Juan Domínguez, “Abusos sexuales y celibato en África”, Aceprensa, 25.IV.2001

Cuando se habla de la difusión del SIDA en África se hace hincapié sobre todo en la pobreza y en las deficiencias de los sistemas sanitarios. Sin negar esto, cada vez es más claro el papel que tiene la promiscuidad sexual y la falta de respeto a la mujer en la extensión de la epidemia en el África subsahariana.

En Sudáfrica, según cálculos de Naciones Unidas, una de cada ocho personas de 15 a 49 años está infectada. Pero un dato más impresionante es que entre las chicas de 15 a 19 años el 21% tienen el virus, proporción superior a la de los chicos de la misma edad.

Este mayor riesgo es en buena parte consecuencia de los abusos sexuales que sufren las mujeres en un clima de promiscuidad.

Un reciente informe de una ONG norteamericana, Human Rights Watch (HRW), revela cómo en Sudáfrica esa cultura de abuso contra las mujeres ha anidado también en los colegios, donde abundan los casos de violaciones y acosos sufridos por chicas a manos de alumnos y profesores. Voluntarios de HRW, que contaron con la asistencia de representantes de ONG locales, visitaron ocho centros públicos de tres provincias distintas, pudiendo entrevistar privadamente a 36 víctimas de abusos. Los resultados del estudio (disponibles en Internet: www.hrw.org), coinciden en subrayar el desvalimiento de las menores que sufren el acoso de compañeros de clase o alumnos de mayor edad. No son sólo incidentes aislados, sino un fenómeno extendido: “Hemos encontrado que chicas de todos los niveles sociales y de todos los grupos étnicos sufren violencia sexual en la escuela”, dice el informe.

El estudio denuncia la falta de rigor disciplinario de las autoridades educativas para perseguir y sancionar estas conductas. La situación de permisividad provoca que las chicas teman denunciar los abusos ante la posibilidad de generar el rechazo de su entorno escolar. Es sabido que para una mujer sudafricana no es fácil sustraerse a la voluntad del varón en materia sexual, produciéndose verdaderas violaciones en el entorno de las relaciones entre jóvenes y también en las de alumnas con profesores. A partir de la proliferación del SIDA, la conducta sexual de los varones no ha dudado en buscar sexo seguro en las más jóvenes.

Las sanciones a penas de cárcel por estas conductas son rarísimas, sobre todo porque las escuelas prefieren tratar los abusos sexuales contra alumnas como asuntos internos. Lo habitual es que las autoridades escolares tiendan a minimizar la importancia de las denuncias. La expulsión de un profesor o de un alumno implicado en casos de violencia sexual es muy rara. Se dan casos en que las víctimas de los abusos reciben a cambio de su silencio la promesa de mejores calificaciones o una modestísima cantidad de dinero. Es llamativo que este informe de Human Rights Watch apenas haya tenido eco en la prensa, con excepción de The Economist (31III2001). Más sorprendente si lo comparamos con la cobertura informativa que poco antes se dedicó a las investigaciones emprendidas por el Vaticano sobre abusos sexuales a monjas en África por parte de sacerdotes del clero local. Sin duda, el tema era noticia. Otra cosa es su utilización e interpretación. En España, sin aportar nuevos datos, un periódico como El País dedicó varios artículos a achacar este problema a los males que provoca el celibato sacerdotal. Las mujeres víctimas de estos abusos desaparecieron rápidamente de la información.

La sensibilidad por este problema tendría que llevar a centrar la información en estas mujeres, sean o no monjas, sean los que sean los agresores. Ciertamente, ni los profesores ni los compañeros que abusan de las escolares sudafricanas están comprometidos a vivir el celibato. Así que el problema debe de tener otros orígenes en la cultura de estos países. Quizá lo entenderíamos mejor si no instrumentalizáramos los problemas africanos para montar polémicas teológicas sobre el celibato de los curas.

Juan Manuel de Prada, “Ergástulo” (inmigración), ABC, 23.IV.2001

Así llamaban los romanos al cuchitril inmundo donde vivían hacinados los esclavos, rebozados en la mugre de sus propias defecaciones, como bestias que aguardan el alivio de la muerte. La gloria de Roma se levantó sobre el sometimiento de los pueblos conquistados, a cuyos pobladores ni siquiera se les reconocía el estatuto jurídico de persona; también hoy nuestro bienestar de países prósperos, ensimismados en la opulencia, se erige sobre una ciénaga similar. Acaban de descubrir, en la provincia de Huelva, unos ergástulos donde se apretujaban hasta cien hombres llegados desde los extrarradios del Imperio. He escrito cien hombres, pero quizá debiera haber escrito cien fantasmas sin existencia jurídica, condenados a extenuarse en un trabajo sin remuneración, para después recluirse en estos ergástulos sin aire ni agua corriente, como letrinas en las que lentamente se va pudriendo la carne, hasta quedar reducida a puro excremento. Quizá el descubrimiento de estos ergástulos carezca de novedad; pero el mayor peligro de la abyección es que, cuando se convierte en rutina, deja de repugnarnos. La abyección, que al principio nos perfora la inteligencia y el sentimiento con su fetidez, acaba conviviendo con nosotros, como un animal doméstico, y cuando queremos reaccionar contra ella ya es demasiado tarde, porque se ha enquistado en nuestros hábitos.

Los esclavos confinados en los ergástulos onubenses se dedicaban a la recolección de la fresa. Desde hacía semanas o meses habían dejado de cobrar el estipendio misérrimo que les había prometido su dueño, pero seguían doblegando la espalda ante la tierra, con la esperanza quizá de morir reventados, porque la muerte es la única recompensa que anhela el esclavo. Al anochecer, se recluían en sus ergástulos y se derrumbaban sobre unos jergones renegridos de llanto, sobre los que dormían, aletargados por los miasmas que desprendían sus cuerpos, hasta que el dueño de la finca aporreaba las paredes de chapa del ergástulo, advirtiéndoles que el sol ya bautizaba el suelo. Desde sus barracones de sombra, los esclavos regresaban a la vigilia, maldiciéndose por haber llegado a creer, mientras dormían, que no iban a despertar nunca, que sus almas habían emigrado al paraíso de los esclavos, dejando tras de sí unos cadáveres exhaustos. Pero ese sueño de beatitud se disipaba, mañana tras mañana, para devolverlos a una vida que no merecía la pena ser vivida, emparedada en un ergástulo.

Si la gloria de Roma, que abarcó por igual el esplendor arquitectónico, la invención del derecho y las más refinadas cúspides de la literatura, nos repugna porque se abasteció con el sudor y la sangre de hombres sojuzgados, ¿qué sentimiento debe convocarnos la existencia de estos ergástulos onubenses? En ellos se cobija la leprosería moral de una sociedad que respira el aire de su propia abyección, inmunizada ya contra la piedad, inmunizada también contra el espectáculo sórdido de la vida reducida a esclavitud. El problema de la inmigración, que tantas proclamas partidarias suscita, no puede solventarse sólo con regulaciones más o menos restrictivas, con una vigilancia más o menos relajada, con pronunciamientos más o menos altisonantes. Lo que se está dirimiendo es algo mucho más importante, nada más y nada menos que la esencial dignidad del hombre. Occidente no puede seguir fingiendo que los ergástulos son invisibles; la marea de los hambrientos se ha puesto en marcha, y contra ese movimiento arrasador es inútil interponer diques y aduanas. La solución de volver el rostro hacia otro lado sólo contribuirá a que la abyección se enquiste, pero los ergástulos siempre acabarán asomando, aquí y allá, como chancros que supuran podredumbre y desenmascaran nuestras falsas beaterías solidarias. Podremos urdir cientos de leyes, podremos idear miles de estrategias conjuntas con nuestros socios de la Unión Europea del Imperio Romano, pero a la postre, las razas del hambre sólo admitirán dos destinos: el ergástulo de la esclavitud o el reparto de nuestra riqueza. En la elección de ese destino se debate la vergüenza de Occidente.

Alfonso Aguiló, “El riesgo del autoengaño”, Hacer Familia nº 86, 1.IV.2001

Cuentan sus biógrafos que, hasta su suicidio bajo la cancillería de Berlín el 30 de abril de 1945, Adolf Hitler fue sufriendo un paulatino proceso de huida de la realidad, una necesidad constante de autoengañarse y de recibir noticias favorables. Sobre todo a partir de la entrada de Estados Unidos en la guerra, Hitler fue entrando cada vez más en un mundo de ficción creado por sí mismo. Es indudable que poseía una portentosa inteligencia, pero prefirió engañarse, y su engaño le llevó a huir de la realidad de una manera sorprendente. De hecho, a mediados de aquel mes de abril de 1945, cuando los tanques del mariscal soviético Zhukov estaban ya a pocos kilómetros de la puerta de Brandenburgo, Hitler repetía a gritos ante su Estado Mayor, dentro de su refugio subterráneo, que los rusos sufrirían una sangrienta derrota ante las puertas de Berlín.

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Manuel Ordeig Corsini, “La castidad matrimonial”, Palabra, IV.2001

El amor conyugal puede considerarse como la cúspide del amor de amistad. En él, la entrega del amante es total, sin reservas: encuentra la propia felicidad en hacer feliz al otro con el don de sí mismo (cfr. Humanae vitae, 9). «De ahí la absoluta necesidad de la virtud de la castidad…, energía espiritual que sabe defender al amor de los peligros del egoísmo y promoverlo hacia su plena realización» (Familiaris consortio, 33).

El matrimonio, cauce para expresar la donación total La institución natural que garantiza la estabilidad necesaria para el amor, protegiendo sus derechos y deberes, es la familia basada en el matrimonio: un acuerdo entre hombre y mujer para compartir en exclusiva la vida entera. Aun con diferentes fórmulas jurídicas, todos los pueblos han reconocido la familia y el matrimonio como elementos básicos de su cultura.

El matrimonio es el ámbito donde las relaciones sexuales resultan lícitas y honestas (cfr. Gaudium et Spes, 49). Fuera de él, la moral cristiana desaprueba tales relaciones, aunque exista un cariño sincero y una intención futura de contraer matrimonio.

Dentro del matrimonio, las relaciones íntimas son fuente y manifestación del amor: «significan y fomentan la recíproca donación con la que (los esposos) se enriquecen mutuamente» (Ibid., 9). Llevadas a cabo con rectitud, favorecen las virtudes básicas de la vida cristiana e impulsan la madurez humana y espiritual de la persona. Esta rectitud interior, sin embargo, marca también unos límites a la propia conciencia: como en tantos otros ámbitos de la vida, no todo lo que se puede hacer, se debe hacer. La castidad, en su aspecto conyugal, ayuda a delimitar lo que es propiamente acto virtuoso de lo que no lo es.

Los actos conyugales, como expresión de donación y amor generoso, deben anteponer siempre el bien y la voluntad ajena a la propia (cfr. HV, 9). En este sentido, cada cónyuge tiene la obligación en justicia de acceder a la petición razonable del otro. Negarse sistemáticamente, o hacer muy difícil la relación, es un pecado contra la justicia debida a quien tiene el derecho –por contrato conyugal– sobre el propio cuerpo.

Dios está presente en todas las relaciones humanas, también en las conyugales. Quiere esto decir que no será lícito aquello que ofenda a Dios por atentar contra su voluntad, que en este caso se manifiesta a través de la naturaleza propia de la sexualidad humana y de sus condiciones anatómicas y fisiológicas. Contradice la ley de Dios, por tanto, todo acto hecho contra-natura: de forma no adecuada al modo natural de ejercitar la sexualidad. La razón estriba en que ese acto no estaría guiado por el amor, sino por un egoísmo capaz de anteponer el capricho personal al bien natural establecido por Dios. Por eso iría contra la virtud de la castidad.

Vida familiar y relaciones conyugales La vida familiar es compleja. El amor esponsal no se reduce a las relaciones íntimas entre cónyuges. El día a día de la convivencia familiar está hecho de pequeños detalles que pueden acrecentar o consumir el amor. El trato delicado, el respeto hacia el otro, la memoria de sus gustos, evitar lo molesto…, contribuye a que el amor discurra por cauces pacíficos y saludables. Por el contrario, las intemperancias, los desprecios y, en casos extremos, la violencia verbal o física, hacen difícil la continuidad del amor.

¿Tienen algo que ver estas actitudes con la virtud de la castidad? Un refrán castellano dice: «en la mesa y en el juego se conoce al caballero». Puede aplicarse en mayor medida a las relaciones conyugales. No se trata aquí ya de una moral minimalista –de lo que es pecado o no–, sino de ver cómo esas relaciones pueden enriquecer el amor matrimonial. Por principio, el amor se expresa y crece en la mutua relación y donación; pero si ésta reúne determinadas condiciones, el progreso será señaladamente mayor.

Hay que tener en cuenta que en cualquier acto conyugal intervienen dos personas, con las diferencias psíquicas y caracteriológicas correspondientes. Será imprescindible, pues, articular la relación sobre la generosidad: no buscar tanto la propia satisfacción, sino la de la persona que se ama. Y decir “satisfacción” no se refiere sólo al placer físico, sino a un conjunto numeroso de condiciones que contribuyen a la felicidad ajena: la delicadeza, el respeto por su libertad, el conocimiento de sus gustos, la perspicacia para captar su estado de ánimo, etcétera.

Unas relaciones conyugales así vividas no sólo unen más a los esposos, sino que influyen positivamente en toda la vida familiar. La comprensión mutua, el deseo de ayudarse unos a otros, el esfuerzo por superar el propio egoísmo, etcétera, mejorarán paralelamente al progreso de la generosidad en las relaciones íntimas del matrimonio.

La castidad, por tanto, no atañe sólo a las cuestiones relativas al uso de la sexualidad, sino, antes, a tantos detalles menores que conducen «al que la practica a ser ante el prójimo un testigo de la fidelidad y ternura de Dios» (Catecismo de la Iglesia Católica (CCE), 2.346). Caridad y castidad crecen siempre de la mano.

Un camino de santidad El matrimonio –con todo lo que incluye– es un camino cierto de santidad cristiana. El sacrificio es uno de los ingredientes del seguimiento de Cristo, y se da en el matrimonio cada vez que uno de los cónyuges se olvida de sí mismo (sus gustos, sus intereses) para atender las necesidades del otro o de los hijos.

En las relaciones matrimoniales se encontrarán no pocas ocasiones de mortificar las propias apetencias para preocuparse del otro. Serán sacrificios habitualmente menudos, ordinarios, pero no por ello menos importantes en orden a la santidad de los fieles cristianos corrientes.

Esto incide en una cualidad fundamental de la castidad cristiana: no se trata de un ejercicio ascético de renuncia; en su esencia es un don de Dios. Ciertamente supone lucha, como toda virtud moral; pero es gracia que el Espíritu Santo concede en el bautismo y en el sacramento del matrimonio (cfr. CCE, 2.345). De ahí la necesidad absoluta de la oración humilde para pedir a Dios la virtud de la castidad (cfr. Juan Pablo II, Enchiridion familiae, V, 4197).

Los hijos, fruto de la donación total Cuando el amor y sus manifestaciones son rectos, el fruto natural son los hijos. La apertura a los hijos es la garantía de licitud de todo acto conyugal. Lo cual no quiere decir lógicamente que cada acto sea generador, sino que no se deben poner obstáculos intencionados para evitarlo.

Así planteado, surge la cuestión acerca del número de hijos que debe aceptar un matrimonio. En recuadro anexo se habla con detalle de la paternidad responsable. Aquí recordamos que los hijos son un don de Dios: premio a la generosidad del amor de los padres y vehículo para que éstos reflejen la paternidad divina (cfr. FC, 14).

Criar y educar a los hijos tiene sus dificultades, como cualquier cometido; pero también sus grandes satisfacciones. No es cierto que sea más fácil educar a un hijo que a muchos; ni que se le haga más feliz al proporcionarle más juguetes que hermanos. Las familias numerosas suelen ser, con mucho, las más alegres –aunque quizá dispongan de menos cosas materiales–; de tal manera que es bastante habitual que una casa con muchos hijos sea centro de atracción de numerosos amigos y amigas, que encuentran allí ese algo especial que tienen las familias numerosas.

Las dificultades Las particularidades del mundo actual fomentan el egoísmo: hedonismo, consumismo, etcétera. Alcanzar en este contexto un amor generoso que lleve a dar y a darse sin buscar recompensa, presenta ciertamente obstáculos nada despreciables.

Vivir la castidad en las relaciones conyugales entre las constantes incitaciones actuales al erotismo (películas, conversaciones, relaciones sociales), siendo fiel al propio cónyuge sin dar cabida –ni de pensamiento– a la infidelidad matrimonial, tampoco es fácil. Lo mismo que no lo es resistir las fuertes campañas oficiales organizadas –con excusas sanitarias engañosas– a favor de sistemas contraconceptivos de diverso tipo.

En todos estos casos, vivir la castidad –fuera y dentro del matrimonio– supone caminar contra-corriente de las modas y estilos imperantes. El entorno social es, en muchas ocasiones, la primera fuente de prejuicios o escarnios; por ejemplo, ante un número elevado de hijos. Lo cual se suma a las dificultades económicas que frecuentemente conlleva una familia numerosa.

Los obstáculos existen, pues, y sería una ingenuidad ignorarlos. Ante ellos la solución es aumentar la confianza en Dios y pedir con constancia la ayuda de su gracia. En el terreno práctico, esta actitud conduce a reforzar la vida cristiana (oración y sacramentos); a mejorar la propia formación en la fe (estudio y dirección espiritual); a luchar en los pequeños detalles (imaginación, curiosidad, pudor) que, sin llegar quizá a pecado, fomentan la sensualidad desordenada; a buscar un ámbito o comunidad de referencia –parroquia, instituciones– que ayuden a la familia a sentirse acompañada y apoyada por quienes participan del mismo ideal de santidad, etcétera.

Toda virtud se fortalece ante las dificultades. La castidad también. Con la ayuda de Dios, esos obstáculos se convierten en ocasión de acrisolar la santidad personal a la que estamos llamados por cristianos. n EL SIGNIFICADO DE LA SEXUALIDAD HUMANA El hombre es espíritu encarnado: no se da en abstracto, sino en forma masculina o femenina. La sexualidad es una característica esencial: sólo se es persona siendo varón o mujer. Por ello, en cierto sentido, cada persona está creada para ser en comunión con otra de sexo diferente. Esto no significa que los solteros o célibes sean incompletos como persona, sino que la plenitud de la unidad humana se alcanza en el darse y recibir del amor. Ahora bien, al no ser sólo cuerpo, el don de sí es don de la entera persona, no sólo de su dimensión sexuada.

La consumación de la sexualidad, por sí misma, se abre al hijo, que no es tanto el solo resultado de un acto físico, sino «sacramento –fruto visible– del don del amor» (Livio Medina, en Amor conyugal y santidad). La fecundidad, al no ser debida, es un don: la bendición de Dios a la entrega plena de los cónyuges. El amor alcanza así la cualidad oblativa propia del amor más noble.

La entrega sexual entre hombre y mujer sólo debe tener lugar en el ámbito del matrimonio, único y para siempre. «Dejará el varón a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y serán una sola carne» (Gen 2,24). Se trata de una entrega tan completa que debe verse amparada por una institución natural que la proteja. Lo contrario dejaría desguarnecido ese amor que, por su misma naturaleza, es definitivo: no cabe amar de verdad por una temporada, ni compartir tal amor con otros; esto desvirtuaría las relaciones conyugales, reduciéndolas a un mero pasatiempo corporal.

La unidad de cuerpo y espíritu conduce a que el amor entre varón y mujer se exprese corporalmente. Esto tiene una contrapartida importante: no es posible hacer un uso frívolo de la sexualidad sin comprometer la parte superior y trascendente del hombre (cfr. FC, 11).

Quien plantea el sexo como un juego, acaba esterilizando las fuentes más hondas del amor. Si no se corrige, su capacidad de amor de amistad y de benevolencia irá progresivamente agostándose. Sólo desarrollará el amor de concupiscencia; y el egoísmo que éste multiplica le impedirá alcanzar la felicidad que busca al fomentar el solo placer.

La virtud de la castidad, al integrar la sexualidad en el conjunto de la persona, defiende la unidad interior del hombre (cfr. CCE, 2.337) y se muestra como una escuela de crecimiento en la caridad, resumen de todo deber del hombre con Dios y con su prójimo.

A PROPÓSITO DE LA PATERNIDAD RESPONSABLE En no pocos matrimonios la cuestión de la castidad conyugal se vincula subjetivamente al número de hijos que están dispuestos a tener. La licitud en la limitación de los hijos, primeramente, y los métodos para conseguirlo, en segundo lugar, provocan los mayores interrogantes morales a los esposos católicos. También las discordantes respuestas que encuentran a veces en algunos teólogos y sacerdotes, les producen no pequeño desconcierto.

Enseña el Magisterio de la Iglesia: «La paternidad responsable se pone en práctica ya sea con la deliberación ponderada y generosa de tener una familia numerosa, ya sea con la decisión, tomada por graves motivos y en el respeto a la ley moral, de evitar un nuevo nacimiento durante algún tiempo o por tiempo indefinido» (Humanae vitae, 10).

Paternidad responsable no coincide, pues, con paternidad reducida o escasa. Puede ser igualmente responsable la paternidad numerosa: depende de las circunstancias. No obstante, es frecuente que un matrimonio se pregunte: ¿podemos limitar –de acuerdo con la moral católica– el número de hijos a uno, dos, tres? La constante advertencia de la Iglesia es que el amor auténtico es siempre generoso y que «todo acto matrimonial debe quedar abierto a la transmisión de la vida» (HV, 11), que «es siempre un don espléndido del Dios de la bondad» (FC, 30). «Esta doctrina, muchas veces expuesta por el Magisterio, está fundada sobre la inseparable conexión que Dios ha querido y que el hombre no puede romper por propia iniciativa, entre los dos significados del acto conyugal: el significado unitivo y el significado procreador» (HV, 12).

La decisión sobre el número de hijos La Iglesia, como madre que es, hace suyas las dificultades de algunos esposos para criar y educar un número elevado de hijos (cfr. Carta a las Familias, 12). En los casos difíciles es legítima una paternidad restrictiva, si se encauza respetando lo indicado sobre la inseparabilidad entre la dimensión unitiva y procreativa del acto conyugal.

La decisión de limitar el número de hijos es algo que sólo compete a los mismos esposos, con una elección que deberá ser recta –sin egoísmos que la desfiguren–, conforme a los criterios morales, y valore con justicia las razones que les mueven a esa limitación.

Tales razones no pueden ser banales. Deben existir «graves motivos» (HV, 10), o «razones justificadas» (CCE, 2.368), que aconsejen el retraso de un nuevo nacimiento. Además de la autenticidad del amor conyugal, está en juego la vida de una persona humana, y eso es algo muy serio: «sólo la persona es y debe ser el fin de todo acto» (Carta a las Familias, 12). No es suficiente, por tanto, un superficial convencimiento subjetivo; los padres «deben cerciorarse de que su deseo no nace del egoísmo, sino que es conforme a la justa generosidad» (CCE, 2.368); y esto requerirá habitualmente el consejo experimentado de alguien conocedor de las circunstancias y de la alta vocación a la santidad a que son llamados los fieles cristianos y sus familias.

Por otra parte, los motivos pueden variar con el tiempo, lo que ha de llevar a los esposos a replantearse la validez de su decisión, tomada en circunstancias diferentes.

Los medios a emplear En el caso de que una responsable paternidad oriente a un matrimonio a limitar el número de hijos, los esposos se plantean inmediatamente qué medios pueden emplear con tal fin. Sobre ello la doctrina de la Iglesia es clara y unánime. Tanto la decisión sobre el número de hijos como los medios para llevarla a cabo están definidos por la moral católica.

«Toda acción que, en previsión del acto conyugal, o en su realización, o en el desarrollo de sus consecuencias naturales, se proponga, como fin o como medio, hacer imposible la procreación» es intrínsecamente deshonesta (HV, 14).

Es pecaminosa, por tanto: toda interrupción voluntaria del acto conyugal; la esterilización –quirúrgica o farmacológica– de la mujer o del varón; y el uso de instrumentos –diafragmas, preservativos– o de substancias químicas que impiden el natural desarrollo del acto.

También es deshonesta toda acción dirigida, no al acto en sí, sino contra la vida que pudiera concebirse después del mismo: tanto el uso del DIU y la «píldora del día siguiente» (cuyos efectos «pueden» ser abortivos, aunque sean microabortos), como la píldora RU-486 y el llamado «aborto terapéutico» (que pretenden directamente el aborto). Cualquier aborto voluntario conculca el quinto mandamiento aún más gravemente que los pecados contra la sola castidad.

«En cambio, cuando los esposos, mediante el recurso a periodos de infecundidad, respetan la conexión inseparable de los significados unitivo y procreador de la sexualidad humana, se comportan como ministros del designio de Dios y se sirven de la sexualidad sin manipulaciones ni alteraciones» (FC, 32).

Este recurso a la infertilidad natural periódica es lícito en sí mismo y «conforme a los criterios objetivos de la moralidad» (CCE, 2.370), cuando se dan las razones serias que hemos citado. En la actualidad se ha progresado en el conocimiento y detección de esos periodos infecundos, de modo que los matrimonios pueden recurrir a ellos –sea de modo temporal o permanente– con gran certidumbre.

Una aclaración capital La neta divergencia de licitud entre la contracepción y el recurso a los ritmos temporales de infecundidad, no deriva de que sean dos modos distintos –artificial y natural– de alcanzar un mismo fin. Se basa en la «diferencia antropológica y al mismo tiempo moral» existente entre ambos sistemas; diferencia «que implica dos concepciones de la persona y de la sexualidad humana, irreconciliables entre sí» (FC, 32).

Lo que señala la diferencia es la intencionalidad, en tanto que define el objeto del acto. Una esterilización artificial puede ser lícita cuando es necesario realizarla, por ejemplo, para curar un proceso canceroso. En cambio, una decisión tan «natural» como el coitus interruptus es ilícita por el objetivo que persigue.

El amor conyugal no es casto cuando pretende romper la unidad de los dos significados fundamentales –unitivo y procreador– del acto matrimonial. En cambio, puede ser casto si simplemente se abstiene del uso de las relaciones íntimas en determinados periodos de la fisiología femenina. Si hay razones suficientes, esta continencia es un modo de vivir la responsabilidad que Dios pide a algunos cónyuges.

La continencia periódica en el uso del derecho matrimonial, realizada con sentido cristiano, lejos de enfriar el amor entre los esposos, contribuye a acrecentarlo al compartir gozos y sufrimientos; y fomenta un diálogo personal y esponsal que acrisola su amor, purgándolo de egoísmos particulares.

La invitación de Dios a la santidad en el matrimonio comunica a los esposos la gracia necesaria para afrontar con paz y alegría las dificultades de la vida –también el esfuerzo por vivir la castidad–, y para convertirlas en ocasión de progreso espiritual y de perfeccionamiento humano.

Manuel Ordeig Corsini Revista Palabra, nº 442-443, abril 2001

Mikel Gotzon Santamaría, “Cómo hablar de la castidad a los jóvenes”, Palabra, IV.2001

La explicación de la verdad y el bien en el campo de la sexualidad a los jóvenes incluye una dificultad intrínseca. Así ha sido siempre, por distintas razones. En primer lugar, porque cada persona tiene una distinta sensibilidad, entorno cultural y amistades, que exigen un ritmo y un lenguaje diferentes en cada caso. Segundo, porque la distancia generacional hace que sea bastante difícil hacerse cargo de cuáles son esos entornos de experiencia. En tercer lugar, porque el análisis filosófico y teológico del sentido de la sexualidad es relativamente reciente, y todavía está por desarrollar.

En el momento actual, a las dificultades de siempre se añade una razón más: la degradación acelerada del ambiente moral –y, en particular, el sexual– hace que los padres y educadores estén muy alejados de la experiencia lingüística y visual de sus interlocutores.

En la mayoría de los casos sucede que las palabras de contenido sexual tienen un significado y unas resonancias afectivas muy diversas en la persona que habla y en la que escucha. De modo que resulta difícil saber cuál es el tipo de lenguaje que se ha de usar en cada caso.

Ni vulgares ni estrechos Sería malo emplear un lenguaje que sea percibido como grosero o “guarro”, pues escandalizaría al interlocutor y sería contrario al modo correcto de vivir la sexualidad. Pero sería igualmente malo usar un lenguaje que se perciba como pacato o “estrecho”, pues haría imposible todo diálogo posterior y transmitiría un doble mensaje implícito, tremendamente dañino: o el sexo es algo sucio de lo que la gente buena no puede hablar, o el que me habla no controla el tema y me tengo que buscar otras fuentes de información.

La única manera de detectar el tipo de lenguaje adecuado es hacer que el otro hable lo más posible, que diga lo que sabe, lo que ha visto u oído, lo que le inquieta, lo que no entiende o le ha llamado la atención. Así descubriremos cuál es el lenguaje que, para él, es “normal”. Porque, cuando hable con nosotros, normalmente no va a utilizar el lenguaje que considera “guarro”, sino el que entiende como “normal” y “bueno”. Así podremos situarnos, rectificar lo necesario y comunicarnos adecuadamente.

Resonancias cambiantes Hay que percatarse de que no es nuestra sensibilidad la que marca el nivel de lo delicado, lo normal y lo grosero, sino la sensibilidad del interlocutor. Las palabras no tienen un significado permanente, sino que van cambiando con el tiempo. Y lo que cambia aún más rápidamente son las resonancias afectivas y las asociaciones implícitas que cada palabra contiene.

Palabras que eran inocentes, adquieren connotaciones morbosas. Y otras, que sonaban a morbosas, han perdido resabios negativos. Estas asociaciones y resonancias, que determinan el nivel “moral” –delicado o grosero– del lenguaje, suceden en el interior de nuestro interlocutor y dependen de cuál sea su entorno.

Lo que se hace o dice habitual y abiertamente en la calle, en la televisión o en la escuela, es percibido –de entrada– como normal y bueno. Y no incluye resonancias afectivas negativas, “guarras” o “poco delicadas”. Otra cosa es que sea bueno. Pero, si es malo, habrá que explicarlo con naturalidad y claramente, tal y como ha sido recibido por nuestro interlocutor en su ambiente habitual.

Leyes de la comunicación

Sería un error técnico sin arreglo pretender transmitir cómo es y se vive adecuadamente la sexualidad y, a la vez, en ese mismo diálogo, pretender establecer cuál es el tipo de lenguaje que nuestro interlocutor “debe” considerar delicado o grosero. Es imposible alcanzar estas dos metas al mismo tiempo. Y sobre todo: lo que, de hecho, él percibe como normal o grosero, no lo establece nuestro discurso verbal, sino su experiencia vital.

Alguien podría objetar: –¡Pero es que el ambiente está muy mal, y no se puede ceder! Yo le respondería: —Sí, efectivamente, no se puede ceder en vivir con delicadeza la virtud, pero los modos concretos de lo que afecta o no afecta a la sensibilidad y a la virtud cambian de hecho con la experiencia que cada uno posee. Según las distintas sensibilidades, se darán distintos modos de vivir la misma virtud de un modo igualmente delicado.

No aceptar esa realidad trae consigo ineficacia a la hora de transmitir la doctrina y de ayudar a vivir con delicadeza la virtud. Sin darnos cuenta, podría parecer que estamos explicándole cómo moverse elegantemente en una reunión de sociedad, cuando lo que necesita es aprender cómo agarrarse a las piedras para resistir un viento huracanado.

Lo “normal” y lo “bueno” Estamos hablando de una sociedad en la que se vive como normal –y, por tanto, se presenta como normal– un modo degenerado de vivir la sexualidad. Ese modo es el que nuestro interlocutor recibe de entrada como normal y aceptado, lo cual, sobre todo en la infancia, implica que lo considere como bueno. Es cuestión de orden natural. Lo contrario supondría anteponer el juicio propio al de los demás y pretender algo que es simplemente imposible para un chico.

Por eso, cuando la sociedad no ofrece una experiencia adecuada del bien, la formación moral exige mayor profundidad y razonamientos más elaborados. No basta con decir que eso está mal y que “se debe” vivir de otra manera.

La moral católica se basa en la aceptación libre del bien. Y la fe reclama entender, como ha recordado la Fides et ratio. Por eso, y porque otra cosa es un error abocado al fracaso, es necesario razonarles muy a fondo, ya desde que son pequeños, aunque todavía no capten todo el sentido. Las meras recetas terminan manifestándose insuficientes, aunque durante algún tiempo den resultados aparentes.

Razonamientos para torpes (o sea, todos) A la hora de razonar, necesitaremos explicaciones que en otro tiempo no necesitábamos –aunque no nos hubieran venido mal–, porque veíamos el bien hecho vida. Cuando el bien se ve, no requiere razonamientos para ser aceptado.

Nadie necesita hoy en día muchos explicaciones para entender que es malo tener esclavos. No sucedía lo mismo, por ejemplo, en la época del Imperio Romano. Había quienes trataban bien a sus esclavos, y quienes los trataban mal. Pero todos pensaban que era normal tener esclavos. Cuando llegó Jesucristo y empezaron a oír que tener esclavos era malo, muchos romanos buenos no entendían nada. Si se convertían, lo aceptaban por fe, pero no entendían algo que, ahora, a cualquier ciudadano occidental –aunque sea ateo–, después de siglos de cultura cristiana, le parece elemental, de pura lógica humana: la esclavitud es mala.

Esta simple comparación sirve para situar el actual error cultural respecto de la sexualidad (y de otras cuestiones). Porque lo mismo que les pasaba a los romanos con la esclavitud, le ocurre ahora al ciudadano normal –a nuestro interlocutor– con la sexualidad. No entiende qué es y cómo se vive de verdad. La moral sexual no es una cuestión de fe sobrenatural, es una cuestión de ética humana, como la dignidad y libertad de las personas. Pero la sociedad actual no vive ni expresa la dignidad del amor y de la sexualidad. De ahí que sea necesario razonar lo que en otros tiempos podía ser evidente. Ahora, lo “normal” es no entender la sexualidad, igual que el romano “normal” no entendía que la esclavitud fuera mala.

Considero esencial insistir en que la moral sexual es cuestión humana, no de fe. Requiere ser entendida y razonada con argumentos intelectuales, comprendiendo qué es y cómo se vive la sexualidad, del mismo modo que se comprende que está mal sacarle un ojo al vecino, y no sólo porque lo diga la Iglesia. Es también importante transmitir el mensaje implícito: si no lo entiendes, no es que tengas un problema de fe, sino, antes que nada, un problema humano: tienes la cabeza mal amueblada y no consigues entender algo que es tan evidente como la maldad de la esclavitud.

Es pecado, pero ¡no puede ser malo! Me he encontrado con muchos jóvenes que aceptan la autoridad de la Iglesia y, por tanto, asumen que tal acción sexual es pecado; por eso se confiesan de ello y tienen la experiencia de la alegría de la gracia. Ahora bien, si les preguntas si lo que han cometido es malo en sí mismo a nivel humano, te dicen con plena seguridad que no, que cómo va a ser malo si todo el mundo lo hace y lo acepta y, además, es estupendo.

—Entonces…, no es malo, respondo.

—No.

—¿Pero es pecado? —Sí.

—¿Te das cuenta de lo que dices? Si no es malo, ¿por qué es pecado? —Porque Dios lo prohíbe.

—O sea que es bueno, pero Dios lo prohíbe.

—Sí.

—Entonces Dios es un canalla.

Aparece la cara de perplejidad. Y preguntan: —No es posible, ¿verdad? —No. Si hacer eso es bueno en el orden humano, no puede ser pecado. O si no, Dios es un canalla por prohibirte algo tan divertido.

—Entonces no entiendo nada. ¿Por qué es malo? ¿Cómo puede ser malo, si todo el mundo lo hace y dice que es bueno? —Si algo es malo es porque estropea algo bueno. Por eso, para entender por qué es malo hay que entender cuál es el bien que estropea.

Es el momento de explicar cuál es el papel y el sentido de la sexualidad en el conjunto de la persona. Sólo explicando lo positivo se entiende el porqué de lo negativo.

Al final, ni siquiera hace falta extraer las conclusiones: las sacan ellos solitos: —Luego esto que yo hago está mal, porque se estropea esto otro.

Detectar qué teclas funcionan Para que vayan entendiendo es preciso partir de una verdad que sea aceptada por el que comienza a razonar. Y no siempre es fácil saber cómo está la cabeza de quien tiene uno delante y cuál es su experiencia. Hay que ir detectando qué teclas le funcionan y cuáles no. Porque si se toca una melodía pulsando teclas que no funcionan, no suena.

Cada persona necesita razonamientos que partan de bases distintas y sigan caminos diferentes. Depende de cuáles sean los conceptos que uno necesita para construir, y de cuáles sean los que el interlocutor tenga y vaya entendiendo. Mi experiencia es que llegan a entender, lo que no significa que siempre puedan vivir todo de modo inmediato.

Mentalidad de pioneros Entender y asumir estos temas, como otros muchos de la vida cristiana, significa situarse en una posición excéntrica respecto de su mundo, su cultura, sus amigos y, a veces, sus padres. Para poder asumir esto, hay que darles un esquema que les permita digerir esa nueva situación. Hay que excusar la realidad de sus padres, de sus amigos, de su cultura, de modo que puedan comprender y puedan aceptar.

La única situación mental que lo permite es la de quien se siente pionero: «Tengo una verdad nueva que los otros todavía no tienen; les comprendo, rezo por ellos, y poco a poco iremos consiguiendo que esto cale en el ambiente». Una mentalidad parecida a la de un militante de Greenpeace. Como me decía uno: «Si vives en cristiano, o te sientes pionero, o te sientes idiota».

NOVIAZGO, TIEMPO DE CONOCERSE Y DE SOPESAR LA CALIDAD DEL CARIÑO

El amor humano –sin mayores distinciones– tiene tres niveles: atracción física, enamoramiento afectivo y amor de entrega.

El amor es más que el enamoramiento, aunque lo suponga. El enamoramiento no es del todo libre: depende de uno mismo, pero a la vez es algo que «te sucede». Tampoco abarca la integridad de la otra persona, sino sólo sus aspectos que atraen.

El amor de entrega, en cambio, es algo que uno decide asumir con plena libertad. Incluye la total aceptación de la otra persona, también de sus defectos y limitaciones; si no, no se ama de verdad: se ama sólo el propio enamoramiento El noviazgo es el tiempo en que un hombre y una mujer enamorados se tratan intensamente para conocerse uno a otro en profundidad, en orden a calibrar si pueden asumir un imponente proyecto de vida en común: fundar una familia. En otras palabras, el noviazgo es tiempo de sopesar si el mero enamoramiento de un varón y una mujer da o no lugar a un amor de entrega.

Nunca como en el noviazgo es más necesario mantener el corazón sometido a la cabeza. Esta lucidez –de importancia vital– lleva a renunciar al matrimonio si se descubre que no hay un amor de entrega –en un@ mism@ o en la otra persona–, lo que a la larga acarrearía el fracaso y la infelicidad. Entonces, lo obvio será cancelar las relaciones.

Castidad en el noviazgo

«Los novios están llamados a vivir la castidad en la continencia. En esta prueba han de ver un descubrimiento del mutuo respeto, un aprendizaje de la fidelidad y de la esperanza de recibirse el uno al otro de Dios. Reservarán para el tiempo del matrimonio las manifestaciones de ternura específicas del amor conyugal. Deben ayudarse mutuamente a crecer en la castidad». Esto dice el Catecismo de la Iglesia Católica (nº 2.350).

Entre novios, las caricias y besos son manifestación natural del cariño. El núcleo del asunto está en cuidar que el cariño sea auténtico, evitando que una caricia sincera pueda disparar la excitación sexual, que estaría fuera de lugar.

La dinámica de la excitación reclama llegar hasta el final, porque está diseñada por Dios para ser vehículo de expresión y realización de la mutua y total entrega. De ahí que el único lugar lógico de la excitación sea el matrimonio, la unión conyugal de los esposos, la comunión de amor del único con la única. Buscarla, pues, sólo tiene sentido cabal cuando antes se ha dicho públicamente: «soy tuy@ para siempre». Por eso, si se consiente o se busca fuera del contexto del amor matrimonial, se falsea su sentido y se estropea su sabor.

Mikel Gotzon Santamaría Revista Palabra, nº 442-443, abril 2001