un huevo después de su fecundación. (…). Continuar leyendo “Jérôme Lejeune, “Un mensaje que está en la vida y es la vida””

Juan Manuel de Prada, “De ratones y hombres”, ABC, 9.IX.1999

La secuencia que describo ya ha ingresado en la mitología del celuloide. Rutger Hauer interpreta a un replicante con fecha de caducidad que, en pleno delirio vesánico, se dispone a exterminar a Harrison Ford sobre las azoteas de una ciudad apocalíptica, arrasada por la lluvia ácida y la propaganda de neón. Rutger Hauer, que acaba de atrapar una aterida paloma y de cobijarla en su pecho, acaricia su plumaje mientras contempla con dilatada crueldad los esfuerzos desesperados de su enemigo; entonces, siente el frío hálito de la muerte infiltrándose en su respiración y se apiada de él. Luego, mientras se va quedando sin aliento, Rutger Hauer fija su mirada azul e hiperbórea en el gurruño de carne trémula en que ha quedado reducido Harrison Ford y le recita las bellezas irrepetibles que han desfilado ante sus retinas. «Todos esos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir», concluye, con alivio e impotencia, y doblega el cuello, mientras la paloma que resguardaba entre sus inertes manos vuela hacia lo alto, como un alma ebria de luz. De este modo tan sintético y desaforadamente bello, el replicante Rutger Hauer proclama su humanidad y demuestra que la memoria -como la piedad- es una facultad del alma.

El símil que Rutger Hauer elige para designar la extinción de sus recuerdos no parece fortuito. Podría haberlos comparado a briznas de hierba o motas de polvo, pero al otorgarles el rango de lágrimas está, a la vez que reconociendo su precariedad, vinculándolos con las pasiones, con los anhelos, con toda esa argamasa de sentimientos contradictorios que anida en algún recodo del hombre, más allá de los genes y las neuronas. Ahora unos científicos de Massachussetts nos proponen justamente lo contrario: según ellos, la memoria es una mera cuestión de neurotransmisores instalados en el córtex y el hipotálamo. Una manipulación genética infligida a unos ratoncitos ha bastado para mejorar sus dotes nemotécnicas, y ya se especula con la posibilidad de aplicar este experimento a los humanos, para combatir las enfermedades degenerativas de la memoria.

No hace falta profesar el creacionismo para entender que la memoria meramente utilitaria de un animal en nada se parece a la memoria emocional de los hombres, cuyos recuerdos no son meros mecanismos que regulen nuestros hábitos o rutinas, sino también expresiones perennes de una capacidad que nos permite organizar nuestras percepciones según la intensidad con que rozaron nuestra alma (¿debo pedir perdón por emplear esta palabra?). El hombre, a diferencia de los ratones, no recuerda las rutinas que ejecutó hace apenas unas horas o unos días, pero en cambio recuerda el sabor efímero de unos labios, el arañazo lento de la soledad, el sol dorado de la infancia, el ardor repentino del odio. En Massachussetts han conseguido hacer más vívida la percepción que unos ratones poseen de sus rutinas, pero no veo en qué se parece esto a la memoria lírica del hombre, capaz de conservar en ámbar el rescoldo de un amor de adolescencia o el dolor con que nos vapulea la muerte de un ser querido. Esta memoria emocional no creo que pueda depender nunca de genes manipulados, pues es patrimonio del alma, y no sigo con la cita calderoniana porque mis lectores ateos se me rebotarían.

Quizá algún día consigan sintetizar en algún laboratorio de Massachussetts o Pernambuco una droga que estimule nuestra memoria utilitaria, de tal modo que los viejecitos enfermos de alzheimer, en lugar de zurrarse en la ropa, aprendan el camino del retrete, pero nunca conseguiremos rescatar esos continentes hermosos que, como lágrimas en la lluvia, se van disgregando lentamente, mientras viajamos hacia la eterna noche. Esa memoria lírica permanecerá impermeable a la química, y seguirá volando libre, ebria de luz, hacia regiones que no figuran en ningún atlas genético.

Alfonso Aguiló, “El riesgo de la lentitud”, Hacer Familia nº 65-66, 1.VII.1999

Hay gente que un día le salen diez cosas bien y sólo una mal, y llega a su casa en estado de desánimo total. ¿Por qué? Porque permite que esa pequeña cosa que resultó mal deje flotando en su memoria una imagen negativa que llena casi por completo la “pantalla” de su mente. Ha pasado ese día por muchas cosas positivas, pero tiene la habilidad —la desgracia— de no considerarlo apenas. Es como si todo lo positivo quedara de inmediato arrinconado en su memoria. Sólo lo negativo queda bien grabado. Lo demás, pasa sin pena ni gloria, y en poco tiempo queda reducido a imágenes borrosas, grises, lejanas, como viejas fotos desvaídas.

A veces, por ejemplo, se deteriora una amistad, o un matrimonio, o una relación profesional, simplemente porque uno tiende a recordar y almacenar experiencias desagradables sufridas en la relación con esa persona, mientras que las agradables enseguida pierden relieve en la memoria.

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Alfonso Aguiló, “El atractivo de la virtud”, Hacer Familia nº 64, 1.VI.1999

A veces uno tiende equivocadamente en su interior a etiquetar como desagradables, por ejemplo, determinadas personas, o determinadas tareas, o determinados aspectos relacionados con la mejora del carácter, y no se da cuenta de hasta qué punto le perjudican esos vínculos mentales que se han ido estableciendo en su mente, de manera más o menos consciente.

Ante posibles puntos concretos de mejora personal que advertimos en nuestra vida (vemos, por ejemplo, que deberíamos ser más pacientes, o menos egoístas, más ordenados, menos irascibles, o lo que sea), es frecuente que tendamos a ver esos objetivos como metas muy lejanas, o como algo poco asequible a nuestras fuerzas. Lo vemos quizá como avances apetecibles, sí, pero que alcanzarlos requeriría tal esfuerzo que sólo pensarlo nos produce ya un notable rechazo. Lo percibimos como algo fatigoso y agotador, o que nos llevaría a un estilo de vida de demasiada tensión.

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Juan Manuel de Prada, “El Papa está viejo”, ABC, 14.VI.1999

De unos años acá, se ha desatado un debate mediático (si el oxímoron es tolerable) sobre la salud del Papa Wojtyla. Aprovechando cada una de sus comparecencias públicas, nos obsequian con primerísimos planos de su rostro golpeado por el cansancio, de sus manos agitadas por el parkinson, de sus andares torpes y vacilantes. Se han filmado, con intachable obscenidad, sus desvanecimientos súbitos, sus incursiones en la somnolencia, sus dificultades para articular un discurso en voz recia y elocuente. Las cámaras pertrechadas de «zoom» y teleobjetivo se han dedicado a explorar con tesón topográfico el mapa pobladísimo de sus arrugas, la palidez exhausta que a veces asoma a su rostro, el vitíligo que infama su piel, el brillo herido de su mirada. En toda esa avalancha de imágenes uno no descubre sino pornografía y vileza, casi tanta como en las observaciones malévolas o jocosas que algunos exegetas de esas mismas imágenes deslizan, regodeándose en la endeble salud del Papa, en su ancianidad esquilmada y casi moribunda. Parece que, por debajo de toda esta avilantez chusca, se estuviese insinuando: ¿qué signos de vitalismo podemos esperar de una institución que confía su jefatura a un viejo chocho? Cada uno de sus viajes pastorales, se convierte en una excusa renovada para que esta legión de carroñeros lancen sus pullitas; el último tropezón del Papa en Polonia, saldado con una brecha que condecora su cráneo, ha desatado un nuevo cafarnaum de comentarios chistosos o mostrencos. Prescindiendo de adhesiones religiosas, quisiera hoy mostrar mi admiración por ese viejo que agota sus días en el cumplimiento de la misión que le ha sido asignada. Como el soldado que siente una y otra vez el beso cruento de la espada pero se niega a abandonar el campo de batalla, Wojtyla merece el aplauso y la reverencia que se profesa a los héroes, esa especie en peligro de extinción. Que, en pleno desprestigio de la vejez (una edad que la agresividad analfabeta de nuestras sociedades ha desterrado a un arrabal de piadosa desidia), un hombre decida exponer al escrutinio público las heridas minuciosas que los años le han ido dejando y se levante cada mañana, sobreponiéndose al reúma y a las cicatrices del alma y de la carne, para seguir pronunciando su verdad refractaria a las modas, me parece un espectáculo de incalculable belleza. Esa vejez fecunda que se inmola ante las multitudes constituye uno de los emblemas más esperanzadores de una civilización que ya agoniza. Quizá no creamos en el evangelio que propaga, ni en la jerarquía que lidera, ni en la raíz divina de su mandato, pero la valentía de un viejo que carga con la cruz de una existencia extenuadora, para seguir ejercitando su vocación, no puede ser despachada con una sonrisita sarcástica. Hay demasiada abnegación en su gesto, hay demasiado heroísmo en su figura desvencijada, hay demasiado entusiasmo en la actitud de un viejo que prefiere el polvo y los abrojos del camino a la molicie de su palacio vaticano.

Los griegos, que fueron los progenitores de nuestra cultura, cantaron la cólera de Aquiles, pero también la elocuencia de Néstor. Sin los discursos de Néstor, no hubiese sido posible la conquista de Troya, porque las palabras de aquel anciano inclinado sobre su bastón supieron templar las pasiones que agitaban los pechos aqueos. Hoy, cuando tantos politicastros y titiriteros de la demagogia se esfuerzan por preservar un aire juvenil, temerosos de que los sondeos de popularidad anuncien su declive, se agiganta la figura de Wojtyla, ese viejo fatigador del atlas. No se me ocurre imagen más enaltecedora y vitalista que la de un anciano queriendo morir con las sandalias puestas y los labios bautizados de palabras.

Alfonso Aguiló, “Sentimientos de insatisfacción”, Hacer Familia nº 63, 1.V.1999

Se dice que los dinosaurios se extinguieron porque evolucionaron por un camino equivocado: mucho cuerpo y poco cerebro, grandes músculos y poco conocimiento.

Algo parecido amenaza al hombre que desarrolla en exceso su atención hacia el éxito material, mientras su cabeza y su corazón quedan cada vez más vacíos y anquilosados. Quizá gozan de un alto nivel de vida, poseen notables cualidades, y todo parece apuntar a que deberían sentirse muy dichosos; sin embargo, cuando se ahonda en sus verdaderos sentimientos, con frecuencia se descubre que se sienten profundamente insatisfechos. Y la primera paradoja es que ellos mismos muchas veces no saben explicar bien por qué motivo.

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Alfonso Aguiló, “Soluciones inteligentes”, Hacer Familia nº 62, 1.IV.1999

Ya hemos dicho en otras ocasiones que, por lo general, el problema de la mayoría de las personas no es que carezcan de recursos. Su principal dificultad suele ser que carecen del necesario control sobre los recursos personales que ya poseen.

Acudamos a una comparación. El director de una película, o de un reportaje televisivo, puede obtener efectos muy distintos de una misma realidad que está filmando. El ángulo y el movimiento de la cámara, el tipo de música de fondo y su volumen, el color y la calidad de la imagen, etc., pueden crear en el espectador impresiones enormemente diferentes. Hay todo un conjunto de detalles que influye mucho en los sentimientos que una misma realidad puede generar en quien la vive o la presencia.

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Alfonso Aguiló, “¿A qué puedo llegar?”, Hacer Familia nº 61, 1.III.1999

Imaginemos una persona convencida de que no sirve para algo determinado. Por ejemplo, se ha convencido de que es un mal estudiante. Con esa expectativa de fracaso, ¿qué proporción de sus recursos personales será capaz de movilizar? Parece obvio que la mayor parte de su potencial quedará inactivo. Esa persona ya se ha dicho así mismo que no sabe, que no se le da bien eso de estudiar, que nunca podrá ser un estudiante brillante. Lo malo es que el problema se agrava con su primera consecuencia: si comienza las clases o las horas de estudio con esas perspectivas, ¿qué actitudes tomará? ¿Serán actitudes seguras, positivas, firmes, enérgicas? ¿Reflejarán sus verdaderas posibilidades? Lo más probable es que no.

Cuando una persona está convencida de que va a fracasar, ¿qué motivos tiene para poner un esfuerzo intenso y constante? Empieza con unas convicciones que subrayan lo que no puede hacer, y esas convicciones refuerzan actitudes de pasividad, de titubeo, de falta de firmeza. Movilizará una parte muy pequeña del potencial de sus recursos personales. ¿Qué resultados se derivarán de todo esto? Con toda seguridad serán unos resultados mediocres, en el mejor de los casos. Y esos resultados mediocres muy posiblemente reforzarán su convencimiento negativo inicial, la mala valoración que esa persona hace de sí misma, que estuvo en el origen del problema: no sirvo para estudiar, y esto no cambiará.

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Alfonso Aguiló, “La admiración”, Hacer Familia nº 60, 1.II.1999

Como ha escrito Miguel Angel Martí en su ensayo titulado “La admiración” (Eunsa, 1997), todo hombre, por el mero hecho de serlo, se siente llamado a interpelarse y a interpelar la realidad que le rodea; y sin admiración, su vida se convierte en algo anodino, termina perdiendo sentido.

No es la vida quien enseña, lo que realmente enseña es la lectura que nosotros hagamos de ella. No es suficiente ver las cosas, es necesario mirarlas bien para descubrir ese algo de nuevo que siempre llevan consigo, y se necesita tener un alma joven y una sensibilidad bien cultivada para mantener el espíritu receptivo a esos guiños con que la realidad nos sorprende de continuo.

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